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Una sola carne

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«Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gn 2, 24).

Una sola carne: el matrimonio es una dualidad en una unidad. Dualidad de personas; unidad de naturaleza.

Esta unidad no es sólo una actividad, un hecho, un acto pasajero, transeúnte, temporal, en el cual los dos sexos se unen: no es una unidad para un placer sexual; no es una unidad para sentir el cuerpo del otro; no es una unidad para buscar en el otro lo que no se posee ni corporal ni humanamente.

Una sola carne: es la unidad en la indisolubilidad.

La verdad del encuentro sexual, la verdad de un matrimonio, la verdad de poner dos vidas en común es su indisolubilidad, que es el origen en la creación del hombre y de la mujer por Dios:

« ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: “Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne”. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19, 14-6).

Dios, al crear al hombre y a la mujer, produce la indisolubilidad. El hombre es creado para una mujer; la mujer a partir del hombre. Y eso es indisoluble: no se puede cambiar, no se puede separar, no se puede pasar por alto.

Una sola carne: es una unidad que el hombre no puede separar, puesto que es Dios mismo el que la ha constituido en la naturaleza humana, al crearla de esta manera. La ley natural enseña que la unión entre hombre y mujer, -el matrimonio-, es indisoluble. El sexo, en la persona humana, es una inteligencia divina, no es un instinto carnal, como en los animales. El sexo es para una obra indisoluble y, por lo tanto, eterna, para siempre. Por eso, el matrimonio o salva o condena: ata para una vida divina o ata para una vida de demonios. Y, por eso, es necesario discernir bien la persona para un matrimonio, porque no toda persona lleva a la salvación del alma en la unión carnal con ella.

Ya no son dos, sino una sola carne: la alianza del matrimonio, la unión de voluntades, entre hombre y mujer, es indisoluble, no es un acto transeúnte, temporal, civil, social. Es un acto permanente, eterno, divino, espiritual y sagrado. Quien no viva esto, entonces vive, en su matrimonio, lo contrario.

Todo matrimonio es sagrado por ley natural: tiene la nota de la indisolubilidad. Quien atente contra la ley natural, está atentando contra la indisolubilidad del matrimonio.

«Ahora bien, como es sacrílego cortar la carne, así es contra ley separar el hombre de la mujer» (Obras de S. Juan Crisóstomo – Homilía al texto de Mt 19).  Es un gran pecado separar el matrimonio.

El sexo es algo sagrado, no profano. El sexo no es carnalidad, sino que es la obra del Espíritu. Pertenece a la vida: da vida, ofrece la vida, ordena a la vida. Y ésta es siempre sagrada porque su origen está sólo en Dios.

Una sola carne: es algo que Dios ha unido –no sólo representa una unión carnal- es la unión de dos almas, de dos espíritus y de dos carnes. Y Dios une en la voluntad libre de ambos: de hombre y de mujer. Y lo que Dios une, en esta dualidad de voluntades, ni el hombre ni la mujer pueden romperla. Es un vínculo divino, hecho en la libertad de dos personas. Y este vínculo divino refleja una triple unión: en el alma, en el espíritu y en la carne; que el hombre no puede separarla: indica estabilidad. Son dos: son una dualidad. Pero en una carne: en una unidad. Los dos se atan para siempre, ya para el cielo, ya para el infierno.

El varón y la mujer son dos, pero en algo ya no son dos, sino uno. Este el misterio del matrimonio.

Dos cuerpos, dos almas, dos espíritus, que ya no son dos, sino uno.

«Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14): son dos: el Verbo y la naturaleza humana. Pero son una sola cosa: un solo ser: Jesús, Dios y Hombre verdadero. Es el Verbo que guía, que rige, que ama su naturaleza humana.

Por eso, el matrimonio revela este Misterio de la Encarnación:

«Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en el sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la Cruz por su Esposa, la Iglesia.

En este sacrificio se desvela enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre y de la mujer desde su creación; el matrimonio de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo.

El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz». (Juan Pablo II, Ex. Apost. Familiaris Consortio, n. 13).

Cristo ama a Su Iglesia como una Esposa. Y esa caridad esponsal está en el Sacramento del Matrimonio.

Es lo que dice San Pablo: «Gran misterio éste; pero entendido de Cristo y de la Iglesia» (Ef 5, 32).

La unidad en el matrimonio, la unidad entre hombre y mujer, refleja la unidad de la Iglesia, la unión entre Cristo y Su Iglesia.

«Cristo amó a la Iglesia y se entregó por Ella» (Ef 5, 25): esta unidad en la verdad, que es el amor de Cristo, es la unidad en el matrimonio.

El hombre tiene que amar a su mujer como Cristo amó a la Iglesia. Cristo ama a la Iglesia para salvar las almas y santificarlas. Un hombre ama a su mujer para salvarla y santificarla. Esto es lo que muchos no comprenden: el amor a una mujer, en el matrimonio, es el mismo amor de Cristo a la Iglesia: Cristo ama cada alma de Su Cuerpo Místico: la ama y pone a cada alma un camino de salvación y de santificación.

Siendo el hombre cabeza de la mujer (cf. Ef 5, 23), tiene la misma misión que Cristo en Su Iglesia.

Cristo funda la Iglesia para llevar las almas al cielo.

Un hombre se une a una mujer para llevar las almas al Cielo: la suya, la de su mujer, las de sus hijos.

Pero los hombres no viven así el espíritu del matrimonio, porque no saben amar a Cristo, no saben ser de Cristo, no saben estar en la Iglesia imitando sólo a Cristo.

«Y así como la Iglesia está sujeta a Cristo» (Ef 5, 24), así la mujer debe estar sujeta al hombre.

Es el hombre el que se entrega a su mujer, pero es la mujer la que marca el camino al hombre.

La Iglesia es el camino de la salvación para todo hombre que se una a Cristo en la gracia. Y no hay otro camino.

En el matrimonio, el camino es la mujer; no es el hombre. El hombre debe entregarse a su mujer, debe amarla como Cristo ama a cada alma: buscando el bien de la mujer, el bien de cada hijo, que es bien sobrenatural, divino, no humano, no natural.

La doctrina de Cristo es para obrar una verdad espiritual, no para un negocio humano. Así debe ser el matrimonio: para una verdad espiritual, no para una verdad humana.

Cristo ama a la Iglesia dándole una doctrina de verdad, una enseñanza que sólo está apoyada en la verdad. Cristo se entrega a la Iglesia en la verdad, nunca en la mentira. Y así el hombre tiene que amar a su mujer en la verdad, no en la mentira. Si el hombre no sigue la doctrina de Cristo, no la asimila, entonces el amor a su mujer, su entrega, en el matrimonio, no puede ser nunca en la verdad. Habrá muchas cosas, en esa entrega, en ese matrimonio, que no sean de Cristo, que no pertenezcan a Dios. Se hará un matrimonio para algo humano, pero no un matrimonio para reflejar la caridad de Cristo con su Esposa, la Iglesia.

Un matrimonio es de Cristo porque los dos, hombre y mujer, se han transformado en Cristo: son otros Cristos. Es la transformación mística, la unión mística del alma con Cristo.

