Lumen Mariae

Inicio » vaticano

Archivo de la categoría: vaticano

Jesús sólo habla a Su Iglesia Remanente

fazs

«La caridad no pasa jamás; las profecías tienen su fin, las lenguas cesarán, la ciencia se desvanecerá» (1 Cor 13, 8).

Dios siempre está hablando, pero los hombres no saben estar atentos a Su Palabra. No viven en Su Presencia. No saben buscar a Dios. Sólo saben vivir su vida humana.

El Padre engendra a Su Verbo. Y es una Obra Eterna, que el hombre ni puede entender ni sabe cómo explicarla.

La Palabra de Dios se da a los corazones de los humildes. Humildad que no significa una presencia exterior del hombre. No porque el hombre vista pobremente se tenga que considerar como una persona humilde. No porque el hombre hable suavemente, diciendo palabras bellas, agradables, haya que considerarlo como un hombre humilde.

La humildad es una virtud en el hombre. Y toda virtud es una lucha del hombre contra el vicio.

El humilde es el que lucha contra su soberbia. Y la soberbia está en la mente del hombre. Está en sus ideas, en sus filosofías, en su lenguaje humano.

Todo hombre nace soberbio y muere en la soberbia. Y, por eso, los santos caen siete veces al día. Porque el pecado de Adán fue la soberbia: la mente del hombre quedó dividida para siempre.

Por más que el hombre piense, medite, analice, sintetice, nunca va a llegar a la verdad plena. Necesita al Espíritu de la Verdad para comprender la plenitud de la Verdad, para poder penetrar en la Verdad.

Es Cristo la Verdad. Porque Cristo no tenía pecado. Fue engendrado sin pecado original y, en su vida terrena, nunca pecó. Luego, su mente humana nunca estuvo dividida. Cristo, como Hombre, conocía toda la Verdad. Cristo, como Dios, era la Verdad.

Dios es la Verdad; el hombre puede conocer toda la Verdad, pero no es la Verdad.

En la vida de todo hombre, su «conocimiento es imperfecto» (Ib., v.9), por la división de su mente. Y, por lo tanto, todo cuanto conoce el hombre es imperfecto: sus filosofías, su ciencia, su técnica, sus estudios, su teología, las profecías…Todo es imperfección.

Cuando Dios habla al hombre no puede decirle toda la verdad, porque el hombre, por la división de su mente humana, no es capaz de asimilar toda la verdad. No puede. Una cosa dividida no puede alcanzar la plenitud. El hombre tiene que morir para que pueda penetrar, con su inteligencia humana, los misterios divinos.

Adán conocía toda la Verdad. Su pecado fue inmenso. Adán fue creado en la Verdad, en toda la Verdad. Pero fue creado para una obra divina, que no aceptó, a la cual no se sometió. Su mente humana rechazó la verdad de esa Obra y produjo -en todo hombre- la división de la mente.

La mente del hombre está dividida; pero también su cuerpo está dividido de su alma. El cuerpo del hombre, unido sustancialmente con el alma, no sigue al alma. No se une al alma. Sino que busca sólo lo carnal. Es una división espiritual, no de la sustancia de la naturaleza humana.

La carne fue el otro pecado de Adán. Primero, en su mente; después, en su carne. Primero, la soberbia de la mente; después, la lujuria de la carne.

La Virgen María fue Inmaculada, no sólo en su carne, sino también en su mente. Creyó en la Palabra de Dios, atajando así la soberbia. Y engendró, en Su Cuerpo, la misma Palabra del Padre.

Adán no creyó en la Palabra, produciendo la soberbia en su mente. Y engendró, con su cuerpo, un hijo para el demonio.

Los dos pecados más comunes de los hombres son: la soberbia y la lujuria. Mente pervertida y sexo desenfrenado. Estos dos vicios definen la vida espiritual de muchos hombres. Una mente pervertida en los errores, en las mentiras, en los juicios; una carne ciega en el placer.

La carne, al no buscar la luz del alma (por la división en su espíritu), queda ciega. Al querer sólo carne, queda desamparada en lo terrenal, en lo natural, en la material. Pero la carne que busca la perversión de la mente del hombre, queda –no sólo ciega- sino que hace al hombre abominable en su ser. El pecado de un homosexual es esto: una mente pervertida y una carne que vive una abominación. El hombre rechaza la luz natural para seguir una oscuridad, que es su única luz. Y eso es abominable.

Las profecías terminan: «Voy a hablar con vosotros sólo periódicamente y a través del Remanente de ahora en adelante» (ver)

Jesús ya no habla a través de la Iglesia Jerárquica. No es la Iglesia en el Vaticano la Iglesia de Jesús. Unos herejes consumados no pertenecen a la Iglesia de Cristo. No pueden ser Iglesia. No pueden construir la Iglesia en la Palabra y en la Obra de la Verdad.

Jesús sólo habla a Su Iglesia Remanente, la que está en el Reino de Dios. La que ha pasado a los corazones de los humildes, una vez que hicieron renunciar al Papa Benedicto XVI. Quitaron el fundamento de la Iglesia, Pedro (un gobierno vertical), para poner otro fundamento, un conjunto de hombre (un gobierno horizontal). La Iglesia dejó de estar en Pedro, en la Jerarquía, para pasar a estar en cada corazón fiel a la Palabra de Dios.

La Iglesia es Cristo con sus almas fieles a Él, a Su Palabra. La Iglesia no son los hombres: no es una comunidad de hombres, con una estructura externa, que se rige con una serie de normas.

En la estructura externa del Vaticano, visible a todos, ya no se ve la Iglesia en Pedro. Se ve el inicio de la abominación de la desolación, en unos hombres que no tienen a Dios en sus corazones.

Cuando Dios deja de hablar con los hombres, a través de sus profetas, es señal de que todo se ha dicho con ese profeta.

Cada profeta tiene su misión; es para una obra que Dios quiere. Pero el profeta no está siempre hablando de lo mismo. Una vez que ha edificado, exhortado y consolado, el que profetiza calla ante los hombres.

Dios tiene mucho más que decir a los hombres; pero no lo va a decir por medio de un profeta, sino por otros.

Cuando un profeta calla, es que comienza su misión, su obra. Mientras habla, sólo da la inteligencia de la obra. Cuando calla, entonces el profeta se pone a obrar lo que ha recibido.

El que recibe la profecía tiene que estudiarla, entenderla y vivirla:

«Vosotros estáis preparados para levantar vuestra armadura para luchar por mantener viva Mi Palabra en un lugar de desolación».

La obra de Dios con este profeta es que las almas difundan Su Palabra, mantengan Su Palabra viva en medio de una Iglesia que la ha rechazado completamente.

En el tiempo en que los hombres han puesto a un falso Papa como líder de una falsa iglesia, era necesario advertir a toda la Iglesia de esta maldad. Esa maldad señala el tiempo del Apocalipsis en la persona del Anticristo.

Y es cuando se necesita la luz del Espíritu: que el Espíritu enseñe al hombre la verdad de estos tiempos.

Todos los teólogos se han estancado en la cuestión del reino milenario. No ven nada. No disciernen nada. Porque son todos unos soberbios. Quieren comprender una verdad en la división de sus mentes.

La verdad de la gloria no se comprende en la verdad del pecado. Todos los teólogos no comprenden el Reino Glorioso en la tierra si existe el pecado. Y, por eso, dan multitud de interpretaciones y acaban negando el reino del milenio. Niegan la misma Palabra de Dios, que es la Verdad. Y la niegan con la soberbia de sus mentes, de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías.

Es Dios quien enseña al hombre la Palabra, la interpretación de Su Misma Palabra. Pero los hombres, siempre han sido muy soberbios. Y la Iglesia, en Su Jerarquía, que tiene la plenitud del Espíritu, acaba siempre negando esa Plenitud porque se acomodan, con sus mentes humanas, con sus soberbias, a lo que comprenden, a lo que entienden en sus ridículas inteligencias humanas.

Hoy día, ninguna Jerarquía de la Iglesia cree en los profetas. Eso es un hecho. Pregunten a los tradicionalistas y verán que creen en sus profetas, pero no en los profetas. Pregunten a los lefebvrianos y verán cómo niegan a todo profeta si no está amparado por la autoridad de la Iglesia. Pregunten a cualquiera sobre los profetas y cada uno tiene su idea de lo que es la profecía. Ninguno sabe discernir los espíritus. Ninguno sabe ver la realidad de la vida eclesial en estos momentos. Están todos perdidos en lo que pasa en el Vaticano.

Por eso, la confusión es total en la Iglesia. Es la ceguera propia de la mente del hombre que, en su soberbia, ha creído tener el camino para hacer de la Iglesia una nueva cosa, más acorde con los tiempos del mundo.

«La confusión no viene de Mí. Mi Palabra es clara; Mis Enseñanzas infinita. La humanidad ha abrazado el humanismo y el ateísmo como un sustituto de Mí. He sido apartado y Mi Palabra sólo es tolerada en algunas partes, mientras que en las otras ha sido deformada para satisfacer las necesidades de los pecadores, que quieren justificar sus iniquidades» (inglésespañol).

Todos están siguiendo la soberbia: el humanismo y el ateísmo. Nadie sigue la Palabra de Dios. Nadie escucha a los profetas. La Jerarquía de la Iglesia se cree sabia sin los profetas. Se creen profetas sin acudir al Espíritu de Profecía, negándolo en todas las cosas de sus ministerios sacerdotales.

Y ponen su soberbia como la verdad a seguir: sustituyen la Palabra de Dios con las palabras, con la verborrea de su lenguaje humano, lleno de humanismo y de ateísmo.

Toda la Jerarquía da culto a su lenguaje humano, que es dar culto a la mente del hombre, a la idea del hombre. Cuando se hace esto, entonces se pone por obra el orgullo de la persona: todo se deforma para cubrir las necesidades de la vida, de las obras, de los pensamientos de gente pecadora, gente que vive sin arrepentimiento de sus pecados, justificando, a cada paso de su vida, sus malditos pecados, sus obras de iniquidad.

La Jerarquía ya no condena la herejía, ni en la Iglesia, ni en el mundo. Sino que la condona, la excusa, la perdona, la justifica. Y eso es obrar en contra de la misma Palabra de Dios, que llama anatema a todo aquel que enseñe a vivir una mentira a los hombres.

Dios juzga al hombre por la manera que él rechaza la Palabra de Dios y por las obras pecaminosas que abraza.

Dios no juzga al hombre por su lenguaje humano, por sus errores en su mente, por sus imperfecciones en el conocimiento de la verdad. Cuando el hombre conoce una verdad, que Dios ha revelado, y vive en contra de ella, la rechaza, entonces viene el juicio de Dios contra ese hombre.

La Jerarquía de la Iglesia es la que más conoce la Verdad. Y ¿cómo viven? Viven rechazando la verdad en la realidad de la vida eclesial. Viven obrando la mentira como verdad.

Hoy la gente vive adorando a un degenerado como Papa. Están rechazando, con sus obras pecaminosas, con su obediencia a un hombre sin verdad, al mismo Cristo y a la misma Iglesia.

Y Dios juzga todo eso. Dios ha dado conocimiento a todo hombre de la verdad de quien se sienta, actualmente, en la Silla de Pedro. Y muchos han rechazado esa Verdad. Y, por eso, el castigo que viene a la Iglesia es mejor ni pensar en él.

«Yo fui rechazado por muchos durante Mi Tiempo en la tierra y especialmente por aquellas almas orgullosas que guiaban Mi Rebaño en los templos. Ellos predicaban la Palabra de Dios, pero no les gustaba oír la Verdad de Mis Labios, al verdadero Mesías. Hoy hay siervos desleales a Mí, que fallan en la adhesión a la Verdad. Muchos de ellos ya no aceptan Mi Palabra Sagrada, la cual permanece como lluvia primaveral en un cristal claro. Ellos han ensuciado el agua, que vierte la fuerza del Espíritu Santo, y que las almas inocentes beberán. La verdad será distorsionada y muchos serán forzados a tragar la doctrina de la oscuridad, que resplandecerá brillantemente, como una deslumbrante estrella».

Esta es la maldad que se avecina con el poder sacerdotal. Es el cisma, obrado por la misma Jerarquía de la Iglesia, la que gobierna actualmente la Iglesia. Jerarquía apóstata de la verdad revelada y dogmática. Jerarquía que vive en la herejía de la mente. Jerarquía que obra el cisma con su poder sacerdotal.

Es la Jerarquía la que enseña la verdad. Y la impone en la Iglesia. Si el alma quiere salvarse, dentro de la Iglesia, tiene que aceptar los dogmas que enseña la Jerarquía.

Es la Jerarquía, ahora, la que enseña la mentira. E impone esa mentira, forzando a muchos a aceptar la mentira como verdad. Y esa imposición de la mentira va a brillar en todo el mundo: «resplandecerá brillantemente, como una deslumbrante estrella»

Por eso, se necesita que las almas den testimonio de la Verdad ante una Iglesia que sólo da testimonio de su mentira, de su lenguaje humano lleno de oscuridades, de maldades, de errores.

La nueva doctrina, que ya se manifiesta en las obras de gran parte de la Jerarquía que sigue a Bergoglio como su Papa, no tiene nada que ver con Cristo, con la doctrina que Cristo enseñó a Su Iglesia, en Sus Apóstoles. Y es necesario combatirla de una manera nueva.

Porque hay que enfrentarse a la misma Jerarquía, que es la que va a poner una falsa doctrina como si fuera un dogma, que todos tienen que creer, aceptar, seguir, si quieren estar en esa falsa iglesia.

Muchos no han sabido combatir a un hombre que no es Papa. Han acabado adorándole, conformándose con su lenguaje humano, con sus obras, que no sólo son humanas, sino del demonio.

Y si no han sabido combatir a un demente, a un hombre que no tiene sentido común cuando habla, menos sabrán combatir a toda esa jerarquía que lo apoya de manera incondicional. Ellos son poderosos, no sólo por el poder que tienen sobre todos en la Iglesia, sino por la inteligencia. Saben engañar a las almas, dando vueltas a la verdad. Y la gente no sabe percibir esas vueltas, porque ya no creen en la verdad. Se quedan en las vueltas del lenguaje humano. Se quedan en lo exterior de la palabra: algo bello, algo agradable que se dice, algo interesante para la mente… Pero ya no escuchan la Verdad. No puede oírla. Sus mentes han quedado atrapadas en la soberbia.

El soberbio no escucha la Verdad, sino que está atento a la mentira, al error, a la duda.

«La vida del cuerpo llega a ser vuestra cuando creéis en Mí y vuestra alma vivirá para siempre. RechazadMe antes de Mi Segunda Venida y no estaréis preparados para recibirMe. Abrazad las mentiras, a pesar de que ya conocéis la Verdad de Mi Palabra, y caeréis en la desesperación. Y ahora, Yo voy a ser crucificado una vez más; y este tiempo habrá poco duelo para Mi Cuerpo – Mi Iglesia – porque habréis desertado de Mí en el tiempo en que Yo llego en Mi Gran Día. Yo habré sido olvidado, pero el impostor va a ser idolatrado; adorado y tratado como de la realeza, mientras Yo yaceré en la cuneta y seré pisoteado».

La nueva doctrina, que está predicando el impostor, el falsario, es sólo el inicio del mal. Una doctrina para el hombre, que gusta, no sólo a la mente del hombre, sino a su vida diaria. Una doctrina popular, de la calle, que es admirada por todos los hombres pecadores, del mundo. Es una doctrina para sus vidas de pecado: que ensalza, que justifica, esas vidas de iniquidad.

La gente aplaude a Bergoglio sólo por esto: porque les da la falsedad de una vida como si fuera la verdad. Se enseña un nuevo enfoque, una nueva visión del magisterio de la Iglesia. Se reinterpreta la Palabra de Dios según el lenguaje humano de cada uno. Lo que cada hombre ve en su mente, eso tiene que ser lo que viva. Por eso, Bergoglio anima a leer la Palabra de Dios y regala Biblias. Actúa como todo protestante.

La Jerarquía no está para decir que se lea la Biblia o para regalarla, sino que está puesta por Dios para enseñar la verdadera interpretación de las Escrituras. Por supuesto que Bergoglio no hace esto. Y en sus enseñanzas, tergiversa constantemente la Palabra de Dios. La disfraza de una manera tan bella para los hombres que estos creen que está hablando justa, rectamente, con verdad.

Muchos han quedado ciegos con la palabra barata y blasfema de Bergoglio. Ciegos. Ya no pueden ver la verdad. Y ya no hay manera de que la vean.

Si el hombre no lucha contra el vicio de su soberbia, para poder alcanzar la humildad de corazón, entonces rechaza a Cristo y rechaza a la Iglesia de Cristo.

Y para esto Dios ha puesto a este profeta: para que la Verdad permanezca en los corazones humildes. Para que la Iglesia no sea destruida por la Jerarquía que ya ha perdido el norte de la Verdad.

Dios calla para que el hombre obre lo que ha escuchado de Dios.

Cuando Dios calla, entonces comienza la Obra del Espíritu en los corazones.

Si Dios calla, es que no hay que estar repitiendo la misma cosa de siempre. Hay que comenzar a obrar.

La Iglesia Remanente no es la Iglesia en el Vaticano ni en ninguna parroquia. Es la Iglesia de Cristo, que sólo puede vivir en la humildad de los corazones. Ahora, no tiene una Jerarquía que la guíe. Porque no hace falta. Hay quienes piensan que Burke está organizando la resistencia. Y no saben que la resistencia a la mentira ya está organizada por Dios en sus profetas, en sus almas fieles a la Verdad. Burke, hasta que no salga de esas estructuras infames del Vaticano, hasta que no se oponga firmemente a Bergoglio, hablando en contra de él, sin miedo a perder su oficio, su trabajo, su comida, no organiza ninguna resistencia y no es capaz de guiar a la Iglesia remanente. Se necesitan sacerdotes y Obispos que crean en los tiempos apocalípticos que vive la Iglesia. Y ninguno de ellos cree. Todos quieren seguir en la Iglesia como hasta ahora. Quieren seguir en el gobierno de la Iglesia y ver un camino de solución.

