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Sobre la fe del Papa Benedicto XVI está edificada la Iglesia

fraternidadmasonica

«Respondió Satán a Yavhé: “¡Piel por piel! Cuanto el hombre tiene lo dará gustoso por su vida. Anda, pues, extiende tu mano y tócale en su hueso y en su carne, a ver si no te vuelve la espalda”. Y Yavhé dijo entonces a Satán: “Ahí le tienes; en tu mano le pongo, pero guarda su vida”» (Job 2, 5-6).

Dios nunca hace el Mal, no es vengativo, no da mal por mal; pero Dios es Justo. Y Su Justicia la obra siempre a través del demonio.

La condenación que muchas almas se merecen, no la da Dios, sino el mismo Satanás lo hace. Y la razón: porque el hombre le ha abierto las puertas de su corazón al demonio. Le ha dado su voluntad. Escucha su voz. Si los hombres, durante su vida buscan al demonio y a sus obras, entonces la vida eterna será con el demonio.

Adán siguió la mente del demonio en el Paraíso. Y eso produjo que toda la humanidad pertenezca al demonio, por la naturaleza del pecado original. Hay que comprender en qué consistió este pecado para que el demonio tenga derecho sobre todo hombre en la tierra.

Incluso, el hombre más santo, como Job, no está exento de la Justicia de Dios, es decir, de la obra de Satanás en él. Y no por su pecado, no porque ha dado su corazón al demonio, sino por el pecado de Adán, que está en Job, como en todo hombre.

Si no se comprende el pecado de Adán, no se comprende por qué Dios da a Satán el derecho de hacer daño a Job: «en tu mano lo pongo, pero guarda su vida».

El demonio puede matar la vida física de cualquier hombre y, también, su vida espiritual. El demonio tiene poder sobre todo hombre que pisa la tierra. Sólo no tuvo poder sobre la Virgen María ni sobre Jesús. Sin embargo, ambos tuvieron que sufrir los asaltos del demonio, por ser los Redentores de la humanidad.

El pecado de Adán se opone a la Voluntad de Dios, que era formar una humanidad de hijos de Dios, es decir, de hombres llenos de Espíritu Divino y de Gracia, que tuvieran el don de engendrar, vía generación, hijos de Dios. A través del sexo, de la unión entre hombre y mujer, iba a nacer un hijo de Dios.

El pecado de Adán anula este plan original y, entonces, en toda generación humana se concibe un hijo del demonio. Todo hombre engendrado por sus padres, tiene una posesión, una obra del demonio en esa concepción humana. Por eso, la importancia de bautizar a los hijos sin esperar tiempo, desde pequeñitos, no sólo para quitarles el pecado original, sino la posesión del demonio en sus almas.

La maldad de los hombres, quitando de los ritos del Bautismo, las oraciones de exorcismo, hace que permanezca esa posesión, esa obra del demonio en el alma, aunque se bautice el niño. Los cambios en la liturgia del Bautismo han sido catastróficos para las almas. Permanece la esencia del Bautismo, pero no se quita todo cuando se bautiza a un niño. Y esos niños crecen con un demonio, que viene por generación, y que estorba su vida para Dios.

Por eso, desde hace 50 años se viene observando la escalada de todo lo satánico. No se combate al demonio en las almas desde que nacen, sino que se le deja obrar libremente y eso produce que las almas vivan, sin darse cuenta, con la presencia del demonio, y se vayan acomodando a todo lo que el demonio les va poniendo en sus vidas.

Mucha ha sido la maldad en la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Y continúa siendo enorme, porque han puesto un engaño como Papa.

Resulta sorprendente leer a personas con gran inteligencia, que ven las herejías de Francisco, pero que no saben ir al demonio. De las herejías no saben decir: Francisco no es Papa; a Francisco lo ha puesto el demonio como Papa.

Esto a muchas almas, que conocen la liturgia, el derecho canónico, la teología, la filosofía, les resulta difícil de decir. Siempre encuentran una razón para excusar a Francisco, y decir que es Papa.

Es hereje, pero como todavía reza el Rosario, como todavía se confiesa, como todavía hace buenas obras…, entonces sigue siendo Papa. Sí, el Papa Benedicto XVI renunció. Fue válida su renuncia; entonces, aunque Francisco sea hereje, hay que seguir a Francisco, porque a alguien hay que obedecer en la Iglesia…

O Francisco es Papa o Francisco no es Papa. Es necesario hacer una elección. No se puede decir que Francisco no es Papa porque ha dicho estas herejías, para después decir que Francisco es Papa porque ha canonizado a Juan XXIII y Juan Pablo II.

Para muchos ser Papa es una conveniencia: para una cosa, están con el Papa; para otras, no. O se está con Francisco como Papa; o se está en contra de Francisco por ser un impostor.

El problema de muchos es su falta de discernimiento espiritual. No creen en la Palabra de Dios. Creen en toda su filosofía, teología, moral, derecho canónico, liturgia, pero no creen en Jesús. Y, por tanto, tampoco creen en la Obra de Jesús, que es la Iglesia. Y, en consecuencia, no saben ver la obra del demonio en la Iglesia. De las herejías de Francisco no saben llegar a decir: Francisco ha sido puesto por el demonio como Papa. A esto no llegan en su teología, en su filosofía, con sus cánones, con su liturgia. Siempre encuentran una razón para decir: sí, es hereje, pero hay que seguir obedeciéndole en aquello que no sea herejía.

Así piensan muchos. Y son grandes teólogos, moralistas, liturgistas. Pero no saben nada de la vida del Espíritu. No creen. No saben creer con sencillez. No saben ser niños en su inteligencia humana.

Hay muchos caminos para ver que Francisco es un impostor, es decir, es un hombre puesto por el demonio para regir la Iglesia, que es de Cristo. Francisco no ha sido puesto por Dios, sino por el demonio.

Satán subió al cielo y le preguntó al Señor por la Iglesia, y el Señor le dijo lo mismo que cuando Job: «en tus manos te la pongo». Esto sucedió hace más de cien años, el 13 de octubre de 1884, cuando el Papa León XIII tuvo la visión: «La voz gutural, la voz de Satán su orgullo, gritando al Señor: “Yo puedo destruir tu Iglesia.”-La voz del Señor: “¿Tú puedes? Pues entonces hazlo.”-Satanás: “Para ello necesito más tiempo y poder.”-Nuestro Señor: “¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto poder?”-Satanás: “De 75 a 100 años, y un poder mayor sobre quienes están puestos a tu servicio.”-Nuestro Señor: “Tienes el tiempo, tendrás el poder. Haz con ello lo que quieras”».

La Iglesia de Cristo no es el hombre. Cristo guía a Su Iglesia a través de Su Palabra. Y Su Palabra es Profética. No es la palabra de los hombres, no es la concepción humana sobre la Iglesia. Su Palabra debe permanecer intacta en cada sacerdote, en cada Obispo, en cada Papa. Por eso, el Señor no guía su Iglesia sólo a través de Su Jerarquía; no es sólo por el mandato de los hombres cómo se hace Iglesia.

La Jerarquía tiene que servir, primero a Cristo, para poder servir a las almas en la Iglesia. Si la Jerarquía no obedece a Cristo, vano es el apostolado, la obediencia, el servicio, en la Iglesia.

Muchos, en la Iglesia, obedecen estructuras, constituidas por hombres con sus ideas de todo tipo: teológicas, filosóficas, liturgistas, canónicas, etc. Pero son incapaces de obedecer la verdad, la Palabra de Cristo que nunca cambia. Y por estar en esa estructura, pierden la fe en Cristo. Y comienzan a fabricarse su fe en Cristo, su idea de seguir a Cristo en la Iglesia, su idea de lo que es un Papa, su idea de lo que es un dogma, su idea de los que es ser hereje, su idea de la vida espiritual.

Esto es la acción del demonio durante más de 50 años: que en la Iglesia brille la idea del hombre con la cual se anule toda la Verdad. El pensamiento del hombre es lo que vale ahora en la Iglesia; ya no la Fe en la Palabra. Y, por eso, los estudiosos, al contemplar a Francisco como hereje, buscan su idea para seguir diciendo: obedezcan a Francisco. El culto a la idea del hombre, que les impide ir más allá de la idea buena y perfecta. ¿Cómo seguir siendo Iglesia con un hereje como Papa? Sigamos tolerando al hereje.

Este es el grave error de muchos por su falta de fe en la Palabra. No tienen fe. Son buenísimos como teólogos, pero no viven de fe. Esta es la soberbia más fina que el demonio sabe trenzar entre los hombres de Iglesia. Por eso, nadie es capaz de levantarse contra Francisco en la Iglesia. Si lo hacen es por debajo, por los pasillos, pero todo sigue igual: siguen dado obediencia a un impostor. Y, mientras, la Iglesia sigue hundiéndose en el pecado. Y por culpa de toda la Jerarquía, que sabiendo como son las cosas, se cruzan de brazos, porque han encontrado una razón para no hacer nada, para seguir haciendo nada, para estar atentos a ver qué hace Francisco en el gobierno, esperando una cosa buena de ese hombre, un giro hacia el bien, hacia la virtud, en ese hombre.

Este es el engaño en muchos: el demonio ha engañado a toda la Iglesia con un Papa. Es la jugada magistral del demonio para destruir toda la Iglesia con la infalibilidad de un Papa. Como el Papa es infalible, entonces puede lavar los pies a las mujeres; puede poner un gobierno horizontal en la Iglesia; puede decir sus herejías con tranquilidad; puede llamar por teléfono para indicarle a esa persona que puede pecar con tranquilidad. Y nadie se mueve porque, como es el Papa…

¡Qué gran engaño es Francisco para santos y pecadores! A todos los tiene en el engaño. Y a todos les coge por su razón, por la idea humana, por el concepto humano de lo que es la Iglesia y lo que es Cristo en sus mentes humanas.

Sólo los que viven de Fe tienen las cosas claras: Francisco no es Papa; ha sido puesto por el demonio para destruir la Iglesia. Los demás, se lían con sus maravillosos pensamientos humanos sobre Cristo y sobre la Iglesia.

Si no saben discernir las obras del demonio en la Iglesia, tampoco saben discernir sus pensamientos en su propia vida espiritual, y no llegan a ver al demonio en Francisco. No pueden llegar, porque sus pensamientos tienen un límite, una condición, un camino que no es verdadero. Y, entonces, no saben luchar contra el enemigo porque no saben verlo.

Año y medio, desde que inició la purificación de la Iglesia (diciembre del 2012) y nadie ha sabido combatir la herejía en el gobierno de la Iglesia. No han sabido entender la renuncia del Papa Benedicto XVI; no han sabido ver al impostor en Francisco, y no saben cómo funciona ahora la Iglesia. Esperan en vano. Y esperan mal. Viene un gran giro en la Iglesia. Y a todos esos que son teólogos y filósofos les va a pillar desprevenidos, porque no ven al demonio guiando la Iglesia, abiertamente, sin tapujos, sin que nadie se oponga. Sólo ven al hombre.

El demonio tiene un poder mucho mayor que el que tenía con toda la Jerarquía de la Iglesia. Y puede hacer, con ese poder, lo que quiera: “Tienes el tiempo, tendrás el poder. Haz con ello lo que quieras”.

Si no saben discernir esto en los más de cien años transcurridos, entonces, ¿a qué se dedican en la Iglesia? ¿a sus teologías, a quererlo todo dulcificar con sus ideas humanas sobre la obediencia a un Papa?

Tienen que aprender a ver al demonio en la Jerarquía de la Iglesia y, entonces, llamarán a cada cosa por su nombre. A Francisco como un impostor; a su gobierno horizontal como la idea del demonio para poner sus falsos papas en la Iglesia; a las obras de los que colaboran con Francisco como destructoras de la Verdad: desde Lombardi, que es el vocero de la herejía y del cisma, hasta el último laico que trabaja en lo económico del gobierno de Francisco. A toda esa Jerarquía que se dedica a entretener a las masas en la Iglesia como Jerarquía infiltrada; a todos esos religiosos que han hecho de su vocación una obra del demonio, como agentes de satanás, en toda la Iglesia, para cazar almas y llevarlas al infierno. Pero, ¿qué se creen que ha montado el demonio en estos cien años en la Iglesia? Se ha inventado su iglesia dentro de la Iglesia Católica, porque es la única forma de destruir la Verdad: ocultarse en la Verdad; aparentar ser verdad, ser persona santa, buena, que sigue a Dios porque es Amor y Misericordia.

Muchos no saben lo que es vivir de Fe en la Iglesia. Sólo saben seguir sus brillantes pensamientos. Y ahí se quedan. Pero no saben combatir al demonio, ni en sus almas, ni en la de los demás. Y entonces la Iglesia se vuelve un remedo de satanás.

Sólo Cristo, ahora, guía a las almas en Su Iglesia. Ya no lo hace a través de Su Jerarquía. Pero esto, a muchos teólogos les resulta incomprensible, porque viven de sus ideas en la Iglesia, pero no de la sencilla Palabra de Dios: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Sobre la fe del Papa Benedicto XVI está edificada la Iglesia actualmente. Sobre esa roca. Y tienen que discernir la fe del Papa Benedicto XVI para comprender por qué Cristo guía a Su Iglesia sin Jerarquía.

Francisco no es el Vicario de Cristo sobre la tierra

Primer anticristo

Francisco no representa a Cristo como Vicario sobre la tierra. No es Papa, sino un Impostor, encargado por el demonio de destruir el Papado.

Pedro es un poder espiritual en la Iglesia. No es un poder humano. Pedro se encarga de abrir y cerrar la Iglesia, de dar a la Iglesia el camino hacia la Verdad, de ser en la Iglesia la Vida Divina, y de hacer que la Iglesia obre el Amor.

Dos Papas no pueden subsistir en el Vaticano. No se pueden dar dos Papas en Roma. Dos cabezas no hacen una Iglesia. Dos cabezas no tienen la misma Autoridad. Dos cabezas son, simplemente, opuestas entre sí.

La Iglesia ha sido fundada en un Pedro, no en dos. No existe el Papa Emérito en el Evangelio. Sólo existe en la cabeza de los hombres.

Benedicto XVI sigue siendo el Papa, Pedro, hasta la muerte. Francisco: el impostor. El que se llama Papa sin serlo. El que niega el Papado en su gobierno horizontal. Ahí está la demostración de que no es el Vicario de Cristo sobre la Tierra. Ningún Papa se niega a sí mismo. Ningún Papa niega su Vocación en la Iglesia. Ningún Papa da a la Iglesia la mentira.

Francisco quiere destruir la Iglesia: no puede ser el Vicario de Cristo. Nunca. Es el impostor, es el Malvado, es el Malnacido.

Cristo depositó la plenitud del sacerdocio en Pedro, y contra Pedro nadie puede levantarse, so pena de no poder habitar en el reino de los cielos. A ti te daré las llaves del reino de los cielos [Mt. 16, 19]. No entrará allí nadie sin la gracia de quien tiene las llaves. Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia [M. 16, 18].

Por eso, Pedro debe ser manso y humilde de corazón [Mt. 11, 29]. Y ¿cuál es la humildad de Francisco cuando ha usurpado la palabra pobreza y está sediento de la gloria del mundo? Falsa humildad. Sus gestos estudiados y preparados cuidadosamente sólo para confundir a los tontos y a los necios que han perdido la Fe en la Palabra de Dios, haciendo de esa Palabra la invención de sus pensamientos humanos, de sus discursos humanos, de su ignorancia humana.

La Iglesia, el Cuerpo de Cristo, las almas están en manos de un falso pastor. ¿Qué hacen los sacerdotes y Obispos que no custodian a la Iglesia de los lobos, de las zorras, como Francisco? ¿Dónde están los Pastores que imitan a Cristo en sus vidas? ¿Por qué tienen miedo de oponerse a ese Bribón, que no sabe hablar, que no sabe conducir su pensamiento hacia la Verdad, que sólo habla para dar a la Iglesia la doctrina del mundo?

¡Cuántos tibios hay en la Iglesia que no se están dando cuenta de que la Apostasía está ya en curso! ¡Que ya no es posible el retorno, la vuelta atrás! ¡La modernidad ha engendrado una falsa Iglesia en Roma!

Francisco ha robado la Verdad a la Iglesia, la ha arrebatado para poner en Ella la mentira. Saqueó el Papado y ocultó la Verdad de Pedro.

La Iglesia ha sido fundada por Cristo Dios nuestro sobre Pedro, Príncipe de los Apóstoles, a fin de que las puertas del Infierno no pudieran contra Ella [Mt. 16, 18]. Luego, Francisco, ¿dónde crees que está la Iglesia? ¿En el robo que has hecho de la Silla de Pedro o en el Papa Benedicto XVI, Papa hasta la muerte, lo creas o no lo creas?

En Benedicto XVI está la Iglesia en la que las puertas de infierno no pueden nada contra Ella. Pero en tu nueva iglesia está el demonio que te lleva a la destrucción más total.

Sólo Benedicto XVI ha recibido las llaves para poder atar y desatar en la Iglesia. [Mt. 16, 19]. Tú sólo -Francisco- tienes las llaves del demonio para atar a las almas al fuego del infierno, porque eres el vicario de satanás en la tierra.

Tú condenas las almas, las llevas a la perdición porque has negado la confesión de los pecados, con tu absurda ley de la conciencia, por la cual, como eres el autor del bien y del mal en tu pensamiento, tú mismo te absuelves de todo pecado, en nombre de una falsa misericordia, que no se sostiene en nada, porque carece del arrepentimiento. Tú ves tu mal, tú llamas a tu mal, pecado, y tú mismo te quitas el pecado. No eres capaz de arrepentirte, de salir de tu mente para luchar contra tu pecado. Has elevado la conciencia al rango de dios.

Tú llamas a Jesús como el que no es un Espíritu para presentarlo como un hombre sin Espíritu, negando la Resurrección del Señor, negando la Vida Eterna, negando la victoria sobre la muerte, sobre el pecado, sobre las obras del demonio: Cristo Señor “que resucitó de entre los muertos para no morir más” [Rom. 6, 6]. Y si Cristo no ha resucitado, entonces, ¿qué es la fe que tú tienes en tu corazón doble?

Una luz encarnada en tu pensamiento: un demonio que te posee y que te lleva al infierno. Y ¡a cuántos tibios llevas detrás de ti por haber dejado de creer en la Verdad, como tú lo hiciste en tu vida de amores en el mundo!

Francisco niega la Obra de la Redención de Jesús. Por tanto, lo niega todo en la Iglesia. Francisco ha ridiculizado la Sana y la Santa doctrina con su panfleto comunista evangelii gaudium. Ahí se ríe de toda la Iglesia con su sarcástica sonrisa, empleando el lenguaje de los bobos para llamar la atención de las almas que sólo están en la Iglesia para sentir el calor del demonio en sus mentes.

Francisco usa un lenguaje doble, amorfo, ambiguo, sin consistencia. Y, en ese lenguaje, dice todas sus herejías. Y no hay una, en los 20 de siglos de Iglesia, que no haya dicho. Y ¿qué piensan los sacerdotes y Obispos que hay que escribir: un tratado filosófico o teológico para condenar a Francisco? En sus palabras vulgares, pueblerinas, está su herejía. ¿Ya no saben pensar, leer, sintetizar, razonar para llegar a la verdad de una mentira dicha por la boca de un hereje?

Francisco niega la transustanciación y la llama transformación en su lumen fidei. Está ultrajando el Sacramento de la Eucaristía para que las almas coman su propia condenación. En una Misa de Francisco allí sólo hay pan y vino, no está el Cuerpo de Cristo, ni la Sangre, ni el Alma, ni la Divinidad. En una Misa de Francisco se da culto a un pan. Están idolatrando a un pan. Están comiendo un pan como si fuera Dios: eso es comer sin discernir lo que se come. Eso es condenarse, comer la propia condenación.

¿Qué se ha creído la Iglesia que es Francisco: un entretenimiento, un juego, un pasar un rato agradable? Es condenarse con él. Es seguirle al infierno. Es hacer de la vida el culto al demonio, como él lo ha hecho.

¿Cómo pueden seguir dando obediencia a un hombre que no da culto a Dios, que no adora a Dios, que no obedece a Dios?

¿En qué está pensando la Iglesia para no ver la maldad de Francisco?

Francisco ama ser glorificado por la gente, por la masa de los católicos. Quiere ser aplaudido por todos. No se esconde en una vida apartada de todo lo mundano, porque sólo tiene apariencia de santo, de justo, de irreprensible. Pero su corazón odia a toda la Iglesia, odia a esa masa que le aplaude. Pero esto los tibios no saben verlo, porque también viven para odiar a la Iglesia.

Francisco es protestante por caer en el sentimiento religioso y, por tanto, toda religión, sin exceptuar el paganismo, ha de tenerse por verdadera para él. Su evangelii gaudium es una alabanza a los judíos, a los musulmanes, a los protestantes, a los hombres que viven su paganismo en el mundo. Y en esa alabanza tiene que negar el Único Dios Verdadero para poder acoger a todos los dioses en el mundo. Ama al mundo y odia a la Iglesia. Tiene palabras de odio contra los sacerdotes, Obispos y fieles en ese panfleto comunista. Pero elogia la brillantez de todos los demás hombres en el mundo.

Francisco pone la vida espiritual en la experiencia del sentimiento, no en la experiencia del Espíritu que conlleva una experiencia racional en el hombre. Francisco sólo da sensaciones a los hombres, pero no inteligencias. Por eso, es un pseudomístico, un falso místico. Eso se ve cuando habla de la Sangre de Cristo, de la Presencia de Cristo en los pobres, de la falsa humildad que atribuye a Cristo y a la Virgen María, de lo falso de ponerse el nombre de Francisco sin saber lo que es su misticismo. Su falsa pobreza viene de su falso misticismo, al no entender la pobreza de san Francisco, que es una pobreza espiritual, no material.

Francisco no cree en la Santísima Trinidad, en el Dios católico, entonces ¿en qué cree? En los demás dioses. Y quien adora a los otros dioses, cae en el pecado de Lucifer: se hace dios para sí mismo. Francisco ha desvalorizado toda honra y alabanza exterior rendida a la Gloria de Dios. Francisco se gloría a sí mismo. Obra en la Iglesia buscando su propia gloria, no la Gloria de Dios, porque no puede adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Y un hombre que no cree en la Verdad de la Iglesia, que no cree en nada, entonces ¿por qué la gente continúa siguiéndolo? Ahí se ve la influencia del demonio dentro de la Jerarquía Eclesiástica que tiene adormilados a muchos Pastores que anulan su Autoridad en la Iglesia y hacen que las almas, los fieles, las ovejas sigan a un lobo, a una pantera, a una zorra, que sólo destroza vidas, almas, corazones, mentes.

Francisco quiere destruir la Iglesia: no puede ser Vicario de Cristo. Es vicario de satanás. Y tiene que irse de la Iglesia. Tiene que dejar de ser falso Pedro, porque a los ojos de Dios es sólo un farsante, un maldito, un sin nombre, un hombre sin ley.

Tiempos apocalípticos

Jesus Rey

“Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de la Profecía y guardan las cosas escritas en Ella, porque el tiempo está cerca” (Ap. 1, 3).

Después de leer la Evangelium Gaudium es necesario ver los Signos de los Tiempos y discernir lo que viene al mundo y a la Iglesia.

Desde Roma se tapa la profecía: “el acento, más que en el impulso de la piedad cristiana, se coloca en formas exteriores de tradiciones de ciertos grupos, o en supuestas revelaciones privadas que se absolutizan. Hay cierto cristianismo de devociones, propio de una vivencia individual y sentimental de la fe, que en realidad no responde a una auténtica «piedad popular»” (n. 70).

Francisco es un hombre que no cree en el Apocalipsis, porque no tiene Espíritu. Sólo cree en lo que hay en su cabeza humana y así lo expresa en todo su documento. Esto es normal en un anticristo, porque tiene que oponerse en todo a Cristo y a Su Iglesia.

Él hace su trabajo como falsa cabeza en la Iglesia, poniéndose a destruir la Iglesia con la autoridad de los hombres. Y engañando a todos diciendo palabras hermosas y sentimentales, para así atraer a los hombres a su negocio en la Iglesia. Su negocio es simple: que todos alaben su pensamiento humano. Y no tiene otro negocio. Por eso, ha escrito esa bazofia que sólo sirve para limpiarse el trasero. Él se exalta como hombre en la cúspide de la Iglesia. Y él caerá por los hombres desde esa cúspide. Es su castigo en la Iglesia.

