Lumen Mariae

Inicio » vida divina

Archivo de la categoría: vida divina

El discurso vacío de verdad en Bergoglio

ALL

Bergoglio se ha fijado un término a su falso pontificado:

«Yo tengo la sensación que mi Pontificado va a ser breve. Cuatro o cinco años» (ver)

1. Está enseñando que Dios no lo ha elegido como Papa: todo Papa es hasta la muerte. Están vendiendo la idea de tener falsos papas por un tiempo determinado.

2. Y, después, enseña que fueron los hombres los que lo pusieron en ese cargo para un tiempo. El tiempo necesario para destruir el centro de la Iglesia, que es el Papado.

3. Además, está aclarando las palabras del Cardenal McCarrick, cuando un hombre muy influyente le obligó a votar, a hacer campaña por Bergoglio en el Cónclave:

«Él dijo: “Él podría hacerlo, ya sabes”. Le dije: “¿Qué podría hacer?”. Él dijo: “Él podría reformar la Iglesia. Si usted le diera 5 años, él podría ponernos de nuevo en el objetivo. Él tiene 76 años, si él tuviera 5 años, el Señor, obrando a través de Bergoglio, en 5 años podría hacer que la Iglesia surgiera de nuevo”».

«Yo no soy de la idea de poner una edad, pero sí soy de la idea de lo que hizo Benedicto»: Benedicto XVI no renunció al Papado, sino que le obligaron a renunciar. Él sigue siendo Papa, aunque le pese a Bergoglio y a todos los modernistas que lo siguen.

Bergoglio es de la idea de que hay que renunciar. Ya no cree en el dogma del Papado. Se inventa su propio papado, su propia figura de papa, su propia iglesia. Y hay muchos que lo siguen en este pensamiento diabólico.

«A Benedicto no hay que considerarlo como una excepción. Sino como una Institución. Por ahí sea el único en mucho tiempo, por ahí no sea el único. Pero es una puerta abierta institucional. Hoy día el Papa emérito no es una cosa rara, sino que se abrió la puerta, que pueda existir esto».

El Papa emérito no existe en Dios, sino sólo en la cabeza de los hombres soberbios.

Se ha acabado el Papado en la Iglesia. Éstas son las palabras de quien ha hecho eso, de quien se ha encargado de dirigir un movimiento para quitar un Papa y ponerse él mismo como falso papa.

¡Qué pocos creen en esto, porque ven la bondad humana de Bergoglio!

El Papa, en la Iglesia Católica, no es una institución, sino que es la misma Iglesia: «allí donde está Pedro, está la Iglesia». Pedro es un Carisma en la Iglesia, no es una institución de los hombres. No es una jerarquía que ponen los hombres, como el cardenalato. El Papa es la Voz de Cristo, el Vicario de Cristo.

No queremos en la Iglesia hombres institucionalizados. No nos interesa un hombre que se convierte en institución. Queremos un Papa, una Cabeza que una en la Verdad a todos sus miembros; que enseñe sólo la Verdad en la Iglesia, que sea camino, en la Verdad, para salvar y santificar a la Iglesia.

No queremos a un hombre con este pensamiento que refleja lo que es su vida:

«…lo único que me gustaría es poder salir un día, sin que nadie me conociera, e irme a una pizzería a comer una pizza».

Vete a tu pueblo a comer tu pizza. Pero deja de demoler la Iglesia con tus fantasías hegelianas.

Bergoglio: hombre de mundo, hombre puesto para destruir la Iglesia.

El objetivo que tiene Bergoglio es llevar a la Iglesia a sus orígenes en el pensamiento del hombre. Es decir, refundarla totalmente.

El falso pontificado de ese hombre, al que muchos llaman su papa, y que se ha puesto un nombre para denigrar lo santo, Francisco, tiene en su agenda cambios en la esencia de lo que es la Iglesia.

No sólo cambia a personas, poniendo otros Cardenales, que son todos hombres de herejía, de cisma, que llevan, -sin lugar a dudas-, hacia la apostasía de la fe a muchos; sino que comenzó su falso pontificado poniendo una estructura externa para dirigir la Iglesia: su gobierno horizontal.

Ese conjunto de hombres hace que la Iglesia se rompa en mil pedazos.

Ya no hay una Cabeza que una en la Verdad, sino que sólo existen mentes humanas que dialogan para ver cómo cambiarlo todo en la Iglesia.

Bergoglio anula toda Verdad en la Iglesia. Y esto es lo que muchos no han comprendido, porque sólo están en el juego del lenguaje. Pero no viven los dogmas, la verdad revelada y dogmática. Cada uno se hace su propia doctrina, su propia vida de Iglesia, su propio sacerdocio. Cada uno es jefe de su propia cabeza, de su propia existencia humana.

Bergoglio es sólo un hombre que habla la mentira. Y, por eso, gusta a todo el mundo. Sus discursos son importantes para el mundo.

Un hombre con una sola filosofía: “oler a oveja”. Oler a mundo, oler a hombre, pensar y obrar como lo hace un hombre en el mundo. El olor a Cristo, propio de todos los Santos, la unción de Cristo no se puede encontrar ni en la palabra ni en la obra de Bergoglio.

Por eso, sus entrevistas son de una ordinariez exquisita. Él habla así: con olor a oveja. Habla lo que la gente quiere escuchar. Habla para agradar al hombre. Habla para encontrar en el hombre un hueco, un pensamiento, una obra en la que él, – el papa Bergoglio -, sea el centro, la imagen, la irradiación de una vida para el mundo.

Están adorando a un hombre, en la Iglesia y en el mundo. Es el nuevo fan, la nueva cultura, la nueva moda de muchos. Gente que vive en sus pecados lo tiene como su ídolo. Es la institución del nuevo y falso papado: una figura de papa vacía de toda verdad, centrada sólo en el lenguaje humano.

De esta manera, Bergoglio, y todos los que lo siguen, quieren llevar a la Iglesia a sus “cimientos”. Es la herejía de siempre. Cuando el hombre no pone el cimiento de su vida en la Roca de la verdad, entonces el hombre va en busca de sus filosofías, de sus teologías, de sus lenguajes maravillosos en que todo está en decirse unas palabras bonitas, una idea que guste al propio pensamiento humano.

El hombre, queriendo salir de la verdad, del dogma, de la ortodoxia, se queda en su propia idea de la vida. Y así construye su vida: en su soberbia manifiesta.

Es el objetivo de ese hombre:

«Prefiero una Iglesia accidentada, a una que está enferma por cerrarse» (18 de mayo de 2013): la Iglesia está enferma porque se encierra en la verdad, en el dogma, en el lenguaje ortodoxo. Tiene que salir hacia el lenguaje heterodoxo. Tiene que vivir accidentada, en el pecado, en el error, en la confusión de ideas, de doctrinas. Que nadie luche por una doctrina, sino que todos luchen por una obra: los pobres, la hermandad universal, la libertad del pensamiento humano, el progresismo de tener una cultura de muchas religiones.

«El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo” (19 de mayo de 2013).

Iglesia autorreferencial: la que está enferma por cerrarse en la Verdad, en la ley santa de Dios, en el lenguaje ortodoxo.

Lo autorreferencial es un lenguaje de los modernistas para negar el pecado de orgullo y de soberbia de aquellos que hablan de esta manera: autorrefiriéndose como sabios para todo el mundo.

Si El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, entonces la Iglesia vive en el misterio, encerrada en la Verdad que Dios ha revelado, y que la Iglesia ha enseñado en todo su magisterio auténtico.

Bergoglio siempre ataca la verdad con una verdad: «El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo».

Para poner su mentira: «nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto».

El Espíritu Santo no nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica. Nunca hace esto el Espíritu Santo. El Espíritu Santo hace una Iglesia Santa, capaz de luchar contra los gnósticos y contra toda iglesia gnóstica. El Espíritu Santo guarda la Verdad, salvaguarda a la Iglesia en la Verdad. Y, en la Verdad, se lucha contra toda idea contraria a la Verdad.

Pero Bergoglio, dando una verdad, quiere reflejar su mentira: lo gnóstico y el modernismo. Estas dos ideas son lo principal en el discurso de este hombre. En vez de hablar de la santidad de Dios y de la Iglesia, habla de la autorreferencialidad.

¡Muchos no han aprendido a leer a Bergoglio! Y no caen en la cuenta de cómo engaña Bergoglio en cada frase bonita que dice.

Una vez que ha lanzado su tesis, su mentira, pone la obra de la mentira: «nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio».

¡Qué maestro de la oratoria es este hombre! ¡Maestro de la maldad consumada!

Dios no impulsa a salir: es el lenguaje propio del demonio.

Dios mueve al hombre, su corazón, para que haga la Voluntad de Dios. Es la moción divina, diferente al impulso del demonio. Dios no pone al hombre en la actividad enfermiza de hacer cosas por Él, que es la que tienen mucho católicos, sólo de nombre.

El mundo no cambia con la palabra de los hombres ni con sus obras humanas, aunque sean perfectísimas. El mundo cambia con corazones llenos de amor divino, que es lo que menos tiene la Jerarquía y los fieles en la Iglesia. No saben lo que es el amor de Dios porque no conocen  a Dios.

No hay que abrir las puertas para salir al mundo; hay que abrir las puertas del corazón para entrar en el Misterio de Dios, que está escondido al mundo. No se puede salir al mundo para dar lo santo a los perros. Hay que esconder el tesoro del rey en lo más íntimo del corazón.

Bergoglio, cuando predica, nunca lleva al alma hacia su interior, hacia la vida interior con Cristo, sino que la saca de su interior para mostrarle la exterioridad, la superficialidad del mundo. Es así, de esta manera, cómo los falsos profetas engañan a muchos hombres, haciéndoles creer que si no predican el Evangelio, con la máxima evangélica de “a tiempo y a destiempo”, no hacen nada por Dios.

Hace más un corazón abierto al Misterio de Dios, contemplando a Dios en Espíritu y en Verdad,  que millones de hombres que dan de comer a los pobres.

Si la vida consistiera en dar de comer a los que no lo tienen, Jesús hubiese enseñado la forma de hacerlo. Es muy fácil: repartan la comida con los demás. Eso es todo. Repartan dinero para todos. Fabriquen dinero y todos tendrán para comprar la comida.

Pero a Jesús no le interesó llenar estómagos de la gente, solucionar problemas sociales. Jesús vino para llevar al hombre al interior de Dios. Y eso es muy difícil porque necesita de un corazón humilde, de sacerdotes humildes, de fieles que sólo vivan para la Palabra de la Verdad, no para el lenguaje de los hombres.

Bergoglio tiene su idea de Dios, su propio lenguaje:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba es la luz y el Creador. Este es mi Ser» (1 de octubre 2013).

Esto es lo que se llama la herejía del subordinacianismo.

En estas palabras se niega la verdadera Trinidad de Personas en Dios. Sola una, el Padre es el verdadero Dios; las demás, la segunda y la tercera persona, quedan subordinadas, clara y de manera disimulada, insinuando por debajo, que no existen como Dios. Jesús existe como la Encarnación de ese Dios, que es sólo el Padre.

Este error está unido a la falsa noción de la divinidad misma. Para Bergoglio, Dios es un Dios de sorpresas. Esa es su noción clave de la divinidad.

Sólo la doctrina trinitaria ortodoxa ha mantenido incólume la verdadera noción de Dios, que es conocida por la razón y por la revelación.

Bergoglio no cree en esta doctrina católica: no creo en un Dios católico.

Bergoglio sigue a los herejes gnósticos, que pretendieron adaptar las teorías emanatistas acerca de los eones y de los intermediarios entre Dios y las cosas, al dogma cristiano.

Bergoglio es gnóstico y tiene la caradura de predicar que no se dé una Iglesia gnóstica: «nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica».

¿Ven qué falacia en el pensamiento y en el lenguaje de Bergoglio? Se contradicen: se piensa como gnóstico, pero se habla en contra de la idea gnóstica. Esta es la demencia que muchos no ven en Bergoglio. Es un hombre sin lógica, sin sentido común. Si estás en la idea gnóstica de lo que es Dios, entonces sigue tu pensamiento hasta el final, con todas las consecuencias: vete de la iglesia a levantar tu idea gnóstica de Dios, a hacer tu iglesia gnóstica.

Pero Bergoglio se queda en la Iglesia siendo un maestro consumado en hablar un lenguaje de mentira, para condenar a las almas.

Al hacer esto, Bergoglio está diciendo una cosa: mi lenguaje sólo sirve para entretener a la gente. Doy muchas cosas, que en sí mismas son una contradicción, pero lo que más importa es obrar.

Os digo que no hay que tener una iglesia gnóstica, pero la obro: pongo un gobierno horizontal donde se realice el mismo trabajo que hicieron los gnósticos para cambiar el dogma: a base de ideas, de lenguaje humano, a base de ser un papa radical, se consigue lo que oculto en mi predicación.

Es su fariseísmo: se predica una cosa, se obra lo contrario.

Hay que lanzar la idea, sembrar una palabra falsa, como lo hacen los falsos profetas, pero todo eso es para despistar a la gente de lo que realmente se está llevando a cabo en la Iglesia.

Mientras Bergoglio entretiene a todo el mundo con sus nefastas homilías, entrevistas, discursos que sólo sirven para limpiarse el trasero, otros en el gobierno horizontal están obrando sin que nadie se dé cuenta.

Nuevos libros, nuevas leyes, nuevos documentos, nuevas liturgias, nuevos sacramentos… Necesitan tiempo para sacar todo eso. Y necesitan una cabeza como papa que imponga todo eso, que haga obedecer la nueva doctrina a base de excomuniones.

¡Qué pocos ven esto en la Iglesia!

Bergoglio no predica la doctrina de Jesús porque no cree en Jesús.

Al decir: Jesús es su Encarnación; Bergoglio se está refiriendo a la emanación de Dios, no a la Encarnación del Verbo.

Para Bergoglio, Jesús no es Dios. Es una emanación, un agua que fluye, un pensamiento que se alcanza en un grado de perfección. Y de aquí nace la ley de la gradualidad. Por lo tanto, la Iglesia no es Divina, no es Santa, no tiene un fin divino que haya que cumplir. En la Iglesia no se está para salvar el alma, sino para liberar a la gente de sus problemas sociales.

Jesús, para Bergoglio, no es Dios: «¿Pero Jesús es un Espíritu? ¡Jesús no es un Espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (28 de octubre del 2013).

«Dios es Espíritu» (Jn 4, 24). Si Jesús es Dios, entonces Jesús es Espíritu. Si Jesús no es Dios, entonces Jesús no es Espíritu. Es sólo un hombre.

Al preguntarse si Jesús es un Espíritu, y responderse que no es, claramente está negando la Divinidad de Jesús. Jesús no es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, no es el Verbo, el Hijo de Padre, no es una Persona Divina. Jesús es una persona humana, un hombre santo en la gloria.

Bergoglio está exponiendo la herejía de Arrio, en la que se niega que Jesús sea Dios. Jesús no es Dios hecho hombre, sino un ser creado por Dios, semejante a Dios, tiene atributos divinos, pero no es Dios ni en Sí ni por Sí Mismo.

Dos dogmas principales ha negado Bergoglio: la Trinidad y la Divinidad de Jesús.

Una abominación ha puesto en la Iglesia: su gobierno horizontal, del que parte todo el cisma en la Iglesia. Un cisma institucionalizado por la propia Jerarquía, querido por Ella. Levantado en el mismo centro de la Iglesia. Quitado el Papado para poner la figura de un Papa que, en su tiempo, será poseída por el Anticristo.

Sin estas dos verdades dogmáticas, nadie en la Iglesia puede salvarse. Nadie.

Y con esa abominación, los que obedezcan a ese falso papa y trabajen en esa falsa iglesia, se condenan sin remedio, sin misericordia. Porque esa abominación es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Bergoglio no puede salvarse por su cara bonita, porque exteriormente parezca una buena persona.

Bergoglio, si quiere salvarse, tiene que hacer, públicamente, un acto de fe en la que niegue sus creencias sobre Dios, sobre Jesús y sobre la Iglesia.

Y hasta que no haga esto, a ese hombre sólo hay que olvidarlo, juzgarlo, condenarlo, maltratarlo, despreciarlo, llevarlo a juicio, excomulgarlo.

Por supuesto, que nadie va a hacer esto. Porque todos buscan lo mismo que Bergoglio: el negocio, la empresa en el Vaticano.

Y aquellos católicos que tengan a  Bergoglio como su papa, se van a condenar. Un hereje no puede ser camino de salvación en la Iglesia. Nunca.

¿Qué es Dios para Bergoglio?

Es sólo un pensamiento, un concepto humano.

«…de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa. Dios nos sorprende. Dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la psicología de la computadora de creer saberlo todo» (18 de enero del 2015).

De Dios se dice que es Dios de las sorpresas: Bergoglio no da una verdad revelada sobre Dios ni dogmática. El Dios de las sorpresas sólo existe en su mente humana. Bergoglio da su concepto de Dios: el Dios de las sorpresas. El Dios de la vida humana, del lenguaje humano, de las obras humanas. En ese concepto, está un amor que ama primero y que da una sorpresa al hombre.

¿Dónde queda la Providencia de Dios? En el olvido del hombre. Dios guía al hombre en las sorpresas de la vida, no en su providencia. Dios no es un camino de verdad, de certeza, eterno, sino un conjunto de cosas que pasan al hombre sin que nadie le avise de ello.

Las profecías divinas, con este Dios de las sorpresas, se anulan todas. Y tienen que anularse porque el único que rige el mundo es la mente del hombre. Es el único que sabe lo que es el bien y el mal.

«Cada uno de nosotros tiene su propia visión del Bien y también del Mal» (1 de octubre 2013).

¿Cuál es ese Dios de las sorpresas?

Es el hombre con su visión propia del bien y del mal. Es el nuevo yo: es ese dios, que soy yo mismo, que ama a toda la creación, y que está continuamente saliendo de su yo encerrado, de su autorreferencialidad, de sus temores, de sus deseos, de su reino, en donde se excluyen a los demás. Hay que dejar esa mundanidad asfixiante que sólo se puede sanar:

«…tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios» (EG, n. 97).

La Iglesia tiene que descentrarse de su propio lenguaje rígido. Y tiene que aprender a hablar el lenguaje del mundo. Para eso se ha puesto el gobierno horizontal.

La Iglesia no tiene que dar la máxima ortodoxia: eso es repetirse siempre en su propio lenguaje.

«A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo» (EG, n. 91).

El lenguaje ortodoxo es oscuridad para el hombre. ¡Qué gran blasfemia! ¡Cómo ataca lo sagrado, lo divino, lo eterno!

Hay que emplear un lenguaje heterodoxo. Un lenguaje que responda al concepto de evangelio, el evangelio de la alegría, el evangelio de los pobres, el evangelio de recaudar dinero para vivir felices.

«No tengas la psicología de la computadora», que tiene todo el saber en ella. O, si lo prefieren, con estas palabras:

«Un corazón que ame la ley, porque la ley es de Dios, pero que ame también las sorpresas de Dios, porque su ley santa no es un fin en sí misma» (13 de octubre del 2014).

La Iglesia usa un lenguaje que el mundo no comprende. Un lenguaje de computadora, de fin en sí mismo. Un lenguaje ortodoxo que la imposibilita de dialogar con el mundo. Y si no habla con el mundo, no puede anunciar el Evangelio.

La Iglesia es misionera, no autorreferencial. No tiene que estar centrada en la verdad, sino en el mundo.

Hay que hacerse un uno con el mundo. Si se encierra en sí misma impide ir al encuentro real con el otro.

La realidad, no está en la vida de la gracia, sino que está en los derechos sagrados del hombre:

«…tierra, techo y trabajo. Es extraño pero si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista.  No se entiende que el amor a los pobres está al centro del Evangelio. Tierra, techo y trabajo, eso por lo que ustedes luchan, son derechos sagrados» (28 de octubre del 2014).

