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“Amoris Laetitia”: la nueva fábula de Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

«Recordando que el tiempo es superior al espacio…» (AL, 3):

Así comienza Bergoglio su falsa exhortación, llena de errores y de un lenguaje ambiguo propio de su modernismo.

Comienza con algo que nadie comprende, sólo los que lo siguen ciegamente: su tesis kantiana del tiempo y del espacio.

Para Bergoglio, el tiempo del pasado, el del presente y el del futuro deben unirse en un mismo espacio, en una misma situación de vida, en una comunidad eclesial. Y, por eso, hay que recoger todos los datos, todas las vivencias de los hombres, todas sus culturas, todas las maneras de ver la vida, y formar una doctrina que se pueda vivir por todos los hombres en este espacio de vida eclesial.

Y, por eso, lo primero que hace este hereje es dar un repaso a la Sagrada Escritura en donde se habla del matrimonio, de las familias, para sacar una conclusión que se ajuste a su tesis kantiana:

«En este breve recorrido podemos comprobar que la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje…» (AL, 22).

Es aquí donde quiere llegar: nada de teologías, nada de ideas abstractas, todo es la praxis.

La Palabra de Dios no enseña ni guía al hombre: «no es una secuencia de tesis abstractas»,

sino que es una praxis: «una compañera de viaje».

Dios que camina con el hombre. Es el hombre el que hace el camino. Ya no es Cristo el Camino de la Iglesia, un Camino en la Verdad Única y Absoluta.

Para Bergoglio, se viaja en el tiempo, no en el espacio. La fe es un recordar el tiempo pasado, coger esas ideas y actualizarlas al tiempo presente, para que se obren en el espacio concreto (matrimonio, familia, comunidad, parroquia, asociación, sociedad…) en que vive el hombre.

Bergoglio sólo está exponiendo su fe fundante que ya desarrolló en su otra fábula “lumen fidei”.

Y, por lo tanto, si en el tiempo pasado, los hombres entendieron la Palabra de Dios de una manera acorde a su vida humana o eclesial (a su espacio cultural, social, eclesial), ahora, en este tiempo hay que entenderla de otra manera, ya que el tiempo es superior al espacio. El tiempo es el que va cambiando, el que impone una reforma del espacio; el espacio, las familias, la Iglesia, las sociedades, son siempre las mismas, estructuras que no cambian pero sí que admiten reformas en cada tiempo.

De esta manera, Bergoglio enfrenta la Palabra de Dios, el Magisterio de la Iglesia, la teología católica con la pastoral, diciendo que el matrimonio nadie lo ha sabido explicar hasta que Él ha llegado a la Iglesia para exponer su inmoralismo universal:

«… hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario» (AL, 36).

El matrimonio de la Sagrada Familia es demasiado abstracto: la pureza, cumplir con los mandamientos divinos, usar la gracia del Sacramento, son construcciones artificiosas que no resuelven las situaciones concretas de las familias.

Todos los matrimonios santos, a lo largo de toda la historia eclesial, no son ejemplo para la Iglesia, porque se han construido en algo abstracto, en una doctrina inmutable que no sirve, en este tiempo actual, para los demás.

En otras palabras, para Bergoglio el matrimonio ideal es el de los cónyuges que se pelean, que son infieles a la gracia, que usan los anticonceptivos, que se divorcian, que no comulgan con una doctrina inmutable, sino cambiante…. Lo demás, es teología abstracta.

Y hay que resolverles la vida, hay que dar un espacio eclesial, social, cultural, a este “matrimonio ideal”.

El matrimonio ideal, el católico, es aquel en que los dos cónyuges están unidos a Cristo: viven y se esfuerzan por realizar la gracia del Sacramento, que han recibido en su matrimonio.

Pero esto es abstracto para la mente del usurpador. El matrimonio como lo instituyó Cristo es un insulto para la mente de Bergoglio.

Él está en su tesis kantiana: «no hemos despertado la confianza en la gracia».

La gracia, para Bergoglio, es algo inmerecido, gratis, a la cual todos pueden acceder sin ningún obstáculo. Por eso,

«Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia inmerecida, incondicional y gratuita. Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio» (AL, 297).

«Id malditos de mi Padre al fuego eterno…»: Jesús, para Bergoglio, no era consecuente con su lógica. Jesús dijo eso en un tiempo concreto, pero que ya no sirve para este tiempo actual.

No se puede hablar, ahora, de condenación para siempre, ni de infierno, ni de pecados que sacan de la comunión de la Iglesia.

No se puede seguir a San Pablo que enseña inspirado

«… que no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con éstos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Bergoglio dice: «hay que integrar a todos… No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación que se encuentren» (AL, 297).

De estas palabras, se deduce que los Obispos no se van a reunir en un Concilio para excomulgar a Bergoglio como hereje, porque ya no existe el pecado de herejía, ni de apostasía de la fe, ni el de cisma, que saca automáticamente de la Iglesia al que lo comete.

Ahora, se trata de hacer una iglesia para todos los herejes, ateos, homosexuales, divorciados, cismáticos, etc…

Dice Bergoglio: «hay que integrar a todos».

Dice San Pablo: «no os mezcléis… Dios juzgará a los de fuera; vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos».

Los Obispos deben extirpar el mal de Bergoglio, pero no lo van a hacer, porque ya no creen ni en Cristo ni en la Iglesia. Ya nadie defiende la doctrina inmutable de Cristo. Ahora, todos defienden su parcela, sus intereses privados en la Iglesia.

¿Quién tiene razón? ¿Quién acierta? ¿Quién está haciendo la Iglesia de Cristo? ¿San Pablo o Bergoglio?

¿Hay obligación en conciencia de seguir la verdad revelada, la que enseña Dios a través de San Pablo, o hay que seguir el invento de un hombre que se ha creído Dios en la Iglesia?

Es claro que no se debe nada a Bergoglio: ni respeto ni obediencia. Y que, para ser de Cristo y pertenecer a la Iglesia de Cristo, hay que atacar a Bergoglio y estar en comunión con el Papa Benedicto XVI, dos cosas que muchos católicos, entre ellos los tradicionalistas, no acaban de entender.

¿Por qué hay que integrar a todos?

Es sencillo: Bergoglio nos recuerda su propia herejía.

“A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio” (AL, 303).

Gran error doctrinal, moral y pastoral: la conciencia de las personas integrada en la praxis. En otras palabras, la moral autónoma kantiana.

La práctica de la Iglesia, la norma de moralidad, no está en la conciencia de ninguna persona, sino sólo en la Ley de Dios y en el magisterio de la Iglesia. Toda persona tiene obligación de aceptar esta ley divina y de someterse a la enseñanza de la Iglesia en cuestiones morales.

Cuando la conciencia de cada uno decide la moralidad, entonces el bien y el mal sólo está en la propia persona. No hay que buscarlo ni en Dios ni en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Esa conciencia personal es el camino para todo, ya no es la fe la guía de la persona.

Y, por eso, este hombre continúa en su tesis kantiana:

«Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas» (AL, 298).

«Situaciones muy diferentes… consolidada por el tiempo»: el tiempo está por encima del espacio familiar. Hay nuevos hijos, hay un nuevo amor mutuo entre los cónyuges… no se puede estar pensando en la culpa del pecado. No hay que encerrar esa vida en afirmaciones rígidas, en una doctrina inmutable, en el pecado de fornicación o de adulterio….Sino que hay que dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral.

En otras palabras:

Si la gente quiere fornicar, adulterar, y ser un homosexual, que lo haga con la bendición de los pastores. Y como los pastores ya lo hacen, pues ellos también apoyados en este documento.

Los pecadores públicos se convierten en católicos que pueden participar en todo lo que hasta ahora han sido excluidos por la Iglesia. Se hace a los Obispos jueces, los cuales en animada charla con esos pecadores, disciernen la manera de que participen en todos los Sacramentos.

La unión civil estable hay que aceptarla como camino para poder recibir el Sacramento de la Eucaristía. Los homosexuales ya pueden seguir en sus vidas y pronto tendrán su matrimonio aprobado por la Iglesia. Al cura violador de niños hay que acogerlo e integrarlo en la comunidad también. Y a aquellos sacerdotes que se quieran casar, que lo hagan sin problemas.

Esta idea Bergoglio la fundamenta en su pecado de apostasía:

«… ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada « irregular » viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante» (AL, 301).

En este párrafo, Bergoglio va a falsear la doctrina de Santo Tomás de Aquino y a decir lo contrario de lo que dice.

Santo Tomás enseña que el que tiene la gracia puede experimentar dificultad en el obrar con las virtudes, ya adquiridas ya infusas. Y quien pierde la gracia por el pecado mortal, pierde también las virtudes morales infusas.

Bergoglio dice que los que viven en situación de pecado mortal, irregular, están en gracia y, por lo tanto, hay que aplicar a su situación irregular lo que dice Santo Tomás. Y, por eso,

«… un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada» (AL, 302).

Es decir, no se puede juzgar a los divorciados vueltos a casar sobre su situación concreta porque cometan personalmente el pecado de adulterio o de fornicación. Ellos, según Bergoglio, están en la gracia santificante, tienen las virtudes morales infusas, y, por lo tanto,

«Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano» (AL, 304).

Es mezquino.

Toda la apostasía de Bergoglio está en negar el pecado mortal actual y pretender resolver una situación particular sin la gracia de Dios, apoyado sólo en el mismo pecado de la persona, como si ese pecado fuera un bien, un valor, un camino que debe seguir recorriendo esa persona, pese a que la ley de Dios o el magisterio le obligue a lo contrario.

Y, por eso,

«… un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones « irregulares », como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas» (AL, 305).

Es repetir, con otras palabras, lo que ya dijo al principio:

La Palabra de Dios no es una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje.

El pastor debe acompañar, no juzgar a la persona porque incumpla una ley moral. La norma de la moralidad sólo está en la conciencia de la persona, en su mente. Y es ella, junto al pastor, la que va a decidir su vida.

«Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios» (AL, 305).

El adulterio da gloria a Dios, así como la fornicación, la homosexualidad, etc… Esta es la idea de Bergoglio, apoyándose en Santo Tomás de Aquino.

El pobre majadero flipa en colores. Bergoglio ha quedado “colocado” bajo los efectos de su propia droga kantiana. Y ha sacado un documento que es su alucinación, que revela su estado de locura permanente. Una locura diabólica.

Bergoglio, en este panfleto, se pone por encima de Dios y crucifica a Cristo y a Su Iglesia.

Pero, muchos católicos lo van a seguir y van a continuar llamando papa a un auténtico majadero.

Muy pocos tradicionalistas reconocen lo que es Bergoglio: un falso papa. Lo tienen como su papa, aunque vean sus herejías, y las resistan. Pero siguen comulgando con él, lo siguen teniendo como su papa. Y esto es monstruoso en un católico tradicionalista.

O se está con el verdadero Papa, Benedicto XVI, o se está con el falso. O se obra el magisterio de la Iglesia en lo concerniente a los herejes o se obra el nuevo magisterio que enseña Bergoglio. Pero no se pueden estar en los dos bandos. O con Cristo o contra Cristo.

Muy pocos católicos reconocen esto: la nueva iglesia que es ya visible en Roma y en las parroquias de todo el mundo. Y se rasgan las vestiduras por este panfleto, pero seguirán esperando en Bergoglio como su papa.

Seguirán esperando que Bergoglio renuncie para que venga otro y resuelva esta situación.

Ya no ven lo que significa este documento para la Iglesia. No ven lo que hay detrás de todo esto. No disciernen los Signos de los Tiempos. Y seguirán en lo de siempre, sin salir de esa falsa iglesia que hay en Roma.

No entienden que la Iglesia verdadera ya está en el desierto. Y que hay que ir al desierto, llevando la Iglesia en el corazón, sin hacer caso a lo que diga Bergoglio porque no es el Papa que guía la Iglesia Católica.

Bergoglio es un usurpador. Todo cuanto dice y obra a cabo carece de validez divina. Bergoglio no tiene el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios, en la Iglesia. Y, por eso, todo lo obra con un poder humano, el propio de la masonería.

Desde hace tres años, todo es inválido: sus nombramientos, sus homilías, sus escritos, sus reformas, sus proclamaciones, su falso año de la falsa misericordia, etc… No vale para nada, ni para los fieles, ni para la Jerarquía.

Ningún Obispo tiene que obedecer a Bergoglio; ningún sacerdote tiene que obedecer a Su Obispo; y los fieles no tienen que dejarse manejar, engañar, por la Jerarquía.

A Bergoglio le queda poco tiempo. Lo van a hacer renunciar. Y morirá muy pronto. Pero lo que él ha levantado, la nueva iglesia, va a seguir hasta la perfección de la maldad en el anticristo, que ya emerge.

Salgan de la nueva iglesia comandada por un loco, Bergoglio. Y estén en comunión con el único Papa de la Iglesia Católica, Benedicto XVI.

Y ya que conocen cuál es el pensamiento de Bergoglio, no estén detrás de él: no les importe lo que diga u obre ese infeliz. Porque la Iglesia ya no está en Roma, sino en cada corazón que permanece fiel a la Palabra de Dios y al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

El gran fracaso de Bergoglio en el Sínodo

xxxxxxto

«Se llama… cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos» (Canon 751).

En la historia de la Iglesia, se han dado cismas: personas que se han apartado de la unidad de la Iglesia, que es la unidad principal.

Esa unidad de la Iglesia radica en dos cosas: en la comunión de todos los miembros de la Iglesia entre sí y en la obediencia de todos ellos al Sumo Pontífice, que es la Cabeza de la Iglesia.

Sólo hay una Cabeza en la Iglesia: Pedro y sus Sucesores.

Actualmente, esa Cabeza es el Papa Benedicto XVI.

Son muchos los que tienen a Bergoglio como Papa y, por lo tanto, no están en comunión con el Papa legítimo y verdadero. Están fuera de la Iglesia en Pedro. Están siguiendo una falsa iglesia.

«Cuánta tiniebla en los hombres, cuánta obscuridad en sus corazones y en sus mentes, que no pueden reconocer al enemigo que está sentado en la Silla de Pedro, y se hace llamar santo padre, obispo de Roma, pero en verdad es un impostor, el lobo vestido con piel de oveja que engaña, con su poder seductor, y hace que los hombres lo bendigan como pastor universal; cuando, en verdad, al rebaño que él guía es el de los hombres necios, que viven sin estar en gracia, y son engañados fácilmente por el enemigo, porque si viviesen en Mi Gracia, y con sus corazones limpios, no caerían fácilmente en las trampas del que se hace llamar santo padre» (Jesús a un alma escogida)

En estos días, estamos contemplando el gran cisma dentro de la Iglesia Católica, que es el descalabro de muchas almas que siguen a un falso papa y están en una falsa iglesia.

Una obra cismática hizo Jorge Mario Bergoglio el 28 de septiembre del año 2013: puso un gobierno horizontal, creando un «Consejo de Cardenales» para gobernar la Iglesia.

Muy pocos han llamado por su nombre, como cisma, a este Consejo de Cardenales: todos han aceptado, de alguna manera, por conveniencia, este gobierno horizontal, el cual hace trizas el fundamento de la Iglesia, que es el Papado. El Papado, en la Iglesia, es un gobierno vertical en Pedro.

Jorge Mario Bergoglio puso el fundamento para levantar su nueva iglesia, precisamente, sentado en la Silla de Pedro, usurpando el gobierno de Pedro en la Iglesia, no su poder divino.

Es un cisma que proviene de un hombre que está gobernando la Iglesia con una autoridad que no tiene, que no le ha sido dada por Dios, sino que es dada por los hombres, por aquellas personas que lo han colocado, que han conspirado durante muchos años, para que este hombre se siente en el Trono de Pedro.

Se gobierna la Iglesia con la Autoridad Divina, en un gobierno vertical.

Bergoglio gobierna la Iglesia con una autoridad humana: y esto es ponerse por encima de la Autoridad Divina, que representa y tiene el Sumo Pontífice. Esto es rechazar la sujeción al Sumo Pontífice, al Espíritu de Pedro en la Iglesia. Jorge Mario Bergoglio no se sujeta a ese Espíritu y, por eso, no es el Sucesor de Pedro; y gobierna la Iglesia con un poder humano, que es el propio de un usurpador.

Jorge Mario Bergoglio no es el Sumo Pontífice, no es el Vicario de Cristo, no es el Papa de la Iglesia Católica. Si lo fuera, no hubiera obrado en contra de sí mismo colocando un gobierno horizontal. No hubiera tocado la verticalidad del Papado. Hubiera seguido a todos los Papas en la Iglesia en el gobierno vertical. Él se ha separado de la Sucesión de Pedro: y eso es el cisma.

Jorge Mario Bergoglio al no ser Papa, al ser sólo el Obispo de Roma, está ejerciendo un ministerio episcopal, pero sin el ministerio petrino. Por lo tanto,  puede hacer lo que hizo. Y puede hablar de una descentralización del Papado y de la Iglesia.

Además, su ministerio episcopal es falso. Por su clara herejía, Jorge Mario Bergoglio no es Obispo verdadero, que conduce y guía a las almas hacia la verdad. Es un Obispo falso que no puede ejercer el Espíritu de Cristo, no puede tener la Mente de Cristo ni hacer las obras de Cristo en la Iglesia, porque lo ha rechazado, le pone un óbice con su herejía.

Benedicto XVI renunció al ministerio episcopal, pero no al ministerio petrino. Ya no puede gobernar la Iglesia, pero todavía posee, hasta su muerte, el Primado de Jurisdicción, el ministerio petrino. Por ese ministerio petrino, los fieles y toda la Jerarquía están obligados a permanecer en comunión espiritual con él si quieren estar en la Iglesia de Cristo, si quieren ser Iglesia, si no quieren perderse en la gran apostasía que se contempla en Roma y en todas las diócesis del mundo.

Ya los fieles no están obligados a prestarle obediencia porque no gobierna la Iglesia, no realiza actos de gobierno ni de magisterio, que es lo propio del Papado. Su gobierno ha quedado inútil, no sirve, no cuenta. De esta manera, se cumple lo que la Virgen dijo a Conchita sobre un papa que Ella no contaba. No cuenta su ministerio episcopal, pero sigue contando su ministerio petrino. Por lo tanto, queda la comunión espiritual con el Espíritu de Pedro, que posee el Papa Benedicto XVI. Ese Espíritu de Pedro es el Espíritu de la Iglesia, que une a todos los miembros con Su Cabeza.

