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Francisco es el neo-fascista de Roma

Francisco líder del nuevo fascismo que busca un nuevo orden mundial

Francisco líder del nuevo fascismo que busca un nuevo orden mundial

Paul Vallely escribe en su obra, “Pope Francis: Untying the Knots” (Papa Francisco: Desatando los nudos), lo que le confió un superior jesuita de América Latina:

«Sí, lo sé Bergoglio. Es una persona que ha causado muchos problemas en la sociedad y es muy controvertido en su propio país. Además de haber sido acusado de haber permitido la detención de dos jesuitas durante la época de la dictadura argentina, como provincial generó lealtades divididas: algunos grupos casi le adoraban, mientras que otros no tuvieron nada que ver con él, y él casi no hablaba de ellos. Era una situación absurda. Él está bien entrenado y muy capaz, pero está rodeado de este culto a la personalidad que es extremadamente divisivo. Él tiene un aura de espiritualidad que utiliza para obtener poder. Será una catástrofe para la Iglesia tener a alguien como él en la Sede Apostólica. Dejó la Compañía de Jesús en Argentina destruida, con los jesuitas divididos y las instituciones destruidas, y financieramente quebrados. Hemos pasado dos décadas tratando de solucionar el caos que ese hombre nos dejó».

«Será una catástrofe para la Iglesia tener a alguien como él en la Sede Apostólica»: una gran verdad que todos pueden ver y comprobar. Después de un año, en que parecía que había una nueva primavera en la Iglesia, se constata una gran división y un gran cisma.

Cuenta Vallely que la gran amargura envolvió a Bergoglio durante su tiempo como Superior Provincial. Bajo su liderazgo, la provincia se dividió en dos: Bergogliano y anti-Bergogliano. Exactamente, como ha ocurrido en este año de su falso Pontificado: una Iglesia dividida en dos: los que están con Francisco, los que se oponen a Francisco.

Y escribe Vallely que esa división se produjo por dos fuerzas polarizantes: el Vaticano II y el peronismo.

Observa Vallely que «el movimiento de resistencia a las reformas del Vaticano II era conducido, entre el orden intelectual más importante en Argentina, por Jorge Mario Bergoglio». Y, por otra parte, el mismo Bergoglio se convirtió en el líder espiritual de la Guardia de Hierro argentino. Valleyl retrata la organización como un «manojo extraño, que funcionaba como una orden secreta, que se caracteriza por la obediencia, el rigor intelectual y la disciplina ascética, pero cuya influencia intelectual eran un batiburrillo de Lenin, el filósofo rumano Mircea Eliade y Mattero Ricci, místico y misionero jesuita del siglo XVI».

«Lenin proveía el modelo de organización de una elite revolucionaria fuertemente controlada, mientras Eliade abogó por una forma anti-liberal, anti-democrático y anti-moderna del neofascismo. Por encima de todo, él promovió la Guardia de Hierro como vanguardia de una forma de nacionalismo espiritualizada, capaz de liderar una revolución cristiana y reconciliar a la nación con Dios. El grupo argentino también estaba comprometido con el enfoque corporativista, Tercera Vía, que se encontraba en el centro del peronismo y, particularmente, Bergoglio era atraído hacia él como alternativa al capitalismo y al comunismo».

Bergoglio se oponía, por una parte a la Teología de la Liberación; pero por otro camino, se metía de lleno en esa Teología. Una auténtica contradicción en su gobierno: para unos era conservador, tradicional; para otros, comunista, marxista, protestante. Daba dos caras distintas en su gobierno.

Francisco, desde el inicio de su gobierno en la Iglesia ha mostrado su solidaridad con los ideales de la Teología de la Liberación. Él ha pedido, de forma explícita, «una iglesia pobre para los pobres»; en su homilía de la Jornada Mundial de la Juventud, en julio del 2013, evoca temas de la teología de la liberación, llama a los jóvenes a invocar el «poder de Dios para arrancar y derribar el mal y la violencia, para destruir y derribar las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio, con el fin de construir un mundo nuevo». Este es el lenguaje propio un activista comunista, que se centra en las “estructuras de pecado”, que concibe el pecado como un hecho social, que nace de las sociedades capitalistas y que llevan a todos a una culpa, donde se explota y se oprime a la clase más pobre. Es la opresión económica que hacen los ricos sobre los pobres.

Francisco ha rehabilitado la Teología de la Liberación escribiendo el prefacio del libro de Muller, “Del lado de los pobres: Teología de la Liberación”, en el que Gutiérrez escribió dos capítulos; y éste fue recibido como un héroe por Francisco en el Vaticano. El Papa Benedicto XVI batalló contra la Teología de la Liberación y disciplinó a sus defensores, porque habían malinterpretado la preferencia de Jesús por los pobres y la habían convertido en un llamado marxista a la rebelión armada.

Muler dice que «La Teología de la liberación está para mí unida al rostro de Gustavo Gutérrez… Con el seminario dirigido por Gustavo Gutiérrez se produjo en mí un giro de la reflexión académica sobre una nueva concepción teológica hacia la experiencia con los hombres, para los que había sido desarrollada esa teología» (“Mis experiencias con la teología de la liberación”). Muller se desvió de la Verdad estudiando al cismático Gustavo. Y se ha hecho otro hereje y cismático, como él y Francisco. Y ha sido puesto como jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe; es decir, como aquel que va a romper el dogma en la Iglesia. Porque si no ha sido capaz de guardar su fe en Cristo, menos es capaz de guardar la Fe en la Iglesia.

