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La obra demoníaca de Francisco en el lavatorio de los pies

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«Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas» (Lc 6, 26).

Muchos no han comprendido la obra de Francisco en la Iglesia y, por eso, no saben atacarlo como falso Profeta, como anticristo, como uno que ha desfigurado y anulado la doctrina de Cristo.

Muchos no saben ver las obras de Francisco como herejía y como cisma, sino que las ven como un hombre que hace el bien en la Iglesia.

Muchos no atienden a las palabras de Francisco como fuente de división en la Iglesia, sino como una nueva primavera de amor y de unidad.

Francisco nunca ha querido en la Iglesia poner la caridad, la benevolencia y la humildad de Jesús, sino que todo su plan es poner lo que él piensa que es la caridad, la benevolencia y la humildad.

Éste es el punto: Francisco no tiene fe. Luego, lo que obra en la Iglesia es su pensamiento humano, su concepción humana de Cristo y de la Iglesia.

Y, por tanto, un hombre sin fe se enfrenta a toda la Tradición de la Iglesia, a todo el Magisterio de la Iglesia, a la Verdad Revelada.

Tiene que enfrentarse de forma necesaria, inevitablemente.

Por eso, lo primero que hizo ese hombre sin fe, que es Francisco, fue lavar los pies a dos mujeres, yendo contra toda la Tradición, contra el Evangelio y contra el Magisterio de la Iglesia. Es un pecado gravísimo que anunció lo que hay en el alma de Francisco.

Y eso lo ha repetido este año, de otra manera: lavó los pies de doce discapacitados de distinta edad, sexo, raza y religión.

Es la misma obra de pecado, la misma obra herética y cismática. Es no comprender el signo del lavatorio de los pies, y comenzar a hacer sus signos, sus obras, que no pertenecen a la Iglesia.

Muchos, al ver esta obra de Francisco, la aplauden, dicen que es una cosa buena, que Francisco tiene su buena intención para realizar esto. Es el engaño en muchos.

Un Francisco arrodillado ante doce hombres que sufren, que tienen una enfermedad, porque “la única herencia que nos ha dejado Jesús: ser servidores unos de los otros, ser servidores en el amor” (Francisco, 17 de abril de 2014), es ver al demonio a los pies de cada hombre. ¡Pobres discapacitados que son atados por el demonio en la mentira de la obra de Francisco! ¡Pobres almas que se han dejado engañar por el falso gesto de un hombre, que no sabe amar a los hombres, que no sabe servir con la verdad a los hombres, que no sabe dar a los hombres el auténtico camino hacia el cielo!

Si se lee la herética homilía que Francisco pronunció ese día, entonces se ve el gran teatro de este hombre en la Iglesia. Él es el bufón del demonio para llevar a la Iglesia hacia su autodestrucción.

Jesús se arrodilló ante sus sacerdotes. Un Papa verdadero tiene que imitar las mismas obras de Cristo: hay que lavar los pies a doce sacerdotes en la Iglesia. Esta es la única Verdad. Quien no obre esta Verdad es un mentiroso en la Iglesia. Y hay que llamarlo mentiroso, engañador, falsificador, porque no es otro Cristo, no imita las obras de Cristo en la Iglesia, sino que se pone a hacer sus obras. ¡Maldito Francisco por sus obras de pecado! Hay que llamar maldito a Francisco en la Iglesia, que eso a mucha gente no le gusta. Lo entienden como una falta de respeto.

«Mas le valiera no haber nacido»: esa fue la maldición de Cristo sobre el alma de Judas. Es el misterio de la perdición, de la condenación, de la maldición. Judas buscó su maldad atacando el amor de Cristo. Por eso, es maldito. Francisco busca su maldad en la Iglesia atacando a Cristo. Por eso, es maldito. En esta sencilla Verdad mucha gente no se pone, les cuesta entender la maldad de los sacerdotes, de los Obispos en la Iglesia. Les cuesta verlos como son: como otros Judas, como hombres que ya no quieren quitar su pecado, sino que se arrastran continuamente hacia su pecado en la Iglesia, para encumbrarlo, para ponerlo como verdad.

La Jerarquía de la Iglesia está atacando lo que a Cristo le dolió tanto: a los pequeños, a los débiles, a los pobres, a los que buscan la Verdad, los que buscan el Bien Divino, a los que buscan la Voluntad de Dios en la Iglesia.

Sacerdotes y Obispos que atacan a las almas de Cristo porque proponen una nueva doctrina de Cristo, una falsa doctrina de Cristo, una falsa iglesia. Y la obran, como lo hace Francisco en ese lavatorio de los pies. Y esto es una maldición sobre toda la Iglesia: «Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños» (Lc 17, 1)

¡Ay de los Obispos y Cardenales que usan los puestos altos de la Iglesia, no para dar buen ejemplo y enseñanza, sino para ser causa de escándalo y de destrucción a las almas, que tienen la obligación de guiarlas hacia la verdad y de ayudarlas a crecer en la vida espiritual!

Y ¿qué hacen esos personajes destructivos, como Francisco y toda su ralea de ratas? Enseñar la mentira, predicar un evangelio que no es el de Cristo, engañar con falsas palabras, con el falso ecumenismo, con la falsa fraternidad, con el falso amor a los pobres, a los mismos pobres, a la gente humilde, a la gente que confía en ellos por lo que ven exteriormente.

El mal ejemplo de la Jerarquía de la Iglesia destruye la espiritualidad de muchas buenas almas en la Iglesia. Y ¿quieren que aquí nos callemos y ocultemos esta gran oscuridad que hay en la Iglesia? ¿Quieren que tratemos a Francisco con cariñitos? Pónganse en la Verdad y déjense de ciencia ficción en la Iglesia. Llamen a cada uno por su nombre. Y si les molesta lo que aquí se escribe, se van a otro sitio a que les doren la píldora.

¡Cuánta gente quiere dulcificar, disimular el daño que Francisco está haciendo en la Iglesia! No hablan con la Verdad en sus bocas, sino con la mentira que les da el demonio a sus mentes.

Francisco hizo una obra que no hizo Cristo. Francisco ha hecho su obra, la que se ha inventado en su nueva iglesia. Y todos la aplauden como buena: «¡Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros…».

Un sacerdote en la Iglesia tiene que hacer las mismas obras de Cristo. Y, entonces, es un servidor fiel de Cristo. Ha hecho lo que tenía que hacer, y nadie habla de ello como algo relevante, como una noticia que hay que destacar.

El P. Ray Kelly se puso a cantar en la Misa que celebraba para una boda. Y ¿ustedes creen que hizo la misma obra de Cristo? Cristo, en el Calvario, no cantó, no se convirtió en una estrella, no agradó a ningún hombre. Hizo lo que Su Padre quería: sufrir y morir. Y los hombres hablaban mal de él, lo insultaban, lo despreciaban. Y ése es el signo de que la predicación ha llegado a las almas.

Cristo predicó con la obra de su sufrimiento y de su muerte. Y eso trajo la conversión de los que le estaban mirando en la Cruz.

Un sacerdote, que tiene la obligación de predicar el Evangelio, de dar la misma Palabra de Dios, sin quitar ni añadir nada; que es sacerdote para obrar lo mismo que Cristo obró en el Calvario, y que se pone a cantar, no es sacerdote, no está haciendo las obras de Cristo en la Iglesia. Se ha inventado su misa, su predicación, sus obras: «No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a Mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15, 20). ¿Está persiguiendo la gente a ese sacerdote por su obra de pecado en esa misa? No. Están viendo su video, su actuación y hablando maravillas de él. Su misa, en la que se puso a cantar, no es la obra de Cristo en la Iglesia. Ese sacerdote se puso por encima de su Señor, y entonces, el mundo lo ama. Su misa no da a Cristo en el Calvario. No ofrece el sufrimiento ni la muerte de Cristo. Ese sacerdote ofrece sus cantos, su música en la Misa. En la Misa hay que ofrecer a Cristo, y sólo a Cristo. ¿Qué creen que es la Santa Misa? ¿Una función de teatro? ¿Un juego de luces? ¿Un escenario bien montado? ¿Un canto al sentimiento del amor fraterno?

La gente está tan ciega que ya no sabe discernir las obras de nadie en la Iglesia. Y si no se sabe ver las obras como son, tampoco se sabe discernir las palabras de ese sacerdote o del Obispo de turno.

Es lo que pasa con Francisco. La gente no sabe atacarlo porque lo ve como un hombre bueno, que hace sus cosas en la Iglesia, que se dedica a trabajar como todo sacerdote. Y hay que dejarlo que haga sus cosas. Hay que rezar por él, hay que esperar algo de él.

Ante la obra de pecado de Francisco en la Iglesia, ¿qué quieren que se diga que Francisco es un buen hombre? ¿Quieren que se diga que Francisco tuvo un gran amor hacia esos hombres lavándoles los pies? ¿Quieren que se aplauda a Francisco y hacer una noticia sobre el lavatorio de los pies para engrandecer el pensamiento de Francisco? Esto es lo que muchas agencias de noticias hacen. Y, por tanto, no dan la verdad de lo que es Francisco. No enseñan la Verdad de lo que hizo Francisco ese día.

La herencia que nos ha dejado Cristo es Él Mismo. No hay otra herencia en la Iglesia Católica. En la nueva iglesia de Francisco, todo consiste en adular a los hombres, en darles culto a su inteligencia humana, en hacer obras humanas que gusten a todo el mundo, en dorar la píldora del amor fraterno, del amor a los hombres, porque hay que hacer un nuevo orden mundial, en la que todos los idiotas entren.

Con las falsas palabras del ecumenismo, la tolerancia y la fraternidad, se engañan a mucha gente en la Iglesia.

Muchos son ya los desviados por causa de Francisco: de sus enseñanzas, de sus obras demoníacas.

Ese lavatorio de los pies es la obra del demonio en la Iglesia. Es sólo eso. Llámenlo por su nombre. Lo demás, las bellas palabras de Francisco y de todos los demás que lo apoyan, para consolidar su herejía, son sólo eso: bellas palabras para engañar a las almas. Ese lavatorio de los pies es el odio de Francisco a la Iglesia. Su odio a Cristo. Su odio al Evangelio de Cristo. Su odio a los hombres en la Iglesia.

La Iglesia está en ruinas. Y ya ha comenzado la persecución.

«Llega la hora, y ya es llegada, en que os dispersaréis cada uno por su lado y a Mí me dejaréis solo» (Jn 16, 32).

El reinado de los que quieren destruir la Iglesia ya ha comenzado. Una nueva doctrina está en la Iglesia. Una doctrina que anula la Verdad Revelada, la Verdad como la enseñó Jesús a Sus Apóstoles; la Verdad, a la cual el Espíritu ha llevado a conocer a todas las almas fieles a Cristo en la Iglesia. Esa Verdad Inmutable, siempre la misma, que nunca cambia ni por los tiempos, ni por las edades, ni por los descubrimientos de los hombres, se está anulando con las obras de esa Jerarquía infiltrada en la Iglesia y que ha tomado todo el poder, que antes no tenía.

Es necesario destruir todas las estructuras de la Iglesia para que el Señor guíe a Su Iglesia hacia donde Él quiere. Los hombres la guían hacia donde ellos quieren.

Es necesario el Calvario para la Iglesia Católica: que muera en la Cruz, como Su Cabeza.

Es necesario que todos abandonen, de nuevo a Cristo. Es lo que vemos en estos días. La Jerarquía abandonan las obras de Cristo para dedicarse a hacer sus obras en la Iglesia.

Y eso produce que el rebaño se disperse. ¡Qué gran anarquía existe en toda la Iglesia! Gente que hace lo que le da la gana en la Iglesia, y que piensa lo que le da la gana sobre la doctrina de Cristo.

La Iglesia está en ruinas por la falta de fe de toda Su Jerarquía. Falta de Fe en Cristo y en la obra de Cristo, que es Su Iglesia. Todos entienden a Cristo y a la Iglesia según está en sus cabezas humanas. Pero nadie obra la Palabra de la Verdad porque no aman la Verdad: «El que no Me ama no guarda mis Palabras» (Jn 14, 24).

Cristo es la Verdad. Amar a Cristo es amar la Verdad, es obrar la Verdad. Pero quien no tiene en su corazón la Palabra de Dios, quien con su mente humana se pone a interpretar el Evangelio de Cristo, entonces, deja a Cristo solo en la Iglesia, abandona a Cristo, y se dedica a hacer su iglesia, su religión, su misa, su predicación, su apostolado, su lavatorio de los pies.

La Jerarquía de la Iglesia ya no cree en el Evangelio. Esta es la ruina de la Iglesia. El edificio de la Iglesia se construye con la Palabra de la Verdad, con la Palabra de Dios, con las obras de Dios. No se construye con palabras humanas, con proyectos humanos, con obras humanas.

Francisco: el tejedor de la maldad en la Iglesia. Sigue tejiendo, con sus obras maléficas, la ruina de toda la Iglesia. ¡Cuídense de ese hombre y de toda la Jerarquía que lo apoya!

La negra homilía de Francisco el Domingo de Ramos

Así comienza un verdadero Papa su homilía, el día de los Ramos: «El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos y ofrecer a todos el don de la redención».(Homilía del Santo Padre Benedicto XVI – Plaza de San Pedro- 1 de abril del 2012).

Así comienza un falso Profeta la Semana Santa, en su negra homilía, el día de Ramos: «Esta semana comienza con una procesión festiva con ramas de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús. Pero esta semana va adelante en el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección» (Francisco, 13 de abril 2014)

¿Ven la diferencia?

El verdadero Papa centra el tema: Jesús va a Jerusalén para que se cumplan las Escrituras y para ser colgado en la Cruz, su Trono, Su Reino, la Salvación del Género Humano.

El falso Profeta, que actúa como un Papa impostor, que obra lo que no es, -obra otra cosa a lo que exteriormente muestra-, dice que la Semana Santa comienza con una fiesta, en la que todo el mundo acoge a Jesús. Es una fiesta -y sólo una fiesta-, que introduce a la muerte de Jesús. Y si este falso Profeta no sabe decir lo que es el Domingo de Ramos, lo que en verdad significa para Jesús, -no para el pueblo-, entonces, cuando llegue el Viernes Santo, ¿qué cosa va a predicar?, ¿cómo va a interpretar ese Misterio de la Cruz? ¿qué es para Francisco esa muerte de Jesús y su Resurrección, si él no cree en la divinidad de Jesús?

Francisco presenta el día más importante de la Semana Santa como una fiesta.

El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. En este Domingo está representada toda la Semana Santa. Por eso, se lee el Evangelio de la Pasión. Y Francisco la presenta como un baile, con una alabanza, y no ha comprendido el misterio de todo eso.

Y a ¿qué se ha dedicado ese idiota en su homilía? A esto: «Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien preguntarnos ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo, delante de Jesús entrando en Jerusalén en este día de fiesta? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O tomo las distancias? ¿Quién soy yo, delante de Jesús que sufre? Hemos oído muchos nombres: tantos nombres» (Ibidem).

Hemos escuchado tantos nombres… ¿Cuál de ellos es usted? ¿A quién se parece usted?

Esta es la estupidez de ese idiota.

Pope Benedict XVI Leads Palm Sunday Mass

No sabe explicar por qué la gente alaba a Jesús. Y decía el verdadero Papa en su homilía: «Los antiguos Padres de la Iglesia han visto un símbolo de todo esto en el gesto de la gente que seguía a Jesús en su ingreso a Jerusalén, el gesto de tender los mantos delante del Señor. Ante Cristo – decían los Padres –, debemos deponer nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración».

El Papa Benedicto XVI enseña la Verdad del Domingo de Ramos. Nos lleva a la Tradición, que es la verdadera intérprete de la Sagrada Escritura. Nos enseña a ser humildes, a poner nuestro corazón a los pies del Señor; nos enseña a entregarnos a Dios.

Pero, ¿qué enseña Francisco? No habla de ninguna Tradición. No da el Magisterio de la Iglesia sobre el Domingo de Ramos. Se dedica a interpelar a la gente: «¿Soy yo como Judas? ¿Soy yo como Pilatos? ¿A cuál de éstas personas yo me parezco?»

Uno lee a este idiota y se le cae el alma a los pies. ¿Cómo te atreves a hacer una homilía interpelando a la gente y poniendo ejemplos de almas pecadoras y de almas virtuosas?