Todo matrimonio está llamado a reflejar, a ser, «a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la Cruz». Por tanto, en todo matrimonio debe prevalecer la oración y la penitencia, para que se muestre este amor de Cristo, este amor que se dona hasta la muerte en Cruz, para salvar, para santificar las almas.

Hombre y mujer se unen en matrimonio para salvar sus almas, para encontrar un camino de santidad para sus almas, para obrar la verdad de sus vidas dando a Dios hijos para el Cielo: hijos que se salven y se santifiquen.

Si ellos dos no son de Cristo, ni el matrimonio ni los hijos son de Cristo. Si los dos no trabajan para ser sólo de Cristo, entonces nunca podrán, en su matrimonio, reflejar el amor de Cristo hacia Su Iglesia: un amor redentor, un amor que expía los pecados, un amor penitente, de sacrificio perpetuo.

Son muy pocos los matrimonios que se aman así: en el dolor de una vida, en el sacrificio de una vida, en la entrega de una vida por solo amor a Cristo. Hay otros amores en ellos que son impedimentos para su matrimonio, para su unión de almas, de espíritus y de cuerpos.

Este es el misterio de todo matrimonio, que muy pocos han meditado, han profundizado, porque hacen sus matrimonios para lo humano, para lo natural, para lo finito.

Este fin divino en todo matrimonio es el sentido del matrimonio. Un matrimonio sin este fin divino no sirve para nada: los cónyuges y los hijos se condenan, no encuentran el camino de salvación ni de santificación.

«Cristo amó a la Iglesia y se entregó por Ella para santificarla, purificándola con la Palabra, a fin de presentársela así gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable» (Ef 5, 26-27).

El matrimonio es para una santidad de vida. Pero sólo se puede conseguir esta santidad purificándose con la Palabra de la Verdad: con la doctrina de Cristo. Si los matrimonios no viven esta doctrina, esta verdad inmutable, revelada, sus matrimonios no son para la santidad, sino para la condenación.

Es el hombre el encargado de mostrar la verdad a su mujer: de enseñar la doctrina a su mujer. Y es la mujer la que se sujeta al hombre: a esa verdad que enseña. Y, por tanto, un hombre que no dé la verdad de Cristo al matrimonio, la mujer no puede sujetarse a una mentira. El varón es cabeza para obrar una verdad en su matrimonio, no para obrar una mentira con su mujer.

La mujer tiene que sujetarse a esa verdad y ser camino para que se obre esa verdad en su matrimonio. La mujer es como la Iglesia: camino de salvación. Lleva a las almas por el camino que Cristo ha marcado con la palabra de Su Verdad, con su doctrina.

Toda mujer, sometiéndose a la verdad, a la única verdad, que es Cristo, es camino para su hombre y para sus hijos: camino de salvación y de santificación. La mujer es la que guarda en su corazón la verdad que enseña el hombre, que predica el hombre, que vive el hombre.

¡Pocos hombres existen que en sus matrimonios vivan la verdad de la ley natural, de la ley divina, de la ley de la gracia!

¡Pocos son lo que predican la verdad que viven! ¡Muchos hombres son los que engañan a sus mujeres con sus palabras, mientras viven otra cosa a lo que predican, a lo que hablan! Y, por eso, son pocas las mujeres que obren la verdad con un hombre en sus matrimonios. Son pocas las mujeres que lleven a sus hijos por el camino de la cruz para salvar sus almas.

En el hombre está la verdad, la doctrina, pero en la mujer, está el amor, la vida, la obra de esa verdad.

El sexo de la mujer es para obrar la verdad que está en el sexo del hombre. Si el hombre no respeta su sexo, su verdad, entonces obra con la mujer una mentira: pone su sexo para un placer, pero no para un amor redentor.

La mujer es el camino para el hombre: tiene que llevar al hombre hacia ese amor redentor, ese amor verdadero, ese amor que da la vida, ese amor que purifica el corazón, en la que el alma encuentra la salvación, la santidad.

Son muy pocos los matrimonios con esta visión del Sacramento del matrimonio. Esto no se suele enseñar, porque la Jerarquía no vive para ser otro Cristo. No vive para asimilarse a Cristo. Y, por tanto, no puede enseñar a las almas, a los matrimonios, cómo imitar a Cristo en el matrimonio, como ser de Cristo en la unión de almas, de espíritus y de cuerpos.

«¿Quién confirma la oblación del sacrifico, sella la bendición del sacerdote, lo anuncian los ángeles y ratifica el Padre Celestial…? ¡Qué vinculación la de dos fieles que tienen la misma esperanza, el mismo deseo, la misma disciplina, el mismo Señor! Dos hermanos, comprometidos en el mismo servicio: no hay división de espíritu ni de carne; realmente son dos en una sola carne. Donde hay una sola carne, allí también hay un solo espíritu. Juntos oran, juntos se acuestan, juntos cumplen la ley del ayuno. Uno a otro se exhortan, uno a otro se soportan…» (Tertuliano, Ad uxorem, II, 8, 6).

Donde hay una sola carne, allí hay un solo espíritu: es la unidad de espíritu, de destino, de vida. Es el espíritu del matrimonio, que guía al hombre y a la mujer en el matrimonio.

En toda unión sexual, carnal, hay una unión de espíritus. Los espíritus que trae el hombre, por generación, pasan a la mujer; y los de la mujer, al hombre. Y se forma un espíritu: el del matrimonio, que gobierna todos esos espíritus, que marca el camino a la vida espiritual de ambos en el matrimonio.

El matrimonio es para una vida divina, no es para una vida humana. Hombre y mujer se casan sólo para amar a Cristo, para que Cristo obre, a través de ellos, la salvación y la santificación para muchas almas en Su Iglesia.

Un matrimonio santo santifica las almas en la Iglesia; un matrimonio pecador corrompe a las almas en la Iglesia.

Si se permite comulgar a lo malcasados es señal de que nadie vive en la Iglesia la verdad del matrimonio, de que nadie ha entendido cuál es el amor de Cristo a Su Iglesia: un amor que purifica a todas las almas para que la Iglesia se muestre al mundo como es: gloriosa, invencible, divina.

Pero si las almas, en la Iglesia, sólo se asientan en sus pecados y pasan sus vidas amando el mundo, siendo tiernos, cariñosos, con el mundo, entonces lo que viven, lo que obran, sus apostolados en la Iglesia son para condenar a mucha gente que se ha creído con que decir que son católicos ya están salvados. El católico es el que obra la verdad enfrentándose a todos los hombres, a todo el mundo. El católico no es para un amor universal, sino para un amor en la verdad de la vida. Si no se encuentra en la verdad, el hombre sólo vive para su mentira y obra el odio en toda su vida.

Cuando en la Iglesia se combate al matrimonio por la Jerarquía, entonces sólo hay que esperar una cosa: la destrucción de la misma Iglesia. Hombre y mujer deben reflejar la unidad de la Iglesia en sus matrimonios. Si se ataca la indisolubilidad, desparece la unidad de la Iglesia y así se levanta una nueva iglesia, en la que el hombre y la mujer ya no se unen para una obra divina, sino sólo para una obra humana, en la cual es imposible que encuentren la salvación de sus almas.

Si quieren ser matrimonios de Cristo y para Cristo, salgan de las estructuras de una iglesia que ya no da la verdad, la doctrina que Cristo enseñó a Sus Apóstoles. Salgan de esa iglesia, porque no es la Iglesia de Cristo. En la Iglesia de Cristo, el matrimonio es indisoluble. Y eso es vivir el amor de Cristo por Su Iglesia: eso es revelar en un matrimonio el amor que purifica, el amor que salva, el amor que santifica a las almas.

Pocos hombres hay que se asimilen a Cristo. ¡Cuántos son los que se asimilan al mundo y al hombre!

Para ser Iglesia hay que excluir las mentes y las obras de los hombres

sm

« Unidad en la diversidad. La uniformidad no es católica, no es cristiana. La unidad en la diversidad. La unidad católica es diversa, pero es una. ¡Es curioso! El mismo que hace la diversidad, es el mismo que después hace la unidad: el Espíritu Santo. Hace las dos cosas: unidad en la diversidad». (viernes, 31 de octubre del 2014 – OS, número 45, pág. 3)

Esto, no sólo es perversión del entendimiento de Bergoglio, sino clara abominación intelectual y espiritual.

Hay una sola fe católica, es decir, no puede haber muchas fes.

Hay una sola Iglesia Católica; es decir, no hay muchas Iglesias Católicas.

Hay una sola doctrina de Cristo, un solo Magisterio auténtico de la Iglesia, no hay muchas doctrinas, ni muchos magisterios.

Hay una única Iglesia Católica, fuera de la cual no hay otras Iglesias; pero hay muchos miembros que son de la única Iglesia Católica.

Hay una sola fe que se da en muchos, que se halla en muchos, que se predica en muchos miembros católicos.

Y esta sola fe se da en ellos en el mismo sentido, de manera unívoca. No se da en ellos de manera diversa.

Que Jesús es un Espíritu se da en todos los miembros; todos lo creen, todos lo predican igual; todos lo entienden en el mismo sentido. Ningún miembro de la Iglesia Católica puede decir: Jesús no es un Espíritu. Si lo dice, como lo dice Bergoglio, entonces es que no pertenece a la Iglesia Católica, no tiene la fe católica. No se puede entender a Jesús en parte igual y en parte diversa. La naturaleza divina de Jesús no es equívoca, sino unívoca. No se puede pensar a Jesús de una manera diversa, según la idea que cada hombre tiene de Jesús. Hay que pensar en Jesús de una manera igual, en el mismo sentido que da la fe, no en la diversidad de las razones humanas.

No hay un Jesús para los ricos y otro para los pobres; no hay un Jesús para el intelectual ni otro para los ignorantes; no hay un Jesús para la Jerarquía y otro para los fieles de la Iglesia. No se puede dar un Jesús para cada mente humana. La fe católica, la doctrina católica no es una opción para los hombres, sino que es una obligación y un deber para cada alma de la Iglesia.

La fe católica da un Jesús que debe ser aceptado por todas las mentes, sin cambiar nada de lo que es Jesús. Porque «todo reino en sí dividido será desolado» (Mt 12, 25b). La Iglesia en Roma será desolada porque no tiene la unidad de la fe. Y «toda ciudad o casa en sí divida no subsistirá» ( v. 25c). Muchas almas, que se dicen católicas no subsistirán; muchas familias, que se creen unidas, perecerán porque no tienen humildad de corazón. No se abajan a la verdad del Evangelio.

Por tanto, se da una uniformidad en la fe. La uniformidad es católica. Tiene que ser católica.

Pero aquí Bergoglio, está en la idea hegeliana de la unidad. No está hablando de la unidad católica: «La unidad no es uniformidad, no es hacer obligatoriamente todo junto, ni pensar del mismo modo, ni mucho menos perder la identidad».

¿Qué está diciendo este hombre? Como la unidad no es la uniformidad, entonces no hay que pensar del mismo modo: hay que pensar en la diversidad, en el modo diverso, en parte diverso. No pienses en el mismo sentido de la fe, sino que tienes que pensar de manera diversa, según la mente de cada uno, según la idea de cada cultura, según la religión que cada uno profese.

Como la unidad no es la uniformidad, entonces no hagas en los diversos Sacramentos lo mismos ritos litúrgicos: cada uno en su misa puede hacer lo que quiera, porque la unidad no es uniformidad, sino que es pluralidad: «La unidad católica es diversa». Cada uno, en su oración, puede adorar a su dios y a la manera que quiera; cada uno, en su apostolado puede obrar lo que quiera y como lo quiera. La unidad es diversa, según la mente de Bergoglio.

La unidad es opuesta a la pluralidad, a la diversidad. Este es el “abc” de la filosofía. La unidad nunca puede ser diversa, plural.

La fe no es diversa, la enseñanza de Jesús no es diversa, el gobierno de la Iglesia no es diverso.

¿Captan la maldad de este hombre?

Va en contra del mismo Evangelio: «Sólo hay un Cuerpo y un Espíritu, como también una sola Esperanza, la de vuestra vocación. Sólo un Señor, una Fe, un Bautismo, un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (Ef 4, 4-6).

San Pablo dice que «la vocación con que fuisteis llamados» (v. 1c), exige de todos los miembros de la Iglesia la unidad, tanto externa del cuerpo social, como interna de las almas. Es una unidad bajo un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. No es una unidad bajo muchos pensamientos humanos. No es una unidad en la diversidad de cultos, de adoraciones. No es una unidad en la diversidad de mentes y obras humanas. Es una unidad en la Verdad de la Mente Divina, en la Verdad de la Voluntad de Dios.

Hay una sola Mente Divina. Hay una sola Verdad. La unidad es una y única. No es plural, no es diversa. La unidad exige una Verdad, y que ésta sea única.

Este es el punto que niega Bergoglio al negar la esencia divina en su herejía sabeliana: «‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray no existe! ¡Existen las personas!» (9 de octubre del 2014). Existe la modalidad de las personas, pero no Dios, no la esencia de Dios. Al negar a Dios, al negar su existencia, está negando la unidad en Dios, la verdad en Dios. Y, por tanto, tiene que caer en la herejía de Hegel: tiene que buscar una unidad en la división, en lo plural, en lo caótico, en lo múltiple, en lo contrario a la misma unidad. Es una unidad mental, no es real. Es una unidad abominable.

En la Iglesia Católica, la unidad es en la Verdad. La unidad no es en la diversidad.

Al negar Bergoglio la verdad como absoluta, tiene que buscar la unidad en lo relativo, en la diversidad de las mentes de los hombres, en las relaciones que cada hombre tiene consigo mismo y con el mundo.

La Iglesia, al ser el Cuerpo Místico de Cristo es uno solo: «Así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo» (1 Cor 12, 12).

Uno se opone a muchos: una fe, una doctrina, un Señor, un bautismo, un cuerpo, una Iglesia.

Pero en la Iglesia hay muchos, hay pluralidad, hay multitud de miembros. Pero la Iglesia sigue siendo una; la doctrina no cambia; la fe es para todos igual, uniforme, sin posibilidad de cambios modales. Cada miembro de la Iglesia posee la misma fe, en el mismo sentido. No hay diversidad de fes, no hay multitud de fes, ni de doctrinas, porque sólo hay una Verdad, sólo hay un Dios.

Bergoglio, al poner la verdad en lo relativo, en las relaciones, anula la unidad en la verdad. E introduce su herejía: la unidad en la diversidad.