El único camino para solucionar los problemas de la Iglesia, que es una Jerarquía que ha perdido la fe en Cristo, es salir de Roma y batallar, desde fuera, a toda esa falsa Iglesia que se muestra como verdadera. Como nadie va a hacer esto, ahora, no hace falta la guía de ninguna jerarquía para la Iglesia remanente. Cuando esa Jerarquía sienta en su propia carne la maldad que, ahora, no se atreven a combatirla, entonces actuarán como verdaderos jerarcas. Ahora, todos son unos inútiles que se refugian en sus palabritas humanas, pero que no saben oponerse a Bergoglio como falso Papa. ¡Qué miedo tienen todos!

Cuando Dios vea la necesidad, según los tiempos, la jerarquía fiel a la Palabra de Dios se levantará y guiará a la Iglesia remanente. Porque la Iglesia es la Jerarquía.

Pero hasta que no salgan de las estructuras externas, que los atan a la maldad, no hay que confiar en ninguna Jerarquía.

La única Jerarquía confiable es la que se opone TOTALMENTE a Bergoglio y a sus matones. Y de estos hay muy poquitos. Estos están escondidos, porque saben cómo es el juego del Vaticano.

Cuando Dios calla, es que todo se avecina: el mal da un paso adelante y las consecuencias serán inevitables para todos.

La Iglesia Católica ya no es visible porque ya no es una

Audio del post:


border560x1verde

nomireis

Lo uno se opone a lo dividido y, por lo tanto, es aquello que no tiene división en sí, es decir, no posee división interna.

Lo único no es lo múltiple, no es lo diverso: la Iglesia católica es única, no múltiple. No se puede dividir en su esencia. Quien la quiera dividir, automáticamente, hace su propia iglesia. Es lo que ha hecho Francisco al poner su gobierno horizontal: ha dividido la Verdad del Papado = se ha puesto fuera de la Iglesia Católica, porque el Papado no admite división, es decir, no admite horizontalidad. El Papado es vertical. Francisco no ha seguido la línea de la Gracia, entonces, de manera automática, ha puesto la línea protestante en el gobierno. Y, en esa línea protestante, el poder masónico. Y lo que hay en el Vaticano no es la Iglesia Católica, no se ve, no es visible. Sino lo que se ve es una nueva iglesia, una más de las muchas protestantes que hay. Una cloaca de inmundicia y de demonios.

La Iglesia fundada por Cristo en Pedro se distingue visiblemente como verdadera respecto de las falsas. No hay diversidad de Iglesias católicas. Hay una única Iglesia Católica y se puede ver en la realidad de la vida.

Hay una sola Iglesia católica que excluye a las demás iglesias. Esto es muy importante conocerlo, para no caer en esto:

«Sabemos que en los primeros mil años hubo una sola Iglesia, la llamada iglesia católica, y ser católico es decir universal, no quiere decir romanos, católico quiere decir si usted ha nacido de nuevo… eso es ser católico… Apodérense, recuperen lo que les pertenece…Somos católicos…Y después hubo una ruptura al final del primer milenio…tuvimos a los ortodoxos, este y oeste, dos iglesias; y luego, quinientos años más tarde, tuvimos a Lutero y sus protestas, tres iglesias,…después de la reforma de Lutero hasta hoy tenemos 53.000 nuevas iglesias…Yo llegué al entendimiento que la diversidad es divina, pero la división es diabólica» (Tony Palmer). Y termina su discurso, diciendo: «Somos católicos en el sentido de universalidad, no protestamos más la doctrina de la salvación como lo enseñaba la Iglesia Católica…no más…Ahora nosotros explicamos el mismo Evangelio, ahora predicamos que la salvación es por gracia, por medio de la fe sola… la palabra sola fue el argumento por medio de quinientos años…».
sapo

Tony Palmer fue un sapo del demonio, amigo del necio de Francisco. Y entre ambos se codeaban buscando el sentimentalismo de la unidad: el abrazo entre hermanos que la historia había separado.

Tony Palmer habla del pancristianismo, que es la herejía que se opone a la doctrina católica acerca de la unidad de la Iglesia. Promueve constituir una cierta unión de todas las confesiones o denominaciones cristianas, sin que ninguna de ellas pierda su independencia. Todas se separaron de la Iglesia católica: ortodoxos, protestantes, etc… Y, por tanto, son diversas. Se separaron en la verdad, luchando por una verdad, por una idea que, para ellos, era su verdad y que la Iglesia Católica no aceptaba. Y todas esas iglesias han hecho una diversidad de iglesias, denominaciones cristianas como las llaman ellos.

Para este hombre, ya no hay que protestar más porque es bueno acomodarse al lenguaje humano. Si la Iglesia Católica dice que la salvación es por medio de la gracia, sin mérito alguno; entonces vamos a dejar el argumento de la sola fe, y aceptemos el lenguaje: vamos a predicar que la salvación es por medio de la gracia. Y, entonces, este hombre se convierte en un santo, en un justo, en un fariseo: prediquemos lo que no vivimos. Prediquemos que la salvación es por medio de la gracia, sin mérito alguno. Pero no vivamos la Gracia. Consecuencia: debe caer en esta blasfemia: todos hemos recibido la gracia de la impecabilidad. Ya no pecamos más. Ya somos todos santos. Prediquemos eso, y entonces el muro de la división se cae. Y no interesa la gracia, ni cómo vivir en gracia, ni cómo seguir a la gracia, ni cómo ser fiel a la gracia. Eso no se lo pregunta. Sólo hace un discurso marketing: para la masa. Y, claro, tiene que aparecer el baboso Francisco en escena.

Para Palmer esta diversidad de Iglesias es divina. Éste su pensamiento herético. Decir esto es oponerse a la unidad, al uno, a lo único, porque la Iglesia no se puede dividir, no es diversa, no es múltiple.

Esto es también lo que predica Francisco: la unidad en la diversidad. Francisco es un protestante, como Palmer. Pero él busca la unidad en el sentimiento herético fraterno, no busca la unidad en la verdad de la gracia, porque no cree en ella. Y tampoco se atreve a decir la sola fe, porque sabe cómo son las cosas en la Iglesia, sino que da un giro, en su lenguaje, para esconder la herejía de Palmer, pero dice su propia herejía:

«Este idioma del corazón tiene un lenguaje y gramática especial; una gramática simple que tiene sólo dos reglas: ama a Dios sobre todas las cosas y ama a los otros porque son tus hermanos y hermanas. Con estas dos reglas podemos ir adelante» (Francisco en el video a Palmer).

La unidad, para Francisco, es un lenguaje, es una palabra, un sentimiento que proviene de una idea falsa: ama al otro porque es tu hermano. En esta idea, que nace de su herejía de la creación, de concebir a un Padre Creador del alma y del cuerpo de los hombres, anulando el pecado original, por el cual, Dios ya no tiene parte en el cuerpo del hombre, sino sólo en su alma, busca una unidad absurda e imposible, unidad en la mentira. Pero la busca sólo porque Francisco se ha convertido en un llorón de los problemas humanos. No porque le interese los hombres. Le importa muy poco el hombre a Francisco. Lo que le interesa es su negocio: ¿cómo comer en la Iglesia poniendo cara de santo, de humilde, de pobre, de fraterno, de misericordioso, pero dando puntapiés a toda la doctrina de Cristo?

« ¿De quién es la culpa? Todos llevamos la culpa. Todos somos pecadores. Por tanto, sólo uno es justo, nuestro Señor» (Ibidem)

¿De quién es la culpa de la separación? No de Lutero, ni de los ortodoxos, ni de los hombres sólo…, sino también de la Iglesia Católica. Todos tienen su culpa, todos tienen su pecado. Todos siguieron sus verdades. Todos son unos santos. El problema es que no se entendieron en las mentes. Francisco nunca dice que la Iglesia Católica no tuvo culpa en las diversas separaciones, porque no ama la Verdad Absoluta. Francisco nunca lucha por la Iglesia Católica, sino por los hombres del mundo. Esa es su lucha: una batalla para conquistar los sentimientos de los hombres, sus ideales en la vida, sus mentes. Pero nunca lucha por salvar un alma, por indicarle el camino de la salvación y de la santificación. Señal de que él tampoco lo busca en su vida personal, sino que es como muchos protestantes, que se preguntan ¿qué es la iglesia? Y se responden como Calvino: «El cuerpo y la sociedad de los fieles que Dios ha predestinado a la vida eterna. Esta iglesia es invisible, conocida solamente por Dios, el cual es el único que conoce a los que ha elegido».

Este es el pensamiento de muchos católicos tibios en su fe. Nadie se condena, todos se salvan porque Dios nos ha predestinado a todos al cielo.
bufon

«Estoy nostálgico por ese abrazo que las Santas Escrituras hablan cuando los hermanos de José comenzaron a padecer hambre…ellos fueron enviados a Egipto para comprar y poder comer. Fueron a comprar, tenían dinero, pero no podían comer el dinero. Pero allí encontraron algo más que comida: encontraron a su propio hermano. Todos nosotros tenemos dinero, el dinero de la cultura, el dinero de nuestra historia…Tenemos tanta riqueza cultural, religiosa y tradiciones diversas… pero nosotros necesitamos encontrarnos unos a otros como hermanos. Nosotros debemos de llorar juntos como el llanto de José. Con esas lágrimas nos uniremos. Las lágrimas del amor» (Ibidem).

¿Qué es lo que produce el ecumenismo? ¿Cuál es la esencia de la Iglesia? ¿La fe en Pedro? No: las lágrimas del amor. Llorar unos por otros como hermanos. El amor fraterno. Es decir, puro masonismo. El culto al amor al hombre, tolerando los diversos pensamientos humanos y, por tanto, aceptando los errores de los demás sólo como males en la vida, pero nunca como ofensas a Dios. Son pecados sociales, fruto de que los hombres no se entienden, no han encontrado el lenguaje apropiado que los una. Y he aquí, el maravilloso Francisco que ha encontrado el lenguaje que une: el lenguaje del amor. Llora por los hombres y harás unión con ellos.

Francisco anula inmediatamente la Redención en esta frase. En la Iglesia, hay que llorar por tres cosas:

1. Por nuestros malditos pecados;

2. Por los sufrimientos de Cristo y de Su Madre, al pie de la Cruz;

3. Por los pecados de los demás.

Si los hombres no lloran por estas tres cosas, sino que son llorones de su vida humana: no tengo dinero, no tengo salud, no tengo trabajo, no tengo justicia, no tengo amor, no tengo… Si los hombres se pasan la vida mirándose al ombligo, que no esperen que Dios les muestre el camino de la salvación, sino que deja que el demonio se los lleve al infierno. Porque Dios no es un Dios que resuelve problemas de la vida de los hombres. Dios es un Dios que hace santos a base de crucificar la propia voluntad del hombre.

Esto es lo que no persigue Francisco, porque no puede hacerlo: es un masón, un comunista y un protestante.

El falso ecumenismo de toda esta gente del demonio está basado en la fraternidad: una unión fraterna, un amor humano, lleno de sentimientos bastardos, heréticos, cismáticos, que se opone al amor verdadero en Cristo. Es un amor fundado en el lenguaje humano, en la idea del hombre sobre el amor, pero no en la realidad de la vida. Ellos creen en Cristo como hombre, pero no como Dios. Ellos ensalzan el amor humano en Cristo, pero no son capaces de discernir el amor divino en la humanidad de Cristo, que es el motor del amor de Cristo a los hombres.

Es el abrazo con los hombres lo principal en la predicación de estos sujetos, no es la Voluntad del Padre en Su Hijo. No es una obra divina, santa, perfecta, que sólo se puede realizar en el Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Es sólo, para ellos, una obra humana que los hombres tienen que perseguir, y que ellos llaman el trabajo de Dios en el mundo. Y en este abrazo fraternal se cargan la unidad de la Iglesia, porque han anulado la unidad en la verdad.

«No se puede fomentar la unión de los cristianos de otro modo que fomentando el regreso de los disidentes a la única verdadera Iglesia de Cristo… Pues al ser el Cuerpo místico de Cristo, o sea la Iglesia, uno solo (1 Cor 12,12), compacto y conexionado (Ef 4,15) a manera de un cuerpo físico, se diría de forma inadecuada y no sensata que el Cuerpo místico puede constar de miembros separados y esparcidos». (PIO XI en la Encíclica “Mortalium animos”).

Si los protestantes, judíos, musulmanes, budistas, etc… no regresan a la Iglesia Católica, sino que permanecen en las suyas y se dicen ellos mismos católicos, entonces no es posible el ecumenismo.

Esto es lo que Francisco quiere: que todos se queden en sus iglesias. No hacer proselitismo, sino una absurda unión entre hombres poniendo el sentimiento como base. Hay que sentirse hombres; hay que sentirse hermanos; hay que vivir como hombres y dejar vivir a los demás en sus vidas humanas. El lenguaje del amor herético, que lleva a un nuevo orden mundial, a una iglesia universal que reúne todos los credos. Es una abominación.

Si no se exige a los protestantes que dejen sus errores, que dejen sus iglesias. Si no se llama a las iglesias de los protestantes como santuarios del demonio, como sitios donde se da culto a Satanás, entonces tenemos a un Francisco que besa el trasero de Tony Palmer y de otros protestantes. Besa el trasero porque no puede hablar como él. Habla con su sentimentalismo, para ocultar la herejía. Ahora, es seguro que Francisco irá a ponerle una flor en la tumba de este hombre, para decirle al mundo lo bueno que era este sinvergüenza, esta boca de sapo de Satanás.

No se puede dar la verdadera unidad de la Iglesia más que en la unión y en la comunión de fe y de obediencia con Pedro y sus sucesores.

No es posible la diversidad porque sólo existe una sola fe. Y esa fe el Señor la ha puesto en Pedro. Esa fe es una Verdad Absoluta, inconmovible, que nunca pasa de moda, que siempre es igual, que no tiene tiempo ni espacio, que no mira al hombre ni a sus culturas, ni a sus vidas. Sólo mira a Dios.

La Iglesia de Jesús está construida en la fe de Pedro, no en la fe de los Apóstoles, no en la fe de los hombres, no en la fe de las diversas culturas, ideologías, políticas,…. no en el lenguaje del amor: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». La piedra de la fe. La fe no es un lenguaje, sino una Verdad Divina. La Iglesia se construye en la Roca de la Verdad, no en las lágrimas del sentimiento humano.

Si Pedro no cree, no tiene fe, no somete su mente humana a lo que Cristo le enseña, la Iglesia se destruye, la Iglesia se diversifica. Si Pedro cree, entonces la Iglesia se construye en la Verdad Revelada a Pedro. Y lo que Pedro enseñe en la Iglesia esa es la unidad de la Iglesia. Lo que otros enseñen, dentro y fuera de la Iglesia, si esos otros no están bajo Pedro, en obediencia a Pedro, no hacen la unidad de la Iglesia, sino que es un impedimento para esta unidad.

Cuando la Jerarquía de la Iglesia se opone a Pedro, no le obedece, entonces se da lo de los ortodoxos, lo de Lutero y lo del mismo Francisco, que ha estado toda su vida en el seno de la Iglesia rebelándose al Sucesor de Pedro. Le daba una obediencia sólo en las formas exteriores, pero por detrás, ha hecho lo que le ha dado la gana como sacerdote y como Obispo. Ahora se ha convertido en un auténtico guía de ciegos, como líder de una nueva sociedad que ya no es la Iglesia Católica. Es su iglesia, es una más en el mundo. Carece de la línea de la Gracia.

La diversidad de Iglesias es demoníaca porque llama a muchas fes, muchas doctrinas diferentes, muchas medias verdades, muchas imposturas. No es posible la unidad en la diversidad de fes, de iglesias, de religiones, de doctrinas, de tradiciones. Es un absurdo. Y este absurdo es la conquista de Francisco en su gobierno horizontal en el Vaticano. Francisco es un protestante más que ha hecho una nueva iglesia protestante dentro de los muros de Roma. Todos están obedeciendo la mente de un protestante en la Iglesia. Un hombre vulgar, plebeyo, sentimental, que huele sólo a humanidad, a mundanidad, a porquería satánica. Ha puesto una cloaca en Roma.

«La Iglesia, si nos fijamos en el fin último al que tiende y en las causas próximas que realizan la santidad, es verdaderamente espiritual: ahora bien si paramos mientes en aquellos, de cuya unión está formada, y en las realidades mismas que conducen a los dones espirituales, es externa y necesariamente visible… Son externos los instrumentos ordinarios y principales de la participación de la gracia: llamamos Sacramentos a los que son administrados por hombres elegidos ex profeso para ello, por obra de unos ritos determinados. Jesucristo mandó a los Apóstoles y a los sucesores perpetuos de los Apóstoles el que enseñaran y gobernaran a las gentes: ordenó a las gentes el que recibieran la doctrina de los Apóstoles y se sometieran con obediencia a la potestad de ellos. Sin embargo esta alternativa de derechos y de deberes en el pueblo cristiano no hubiera podido no sólo mantenerse, sino ni siquiera comenzar a no ser por medio de los sentidos que son los intérpretes y los mensajeros de las realidades. Por estos motivos las Sagradas Escrituras llaman con tanta frecuencia a la Iglesia bien cuerpo, bien también cuerpo de Cristo (1 Cor 12,27). Y por el hecho de ser cuerpo, la Iglesia se percibe por la vista» ( LEON XIII en la Encíclica “Satis cognitum” ASS 28,709s).

La Iglesia Católica se percibe por la vista. No es sólo algo espiritual. Allí donde se predica el Evangelio, es decir, la misma doctrina que el Señor enseñó a los Apóstoles; allí donde se administran los Sacramentos, que deben ser conferidos en la intención de la Iglesia, obrados según la mente del Espíritu de la Iglesia; allí donde las almas obedecen a una Jerarquía…entonces está la Iglesia Católica visible.

Ser católicos no es ser universales, sino que se compone de tres cosas:

1. Tener la plenitud de la posesión de la verdad revelada;

2. Obedecer a una Jerarquía en Pedro;

3. Usar los medios de santificación en los Sacramentos.

Estas tres cosas son de la Iglesia Católica. Y estas tres cosas no las tienen las otras iglesias. Y, por eso, la catolicidad de la Iglesia exige la unidad de la Iglesia. No puede haber la diversidad de iglesias. El católico sólo está en la Iglesia católica, no puede estar en las demás iglesias.

«Y si la Iglesia es un cuerpo… no solamente debe ser algo único e indiviso, sino también algo concreto y que puede ser percibido por los sentidos… Por lo cual se apartan de la verdad divina aquellos que elucubran una Iglesia de tal forma que ni pueda alcanzarse ni verse y sea solamente algo, según dicen, “pneumático”, por lo que muchas comunidades de Cristianos, aunque separadas mutuamente entre sí por la fe, estén unidas sin embargo entre ellas por una conexión oculta» (PIO XII en la Encíclica “Mystici Corporis” (AAS 35,199s).

Esta conexión oculta es lo que predica Francisco con su sentimentalismo espiritual, con su lenguaje del amor. Los hombres están unidos porque son hermanos. Es la conexión oculta. Este amor fraternal anula el pecado original, por el cual el Padre ya no tiene parte en la creación del cuerpo. Sólo crea el alma. El cuerpo es concebido sin Espíritu, en el pecado. Si no hubiera existido el pecado original, entonces todos seríamos hermanos, tanto en el alma como en el cuerpo.

Para Francisco no existe el pecado original, por su teología de la liberación, y cae en el panenteísmo: todo en Dios. Todos somos hermanos en Dios. Todo nacido de Dios. Todo tiene una parte de Dios. Dios ha creado las cosas de Él Mismo, no de la nada. De ahí surge su amor fraternal, que es pura masonería.

La Iglesia católica es visible. Pero la pregunta es: lo que vemos en el Vaticano y en cada parroquia del mundo, que pertenece al Vaticano, ¿es la Iglesia Católica o es otra iglesia?

Y hay que responder: ya no. Desde que en el Vaticano se sentó el usurpador, el falsario, el embaucador, al que llaman, al que le ponen la etiqueta de Papa, con el nombre de guerra de Francisco, ya Roma dejó de ser el asiento de la Iglesia Católica. Ya Roma no es católica, porque ha perdido la línea de la Gracia en Pedro. Quien se sienta en el Trono no es el sucesor de Pedro. Consecuencia: la iglesia, que está edificada en ese hombre, que lidera ese hombre, no es la Iglesia que ha edificado Jesús en la fe de Pedro.

Esa nueva iglesia se levanta en la fe de un hombre, en las lágrimas de un hombre, que no cree en el Dios católico, que no cree que Jesús sea Dios, que pertenece a la masonería y, por tanto, no pertenece a la Iglesia Católica. Y toda su doctrina es la propia de un marxista y su obra en la Iglesia es la propia de un protestante: la fe sola es lo que hay en la mente de Francisco. Las obras de esta fe sola es lo que se percibe en la Iglesia. Los demás, es su lenguaje humano: el lenguaje del amor que gusta tanto a los católicos idiotas.

En Roma se levanta una nueva sociedad en la mente de un hombre, obedeciendo la mente de ese hombre. Un hombre que no cree en Cristo, que no imita a Cristo en su sacerdocio, que no enseña la misma doctrina de Cristo, que debe ser apostólica, no humana; que debe seguir las enseñanzas de los Apóstoles y de sus sucesores en la Iglesia. Francisco hace lo que le da la gana con el Magisterio de la Iglesia. Y, por eso, dogmatiza el Concilio Vaticano II. Y se ha puesto a proclamar santos a todos los Papas que son de ese Concilio. Porque así trabaja la mente de ese hombre: al no poseer la Verdad Absoluta, él hace sus dogmatismos, él crea sus santos, él se vuelve dios para sí mismo.

La unidad de la Iglesia sólo está en Pedro: “A fin de que… la multitud universal de los creyentes se mantuviera en la unidad de la fe y de la comunión… instituyó en Pedro el principio perpetuo de una y otra unidad y el fundamento visible” (D 1821). Pedro es el principio perpetuo de la unidad de la fe y de la comunión. De las dos: fe y comunión. Y, por tanto: «Todos los fieles de Cristo deben creer… que el Romano Pontífice es verdadero Vicario de Jesucristo y Cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los Cristianos… que desempeña el cargo de Pastor y Maestro de todos los Cristianos” (D 1826, 1839).

Porque existe la unicidad de la potestad suprema, que Cristo ha instituido en Pedro, entonces se excluye la legitimidad de cualquier asamblea de cristianos que formen una iglesia independientemente del Romano Pontífice. Y, por eso, los laicos no tienen que decir nada en la Iglesia. La unidad en la fe la da la Jerarquía, no las obras de los laicos.

Este punto es la clave para poder comprender la unicidad de la Iglesia. Quien mantiene a toda la Iglesia en una misma fe, en una misma doctrina, en una misma piedad, es el Papa.

Se quita al Papa, se derrumba la fe, la piedad, los Sacramentos. Esto es lo está pasando con Francisco. Ya no puede darse la unicidad en la Jerarquía, en la potestad suprema. Ya no hay una sola Iglesia. Cada sacerdote hace su iglesia como le conviene. A esto estamos llegando. Por eso, en las parroquias se observa, se ve que ya no son católicas: están siguiendo la mente de un hombre. No siguen la línea de la Gracia. Todo se tiene que derrumbar. Por eso, hay que irse de las capillas en que ya lo principal no es Cristo, sino la mente de Francisco.

Lo que vemos en el Vaticano no es la Iglesia Católica. Luego, lo que vemos en las parroquias ya no es la Iglesia Católica. Están perdiendo, poco a poco, la línea de la Gracia en la medida en que aceptan la mente de Francisco, su doctrina marxista y protestante.

Y si ni en el Vaticano ni en las parroquias no se ve ya la Iglesia Católica, entonces ¿dónde está, donde se ve, donde hay que ir para verla?

Ya no es visible. Mientras viva el Papa Benedicto XVI, ahí está la Iglesia Católica. Pero como ese Papa no gobierna en la práctica, la Iglesia no está en ninguna parte. Está en el desierto de los corazones. En cada corazón que es fiel a la Gracia, que persevera en Gracia y que, por tanto, no se deja manejar por la mente de Francisco ni de ningún personaje de su gobierno horizontal.

Sobre la fe del Papa Benedicto XVI está edificada la Iglesia

fraternidadmasonica

«Respondió Satán a Yavhé: “¡Piel por piel! Cuanto el hombre tiene lo dará gustoso por su vida. Anda, pues, extiende tu mano y tócale en su hueso y en su carne, a ver si no te vuelve la espalda”. Y Yavhé dijo entonces a Satán: “Ahí le tienes; en tu mano le pongo, pero guarda su vida”» (Job 2, 5-6).

Dios nunca hace el Mal, no es vengativo, no da mal por mal; pero Dios es Justo. Y Su Justicia la obra siempre a través del demonio.

La condenación que muchas almas se merecen, no la da Dios, sino el mismo Satanás lo hace. Y la razón: porque el hombre le ha abierto las puertas de su corazón al demonio. Le ha dado su voluntad. Escucha su voz. Si los hombres, durante su vida buscan al demonio y a sus obras, entonces la vida eterna será con el demonio.

Adán siguió la mente del demonio en el Paraíso. Y eso produjo que toda la humanidad pertenezca al demonio, por la naturaleza del pecado original. Hay que comprender en qué consistió este pecado para que el demonio tenga derecho sobre todo hombre en la tierra.

Incluso, el hombre más santo, como Job, no está exento de la Justicia de Dios, es decir, de la obra de Satanás en él. Y no por su pecado, no porque ha dado su corazón al demonio, sino por el pecado de Adán, que está en Job, como en todo hombre.

Si no se comprende el pecado de Adán, no se comprende por qué Dios da a Satán el derecho de hacer daño a Job: «en tu mano lo pongo, pero guarda su vida».

El demonio puede matar la vida física de cualquier hombre y, también, su vida espiritual. El demonio tiene poder sobre todo hombre que pisa la tierra. Sólo no tuvo poder sobre la Virgen María ni sobre Jesús. Sin embargo, ambos tuvieron que sufrir los asaltos del demonio, por ser los Redentores de la humanidad.

El pecado de Adán se opone a la Voluntad de Dios, que era formar una humanidad de hijos de Dios, es decir, de hombres llenos de Espíritu Divino y de Gracia, que tuvieran el don de engendrar, vía generación, hijos de Dios. A través del sexo, de la unión entre hombre y mujer, iba a nacer un hijo de Dios.

El pecado de Adán anula este plan original y, entonces, en toda generación humana se concibe un hijo del demonio. Todo hombre engendrado por sus padres, tiene una posesión, una obra del demonio en esa concepción humana. Por eso, la importancia de bautizar a los hijos sin esperar tiempo, desde pequeñitos, no sólo para quitarles el pecado original, sino la posesión del demonio en sus almas.

La maldad de los hombres, quitando de los ritos del Bautismo, las oraciones de exorcismo, hace que permanezca esa posesión, esa obra del demonio en el alma, aunque se bautice el niño. Los cambios en la liturgia del Bautismo han sido catastróficos para las almas. Permanece la esencia del Bautismo, pero no se quita todo cuando se bautiza a un niño. Y esos niños crecen con un demonio, que viene por generación, y que estorba su vida para Dios.

Por eso, desde hace 50 años se viene observando la escalada de todo lo satánico. No se combate al demonio en las almas desde que nacen, sino que se le deja obrar libremente y eso produce que las almas vivan, sin darse cuenta, con la presencia del demonio, y se vayan acomodando a todo lo que el demonio les va poniendo en sus vidas.

Mucha ha sido la maldad en la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Y continúa siendo enorme, porque han puesto un engaño como Papa.

Resulta sorprendente leer a personas con gran inteligencia, que ven las herejías de Francisco, pero que no saben ir al demonio. De las herejías no saben decir: Francisco no es Papa; a Francisco lo ha puesto el demonio como Papa.

Esto a muchas almas, que conocen la liturgia, el derecho canónico, la teología, la filosofía, les resulta difícil de decir. Siempre encuentran una razón para excusar a Francisco, y decir que es Papa.

Es hereje, pero como todavía reza el Rosario, como todavía se confiesa, como todavía hace buenas obras…, entonces sigue siendo Papa. Sí, el Papa Benedicto XVI renunció. Fue válida su renuncia; entonces, aunque Francisco sea hereje, hay que seguir a Francisco, porque a alguien hay que obedecer en la Iglesia…

O Francisco es Papa o Francisco no es Papa. Es necesario hacer una elección. No se puede decir que Francisco no es Papa porque ha dicho estas herejías, para después decir que Francisco es Papa porque ha canonizado a Juan XXIII y Juan Pablo II.

Para muchos ser Papa es una conveniencia: para una cosa, están con el Papa; para otras, no. O se está con Francisco como Papa; o se está en contra de Francisco por ser un impostor.

El problema de muchos es su falta de discernimiento espiritual. No creen en la Palabra de Dios. Creen en toda su filosofía, teología, moral, derecho canónico, liturgia, pero no creen en Jesús. Y, por tanto, tampoco creen en la Obra de Jesús, que es la Iglesia. Y, en consecuencia, no saben ver la obra del demonio en la Iglesia. De las herejías de Francisco no saben llegar a decir: Francisco ha sido puesto por el demonio como Papa. A esto no llegan en su teología, en su filosofía, con sus cánones, con su liturgia. Siempre encuentran una razón para decir: sí, es hereje, pero hay que seguir obedeciéndole en aquello que no sea herejía.

Así piensan muchos. Y son grandes teólogos, moralistas, liturgistas. Pero no saben nada de la vida del Espíritu. No creen. No saben creer con sencillez. No saben ser niños en su inteligencia humana.

Hay muchos caminos para ver que Francisco es un impostor, es decir, es un hombre puesto por el demonio para regir la Iglesia, que es de Cristo. Francisco no ha sido puesto por Dios, sino por el demonio.

Satán subió al cielo y le preguntó al Señor por la Iglesia, y el Señor le dijo lo mismo que cuando Job: «en tus manos te la pongo». Esto sucedió hace más de cien años, el 13 de octubre de 1884, cuando el Papa León XIII tuvo la visión: «La voz gutural, la voz de Satán su orgullo, gritando al Señor: “Yo puedo destruir tu Iglesia.”-La voz del Señor: “¿Tú puedes? Pues entonces hazlo.”-Satanás: “Para ello necesito más tiempo y poder.”-Nuestro Señor: “¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto poder?”-Satanás: “De 75 a 100 años, y un poder mayor sobre quienes están puestos a tu servicio.”-Nuestro Señor: “Tienes el tiempo, tendrás el poder. Haz con ello lo que quieras”».

La Iglesia de Cristo no es el hombre. Cristo guía a Su Iglesia a través de Su Palabra. Y Su Palabra es Profética. No es la palabra de los hombres, no es la concepción humana sobre la Iglesia. Su Palabra debe permanecer intacta en cada sacerdote, en cada Obispo, en cada Papa. Por eso, el Señor no guía su Iglesia sólo a través de Su Jerarquía; no es sólo por el mandato de los hombres cómo se hace Iglesia.

La Jerarquía tiene que servir, primero a Cristo, para poder servir a las almas en la Iglesia. Si la Jerarquía no obedece a Cristo, vano es el apostolado, la obediencia, el servicio, en la Iglesia.

Muchos, en la Iglesia, obedecen estructuras, constituidas por hombres con sus ideas de todo tipo: teológicas, filosóficas, liturgistas, canónicas, etc. Pero son incapaces de obedecer la verdad, la Palabra de Cristo que nunca cambia. Y por estar en esa estructura, pierden la fe en Cristo. Y comienzan a fabricarse su fe en Cristo, su idea de seguir a Cristo en la Iglesia, su idea de lo que es un Papa, su idea de lo que es un dogma, su idea de los que es ser hereje, su idea de la vida espiritual.

Esto es la acción del demonio durante más de 50 años: que en la Iglesia brille la idea del hombre con la cual se anule toda la Verdad. El pensamiento del hombre es lo que vale ahora en la Iglesia; ya no la Fe en la Palabra. Y, por eso, los estudiosos, al contemplar a Francisco como hereje, buscan su idea para seguir diciendo: obedezcan a Francisco. El culto a la idea del hombre, que les impide ir más allá de la idea buena y perfecta. ¿Cómo seguir siendo Iglesia con un hereje como Papa? Sigamos tolerando al hereje.

Este es el grave error de muchos por su falta de fe en la Palabra. No tienen fe. Son buenísimos como teólogos, pero no viven de fe. Esta es la soberbia más fina que el demonio sabe trenzar entre los hombres de Iglesia. Por eso, nadie es capaz de levantarse contra Francisco en la Iglesia. Si lo hacen es por debajo, por los pasillos, pero todo sigue igual: siguen dado obediencia a un impostor. Y, mientras, la Iglesia sigue hundiéndose en el pecado. Y por culpa de toda la Jerarquía, que sabiendo como son las cosas, se cruzan de brazos, porque han encontrado una razón para no hacer nada, para seguir haciendo nada, para estar atentos a ver qué hace Francisco en el gobierno, esperando una cosa buena de ese hombre, un giro hacia el bien, hacia la virtud, en ese hombre.

Este es el engaño en muchos: el demonio ha engañado a toda la Iglesia con un Papa. Es la jugada magistral del demonio para destruir toda la Iglesia con la infalibilidad de un Papa. Como el Papa es infalible, entonces puede lavar los pies a las mujeres; puede poner un gobierno horizontal en la Iglesia; puede decir sus herejías con tranquilidad; puede llamar por teléfono para indicarle a esa persona que puede pecar con tranquilidad. Y nadie se mueve porque, como es el Papa…

¡Qué gran engaño es Francisco para santos y pecadores! A todos los tiene en el engaño. Y a todos les coge por su razón, por la idea humana, por el concepto humano de lo que es la Iglesia y lo que es Cristo en sus mentes humanas.

Sólo los que viven de Fe tienen las cosas claras: Francisco no es Papa; ha sido puesto por el demonio para destruir la Iglesia. Los demás, se lían con sus maravillosos pensamientos humanos sobre Cristo y sobre la Iglesia.

Si no saben discernir las obras del demonio en la Iglesia, tampoco saben discernir sus pensamientos en su propia vida espiritual, y no llegan a ver al demonio en Francisco. No pueden llegar, porque sus pensamientos tienen un límite, una condición, un camino que no es verdadero. Y, entonces, no saben luchar contra el enemigo porque no saben verlo.

Año y medio, desde que inició la purificación de la Iglesia (diciembre del 2012) y nadie ha sabido combatir la herejía en el gobierno de la Iglesia. No han sabido entender la renuncia del Papa Benedicto XVI; no han sabido ver al impostor en Francisco, y no saben cómo funciona ahora la Iglesia. Esperan en vano. Y esperan mal. Viene un gran giro en la Iglesia. Y a todos esos que son teólogos y filósofos les va a pillar desprevenidos, porque no ven al demonio guiando la Iglesia, abiertamente, sin tapujos, sin que nadie se oponga. Sólo ven al hombre.

El demonio tiene un poder mucho mayor que el que tenía con toda la Jerarquía de la Iglesia. Y puede hacer, con ese poder, lo que quiera: “Tienes el tiempo, tendrás el poder. Haz con ello lo que quieras”.

Si no saben discernir esto en los más de cien años transcurridos, entonces, ¿a qué se dedican en la Iglesia? ¿a sus teologías, a quererlo todo dulcificar con sus ideas humanas sobre la obediencia a un Papa?

Tienen que aprender a ver al demonio en la Jerarquía de la Iglesia y, entonces, llamarán a cada cosa por su nombre. A Francisco como un impostor; a su gobierno horizontal como la idea del demonio para poner sus falsos papas en la Iglesia; a las obras de los que colaboran con Francisco como destructoras de la Verdad: desde Lombardi, que es el vocero de la herejía y del cisma, hasta el último laico que trabaja en lo económico del gobierno de Francisco. A toda esa Jerarquía que se dedica a entretener a las masas en la Iglesia como Jerarquía infiltrada; a todos esos religiosos que han hecho de su vocación una obra del demonio, como agentes de satanás, en toda la Iglesia, para cazar almas y llevarlas al infierno. Pero, ¿qué se creen que ha montado el demonio en estos cien años en la Iglesia? Se ha inventado su iglesia dentro de la Iglesia Católica, porque es la única forma de destruir la Verdad: ocultarse en la Verdad; aparentar ser verdad, ser persona santa, buena, que sigue a Dios porque es Amor y Misericordia.

Muchos no saben lo que es vivir de Fe en la Iglesia. Sólo saben seguir sus brillantes pensamientos. Y ahí se quedan. Pero no saben combatir al demonio, ni en sus almas, ni en la de los demás. Y entonces la Iglesia se vuelve un remedo de satanás.

Sólo Cristo, ahora, guía a las almas en Su Iglesia. Ya no lo hace a través de Su Jerarquía. Pero esto, a muchos teólogos les resulta incomprensible, porque viven de sus ideas en la Iglesia, pero no de la sencilla Palabra de Dios: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Sobre la fe del Papa Benedicto XVI está edificada la Iglesia actualmente. Sobre esa roca. Y tienen que discernir la fe del Papa Benedicto XVI para comprender por qué Cristo guía a Su Iglesia sin Jerarquía.

Ruptura con la Tradición en la Iglesia

z_coraz_jesus_maria_manos

«¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos» (S.S. Benedicto XVI a la curia romana, el 22 de diciembre del 2005).

El Concilio Vaticano II ha de ser leído a la luz de la Tradición. Y, por eso, no puede ser interpretado desde una ruptura de la Tradición, con una visión moderna de los dogmas. Es necesario ir a la Verdad Revelada, que la Tradición nos da. La Verdad, que nunca cambia, que siempre permanece, pero que se revela a los hombres según su Fe en la Palabra.

La Verdad se esconde a aquellas almas soberbias, que no la buscan, sino que sólo se buscan a sí mismas en la Palabra de Dios.

La Verdad sólo se revela al corazón humilde, sencillo, abierto a la enseñanza del Espíritu de la Verdad. Es el Espíritu el que obra la Verdad en el alma humilde. Es el Espíritu el que muestra el camino para obrar esa Verdad. Es el Espíritu el que manifiesta al alma la plenitud de la Verdad.

Se trata de descubrir la intención del autor del Concilio, es decir, no sólo lo que está en los textos sino, sobre todo, aquello que está en su contexto que no es otro que el depósito de la Fe, que Cristo ha confiado a la Iglesia. No se puede tomar un texto y sacarlo del contexto; no se puede instrumentalizar el Concilio; hacer política, ideología con él.

El Concilio Vaticano II es pastoral, no es dogmático. Y, por tanto, es necesario conocer el fin del ordenamiento jurídico y pastoral de la Iglesia: «tener en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la suprema ley en la Iglesia» (CIC – canon 1752).

Un escrito es pastoral cuando atiende a la salvación de las almas. Un escrito es dogmático cuando quiere enseñar una Verdad, que hay que creer para salvarse y, por lo tanto, cuando declara los errores y herejías que van en contra de esa Verdad.

El Concilio Vaticano II habla para la vida espiritual del alma; no habla para enseñar una verdad. La Verdad ya ha sido enseñada en otros Concilios. En este Concilio se expone la verdad, pero no se enseña un dogma: «La Iglesia anuncia el mensaje de la salvación a quienes todavía no creen, a fin de que todos los hombres conozcan al único verdadero Dios y a su enviado, Jesucristo, y cambien su conducta haciendo penitencia (cf. Jn 17, 3; Lc 24, 27). Y tiene el deber de predicar siempre la fe y la penitencia a los creyentes disponiéndolos, además a recibir los sacramentos, enseñándoles a observar todo cuanto Cristo ha mandado (cf. Mt 28, 20) e incitándoles a realizar todas las obras de caridad, de piedad y de apostolado a fin de manifestar, por medio de esas obras, que los seguidores de Cristo, aunque no son de este mundo, son sin embargo la luz del mundo y rinden gloria al Padre delante de los hombres» (Constitución sobre la Sagrada Liturgia, o.c., n.9).

Siete notas da el Concilio para la teoría y praxis pastoral:

1. El deber de anunciar el Evangelio a todos los no creyentes: el Concilio enseña que no puede darse un cristianismo anónimo, es decir, que no hay vías de salvación distintas al Camino, que es Cristo.

2. El deber de predicar a los fieles la fe: enseña a combatir contra el humanismo ateo, que niega a Dios y lo ignora, como exigencia de un progreso científico, filosófico, artístico, histórico, legislativo que oculta la Verdad, la Fe en Cristo.

3. El deber de predicar a los fieles la penitencia: enseña que la renovación de la Iglesia sólo se produce en el espíritu de penitencia y de expiación.

4. El deber de disponer a los fieles a los sacramentos: enseña que la única manera para alcanzar la santidad es usando los medios de los Sacramentos. No hay otros medios en la Iglesia para la perfección del alma y de la misma Iglesia.

5. El deber de enseñar a los fieles todos los mandamientos: enseña la disociación en muchas almas entre la fe que profesan y su vida cotidiana. Y esto es el grave error en nuestro tiempo. Eso supone la anulación de los mandamientos, sin los cuales no es posible la salvación.

6. El deber de promover el apostolado de los laicos: el Concilio condena el laicismo, es decir, la idolatría de las cosas temporales que hace que el alma religiosa se dedique sólo a hacer sus obras humanas, creyendo que eso es camino para servir a Dios en la Iglesia.

7. El deber de promover la vocación de todos a la santidad: enseña a los seguidores de Cristo a imitarlo, para ser luz del mundo sin ser del mundo.

Existen, dentro de la Iglesia católica, grupos que hacen un enorme abuso del carácter pastoral del Concilio y de sus textos escritos. No han comprendido que el Concilio no quería presentar enseñanzas propias definitivas e irreformables. El Concilio habla un lenguaje espiritual para el alma; habla para enseñar la vida espiritual. Y, por tanto, esos textos están abiertos para precisiones doctrinales, que deben ser dadas por quienes enseñan el Concilio y la vida espiritual.

El Concilio no es un tratado de teología, sino una exposición de la teología para que las almas comprendan la vida espiritual. Y, por tanto, quedan muchas cosas que no se dicen, porque, tampoco hace falta. El Concilio no dogmatiza, sino que enseña qué hay que hacer para vivir la Verdad en la Iglesia.

Por eso, existen dos grupos dentro de la Iglesia, que sostienen una teoría de la ruptura:

1. Grupos que protestantizan la vida de la Iglesia, que llevan la doctrina, la liturgia y la pastoral al campo protestante y comunista, queriendo también meter los errores de los griegos ortodoxos (los sacerdotes se pueden casar, y los divorciados, casados nuevamente, pueden comulgar). La Teología de la liberación es ejemplo de este grupo. Estos dogmatizan el Concilio y sacan sus herejías de él.

2. Grupos tradicionales que, en nombre de la Tradición, rechazan el Concilio y se substraen a la sumisión al supremo y viviente Magisterio de la Iglesia, que es el Papa, sometiéndose sólo a la Cabeza invisible de la Iglesia, en espera de tiempos mejores. Estos anulan la enseñanza espiritual del Concilio y viven anclados en su mente humana.

Entre estos dos grupos, está todo en la Iglesia. Todo el desbarajuste que se contempla es por esta división interna en la Iglesia.

Francisco pertenece al primer grupo. Él no ha comprendido el Concilio Vaticano II y, por eso, da su ideología sobre el Concilio.

El Concilio ha sido claro con la Teología de la Liberación: «La misión propia que Cristo confió a Su Iglesia no es de orden político, económico o social: en efecto, el fin que le asignó es de orden religioso» (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo, n. 42).

Francisco ha puesto su orden político, económico y social en la Iglesia. Ha anulado el orden espiritual. Está en la Iglesia para resolver la hambruna del mundo. Para dedicarse a los asuntos temporales de los hombres, a la vida social, cultural. Eso es todo su evangelium gaudium y su gobierno de ocho cabezas.

Francisco se opone al espíritu del Concilio Vaticano II y lo ha anulado completamente.

La Constitución Gaudium et Spes cita las siguiente palabras de Pío XII: «Su Divino Fundador, Jesucristo, no ha conferido a la Iglesia ningún mandato ni fijado ningún fin de orden cultural. La tarea que Cristo le asigna es estrictamente religiosa. La Iglesia debe conducir a los hombres a Dios para que se donen a Él sin reservas. La Iglesia no puede jamás perder de vista este fin estrictamente religioso, sobrenatural. El sentido de toda acción suya, hasta el último canon de su Código, no puede sino referirse a ello directa o indirectamente» (S.S. Pío XII, Discurso a los cultores de historia y arte, 9 de marzo de 1956. AAS 48 (1956), p. 2).

Francisco rompe con la Tradición. Francisco ha perdido el fin de la Iglesia: salvar almas. Y ha fijado un fin cultural, político, social en la Iglesia. Él interpreta el Evangelio según la cultura de los tiempos, según la ciencia de los hombres, según la vida de cada hombre. Esto está recogido en sus declaraciones a Scalfarri y en su evangelium gaudium. En esto dos documentos se puede ver su plan pastoral en la Iglesia, que es el propio de la teología de la liberación o, como él la llama, teología de los pobres. Anula la Iglesia, la obra de la Iglesia, que es la salvación de las almas.

En su documento, Lumen Fidei, se recoge su herejía sobre la fe en Cristo. En este documento anula a Cristo, la fe en Cristo, presentando una fe totalmente herética y cismática.

El único interprete auténtico de los textos conciliares no es otro que el Concilio mismo conjuntamente con el Papa. Nadie puede interpretar el Concilio a su caprichosa manera humana.

Pablo VI se expresa así: «Nos pensamos que sobre este línea debe desarrollarse la nueva psicología de la Iglesia: clero y fieles encontrarán un magnífico trabajo espiritual a realizar para la renovación de la vida y de la acción según Cristo el Señor; y a este trabajo Nos invitamos a Nuestros Hermanos y a Nuestros Hijos: aquellos que aman a Cristo y a la Iglesia están con nosotros en el profesar más claramente el sentido de la verdad, propio de la tradición doctrinal que Cristo y los Apóstoles inauguraron: y con ellos el sentido de la disciplina y de la unión profunda y cordial que nos hace a todos confidentes y solidarios, como miembros de un mismo cuerpo» (S.S. Paulo VI, Discurso en la octava pública del Concilio Vaticano II, 18 de noviembre de 1965, p. 1054).

Han sido dos los impedimentos para que la verdadera intención del Concilio y su magisterio pudieran dar frutos abundantes y duraderos.

1. La revolución cultural y social de los años 60: el cambio en el mundo, fuera de la Iglesia, que contamina a la misma Iglesia, la contagia, al penetrar en la Iglesia un espíritu de ruptura con toda la Verdad Revelada.

2. La falta de fe de la Jerarquía de la Iglesia, que no ha sabido vivir su fe en Cristo en medio de un mundo totalmente apostático, herético, cismático. En un mundo sin Dios, han sido escasos los Pastores intrépidos en su fe, valientes en dar la Verdad, luchadores del Bien Divino, sabios para Dios. Muchos han sido lo contrario. Muchos se han dejado contagiar del espíritu de la época y han apagado su fe y la de muchas almas a su cargo.

No existe ya una Jerarquía enraizada en la tradición de la Iglesia. Este es el punto más trágico. Y es lo que observamos en todas partes. ¿Qué hace la Jerarquía en la Iglesia? Hace su negocio. Cada uno el suyo. Pero son pocos los que viven de fe auténtica. Son pocos los que de verdad dan la cara y dicen las cosas como son. Todos se callan porque les conviene callarse. Hay muchos sacerdotes que rompen con lo doctrinal, con lo litúrgico, y que enseñan nuevas cosas en la Iglesia. Enseñan lo que les da la gana. Y a eso lo llaman dogma. Por eso, tenemos en todas partes una confusión en la doctrina, en la liturgia, en lo pastoral. Nadie enseña las verdades que enseña el Concilio. Todo el mundo a criticar el Concilio. Todo el mundo haciendo su política del Concilio.

Es necesario estar en la Verdad para no ser destruido por las corrientes que actualmente circulan por la Iglesia. Son corrientes de maldad, de mentira, de engaño. Ya nadie da la Verdad, dice la verdad como es, sino que todos hablan sus verdades, que son sus mentiras. Ahora, todo el mundo quiere opinar sobre los Papas, sobre los dogmas, sobre la Tradición, sobre el Magisterio de la Iglesia. Y nadie se pone con el Papa, nadie acude a los Vicarios de Cristo que son los que dan la Verdad en la Iglesia. Por eso, todos siguen a un falso Papa, a uno que se las da de persona inteligente, cuando es menos que vulgar, plebeyo, inculto, ignorante, un tarado en la vida espiritual.

Francisco es signo de destrucción, de ruptura con toda la Verdad. Francisco rompe con Cristo y con la Iglesia. Y se inventa su cristo y su iglesia. Y todos contentísimos con ese palurdo del demonio. Y sólo sabe enseñar esto a los jóvenes: «Que hagáis lío, ya os los dije. Que no tengáis miedo a nada, ya os lo dije. Que seáis libres, ya os los dije» (vídeo mensaje del 26 de abril un a los jóvenes de Buenos Aires en ocasión de la Pascua de la Juventud). Esto no es enseñar la vida espiritual. Francisco no enseña la fe, ni la penitencia, ni a cumplir con los mandamiento, ni la santidad de vida. Esto no es un Papa. Esto es propio de un hombre que se burla de la verdad en la Iglesia, que se ríe a carcajadas de todas las almas, que pregona su injustica por todas partes.

Francisco condena a todas las almas al infierno. Y esto merece una justicia divina. Nadie que se ha elevado por sí mismo a un trono que no le pertenece puede perseverar en ese trono mucho tiempo. Los días están contados para Francisco.

Una Iglesia que no combate al demonio es una iglesia del demonio

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia,  Sabana de Bogotá, Colombia.

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia, Sabana de Bogotá, Colombia.

Dos prerrogativas están esencialmente unidas con el Primado:

1. La indefectibilidad en la fe;

2. El carácter de centro de toda la unidad católica.

1. Ser infalible significa que el Papa no puede errar cuando propone decretos de fe para que sean aceptados por todos en la Iglesia.

Ser indefectible significa que nunca el Papa puede apartarse de la fe; es decir, nunca puede enseñar el error ni defenderlo de manera pertinaz: «yo rogué por ti para que no desfallezca tu fe» (Lc 22, 32a).

Ser infalible y ser indefectible no significa ser impecable, incapaz de pecar, exento de tacha: «y tú un día, cuando te conviertas, conforta a tus hermanos» (Lc 22, 32b). Pedro puede pecar y, de hecho, pecó; y, también, sus sucesores.

Pedro es el cimiento, la piedra fundamental del edificio de la Iglesia. Esa piedra es la Fe en Cristo. Pedro es el que guarda la Fe en Cristo. No es el que tiene la Fe; sino el que la protege, el que la preserva, el que lucha por la Fe en Cristo. Hay que creer primero en Cristo para luchar por Cristo después. Según sea la fe en Cristo, así será la batalla por Cristo.

Un Papa que batalla por la doctrina de Cristo, que enseña la misma doctrina que enseñó Cristo a Sus Apóstoles, ése es Pedro en la Iglesia.

Pero un Papa que no lucha por la Verdad, que es Cristo, sino que va tras sus verdades humanas, ése no es Pedro en la Iglesia.

Si Pedro abraza el error o lo defiende de forma obstinada, entonces ese Pedro no es de la Iglesia, no constituye el cimiento de la Iglesia. Ese Pedro no es Pedro, no es el sucesor de Pedro.

2. El Papa es el centro de unidad con quien todos en la Iglesia deben comulgar.

Es claro, que a nadie se le puede obligar a comulgar con un Papa herético. No se puede conservar la Fe si sigue a un Papa que no profesa la Fe, que no guarda la verdadera Fe, que no batalla por la verdadera Fe.

El Papa es la cabeza del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

Si la cabeza abraza la herejía y la enseña y la defiende, entonces esa cabeza se separa del cuerpo, y éste indudablemente perece.

Todo el problema es comprender por qué siendo el Papa infalible, indefectible, en la Iglesia se da la herejía y el cisma en muchos sacerdotes y Obispos, y por qué no se combaten en contra de ellos.

Nadie comprende la renuncia del Papa Benedicto XVI. Si es infalible, ¿porque falla en su renuncia?

Como Papa, Benedicto XVI no está obligado a decir las razones de su renuncia, pero tenía el derecho y la obligación de encaminar a la Iglesia hacia la Verdad en su renuncia, porque es infalible e indefectible. Y esto es lo que no hizo.

Una vez que el Papa renuncia no puede obligar a que se elija un nuevo Papa: “declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, (…) la Sede de Roma, la Sede de San Pedro, estará vacante y se convocará un cónclave que elegirá al nuevo Pontífice Supremo”.

Como Papa, Benedicto XVI puede renunciar; pero no puede declarar la sede vacante ni la elección de un nuevo Pontífice. Tenía que haber dejado todo en manos de los Obispos. De esa manera, Benedicto XVI seguiría siendo un verdadero Profeta para la Iglesia.

Con la renuncia al Papado, la sede no está vacante, sino usurpada; ha sido robada. Esto es lo que no se enseña. Esta Verdad: ha sido usurpada. El Papa tiene que ocultar esta verdad. No puede decirla. Pero no puede mentir. Sin embargo, se enseña una mentira: se declara la sede vacante. Y, por tanto, se convoca a un cónclave nulo.

Nadie puede comprender por qué Pablo VI pecó. Y su pecado rondó la herejía. Pablo VI propuso cambiar la liturgia de la misa y dar a la Iglesia un documento donde se anulaba la Eucaristía. Pablo VI tuvo un Pablo que le corrigió de su pecado, y se retractó de lo que iba a hacer. Pero al final, se saca una nueva misa, un nuevos métodos de culto católico, que insultan la santidad de la misa, que no son heréticos, pero sí pecaminosos.

¿Cómo los Papas siendo infalibles, dejan las puertas abiertas y no combaten directamente las herejías que nacen de muchos documentos, que ya no dan la infalibilidad, la indefectibilidad en la Iglesia?

Desde hace mucho tiempo en la Iglesia se esconde la verdad, ya no se revela toda la Verdad. Por lo tanto, lo que se da es una mentira. Y toda mentira aparta de la fe.

Un Papa legítimo nunca cae en herejía. Puede caer en el pecado. Pero todo Papa que peca, automáticamente su poder se debilita.

El poder de ser infalible y de ser indefectible no es algo absoluto. Es un carisma que se relaciona con la vida espiritual de la persona. En la medida en que esa persona va luchando contra el pecado, el carisma se hace más valioso, crece más, el Papa lucha más por la Fe en Cristo, por la Verdad en la Iglesia. Sabe batallar con las armas adecuadas la acción del demonio dentro de la Iglesia.

Pero si el Papa no lucha contra su pecado, entonces se hace débil contra la acción del demonio dentro de la Iglesia; y, por eso, no sabe batallar contra él, ni sabe oponerse a la herejía y al cisma en los demás. Y su poder se debilita, pero no se anula.

Pablo VI se corrigió de su pecado, pero era ya tarde. Su vida espiritual no era fuerte en la fe: se dejaba manejar por otros. No sabía combatir con fuerza el error en muchos que lo rodeaban. Y, entonces, se saca un documento que, sin ser herético, no es totalmente infalible, porque contiene muchas mentiras, que llevan a la herejía, en la práctica de la celebración de la Sta. Misa. La comunión en la mano es un sacrilegio, es un pecado que se enseña y que aparta de la fe. Cae la indefectibilidad, pero no se anula.

Es difícil ser Papa. Y es difícil comprender, desde fuera a un Papa. Juan Pablo II, fuerte en la fe, con una vida espiritual llena de Dios; pero sin embargo, no combatió a los herejes, a los cismáticos, que ya eran muchos a su alrededor, y que él conocía; pero no pudo hacer nada.

Este es el punto que muchos no disciernen: existe, desde hace mucho tiempo, -desde que la Virgen se apareció en Fátima-, un poder oculto dentro de la Iglesia que controla parte del Vaticano. En estos momentos, con la subida al poder de Francisco, ese poder oculto controla todo el Vaticano, ya no sólo una parte.

El por qué la Iglesia atenúa la Verdad, oculta la Verdad, cuando ésta es tan necesaria para que las almas crezcan en la Fe en Cristo; por qué unos Papas fueron fuertes y anatematizaron a los herejes, y otro no lo fueron, y dejaron las puertas abiertas a tantas cosas; sólo se conoce -esa razón- en el interior del Vaticano.

Los Papas no son tontos, sino que ven lo que hay a su alrededor: ven el pecado, ven la herejía, ven el cisma. Y lo ven en la Jerarquía que los apoya.

Los Papas han tenido que trabajar con sacerdotes y Obispos herejes. Y ellos lo sabían y no podían hacer nada. Tenían que dejarlos en sus herejías, que siguieran contaminando la Iglesia, como lo han hecho.

Esto produce en los fieles mucha oscuridad, mucha confusión. Por eso, muchos han abandonado la Iglesia porque han visto unos Papas que no son infalibles, que no son indefectibles, que han dejado la puerta abierta al error, al pecado, a la herejía. Y, entonces, han juzgado mal: si no combaten el error, entonces tampoco son infalibles. Luego, ellos mismos se convierten en herejes, en cismáticos.

En este error andan muchos, criticando y juzgando a todos los Papas. Y ponen como modelos del Papado a San Pío X, Pío XI y Pío XII, que combatieron la herejía.

Hay que estar metidos en ese ambiente del Vaticano para comprender cómo son las cosas dentro de la Iglesia.

Un Papa es infalible, pero no puede desbaratar toda la Iglesia cuando ve una Jerarquía totalmente herética, ya no pecaminosa. Hay tantos sacerdotes que en sus teologías son heréticos y, por tanto, ya no se alimentan ellos de la Fe en Cristo, sino que viven otra cosa. Y eso es lo que dan a los fieles. Hay tantos, que ya no se pueden combatir como antes. Ya es necesario permitir que el mal se propague dentro de la Iglesia. Permitir, no quererlo. Porque el Papa no puede ir en contra de la libertad de los hombres. Si quieren pecar, si quieren seguir en sus herejías, hay que permitir eso. Y permitirlo sin oponerse, sin declarar anatema. Este es el punto conflictivo. No pueden anatematizar, porque tienen que quitar a todos, tiene que echarlos a todos de la Iglesia.

Entonces, viene el alejamiento de muchos de la verdadera fe en Cristo. Y dentro de la Iglesia ya no se vive la Verdad, la fe en Cristo. Ya se vive medias verdades. Ya se acepta el pecado, y no se combate contra él.

Y hay que meterse en el Misterio de Iniquidad para poder comprender cómo unos Papas pueden combatir la herejía y otros no.

Tengan en cuenta que la Iglesia combate contra el demonio. Esa es su lucha principal: “Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo” (1 Juan 3, 8). Todo sacerdote está para eso en la Iglesia. Y aquel sacerdote que no luche en contra del demonio, no es sacerdote.

Si los sacerdotes no conocen al demonio en las almas, entonces no saben combatirlo, y no saben encaminar a las almas por la verdad. Si ellos mismos no ven al demonio en sus propias vidas, como sacerdotes, tampoco ven al demonio en las vidas de los demás.

Esta verdad ya no se sigue en la Iglesia. Ya no se enseña. Y es la principal. Una Iglesia que no combate al demonio es una Iglesia del demonio. Eso es lo que estamos viendo con Francisco: la Iglesia del demonio, que sólo lucha por las injusticias humanas, por los derechos de los hombres, pero que ya no llama a las cosas por su nombre: al pecado, pecado; al demonio, demonio.

Los Papas, a partir del año 58, han tenido una gran oposición, por parte del demonio, dentro de la Iglesia. Y no han sabido enfrentarse a una Jerarquía que no es de la Iglesia, una Jerarquía infiltrada, que es del demonio; con un poder real en la Iglesia, un poder que combate a los Papas directamente. Un poder capaz de poner el Papa que ellos quieren.

Pusieron a Juan XXIII, que era un Papa manejable por ellos. El cardenal Siri era duro con los masones, era recto. Pablo VI: manejable. Juan Pablo I: tierno. Papas con poca vida espiritual, pero no heréticos, que cumplieron con su papel de Papa hasta el final, sin caer en la herejía, pero sin saber batallar contra el demonio en tanta Jerarquía herética.

Y todo esto trae consecuencias para la Iglesia. Lo que se gesta en el Vaticano, después se obra en toda la Iglesia. Si los Papas no combaten el error, tampoco en la Iglesia, entre los fieles, se combate. Y así se va haciendo, poco a poco, la Iglesia que le gusta al demonio, que es la que vemos.

El demonio ha puesto su hombre para gobernar la Iglesia; es decir, para acabar de destruirla. Porque esto es Francisco: el que remata la obra de tantos en la Iglesia; de tanta Jerarquía que se ha dedicado, durante años, a hacer su iglesia dentro de la Iglesia, sin que nadie les dijera nada. Por eso, hay tantos que lo siguen: son como corderos llevados al matadero, y no se dan cuenta.

Para juzgar a un Papa hay que estar metido en su pellejo. Y no se puede juzgar a un Papa legítimo. Los Papas están por encima de toda autoridad en la Iglesia y en el mundo. Están por encima de toda ley positiva. Sólo la ley divina queda por encima de ellos. Si la traspasan, entonces ya no son Papas.

Los Papas verdaderos pueden pecar, pero nunca pueden ser herejes. Pueden no saber combatir las diversas herejías y, por lo tanto, su carisma de la indefectibilidad no aparece sólido, fuerte, ante los demás. Pero de ahí no se puede sacar que el Papa se ha hecho hereje, que es lo que muchos hacen. Y caen en un grave pecado.

Sólo a Francisco se le pude juzgar, porque no es Papa. Sus juicios tienen apelación y nadie debe someterse a ellos.

Francisco no pertenece al Papado. Francisco ha caído en el pecado y no se ha levantado de él. Y enseña a pecar en la Iglesia. Enseña a dividir la Iglesia. Enseña a anular el Papado. Su política en la Iglesia es disolver la unidad, cambiando la verticalidad del Papado, en el que está construida toda la unidad de la Iglesia, para colocar su horizontalidad. Y eso significa una nueva función para el Obispo de Roma, y no ya la tradicional, la verdadera, la que han seguido todos los Papas.

Por eso, Francisco se ha dedicado a romper protocolos; a romper la tradición. Y Francisco promulga una nueva relación de todos los obispos entre sí, en la que ya el Obispo de Roma no es el centro del gobierno de la Iglesia, sino que cada obispo manda en la Iglesia.

Pablo VI intentó anular la Eucaristía; pero fue advertido por un Pablo, y vio su pecado y comenzó su verdadero Papado en la Iglesia.

Francisco ha anulado el Vértice de la Iglesia: el Papado. Y nadie se ha dado cuenta. Éste es el engaño a toda la Iglesia. Nadie ha sido un San Pablo en la Iglesia que corrija a Francisco. Señal de que los que están junto a Francisco no tienen ninguna santidad; son como él. Y todos siguen la palabrería barata y blasfema de un hombre vulgar, plebeyo, que no sabe de teología, que no sabe de vida espiritual, que se dedica a fabricar frases bellas para tener a las almas encendidas en el sentimiento de los humano.

Francisco engaña a toda la Iglesia porque no combate contra el demonio en la Iglesia, sino que hace su juego. Y, por eso, se dedica a su negocio: llenarse los bolsillos de dinero apelando al amor a los pobres. Ése es su ideal en la Iglesia. Para eso está en el gobierno de la Iglesia. Él no sabe lo que es vivir con un machacado en su vida de miseria. No ha estado nunca con los pobres, predicándoles y viviendo con ellos. No ha sido misionero del Evangelio en las regiones a donde nadie quiere ir. Sólo sabe tirarse fotos con gente pobre, con gente enferma. Pero no sabe darles el Espíritu combatiendo al demonio en ellos, para que salgan de su pobreza, de su miseria, de su endemoniada vida, de su enfermedad.

Francisco usa a los pobres para sus fines en la Iglesia, que son los mismos que Judas tuvo: el maldito dinero. Está obsesionado con la riqueza. Y, por eso, llama a los comunistas, como el, para hacer su revolución en la Iglesia, su primavera roja en la Iglesia.

Y, por eso, Francisco no es centro de unidad, sino de división en la Iglesia. Quien apoya a Francisco divide la Iglesia. Quien combate a Francisco une a la Iglesia en la Verdad.

Combatan a Francisco y serán de Cristo. Háganse amigos de Francisco y tendrán al demonio en sus mentes y en sus corazones.

El Papado de Francisco es nulo

christking

Francisco se ha levantado contra la disciplina de la verdadera Fe, de una manera perversa, diabólica y masónica. Y predica un evangelio totalmente contrario a las Sagradas Escrituras, con el fin de romper la unidad de la Iglesia Católica, de desgajar el Cuerpo Místico de Cristo, de condenar las almas al infierno.

Francisco es maestro del error, de la mentira, del engaño, porque ha despreciado ser discípulo de la Verdad. Se ha convertido en un hijo del demonio, y su padre es el diablo.

Y aquellos que sigan a Francisco, siguen su herejía, su cisma, y se colocan fuera de la Iglesia, como Francisco está.

El Papa Paulo IV, en la bula “Cum ex Apostolatus Officio” (15 de febrero de 1559), define una Verdad, que es necesario seguir (PDF):

“(…)si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía. o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto (…)” (§ 6. Nulidad de todas las promociones o elevaciones de desviados en la Fe)

Es decir, todo Obispo, todo Cardenal, que antes de ser elegido para el cargo de Arzobispo, o para ser Papa, se hubiere desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, u obrase un cisma; esa elección, para ser Arzobispo o para ser Papa, es nula, inválida, no tiene ningún efecto.

Francisco, antes de ser elegido por los cardenales para ser Papa, era hereje, se había desviado de la Fe católica, vivía en la apostasía de la fe. Por tanto, a pesar de que los Cardenales se pusieron de acuerdo para elegirlo Papa, a pesar de tener la mayoría de votos en el Cónclave, Francisco no es Papa. Su lección es NULA. Su elección es INVÁLIDA. Su Papado es sin ningún efecto. Y ¿la razón? Su herejía, su desviación de la Fe Católica, su apostasía de la fe.

Aquí tienen la invalidez de Francisco como Papa. No lo llamen Papa, porque es un hereje. No lo llamen Obispo, porque es un hereje. No lo llamen sacerdote, porque es un hereje. Todo hereje está fuera de la Iglesia de forma automática por su pecado de herejía.

Y sigue el Papa Paulo IV:” y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. (…)” (Ibidem)

A pesar de transcurrido más de un año de esa elección, sigue siendo inválida; a pesar que de que él ha aceptado el cargo; a pesar de que ha tomado posesión del gobierno de la Iglesia; a pesar de haber recibido la obediencia de los Obispos; a pesar de haber sido entronizado como Romano Pontífice; Francisco no es Papa. Todo eso es inválido, sin efecto, nulo a los ojos de Dios y de toda la Iglesia.

Y continúa el Papa Paulo IV:” Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de los pronunciamientos, hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza, y no otorgan ninguna validez, y ningún derecho a nadie (…)” (Ibidem)

Todo cuanto haga Francisco en ese cargo de Papa no es legítimo: ni sus predicaciones, ni sus encíclicas, ni su gobierno, ni nada de lo que haga o promueva o disponga en la Iglesia. No tiene poder divino ni puede darlo a nadie dentro de la Iglesia. Todas sus obras son sin validez; él no da derecho a nadie en la Iglesia para gobernar la Iglesia. Ningún Obispo, ningún sacerdote tiene poder de mandar nada si está sometido a Francisco, si obedece a Francisco, si sigue a Francisco. Todos sus nombramientos son sin validez en la Iglesia Católica. Su gobierno horizontal es inválido en la Iglesia Católica. Todo cuanto él disponga u otros, bajo sus órdenes, es inválido en la Iglesia Católica.

El Poder Divino sólo recae en el verdadero Papa, que es Benedicto XVI. Quien siga obedeciendo al Papa Benedicto XVI, sigue teniendo poder en la Iglesia. Pero la Jerarquía que ya no obedece al verdadero Papa, sino que se somete a Francisco, no tiene poder ni de mandar, ni de enseñar, ni de santificar en la Iglesia Católica.

Y continúa el Papa Paulo IV: “Y en consecuencia, los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder;

y séales lícito en consecuencia a todas y cada una de las personas subordinadas a los así promovidos y asumidos, si no se hubiesen apartado antes de la Fe, ni hubiesen sido heréticos, ni hubiesen incurrido en cisma, o lo hubiesen suscitado o cometido, tanto a los clérigos seculares y regulare, lo mismo que a los laicos;

y a los Cardenales, incluso a los que hubiesen participado en la elección de ese Pontífice Romano, que con anterioridad se apartó de la Fe, y era o herético o cismático, o que hubieren consentido con él otros pormenores y le hubiesen prestado obediencia, y se hubiesen arrodillado ante él;

a los jefes, prefectos, capitanes, oficiales, incluso de nuestra materna Urbe y de todo el Estado Pontificio; asimismo a los que por acatamiento o juramento, o caución se hubiesen obligado y comprometido con los que en esas condiciones fueron promovidos o asumieron sus funciones,

(séales lícito) sustraerse en cualquier momento e impunemente a la obediencia y devoción de quienes fueron así promovidos o entraron en funciones, y evitarlos como si fuesen hechiceros, paganos, publicanos o heresiarcas, lo que no obsta que estas mismas personas hayan de prestar sin embargo estricta fidelidad y obediencia a los futuros obispos, arzobispos, patriarcas, primados, cardenales o al Romano Pontífice, canónicamente electo.” (§7. Los fieles no deben obedecer sino evitar a los desviados en la Fe.)

Todos aquellos que están ahora subordinados a Francisco tienen la obligación de sustraerse a la obediencia y de evitar a Francisco y a todos los que le siguen. A Francisco y a su cuadra de gente, hay que tratarlos como hechiceros, pagamos, publicanos, heresiarcas, pero no como sacerdotes, ni como Obispos, ni como fieles de la Iglesia Católica ni como Papa.

Nadie puede obedecer a Francisco. Todos tienen que evitarlo. Ni hay que preocuparse ni de sus palabras, ni de sus obras, ni de su gobierno. No hay que estar pendiente de él, sino que hay que evitarlo y contra-atacarlo, hacer que se vaya de la Iglesia.

A Francisco sólo hay que echarle de la Iglesia; hay que privarlo de toda dignidad, posición, honor, título, autoridad, función y poder. Y no hace falta la reunión de Obispos; no hace falta una declaración formal. La razón: su pecado de herejía, de apostasía de la fe, que lo coloca, automáticamente, fuera de la Iglesia.

Tienen que comprender la gravedad del pecado de herejía, de apostasía de la fe y del cisma.

Son pecados que siempre son graves, porque van contra la Verdad Absoluta, contra lo que Dios ha revelado en Su Palabra, y que toda la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, ha enseñado siempre.

Cualquier fiel, sacerdote, Obispo, que vaya en contra de una sola verdad, queda fuera de la Iglesia, de forma automática. Se sale de la verdad por su pecado de infidelidad a Dios. Es infiel a la Palabra de Dios, por tanto, ya no puede estar en la Iglesia.

Es un pecado gravísimo y, por eso, la Iglesia lo condena con la excomunión. Porque la Iglesia es la Obra de la Verdad. Si no se acepta una verdad, un dogma, entonces se obra la mentira.

Lo que ha pasado, en estos 50 años, es sólo esto: la iniciación en el cisma, que ha sido promovida por tantos sacerdotes, Obispos, que se han desviado de la Fe Católica. Y han permanecido en la Iglesia, y ya no son de la Iglesia. Y el Papa y los buenos Obispos, que tienen el poder de pronunciar la excomunión, por muchos motivos, no lo han hecho, y han sembrado más confusión dentro de la Iglesia.

Y no hace falta dar una excomunión, porque la persona se pone, por su pecado, fuera de la Iglesia; pero es necesario ser ejemplar en la Iglesia y dar validez a la Autoridad que de Dios se ha recibido dando excomuniones. Si no se hace eso, entonces, la Autoridad pierde su valor, su integridad.

Por tanto, no hay que engañarse con Francisco. Por el sólo motivo de que Francisco es masón (y se pueden encontrar otras herejías en sus años de sacerdocio y de Obispo), de que ha pertenecido a la masonería antes de ser elegido Papa; por ese sólo motivo, Francisco no es Papa. Es nula su elección por los Cardenales. Es nulo todo lo que ha hecho en la Iglesia hasta ahora. Es nulo todo cuanto va a hacer en la Iglesia, hasta que se vaya. Nulo. Inválido. Francisco hace su obra de teatro. Engaña a todo el mundo. Y nadie en la Iglesia se ha dado cuenta de este engaño, porque viven como él: en la herejía, en la apostasía de la fe, en el cisma.

Y cualquiera que apruebe a un hereje, es hereje y no pertenece a la Iglesia Católica:

“Incurren en excomunión ipso facto todos los que conscientemente osen acoger, defender o favorecer a los desviados o les den crédito, o divulguen sus doctrinas; sean considerados infames, y no sean admitidos a funciones públicas o privadas, ni en los Consejos o Sínodos, ni en los Concilios Generales o Provinciales, ni en el Cónclave de Cardenales, o en cualquiera reunión de fieles o en cualquier otra elección” (§5. Excomunión ipso facto para los que favorezcan a herejes o cismáticos).

Este es el magisterio auténtico de la Iglesia, que ya nadie dentro de la Iglesia atiende ni enseña.

Desde hace 50 años se ha ido callando las herejías de muchos sacerdotes y Obispos. Y se les ha dejado que sigan haciendo sus obras, sus vidas, sin oponerse a ello. Y, por eso, tenemos lo que tenemos. La Masonería se ha hecho fuerte en toda la Iglesia y está en su cima, en su nervio, en la cumbre, en el Papado, en la Jerarquía. Está infiltrada. Y, por eso, ha puesto a un hombre de su confianza: Francisco; porque el demonio tiene prisa de demoler la Iglesia.

El Papado de Francisco es nulo: es decir, no existe, no tiene validez, no es Papa, ni Francisco gobierna la Iglesia.

Pero la Sede no está vacante: existe el verdadero Papa: Benedicto XVI. A él se le da obediencia. Pero el Señor no la impone si él permanece en su renuncia. Él tiene que quitar su pecado, para que la Iglesia le dé, de nuevo, la obediencia como Papa.

La Sede de Pedro no está vacante. Ha sido robada por Francisco. Él sólo hace su nueva iglesia. Y no hay que hacerle ni caso. Hay que tratarlo como un hereje, como un payaso, como un estúpido, como un idiota. Pero no como Iglesia.

La Iglesia está donde está el Papa verdadero: Benedicto XVI. En Francisco no está la Iglesia Católica. Sólo está un demente que se ha creído dios, y que dice que es santo porque ya no tiene pecado que quitar de su alma, sino que trabaja para quitar los males de los pobres, los males de la creación, los males que se inventa con su cabeza para así ganar un poco de dinero y de fama ante el mundo.

Francisco, por su amor al pueblo, será el nuevo Judas en la Iglesia

p1020074ed

El camino que lleva la Iglesia no es el camino de la Cruz, sino el del mundo, el de los intereses humanos, el de la política comunista, marxista, el de la teología protestante, el de la vida sin norma de moralidad.

Los sacerdotes se afanan en la destrucción de la Iglesia, en la anulación de toda Verdad en la Iglesia. Están realmente ciegos, viviendo su humanismo, su obsesión por las riquezas materiales, su ambición de poder, su lujuria de la vida.

La Iglesia se desmorona a causa de los sacerdotes, por causa de los Obispos que, en vez de fortificar a la Iglesia, robustecerla con la Verdad, la dejan caer en el error, en el engaño, en la mentira, en las falsificaciones de la vida espiritual.

Los sacerdotes y los Obispos están rompiendo las columnas que sostienen la Iglesia, que son la Eucaristía y la Virgen María. Sin pureza ni penitencia, no hay vida eclesial. Sin la lucha contra el pecado ni la subida al Calvario, la Iglesia queda anulada por el mismo hombre, queda desprotegida de los asaltos del Enemigo, de las conjuras de los hombres y del orgullo de sus fieles, que ya no saben vivir de fe dentro de la Iglesia.

El Vaticano es un lugar cada vez más intrigante, cada vez más corrupto, cada vez más sucio por el innumerable pecado de la Jerarquía de la Iglesia.

Una Jerarquía que ha aprendido a hacer el mal en sus ministerios, que sólo vive para tener dinero y poder en la Iglesia, que se ha olvidado de salvar su propia alma sacerdotal y, así, no mira con Misericordia a las almas, sino con odio, con venganza, con egoísmo, y ponen al Rebaño de Cristo el camino para el infierno.

Entre los muros del Vaticano ya queda poca santidad o ninguna. Ninguno de los que están en Roma sabe caminar hacia lo Santo, hacia lo Sagrado, hacia lo divino; sino que sólo saben caminar hacia el hombre, hacia el mundo, hacia lo profano, hacia las conquistas del saber humano.

¡Cuántas intrigas y desorden hay en el Vaticano! ¡Cuánta gente falsa, que se pasa el día contando mentiras a todo el mundo! ¡Cuánta gente que fabrica castillos en el aire para mostrar su orgullo ante la Iglesia y conseguir el aplauso de gente sin amor, gente sin piedad, gente sin cruz.

Los sacerdotes y los Obispos, en vez de trabajar para Dios, en vez de poner sus corazones humildes a la Voluntad de Dios, son sólo escorpiones que están dispuestos, en cualquier momento, para clavar su veneno en Cristo, en Su Verdad, en las almas que Lo siguen, en las almas que no temen ser de Cristo por encima de cualquier pensamiento humano.

¡Van a echar a Cristo de su misma Iglesia! ¿Qué creen que están haciendo en Roma? Atando los cavos sueltos para controlarlo todo en la Iglesia y abrir de par en par la puerta al Anticristo.

Francisco no es el Anticristo, sin un anticristo. Cristo Jesús no está con Francisco, ni en su sacerdocio ni en su gobierno en la Iglesia. Porque, para Francisco, el mundo es más importante que ser otro Cristo, que la figura de Cristo, que el Espíritu de Cristo, que la imitación de Cristo.

Francisco imita el mundo, a sus hombres en él, al demonio en él. Francisco va hacia el mundo para abrazarlo en sus errores, en sus pecados, en sus falsedades. Francisco no ve el mundo como la obra del demonio, sino como el lugar para vivir su vida sin Dios, sin moral, sin ley divina, porque –para él- todo es bueno, todo está bien, todo vale, todo es camino para ir al cielo.

Francisco ha anulado la Misericordia Divina. ¡Dale a Dios lo que es de Dios, -Francisco-, y al pueblo lo que es del pueblo, pero no pongas por encima de Cristo a nadie!

A Dios hay que darle la Misericordia; al pueblo, las obras de la misericordia. Dios es el que sabe tener Misericordia con todo el mundo, porque Su Misericordia proviene de Su Justicia. Dios es Misericordioso porque es Justo, porque ve, en el pecado del hombre, un camino para salvarlo. No lo puede condenar cuando el hombre peca, porque su pecado es imperfecto. Y, entonces, Dios, en Su Justicia con el hombre, le pone un camino de Misericordia sin anular Su Justicia, esperando al hombre que vea su pecado, que luche en contra de su pecado y que expíe su pecado para salvarlo y santificarlo. Y, según los méritos de cada hombre, Dios salva o condena a cada hombre.

Pero a los hombres, al pueblo, no le toca ser Misericordia, sino imitar a Cristo. Y Cristo enseña las obras de la misericordia para con todos los hombres, sea amigos o enemigos de Cristo. El hombre sólo tiene que seguir al Espíritu de Cristo para hacer esas obras, para aprender lo que significa misericordia en Cristo. Pero el hombre no tiene que buscar caminos para salvar al hombre, para solucionar los problemas de los hombres, para acoger a todos los hombres y formar una unidad.

El hombre sólo tiene que imitar a Cristo, ser de la Verdad, ser fiel a la Gracia que Cristo le da en lo que es, en lo que vive, en lo que obra; seguir al Espíritu para comprender cuál es su misión en la Iglesia.

Pero Francisco ha puesto el amor al prójimo por encima del amor a Dios y, entonces, anula todo en la Iglesia. Se dedica a su comunismo, a buscar caminos para resolver los problemas materiales de las personas, y se olvida de la salvación de las almas, de la santificación de cada alma, de la verdad que cada alma tiene en su corazón.

Francisco, anulando la Misericordia de Dios, se inventa una misericordia sin verdad, sin justicia, sin norma de moralidad, sin ley divina, sin ley natural, en la que todos se salvan porque Dios es bondad. Y siendo fieles a esa bondad divina, Francisco cree que el camino hacia el cielo está hecho y cumplido. Que lo único que hay que hacer es trabajar por un mundo bueno, perfecto, en la que todos los hombres tengan lo necesario para estar bien en sus vidas humanas; que todo vale en la vida, que ya no hay que juzgar la vida de los demás, porque Dios es bueno con todos, Dios ama a todos, Dios quiere el bien con todos.

Por eso, Francisco cae en tantos errores, en tantas herejías, al mismo tiempo, que hay que dudar si Francisco se pueda salvar. ¡Qué hombre más ciego en todas las cosas de la vida espiritual y de la vida de la Iglesia! ¡Qué terrible ceguera! ¡Y vive tan tranquilo, como si lo que dice, lo que obra, fuera la Verdad para todos! ¿Quién se cree Francisco que es cuando por su boca salen tantas herejías? ¿Cree, acaso, que las almas están pendientes de él, de sus obras, de sus palabras, de sus proyectos en la Iglesia, porque habla bonito, porque habla con el corazón negro que tiene a los hombres, con ese sentimentalismo que expresa, afeminado, amorfo, vacío de toda Verdad?

Francisco pone al pueblo por encima de Cristo. Y, primero, es buscar dinero, entre la gente rica del mundo, para solucionar la hambruna del mundo. Y, segundo, es buscar una posición social entre los grandes del mundo, para abrir la iglesia al poder del mundo, a la riqueza del mundo, al gobierno del demonio en el mundo.

¿Cuál es el camino de Francisco dentro de la Iglesia? El mismo que el de Judas.

El camino de Judas: traicionar a su Maestro por un puñado de dinero.

El camino de Francisco: traicionar a su Maestro por los pobres, por ganarse al pueblo. Judas se ganó el poder en la Iglesia por unas monedas; Francisco se gana el poder en el mundo por el amor sentimental hacia los hombres. Quiere ser de todos los hombres, pero por el camino equivocado. Quiere imitar a Juan Pablo II, pero sin la Verdad. Juan Pablo II llegó a todos los hombres, pero puso a todos los hombres en su sitio: supo juzgar a los hombres.

Francisco no juzga a nadie. Y, entonces, cae siempre en el error, en la maquinación de los hombres, en el despliegue que hace el demonio entre los hombres.

El lugar de Francisco no es la Silla de Pedro. Su lugar: colgar los hábitos y hacer penitencia por su vida hasta la muerte. No dedicarse a nada más que a mirar su vida para que pueda encontrar Misericordia. Pero eso, es claro que no lo va a hacer.

Y, entonces, Francisco se equivoca, de plano, desde la Silla de Pedro. Francisco no conoce a Dios ni a la Virgen María. Francisco no sabe lo que es un sacerdote porque no mira a Cristo como Sacerdote, sino como hombre. Francisco no tiene el amor de Cristo en su corazón porque no sigue al Espíritu de Cristo en su sacerdocio. Francisco no es hijo de la Virgen María porque sus palabras anulan la devoción a la Madre, sus palabras van en contra de la Pureza de la Virgen, sus palabras renuevan el Calvario de la Madre en Su Inmaculado Corazón.

Su mandato en la Iglesia no corresponde a un Papa; no enseña como Papa, no guía como Papa, no predica como Papa, no obra como Papa. Francisco es claro que no es Pedro, que no es el sucesor de Pedro. Es sólo un hereje. Y, como hereje, es un falso profeta, un anticristo, un hombre sin Verdad, sin ley divina, sin moral.

Francisco no es libre en ese gobierno que tiene en la Iglesia, pero sí es orgulloso en él. Tiene que hacer el papel que le han dicho que haga, pero él quiere hacer su marxismo, su comunismo, su teología de los pobres. Y, por eso, dentro de su gobierno, hay separación, hay división, porque el demonio no ha cogido la Iglesia para dar de comer a los pobres; eso lo hace siempre, pero el demonio lo que quiere es finiquitar la Iglesia, aniquilarla, arrruinarla. Y, Francisco, en su orgullo, pone oposición al mismo demonio, porque quiere su negocio en la Silla de Pedro, quiere sus pobres, su pueblo, conquistar el agrado de la gente, el aplauso de los incautos, quiere estar en los medios de comunicación, en sus portadas, en las redes sociales, quiere ser hombre y para los hombres. Y, entonces, tampoco, sabe comprender lo que quiere el demonio. Pero el mismo demonio se lo hará comprender como lo hizo con Judas.

En la Iglesia ya ha comenzado la separación: buenos y malos, los de Cristo, los que se oponen a Cristo. Ya hay dos bandos: los que están con Francisco, y los demás. Y comienza el peligro en toda la Iglesia.

Los hombres más peligrosos contra la Iglesia son los que están en el mismo Vaticano sirviendo a Francisco. Ésos son los que destruyen la Iglesia. Y los que siguen a Cristo tienen que mantenerse en la Verdad, en la ley de Dios, en la ley natural, en el Magisterio auténtico de la Iglesia, en la Tradición de la Iglesia. Porque los otros, los malos, los que son de Francisco hacen todo lo posible para engañar, para hacer caer en sus redes a las almas.

Por eso, hay que rezar por tantos sacerdotes y Obispos que están ciegos, que no ven la verdad de lo que es Francisco y que lo siguen sin discernir ninguna de sus palabras. No saben rebelarse contra Francisco por su falsa obediencia al Papa, porque no han comprendido lo que significa ser Papa en la Iglesia; no han comprendido lo que es ser Vicario de Cristo; no han comprendido que ninguna palabra de mentira, de herejía, de error debiera salir de lo boca de un Vicario de Cristo, porque éste representa a Cristo, a la Verdad, no a un hombre, no al nombre de Cristo, sino al mismo Cristo.

Y por la boca de Francisco salen diariamente tantas herejías, tantas mentiras, tantos engaños. ¿Es que no tenéis discernimiento? Si no sabéis ver lo que es un Papa, ¿cómo pretendéis guiar a las almas hacia la Verdad? ¿Qué os creéis que es ser sacerdote en la Iglesia? ¿Alguien que habla bonito a las almas y les soluciona los problemas materiales de su vida humana?

El sacerdote es otro Cristo. Y si eso no se vive, entonces no se hace nada en la Iglesia. Tenéis miedo de hablar con la Verdad en vuestras bocas, oponiéndoos a Francisco, porque teméis a los hombres, teméis a tantos Obispos que también están ciegos en su Autoridad en la Iglesia, y ya no sirven para ser Iglesia, para hacer la Iglesia que Dios quiere. Sólo sirven para hacer su humanismo, su política, su economía, su cultura en la Iglesia. Pero ya no dan a Cristo en sus labios ni en sus manos. Sólo dan al demonio en sus inteligencias y en sus obras en la Iglesia.

El sacerdote no está para alimentar al pueblo de bienes humanos, caducos, materiales, sociales, científicos. El sacerdote está para llenar el corazón del amor de Cristo, para ofrecer el alimento que salva al alma, para batallar contra el Enemigo de las almas, que es el demonio, para cargar con todos los pecados de Su Rebaño, para salvarlo y santificarlo. Y esto es lo que ya no saben hacer ni los sacerdotes ni los Obispos en la Iglesia. Y están en la Iglesia para condenar las almas y para vivir con miedo sin oponerse a ese payaso de Francisco.

Francisco sólo está para confundir a todo el mundo: da una de cal y otra de arena; da una verdad a medias y una mentira llena de herejías. Sus palabras son confusión, oscuridad, sólo enseña a pecar en la Iglesia, sólo enseña a amar el pecado, sólo enseña a caminar en el mundo y entre los hombres.

El camino de la Cruz es difícil, es lento, lleno de dolor, pero es el más seguro para salvarse y santificarse. Y no hay otro camino. El camino que pone Francisco es una mentira. Ése, el de su comunismo, el de su abrazo a los hombres, el de resolver los asuntos materiales de los hombres, condena a todas las almas y lleva a la ruina a toda la Iglesia.

Francisco se convertirá en el nuevo judas: por el aplauso del pueblo, por conquistar el cariño de los hombres, por caer bien a todos, pondrá en manos del Anticristo toda la Iglesia. Y, entonces, comenzará la persecución a la Iglesia. Y comenzará un Tiempo de Justicia Divina, sin lugar para la Misericordia, porque el hombre ya ha llegado a la perfección de su pecado. Y, en esa perfección, no hay Misericordia. En la Justicia, cuando el pecado es perfecto, sólo hay condenación, no salvación.

linea24Escuchar homilía en audio

El Vaticano es una guarida de víboras

Primer anticristo

Francisco no profesa la fe católica, sino sus falsas religiones: está con los judíos, con los protestantes, con los mahometanos, con los budistas, con todo el mundo religioso, menos con la Iglesia Católica.

Francisco es el hombre de las falsas religiones, el hombre que gusta al mundo porque piensa y obra como se hace en el mundo.

Por eso, es necesario apartarse de las falsas enseñanzas que Francisco da cada día en la Iglesia.

Francisco, en cada homilía, en cada declaración, introduce palabras que no pertenecen a Jesús, que no están en el Evangelio, que no son del Magisterio de la Iglesia.

Francisco no habla como un Papa, sino como Satanás, como vicario del demonio. Su magisterio en la Iglesia no es papal, es decir, no está guiado por el Espíritu Santo, para enseñar la Verdad y guiar a la Iglesia hacia la Verdad.

La sabiduría que viene del cielo es pura, dice Santiago en su carta, y, por tanto, no viene con mentiras, con engaños, con opiniones, con dudas, con filosofías de la vida de los hombres.

La sabiduría que viene del cielo no viene con las culturas de los hombres, no viene con el pensamiento de los hombres, no viene a acomodarse a las ideas de los hombres, no viene a aplaudir el progreso de las ciencias y de las técnicas de los hombres, no viene a decir que ya todo está perdonado y, por lo tanto, a vivir la vida haciendo cosas buenas o malas, pero todo el mundo se salva, que es lo que, a fin de cuentas, enseña Francisco.

Francisco es astuto, pero tiene la astucia de su padre, el diablo. Es astuto para engañar, para mentir, para decir aquello que nadie quiere decir, porque es claramente una mentira, un pecado, pero lo dice dejándolo caer, como de pasada, como sin darle importancia.

Tiene la astucia del alma no inteligente; pero que es una astucia que produce mucho daño porque enseña la duda, pone al alma en la confusión, deja que el alma piense sólo en la mentira que le ha dado, pero que no vaya a la clara verdad. Es una astucia que impide ver la Verdad.

Por eso, Francisco es un verdadero actor: sabe actuar para meter su engaño, su mentira, su error, su duda. Prepara lo que va a decir, piensa en sus gestos, en las caras que hay que poner, en las sonrisas que hay que dar, en el ejemplo amable hacia los otros, porque Francisco sabe que esto es lo que vende entre los hombres.

Un hombre que da una sonrisa a los demás es agradable a todos. Un hombre que da palabras bellas, hermosas, cariñosas, amables, distinguidas, entonces cae bien a todo el mundo. Un hombre que no quiere imponer su pensamiento, sino que sólo lo deja caer, como de pasada, como sin darle importancia, entonces la gente sigue ese pensamiento.

Francisco sabe cómo son los hombres: como borriquillos, que van uno detrás de otro, sin fijarse en nada más que lo que tienen a su frente y dejándose guiar por todo el mundo.

Francisco sabe que los hombres son una masa. Y, por tanto, él habla para la masa. Él no es capaz de hablar a cada alma. No sabe lo que es el alma, no sabe la vida espiritual, no sabe la vida de la Iglesia.

Francisco habla como un político: para todo el mundo, para la masa de las gentes, para algo que, en sí mismo, no vale nada.

Alrededor de Francisco se reúnen las masas, pero no las almas. Alrededor de Francisco no hay un alma, porque Francisco no alimenta el alma, sino las masas.

Un alma que busque la verdad no va hacia Francisco, porque no da una verdad para un alma, da muchas cosas para todo el mundo, habla para todo el mundo, pero no habla al corazón del alma.

El alma siente cuando algo va dirigido hacia ella; pero ante Francisco, el alma sólo siente que lo que se dice es para todo el mundo, para la masa, para un conjunto de hombres que escuchan un palabra de mentira para obrarla en sus vidas.

Francisco tiene un corazón sucio, un corazón cerrado a la gracia, un corazón en pecado, que vive su pecado y que ama su pecado y que no quiere quitar su pecado. Es un corazón que impide que la verdad habite en él. Y, por tanto, lo que enseña Francisco es sólo su corazón sucio, su corazón ennegrecido por sus pecados, su corazón que sólo sabe hablar de dinero, de materialismo, de humanismo, de mundanidad, de profanidad; pero que es incapaz de tener vida espiritual.

Y, por tanto, Francisco se recubre de aquello que no cree en su corazón; se reviste de aquello que odia, porque es algo santo, es algo puro, es algo verdadero, pero que tiene que decirlo porque está haciendo su obra de teatro. Tiene que actuar como los actores lo hace en una película: se aprenden el guión, aunque saben que lo que dicen no es para ellos, no lo viven, no lo creen, pero tienen que decirlo para hacer su película.

Francisco tiene que decir las verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, pero que no cree en ellas, en su corazón. Y, justamente, porque no cree, tiene que hablar palabras buenas, palabras verdaderas, pero que no son suyas, que no están en su mente, que no vive en su corazón, que no ha asimilado porque no puede hacerlo por su pecado de orgullo.

Y Francisco, cuando hace su misa, pronuncia las palabras de la consagración, que son palabras verdaderas, auténticas; pero las pronuncia porque sabe leer y recitar, no porque cree en ellas. Y, por eso, hace su obra de teatro, hace su actuación. No consagra, no da un pan consagrado, no a Cristo, sin un pan material en sus misas.

Y, cuando predica, hace lo mismo: lee palabras del evangelio, las recita, las pronuncia, las vocaliza, pero después, mete lo que le interesa: su mentiras, sus palabras que sí cree, sus filosofías que están en su corazón, sus obras malditas que vive cada día.

Francisco tiene un corazón que odia. No tiene un corazón que ama. Y la razón sólo están en una cosa: la Virgen María.

Para ver si un sacerdote es auténtico, sólo hay que fijarse en si ama o no a la Virgen María.

Y Francisco no ama a la Virgen María. Y se prueba con esto:

“El Evangelio no nos dice nada: si dijo alguna palabra o no… Estaba silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas decía al Señor! Tú, aquel día me dijiste que iba a ser grande; Tú me dijiste que le darías el Trono de David, su padre, que reinaría por siempre, ¡y ahora lo veo allí! ¡La Virgen era humana! Y tal vez tenía ganas de decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!” (Francisco, 20 de diciembre, en Santa Marta).

Leer estas palabras trae indignación a al alma que cree en la Verdad, que vive para no tener dudas de lo que el Señor le da.

Francisco enseña la duda para caminar ante Dios. No enseña a creer en Dios de una manera sencilla, clara, humilde, abandonada a la sola Voluntad de Dios.

Decir que María duda es ir en contra de la misma palabra de Dios: “He aquí la Esclava del Señor, hágase en Mi según tu palabra”. María no duda, sino que tiene plena confianza en la palabra de Dios, que se revela a Ella de una manera perfecta, en la que no es posible dudar, porque la Virgen es Inmaculada, no tiene pecado y, por tanto, no puede dudar. La Virgen nunca puede decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!. Nunca podía pasarse por su cabeza esta idea. Nunca. En los demás hombres, sí. En la Virgen, nunca, porque no puede pecar. Y toda duda es pecado.

Pero el pecado de Francisco no es decir que la Virgen duda, sino en decir que la Virgen es humana.

Si Francisco creyera en lo que significa ser Inmaculada y ser Madre de Dios, entonces, tendría que decir una sola cosa: la Virgen es divina, no humana.

Tiene naturaleza humana, porque es una criatura, nacida de padre y madre; pero no actúa, no piensa, no obra, no vive, como los demás hombres. Y no puede hacerlo por esas dos cosas: es Inmaculada y es Madre de Dios.

Como Francisco no cree en estos dos dogmas, entonces cae en el error de concebir a la Virgen como otro hombre más, como una pobre mujer, como una criatura mortal común, sujeta a las dudas, a los temores, a los miedos, a las inseguridades, que todo hombre tiene en su vida porque nace con pecado original y puede pecar en el transcurso de su vida.

Francisco es incapaz de comprender los Misterios de Dios en la Virgen y, por eso, la maltrata de esa manera, la anula, y la muestra como una mujerzuela más. Y eso es señal de que el sacerdocio de Francisco no pertenece a la Virgen María. Francisco no es un hijo predilecto de la Virgen María. Francisco no ama a la Virgen María. Francisco no tiene como Madre a la Virgen María. Francisco no ve a la Virgen María como Madre de la Iglesia ni como Reina del Universo. Francisco no obra en la Iglesia como lo hizo la Virgen María: con la fe divina. Sino que está en la Iglesia con su fe humana, con su fe diabólica, con su negocio humano en las cosas divinas.

Francisco hace de todo para menospreciar la Iglesia de Cristo, para abajarla, para anularla, para despojarla de todas sus verdades.

Y esto lo hace Francisco con la complicidad de sacerdotes y de Obispos, de Cardenales, que lo rodean y que quieren lo mismo que quiere él: destruir la Iglesia.

El Vaticano es el centro del poder mundial y temporal, convertido en una guarida de víboras. Ya no es el centro del poder espiritual. Desde hace 50 años sólo hay podredumbre dentro de los muros del Vaticano. El Vaticano está podrido en sus sacerdotes, en sus Obispos, en sus Cardenales, y en todas sus estructuras.

El Vaticano es un enorme sepulcro, blanqueado por fuera, para que nadie se dé cuenta, nadie atienda a la podredumbre que hay dentro de él. En el Vaticano nadie respeta la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural. Ni uno solo de esa Jerarquía, que ha tomado el poder de la Iglesia para destruirla completamente.

Si hubiera un sacerdote que respete los Mandamientos de la Ley de Dios, tendría que salir del Vaticano.

El Vaticano es una maldición para toda la Iglesia. Los buenos sacerdotes que todavía aman al Señor, son injuriados, menospreciados, perseguidos, calumniados, por el mismo Vaticano, por esa Jerarquía que está sólo para hacer su negocio en Roma, pero que le importa nada un alma sacerdotal.

Los sacerdotes son borregos a los que se utilizan parar los planes de ese Vaticano corrupto. Y muchos sacerdotes tienen miedo de enfrentarse a la Jerarquía, a sus Obispos, que sólo son como Francisco: mentirosos, engañabobos, que están en su oficio para ganar dinero y fama entre la gente del mundo, pero que no tienen vida espiritual. Muchos Obispos no saben dirigir el alma del sacerdote hacia la Voluntad de Dios. Son cabezas ciegas que guían a los ciegos hacia el mismo infierno.

Muchos Obispos no saben dirigir la Iglesia hacia la Verdad, que es Cristo. Sólo saben leer y citar textos de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia. Sólo saben recordar que existen leyes canónicas a aquellos que no quieren obedecerlos. Sólo saben mandar imponiendo su mente humana, produciendo el miedo en los sacerdotes que tienen a su cargo, para mantenerlos cautivos a sus mentiras, a sus apostolados en la Iglesia.

Muchos sacerdotes tienen miedo de sus Obispos y no defiende a Jesús y a Su Iglesia. No defienden la Verdad en la Iglesia. Están cautivos, están obligados por sus Obispos a obrar lo que las mentes de esos Obispos quieren en la Iglesia.

La Iglesia, en su Jerarquía, está podrida. Y en su Jerarquía superior: los Obispos. Son lobos, que se visten de piel de oveja, se viste de Cristo, enseñan con sus bocas lo que leen en sus escritos, que son del demonio, pero que después, obran como lobos, como carniceros de las almas, de los corazones, de los sacerdotes.

Jerarquía que mata las almas de la Iglesia, que enseña a dudar de todo, que enseña a vivir en el pecado, que enseña a amar el pecado, que enseña a anular el pecado, que enseña sus mentiras, cada día, como si fueran verdades.

Francisco da el veneno mortal de la duda en la Iglesia: eso significa sus mentiras, sus engaños, sus falsedades, sus idioteces, sus estupideces, sus boberías. El alma que escucha a Francisco, el alma que sigue a Francisco, cae siempre en la duda.

Un sacerdote que alimente a las almas con la duda es un sacerdote del demonio. ¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? Un anticristo sentado en la Silla de la Verdad, actuando como Papa, sin ser elegido por Dios para ser Papa, diciendo palabras bellas para engañar a todo el mundo, y con la colaboración de toda la Jerarquía de la Iglesia, que son todos unos miedosos para levantarse contra Francisco y decirle las cosas claras.

Francisco deambula en el lodazal del Ecumenismo y del diálogo con Satanás. Y lleva a todos hacia ese reino maldito del demonio, que es el mundo.

Francisco camina entre presuntuosos teólogos de la teología de la liberación, de la teología protestante, de los modernistas que sólo creen en sus cabezas humanas, en sus elucubraciones estrafalarias, en sus maravillosos textos humanos, que sólo dan la mentira y nada más que la mentira a las almas y, por tanto, enseñan a dudar de todo. Y, en esa enseñanza, tienen un fin: crear una nueva fe para su nueva iglesia.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida; y, por tanto, toda cosa distinta que sostenga, que enseñe, que predique, que obre Francisco -y todos los que le siguen-, no son más que el camino hacia el Infierno, hacia la muerte del alma y del espíritu; no son más que mentira, mentira y mentira.

Es hora de que alguien con autoridad en la Iglesia se levante y diga a Francisco que se vaya, que deje la Silla de Pedro vacía, porque su magisterio lleva a la Iglesia hacia la condenación más terrible y a hacer de la Iglesia una confrontación: ya nadie está seguro siendo de la Iglesia Católica. O sigues la opinión de Francisco o ya no eres de la Iglesia. Ya te echan por defender la verdadera doctrina de Cristo y de la Iglesia.

Roma está corrupta. Es una prostituta que se acuesta con todo el mundo para hacer su negocio: dar hijos del demonio dentro de la Iglesia.

La corrupción de lo mejor

icono

Nada ocurre sin la Voluntad de Dios en la Iglesia, porque Ella es guiada, en todo, por el Rey de Reyes. Y, por tanto, el desastre que vemos en todas partes es algo que no debería escandalizar si vemos las cosas desde Dios. Si las miramos desde el punto de vista humano, entonces no comprendemos lo que pasa.

Que un hereje, como es Francisco, se siente en la Silla de Pedro y que, a su alrededor, tenga un coro que le canta sus herejías, es lo más normal si las cosas se ven en Dios. No es normal para muchos hombres e incluso para los que profesan su fe católica. Pero la Iglesia es la Obra del Espíritu y, en Ella, debe manifestarse el hombre sin Espíritu.

Porque la Iglesia, en la tierra, la que peregrina hacia el Cielo, no es Santa en sus miembros. Es Santa en su esencia, porque la Iglesia es Cristo, es el Verbo Encarnado. Y Jesús es la Santidad Sin Ocaso, Eterna, Verdadera, sin Límites, sin Condiciones.

La Iglesia que peregrina hacia la Tierra Prometida, conquistada con la Pasión de Cristo, y gobernada con Su Ascensión, tiene, todavía, mucho que contemplar en cuanto al pecado de los hombres dentro de Ella.

El pecado del hombre no tiene que escandalizar al hombre porque éste nace en él y vive en él. Lo que al hombre debe escandalizar es la corrupción del hombre, es la transformación del hombre en otra cosa distinta a la Voluntad de Dios.

Mucho pecado ha habido en la Iglesia en toda su historia. Lo que vemos no es nuevo en la Iglesia. Pero, actualmente, hay un pecado nuevo que pocos contemplan, que pocos dan valor, que pocos lo llaman como pecado.

En la Iglesia que vemos en Roma, que no es la Iglesia de Jesús, sino otra cosa, se ve la idolatría del hombre. Este pecado es común en el mundo desde el Renacimiento. El mundo ha ido creciendo en lo humano hasta llegar a dar culto a todo lo humano: pensamientos, obras, vidas.

En la filosofía hay una corriente que idolatra la mente del hombre. El hombre todo lo crea con su mente, incluso a sí mismo.

En la vida de muchos está el mirarse sólo a sí mismos, sus obras, lo que hacen, sus trabajos, sus empresas, sus dedicaciones, como algo sagrado, divino, intangible. Como si Dios les pidiera que hicieran eso en sus vidas.

El hombre, en la actualidad, obra sólo para sí mismo, para encontrar el dios que tiene en su interior, para hacer que emerja ese dios, para sentir la energía que le conecta con todos los hombres y con el universo.

En el mundo está la idolatría del hombre. Eso es la Nueva Era. El hombre se dice a sí mismo: yo soy dios.

Este pecado, tan común en el mundo, es lo que vemos en la Iglesia. Y lo vemos en las obras de los hombres de Iglesia. No se capta en sus palabras, porque no se discierne el lenguaje que usan muchos sacerdotes y Obispos dentro de la Iglesia. Ellos usan un lenguaje divino, acorde a la Escritura, al Magisterio, a la Tradición, que parece correcto, que da la impresión de que se dicen las cosas bien, pero es sólo un lenguaje estudiado, maquillado, en que se dice lo que interesa sólo para decir la mentira escondida en ese lenguaje.

En la Iglesia, desde hace 50 años, se ha perdido el fariseísmo. Casi no se da, porque los hombres han dejado de respetar la Verdad, el dogma, a Jesús. El fariseo cumple la ley a rajatabla. Y la cumple por el respeto a esa ley, que es una verdad para él. Una verdad mal comprendida, mal interpretada por su mente, pero es una verdad, no es una mentira. San Pablo era el mayor fariseo de todos. Se ponía en la Verdad, buscaba la Verdad, aunque la entendía mal.

Pero, en la Iglesia se ha perdido el respeto a la Verdad. Ya no se busca, ya ni siquiera importa la Verdad. La gente no se preocupa por la Verdad, sino por su vida o sus pensamientos o sus obras o lo que sea que haga. Y eso que hace es la verdad para muchos.

Para San Pablo la Verdad no era su vida, sino las leyes que enseñaba Dios, lo que Dios obró a lo largo del Antiguo Testamento. Y no se salía de eso, de esa Verdad.

Pero el hombre de Iglesia, la Verdad ya no es el Evangelio, ni las leyes divinas, ni nada que en la Iglesia se haya hecho. Para los hombres de Iglesia, la verdad es su vida, su pensamiento, sus obras, sus sueños, sus ilusiones, sus conquistas en la vida. Y se mira al Evangelio o al Magisterio o a la Tradición de la Iglesia no para aprender de esa Verdad, sino para desvirtuar, para acomodar esa Verdad a la vida de cada uno, al pensamiento de cada uno, a las obras de cada uno.

San Pablo nunca hizo eso. San Pablo leía el Antigua Testamento y lo ponía en práctica, literalmente, sin añadir o quitar nada. Tal como la Palabra de Dios se expresaba eso obraba él en su vida.

Pero muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia hacen lo contrario. Leen la Sagrada Escritura y la interpretan y sacan algo para ellos, algo nuevo, pero no obran lo esa Palabra dice literalmente. De esta manera, el hombre va dejando el fariseísmo, pero va cayendo en la idolatría del mismo hombre. Es un fariseísmo perfecto, porque se sigue creyendo en Dios, pero ya no en el Dios Revelado, sino en el dios que se encuentra en la razón humana.

Este es el pecado que nadie contempla en la Iglesia pero que existe en muchos miembros. Y no es nada nuevo. Lleva cincuenta años incubándose en el Vaticano.

Roma ha sido la incubadora de la idolatría del hombre desde el Concilio Vaticano II. De eso ha nacido lo que vemos: un Francisco que tiene un lenguaje divino, pero herético.

Muchos leen a Francisco y dicen que predica conforme al Magisterio de la Iglesia, que dice las cosas que están en la sagrada Escritura, pero no ven cómo ese lenguaje es sólo un estudio, una forma de hablar bien para tapar la mentira. Cuando Francisco quiere, se deja de lenguajes y dice su mentira claramente. Pero, como es maestro de oradores, entonces sabe hacer bien su papel. Sabe hablar lo que conviene y en el momento que conviene, para engañar a las almas que le escuchan.

Francisco no es lo que parece. Parece un Papa, pero no es Papa. Parece que, a veces, habla bien, habla correctamente, y no es así. Es sólo su lenguaje estudiado, porque, en ese momento, no conviene decir herejías, no conviene escandalizar, no conviene mover críticas innecesarias. Francisco sabe bien qué decir y cómo decir las cosas, porque sólo cree en su lenguaje, no cree en la Palabra de Dios ni, por supuesto, en el Magisterio de la Iglesia. Él cita a los Papas, pero para poner su mentira, para hacer que esa mentira se apoye en lo que un Papa dijo, un Papa que todos en la Iglesia siguen. Francisco es muy astuto, por eso, nunca hay que confiar de lo que dice, aunque diga cosas muy bien concertadas, muy bien estudiadas, muy bien puestas en el papel.

Siempre a Francisco tienen que cogerle por la mentira. Siempre. Porque siempre la dice. Puede predicar hermoso y, al final pone su mentira. Y, entonces, lo que predicó no vale para nada, no sirve, es sólo su lenguaje para convencer a los que todavía no están convencidos de que él es Papa.

La idolatría del hombre es el pecado que vemos en el Vaticano. Y eso señala la corrupción de lo mejor. Una Jerarquía corrupta es unos miembros en la Iglesia que se dan culto a sí mismos. y, por tanto, ni les importa la Iglesia, ni el rebaño, ni sus dogmas, ni sus tradiciones, ni su liturgia, ni nada de nada. Sólo están en la Iglesia para ellos mismos y, por tanto, para hacer su negocio dentro de la Iglesia.

El demonio, cuando se sentó en la Silla de Pedro, junto a Pedro, en 1972, comenzó a incubar en sus miembros este pecado de idolatría. Y, por eso, la rebeldía, la desobediencia de muchos a los Papas. Y eso produjo la desunión en la Verdad y, por tanto, el alejamiento de la Iglesia de toda Verdad. Y la Iglesia se ha mantenido en un hilo, sin que se rompiera por el esfuerzo de muchos por enfrentarse a los Papas, sólo porque ha habido una Cabeza elegida por Dios hasta el Papa Benedicto XVI. Pero después de él, el hilo se rompió y ya nadie hay en la Iglesia que persiga la Verdad, que dé la Verdad, que enseñe la Verdad.

Se vive la corrupción de lo mejor, que es lo peor que le puede suceder a la Iglesia. Porque en la corrupción ya no hay vuelta atrás. Ya no se puede volver a lo de antes en la Iglesia. Ya no hay camino verdadero dentro de la Iglesia o dentro de las estructuras de la Iglesia.

El camino sigue estando ahí, porque es Cristo, pero hay que recorrerlo de otra manera, no ya mirando a Roma, sino enfrentándose a Roma, porque en Roma hay corrupción, se vive la corrupción. De Roma no viene la Verdad.

Ahora, la Verdad la dan muchas personas en el mundo, que ven lo que pasa en Roma. No están con Dios, pero no son personas corruptas. Y, por tanto, cuando dicen las cosas dicen una verdad.

Que un ateo diga que Francisco ha abolido el pecado eso da que pensar. Uno que no cree en Dios, pero ve una verdad. Y, en Roma, en el Vaticano, que deberían ver la verdad, deberían ver la mentira que Francisco está diciendo, no se vea, sino que se diga que todo está bien, que Francisco cree en el pecado, que Francisco se ajusta al Magisterio de la Iglesia, eso sólo significa una cosa: corrupción.

Cuando la persona no está corrupta, aunque sea pecador, aunque niegue a Dios, siempre ve una verdad, siempre ve las cosas como son. No se inventa la vida, la realidad de las cosas. Llama al pan, pan; y al vino, vino. Si leyendo a Francisco ve cosas marxistas, las dice, sin más. si ve que Francisco ha quitado el pecado, las dice sin más, porque, en su pecado, no hay corrupción.

Pero aquel que ve la vida desde su corrupción, ya no ve la verdad, la realidad de las cosas, sino que todo lo tapa, todo lo disimula, para seguir viviendo su vida, sin hacer caso de la verdad.

El Vaticano ya no dice la Verdad de lo que está pasando. Sólo dice lo que le interesa y lo que quiere: engrandecer la mentira, aplaudir al mentiroso, que todos caigan en la cuenta que es a él al que hay que seguir en la Iglesia.

En la corrupción sólo se sigue al hombre, no a la Verdad. Y, por tanto, sólo se miente. Y se miente de muchas maneras, para que los hombres sigan con una venda en sus ojos.

Y esto sólo lleva a una cosa: el cisma. No hay otro fin en lo que vemos en Roma. Los corruptos acaban por quitarse la careta y producen el cisma. Y, cuando esos corruptos son la Jerarquía de la Iglesia, se produce el mayor pecado en la historia de la Iglesia: negar la Verdad dentro de la Iglesia. Y esa negación es afirmar la mentira como la verdad en la Iglesia.

Este cisma que, ahora, está encubierto, ya existe en muchos. Pero como todavía se cuidan las apariencias, entonces la gente no lo ve. Pero quien tiene ojos ve el cisma que existe. Ve cómo muchos han dejado la Verdad y dan culto a la mentira en sus vidas en la Iglesia. Y eso se ve en la Misa, se ve en los apostolados de la Iglesia, se ve en muchos retiros: gente que vive idolatrando su humanismo, que dan culto a todo lo humano. Ya no a Cristo. y, por eso, tratan a Cristo de muchas maneras sacrílegas. Muchísimas, porque ya no hay respeto a la Verdad, a las leyes litúrgicas, a la leyes divinas en la Iglesia. Hoy todo es un cambalache de cosas, un trueque, en que se deja lo auténtico por lo corrupto.

Análisis de la situación del Vaticano

El rayo en el Vaticano: Aviso a los católicos de que lo que sucede en el Vaticano no es correcto. A la Curia, que tenga cuidado con lo que planean ya que no es de Dios, ni de sus leyes.

El rayo en el Vaticano: Aviso a los católicos de que lo que sucede en el Vaticano no es correcto. A la Curia, que tenga cuidado con lo que planean ya que no es de Dios, ni de sus leyes.

Todos quieren analizar lo que pasa en el Vaticano, las líneas que sigue la Jerarquía de la Iglesia, los caminos que Roma quiere andar con Francisco. Pero nadie da un análisis de lo que pasa actualmente en Roma.

En Roma, se está construyendo una nueva iglesia partiendo de la Iglesia verdadera, de la Iglesia de Cristo. Esto es lo que nadie dice y, por eso, sus análisis del Vaticano son erróneos.

Francisco ha comenzado una nueva iglesia sin Jesús y sin María. La doctrina de esa nueva iglesia no es la doctrina sana de Cristo, sino sólo el invento, la fábula de Francisco sobre el Evangelio, sobre el Magisterio y la Tradición de la Iglesia.

En esa doctrina nueva no hay ninguna verdad, todo es mentira, pero una mentira agradable, que gusta al hombre porque le dice al hombre lo que quiere escuchar.

Dicen que Francisco es revolucionario, renovador, que da un cambio, que trae una novedad, que pasa una página, que deja de lado lo antiguo. Y eso sólo significa una cosa: Dale al pueblo lo que quiere oír y te amará. Dile la Verdad, háblale de sufrimiento, y te odiarán.

Francisco es hábil, es un orador sutil, es tan buen orador que nadie advierte el engaño que sale de su boca constantemente. Nadie. Porque dice ese engaño con el sentimiento, con palabras bonitas, hermosas, bellas, que parecen que llegan al alma y lo que hacen es oscurecer la mente, apagar la luz para que el alma no vea la mentira, el engaño que se le propone.

La gente no está atenta al engaño que trae esas hermosas palabras porque mientras al pueblo se le de lo que quiere, lo que quiere escuchar, no analizan nada más ni reflexionan. No se preguntan: “¿esto por qué lo ha dicho?”; “esta frase ¿a qué viene?”;”¿será verdad esto que dice Francisco?”

Cuando la gente no se pregunta es que obedece a ciegas a una persona y no ve, no es capaz de analizar las verdaderas intenciones que se esconden tras las caretas de Francisco, de los sacerdotes y Obispos que lo defienden como el Papa al que hay que seguir.

El demonio está engañando a la Iglesia de forma deliberada, de forma muy clara para el que tiene fe, porque presenta la persona que hoy más se cree: a un Papa. Todos están atentos a ver qué dice el Papa, a ver qué obra el Papa. Todos: dentro y fuera de la Iglesia.

El demonio es muy hábil para conseguir lo que él quiere: siempre se viste de ángel de luz. Siempre. Nunca se presenta como demonio cuando quiere engañar a los que él sabe que viven la Verdad, que están en la Iglesia verdadera. El demonio sabe eso y, por eso, la combate con todo su odio, porque él sólo es mentiroso y padre de la mentira.

El mal se hace pasar siempre por Jesús, utiliza sus métodos, sus palabras, su doctrina, pero entre verdad y verdad, está la mentira escondida. Es lo que hace Francisco continuamente: da una verdad, da una mentira. Da una hermosa frase llena de una mentira que nadie atiende, porque se dice hermosamente, bellamente, al hombre le agrada la frase: “José y María vivían en Nazaret pero no vivían juntos, porque el matrimonio todavía no se había celebrado. Pero María, después de haber acogido el anuncio del Ángel, quedó encinta por obra del Espíritu Santo y cuando José se da cuenta queda desconcertado” (Francisco, 22 de noviembre). Esta frase es bella, hermosa, pero tiene muchas mentiras. Pero la gente no cae en cuenta de las mentiras, porque la frase está dicha de acuerdo a los oídos del hombre, no está dicha para decir la Verdad. Aquí Francisco dice su opinión sobre el matrimonio de José y de María. Y dice su opinión de lo que pasó por la mente de San José. Pero Francisco no dice la Verdad en esta frase. Además, no puede decirla nunca.

Este es el punto que muchos no acaban de entender de Francisco. Un verdadero Papa, aunque sea pecador, nunca miente cuando habla en la Iglesia: cuando predica, cuando está con la gente, aunque se mueva sin enseñar nada en la Iglesia, lo que habla o lo que obra es de acuerdo siempre a la sana doctrina de Cristo. Esto hace un verdadero Papa. Esto no lo puede hacer nunca Francisco porque no es un verdadero Papa.

Este es el punto que muchos no aceptan, no pueden aceptarlo, porque ya no se ve al Papa como el centro de la verdad, como el que habla la verdad, como el que enseña la verdad. Y no se ve por la misma razón que Pilatos no la vio: ¿Qué es la Verdad?

Pilatos tenía enfrente a la Verdad Encarnada, a Jesús. Y miró la Verdad y no se dio cuenta de la Verdad, no atendió a la Verdad, no se preocupó de la Verdad, sino sólo preguntó: ¿Qué es la Verdad?

Esa es la pregunta que constantemente se hace Francisco y los que le siguen. No saben lo que es la Verdad y, por eso, enseñan lo que van descubriendo con sus inteligencias humanas, con sus ciencias, con sus culturas, con sus filosofías de la vida.

Y esto mismo es lo que le pasa a mucha gente. Ven la Verdad, pero se siguen preguntando por la Verdad, porque no creen en la Verdad, sólo creen en las fabulas que los hombres van diciendo cada día, en su evolución histórica, en su progreso científico y técnico. Y, entonces, empiezan a cuestionar la Verdad del Evangelio y a interpretarlo según sus avances en la ciencia, en la filosofía, en la cultura, etc..

Así hace Francisco su nueva doctrina para su nueva iglesia. De esta manera. Y, por eso, predica bellamente, pero es toda esa belleza una herejía, la que se vive en su nueva iglesia.

A la gente le gusta vivir una espiritualidad fofa, amanerada, amorfa, que le hablen bonito, que le digan que Dios los ama, pero que después los dejen pecar en sus vidas. Esto es lo que propone Francisco en todas sus homilías. Esta doctrina, que no es la de Cristo, sino del demonio.

A la gente le cuesta decir que Francisco es un mentiroso y que su doctrina no es ortodoxa, no es la de Cristo. Cuesta muchísimo decir esta frase. Muchos callan sabiendo que Francisco dice herejías. La Iglesia calla ante tanta mentira de la Jerarquía. Y eso es señal de que eso que está en Roma no es la Iglesia de Cristo, es una nueva iglesia, donde ya no se habla la verdad, sino la mentira cada día. Y eso lo que se enseña en esa iglesia: a mentir, a decir que todo va bien, que no pasa nada, que Francisco está en la ortodoxia, como Muller ha dicho en una entrevista reciente: “Francisco no va por otro camino: sino que combina la ternura del pastor y la ortodoxia, que no es una teoría cualquiera, sino la recta doctrina expresada en la plenitud de la Revelación”. Muller besa el trasero de Francisco y, por eso, tiene que hablar así, con engaño. Le pagan para que hable, porque en la nueva iglesia de Francisco hay que defender la mentira y al mentiroso, que es Francisco.

Esto es lo que nadie se atreve a decir, lo que nadie quiere analizar cuando ve el Vaticano. Y, entonces, se hace el juego a la nueva iglesia de Francisco. No se la ataca, sino que se defiende la mentira que enseña esa nueva iglesia.

No se puede hablar de Dios, de sus obras y, a la vez, querer transformarlas a la manera de pensar, de obrar humanas. Este es el lenguaje de Francisco: habla de Dios, pero dice que hay que obrar como hombre. Jesús vino a salvar al hombre, luego hay que dar de comer al hombre. Así es el pensamiento de Francisco, así de claro, pero nadie se da cuenta de esta verdad. Todos creen que Francisco está diciendo la verdad porque habla bonito. Eso es todo. Todo consiste en hablar bonito: eso es lo que se enseña en la nueva iglesia. Hablen con palabras bellas, puestas en una bandeja de plata, hermosas para el oído del hombre y entonces serán de Dios. Y no importa que se diga la mentira. No importa la doctrina, sino las obras: den de comer a los pobres. Así se salva el hombre.

En la nueva iglesia no interesa la Verdad. No interesa. Y, por eso, los errores y las herejías en la nueva iglesia llevan al mundo a su destrucción. Lo que se está construyendo en Roma es el origen de lo que viene al mundo. Roma está construyendo un nuevo orden mundial dentro de la Iglesia verdadera, la de Cristo. Y eso producirá un cisma en Roma. El cisma ya está, pero encubierto, todavía no se han quitado las caretas la Jerarquía que sigue a la nueva iglesia.

Pero, una vez que se la quiten, entonces en el mundo se dará lo que se está cociendo dentro de la Iglesia.

El futuro de la Iglesia es muy negro, no hay escapatoria para el que duda en la fe. Hay muy pocos que crean en verdad y se mantengan firmes en todo. En la Iglesia hay división y mucha confusión. Y nadie se da cuenta de ese engaño que lleva a la Iglesia al orden mundial dentro de Ella, cambiando la doctrina de siempre.

Para que el mundo y la Iglesia sea una sola cosa, hay que fabricar una iglesia mundana, donde se viva lo que hay en el mundo. Y, entonces, se da en todas partes, el nuevo orden mundial. Y aparece el Anticristo que lo gobierna todo: iglesia y mundo.

La Jerarquía quiere cambiarlo todo porque la doctrina de Jesús no está a la moda del mundo, porque se ha vuelto vieja, achacosa, y ya no sirve para cambiar el mundo. Hay que dejarla abandonada, hay que dejarla que muera, ya no vale nada para la existencia de los hombres. La Jerarquía de la Iglesia piensa que si viviera Jesús en estos tiempos se adaptaría al mundo, a las modas, a las culturas, a los pensamientos de los hombres.

Debajo de la sonrisa de Francisco existe el desorden y la maldad, existe el pecado y la desobediencia a la ley del Señor, existe un corazón recubierto de odio y de maldad demoniaca.

Francisco miente como se bebe un vaso de agua. No le importa mentir con tal de ganar adeptos para su iglesia del demonio.

Por eso, hay que defender al Papa Benedicto XVI por encima de todo porque es, en verdad, el verdadero Papa.

El legítimo Papa, el que tiene todos los derechos y todo el poder de Dios es Benedicto XVI, Papa hasta la muerte. Francisco es sólo un hombre sin el poder de Dios, sin el derecho de Dios a ser Papa. Es sólo un farsante que se puso ahí porque le agrada la publicidad, la fama, el dinero y el poder.

El Papa Benedicto XVI volverá a ser Papa cuando salga de Roma, cuando huya de su encierro viendo con horror cómo la Iglesia se cae a pedazos en Roma. El calvario de Benedicto XVI empieza fuera de Roma. No ha comenzado todavía.

Viene aquel que no es legal, viene aquel que no es elegido canónicamente y, entonces, la oscuridad cubrirá a toda la Curia Romana. La luz se apaga y el mal cubre el orbe entero.

A %d blogueros les gusta esto: