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El discurso vacío de verdad en Bergoglio

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Bergoglio se ha fijado un término a su falso pontificado:

«Yo tengo la sensación que mi Pontificado va a ser breve. Cuatro o cinco años» (ver)

1. Está enseñando que Dios no lo ha elegido como Papa: todo Papa es hasta la muerte. Están vendiendo la idea de tener falsos papas por un tiempo determinado.

2. Y, después, enseña que fueron los hombres los que lo pusieron en ese cargo para un tiempo. El tiempo necesario para destruir el centro de la Iglesia, que es el Papado.

3. Además, está aclarando las palabras del Cardenal McCarrick, cuando un hombre muy influyente le obligó a votar, a hacer campaña por Bergoglio en el Cónclave:

«Él dijo: “Él podría hacerlo, ya sabes”. Le dije: “¿Qué podría hacer?”. Él dijo: “Él podría reformar la Iglesia. Si usted le diera 5 años, él podría ponernos de nuevo en el objetivo. Él tiene 76 años, si él tuviera 5 años, el Señor, obrando a través de Bergoglio, en 5 años podría hacer que la Iglesia surgiera de nuevo”».

«Yo no soy de la idea de poner una edad, pero sí soy de la idea de lo que hizo Benedicto»: Benedicto XVI no renunció al Papado, sino que le obligaron a renunciar. Él sigue siendo Papa, aunque le pese a Bergoglio y a todos los modernistas que lo siguen.

Bergoglio es de la idea de que hay que renunciar. Ya no cree en el dogma del Papado. Se inventa su propio papado, su propia figura de papa, su propia iglesia. Y hay muchos que lo siguen en este pensamiento diabólico.

«A Benedicto no hay que considerarlo como una excepción. Sino como una Institución. Por ahí sea el único en mucho tiempo, por ahí no sea el único. Pero es una puerta abierta institucional. Hoy día el Papa emérito no es una cosa rara, sino que se abrió la puerta, que pueda existir esto».

El Papa emérito no existe en Dios, sino sólo en la cabeza de los hombres soberbios.

Se ha acabado el Papado en la Iglesia. Éstas son las palabras de quien ha hecho eso, de quien se ha encargado de dirigir un movimiento para quitar un Papa y ponerse él mismo como falso papa.

¡Qué pocos creen en esto, porque ven la bondad humana de Bergoglio!

El Papa, en la Iglesia Católica, no es una institución, sino que es la misma Iglesia: «allí donde está Pedro, está la Iglesia». Pedro es un Carisma en la Iglesia, no es una institución de los hombres. No es una jerarquía que ponen los hombres, como el cardenalato. El Papa es la Voz de Cristo, el Vicario de Cristo.

No queremos en la Iglesia hombres institucionalizados. No nos interesa un hombre que se convierte en institución. Queremos un Papa, una Cabeza que una en la Verdad a todos sus miembros; que enseñe sólo la Verdad en la Iglesia, que sea camino, en la Verdad, para salvar y santificar a la Iglesia.

No queremos a un hombre con este pensamiento que refleja lo que es su vida:

«…lo único que me gustaría es poder salir un día, sin que nadie me conociera, e irme a una pizzería a comer una pizza».

Vete a tu pueblo a comer tu pizza. Pero deja de demoler la Iglesia con tus fantasías hegelianas.

Bergoglio: hombre de mundo, hombre puesto para destruir la Iglesia.

El objetivo que tiene Bergoglio es llevar a la Iglesia a sus orígenes en el pensamiento del hombre. Es decir, refundarla totalmente.

El falso pontificado de ese hombre, al que muchos llaman su papa, y que se ha puesto un nombre para denigrar lo santo, Francisco, tiene en su agenda cambios en la esencia de lo que es la Iglesia.

No sólo cambia a personas, poniendo otros Cardenales, que son todos hombres de herejía, de cisma, que llevan, -sin lugar a dudas-, hacia la apostasía de la fe a muchos; sino que comenzó su falso pontificado poniendo una estructura externa para dirigir la Iglesia: su gobierno horizontal.

Ese conjunto de hombres hace que la Iglesia se rompa en mil pedazos.

Ya no hay una Cabeza que una en la Verdad, sino que sólo existen mentes humanas que dialogan para ver cómo cambiarlo todo en la Iglesia.

Bergoglio anula toda Verdad en la Iglesia. Y esto es lo que muchos no han comprendido, porque sólo están en el juego del lenguaje. Pero no viven los dogmas, la verdad revelada y dogmática. Cada uno se hace su propia doctrina, su propia vida de Iglesia, su propio sacerdocio. Cada uno es jefe de su propia cabeza, de su propia existencia humana.

Bergoglio es sólo un hombre que habla la mentira. Y, por eso, gusta a todo el mundo. Sus discursos son importantes para el mundo.

Un hombre con una sola filosofía: “oler a oveja”. Oler a mundo, oler a hombre, pensar y obrar como lo hace un hombre en el mundo. El olor a Cristo, propio de todos los Santos, la unción de Cristo no se puede encontrar ni en la palabra ni en la obra de Bergoglio.

Por eso, sus entrevistas son de una ordinariez exquisita. Él habla así: con olor a oveja. Habla lo que la gente quiere escuchar. Habla para agradar al hombre. Habla para encontrar en el hombre un hueco, un pensamiento, una obra en la que él, – el papa Bergoglio -, sea el centro, la imagen, la irradiación de una vida para el mundo.

Están adorando a un hombre, en la Iglesia y en el mundo. Es el nuevo fan, la nueva cultura, la nueva moda de muchos. Gente que vive en sus pecados lo tiene como su ídolo. Es la institución del nuevo y falso papado: una figura de papa vacía de toda verdad, centrada sólo en el lenguaje humano.

De esta manera, Bergoglio, y todos los que lo siguen, quieren llevar a la Iglesia a sus “cimientos”. Es la herejía de siempre. Cuando el hombre no pone el cimiento de su vida en la Roca de la verdad, entonces el hombre va en busca de sus filosofías, de sus teologías, de sus lenguajes maravillosos en que todo está en decirse unas palabras bonitas, una idea que guste al propio pensamiento humano.

El hombre, queriendo salir de la verdad, del dogma, de la ortodoxia, se queda en su propia idea de la vida. Y así construye su vida: en su soberbia manifiesta.

Es el objetivo de ese hombre:

«Prefiero una Iglesia accidentada, a una que está enferma por cerrarse» (18 de mayo de 2013): la Iglesia está enferma porque se encierra en la verdad, en el dogma, en el lenguaje ortodoxo. Tiene que salir hacia el lenguaje heterodoxo. Tiene que vivir accidentada, en el pecado, en el error, en la confusión de ideas, de doctrinas. Que nadie luche por una doctrina, sino que todos luchen por una obra: los pobres, la hermandad universal, la libertad del pensamiento humano, el progresismo de tener una cultura de muchas religiones.

«El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo” (19 de mayo de 2013).

Iglesia autorreferencial: la que está enferma por cerrarse en la Verdad, en la ley santa de Dios, en el lenguaje ortodoxo.

Lo autorreferencial es un lenguaje de los modernistas para negar el pecado de orgullo y de soberbia de aquellos que hablan de esta manera: autorrefiriéndose como sabios para todo el mundo.

Si El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, entonces la Iglesia vive en el misterio, encerrada en la Verdad que Dios ha revelado, y que la Iglesia ha enseñado en todo su magisterio auténtico.

Bergoglio siempre ataca la verdad con una verdad: «El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo».

Para poner su mentira: «nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto».

El Espíritu Santo no nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica. Nunca hace esto el Espíritu Santo. El Espíritu Santo hace una Iglesia Santa, capaz de luchar contra los gnósticos y contra toda iglesia gnóstica. El Espíritu Santo guarda la Verdad, salvaguarda a la Iglesia en la Verdad. Y, en la Verdad, se lucha contra toda idea contraria a la Verdad.

Pero Bergoglio, dando una verdad, quiere reflejar su mentira: lo gnóstico y el modernismo. Estas dos ideas son lo principal en el discurso de este hombre. En vez de hablar de la santidad de Dios y de la Iglesia, habla de la autorreferencialidad.

¡Muchos no han aprendido a leer a Bergoglio! Y no caen en la cuenta de cómo engaña Bergoglio en cada frase bonita que dice.

Una vez que ha lanzado su tesis, su mentira, pone la obra de la mentira: «nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio».

¡Qué maestro de la oratoria es este hombre! ¡Maestro de la maldad consumada!

Dios no impulsa a salir: es el lenguaje propio del demonio.

Dios mueve al hombre, su corazón, para que haga la Voluntad de Dios. Es la moción divina, diferente al impulso del demonio. Dios no pone al hombre en la actividad enfermiza de hacer cosas por Él, que es la que tienen mucho católicos, sólo de nombre.

El mundo no cambia con la palabra de los hombres ni con sus obras humanas, aunque sean perfectísimas. El mundo cambia con corazones llenos de amor divino, que es lo que menos tiene la Jerarquía y los fieles en la Iglesia. No saben lo que es el amor de Dios porque no conocen  a Dios.

No hay que abrir las puertas para salir al mundo; hay que abrir las puertas del corazón para entrar en el Misterio de Dios, que está escondido al mundo. No se puede salir al mundo para dar lo santo a los perros. Hay que esconder el tesoro del rey en lo más íntimo del corazón.

Bergoglio, cuando predica, nunca lleva al alma hacia su interior, hacia la vida interior con Cristo, sino que la saca de su interior para mostrarle la exterioridad, la superficialidad del mundo. Es así, de esta manera, cómo los falsos profetas engañan a muchos hombres, haciéndoles creer que si no predican el Evangelio, con la máxima evangélica de “a tiempo y a destiempo”, no hacen nada por Dios.

Hace más un corazón abierto al Misterio de Dios, contemplando a Dios en Espíritu y en Verdad,  que millones de hombres que dan de comer a los pobres.

Si la vida consistiera en dar de comer a los que no lo tienen, Jesús hubiese enseñado la forma de hacerlo. Es muy fácil: repartan la comida con los demás. Eso es todo. Repartan dinero para todos. Fabriquen dinero y todos tendrán para comprar la comida.

Pero a Jesús no le interesó llenar estómagos de la gente, solucionar problemas sociales. Jesús vino para llevar al hombre al interior de Dios. Y eso es muy difícil porque necesita de un corazón humilde, de sacerdotes humildes, de fieles que sólo vivan para la Palabra de la Verdad, no para el lenguaje de los hombres.

Bergoglio tiene su idea de Dios, su propio lenguaje:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba es la luz y el Creador. Este es mi Ser» (1 de octubre 2013).

Esto es lo que se llama la herejía del subordinacianismo.

En estas palabras se niega la verdadera Trinidad de Personas en Dios. Sola una, el Padre es el verdadero Dios; las demás, la segunda y la tercera persona, quedan subordinadas, clara y de manera disimulada, insinuando por debajo, que no existen como Dios. Jesús existe como la Encarnación de ese Dios, que es sólo el Padre.

Este error está unido a la falsa noción de la divinidad misma. Para Bergoglio, Dios es un Dios de sorpresas. Esa es su noción clave de la divinidad.

Sólo la doctrina trinitaria ortodoxa ha mantenido incólume la verdadera noción de Dios, que es conocida por la razón y por la revelación.

Bergoglio no cree en esta doctrina católica: no creo en un Dios católico.

Bergoglio sigue a los herejes gnósticos, que pretendieron adaptar las teorías emanatistas acerca de los eones y de los intermediarios entre Dios y las cosas, al dogma cristiano.

Bergoglio es gnóstico y tiene la caradura de predicar que no se dé una Iglesia gnóstica: «nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica».

¿Ven qué falacia en el pensamiento y en el lenguaje de Bergoglio? Se contradicen: se piensa como gnóstico, pero se habla en contra de la idea gnóstica. Esta es la demencia que muchos no ven en Bergoglio. Es un hombre sin lógica, sin sentido común. Si estás en la idea gnóstica de lo que es Dios, entonces sigue tu pensamiento hasta el final, con todas las consecuencias: vete de la iglesia a levantar tu idea gnóstica de Dios, a hacer tu iglesia gnóstica.

Pero Bergoglio se queda en la Iglesia siendo un maestro consumado en hablar un lenguaje de mentira, para condenar a las almas.

Al hacer esto, Bergoglio está diciendo una cosa: mi lenguaje sólo sirve para entretener a la gente. Doy muchas cosas, que en sí mismas son una contradicción, pero lo que más importa es obrar.

Os digo que no hay que tener una iglesia gnóstica, pero la obro: pongo un gobierno horizontal donde se realice el mismo trabajo que hicieron los gnósticos para cambiar el dogma: a base de ideas, de lenguaje humano, a base de ser un papa radical, se consigue lo que oculto en mi predicación.

Es su fariseísmo: se predica una cosa, se obra lo contrario.

Hay que lanzar la idea, sembrar una palabra falsa, como lo hacen los falsos profetas, pero todo eso es para despistar a la gente de lo que realmente se está llevando a cabo en la Iglesia.

Mientras Bergoglio entretiene a todo el mundo con sus nefastas homilías, entrevistas, discursos que sólo sirven para limpiarse el trasero, otros en el gobierno horizontal están obrando sin que nadie se dé cuenta.

Nuevos libros, nuevas leyes, nuevos documentos, nuevas liturgias, nuevos sacramentos… Necesitan tiempo para sacar todo eso. Y necesitan una cabeza como papa que imponga todo eso, que haga obedecer la nueva doctrina a base de excomuniones.