El hombre tiene que luchar por su tierra, no por la tierra que Dios prometió a Abraham, que es el Cielo; tiene que luchar por su techo, y no tiene que seguir el pensamiento ortodoxo de Cristo: «Las raposas tienen sus cuevas, y las aves del cielo sus nidos; mas el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9, 57). Y tiene que luchar por su trabajo, haciendo de la Palabra de Dios una mentira: «Necio, esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Si sigues a Bergoglio, todo eso será para Bergoglio. Él sólo pide dinero. Y no otra cosa.

No vivas tu vida para tener una casa, un techo, un trabajo, una tierra. Vive tu vida para desprenderte de todas las cosas, aunque las tengas todas, y así obrar lo divino en lo humano.

Pero Bergoglio lleva a la lucha de clases. Tú tienes una casa y yo no. Voy a luchar por mi casa, porque es mi derecho sagrado. Soy dios para mí mismo: yo soy el que entiendo lo que es bueno y lo que es malo para mi propia vida.

Bergoglio no entiende que el amor a Cristo –no el amor a los pobres- está en el centro del Evangelio. Él predica su evangelio: el de los pobres. Para su Iglesia: la iglesia de los pobres.

Y hace esto para abarcar a todo el universo, a todos los hombres en una fraternidad sin límites. Y cuando se hace esto, entonces el yo encuentra a su dios en sí mismo, y el hombre descubre una vida llena de sorpresas.

La ley de Dios, al ser santa, es un fin en sí misma. Pero, al no tener el fin en sí misma, automáticamente, todo está regido por el azar, por las sorpresas, por el fin, por el objetivo que cada hombre se ponga en su vida.

Cada hombre hace su ley en el pecado y la llama santa.

Esto es Bergoglio. ¿Todavía no se han dado cuenta?

Es un discurso vacío de la verdad. Por lo tanto, es un discurso lleno de mentiras.

¿Queréis llevar la Iglesia a sus orígenes? Entonces prediquen del infierno, de la cruz, de la penitencia, del pecado. Porque la Iglesia nació en el Dolor del Calvario, no en el lenguaje, no en el diálogo de los Apóstoles con la gente del mundo.

Fue el Dolor de Cristo y de Su Madre el origen de la Iglesia. Lo demás: la cultura de los tiempos es sólo eso: cultura. La Iglesia no es una institución, sino la Vida de Dios en la tierra. El Reino de Dios en la tierra. Y quien haga de ese Reino una conquista humana, un reino material, humano, la Justicia de Dios lo enterrará en el infierno.

Poco tiempo queda para ver la Justicia de Dios en Bergoglio. Ese hombre es ya un demente. Y lo que queda por ver es su degradación como persona y como sacerdote.

Sin la fe dogmática nadie se salva en la Iglesia

17 de diciembre

Los Protestantes hablan de una triple FE:

a) La fe de los milagros, esto es la fe por la que se consiguen los milagros: «Y si teniendo (…) tanta fe que trasladase los montes» (1 Cor 13,2).

b) La fe histórica, esto es el conocimiento de la historia del Evangelio.

c) La fe de las promesas, por la cual se creen las promesas hechas por Dios acerca del perdón de los pecados. Ellos distinguen, en esta fe, una fe general y una fe especial. General es aquella por la que se cree que ha sido prometida la salvación a todos los fieles; en cambio especial es aquella por la que cada uno confía que no se le imputan los pecados. Esta fe especial es, en realidad, la fe fiducial.

Bergoglio, al hablar de la Inmaculada, tiene esta fe fiducial: fe de las promesas, en que la salvación es para todos los hombres y a nadie se le imputan sus pecados. Por eso, en toda su homilía no habla nunca del pecado ni de la santidad. Sólo trata de convencer que la salvación es gratuita y que todos los hombres la tienen en su interior:

«Nadie de nosotros puede comprar la Salvación, la Salvación es un don gratuito del Señor que viene del Señor, y habita dentro de nosotros» (ver texto). Bergoglio nada habla sobre el pecado que habita en el hombre: «Si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado, que habita en mí» (Rom 7, 20).

Este Misterio del pecado, en cada hombre, queda anulado por este hombre: «Y no se olviden la salvación es gratuita, nosotros hemos recibido esta gratuidad, esta gracia, y tenemos que darla». (ver texto)

¿Cómo se puede dar la gracia a los demás, cómo se pueden dar los dones y carismas divinos si en todo hombre existe una ley: «que, queriendo hacer el bien, es el mal el que se me apega; porque me deleito en la Ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado, que está en mis miembros» (Rom 7, 21-3)?

Esto, Bergoglio, ni se le pasa por la cabeza porque, para él, el hombre confía que Dios no le impute sus pecados. Tiene esa confianza maldita: su fe fiducial. Y, por eso, predica esa falsa misericordia, en la que hay que confiar en Dios, pero haciendo las obras buenas humanas para los hombres.

No es la confianza en Dios para esperar de Dios la obra divina que hay que realizar. Es la confianza en el mismo pensamiento del hombre, que él mismo se cree justo ante Dios porque Él lo ha justificado gratuitamente; y con esa confianza, se cree ya justificado ante Dios porque Dios no le imputa el pecado. Aunque el hombre peque mucho, Dios no se lo imputa, sino que lo salva a pesar de su pecado. Bergoglio se ha olvidado de ver su pecado, de luchar contra él, porque ya se cree santo ante Dios, se cree salvado, se cree justo. Y eso es lo que enseña a los demás en todas sus homilías, charlas, entrevistas, etc…: si la salvación es gratuita, entonces haz el bien a todo el mundo –cualquier bien vale para salvarse- y no importa el pecado. Confía en que Dios no te lo imputa. Ni hace falta arrepentirse de él ni hacer penitencia por el pecado.

Muchos católicos no saben leer a este hombre. Y quedan confundidos. Y el problema de tantos católicos es por tenerlo como Papa: lo buscan como Papa, lo leen como Papa, esperan algo de él como Papa. Y Bergoglio sólo está haciendo su obra de teatro en la Iglesia. Sólo eso. Y qué pocos hay que ven esa obra de teatro como tal. Muchos ven las obras de Bergoglio como Papa, como Pastor, como sacerdote. Y caen en el gran engaño.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa. Y así hay que verlo. Así hay que tratarlo. Así hay que cuestionarlo.

Por eso, a este hombre se le hace una propaganda que es pecaminosa en todos los sentidos. Se le encumbra, se le exalta, se le justifican sus pecados, sus herejías, su forma de hablar, porque es tenido como lo que no es: Papa.

¡Cuántos dudan de Bergoglio y siguen diciendo: es nuestro Papa! Son personas sin discernimiento espiritual. Están en la Iglesia para luchar por sus ideas, por sus tradiciones, por sus obras apostólicas, por sus devociones, por sus grupos. Pero son incapaces de ver la verdad como es, porque eso supondría quitar sus ideas, su manera de ver la Iglesia, su juicio propio. Y eso es lo que no quieren hacer. Y, por eso, leen a Bergoglio y quedan más confundidos. Y ante una homilía sobre la Inmaculada, sólo saben decir: hoy el Papa habló bien. No saben discernir la herejía en esa homilía, porque siguen teniendo a Bergoglio como su Papa, como su hombre, como su salvador, como el camino en la Iglesia, como el que dice una verdad. Y todavía no han caído en la cuenta que este hombre no puede decir ni una sola verdad entera, como es, sin ponerle ni quitarle nada. Siempre que dice una verdad no es la verdad, sino su mentira disfrazada de verdad.

Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica, no es el Vicario de Cristo, no es la Voz de la Verdad en el mundo. No es camino para la verdad, sino senda en que se descubren tantas oscuridades como pensamientos que este hombre tiene en su cabeza humana.

Bergoglio es sólo un hombre que muestra el valor de su inteligencia humana y, por tanto, es sólo un hombre que da al hombre lo que él quiere escuchar, pero que es incapaz de revelar la Verdad al corazón del hombre. Él mismo vive sin Verdad: vive para su idea de la vida, pero no para el plan de Dios sobre su vida; un plan divino que este hombre nunca ha conocido, porque se ha pasado toda su vida dando vueltas a lo que hay en su mente humana.

Bergoglio revela lo que muchos católicos obran en sus vidas: viven sólo para sí mismos, para luchar por sus ideas, que llaman católicas, pero que son sólo las ideas de un fariseo, de un hipócrita, que se ha creído salvo porque tiene un Bautismo o practica, a su manera, una serie de devociones y ritos litúrgicos que sólo le sirven para crecer más en su soberbia y orgullo de la vida.

A muchos el conocimiento que tienen de la teología o de la Tradición sólo les sirve para condenarse en vida: lo usan para su negocio en la Iglesia, para su interés personal, para creerse que están haciendo Iglesia porque siguen unos dogmas o unos consejos evangélicos.

¿De qué sirve que sepas la teología si después no sabes ver a un hereje que enseña su herejía sentado en la Silla de Pedro?

¿Para qué comulgas la Verdad, en cada comunión que realizas, si en la práctica de la vida espiritual y eclesial, sigues teniendo a Bergoglio como Papa, como una verdad a seguir? ¿Cuándo recibes a Cristo, que es la misma Verdad, te enseña a obedecer la mentira de la mente de Bergoglio o te enseña a dejar de obedecer a Bergoglio?

Cristo no puede ir en contra de Sí Mismo, de Su Misma Enseñanza, que es Su Misma Vida, no puede engañar a los hombres, no puede poner como Papa a uno que no tiene en su corazón la Verdad de Su Mente Divina. Un hombre que sólo vive para las conquistas de su mente humana, que son contrarias a la Mente de Dios.

¡Cuántos católicos están tan confundidos por este hombre, pero por culpa de ellos mismos! Se dejan confundir porque ellos no viven la fe dogmática, sino que viven lo que predica Bergoglio: la fe fiducial, que es un instrumento con el cual el hombre hace suya la justicia de Dios y, por tanto, es el mismo hombre -no Dios en el hombre-, el que lleno de confianza en Dios -que es amor-, el que obra esa justicia que recibe: «Mostrad que la fraternidad universal no es una utopía, sino el sueño mismo de Jesús para toda la humanidad». (Mensaje para la apertura del Año de la vida consagrada – 30 de noviembre del 2014).

La fe fiducial es el camino para obtener la justificación de Dios: es tender la mano para recibir la limosna de otro. Por tanto, aquel que vive esta fe fiducial no necesita disponer su alma para ser justificado por la gracia de Cristo, sino sólo confiar en que Cristo le ha justificado.

Que los religiosos, los sacerdotes tiendan la mano a todo hombre, porque ya están salvados. Que no se les hable del pecado, sino de la búsqueda de un amor fraternal universal, que es por lo que murió Jesucristo. Jesús no murió para quitar nuestros pecados, sino para que todos los hombres se unan en un amor fraternal. Fue su sueño. Haz realidad el sueño de Jesús en tu vida humana: muestra con tu vida humana que unirte a un pecador en su pecado es el camino para salvar al hombre, a la humanidad. Ama a todos los hombres aunque sean unos demonios, aunque no comulguen con un dogma, con la verdad revelada. Es antes el amor fraternal que el amor divino. Es mayor el amor al hombre que el amor a Dios. No busques el amor divino sino el sueño de Jesús: la mística de la fraternidad universal. Bergoglio nunca habla de la Voluntad del Padre o de la Voluntad de Dios, sino de los sueños de Dios. Rebaja a Dios a la comprensión de su intelecto humano, creando una falsa espiritualidad.

Por eso, Bergoglio habla de su falso misticismo: «Vivid la mística del encuentro: «la capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método», dejándoos iluminar por la relación de amor que recorre las tres Personas Divinas (cf. 1 Jn 4, 8) como modelo de toda relación interpersonal» (ib.). Esto es una gran blasfemia porque supone anular la mística de la Cruz, de la muerte de Cristo en el Calvario. Cristo muere para que los hombres hablen unos con otros (mística del encuentro) y busquen el camino para solucionar los problemas. Se quita a Cristo como Camino y se anula la Obra de la Redención humana. Se pone el diálogo, la mística del encuentro, que es sólo un invento de la cabeza de Bergoglio. No existe en la realidad espiritual ni mística. La vida mística es la unión entre Cristo y el alma. Y no hay otros misticismos.

Y, además, se dice que en las Tres Personas de la Santísima Trinidad hay una relación de amor. En Dios no recorre una relación de amor en las Tres Personas. No existe eso en Dios, porque en Dios la relación divina es Dios Mismo, no algo añadido a Dios. Otra gran blasfemia en la que nadie ha caído en cuenta porque los católicos sólo siguen la figura vacía de este hombre; siguen lo exterior de ese hombre y tapan sus claras herejías, porque lo tienen como lo que no es: Papa. Y así se cumple el Evangelio: «Vi otra bestia…que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero que hablaba como un dragón….diciendo a los moradores de la tierra que hiciesen una imagen en honor de la Bestia»  (Ap 13, 11.14b).

Es la obra de teatro de Bergoglio en la Iglesia: construir la imagen, el falso ídolo, en honor a la bestia. Él tiene dos cuernos semejantes a un cordero: tiene el sacerdocio. Y él habla como un dragón: blasfema cada día. Y no hay un día que no diga su blasfemia ante todo el mundo. Y no pasa un día que los católicos y la gente del mundo aplauda sus blasfemias en la Iglesia y en el mundo. Está construyendo el falso papado para su falsa iglesia.

Se está levantando la nueva iglesia, con el falso cristo, con la falsa doctrina, que sólo condena almas; y lo hace con una sonrisa, con un palabra bella, con un gesto hermoso de un bien humano, con un sentimentalismo que mata almas.

En la fe fiducial no interesa la razón, el acto de conocimiento, el dogma, la Verdad Revelada ni enseñada por la Iglesia, sino sólo la voluntad del hombre ciega: «la Iglesia que surge en Pentecostés recibe en custodia el fuego del Espíritu Santo, que no llena tanto la mente de ideas, sino que hace arder el corazón; es investida por el viento del Espíritu que no transmite un poder, sino que dispone para un servicio de amor, un lenguaje que todos pueden entender» (Estambul, 29 de noviembre del 2014): el Espíritu Santo no da una idea, una verdad, sino un sentimiento fraterno, un lenguaje que todos pueden comprender: el del amor fraternal, universal. Un amor sin verdad, porque todo es verdad. El hombre es movido por algo en su corazón que le mueve a un servicio de amor con los demás hombres, en un lenguaje que todos los hombres puedan comprender: se anula el dogma, la verdad absoluta y se pone el lenguaje, un lenguaje ciego porque es dado por un viento que no transmite un poder, sino una esclavitud: la esclavitud de la palabra humana, de la lengua humana, de la mente humana. El hombre, buscando este lenguaje que todos entiendan, se hace esclavo de su propia mente humana, de su propia idea de la vida, de su propio plan en la vida.

En la fe fiducial el hombre no hace un acto humano, en el cual se somete a Dios que revela una verdad, sino que el hombre pone su confianza sólo en Dios, confía sólo en que Dios lo ama, tiene misericordia de él, aunque haya pecado mucho. Y, por eso, Dios mueve a todos los hombres para conseguir este servicio de amor, este lenguaje universal en que todos comprenden lo que tienen que hacer: el hombre le dice a su semejante lo que éste quiere escuchar. De esta manera, se inventa un lenguaje humano lleno de mentiras, de frases bonitas, de palabras baratas, pero que son una blasfemia contra la obra del Espíritu en la Iglesia. El hombre no recibe un poder para levantarse de su pecado, sino un lenguaje universal para un amor universal. Recibe algo ciego, sin verdad, sólo para un bien común, no para salvar su alma del pecado, no para su bien particular y privado.

Por eso, este hombre abre su homilía de la Inmaculada así:

«Queridos hermanas y hermanos, el mensaje de la fiesta fiesta de hoy, de la Inmaculada Concepción de la Virgen María se puede resumir con estas palabras: ‘todo es gracia, todo es don gratuito de Dios y de su amor por nosotros’». (ver texto)

Ante la Inmaculada, lo único que tiene este hombre en su mente es que todo es gracia. Todo es gratuidad.

Un verdadero católico, ante la Inmaculada tiene que decir: La Virgen María es toda Pura, pero su vida no es para el placer, sino para el sufrimiento, para la Cruz. Fue Virgen para crucificarse con Su Hijo. No pecó para abandonarse al plan de Dios en Su Hijo.

Es una Pureza Virginal que lleva a esa Mujer a la Cruz, con Su Hijo. Si la Virgen María, no teniendo pecado, tuvo que sufrir un martirio místico y espiritual toda su vida, ¿qué no tendrán que sufrir los demás hombres en sus vidas? ¿A qué no tendrán que morir? Por tanto, ante la Inmaculada, el creyente tiene que aclamar: enséñame Madre a quitar todo mi pecado y a sufrir todo por tu Hijo.

Esto es lo que nunca va a enseñar Bergoglio. Él lanza su idea, que es la idea que todos quieren escuchar: todo es gracia. ¡Qué bonito! Y lleva al alma hacia esa idea:

«El ángel Gabriel llama a María ‘llena de gracia’, en ella no hay lugar para el pecado, porque Dios la ha elegido desde siempre madre de Jesús y la preservó de la culpa original»: Bergoglio nunca llama a la Virgen María como Madre de Dios. Nunca. Siempre la llama madre de Jesús, que es la madre de un hombre, madre de carne y hueso, madre de sangre. Para Bergoglio, Jesús es un hombre, una persona humana, no es la Persona Divina: «¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíriitu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (Santa Marta – 28 de octubre del 2013)

Y, por eso, dice:

«Así como a nivel físico recibe la potencia del Espíritu Santo, y después dona carne y sangre al Hijo de Dios que se forma en ella, así en el plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe» (ver texto): Bergoglio se ha cargado la Maternidad Divina. ¡Y qué pocos lo ven en esta frase! Se quedan con lo bonito: «en el plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe». Pero no atienden a la herejía: «Así como a nivel físico recibe la potencia del Espíritu Santo, y después dona carne y sangre al Hijo de Dios que se forma en ella».

¿Qué es la Maternidad Divina? ¿Es algo físico que se recibe en la carne para que la mujer done su carne y su sangre? No. Nunca.

La Maternidad Divina es algo espiritual y divino, por el cual la Virgen es elevada al plano sobrenatural: su cuerpo y su alma. Todo su ser es llevado al cielo. No sólo está en un estado de Gracia, sino que se realiza la Encarnación en el lugar del Cielo.

Decir que a nivel físico la Virgen recibe la potencia del Espíritu es anular la virginidad de María en la obra de la Encarnación.

La Virgen María es Madre de Dios porque es Virgen: es decir, su cuerpo actuó pasivamente en esa obra divina. El cuerpo de la Virgen no hizo ningún acto sexual, ninguna relación sexual para ser Madre, para engendrar la Persona del Verbo. Actuó de manera pasiva. Y, por tanto, la Virgen no recibe a nivel físico la potencia del Espíritu. La Virgen concibe por obra y gracia del Espíritu. No es el Espíritu el que se mete en su cuerpo para engendrar un hombre en Ella. Es el Espíritu el que eleva todo el ser de la Virgen, lo lleva a un lugar inexplicable, y allí la Virgen concibe, allí el Espíritu obra en la Virgen: produce en Ella la unión hipostática, sin que su cuerpo haga algo, sin que el Espíritu obre físicamente en el cuerpo.

El Espíritu obra divinamente en el ser de la Virgen: obra lo divino en todo el ser de la Virgen: no sólo en su alma ni en su espíritu, sino también en su cuerpo.

El óvulo de una mujer es engendrado físicamente por el semen del hombre. En la Virgen no hay semen, luego no hay engendramiento físico. La obra del Espíritu en el óvulo de la Virgen no es algo físico, como lo hace el semen: el semen penetra físicamente el óvulo. El Espíritu no penetra físicamente el óvulo de la Virgen. Es el Verbo el que asume todo el ser de la Virgen y, por tanto, el óvulo queda asumido por el Verbo; y de esa manera, se produce la Encarnación, sin ningún poder físico en el cuerpo de la Virgen.

Muchos se equivocan al poner algo físico en la Encarnación.

Jesús nació de Virgen: de una Mujer que no usó su vida sexual para engendrar. Y permaneció virgen en el parto, durante el parto y después del parto. Si fue Virgen siempre es que Dios obró en Ella sin el concurso físico de su cuerpo. Por eso, la Virgen dio a luz al Salvador en un éxtasis de amor divino. Su cuerpo no hizo nada: sólo actúo pasivamente en esa obra divina.