Pero, para las almas que creen en la Palabra de Dios y, por tanto, que siguen a los Profetas, la luz en la Iglesia sólo está en las Profecías. Ya no se encuentra esa luz en ninguna cabeza de la Iglesia.

Desde que Benedicto XVI renunció, ya no se da la Cabeza Visible en la Iglesia. Con la renuncia muere Pedro. Es una muerte real, pero espiritual, no mística. Porque Pedro no es sólo Benedicto XVI, sino también todos los Papas anteriores a él, que están en el Cielo, y que, por tanto, siguen intercediendo, siguen siendo Pedro en la Iglesia, pero de otra manera, no como Cabeza Visible, porque –es claro que han muerto- sino como cabezas místicas en la Iglesia.

Pedro y sus sucesores, que están en el Cielo- siguen dirigiendo a la Iglesia, pero de una manera que el hombre no puede entender con su razón, porque la Iglesia se edifica siempre en Pedro. y, aunque un Papa, como Benedicto XVI, haya fallado en su vocación de ser Pedro, la Iglesia sigue en Pedro, pero de una forma misteriosa.

Para los hombres que viven en la tierra, que pertenecen a la Iglesia militante, no hay Cabeza Visible por la renuncia de Benedicto XVI.

Pero hay más que eso. Por subir al gobierno de la Iglesia una falsa cabeza, que ha roto el Vértice de la Iglesia, se da la división en la Cabeza, es decir, que en la Iglesia hay muchas cabezas pensantes que quieren gobernar y hacer la Iglesia como está en sus cabezas.

Y los fieles se acogen a estas cabezas y, por eso, quedan confundidos, porque nadie, ahora en la Iglesia, da la Verdad desde la Cabeza. Nadie. Todos fallan en algo, todos están entre dos aguas, todos acogen, de una manera o de otra, la mentira.

Ni Francisco da la verdad, ni los sedevacantistas la ofrecen, ni Benedicto XVI puede, ni ningún Obispo en su diócesis predica la verdad y, menos, los sacerdotes, saben lo que es la Verdad.

Muchos, en la Iglesia, toman algo de Francisco, otro algo de los ortodoxos, otro de los sedevacantistas, otro de Bendicto XVI, etc. Muchos hacen una ensalada de muchas verdades y de muchas mentiras juntas.

En la Iglesia o se está en la Verdad o se está en la mentira. Pero no se puede predicar contra el aborto y, después, decir que Adán y Eva es un mito, como lo hace el Cardenal George Pell. No se puede hacer del aborto un negocio en la Iglesia, una causa humana, una defensa de la vida humana, cuando se está destruyendo la vida divina en la almas, la vida de la gracia, cuando la causa divina en la Iglesia desaparece por completo.

Tenemos cabezas que hacen como este Cardenal: su negocio en la Iglesia. Defienden lo que a la gente le gusta, pero no defienden la Verdad de la Iglesia. No se ponen en la Verdad, sino que cada uno lucha por sus verdades en la Iglesia, y da órdenes a todo el mundo para que sigan sus pensamientos humanos en la Iglesia.

Esto es lo que se ve en todas partes en la Iglesia. Y esto es un Signo de los Tiempos. Un Signo en la Cabeza, en el gobierno, en el poder de la Iglesia: un poder dividido en muchos poderes humanos, materiales, naturales.

Cuando el poder se divide en la Iglesia aparece la anarquía en todas partes. No hay jerarquía de valores, de clases sociales, de pensamientos humanos. Todo se iguala. Y todo vale en ese gobierno dividido: la mentira y la verdad.

Y, cuando se juntan las dos cosas, viene la bomba: la destrucción del amor en la Iglesia.

No se puede amar en la mentira. Sólo se ama en la Verdad.

Quien quiera amar en la mentira produce la ruptura con toda la verdad y hace que las almas sean obligadas a buscar la mentira por una razón verdadera.

Todos se acogen a Francisco, que es una mentira, por una verdad: fue elegido por los Cardenales en el Cónclave.

Es una verdad a medias, pero es una verdad. La elección de Francisco fue lícita, según la ley de la Iglesia, pero inválida según la ley de Dios. Los Cardenales hicieron algo lícito, pero inválido, nulo para Dios. Y si es nulo para Dios, también lo es para los hombres. Pero esto los hombres no saben verlo, no saben discernirlo.

Los Cardenales siguieron la ley eclesiástica, que les capacita para elegir a un Papa, pero no siguieron la ley divina que les prohibía elegir un Papa estando vivo el anterior.

Esto supone una división en la verdad: vale más la ley de la Iglesia que la ley divina, que el dogma del Papado. Pesa más lo que piensan los hombres que lo que piensa Dios en Su Iglesia. Y, por tanto, se obra la mentira acogiéndose a una verdad humana, a una ley humana, despreciando la ley divina, que es la Verdad en la Iglesia. Nunca una ley de la Iglesia da toda la Verdad en Ella. Siempre la ley eclesiástica tiene que depender, para ser obrada, de la ley divina, del dogma en la Iglesia. Si no se somete a lo divino, se pone esa ley por encima de la ley divina, y se obra la mentira, con la careta de la verdad.

Y esto es otro Signo de los Tiempos: sólo vale en la Iglesia aquellas leyes que se acomodan al pensamiento de los hombres. Ya no hay que mirar las leyes divinas, los dogmas en la Iglesia, las Verdades de siempre.

Y esto trae una consecuencia inmediata: destruir la Verdad a base de poner pensamientos mentirosos, pero dados como verdades.

Es lo que lleva haciendo Francisco nueve meses en su gobierno: destruye verdades para poner sus verdades, es decir, sus mentiras. Y da a la gente que vive la Verdad, lo que quieren escuchar: les habla del aborto, de la confesión, de cosas que gusta oír, pero las dice sin la Verdad, sin el convencimiento de la Verdad, las dice para rellenar la predicación de su mentira en la Iglesia. Así ha hecho su bazofia, de esta manera.

Estamos en los tiempos del apocalipsis. Eso es claro para el que vive la fe. Y, dentro de ese tiempo apocalíptico, está un signo de los tiempos: la Verdad de la Iglesia.

La Iglesia no puede ser destruida por nadie. Pueden destruir lo material de la Iglesia, lo humano, lo natural, pero no Su Espíritu.

La Iglesia nace del Espíritu, no nace en el pensamiento de ningún hombre. Y, por tanto, la Iglesia no está en ninguna parte, ni en ningún hombre. No pertenece ni al tiempo ni al espacio, porque, en Dios no hay tiempo ni espacio. Estas dos cosas son el invento de los hombres para poder entender lo natural, lo humano de la vida. El hombre mide la Creación con su tiempo y con su espacio.

En la realidad, no existen ni el tiempo ni el espacio. Son medidas que el hombre crea con su pensamiento humano (entes de razón) y que las aplica, después, en su vida diaria. Pero no existen en la realidad. Dios no crea ni el tiempo ni el espacio. Dios crea el universo. Después el hombre mide esa creación con sus medidas de tiempo y espacio, medidas limitadas, racionales, que no pueden explicar el Misterio de la Creación.

Por tanto, la Iglesia está por encima del tiempo y del espacio como lo concibe el hombre. Y eso supone que, por más que el hombre quiera destruir la Iglesia, en su tiempo y en su espacio, nunca la va a destruir, porque la Iglesia es Espíritu. Y el Espíritu no tiene ni tiempo ni espacio.

Por eso, la Iglesia no necesita un apostolado llenos de tiempos ni de espacios. La Iglesia sólo necesita de corazones humildes que lleven en ellos la Palabra de Dios, en todo tiempo y en todo espacio.

En estos tiempos apocalípticos, se sigue dando la Verdad de la Iglesia, pero ya no está como antes. Ya no hay que buscarla en Roma, ni en ninguna cabeza de la Iglesia, ni en ningún documento de la Iglesia. Sólo se puede ser Iglesia, sólo se puede hacer Iglesia en el Espíritu, en estos tiempos, en que no hay una cabeza visible.

Sólo el Espíritu es el que guía ahora a toda la Iglesia. Por eso, la importancia de saber discernir bien cada profecía para no errar en el Espíritu de la Iglesia.

Y hay muchos profetas que su profecía es verdadera, pero que siguen a Francisco, y entonces, su profecía queda anulada. Porque o se está en la verdad completa o se está en la mentira. No se puede estar entre dos aguas.

Hay muchos sacerdotes que creen en los Profetas, pero que eligen mal la cabeza: o están con Francisco, o con Benedicto XVI, o con otros en la Iglesia. Tampoco se puede seguir, porque no se ponen en la verdad.

Hay sacerdotes que ven lo que pasa en la Iglesia, no creen en las Profecías y, también, eligen mal su situación en la Iglesia: se hacen sedevacantistas o se hacen ortodoxos, etc.

Hay que discernir los Signos de los Tiempos para saber obrar en la Iglesia en cada tiempo. Porque cada tiempo en la Iglesia es distinto.

Y el Tiempo en la Iglesia no es una medida como lo es en los hombres. Cuando Dios habla del tiempo, Dios habla del estado de las almas o de la Iglesia o de la Creación, pero Dios no da una medida al hombre, sino un estado espiritual.

Si la Iglesia vive, en estos momentos el estado espiritual de no tener una cabeza visible, entonces no es posible seguir a nadie en la Iglesia. Sólo hay que seguir al Espíritu. Y el Espíritu dice a quién se puede seguir entre los Pastores, en la Jerarquía de la Iglesia. Pero quien quiera buscar una cabeza en la Iglesia en este Tiempo de la Iglesia, siempre se va a equivocar, porque vivimos el Tiempo en que no hay cabeza que gobierne la Iglesia. No se da la unión en la verdad a través de una cabeza. Y, por tanto, no hay obediencia a nadie. Sólo al Espíritu de la Iglesia.

Los hombres no saben seguir al Espíritu. Les cuesta muchísimo. Sólo saben seguir a una cabeza, a un hombre, o a su pensamiento humano. Y esto es otro Signo de los Tiempos.

Cuando la Iglesia pierde el Espíritu, entonces es porque nadie vive en la Iglesia el Espíritu, nadie sigue al Espíritu, todos siguen sus mentes humanas, sus filosofías de la vida dentro de la Iglesia.

Y eso lleva a ver cómo están las almas dentro de la Iglesia: viviendo lo suyo humano, sin atender en nada a lo divino.

Y, por tanto, para ser Iglesia, para formar Iglesia, hay que alejarse de tantas almas que sólo viven para su humanidad, pero no para las cosas divinas, sagradas, santas en la Iglesia.

Hoy la Iglesia no está ni en muchas parroquias, ni en muchos conventos, ni en muchos grupos de la Iglesia, porque hay muchas almas que sólo viven para su negocio humano en la Iglesia, y no más. Y hacen de la Iglesia una cueva de ladrones.

Por eso, es difícil hoy ser Iglesia y hacer Iglesia, cuando no hay Cabeza Visible. y, por eso, una consecuencia lógica es que la Iglesia tiene que vivir en la oscuridad un tiempo, mientras los hombres se inventan su iglesia en todas partes del mundo.

Los que quieran ser Iglesia en este Tiempo tienen que salir de todo y vivir esperando hasta que el Espíritu muestre otro Tiempo, otro estado espiritual de la Iglesia, en que pueda darse con una cabeza la Iglesia de siempre, la de 20 siglos, la que es eterna y nunca es destruida por ningún espíritu diabólico ni por un poder humano.

De Gloria Olivæ (De la Gloria del Olivo)

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“Guardaos, no sea que se emboten vuestros corazones con la glotonería y la borrachera y las preocupaciones de la vida, y os sobrevenga repentino aquel día, como lazo; porque sobrevendrá sobre todos los que moran sobre la haz de la tierra. Velad en todo tiempo orando, para que logréis escapar de todas estas cosas que van a suceder, y manteneos en pie en presencia del Hijo del Hombre” (Lc 21, 34-36).

La Gloria es una Vida Divina que el hombre no puede comprender. Jesús vive con un Cuerpo de Gloria, en la Gloria de Su Padre, con la misión de llevar a la Iglesia hacia la Gloria. Jesús es el Rey de la Gloria Eterna, Inconmensurable, Inabarcable, Infinita.