¡Qué pocos ven esto en la Iglesia!

Bergoglio no predica la doctrina de Jesús porque no cree en Jesús.

Al decir: Jesús es su Encarnación; Bergoglio se está refiriendo a la emanación de Dios, no a la Encarnación del Verbo.

Para Bergoglio, Jesús no es Dios. Es una emanación, un agua que fluye, un pensamiento que se alcanza en un grado de perfección. Y de aquí nace la ley de la gradualidad. Por lo tanto, la Iglesia no es Divina, no es Santa, no tiene un fin divino que haya que cumplir. En la Iglesia no se está para salvar el alma, sino para liberar a la gente de sus problemas sociales.

Jesús, para Bergoglio, no es Dios: «¿Pero Jesús es un Espíritu? ¡Jesús no es un Espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (28 de octubre del 2013).

«Dios es Espíritu» (Jn 4, 24). Si Jesús es Dios, entonces Jesús es Espíritu. Si Jesús no es Dios, entonces Jesús no es Espíritu. Es sólo un hombre.

Al preguntarse si Jesús es un Espíritu, y responderse que no es, claramente está negando la Divinidad de Jesús. Jesús no es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, no es el Verbo, el Hijo de Padre, no es una Persona Divina. Jesús es una persona humana, un hombre santo en la gloria.

Bergoglio está exponiendo la herejía de Arrio, en la que se niega que Jesús sea Dios. Jesús no es Dios hecho hombre, sino un ser creado por Dios, semejante a Dios, tiene atributos divinos, pero no es Dios ni en Sí ni por Sí Mismo.

Dos dogmas principales ha negado Bergoglio: la Trinidad y la Divinidad de Jesús.

Una abominación ha puesto en la Iglesia: su gobierno horizontal, del que parte todo el cisma en la Iglesia. Un cisma institucionalizado por la propia Jerarquía, querido por Ella. Levantado en el mismo centro de la Iglesia. Quitado el Papado para poner la figura de un Papa que, en su tiempo, será poseída por el Anticristo.

Sin estas dos verdades dogmáticas, nadie en la Iglesia puede salvarse. Nadie.

Y con esa abominación, los que obedezcan a ese falso papa y trabajen en esa falsa iglesia, se condenan sin remedio, sin misericordia. Porque esa abominación es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Bergoglio no puede salvarse por su cara bonita, porque exteriormente parezca una buena persona.

Bergoglio, si quiere salvarse, tiene que hacer, públicamente, un acto de fe en la que niegue sus creencias sobre Dios, sobre Jesús y sobre la Iglesia.

Y hasta que no haga esto, a ese hombre sólo hay que olvidarlo, juzgarlo, condenarlo, maltratarlo, despreciarlo, llevarlo a juicio, excomulgarlo.

Por supuesto, que nadie va a hacer esto. Porque todos buscan lo mismo que Bergoglio: el negocio, la empresa en el Vaticano.

Y aquellos católicos que tengan a  Bergoglio como su papa, se van a condenar. Un hereje no puede ser camino de salvación en la Iglesia. Nunca.

¿Qué es Dios para Bergoglio?

Es sólo un pensamiento, un concepto humano.

«…de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa. Dios nos sorprende. Dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la psicología de la computadora de creer saberlo todo» (18 de enero del 2015).

De Dios se dice que es Dios de las sorpresas: Bergoglio no da una verdad revelada sobre Dios ni dogmática. El Dios de las sorpresas sólo existe en su mente humana. Bergoglio da su concepto de Dios: el Dios de las sorpresas. El Dios de la vida humana, del lenguaje humano, de las obras humanas. En ese concepto, está un amor que ama primero y que da una sorpresa al hombre.

¿Dónde queda la Providencia de Dios? En el olvido del hombre. Dios guía al hombre en las sorpresas de la vida, no en su providencia. Dios no es un camino de verdad, de certeza, eterno, sino un conjunto de cosas que pasan al hombre sin que nadie le avise de ello.

Las profecías divinas, con este Dios de las sorpresas, se anulan todas. Y tienen que anularse porque el único que rige el mundo es la mente del hombre. Es el único que sabe lo que es el bien y el mal.

«Cada uno de nosotros tiene su propia visión del Bien y también del Mal» (1 de octubre 2013).

¿Cuál es ese Dios de las sorpresas?

Es el hombre con su visión propia del bien y del mal. Es el nuevo yo: es ese dios, que soy yo mismo, que ama a toda la creación, y que está continuamente saliendo de su yo encerrado, de su autorreferencialidad, de sus temores, de sus deseos, de su reino, en donde se excluyen a los demás. Hay que dejar esa mundanidad asfixiante que sólo se puede sanar:

«…tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios» (EG, n. 97).

La Iglesia tiene que descentrarse de su propio lenguaje rígido. Y tiene que aprender a hablar el lenguaje del mundo. Para eso se ha puesto el gobierno horizontal.

La Iglesia no tiene que dar la máxima ortodoxia: eso es repetirse siempre en su propio lenguaje.

«A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo» (EG, n. 91).

El lenguaje ortodoxo es oscuridad para el hombre. ¡Qué gran blasfemia! ¡Cómo ataca lo sagrado, lo divino, lo eterno!

Hay que emplear un lenguaje heterodoxo. Un lenguaje que responda al concepto de evangelio, el evangelio de la alegría, el evangelio de los pobres, el evangelio de recaudar dinero para vivir felices.

«No tengas la psicología de la computadora», que tiene todo el saber en ella. O, si lo prefieren, con estas palabras:

«Un corazón que ame la ley, porque la ley es de Dios, pero que ame también las sorpresas de Dios, porque su ley santa no es un fin en sí misma» (13 de octubre del 2014).

La Iglesia usa un lenguaje que el mundo no comprende. Un lenguaje de computadora, de fin en sí mismo. Un lenguaje ortodoxo que la imposibilita de dialogar con el mundo. Y si no habla con el mundo, no puede anunciar el Evangelio.

La Iglesia es misionera, no autorreferencial. No tiene que estar centrada en la verdad, sino en el mundo.

Hay que hacerse un uno con el mundo. Si se encierra en sí misma impide ir al encuentro real con el otro.

La realidad, no está en la vida de la gracia, sino que está en los derechos sagrados del hombre:

«…tierra, techo y trabajo. Es extraño pero si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista.  No se entiende que el amor a los pobres está al centro del Evangelio. Tierra, techo y trabajo, eso por lo que ustedes luchan, son derechos sagrados» (28 de octubre del 2014).

El hombre tiene que luchar por su tierra, no por la tierra que Dios prometió a Abraham, que es el Cielo; tiene que luchar por su techo, y no tiene que seguir el pensamiento ortodoxo de Cristo: «Las raposas tienen sus cuevas, y las aves del cielo sus nidos; mas el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9, 57). Y tiene que luchar por su trabajo, haciendo de la Palabra de Dios una mentira: «Necio, esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Si sigues a Bergoglio, todo eso será para Bergoglio. Él sólo pide dinero. Y no otra cosa.

No vivas tu vida para tener una casa, un techo, un trabajo, una tierra. Vive tu vida para desprenderte de todas las cosas, aunque las tengas todas, y así obrar lo divino en lo humano.

Pero Bergoglio lleva a la lucha de clases. Tú tienes una casa y yo no. Voy a luchar por mi casa, porque es mi derecho sagrado. Soy dios para mí mismo: yo soy el que entiendo lo que es bueno y lo que es malo para mi propia vida.

Bergoglio no entiende que el amor a Cristo –no el amor a los pobres- está en el centro del Evangelio. Él predica su evangelio: el de los pobres. Para su Iglesia: la iglesia de los pobres.

Y hace esto para abarcar a todo el universo, a todos los hombres en una fraternidad sin límites. Y cuando se hace esto, entonces el yo encuentra a su dios en sí mismo, y el hombre descubre una vida llena de sorpresas.

La ley de Dios, al ser santa, es un fin en sí misma. Pero, al no tener el fin en sí misma, automáticamente, todo está regido por el azar, por las sorpresas, por el fin, por el objetivo que cada hombre se ponga en su vida.

Cada hombre hace su ley en el pecado y la llama santa.

Esto es Bergoglio. ¿Todavía no se han dado cuenta?

Es un discurso vacío de la verdad. Por lo tanto, es un discurso lleno de mentiras.

¿Queréis llevar la Iglesia a sus orígenes? Entonces prediquen del infierno, de la cruz, de la penitencia, del pecado. Porque la Iglesia nació en el Dolor del Calvario, no en el lenguaje, no en el diálogo de los Apóstoles con la gente del mundo.

Fue el Dolor de Cristo y de Su Madre el origen de la Iglesia. Lo demás: la cultura de los tiempos es sólo eso: cultura. La Iglesia no es una institución, sino la Vida de Dios en la tierra. El Reino de Dios en la tierra. Y quien haga de ese Reino una conquista humana, un reino material, humano, la Justicia de Dios lo enterrará en el infierno.

Poco tiempo queda para ver la Justicia de Dios en Bergoglio. Ese hombre es ya un demente. Y lo que queda por ver es su degradación como persona y como sacerdote.

Ningún masón puede declarar santos en la Iglesia

corsa

“¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).

Después de ver el doble lenguaje de Francisco, y de seguir constatando que Roma ha perdido la Fe, y ya no se opone al inicuo que usurpa la Silla de Pedro, sino que lo protege, excusa su pecado, y le abre caminos para que siga destruyendo la Iglesia, como lo está haciendo; sólo queda refugiarse en el Corazón de Jesús. Lo demás, es perderse en un mundo y en una Iglesia que ya no ama a Dios, sino que da culto al demonio y al pensamiento de los hombres.

¿Cómo reconocer al Anticristo?: “Ustedes los reconocerán porque no llevará nunca la cruz, símbolo de redención. Él tendrá doce discípulos, se valdrá de todo tipo de prodigios para hacerlos caer en engaño. En las Iglesia habrá desorden” (Cuadernos 1943 – María Valtorta).

Francisco lleva una cruz, que no es el símbolo de la redención, sino el símbolo de la condenación: una paloma, que cae en picado, hacia un grupo de ovejas, donde hay una calavera, representada como “buen pastor”. Francisco es un anticristo, pero no el Anticristo. Él ha puesto a ocho cabezas para gobernar la Iglesia, que piensan lo mismo que él, que obran lo mismo que él. Ese grupo de herejía es el que inicia la falsa Iglesia, el que da cuerpo a la iglesia negra del demonio.

«Vendrá un hombre, ostentará obras de beneficencia; demostrará gran estabilidad, hará el bien y mucha gente lo amará y creerá en sus hazañas. Pero recuerden que la humildad viene de Dios y el que procede de Dios no se pavonea» (Ibidem). Francisco, desde que inició su falso pontificado, se pavonea con todo el mundo; el mundo lo aplaude, el mundo lo sigue, porque el mundo reconoce lo que hay en Francisco.

En la Iglesia, Francisco se ha puesto a recoger dinero. Las almas no le interesan para nada. Quiere llegar a la gente dándole lo que quieren escuchar. Por eso, la masa lo ama; la masa cree en sus palabras, en sus obras. La masa lucha por Francisco, pero ya no lucha por la Verdad. Creen que Francisco da la Verdad porque da dinero a los pobres, porque está metido en los asuntos del mundo, de la gente; porque se preocupa de la vida de los demás. Es el engaño de un hombre que sólo se pavonea, que sólo quiere publicidad, que busca la propaganda, como todo político. Está haciendo su campaña política en la Iglesia y nadie se ha dado cuenta.

«Vi qué nefastas iban a ser las consecuencias de esta falsa iglesia. Ví cómo aumentaba de tamaño; herejes de todo tipo venían a la Ciudad (Roma). El clero local se tornaba tibio, y vi una gran oscuridad… Entonces la visión pareció extenderse por todas partes. Comunidades católicas enteras eran oprimidas, asediadas, confinadas y privadas de su libertad. Vi muchas iglesias que eran cerradas, por todas partes grandes sufrimientos, guerras y derramamiento de sangre. Gentuza salvaje e ignorante se entregaba a acciones violentas. Pero todo ellos no duró largo tiempo” (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 13 de mayo 1820).

Esto es lo que viene ahora. Se inicia la falsa iglesia. Ya, durante 50 años, en Roma, las herejías han ido aumentado de tamaño. Y no han sido los Papas los culpables, sino los Obispos y sacerdotes que no han obedecido a la Cabeza Reinante. Herejes de todo tipo hay en el Vaticano. Y, por tanto, la tibieza en la vida espiritual es manifiesta, clara, es lo que los fieles ven en sus pastores: ya no viven sus sacerdocios, sino otra cosa. Y, entonces, viene un Francisco, otro hereje, que se alimenta de engaños, que vive su vida según su propia voluntad, y extiende la herejía a todo el mundo. Hace que todos la vivan, la abracen, la obren.

Esto es lo que está pasando: quien sigue a un hereje, se hace él mismo hereje. Empieza a comulgar con su mismo pensamiento humano, que es errado cien por cien. Y, claro, tiene que venir la persecución.

Y ya hay señales que empiezan, por todas partes, grandes sufrimientos por causa del pecado de la Iglesia actual. Francisco y los suyos, son los culpables de lo que viene ahora a la Iglesia y al mundo.

«Veo al Santo Padre muy angustiado. Él vive en un palacio, distinto al anterior, donde recibe sólo a un número limitado de amigos allegados a él. Temo que el Santo Padre tenga que sufrir muchas otras pruebas antes de morir. Veo que la falsa iglesia de las tinieblas está haciendo progresos, y veo la tremenda influencia que ella tiene sobre la gente. El Santo Padre y la Iglesia están verdaderamente en una aflicción tan grande que habría que estar implorando a Dios día y noche» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 1º de agosto 1820).

Del Papa Benedicto XVI habla la beata. Está presentando la potestad espiritual que tiene el Papa. En la persona del Papa confluyen dos potestades distintas: una temporal (sobre la Ciudad del Vaticano) y otra espiritual (sobre el gobierno de las almas y de la Iglesia Católica).

Benedicto XVI ya no gobierna el Vaticano y, por tanto, no posee esa potestad temporal, a imagen de Cristo, que se separó de la Sinagoga de su tiempo, para poder ejercer su potestad espiritual, y así fundar Su Iglesia. Benedicto XVI está separado del Vaticano y de todas sus iniquidades, como Jesús. Pero sigue conservando su potestad espiritual porque su renuncia no significa la pérdida del Poder Divino. Él sigue siendo el Papa, pese a quien le pese. Y el Papa de toda la Iglesia Católica, el Papa elegido por Dios. En este Papa está la Verdad, se guarda la Verdad. Vive en un palacio, distinto al que ocupó siendo Papa, recibiendo sólo a pocas personas. Pero vive sufriendo por la Iglesia y le llega la hora del mayor sufrimiento: ir a la Cruz de la cual se bajó: «llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombre y mujeres de diversas clases y posiciones» (Lucía – Tercera parte del Secreto de Fátima).

Francisco es el Soberano Absoluto del Vaticano, antro de los siete vicios capitales; tiene un poder humano temporal y material, pero no tiene la potestad espiritual sobre las almas ni sobre la Iglesia Católica.

Francisco ha demostrado una actitud ecuménica exaltada, una escandalosa negligencia y libertad litúrgica, una pastoral de considerable ambigüedad, y una concepción doctrinal herética y totalmente discutible.

Francisco es un masón, un hombre que, desde 1999, es miembro honorífico del Rotary Club de Buenos Aires. Y un masón no puede nunca ser el verdadero Papa, el Papa legítimo, sino que es, a todas luces, ilegítimo; y lo que hace en la Iglesia es nulo, a los ojos de Dios. A los ojos de los hombres, tiene una validez humana, pero no espiritual.

El Rotary es de inspiración masónica, pone en práctica los ideales masónicos y tiene vínculos con la Masonería. Y, por eso, al Rotary se le conoce como Masonería blanca o Masonería sin máscara.

Francisco, desde que salió al balcón se dirigió al mundo y a la Iglesia como masón, no como Papa. Y sus palabras fueron claras: “Dado que muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia Católica, otros no son creyentes, os imparto esta bendición, en silencio, a cada uno de ustedes, respetando la conciencia de cada uno, pero a sabiendas de que cada uno de ustedes es un hijo de Dios Que Dios los bendiga” (13 de marzo 2013). Puso el sello de la masonería en su primera actuación. No puso la palabra de Dios, no llevó a Cristo, no ofreció la Verdad, sino la mentira.

Lo que dijo está totalmente de acuerdo con lo expresado por la masonería: “la masonería enseña que ya que Dios es el Creador, todos los hombres y todas las mujeres son los hijos de Dios. Debido a esto, todos los hombres y todas las mujeres son hermanos y hermanas“ (Gran Logia de Michigan). Este es el gran principio de la fraternidad: el amor al hombre se pone por encima del amor a Dios. Porque sois hijos, sois hermanos. No se dice: porque sois amados por Dios, entonces sois hijos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, que grita: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4, 6). Somos hijos en el Hijo del Padre. Somos hermanos en el Espíritu del Hijo, que es el Espíritu de Cristo. No somos hermanos por Creación de Dios. Somos hermanos porque «Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción» (Gal 4, 4b-5). La masonería niega la Redención y, por tanto, predica el amor fraterno, anulando el amor de Dios.

Francisco predica su fraternidad en la Iglesia, que se asemeja a la del universalismo antropocéntrico, de matiz iluminista, revolucionaria y atea: «el Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad» (Francisco en la entrevista a Scalafarri). Clamorosa inexactitud, que anula la obra de la Redención. Jesús se encarna para redimir al hombre del pecado y así hacerlo hijo de Dios por adopción. Y, por tanto, la fraternidad es sólo una mera consecuencia de la Redención, pero no es el fin de la Encarnación del Hijo de Dios. Y esto le lleva a la adoración del hombre: «sobre el altar adoramos la carne de Jesús; en ellos (en los pobres) encontramos las llagas de Jesús. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí está la carne de Jesús; Jesús está presente ente ustedes, es la carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (Francisco, en Asís, a los niños discapacitados). Francisco ha perdido el camino de la Verdad y no sabe diferenciar la presencia de Cristo en la Eucaristía y la presencia de Cristo entre los pobres. Las llagas de los pobres son sólo un símbolo de las llagas de Cristo, una analogía, no real, sino sólo relativa, conceptual. Y la presencia de Cristo en la Eucaristía es real, sustancial, no es un símbolo. Y, por tanto, hay que destacar a Cristo en la Eucaristía, no las llagas de los pobres. El primer plano, para Francisco, son los pobres, no es Cristo. Señal de que Francisco da culto a los hombres, a sus obras, a sus pensamientos. Pero no es capaz de dar culto a Dios. Habla que Jesús está en la Eucaristía para llevar la mente del que lo escucha a lo que le interesa: el hombre. Este es siempre el doble lenguaje de Francisco. ¡Siempre!

En la elección de Francisco a la Silla de Pedro estuvo la masonería: él fue el candidato de los masones cardenales; puesto en una hábil maniobra del demonio para quitar al Papa reinante, y poner al que destruye el Papado con su vida de vulgaridad, con su vida social y política; con su inteligencia errada en todas las cosas de la Iglesia. Habla de muchas cosas y todo es mentira en lo que habla. Habla para darse importancia, pero nunca para enseñar la verdad. Habla para poner a otros los modelos de vida que él tiene: «En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien» (Ángelus – Plaza de San Pedro -Domingo 17 de marzo de 2013). «Otra cosa: ayer, antes de dormir, pero no para dormirme, leí -releí- el trabajo del cardenal Kasper y me gustaría darle las gracias, porque me encontré con una profunda teología, un pensamiento claro en teología. Es agradable leer teología clara. Y también encontré aquello que San Ignacio nos decía, del sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me ha hecho bien y me vino una idea -discúlpeme si le hago avergonzarse Eminencia- pero la idea es que a esto se le llama “hacer teología de rodillas”. Gracias. Gracias.» (Aula del Sínodo en el Vaticano – 21 de febrero).

Al Cardenal Kasper no se le puede considerar un buen teólogo, sino merecedor de reprobación expresa, por su posición marcadamente herética y cismática con relación a varios dogmas de Fe, entre ellos la negación de la divinidad de Jesús, en su libro Jesús el Cristo, donde dice: «esta confesión Jesucristo, Hijo de Dios, es un residuo de mentalidad mítica, pasivamente aceptado» (p. 22); la negación del dogma extra Eccelsiam nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación), donde afirma que en Jesucristo la salvación incluye todo lo que es bueno y verdadero en las otras religiones; la negación de los milagros, de la Resurrección, de la Ascensión, de la Concepción Virginal de María y de la Infalibilidad de la Iglesia.

Esto no es profunda teología, estoy no es hacer teología de rodillas. Esto es dar culto a la mente del hombre; esto es ponerse por encima de la ley de Dios; esto es anular la Palabra de Dios y llamarla herética.

El elogio público de un teólogo herético representa una afirmación herética. Por tanto, Francisco ha caído en clara herejía al alabar a Kasper. Y sólo este elemento basta -de por sí- para considerar a Francisco excomulgado, desprovisto del cargo eclesiástico que se le ha confiado, anulando así su falso Pontificado. Esto es pública herejía de Francisco en la Iglesia. Y nadie quiere llamar a las cosas por su nombre.

El canón 194 § 1, n. 2, dice: «Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico: quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia». Francisco, poniendo como modelo de fe a un hombre hereje, se aparta públicamente de la fe católica; porque los sacerdotes y Obispos en la Iglesia deben ser padres de la fe y, por tanto, modelos de la fe. Y poner por modelos de fe en la Iglesia a los santos, que son los que han obrado y vivido la fe. Ponen como modelo para creer a uno que no cree en nada. ¡Esto es reírse de toda la Iglesia!

Todo esto es muy grave, y nadie en el Vaticano dice una palabra. Al revés, se están preparando para representar la mayor comedia de la historia: canonizar a dos beatos. Falsa canonización, porque un masón no tiene poder para hacer santos, para declarar santos. Va a ser solo una pantomima, una obra de teatro más de Francisco y todos los suyos. Y, por supuesto, para sacar tajada de eso.

Pero, ¿a quién le interesa esto? A nadie le importa la verdad. Todos contentísimos con el doble lenguaje de Francisco. Todos esperando a ver qué pasa en octubre con el sínodo de los Obispos. Todos haciendo planes para el futuro. Y nadie combate el error. Nadie se enfrenta a Francisco.

«Veo muchos eclesiásticos que han sido excomulgados y que no parecen preocuparse por ellos, y por tanto menos tener conciencia de su situación. Y, sin embargo, ellos quedan excomulgados cuando cooperan con empresas, entran en asociaciones y abrazan opiniones sobre las cuales se ha impuesto el anatema. Se puede ver cómo Dios ratifica las órdenes, las interdicciones y los decretos emanados de la Cabeza de la Iglesia, manteniéndolo vigente aun si los hombres no muestran interés por ellos, los rechazan o se burlan» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick –1820-1821).

La beata sólo está recordando el Evangelio: «lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto destares en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16, 19). Francisco, Kasper y todo su gobierno horizontal están excomulgados por Dios, porque Dios no se olvida de lo que los Papas han atado en Su Iglesia. El canon 1364 dice que: «el apóstata de la fe, el herético o el cismático cae en excomunión latae sententiae»; es decir, automáticamente él mismo se pone fuera de la Iglesia sin necesidad de un acto oficial, sin necesidad de que se lo recuerden.

Cualquiera que proclame o ponga en práctica otra doctrina distinta a la de Cristo, dentro de la Iglesia Católica, es herético y de hecho queda excomulgado, aunque sea Sacerdote, Obispo, Cardenal o Papa; porque nadie se puede poner por encima de las Verdades de Fe, que son sagradas para Dios y son ley divina para el hombre.

Dios ratifica a Sus Papas, los que ellos han atado en la tierra. Y aunque nadie le importa ya eso, Dios sigue ratificando a Su Iglesia, porque su Iglesia es la Verdad. Y no hay más Verdad que lo que los diferentes Papas han obrado en la Iglesia en toda su historia. Un Papa es el que custodia la Verdad y sólo la Verdad

Lo que obra actualmente ese infeliz de Francisco es sólo su nueva iglesia, negra, del demonio. Y todo aquel que lo apoye, queda excomulgado automáticamente. Francisco sigue haciendo su comedia en la Iglesia. Y todos ríen, aplauden. Consecuencia: ya no hay tiempo. Ya se acabó el tiempo. No esperen Misericordia; sólo Justicia.

Francisco no cree en la Resurrección

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Francisco es un hombre si fe. No cree en la Resurrección de Jesús. Sólo lean su homilía de la Vigilia Pascual y se darán cuenta que habla de sus cosas, de su idea, pero no de Jesús Resucitado.

Un hombre que no sabe centrar el tema de la fe, sino que va contando una historia sobre lo que sucedió ese día, para finalizar diciendo nada sobre la Vida que Jesús ha dado al hombre venciendo a la muerte.

Las mujeres ven a Jesús y creen. Y, con esa fe, van a los Apóstoles, que no creen. En la fe de las mujeres, los Apóstoles vuelven a creer, vuelven a despertar a la fe. Porque la fe entra por el oído: «¿Cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica?» (Rm 10, 14b). Las mujeres anunciaron a Cristo Resucitado, y los Apóstoles creyeron la Palabra de Dios en las mujeres.

«No todos obedecen al Evangelio» (Rm 10, 16), por la soberbia que inunda sus mentes. Santo Tomás se cerró a la Palabra de la fe. No creyó hasta que no vio, hasta que su inteligencia humana tuvo una señal.

Muchos buscan señales para creer y, mientras tanto, viven su vida humana sin fe. Y es la fe lo único que salva al hombre. Y quien no tenga fe no encuentra la verdad de su vida, el sentido de su vida. Sólo se dedica a vivir su humanidad.

Francisco, en su homilía, sólo se centra en su sentimentalismo: “«Non tengáis miedo», «no temáis»: es una voz que anima a abrir el corazón para recibir este mensaje»”. (Francisco, 19 de abril 2014). Pero no se centra en la verdad: Cristo ha resucitado.

Cuando el ángel aparece a las mujeres, su mensaje es claro: «No está aquí, ha resucitado según predijo» (Mt 28, 6). Ya el Señor había dado la fe: «Pero después de Resucitado os precederé a Galilea» (Mt 26, 32).

Las mujeres creen al ángel, que sólo da la misma Palabra del Verbo. Sólo la recuerda. No dice nada nuevo. Porque la Verdad no es novedad. La verdad es siempre la misma. La Verdad no cambia, no puede cambiar, no entiende de evoluciones de la mente, de la ciencia, de la técnica. No es el hombre el que llega a la Verdad con su razonamiento humano. Es la Verdad la que se revela al hombre.» Sólo es necesario un hombre sencillo, humilde, obediente, que acepte en su corazón esa palabra de la Verdad.

Las mujeres creen la Verdad que el ángel les revela. Y, porque creen, tienen el premio a su fe: «Jesús les salió al encuentro, diciéndoles: Dios os salve» (Mt 28, 9). El saludo de Jesús a las mujeres es el inicio del nuevo camino que Jesús da al alma que cree. Dios engrandece a los humildes de corazón, que se abren a la enseñanza del Espíritu.

Es el premio al dolor de las mujeres: Jesús las levanta de su dolor. Ellas fueron fieles al Dolor de Cristo. Ellas se unieron al Dolor de Cristo. Ellas murieron con Cristo en la Cruz. Necesitan el alivio del Amor, el consuelo del Amor, para purificarlas de ese sufrimiento espiritual que pasaron con Cristo.

Jesús se aparece con un cuerpo glorioso. Ya no es el cuerpo mortal. Es otro cuerpo: revestido de Gloria Divina.

Jesús se aparece como Él es en Su Vida Divina. Y se muestra en un mundo dominado por el pecado y la maldad de los hombres. Se revela a unas mujeres que siempre han creído en Él, aun en los momentos de Pasión, de sufrimiento, de muerte. En el mayor Dolor de Cristo, las mujeres seguían creyendo en Él. No lo abandonaron en el Dolor, en la muerte. Los Apóstoles sí lo hicieron, menos uno: San Juan. Y es San Juan el que primero cree al entrar en el sepulcro vacío: «Entonces entró también el otro discípulo que vino primero al monumento, y vio y creyó» (Jn 20, 8).

San Juan no vio y pensó en el sepulcro vacío, en las fajas, en el sudario. Sólo vio y creyó. Creer no es pensar en Jesús. Creer no es hacer un recuerdo de la vida de Jesús. Creer no es hacer una memoria de la vida de Jesús. No es obrar una memoria. Es unirse a Jesús en Su Palabra.

Francisco niega la fe en la Resurrección: “Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria; sin miedo, «no temáis». Releer todo: la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición; releer todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor”. Aquí está toda su herejía: releer.

El Señor anunció a Sus Apóstoles que los iba a preceder a Galilea, porque allí, más tranquilamente que en Judea, donde se había hecho la Pasión, podía completar su instrucción después de la Resurrección.

El Señor, en la Resurrección, enseña a Sus Apóstoles cómo tienen que hacer Su Iglesia. Para eso son los 40 días antes de Su Ascensión. Por tanto, no se relee nada, sino que se aprende la Verdad del Resucitado.

No hay que releer la Cruz. No hay que ir al final para dar un nuevo comienzo. No hay que memorizar lo que Jesús predicó. No hay que atender con la mente a los milagros de Jesús. No hay que fijarse en la vida común con Jesús. Porque la fe no es una memoria del pasado para iniciar, en el presente, algo nuevo.

La fe es el presente que nunca cambia, es la Verdad que nunca cambia, es el ser que nunca cambia.

Jesús enseña a Sus Apóstoles a vivir la fe. A vivir todo eso, que antes de su muerte les ha enseñado, pero que no podían ponerlo en práctica porque Él no había resucitado.

Para obrar las enseñanzas de Jesús hay que morir y resucitar con Cristo. Para obrar las enseñanzas de Jesús no hay que recordar la vida de Jesús. No hay que ir a la Cruz y ponerse a meditar miles de cosas. No hay que coger el Evangelio y dar variadas interpretaciones a lo que se lee, poniendo la mente, la ciencia, la cultura, la técnica, la filosofía, la psicología, y tantas cosas que no sirven para nada.

Hoy los sacerdotes son psicólogos, filósofos, comunistas, liberales, masónicos, psiquiatras, pero no creen. No saben vivir la fe. No saben obrar la fe. No saben tener fe. Sólo saben pensar, meditar, recordar, analizar, sintetizar. Cosas propias del intelecto humano. Pero la fe es una cuestión del corazón, no de la inteligencia humana.

Se cree con el corazón; se piensa con la mente. El problema está en saber vivir con el corazón. El problema no está en saber pensar el Evangelio. Todos piensan y todos se equivocan. El pensamiento del hombre es la complicación de su vida. Si quieren ver en qué lío se ha metido un hombre, vean sus pensamientos, analícenlos, y descubrirán su lío de la vida.

El hombre humilde de corazón vive su fe sin analizar nada, sin recordar nada, sin ir atrás, al pasado, para inventarse un presente y un futuro. El hombre de fe no se inventa su fe, no crea su fe. Sólo vive lo que Dios le pone en su corazón. Sólo obra eso. Y, cuando lo obra, el hombre de fe entiende con su razón muchas cosas que no sabía antes.

Quien no tiene fe vive encerrado en sus ideas humanas. Y, al final de su vida, lo único que ha hecho ha sido dar culto a su mente humana. Pero no ha vivido de fe. No sabe obrar la fe. No sabe ser sencillo de corazón. Es lo que le pasa a Francisco. Tiene que inventarse tantas cosas en la Iglesia, tiene que aparentar ser pobre, ser humilde, ser amable, porque su fe se la ha inventado él con su razón.

Es muy fácil inventarse una religión, una iglesia, un sacerdocio. Facilísimo. Pon en marcha tu mente. Y coge de aquí, de allí, lo unes todo y sale tu iglesia, tu religión, tu sacerdocio. En el mundo hay cuarenta mil sectas sólo por la mente humana. Porque los hombres trabajan con sus inteligencias humanas para complicarse la vida y complicarla a los demás.

La fe es muy sencilla: es dejarse enseñar por la Palabra de Dios. Es lo que hicieron las mujeres. Se dejaron guiar por Dios. Y Dios les iba mostrando el camino de la vida. No hay que inventarse el camino, como lo hace Francisco: “Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? Se trata de hacer memoria, regresar con el recuerdo. ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he olvidado? Búscala y la encontrarás”.

“Se trata de hacer memoria”: eso es todo para Francisco. Se trata de pensar, de meditar, de recordar, de sentir la mirada de Jesús, la presencia que tuve en un Sagrario, el sentimiento de una predicación, las palabras bellas que uno me dijo… Tantas tonterías para no enseñar la Verdad.

“Regresar con el recuerdo”: esto es lo típico de la filosofía hegeliana y kantiana. Es un dar vueltas a la mente, para ver, para recordar, para atender a un detalle que se pasó por alto. Es un dar vueltas con la mente: eso tiene un nombre en la Sagrada Escritura: ser idiota. «Y vi que la sabiduría sobrepuja a la idiotez (= ignorancia) cuanto la luz a las tinieblas» (Ecl 2,13).

El término griego ἰδιώτης (idiótes) significa ignorante, el que está en sus asuntos privados, particulares, personales. El que da vueltas a su vida, a su mente humana, a sus obras humanas. El que sólo sabe hablar de sus cosas, de su vida, de sus ideales, de sus vivencias. Son hombres vulgares, corrientes, incultos: «Viendo la libertad de Pedro y Juan, y considerando que eran hombres sin letras e idiotas (= plebeyos)» (Hch 4, 13).

Esto es Francisco: un idiota. Un hombre vulgar, un hombre de la calle, que vive su vida y que la muestra a todos como la mejor de todas. Es el santo moderno, que a todo el mundo le gusta porque habla lo que cada uno quiere escuchar. Esta es la idiotez. Por eso, Francisco, se junta con los mediocres, con los vulgares, con la gente del pueblo que vive su vida sin más ilusión que lo que encuentra con su mente humana. Es un hombre de mundo, profano, que le gusta la vida social. Le gusta estar en el Facebook, en el twitter. Le gusta poner mensajitos todo el día. Es un hombre hablador, charlatán, sin vida interior. Es un hombre para la vida de la calle. Pero no es un hombre para la Iglesia, para el sacerdocio, para la vida del Cielo.

Francisco se ha inventado su fe. Y es lo que predica todos los días. Por eso, no sabe decir una Verdad bien dicha, porque vive en su idiotez, en su ignorancia de Dios, de la Verdad Absoluta, de la Vida Divina, del Amor Divino.

Esto que predica Francisco lo ha enseñado ya en su Carta Encíclica Lumen Fidei, que es una herejía y que nadie la ha contemplado. Esto no es nuevo. Francisco desbarató los apuntes del Papa Benedicto XVI para engendrar su bazofia, su primera basura en la Iglesia. Ahí da a conocer su fe fundante: la de que se funda en la memoria para obrar una espiritualidad, una religión, una iglesia. Es el culto a la razón humana. Francisco endiosa al hombre.

Ver entrada La memoria fundante de Francisco

«Y mirarán al que traspasaron»

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«Soy Yo, soy Yo quien por Amor de Mí borro tus pecados y no Me acuerdo más de tus rebeldías» (Is 43, 25).

Jesús muere por Amor de Su Padre; Jesús no muere por Amor al hombre.

La muerte de Cristo se realiza por Voluntad del Padre. La muerte de Cristo no es debida a una injusticia social sobre Cristo. No son los hombres los que matan a Cristo (una calumnia no mató a Cristo); es Cristo el que va a la muerte por Amor de Sí, el Amor de la Santísima Trinidad, Amor Divino, inefable, que no se puede expresar con palabras humanas.

Apartarse de este punto es iniciar el cisma en la Iglesia.

Presentar la muerte de Cristo como un problema social, político, económico, cultural, es caer en el mismo pecado que los Apóstoles obraron en la Pasión.

Jesús es un Rey Espiritual y, por tanto, Su Reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36).

El pecado de los Apóstoles es comprender a Jesús como Mesías político y, en consecuencia, esperar un reino humano, político, material, social, económico.

Por eso, Pedro saca la espada en el huerto para defender a Jesús (cf. Jn 18, 10). Y Jesús le enseña: «¿O crees que no puedo rogar a Mi Padre, que Me enviaría, al instante, doce legiones de ángeles» (Mt 26, 53). Jesús enseña a Pedro lo que él va a negar: «¡Yo no conozco a ese hombre!» (Mt 26, 74).

Pedro no conoce lo que es Jesús. Pedro conoce lo que él piensa de Jesús. Pedro no tiene el conocimiento verdadero que viene de la Fe en Cristo. Pedro tiene el conocimiento falso de su interpretación de las Sagradas Escrituras. No ha sabido leer con el corazón el Antiguo Testamento donde se hablaba del Mesías. Ha leído a los Profetas con su mente y se ha inventado un Mesías humano, político, terrenal. Y, por eso, esperaba de Jesús un reino de la tierra, un reino comunista, un reino para el hombre.

Este pensamiento de Pedro es su pecado contra Jesús. Pedro piensa de esta manera, Pedro peca contra la Verdad, que es Jesús. El tiempo de estar con el Mesías no le ha servido para quitar esta idea de su cabeza. Ha seguido a Jesús con esta idea humana. Y esta idea le llevó a su pecado.

Por la idea del hombre viene siempre el pecado. Y, cuando el hombre encumbra su idea por encima de todas las cosas, es cuando comete la blasfemia contra el Espíritu Santo: no se deja enseñar por el Espíritu, no se abre a la Verdad que viene de la Palabra del Espíritu, sino que permanece en su idea humana, luminosa, pero pecaminosa.

Y es la negación de Pedro lo que marca el comienzo de la Pasión. Mientras es juzgado Su Maestro, Su Mesías, Pedro lo niega. En el juicio a Su Mesías, la negación del Mesías. Y lo niega el que ha sido puesto como fundamento de la Iglesia, que es la Obra de Cristo, que es el Reino espiritual de Cristo. Cristo es juzgado en Su Divinidad; Cristo en negado en Su Divinidad.

Jesús, por Amor a Su Padre, inicia, en la negación de Su Vicario, Su Pasión.

Jesús inicia solo, sin Pedro, Su Calvario como Cabeza de la Iglesia.

Jesús sufre el abandono de Su Vicario en la Obra de la Redención del Género Humano.

Jesús marca así el camino para todo hombre: no hay que seguir a ningún hombre para salvarse. No hay que seguir la idea de un hombre para salvarse. No hay que hacer caso a la teología de nadie para salvarse. No hay que dedicarse a hacer obras buenas humanas para salvarse. No hay que vivir con un fin humano, bueno, perfecto, para conquistar el Cielo. Sólo hay que seguir a Jesús por el Camino del Calvario.

El camino de salvación no está en proclamar los derechos humanos de los hombres, ni en luchar por las justicia sociales, ni en promover la fraternidad de los hombres para constituir un bien común, un orden social, una estructura económico-política: «La Justicia del justo no le salvará el día en que pecare (…) no vivirá el justo por su justicia el día en que pecare» (Ez 33, 12).

No te salva el bien común, la obra social, la empresa humana, el dinero que da para ayudar a los hombres; no salva la medicina del hombre; no salva la ciencia de los hombres; no salva el hombre. Porque el hombre, peca. Y, cuando peca, lo que ha hecho no tiene mérito para quitar su pecado; no tiene valor, no sirve para salvarlo del mal.

El camino que salva es la Cruz. Y sólo la Cruz. Hay que negar al hombre, a su vida humana, a su vida social, a su vida económica, a su vida cultural, a su vida política. Esto es lo que muchos no comprenden porque no miran a Jesús en la Cruz.

«Y mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37).

Sólo hay que alzar los ojos a Cristo, que sufre y muere en la Cruz, y el alma conoce la Verdad de su vida. El alma se conoce como Dios la ve. El alma se comprende como Dios la mira. El alma se entiende como Dios lo quiere.

Cristo en la Cruz es el conocimiento de la Verdad. Y no hay otra inteligencia para el hombre sobre la Verdad.

La Verdad es la Vida Divina. Y, por tanto, todo aquello que no es la Vida de Dios es, simplemente, una mentira, un engaño, una ilusión.

El hombre, si quiere despertar de su sueño, tiene que mirar al Crucificado. En Él está toda su Vida, todo el misterio de su humanidad.

En un gusano pinchado en un palo: ahí está el verdadero amor que el hombre tiene que aprender.

Y esto es lo que el hombre no hace: mirar al Crucificado.

El hombre se dedica a mirar a los hombres, a las cosas del mundo, a las obras de otros hombres, y no da valor ni importancia a la Muerte de Cristo.

La Vida Eterna sólo ha sido posible por la Muerte de Cristo en la Cruz.

El pecado de Adán y Eva quitó la Vida Eterna al hombre. La muerte de Cristo da la Vida al hombre, la Vida que siempre Es, la Vida que permanece, la Vida que no posee ninguna imperfección ni pecado.

Cristo, en Su Muerte en Cruz, salva al hombre del infierno, porque éste es el destino de todo hombre cuando nace con el pecado original: nace para condenarse.

La Muerte de Cristo señala a todo hombre que tiene que morir, como Cristo murió, a todo lo humano, aun lo bueno y perfecto humano.

Porque la tierra, después del pecado original, se ha convertido en una pobre imitación del Paraíso: «Maldita, Adán, la Tierra por tu causa» (Gn 3, 17). La perfección del hombre es solo una imperfección, una nada, una ilusión de bien humano.

Hay que morir a todo lo humano para tener Vida. Esto es lo que el hombre no acaba de entender.

Cuando no se muere a todo lo humano, entonces se comienza a poner lo humano por encima de lo divino. Se comienza a poner al hombre como el centro de todo. Se da al hombre el valor que no tiene, la importancia que no merece, la obra que no sirve para nada.

Comprender la Muerte de Cristo es ponerse en la Verdad.

La Iglesia nace en la Muerte del Redentor. Ahí, en los brazos de Su Madre, inicia la andadura de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Es la Madre la que lleva a la Iglesia, el Cuerpo de Su Hijo, al sepulcro de Su Corazón para que renazca allí el Amor de toda la Humanidad a Dios.

La Resurrección de Jesús es el inicio de la Iglesia como comunidad de fieles.

La Iglesia inicia en la muerte de Cristo, pero sólo pertenecen a Ella, Jesús y María, el Redentor y la Corredentora, el Rey la Reina.

Pero la Iglesia es el Cuerpo Glorioso de Cristo. Y, por eso, la Iglesia siempre va a permanecer, nunca las fuerzas del Infierno podrán contra Ella, porque Jesús ha vencido a la Muerte.

Y es esencial comprender este punto para entender la Iglesia.

La Iglesia es un organismo espiritual, divino, celestial, glorioso; que tiene hombres que viven en unos países, en unas familias, en unas culturas, en unas sociedades.

Los miembros de la Iglesia forman, en lo humano, una vida social, económica, política, cultural, etc. Todo eso no pertenece a la Iglesia, sino a los hombres en su humanidad.

Cristo no funda Su Iglesia para una vida social, ni para un orden económico, ni para una estructura política, ni para manejar las diferentes culturas de los hombres.

Aquella Jerarquía que predique el Evangelio de Jesús para constituir un orden económico o social o político, no pertenece a la Iglesia Católica, no es la Jerarquía verdadera, sino la infiltrada. Hoy día, existe mucha jerarquía infiltrada, que exteriormente son buenas personas, pero que son unos demonios: piden dinero para resolver los problemas de los hombres, para luchar por los derechos de los hombres, para su ideología comunista.

Y piden dinero predicando el Evangelio: tomando frases de Jesús y acomodándolas a su negocio en la Iglesia. De esa forma, dan una interpretación nueva del Evangelio, que no está en la Tradición ni en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Sólo hay que darse una vuelta por internet, por los distintos Obispados, y buscar las homilías de los Obispos y verán su ideología comunista. Ya no predican el Evangelio como es, sino siguen lo que Francisco predica todos los días en su negra iglesia de Roma.

Toda esa Jerarquía hace política en la Iglesia y busca el reino material, humano, social, cultural. Pero se han olvidado de para qué es la Iglesia.

La Iglesia no es para dar de comer, como lo quiere Francisco y su cuadrilla de gente. La Iglesia es para dos cosas:

1. Luchar contra el demonio;

2. Luchar contra el pecado de cada uno.

Estas dos cosas son toda la Iglesia.

Cristo muere en la Cruz para dos cosas:

1. Para quitar el pecado, que Adán metió en la Creación;

2. Para liberar a las almas de la acción del demonio.

Esta es toda la Muerte de Cristo.

Si los hombres se unen a esa Muerte, entonces los hombres tienen el poder de hacer dos cosas:

1. Quitar su pecado;

2. Luchar contra el demonio.

Haciendo estas dos cosas, el hombre vive en Gracia, obra en Gracia, ama en Gracia.

Si el hombre persevera en la Gracia, entonces alcanza dos cosas:

1. La salvación para su alma

2. La santificación para su alma y la salvación para otras almas.

Se está en la Iglesia sólo para este fin: salvar y santificar.

Lo demás, a Jesús no le interesa. Y ¿por qué?

Porque el mundo, todavía es del demonio.

Luego, es imposible hacer un orden social, económico, político, donde no haya pecado, no haya males. ¡Es imposible! El demonio está suelto por el mundo. No está atado. Luego, tiene libertad para hacer el mal en todo el mundo.

Jesús sólo pone en Su Iglesia, la Gracia en el Matrimonio; pero no en la sociedad, no en los países, no en las culturas.

Un hombre y una mujer que vivan en Gracia, que vivan imitando a Cristo en su matrimonio, hacen de ese matrimonio la obra de Dios en la creación. Ponen a Dios en medio del infierno, que es este mundo.

Los demás matrimonios, uniones, son todas del demonio; incapaces de dar lo divino en lo humano.

Por tanto, es una ilusión trabajar por un ideal humano, social, cultural, económico, en la Iglesia. Un auténtico absurdo.

Por eso, tienen que aprender que no toda la Jerarquía de la Iglesia es la verdadera, que no todos los fieles que están en la Iglesia son de la Iglesia.

La Jerarquía verdadera se dedica a batallar contra el demonio en las almas, a enseñar la Palabra de Dios, a poner un camino de santidad a las almas en la Iglesia.

La Iglesia verdadera es de muy pocas personas. Es una comunidad pequeña, es un pueblo de Dios pequeño.

Mientras haya pecado en el mundo, hasta que el demonio no sea atado; la Iglesia, en la tierra, es de pocos, muy pocos.

Por eso, llega el momento de irse de Roma, para atacar a la Jerarquía infiltrada, esa Jerarquía que se ha inventado una nueva iglesia sobre los escombros de la verdadera.

Porque lo que hay en el Vaticano ya son sólo escombros: nadie vive la vida espiritual y ni le interesa vivirla. Todos son cuentos para seguir aplaudiendo a un idiota -con todo el significado que tiene esta palabra en el Evangelio-, que es Francisco.

Francisco sólo concibe a Jesús como líder político y, por tanto, concibe la Iglesia como un asunto de los hombres, como una estructura social, como un gobierno donde muchas cabezas deciden muchas cosas.

Francisco, no solo peca con el mismo pecado de Pedro, sino que tiene el pecado de Judas. Reúne ambos pecado. Es incapaz de creer en Jesús y pone el amor al dinero, el amor a los pobres, al amor a su vida social, por encima del amor a Cristo.

Pero Francisco tiene otro pecado más: su orgullo. Y, por este orgullo, vive su amor propio en la Iglesia. Vive su narcisismo. Busca su popularidad, el caer bien a todo el mundo. Por eso, su sonrisa es de Lucifer; luciferina. Tiene el mismo pecado que Lucifer. Se ríe de la misma forma como lo hace Lucifer.

Es una pena que la Jerarquía siga ciega, buscando en la inteligencia rota de Francisco un agua para la vida espiritual. Quien lea a Francisco enseguida se da cuenta de la estupidez que es este hombre. Y esto lo saben muchos sacerdotes, pero callan su boca porque quieren recibir el salario de ese loco. Y, claro, tienen que componer sus predicaciones invitando a la gente a compartir su dinero, porque ahora la moda es la fraternidad. Ahora, ya no hay que juzgar a nadie. Ahora hay que amar a todos, incluso al mismo demonio. Hay que bailar con el demonio para ser feliz en la vida. Por eso, le besan el trasero a Francisco. No son capaces de levantarse y ponerse en contra de él. Y tampoco saben hacerlo.

Iglesia Remanente

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“Todos recordarán que le concedí a Lucifer 100 años para que hiciese hasta lo peor para ganarse las almas de los hijos de Dios. Esos 100 años han llegado a su final, y la destrucción de las almas ha sido tremenda. Pero todavía tengo dos guerras pendientes para las almas. Estas serán unas batallas muy grandes. La Iglesia Remanente perseverará para Dios, se declarará para Dios en la Santísima Trinidad.

La primera batalla será el Gran Aviso producido por el gran amor de la Santísima Virgen María por ustedes. (…). Es una guerra porque los malos espíritus también esperan este día. Ellos también tienen un plan en el que harán todo lo posible para provocar la desesperación y la desgracia a los fieles. (…)

Será una guerra para lograr sus almas, queridos hijos. Al poco tiempo después de este evento, la segunda batalla se llevará a cabo. Esta será la del Gran Milagro durante el cual deberán declararse a favor de Dios. Durante este tiempo los espíritus malignos los estarán animando para que apoyen a su líder porque él estará en el poder. (…) Si se declaran a favor de Lucifer y reciben su marca, se irán al Infierno. Acuérdense de esto. El tiempo que dure esto será bastante corto. Nunca pierdan las esperanzas en Dios y en la Madre de Jesús”. (Mensajes a la Dra. Even – Agosto 4, 1998)

La Verdad de la Iglesia es Su Amor por Cristo. Una Iglesia que no ama la Verdad no pertenece a Cristo. Una Iglesia que sólo vive para lo humano, contentando la vida y las obras de los hombres, no es la Iglesia que fundó Cristo en Pedro.

Amar a Cristo es un deber y una obligación para todos en la Iglesia. Amar a Cristo no es vivir una vida humana y, después, recibir un Bautismo, una Confirmación o la Eucaristía diariamente.

Amar a Cristo es poseer Su Espíritu y ser guiados, por Él, hacia la Verdad Plena, que cada alma tiene que vivir en su vida.

Todas las almas están llamadas a la Plenitud de la Verdad, que sólo se da en la Plenitud del Amor. El Amor, que Dios da a Sus Almas requiere –en Ellas- una disposición, una entrega, una voluntad firme de ser siempre de Dios.

Al hombre siempre le cuesta ese Sí, ese entregar el corazón –por completo- a Dios. Pero el hombre tiene todo para poder decir ese Sí. Sólo tiene que ser fiel a la Gracia, a los Dones que el Señor le ha dado por pertenecer a Su Iglesia.

La Iglesia de Cristo es Su Cuerpo; es decir, es el conjunto de almas que se unen en Cristo, que son guiadas por el Espíritu de Cristo, que son llevadas, por Dios, a la conquista de lo divino en lo humano.

La Iglesia de Cristo no es una comunidad de hombres, que se reúnen para hablar y obrar cosas entre los hombres.

La Iglesia de Cristo son almas que dan a Cristo en todas sus actividades humanas. Y este dar a Cristo significa un camino estrecho, un sendero de sacrificio de todo lo humano.

No hay que ser humano para ser de Cristo. Hay que ser divino para ser de Cristo.

Cuanto más el hombre abandona su humanidad, aun la buena y perfecta, más se va transformando en divino, en un ser guiado por la Gracia, que es la Vida Divina.

Dejarse guiar por la Mente de Dios es lo que le cuesta a todo hombre; porque el hombre nace guiado por su mente humana y para vivir sus obras humanas.

Todo el trabajo -en la vida espiritual- es dejar de ser hombres para ser de Cristo. Imitar a cristo no es imitar al hombre; no es hacerse mundano; no es seguir las modas de los hombres ni sus pensamientos.

Imitar a Cristo es ponerse en las manos de la Virgen María, y que sea Ella la que señale el camino hacia Su Hijo.

María es la que da a Su Hijo en cada alma; es la que engendra a Su Hijo en el alma; es la que ofrece a Su Hijo al alma; es la que explica a Su Hijo al alma.

La Virgen María engendró en Su Corazón la Palabra del Verbo, e hizo de su vida la Obra de esa Palabra.

La Virgen María es Madre de cada alma: engendra en las almas lo que Ella engendró en Su Corazón. Por eso, Su Inmaculado Corazón es el Refugio de toda la Iglesia, es el lugar donde todas las almas tiene que vivir si quiere ser de Cristo.

Y amar a la Madre es sencillo cuando el corazón se deja gobernar por Ella. Escuchar a la Madre es transformarse en el Hijo de la Madre, que es Jesús. Imitar la Pureza de la Virgen, es alcanzar la capacidad para no pecar más en este mundo; capacidad -que es una Gracia altísima- sólo concedida a los verdaderos devotos de la Madre. Seguir a María es encontrar a Jesús. Obedecer a la Virgen es someterse a la Palabra del Verbo. Amar a María es amar el Corazón de Jesús.

Los hombres no saben amar porque no saben ver a la Madre, no saben contemplarla como es Ella, a los ojos de Dios. Los hombres no se hacen hijos de Dios porque no aprenden a ser hijos de María.

María lo tiene que ser todo para la Iglesia si la Iglesia quiere conservarse íntegra en el Espíritu.

Como la Iglesia ha dejado a la Virgen a un lado y se ha dedicado a otras cosas, entonces la crisis en la Iglesia es consecuencia de su falta de amor a la Madre.

Una Iglesia que no ama a la Madre, tampoco ama al Hijo de la Madre. Y, para que la Iglesia vuelva al amor de Cristo, necesita, primero, volver a la Madre.

Y, por eso, comienza –para toda la Iglesia- el tiempo de permanecer en la Verdad; tiempo para guardar el depósito de la fe en los corazones y esperar tres cosas: el Gran Aviso, el Gran Milagro y el Castigo.

Si el hombre quiere vivir el Reino de la Paz, tiene que pasar por este Purgatorio en vida. Después del Castigo, comienza el Reino de la Paz. Pero sólo serán los que amen, de verdad, a Cristo. Sólo la Iglesia Remanente alcanzará ese Reino de la Paz.

Ahora es tiempo de ser Iglesia escondida, que no se manifiesta al mundo, que vive en oración y en penitencia para prepararse a esos tres grandes eventos.

Lo que hay en Roma ya no es la Iglesia Católica. Tiene el nombre; pero –en la práctica- no es la Católica; es otra cosa, llámese como se llame: universal, mundial, ecuménica, etc.

Los verdaderos devotos de la Virgen María tienen que ir dejando todas esas parroquias, capillas, que tiene el nombre de católico, pero que viven otra cosa, obran la mentira, no la verdad de lo que es la Iglesia.

Hay que buscar aquellas parroquias que todavía den lo de siempre. Y si no se encuentra, hay que vivir escondidos, formando pequeños grupos en los que se viva la fe, en donde se guarde el depósito de la Verdad.

Muchos sacerdotes tendrán que huir, debido a la persecución que va a comenzar, antes del Gran Aviso. Hay una persecución del Anticristo, pero eso será después del Gran Aviso. Antes, viene la persecución en la que se formará la Iglesia Remanente.

Para ser Iglesia Remanente no hay que ser de ningún grupo de la Iglesia. No hay que buscar asociaciones, grupos, fundaciones, en donde –más o menos- se enseña la doctrina y se haga un apostolado. Todo eso no sirve ya para este tiempo.

La Iglesia Remanente es la que acoge la Verdad y la guarda en su corazón, esperando lo que tiene que venir: el Reino de la Paz. Pero que viene después de un Purgatorio en vida.

Y, por eso, la Iglesia Remanente es la que tiene que acoger a tantos sacerdotes que no van a tener un lugar para vivir; ni una parroquia para celebrar la Misa; que van ser perseguidos por sus mismos hermanos en el Sacerdocio, por luchar contra la mentira de muchos de ellos.

La Iglesia que permanece unida en la Verdad es la Iglesia Católica. Y no importa no tener capillas o parroquias. Sólo hace falta corazones que acepten la Verdad como Es, que no adulteren la Palabra de Cristo; que no tergiversen las enseñanzas auténticas de la Iglesia.

El panorama que ofrece la Iglesia en Roma, y en todas partes del mundo, es desolador y nadie tiene que esperar nada bueno de Roma. Esto tiene que quedar muy claro, porque muchos siguen esperando algo de Francisco y, entonces, no han comprendido la situación de la Iglesia.

Ya en Roma no está la Iglesia Católica. Y, comienza, dentro de poco, la primera persecución, que prepara al Gran Aviso.

Los tiempos son muy graves; no son como antes. Son los tiempos de la Gran Purificación y de la Gran Tribulación.

La renuncia al Papado exige la muerte del Papa que renuncia

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“el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra —esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal—, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia” (Con. Vaticano – Cap. 4. Del magisterio infalible del Romano Pontífice).

El Papa verdadero tiene el don de la infalibilidad.

Y, ¿qué significa ese don? Sólo una cosa: que el Papa verdadero nunca dice u obra una mentira en la Iglesia. ¡Nunca! Todo Papa que hable una sola mentira es por dos razones:

1. No es el Papa verdadero;

2. Es el Papa verdadero pero ha caído en un pecado por el cual se le niega el ser infalible.

Lo que hace todo verdadero Papa en la Iglesia es:

1. Guardar la regla de la recta fe: es decir, la fe divina que se da en dos cosas: la fe en el Evangelio y la fe en la Iglesia. Es decir, la doctrina auténtica de Cristo, dada en la Palabra de Dios y en el Magisterio auténtico de la Iglesia. En otras palabras, un verdadero Papa nunca anula un dogma en la Iglesia. Nunca va contra la Palabra de Dios. Nunca va contra las enseñanzas de la Tradición en la Iglesia. Nunca pone su opinión en la Iglesia. Nunca da su parecer como hombre. Nunca señala lo que él piensa como hombre. Porque todo Papa verdadero está puesto para dar el camino de salvación a las almas. Y lo único que salva es tener la recta fe en Cristo y en Su Iglesia. Si no se empieza por ahí, entonces no hay nada en la Iglesia. Es todo una ilusión, una política, una habladera de muchas cosas para no dedicarse a salvar las almas.

2. Gobernar toda la Iglesia de forma espiritual: es decir, todo aquellas cuestiones que surgen acerca de la fe divina, el juicio del Papa está sobre otro juicio humano. Por tanto, el Papa verdadero no se mete en cuestiones políticas ni económicas ni humanas ni científicas ni filosóficas ni culturales ni nada que sea sabiduría humana, obra humana, vida humana. El Papa verdadero da las leyes divinas, las leyes naturales, las leyes morales, las normas éticas, para que los hombres puedan moverse en todos esos campos y poner la Voluntad de Dios en ellos. Y si hay una cuestión, en esos campos, que concierne a la fe divina, entonces el Papa da su juicio, no su opinión. Y ese juicio es infalible.

Ejemplo concreto: Nunca un Papa se mete en cuestiones económicas, en ideas económicas, en planteamientos económicos, en caminos económicos:

“hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión” (Francisco, evangelii gaudium – n. 53). Esto que dice Francisco es claro ejemplo de que no posee la infalibilidad, porque no es Papa verdadero.

Un Papa verdadero da a los economistas la norma de moralidad, las leyes divinas, naturales, la ética para hacer una buena economía. Y, además, señala los pecados que toda economía trae al hombre para que se luchen en contra de ellos: avaricia, usura, egoísmo, odio, etc.

Siempre un Papa verdadero pone el camino de la vida espiritual. De otra manera, se dedica a hacer política, que es lo que hace Francisco en su evangelii gaudium: es su opinión, es su concepción de cómo hay que hacer economía, quiere enseñar a los economistas la mejor economía según su parecer humano. Y, entonces, siempre se va equivocar, porque Francisco no sabe nada de nada y sólo está en la Iglesia para dar a conocer su comunismo, su marxismo, su lucha de clases, que es lo que propone en su panfleto, que lo llama la alegría del evangelio, es decir, la manera de ir contentos al infierno practicando el amor sin verdad, el amor sin ley divina, el amor sin norma de moralidad, entre los hombres.

Francisco, por no ser Papa verdadero, no puede tener este don y, por eso, es el maestro de la mentira y del engaño en el Vaticano. Ha aprendido a hablar la mentira en todas partes, en cualquier documento, en cualquier entrevista, en cualquier homilía. Francisco enseña a mentir en la Iglesia.

Por eso, Francisco es gentuza, es decir, gente baja, gente sin moral, gente sin principios religiosos, gente sin ley divina, gente sin ley natural, gente que hace lo que le da la gana y con el aplauso de los demás, gente que se dedica a prometer muchas cosas y a no hacer nada de lo que promete, gente charlatana, que dialoga con todo el mundo, menos con Dios, gente que no sirve para nada en la Iglesia, sólo es un estorbo, un tropiezo, una piedra en el zapato, gente que no sabe enseñar la más mínima verdad, porque se pasa la vida enseñando sus adquisiciones mentales, sus bellezas intelectuales, sus engendros diabólicos, que producen en quienes los escuchan o los leen turbación, confusión, duda, temores, y toda clase de pensamientos inservibles para salvarse y santificarse.

Muchos piensan que sólo el Papa es infalible cuando habla ex cathedra. Y esto es falso. El Papa es infalible siempre, porque siempre tiene que poner en la Iglesia el camino para salvar y santificar el alma.

Hablar ex catedra es hablar desde la cátedra de Pedro, es decir, hablar enseñando, hablar guiando, hablar educando, hablar dirigiendo, hablar obrando. Y ¿qué cosa habla? Sólo la Verdad. Y ¡quién es la Verdad? Cristo Jesús.

Por tanto, hablar ex catedra es dar la mente de Cristo en la Iglesia; es decir, es predicar la Palabra del Pensamiento del Padre. Y predicar esa Palabra es hablar con sencillez, con humildad, con rectitud, con prudencia, con justicia y con misericordia.

Por tanto, un Papa que no reúna estas virtudes, no puede ser infalible.

El don de la infalibilidad no es un carisma en el Papado. El carisma que tiene el Papa es el de poder gobernar la Iglesia sin ayuda de nadie, sin un gobierno horizontal, sin un gobierno de ayuda, porque está en el Vértice unido a Cristo por medio de este Carisma.

Y, por tanto, aunque el Papa se equivoque siempre guía a la Iglesia hacia la Verdad por este carisma, por esta unión mística con la Cabeza Invisible, que es Cristo Jesús, en el Vértice.

Por este carisma que tiene Pedro en la Iglesia siempre él tiene la Verdad, para que la Iglesia no caiga en el cisma, para que se conserve siendo Una y pueda luchar contra el demonio, contra el mundo y contra la carne.

Pedro, en ese Vértice, no puede equivocarse porque Dios guía a la Iglesia con este Carisma. Lo que sí puede hacer Pedro es pecar y, entonces, ya no es infalible. Sin embargo, eso no es obstáculo para que el Señor siga guiando la Iglesia hacia la Verdad, porque se mantiene Pedro en el Vértice.

Si Pedro se aparta del Vértice, entonces la Iglesia cae en manos de los lobos, que es lo que ha pasado con Francisco: la Iglesia ha caído en sus manos, porque el Papa se fue del Vértice.

En la historia de la Iglesia ha habido muchos errores en los Papas. Y eso sólo por el pecado del Papa que no supo discernir lo que había que juzgar, lo que era infalible porque provenía de la fe. El Papa siempre es infalible en una cuestión de fe. Pero el Papa no es infalible en otras cuestiones, ya sean culturales, políticas, científicas, etc.

Pero el Papa puede pecar cuando la cuestión es de fe. Y, entonces, ya no puede ser infalible.

Ejemplo: El Papa Benedicto XVI pecó en su renuncia. Y su renuncia es una cuestión de fe. Es algo que atañe a la fe, a la norma de moralidad, a la salvación de la Iglesia, a su santificación.

Y, entonces, cuando renuncia el Papa peca; es decir, renuncia mal. Y ¿dónde está su pecado? En ocultar el motivo de su renuncia. Por eso, el Papa Benedicto XVI tiene los días contados.

Un Papa puede renunciar, puede abdicar del trono sólo porque así Dios se lo pide. Es Dios quien elige el Papa y es Dios quien quita al Papa.

La renuncia es de derecho divino, es decir, es un derecho que Dios tiene sobre Su Vicario y que se lo da a Su Vicario para que lo ejerza libremente.

Pero todo Papa que renuncia tiene que hacerlo bien. Es decir, tiene que ser movido por Dios y sólo por Dios. No tiene que renunciar ni porque se lo digan los hombres, ni por las circunstancias de la situación en la Iglesia, ni de los problemas que haya en la Iglesia.

La Iglesia pertenece sólo a Dios, no a los hombres. Y estudiando la historia de la Iglesia se ve cómo la Iglesia, la Jerarquía de la Iglesia, los sacerdotes, los Obispos, los Cardenales, nunca han entendido lo que es un Papa en la Iglesia. Y, a pesar de todo eso, Jesús ha seguido guiando a Su Iglesia, con Papas que reinaban en un clima totalmente desfavorable para la vida espiritual. Y la Iglesia se ha mantenido aunque los Cardenales hayan hecho de todo para anular el Papado.

Un Papa puede renunciar, pero sólo en la Voluntad de Dios. Y todo Papa que renuncia, automáticamente, es perseguido por su renuncia. Porque tiene que renunciar por algo extrínseco al Papado, por la fuerza de una voluntad externa, que quiere someter al Papa a esa voluntad. Y eso el propio Papa lo conoce. Conoce quién es el que le somete o quiere someter. Y, por eso, todos los Papas que han renunciado, han muerto poco después, a causa de esa voluntad exterior. Desde el primer Papa que renunció, que fue Celestino V, hasta el último, que es el Papa Benedicto XVI.

Pero en la renuncia del Papa tiene que haber un motivo divino para que no haya pecado. Ese motivo divino tiene que darse a conocer a toda la Iglesia. Si se esconde ese motivo divino, la Iglesia queda en oscuridad, en engaño, en la mentira.

Toda la Iglesia tiene derecho a conocer la verdad de la renuncia de un Papa, porque es Su Cabeza; es el Cuerpo que pide la inteligencia de Su Cabeza para seguir siendo Cuerpo. Es un derecho del Cuerpo Místico de Cristo conocer exactamente qué es lo que pasa en Su Cabeza.

Desde hace mucho tiempo, en el Vaticano se esconden muchas cosas a la Iglesia y nadie conoce exactamente la vida del Vaticano por dentro. Y eso es un mal para toda la Iglesia y para el Papado. Eso pone en peligro todo el depósito de la fe en la Iglesia. Porque el Papa es el guardián de ese depósito. Todo aquel que lucha en contra del Papa va en contra de toda la fe de la Iglesia. Y, por eso, anular al Papa es anular la Verdad en la Iglesia.

Nadie conoce, realmente, qué hicieron con Juan XXIII, con Pablo VI, con Juan Pablo I, con Juan Pablo II y con Benedicto XVI. Se conocen cosas por las Revelaciones privadas, pero en el Vaticano se oculta la Verdad. Y eso es un signo de que el Vaticano está podrido por dentro. Y eso sólo significa una cosa: el tiempo de anular la Iglesia ha llegado.

Durante 20 siglos los hombres han intentado anular la Iglesia anulando el Papado. Y han hecho muchas cosas a los Papas, pero no han podido. Y ¿por qué? Porque la Jerarquía de la Iglesia no había llegado al culmen de la maldad y, por tanto, no sabían anular a un Papa, no sabían destruir las estructuras de la Iglesia.

Pero en la maldad, como en el bien, siempre hay una cima. Y cuando los hombres llegan a esa cima, simplemente obran la maldad sin más, por caminos nuevos, por sendas en donde la Verdad queda siempre oculta.

Hasta que el hombre no llega a esa cima en la maldad, siempre hay una verdad donde puede agarrarse y volver sobre sus caminos y arrepentirse de lo malo. Pero en la cima, no hay una Verdad donde agarrarse y, por eso, es fácil obrar la maldad.

El hombre, en 50 años, ha llegado a la cima de la maldad en el Vaticano. Y, por eso, están haciendo el juego a Francisco, porque se saben los hilos que tienen que mover dentro del Vaticano para que todo funcione en el mal. Sólo es cuestión de poco tiempo para que la gente del Vaticano, los sacerdotes y los Obispos, se quiten la careta que se han puesto -y, con la cual, dicen que todo va viento en popa en la Iglesia y con Francisco,- para ver el destrozo que van a hacer a toda la Iglesia.
El destrozo de la Verdad, del dogma. Están preparando los nuevos libros para meter la nueva doctrina en donde la nueva iglesia dará culto a satanás en toda la Jerarquía de la Iglesia. Nadie ve lo que están preparando, porque tienen a un charlatán que entretiene a la gente con su boca de mentira.

Francisco está haciendo su papel. Y lo realiza de forma magistral. Tiene a todo el mundo engañado por su palabra barata y herética. Si los hombres supieran medir esa palabra babosa de Francisco, enseguida se alzarían en contra de él.

Pero muchas personas en la Iglesia viven de un cuento: ya no tienen la fe divina, sino sólo su fe humana, sus muchos conocimientos de la teología, del catecismo, de tantas cosas que, en la práctica, anulan la fe divina.

Es el trabajo del demonio que lleva al alma hacia su humanidad y la hace ver tan importante, tan valiosa, que el alma se olvida de buscar el camino espiritual porque cree que haciendo cosas buenas con su humanidad ya es espiritual. Así el demonio engaña a muchas almas. Y el alma llega a la cima de la maldad dando culto al hombre, a su mente humana, a sus obras humanas, a sus vidas humanas, a sus culturas, etc. El hombre se imagina que por decir que ama a Dios o que se casó por la Iglesia o porque es Obispo o sacerdote, ya está Dios con él. La gente se ha olvidado de vivir su fe porque vive su humanidad al cien por cien. Y no dejan tiempo para que la fe divina se vaya desarrollando en el alma según la Gracia y el Espíritu.

Hay mucha gente raquítica en la fe divina porque es grande en lo humano, en su visión humana de la vida y de la vida espiritual. Y así humanizan lo divino, destrozan lo divino, anulan lo divino, con todo lo humano suyo: con su ciencia, con su filosofía, con su psicología, con su psiquiatría, con su cultura, con su arte, con su política, con su acomodada vida humana.

Las almas en la Iglesia, en este mundo que nos ha tocado vivir, no saben ni vivir de fe divina, ni usar la Gracia, ni seguir al Espíritu de la Iglesia. Y si no saben estas tres cosas, están en la Iglesia para condenarse.

El Papa Benedicto XVI falló en la renuncia porque no dio un motivo divino auténtico. Si hubiera dicho que se iba porque peligraba su vida, entonces no hubiera pecado. Pero dijo que se iba porque ya estaba enfermo. A todas luces, eso no es un motivo divino, sino una mentira para ocultar la verdad.

Todo Papa que renuncia es perseguido por su renuncia. Y Benedicto XVI por su pecado, está tranquilo. Luego, renunció mal. El Papa Celestino V tuvo que huir y murió diez meses después con un agujero en el cráneo, descubierto cuando en 1988 fue exhumado su cadáver y se vio, en su craneo, un agujero, provocado por un clavo, que penetra en la sien cinco centímetros. Un Papa que renunció y fue quitado de en medio, porque bien sabía ese Papa lo que se cocía entre Cardenales.

Y bien sabe el Papa Benedicto XVI lo mal que huele el Vaticano. Y él, más que nadie, debe temer por su vida. Su vida no está a salvo, sino en mucho peligro. Y más ahora que se van a quitar la careta esos lobos vestidos de piel de oveja.

Por eso, hay que rezar por el Papa Benedicto XVI para que haga lo último que el Señor le pida para saldar su pecado. Y tendrá que morir solo y abandonado de todos, porque en la Iglesia ya no hay amor al Papa, ya no hay amor al sacerdote, ya no hay amor al Obispo porque la Jerarquía de la Iglesia ya no ama a Cristo Sacerdote. No saben lo que es ser sacerdote. Sólo saben ser políticos, humanistas, socialistas, liberalistas, comunistas, sinverguenzas. Gentuza que ha perdido el honor de la Verdad y que vive rodeada de mentira en sus corazones.

La santidad de la Santa Misa

“Pruébese el hombre a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz. Porque, quien come y bebe, su propia condenación come y bebe, si no discierne el Cuerpo del Señor. Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes. Que si nos examinásemos bien a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Cor 11, 28-31).

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En estas palabras de San Pablo está la santidad de la Misa.

Hay que discernir el pan y el vino. Hay que discernir lo que está en el Altar. Y hay que discernir cómo está el alma de quien celebra y el alma de quien comulga.

Contra la santidad de la Misa hay muchas cosas hoy en la Iglesia.

1. No se usa el pan adecuado para la consagración, que ha de ser un pan sin levadura, blanco, de trigo. Y no más. Todo lo que no sea eso, no vale para ser materia de consagración. Y hoy se ven en muchas misas panes que no valen. Quien consagra eso, no hace nada, porque es necesaria la materia apta para consagrar: pan ázimo; del griego ázymos, “sin levadura”, pan que preparaban los judíos en la fiesta de pascua (cf. Ex. 12, 8). La Última Cena de Jesús fue, precisamente, una cena pascual. En ella, Jesús consagró pan ázimo. (cf. Mt. 26, 17). El ázimo representa el alma que no tiene soberbia, que no está levantada, que no se infla, que no se pone arriba para destacar, para que la vea. Los fariseos son lo contrario al ázimo, se inflan en sus pensamientos humanos.

2. No se usa el vino adecuado, del fruto de la vid, vino puro de uva. Sino que se emplean vinos adulterados, fabricados de otra manera, produciendo la transformación del fruto de la vid. Está prohibida la mezcla de cualquier elemento extraño al vino. Tiene que ser un vino sencillo no un alcohol inventado en el laboratorio. Si se usa un vino adulterado, no hay consagración.

3. En la Misa es necesario las oraciones que den a entender lo que se está celebrando. En la nueva Misa de Pablo VI se han quitado muchas oraciones que son fundamentales para la santidad de la Misa. Porque la Misa es en la Iglesia. Y la Misa es para dar culto a Cristo en la Iglesia.

La Misa es un Sacrificio de Adoración a la Santísima Trinidad, conforme a la intención primordial de la Encarnación, declarada por el propio Cristo: «Al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo» (Sal. 40, 7-9; Heb., 10, 5).

Y, por tanto, toda oración debe ser hecha para adorar a la santísima Trinidad. En el nuevo misal desaparecen en el Ofertorio la oración Suscipe Sancta Trinitas (o Suscipe Sancte Pater), el Prefacio de la Santísima Trinidad que ya no es obligatorio y, en la bendición final de la Misa, ya no está el Placeat tibi Sancta Trinitas.

Es necesario ofrecer a Dios el pan que se va a transformar en el Cuerpo de Cristo y el vino que será Su Sangre. Porque lo que se ofrece a Dios no es el pan y el vino, sino la oblación de Cristo en el Altar.

Jesús tiene un Cuerpo para ser Víctima por los pecados. Y ese Cuerpo es lo que se debe ofrecer en Espíritu a la Santísima Trinidad antes de la consagración. Ahí el sacerdote indica su fe en lo que va a suceder después en la consagración. Si no se dicen estas oraciónes, la Misa pierde el valor de la santidad.

Porque la santidad en una Misa es ofrecer a Dios todo lo que hay en esa Misa. Si no se ofrece a Dios lo que hay en el Altar, ¿a quién se ofrece? Al demonio, al pueblo. Y ahí se produce un mal en la Misa. Pero este mal no anula la esencia de la Misa. Este mal va en contra de la santidad de la Misa.

E igualmente hay que acabar la Misa con una oración a la Santísima Trinidad para pedir a Dios Misericordia por los pecados. Si no se hace esta oración, no se da gracias a Dios por su Misterio y no se reconoce el valor de este Misterio para la Iglesia y para las almas.

La Misa es para llenarse de la Misericordia de Dios sobre el alma y la Iglesia, para que el Señor mire al hombre con el Corazón Misericordioso de Su Hijo. Porque para eso es la bendición final: para que el Señor derrame sus misericordias, no sus gracias, no sus dones, sino lo que es la esencia del Sacrifico Redentor de Cristo sobre el hombre pecador: la Misericordia.

La Misa es un sacrificio propiciatorio, por tanto en Ella se realiza la remisión de los pecados, tanto por los vivos como por los difuntos.

Pero en el nuevo Ordo se hace hincapié sobre el alimento y la santificación de los miembros de los asistentes. Pero no se dice nada de la remisión del pecado.

Se va a una misa para limpiarse de los pecados, para quitar los pecados, para purificar el corazón del pecado.

Este es el único sentido de la Misa. Y, por tanto, se va a una Misa para participar en la Pasión de Cristo y alimentarse de ese Sacrifico.

Y la única forma de hacer esto es quitando el pecado. Hoy muchos asisten a la Misa y no comulgan sacramentalmente. Y, entonces, ¿para qué van a la Misa si no van a comulgar con el Sacrifico de Cristo? Es mejor que no vayan, porque no les aprovecha en nada escuchar una Misa en pecado.

Este es el error que se da hoy en la Iglesia por poner la Misa sólo como alimento y santificación del Pueblo.

Pero ¿cómo se santifica el Pueblo si no quita primero el pecado, si no se purifica cada alma en su corazón del pecado? Es imposible ninguna santificación.

Y, por eso, se cae en el absurdo de la ‘comunión espiritual’ de los que no pueden comulgar por sus pecados.

Pero ¿qué unión puede haber entre Dios y el que está en pecado? ¿Qué unión puede haber entre la Iglesia y el alma que vive en su pecado? Ninguna. Porque el que está en su pecado traza un abismo con Dios y con la Iglesia. Un abismo que sólo Dios puede quitar si el alma confiesa su pecado.

Entonces, hoy asisten a la Misa muchas almas que no quieren dejar sus pecados. Y eso es un obstáculo para la santidad de la Misa.

La Misa es para las almas humildes, que están en gracia y viven la gracia siendo fieles al Espíritu Santo.

La Misa no es para los pecadores. Para los pecadores es el Sacramento de la Confesión, que ya nadie utiliza porque no hay pecado.

La Misa es para que las almas vivan la Obra de la Redención y ayuden a Cristo a que los pecadores se abran a su Misericordia. Se va a una Misa para salvar almas del demonio. Pero esto no se puede hacer si el alma escucha una misa en pecado. Sólo el alma en gracia se une a Cristo en la Misa y repara con Él los pecados de los demás, de su familia, de sus hijos, de sus amigos, que viven en el pecado. y no quieren salir del pecado.

Por eso, no hay que obligar a nadie a ir a Misa si está en pecado, porque esa no es la función de la misa. La Misa sólo sirve para expiar el pecado. Y no sirve para otra cosa. Quien no quiera expiar el pécado, que no vaya a Misa. Que se queden en su vida de pecado, porque se va a misa para encontrar la salvación del alma no para seguir en el pecado.

El fin de la Misa consiste en que es primordialmente un Sacrificio, que sea agradable a Dios, es decir, que sea aceptado como sacrificio. Y, en el estado de pecado original, ningún sacrificio puede ser aceptable a Dios. Sólo el de Cristo. Por tanto cuando se ofrece el pan y el vino es necesario la consagración inmediata de ese pan y ese vino para representar sobre el altar al Sacrificio de Cristo.

Pero el nuevo Ordo de la Misa se altera la ofrenda degradándola.

Se la hace consistir en una especie de intercambio entre Dios y el hombre: el hombre pone el pan y Dios lo cambia en pan de vida; y pone el vino y Dios lo convierte en una bebida espiritual: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan (o vino), fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida (o bebida de salvación)».

Las expresiones «pan de vida» (panis vitae) y «bebida espiritual» (potus spiritualis) son absolutamente indeterminadas, ya que pueden significar cualquier cosa. Aquí se invoca sólo la presencia espiritual de Cristo entre los suyos, pero no se hace hincapié en el cambio sustancial que se va a producir en la consagración, en la Presencia Real de Cristo que va a suceder. Se han suprimido las dos oraciones que producían esto: Deus qui humanae substantiae y Offerimus tibi, Domine.

Con lo cual la Misa es sólo ofrecer algo humano a Dios, pero no la Víctima que es Cristo Jesús.

Se quita lo principal en la santidad de la Misa: que es el pecado. La Misa se hace para reparar el pecado, para expiar el pecado. No tiene otra función.
Si se suprime esto, ¿qué queda? Una fiesta, una comida, una reunión de hombres, una discoteca, cualquier cosa que los hombres quieran poner en la Misa.

Por eso, observamos Misas totalmente paganas, porque ya los sacerdotes no creen en la Misa, no creen en lo que celebran, no creen en la Palabra de Dios. Les da igual la Misa. Lo que importa es hacer un acto agradable a los hombres, ya no a Dios, para que los hombres estén contentos en su vida humana.

La santidad de la Misa en el nuevo Ordo no existe, no puede darse. Y esto es muy grave.

Pero, aunque no se dé, si el sacerdote dice las palabras correctas en la consagración, entonces permanece la esencia de la Misa, hay misa, pero no santifica lo que se produce en el Altar.

Y este el problema de la Iglesia hoy día: se tiene una Misa que no cambia a las almas, sino que las deja como están.

Por eso, dice San Pablo: “Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes”.

La Misa da la salud al alma. Pero si no se hace correctamente, la Misa sólo trae problemas espirituales y humanos a todos.

Por eso, el mundo está como está, porque sus sacerdotes ya no celebran ni la esencia de la misa ni la santidad de la misa.

Y es lógico pensar que, muy pronto, la Misa va a ser anulada en su esencia. Con Pablo VI se anuló la santidad de la Misa. Con Francisco y con sus seguidores se anulará la esencia de la misa.

Y, cuando suceda esto, entonces ya no hay que mirar a Roma para buscar una Misa. Ya hay que buscar a aquellos sacerdotes que quieran hacer las cosas como Cristo las hacía y cómo Él lo enseñó a Sus Apóstoles.

Francisco: un hombre sin vocación religiosa

virgen

“El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más. Les han aplastado el presente. Dígame usted : ¿se puede vivir aplastado en el presente?¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia? ¿Es posible continuar así? Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar” (Francisco en su entrevista 1 de octubre)

Francisco da su herejía de la memoria fundante: “¿se puede vivir aplastado en el presente? ¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia?”

Este problema no es de la Iglesia, sino de la nueva iglesia que ha fundado Francisco. Para él las personas están aplastadas por los problemas económicos, políticos, sociales, humanos, materiales, pero no por sus pecados. No dice nada del problema espiritual, porque -para Francisco- no existe el pecado, sino el mal social.

Francisco, en este aplastamiento del presente ve que no hay una memoria del pasado. ¿En qué consiste esa memoria, ese recuerdo? En una cosa: la vida feliz que antes se daba en cada lugar que vivía la fe, como él la entiende.

Su fe nace de sus conquistas en la vida. Su fe no nace de la escucha de la Palabra de Dios en su corazón.

“Fui a la universidad. Tuve una profesora de la que aprendí el respeto y la amistad, era una comunista ferviente.”

El respeto y la amistad no lo aprendió de rodillas ante el Santísimo, sino de las enseñanzas de una comunista que “A menudo me leía o me daba a leer textos del Partido Comunista. Así conocí también aquella concepción tan materialista”.

Un joven que aprende la doctrina del Partido Comunista se hace un joven marxista, comunista, con unos ideales propios del Comunismo que son contrarios al Sacerdocio. Francisco no leyó de joven a los Santos, los Santos Padres, el Magisterio de la Iglesia, a los Doctores de la Iglesia, sino que se embebió en el espíritu marxista: “Me acuerdo que me dio el comunicado de los comunistas americanos en defensa de los Rosenberg que fueron condenados a muerte”. El matrimonio Rosemberg eran judíos comunistas, acusado de presuntas actividades de espionaje contra EEUU y ejecutados por esto.

Un joven que se empapa de todo el conflicto político entre judíos, americanos y rusos, es una señal de que ese joven no busca la verdad de la Iglesia. Leyó ese manuscrito para defender a los comunistas que perseguían imponer su doctrina en EEUU con toda clase de medios para ello. Y no defiende a la Iglesia que no permite que nadie sea ejecutado por ningún gobierno, se llame como se llame. Y no defiende a la Iglesia que lucha en contra de los judíos por su pecado contra Jesucristo. Y no defiende a la Iglesia que niega seguir la doctrina comunista a los sacerdotes y Obispos. Y Francisco se mete en un lío político, sólo por seguir los dictados comunistas que ha bebido desde su juventud.

Y termina defendiendo a la mujer que “fue después arrestada, torturada y asesinada por el régimen dictatorial que entonces gobernaba en Argentina.” Y tenía que condenar a esa mujer que le enseñó el camino hacia la masonería en su sacerdocio. Pero él no condena a nadie, él no juzga a nadie.

Su vocación religiosa la define así en busca de “algo fundamental para mí: la comunidad. Había buscado desde siempre una comunidad. No me veía sacerdote solo: tengo necesidad de comunidad” (Francisco en la entrevista del P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

Es revelador ver que no tiene llamado a la vocación sacerdotal, sino sólo a vivir en comunidad, en común. Y eso siempre lo ha tenido y, por eso, ”lo deja claro el hecho de haberme quedado en Santa Marta: cuando fui elegido ocupaba, por sorteo, la habitación 207… y yo, la verdad, sin gente no puedo vivir. Necesito vivir mi vida junto a los demás”.
Un sacerdote verdadero no necesita de nadie para vivir su sacerdocio. Un sacerdote verdadero vive sin gente, porque vive sólo para Cristo. Y Cristo lo llena. Y Cristo es su vida.

Francisco deja claro que nunca ha tenido vocación al sacerdocio y que, ahora, estando en la Silla de Pedro, siente lo mismo que al principio de su vocación. Y eso es una señal de que no posee el espíritu del sacerdocio. Él mismo lo revela: necesita la comunidad para vivir, necesita tener gente a su lado, necesita un apoyo humano a su lado. Eso es clara vocación al matrimonio, no al sacerdocio.

En esas declaraciones de Francisco se ve que no tuvo discernimiento espiritual para seguir el sacerdocio, sino que se metió en esa vocación sin ser llamado por Dios para ello. Eligió esa vocación por otros motivos, relacionados con la doctrina comunista que embebió su alma y su espíritu en la juventud.

Y eso le marca en el sacerdocio, porque esté en él sin seguir a Cristo Jesús. Está en él sólo por un motivo humano, por un interés personal, pero no buscando la Gloria de Dios en la Iglesia a través del sacerdocio.

Para Francisco “el discernimiento es un instrumento de lucha para conocer mejor al Señor y seguirlo más de cerca”. En esta concepción del discernimiento se ve su nulidad para escoger su vocación.

Porque discernir una vocación no es pensar, no es conocer, no es encontrar una razón que lleve a la vocación. Sino que discernir es ver la Voluntad de Dios, que no se muestra en un sentimiento, en una idea, en una comunidad religiosa o practicando una serie de cosas para seguir a Cristo.

Ver la Voluntad de Dios sólo es posible cuando el alma entra en el Corazón Divino y allí aprende qué Dios quiere de su vida. Por eso, discernir la vocación es ver la verdad de la vida en Dios y sólo en Dios. No es pensar qué es lo bueno o lo mejor para la vida, que es el error de muchas almas que no saben lo que es la oración, lo que es la fe, lo que es la Verdad. Y hacen como Francisco: hacen de su vida un error, un camino equivocado, un absurdo.

Por eso, Francisco dice: “el discernimiento se realiza siempre en presencia del Señor, sin perder de vista los signos, escuchando lo que sucede, el sentir de la gente, sobre todo de los pobres”. Este es su error, porque sólo hay que ponerse en la Presencia de Dios, que Él sabe lo que es necesario para la gente, para los pobres. No hace falta escuchar a los demás para comprender lo que Dios quiere de esa persona. Sólo hace falta saber hacer oración, saber ponerse en la Presencia de Dios, en el silencio de todo lo humano, en la soledad de todo lo humano. Si no se hace esto, entonces se yerra como Francisco:

“Mis decisiones, incluso las que tienen que ver con la vida normal, como el usar un coche modesto, van ligadas a un discernimiento espiritual que responde a exigencias que nacen de las cosas, de la gente, de la lectura de los signos de los tiempos”. Ningún sacerdote que viva su sacerdocio atiende a vivir su vida por las exigencias que vienen de las cosas, de las personas, de las circunstancias de la vida, etc. No se vive mirando al mundo en el sacerdocio, porque Dios no habla al mundo. Dios habla al corazón y -en él- pone Su Voluntad. Dios no está en los problemas de los hombres, porque Dios no resuelve los problemas humanos de los hombres; sino que Dios da al hombre un camino para salvarse y santificarse, diferente a todos los caminos humanos que sólo saben fijarse en lo humano, pero no en lo espiritual de la vida.

Las decisiones de Francisco en su sacerdocio y en la Iglesia son decisiones sin la Voluntad de Dios, nacidas sólo de su empeño por ser hombre, por estar pendiente de todo lo humano, de resolver cosas a los hombres; cuando Dios da la Vida al sacerdote para guiar a las almas hacia el Cielo, no hacia la conquista del mundo.

“El jesuita debe ser persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto”: así define Francisco su vocación al sacerdocio en la Compañía de Jesús. Grave equivocación definir a San Ignacio como un sacerdote de pensamiento incompleto y abierto. Francisco no ha aprendido en la Compañía de Jesús el Espíritu Ignaciano, que es un espíritu de obediencia a la Verdad y, por tanto, hace del sacerdote una persona completa en la Verdad y cerrada a toda otra verdad que esté en el mundo o entre los hombres.

Por estar en la Compañía de Jesús sin Espíritu, entonces su sacerdocio no sirve para dar en la Iglesia ninguna enseñanza de la verdad, porque no se pone en la verdad. Y, en la Silla de Pedro, es imposible que gobierne con la verdad, porque se ha apartado de la verdad ya siendo jesuita. Lo que ha hecho ahora es la consecuencia de su mala vida sacerdotal.

“Me enfada mucho cuando oigo decir que los Ejercicios Espirituales son ignacianos solo porque se hacen en silencio. La verdad es que los Ejercicios pueden ser perfectamente ignacianos incluso en la vida corriente y sin silencio”. Es claro, para aquel que sepa qué son los Ejercicios Espirituales, que se deben hacer en silencio y apartado de todo lo del mundo, que Francisco aquí declara su nulidad en el Espíritu de la Compañía de Jesús. Ha estado en esa Compañía y no ha comprendido nada de lo que es la Obediencia. Y, por eso, él da su forma de gobernar la Iglesia y su forma de obedecer en la Iglesia, que se aparta de la verdadera espiritualidad, porque dice: “La tendencia que subraya el ascetismo, el silencio y la penitencia es una desviación que se ha difundido incluso en la Compañía”.

Con Francisco no hay ascetismo, no hay silencio, no hay penitencia, no hay sacrificios por el pecado, porque la vida no está para eso. La vida está para vivirla con la gente, para estar con los problemas de la gente, para que todo el mundo disfrute de los placeres y felicidades temporales que trae la vida.

Francisco es un ejemplo de vividor en la Iglesia. Es la típica persona que está en la Iglesia sin sujetarse a ninguna disciplina sólo para conquistar un puesto en la Iglesia.

El pensamiento de Francisco es el de muchos sacerdotes y Obispos que entran en una vocación sacerdotal sin el llamado divino, sólo para buscar un fin humano en sus vidas. Son los que hacen del sacerdocio un estudio y un trabajo más en la vida. Ven la vocación sacerdotal como si fuera una carrera universitaria como otra cualquiera. Y, por eso, consiguen ser sacerdotes para obrar en la Iglesia sus fines humanos, sus ideales sociales, sus mentes llenas de todo lo que en el mundo se persigue como bueno y verdadero.

Este es Francisco: un hombre sin vida espiritual y sin el llamado al sacerdocio por Dios. Un hombre que quiere hacer su nueva iglesia destruyendo lo que a él no le gusta de la Iglesia, que es todo.

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