Sigue siendo Pedro el que guía a la Iglesia en estos momentos. Pero sólo guía a aquellos en comunión con el Papa Benedicto XVI. A los demás, ellos mismos se pierden en la gran confusión que hay en todas partes por seguir a un falso papa, que no tiene el Espíritu de Pedro, y por estar colaborando en el levantamiento de una nueva iglesia, contraria a la Iglesia de Cristo.

Un hereje, como es Jorge Mario Bergoglio, no tiene jurisdicción en la Iglesia.

Fueron muy pocos los que no quisieron aceptar esta mentira del gobierno horizontal y se apartaron de Roma, en ese momento, por haber caído en el cisma. Un cisma que iniciaba y sólo se mostraba encubierto.

Los demás, han seguido mirando a Roma y tienen como papa a un hereje, a un cismático y a un apóstata de la fe. Están dentro de una falsa iglesia, siguiendo como corderos llevados al matadero, a una cabeza falsa.

El Papa de la Iglesia Católica es Benedicto XVI, que es el último Papa antes del fin de los tiempos, antes de que se concluyan los tiempos del mal y aparezcan los nuevos tiempos, en donde el Papado continuará, pero con Papas puestos por el Cielo, no en una reunión de Cardenales.

El católico verdadero es el que comulga con el Papa Benedicto XVI: en Él está la Iglesia, la verdadera, la que ha fundado Cristo en Pedro. Todo aquel que comulgue con el Papa Benedicto XVI no puede caer en el cisma que Jorge Mario Bergoglio está obrando desde la Silla de Pedro.

«Las puertas del infierno» no pueden prevalecer sobre la Iglesia en Pedro, sobre los fieles que comulgan con el Papa Benedicto XVI. Sin embargo, las puertas del infierno están por encima de esa iglesia, que está levantando Jorge Mario Bergoglio, para engullirla una vez haya sido levantada en la perfección de todo mal.

«Entre el cisma y la herejía creo que hay esta diferencia: la herejía crea dogmas alterados, mientras que el cisma separa de la Iglesia» (San Jerónimo – In Tit. Super 3, 10; ML 26, 633).

Jorge Mario Bergoglio ha estado creando, desde el Consistorio de febrero del 2014, el dogma alterado de los divorciados vueltos a casar que pueden comulgar y de las parejas gays en la Iglesia.

Ha ido en contra de dos documentos claves en la Iglesia Católica: la Familiaris Consortio y la Humanae Vitae. Señal de que él no puede seguir ni a los Papas ni al Magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, que es irreformable. Señal de que no es Papa.

Jorge Mario Bergoglio puso a su anticristo, Kasper, que fue el único relator de ese Consistorio, para comenzar la reforma del magisterio de la Iglesia. Kasper fracasó, pero el mal continuó.

En el Sínodo del 2014, Jorge Mario Bergoglio, de acuerdo a su agenda programada, intentó imponer su doctrina con un documento infame. Y tuvo que cambiarla por la gran oposición de toda la Iglesia. De nuevo, fracasó. Pero el mal continúo.

En su orgullo, como un dictador, reinsertó su dogma alterado en el Instrumentum Laboris para el Sínodo del 2015. Y puso a todos sus hombres al frente de ese Sínodo, amordazando a los Padres Sinodales. Nombró a una comisión especial para escribir su relatio final. Y su dogma alterado, de nuevo, fracasó.

El gran fracaso de Bergoglio ha sido este último Sínodo. Pero, sin embargo, el mal continúa.

Bergoglio ha montado en cólera por este fracaso, diciendo que no debemos sentarnos en el trono de Moisés y juzgar a la gente, que debemos supuestamente ser caritativos y misericordiosos, negando claramente la realidad del pecado, y dando el mensaje protestante de que Jesús ama a todo el mundo y se hace cargo de todo. En su ira, ofreció su falsa misericordia en la que se anula toda justicia y en la que se ataca a toda la Iglesia Católica. Ni una palabra sobre el pecado ni sobre el arrepentimiento. Sólo se ha desahogado con su baboso modernismo, sólo le ha interesado poner en claro su herético pensamiento:

«…hemos visto también que lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo, para el obispo de otro continente; lo que se considera violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede parecer simplemente confusión. En realidad, las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado». (24 de octubre 2015)

Lo que parece normal para un Obispo, no es tan normal para otro; lo que una sociedad o cultura entiende por violación de derecho, no es para otra…

Jorge Mario Bergoglio sigue su idealismo: todo principio general tiene que ser inculturalizado. Es decir, que no existe la ley divina, la verdad absoluta, no existen los dogmas, no existe la ley natural, no existe la ley de la gracia. Sino que todo es del cristal como los hombres, las culturas, las sociedades, las conciencias de cada uno lo miren. Esto no es nuevo en él. Siempre ha pensado así y no hay manera de que este hombre piense lo contrario. Él está en la descentralización del Papado y de la Iglesia. Pero, no sabe cómo hacerla.

Ahora, para toda la Iglesia, hay un momento de compás de espera.

El Sínodo ha fracasado porque no alcanzó los objetivos que el mal planeaba. No se dijo que los divorciados podían comulgar. No se dijo que los homosexuales se podían casar. Y esta es la ira de Jorge Mario Bergoglio y su gran fracaso. Por eso, él no puede ser el Falso Profeta. Sólo es un pobre payaso que entretiene a todo el mundo con una palabra que fracasa.

No son con palabras cómo se cambian a los hombres: es lo que lleva intentando este hombre desde que usurpó el Trono de Pedro. Se ha dedicado a hablar, a contar fábulas a todo el mundo. Y eso cansa después de dos largos años. Cansa escuchar a un hombre obsesionado con los mismos asuntos de siempre. Un hombre sin verdad, sin vida espiritual y sin vida eclesial.

Por eso, son muchos los intelectuales que también fracasan al querer estudiar lo que es Bergoglio como papa, como miembro de la Iglesia.

Este hombre no puede enseñar nada a la Iglesia: está creando sus dogmas alterados. Para eso, tiene que ir en contra de toda la fe católica. Tiene que hacer, como hacen todos los herejes, conocedores del dogma, pero que lo interpretan a su manera, que ocultan la verdad que ellos no quieren que se diga, para que sólo se manifieste su mentira.

Esto es la relatio final: un documento ambiguo. Hace aguas por todas partes, porque se oculta la verdad. Sólo se manifiestan aquellas palabras, aquel lenguaje que dice muchas cosas y no dice absolutamente nada. Todos los pueden interpretar a su gusto.

A pesar del fracaso del Sínodo, Bergoglio sigue adelante con su mal. El Sínodo sólo fue un montaje para intentar poner un rótulo de doctrina en la cual todos puedan participar, todos puedan aportar algo, menos la verdad. De esta manera, se coge a los falsos conservadores, a los que creen que la doctrina no ha cambiado, que todo sigue igual, para atrerlos a su juego. Ellos no buscaban un consenso, sino la manera de introducir su lenguaje bajo la carpa de la doctrina de siempre. No se toca la doctrina, sino que se abre la puerta para múltiples interpretaciones. Es buscar el fin democrático, el fin del pueblo, el sentido que el pueblo quiere en la vida. Es darle al hombre lo que en su pensamiento quiere encontrar.

Para toda esta gente, es lo pastoral lo que cuenta. No es la doctrina. A ellos les interesa muy poco la doctrina. Ellos quieren que la gente viva sin doctrinas absolutas, sin leyes divinas, sin normas de moralidad.

Por eso, ahora, tiene que dedicarse a descentralizar la Iglesia, a poner en cada diócesis la fuerza del cambio, que es el levantamiento de la nueva iglesia.

Ellos tienen que reformar los Sacramentos de alguna manera para que entren todos en la Iglesia. Ellos van a ir a la práctica, no a la doctrina. Con la práctica, es más fácil reformar la doctrina.

«El cisma, en un principio y en parte, puede entender como distinto a la herejía; mas no hay cisma en que no se forje la herejía, para convencerse de que se ha obrado rectamente apartándose de la Iglesia» (Ib. San Jerónimo)

No hay cisma en que no se forje, en que no se consolide la herejía.

Bergoglio no se va a dar por vencido en este fracaso del Sínodo. Bergoglio sigue forjando su herejía, sigue trabajando con su mente cerrada a la verdad: ahí están sus escritos heréticos y sus falsos motus propios que abren la puerta al divorcio en la iglesia, es decir, a la herejía. Son con los motus propios, con la pastoral, cómo cambian la Iglesia, cómo lo alteran todo.

¡Cuántas almas se van a separar de la Iglesia por esos motus propios! Van a tener una nulidad que es falsa. A los ojos de Dios, seguirán casados. Y ellos vivirán en sus pecados sin posibilidad de arrepentimiento. Esto es un claro cisma que pocos han contemplado.

Bergoglio, con sus escritos, con sus homilías, con sus enseñanzas heréticas, va apartando a las almas de la Iglesia: de la verdad, de lo que significa un Papa en la Iglesia, de lo que es la obediencia a un Papa en la Iglesia, de lo que es el magisterio infalible de la Iglesia.

Muchos, que siguen a Bergoglio, lo critican y lo juzgan. Han caído en su juego. Porque a un Papa no se le puede criticar ni juzgar. Y, por eso, muchas almas ya no saben obedecer a la verdad porque están obedeciendo la mentira que un hombre les da en la Iglesia. Ese hombre los está separando de la Iglesia, y no se dan cuenta. Y esto es el cisma.

Se forja la herejía, la obediencia a la mentira, que las almas piensen el error y lo obren. De esta manera, se va haciendo el cisma. Y, poco a poco, se van quitando las caretas, van saliendo del armario curas homosexuales que ya quieren ser de esa iglesia que está levantando Bergoglio.

Bergoglio está convencido de su herejía. Y está convencido de que debe apartarse del magisterio infalible de la Iglesia, de todos los Papas, sólo por estar forjando su herejía, sólo porque cree en su herejía. Muchos, no ven esto en Bergoglio, este convencimiento, este trabajo en forjar sus dogmas alterados. Y quedan ciegos con ese hombre.

Ahora, ellos se van dar a la tarea de la descentralización de la Iglesia. Porque, para que el Anticristo se siente en la Silla de Pedro, necesita que en todas las diócesis, en todas las parroquias, en todas las capillas católicas, se viva el pecado, se obre el pecado, y que la gente tenga el pecado como un camino en su vida.

Esto sólo puede hacerse de manera pastoral. Y el contenido de la relatio final del Sínodo es apropiado para comenzar las reformas de las liturgias de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía.

Si doctrinalmente no ha quedado escrito que los divorciados vueltos a casar pueden comulgar, lo van a hacer pastoralmente. Y el cisma se irá viendo más claro, día a día. Van a dar sacramentos en los que se va a invitar a todo el mundo a participar. Y, muchos, si quieren salvarse tienen que apartarse de todo esto.

«…la Iglesia no fue pensada y hecha por hombres, sino que fue creada por medio del Espíritu; es y sigue siendo criatura del Espíritu Santo» (Eclesiología de la Lumen Gentium – Conferencia del Cardenal Ratzinger, febrero 2000).

La Iglesia de Cristo existe realmente, porque Él mismo la fundó y el Espíritu Santo la va recreando continuamente.

No es la obra de los hombres, sino del Espíritu. Y, en un mundo, en una Iglesia, en que el hombre ha perdido el sentido espiritual, lo que es la realidad y el mundo del Espíritu, sólo contemplamos una Iglesia llena de hombres, que piensan como los hombres, que obran como ellos, pero que no siguen al Espíritu de la Iglesia, que no son movidos por este Espíritu, que sólo les interesa un reino material, humano, natural, carnal. Una vida mirando sólo lo de acá. Conquistando sólo proyectos humanos.

Por eso, no contemplamos la Iglesia de Cristo ni en Roma ni en muchas parroquias. Sólo contemplamos a hombres que quiere edificar una nueva iglesia, siguiendo las enseñanzas de un hombre que sólo habla para fracasar en su palabra.

Contemplamos un cisma en la Iglesia. Y que ya se está manifestando con claridad, porque se sigue forjando la herejía. Nadie lucha en contra de ella. Todos se acomodan al lenguaje herético que de Roma viene.

Graves momentos para la Iglesia. No se ha vencido en el Sínodo porque ninguno de los Cardenales ha excomulgado a Jorge Mario Bergoglio. Se ha contenido, por un tiempo, la obra de herejía de ese usurpador.

Pero, si los hombres no se ponen en la Verdad, entonces perderán toda fuerza de contención y caerán en la abominación que ya se está levantando por todas partes.

La división está entre los miembros de la Iglesia. Ya no hay comunión en la verdad entre ellos. Y esta es la obra cismática de un hombre, que ha puesto esta guerra, esta división, este odio hacia los católicos verdaderos, que siguen el dogma y cumplen con la ley de Dios. Jorge Mario Bergoglio ha dividido la comunión de los fieles en la Iglesia. Ha dividido la verdad, la unión en la verdad. Y esto es el cisma.

Dos Papas en Roma: uno verdadero; otro falso.

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Dos Papas en Roma: uno, que es falso, llamado Bergoglio; otro, que es el verdadero, el Cristo en la tierra, llamado Benedicto XVI.

El que obedezca a Bergoglio no tiene parte en la obra de la Redención de Cristo; es decir, desprecia la Misericordia y tiene una espada de Justicia colgando de su cabeza. Camina hacia la condenación eterna. Vive como un demonio encarnado.

El que obedezca a Benedicto XVI, que es el Vicario de Cristo, se puede salvar porque se somete a la Cabeza que ha puesto el Espíritu Santo en la Iglesia. La salvación está en la obediencia al Papa verdadero.

El Papa es el que es enviado para conquistar las almas perdidas en el pecado. La persona y el ministerio del Papa tienen un significado salvífico: al igual que Cristo vino para librar a los hombres de la pena y muerte del pecado; así todo Papa realiza la misma función. Es el camino para que los hombres vean dónde está la única verdad, la inmutable, la que nunca pasa, y así puedan obrarla y vivirla en sus vidas humanas.

Y sólo la Verdad es la que libera al hombre del pecado. Sólo la Verdad es la que salva al hombre.

Obedecer al Papa es ser libre, no es estar esclavo del pecado, es batallar contra el demonio, es obrar lo divino en lo humano.

No obedecer al Papa es caer en las garras del demonio y vivir sometidos a todo pecado.

La fe es obediencia. Y obediencia a la verdad. Y sólo el Papa da la Verdad. Tiene esa misión: es el que defiende la verdad y la muestra como camino de salvación.

El Papa es el que une en la verdad porque es la Roca de la Verdad. Y, por eso, ningún Papa puede caer en la herejía, porque Cristo levanta Su Iglesia en la Roca de la Verdad, que es Pedro y sus sucesores legítimos.

Esta es la fe que todo católico debe profesar. Aquel que juzgue y condene a un Papa, automáticamente, sale fuera de la Iglesia.

Ningún alma puede salvarse, aunque siga toda la tradición, todo el dogma, todo el Evangelio, si no obedece al Papa reinante.

El Papa reinante es, en estos momentos, Benedicto XVI: es el que tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, el Poder Divino en la Iglesia. Es el que tiene las llaves del Reino de los Cielos.

El Papa que reina es el que posee el Primado de Jurisdicción; el Papa que gobierna es el que ejerce ese Primado en Roma.

Benedicto XVI dejó de gobernar en Roma, pero no dejó el Primado, su reinado, las llaves. Sigue siendo el Papa, aunque no gobierne la Iglesia. Él no renunció a la Elección Divina sobre su persona; pero sí renunció al gobierno de la Iglesia.

No se puede gobernar con herejes. Hay que marcharse. Hay que dejar que los herejes pongan su hombre hereje y gobiernen la Iglesia como ellos quieren.

La Iglesia se gobierna con el Poder Divino que tiene el Papa Benedicto XVI. No se gobierna con el poder humano que le han dado a Bergoglio, el hombre de las mil caras.

Y si la Iglesia sigue a un hombre que no tiene el Poder Divino, se pierde necesariamente en la mente de ese hombre y es culpable de tres cosas: de herejía, de cisma y de apostasía de la fe.

Dos Papas: uno, con un poder humano, Bergoglio; otro, con el Poder Divino, Benedicto XVI.

Todo cuanto haga Bergoglio es nulo para Dios y para la Iglesia. Todo cuanto haga Benedicto XVI es válido para Dios y para la Iglesia.

Cada alma tiene que elegir entre los dos: no se pueden seguir a los dos, al mismo tiempo.

No se puede decir: como ya había cosas que con Benedicto XVI se estaban estudiando, lo que aprueba Bergoglio vale. Esto no se puede decir. Juan Pablo II sigue siendo Beato, aunque su proceso de canonización ya estaba listo. Como no fue canonizado por el Papa verdadero y legítimo, Benedicto XVI, no tiene validez su canonización. Un hereje no posee el Poder Divino para sellar una canonización. Así, todo lo demás, ya sean anulaciones de matrimonios u otras cosas que venían del Papa Benedicto XVI.

La Iglesia Católica descansa sólo en el Papa legítimo y verdadero: Benedicto XVI. La Iglesia sólo está en el Papa verdadero. No puede estar en un falso papa.

No se hace la Iglesia buceando en la herejía. No se es Iglesia alimentándose de herejías. No se levanta la Iglesia con el sello de un hereje.

En Roma, se está levantando otra estructura de iglesia, la cual se apoya en un gobierno horizontal, regido por la ley del hombre, la ley de la gradualidad; con una doctrina llena de fábulas, sacadas de la masonería, del marxismo y del protestantismo. Esta nueva iglesia no tiene ningún conocimiento de la verdad, ninguna sabiduría divina, sino que es un sincretismo religioso: en ella todo vale y nada tiene valor sagrado, divino, santo.

Jesús ha abierto la puerta de la vida eterna. Y dejó las llaves de esta puerta al Apóstol Pedro y a todos los que le han sucedido y le sucederán hasta el juicio final.

No se acaba el Papado con Benedicto XVI, sino que se sublima, se transforma.

El Papa Benedicto XVI es el último Papa verdadero antes del fin de los tiempos. Con él se acaba un tiempo: el tiempo en que las almas han sido redimidas.

Pero, tiene que abrirse otro tiempo: el Milenio, en donde se verá la redención de los cuerpos.

Muchos cojean en su fe: sólo ven dos venidas de Cristo. La primera, como Redentor; la segunda, como Juez. Y anulan la venida intermedia: Jesús viene como Rey de reyes y Señor de señores. Y viene para reinar mil años, aquí en una tierra totalmente renovada y purificada.

«Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; sobre ellos no tendrá poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con Él por mil años» (Ap 20, 6).

Esta Verdad Revelada a muchos se les atraganta, porque tienen una mentalidad dogmática, que les impide bucear en la inteligencia del Espíritu.

Ellos suelen resolver esta Palabra de Dios en los mártires de los primeros siglos, en que ellos reinaban en la Iglesia con Cristo, y con Él regían la Iglesia. Después, vino la época oscura del Renacimiento hasta nuestros días. Y lo que se ve es ya el juicio final.

Esta interpretación es, claramente, una necedad. Pero así piensan muchos teólogos, que amarrados a su dogmatismo, se quedan ciegos para poder comprender la Mente de Dios.

Muchos católicos se vuelven fariseos cuando se habla del Milenio: empiezan a sacar sus argumentos racionales y dogmáticos, ocultando la verdad de lo que ha sido revelado.

Benedicto XVI cierra un tiempo del Papado. Y lo ha cerrado con una Cruz: un Papado que le ha llevado a vivir el desprecio de los suyos en el gobierno de la Iglesia.

Los Cardenales y Obispos han osado tocar a Cristo en la tierra: lo han juzgado y condenado; se han rebelado en contra de él, y le han hecho la vida imposible en su Papado. Para esa Jerarquía tiene que venir la mayor ruina, el mayor castigo: han despreciado la Verdad en un Papa; ahora, se quedan ciegos para siempre y sólo pueden ver la mentira en un falso papa y seguirla de forma necesaria.

Los Obispos y los sacerdotes son otros Cristos sólo si están unidos al Romano Pontífice: si le ayudan en su gobierno en la Iglesia, si siguen su pensamiento. Pero si desobedecen al Papa hasta el punto de hacerlo renunciar de su Papado, entonces esos Obispos y sacerdotes son sólo demonios encarnados. Y así tienen que ser tratados por toda la Iglesia.

No hay respeto ni reverencia a aquella Jerarquía que busca el orgullo del poder humano en la Iglesia. No se puede obedecer la mente de los hombres en la Iglesia. No hay ningún respeto ni ninguna reverencia hacia Bergoglio y sus seguidores en el gobierno de la Iglesia.

Para los verdaderos católicos, lo que diga Bergoglio entra por un oído y sale por otro. No hay que estar ya perdiendo el tiempo con Bergoglio. Porque ya es una pérdida de tiempo el luchar en contra de Bergogio. Ahora, hay que dejarlo en su herejía, en su cisma y en su apostasía de la fe. Y hay que seguir siendo Iglesia, comulgando espiritualmente con el Papa reinante, Benedicto XVI. Hay que despreciar al falso papa que gobierna la Iglesia con un falso gobierno de hombres, de cabezas humanas que sólo miran por lo suyo, por su negocio en la Iglesia.

La Iglesia hay que contemplarla desde Cristo, no a partir de las Iglesias locales, no a partir de Roma. Es Cristo el que ha forjado, en la historia de los hombres, Su propio Cuerpo, que es la Iglesia. Y es Cristo el que sigue forjando, en estos últimos tiempos, Su Cuerpo, aunque Su Papa, Benedicto XVI, no gobierne la Iglesia.

Él sigue teniendo las llaves del Reino de los Cielos: Benedicto XVI reina en toda la Iglesia Católica. Él solo tiene la capacidad de abrir y cerrar el Cielo. Nadie se puede salvar si no obedece al Papa Benedicto XVI. Nadie puede entrar en el Cielo sin pasar por la puerta, que sólo puede abrir el Papa Benedicto XVI.

Esta verdad ha sido anulada por la Jerarquía que gobierna actualmente la Iglesia.

El Episcopado nace sólo del Apóstol Pedro, no de los Apóstoles. De Pedro procede todo el orden clerical. Los Apóstoles son Apóstoles porque Pedro les da el sentido de su vocación divina. Sin la obediencia a Pedro, el Apóstol no tiene ningún sentido que exista.

La Jerarquía del Vaticano sigue la teoría de que el Episcopado deriva de los Apóstoles,  no de Pedro. Por lo tanto, siempre cabe la independencia de Pedro: no someterse a él. De esta manera, se presiona a Pedro, al Papa reinante, para que gobierne con el Episcopado, para que valorice el Sínodo de los Obispos, lo que piensan las múltiples cabezas de la Iglesia. Y así un Papa queda prisionero en su gobierno vertical, y no puede hacer nada que Dios quiera en la Iglesia. El Episcopado no se lo permite.

Así han estado los Papas durante cincuenta años. Y la presión ha sido tanta que Benedicto XVI tuvo que dejar de gobernar. Es imposible gobernar a herejes, a cismáticos y a una Jerarquía que vive la apostasía de la fe.

El Papa Benedicto XVI es Cristo en la tierra y tiene las llaves del Reino de los Cielos. Se obedece al Papa porque tiene las llaves, porque es Cristo en la tierra. No se obedece al Papa porque ejerce un gobierno en la Iglesia.

Muchos católicos caen en este error: como Benedicto XVI no está gobernando, entonces hay que darle a Bergoglio la obediencia.

Jesús levanta Su Iglesia en Pedro, no en Roma. En Roma está el gobierno de Pedro; pero en Pedro está el Poder de Dios, las llaves del Reino de los Cielos. Sin esas llaves, el gobierno en Roma es sólo un poder humano, un gobierno de hombres.

Se ama al Papa Benedicto XVI porque es Cristo en la tierra; porque a través de Él el alma entra en el Cielo.

Se odia a Bergoglio porque es un hombre pagano que deambula, como un demonio, por la tierra buscando sus adeptos; porque a través de él se entra en el infierno.

Dos Papas: uno, pecador, Benedicto XVI; otro, hereje, cismático y apóstata de la fe, Bergoglio. El hereje es un falso papa; el pecador es un verdadero papa.

Muchos católicos sólo se fijan en los defectos del Papa, en sus pecados personales. Y olvidan que se da obediencia a un Papa no por él mismo, sino al Poder Divino que tiene el Papa, a lo que representa el Papa en la Iglesia, que es a Cristo.

Ningún pecado en que caiga un Papa disminuye la Autoridad Divina que posee, ni quita nada a la perfección de la Obra Redentora de Cristo, ni puede anular los Sacramentos, en los cuales se da a las almas la vida de la gracia.

Ningún pecado mortal del Papa reinante produce la sede vacante. La renuncia al gobierno no produce la Sede Vacante.

El Papa tiene la misión de administrar la Iglesia, que son tres cosas: guiar en la Verdad, enseñar la Verdad, señalar el camino de la verdad.

Esta misión no es dañada por ningún pecado mortal o venial que la persona del Papa pueda cometer. En esa persona, disminuirá la gracia, aumentará la culpa, pero no puede perder el Poder Divino, porque este Poder no se mancha con ningún pecado de la persona del Papa.

El Poder Divino no es una cosa, una frase, un sentimiento, unas bellas palabras. Es un carisma en la persona del Papa. Y todo carisma es un Espíritu, es decir, es una inteligencia divina y una voluntad divina.

El Espíritu de Pedro, que tiene todo Papa verdadero y legítimo, está en el Papa aunque peque mortalmente. Su pecado personal no nubla la inteligencia divina que posee por el carisma, ni impide la obra de la voluntad divina.

Un Papa puede pecar mortal y venialmente; pero nunca puede cometer el pecado de herejía. Si un Papa comete ese pecado, eso quiere decir que antes de ser Papa ya era hereje. Y, además, que fue puesto en la Silla de Pedro por los hombres, no por el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo nunca puede elegir como Papa a un hombre que tenga el pecado de herejía. Eso va en contra de la misma Revelación. La Iglesia se fundamenta en la Verdad, no en la herejía. Y, por eso, Cristo no puede levantar Su Iglesia en el pecado de la herejía. Nunca.

Bergoglio era ya un hombre hereje. Y los herejes no pertenecen a la Iglesia Católica. Luego, Bergoglio no pudo haber sido elegido Papa por el Espíritu Santo. Fueron los hombres los que lo pusieron en ese cargo: lo pusieron como falso papa. Y él tomó el nombre de Obispo de Roma para organizar una nueva estructura de iglesia en Roma.

Bergoglio no es Papa. Es un falso Papa; es decir, es un hombre que usurpa el Papado para obrar su negocio en la Iglesia.

Es un hombre que levanta un falso papado, un falso gobierno, en el que muchas cabezas son las que deciden el destino de la iglesia.

Bergoglio, al no ser Papa, es sólo un hombre de ideas políticas, que pone por obra con un poder humano, el que le dieron los que lo elevaron a ese cargo. Ese poder humano es un poder masónico, que está basado sólo en una ley: la ley de la gradualidad.

Los masones gobiernan de grado en grado. Ellos tienen su propia jerarquía abominable, la cual nace del pensamiento humano. Buscan la idea más perfecta de todas las mentes. Y ésa es la que se impone a los demás. Quien quiera alcanzar el grado de esa idea perfecta, tiene que renunciar a muchas cosas para poder servir a esa idea, que sólo está en la mente del hombre, no en la realidad de las cosas. El masón vive el idealismo puro: se inventa su vida, sus obras, su dios, su religión, su salvación, sus castigos, sus normas de moralidad, sus gobiernos, etc… Construye su vida de acuerdo a su ideal mental. Construye su realidad como está en su mente, no como está en la realidad. Por eso, todo masón vive imponiendo su idea y habla lo que el otro quiere escuchar, para llevarlo siempre a su idea.

Esto es lo único que hace Bergoglio. Por eso, Bergoglio entretiene a todo el mundo y vive imponiendo su idea. Es un gran orgulloso. Y los que están a su alrededor conocen este orgullo. Bergoglio es putrefacción mental. Sólo hay que leer sus escritos para darse cuenta del sueño que vive ese hombre, del vacío en que se encuentra su vida, de la testarudez con que invoca su pensamiento para justificarse a sí mismo de que vive bien.

Bergoglio vive su vida dando vueltas a su pensamiento humano. Y no puede salir de ese rodeo. Sólo ve lo que él piensa. No puede detenerse en el pensamiento de los demás. Si lo que piensa el otro está de acuerdo a su idea, entonces acepta al otro. Pero si no está de acuerdo, entonces lo usa para una cosa y después lo tira, lo desprecia.

Bergoglio no tiene las llaves del Cielo. Bergoglio no es Cristo en la tierra. A Bergoglio no se le puede respetar porque vive en su herejía.

A los Obispos y sacerdotes que están en el pecado mortal, se les debe el respeto y la reverencia. Pero aquella Jerarquía que ha caído en la herejía, ya no hay respeto ni reverencia, porque ya no son otros Cristos. Sólo son hombres, que piensan y viven como los hombres.

Dos Papas: la división en la Iglesia y en el mundo entero.

«Así está ya sucediendo en todos los niveles, dentro de la Institución de Mi Iglesia: desde la más Altar Jerarquía, dos Papas, uno que es el Verdadero Vicario, Hijo de la Luz, defensor de la Verdad, Pastor Verdadero y legítimo de Mi Rebaño, contra el falso profeta, el hijo de las tinieblas, el engañador, el que se disfraza de luz pero es tiniebla. Es como el sepulcro blanqueado: por fuera, aparenta pureza, y por dentro, está lleno de obscuridad, la tiniebla que hay en su corazón.

En todos los niveles se está dando ya esta división, que es la separación del trigo y la cizaña, de la verdad y la mentira; entre las familias, en todas las sociedades y en todos los niveles; en creyentes y no creyentes también hay esta separación de los justos y los injustos.

Todas las órdenes religiosas, seminarios, empresas y gobiernos, están ya siguiendo la verdad o aceptando la mentira. Por sus frutos los reconocerán.

Lo mismo es en toda parroquia, y en el lugar de vuestra diócesis de esta ciudad, tierra de mártires, semillero vocacional para el sacerdocio ministerial.

Ya se nota la división entre Mis consagrados, los fieles y los infieles». (Jesús a un alma escogida).

La Verdad sólo puede estar en una cabeza, no en dos cabezas al mismo tiempo. Cristo es la Verdad, los hombres son la mentira.

En la Iglesia se sigue el pensamiento de Cristo, no se sigue el pensamiento de ningún hombre, aunque esté vestido como un Obispo. Si esa Jerarquía no da la Verdad, entonces se la desprecia y se deja a un lado.

Es Cristo el que da la interpretación de la verdad. No son los hombres los que trabajan para aclarar la Verdad. La Verdad se aclara en Ella misma, no en la bodega de un pensamiento humano.

Muchos católicos son sólo racionales, pero nada espirituales. Caen en el racionalismo: todo lo miden, todo lo calculan, y no hay manera de que se enteren de la soberbia que tienen, que muestran cuando hablan.

Muchos católicos se pierden con Bergoglio sólo por su soberbia: ven las cosas como son, pero como todo lo miden con sus cabezotas, acaban dando culto al hereje.

Tienen que rezar por la Jerarquía, que es la ciega en todo lo que acontece en la Iglesia. Ellos no ven nada. Y no les sirve su teología para salvarse, sino su amor y obediencia al Papa verdadero, Benedicto XVI.

Si ellos no lo ven como el Papa, están todos perdidos. Por eso, no pierdan el tiempo rezando por el Sínodo. Eso es sólo un teatro que se van a montar para iniciar la destrucción de la Iglesia. Recen para que la Jerarquía abra sus ojos y elija: el verdadero papa o el falso papa. Que se vean claras sus intenciones.

Mucha Jerarquía dice que está con el Papa Benedicto XVI, pero sigue obedeciendo a Bergoglio. Es un absurdo. Mucha Jerarquía se sabe el dogma y la tradición, y continúan obedeciendo a Bergoglio. Otro gran absurdo. Son tibios: ni fríos ni calientes. Hablan la vedad y obran la mentira. Y Dios a los tibios los vomita de su boca.

Que Burke no espere salvarse si no obra en contra de Bergoglio. Él sabe cómo son las cosas en la Iglesia, pero sigue teniendo a Bergoglio como papa. Es un tibio, como muchos católicos.

Bergoglio, en el ejercicio de su gobierno, es un hereje

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Se han cumplido dos años de una usurpación y de una dinamitación del Papado.

Este es el resumen claro de la obra de Bergoglio.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero dicen: el Papa, en el ejercicio de su gobierno, no es hereje.

Al decir esto, incurren en una grave consideración de los hechos.

Si Bergoglio es hereje, es decir, sus errores o dudas en materia de fe no pueden encubrirse de ninguna manera; están ahí, todos lo pueden ver, leer, discernir… Entonces, por ser Bergoglio hereje, no pertenece a la Iglesia Católica, porque –como decía San Jerónimo- «los herejes fulminan la sentencia contra ellos mismos al apartarse de la Iglesia siguiendo su albedrío». O, como decía San Agustín: «… ¿para qué voy a estar diciendo que se separen de la Iglesia cuando ya lo han hecho? En efecto, son herejes; ya están fuera de la Iglesia».

Si «soy católico, no quiero ser hereje» (San Hilario).

Bergoglio es hereje. Luego, ya está fuera de la Iglesia. No puede gobernar la Iglesia.

Hay muchos que quieren ser herejes y seguir llamándose católicos.

Si se ve la manifiesta herejía de ese hombre, ¿por qué dicen que en su gobierno no hay herejía?

Aquel que viola la ley moral nunca, bajo ninguna circunstancia, puede probar, por la razón, tener razón. Lo que es inmoral nunca puede acabar siendo un gobierno correcto, una enseñanza verdadera, un camino de salvación y de santificación en la Iglesia.

¿Cuál es el ejercicio de gobierno de Bergoglio? ¿Cómo ejerce su gobierno en la Iglesia?

Lo ejerce en una estructura que no pertenece al régimen establecido por Jesucristo como esencial en la Iglesia. En una estructura que viene de una obra inmoral, de pecado.

Jesús puso a Pedro para gobernar la Iglesia; en otras palabras, puso un gobierno vertical en la Iglesia. Quien gobierna la Iglesia es una sola cabeza, un solo hombre, que no es igual entre muchos. Pedro es el principio del poder en la Iglesia. La autoridad que posee no la tiene nadie más en la Iglesia. Aquel que obedece a Pedro, posee esa autoridad, que dimana de él; pero aquel que no lo obedece, no puede poseer esa autoridad divina.

Bergoglio ha colocado un gobierno horizontal en la Iglesia: una estructura de muchas cabezas, en la que Pedro es uno entre muchos. Esas cabezas deciden el destino de la Iglesia. Ese gobierno horizontal no pertenece al régimen esencial de la Iglesia. Sino que va en contra de la propia esencia de la Iglesia. Ya la Iglesia no se levanta en una cabeza, sino en muchas. Poner un gobierno horizontal viola la ley moral, es un pecado, no sólo grave, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo. Ese gobierno horizontal es claramente inmoral en la Iglesia. Y, en consecuencia, quien ejerce ese gobierno da la herejía en acto. El ejercicio de ese gobierno es herético. Además, los que componen ese gobierno horizontal son hombres de herejía. Por lo tanto, tampoco pertenecen a la Iglesia. Están gobernando la Iglesia desde una estructura exterior a Ella: éste es el gran pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

¿Cómo es que muchos quieren apoyarse en ese pensamiento: el papa, en el ejercicio de su gobierno, no es hereje; cuando claramente no pueden probar que su gobierno sea correcto? Su gobierno no es el que quiere Cristo en Su Iglesia. No es el correcto. Es un gobierno de herejes y de manifiesta herejía.

¿Por qué dicen eso si están diciendo un absurdo?

Lo inmoral no es el fundamento del ejercicio de ningún gobierno. De un hereje no puede salir una verdad. De un gobierno de herejes no puede salir un gobierno de verdad en la Iglesia, una norma de moralidad, una Voluntad Divina.

Muchos argumentan así: como Bergoglio no ha dicho ex cátedra, es decir, no ha impuesto una norma, una ley, una doctrina que sea contraria a la ley de Dios, al Magisterio de la Iglesia… No ha impuesto su herejía a todos como una verdad, sino que solamente dice cosas que tapan la verdad, entonces lo tenemos como Papa verdadero y lo defendemos como el Papa.

A este absurdo están llegando muchos católicos: fieles y Jerarquía.

Y se olvidan de que el Papa sólo habla ex catedra para dejar sentado una verdad, para definir una verdad ya revelada y que toda la Iglesia la siga desde ese momento. Que esa verdad revelada sea una verdad dogmática.

Si Bergoglio es un hereje, ¿piensan que tiene capacidad de definir una verdad ex cátedra, una verdad dogmática? ¿Acaso un hereje puede hablar con la verdad?

¿Ven el absurdo al que llegan muchos, incluso tradicionales, gente que sigue la doctrina católica, y que no son tradicionalistas, pero que van perdiendo la fe?

Hablar ex cátedra sólo lo puede hacer un Papa legítimo, un hombre católico. Nunca puede hablar ex cátedra un hombre hereje. Muchos esperan eso para decir: Bergoglio no es Papa. Claramente, ellos mismos, se contradicen en su argumento.

Son como los tibios que dejan la confesión para antes de morir. Mientras no llegue la muerte, siguen viviendo en sus pecados.

Hasta que Bergoglio no diga, claramente, no lo publique, no enseñe en su magisterio que haya que tener otra fe distinta a la que se sigue en la Iglesia, entonces hay que tenerlo como Papa legítimo.

Llegar a este pensamiento es negar muchas verdades en la Iglesia. Además, ser Papa no se manifiesta en hablar ex cátedra, sino en gobernar la Iglesia en la Verdad: en la verticalidad, exigiendo a todos la obediencia a sus mandatos y enseñanzas.

Y ¿por qué la Jerarquía llega a este pensamiento?

Sólo hay una razón: tienen mucho que perder. El dinero, el trabajo, la comida, una casa, una fama, una gloria entre los hombres, un prestigio social… Y no quieren perder eso. Y, entonces, tienen que buscar un argumento, que no convence a nadie, ni siquiera a ellos mismos, en que se defienda al hombre Bergoglio y a su herejía. Hay que defender la figura que Bergoglio tiene en la Iglesia: a Pedro. Falsa obediencia a la figura vacía que representa Bergoglio.

¿Vais a defender a Pedro en la persona de un hereje? ¿Vais a defender la Verdad aceptando la herejía de un hombre sólo porque se sienta en la Silla de Pedro?

¡Cuánta demencia hay en toda la Iglesia.

No se puede probar, con la razón, que un hereje tiene razón. No se puede probar, con la razón, que Bergoglio es Papa. Un hereje nunca puede ser Papa. Un hereje nunca puede gobernar en lo correcto, en la verdad, sin la herejía. El ejercicio de su gobierno es, claramente, herético.

Bergoglio está violando la ley moral. ¿Por qué lo defienden con sus palabras, con sus razones, con sus argumentos?

¿Por qué quieren buscar un lenguaje humano adecuado para callar las manifiestas herejías de Bergoglio?

¿Por qué no quieren creer la sencilla Palabra de Dios: «aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema»?

¿Ya San Pablo ha dejado de ser guía en la Iglesia?

¿Ya un católico, de a pie, no tiene derecho de proclamar que  Bergoglio y su doctrina (su evangelio de la alegría, su falsa misericordia de las lágrimas) son  anatemas en la Iglesia?

Muchos están obligando a los fieles a decir que Bergoglio es Papa. Que es la autoridad de la Iglesia la que tiene que proclamar que Bergoglio no es Papa. Y hasta que esos jerarcas no lo hagan, hay que considerar, hay que llamar, hay que obedecer a Bergoglio como Papa.

Ya no sois como niños en la fe: ya no creéis como creen los niños: sin argumentos, sin teología, sin la ciencia del hombre. Sois como Santo Tomas: si no veo, no creo. Si una autoridad, en la Iglesia, no enseña (no proclama) que Bergoglio no es Papa, entonces no creo.

Muchos se han instalado en su clara soberbia y es lo que enseñan a su rebaño. No tienen las agallas de dar testimonio de Cristo a los demás. Creen que la Iglesia es un conjunto de borregos que deben unirse para defender a un hereje como su papa.

¿Cómo ve la Iglesia a Bergoglio?

Lo ve como un mensajero de un dios que no existe: el Dios de las sorpresas. Un concepto de Dios inventado por el lenguaje de los modernistas. Un concepto para un dios que cambia según la mente de cada uno. Ya no es un Dios que permanece en la Verdad, que enseña la misma Verdad, sino que es un dios que sorprende al hombre con cosas nuevas e inesperadas. Con este dios de las sorpresas, se acaba todo dogma, toda Tradición, se anula el Evangelio y los hombres se dedican a hacer su gran negocio en la Iglesia: el falso ecumenismo. Querer integrar a todos en una nueva iglesia ecuménica, universal, en la que las mentes de todo el mundo puedan participar. Incluso los ateos pueden creer en el dios de las sorpresas. Ellos, que no creen en dios, pueden reflejarse en ese concepto porque el dios de las sorpresas no es un dios religioso, que imponga una ley, una Voluntad a seguir, sino que es un dios de la mente del hombre. Cada uno se inventa su dios en su cabeza humana, con su lenguaje humano, con su idea filosófica. Y el ateo tiene en el dios de las sorpresas su no dios: el concepto de que dios no existe.

El falso ecumenismo es sólo la unión de las mentes de todos los hombres. No se unen las religiones, ni sus ritos, ni sus liturgias. Cada uno sigue con los suyo, pero abierto a la mente del otro, aceptando sus ritos, sus liturgias, participando de ellas, y haciendo unión con ellos sólo en la mente, en un lenguaje humano nuevo, con conceptos nuevos, inventados para esa iglesia ecuménica.

Para otros, Bergoglio es su sueño: su papa evangélico, es decir, la imitación de Lutero. Bergoglio es el nuevo Lutero para muchos fieles y gran parte de la Jerarquía. El pensamiento de Bergoglio es el que siguen muchos jerarcas. Quieren llevar el evangelio a la calle, al pueblo, a las culturas, a los problemas de los hombres, pero sin cambiar a los hombres, sin hacer proselitismo, dejándoles en sus vidas, en sus pensamientos, en sus obras, porque ya no se trata de dar una ley, sino un afecto, un sentimiento a los hombres. Ya ese papa evangélico tiene que acercarse al pueblo, al hombre, pero enseñando lo evangélico, es decir, una palabra amable, una palabra nueva, tierna, que guste al hombre, que la quiera escuchar el hombre, que regale los oídos del hombre. No se quiere a un papa que sea como todos los demás: imponiendo una doctrina. Se quiere un papa de gestos: que se vista pobremente, que hable sencillamente, que obre cosas que agraden a los hombres. Se quiere la figura de un papa pero sin el Espíritu de Pedro. No importa lo que diga ese hombre. Con tal de que lo diga que guste a los hombres, eso basta. Porque hay que estar con los hombres, con sus problemas, con sus vidas. Hay que dejar vivir a los hombres en sus erradas vidas y no decirles que van mal.

Por eso, muchos gustan de Bergoglio por su populismo: es un hombre del pueblo, del mundo, para los hombres, con los hombres, que sólo está preocupado por los asuntos de los hombres. Es lo que enseñaba Lutero que el poder de Dios está en el pueblo, no en la jerarquía: «a los cristianos no se les puede imponer bajo ningún derecho ley alguna». Esto es lo que enseña Bergoglio. Lo mismo. Los teólogos tienen que tener olor a pueblo. Los sacerdotes, con olor a oveja. No hay un mandamiento para cumplir: «Pero si uno piensa que la vida moral sea solamente ”hacer esto” y ”no hacer aquello” no es cristiano». Amar a Jesús no es cumplir una norma de moralidad, sino que es ser amado por Dios: «La moralidad cristiana es ésta: ¿Has caído? Levántate enseguida y continúa. Este es el camino. Pero siempre con Jesús». Siempre con Jesús, pero no con la doctrina que enseña Jesús. Es un Jesús para el pueblo. Si has caído, sigue en tu pecado. Levántate de tu caída, pero sigue en tu vida. Es un problema social tu caída, pero no es un pecado en tu alma. Es un problema que te hace caer, que te hace renunciar a la vida social, que es donde tienes que estar si quieres creer. Es el pueblo el que cree. Es la masa la que decide lo que es bueno y lo que es malo. Bergoglio es el hombre del mundo, el falso papa ideal para el hombre mundano. Es una figura vacía de la verdad, pero llena de todas las mentiras. La gente quiere ser pueblo. Que el pueblo tenga el poder, el conocimiento, la ley. Que del pueblo venga las leyes para todos los hombres. Muchos ven así a Bergoglio.

Por eso, para muchos estudiosos del Vaticano, Bergoglio ha traído no una época que cambia, sino un cambio de época. No es la historia del hombre que va cambiando, sino que es el cambio de la historia. Ya no se tiene a un papa católico, sino a un hombre que no es católico, pero que se le deja actuar como papa. Es el cambio de época. Ya la Iglesia tiene que asemejarse a los hombres, a sus tiempos, a su mentalidad. La Iglesia tiene que ser para todos los hombres. Tiene que ser de la época del hombre. La época en que el hombre se vuelve dios para sí mismo. Es la visibilidad de falsa iglesia del Anticristo. Ya se ven sus cabezas, sus miembros. Ya se ve el rol que manifiestan muchos porque se creen superiores a los demás hombres. Se creen dioses y con poder, con la sabiduría para cambiar la Iglesia, para romper con sus fundamentos más esenciales y hacer una iglesia totalmente nueva: refundar la Iglesia. Es el cambio de época: se necesita una nueva iglesia. Es el cambio de iglesia. Ya no es la Iglesia que cambia algunas cosas, sin cambiar lo esencial de Ella; es la iglesia que lo cambia todo, porque es el cambio de una época: la del hombre. Es la perfección de la soberbia del hombre, que nació en el Renacimiento, pero que sólo ha llegado a su culmen a finales del siglo pasado. Bergoglio es sólo el inicio de este cambio de época: el inicio de una falsa iglesia, que será el cuerpo místico del Anticristo.

Por eso, para los ciegos de la Jerarquía, que obedecen a Bergoglio como Papa, ese hereje se mueve en la normalidad del pensamiento del hombre: si vives como pecador, sigue en la obra de tu pecado. Bergoglio no cambia eso, sino que lo deja en lo de siempre, en lo normal. Bergoglio sólo ataca la doctrina católica, pero no ataca al pecador que vive su pecado y que ensalza, en la sociedad, su negro pecado. Es un papa normal para el mundo. Es la normalidad que se pide a un papa no católico, que no posee la fe católica. Y, por tanto, Bergoglio es oportunista: sabe dar a cada hombre lo oportuno, lo que desea, lo que busca en su vida. No es inoportunista: no cierra caminos, no señala dogmatismo. Es políticamente correcto en todas las cosas.

Muchos ven a Bergoglio como el que ha sembrado una iglesia y un mundo mejores. Son los que van buscando la novedad en la Iglesia, el placer, la felicidad en todas las cosas. Les llega la frase de ese hereje: «el camino de Jesús es la felicidad». Es lo que mucha Jerarquía está sembrando en el rebaño: ya no les hablan de la Cruz de Cristo, sino de la felicidad de la vida. Es el nuevo Paraíso, que viene con el cambio de época. Y es lo que va a predicar el Anticristo: un mundo nuevo, feliz, en el que todos tienen de todo, y en donde ya no hay enfermedades. El Anticristo va a curar a muchos, va a hacer muchos milagros para que todos lo sigan, fabriquen un nuevo paraíso en la tierra. Hagamos un mundo mejor con las obras del pecado de todo el mundo. Hagamos una iglesia mejor con las herejías de todo el mundo. Esto es lo que la Jerarquía busca, lo que ellos quieren para el Rebaño.

Después de dos años, la Iglesia ha caído en la degeneración más absoluta.

Un demente, no sólo un hereje, guía a la Iglesia.

Y hay que llamarlo demente. Si eres teólogo recto y has estudiado los escritos de Bergoglio, te habrás dado cuenta de que no tienen lógica humana. Ni siquiera tienen  la lógica de un Kant, de un Hegel, en que uno puede seguir su lógica errada y llegar a algo concreto en el error. Con este hombre, no hay manera de llegar a una concreción. Es todo una demencia. Y sólo por una cosa: Bergoglio no es intelectual, sino un hombre que resume, que sintetiza el pensamiento de otros hombres intelectuales, para expresarlo a su manera, en su jerga. Por eso, Bergoglio es un auténtica demencia como hombre intelectual

Y en manos de este demente está toda la Iglesia.

¡Qué gran castigo viene para todos!

No llames a Bergoglio con el nombre de Papa

payaso

Nunca un Papa puede ser hereje; nunca se puede llamar a un hereje con el nombre de Papa:

«…Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).

Pedro, -todo Papa-, tiene el encargo, la misión del Señor de confirmar a los otros en la fe. Y, por eso, Pedro es el primero en la fe, está por encima de todos los demás en el conocimiento de la fe, ejerce la primacía sobre los demás, gobierna en vertical: no se le puede juzgar; todos le tienen que obedecer.

Si todo Papa tiene la misión de enseñar sólo la Verdad que salva a las almas, de guiar en la sola Verdad que santifica a las almas y de señalar el camino del Espíritu, el cual lleva a la plenitud de la Verdad, es claro que Bergoglio no es Papa ni puede ser llamado Papa por su manifiesta herejía.

Aquel católico o aquella Jerarquía que sostenga que un Papa pueda ser hereje o que un hereje pueda ser Papa o ser llamado Papa, es hacer una ofensa a la Palabra de Dios, a las enseñanzas infalibles de la Iglesia y es tomar por idiotas a todos los católicos.

Quien llame a Bergoglio con el nombre de Papa, quien lo reconozca como Papa verdadero está cometiendo la idolatría del pensamiento humano: el hombre que obedece una herejía, -la mente de un hombre hereje-, da culto al error en esa mente. Tiene que adorar, forzosamente, esa mente y apartarse de la Mente de Dios. Pretende buscar a Dios con conceptos equivocados sobre el bien y el mal.

«De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la santa, romana, católica y apostólica, fuera de la cual creemos nadie se salva» (Papa Inocencio III, Eius exemplo, 18 de diciembre de 1208).

En la Iglesia no hay herejes. Quien practique la herejía se pone él mismo fuera de la Iglesia. No hace falta un escrito oficial para declarar a alguien hereje.

Quien se aparta de la Verdad Revelada, quien no sigue la doctrina de Cristo enseñada a sus Apóstoles y transmitida por toda la Tradición católica, y dada en el Magisterio infalible de la Iglesia, automáticamente está excomulgado, es anatema.

Después, la Jerarquía de la Iglesia puede poner penas al hereje. Pero no hay que esperar a la voz oficial de la Iglesia para llamar a alguien, que se ha apartado de la verdad, como hereje.

Bergoglio es hereje. Punto y final.

Bergoglio no puede ser Papa, porque Dios no puede sustentar con Su Poder los delirios de un hereje. Jesús no fundamenta Su Iglesia en los delirios del hereje Bergoglio.

Jesús cimienta Su Iglesia en Pedro:

«Apacienta Mis Corderos…Apacienta Mis Ovejas…» (Jn 21, 15.16).

Jesús no puede poner sus corderos, sus ovejas, sus almas, su rebaño, en manos de un hereje. ¡Nunca! Jesús no puede engañar ni engañarnos. Él es la Verdad y pone Su Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede caer en el pecado de herejía.

Por eso, la renuncia del Papa Benedicto XVI clama al cielo: es poner a toda la Iglesia en las manos de un hereje. ¡Nadie ha meditado en esta renuncia! ¡Un gran pecado! Y, por ese pecado, se inutiliza el Papado de Benedicto XVI: las llaves pasan al Padre; la Iglesia sólo está en los corazones, que permanecen fieles a la Palabra de Dios, no en la Jerarquía. ¡Ya no hay Iglesia en Roma!

Jesús confirma a Pedro –y por tanto a todo Papa-, en el oficio de jefe y cabeza de los Apóstoles y Pastor de Su Rebaño.

¡Nunca un Papa es hereje!

Esto es lo que enseña el dogma del Papado, que muchos católicos desconocen. Y siguen a una Jerarquía culpable.

«Finalmente, algunas de estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso los herejes pueden obtener la vida eterna» (Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, # 2, 27 de mayo de 1832).

Esto es lo que enseña Bergoglio: él no quiere convertir a nadie a la fe verdadera, sino que los demás continúen en su fe, en sus vidas, en sus religiones, en sus iglesias, y formar una unidad en la diversidad: una iglesia para todos. Y esto es declarar que los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe pueden ir al cielo. Él quiere celebrar con una fiesta la reforma de Lutero. Son los delirios de un hereje.

Ni Bergoglio ni los que obedecen a Bergoglio (= los que lo tienen como Papa verdadero) son de la Iglesia Católica ni se pueden salvar.

Todo hereje y todo aquel que siga al hereje y a su herejía, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia: son anatemas. Y, por tanto, nadie tiene que obedecer a esos hombres que viven en el delirio de su herejía. Quien los obedezca no puede encontrar salvación, en ellos, para su alma: se condena con ellos. ¡En la herejía, en una Jerarquía hereje, no hay salvación!

Por eso, lo que vemos en el Vaticano es un cisma claro: un hereje que levanta –en su orgullo- una nueva iglesia, y que atrae hacia ella a muchos católicos que han perdido totalmente la fe verdadera.

Un católico verdadero no puede obedecer a Bergoglio como Papa. Bergoglio es un hombre que vive en los delirios de su herejía. Y hay que llamarlo así: loco. Ningún hombre cuerdo se sienta en el Trono de Pedro para engañar, con su palabra, a las almas. Nadie hace eso. El que lo haga es un loco: está siguiendo la maldad que encuentra en su pensamiento humano y la está poniendo por obra, a pesar de las estupideces que habla a cada rato.

En Bergoglio no es tan importante lo que dice, sino lo que obra. El hereje no es el que predica una mentira como verdad. Todos los hombres son unos mentirosos. Aun el más santo, tiene que mentir.

El hereje es el que obra su mentira: cada uno vive en su vida lo que tiene en su pensamiento humano. Toda idea lleva al acto. Si piensas algo, eso es lo que obras siempre. Esto es ley del hombre.

Todo hombre es racional: vive de su mente humana. Dios ha dado a todo hombre el ser espiritual: el hombre tiene que esforzarse en dejar su racionalidad para entrar en la espiritualidad. Por eso, el camino de la cruz: para crucificar la voluntad humana, poner la mente en el suelo, y poder obrar la Voluntad de Dios. En la oración y en la penitencia, el hombre es siempre espiritual, hijo de Dios. Como los hombres quieren hacer su oración y su penitencia, entonces siempre se quedan en su racionalidad.

Bergoglio obra su herejía cada día. Después, entretiene a todo el mundo con su palabra barata y blasfema. Y de esa palabra se ven sus delirios de grandeza, sus locuras de hombre que sólo vive para ser adorado por los demás.

Muchos le hacen una mala publicidad: dicen sus frases, pero no las disciernen. No las combaten, porque no tienen a Bergoglio como enemigo de sus almas, sino que confían en él:

«No te fíes jamás de tu enemigo, pues como el ácido que destruye el hierro, así es su maldad» (Ecle 12, 10).

Como muchos ven a Bergoglio como una buena persona, un buen hombre, que de vez en cuando dice una buena palabra, algo que gusta al oído y a la mente del hombre, entonces siguen esperando algo de él: confían en su juicio, en su gobierno, en sus planes.

¿Quién puede confiar en los delirios de un hereje? Sólo confía aquel que se ha vuelto hereje, como él lo es. Sólo los locos confían en los locos.

«Aunque a ti acuda y se te muestre obsequioso, ponte sobre aviso y guárdate de él» (Ib., v. 11).

Los católicos verdaderos tienen que estar con la mosca detrás de la oreja. No porque Bergoglio declare palabras bonitas a los católicos, ni porque obre, en apariencia, cosas santas (bendiciones, misas, proclamación de santos,…), hay que acogerlo como Papa.

Como enseña Paulo IV en la Bula “Cum ex Apostolatus”, y el Código de Derecho Canónico lo asume e incorpora como Ley: el hereje, ipso facto, pierde el cargo cualquiera sea, sin necesidad de una declaración oficial y, por lo tanto, con el cargo pierde la jurisdicción que tuviere en la Iglesia.

Bergoglio no es nada: ni siquiera Obispo de Roma. Es un hereje que está levantando su nueva iglesia en Roma. Y no es más que eso. Sólo tiene un poder humano: el que los hombres, que lo han colocado ahí, le han dado. Es un poder temporal. Y, por su pecado de infidelidad, Bergoglio ni puede celebrar misa, ni puede bendecir nada, ni puede proclamar santos en la Iglesia. Todo lo que hace es una obra de teatro. ¡Cuánto cuesta entender esto a muchos católicos!

No te fíes de Bergoglio: guárdate de él si quieres salvar tu alma.

Predicar esto es hacer Iglesia, levantar la Iglesia.

No predicar esto, sino lo contrario, es destruir la Iglesia.

«El enemigo te acariciará con sus labios, pero en su corazón medita cómo echarte a la fosa» (Ecle 12, 15).

Bergoglio está tramando, todo el día, desde que se levanta hasta que se acuesta, cómo engañar, más y más, a todos los católicos. Cómo llevarlos al fuego del infierno. Y, como él, así obra toda aquella Jerarquía que se somete a su mente humana y le da obediencia como Papa.

Un hereje no milita en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, sino que se aparta, sin necesidad de sentencia oficial, de Él.

Esto es el catecismo:

«¿Quiénes están fuera de la verdadera Iglesia?Está fuera de la verdadera Iglesia los infieles, los judíos, los herejes, los apóstatas, los cismáticos y los excomulgados» (Catecismo Mayor de San Pío X – n. 226).

¡Muchos católicos desconocen el Catecismo!

«¿Quiénes son los herejes?Herejes son los bautizados que rehúsan con pertinacia creer alguna verdad revelada por Dios y enseñada como de fe por la Iglesia Católica; por ejemplo los arrianos, los nestorianos y las varias sectas de los protestantes» (Ib., n. 229).

¿Bergoglio es hereje? – Sí, porque siendo un bautizado, teniendo el Sacramento del Orden ha rehusado, de manera pertinaz, manifiesta, con sus homilías, con sus escritos doctrinales, con sus variadas declaraciones, con sus libros y con sus obras, que no cree en muchas verdades reveladas por Dios y que la Iglesia ha enseñado, de manera infalible, a lo largo de la historia.

Bergoglio no cree en ninguna verdad revelada. ¡Ninguna! Pero esto los católicos no saben verlo, porque se dejan engañar de su lenguaje humano.

La herejía de los modernos está sólo en el lenguaje, no en el concepto, no en la idea: no atacan sólo una verdad revelada, sino todas en su conjunto. Y lo hacen sin que nadie se dé cuenta. Todo el mundo está pendiente del lenguaje, no de la idea. Todo el mundo sigue el giro, el juego del lenguaje. Pero nadie sigue la idea.

Esto se llama hablar al sentimiento del hombre, dando a su mente una palabra bella, una estructura mental, una bandeja de plata, en la que el hombre se agrade: no encuentra en ello alguna idea que le moleste. Por eso, los modernistas no hablan de temas negativos: infierno, pecado, cruz, penitencia, mortificación, etc…Hablan de lo que gusta a todo el mundo: amor, perdón, paz, misericordia, tolerancia, diálogo, etc…

Si Bergoglio está levantando una nueva estructura de iglesia, es claro que hay que salir de ella: de parroquias, de comunidades, etc., en donde se establezca el gobierno de herejía de este sujeto y se imponga el estudio y la enseñanza de sus escritos herejes.

Hay que salir de Roma para permanecer en la Iglesia de Pedro, en la Roca de la Verdad que Cristo ha puesto para siempre.

Hay que esperar el tiempo del Espíritu. Ya no hay que esperar a los hombres, a la Jerarquía.

Muchos esperan un Papa católico después de Bergoglio: no han comprendido que, una vez que hagan renunciar a Bergoglio, el desastre viene para toda la Iglesia, sin excepción.

Por eso, hay que elegir en la Iglesia: o Cristo o el gobierno horizontal de la nueva iglesia. Y cada uno tiene que elegir.

Y estar con Cristo es oponerse, no sólo a Bergoglio sino a mucha Jerarquía y a muchos fieles que ya no son de la Iglesia Católica, pero que han cogido el poder: tiene capillas, tienen parroquias, tienen comunidades…y se han hecho fuertes: se llaman católicos, sin serlo, y van en contra de los verdaderos católicos que no quieren someterse a sus delirios de herejía.

Es tiempo de persecución real. Y esa persecución no viene de fuera de la Iglesia. Viene de los que una vez se sentaron a la mesa, partieron el pan y ahora han traicionado a Cristo por un plato de lentejas.

El Sínodo desata vientos de cisma y de apostasía

loco

En la nueva iglesia, que se levanta en el Vaticano, siguen a un loco: Bergoglio. Es un hombre atado a su pensamiento humano sobre Cristo y sobre la Iglesia. Un hombre sin verdad: no puede permanecer en la verdad, porque baila continuamente con toda mentira que el demonio le pone en su mente. Es una mente diabólica, como hay pocas en el mundo, porque es el encargado de poner la base de una nueva estructura de iglesia, que haga frente a la Iglesia de Pedro, que es la Iglesia de Jesús.

Por eso, alguien predicó en el Sínodo:

«Papa Francisco cree fuertemente en el valor de la sinodalidad» (ver texto).

La nueva iglesia, que ya está en pie, no tiene el papado como centro, como base, cono verdad, sino la comunión de toda la Jerarquía, en que el nuevo y falso papa es uno entre iguales, que es la doctrina propia de los protestantes. Esta doctrina de la sinodalidad lleva a escuchar al otro, pero no a obedecer la Verdad. La Verdad ya no está en Cristo, ya no la tiene el Papa, ya no está en la Iglesia, sino en todo el mundo, en todos los hombres que se reúnen para hablar de sus verdades, que son sus problemas, sus vidas. Y éstas son la verdad que hay que seguir, que hay que exponer en un lenguaje nuevo, al alcance de todos.

Es el espíritu de la colegialidad, pero no el del Sucesor de Pedro: no es el Espíritu de Pedro, porque Bergoglio no es Papa y todo cuanto hace en la Iglesia rezuma sólo humanidad. Una nueva iglesia que se fundamenta en la palabra de los hombres, en sus vidas y obras, pero no en la Palabra de Cristo, no en la Roca infalible de la Verdad, no en la Obra de Cristo, que es una obra para quitar el pecado, para destruir las obras del demonio.

En el Sínodo no se habla del pecado, ni de la lucha contra el pecado, sino que se habla de un lenguaje nuevo para tratar los diferentes asuntos de la vida de los hombres. Ese lenguaje nuevo está lleno, no sólo de errores, sino de claras herejías, que llevan a la apostasía de la fe, y que ponen la cima del cisma como fruto de ese nuevo lenguaje.

En el Sínodo se respiran los vientos del cisma. No sólo es una brisa, sino un huracán que nadie puede aguantar, sostener, parar, sino que se desata sobre toda la Iglesia. Es la consecuencia de no sujetar el entendimiento humano a la verdad, que es sólo Cristo. Y, por eso, los hombres hablan abiertamente de la soberbia que hay en sus mentes. Una soberbia desatada, que se muestra a todos sin la careta, sin la máscara, sin el fariseísmo de un ropaje eclesiástico.

Ha comenzado un diálogo en la nueva iglesia, diálogo de besugos, de charlatanes, de ignorantes de la vida eclesial, de herejes, de cismáticos, para ponerse de acuerdo, en el lenguaje, sobre la doctrina, sobre lo que hay que pensar, lo que hay que creer, lo que hay que obrar en la iglesia. Ya el nuevo y falso papa no es la voz de Cristo, no da testimonio de Cristo, no imita a Cristo, sino que ese nuevo papa imita al hombre, es la voz del hombre, es el grito de su pueblo; el pueblo que hace de su persona un fetichismo, una idolatría, un negocio en el mundo.

Bergoglio no es garantía para nadie ni custodia de la fe verdadera, sino que es el camino para condenarse al fuego del infierno, para arrastrar, con el lenguaje humano, con la palabra bonita y bella, a muchos hacia la perdición eterna.

El que es de Cristo, no es de Bergoglio ni de su nueva iglesia. Esto deben tenerlo muy en cuenta, porque si no van a quedar pillados en este nuevo lenguaje. Quien sigue a Bergoglio no sigue a Cristo y no pertenece a la Iglesia de Cristo, a la verdadera, a la fundada en Pedro.

La nueva era del lenguaje se cierne sobre toda la Iglesia. Ellos dicen: no vamos a cambiar la doctrina, sino que vamos a presentar un nuevo lenguaje para, con el tiempo, cambiar la doctrina. Este es el engaño que muy pocos ven en todo este juego del Sínodo. Porque esto es el Sínodo: un juego de los hombres para distraer a todos de la verdadera doctrina, la que salva, la intocable, la dogmática, la que no predican en el Sínodo.

Bergoglio es un hombre que no ve en las iglesias locales la verdadera Iglesia: «la Iglesia universal y las Iglesias particulares son de institución divina, mientras que las Iglesias locales, así entendidas, son de institución humana» (ver texto). Esta es la desfachatez de este hombre: las capillas, que la Iglesia tienen en cada diócesis, son cosa humana. Las asociaciones, los grupos de oración, etc… no son de la Iglesia. Lo que valen son las parroquias. Lo que no sea parroquia, no corresponde a la Iglesia de Jesús. Lo que los hombres organizan localmente no pertenece a la Iglesia universal. Y después de decir esto, habla como un arrogante:

«el Sínodo se realiza siempre cum Petro y sub Petro, y la presencia del Papa es garantía para todos y custodia de la fe» (Ib): este es el orgullo de un hombre, que no es Pedro, que no puede ser el Papa de la Iglesia Católica, sino que es la nueva figura de la sinodalidad, de la colegialidad, que la falsa Jerarquía persigue desde ahora con el Sínodo.

Un hombre que se ha vuelto loco en su orgullo manifiesto, pertinaz, claro para todos los que han aprendido a discernir las palabras de este hombre. Para los demás, sigue siendo un ídolo, un super-hombre, un iluminado en la Iglesia.

La sinodalidad significa una sola cosa: todo se hace por votación. Todo se hace por aclamación del pueblo. Todo es contentar al pueblo, a la gente, a la chusma de los católicos tibios y pervertidos. Es concebir un lenguaje apto para toda mente humana, que esté acorde, que se acomode a cualquier pensamiento humano, menos el dogmático. Es un lenguaje que aborrece el dogma, la Verdad Absoluta, las verdades reveladas. Y que, por lo tanto, es un lenguaje que reescribe la Revelación, el dogma, la fe, el credo, el Evangelio, lo que se ha enseñado y vivido durante 20 siglos. Y este lenguaje recibe el sello del falso Papa, porque todo está bajo Pedro (un falso Pedro), en la mirada atenta de un hereje, que no quiere ver un dogma en su nueva iglesia.

Ellos comienzan un nuevo camino: el del lenguaje humano, apoyados en el común de una mente humana desviada de la verdad. Todos aquellos que predican este lenguaje no pertenecen a la Iglesia Católica. Tienen que aprender ya a discernir la verdadera de la falsa Jerarquía. Tienen que ver ya quién es quién en la Iglesia para no dejarse engañar por el nuevo lenguaje que es un camino que los llevará a la perfección de su pecado, anulando así toda la obra de la Iglesia durante 20 siglos.

Es el lenguaje propio de la herejía moderna: coger una Verdad Absoluta y tergiversarla con toda clase de pensamientos humanos, que son sólo mentiras disfrazadas de verdad. Es sólo un engaño para la mente del hombre, para que el hombre piense que por ese camino se encuentra su salvación y su santificación.

La cuestión del lenguaje: «la atención que debe darse a la lengua y al lenguaje de la Iglesia, que debe utilizar para responder a las expectativas y hacerse comprender» (ver texto). En esto gastan la saliva los del Sínodo. Lo que importa en la doctrina de Cristo no es la doctrina, no es la Verdad Absoluta, no es el dogma, no es la norma de moralidad, sino la lengua, la palabra humana. Es el culto a la idea del hombre: a ver quién da la idea que convenza a todos. La idea que se haga moda, que arrastre a todos hacia el fin que se persigue.

Y muy pocos han comprendido que nadie puede usar otra lengua para explicar la doctrina de Cristo sino la misma Palabra de Dios, porque «Mi doctrina no es Mía, sino del que Me ha enviado» (Jn 7, 16). Jesús, cuando habla, no usa un lenguaje humano para expresar algo divino. No va en busca de un lenguaje para responder a las necesidades de los hombres. Jesús, cuando habla, da la misma Mente de Su Padre. Y, para hacer eso, necesita tener el Mismo Espíritu de Su Padre.

Los hombres del Sínodo carecen del Espíritu del Padre, que es el Espíritu del Hijo, y por lo tanto, no pueden hablar con el Espíritu de la Palabra: no pueden predicar la misma doctrina que Cristo predicó, sino que, necesariamente, tienen que inventarse un nuevo lenguaje para dar su doctrina de hombres.

Hay que poner la atención en la lengua. Eso significa una cosa: nadie pone freno a su boca. Consecuencia: «Ved que un poco de fuego basta para quemar todo un gran bosque» (St 3, 5b). El fuego del nuevo lenguaje va a quemar todo el bosque del dogma católico. ¡Esto es el Sínodo! «También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. Colocada entre nuestros miembros, la lengua contamina todo el cuerpo, e inflamada por el infierno, inflama a su vez toda nuestra vida» (v. 6). Los Obispos, que hablan en ese Sínodo maldito, hablan inflamados por la mente del mismo demonio, y queman a muchos con sus palabras heréticas y cismáticas.

Hay que inventarse una nueva forma de hablar a la gente, porque llevamos 20 siglos que no nos entendemos. Este es el absurdo que están diciendo. Lo que Cristo enseñó hace 20 siglos a Sus Apóstoles, eso no vale en el tiempo actual, porque el mundo de hoy y los hombres hablan otro lenguaje, usan su jerga. Y eso que enseñó Cristo no se entiende en esa jerga. Hay que cambiarlo, hay que acomodarlo al lenguaje de la gente: predica lo que los hombres quieren escuchar y así los ganas. Pero no prediques la Verdad como es, porque el lenguaje que el hombre usa hoy día no tiene ninguna verdad absoluta, no admite dogmas, ya que el hombre se mueve continuamente entre relativismos, entre dudas, entre incertidumbres, entre mentiras, con errores. Y eso es lo que importa: demos nuestra mentira a la gente, nuestro error, para que la Iglesia quede bien con todo el mundo.

¿Qué dice el Evangelio?

«Sea vuestra palabra: sí, sí; no, no; todo lo que pasa de esto, de mal procede» (Mt 5, 37).

¿Qué están predicando en el Sínodo? Lo que procede del mal, del pecado, del demonio:

«El lenguaje como”vivir en pecado “,”intrínsecamente desordenados”, o “mentalidad anticonceptiva” no son necesariamente palabras que invitan a la gente a acercarse a Cristo y a la Iglesia… Hay un gran deseo de que nuestro lenguaje tiene que cambiar para satisfacer las situaciones concretas…. Muchos ya ven al Matrimonio como algo que hay que eliminar del duro lenguaje de la Iglesia. ¿Cómo podemos hacer que el lenguaje sea atractivo, cariñoso y acogedor? No estamos hablando de normas o leyes, estamos hablando de una persona, que es Jesús, quien es la fuente de nuestra fe, el líder de nuestra Iglesia, que es el que nos invita a entrar en un misterio.» (P. Thomas RosicaPortavoz del Vaticano).

Vivir en pecado, intrínsecamente desordenado, mentalidad anticonceptiva, ya son conceptos que no valen. Y ¿por qué no valen? Porque no gusta al oído de mucha gente que vive su vida en el pecado y que llama al pecado como santidad de vida, virtud, valor divino.

Hay que cambiar el lenguaje: no hay que predicar como Cristo lo hizo; hay que buscar un lenguaje que invite a la gente ¿a qué cosa? A acercarse a Cristo y a la Iglesia, porque Jesús es la fuente de nuestra fe, el líder de nuestra iglesia.

Este es el lenguaje de herejía, el propio de estos herejes.

Hablemos de Jesús: la sola fe, sólo Cristo te salva, la sola misericordia, la sola escritura. La doctrina luterana, presentada en el lenguaje moderno de una Jerarquía que ha apostatado de la fe.

No te van a hablar de la doctrina de Cristo, sino de Cristo. Sólo Cristo salva.

Pero no hablemos de normas:

«La Iglesia debe ofrecer su enseñanza más vigorosamente, presentando la doctrina no como un elenco de prohibiciones, sino haciéndose más cercanos a los fieles, tal como lo hizo Jesús» (ver texto).

¿No es la enseñanza de Jesús vigorosa por sí misma? No hablaba Jesús con autoridad y todos le seguían, todos callaban sus bocas? Entonces, ¿por qué no imitan a Cristo y se dejan de ofrecer la enseñanza con un nuevo lenguaje? Porque ya no creen en lo que Dios ha revelado; ya no creen en lo que Cristo ha enseñado; ya no creen en lo que la Iglesia ha mantenido durante tanto tiempo firme en su Seno. Y la Iglesia ha sido capaz de hacer esto porque un Papa legítimo la sostenía, aunque estuviera llena de demonios en su Jerarquía.

Pero como, en la actualidad, la Iglesia ya no se sostiene por un Papa, sino que la maneja un falso Papa, entonces aparece el baile del lenguaje humano para derribar todo el dogma de la Iglesia. ¡A eso van! No se crean que el Sínodo no va a tocar la doctrina. Ya ha sido tocada, ya ha sido cambiada. Pero sólo se muestra el nuevo lenguaje de los hombres, para contentar a todos. Y, en ese nuevo lenguaje, viene el zarpazo. Por eso, estas Navidades Cristo no estará en el portal de Belén. No serán Navidades católicas.

«Cuando acabó Jesús sus discursos, se maravillaban las muchedumbres de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene poder y con como sus doctores» (Mt 7, 28-29).

El poder de la Palabra de Jesús es lo que deja maravillados a las gentes. No es el lenguaje que usa Jesús: es que Jesús habla con autoridad, con poder, con el Espíritu.

Y esta gentuza del Sínodo, ¿habla con autoridad, con poder, con el Espíritu de la Palabra? No. Y nunca lo van a hacer porque se han apartado de la Palabra de Dios, de la Revelación, del dogma, para poner su estilo de lenguaje humano, su idea maravillosa, su moda del lenguaje. Hablan con el espíritu del demonio, para llenar la Iglesia con los pecados de herejía, de cisma y de apostasía de la fe.

«La Iglesia debe ofrecer su enseñanza…tal como lo hizo Jesús». ¿Y qué es lo que hizo Jesús? ¿Qué cosa predicó Jesús?

«Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5, 28). ¿No está Jesús prohibiendo mirar a la mujer con deseo? Esto es lo que hizo Jesús. Así Jesús se acercó a la gente: les dijo la verdad que nadie quiere escuchar. Si miras a una mujer con deseo, vives en pecado. Esto es lo que predicó Jesús y la gente lo aceptaba, lo seguía.

«El lenguaje como” vivir en pecado”… no son necesariamente palabras que invitan a la gente a acercarse a Cristo»: este sacerdote es maestro de Cristo. Cristo: te has equivocado en tu uso del lenguaje. Eso ya no sirve, tu forma de predicar no va con la moda del mundo, con la vida de las personas del siglo XXI; tiene que ser distinta. Esta es la gran herejía.

«¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19, 4-6). La indisolubilidad del matrimonio se demuestra por el lenguaje decisivo y tajante de Jesús: que ningún hombre separe el vínculo del matrimonio. Que ninguna doctrina acepte otra cosa que esta verdad: si estás casado por la Iglesia, no te puedes divorciar y juntar con otra persona, para después, querer comulgar en estado de pecado. Y, como no puedes, te quejas de que no perteneces a la Iglesia.

Es un lenguaje decisivo y tajante de Jesús. Y esta forma de lenguaje que usa Jesús lo quieren cambiar:

El «lenguaje tiene que cambiar para satisfacer las situaciones concretas». Hay que satisfacer la vida de pecado de las personas, de los matrimonios que pasan por una situación difícil, porque viven en el pecado (están malcasados) y quieren comulgar en su pecado. ¡Qué situación más difícil! Y hay que satisfacerla con un beso y un abrazo, con un nuevo lenguaje.

«¿Cómo podemos hacer que el lenguaje sea atractivo, cariñoso y acogedor?» ¿Cuál es el lenguaje de la Jerarquía apóstata del Sínodo?

«Actuando con empatía y ternura, será posible reducir la brecha entre la doctrina y la práctica, entre las enseñanzas de la Iglesia y la vida cotidiana de la familia. Porque lo que necesitamos no es una elección entre la doctrina y la misericordia, sino el inicio de una pastoral iluminada, sobre todo para animar a las familias en dificultad, que a menudo se sienten con un sentido de no pertenencia a la Iglesia» (ver texto).

Hay que iluminar la pastoral con la mente del hombre, con las palabras de los hombres, con el sentimentalismo, la empatía, la cercanía, la afectividad, el deseo de ser feliz en la vida, de hacer lo que a uno le de la gana en la vida.

O con otras palabras más directas:

«Puede haber más amor cristiano en una unión canónicamente irregular que en una pareja casada por la Iglesia» (Adolfo Nicolás).

Reconozcamos que los que viven en unión libre son más santos que los que tienen el Sacramento del matrimonio. Y, por eso, hay que dejarlos que comulguen, porque el sacramento de la Eucaristía no es para los perfectos, sino para los pecadores:

«La Eucaristía no es el sacramento de los perfectos, si no de los que están en el camino» (ver texto); es decir, de todos los hombres. Todos están en el pecado, en el camino del pecado. La Eucaristía es la que ofrece el camino para no pecar más. Y, por eso, es el Sacramento de los perfectos, no de los pecadores que quieren seguir en sus pecados. Y estar en el camino de la perfección no significa no pecar más, sino significa que si alguno ha pecado, que vaya corriendo al sacramento de la Penitencia, para poder seguir en el camino de la santidad, que da la Eucaristía.

Pero en el Sínodo nadie toca el tema de la Penitencia, de la confesión, de la expiación del pecado, del arrepentimiento del pecado, de la lucha contra el demonio, contra uno mismo, contra el mundo. Nadie. Todos en su lenguaje humano, que es la base para la nueva doctrina de la nueva iglesia.

Y, por eso, con el lenguaje humano se hace de la Iglesia una Sodoma y una Gomorra:

«Lejos de encerrarse en un aspecto legalista, queremos sumergirnos en las profundidades de estas situaciones difíciles para acoger a todos los que están involucrados y para asegurar que la Iglesia es la casa de su paterna, donde hay espacio para todo el mundo con su vida dura» (Damasecno Assis)

¿Ven cómo está el Sínodo? ¿Ven lo que hay? Y sólo llevan tres días. ¡Y cuánto caballo desbocado!¡Cuántas naves a la deriva! ¡Cuántas almas se van a perder para siempre!¡Cisma y sólo cisma! Y cisma oficial, llevado por toda la Jerarquía de la Iglesia.

Roma: sede del Anticristo

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«… hizo Yavhé llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de Yavhé, desde el cielo. Destruyó estas ciudades y toda la hoya, y cuantos hombres habían en ellas y hasta las plantas de la tierra» (Gn 19, 24).

Abominación es Roma. Abominación es la cabeza de Roma: Bergoglio. Abominación es toda la Jerarquía que se somete a Bergoglio.

Este hombre es un dictador de su mentira. Y, por tanto, es un hombre que sabe que está en esa posición, en ese liderazgo, para imponer su mentira a toda la Iglesia.

Este hombre es vulgar en su palabra, pero es idiota en su pensamiento; en otras palabras: es un hombre que vive dando vueltas a su idea maquiavélica, y que la transmite en un lenguaje vulgar, plebeyo, que gusta a todo el mundo por su sentimiento barato y blasfemo.

Decir idiota a alguien no es decirle tonto: Bergoglio sabe muy bien lo que dice y lo que hace. El idiota es aquel que está privado del conocimiento de la verdad y, por tanto, tiene que obrar siempre la mentira. Y si se está en la cabeza de un gobierno, eso significa una cosa: dictadura. Bergoglio es un dictador. Todos tienen que hacer lo que dice esa mente, aunque las leyes digan otra cosa.

¿Qué es, si no, la aclaración del Obispado sobre el matrimonio (ver texto) trasns celebrado en la iglesia de Santiago del Estero, en Argentina? Esta aclaración es una clara hipocresía, una fariseísmo de una Jerarquía que no pertenece a Cristo, sino que lo combate.

La ley de la Iglesia es muy clara. Se la han pasado por el arco del triunfo y se han sometido a Bergoglio. Obedecen la mente de ese hombre, poniéndose en contra de la mente de Cristo.

Aquellos que piden que Roma suspenda a este sacerdote y al Obispo por hacer este casamiento, no saben de lo que están hablando. Porque este casamiento se ha hecho con la “bendición” de Roma. Ningún Obispo hace nada en la Iglesia sin Roma. Ningún sacerdote hace nada en su parroquia, sin su Obispo.

Bergoglio: dictador de mentiras, de maldades, de abominaciones. Y todos le besan el trasero. ¡Todos! ¿Todavía no tienen inteligencia?

¡Tienen que despertar si quieren seguir en la verdadera Iglesia: la que Cristo fundó en Pedro!

Tienen que aprender a discernir la falsa de la verdadera Jerarquía. Y llamar a cada una por su nombre. Y poner a cada uno en su lugar.

Es tiempo de cuestionar a toda la Jerarquía. ¡A toda! Ya no es tiempo de obedecer a nadie en la Iglesia. Porque eso que vemos en Roma no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia Católica. Es un invento de unos hombres que, desde hace mucho tiempo, están en la Iglesia para lo que vemos: destruirla desde dentro.

No pueden asistir a misas donde sacerdotes u Obispos, casen a personas transexuales, bauticen a hijos de homosexuales, se den predicaciones claramente comunistas, protestantes, masónicas. ¡No pueden! ¡Allí donde se obra una abominación, como es casar a personas trans, después, no se puede poner a Cristo en el Altar! ¡O se está con Cristo o contra Cristo! O se tienen las ideas claras de lo que Cristo exige a un sacerdote en Su Iglesia, o se levanta una nueva y falsa iglesia con un nuevo y falso Cristo!

¡Tienen que despertar!

Dios ha dado Sus Leyes a los hombres. Y si los hombres desprecian esas leyes, sencillamente esos hombres no son hijos de Dios, sino del demonio. No son hijos de la Iglesia. No pertenecen a la Iglesia Católica.

A ese sacerdote, que casó a esta pareja, tienen que llamarlo por su nombre: sacerdote apóstata de la fe, hereje, cismático. Sacerdote que pertenece a la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Sacerdote de la masonería, instrumento de la obra masónica en la Iglesia. Y, por tanto, tienen que apartarse de ese sacerdote y del Obispo que lo mantiene en su ministerio; y, por supuesto, de Bergoglio, que es el que está detrás de todo esto.

Muchos no han comprendido lo que es la herejía. Creen que hace falta un sistema filosófico o teológico para expresar una herejía.

Bergoglio las dice cada día. No hay día que no diga su herejía. Pero nadie se da cuenta. Su famosa frase: no soy quién para juzgar; es una herejía.

La herejía es oponerse a la Verdad. Y la Verdad es la Palabra de Dios: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22).

Dios enseña al hombre a juzgar al homosexual. Todo homosexual es una abominación. Luego, cada hombre tiene el deber y la obligación de juzgar. Cada hombre es quién para juzgar porque el poder se lo da Dios en Su Enseñanza, en Su Palabra, en Sus Leyes.

Por tanto, todo aquel que diga que no es quién para juzgar a un homosexual se opone directamente a Dios, a la verdad. Está enseñando su mente humana, su idea. Y la pone por encima de la idea de Dios, de lo que enseña Dios. Y si eso que dice no lo retira, sino que lo mantiene y lo pone por obra, entonces ese hombre cae en la herejía automáticamente. Es pertinaz en su mentira.

Las obras del Bergoglio ahí están. Este casamiento es su obra, porque viene de su herejía. Este casamiento es la obra de su herejía. Es lo que se llama apostasía de la fe. Ser apóstata de la fe es obrar la herejía. Y ser hereje es ser, al mismo tiempo, cismático.

Son tres pecados que están unidos. No se pueden separar. Uno está en la mente: la herejía. Y quien piensa la herejía, la obra. Y, por eso, cae en la apostasía de la fe: vive para obrar la maldad. Y quien obra la herejía, quien es apóstata, comienza a levantar una nueva vida, un nuevo camino, una nueva iglesia: el cisma.

El hereje está «enteramente pervertido y peca, condenado por su propio juicio» (Tit 3, 11). Bergolgio se condena a sí mismo con su propia sentencia: no soy quién para juzgar. Y, por tanto, sus obras son siempre de pecado y de abominación. Nunca son obras de verdad. Nunca. Su juicio lo tiene pervertido. Esto es lo que significa la palabra idiota, en griego: el hombre privado de verdadero conocimiento: el pervertido en su juicio.

Y una persona pervertida, idiota, es mala por los cuatro costados. Y, aunque su palabra sea vulgar, aunque ponga una sonrisa a todo el mundo, aunque se quiera mostrar con el vestido de la humildad y de la pobreza, hay que apartarse de estas personas, como si fueran el mismo demonio: «Al hombre herético, tras la primera y la segunda amonestación, evítalo» (Tit 3, 10)

Esto es lo que muchos católicos, que todavía dudan de si Bergoglio es o no es Papa, no hacen. Algunos todavía se preguntan si Bergoglio se ha puesto o no al margen de la Iglesia. Después de 18 meses de ver las obras de este hombre, ¿todavía no ven nada, no lo evitan, no huyen de él, están esperando todavía algún milagro en el Sínodo?. ¡Esto es de locos!

Para quien ya ha captado lo que es Roma, el Sínodo sólo es un grupo de hombres que van como corderos al matadero. No es más que eso.

“Vuestra palabra homosexualidad se puede explicar por la historia de Sodoma y Gomorra. Leed en vuestras Biblias o consultad a vuestro clero. Buscad, hijos Míos, un clero humilde y piadoso. Muchos han perdido la fe. Muchos han vendido sus almas por llegar a los altos cargos. Y esto hijos Míos, yo digo, de todas las denominaciones!” (Verónica de la cruz).

¿Por qué este sacerdote ha casado a esta pareja de homosexuales? Porque está en ese ministerio para hacer su negocio, su empresa en la Iglesia. Ha vendido su alma al demonio, para tener un puesto, una posición social y política, dentro de la nueva iglesia que se levanta en Roma.

Si este sacerdote se hubiera opuesto al pensamiento de Bergoglio, lo tendríamos en la calle mendigando comida y un vestido. Pero, como quiere seguir teniendo un plato de comida todos los días en su mesa, entonces decide limpiar las babas de Bergoglio y oponerse a Cristo en Su Misma Iglesia y con la vocación que el mismo Cristo le dio: usa los dones de Dios para hacer una obra del demonio. Esto tiene el nombre de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Y esto señala otra cosa: la aparición del Anticristo. Cuando la Jerarquía de la Iglesia se convierte en anticristo, como este sacerdote, automáticamente los tiempos se aclaran y se precipitan para que aparezca el Malvado, el otro dictador que tiene que ponerse en el mundo.

Hay dos dictadores en este tiempo del Anticristo: uno en la falsa iglesia: un falso Papa. Y otro en el mundo: el Anticristo. Y esos dos dictadores son los que manejan todos los gobiernos del mundo y todas las iglesias, incluida la que está en Roma.

“Debéis seguir haciendo una vigilia de oración por el clero del mundo. La oscuridad ha descendido a la iglesia de Mi Hijo. ¡Sea lo que sobrevenga a todos vosotros por el caos que está llegando rápido a vuestro país y a otras naciones del mundo! Pronto habrá un déspota en el mundo. Lo llamo número dos. Pero muchos lo han nombrado, y en el libro de la vida se refiere como el Anticristo.

Sí, hijos Míos, vosotros lo reconoceréis por sus hechos. Muchos venderán sus almas a él para conseguir altos cargos, pero todo lo que está podrido caerá. No importa las batallas que haya que librar por mantener la luz en vuestro país y en el mundo. Vosotros seguiréis adelante como soldados de la luz, llevando vuestra bandera de la fe y la verdad frente a la adversidad» (Ib).

Hay que ser soldados de Cristo para poder oponerse a los soldados del Anticristo. Tienen que oponerse, con valentía, a toda esa Jerarquía pervertida si quieren ser de Cristo. Y no tienen que tener miedo de esa Jerarquía, porque son sólo hombres, que se visten de ropas bonitas, pero que no son lo que parecen: no son sacerdotes, no son Obispos, no son Cardenales.

Tienen que tener el valor de despreciarlos en sus caras. De decirles la verdad como es, porque no merecen el respeto que un sacerdote de Cristo se merece. No tienen el espíritu de Cristo, sino del anticristo. Y, por tanto, no hay obediencia a ellos.

Esto es lo que mucha gente no comprende. Se sigue obedeciendo a una Jerarquía que cae en el pecado, que es débil en el pecado. Pero no se obedece a una Jerarquía que comete los tres pecados que le apartan de la Iglesia: herejía, cisma y apostasía de le fe.

Un sacerdote puede ser mujeriego, pero después sigue predicando la verdad. Hay obediencia a él, a pesar de su pecado de lujuria. Porque ese pecado de lujuria no se opone a la doctrina de Cristo de manera directa.

Pero un sacerdote que, por sus obras, se opone a la doctrina de Cristo, como es este sacerdote que casó a esta pareja, aunque su homilía sea maravillosa, aunque diga palabras que parecen verdaderas, cae toda obediencia. Porque la fe está en las obras. Si se tiene fe en Cristo, se obran las mismas obras de Cristo. Si no se tiene fe en Cristo, se hacen las obras del demonio, que son contrarias a las obras de Cristo. Y Cristo nunca casó a parejas homosexuales. ¡Nunca! Este sacerdote lo ha hecho. Conclusión: no hay obediencia a esta Jerarquía. Hay que combatirla, no sólo resistirla. Porque es la propia del demonio. Son los soldados del Anticristo.

“¿Qué podéis esperar para vuestro país, que permite que florezca la homosexualidad, y se vuelva una forma de vida ahora por parte de sus líderes bajo la bandera de la verdad? ¿Y la fidelidad? A su dios; ellos han tirado la bandera y están yendo en la dirección de Satanás.

“Ahora las leyes se están haciendo para proteger los que ofenden a Dios, los homosexuales. La humanidad llevará el estandarte por delante. Habrá muchas tribulaciones para la humanidad antes de que vuelva Mi Hijo para reuniros Él mismo. En su momento muchos serán quitados de la tierra. Pero habrá una tribulación antes de ese momento» (Ib).

La nueva y falsa iglesia, que se ve en Roma, está protegiendo a los que ofenden a Dios. Y van a sacar las leyes correspondientes para eso. Y ya no van a tardar. Ya no será como han hecho ahora: un fariseísmo. Ahora se van a apoyar en sus mismas leyes, que serán una gran blasfemia a Dios.

La homosexualidad es una forma de vida en la nueva iglesia. ¿No es esto lo que predicó ese sacerdote?

“Estamos reunidos celebrando el amor de Dios en nuestras vidas, un amor que estaba desde el origen de nuestra existencia, y que los ha sostenido en momentos de dificultades, de alegría, de esfuerzo cotidiano por hacer que la opción de vida que han tomado sea respetada por todos, sea el que los acompañe por el resto de sus vidas”.

Esta opción de vida es respetada por ellos, por la Jerarquía del demonio. Y tiene que ser aborrecida por los soldados de Cristo, por la verdadera Jerarquía. Si no hacen esto, entonces ustedes pertenecen a esa nueva iglesia en Roma. Si no se separan de Roma, totalmente, van a perecer en la Justicia que viene ya a toda la Iglesia. Primero a la Iglesia, después al mundo entero.

Hay que salir de Roma pagana. Roma inmunda. Roma abominable. Y hay que salir ya. No esperen a después del Sínodo. Ya Roma no es el asiento de la Verdad, sino la sede del Anticristo.

Hay que abrir los ojos ante el cisma en la Iglesia

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´La Iglesia no debe meterse en la decisión de una mujer de abortar; ni siquiera Dios, que por algo nos hizo libres´ (Sor Lucía, monja de clausura en un convento de Manresa – 23 de enero de 2014 – Ver entrevista original).

Esto es un ejemplo de cómo está la Iglesia en su interior: corrupta. Y muchas personas no acaban de creer en esta apostasía de la fe que vive toda la Iglesia.

No sólo esta monja sino sacerdotes, teólogos, Obispos que ya han abandonado la fe, la verdad, para vivir una fábula dentro de la misma Iglesia. Y defienden sus herejías como una verdad, como un bien, como un valor en medio de toda la Iglesia.

Personas consagradas que han hecho del mundo su adoración perpetua. Se dedican a la lucha de clases, a ir en contra de los ricos porque son la raíz de que existan los pobres.

Están en las redes sociales porque ya hay que ser social, ya no hay que ser persona individual. Lo que priva es la sociedad, el culto a la persona social, el culto a la comunicación social, el culto a las palabras de los hombres, a su lenguaje, a sus pensamientos. Se trata de ver qué piensa el hombre y que obra el hombre.

Han puesto la fe en solucionar problemas humanos. ¡Y en nada más! Y se apoyan en el mismo Evangelio, pero, por supuesto, lo tuercen a su manera humana, según su intelecto humano, según su punto de vista, según su filosofía, su teología, que es totalmente protestante.

Gente que defiende su mentira en medio de la Iglesia: “El Evangelio no vende ninguna ideología ni controla las conciencias, ni da recetas morales. Es una buena noticia que nos tiene que ayudar a ser personas mejores y trabajar por la justicia. Cristo no vino a inaugurar ninguna religión sino a instaurar un nuevo orden”. Así habla esta monja, diciendo tan claras herejías que son aplaudidas por muchos en la Iglesia.

Una monja que cada día recibe la comunión y que vive en su pecado, que no quiere quitar. El Evangelio no da normas morales, sino que nos ayuda a ser mejores y a obrar la justicia. Menuda herejía que dice este lobo vestido de monja. Y, como ella, muchos sacerdotes y Obispos.

El Evangelio es sólo eso: una ayuda para resolver los problemas humanos de la gente. Y, entonces, Cristo no edifica una Iglesia en Pedro, sino un nuevo orden. Y se queda tan pancha después de soltar este cisma.

Religiosos que obran el cisma dentro de la Iglesia. ¿Todavía les cuesta creer que Francisco es cismático, que no pertenece a la Iglesia Católica?

“Francisco ha traído un poco de normalidad. Si antes me descalificaban, ahora el Papa me ha redimido, ya que apoya todo el tema de la redes sociales”: ¿quién es el culpable de todo lo que pasa en la Iglesia? Francisco. Y sólo Francisco. Él es la cabeza de la herejía, del cisma, de la apostasía de la fe. Francisco ha redimido a esta monja. ¡Viva Francisco! ¡El nuevo Salvador! Cristo no salva. Cristo no ha hecho una Iglesia. Es Francisco que ha inaugurado el nuevo orden mundial.

Es tremendo lo que pasa dentro de la Iglesia. Y nadie se lo cree. No acaban de creer que Francisco, cada día, hace su camino de cisma en la Iglesia. Y lo hace con sus bonitas palabras, con una sonrisa en sus labios, diciendo que nos amamos todos, que Dios ya todo lo perdona, que hay que trabajar por quitar la hambruna del mundo. Y todos con ese hereje.

Personas consagradas que se han olvidado de la Justicia Divina y, por tanto, sólo hay que bendecir: “¿Qué opina entonces del matrimonio entre dos personas del mismo sexo? Yo siempre me pregunto qué haría Jesús, y Él siempre bendecía. Nunca maldecía. El matrimonio y el amor siempre es bendecido”. Cristo no condena, porque es todo Misericordia. Y se acabó. Todos al cielo con nuestros pecados. Peca fuertemente que ya Cristo todo lo perdona, todo lo bendice. Cristo bendice el matrimonio homosexual. Esto se llama apostasía de la fe, porque esta monja no se va de la Iglesia para decir esto, sino que se queda como monja y predica su herejía sin que nadie diga nada, sin que nadie la condene, porque, claro: “Yo creo que el Papa ha sido clarísimo y está siendo clarísimo con todas sus actitudes. Afirma que no es nadie para juzgar y si no es nadie para juzgar, no puede considerarse una enfermedad. Todos tenemos errores, pero la orientación sexual no es un pecado ni una desorientación de la naturaleza. Tenemos que acoger”.

Francisco es el culpable de que nadie en la Iglesia se levante para combatir a sacerdotes, Obispos, y religiosos y religiosos herejes, cismáticos, que con sus vidas están llevando a toda la Iglesia hacia el infierno. El culpable: Francisco.

Por eso, lo que viene a la Iglesia es catastrófico. Se está viviendo el comunismo en toda la Iglesia. Esto que dice esta monja es el comunismo, el marxismo, las comunidades de base, que tienen que apoyar a la cabeza herética, comunista, marxista, que es Francisco.

¿Por qué siguen aplaudiendo a Francisco si está destruyendo toda la Iglesia?

¿Por qué lo siguen llamando Papa si es un cismático?

¿Cómo el Papa Benedicto XVI puede escribir a Hans Kung diciendo que apoya a Francisco?

Esta es la corrupción de lo mejor: gentuza que está en la cima de la Iglesia para crear su orden mundial, que es la antesala de la iglesia del Anticristo.

El pecado de Benedicto XVI, que es su renuncia, cerró el Papado. ¡Ya no hay más Papas por la vía ordinaria!

No hay línea de sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. No existe. Un pecado lo impide. Un pecado es el obstáculo para que un Papa gobierne la Iglesia.

Francisco sólo hace una comedia sentado en la Silla de Pedro. ¡Es su obra de comedia, de teatro en la Iglesia! ¡No es Papa! ¡No puede ser Papa por el mismo pecado de Benedicto XVI!

Francisco conduce a toda la Iglesia hacia el derrumbe más total. Y Benedicto XVI aplaude ese derrumbe. Eso prueba que Benedicto XVI no ha salido de su pecado. Sigue ciego en su pecado. Cree haber hecho una buena obra dejando el Papado y no se da cuenta que ha puesto a la Iglesia en manos de los lobos.

“Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos” (homilía en la Basílica de San Pedro el domingo 24 de abril de 2005).

Benedicto XVI huyó ante los lobos y dejó la Iglesia desguarnecida, sin protección, caída en la más triste vida de pecado. Él huyo y sigue huyendo.

Como Papa predicó la Verdad: la Iglesia está llena de lobos, de gentuza que está vestida de Cristo pero que hace obras contrarias a Cristo.

Gentuza que en sus bocas tiene al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero que son sólo palabras humanas, lenguaje humano. Y sólo creen en sus ideas políticas, que son el comunismo y el protestantismo. Y es lo que obran dentro de la Iglesia.

La Iglesia está metida en un gran lío con Francisco. Y. muy pronto, a ese hereje lo echan de patadas de la Silla de Pedro. Y la razón: su orgullo. Por su orgullo, la Iglesia tienen ahora un dilema que no sabe resolver adecuadamente: o quitamos todos los dogmas o no se hace nada en la Iglesia. Este es el dilema.

Francisco es un charlatán que habla más de la cuenta, pero que no obra lo que habla. Está sentado en la Silla de Pedro para su publicidad, para su negocio en la Iglesia, para lo que él siempre ha hecho en la Iglesia: pecar. Y quería la Silla de Pedro para mostrar al mundo su pecado. ¡Ese es su orgullo! ¡Él está feliz en su pecado! Pero la gente le pide que destruya la Iglesia. Y no sabe hacerlo, porque no se sentó para eso. Necesita gente inteligente, porque él es un necio, un palurdo en su pensamiento. Y para romper dogmas hay que ser inteligente, hay que ser un protestante con cabeza. Y eso no lo es Francisco. Francisco es un protestante sin cabeza, con un corazoncito, con un romanticismo herético, con una palabrería que gusta a la gentuza como él. Y nada más. Por eso, otro tiene que encargarse de destrozar la Iglesia.

No hay sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. Hay un abismo. Por eso, viene la sucesión de cabezas en Roma. Gente que toma el poder para quitar un dogma, para destrozar una verdad. Francisco ya quitó el Papado. Hay que quitar el resto. Pero no atina Francisco la forma de hacerlo. Y hay gente que ya se impacienta porque quiere el nuevo orden mundial.

¡Hay que abrir los ojos! El momento que pasa la Iglesia no es como antes. Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de la Gracia, de la Misericordia.

Con Juan Pablo II la Iglesia tuvo su momento de Misericordia. Con Benedicto XVI empezó la Justicia Divina. Y, cada día, más se incrementa dentro de la Iglesia la necesidad de un castigo ejemplar a toda la Iglesia.

Dios va a castigar a la Iglesia Católica porque un Papa renunció a lo que nunca tenía que renunciar y un cismático lleva a toda la Iglesia hacia la condenación.

No se puede uno cruzar de brazos y decir que en la Iglesia todo va viento en popa. Para el que tiene dos dedos de frente, la apostasía de la fe en muchos sacerdotes y Obispos es la señal de que muy pronto hay un giro clarísimo en Roma. Un giro en que, de forma definitiva, quitándose las caretas, se empieza a demoler la Iglesia. Es lo que todavía se está contendiendo, por el orgullo de Francisco.

Con Francisco se ha iniciado la Apostasía de la Fe en toda la Iglesia

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“El 69% dice ser «católico» sin necesidad de aceptar los dogmas de la Iglesia. El 86% de los «católicos» alemanes aprueba el uso de anticonceptivos y, en Baviera, el 69% de los divorciados vueltos a casar comulgan habitualmente de manera sacrílega” (Resultado del cuestionario en Alemania – 29 enero 2014 – Der Spiegel).

La Apostasía de la fe está en marcha en toda la Iglesia, no sólo en Alemania. Y esto sólo significa una cosa: la anulación del pecado. Cuando se da la apostasía no es posible la conversión, sino que todo lleva al culmen: a decir que ya no existe el pecado y, por tanto, vivan lo que quieran en la Iglesia.

La apostasía de la fe es un pecado contra el Espíritu Santo, del cual no hay perdón. No es posible el arrepentimiento para el que apostata de la fe: “El 96% de las personas que conviven en una relación sexual sin pasar por el altar no tienen tampoco problemas de conciencia y, además, participan sacrílega y habitualmente en los sacramentos. La moral sexual eclesiástica no significa absolutamente nada para nueve de cada diez jóvenes católicos alemanes. Las relaciones prematrimoniales y los anticonceptivos forman parte normal de su vida” (Encuesta sobre el matrimonio, la familia y la sociedad – 18 diciembre 2013 -Federación de Juventudes Católicas Alemanas).

Es normal vivir en pecado y seguir participando de los Sacramentos como si nada pasara, sin problemas de conciencia. Esto es la dureza del corazón. Y esto viene sólo de la Jerarquía de la Iglesia. Los fieles están así, viviendo en sus pecados, porque los sacerdotes y los Obispos viven también en sus pecados y predican eso a las almas.

Y eso tiene una razón: la pérdida de la fe en la Palabra de Dios. Cuando sucede esto es que no existe la fe. Y si no hay fe, no se puede vivir la Verdad, la doctrina de Cristo, que exige siempre una norma de moralidad.

La pérdida de la fe es la apostasía de la fe. Y cuando se pierde la fe ya no se recupera. Ya no es posible. El don de la fe es un tesoro que si el alma lo pierde, se condena de forma inevitable.

Llegamos al Misterio del pecado: ¿qué pecado lleva a la pérdida de la fe, a la apostasía de la fe? ¿qué pecado hace que el don de la fe se pierda para siempre y, por tanto, que ya no haya Misericordia para esa alma?

Sólo uno: amar el pecado. Cuando el alma comienza a amar su pecado y, por tanto, a no luchar contra el pecado, a verlo como algo bueno, a justificarlo, a ensalzarlo, a llevarlo como un bien para su vida, como un valor, entonces se llega al endurecimiento del corazón y se pierde la fe para siempre.

La fe significa: amar la Verdad. Todo el que tiene fe busca y encuentra la verdad como un tesoro en su vida, como algo que nadie le puede dar, que ninguna cosa en el mundo: ni el dinero, ni el trabajo, ni el placer, ni el poder, es capaz de llenar el corazón. Sólo el que ama la Verdad se siente lleno y realizado en la vida.

Pero el que va despreciando la Verdad en su vida, el que lo va relativizando todo, poniendo límites, condiciones, relaciones, a su vida, entonces empieza a acoger el error, la mentira y a no dejarla, a verla como buena, como un camino en su vida, como una verdad. Y se excusa el pecado, y se ensalza el pecado, y se aplaude y justifica hasta el infinito. Se le pone en un pedestal, como un signo en la vida, como una señal, como un norte, como un camino. Se ama el pecado porque es pecado, porque llena el pecado, porque hace vivir el pecado. Y, entonces, ya nunca se puede dejar el pecado, porque se ha convertido en la fe de esa persona, en una fe humana, natural, carnal, sentimental, material, que se opone totalmente a la fe divina, al don de la fe. Y, por eso, se exige seguir en la Iglesia, recibir los sacramentos viviendo en el pecado. Es una exigencia, es un derecho, un deber que nace en esa alma, porque lo primero en la vida es su pecado. Lo segundo, lo demás, la Eucaristía, el Matrimonio, etc.

Estamos viviendo la Gran Apostasía de la fe en toda la Iglesia. Eso significa la condenación de la mayoría de los Católicos. Ya no hablamos de la gente del mundo, de los demás cristianos. Hablamos de la Iglesia Católica, que tiene la Verdad y vive de la Verdad.

“Pero cuando viniera el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” ( Lc. 18, 8).

La señal de la Segunda Venida de Cristo es la Apostasía de la fe en toda la Iglesia. Viene a una Iglesia que ha despreciado su Misericordia, y que camina de forma inexorable hacia la condenación del infierno en muchas almas.

No es un tiempo fácil el que vivimos. Es un tiempo catastrófico en todos los sentidos.

“Por lo que hace a la Venida del nuestro señor Jesucristo…antes ha de venir la Apostasía y ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición, el que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el Templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo” (Ts 2, 3-4).

La apostasía ya está ahí; sólo falta el inicuo. Ese inicuo no es Francisco. Francisco es sólo un peón del Anticristo, una pieza necesaria para poner en movimiento la apostasía de la fe. Con Francisco se ha iniciado la Apostasía en toda la Iglesia, porque él predica que hay que amar el pecado. Él no juzga al pecador. Luego, hay que acoger al pecador y a su pecado.

Y no sólo eso. Francisco habla de un amor que lleva en sí mismo la apostasía, porque pone el amor al prójimo como el centro de todo. Él está en la Iglesia para dedicarse a los hombres. Sólo para eso. No está en la Iglesia para hacer una obra divina, santa, sagrada; sino para hacer obras humanas y así contentar a todos los hombres.