María es siempre Virgen: no recibe en Ella, a nivel físico, la potencia del Espíritu. Decir esto supone romper la virginidad de María.

En la maternidad virginal todo se hace sobrenaturalmente por el Espíritu. Nada hay que Ella haga: «¿Cómo será esto porque no conozco varón?» (Lc 1, 35). Este impedimento puesto por la Virgen al ángel es señal de que su maternidad es del todo milagrosa, inexplicable para todo hombre: si no se penetra físicamente un óvulo no se engendra un hombre. Dios, en su obra en la Virgen, no necesita un poder físico para engendrar el óvulo: no tiene que imitar lo que hace el semen. Hacer esto supone romper la virginidad de María.

Una mujer es virgen, no sólo porque su sexo no ha conocido el sexo del varón, sino porque su óvulo no ha sido penetrado por el semen de ningún varón. Esta es la virginidad auténtica, que es la de la Virgen. Y, por eso, Dios obra en Ella sólo de manera sobrenatural, divina. No necesita el poder físico. No necesita imitar las fuerzas de la naturaleza humana del semen para engendrar el óvulo de la Virgen. Dios eleva a la Virgen a un estado divino y obra en Ella sólo lo divino, con un poder divino, nunca físico, nunca humano.

La Virgen María concibe divinamente por el Espíritu Santo, no físicamente. Por eso, la Virgen es Divina. No es humana. No hay nada de humano en Ella. Todo en la Virgen es divino. Toda la obra de Dios en Ella es de carácter divino. La Maternidad Divina no es una maternidad humana, no se obra como una maternidad humana: el Espíritu no rompe el óvulo físicamente para engendrar; el Espíritu asume el óvulo de la Virgen para engendrar lo divino. Ese es el sentido de la virginidad en la María. Es Virgen para Madre: es Virgen para una Maternidad Divina, no para una maternidad humana, concebida por el hombre y obrada por él. María no dona su cuerpo y su sangre para engendrar al Hijo de Dios, sino que es el Hijo de Dios el que asume su cuerpo para obrar la unión hipostática: la unión entre el Creador y la criatura en el Seno de una Virgen. María pertenece a esa unión en la Persona del Verbo para una obra divina en lo humano.

Pero Bergoglio se centra en su idea:

«Así como María es saludada por santa Elisabeth como ‘Bendita entre las mujeres’, así también nosotros hemos sido ‘bendecidos’, o sea amados, y por lo tanto ‘elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados» (ver texto). Todos hemos sido bendecidos, justificados, santificados, hechos buenos como María. Es su fe fiducial: todos amados por Dios y, por tanto, todos somos santos. Dios no te imputa el pecado. Bergoglio equipara a todos los hombres con la Virgen María. Si Ella bendita, todos benditos. Esta es su blasfemia constante.

Y, por eso, sigue:

«María ha sido preservada, en cambio nosotros hemos sido salvados gracias al bautismo y a la fe. A todos entretanto, sea ella que nosotros, por medio de Cristo, “a alabanza del esplendor de su gracia’, esa gracia de la cual la Inmaculada ha sido colma en plenitud’». Gracias a tu fe fiducial, te has salvado, como la Virgen fue preservada del pecado. Todo es gracia. Nadie pone su voluntad libre para aceptar o negar esa gracia. Todo está en la fe fiducial.

Y en la Iglesia Católica seguimos la fe dogmática:

«creemos que es verdad lo que ha sido revelado por Dios, no a causa de la verdad intrínseca de las cosas penetrada en virtud de la luz natural de la razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo que es el que realiza la revelación» (D 1789; cf. 1811): el hombre cree en Dios porque asiente a lo que Dios le revela, da su voluntad libre, se somete con el entendimiento al dogma que Dios le revela, a la Verdad Absoluta, que está por encima de toda mente humana, de todo lenguaje humano, de toda obra humana.

Esta fe dogmática se opone a la fe fiducial. En la fe fiducial, el hombre no se somete a una verdad, sino que obra su mentira, diciéndose a sí mismo que ya Dios le perdonó su pecado, que no lo mira más porque Cristo nos ha salvado con su Sangre, ya hay un ecumenismo de sangre, de sufrimientos, ya sólo existe un misticismo del diálogo.

¡Cuántos católicos perdidos por este hombre, al que continúan llamándole Papa!

Y un hombre que no señale el camino del cielo en la Iglesia, que es un camino de cruz, no es Papa nunca.

Un hombre que sólo le interese el campo humano, no es Papa nunca.

Un hombre que sólo viva para las conquistas de su mente humana, no es Papa nunca.

El Papado es otra cosa a lo que Bergoglio da a conocer. Ser Pedro en la Iglesia es una obra divina en el alma de Pedro. Y todo Papa legítimo hace caminar a la Iglesia en la unidad de la verdad.

Pero todo Papa ilegítimo hace caminar a la Iglesia en la mentira de la diversidad del pensamiento humano.

Jesús vino para salvar almas no para alimentar las mentes de los hombres, que es lo que hace Bergoglio: da sus ideas para que los hombres las acojan y las veán como camino en la Iglesia. Y así las almas se pierden en la idea humana. Se hacen esclavas de lo humano.

Pocas cosas hay que decir de Bergoglio. Todo está dicho. Pero los hombres lo siguen porque quieren el pecado en sus vidas, como se lo da ese hombre.

Si el hombre acepta la mente de este charlatán se hace como él: un inútil para Dios y un esclavo de los pensamientos de los hombres. Muchos están en la Iglesia por el qué dirán. Hacen un común con todos los hombres que quiere vivir su relativismo en la Iglesia. Se unen a los hombres que piensan como ellos.

Y son pocos los católicos verdaderos, que, en verdad, hacen la Iglesia, son Iglesia. Son un resto fiel al que nadie atiende porque para ser de ese Resto no hay que ser del mundo, ni de la masa de los católicos, ni de la gente que se dice que sigue la Tradición, pero que después critica a todo el mundo en la Iglesia.

Si quieren ser Iglesia huyan de todas las cosas. Vayan al desierto. Allí encontrarán la verdad de sus vidas.

Si quieren hacer la Voluntad de Dios comprendan que se quedan solos, enfrentados a todos los hombres, aun los de su misma familia.

Si quieren vivir la Vida Divina, combatan toda vida humana por más buena y perfecta que parezca. Luchen contra todo pensamiento humano aunque les parezca lo más valioso para sus vidas.

Dios no obra la Santidad sin la voluntad libre de los hombres. Dios no hace puros a los hombres porque los hombres lo piensen bien. Dios no salva al hombre si el hombre no se humilla hasta el polvo, no deja en su nada sus grandiosos pensamientos sobre su vida.

Dios quiere Santos en su Iglesia, no quiere bastardos, como son muchos católicos, que se creen algo en la Iglesia porque saben pensar y obrar algo. Dios quiere humildes, que son aquellas almas que obedecen, sin rechistar la verdad revelada, absoluta, sin cambiarla en nada ni por nada en el mundo.

Bergoglio enseña su fe protestante a toda la Iglesia. Y no es capaz de enseñar la fe católica porque no cree en el dogma, en la Verdad Revelada. Es un Lutero más que con bonitas palabras destruye toda Verdad y hace caminar a las almas hacia la perdición eterna.

La Iglesia visible no está en lo exterior de la vida, sino en el cumplimiento de la Palabra de Dios

larealidaddelodivino

«La Iglesia, si nos fijamos en el fin último al que tiende y en las causas próximas que realizan la santidad, es verdaderamente espiritual: ahora bien si paramos mientes en aquellos, de cuya unión está formada, y en las realidades mismas que conducen a los dones espirituales, es externa y necesariamente visible… Son externos los instrumentos ordinarios y principales de la participación de la gracia: llamamos Sacramentos a los que son administrados por hombres elegidos ex profeso para ello, por obra de unos ritos determinados. Jesucristo mandó a los Apóstoles y a los sucesores perpetuos de los Apóstoles el que enseñaran y gobernaran a las gentes: ordenó a las gentes el que recibieran la doctrina de los Apóstoles y se sometieran con obediencia a la potestad de ellos. Sin embargo esta alternativa de derechos y de deberes en el pueblo cristiano no hubiera podido no sólo mantenerse, sino ni siquiera comenzar a no ser por medio de los sentidos que son los intérpretes y los mensajeros de las realidades. Por estos motivos las Sagradas Escrituras llaman con tanta frecuencia a la Iglesia bien cuerpo, bien también cuerpo de Cristo (1 Cor 12,27). Y por el hecho de ser cuerpo, la Iglesia se percibe por la vista» (León XIII, Encíclica “Satis cognitum” – ASS 28,709s).

La Iglesia se percibe por la vista; y es visible por tres cosas:

  1. Magisterio auténtico: a los fieles se le propone las verdades de fe que deben creer interiormente y que debe ser confesadas oralmente: «Jesucristo mandó a los Apóstoles y a los sucesores perpetuos de los Apóstoles el que enseñaran y gobernaran a las gentes»
  2. Ministerio sagrado: se ofrece a Dios el culto debido con ritos sagrados adecuados y se dispensan a los fieles los Sacramentos: «llamamos Sacramentos a los que son administrados por hombres elegidos ex profeso para ello, por obra de unos ritos determinados».
  3. Régimen social: existe una disciplina en la Iglesia (una triple potestad en la Jerarquía) para que los fieles puedan cumplir el fin divino de la Iglesia: salvar su alma y santificarla: «ordenó a las gentes el que recibieran la doctrina de los Apóstoles y se sometieran con obediencia a la potestad de ellos».

Por estas tres cosas, se ve la visibilidad de la Iglesia. Si falta una sola de ellas, la Iglesia ya no es visible.

«cuando hablamos de la realidad visible de la Iglesia no debemos pensar solo en el Papa, los obispos, sacerdotes, monjas, personas consagradas. La realidad visible de la Iglesia está formada por muchos hermanos y hermanas que en el mundo creen, esperan, aman» (Ver texto).

Cuando hablamos de la realidad visible de la Iglesia, hablamos de la Jerarquía, no de muchos hermanos, fieles. Una Jerarquía:

  1. Que propone un magisterio auténtico para ser creído;
  2. Que ofrece el culto adecuado a Dios en cada Sacramento;
  3. Que ejerce la triple potestad en la Iglesia: enseñar, guiar y santificar.

La Iglesia visible no son ni el Papa, ni los sacerdotes, ni las monjas ni los muchos hermanos que creen en el mundo. En el mundo, hay mucha gente que cree en su mente humana, que espera en su mente humana y que ama su humanidad.

La Iglesia visible es el Cuerpo Místico de Cristo, no la gente del mundo. Cuerpo en la Cabeza, que forma un orden jerárquico, al que deben someterse todos en la Iglesia.

«¿quién es la Iglesia? Son los sacerdotes, los obispos, el Papa. Pero, la Iglesia somos todos. Todos nosotros, todos los bautizados somos Iglesia. La Iglesia de Jesús» (Ib).

La Iglesia, es claro, que no somos todos. Bergoglio no se detiene en el dogma: la Iglesia es la Jerarquía: «¿quién es la Iglesia? Son los sacerdotes, los obispos, el Papa». Su pensamiento no concluye aquí, sino que desarrolla el dogma: «Pero, la Iglesia somos todos».

Esto, en teología, se llama método inductivo: se toma como punto de partida la realidad de la vida, con sus problemas, con sus enfoques, con sus obras, con sus pensamientos… Y según sea esta realidad, se va al Evangelio y se saca, mediante un raciocino, una idea para esa realidad.

El método deductivo consiste en esto: se comienza con un dogma inmutable, no con la realidad de la vida, e interpretamos esa realidad según el dogma, según una verdad Absoluta.

El método deductivo es el de siempre en la Iglesia. Por eso, el dogma no cambia. Lo que cambian son esas realidades, las vidas de cada alma, según las circunstancias, los objetivos en sus vidas, sus intenciones en el obrar, etc… Y de acuerdo a lo que cada alma vive, se interpreta esa realidad de cada alma según algo inmutable.

Pero Bergoglio usa, continuamente, en todos sus escritos, homilías, charlas, el método inductivo: como hay homosexuales, ateos, judíos, etc…, vamos a buscar un lenguaje apropiado para que se dé importancia a esas vidas, para que se valoren esas vidas, para que se busque un diálogo humano con los hombres. Esto, necesariamente, hace que el dogma cambie, se desarrolle, se interprete según la cabeza de cada uno, según las voluntades de cada persona, según los objetivos que cada uno tiene en su vida. Se adapta el dogma a la vida del hombre, a cada vida, a cada obra, a cada pensamiento humano. Se abaja a Dios al estilo de vida de cada hombre; se anula lo divino para hacer resplandecer lo humano; entonces, como conclusión, la vida del hombre no se conforma con el dogma, sino que es el dogma el que tiene que conformarse con la vida de cada hombre. Es vivir para hacer un gusto al hombre, para darle un capricho al hombre. No es vivir para crucificar ni la mente ni la voluntad del hombre. No es vivir poniendo un camino de cruz al hombre, sino que es darle el camino para condenarse en vida.

Entonces, sí la Iglesia es la Jerarquía, pero…como hay vidas humanas, como hay situaciones difíciles…la Iglesia somos todos. Método inductivo: se parte de la realidad, no del dogma. Se acaba negando el dogma.

Método deductivo: se parte del dogma y se saca una verdad para la vida de ese hombre.

En el método inductivo, se parte de una realidad y se lleva al hombre hacia una mentira pensada, razonada, que va de acuerdo a su realidad. El Evangelio se pone al servicio de la mente y de la vida de cada hombre. Ya no es el hombre el que sirve al Evangelio: no se adora a Dios en la Palabra, sino que se adora la mente del hombre en su misma vida humana.

«De todos los que siguen a Jesús y que, en su nombre se hacen cercanos a los últimos y a los que sufren, tratando ofrecer un poco de alivio, de consuelo y de paz. Todos, todos los que hacen lo que el Señor nos ha mandado, son Iglesia».

¿Dónde está el Magisterio de la Iglesia? ¿Dónde la práctica de los Sacramentos? ¿Dónde la triple potestad en la Iglesia?

En ninguna parte: «De todos los que siguen a Jesús». Son muchos los que siguen a Jesús: cada uno lo sigue a su manera humana, según su creencia, según su ideología. Y hay muchos hombres «que se hacen cercanos a los últimos y a los que sufren, tratando ofrecer un poco de alivio, de consuelo y de paz». Un testigo de Jehová ayuda a los pobres…Un ateo alivia y da consuelo a los necesitados…Hay mucha gente que hace el bien humano y que cree en su Jesús; pero no cree en el Jesús Revelado en el Evangelio. Toda esta gente no puede ser el Cuerpo de Cristo. No puede ser, porque las obras humanas, el fin humano de la vida no hace ser Iglesia.

En la Iglesia se vive para un fin divino, sobrenatural, perfecto e inmutable. Por lo tanto, se vive para realizar una obra divina. En la Iglesia hay que hacer el bien divino: no hay que hacer bienes humanos. ¿De qué sirve dar de comer a los pobres si, después, se sigue viviendo en el pecado, obrando con el pecado, manifestando a los otros nuestros pecados? De nada.

Se es Iglesia porque cada alma hace lo que el Señor le manda. No se es Iglesia cuando “todos hacen lo que el Señor nos ha mandado”. ¿A quiénes nos lo ha mandado? Se es Iglesia porque todos hacen lo que el Señor les ha mandado, a cada uno en particular.

Bergoglio está diciendo que, como todos somos Iglesia, todos estamos en la Iglesia haciendo la Voluntad de Dios. Eso significa su “nos”. Es su lenguaje equívoco, lleno de trampas por todas partes. Y hay que saber discernirlo para no quedar atrapado en su lenguaje.

La Voluntad de Dios es para cada alma en la Iglesia, no es para una masa de gente en la Iglesia. Dios habla a cada alma y le da a conocer lo que tiene que hacer en Su Iglesia. Y, de esa manera, sólo escuchando la voz de Dios en el corazón, se hace la Iglesia.

«Comprendemos, entonces, que también la realidad visible de la Iglesia no se puede medir, no se puede conocer en toda su plenitud: ¿cómo se hace para conocer todo el bien que se hace? Tantas obras de amor, tantas fidelidades en las familias, tanto trabajo para educar a los hijos, para llevarlos adelante, para transmitir la fe, tanto sufrimiento en los enfermos que ofrecen sus sufrimientos al Señor… Pero esto no se puede medir, y es muy grande, es muy grande».

La enseñanza de este hombre es sólo humana, material, natural, carnal, sentimental, sensible, afectiva, pero nunca espiritual ni mística. Es su falsa espiritualidad. Su falso misticismo.

La realidad visible de la Iglesia se puede medir: si no hay magisterio auténtico, ni verdaderos sacramentos, ni el ejercicio de la triple potestad, entonces es claro que no hay Iglesia: no se ve la Iglesia. Se puede medir si hay o no hay Iglesia.

En una Misa donde todos bailan, donde el cura come, se emborracha, hace una discoteca de un rito litúrgico, entonces allí no está la Iglesia visible.

Allí donde un falso Papa dice sus herejías cada día, como es el caso de Bergoglio, allí no está la Iglesia visible. Eso se puede medir. Y esto es lo que la gente no mide, porque cree que la Iglesia somos todos.

Allí donde la Jerarquía enseña a comulgar a los divorciados, a casar a los homosexuales, a bautizar a niños de uniones abominables, a reunirse con los judíos, musulmanes, ateos, para una oración sacrílega, allí no está la Iglesia visible.

La realidad visible de la Iglesia se puede medir, porque la Iglesia no somos todos: es la Jerarquía. Empiecen a discernir a la Jerarquía y van a medir la realidad visible de la Iglesia.

Empiecen a ver si esa Jerarquía enseña el magisterio auténtico de la Iglesia; disciernan si sus misas, cuando administran los diversos Sacramentos, lo hacen con el rito adecuado o de cualquier manera; vean si sus almas son llevadas a la salvación y hacia la santidad, o sólo es un entretenimiento para terminar dando un dinero y todos abrazados diciéndose lo bueno que es el Señor que nos da lo material porque somos gente buenísima.

«Tantas obras de amor, tantas fidelidades en las familias, tanto trabajo para educar a los hijos, para llevarlos adelante, para transmitir la fe, tanto sufrimiento en los enfermos que ofrecen sus sufrimientos al Señor…»: la realidad visible de la Iglesia no está en esto.

Esas obras de amor ¿se hacen siguiendo el magisterio auténtico de la Iglesia; se hacen obedeciendo a la Jerarquía? O ¿son exigidas por una predicación masónica, protestante y comunista?

Esas fidelidades en las familias, ¿son a la Gracia del Sacramento o a sus vidas humanas, materiales, carnales, naturales? ¿Son fieles a la carne y a la sangre o son fieles al Espíritu de Dios en sus matrimonios, en sus familias?

Ese tanto trabajo ¿es para educar a los niños para que salven sus almas o para darles de comer y una vida acomodada a lo humano?  ¿Se los lleva adelante para que conquisten el Cielo o para que sean hombres para la causa social? ¿Qué fe se transmite: la divina o la humana? ¿Qué fe se vive: el don de Dios o la conquista del hombre?

¿El hombre sufre para unirse a Cristo Redentor o sufre porque no le queda más remedio que sufrir la vida? ¿Se ofrece en sufrimiento para salvar almas o por una causa sentimental?

Es una espiritualidad, la de Bergoglio, totalmente falsa: no ilumina la vida espiritual de cada alma, sino que habla para una masa de gentes. Todos sufren en sus vidas, todos tienen una fe, todos educan a sus hijos, todos hacen obras buenas… La Iglesia somos todos… Luego, todo vale. Hay que hablar para la masa, pero no para el alma. El alma queda vacía con este discurso de Bergoglio. Vacía.

«Para comprender la relación, en la Iglesia, la relación entre su realidad visible y la espiritual, no hay otro camino que mirar a Cristo, del cual la Iglesia constituye el cuerpo y del cual es generada, en un hecho de infinito amor»: aquí comienza a hablar de su falso misticismo. Bergoglio quiere expresar, con su lenguaje barato, esa relación entre lo visible y lo espiritual.