Los pasos de Francisco son claros para el que tenga ojos. Francisco ha contactado a Leonardo Boff, quien antes era uno de los teólogos de la liberación más vilipendiados por Roma, y que había sido condenado al silencio obsequioso, y suspendido de sus deberes religiosos por la CDF en 1985, por el Cardenal Ratzinger, por sus inclinaciones marxistas y su posición radical teológica, expresada en su obra, “Iglesia: carisma y poder” (1985). Francisco lo ha llamado para ocuparse de una nueva encíclica sobre la eco-teología, un subgénero de la Teología de la Liberación, que busca liberar de la presencia opresiva de los seres humanos y su tecnología. En esa eco-teología se condena «el vasto aparato científico, tecnológico, sobre el que basa nuestra civilización» (Boff – Sólo un Dios puede salvarnos – 2012).

Y Boff ha dicho del nombre de Francisco: «Este nombre es programático: Francisco de Asís simboliza una iglesia de los pobres y oprimidos que tiene la responsabilidad por el medio ambiente, y evita el lujo y la ostentación… Francis va a sorprender a muchos al frente de un movimiento radical en la iglesia» (Entrevista en Der Spiegel – marzo 2013). Abaja la santidad a su concepción humanista y pordiosera de la sociedad. Es un insulto para Francisco de Asís estas palabras de Boff. No ha comprendido la espiritualidad de San Francisco de Asís. Y Bergoglio ha tomado este nombre sólo por su concepción ecologista de la vida humana. No tiene ni idea de lo que representa en la Iglesia San Francisco de Asís. Instrumentaliza a este santo para su fin comunista y marxista.

Francisco presenta dos caras: una tradicional. Y, por tanto, da la de cal a la Iglesia: habla del amor de Dios, habla para que los tradicionalistas le escuchen y estén contentos con un Papa que habla su mismo lenguaje.

Y la de arena: habla comunismo y marxismo en todas sus homilías, discursos, y lo obra con llamadas telefónicas, con órdenes orgullosas para bautizar hijos de lesbianas. Por debajo, sin que nadie se entere, da el golpe fascista en la Iglesia.

Francisco es un dictador. Actúa como tal en la Iglesia. Es el nuevo fascismo, que está reventando de integralismo, con grandes dosis de utopismo, que le conducen al liberalismo. Por eso, a Francisco lo adoran los grupos feministas, gays, lesbianas, racistas, discapacitados, que buscan unir la práctica espiritual con un análisis de su situación social considerada como opresión económica, injusticia social, falta de derechos humanos. Son gente que se hace pasar por víctimas de la sociedad, por oprimidos por las estructuras de pecado, que caracterizan la sociedad. Por eso, Francisco predica que no tengan miedo a la ternura. Francisco se encarga de hacer un llamado a los sentimientos de los hombres para que pongan sus ojos en estas personas, que son víctimas de la sociedad. Son gente que quiere reclamar su propia forma específica de la espiritualidad a través de su lucha colectiva, su praxis social en contra de esta opresión. ¡Una aberración!

Francisco trabaja para esto en la Iglesia, para esta abominación, y sólo para esto. Esta es su lucha de todos los días. Por eso, él tiene que alejarse de los dogmas y debe dejar de hablar del universo moral, para centrarse en la cultura de consumo. Por eso, no hay que juzgar al homosexual. Y, de esta manera, contempla el aborto, no ya como algo moral, no para juzgarlo con una pena de excomunión, no como un pecado gravísimo ante Dios, sino como el fruto de esa cultura de consumo de usar y tirar, que acepta la eliminación del no nacido. Hay que luchar contra esa opresión social; pero no contra ese pecado. La Iglesia se ha centrado en las cuestiones morales y ha dejado asuntos más importantes en la vida de los hombres: pobreza material, desempleo, atrocidades en masa, falta de atención médica, etc. Entonces, Francisco tiene que negar el dogma para poner por encima de Dios los valores, las leyes, los pensamientos de los hombres, la vida que cada uno lleva en la sociedad.

Si el hombre quita su pecado, el hombre no cae en ninguna de las desgracias que Francisco lucha. Pero Francisco se pone a luchar con esos grupos, que quieren hacer una amalgama entre la vida espiritual y su pecado, y tiene, necesariamente, que destruir la Iglesia y la vida de salvación y de santificación de muchas almas. Quiere meterse a resolver los problemas de los hombres por el camino equivocado. El camino que nunca usó el Señor. Porque los pecados de la sociedad vienen por los pecados particulares de los miembros de esa sociedad, que cometen contra Dios. Si no se quita la raíz del pecado, menos se va a quitar los pecados sociales que, por otra parte, no existen como pecados, sino como males, frutos del pecado personal.

Francisco lanzó un ataque contra el sistema económico mundial, declarando que la economía no podía basarse en un «dios llamado dinero». La falta de trabajo «es consecuencia de un sistema globalizado en el cual el dinero es el ídolo y el único que manda» (Cagliari, 21-09-203). Francisco nunca va a predicar sobre el pecado de avaricia y de usura; sino que siempre va a arremeter contra el sistema, contra la opresión económica que hacen los ricos sobre los pobres. Francisco, en Cagliari, hizo que la multitud coreara lo que él llamó una oración por el «trabajo, trabajo, trabajo», y la gente lo aplaudía cada vez que hablaba de los derechos de los trabajadores y la devastación personal que causa el desempleo. Y en la Misa dijo: «No queremos este sistema económico globalizado que nos hace tanto daño. Los hombres y las mujeres tienen que estar en el centro de un sistema económico como Dios quiere, no el dinero». Y, por supuesto, tuvo que dar su sentimentalismo preferido: «A los jóvenes desempleados, a los que tienen un trabajo precario, a los empresarios y comerciantes con problemas para seguir adelante, les expreso mi solidaridad».

Todo esto es puro comunismo, pura teología de la liberación, pero no enseñanza espiritual; no es la doctrina de Cristo. No es lo que enseña la Iglesia.

Francisco predica lo que Jesús no predicó; admite en la Iglesia lo que Jesús no admitió por sus Papas legítimos; frecuenta reuniones de paganos que ningún Papa ha frecuentado, no sabe discernir entre los paganos abiertos a la Palabra de Dios, que buscan la sincera conversión en sus vidas, y los paganos, que por sus herejías, cismas, pecados, no quieren convertirse a la verdadera fe, porque ya se creen estar en la verdad. Por eso, Francisco unifica en el error lo que ningún Papa se ha atrevido a hacer en la Iglesia: está perdonando a individuos que la Iglesia ha condenado y condena por sus Papas.

Francisco es el apóstata, el falsario, que ha abusado de la autoridad que tiene por ser Obispo; autoridad que le viene del Papa verdadero, Benedicto XVI; pero que la ha anulado al establecer su gobierno de herejes, compuesto de hombres herejes y cismáticos, que no creen ni en Cristo ni en Su Iglesia.

Y, por eso, Francisco está deshonrando el Papado y al verdadero Papa, que todavía existe y que carga sobre sus hombres el peso de esta desgracia de Iglesia.

Francisco deshonra los mandamientos de Dios, el Evangelio de Jesucristo, el Magisterio auténtico de la Iglesia, la Voz de todos los Profetas auténticos, que enseñan a las almas de la Iglesia lo que ninguna Jerarquía se atreve a decir: que Francisco no es Papa. Es siempre el Cielo el que primero guía a las almas, es siempre Dios el que guía a Su Pueblo, el que pone el Camino de la Verdad. Los hombres, ni siquiera la Jerarquía auténtica sabe hacer esto desde el principio. «Serán todos enseñados por Dios» (Jn 6, 45).

Francisco es el Vicario del Anticristo, que domina a la Iglesia, a toda la Jerarquía. Y la Jerarquía verdadera tiene que tener el coraje de levantarse y predicar a todos los vientos que: Francisco es un apóstata, un falsario, al cual no se le puede dar la obediencia, cuya autoridad termina donde inicia la Autoridad Divina; y la obediencia de los fieles de la Iglesia a los Sacerdotes y Obispos comienza cuando ellos -Sacerdotes y Obispos- obedecen a Cristo, a las leyes que Dios ha puesto en Su Iglesia, a su precepto de amor, que no puede estar en cualquier parte y que nadie puede cambiar según su idea humana. Y, por tanto, no hay obediencia a una Jerarquía que no se somete a Cristo, a la Mente de Cristo en la Iglesia.

Francisco es el nuevo fascista, que trata de poner su idea de la unidad en lo social, en la historia del hombre, en su economía, en su cultura. Es una idea espiritualizada, que quiere acoger a todos para una misión histórica, buscando un bien común, un destino común, cogiendo elementos de todos los lados: cristianos, católicos, marxistas, protestantes, etc… Y aquí está la fuerza de ese nuevo fascismo.

Francisco proclama una fe que no es de derechas, que no aspira a conservarlo todo, que no está centrada en los dogmas; pero que tampoco es de izquierdas, que en el fondo aspira a destruirlo todo, como es el puro marxismo.

Francisco predica una fe colectiva, integradora, universal, que tiene un poco de todo y no tiene ninguna Verdad. Por eso, Francisco es un dictador que quiere imponer su idea de la unidad a toda la Iglesia. Y, claro, encuentra mucha oposición.

Francisco trabaja con las masas, pero no con los hombres, no con la inteligencia de los hombres. Todo fascismo es un movimiento de masas, y los que gobiernan emplean una cantidad de demagogia para mover las masas. Por eso, Francisco, cuando habla es oscuro en todo. Da mil vueltas para no decir claramente lo que quiere. Obra a escondidas lo que él piensa. Pero nunca lo obra públicamente.

El fascismo es una obra, no es sólo una ideología, no es sólo la idea de la unidad social. Pero es una obra monopolizada por una clase escogida, por unos pocos, que lo quieren controlarlo todo: la Jerarquía masónica, infiltrada en la Iglesia. Esa Jerarquía que ha puesto a Francisco como líder en la Iglesia y que lo controla todo, lo domina todo en el Vaticano. El fascismo en la Iglesia es el control del poder del vaticano por un grupo reducido de Cardenales y de Obispos, que están amparados por un sector financiero, por una clase burguesa, que es desconocida para todos. Porque la base de todo fascismo es siempre una auténtica burguesía, que mueve todos los hilos de la economía, del dinero, que es lo que los hombres necesitan para estar en el poder.

Francisco predica el dios dinero, pero es sólo es demagogia. Él tiene los bolsillos llenos de dinero, por ser un fascista.

Francisco quiere incorporar a muchos sectores de la sociedad a una lucha de clases, para alcanzar un objetivo social, en el que no haya personas que opriman a los demás. Y, por eso, tiene que predicar la tolerancia, la ternura, el respeto a las ideas de los hombres, para conseguir esto. En el fondo, es su idea masónica del culto a Dios.

Cuando Francisco comience a poner excomuniones, entonces se habrá iniciado la dictadura terrorista. Se querrá excomulgar a personas que digan la Verdad; se dirá que el Evangelio es un herejía y que no se puede seguir; que la verdad esta con ellos. Por eso, todo conduce a la mayor herejía de la historia: proclamar que la Palabra de Dios es herética y que, por tanto, la Iglesia que fundó Cristo en Pedro es herética.

El Vaticano es una guarida de víboras

Primer anticristo

Francisco no profesa la fe católica, sino sus falsas religiones: está con los judíos, con los protestantes, con los mahometanos, con los budistas, con todo el mundo religioso, menos con la Iglesia Católica.

Francisco es el hombre de las falsas religiones, el hombre que gusta al mundo porque piensa y obra como se hace en el mundo.

Por eso, es necesario apartarse de las falsas enseñanzas que Francisco da cada día en la Iglesia.

Francisco, en cada homilía, en cada declaración, introduce palabras que no pertenecen a Jesús, que no están en el Evangelio, que no son del Magisterio de la Iglesia.

Francisco no habla como un Papa, sino como Satanás, como vicario del demonio. Su magisterio en la Iglesia no es papal, es decir, no está guiado por el Espíritu Santo, para enseñar la Verdad y guiar a la Iglesia hacia la Verdad.

La sabiduría que viene del cielo es pura, dice Santiago en su carta, y, por tanto, no viene con mentiras, con engaños, con opiniones, con dudas, con filosofías de la vida de los hombres.

La sabiduría que viene del cielo no viene con las culturas de los hombres, no viene con el pensamiento de los hombres, no viene a acomodarse a las ideas de los hombres, no viene a aplaudir el progreso de las ciencias y de las técnicas de los hombres, no viene a decir que ya todo está perdonado y, por lo tanto, a vivir la vida haciendo cosas buenas o malas, pero todo el mundo se salva, que es lo que, a fin de cuentas, enseña Francisco.

Francisco es astuto, pero tiene la astucia de su padre, el diablo. Es astuto para engañar, para mentir, para decir aquello que nadie quiere decir, porque es claramente una mentira, un pecado, pero lo dice dejándolo caer, como de pasada, como sin darle importancia.

Tiene la astucia del alma no inteligente; pero que es una astucia que produce mucho daño porque enseña la duda, pone al alma en la confusión, deja que el alma piense sólo en la mentira que le ha dado, pero que no vaya a la clara verdad. Es una astucia que impide ver la Verdad.

Por eso, Francisco es un verdadero actor: sabe actuar para meter su engaño, su mentira, su error, su duda. Prepara lo que va a decir, piensa en sus gestos, en las caras que hay que poner, en las sonrisas que hay que dar, en el ejemplo amable hacia los otros, porque Francisco sabe que esto es lo que vende entre los hombres.

Un hombre que da una sonrisa a los demás es agradable a todos. Un hombre que da palabras bellas, hermosas, cariñosas, amables, distinguidas, entonces cae bien a todo el mundo. Un hombre que no quiere imponer su pensamiento, sino que sólo lo deja caer, como de pasada, como sin darle importancia, entonces la gente sigue ese pensamiento.

Francisco sabe cómo son los hombres: como borriquillos, que van uno detrás de otro, sin fijarse en nada más que lo que tienen a su frente y dejándose guiar por todo el mundo.

Francisco sabe que los hombres son una masa. Y, por tanto, él habla para la masa. Él no es capaz de hablar a cada alma. No sabe lo que es el alma, no sabe la vida espiritual, no sabe la vida de la Iglesia.

Francisco habla como un político: para todo el mundo, para la masa de las gentes, para algo que, en sí mismo, no vale nada.

Alrededor de Francisco se reúnen las masas, pero no las almas. Alrededor de Francisco no hay un alma, porque Francisco no alimenta el alma, sino las masas.

Un alma que busque la verdad no va hacia Francisco, porque no da una verdad para un alma, da muchas cosas para todo el mundo, habla para todo el mundo, pero no habla al corazón del alma.

El alma siente cuando algo va dirigido hacia ella; pero ante Francisco, el alma sólo siente que lo que se dice es para todo el mundo, para la masa, para un conjunto de hombres que escuchan un palabra de mentira para obrarla en sus vidas.

Francisco tiene un corazón sucio, un corazón cerrado a la gracia, un corazón en pecado, que vive su pecado y que ama su pecado y que no quiere quitar su pecado. Es un corazón que impide que la verdad habite en él. Y, por tanto, lo que enseña Francisco es sólo su corazón sucio, su corazón ennegrecido por sus pecados, su corazón que sólo sabe hablar de dinero, de materialismo, de humanismo, de mundanidad, de profanidad; pero que es incapaz de tener vida espiritual.

Y, por tanto, Francisco se recubre de aquello que no cree en su corazón; se reviste de aquello que odia, porque es algo santo, es algo puro, es algo verdadero, pero que tiene que decirlo porque está haciendo su obra de teatro. Tiene que actuar como los actores lo hace en una película: se aprenden el guión, aunque saben que lo que dicen no es para ellos, no lo viven, no lo creen, pero tienen que decirlo para hacer su película.

Francisco tiene que decir las verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, pero que no cree en ellas, en su corazón. Y, justamente, porque no cree, tiene que hablar palabras buenas, palabras verdaderas, pero que no son suyas, que no están en su mente, que no vive en su corazón, que no ha asimilado porque no puede hacerlo por su pecado de orgullo.

Y Francisco, cuando hace su misa, pronuncia las palabras de la consagración, que son palabras verdaderas, auténticas; pero las pronuncia porque sabe leer y recitar, no porque cree en ellas. Y, por eso, hace su obra de teatro, hace su actuación. No consagra, no da un pan consagrado, no a Cristo, sin un pan material en sus misas.

Y, cuando predica, hace lo mismo: lee palabras del evangelio, las recita, las pronuncia, las vocaliza, pero después, mete lo que le interesa: su mentiras, sus palabras que sí cree, sus filosofías que están en su corazón, sus obras malditas que vive cada día.

Francisco tiene un corazón que odia. No tiene un corazón que ama. Y la razón sólo están en una cosa: la Virgen María.

Para ver si un sacerdote es auténtico, sólo hay que fijarse en si ama o no a la Virgen María.

Y Francisco no ama a la Virgen María. Y se prueba con esto:

“El Evangelio no nos dice nada: si dijo alguna palabra o no… Estaba silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas decía al Señor! Tú, aquel día me dijiste que iba a ser grande; Tú me dijiste que le darías el Trono de David, su padre, que reinaría por siempre, ¡y ahora lo veo allí! ¡La Virgen era humana! Y tal vez tenía ganas de decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!” (Francisco, 20 de diciembre, en Santa Marta).

Leer estas palabras trae indignación a al alma que cree en la Verdad, que vive para no tener dudas de lo que el Señor le da.

Francisco enseña la duda para caminar ante Dios. No enseña a creer en Dios de una manera sencilla, clara, humilde, abandonada a la sola Voluntad de Dios.

Decir que María duda es ir en contra de la misma palabra de Dios: “He aquí la Esclava del Señor, hágase en Mi según tu palabra”. María no duda, sino que tiene plena confianza en la palabra de Dios, que se revela a Ella de una manera perfecta, en la que no es posible dudar, porque la Virgen es Inmaculada, no tiene pecado y, por tanto, no puede dudar. La Virgen nunca puede decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!. Nunca podía pasarse por su cabeza esta idea. Nunca. En los demás hombres, sí. En la Virgen, nunca, porque no puede pecar. Y toda duda es pecado.

Pero el pecado de Francisco no es decir que la Virgen duda, sino en decir que la Virgen es humana.

Si Francisco creyera en lo que significa ser Inmaculada y ser Madre de Dios, entonces, tendría que decir una sola cosa: la Virgen es divina, no humana.

Tiene naturaleza humana, porque es una criatura, nacida de padre y madre; pero no actúa, no piensa, no obra, no vive, como los demás hombres. Y no puede hacerlo por esas dos cosas: es Inmaculada y es Madre de Dios.

Como Francisco no cree en estos dos dogmas, entonces cae en el error de concebir a la Virgen como otro hombre más, como una pobre mujer, como una criatura mortal común, sujeta a las dudas, a los temores, a los miedos, a las inseguridades, que todo hombre tiene en su vida porque nace con pecado original y puede pecar en el transcurso de su vida.

Francisco es incapaz de comprender los Misterios de Dios en la Virgen y, por eso, la maltrata de esa manera, la anula, y la muestra como una mujerzuela más. Y eso es señal de que el sacerdocio de Francisco no pertenece a la Virgen María. Francisco no es un hijo predilecto de la Virgen María. Francisco no ama a la Virgen María. Francisco no tiene como Madre a la Virgen María. Francisco no ve a la Virgen María como Madre de la Iglesia ni como Reina del Universo. Francisco no obra en la Iglesia como lo hizo la Virgen María: con la fe divina. Sino que está en la Iglesia con su fe humana, con su fe diabólica, con su negocio humano en las cosas divinas.

Francisco hace de todo para menospreciar la Iglesia de Cristo, para abajarla, para anularla, para despojarla de todas sus verdades.

Y esto lo hace Francisco con la complicidad de sacerdotes y de Obispos, de Cardenales, que lo rodean y que quieren lo mismo que quiere él: destruir la Iglesia.

El Vaticano es el centro del poder mundial y temporal, convertido en una guarida de víboras. Ya no es el centro del poder espiritual. Desde hace 50 años sólo hay podredumbre dentro de los muros del Vaticano. El Vaticano está podrido en sus sacerdotes, en sus Obispos, en sus Cardenales, y en todas sus estructuras.

El Vaticano es un enorme sepulcro, blanqueado por fuera, para que nadie se dé cuenta, nadie atienda a la podredumbre que hay dentro de él. En el Vaticano nadie respeta la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural. Ni uno solo de esa Jerarquía, que ha tomado el poder de la Iglesia para destruirla completamente.

Si hubiera un sacerdote que respete los Mandamientos de la Ley de Dios, tendría que salir del Vaticano.

El Vaticano es una maldición para toda la Iglesia. Los buenos sacerdotes que todavía aman al Señor, son injuriados, menospreciados, perseguidos, calumniados, por el mismo Vaticano, por esa Jerarquía que está sólo para hacer su negocio en Roma, pero que le importa nada un alma sacerdotal.

Los sacerdotes son borregos a los que se utilizan parar los planes de ese Vaticano corrupto. Y muchos sacerdotes tienen miedo de enfrentarse a la Jerarquía, a sus Obispos, que sólo son como Francisco: mentirosos, engañabobos, que están en su oficio para ganar dinero y fama entre la gente del mundo, pero que no tienen vida espiritual. Muchos Obispos no saben dirigir el alma del sacerdote hacia la Voluntad de Dios. Son cabezas ciegas que guían a los ciegos hacia el mismo infierno.

Muchos Obispos no saben dirigir la Iglesia hacia la Verdad, que es Cristo. Sólo saben leer y citar textos de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia. Sólo saben recordar que existen leyes canónicas a aquellos que no quieren obedecerlos. Sólo saben mandar imponiendo su mente humana, produciendo el miedo en los sacerdotes que tienen a su cargo, para mantenerlos cautivos a sus mentiras, a sus apostolados en la Iglesia.

Muchos sacerdotes tienen miedo de sus Obispos y no defiende a Jesús y a Su Iglesia. No defienden la Verdad en la Iglesia. Están cautivos, están obligados por sus Obispos a obrar lo que las mentes de esos Obispos quieren en la Iglesia.

La Iglesia, en su Jerarquía, está podrida. Y en su Jerarquía superior: los Obispos. Son lobos, que se visten de piel de oveja, se viste de Cristo, enseñan con sus bocas lo que leen en sus escritos, que son del demonio, pero que después, obran como lobos, como carniceros de las almas, de los corazones, de los sacerdotes.

Jerarquía que mata las almas de la Iglesia, que enseña a dudar de todo, que enseña a vivir en el pecado, que enseña a amar el pecado, que enseña a anular el pecado, que enseña sus mentiras, cada día, como si fueran verdades.

Francisco da el veneno mortal de la duda en la Iglesia: eso significa sus mentiras, sus engaños, sus falsedades, sus idioteces, sus estupideces, sus boberías. El alma que escucha a Francisco, el alma que sigue a Francisco, cae siempre en la duda.

Un sacerdote que alimente a las almas con la duda es un sacerdote del demonio. ¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? Un anticristo sentado en la Silla de la Verdad, actuando como Papa, sin ser elegido por Dios para ser Papa, diciendo palabras bellas para engañar a todo el mundo, y con la colaboración de toda la Jerarquía de la Iglesia, que son todos unos miedosos para levantarse contra Francisco y decirle las cosas claras.

Francisco deambula en el lodazal del Ecumenismo y del diálogo con Satanás. Y lleva a todos hacia ese reino maldito del demonio, que es el mundo.

Francisco camina entre presuntuosos teólogos de la teología de la liberación, de la teología protestante, de los modernistas que sólo creen en sus cabezas humanas, en sus elucubraciones estrafalarias, en sus maravillosos textos humanos, que sólo dan la mentira y nada más que la mentira a las almas y, por tanto, enseñan a dudar de todo. Y, en esa enseñanza, tienen un fin: crear una nueva fe para su nueva iglesia.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida; y, por tanto, toda cosa distinta que sostenga, que enseñe, que predique, que obre Francisco -y todos los que le siguen-, no son más que el camino hacia el Infierno, hacia la muerte del alma y del espíritu; no son más que mentira, mentira y mentira.

Es hora de que alguien con autoridad en la Iglesia se levante y diga a Francisco que se vaya, que deje la Silla de Pedro vacía, porque su magisterio lleva a la Iglesia hacia la condenación más terrible y a hacer de la Iglesia una confrontación: ya nadie está seguro siendo de la Iglesia Católica. O sigues la opinión de Francisco o ya no eres de la Iglesia. Ya te echan por defender la verdadera doctrina de Cristo y de la Iglesia.

Roma está corrupta. Es una prostituta que se acuesta con todo el mundo para hacer su negocio: dar hijos del demonio dentro de la Iglesia.

Monseñor Muller: la herejía de su teología de la liberación

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4. Su teología de la condenación o teología de la liberación

“La historia del mundo es ante todo la arena total de la lucha dramática entre las fuerzas de la dialéctica de gracia y libertad de un lado y pecado y opresión del otro. Pero la historia en su núcleo más íntimo es en todo caso historia de salvación, porque Dios- como creador y redentor del mundo y del hombre – se ha colocado a sí mismo como el objetivo final del movimiento histórico y de la acción humana de liberación.
Quién, entonces, participa activamente en la liberación, está de parte del Divino Libertador. En la práctica, se trata de la participación transformante al proceso histórico hacia el objetivo trascendente e inmanente de ello. Aquellos que actúan por la liberación, ya están de parte de Dios, ya sea que tengan pleno conocimiento o menos (…).
Es posible enseñar el arraigamiento de la teología de la liberación original en la revelación bíblica y en la gran tradición teológica y doctrinal de la Iglesia. Y así también de aquello que concierne la elaboración de los propios fundamentos- que aún se pueden encontrar en una fase de desarrollo, las faltas e incongruencias emergidas en algunas tomas de posición , por el fuerte impacto mediático, de representantes individuales de la Teología de la Liberación no puede poner en discusión la validez de sus grandes adquisiciones de fondo.
En base a las exigencias de la vida eclesial y la misma teología es necesario reafirmar a la Iglesia en el Tercer Mundo, pero también la Iglesia como una iglesia universal, no puede renunciar a un ulterior desarrollo y la aplicación de la teología de la liberación.
Sólo a través de la teología de la liberación, la teología católica – – sobre el plan universal, y a nivel de vuelta trascendental en la historia – ha podido emanciparse del dilema dualístico del más acá y más allá, de la felicidad terrenal y la salvación después de la muerte; o, respectivamente de un disolver monístico de un aspecto al otro. Es un dilema, sin embargo, que el marxismo no ha generado, sólo lo expresa.
No por ultimo por estas razones la Teología de la Liberación también sería considerada como una alternativa radical a la concepción marxista del hombre y la utopía histórica como resultado de la misma. Propia la reclamación metodológica de la Teología de la Liberación – que la de empezar una práctica transformante – no es más que una reformulación del acontecimiento original de la teología: en primer lugar está la secuela de Cristo y de esto también mana la formulación de la profesión sobre quién es Jesús realmente. También puede darse que en la actual coyuntura de la opinión publica el interés por la teología de la liberación sea en bajada .Pero a la luz de los objetivos no resueltos, ella desarrolla una obra indispensable por el servicio de la Iglesia de Cristo en favor de la humanidad, un servicio transformante, sobre el plan de la reflexión y de la pastoral. La Teología de la liberación es irrenunciable, sea sobre el plan a nivel regional o sea por la comunicación teológica universal”
(Muller: “De la parte de los pobres, la teología de la liberación, la teología de la iglesia.”).

“La historia del mundo es ante todo la arena total de la lucha dramática entre las fuerzas de la dialéctica de gracia y libertad de un lado y pecado y opresión del otro”: habla como un comunista, como un marxista, pero no como un discípulo de Cristo. No existe la lucha entre la gracia y la liberta. No se da. Sólo se da el Misterio de la Gracia y el Misterio de la libertad. Libertad y gracia no luchan, sino que están juntas. Pero sólo el que vive en la gracia es libre. Quien no vive en gracia es esclavo de su pecado y, por tanto, no es libre. Tiene la liberta humana de hacer muchos actos humanos, pero no tiene la libertad del Espíritu, en que sólo es posible hacer la Voluntad de Dios.
No hay una dialéctica entre la libertad y el pecado o la gracia y el pecado. Hablar así no s lleva a Kant y a Hegel que suprimen el pecado y la libertad del hombre en su pensamiento cuando hablan de la dialéctica.

La dialéctica es sólo querer enfrentar en el pensamiento del hombre las ideas para sacar una brillante, una que le sirva al hombre para su vida. Esto es lo que hace Muller: saca su idea de la teología de los pobres enfrentando la gracia y la libertad del hombre. Por tanto, Muller abre el camino para condenar a cualquier alma con su doctrina herética e insostenible.
“porque Dios- como creador y redentor del mundo y del hombre – se ha colocado a sí mismo como el objetivo final del movimiento histórico y de la acción humana de liberación”: esto es lo más absurdo que Muller dice, porque Dios no se ha puesto como fin a la historia del hombre, a su obra humana de liberación.

El fin de la vida de los hombres es la visión de Dios. Pero eso es un fin divino para una vida divina, no para una vida humana.

Ningún hombre, en su vida humana, posee este fin divino. La historia de los hombres sólo se ve como fin humano, no como fin divino. El hombre hace historia para el hombre, no para Dios. El hombre, en su vida humana, en su historia a lo largos de todos los siglos, no busca a Dios para alcanzar un objetivo, sino que busca a Dios para encontrar algo en su vida humana. Esta es siempre la historia de todas las religiones, desde que el hombre es hombre.

Pero Jesús, al fundar Su Iglesia, pone un objetivo divino al hombre que vive una vida divina. No pone un objetivo divino al hombre que vive su vida humana. Este es el punto en que Muller hace aguas en su teología. Y cae en este gravísimo error sólo porque entiende el Reino de los Cielos, la Iglesia, como Reino humano, material, carnal, pero no espiritual.

El hombre nuevo, recreado en el Espíritu, sólo tiene un fin divino en su vida: “Buscad primero el Reino de Dios”. Pero el hombre viejo, que permanece anclado en su estructura de vida humana, material, económica, sólo se pone objetivos humanos a su vida, porque no puede vivir la vida divina que la Iglesia ofrece en Sus Sacramentos.

Muller sólo busca la añadidura en el Reino de Dios, en la Iglesia. Y, por eso, pone a Dios donde no tiene que ponerlo, porque ahí no está.

Dios pone el fin divino de Su Visión al que vive en gracia y permanece en la Gracia hasta el fin de su vida. Dios no se pone como fin de ningún hombre en la vida humana, porque, por el pecado original, el hombre perdió el derecho de salvarse, de ver a Dios, de buscar a Dios, de forma natural. Ahora tiene que buscarlo de forma sobrenatural, ayudado por la gracia Divina. y, entonces, Dios es fin divino del hombre. Sin la Gracia, no es posible ver a Dios, salvarse, tener un fin sobrenatural en la vida humana.

Muller desbarra totalmente en su planteamiento, porque no cree en la Palabra de Dios, sino sólo en su pensamiento humano de la vida humana y divina. Y, por eso, llega a una conclusión totalmente herética, fuera de lugar, cismática:

“Quién, entonces, participa activamente en la liberación, está de parte del Divino Libertador. En la práctica, se trata de la participación transformante al proceso histórico hacia el objetivo trascendente e inmanente de ello. Aquellos que actúan por la liberación, ya están de parte de Dios, ya sea que tengan pleno conocimiento o menos”.

Quien dice esto se pone fuera de la Iglesia, porque no ha comprendido la Obra de la Redención de Cristo. En esa Obra, Dios libera al alma de sus pecados, no de sus problemas económicos, sociales, humanos, culturales, etc. La liberación divina es de las garras del demonio, que ata al alma a su pecado. Cristo muere en la Cruz para saldar la deuda del pecado del hombre, que tiene por seguir los dictados del demonio. Y, por tanto, quien se asocia a la Obra de la Redención, se hace corredentor con Cristo, y puede liberar a las almas de sus pecados, y sólo de sus pecados.

Las almas que se unen a Cristo Crucificado hacen lo mismo que Él: luchan contra el demonio para desatar almas de sus garras. Las almas que están en la Iglesia siguiendo al Espíritu de Cristo sólo se preocupan de la vida espiritual de las almas, no de sus vidas humanas, de sus problemas económicos u otros en la vida. Y, por tanto, no se da una participación transformante al proceso histórico del hombre hacia Dios.

Quien lucha contra el pecado no transforma la vida humana de las personas, no hace más agradable la existencia humana. No se está en la Iglesia para sacar a nadie de la pobreza, ni para poner calles en las ciudades, ni para hacer felices a los hombres en sus vidas humanas. Se está en la Iglesia para quitar el pecado y repararlo para que así el hombre pueda caminar hacia la salvación y hacia la santidad de su vida, hacia el cielo, sin apoyarse en lo humano: “Necio, esta noche te pedirán el alma. Y lo que has acumulado, ¿para quién será?”(Lc 12, 20)

Y, por tanto, la vida humana, la historia del hombre no cambia, no se transforma, porque el mundo es del demonio, nunca es de Dios. Lo que se transforma es la vida de cada hombre en su interior. El hombre ya vive para Dios, no para el mundo, no para el hombre. Y viviendo para Dios en su interior puede dar a los demás hombres el camino espiritual para salvarse y santificarse. No se dedica a poner soluciones humanas por caminos humanos a la historia de los hombres.

“Pobres siempre tendréis”: no he venido a quitar la pobreza, a hacer la vida más agradable en lo humano, sino a dar la vida del espíritu a los hombres, a haceros pobres de espíritu.

Muller quiere transformar la vida de los hombres buscando una felicidad humana, temporal, terrenal, natural: eso es su utopía, la misma del marxismo, porque ha puesto el Reino de Dios en lo humano, en la conquista de lo humano. Y, por tanto, está negando la Obra de la Redención de Cristo en la Iglesia. Y quien niega esa Obra, niega a Cristo y a Su Iglesia.

“Es posible enseñar el arraigamiento de la teología de la liberación original en la revelación bíblica y en la gran tradición teológica y doctrinal de la Iglesia. Y así también de aquello que concierne la elaboración de los propios fundamentos- que aún se pueden encontrar en una fase de desarrollo, las faltas e incongruencias emergidas en algunas tomas de posición , por el fuerte impacto mediático, de representantes individuales de la Teología de la Liberación no puede poner en discusión la validez de sus grandes adquisiciones de fondo”.

No existe una teología de la liberación original. Sólo existe la Obra de la Redención del hombre por Cristo Jesús. Y esa Obra Redentora sólo tiene un fundamento: el pecado de los hombres. No pueden darse otros fundamentos. Porque Cristo salva del pecado, no salva de la pobreza material, de los problemas de la vida, no salva de las enfermedades, de los terremotos, etc.

Muller quiere poner en su teología de la liberación las ideas de muchos teólogos que no comulgan con la doctrina de Cristo y que ven el pecado sólo como un mal del hombre, pero no como un pecado. Es algo que el hombre se encuentra en la vida y es un mal para él y de él. Un mal que coge el hombre, porque está metido en una sociedad con problemas, y hace de esos males, sus males. Para quitarlos: resolvamos los problemas en concordia, busquemos soluciones para todos, hagamos de esos males cosa nuestra, propia, en lo humano.

Esta es la utopía que enseña Muller. Él trabaja en la elaboración de esos fundamentos. Y, por tanto, trabaja en una doctrina totalmente contraria a la de Cristo. Sólo hay que salvar la carne del hombre, no ya su espíritu. Eso es lo que constantemente predica Francisco, adalid de esta doctrina marxista en la Iglesia.

Aquí cae Muller en su utopía, que es su herejía: “Sólo a través de la teología de la liberación, la teología católica – – sobre el plan universal, y a nivel de vuelta trascendental en la historia – ha podido emanciparse del dilema dualístico del más acá y más allá, de la felicidad terrenal y la salvación después de la muerte; o, respectivamente de un disolver monístico de un aspecto al otro. Es un dilema, sin embargo, que el marxismo no ha generado, sólo lo expresa”.

Decir que sólo a través de la teología de la liberación, la teología católica se emancipa del dilema entre la felicidad humana y la salvación, del cielo y de la tierra, es caer en la más pavorosa herejía de todos los tiempos. Con estas palabras, Muller anula la teología católica, que enseña claramente que en este mundo no es posible la felicidad. Y, por tanto, no puede darse ese dilema que él predica. Como no hay felicidad acá, sólo hay una cosa: o el infierno o el cielo. O se vive para conquistar una felicidad terrena, temporal, o se vive para conquistar una felicidad eterna. Y, por tanto, o se vive para condenarse o se vive para salvarse. No hay dilema. Hay sólo una elección del hombre: o el bien o el mal. O Dios o el demonio. Eso es todo.

Quien ponga la vida de las almas en elegir algo gustoso, algo placentero, algo económico, algo humano, algo temporal por encima del fin último, que es salvarse y santificarse, anula toda verdad en el hombre.

En la Obra de la Redención sólo se da una elección: o el Cielo o el infierno. O no pecar o pecar. En la teología de los pobres, no existe esa elección. Existen multitud de elecciones conforme a los problemas que tenga el hombre en su vida humana. Gravísima herejía que, de forma implícita, niega todo: los novísimos, la gracia, el Espíritu de Cristo y de la Iglesia.

Se vive, con esta teologia, para solucionar problemas humanos, pero no se vive ni para salvar el alma ni para santificarla. Luego, se vive para condenarse.

Por eso, Muller demuestra su obsesión por esta teología de la liberación, por este pecado que ya no va a quitar, por esta herejía con la cual comulga y le hacer ser un maldito a los ojos de Dios: “Pero a la luz de los objetivos no resueltos, ella desarrolla una obra indispensable por el servicio de la Iglesia de Cristo en favor de la humanidad, un servicio transformante, sobre el plan de la reflexión y de la pastoral. La Teología de la liberación es irrenunciable, sea sobre el plan a nivel regional o sea por la comunicación teológica universal”.

Muller no puede renunciar a la teología de la liberación. Luego, Muller renuncia a la doctrina de Cristo. Muller renuncia a la Obra de la Redención de Cristo. Muller renuncia a la Iglesia. Porque la Iglesia no está para dar de comer a nadie, no está para resolver los problemas humanos de nadie. La Iglesia está para servir al alma, servir a su salvación y a su santificación. Para poner un camino al alma, no a los cuerpos. Es lo que no entiende Muller ni lo entenderá, porque se ha cargado la Iglesia con esta teología de la liberación.

Es su nueva iglesia, esta teología la pondrá, pero será un fracaso total, porque es la utopía de unos hombres que sólo miran a Dios con su forma humana de entender la vida. Y, en esa forma humana, no es posible tener fe en Dios. Cada uno se inventa su dios, su iglesia, su doctrina, sus verdades, de acuerdo a los que sus traseros le pidan. Así vive Muller, como Francisco: dándose gusto en sus vidas humanas.

La Iglesia ha hablado muy claro sobre la teología de la liberación en dos documentos: “Libertatis Nuntius” (1984) y “Libertatis Conscientia” (1986). Quien no siga esa doctrina es un hereje como Muller. ¿Quién tiene razón Muller o la Iglesia, que nunca se equivoca?

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