El Olivo es el símbolo de la tristeza, de la derrota, del sufrimiento de Cristo antes de Su Pasión. El Olivo no es la muerte de Cristo, sino el inicio de la Pasión de Cristo, una vez dio a Sus Apóstoles Su Cuerpo y Su Sangre en la Eucaristía, el Jueves Santo.

La Gloria es el Amor de Cristo. El Olivo es el Dolor de Cristo.

La Gloria del Olivo es el Amor en el Dolor. Simboliza un amor llevado en el dolor, en el sufrimiento. Un amor, que no deja de ser amor, cuando se sufre, cuando la vida está llena de abandono y de puertas que se cierran en todas partes.

Un Papa que lleva este lema tiene que significar esto en su Pontificado. Tiene que transparentar un amor y un dolor.

El amor de ser la Cabeza de la Iglesia, elegida por Dios para guiar Su Iglesia. El dolor de renunciar a ser la Cabeza de la Iglesia, su renuncia a la Elección de Dios.

Son dos cosas diferentes en este Papa. Son dos mundos diferentes y contrarios. O se sigue el amor en la Elección Divina, o se sigue la renuncia de esa Elección. Pero no se pueden seguir las dos para ser Papa.

Acerca de la Gloria del Olivo, sobre la vida que un Papa ha hecho en la Iglesia y que ha llevado a la Iglesia a un dolor, a un sufrimiento, a un abandono, como Cristo lo sufrió en el Huerto de los Olivos, que derramó Su Sangre en ese Huerto.

Acerca de la Vocación Divina de la Iglesia, que es dada en el Amor de Dios, pero que se trasluce, que se obra en el Dolor.

Benedicto XVI fue un Papa verdadero por su elección, pero se convirtió en anti Papa por su renuncia a ser Cabeza de la Iglesia, a ser Vicario de Cristo.

Son dos cosas en el Pontificado de Benedicto XVI: su gloria: Ser Papa; y la gloria del olivo: convertirse en anti Papa.

Jesús no tuvo Gloria en el Huerto del Olivo, no brilló su Gloria en medio de los Olivos del Huerto. Jesús hizo brillar su Gloria en la Transfiguración, no en el Huerto, que inicia Su Pasión.

Por tanto, quien quiera brillar en el dolor, se pone en contra de Cristo. La Gloria del Olivo, la Gloria del sufrimiento, la Gloria del abandono: eso sólo es posible en la Resurrección, no antes. Eso sólo se da cuando se persevera en la Elección de Dios, en la Voluntad de Dios, no cuando se renuncia a esa Voluntad.

Benedicto XVI quiso brillar ante toda la Iglesia en el dolor, cuando su vida era atacada por muchos en la Iglesia. Y no supo enfrentarse a esos muchos como Papa, como Cabeza de la Iglesia, como vicario de Cristo. Y, por tanto, renunció a la lucha y renunció a ser Papa: se convirtió en un anti Papa. No en un anticristo, no en un falso Profeta. Sino en lo opuesto a su elección divina, que era para ser Pedro. Un anti pedro, una anti cabeza de la Iglesia.

Y no se puede entender este lema de otra manera. Porque para comprender el lema de un Papa hay que esperar a su muerte o a su renuncia.

Y, en esta profecía, hay Papa y anti Papas. Y el último de ellos es un anti Papa, Benedicto XVI. Lo demás de la Profecía tiene que leerse en el Tiempo que abre un antipapa en la Iglesia con su renuncia.

Desde el 11 de febrero de 2013, la Iglesia está sin Cabeza y sin Espíritu. Es decir, no hay Iglesia. Si Pedro renunció a ser Pedro en la Iglesia, la Iglesia deja de existir, porque la Iglesia está edificada sólo en Pedro.

Queda lo demás: 20 de siglos de Iglesia, pero no su Cabeza ni su Espíritu.

El Espíritu de la Iglesia queda fuera de Roma, no en Roma. Y, por tanto, sólo está en aquellos corazones leales a Cristo, a Su Espíritu, que saben discernir los Signos de los Tiempos. En los demás, no hay nada. Hay lo exterior, lo humano, lo material, de ser Iglesia y de hacer Iglesia. Pero no está ni en muchos sacerdotes, ni en muchos Obispos, ni en muchos fieles el Espíritu de la Iglesia.

El Espíritu está fuera, en otro sitio, esperando a que las almas salgan de una estructura que ya no sirve para ser Iglesia ni para hacer Iglesia.
Dios ha dado Su Tiempo al hombre para que discierna la Cabeza de la Iglesia. Y muy pocos la han discernido. Muy pocos. Todos están contentos con lo que hay en la Iglesia. Y eso es, precisamente, una señal de que todo comienza ya.

Sólo es posible vivir el amor en el dolor en la Gracia de Cristo. Pero aquel que renuncia, como Benedicto XVI, a esa gracia, no puede obrar este Misterio de Amor en la Iglesia. Y hace de su vida sólo el brillo de su humanidad, de su renuncia al Don de Dios, que es lo que vemos ahora en Benedicto XVI. Vive su vida humana en la Iglesia. Y no más. Sólo brilla su humanidad en medio de la Iglesia. Igual que brilla el demonio en Francisco en medio de la Iglesia.

Un antipapa un anticristo es lo que está en Roma. No hay Cabeza que rija la Iglesia. No puede haberla, no existe y, hasta que el Señor lo quiera, nadie manda nada en la Iglesia. Sólo Cristo es el que reina la Iglesia y la lleva a donde tiene que llevarla y por el camino que sólo Él sabe. Los hombres ya no saben nada en la Iglesia. Ya no saben caminar hacia la Verdad. Ya no saben obrar la Voluntad de Dios en la Iglesia, porque sólo queda la estructura de la Iglesia en todas partes, no sólo en Roma. Pero no queda, no está el Espíritu de la Iglesia, que debe animar a toda la Iglesia hacia la Verdad y el Amor de Cristo.

Tiempos gravísimos para todos en la Iglesia. Tiempos para una elección. Tiempos para una nueva vida. Tiempos para decidirse por la Verdad o por la mentira. Pero pocos les importa esto, porque sólo viven para sus grandes intereses en la Iglesia: el poder y el dinero. Y conducen a todos en la Iglesia hacia esos intereses. Y les importa un rábano la salvación y la santificación de las almas. Hablan cosas bellas para engañar a todos en la Iglesia.

Y Jesús, en Su Cuerpo Glorioso, en Su Amor, sigue sufriendo por su Iglesia. Jesús es el que Ama en el Dolor de ver a sus alma perdidas totalmente siguiendo las fábulas de los hombres en la Iglesia.

El verdadero ecumenismo

“La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia”. (Juan Pablo II – Redemptor hominis n.6).

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Este debe ser el espíritu en la Iglesia para buscar la unión entre todos los cristianos, pero, en la práctica nadie obedece a este mandamiento de Dios.

Dios quiere que todos los hombres se salven, pero eso no significa que todos los hombres tengan derecho natural a salvarse porque el pecado sea algo natural, puesto por el demonio en la naturaleza del hombre.

Dios ha puesto un camino para salvar al hombre. Y los hombres tienen que someterse a este camino si quieren encontrar la salvación y la verdad en sus vidas.

Pero los hombres no aceptan el camino de Dios. Y si no lo aceptan, entonces ellos mismos se quedan excluidos de la salvación y de la Iglesia.

Porque la Iglesia no puede renunciar a la Verdad y tiene que juzgar a quienes desprecian la Verdad con el objetivo de imponer sus mentiras y hacer que todos sigan sus mentiras.

Hay que dialogar con los hombres para ver si han quitado sus pecados, sus errores, sus herejías, sus obras de maldad. Y si no lo han quitado, entonces que sigan en sus pecados, que sigan fuera de la Iglesia, porque la Iglesia está para luchar contra el pecado, no para llenarla de pecadores.

Hay que dialogar con los hombres para entender si han comprendido lo que es la Verdad en la Iglesia, no para hacer un coloquio de la Verdad.

“Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: «Conoceréis la verdad y la verdad os librará». Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo” (Juan Pablo II – Redemptor hominis, n. 12).

Todo hombre que busca la verdad se hace libre y pertenece a Cristo Jesús. Pero todo hombre que sólo busca sus verdades se hace esclavo de esas verdades, y quiere imponerlas bajo una libertad superficial, aparente, que no llega a la plenitud de toda la verdad.

La Iglesia no puede dejar de predicar la Verdad, de enseñar la Verdad, de gobernar con la Verdad, como ésta es, no como la piensan los hombres.

Jesús vino al mundo para dar testimonio de la Verdad, que es Él mismo. Y Jesús ha comparecido ante los hombres que lo juzgaban y ha muerto condenado por los hombres a causa de la Verdad, a causa de Él mismo.

Y es lo que la Iglesia teme hoy: no quiere ser juzgada por los hombres ni condenada a muerte por ellos. Y, por eso, teme decir la Verdad, las cosas claras a los hombres. Y, en consecuencia, lo que tenemos en Roma es un puro engaño de los hombres para conducir a la Iglesia hacia la mentira, hacia el mundo, para que entren en Roma toda clase de gentes que no buscan la Verdad en sus vidas, la auténtica Verdad, que sólo siguiendo a Jesús se puede encontrar.

Los hombres se dedican a seguir sus pensamientos humanos sobre Jesús, pero no siguen al Espíritu de Cristo para poseer la Verdad en sus corazones.

La Iglesia teme a los hombres porque ha dejado de temer a Dios, se ha metido en el pecado y no quiere salir de él. Y quiere resolver los problemas de todos los hombres viviendo en el pecado, y que nadie luche porque quitar sus pecados en sus vidas, que nadie luche contra el mundo, que nadie luche contra el demonio, que es el que obra todo pecado en el hombre.

La Iglesia sólo se ocupa de la dignidad humana del hombre, pero no se está ocupando de la dignidad de los hijos de Dios.

Es lo que no ha comprendido Francisco ni los que siguen a Francisco. Creen que el diálogo supone un abrir la Iglesia a todo el mundo, aceptando sus errores y destruyendo la verdad de la Iglesia.

Así piensa Francisco. Y no puede pensar como el Papa Juan Pablo II. No puede, porque no comulga con la doctrina del Magisterio de la Iglesia. Sólo coge lo que le interesa de ese Magisterio para poner su mentira en cuestión de ecumenismo. Él se inventa su ecumenisno espiritual, que significa: bailemos todos juntos en el error y en la mentira de la vida. Hagamos de la vida un paraíso en la tierra. Abracemos a los hombres porque son buenas personas. Hagamos de la Iglesia el culto de las obras de los hombres.

Francisco “no descansará mientras haya hombres y mujeres, de cualquier religión, golpeados en su dignidad, privados de lo necesario para su supervivencia, y a quienes han robado el futuro y obligados a ser refugiados o prófugos” (Francisco 21 de noviembre).

Esta frase le gusta a todo el mundo, pero no es la Verdad. Es sólo una cortina de humo en la Iglesia. Es sólo una pantalla en la Iglesia. Es sólo hablar por hablar. Hablar para quedar bien con todo el mundo, para buscar el aplauso de todo el mundo, para que todo el mundo diga: qué bueno que es Francisco, qué bien habla, qué palabras tan certeras.

La Iglesia no tiene que resolver los problemas de los demás: problemas humanos, materiales, naturales, carnales, problemas de la vida, que son muchos y que no interesan para vivir. Porque la vida no consiste en resolver problemas humanos, sino en obrar el amor divino. Y eso es lo que no tiene ni idea Francisco cómo se hace en la Iglesia, porque hace falta Espíritu. Y Francisco no cree en el Espíritu, sólo cree en su grandiosa mente humana.

Francisco no ha comprendido que si los protestantes, los judíos, los mahometanos, etc. tienen problemas de todo tipo, -porque se les persigue por lo que creen-, eso es sólo por sus pecados, sus malditos pecados, no por lo que creen. Y hasta que no quiten sus pecados, van a tener problemas. Lo que creen es fruto de sus malditos pecados.

El pecado de los judíos es no creer en Jesús. Y, por eso, han tenido todos los problemas en el mundo por la Justicia Divina, que lo ha querido así. Y seguirán teniendo problemas en todo el mundo hasta que no quiten su maldito pecado y crean en Jesús.

Y la Iglesia está para enseñar a los judíos que Jesús es el Mesías de ellos. Y si no quieren creer en Jesús, se va al infierno. Hay que enseñar la Verdad, no hay que tener miedo de decir la Verdad a los judíos, que es lo que teme toda la Jerarquía Eclesiástica: hablar con la verdad que duele a las almas. Y teme porque ellos tampoco viven la Verdad, que es Jesús. Sólo viven sus verdades, las que han fabricado en sus inteligencia humanas.

Y cuando los hombres aprendan a quitar sus pecados, a llamar al pecado con el nombre de pecado, entonces se podrán en la Verdad y se los podrá ayudar. Antes, no. Antes se pone el objetivo en hacer que la Iglesia renuncie a la Verdad, que es lo que persigue Francisco, para ayudar a los hombres.

Los hombres por un plato de lentejas dejan de servir a la Verdad, para servir a falsos dioses en el mundo.

Francisco habla al mundo y le dice lo que el mundo le gusta escuchar. Y Francisco cae en su propio absurdo, porque diciendo esta frase tan bella, obra, en la práctica, haciendo nada por los hombres que desea ayudar, porque la Verdad, que está en la Iglesia, él no puede quitarla ahora para ayudar a los hombres. No puede como cabeza. La masonería se lo impide, porque no es la cabeza que quiere la masonería para destruir la Iglesia. Vienen otros para hacer ese trabajo, porque hay que acabar con el dogma de 20 siglos de Iglesia. Y eso lleva su tiempo.

Por eso, Francisco se dedica a dar de comer a los pobres, que es lo único que puede hacer ahora. Y lo demás, es mandar mensajes al mundo para que comprendan lo que viene ahora a la Iglesia, pero que él está imposibilitado de obrar.

Francisco no puede obrar lo que dice, sus mentiras, porque tiene que enfrentarse a toda la Iglesia en la Verdad como gobernante. Él ya lo ha hecho como sacerdote y como Obispo, y nadie se ha dado cuenta porque la Iglesia ya ha perdido su conciencia del bien y del mal.

A Francisco no le dejan, porque no es cabeza inteligente, es un mediocre gobernante, que sólo quiere vivir su mentira en la Iglesia y que los demás también la vivan en la Iglesia. Que todo el mundo viva su mentira, que nadie se ponga en la Verdad: ese es el gobierno de Francisco. Por eso, predica siempre el error, la mentira, la falsedad en cada homilía para llegar a este efecto: que quien viva la mentira en la Iglesia, la siga viviendo, como él ya la vive.

Cuando no se enseña la Verdad, la gente se queda en la mentira de siempre. Nunca cambia hacia el bien que quiere Dios en la Iglesia. Siempre se quedan en los bienes y en las obras de los hombres en la Iglesia.

Esto es lo que ha enseñado Francisco durante ocho meses en la Iglesia: su mentira. Y, por supuesto, hay cantidad de sacerdotes católicos que lo siguen, porque es lo que viven en sus sacerdocios: de cara al hombre, de cara al mundo, solamente están en sus ministerios para agradar a los hombres, para hacer felices las vidas humanas de los hombres, para dar a la Iglesia la cara de los hombres.

¡Cuántos sacerdotes y Obispos son así en sus ministerios!

“La Iglesia a su vez, no obstante todas las debilidades que forman parte de la historia humana, no cesa de seguir a Aquel que dijo: «ya llega la hora y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad»” (Redemptor hominis, n.12).

Estamos en esta hora, cuando Roma comienza a abrirse al mundo y a imponer la mentira a todo el mundo.

La expulsión de Benedicto XVI de la Silla de Pedro es la expulsión del Espíritu de la Iglesia de Roma.

En Roma ya no hay Espíritu. Roma ya no hace Iglesia. Fuera de Roma está el Espíritu. Y se encuentra en cada corazón que lucha contra el pecado, que lucha contra el demonio, que lucha contra el mundo y sus hombres para poder seguir a Cristo, que es el Rey de la Iglesia.

La Iglesia, ahora, está en cada corazón y no puede estar en ningún sitio, porque no hay Papa, no ha cabeza visible, no hay vicario de Cristo en la Tierra.

Y hasta que no llegue Pedro Romano, hasta que Jesús no ponga su Pedro, la Iglesia sólo permanecerá en los corazones dóciles al Espíritu, que adoran a Dios en Espíritu y en Verdad. Y sólo así se puede producir el verdadero ecumenismo.

Sólo de esta manera. Porque cuando los hombres han querido formar su estructura de la Iglesia en Roma, poniendo una falsa cabeza, han hecho que todas las miradas se centren en la Verdad y se pregunten: ¿Dónde está la Verdad, ahora? ¿Cómo puede haber Verdad en un Papa que renuncia a ser la Verdad? ¿Qué Iglesia es esa que se comporta como los hombres en el mundo y que decide otro Papa porque así lo piensan los hombres? Si el gobierno de la Iglesia es como el gobernó del mundo, entonces esa iglesia que está en Roma no es la Iglesia verdadera. Y hay que seguir buscando la verdadera Iglesia.

Hay que salir de Roma, porque es la misma Roma la que ha iniciado el Cisma. Son ellos, con sus engaños, con sus mentiras, con sus bellas frases dirigidas al mundo, los que han puesto el mayor obstáculo de todos: renunciar a la Verdad para complacer las verdades de los hombres.

Y no se está en la Iglesia para darle gusto a ningún hombre, a ningún sacerdote, a ningún Obispo.

Se está en la Iglesia para obedecer la Verdad. Y la Verdad sólo la da Pedro. Y, como en Roma han quitado a Pedro, entonces no hay que obedecer a Roma ni a nadie. Sólo queda la obediencia al Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Y no queda otra cosa en la Iglesia.

Se acercan días tristes para todos

Jesús fue enviado por el Padre para Salvar el mundo. Fue su primera venida. Jesús hizo la Voluntad de Su Padre y ascendió al Cielo para reinar desde allí Su Iglesia.

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Y Jesús es Rey de la Iglesia unido a Su Vicario, el Papa, que es la cabeza visible de la Iglesia.

El Papa no es Rey de la Iglesia, sino Vicario del Rey, el que da las órdenes del Rey en la Iglesia. Y sólo el Papa puede dar estas órdenes, porque se las transmite directamente el Rey.

Cuando Benedicto XVI dejó de ser Vicario, cuando renunció a la Vocación Divina en la Iglesia, el Rey gobierna solo la Iglesia. No tiene un Vicario porque el Papa renunció a ser Vicario.

Y sólo el Rey elige a Su Vicario en la Tierra. Sólo él, cuando muere un Vicario, elige otro Vicario.

Pero cuando un Vicario renuncia a ser Pedro, el Rey no elige a nadie en Su Iglesia, porque es el Rey y todos deben doblar sus mentes humanas ante el Rey y no decidir nada sin el Rey.

Y los Cardenales, que se reunieron en Cónclave para elegir un Vicario, no eligieron un Vicario, sino un hombre que el Rey no quiso.

Los hombres fueron los que quisieron a ese gobernante, pero el Rey de la Iglesia no se acomoda a ninguna voluntad humana en la Iglesia, no sigue la decisión de los hombres en la Iglesia.

El Rey de la Iglesia esperó en vano que le preguntasen qué cosa había que hacer en la Iglesia cuando su Vicario renunció. Pero nadie preguntó eso al Rey, porque los Cardenales ya no tenían vida espiritual, ya no seguían al Rey en la Iglesia. Sólo seguían sus concupiscencias en la Iglesia.

Y eligieron a un hombre que sólo sabe hablar del mundo y para el cual la Iglesia es sólo una empresa del mundo. Una empresa para hacer dinero en el mundo.

Un hombre que ha dado a la Iglesia su división en el gobierno, haciendo ya imposible que el Rey gobierne Su Iglesia desde Roma. Imposible que el Rey dé su Voluntad a ocho cabezas en la Iglesia.

Ese hombre sólo le interesaba el poder en Roma. Y, para ello, en el Cónclave se puso como gobernante ante todos los Cardenales. Él ya fue elegido Papa antes del Cónclave. Fue elegido en secreto y dado a conocer al mundo en el Cónclave. Los Cardenales sólo lo tenían que elegir a él, porque ya todo estaba decidido en la Iglesia.

Dos años tardó la masonería en poner a un hombre en la Silla de Pedro, porque todo nació antes de soltar en el mundo el escándalo de los escritos secretos de Benedicto XVI. Cuando fueron soltados, ya antes todo se había preparado.

El fin era expulsar a Benedicto XVI de la Silla de Pedro. Y había que poner todos los medios para ese fin. Todos. Por eso, se obligó a Benedicto XVI a irse, con una razón nimia, sin fundamento. Y ahí fallaron todos.

Ese fue el error de la masonería: no poner una razón convincente, inteligente, sagaz, sacada de la mente del hombre para convencer al hombre.

Por eso, los intelectuales se quedaron pasmados ante la renuncia. Los espirituales conocieron el engaño. Y sólo los sentimentales cayeron en el engaño.

Muchos viven de sus sentimientos en la Iglesia. Muchos. Y su fe es sólo producto de sus sentimientos. Quieren sentir para tener fe.

Por eso, Francisco arrastra a los sentimentales, a los de falso corazón, a los de falsa inteligencia. Porque el sentimiento nubla la inteligencia y hace que el hombre se apoye en vagas ideas sobre la vida.

Muy pocos vieron el engaño. Todos cayeron en la trampa.

Este fue el fallo de la masonería: no poner una razón convincente, porque se quería al hombre, al hombre que anulara lo primero en la Iglesia: a Pedro y su gobierno vertical.

Y, por eso, también fallaron con el hombre, porque, por su bocazas, por hablar antes de tiempo, por dar sus declaraciones, que son su testamento en la Iglesia, la masonería, ahora, tiene que rectificar su plan, por el bocazas de Francisco.

Francisco, en sus declaraciones, da la doctrina más contraria a la fe católica. Y eso no se puede hacer sin quitar los dogmas de la Iglesia, sin reducir la Iglesia a ninguna verdad.

¿Qué esperaba Francisco después de sus declaraciones? ¿Que la gente lo siguiera porque predicaba sus tonterías en la Iglesia?

Muchos sentimentales se han despertado, pero no lo suficiente, porque sólo viven del sentimiento falso hacia el prójimo, como lo hace Francisco.

Y Francisco ve ahora oposición en la Iglesia porque no ha medido sus palabras con prudencia, porque ha hablado antes de tiempo. Y, por eso, ya no vale Francisco para seguir rompiendo la Iglesia.

Es necesario otra cosa en la Iglesia. No se ha escondido la doctrina que debería callarse hasta el tiempo en que la masonería dijera que se podía revelar. Los masones no descubren sus planes a nadie.

Y Francisco los ha descubierto, porque ahora nadie se traga la doctrina de Francisco en sus declaraciones. Son totalmente contrarias a la Tradición de la Iglesia, al Magisterio de la Iglesia y a la Palabra de Dios. Ahora todos ven con recelo lo que pueda decir Francisco. Ahora todos comienzan a medir a Francisco con sus inteligencias. Y eso produce un enfrentamiento real con el jefe de la Iglesia.

Por eso, se intentó decir que aquí no ha pasado nada. Pero fue eficaz. Muy eficaz.

Si Francisco hubiera seguido diciendo sus tonterías en las homilías pocos se habrían dado cuenta del engaño. Pero Francisco dijo palabras mayores en sus dos declaraciones y en su encíclica, que nadie se ha molestado en verla y en tumbarla de forma teológica y filosófica.

Y esas palabras mayores han hecho despertar en la conciencia a muchos. Pero es un despertar también ineficaz, porque no se opone a Francisco, sino que se le sigue el juego, se espera que haga algo para solucionar todo eso.

Por eso, es necesario otro plan en la Iglesia, quitar los dogmas de otra manera. Para eso hay que cambiar de cabeza porque Francisco es muy sentimental y, por tanto, muy orgulloso: sólo quiere dar de comer a los pobres en la Iglesia. Y la masonería no va por ese camino.

Al demonio le queda poco tiempo una vez que tiene la Silla de Pedro. Poco tiempo: tres años y medio para cambiarlo todo en la Iglesia y poner al Anticristo. Y no va a estar perdiendo el tiempo dando de comer a los pobres. Eso sólo lo quiere Francisco que no sabe nada de lo que la masonería.