¿Qué relación existe entre la Iglesia visible, que somos todos, para Bergoglio, y la Iglesia espiritual? Y dice: hay que mirar a Cristo.

Pero si la Iglesia visible son tres cosas:

  1. Magisterio auténtico;
  2. Sacramentos;
  3. Triple potestad;

Si un sacerdote da estas tres cosas, entonces se deduce: esa alma sacerdotal está unida a Cristo, de una manera mística y espiritual. La relación entre lo visible y lo espiritual es ésta: ese sacerdote es otro Cristo.

Si un sacerdote no da estas tres cosas, entonces se deduce: esa alma sacerdotal no está unida a Cristo, ni mística ni espiritualmente. La relación entre lo visible y lo espiritual es ésta: ese sacerdote no es otro Cristo.

Pero Bergoglio comienza su falso misticismo, mirando a Cristo:

  1. Como la Iglesia somos todos, entonces «del cuerpo es generada» la Iglesia, «en un hecho de infinito amor».

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, pero de este Cuerpo no se genera la Iglesia. Ya la Iglesia es Cuerpo. No hay que generar nada. Esta idea que saca es por no quedarse en el dogma de la Iglesia: la Iglesia es Cristo. Como somos todos, entonces hay que generar a todos en ese Cuerpo. Es su método inductivo, que le hace decir una blasfemia.

  1. «También en Cristo, de hecho, por la fuerza del misterio de la Encarnación, reconocemos una naturaleza humana y una naturaleza divina, unidas en la misma persona de forma admirable e indisoluble. Esto vale de forma análoga también para la Iglesia». Bergoglio pone el dogma de la Encarnación; pero no se detiene en el dogma. Va a iniciar su método inductivo: «Esto vale de forma análoga también para la Iglesia».

Cristo es una Persona Divina, con dos naturalezas distintas: la humana y la divina. El Verbo asume la naturaleza humana. Y, por eso, Jesús no es una persona humana. Es un hombre, porque tiene naturaleza humana, pero no tiene persona humana. Este Misterio de la Encarnación sólo pertenece a Cristo. No es de la Iglesia. No «vale de forma análoga para la Iglesia». No se da en la Iglesia. Sólo se da en Cristo.

Este, su falso misticismo, le va a hacer decir: como todos somos iglesia, entonces todos somos dioses por participación, hijos de Dios; y, por lo tanto, todo hombre, al poner su vida humana al servicio de la vida divina, es Iglesia y se salva: «Y como en Cristo la naturaleza humana favorece plenamente a la divina y se pone a su servicio, en función del cumplimiento de la salvación, así sucede, en la Iglesia, por su realidad visible, en lo relacionado con lo espiritual». Todos los hombres, en sus naturalezas humanas favorecen a la naturaleza divina, que poseen por el Bautismo, están a su servicio y así se salvan: «así sucede, en la Iglesia, por su realidad visible, en lo relacionado con lo espiritual»

  1. Ese servicio de todos los hombres a su naturaleza de hijos de Dios es un misterio de fe:

    «También la Iglesia, por tanto, es un misterio, en el cual lo que no se ve es más importante que lo que se ve, y puede ser reconocido sólo con los ojos de la fe». Hay que tener fe para poder comprender cómo un homosexual se relaciona, en su pecado de abominación, con la naturaleza divina que tiene por el Bautismo. Eso que no se ve: la naturaleza espiritual, el ser hijo de Dios, eso sólo se reconoce por la fe. La fe, para Bergoglio es un acto de la mente del hombre, no es un don de Dios al alma. Hay que tener la mente de Bergoglio para poder comprender cómo los homosexuales, los ateos, los judíos, los musulmanes… van al cielo porque sólo han recibido el Bautismo que los hace ser hijos de Dios y, por tanto, ya entran en la relación entre lo visible y lo espiritual.

  2. Y, entonces, se pregunta:«¿cómo la realidad visible puede ponerse al servicio de la espiritual?». Es decir, ¿cómo un homosexual, un pecador empedernido, un ateo, un hereje, un cismático, un musulmán… puede ponerse al servicio de la realidad espiritual, que es el ser hijo de Dios?
  3. Y se contesta: «Una vez más, podemos comprenderlo mirando a Cristo». No comprendas al homosexual mirando su pecado de abominación, sino a Cristo, que lo ha salvado. La realidad es ese homosexual. Y ese homosexual es hijo de Dios por el Bautismo. Luego, vamos a ir al Evangelio, lo vamos a interpretar como queremos, y encontraremos una idea, una razón, un lenguaje apropiado para comprender cómo una abominación puede entrar en el Cielo. Es el método inductivo, que siempre, en cada homilía, sale.
  4. Y, entonces, pone la frase del Evangelio que va con su método inductivo: «En el Evangelio de Lucas se cuenta como Jesús, en su regreso a Nazaret –lo hemos escuchado esto- donde había crecido, entró en la sinagoga y leyó, refiriéndose a sí mismo, el paso del profeta Isaías donde está escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor’». Jesús viene a salvar a los pobres que no tiene un pan, un techo, una salud; viene a dar la libertad a los cautivos, a los esclavos de las clases pudientes; viene a proclamar la misericordia sin justicia, en la que todos se salvan porque son buena gente.
  5. Y voilà: «La Iglesia está llamada cada día a hacerse cercana y todo hombre, comenzando por el pobre, por el que sufre y por quien es marginado, para continuar haciendo sentir sobre todos la mirada compasiva y misericordiosa de Jesús». Si un homosexual, un ateo, un judío, etc… se dedica a llenar estómagos de la gente, pone hospitales, levanta escuelas, produce una economía para todos, en la que todos tengan dinero…entonces cualquier hombre está al servicio de su naturaleza divina, dada en el Bautismo, y eso le salva y le lleva al Cielo. Ahí está la Iglesia visible, porque se produce lo mismo, de una manera análoga, a lo que en Cristo obra el Misterio de la Encarnación. Esto se llama, en teología, el gnosticismo. Bergoglio es un gnóstico.

Este es el falso misticismo de este hombre. Su método inductivo siempre le lleva a tres cosas: idea masónica, idea protestante, idea comunista. Y no sale de estas tres cosas.

Pío XI, en la Encíclica “Mortalium animos”, es muy claro cuando enseña lo que es la Iglesia visible:

«Nuestro Señor Jesucristo instituyó su Iglesia como una sociedad perfecta, ciertamente externa por naturaleza y al alcance de los sentidos, para que ésta prosiguiera en la posteridad la obra de la reparación del linaje humano, bajo la guía de una sola cabeza (Mt16,18s; Lc 22,32; Jn 21,1517), mediante el magisterio oral (Mc 16,15), y por la administración de los Sacramentos, fuentes de la gracia celestial (Jn 3,5; 6,48-59; 20,22s; cf. Mt 18,18); por lo cual afirmó haciendo uso de comparaciones que la Iglesia es semejante a un Reino (Mt 13), a una casa (Mt 16,18), a un redil (Jn 10,16) y a un rebaño (Jn 21,15-17)”» (1.c. p.8).

Bergoglio es todo oscuridad, tiniebla y abominación en su mente humana. Y, por eso, no puede ser Papa en la Iglesia Católica. Es un falso hombre que no tienen dos dedos de frente.

Ningún masón puede declarar santos en la Iglesia

corsa

“¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).

Después de ver el doble lenguaje de Francisco, y de seguir constatando que Roma ha perdido la Fe, y ya no se opone al inicuo que usurpa la Silla de Pedro, sino que lo protege, excusa su pecado, y le abre caminos para que siga destruyendo la Iglesia, como lo está haciendo; sólo queda refugiarse en el Corazón de Jesús. Lo demás, es perderse en un mundo y en una Iglesia que ya no ama a Dios, sino que da culto al demonio y al pensamiento de los hombres.

¿Cómo reconocer al Anticristo?: “Ustedes los reconocerán porque no llevará nunca la cruz, símbolo de redención. Él tendrá doce discípulos, se valdrá de todo tipo de prodigios para hacerlos caer en engaño. En las Iglesia habrá desorden” (Cuadernos 1943 – María Valtorta).

Francisco lleva una cruz, que no es el símbolo de la redención, sino el símbolo de la condenación: una paloma, que cae en picado, hacia un grupo de ovejas, donde hay una calavera, representada como “buen pastor”. Francisco es un anticristo, pero no el Anticristo. Él ha puesto a ocho cabezas para gobernar la Iglesia, que piensan lo mismo que él, que obran lo mismo que él. Ese grupo de herejía es el que inicia la falsa Iglesia, el que da cuerpo a la iglesia negra del demonio.

«Vendrá un hombre, ostentará obras de beneficencia; demostrará gran estabilidad, hará el bien y mucha gente lo amará y creerá en sus hazañas. Pero recuerden que la humildad viene de Dios y el que procede de Dios no se pavonea» (Ibidem). Francisco, desde que inició su falso pontificado, se pavonea con todo el mundo; el mundo lo aplaude, el mundo lo sigue, porque el mundo reconoce lo que hay en Francisco.

En la Iglesia, Francisco se ha puesto a recoger dinero. Las almas no le interesan para nada. Quiere llegar a la gente dándole lo que quieren escuchar. Por eso, la masa lo ama; la masa cree en sus palabras, en sus obras. La masa lucha por Francisco, pero ya no lucha por la Verdad. Creen que Francisco da la Verdad porque da dinero a los pobres, porque está metido en los asuntos del mundo, de la gente; porque se preocupa de la vida de los demás. Es el engaño de un hombre que sólo se pavonea, que sólo quiere publicidad, que busca la propaganda, como todo político. Está haciendo su campaña política en la Iglesia y nadie se ha dado cuenta.

«Vi qué nefastas iban a ser las consecuencias de esta falsa iglesia. Ví cómo aumentaba de tamaño; herejes de todo tipo venían a la Ciudad (Roma). El clero local se tornaba tibio, y vi una gran oscuridad… Entonces la visión pareció extenderse por todas partes. Comunidades católicas enteras eran oprimidas, asediadas, confinadas y privadas de su libertad. Vi muchas iglesias que eran cerradas, por todas partes grandes sufrimientos, guerras y derramamiento de sangre. Gentuza salvaje e ignorante se entregaba a acciones violentas. Pero todo ellos no duró largo tiempo” (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 13 de mayo 1820).

Esto es lo que viene ahora. Se inicia la falsa iglesia. Ya, durante 50 años, en Roma, las herejías han ido aumentado de tamaño. Y no han sido los Papas los culpables, sino los Obispos y sacerdotes que no han obedecido a la Cabeza Reinante. Herejes de todo tipo hay en el Vaticano. Y, por tanto, la tibieza en la vida espiritual es manifiesta, clara, es lo que los fieles ven en sus pastores: ya no viven sus sacerdocios, sino otra cosa. Y, entonces, viene un Francisco, otro hereje, que se alimenta de engaños, que vive su vida según su propia voluntad, y extiende la herejía a todo el mundo. Hace que todos la vivan, la abracen, la obren.

Esto es lo que está pasando: quien sigue a un hereje, se hace él mismo hereje. Empieza a comulgar con su mismo pensamiento humano, que es errado cien por cien. Y, claro, tiene que venir la persecución.

Y ya hay señales que empiezan, por todas partes, grandes sufrimientos por causa del pecado de la Iglesia actual. Francisco y los suyos, son los culpables de lo que viene ahora a la Iglesia y al mundo.

«Veo al Santo Padre muy angustiado. Él vive en un palacio, distinto al anterior, donde recibe sólo a un número limitado de amigos allegados a él. Temo que el Santo Padre tenga que sufrir muchas otras pruebas antes de morir. Veo que la falsa iglesia de las tinieblas está haciendo progresos, y veo la tremenda influencia que ella tiene sobre la gente. El Santo Padre y la Iglesia están verdaderamente en una aflicción tan grande que habría que estar implorando a Dios día y noche» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 1º de agosto 1820).

Del Papa Benedicto XVI habla la beata. Está presentando la potestad espiritual que tiene el Papa. En la persona del Papa confluyen dos potestades distintas: una temporal (sobre la Ciudad del Vaticano) y otra espiritual (sobre el gobierno de las almas y de la Iglesia Católica).

Benedicto XVI ya no gobierna el Vaticano y, por tanto, no posee esa potestad temporal, a imagen de Cristo, que se separó de la Sinagoga de su tiempo, para poder ejercer su potestad espiritual, y así fundar Su Iglesia. Benedicto XVI está separado del Vaticano y de todas sus iniquidades, como Jesús. Pero sigue conservando su potestad espiritual porque su renuncia no significa la pérdida del Poder Divino. Él sigue siendo el Papa, pese a quien le pese. Y el Papa de toda la Iglesia Católica, el Papa elegido por Dios. En este Papa está la Verdad, se guarda la Verdad. Vive en un palacio, distinto al que ocupó siendo Papa, recibiendo sólo a pocas personas. Pero vive sufriendo por la Iglesia y le llega la hora del mayor sufrimiento: ir a la Cruz de la cual se bajó: «llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombre y mujeres de diversas clases y posiciones» (Lucía – Tercera parte del Secreto de Fátima).

Francisco es el Soberano Absoluto del Vaticano, antro de los siete vicios capitales; tiene un poder humano temporal y material, pero no tiene la potestad espiritual sobre las almas ni sobre la Iglesia Católica.

Francisco ha demostrado una actitud ecuménica exaltada, una escandalosa negligencia y libertad litúrgica, una pastoral de considerable ambigüedad, y una concepción doctrinal herética y totalmente discutible.

Francisco es un masón, un hombre que, desde 1999, es miembro honorífico del Rotary Club de Buenos Aires. Y un masón no puede nunca ser el verdadero Papa, el Papa legítimo, sino que es, a todas luces, ilegítimo; y lo que hace en la Iglesia es nulo, a los ojos de Dios. A los ojos de los hombres, tiene una validez humana, pero no espiritual.

El Rotary es de inspiración masónica, pone en práctica los ideales masónicos y tiene vínculos con la Masonería. Y, por eso, al Rotary se le conoce como Masonería blanca o Masonería sin máscara.

Francisco, desde que salió al balcón se dirigió al mundo y a la Iglesia como masón, no como Papa. Y sus palabras fueron claras: “Dado que muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia Católica, otros no son creyentes, os imparto esta bendición, en silencio, a cada uno de ustedes, respetando la conciencia de cada uno, pero a sabiendas de que cada uno de ustedes es un hijo de Dios Que Dios los bendiga” (13 de marzo 2013). Puso el sello de la masonería en su primera actuación. No puso la palabra de Dios, no llevó a Cristo, no ofreció la Verdad, sino la mentira.

Lo que dijo está totalmente de acuerdo con lo expresado por la masonería: “la masonería enseña que ya que Dios es el Creador, todos los hombres y todas las mujeres son los hijos de Dios. Debido a esto, todos los hombres y todas las mujeres son hermanos y hermanas“ (Gran Logia de Michigan). Este es el gran principio de la fraternidad: el amor al hombre se pone por encima del amor a Dios. Porque sois hijos, sois hermanos. No se dice: porque sois amados por Dios, entonces sois hijos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, que grita: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4, 6). Somos hijos en el Hijo del Padre. Somos hermanos en el Espíritu del Hijo, que es el Espíritu de Cristo. No somos hermanos por Creación de Dios. Somos hermanos porque «Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción» (Gal 4, 4b-5). La masonería niega la Redención y, por tanto, predica el amor fraterno, anulando el amor de Dios.

Francisco predica su fraternidad en la Iglesia, que se asemeja a la del universalismo antropocéntrico, de matiz iluminista, revolucionaria y atea: «el Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad» (Francisco en la entrevista a Scalafarri). Clamorosa inexactitud, que anula la obra de la Redención. Jesús se encarna para redimir al hombre del pecado y así hacerlo hijo de Dios por adopción. Y, por tanto, la fraternidad es sólo una mera consecuencia de la Redención, pero no es el fin de la Encarnación del Hijo de Dios. Y esto le lleva a la adoración del hombre: «sobre el altar adoramos la carne de Jesús; en ellos (en los pobres) encontramos las llagas de Jesús. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí está la carne de Jesús; Jesús está presente ente ustedes, es la carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (Francisco, en Asís, a los niños discapacitados). Francisco ha perdido el camino de la Verdad y no sabe diferenciar la presencia de Cristo en la Eucaristía y la presencia de Cristo entre los pobres. Las llagas de los pobres son sólo un símbolo de las llagas de Cristo, una analogía, no real, sino sólo relativa, conceptual. Y la presencia de Cristo en la Eucaristía es real, sustancial, no es un símbolo. Y, por tanto, hay que destacar a Cristo en la Eucaristía, no las llagas de los pobres. El primer plano, para Francisco, son los pobres, no es Cristo. Señal de que Francisco da culto a los hombres, a sus obras, a sus pensamientos. Pero no es capaz de dar culto a Dios. Habla que Jesús está en la Eucaristía para llevar la mente del que lo escucha a lo que le interesa: el hombre. Este es siempre el doble lenguaje de Francisco. ¡Siempre!

En la elección de Francisco a la Silla de Pedro estuvo la masonería: él fue el candidato de los masones cardenales; puesto en una hábil maniobra del demonio para quitar al Papa reinante, y poner al que destruye el Papado con su vida de vulgaridad, con su vida social y política; con su inteligencia errada en todas las cosas de la Iglesia. Habla de muchas cosas y todo es mentira en lo que habla. Habla para darse importancia, pero nunca para enseñar la verdad. Habla para poner a otros los modelos de vida que él tiene: «En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien» (Ángelus – Plaza de San Pedro -Domingo 17 de marzo de 2013). «Otra cosa: ayer, antes de dormir, pero no para dormirme, leí -releí- el trabajo del cardenal Kasper y me gustaría darle las gracias, porque me encontré con una profunda teología, un pensamiento claro en teología. Es agradable leer teología clara. Y también encontré aquello que San Ignacio nos decía, del sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me ha hecho bien y me vino una idea -discúlpeme si le hago avergonzarse Eminencia- pero la idea es que a esto se le llama “hacer teología de rodillas”. Gracias. Gracias.» (Aula del Sínodo en el Vaticano – 21 de febrero).

Al Cardenal Kasper no se le puede considerar un buen teólogo, sino merecedor de reprobación expresa, por su posición marcadamente herética y cismática con relación a varios dogmas de Fe, entre ellos la negación de la divinidad de Jesús, en su libro Jesús el Cristo, donde dice: «esta confesión Jesucristo, Hijo de Dios, es un residuo de mentalidad mítica, pasivamente aceptado» (p. 22); la negación del dogma extra Eccelsiam nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación), donde afirma que en Jesucristo la salvación incluye todo lo que es bueno y verdadero en las otras religiones; la negación de los milagros, de la Resurrección, de la Ascensión, de la Concepción Virginal de María y de la Infalibilidad de la Iglesia.

Esto no es profunda teología, estoy no es hacer teología de rodillas. Esto es dar culto a la mente del hombre; esto es ponerse por encima de la ley de Dios; esto es anular la Palabra de Dios y llamarla herética.

El elogio público de un teólogo herético representa una afirmación herética. Por tanto, Francisco ha caído en clara herejía al alabar a Kasper. Y sólo este elemento basta -de por sí- para considerar a Francisco excomulgado, desprovisto del cargo eclesiástico que se le ha confiado, anulando así su falso Pontificado. Esto es pública herejía de Francisco en la Iglesia. Y nadie quiere llamar a las cosas por su nombre.

El canón 194 § 1, n. 2, dice: «Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico: quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia». Francisco, poniendo como modelo de fe a un hombre hereje, se aparta públicamente de la fe católica; porque los sacerdotes y Obispos en la Iglesia deben ser padres de la fe y, por tanto, modelos de la fe. Y poner por modelos de fe en la Iglesia a los santos, que son los que han obrado y vivido la fe. Ponen como modelo para creer a uno que no cree en nada. ¡Esto es reírse de toda la Iglesia!