La Iglesia Católica es una y única.

Pero la Iglesia lleva a la unidad.

¿Qué es la unidad? Es aquello por la que una cosa no es multitud, no es diversidad, es decir, es una, sin división interna; y , al mismo tiempo, esa cosa está separada, es distinta, de cualquier otra cosa, es decir, es única.

La Iglesia no es la multitud de los miembros: es una en muchos miembros. Una en muchos corazones fieles al Espíritu de la Verdad.

Y estos muchos están unidos en una sola fe. Si esos muchos no siguen una sola fe, no siguen una sola doctrina, sino que siguen diversas fes, entonces no hay Iglesia. Ya la Iglesia no es una, sino múltiple: en cada miembro hay una iglesia, hay una idea de lo que es Cristo, hay una idea de lo que es el gobierno de la Iglesia. Según sea la idea de cada miembro, la fe de cada miembro, el concepto de verdad que cada miembro tiene, así hay tantos cristos, tantas iglesias, tantas fes, tantas enseñanzas, tantos cultos.

La Iglesia lleva hacia la unidad a muchos miembros: la multitud de miembros es una y única.

En la diversidad de pensamientos humanos no se puede hacer Iglesia. No se puede. La unidad en la Iglesia exige la unidad en la fe. Y para conseguir esta unidad en la fe, los hombres tienen que aceptar, tienen que someterse a la Verdad Revelada. Y eso significa: pensar lo mismo, obrar lo mismo. Eso significa uniformidad. Eso significa obediencia a la Verdad, sometimiento de la mente humana a la Verdad Revelada.

La unidad excluye la división interna de la cosa y no tolera el que la cosa se aparte de un todo.

La fe no puede estar dividida; la doctrina de Cristo no puede estar dividida; la enseñanza de los Papas no puede estar dividida. Y ningún miembro de la Iglesia puede apartarse de la fe, de la unidad que da la fe, del todo de la Iglesia.

En la Iglesia se da la unidad social, que significa que muchos tienden a un fin bajo una suprema potestad social. Muchos unidos en un solo fin. Muchos obedeciendo a un solo Pastor: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que Yo las traiga, y oirán Mi Voz, y habrá un solo Rebaño y un solo Pastor» (Jn 10, 16).

Y ese fin en la Iglesia es uno solo: salvar y santificar las almas: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad».

En la Iglesia se da:

  • Unidad de gobierno: Un solo y único gobierno: el del Papa. «y Él constituyó a los unos apóstoles…a aquellos pastores y doctores» (Ef 4, 11a.11d). Un gobierno en la verdad de la fe, en la obediencia a la fe, en la fidelidad a la gracia recibida.

 

  • Unidad de fe: Una sola y única fe: todas las mentes de sus miembros profesan una misma fe, bajo el supremo magisterio de la Iglesia.. «a los otros profetas, a éstos evangelistas» (Ef 4, 11b). Una misma doctrina de fe para todos, que se da por los profetas, por el magisterio de la Iglesia, por los doctores, por los santos, por los que viven el Evangelio, por los que dan testimonio de la verdad con sus vidas.

 

  • Unidad de culto: Una sola y única celebración del Sacrificio Eucarístico con el uso adecuado de los Sacramentos y actos litúrgicos. «para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4, 12). Un solo camino para llegar a la salvación y a la santificación del alma: la obra de la gracia, la fidelidad en la gracia, la perseverancia en la gracia. Y la gracia da el culto debido a Dios, la adoración que toda criatura tiene que dar a Dios en Su Iglesia. Y eso es lo que salva al alma y la santifica: «Adorar a Dios en Espíritu y en Verdad»

 

Para que se dé esta triple unidad es necesario que todos los miembros tiendan a un solo fin, bajo una suprema potestad social. Es decir, todos, bajo el Papa, tienden hacia el fin de la Iglesia, que es salvar y santificar las almas.

El gobierno de la Iglesia es para salvar y santificar las almas; la fe, la doctrina es para lo mismo; y los Sacramentos se usan para lo mismo. Tiene que haber uniformidad, unión entre los miembros en un solo fin. Si los miembros no se unen para este fin, sino que ponen otros fines, entonces no se puede dar la Iglesia. Habrá multitud de iglesias. Y así, necesariamente, se llega al falso ecumenismo.

Para que se dé la unidad en la verdad es necesario que todos en la Iglesia se sujeten al Papa, que tiene la triple potestad: enseñar, gobernar y santificar.

Es necesario que la Jerarquía obre el derecho y la obligación que tiene de enseñar, gobernar y santificar a las almas. Y lo obre en la Gracia, no fuera de Ella.

Y es necesario que los fieles se obliguen a creer, a obedecer y a recibir los Sacramentos, para poder salvarse y santificarse. Y sólo es posible esto si el alma es fiel a la gracia divina.

La unidad católica no es diversa, sino que es una y única. Y esta unidad no pierde su esencia porque los miembros tengan dones diversos, que es lo que dice Bergoglio:

«El mismo que hace la diversidad, es el mismo que después hace la unidad: el Espíritu Santo».

No va en contra de la unidad de la Iglesia la patente y visible diversidad de dones, de ministerios, de operaciones, porque éstos proceden de un solo Dios (cf. 1 Cor 12, 4-11).

Dios no hace la diversidad en la Iglesia, sino que Dios obra la unidad en la Iglesia y da a cada alma sus dones, sus gracias. Y esto que da a cada alma no destruye la unidad de la Iglesia. Eso que da no produce la diversidad en la fe. Sigue siendo una misma fe en cada alma; pero cada alma tiene su don particular, su gracia, su carisma.

La unidad de la Iglesia se mantiene en la diversidad de los dones en cada alma. Y, por eso, Dios no obra la unidad porque haya diversidad de dones, porque no se pierde la unidad al dar Dios sus dones.

Es lo que dice Bergoglio: como Dios al dar sus dones produce una diversidad, se pierde la unidad. Entonces, Dios hace la unidad después. Y ¿cómo la hace?

«La unidad es saber escuchar, aceptar las diferencias, tener la libertad de pensar diversamente, y manifestarlo. Con todo respeto hacia el otro, que es mi hermano. ¡No tengáis miedo de las diferencias!». ¡Su doctrina masónica!

Bergoglio rompe la unidad de la fe: hay que saber escuchar. Ya no hay que aprender a creer como un niño pequeño en lo que Dios revela. Saber escuchar al otro. Ya no hay oración personal a Dios: no escuches a Dios en tu corazón, sino escucha tu idea magnífica en tu pensamiento humano. La diversidad de pareceres, de mentes, de ideas humanas.

Sé libre para pensar lo que te da la gana, para pensar diversamente. ¡Qué gran abominación! ¡Libertado, igualdad, fraternidad!

El otro es tu hermano. No tengas miedo de lo que el otro piense, de sus errores. Acepta sus mentiras porque son una verdad para ti.

¡Ven qué monstruo es Bergoglio! ¡Y cuánta gente queda embobada por su inútil palabrería humana. Palabra barata que condena a muchas almas. Muchos católicos prefieren esta charlatanería de un hombre sin fe a la Palabra de Dios, al Evangelio, al único camino que hay para salvarse: poner tu mente humana en el suelo, pisotear tu orgullo, darle al otro la Voluntad de Dios en su vida.

Y este hombre trata de convencer de su herejía con su misma enseñanza:

Como dije en la exhortación Evangelii gaudium: «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad» (n. 236) pero construyen la unidad».

¡Que mente, la de Bergoglio, más loca, más obtusa, más inútil para toda verdad!

¡Qué mente tan oscura, tan llena de tiniebla, tan insoportable!

La esfera es unidad; el cuadrado es unidad; el poliedro es unidad. Todos construyen la unidad. Todos. Pero él se refiere a las partes, no al conjunto. Nunca Bergoglio habla del conjunto, sino de las partes. Bergoglio no se fija en la Iglesia como unidad, como un todo, sino en cada hombre del mundo, en cada parte. Y cada hombre está por encima del conjunto, de la Iglesia, del todo.

En la doctrina de Bergoglio, hay que fijarse en cada parte, en cada hombre, pero no en el conjunto, no en la Iglesia. No hay que fijarse en Cristo, que es el centro de la Iglesia, sino en cada hombre, en cada parte, que es el centro de la creación: «el hombre está llamado a custodiar al hombre, de que el hombre está en el centro de la creación» (4 de octubre del 2103).

Dios es el centro de la creación; el hombre es nada más el administrador de la creación, el que usa la creación, no el que custodia la creación. El hombre tiene que custodiar en su corazón la ley Eterna de Dios para hacer un buen uso de todo lo creado.

Por eso, no quiere el ejemplo de la esfera, porque en la esfera, lo importante es el centro. Todos los puntos convergen en el centro. Y Bergoglio dice: no miréis el centro. No miréis a Cristo. El hombre es el centro, no Cristo. Cada mente humana es el centro, no es la Mente de Cristo. Hay que resaltar cada parte, cada hombre, la diversidad, pero sin resaltar el centro. Lo importante es la originalidad de cada hombre, no Cristo, no que cada alma imite a Cristo, sino que cada hombre dé su idea humana en la Iglesia sobre Cristo.

Esta abominación de la mente de Bergoglio es fácil de discernir, pero muy pocos católicos se dan a esta tarea. No saben leer a este hombre con una cabeza bien puesta en la Verdad inmutable, absoluta, eterna.

espirituverdad

Muchos católicos ya se creen santos y justos porque saben lo que es Bergoglio y lo atacan. Otros se creen los católicos verdaderos porque siguen a Bergoglio como Papa en la Iglesia. Otros están entre dos aguas: entre Bergoglio y no se sabe qué: lo siguen para una cosa, pero no para otra. Les interesa cuando habla de los pobres, pero no les interesa cuando habla de los homosexuales o de los malcasados.

En la Iglesia Católica hay que excluir, no sólo a Bergoglio y a todo su clan maldito, sino a los demás católicos que todavía no saben lo que es la Iglesia, lo que es un Papa en la Iglesia, lo que es un sacerdote en la Iglesia y lo que es un laico en la Iglesia.

Y son muchos los que se van a condenar por sus juicios a toda la Iglesia y a todos los miembros de la Iglesia.

La Iglesia, en todas partes, se ha convertido en un juicio público: todo el mundo opina, da su criterio, juzga la vida espiritual del otro… Pero nadie habla la verdad de las cosas. Todos, al final, dan la verdad de sus mentes.

Y esa verdad es una abominación en el hombre. Y muchos pecan así: porque no saben callar sus mentes, sus ideas. No saben hablar cuando hay que hablar; y no saben callar cuando toca callar.

A este blog todo el mundo lo ataca: buenos y malos. Pero a nosotros nos da igual. Ni estamos con los buenos ni con los malos. Sólo damos la verdad como hay que darla: sin miedo, sin condiciones, guste o no guste; clara, para que todo el mundo la comprenda. Y si no quieren comprenderla, nos trae sin cuidado.

Aquí no hacemos comunidad virtual con nadie, porque la Iglesia no está en el internet. Aquí mostramos el camino a seguir en este momento en la Iglesia, que es un camino de lucha, de discernimiento espiritual; que es una batalla que cada alma tiene que librar en su interior contra el Enemigo que siempre está ahí.

Aquí no se dan lenguajes humanos bonitos. Aquí sólo se da la Verdad. Si no la quieren, nos trae sin cuidado. Ahí tienen todo el magisterio de la Iglesia. Ahí tienen toda la verdad. Y es lo único que tienen que seguir. No tienen que seguir a este blog. No hace falta. No hay que hacer un blog para una Iglesia remanente. Se hace un blog para recordar la verdad, para transmitir la verdad, para señalar el camino de la verdad. Lo demás, no interesa.

A todos aquellos que critican, que se oponen a lo que aquí se dice, sólo una cosa: sigan con sus vidas. No nos interesan sus opiniones ni sus vidas.

La Iglesia pasa por un tiempo de desierto. Ni está en Roma, ni está en Bergoglio, ni está en la Jerarquía, ni está en ninguna bitácora del internet.

La Iglesia es una y única: allí donde hay un alma fiel al Espíritu de Cristo, a la Gracia que ha recibido, allí está toda la Iglesia. Es toda la Iglesia, porque la Iglesia no es una parte, no es una diversidad de comunidades, ni de blogs. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y éste es Uno y Único. Y cada alma, en la Iglesia una y única, es también una y única. El Misterio de la unidad de la Iglesia no se puede comprender con el entendimiento humano, sino sólo con el corazón abatido y arrepentido de sus pecados.

Déjense de criticar a los demás y empiecen a criticarse a sí mismos; comiencen a despellejar sus mentes humanas de sus brillantes teorías sobre Cristo y sobre la Iglesia. Aprendan a ser Iglesia de los santos, de los profetas, de la Jerarquía humilde y escondida. Pero que nadie venga aquí a dar sus opiniones, sus críticas, sus juicios. Que se las meta por donde quiera. Si no saben callar sus mentes entonces no son de Cristo ni de la Iglesia. Si no saben hablar movidos por el Espíritu de la Verdad, entonces son del demonio, que le gusta hablar cuando hay que callar.

Somos de Cristo, del Espíritu de la Iglesia. No somos de nadie, de ningún hombre, de ningún pensamiento humano.

Para ser Iglesia no hay que estar unidos a la mente de Bergoglio, no hay que sujetarse al poder humano que ese hombre se arroga en el Vaticano. Para ser Iglesia hay que unirse a la Mente de Cristo. Y si no pisas tu mente humana, acabas unido a la mente del demonio.

¿Quieren permanecer en la unidad de la Verdad? Excluyan a Bergoglio y a todo su clan masónico de sus vidas espirituales y humanas. Si no lo hacen, muy pronto verán las graves consecuencias que vienen para todos los católicos.

Y muchos, por estar criticando a los demás, no van a saber luchar contra lo que viene. Y se van a perder en lo que viene.

La Iglesia es un cadáver

La santidad en la Iglesia ha desaparecido completamente.

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El principio para ser santos es el Bautismo. Sin ese Sacramento, que hace al alma hija de Dios, la persona no puede caminar hacia la Santidad.

El Bautismo no hace santos, sino que da el sello de la Santidad.

Nada en la Iglesia hace santos, santifica, porque la Santidad sólo consiste en hacer la Voluntad de Dios.

Esto es lo que no enseña en la Iglesia, hoy día. Vean la homilía de Francisco en el día de Todos los Santos: nunca dijo que había que hacer la Voluntad de Dios para ser santos, sino que dijo lo de siempre: hay que amarse unos a otros y no odiarse. Eso es toda la santidad para Francisco.

Tiene en esa homilía muchos errores que ya ni merece la pena decirlos porque son los de siempre. Francisco nunca va a enseñar ninguna verdad en la Iglesia. Nunca. Y, por eso, no hay que buscar en él una verdad, una enseñanza, un oráculo de Dios. Al revés, si quieren conocer lo que el demonio planea, sólo siga a Francisco en lo que dice en la Iglesia.

Ser santos significa ponerse en contra de los hombres.

Y si no se hace esto, entonces la santidad no existe, no puede darse. De hecho, no se da ahora en la Iglesia porque todos en la Iglesia se ponen a favor de los hombres. Eso es el humanismo que trae dos herejías a la Iglesia: todo es hacer un común, una comunidad, y todo es ponerse por encima de Dios, de sus leyes, de sus tradiciones, de sus mandamientos, de sus enseñanzas.

Estas dos herejías son la punta del iceberg que está en la Iglesia.

Es un rascacielos de pecado que no se contempla, porque el pecado es sólo una cuestión de una falla en la persona. Todos fallamos, todos no equivocamos, y ya está. Se corrige el error y a echar para adelante. Esto lo enseña Francisco en cada homilía. Para él los hombres son todos pecadores y todos santos al mismo tiempo, porque todos tenemos nuestros tropiezos y ya el Señor nos ha salvado sin necesidad de que luchemos contra nuestros pecados, porque –naturalmente- caemos, somos débiles, somos frágiles. Y hay que tener compasión entre uno y otros y soportarnos unos y otros.

Así piensan los humanistas y Francisco el primero.

La santidad es una lucha espiritual contra tres frentes: el mundo, el demonio y la carne.

El mundo de los hombres y sólo de los hombres. Y, en ese mundo, sólo está una Cabeza: el demonio. El demonio tiene su cabeza visible en el mundo: un masón. Y sólo tiene esa cabeza. No tiene más cabezas, más masones, porque el demonio imita en todo a Jesucristo.

Jesús puso una Cabeza Visible en Su Iglesia, que es Pedro; el demonio pone la suya, que es un masón.

Esa cabeza visible no es visible para los hombres, no es conocida por los hombres. Sólo es conocida por un rango jerárquico de hombres, unidos a esa cabeza. Como se da en la Iglesia, los Obispos se unen a Pedro, para formar la pirámide de la Jerarquía. Esa pirámide ya no existe en la Iglesia por el gobierno horizontal. Pero sigue existiendo en el mundo.

El mundo es una iglesia comandada por el demonio. Una iglesia que sólo puede enseñar la mentira de muchas maneras, porque no hay verdad en el demonio.

Una iglesia que ata a todos los hombres a un pensamiento, sea el que sea; pero ese pensamiento es el motor de cada hombre en el mundo.

El mundo se mueve sólo por ideas. Y nada más que eso, porque el mundo no conoce lo que es el amor. El amor divino es siempre una obra, nunca una idea.

El mundo es dirigido solamente a base de ideas que va poniendo el demonio en la cabeza visible. Y es este masón el que lo mueve todo en el mundo. Y puede mover una guerra, como un desastre económico, como un terremoto, como un alza en la economía, como un atentado a un país, como lo que sea que pase en el mundo.

Cualquier cosa que pasa en el mundo no es por casualidad. Esa cabeza masónica controla cualquier cosa en el mundo. Es un trabajo de siglos y siglos, de controlar todo en todos los países, en todas las culturas, en todos los movimientos.

Es un trabajo encubierto, oculto, que no se ve, pero que se ven sus frutos, sus efectos.

Para tener éxito en el mundo sólo hay que seguir la idea que predomine en ese instante en el mundo. Esa idea lleva al dinero y al poder.

Los hombres inteligentes en el mundo están siempre al acecho de esta idea. Porque la cabeza masónica rige al mundo a través de una idea ejemplar. Hay que seguir esa idea ejemplar para entender la mente del masón : ¿hacia dónde lleva al mundo esa cabeza?

Ahora mismo, la idea predominante es la Iglesia. Hay que ir a la Iglesia, hay que estar en la Iglesia, hay que ver la manera de ser Iglesia todos.

Esta idea masónica es la que rige en el gobierno horizontal en la Iglesia.: hay que abrirse al mundo para recoger esta idea masónica, que viene de fuera de la Iglesia. El masón quiere entrar en la Iglesia, pero necesita que le abran la puerta.

Ya la tiene abierta con Francisco. Entonces, todos adentro. Es lo que predica Francisco: todos adentro. Está dando a los masones la señal para que entren con su idea.

La idea del masón es hacer una iglesia. Pero hacerla en la Iglesia, desde la Iglesia, con la Iglesia que está en Roma.

Esta idea que predomina en el mundo viene desde la muerte de Juan Pablo II. En esa muerte, la masonería puso en la Iglesia el camino para esta idea.

Una vez que se tiene al hereje sentado en la Silla de Pedro, para la cabeza masónica es fácil imponer esta idea.

Pero es difícil porque la Iglesia sigue la idea de la Verdad que no está en la masonería.

Y, entonces, viene el problema para la cabeza masónica: ¿cómo anular la Verdad de la Iglesia sin que la Iglesia se oponga a eso?

Y sólo hay un camino para esto: el despotismo, la imposición a la Iglesia de lo que quiere la cabeza masónica. No hay otro camino.

Y aquí viene la dificultad de la Iglesia: porque la Iglesia ha perdido la santidad, entonces se deja imponer esta idea masónica.

Ya lo ha hecho con el gobierno horizontal: la Iglesia se ha dejado imponer una idea cismática, herética, que lleva a la apostasía por sí misma, que conduce a la incredulidad en todos los ámbitos de la Iglesia, que destruye la Iglesia en su raíz.

Y esto se ha hecho porque no hay santidad en la Iglesia. Nadie busca la Voluntad de Dios en la Iglesia. Todos buscan el congraciarse con los hombres en la Iglesia. Y, por eso, se acoge la herejía como una verdad en la Iglesia.

Esta gravedad hace que la Iglesia camine sin marcha atrás hacia su destrucción.

Ya no es posible volver atrás, volver a lo de antes. Es imposible. Y ¿por qué? Por la naturaleza del pecado de Benedicto XVI. Sólo por eso.

Ese pecado anula la santidad en toda la Iglesia.

Para comprender esto es necesario saber que el alma de la Iglesia es el Espíritu Santo.

Sin este alma, la Iglesia es un cadáver. Y sólo eso: un cadáver sin vida espiritual.

¿Cuándo la Iglesia se convierte en un cadáver?

Sólo cuando Pedro renuncia a ser Pedro. En ese instante.

Porque en Pedro está la raíz de lo que es la Iglesia: una unión mística realizada sólo por el Espíritu en el alma de Pedro.

Si el alma de Pedro renuncia a ser Pedro, se anula la unión mística. Y esa anulación deja a la Iglesia como cadáver.

La Iglesia, místicamente, es un cadáver.

Pero la Iglesia, espiritualmente, está viva en algunos corazones. No en muchos. Porque siempre serán pocos los que se salven.

La diferencia entre lo místico y lo espiritual consiste en esto:

Lo místico es sólo una obra del Espíritu. En esa obra no entra para nada los méritos del hombre, del alma. Jesús obra místicamente en Pedro, aunque éste sea un demonio, un condenado en vida. Lo místico no necesita la gracia para darse. Lo místico se da en el pecado de la persona, cuando esa persona tiene un oficio en la Iglesia, como es ser Papa, sacerdote, Obispo. Si no tuviere un oficio, no se da lo místico, sino que se da el falso misticismo, que es siempre una obra del demonio.

Lo espiritual necesita la gracia del alma para obrarse. Necesita los méritos de la persona, el trabajo en la vida espiritual. Por eso, la Iglesia siempre va a estar en un corazón que es fiel a la gracia. Siempre en un corazón que es fiel a los Sacramentos, a los mandamientos de la ley de Dios, a la Tradición de la Iglesia, al Magisterio de la Iglesia.

Por eso, místicamente la Iglesia es un cadáver. Pero espiritualmente la Iglesia está viva.

Y, entonces, viene la cuestión: ¿qué hacer ahora en esta dicotomía que se observa en la Iglesia? Porque Roma no dice la Verdad, luego no puede hacer Iglesia. Pero el corazón anhela ser Iglesia, hacer Iglesia.

¿Qué tienen que hacer las almas con una Iglesia que es un cadáver místicamente?

Sólo una cosa: seguir al Espíritu de la Iglesia en el corazón, no en Roma.

Sólo eso.

Porque es Cristo quien ahora lo dirige todo en Su Iglesia. Y ya no la dirige de una forma mística, a través de una cabeza, de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa.

Ahora Cristo indica a cada alma cómo ser Iglesia, cómo hacer Iglesia cuando no hay una cabeza visible.

Porque ésta es la dificultad de la Iglesia en estos momentos: no tiene un cabeza visible que le diga la Verdad, que la una en la Verdad, que le muestre el camino de la verdad. No tiene.

Ésta es la gran dificultad.

Los hombres siempre necesitan de una cabeza visible para andar en la vida. Y ahora no la ven en la Iglesia.

Las almas, ahora, se encuentran perdidas y buscan aquí y allá un alimento de verdad para sus almas. Pero no pueden buscarlo en Roma. No pueden buscarlo en los sacerdotes, Obispos que no enseñan la Verdad. No pueden buscarlo en los profetas que ya no enseñan la verdad, sino la mentira.

Al quitar la cabeza visible, que es Pedro, se oculta la Verdad en la Iglesia.

Este es el Misterio de la Iglesia.

Jesús hace caminar ahora a Su Iglesia en la oscuridad de la luz divina que se oculta a todos. Y la hace caminar para purificarla de todos su errores, de todos sus pecados. Porque es necesario para la Iglesia la oscuridad que da la fe al alma que cree. Es la noche oscura del alma, de San Juan de la Cruz, lo que vive la Iglesia en estos momentos.

La Iglesia es un Reino Espiritual, y sólo se puede vivir en ese Reino cuando el alma se pone en la Verdad, cuando el alma ilumina su vida con la verdad, cuando el alma obra en su vida con la Verdad.

Pero si el alma se aleja de la Verdad, entonces no hace Iglesia, no es Iglesia, no obra en la Iglesia la Verdad.

Ahora mismo, la Verdad está oculta. Y sólo la perciben los corazones fieles a la Verdad. No la perciben los hombres abiertos a la inteligencia del mundo. Esos hombres sólo miran sus ideas, pero no la Verdad.

La Verdad se ha ocultado en la Iglesia cuando Benedicto XVI renunció.

Y no hay forma de ver la Verdad en la Iglesia. No hay manera.

Sólo se ve la Verdad, ahora, en cada corazón fiel a la Palabra de Dios, fiel a la Gracia Divina, fiel al Espíritu de la Verdad.

Por eso, llega ya para todos la hora de renunciar a lo que Roma presente a la Iglesia.

Hay que renunciar. Hay que salir de esa iglesia que ya no es la Iglesia. Hay que dejar Roma para seguir siendo Iglesia, para seguir haciendo la Iglesia.

Este es el punto más importante que viene ahora, en este mes que se ha comenzado.

Un último mes pasado en la tranquilidad, sin sobresaltos, sólo con lo mismo de siempre: las eternas herejías de Francisco. Aparte de eso, nada.

Esa falsa paz es sólo producto del demonio para conseguir un clima de dormición en las almas: no pasa nada. Todo va bien. Todo tiene que ir viento en popa.

Pero esa falsa paz se acaba ya, porque el demonio tiene prisa por finiquitar la Iglesia.

El demonio trabaja como Dios: seis días y uno de descanso. Francisco trabajó seis meses para poner su gobierno horizontal, y uno en que no se dio nada.

Ahora vienen otros seis meses de escándalos en la Iglesia en la que se va a decidir el destino de la Iglesia en Roma.

¿Qué es la Iglesia ahora?

“Él es Cabeza del Cuerpo de la Iglesia, como quien es el Principio, Primogénito de entre los muertos; para que en todas las cosas obtenga Él la primacía…” (Col 1, 18).

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Cristo Jesús es la Cabeza del Cuerpo. El Cuerpo es Su Iglesia. El Cuerpo es el conjunto de miembros que creen en Jesús como Cabeza.

Cristo Jesús es Cabeza Invisible de la Iglesia.

Y Cristo Jesús ha puesto una cabeza visible: Pedro. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia”.

Sobre Pedro Jesús edifica Su Cuerpo.

Sin Pedro no se da el Cuerpo.

Sin Pedro, se da la Iglesia como era antes de Jesús, en los Profetas, guiada por el Espíritu en los diferentes Profetas que Dios ponía a Su Pueblo.

Pero, en el Antiguo Testamento, sólo era el Pueblo y los Profetas. A eso no se llamaba la Iglesia.

La Iglesia la funda Jesús sólo en Pedro.

Pedro es el Papa. Pedro no son los Obispos que se unen al Papa.

Pedro sólo significa una cabeza humana visible. Y sobre esta cabeza humana, Jesús edifica lo demás en Su Iglesia.

Lo demás son los Obispos y los sacerdotes. Y nadie más. No es el Pueblo. El Pueblo pertenece a la Iglesia sólo en los sacerdotes y en los Obispos.

Jesús no funda una comunidad de personas, de gente, no une muchos pueblos en Su Iglesia.

La Iglesia de Jesús está fundada en un hombre que tiene todo el Poder Divino para llevar al Pueblo de Dios hacia la Tierra Prometida, hacia el Cielo.

La Iglesia se edifica en Pedro. Y sólo en Pedro.

Esta Verdad ha sido anulada con la renuncia de Benedicto XVI al Papado y con el establecimiento del gobierno horizontal por Francisco.

Si Pedro renuncia a ser Pedro, entonces se anula la Iglesia como la fundó Jesús.

Pedro no tiene derecho a renunciar a su Elección Divina. Sólo por un motivo divino, por una razón divina Pedro puede renunciar. Y Dios nunca ha dado a Benedicto XVI esa razón divina. Su enfermedad es sólo para contentar a los necios y bobos que no saben el Misterio de la Iglesia.

Por tanto, estamos en un hecho que nadie ha meditado todavía y no se ven las consecuencias de este hecho trascendental que se originó en la renuncia de Benedicto XVI.

La Iglesia es la Jerarquía de Cristo. Y no otra cosa. La Iglesia no es el Pueblo de Dios. Si fuera esto, entonces en el Antiguo Testamento existiría la Iglesia. Y sólo se da el Pueblo de Dios guiado por los profetas. Pero eso no es la Iglesia que funda Jesús. Eso puede llamarse un inicio de Iglesia, pero nada más. Una Iglesia virtual, usando los términos modernos.

La Iglesia comienza en Pedro, que es un sacerdote, un Apóstol, otro Cristo. Y sobre Pedro, sobre su sacerdocio, Jesús pone Su Iglesia.

Su Iglesia tiene “muchos miembros y no todos los miembros tienen una misma función” (Rom 12, 4).

Pero los miembros de la Iglesia están unidos solamente a Pedro. No se unen entre sí. Hay sólo una unión espiritual entre Pedro y los demás miembros de la Iglesia.

Esta unión espiritual nace de la unión de Cristo con Pedro. Es una unión mística entre Cristo Jesús y su Cabeza Visible, que es Pedro.

La unión mística es diferente a la unión espiritual o la unión moral.

La unión moral se refiere a la ley moral que nace de los mandamientos divinos. Hay que cumplir una serie de normas morales para estar en gracia de Dios.

La unión espiritual significa estar unido en la misma doctrina de Cristo en la Iglesia. Seguir en todo lo que enseñó Jesús a Sus Apóstoles cuando fundó Su Iglesia.

La unión mística se da cuando el alma de Pedro está unida en todo a Cristo, de tal manera que aunque Pedro sea un pecador, Jesús guía a Su Iglesia hacia la Verdad en Pedro. DE aquí nace la Infalibilidad Papal.

Esa unión mística sólo es necesaria en Pedro, no en los demás miembros de la Iglesia. Porque la Iglesia es siempre una Verdad Divina, pero los hombres, como Pedro, son falibles y débiles en todo, y, por ese, se equivocan, como es un hecho en toda la historia de la Iglesia.

Pero, a pesar de ser Pedro lo que sea en la Iglesia, la Iglesia sigue su camino por la unión mística de Cristo con Pedro. Unión que sólo puede romper Pedro si renuncia a ser Pedro.

Esto ha sucedido con Benedicto XVI y entonces, viene la pregunta: ¿qué es la Iglesia ahora?

Esto es lo que más importa saber de la Iglesia.

No interesa Francisco ni sus sucesores, porque ellos van a anular la Iglesia en Roma y van a poner otra iglesia, la que sea. Eso que salga de ese engendro que hay ahora en Roma es lo de menos.

Lo que importa es discernir dónde está la Iglesia ahora porque no se da la unión mística en la Cabeza.

Y, sin embargo, la Iglesia continúa, pero de otra manera.

La Iglesia no se ha roto porque Benedicto XVI haya anulado el Papado con su renuncia.

Jesús fundó Su Iglesia en Pedro y, aunque Pedro haya renunciado al Don Divino, la Iglesia sigue existiendo, porque Pedro no es esencial en la Iglesia.

Para comprender este punto hay que entender lo que significa la Iglesia.

La Iglesia es una Jerarquía, es decir, un conjunto de hombres que son otros Cristos: sacerdotes y Obispos que tienen el sello de la Unión Hipostática, que se da en el Verbo Encarnado.

Ese sello los hace uno con el Verbo Encarnado. Esa unidad es espiritual, no mística. Los sacerdotes y Obispos poseen el mismo Espíritu de Cristo para guiar al rebaño en la Iglesia.

Es decir, que los sacerdotes y Obispos, si siguen al Espíritu de Cristo, entonces guían correctamente a la Iglesia.

En esa Jerarquía, los sacerdotes obedecen a los Obispos, y los Obispos obedecen al Papa. Es un gobierno vertical. Los fieles, los demás en la Iglesia, no son Jerarquía. Son miembros, que tienen sus gracias, sus dones, sus carismas, pero no deciden nada en la Iglesia.

Los fieles obedecen a la Jerarquía y a nadie más en la Iglesia.

Los fieles no pertenecen al gobierno de la Iglesia. Sólo la Jerarquía obra el gobierno vertical.

Cuando el Papa renuncia a ser Papa, entonces se destruye la Jerarquía, la obediencia en la Jerarquía. Se rompe la Jerarquía, pero no se rompe la Iglesia.

Benedicto XVI renunció a ser Papa y ya no es posible obedecer en la Jerarquía a nadie, porque no hay Papa, no está Pedro.

Los Obispos ya no pueden dar una obediencia a Pedro, ni los sacerdotes dan una obediencia a los Obispos, porque éstos no se unen en una cabeza, que es el Papa.

Entonces, se rompe la unión mística entre Cristo y Pedro, y se rompe la obediencia en la Jerarquía. y, por tanto, no se da la obediencia de los fieles a la Jerarquía.

Y, entonces, ¿qué es la Iglesia en estos momentos? ¿Cómo se hace la Iglesia en estos momentos? ¿Cómo Dios guía a su Iglesia en estos momentos en que no hay cabeza visible?

Cristo sigue dirigiendo a Su Iglesia, pero no ya a través de una cabeza, de un sacerdote o de un Obispo. Cristo dirige su Iglesia como siempre: por el Espíritu, con el Espíritu, que se da a los Profetas, como en el Antiguo Testamento se hacía.

Pero en el Antiguo Testamento, los Profetas dirigían al Pueblo de Dios, no a la Iglesia. Ahora, los Profetas dirigen a la Iglesia hacia la Tierra Prometida.

La unión mística entre Cristo y Pedro ha desaparecido en la práctica, pero no así en la historia de la Iglesia, porque sigue teniendo validez todo lo que los Papas han dicho y obrado en la Iglesia.

Cristo, ahora, dirige Su Iglesia de otra manera. Y, por eso, Pedro no es esencial en la Iglesia. En Pedro se funda la Iglesia, pero la Roca es Cristo Jesús, no un hombre. Si se quita el hombre, permanece la Roca. Y es la Roca el fundamento de la Iglesia. Y, por eso, aunque los hombres destruyan todo en la Iglesia, anulen todos los dogmas, aunque maten a todos los miembros de la Iglesia, la Iglesia continúa siempre, porque está fundada en la Roca, que es Cristo.

La Roca es la esencia de la Iglesia. Jesús unió a Pedro a esa Roca. De ahí viene la unión mística. Benedicto XVI anuló esta unión mística, pero no la Roca.

Francisco no anuló la unión mística, sino que anuló el Papado. Y es normal que haya hecho eso porque no tiene la unión mística con Cristo que sí tenía Benedicto XVI. Y sus obras, las de Francisco son sólo obras de un hombre en la Iglesia, pero no son las obras de Cristo en la Iglesia.

Las Obras de Cristo en la Iglesia ahora sólo están en las almas que sigue al Espíritu de Cristo en todo y que se ponen a lo que ven en Roma.

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