Lumen Mariae

Inicio » unidad

Archivo de la categoría: unidad

Una sola carne

asmilate

«Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gn 2, 24).

Una sola carne: el matrimonio es una dualidad en una unidad. Dualidad de personas; unidad de naturaleza.

Esta unidad no es sólo una actividad, un hecho, un acto pasajero, transeúnte, temporal, en el cual los dos sexos se unen: no es una unidad para un placer sexual; no es una unidad para sentir el cuerpo del otro; no es una unidad para buscar en el otro lo que no se posee ni corporal ni humanamente.

Una sola carne: es la unidad en la indisolubilidad.

La verdad del encuentro sexual, la verdad de un matrimonio, la verdad de poner dos vidas en común es su indisolubilidad, que es el origen en la creación del hombre y de la mujer por Dios:

« ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: “Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne”. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19, 14-6).

Dios, al crear al hombre y a la mujer, produce la indisolubilidad. El hombre es creado para una mujer; la mujer a partir del hombre. Y eso es indisoluble: no se puede cambiar, no se puede separar, no se puede pasar por alto.

Una sola carne: es una unidad que el hombre no puede separar, puesto que es Dios mismo el que la ha constituido en la naturaleza humana, al crearla de esta manera. La ley natural enseña que la unión entre hombre y mujer, -el matrimonio-, es indisoluble. El sexo, en la persona humana, es una inteligencia divina, no es un instinto carnal, como en los animales. El sexo es para una obra indisoluble y, por lo tanto, eterna, para siempre. Por eso, el matrimonio o salva o condena: ata para una vida divina o ata para una vida de demonios. Y, por eso, es necesario discernir bien la persona para un matrimonio, porque no toda persona lleva a la salvación del alma en la unión carnal con ella.

Ya no son dos, sino una sola carne: la alianza del matrimonio, la unión de voluntades, entre hombre y mujer, es indisoluble, no es un acto transeúnte, temporal, civil, social. Es un acto permanente, eterno, divino, espiritual y sagrado. Quien no viva esto, entonces vive, en su matrimonio, lo contrario.

Todo matrimonio es sagrado por ley natural: tiene la nota de la indisolubilidad. Quien atente contra la ley natural, está atentando contra la indisolubilidad del matrimonio.

«Ahora bien, como es sacrílego cortar la carne, así es contra ley separar el hombre de la mujer» (Obras de S. Juan Crisóstomo – Homilía al texto de Mt 19).  Es un gran pecado separar el matrimonio.

El sexo es algo sagrado, no profano. El sexo no es carnalidad, sino que es la obra del Espíritu. Pertenece a la vida: da vida, ofrece la vida, ordena a la vida. Y ésta es siempre sagrada porque su origen está sólo en Dios.

Una sola carne: es algo que Dios ha unido –no sólo representa una unión carnal- es la unión de dos almas, de dos espíritus y de dos carnes. Y Dios une en la voluntad libre de ambos: de hombre y de mujer. Y lo que Dios une, en esta dualidad de voluntades, ni el hombre ni la mujer pueden romperla. Es un vínculo divino, hecho en la libertad de dos personas. Y este vínculo divino refleja una triple unión: en el alma, en el espíritu y en la carne; que el hombre no puede separarla: indica estabilidad. Son dos: son una dualidad. Pero en una carne: en una unidad. Los dos se atan para siempre, ya para el cielo, ya para el infierno.

El varón y la mujer son dos, pero en algo ya no son dos, sino uno. Este el misterio del matrimonio.

Dos cuerpos, dos almas, dos espíritus, que ya no son dos, sino uno.

«Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14): son dos: el Verbo y la naturaleza humana. Pero son una sola cosa: un solo ser: Jesús, Dios y Hombre verdadero. Es el Verbo que guía, que rige, que ama su naturaleza humana.

Por eso, el matrimonio revela este Misterio de la Encarnación:

«Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en el sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la Cruz por su Esposa, la Iglesia.

En este sacrificio se desvela enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre y de la mujer desde su creación; el matrimonio de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo.

El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz». (Juan Pablo II, Ex. Apost. Familiaris Consortio, n. 13).

Cristo ama a Su Iglesia como una Esposa. Y esa caridad esponsal está en el Sacramento del Matrimonio.

Es lo que dice San Pablo: «Gran misterio éste; pero entendido de Cristo y de la Iglesia» (Ef 5, 32).

La unidad en el matrimonio, la unidad entre hombre y mujer, refleja la unidad de la Iglesia, la unión entre Cristo y Su Iglesia.

«Cristo amó a la Iglesia y se entregó por Ella» (Ef 5, 25): esta unidad en la verdad, que es el amor de Cristo, es la unidad en el matrimonio.

El hombre tiene que amar a su mujer como Cristo amó a la Iglesia. Cristo ama a la Iglesia para salvar las almas y santificarlas. Un hombre ama a su mujer para salvarla y santificarla. Esto es lo que muchos no comprenden: el amor a una mujer, en el matrimonio, es el mismo amor de Cristo a la Iglesia: Cristo ama cada alma de Su Cuerpo Místico: la ama y pone a cada alma un camino de salvación y de santificación.

Siendo el hombre cabeza de la mujer (cf. Ef 5, 23), tiene la misma misión que Cristo en Su Iglesia.

Cristo funda la Iglesia para llevar las almas al cielo.

Un hombre se une a una mujer para llevar las almas al Cielo: la suya, la de su mujer, las de sus hijos.

Pero los hombres no viven así el espíritu del matrimonio, porque no saben amar a Cristo, no saben ser de Cristo, no saben estar en la Iglesia imitando sólo a Cristo.

«Y así como la Iglesia está sujeta a Cristo» (Ef 5, 24), así la mujer debe estar sujeta al hombre.

Es el hombre el que se entrega a su mujer, pero es la mujer la que marca el camino al hombre.

La Iglesia es el camino de la salvación para todo hombre que se una a Cristo en la gracia. Y no hay otro camino.

En el matrimonio, el camino es la mujer; no es el hombre. El hombre debe entregarse a su mujer, debe amarla como Cristo ama a cada alma: buscando el bien de la mujer, el bien de cada hijo, que es bien sobrenatural, divino, no humano, no natural.

La doctrina de Cristo es para obrar una verdad espiritual, no para un negocio humano. Así debe ser el matrimonio: para una verdad espiritual, no para una verdad humana.

Cristo ama a la Iglesia dándole una doctrina de verdad, una enseñanza que sólo está apoyada en la verdad. Cristo se entrega a la Iglesia en la verdad, nunca en la mentira. Y así el hombre tiene que amar a su mujer en la verdad, no en la mentira. Si el hombre no sigue la doctrina de Cristo, no la asimila, entonces el amor a su mujer, su entrega, en el matrimonio, no puede ser nunca en la verdad. Habrá muchas cosas, en esa entrega, en ese matrimonio, que no sean de Cristo, que no pertenezcan a Dios. Se hará un matrimonio para algo humano, pero no un matrimonio para reflejar la caridad de Cristo con su Esposa, la Iglesia.

Un matrimonio es de Cristo porque los dos, hombre y mujer, se han transformado en Cristo: son otros Cristos. Es la transformación mística, la unión mística del alma con Cristo.

Todo matrimonio está llamado a reflejar, a ser, «a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la Cruz». Por tanto, en todo matrimonio debe prevalecer la oración y la penitencia, para que se muestre este amor de Cristo, este amor que se dona hasta la muerte en Cruz, para salvar, para santificar las almas.

Hombre y mujer se unen en matrimonio para salvar sus almas, para encontrar un camino de santidad para sus almas, para obrar la verdad de sus vidas dando a Dios hijos para el Cielo: hijos que se salven y se santifiquen.

Si ellos dos no son de Cristo, ni el matrimonio ni los hijos son de Cristo. Si los dos no trabajan para ser sólo de Cristo, entonces nunca podrán, en su matrimonio, reflejar el amor de Cristo hacia Su Iglesia: un amor redentor, un amor que expía los pecados, un amor penitente, de sacrificio perpetuo.

Son muy pocos los matrimonios que se aman así: en el dolor de una vida, en el sacrificio de una vida, en la entrega de una vida por solo amor a Cristo. Hay otros amores en ellos que son impedimentos para su matrimonio, para su unión de almas, de espíritus y de cuerpos.

Este es el misterio de todo matrimonio, que muy pocos han meditado, han profundizado, porque hacen sus matrimonios para lo humano, para lo natural, para lo finito.

Este fin divino en todo matrimonio es el sentido del matrimonio. Un matrimonio sin este fin divino no sirve para nada: los cónyuges y los hijos se condenan, no encuentran el camino de salvación ni de santificación.

«Cristo amó a la Iglesia y se entregó por Ella para santificarla, purificándola con la Palabra, a fin de presentársela así gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable» (Ef 5, 26-27).

El matrimonio es para una santidad de vida. Pero sólo se puede conseguir esta santidad purificándose con la Palabra de la Verdad: con la doctrina de Cristo. Si los matrimonios no viven esta doctrina, esta verdad inmutable, revelada, sus matrimonios no son para la santidad, sino para la condenación.

Es el hombre el encargado de mostrar la verdad a su mujer: de enseñar la doctrina a su mujer. Y es la mujer la que se sujeta al hombre: a esa verdad que enseña. Y, por tanto, un hombre que no dé la verdad de Cristo al matrimonio, la mujer no puede sujetarse a una mentira. El varón es cabeza para obrar una verdad en su matrimonio, no para obrar una mentira con su mujer.

La mujer tiene que sujetarse a esa verdad y ser camino para que se obre esa verdad en su matrimonio. La mujer es como la Iglesia: camino de salvación. Lleva a las almas por el camino que Cristo ha marcado con la palabra de Su Verdad, con su doctrina.

Toda mujer, sometiéndose a la verdad, a la única verdad, que es Cristo, es camino para su hombre y para sus hijos: camino de salvación y de santificación. La mujer es la que guarda en su corazón la verdad que enseña el hombre, que predica el hombre, que vive el hombre.

¡Pocos hombres existen que en sus matrimonios vivan la verdad de la ley natural, de la ley divina, de la ley de la gracia!

¡Pocos son lo que predican la verdad que viven! ¡Muchos hombres son los que engañan a sus mujeres con sus palabras, mientras viven otra cosa a lo que predican, a lo que hablan! Y, por eso, son pocas las mujeres que obren la verdad con un hombre en sus matrimonios. Son pocas las mujeres que lleven a sus hijos por el camino de la cruz para salvar sus almas.

En el hombre está la verdad, la doctrina, pero en la mujer, está el amor, la vida, la obra de esa verdad.

El sexo de la mujer es para obrar la verdad que está en el sexo del hombre. Si el hombre no respeta su sexo, su verdad, entonces obra con la mujer una mentira: pone su sexo para un placer, pero no para un amor redentor.

La mujer es el camino para el hombre: tiene que llevar al hombre hacia ese amor redentor, ese amor verdadero, ese amor que da la vida, ese amor que purifica el corazón, en la que el alma encuentra la salvación, la santidad.

Son muy pocos los matrimonios con esta visión del Sacramento del matrimonio. Esto no se suele enseñar, porque la Jerarquía no vive para ser otro Cristo. No vive para asimilarse a Cristo. Y, por tanto, no puede enseñar a las almas, a los matrimonios, cómo imitar a Cristo en el matrimonio, como ser de Cristo en la unión de almas, de espíritus y de cuerpos.

«¿Quién confirma la oblación del sacrifico, sella la bendición del sacerdote, lo anuncian los ángeles y ratifica el Padre Celestial…? ¡Qué vinculación la de dos fieles que tienen la misma esperanza, el mismo deseo, la misma disciplina, el mismo Señor! Dos hermanos, comprometidos en el mismo servicio: no hay división de espíritu ni de carne; realmente son dos en una sola carne. Donde hay una sola carne, allí también hay un solo espíritu. Juntos oran, juntos se acuestan, juntos cumplen la ley del ayuno. Uno a otro se exhortan, uno a otro se soportan…» (Tertuliano, Ad uxorem, II, 8, 6).

Donde hay una sola carne, allí hay un solo espíritu: es la unidad de espíritu, de destino, de vida. Es el espíritu del matrimonio, que guía al hombre y a la mujer en el matrimonio.

En toda unión sexual, carnal, hay una unión de espíritus. Los espíritus que trae el hombre, por generación, pasan a la mujer; y los de la mujer, al hombre. Y se forma un espíritu: el del matrimonio, que gobierna todos esos espíritus, que marca el camino a la vida espiritual de ambos en el matrimonio.

El matrimonio es para una vida divina, no es para una vida humana. Hombre y mujer se casan sólo para amar a Cristo, para que Cristo obre, a través de ellos, la salvación y la santificación para muchas almas en Su Iglesia.

Un matrimonio santo santifica las almas en la Iglesia; un matrimonio pecador corrompe a las almas en la Iglesia.

Si se permite comulgar a lo malcasados es señal de que nadie vive en la Iglesia la verdad del matrimonio, de que nadie ha entendido cuál es el amor de Cristo a Su Iglesia: un amor que purifica a todas las almas para que la Iglesia se muestre al mundo como es: gloriosa, invencible, divina.

Pero si las almas, en la Iglesia, sólo se asientan en sus pecados y pasan sus vidas amando el mundo, siendo tiernos, cariñosos, con el mundo, entonces lo que viven, lo que obran, sus apostolados en la Iglesia son para condenar a mucha gente que se ha creído con que decir que son católicos ya están salvados. El católico es el que obra la verdad enfrentándose a todos los hombres, a todo el mundo. El católico no es para un amor universal, sino para un amor en la verdad de la vida. Si no se encuentra en la verdad, el hombre sólo vive para su mentira y obra el odio en toda su vida.

Cuando en la Iglesia se combate al matrimonio por la Jerarquía, entonces sólo hay que esperar una cosa: la destrucción de la misma Iglesia. Hombre y mujer deben reflejar la unidad de la Iglesia en sus matrimonios. Si se ataca la indisolubilidad, desparece la unidad de la Iglesia y así se levanta una nueva iglesia, en la que el hombre y la mujer ya no se unen para una obra divina, sino sólo para una obra humana, en la cual es imposible que encuentren la salvación de sus almas.

Si quieren ser matrimonios de Cristo y para Cristo, salgan de las estructuras de una iglesia que ya no da la verdad, la doctrina que Cristo enseñó a Sus Apóstoles. Salgan de esa iglesia, porque no es la Iglesia de Cristo. En la Iglesia de Cristo, el matrimonio es indisoluble. Y eso es vivir el amor de Cristo por Su Iglesia: eso es revelar en un matrimonio el amor que purifica, el amor que salva, el amor que santifica a las almas.

Pocos hombres hay que se asimilen a Cristo. ¡Cuántos son los que se asimilan al mundo y al hombre!

Para ser Iglesia hay que excluir las mentes y las obras de los hombres

sm

« Unidad en la diversidad. La uniformidad no es católica, no es cristiana. La unidad en la diversidad. La unidad católica es diversa, pero es una. ¡Es curioso! El mismo que hace la diversidad, es el mismo que después hace la unidad: el Espíritu Santo. Hace las dos cosas: unidad en la diversidad». (viernes, 31 de octubre del 2014 – OS, número 45, pág. 3)

Esto, no sólo es perversión del entendimiento de Bergoglio, sino clara abominación intelectual y espiritual.

