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Linus Clovis: “El Efecto Francisco”

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«El que no está conmigo está en contra de Mí; y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30).

El Padre Linus F. Clovis es un sacerdote de la Arquidiócesis de Castries, Santa Lucía, en las Indias Occidentales. Estudió para el sacerdocio en el Angelicum de Roma y fue ordenado sacerdote en 1983 por el Beato Papa Juan Pablo II. Es líder del movimiento internacional pro-vida.

En conjunto, estas citas comprenden una transcripción casi completa de la sección media de su charla, pero algunos puntos auxiliares se han quedado fuera, y el texto se ha articulado en párrafos para acentuar aquellos argumentos de mayor énfasis.

■ «El Sínodo de la Familia, el año pasado, hizo sonar las alarmas para muchos Católicos y vimos Obispos contra Obispos y Conferencias Episcopales luchando contra otras Conferencias Episcopales, y en todo esto…, conocemos que el Cielo nos ha dado un aviso. Y, en 1973, en Akita, la profecía reveló “que la obra del demonio se infiltrará dentro de la Iglesia de tal manera que se verán Cardenales contra Cardenales, Obispos contra Obispos” y “los sacerdotes que me veneran serán perseguidos”. Por supuesto, esto es parte y parcela de nuestra experiencia».

■ «Cuando un Obispo – un Obispo Católico – puede aplaudir el pecado públicamente, esto nos pone a temblar (se está refiriendo al Cardenal Dolan). Pero esto es, esencialmente, el “Efecto Francisco”. Éste desarma a los Obispos y a los sacerdotes, especialmente después que el Santo Padre dijo: “¿Quién soy yo para juzgar?”. Yo como sacerdote, celebro Misa, predico y juzgo acerca del pecado, uno quebrantando los diez mandamientos, estaría condenado por juzgar. Sería acusado de ser “más católico que el papa”. Se acostumbra a decir –retóricamente- “¿es el Papa Católico?” Esto ya no es gracioso».

■ «La Obediencia se debe al Papa, pero el Papa debe obediencia a la Palabra de Dios y a la Tradición apostólica. Tenemos que obedecer al Papa, pero el mismo Papa tiene que obedecer a la Palabra escrita. Él debe obedecer la Tradición. Debe responder a la inspiración del Espíritu Santo. La Obediencia se debe al Papa, pero es el deber del Papa dar carácter de posibilidad a esta obediencia. El Papa tiene que facilitar nuestra obediencia a él, siendo él obediente a la Palabra de Dios. El Papa Félix III nos dijo: “un error que no se ha resistido es aprobado. Una verdad que no es defendida es suprimida”. Así que tenemos la obligación de resistir al error, y debemos hacer todo lo que podamos para promover la verdad».

■ «En otro tiempo, hemos estado preocupados por otros papas, incluso por San Juan Pablo, con las cosas que ha hecho las cuales nos han hecho sentir incómodos; no creo que… el Papa Francisco haya hecho otra cosa más que desconcertarnos. Él, literalmente, nos ha dejado en la estacada (= repentinamente nos ha restado la ayuda o el soporte, o ha hecho cosas que han sido causas de problemas para nosotros). Y así, él es la razón, las muchas razones por las cuales estamos preocupados. Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de San Juan, capítulo 15: “Si el mundo os aborrece, sabed que Me aborreció a Mí primero que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que Yo os he dicho: No es el siervo mayor que su Señor. Si a Mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado Mi Palabra, también guardarán la vuestra”. Los papas son odiados, y yo no creo que tengamos un problema con esto per se. No nos gusta. Pero creo que será correcto decir que preferimos que nuestros papas sean odiados por el mundo que amados por el mundo. Porque si él es amado por el mundo, indica que él está hablando el lenguaje del mundo. Y sabemos que no puede haber una relación, una comunión,  entre la luz y la tiniebla. San Pablo nos habla de esto».

■ «Los enemigos tradicionales de la Iglesia – y esto se vocaliza, se articula en el Time Magazine, Rolling Stone, The Advocate, etc… – lo aprueban; él ha aparecido en sus portadas muchas veces en los últimos dos años. Me encontré con una cita de alguien que lo conocía en la Argentina. “Al parecer, le encanta ser amado por todos y complacer a todos, así que un día él puede hacer un discurso en la televisión en contra del aborto, y al día siguiente, en el mismo programa de televisión, bendecir a las feministas pro-aborto de la Plaza de Mayo; él puede dar un maravilloso discurso en contra de los masones y, unas horas más tarde, estar comiendo y bebiendo con ellos en el Club Rotario”».

■ «Así que, ¿cómo se puede tomar una decisión acerca de un hombre como éste, que es amigo de todo el mundo? Nuestro Señor nos dice: “Sin embargo” -esto está en el capítulo 12 del Evangelio de San Juan – “Sin embargo, aun muchos de los jefes creyeron en Él, [esto es en Nuestro Señor], pero por causa de los fariseos no lo confesaban, temiendo ser excluidos de la sinagoga, porque amaban más la gloria de los hombres que la Gloria de Dios”. ¿Estoy haciendo juicio? No pienso así. Estoy citando la Escritura. Cuando el dado cae, déjalo rodar».

■ «El Santo Padre ha hecho muchas cosas polémicas, y estamos preocupados de las más importantes, no de las aberraciones que surgen de ellas. Y la que más dejará huellas, supongo,  en el Juicio Final, es “¿Quién soy yo para juzgar?“. Uno de los… efectos que el Santo Padre hace es que él toma la idea preconcebida común contra los católicos, y la usa en contra de nosotros. En otras palabras, él está aceptando lo que se percibe, nuestra postura de ser, como si fuera verdad. La Iglesia no juzga a las personas. La Iglesia juzga las acciones y enseñanzas. Incluso a los herejes. Lutero no fue condenado por su vida moral personal. Fue condenado por su enseñanza. Su doctrina. Y así con todos los demás herejes. Arrio. Fue su enseñanza lo que la Iglesia juzgó. Y tiene la autoridad para juzgar. Pero cuando el Papa dice: “¿Quién soy yo para juzgar?”, él está dando la impresión de que la Iglesia juzga los individuos a causa de lo que ellos son y… lo que están haciendo en sus vidas personales. Y esto es para la confesión».

■ «La Escritura nos dice, muy claramente, en la 1 de Corintios, capítulo 5 – San Pablo está escribiendo a la Iglesia de Corinto porque han aceptado a un hombre que es culpable de inmoralidad. Y el Apóstol, escribe: “Lo que ahora os escribo es que no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con éstos, ni comer; ¿pues qué a mí juzgar a los de fuera?”. ¡Ahá! “¿Qué a mí juzgar a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quienes os toca juzgar? Dios juzgará a los de fuera; vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos”. Así, ¿cómo puede el Sucesor de Pedro, decir: “Quién soy yo para juzgar” sin contradecir la Escritura?».

■ «Él se queja de que hablamos mucho del aborto y la contracepción. Bien… ¿Lo hacemos? De nuevo, el Apóstol nos dice: “arguye, enseña, exhorta con toda longanimidad y doctrina”. Por lo tanto, tenemos la obligación de hablar de esos pecados por los que el castigo es la condenación eterna en el infierno. Nosotros estamos hablando acerca de la salvación de las almas. El Código de Derecho Canónico termina así: “el mayor bien es la salvación de las almas”. Y esto es por lo que Cristo fundó Su Iglesia: para salvar las almas».