Por eso, para la Iglesia viene ya todo. Toda su ruina en todos los aspectos. Y nadie se salva ahora. Todos van a ser tocados por lo que haga la masonería en Roma. A todos les va afectar en lo espiritual, en lo material, en lo humano, en todos los sentidos que el hombre tiene y vive.

Viene días muy tristes para todos. Se acaba la fe. Se acaba la Iglesia. Se acaba Roma.

La Iglesia es la Palabra

La Iglesia es la Palabra y, por tanto, la Iglesia es la Jerarquía porque sólo el sacerdote da la Palabra en la Iglesia.

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Una Iglesia sin Jerarquía no es Iglesia.

Una Iglesia donde la Jerarquía sólo se somete a los laicos no es Iglesia.

Los laicos, para ser Iglesia, tienen que obedecer a la Jerarquía. Si no hay obediencia, no hay laicos en la Iglesia.

El sacerdote en la Iglesia no está al servicio del pueblo, sino al servicio de la Palabra.

El sacerdote en la Iglesia no tiene que estar buscando las palabras de los hombres ni haciendo caso a lo que el Pueblo quiere en la Iglesia.

El Pueblo de Dios no decide nada en la Iglesia.

El Pueblo de Dios decide algo en la Iglesia cuando se somete a la Jerarquía.

El punto de la nueva iglesia, que ya funciona en Roma, es que no existen los sacerdotes.

Para ellos, el sacerdocio se iguala al laico, al Pueblo de Dios. El sacerdote, en esa nueva iglesia, se viste como sacerdote, pero su ministerio es resolver problemas humanos de la gente, dialogar con la gente, agradar a la gente, contarles cuentos a la gente, predicar que Dios es amor y misericordia, pero nunca predicar del pecado, ni de la justicia, ni del infierno, ni de la cruz.

Esto, que ya está en la nueva iglesia en Roma, se ha venido haciendo desde hace 50 años. Y, por eso, es fácil quitar el sacerdocio, porque los sacerdotes se dedican a sus asuntos humanos y, después, celebran una misa y hacen que predican algo sobre Dios.

Nadie en la Iglesia ha comprendido la función del sacerdocio. Todos creen que la Iglesia comienza con Pentecostés y, por tanto, todos en la Iglesia tienen sus dones y carismas para hacer en la Iglesia lo que les da la gana.

Si la Iglesia no es la Jerarquía, la Iglesia, por más que tenga dones y carismas, es nada. Porque en la Iglesia no se está para obrar un carisma, sino para obrar la Palabra de Dios.

Y aquel que no quiera obrar la Palabra de Dios hace como Francisco: se inventa su iglesia para llenarla de hombres que predican fábulas a las gentes y recogen dinero para darlo a los pobres.

Una Iglesia que pone el sacerdocio al servicio de la comunidad anula el sacerdocio.

Y lo anula de raíz.

Porque el sacerdocio es para dar culto a Dios. Y los fieles en la Iglesia siguen al sacerdote para dar culto a Dios. Los fieles no adoran a Dios sin los sacerdotes, sin sus Pastores. Nadie se salva en la Iglesia sin su Pastor, sin su sacerdote.

La Santa Misa es sólo para dar culto a Dios, no es para pasárselo bien, no es para dialogar entre sacerdote y fiel. Es para adorar a Dios en comunidad, en un acto divino. Y ese acto divino es lo que hace ser Iglesia. Sin ese acto divino, sin la Sta. Misa, no existe la Iglesia. Existirá el conjunto de hombres, que unos se visten de sacerdotes y otros de laicos. Y hacen cada uno sus obras, las que sean. Y eso es lo más contrario a la Iglesia.

Hoy ya no se define la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, sino como una comunidad de fieles.

En esta definición se da la anulación de la Iglesia.

Para acabar con la Eucaristía hay que acabar antes con el sacerdocio. Que el sacerdote haga las obras de los demás en el Iglesia. Y, por tanto, que la Misa sea algo del pueblo y para el pueblo. Por eso, se ven en la Misas lo que se ve: arte, cultura, bailes, músicas, cosas mundanas, cosas profanas, pero ya no lo divino.

Cuando en la Misa aparece todo eso con aprobación del sacerdote, eso ya no es una Misa, sino un conjunto de hombres que se dedican a hacer su teatro en la Iglesia: unos en el altar, otros en los bancos o en las mesas de la Iglesia.

En la práctica ya no se da el sacerdocio en la Iglesia. En muchas misas sólo hay una obra de teatro, aunque se digan las palabras correctas de la consagración. Porque la Misa no es sólo decir las palabras de la consagración, hacer algo en el Altar. La Misa, desde que inicia hasta que acaba, es un acto de adoración a Dios. Y si no se da este acto, si en la Misa se mete lo profano y lo mundano, es imposible hacer ese acto de adoración a Dios.

Como la Misa se ha convertido en todo menos obrar la Palabra de Dios, el sacerdocio ha desaparecido de la Iglesia.

Sólo los sacerdotes que saben lo que quieren en una Misa y que lo imponen a los demás, hacen la Misa como adoración a Dios. Los demás hacen su teatro.

La Misa como Iglesia, en la práctica, ya no se da en la Iglesia.

La Misa como conjunto de fieles, entre ellos el sacerdote, se sigue dando en la Iglesia.

La Misa como Iglesia significa que sólo en esa Misa se da la Palabra de Dios. Sólo se escucha la Palabra de Dios. Sólo se obra la Palabra de Dios. Para conseguir esto hace falta una liturgia adecuada que, desde hace 50 años, ya no se da en la Iglesia.

Sólo en algunos conventos dedicados a lo antiguo se sigue dando esta Misa como Iglesia. Porque la Iglesia es la Palabra de Dios, es Jesús y sólo Jesús.

Después hay muchas misas como conjunto de fieles. Y entre ellas muchas que ya no son misas, son otra cosa, porque prevalece en ellas lo profano y lo mundano.

Una Iglesia sin misa es nada. Una Iglesia con una misa de comunidad de fieles es algo un poco más que nada. Y una Iglesia con la Misa auténtica es la Iglesia de Jesús.

Por eso, si vemos las misas cómo están veremos que ya casi ha desaparecido la Iglesia. Y la Iglesia se está convirtiendo, en la práctica, en un conjunto de fieles. Y no más. Que obran cosas en la Iglesia. Y punto.

Por eso, la insistencia de Francisco de que los sacerdotes atiendan a los laicos en la Iglesia. Es que es eso lo que ya se vive dentro de la Iglesia.

Y se dice, luego, que todos tenemos carismas y dones y hacemos la Iglesia con todo eso. Esa es la enseñanza propia del demonio que le gusta obrar los carismas y los dones en almas que ya no creen en la Palabra.

El demonio también obra sus carismas en la Iglesia: también predica, también sana, libera, hace milagros y así obra lo que los hombres desean en la Iglesia.

La Iglesia no es la obra de los carismas, que tenga cada uno, sino que la Iglesia es la obra de la Palabra de Dios.

La Palabra obra y forma su Cuerpo.

Un Cuerpo que está integrado por almas que siguen al Espíritu de la Palabra. La Palabra es Cristo. Y el Espíritu de la Palabra es el Espíritu de Cristo. Y sólo forman la Iglesia los que tienen el Espíritu de Cristo. Los demás, aunque tengan carismas y dones, si no tienen ese Espíritu, no forman la Iglesia.

Jesús, que es la Palabra, obra Su Palabra en Pedro. Y es en Pedro donde funda Su Iglesia. Y fuera de Pedro no hay Iglesia.

Jesús, que es la Palabra, da a Pedro el gobierno de toda Su Iglesia. Ese Poder que recibe Pedro es una Obra de la Palabra en la Iglesia.

Pedro gobernando la Iglesia obra la Palabra.

Pedro renunciando a ser Pedro impide la Obra de la Palabra en la Iglesia.

Desde la renuncia de Benedicto XVI no es posible Obrar la Palabra en la Iglesia.

Este es el Misterio de la Iglesia.

La Palabra se da en la Iglesia a través de Pedro. Y sólo a través de Pedro.

La Palabra obra en Pedro y lo hace la columna de la Verdad en la Iglesia. Se quita Pedro y se echa abajo esa columna. No hay Verdad en la Iglesia. Quedan 20 siglos de Verdad, pero ya nadie obra la Verdad. Queda una reliquia que nadie atiende. Por eso, ya se ve en la Jerarquía la caída de la fe católica. Ya nadie sigue el Magisterio de la Iglesia, sino que cada cual lo interpreta a su manera egoísta.

Y obedeciendo a Pedro, los demás en la Iglesia obran la Palabra. Si no existe Pedro, no hay nada en la Iglesia. No hay obediencia a nadie. No hay Autoridad Divina. No hay sujección a nada ni a nadie en la Iglesia.

Por eso, la obra de Francisco era desmontar el Papado. Y lo ha hecho anulando el gobierno vertical, es decir a Pedro.

Pero Pedro ya no existía en la Iglesia porque Benedicto XVI renunció a ser Pedro.

Lo que hizo Francisco es sólo la obra de la renuncia de Benedicto XVI, la obra de un hombre que decidió no ser Pedro, dejar de ser Pedro. La consecuencia es clara: tiene que haber un gobierno horizontal en la Iglesia.

Francisco siguió el pensamiento de Benedicto XVI. Lo siguió. Lo puso en obra. Es el Papa el que impide el gobierno horizontal. Se quita al Papa, viene el gobierno horizontal.

Benedicto XVI al renunciar produjo en el Cuerpo Místico una división que ya nadie puede arreglar.

Porque Pedro es el que une el Cuerpo Místico. Si Pedro renuncia ya no puede unir el Cuerpo y se da una división en la Cabeza, en el Vértice de la Iglesia.

Esa división trae una consecuencia para todos los fieles: todos están sujetos a una cabeza falsa.

Si se va Pedro de la Cabeza, lo que hacen los Cardenales es poner una falsa cabeza. Esa falsa cabeza ya no puede unir el Cuerpo Místico porque Benedicto XVI produjo la división en ese Cuerpo. División en el Vértice que une al Cuerpo.

Cualquier cabeza que se ponga en la Iglesia es incapaz de unir a la Iglesia en la verdad. Incapaz. Por culpa de Benedicto XVI. Él tiene la culpa.

Lo que hace Francisco es aprovecharse de esa división para crear, en la práctica, la división en la Iglesia.

El problema de Roma es que ya no puede hacer Iglesia, porque la Iglesia ha quedado rota con Benedicto XVI. Rota. Dividida. Y no hay quien la junte de nuevo. Sólo el Espíritu de la Iglesia sabe el camino de la Iglesia, que es el camino de la unidad, que ya no se puede dar en Roma.

Y lo que se ve en Roma es sólo el fruto de ese rompimiento que hizo Benedicto XVI, que conlleva destruir toda la Iglesia.

Por eso, no hay que mirar a Roma ni a Francisco. No hacen Iglesia, están haciendo lo propio de la obra de Benedicto XVI: romper la Iglesia.

Benedicto XVI se cargó la Iglesia en su renuncia. Para Dios no hay nada en Roma. Pero Dios sabe cómo son los hombres, que no disciernen nada, que no ven las consecuencias espirituales de nada, que sólo miran lo exterior de la vida y de los hombres. Y Dios espera a que las almas despierten y salgan de Roma, porque allí no hay nada.

Ahora viene a Roma otra cabeza. Y esa cabeza pondrá la anulación del sacerdocio y de la Eucaristía, porque es el siguiente paso en el plan del demonio.

El demonio no puede hacer que la Iglesia se abra, en la práctica al mundo, si no quita primero la Eucaristía.

Porque la gente va a la Iglesia por la Eucaristía. A la gente le importa muy poco el Papa o la cabeza que haya en la Iglesia. La gente no quiere saber nada de Obispos ni de sacerdotes. Sólo quieren su misa y su comunión.

Y, por eso, para sacar a la gente de eso y hacer que la Iglesia camine hacia el mundo, hay que suprimir la Eucaristía y el sacerdocio.

Y, entonces, la gente va a despertar, porque le van a tocar la niña de sus ojos. Y la gente no ha comprendido que ya no hay nada en la Iglesia. Todo es una obra de teatro. Pero Dios sabe esperar los tiempos. Y Dios se acomoda a lo que vaya haciendo los hombres en la Iglesia para dar su luz divina y hacer que las almas salgan de Roma.

