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La Iglesia no puede ser conquistada por Bergoglio

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Tres cosas son necesarias para discernir si un hombre es Papa o no:

1. Ley de la Gracia:

a. Se es Papa hasta la muerte: El Papa es, material y formalmente, siempre Papa.

b. No existe el Papa emérito: El Primado de Jurisdicción sólo lo posee el Papa legítimo: Benedicto XVI: Canon 218, § 1 (CIC 17) : «El Pontífice Romano, sucesor del primado de San Pedro, tiene no solamente un Primado de Honor, sino también el supremo y pleno Poder de Jurisdicción sobre la Iglesia universal, concerniente a la fe y las costumbres, y concerniente a la disciplina y el gobierno de la Iglesia dispersa por todo el globo».

c. La renuncia de un Papa es al Papado, no al Episcopado Romano: Benedicto XVI renunció sólo al Episcopado; sigue siendo Papa, pero no puede ejercer su Pontificado. El ejercicio del gobierno le ha sido usurpado por el apóstata Obispo de Roma, Bergoglio.

d. El Obispo de Roma, sin el Primado de Jurisdicción, no puede ser Papa, no puede gobernar la Iglesia como Papa legítimo. No tiene la Gracia del Papado: el Espíritu de Pedro. No es Sucesor de Pedro.

2. Ley Eclesiástica:

a. Se prohíbe elegir a un apóstata de la fe católica, a un hereje o a un cismático como Romano Pontífice; si es elegido, su elección es nula: Paulus IV, Septim. Cum ex apostolatus, 9, de haereticis, ann. 1559 : «… agregamos, que si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto; y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes…»(ver texto)

b. Esta Constitución fue confirmada por Pío V en su bula Inter multiplices, ann. 1566: «Y además siguiendo las huellas de nuestro predecesor, el Papa Paulo IV, de feliz recordación, renovamos con el tenor de las presentes, la Constituci6n contra los heréticos y cismáticos, promulgada por el mismo pontífice, el 15 de febrero de 1559, año IV de su pontificado, y la confirmamos de modo inviolable, y queremos y mandamos que sea observada escrupulosamente, según su contexto y sus disposiciones».

c. Canon 2314, § 1 (CIC 17), sacado de la Cons. Cum ex, § 2. 3 y 6 de Paulo IV: «Todos los apóstatas de la fe cristiana, todos los herejes o cismáticos y cada uno de ellos: 1º incurren por el hecho mismo en una excomunión; 2º a menos que después de haber sido advertidos, se hayan arrepentido, que sean privados de todo beneficio, dignidad, pensión, oficio u otro cargo, si los tenían en la Iglesia, que sean declarados infames y, si son clérigos, después de monición reiterada, que se los deponga; 3º Si han dado su nombre a una secta no católica o han adherido a ella públicamente, son infames por el hecho mismo y, teniendo cuenta de la prescripción del canon 188, 4º, que los clérigos, después de una monición ineficaz, sean degradados»

d. Ningún Papa puede enseñar una doctrina diferente a la de siempre; no tienen el Espíritu Santo para enseñar el error, sino para custodiar íntegramente toda el depósito de la fe, que Dios ha revelado a Su Iglesia: «Los Romanos Pontífices, por su parte, según lo persuadía la condición de los tiempos y las circunstancias, ora por la convocación de Concilios universales o explorando el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora empleando otros medios que la divina Providencia deparaba, definieron que habían de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios, habían reconocido ser conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas; pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la Fe» (Concilio Vaticano I, Primera Constitución dogmática sobre la Iglesia de Cristo, julio 18, 1870. Tomado del libro Dogmatic Canons and Decrees, [TAN Books and Publishers] p. 254. Dz. 1836; D.S. 3069-3070)

3. Ley divina: Todo acto humano en contra de la Voluntad de Dios es un acto moralmente malo.

a. El falso Papa, Bergoglio, ha puesto en la Iglesia un gobierno horizontal, quitando la verticalidad de hecho. Ha cometido un pecado de herejía, que va en contra del primer mandamiento de la ley de Dios. El pecado de herejía excluye toda obediencia en el miembro de la Iglesia: «Tal como es lícito resistir al Pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir a quien agrede las almas o quien altera el orden civil, o, sobre todo, a quien intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirlo, no haciendo lo que él ordena y evitando que se ejecute; no es lícito, sin embargo, juzgarlo, castigarlo o deponerlo, ya que esos actos son propios de un superior» (De Romano Pontifice, lib. II, Cap. 29, en Opera omnia, Neapoli/Panormi/Paris: Pedone Lauriel 1871, vol. I, p. 418).

b. El falso Papa, Bergoglio, gobierna la Iglesia con una horizontalidad, cometiendo el pecado de cisma: lleva a toda la Iglesia hacia el protestantismo y comunismo. Ningún miembro de la Iglesia, así sea fiel o Jerarquía, puede obedecerle, sin caer en el mismo pecado de cisma: «Y de esta segunda manera el Papa podría ser cismático, si él no estuviera dispuesto a estar en unión normal con todo el cuerpo de la Iglesia, como podría ocurrir si intentara excomulgar a toda la Iglesia, o como observaron Cayetano y Torquemada, si él quisiera trastornar los ritos de la Iglesia basados en la Tradición Apostólica. …si da una orden contraria a las rectas costumbres, él no debería ser obedecido; si él intenta hacer algo manifiestamente opuesto a la justicia y al bien común, será legítimo resistirlo; si él ataca por la fuerza, por la fuerza él puede ser repelido, con una moderación apropiada a una justa defensa» (Francisco Suárez, De Fide, Disp. X, Sec. VI, N. 16).

c. El falso Papa, Bergoglio, enseña con una doctrina marcadamente masónica, cometiendo el pecado de apostasía de la fe. En dicho pecado, quien siga sus enseñanzas, pierde completamente la fe verdadera: «no oponerse al error es aprobarlo; y no defender la verdad es suprimirla» (Papa San Félix III)

Además, hay que añadir:

4. La ley del Espíritu: la profecía:

a. Conchita: «Ah, que el Papa murió. Entonces quedan TRES papas.– ¿De donde sabes que solamente quedan TRES papas?– De la Santísima Virgen. En realidad me dijo que aún vendrían CUATRO papas pero que Ella no contaba uno de ellos.– Pero entonces, ¿por qué no tener en cuenta UNO? — Ella no lo dijo, solo me dijo que UNO no le tenía en cuenta. Sin embargo me dijo que gobernaría la Iglesia por muy poco tiempo.– ¿Quizás por eso no lo cuenta?– No lo sé. –Y qué viene después:– Ella no lo dijo» (ver texto). Es claro, por esta profecía, que Francisco Bergoglio no es Papa.

b. San Malaquias: lema «De Gloria olivæ», que corresponde al papa Benedicto XVI. Último lema de la serie de Papas. Después de este lema, no hay más lemas. Como el Papa Benedicto XVI no ha muerto, entonces seguimos en este lema. No se puede cumplir lo que sigue en esta profecía. Cuando muera Benedicto XVI, entonces se cumple lo demás. Luego, Francisco Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

c. MDM: «El que se atreve a sentarse en Mi Templo, y que ha sido enviado por el maligno, no puede decir la verdad, porque no proviene de Mí. Él ha sido enviado para desmantelar Mi Iglesia y romperla en mil pedazos antes de que la escupa por su repugnante boca» (8 de marzo 2013). «Mi amado Papa Benedicto XVI fue perseguido y huyó, como fue predicho. Yo no he nombrado a esta persona, que dice venir en Mi Nombre. Él, el Papa Benedicto, guiará a Mis seguidores hacia la Verdad. No lo he abandonado y lo sostendré cerca de Mi Corazón y le daré el consuelo que necesita en este momento terrible. Su trono ha sido robado. Su poder no» (13 de marzo 2013).

d. Mensajes del Cielo: «Yo dije: el nuevo Papa será como los camaleones que cambia de color. Hijos míos, guardaos de tanta confusión y desorden, porque os harán ver lo que no es y sentir lo que en verdad no se siente (…) Benedicto XVI será Papa hasta la muerte» (ver texto). «Cuánto dolor ver la Casa de mi Señor cómo se llena de humo de Satanás…cómo caerán tantos sacerdotes, obispos, cardenales…que en secreto trabajan para la Bestia dentro de la Casa de Dios, como ese papa de alma negra que con el anticristo, destruirá la Iglesia; cómo trabajarán para la sede de la Bestia; y ella, ahí donde fue la Sede de Dios, sea por un tiempo de ella (la Bestia), destruyendo a su paso todo» (ver texto). «Comenzará un periodo de incertidumbre, de división entre la Iglesia y confusión, mucha confusión, engaño y los míos no se darán cuenta del engaño que los está llevando a ese orden mundial en mi propia Casa cambiando la Doctrina de siempre. Aquellos que sí se percatan del error serán acusados y señalados con el dedo. ¡Qué Dios, mi Padre os ayude! Amén» (ver texto)

5. La ley positiva (humano-eclesiástica): se ha demostrado que hubo irregularidades en el cónclave: Antonio Socci y su libro “Non e francesco” (ver texto): «Como ya he dicho, la nulidad de los procedimientos seguidos el Cónclave y la consiguiente elección no implica ausencia de culpa por parte de Bergoglio. Y la invalidez de la elección es en modo alguno un juicio de valor a su la persona» (ver texto).

Teniendo todo esto, entonces ¿por qué la Iglesia calla ante el hereje Bergoglio?

La Jerarquía de la Iglesia debería hablar y no lo hace. Están siguiendo esto:

Canon 1556 (CIC 17)): “La primera Sede no es juzgada por nadie”.

Cons. Cum ex, § 1 de Paulo IV «el mismo Romano Pontífice, que como Vicario de Dios y de Nuestro Señor tiene la plena potestad en la tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie»

O con otras palabras: la fe de la Iglesia es dada no para juzgar a la Autoridad, sino para que ésta juzgue.

Muchos siguen llamando a Bergoglio con el nombre de Santo Padre, Papa, sólo porque la Iglesia oficialmente no se ha declarado en contra de este hombre, y consideran que posee todavía ese título honorífico. Un título exterior, que aunque sea hereje, hay que dárselo. Están esperando que alguien, ya sea el Papa legítimo, Benedicto XVI, ya sean unos Obispos reunidos, declaren que Bergoglio no es Papa.

Y esto es una ilusión esperarlo y pensarlo.

Porque toda la Iglesia, cuando permanece unida al Papa legítimo es infalible: «es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la Verdad» (1 Tim 3, 15). «La Iglesia Católica, luchando contra todas las herejías, puede luchar; sin embargo no puede ser conquistada. Todos los herejes salieron de Ella podados como sarmientos inútiles de vida: mas, Ella misma permanece en su raíz, en su vida, en su caridad. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (San Agustín – De symbolo serm. ad catech. 6, 14; M. 40, 635).

Y, por consiguiente, la iglesia que permanece unida a un hereje, es falible y totalmente condenable, porque no es la Iglesia Católica. Ya no estamos hablando de una usurpación del Papado, sino del establecimiento de una nueva iglesia en Roma.

No hablamos de un antipapa, al cual se examina su derecho a la Silla de Pedro, sin juzgar al Papa, sino sólo la elección y el acto de los electores: «De hecho, los papas cismáticos han sido tratados simplemente como usurpadores y desposeídos de una sede que no poseían legítimamente» (cf. El decreto contra los simoníacos del concilio de Roma de 1059, Hardouin, t. VI. col. 1064: Graciano, dist, LXXIX, c. 9; Gregorio XV: constitución 126 Aeterni Patris (1621), sect. XIX, Bullarium romanum, t. III, p. 446).

Sino que estamos hablando de una nueva sociedad religiosa en el Vaticano, que Bergoglio está levantando con su nuevo gobierno horizontal, al cual todos lo pueden juzgar porque esa sociedad no pertenece a la Iglesia Católica.

Nadie ha caído en la cuenta de la importancia de la verticalidad del gobierno en la Iglesia Católica. Es esencial para permanecer siendo Iglesia, la auténtica. Como a nadie le interesa el ejercicio del poder papal a través de la verticalidad, sino que todos se reúnen en la colegialidad para estar bajo Pedro, entonces es esperar en vano que, oficialmente, sea declarado Bergoglio como falso Papa. Esperar en vano: una ilusión. Ya los hombres no siguen la inmutabilidad de los dogmas en la Iglesia. Y, entonces, estamos como estamos, como Eliphas Levi lo expuso en el año 1862:

«Vendrá un día en que el Papa, inspirado por el Espíritu Santo, declarará levantadas todas las excomuniones y retractados todos los anatemas, en que todos los cristianos estarán unidos dentro de la Iglesia, en que los judíos y los muslimes serán benditos e invitados a ella. Conservando la unidad e inviolabilidad de sus dogmas, la Iglesia permitirá que todas las sectas se acerquen a ella por grados, y abrazará a todos los hombres en la comunión de su amor y sus oraciones. Entonces no existirán ya los protestantes. ¿Contra qué iban a protestar? El Soberano Pontífice será entonces el rey del mundo religioso, y hará cualquier cosa que quiera con todas las naciones de la tierra. Es necesario extender este espíritu de caridad universal…»

Siempre se cumple la Palabra de Dios:

«El rey Antíoco publicó un decreto en todo su reino de que todos formasen un solo pueblo, dejando cada uno sus peculiares leyes. Todas las naciones se avinieron a la disposición del rey. Muchos de Israel se acomodaron a este culto, sacrificando a los ídolos y profanando el sábado…Se les unieron muchos del pueblo, todos los que abandonaron la Ley…» (1 Mac 1, 43-45.55).

Bergoglio publicó su gobierno horizontal en toda la Iglesia y todo el mundo se ha acomodado a ese culto falso e ignominioso, y comienzan muchos a sacrificar a sus ídolos: los pobres, los homosexuales, los ateos, los pecadores,… el hombre.

Todos se han olvidado de Cristo y de Su Iglesia. Todos van corriendo a formar el nuevo orden mundial con la nueva iglesia para todos y de todos.

Que la gente siga llamando a Bergoglio como Papa no es sólo alucinante, sino una abominación. ¡Qué pocos en la Iglesia conocen su fe! ¡Qué pocos la saben guardar, la saben interpretar de manera infalible. Todos han puesto su grandiosa inteligencia y así vemos una Iglesia totalmente dividida, en la que a nadie le interesa, para nada, la Verdad.

«La doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta a las inteligencias humanas para ser perfeccionada por ellas como si fuera un sistema filosófico, sino como un depósito divino confiado a la Esposa de Cristo para ser fielmente guardado e infaliblemente interpretado» (Concilio Vaticano I).

«Cuando está en juego la defensa de la verdad, ¿cómo se puede desear no desagradar a Dios y, al mismo tiempo, no chocar con el ambiente? Son cosas antagónicas: ¡o lo uno o lo otro! Es preciso que el sacrificio sea holocausto: hay que quemarlo todo…, hasta el “qué dirán”, hasta eso que llaman reputación». (San Josemaría Escrivá de Balaguer,”Surco”, No. 40)

Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no al Primado

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«con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro» (Bendedictus PP XVI – Vaticano, 10 de febrero del 2013).

¿Cuál es el verdadero sentido del “ministerio” o “diakonia”?

«Porque, ¿qué es Apolo, qué Pablo? Ministros (dialonoi) según lo que a cada uno ha dado el Señor, por cuyo ministerio habéis creido. Yo planté, Apolo regó; pero Dios ha sido el que dio el crecimiento. Ni el que planta es algo ni el que riega, en comparación con el que da el crecimiento, que es Dios. Nosotros somos los ayudantes de Dios y vosotros sois la plantación de Dios, la edificación de Dios. Los hombres no nos han de tener por otra cosa más que por ministros de cristo y dispensadores de los misterios de Dios» (1 Cor 3,5-9).

Aquí está todo el profundo sentido teológico del misterio de las potestades dadas por Cristo a Su Iglesia.

Cristo tiene todo el Poder en la Iglesia, al ser la Cabeza Invisible y viviente del Cuerpo místico. Ni el Papa, ni los Obispos, ni los sacerdotes suceden a Cristo en este Poder, porque Cristo no tiene ni puede tener sucesión en esto.

En la Iglesia, la Jerarquía es la mandataria, la colaboradora, la ayudante, el instrumento, la que participa del Poder de Cristo.

“Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (cf. In 10, 36), hizo partícipes de su consagración y de su misión a los Apóstoles y a sus sucesores los Obispos, en su Oficio ministerial, para actuar en persona de El y participar en los Cargos de Maestro, Pastor y Pontífice del mismo Salvador”. Y refiriéndose a los Sacerdotes no a los Obispos, enseña, que “los Presbíteros, aún no teniendo la cumbre del Pontificado y dependiendo de los Obispos en el ejercicio de su potestad, sin embargo, por la sagrada Ordenación y la misión que obtuvieron por medio de los Obispos, fueron promovidos para servir a Cristo Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio son partícipes en el Oficio del único Mediador: Muneris unici Mediatoris Christi participes sunt” “ (Conc. Vatic. II, Const. Dogmat. “Lumen gentium”, n. 28, § 1; cf n. 21, § 2; Decretum “Presbyteror. Ordinis”, n. 1)

Y, por tanto, los que tienen autoridad en la Iglesia deben considerar esa potestad como algo sagrado, que se ha de tratar con plena fidelidad a la obra Redentora de Cristo. Esa potestad es para salvar y santificar almas. No se puede emplear para otra cosa en la Iglesia. No es para algo profano, ni material, ni humano, ni político, ni económico… Y, por lo tanto, el que tiene autoridad en la Iglesia debe poseer una abnegación profunda, un desprendimiento de todas las cosas humanas, para poder dar la sola Voluntad de Dios, sin ofrecer voluntades humanas, a todo el Rebaño encomendado a su labor. Si los que componen la Jerarquía de la Iglesia no hacen oblación de sus voluntades humanas, entonces después no pueden exigir ninguna obediencia de los fieles. Ellos están urgidos de dar lo que Dios quiere: la sola Voluntad Divina. Y a ellos solos el Señor los juzgará por esto.

Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no renunció al Primado: «declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma».

Benedicto XVI no declara que renuncia al Primado, porque sabe bien que no puede renunciar.

Francisco declaró que fue elegido Obispo de Roma, pero no Papa: «Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma… La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo… Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma…. Deseo que este camino de Iglesia…sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan hermosa…. Mañana quisiera ir a rezar a la Virgen, para que proteja a toda Roma» (ver texto). Francisco no hizo mención, ni una sola vez de la Iglesia católica, de la figura del Papa. Sólo mencionó a Roma. Sólo se presentó como Obispo de Roma. Sólo dijo que en el cónclave los cardenales dieron un Obispo a Roma, pero no un Papa a la Iglesia Católica.

Esto es muy importante analizarlo y verlo, porque aquí está todo el engaño que nadie quiere ver.

La cuestión de la sucesión en el Primado es independiente del hecho del derecho del Episcopado Romano de San Pedro. San Pedro vivió en Roma y allí predicó el Evangelio; pero de esto no se sigue que San Pedro es Obispo de Roma, porque también San Pablo estuvo en Roma y predicó allí; y los Papas de Aviñón poseían el Primado, pero no se han reservado siempre para ellos el Episcopado de Aviñón. Si embargo, hay una voluntad divina, no expresa, sobre Roma: “Pues Jesucristo eligió exclusivamente a la ciudad de Roma y la consagró para sí. Aquí ordenó que se mantuviera perpetuamente la Sede de su Vicario” (León XIIII).

La pregunta es: ¿se puede separar el Primado del Episcopado Romano?

El Papa es el Obispo legítimo de la diócesis de Roma. ¿Si renuncia a ser Obispo de Roma, renuncia a ser Papa?

El Concilio Vaticano I lo dejó muy claro: “Se advierte que hay que distinguir entre el derecho, por el que Pedro tiene sucesores en general, y lo cual es de institución divina, y entre el derecho, por el que Pedro tiene sucesores en concreto en la Sede Romana, y lo cual se deriva del hecho de Pedro: Por lo cual se dice que lo primero es de derecho divino y que en cambio esto segundo más bien es por divina ordenación” (cfr. D 1824).

1. Una cosa es la ley de la sucesión perpetua en el Primado: es decir, Pedro tiene legítimos sucesores en el Primado.

2. Otra cosa es la condición de esa sucesión: es decir, quien es Papa es también Obispo de Roma. El sucesor de Pedro es solamente el Obispo de Roma.

El Sucesor de Pedro no está en la ciudad de Constantinopla, cuando los disidentes orientales, en el siglo IX, en unión con Focio, la proclamaron como segunda Roma, y a mitad del siglo XI, juntamente con Miguel Cerulario, llevaron a cabo la separación de la Iglesia Romana, y después de la conquista de Constantinopla, por los turcos, el año 1453, proclamaron la Sede Patriarcal de la Iglesia Ortodoxa Rusa como la tercera Roma; y daban a entender el año 1917 que se le otorgaba al Patriarca Ruso la jurisdicción suprema mediante el rito por el que le entregaba el báculo pastoral de San Pedro.

El Sucesor de Pedro está en la ciudad de Roma y es el Obispo de Roma.

En el falso ecumenismo reinante, se está siguiendo la doctrina de los protestantes, que dice que el gobierno de la Iglesia pertenece propia y de manera exclusiva a Jesucristo; y por tanto, la estructura Papal y los episcopados perjudican a la libre predicación de la palabra de Dios en la Iglesia. En consecuencia, hay que descentralizar el gobierno de la Iglesia, que es lo que está haciendo Francisco. Que todos sean independientes de Roma y que usen el poder que tienen según cada uno lo entienda para el bien de la Iglesia en sus diócesis. Por supuesto, que esta independencia no es absoluta, sino muy dependiente de los dictados de Roma.

Francisco no cree en la sucesión del Primado, pero sí cree en el Episcopado Romano. Él no se siente Papa, porque sabe que no puede serlo; pero se siente Obispo de Roma. Y este es el gran engaño. Y de aquí inicia el cisma, como en los orientales. Su nueva sociedad está imperada a buscar otro sitio diferente a Roma. Si él ya no vive en los Palacios de los Papas, sino en el cortijo de Santa Marta es por algo. No es por una medida de austeridad o de humildad. Es que no es el Papa, sino el Obispo de Roma. Y, como tal, ha puesto su residencia privada. Después, usa lo demás por el protocolo, para tirarse la foto adecuada con todos.

Se dan en teología tres sentencias sobre la unión de San Pedro con el Episcopado Romano:

1. Pedro, por mandato de Jesucristo, unió el Primado a la Sede Romana; en consecuencia, ni el Romano Pontífice mismo puede separar el Primado del Episcopado Romano (Cayetano, Melchor Cano, Gregorio de Valencia).

2. El Primado está unido a la Sede Romana por derecho eclesiástico; en consecuencia, el Sumo Pontífice puede separar el Primado de la Sede Romana, por justas causas (Soto, Bañez).

3. El Romano Pontífice sucede a Pedro en cuanto a la Cátedra Romana, por derecho eclesiástico; pero como Pedro mismo desempeñó, al mismo tiempo, el Primado juntamente con el Episcopado Romano, como que insertó el Primado en el Episcopado Romano, de forma que fuera una sola y la misma cosa ser Obispo de Roma y ser Primado de la Iglesia, entonces el Primado y el Episcopado Romano son absolutamente inseparables (Perronio).

Benedicto XVI ha seguido la segunda sentencia: ha separado el Primado de la Sede Romana por una causa justa, su enfermedad: «para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer el ministerio que me fue encomendado» (Bendedictus PP XVI – Vaticano, 10 de febrero del 2013)

La Sede Romana ha sido fundada por Pedro mismo, no por Jesucristo ni por voluntad expresa de Jesucristo. Jesús funda Su Iglesia en Pedro, no en Roma. Pero la unión del Primado con la Sede Romana hay que atribuirla a una dirección especialísima por parte de Dios:

“Aunque pueda decirse en algún sentido que la monarquía suprema de la Iglesia esta anexionada solamente por derecha humano a la Sede Romana, a saber porque la unión de ambas tuvo su origen en el hecho de Pedro, sin embargo no parece que pueda sustentarse la opinión de aquéllos, que afirman que la anexión de la que acabamos de hablar es de tal forma de derecho humano, que la Iglesia puede deshacer esta anexión y que una puede ser separada de la otra” (Bendicto XIV).

La unión perpetua del Primado con el Obispo de Roma exige que aquel que posee el Primado sea “de iure” el Obispo propio de la Iglesia de Roma; sin embargo no lleva consigo la obligación de residencia en Roma.

Benedicto XVI ha reclamado para sí el Primado, pero ha renunciado a ser el Obispo de Roma. Este es el punto teológico que sustenta las palabras del Papa.

Benedicto XVI ha ejercido su autoridad sobre toda la Iglesia. Y lo ha hecho porque es el Romano Pontífice, es por derecho divino el Papa, que tiene el Primado de Jurisdicción, y que no puede darlo a nadie porque sólo pertenece al Papa.

Benedicto XVI se retira de su ministerio como Obispo de Roma, pero sigue siendo el Papa, porque sólo el Romano Pontífice puede reclamar siempre para sí como propio el Primado de Jurisdicción. Nadie se lo puede quitar, nadie se lo puede reclamar. Y toda la Iglesia lo ha reconocido como el sucesor de san Pedro, como Papa legítimo.

Y aquí está el engaño: ahora la Iglesia no lo reconoce como Papa legítimo, sino como Papa emérito, sin el Primado de Jurisdicción, con un Primado de honor. Y esto es ir en contra de todo el dogma del Papado. Porque sólo el Papa legítimo tiene el Primado de Jurisdicción hasta su muerte. Y sólo en la muerte, el Papa legítimo pierde ese Primado de Jurisdicción a favor de un nuevo Sucesor de San Pedro. Nadie, en la Iglesia, puede llamar al Papa legítimo como emérito, con un primado de honor, que es lo que se ha hecho para meter a toda la Iglesia en un gran engaño.

La Jerarquía de la Iglesia realiza un ministerio, una diakonia. No son los sucesores de Cristo en el Poder; son los que participan del Poder que Cristo da a Su Iglesia.

Francisco se arroga un poder que no tiene y se cree sucesor de Cristo en ese poder humano. Y, por eso, predica lo que quiere y obra como le da la gana en la Iglesia: es su orgullo en el poder.

Y Francisco, con ese poder humano, ha fundado otra nueva sociedad como Obispo de Roma, no como Papa legítimo. Este es el punto. Y, por tanto, nadie puede seguir a Francisco. Nadie lo puede obedecer porque se ha separado de la unidad de la Iglesia en Su Cabeza: ha anulado la verticalidad para poner una horizontalidad que ya no es la Iglesia Católica.

Por eso, grandes desastres vienen para todos: primero para la Iglesia porque no quiere ver el engaño. A continuación, para todo el mundo porque el demonio ya tiene en sus garras el Poder que tanto necesitaba: el de la Iglesia.

Benedicto XVI tuvo que permitir un nuevo cónclave sabiendo que no se podía celebrar. No podía revelar la verdad de su renuncia, porque su vida peligraba y aún sigue en grave peligro. Lo que hay en Roma no es un juego, sino algo muy serio y muy peligroso para todos.

Jesús hirió al Pastor

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«Hiere al Pastor, y que se disperse el Rebaño, y Yo volveré Mi Mano sobre los pequeños» (Zac 13, 7)

Se alzó la Espada contra el Pastor de la Iglesia, Pedro, hombre de las complacencias de Dios. Y se alzó por el pecado de los que rodean a Pedro, por su desobediencia y su rebeldía.

Jesús hirió al Papa Benedicto XVI, y la Iglesia está dispersada, está desunida, está en oscuridad.

Jesús tuvo que herir al Pastor para que la Iglesia se purifique y pueda caminar hacia el Plan de Dios sobre Ella.

Sin esta herida, la Iglesia no puede entender la Verdad, que es Jesús. Sin esta herida, no se puede hacer criba entre los hombres, no se puede separar el trigo del grano corrompido.

Era necesario dejar a la Iglesia sin Pastor, sin Cabeza, como está en la actualidad. No hay Vicario de Cristo que guíe a la Iglesia. No hay. Este es el punto difícil de comprender para muchos.

Pedro ha sido herido por la Espada de la Justicia Divina. Y la razón la da el mismo Profeta: «En toda la tierra –dice el Señor- serán exterminados los dos tercios, y perecerán, pero será preservado un tercio» (Zac 13, 8).

Hay que meter al hombre en un castigo divino por sus pecados. Esos pecados exigen que sean exterminadas las dos terceras partes de la humanidad. La Iglesia, llena de hombres, no sirve para alcanzar lo que Dios quieren en Ella: hay que purificarla: «Yo pondré al fuego este tercio, y le fundiré como se funde la plata, y le acrisolaré como se acrisola el oro, e invocará Mi Nombre y Yo lo escucharé» (Zac 13, 9).

La Iglesia ha perdido el norte de la santidad, de lo divino, de lo sagrado. Y se dedica a muchas cosas que no son la Voluntad de Dios, que no sirven ni para salvar ni para santificar a las almas. Y, por eso, es necesario dejar a la Iglesia sin Cabeza visible, sin Papa, sin Vicario de Cristo.

Es una Voluntad de Dios pero en el pecado de Su Iglesia. No es una Voluntad Absoluta de Dios. No es algo que Dios quiere, sino es algo que hay que quererlo porque el hombre no ha aprendido a ser fiel a la Gracia que ha recibido en la Iglesia. Y esa infidelidad a la Gracia exige una Justicia Divina. Si la Iglesia hubiera sido fiel a esa Gracia, las cosas serían de otro modo. Pero Dios lo sabe todo y, por eso, los Profetas nos dan el Camino Divino de la Gracia.

Tiempo de Justicia es el que se abrió con la renuncia del Pastor de la Iglesia, el Papa Benedicto XVI. Él es el Pastor. Y no hay otro Pastor hasta que no muera. Él es el sucesor de Pedro. Y no hay otro hasta que no muera.

El que vino, cuando renunció, no es Pastor, sino lobo vestido de piel de oveja: «el que no entra por la Puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador» (Jn 10, 1).

La Puerta de la Iglesia es Cristo Jesús; es decir, es Jesús el que elige al sucesor de Pedro. No son los hombres reunidos en un Cónclave; no son los Cardenales los que deciden quién es el Sucesor de Pedro. Es Jesús. Y Jesús hirió a Su Vicario, el Papa Benedicto XVI. Lo hirió con la Espada de la Justicia. Y eso significa que nunca le pidió renunciar a ser el sucesor de Pedro, porque Dios no pide un imposible.

Dios pidió al Papa Benedicto XVI irse fue de Roma para continuar la Iglesia en el destierro, para hacer frente a tantos enemigos que estaban alrededor de Pedro y que impedían que se obrara en la Iglesia la Voluntad de Dios.

Los hombres han matado a muchos Papas para inutilizar el don del Papado en la Iglesia. Y Jesús decidió que a Benedicto XVI no lo mataran, para descubrir lo oculto en la Iglesia, lo oculto que muchos sacerdotes y Obispos esconden tras una fachada de supuesta santidad y de justicia.

Mucha rebeldía y desobediencia a Pedro. Y no sólo desde hace 50 años, sino desde que la Iglesia es Iglesia. Siempre los hombres han codiciado el dinero y el poder que da ser sucesor de Pedro. Eso nada más hay que leer la historia de la Iglesia para entender las intrigas de todos en el Papado.

Y llega un punto en que la maldad arriba a una cumbre. Y, en esa cumbre, hay que elegir: o seguir en la maldad o estar en la Verdad. Y la Iglesia es la Verdad y sólo la Verdad. Pero, dentro de Ella, hay mucha gente que quiere la mentira y que vive su vida en la Iglesia obrando la mentira sin que nadie se dé cuenta. Gente que se reviste de ropaje sacerdotal, pero que no aman la Verdad en la Iglesia.

Jesús hirió al Papa Benedicto XVI y lo que tenían que haber hecho todos los Obispos era no aceptar esa renuncia del Papa. Esta es la Verdad que nadie obró. Todos bajaron su cabeza, callaron la boca y prosiguieron como si nada hubiera pasado.

Un Papa que renuncia es de lo más grave en la Iglesia. Señala que el ambiente en la Iglesia está putrefacto, corrompido, que no se puede vivir en la Iglesia.

Gran pecado de los Obispos al no pedir al Papa Benedicto XVI que no renunciara, porque es deber de todo Obispo mantener la Verdad de Pedro en la Iglesia. Pedro no puede renunciar a ser Pedro. Esa es la única Verdad.

Pero como a los hombres les gusta el poder, la publicidad de ser Pedro, la fama que da Pedro, la oportunidad de hacer carrera con Pedro, entonces todos siguieron en su vida humana en la Iglesia. Y, de esa forma, dan a entender que no tienen vida espiritual, que no luchan por la Verdad de la Iglesia, no luchan por un Papa, sino que luchan, dentro de la Iglesia, por sus verdades, y por alcanzar el ser Pedro en Ella.

Desde que el Papa Benedicto XVI renunció, las intrigas para ocupar ese Silla estuvieron a la orden del día. Eso es una realidad que nadie puede esconder. Todos se callaron ante la renuncia del Papa para empezar a dialogar en secreto y así poner al hombre adecuado para la Iglesia.

La Iglesia es divina y, por tanto, todo cuanto ocurre en Ella hay que verlo con los ojos de Dios, nunca con los ojos de los hombres.

Jesús hirió al Papa Benedicto XVI: su Justicia cayó sobre él. Y esa Justicia afecta a toda la Iglesia, porque el Papa es Pastor de las ovejas. Se quita al Pastor, la Iglesia, las ovejas quedan en manos de los lobos vestidos de piel de oveja.

Jesús hirió al Papa Benedicto XVI y, por tanto, no quería otro Papa. Si lo hubiera querido, habría llamado al alma de Benedicto XVI: él hubiera muerto, sus días habrían acabado, porque esa es de la única manera como los dones de Dios se acaban. El don de Dios es hasta la muerte de la persona.

Jesús no llamó al Papa Benedicto XVI, sino que lo hirió. Y eso señala un nuevo camino en la Iglesia: ahora os quedáis sin Vicario de Cristo, sin Cabeza, porque os lo merecéis. Vuestros pecados dan la razón de que no haya Vicario de Cristo, porque a nadie en la Iglesia le interesa Pedro. Todos quien ser Pedro, pero a la manera humana, en la visión humana, en el plan humano. Nadie quiere ser Pedro como está en la Mente de Dios. Habéis despreciado a muchos Papas, entonces os quito al Papa: esa es la Espada de la Justicia, esa es la herida al Pastor.

Y ¿por qué hiere Jesús a Su Pastor? Por el pecado que hay que expiar, ya no sólo perdonar. El pecado que no se expía crece. Y creciendo llega a su culmen. Y, en esa cima del pecado, ya no vale perdonar, porque las almas no buscan el perdón, el arrepentimiento; sólo buscan seguir su vida, de cualquier manera, pero ya no es posible que sean fieles a la Gracia porque no ven su pecado. Y, entonces, hay que castigar. Esa una exigencia de la Justicia Divina. Y es un castigo a toda la humanidad, no sólo a la Iglesia. Señal de que todos los hombres están implicados en la cima a la que el pecado ha llegado. El pecado no es sólo de unos cuantos, sino de muchos.

Muchos hay – en la Iglesia y en el mundo -que no quieren quitar sus pecados. Eso da lugar a un castigo terrible: «Viendo el Señor cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra, y cómo todos sus pensamientos y deseos sólo tendían al mal,…dijo: Voy a exterminar al hombre de la tierra» (Gn 6, 5.7).

La Palabra de Dios es siempre la Verdad en la historia de los hombres. Y Dios no cambia nunca. Cuando hay pecado y éste crece como la espuma, haciendo que el hombre sólo nade en el pecado, entonces viene el castigo. Dios siempre obra así, porque Dios no lo perdona todo. Es lo que muchos predican porque ya no tienen fe en la Palabra de Dios.

Jesús hirió a Su Pastor, luego el rebaño está disperso. Y, entre ellos, hay muchos lobos vestidos de piel de oveja. No son pastores, porque el verdadero Pastor ama a la Iglesia, ama la Verdad en la Iglesia, da alimentos de vida eterna a las almas, se preocupa porque las almas sepan andar en la vida del Espíritu, que sepan discernir espíritu, que sepan luchar contra el demonio, que sepan luchar contra los hombres.

Los lobos sólo saben hablar bonito en la Iglesia, pero no saben llevar a las almas al Cielo, a la santidad. De esos, hay muchísimos en todas partes, porque la maldad está en su cumbre. No sólo Francisco es un lobo vestido de ropaje sacerdotal, todo su gobierno está lleno de lobos y en cada obispado se ha situado los lobos. Los buenos Pastores van quedando fuera, porque Francisco se rodea de lobos, no puede rodearse de santos.

Por eso, la situación de la Iglesia es catastrófica. No hay camino de santidad en la Iglesia: Hay una apertura al mundo, apertura al diálogo, apertura a la mente del demonio en toda la Iglesia. A Juan Pablo II lo llamaron el Papa de la Virgen, porque daba el Espíritu de la Virgen María la Iglesia, hacía vivir a María en la Iglesia. A Francisco ya lo están llamando el Papa del mundo, porque eso es lo que hace vivir a la Iglesia: lo mundano, lo profano. Él da el espíritu del mundo a las almas de la Iglesia. Y eso es muy grave, porque el espíritu del mundo es el Espíritu del Anticristo.

Francisco sólo quiere publicidad en la Iglesia. No busca otra cosa. Tiene en su cabeza la idea de su iglesia, de cómo tiene que ser la Iglesia. Por eso, desde el principio de dedicó a abajar lo divino, lo sagrado, lo santo en la Iglesia. Lo puso en el suelo de lo humano, que es donde vive él: en su humanidad, porque es un lobo vestido de piel de oveja: aparenta sencillez, humildad, pobreza. Y no es eso lo que hay en su corazón. Es un hombre que mata almas, porque ya mató la suya.

No se puede obedecer ni a Francisco ni a los Obispos que lo siguen. Son todos unos lobos vestidos de piel de oveja. Y con los lobos no hay trato, hay oposición. Sólo hay que seguir a Cristo, que es la Cabeza de la Iglesia y que nunca renuncia a ser Cabeza. Él es ahora el que lo guía todo en la Iglesia. Todo. Los demás, aunque hagan obras buenas y, en apariencias santas, como beatificar o santificar a a alguien, no hay que hacer ni caso, porque no tienen el poder de Dios para nada en la Iglesia. Obran con sus poderes humanos y Dios no mueve un dedo en lo que ellos hacen en la Iglesia.

La Iglesia es ya otra cosa que los hombres no han comprendido, porque siguen el juego de ese mentiroso que sólo le gusta hablar bien para quedar bien con todo el mundo.

Nadie puede juzgar a Pedro

“Por otra parte, que toda criatura humana esté sujeta al Romano Pontífice, esto declaramos, decimos, definimos y pronunciamos a ser del todo necesario para la salvación.” (Papa Bonifacio VIII – Unam Sanctam , n 9.)

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Pedro tiene en la Iglesia la misión de cuidar toda la Iglesia, porque la Iglesia ha sido fundada sobre él. Y, por tanto, el gobierno de la Iglesia sólo está pendiente de las decisiones de Pedro.

En Pedro, Cristo depositó la plenitud del sacerdocio. Y contra Pedro nadie puede levantarse si no quiere perder el Reino de los Cielos, porque tiene las llaves de ese Reino. En el Cielo no entra nadie sin la gracia de quien tiene las llaves.

Pero Pedro no puede ir en contra de Pedro, en contra de sí mismo, de la vocación a la que ha sido llamado en la Iglesia. Si va, entonces ya no cabe la obediencia a Pedro.

Los católicos que rechazan a Francisco como el verdadero Romano Pontífice no cometen un pecado mortal objetivo y no están excomulgados automáticamente.

Y la razón es muy sencilla: porque el verdadero Papa es Benedicto XVI, no Francisco.

Se rechaza a Francisco porque es un usurpador de la Silla de Pedro.

Benedicto XVI sigue siendo Papa a los ojos de Dios, porque el don de Dios es irrevocable, no lo puede quitar un documento firmado por Benedicto XVI y leído en la Iglesia. En ese documento no se dio la Razón Divina de la renuncia de Benedicto XVI a la Iglesia. Luego, Benedicto XVI sigue siendo el Papa verdadero, le guste o no le guste a los teólogos de Roma.

Quien quiera excomulgar a los católicos que siguen a Benedicto XVI por no seguir a Francisco lo hacen sin tener ninguna autoridad divina sobre la Iglesia, porque el Poder Divino sólo está en Benedicto XVI, no está ni en Francisco ni en la Jerarquía Eclesiástica, que han usurpado la Autoridad de Dios en la Iglesia poniendo su autoridad humana como motivo de cisma en la Iglesia.

Ellos han comenzado el cisma en toda la Iglesia al no someterse al dogma del Papado y al hacer del Papado un gobierno horizontal.

Quien quiera ahora desde ese gobierno horizontal anatematizar contra los que se oponen a Francisco sólo hacen un acto de dictadura, de fascismo, de herejía en el poder. Se arrrogan un poder que no tienen y hacen de ese poder su instrumento para el mal en la Iglesia.

Ellos, en su prepotencia, quieren que todos se sometan al pensamiento humano del gobierno de la Iglesia.

Y quien gobierna la Iglesia es Cristo con Su Vicario en un gobierno vertical, no horizontal.

El bufón de Francisco ha quitado el gobierno horizontal por su capricho humano, según su voluntad humana. Él es el que ha cometido un pecado mortal objetivo y queda excomulgado al anular un dogma en la Iglesia.

Él se ha hecho Papa sin la Voluntad de Dios, dirigiendo la atención de la Iglesia sólo a la conquista de lo humano, dejando el culto de Dios oculto en la Iglesia.

Él se ha encargado de anular cualquier voz que hable en contra de él en la Iglesia.

Él tiene a toda la Iglesia con el miedo de hablar de su necia vida en la Iglesia. Su vida es bien clara, se cae por su propio peso. Y todos, por un falso respeto a Francisco, por una absurda obediencia, por quedar ciegos por su soberbia, callan lo que otros dicen sin temor porque han comprendido la Verdad que sólo el Espíritu da en la Iglesia a los humildes de corazón.

Quien quiera seguir al usurpador, que lo siga. Allá cada uno con su conciencia. Pero aquel que quiera dar a su conciencia la verdad no puede seguir a Francisco ni tampoco a Benedicto XVI hasta que éste no salga de su pecado.

La Iglesia está ahora sin cabeza visible. Y, por tanto, lo que hay en la Iglesia es una lucha por el poder de la Iglesia. Lucha humana entre sacerdotes y Obispos.

Ni se quiere a Francisco ni se quiere a Benedicto XVI.

Ya no se quiere a ningún Papa, porque el Papa ya no sirve en un gobierno horizontal. Está de más. Nadie puede obedecer a nueve cabezas en la Iglesia. Eso no está en el dogma del Papado.

La Iglesia se fundó en Pedro, no en ocho cabezas, no en un gobierno horizontal.

Y aquel que quite la verticalidad del gobierno en la Iglesia automáticamente sale de la Iglesia, queda excomulgado por ir contra, no sólo de la Voluntad de Dios, sino del principio inmutable del gobierno vertical de la Iglesia.

Que los teólogos aprendan a discernir el Espíritu para dar la correcta interpretación de lo que pasa hoy en la Iglesia.

Es muy fácil coger los anatemas de los diferentes Concilios sobre el Papado y anatematizar a quienes no sigan a Francisco.

Eso lo hacen sólo los teólogos fariseos en la Iglesia, que sólo les interesa su pensamiento humano y que todos bailen con el necio de Francisco.

En la Iglesia no se sigue ningún pensamiento humano de nadie, ni siquiera de un Papa, cuando éste pensamiento humano va contra la Elección de Dios.

Por eso, no hay que seguir a Benedicto XVI en su renuncia porque es sólo su pensamiento humano sobre la Elección Divina al Papado. Y ese pensamiento humano se opone a la Voluntad de Dios sobre su alma y a la Vocación Divina que le ha llamado a ser Pedro en la Iglesia.

Y, en este punto, hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. No se da la obediencia a Benedicto XVI cuando renunció. Y, por tanto, no se puede dar la obediencia a Francisco. Y esto es sólo el sentido común.

Se juzga a Benedicto XVI por cometer un pecado que va contra la esencia de la Iglesia. Y nadie puede aplaudir ese pecado. Y nadie puede justificar ese pecado con un razonamiento humano de los actos del Papa Benedicto XVI.

A Benedicto XVI, al que nadie lo puede juzgar, hay que juzgarlo sólo en este pecado. En los demás que pudiera cometer en su Pontificado, no se juzga ni hay que juzgarlo.

Nadie en la Iglesia puede seguir un pecado y a un pecador. Quien quiera seguirlo, allá él con su conciencia.

Y la única verdad ante la renuncia de Benedicto XVI es obedecer a la Cabeza Invisible de la Iglesia, que da la Verdad sobre esa renuncia.

No se puede obedecer a ningún teólogo en la Iglesia porque es un acto del Papa. Y un acto que sólo el Papa hace por ser el Vicario de Cristo. Y ese acto sólo puede ser juzgado si va contra la esencia de su vocación divina al frente de la Iglesia.

Y, por tanto, sólo hay que buscar la Verdad en Dios en ese punto. No se puede buscar la Verdad en la Iglesia, porque sólo Pedro es Infalible, no la Iglesia. Y cuando Pedro va en contra de su propia infalibilidad, como es el caso de su renuncia, toda la Iglesia queda falible, al fallar la Cabeza Visible. En consecuencia, si todos somos falibles, nadie tiene la verdad sobre esa renuncia y hay que buscarla sólo en Jesús, que es el Rey de la Iglesia, la Cabeza Invisible de la Iglesia que siempre gobierna la Iglesia aunque Pedro haya renunciado a ser Pedro. Y que siempre tiene la Verdad de la Iglesia.

Benedicto XVI con su renuncia se alejó de la Iglesia. Cometió un pecado mortal y queda excomulgado por la razón de su pecado. Él mismo se excomulgó.

Que nadie ahora hable de excomuniones cuando ya no hay poder divino en la Iglesia. El poder de Dios lo tiene ahora sólo Cristo, que es el Rey de la Iglesia, la Cabeza Invisible contra la que tropieza ahora toda la Jerarquía en Roma.

Y ese tropiezo hace que Roma sea considerada como la Ciudad en la que reside el Anticristo, por oponerse a la Voluntad de Dios en Cristo Jesús, en la Cabeza Invisible de la Iglesia.

Sólo Cristo Jesús gobierna su Iglesia ahora sin ninguna cabeza humana.

Y eso es lo que Roma ni puede aceptar y nunca lo aceptará por su soberbia y su orgullo.

Están agarrados a su poder humano y no ven hacia dónde va la Iglesia ahora, porque sólo les interesa formar su nueva iglesia para así obligar a todos a seguir lo que no se puede seguir: la mentira que dan toda la Jerarquía Eclesiástica, que se ha podrido en los pasillos del Vaticano.

Y esa Jerarquía Eclesiástica, por su falta de fe, pondrá el culto al demonio quitando en la Iglesia el culto a la Eucaristía. Y lo pondrán sólo por su lucha por el poder en la Iglesia. Quieren gobernar ellos, los hombres, para hacer de la Iglesia una marioneta de los hombres.

Y ante esta desfachatez de Roma hay que decir a Roma que se quede con su nueva iglesia y que haga caminar a sus seguidores a la condenación, porque es lo que se merecen.

Roma ya es el caldo de cultivo de todas las herejías que durante 20 siglos la Iglesia ha combatido. Ahora nadie en Roma combate por la Verdad, lucha por quitar el error. A nadie le interesa en Roma lo que está pasando en la Iglesia. Lo que sucede a tantas almas en la Iglesia, porque sólo interesa que las almas se dediquen a sus vidas humanas y a sus obras humanas, pero no se les da el camino para el Cielo, sino para el infierno.

¿Quién puede seguir a una Roma con dos Papas?

¿Quién puede obedecer a un Papa con ocho cabezas en el gobierno?

¿Qué se cree que es Roma?

¿Qué se cree la Jerarquía de Roma lo que es la Iglesia?

¿Qué se creen tantos sacerdotes y Obispos que sólo luchan por tener un dinero en sus bolsillos y por darse el gusto de estar sentado en una mesa dirigiendo la Iglesia?

La Iglesia es para las almas. No es para dar a los sacerdotes y Obispos un abrazo y un beso por lo bien que lo hacen.

A muchos sacerdotes y Obispos habría que mandarles al infierno por todas sus homilías y obras que hacen en la Iglesia.

Si no saben lo que es la Iglesia, ¿para qué siguen de sacerdotes y de Obispos?

Si no saben dirigir a las almas hacia la Verdad, ¿para qué pierden tanto tiempo dando discursos vacíos y escribiendo libros que sólo sirven para quemarlos?

Por tanto, se renuncia a Roma, se renuncia al gobierno horizontal en Roma, se renuncia a cualquier autoridad en la Iglesia, se renuncia a cualquier disposición que venga de Roma.

Porque la vida es la Verdad. Y la Verdad ya no está en Roma.

Que cada uno busque la verdad de su vida en el Espíritu de la Verdad, porque ya los hombres son sólo una parte del demonio y llevan a la Iglesia hacia el reino del Anticristo.

El mundo y Roma caminan de la mano en estos momentos. Que caminen hacia donde les dé la gana.

Quien sigue a Cristo sigue el camino de la Verdad, que es siempre el camino de la Cruz, de la persecución, de la humillación en la que la Iglesia pone ahora a toda la Iglesia.

En la Iglesia sólo puede haber un Papa vivo, no dos Papas. Y, en consecuencia, se rechaza al impostor: Francisco como hereje, cismático y bufón de la Corte de Roma.

Ya Roma no puede llamarse Templo de Dios, sino sólo Templo del demonio.

La Verdad libera al alma de la mentira

Sólo la Verdad libera de la maldad, del pecado, del error, del miedo a dar la cara por Jesús.

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El mundo vive con miedo porque es esclavo del pecado, de la mentira de la vida.

El mundo no es libre porque en él está el Mentiroso que todo lo obra para crear mentira.

El mundo vive para engañar y hacer que el engaño sea la comida de todos, el alimento de la vida, la obra de la vida, la mente a la que hay que seguir.

Los hombres siguen a los hombres mentirosos, nunca siguen al que les dice la Verdad. Nunca.

Y eso es lo que pasa hoy en la Iglesia: se sigue a un mentiroso que no ha sido capaz de decir una verdad en ocho meses de reinado en su nueva iglesia.

Francisco es un mentiroso, pero para muchos es el asombroso hombre de la nueva evangelización.

Su pensamiento es claro: bebe la doctrina de la Nueva Era, que es el origen del satanismo.

La Nueva Era es sólo el pensamiento del demonio. No es otra cosa. Y a muchos les agrada la Nueva Era en la práctica, porque está hecha por el demonio para practicarla, no para hacer un sistema filosófico.

La doctrina de la Nueva Era es como la doctrina de Jesús. Si no se practican no sirven en la vida del hombre.

Para entender lo que es la Nueva Era hay que vivirla día a día. Sólo así el hombre se va transformando en lo que quiere el demonio.

Y hay muchas almas que practican muchas cosas, que nacen de esa doctrina, que no entienden la filosofía que practican, pero que se llenan de demonios por el solo hecho de practicar eso.

El yoga, por ejemplo, es de la Nueva Era. Y ¡cuántos católicos lo practican como si fuera algo bueno!

El demonio es muy astuto con las almas. Presenta cosas buenas para el hombre, que el hombre las coge porque son buenas, pero el hombre no entiende lo que hay por debajo de esas cosas buenas.

Así siempre trabaja el demonio.

Por eso, en la Iglesia tenemos esta doctrina en Francisco. Él da cosas buenas, palabras del Evangelio, obras buenas, pero poniendo la doctrina del demonio, llevando al alma hacia esa doctrina.

Y esto produce de forma necesaria que el alma se despierte a la mente del demonio y se cierra a Dios.

Es una cosa inmediata, porque donde está Dios no está el demonio. Y si el demonio reina en un corazón, no puede reinar Dios en él. No se pueden servir a dos señores.

Esta doctrina de Francisco esclaviza a la Iglesia en la mentira. Y todos siguen esa mentira como si fuera una verdad.

La Iglesia se ha hecho esclava del demonio por haber rechazado la Verdad, que es siempre lo que libera al alma, lo que le hacer ver y entender para obrar el amor en su vida.

Una Iglesia engañada desde la renuncia de Benedicto XVI es una Iglesia esclava en el engaño. Y no hay manera de salir del engaño sin una Gracia de Dios.

Por eso, los hombres siguen sin ver. Ante la Cruz ignominiosa de Francisco, los hombres no quieren ver la verdad, porque están esclavos de la mentira, del engaño.

Y hasta que Dios no dé una Gracia a Su Iglesia, nadie sale del engaño. Salen pocas almas, porque son humildes, sencillas y, desde el principio, entendieron que Francisco no era bueno.

Pero los demás, como viven en lo complicado de sus pensamientos, no saben ver al verdad. No la captan aunque se les diga todas las razones teológicas para ello.

Cuando el hombre se aferra a su pensamiento humano, no hay manera de que lo deje a un lado. Es la dureza de cerviz, es el orgullo, la soberbia, hombres de duro juicio, de cabeza dura.

Y sólo Dios puede romper esa dureza de mente. Sólo Dios. No hay pensamiento humano capaz de destruir la soberbia del hombre, que es una roca para el hombre.

Por eso, hay que pedir a Dios que mande esta Gracia para que las almas vean y salgan del error en que les ha metido Francisco y toda la Jerarquía que se une a él.

Es necesaria esta Gracia que nadie pide, porque todos piden que se elimine Francisco. Y eso no es lo que hay que pedir a Dios. Porque se elimina a Francisco y se pone otro peor que él.

Si es que no hay que pedir otro Papa. Hay que pedir que el Papa que tenemos, que es Benedicto XVI salga de su error, de su pecado y actúe como Papa verdadero, que guíe a la Iglesia hacia la Verdad, que es lo que no hace Francisco ni lo hará el que siga a Francisco.

Con la línea de Francisco está la sucesión de los anticristos. Con la línea de Benedicto XVI está la sucesión de la Verdad. Y se va a morir Benedicto XVI y la Iglesia estará vacía de la Verdad.

Eso significa la sede Vacante: no hay quien enseñe la Verdad a la Iglesia.

Ahora sólo tenemos en la Iglesia a un mentiroso. Y es el peor de todos en su mentira. Porque otros vendrán pero para obrar la mentira. Francisco sólo habla la mentira, pero no obra nada. Francisco sólo llena la Iglesia de sus mentiras, pero no obra nada. Sólo ha hecho una obra: anular el Papado. Lo demás se ha dedicado a entretener a la Iglesia con su palabrería necia todos los días.

Francisco es el bufón de la Iglesia. El bufón significa el hombre que hace que los demás entiendan lo que viene después de él. Es el que habla para enseñar al hombre lo que otro va a obrar.

Y, por tanto, el bufón es el que entretiene a los hombres con sus charlas, pero no obra nada. Deja la obra para otro.

Es, por tanto, que Francisco ya se tiene que ir.

Es que se cae por su propio peso. Porque la Iglesia ya no aguanta más esto. Hay una situación de división en el gobierno horizontal. Y es algo muy fuerte entre ellos, porque están sólo esperando a que se obre lo que Francisco dice. Pero nadie obra nada.

Francisco ha dicho que quiere el matrimonio homosexual, que quiere que los divorciados puedan comulgar, que quiere muchas cosas en la Iglesia. Pero nadie hace nada. Es sólo palabrería de Francisco, pero no hay obras.

Esto es una situación de división en el mismo gobierno horizontal. Está divido es enjambre de demonios, que es el g8. Dividido por el mismo demonio, porque el demonio quiere esta situación en la Iglesia. Le interesa esto, porque el demonio sabe a qué está jugando en la Iglesia.

Los hombres no saben cómo actúa el demonio cuando tiene la Silla de Pedro en su poder.

El juego del demonio es atar a toda la Iglesia al pecado mayor, que es la supresión de la Eucaristía, en la que también se da la supresión del sacerdocio. Es todo uno.

Pero para hacer esto, el demonio necesita jugar con la Iglesia. Necesita hacer callar las herejías de Francisco y poner, sin que nadie se dé cuenta, la mayor herejía de todas.

Mientras las almas olvidan lo que Francisco ha dicho, el demonio va haciendo su juego en la Iglesia para poner la obra que él quiere, como lo hizo con Francisco: al mes decidió ese hombre la anulación del Papado y nadie dijo nada. Pasó el tiempo y en octubre se quitó de un plumazo el Papado.

Así va a hacer con la Eucaristía. Es el juego del demonio en la Iglesia.

Por eso, de la noche a la mañana no habrá Eucaristía pero la Iglesia no habrá captado nada. Porque la Iglesia está metida en el engaño del demonio y sin una Gracia de Dios la Iglesia no sale de ese engaño.

Es la Verdad la que libera al alma de la mentira. Por eso, ahora hay que estar atentos a toda cosa que hable de la Eucaristía en la Iglesia. Porque esa va ser la batalla del demonio que va a presentar muy pronto y que va a ganar en la Iglesia, como lo hizo con el Papado.

El demonio es muy astuto y, cuando se sienta en la Silla de Pedro, cualquier cosa en la Iglesia la mueve él.

Pedro es Infalible

El carisma de la Infalibilidad significa participar en la Autoridad de Cristo en Su Iglesia.

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Y esa participación supone en Pedro la apertura de su corazón a Cristo, a Su Espíritu y al Espíritu de la Iglesia.

Sin esta apertura del corazón, Pedro no puede enseñar la Verdad en la Iglesia.

Sólo el corazón cerrado a Dios impide el ejercicio de este carisma de la Infalibilidad en Pedro.

La Iglesia enseña:

“Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como revelado por Dios, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria” (CIC can. 750 § 1).

Quien está en la Iglesia posee una fe divina y católica.

Fe divina que es le Fe en la Palabra de Dios y en la Tradición de la Iglesia.

Fe católica es la obediencia al Magisterio de la Iglesia, ya sea solemne, ya ordinario, para estar en la doctrina de Cristo.

Cuando Pedro enseña esto en la Iglesia, ex cathedra, hablando como Pastor y como Maestro de la Iglesia, entonces Pedro es siempre infalible en lo que dice.

Esta infalibilidad también las tienen los Obispos que se unen a Pedro en la Obediencia. No la tienen los que desobedecen a Pedro.

Hay que enseñar algo que pertenezca a la fe o a la moral. No hay que enseñar otras cosas, por ejemplo, cuántos años tiene la Creación del Universo u otras cuestiones científicas, técnicas, filosóficas, que no pertenecen ni a la fe ni a la moral.

Lo que salva al alma es la fe en la Palabra de Dios. No otras cosas. Por eso, la Iglesia, en su historia se ha equivocado en cuestiones que no son de fe, por ejemplo, si el sol o la tierra son el centro del universo, que le llevó a la condena de Galileo. La Iglesia siempre se equivoca cuando se mete en cosas que no son de fe ni de la moral.

Pero la Iglesia nunca se equivoca cuando trata cosas de fe y de moral.

Entonces, Benedicto XVI ¿se equivocó o no se equivocó en su renuncia?

¿Qué dice la fe en la Palabra de Dios? Que los dones de Dios son irrevocables: “los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rom 11, 29).

Luego, el matrimonio es irrevocable, el sacerdocio es irrevocable, ser Papa es irrevocable.

Esto es lo que hay que enseñar. Y cuando se enseña esto, entonces Pedro es infalible.

Pero si Pedro enseña que el Papa puede renunciar, entonces, ya no enseña la fe en la Palabra de Dios. Está enseñando otra cosa. Porque la Palabra de Dios no enseña a renunciar a los dones de Dios ni a la vocación divina.

Es claro, que Benedicto XVI se equivocó en su renuncia porque enseñó algo que no es de fe. Se sentó en la Cátedra de Pedro para enseñar una mentira.

Y, cuando hace eso Pedro, entonces ya no se da la fe católica.

No se da la obediencia a esa enseñanza de Pedro, porque va en contra de la fe divina y de la fe católica sobre Pedro y el Papado.

Esto es claro, pero nadie lo vio en su momento. Ni siquiera el propio Benedicto XVI.

El objeto de la infalibilidad de la Iglesia es doble:

a. El objeto primario de la infalibilidad de la Iglesia son las verdades formalmente reveladas de la doctrina cristiana concerniente a la fe y la moral.

b. El objeto secundario de la infalibilidad de la Iglesia son verdades de la enseñanza cristiana sobre la fe y la moral, que no están reveladas formalmente, pero sí íntimamente conectadas con la enseñanza de la Revelación.

Pedro puede renunciar a ser Pedro sólo por Voluntad Divina, nunca por su propia voluntad humana. Esta es una verdad secundaria, que no está formalmente revelada, pero que se desprende de la fe en la Palabra de Dios.

“Cuando eras más joven, tú mismo te ceñías y andabas donde querías; mas cuando hayas envejecido, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras” (Jn 21, 18).

Porque Pedro se aferra a la vocación divina sobre él en la Iglesia, al Don de Dios como Cabeza Visible de la Iglesia, por eso, tiene que morir por esa vocación divina, no puede renunciar a esa vocación, porque si no iría en contra de la Voluntad de Dios sobre él y sobre la Iglesia.

Sólo Dios puede quitar esta vocación divina. Pero para quitarla, es necesaria la Voluntad de Dios manifestada claramente a Pedro y a la Iglesia.

Y para que Dios manifieste esa Voluntad Divina para una renuncia tiene que revelar a Pedro y sólo a Pedro esa renuncia.

Y para que se haga manifiesto en la Iglesia esa renuncia, Pedro tiene que dar conocimiento a la Iglesia de esa Revelación Divina en él.

Benedicto XVI renunció porque quiso. Y punto. No dio ninguna Voluntad de Dios en su renuncia.

Luego, lo que hizo Benedicto XVI fue un acto de soberbia y de orgullo. No fe una enseñanza en la Iglesia. No se puede enseñar a renunciar a la Vocación Divina. Eso no lo hace un Papa. Eso lo hizo Benedicto XVI como hombre, porque tuvo miedo de todos los hombres en la Jerarquía de la Iglesia.

No se enfrentó a ellos. Y, por tanto, les hizo el juego.

Benedicto XVI no actuó como Papa en su renuncia. Si hubiera actuado, entonces no hubiera renunciado:

“Si el magisterio viviente pudiera de alguna forma equivocarse — seguiría una evidente contradicción, pues entonces Dios sería el autor del error” (León XIII en Satis Cognitum).

Si Benedicto XVI hubiera actuado como Papa, enseñando la Fe en la Palabra de Dios que le dice: los dones de Dios y la vocación de Dios son irrenunciables, irrevocables, -y eso es el magisterio viviente de la Iglesia- entonces Benedicto XVI no se hubiera equivocado nunca, porque en Dios no hay error, no hay mentira.

Pero Benedicto XVI, cuando se subió a la Silla de Pedro, no se subió como Papa.

Este es el punto.

“Ciertamente, esta fue la doctrina apostólica que sostuvieron todos los Padres, y que reverenciaron y siguieron los santos Doctores ortodoxos. Pues claramente comprendieron que esta Sede de San Pedro siempre permanece sin mancha de error…”( Concilio Vaticano I – Pastor Aeternus).

La Sede de San Pedro siempre permanece sin mancha de error. Siempre, porque es guiada por el Espíritu de la Iglesia en Pedro.

Pero cuando Pedro se va de ese Espíritu, entonces permanece la Sede de San Pedro sin error, pero cae Pedro en el error. El pecado de Pedro va contra su carisma de infalibilidad cuando ese pecado se opone a su vocación divina en la Iglesia. Cuando el pecado de Pedro no se opone, entonces Pedro sigue siendo infalible en su pecado.

Benedicto XVI nunca puede enseñar a renunciar, a proclamar su renuncia en la Iglesia. Nunca se enseña esto como Papa. Si lo enseña es como hombre solamente. Y lo enseña como hombre porque su pecado se opone a su infalibilidad.

Este es el Misterio de la Infalibilidad.

Por este Misterio, la Iglesia siempre camina en la verdad aunque el Papa se equivoque.

El problema para la Iglesia está en obedecer al Papa que se equivoca o en obedecer a Cristo, que nunca se equivoca.

Este es el problema que surgió en la renuncia de Benedicto XVI.