Pero si sólo se dedicase a hacer obras humanas, él tendría un camino de salvación. Pero Francisco, no sólo obra lo humano, sino que obra en contra de la verdad en la Iglesia. Y eso ya no es una obra humana, sino demoniaca. Su gobierno horizontal es una obra demoniaca, no es sólo una cosa humana.

Por eso, Francisco ha metido a la Iglesia en la Apostasía y ya no hay perdón, no hay arrepentimiento, no hay una salida para salvarse. Todo el que siga la doctrina herética de Francisco se condena de forma irreversible, porque Francisco ama el pecado y así lo enseña en cada homilía, cada día, en cada palabra que dice en la Iglesia.

Francisco es un hombre sin moralidad, sin norma moral, sin ley divina. Vive en su mente humana y de ahí no sale. No puede salir. Es un hombre viejo de humanidad, cargado con todas las faltas de un hombre que no ha sabido ser espiritual, que no ha sabido vivir su sacerdocio para una verdad divina, sino que ha hecho de su sacerdocio la mentira que le ha enseñado el demonio.

Francisco no es el hombre inicuo, pero es el hombre que condena a muchas almas. En lo poco que hace en la Iglesia, con la basura intelectual de sus dos encíclicas, eso basta para condenar a muchos en la Iglesia.

Francisco es un hombre sin dios, que se viste de Obispo porque tiene que hacer la comedia del demonio. Es el bufón de la Corte: entretiene a muchos en la Iglesia. Y sólo hace eso, porque no es capaz de nada más. No tiene inteligencia para destrozar más de lo que ha hecho.

Un hombre sin dios, que se ha hecho dios para sí mismo. Sólo ve su ombligo todo el día; sólo ve su pensamiento todo el día; sólo atiende a su negocio todo el día. Un hombre que se cree justo, y es el más injusto de todos en la Iglesia, porque ha alcanzado la Silla de Pedro vendiendo su alma al demonio. Él clama al demonio todo el día, desde que se levanta hasta que se acuesta. Él ama al demonio porque es su dios, su dios interior, su energía de la vida, su felicidad para siempre.

Francisco ha hecho de su conciencia su dios. En ella encuentra el bien y el mal. Con ella, él mismo se absuelve de sus pecados. Con ella, él mismo dirige su vida. Su conciencia es su condenación porque su conciencia anula la Gracia, anula la Verdad, hace de su vida un pecado y produce, en todo lo que obra, el pecado.

Francisco es un hombre sin fe, que ha perdido el don de la fe. Sólo hay que leerlo cada día en sus homilías y se descubre su infierno. Él vive para ese infierno que tiene en su alma, que lo da su boca, que está escrito en su mente. No es un hombre que dé devoción, que mueva a la devoción, que cultive, en sus palabras, la Verdad, el sentido de lo recto, de lo justo, sino que produce turbación, confusión, asco, odio hacia su pensamiento. Es un hombre que no se deja amar, porque quiere imponerse al otro, quiere llegar al hombre de forma indirecta, con los sentimientos, pero no de frente: no dice la Verdad, sino que muestra la mentira, el engaño, para poder atrapar al alma.

Francisco no es un hombre que se desvele como es, que se desnude en su interior. Es un hombre que tiene un interior retorcido, aplicado a su orgullo, ennegrecido por sus pecados. Es un hombre complicado. Cuando habla complica la vida de los hombres, porque no es sencillo, directo, simple, verdadero. Cuando dice una Verdad es para engañar al alma, no para enseñarle la verdad. Él usa siempre la táctica del demonio: se reviste de humildad, de caridad, de santidad, para hacer caer al alma en el pecado.

No vivimos en la Iglesia un tiempo como el de antes. Es imposible. Es el tiempo de la Apostasía de la Fe. Eso significa que la Iglesia va a declarar nulo el pecado. No va a existir el pecado. Cuando suceda eso, entonces aparece el hombre inicuo, el hombre que se va a sentar en la Silla de Pedro, que ya no será la misma, sino cambiada, para dar a la Iglesia el último toque: su toque demoniaco, es decir, para destruir toda la Iglesia y, con Ella, todo el mundo.

Por eso, no son tiempos para aplaudir a Francisco, ni para seguir sus opiniones en la Iglesia. No son tiempos para acomodarse a lo que la Jerarquía diga en la Iglesia. No se puede obedecer a nadie porque estamos en plena apostasía de la fe. Sólo se puede obedecer a la Verdad y a aquella Jerarquía que no engañe con sus bellas palabras, con sus baratas palabras, con sus blasfemas palabras. ¡Y hay muy pocos sacerdotes y Obispos dignos de respeto y de obediencia!

Por eso, no es posible estar en la Iglesia cruzados de brazos mirando todo este vaivén de pecado que está por todas partes. En la Apostasía de la fe o se lucha contra el pecado o se ama el pecado. Es una fuerza demoniaca que sin vida espiritual devora a las almas.

Por eso, toda la humanidad está dividida por esta fuerza del demonio. El hombre vive roto por su pecado. Y no puede salir de él porque lo ama, ama su locura del pecado. Ama estar roto, ama estar dividido, ama la mentira de su vida. Por eso, son tiempos muy peligrosos para todos. O se lucha por la Verdad o se abraza la mentira. ¡Y cuántos hay que, siendo buenos, no ven la mentira que dice Francisco cada día! Eso es la señal de la apostasía: el pecado se va abalanzando, como una marea, hasta atrapar a todos los hombres. El pecado ahoga a todos los hombres en él mismo. Y quien no lucha contra esa marea, acaba desertando de Cristo, de la Verdad, de la Iglesia.

Por eso, cada alma, en particular, tiene que luchar por su vida, por tener la verdad en su vida, en su corazón. Y que nadie se la quite con hermosas palabras. La Verdad no es un bella frase en la mente, sino un dolor en el corazón, un sufrimiento que purifica la mente y hace libre al Espíritu para que obre la vida que da el Amor en el Dolor.

Quien deja que su fe se apague por su amor a la vida, al pecado, al placer, a sus filosofías de la vida, acaba dando culto a su mente humana, acaba viendo normal la locura que hay en su mente humana. Y hace de su vida un connubio con satanás.

Una Iglesia sumergida en el error

Jesus Rey

La Iglesia se halla sumergida en el error, acogido y propagado por muchos, desconociendo la Verdad del Evangelio: “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vivir todavía en él?” (Rm 6, 2).

Las tinieblas del pecado han descendido sobre la Iglesia porque vive en el pecado. Jesús ha dado muerte al pecado con Su Muerte, pero muchos siguen viviendo según la carne y, por tanto, “no pueden agradar a Dios” (Rm 8, 8). Sólo los que “son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8, 14) y, por tanto, no viven según la carne, sino que son de Cristo.

Cristo no pertenece al mundo, Cristo no da la alegría del mundo, sino al Espíritu de Dios. Cristo no vino al mundo para dejar al hombre en sus pensamientos humanos, en sus vidas humanas, en sus obras humanas, sino que vino para darle una nueva Vida, que no es de este mundo, que no se puede encontrar en este mundo, porque es un don de Dios.

Pero hay que ganarse ese don de Dios luchando contra el pecado, que impide que se manifieste el Espíritu de Dios en el hombre. Y, en consecuencia, impide la verdadera alegría en el corazón.

Hay que arrancar de sí las raíces del pecado, que son las vestiduras del hombre viejo, para poder vestirse del hombre nuevo, del Nuevo Adán, que quiere asumir toda carne y llevarla a la Gloria de Dios.

Pero si los hombres desechan la Palabra de Dios, que es el camino para salvar y santificar al hombre, entonces Cristo no puede habitar en los corazones de los hombres y sus vidas se pierden sólo en las oscuridades del mundo.

Si el mundo está pervertido por el pecado, va a alcanzar la máxima perversión por la apostasía de la Iglesia, porque un gran mal significa para el mundo que un hereje esté sentado en la Silla de Pedro.

Si en la Iglesia primitiva, los gentiles obtuvieron la salvación por el pecado de los judíos: “su reprobación es reconciliación del mundo” (Rom 11, 14), ¿qué será del mundo, del pueblo gentil, ahora que la Iglesia vuelve la espalda a Su Salvador? ¿Qué castigo no vendrá al mundo y a la Iglesia?

En la Iglesia primitiva había fe en la Palabra para transformar los corazones de los hombres sin Dios. Las almas creían sencillamente en el Evangelio y daban testimonio de la Verdad con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos.

Pero en la Iglesia del siglo XXI, las almas carecen de fe en la Palabra de Dios y han vuelto a lo de antes, a lo que los fariseos vivían y obraban: en las promesas de un Mesías terreno, temporal, humano. Hoy se busca en la Iglesia el Paraíso en la tierra, la felicidad en la tierra, a un Mesías, a un rey, a un hombre que dé palabras de apoyo, de confianza, de seguridad en las cosas materiales, en lo humano de la vida.

Las almas han perdido el objeto de la fe: a Cristo. Ya no miran la Vida que Cristo ofrece en cada Eucaristía, sino que andan mirando sus vidas humanas y buscando un camino para ser feliz en esas vidas de hombre.

Las almas en la Iglesia prefieren a un gobernante que les hable de forma bella, agradable, que se ocupe de los asuntos del mundo, que a un gobernante que les diga la Verdad.

No quieren escuchar la Verdad, pero sí quieren acoger la mentira como verdad. Están dispuestos a morir por la mentira de sus vidas y a enseñar esas mentiras a otros en la Iglesia. Y eso da lugar a que se extienda la apostasía como una mancha de aceite hasta que llegue a su culmen.

Cristo ha abandonado a Su Iglesia. Cristo calla ahora en Su Iglesia. No se manifiesta por su Jerarquía, que debe ser la Voz de Cristo en la Iglesia. Y eso es un castigo para toda la Iglesia. Porque la Iglesia es lo que son sus primicias: “si las primicias son santas, también la masa; si la raíz es santa, también las ramas” (Rm 11, 16).

Y la Jerarquía de la Iglesia no es santa, sino pecadora, pervertida, corrupta. Por lo tanto, también la masa, también el Cuerpo de Cristo está lleno de pecadores, de perversión y de corrupción. Y, donde reina el pecado, no reina Cristo. Donde se comulga con la mentira no puede haber unión con la Verdad. Donde se obedece al error es imposible vivir la libertad de los hijos de Dios.

Cristo calla en Su Jerarquía porque ésta mira el pecado como solución para la vida de la Iglesia en muchos. Pero Cristo no calla en las almas de la Iglesia, porque cada alma ha sido redimida por la sangre de Cristo. Y, por lo tanto, Cristo guía, ahora, a su Iglesia desde el Cielo. Él solo, sin necesidad de hablar por ninguna cabeza en Su Iglesia.

Porque quien ha jubilado al Papa Benedicto XVI también ha jubilado la Voz de Cristo en la Iglesia.

Quien haya hecho renunciar al Papa Benedicto XVI al Papado, también ha hecho renunciar la Voz de Cristo en la Iglesia.

Si no hay Cabeza en la Iglesia, Cristo calla en toda cabeza de la Iglesia. Pero no puede callar en sus almas. Por eso, ahora sólo hay que hacer caso, en la Iglesia, a los profetas de Dios. Sólo a ellos. A los demás, ni caso.

Lo que haga Francisco y los suyos: ni caso. No hay obediencia a un judas en la Iglesia. Se obedece a Cristo, no a uno que parece de Cristo en su semblante exterior, pero sus obras son las de un anticristo.

El negocio de la Iglesia es la salvación de las almas. Quien quiera poner el negocio de la Iglesia en quitar la hambruna de los pobres del mundo, ése es del anticristo. Ése es un judas. Tiene el mismo pensamiento de Judas: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trecientos denarios y se dio a los pobres? Esto lo decía no por amor a los pobres, sino porque era ladrón” (Jn 12, 6). Francisco el ladrón del dinero, el que roba el dinero en la Iglesia.

“Pero, hombre, ¿quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros? Mira de guardaros de toda avaricia, porque, aunque se tenga mucho no está la vida en la hacienda” (Lc 12, 14).

La vida de la Iglesia no está en pedir dinero a los ricos del mundo para quitar la hambruna de los pobres. La vida de la Iglesia está en caminar detrás de las huellas ensangrentadas de Cristo para subir al Calvario, con Él, y alcanzar la Vida Eterna.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia no sigue a Cristo, no sube al Calvario, sino que mira, de nuevo a Cristo, para juzgarle y crucificarle en cada miembro de la Iglesia. Porque esto es lo que significa la apostasía de la fe: andar por el camino de la rebelión contra Dios, de la idolatría, de la blasfemia, de la impiedad, pervirtiendo todo en la Iglesia, anulando toda Verdad en la Iglesia, aniquilando la Vida de Cristo en la Iglesia.

Y, por tanto, persiguiendo a aquellos que siguen la doctrina de Cristo, que siguen los dogmas de siempre, que no negocian con la Verdad de la Iglesia.

No se puede negociar con los dones de Dios, con los tesoros divinos, con las gracias divinas, con los misterios de Dios, porque no pertenecen a nadie. Sólo a Dios. Los hombres son sus administradores. Pero si los hombres se pervierten, esos dones vuelven a Dios, no quedan entre los hombres. Por tanto, que nadie se engañe cuando le ofrezcan un evangelio lleno de felicidad, que dicen que es de Cristo, pero que es sólo la perversión de su mente humana.

Quien no vive a Cristo en su corazón, pierde los dones de Dios y sólo ofrece en la Iglesia lo adulterado de su pensamiento. Y lo ofrece como una mentira encubierta, maquillada de verdad.

Por eso, hay que combatir la doctrina de Francisco, porque no es la de Cristo en la Iglesia. Es la doctrina de un pervertido, de un amanerado, de uno que se ha olvidado de mirar los dones de Cristo, para observar los regalos que los hombres le hacen.

Hoy Francisco da a la Iglesia la Resurrección, pero olvidando el drama del Calvario, dejando el sufrimiento como una calamidad en la vida, pero no como camino de salvación. Muchos creen que el Nuevo Testamento es sólo alegría, diversión, la búsqueda de nuevos horizontes, porque Dios ya lo perdonó todo. No quieren oír hablar de castigos ni de profetas que anuncian tiempos difíciles.

Hoy no se quiere hablar de la muerte en la Iglesia, ni del infierno, ni del purgatorio, porque no hay que asustar a la gente, no hay que tener miedo, hay que dar el amor en la Iglesia, no hay que atemorizar con los castigos. Esto es lo que mucha gente saca de la doctrina de Francisco: todo es Misericordia. Dios todo lo perdona, Dios todo lo aguanta, Dios es bueno con todos. Y, por tanto, seamos santos con nuestros pecados en la Iglesia.

Francisco presenta un evangelio amable, cariñoso, de besos y de abrazos, de que todo va bien en todas partes, de que existe la esperanza para todos los hombres, de que todos se salvan, ninguno se va al infierno, porque lo dice Francisco, lo predica Francisco. Ha hablado el maestro de los tontos en la Iglesia: Francisco. Ha hablado el engañabobos en la Iglesia: Francisco.

Francisco habla de la necesidad de la alegría, pero no habla de la necesidad de ver el pecado para estar alegres en Dios. Francisco presenta una alegría humana, superficial, que le gusta a todos los hombres, pero que no es la alegría del Evangelio. Es la alegría de los que van bailando, corriendo al infierno.

Francisco dice que la humanidad está enferma de fraternidad y no ve que la enfermedad del hombre es el pecado. No pone el dedo en la llaga, porque sólo quiere ser hombre amable con los hombres. Sólo quiere decirles a los hombres: ¡qué bueno es la vida! ¡qué bello es vivir! Pero no le da al hombre la solución de su enfermedad: que es quitar su pecado, luchar contra su pecado, meter su vida humana en el desierto de todo lo humano para vivir a Cristo en su corazón.

Esto no lo enseña Francisco porque no lo vive. Él vive su estúpida vida. Y hace que los demás lo imiten, viviendo sus estúpidas vidas en la Iglesia, llamado a todo fraternidad, cuando habría que llamarlo todo engendro demoniaco.

Francisco quiere una Iglesia mundana, pero no quiere la santidad, que es crucifixión del mundo. Quiere aferrarse a su vida mundana, pero no puede acogerse a la Verdad de Cristo, a la vida divina que Cristo le ofrece en un camino de Cruz, de desprendimiento de todo lo humano. Él no puede comprender esto. Por eso, cuelga de su cuello una cruz con un cristo con los brazos cruzados, porque ya no hay que crucificarse, sufrir, ya que Cristo ha sufrido por todos. Ahora, a descansar en la vida: a comer, a ser felices, a ganar dinero y a morir contentos, que todos nos salvamos, que ya cristo negoció la salvación de todos los hombres y al Cielo sin sufrir más en la vida, con los sufrimientos que cada cual tenga en su vida. Esto es su mente. Esto es lo que piensan muchos en la Iglesia: esta espiritualidad cómoda, acomodada a la vida humana, que sólo pone la mira en los problemas de los hombres para vivir solucionando problemas humanos. Y eso da felicidad al hombre.

Por eso, a Francisco no le gustan los profetas. No puede con ellos, porque los Profetas ponen verde a Francisco, lo niegan como Vicario de Cristo, y le dan el nombre de falso profeta.

Pero, como Francisco se cree sabio, como él se que cree más que todos los profetas, él hace como los falsos profetas: habla en contra de la Verdad para decir sus mentiras en la Iglesia. Y así tapa a los profetas.

Francisco nunca va a escuchar a un Profeta, porque no cree en el Espíritu de Profecía. Sólo cree en su mente humana. Sólo habla en la Iglesia lo que se inventa su mente humana. Sólo sale de su boca la arrogancia de su mente humana.

Y los que los siguen, los que hacen coro a su estupidez doctrinal, son los que se niegan a reconocer la Verdad en la Iglesia, que son muchos, porque sólo quieren vivir felices en el mundo y en sus vidas.

La Iglesia ha perdido la fe en la Palabra de Dios. Por eso, lo que viene a la Iglesia no es nada bueno. Y el mismo Francisco tendrá que callar su boca ante la maldad que va a contemplar en la Iglesia, en esa iglesia que él quiere de la alegría y del bienestar.

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