Todo esto es muy grave, y nadie en el Vaticano dice una palabra. Al revés, se están preparando para representar la mayor comedia de la historia: canonizar a dos beatos. Falsa canonización, porque un masón no tiene poder para hacer santos, para declarar santos. Va a ser solo una pantomima, una obra de teatro más de Francisco y todos los suyos. Y, por supuesto, para sacar tajada de eso.

Pero, ¿a quién le interesa esto? A nadie le importa la verdad. Todos contentísimos con el doble lenguaje de Francisco. Todos esperando a ver qué pasa en octubre con el sínodo de los Obispos. Todos haciendo planes para el futuro. Y nadie combate el error. Nadie se enfrenta a Francisco.

«Veo muchos eclesiásticos que han sido excomulgados y que no parecen preocuparse por ellos, y por tanto menos tener conciencia de su situación. Y, sin embargo, ellos quedan excomulgados cuando cooperan con empresas, entran en asociaciones y abrazan opiniones sobre las cuales se ha impuesto el anatema. Se puede ver cómo Dios ratifica las órdenes, las interdicciones y los decretos emanados de la Cabeza de la Iglesia, manteniéndolo vigente aun si los hombres no muestran interés por ellos, los rechazan o se burlan» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick –1820-1821).

La beata sólo está recordando el Evangelio: «lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto destares en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16, 19). Francisco, Kasper y todo su gobierno horizontal están excomulgados por Dios, porque Dios no se olvida de lo que los Papas han atado en Su Iglesia. El canon 1364 dice que: «el apóstata de la fe, el herético o el cismático cae en excomunión latae sententiae»; es decir, automáticamente él mismo se pone fuera de la Iglesia sin necesidad de un acto oficial, sin necesidad de que se lo recuerden.

Cualquiera que proclame o ponga en práctica otra doctrina distinta a la de Cristo, dentro de la Iglesia Católica, es herético y de hecho queda excomulgado, aunque sea Sacerdote, Obispo, Cardenal o Papa; porque nadie se puede poner por encima de las Verdades de Fe, que son sagradas para Dios y son ley divina para el hombre.

Dios ratifica a Sus Papas, los que ellos han atado en la tierra. Y aunque nadie le importa ya eso, Dios sigue ratificando a Su Iglesia, porque su Iglesia es la Verdad. Y no hay más Verdad que lo que los diferentes Papas han obrado en la Iglesia en toda su historia. Un Papa es el que custodia la Verdad y sólo la Verdad

Lo que obra actualmente ese infeliz de Francisco es sólo su nueva iglesia, negra, del demonio. Y todo aquel que lo apoye, queda excomulgado automáticamente. Francisco sigue haciendo su comedia en la Iglesia. Y todos ríen, aplauden. Consecuencia: ya no hay tiempo. Ya se acabó el tiempo. No esperen Misericordia; sólo Justicia.

Francisco no cree en la Resurrección

rrrrrre

Francisco es un hombre si fe. No cree en la Resurrección de Jesús. Sólo lean su homilía de la Vigilia Pascual y se darán cuenta que habla de sus cosas, de su idea, pero no de Jesús Resucitado.

Un hombre que no sabe centrar el tema de la fe, sino que va contando una historia sobre lo que sucedió ese día, para finalizar diciendo nada sobre la Vida que Jesús ha dado al hombre venciendo a la muerte.

Las mujeres ven a Jesús y creen. Y, con esa fe, van a los Apóstoles, que no creen. En la fe de las mujeres, los Apóstoles vuelven a creer, vuelven a despertar a la fe. Porque la fe entra por el oído: «¿Cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica?» (Rm 10, 14b). Las mujeres anunciaron a Cristo Resucitado, y los Apóstoles creyeron la Palabra de Dios en las mujeres.

«No todos obedecen al Evangelio» (Rm 10, 16), por la soberbia que inunda sus mentes. Santo Tomás se cerró a la Palabra de la fe. No creyó hasta que no vio, hasta que su inteligencia humana tuvo una señal.

Muchos buscan señales para creer y, mientras tanto, viven su vida humana sin fe. Y es la fe lo único que salva al hombre. Y quien no tenga fe no encuentra la verdad de su vida, el sentido de su vida. Sólo se dedica a vivir su humanidad.

Francisco, en su homilía, sólo se centra en su sentimentalismo: “«Non tengáis miedo», «no temáis»: es una voz que anima a abrir el corazón para recibir este mensaje»”. (Francisco, 19 de abril 2014). Pero no se centra en la verdad: Cristo ha resucitado.

Cuando el ángel aparece a las mujeres, su mensaje es claro: «No está aquí, ha resucitado según predijo» (Mt 28, 6). Ya el Señor había dado la fe: «Pero después de Resucitado os precederé a Galilea» (Mt 26, 32).

Las mujeres creen al ángel, que sólo da la misma Palabra del Verbo. Sólo la recuerda. No dice nada nuevo. Porque la Verdad no es novedad. La verdad es siempre la misma. La Verdad no cambia, no puede cambiar, no entiende de evoluciones de la mente, de la ciencia, de la técnica. No es el hombre el que llega a la Verdad con su razonamiento humano. Es la Verdad la que se revela al hombre.» Sólo es necesario un hombre sencillo, humilde, obediente, que acepte en su corazón esa palabra de la Verdad.

Las mujeres creen la Verdad que el ángel les revela. Y, porque creen, tienen el premio a su fe: «Jesús les salió al encuentro, diciéndoles: Dios os salve» (Mt 28, 9). El saludo de Jesús a las mujeres es el inicio del nuevo camino que Jesús da al alma que cree. Dios engrandece a los humildes de corazón, que se abren a la enseñanza del Espíritu.

Es el premio al dolor de las mujeres: Jesús las levanta de su dolor. Ellas fueron fieles al Dolor de Cristo. Ellas se unieron al Dolor de Cristo. Ellas murieron con Cristo en la Cruz. Necesitan el alivio del Amor, el consuelo del Amor, para purificarlas de ese sufrimiento espiritual que pasaron con Cristo.

Jesús se aparece con un cuerpo glorioso. Ya no es el cuerpo mortal. Es otro cuerpo: revestido de Gloria Divina.

Jesús se aparece como Él es en Su Vida Divina. Y se muestra en un mundo dominado por el pecado y la maldad de los hombres. Se revela a unas mujeres que siempre han creído en Él, aun en los momentos de Pasión, de sufrimiento, de muerte. En el mayor Dolor de Cristo, las mujeres seguían creyendo en Él. No lo abandonaron en el Dolor, en la muerte. Los Apóstoles sí lo hicieron, menos uno: San Juan. Y es San Juan el que primero cree al entrar en el sepulcro vacío: «Entonces entró también el otro discípulo que vino primero al monumento, y vio y creyó» (Jn 20, 8).

San Juan no vio y pensó en el sepulcro vacío, en las fajas, en el sudario. Sólo vio y creyó. Creer no es pensar en Jesús. Creer no es hacer un recuerdo de la vida de Jesús. Creer no es hacer una memoria de la vida de Jesús. No es obrar una memoria. Es unirse a Jesús en Su Palabra.

Francisco niega la fe en la Resurrección: “Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria; sin miedo, «no temáis». Releer todo: la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición; releer todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor”. Aquí está toda su herejía: releer.

El Señor anunció a Sus Apóstoles que los iba a preceder a Galilea, porque allí, más tranquilamente que en Judea, donde se había hecho la Pasión, podía completar su instrucción después de la Resurrección.

El Señor, en la Resurrección, enseña a Sus Apóstoles cómo tienen que hacer Su Iglesia. Para eso son los 40 días antes de Su Ascensión. Por tanto, no se relee nada, sino que se aprende la Verdad del Resucitado.

No hay que releer la Cruz. No hay que ir al final para dar un nuevo comienzo. No hay que memorizar lo que Jesús predicó. No hay que atender con la mente a los milagros de Jesús. No hay que fijarse en la vida común con Jesús. Porque la fe no es una memoria del pasado para iniciar, en el presente, algo nuevo.

La fe es el presente que nunca cambia, es la Verdad que nunca cambia, es el ser que nunca cambia.

Jesús enseña a Sus Apóstoles a vivir la fe. A vivir todo eso, que antes de su muerte les ha enseñado, pero que no podían ponerlo en práctica porque Él no había resucitado.

Para obrar las enseñanzas de Jesús hay que morir y resucitar con Cristo. Para obrar las enseñanzas de Jesús no hay que recordar la vida de Jesús. No hay que ir a la Cruz y ponerse a meditar miles de cosas. No hay que coger el Evangelio y dar variadas interpretaciones a lo que se lee, poniendo la mente, la ciencia, la cultura, la técnica, la filosofía, la psicología, y tantas cosas que no sirven para nada.

Hoy los sacerdotes son psicólogos, filósofos, comunistas, liberales, masónicos, psiquiatras, pero no creen. No saben vivir la fe. No saben obrar la fe. No saben tener fe. Sólo saben pensar, meditar, recordar, analizar, sintetizar. Cosas propias del intelecto humano. Pero la fe es una cuestión del corazón, no de la inteligencia humana.

Se cree con el corazón; se piensa con la mente. El problema está en saber vivir con el corazón. El problema no está en saber pensar el Evangelio. Todos piensan y todos se equivocan. El pensamiento del hombre es la complicación de su vida. Si quieren ver en qué lío se ha metido un hombre, vean sus pensamientos, analícenlos, y descubrirán su lío de la vida.

El hombre humilde de corazón vive su fe sin analizar nada, sin recordar nada, sin ir atrás, al pasado, para inventarse un presente y un futuro. El hombre de fe no se inventa su fe, no crea su fe. Sólo vive lo que Dios le pone en su corazón. Sólo obra eso. Y, cuando lo obra, el hombre de fe entiende con su razón muchas cosas que no sabía antes.

Quien no tiene fe vive encerrado en sus ideas humanas. Y, al final de su vida, lo único que ha hecho ha sido dar culto a su mente humana. Pero no ha vivido de fe. No sabe obrar la fe. No sabe ser sencillo de corazón. Es lo que le pasa a Francisco. Tiene que inventarse tantas cosas en la Iglesia, tiene que aparentar ser pobre, ser humilde, ser amable, porque su fe se la ha inventado él con su razón.

Es muy fácil inventarse una religión, una iglesia, un sacerdocio. Facilísimo. Pon en marcha tu mente. Y coge de aquí, de allí, lo unes todo y sale tu iglesia, tu religión, tu sacerdocio. En el mundo hay cuarenta mil sectas sólo por la mente humana. Porque los hombres trabajan con sus inteligencias humanas para complicarse la vida y complicarla a los demás.

La fe es muy sencilla: es dejarse enseñar por la Palabra de Dios. Es lo que hicieron las mujeres. Se dejaron guiar por Dios. Y Dios les iba mostrando el camino de la vida. No hay que inventarse el camino, como lo hace Francisco: “Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? Se trata de hacer memoria, regresar con el recuerdo. ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he olvidado? Búscala y la encontrarás”.

“Se trata de hacer memoria”: eso es todo para Francisco. Se trata de pensar, de meditar, de recordar, de sentir la mirada de Jesús, la presencia que tuve en un Sagrario, el sentimiento de una predicación, las palabras bellas que uno me dijo… Tantas tonterías para no enseñar la Verdad.

“Regresar con el recuerdo”: esto es lo típico de la filosofía hegeliana y kantiana. Es un dar vueltas a la mente, para ver, para recordar, para atender a un detalle que se pasó por alto. Es un dar vueltas con la mente: eso tiene un nombre en la Sagrada Escritura: ser idiota. «Y vi que la sabiduría sobrepuja a la idiotez (= ignorancia) cuanto la luz a las tinieblas» (Ecl 2,13).

El término griego ἰδιώτης (idiótes) significa ignorante, el que está en sus asuntos privados, particulares, personales. El que da vueltas a su vida, a su mente humana, a sus obras humanas. El que sólo sabe hablar de sus cosas, de su vida, de sus ideales, de sus vivencias. Son hombres vulgares, corrientes, incultos: «Viendo la libertad de Pedro y Juan, y considerando que eran hombres sin letras e idiotas (= plebeyos)» (Hch 4, 13).

Esto es Francisco: un idiota. Un hombre vulgar, un hombre de la calle, que vive su vida y que la muestra a todos como la mejor de todas. Es el santo moderno, que a todo el mundo le gusta porque habla lo que cada uno quiere escuchar. Esta es la idiotez. Por eso, Francisco, se junta con los mediocres, con los vulgares, con la gente del pueblo que vive su vida sin más ilusión que lo que encuentra con su mente humana. Es un hombre de mundo, profano, que le gusta la vida social. Le gusta estar en el Facebook, en el twitter. Le gusta poner mensajitos todo el día. Es un hombre hablador, charlatán, sin vida interior. Es un hombre para la vida de la calle. Pero no es un hombre para la Iglesia, para el sacerdocio, para la vida del Cielo.

Francisco se ha inventado su fe. Y es lo que predica todos los días. Por eso, no sabe decir una Verdad bien dicha, porque vive en su idiotez, en su ignorancia de Dios, de la Verdad Absoluta, de la Vida Divina, del Amor Divino.

Esto que predica Francisco lo ha enseñado ya en su Carta Encíclica Lumen Fidei, que es una herejía y que nadie la ha contemplado. Esto no es nuevo. Francisco desbarató los apuntes del Papa Benedicto XVI para engendrar su bazofia, su primera basura en la Iglesia. Ahí da a conocer su fe fundante: la de que se funda en la memoria para obrar una espiritualidad, una religión, una iglesia. Es el culto a la razón humana. Francisco endiosa al hombre.

Ver entrada La memoria fundante de Francisco

«Y mirarán al que traspasaron»

2009bp_estudiantes1

«Soy Yo, soy Yo quien por Amor de Mí borro tus pecados y no Me acuerdo más de tus rebeldías» (Is 43, 25).

Jesús muere por Amor de Su Padre; Jesús no muere por Amor al hombre.

La muerte de Cristo se realiza por Voluntad del Padre. La muerte de Cristo no es debida a una injusticia social sobre Cristo. No son los hombres los que matan a Cristo (una calumnia no mató a Cristo); es Cristo el que va a la muerte por Amor de Sí, el Amor de la Santísima Trinidad, Amor Divino, inefable, que no se puede expresar con palabras humanas.

Apartarse de este punto es iniciar el cisma en la Iglesia.

Presentar la muerte de Cristo como un problema social, político, económico, cultural, es caer en el mismo pecado que los Apóstoles obraron en la Pasión.

Jesús es un Rey Espiritual y, por tanto, Su Reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36).

El pecado de los Apóstoles es comprender a Jesús como Mesías político y, en consecuencia, esperar un reino humano, político, material, social, económico.

Por eso, Pedro saca la espada en el huerto para defender a Jesús (cf. Jn 18, 10). Y Jesús le enseña: «¿O crees que no puedo rogar a Mi Padre, que Me enviaría, al instante, doce legiones de ángeles» (Mt 26, 53). Jesús enseña a Pedro lo que él va a negar: «¡Yo no conozco a ese hombre!» (Mt 26, 74).

Pedro no conoce lo que es Jesús. Pedro conoce lo que él piensa de Jesús. Pedro no tiene el conocimiento verdadero que viene de la Fe en Cristo. Pedro tiene el conocimiento falso de su interpretación de las Sagradas Escrituras. No ha sabido leer con el corazón el Antiguo Testamento donde se hablaba del Mesías. Ha leído a los Profetas con su mente y se ha inventado un Mesías humano, político, terrenal. Y, por eso, esperaba de Jesús un reino de la tierra, un reino comunista, un reino para el hombre.

Este pensamiento de Pedro es su pecado contra Jesús. Pedro piensa de esta manera, Pedro peca contra la Verdad, que es Jesús. El tiempo de estar con el Mesías no le ha servido para quitar esta idea de su cabeza. Ha seguido a Jesús con esta idea humana. Y esta idea le llevó a su pecado.

Por la idea del hombre viene siempre el pecado. Y, cuando el hombre encumbra su idea por encima de todas las cosas, es cuando comete la blasfemia contra el Espíritu Santo: no se deja enseñar por el Espíritu, no se abre a la Verdad que viene de la Palabra del Espíritu, sino que permanece en su idea humana, luminosa, pero pecaminosa.

Y es la negación de Pedro lo que marca el comienzo de la Pasión. Mientras es juzgado Su Maestro, Su Mesías, Pedro lo niega. En el juicio a Su Mesías, la negación del Mesías. Y lo niega el que ha sido puesto como fundamento de la Iglesia, que es la Obra de Cristo, que es el Reino espiritual de Cristo. Cristo es juzgado en Su Divinidad; Cristo en negado en Su Divinidad.

Jesús, por Amor a Su Padre, inicia, en la negación de Su Vicario, Su Pasión.

Jesús inicia solo, sin Pedro, Su Calvario como Cabeza de la Iglesia.

Jesús sufre el abandono de Su Vicario en la Obra de la Redención del Género Humano.

Jesús marca así el camino para todo hombre: no hay que seguir a ningún hombre para salvarse. No hay que seguir la idea de un hombre para salvarse. No hay que hacer caso a la teología de nadie para salvarse. No hay que dedicarse a hacer obras buenas humanas para salvarse. No hay que vivir con un fin humano, bueno, perfecto, para conquistar el Cielo. Sólo hay que seguir a Jesús por el Camino del Calvario.

El camino de salvación no está en proclamar los derechos humanos de los hombres, ni en luchar por las justicia sociales, ni en promover la fraternidad de los hombres para constituir un bien común, un orden social, una estructura económico-política: «La Justicia del justo no le salvará el día en que pecare (…) no vivirá el justo por su justicia el día en que pecare» (Ez 33, 12).

No te salva el bien común, la obra social, la empresa humana, el dinero que da para ayudar a los hombres; no salva la medicina del hombre; no salva la ciencia de los hombres; no salva el hombre. Porque el hombre, peca. Y, cuando peca, lo que ha hecho no tiene mérito para quitar su pecado; no tiene valor, no sirve para salvarlo del mal.

El camino que salva es la Cruz. Y sólo la Cruz. Hay que negar al hombre, a su vida humana, a su vida social, a su vida económica, a su vida cultural, a su vida política. Esto es lo que muchos no comprenden porque no miran a Jesús en la Cruz.

«Y mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37).

Sólo hay que alzar los ojos a Cristo, que sufre y muere en la Cruz, y el alma conoce la Verdad de su vida. El alma se conoce como Dios la ve. El alma se comprende como Dios la mira. El alma se entiende como Dios lo quiere.

Cristo en la Cruz es el conocimiento de la Verdad. Y no hay otra inteligencia para el hombre sobre la Verdad.

La Verdad es la Vida Divina. Y, por tanto, todo aquello que no es la Vida de Dios es, simplemente, una mentira, un engaño, una ilusión.

El hombre, si quiere despertar de su sueño, tiene que mirar al Crucificado. En Él está toda su Vida, todo el misterio de su humanidad.

En un gusano pinchado en un palo: ahí está el verdadero amor que el hombre tiene que aprender.

Y esto es lo que el hombre no hace: mirar al Crucificado.

El hombre se dedica a mirar a los hombres, a las cosas del mundo, a las obras de otros hombres, y no da valor ni importancia a la Muerte de Cristo.

La Vida Eterna sólo ha sido posible por la Muerte de Cristo en la Cruz.

El pecado de Adán y Eva quitó la Vida Eterna al hombre. La muerte de Cristo da la Vida al hombre, la Vida que siempre Es, la Vida que permanece, la Vida que no posee ninguna imperfección ni pecado.

Cristo, en Su Muerte en Cruz, salva al hombre del infierno, porque éste es el destino de todo hombre cuando nace con el pecado original: nace para condenarse.

La Muerte de Cristo señala a todo hombre que tiene que morir, como Cristo murió, a todo lo humano, aun lo bueno y perfecto humano.

Porque la tierra, después del pecado original, se ha convertido en una pobre imitación del Paraíso: «Maldita, Adán, la Tierra por tu causa» (Gn 3, 17). La perfección del hombre es solo una imperfección, una nada, una ilusión de bien humano.

Hay que morir a todo lo humano para tener Vida. Esto es lo que el hombre no acaba de entender.