Ante esa renuncia no se puede dar obediencia al Papa, porque no enseña la fe católica sobre Pedro y el Papado. Sólo por esta razón.

Y no hay otra razón.

Porque Benedicto XVI no dio una Voluntad Divina en su renuncia, entonces sigue siendo Papa a los ojos de Dios y a los ojos de las almas que viven su fe en la Palabra de Dios.

Y como sigue siendo Papa a él se debe la obediencia en la Iglesia. Él sigue siendo la Cabeza Visible de la Iglesia. En él está toda la Verdad de la Iglesia.

El punto es que, ahora, en su pecado, es una Cabeza inútil, que no sirve para hacer Iglesia, para ser Iglesia.

Luego, la Sede de Pedro no está vacante, porque Benedicto XVI sigue vivo.

Pero la Sede de Pedro ha sido robada por el Lobo, que se autoproclama a sí mismo Papa, sin serlo.

Y no lo es por el dogma del Papado: no se puede elegir otro Papa estando vivo el anterior, porque Jesús funda Su Iglesia sobre un Pedro, no sobre dos Pedros: “Tú eres Pedro”. Jesús se dirige a una persona no a dos personas.

El lobo, que es Francisco, robó la Silla de Pedro. Y, por tanto, en esa Silla de Pedro, Francisco no tiene el carisma de la Infalibilidad. Por eso, sus continúas herejías todos los días desde que comenzó su reinado en la Iglesia. Eso es señal de que se está equivocando continuamente en todo en la Iglesia. No se posee la infalibilidad.

No hay mayor ciego que el que no quiera ver esto. Aquí tienen una señal clara de que Francisco no es el Papa verdadero, porque el Papa verdadero es infalible en cuestiones de fe y de moral. Y salta a la vista, es más claro que el agua, la incredulidad y la corrupción de Francisco en estos siete meses de reinado.

“¿Se atreverían los herejes a acercarse a la misma silla de Pedro de la cual se deriva la fe apostólica y desde la cual no puede emanar error?” (San Cipriano de Cartago).

Los herejes ya se han acercado a la Silla de Pedro y se han sentado en Ella. Pero esa Silla de Pedro no pertenece a ningún hereje, a ningún apóstata, a ningún cismático, como es Francisco.

Esa Silla de Pedro le sigue perteneciendo sólo a Benedicto XVI. Cuando muera, quedará vacante hasta que el Cielo ponga a Pedro Romano, que gobernará a la Iglesia cuando aparezca el Anticristo.

Durante 25 meses, dicen las profecías que la Silla estará vacante. Es el tiempo antes de Pedro Romano, en que desaparece Roma y volverá a aparecer una nueva Roma dispuesta para el Anticristo.

Benedicto XVI ató el Cielo con su renuncia

Los hombres no han comprendido la Verdad en la Iglesia.

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Muchos hombres creen que se ha de obedecer a los pensamientos de los hombres en la Iglesia. Y si un Papa decide renunciar, entonces hay que callar la boca y someterse a lo que ese Papa ha hecho.

Aquí está el error de muchos, que es también el error de la Jerarquía Eclesiástica.

Aquel que dice: nos guste o no, las decisiones del sucesor de Pedro, como la de renunciar, hemos de asumirlas, pues quedan atadas en los cielos.

Éste no sabe interpretar las Escrituras, sino que da su interpretación, que es sólo su soberbia.

En su soberbia cree que el Papa tiene derecho a ir en contra de la Vocación que ha recibido para ser Pedro. No está entendiendo el Evangelio, que es claro para los humildes, pero los soberbios se enredan en sus propias conclusiones. No saben pensar, no saben hilar correctamente sus pensamientos, porque nacen de su soberbia. Y la soberbia rompe el pensamiento. Lo ciega. Lo deja inútil para ver la Verdad.

La Jerarquía de la Iglesia piensa como muchos hipócritas en la vida, como muchos soberbios en la vida, como muchos orgullosos en la vida. Les gusta reescribir el Evangelio según su acomodado pensamiento humano.

En primer lugar, un Papa no puede renunciar porque el don de Dios es irrevocable (Rm 11, 29).

Si no se parte de aquí, entonces para qué seguir.

Si no se entiende esto tan sencillo que dice San Pablo, entonces se argumenta sin sentido, neciamente, buscando una razón para querer tener la verdad.

Y la Verdad no está en el pensamiento de nadie, ni siquiera de un Papa santo.

Nadie posee la Verdad completa, porque sólo el Espíritu de la Verdad la posee y lleva al alma a ese conocimiento sin fondo, sin límites, en donde siempre se aprende una verdad nueva y nunca se deja de aprender la Verdad. Porque la Verdad no tiene fin. Nunca se llega a conocer toda la Verdad, porque si no seríamos dioses.

Un Papa no puede decidir renunciar. No puede. Si lo hace, peca. Esta es la verdad sencilla. Y esta es la que muchos no aceptan sólo por su soberbia.

Porque los hombres son todos unos soberbios, ciegos para conocer la verdad. Es decir, sólo buscan sus verdades, que el otro les diga lo que quieren oír.

Y en la Iglesia no se está para escuchar mentiras de nadie. Y si un Papa renuncia, eso es una mentira y, por tanto, no se puede asumir una mentira en la vida. Quien la asume es un mentiroso y, después, quiere defender esa mentira a capa y espada.

Cuando un Papa renuncia no se puede asumir esa renuncia. No se puede obedecer al Papa que renuncia. No se puede aplaudir al Papa que renuncia. No se puede alabar al Papa que renuncia. No se puede someterse a la renuncia del Papa. No se puede, porque se va en contra de la Verdad, que dice: los dones son irrevocables. No se puede renunciar. No se puede ir en contra de la Palabra de Dios.

Esto es claro. Pero para muchos hombres no es nada claro, porque son soberbios hasta rabiar. Tiene la rabia de su orgullo incrustado en su mente. Y no pueden aceptar ninguna verdad. Sólo quieren aceptar sus verdades, las que les gusta oír en sus maravillosos oídos.

“Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia, y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”

Esta Palabra Divina, que muchos custodian para defender a Francisco, va en contra de Francisco y de Benedicto XVI.

Jesús eligió a Benedicto XVI como Pedro, como Vicario de Cristo. Y Benedicto XVI renunció a ser Pedro. Inmediatamente ató el Cielo. Y el Cielo no puede dar más Papas, por el pecado de Benedicto XVI.

La renuncia de Benedicto XVI son dos cosas: una atadura en el Cielo y un pecado del alma de Benedicto XVI.

Una atadura en el Cielo, porque Benedicto XVI, en su renuncia, actúa como Papa y, por tanto, en la obra que hace en la Iglesia produce una atadura en el Papado. Y una gravísima atadura, que nadie puede romper. Sólo Benedicto XVI puede romper si actúa como Papa.

Quien renuncia a ser Pedro automáticamente cierra las puertas de la Iglesia a otro Pedro: “lo que ates…queda atado”. La renuncia de Benedicto XVI es una atadura, no es una liberación de la Iglesia ni del alma de Benedicto XVI.

La Iglesia no queda libre de un Papa porque haya renunciado, ya que el don de Dios es irrevocable. Sigue siendo Papa, luego no hay liberación de la Iglesia. La Iglesia no puede elegir un nuevo Papa porque está atada en el Cielo, por la atadura hecha por la renuncia de Benedicto XVI.

Es que la renuncia de un Papa no es cualquier cosa en la Iglesia. Es algo muy grave que la Jerarquía Eclesiástica no ha meditado ni meditará, porque son todos unos soberbios y unos engreídos, que se creen los dioses de la Iglesia.

La renuncia de un Papa no es un papel escrito que Dios acepta. La Vocación que Dios da a Pedro no se firma en un papel humano. Está escrita en el Corazón de Dios en el corazón del Papa. Y nadie puede borrar esa escritura. Ningún papelito humano firmado por nadie.

Si la Iglesia no queda liberada con la renuncia de Benedicto XVI, entonces Francisco es un impostor, no un Papa.

Esto es claro para las almas humildes. Esto hace reventar a las almas soberbias. No lo pueden aceptar. No les entra en la cabeza, sólo porque son soberbios a rabiar.

La Sagrada Escritura va en contra de Benedicto XVI y de Francisco y, por tanto, de toda la Jerarquía.

Es la Verdad que nadie quiere aceptar porque se acogen a sus normas para hacer renunciar a un Pontífice. Para ellos es más importante sus reglas en la Iglesia que la Palabra de Dios. Esto es lo propio de la Iglesia de los fariseos, que tanto batalló Jesús en su tiempo y los confrontó hasta morir.

No se puede aceptar a un fariseo en la Iglesia como es Benedicto XVI, Francisco y toda la Jerarquía Eclesiástica. No se puede comulgar con ninguno de ellos. No se les puede obedecer en nada. Hay que decirles a cada uno de ellos que primero quiten su fariseísmo de la Iglesia y después pidan la obediencia. Como no van a hacer esto, entonces hay que confrontarlos como son en la realidad: unos malditos que no quieren quitar su pecado de en medio de la Iglesia.

El que peca es siempre un maldito cuando persiste en su pecado, cuando proclama su pecado, cuando justifica su pecado, cuando vive obrando su pecado.

Hay que llamar a las cosas por su nombre, que es lo que nadie hace hoy en la Iglesia. Todos se dicen pecadores, pero no hay ni uno que luche por quitar su pecado de en medio de la Iglesia.

El pecado de Benedicto XVI hace a la Iglesia un cadáver. No hay Espíritu en la Iglesia, porque no hay Pedro que la gobierne. No existe. La Iglesia está totalmente desvalida, sin protección alguna. La Verdad ya no está en Ella, porque Benedicto XVI renunció a la Verdad.

La Verdad de la Iglesia sólo la tiene el Papa. Si Pedro renuncia a ser Pedro, nadie en la Iglesia tiene la Verdad. Nadie. Por eso, ahora sólo vemos a la gente que lucha por sus verdades en la Iglesia. Pero nadie quiere luchar por la Verdad de la Iglesia.

Él único que puede resolver este dilema es Benedicto XVI. Puede desatar lo que ha atado como Papa en su renuncia. Pero no lo va a hacer. Para hacerlo, tendría que salir de Roma y enfrentarse a Francisco. Y no le van a dejar hacer eso. Eso es claro. Eso lo sabe hasta un niño.

El fariseísmo que hay hoy en la Iglesia es la peor calaña de todas. Toda la Jerarquía Eclesiástica, que está en Roma, huele a podrido. No hay uno que se salve. Roma está infestada de satánicos por todas partes. En Roma hay una secta satánica que lo dirige todo y que lo prepara todo para la hecatombe espiritual que se avecina ya.

Roma es una ramera que se prostituye con los hijos del demonio que son muchos sacerdotes y Obispos en Roma. Y esa ramera va a dar a luz al inicuo, al sin nombre, al que el Cielo no puede ver sin darle una Justicia Divina. Un hombre sin misericordia y para una obra sin misericordia en Roma y en el mundo.

Y, por tanto, aquel que quiera seguir jugando con Francisco, que siga haciéndole el juego. Pero aquel que quiera oponerse a Francisco que se oponga con todas las consecuencias, porque la batalla va a ser dura, porque hay que enfrentarse a los duros de cerviz que ya se creen los dioses de Roma. Son las nuevas deidades que Roma da a luz en nuestros días. Y muchos dan culto ya a Francisco como un superhombre.

Y este superhombre tendrá que abajarse tanto porque le va a ser quitado lo que más precia: su trono en Roma.

No de todos es la Fe

“y para que nos veamos libres de esos hombres absurdos y malvados, que no de todos es la fe” (2 Ts 3, 2).

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La fe no se posee sin la voluntad del hombre, pero la fe se puede perder por la voluntad del hombre.

El hombre es libre para tener o no tener fe.

Este es el punto más difícil en la Iglesia. De la comprensión de esta verdad entonces se ve la mentira que hay en la Iglesia actualmente.

Dios da la fe al corazón del hombre, pero Dios no impone la fe al hombre.

El hombre tiene que abrirse a ese Don divino de la Fe. Tiene que aceptarla en su corazón sin poner nada ni quitar nada a ese Don de Dios.

Dios da la Fe, pero el hombre decide su camino en la vida.

Y el camino es claro: o estar con Dios o estar con el demonio. No se puede estar con los dos.

En la Iglesia hay muchas personas que quieren estar con los dos.

La fe se vive en la oscuridad de la razón, porque es un don al corazón del hombre, no a su razón.

Y, por tanto la fe se pone a prueba constantemente porque la razón quiere interpretar la fe, el don de Dios.

La fe se vive con el corazón, no con la razón.

Pero si el corazón no permanece en gracia, entonces se pierde la fe.

En el corazón está el motor de la fe: el amor, que se da en la gracia. Si se vive el pecado, no se vive la fe.

Este es el punto para comprender lo que hizo Benedicto XVI en su renuncia.

Pedro renunció a ser Pedro. Pedro renunció a su fe, al Don de Dios en su corazón. Y renunció por un pecado. El pecado de la renuncia es después del primer pecado por el cual perdió la fe.

Para renunciar al Papado, primero hay que pecar en algo grave como Papa. Si no, no se puede comprender la renuncia, porque nadie renuncia por motivo de una enfermedad. Se renuncia por un pecado.

Benedicto XVI pecó en algo grave como Papa y eso le llevó al pecado de la renuncia, que es un pecado contra la fe. El primer pecado es un pecado contra la gracia en su corazón. Perdió la gracia y, después, perdió la fe.

Para perder la fe es necesario un grave pecado, porque no todo pecado quita la fe. El pecado que quita la fe es la incredulidad, la apostasía, el cisma, la herejía.

Tuvo que pecar en algo de esto para, después, cometer ese pecado de la renuncia, que no sólo es su pecado, sino también el de toda la Iglesia.

Y ¿por qué cometió ese pecado? Porque su razón se puso por encima de la fe.

La fe es un don divino dado al corazón para que obre el hombre algo divino en su vida humana. Y sólo se obra siguiendo la fe, no la razón.

La fe somete la razón y la voluntad del hombre al Pensamiento Divino. Y hace caminar al hombre sólo por la Voluntad Divina.

Pero quien pone su pensamiento humano por encima de la fe, entonces peca contra la fe.

La fe siempre está por encima de la razón. La luz de la fe es mayor que la luz de la razón. La fe y la razón no se oponen, pero se distancian, porque la Fe va más allá que la razón.

La fe es certeza que se apoya sólo en Dios. La razón no es certeza, sino verdad a medias, por apoyarse sólo en el hombre.

El hombre de fe deja sus razones a un lado para seguir el Pensamiento de Dios.

El hombre que no tiene fe se agarra a sus pensamientos humanos y hace de ellos el camino de su vida.

Benedicto renunció a la fe en Pedro.
Pedro es la Verdad en la Iglesia. En Pedro se apoya toda la Iglesia. A Pedro le obedece toda la Iglesia. Pedro es el que une a la Iglesia en la Verdad.

Benedicto XVI renunció a esta Verdad sobre Pedro. Y, entonces, produjo otro pecado en la Iglesia: la Iglesia renunció también a Pedro.

Son dos pecados unidos en la renuncia de Benedicto XVI. El pecado de un Papa trae el pecado de toda la Iglesia por el Misterio de la Iglesia en Pedro.

Pedro, al ser Cabeza Visible del Cuerpo Místico, sus obras son las obras de la Iglesia. Sus pecados son los pecados de la Iglesia. Sus palabras son las palabras de la Iglesia.

Pedro se une a toda la Iglesia en el Papado. Y lo que haga Pedro eso es la Iglesia.

Benedicto XVI pecó: renunció a la Fe en Pedro. También la Iglesia.

Y esto trae dos consecuencias para todo el mundo:

1. Ya no hay Pedro, sino un falso Pedro.

2. Ya no hay Verdad en la Iglesia.

Al renunciar Benedicto XVI a ser Pedro, entonces se acaba el Papado en la Iglesia. Los que siguen son falsos Papas. Ya no anti-Papas, sino sólo impostores que se hacen llamar Papas, pero que por sus obras se conocen, como se ha visto en Francisco.

Si se acaba el Papado, entonces ya no se da la Verdad en la Iglesia, porque el Papado es la Verdad, es la Roca de la Verdad. En la Iglesia, lo primero es el Papa. Debajo de él todos los demás. Ahora en la Iglesia, hay un conjunto de hombres en la cabeza. No puede darse nunca la Verdad, sino muchas verdades en cada cabeza.

Y si no hay Verdad en la Iglesia, entonces, hay que dejar la Iglesia.

Pero sólo se puede dejar cuando el Espíritu diga, no cuando los hombres quieran. La Iglesia es la Obra del Espíritu, no de los hombres.

Para dejar de mirar a Roma, Roma tiene que presentar algo más que la anulación del Papado. Y ese algo más debe ser una columna en la Iglesia, como la eucaristía. Porque la Iglesia vive de la Eucaristía.

Las almas en la Iglesia, desde hace mucho, les importa poco lo que significa el Papa. Por eso, lo que ha hecho Benedicto XVI a mucha gente no le ha extrañado, sino que lo han visto como una postura de humildad y de amor.

Las almas en la Iglesia no comprenden los Misterios de la Iglesia. Sólo quieren ir a Misa el domingo para comulgar y, después, seguir con sus vidas humanas mirando al Papa que dice muchas cosas en la Iglesia.

Así son todos en la Iglesia.

Por eso, no es suficiente con quitar al Papa para irse de la Iglesia, porque eso no duele a mucha gente. Pero cuando le quiten la Eucaristía, entonces van a comprender muchos lo que ahora se niegan a comprender.

La fe da la libertad del Espíritu al hombre. El hombre que cree es libre y, por eso, puede obrar en todo sin que nadie le juzgue. Puede discernirlo todo sin que nadie le juzgue.

Pero el hombre que no cree es esclavo de sus pensamientos humanos, de su vida humana, de sus obras humanas, y no sabe ver la Verdad que pasa a su alrededor, porque todo lo juzga con su razón. Y entonces es juzgado por todos.

Cuando Benedicto XVI renunció a ser Papa, la Iglesia también renunció a tener un Papa, una Cabeza Visible en Ella. Y eso sólo significa una cosa: ahora quien guía a la Iglesia es sólo el Espíritu, no una cabeza.

En el tiempo del Hijo, el Espíritu hablaba en la Iglesia a través de una Cabeza Visible, de un Papa.

Con la renuncia de Benedicto XVI, ya no puede darse una Cabeza Visible y, por tanto, ahora quien guía a toda la Iglesia es sólo el Espíritu. Y sólo hay que hacerle caso al Espíritu. No a ninguna cabeza en la Iglesia. Sólo a los Pastores que ven la Verdad de lo que está pasando en la Iglesia.

El gobierno masónico en la Iglesia

Y vi otra Bestia que subía de la tierra, y tenía dos cuernos semejantes a los del Cordero y hablaba como Dragón” (Ap. 13, 11).

masones

Una bestia con dos cuernos que habla como dragón es el sacerdocio que no es sacerdocio, que tiene la pantalla del sacerdocio pero que es otra cosa.

Sacerdote ‘bestia’, es decir, sacerdote masón.

La bestia, en la Sagrada Escritura es el que se enfrenta a Dios. Pero se enfrenta a Dios como Cordero, es decir, como sacerdocio. Y esa bestia habla como un Dragón, es decir, habla en contra de los mandamientos y de la ley de Dios.

El dragón es aquél que vomita su sopor sobre los animales, su inmundicia sobre los demás. Y los vence en lo que vomita.

En la Iglesia se da lo que se llama la masonería eclesiástica, es decir, diáconos, sacerdotes, Obispos, Cardenales, que tienen la pantalla del sacerdocio, de la consagración al orden, que hacen todo como cualquier sacerdote, pero que no son sacerdotes.

Están en el sacerdocio con un fin: el de la masonería. Son masones que estudian todo lo del sacerdocio con el fin de instalarse en la Iglesia para destruirla.

Hacen vida de sacerdotes, se dedican a celebrar misas, a predicar, y a todo el ministerio sacerdotal, pero con el fin de alcanzar los puestos más altos en la Iglesia.

Para estos sacerdotes la vida del sacerdocio no existe. Sólo existe la pantalla, el teatro que hacen en la Iglesia. Lo que existe, para estos sacerdotes, es la vida masónica que llevan y que está oculta para todos.

La masonería triunfa porque se oculta. Ellos tienen la norma de ocultarse, de que nadie sepa sus planes, el siguiente movimiento que van a hacer. Y así pueden introducirse en todos los campos de la Iglesia y planear su estrategia sin que se conozca a la luz.

Por eso, Benedicto XVI era masón, pero nadie lo conocía. Era masón en todo. Estudió toda la teología y se ordenó como sacerdote sólo con la intención de llegar al poder.

Benedicto quería irse de la Iglesia, pero no lo dejaron. La Iglesia está manejada por el demonio desde 1972. Quien gobierna la Iglesia desde ese tiempo era la masonería, pero oculta, sin descubrirse a nadie.

Eso no quiere decir que los Papas eran malos. No. Tampoco Benedicto XVI era mal Papa. Era bueno, conducía a la Iglesia hacia la verdad, pero era masón.

La masonería, desde 1972, gobernaba la Iglesia, pero no podía actuar de forma inmediata y rápida.

Tenía que dar tiempo para que las cosas en la Iglesia cambiaran, se transformaran al gusto de ellos.

Sólo un Papa les hizo frente: Juan Pablo II. Los demás se dejaron vencer. Por eso, el Beato Juan Pablo II tiene la garantía de la Iglesia porque dio la Verdad, aunque sufrió por Ella.

Se hicieron muchas cosas para desacreditar al Papa Juan Pablo II, pero nadie pudo hacer que renunciara a su cargo, como se lo pedían de forma insistente.

Hay que contemplar a la Iglesia, desde 1972, con la perspectiva del gobierno de los masones en la Iglesia. Un gobierno oculto, que nadie veía, que nadie entendía, pero que iba dando las directrices a todos para que, en el momento clave, alguien subiera a la Silla de Pedro y comenzara lo público de la masonería en la Iglesia.

Lo público de la masonería en la Iglesia es lo que los masones quieren que se sepan, pero no es el gobierno de la masonería en la Iglesia.

Siempre el masón se esconde aunque aparezca. Esta es su estrategia.

Y, cuando el masón gobierna algo, no es la persona la que gobierna, sino la masonería, que siempre está detrás y que nadie sabe quién es.

Francisco es masón, pero no gobierna la Iglesia. Es otro quien le dicta lo que tiene que hacer.

Francisco da lo público que a la masonería le interesa que la gente conozca. Pero Francisco no da lo que realmente está sucediendo ahora en la Iglesia.

Francisco ha puesto su residencia fuera de las habitaciones privadas de los Papas en el Vaticano. Y la ha puesto para así estar en contacto con la masonería, para estar libre y poder entrar y salir sin que en Roma se den cuenta.

A Francisco hay que verle como masón, no como sacerdote. A Francisco hay que atacarle como masón, no como sacerdote. A Francisco le importa muy poco el sacerdocio. Es la pantalla para hacer todo lo demás.

El plan de la masonería es muy simple: acabar con la Iglesia. Pero se necesita personas que hagan esto sin rechistar, sin poner su idea, su verdad, porque la masonería ya tiene su fin: destruir toda verdad. Y no le interesan los medios para esto, los caminos para esto, lo que piensan los hombres para llegar a este fin.

Los masones son sólo una idea puesta a la fuerza. No es una idea que se va poniendo, quitando acá y quitando allá.

Francisco ha puesto lo que quería la masonería en él: quitar el Papado. Y lo ha hecho a la fuerza. Al mes, lo proclamó y a los seis meses lo puso sin que nadie dijera nada.

Así trabaja la masonería. Una idea que no se discute y que se pone por que sí.

Se da tiempo para los cambios en la Iglesia, propio de un nuevo gobernante, y cuando ya se ve que todo está listo, se escribe un documento para anular la Palabra de Dios sobre la Autoridad Divina en la Iglesia.

Francisco ha hecho su trabajo. Y ahora tiene que irse. Porque la masonería tiene que seguir poniendo la idea a la fuerza.

Desde 1972, la masonería ha puesto sus ideas, pero de forma oculta y ha dado tiempo para que emergieran y se consolidasen en la Iglesia.

Pero una vez que ha tomado el poder de la Iglesia, ya no le interesa el tiempo. Ahora, está a la vista de todos y, por eso, todo viene ya para la Iglesia.

Y hay mucha gente que no se espera lo que viene por estar sólo metida en su vida humana oyendo a un Dragón que sólo vomita las palabras del demonio.

Si Francisco tuviera otra misión en la Iglesia de la masonería, lo hubiera dado a conocer en el mes primero de su elección. Pero en ese mes hizo dos cosas: lavar los pies a dos mujeres y poner el gobierno horizontal.

Eso define el gobierno público de la masonería.

Eso es lo que la masonería quería dar a entender a toda la Iglesia.

Pero no se ve lo que está detrás de todo eso. Porque Francisco no es la masonería. Trabaja para ella, como trabajó Benedicto XVI, que es el ladrón de la Silla de Pedro, es el que robó la Silla de Pedro para entregársela a la masonería.

Benedicto XVI es verdadero Papa, pero inútil. Verdadero por la sucesión apostólica, pero no para ser Papa como Jesús lo quería.

Benedicto XVI no tenía que atacar a la Iglesia en la Verdad, como lo ha hecho Francisco. Sólo tenía que pasar la Silla de Pedro a otro.

Por eso, Benedicto XVI sólo pecó contra Cristo y su Espíritu, pero no pecó contra la santidad de la Iglesia.

Francisco pecó contra la santidad de la Iglesia porque ha destrozado la Verdad en la Iglesia en el Papado y eso significa dividir la Verdad, dividir la Iglesia, dividirlo todo en la Iglesia.

Pero Benedicto XVI sólo dio a la masonería lo que ésta le pidió: la Silla. Éste era el objetivo principal de su mandato en la Iglesia. y no otra cosa.

Lo demás, no era tiempo de tocarlo.

Francisco dio a la masonería lo que ésta le pidió: el Papado. Pero no lo demás.

La masonería ahora quiere a otro para seguir dividiendo la Iglesia.

Cuando la masonería hace público su gobierno, siempre va por partes, pero con decisión, firme en una cosa. Quiere hombres para destrozar una idea y sólo una.

Y esto lo tiene que hacer la masonería en la Iglesia por lo que es la Iglesia. La Iglesia vive de dogmas. Y para atacarlos hay que ir de los más fuertes a los más débiles. Hay que suprimir los que son columnas en la Iglesia, los que lo deciden todo en la Iglesia. Si se quitan éstos, los demás se caen por su propio peso.

Como ya la masonería no obra en lo oculto, no tiene que hacer el trabajo oculto de antes. Ahora obra públicamente. Eso es lo que hace Francisco: la obra pública de la masonería, lo que la masonería quiere que haga mientras esté en la Silla. Lo demás, no interesa.

Benedicto XVI hizo su trabajo, Francisco ha hecho su trabajo. Ahora tiene que irse para que venga otro a hacer el siguiente trabajo, la siguiente idea que se pone a la fuerza y que va contra una verdad en la Iglesia.

Por eso, ahora todo está en calma. Francisco dice sus herejías en cada homilía de Santa Marta. Y nadie dice nada. Todos felices de ese charlatán, que es para muchos el santo de todos los tiempos.

El gobierno horizontal, calentando silla, viendo cosas y no haciendo nada. No puede obrar hasta que no se quite el siguiente dogma en la Iglesia. Se entretienen en las cosas que les da Francisco, que es su obsesión: buscar dinero. Y no más. No hay mayor interés en la Iglesia que estar escuchando a un idiota blasfemar sus mentiras a todo el mundo y ver cómo todo el mundo cae a sus pies.

Las almas siguen ciegas en lo que está pasando en la Iglesia y no se dan cuenta de lo que viene a la Iglesia. Es un trastorno para todos, incluso para el mundo, porque muchos tendrán que dejar la iglesia que se instala en Roma y buscar la Verdad allí donde le dejen.

Y eso es una conmoción para todos. De ahí nacerá la verdad para muchos en el corazón. Porque muchos están en su paganismo en el mundo y no encuentran la verdad en la Iglesia. Y cuando vean que hombres van en busca de la verdad a otra parte que no es Roma y que no es el mundo, ahí estará la Iglesia de siempre, con sus verdades de siempre que siempre atraen a todos, así sean los más viles pecadores de todos los tiempos.

Quieren destruir la verdad, pero no pueden. La pueden perseguir, ocultar, matar cuerpos, derrumbar iglesias, pero la Verdad sólo está en el corazón que cree. Y nadie puede matar el corazón, porque es algo divino.

Las almas tienen que despertar porque queda nada. Dentro de poco, Francisco tendrá que dimitir y otro le sucederá para quitar el amor en la Iglesia.

Y, cuando se haga eso, muchas almas despertarán, pero no será suficiente. No sólo hay que despertar del sueño, hay que ponerse a luchar por el amor herido en la Iglesia, por la verdad combatida en la Iglesia, por la vida destrozada en la Iglesia.

Y entre el despertar y el ponerse a la batalla corre un tiempo que, para muchos, es perdido y no tendrán más solución que seguir en la mentira que les da Roma.

Las almas no están preparadas a lo que viene. No lo están porque la caridad de muchos se ha enfriado en la Iglesia.

El pecado de la Iglesia actual

subidalaalle

El pecado de la Iglesia es elegir un Papa cuando todavía el Papa está vivo.

Y este pecado no se quiere reconocer como pecado, porque los hombres se ajustan a sus leyes eclesiásticas, no al Espíritu de la Iglesia.

En esas leyes eclesiáticas se da la posibilidad de elegir un Papa en la renuncia de otro al Pontificado.

Cuando los hombres de Iglesia siguen sus preceptos y no siguen al Espíritu se vuelven fariseos y quieren ver la verdad de la Iglesia, el bien de la Iglesia, en sus preceptos, pero no en el Espíritu de la Iglesia.

Este pecado de la Jerarquía de la Iglesia es tan manifiesto que nadie lo toma como pecado, porque todos en la Iglesia siguen sus pensamientos humanos, sus razonamientos humanos, sus ideales humanos y, por eso, han hecho de la Iglesia un negocio humano, una empresa humana. Y creen que hay que hacer la Iglesia según perspectivas humanas, según circunstancias humanas, según lo que cada cual ve con su pensamiento.

Llaman a esas leyes eclesiásticas Voluntad de Dios, porque, para eso son la Jerarquía de la Iglesia. Están en el Poder y tiene derecho a decidir los destinos de la Iglesia y a mandar a la Iglesia, aunque a nadie le guste lo que se mande.

Muchos en la Jerarquía de la Iglesia usan su sacerdocio, su ministerio, su oficio eclesiástico para mandar su voluntad humana a los demás y declarar que eso que mandan es Voluntad de Dios.

Muchos en la Jerarquía de la Iglesia no saben discernir entre la Voluntad de Dios, la voluntad de los hombres y la voluntad del demonio. Y no saben hacerlo porque quieren discernir el bien de la Iglesia con su pensamiento humano, con su intelectualidad, con su teología, con su filosofía, con su psicología, con su psiquiatría. Y, de esta manera, nunca descubren la Voluntad de Dios, sino sólo la voluntad de los hombres o la voluntad del demonio.

El demonio trabaja en la mente de los hombres. Y trabaja mucho en los sacerdotes, en los Obispos, en los Cardenales, en los Papas, porque sabe que los hombres les gusta razonar la vida y, por tanto, sólo creer en lo que su razón descubre.

Dios habla al corazón del alma, no a la mente de la persona. El corazón es el sitio divino que la persona tiene para aprender la Voluntad de Dios y obrarla en su vida humana.

La Voz de Dios es la Voz del Amor en el corazón. Y esa Voz no es una idea muy bonita, no es un pensamiento positivo de la vida, no es algo que se prepara en una bandeja de plata para que los demás aplaudan lo bien que se ha pensado todo.

La Voz del Amor es una Obra Divina, porque el Pensamiento de Dios es una Obra de Dios. Para Dios, pensar es obrar. Para los hombres, pensar es sólo tener unas ideas, llegar a una ideas, buscar unas ideas acertadas sobre un asunto. Y, después, los hombres obran o no obran eso que han pensado.

Dios mueve a obrar el Amor, Su Amor Divino, que pone en el corazón de los humildes. Dios no mueve hacia algo porque el hombre haya pensado bien la cosa. Dios mueve sin más hacia la Obra que Él quiere del alma. Y, de esa manera, el alma obra el Amor, el alma hace un Bien Divino en su vida humana, el alma hace la Voluntad de Dios en la vida.

Pero el alma debe ser una persona de oración y de penitencia. Una persona que no se moleste por su vida humana, que no se preocupe por su vida humana, que no atienda a su vida humana, sino que esté siempre buscando la Presencia de Dios para poder discernir lo que viene de Dios, lo que viene de los hombres y lo que viene del demonio. Y sólo los santos saben hacer esto.

Y, por eso, cuesta entender la Voluntad de Dios. No es fácil hallarla en un mundo lleno de voluntades humanas, de razones humanas, de deseos humanos de la vida.

Por eso, ante la renuncia del Papa, la Iglesia se tenía que haber puesto en oración y penitencia, porque esa renuncia es un pecado gravísimo, que sólo con oración y penitencia se puede reparar. Y hallar, en esa oración, el Designio Divino sobre la Iglesia, la Voluntad de Dios sobre la Iglesia en esos momentos: ¿qué hacer en la Iglesia cuando un Papa renuncia a ser Papa?

Pero como la Jerarquía de la Iglesia no hizo oración y penitencia, sino que echó mano de sus preceptos eclesiáticos, por eso, lo que hizo fue otro pecado. Y llamó a ese pecado Voluntad de Dios.

Y ¡ay del que se atreva a decir que lo que hizo la Jerarquía de la Iglesia es un pecado y que no es Voluntad de Dios!, que ese hombre que se ha elegido es un falso Profeta, no es un Papa verdadero. Lo llaman hereje y cismático.

La Jerarquía de la Iglesia ha puesto su cabeza, la que ellos han elegido como hombres que son. Pero no han puesto la Voluntad de Dios, que es lo que el Cuerpo Místico pide a la Jerarquía de la Iglesia: que haga la Voluntad de Dios, no que llame al pecado Voluntad de Dios.

Esto es lo que se ha hecho, una vez más en la Iglesia. Porque esto no es nuevo. No se comprende lo que es la Obediencia al Espíritu de la Iglesia. Todos en la Iglesia, desde que fue fundada, han buscado la obediencia de los fieles a sus razonamientos humanos, a sus ideas de cómo debía ser la Iglesia, a sus preceptos eclesiásticos. Eso ha sido siempre. Y eso fue esa elección de un nuevo Papa por la falta de fe de toda la Jerarquía de la Iglesia.

Los hombres de la Iglesia han puesto su pecado en la Cabeza de la Iglesia para que todo el mundo asienta a su pecado, justifique su pecado, aplauda su pecado, siga su pecado, y así hacer de la Iglesia sólo lo que el pensamiento de ese hombre quiera.

Esto es lo que ha pasado y nadie se atreve a decir lo contrario, porque -claro- son sacerdotes, Obispos, Cardenales, que saben lo que tienen que hacer en la Iglesia. Y como nadie en la Iglesia busca la Verdad de la Iglesia, sino que todos buscan sus medias verdades, entonces tenemos lo que tenemos.

La Iglesia tiene su Papa: el que ellos han buscado, el que los hombres quieren. Pero no tiene la Voluntad de Dios. Porque Dios no ha querido ese falso Profeta para su Iglesia. Dios ha dado un Papa a su Iglesia y no elige otro Papa hasta que muera. Esa es la Fe de la Iglesia.

Por tanto, sólo se puede obedecer en estos momentos, a la persona que Dios ha puesto como Papa, que es Benedicto XVI. El problema es que Benedicto XVI no quiere ser Papa.

Este sigue siendo la Verdad de la Iglesia que todavía no se ha solucionado. La Iglesia está sin Papa, porque el Papa vive su pecado, está en su pecado. Y los hombres se han inventado un Papa que quieren que todos lo sigan, que lo imponen a toda la Iglesia como el verdadero Papa.

Y aquellos que tienen Espíritu, en seguida, ven la mentira de ese falso Profeta. Desde que fue elegido sólo se ha interesado por agradar a unos y a otros, por hacer la vida de la Iglesia una fiesta, por querer dar a la Iglesia ritos más conformes a los tiempos que vive el hombre, ritos acomodados a la vida humana, para que el hombre se encuentre contento en la Iglesia, y vea que la Iglesia es como el mundo y acepta las cosas del mundo y se hace más humana porque está con los hombres y sus problemas.

Un falso Profeta que, cuando habla, cuando se da a la improvisación, se le captan sus mentiras, sus debilidades intelectuales. ¡Cuántas cosas ha dicho que un Papa verdadero nunca las dice! ¡Cuántas medias verdades que dab a entender lo que hay en la mente de ese sacerdote, que revestido de Poder, se cree con derecho a gobernar la Iglesia con su inteligencia y con la inteligencia de los hombres! Porque eso es lo único que tiene: su inteligencia humana con la cual quiere descubrir la Verdad de la Iglesia.

Un falso Profeta que se muestra humilde en los exterior, que da a los hombres exteriores, sin vida espiritual, lo que los hombres quieren oír en sus mentes humanas. Pero que no es capaz de hablar la Verdad que está en el Espíritu Divino, porque nunca se ha guiado por ese Espíritu, sino que ha aplaudido a hombres de la Iglesia que han hecho de su sacerdocio el negocio de las cosas divinas.

Y ante ese falso Profeta, al hombre espiritual, al hombre que vive su vida espiritual, al hombre que sabe discernir espíritus, no se le puede exigir la obediencia. El que tiene espíritu tiene que enfrentarse a ese falso Profeta y seguir dando la obediencia al verdadero Papa.

Hay que luchar por quitar el pecado de la Iglesia. Y ese pecado ahora se muestra al mundo con la cara de un soberbio que quiere darse a todos como el verdadero Vicario de Cristo.

Ese falso Profeta es el hereje y el que provoca el cisma en la Iglesia, porque el Espíritu Santo marca la línea de división en Su Iglesia. La Iglesia es del Espíritu, no de ese falso Profeta, no de las leyes eclesiásticas de ese falso Profeta. Y hay que obedecer al Espíritu de la Iglesia en estos momentos. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Y si no se da esta obediencia, entonces los fieles se acomodan al pecado, a la mentira, a un Papa que no es verdadero Papa sino un impostor y, como tal, hay que tratarlo.

Hay que rezar mucho por este falso Profeta y no seguirlo en nada en lo que haga en la Iglesia. Hay que reconocer al verdadero Papa y pedirle al Señor que lo levante de su pecado, que él vea su pecado y lo quite. Porque una Cabeza que no quita su pecado hace de la Iglesia el pastizal del demonio.

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