Hay una sola fe católica, es decir, no puede haber muchas fes.

Hay una sola Iglesia Católica; es decir, no hay muchas Iglesias Católicas.

Hay una sola doctrina de Cristo, un solo Magisterio auténtico de la Iglesia, no hay muchas doctrinas, ni muchos magisterios.

Hay una única Iglesia Católica, fuera de la cual no hay otras Iglesias; pero hay muchos miembros que son de la única Iglesia Católica.

Hay una sola fe que se da en muchos, que se halla en muchos, que se predica en muchos miembros católicos.

Y esta sola fe se da en ellos en el mismo sentido, de manera unívoca. No se da en ellos de manera diversa.

Que Jesús es un Espíritu se da en todos los miembros; todos lo creen, todos lo predican igual; todos lo entienden en el mismo sentido. Ningún miembro de la Iglesia Católica puede decir: Jesús no es un Espíritu. Si lo dice, como lo dice Bergoglio, entonces es que no pertenece a la Iglesia Católica, no tiene la fe católica. No se puede entender a Jesús en parte igual y en parte diversa. La naturaleza divina de Jesús no es equívoca, sino unívoca. No se puede pensar a Jesús de una manera diversa, según la idea que cada hombre tiene de Jesús. Hay que pensar en Jesús de una manera igual, en el mismo sentido que da la fe, no en la diversidad de las razones humanas.

No hay un Jesús para los ricos y otro para los pobres; no hay un Jesús para el intelectual ni otro para los ignorantes; no hay un Jesús para la Jerarquía y otro para los fieles de la Iglesia. No se puede dar un Jesús para cada mente humana. La fe católica, la doctrina católica no es una opción para los hombres, sino que es una obligación y un deber para cada alma de la Iglesia.

La fe católica da un Jesús que debe ser aceptado por todas las mentes, sin cambiar nada de lo que es Jesús. Porque «todo reino en sí dividido será desolado» (Mt 12, 25b). La Iglesia en Roma será desolada porque no tiene la unidad de la fe. Y «toda ciudad o casa en sí divida no subsistirá» ( v. 25c). Muchas almas, que se dicen católicas no subsistirán; muchas familias, que se creen unidas, perecerán porque no tienen humildad de corazón. No se abajan a la verdad del Evangelio.

Por tanto, se da una uniformidad en la fe. La uniformidad es católica. Tiene que ser católica.

Pero aquí Bergoglio, está en la idea hegeliana de la unidad. No está hablando de la unidad católica: «La unidad no es uniformidad, no es hacer obligatoriamente todo junto, ni pensar del mismo modo, ni mucho menos perder la identidad».

¿Qué está diciendo este hombre? Como la unidad no es la uniformidad, entonces no hay que pensar del mismo modo: hay que pensar en la diversidad, en el modo diverso, en parte diverso. No pienses en el mismo sentido de la fe, sino que tienes que pensar de manera diversa, según la mente de cada uno, según la idea de cada cultura, según la religión que cada uno profese.

Como la unidad no es la uniformidad, entonces no hagas en los diversos Sacramentos lo mismos ritos litúrgicos: cada uno en su misa puede hacer lo que quiera, porque la unidad no es uniformidad, sino que es pluralidad: «La unidad católica es diversa». Cada uno, en su oración, puede adorar a su dios y a la manera que quiera; cada uno, en su apostolado puede obrar lo que quiera y como lo quiera. La unidad es diversa, según la mente de Bergoglio.

La unidad es opuesta a la pluralidad, a la diversidad. Este es el “abc” de la filosofía. La unidad nunca puede ser diversa, plural.

La fe no es diversa, la enseñanza de Jesús no es diversa, el gobierno de la Iglesia no es diverso.

¿Captan la maldad de este hombre?

Va en contra del mismo Evangelio: «Sólo hay un Cuerpo y un Espíritu, como también una sola Esperanza, la de vuestra vocación. Sólo un Señor, una Fe, un Bautismo, un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (Ef 4, 4-6).

San Pablo dice que «la vocación con que fuisteis llamados» (v. 1c), exige de todos los miembros de la Iglesia la unidad, tanto externa del cuerpo social, como interna de las almas. Es una unidad bajo un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. No es una unidad bajo muchos pensamientos humanos. No es una unidad en la diversidad de cultos, de adoraciones. No es una unidad en la diversidad de mentes y obras humanas. Es una unidad en la Verdad de la Mente Divina, en la Verdad de la Voluntad de Dios.

Hay una sola Mente Divina. Hay una sola Verdad. La unidad es una y única. No es plural, no es diversa. La unidad exige una Verdad, y que ésta sea única.

Este es el punto que niega Bergoglio al negar la esencia divina en su herejía sabeliana: «‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray no existe! ¡Existen las personas!» (9 de octubre del 2014). Existe la modalidad de las personas, pero no Dios, no la esencia de Dios. Al negar a Dios, al negar su existencia, está negando la unidad en Dios, la verdad en Dios. Y, por tanto, tiene que caer en la herejía de Hegel: tiene que buscar una unidad en la división, en lo plural, en lo caótico, en lo múltiple, en lo contrario a la misma unidad. Es una unidad mental, no es real. Es una unidad abominable.

En la Iglesia Católica, la unidad es en la Verdad. La unidad no es en la diversidad.

Al negar Bergoglio la verdad como absoluta, tiene que buscar la unidad en lo relativo, en la diversidad de las mentes de los hombres, en las relaciones que cada hombre tiene consigo mismo y con el mundo.

La Iglesia, al ser el Cuerpo Místico de Cristo es uno solo: «Así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo» (1 Cor 12, 12).

Uno se opone a muchos: una fe, una doctrina, un Señor, un bautismo, un cuerpo, una Iglesia.

Pero en la Iglesia hay muchos, hay pluralidad, hay multitud de miembros. Pero la Iglesia sigue siendo una; la doctrina no cambia; la fe es para todos igual, uniforme, sin posibilidad de cambios modales. Cada miembro de la Iglesia posee la misma fe, en el mismo sentido. No hay diversidad de fes, no hay multitud de fes, ni de doctrinas, porque sólo hay una Verdad, sólo hay un Dios.

Bergoglio, al poner la verdad en lo relativo, en las relaciones, anula la unidad en la verdad. E introduce su herejía: la unidad en la diversidad.

La Iglesia Católica es una y única.

Pero la Iglesia lleva a la unidad.

¿Qué es la unidad? Es aquello por la que una cosa no es multitud, no es diversidad, es decir, es una, sin división interna; y , al mismo tiempo, esa cosa está separada, es distinta, de cualquier otra cosa, es decir, es única.

La Iglesia no es la multitud de los miembros: es una en muchos miembros. Una en muchos corazones fieles al Espíritu de la Verdad.

Y estos muchos están unidos en una sola fe. Si esos muchos no siguen una sola fe, no siguen una sola doctrina, sino que siguen diversas fes, entonces no hay Iglesia. Ya la Iglesia no es una, sino múltiple: en cada miembro hay una iglesia, hay una idea de lo que es Cristo, hay una idea de lo que es el gobierno de la Iglesia. Según sea la idea de cada miembro, la fe de cada miembro, el concepto de verdad que cada miembro tiene, así hay tantos cristos, tantas iglesias, tantas fes, tantas enseñanzas, tantos cultos.

La Iglesia lleva hacia la unidad a muchos miembros: la multitud de miembros es una y única.

En la diversidad de pensamientos humanos no se puede hacer Iglesia. No se puede. La unidad en la Iglesia exige la unidad en la fe. Y para conseguir esta unidad en la fe, los hombres tienen que aceptar, tienen que someterse a la Verdad Revelada. Y eso significa: pensar lo mismo, obrar lo mismo. Eso significa uniformidad. Eso significa obediencia a la Verdad, sometimiento de la mente humana a la Verdad Revelada.

La unidad excluye la división interna de la cosa y no tolera el que la cosa se aparte de un todo.

La fe no puede estar dividida; la doctrina de Cristo no puede estar dividida; la enseñanza de los Papas no puede estar dividida. Y ningún miembro de la Iglesia puede apartarse de la fe, de la unidad que da la fe, del todo de la Iglesia.

En la Iglesia se da la unidad social, que significa que muchos tienden a un fin bajo una suprema potestad social. Muchos unidos en un solo fin. Muchos obedeciendo a un solo Pastor: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que Yo las traiga, y oirán Mi Voz, y habrá un solo Rebaño y un solo Pastor» (Jn 10, 16).

Y ese fin en la Iglesia es uno solo: salvar y santificar las almas: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad».

En la Iglesia se da:

  • Unidad de gobierno: Un solo y único gobierno: el del Papa. «y Él constituyó a los unos apóstoles…a aquellos pastores y doctores» (Ef 4, 11a.11d). Un gobierno en la verdad de la fe, en la obediencia a la fe, en la fidelidad a la gracia recibida.

 

  • Unidad de fe: Una sola y única fe: todas las mentes de sus miembros profesan una misma fe, bajo el supremo magisterio de la Iglesia.. «a los otros profetas, a éstos evangelistas» (Ef 4, 11b). Una misma doctrina de fe para todos, que se da por los profetas, por el magisterio de la Iglesia, por los doctores, por los santos, por los que viven el Evangelio, por los que dan testimonio de la verdad con sus vidas.

 

  • Unidad de culto: Una sola y única celebración del Sacrificio Eucarístico con el uso adecuado de los Sacramentos y actos litúrgicos. «para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4, 12). Un solo camino para llegar a la salvación y a la santificación del alma: la obra de la gracia, la fidelidad en la gracia, la perseverancia en la gracia. Y la gracia da el culto debido a Dios, la adoración que toda criatura tiene que dar a Dios en Su Iglesia. Y eso es lo que salva al alma y la santifica: «Adorar a Dios en Espíritu y en Verdad»

 

Para que se dé esta triple unidad es necesario que todos los miembros tiendan a un solo fin, bajo una suprema potestad social. Es decir, todos, bajo el Papa, tienden hacia el fin de la Iglesia, que es salvar y santificar las almas.

El gobierno de la Iglesia es para salvar y santificar las almas; la fe, la doctrina es para lo mismo; y los Sacramentos se usan para lo mismo. Tiene que haber uniformidad, unión entre los miembros en un solo fin. Si los miembros no se unen para este fin, sino que ponen otros fines, entonces no se puede dar la Iglesia. Habrá multitud de iglesias. Y así, necesariamente, se llega al falso ecumenismo.

Para que se dé la unidad en la verdad es necesario que todos en la Iglesia se sujeten al Papa, que tiene la triple potestad: enseñar, gobernar y santificar.

Es necesario que la Jerarquía obre el derecho y la obligación que tiene de enseñar, gobernar y santificar a las almas. Y lo obre en la Gracia, no fuera de Ella.

Y es necesario que los fieles se obliguen a creer, a obedecer y a recibir los Sacramentos, para poder salvarse y santificarse. Y sólo es posible esto si el alma es fiel a la gracia divina.

La unidad católica no es diversa, sino que es una y única. Y esta unidad no pierde su esencia porque los miembros tengan dones diversos, que es lo que dice Bergoglio:

«El mismo que hace la diversidad, es el mismo que después hace la unidad: el Espíritu Santo».

No va en contra de la unidad de la Iglesia la patente y visible diversidad de dones, de ministerios, de operaciones, porque éstos proceden de un solo Dios (cf. 1 Cor 12, 4-11).

Dios no hace la diversidad en la Iglesia, sino que Dios obra la unidad en la Iglesia y da a cada alma sus dones, sus gracias. Y esto que da a cada alma no destruye la unidad de la Iglesia. Eso que da no produce la diversidad en la fe. Sigue siendo una misma fe en cada alma; pero cada alma tiene su don particular, su gracia, su carisma.

La unidad de la Iglesia se mantiene en la diversidad de los dones en cada alma. Y, por eso, Dios no obra la unidad porque haya diversidad de dones, porque no se pierde la unidad al dar Dios sus dones.

Es lo que dice Bergoglio: como Dios al dar sus dones produce una diversidad, se pierde la unidad. Entonces, Dios hace la unidad después. Y ¿cómo la hace?

«La unidad es saber escuchar, aceptar las diferencias, tener la libertad de pensar diversamente, y manifestarlo. Con todo respeto hacia el otro, que es mi hermano. ¡No tengáis miedo de las diferencias!». ¡Su doctrina masónica!

Bergoglio rompe la unidad de la fe: hay que saber escuchar. Ya no hay que aprender a creer como un niño pequeño en lo que Dios revela. Saber escuchar al otro. Ya no hay oración personal a Dios: no escuches a Dios en tu corazón, sino escucha tu idea magnífica en tu pensamiento humano. La diversidad de pareceres, de mentes, de ideas humanas.

Sé libre para pensar lo que te da la gana, para pensar diversamente. ¡Qué gran abominación! ¡Libertado, igualdad, fraternidad!

El otro es tu hermano. No tengas miedo de lo que el otro piense, de sus errores. Acepta sus mentiras porque son una verdad para ti.

¡Ven qué monstruo es Bergoglio! ¡Y cuánta gente queda embobada por su inútil palabrería humana. Palabra barata que condena a muchas almas. Muchos católicos prefieren esta charlatanería de un hombre sin fe a la Palabra de Dios, al Evangelio, al único camino que hay para salvarse: poner tu mente humana en el suelo, pisotear tu orgullo, darle al otro la Voluntad de Dios en su vida.

Y este hombre trata de convencer de su herejía con su misma enseñanza:

Como dije en la exhortación Evangelii gaudium: «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad» (n. 236) pero construyen la unidad».

¡Que mente, la de Bergoglio, más loca, más obtusa, más inútil para toda verdad!

¡Qué mente tan oscura, tan llena de tiniebla, tan insoportable!

La esfera es unidad; el cuadrado es unidad; el poliedro es unidad. Todos construyen la unidad. Todos. Pero él se refiere a las partes, no al conjunto. Nunca Bergoglio habla del conjunto, sino de las partes. Bergoglio no se fija en la Iglesia como unidad, como un todo, sino en cada hombre del mundo, en cada parte. Y cada hombre está por encima del conjunto, de la Iglesia, del todo.

En la doctrina de Bergoglio, hay que fijarse en cada parte, en cada hombre, pero no en el conjunto, no en la Iglesia. No hay que fijarse en Cristo, que es el centro de la Iglesia, sino en cada hombre, en cada parte, que es el centro de la creación: «el hombre está llamado a custodiar al hombre, de que el hombre está en el centro de la creación» (4 de octubre del 2103).

Dios es el centro de la creación; el hombre es nada más el administrador de la creación, el que usa la creación, no el que custodia la creación. El hombre tiene que custodiar en su corazón la ley Eterna de Dios para hacer un buen uso de todo lo creado.

Por eso, no quiere el ejemplo de la esfera, porque en la esfera, lo importante es el centro. Todos los puntos convergen en el centro. Y Bergoglio dice: no miréis el centro. No miréis a Cristo. El hombre es el centro, no Cristo. Cada mente humana es el centro, no es la Mente de Cristo. Hay que resaltar cada parte, cada hombre, la diversidad, pero sin resaltar el centro. Lo importante es la originalidad de cada hombre, no Cristo, no que cada alma imite a Cristo, sino que cada hombre dé su idea humana en la Iglesia sobre Cristo.