Cuando no se muere a todo lo humano, entonces se comienza a poner lo humano por encima de lo divino. Se comienza a poner al hombre como el centro de todo. Se da al hombre el valor que no tiene, la importancia que no merece, la obra que no sirve para nada.

Comprender la Muerte de Cristo es ponerse en la Verdad.

La Iglesia nace en la Muerte del Redentor. Ahí, en los brazos de Su Madre, inicia la andadura de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Es la Madre la que lleva a la Iglesia, el Cuerpo de Su Hijo, al sepulcro de Su Corazón para que renazca allí el Amor de toda la Humanidad a Dios.

La Resurrección de Jesús es el inicio de la Iglesia como comunidad de fieles.

La Iglesia inicia en la muerte de Cristo, pero sólo pertenecen a Ella, Jesús y María, el Redentor y la Corredentora, el Rey la Reina.

Pero la Iglesia es el Cuerpo Glorioso de Cristo. Y, por eso, la Iglesia siempre va a permanecer, nunca las fuerzas del Infierno podrán contra Ella, porque Jesús ha vencido a la Muerte.

Y es esencial comprender este punto para entender la Iglesia.

La Iglesia es un organismo espiritual, divino, celestial, glorioso; que tiene hombres que viven en unos países, en unas familias, en unas culturas, en unas sociedades.

Los miembros de la Iglesia forman, en lo humano, una vida social, económica, política, cultural, etc. Todo eso no pertenece a la Iglesia, sino a los hombres en su humanidad.

Cristo no funda Su Iglesia para una vida social, ni para un orden económico, ni para una estructura política, ni para manejar las diferentes culturas de los hombres.

Aquella Jerarquía que predique el Evangelio de Jesús para constituir un orden económico o social o político, no pertenece a la Iglesia Católica, no es la Jerarquía verdadera, sino la infiltrada. Hoy día, existe mucha jerarquía infiltrada, que exteriormente son buenas personas, pero que son unos demonios: piden dinero para resolver los problemas de los hombres, para luchar por los derechos de los hombres, para su ideología comunista.

Y piden dinero predicando el Evangelio: tomando frases de Jesús y acomodándolas a su negocio en la Iglesia. De esa forma, dan una interpretación nueva del Evangelio, que no está en la Tradición ni en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Sólo hay que darse una vuelta por internet, por los distintos Obispados, y buscar las homilías de los Obispos y verán su ideología comunista. Ya no predican el Evangelio como es, sino siguen lo que Francisco predica todos los días en su negra iglesia de Roma.

Toda esa Jerarquía hace política en la Iglesia y busca el reino material, humano, social, cultural. Pero se han olvidado de para qué es la Iglesia.

La Iglesia no es para dar de comer, como lo quiere Francisco y su cuadrilla de gente. La Iglesia es para dos cosas:

1. Luchar contra el demonio;

2. Luchar contra el pecado de cada uno.

Estas dos cosas son toda la Iglesia.

Cristo muere en la Cruz para dos cosas:

1. Para quitar el pecado, que Adán metió en la Creación;

2. Para liberar a las almas de la acción del demonio.

Esta es toda la Muerte de Cristo.

Si los hombres se unen a esa Muerte, entonces los hombres tienen el poder de hacer dos cosas:

1. Quitar su pecado;

2. Luchar contra el demonio.

Haciendo estas dos cosas, el hombre vive en Gracia, obra en Gracia, ama en Gracia.

Si el hombre persevera en la Gracia, entonces alcanza dos cosas:

1. La salvación para su alma

2. La santificación para su alma y la salvación para otras almas.

Se está en la Iglesia sólo para este fin: salvar y santificar.

Lo demás, a Jesús no le interesa. Y ¿por qué?

Porque el mundo, todavía es del demonio.

Luego, es imposible hacer un orden social, económico, político, donde no haya pecado, no haya males. ¡Es imposible! El demonio está suelto por el mundo. No está atado. Luego, tiene libertad para hacer el mal en todo el mundo.

Jesús sólo pone en Su Iglesia, la Gracia en el Matrimonio; pero no en la sociedad, no en los países, no en las culturas.

Un hombre y una mujer que vivan en Gracia, que vivan imitando a Cristo en su matrimonio, hacen de ese matrimonio la obra de Dios en la creación. Ponen a Dios en medio del infierno, que es este mundo.

Los demás matrimonios, uniones, son todas del demonio; incapaces de dar lo divino en lo humano.

Por tanto, es una ilusión trabajar por un ideal humano, social, cultural, económico, en la Iglesia. Un auténtico absurdo.

Por eso, tienen que aprender que no toda la Jerarquía de la Iglesia es la verdadera, que no todos los fieles que están en la Iglesia son de la Iglesia.

La Jerarquía verdadera se dedica a batallar contra el demonio en las almas, a enseñar la Palabra de Dios, a poner un camino de santidad a las almas en la Iglesia.

La Iglesia verdadera es de muy pocas personas. Es una comunidad pequeña, es un pueblo de Dios pequeño.

Mientras haya pecado en el mundo, hasta que el demonio no sea atado; la Iglesia, en la tierra, es de pocos, muy pocos.

Por eso, llega el momento de irse de Roma, para atacar a la Jerarquía infiltrada, esa Jerarquía que se ha inventado una nueva iglesia sobre los escombros de la verdadera.

Porque lo que hay en el Vaticano ya son sólo escombros: nadie vive la vida espiritual y ni le interesa vivirla. Todos son cuentos para seguir aplaudiendo a un idiota -con todo el significado que tiene esta palabra en el Evangelio-, que es Francisco.

Francisco sólo concibe a Jesús como líder político y, por tanto, concibe la Iglesia como un asunto de los hombres, como una estructura social, como un gobierno donde muchas cabezas deciden muchas cosas.

Francisco, no solo peca con el mismo pecado de Pedro, sino que tiene el pecado de Judas. Reúne ambos pecado. Es incapaz de creer en Jesús y pone el amor al dinero, el amor a los pobres, al amor a su vida social, por encima del amor a Cristo.

Pero Francisco tiene otro pecado más: su orgullo. Y, por este orgullo, vive su amor propio en la Iglesia. Vive su narcisismo. Busca su popularidad, el caer bien a todo el mundo. Por eso, su sonrisa es de Lucifer; luciferina. Tiene el mismo pecado que Lucifer. Se ríe de la misma forma como lo hace Lucifer.

Es una pena que la Jerarquía siga ciega, buscando en la inteligencia rota de Francisco un agua para la vida espiritual. Quien lea a Francisco enseguida se da cuenta de la estupidez que es este hombre. Y esto lo saben muchos sacerdotes, pero callan su boca porque quieren recibir el salario de ese loco. Y, claro, tienen que componer sus predicaciones invitando a la gente a compartir su dinero, porque ahora la moda es la fraternidad. Ahora, ya no hay que juzgar a nadie. Ahora hay que amar a todos, incluso al mismo demonio. Hay que bailar con el demonio para ser feliz en la vida. Por eso, le besan el trasero a Francisco. No son capaces de levantarse y ponerse en contra de él. Y tampoco saben hacerlo.

Dios es Amor

ImagenMariaMediadora

Dios es Amor (1 Jn 4, 8).

Esta Verdad Absoluta nadie la comprende, porque el hombre sólo quiere mirar a Dios con su inteligencia humana. Sólo quiere entender el Amor con su cabeza humana. Sólo quiere fijarse en las realidades humanas para alcanzar las divinas.

Dios es Amor. Por tanto, el hombre no es Amor. Es decir, el hombre no sabe Amar, no conoce el Amor, no sabe obrar el Amor.

El hombre llama amor a muchas cosas, pero no sabe obrar el Amor cuando obra esas cosas.

El Amor, que es Dios, sólo se puede obrar en Dios. No se puede obrar fuera de Dios. Es decir, sólo Dios obra Su Amor en el hombre.

El Amor Divino es una moción divina, un movimiento, que nace de Dios y se queda en Dios. Ese movimiento es algo espiritual, algo que no se puede medir con la razón, que no se puede explicar con las palabras humanas.

Dios mueve a obrar al alma Su Amor Divino.

Para hacer esto, Dios necesita un hombre humilde, sencillo, simple, obediente, que se acomode, en todo, a la Voluntad de Dios.

Sin un corazón humilde, Dios no puede obrar Su Amor en el alma. No puede mover el alma hacia lo divino. No puede encaminarla hacia la obra divina que el Señor quiere de ese alma.

El amor no es un pensamiento humano, ni una conquista social, ni un logro de un bien humano. El amor no se lo puede inventar ningún hombre. El hombre llama amor a muchas cosas, que, en la realidad, no son el Amor.

El hombre puede amar humana, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, en ninguno de estos casos, obra el Amor Divino.

El hombre puede hacer un bien humano, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, nunca hará, en esos bienes, el bien divino.

El hombre no sabe amar. El hombre sabe hacer buenas o malas obras; pero no amar. Porque Dios es Amor. El hombre no es Amor.

Toda naturaleza creada por Dios hace obras buenas de su naturaleza.

Un animal hace obras buenas animales, propias de su naturaleza animal. Y esas obras buenas no son obras del Amor.

El hombre hace obras buenas humanas, propias de su naturaleza racional. Pero ninguna de ellas son obras del Amor. Son obras humanas, que nacen de un pensamiento humano y de una voluntad humana. Pero no son obras humanas que nazcan de un pensamiento divino y de una Voluntad Divina. Son obras humanas hechas con las fuerzas humanas. Pero no son obras humanas que mueva el Espíritu en el hombre, guiadas por el Espíritu el el hombre.

Dios es Amor. Es decir, Su Esencia es Amor. Sólo Dios puede hacer obras buenas divinas, propias de su Naturaleza Divina, que son obras del Amor.

Esta es la grandeza de Dios: Su Amor.

Pero hay otra cosa que Dios ha hecho. Y que no ha hecho con sus ángeles, sino sólo con el hombre.

Dios, en Su Verbo, se ha encarnado. Es decir, ha asumido una carne. En otras palabras, el Verbo de Dios tiene dos naturalezas, la divina y la humana, que se unen en la Persona Divina del Verbo.

Y esta maravilla de la Encarnación hace que Jesús sea Amor. Jesús no es un hombre, sino que es Hombre y Dios. Por tanto, la esencia de Jesús es la misma que la de Dios. Y cualquier obra de Jesús, entre los hombres, es una obra divina que tiene el sello del amor divino. Jesús no puede hacer obras buenas humanas. Sólo puede hacer obras divinas. Sólo obra el amor divino en toda su vida humana.

Jesús se encarna, pero el hombre sigue sin poder amar, sin ser amor.

La Encarnación del Verbo no consiste en que el hombre ya pueda realizar obras divinas, en que ya el hombre viva santamente, en que ya el hombre tenga que olvidarse de que es pecador.

El hombre, aunque Jesús se ha encarnado, sigue siendo nada, sigue sin saber amar, sin saber pensar, sin saber obrar lo divino, lo santo, lo sagrado.

Para que el hombre pueda hacer las obras de Cristo, que son obras divinas, que tienen el sello del amor divino, el hombre tiene que morir a todo lo humano, a todo lo social, a todo lo que signifique amor entre los hombres.

Los hombres no saben amarse porque reciban la comunión o porque tengan un Bautismo.

Los hombres se aman porque imitan a Cristo en sus vidas. Imitan las obras de Cristo en sus vidas humanas. Las obras de Cristo son amor divino y sólo amor divino.

Esta imitación de Cristo supone una renuncia a cualquier bien humano, social, material, natural, espiritual.

Para llegar al amor divino hay que ir por donde no sabes. Si el hombre va por sus amores humanos, nunca llega a lo divino.

Para poseer el Amor Divino no hay que poseer los amores humanos, naturales, sociales, carnales.

Cuanto más el alma tenga en su corazón el amor divino, más naturalmente es humano, es social, es carnal. Es decir, en lo natural, obra lo divino sin esfuerzo; en lo humano, obra lo divino sin esfuerzo; en lo carnal obra lo divino sin esfuerzo.

Cuanto más el hombre quiera pensar el amor divino, menos obra lo divino y sólo se dedica a obrar sus amores humanos, naturales, carnales, etc.

Para cumplir el mandamiento del amor al prójimo, primero el hombre tiene que cumplir el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Nadie puede amar al prójimo sin el amor divino. Nadie.

Un Bautismo o la Eucaristía no producen ese amor, porque se necesita la voluntad del hombre, la libertad del hombre a Dios, que la de sin condiciones, sin límites. Y eso es la vida espiritual: un entregar a Dios lo que al hombre más le cuesta dar: su voluntad libre.

Cuanto más el hombre crucifica su voluntad, más obra lo divino en toda su vida humana. Y más es social, humano, natural. Más valora la sociedad, la naturaleza, la Creación de Dios.

Lo divino es el sello del amor divino. Es el sello de la santidad. Por eso, cuesta ser santos. Es difícil, porque es muy fácil dedicarse a hacer obras sociales, humanas, materiales, carnales, naturales. Eso lo hace hasta el demonio. Hasta los animales hacen muchas obras buenas.

Pero no se trata de hacer obras buenas. Se trata de permitir que Dios me mueva hacia la obra que Él quiere en mi vida humana. ¡Esta es la dificultad en la vida espiritual!

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois Templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros”.

Dios construye su Casa en el corazón del hombre. Pero es Dios quien la construye. Dios sabe cómo es el hombre: pecador. Y, por tanto, Dios exige al hombre que luche contra su pecado, que luche contra el demonio, que es el que obra el pecado en el hombre.

El Amor de Dios hacia el hombre es una exigencia divina, en la que el hombre tiene que estar, constantemente en guardia, contra el mal. Es el mal lo que impide que el amor divino se obre en las almas.

Cuando un hombre ya no atiende a su pecado, ya no llama pecado a los males que ve en la sociedad, sino que solo los llama males, entonces, por más bien social que haga ese hombre, no hace nada en la sociedad, no hace nada para los hombres.

Dios enseña a quitar los males sociales quitando primero el pecado en el alma. El alma tiene que arrancar su pecado para poder santificar a la familia, a la sociedad, el trabajo que realiza en medio del mundo.

Y arrancar el pecado es un trabajo hasta la muerte. Es una perseverancia en la ley de Dios, en la ley natural, en la norma de moralidad. Perseverar en la Verdad Absoluta. Y sólo así, de forma natural, el hombre va haciendo bienes divinos en la familia, en la sociedad, en el trabajo, que santifican a los demás y que construyen una Iglesia para Dios.

Los hombres quieren construir una sociedad, un mundo, un matrimonio, una familia, pero apoyada en sus ideas humanas, en sus doctrinas humanas, con sus obras buenas humanas. Y, entonces, el hombre trabaja en vano.

El hombre siempre se olvida de que no es Amor. De que el único que es Amor es Dios. Y que, por tanto, para amar a los enemigos, hay que tener el amor de Dios en el corazón. Si el hombre no aprende de Dios a amar, el hombre no sabe amar a su prójimo, por mas que tenga un mandamiento del amor.

El Señor construye su Casa en el corazón del alma. La construye con piedras vivas. La edifica con la Palabra del Verbo.

Dios no construye su Casa con obras sociales, humana, naturales, que pueda hacer la persona humana.

Dios no edifica su Casa con palabras, con razonamientos humanos de la vida social de las personas.

Dios pone en el corazón del Hombre Su Espíritu. Y es el Espíritu el que lleva al hombre a la plenitud de la Verdad, del Amor, de la Vida Divina.

Lo que siempre le cuesta al hombre es seguir al Espíritu, porque se acomoda fácil a toda su vida humana, a toda su vida familiar, a toda su vida social.

Este acomodo de muchos católicos es una exigencia para un castigo divino en sus almas, en sus vidas.

Porque los católicos ya lo tienen todo para obrar lo divino, para obrar el amor divino, desde que se levantan hasta que se acuestan.

Ya los católicos no pueden hacer obras humanas, ni sociales, ni naturales, ni carnales. Porque tienen la Gracia, que es tener el Pensamiento de Dios, para poder obrar sólo lo divino.

Por eso, tan necesario es la fidelidad a la Gracia en un mundo que empuja constantemente a separase de la Gracia. Si el hombre no batalla por ser fiel a la Gracia, sino que lucha por ser fiel a los hombres, a sus culturas, a sus religiones, a sus ideas a la vida, a sus vidas sociales, a sus obras humanas, entonces el hombre se pierde en todo lo humano.

Muchos no han comprendido las exigencias de la Gracia en el alma. Muchos no saben medir el Amor Divino en la Iglesia. Muchos no saben imitar a Cristo en la Iglesia. Muchos no saben abajarse de su humanidad, de sus grandes pensamientos humanos, sociales, culturales, artísticos. Y pretenden cambiar el mundo con su idea humana del amor fraterno.

Muchos se llenan de palabras cuando hablan de la caridad divina y del amor fraterno. Pero pocos viven lo que es ser hijo de Dios.

“Mirad, qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él” (1 Jn 3, 1).

Somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que significa ser hijo de Dios. Porque es necesario la purificación del hombre para que pueda obrar como hijo de Dios en plenitud. Necesita el hombre no ser hombre, dejar de ser hijo de hombre; dejar de pensar, de actuar, como hombre, como un ser social.

El hombre tiene que pensar como piensa Dios; el hombre tiene que obrar como obra Dios. Y, entonces, construye una sociedad divina, una familia divina, un matrimonio divino, un trabajo divino.

Pero si el hombre se empeña en ser más hombre, en ser social, entonces acaba sólo siendo hombre, pero no hijo de Dios.

Cuando se manifieste eso que somos, entonces seremos semejantes a Dios (cf. 1 Jn 3, 3). No hay que buscar la semejanza con los hombres; buscar una sociedad igualitaria, justa. Eso es algo imposible.

Dios es Amor. El hombre es nada. Cuando el hombre se queda en su nada, entonces Dios hace lo divino en su vida humana. Dios construye lo divino en su obrar humano.

El pecado de los hombres es creerse que ya lo pueden todo porque Dios les ha dado Su Gracia.

Y la Gracia sólo actúa en la nada del hombre, en la debilidad del hombre, en la ignorancia del hombre, en la inutilidad del hombre.

Dios no tiene necesidad de ninguna obra buena humana. Dios sólo quiere que el hombre vaya al Cielo. Lo demás, las conquistas sociales de los hombres, no le interesa para nada.

Iglesia Remanente

gospa-v-hnedom

“Todos recordarán que le concedí a Lucifer 100 años para que hiciese hasta lo peor para ganarse las almas de los hijos de Dios. Esos 100 años han llegado a su final, y la destrucción de las almas ha sido tremenda. Pero todavía tengo dos guerras pendientes para las almas. Estas serán unas batallas muy grandes. La Iglesia Remanente perseverará para Dios, se declarará para Dios en la Santísima Trinidad.

La primera batalla será el Gran Aviso producido por el gran amor de la Santísima Virgen María por ustedes. (…). Es una guerra porque los malos espíritus también esperan este día. Ellos también tienen un plan en el que harán todo lo posible para provocar la desesperación y la desgracia a los fieles. (…)

Será una guerra para lograr sus almas, queridos hijos. Al poco tiempo después de este evento, la segunda batalla se llevará a cabo. Esta será la del Gran Milagro durante el cual deberán declararse a favor de Dios. Durante este tiempo los espíritus malignos los estarán animando para que apoyen a su líder porque él estará en el poder. (…) Si se declaran a favor de Lucifer y reciben su marca, se irán al Infierno. Acuérdense de esto. El tiempo que dure esto será bastante corto. Nunca pierdan las esperanzas en Dios y en la Madre de Jesús”. (Mensajes a la Dra. Even – Agosto 4, 1998)

La Verdad de la Iglesia es Su Amor por Cristo. Una Iglesia que no ama la Verdad no pertenece a Cristo. Una Iglesia que sólo vive para lo humano, contentando la vida y las obras de los hombres, no es la Iglesia que fundó Cristo en Pedro.

Amar a Cristo es un deber y una obligación para todos en la Iglesia. Amar a Cristo no es vivir una vida humana y, después, recibir un Bautismo, una Confirmación o la Eucaristía diariamente.

Amar a Cristo es poseer Su Espíritu y ser guiados, por Él, hacia la Verdad Plena, que cada alma tiene que vivir en su vida.

Todas las almas están llamadas a la Plenitud de la Verdad, que sólo se da en la Plenitud del Amor. El Amor, que Dios da a Sus Almas requiere –en Ellas- una disposición, una entrega, una voluntad firme de ser siempre de Dios.

Al hombre siempre le cuesta ese Sí, ese entregar el corazón –por completo- a Dios. Pero el hombre tiene todo para poder decir ese Sí. Sólo tiene que ser fiel a la Gracia, a los Dones que el Señor le ha dado por pertenecer a Su Iglesia.

La Iglesia de Cristo es Su Cuerpo; es decir, es el conjunto de almas que se unen en Cristo, que son guiadas por el Espíritu de Cristo, que son llevadas, por Dios, a la conquista de lo divino en lo humano.

La Iglesia de Cristo no es una comunidad de hombres, que se reúnen para hablar y obrar cosas entre los hombres.

La Iglesia de Cristo son almas que dan a Cristo en todas sus actividades humanas. Y este dar a Cristo significa un camino estrecho, un sendero de sacrificio de todo lo humano.

No hay que ser humano para ser de Cristo. Hay que ser divino para ser de Cristo.

Cuanto más el hombre abandona su humanidad, aun la buena y perfecta, más se va transformando en divino, en un ser guiado por la Gracia, que es la Vida Divina.

Dejarse guiar por la Mente de Dios es lo que le cuesta a todo hombre; porque el hombre nace guiado por su mente humana y para vivir sus obras humanas.

Todo el trabajo -en la vida espiritual- es dejar de ser hombres para ser de Cristo. Imitar a cristo no es imitar al hombre; no es hacerse mundano; no es seguir las modas de los hombres ni sus pensamientos.

Imitar a Cristo es ponerse en las manos de la Virgen María, y que sea Ella la que señale el camino hacia Su Hijo.

María es la que da a Su Hijo en cada alma; es la que engendra a Su Hijo en el alma; es la que ofrece a Su Hijo al alma; es la que explica a Su Hijo al alma.

La Virgen María engendró en Su Corazón la Palabra del Verbo, e hizo de su vida la Obra de esa Palabra.

La Virgen María es Madre de cada alma: engendra en las almas lo que Ella engendró en Su Corazón. Por eso, Su Inmaculado Corazón es el Refugio de toda la Iglesia, es el lugar donde todas las almas tiene que vivir si quiere ser de Cristo.

Y amar a la Madre es sencillo cuando el corazón se deja gobernar por Ella. Escuchar a la Madre es transformarse en el Hijo de la Madre, que es Jesús. Imitar la Pureza de la Virgen, es alcanzar la capacidad para no pecar más en este mundo; capacidad -que es una Gracia altísima- sólo concedida a los verdaderos devotos de la Madre. Seguir a María es encontrar a Jesús. Obedecer a la Virgen es someterse a la Palabra del Verbo. Amar a María es amar el Corazón de Jesús.

Los hombres no saben amar porque no saben ver a la Madre, no saben contemplarla como es Ella, a los ojos de Dios. Los hombres no se hacen hijos de Dios porque no aprenden a ser hijos de María.

María lo tiene que ser todo para la Iglesia si la Iglesia quiere conservarse íntegra en el Espíritu.

Como la Iglesia ha dejado a la Virgen a un lado y se ha dedicado a otras cosas, entonces la crisis en la Iglesia es consecuencia de su falta de amor a la Madre.

Una Iglesia que no ama a la Madre, tampoco ama al Hijo de la Madre. Y, para que la Iglesia vuelva al amor de Cristo, necesita, primero, volver a la Madre.

Y, por eso, comienza –para toda la Iglesia- el tiempo de permanecer en la Verdad; tiempo para guardar el depósito de la fe en los corazones y esperar tres cosas: el Gran Aviso, el Gran Milagro y el Castigo.

Si el hombre quiere vivir el Reino de la Paz, tiene que pasar por este Purgatorio en vida. Después del Castigo, comienza el Reino de la Paz. Pero sólo serán los que amen, de verdad, a Cristo. Sólo la Iglesia Remanente alcanzará ese Reino de la Paz.

Ahora es tiempo de ser Iglesia escondida, que no se manifiesta al mundo, que vive en oración y en penitencia para prepararse a esos tres grandes eventos.

Lo que hay en Roma ya no es la Iglesia Católica. Tiene el nombre; pero –en la práctica- no es la Católica; es otra cosa, llámese como se llame: universal, mundial, ecuménica, etc.

Los verdaderos devotos de la Virgen María tienen que ir dejando todas esas parroquias, capillas, que tiene el nombre de católico, pero que viven otra cosa, obran la mentira, no la verdad de lo que es la Iglesia.

Hay que buscar aquellas parroquias que todavía den lo de siempre. Y si no se encuentra, hay que vivir escondidos, formando pequeños grupos en los que se viva la fe, en donde se guarde el depósito de la Verdad.

Muchos sacerdotes tendrán que huir, debido a la persecución que va a comenzar, antes del Gran Aviso. Hay una persecución del Anticristo, pero eso será después del Gran Aviso. Antes, viene la persecución en la que se formará la Iglesia Remanente.

Para ser Iglesia Remanente no hay que ser de ningún grupo de la Iglesia. No hay que buscar asociaciones, grupos, fundaciones, en donde –más o menos- se enseña la doctrina y se haga un apostolado. Todo eso no sirve ya para este tiempo.

La Iglesia Remanente es la que acoge la Verdad y la guarda en su corazón, esperando lo que tiene que venir: el Reino de la Paz. Pero que viene después de un Purgatorio en vida.

Y, por eso, la Iglesia Remanente es la que tiene que acoger a tantos sacerdotes que no van a tener un lugar para vivir; ni una parroquia para celebrar la Misa; que van ser perseguidos por sus mismos hermanos en el Sacerdocio, por luchar contra la mentira de muchos de ellos.

La Iglesia que permanece unida en la Verdad es la Iglesia Católica. Y no importa no tener capillas o parroquias. Sólo hace falta corazones que acepten la Verdad como Es, que no adulteren la Palabra de Cristo; que no tergiversen las enseñanzas auténticas de la Iglesia.

El panorama que ofrece la Iglesia en Roma, y en todas partes del mundo, es desolador y nadie tiene que esperar nada bueno de Roma. Esto tiene que quedar muy claro, porque muchos siguen esperando algo de Francisco y, entonces, no han comprendido la situación de la Iglesia.

Ya en Roma no está la Iglesia Católica. Y, comienza, dentro de poco, la primera persecución, que prepara al Gran Aviso.

Los tiempos son muy graves; no son como antes. Son los tiempos de la Gran Purificación y de la Gran Tribulación.

Disciernan el espíritu de la profecía

615400_282660128515028_1177142490_o

“Gloria olivae”. Este es el lema que corresponde al Papa Benedicto XVI en la Profecía de San Malaquías. Y todavía estamos en este lema porque el Papa Benedicto XVI no ha muerto. Cuando muera, entonces se entra en el siguiente lema: “In persecutione extrema S.R.E. sedebit”. Y queda, aún un último lema: “Petrus Romanus, qui pascet oves in multis tribulationibus: quibus transactis civitas septicollis diruetur, et Iudex tremedus iudicabit populum suum. Finis.”

Hay que tener claras las profecías para ver los Signos de los Tiempos.

Estamos en el tiempo de la Bestia, la que tiene diez cuernos, con diez diademas, y con siete cabezas, que son de blasfemia (cf. Ap 13, 1). Ya no es el tiempo del Dragón, que indicaba a Rusia en el siglo pasado, que no fue vencido porque no se hizo la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón. Y el Dragón atacó a la Mujer, que es la Iglesia y ésta se fue al desierto, que es donde permanece ahora, con la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Es el tiempo del cuarto reino, la cuarta bestia de Daniel, del cual despunta un reino que habla palabras arrogantes contra Dios, que somete a los Santos y que lo quiere cambiar todo, en el mundo y en la Iglesia (cf. Dn 7, 23ss).

Francisco no pertenece a la Iglesia ya que no aparece como antipapa en las profecías de Malaquías. No es un antipapa, sino un hombre que, elegido por hombres, destruye la Iglesia. Los antipapas, en sus pecados, no destruyen la Iglesia.

Francisco tiene su profecía en Nostradamus:

“Clero romano el año mil seiscientos & nueve,
En el primer día del año habrá elección,
de un gris y oscuro de la Compañía venido,
que nunca hubo nadie tan maligno”
(10 centuria, cuarteta 91)

El año 1609 corresponde al año 2013, según el estudio realizado por José María Pueyo Sierra, en su obra: Nostradamus “La Verdad del año 2031”. En el capítulo 1, titulado Cronología, cuenta cómo llegó a descubrir la transformación de las fechas en Nostradamus. Y según su fórmula, es el que más se aproxima a la verdad. Él dice que el 1609 corresponde al 2012. Tiene un error de un año.

Francisco es un hombre de espíritu oscuro, que sigue al demonio en toda su vida, no sólo en el sacerdocio. Es un hombre colocado por el demonio para iniciar su tiempo en que debe poner en la Silla de Pedro al Rey que él quiere, como también lo señala Nostradamus:

“El año mil novecientos noventa y nueve siete meses
Del cielo vendrá el gran Rey de terror
Resucitar el gran Rey de Angolmois
Antes después de Marte reinar por buena hora”
(10 centuria, cuarteta 72)

El año 1999, con siete meses, corresponde, en la interpretación de Pueyo, al año 2015. Este Rey de terror corresponde en Malaquías a S.E.R, que tiene diversas interpretaciones: sucesión de reyes en la Iglesia, reyes de Satanás en la Iglesia, que se sentarán en la última persecución que tendrá la Iglesia, que es la del Anticristo. El Anticristo viene al final de todo; antes de él se prepara el terreno con muchos hombres que reinan la Iglesia de muchas maneras para poner en Ella lo que el Anticristo quiere.

Hasta la muerte de Benedicto XVI todavía hay un tiempo en la Iglesia para despertar y prepararse a lo que viene. Es la muerte del Papa verdadero lo que inicia todo. Y esa muerte puede ocurrir de muchas maneras. No necesariamente tiene que ser una muerte natural. Puede ser provocada, como es natural que así sea porque el demonio lleva 50 años matando a los Papas.

No importa tanto conocer al detalle las fechas, porque Dios no da fechas exactas. Al hombre le gusta siempre tener una fecha para guiarse.

Lo que importa es ver los Signos de los Tiempos y saber discernirlos para no dormirse en ellos. Mucha gente está dormida. Cree que la vida sigue igual. Y todo ha cambiado, en el mundo y en la Iglesia, desde hace ya mucho tiempo. Pero ahora es cuando se ven las diferencias, los grandes cambios, las grandes divisiones en todo.

Quien gobierna la Iglesia es siempre Cristo, a pesar de los hombres, a pesar de la acción del demonio en la Jerarquía. La Iglesia tiene una sola base: Cristo Jesús. Y, por tanto, en la Iglesia las cosas no son como en el mundo, como en la vida social, como en las vida de los hombres. Y, por eso, la Iglesia no se dedica a nada. Sólo a lo espiritual. Lo demás, es una mera plataforma, una mera estructura para poder dar lo espiritual.

Cuando los Cardenales en la Iglesia buscan a hombres que sean Papas con una visión humana, política, social, económica, etc., entonces en la Iglesia se producen muchos desbarajustes porque no se centran en lo que importa: estamos en la Iglesia para salvarnos y santificarnos. Lo demás, no es Iglesia, no hace Iglesia, no vale para nada en la Iglesia.

Y es imposible transformar el mundo en las condiciones de pecado original con que nacen los hombres. Todos los hombres son pecadores, desde que son concebidos, luego todos los hombres viven el primer escalón del infierno en este mundo.

Todos los hombres nacemos como encarnaciones del demonio. Eso es la realidad del pecado original. Y Jesús, al fundar Su Iglesia, puso el camino al hombre para poder llegar a ser hijo de Dios por participación. Y eso no se consigue porque se tenga un Bautismo o un Sacramento del Matrimonio o porque se comulgue diariamente o porque se tenga un orden en la Iglesia. Eso, hasta el final de la vida, es una batalla constante, día a día, en contra de tres enemigos: demonio, mundo y carne.

Y la Iglesia de Jesús tiene todos los caminos, todas las armas, todo lo que el hombre necesita para vencer a esos tres enemigos y poder salvarse y santificarse, que es el fin que todo hombre debe tener en su vida.

Este fin, hoy día, se ha perdido en tantas cosas que ofrece el mundo y el hombre. Y ya los hombres viven para sus vidas humanas y se creen que por tener un bautismo o por comulgar o por estar casado en la Iglesia se van al cielo.

El Cielo hay que conquistarlo día a día. Y si no se conquista un día, se va perdiendo la fe. Si cada día no se lucha contra los múltiples enemigos que tiene el hombre, las almas van perdiendo la fe y llegan a la blasfemia contra el Espíritu santo, en el que no hay perdón.

Precisamente, porque Cristo ha dado al hombre la Gracia, es cuando el hombre puede pecar contra el Espíritu y condenarse. Porque la Gracia es una inteligencia divina sobre todas las cosas, incluso sobre el pecado.

El hombre, con la Gracia, puede entender perfectamente el pecado y, por tanto, puede cometer el pecado del demonio, que fue perfecto en su obra y eso le llevó a la condenación inmediata.

Adán pecó, pero no tenía la perfección del pecado. Por eso, Dios no lo condenó, sino que le puso un camino de salvación. Camino larguísimo para el hombre. Camino en que el hombre tiene que vivir en medio de demonios, porque la tierra es el primer escalón del infierno.

Y, Cristo, muriendo en la Cruz, da al hombre toda la Vida, no solamente lo que le dio a Adán. Adán, en su perfección, no tenía toda la Gracia. Pero Cristo da a Su Iglesia toda la Gracia. Luego, el hombre puede pecar perfectamente y condenarse; y puede ser santo perfectamente e irse al Cielo sin pasar por el purgatorio.

La Gracia la tienes; pero no sabes usarla. Éste es el problema de muchas almas en la Iglesia.

Se casan por el Sacramento del matrimonio y no saben usar esa Gracia. Viven en sus matrimonios con un fin humano, con una intención humana, con una inteligencia humana, con unas obras humanas. Y tienes la gracia para hacer un matrimonio divino, con hijos divinos, con obras divinas.

Todo el problema en la Iglesia es que no se sabe usar la Gracia, que salva y santifica al hombre. Y quien no sabe usar la Gracia, entonces esa Gracia es una Justicia para su vida. Y ya el hombre no se salva ni se santifica, sino que va creciendo en el mal hasta poder condenarse en vida, hasta poder llegar contra la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Los hombres tienen miedo de conocer la Verdad y, siempre, se acomodan a sus verdades, a sus razones, a sus inteligencias humanas. Y ya no crecen en el Espíritu; ya no viven de fe; porque sólo miran los suyo humano.

Y la Iglesia, siendo divina, está llena de hombres que no viven de fe, sino de sus cosas humanas, de sus negocios, de sus fines y objetivos humanos. Y, entonces, la Iglesia ya no es un camino para salvarse, sino un camino en que hay tantas cosas que ya no se entiende qué hay que hacer para salvarse y santificarse.

Y la doctrina de Cristo es muy sencilla: oración y penitencia. Ése es el resumen de toda Verdad.

Donde no hay oración, sino sólo palabras, sólo obras humanas, sólo intereses humanos; donde no hay penitencia, sino un vivir para conquistar lo humano, lo social, lo cultural, lo político; entonces no hay vida de fe, no hay vida espiritual, no hay vida de gracia.

El camino espiritual es bien sencillo, pero los hombres lo complican todo con sus inteligencias humanas, con sus formas humanas de entender a Dios, la Iglesia, Jesús, etc. Y todo hombre que no ponga su mente en el suelo no es Iglesia, no hace Iglesia, no obra en la Iglesia la Voluntad de Dios.

Hay que pisotear nuestra soberbia para seguir a Cristo Jesús. Eso es lo que no hace la Jerarquía de la Iglesia, y entonces vemos lo que se ve en todas partes: sacerdotes y Obispos que viven lo que les da la gana en la Iglesia, en sus sacerdocios, en sus vidas humanas. Y eso que viven lo enseñan a los demás. Y, entonces, ponen un camino de condenación en la Iglesia.

Lo que pasa, ahora, con Francisco es sólo eso: un hombre, en su soberbia, que se ha creído que hace una buena obra en la Iglesia.

Un hombre, en su orgullo, que se ha levantado contra Cristo, dentro de Su Misma Iglesia, para poner su invención de la iglesia, su nueva iglesia, con su nuevo evangelio de la fraternidad y su diálogo con los hombres.

Estas dos cosas que Francisco ha puesto: fraternidad y diálogo son ejemplos de su elevación en el pecado, de su perfección en el pecado.

Francisco va caminando a la perfección en el mal. Y llega a la blasfemia contra el Espíritu, porque no es fiel a la Gracia que ha recibido. Y, entonces, esa misma Gracia, le condena, es Justicia para su alma.

Dios es Justicia. Y, en Su Justicia, Dios es Misericordia. La Misericordia es fruto de la Justicia Divina. Dios es Amor, pero no Misericordia. Su Misericordia es necesaria para el hombre que peca; pero no sirve para el ángel o el hombre que ha llegado a la perfección de su pecado.

Dios es Misericordia porque creó a Adán sin las prerrogativas de su perfección humana. Creó un hombre no perfecto plenamente. Con una perfección medida, adecuada a su estado en el Paraíso.

Pero el mismo Dios se ha hecho carne. Y eso significa que el Nuevo Adán, que es Cristo, es perfecto en lo humano, no sólo en lo divino. Y, por tanto, las obras de Cristo son perfectas en todos los niveles. Y eso trae una consecuencia: en la Iglesia no se puede vivir de forma imperfecta o en pecado, porque la Iglesia es para los perfectos, para los santos, para los que quieren ser otros Cristo.

Pero, aunque la Iglesia sea perfecta, Dios, en Ella, tiene Misericordia, porque el hombre vive en el primer escalón del infierno; no vive en un Paraíso. Y, por eso, Dios no puede aplicar toda Su Justicia sobre los miembros de la Iglesia, sobre sus almas. Y, por eso, es necesario que existan el Purgatorio y el Infierno para las almas en Gracia, que tienen la Gracia y que, por tanto, poseen la perfección de la Vida Eterna.

A los demás, a los que no tienen la Gracia, Dios les juzga y los salva o condena según su Justo Juicio.

Por eso, estamos en la Iglesia para poner a los hombres un camino de salvación y de santificación, que eso es lo que no ofrece Francisco. Y no puede ofrecerlo porque está dedicado a su negocio en la Iglesia: buscando dinero para dar de comer a los pobres. Le importa un rábano si el pobre se salva o se condena. Hay que llenarle su estómago para así decirse a sí mismo que es un buen hombre para los hombres.

Y, entonces, con Francisco toda la Iglesia entra en una división, en un cisma. Esto es lo que muchos no han comprendido y están haciendo el juego a Francisco.

Francisco divide, separa, crea cisma. Francisco no une en la verdad, porque no tiene la verdad, no persigue la verdad, no obra la verdad.

Francisco divide. Y comenzó dividiendo el Papado: ha puesto muchas cabezas. Eso separa de la unidad en la Iglesia. Porque sólo un Papa une, sólo una Cabeza une, sólo un gobierno de uno es el que fundamenta la unidad en la Iglesia. El gobierno de muchos divide la Iglesia.

Francisco divide la Verdad. Y, por tanto, divide a Cristo. Ya Cristo no es Dios y Hombre. Cristo es Dios para algunas cosas y es Hombre para otras. Ya Cristo no es el Mediador, sino sólo el que intercede ante su Padre, pero no media. El que pide cosas, que ruega cosas, pero no media; es decir, no reina en la Iglesia.

Cristo, por ser Mediador, es el Rey de la Iglesia, es el que reina, el que gobierna la Iglesia. Y no sólo está intercediendo por las almas, sino que las gobierna por Voluntad de Su Padre. Cristo se pone entre Su Padre y el hombre para gobernar al hombre hacia Su Padre, para guiarlo hacia el Padre, porque nadie puede ir al Padre sin el Hijo. Y el Hijo no sólo pide por la Iglesia, sino que es Camino para ir al Padre, es Vida en la Iglesia, es Verdad en la Iglesia, es una Obra en la Iglesia, que agrada al Padre y, por tanto, da al Padre Su Misma voluntad.

Francisco no ve a Cristo como Mediador, sino sólo como un intercesor más, como un santo más en la Iglesia. Y, entonces, tiene que inventarse su gobierno de hombres. Y tiene que presentar a un falso cristo que sólo se preocupa por dar de comer a los hombres, por sanar enfermedades, por estar entre los hombres. Y no más. Y, de esa manera, tiene que poner una falsa iglesia que sólo es el pueblo de Dios, es decir, todo el mundo, todos los hombres, todas las sociedades, todas las religiones, porque Dios es tan bueno que salva y lleva al cielo a todo el mundo.

Este es el resumen de lo que propone Francisco. Y esto es lo que divide a la Iglesia. Esto precisamente.

“¡Oh, vasta Roma, tu ruina se acerca!
Ni de tus muros, de tu sangre y sustancia:
el áspero de letras hará tan horrible atentado,
hierro puntiagudo metido en todos hasta la empuñadura”
(10 Centuria, cuarteta 65)

El áspero de letras, un hombre sin inteligencia divina, un hombre soberbio, un hombre orgulloso, un hombre ciego para la verdad es el que atenta contra la Verdad. Y algo horrible, algo desquiciado, una locura porque es necesario entregar Roma al Anticristo.

La división que trae Francisco lleva a esta ruina a toda la Iglesia. Francisco es el inicio del cisma dentro de la propia Iglesia. Un cisma que permanece encubierto ahora, porque hay que quitar los dogmas, las verdades. Y Francisco sólo es un bufón que entretiene, pero que no sabe cómo quitar el dogma en la Iglesia. Lo sabe en su propia vida, porque vive sin temor de Dios, vive sin ley divina, vive sin ley moral, vive para pecar y hacer pecar a los demás. Pero no sabe el camino para quitar las verdades porque no tiene inteligencia. Es sólo un sentimental. Tiene que venir otro, de ásperas letras, temido por muchos, porque obra imponiendo el pecado, la mentira, obra sin justicia, sin verdad, sin rectitud, sin luz, para hacer caminar a los hombres hacia el infierno.

Tienen que discernir los Tiempos y dejarse de tonterías sobre los Papas anteriores. Grandes Papas fueron todos. Y, cada uno, en su pecado, fue fiel a lo que el Señor quería en su Pontificado. Ninguno de ellos descarrió a la Iglesia. Ninguno de ellos produjo un cisma en la Iglesia. Ninguno de ellos dividió la Iglesia. Todos los males de la Iglesia son por los otros: sacerdotes, Obispos y fieles que se separaron de la Iglesia para combatir a los Papas, que no se sometieron a los Papas, no obedecieron a Cristo en los Papas, sino que obedecieron su propia mente humana. Los sedevacantistas no son Iglesia porque no se ponen con los Papa verdaderos, sino que los atacan. Y, entonces, hacen el juego del demonio, que es desunir la Iglesia. Todo aquel que se dedica a combatir a los Papas anteriores y a Benedicto XVI, no es Iglesia y no hace Iglesia.

Hay que combatir a Francisco, porque él no es Papa. La batalla es contra el demonio en la Iglesia. Y el demonio ha puesto a Francisco. La batalla no es contra Cristo. Cristo ha puesto a Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo i, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Los ha puesto como Vicarios de Cristo para guiar a Su Iglesia a través de ellos. Y, por tanto, la Iglesia no se pierde siguiendo a esos Papas. La Iglesia se pierde escuchando a Francisco. Francisco trae al Anticristo. Ése es el fruto de su reinado en la Iglesia. Ésa es su obra durante este año: poner el camino para el Anticristo. Abrir puertas al demonio en la Iglesia.

La Iglesia se pierde siguiendo a Francisco. Esto es lo que muchos no comprenden, no disciernen, por llamar Papa a quien no es Papa: a Francisco.

Disciernan las profecías. No vivan en la Iglesia con su mente humana, porque se van a equivocar siempre. La Iglesia es Espíritu y, por tanto, la Iglesia es guiada en el espíritu de la profecía. Y hay que ir a los Profetas para entender el camino de la Iglesia.

La renuncia al Papado exige la muerte del Papa que renuncia

bdxvi

“el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra —esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal—, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia” (Con. Vaticano – Cap. 4. Del magisterio infalible del Romano Pontífice).

El Papa verdadero tiene el don de la infalibilidad.

Y, ¿qué significa ese don? Sólo una cosa: que el Papa verdadero nunca dice u obra una mentira en la Iglesia. ¡Nunca! Todo Papa que hable una sola mentira es por dos razones:

1. No es el Papa verdadero;

2. Es el Papa verdadero pero ha caído en un pecado por el cual se le niega el ser infalible.

Lo que hace todo verdadero Papa en la Iglesia es:

1. Guardar la regla de la recta fe: es decir, la fe divina que se da en dos cosas: la fe en el Evangelio y la fe en la Iglesia. Es decir, la doctrina auténtica de Cristo, dada en la Palabra de Dios y en el Magisterio auténtico de la Iglesia. En otras palabras, un verdadero Papa nunca anula un dogma en la Iglesia. Nunca va contra la Palabra de Dios. Nunca va contra las enseñanzas de la Tradición en la Iglesia. Nunca pone su opinión en la Iglesia. Nunca da su parecer como hombre. Nunca señala lo que él piensa como hombre. Porque todo Papa verdadero está puesto para dar el camino de salvación a las almas. Y lo único que salva es tener la recta fe en Cristo y en Su Iglesia. Si no se empieza por ahí, entonces no hay nada en la Iglesia. Es todo una ilusión, una política, una habladera de muchas cosas para no dedicarse a salvar las almas.

2. Gobernar toda la Iglesia de forma espiritual: es decir, todo aquellas cuestiones que surgen acerca de la fe divina, el juicio del Papa está sobre otro juicio humano. Por tanto, el Papa verdadero no se mete en cuestiones políticas ni económicas ni humanas ni científicas ni filosóficas ni culturales ni nada que sea sabiduría humana, obra humana, vida humana. El Papa verdadero da las leyes divinas, las leyes naturales, las leyes morales, las normas éticas, para que los hombres puedan moverse en todos esos campos y poner la Voluntad de Dios en ellos. Y si hay una cuestión, en esos campos, que concierne a la fe divina, entonces el Papa da su juicio, no su opinión. Y ese juicio es infalible.

Ejemplo concreto: Nunca un Papa se mete en cuestiones económicas, en ideas económicas, en planteamientos económicos, en caminos económicos:

“hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión” (Francisco, evangelii gaudium – n. 53). Esto que dice Francisco es claro ejemplo de que no posee la infalibilidad, porque no es Papa verdadero.

Un Papa verdadero da a los economistas la norma de moralidad, las leyes divinas, naturales, la ética para hacer una buena economía. Y, además, señala los pecados que toda economía trae al hombre para que se luchen en contra de ellos: avaricia, usura, egoísmo, odio, etc.

Siempre un Papa verdadero pone el camino de la vida espiritual. De otra manera, se dedica a hacer política, que es lo que hace Francisco en su evangelii gaudium: es su opinión, es su concepción de cómo hay que hacer economía, quiere enseñar a los economistas la mejor economía según su parecer humano. Y, entonces, siempre se va equivocar, porque Francisco no sabe nada de nada y sólo está en la Iglesia para dar a conocer su comunismo, su marxismo, su lucha de clases, que es lo que propone en su panfleto, que lo llama la alegría del evangelio, es decir, la manera de ir contentos al infierno practicando el amor sin verdad, el amor sin ley divina, el amor sin norma de moralidad, entre los hombres.

Francisco, por no ser Papa verdadero, no puede tener este don y, por eso, es el maestro de la mentira y del engaño en el Vaticano. Ha aprendido a hablar la mentira en todas partes, en cualquier documento, en cualquier entrevista, en cualquier homilía. Francisco enseña a mentir en la Iglesia.

Por eso, Francisco es gentuza, es decir, gente baja, gente sin moral, gente sin principios religiosos, gente sin ley divina, gente sin ley natural, gente que hace lo que le da la gana y con el aplauso de los demás, gente que se dedica a prometer muchas cosas y a no hacer nada de lo que promete, gente charlatana, que dialoga con todo el mundo, menos con Dios, gente que no sirve para nada en la Iglesia, sólo es un estorbo, un tropiezo, una piedra en el zapato, gente que no sabe enseñar la más mínima verdad, porque se pasa la vida enseñando sus adquisiciones mentales, sus bellezas intelectuales, sus engendros diabólicos, que producen en quienes los escuchan o los leen turbación, confusión, duda, temores, y toda clase de pensamientos inservibles para salvarse y santificarse.

Muchos piensan que sólo el Papa es infalible cuando habla ex cathedra. Y esto es falso. El Papa es infalible siempre, porque siempre tiene que poner en la Iglesia el camino para salvar y santificar el alma.

Hablar ex catedra es hablar desde la cátedra de Pedro, es decir, hablar enseñando, hablar guiando, hablar educando, hablar dirigiendo, hablar obrando. Y ¿qué cosa habla? Sólo la Verdad. Y ¡quién es la Verdad? Cristo Jesús.

Por tanto, hablar ex catedra es dar la mente de Cristo en la Iglesia; es decir, es predicar la Palabra del Pensamiento del Padre. Y predicar esa Palabra es hablar con sencillez, con humildad, con rectitud, con prudencia, con justicia y con misericordia.

Por tanto, un Papa que no reúna estas virtudes, no puede ser infalible.

El don de la infalibilidad no es un carisma en el Papado. El carisma que tiene el Papa es el de poder gobernar la Iglesia sin ayuda de nadie, sin un gobierno horizontal, sin un gobierno de ayuda, porque está en el Vértice unido a Cristo por medio de este Carisma.

Y, por tanto, aunque el Papa se equivoque siempre guía a la Iglesia hacia la Verdad por este carisma, por esta unión mística con la Cabeza Invisible, que es Cristo Jesús, en el Vértice.

Por este carisma que tiene Pedro en la Iglesia siempre él tiene la Verdad, para que la Iglesia no caiga en el cisma, para que se conserve siendo Una y pueda luchar contra el demonio, contra el mundo y contra la carne.

Pedro, en ese Vértice, no puede equivocarse porque Dios guía a la Iglesia con este Carisma. Lo que sí puede hacer Pedro es pecar y, entonces, ya no es infalible. Sin embargo, eso no es obstáculo para que el Señor siga guiando la Iglesia hacia la Verdad, porque se mantiene Pedro en el Vértice.

Si Pedro se aparta del Vértice, entonces la Iglesia cae en manos de los lobos, que es lo que ha pasado con Francisco: la Iglesia ha caído en sus manos, porque el Papa se fue del Vértice.

En la historia de la Iglesia ha habido muchos errores en los Papas. Y eso sólo por el pecado del Papa que no supo discernir lo que había que juzgar, lo que era infalible porque provenía de la fe. El Papa siempre es infalible en una cuestión de fe. Pero el Papa no es infalible en otras cuestiones, ya sean culturales, políticas, científicas, etc.

Pero el Papa puede pecar cuando la cuestión es de fe. Y, entonces, ya no puede ser infalible.

Ejemplo: El Papa Benedicto XVI pecó en su renuncia. Y su renuncia es una cuestión de fe. Es algo que atañe a la fe, a la norma de moralidad, a la salvación de la Iglesia, a su santificación.

Y, entonces, cuando renuncia el Papa peca; es decir, renuncia mal. Y ¿dónde está su pecado? En ocultar el motivo de su renuncia. Por eso, el Papa Benedicto XVI tiene los días contados.

Un Papa puede renunciar, puede abdicar del trono sólo porque así Dios se lo pide. Es Dios quien elige el Papa y es Dios quien quita al Papa.

La renuncia es de derecho divino, es decir, es un derecho que Dios tiene sobre Su Vicario y que se lo da a Su Vicario para que lo ejerza libremente.

Pero todo Papa que renuncia tiene que hacerlo bien. Es decir, tiene que ser movido por Dios y sólo por Dios. No tiene que renunciar ni porque se lo digan los hombres, ni por las circunstancias de la situación en la Iglesia, ni de los problemas que haya en la Iglesia.

La Iglesia pertenece sólo a Dios, no a los hombres. Y estudiando la historia de la Iglesia se ve cómo la Iglesia, la Jerarquía de la Iglesia, los sacerdotes, los Obispos, los Cardenales, nunca han entendido lo que es un Papa en la Iglesia. Y, a pesar de todo eso, Jesús ha seguido guiando a Su Iglesia, con Papas que reinaban en un clima totalmente desfavorable para la vida espiritual. Y la Iglesia se ha mantenido aunque los Cardenales hayan hecho de todo para anular el Papado.

Un Papa puede renunciar, pero sólo en la Voluntad de Dios. Y todo Papa que renuncia, automáticamente, es perseguido por su renuncia. Porque tiene que renunciar por algo extrínseco al Papado, por la fuerza de una voluntad externa, que quiere someter al Papa a esa voluntad. Y eso el propio Papa lo conoce. Conoce quién es el que le somete o quiere someter. Y, por eso, todos los Papas que han renunciado, han muerto poco después, a causa de esa voluntad exterior. Desde el primer Papa que renunció, que fue Celestino V, hasta el último, que es el Papa Benedicto XVI.

Pero en la renuncia del Papa tiene que haber un motivo divino para que no haya pecado. Ese motivo divino tiene que darse a conocer a toda la Iglesia. Si se esconde ese motivo divino, la Iglesia queda en oscuridad, en engaño, en la mentira.

Toda la Iglesia tiene derecho a conocer la verdad de la renuncia de un Papa, porque es Su Cabeza; es el Cuerpo que pide la inteligencia de Su Cabeza para seguir siendo Cuerpo. Es un derecho del Cuerpo Místico de Cristo conocer exactamente qué es lo que pasa en Su Cabeza.

Desde hace mucho tiempo, en el Vaticano se esconden muchas cosas a la Iglesia y nadie conoce exactamente la vida del Vaticano por dentro. Y eso es un mal para toda la Iglesia y para el Papado. Eso pone en peligro todo el depósito de la fe en la Iglesia. Porque el Papa es el guardián de ese depósito. Todo aquel que lucha en contra del Papa va en contra de toda la fe de la Iglesia. Y, por eso, anular al Papa es anular la Verdad en la Iglesia.

Nadie conoce, realmente, qué hicieron con Juan XXIII, con Pablo VI, con Juan Pablo I, con Juan Pablo II y con Benedicto XVI. Se conocen cosas por las Revelaciones privadas, pero en el Vaticano se oculta la Verdad. Y eso es un signo de que el Vaticano está podrido por dentro. Y eso sólo significa una cosa: el tiempo de anular la Iglesia ha llegado.

Durante 20 siglos los hombres han intentado anular la Iglesia anulando el Papado. Y han hecho muchas cosas a los Papas, pero no han podido. Y ¿por qué? Porque la Jerarquía de la Iglesia no había llegado al culmen de la maldad y, por tanto, no sabían anular a un Papa, no sabían destruir las estructuras de la Iglesia.

Pero en la maldad, como en el bien, siempre hay una cima. Y cuando los hombres llegan a esa cima, simplemente obran la maldad sin más, por caminos nuevos, por sendas en donde la Verdad queda siempre oculta.

Hasta que el hombre no llega a esa cima en la maldad, siempre hay una verdad donde puede agarrarse y volver sobre sus caminos y arrepentirse de lo malo. Pero en la cima, no hay una Verdad donde agarrarse y, por eso, es fácil obrar la maldad.

El hombre, en 50 años, ha llegado a la cima de la maldad en el Vaticano. Y, por eso, están haciendo el juego a Francisco, porque se saben los hilos que tienen que mover dentro del Vaticano para que todo funcione en el mal. Sólo es cuestión de poco tiempo para que la gente del Vaticano, los sacerdotes y los Obispos, se quiten la careta que se han puesto -y, con la cual, dicen que todo va viento en popa en la Iglesia y con Francisco,- para ver el destrozo que van a hacer a toda la Iglesia.
El destrozo de la Verdad, del dogma. Están preparando los nuevos libros para meter la nueva doctrina en donde la nueva iglesia dará culto a satanás en toda la Jerarquía de la Iglesia. Nadie ve lo que están preparando, porque tienen a un charlatán que entretiene a la gente con su boca de mentira.

Francisco está haciendo su papel. Y lo realiza de forma magistral. Tiene a todo el mundo engañado por su palabra barata y herética. Si los hombres supieran medir esa palabra babosa de Francisco, enseguida se alzarían en contra de él.

Pero muchas personas en la Iglesia viven de un cuento: ya no tienen la fe divina, sino sólo su fe humana, sus muchos conocimientos de la teología, del catecismo, de tantas cosas que, en la práctica, anulan la fe divina.

Es el trabajo del demonio que lleva al alma hacia su humanidad y la hace ver tan importante, tan valiosa, que el alma se olvida de buscar el camino espiritual porque cree que haciendo cosas buenas con su humanidad ya es espiritual. Así el demonio engaña a muchas almas. Y el alma llega a la cima de la maldad dando culto al hombre, a su mente humana, a sus obras humanas, a sus vidas humanas, a sus culturas, etc. El hombre se imagina que por decir que ama a Dios o que se casó por la Iglesia o porque es Obispo o sacerdote, ya está Dios con él. La gente se ha olvidado de vivir su fe porque vive su humanidad al cien por cien. Y no dejan tiempo para que la fe divina se vaya desarrollando en el alma según la Gracia y el Espíritu.

Hay mucha gente raquítica en la fe divina porque es grande en lo humano, en su visión humana de la vida y de la vida espiritual. Y así humanizan lo divino, destrozan lo divino, anulan lo divino, con todo lo humano suyo: con su ciencia, con su filosofía, con su psicología, con su psiquiatría, con su cultura, con su arte, con su política, con su acomodada vida humana.

Las almas en la Iglesia, en este mundo que nos ha tocado vivir, no saben ni vivir de fe divina, ni usar la Gracia, ni seguir al Espíritu de la Iglesia. Y si no saben estas tres cosas, están en la Iglesia para condenarse.

El Papa Benedicto XVI falló en la renuncia porque no dio un motivo divino auténtico. Si hubiera dicho que se iba porque peligraba su vida, entonces no hubiera pecado. Pero dijo que se iba porque ya estaba enfermo. A todas luces, eso no es un motivo divino, sino una mentira para ocultar la verdad.

Todo Papa que renuncia es perseguido por su renuncia. Y Benedicto XVI por su pecado, está tranquilo. Luego, renunció mal. El Papa Celestino V tuvo que huir y murió diez meses después con un agujero en el cráneo, descubierto cuando en 1988 fue exhumado su cadáver y se vio, en su craneo, un agujero, provocado por un clavo, que penetra en la sien cinco centímetros. Un Papa que renunció y fue quitado de en medio, porque bien sabía ese Papa lo que se cocía entre Cardenales.

Y bien sabe el Papa Benedicto XVI lo mal que huele el Vaticano. Y él, más que nadie, debe temer por su vida. Su vida no está a salvo, sino en mucho peligro. Y más ahora que se van a quitar la careta esos lobos vestidos de piel de oveja.

Por eso, hay que rezar por el Papa Benedicto XVI para que haga lo último que el Señor le pida para saldar su pecado. Y tendrá que morir solo y abandonado de todos, porque en la Iglesia ya no hay amor al Papa, ya no hay amor al sacerdote, ya no hay amor al Obispo porque la Jerarquía de la Iglesia ya no ama a Cristo Sacerdote. No saben lo que es ser sacerdote. Sólo saben ser políticos, humanistas, socialistas, liberalistas, comunistas, sinverguenzas. Gentuza que ha perdido el honor de la Verdad y que vive rodeada de mentira en sus corazones.

A %d blogueros les gusta esto: