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Entrevista al Cardenal Burke

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LSN: Después del sínodo extraordinario sobre la familia, hemos entrado en un período de incertidumbre y de confusión a propósito de varias cuestiones “sensibles”: la comunión para las parejas divorciadas y “vueltas a casar”, un cambio de actitud hacia las uniones homosexuales y una aparente relajación de actitudes hacia las parejas no casadas. ¿Considera, su Eminencia, que esta confusión ya está dejando sus efectos contrarios entre los católicos?

Cardenal Burke: Con toda seguridad, así es. Lo escucho yo mismo: lo escucho de los católicos, lo escucho de los obispos. La gente está reclamando ahora, por ejemplo, que la Iglesia ha cambiado su enseñanza con respecto a las relaciones sexuales fuera del matrimonio, o en cuanto a la maldad intrínseca de los actos homosexuales. O las personas que están dentro de las uniones matrimoniales irregulares exigen recibir la Sagrada Comunión, afirmando que ésta es la voluntad del Santo Padre. Y tenemos situaciones sorprendentes, como las declaraciones del obispo de Amberes con respecto a los actos homosexuales, que pasan sin ser castigadas, y así podemos ver que esta confusión se está extendiendo, en realidad, de una manera alarmante.

LSN: El Arzobispo Bonny ha declarado que la Humanae vitae ha sido cuestionada por muchos: y que ahora es el momento para cuestionar otras cosas. ¿No estamos en un período en que las enseñanzas de la Iglesia están siendo discutidas más que antes?

CB: Sí, creo que sí. Ahora, parece que las personas, que antes no contestaban la enseñanza de la Iglesia, porque estaba claro que la autoridad de la Iglesia prohibía ciertas discusiones, ahora se sienten muy libres para disputar incluso la ley moral natural, que incluye una enseñanza como la Humanae vitae, que ha sido la enseñanza constante de la Iglesia con respecto a la cuestión de la anticoncepción.

LSN: Se ha dicho, después de la publicación de la Relatio post disceptationem, que hubo una manipulación que consistía en introducir en las preguntas sinodales lo que en realidad no tiene nada que ver con la familia. ¿Aceptaría expresarse sobre cómo y por qué se produjo esta “manipulación”? ¿Quién se beneficia?

CB: Es claro que hubo una manipulación, porque las intervenciones reales de los miembros del sínodo no fueron publicadas, y sólo el informe de la mitad de la sesión, o la “Relatio post disceptationem”, fue dado a conocer, el cual no tenía nada que ver con lo que estaba ocurriendo en el sínodo. Y es claro que había individuos que, obviamente, tenían una influencia muy fuerte en el proceso sinodal, que estaban presionando con un programa que no tiene nada que ver con la verdad sobre el matrimonio, como Nuestro Señor mismo nos lo enseña, como nos es transmitida en la Iglesia. Ese programa se refería a  tratar de justificar las relaciones sexuales fuera del matrimonio y los actos sexuales entre personas del mismo sexo y, en cierto manera, claramente relativizar -e incluso ocultar- la belleza de las enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio como una unión fiel, indisoluble, procreadora entre un hombre y una mujer.

LSN: ¿Quién se está beneficiando? Como fieles católicos, estamos sorprendidos y preocupados por la aparición repentina de estos temas.

CB: Bueno, no puede ser un beneficio para nadie, porque no es cierto: no es la verdad. Y así sólo está haciendo daño a todos. Puede ser percibido como un beneficio, por ejemplo, para las personas que por alguna razón se encuentran atrapados en situaciones inmorales. Puede ser visto por algunos, en alguna manera, para justificarlos. Pero no pueden justificarlos, porque los propios actos no pueden ser justificados.

LSN: Usted ha hablado, en otra ocasión, sobre la firme resistencia puesta en estos puntos por muchos padres sinodales. ¿No es esto un gran signo de esperanza? ¿Esta resistencia le sorprende?

CB: No, no me sorprende, aunque yo estaba muy agradecido por ello, porque en cierto modo, cuando la Relatio post disceptationem fue publicada, por ejemplo, cuando se observaba la dirección que claramente se estaba dando al sínodo, se tenía miedo que, quizás, los padres sinodales no iban a hablar – pero lo hicieron. Y ellos hablaron con fuerza, un número de ellos, y gracias a Dios por eso. Confío que estos mismos padres sinodales – espero que muchos de ellos serán designados para la sesión de septiembre del 2015 – también hablarán con fuerza en esa ocasión.

LSN: En los tres artículos que no obtuvieron una mayoría absoluta de dos tercios permanece alguna confusión en el significado de los votos. Se han incluido en el informe final y en los Lineamenta.  Ellos obtuvieron simples mayorías de más de la mitad, pero se me ocurre que la redacción de los párrafos es tal que realmente no se puede saber lo que significa el voto. ¿Es errónea mi idea?

CB: Es muy confuso. He participado, creo, en cinco sínodos, y en cada sínodo, excepto éste, en el cual participé, una propuesta – en este caso, un párrafo – que no recibió el voto de dos tercios necesario fue simplemente eliminado; no fue publicado, y no se convirtió en parte del documento del sínodo. En este caso se insistió en publicar el documento con todos los párrafos, simplemente indicando el número de votos. Y así, muchas personas toman esto como una indicación de que estos párrafos son, más o menos, tan aceptables como los otros. Pero, de hecho, ellos fueron excluidos por los miembros del sínodo. Tristemente, recibieron una mayoría simple de los votos, lo que es de gran preocupación para mí – que muchos padres sinodales hayan votado a favor de los textos que eran confusos, y algunos simplemente por error.

LSN: En repetidas ocasiones, todavía los padres sinodales que han promocionado los temas del “nuevo matrimonio” de los divorciados y de los homosexuales, o las uniones no matrimoniales, han repetido que la cuestión no es doctrinal, sino pastoral. ¿Cuál es su respuesta a esto?

CB: Eso es simplemente una falsa distinción. No puede haber nada que sea saludable propiamente en la pastoral que no sea saludable en lo doctrinal. En otras palabras: no se puede separar la verdad del amor. Todavía en otras palabras: no se puede amar no vivir la verdad (otra traducción: una vida fuera de la verdad no puede ser una vida de amor). Y así, decir que sólo estamos haciendo cambios pastorales que no tienen nada que ver con la doctrina es falso. Si se admiten a la Sagrada Comunión personas que se encuentran en uniones matrimoniales irregulares, entonces se está haciendo directamente una declaración sobre  la indisolubilidad del matrimonio, porque Nuestro Señor dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio”. Y la persona, en una unión matrimonial irregular, está viviendo en un estado de adulterio público. Si se le da la Sagrada Comunión a esa persona entonces, de alguna manera, se está diciendo que esto está bien doctrinalmente. Pero esto no puede ser.

LSN: Así que el simple hecho de poner esto en discusión es ya un error.

CB: Sí. De hecho, he pedido, más de una vez, que estos temas, los cuales no tienen nada que ver con la verdad sobre el matrimonio, sean sacados de los trabajos del sínodo. [Si la gente quiere discutir estas cuestiones, muy bien, pero no tienen nada que ver con la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio]. Y lo mismo pasa con la cuestión de los actos sexuales entre personas del mismo sexo, y cosas así.

LSN: Como católicos, conocemos que el matrimonio es vincularse a una vida, y que el matrimonio es un “signo” de la unión de Cristo y de la Iglesia, y también conocemos de su profundo vínculo con la Eucaristía. La “Teología del cuerpo” del Papa Juan Pablo II trajo una especial luz en esto, pero su trabajo no ha sido citado en los sucesivos documentos sinodales. ¿Cuál es su opinión sobre esta omisión? ¿La extensión de este trabajo no sería proporcionar respuestas reales a los problemas de hoy en día?

CB: Por supuesto. La enseñanza de san Juan Pablo II es tan luminosa, y él se consagró con tal atención e intención a la cuestión de la verdad sobre la sexualidad humana y la verdad sobre el matrimonio, como dijimos un número de nosotros en los debates del Sínodo y en los pequeños grupos de discusión. Nosotros abogamos por un retorno a ese magisterio del Papa San Juan Pablo II, que es un reflejo de lo que la Iglesia siempre ha enseñado y practicado. Pero, de hecho, se ha dado la impresión de que la Iglesia no ha sentado cátedra en estas áreas.

LSN: Esto es lo más extraordinario…

CB: Es muy extraordinario. Es pasmoso. Lo encontré difícil de creer habiendo sido testigo de ello. De hecho, creo que algunas personas se niegan a creer esta realidad porque es absurdo.

LSN: En realidad, san Juan Pablo II respondió a la ideología de género antes que llegara a ser bien conocida.

CB: Absolutamente. Él estaba tratando todas estas cuestiones en un nivel más profundo, y tratando con ellas estrictamente en términos de la ley moral natural, qué razón nos enseña, y qué la fe nos enseña, obviamente, en la unión con la razón, pero elevando e iluminando lo que la razón nos enseña sobre la sexualidad humana y sobre el matrimonio.

LSN: Entre los puntos de vista del cardenal Kasper y, más recientemente, del arzobispo Bonny de Amberes, y de otros, fue la consideración de que los “fieles” homosexuales, los divorciados “vueltos a casar” y las parejas no casadas, muestran cualidades de abnegación, generosidad y dedicación que no pueden ser ignoradas. Pero a causa de su elección de forma de vida, permanecen, en lo que exteriormente se juzga, como en un estado objetivo de pecado mortal: un estado de pecado mortal elegido y prolongado. ¿Podría recordarnos la enseñanza de la Iglesia sobre el valor y el mérito de la oración y las buenas obras en este estado?

CB: Si se está viviendo públicamente en un estado de pecado mortal no hay ninguna buena obra que pueda ser hecha que justifique esta situación: la persona permanece en pecado grave. Creemos que Dios ha creado a cada uno bueno, y que Dios quiere la salvación de todos los hombres, pero que sólo puede lograrse mediante la conversión de la vida. Y así, tenemos que llamar a las personas, que viven en estas situaciones gravemente pecaminosas, a la conversión. Y  dar la impresión que, de alguna manera, hay algo bueno en una vida en estado de pecado grave, es simplemente contrario a lo que la Iglesia ha enseñado siempre y en todas partes.

LSN: Así que cuando el hombre de la calle dice, sí, es verdad que estas personas son amables, se dedican una a la otra, son generosos, ¿eso no es suficiente?

CB: Por supuesto que no lo es. Es como la persona que asesina a alguien y todavía es amable con otras personas…

LSN: ¿Qué auténtica pastoral recomienda para las personas en esas situaciones, y qué pueden obtener de la práctica de su fe, en la medida en que es posible, cuando no pueden obtener la absolución o recibir la Sagrada Comunión?

CB: En mi propia experiencia pastoral he trabajado con personas que se encuentran en estas situaciones, y he tratado de ayudarlos, con el tiempo, con respecto también a las obligaciones, que en justicia tienen que cumplir, para cambiar sus vidas. Por ejemplo, en el caso de los que están en uniones matrimoniales no válidas, tratar de ayudarlos, ya sea que se separen si eso es posible, o que vivan como hermano y hermana en una relación casta, si hay niños y están obligados a criar a los niños.

LSN: En el caso de las parejas vueltas a casar que tienen sus propios hijos e hijos de un matrimonio anterior, ¿no crea esto situaciones muy difíciles?

CB: Evidentemente. De hecho, estoy profundamente preocupado por el debate acerca del proceso de nulidad matrimonial: se da la impresión de que hay sólo una parte involucrada, es decir, la persona que está solicitando la declaración de nulidad. El hecho es que hay dos partes involucradas, hay niños involucrados, y hay todo tipo de relaciones implícitas en cualquier matrimonio. Y así, el asunto es extremadamente complejo, nunca se es capaz de dar cualquier solución fácil.

LSN: Se ha planteado la cuestión de la comunión espiritual para estas personas que viven en matrimonios inválidos o uniones imposibles. No entiendo muy bien cómo se puede tener una comunión espiritual en esta especie de estado.

CB: Este término fue utilizado de una manera imprecisa. Para hacer una comunión espiritual hay que tener todas las disposiciones necesarias para recibir, en la práctica, la Sagrada Comunión. La persona, que hace una comunión espiritual, está simplemente en una situación en la que -él o ella- no tiene acceso al Sacramento, pero se halla totalmente dispuesta a recibirlo, y así hace un acto de comunión espiritual. Creo que algunas personas que utilizaron este término, estaban hablando sobre el deseo de la persona, que se encuentra a sí misma en una situación de pecado, de ser liberada de esa situación, y así ruegan y piden la ayuda de Dios para voltear sus vidas, cambiar sus vidas, para encontrar una nueva forma de vivir, y así puedan estar en estado de gracia. Podemos llamar a esto el deseo de la Sagrada Comunión, pero no es la comunión espiritual. No puede ser. La naturaleza de la comunión espiritual, por cierto, fue definida en el Concilio de Trento: se dejó muy claro que se requiere de todas las disposiciones, y así tiene sentido.

LSN: ¿Cómo puede ayudar la Iglesia realmente a todos los implicados en estas situaciones: cónyuges abandonados, hijos de matrimonios legítimos que han sido heridos por el divorcio de sus padres, personas que están luchando con tendencias homosexuales o que permanecen en alguna manera “atrapados” en una unión ilegítima? ¿Y cuál debe ser nuestra actitud: la actitud de los fieles?

CB: Lo que la Iglesia puede hacer, y que es el mayor acto de amor por parte de la Iglesia, es presentar la enseñanza sobre el matrimonio, la enseñanza que viene de las palabras mismas de Cristo, la enseñanza que ha sido una constante en la tradición, a cada uno, como un signo de esperanza para ellos. Y también ayudar a reconocer la pecaminosidad de la situación en la que se encuentran; y al mismo tiempo llamar a abandonar esa situación pecaminosa, y encontrar una forma de vivir de acuerdo con la verdad. Y esta es la única manera que la Iglesia puede ayudar. Esta fue mi gran esperanza para el Sínodo: que el Sínodo levantara ante el mundo la gran belleza del matrimonio, y la belleza del matrimonio es la verdad sobre el matrimonio. Siempre le digo a las personas: la indisolubilidad no es una maldición, es la gran belleza de la relación matrimonial. Esto es lo que da belleza a la relación entre un hombre y una mujer, que la unión es indisoluble, que es fiel, que es procreativa. Pero, ahora casi se comienza a tener la impresión que, de alguna manera, la Iglesia se avergüenza del tesoro tan hermoso que tenemos en el matrimonio, como Dios hizo al hombre y la mujer desde el principio.

LSN: Algunos pastores, algunas veces, dan la impresión que se avergüenzan de hablar sobre el pecado, o de hablar sobre la castidad.

CB: Esto también fue planteado en el sínodo. Uno de los padres sinodales, dijo: “¿Acaso no existe más el pecado?” Uno tiene esa impresión. Y, lamentablemente, desde la caída de nuestros primeros padres, siempre existe la tentación de pecar, y existe el  pecado en el mundo, y tenemos que reconocerlo y  llamarlo por su nombre, y tratar de superarlo.

LSN: ¿No están llamados de una manera especial los católicos y los padres cristianos para educar a sus hijos en la modestia y en la decencia? Esto ha desaparecido completamente en muchos lugares.

CB: Sí, esto es tan cierto. Una parte del Evangelio de la Vida ordena enseñar a los niños, en el hogar y en las escuelas, las virtudes fundamentales que muestran el respeto por nuestra propia vida y por la vida de los demás, así como para nuestros propios cuerpos; a saber, la modestia, y la pureza, y la castidad. Formar en esta manera, desde sus primeros años a los niños pequeños. Pero esto también está en gran peligro, simplemente porque la catequesis en la Iglesia ha sido tan débil, y en algunos casos confusa y errónea, y ha habido una tal fractura en la vida familiar, que los niños han sido sometidos a una educación que les deja indefensos para vivir la verdad sobre el matrimonio, y vivir la verdad sobre su propio cuerpo, su propia vida humana.

LSN: ¿Qué es lo más urgente que deberíamos hacer para evitar el desorden del divorcio y de todas las uniones inaceptables?

CB: Yo, realmente, creo que comienza en la familia. Necesitamos fortalecer las familias, formar primero al esposo y a la esposa para que vivan la verdad del matrimonio en su propia casa, que se convierte, entonces, no sólo en la fuente de salvación para ellos, sino también en una luz en el mundo. Un matrimonio que viva en la verdad es tan atractivo y tan hermoso, que lleva a la conversión de otras almas. Necesitamos formar, de esta manera, a los niños y, sobre todo, hoy día, los niños tienen que ser criados de tal manera que sean capaces de vivir contra la cultura. No pueden, por ejemplo, aceptar esta teoría del género que está infectando a nuestra sociedad; tienen que ser criados para que rechacen estas falsedades y vivir la verdad.

LSN: Existe un vínculo entre la anticoncepción y el divorcio: del 30 al 50 por ciento de las parejas casadas, que usan la anticoncepción, llegan al divorcio; mientras que menos del 5 por ciento de las personas, que no usan la anticoncepción, ya sean cristianos o no, o que usan la planificación familiar natural, se divorcian. ¿Está de acuerdo que un lenguaje claro y una mayor participación pastoral de la Iglesia para promover la Humanae vitae son esenciales para obtener uniones más estables?

CB: Absolutamente. Y el Beato Papa Pablo VI lo dejó claro en la Carta Encíclica Humanae vitae: que la práctica de la anticoncepción llevaría a la desintegración de la vida familiar, a la pérdida del respeto por la mujer. Simplemente, necesitamos reflexionar sobre el hecho que una pareja, que usa la anticoncepción, ya no se entrega totalmente el uno al otro. Que introduce ya un elemento de ruptura en el matrimonio; y si esto no se corrige y se remedia, fácilmente puede conducir al divorcio.

LSN: Sobre la cuestión del número de la familia y la libertad de los padres, ¿es materia de especial preocupación para usted el movimiento mundial “ecológico” y la promoción internacional de la planificación familiar y del control de la población?

CB: Sí, estoy muy preocupado sobre esto, porque las personas están siendo conducidas falsamente a pensar, que deberían usar alguna forma de control de la natalidad con el fin de ser  administradores responsables de la tierra. En realidad, la tasa de natalidad, en la mayoría de los países, es muy inferior a lo que debería ser para reemplazar la actual población. Dejando de lado todo esto, la verdad es que si Dios ha llamado a una pareja al matrimonio, entonces Él los está llamando también a ser generosos para recibir el don de una nueva vida humana. Y así, hoy necesitamos muchas familias numerosas, y gracias a Dios veo hoy, entre algunas parejas jóvenes, una generosidad notable con respecto a los niños. La otra cosa que escucho que rara vez se menciona hoy, pero que siempre se enfatizó cuando yo estaba creciendo, y también en la tradición de la Iglesia, es que los padres deberían ser generosos en tener hijos para que algunos de sus hijos pudieran recibir la llamada al sacerdocio o a la vida consagrada, y al servicio de la Iglesia. Y que la generosidad de los padres, sin duda, inspirará, en el niño que tiene una vocación, una generosa respuesta a la misma.

LSN: El matrimonio monógamo de por vida es muy bien conocido para los católicos, muchos dirán, pero la “dureza de corazón” de los no católicos debiera permitir el divorcio y el nuevo matrimonio en las legislaciones civiles. Por otro lado, las naciones cristianas han hecho mucho para llevar la estabilidad social y la dignidad del matrimonio natural en muchos lugares del mundo. ¿La venida de Cristo cambia la situación de todos los hombres, y es correcto promover e incluso, tal vez, imponer esta visión del matrimonio natural, incluso en las sociedades no católicas?

CB: Creo que tiene que ser exactamente subrayado, que la enseñanza de Cristo sobre el matrimonio es una afirmación, una confirmación, de la verdad sobre el matrimonio desde el principio, para usar Sus palabras, o que la verdad sobre el matrimonio está escrita en cada corazón humano. Y así la Iglesia, cuando enseña sobre el matrimonio monógamo, fiel, de toda la vida, está enseñando la ley moral natural, y tiene razón en insistir en esto en la sociedad en general. El Concilio Ecuménico Vaticano II se refiere al divorcio como una plaga en nuestra sociedad, y lo es. La Iglesia tiene que ser cada vez más fuerte en la oposición a la práctica generalizada del divorcio.

LSN: ¿Cree que los estudios sobre la situación y mejores resultados de los niños en las familias estables monógamas deberían desempeñar un papel más importante, en los preparativos para el matrimonio?

CB: Creo que sí. Enfatizar la belleza del matrimonio como es vivida por muchas parejas hoy en día, de una manera fiel y generosa, y la vida familiar, como es experimentada por los niños que viven en una familia amorosa… lo cual no significa que no haya problemas. Esto no quiere decir que no haya tiempos difíciles en la familia y en el matrimonio, pero que con la ayuda de la gracia de Dios, la respuesta es siempre, en última instancia, una respuesta de amor, de sacrificio, de aceptación de cualquier sufrimiento que sea necesario para ser fieles en el amor.

LSN: Pero la sociedad moderna no acepta el sufrimiento, ya sea al final de la vida, o durante el embarazo, o en el matrimonio…

CB: Por supuesto, no lo hace porque no entiende el significado del amor. Cristo dijo: si alguno quiere venir en pos de mí tome la cruz y sígame, y así la esencia de nuestra vida es sufrir en el nombre del amor: el amor de Dios y del prójimo.

LSN: ¿Estaría de acuerdo, como dice algunas personas, que muchos matrimonios católicos hoy en día, a causa de una preparación insuficiente o por la ignorancia del significado de los votos matrimoniales, son a menudo inválidos? ¿Cuál es su específica experiencia en este punto como prefecto del supremo Tribunal de la Signatura Apostólica?

CB: Creo que es muy injustificado hacer declaraciones generales sobre el número de los matrimonios que son válidos o inválidos. Cada matrimonio debe ser examinado; y el hecho de que las personas puedan no haber tenido una buena catequesis,  y así ciertamente puedan haber sido débiles (espiritualmente) para la vida matrimonial, no necesariamente es una indicación que lleve un consentimiento inválido del matrimonio, porque la naturaleza misma enseña sobre el matrimonio. Lo vimos en la Signatura Apostólica: sí, hubo más declaraciones de nulidad del matrimonio, pero examinando esos casos que se presentaron no se  estableció la nulidad del matrimonio, no se demostró ser verdad.

LSN: Usted ha mostrado en el libro “Permanecer en la Verdad de Cristo” que la simplificación del procedimiento no es la respuesta.

CB: No, en absoluto.  Porque se trata de situaciones muy complejas y requieren un proceso cuidadosamente articulado con el fin de llegar a la verdad. Si la verdad no nos importa  más, entonces cualquier proceso será aceptable; pero si la verdad nos preocupa, entonces tendrá que haber un proceso como el que la Iglesia emplea actualmente.

LSN: Y la Iglesia ha hecho mucho por los procedimientos judiciales en el mundo civilizado…

CB: La Iglesia ha sido admirada durante años como un espejo de justicia; su manera de administrar justicia fue un modelo para otras jurisdicciones. Ya ha existido una experiencia en la Iglesia con un proceso modificado de nulidad matrimonial, que tuvo lugar en los Estados Unidos de 1971 a 1983. Tuvo efectos desastrosos y las personas comenzaron a hablar de “divorcio católico“, y no sin razón. Esto es un escándalo para aquellos que trabajan en el ámbito de la justicia o son ministros de justicia en el orden secular, porque cuando ven que la Iglesia no practica la justicia, la verdad no les importa  más, entonces ¿qué pueden posiblemente significar la ley y la justicia?

LSN: Un exorcista italiano, el padre Sante Babolin, dijo recientemente que durante un exorcismo, el espíritu malo, que atormentaba a la esposa de uno de sus amigos, le dijo: “No puedo soportar que se amen” ¿No es esto un mensaje que las parejas casadas deberían meditar?

CB: Por supuesto. No hay mayor fuerza, en el mundo, contra el demonio que el amor entre un hombre y una mujer en el matrimonio. Después de la Santa Eucaristía, tiene un poder más allá de lo que podemos imaginar. Yo no sabía nada de esta historia, pero no me sorprende; y seguramente es cierto que cada vez que una pareja ha contraído matrimonio con toda su mente y su corazón, el diablo va a hacer el trabajo de  tratar de destruir ese hogar, porque ese hogar es una cuna de gracia, donde la gracia se recibe, no sólo para la pareja, sino para los niños y para todos aquellos que están cerca de la familia.

LSN: ¿Cómo pueden las parejas casadas valorar mejor y proteger su amor conyugal?

CB: En primer lugar, con una vida diaria de oración fiel, y con la confesión frecuente, porque todos necesitamos esa ayuda con el fin de vencer el pecado en nuestras vidas, incluso pecados pequeños, pecados veniales, y también protegernos contra los pecados más graves. Y luego, por supuesto, la Eucaristía que es el centro de toda vida cristiana de una manera muy particular. Es el centro de la vida matrimonial porque es comunión con nuestro Señor Jesucristo, para vivir de ese amor que Él tiene por la Iglesia, donde el matrimonio es sacramento: es el signo de Su amor en el mundo, y así en la Eucaristía la pareja recibe la gracia, de la manera más abundante y más fuerte, que le permite vivir su alianza de amor.

LSN: ¿Cree usted que existe un vínculo entre el “culto a la muerte” – una liturgia antropocéntrica, sin adoración a Dios – y la cultura de la muerte?

CB: Estoy muy convencido que donde los abusos introducidos en la práctica de la liturgia en la Iglesia, abusos que reflejaban una dirección muy antropocéntrica, en otras palabras, donde el culto sagrado comenzó a ser presentado como la actividad del hombre en lugar de la acción de Dios entre nosotros, claramente ha conducido a las personas en una dirección equivocada, y que ha tenido un impacto muy negativo en la vida de cada individuo, y de un modo particular en la vida matrimonial. La belleza de la vida matrimonial es percibida y confirmada, en una manera muy particular, en el Sacrificio Eucarístico.

LSN: Como católicos estamos obligados a actuar en la sociedad y también a actuar políticamente, teniendo un compromiso político. Pero en Francia no existe un único partido representado que defienda el matrimonio por completo y que defienda la vida completamente. ¿Qué deberían hacer los católicos: comprometerse en un movimiento incluso cuando saben que este movimiento está en contra de los principios no negociables, o deberían tratar de construir otra cosa?

CB: Lo ideal es que deberían tratar de construir una fuerza política en la sociedad que se mantenga totalmente en la verdad, en los bienes no negociables con respecto a la vida humana y a la familia. Y ellos deberían manifestar con claridad su propia posición, e insistir en esto con los partidos políticos existentes, para ser una fuerza que reforme esos partidos políticos. Es evidente que no se puede tomar partido en ningún tipo de movimiento que sea contrario a la ley moral. Por otro lado, si en ese partido o movimiento político hay signos de una reforma, de una adhesión a la ley moral, entonces deberíamos apoyarlo y alentarlo.

LSN: ¿Qué santos deberíamos invocar hoy día para la familia?

CB: En primer lugar, la Sagrada Familia de Nazaret: la Virgen María, San José y Nuestra Señor Jesús. Y luego, hay  grandes santos casados. Pienso, por ejemplo, en los padres de la pequeña Teresa, el Beato Luis y Celia Martin; pienso también en un gran santo como San Gianna Molla, aquí en Italia; en un gran santo que murió mártir por la familia, Santo Tomás Moro, que era un hombre casado y comprendió plenamente la vocación matrimonial. También la pareja Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi, beatificados aquí en Italia. Pienso mucho de Santa Rita de Cascia, que era una madre muy fiel: rezó mucho por la conversión de su esposo, y también por la conversión de sus dos hijos… Estos serían sólo algunos ejemplos… hay tantos otros.

LSN: ¿Cómo podemos permanecer fieles a la Iglesia y al Papa en estos tiempos difíciles?

CB: Hay que adherirse claramente a lo que la Iglesia siempre ha enseñado y practicado; esta es nuestra ancla. Nuestra fe no está en las personas individuales, nuestra fe está en Jesucristo. Sólo Él es nuestra salvación, y Él está vivo para nosotros en la Iglesia a través de su enseñanza, a través de sus sacramentos, y a través de su disciplina. Digo a las personas – porque muchas personas hoy día están en comunicación conmigo, las cuales se encuentran bastante confusas, preocupadas y molestas – no, tenemos que mantener la calma, y ​​debemos permanecer llenos de esperanza para llegar a una apreciación cada vez más profunda de la verdad de nuestra fe, y adhiriéndose a esto. Esto es inmutable, y nos dará la victoria al final. Cristo dijo a San Pedro cuando hizo su confesión de fe: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia“. Sabemos que esto es verdad, y tenemos que sufrir, mientras tanto, por la verdad; pero tenemos que estar seguros de que el Señor va a ganar la victoria al final.

Traducción no oficial de la entrevista en inglés al Cardenal Burke. En la versión francesa.

Jesús sólo habla a Su Iglesia Remanente

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«La caridad no pasa jamás; las profecías tienen su fin, las lenguas cesarán, la ciencia se desvanecerá» (1 Cor 13, 8).

Dios siempre está hablando, pero los hombres no saben estar atentos a Su Palabra. No viven en Su Presencia. No saben buscar a Dios. Sólo saben vivir su vida humana.

El Padre engendra a Su Verbo. Y es una Obra Eterna, que el hombre ni puede entender ni sabe cómo explicarla.

La Palabra de Dios se da a los corazones de los humildes. Humildad que no significa una presencia exterior del hombre. No porque el hombre vista pobremente se tenga que considerar como una persona humilde. No porque el hombre hable suavemente, diciendo palabras bellas, agradables, haya que considerarlo como un hombre humilde.

La humildad es una virtud en el hombre. Y toda virtud es una lucha del hombre contra el vicio.

El humilde es el que lucha contra su soberbia. Y la soberbia está en la mente del hombre. Está en sus ideas, en sus filosofías, en su lenguaje humano.

Todo hombre nace soberbio y muere en la soberbia. Y, por eso, los santos caen siete veces al día. Porque el pecado de Adán fue la soberbia: la mente del hombre quedó dividida para siempre.

Por más que el hombre piense, medite, analice, sintetice, nunca va a llegar a la verdad plena. Necesita al Espíritu de la Verdad para comprender la plenitud de la Verdad, para poder penetrar en la Verdad.

Es Cristo la Verdad. Porque Cristo no tenía pecado. Fue engendrado sin pecado original y, en su vida terrena, nunca pecó. Luego, su mente humana nunca estuvo dividida. Cristo, como Hombre, conocía toda la Verdad. Cristo, como Dios, era la Verdad.

Dios es la Verdad; el hombre puede conocer toda la Verdad, pero no es la Verdad.

En la vida de todo hombre, su «conocimiento es imperfecto» (Ib., v.9), por la división de su mente. Y, por lo tanto, todo cuanto conoce el hombre es imperfecto: sus filosofías, su ciencia, su técnica, sus estudios, su teología, las profecías…Todo es imperfección.

Cuando Dios habla al hombre no puede decirle toda la verdad, porque el hombre, por la división de su mente humana, no es capaz de asimilar toda la verdad. No puede. Una cosa dividida no puede alcanzar la plenitud. El hombre tiene que morir para que pueda penetrar, con su inteligencia humana, los misterios divinos.

Adán conocía toda la Verdad. Su pecado fue inmenso. Adán fue creado en la Verdad, en toda la Verdad. Pero fue creado para una obra divina, que no aceptó, a la cual no se sometió. Su mente humana rechazó la verdad de esa Obra y produjo -en todo hombre- la división de la mente.

La mente del hombre está dividida; pero también su cuerpo está dividido de su alma. El cuerpo del hombre, unido sustancialmente con el alma, no sigue al alma. No se une al alma. Sino que busca sólo lo carnal. Es una división espiritual, no de la sustancia de la naturaleza humana.

La carne fue el otro pecado de Adán. Primero, en su mente; después, en su carne. Primero, la soberbia de la mente; después, la lujuria de la carne.

La Virgen María fue Inmaculada, no sólo en su carne, sino también en su mente. Creyó en la Palabra de Dios, atajando así la soberbia. Y engendró, en Su Cuerpo, la misma Palabra del Padre.

Adán no creyó en la Palabra, produciendo la soberbia en su mente. Y engendró, con su cuerpo, un hijo para el demonio.

Los dos pecados más comunes de los hombres son: la soberbia y la lujuria. Mente pervertida y sexo desenfrenado. Estos dos vicios definen la vida espiritual de muchos hombres. Una mente pervertida en los errores, en las mentiras, en los juicios; una carne ciega en el placer.

La carne, al no buscar la luz del alma (por la división en su espíritu), queda ciega. Al querer sólo carne, queda desamparada en lo terrenal, en lo natural, en la material. Pero la carne que busca la perversión de la mente del hombre, queda –no sólo ciega- sino que hace al hombre abominable en su ser. El pecado de un homosexual es esto: una mente pervertida y una carne que vive una abominación. El hombre rechaza la luz natural para seguir una oscuridad, que es su única luz. Y eso es abominable.

Las profecías terminan: «Voy a hablar con vosotros sólo periódicamente y a través del Remanente de ahora en adelante» (ver)

Jesús ya no habla a través de la Iglesia Jerárquica. No es la Iglesia en el Vaticano la Iglesia de Jesús. Unos herejes consumados no pertenecen a la Iglesia de Cristo. No pueden ser Iglesia. No pueden construir la Iglesia en la Palabra y en la Obra de la Verdad.

Jesús sólo habla a Su Iglesia Remanente, la que está en el Reino de Dios. La que ha pasado a los corazones de los humildes, una vez que hicieron renunciar al Papa Benedicto XVI. Quitaron el fundamento de la Iglesia, Pedro (un gobierno vertical), para poner otro fundamento, un conjunto de hombre (un gobierno horizontal). La Iglesia dejó de estar en Pedro, en la Jerarquía, para pasar a estar en cada corazón fiel a la Palabra de Dios.

La Iglesia es Cristo con sus almas fieles a Él, a Su Palabra. La Iglesia no son los hombres: no es una comunidad de hombres, con una estructura externa, que se rige con una serie de normas.

En la estructura externa del Vaticano, visible a todos, ya no se ve la Iglesia en Pedro. Se ve el inicio de la abominación de la desolación, en unos hombres que no tienen a Dios en sus corazones.

Cuando Dios deja de hablar con los hombres, a través de sus profetas, es señal de que todo se ha dicho con ese profeta.

Cada profeta tiene su misión; es para una obra que Dios quiere. Pero el profeta no está siempre hablando de lo mismo. Una vez que ha edificado, exhortado y consolado, el que profetiza calla ante los hombres.

Dios tiene mucho más que decir a los hombres; pero no lo va a decir por medio de un profeta, sino por otros.

Cuando un profeta calla, es que comienza su misión, su obra. Mientras habla, sólo da la inteligencia de la obra. Cuando calla, entonces el profeta se pone a obrar lo que ha recibido.

El que recibe la profecía tiene que estudiarla, entenderla y vivirla:

«Vosotros estáis preparados para levantar vuestra armadura para luchar por mantener viva Mi Palabra en un lugar de desolación».

La obra de Dios con este profeta es que las almas difundan Su Palabra, mantengan Su Palabra viva en medio de una Iglesia que la ha rechazado completamente.

En el tiempo en que los hombres han puesto a un falso Papa como líder de una falsa iglesia, era necesario advertir a toda la Iglesia de esta maldad. Esa maldad señala el tiempo del Apocalipsis en la persona del Anticristo.

Y es cuando se necesita la luz del Espíritu: que el Espíritu enseñe al hombre la verdad de estos tiempos.

Todos los teólogos se han estancado en la cuestión del reino milenario. No ven nada. No disciernen nada. Porque son todos unos soberbios. Quieren comprender una verdad en la división de sus mentes.

La verdad de la gloria no se comprende en la verdad del pecado. Todos los teólogos no comprenden el Reino Glorioso en la tierra si existe el pecado. Y, por eso, dan multitud de interpretaciones y acaban negando el reino del milenio. Niegan la misma Palabra de Dios, que es la Verdad. Y la niegan con la soberbia de sus mentes, de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías.

Es Dios quien enseña al hombre la Palabra, la interpretación de Su Misma Palabra. Pero los hombres, siempre han sido muy soberbios. Y la Iglesia, en Su Jerarquía, que tiene la plenitud del Espíritu, acaba siempre negando esa Plenitud porque se acomodan, con sus mentes humanas, con sus soberbias, a lo que comprenden, a lo que entienden en sus ridículas inteligencias humanas.

Hoy día, ninguna Jerarquía de la Iglesia cree en los profetas. Eso es un hecho. Pregunten a los tradicionalistas y verán que creen en sus profetas, pero no en los profetas. Pregunten a los lefebvrianos y verán cómo niegan a todo profeta si no está amparado por la autoridad de la Iglesia. Pregunten a cualquiera sobre los profetas y cada uno tiene su idea de lo que es la profecía. Ninguno sabe discernir los espíritus. Ninguno sabe ver la realidad de la vida eclesial en estos momentos. Están todos perdidos en lo que pasa en el Vaticano.

Por eso, la confusión es total en la Iglesia. Es la ceguera propia de la mente del hombre que, en su soberbia, ha creído tener el camino para hacer de la Iglesia una nueva cosa, más acorde con los tiempos del mundo.

«La confusión no viene de Mí. Mi Palabra es clara; Mis Enseñanzas infinita. La humanidad ha abrazado el humanismo y el ateísmo como un sustituto de Mí. He sido apartado y Mi Palabra sólo es tolerada en algunas partes, mientras que en las otras ha sido deformada para satisfacer las necesidades de los pecadores, que quieren justificar sus iniquidades» (inglésespañol).

Todos están siguiendo la soberbia: el humanismo y el ateísmo. Nadie sigue la Palabra de Dios. Nadie escucha a los profetas. La Jerarquía de la Iglesia se cree sabia sin los profetas. Se creen profetas sin acudir al Espíritu de Profecía, negándolo en todas las cosas de sus ministerios sacerdotales.

Y ponen su soberbia como la verdad a seguir: sustituyen la Palabra de Dios con las palabras, con la verborrea de su lenguaje humano, lleno de humanismo y de ateísmo.

Toda la Jerarquía da culto a su lenguaje humano, que es dar culto a la mente del hombre, a la idea del hombre. Cuando se hace esto, entonces se pone por obra el orgullo de la persona: todo se deforma para cubrir las necesidades de la vida, de las obras, de los pensamientos de gente pecadora, gente que vive sin arrepentimiento de sus pecados, justificando, a cada paso de su vida, sus malditos pecados, sus obras de iniquidad.

La Jerarquía ya no condena la herejía, ni en la Iglesia, ni en el mundo. Sino que la condona, la excusa, la perdona, la justifica. Y eso es obrar en contra de la misma Palabra de Dios, que llama anatema a todo aquel que enseñe a vivir una mentira a los hombres.

Dios juzga al hombre por la manera que él rechaza la Palabra de Dios y por las obras pecaminosas que abraza.

Dios no juzga al hombre por su lenguaje humano, por sus errores en su mente, por sus imperfecciones en el conocimiento de la verdad. Cuando el hombre conoce una verdad, que Dios ha revelado, y vive en contra de ella, la rechaza, entonces viene el juicio de Dios contra ese hombre.

La Jerarquía de la Iglesia es la que más conoce la Verdad. Y ¿cómo viven? Viven rechazando la verdad en la realidad de la vida eclesial. Viven obrando la mentira como verdad.

Hoy la gente vive adorando a un degenerado como Papa. Están rechazando, con sus obras pecaminosas, con su obediencia a un hombre sin verdad, al mismo Cristo y a la misma Iglesia.

Y Dios juzga todo eso. Dios ha dado conocimiento a todo hombre de la verdad de quien se sienta, actualmente, en la Silla de Pedro. Y muchos han rechazado esa Verdad. Y, por eso, el castigo que viene a la Iglesia es mejor ni pensar en él.

«Yo fui rechazado por muchos durante Mi Tiempo en la tierra y especialmente por aquellas almas orgullosas que guiaban Mi Rebaño en los templos. Ellos predicaban la Palabra de Dios, pero no les gustaba oír la Verdad de Mis Labios, al verdadero Mesías. Hoy hay siervos desleales a Mí, que fallan en la adhesión a la Verdad. Muchos de ellos ya no aceptan Mi Palabra Sagrada, la cual permanece como lluvia primaveral en un cristal claro. Ellos han ensuciado el agua, que vierte la fuerza del Espíritu Santo, y que las almas inocentes beberán. La verdad será distorsionada y muchos serán forzados a tragar la doctrina de la oscuridad, que resplandecerá brillantemente, como una deslumbrante estrella».

Esta es la maldad que se avecina con el poder sacerdotal. Es el cisma, obrado por la misma Jerarquía de la Iglesia, la que gobierna actualmente la Iglesia. Jerarquía apóstata de la verdad revelada y dogmática. Jerarquía que vive en la herejía de la mente. Jerarquía que obra el cisma con su poder sacerdotal.

Es la Jerarquía la que enseña la verdad. Y la impone en la Iglesia. Si el alma quiere salvarse, dentro de la Iglesia, tiene que aceptar los dogmas que enseña la Jerarquía.

Es la Jerarquía, ahora, la que enseña la mentira. E impone esa mentira, forzando a muchos a aceptar la mentira como verdad. Y esa imposición de la mentira va a brillar en todo el mundo: «resplandecerá brillantemente, como una deslumbrante estrella»

Por eso, se necesita que las almas den testimonio de la Verdad ante una Iglesia que sólo da testimonio de su mentira, de su lenguaje humano lleno de oscuridades, de maldades, de errores.

La nueva doctrina, que ya se manifiesta en las obras de gran parte de la Jerarquía que sigue a Bergoglio como su Papa, no tiene nada que ver con Cristo, con la doctrina que Cristo enseñó a Su Iglesia, en Sus Apóstoles. Y es necesario combatirla de una manera nueva.

Porque hay que enfrentarse a la misma Jerarquía, que es la que va a poner una falsa doctrina como si fuera un dogma, que todos tienen que creer, aceptar, seguir, si quieren estar en esa falsa iglesia.

Muchos no han sabido combatir a un hombre que no es Papa. Han acabado adorándole, conformándose con su lenguaje humano, con sus obras, que no sólo son humanas, sino del demonio.

Y si no han sabido combatir a un demente, a un hombre que no tiene sentido común cuando habla, menos sabrán combatir a toda esa jerarquía que lo apoya de manera incondicional. Ellos son poderosos, no sólo por el poder que tienen sobre todos en la Iglesia, sino por la inteligencia. Saben engañar a las almas, dando vueltas a la verdad. Y la gente no sabe percibir esas vueltas, porque ya no creen en la verdad. Se quedan en las vueltas del lenguaje humano. Se quedan en lo exterior de la palabra: algo bello, algo agradable que se dice, algo interesante para la mente… Pero ya no escuchan la Verdad. No puede oírla. Sus mentes han quedado atrapadas en la soberbia.

El soberbio no escucha la Verdad, sino que está atento a la mentira, al error, a la duda.

«La vida del cuerpo llega a ser vuestra cuando creéis en Mí y vuestra alma vivirá para siempre. RechazadMe antes de Mi Segunda Venida y no estaréis preparados para recibirMe. Abrazad las mentiras, a pesar de que ya conocéis la Verdad de Mi Palabra, y caeréis en la desesperación. Y ahora, Yo voy a ser crucificado una vez más; y este tiempo habrá poco duelo para Mi Cuerpo – Mi Iglesia – porque habréis desertado de Mí en el tiempo en que Yo llego en Mi Gran Día. Yo habré sido olvidado, pero el impostor va a ser idolatrado; adorado y tratado como de la realeza, mientras Yo yaceré en la cuneta y seré pisoteado».

La nueva doctrina, que está predicando el impostor, el falsario, es sólo el inicio del mal. Una doctrina para el hombre, que gusta, no sólo a la mente del hombre, sino a su vida diaria. Una doctrina popular, de la calle, que es admirada por todos los hombres pecadores, del mundo. Es una doctrina para sus vidas de pecado: que ensalza, que justifica, esas vidas de iniquidad.

La gente aplaude a Bergoglio sólo por esto: porque les da la falsedad de una vida como si fuera la verdad. Se enseña un nuevo enfoque, una nueva visión del magisterio de la Iglesia. Se reinterpreta la Palabra de Dios según el lenguaje humano de cada uno. Lo que cada hombre ve en su mente, eso tiene que ser lo que viva. Por eso, Bergoglio anima a leer la Palabra de Dios y regala Biblias. Actúa como todo protestante.

La Jerarquía no está para decir que se lea la Biblia o para regalarla, sino que está puesta por Dios para enseñar la verdadera interpretación de las Escrituras. Por supuesto que Bergoglio no hace esto. Y en sus enseñanzas, tergiversa constantemente la Palabra de Dios. La disfraza de una manera tan bella para los hombres que estos creen que está hablando justa, rectamente, con verdad.

Muchos han quedado ciegos con la palabra barata y blasfema de Bergoglio. Ciegos. Ya no pueden ver la verdad. Y ya no hay manera de que la vean.

Si el hombre no lucha contra el vicio de su soberbia, para poder alcanzar la humildad de corazón, entonces rechaza a Cristo y rechaza a la Iglesia de Cristo.

Y para esto Dios ha puesto a este profeta: para que la Verdad permanezca en los corazones humildes. Para que la Iglesia no sea destruida por la Jerarquía que ya ha perdido el norte de la Verdad.

Dios calla para que el hombre obre lo que ha escuchado de Dios.

Cuando Dios calla, entonces comienza la Obra del Espíritu en los corazones.

Si Dios calla, es que no hay que estar repitiendo la misma cosa de siempre. Hay que comenzar a obrar.

La Iglesia Remanente no es la Iglesia en el Vaticano ni en ninguna parroquia. Es la Iglesia de Cristo, que sólo puede vivir en la humildad de los corazones. Ahora, no tiene una Jerarquía que la guíe. Porque no hace falta. Hay quienes piensan que Burke está organizando la resistencia. Y no saben que la resistencia a la mentira ya está organizada por Dios en sus profetas, en sus almas fieles a la Verdad. Burke, hasta que no salga de esas estructuras infames del Vaticano, hasta que no se oponga firmemente a Bergoglio, hablando en contra de él, sin miedo a perder su oficio, su trabajo, su comida, no organiza ninguna resistencia y no es capaz de guiar a la Iglesia remanente. Se necesitan sacerdotes y Obispos que crean en los tiempos apocalípticos que vive la Iglesia. Y ninguno de ellos cree. Todos quieren seguir en la Iglesia como hasta ahora. Quieren seguir en el gobierno de la Iglesia y ver un camino de solución.

El único camino para solucionar los problemas de la Iglesia, que es una Jerarquía que ha perdido la fe en Cristo, es salir de Roma y batallar, desde fuera, a toda esa falsa Iglesia que se muestra como verdadera. Como nadie va a hacer esto, ahora, no hace falta la guía de ninguna jerarquía para la Iglesia remanente. Cuando esa Jerarquía sienta en su propia carne la maldad que, ahora, no se atreven a combatirla, entonces actuarán como verdaderos jerarcas. Ahora, todos son unos inútiles que se refugian en sus palabritas humanas, pero que no saben oponerse a Bergoglio como falso Papa. ¡Qué miedo tienen todos!

Cuando Dios vea la necesidad, según los tiempos, la jerarquía fiel a la Palabra de Dios se levantará y guiará a la Iglesia remanente. Porque la Iglesia es la Jerarquía.

Pero hasta que no salgan de las estructuras externas, que los atan a la maldad, no hay que confiar en ninguna Jerarquía.

La única Jerarquía confiable es la que se opone TOTALMENTE a Bergoglio y a sus matones. Y de estos hay muy poquitos. Estos están escondidos, porque saben cómo es el juego del Vaticano.

Cuando Dios calla, es que todo se avecina: el mal da un paso adelante y las consecuencias serán inevitables para todos.

Fe viva, fe muerta

021

«…la verdad del entendimiento divino es inmutable. En cambio, la verdad de nuestro entendimiento es cambiable. No porque ella esté sometida a mutación, sino porque nuestro entendimiento pasa de la verdad a la falsedad»  (Sto. Tomás, parte 1, q. 16 a.8).

El pensamiento no es libre de pensar lo que se le antoje porque existe la verdad inmutable, que sólo está en la Mente de Dios. Por eso, todo hombre que se precie en su inteligencia tiene que parecer terco, dogmático e intransigente.

El hombre está hecho para pensar sólo la verdad. Y la verdad no es lo que el pensamiento piensa con más o menos evidencia subjetiva. Las cosas son como son: hay una verdad objetiva de las cosas (porque Dios las ha creado así), se da una auténtica realidad de las cosas. Y, por eso, el hombre tiene que ser dócil de espíritu, es decir, tiene que reconocer la verdad donde quiera que esté, y aunque el hombre –en su ser subjetivo- no la perciba con evidencia.

La verdad no es lo que percibe el sujeto, sino lo que se muestra a la persona.

El sujeto cambia según el cambio de su entendimiento. Siempre el hombre está pasando de una verdad a una falsedad; de una mentira a una verdad.

Por eso, el Señor ha puesto una autoridad dogmática y espiritual, que es infalible: el Papa. Es el que muestra la Verdad a todos los hombres. Una Verdad Divina, Revelada, que ningún hombre, ningún sujeto, ninguna mente humana puede cambiar. Porque la verdad no es subjetiva, ni relativa, ni opinable o dada a deliberación, sino que es absoluta, objetiva y accesible al hombre por dos caminos: la realidad de la vida y la autoridad de la revelación.

Cuando en la Silla de Pedro se sienta un hombre sin verdad, como es el caso de Bergoglio y de todo su gobierno horizontal, inmediatamente el pensamiento de los hombres se oscurece y se pierde en la mentira y en cualquier error. Y esto sucede en todas partes: dentro de la Iglesia y en el mundo entero.

Se quiere reformar la Iglesia para darle más credibilidad ante todo el mundo. Es lo que están haciendo, ahora, trastocando la Pastor Bonus, para así meter a los laicos y a las mujeres en la Curia de Roma. Hacer una nueva iglesia acorde con los nuevos tiempos. Y se pierde la verdadera credibilidad de la Iglesia: la de los santos de todos los tiempos, la de Cristo, la que enseña y gobierna con la Verdad. Y todos se engañan, porque la credibilidad no está en cambiar las estructuras de la Iglesia, sino en cambiar a las personas.

Se cambian estructuras y permanecen los mismos sujetos, que viven sus vidas en contra de la realidad misma de las cosas y de la autoridad divina. Una persona que alabe su obra de pecado es un sujeto que mueve masas -no corazones- en el mundo y en la Iglesia.

Es la Iglesia Católica la que enseña a pensar la verdad absoluta. Cuando la Iglesia comienza a enseñar la mentira, entonces el caos es total, universal e inmediato. Se pierde el realismo de la fe y el realismo de la verdad, que es el propio de la razón humana. La mente del hombre comienza a vivir una fábula, una ilusión, una noche mágica, un surrealismo, un encantamiento de la vida.

Una Jerarquía que no dogmatice la verdad revelada y, por lo tanto, que no excluya a los hombres, acaba imponiendo a todos la mentira de sus mentes, de sus ideas, de sus filosofías y teologías. Y es una imposición, una dictadura, que incluye a todos los hombres y que refleja en todas partes la apostasía de la fe, que conduce, inevitablemente, a la fe muerta.

San Anselmo hace una distinción entre la fe viva y la fe muerta:

«La fe viva cree en el ser en el cual debe creer1»: la fe viva es un creer en la verdad revelada. Es la fe que enseña Dios con su Autoridad. Es la fe que la Iglesia enseña con su magisterio infalible en el Papa.

«… la fe muerta cree solamente lo que debe creer»: la fe muerta es un conformarse con lo que le dicen a uno que debe creer. Es vivir en la ociosidad de la vida, en el lenguaje de los hombres. Es la fe que dictan los hombres. Es una fe sin discernimiento espiritual. Es declarar una mentira oficialmente como verdad, como ley, como norma de la vida.

La fe viva no está ociosa, porque está movida por el amor divino. Y, por eso, esa fe «se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto2».

Hay que amar la justicia: «Haz justicia y juicio, que eso es más grato a Yavé que el sacrificio» (Prov 21, 3).

Practicar la justicia: «Ofreced sacrificios de justicia y esperad en el Señor» (Salm 4, 6). Para este ofrecimiento, el hombre tiene que ser humilde en su mente: poner en el suelo su inteligencia humana. Es el mayor sacrifico que un hombre puede ofrecer a Dios. Es un sacrifico de justicia, para que se manifieste la Justicia de Dios entre los hombres. Cuando los hombres buscan sus ideas, sus filosofías, sus reformas, sólo se manifiesta la justicia de los hombres, que siempre es una injusticia, porque no puede abarcar, ni todo el bien ni todo el mal.

La fe viva busca la Justicia de Dios, porque está movida por el amor divino en el alma. Busca lo justo: no puede despreciar nada justo.

«El justo halla su gozo en practicar la justicia, en tanto que los obradores de iniquidad se espantan» (Prov 21, 15).

Admitir a Bergoglio como Papa es una injusticia, es obrar una iniquidad, es escandalizarse de la verdad. ¡Aterrador es para muchos decir que Bergoglio no es Papa! ¡Espantoso, ponen el grito en el cielo!: viven con una fe muerta.

No se puede creer en el diálogo, en la fraternidad, en la liberación de los pobres por las injusticias sociales de los ricos, en las reformas que se quieren hacer en el papado de la Iglesia…porque lo dice Bergoglio.

La Iglesia no es lo que está en la mente de un hombre. La Iglesia es la Mente de Cristo. Es decir, es la Verdad Eterna, Inmutable, útil para todos los hombres, necesaria para todos ellos, y el único camino que los lleva a la Vida.

No se puede creer allí donde no hay Verdad. Un hombre que se precie no puede conformarse con lo que le dicen que hay que pensar, obrar, creer.

Aquella persona que cree en el Papa cree en la Verdad que el Papa le ofrece, le da, le recuerda. Esto es tener una fe viva. Se cree en la Verdad. No se puede creer en un hombre ni en la mente de un hombre. No se puede conformarse con la mente de un hombre. No se puede vivir en la ociosidad que proviene de la mente de un hombre. ¡No se puede aceptar una mentira como verdad!

Un hombre que se precie en su inteligencia humana es persona, no es sujeto de la sociedad ni de la Iglesia. No se vive para un subjetivismo, sino para un personalismo.

La persona es el yo que nunca cambia en la naturaleza humana. La persona es la que decide su vida según la verdad que encuentra con su mente humana. Es algo inmutable y constante. Nadie puede cambiar a una persona. Pero todos pueden cambiar la mente de esa persona.

Cuando la persona se instala en la sociedad o en la Iglesia, se hace sujeto de esa estructura, pero no pierde su personalidad, su personalismo. Como sujeto, la persona aprehende muchas cosas que son cambiantes en su vida personal. En las estructuras sociales o religiosas o familiares, se dan muchas obras cambiantes, de acuerdo a las muchas ideas que los hombres ofrecen.

Una persona sin fe divina está expuesta a las modas, a las veleidades, a ser una veleta de cualquier pensamiento humano, un juguete de los hombres. Una persona que no esté asentada en la verdad dogmática se comporta como sujeto, en la subjetividad, en el relativismo, pero no manifiesta su persona, su verdad inmutable. No es persona, no vive su personalismo, sino su subjetivismo. Esconde su persona para seguir el pensamiento de muchos, el lenguaje variado de los hombres. Y su vida es eso: cambiante según los tiempos, según las culturas, según el progreso de los hombres.

Para dejar libre a la persona, para que se manifieste el personalismo, hay que matar en sí al sujeto: «si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga» (Lc 10, 23).

La persona tiene que seguir la Verdad con su mente y, por lo tanto, tiene que mortificar en sí misma lo que le inclina hacia la mentira, hacia el error, lo que le hace cambiar. Ser sujeto de una sociedad, de un estado, de una iglesia, dejándose llevar por lo que dicen, por lo que predican, por las leyes que imponen, es sumergir la persona en el error y llevarla hacia su autodestrucción.

«Expiación: ésta es la senda que lleva a la Vida»  (San José María Escrivá de Balaguer – Camino 210). Expiar los múltiples extravíos de la mente humana, que se sumerge en las diversas estructuras cambiantes. Que cambian porque las mentes de los hombres pasan de la verdad a la falsedad continuamente.

Lo que le hace cambiar al hombre, a la persona, de su ser inmutable, es su propia mente.

La mente está hecha sólo para la verdad. Pero el hombre vive en un mundo de mentira, en un mundo opuesto a la verdad, a su esencia.

Y, por eso, dice el Señor: «No améis el mundo ni lo que hay en el mundo» (1Jn 2, 15) Quien lo ama transforma su propia naturaleza humana y su propia personalidad.

Toda mentira es ir en contra de la misma esencia de la verdad. Es un pecado contra la verdad.

Todo hombre que vaya en contra de su misma naturaleza humana, se auto-degrada él mismo, se autodestruye.

Un homosexual no es persona porque va en contra de su misma naturaleza humana. Su mente, que ama el mundo, que ama el error, que ama su pecado de abominación (contra natura), sumerge a su persona en un mundo que no existe en la realidad de las cosas. Vive sin su personalidad, anclado sólo en el sujeto de su mente: en su subjetivismo, en su relativismo. Y, por eso, un homosexual no puede tener derechos: no existen en la realidad de las cosas. No existen en la Verdad Revelada por Dios.

Y toda sociedad, toda iglesia o religión que acepte a los homosexuales como personas, no puede subsistir: es un monstruo que el hombre crea como sociedad, pero que no se da en la realidad de la vida. No es una verdad que esté en Dios. Es una verdad que el hombre ha creado y que quiere proyectarla de alguna manera.

Un mundo que cambia constantemente es un mundo en busca de su propia autodestrucción. No quiere permanecer en la Verdad inmutable. Necesariamente trae la muerte a todo hombre. Por eso, tiene que venir un castigo divino a todo este mundo cambiante. Los tres días de tinieblas no andan lejos. Son necesarios para que el hombre siga siendo hombre, siga en la verdad de su naturaleza humana.

La expiación es la muerte de uno mismo3, la muerte de ese sujeto que tiende al cambio constantemente. En la expiación el hombre es hombre, adquiere el verdadero sentido de su existencia humana.

La fe no es el dictado de los hombres, sino que es la enseñanza del Espíritu a todos los hombres. Y el Espíritu es el Amor de Dios.

La fe viva es la que posee la vida del amor de Dios. Pero la fe muerta es la que carece de amor:

«… la fe ociosa no vive, porque carece de  la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad4»: muchos que se conforman con el pensamiento de Bergoglio no aman a Dios, no aman la exigencia de la verdad, que pide al alma salir de todo lo humano para poder comprender la vida de Dios.

Sólo en la expiación se llega a la vida de Dios. Ése es el camino.

Pero cuando se muestra un nuevo camino: hay que dar a los malcasados la comunión; hay que admitir a los homosexuales como hombres con derechos en la sociedad y en la Iglesia, Dios no quiere el mal, no hace justicia, no castiga, y por lo tanto, todo el mundo puede comulgar, todo el mundo puede ser bautizado, las mujeres pueden ser sacerdotes y obispas…se muestra el error, la muerte – no la vida- , la condenación eterna a los hombres.

Muchos católicos, fieles y Jerarquía, viven con una fe muerta: creen en lo que les dicen que deben creer. Y, por tanto, tienen que admitir la injusticia. Y, consecuencia, tienen que despreciar lo justo, lo santo, lo divino.

El amor es lo que vivifica la fe; no es el lenguaje de los hombres, no es la cultura del encuentro, no es el diálogo entre religiones, no es hacer obras humanas para cuidar a los niños, a los ancianos, a los pobres, al medio ambiente….

«Que amándote te encuentre, que encontrándote te ame5: la fe viva lleva en sí misma una raíz, que no pertenece a este mundo, que impulsa al alma a ver a Dios, que hace que el alma busque el rostro de Dios, se aleje de todo lo humano para estar en la Presencia de lo Eterno.

La fe viva busca al verdadero Dios y, por tanto, sólo está centrada en la Verdad que Dios manifiesta a los hombres. ¡Verdad inmutable!

Aquel que en su vida no vaya en busca de la verdad es que no busca al verdadero Dios. Busca un dios para su mente humana, para su idea de la vida, para su obra en la Iglesia. Eso es lo que Bergoglio va buscando: su dios, su cristo, su mesías, su iglesia. Eso es lo que ese hombre manifiesta cada día.

Un hombre que no busque con su inteligencia la verdad, sino el error, es un hombre insensato.

«Deseo entender de algún modo tu verdad, que cree y ama mi corazón. Y no busco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también que si no creyera, no entendería6».

El que no cree no puede entender: es insensato.

Si no se cree en la verdad que Dios revela, el hombre se ciega en su mentira, y eso le afecta en todo lo que es: en su vida y en su propia naturaleza humana.

La pérdida de la divinidad es la autodestrucción del hombre por sí mismo. La gente, hoy día, vive sin la gracia, en la desgracia de su pecado. Y la gracia es lo que diviniza al hombre. Por tanto, la gente vive en lo más absurdo de su vida: vive buscando la muerte, buscando su propia destrucción.

Un hombre que no cree en la verdad es un hombre que no levanta su mente a la contemplación de Dios, sino que pone su mente en la visión terrena de la vida. Hace como los puercos: no miran el cielo, sino las algarrobas de la tierra. Comen tierra, se alimentan de la vanidad, del orgullo de sus vidas.

El que tiene una fe viva, la verdad que encuentra con su mente, le hace ser lo que es y saber que lo es en Dios.

La fe que busca el intelecto, que busca la inteligencia de la verdad, es lo que se ha perdido en toda la Iglesia.

¡Cuántos católicos con una fe que busca la ociosidad, el conformarse con lo oficial en la Iglesia! ¡Son católicos necios, estúpidos, idiotas!

Una fe que no procura entender lo que pasa en el Vaticano es una fe muerta.

Una fe que no discierne si Bergoglio es Papa o no es Papa es una fe muerta.

Una fe que no combata las herejías que, cada día, se ofrecen desde el Vaticano, es una fe muerta.

«El insensato dijo en su corazón: no hay Dios» (Sal 14, 1): Bergoglio niega a Dios. Y esto no es sólo una pura idea, un lenguaje que se dice. Lo niega en su corazón. Por eso, se ha vuelto un impío, un hombre insensato, es decir, sin inteligencia, sin mente, sin razón, sin sentido de lo divino.

Y, por eso, Bergoglio, carece de toda prudencia en el hablar: habla como un enajenado, como un hombre fuera de sí. Es Obispo y habla fuera de su ser de Obispo. No habla como Obispo. Mucho menos como Papa.

Es un loco que se viste de Obispo y de Papa.

Un hombre cuerdo es el que entra en sí mismo, el que se recoge del mundo, de los sentidos, el que cierra las puertas al espíritu del mundo, para poder poseer la verdad, que sólo en Dios la encuentra.

Pero esto no es Bergoglio: leerlo es vomitar su contenido. Es insufrible para el alma, para el corazón y para el espíritu.

Bergoglio es demencia. Y sólo eso. Y los que le rodean han caído en la mayor estupidez de todas.

Aquel que niega la esencia de lo que es la Iglesia (= la verticalidad del Papado) está autodestruyendo la propia Iglesia. Está haciendo una obra en contra de la naturaleza de la Iglesia. Y eso es ser abominable. Eso es la abominación. El gobierno horizontal es eso: no es una verdad que está en la realidad de la Iglesia. No es una verdad que Dios ha revelado. Es una verdad que el hombre se ha fabricado en su mente y que no puede darse en la realidad de la Iglesia, porque Pedro es un gobierno vertical siempre.

Por eso, lo que hay en el Vaticano no se puede seguir: es algo anticatólico: va en contra de la misma naturaleza de la fe católica. Es la fe muerta, que se ha apoderado de toda Roma y que la lleva a una transformación que es su degradación más absoluta:

«vi una mujer sentada sobre una bestia bermeja, llena de nombres de blasfemia, la cual tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer…tenía en su mano una copa de oro, llena de abominaciones y de las impurezas de su fornicación» (Ap 17, 4).

Roma, el Vaticano, comienza a enseñar sus fornicaciones y a derramar las abominaciones por todo el mundo. La abominación es vivir una vida totalmente contraria a la verdad de la Iglesia, a la verdad de la naturaleza humana, a la verdad de la sociedad, a la verdad de la creación. Es vivir un mundo que no existe en la realidad, no existe en la Mente de Dios, pero que el hombre se esfuerza por que exista.

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1 «Y así como esa fe que obra por el amor es reconocida como viva, por lo mismo, aquella que permanece inactiva, por desprecio, sin dudar se la llama muerta. Se puede, por tanto, decir con razón que la fe viva cree en el ser en el cual debe creer, y que la fe muerta cree solamente lo que debe creer» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

2 «En efecto, esta fe a la que el amor acompañe necesariamente, no será ociosa si se presenta la ocasión; al contrario, se ejercitará frecuentemente en actos que no hubiera podido hacer sin el amor, y la prueba de esto se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

3 «La santidad se adquiere muriendo uno a sí mismo en todo, y esta muerte se adquiere con la mortificación de las pasiones, de los sentidos y de los apetitos, esto en lo que toca al cuerpo; y en lo que toca al alma, haciendo porque muera la propia voluntad, el juicio propio y la vanidad y todos los apetitos del alma.…» (San José María Escrivá de Balaguer – Decenario al Espíritu Santo – Día sexto).

4 «Por tanto, si todo lo que obra algo muestra que hay en él una vida, sin la cual no podría obrar, no es absurdo el decir que la fe operante vive, porque tiene la vida del amor, sin la cual no operaría, y que la fe ociosa no vive, porque carece de la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

5 «Enséñame a buscarte, muéstrate al que te busca, porque no puedo buscarte si no me enseñas el camino. No puedo encontrarte si no te haces presente. Yo te buscaré deseándote, te desearé buscándote, te encontraré amándote, te amaré encontrándote» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n. 100).

6 «Reconozco Señor, y te doy gracias, que has creado en mí esta imagen tuya, para que, recordándote, piense en ti y te ame. Pero borrada por el desgaste de los vicios, obnubilada por el humo de los pecados, ya no sirve para lo que fue hecha si tú no la renuevas y restauras. No pretendo, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ningún modo puede comparar con ella mi inteligencia, pero deseo entender en cierta medida tu verdad, que mi corazón cree y ama. No busco tampoco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también esto: que “si no creyera no entendería” (Is 7, 9)» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n- 100).

El relativismo universal de la verdad

buda

«Lo que Cristo es, eso mismo seremos nosotros los cristianos» (San Cipriano. De idolorum vanitate, XV. PL 4, col 603).

La Iglesia, el Cuerpo Místico, es Cristo.

Cada alma tiene que transformarse en otro Cristo, imitarlo en toda su vida.

«Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo» (Gal 3, 27).

Vestirse de Cristo es hacerse semejante a Él como Hijo de Dios. ¡Pocos viven su bautismo! ¡Pocos son imitadores de Cristo!

Asimilar a Cristo es el Misterio de la vida en toda persona. Y para esa asimilación son los diferentes Sacramentos, en donde se da la Vida Divina.

Si no sabes vivir tu Bautismo, tampoco vas a vivir ni la Confirmación ni la Eucaristía. Por la Confirmación, luchas contra los enemigos de tu alma (= demonio, mundo y carne); por la Eucaristía, recibes el mismo Amor que Cristo tiene en Su Corazón Divino.

Si tu vida no es oración ni penitencia, que es a lo que te invitan estos dos Sacramentos, entonces tu matrimonio o tu sacerdocio sólo sirven para hacerte una persona infeliz, sin rumbo, sin camino, sin sentido en tu vida.

Si no eres hijo de Dios, por tu bautismo, después no vas a engendrar los hijos que Dios quiere en tu matrimonio: vas a darle tus hijos porque tú vives como hijo de hombre, pero no participando en tu ser de la gracia de la adopción divina. Esa gracia la vuelves inútil por tu mirada al hombre.

Si no imitas a Cristo, por la Eucaristía, después tus amores son sólo humanos, naturales, carnales, materiales, pero no para Dios: no sabes dar al otro la Voluntad de Dios; no sabes evangelizar, no sabes buscar el Reino de Dios en tu existencia humana.

«Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma» (ver texto) : así habla un hombre depravado, de la Verdad, que es el Evangelio.

Bergoglio es sólo un bastardo: no es hijo de Dios. Ha echado al cubo de la basura la gracia de su bautismo. Ha puesto un obstáculo, un óbice, por el cual la gracia no puede entrar en su corazón para realizar la labor de purificación, que el ser hijo de Dios necesita en el hombre pecador.

Para Evangelizar, lo primero, sal de tu pecado: lucha contra tu propio pecado. Tu pecado viene por tres caminos diferentes:

  • el demonio: sus obras se transmiten por generación siempre. Todo hombre, que viene al mundo, trae, arrastra una cantidad de demonios que van a obstaculizar el bautismo y los demás Sacramentos. Son necesarios los exorcismos para combatir al demonio en nuestra propia carne. El demonio, tomando la carne, asalta la mente y el corazón del hombre. Pone muchas ataduras, muchos pensamientos, deseos, sentimientos, que hacen que el hombre sólo mire su vida humana, sólo se preocupe de sus obras humanas, sólo atienda sus asuntos humanos. Quien no combate al demonio en su propia vida, después, cuando evangeliza, no sabe ver el demonio en ningún alma. Cristo vino a liberar del demonio. Eso fue lo primero en su evangelización: «Para esto se apareció el Hijo de dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8b). ¿Qué Jerarquía, hoy día, exorciza? Nadie. Con los dedos de la mano se cuentan los exorcistas. Y todo sacerdote, todo Obispo tiene el poder de exorcizar.
  • el mundo: el que es de Cristo no es del mundo. Tiene que estar en el mundo, vivir en el mundo, pero no pertenecer a su espíritu. El espíritu del mundo es el del error. El espíritu de Cristo es el de la verdad. Para luchar contra el mundo, contra el espíritu que rige el mundo, el alma tiene que ponerse en toda la verdad. No sólo en una parte de la verdad. Hay que aceptar toda la Verdad que Cristo ha enseñado y que el Espíritu de la Verdad lleva a conocer. El alma no puede pararse en algunos dogmas y dejar otros. O se acepta a todo Cristo o en la vida del hombre está el error. Por eso, si el cristiano no lucha en contra del mundo es que, sencillamente, está diciendo que es del mundo. Cristo luchó contra el mundo y, por eso, lo mataron. Tuvo que enfrentarse a los hombres dando testimonio de la Verdad, que esos hombres del mundo no podían aceptar, porque eran del mundo, no de Cristo. Cristo es la Verdad; el mundo es la mentira. No se puede ser de Cristo y, al mismo de tiempo, del mundo. No se puede poner a Cristo en el Altar y, después, ir a un templo budista para adorar la estatua de Buda. No se puede hacer esto. Así no se evangeliza. Hay que meterse en el mundo dando la cara por la Verdad: diciéndole a cada uno lo que le falta para llegar a la verdad. Si un alma no busca toda la Verdad en su propia vida, entonces, cuando va a evangelizar, engaña a todo el mundo. Es lo que hace, todos los días, Bergoglio. ¡Y cuántos lo aplauden porque son del mundo, como Bergoglio! ¡No son de Cristo!
  • la carne: la obra del demonio es a través de la carne. Quien domina su carne, domina su alma y su corazón. Pero quien no ata los deseos carnales, hace del templo de Dios el templo del demonio. ¡Cuántos demonios encarnados hay entre el clero y los fieles! ¡Quieren ser bautizados que dan culto a satanás en su interior! Aquellos que dicen que las relaciones homosexuales están marcadas por la santidad, sólo deliran en su gran locura. Son demonios encarnados que hablan por esas personas. Hoy los hombres dan culto a su carne: entonces tienen que dar culto a sus pecados. Hoy nadie quiere hacer penitencia para dominar su carne: entonces, todos buscan la vida feliz, pero en la carne. Es decir, un paraíso en la tierra. Cuando el hombre no domina su carne, el demonio domina su mente y su voluntad humanas. Para vencer al demonio, vence a tu carne: maltrátala. Porque la carne quiere cosas contrarias al Espíritu: «llevo en mi cuerpo los estigmas del Señor Jesús» (Gal 6, 17b).

«Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma» (ver texto): Evangelizar supone en la Iglesia la valentía, el riesgo, de salir de nuestros pecados. Nadie sale de sí mismo: eso va en contra de la ley natural. La Iglesia no tiene que salir de sí misma. No tiene ningún sentido. La Iglesia tiene que dar a Cristo, que es la Palabra de la Verdad. Dando la Verdad al mundo se es Iglesia. Dando la mentira al mundo se es del mundo.

El Evangelio descubre al mundo todas las grandes verdades religiosas, toda la verdad, la cual es inmutable, es siempre la misma, es eterna, permanece en sí misma (= no sale de sí misma, no sale a las periferias, sino que atrae a todos a sí misma, a vivir en ella misma), sin que ninguna mente humana la pueda cambiar. Los hombres, cuando hablan sus mentiras, sólo oscurecen la verdad, la tapan, la ocultan, pero no pueden aniquilarla. Para eso, tienen que matar a Cristo, que es la Verdad. Y ni el mismo demonio, en la Cruz, pudo hacer eso. Nadie puede matar la verdad, pero sí pueden engañar con la verdad. Esto es lo que hace Bergoglio: presenta una verdad, un relativismo, para indicar una mentira. Su doble lenguaje.

«La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria» (ver texto).

Es su idea masónica: ir a las periferias. El masón busca la verdad, pero no se asienta en ninguna certeza. Afirma que los hombres pueden poseer verdades, pero sólo relativas, nunca absolutas. Corrompen la índole de la misma verdad y, por tanto, se ven obligados a negarla. Los masones pretenden formar el relativismo universal de la verdad: esa es la ley de la gradualidad. Todas son verdades relativas, que se van adquiriendo de grado en grado, en la evolución del pensamiento humano. Por eso, hay que salir de unos dogmas para buscar otras verdades relativas que complementen a esos dogmas, que son sólo verdades relativas. Esta es la herejía de la ley de la gradualidad, que significa el relativismo universal de la verdad, que es una gran falsedad, por el cual proceden muchos errores y herejías de todas clases. Es lo que se ve en toda la Jerarquía y en muchos fieles de la Iglesia.

Para el masón, nadie puede conocerse a sí mismo. La realidad de uno mismo no está en uno mismo, sino fuera: ir a la periferia. La realidad de la Iglesia está fuera de la Iglesia. Fuera conoce la verdad, la realidad de la vida: el pecado, el dolor las lágrimas, las injusticias, las miserias…

La realidad está en el hombre, pero no en su interior: no en su mente, no en su ser, no en su carne. Hay que ir fuera. El hombre es hombre porque está unido a todos los hombres, no porque, en su interior, sea apto para ser hombre. Eres hombre porque te das a los demás, porque los amas, porque eres un hermano para todos: ir a la periferia.

Bergoglio sólo está hablando como idealista. Negando que la verdad de la Iglesia, que la verdad de la evangelización sólo está en dar lo que la Iglesia es, lo que el Evangelio es: Cristo.

No; la Iglesia es un pueblo de Dios, es una comunidad de hombres: hay que unir, hay que buscar la unidad en la diversidad para ser iglesia. Por eso, él dice que nadie puede creer por sí mismo. Tienes que creer unido a otro: «Es imposible creer cada uno por su cuenta» (LF, n. 39)

Y, entonces, tiene que hablar como un Hegel:

«Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. La mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico» (ver texto).

La autorereferencialidad: un narcisismo teológico. Cultivar el dogma. Someterse al dogma. Creer en el dogma. Seguir la Tradición católica. Defender las enseñanzas del Magisterio auténtico de la Iglesia. Todo eso es un narcisismo, un verse a sí mismo, un mirarse a sí mismo, un contemplar la propia vida, sin hacer caso de los demás. Es quedarse en unas verdades relativas y no alcanzar la universalidad del lenguaje humano.

Al negar la esencia propia de la verdad, entonces nos encontramos que en todas las mentes humanas hay una verdad. Cada hombre piensa una verdad. Y esa verdad no es absoluta, sino relativa. Esa verdad relativa tiene que irse complementándose con otras verdades que se dan en las mentes de otros hombres. De esa manera, se llega, por la ley de la gradualidad, a un relativismo universal. Y, por lo tanto, la unidad sólo está, sólo puede estar en la diversidad de las mentes humanas.

Al ser el hombre la medida de todas las cosas, entonces se produce lo que dice Bergoglio: «Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo» (1 de octubre del 2013).

La gente de Charlie Hebdo están haciendo un bien a la humanidad: son mártires de la verdad relativa: mártires de la libertad de pensamiento. Sus dibujos son necesarios para aprender la verdad universal.

Los musulmanes que matan están haciendo un bien a la humanidad, están combatiendo el mal como ellos lo conciben. Pero tiene que aprender que existe una verdad relativa más perfecta que su idea del mal. Y, por eso, deben quitar esa idea para no producir una masacre innecesaria.

Bergoglio sólo enseña su ley de la gradualidad: su relativismo universal de la verdad. Por eso, va buscando su gente: no quiere gente que viva los dogmas ni quiere gente que sea fundamentalista. Él está vendiendo su idea, su negocio, su nueva iglesia con una doctrina que tiene, en sí misma, todos los errores y todas las herejías de todos los tiempos.

Aquel que se queda en su idea, se vuelve un enfermo, deviene autorreferencial. Por eso, cuando ha comenzado a criticar a la Iglesia en la Jerarquía,a la Curia, sólo señala este aspecto: «El mal de sentirse «inmortal  inmune», e incluso «indispensable (…) Esta enfermedad se deriva a menudo de la patología del poder, del «complejo de elegidos», del narcisismo que mira apasionadamente la propia imagen y no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros, especialmente de los más débiles y necesitados» (22 de diciembre del 2014). Estáis todos diciendo que tenéis poder en la Iglesia, que habéis sido elegidos por el Señor, que os hacéis respetar porque sois otros Cristos y no buscáis, no salís de vosotros mismos, para ir a la periferia, para ver a Dios en el otro. Bergoglio siempre habla igual. Siempre. Cuando da palos, no sabe darlos: no sabe hablar con la verdad, sino con la mentira, para decir su mentira. Y sólo su mentira. Y muchos temen las palabras de Bergoglio cuando da palos y eso sólo un idiota que habla su locura mental. ¡Os acobardáis de esto que sólo significa una herejía más en el balance de Bergoglio y no os arriesgáis a levantaros contra ese hombre y decirle cuatro cosas bien dichas!

Ahora todos los tibios y todos los pervertidos, es decir, todos los que buscan el relativismo universal de la verdad atacan a la Iglesia por estar enferma. Sólo Bergoglio es el sano. Los demás, por seguir el dogma, unos enfermos mentales.

Así está la barca de Pedro: un desastre. Aguas por todas partes. El barco se hunde y no hay nadie que tire el agua a fuera, que tape los huecos de los errores y de las herejías. Nadie se atreve a hablar porque han dejado que un loco enseñe en la Iglesia sentado en la Silla de Pedro.

«La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (Según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros». (ver texto)

¿Qué es el concepto de mundanidad espiritual que Bergoglio utiliza en su evangelium gaudium?

Como sigues el dogma, vives para ti mismo, en la autorreferencialidad, te crees con la verdad y no la tienes porque no ves la verdad en el rostro de la gente: no sales a la periferia. Te quedas en lo tuyo y eso te hace mundano en lo espiritual: es decir, vives para darte gloria a ti mismo porque sigues a unos dogmas.

¡Esta es la locura de Bergoglio, que muchos quieren en la Iglesia! ¡Muchos!

Nadie quiere la verdad como es. Eso ya no interesa en la Iglesia. Todos haciendo política. Todos en el negocio de levantar una nueva estructura de iglesia donde se pueda vivir sin verdad absoluta, en la libertad del pensamiento, que es otra herejía bien dicha.

El pensamiento no es libre, sino sólo la voluntad es libre. El pensamiento, de manera necesaria, busca la verdad. Y la verdad absoluta. Y hasta que no la encuentra, no puede descansar. Una vez que la encuentra, el pensamiento permanece en la verdad. Y sólo la voluntad libre de la persona puede hacer que su razón se aleje de la verdad, que ha encontrado, para pensar una mentira, un error. Y conociendo la verdad absoluta, la persona elige una verdad relativa negando la verdad absoluta. De esta manera, la persona comete el pecado de herejía. Y si hace vida ese pecado, entonces llega a lo que dice San Juan:

«Hay un pecado de muerte, y no es éste por el que digo yo que se ruegue» (1 Jn 5, 16). Es el pecado contra el Espíritu Santo, que muchos en la Iglesia ya lo han cometido. Y no hay perdón para ellos. Bergoglio es uno de ellos y no hay quien lo salve, aunque se dedique a llenar estómagos y a resolver problemas sociales de la gente hasta su muerte. Si no se va a un monasterio para llorar su triste vida, al infierno irá de cabeza por sus pecados.

No hay salvación para aquella persona que con su voluntad libre rechaza la verdad absoluta que el pensamiento le ofrece. No es posible salvarse sin una verdad absoluta.

Hay mujeres que, sin estar bautizadas, se salvan sólo porque cumplen con la ley natural, con una verdad natural, absoluta: tener un hijo, que es para lo que Dios ha creado a toda mujer. Por el solo hecho de cumplir con una verdad inmutable, se salvan.

Y cuántas mujeres bautizadas, con los sacramentos y que han decidido no tener más hijos porque les molesta la verdad natural, la ley natural, el ser mujer como Dios las ha creado. Rechazar una verdad natural (que es siempre absoluta, inmutable, eterna) es ponerse en la herejía. Y si no hay arrepentimiento, no hay salvación.

Muchos viven como Bergoglio: en el relativismo universal de la verdad. Es decir, llenos de errores y de herejías en sus vidas. Y, por eso, ven bien que Bergoglio adore a Buda. Es lo que todo católico tiene que hacer, según ellos. Si no lo hacen están enfermos.

Bergoglio ve a la Iglesia, a los verdaderos católicos, a los que siguen el dogma y la tradición y todo el magisterio como enfermos mentales. Así los concibe. Y no se atreve a decirlo porque sabe que lo echan a la calle. Tiene que callárselo y hacer que ama a todo el mundo, a todos los católicos. Y, en la realidad, nadie ama a Bergoglio porque no es claro ni con unos ni con otros. Sólo se dedica a hacer su vida. Este viaje es un tour más para él. Se lo pasa en grande en su herejía. Y así cosecha aplausos por donde va, que es lo único que le interesa. Mientras va vendiendo su idea, se hace amigos de los condenados, como él, para ir levantando la iglesia de los malditos, la que quiere todo el mundo, porque todos están ya hartos de dogmas y de servir a un Dios que no sirve para nada.

Esta es la mentalidad de muchos. Pocos hablan claro porque todos les gusta estar en el lenguaje humano: dar una sonrisa con bellas palabras para transmitir una herejía bien dicha.

A muy pocos les importa la verdad. Y menos toda la Verdad.

¡Qué pocos saben ver lo que es Bergoglio! ¡A cuántos engaña con sus bonitas palabras! ¡A cuántos entretiene con sus obras de herejía y de cisma! ¡Pocos son los que se van a salvar si permanecen mirando a Bergoglio! ¿Será éste el falso profeta? ¿Será Bergoglio católico? ¿Hacia dónde nos quiere llevar Bergoglio? Quien se pregunta todo esto revela su falta de discernimiento en la Iglesia. Hay que ponerse en la verdad: eso es ser Iglesia. No hay que estar en las medias tintas, como hay muchos que por no oponerse a un maldito, se hacen malditos con él.

Bergoglio: ídolo de los que se van a condenar

idolo

“El Señor, a todos, a todos nos ha redimido con la sangre de Cristo: a todos, no sólo a los católicos. ¡A todos! ‘Padre, ¿a los ateos?’. También a ellos. ¡A todos! ¡Y esta sangre nos hace hijos de Dios de primera categoría! Somos creados hijos con la semejanza de Dios y la sangre de Cristo ¡nos ha redimido a todos! Y todos nosotros tenemos el deber de hacer el bien. Y este mandamiento de hacer el bien a todos creo que es un bello camino hacia la paz. Si nosotros, cada uno por su parte, hacemos el bien a los demás, nos encontramos allá, haciendo el bien, y hacemos lentamente, despacio, poco a poco, hacemos esa cultura del encuentro, de la que tenemos tanta necesidad. Encontrase haciendo el bien. ‘Pero yo no creo, padre, ¡yo soy ateo!’. Pero haz el bien: ¡nos encontramos allá!”. (ver texto).

  • «a todos nos ha redimido» : Jesús ha muerto en la Cruz por todos los hombres, pero no salva a todos;
  • «a todos, no sólo a los católicos»: Jesús no ha redimido a todos los hombres: la Redención es la obra de dos: de Jesús y de cada alma. Jesús muere por todos los hombres, pero le toca a cada uno aceptar la muerte de Jesús como camino de salvación para su alma. Y aceptar esa muerte es aceptar la Mente de Dios sobre cada alma. Si no se cree en la muerte de Jesús, el alma no puede agradar a Dios. Es la fe en lo que hace Jesús, en la obra de la Redención, lo que redime al alma. No es la obra de Jesús, no es la obra de la Redención lo que redime al hombre;
  • «esta sangre nos hace hijos de Dios»: La Sangre de Cristo no hace al alma hijo de Dios. Es la Gracia del Bautismo lo que hace al alma ser hijo de Dios. La filiación divina se da por la Gracia del Bautismo. Y esta Gracia es dada por Dios al hombre por los méritos de Su Hijo, Jesús, en la Cruz. La Sangre de Cristo derramada en sacrificio para expiar el pecado y satisfacer la Justicia del Padre es lo que abre la puerta del Cielo al hombre. Y para pasar por esa puerta, el hombre tiene que caminar por el puente, que es Jesús. Para llegar al Cielo, desde el infierno en el que se encuentra el hombre, por el pecado original, el Padre pone el puente, que es Su Hijo. Ese puente es un Camino Divino, que se eleva sobre el mundo, sobre los hombres, sobre la Creación entera, y se dirige directamente al Cielo. Por tanto, la Sangre de Cristo no nos hace ser hijos de Dios de primera categoría. Nos hace ser de Cristo, almas que Cristo ha comprado con Su Sangre. Y esa compra no hace esclava al alma de Cristo. Cristo compra, con Su Sangre todas las almas, pero da a cada una de ellas una elección: o ser para Cristo totalmente, o ser del demonio totalmente. Cristo, con las almas compradas en el Calvario, no se muestra como un dictador, sino como un Maestro del alma. Le enseña al alma lo que ha hecho por Ella, pero deja al alma en la libertad de seguirlo por el mismo camino que Él ha trazado, o que esa alma elija su propio camino en el mundo.
  • «Somos creados hijos con la semejanza de Dios»: Dios no ha creado a todos los hombres con su semejanza: sólo creó a Adán y a su mujer. Ellos dos eran semejantes a Dios por creación. Los demás hombres, por el pecado de Adán, nacen sin la semejanza divina: nacen en el pecado original. Sólo a Adán y a su mujer. No a todos. Luego, la consecuencia, que dice Bergoglio es una auténtica blasfemia: como todos han sido creados por Dios en semejanza divina, todos han sido redimidos por Cristo. Es una blasfemia porque tiene que negar la Obra de la Redención, que es la obra del Espíritu en el Hijo. Y al negarla, tiene que reinterpretarla según su mente humana.
  • «todos nosotros tenemos el deber de hacer el bien»: Como todos somos redimidos, entonces todos tenemos que hacer el bien: hacer el bien está en la naturaleza humana, en la ley natural. No nace de la Obra de la Redención. Todos los hombres pueden hacer el bien si son fieles a la ley natural inscrita en su propia naturaleza humana. Y es un bien sólo natural, no divino, ni siquiera humano. Es el bien de la naturaleza del hombre, no es el bien que el hombre piensa con su mente humana. El bien natural es distinto al bien racional o humano. Todos los hombres pueden hacer el bien natural, pero pocos son los que hacen un bien humano. Y muy pocos los que hacen un bien divino o espiritual.
  • «este mandamiento de hacer el bien a todos»: Este hacer el bien natural no es un mandamiento de Dios, no es una ley positiva, sino una obligación, un deber en todo hombre. Es una obligación que su propia naturaleza le exige, le demanda. Por tanto, si el hombre no hace el bien natural, no puede hacer el bien al otro, ni como hermano, ni como amigo, ni como hombre, ni como enemigo. Para hacer el bien a todos, es necesario discernir a cada persona y darle una Justicia y un Amor. No se puede hacer el bien a todos de manera general, con una ley general o globalizante. No existe un amor global o universal. Es necesaria la ley divina, la ley de la gracia y la ley del Espíritu. El amor es para cada alma; el amor es en cada alma; el amor mira las necesidades de cada alma. Y, por tanto, el que ama da al otro la Voluntad de Dios, no su capricho, no sus deseos, no sus sentimientos. Y, por eso, para amar a todos, hay que conocer de Dios qué hay que darles a todos. Y Dios, cuando ama a un alma no le exige este amor global, porque es imposible. Dios, cuando ama a un alma, la va guiando en el amor, y el alma va aprendiendo a amar a su semejante, en particular. Va aprendiendo a amar a cada alma que encuentra en su camino: sea hermano, amigo, hombre, enemigo, etc… Bergoglio, como se inventa que somos hijos de Dios por creación y, por tanto, todos somos buenos y santos, y justos, entonces –al no haber pecado- vivimos en un Paraíso, en un Cielo. Y así todo bien que los hombres hacen son buenos para conseguir la paz. Es una clara blasfemia. Una más que la dice y la gente no cae en cuenta. Pero ahí están. Están escritas para aquellos que quieran ver lo que es este hombre.
  • ¿A dónde quiere llevar Bergoglio? Hacia su cultura del encuentro, que es otra gran blasfemia contra el Espíritu santo: «hacemos esa cultura del encuentro, de la que tenemos tanta necesidad». Bergoglio está hablando en horizontal, no en vertical. Enseña para todos los hombres; quiere abarcar a todos los hombres y así formar esa cultura del encuentro, en donde se reúnan, se encuentren todos los hombres haciendo el bien. Y no importa qué clase de bien. No interesa discernir el bien porque todos somos buenos por Creación. Todos hacemos un bien.
  • «‘Padre, ¿a los ateos?’ (…) «‘Pero yo no creo, padre, ¡yo soy ateo!’. Pero haz el bien: ¡nos encontramos allá!». Que el ateo haga el bien natural; que el ateo haga el bien como él lo concibe con su mente; que el ateo, aunque no crea en Dios, está en Dios, se salva, para el cielo.

 

infierno

Esto último es lo que refleja en su carta:

«En primer lugar, me pregunta si el Dios de los cristianos perdona a quien no cree o no busca la fe. Considerando que  -y es la cuestión fundamental-  la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a Él con corazón sincero y contrito, la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia. Escucharla y obedecerla significa tomar una decisión frente a aquello que se percibe como bien o como mal. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestro actuar» (Carta a un ateo – ver texto).

Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

«la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia»: en otras palabras: no hace falta creer para ir al cielo. El ateo, si sigue su conciencia, su propia conciencia, si escuchar y obedece a su mente humana, entonces se salva o se condena.

Esto va en contra de la misma Palabra de Dios: Cristo es «la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). El hombre tiene que creer en Cristo, tiene que obedecer la Mente de Cristo, que es la luz que Cristo ha traído para iluminar al hombre. La luz divina, que es un conocimiento y una obra divina, al mismo tiempo. Y esa luz divina es la misma Vida de Cristo en la tierra. Cristo ilumina a todo hombre con su vida, con sus obras. Sus palabras divinas son obras divinas. Su Evangelio son obras divinas, que sólo se pueden hacer, imitar, si el hombre cree en Cristo. Y creer en Cristo es obedecer a Cristo.

Aquel que cree en su propia conciencia, no puede salvarse, no puede agradar a Dios: «Pero antes de ser trasladado, recibió el testimonio de haber agradado a Dios, cosa que sin la fe es imposible» (Heb 11, 6).

El ateo para salvarse tiene que dejar ser ateo. Por más que mire su conciencia, no hay camino de salvación, no se puede llegar a la vida eterna: «Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo» (Jn 3, 13). Un ateo no puede subir al Cielo si no va detrás de Jesús, agarrado a Él, sometido a Él. Sólo Jesús puede subir al Cielo. Sólo Él. Y, por eso, Jesús ha comprado todas las almas con Su Sangre, pero es necesario creer en la Cruz de Cristo, para ir al Cielo: «A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que creyere en Él tenga vida eterna» (v. 14-15).

Hay que creer en la Obra de la Redención: mirar la Cruz de Cristo, la que salva. Mirar al Crucificado. Quien mira y cree, entonces se va al Cielo. Pero quien mira y pone su inteligencia humana, entonces no puede ir al Cielo. Hay que mirar y creer en lo que se ve: un hombre crucificado por tus pecados. Si se mira y se cree en la propia conciencia, entonces no se alcanza el arrepentimiento del pecado, y el hombre sigue en su pecado, a pesar de la Sangre de Cristo.

Todo está en la fe de la persona, no en su conciencia. Todo está en abrirse a Dios: abrir el corazón, no la mente. Las personas suelen pensar acerca de Dios y, entonces, no creen. Acaban por dudar, por temer, por anular la Palabra de Dios. Hay que creer en Dios, no hay que pensar en Dios, no hay que tomar conciencia de Dios, no hay que mirar la conciencia para ir a Dios. Hay que dejar de mirar la conciencia con la mente humana y abrir el corazón a la Mente Divina.

Esto es claro en la Iglesia Católica, pero hay muchos católicos ciegos, que ya no ven esta claridad. Y hay mucha gente en el mundo, con sus errores, pero que ven la claridad: están abiertos a la Palabra de Dios, al Espíritu de la Palabra. Siguen siendo pecadores, porque están en el error, pero no son como muchos católicos, no son como Bergoglio: blasfemos a la obra del Espíritu.

Por eso, un protestante, ante estas palabras de Bergoglio, dijo:

«¡Que frase tan blasfema! ¡Esto es blasfemia, papa Francisco! ¡Esto es blasfemia, señor! (…)   ¿Qué le pasa a Ud. Señor? ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo los católicos se los permiten?(…) ¡Esto es absolutamente increíble!(…) ¡Ud. está equivocado! ¡Está equivocado! (…) ¿Por qué el líder de los católicos está ahora diciendo que los creyentes y los agnósticos tienen la misma oportunidad de (…) ir al Cielo? (…) ¡Sus argumentos son lunáticos, porque los ateos no creen! (…) La verdad es que Francisco no es un creyente. Él no cree en Dios. No cree en las palabras de Jesús tal como constan en la Biblia.(…) Por eso, destruye la palabra de Dios (…) Este hombre es el Anticristo (…) Los católicos, en todo el mundo, debería abrir sus ojos, de que este Papa ha dicho ahora que no hay distinción en ir al cielo entre los creyentes (…) y aquellos que no creen en Dios»

Bergoglio cae en esta blasfemia por esta herejía:

«En segundo lugar, me pregunta si el pensamiento según el cual no existe absoluto alguno y por ende tampoco una verdad absoluta, sino solo una serie de verdades relativas y subjetivas, es un error o un pecado. Para comenzar, yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta”, en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación! Tanto es así que incluso cada uno de nosotros la percibe, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc. Esto no significa que la verdad sea variable y subjetiva, todo lo contrario. Significa que la verdad se nos revela siempre y sólo como un camino y una vida». (ver texto).

  • Uno que cree no necesita de verdad absoluta: entonces cada uno cree según su verdad relativa, según su idea de la verdad, de la vida, de cristo, de la iglesia. Cada uno se inventa su fe. Si no hay una Verdad Absoluta, no existe Dios y no existe el concepto absoluto de Dios. Existen definiciones de Dios: lo que cada hombre concibe en su mente sobre Dios.
  • Bergoglio niega que exista la verdad absoluta porque es inconexa: en la mente de este hombre si uno tiene la verdad absoluta, entonces no puede haber conexión con otros hombres; no puede haber una relación, una comunicación. Aquí Bergoglio lo anula todo. Como Dios es Verdad Absoluta, entonces no puede relacionarse ni con Él Mismo, ni con las criaturas que ha creado: no hay conexión, no hay unión. Como la Iglesia es una Verdad Absoluta, entonces los miembros de la Iglesia no pueden relacionarse con los demás hombres, no pueden comunicarse con ellos, no pueden estar en la vida de esos hombres, no pueden aceptar las mentes de esos hombres… Luego, como la Verdad Absoluta carece de toda relación, nos vamos a inventar el concepto de Dios, el concepto, de Iglesia, el concepto de Padre, el concepto de Hijo, el concepto del Espíritu Santo, el concepto de Jesús, etc… Nos inventamos la Palabra de Dios. Todo lo inventamos. Por eso, él predica tanto de la unidad en la diversidad. Una herejía en la verdad le lleva a una obra blasfema: «Es el Espíritu vivo que todos nosotros tenemos dentro: él hace la unidad de la Iglesia, en la diversidad de los pueblos, de las culturas, de las personas» (24 de octubre del 2014).Como todos somos semejantes a Dios por creación, todos tenemos el Espíritu de Dios. Y, entonces, éste es el que hace la unidad en la diversidad de las mentes humanas, de sus vidas, de sus obras. Ésta es la clara enseñanza de un gobierno mundial, de una doctrina global para todos, de una Iglesia ecuménica en la que todo el mundo entra y vive su vida y así se salva, según el bien que hace a todo el mundo.
  • La unidad en la diversidad: que le hace poner la verdad en el amor de Dios hacia el hombre, cuando la verdad está en al Amor de Dios hacia Sí Mismo; que le hace decir: la verdad es una relación, cuando la Verdad es una Persona Divina, no una idea humana. Es una verdad -para Bergoglio- que no cambia al hombre: «cada uno de nosotros la percibe, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc». Por tanto, es una verdad que está en el hombre y que el hombre puede seguirla sin ningún discernimiento. El hombre, como nace santo, hijo de Dios, como es semejante a Dios por creación, como no ha pecado, entonces cuando ve su mente, ve la verdad y la sigue sin problemas, y agrada a Dios haciendo el bien a toda la humanidad.
  • Y Bergoglio olvida y niega una cosa: que la Verdad es una Persona: Cristo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Jn 14, 6). La verdad es la Persona Divina del Verbo. Es un Ser Absoluto que no le impide relacionarse ni con Su Padre ni con el Espíritu Santo, ni con todas las criaturas que ha creado y redimido. El que una cosa sea absoluta no anula la relación, la comunicación, la conexión, la unión a otras cosas. Pero esa relación nace del mismo Ser Absoluto, no está en la criatura, no está en el otro: es el Camino que Dios tiene para relacionarse con los hombres. Es un Camino que es una Verdad y que lleva a una Vida. La relación, la comunicación, la unión, no es algo mental, sino algo vital: una obra, una vida en cada hombre. Por eso, Jesús es el Camino para la mente del hombre. Si el hombre se somete a la doctrina de Jesús, entonces la mente de hombre camina, ve la luz, ve la verdad, y puede obrar la verdad en su vida humana. Pero si la mente del hombre no se somete a esa Verdad Absoluta, Inmutable, Eterna, a esa doctrina divina, entonces no puede caminar, no puede salvarse, no puede conocer, ni siquiera bien lo humano ni lo natural.

Por eso, Bergoglio no puede salvarse: Él niega a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Y quiere ir al cielo con su conciencia, buceando en su mente humana sobre lo que es el bien y el mal. Y así es imposible salvarse. Y todo aquel que le obedezca cae en su misma herejía, en su mismo cisma, en su misma apostasía de la fe.

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Por eso, Bergoglio odia a la Iglesia Católica. Ya lo manifestó en Caserta. Odia la Verdad, odia a Cristo, odia el dogma, odia a Dios. Para él no existe la certeza total. Para Bergoglio todo es duda, porque no hay un absoluto, no hay dónde poder agarrarse. Cada uno tiene que agarrarse a su mente humana. Y la mente del hombre, por experiencia, está llena de dudas, de temores, de debilidades:

«Este buscar y encontrar a Dios en todas las cosas deja siempre un margen a la incertidumbre. Debe dejarlo. Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Yo tengo esto por una clave importante. Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él. Quiere decir que es un falso profeta que usa la religión en bien propio. (…) El riesgo que existe, pues, en el buscar y hallar a Dios en todas las cosas, son los deseos de ser demasiado explícito, de decir con certeza humana y con arrogancia: “Dios está aquí”. Así encontraríamos sólo un Dios a medida nuestra» ()

«Si uno tiene respuestas a todo, es que Dios no está con él»: Bergoglio está destruyendo la Palabra de Dios: «pero cuando viniere Aquel, el Espíritu de Verdad, os guiará hacia la Verdad completa» (Jn 16, 13). Se tienen respuestas a todo porque el que cree tiene el Espíritu de la Verdad, que le lleva a la plenitud del conocimiento divino y humano.

¡Pobre Bergoglio! ¡Pobrecito! Ya no puede salvarse. Para salvarse, tendría que dejarlo todo e irse a un monasterio a expiar su pecado. Pero es claro que no va a hacerlo. Si no cree en el pecado como ofensa a Dios, tampoco cree en la necesidad del silencio y de la soledad para expiar el pecado, y se dedica a lo suyo: a ser un ídolo de los paganos.

A ellos les ha trazado un camino de perdición. Y ellos lo aceptan. Mayor oscuridad no puede haber en un hombre y desde la Silla de Pedro.
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La Iglesia Católica ya no es visible porque ya no es una

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Lo uno se opone a lo dividido y, por lo tanto, es aquello que no tiene división en sí, es decir, no posee división interna.

Lo único no es lo múltiple, no es lo diverso: la Iglesia católica es única, no múltiple. No se puede dividir en su esencia. Quien la quiera dividir, automáticamente, hace su propia iglesia. Es lo que ha hecho Francisco al poner su gobierno horizontal: ha dividido la Verdad del Papado = se ha puesto fuera de la Iglesia Católica, porque el Papado no admite división, es decir, no admite horizontalidad. El Papado es vertical. Francisco no ha seguido la línea de la Gracia, entonces, de manera automática, ha puesto la línea protestante en el gobierno. Y, en esa línea protestante, el poder masónico. Y lo que hay en el Vaticano no es la Iglesia Católica, no se ve, no es visible. Sino lo que se ve es una nueva iglesia, una más de las muchas protestantes que hay. Una cloaca de inmundicia y de demonios.

La Iglesia fundada por Cristo en Pedro se distingue visiblemente como verdadera respecto de las falsas. No hay diversidad de Iglesias católicas. Hay una única Iglesia Católica y se puede ver en la realidad de la vida.

Hay una sola Iglesia católica que excluye a las demás iglesias. Esto es muy importante conocerlo, para no caer en esto:

«Sabemos que en los primeros mil años hubo una sola Iglesia, la llamada iglesia católica, y ser católico es decir universal, no quiere decir romanos, católico quiere decir si usted ha nacido de nuevo… eso es ser católico… Apodérense, recuperen lo que les pertenece…Somos católicos…Y después hubo una ruptura al final del primer milenio…tuvimos a los ortodoxos, este y oeste, dos iglesias; y luego, quinientos años más tarde, tuvimos a Lutero y sus protestas, tres iglesias,…después de la reforma de Lutero hasta hoy tenemos 53.000 nuevas iglesias…Yo llegué al entendimiento que la diversidad es divina, pero la división es diabólica» (Tony Palmer). Y termina su discurso, diciendo: «Somos católicos en el sentido de universalidad, no protestamos más la doctrina de la salvación como lo enseñaba la Iglesia Católica…no más…Ahora nosotros explicamos el mismo Evangelio, ahora predicamos que la salvación es por gracia, por medio de la fe sola… la palabra sola fue el argumento por medio de quinientos años…».
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Tony Palmer fue un sapo del demonio, amigo del necio de Francisco. Y entre ambos se codeaban buscando el sentimentalismo de la unidad: el abrazo entre hermanos que la historia había separado.

Tony Palmer habla del pancristianismo, que es la herejía que se opone a la doctrina católica acerca de la unidad de la Iglesia. Promueve constituir una cierta unión de todas las confesiones o denominaciones cristianas, sin que ninguna de ellas pierda su independencia. Todas se separaron de la Iglesia católica: ortodoxos, protestantes, etc… Y, por tanto, son diversas. Se separaron en la verdad, luchando por una verdad, por una idea que, para ellos, era su verdad y que la Iglesia Católica no aceptaba. Y todas esas iglesias han hecho una diversidad de iglesias, denominaciones cristianas como las llaman ellos.

Para este hombre, ya no hay que protestar más porque es bueno acomodarse al lenguaje humano. Si la Iglesia Católica dice que la salvación es por medio de la gracia, sin mérito alguno; entonces vamos a dejar el argumento de la sola fe, y aceptemos el lenguaje: vamos a predicar que la salvación es por medio de la gracia. Y, entonces, este hombre se convierte en un santo, en un justo, en un fariseo: prediquemos lo que no vivimos. Prediquemos que la salvación es por medio de la gracia, sin mérito alguno. Pero no vivamos la Gracia. Consecuencia: debe caer en esta blasfemia: todos hemos recibido la gracia de la impecabilidad. Ya no pecamos más. Ya somos todos santos. Prediquemos eso, y entonces el muro de la división se cae. Y no interesa la gracia, ni cómo vivir en gracia, ni cómo seguir a la gracia, ni cómo ser fiel a la gracia. Eso no se lo pregunta. Sólo hace un discurso marketing: para la masa. Y, claro, tiene que aparecer el baboso Francisco en escena.

Para Palmer esta diversidad de Iglesias es divina. Éste su pensamiento herético. Decir esto es oponerse a la unidad, al uno, a lo único, porque la Iglesia no se puede dividir, no es diversa, no es múltiple.

Esto es también lo que predica Francisco: la unidad en la diversidad. Francisco es un protestante, como Palmer. Pero él busca la unidad en el sentimiento herético fraterno, no busca la unidad en la verdad de la gracia, porque no cree en ella. Y tampoco se atreve a decir la sola fe, porque sabe cómo son las cosas en la Iglesia, sino que da un giro, en su lenguaje, para esconder la herejía de Palmer, pero dice su propia herejía:

«Este idioma del corazón tiene un lenguaje y gramática especial; una gramática simple que tiene sólo dos reglas: ama a Dios sobre todas las cosas y ama a los otros porque son tus hermanos y hermanas. Con estas dos reglas podemos ir adelante» (Francisco en el video a Palmer).

La unidad, para Francisco, es un lenguaje, es una palabra, un sentimiento que proviene de una idea falsa: ama al otro porque es tu hermano. En esta idea, que nace de su herejía de la creación, de concebir a un Padre Creador del alma y del cuerpo de los hombres, anulando el pecado original, por el cual, Dios ya no tiene parte en el cuerpo del hombre, sino sólo en su alma, busca una unidad absurda e imposible, unidad en la mentira. Pero la busca sólo porque Francisco se ha convertido en un llorón de los problemas humanos. No porque le interese los hombres. Le importa muy poco el hombre a Francisco. Lo que le interesa es su negocio: ¿cómo comer en la Iglesia poniendo cara de santo, de humilde, de pobre, de fraterno, de misericordioso, pero dando puntapiés a toda la doctrina de Cristo?

« ¿De quién es la culpa? Todos llevamos la culpa. Todos somos pecadores. Por tanto, sólo uno es justo, nuestro Señor» (Ibidem)

¿De quién es la culpa de la separación? No de Lutero, ni de los ortodoxos, ni de los hombres sólo…, sino también de la Iglesia Católica. Todos tienen su culpa, todos tienen su pecado. Todos siguieron sus verdades. Todos son unos santos. El problema es que no se entendieron en las mentes. Francisco nunca dice que la Iglesia Católica no tuvo culpa en las diversas separaciones, porque no ama la Verdad Absoluta. Francisco nunca lucha por la Iglesia Católica, sino por los hombres del mundo. Esa es su lucha: una batalla para conquistar los sentimientos de los hombres, sus ideales en la vida, sus mentes. Pero nunca lucha por salvar un alma, por indicarle el camino de la salvación y de la santificación. Señal de que él tampoco lo busca en su vida personal, sino que es como muchos protestantes, que se preguntan ¿qué es la iglesia? Y se responden como Calvino: «El cuerpo y la sociedad de los fieles que Dios ha predestinado a la vida eterna. Esta iglesia es invisible, conocida solamente por Dios, el cual es el único que conoce a los que ha elegido».

Este es el pensamiento de muchos católicos tibios en su fe. Nadie se condena, todos se salvan porque Dios nos ha predestinado a todos al cielo.
bufon

«Estoy nostálgico por ese abrazo que las Santas Escrituras hablan cuando los hermanos de José comenzaron a padecer hambre…ellos fueron enviados a Egipto para comprar y poder comer. Fueron a comprar, tenían dinero, pero no podían comer el dinero. Pero allí encontraron algo más que comida: encontraron a su propio hermano. Todos nosotros tenemos dinero, el dinero de la cultura, el dinero de nuestra historia…Tenemos tanta riqueza cultural, religiosa y tradiciones diversas… pero nosotros necesitamos encontrarnos unos a otros como hermanos. Nosotros debemos de llorar juntos como el llanto de José. Con esas lágrimas nos uniremos. Las lágrimas del amor» (Ibidem).

¿Qué es lo que produce el ecumenismo? ¿Cuál es la esencia de la Iglesia? ¿La fe en Pedro? No: las lágrimas del amor. Llorar unos por otros como hermanos. El amor fraterno. Es decir, puro masonismo. El culto al amor al hombre, tolerando los diversos pensamientos humanos y, por tanto, aceptando los errores de los demás sólo como males en la vida, pero nunca como ofensas a Dios. Son pecados sociales, fruto de que los hombres no se entienden, no han encontrado el lenguaje apropiado que los una. Y he aquí, el maravilloso Francisco que ha encontrado el lenguaje que une: el lenguaje del amor. Llora por los hombres y harás unión con ellos.

Francisco anula inmediatamente la Redención en esta frase. En la Iglesia, hay que llorar por tres cosas:

1. Por nuestros malditos pecados;

2. Por los sufrimientos de Cristo y de Su Madre, al pie de la Cruz;

3. Por los pecados de los demás.

Si los hombres no lloran por estas tres cosas, sino que son llorones de su vida humana: no tengo dinero, no tengo salud, no tengo trabajo, no tengo justicia, no tengo amor, no tengo… Si los hombres se pasan la vida mirándose al ombligo, que no esperen que Dios les muestre el camino de la salvación, sino que deja que el demonio se los lleve al infierno. Porque Dios no es un Dios que resuelve problemas de la vida de los hombres. Dios es un Dios que hace santos a base de crucificar la propia voluntad del hombre.

Esto es lo que no persigue Francisco, porque no puede hacerlo: es un masón, un comunista y un protestante.

El falso ecumenismo de toda esta gente del demonio está basado en la fraternidad: una unión fraterna, un amor humano, lleno de sentimientos bastardos, heréticos, cismáticos, que se opone al amor verdadero en Cristo. Es un amor fundado en el lenguaje humano, en la idea del hombre sobre el amor, pero no en la realidad de la vida. Ellos creen en Cristo como hombre, pero no como Dios. Ellos ensalzan el amor humano en Cristo, pero no son capaces de discernir el amor divino en la humanidad de Cristo, que es el motor del amor de Cristo a los hombres.

Es el abrazo con los hombres lo principal en la predicación de estos sujetos, no es la Voluntad del Padre en Su Hijo. No es una obra divina, santa, perfecta, que sólo se puede realizar en el Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Es sólo, para ellos, una obra humana que los hombres tienen que perseguir, y que ellos llaman el trabajo de Dios en el mundo. Y en este abrazo fraternal se cargan la unidad de la Iglesia, porque han anulado la unidad en la verdad.

«No se puede fomentar la unión de los cristianos de otro modo que fomentando el regreso de los disidentes a la única verdadera Iglesia de Cristo… Pues al ser el Cuerpo místico de Cristo, o sea la Iglesia, uno solo (1 Cor 12,12), compacto y conexionado (Ef 4,15) a manera de un cuerpo físico, se diría de forma inadecuada y no sensata que el Cuerpo místico puede constar de miembros separados y esparcidos». (PIO XI en la Encíclica “Mortalium animos”).

Si los protestantes, judíos, musulmanes, budistas, etc… no regresan a la Iglesia Católica, sino que permanecen en las suyas y se dicen ellos mismos católicos, entonces no es posible el ecumenismo.

Esto es lo que Francisco quiere: que todos se queden en sus iglesias. No hacer proselitismo, sino una absurda unión entre hombres poniendo el sentimiento como base. Hay que sentirse hombres; hay que sentirse hermanos; hay que vivir como hombres y dejar vivir a los demás en sus vidas humanas. El lenguaje del amor herético, que lleva a un nuevo orden mundial, a una iglesia universal que reúne todos los credos. Es una abominación.

Si no se exige a los protestantes que dejen sus errores, que dejen sus iglesias. Si no se llama a las iglesias de los protestantes como santuarios del demonio, como sitios donde se da culto a Satanás, entonces tenemos a un Francisco que besa el trasero de Tony Palmer y de otros protestantes. Besa el trasero porque no puede hablar como él. Habla con su sentimentalismo, para ocultar la herejía. Ahora, es seguro que Francisco irá a ponerle una flor en la tumba de este hombre, para decirle al mundo lo bueno que era este sinvergüenza, esta boca de sapo de Satanás.

No se puede dar la verdadera unidad de la Iglesia más que en la unión y en la comunión de fe y de obediencia con Pedro y sus sucesores.

No es posible la diversidad porque sólo existe una sola fe. Y esa fe el Señor la ha puesto en Pedro. Esa fe es una Verdad Absoluta, inconmovible, que nunca pasa de moda, que siempre es igual, que no tiene tiempo ni espacio, que no mira al hombre ni a sus culturas, ni a sus vidas. Sólo mira a Dios.

La Iglesia de Jesús está construida en la fe de Pedro, no en la fe de los Apóstoles, no en la fe de los hombres, no en la fe de las diversas culturas, ideologías, políticas,…. no en el lenguaje del amor: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». La piedra de la fe. La fe no es un lenguaje, sino una Verdad Divina. La Iglesia se construye en la Roca de la Verdad, no en las lágrimas del sentimiento humano.

Si Pedro no cree, no tiene fe, no somete su mente humana a lo que Cristo le enseña, la Iglesia se destruye, la Iglesia se diversifica. Si Pedro cree, entonces la Iglesia se construye en la Verdad Revelada a Pedro. Y lo que Pedro enseñe en la Iglesia esa es la unidad de la Iglesia. Lo que otros enseñen, dentro y fuera de la Iglesia, si esos otros no están bajo Pedro, en obediencia a Pedro, no hacen la unidad de la Iglesia, sino que es un impedimento para esta unidad.

Cuando la Jerarquía de la Iglesia se opone a Pedro, no le obedece, entonces se da lo de los ortodoxos, lo de Lutero y lo del mismo Francisco, que ha estado toda su vida en el seno de la Iglesia rebelándose al Sucesor de Pedro. Le daba una obediencia sólo en las formas exteriores, pero por detrás, ha hecho lo que le ha dado la gana como sacerdote y como Obispo. Ahora se ha convertido en un auténtico guía de ciegos, como líder de una nueva sociedad que ya no es la Iglesia Católica. Es su iglesia, es una más en el mundo. Carece de la línea de la Gracia.

La diversidad de Iglesias es demoníaca porque llama a muchas fes, muchas doctrinas diferentes, muchas medias verdades, muchas imposturas. No es posible la unidad en la diversidad de fes, de iglesias, de religiones, de doctrinas, de tradiciones. Es un absurdo. Y este absurdo es la conquista de Francisco en su gobierno horizontal en el Vaticano. Francisco es un protestante más que ha hecho una nueva iglesia protestante dentro de los muros de Roma. Todos están obedeciendo la mente de un protestante en la Iglesia. Un hombre vulgar, plebeyo, sentimental, que huele sólo a humanidad, a mundanidad, a porquería satánica. Ha puesto una cloaca en Roma.

«La Iglesia, si nos fijamos en el fin último al que tiende y en las causas próximas que realizan la santidad, es verdaderamente espiritual: ahora bien si paramos mientes en aquellos, de cuya unión está formada, y en las realidades mismas que conducen a los dones espirituales, es externa y necesariamente visible… Son externos los instrumentos ordinarios y principales de la participación de la gracia: llamamos Sacramentos a los que son administrados por hombres elegidos ex profeso para ello, por obra de unos ritos determinados. Jesucristo mandó a los Apóstoles y a los sucesores perpetuos de los Apóstoles el que enseñaran y gobernaran a las gentes: ordenó a las gentes el que recibieran la doctrina de los Apóstoles y se sometieran con obediencia a la potestad de ellos. Sin embargo esta alternativa de derechos y de deberes en el pueblo cristiano no hubiera podido no sólo mantenerse, sino ni siquiera comenzar a no ser por medio de los sentidos que son los intérpretes y los mensajeros de las realidades. Por estos motivos las Sagradas Escrituras llaman con tanta frecuencia a la Iglesia bien cuerpo, bien también cuerpo de Cristo (1 Cor 12,27). Y por el hecho de ser cuerpo, la Iglesia se percibe por la vista» ( LEON XIII en la Encíclica “Satis cognitum” ASS 28,709s).

La Iglesia Católica se percibe por la vista. No es sólo algo espiritual. Allí donde se predica el Evangelio, es decir, la misma doctrina que el Señor enseñó a los Apóstoles; allí donde se administran los Sacramentos, que deben ser conferidos en la intención de la Iglesia, obrados según la mente del Espíritu de la Iglesia; allí donde las almas obedecen a una Jerarquía…entonces está la Iglesia Católica visible.

Ser católicos no es ser universales, sino que se compone de tres cosas:

1. Tener la plenitud de la posesión de la verdad revelada;

2. Obedecer a una Jerarquía en Pedro;

3. Usar los medios de santificación en los Sacramentos.

Estas tres cosas son de la Iglesia Católica. Y estas tres cosas no las tienen las otras iglesias. Y, por eso, la catolicidad de la Iglesia exige la unidad de la Iglesia. No puede haber la diversidad de iglesias. El católico sólo está en la Iglesia católica, no puede estar en las demás iglesias.

«Y si la Iglesia es un cuerpo… no solamente debe ser algo único e indiviso, sino también algo concreto y que puede ser percibido por los sentidos… Por lo cual se apartan de la verdad divina aquellos que elucubran una Iglesia de tal forma que ni pueda alcanzarse ni verse y sea solamente algo, según dicen, “pneumático”, por lo que muchas comunidades de Cristianos, aunque separadas mutuamente entre sí por la fe, estén unidas sin embargo entre ellas por una conexión oculta» (PIO XII en la Encíclica “Mystici Corporis” (AAS 35,199s).

Esta conexión oculta es lo que predica Francisco con su sentimentalismo espiritual, con su lenguaje del amor. Los hombres están unidos porque son hermanos. Es la conexión oculta. Este amor fraternal anula el pecado original, por el cual el Padre ya no tiene parte en la creación del cuerpo. Sólo crea el alma. El cuerpo es concebido sin Espíritu, en el pecado. Si no hubiera existido el pecado original, entonces todos seríamos hermanos, tanto en el alma como en el cuerpo.

Para Francisco no existe el pecado original, por su teología de la liberación, y cae en el panenteísmo: todo en Dios. Todos somos hermanos en Dios. Todo nacido de Dios. Todo tiene una parte de Dios. Dios ha creado las cosas de Él Mismo, no de la nada. De ahí surge su amor fraternal, que es pura masonería.

La Iglesia católica es visible. Pero la pregunta es: lo que vemos en el Vaticano y en cada parroquia del mundo, que pertenece al Vaticano, ¿es la Iglesia Católica o es otra iglesia?

Y hay que responder: ya no. Desde que en el Vaticano se sentó el usurpador, el falsario, el embaucador, al que llaman, al que le ponen la etiqueta de Papa, con el nombre de guerra de Francisco, ya Roma dejó de ser el asiento de la Iglesia Católica. Ya Roma no es católica, porque ha perdido la línea de la Gracia en Pedro. Quien se sienta en el Trono no es el sucesor de Pedro. Consecuencia: la iglesia, que está edificada en ese hombre, que lidera ese hombre, no es la Iglesia que ha edificado Jesús en la fe de Pedro.

Esa nueva iglesia se levanta en la fe de un hombre, en las lágrimas de un hombre, que no cree en el Dios católico, que no cree que Jesús sea Dios, que pertenece a la masonería y, por tanto, no pertenece a la Iglesia Católica. Y toda su doctrina es la propia de un marxista y su obra en la Iglesia es la propia de un protestante: la fe sola es lo que hay en la mente de Francisco. Las obras de esta fe sola es lo que se percibe en la Iglesia. Los demás, es su lenguaje humano: el lenguaje del amor que gusta tanto a los católicos idiotas.

En Roma se levanta una nueva sociedad en la mente de un hombre, obedeciendo la mente de ese hombre. Un hombre que no cree en Cristo, que no imita a Cristo en su sacerdocio, que no enseña la misma doctrina de Cristo, que debe ser apostólica, no humana; que debe seguir las enseñanzas de los Apóstoles y de sus sucesores en la Iglesia. Francisco hace lo que le da la gana con el Magisterio de la Iglesia. Y, por eso, dogmatiza el Concilio Vaticano II. Y se ha puesto a proclamar santos a todos los Papas que son de ese Concilio. Porque así trabaja la mente de ese hombre: al no poseer la Verdad Absoluta, él hace sus dogmatismos, él crea sus santos, él se vuelve dios para sí mismo.

La unidad de la Iglesia sólo está en Pedro: “A fin de que… la multitud universal de los creyentes se mantuviera en la unidad de la fe y de la comunión… instituyó en Pedro el principio perpetuo de una y otra unidad y el fundamento visible” (D 1821). Pedro es el principio perpetuo de la unidad de la fe y de la comunión. De las dos: fe y comunión. Y, por tanto: «Todos los fieles de Cristo deben creer… que el Romano Pontífice es verdadero Vicario de Jesucristo y Cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los Cristianos… que desempeña el cargo de Pastor y Maestro de todos los Cristianos” (D 1826, 1839).

Porque existe la unicidad de la potestad suprema, que Cristo ha instituido en Pedro, entonces se excluye la legitimidad de cualquier asamblea de cristianos que formen una iglesia independientemente del Romano Pontífice. Y, por eso, los laicos no tienen que decir nada en la Iglesia. La unidad en la fe la da la Jerarquía, no las obras de los laicos.

Este punto es la clave para poder comprender la unicidad de la Iglesia. Quien mantiene a toda la Iglesia en una misma fe, en una misma doctrina, en una misma piedad, es el Papa.

Se quita al Papa, se derrumba la fe, la piedad, los Sacramentos. Esto es lo está pasando con Francisco. Ya no puede darse la unicidad en la Jerarquía, en la potestad suprema. Ya no hay una sola Iglesia. Cada sacerdote hace su iglesia como le conviene. A esto estamos llegando. Por eso, en las parroquias se observa, se ve que ya no son católicas: están siguiendo la mente de un hombre. No siguen la línea de la Gracia. Todo se tiene que derrumbar. Por eso, hay que irse de las capillas en que ya lo principal no es Cristo, sino la mente de Francisco.

Lo que vemos en el Vaticano no es la Iglesia Católica. Luego, lo que vemos en las parroquias ya no es la Iglesia Católica. Están perdiendo, poco a poco, la línea de la Gracia en la medida en que aceptan la mente de Francisco, su doctrina marxista y protestante.

Y si ni en el Vaticano ni en las parroquias no se ve ya la Iglesia Católica, entonces ¿dónde está, donde se ve, donde hay que ir para verla?

Ya no es visible. Mientras viva el Papa Benedicto XVI, ahí está la Iglesia Católica. Pero como ese Papa no gobierna en la práctica, la Iglesia no está en ninguna parte. Está en el desierto de los corazones. En cada corazón que es fiel a la Gracia, que persevera en Gracia y que, por tanto, no se deja manejar por la mente de Francisco ni de ningún personaje de su gobierno horizontal.

Sin la Verdad Absoluta, cualquier error guía el pensamiento humano

todoloqueviene

Dios es la primera y suma verdad, es decir la Verdad Absoluta, que no cambia, que siempre es Verdad, es eterna, permanece como Verdad y sólo se apoya en Sí Misma.

Hablar de la Verdad Absoluta es hablar de Dios. Y negar que exista la Verdad Absoluta es negar que exista Dios.

«Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta”, en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación!» (texto)

Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta: El creyente no puede creer en la Verdad Absoluta. Luego, la fe del hombre es siempre algo humano, nunca algo divino. No es un don de Dios, es el invento de la cabeza de cada hombre.

Lo absoluto es aquello que es inconexo, que no tiene una conexión, una salida, un camino, una relación. Es decir, no existe lo absoluto. Luego, no existe el ser Absoluto, que es Dios. Si Dios existiera como absoluto no habría un camino para llegar a Él. Luego, Dios existe como verdad relativa; es decir, cada hombre se inventa su dios, su concepto de Dios, su concepto de iglesia, su concepto de Cristo, etc. Francisco se carga a Dios, lo anula en una frase.

a. Consecuencia: cuando Francisco habla de Dios, está hablando de su concepto humano de Dios, de su lenguaje humano sobre Dios. Nunca habla del Dios verdadero, porque no es capaz de creer en Él: no existe.

b. Otra consecuencia: si Dios no existe, entonces Dios no habla y la Revelación Divina, el Evangelio, la Biblia, es el invento de los hombres, es la creación de las diversas mentes humanas a lo largo de la historia.

c. Otra consecuencia: Si Dios no ha Revelado nada, entonces no existe la Iglesia. La Iglesia es sólo el invento de la cabeza de Jesús, que es un hombre, una persona humana, pero que no es Dios, para Francisco.

d. Otra consecuencia: la salvación o la condenación de los hombres es sólo un lenguaje de la época. No es un lenguaje actual. Hoy día, es necesario predicar otras cosas y dar a esa salvación y condenación otro punto de vista, más acorde a lo que los hombres viven. Hay que salvar estructuras que sirvan para la vida de los hombres y condenar aquellas que impidan que los hombres se desarrollen. Y, por eso, dice:

«Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular» (ibídem). Hay que salvarse en una estructura adecuada: en aquella en que se da una serie de relaciones adecuadas entre todos los hombres. Dios salva al hombre que hace comunidad, que hace pueblo, que hace una sociedad, un gobierno, una estructura. Dios no salva al hombre solo. Y, por eso, es necesario crear estructuras que salven a los hombres, crear iglesias en la que entren todos los hombres. No se puede tener una Iglesia dogmática, universal, porque en ella no se salvan todos los hombres, sino unos pocos.

«El pueblo es sujeto. Y la Iglesia es el pueblo de Dios en camino a través de la historia, con gozos y dolores. Sentir con la Iglesia, por tanto, para mí quiere decir estar en este pueblo. Y el conjunto de fieles es infalible cuando cree, y manifiesta esta infalibilidad suya al creer, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina» (Ibidem).

a. El alma no es el sujeto de la salvación ni de la santificación. El alma no es el sujeto del Reino de Dios. El alma no es el sujeto de la Iglesia. Es el pueblo, la comunidad, un conjunto de hombres: esto es el populismo o marxismo.

b. La Iglesia es ese conjunto de hombres en la historia: Jesús no fundó una Iglesia divina, sino una asociación de hombres de acuerdo a la situación histórica que le tocó vivir. Y, por eso, ese grupo de hombres fue creciendo hasta convertirse en la Iglesia de hoy, que ya no sirve a la mentalidad moderna, y que hay que cambiarla. Busquemos nuevos caminos para la Iglesia, nuevas formas de vivir el lenguaje humano sobre la Iglesia.

c. Si no sientes con el pueblo no eres Iglesia. Si buscas tu salvación, tu santificación, no eres iglesia. Si no cargas con los problemas económicos de tus hermanos, no eres Iglesia. Si no llenas estómagos, no eres iglesia…

Consecuencia: se niega la fe en la persona humana y se pone la fe en un pueblo. Si el pueblo cree, entonces hay que obrar. Si el pueblo no cree, entonces no hay que obrar. Lo que importa es lo que cree la mayoría, no una minoría, no una clase social, no una Jerarquía. Hay que votar para ver lo que la mayoría de las personas quieren en la Iglesia. Votemos para que los homosexuales puedan casarse o para que las mujeres sean obispos, o para que los sacerdotes se casen, etc.

La verdad es el amor de Dios hacia los hombres en Jesucristo: esto es el gnosticismo. Es la idea gnóstica de la verdad. Al ser la verdad una relación, el hombre tiene que buscar una conexión entre Dios y el hombre: Jesucristo. Y, por tanto, hay que amar a Jesús. Ésa es la verdad. No hay que cumplir con unos mandamientos, porque no existe la Revelación Divina. Jesús no enseñó a Sus Apóstoles una doctrina absoluta, eterna, permanente, que no puede cambiar ni en los tiempos, ni en los espacios de los hombres. No hay que detenerse en los dogmas, porque son sólo un lenguaje humano que ha servido en una época. Ahora, eso no sirve. Ahora, lo que sirve es amar a Jesús. Eso es lo que importa. Que todo el mundo permanezca en sus iglesias amando a Jesús. No hay que convertir a nadie al catolicismo. Esto es lo que Francisco no se harta de predicar todos los días. Y, como hay que amar a Jesús, entonces todos somos iguales, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios.

«El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) y, más aún, en el ser hijos de Dios; cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo» (texto).

Este es el gran error de Francisco, en el cual cae por negar la verdad Absoluta, y al poner la verdad en el amor de Dios: cada ser humano es hijo de Dios. Grandísima herejía. Por eso, él dice que los homosexuales son hijos de Dios.

Francisco no puede discernir la Verdad de la Creación de la Verdad del pecado original. Para él no existen estas dos verdades y, por eso, proclama su herejía.

1. La Verdad de la Creación dice que Dios crea al hombre a su imagen y semejanza: Adán y la mujer fueron creados hijos de Dios.

2. La verdad del pecado original dice que Adán y Eva dejaron de ser hijos de Dios y se convirtieron en hijos del demonio.

Esta verdad, que es espiritual, es negada constantemente por Francisco. Son dos verdades absolutas. Al negarlas, tiene que negar la Obra de la Redención humana por Cristo. Para Francisco, en Cristo todos somos hijos de Dios de nuevo. Es el renacer, la Resurrección. Es la vuelta al principio. Y, por eso, en cada hombre está el rostro de Cristo: «en el rostro de cada persona está impreso el rostro de Cristo» (ibídem). Todos los hombres son cristianos porque aman a Cristo como ellos lo piensan, lo sienten, lo ven. Según cada cual, en su vida, vea a Jesús, así se transparenta en su rostro. Es el puro gnosticismo. Ser de Jesús no es pertenecer a la Iglesia Católica: el fundamento de la dignidad humana no está en ser de un grupo religioso. La moral católica no te hace ser un digno ser humano. No; no te equivoques. Es la moral del mundo lo que te hace ser un digno ser humano: en ser de la humanidad, en ser del pueblo de Dios, en ser del mundo. Y, por eso, hay que construir un mundo mejor, no hay que construir una Iglesia mejor:

«¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado» (Ibidem). Hay que custodiar la Creación, no las verdades de fe, no los dogmas, que son concepciones abstractas. No custodies el Reino de Dios. Custodia el mundo, que es del demonio. Custodia las obras del demonio en el mundo. No te dediques a hacer oración y penitencia por tus pecados, dedícate a ser un hombre verde: posee la ideología ecologista. El pecado está en que se violan los derechos humanos y ambientales de los hombres, porque la riqueza está mal distribuida, porque los recursos de la tierra están mal repartidos. Hay que buscar un bienestar social y económico que sean para todos los hombres, no para unos pocos. Hay que dedicarse a dar de comer, a vestir hambrientos, a poner hospitales, a establecer medios informativos en que todo el mundo aprenda a errar, a mentir, a engañar. Que cada uno dé su herejía y que el otro la respete como herejía, como un valor, un bien que aprovecha a todo el mundo, porque hay que ser fraternos con todo el mundo, hay que dialogar con todas las sectas para aprender una verdad relativa, la que a ti te guste. Tienes que amar a los animales, a las plantas, a todo lo Creado, porque no está maldito. Es una gran bendición lo que Dios ha hecho, pero los hombres, como viven en sus culturas del rechazo, tienen que aprender a vivir en las culturas del encuentro, tiene que aprender la virtud de la solidaridad fraternal. Y, así, todos contentos, bailando, comiendo, disfrutando de la vida, nos vamos al infierno, porque nadie se ocupa de quitar el pecado de sus vidas: «En esto se necesita por parte de todos un cambio de actitud hacia los inmigrantes y los refugiados, el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación –que, al final, corresponde a la “cultura del rechazo”- a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor» (Ibidem).

Con Francisco, todo es cuestión de culturas, pero no del pecado. Quita una cultura, quita una estructura que no sirve, y pon otra, más adecuada a la vida de los hombres. Francisco trabaja con el lenguaje humano, para llegar a los hombres, y así engañarlos con su protestantismo y comunismo.

Como Francisco niega la Verdad Absoluta, tiene que negar la certeza de que Dios habla al hombre y que el hombre lo encuentra:

«Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien… Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda». (texto)

• Algo no va bien cuando los hombres siguen el dogma, la Tradición Divina, el Magisterio auténtico de la Iglesia. Algo no va bien cuando cumples con los mandamientos de Dios, que te ponen en un camino sin certeza. Tienes que dudar de los mandamientos de Dios para que todo vaya bien. Y, entonces, pueden pasar a comulgar los que fornican. Los ateos se salvan porque creen en su conciencia. Hay que bautizar a los hijos de las parejas lesbianas, homosexuales… Si no dudas es que vas mal. La duda es el camino de la Verdad.

Consecuencia: Cualquier pensamiento humano es verdadero si lleva una duda, un error, un engaño, una mentira, una falsedad. Todos piensan bien la vida, con tal de que duden siempre. Esa duda les llevará a la perfección del entendimiento humano. Duda y acertarás.

Consecuencia: Toda obra humana que venga de una duda es buena. Toda obra humana que nazca de una mentira, de un error, es buena. Todo pecado es un valor, un bien, un camino para el hombre.

Consecuencia: no puede darse ni la misericordia ni la justicia divina. Sólo es posible una misericordia falsa, según el lenguaje humano de cada hombre. El hombre, al dudar, no es capaz de ver su pecado y, por eso, Dios lo salva sin más, a pesar de sus dudas, a pesar de sus pecados. Peca fuertemente y estás salvado. Pecar te salva. Es el protestantismo.

Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda: Todos los Papas en la Iglesia han dudado de todo. Nunca han hablado con la verdad Absoluta. No son posibles los dogmas. Los dogmas son sólo el lenguaje de los hombres. Y, en ese lenguaje, hay dudas, hay errores. Un dogma es un error y, por tanto, hay que corregir ese error, poniendo otro lenguaje humano, que haga salir de ese error, de esa duda. Hay que cambiar los dogmas, porque no son absolutos, sino relativos a las circunstancias de las vidas humanas. Cada época tiene sus dogmas.

Consecuencia: no existe nada. Sólo lo que los hombres piensan y deciden en cada momento de sus vidas. La vida es según el color del lenguaje que cada hombre usa para vivirla.

Al no existir la Verdad como un entendimiento absoluto, entonces no se da la doctrina como tal, sino el lenguaje de la doctrina. Si la verdad es una relación, entonces la mente expresa esa verdad de acuerdo a un lenguaje humano, que puede ser múltiple y cambiante según los tiempos y las circunstancias de la vida. Y, entonces, Francisco enseña:

«A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano» (EG n- 41).

Está negando que se pueda predicar siempre lo mismo: Jesús es Espíritu, Dios es Uno y Trino, existe el pecado. Hay que predicar con otro lenguaje distinto: Jesús no es Espíritu, pero es Hijo de Dios. Existe Dios, pero no el Dios de los Católicos. Dios es Abba, y Jesús es la encarnación de ese dios. No existe el pecado, sino los males sociales, y hay que buscar una razón, una ley, para que desaparezcan esos males. Hay que hacer un comunismo, un negocio económico en la Iglesia y en el mundo, porque ya no se sostiene la economía. Hay que buscar nuevos caminos para la Iglesia. No ya los dogmáticos ni los tradicionales, porque ya la gente no vive la moda del dogma, sino que vive otro tipo de moda en su lenguaje.

«De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio» (EG – n 42).

Niega el Magisterio Auténtico de la Iglesia: la gente no comprende lo que los Papas han dicho. Hay que llegar a todo el mundo, no sólo a la Iglesia Católica. Y, entonces, hagamos un magisterio amoroso, cariñoso, sentimentaloide, que guste a todo el mundo, que sea testimonio de lo que los hombres hacen en el mundo.

Así habla Francisco: y siempre es igual. No cambia. Un hombre que no puede dar la verdad nunca, sino siempre el error, la mentira, la duda, el engaño, la ignorancia supina de todas las cosas.

El problema de este hombre es que cree en su ignorancia: la ve como buena, como una sabiduría que todos tienen que seguir. ¡Qué bonito es lo que dice Francisco! Esta es la estupidez del pueblo de Dios. No saben pensar su fe católica. Sólo saben bailar con un hereje. Y gritarle, y darle palmas, y decirse a sí mismos: que buenos y santos somos porque tenemos un Papa del mundo, de la sociedad, que entiende bien nuestras lujurias de la vida.

Francisco es un hombre sin verdad, sin norte, sin camino. Es un hombre que no sabe andar poniendo a las almas la norma de la moralidad, de la ley divina. Sino que sólo da al alma el camino propio del demonio: crecer en la inteligencia humana para abarcarlo todo y vivir, después, según ideas generales, comunes, universales, globales. Francisco nunca hace caminar hacia la santidad, sino que siempre arrastra hacia la condenación. No hay en su lenguaje humano una Verdad Absoluta. Todas son verdades relativas, verdades humanas, verdades a medias, verdades sin sabiduría del Cielo. Y, por tanto, Francisco sólo puede hablar la herejía y conducir al cisma de manera irreversible. No es posible seguir a Francisco y salvarse. Quien le obedece absolutamente se condena. Porque es la Verdad la que libera. Y este hombre no sabe decir una Verdad bien dicha, sin poner su mentira, su duda, su error, su ignorancia, su maldad cuando habla.

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