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Sacerdotes y Obispos poseídos por la mente del demonio

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«Cogió al Dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, y Satanás, y lo encadenó por mil años» (Ap 20, 2).

El Dragón es la serpiente antigua, la que apareció en el Paraíso, enemiga de la Mujer y del linaje de la Mujer (cf. Gn 3, 15).

La serpiente no es un mito o un ser fantástico, no es el diablo en forma de serpiente, sino una verdadera serpiente:

«la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios» (Gn 3, 1).

Dios creó a la serpiente, pero el demonio la poseyó.

La serpiente es un animal, pero poseído por el diablo: «El Misterio de iniquidad está ya en acción» (2 Ts 2, 7)….en el Paraíso; y se mostrará hasta el fin del mundo en que «el diablo, que los extraviaba, será arrojado en el estanque de fuego y azufre» (Ap 20, 10).

Este Misterio del Mal vive en la Creación de Dios.

Dios crea al hombre y a la mujer para una obra en la carne. El demonio posee una carne animal para imitar la obra de Dios en la naturaleza humana.

Un animal, creado por Dios, pero poseído por el diablo. Esto supone que en el Paraíso hay un ser dominado por el pecado de Lucifer, pero que no ha recibido la sentencia de Dios.  Un ser, que siendo animal, es más astuto que el hombre, más sagaz, más inteligente.

El diablo posee un animal con una sola intención: seducir a Adán y a Eva.

El diablo se encarna en un animal: es una encarnación espiritual, no real. Es una encarnación que quiere imitar la Encarnación del Verbo, que Lucifer conocía en Dios. Es una encarnación que es una posesión.

El primer paso es tomar una bestia para anular la obra de Dios en Adán: la naturaleza humana perfecta en Dios; el segundo paso es tomar un hombre para anular la obra de Dios en el nuevo Adán, Jesús: la naturaleza espiritual y divina en el hombre. Y el tercer paso es tomar a un hombre glorioso para anular toda la obra de Dios en Cristo:

«Cuando se hubiese acabado los mil años, será satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones…y reunirlos para la guerra…Subirán sobre la anchura de la tierra y cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada» (Ap 20, 8).

Sale el diablo a extraviar a un mundo transformado: «No todos moriremos, pero todos seremos transformados» (1 Cor 15, 51). Si no se muere, no se puede ver a Dios; sino que se sigue viviendo en peregrinación. Pero se vive con un cuerpo transformado, espiritualizado, glorioso, pero no con la plenitud de gloria que se tiene en el cielo. Es el Misterio del Reino glorioso en la tierra. El Misterio de los mil años, en que nadie cree.

Tres batallas el demonio pone a Dios:

1. En la primera, en el Paraíso, el demonio conquista al hombre y crea su linaje: hombres con un cuerpo, con un alma, pero sellados por el espíritu del diablo. De Caín nació todo ese linaje maldito:

a. «andarás maldito…Cuando labres la tierra, ella no te dará más su fruto; fugitivo, errante, vivirás sobre la tierra» (Gn 4, 12): El pecado de Caín no tiene ya remedio: es una maldición que no se puede suprimir con los buenos frutos humanos. Ni siquiera el bien de la tierra será alivió para el alma de Caín. Caín es el primer hombre que no espera el perdón. No puede esperarlo, porque Caín fue engendrado para condenarse: ese fue el pecado de Adán en Eva. Este es el Misterio de la iniquidad que se puso en acto en el Paraíso. Y que pasa a todos los hombres, de generación en generación; es decir, pasa vía acto sexual. Por eso, el Anticristo viene de una generación: de un Obispo y de una mujer hebrea dada a las artes de Satanás: . «Durante este tiempo nacerá el anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa Virgen, que tendrá comunicación con la antigua serpiente, maestra de impureza. Su padre será Obispo» (Profecía de la Salette). El Anticristo es un hombre poseído por el diablo, con una posesión perfecta, irrompible, que lleva al alma a obrar sólo la mente del demonio. El Anticristo no puede obrar su mente humana: no es libre. Está poseído en todo por la mente de satanás para una obra del demonio.

b. «cualquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces. Y puso Yavé una señal a Caín para que no lo matara quien lo hallase» (Gn 4, 15): Caín no será víctima de la venganza humana, sino que el mismo Dios se reserva su castigo y el de su linaje. Ningún ser humano puede acabar con todos los males que el linaje del demonio produce en la Creación. Sólo Dios puede aniquilar esa raza maldita de hombres, que viven poseídos por Satanás y que combaten, día y noche, contra los hijos de Dios, que es el linaje de la Mujer.

El demonio hace su obra poseyendo un animal, una bestia. Así engaña al hombre. Así de fácil. La inteligencia del demonio es superior a la inteligencia del hombre. Su astucia es su poder: «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11, 14). Sabe presentar su conocimiento mentiroso como si fuese una verdad que debe ser seguida. Es lo que hacen los falsos profetas, los falsos apóstoles, los falsos sacerdotes y Obispos. Y es lo que hace, continuamente, el maestro del error, Bergoglio, que ocupa el lugar que nunca debería haber sido suyo. Pero toda su vida ha sido un satanás disfrazado de bondad, humildad, pobreza inmaculada. Bergoglio pertenece al linaje del Anticristo: ha nacido para combatir contra Cristo y Su Iglesia. Y lo hace revistiéndose exteriormente de Cristo, como los fariseos que buscan llamar la atención con las palabras y las obras exteriores, que siempre son conformes a los pensamientos y obras humanas.

Si a Adán y a Eva, teniendo todos los dones de la gracia, dones preternaturales, una bestia poseída por el demonio los engañó, ¿se llevan las manos a la cabeza al contemplar cómo son engañados todos los católicos por un hombre poseído por Satanás? ¿Por un Bergoglio que no tiene inteligencia, que habla con un lenguaje de pueblo, que sus discursos son sin sentido común, carente de toda verdad, sólo dichos para impresionar, para captar el sentimiento, el afecto del que escucha? Pues este hombre, que es un animal poseído por el demonio en su inteligencia, ha engañado a toda la Iglesia, a todos los católicos.

¡Qué fácil es engañar a los hombres!

¡Y muchos católicos continúan en el engaño!

¡Nadie cree en el demonio; nadie cree en el misterio del mal!

Si Satanás pudo engañar a un hombre con un animal que no tiene razón, inteligencia, entonces es más fácil engañar a los hombres con hombres que poseen una inteligencia. Porque Satanás es el maestro de la mente humana. Es el que habla a la mente. Es el que conduce al hombre a través de su mente, de sus ideas humanas.

Si Adán lo tenía todo y fue engañado por un animal, los católicos, que no tienen toda la gracia, entonces son engañados por un loco. Un loco que los hace creer que todos somos santos y justos a los ojos de Dios: «Dios quiere a todos sus hijos, estén como estén, y tú eres hijo de Dios y por eso la Iglesia te quiere y te acepta como eres».

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¡Cómo está el patio!

Ya nadie cree ni en la ley natural, ni en la ley divina ni en la ley de la gracia. Ahora todos creen en la ley de la gradualidad: Dios nos ama a todos, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios; cada uno va gradualmente a Dios, según la evolución de su idea humana de la vida, de la iglesia, de Dios, de Jesús, etc… Cada cultura tiene su momento: ahora estamos en la cultura del encuentro, en que hay que unir las mentes de los hombres, porque la felicidad sólo está en cada hombre, en cada mente, en cada obra del hombre. Todos aportan al bien de la humanidad su granito, su valor, su dignidad, su respeto. No hay verdades absolutas, sólo hay verdades como el hombre se las invente: el relativismo universal de toda idea humana.

2. En la segunda, en el Calvario, el demonio conquista a los hombres que no creen en Cristo Crucificado: son los nuevos anticristos que marcan la venida del Anticristo. Así como el demonio se formó un linaje humano, carnal, para su obra en la Creación; así el demonio, en la Iglesia, se forma su jerarquía, su linaje espiritual, que combate al linaje de Cristo y de María.

a. «antes ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición» (2 ts 2, 3): el Anticristo de nuestros días es posible porque hubo un Caín en el Rebaño de Cristo: el demonio poseyó el alma de Judas. Él derramó sangre inocente, como Caín; él mató al Justo, como lo hizo Caín con su hermano Abel; y él creyó que su pecado fue demasiado grande para obtener la misericordia divina, como así lo declaró Caín: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla» (Gn 4, 13). Judas «fue y se ahorcó» (Mt 27, 5) para que se cumpliese la Escritura: «Asoladas sean sus moradas y no haya quien habite sus tiendas» (Sal 69, 26), pero «sucédale otro en su ministerio» (Sal 109, 8). El pecado de Caín se sucede en el pecado de Judas; y se sigue sucediendo en toda la Jerarquía que imita el pecado de Judas. Por más que muera un Judas, siempre habrá otro. Y esto hasta el fin del mundo. Y, por eso, en la Iglesia hay que saber discernir a toda la Jerarquía: unos son de Cristo; otro son del Anticristo. Y hay que llamarlos a cada uno por su nombre, que es lo que muchos católicos no saben hacer, ni con Bergoglio, ni con la demás jerarquía que lo sigue y que le obedece.

b. «muchos se han hecho anticristos» (1 Jn 2, 18): se sabe que es la última hora sólo por una cosa: abunda una jerarquía en la Iglesia que es del demonio, que está poseída por Satanás, con la posesión más perfecta, que no es en el cuerpo, sino en la inteligencia, en la mente del hombre. Abunda: son mayoría. Han escalado los puestos más altos para conquistar toda la Iglesia, para hacer una iglesia según la entienden los hombres. Sacerdotes y Obispos tan soberbios en sus mentes que serán capaces de poner al Anticristo como jefe de la Iglesia: el Anticristo se sentará «en el templo de Dios y se proclamará dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Y esto lo hará la misma Jerarquía de la Iglesia Católica, la que una vez fueron católicos, pero ya no lo son. Si van a llegar a eso, lo de poner a Bergoglio como un falso papa es sólo el camino, el inicio de esta gran abominación; es algo tan sencillo porque la maldad es más astuta que los hombres de bien.

«Cortos de días» (Sal 109, 8) es el falso pontificado de Bergoglio, pero una gran brecha ha puesto ese hombre en el interior de la Iglesia. Brecha que ya no se puede cerrar. División que sólo la palpan los que creen con sencillez. Todos los demás, a pesar de que ven el destrozo de ese hombre en el gobierno de la Iglesia, lo siguen llamando Papa, y siguen esperando algo de él (vean la solicitud que se hace a ese energúmeno): no creen en el misterio de la iniquidad. No creen en Bergoglio como falso papa, como un hombre poseído por el demonio. No ven en Bergoglio el misterio del mal; sino que lo ven como papa verdadero, y quieren hacerle una súplica filial, como si ese hombre amara la Iglesia de Cristo y a los católicos fieles a la doctrina de Cristo. ¿No ha dado ya, durante dos años, muestras palpables de su odio a Cristo y a la Iglesia?

Esta es la ceguera de toda la Iglesia: y están ciegos por su falta de fe. ¿De qué le sirven los dogmas? De nada. No creen en el dogma del Papado: no lo practican con Bergoglio. Para muchos, mientras oficialmente no pongan una ley que apruebe el pecado, siguen llamando a Bergoglio como Papa, a pesar de su manifiesta herejía. Entonces, toda esta gente ¿en qué cree? No creen en un Papa que tenga en su corazón la verdad, sino que creen en un hombre que sólo tiene en su mente su idea de la iglesia. Sólo creen en su lenguaje humano, en su visión humana de la vida, en su pensamiento de hombre. Después del Sínodo, verán su error, pero ya será tarde para muchos. Quien sigue a Bergoglio como Papa acaba pensando como él. Hay que combatir a Bergoglio y a toda la Jerarquía para seguir siendo la familia que Dios quiere. No hay que crear un ambiente favorable para decirse a sí mismos: aquí no pasa nada; en la Iglesia todos somos santos, todos aportamos un granito de arena en esta gran confusión que reina en todas partes. Este es el conformismo de muchos que no saben batallar contra el demonio, ni en sus vidas, ni en la Iglesia.

¿No vino Cristo «para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8)? Entonces, ¿qué hacen los católicos que no cogen las armas del Espíritu para combatir a Bergoglio y a todos los que le siguen? ¿Para qué se creen que están en la Iglesia: para firmar una solicitud y así procurar que Bergoglio no haga el daño que va a hacer?

¡Destruyan las obras del diablo en Bergoglio! ¡Eso es ser de Cristo! ¡Eso es ser Iglesia!

¡Cuántos católicos falsos, sólo de nombre, solo de boquilla!

«Que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» (Ef 6, 12), que están en Bergoglio, en su alma y en su corazón, y que están en toda la Jerarquía.

Todo el Vaticano está infestado de demonios: «Los jefes, los conductores del Pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias, se han convertido en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer» (Profecía de la Salette).

Estrellas errantes: eso son Bergoglio y todos los suyos. Hombres sin oración ni penitencia. Hombres para el mundo, para la sociedad, para el aplauso de los tibios y pervertidos.

Como no se cree en el demonio, tampoco se cree en las obras del demonio en cada alma. Tampoco se ve que Roma ha perdido ya la fe. Se está ya prostituyendo con todos los gobiernos de la tierra, para aparecer, ante todos los hombres, como la Gran Ramera. Y, como toda prostituta, se engalana de sus pecados, de sus fechorías, de sus maldades, para enriquecerse a costa de otros.

El demonio hace su obra poseyendo hombres sagrados: sacerdotes, Obispos. Y así engaña a todo hombre, a todo católico, a toda la Iglesia. Así de sencillo. Así ha penetrado en toda la Iglesia y ha escalado puestos hasta llegar a la cima, al vértice tan deseado.

3. En la tercera, el demonio irá, no sólo contra todo lo sagrado, sino contra la ciudad gloriosa, santa, la Nueva Jerusalén que baja del cielo, que «tenía la gloria de Dios» (Ap 20, 10). Pero esto nadie se lo cree porque no creen en los mil años. Nadie en la Jerarquía les va a predicar del milenio, porque no creen.

Ya nadie cree que las Escrituras han sido inspiradas por Dios. Todo el mundo quita palabras que no les gusta, frases que incomodan o interpretan la Escritura según la mente de cada cual, según la cultura, la ciencia, los avances científicos, etc… Y nadie sabe ver los Signos de los Tiempos. A nadie le interesa eso.

Nadie comprende cómo atando al demonio, puede haber un reino glorioso en la tierra si después va a ser desatado y va a extraviar a muchos hombres. ¡Este es el Misterio! No puede haber una gloria si hay un pecado, si el demonio puede seguir tentando a los hombres y conquistando almas.

Por eso, mucha Jerarquía acaba negando el Apocalipsis y se mete en una vida mundana y humana, buscando un fin en este mundo: un bien común universal, un gobierno mundial, una iglesia para todos.

Al no creer en la Palabra de Dios, tienen que negar los misterios que su mente no puede comprender ni aceptar, y pasan sus vidas condenando a las almas dentro de la Iglesia.

Y a eso sólo se dedican, a destruir la Iglesia:

El Cardenal Baldisseri ha dicho que nadie «debería estar sorprendido por los teólogos que contradicen la enseñanza de la Iglesia». Porque «los dogmas pueden evolucionar». Por lo tanto, «no habría ningún punto en celebrar un Sínodo si fuéramos simplemente a repetir lo que siempre se ha dicho». Expresó que «sólo porque una particular comprensión se haya sostenido por 2000 años, eso no quiere decir que no pueda ser cuestionada» (ver texto).

Este Cardenal claramente es un anticristo. Peor nadie se atreve a llamarlo así.

Nadie se sorprenda de que haya herejes, como Kasper, como Bergoglio, como Baldisseri, y que el vaticano no diga nada, sino que lo apruebe. Si contradices la enseñanza de la Iglesia es que vas bien en la Iglesia. ¿Para qué sirve, entonces, el magisterio infalible de la Iglesia, si se puede cambiar? ¿Para qué los dogmas si pueden evolucionar? ¿Para qué la Palabra de Dios si ya no le sirve al lenguaje de la época? ¿Para qué creer en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre?

Si los dogmas evolucionan estamos hablando de la ley de la gradualidad: se anula la ley Eterna. Se acabó la ley natural. Y, por lo tanto, hay que casar a los homosexuales. Se acabó la ley divina. En consecuencia, los malcasados pueden comulgar con toda tranquilidad de conciencia. Se acabó la ley de la gracia. ¿Por qué no las mujeres al sacerdocio, o como Obispas o que sean Papas? Se acabó la ley del Espíritu: la Iglesia no es la obra del Espíritu; los dones y carismas no pertenecen a Dios; la gracia es un ser creado por el hombre para sentirse bien en su vida humana, para tener sus conocimientos y compartirlos con todos.

Van a hacer el próximo Sínodo para empezar a destruirlo todo: no van a repetir el fracaso del pasado Sínodo. No están dispuestos a otro fracaso, a otra humillación. Ahora van a humillar a todos esos que juzgan a Kasper, a Bergoglio, y a tantos teólogos que son del demonio.

Nadie quiere la Verdad en el Vaticano: ya han puesto sus gentes en lo más alto del gobierno en la Iglesia. Todo el mundo piensa lo mismo: lo que se ha sostenido durante siglos hay que cuestionarlo. Jesús se equivocó en su enseñanza a los discípulos. Todos los Papas han errados en la Iglesia. Ningún Concilio ha dado la verdad a la Iglesia. Ahora, es el tiempo de clarificar las cosas. Ahora están en la Iglesia las superinteligencias del demonio que van a enseñar a todo el mundo sus grandes locuras. Y la mayoría de los católicos va a asentir con sus mentes a esas locuras, porque andan detrás de los hombres, pero no de Cristo.

El diablo anda suelto por todas partes, pero ya nadie cree en él. Y, por eso, se acerca el tiempo de la gran justicia. Y los primeros: la Iglesia. No queréis combatir al demonio en la Jerarquía; entonces los demonios, a través de esa jerarquía, os van a hacer la vida imposible a todos los que se dicen católicos. Y ¡ay! de quien se atreva a levantar su voz ante el linaje del demonio: quedará excomulgado, porque no besa el trasero de tantos hombres que sólo viven para agradarse a sí mismos, con sus palabras baratas y blasfemas.

Bergoglio es un anticristo, pero no es el Anticristo. Tiene, como todo anticristo, el espíritu del Falso Profeta. Pero no es el Falso Profeta. Es un gran charlatán, embaucador, que sólo vive buscando la gloria humana. Y su magisterio, no sólo está lleno de herejías manifiestas, sino que reluce en él la mente de Lucifer. Una mente rota en la inteligencia que sólo puede obrar una vida para los sentidos.

El diablo es una trinidad de personas demoníacas: Lucifer, Satanás y Belzebub. Lucifer, el que porta la luz de la maldad (= una luz rota, un conocimiento loco), representa el orgullo de la vida; Satanás, el rayo de la inteligencia, la soberbia de la mente; y Belcebub, el señor del estiércol, las obras de la lujuria.

Bergoglio es orgullo y, por lo tanto, su mente está rota: su magisterio no tiene ni pies ni cabeza: coge de aquí, de allá, e hilvana frases sólo para decir su mensaje, que es su obra: vivan como quieran. Es la obra de Belcebub. Bergoglio no tiene inteligencia para romper el dogma, pero sí es voluntad para arrastrar hacia el pecado. Vive su pecado y eso es lo que muestra a todo el mundo. Y no se le cae la cara de vergüenza. Vive convencido de que eso es la verdad. Ha llamado al pecado como un valor en la vida, como un bien para la inteligencia del hombre. Él ensalza su propio pecado; él lo justifica. Y muchos otros se encargan de aplaudirlo. Esto es siempre una persona orgullosa. Por eso, Bergoglio no sabe gobernar nada. Sus gobiernos son siempre un desastre para todo el mundo. Bergoglio sólo sabe vivir su vida. Y nada más. Los demás, que arreen: le importa nada la vida de los otros.

¡Qué pocos han sabido ver lo que es Bergoglio! Y, por eso, siguen y seguirán confundidos. Porque si a la persona orgullosa no se la encara, entonces el hombre tiene miedo de ella y termina convirtiéndose en un juego del orgulloso.

Bergoglio está jugando con toda la Iglesia. Y nadie se ha dado cuenta.

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