¿Cómo te atreves a juzgar a Pilatos, a Judas, a tantas almas que hicieron su parte en la Pasión, tú que no juzgas a nadie, tú que no sabes lo que es el Juicio de Dios?

¿Cómo te atreves a nombrar a almas virtuosas, que hicieron su parte en la Pasión, tú que no sabes nada de la virtud, de la santidad de vida, porque –para ti- el pecado no es una mancha que hay que quitar? ¿Para qué hablas del bien que hicieron unas almas a Jesús si tú no sabes hacer los mismo que ellas hicieron, porque no existe el pecado en tu mente humana ni, por tanto, la virtud, la gracia para poder obrar lo divino?

¿Quién te crees que eres, Francisco, para hablar así, para seguir confundiendo a la gente, que ciega y sorda te sigue escuchando? Todas esas babosidades que dices traen confusión a toda la Iglesia y demuestran lo que tú eres: un falso Profeta, un usurpador de la Silla de Pedro, uno que continuamente dice la mentira y el engaño por su boca.

Para hablar de Pilatos, tienes que comprender su pecado; para nombrar a Judas, tienes que ver su alma de pecado; para hablar de la negación de Pedro, tienes que mirar su corazón cerrado a la Verdad; para hablar del pecado de una persona tienes que creer en el pecado.

Pero como no crees en el pecado como ofensa a Dios, entonces muestras los hechos de esas personas como males sociales, males humanos.

Te dedicas, en tu homilía, a un pecado de tu mente: a juzgar a todos, a criticar a todos. Y tú te quedas como el que sabe lo que dice, como el santo, como el justo. Y, en tu homilía, no has dicho nada, porque no has sabido penetrar en el Misterio del Domingo de Ramos; das tu pecado a la masa de la gente, lo encumbras ante ellos, hablas de tu pecado; y quedas como injusto ante la historia.

Un hombre que comienza a decir nombres, porque el Evangelio es muy largo y aparecen muchas personas. ¡Qué gran idiota este Francisco! ¡Qué babosas son sus palabras! Cuando todo es tan fácil para el que cree. Pero tu alma está negra por tu pecado. Y, por eso, tus palabras son negras.

Y dejas tus palabras a la masa de la gente, dejas tus pensamientos: «¿A cuál de éstas personas yo me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana». No has comprendido lo que es la Semana Santa. No has comprendido la muerte de Jesús. No has comprendido lo que tiene que hacer el alma para salvarse.

No hay que mirar a Pilatos a ver si nos parecemos a él; ni a Judas, ni a las Santas Mujeres. No hay que fijarse en el pecado del otro. En la Semana Santa, cada alma tiene que fijarse en su pecado, y llorar su pecado a los pies del Crucificado, que ha muerto sólo por el pecado de cada alma. Y el pecado de cada uno es de cada uno. No hay dos pecados iguales porque no hay dos almas iguales. Esto es lo que no enseña ese idiota.

Mirar nuestro pecado. Eso es la Semana Santa. No hay que mirar a ver a quién nos parecemos. Hay que mirar a Cristo, que es el que limpia nuestro pecado, que es el que libera el alma del pecado, que es el que muestra el camino para salir del pecado. La Semana Santa es para mirar a Cristo que sufre y muere en la cruz por nuestros pecados. Y todavía habrá almas que se les caiga la baba antes las estupideces que predica este idiota.

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Y ¿qué es lo que dejó el verdadero Papa, al final de su homilía?

« En conclusión, escuchemos de nuevo la voz de uno de estos antiguos Padres, la de San Andrés, obispo de Creta:

«Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo… Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas… Ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: “Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor”» (PG 97, 994). Amén.»

El Papa Benedicto XVI nos deja la Verdad, nos deja la santidad de vida, nos deja un camino para salvar y santificar nuestra alma: revistámonos de gracia de Cristo.

Pero, tú, Francisco, ¿qué nos has dejado? Tu estúpido pensamiento.

Y yo lo rechazo porque está lleno de tu pecado. Eres incapaz de elevar el alma hacia el Cielo, sino que siempre estás pensando en las cosas de la tierra, en tu reino material, humano, y ves a Jesús, y ves la Iglesia, como algo humano, como algo político, como algo económico.

Vives en tu lujuria de la vida, que tu vida social, pero no vives alimentando tu alma de la Verdad, porque no crees en la Verdad. Sólo crees en tu maldito pensamiento humano.

Y das lo que tienes en tu corazón: el odio a Cristo y a Su Iglesia. Y si odias la verdad, que es Cristo, tampoco sabes amar a ningún hombre, porque sólo estás lleno de tu amor propio, de tu narcisismo.

Hablas todas esas palabras para que la gente te alabe, te adore, diga que bueno es ese hombre, qué sencillo en sus hablar, que sentimientos hacia el hombre tiene.

Pero tú, Francisco, no hablas para dar a Cristo, para obrar las obras de Cristo, para señalar a Cristo. Sólo hablas para señalar tu mente, tu opinión sobre Cristo y la Iglesia.

Y ya estamos hartos de este imbécil, que sólo se mira a sí mismo, que sólo se ama a sí mismo, que sólo sabe hablar para hacer daño a todos, y para dañar la doctrina de Cristo, poniendo su doctrina humana.

¡Qué absurda homilía la que ha predicado ese idiota! Y la gente lo sigue escuchando, los sigue aplaudiendo. Más idiotas son ellos por querer respetar un lenguaje humano, de un hombre que ya no tiene fe en Cristo, y que no saben luchar por el sentido de la fe en Cristo. Sólo luchan por el sentido de un lenguaje, de una verborrea humana. Y obedecen a Francisco por su lenguaje. Y no saben atacarlo porque ya perdieron la fe, la verdad en sus corazones, como Francisco la ha perdido.

No hay que respetar a Francisco por lo que dice. Hay que coger todo lo que dice y quemarlo, porque es del demonio. Y hay que hablar de Francisco atacando su pensamiento humano, su lenguaje humano, su palabra barata y blasfemia. Si no se hace así, los hombres se convierten en herejes y luchan por la herejía que obra ya Francisco en la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI es el que sigue guiando a la Iglesia. En esta Semana Santa no hagan caso de Francisco. Él no va a enseñar el Misterio de la Cruz, sino que va a aniquilar ese Misterio con su palabra de estupidez. No signan a quien no es el Papa. La vida es para Cristo, no para un impostor. El alma necesita alimentarse de la Verdad, no de las patrañas de un idiota que sólo vive para su mente humana.

El poder para excomulgar pertenece a toda la Iglesia

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«Si pecare tu hermano contra ti, ve y repréndele. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo a uno o dos, para que por la palabra de dos o tres testigos sea fallado todo el negocio. Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia, y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publicano» (Mt 18, 15-17).

En estas palabras del Señor está el fundamento de la excomunión en la Iglesia: sea tratado como gentil. Es decir, se da una ruptura de las relaciones personales con ese hermano, una exclusión de la comunidad de la Iglesia.

La Iglesia tiene poder para juzgar a sus hijos, por ser una sociedad perfecta, por tener el Espíritu de Santidad, por poseer la Gracia Santificante. Y cualquier pecado mortal, si la persona no se corrige, tiene efecto de excomunión para el Señor: «si pecare tu hermano contra ti».

La Iglesia ha castigado ciertos pecados con la excomunión: aborto, herejía, apostasía de la fe, cisma. Pero en la Mente de Dios, entra cualquier pecado grave.

San Pablo, contra el incestuoso de Corinto, lo excomulga fuera de la Iglesia, al entregarlo a Satanás: «entrego a ese tal a Satanás, para ruina de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús» (1 Cor 5, 5). Y enseña:

«Dios juzgará a los de fuera. Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13).

Es deber de todo miembro de la Iglesia anatematizar a los que no quieren quitar su pecado mortal y viven, dentro de Ella, pecando, amando su pecado.

San Pablo enseña a apartar de la comunidad el peligro de la contaminación, excluyendo a aquellas personas que claramente viven en sus pecados.

Un alma que no quiere quitar su pecado lo irradia en toda la Iglesia, en su familia, en la sociedad, allí donde esté. Y su pecado es tentación para otras almas, es peligro de condenación. Por lo tanto, hay que apartarlos de la Iglesia: «Al sectario, después de una y otra amonestación, evítalo» (Tit 3, 10).

San Pedro hace un juicio sobre Ananías y Safira, que origina la muerte de éstos. Y su pecado fue la avaricia: «Ananías, ¿por qué se ha apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo, reteniendo una parte del precio del campo?» (Hch 5, 3). En este juicio sobre el pecado de avaricia, no hay perdón: la muerte viene como consecuencia. Y San Pedro obra una excomunión, que es una Justicia Divina, un castigo divino.

En el juico que hace San Pedro a Simón Mago, no hay pena de muerte: «Sea este tu dinero para perdición tuya, pues has creído que con dinero podía comprarse el don de Dios». (Hch 8, 20). San Pedro excomulga a Simón Pedro, pero sin la pena de muerte. Su pecado era la simonía.

San Pablo entrega a Satanás a Himeneo y Alejandro «para que no aprendan a hablar blasfemia», es decir, para que aprendan a quitar su herejía de la Iglesia.

La separación de la Iglesia se realiza en concreto por la exclusión de la Eucaristía: «quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27). El que recibe la Eucaristía en pecado mortal, él mismo se hace su propio juicio; él mismo se excluye del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia; él mismo se excomulga.

Se hace reo, en los ojos de Dios, se hace responsable a Dios del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, porque profana la Eucaristía, profana a Cristo y a Su Iglesia. Se hace reo de Cristo y, por tanto se hace responsable a Dios, se hace merecedor de castigo.

El que come la Eucaristía en pecado mortal pide venganza a Dios; no pide Misericordia. Pide el infierno, el castigo, la exclusión de la Iglesia.

Para estar excomulgados de la Iglesia no hace falta otro Tribunal que la Mesa del Señor, que la Eucaristía, que la Santa Misa: esa Eucaristía es juicio contra el pecador que comete este pecado. Allí el hombre comete el delito, y allí es juzgado por el mismo Señor.

Por eso, dice San Pablo: «Por esto hay entre vosotros muchos flacos y débiles, y muchos dormidos. Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos condenados. Mas juzgados por el Señor, somos corregidos para no ser condenados por el mundo» (1 Cor 11, 30-32).

La excomunión es siempre un castigo para el alma. Y puede ser medicinal o condenatorio para el alma. Pero en la Iglesia es necesario volver a la práctica de siempre: excomulgar a quien no vive la fe. Es lo que se ha olvidado por la Jerarquía y por los fieles. Y, por eso, tenemos una Iglesia llena de herejes que han cambiado la doctrina de Cristo y han puesto sus doctrinas. Y todos tan contentos, tan felices. Y este es el desastre de toda la Iglesia.

Una Iglesia que no excomulga es una Iglesia que va de cabeza hacia el infierno: «Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos condenados».

Pero hoy se ha suprimido el juicio, la Justicia, el castigo. Y todo es un Dios amor y lleno de misericordia. Y Dios es otra cosa a como lo pintan los hombres.

Hoy en la Iglesia ya no hay excomunión. Muy poca. Y sólo se entiende de la exclusión de la comunidad: se aparta al que peca con una serie de condiciones. Pero ha desparecido la idea de la excomunión por un pecado mortal, sea el que sea. No es necesario pecar de herejía para estar excomulgado. Cualquier pecado, para Dios, saca de la Iglesia al alma.

Hoy las personas no tienen vida espiritual y les asusta la excomunión. Pero es necesario castigar a las almas para que se enmienden, para que vivan su fe de una manera auténtica. Es necesario juzgar en la Iglesia como san Pedro y san Pablo hacían. Y eso no lo vemos desde hace mucho tiempo, porque queremos una Iglesia que no castigue, que no juzgue, que empolve las caras de los hombres para darles una felicidad, una alabanza, una sonrisa en su pecado. Y todo eso produce la pérdida de la fe en la Iglesia.

Como se ha perdido este sentido de la Justicia, del castigo, entonces, los hombres no saben medir los pecados de la Jerarquía. Y se creen que todos los sacerdotes, todos los Obispos son santos, son justos, son impecables.

Y hay tanta Jerarquía corrupta que las almas no se dan cuenta de ello, porque esa Jerarquía hace su teatro en la Iglesia: confiesa, celebra misas, administra sacramentos, y –por sus pecados- ya están excomulgados. Pero nadie, en la Iglesia, dice que están excomulgados. Y viene la confusión, y se obedece a sacerdotes y a Obispos que no son Iglesia, que no hacen Iglesia, que están excluidos de la Iglesia por sus pecados.

Éste es el caso de Francisco y de toda su cuadrilla de gente en su gobierno horizontal. Y ¿a quién le interesa esto? A nadie. Todos quieren a Francisco porque da una alegría a la Iglesia, porque no juzga a nadie, porque habla cosas tan sentimentales que es agrado el escucharlo. Y nadie atiende a su gran pecado. A nadie le importa que lo que está haciendo en la Iglesia sea nulo y sin efecto. Y tampoco se lo cuestionan. Porque ya en la Iglesia sólo se vive de apariencias externas, pero no se vive de la verdad de la Fe en Cristo.

Nadie toma a Cristo en serio. Nadie imita a Cristo en la Iglesia. A nadie le importa hacer las obras de Cristo. Todos están inmersos en realizar sus obras humanas y llamarlas de Cristo, cuando son sólo de Satanás.

¡Qué pocos han entendido lo que la Jerarquía ha hecho permitiendo el bautizo de un hijo de las mujeres lesbianas!

La Jerarquía no es la dueña de los sacramentos y, por tanto: «No queráis dar las cosas santas a los perros, ni tiréis vuestras margaritas a los cerdos» (Mt 7, 6).

Esas dos mujeres lesbianas son perras y cerdas por su pecado de abominación. Y es voluntad de Cristo no dar Sacramentos a los perros y a los cerdos. ¿Con qué derecho la Jerarquía va en contra de la voluntad de Cristo en la Iglesia? ¿Con qué autoridad? Cristo no da el poder para pecar a Su Jerarquía. Cristo da a Su Jerarquía el poder para no pecar, para no permitir ningún pecado, para quitar el pecado, para juzgar al que peca.

Y, ¿qué ha hecho esa Jerarquía bautizando a ese niño? Pecar. Y sólo pecar. La Jerarquía sólo administra los Sacramentos que son de Cristo, que es el dueño de todos los Sacramentos. Pero la Jerarquía no decide nada en contra de Cristo.

Y es lo que han hecho. Esas dos mujeres viven en su pecado. Y no es cualquier pecado. Y el Bautismo a un niño se da por la fe de sus papás. Y ¿cuál es la fe de esas dos mujeres? Ninguna.

Si tuvieran un poco de fe en Cristo, se separarían una de otra y expiarían su pecado. El que cree en Cristo busca el perdón de su pecado. Busca salir de su pecado. Busca el arrepentimiento de su pecado.

Esas dos mujeres, ¿qué buscan? Seguir pecando. No tienen voluntad de enmendarse de su pecado. Y, entonces, ¿con qué fe piden el Bautismo para un hijo? ¿Con qué fe van a educar a ese hijo, si sólo le van a enseñar a pecar, como ellas hacen? ¿Cómo van a conducir a ese hijo al Cielo si ellas no quieren ir al Cielo?

Esa Jerarquía ha cometido un grave pecado. Y no cualquier pecado ante la Iglesia. Y es necesario excomulgar a esa Jerarquía, a esas dos mujeres y a ese niño, a la madrina que ha aplaudido ese pecado

El escándalo en toda la Iglesia ha sido muy grave. Y ese escándalo viene de la Cabeza. El culpable: Francisco, que no sólo ha permitido eso, sino que lo aplaude, lo alaba, lo quiere.

Y esto trae una consecuencia para toda la Iglesia. Este hecho, tan notorio, tan escandaloso, es el inicio de un gran cisma en toda la Iglesia.

Una Jerarquía que produce el escándalo en toda la Iglesia, que no cuida lo que no es suyo, que no sabe juzgar al que peca, que sólo está ahí para su negocio en la Iglesia. Y esto se llama: cisma.

Nadie ha sabido medir el pecado de ese bautizo, indigno, escandaloso, herético, que lleva a toda la Jerarquía hacia el cisma. Y no lo medirán, porque ya no les interesa la Verdad. Se escandalizan de la Verdad, de la gente que les dice la Verdad. Ellos sólo escuchan a la gente que habla como ellos, que piensan como ellos, que obran como ellos.

Por eso, Francisco es un maldito. Y ¡qué pocos saben llamarlo así! Porque no quieren herir sentimientos, porque quieren dar su sentimentalismo estúpido a los hombres, porque quieren bailar con el demonio. Quieren estar con Francisco, porque les da dinero y fama. Pero no quieran estar con Cristo, porque Él sólo hace sufrir al alma; su camino es de cruz; su amor es dolor.

Y, por eso, la Jerarquía, que está ahora en el Vaticano, gobernando una Iglesia que no le pertenece, tendrá su castigo del Señor tan pronto como el Papa Benedicto XVI muera. Porque han obligado a un Papa a renunciar a su misión en la Iglesia, ellos estarán obligados a renunciar a su poder en la Iglesia, usurpado, arrebatado, porque otro invadirá Roma para ocuparla y tener a la Iglesia bajos sus pies. ¡Habéis arrebatado el poder; otro os lo quitará! Por eso, a Francsico lo quitan de en medio muy pronto.

El Papado de Francisco es nulo

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Francisco se ha levantado contra la disciplina de la verdadera Fe, de una manera perversa, diabólica y masónica. Y predica un evangelio totalmente contrario a las Sagradas Escrituras, con el fin de romper la unidad de la Iglesia Católica, de desgajar el Cuerpo Místico de Cristo, de condenar las almas al infierno.

Francisco es maestro del error, de la mentira, del engaño, porque ha despreciado ser discípulo de la Verdad. Se ha convertido en un hijo del demonio, y su padre es el diablo.

Y aquellos que sigan a Francisco, siguen su herejía, su cisma, y se colocan fuera de la Iglesia, como Francisco está.

El Papa Paulo IV, en la bula “Cum ex Apostolatus Officio” (15 de febrero de 1559), define una Verdad, que es necesario seguir (PDF):

“(…)si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía. o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto (…)” (§ 6. Nulidad de todas las promociones o elevaciones de desviados en la Fe)

Es decir, todo Obispo, todo Cardenal, que antes de ser elegido para el cargo de Arzobispo, o para ser Papa, se hubiere desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, u obrase un cisma; esa elección, para ser Arzobispo o para ser Papa, es nula, inválida, no tiene ningún efecto.

Francisco, antes de ser elegido por los cardenales para ser Papa, era hereje, se había desviado de la Fe católica, vivía en la apostasía de la fe. Por tanto, a pesar de que los Cardenales se pusieron de acuerdo para elegirlo Papa, a pesar de tener la mayoría de votos en el Cónclave, Francisco no es Papa. Su lección es NULA. Su elección es INVÁLIDA. Su Papado es sin ningún efecto. Y ¿la razón? Su herejía, su desviación de la Fe Católica, su apostasía de la fe.

Aquí tienen la invalidez de Francisco como Papa. No lo llamen Papa, porque es un hereje. No lo llamen Obispo, porque es un hereje. No lo llamen sacerdote, porque es un hereje. Todo hereje está fuera de la Iglesia de forma automática por su pecado de herejía.

Y sigue el Papa Paulo IV:” y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. (…)” (Ibidem)

A pesar de transcurrido más de un año de esa elección, sigue siendo inválida; a pesar que de que él ha aceptado el cargo; a pesar de que ha tomado posesión del gobierno de la Iglesia; a pesar de haber recibido la obediencia de los Obispos; a pesar de haber sido entronizado como Romano Pontífice; Francisco no es Papa. Todo eso es inválido, sin efecto, nulo a los ojos de Dios y de toda la Iglesia.

Y continúa el Papa Paulo IV:” Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de los pronunciamientos, hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza, y no otorgan ninguna validez, y ningún derecho a nadie (…)” (Ibidem)

Todo cuanto haga Francisco en ese cargo de Papa no es legítimo: ni sus predicaciones, ni sus encíclicas, ni su gobierno, ni nada de lo que haga o promueva o disponga en la Iglesia. No tiene poder divino ni puede darlo a nadie dentro de la Iglesia. Todas sus obras son sin validez; él no da derecho a nadie en la Iglesia para gobernar la Iglesia. Ningún Obispo, ningún sacerdote tiene poder de mandar nada si está sometido a Francisco, si obedece a Francisco, si sigue a Francisco. Todos sus nombramientos son sin validez en la Iglesia Católica. Su gobierno horizontal es inválido en la Iglesia Católica. Todo cuanto él disponga u otros, bajo sus órdenes, es inválido en la Iglesia Católica.

El Poder Divino sólo recae en el verdadero Papa, que es Benedicto XVI. Quien siga obedeciendo al Papa Benedicto XVI, sigue teniendo poder en la Iglesia. Pero la Jerarquía que ya no obedece al verdadero Papa, sino que se somete a Francisco, no tiene poder ni de mandar, ni de enseñar, ni de santificar en la Iglesia Católica.

Y continúa el Papa Paulo IV: “Y en consecuencia, los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder;

y séales lícito en consecuencia a todas y cada una de las personas subordinadas a los así promovidos y asumidos, si no se hubiesen apartado antes de la Fe, ni hubiesen sido heréticos, ni hubiesen incurrido en cisma, o lo hubiesen suscitado o cometido, tanto a los clérigos seculares y regulare, lo mismo que a los laicos;

y a los Cardenales, incluso a los que hubiesen participado en la elección de ese Pontífice Romano, que con anterioridad se apartó de la Fe, y era o herético o cismático, o que hubieren consentido con él otros pormenores y le hubiesen prestado obediencia, y se hubiesen arrodillado ante él;

a los jefes, prefectos, capitanes, oficiales, incluso de nuestra materna Urbe y de todo el Estado Pontificio; asimismo a los que por acatamiento o juramento, o caución se hubiesen obligado y comprometido con los que en esas condiciones fueron promovidos o asumieron sus funciones,

(séales lícito) sustraerse en cualquier momento e impunemente a la obediencia y devoción de quienes fueron así promovidos o entraron en funciones, y evitarlos como si fuesen hechiceros, paganos, publicanos o heresiarcas, lo que no obsta que estas mismas personas hayan de prestar sin embargo estricta fidelidad y obediencia a los futuros obispos, arzobispos, patriarcas, primados, cardenales o al Romano Pontífice, canónicamente electo.” (§7. Los fieles no deben obedecer sino evitar a los desviados en la Fe.)

Todos aquellos que están ahora subordinados a Francisco tienen la obligación de sustraerse a la obediencia y de evitar a Francisco y a todos los que le siguen. A Francisco y a su cuadra de gente, hay que tratarlos como hechiceros, pagamos, publicanos, heresiarcas, pero no como sacerdotes, ni como Obispos, ni como fieles de la Iglesia Católica ni como Papa.

Nadie puede obedecer a Francisco. Todos tienen que evitarlo. Ni hay que preocuparse ni de sus palabras, ni de sus obras, ni de su gobierno. No hay que estar pendiente de él, sino que hay que evitarlo y contra-atacarlo, hacer que se vaya de la Iglesia.

A Francisco sólo hay que echarle de la Iglesia; hay que privarlo de toda dignidad, posición, honor, título, autoridad, función y poder. Y no hace falta la reunión de Obispos; no hace falta una declaración formal. La razón: su pecado de herejía, de apostasía de la fe, que lo coloca, automáticamente, fuera de la Iglesia.

Tienen que comprender la gravedad del pecado de herejía, de apostasía de la fe y del cisma.

Son pecados que siempre son graves, porque van contra la Verdad Absoluta, contra lo que Dios ha revelado en Su Palabra, y que toda la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, ha enseñado siempre.

Cualquier fiel, sacerdote, Obispo, que vaya en contra de una sola verdad, queda fuera de la Iglesia, de forma automática. Se sale de la verdad por su pecado de infidelidad a Dios. Es infiel a la Palabra de Dios, por tanto, ya no puede estar en la Iglesia.

Es un pecado gravísimo y, por eso, la Iglesia lo condena con la excomunión. Porque la Iglesia es la Obra de la Verdad. Si no se acepta una verdad, un dogma, entonces se obra la mentira.

Lo que ha pasado, en estos 50 años, es sólo esto: la iniciación en el cisma, que ha sido promovida por tantos sacerdotes, Obispos, que se han desviado de la Fe Católica. Y han permanecido en la Iglesia, y ya no son de la Iglesia. Y el Papa y los buenos Obispos, que tienen el poder de pronunciar la excomunión, por muchos motivos, no lo han hecho, y han sembrado más confusión dentro de la Iglesia.

Y no hace falta dar una excomunión, porque la persona se pone, por su pecado, fuera de la Iglesia; pero es necesario ser ejemplar en la Iglesia y dar validez a la Autoridad que de Dios se ha recibido dando excomuniones. Si no se hace eso, entonces, la Autoridad pierde su valor, su integridad.

Por tanto, no hay que engañarse con Francisco. Por el sólo motivo de que Francisco es masón (y se pueden encontrar otras herejías en sus años de sacerdocio y de Obispo), de que ha pertenecido a la masonería antes de ser elegido Papa; por ese sólo motivo, Francisco no es Papa. Es nula su elección por los Cardenales. Es nulo todo lo que ha hecho en la Iglesia hasta ahora. Es nulo todo cuanto va a hacer en la Iglesia, hasta que se vaya. Nulo. Inválido. Francisco hace su obra de teatro. Engaña a todo el mundo. Y nadie en la Iglesia se ha dado cuenta de este engaño, porque viven como él: en la herejía, en la apostasía de la fe, en el cisma.

Y cualquiera que apruebe a un hereje, es hereje y no pertenece a la Iglesia Católica:

“Incurren en excomunión ipso facto todos los que conscientemente osen acoger, defender o favorecer a los desviados o les den crédito, o divulguen sus doctrinas; sean considerados infames, y no sean admitidos a funciones públicas o privadas, ni en los Consejos o Sínodos, ni en los Concilios Generales o Provinciales, ni en el Cónclave de Cardenales, o en cualquiera reunión de fieles o en cualquier otra elección” (§5. Excomunión ipso facto para los que favorezcan a herejes o cismáticos).

Este es el magisterio auténtico de la Iglesia, que ya nadie dentro de la Iglesia atiende ni enseña.

Desde hace 50 años se ha ido callando las herejías de muchos sacerdotes y Obispos. Y se les ha dejado que sigan haciendo sus obras, sus vidas, sin oponerse a ello. Y, por eso, tenemos lo que tenemos. La Masonería se ha hecho fuerte en toda la Iglesia y está en su cima, en su nervio, en la cumbre, en el Papado, en la Jerarquía. Está infiltrada. Y, por eso, ha puesto a un hombre de su confianza: Francisco; porque el demonio tiene prisa de demoler la Iglesia.

El Papado de Francisco es nulo: es decir, no existe, no tiene validez, no es Papa, ni Francisco gobierna la Iglesia.

Pero la Sede no está vacante: existe el verdadero Papa: Benedicto XVI. A él se le da obediencia. Pero el Señor no la impone si él permanece en su renuncia. Él tiene que quitar su pecado, para que la Iglesia le dé, de nuevo, la obediencia como Papa.

La Sede de Pedro no está vacante. Ha sido robada por Francisco. Él sólo hace su nueva iglesia. Y no hay que hacerle ni caso. Hay que tratarlo como un hereje, como un payaso, como un estúpido, como un idiota. Pero no como Iglesia.

La Iglesia está donde está el Papa verdadero: Benedicto XVI. En Francisco no está la Iglesia Católica. Sólo está un demente que se ha creído dios, y que dice que es santo porque ya no tiene pecado que quitar de su alma, sino que trabaja para quitar los males de los pobres, los males de la creación, los males que se inventa con su cabeza para así ganar un poco de dinero y de fama ante el mundo.

El show del falso cristo en la Iglesia

El P. Joan Enric Reverte, celebrando una Misa Rock en la cathedral del Tarragona, el 8 de abril del 2010

El P. Joan Enric Reverte, celebrando una Misa Rock en la cathedral del Tarragona, el 8 de abril del 2010

El show de Francisco y su gobierno es poner a la Iglesia en una cosa: el amor al mundo.

Ellos buscan la justicia social, los derechos de los hombres y el dinero para paliar el hambre del mundo.

Y eso lo presentan a toda la Iglesia en el Nombre Sagrado de Jesús, poniendo a Jesús como el camino para dar a la Iglesia el amor al mundo.

Cuando esos impostores hablan es para alejar a las almas de Jesús, de Su Palabra, de Su Evangelio, de su doctrina.

Ellos hacen una iglesia que no es el Cuerpo de Jesús, porque hablan las palabras de los hombres, que no son la Carne de Cristo.

La Palabra de Dios es la Carne de Dios. Y Su Carne es Su Cuerpo; y Su Cuerpo es Su Iglesia. Quien habla palabras humanas en la Iglesia obra su propia iglesia dentro de la Iglesia. Porque la Iglesia se construye dando la Palabra del Verbo a las almas. Y esa Palabra es la que Obra la Iglesia en cada alma.

Las palabras de los hombres son la carne de los hombres. Pero la Carne de Cristo es Espíritu. La carne de los hombres es sólo carne, que no sirve para nada, que no aprovecha en nada.

Esos impostores, que se exhiben con trajes eclesiásticos, que dicen ser de la Iglesia Católica, no adoran la Palabra de Dios, sino que hacen culto a sus pensamientos humanos y a sus palabras. Y quieren abrazar, e intentan controlar, el mundo de la política, de la economía, de la cultura, de las ciencias humanas, para poner en la Iglesia la abominación de la desolación.

Un falso cristo se ha originado -con la elección de Francisco- dentro de la Iglesia.

Un falso cristo, que se dedica a dialogar con todos los hombres del mundo; los alaba, los ensalza, los protege, les abre caminos para que se sientan acogidos. Pero ese falso cristo odia la Tradición de la Iglesia, no puede transmitir lo que nunca ha recibido de los Santos de la Iglesia, porque siempre ha dado lo que hay en su inteligencia humana.

Un verdadero Apóstol transmite el don inicial, que viene del Señor: “Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí” (1 Co 15, 3). Y ese don inicial es la Verdad, conservada en los corazones de toda la Tradición. Una Verdad que nunca pasa, que siempre es la misma, porque dice San Pablo: “Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros” (2 Tm 1, 14).

Bautizo de la niña de dos lesbianas en la Iglesia Católica. Estas dos lesbianas y el clero que aplaudió son apóstatas. No son católicos, son de la iglesia de Francisco. Y la niña no ha recibido ningún Bautismo, por la apostasía del clero, que le impide dar los Sacramentos.

Bautizo de la niña de dos lesbianas en la Iglesia Católica. Estas dos lesbianas y el clero que aplaudió son apóstatas. No son católicos, son de la iglesia de Francisco. Y la niña no ha recibido ningún Bautismo, por la apostasía del clero, que le impide dar los Sacramentos.

Francisco, el falso cristo, que no conserva, en su corazón el depósito de la fe, sino que da a toda la Iglesia lo que concibe en su negro pensamiento humano. Francisco odia a la Iglesia porque odia la Tradición de la Iglesia, la Verdad que viene por esa Tradición.

Un falso cristo, que así mismo se llama Obispo de Roma, porque se niega a llamarse Papa. ¡Nunca entendió el Papado! Pero quiso subirse a ese podio para hacer la obra del mismo Judas en la Iglesia. Judas no fue llamado por el Señor para ser Apóstol; pero su terquedad, su egoísmo, su idea humana del Mesías, le llevó a una vocación que no era la suya –vocación humana; con un llamado humano, no divino- , y se perdió en esa vocación.

Francisco no ha sido llamado a la Silla de Pedro; pero la ha buscado tantos años, que ahora se la han dado para que calle su boca. Y, por eso, se pierde sentado en ese podio. Y no ve el camino en ese podio. Le pasa como a Judas: ve su pecado, pero no se arrepiente de su pecado. Y terminará como Judas: en un charco de sangre.

Un hombre que se cree inteligente, y que sólo ha demostrado su gran ignorancia de la vida espiritual y de la vida de la Iglesia. No sabe lo que es un alma, porque no conoce su alma.

Ese falso cristo ya tiene imitadores en la Jerarquía de la Iglesia. Muchos sacerdotes son de Francisco. No porque sigan su estúpido pensamiento humano, sino porque viven lo mismo que vive ese idiota.

Desde el año 1998 se inició el falso Cristo y la falsa Iglesia, pero de manera oculta, hasta que llegara el tiempo de manifestarlo. Ese año es el año de la Bestia; el año que comienza el reinado de la Bestia en la Iglesia.

Un falso cristo que divide toda la Iglesia. Divide la Verdad de la Iglesia. Divide el Amor en la Iglesia. Divide la Vida de la Iglesia.

Cuando se divide la Verdad, se anulan todos los dogmas, todas las Verdades Absolutas. Y cae toda ley divina.

Cuando se divide el Amor, se anulan todas las obras de la Gracia, y se exaltan los apostolados de los hombres. Y cae toda santidad de vida.

Cuando se divide la Vida, el pecado se hace una virtud, un derecho, una obligación. Y cae toda Fe en Cristo y en Su Iglesia.

Francisco, desde que se sentó en la Silla de Pedro, está llevando a la Iglesia hacia las aguas del protestantismo y del comunismo: amor al pecado y amor al dinero. Amor a la vida social y amor a la vida de los hombres. Amor a la ignorancia de la Verdad y amor a la grandeza del pensamiento humano. Amores que pasan, amores que se desinflan, amores bastardos, amores que sólo dan obras humanas y consuelos materiales a la vida. Pero que son incapaces de dar la Vida del Amor Divino en las almas.
Francisco da a las almas sólo un lenguaje humano, cargado de mentiras, de errores, de enseñanzas, que gustan a los oídos de los hombres, pero que no son conocimiento para sus vidas, no son sustancia para sus almas ni vida para sus corazones.

La gente se llena de palabras huecas, baratas, inútiles, que dejan en sus corazones un gran vacío. El vacío de la muerte; el vacío del dolor; el vacío de la ignorancia. No son palabras para vivir, ni para sufrir por amor, ni para discernir la Verdad, sino para estar contentos un tiempo, ser felices con las modas y los tiempos de los hombres, y decir qué bueno es ese hombre cuando habla. Pero, después, la misma persona siente el vacío del corazón, cuando la mente se ha olvidado de esas palabras.

Francisco habla al sentimiento del hombre, pero no a su corazón. No sabe lo que es el lenguaje del corazón, porque –ése lenguaje- no se habla con palabras buscadas en la razón, sino dichas por el Espíritu. Y eso Francisco no sabe hacerlo, porque su corazón está cerrado a la enseñanza del Espíritu.

Francisco es un hombre sin Espíritu; es decir, un hombre que rodea su mente, que da vueltas a su mente, y habla con su mente en su boca.

Francisco no puede dar, con su boca, la Verdad, porque ha negado la Verdad.

Un hombre que no cree en la Verdad de la Santísima Trinidad, que no cree en la Verdad de la Divinidad de Jesús, que no cree en la Obra de la Redención, es un hombre sin Verdad. Un hombre mentiroso, que engaña con cada palabra, con cada gesto, con cada sonrisa, con cada obra que realiza en la Iglesia.

Un hombre del mundo, que ama el mundo, y que lleva a toda la Iglesia hacia el amor al mundo.

Un hombre que se inclina hacia los hombres para besarles el trasero, pero que no es capaz de arrodillarse ante Dios, porque ya no cree en Dios. Sólo cree en el concepto que su mente ha alcanzado de Dios.

Un hombre que ha puesto en el gobierno de su iglesia a sus amigos; es decir, a los que viven y obran como él: amigos que viven en el pecado y que obran el pecado a la vista de todos.

Un hombre que da culto a muchos dioses; que se sienta con los judíos para esperar –con ellos- la venida del Mesías; que platica con los masones para alcanzar el orgullo de ser mejor que todos los hombres; que ama a los musulmanes para pasar su vida colgado de la lujuria en su carne; que da voces a los protestantes y los llama hermanos del pecado, hermanos del error, hermanos de la herejía, haciendo de su alma una fortaleza del pecado; que idolatra a los pobres, produciendo en su corazón la negrura de las blasfemia al Espíritu Santo.

Un hombre que sólo dialoga con los hombres, pero que no sabe escuchar la Voz de Dios en lo más íntimo de corazón, porque ya no tiene corazón. Ya vive sin corazón. Sólo vive con el deseo de ser hombre entre los hombres.

Sacerdote católico y pastora protestante en una misa en Alemania.

Sacerdote católico y pastora protestante en una misa en Alemania.

El cisma anunciado ha tomado su lugar y se ve rápido. Sólo se puede amar a un Dios. Y esta es la fe que muchos católicos ya no tienen. Ya creen en muchos dioses, ya abrazan a muchos hombres en sus ritos satánicos, ya adoran a otros dioses en la misma Iglesia Católica.

El único camino hacia el Padre es a través de Jesús. Pero Jesús es el Único Hijo, el Unigénito, que ha engendrado el Padre. Como esto, tampoco ya se cree, entonces no es posible salvarse para muchos católicos.

Cuando Jesús sólo es una persona humana, entonces la condenación de muchos es verdadera, cierta, sin posibilidad de misericordia.

Para salvar al hombre Jesús necesita que el hombre crea en Él como Unigénito del Padre. Pero su Dios es muchos, entonces no hay salvación posible.

Francisco y los suyos buscan las campañas políticas, dentro de la Iglesia, promueven los derechos humanos en el Apostolado de la Iglesia, y ofrecen la justicia social como substituto de la Palabra de Dios. Y, entonces, Francisco y los suyos niegan a Cristo, anulan a Cristo, y se inventan un falso cristo dentro de la Iglesia. Mayor oscuridad no puede tener la Iglesia. Mayor negrura no puede verse. Mayor blasfemia no puede darse.

Dios es Amor

ImagenMariaMediadora

Dios es Amor (1 Jn 4, 8).

Esta Verdad Absoluta nadie la comprende, porque el hombre sólo quiere mirar a Dios con su inteligencia humana. Sólo quiere entender el Amor con su cabeza humana. Sólo quiere fijarse en las realidades humanas para alcanzar las divinas.

Dios es Amor. Por tanto, el hombre no es Amor. Es decir, el hombre no sabe Amar, no conoce el Amor, no sabe obrar el Amor.

El hombre llama amor a muchas cosas, pero no sabe obrar el Amor cuando obra esas cosas.

El Amor, que es Dios, sólo se puede obrar en Dios. No se puede obrar fuera de Dios. Es decir, sólo Dios obra Su Amor en el hombre.

El Amor Divino es una moción divina, un movimiento, que nace de Dios y se queda en Dios. Ese movimiento es algo espiritual, algo que no se puede medir con la razón, que no se puede explicar con las palabras humanas.

Dios mueve a obrar al alma Su Amor Divino.

Para hacer esto, Dios necesita un hombre humilde, sencillo, simple, obediente, que se acomode, en todo, a la Voluntad de Dios.

Sin un corazón humilde, Dios no puede obrar Su Amor en el alma. No puede mover el alma hacia lo divino. No puede encaminarla hacia la obra divina que el Señor quiere de ese alma.

El amor no es un pensamiento humano, ni una conquista social, ni un logro de un bien humano. El amor no se lo puede inventar ningún hombre. El hombre llama amor a muchas cosas, que, en la realidad, no son el Amor.

El hombre puede amar humana, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, en ninguno de estos casos, obra el Amor Divino.

El hombre puede hacer un bien humano, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, nunca hará, en esos bienes, el bien divino.

El hombre no sabe amar. El hombre sabe hacer buenas o malas obras; pero no amar. Porque Dios es Amor. El hombre no es Amor.

Toda naturaleza creada por Dios hace obras buenas de su naturaleza.

Un animal hace obras buenas animales, propias de su naturaleza animal. Y esas obras buenas no son obras del Amor.

El hombre hace obras buenas humanas, propias de su naturaleza racional. Pero ninguna de ellas son obras del Amor. Son obras humanas, que nacen de un pensamiento humano y de una voluntad humana. Pero no son obras humanas que nazcan de un pensamiento divino y de una Voluntad Divina. Son obras humanas hechas con las fuerzas humanas. Pero no son obras humanas que mueva el Espíritu en el hombre, guiadas por el Espíritu el el hombre.

Dios es Amor. Es decir, Su Esencia es Amor. Sólo Dios puede hacer obras buenas divinas, propias de su Naturaleza Divina, que son obras del Amor.

Esta es la grandeza de Dios: Su Amor.

Pero hay otra cosa que Dios ha hecho. Y que no ha hecho con sus ángeles, sino sólo con el hombre.

Dios, en Su Verbo, se ha encarnado. Es decir, ha asumido una carne. En otras palabras, el Verbo de Dios tiene dos naturalezas, la divina y la humana, que se unen en la Persona Divina del Verbo.

Y esta maravilla de la Encarnación hace que Jesús sea Amor. Jesús no es un hombre, sino que es Hombre y Dios. Por tanto, la esencia de Jesús es la misma que la de Dios. Y cualquier obra de Jesús, entre los hombres, es una obra divina que tiene el sello del amor divino. Jesús no puede hacer obras buenas humanas. Sólo puede hacer obras divinas. Sólo obra el amor divino en toda su vida humana.

Jesús se encarna, pero el hombre sigue sin poder amar, sin ser amor.

La Encarnación del Verbo no consiste en que el hombre ya pueda realizar obras divinas, en que ya el hombre viva santamente, en que ya el hombre tenga que olvidarse de que es pecador.

El hombre, aunque Jesús se ha encarnado, sigue siendo nada, sigue sin saber amar, sin saber pensar, sin saber obrar lo divino, lo santo, lo sagrado.

Para que el hombre pueda hacer las obras de Cristo, que son obras divinas, que tienen el sello del amor divino, el hombre tiene que morir a todo lo humano, a todo lo social, a todo lo que signifique amor entre los hombres.

Los hombres no saben amarse porque reciban la comunión o porque tengan un Bautismo.

Los hombres se aman porque imitan a Cristo en sus vidas. Imitan las obras de Cristo en sus vidas humanas. Las obras de Cristo son amor divino y sólo amor divino.

Esta imitación de Cristo supone una renuncia a cualquier bien humano, social, material, natural, espiritual.

Para llegar al amor divino hay que ir por donde no sabes. Si el hombre va por sus amores humanos, nunca llega a lo divino.

Para poseer el Amor Divino no hay que poseer los amores humanos, naturales, sociales, carnales.

Cuanto más el alma tenga en su corazón el amor divino, más naturalmente es humano, es social, es carnal. Es decir, en lo natural, obra lo divino sin esfuerzo; en lo humano, obra lo divino sin esfuerzo; en lo carnal obra lo divino sin esfuerzo.

Cuanto más el hombre quiera pensar el amor divino, menos obra lo divino y sólo se dedica a obrar sus amores humanos, naturales, carnales, etc.

Para cumplir el mandamiento del amor al prójimo, primero el hombre tiene que cumplir el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Nadie puede amar al prójimo sin el amor divino. Nadie.

Un Bautismo o la Eucaristía no producen ese amor, porque se necesita la voluntad del hombre, la libertad del hombre a Dios, que la de sin condiciones, sin límites. Y eso es la vida espiritual: un entregar a Dios lo que al hombre más le cuesta dar: su voluntad libre.

Cuanto más el hombre crucifica su voluntad, más obra lo divino en toda su vida humana. Y más es social, humano, natural. Más valora la sociedad, la naturaleza, la Creación de Dios.

Lo divino es el sello del amor divino. Es el sello de la santidad. Por eso, cuesta ser santos. Es difícil, porque es muy fácil dedicarse a hacer obras sociales, humanas, materiales, carnales, naturales. Eso lo hace hasta el demonio. Hasta los animales hacen muchas obras buenas.

Pero no se trata de hacer obras buenas. Se trata de permitir que Dios me mueva hacia la obra que Él quiere en mi vida humana. ¡Esta es la dificultad en la vida espiritual!

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois Templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros”.

Dios construye su Casa en el corazón del hombre. Pero es Dios quien la construye. Dios sabe cómo es el hombre: pecador. Y, por tanto, Dios exige al hombre que luche contra su pecado, que luche contra el demonio, que es el que obra el pecado en el hombre.

El Amor de Dios hacia el hombre es una exigencia divina, en la que el hombre tiene que estar, constantemente en guardia, contra el mal. Es el mal lo que impide que el amor divino se obre en las almas.

Cuando un hombre ya no atiende a su pecado, ya no llama pecado a los males que ve en la sociedad, sino que solo los llama males, entonces, por más bien social que haga ese hombre, no hace nada en la sociedad, no hace nada para los hombres.

Dios enseña a quitar los males sociales quitando primero el pecado en el alma. El alma tiene que arrancar su pecado para poder santificar a la familia, a la sociedad, el trabajo que realiza en medio del mundo.

Y arrancar el pecado es un trabajo hasta la muerte. Es una perseverancia en la ley de Dios, en la ley natural, en la norma de moralidad. Perseverar en la Verdad Absoluta. Y sólo así, de forma natural, el hombre va haciendo bienes divinos en la familia, en la sociedad, en el trabajo, que santifican a los demás y que construyen una Iglesia para Dios.

Los hombres quieren construir una sociedad, un mundo, un matrimonio, una familia, pero apoyada en sus ideas humanas, en sus doctrinas humanas, con sus obras buenas humanas. Y, entonces, el hombre trabaja en vano.

El hombre siempre se olvida de que no es Amor. De que el único que es Amor es Dios. Y que, por tanto, para amar a los enemigos, hay que tener el amor de Dios en el corazón. Si el hombre no aprende de Dios a amar, el hombre no sabe amar a su prójimo, por mas que tenga un mandamiento del amor.

El Señor construye su Casa en el corazón del alma. La construye con piedras vivas. La edifica con la Palabra del Verbo.

Dios no construye su Casa con obras sociales, humana, naturales, que pueda hacer la persona humana.

Dios no edifica su Casa con palabras, con razonamientos humanos de la vida social de las personas.

Dios pone en el corazón del Hombre Su Espíritu. Y es el Espíritu el que lleva al hombre a la plenitud de la Verdad, del Amor, de la Vida Divina.

Lo que siempre le cuesta al hombre es seguir al Espíritu, porque se acomoda fácil a toda su vida humana, a toda su vida familiar, a toda su vida social.

Este acomodo de muchos católicos es una exigencia para un castigo divino en sus almas, en sus vidas.

Porque los católicos ya lo tienen todo para obrar lo divino, para obrar el amor divino, desde que se levantan hasta que se acuestan.

Ya los católicos no pueden hacer obras humanas, ni sociales, ni naturales, ni carnales. Porque tienen la Gracia, que es tener el Pensamiento de Dios, para poder obrar sólo lo divino.

Por eso, tan necesario es la fidelidad a la Gracia en un mundo que empuja constantemente a separase de la Gracia. Si el hombre no batalla por ser fiel a la Gracia, sino que lucha por ser fiel a los hombres, a sus culturas, a sus religiones, a sus ideas a la vida, a sus vidas sociales, a sus obras humanas, entonces el hombre se pierde en todo lo humano.

Muchos no han comprendido las exigencias de la Gracia en el alma. Muchos no saben medir el Amor Divino en la Iglesia. Muchos no saben imitar a Cristo en la Iglesia. Muchos no saben abajarse de su humanidad, de sus grandes pensamientos humanos, sociales, culturales, artísticos. Y pretenden cambiar el mundo con su idea humana del amor fraterno.

Muchos se llenan de palabras cuando hablan de la caridad divina y del amor fraterno. Pero pocos viven lo que es ser hijo de Dios.

“Mirad, qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él” (1 Jn 3, 1).

Somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que significa ser hijo de Dios. Porque es necesario la purificación del hombre para que pueda obrar como hijo de Dios en plenitud. Necesita el hombre no ser hombre, dejar de ser hijo de hombre; dejar de pensar, de actuar, como hombre, como un ser social.

El hombre tiene que pensar como piensa Dios; el hombre tiene que obrar como obra Dios. Y, entonces, construye una sociedad divina, una familia divina, un matrimonio divino, un trabajo divino.

Pero si el hombre se empeña en ser más hombre, en ser social, entonces acaba sólo siendo hombre, pero no hijo de Dios.

Cuando se manifieste eso que somos, entonces seremos semejantes a Dios (cf. 1 Jn 3, 3). No hay que buscar la semejanza con los hombres; buscar una sociedad igualitaria, justa. Eso es algo imposible.

Dios es Amor. El hombre es nada. Cuando el hombre se queda en su nada, entonces Dios hace lo divino en su vida humana. Dios construye lo divino en su obrar humano.

El pecado de los hombres es creerse que ya lo pueden todo porque Dios les ha dado Su Gracia.

Y la Gracia sólo actúa en la nada del hombre, en la debilidad del hombre, en la ignorancia del hombre, en la inutilidad del hombre.

Dios no tiene necesidad de ninguna obra buena humana. Dios sólo quiere que el hombre vaya al Cielo. Lo demás, las conquistas sociales de los hombres, no le interesa para nada.

El Corazón de Cristo es el camino hacia la Verdad

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La Iglesia nace en el Calvario, cuando el soldado descubre el Corazón de Cristo:

«Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34).

Al Cuerpo muerto de Cristo no le rompieron las piernas, sino que se quedó intacto.

El Cuerpo de Cristo es la Iglesia y, por tanto, es Uno con Su Cabeza, que es Cristo. No puede ser dividido, roto, porque Jesús es Uno con Su Cuerpo.

Por eso, el soldado mete su lanza en Su Costado para abrir el camino hacia la Verdad.

Y la Verdad es una sola: Cristo Jesús.

La Verdad sólo se encuentra en el Corazón de Cristo.

No se puede encontrar en la mente de ningún hombre.

Sólo el Amor, que posee ese Corazón, es el Camino hacia la Vida Divina.

Cuando el agua y la sangre fluyen del Costado de Cristo, la Gracia se da a los hombres. Comienza un tiempo nuevo para la vida de todos los hombres: el tiempo de la Gracia.

Y ese tiempo ya no es como los demás tiempos pasados en la historia de la humanidad.

Desde el pecado de Adán hasta Cristo, el hombre ha estado sin Gracia y sin Espíritu. Ha vivido en su humanidad, con el deseo de lo divino, pero sin poder hacer una vida divina en lo suyo humano, en su historia humana.

Pero con la Gracia, que Cristo da a todo hombre, cada hombre puede obrar lo divino en su vida humana. Ya no hay excusa. Pero es necesario una cosa: estar en Gracia.

Jesús da la Gracia, pero se pierde por el pecado personal de cada hombre. Y Jesús pone el Sacramento de la Penitencia para recuperar la Gracia perdida. Ya hay un camino para estar siempre en Gracia y hacer obras divinas en la Gracia.

Es fácil permanecer en la Gracia por el Sacramento de la Penitencia, que es muy poco valorado por los mismos católicos en la Iglesia. Y es el Sacramento llave para todos los demás. Sin éste, los demás no pueden realizarse, obrarse como Dios quiere.

Un alma en pecado, aunque comulgue, se case, sea sacerdote o reciba la confirmación o el auxilio en su enfermedad, no puede obrar la Gracia en ninguno de esos Sacramentos. Y tiene un Sacramento sin poderlo vivir, con un obstáculo que le cierra las puertas del Cielo.

Muchos se casan por la Iglesia, pero en pecado. Ponen un óbice a la Gracia del Sacramento del Matrimonio. Y lo mismo el que accede al Orden, o el que va a comulgar en pecado, o el que quiera vivir un Sacramento pero sin quitar el pecado de su alma.

Reciben el Sacramento, pero no la Gracia que porta el Sacramento. Tienen un Sacramento que no les sirve para llegar al Cielo, sino que se convierte en Justicia Divina en sus vidas humanas.

Muchos han recibido los Sacramentos, pero como viven en sus pecados, esos Sacramentos, esa gracias son para Su Justicia, no para la Misericordia.

La Gracia, con Cristo, es Misericordia y Justicia. Son dos cosas, al mismo tiempo.

Con Adán, la Gracia era sólo Amor. Su Gracia le llevaba sólo a la Voluntad de Dios. Perdió esa Gracia y Adán se quedó sin nada, sin camino para el Cielo, sin camino para amar a Dios, sin camino para conocer la Verdad. Tuvo el Señor que ponerle un camino sólo de Justicia. Y, en la Justicia, la Misericordia.

Pero en Cristo, se da un camino nuevo al hombre. Un camino de Misericordia, porque se puede perder la Gracia, pero se recupera. Eso no lo tenía Adán.

Y un camino de Justicia, porque teniendo un Sacramento, se vive sin Gracia. Y eso llama a la Justicia de Dios sobre esa alma. Eso ya no es Misericordia. Adán tenía este camino de Justicia, pero sin poder recuperar la Gracia. En su vida humana, haciendo el bien humanamente, Dios le daba la Misericordia.

Pero, a partir de Cristo, la cosa cambia: quien quiera vivir en pecado, teniendo un Sacramento, sólo hay Justicia en ese camino. Ya no Misericordia. Ya las obras buenas humanas no sirven para alcanzar de Dios Misericordia, como en Adán. Porque Dios ha puesto un camino para quitar el pecado: el Sacramento de la Penitencia, no las obras buenas humanas.

Por eso, a muchos católicos, los Sacramentos son para su condenación, no para su salvación.

Esta Verdad, muchos católicos no la han meditado. Y están en la Iglesia en sus vidas de mentira, sin hacer valer la Gracia en sus corazones. Por eso, después, no pueden comprender qué pasa en la Iglesia. No entienden a Francisco y lo llaman un hombre bueno, santo, justo; cuando es un asesino de la Gracia.

La Gracia, vivida en la Misericordia, es decir, si el alma cae en pecado y se confiesa, entonces el alma encuentra el camino del Amor Divino, que tenía Adán.

Los pecados no son impedimento para el Amor de Dios si se confiesan los pecados, si hay arrepentimiento de los pecados, si se usa el sacramento de la Penitencia como Cristo lo ha puesto en Su Iglesia.

Pero los pecados de cada alma son impedimento para el Amor de Dios cuando las almas ya no lo confiesan, sino que viven en ellos, haciendo del pecado su vida humana. Y, entonces, esa alma se convierte en un demonio, en un engendro demoniaco.

Hay muchos católicos así, dentro de la Iglesia: tienen los sacramentos, pero viven en sus pecados como si fueran una virtud, un bien, en sus vidas.

Por eso, hay tantos sacerdotes que son lobos vestidos de piel de oveja. Y estos son los anticristos en la Iglesia. Son los que van en contra de Cristo y de Su Cuerpo, que es la Iglesia.

Hay muchos anticristos en Roma, actualmente. Sólo miren sus pecados, su forma de pecar, su forma de vivir a Cristo en la Iglesia. No imitan a Cristo, sino que ponen su mente humana, su idea humana, por encima de la Mente de Cristo. Y así hacen su iglesia, a su manera humana, tomando cosas del Evangelio, de la Tradición, del Magisterio de la Iglesia, pero anulando la Verdad de todo eso, para sólo manifestar su mentira, su idea, su propaganda, su negocio en la Iglesia.

La Iglesia no es un pensamiento del hombre, sino la obra de Cristo en la Cruz.

Cristo, en la Cruz, obró Su Muerte. Este Misterio no se puede comprender con la razón humana. Obrar la Muerte es dar la Vida a los hombres. Morir Cristo es hacer vivir al hombre. Sin la muerte de Cristo, el hombre seguiría muerto. Y, para imitar a Cristo, hay que hacer lo mismo: morir a todo lo humano, para que así lo humano tenga vida en Dios.

Esto es lo más difícil de comprender al hombre. Y en esto está sólo la vida de fe. La Fe no es un conjunto de razones, de leyes, de ideas. La Fe es una Vida Divina, una Obra Divina, un Pensamiento Divino.

El hombre que vive en su mente humana no posee la Fe. El hombre tiene que renunciar a toda su mente humana para que ésta tenga valor para Dios. Si el hombre no renuncia a su mente humana, Dios no puede guiarle en la Verdad.

Adán tenía que vivir en su mente humana. Y Dios lo guiaba así, porque le quitó la Fe, la Vida de la Gracia.

Dios puso un camino de Fe a Abraham: «Sal de tu tierra, de tu parentela, de las casa de tu padre, para la tierra que Yo te daré» (Gn 12,1). Siempre la Fe es un salir de lo humano. Y Dios fue enseñando a Su Pueblo este camino de fe, sin la Gracia, sin el Espíritu. Se lo enseñaba en su humanidad, sin exigirle la muerte a lo humano.

Sólo a almas que Dios escogía, le podía exigir todo, como a Abrahán: «Anda, coge a tu hijo, a tu unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécemelo allí en holocausto» (Gn 22, 2). Dios les daba la Gracia para hacer esto: para desprenderse de todo lo humano por Voluntad de Dios, porque así Dios lo mandaba.

Sólo hay una razón para dejar todo lo humano: la Voluntad Divina. Cumpliendo la Voluntad de Dios nunca se peca.

«Dijo Yavé a Oseas: Ve, toma por mujer una prostituta y ten hijos de prostitución, pues que se prostituye la tierra apartándose de Yavé» (Os 1,2). Dios manda a Oseas obrar una Justicia. Y ese mandamiento no es un pecado a los ojos de Dios. Y Oseas no pecó buscando una prostituta y engendrando hijos de ella, porque estaba cumpliendo la Voluntad de Dios, en la cual nunca hay pecado.

Y este es el Misterio de la Fe: por ley divina no se puede ir en contra del sexto mandamiento: «no adulterarás». Y esa ley está inscrita en el corazón de cada hombre.

Por ley divina, nadie puede matar a otro hombre, no puede ir en contra del quinto mandamiento: «no matarás».

Sólo por Voluntad de Dios se puede realizar una acción que es un pecado contra la ley de Dios. Y este es el Misterio de la Fe, que vivió Abraham, que vivió Oseas, y que Cristo obró en Su Muerte.

Cristo obra Su Muerte: Su Padre le pide morir en la Cruz. La Voluntad del Padre es que hay que morir, hay que dejar que los hombres cometan un pecado. Hay que permitir ese pecado en los hombres.

Pero el pecado de los hombres no es la obra de Cristo en la Cruz. Cristo va a la Cruz sólo por Voluntad de Su Padre, no por el pecado de los hombres, que lo quieren matar.

Cristo va a a la muerte por una sola razón: porque lo quiere Su Padre.

Y el querer del Padre está por encima de toda ley divina. Y aquí comienza el Misterio de la Fe.

La Fe no es sólo cumplir unos mandamientos, unas leyes, unas normas litúrgicas, sino que es obrar una Voluntad Divina en cada alma, en cada hombre.

Los hombres suelen acomodarse a las leyes, a las normas, a las tradiciones, y se olvidan de que la Fe es algo más que todo eso.

Por eso, el Señor decía: «Si tuviereis fe como un granito de mostaza, diríais a este monte: vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible» (Mt 17, 20). Cuando Dios muestra Su Voluntad, no hay imposibles para los hombres. Cuando Dios da Su Voluntad, el hombre lo puede todo en Dios.

Por eso, el hombre tiene que ir hacia este Misterio de la Fe. Y sólo se puede ir en el camino de Cristo: en la Cruz.

Cuanto más un alma en Gracia comprende que lo humano no sirve para ir al Cielo, entonces más se mete en el misterio de la Fe. Y Dios puede pedirle cosas como a Abraham y a Oseas. Dios no da esta Voluntad a cualquier hombre y, menos, a un hombre que vive en sus pecados. Dios da esta Voluntad a hombres que viven en Gracia y que son espirituales, que no son carnales, que no son para lo humano, para lo material de la vida, sino que han sabido desprenderse de todas las cosas humanas, para ponerse sólo en lo que agrada a Dios.

Vivimos en un mundo que ha puesto la vida humana por encima de la ley divina. Y quiere hacer las obras de Abraham y de Oseas, pero sin la Voluntad de Dios. Esto es a lo que lleva siempre el demonio: a imitar las obras de Cristo, las obras de Dios. El demonio es maestro en esto desde el principio de su pecado.

Porque su pecado consistió en ver las obras de Dios e imitarlas sin Dios, sin la Voluntad de Dios, sin el consentimiento divino. Y, por eso, lleva a los hombres hacia el pecado visto como algo bueno, como un valor, como una verdad en la vida.

Abrahan y Oseas obraron la Verdad, pero en la Voluntad de Dios. Muchos hombres obran eso, pero fuera del querer divino. Obran sin fe; es decir, obran con su inteligencia humana, que la han puesto por encima de la Mente Divina.

Cristo vino a hacer la Obra de Su Padre, Su Voluntad. Y esa Obra sólo es conocida por Cristo, no pos los hombres en la Iglesia. Y, por eso, de nadie es la Iglesia. Sólo le pertenece a Cristo.

Que nadie venga a querer cambiar la doctrina de Cristo con su mente humana, con sus ideas comunistas, marxistas, protestantes, masónicas, que es lo que da Francisco cada día, que es su predicación.

Y el tiempo de Francisco se termina: «El reinado en la Casa de Pedro será corto, y pronto Mi amado Papa Benedicto guiará a los hijos de dios desde su lugar de exilio. Pedro, Mi Apóstol, el fundador de Mi Iglesia en la Tierra, lo guiará en los últimos días difíciles, mientras Mi Iglesia lucha por Su Vida» (Viernes Santo, 29 de marzo del 2013).

Francisco deja el cisma dentro de la Iglesia: un Obispo sin Cristo en su corazón. Un Obispo para el mundo, sin la Vida de Fe, sin el Amor de Dios, sin la Verdad del Espíritu. Un hombre que no cree en Dios, no puede conocer lo que es bueno y lo que es malo. Francisco sólo cree en su dios, que es su pensamiento humano. Y, por eso, cada día dice sus barbaridades, que muchos aplauden, que muchos hacen propaganda. Y ya no saben cómo ocultar algunas cosas, que son tan manifiestas en el hereje de Francisco, sólo por temor a oponerse a ese hombre, que sólo sabe usar palabras baratas y blasfemas, pero que no tiene ninguna inteligencia.

Seguís a un idiota porque teméis su autoridad Y su autoridad es lo más estúpido que hay en la Iglesia: un poder humano que él mismo se ha dado en la Iglesia. Ha puesto su gobierno para decirse a sí mismo: aquí estoy yo; yo soy el que voy a dar de comer a todos los hombres; yo soy el que voy a solucionar los problemas de todos los hombres; yo y la revolución de mi estúpida ternura para con los hombres, con mi insulso lenguaje del corazón; yo con los mocos que se me caen de mi narices cuando hablo de amor a los hombres, eso es el camino para la iglesia.

Francisco es un hombre sin ley divina, sin norma de moralidad, con un lenguaje humano que es su basura ideológica. ¿Y obedecéis a ese subnormal?

Cristo no ha puesto a Francisco en Su Iglesia. Han sido los hombres. Y estos van en serio dentro de la Iglesia: van a echar a Cristo de la Iglesia. Y van a matar a la Iglesia, como hicieron con Cristo. Y quien no quiera creer, es que vive de ilusiones en la Iglesia.

Francisco: hereje y cismático

Primer anticristo

En este año de desgracias en la Iglesia, sólo se puede presentar a Francisco como un hereje y un cismático. Hereje porque predica una doctrina contraria a la verdad, que es Cristo. En su doctrina no se guarda el depósito de la fe, sino que se va en contra de toda la Tradición, del Magisterio Auténtico de la Iglesia y del Evangelio.

Francisco es cismático porque ha puesto una obra que divide a la Iglesia: su gobierno horizontal. Y ese cisma, encubierto ahora, será la raíz de todos los males que se van a producir en la Iglesia.

Francisco ha dicho muchas cosas, pero damos sólo las más importantes.

1. La noche de su elección, Francisco se presentó como el «Obispo de Roma», sin pronunciar la palabra «Papa». Pero, lo más importante, es que se ha dedicado, en este año, a rebajar y a anular el Papado. Apareció con una cruz masónica, que es la que lleva comúnmente. Una cruz en la que aparece una paloma, que es símbolo de la libertad, un Jesús, que está en medio de una multitud, que representa la igualdad; y que carga en sus hombros una oveja, que es símbolo de la fraternidad.

2. Antes de impartir la bendición apostólica a los fieles congregados en la plaza San Pedro, Francisco pidió a la muchedumbre que rezara primero por él para que Dios lo bendijese. Se pide la bendición al pueblo, porque es lo más importante en su iglesia. Es la iglesia del pueblo, pero no la Iglesia de Cristo. Es la iglesia que ha fundado el pueblo en su caminar por toda la historia. Jesús, para Francisco, es uno más del pueblo, que inició una iglesia, que hay que vivirla en el pueblo y para el pueblo. Ya no es necesario dar la bendición que viene de lo alto, porque el sacerdote está para servir al pueblo, no tiene autoridad; la tiene el pueblo. Hay que pedírsela al pueblo. Esto sólo representa su política comunista, pero no es un acto de humildad; porque la misión de todo sacerdote es bendecir al pueblo, no pedir la bendición. Un sacerdote no pide la bendición al hombre, sino que le da al hombre las cosas de Dios. Pero a Francisco le gusta ser popular entre la gente, ser uno más entre los hombres, llegar con estos gestos heréticos a las personas.

3. El 16 de marzo de 2013, al final de la audiencia otorgada a los periodistas del mundo entero, en la sala Pablo VI del Vaticano, Francisco les dio una bendición totalmente protestante, una «bendición silenciosa, respetando la conciencia de cada uno». No se dignó a hacer el signo de la Cruz sobre la multitud de periodistas ni a pronunciar el santo nombre de las Tres Personas Divinas. Porque no cree en un Dios católico, sino en su dios, en su concepto de dios.

4. Durante esa misma audiencia dijo que deseaba «una Iglesia pobre para los pobres». Es el deseo de un hombre, pero no de un sacerdote que debe ser otro Cristo, y debe querer una Iglesia para salvar y santificar las almas, ya de los ricos, ya de los pobres. A los periodistas les dio su doctrina comunista, que es contraria al Evangelio.

5. La Santa Cena del Señor, de la Semana Santa del 2013, no fue celebrada en la Basílica de San Pedro, ni en la Catedral de San Juan de Letrán, como es el protocolo, la costumbre en Roma, para así acoger a todos los peregrinos del mundo entero que están en Roma en esas fechas, y unirse a todo el clero romano; sino que Francisco fue a una cárcel, a un centro de detención de menores de Roma. Y, en ese lugar, cometió el sacrilegio de lavar los pies a dos mujeres y, entre los hombres, había musulmanes. Rebajó el culto divino celebrando una Misa en un lugar no santo, no sagrado; no predicó sobre la Eucaristía, sobre el significado de la Institución de este Sacramento; no hubo clero, no hubo fieles, invitando a participar en la ceremonia a infieles. Claro ejemplo de su falta de fe en Cristo y en el Sacerdocio de Cristo. A Francisco sólo le interesaba salir en la foto lavando los pies a las mujeres y haciendo una ceremonia para gente marginada por la sociedad, para así dar la nota de que él ama a todo el mundo y se preocupa de todo el mundo. Francisco vive para la sociedad, para hacer vida social, para imitar a los hombres en la sociedad; no vive para Cristo, para imitar a Cristo en su sacerdocio ni en la Iglesia.

6. El 13 de abril del 2013, a un mes de estar en la Silla de Pedro, anuncia que ha decidido poner en la Iglesia un gobierno horizontal, que se hace efectivo en Octubre de ese año. Con ello, Francisco abre el cisma dentro de la Iglesia. Se opone al dogma de la Verticalidad en la Iglesia y, en consecuencia, a todo el Papado. Se rebaja y se anula el Papado en la Iglesia. El gobierno horizontal es su obra cismática, propia de un anticristo en la Iglesia. Es un pecado en contra del Espíritu Santo; es decir, una blasfemia, de la cual no hay perdón. El Espíritu Santo enseña en la Iglesia a tener un Vértice. Todo aquel que anule el Vértice comete el pecado contra el Espíritu. Es un pecado contra la Iglesia, contra el Espíritu de la Iglesia. No es un pecado contra Cristo, sino contra la Obra de Cristo, que es la Iglesia. Porque la Iglesia es regida por el Espíritu de Cristo. Y todo aquel que peque contra la Iglesia, está pecando contra el Espíritu de Cristo, no contra Cristo. Y, por eso, ese pecado es una blasfemia y no tiene perdón. Y la consecuencia de esta blasfemia es clara: del gobierno horizontal saldrá la destrucción de toda la Iglesia. Es una obra del demonio en el Vértice de la Iglesia. En esa obra, se destruye el Vértice y todo lo demás en la Iglesia.

7. Con ocasión de las JMJ celebradas en julio 2013 en Río de Janeiro, Francisco declaró, durante una entrevista de prensa concedida a la televisión brasilera, que «si un niño recibe su educación de los católicos, protestantes, ortodoxos o judíos, eso no me interesa». Lo que le interesa es «que lo eduquen y que le den de comer». Enseñarle a vivir de fe, enseñarle la ley moral, eso ya no es cuestión de la Iglesia ni de las familias, porque hay que estar en la Iglesia y tener hijos para el mundo, no para Dios, no para el Cielo, sino para el infierno. Los hombres deben aprender, desde pequeños, a abrazar los postulados errados que siguen los hombres y el mundo.

8. Con ocasión de su homilía en la Casa Santa Marta, en el Vaticano, el 22 de mayo de 2013, Francisco dijo que “El Señor nos ha redimido con la sangre de Cristo, a todos, no sólo a los católicos”, y que de este modo todos los hombres se convierten en «hijos de Dios»: “Esta es la sangre que nos hace hijos de Dios». Y Francisco confunde las cosas en su mente, porque pone la bondad del hombre en ser creado por Dios, pero se olvida del pecado del hombre: “El Señor nos ha creado a su imagen; y si Él hace el bien, todos tenemos en nuestro corazón este mandamiento: Haz el bien y no hacer el mal. Todos”. La imagen de Dios en el hombre es diferente a la ley divina escrita en cada corazón. Pero a Francisco esto le interesa muy poco, porque va a lo que va: a negar el pecado. La Sangre de Cristo no produce el ser hijo de Dios, sino que redime, es decir, pone al hombre un camino de Misericordia en la Justicia del Padre, un camino de salvación, pero no de justificación. Hay que merecer salvarse, santificarse, ser justo. Y esto es lo que niega Francisco en los que no son católicos. Tambièn ellos se salvan porque son buenos por creación divina. Sólo el Bautismo es lo que hacer ser hijo de Dios. Y el Bautismo es un Gracia conquistada por la Sangre de Cristo.

9. Francisco organizó una jornada de oración y de ayuno por la paz en Siria, lo que es en sí mismo algo laudable, pero extendió la invitación «a todos los cristianos de otras confesiones, a los hombres y mujeres de cada religión, así como a los hermanos y hermanas no creyentes». Sólo Dios escucha la oración del humilde, es decir, del que se aleja del pecado, del error, de la mentira, de una vida de engaño y de pecado. Y, por tanto, no se puede invitar a la oración para conseguir la paz a aquellos que, por su vida de pecado, están en guerra con el Señor y, en consecuencia, con todos los hombres. Porque la paz entre los hombres es el fruto de una vida piadosa, vida de fe, vida de gracia, vida espiritual. De otra manera, se está diciendo que tanto fieles como infieles son buenos ante Dios y, en sus vidas de pecado, también Dios los escucha. Dios no da la paz al hombre sin darle la paz a su corazón. Y el corazón no encuentra la paz si no se aleja de su pecado. La Iglesia tiene que dirigirse a los suyos, a sus almas, no a los infieles del mundo para solucionar un conflicto en el mundo; porque sólo en la Iglesia está el camino verdadero para dar solución a cualquier problema en el mundo: el camino de la Cruz, que el mundo no quiere aceptar. El camino de la penitencia: oración y ayuno, pero en la Gracia del Señor, no en el pecado del alma.

10. Francisco recibió a José Mújica, presidente del Uruguay, el sábado 1 de junio con motivo de una larga audiencia privada. Luego de ella declaró a la prensa sentirse «muy feliz de haber podido discutir con un hombre sabio». Este hombre «sabio» fue miembro de los Tupamaros, una de las principales organizaciones terroristas latino-americanas durante los años 60’/70’. Pasó 15 años en la cárcel, condenado por asesinato, secuestro y actos de terrorismo. Fue liberado en 1985, «amnistiado» por el gobierno de Julio Sanguinetti. Mujica se negó a asistir a la ceremonia de inauguración del nuevo pontificado, en razón de su ateísmo militante. Su gobierno aprobó la ley autorizando el aborto en octubre de 2010, la del «matrimonio» homosexual y de la adopción «homo-parental» en abril de 2013 y la de la legalización del cultivo, la venta y el consumo de marihuana en diciembre de 2013. Estos son los hombres sabios de los que Francisco se rodea y aplaude para decretar la ruina de la Iglesia.

11. Su primer viaje oficial tuvo por beneficiario a gente de otra religión: el 8 de julio acudió a Lampedusa, en memoria de los inmigrantes clandestinos musulmanes, que se ahogaron tratando de alcanzar esa isla italiana desde África en el transcurso de los últimos quince años. Con esto Francisco quiere darle al mundo lo primero, lo principal; pero se olvida de la Iglesia, olvida que se es sacerdote para las almas de Cristo. Francisco es un hombre para las almas del mundo, para la gente que no ama ni a Cristo ni a la Iglesia.

12. En una conferencia de prensa dada el 29 de julio de 2013, en el vuelo entre Río de Janeiro y Roma, de regreso de las JMJ, Francisco pronunció la frase siguiente: «Si una persona es gay y busca al Señor con buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgar?» En la entrevista concedida por Francisco a las revistas culturales jesuitas los días 19, 23 y 29 de agosto y publicada en l’Osservatore Romano del 21 de septiembre, Francisco dio a conocer mejor su pensamiento sobre los homosexuales: «En Buenos Aires recibí cartas de personas homosexuales, heridas socialmente, porque se sienten desde siempre condenados por la Iglesia. Pero eso no es lo que la Iglesia quiere. Durante el vuelo de regreso desde Río de Janeiro dije que si una persona homosexual tiene buena voluntad y está buscando a Dios, yo no soy quien para juzgar. Al decir eso, dije lo que indica el Catecismo. La religión tiene derecho a expresar su opinión al servicio de las personas, pero Dios nos ha creado libres: la injerencia espiritual en la vida de la gente no es posible. Un día alguien me preguntó de manera provocante si yo aprobaba la homosexualidad. Yo le respondí con otra pregunta: ‘‘Dime: Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza condenándola?’’ Siempre hay que considerar a la persona. Entramos aquí en el misterio del hombre. En la vida cotidiana, Dios acompaña a la gente y nosotros debemos acompañarla tomando en cuenta su condición. Hay que acompañar con misericordia. Cuando esto sucede, el Espíritu Santo inspira al sacerdote para que diga la palabra más adecuada.» En este pensamiento se ve claro la herejía de Francisco. Para Francisco lo que importa es la libertad de la persona. Como Dios ha creado libres a las personas, entonces que cada persona elija su vida. Ésta es su herejía. Siempre Francisco va a la raíz de su pecado: el hombre es bueno por naturaleza. Éste es su pecado. Francisco no ve el mal que hace el mismo hombre en la Creación, en el Paraíso. Ese mal no lo llama pecado, sino otra cosa. Y, por eso, Francisco tiene que anular la ley natural: el hombre es para una mujer; la mujer es para un hombre. Esta ley natural, que está inscrita en cada ser humano, sea hombre o mujer, queda anulado por la libertad que Francisco da a al hombre: Dios nos ha creado libres. Francisco pone la imagen de Dios en el hombre en ser bueno el hombre. No comprende lo que es la imagen ni la semejanza de Dios en el hombre, porque sólo se fija en la bondad del hombre: el hombre es bueno porque Dios lo ha creado bueno, y lo ha hecho libre. Al anular el pecado, no puede comprender lo que es un homosexual. Sólo lo mira de forma humana. Y, por eso, cae en su sentimentalismo: “Hay que acompañar con misericordia”. Es su misericordia sin verdad, sin ley divina, sin ley moral, sin ley natural, porque, para él sólo hay una razón: el homosexual es bueno; Dios lo ha hecho libre. Hay que dejarle que viva su vida. No hay que juzgarlo. Y, entonces, anula lo que es la ley divina: “La religión tiene derecho a expresar su opinión al servicio de las personas”. La Iglesia tiene derecho a decir la Verdad sobre el homosexualismo; no tiene derecho a opinar sobre el homosexualismo. Francisco se carga todo, porque es un hombre sin fe divina; sólo anclado en su fe humana, que es su comunismo, su protestantismo, su marxismo, su condición masónica.

13. El 28 de agosto, Francisco recibió en la basílica de San Pedro un grupo de 500 jóvenes peregrinos de la diócesis de Piacenza. Hacia el final, les pidió: «recen por mí, porque este trabajo es insalubre, no hace bien». Francisco busca su bien humano en su vida humana y, por tanto, no le gusta trabajar en la Iglesia. Quiere sus comodidades, sus asuntos humanos, sus conquistas humanas. Y la Iglesia es para otra cosa, que a él no le gusta. A él le gustaría una iglesia más popular, más de la comunidad, más social, mas mundana, mas profana, más pecadora. Y, por eso, no le gusta hacer cosas santas, sagradas, divinas, porque su alma está ennegrecida por su pecado.

14. En el reportaje concedido a las revistas culturales jesuitas, efectuado por el Padre Antonio Spadaro s.j., director de La Civiltà Cattolica, en el mes de agosto y publicado en L’Osservatore Romano del 21 de septiembre, Francisco expresó : «Por supuesto, en ese buscar y encontrar a Dios en todas las cosas, queda siempre una zona de incertidumbre. Debe existir. Si alguien dice que encontró a Dios con una certeza total y que no deja ningún margen de incertidumbre, significa que algo no funciona (…) El riesgo de buscar y de hallar a Dios en todo es entonces la voluntad de explicitar demasiado; de decir con certeza humana y arrogancia: ‘‘Dios está aquí’’. Así sólo encontraremos un Dios a nuestra medida (…) Quien hoy día no aspira sino a soluciones disciplinares, quien tiende de manera exagerada a la ‘‘seguridad’’ doctrinal, quien busca obstinadamente recuperar el pasado perdido, tiene una visión estática y no evolutiva. De este modo, la Fe se vuelve una ideología como cualquier otra». Francisco reiteró la misma idea en su Mensaje para la jornada de las comunicaciones sociales, presentado el 23 de enero, en el cual sostiene que «dialogar significa estar convencido que el otro tiene algo bueno para decirnos, hacerle un lugar a su punto de vista, a sus proposiciones. Dialogar no significa renunciar a sus propias ideas y tradiciones, pero sí a la pretensión de que sean únicas y absolutas». Para Francisco, no existe la Verdad Absoluta y, por tanto, no existe la ley divina ni la ley natural. No existe una Iglesia que posea toda la Verdad. No existe una doctrina de dogmas, de verdades absolutas. No existen soluciones disciplinares. El hombre no puede encontrar a Dios con certeza absoluta, porque Dios existe, pero no es algo personal, no es algo absoluto, no es algo concreto. Hay que comprender a Dios en todas las cosas, en todos los hombres, en todas las culturas, en toda la historia. Francisco tiene que caer en el paganismo y en su dios: todo es dios. Toda verdad relativa se hace absoluta en el pensamiento del hombre. Es el culto a la mente del hombre que le lleva al hombre a obrar sólo lo bueno humano, sin poder discernir la Verdad de lo divino ni, por tanto, el bien divino. Francisco anula la fe divina al poner en el hombre la verdad: “dialogar significa estar convencido que el otro tiene algo bueno para decirnos”. Para amar al prójimo no hay que buscar una palabra en el prójimo, sino que hay que darle la Voluntad de Dios, la ley de Dios, la ley natural, el mandamiento divino, la norma de moralidad, que sólo es posible cuando no se anula la Verdad Absoluta. El diálogo mata la fe en Dios y pone la vida en la fe de cada hombre. Pero Francisco quiere amar al prójimo con la palabra del hombre, con la idea del mundo, con la conquista de la ciencia. Por eso, tiene que anular toda Verdad, toda certeza, a un Dios que sea personal, para el hombre. Tiene que ofrecer a un dios que sea para todo el mundo, para todo hombre. Un dios basado en una relación, en un pensamiento relativo, no absoluto.

15. En su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (§ 247 a 249), publicada el 24 de noviembre, Francisco afirma que la Antigua Alianza «no ha sido nunca revocada», que no debe considerarse al judaísmo talmúdico actual como a «una religión extranjera» ni decir que los judíos estén llamados a «convertirse al verdadero Dios», puesto que juntos creemos «en el único Dios que actúa en la historia» y «acogemos con ellos la común Palabra revelada». Francisco prosigue diciendo: «Dios sigue obrando en el pueblo de la primera Alianza y hace nacer tesoros de sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina. Por eso, la Iglesia también se enriquece cuando acoge los valores del judaísmo (…) Existe una rica complementariedad que nos permite leer juntos los textos de la Biblia hebraica y ayudarnos recíprocamente para profundizar las riquezas de la Palabra». Francisco es un hombre que ama a los hombres, pero no ama a Cristo en los hombres; no ve la Verdad de Cristo en cada hombre y, por eso, no sabe discernir las Palabras de Dios sobre los judíos. Francisco sólo se llena de palabras humanas para acoger a todos los hombres, pero no es capaz de dar a ningún hombre la Palabra del Evangelio una Palabra de Verdad sobre su vida. Y, así, debe caer de forma necesaria en esta herejía.

16. En una entrevista mantenida con el periodista ateo Eugenio Scalfari el 24 de septiembre en el Vaticano, publicada por el cotidiano izquierdista La Repubblica el 1 de octubre, Francisco puso en claro su doctrina comunista: «Los males más graves que afligen al mundo hoy son el desempleo de los jóvenes y la soledad en la que son abandonados los ancianos». A renglón seguido, dice: «El proselitismo es soberanamente absurdo, no tiene ningún sentido. Hay que conocerse, escucharse mutuamente y aumentar el conocimiento del mundo que nos rodea (…) Creo que ya he dicho al comienzo que nuestro objetivo no es el proselitismo sino la escucha de las necesidades, de los deseos, de las ilusiones perdidas, de la desesperación y de la esperanza. Tenemos que devolverles la esperanza a los jóvenes, ayudar a los viejos, mirar al futuro, propagar el amor». Éste es el pensamiento de un masón, de un humanista, de un libre pensador, pero no de un sacerdote ni menos de un Obispo. Porque los males más graves que afligen, no sólo al mundo, sino a la Iglesia, es el pecado. Esto es lo que niega Francisco, la raíz espiritual de todos los males en los hombres; para fijarse sólo en la apariencia externa de todos los males. Y, por eso, quiere resolver todos los problemas con su concepto del bien y del mal: «Todo ser humano posee su propia visión del bien y del mal. Nuestra tarea reside en incitarlo a seguir el camino que el considere bueno (…) No dudo en repetirlo: cada uno tiene su propia concepción del bien y del mal, y cada uno debe escoger seguir el bien y combatir el mal según su propia idea». Esta es la doctrina del protestantismo, totalmente contraria a la doctrina católica. Pero Francisco tiene este concepto del bien y del mal por su fe masónica: «Yo creo en Dios. No en un Dios católico, porque no existe un Dios católico, existe Dios (…) Por mi parte, observo que Dios es luz que ilumina las tinieblas, incluso si no las disipa, y que una chispa de esta luz divina se encuentra dentro de cada uno de nosotros (…) (Pero) la trascendencia permanece, porque esta luz, toda la luz que se encuentra en todos, trasciende el universo y las especies que lo habitan durante esta fase». Si no cree en la Santísima Trinidad, ¿para qué está en la Iglesia Católica?

17. Con ocasión de su homilía en la Casa Santa Marta, en el Vaticano, el 28 de octubre de 2013, Francisco dijo que “Es el intercesor, el que reza, y reza a Dios con nosotros y ante nosotros. Jesús nos ha salvado, hizo esta gran oración, su sacrificio, su vida, para salvarnos, para justificarnos: estamos justificados gracias a Él. Ahora se ha ido, y reza ¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria. Jesús tiene las llagas en las manos, en los pies, en el costado y cuando ora al Padre muestra este precio de la justificación, y reza por nosotros, como diciendo: ‘Pero, Padre, que esto no se pierda’”. Decir que Jesús no es un espíritu, sino que está en la gloria como hombre, es anular todos los dogmas en la Iglesia. En estas pocas palabras, está todo el pensamiento de Francisco sobre Jesús y sobre la Iglesia. Por eso, lleva a la Iglesia hacia su ruina más total.

18. Durante una homilía pronunciada el viernes 20 de diciembre en la capilla de la Casa Santa Marta, en el Vaticano, Francisco dijo palabras escandalosas sobre la Virgen María: «Ella estaba silenciosa, pero en su corazón, ¡cuántas cosas le decía al Señor! ¡Tú, aquel día, me dijiste que sería grande; me dijiste que le darías el trono de David, su padre, que reinaría para siempre y ahora lo veo aquí! ¡La Virgen era humana! Y tal vez tenía ganas de decir: ¡Mentiras! ¡Me han engañado!» Francisco atribuye a María sentimientos de rebeldía, de duda, ante el dolor de Su Hijo. Estas palabras no sólo son escandalosas, sino una blasfemia contra la Pureza de la Virgen María. Decía San Alfonso María de Ligorio: «Contemplemos unos instantes la amargura de esta pena, que hizo de la divina Madre la Reina de los mártires, dado que su martirio sobrepasa el de todos los mártires (…) Como la Pasión de Jesús comenzó a su nacimiento, según San Bernardo, así María, semejante en todo a su divino Hijo, sufrió el martirio durante toda su vida». En María ni había rebeldía ni pudo haberla, sino una completa sumisión a la Voluntad de Dios desde el principio: “He aquí la Esclava del Señor. Hágase en Mí según Tu Palabra”.

19. En sus mensajes a la Cuaresma de este año 2014, está su doctrina comunista y protestante. Una Cuaresma para hacer dinero, para ocuparse de los problemas de los hombres, para un encuentro con todos los hombres, para un abrirse a la mentalidad del mundo: “A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. (…) En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir”. No hay una enseñanza de Francisco ni en cómo resolver el pecado en la vida espiritual, ni en cómo combatir al demonio, que es el maestro del pecado en los hombres, es el que enseña a pecar; ni cómo expiar los pecados, que producen cantidad de males entre los hombres, en la sociedad, en todo el espectro humano. Francisco no alimenta las almas con la verdad, sino la mente con la mentira.

Y podríamos seguir, pero queda bien claro lo que es Francisco: un hombre que predica la mentira y que obra el engaño. Y de estas dos cosas, que son sus dos pecados, nace todo lo que obra en la Iglesia. Mentiroso para llegar a las mentes de los hombres; engañador de almas, para llevarlas a lo más profundo del infierno.

El cisma en el gobierno horizontal

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El cisma está puesto dentro de la Iglesia.

Y nadie ha contemplado este cisma, porque no se vive de fe, sino de las cosas humanas, de la mente de los hombres, de sus obras, de su historia.

El pecado de Francisco, lo que marca su reinado en la Iglesia, su política en la Iglesia, su forma de gobierno, es la obra de su gobierno horizontal.

Eso sólo define lo que es Francisco y su paso por el gobierno de la Iglesia.

Y esto sólo es lo que nadie se ha dado cuenta; nadie ha meditado, ni siquiera la Jerarquía.

El gobierno de la Iglesia es vertical, no lineal, no horizontal.

Es un gobierno creado por Jesús en Su Iglesia. No es un gobierno de los hombres, de sus políticas, de sus economías, de sus visiones sociales o culturales.

El gobierno de la Iglesia es un orden divino, no humano; es de derecho divino, con sus leyes divinas, naturales, morales. Después, están las demás leyes de los hombres en la Iglesia; leyes eclesiásticas, normas litúrgicas y demás leyes que son necesarias para hacer cumplir ese gobierno divino.

El Vértice, en la Iglesia, está compuesto sólo por Cristo y Su Vicario. Eso es el Vértice. Después, están los demás, bajo Pedro, en obediencia a Pedro, sometiéndose en todo a Pedro.

Y, en la obediencia a Pedro, los Obispos poseen autoridad divina; pero si desobedecen a Pedro, los Obispos no tienen ninguna autoridad de Dios.

La Autoridad, en la Iglesia, no es como la del mundo. En el mundo, la autoridad también es puesta por Dios, pero de otra manera. Y hay que obedecer a esa autoridad, siempre que no mande cosas en contra de la ley divina o natural.

Pero en la Iglesia, la Autoridad está puesta directamente por Dios. El Señor elige una cabeza, Su Vicario, y gobierna la Iglesia sólo con su Vicario. Y si falta el Papa, el Señor no gobierna nada.

Dios no se somete, en Su Iglesia, a un gobierno humano, como lo hace en el mundo. En el mundo, Dios deja obrar a los hombres y que ellos organicen sus políticas, sus economías, su vida social y pública.

Pero en la Iglesia, en Su Iglesia, el Señor gobierna sin la ayuda de ningún hombre, sólo a través de Su Pedro. Los demás, no deciden nada, no piensan nada, no obran nada.

En la Iglesia no hay autoridad humana en sí misma; existe sólo emanada de la Autoridad Divina. Es lo que el Papa quiere otorgar a los diferentes hombres para que realicen sus cometidos en la Iglesia.

Pero todo el Poder en la Iglesia reside sólo en un hombre: Pedro.

Y esto es muy importante para poder comprender el gobierno vertical de la Iglesia y el pecado del Papa Benedicto XVI.

A ningún hombre le gusta la obediencia a otro hombre. Por eso, siempre al Papa se le ha atacado de muchas maneras. Porque la soberbia de los hombres es manifiesta en todos ellos.

A los sacerdotes, a los Obispos, a los Cardenales, les cuesta obedecer al Papa porque son todos soberbios.

Con el pecado del Papa Benedicto XVI, con su renuncia, nadie gobierna la Iglesia. Si el Papa renuncia a ser Papa, entonces está diciendo que impide que el Señor gobierne la Iglesia a través de él. Jesús sólo gobierna la Iglesia con Su Vicario, en Su Vicario, mediante Su Vicario. Si éste se niega a realizar la misión que tiene en la Iglesia, el Señor no se pone en manos de los hombres, sino que, automáticamente se retira de las estructuras de toda la Iglesia.

Jesús no se va de Su Iglesia, porque la ha creado; sino de las estructuras que los hombres han inventado para obrar, en lo humano, la Iglesia, que es siempre una obra divina.

En el mundo, Dios no se mete en las estructuras humanas de los gobiernos; pero Dios manda obedecer a esas autoridades, en esas estructuras.

En la Iglesia, Dios sólo gobierna en Pedro; no en las estructuras que los hombres ponen para obrar ese gobierno. Una cosa son las estructuras, otra el Poder Divino que sólo se da a Pedro, no a las estructuras. En el mundo, los hombres tienen poder humano según sus estructuras; en la Iglesia, no se da eso.

El poder que tienen los hombres en las estructuras de la Iglesia viene del Papa, no de las mismas estructuras.

Por tanto, si el Papa renuncia, todos en la Iglesia se quedan sin autoridad divina. Quedan las estructuras humanas y un poder humano que ya no está avalado por Dios.

Por eso, las consecuencias del pecado del Papa Benedicto XVI son muy graves: nadie puede mandar en la Iglesia nada con Poder Divino. Si mandan algo, es sólo con un poder humano.

Si el Papa Benedicto XVI renunció, entonces no hay poder divino para elegir a otro Papa. Si los hombres se reúnen en Cónclave, ahí no sopla el Espíritu Santo. Y todo cuando haga ese hombre, elegido por los hombres, no por Dios, no pertenece a la Iglesia Católica. Lo hace con una autoridad humana, no avalada por la Autoridad Divina, con el Poder de Dios.

Esta Verdad es la que se debe comprender para poder discernir todo en la Iglesia. Si no se acepta esta Verdad, entonces pasa lo que vemos: todos siguiendo a un hombre, que ya ha dado muestras de que no tiene ninguna fe ni en Cristo ni en la Iglesia.

Y lo más grave es esto segundo: Francisco ha dado muestras de que no tiene fe; y muchos los siguen llamando Papa y dándole la obediencia. Esto es lo más grave, porque es señal de la apostasía de la fe dentro de la misma Iglesia Católica.

El pecado del Papa Benedicto XVI impide el gobierno divino en la Iglesia; pero el pecado de Francisco produce el cisma en la Iglesia.

Cisma significa ir en contra de una verdad de la Iglesia. El gobierno horizontal es ir en contra del dogma del Papado, ir en contra del orden divino en el Vértice. Y ese ir en contra es ya una obra consumada; no es sólo una desobediencia o una rebeldía. Durante 50 años, ha sido rebeldía de muchos sacerdotes y Obispos; ha sido desobedecer al Papa y hacerle la vida imposible. Pero, con el gobierno horizontal, es poner el cisma dentro de la misma Iglesia.

Los hombres se contentan con cualquier gobierno, como pasa en el mundo, y no caen en la cuenta de que la Iglesia es totalmente diferente al mundo, a los hombres, a la vida social, a la vida histórica, a la vida económica, a la vida de las diferentes culturas en el mundo.

Si al Papa Benedicto XVI ya no se le puede dar la obediencia porque ha renunciado a ser Papa, a renunciado a cumplir su misión en la Iglesia, mucho menos hay que darle la obediencia a un hombre que no guarda el dogma del Papado, al crear un nuevo gobierno en la Iglesia que se opone a todo; se opone, no sólo al Papado, sino a cualquier verdad, cualquier dogma, en la Iglesia.

El gobierno horizontal no guarda el depósito de la fe: está constituido por hombres (=sacerdotes, Obispos, Cardenales, laicos) que ya no creen en los dogmas, en las verdades de fe; en lo que hay que creer para salvarse y santificarse.

Si esos hombres que gobiernan una iglesia no tienen ley divina, ley moral, no cumplen los mandamientos de Dios, entonces ninguno de ellos trabaja para guardar la obediencia de la fe. Ninguno obedece a la Voluntad de Dios; todos obedecen a sus mentes humanas, a sus poderes humanos, a lo que cada uno quiere dentro de la Iglesia.

El cisma está ahí; pero no se da a conocer abiertamente, porque es necesario, antes, preparar los documentos, los escritos, las leyes, la nueva fe que debe regir las nuevas estructuras de la Iglesia.

Por eso, lo que predica Francisco, sus escritos, son una solemne tontería. No se pueden llevar a la práctica con unos dogmas en la Iglesia. Hay que desmantelar los dogmas, hay que anularlo todo, para obrar el comunismo y el protestantismo, que es la fe de Francisco. Por eso, Francisco sólo entretiene a las masas, pero en la práctica, ocultamente, se va preparando todo para pasar el relevo a otro, que comience a quitar dogmas.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha anulado todo el dogma del Papado. Y, con ello, anula todo lo demás. Pero eso no se puede percibir, porque todavía hay reglas, hay leyes, que las almas cumplen y que, por tanto, les sirve para guardar los dogmas.

El Anticristo no puede entrar en la Iglesia hasta que no se quite todo dogma. Muchos sacerdotes, Obispos, ya no creen en muchas verdades, pero todavía en la Iglesia se siguen esas verdades. Tiene que ser la Iglesia entera la que renuncie a todas esas verdades. Y eso sólo se puede hacer poniendo una nueva fe, un nuevo credo, unos nuevos libros, una nueva doctrina. Y en eso están. Y, por eso, es necesario salir de las estructuras de Roma, de toda la Iglesia, para seguir siendo Iglesia, la Iglesia Católica, la cual no vive de estructuras, sino de la Palabra del Pensamiento del Padre.

La Iglesia es de Cristo Jesús, no de ningún hombre, de ningún Papa, de ningún sacerdote, de ningún Obispos. La Iglesia le pertenece sólo a Jesús. Las almas son sólo de Jesús, no de las estructuras de la Iglesia. Y, por eso, Cristo Jesús es el que gobierna ahora, directamente, a cada alma en Su Iglesia.

Ya Cristo no gobierna por medio de la Jerarquía. No hay que obedecer a ningún sacerdote, a ningún Obispo, a ningún Cardenal. Sólo se da la obediencia a aquellos Pastores que guardan íntegramente todo el depósito de la fe. A los demás, nada. Quien guarda la Verdad guarda también la obediencia. Pero quien no guarda la Verdad, no es merecedor de obediencia. La Iglesia es construida por la Jerarquía que guarda el depósito de la Fe; la Iglesia es destruida por la Jerarquía que se aparta del depósito de la Fe.

El cisma pronto se va a ver claramente, porque eso es lo que ellos desean. Esa Jerarquía que está en Roma sabe lo que está haciendo: no son tontos, pero tienen que disimular, poner cara de que aquí no pasa nada. Están dando tiempo al tiempo, entreteniendo a la gente, engañando a todo el mundo con vanas palabras. Ahora, todos en la Iglesia quieren mandar, decidir, decir lo que es bueno y lo que es malo; porque el poder se ha repartido. Y todos quieren una tajada. Y, por eso, se va a ver en cada diócesis comportamientos y obras muy diferentes; porque cada uno va a hacer su iglesia, como cada mente se la fabrica.

El Espíritu de la Iglesia está en el desierto. Y hay que ir al desierto para ser Iglesia, para continuar siendo Iglesia. Hay que ir saliendo de todas las estructuras. Esto es lo que la Jerarquía no acaba de comprender.

Los sacerdotes, los Obispos, tienen miedo de oponerse a ese gobierno horizontal, porque no viven la fe. Han dejado de creer en el dogma del Papado. Ya hace mucho que no creen en esa Verdad. Y se contentan con medianías, con acomodarse a lo que tenemos, a lo que se ofrece en Roma y, entonces, se meten, ellos mismos, en el juego del cisma. Producen, sin saberlo, el cisma en toda la Iglesia. Si ni batallan por la verdad en la Iglesia, siguen la mentira y obran la mentira.

Nadie ha luchado por Pedro en la Iglesia. Ahora tenéis lo que habéis querido: un hombre idiota que os entretiene y que os da dinero y poder. Y así os ata a su mentira.

El matrimonio es para un fin divino con una intención divina

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La esencia del comunismo es: cada uno es igual en lo material (finanzas, trabajo); la persona no es más alta ni más baja en lo social; no hay ricos ni pobres; todos piensan lo mismo; todos tienen un mismo credo; todos trabajan para una misma cosa. Todos forman una comunidad regida, controlada, por un dictador.

En esa comunidad se tiene un banco central y se reparte a cada uno de acuerdo a su habilidad y a su necesidad. El dictador es el que mide la habilidad y la necesidad de cada uno. Nadie puede imponer su necesidad en la comunidad, porque se rige por el bien común, no por los bienes privados de cada uno.

Esto es lo que se quiere meter en la Iglesia con la teología de los pobres, que es sólo comunismo, marxismo, ideado en la masonería.

Hay que hacer una iglesia que sea una comunidad de hombres, en la que todos estén por igual. Por tanto, hay que anular el Papado y la Jerarquía. Estas dos cosas es necesario que desaparezcan, porque no producen esa igualdad entre los hombres, sino un orden, un principio, una escala de valores, de dignidades, de inteligencias, de status social.

Una vez que se anule la Jerarquía, es necesario anular todos los Sacramentos; porque los Sacramentos hacen diferencia entre los hombres: unos pueden recibirlo, otros no; para unos el Sacramento es necesario para salvarse; para otros no tienen esa necesidad. No es igual el sacramento para un matrimonio que el de un consagrado. Y todos tienen que ir a la par.

Si se anula los Sacramentos, hay que anular la Gracia y el Espíritu. Por tanto, el pecado es un valor en esa comunidad; un camino, una vida, una verdad que todos tienen que acoger, todos tienen que seguir, todos tienen que obedecer y vivir en el pecado. Quien no viva en el pecado no puede hacer comunidad, porque ya se está diferenciando de los demás.

Si se quita la Gracia y toda la vida espiritual, entonces sólo queda un objetivo: la vida material, humana, natural, carnal. Y esa comunidad vive para ese objetivo: el bien humano, el bien natural, el bien material, el bien de la pareja, el bien de cada hombre, el bien de cada naturaleza. No puede darse el bien divino, el bien espiritual, porque eso imprime una diferencia de clases, un estilo de vivir y de obrar que se aleja de la comunidad.

Hay que tener sólo un ideal: Dios es Amor, Dios es Bondad. Y hay que ser fiel a ese ideal. Porque Dios nos ama, tenemos que amarnos unos a otros sin condenar al otro, sin decirle que va por mal camino, sin aplicar una norma de moralidad, sin buscar una ley divina o natural. Hay que decirle al otro que Dios lo ama y que siga adelante con su vida; que sus problemas Dios los resuelve porque es bueno, porque es amor. Hay que ser fieles a ese ideal.

Una vez que se tiene este ideal, entonces hay que poner una obra en la que todos trabajen. Y se gana dinero por ese trabajo. Como todo consiste en decirle al otro que Dios es bueno, entonces hagamos la vida de los demás confortable, que los demás estén a gusto en la comunidad, que vean cosas agradables, que nadie quiera imponer su voluntad, su pensamiento al otro; hay que ser misericordiosos en todo tiempo con los demás, porque todos caemos, todos tenemos faltas. Hay que ser tolerantes, pacientes, y esto hasta el infinito, porque Dios es bueno, Dios es amor.

Y ¿cómo hacer agradable la vida de los demás? Hay que resolverles sus problemas. Si tienen hambre, hay que quitársela; si no tienen un vestido, hay que dárselo; si quieren poseer bienes materiales, hay que ofrecérselos…. Hay que resolver los problemas materiales, humanos, naturales, carnales, de la comunidad. Y quien trabaje más por esto, entonces gana más puntos y es merecedor de más bienes.

¿Dónde queda la Verdad? Ya no existe. Hay que lavar la cara a la Verdad en la Iglesia y, por tanto, hay que mostrar otra ley evangélica, otros sacramentos, otra doctrina de acuerdo a ese ideal de la comunidad.

El comunismo no es de ahora, sino que viene de hace muchos siglos, porque la idea comunista es la propia del hombre, la que tiene todo hombre para vivir: hacer una comunidad. Y cada hombre quiere eso. La familia es una comunidad, la sociedad es una comunidad, el trabajo es una comunidad. Dios es una comunidad.

Pero el problema está siempre en el pecado del hombre. Hay que hacer un común, pero sin pecado.

El comunismo es hacer un común, pero en el pecado. Ésa es su falla más grande. Y esa es la raíz de todo el mal que trae el comunismo. La teología de los pobres es darle de comer a los pobres usando el pecado. Eso es todo en esa teología. Y es necesario que sea así, porque no se obliga a salir del pecado a la persona si quiere comer. Se le da de comer esté o no esté en pecado. El pecado no importa.

El gran fallo del comunismo es sólo esto: no tiene ley divina, ni por tanto, natural, para obrar el bien entre los hombres. Se obra el bien porque son hombres. Y sólo por eso. Como están sufriendo, entonces hay hacerles un bien. Y eso es mostrar que Dios ama a los hombres.

Este fallo del comunismo no es apreciado por aquellos que siguen el comunismo o la teología de los pobres, porque han anulado el pecado. El pecado es sólo un conjunto de males necesarios, que todos tienen que vivir en sus vidas. Y no más. Por tanto, hay que dedicarse a resolver problemas entre los hombres, a cambiar estructuras para que todo funcione como el comunista quiere.

Es lo que se está realizando en la Iglesia. Hay que cambiar las estructuras, hay que cambiar las mentalidades, hay que renovar la doctrina de la Iglesia. Y llevan 50 años haciendo esto en lo escondido, preparando el terreno, porque la Iglesia se fundamenta en una Verdad Absoluta. Y hay que cargarse esta Verdad poco a poco, metiendo ideas tras ideas para confundir a todo el mundo. Es la idea del hombre que quiere ponerse por encima de la Verdad Absoluta y quiere encontrar un camino para que su idea prevalezca sobre la Verdad Absoluta.

¿Qué se está haciendo con la comunión entre los divorciados? Buscar esa brillante idea que dé solución a lo que no se puede. Porque se olvida de que hay un pecado. La solución: que cada uno quite su pecado y, entonces, se encuentra el camino. Pero esto es lo que se echa a un lado, lo que no se toma en cuenta.

Porque existe una Verdad: o estás casado o no estás casado. O hay un matrimonio válido o no lo hay.

Si estás casado y eso no funciona, entonces no escojas el camino del pecado para resolver esa situación, que es lo que mucha gente hace y se mete en un gran problema: encuentra a otra persona con la que sí funciona, pero en el pecado. ¡Éste es el problema! Esa nueva unión funciona, pero en el pecado. Y, para resolver eso, no se puede anular el pecado, que es lo que se intenta hacer.

Es la Iglesia la que tiene que decidir si un matrimonio es válido o no es válido ante Dios. No es la pareja la que decide eso. No es la conciencia de cada uno. Y, por eso, aquel que se casa y ve que no funciona ese matrimonio, tiene que ir a la Iglesia para que resuelva esa situación. Y hasta que la Iglesia no resuelva, no puede buscar otra pareja. Este es el punto que la gente no hace. Y, claro, se mete en otros líos, y después quiere que todo se soluciones tan fácilmente.

El gran problema está, entonces, en la Iglesia, que tiene aparcados miles de casos de matrimonios que no funcionan y que no resuelve sólo por una cosa: las personas que se dedican a eso no tienen Espíritu. Si lo tuvieran, enseguida verían si ese matrimonio es válido o no ante Dios. Pero como no tienen vida espiritual, entonces hacen un negocio de todo eso. Y hay matrimonios que no se resuelven porque no hay dinero, porque se exige mucho dinero para eso.

Esta verdad es la que no se dice y, por eso, se quiere inventar una razón para que los divorciados comulguen en sus pecados.

Y hay personas que ven su pecado en su nueva unión, que ven que esa nueva unión Dios la quiere; pero no pueden obrar por culpa de la Iglesia, porque la Iglesia no resuelve. Se ha hecho materialista; vive para ganar dinero; vive de un negocio, pero no del Espíritu.

Para que un matrimonio sea válido es necesario que los dos quieran una cosa: darse el sí para una obra divina. Si esto no lo tienen claro, si esta intención no está clara, entonces no es válido ese matrimonio.

El matrimonio, como Sacramento, no es un contrato jurídico ni humano, ni natural, ni material, ni social. Es un sí espiritual que los dos deben dar a Cristo. Es un sí para una obra en la Iglesia de Cristo. Es un sí para salvarse y santificarse en la Iglesia. Y, por tanto, es un sí que debe apoyarse en la Fe en Cristo. No puede apoyarse en una fe humana, en un razonamiento humano, en una posición humana, social, política, económica.

Muchos se casan por este Sacramento por un motivo meramente humano, material, carnal, etc., pero el sí que se dan es sólo el sí a lo humano, a una vida humana, a una vida material, y no más. No está la intención de casarse para una salvación y para una santificación del alma. Es decir, muchos se casan sin fe en lo que es el matrimonio como Sacramento. Se casan en su pensamiento, en su idea de lo que es un matrimonio, pero no ven la gracia del Matrimonio, lo sagrado del matrimonio, el fin para el cual el Señor ha puesto el matrimonio en la Iglesia, lo divino del matrimonio.

Ese sí humano que se dan es porque no tienen los dos una fe verdadera ni en Cristo ni en Su Iglesia.

Un matrimonio sólo basado en una fe humana, en un sí humano, en un sí sentimental, afectivo, carnal, material, político, económico, social, no hace válido el matrimonio.

Lo que valida un sacramento no son las palabras humanas, sino la intención con que se pronuncian esas palabras. Y muchos mienten diciendo sí a la otra persona, con su boca, pero en su intención es un no. No se casan para una obra divina, que nace de una fe divina, sino que se casan por un motivo humano, propio de su fe humana, de su visión humana de la Iglesia, de la vida espiritual, de las cosas divinas.

Es muy importante investigar la intención de cada cónyuge a la hora de validar o no un matrimonio que no funciona. ¿Qué intención tuvieron al casarse? Porque aquí está la solución a muchos problemas en los matrimonios que no funcionan.

Y cada persona, si es sincera consigo misma, sabe su intención, el motivo real de su casamiento, de su sí a la otra persona. Y hay que educar a los novios a esta intención recta. Hay que enseñar a los novios cómo conseguir una intención recta en el matrimonio para que, después, el matrimonio sea válido.

Muchos viven sus vidas en la Iglesia, en la vida espiritual, de forma humana, natural, cargados de una intención humana; es decir, hacen las cosas de la Iglesia, de la vida espiritual, con un fin humano, natural, propio de los hombres. Lo hacen sin fe; con un conocimiento de libro, de catecismo, sobre la Iglesia, sobre Dios, sobre los Sacramentos; pero es sólo una inteligencia que tienen pero que no la ponen en práctica. Se saben la lección, pero viven otra cosa. Viven su estilo humano de vivir, de obrar, de pensar, de decidir en la vida, de sentir en la vida. Y ese estilo humano va en contra de la fe divina, que les exige vivir para un objetivo divino, no humano.

Hay mucha gente que se casa sin fe divina, sólo con su fe humana. Conocen muchas cosas de la Iglesia, pero viven lo espiritual con sus miras humanas. Y, entonces, no es válido el matrimonio, porque no hay recta intención.

La intención en el sacramento del matrimonio tiene que ser divina, no humana: la persona se casa porque se lo pide Dios y para una obra que Dios le pide. Ésta es la intención divina. Por eso, es necesario formar a las parejas para que busquen esta intención y no se queden en la intención humana: se casan porque se gustan y para algo humano. Entonces, no se casan. No es válido un matrimonio con una intención sólo humana de la vida. Es necesario la intención divina y, por tanto, es necesario la fe divina en ambos. Porque el matrimonio es ya un Sacramento. Antes de Cristo, Dios no pedía esta intención divina a los hombres y a las mujeres. Los matrimonios que se formaban era con intención humana, no divina. Pero al ser el matrimonio un Sacramento, para validar ese matrimonio, Dios exige la intención divina en ambos.

Por eso, no hay que tener prisa en casarse con otra persona, hasta que no se conozca si realmente esa persona tiene una intención divina en el matrimonio.

Como las almas, hoy día, no viven la fe divina, sino que están en la Iglesia con su fe humana, después tienen prisa para solucionar sus problemas en el matrimonio por caminos equivocados.

Y como la Iglesia carece de Espíritu, tampoco sabe ser camino para estos matrimonios, y entonces todo el mundo quiere lo de Kasper: anulemos el pecado para que así los divorciados puedan comulgar. Todo consiste en llorar un poco por esos casos límites en que hay que aplicar la misericordia sin la justicia, que es lo que se pretende hacer. Y se recurren a argumentos extraños, buscando en los orígenes de la Iglesia la solución a lo que es fácil si se ve la verdad del matrimonio.

La verdad del matrimonio es que está roto por el pecado. Y si los dos no viven en gracia, ese matrimonio seguirá roto. Si los dos no tienen vida espiritual, vida auténtica de fe, el matrimonio seguirá roto. Si los dos viven en sus pecados, el matrimonio seguirá roto.

Es esto lo que se niega: que el matrimonio esté roto. Lo niega Francisco: el pecado original no rompió el matrimonio. Esta postura protestante de Francisco y de Kasper, producen que todo el mundo esté preocupado por una sola cosa: busquemos una idea magnífica para anular el pecado y así los divorciados puedan comulgar.

Kasper es un hereje, que no cree en nada, que ha hecho una teología protestante. Él anula con su teología la doctrina de Cristo y la misma Iglesia. Kasper no tiene la fe católica. Es un protestante más, es un comunista más, es un socialista más, que busca, como todos, estar en la Iglesia con sus malditos pecados porque aman sus malditos pecados. Y se pasan su vida sacerdotal buscando una idea para encumbrar, para excusar, para justificar sus malditos pecados. Y Kasper es alabado por Francisco: son de la misma rama; son para un mismo lugar; son tal para cual: dos necios que se besan para darse el abrazo de su estupidez y decirse a sí mismos lo bueno que son para todo el mundo.

Lo que viene ahora es el comunismo en la Iglesia: hagamos un común, gobernados por un dictador, y seamos todos felices porque Dios nos ama a todos.

Y, en ese comunismo, el dictador el que se siente en la Silla de Pedro. Ése será el que tenga en su bolsillo el dinero del Banco Vaticano y lo administre en su pecado, en su injusticia, en su mala vida. Y, entonces, la Iglesia degenerará en la más completa ruina, porque como no es un negocio para el mundo, los que quieran regir ese negocio la llevarán a su quiebra económica.

Una iglesia que sólo se centra en los problemas de los hombres es una iglesia sin la verdad, sin la ley de Dios, sin la norma de moralidad. Es una iglesia sin Cristo porque echa a Cristo de su misma casa.

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