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La iluminación de la conciencia

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“La relación que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en el corazón de la persona, o sea, en su conciencia moral: «En lo profundo de su conciencia —afirma el concilio Vaticano II—, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado» (cf. Rm 2, 14-16)” (Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 54).

La iluminación de la conciencia es un juicio de Dios en cada hombre, sea pecador, sea un demonio, sea un santo.

Iluminar la conciencia es hacer que el hombre mire su maldad en él mismo, como Dios la ve en el alma de cada hombre.

Al hombre le cuesta seguir su conciencia porque vive en lo exterior de la vida, vive para lo humano de la vida, pero no vive para el corazón.

La conciencia pertenece al corazón, no a la mente del hombre. Y sólo se ve la conciencia cuando el hombre entra en su corazón y, por tanto, cuando el hombre sale de sus pensamientos.

El hombre ha perdido el sentido del pecado y, por tanto, el sentido de la verdad en su vida.

Y el hombre, en esta perdida, se pierde en infinidad de caminos en la vida que no tienen una puerta de salida, de esperanza, de bien.

Sólo el que lucha contra el pecado camina con esperanza en la vida.

Pero el que vive su pecado, el que vive poniendo su pecado como norte en la vida, entonces, nada tiene sentido y la vida acaba siempre en un absurdo.

El hombre, en la Iglesia, está a punto de obrar el mayor absurdo de todos: quitar el amor. Y si se rompe el amor, si se divide el amor, sólo queda el odio, los falsos amores, las mentiras que hacen caminar hacia la destrucción y la lucha entre los hombres, las guerras.

Y eso produce que la conciencia del hombre se ensanche, crezca, se amplíe, y, por tanto, el hombre no ve su conciencia, no atiende a su conciencia, no hace caso a su conciencia, porque vive para otras cosas que no alimentan el corazón.

Quien vive en el odio no ve su conciencia. Quien vive amando, entonces capta su conciencia, porque la conciencia está dentro del corazón, es el sagrario del hombre.

La Iluminación de la conciencia purifica a las almas para prepararlas a la Voluntad de Dios.

Y las purifica haciendo que el alma busque el perdón de sus pecados.

Y esto lo tiene que hace el Señor por la dureza de los corazones de muchas almas que han perdido el norte de la Verdad en sus vidas. Y sólo viven mirando sus vidas humanas, sus pensamientos humanos, sus obras humanas, sus caprichos humanos.

Y, cuando se mira lo humano ya no se mira lo divino.

Muchas almas no viven la ley divina ni la ley natural en sus vidas humanas, sólo viven la ley positiva, la ley eclesiástica o las diferentes leyes que los hombres ponen en sus gobiernos.

Y el corazón de cada persona sólo se rige por la ley divina, no por otras leyes, ni siquiera las positivas. Las leyes positivas son necesarias para explicar la ley divina o la ley natural, pero nunca una ley positiva, una ley humana, una ley eclesiástica tiene que ponerse por encima de la ley divina o de la ley natural, que todo hombre posee en su corazón.

Y muchas almas, tanto en la Iglesia como en el mundo, no ven sus conciencias, no ven la ley natural ni la ley divina, puestas en sus conciencias, en sus corazones, y sólo se rigen por las diferentes leyes, y eso oscurece la mente del hombre y toda su vida humana.

Y, por eso, ya muchos no ven el pecado, sino que buscan una ley, una razón para admitir el pecado y para llamarlo algo bueno o algo inevitable en el hombre, para ya no para luchar contra el pecado.

Y quien no lucha contra su pecado, tampoco lucha contra los pecados que se dan en sus familias, en los trabajos, en las sociedades, en el mundo, y eso produce un ambiente totalmente contrario a la Verdad. Y el hombre, caminado así, se pierde él mismo haciendo cosas buenas en la vida, pero no haciendo lo que su conciencia le dice, no obrando lo que su corazón le pide.

Y, por eso, es necesaria la iluminación de la conciencia en cada hombre de la tierra, porque si no es imposible que los hombres vuelvan a la Verdad, porque ya se han acostumbrado a vivir en su pecado, a dar culto a su pecado ante todos los hombres.

Eso es lo que se ve en la Iglesia con esa cabeza falsa regida por francisco y su gobierno central: exaltan su pecado en medio de todos y todos lo aplaude, lo justifican, luchan por seguir en su pecado en la Iglesia.

La iluminación de la conciencia es un milagro de Dios para que el hombre vuelva a la fe, a la Verdad, al auténtico amor divino. Todo milagro que Dios hace lo obra porque los hombres no creen, han perdido su fe, han perdido el norte de la Verdad. Ya no saben amarse. Ya la caridad se ha enfriado en todos.

Y, por eso, esa iluminación de la conciencia viene acompañada de muchas cosas en lo terreno: terremotos, tormentas, inundaciones, cambio en el clima, para purgar la tierra inundada por el pecado de los hombres, que ya se ha hecho habitual en la vida de los hombres.

Muchos ya se han olvidado de confesar sus pecados. Y viven sin la gracia del arrepentimiento. Y, por eso, viven pecando y amando su pecado. Y eso produce una tierra, un mundo lleno de pecados, de demonios. Y, en ese mundo, no es posible el Reino Glorioso de Cristo en la Tierra.

El hombre, con sus pecados, destruye la misma naturaleza que Dios ha creado. Y es necesario renovar, purificar ese naturaleza y hacerla otra cosa, según el plan de Dios.

Por eso, no hay que temer a lo que viene ahora. Es necesario si el hombre quiere salvarse e irse al cielo. Porque ya nadie comprende la doctrina de Cristo, ya nadie hace Iglesia como Jesús quiere. Ya todos han convertido a Cristo y a Su Iglesia en otra cosa muy diferente.

Por la apostasía de la fe y por todos los errores doctrinales que, durante 50 años se ha difundido por muchos sacerdotes, por muchos Obispos, por muchos fieles en la Iglesia, la única manera de unir en la Verdad a todos los hombres, para que todos sean uno, es por la iluminación de la conciencia de cada uno, es por un milagro.

El verdadero ecumenismo es un acto divino obrado en un milagro encircunstancias totalmente contrarias a la vida de los hombres. No es como los hombres piensa la unión entre ellos. Es como Dios lo quiere y en la forma que lo quiere y en el tiempo que lo quiere.

Si el hombre no quita su pecado no puede unirse a otro hombre en la verdad. Se unirá en la mentira, y eso es siempre odio y destrucción.

Y el grave daño que han hecho muchos miembros en la Iglesia durante 50 años no es posible quitarlo de una manera normal, según la gracia, según el Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Y es necesario un milagro para que la Iglesia siga caminando en la verdad.

Muchos sacerdotes, muchos Obispos han dividido la Iglesia durante 50 años y, de tal manera, que ya nadie escucha la Verdad en la Iglesia. Nadie. Todos siguen sus verdades, las que fabrican sus inteligencias humanas. Y un ejemplo de ello lo tenemos en Francisco y todos sus seguidores. Quieren su iglesia, pero no quieren la Iglesia de Cristo. Por eso, quitaron a Pedro y, ahora van a quitar la Eucaristía y todo lo demás.

Por eso, hicieron lo que hicieron cuando Benedicto XVI renunció: siguieron sus leyes eclesiásticas, que favorecían a los mentirosos en sus pecados, y eligieron a un farsante, pero nadie siguió la ley divina que impide elegir a un Papa estando vivo el anterior.

Por poner la ley eclesiástica por encima de la ley divina, se ha producido en la Iglesia la mayor división y nadie puede quitar esta división. Sólo un milagro de Dios. La conciencia de muchos se ha eclipsado, se ha abierto de tal manera que no es posible quitarse la venda de los ojos sin un milagro.