Eucaristía: gracia sin excepción para la Iglesia

La Eucaristía es una palabra que viene del griego: Εuχαριστία (eucharistia):

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a. Εu: bien, abundante, colmada, sin excepción.

b. χαρισ: gracia, don.

La Eucaristía es un Don sin excepción dado por Jesús en la Última Cena.

“Tomad y comed; esto ES mi Cuerpo … Bebed de él todos, porque ésta ES mi sangre” (Mateo 26-29).

El Señor dice ES para significar la Fe del alma en ese pan y en ese vino que han sido cambiados por las Palabras de Jesús.

El Señor manda tomar y comer Su Cuerpo, ya no un pan. Y beber Su Sangre, ya no un vino.

Ya lo que sostiene Jesús en sus manos no es un pan y un cáliz de vino, sino que ES Su Cuerpo y Su Sangre.

Y esto lo hace Jesús tomando un pan y pronunciando unas palabras, una gracia sin excepción. Y toma el cáliz y pronuncia esa gracia sin excepción.

La Eucaristía no es una acción de gracias, es una gracia que obra sobre un pan y sobre un vino.

Cuando Jesús toma pan no da gracias por ello, sino que dispone su alma para decir: “Tomad, Comed; esto es Mi Cuerpo”: esta es la gracia colmada, abundante, sin excepción, que transubstancia el pan en el Cuerpo de Jesús.

“Bebed de él todos; éste es Mi Sangre”: esta es la gracia que transubstancia el vino en la Sangre de Jesús.

Son dos gracias para una misma obra divina.

Esto lo hace el Señor por los pecados de los hombres: “que por muchos es derramada para la remisión de los pecados”.

Jesús no hace una comida, ni una fiesta, ni pasa un tiempo con los Apóstoles.

Jesús lleva a Sus Apóstoles a una Gracia muy especial: el sacerdocio de Cristo.

Y en esa Gracia, Jesús hace a Sus Apóstoles sacerdotes y les da Su Cuerpo y Su Sangre.

Esto es sólo el Jueves Santo.

La Eucaristía no es una acción de gracias, es el Cuerpo y la Sangre de Cristo como gracia colmada al hombre.

Y esto que obra el Señor en el Jueves Santo necesita de una liturgia adecuada.

Porque son palabras santas, sagradas, espirituales que exigen oraciones, ritos, gestos, que signifiquen esa gracia sin excepción que Dios da a Su Iglesia.

Por eso, presentar la Misa como hoy se hace es un insulto a lo que hizo Jesús el Jueves Santo.

Es un sacrilegio y es destruir la Iglesia. Se destruye lo Santo que tiene la Iglesia: el Cuerpo Y la Sangre de Cristo.

Se destruye lo divino: Jesús como Dios en Su Cuerpo y en Su Sangre.

Se destruye la vida espiritual que nace del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Las almas no han comprendido lo que es una Santa Misa. No han captado el valor que tiene la Santa Misa. Va a misa a nada, a pasar un rato, a entretenerse con lo que dice el cura, a mirar a la gente, a comer, a dormir o hacer otras cosas.

Quien comulga no sólo recibe a Cristo, sino que se hace otro Cristo.

Y hay que vivir esto en el corazón.

No hay que comulgar y a otra cosa. Y seguir obrando como hombre en la vida.

Cristo te da Su Vida para que la vivas en tu vida humana. Una Vida divina, no es un conjunto de ideas o de sentimientos sobre Dios, sobre Jesús.

Cristo se da Él Mismo al alma. Su Misma Mente Divina, Su Misma Voluntad Divina, Su Misma Divinidad.

Y esto es lo que las almas no captan porque están metidas en toda su vida humana, en todas sus obras humanas, en todos sus pensamientos humanos. Y, entonces, van a Misa cargados con todo eso y no atienden a lo que se desarrolla sobre el Altar. Es mejor que no asistan a Misa, así no se cargan de pecados de irreverencia hacia lo Santo y lo Sagrado.

La Misa es el mismo Sacrificio de Cristo hecho en la Pasión. Allí fue cruento; en el Altar, incruento. No se ve, no se siente, no se palpa, pero es una realidad, es lo mismo, no es un recuerdo de la Pasión. Es la misma muerte de Cristo en la Cruz.

La misma. Y este Sacrificio no es un recuerdo en el tiempo, no es una memoria en el tiempo, no son palabras que se dicen ahora y que nos llevan al pasado.

Este Sacrificio es una Comunión entre Cristo y Su Iglesia. Una comunión mística y espiritual.

Comunión mística porque se da entre Cristo y el Sacerdote.

Comunión espiritual porque se recibe del sacerdote a Cristo, y las almas se pueden unir a Cristo en su espíritu, en su alma y en su corazón.

El sacerdote que no crea en la Eucaristía, anula la comunión mística y, por tanto, la espiritual.

Si la Iglesia no cree en la Eucaristía, entonces no hay Iglesia.

La Eucaristía se obra en la Iglesia sólo cuando la Iglesia hace lo que hizo Cristo. La Iglesia obra el Cuerpo y la Sangre de Cristo cuando la Jerarquía está unida a Cristo.

Porque la Eucaristía es sólo del sacerdocio, no es del Pueblo, no es de los fieles.

Y el sacerdocio no sirve en la Iglesia si no está unido a la Cabeza, que es Cristo. Pero sólo se une a Cristo en el Vicario de Cristo.

El sacerdote que no está unido a Pedro, no puede consagrar la Eucaristía, porque ya no hace lo que hace la Iglesia: la Obra de Redención, que es sólo para la Iglesia.

Pedro es el que da validez a la Santa Misa en la Iglesia.

Y los demás: Obispos y sacerdotes, si quieren consagrar, tiene que unirse a Pedro en la Obediencia. Y entonces tienen la intención de consagrar en la Iglesia, de dar a la Iglesia el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Sin esto, no hay Santa Misa, aunque el sacerdote crea en las palabras del Evangelio.

La Santa Misa es de la Iglesia, no es ni del sacerdote ni del Pueblo.

Pedro tiene que definir qué es necesario para consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Iglesia. Y, por eso, en las reformas litúrgicas en la Iglesia se insiste en que la Misa no es una memoria del pasado, sino una conmemoración, un unirse a Cristo en Su Pasión y en Su Muerte. Eso es lo que significa la conmemoración.

Si la Iglesia quita esto y presenta la Misa sólo como una memoria, como una Cena, como una fiesta, como un banquete, como una fracción del pan, como una asamblea, en la que todos se reúnen para participar de algo, entonces no se da la Eucaristía.

Desde hace 50 años la liturgia incide mucho en estas cosas, y eso es una señal de decadencia en la Misa. Se mantiene lo importante, que son las palabras de la consagración y de la conmemoración, pero se ha perdido lo santo, lo sagrado de la Misa. Y eso lleva de forma necesaria a la anulación de la Eucaristía en la Iglesia porque se presenta la Misa como el banquete de muchos hombres para hablar y comer algo.

A esto se ha llegado en la práctica con todas esas misas que existen por ahí. Esto ya se practica en la Iglesia: una misa que sólo una cena o un pasarlo bien, diciendo palabras que agraden a todos.

Cuando la Iglesia presente la Misa como una memoria, como algo que nace de muchos que se reúnen en un lugar para festejar la cena del Señor, entonces ya no hay Eucaristía.

El gobierno horizontal es el principio de la anulación de la Eucaristía, porque ya el sacerdocio de Cristo no está unido a una Cabeza Visible, a Pedro. Si no hay esa unión, no se da la comunión mística en Cristo y el Sacerdote. Nadie ha caído en la cuenta de esta gravedad, porque nadie piensa en las consecuencias teológicas de un gobierno horizontal.

La Eucaristía todavía se salva en la Iglesia por la fe de unos cuantos, pero en la realidad, ya no existe la Eucaristía.

Pero el Señor sabe cómo son las almas y da tiempo para que vean el destrozo de lo que se ha hecho en la Iglesia.

Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres

“donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres” (Mt 24, 28).

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Cuando muera Benedicto XVI, la Silla de Pedro quedará vacante.

Y la Silla vacante es el obstáculo removido para que aparezca en el mundo el Poder del Anticristo: “Porque el Misterio de la Iniquidad está ya en acción; sólo falta que el que lo detiene ahora, desparezca de en medio” (2 Ts 2, 7).

Vivo Benedicto XVI el demonio todavía no puede actuar como quiere. Pero una vez muerto, queda el campo libre.

Porque no hay otro Papa después de Benedicto XVI. Sólo queda Pedro Romano, que será elegido sólo por el Cielo para un tiempo de Gran Apostasía.

Los hombres no han comprendido el pecado de Benedicto XVI en su renuncia.

Es un pecado que produce la separación de la Iglesia, del Cuerpo Místico, de Cristo. Cristo y Su Cuerpo se separan.

Separación en lo místico, pero no en lo espiritual.

Esa separación hace que no se pueda dar más Papas. No hay más Pedros.

Benedicto XVI renunció a ser Pedro. Y, por tanto, Cristo no da otro Pedro, porque “lo que ates en la tierra queda atado en el Cielo” (Mt 16, 19).

Benedicto XVI ató con su renuncia la Elección de Dios sobre una cabeza visible. Dios ya no puede elegir un Pedro por el pecado de Benedicto XVI.

Y no puede elegirlo hasta que el mismo Benedicto XVI quite su pecado, desate a Cristo desatando en la tierra su pecado. Y eso no va a hacerlo, porque tiene que salir de Roma para enfrentarse a Roma.

La renuncia de Benedicto XVI ata al Cielo e imposibilita al Cielo dar otro Papa. E incluso si muere Benedicto XVI el Cielo no puede dar otro Papa por la vía ordinaria, como se ha hecho desde que Jesús fundó Su Iglesia.

Por eso, si muere Benedicto XVI y los Cardenales eligen un Papa, ése no viene de Dios.

Ahora en la Iglesia es un tiempo de gran confusión en todos los rincones de la Iglesia. No se salva nadie, porque nadie posee la verdad ahora en la Iglesia.

Todos quieren imponer sus verdades en la Iglesia.

Por eso, es un tiempo sólo para prepararse para una gran batalla espiritual.

Porque se acerca la hecatombe espiritual de la Iglesia, en que los cimientos de la Iglesia se moverán, pero no destruirán a la Iglesia.

Y los cimientos de la Iglesia son dos: Pedro y la Eucaristía.

El primer cimiento ya ha sido removido y ha producido que la Iglesia sea un cadáver, sin vida espiritual. Y eso produce el nacimiento de una falsa iglesia, de una imagen de la iglesia, de una estatua sin vida de la Iglesia.

El segundo cimiento es remover a Cristo, es decir, la Eucaristía. Y eso hará que Cristo sea un cadáver en la Iglesia. Una Misa sin el Cuerpo y la sangre de Cristo, unos sagrarios sólo llenos de pan, una Eucaristía a la que sólo se adora al pan. De ahí nacerá el falso Cristo, la falsa Misa, la falsa Eucaristía, es decir, una imagen sin vida de Cristo.

Y este segundo cimiento está tan próximo que sólo faltan días para ello. No hay que esperar mucho, porque el Enemigo de las almas ya controla Roma a sus anchas.

La Sede Vacante se producirá sólo en la muerte de Benedicto XVI. Antes, la Sede ha sido robada por Satanás. Robada, pero todavía con el Poder de Dios en el Papa Benedicto XVI.

Es el Poder Divino, que tiene el Papa Benedicto XVI, lo que impide que se manifieste a las claras el demonio. Una vez que muera Benedicto XVI, el Poder Divino desparece en la Iglesia y aparece el poder del demonio en todo su fulgor.

Desde hace 50 años los Papas han tenido siempre problemas en el Vaticano. Eso lo sabe todo el mundo. Pero esos problemas no han hecho que la Sede de Pedro esté vacante, porque siempre se ha elegido un Papa en la muerte de otro.

El Papa se elige entre Cardenales. No se elige entre Obispos. No es la sucesión apostólica lo que da lugar a la elección de un Papa. Es la elección de un cardenal para ser Papa. Y un cardenal puede ser cualquiera, aunque no tenga el sacramento del orden.

Aquellos que quieren anular las elecciones de los Papas por el cambio en la liturgia se equivocan. Porque la Elección para ser Papa no sigue la sucesión apostólica, sino sólo sigue la elección de un cardenal en el Cónclave.

Y esa elección de un cardenal es un acuerdo humano. Es según las reglas que los hombres pongan para elegir un Papa. En esas reglas o leyes humanas, actúa Dios para indicar Su Papa a los Cardenales reunidos en Cónclave.

Por tanto, no hay que ser Obispo o sacerdote para ser elegido Papa. Sólo hay que ser Cardenal. Y si el cardenal elegido no tuviere el sacramento del orden, entonces se le ordena en ese momento Obispo.

Hasta Benedicto XVI la Silla de Pedro es legítima en todos los Papas en la Iglesia. Ha habido antipapas en la Iglesia, pero siempre se ha seguido la línea verdadera para elegir un Papa, que es: muerto el Papa verdadero se elige otro Papa.

Benedicto XVI renunció y eso produjo un engaño en la Iglesia. Un engaño de la Jerarquía de la Iglesia a la Iglesia. Y en ese engaño estamos todavía. No hemos salido de él ni saldremos, porque ya no hay marcha atrás. No se puede.

Una vez que la misma Jerarquía ha engañado a Su Pueblo poniendo un hereje en la Silla de Pedro, eso produce la ruina inmediata en toda la Iglesia.
Ruina que hemos contemplado en esto siete meses y que seguiremos viendo en lo que queda de mes.

No son tiempos para luchar por un Papa en la Iglesia.

Es que no hay Papa ya. Benedicto XVI es sólo un Papa inútil, que no ejerce su Papado como Dios se lo pedía.

Hay que rezar por él, pero no luchar por él para que vuelva a la Silla de Pedro. Esto es sólo un engaño más del demonio.

El demonio ya tiene la Silla de pedro y no hay manera de que se la quiten. Para quitársela hay que salir de Roma y enfrentarse al demonio. No hay otra manera. Y, por lo que se ve, Benedicto XVI no va a hacer eso. No se mueve para enfrentarse a Francisco.

Y, por lo tanto, Benedicto XVI morirá y ya no habrá más Papas. Y aunque Benedicto XVI haga algo en contra de Francisco, no es suficiente.

Para combatir al demonio en Roma, hay que ponerse fuera de Roma. Y, entonces se actúa como verdadero Papa en la Iglesia. Pero si se queda en Roma y sólo dice algunas cosas en contra de Francisco, no hace nada para combatir el mal en la Iglesia. Da luz a la Iglesia, que es lo que ahora necesita la Iglesia, porque vive en la oscuridad. Pero esa luz no vence a las tinieblas que rodean a toda la Iglesia e impiden ver la Verdad en la Iglesia.

La Sede Vacante será cuando Benedicto XVI muera. Y, en esa muerte, comenzará el Anticristo a manifestar a toda la Iglesia. Ahora, sigue oculto, porque todavía no ha sido quitado el obstáculo, el poder divino que descansa sólo en Benedicto XVI. Una vez que muera el Papa, todo comienza en la Iglesia.

¿Qué es la Iglesia ahora?

“Él es Cabeza del Cuerpo de la Iglesia, como quien es el Principio, Primogénito de entre los muertos; para que en todas las cosas obtenga Él la primacía…” (Col 1, 18).

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Cristo Jesús es la Cabeza del Cuerpo. El Cuerpo es Su Iglesia. El Cuerpo es el conjunto de miembros que creen en Jesús como Cabeza.

Cristo Jesús es Cabeza Invisible de la Iglesia.

Y Cristo Jesús ha puesto una cabeza visible: Pedro. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia”.

Sobre Pedro Jesús edifica Su Cuerpo.

Sin Pedro no se da el Cuerpo.

Sin Pedro, se da la Iglesia como era antes de Jesús, en los Profetas, guiada por el Espíritu en los diferentes Profetas que Dios ponía a Su Pueblo.

Pero, en el Antiguo Testamento, sólo era el Pueblo y los Profetas. A eso no se llamaba la Iglesia.

La Iglesia la funda Jesús sólo en Pedro.

Pedro es el Papa. Pedro no son los Obispos que se unen al Papa.

Pedro sólo significa una cabeza humana visible. Y sobre esta cabeza humana, Jesús edifica lo demás en Su Iglesia.

Lo demás son los Obispos y los sacerdotes. Y nadie más. No es el Pueblo. El Pueblo pertenece a la Iglesia sólo en los sacerdotes y en los Obispos.

Jesús no funda una comunidad de personas, de gente, no une muchos pueblos en Su Iglesia.

La Iglesia de Jesús está fundada en un hombre que tiene todo el Poder Divino para llevar al Pueblo de Dios hacia la Tierra Prometida, hacia el Cielo.

La Iglesia se edifica en Pedro. Y sólo en Pedro.

Esta Verdad ha sido anulada con la renuncia de Benedicto XVI al Papado y con el establecimiento del gobierno horizontal por Francisco.

Si Pedro renuncia a ser Pedro, entonces se anula la Iglesia como la fundó Jesús.

Pedro no tiene derecho a renunciar a su Elección Divina. Sólo por un motivo divino, por una razón divina Pedro puede renunciar. Y Dios nunca ha dado a Benedicto XVI esa razón divina. Su enfermedad es sólo para contentar a los necios y bobos que no saben el Misterio de la Iglesia.

Por tanto, estamos en un hecho que nadie ha meditado todavía y no se ven las consecuencias de este hecho trascendental que se originó en la renuncia de Benedicto XVI.

La Iglesia es la Jerarquía de Cristo. Y no otra cosa. La Iglesia no es el Pueblo de Dios. Si fuera esto, entonces en el Antiguo Testamento existiría la Iglesia. Y sólo se da el Pueblo de Dios guiado por los profetas. Pero eso no es la Iglesia que funda Jesús. Eso puede llamarse un inicio de Iglesia, pero nada más. Una Iglesia virtual, usando los términos modernos.

La Iglesia comienza en Pedro, que es un sacerdote, un Apóstol, otro Cristo. Y sobre Pedro, sobre su sacerdocio, Jesús pone Su Iglesia.

Su Iglesia tiene “muchos miembros y no todos los miembros tienen una misma función” (Rom 12, 4).

Pero los miembros de la Iglesia están unidos solamente a Pedro. No se unen entre sí. Hay sólo una unión espiritual entre Pedro y los demás miembros de la Iglesia.

Esta unión espiritual nace de la unión de Cristo con Pedro. Es una unión mística entre Cristo Jesús y su Cabeza Visible, que es Pedro.

La unión mística es diferente a la unión espiritual o la unión moral.

La unión moral se refiere a la ley moral que nace de los mandamientos divinos. Hay que cumplir una serie de normas morales para estar en gracia de Dios.

La unión espiritual significa estar unido en la misma doctrina de Cristo en la Iglesia. Seguir en todo lo que enseñó Jesús a Sus Apóstoles cuando fundó Su Iglesia.

La unión mística se da cuando el alma de Pedro está unida en todo a Cristo, de tal manera que aunque Pedro sea un pecador, Jesús guía a Su Iglesia hacia la Verdad en Pedro. DE aquí nace la Infalibilidad Papal.

Esa unión mística sólo es necesaria en Pedro, no en los demás miembros de la Iglesia. Porque la Iglesia es siempre una Verdad Divina, pero los hombres, como Pedro, son falibles y débiles en todo, y, por ese, se equivocan, como es un hecho en toda la historia de la Iglesia.

Pero, a pesar de ser Pedro lo que sea en la Iglesia, la Iglesia sigue su camino por la unión mística de Cristo con Pedro. Unión que sólo puede romper Pedro si renuncia a ser Pedro.

Esto ha sucedido con Benedicto XVI y entonces, viene la pregunta: ¿qué es la Iglesia ahora?

Esto es lo que más importa saber de la Iglesia.

No interesa Francisco ni sus sucesores, porque ellos van a anular la Iglesia en Roma y van a poner otra iglesia, la que sea. Eso que salga de ese engendro que hay ahora en Roma es lo de menos.

Lo que importa es discernir dónde está la Iglesia ahora porque no se da la unión mística en la Cabeza.

Y, sin embargo, la Iglesia continúa, pero de otra manera.

La Iglesia no se ha roto porque Benedicto XVI haya anulado el Papado con su renuncia.

Jesús fundó Su Iglesia en Pedro y, aunque Pedro haya renunciado al Don Divino, la Iglesia sigue existiendo, porque Pedro no es esencial en la Iglesia.

Para comprender este punto hay que entender lo que significa la Iglesia.

La Iglesia es una Jerarquía, es decir, un conjunto de hombres que son otros Cristos: sacerdotes y Obispos que tienen el sello de la Unión Hipostática, que se da en el Verbo Encarnado.

Ese sello los hace uno con el Verbo Encarnado. Esa unidad es espiritual, no mística. Los sacerdotes y Obispos poseen el mismo Espíritu de Cristo para guiar al rebaño en la Iglesia.

Es decir, que los sacerdotes y Obispos, si siguen al Espíritu de Cristo, entonces guían correctamente a la Iglesia.

En esa Jerarquía, los sacerdotes obedecen a los Obispos, y los Obispos obedecen al Papa. Es un gobierno vertical. Los fieles, los demás en la Iglesia, no son Jerarquía. Son miembros, que tienen sus gracias, sus dones, sus carismas, pero no deciden nada en la Iglesia.

Los fieles obedecen a la Jerarquía y a nadie más en la Iglesia.

Los fieles no pertenecen al gobierno de la Iglesia. Sólo la Jerarquía obra el gobierno vertical.

Cuando el Papa renuncia a ser Papa, entonces se destruye la Jerarquía, la obediencia en la Jerarquía. Se rompe la Jerarquía, pero no se rompe la Iglesia.

Benedicto XVI renunció a ser Papa y ya no es posible obedecer en la Jerarquía a nadie, porque no hay Papa, no está Pedro.

Los Obispos ya no pueden dar una obediencia a Pedro, ni los sacerdotes dan una obediencia a los Obispos, porque éstos no se unen en una cabeza, que es el Papa.

Entonces, se rompe la unión mística entre Cristo y Pedro, y se rompe la obediencia en la Jerarquía. y, por tanto, no se da la obediencia de los fieles a la Jerarquía.

Y, entonces, ¿qué es la Iglesia en estos momentos? ¿Cómo se hace la Iglesia en estos momentos? ¿Cómo Dios guía a su Iglesia en estos momentos en que no hay cabeza visible?

Cristo sigue dirigiendo a Su Iglesia, pero no ya a través de una cabeza, de un sacerdote o de un Obispo. Cristo dirige su Iglesia como siempre: por el Espíritu, con el Espíritu, que se da a los Profetas, como en el Antiguo Testamento se hacía.

Pero en el Antiguo Testamento, los Profetas dirigían al Pueblo de Dios, no a la Iglesia. Ahora, los Profetas dirigen a la Iglesia hacia la Tierra Prometida.

La unión mística entre Cristo y Pedro ha desaparecido en la práctica, pero no así en la historia de la Iglesia, porque sigue teniendo validez todo lo que los Papas han dicho y obrado en la Iglesia.

Cristo, ahora, dirige Su Iglesia de otra manera. Y, por eso, Pedro no es esencial en la Iglesia. En Pedro se funda la Iglesia, pero la Roca es Cristo Jesús, no un hombre. Si se quita el hombre, permanece la Roca. Y es la Roca el fundamento de la Iglesia. Y, por eso, aunque los hombres destruyan todo en la Iglesia, anulen todos los dogmas, aunque maten a todos los miembros de la Iglesia, la Iglesia continúa siempre, porque está fundada en la Roca, que es Cristo.

La Roca es la esencia de la Iglesia. Jesús unió a Pedro a esa Roca. De ahí viene la unión mística. Benedicto XVI anuló esta unión mística, pero no la Roca.

Francisco no anuló la unión mística, sino que anuló el Papado. Y es normal que haya hecho eso porque no tiene la unión mística con Cristo que sí tenía Benedicto XVI. Y sus obras, las de Francisco son sólo obras de un hombre en la Iglesia, pero no son las obras de Cristo en la Iglesia.

Las Obras de Cristo en la Iglesia ahora sólo están en las almas que sigue al Espíritu de Cristo en todo y que se ponen a lo que ven en Roma.

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