■ «La expresión “no debemos ser como conejos” fue un insulto a todas las madres católicas. Aquellas que…han perdido sus vidas, han ofrecido sus vidas, y han dado sus vidas por sus hijos, y sobre todo, por el Evangelio».

■ «Nuestra preocupación es, por supuesto, por el Sínodo próximo y lo que parece ser la aprobación para llevar la comunión a los divorciados vueltos a casar. Esto va a ser un duro golpe a la Iglesia y a los fieles. Debido a que ya ha causado mucha confusión y malentendidos. Incluso en mi experiencia pastoral he encontrado mujeres que han dicho… una madre, su hijo divorciado, vuelto a casar, y dice: “Bueno, el Santo Padre le permite la comunión, ¿no es así? No creo que sea lo correcto, padre, pero el Papa…”. Tenemos este problema ya… Y vemos el patrón, está hecho por la Humanae Vitae… Está ahí decidido en el ambiente, y por supuesto que va a… convertirse en ley. Pueden preparar esto. Así, que realmente se necesita tener los ojos firmemente fijos en el Cielo, suplicando al Cielo, para guiar a nuestros obispos».

■ «Hay rumores de la relajación pastoral de la Humanae Vitae… no se va a contradecir, no se va a quitar, no se va a ampliar. Lo cual es mucho más mortífero. Porque hemos presentado algo que es malvado como si fuera bueno. Y estamos construyendo esta maldad en una buena base».

■ «¡Nosotros amamos al papa! Él es nuestro padre. Él es nuestro dulce Cristo en la Tierra. Hay una preocupación entre los Católicos que están confundidos y temerosos. Y nosotros -y ellos- no deseamos criticar, o todavía peor, juzgar al papa. Pero, de nuevo, estamos juzgando no a su persona, no a su cargo, sino a los resultados de sus acciones. Y no lo hacemos con indignación. Porque lo que él está haciendo es la causa de nuestra indignación.  Y esto es una amenaza a nuestra fe. Y es una amenaza a la Iglesia. Y es un peligro a la salvación de las almas».

■ «Así que, ¿podemos juzgar las acciones del papa? Sí, podemos. Tenemos, nada menos que al Apóstol de los gentiles, San Pablo, que escribe a los Gálatas. Y él dice: “Pero cuando Cefas fue a Antioquía, en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible. Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los gentiles; pero en cuanto aquellos llegaron, se retraía y apartaba por miedo a los de la circuncisión. Y consintieron con él en la misma simulación. Pero cuando yo vi que no caminaban rectamente según la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?”. Y esto es a lo que nos enfrentamos hoy. Tenemos prominentes Cardenales que toman una postura anticatólica en cuestiones morales. Lo cual pensamos que ellos ya han resuelto su posición. Tenemos al Santo Padre que él mismo da la sensación que los apoya. Les da su bendición. ¿Y qué es lo que dijo San Pablo? ¡Bernabé! La mano derecha de san Pablo se dejó llevar de la insinceridad. Así, muchos Obispos – y por supuesto, Dios, tenemos todavía muchos buenos Obispos- cuando ellos ven esto, ellos también se dejan llevar…, y esto es por qué creo que la sugerencia se hace tan, tan importante, que deberíamos circular nuestro material a los Obispos, y a los sacerdotes – especialmente a los sacerdotes».

■ «Tenemos el ejemplo de la historia, Juan XXII, que enseñaba que los bienaventurados no veían a Dios hasta después del Juicio General. Él se opuso a los teólogos de la Universidad de Paris. A los cardenales y obispos e incluso a los reyes. Así que estos fueron… tenemos los sabios, los intelectuales, los teólogos, que sabían lo que estaba pasando y fueron capaces de oponerse al papa. Y por supuesto, tenemos los que tienen autoridad, los obispos. Y tenemos los laicos, como así también los reyes».

■ «El Código de Derecho Canónico también nos habla que tenemos el derecho de expresar nuestra opinión en el Canon 212, sección 3: “Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, -y creo que en este encuentro… estamos mostrando nuestro conocimiento, el hecho de que somos responsables de diversas organizaciones, nuestra competencia y nuestro prestigio – de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores, y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas”. Y esto es muy importante. Tenemos, en otras palabras, que continuar haciendo público esto».

■ «Ahora podemos decir… – esto ha sido escrito por… Melchor Cano, un famoso teólogo español del siglo XVI – “Aquéllos que, ciega e indiscriminadamente defienden todas y cada una de las decisiones del supremo Pontífice son los que más están haciendo por socavar la autoridad de la Santa Sede; destruyen, en lugar de fortalecer, sus cimientos. Pedro no tiene necesidad de nuestras mentiras ni de nuestra adulación”. En otras palabras, debemos estar vigilantes. Debemos ser objetivos en nuestro enfoque de la presente crisis en la Iglesia».

Ver la conferencia completa en inglés

Apóstoles de los últimos tiempos

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La Jerarquía de la Iglesia se ha apartado de la Verdad del Evangelio. Está llena de herejías peligrosas, disfrazadas de verdades, para engañar mejor las mentes de los hombres, y de esa manera conseguir alejar de la verdadera fe a un gran número de almas.

Es una Jerarquía que engaña y aleja de la Verdad. Y esto es muy grave, porque la Jerarquía está puesta por Dios para dar la Verdad y llevar al Cielo.

Es necesario anunciar con valentía todas las verdades de la fe católica para ser Jerarquía verdadera y fieles de la Iglesia Católica.

Es necesario proclamar con fuerza el Evangelio, que nunca pasa de moda, que siempre es el mismo, para desenmascarar tanta mentira como sale de la boca de Francisco y de todos los que lo siguen.

Todos ellos no son de la Iglesia Católica. Esto hay que tenerlo muy claro. Aunque Francisco se haga pasar por Papa, sin serlo, aunque la Jerarquía siga obedeciendo a Francisco, y aunque los fieles llamen a Francisco como Papa y sigan sus enseñanzas, todos ellos no pertenecen a la Verdad, sino a la mentira, al engaño, al error, al cisma, que el mismo Francisco ha abierto en la Iglesia.

El que sigue a Cristo Jesús en su corazón tiene la obligación y el deber de oponerse a la soberbia de esos grandes y doctos, que se dicen sacerdotes y Obispos de la Iglesia Católica, y que han sido seducidos por una falsa ciencia y por la vanagloria; han desgarrado el Evangelio de Jesucristo, lo han anulado, lo han machacado, lo han triturado con sus mentes humanas, con sus filosofías, con sus teologías, marxistas y masónicas, -de corte protestante y de lazo demoniaco-, y proponen del Evangelio una interpretación racional, humana y totalmente equivocada.

Nadie, dentro de la Iglesia Católica, puede ya seguir a Francisco ni a los suyos. Es tiempo de dejar de mirar a ese hombre; es tiempo de no hacerle caso; es tiempo de tumbarlo con la Verdad del Evangelio.