Pero este milagro de Dios no puede darse ahora, porque nadie entiende nada, nadie busca la verdad.

Sólo cuando a los hombres se les despoje de toda su vida humana, de toda su comodidad en la vida humana, de todos sus apoyos humanos, y comience a buscar la Verdad en sus vidas, entonces se producirá el milagro, y Dios preparará a su pueblo hacia el Reino Glorioso de Su Hijo, que no es como los hombres piensan, porque no es posible que Jesús vuelva en carne, se pasee por el mundo como lo hizo hace 20 siglos.

El Reino Glorioso es otra cosa muy diferente. Pero, para comprenderlo, hace falta vivir del Espíritu y obra la Verdad que el Espíritu enseña al corazón.

En Roma está la muerte

La Iglesia es el Misterio del Espíritu Divino, porque nace en el Espíritu y obra sólo en el Espíritu.

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Nace la Iglesia cuando Jesús está muerto en la Cruz: “Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia” (SC 5). De un muerto nace la obra de la Iglesia en el Espíritu, de la muerte nace la Vida.

Y en la Resurrección se da la obra de la Palabra en el Espíritu Divino. Jesús reúne a sus discípulos para que, una vez, dado el Espíritu, la Iglesia comience a dar la Palabra de Dios a todos los hombres.

La Iglesia es para dar la Palabra Divina. No es para dar las palabras humanas.

Y, por eso, la Iglesia se ha esforzado para quitar sus palabras humanas, quitar sus razones humanas, y ofrecer la Verdad de la Palabra Divina.

Pero este esfuerzo no ha sido siempre igual, sino que en cada época el hombre ha intentado hacer su Iglesia, la que tiene en su mente humana, según vaya interpretando la Palabra de Dios con su filosofía de la vida.

Y cuando el hombre se puso como dios en el mundo, ya hace muchos siglos, en la Iglesia se comenzó a introducir el hombre, de muchas maneras, llegando a lo que vemos hoy día.

En la Iglesia, en este siglo XXI sólo se contempla el pensamiento de los hombres y sus obras. Y no hay otra cosa.

Por eso, todos besan al hombre en la Iglesia, todos dan culto al pensamiento del hombre en la Iglesia, y todos desprecian la Palabra de Dios.

Esto es claro para aquellos que tienen la fe despierta. Para los demás, les suena a chino, porque viven para los hombres y obran en la Iglesia como los hombres obran en el mundo.

Por eso, estamos en la Iglesia sin un camino divino. Desde la cabeza falsa impuesta por la masonería en la Iglesia, se han cerrado los caminos divinos en la Iglesia. Sólo se da los caminos humanos. Pero no es posible que se den los caminos del Espíritu en la Iglesia. Ya no hay manera de hacer eso con falsas cabezas.

“Donde está Pedro allí está la Iglesia; donde está la Iglesia no hay muerte, sino la Vida eterna” (San Ambrosio – Sobre el Salmo 40, V, 30).

Como ya no está Pedro en la Iglesia, sino una falsa cabeza, entonces en Roma ya no está la Iglesia, sólo está una falsa Iglesia, llena de hombres que sólo siguen y obedecen a hombres, pero no a Cristo Jesús. Ya no pueden porque no hay Pedro.

Benedicto XVI fue expulsado de la Cátedra de Pedro, de la Silla de Pedro, del Trono de Dios, y, por tanto, quien se puso es sólo un hombre que se viste de Obispo y que se hace llamar Papa sin serlo, sin la vocación divina a ser Pedro.

Dios ha dado a Su Iglesia ocho meses para que discierna esto y, muy pocos, lo han discernido. Muy pocos. Por las obras se coge a Francisco y a los suyos. Por sus obras. No por sus palabras. Francisco ha dicho muchas herejías. Pero lo que importa en él sus obras heréticas, porque según se habla así se obra. Si se dice la mentira, se obra la mentira.

Y, desde el principio, Francisco ha obrado la mentira. Pero los hombres, como también viven para sus mentiras, no se han dado cuenta de esta verdad, de las obras mentirosas de Francisco en medio de la Iglesia.

Pedro ya no está en Roma, luego en Roma sólo queda muerte. Ya no es posible la Vida desde Roma, la Vida que da el Espíritu a toda la Iglesia.

Y los hombres no han captado esta verdad. Y los hombres siguen mirando a Roma para buscar la Verdad y la Vida. Y los hombres siguen esperando algo de Roma y de la Iglesia en Roma.

Y Roma sólo da la mentira a todo el mundo y a toda la Iglesia.

Y esto es lo que nadie discierne. Se tiene miedo de enfrentar a Roma. Mucho miedo.

Y, por eso, cuando venga el desastre, muchos quedarán pillados, anclados en ese desastre, porque ahora no se han enfrentado ni a Francisco ni a Roma.

Los hombres no han sabido luchar contra el demonio que ha puesto una cabeza falsa en la Iglesia para engañar a toda la Iglesia, para seducir a toda la Iglesia.

Los hombres no han sabido confrontar a Francisco. No han sabido llamarle por su nombre: un maldito. No han sabido ver sus mentiras, sus errores, sus herejías en la Iglesia. Sino que muchos, sabiendo la mentira de Francisco, lo siguen aplaudiendo en la Iglesia. Y muchos que ven sus errores en su teología se unen a él en la Iglesia.

Y en la Iglesia sólo se puede estar unido a Pedro para ser Iglesia. Cuando las almas se unen a una cabeza falsa, como es Francisco, ya no se hace Iglesia.

Este es el punto más crítico de todos que nadie ve, que nadie contempla, que nadie discierne. Y esta es la señal de que no se ama a Pedro en la Iglesia. Que en la Iglesia cualquiera que se ponga como cabeza es lo que vale. No importa que sea un hereje o un santo. Que gobierne el que quiera, pero que nos dejen en paz en la Iglesia con nuestra comunión y con nuestra misa.

Así piensan muchos, por eso, no disciernen la Verdad en la Iglesia. Se conforman con cualquier cabeza en la Iglesia.

Donde está Pedro, allí está la Iglesia. Y es de vital importancia discernir siempre a Pedro para ser Iglesia.

El falso respeto a Pedro, la falsa obediencia a Pedro es la razón de que muchos no ven a Francisco como lo que es: un anticristo. Lo tienen como Papa y no son capaces de decir que no es Papa. No se atreven, porque les falta fe.

“No se puede tener parte en la herencia de Pedro sino con la condición de permanecer adherido a su Sede” (San Ambrosio – De la Penitencia, I, l, cap. Vll).

Francisco no se adhiere a la Sede de Pedro porque ha anulado la Sede de Pedro con su gobierno horizontal. y, por tanto, Francisco no pertenece a la Iglesia, queda excluido de la Iglesia. No puede tener parte en la herencia de Pedro, que es el Reino de los Cielos.
Esta gran Verdad es descuidada por todos en la Iglesia.

Esperan que Francisco dé soluciones los problemas de la Iglesia con su apertura al mundo, y no se dan cuenta de que Francisco no está adherido a Pedro en la Iglesia.

Si Francisco, como impostor que es, no hubiera tocado el gobierno vertical en la Iglesia, entonces habría solución en la Iglesia.

Pero Francisco se opuso a Pedro, quitando el gobierno vertical. Entonces ya no existe la Iglesia en Roma. No se da. Es imposible. No está Pedro. Roma ya no va a volver a poner la verticalidad en la Iglesia. No pueden, porque el demonio ya quiere otra cosa en la Iglesia.

Estamos en tiempos de gran confusión porque la gente no ha aprendido a discernir y, por tanto, no sabe batallar las luchas espirituales en la Iglesia.

Somos soldados de Cristo, pero muchos se comportan en la Iglesia como soldados del demonio y así arrasan con toda la Iglesia.

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