Esta abominación de la mente de Bergoglio es fácil de discernir, pero muy pocos católicos se dan a esta tarea. No saben leer a este hombre con una cabeza bien puesta en la Verdad inmutable, absoluta, eterna.

espirituverdad

Muchos católicos ya se creen santos y justos porque saben lo que es Bergoglio y lo atacan. Otros se creen los católicos verdaderos porque siguen a Bergoglio como Papa en la Iglesia. Otros están entre dos aguas: entre Bergoglio y no se sabe qué: lo siguen para una cosa, pero no para otra. Les interesa cuando habla de los pobres, pero no les interesa cuando habla de los homosexuales o de los malcasados.

En la Iglesia Católica hay que excluir, no sólo a Bergoglio y a todo su clan maldito, sino a los demás católicos que todavía no saben lo que es la Iglesia, lo que es un Papa en la Iglesia, lo que es un sacerdote en la Iglesia y lo que es un laico en la Iglesia.

Y son muchos los que se van a condenar por sus juicios a toda la Iglesia y a todos los miembros de la Iglesia.

La Iglesia, en todas partes, se ha convertido en un juicio público: todo el mundo opina, da su criterio, juzga la vida espiritual del otro… Pero nadie habla la verdad de las cosas. Todos, al final, dan la verdad de sus mentes.

Y esa verdad es una abominación en el hombre. Y muchos pecan así: porque no saben callar sus mentes, sus ideas. No saben hablar cuando hay que hablar; y no saben callar cuando toca callar.

A este blog todo el mundo lo ataca: buenos y malos. Pero a nosotros nos da igual. Ni estamos con los buenos ni con los malos. Sólo damos la verdad como hay que darla: sin miedo, sin condiciones, guste o no guste; clara, para que todo el mundo la comprenda. Y si no quieren comprenderla, nos trae sin cuidado.

Aquí no hacemos comunidad virtual con nadie, porque la Iglesia no está en el internet. Aquí mostramos el camino a seguir en este momento en la Iglesia, que es un camino de lucha, de discernimiento espiritual; que es una batalla que cada alma tiene que librar en su interior contra el Enemigo que siempre está ahí.

Aquí no se dan lenguajes humanos bonitos. Aquí sólo se da la Verdad. Si no la quieren, nos trae sin cuidado. Ahí tienen todo el magisterio de la Iglesia. Ahí tienen toda la verdad. Y es lo único que tienen que seguir. No tienen que seguir a este blog. No hace falta. No hay que hacer un blog para una Iglesia remanente. Se hace un blog para recordar la verdad, para transmitir la verdad, para señalar el camino de la verdad. Lo demás, no interesa.

A todos aquellos que critican, que se oponen a lo que aquí se dice, sólo una cosa: sigan con sus vidas. No nos interesan sus opiniones ni sus vidas.

La Iglesia pasa por un tiempo de desierto. Ni está en Roma, ni está en Bergoglio, ni está en la Jerarquía, ni está en ninguna bitácora del internet.

La Iglesia es una y única: allí donde hay un alma fiel al Espíritu de Cristo, a la Gracia que ha recibido, allí está toda la Iglesia. Es toda la Iglesia, porque la Iglesia no es una parte, no es una diversidad de comunidades, ni de blogs. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y éste es Uno y Único. Y cada alma, en la Iglesia una y única, es también una y única. El Misterio de la unidad de la Iglesia no se puede comprender con el entendimiento humano, sino sólo con el corazón abatido y arrepentido de sus pecados.

Déjense de criticar a los demás y empiecen a criticarse a sí mismos; comiencen a despellejar sus mentes humanas de sus brillantes teorías sobre Cristo y sobre la Iglesia. Aprendan a ser Iglesia de los santos, de los profetas, de la Jerarquía humilde y escondida. Pero que nadie venga aquí a dar sus opiniones, sus críticas, sus juicios. Que se las meta por donde quiera. Si no saben callar sus mentes entonces no son de Cristo ni de la Iglesia. Si no saben hablar movidos por el Espíritu de la Verdad, entonces son del demonio, que le gusta hablar cuando hay que callar.

Somos de Cristo, del Espíritu de la Iglesia. No somos de nadie, de ningún hombre, de ningún pensamiento humano.

Para ser Iglesia no hay que estar unidos a la mente de Bergoglio, no hay que sujetarse al poder humano que ese hombre se arroga en el Vaticano. Para ser Iglesia hay que unirse a la Mente de Cristo. Y si no pisas tu mente humana, acabas unido a la mente del demonio.

¿Quieren permanecer en la unidad de la Verdad? Excluyan a Bergoglio y a todo su clan masónico de sus vidas espirituales y humanas. Si no lo hacen, muy pronto verán las graves consecuencias que vienen para todos los católicos.

Y muchos, por estar criticando a los demás, no van a saber luchar contra lo que viene. Y se van a perder en lo que viene.

Ruptura con la Tradición en la Iglesia

z_coraz_jesus_maria_manos

«¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos» (S.S. Benedicto XVI a la curia romana, el 22 de diciembre del 2005).

El Concilio Vaticano II ha de ser leído a la luz de la Tradición. Y, por eso, no puede ser interpretado desde una ruptura de la Tradición, con una visión moderna de los dogmas. Es necesario ir a la Verdad Revelada, que la Tradición nos da. La Verdad, que nunca cambia, que siempre permanece, pero que se revela a los hombres según su Fe en la Palabra.

La Verdad se esconde a aquellas almas soberbias, que no la buscan, sino que sólo se buscan a sí mismas en la Palabra de Dios.

La Verdad sólo se revela al corazón humilde, sencillo, abierto a la enseñanza del Espíritu de la Verdad. Es el Espíritu el que obra la Verdad en el alma humilde. Es el Espíritu el que muestra el camino para obrar esa Verdad. Es el Espíritu el que manifiesta al alma la plenitud de la Verdad.

Se trata de descubrir la intención del autor del Concilio, es decir, no sólo lo que está en los textos sino, sobre todo, aquello que está en su contexto que no es otro que el depósito de la Fe, que Cristo ha confiado a la Iglesia. No se puede tomar un texto y sacarlo del contexto; no se puede instrumentalizar el Concilio; hacer política, ideología con él.

El Concilio Vaticano II es pastoral, no es dogmático. Y, por tanto, es necesario conocer el fin del ordenamiento jurídico y pastoral de la Iglesia: «tener en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la suprema ley en la Iglesia» (CIC – canon 1752).

Un escrito es pastoral cuando atiende a la salvación de las almas. Un escrito es dogmático cuando quiere enseñar una Verdad, que hay que creer para salvarse y, por lo tanto, cuando declara los errores y herejías que van en contra de esa Verdad.

El Concilio Vaticano II habla para la vida espiritual del alma; no habla para enseñar una verdad. La Verdad ya ha sido enseñada en otros Concilios. En este Concilio se expone la verdad, pero no se enseña un dogma: «La Iglesia anuncia el mensaje de la salvación a quienes todavía no creen, a fin de que todos los hombres conozcan al único verdadero Dios y a su enviado, Jesucristo, y cambien su conducta haciendo penitencia (cf. Jn 17, 3; Lc 24, 27). Y tiene el deber de predicar siempre la fe y la penitencia a los creyentes disponiéndolos, además a recibir los sacramentos, enseñándoles a observar todo cuanto Cristo ha mandado (cf. Mt 28, 20) e incitándoles a realizar todas las obras de caridad, de piedad y de apostolado a fin de manifestar, por medio de esas obras, que los seguidores de Cristo, aunque no son de este mundo, son sin embargo la luz del mundo y rinden gloria al Padre delante de los hombres» (Constitución sobre la Sagrada Liturgia, o.c., n.9).

Siete notas da el Concilio para la teoría y praxis pastoral:

1. El deber de anunciar el Evangelio a todos los no creyentes: el Concilio enseña que no puede darse un cristianismo anónimo, es decir, que no hay vías de salvación distintas al Camino, que es Cristo.

2. El deber de predicar a los fieles la fe: enseña a combatir contra el humanismo ateo, que niega a Dios y lo ignora, como exigencia de un progreso científico, filosófico, artístico, histórico, legislativo que oculta la Verdad, la Fe en Cristo.

3. El deber de predicar a los fieles la penitencia: enseña que la renovación de la Iglesia sólo se produce en el espíritu de penitencia y de expiación.

4. El deber de disponer a los fieles a los sacramentos: enseña que la única manera para alcanzar la santidad es usando los medios de los Sacramentos. No hay otros medios en la Iglesia para la perfección del alma y de la misma Iglesia.

5. El deber de enseñar a los fieles todos los mandamientos: enseña la disociación en muchas almas entre la fe que profesan y su vida cotidiana. Y esto es el grave error en nuestro tiempo. Eso supone la anulación de los mandamientos, sin los cuales no es posible la salvación.

6. El deber de promover el apostolado de los laicos: el Concilio condena el laicismo, es decir, la idolatría de las cosas temporales que hace que el alma religiosa se dedique sólo a hacer sus obras humanas, creyendo que eso es camino para servir a Dios en la Iglesia.

7. El deber de promover la vocación de todos a la santidad: enseña a los seguidores de Cristo a imitarlo, para ser luz del mundo sin ser del mundo.

Existen, dentro de la Iglesia católica, grupos que hacen un enorme abuso del carácter pastoral del Concilio y de sus textos escritos. No han comprendido que el Concilio no quería presentar enseñanzas propias definitivas e irreformables. El Concilio habla un lenguaje espiritual para el alma; habla para enseñar la vida espiritual. Y, por tanto, esos textos están abiertos para precisiones doctrinales, que deben ser dadas por quienes enseñan el Concilio y la vida espiritual.

El Concilio no es un tratado de teología, sino una exposición de la teología para que las almas comprendan la vida espiritual. Y, por tanto, quedan muchas cosas que no se dicen, porque, tampoco hace falta. El Concilio no dogmatiza, sino que enseña qué hay que hacer para vivir la Verdad en la Iglesia.

Por eso, existen dos grupos dentro de la Iglesia, que sostienen una teoría de la ruptura:

1. Grupos que protestantizan la vida de la Iglesia, que llevan la doctrina, la liturgia y la pastoral al campo protestante y comunista, queriendo también meter los errores de los griegos ortodoxos (los sacerdotes se pueden casar, y los divorciados, casados nuevamente, pueden comulgar). La Teología de la liberación es ejemplo de este grupo. Estos dogmatizan el Concilio y sacan sus herejías de él.

2. Grupos tradicionales que, en nombre de la Tradición, rechazan el Concilio y se substraen a la sumisión al supremo y viviente Magisterio de la Iglesia, que es el Papa, sometiéndose sólo a la Cabeza invisible de la Iglesia, en espera de tiempos mejores. Estos anulan la enseñanza espiritual del Concilio y viven anclados en su mente humana.

Entre estos dos grupos, está todo en la Iglesia. Todo el desbarajuste que se contempla es por esta división interna en la Iglesia.

Francisco pertenece al primer grupo. Él no ha comprendido el Concilio Vaticano II y, por eso, da su ideología sobre el Concilio.

El Concilio ha sido claro con la Teología de la Liberación: «La misión propia que Cristo confió a Su Iglesia no es de orden político, económico o social: en efecto, el fin que le asignó es de orden religioso» (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo, n. 42).

Francisco ha puesto su orden político, económico y social en la Iglesia. Ha anulado el orden espiritual. Está en la Iglesia para resolver la hambruna del mundo. Para dedicarse a los asuntos temporales de los hombres, a la vida social, cultural. Eso es todo su evangelium gaudium y su gobierno de ocho cabezas.

Francisco se opone al espíritu del Concilio Vaticano II y lo ha anulado completamente.

La Constitución Gaudium et Spes cita las siguiente palabras de Pío XII: «Su Divino Fundador, Jesucristo, no ha conferido a la Iglesia ningún mandato ni fijado ningún fin de orden cultural. La tarea que Cristo le asigna es estrictamente religiosa. La Iglesia debe conducir a los hombres a Dios para que se donen a Él sin reservas. La Iglesia no puede jamás perder de vista este fin estrictamente religioso, sobrenatural. El sentido de toda acción suya, hasta el último canon de su Código, no puede sino referirse a ello directa o indirectamente» (S.S. Pío XII, Discurso a los cultores de historia y arte, 9 de marzo de 1956. AAS 48 (1956), p. 2).

Francisco rompe con la Tradición. Francisco ha perdido el fin de la Iglesia: salvar almas. Y ha fijado un fin cultural, político, social en la Iglesia. Él interpreta el Evangelio según la cultura de los tiempos, según la ciencia de los hombres, según la vida de cada hombre. Esto está recogido en sus declaraciones a Scalfarri y en su evangelium gaudium. En esto dos documentos se puede ver su plan pastoral en la Iglesia, que es el propio de la teología de la liberación o, como él la llama, teología de los pobres. Anula la Iglesia, la obra de la Iglesia, que es la salvación de las almas.

En su documento, Lumen Fidei, se recoge su herejía sobre la fe en Cristo. En este documento anula a Cristo, la fe en Cristo, presentando una fe totalmente herética y cismática.

El único interprete auténtico de los textos conciliares no es otro que el Concilio mismo conjuntamente con el Papa. Nadie puede interpretar el Concilio a su caprichosa manera humana.

Pablo VI se expresa así: «Nos pensamos que sobre este línea debe desarrollarse la nueva psicología de la Iglesia: clero y fieles encontrarán un magnífico trabajo espiritual a realizar para la renovación de la vida y de la acción según Cristo el Señor; y a este trabajo Nos invitamos a Nuestros Hermanos y a Nuestros Hijos: aquellos que aman a Cristo y a la Iglesia están con nosotros en el profesar más claramente el sentido de la verdad, propio de la tradición doctrinal que Cristo y los Apóstoles inauguraron: y con ellos el sentido de la disciplina y de la unión profunda y cordial que nos hace a todos confidentes y solidarios, como miembros de un mismo cuerpo» (S.S. Paulo VI, Discurso en la octava pública del Concilio Vaticano II, 18 de noviembre de 1965, p. 1054).

Han sido dos los impedimentos para que la verdadera intención del Concilio y su magisterio pudieran dar frutos abundantes y duraderos.

1. La revolución cultural y social de los años 60: el cambio en el mundo, fuera de la Iglesia, que contamina a la misma Iglesia, la contagia, al penetrar en la Iglesia un espíritu de ruptura con toda la Verdad Revelada.

2. La falta de fe de la Jerarquía de la Iglesia, que no ha sabido vivir su fe en Cristo en medio de un mundo totalmente apostático, herético, cismático. En un mundo sin Dios, han sido escasos los Pastores intrépidos en su fe, valientes en dar la Verdad, luchadores del Bien Divino, sabios para Dios. Muchos han sido lo contrario. Muchos se han dejado contagiar del espíritu de la época y han apagado su fe y la de muchas almas a su cargo.

No existe ya una Jerarquía enraizada en la tradición de la Iglesia. Este es el punto más trágico. Y es lo que observamos en todas partes. ¿Qué hace la Jerarquía en la Iglesia? Hace su negocio. Cada uno el suyo. Pero son pocos los que viven de fe auténtica. Son pocos los que de verdad dan la cara y dicen las cosas como son. Todos se callan porque les conviene callarse. Hay muchos sacerdotes que rompen con lo doctrinal, con lo litúrgico, y que enseñan nuevas cosas en la Iglesia. Enseñan lo que les da la gana. Y a eso lo llaman dogma. Por eso, tenemos en todas partes una confusión en la doctrina, en la liturgia, en lo pastoral. Nadie enseña las verdades que enseña el Concilio. Todo el mundo a criticar el Concilio. Todo el mundo haciendo su política del Concilio.