Son los tiempos que San Pablo predijo en los que muchos, que pertenecen a la Iglesia Católica, que han conocido toda la Verdad, -y sólo la Verdad-, predican y enseñan unas doctrinas falsas y peregrinas, haciendo que la gente corra tras estas fábulas, estos cuentos, «para que crean en la mentira y sean condenados cuantos, no creyendo en la Verdad, se complacen en la iniquidad» (2 Ts 2, 12).

Es hora de que la verdadera Iglesia Católica siga a Jesús por el camino del desprecio del mundo y de los hombres, porque no hay otro camino para salvar y santificar las almas: el camino de la humildad, de la oración, de la penitencia, de la pobreza, de la mortificación de todos los sentidos, del silencio de la mente, de la caridad con Dios, de la unión íntima con Dios.

Es hora de iluminar el mundo, las familias, las sociedades, todo rincón del planeta, con la Luz de Cristo, porque ya nadie, dentro de la Iglesia Católica, lo está haciendo.

Francisco y los suyos, dan al mundo, dan a los hombres, lo que ellos quieren escuchar; pero son incapaces de dar la Luz de Cristo; son incapaces de dar el Evangelio como está escrito, como ha sido revelado, sino que se han inventado un nuevo evangelio: el de la fraternidad, el del diálogo, el de la alegría, el de la justicia social, el de los derechos humanos, el del comunismo. Y de esa manera, forman su nueva iglesia, produciendo un nuevo cisma dentro de Ella. Son ellos los que han iniciado el cisma dentro de la Iglesia. Ellos, que han abandonado la Verdad del Evangelio.

Cisma significa separarse de la Verdad. Y la Verdad es Una: Cristo Jesús. Y la obra de la Verdad es Una: la Iglesia Católica.

Son días de gran oscuridad y de profunda apostasía de la fe, y las almas que quieran salvarse, -en estos días-, tienen que mantenerse firmes en la fe verdadera, sin hacer caso de ninguna fábula, de ningún cuento chino, de ninguna palabra barata y blasfema, que Francisco y los suyos enseñen.

La fe verdadera es la que tiene que permanecer intangible como Luz en el corazón. Que ningún pensamiento humano, que ningún diálogo con los hombres, que ninguna obra humana, arrebate esa Fe.

El que cree en Jesús sólo tiene que tener un celo: la gloria de Jesús. Y para eso, tiene que derribar las glorias de todos los hombres, que buscan un lugar en la Iglesia para ser aclamados por el mundo. Buscan su negocio en la Iglesia, pero no la Verdad de la Vida.

Una gran infidelidad a la Gracia existe en la Jerarquía de la Iglesia. Ser infiel es un pecado contra la Fe, que no tiene parvedad de materia. Siempre se peca gravemente; siempre ese pecado exige el infierno, la condenación de la persona.

Muchos, de entre la Jerarquía, son infieles a la Verdad; porque conociendo toda la Verdad, se hacen demonios de las almas; se hacen esclavos de sus pasiones; obran la iniquidad con la malicia de su pecado.

La Jerarquía de la Iglesia no tiene excusa de pecado, porque lo poseen todo para no pecar, para combatir al mundo, para luchar contra el demonio, para quitar todo pecado. Y ¿qué hacen? ¿ a qué se dedican en la Iglesia?

A mirar el mundo, a congraciarse con el mundo, a lamer los traseros de los hombres, a darles lo que ellos quieren escuchar por sus oídos, a decirles palabras bellas para llenarlos de mentiras y de dudas sobre Cristo y Su Iglesia.

Toda la Iglesia se ha alejado del Espíritu de Cristo. Toda. Y se ha dejado seducir por el espíritu del mundo, que ha penetrado profundamente en Ella y la ha conquistado, la ha invadido totalmente. No hay parte de la Iglesia sana para Cristo. Todo está tergiversado, anulado, petrificado en la maldad de los hombres. Todo está arreglado para que se dé lo que se está dando en toda la Iglesia. Por eso, todos aplauden el pensamiento necio de un idiota que se ha creído sabio y justo en su estupidez de vida.

Francisco no tiene inteligencia espiritual: es un necio. No sabe lo que es la vida del Espíritu ni la vida de la Iglesia. Sólo da su sabiduría humana, carente de la Verdad. Sólo da lo que encuentra en su mente, lo que persigue su razón, lo que le da el demonio a su inteligencia humana.

Francisco enseña su doctrina, su espiritualidad, su opinión herética y cismática del Evangelio: eso es ser idiota. Y más idiotas son aquellos que se les cae la baba ante la enseñanza de Francisco. Más idiotas son aquellos que dicen que no encuentran nada en las palabras de Francisco contrario a la Verdad, al dogma, a la enseñanza de la Tradición y de la Iglesia.

Francisco vive su estupidez como Obispo: si no crees en Cristo, entonces ¿qué haces vestido de sacerdote y sentado en una Silla en la que no crees? Vete a tu casa, vete a hacer lo que quieras, pero no hagas el estúpido ante la Iglesia y ante el mundo.

Ha llegado el momento de ver estas realidades en la Iglesia, y no escandalizarse de la putrefacción que hay en la Iglesia.

Francisco sólo ha removido el barro, y se han levantado toda esa maldad, -escondida en los repliegues de las estructuras de la Iglesia-, para manifestarse como es: como pecado, como maldad, como hombres que viven su pecado, y que ya no lo esconden más, como lo han hecho durante 50 años.

Ahora se ve, dentro de la Iglesia, quién de la Jerarquía es verdadero, y quién un demonio. Antes, no se podía discernir con claridad. Ahora es fácil, porque hay uno, -sentado donde no debe estar-, que ha removido las aguas de la impureza, de la maldad, de la herejía, del cisma. Ahora es hora de saber quién es quién en la Iglesia.

Por eso, tiene que llegar la persecución, por parte de la misma Jerarquía que está en el poder. Son ellos los que persiguen a los que no se van a someter a sus mentes humanas, a sus ideas políticas, que quieren revestirlas de la majestad del Evangelio, pero que sólo producen turbación en las almas. Son ellos, los que enarbolando la bandera de Cristo, los que diciéndose católicos, va a perseguir a los verdaderos católicos, a los que viven, -de verdad-, la Verdad, que es Cristo, en Su Iglesia.

Ya la persecución no será como al principio de la Iglesia. Es la misma Iglesia, los que se dicen ser de la Iglesia –pero no lo son, por su pecado de herejía- la que persigue a la misma Iglesia. Esta es la gran maldad que viene corriendo, por todas partes. Y hay que abrir los ojos ante esta gran maldad.

En la Iglesia Católica no estamos de parte de una Jerarquía herética y cismática, como la que vemos en Roma y en muchas partes del mundo. Sino que en la Iglesia Católica, nos oponemos a los sacerdotes y a los Obispos que ya no quieren seguir la Verdad, porque siguen sus verdades, las que ellos se han fabricado con sus cabezas humanas.

Toda Jerarquía que no predique, que no enseñe la doctrina de Cristo, sin quitarle ni añadirle una mota, no es Jerarquía de la Iglesia; por más autoridad que quieran demostrar, por más vestidos que quieran ponerse; si no dan la Verdad, como es, no hay obediencia ni respeto a esa Jerarquía.

Esto es lo que más duele a todos, pero es la única Verdad. Todo aquel que comienza a decir herejías en la Iglesia, se sale automáticamente de la Iglesia. Y ya no es nada en la Iglesia. Ha perdido todo derecho en la Iglesia. Ya no se le puede escuchar ni atender. Por eso, hay que ir apartándose de tantos sacerdotes que ya no hacen las cosas bien en sus ministerios, que ya se ve, claramente, su pecado contra la fe en la Iglesia.

En la Iglesia no estamos para seguir la opinión de Francisco, el evangelio herético de un hombre sin alma; sino que se está para poner en el corazón la Palabra del Verbo, la Palabra de la Cruz, la Palabra que nunca pasa, que es eterna, que es fiel a Si Misma.

Hoy la humanidad se ha vuelto pagana, y tras ella corre la Iglesia para volverse igual de pagana.

Hoy todos los hombres se han convertido en víctimas de los errores, de los males, del pecado, y se dejan arrastrar por cualquier viento de falsa doctrina, de falsa ideología. Y la Iglesia es pionera en llevar a las almas hacia el error. Es por culpa de la Jerarquía de la Iglesia, que no ha guardada la Verdad, que no ha defendido la Verdad, que no ha mimado la Verdad, la causa de que todos los hombres vivan con las babas caídas ante cualquier idiota que les diga lo que sus mentes apetecen.

Hoy todos los pueblos y naciones de la tierra están inmersos, -están con el agua al cuello-, en la tiniebla de la negación práctica de Dios. No se cree en Dios y no se quiere creer en Dios. Sólo se cree en un concepto, en una idea humana sobre Dios, que ateiza a todos los pueblos. Y el culpable de esto, la Jerarquía que ya no cree en Jesús como Dios; sino que se ha inventado un falso cristo, un falso Jesús, que es un hombre, una persona humana, que se dedicó a resolver cuestiones sociales en su tiempo y que , por tanto, levantó una iglesia para eso, para lo social.

Nadie de la Jerarquía sabe ser Iglesia y sabe construir la Obra de Cristo, porque están muy atareados en construir el mundo, en luchar por los derechos de los hombres, en resolver justicias sociales, en dar de comer a los que se mueren de hambre, en buscar dinero para conseguir el aplauso de los hombres, y que digan qué buenos sacerdotes, que son del pueblo y para el pueblo, porque les resuelve sus problemas humanos.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia se postra ante el culto del placer, del dinero, del orgullo, de la ambición, de la impureza, de la fuerza política, de las fuerzas armadas; porque quieren un mesías y una iglesia, -un reino-, de hombres y para los hombres. Han dejado de buscar el Reino de Dios, para dedicarse sólo a la añadidura.

Hay que ser discípulos fieles de Jesucristo, no de Francisco. Hay que dar testimonio de la Verdad, que es Cristo; no hay que dar testimonio de la mentira, que es Francisco. Y sólo así se hace la Iglesia Católica en estos tiempos.

No son los tiempos como antes. Ya no hay que seguir a un Papa. Ya no hay Papa. El verdadero, ha renunciado. El que se hace pasar por Papa es un hereje, un cismático. Ya no se puede mirar a ningún hombre. Ya no se puede obedecer a ningún hombre en la Iglesia.

La Jerarquía de la Iglesia ya no es cabeza de la Iglesia. Sólo aquella Jerarquía que da la verdad como es sigue siendo cabeza; pero los demás, al dar la mentira, la herejía, salen automáticamente de la Iglesia. Y ya no son cabeza, ya no son autoridad. Ya no tienen poder divino, aunque se revistan de autoridad humana.

Estamos en los últimos tiempos. Y es necesario ser apóstol de los últimos tiempos, agarrados sólo a Cristo y a Su Madre. Ellos solos hacen su ejército victorioso, porque son la Cabeza de la Iglesia: el Rey y la Reina.

Tiempo para el demonio en la Iglesia

17 de diciembre

“Hombre apóstata, varón inútil, anda en boca mentirosa, guiña el ojo, refriega los pies, habla con los dedos, tiene el corazón lleno de maldad y siembra siempre discordias” (Pr 6,12).

La apostasía de la fe es un pecado que aparta totalmente de Dios y, por tanto, es distinto a otro pecado.

A la fe no pertenece sólo la credibilidad del corazón, sino también la confesión pública de la fe. Es necesario decir palabras y obrar en lo exterior esa fe que está en el corazón.

Quien vive de fe obra la fe exteriormente, de manera que todos puedan verla. Pero quien no vive de fe sólo obra al exterior su vida humana, o carnal, o material, o natural.

Cuando un hombre dice herejías en forma continua y no las quita, no se arrepiente de ellas, entonces eso es señal de que ha apostatado de la fe.

Cuando un hombre obra el pecado y no se arrepiente de él, sino que permanece y vive de ese pecado, entonces es la señal de que ha apostatado de la fe.

El que apostata de la fe perdió la fe totalmente. No tiene el don de la fe. Vive otra cosa muy diferente a la fe.

El que abandona la fe puede seguir estando en la Iglesia, pero de una forma exterior, hipócrita, farisea. En su interior, no tiene el espíritu de la Iglesia, pero sí posee el espíritu contrario, que le hace obrar en contra de la Iglesia.

El hombre que apostata de la fe con su boca habla de Dios, confiesa a Dios, predica muchas cosas, pero nunca da la Verdad de lo que habla, siempre da su interpretación de todas las cosas divinas. Y, por tanto, es un hombre que se dedica a hacer su religión, su evangelio, sus mandamientos, sus reglas, sus tradiciones, que no tienen nada que con la Verdad de la Iglesia.

De esta manera, se dan en muchas almas la apostasía de la fe. No es un pecado raro, sino común, porque es un pecado que imita en todo al hombre mundano, pero en la Iglesia. Es meter el mundo en la Iglesia, es vivir el mundo dentro de la Iglesia, es sacrificar todo lo divino en aras de los humano, de lo natural.

Vivimos dentro de la misma Iglesia Católica la apostasía de la fe en muchas almas que son sacerdotes, Obispos, fieles, que han perdido totalmente la fe. No es que cometan pecados mortales o que vivan, de alguna manera, su ministerio en la Iglesia o hagan sus apostolados en la Iglesia. Es que han abandonado totalmente la fe.

No sólo pecan mortalmente, sino que exaltan sus pecados, justifican sus pecados, aplauden sus pecados, llaman a sus pecado una verdad, un bien que se debe hacer.

En el gobierno de la Iglesia Católica hay hombres que ya no tienen fe, porque mantienen sus pecados a la vista de todo el mundo, de la Iglesia. No sólo esos hombres dicen herejías, sino que obran esas herejías a la vista de todos.

El que perdió la fe nunca puede obrar en lo exterior movido por la fe, sino que obrará según su inteligencia o sentimiento humano.

La fe, cuando se pierde, hace que el hombre sólo se quede en su ambiente humano, en su vida humana, en sus obras humanas, en sus culturas, en su ciencia, en sus conquistas humanas.

Pero lo peor no es esto: lo peor es que enseñan sus herejías, sus obras, en la Iglesia como algo verdadero que hay que seguir, como una obra que hay que hacer. Esto es el daño más grave de todos.

Esto produce que en la Iglesia se forme, al mismo tiempo, otra iglesia, distinta a la verdadera y tomada por muchos como verdadera, siendo una falsificación.

Y, cuando esta falsa Iglesia comienza a crecer, a desarrollarse, a tomar cimientos, control sobre la Iglesia verdadera, entonces viene lo peor: se oscurece la Verdad, se oscurece la Iglesia verdadera y sólo queda la falsa; sólo se ve la falsa, sólo se atiende a los postulados que se predican desde la falsa iglesia.

El problema de Roma, desde que Benedicto XVI renunció, no está en lo que hemos visto en diez meses, sino en lo que no se ve, en lo que se oculta, en lo que hay detrás de cada hombre que está en el gobierno de la Iglesia.

Nadie sabe ahora, a ciencia cierta, qué pasa en la verdadera Iglesia, porque sólo se da a conocer la falsa iglesia. Francisco sólo predica la mentira, sólo gobierna con la mentira, sólo realiza obras mentirosas. Y eso es en lo que todo el mundo se fija. Pero nadie atiende a la verdadera Iglesia. Quien no está con Francisco, ¿cómo vive su fe? ¿Cómo obra en la Iglesia?
Esto es lo que nadie atiende, lo que nadie sabe, porque la Verdad ha sido oscurecida en Roma. Y se quiere, desde Roma, que todo el mundo siga la falsa iglesia, que todos estén de acuerdo con Francisco, que nadie rechiste, que nadie diga que es un hereje.

Y esta imposición de Roma, esta prepotencia de Roma, hace que se oculte la verdadera Iglesia y que nadie viva esa verdadera Iglesia, que todos se acomoden a lo que tienen, aunque no les guste, aunque se vean herejías y se obren esas herejías.

El daño más grave en la apostasía de la fe, dentro de la Iglesia, es éste: nadie atiende a la Verdad de la Iglesia, sino que todos quieren construir la Iglesia a su manera. Todos están preocupados por agradar a Francisco, pero nadie se opone a Francisco.

Durante diez meses nadie ha aprendido a luchar contra los herejes en la Iglesia. Todos se han acomodado a las circunstancias que se ha dado y prefieren decir: con estos bueyes hay que arar.

Este es el mayor error que un alma puede cometer en la vida espiritual: acomodarse al espíritu que se le ofrece desde Roma. Y, entonces, como no se discierne el Espíritu, sino que se acomoda el hombre a ese espíritu, sin preguntarse si es bueno o malo, viene la ruina más total.

Quien acepta al que ha apostatado de la fe, quien lo obedece, quien se somete a él, entonces acaba abandonando la fe y se hace apóstata como él.

Este es el gran peligro, ahora, en la Iglesia. Gobiernan apóstatas de la fe, entonces, las almas dentro de la Iglesia pierden la fe y se condenan.

Para no perder la fe hay que atacar al hereje, al apóstata de la fe. Atacarlo. No darle tregua. No preguntarse si es hereje formal o es hereje accidental. Muchos esperan una declaración de la Iglesia que llame hereje a Francisco. Esperan en vano. No va a ocurrir, porque en Roma no están en eso. Roma ya no ve el pecado de nadie, sino que exalta el pecado de todo el mundo. Roma aplaude al pecado y a su pecado, pero ya no guarda la fe, la verdad, ya no es custodia de la almas, sino perversión de ellas.

Estamos en un momento muy crítico, muy grave, que los hombres no han meditado en ninguna manera.

Ven lo que hace Francisco, pero le siguen el juego, se acomodan a lo que hay en la Iglesia. Ya no luchan por la Verdad de la Iglesia. Muy poquitos ven lo que hay y dicen lo que hay con todas las consecuencias. ¡Cuesta decir la Verdad! ¡Hay que morir para decir la Verdad! ¡Hay que desprenderse del falso respeto humano, de la falsa compasión, de las falsa fraternidad hacia el hombre, y plantar cara al hereje!

La Iglesia no es viril en la vida espiritual, sino que está afeminada. Vive de blanduras, de sentimentalismos, de vanidades, de placeres exquisitos. Pero no capta la verdad viril, la verdad que transforma la vida, la verdad que hace ser un hombre sólo para Dios, no para el mundo.

Francisco predica una espiritualidad afeminada y a todos les gusta. Así está la Iglesia, así vive la Iglesia la vida espiritual: una gran tibieza. Francisco da lo que busca el hombre. Eso se llama tibieza; al hombre le gusta sentirse débil, sentirse que alguien se fija en él, que alguien lo ama. Pero no quiere dar el amor, no quiere entregarse sin más, sino que sólo busca su propio interés en todas las cosas.

En las predicaciones de los apóstatas sólo se señala una cosa: que Dios nos ama con ternura. Y no se dice más. Todos somos pecadores, pero Dios nos ama a todos. Es siempre el mismo argumento. Nunca un apóstata va a decir que hay que luchar contra el pecado para tener el amor de Dios. Nunca. Porque ya no cree. No tiene fe. Y vive según su amaneramiento de la fe: abajó a Dios a su manera de ver la vida; hizo descender lo divino a su mente humana para fabricar su dios, su evangelio, sus reglas, sus normas, su iglesia.

Y, en esta fábrica, sólo puede haber un camino para el que quiera salvarse: oponerse en todo al que ha abandonado la fe. Quien no camine así, en una Iglesia que no es la verdadera, sino la falsa, entonces acaba perdiéndose “en nombre de dios” y haciendo la “voluntad de dios” que esa falsa iglesia impone a los demás.

El que apostata de la fe impone siempre su orgullo, su pensamiento a los demás. Y lo impone como si fuera divino. El Papa verdadero nunca obliga a nada en la Iglesia, sino que sólo señala el camino de la verdad, y a aquel que no le guste, entonces toma las medidas necesarias en el Espíritu para extirpar de la Iglesia a un hereje, para que no haga daño.

Francisco no puede ser un Papa verdadero porque deja que en la Iglesia la gente peque, viva en su pecado, y él mismo exalta su pecado en medio de todos. Por eso, el mundo lo aplaude, los gays lo aplauden.

Siempre a un Papa verdadero, el mundo lo crucifica y los homosexuales hablan mal de él. Esa es la señal de que un alma tiene a Dios: cuando el mundo la combate.

Señal de que Francisco no tiene a Dios: que el mundo lo aplaude.

Pero lo más grave es que, dentro de la Iglesia, también acogen lo que el mundo dice de Francisco. Y, cuando sucede eso, es señal de que ha iniciado la ruina de toda la Iglesia.

Nadie se levanta para destronar a Francisco: eso es gravísimo. Y, entonces, como las almas que deberían tomar partido en contra de Francisco, no lo hacen, abren el camino para que el demonio lo haga y produzca en la Iglesia la mayor división, la mayor ruina de todas.

El tiempo corre a favor del demonio. Dios se cruza de brazos y ve cómo el demonio destruye 20 siglos de Iglesia en Roma.

Mis tiempos han llegado

gobbi

“Mis tiempos han llegado. Han llegado los tiempos predichos por Mí en Fátima… Os he predicho el castigo, que va a azotar a este pobre humanidad vuelta pagana… Descenderá fuego del cielo y la humanidad será purificada y completamente renovada, para estar así pronto a recibir al Señor Jesús que volverá a vosotros en Gloria. Os he predicho también la grave crisis que va a ocurrir en la Iglesia, a causa de la Gran Apostasía entrada en Ella… Esta Mi Hija amadísima debe vivir las horas de su agonía y de su pasión dolorosa; será abandonada por muchos de sus hijos. El viento impetuoso de la persecución se abatirá sobre Ella y será vertida mucha sangre, también por parte de Mis Hijos Predilectos” (P. Gobbi – Mis tiempos han llegado – 13 de octubre de 1994).

Tiempos de castigo, de Justicia Divina sobre el mundo y sobre la Iglesia.

Tiempos ya dados al hombre por el Espíritu de Profecía y que nadie, en la Iglesia, ha hecho caso, porque los hombres no han aprendido a juzgar con el Espíritu, a discernir la Verdad en el Espíritu. Sólo saben juzgar con sus mentes racionales, con sus pensamientos humanos sobre la Iglesia, con sus ciencias teológicas y filosóficas y, por tanto, son como topos en la Iglesia: no ven ninguna Verdad. Sólo ven sus verdades racionales.

Viene fuego del cielo para todo el mundo. Y viene la persecución de la Iglesia por parte de todo el mundo. Todo el mundo persigue a la verdadera Iglesia fundada por Jesús en Pedro.

Son estos tiempos. No son para dentro de unos meses, unos años, un siglo. Son ahora, desde que Benedicto XVI renunció a ser Papa, estamos en los tiempos que predice la Virgen.

Y sigue habiendo muchos en la Iglesia que dicen que todo va viento en popa, que la fe en la Iglesia está en lo más alto, que vivamos tranquilos porque todo marcha como los hombres lo han pensado en sus grandiosas cabezas humanas.

Inútil pensamiento el del hombre. El hombre que piensa es un necio. El hombre que ama es un sabio.

Se ama siguiendo al Espíritu. Se es sabio siguiendo al Espíritu. Se es un necio siguiendo la mente de los hombres.

Y en la Iglesia tenemos cada idiota en la Jerarquía Eclesiástica porque viven para sus pensamientos humanos, no viven para el Espíritu. Y así le va a la Iglesia: se alimenta diariamente de la mentira que sale por la boca de muchos sacerdotes y Obispos, que se creen todopoderosos en la Iglesia con sus discursitos de necios hombres.

Son los Tiempos de la Virgen. No son los Tiempos de nadie en la Iglesia. No es el tiempo ni de Francisco ni del Anticristo. Es el tiempo de Dios, porque la Iglesia es guiada sólo por Dios, no por los hombres.

La Virgen quiere algo en este Tiempo del Castigo: “Decid a todos que entren en el Arca de Mi Corazón Inmaculado, para ser protegidos y salvados por Mí” (P. Gobbi – Mis tiempos han llegado – 13 de octubre de 1994).

¿Cómo vivir este tiempo de castigo en el mundo y de persecución en la Iglesia? Hay que refugiarse en el Corazón de la Virgen, como Noé se refugió en el Arca cuando el castigo del diluvio.

Y no hay otra manera de salvarse en este castigo doble: al mundo y a la Iglesia.

La Virgen es la que reúne a Sus Hijos en la Iglesia. Es la que protege la Iglesia. Es la que salva a la Iglesia.

La Virgen está en el desierto esperando a sus hijos que salgan de una iglesia que ya no es la Iglesia. Que se metan en el Arca de Su Corazón para ser preservados de todo lo que viene ahora a la Iglesia.

No hay que estar mirando a nadie de la Iglesia en este tiempo. Nadie. No interesa ningún Papa, ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún fiel. Sólo interesa la Virgen, que se corra hacia la Virgen, que se huya de Roma para esconderse en el Corazón de la Virgen.
Y eso significa seguir el Espíritu de la Madre. Pero si las almas no saben seguir el Espíritu, entonces ¿cómo van a entrar en el Refugio de ese Corazón Inmaculado? No pueden, porque viven pensando cómo ser Iglesia y cómo hacer la Iglesia.

Es que ya no son estos tiempos para eso. Son tiempos para refugiarse en la Corazón de la Madre. Y Ella dirá quién va al martirio y quién se queda aguardado al Señor que viene en Gloria.

Ella es la que manda ahora en la Iglesia. Y, por eso, su obra en la Iglesia desde siempre. Ha sido la Virgen la que siempre se ha aparecido en la historia de la Iglesia, desde el principio, desde antes de morir. Y se sigue apareciendo ahora, en esto tiempos en que nadie cree en nada, en ninguna verdad, sino que todos creen en sus mentiras.

El mundo se ha vuelto pagano: no cree en nada. ¡Y Francisco predicando que hay que ir al mundo para aprender del mundo! ¿Dónde vas necio? ¿Qué enseñas en tu estúpida cabeza humana en la Iglesia? ¿Quién te crees que eres en tu imbecilidad de vida?

El mundo da culto al demonio. No puede adorar a Dios ni en Espíritu ni en Verdad. No sabe lo que es eso. Sólo sabe comer, dormir, divertirse y ganar dinero.

Y la Iglesia vive el desconcierto más absoluto: hay una lucha por el poder. Todos quieren mandar. Luego, nadie manda. Todos imponen sus pensamientos y nadie hace nada por la Verdad. Y, por tanto, la Iglesia se cae a pedazos por los hombres, porque los hombres se la pasan viendo a ver quién les da dinero y poder en la Iglesia. Pero nadie se ocupa de alimentar a las almas con la Palabra del Espíritu.

Hay que irse de Roma para esconderse literalmente de todo el mundo, de toda la nueva iglesia que ya se está levantando en Roma. Esconderse, porque esa basura no sirve para el alma, para salvar las almas, sino para condenarlas.

Han llegado los Tiempos en que nadie hace caso al Espíritu, porque todos viven muy ocupados dando gloria a su humanidad. Ocupadísimos. ¡Cuántos ciegos, guías de ciegos, hay en la Iglesia!

Son los Tiempos en que los hombres lo deciden todo, incluso lo que hay en cada conciencia. Hasta ahí llega la soberbia humana. Porque una vez que el hombre acoge el pecado en su vida, su conciencia desaparece y se vuelve un juguete de los hombres. Eso es el trabajo de los anticristos que están ya en la Iglesia: abrir las conciencias al máximo para que entre todo tipo de herejías en el alma y las viva como se bebe un vaso de agua. Eso ya lo hace Francisco en su propia vida. Por eso, está maldito por su propia conciencia. Su conciencia le dice que va mal, pero él sigue haciendo el mal. Ya no sabe lo que es el bien y el mal, porque él se lo inventa con su cabeza. Y quien llega a eso es señal de que perdió su conciencia, de que se traga las mentiras como si fueran verdades claras y absolutas que hay que seguir sin remedio, sin hacer caso a las voces discrepantes que surgen a su alrededor.

Son los Tiempos de la Gran Maldad, de la Gran Mentira, del Gran Odio contra Cristo y contra Su Iglesia. Todos se vuelven contra la Verdad. Todos se oponen a la Verdad. Todos ocultan la Verdad. Y quien hace eso es para acoger la Mentira, y la Mentira más Mentira de todas: la que da el demonio sentado en la Silla de Pedro. El demonio enseña a todo el mundo la mentira sin que nadie se oponga: eso es la Mentira más Mentira de todas. La Mentira Mayor, la Cumbre de la Mentira.

Y todos obedeciendo al demonio. Eso es Francisco: una falsa cabeza a la que todos dan obediencia. Se someten al demonio en sus vidas. Dan culto al demonio en sus vidas. Siguen al demonio en sus vidas.

¡Disciernan los Tiempos! ¡Disciernan los espíritus para ponerse en la Verdad! La Verdad es una obra que toda alma tiene que conquistar en su vida. Y aquel que no trabaje por la Verdad, se queda siempre en su gran mentira de la vida.

La Verdad no es un don de Dios al alma. La Fe es un don de Dios. Y quien vive de Fe busca la Verdad. Y quien no vive de Fe no busca la Verdad.
Y siempre el que busca encuentra. Y el que no busca nunca encuentra.

Y hoy las almas han dejado de perseguir la Verdad porque ya no creen en la Palabra de la Verdad. No tienen fe.

Por eso, son Tiempos gravísimos, en donde ya no hay retorno. O estás con Cristo o está con el Anticristo. Que cada uno elija dónde quiere estar.

Tiempos apocalípticos

Jesus Rey

“Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de la Profecía y guardan las cosas escritas en Ella, porque el tiempo está cerca” (Ap. 1, 3).

Después de leer la Evangelium Gaudium es necesario ver los Signos de los Tiempos y discernir lo que viene al mundo y a la Iglesia.

Desde Roma se tapa la profecía: “el acento, más que en el impulso de la piedad cristiana, se coloca en formas exteriores de tradiciones de ciertos grupos, o en supuestas revelaciones privadas que se absolutizan. Hay cierto cristianismo de devociones, propio de una vivencia individual y sentimental de la fe, que en realidad no responde a una auténtica «piedad popular»” (n. 70).

Francisco es un hombre que no cree en el Apocalipsis, porque no tiene Espíritu. Sólo cree en lo que hay en su cabeza humana y así lo expresa en todo su documento. Esto es normal en un anticristo, porque tiene que oponerse en todo a Cristo y a Su Iglesia.

Él hace su trabajo como falsa cabeza en la Iglesia, poniéndose a destruir la Iglesia con la autoridad de los hombres. Y engañando a todos diciendo palabras hermosas y sentimentales, para así atraer a los hombres a su negocio en la Iglesia. Su negocio es simple: que todos alaben su pensamiento humano. Y no tiene otro negocio. Por eso, ha escrito esa bazofia que sólo sirve para limpiarse el trasero. Él se exalta como hombre en la cúspide de la Iglesia. Y él caerá por los hombres desde esa cúspide. Es su castigo en la Iglesia.

Pero, para las almas que creen en la Palabra de Dios y, por tanto, que siguen a los Profetas, la luz en la Iglesia sólo está en las Profecías. Ya no se encuentra esa luz en ninguna cabeza de la Iglesia.

Desde que Benedicto XVI renunció, ya no se da la Cabeza Visible en la Iglesia. Con la renuncia muere Pedro. Es una muerte real, pero espiritual, no mística. Porque Pedro no es sólo Benedicto XVI, sino también todos los Papas anteriores a él, que están en el Cielo, y que, por tanto, siguen intercediendo, siguen siendo Pedro en la Iglesia, pero de otra manera, no como Cabeza Visible, porque –es claro que han muerto- sino como cabezas místicas en la Iglesia.

Pedro y sus sucesores, que están en el Cielo- siguen dirigiendo a la Iglesia, pero de una manera que el hombre no puede entender con su razón, porque la Iglesia se edifica siempre en Pedro. y, aunque un Papa, como Benedicto XVI, haya fallado en su vocación de ser Pedro, la Iglesia sigue en Pedro, pero de una forma misteriosa.

Para los hombres que viven en la tierra, que pertenecen a la Iglesia militante, no hay Cabeza Visible por la renuncia de Benedicto XVI.

Pero hay más que eso. Por subir al gobierno de la Iglesia una falsa cabeza, que ha roto el Vértice de la Iglesia, se da la división en la Cabeza, es decir, que en la Iglesia hay muchas cabezas pensantes que quieren gobernar y hacer la Iglesia como está en sus cabezas.

Y los fieles se acogen a estas cabezas y, por eso, quedan confundidos, porque nadie, ahora en la Iglesia, da la Verdad desde la Cabeza. Nadie. Todos fallan en algo, todos están entre dos aguas, todos acogen, de una manera o de otra, la mentira.

Ni Francisco da la verdad, ni los sedevacantistas la ofrecen, ni Benedicto XVI puede, ni ningún Obispo en su diócesis predica la verdad y, menos, los sacerdotes, saben lo que es la Verdad.

Muchos, en la Iglesia, toman algo de Francisco, otro algo de los ortodoxos, otro de los sedevacantistas, otro de Bendicto XVI, etc. Muchos hacen una ensalada de muchas verdades y de muchas mentiras juntas.

En la Iglesia o se está en la Verdad o se está en la mentira. Pero no se puede predicar contra el aborto y, después, decir que Adán y Eva es un mito, como lo hace el Cardenal George Pell. No se puede hacer del aborto un negocio en la Iglesia, una causa humana, una defensa de la vida humana, cuando se está destruyendo la vida divina en la almas, la vida de la gracia, cuando la causa divina en la Iglesia desaparece por completo.

Tenemos cabezas que hacen como este Cardenal: su negocio en la Iglesia. Defienden lo que a la gente le gusta, pero no defienden la Verdad de la Iglesia. No se ponen en la Verdad, sino que cada uno lucha por sus verdades en la Iglesia, y da órdenes a todo el mundo para que sigan sus pensamientos humanos en la Iglesia.

Esto es lo que se ve en todas partes en la Iglesia. Y esto es un Signo de los Tiempos. Un Signo en la Cabeza, en el gobierno, en el poder de la Iglesia: un poder dividido en muchos poderes humanos, materiales, naturales.

Cuando el poder se divide en la Iglesia aparece la anarquía en todas partes. No hay jerarquía de valores, de clases sociales, de pensamientos humanos. Todo se iguala. Y todo vale en ese gobierno dividido: la mentira y la verdad.

Y, cuando se juntan las dos cosas, viene la bomba: la destrucción del amor en la Iglesia.

No se puede amar en la mentira. Sólo se ama en la Verdad.

Quien quiera amar en la mentira produce la ruptura con toda la verdad y hace que las almas sean obligadas a buscar la mentira por una razón verdadera.

Todos se acogen a Francisco, que es una mentira, por una verdad: fue elegido por los Cardenales en el Cónclave.

Es una verdad a medias, pero es una verdad. La elección de Francisco fue lícita, según la ley de la Iglesia, pero inválida según la ley de Dios. Los Cardenales hicieron algo lícito, pero inválido, nulo para Dios. Y si es nulo para Dios, también lo es para los hombres. Pero esto los hombres no saben verlo, no saben discernirlo.

Los Cardenales siguieron la ley eclesiástica, que les capacita para elegir a un Papa, pero no siguieron la ley divina que les prohibía elegir un Papa estando vivo el anterior.

Esto supone una división en la verdad: vale más la ley de la Iglesia que la ley divina, que el dogma del Papado. Pesa más lo que piensan los hombres que lo que piensa Dios en Su Iglesia. Y, por tanto, se obra la mentira acogiéndose a una verdad humana, a una ley humana, despreciando la ley divina, que es la Verdad en la Iglesia. Nunca una ley de la Iglesia da toda la Verdad en Ella. Siempre la ley eclesiástica tiene que depender, para ser obrada, de la ley divina, del dogma en la Iglesia. Si no se somete a lo divino, se pone esa ley por encima de la ley divina, y se obra la mentira, con la careta de la verdad.

Y esto es otro Signo de los Tiempos: sólo vale en la Iglesia aquellas leyes que se acomodan al pensamiento de los hombres. Ya no hay que mirar las leyes divinas, los dogmas en la Iglesia, las Verdades de siempre.

Y esto trae una consecuencia inmediata: destruir la Verdad a base de poner pensamientos mentirosos, pero dados como verdades.

Es lo que lleva haciendo Francisco nueve meses en su gobierno: destruye verdades para poner sus verdades, es decir, sus mentiras. Y da a la gente que vive la Verdad, lo que quieren escuchar: les habla del aborto, de la confesión, de cosas que gusta oír, pero las dice sin la Verdad, sin el convencimiento de la Verdad, las dice para rellenar la predicación de su mentira en la Iglesia. Así ha hecho su bazofia, de esta manera.

Estamos en los tiempos del apocalipsis. Eso es claro para el que vive la fe. Y, dentro de ese tiempo apocalíptico, está un signo de los tiempos: la Verdad de la Iglesia.

La Iglesia no puede ser destruida por nadie. Pueden destruir lo material de la Iglesia, lo humano, lo natural, pero no Su Espíritu.

La Iglesia nace del Espíritu, no nace en el pensamiento de ningún hombre. Y, por tanto, la Iglesia no está en ninguna parte, ni en ningún hombre. No pertenece ni al tiempo ni al espacio, porque, en Dios no hay tiempo ni espacio. Estas dos cosas son el invento de los hombres para poder entender lo natural, lo humano de la vida. El hombre mide la Creación con su tiempo y con su espacio.

En la realidad, no existen ni el tiempo ni el espacio. Son medidas que el hombre crea con su pensamiento humano (entes de razón) y que las aplica, después, en su vida diaria. Pero no existen en la realidad. Dios no crea ni el tiempo ni el espacio. Dios crea el universo. Después el hombre mide esa creación con sus medidas de tiempo y espacio, medidas limitadas, racionales, que no pueden explicar el Misterio de la Creación.

Por tanto, la Iglesia está por encima del tiempo y del espacio como lo concibe el hombre. Y eso supone que, por más que el hombre quiera destruir la Iglesia, en su tiempo y en su espacio, nunca la va a destruir, porque la Iglesia es Espíritu. Y el Espíritu no tiene ni tiempo ni espacio.

Por eso, la Iglesia no necesita un apostolado llenos de tiempos ni de espacios. La Iglesia sólo necesita de corazones humildes que lleven en ellos la Palabra de Dios, en todo tiempo y en todo espacio.

En estos tiempos apocalípticos, se sigue dando la Verdad de la Iglesia, pero ya no está como antes. Ya no hay que buscarla en Roma, ni en ninguna cabeza de la Iglesia, ni en ningún documento de la Iglesia. Sólo se puede ser Iglesia, sólo se puede hacer Iglesia en el Espíritu, en estos tiempos, en que no hay una cabeza visible.

Sólo el Espíritu es el que guía ahora a toda la Iglesia. Por eso, la importancia de saber discernir bien cada profecía para no errar en el Espíritu de la Iglesia.

Y hay muchos profetas que su profecía es verdadera, pero que siguen a Francisco, y entonces, su profecía queda anulada. Porque o se está en la verdad completa o se está en la mentira. No se puede estar entre dos aguas.

Hay muchos sacerdotes que creen en los Profetas, pero que eligen mal la cabeza: o están con Francisco, o con Benedicto XVI, o con otros en la Iglesia. Tampoco se puede seguir, porque no se ponen en la verdad.

Hay sacerdotes que ven lo que pasa en la Iglesia, no creen en las Profecías y, también, eligen mal su situación en la Iglesia: se hacen sedevacantistas o se hacen ortodoxos, etc.

Hay que discernir los Signos de los Tiempos para saber obrar en la Iglesia en cada tiempo. Porque cada tiempo en la Iglesia es distinto.

Y el Tiempo en la Iglesia no es una medida como lo es en los hombres. Cuando Dios habla del tiempo, Dios habla del estado de las almas o de la Iglesia o de la Creación, pero Dios no da una medida al hombre, sino un estado espiritual.

Si la Iglesia vive, en estos momentos el estado espiritual de no tener una cabeza visible, entonces no es posible seguir a nadie en la Iglesia. Sólo hay que seguir al Espíritu. Y el Espíritu dice a quién se puede seguir entre los Pastores, en la Jerarquía de la Iglesia. Pero quien quiera buscar una cabeza en la Iglesia en este Tiempo de la Iglesia, siempre se va a equivocar, porque vivimos el Tiempo en que no hay cabeza que gobierne la Iglesia. No se da la unión en la verdad a través de una cabeza. Y, por tanto, no hay obediencia a nadie. Sólo al Espíritu de la Iglesia.

Los hombres no saben seguir al Espíritu. Les cuesta muchísimo. Sólo saben seguir a una cabeza, a un hombre, o a su pensamiento humano. Y esto es otro Signo de los Tiempos.

Cuando la Iglesia pierde el Espíritu, entonces es porque nadie vive en la Iglesia el Espíritu, nadie sigue al Espíritu, todos siguen sus mentes humanas, sus filosofías de la vida dentro de la Iglesia.

Y eso lleva a ver cómo están las almas dentro de la Iglesia: viviendo lo suyo humano, sin atender en nada a lo divino.

Y, por tanto, para ser Iglesia, para formar Iglesia, hay que alejarse de tantas almas que sólo viven para su humanidad, pero no para las cosas divinas, sagradas, santas en la Iglesia.

Hoy la Iglesia no está ni en muchas parroquias, ni en muchos conventos, ni en muchos grupos de la Iglesia, porque hay muchas almas que sólo viven para su negocio humano en la Iglesia, y no más. Y hacen de la Iglesia una cueva de ladrones.

Por eso, es difícil hoy ser Iglesia y hacer Iglesia, cuando no hay Cabeza Visible. y, por eso, una consecuencia lógica es que la Iglesia tiene que vivir en la oscuridad un tiempo, mientras los hombres se inventan su iglesia en todas partes del mundo.

Los que quieran ser Iglesia en este Tiempo tienen que salir de todo y vivir esperando hasta que el Espíritu muestre otro Tiempo, otro estado espiritual de la Iglesia, en que pueda darse con una cabeza la Iglesia de siempre, la de 20 siglos, la que es eterna y nunca es destruida por ningún espíritu diabólico ni por un poder humano.

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