Es necesario estar en la Verdad para no ser destruido por las corrientes que actualmente circulan por la Iglesia. Son corrientes de maldad, de mentira, de engaño. Ya nadie da la Verdad, dice la verdad como es, sino que todos hablan sus verdades, que son sus mentiras. Ahora, todo el mundo quiere opinar sobre los Papas, sobre los dogmas, sobre la Tradición, sobre el Magisterio de la Iglesia. Y nadie se pone con el Papa, nadie acude a los Vicarios de Cristo que son los que dan la Verdad en la Iglesia. Por eso, todos siguen a un falso Papa, a uno que se las da de persona inteligente, cuando es menos que vulgar, plebeyo, inculto, ignorante, un tarado en la vida espiritual.

Francisco es signo de destrucción, de ruptura con toda la Verdad. Francisco rompe con Cristo y con la Iglesia. Y se inventa su cristo y su iglesia. Y todos contentísimos con ese palurdo del demonio. Y sólo sabe enseñar esto a los jóvenes: «Que hagáis lío, ya os los dije. Que no tengáis miedo a nada, ya os lo dije. Que seáis libres, ya os los dije» (vídeo mensaje del 26 de abril un a los jóvenes de Buenos Aires en ocasión de la Pascua de la Juventud). Esto no es enseñar la vida espiritual. Francisco no enseña la fe, ni la penitencia, ni a cumplir con los mandamiento, ni la santidad de vida. Esto no es un Papa. Esto es propio de un hombre que se burla de la verdad en la Iglesia, que se ríe a carcajadas de todas las almas, que pregona su injustica por todas partes.

Francisco condena a todas las almas al infierno. Y esto merece una justicia divina. Nadie que se ha elevado por sí mismo a un trono que no le pertenece puede perseverar en ese trono mucho tiempo. Los días están contados para Francisco.

Ningún masón puede declarar santos en la Iglesia

corsa

“¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).

Después de ver el doble lenguaje de Francisco, y de seguir constatando que Roma ha perdido la Fe, y ya no se opone al inicuo que usurpa la Silla de Pedro, sino que lo protege, excusa su pecado, y le abre caminos para que siga destruyendo la Iglesia, como lo está haciendo; sólo queda refugiarse en el Corazón de Jesús. Lo demás, es perderse en un mundo y en una Iglesia que ya no ama a Dios, sino que da culto al demonio y al pensamiento de los hombres.

¿Cómo reconocer al Anticristo?: “Ustedes los reconocerán porque no llevará nunca la cruz, símbolo de redención. Él tendrá doce discípulos, se valdrá de todo tipo de prodigios para hacerlos caer en engaño. En las Iglesia habrá desorden” (Cuadernos 1943 – María Valtorta).

Francisco lleva una cruz, que no es el símbolo de la redención, sino el símbolo de la condenación: una paloma, que cae en picado, hacia un grupo de ovejas, donde hay una calavera, representada como “buen pastor”. Francisco es un anticristo, pero no el Anticristo. Él ha puesto a ocho cabezas para gobernar la Iglesia, que piensan lo mismo que él, que obran lo mismo que él. Ese grupo de herejía es el que inicia la falsa Iglesia, el que da cuerpo a la iglesia negra del demonio.

«Vendrá un hombre, ostentará obras de beneficencia; demostrará gran estabilidad, hará el bien y mucha gente lo amará y creerá en sus hazañas. Pero recuerden que la humildad viene de Dios y el que procede de Dios no se pavonea» (Ibidem). Francisco, desde que inició su falso pontificado, se pavonea con todo el mundo; el mundo lo aplaude, el mundo lo sigue, porque el mundo reconoce lo que hay en Francisco.

En la Iglesia, Francisco se ha puesto a recoger dinero. Las almas no le interesan para nada. Quiere llegar a la gente dándole lo que quieren escuchar. Por eso, la masa lo ama; la masa cree en sus palabras, en sus obras. La masa lucha por Francisco, pero ya no lucha por la Verdad. Creen que Francisco da la Verdad porque da dinero a los pobres, porque está metido en los asuntos del mundo, de la gente; porque se preocupa de la vida de los demás. Es el engaño de un hombre que sólo se pavonea, que sólo quiere publicidad, que busca la propaganda, como todo político. Está haciendo su campaña política en la Iglesia y nadie se ha dado cuenta.

«Vi qué nefastas iban a ser las consecuencias de esta falsa iglesia. Ví cómo aumentaba de tamaño; herejes de todo tipo venían a la Ciudad (Roma). El clero local se tornaba tibio, y vi una gran oscuridad… Entonces la visión pareció extenderse por todas partes. Comunidades católicas enteras eran oprimidas, asediadas, confinadas y privadas de su libertad. Vi muchas iglesias que eran cerradas, por todas partes grandes sufrimientos, guerras y derramamiento de sangre. Gentuza salvaje e ignorante se entregaba a acciones violentas. Pero todo ellos no duró largo tiempo” (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 13 de mayo 1820).

Esto es lo que viene ahora. Se inicia la falsa iglesia. Ya, durante 50 años, en Roma, las herejías han ido aumentado de tamaño. Y no han sido los Papas los culpables, sino los Obispos y sacerdotes que no han obedecido a la Cabeza Reinante. Herejes de todo tipo hay en el Vaticano. Y, por tanto, la tibieza en la vida espiritual es manifiesta, clara, es lo que los fieles ven en sus pastores: ya no viven sus sacerdocios, sino otra cosa. Y, entonces, viene un Francisco, otro hereje, que se alimenta de engaños, que vive su vida según su propia voluntad, y extiende la herejía a todo el mundo. Hace que todos la vivan, la abracen, la obren.

Esto es lo que está pasando: quien sigue a un hereje, se hace él mismo hereje. Empieza a comulgar con su mismo pensamiento humano, que es errado cien por cien. Y, claro, tiene que venir la persecución.

Y ya hay señales que empiezan, por todas partes, grandes sufrimientos por causa del pecado de la Iglesia actual. Francisco y los suyos, son los culpables de lo que viene ahora a la Iglesia y al mundo.

«Veo al Santo Padre muy angustiado. Él vive en un palacio, distinto al anterior, donde recibe sólo a un número limitado de amigos allegados a él. Temo que el Santo Padre tenga que sufrir muchas otras pruebas antes de morir. Veo que la falsa iglesia de las tinieblas está haciendo progresos, y veo la tremenda influencia que ella tiene sobre la gente. El Santo Padre y la Iglesia están verdaderamente en una aflicción tan grande que habría que estar implorando a Dios día y noche» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 1º de agosto 1820).

Del Papa Benedicto XVI habla la beata. Está presentando la potestad espiritual que tiene el Papa. En la persona del Papa confluyen dos potestades distintas: una temporal (sobre la Ciudad del Vaticano) y otra espiritual (sobre el gobierno de las almas y de la Iglesia Católica).

Benedicto XVI ya no gobierna el Vaticano y, por tanto, no posee esa potestad temporal, a imagen de Cristo, que se separó de la Sinagoga de su tiempo, para poder ejercer su potestad espiritual, y así fundar Su Iglesia. Benedicto XVI está separado del Vaticano y de todas sus iniquidades, como Jesús. Pero sigue conservando su potestad espiritual porque su renuncia no significa la pérdida del Poder Divino. Él sigue siendo el Papa, pese a quien le pese. Y el Papa de toda la Iglesia Católica, el Papa elegido por Dios. En este Papa está la Verdad, se guarda la Verdad. Vive en un palacio, distinto al que ocupó siendo Papa, recibiendo sólo a pocas personas. Pero vive sufriendo por la Iglesia y le llega la hora del mayor sufrimiento: ir a la Cruz de la cual se bajó: «llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombre y mujeres de diversas clases y posiciones» (Lucía – Tercera parte del Secreto de Fátima).

Francisco es el Soberano Absoluto del Vaticano, antro de los siete vicios capitales; tiene un poder humano temporal y material, pero no tiene la potestad espiritual sobre las almas ni sobre la Iglesia Católica.

Francisco ha demostrado una actitud ecuménica exaltada, una escandalosa negligencia y libertad litúrgica, una pastoral de considerable ambigüedad, y una concepción doctrinal herética y totalmente discutible.

Francisco es un masón, un hombre que, desde 1999, es miembro honorífico del Rotary Club de Buenos Aires. Y un masón no puede nunca ser el verdadero Papa, el Papa legítimo, sino que es, a todas luces, ilegítimo; y lo que hace en la Iglesia es nulo, a los ojos de Dios. A los ojos de los hombres, tiene una validez humana, pero no espiritual.

El Rotary es de inspiración masónica, pone en práctica los ideales masónicos y tiene vínculos con la Masonería. Y, por eso, al Rotary se le conoce como Masonería blanca o Masonería sin máscara.

Francisco, desde que salió al balcón se dirigió al mundo y a la Iglesia como masón, no como Papa. Y sus palabras fueron claras: “Dado que muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia Católica, otros no son creyentes, os imparto esta bendición, en silencio, a cada uno de ustedes, respetando la conciencia de cada uno, pero a sabiendas de que cada uno de ustedes es un hijo de Dios Que Dios los bendiga” (13 de marzo 2013). Puso el sello de la masonería en su primera actuación. No puso la palabra de Dios, no llevó a Cristo, no ofreció la Verdad, sino la mentira.

Lo que dijo está totalmente de acuerdo con lo expresado por la masonería: “la masonería enseña que ya que Dios es el Creador, todos los hombres y todas las mujeres son los hijos de Dios. Debido a esto, todos los hombres y todas las mujeres son hermanos y hermanas“ (Gran Logia de Michigan). Este es el gran principio de la fraternidad: el amor al hombre se pone por encima del amor a Dios. Porque sois hijos, sois hermanos. No se dice: porque sois amados por Dios, entonces sois hijos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, que grita: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4, 6). Somos hijos en el Hijo del Padre. Somos hermanos en el Espíritu del Hijo, que es el Espíritu de Cristo. No somos hermanos por Creación de Dios. Somos hermanos porque «Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción» (Gal 4, 4b-5). La masonería niega la Redención y, por tanto, predica el amor fraterno, anulando el amor de Dios.

Francisco predica su fraternidad en la Iglesia, que se asemeja a la del universalismo antropocéntrico, de matiz iluminista, revolucionaria y atea: «el Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad» (Francisco en la entrevista a Scalafarri). Clamorosa inexactitud, que anula la obra de la Redención. Jesús se encarna para redimir al hombre del pecado y así hacerlo hijo de Dios por adopción. Y, por tanto, la fraternidad es sólo una mera consecuencia de la Redención, pero no es el fin de la Encarnación del Hijo de Dios. Y esto le lleva a la adoración del hombre: «sobre el altar adoramos la carne de Jesús; en ellos (en los pobres) encontramos las llagas de Jesús. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí está la carne de Jesús; Jesús está presente ente ustedes, es la carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (Francisco, en Asís, a los niños discapacitados). Francisco ha perdido el camino de la Verdad y no sabe diferenciar la presencia de Cristo en la Eucaristía y la presencia de Cristo entre los pobres. Las llagas de los pobres son sólo un símbolo de las llagas de Cristo, una analogía, no real, sino sólo relativa, conceptual. Y la presencia de Cristo en la Eucaristía es real, sustancial, no es un símbolo. Y, por tanto, hay que destacar a Cristo en la Eucaristía, no las llagas de los pobres. El primer plano, para Francisco, son los pobres, no es Cristo. Señal de que Francisco da culto a los hombres, a sus obras, a sus pensamientos. Pero no es capaz de dar culto a Dios. Habla que Jesús está en la Eucaristía para llevar la mente del que lo escucha a lo que le interesa: el hombre. Este es siempre el doble lenguaje de Francisco. ¡Siempre!

En la elección de Francisco a la Silla de Pedro estuvo la masonería: él fue el candidato de los masones cardenales; puesto en una hábil maniobra del demonio para quitar al Papa reinante, y poner al que destruye el Papado con su vida de vulgaridad, con su vida social y política; con su inteligencia errada en todas las cosas de la Iglesia. Habla de muchas cosas y todo es mentira en lo que habla. Habla para darse importancia, pero nunca para enseñar la verdad. Habla para poner a otros los modelos de vida que él tiene: «En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien» (Ángelus – Plaza de San Pedro -Domingo 17 de marzo de 2013). «Otra cosa: ayer, antes de dormir, pero no para dormirme, leí -releí- el trabajo del cardenal Kasper y me gustaría darle las gracias, porque me encontré con una profunda teología, un pensamiento claro en teología. Es agradable leer teología clara. Y también encontré aquello que San Ignacio nos decía, del sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me ha hecho bien y me vino una idea -discúlpeme si le hago avergonzarse Eminencia- pero la idea es que a esto se le llama “hacer teología de rodillas”. Gracias. Gracias.» (Aula del Sínodo en el Vaticano – 21 de febrero).

Al Cardenal Kasper no se le puede considerar un buen teólogo, sino merecedor de reprobación expresa, por su posición marcadamente herética y cismática con relación a varios dogmas de Fe, entre ellos la negación de la divinidad de Jesús, en su libro Jesús el Cristo, donde dice: «esta confesión Jesucristo, Hijo de Dios, es un residuo de mentalidad mítica, pasivamente aceptado» (p. 22); la negación del dogma extra Eccelsiam nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación), donde afirma que en Jesucristo la salvación incluye todo lo que es bueno y verdadero en las otras religiones; la negación de los milagros, de la Resurrección, de la Ascensión, de la Concepción Virginal de María y de la Infalibilidad de la Iglesia.

Esto no es profunda teología, estoy no es hacer teología de rodillas. Esto es dar culto a la mente del hombre; esto es ponerse por encima de la ley de Dios; esto es anular la Palabra de Dios y llamarla herética.

El elogio público de un teólogo herético representa una afirmación herética. Por tanto, Francisco ha caído en clara herejía al alabar a Kasper. Y sólo este elemento basta -de por sí- para considerar a Francisco excomulgado, desprovisto del cargo eclesiástico que se le ha confiado, anulando así su falso Pontificado. Esto es pública herejía de Francisco en la Iglesia. Y nadie quiere llamar a las cosas por su nombre.

El canón 194 § 1, n. 2, dice: «Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico: quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia». Francisco, poniendo como modelo de fe a un hombre hereje, se aparta públicamente de la fe católica; porque los sacerdotes y Obispos en la Iglesia deben ser padres de la fe y, por tanto, modelos de la fe. Y poner por modelos de fe en la Iglesia a los santos, que son los que han obrado y vivido la fe. Ponen como modelo para creer a uno que no cree en nada. ¡Esto es reírse de toda la Iglesia!

Todo esto es muy grave, y nadie en el Vaticano dice una palabra. Al revés, se están preparando para representar la mayor comedia de la historia: canonizar a dos beatos. Falsa canonización, porque un masón no tiene poder para hacer santos, para declarar santos. Va a ser solo una pantomima, una obra de teatro más de Francisco y todos los suyos. Y, por supuesto, para sacar tajada de eso.

Pero, ¿a quién le interesa esto? A nadie le importa la verdad. Todos contentísimos con el doble lenguaje de Francisco. Todos esperando a ver qué pasa en octubre con el sínodo de los Obispos. Todos haciendo planes para el futuro. Y nadie combate el error. Nadie se enfrenta a Francisco.

«Veo muchos eclesiásticos que han sido excomulgados y que no parecen preocuparse por ellos, y por tanto menos tener conciencia de su situación. Y, sin embargo, ellos quedan excomulgados cuando cooperan con empresas, entran en asociaciones y abrazan opiniones sobre las cuales se ha impuesto el anatema. Se puede ver cómo Dios ratifica las órdenes, las interdicciones y los decretos emanados de la Cabeza de la Iglesia, manteniéndolo vigente aun si los hombres no muestran interés por ellos, los rechazan o se burlan» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick –1820-1821).

La beata sólo está recordando el Evangelio: «lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto destares en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16, 19). Francisco, Kasper y todo su gobierno horizontal están excomulgados por Dios, porque Dios no se olvida de lo que los Papas han atado en Su Iglesia. El canon 1364 dice que: «el apóstata de la fe, el herético o el cismático cae en excomunión latae sententiae»; es decir, automáticamente él mismo se pone fuera de la Iglesia sin necesidad de un acto oficial, sin necesidad de que se lo recuerden.

Cualquiera que proclame o ponga en práctica otra doctrina distinta a la de Cristo, dentro de la Iglesia Católica, es herético y de hecho queda excomulgado, aunque sea Sacerdote, Obispo, Cardenal o Papa; porque nadie se puede poner por encima de las Verdades de Fe, que son sagradas para Dios y son ley divina para el hombre.

Dios ratifica a Sus Papas, los que ellos han atado en la tierra. Y aunque nadie le importa ya eso, Dios sigue ratificando a Su Iglesia, porque su Iglesia es la Verdad. Y no hay más Verdad que lo que los diferentes Papas han obrado en la Iglesia en toda su historia. Un Papa es el que custodia la Verdad y sólo la Verdad

Lo que obra actualmente ese infeliz de Francisco es sólo su nueva iglesia, negra, del demonio. Y todo aquel que lo apoye, queda excomulgado automáticamente. Francisco sigue haciendo su comedia en la Iglesia. Y todos ríen, aplauden. Consecuencia: ya no hay tiempo. Ya se acabó el tiempo. No esperen Misericordia; sólo Justicia.

Las llaves del Reino de los Cielos

“A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19).

de6

El poder de atar y desatar es diferente al poder para perdonar o retener pecados.

El poder para perdonar pecados lo tiene todo sacerdote cuando es consagrado en el Sacramento del Orden.

Ese poder viene del mismo Jesús: “El hijo del Hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2, 10).

Todo Cristo, todo sacerdote, posee ese poder, un poder divino, que se ejerce en la Iglesia, no fuera de la Iglesia.

Para ejercer ese poder, el sacerdote necesita el Espíritu de la Iglesia, que se da en Pentecostés: “Como el Padre me ha enviado, así os envío. Esto dicho, sopló sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, le serán perdonados; a quienes se lo retengáis, les serán retenidos” (Jn 20, 21-23).

Jesús envía a sus Apóstoles a ejercer ese poder que ya tienen, pero en el Espíritu de la Iglesia, que es el Espíritu de Santidad.

Se necesita este Espíritu para obrar el poder que tiene todo sacerdote en su consagración. Y, en este Espíritu, el sacerdote juzga o condena al pecador. Y ese juicio, que es para perdonar el pecado, o esa condenación, que es para retener el pecado, es la misión de todo sacerdote en la Iglesia.

Para esto está puesto el sacerdote: para perdonar o para no perdonar el pecado.

Pero las llaves de la Iglesia son otra cosa al poder de perdonar en el sacerdote.

Las llaves de la Iglesia las tiene el Vicario de Cristo. Y, por tanto, los Obispos que se unen al Vicario en la obediencia. Si no hay obediencia, no tienen esas llaves de la Iglesia.

Con esas llaves, Pedro puede hacer muchas cosas en la Iglesia y puede impedir muchas cosas en la Iglesia.

Con esas llaves, los dogmas de la Iglesia son los dogmas en el Cielo. Es decir, Dios se atiene a lo que la Iglesia vaya promulgando como Verdad en el Cielo. Por eso, el camino para definir un dogma en la Iglesia siempre ha sido muy largo y muy trabajoso para los hombres.

Los hombres, por su cortedad en la inteligencia, no ven la Verdad y necesitan tiempo para verla, para definirla. Por eso, el dogma de la Inmaculada tardó tanto tiempo en definirse por la Iglesia. Ya estaba esa Verdad en el Cielo, pero el Cielo no se apresura a declararla hasta que la Iglesia militante no lo haga. Y eso es sólo un signo para los hombres. Para que vean que en la Iglesia está la Verdad.

Con las llaves, Pedro puede proclamar Santos. Los Santos del Cielo son distintos a los santos en la Iglesia. Hay muchos santos en el cielo que no son conocidos por la Iglesia militante. Dios espera a que la Iglesia militante los haga santos para proclamarlos desde el Cielo. Pera ya son santos en el cielo, aunque no se conozcan en la tierra.

Con las llaves se puede impedir el acceso a la Iglesia, se puede negar que una persona pertenezca a la Iglesia. Y es por sus pecados, por sus errores, por sus obras malas. Y, por tanto, la Iglesia juzga a los que están fuera de la Iglesia, a los que no se les permite entrar dentro de Ella por su mala vida. Es un juicio que hace toda la Iglesia, no sólo el Papa. Porque las llaves suponen perdonar o condenar a alguien en nombre de la Iglesia.

El Sacramento de la Penitencia es para perdonar o retener pecados, en nombre de Cristo. Las llaves del Reino de los Cielos es para perdonar o retener pecados en nombre de la Iglesia.

Al pecador sólo el sacerdote lo juzga. Pero al que está fuera la Iglesia, al que no es miembro de la Iglesia, toda la Iglesia lo juzga, porque se une a Su Vicario que lo ha juzgado.

Cuando el Papa Benedicto XVI renuncia, ya no se da este poder en las llaves. El Papa renunció no sólo a ser Pedro, sino también a las llaves de la Iglesia, del Reino de los Cielos.

Y la Iglesia se ha quedado sin este poder divino en la Cabeza, porque no existe la Cabeza. La cabeza ha renunciado a ser cabeza. Y, por tanto, ningún Obispo tiene este poder en la llaves porque no hay cabeza, no hay nadie a quien obedecer en la Cabeza.

Sólo queda en la Iglesia el poder de perdonar pecados, que lo tiene todo sacerdote que crea en Jesús, que imite a Jesús en su vida.

Y esto es muy importante en los momentos que vivimos, porque nadie desde el gobierno de la Iglesia actúa ahora con el poder de Dios, sino sólo con un poder humano.

Y, aunque se declaren santos, dogmas, etc. no se hace nada en el Cielo ni en la tierra, porque no existe la Cabeza Visible en la Iglesia. El Papa renunció a ese poder que Jesús le da en Su Iglesia y que son las llaves del Reino de los Cielos.

Por eso, no hay que hacer caso a lo que Roma diga en nada. No hay que hacer caso ni a Francisco ni a ningún Obispo de la Iglesia que se una a Francisco. No tienen ningún poder divino. Actúan con su poder humano.

Por supuesto, que ellos no lo van a admitir y seguirán haciendo todas las cosas en nombre de Dios. Pero, en la realidad, las hacen sólo en nombre de los hombres, con un poder humano que no sirve para atar o desatar en la Iglesia ni en el Cielo.

Por eso, lo que se tiene en la Iglesia ahora mismo es un gran desastre en todos los sentidos. Y viene el tiempo de que Roma quiera imponerse con las leyes de la Iglesia a todo el mundo. Es la prepotencia que se da cuando se quita al verdadero Papa y se pone a un impostor. Desaparece el poder de Dios y actúa el poder del demonio y de los hombres en la Iglesia.

Todo cuanto se hace ahora en la Iglesia, aunque sean cosas buenas para los hombres, aunque parezcan santas, como proclamar a un santo, es sólo con el poder del demonio, que quiere eso para seguir engañando a los hombres. Sólo cuando se quiten la careta dejarán de hacer todo eso.

Para que el impostor haga en la Iglesia la obra del demonio, tiene que mandar con despotismo, tiene que obligar a todos a seguirle. Y, para eso, tiene que caer ese impostor en la obra de los fariseos, que es medirlo todo con sus leyes, con sus normas, con sus pensamientos. Y aquel que no se acoja a sus leyes queda fuera de la Iglesia, o perseguido por la misma Iglesia en Roma.

Es lo que se va a haber una vez quiten la Eucaristía. Porque todo pende de esa división. Se divide el amor en la Iglesia y sólo queda el odio, los falsos amores, las falsas compasiones hacia los hombres.

Ciegos para ver la Verdad

“Santifícalos en la Verdad; Tu Palabra es Verdad…Y por ellos Yo me santifico a Mí Mismo para que ellos también seas santificados en la Verdad” (Jn 17, 17.19).

zzzzzzz2

La Iglesia ha quedado ciega para ver la Verdad, porque rechaza la Palabra, que es Verdad.

La Palabra es el Pensamiento del Padre y es la efusión del Espíritu en el alma del que cree.

Son tres cosas: Palabra, Pensamiento, Efusión.

Esta es la Verdad.

Un alma que vive en sus pensamientos humanos, en sus palabras humanas, en sus fuerzas humanas es un alma que carece de la Verdad en su vida.

La Verdad en la vida comienza escuchando la Palabra. Eso es la Fe en la Palabra, que es la Fe en Cristo.

Y quien cree en la Palabra, cree en el Pensamiento del Padre, que es el que engendra esa Palabra.

Y quien cree en la Palabra lo hace en el soplo del Espíritu, que es el que procede del Padre y del Hijo.

No se puede creer en Jesús y, después, cada uno estar en su mente humana y en sus obras humanas. Esa fe, que es la que poseen muchos, es sólo una fe humana, es decir, un producto de la mente del hombre que le gusta fabricar su fe en Dios y su fe en la Iglesia.

La Palabra es Verdad. Y esa Palabra Divina es un soplo de santidad en el alma que la posee. Es un camino hacia la verdad de la vida que el alma debe procurar hasta que muera.

Pero ese camino es un camino divino, no humano: está guiado sólo por Dios y sólo Dios sabe caminar ese camino.

Por eso, el hombre necesita ser humilde para poder comprender este camino y hacer en su vida la Voluntad de Dios.

La Iglesia está ciega, ya no ve la Verdad porque se ha separado de Cristo y de Su Iglesia.

De los dos, al mismo tiempo.

La Iglesia, en Roma, ya no es la Iglesia de Cristo, que Jesús fundó en Pedro.

Y no es desde la renuncia de Benedicto XVI. Ahí dejó de ser Iglesia y se convirtió en una falsa iglesia.

Los frutos de esa falsa iglesia no se vieron en ese momento, sino que se han ido viendo poco a poco. Las obras de esa falsa iglesia son claras para que el que tiene fe. Pero, para los demás, que se han fabricado la fe en su mente humana, sigue siendo la Iglesia de siempre.

Pero sólo por las obras se conoce dónde está la Verdad. Sólo por las obras. No por lo que diga la Jerarquía, Francisco o Benedicto XVI. Sus palabras ya no valen para guiar a la Iglesia hacia la Verdad, porque se han separado del soplo de la Verdad, del Espíritu de la Verdad. Y ahí quedan las obras para demostrarlo.

Pero, hoy día, tampoco la Jerarquía atiende a las obras para ver la Verdad. Tampoco. Y por una sencilla razón: porque ya no tienen fe en la Palabra. Y, cuando se pierde la fe, el pensamiento humano se hace dios. El hombre se cree dios.

Es lo que vemos en Roma. Por supuesto, que la Jerarquía no se llama a si misma dios. Pero lo demuestra con sus obras. Y sólo con sus obras, no con sus palabras, no con sus razonamientos.

Y ¿cuáles son esas obras?

Sólo una, que la resume todas: el silencio de la Verdad.

Ese callar el pecado de otro, ese no corregirlo, ese aplaudir el pecado del otro, ese ensalzar el pecado del otro, ese justificar el pecado del otro, lleva siempre a una obra de pecado en donde no puede aparecer la Verdad.

Benedicto XVI renunció y todo el mundo calló. Y había obligación moral, espiritual y mística de corregir al Papa. Y nadie en la Jerarquía de Roma hizo eso. Otros lo hicieron en la Iglesia, pero se les calló la boca.

Ante el pecado no se puede callar. Quien calla otorga el pecado. Quien no juzga el pecado comete el mismo pecado que no juzga.

Benedicto XVI obró su pecado en la Iglesia. Y ese obrar su pecado lo cegó y ya no ve la Verdad. Sólo ve su verdad, que es su renuncia. Sólo atiende a su pecado. Y toda la Iglesia es culpable en ese pecado porque calló ese pecado. Y al callar cometió la Iglesia el mismo pecado que cometió Benedicto XVI: la Iglesia renunció a la Verdad, como lo hizo Benedicto XVI.

Sólo por las obras se ve la ceguera de toda la Jerarquía Eclesiástica. Obras que atienden porque las tienen como verdad, no como pecado.

Y cuando el alma no ve el pecado, el alma se pone por encima de Dios en su pensamiento y sólo vive de su pensamiento, sin quitar su pecado. Y eso la ciega para no ver la Verdad.

Los Cardenales se pusieron a elegir un nuevo Papa. Y nadie dijo nada. Nadie corrigió a los Cardenales. Todos callaron el pecado de los Cardenales. Todos alabaron a los Cardenales por esa obra que hicieron. Todos justificaron a los Cardenales en el cónclave para elegir un Papa. Todo dijeron que eso que hicieron los Cardenales era la Voluntad de Dios.

La Iglesia no corrigió el pecado de los Cardenales y, entonces, la Iglesia cometió el mismo pecado de los Cardenales en el Cónclave: ha aceptado un falso Papa como Papa.

Esta es la ceguera de la Iglesia. No puede ver que Francisco sea un anticristo. No puede verlo. Por más que se le presenten razones y se den las obras de ese anticristo en la Iglesia, que son manifiestas, la Iglesia lo sigue teniendo como Papa verdadero.

Esta es la ceguera, no sólo de la Jerarquía Eclesiástica, sino de toda la Iglesia.

Por eso, es tan difícil de hacer Iglesia actualmente. La Iglesia tiene una división que la rompe en dos partes. Y son dos abismos. Y no se puede pasar de uno a otro.

Quien está con Francisco está en su abismo. Y no hay forma de que entiendan que van mal, que están en el error. No hay manera. Aunque se demuestre con palabras y obras al mismo Francisco lo que está haciendo, nadie hace caso en esa nueva iglesia en Roma. Nadie. Porque ellos ya se han creído que están en la Verdad y los demás en la mentira.

Ya han asumido su pecado como Voluntad de Dios, como algo verdadero, como algo bueno. Y eso es ponerse como dios en la Iglesia. Cuando el hombre no reconoce su pecado, hace un altar a su pecado. Es lo que vemos en Roma.

Se ha quitado el culto divino para poner el culto del hombre.

Quien no está con Francisco no puede comulgar en nada con Francisco ni con Roma. En nada, porque hay un abismo, hay una división que ya nadie puede unir de nuevo. Y, por tanto, los que no están con Francisco tienen que renunciar a Roma de forma necesaria. Es una exigencia del Espíritu en cada alma, porque el Espíritu es el que lleva a la Verdad completa. Y esa Verdad ya no la da Roma.

Luego, hay que buscarla fuera de Roma.

Esto es claro, pero no tan claro para muchas personas, porque todavía están entre el sí a Francisco y el no a Francisco. Todavía dudan y hacen dudar a los demás.

Hay una corriente, ahora, de opinión en toda la Iglesia. Es la corriente de la masonería, que consiste en esto: presentar a Dios como el que todo lo puede, todo lo sabe, todo lo obra. Pero presentarlo desde la perspectiva del hombre. Y, para eso, es necesario que el hombre explique a la Iglesia la forma de adorar a ese dios. Ya no se basa en la Palabra de Dios para adorar a Dios. sino que es necesario nuevas normas de adoración a Dios.

Esta corriente nació con Francisco. Por eso, él ha dado sus declaraciones explicando su forma de dar culto a dios en la Iglesia. Pero este culto divino no es el verdadero, porque quien tiene dos dedos de frente ve que las declaraciones de Francisco son sólo una herejía.

Pero para la iglesia que apoya a Francisco, son algo bueno, son algo verdadero, son algo que hay que tener en cuenta para hacer iglesia. Las preguntas que ahora se han enviado a los Obispados es lo mismo: es la corriente de opinión que se da en la iglesia para recabar la mente de la iglesia: qué quieren los hombres de la iglesia.

Francisco lanzó sus declaraciones y muchos lo apoyaron. Y Francisco hace caso a los que le apoyaron para hacer la iglesia.

Ahora la verdad en la iglesia nueva se da de esta manera, ya no de la otra, como todos los Papas han hecho siempre. Porque ya el que se sienta en la Silla de Pedro no le interesa la unidad en la Verdad. Sólo le interesa unir a los hombres en sus pensamientos humanos. Y, para eso, es necesario crear corrientes de opinión en la iglesia, como se hace en el mundo.

Eso se ve en los medios de comunicación que se dedican a las cosas de la iglesia. Están todos imbuidos por esta corriente que la masonería ha creado en todas partes desde Francisco.

Esta corriente de opinión tiene un objetivo: mantener a las almas en la mentira de Francisco. Sólo eso. Que la gente lo siga viendo como Papa, aunque haya dicho tamañas herejías. Se ha limpiado la cara a Francisco en esa corriente de opinión y, por eso, no pasa nada, todo está bien, todo marcha como siempre en la Iglesia.

Esto produce que las almas se queden dormidas en la mentira. Y esta es la obra del demonio porque el demonio quiere conseguir una cosa: atar a toda la Iglesia sin que nadie se oponga cuando se quite la Eucaristía.

Esto es muy importante para el demonio.

Porque la Eucaristía es el culto a Dios. Si el demonio la quita y los hombres no disciernen lo que ha pasado, los hombres en la Iglesia todos adoran a Satanás. Esto es lo que quiere conseguir el demonio.

Por eso, ahora ha habido un tiempo de descanso, en que sólo Francisco ha seguido diciendo sus herejías diarias. Pero eso ya no preocupa a nadie en la nueva iglesia. Ahora lo que preocupa en la nueva iglesia es cómo seguir mintiendo. Esa es la única preocupación. Porque si no se obra lo que se ha hecho con el gobierno horizontal, la nueva iglesia tiene un grave problema con toda la Iglesia.

¿Para qué ocho cabezas si no hacen nada en la Iglesia? ¿Para qué ese gobierno si sólo con una cabeza es suficiente?

El gobierno horizontal no hace ni hará nada. Está ahí sólo para crear una diversión en la Iglesia, para dirigir la mirada hacia otra cosa menos importante y que dé tranquilidad a la Iglesia, como es el caso de Muller con el matrimonio. Eso sólo es una pantalla para tranquilizar a todos. No se puede confiar de Muller aunque diga la verdad. Es una verdad encubierta, dirigida por la masonería, que también dice la verdad cuando conviene.

Ahora la nueva iglesia necesita caminar hacia la destrucción de toda verdad en la Iglesia. Y es necesario zanjar el tema de la Eucaristía. Quitada ésta, lo demás es fácil. Si no se quita ésta, lo demás es difícil.

Por eso, este tiempo es crucial en la Iglesia. Ya no hay que hacer caso de las herejías de Francisco, porque son siempre lo mismo. Ya es agua que cae en tierra mojada.

Ahora hay que atender a lo que no se ve. Y eso que no se ve es lo peligroso en la Iglesia. Porque se ha creado una corriente de opinión que tapa la realidad de lo que se hace en la Iglesia. Eso es siempre la masonería. Es una cortina de humo.

La masonería pone a hombres en lo exterior para que distraigan la atención de lo que importa conocer. Y ellos obran en lo oculto y nadie sabe cómo obran. Sólo se conoce cuando esa obra sale a la luz.

Por eso, ahora hay que estar atentos a todo aquello que ponga en duda el culto a la Eucaristía en la Iglesia, porque por ahí van los tiros.

La Iglesia es un cadáver

La santidad en la Iglesia ha desaparecido completamente.

IXOYZ

El principio para ser santos es el Bautismo. Sin ese Sacramento, que hace al alma hija de Dios, la persona no puede caminar hacia la Santidad.

El Bautismo no hace santos, sino que da el sello de la Santidad.

Nada en la Iglesia hace santos, santifica, porque la Santidad sólo consiste en hacer la Voluntad de Dios.

Esto es lo que no enseña en la Iglesia, hoy día. Vean la homilía de Francisco en el día de Todos los Santos: nunca dijo que había que hacer la Voluntad de Dios para ser santos, sino que dijo lo de siempre: hay que amarse unos a otros y no odiarse. Eso es toda la santidad para Francisco.

Tiene en esa homilía muchos errores que ya ni merece la pena decirlos porque son los de siempre. Francisco nunca va a enseñar ninguna verdad en la Iglesia. Nunca. Y, por eso, no hay que buscar en él una verdad, una enseñanza, un oráculo de Dios. Al revés, si quieren conocer lo que el demonio planea, sólo siga a Francisco en lo que dice en la Iglesia.

Ser santos significa ponerse en contra de los hombres.

Y si no se hace esto, entonces la santidad no existe, no puede darse. De hecho, no se da ahora en la Iglesia porque todos en la Iglesia se ponen a favor de los hombres. Eso es el humanismo que trae dos herejías a la Iglesia: todo es hacer un común, una comunidad, y todo es ponerse por encima de Dios, de sus leyes, de sus tradiciones, de sus mandamientos, de sus enseñanzas.

Estas dos herejías son la punta del iceberg que está en la Iglesia.

Es un rascacielos de pecado que no se contempla, porque el pecado es sólo una cuestión de una falla en la persona. Todos fallamos, todos no equivocamos, y ya está. Se corrige el error y a echar para adelante. Esto lo enseña Francisco en cada homilía. Para él los hombres son todos pecadores y todos santos al mismo tiempo, porque todos tenemos nuestros tropiezos y ya el Señor nos ha salvado sin necesidad de que luchemos contra nuestros pecados, porque –naturalmente- caemos, somos débiles, somos frágiles. Y hay que tener compasión entre uno y otros y soportarnos unos y otros.

Así piensan los humanistas y Francisco el primero.

La santidad es una lucha espiritual contra tres frentes: el mundo, el demonio y la carne.

El mundo de los hombres y sólo de los hombres. Y, en ese mundo, sólo está una Cabeza: el demonio. El demonio tiene su cabeza visible en el mundo: un masón. Y sólo tiene esa cabeza. No tiene más cabezas, más masones, porque el demonio imita en todo a Jesucristo.

Jesús puso una Cabeza Visible en Su Iglesia, que es Pedro; el demonio pone la suya, que es un masón.

Esa cabeza visible no es visible para los hombres, no es conocida por los hombres. Sólo es conocida por un rango jerárquico de hombres, unidos a esa cabeza. Como se da en la Iglesia, los Obispos se unen a Pedro, para formar la pirámide de la Jerarquía. Esa pirámide ya no existe en la Iglesia por el gobierno horizontal. Pero sigue existiendo en el mundo.

El mundo es una iglesia comandada por el demonio. Una iglesia que sólo puede enseñar la mentira de muchas maneras, porque no hay verdad en el demonio.

Una iglesia que ata a todos los hombres a un pensamiento, sea el que sea; pero ese pensamiento es el motor de cada hombre en el mundo.

El mundo se mueve sólo por ideas. Y nada más que eso, porque el mundo no conoce lo que es el amor. El amor divino es siempre una obra, nunca una idea.

El mundo es dirigido solamente a base de ideas que va poniendo el demonio en la cabeza visible. Y es este masón el que lo mueve todo en el mundo. Y puede mover una guerra, como un desastre económico, como un terremoto, como un alza en la economía, como un atentado a un país, como lo que sea que pase en el mundo.

Cualquier cosa que pasa en el mundo no es por casualidad. Esa cabeza masónica controla cualquier cosa en el mundo. Es un trabajo de siglos y siglos, de controlar todo en todos los países, en todas las culturas, en todos los movimientos.

Es un trabajo encubierto, oculto, que no se ve, pero que se ven sus frutos, sus efectos.

Para tener éxito en el mundo sólo hay que seguir la idea que predomine en ese instante en el mundo. Esa idea lleva al dinero y al poder.

Los hombres inteligentes en el mundo están siempre al acecho de esta idea. Porque la cabeza masónica rige al mundo a través de una idea ejemplar. Hay que seguir esa idea ejemplar para entender la mente del masón : ¿hacia dónde lleva al mundo esa cabeza?

Ahora mismo, la idea predominante es la Iglesia. Hay que ir a la Iglesia, hay que estar en la Iglesia, hay que ver la manera de ser Iglesia todos.

Esta idea masónica es la que rige en el gobierno horizontal en la Iglesia.: hay que abrirse al mundo para recoger esta idea masónica, que viene de fuera de la Iglesia. El masón quiere entrar en la Iglesia, pero necesita que le abran la puerta.

Ya la tiene abierta con Francisco. Entonces, todos adentro. Es lo que predica Francisco: todos adentro. Está dando a los masones la señal para que entren con su idea.

La idea del masón es hacer una iglesia. Pero hacerla en la Iglesia, desde la Iglesia, con la Iglesia que está en Roma.

Esta idea que predomina en el mundo viene desde la muerte de Juan Pablo II. En esa muerte, la masonería puso en la Iglesia el camino para esta idea.

Una vez que se tiene al hereje sentado en la Silla de Pedro, para la cabeza masónica es fácil imponer esta idea.

Pero es difícil porque la Iglesia sigue la idea de la Verdad que no está en la masonería.

Y, entonces, viene el problema para la cabeza masónica: ¿cómo anular la Verdad de la Iglesia sin que la Iglesia se oponga a eso?

Y sólo hay un camino para esto: el despotismo, la imposición a la Iglesia de lo que quiere la cabeza masónica. No hay otro camino.

Y aquí viene la dificultad de la Iglesia: porque la Iglesia ha perdido la santidad, entonces se deja imponer esta idea masónica.

Ya lo ha hecho con el gobierno horizontal: la Iglesia se ha dejado imponer una idea cismática, herética, que lleva a la apostasía por sí misma, que conduce a la incredulidad en todos los ámbitos de la Iglesia, que destruye la Iglesia en su raíz.

Y esto se ha hecho porque no hay santidad en la Iglesia. Nadie busca la Voluntad de Dios en la Iglesia. Todos buscan el congraciarse con los hombres en la Iglesia. Y, por eso, se acoge la herejía como una verdad en la Iglesia.

Esta gravedad hace que la Iglesia camine sin marcha atrás hacia su destrucción.

Ya no es posible volver atrás, volver a lo de antes. Es imposible. Y ¿por qué? Por la naturaleza del pecado de Benedicto XVI. Sólo por eso.

Ese pecado anula la santidad en toda la Iglesia.

Para comprender esto es necesario saber que el alma de la Iglesia es el Espíritu Santo.

Sin este alma, la Iglesia es un cadáver. Y sólo eso: un cadáver sin vida espiritual.

¿Cuándo la Iglesia se convierte en un cadáver?

Sólo cuando Pedro renuncia a ser Pedro. En ese instante.

Porque en Pedro está la raíz de lo que es la Iglesia: una unión mística realizada sólo por el Espíritu en el alma de Pedro.

Si el alma de Pedro renuncia a ser Pedro, se anula la unión mística. Y esa anulación deja a la Iglesia como cadáver.

La Iglesia, místicamente, es un cadáver.

Pero la Iglesia, espiritualmente, está viva en algunos corazones. No en muchos. Porque siempre serán pocos los que se salven.

La diferencia entre lo místico y lo espiritual consiste en esto:

Lo místico es sólo una obra del Espíritu. En esa obra no entra para nada los méritos del hombre, del alma. Jesús obra místicamente en Pedro, aunque éste sea un demonio, un condenado en vida. Lo místico no necesita la gracia para darse. Lo místico se da en el pecado de la persona, cuando esa persona tiene un oficio en la Iglesia, como es ser Papa, sacerdote, Obispo. Si no tuviere un oficio, no se da lo místico, sino que se da el falso misticismo, que es siempre una obra del demonio.

Lo espiritual necesita la gracia del alma para obrarse. Necesita los méritos de la persona, el trabajo en la vida espiritual. Por eso, la Iglesia siempre va a estar en un corazón que es fiel a la gracia. Siempre en un corazón que es fiel a los Sacramentos, a los mandamientos de la ley de Dios, a la Tradición de la Iglesia, al Magisterio de la Iglesia.

Por eso, místicamente la Iglesia es un cadáver. Pero espiritualmente la Iglesia está viva.

Y, entonces, viene la cuestión: ¿qué hacer ahora en esta dicotomía que se observa en la Iglesia? Porque Roma no dice la Verdad, luego no puede hacer Iglesia. Pero el corazón anhela ser Iglesia, hacer Iglesia.

¿Qué tienen que hacer las almas con una Iglesia que es un cadáver místicamente?

Sólo una cosa: seguir al Espíritu de la Iglesia en el corazón, no en Roma.

Sólo eso.

Porque es Cristo quien ahora lo dirige todo en Su Iglesia. Y ya no la dirige de una forma mística, a través de una cabeza, de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa.

Ahora Cristo indica a cada alma cómo ser Iglesia, cómo hacer Iglesia cuando no hay una cabeza visible.

Porque ésta es la dificultad de la Iglesia en estos momentos: no tiene un cabeza visible que le diga la Verdad, que la una en la Verdad, que le muestre el camino de la verdad. No tiene.

Ésta es la gran dificultad.

Los hombres siempre necesitan de una cabeza visible para andar en la vida. Y ahora no la ven en la Iglesia.

Las almas, ahora, se encuentran perdidas y buscan aquí y allá un alimento de verdad para sus almas. Pero no pueden buscarlo en Roma. No pueden buscarlo en los sacerdotes, Obispos que no enseñan la Verdad. No pueden buscarlo en los profetas que ya no enseñan la verdad, sino la mentira.

Al quitar la cabeza visible, que es Pedro, se oculta la Verdad en la Iglesia.

Este es el Misterio de la Iglesia.

Jesús hace caminar ahora a Su Iglesia en la oscuridad de la luz divina que se oculta a todos. Y la hace caminar para purificarla de todos su errores, de todos sus pecados. Porque es necesario para la Iglesia la oscuridad que da la fe al alma que cree. Es la noche oscura del alma, de San Juan de la Cruz, lo que vive la Iglesia en estos momentos.

La Iglesia es un Reino Espiritual, y sólo se puede vivir en ese Reino cuando el alma se pone en la Verdad, cuando el alma ilumina su vida con la verdad, cuando el alma obra en su vida con la Verdad.

Pero si el alma se aleja de la Verdad, entonces no hace Iglesia, no es Iglesia, no obra en la Iglesia la Verdad.

Ahora mismo, la Verdad está oculta. Y sólo la perciben los corazones fieles a la Verdad. No la perciben los hombres abiertos a la inteligencia del mundo. Esos hombres sólo miran sus ideas, pero no la Verdad.

La Verdad se ha ocultado en la Iglesia cuando Benedicto XVI renunció.

Y no hay forma de ver la Verdad en la Iglesia. No hay manera.

Sólo se ve la Verdad, ahora, en cada corazón fiel a la Palabra de Dios, fiel a la Gracia Divina, fiel al Espíritu de la Verdad.

Por eso, llega ya para todos la hora de renunciar a lo que Roma presente a la Iglesia.

Hay que renunciar. Hay que salir de esa iglesia que ya no es la Iglesia. Hay que dejar Roma para seguir siendo Iglesia, para seguir haciendo la Iglesia.

Este es el punto más importante que viene ahora, en este mes que se ha comenzado.

Un último mes pasado en la tranquilidad, sin sobresaltos, sólo con lo mismo de siempre: las eternas herejías de Francisco. Aparte de eso, nada.

Esa falsa paz es sólo producto del demonio para conseguir un clima de dormición en las almas: no pasa nada. Todo va bien. Todo tiene que ir viento en popa.

Pero esa falsa paz se acaba ya, porque el demonio tiene prisa por finiquitar la Iglesia.

El demonio trabaja como Dios: seis días y uno de descanso. Francisco trabajó seis meses para poner su gobierno horizontal, y uno en que no se dio nada.

Ahora vienen otros seis meses de escándalos en la Iglesia en la que se va a decidir el destino de la Iglesia en Roma.

Cardenal Óscar Andrés: anula la Jerarquía

“La Iglesia no es la Jerarquía, sino el Pueblo de Dios. “El Pueblo de Dios” es , para el Concilio, la realidad que todo lo abarca de la Iglesia, que se remonta a la base y al material común de nuestra condición eclesial; es decir, nuestra condición de creyentes. Y esa es una condición compartida por todos nosotros. La jerarquía no tiene sentido en sí misma y por sí misma, sino sólo en la referencia y la subordinación a la comunidad. La función de la jerarquía se redefine en referencia a Jesús como el Siervo Sufriente, no como “Pantocrator” (señor y emperador de este mundo), y sólo desde la perspectiva de alguien crucificado por los poderes de este mundo se puede encontrar, y explicar, la autoridad de la Iglesia. La jerarquía es un ministerio ( diaconía = servicio) que exige el abajamiento de nosotros mismos a la condición de siervos. Para tomar este lugar (el lugar de la debilidad y la pobreza) en la suya, en su propia responsabilidad” (Cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga SDB, Arzobispo de Tegucigalpa. “La importancia de la nueva evangelización”).

san_pietro1

Este párrafo es totalmente herético. Veamos por qué.

a) La Iglesia no es el Pueblo de Dios, sino la Jerarquía. Porque Jesús funda Su Iglesia sobre un Apóstol, sobre un sacerdote, sobre un Obispo. No la funda en un fiel, en un alma del Pueblo de Dios. Eso significa la Palabra de Dios: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia”.

Pío XII, en la Mystici Corporis enseña: “Se ha de tener, eso sí, por cosa absolutamente cierta, que los que en este Cuerpo poseen la sagrada potestad, son los miembros primarios y principales, puesto que por medio de ellos, según el mandato mismo del Divino Redentor, se perpetúan los oficios de Cristo, doctor, rey y sacerdote”.

En la Iglesia el primer lugar y el principal es la Jerarquía. Por tanto, la Jerarquía es la que hace la Iglesia primeramente.

Y sin la Jerarquía no hay Iglesia.

Pero, además, la Iglesia es una Obra de Jesús. Y Jesús es Sacerdote. Luego, la Iglesia es para el sacerdocio de Cristo. Es decir, para aquellos llamado a ser Otros Cristos en la Iglesia.

Por tanto, lo que dice el Cardenal está totalmente fuera de la Verdad que da el Evangelio y el Magisterio de la Iglesia.

b) El Pueblo de Dios no es la realidad que todo lo abarca en la Iglesia. Ni tampoco la Jerarquía es la realidad que todo lo abarca en la Iglesia. Aquello que todo lo abarca en la Iglesia es el Espíritu de la Verdad, que dice San Juan: “cuando viniere el Paráclito, el Espíritu de la verdad, os guiará a la Verdad Plena” (Jn 16, 13). Grave error en la doctrina de este Cardenal que quiere gobernar la Iglesia con esta mentira que saca de su interpretación del Concilio Vaticano II.

La Iglesia tiene una sola realidad: la Verdad. Y esta Verdad no está, no la reúne ni la Jerarquía ni el Pueblo de Dios, sino sólo la da el Espíritu.

Por no enseñar esto, que es la clave de la Iglesia, por eso, se cae en tantas herejías en este escrito del Cardenal. Y no sólo este cardenal enseña esto, sino todos los sacerdotes y Obispos de la Iglesia. Así está la Jerarquía de la Iglesia: totalmente perdida, extraviada, anulada por su propia soberbia. Y de esta soberbia nace su prepotencia en la Iglesia porque se quiere imponer esta mentira a toda la Iglesia.

c) La base de la Iglesia no es nuestra condición de creyentes. Porque creyentes somos todos, hasta el demonio, que cree en Dios, pero no lo adora. La base de la Iglesia es nuestra condición de pecadores. Si no se empieza desde aquí, entonces npo existe la Iglesia.

Porque Jesús viene a salvar a los pecadores. Para esto funda Su Iglesia: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9, 13). Porque “no hay quien sea justo, ni siquiera uno solo; no hay quien tenga seso, no hay quien busque a Dios; todos se extraviaron, a una se echaron a perder” (Rom 3, 11). Jesús no funda Su Iglesia para otra cosa que no sea para conquistar almas para el Cielo.

Jesús no funda Su Iglesia para creer en algo, sino para quitar el pecado. Y sólo quitando el pecado comienza la fe en la Verdad, la fe en Cristo, la fe en la Iglesia. Si no se quita el pecado, si no se borra el pecado, si no se confiesa el pecado, si no hay arrepentimiento del pecado, no hay Iglesia: “Porque todos pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios, justificados como son gratuitamente por su gracia, mediante la redención que se da en Cristo, al cual exhibió Dios como monumento expiatorio” (Rom 3, 23).

Poner la base de la Iglesia, el origen de la Iglesia, el decir que hay que ir a lo primitivo de la Iglesia, a lo de antes, es decir una soberana herejía. Porque la base de la Iglesia es el mundo del pecado. Y sobre esa base, Dios pone la Fe en Su Hijo Jesús. Pero para creer en Jesús hay que creer primero en que somos pecadores y que queremos quitar nuestro pecado que impide la Fe en Cristo. Y si se impide esta Fe, entonces ya no se hace Iglesia, ya no se pertenece a la Iglesia que Jesús ha fundado.

Jesús puso su piedra angular en un hombre pecador, como San Pedro. Y eso tiene que dar de pensar a toda la Jerarquía para que aprenda de un humilde pescador, como fue Pedro, a ver la Verdad de su pecado y a reconocer la Verdad de su pecado para quitarlo y así formar la Iglesia que Jesús quiere. Pedro se arrepintió de su pecado y, por eso, pudo guiar a la Iglesia hacia la Verdad. La Jerarquía Eclesiástica, encabezada por su cabeza demoniáca, que es Francisco, no reconoce su pecado y, por tanto, guía a la Iglesia hacia la mentira, hacia su destrucción.

d) La Jerarquía tiene sentido en sí misma y por sí misma porque es la Obra del Espíritu en la Iglesia. El Sacramento del Orden es la Jerarquía en la Iglesia. Decir que la Jerarquía en la Iglesia no tiene sentido en sí misma y por sí misma es anular el Sacramento del Orden en la Iglesia. Grave herejía de este cardenal. Aquí enseña que él está vestido de Obispo, pero que no sigue la gracia del Sacramento del Orden. No cree en esa Gracia. Porque, por esa gracia, él tiene sentido como sacerdote y como Obispo, independientemente del Pueblo de Dios. El sacerdote vive por sí mismo y obra por sí mismo sin necesidad del Pueblo de Dios.

Decir que la Jerarquía toma su sentido porque está referida al Pueblo de Dios es desconocer la misión del sacerdote en la Iglesia.

Y decir que la Jerarquía está subordinada al Pueblo de Dios es anular la obra de la Redención en cada sacerdote y en el Pueblo de Dios.

El sacerdote tiene la misión de dar al Pueblo de Dios el camino para salvarse, porque todos somos pecadores. El Pueblo de Dios no sabe salvarse por sí mismo. Jesús pone en cada sacerdote el poder para salvar al Pueblo de Dios de sus pecados. Luego, el sacerdote no está referido al Pueblo de Dios, sino al revés: el Pueblo de Dios tiene sentido cuando se refiere al sacerdote. Nadie se puede salvar sin un sacerdote, sin el sacerdocio de Cristo. Es imposible. El sacerdote salva o condena en la Iglesia: esa es su misión, que niega este Cardenal.

Y, además, el sacerdote vive en sí mismo la Obra de la Redención que ha realizado Cristo en la Cruz. Y, por tanto, el sacerdote sólo se somete a esa Obra Redentora. No se somete al Pueblo de Dios. Él tiene que dar al Pueblo de Dios los tesoros de esa Obra de la Redención. Si no los da, condena al Pueblo de Dios.

e) La función de la Jerarquía no está referida a Jesús como el Siervo Sufriente, sino a Jesús como Rey de la Iglesia. Tomar a Isaías para centrar la obra de Cristo sólo para los pobres materiales de este mundo es deshacer la Verdad del Evangelio.

Jesús es Siervo Sufriente porque está en Su Obra de Redención, que consiste en carga con los pecados de todo el mundo.

Pero ese cargar con los pecados no es sólo su Obra en la Iglesia. Ese cargar le lleva a la muerte y a la Resurrección. Y eso sólo después de la Resurrección cuando Cristo Jesús reina en la Iglesia y forma su Iglesia en el sacerdocio de Sus Apóstoles. Jesús sufrió pero eso no hace la Iglesia. Y, por eso, dice San Pablo: “si Cristo no ha resucitado vana es vuestra fe, aún estáis en vuestros pecados” (1 Cor 15, 17)

Jesús es el Pantocrator, el Señor de la Iglesia, el Señor del mundo, el Señor del Universo, el que todo lo puedo, todo lo gobierna porque ha resucitado de entre los muertos. No es sólo el Siervo Sufriente. Es el Siervo Glorioso que con su boca hace desaparecer a todos los herejes como Francisco y su gobierno horizontal.

Y decir que la autoridad de la Iglesia viene porque Jesús fue crucificado por los poderes políticos de su tiempo es decir la mayor estupidez en la historia de la Iglesia. Es no comprender para nada lo que es el hombre, lo que es su pecado y lo que conlleva su incredulidad en la Obra de Jesús en la Iglesia.

El Cardenal, en su gran estupidez, enseña que los poderes de este mundo explican la autoridad de la Iglesia.

Jesús fue a la muerte en cruz por Voluntad de Su Padre, no por voluntad de los hombres. Porque Su Padre así lo quería, Jesús fue matado por los hombres.

Esta Verdad está en el Evangelio: “Padre, si quieres traspasa de Mí este Cáliz; mas no se haga Mi Voluntad, sino la Tuya” (Lc 22, 42).

La Voluntad del Padre: la muerte. Porque la autoridad de la Iglesia sólo está en el Padre, no en Jesús.

Jesús, para gobernar la Iglesia, tiene que someterse a la Voluntad de Su Padre. Y esto es lo que no hace no Francisco ni sus herejes en el gobierno horizontal. No hay obediencia a Dios. y, después, quieren que todos les obedezcan en sus herejías en la Iglesia.

f) La Jerarquía es un oficio que exige el abajamiento de todos los sacerdotes y Obispos de sus soberbias. Si no son humildes, esos sacerdotes son sólo poderes del demonio en la Iglesia.

La Jerarquía no tiene que abajarse a la condición de siervo. Eso sólo es una frase muy bonita, para quedar bien con los bobos que sigue a ese Cardenal. Jesús exige a cada sacerdote la humildad, que significa agachar su cabeza, cortarse su cabeza, pisar su cabeza, desprenderse de todos sus pensamientos bueno, verdaderos y perfectos que tienen por ser inútiles para hacer la Iglesia que Dios quiere. Si la Jerarquía no es humilde, entonces sólo tenemos la prepotencia de unos hombres que se cree dioses y con el derecho de reescribir el Evangelio de Cristo y de anular el Magisterio de la Iglesia como lo hace este inútil Cardenal que de Obispo sólo tiene el nombre, pero que es otro anticristo puesto por Francisco en la Iglesia.

El G8 es la reunión de ocho cabezas del demonio para hacer lo que otra cabeza quiere en la Iglesia. Y esa otra cabeza no es la de Francisco. Francisco es sólo un payaso en la Iglesia, que hace su función teatral, pero que no gobierna la Iglesia ahora mismo.

Quien gobierna la Iglesia es aquel que nadie conoce pero que lo mueve todo por tener todo el poder en la Iglesia en estos momentos. Un poder dado por Dios al demonio porque es la hora de la Justicia Divina sobre la Iglesia.

El misticismo en la Iglesia

“La Iglesia, que, ya concebida, nació del mismo costado del segundo Adán, como dormido en la Cruz, apareció a la luz del mundo de una manera espléndida por vez primera el día faustísimo de Pentecostés” (León XIII – Enc. Divinum illud: A.S.S. 29, 649).

MIGUEL ANGEL LA PIEDAD RECORTADA

Jesús concibió Su Iglesia en el Espíritu. Pero la hizo nacer en la Cruz, cuando murió y el soldado le atravesó el costado. Su Sangre y su Agua derramada en la Cruz es el inicio de la Iglesia.

La Iglesia nació en el dolor de la muerte Cristo. Y fue en los brazos de la Virgen María dónde se reclinó, por primera vez, la Iglesia.

Jesús muerto en los brazos de Su Madre representa el nacimiento de la Iglesia.

Así como la Virgen María dio a luz al Salvador del mundo y en sus brazos lo presentó al mundo en las ofrendas de los Reyes Magos, así la Virgen presentó al mundo la Iglesia en su Hijo muerto.

Esto simboliza que el nacimiento de la Iglesia no le pertenece a ningún hombre. La Iglesia no nace en el pensamiento de un hombre, sino en la muerte del Redentor.

Es en su muerte, no es en su vida, no es en sus palabras ni en sus obras cómo hay que buscar la Iglesia.

La Iglesia de Jesús hay que buscarla siempre en la muerte de todo lo humano, que es lo que hoy no se predica por los sacerdotes y Obispos.

La Jerarquía está imbuida de todo el humanismo, que es lo más contrario a la Obra de la Redención en la que Jesús muere a todo lo humano.

Cuando las almas de la Iglesia buscan refugiarse en las cosas humanas, en la vida humana, en las obras humanas, se apartan del Espíritu de la Iglesia.

El Espíritu de la Iglesia se da en el mundo cuando muere todo lo humano. Muere Cristo y es ahí cuando el Espíritu inicia su obra en el mundo. Y la inicia buscando a los Apóstoles que han huido del Calvario para que se refugien en la Presencia de la Virgen María, que es donde descansa toda la Iglesia.

Ella es el Refugio de la Iglesia siempre. Y, por eso, en estos momentos, la Iglesia tiene que refugiarse en la Virgen María. Ahora más que nunca la Virgen aparece en la Iglesia como la Reina que todo lo gobierna en un mundo que ha sido dado a Satanás.

Por tanto, es misión de la Iglesia guardar todos sus tesoros en el Corazón de la Virgen. Hay que guardar la Tradición de la Iglesia, los 20 siglos de Iglesia escondidos en las almas que han creído en la Palabra de Dios. Hay que guardar todo el Dogma de la Iglesia como un tesoro que nunca se puede olvidar y perder. Hay que guardar todo el Magisterio de la Iglesia, el Auténtico, el que ha dado todos los Papas hasta Benedicto XVI, porque en ellos está la Obra de Cristo en la Iglesia. Hay que guardar el Evangelio de Cristo, el dado por la Tradición, el que no ha sido adulterado en estos tiempos por la Jerarquía Eclesiástica, como la auténtica Palabra de Dios a su Pueblo.

Hay que recoger todos los dones, todos los carismas, todas las gracias, todos los sacramentos que tiene la Iglesia para no perderlo y seguir usándolo cuando el Espíritu de la Iglesia lo quiera.

Hay que guardar ahora toda la Iglesia en el corazón. Porque desde Roma se va a iniciar a despojar a toda la Iglesia de sus tesoros celestiales que tiene en esto siglos.

La Iglesia no pertenece a ningún hombre. La fundó Jesús y sólo Jesús sabe cómo guiarla en todas las etapas de la vida de los hombres.

Con la renuncia de Benedicto XVI, la obediencia en la Iglesia no puede darse, porque se anuló la unión mística de Cristo con Pedro y, por tanto, se anuló automáticamente toda obediencia, que sale de la unión espiritual de los Obispos con Pedro.

Ahora la Jerarquía de la Iglesia se ha unido a un impostor y le tributa obediencia. Y esa obediencia es una desobediencia de cada Obispo al Espíritu de la Iglesia. Y es una rebeldía de cada Obispo al Espíritu de Cristo. Y es una soberbia de cada Obispo a Cristo, que fundó Su Iglesia sobre Pedro, no sobre un impostor.

Ni se puede obedecer a Francisco ni a la Jerarquía que se une a Francisco. Y no sólo por las declaraciones de Francisco o por sus errores dogmáticos en la Enciclica o por otra razón que hubiere. No hay obediencia a nadie en la Iglesia porque Benedicto XVI anuló la unión mística entre Cristo y la Iglesia.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo porque tiene una Cabeza Visible, que es el Papa, que se une místicamente a Cristo. Si se anula esta unión mística, entonces queda un misticismo.

El misticismo significa la acción del demonio en la cabeza visible de la Iglesia.

La unión entre Cristo y Pedro es una unión mística, no es un misticismo. Es una unión producida sólo por el Espíritu de la Iglesia en Pedro, en su alma y en su corazón.

El misticismo es lo contrario a la unión mística. Es decir, cuando la cabeza visible renuncia a la unión mística queda en ella el misticismo, la obra del demonio en la cabeza visible de la Iglesia.

Esa obra demoníaca consiste en atar a toda la Iglesia a un falso Papa, para que este falso Papa gobierne la Iglesia como el demonio quiere.

Es lo que hemos visto en Francisco: su misticismo. Aceptado por él desde el principio en que acogió una elección de los cardenales para ser falso Papa.
La elección de los cardenales sólo es la obra del demonio por el misticismo que dejó la renuncia de Benedicto XVI.

El misticismo es una obra maléfica en la Iglesia. Y el demonio, en esa su obra, ata almas y corazones al falso Papa. Por eso, tanta gente que sigue aplaudiendo a Francisco aun incluso de haber dicho tantas herejías en sus declaraciones.

Esa obra maléfica oscurece las razones de muchas almas y les impide ver la verdad.

Y esa obra maléfica hace que la Iglesia se contamine constantemente de las obras del demonio.

Ya no hay parte en la Iglesia que no esté contaminada. Hay tantos demonios por los aires que se nota el odio a toda la Iglesia.

Por eso, ahora es el momento del demonio para poner en la Iglesia lo que él desea: un anticristo que demuela toda la Iglesia.

Francisco no sirve para eso. Ahora calla, pero le han obligado callar, para producir una cortina de humo, para apaciguar las conciencias, para crear en el ambiente una confianza que se había perdido.

Esa cortina de humo es una obra maléfica para producir un cambio en la Iglesia. Para que las almas no despierten al mal que ya ven, sino que sigan dormidas y se haga otro acto maléfico en la Iglesia para atar más a las almas a su condenación.

La Iglesia es la Obra del Espíritu. Y, por eso, ahora sólo hay que estar agarrados al Espíritu de la Iglesia que es el que indica el camino a seguir cuando las cosas están como están: oscuras en todas partes.

Ahora es el momento de renunciar a todo lo que de Roma venga. Y es una renuncia muy importante que cada alma tiene que hacer para no contaminarse con lo que venga de Roma.

De Roma ya no viene nada bueno, sino las obras maléficas del demonio. Obras que no se ven al principio, pero que después se palpan en la vida de cada alma.

Por eso, hay que pedir mucha luz al Espíritu de la Iglesia para caminar entre serpientes y escorpiones, porque eso es lo que hay ahora en todas partes del mundo.

¿Qué es la Iglesia ahora?

“Él es Cabeza del Cuerpo de la Iglesia, como quien es el Principio, Primogénito de entre los muertos; para que en todas las cosas obtenga Él la primacía…” (Col 1, 18).

rest_virgen_dolorosa_2

Cristo Jesús es la Cabeza del Cuerpo. El Cuerpo es Su Iglesia. El Cuerpo es el conjunto de miembros que creen en Jesús como Cabeza.

Cristo Jesús es Cabeza Invisible de la Iglesia.

Y Cristo Jesús ha puesto una cabeza visible: Pedro. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia”.

Sobre Pedro Jesús edifica Su Cuerpo.

Sin Pedro no se da el Cuerpo.

Sin Pedro, se da la Iglesia como era antes de Jesús, en los Profetas, guiada por el Espíritu en los diferentes Profetas que Dios ponía a Su Pueblo.

Pero, en el Antiguo Testamento, sólo era el Pueblo y los Profetas. A eso no se llamaba la Iglesia.

La Iglesia la funda Jesús sólo en Pedro.

Pedro es el Papa. Pedro no son los Obispos que se unen al Papa.

Pedro sólo significa una cabeza humana visible. Y sobre esta cabeza humana, Jesús edifica lo demás en Su Iglesia.

Lo demás son los Obispos y los sacerdotes. Y nadie más. No es el Pueblo. El Pueblo pertenece a la Iglesia sólo en los sacerdotes y en los Obispos.

Jesús no funda una comunidad de personas, de gente, no une muchos pueblos en Su Iglesia.

La Iglesia de Jesús está fundada en un hombre que tiene todo el Poder Divino para llevar al Pueblo de Dios hacia la Tierra Prometida, hacia el Cielo.

La Iglesia se edifica en Pedro. Y sólo en Pedro.

Esta Verdad ha sido anulada con la renuncia de Benedicto XVI al Papado y con el establecimiento del gobierno horizontal por Francisco.

Si Pedro renuncia a ser Pedro, entonces se anula la Iglesia como la fundó Jesús.

Pedro no tiene derecho a renunciar a su Elección Divina. Sólo por un motivo divino, por una razón divina Pedro puede renunciar. Y Dios nunca ha dado a Benedicto XVI esa razón divina. Su enfermedad es sólo para contentar a los necios y bobos que no saben el Misterio de la Iglesia.

Por tanto, estamos en un hecho que nadie ha meditado todavía y no se ven las consecuencias de este hecho trascendental que se originó en la renuncia de Benedicto XVI.

La Iglesia es la Jerarquía de Cristo. Y no otra cosa. La Iglesia no es el Pueblo de Dios. Si fuera esto, entonces en el Antiguo Testamento existiría la Iglesia. Y sólo se da el Pueblo de Dios guiado por los profetas. Pero eso no es la Iglesia que funda Jesús. Eso puede llamarse un inicio de Iglesia, pero nada más. Una Iglesia virtual, usando los términos modernos.

La Iglesia comienza en Pedro, que es un sacerdote, un Apóstol, otro Cristo. Y sobre Pedro, sobre su sacerdocio, Jesús pone Su Iglesia.

Su Iglesia tiene “muchos miembros y no todos los miembros tienen una misma función” (Rom 12, 4).

Pero los miembros de la Iglesia están unidos solamente a Pedro. No se unen entre sí. Hay sólo una unión espiritual entre Pedro y los demás miembros de la Iglesia.

Esta unión espiritual nace de la unión de Cristo con Pedro. Es una unión mística entre Cristo Jesús y su Cabeza Visible, que es Pedro.

La unión mística es diferente a la unión espiritual o la unión moral.

La unión moral se refiere a la ley moral que nace de los mandamientos divinos. Hay que cumplir una serie de normas morales para estar en gracia de Dios.

La unión espiritual significa estar unido en la misma doctrina de Cristo en la Iglesia. Seguir en todo lo que enseñó Jesús a Sus Apóstoles cuando fundó Su Iglesia.

La unión mística se da cuando el alma de Pedro está unida en todo a Cristo, de tal manera que aunque Pedro sea un pecador, Jesús guía a Su Iglesia hacia la Verdad en Pedro. DE aquí nace la Infalibilidad Papal.

Esa unión mística sólo es necesaria en Pedro, no en los demás miembros de la Iglesia. Porque la Iglesia es siempre una Verdad Divina, pero los hombres, como Pedro, son falibles y débiles en todo, y, por ese, se equivocan, como es un hecho en toda la historia de la Iglesia.

Pero, a pesar de ser Pedro lo que sea en la Iglesia, la Iglesia sigue su camino por la unión mística de Cristo con Pedro. Unión que sólo puede romper Pedro si renuncia a ser Pedro.

Esto ha sucedido con Benedicto XVI y entonces, viene la pregunta: ¿qué es la Iglesia ahora?

Esto es lo que más importa saber de la Iglesia.

No interesa Francisco ni sus sucesores, porque ellos van a anular la Iglesia en Roma y van a poner otra iglesia, la que sea. Eso que salga de ese engendro que hay ahora en Roma es lo de menos.

Lo que importa es discernir dónde está la Iglesia ahora porque no se da la unión mística en la Cabeza.

Y, sin embargo, la Iglesia continúa, pero de otra manera.

La Iglesia no se ha roto porque Benedicto XVI haya anulado el Papado con su renuncia.

Jesús fundó Su Iglesia en Pedro y, aunque Pedro haya renunciado al Don Divino, la Iglesia sigue existiendo, porque Pedro no es esencial en la Iglesia.

Para comprender este punto hay que entender lo que significa la Iglesia.

La Iglesia es una Jerarquía, es decir, un conjunto de hombres que son otros Cristos: sacerdotes y Obispos que tienen el sello de la Unión Hipostática, que se da en el Verbo Encarnado.

Ese sello los hace uno con el Verbo Encarnado. Esa unidad es espiritual, no mística. Los sacerdotes y Obispos poseen el mismo Espíritu de Cristo para guiar al rebaño en la Iglesia.

Es decir, que los sacerdotes y Obispos, si siguen al Espíritu de Cristo, entonces guían correctamente a la Iglesia.

En esa Jerarquía, los sacerdotes obedecen a los Obispos, y los Obispos obedecen al Papa. Es un gobierno vertical. Los fieles, los demás en la Iglesia, no son Jerarquía. Son miembros, que tienen sus gracias, sus dones, sus carismas, pero no deciden nada en la Iglesia.

Los fieles obedecen a la Jerarquía y a nadie más en la Iglesia.

Los fieles no pertenecen al gobierno de la Iglesia. Sólo la Jerarquía obra el gobierno vertical.

Cuando el Papa renuncia a ser Papa, entonces se destruye la Jerarquía, la obediencia en la Jerarquía. Se rompe la Jerarquía, pero no se rompe la Iglesia.

Benedicto XVI renunció a ser Papa y ya no es posible obedecer en la Jerarquía a nadie, porque no hay Papa, no está Pedro.

Los Obispos ya no pueden dar una obediencia a Pedro, ni los sacerdotes dan una obediencia a los Obispos, porque éstos no se unen en una cabeza, que es el Papa.

Entonces, se rompe la unión mística entre Cristo y Pedro, y se rompe la obediencia en la Jerarquía. y, por tanto, no se da la obediencia de los fieles a la Jerarquía.

Y, entonces, ¿qué es la Iglesia en estos momentos? ¿Cómo se hace la Iglesia en estos momentos? ¿Cómo Dios guía a su Iglesia en estos momentos en que no hay cabeza visible?

Cristo sigue dirigiendo a Su Iglesia, pero no ya a través de una cabeza, de un sacerdote o de un Obispo. Cristo dirige su Iglesia como siempre: por el Espíritu, con el Espíritu, que se da a los Profetas, como en el Antiguo Testamento se hacía.

Pero en el Antiguo Testamento, los Profetas dirigían al Pueblo de Dios, no a la Iglesia. Ahora, los Profetas dirigen a la Iglesia hacia la Tierra Prometida.

La unión mística entre Cristo y Pedro ha desaparecido en la práctica, pero no así en la historia de la Iglesia, porque sigue teniendo validez todo lo que los Papas han dicho y obrado en la Iglesia.

Cristo, ahora, dirige Su Iglesia de otra manera. Y, por eso, Pedro no es esencial en la Iglesia. En Pedro se funda la Iglesia, pero la Roca es Cristo Jesús, no un hombre. Si se quita el hombre, permanece la Roca. Y es la Roca el fundamento de la Iglesia. Y, por eso, aunque los hombres destruyan todo en la Iglesia, anulen todos los dogmas, aunque maten a todos los miembros de la Iglesia, la Iglesia continúa siempre, porque está fundada en la Roca, que es Cristo.

La Roca es la esencia de la Iglesia. Jesús unió a Pedro a esa Roca. De ahí viene la unión mística. Benedicto XVI anuló esta unión mística, pero no la Roca.

Francisco no anuló la unión mística, sino que anuló el Papado. Y es normal que haya hecho eso porque no tiene la unión mística con Cristo que sí tenía Benedicto XVI. Y sus obras, las de Francisco son sólo obras de un hombre en la Iglesia, pero no son las obras de Cristo en la Iglesia.

Las Obras de Cristo en la Iglesia ahora sólo están en las almas que sigue al Espíritu de Cristo en todo y que se ponen a lo que ven en Roma.

A %d blogueros les gusta esto: