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“La diferencia entre las dos formas de la Misa es muy severa”

Entrevista de gloria.tv con el Cardenal Raymond Leo Burke sobre la liturgia, el tiempo después del Concilio Vaticano II y el Sínodo de la familia.

Cambios en el Concilio Vaticano II, la gran diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Misal, el uso deshonesto del término “misericordia” durante el Sínodo para la Familia, acerca de por qué hay tan pocos cardenales mártires, y muchos otros asuntos eclesiásticos interesantes.

Fecha: 6 de diciembre del 2014

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Original inglés – gloria.tv

En polaco – gloria.tv

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Es reconfortante ver la fuerte fe y escuchar, de manera sencilla, la verdad en un Obispo de la Iglesia Católica. Sólo le falta reconocer que Bergoglio no es Papa.

Los engaños del Sínodo I

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Primer engaño: «esto motiva la necesidad de que la Iglesia anuncie sin descanso y con profunda convicción el “Evangelio de la familia” que le ha sido confiado con la revelación del amor de Dios en Jesucristo» (v. 4): no existe el Evangelio de la familia, sino sólo el Evangelio de Jesús. Dios no ha confiado a la Iglesia ningún Evangelio de la familia, sólo le ha confiado la Palabra de Dios, que es Jesús.

Segundo engaño: «Ya el convenire in unum alrededor del Obispo de Roma es un evento de gracia, en el cual la colegialidad episcopal se manifiesta en un camino de discernimiento espiritual y pastoral» (v. 3). El sínodo no es un evento de gracia, sino de desgracia, por haber sido convocado por un falso Papa, Bergoglio. Todos hacen unidad alrededor del Obispo de Roma, que es apóstata de la fe, hereje y cismático. Conclusión: la colegialidad episcopal se halla sin la luz del Espíritu, marcando un camino en que no se puede dar ningún discernimiento espiritual ni pastoral. Nadie busca la verdad, la sola verdad, que es Cristo. Luego, nadie discierne nada, sino que abren un camino de auténtica mentira para toda la Iglesia.

Tercer engaño: «Es necesario partir de la convicción de que el hombre viene de Dios y que, por lo tanto, una reflexión capaz de proponer las grandes cuestiones sobre el significado del ser hombres, puede encontrar un terreno fértil en las expectativas más profundas de la humanidad» (v. 11). Han anulado el pecado original y el pecado personal de cada hombre. Porque si se quieren hacer las cosas bien en la Iglesia, es necesario partir del hecho de que el hombre es pecador por naturaleza, es decir, nace en pecado original, y comete el pecado en su vida de forma diaria, si no se ayuda de la gracia, de los sacramentos. Ya no se parte del hecho del pecado, sino de que el hombre viene de Dios. Por lo tanto, la reflexión que se hace es totalmente falsa, llena de mentiras y de claras herejías. El significado del ser hombre no se busca en la humanidad, sino en Dios: en el plan que Dios puso al hombre en el Paraíso. En el plan que Cristo puso al hombre en Su Iglesia. Como no se va a la Revelación Divina, sino que se la niega con bonitas palabras, con la jerga del lenguaje humano, entonces tenemos un documento que no pertenece a la Iglesia Católica.

En este Sínodo están respirando lo mismo que pasó en el Concilio Vaticano II, pero hay un agravante: no hay un Papa legítimo que sostenga esta impiedad, este cisma claro, que se da ya con este documento.

Cuarto engaño: «Es necesario aceptar a las personas con su existencia concreta, saber sostener la búsqueda, alentar el deseo de Dios y la voluntad de sentirse plenamente parte de la Iglesia, incluso de quien ha experimentado el fracaso o se encuentra en las situaciones más desesperadas» (v. 11). Es necesario dar a las personas la doctrina de Cristo, para que acepten la vida de Cristo. No hay que aceptar la vida de las personas, con sus existencias, porque todos son pecadoras. Este es el punto que anulan. Se dedican a lo social, a lo cultural, a dar un gusto a la gente. Te acepto como homosexual, pero no te obligo a vivir la doctrina de Cristo, porque es más importante ser homosexual, que ser cristiano, que ser de Cristo. Si no se les enseña a las personas a buscar la vida de la gracia, sino que se les anima a seguir en sus existencias humanas, nunca van a encontrar a Dios. ¿Cómo es posible alentar el deseo de Dios si no se les alienta en el deseo de que quiten sus pecados? ¿Ven que con gran facilidad engañan con sus lenguajes humanos? Así es todo el documento: una bazofia sacada de la mente del demonio. Hay que llevar a esas personas, a la cuales se les acepta como son, a sentirse Iglesia. Pero, ¿de qué Iglesia están hablando? De la de ellos, no de la de Cristo.

Quinto engaño: la herejía de la ley de la gradualidad. Esta ley consiste en decir que todo es por un grado en la Creación. Ya no es por Gracia:

«Desde el momento en que el orden de la creación es determinado por la orientación a Cristo, es necesario distinguir sin separar los diversos grados mediante los cuales Dios comunica a la humanidad la gracia de la alianza. En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía divina, se trata de leer en términos de continuidad y novedad la alianza nupcial, en el orden de la creación y en el de la redención» (v. 13)

¿En qué parte de la sagrada Escritura está la ley de la gradualidad? En ninguna parte. Este es el invento de la Jerarquía modernista que quiere explicar la historia de los hombres, desde Adán hasta nuestros días, con la graduación, la proporción, la relación.

Ellos no parten del hecho del pecado original, sino del orden de la creación. Orden que es orientado a Cristo. Ellos anulan el pecado original y sólo lo tienen como una fantasía, un cuento; pero no una realidad.

Y Dios no comunica al hombre la gracia según estos grados. ¿Captan la herejía? Como no existe el pecado original, ni ningún pecado, hay que entender los males porque el hombre no ha evolucionado en su vida. Entonces, en la medida en que va evolucionando, en la medida en que va de un grado a otro (en lo afectivo, en lo sexual, en lo humano, en lo natural, en su madurez psicológica, etc), en esa medida Dios va dando la gracia. Según avance el hombre, Dios da la gracia.

Uno que se masturba es porque no tiene una madurez psicológica o afectiva adecuada. Hay que esperar a que alcance ese grado, y entonces Dios le da la gracia. No tiene que dominar su cuerpo. No tiene que hacer ayunos ni penitencia. Tiene que seguir masturbándose hasta que alcance el grado necesario y así pasar a otro.

Esta herejía de la ley de la gradualidad viene de Kant: todo es un grado en el Universo, en la vida de los hombres. Los hombres se relacionan con todo lo demás dependiendo del grado, de la proporción, de la relación que en sus mentes hay con lo demás. Es una relación mental, no real. Es un grado mental, ideal, que en la práctica se desarrolla en mucha facetas humanas.

Es poner la vida divina de la gracia a la par de la vida humana. Como en lo humano estás en un grado inferior, entonces no avanzas en la vida divina. ¿Captan la herejía?

Hay niños de tres años en el infierno por su pecado sexual. Y eran inmaduros en todo. Pero se merecían el infierno sólo por su pecado.

Dios no enseña con la ley de la gradualidad: «En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía divina». Dios enseña con la ley de la gracia, que completa la ley divina, que nace en la ley natural, inscrita en todo hombre. Y esa ley natural es independiente de los grados en la vida humana o afectiva o psicológica o cultural, etc. Independiente. Las dos cosas no se pueden relacionar de la misma manera, no dependen una de la otra.

La ley natural, que es la ley eterna en el hombre, obra de manera independiente de la vida humana o natural de cada hombre. La ley natural no depende del grado de la vida humana. La ley divina no depende del grado de la vida del hombre. Y menos la ley de la gracia. Es clara la herejía de todo el Sínodo, que se han reunido sólo para esto: destruir la Iglesia con un lenguaje bello, pero totalmente herético.

Con esta ley de la gradualidad, van a decir sus herejías. Han anulado la ley de la gracia y cualquier ley en el hombre. Van a poner sus leyes, el concepto que ellos tienen de toda ley.

«Podemos distinguir tres etapas fundamentales en el plan divino sobre la familia: la familia de los orígenes, cuando Dios creador instituyó el matrimonio primordial entre Adán y Eva, como fundamento sólido de la familia: hombre y mujer los creó; la familia histórica, herida por el pecado y la familia redimida por Cristo» (v. 16).

La maldad de este texto es la siguiente: No existen tres etapas en el plan divino sobre la familia. Ellos ponen su ley de la gradualidad. Primer grado: Adán y Eva; segundo grado: el pecado en toda la historia del hombre; tercer grado: la redención de Cristo. No existen tres etapas, no existen tres grados de familia. ¿Van comprendiendo qué quieren transmitir? Se centran sólo en el hombre, pero no en la Gracia. Se centran en los problemas sociales, culturales, etc.; pero no en la vida de la gracia de las personas.

¿Qué pasó con la Gracia en el Paraíso? No lo dicen. Sólo dicen que Dios instituye un matrimonio primordial que es el fundamento de la familia. Y eso es una mentira bien dicha, con el lenguaje que a ellos les gusta. Su lenguaje humano, el propio de gente mentirosa y que engaña con su palabra humana.

Dios crea a un hombre y a una mujer y les pone a prueba. No instituye ningún matrimonio, porque al crearlos, hombre y mujer, en sus naturalezas humanas está la ley natural, que les empuja a unirse naturalmente como hombre y como mujer. Y, por eso, Adán exclama, al ver la mujer: «Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne»: aquí está el matrimonio entre hombre y mujer. En la ley natural. Todavía no se dice nada de la ley divina, ni de la ley de la gracia.

Está en la misma naturaleza humana, que Dios ha creado, el matrimonio. Y aunque el hombre peque, el matrimonio sigue en la naturaleza humana. ¿Ven que no puede darse la ley de la gradualidad en la familia?

Hay un solo matrimonio. Punto y final. Hay una sola familia. No tres grados, no tres etapas. No existe ni la familia histórica ni la familia redimida. No existe la familia del origen. Sólo existe el matrimonio natural, como hecho natural, como debido a la ley natural.

Ven: se están reinventando la ley de la naturaleza con la ley de la gradualidad. ¿Van viendo la herejía?

Después, en el matrimonio está la gracia en cada alma; está el pecado en cada alma. Son dos realidades diferentes: la vida divina de la gracia en cada alma, que es independiente de la vida del matrimonio, o de la vida humana o natural o carnal o afectiva o material. Independiente. Dios da una gracia al alma sin mirar su vida matrimonial. Dios no espera a la historia de los hombres, ni a sus avances, ni a sus evoluciones, ni nada de lo que piense u obre el hombre. La Gracia no está condicionada por ninguna vida del hombre, por ningún pensamiento del hombre, por ninguna vida de lástima o de peligro que tenga el hombre. Dios no tiene misericordia de los cuerpos de los hombres, sino de sus almas. Y sólo de sus almas. Un alma arrepentida de sus pecados, merece la gracia de la conversión. Pero un alma no arrepentida, aunque pase por momentos graves económicos, merece el castigo de Dios.

Adán, en el Paraíso, tenía toda la Gracia para hacer con su mujer lo que Dios le pedía. Adán en el Paraíso tenía toda la luz infusa para comprender lo que es la vida humana al detalle. No se le escapaba nada. Era el hombre perfecto, no sólo en la gracia, sino en lo humano. No necesitaba leer libros para avanzar en su conocimiento de lo humano, ni de la Creación. Todo lo sabía. Todo lo podía. No tenía que atender a la gradación de su vida humana, porque era perfecta en todo. Y, en esa perfección humana, pecó: no obró la Voluntad de Dios. Y se condenó por su pecado. Adán, desde lo más alto en su grado de humanidad, desde la perfección humana, cayó en el pecado. No tienen que ver lo humano para pecar. No se trata ni de estar arriba ni de estar abajo en la vida social o humana. No se trata de que se tengan o no se tengan problemas en la vida. Se trata de que cuando el alma quiere pecar, aunque esté en lo más alto de su vida de gracia, cae sin más al más profundo de los abismos. Y cae, no por el grado de su perfección en lo humano, sino por su malicia en la obra de su pecado: por su voluntad. Es la voluntad del hombre lo que no admite gradación. La voluntad del hombre no se mide por la ley de la gradualidad. Ningún hombre quiere porque está más alto en su vida humana o en su vida de gracia. Todo hombre quiere algo en la vida porque quiere, por la fuerza sola de su voluntad, así sea un pobre mendigo, que pasa hambre todo el día, así sea santo o pecador.

Adán comenzó otra vida con su mujer llena de imperfecciones, de maldades, de pecados, de impurezas, de miserias. Y lo hizo con su mujer, unida a ella, en matrimonio. Y es un matrimonio el mismo del Paraíso, pero en estado de pecado. El mismo matrimonio, la misma mujer, la misma familia, con más hijos, pero todo lo mismo. El mismo matrimonio que viene por la ley natural. No hay otro matrimonio. No hay otra familia.

Empezó desde la nada una nueva vida de pecado en su matrimonio. Y por más que avanzase en esa vida de pecado o en esa vida humana, Dios no le daba la gracia. Ya perdió toda la Gracia. Él tenía toda la Gracia para usar de Ella sólo en la Voluntad de Dios. ¿Iba a darle Dios, iba a retornarle la gracia sólo porque iba de grado en grado en su vida humana? Nunca. Dios no atiende a la vida de los hombres para dar una gracia. Dios sólo atiende a la vida espiritual del alma: es necesario merecer esa gracia. Y se merece con una vida de oración y de penitencia, que es lo que nadie en el Sínodo está diciendo. Todo está en la ley de la gradualidad.

Entonces, ellos se preguntan: «En consideración del principio de gradualidad en el plan salvífico divino, nos preguntamos ¿Qué posibilidades tienen los cónyuges que viven el fracaso de su matrimonio? o ¿Cómo es posible ofrecerles a ellos la ayuda de Cristo por medio del ministerio de la Iglesia?» (v. 17). Respuesta: No hay ninguna posibilidad para los cónyuges que viven un fracaso en su matrimonio. Ninguna. Sólo si se arrepienten de sus pecados, si hacen penitencia, entonces por la ley de la gracia, hay posibilidad. No se les puede ofrecer la ayuda de Cristo, porque esta ayuda es de la ley de la gracia, no de la ley de la gradualidad.

Ellos caminan en el lenguaje de la herejía. Y este lenguaje está en todo el documento. Tengan cuidado al leerlo, porque ellos saben hablar bien, escondiendo la verdad en múltiples palabras afectivas, bellas, que gustan a la gente de hoy día. Ellos van a poner su clave hermenéutica y, por eso, cogen el Concilio Vaticano II y le dan la vuelta, porque no han comprendido de lo que trata el Concilio cuando habla de que en el mundo hay elementos de santificación, de verdad, positivos.

Como no comprenden la Gracia que Cristo da en el Bautismo, entonces hacen más daño con sus interpretaciones del Concilio.

Tengan en cuenta que desde Adán hasta Jesús no hay Gracia: no existe la ley de la gracia. Desde Jesús, esa ley se da en todos los bautizados, aunque reciban el bautismo fuera de la Iglesia Católica. Por eso, hay elementos de santificación en almas que tienen el Bautismo, el mismo que la Iglesia da, pero que no pertenecen a la Iglesia, sino a otra religión.

Si esa persona, que ha recibido la gracia por ese bautismo, es fiel a esa gracia, entonces se va acercando a la verdad, que es Cristo. Necesita, esa persona, los demás sacramentos para poder subir en la vida espiritual, para avanzar en la vida de la gracia. Y, por eso, si esa persona es fiel a esa gracia, el Espíritu le llevará a la verdadera Iglesia, para que entre en Ella y pueda recibir los demás Sacramentos.

Por la ley de la gracia, esa persona, tiene la posibilidad de levantarse cuando peca, por el acto de contrición perfecta que la misma gracia da. Esa persona no necesita, en ese estado, el Sacramento de la Penitencia, que está en la Iglesia Católica. Y, por eso, puede volver a la gracia sin necesidad de ese Sacramento. No le obliga el confesar porque todavía no está en la Iglesia. Si es fiel a la gracia, entonces esa persona está en camino de santidad, pero fuera de la Iglesia. Y, por eso, existen elementos de santificación, que son los mismos que están en la Iglesia Católica. No son distintos. No es que en la Iglesia Católica falte un elemento de santificación que se da, entonces, fuera de Ella. No. La santidad que vive esa persona, es la misma que se vive en la Iglesia, pero de una manera imperfecta, por no tener los demás Sacramentos.

Ellos dicen: no. Esos elementos no son de la Iglesia Católica, sino formas nuevas que hay que acoger en la Iglesia. Mal interpretan todo el Concilio Vaticano II, no sólo en cuanto al matrimonio, sino a cuanto a las demás religiones.

Hay que saber bien leer e interpretar el Concilio a la luz de la fe, de los otros documentos de la Iglesia Católica. Si no, hacen como estos herejes: hacen un dogma de las palabras del Concilio.

«Se hace por lo tanto necesario un discernimiento espiritual, acerca de las convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar, compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de sus confines visibles y sacramentales. Siguiendo la amplia mirada de Cristo, cuya luz ilumina a todo hombre, la Iglesia se dirige con respeto a aquellos que participan en su vida de modo incompleto e imperfecto, apreciando más los valores positivos que custodian, en vez de los límites y las faltas» (v. 20).

No hay que discernir nada. Porque el matrimonio civil entre dos bautizados es un pecado. Y punto. Que salgan de su pecado, para poder recibir la gracia. Los malcasados, lo mismo: que salgan de su pecado. No hay que reconocer las semillas del Verbo en ellos porque no existe. ¿Ven el lenguaje humano tan agradable a los hombres? No hay que dirigirse con respeto a aquellos que están malcasados y en un matrimonio por civil, para apreciar lo positivo y callar sus pecados. No; no es eso. Hay que dirigirse a ellos para que vean sus pecados y lo quiten de la vista de Dios, porque a Dios no le agrada el alma que peca, sino que la aborrece. Esto es lo que no enseñan en ese Sínodo del demonio.

Se está dando culto sólo al hombre en este documento. Pero no se da culto a Cristo. No es Cristo el norte del Sínodo, sino que es sólo los hombres y sus ideas maravillosas.

Continuaremos analizando lo que queda del documento.

La ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas

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«salus animarum, suprema Ecclesiae lex»: «la ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas». Este es el principio que debe estar presente tanto en la promulgación como en la interpretación y aplicación de las leyes canónicas.

La salvación del alma está por encima de la obediencia a Bergoglio, de la obediencia a la Jerarquía que lo apoya, de lo que el Sínodo promulgue o prohíba, de lo que los hombres decidan en la nueva estructura de iglesia que se han inventado en el Vaticano. ¡Salvar el alma! ¡Es el fin de la Iglesia Católica! ¡Es el fin que tiene todo hombre en su vida terrenal!

Se está en la Iglesia para salvar el alma no para vivir una vida social, política, económica, humana, cultural, natural…. No se está en la Iglesia para obedecer la mente del hombre, sino para obedecer la Mente de Cristo. Y quien no dé esa Mente con sus normas canónicas o litúrgicas, no se le da la obediencia a esa persona, así lo llamen Papa, así sea Jerarquía en la Iglesia, así se reúnan para hablar -en un Sínodo- de lo que no tienen que hablar.

Muchos dicen: obedece a Bergoglio porque ha sido elegido por los Cardenales. Y si es hereje, que los mismos Cardenales oficialmente lo declaren hereje; pero hasta que no se dé eso, hay que someterse a ese hombre, hay que ver su elección como legítima.

Así piensan muchos en la Iglesia. Y es gente muy intelectual, que necesita apoyarse en una ley canónica, en una razón, para poder creer y actuar. Son gente que todo lo mide con su mente humana: es el racionalismo, que es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Muchos proclaman que la anulación de Bergoglio es como la anulación de un matrimonio: es la Jerarquía de la Iglesia la que decide eso, la que lo anuncia, la que muestra el camino. Si ellos callan, entonces todos a obedecer a Bergoglio. Y esto es un error en el entendimiento humano. ¡Un grave error!

No se pueden equiparar las dos cosas. Porque entre el matrimonio y Dios se da una autoridad que tiene las llaves del Reino y que decide si ese matrimonio es nulo o no. Pero entre un Papa y Dios no cabe autoridad. El Papa está por encima de toda autoridad, no sólo en la Iglesia, sino entre los hombres. El Papa está por encima de todo juicio humano. Y, por eso, no es posible la equiparación.

Cuando un hombre, que no es Papa, se sienta en el Trono de Pedro como Papa, ya la misma Iglesia ha puesto la ley que regula este caso, que es la Bula Cum ex Apostolatus Officio del Papa Pablo IV. Sólo hay que obedecer a esta Bula para anular a Bergoglio. Y esto lo puede hacer cada alma en la Iglesia, sin esperar algo oficial, porque la salvación del alma es antes que la obediencia a un hereje: «Si alguien os predica otro Evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema» (Gal 1, 8).

«vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13b). ¿Cómo se extirpa el mal de tener un falso Papa en la Iglesia Católica? ¿Esperando una resolución oficial de alguna Alta Jerarquía de la Iglesia? ¿Va a llegar eso, en algún momento? ¿Esperar eso es vivir una ilusión o vivir la realidad?

«no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con estos, ni comer» (1 Cor 5, 11b). Bergoglio es idólatra: no cree en el Dios católico. Bergoglio es ladrón: ha usurpado la Silla de Pedro. Bergoglio es avaro: obra el comunismo en su ministerio sacerdotal. Bergoglio es fornicario: fornica con la mente del demonio y pare la idea masónica en la Iglesia. Bergoglio es borracho: está sediento de la gloria del mundo. Bergoglio es maldiciente: su palabra protestante es una maldición para toda la Iglesia. Entonces, hay que concluir: con Bergoglio no hay que mezclarse; con él, ni comer: ni asistir a una misa suya. No se puede partir el pan junto a él. No se puede concelebrar con él. ¡No se puede!

¿Hay que esperar a una alta Jerarquía para poder cumplir el Evangelio, que es el Derecho Divino en la Iglesia? ¿Hay que estar obedeciendo a Bergoglio, mientras llena nuestra cabeza de inmundicia, sólo porque está sentado en la Silla que no le corresponde, y porque la Jerarquía calla? Para el que tenga dos dedos de frente, para el que tenga un poco de sentido común, las razones que dan los intelectuales para seguir acatando las órdenes de un hereje, no tienen ningún sentido.

Esto es la sencilla Palabra de Dios que, actualmente, nadie sigue en la Iglesia. No les interesa esta Palabra porque viven de su negocio.

Es todo muy sencillo. Pero nadie toma en cuenta esta verdad. Están esperando que alguien de la Iglesia lo haga para que oficialmente no haya que dar la obediencia a Bergoglio. Y este es el error. Están esperando una ley canónica, un escrito oficial de algo que ya se sabe, que ya es ley por Derecho Divino. ¡Y esperan en vano! ¡Y esperan sin fruto! ¡Y esperan con el peligro de la condenación de sus almas por estar obedeciendo a un hombre que no es Papa!

Hoy día, se niega a Dios el Derecho de poner y quitar Su Papa; de dar y recoger las Llaves del Reino; de hablar directamente con sus almas, sin intermediarios; de guiar a Su Iglesia sin una cabeza visible, sólo con Su Cabeza Invisible, que es Cristo. Se niega el Derecho Divino.

Se niega la ley Eterna y se hace caso sólo a las diferentes leyes eclesiásticas, humanas, litúrgicas, que los hombres ponen. Se quiere medir la Gracia con la cabeza del hombre, acotándola con sus leyes, normas y disciplinas. Y eso lleva a ponerse el hombre por encima de la ley de la Gracia, en la propia Iglesia de Jesucristo. Eso lleva a reescribir la Mente de Dios.

No se resuelven los problemas de la Iglesia con datos estrictamente jurídicos, porque toda ley tiene que servir al Derecho Divino, al orden pensado y querido por Dios en Su Iglesia, que es un orden espiritual, no material, no humano, porque la Iglesia es el Reino del Espíritu, no es un Estado, no es una sociedad humana. Es el Cuerpo Místico de Cristo, en que el alma es la principal en esa sociedad espiritual. No es el común, no es la comunidad de fieles los importantes en la Iglesia. No se hacen leyes para un común, para un pueblo, sino para el alma, para cada alma.

Muchos no han comprendido para qué sirve el derecho canónico. Y están en la Iglesia atados a esas leyes, a esas normas, a esas disciplinas, sin la libertad que da el Espíritu para discernirlo todo.

El fin de la Iglesia es salvar las almas. Es un fin divino. Y, por tanto, todo el derecho canónico se fundamenta, no en la sociedad: no es allí donde está la sociedad, allí hay un derecho, una ley; sino que se fundamenta en el alma: allí donde hay un alma que salvar, allí se da la ley de la gracia, allí hay una ley, que debe ser un medio –no un fin- para salvarla: hay que salvarla, hay que ponerla un camino espiritual que la lleve a salvarse y a santificarse. Y, por tanto, toda norma positiva nunca debe esclavizar a las almas para conseguir este fin divino. Si las leyes canónicas no son un medio para cumplir este fin, entonces no sirven para nada en la Iglesia. Son un tropiezo. ¡Y un claro tropiezo!

En la Iglesia, el alma no se puede esclavizar al juicio de los Cardenales que eligieron a Bergoglio en un Cónclave. No se puede decir: hasta que la misma Iglesia no diga que esa elección fue nula, hay que tenerla por válida, porque esa elección se hizo de acuerdo a las normas existentes en la Iglesia.

Este es el punto en que muchos intelectuales, mucha Jerarquía, se quedan. Han dogmatizado la ley de los hombres, la obra de los hombres: lo que hicieron esos Cardenales al elegir a Bergoglio. No son capaces de ver que esa elección fue nula, no por ley canónica, sino por ley de la gracia. No atienden al derecho que tiene Dios de decir: no os doy otro Papa. Esto, los intelectuales, no saben verlo. Y, por eso, exigen obediencia a un hombre que no es Papa por derecho divino, iure divino. Es sólo papa por derecho humano, por elección humana, según unas leyes establecidas. Pero es el papa de los hombres, no es el Papa elegido por Dios para Su Iglesia. Es un falso papa, para una falsa iglesia, para una falsa estructura externa, al cual no es posible la obediencia, porque en la Iglesia hay que guardar los principios del Derecho Divino si se quiere seguir siendo Iglesia. Esto cuesta entenderlo a los intelectuales, a los que bucean en las leyes canónicas para creer o no creer que Bergoglio es Papa.

El fundamento del derecho canónico se busca en la misma naturaleza de la Iglesia: en Pedro. La Iglesia está fundamentada en Pedro, que es la Voz de Cristo en la Iglesia, Su Vicario. Y, por tanto, la Iglesia tiene a Pedro como camino de salvación. Se quita a Pedro, inmediatamente, no hay camino de salvación en la Iglesia.

La Iglesia es Pedro, no es el conjunto de Apóstoles, de Obispos, de fieles. No es la sinodalidad lo que hace ser Iglesia. Es el Papado la esencia de la Iglesia. Es el ejercicio del Papado. Por eso, Benedicto XVI se ha convertido en un Papa inútil, no sirve a Cristo para llevar a las almas hacia la salvación: le han sido arrebatadas las Llaves del Reino de Dios. Es un Papa que ya no puede atar y desatar en la Iglesia. Es lo que Conchita dijo: es un Papa que no cuenta. Es inútil sin las Llaves del Reino.

Jesús puso Su Iglesia en Pedro, en su persona humana. Y le dio todo lo necesario para que las almas, en la obediencia a Pedro, encontraran el camino de salvación en Cristo.

Dios salva a las almas en Pedro, no fuera de Pedro. Si los hombres anulan a Pedro –como hicieron al imponer la renuncia al Papa Benedicto XVI-, Dios se retira de todos los hombres, de toda la Jerarquía eclesiástica, y éstos, se quedan sólo en la estructura externa, que han creado, se quedan con sus magníficas leyes, sin la Gracia del Papado, -que es fundamental en la Iglesia-, para guiar una nueva iglesia, que no es la Iglesia de Pedro, y que es incapaz de llevar a la salvación.

Dios es el que legisla su Iglesia, no son los hombres. Es el Derecho Divino la garantía de rectitud y de elasticidad, de justicia y de equidad, para el derecho canónico. No es el conjunto de normas canónicas ni litúrgicas. Si no se atiende a este Derecho Divino, entonces los hombres no ven el camino de lo sobrenatural, de la Gracia, en las normas jurídicas. Y hacen de lo jurídico un dogma. La Gracia está por encima de toda norma positiva. Cuando no se atiende a este punto, entonces viene la crisis que trae el positivismo jurídico. Viene el aceptar a un hombre, que no es Papa, porque así las normas de la Iglesia lo han establecido. Esto es lo que muchos están predicando.

Obedezco a Bergoglio porque ha sido elegido Papa en un Cónclave, según el derecho canónico. Esta obediencia es ponerse por encima del Derecho Divino. Este seguir lo que el Cónclave ha elegido, según sus leyes canónicas, es anular la ley de la Gracia. Se sigue el juicio de unos hombres, pero no el Juicio de Dios. Se está diciendo que los Cardenales no pueden poner a un falso Papa, sino que siempre van a poner a un Papa legítimo y, por tanto, hay que someterse a eso, hay que obedecer, guste o no guste. En el fondo, están legitimando el pecado con sus normas jurídicas. Es lo que hicieron en la elección de Bergoglio.

Todos sabían que Benedicto XVI seguía siendo Papa. Y pusieron otro Papa, yendo en contra del dogma del Papado. Pusieron un pecado para que todos obedezcan a ese pecado en la Iglesia. Legitimaron el pecado de muchos como norma en la Iglesia. Esta es la abominación que se da en la Iglesia desde hace más de 18 meses.

¿Qué fue la comunión en la mano? Lo mismo: una abominación. Legitimar el pecado de sacrilegio con una norma litúrgica, que no tiene fuerza de ley en la Iglesia, porque sólo hay que aplicarla en casos excepcionales; y muchos sacerdotes imponen a sus fieles comulgar en la mano: están mandado obrar un pecado. Y los fieles, por su ignorancia en la vida espiritual, por su falsa obediencia a la Jerarquía, hacen caso de un mandato humano, de una norma litúrgica que no obliga a nada ni a nadie. Hacen caso y lo toman como un mandato divino. Y se crean un oscurecimiento de su conciencia. Ya la conciencia no ve el mal de comulgar en la mano. Lo ve como algo que Dios quiere: y eso es una abominación. Se anula el Derecho Divino: el orden que Dios ha puesto en la Eucaristía.

Así es con Bergoglio. Lo mismo que con la comunión en la mano. La elección de Bergoglio como Papa no obliga a nada ni a nadie en la Iglesia, porque no se puede poner dos Papas en la Iglesia. No se puede ir en contra del dogma del Papado. Benedicto XVI sigue siendo Papa porque no ha renunciado al Papado, sino al ejercicio del ministerio. Es el Papa al que hay que someterse en la Iglesia para seguir siendo Iglesia, la Iglesia de Pedro, la verdadera, la católica, la que no cambia por los cambios de los tiempos, la invencible. A Bergoglio no hay que someterse en nada, porque no es Papa: es un falsario.

Pero la blasfemia de muchos consisten en esto: una vez que prueban que Benedicto XVI sigue siendo el Papa legítimo y, por tanto, Bergoglio no puede ser Papa; en vez de someterse a esta verdad, eligen la ley canónica que elevó a Bergoglio a la Silla de Pedro. Eligen el juicio humano, lo que los hombres han decidido al margen de la Voluntad de Dios, y así cometen un triple pecado: de apostasía de la fe, de herejía y de cisma.

En esta blasfemia caen muchos por su racionalismo: todo lo quieren medir con sus leyes, con sus filosofías, con sus teologías. Y no se puede medir la mente de Dios ni lo que es la Iglesia con la mente del hombre, con una ley jurídica.

La salvación del alma tiene que estar por encima de lo que se decida en el Sínodo. Ese Sínodo es el cisma oficialmente declarado: se va a legitimar el pecado.

La opinión de la gente no es dogma en la Iglesia

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«Niña Mía: haz el propósito de no contar con los hombres. Harás muchas cosas si te abandonas totalmente a Mi voluntad, y dices: Hágase en mí, oh Dios, no según lo que yo quiera sino según Tu Voluntad. Has de saber que estas palabras pronunciadas del fondo del corazón, en un solo instante elevan al alma a las cumbres de la santidad» (Sta. Faustina Kowalska)

¿Quieren hacer la Voluntad de Dios en sus vidas? Entonces, no hagan caso ni del cónyuge, ni de los hijos, ni de los amigos, ni de los sacerdotes, ni de los Obispos, ni de nadie en el mundo. No cuenten con ningún hombre porque todos son unos mentirosos, unos fariseos, unos hipócritas, que les gustan endulzar la vida con su lenguaje humano, pero que después viven una vida lo más contraria a ese lenguaje humano.

Sólo se es santo obrando la Voluntad de Dios. ¡Y cuán difícil es entenderla, discernirla!

No están en la Iglesia para seguir las voluntades de ningún hombre. Están en la Iglesia para obrar la Voluntad de Dios, que sólo se muestra en la Verdad, que es Su Hijo.

Y Jesús es la Palabra del Pensamiento del Padre: es la Palabra que muestra la Mente de Su Padre. Es la Palabra que enseña a pensar como piensa Su Padre.

Cuando los hombres se den cuenta que ningún pensamiento humano puede salvar, entonces habrán alcanzado la cima de la santidad.

Pero mientras el hombre se apoye en alguna opinión o juicio humano, por más bueno y perfecto que sea para su vida, tropieza en el camino de la santidad.

¡Difícil es hacer la Voluntad de Dios en un mundo que vive inmerso en las voluntades de los hombres! ¡Muy difícil! Porque es necesario oponerse a todas esas voluntades humanas para ver la Voluntad de Dios. Hay que enfrentarse con los hombres, y eso no es la moda del mundo. El mundo vive haciendo amigos, buscando un común en la mentira, en el pecado.

¡Ningún hombre es capaz de dar, con su mente humana, la Voluntad de Dios! ¡Ninguno! Es Dios quien muestra Su Voluntad en las almas humildes que sólo saben pisotear, cada día, su querer humano.

¡Muy pocos son los humildes de corazón!¡Son tantos lo que se disfrazan del vestido de la humildad que, por eso, lo que vemos en la Iglesia es el edificio que han construido los hombres soberbios, que sólo son capaces de vivir en el techo de su mente humana, poniendo su orgullo como ídolo de todo el mundo.

«Cuando rezamos no olvidemos nuestra historia» (ver texto): esto es vivir dentro de la mente del mismo hombre. Cuando rezamos hay que ir al pasado, hay que recordar lo que se hizo, bueno y malo. Esta es la doctrina de la fe o memoria fundante, que Bergoglio ha desarrollado, ampliamente, en su “lumen fidei”, documento donde se anula la Revelación de Dios.

Para rezar, hay que confiar en la historia del hombre: «Maldito el hombre que en el hombre pone su confianza, y de la carne hace su apoyo, y aleja su corazón del Señor» (Jer 17, 5). La Sagrada Escritura nos enseña otra cosa. Maldito el hombre que confía en sí mismo, en su mente, en sus recuerdos, en su historia. Por eso, ¡maldito eres, Bergoglio! Porque enseñas a pecar en tus homilías y en la Iglesia. Eres el maestro de tu vida de pecado.

«Rezar es hacer memoria ante el Dios de nuestra historia. Porque nuestra historia es la historia de su amor por cada uno de nosotros” (Ib).

«Rezar es hacer memoria»: es un acto de la mente del hombre, no de su corazón. Rezar es un pensamiento humano, no es la obra del amor divino en el corazón. Rezar es una idea del pasado. Una idea maravillosa. Y se reza:

«Ante el Dios de nuestra historia»: ¿han captado la gran herejía? ¿Saben ustedes lo que es la oración?

Es el deseo divino que nace en el corazón: “Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría. En una palabra es algo grande, algo sobrenatural que me dilata el alma y me une a Jesús.” (Sta. Teresita del Niño Jesús).

Para Bergoglio, orar es hacer memoria. Una idea de su mente, de su historia. Para los santos, orar es desear con el corazón. ¿Quién tiene la verdad sobre la oración: Bergoglio o la Santa? Por supuesto, la Santa.

Y ¿por qué?

Porque, para orar, el hombre tiene que desprenderse de su intelecto humano, de su mente, y quedarse a solas con Dios en su corazón. ¡A solas! Porque sólo se puede amar a Dios con el corazón, nunca con la mente. ¡Nunca! «Mis Pensamientos no son vuestros pensamientos». El alma está atenta a Dios cuando se olvida de sus propios pensamientos humanos, de su propia historia.

Si el corazón no está atento a Dios, entonces sólo está atento a lo que hay en su mente, a sus pensamientos, que van y vienen, a su historia, a su inútil recordar su historia: «Esta costumbre de hacer memoria de nuestra vida no es muy común entre nosotros. Nos olvidamos las cosas, vivimos en el momento y después olvidamos la historia. Y cada uno de nosotros tiene una historia: una historia de gracia, una historia de pecado, una historia de camino, tantas cosas…» (Ib). Esto es inútil en la oración. Esto es perjudicial en la oración. Esto no se puede hacer en la oración. Este hombre no sabe lo que es la oración porque no tiene fe en la oración. No tiene vida espiritual. Ni idea de lo que el Espíritu exige al alma en la oración. Por eso, habla caballadas. Y sólo caballadas.

Para hacer oración, el alma tiene que estar atenta a la Presencia de Dios: esto es el abc de la vida de oración. Esto se enseña en el tercer mandamiento de la ley de Dios. Si el hombre está atento a lo suyo humano, ya no está atento a la oración, a lo que Dios quiere en la oración. Si el hombre está en la presencia de otros hombres, no puede estar en la única Presencia Divina, que exige soledad y apartamiento total de todos los hombres.

Bergoglio está aquí enseñando lo que es la oración global, la oración de la creación: todos juntos, con nuestra historia, alabemos a Dios porque es bueno, es amor, es misericordioso. Es la payasada del lenguaje humano, que tanto gusta a los católicos tibios y pervertidos en la Iglesia.

«Jesús, enséñame a renunciar siempre a mí misma para agradar a mis hermanas» (Sta. Teresita): renuncia a tu historia si quieres hacer bien tu oración. Si quieres condenarte, entonces llénate la cabeza de tu historia. ¿Quieres amar al prójimo? No mires tu historia. No te detengas ni en lo bueno ni en lo malo que has hecho. No hace falta para aprender a amar. Se aprende de Dios lo que es el amor poniendo la mente en el suelo. Y así el corazón se llena del amor divino. Lo contrario, es tener en la mente cantidad de pensamientos inútiles que ensoberbecen. Bergoglio está enseñando la soberbia de la mente: rezar es hacer memoria, pensar, imaginar, recordar. Quien piensa, delante de Dios, es un soberbio. Quien no piensa, delante de Dios, es humilde de corazón y se dispone para recibir la gracia del Espíritu.

¿Ya captan la gran herejía? ¿O todavía no?

«Porque nuestra historia es la historia de su amor por cada uno de nosotros»(Ib): ven, ¡qué lenguaje más hermoso y herético!

Cuando has pecado, has sentido el amor de Dios. ¿Han captado la herejía? Cuando te has arrepentido de tu pecado, entonces has sentido la Misericordia de Dios. Pero si has permanecido en tu pecado, sólo sientes que Dios te ha abandonado. No hay amor de Dios. No hay historia del amor de Dios. Hay Justicia Divina y castigo por el pecado no arrepentido ni expiado. Esto es lo que no enseña este hombre. Él ha anulado la Justicia de Dios. Todo en Dios es Amor. Y solo amor. Es su doctrina luterana: la sola fe, la sola escritura, la sola misericordia, solo cristo, sólo mi pensamiento para ser santo.

Palabras tan bonitas y tan heréticas. Esto es siempre Bergoglio. Siempre. Nunca cambia. No puede cambiar, porque él vive condenado en vida.

¡Qué duro suenan estas palabras!

La Verdad nadie la quiere escuchar. Nadie.

Si en Bergoglio hubiera una pizca de arrepentimiento, en seguida dejaría todo y se iría a un monasterio para expiar su pecado, que es mucho. Esto es lo que todos los santos, cuando se han convertido, han hecho: han escapado al desierto. Han dejado todo y lo ha dado todo al Señor. Todo. Esto es lo que hizo San Francisco de Asís.

¿Qué hace Bergoglio? Suma, cada día, puntos para mayor infierno. Él ya vive su infierno, su condenación. Y es clara su condenación porque es claro su pecado. Las obras de su pecado, todos las pueden ver. Todos. Muy pocos la saben discernir. Muy pocos. Pero ahí están. El que tenga oídos para oír que escuche las homilías de Francisco, sus escritos, sus entrevistas. Que vea sus obras con todo el mundo. Y saque la conclusión. Es fácil sacarla, pero a muchos les da miedo. Sienten terror de decir algo en contra de Bergoglio. ¡Como es el Papa!…. ¡Y con el Papa hay que callar el juicio!…. Así piensan muchos. Así piensa la Jerarquía de la Iglesia. Están atados en su mente y no tienen la libertad del Espíritu de decir: ¡Bergoglio no es Papa! ¡No se puede obedecer! No pueden decir esto. Han quedado presos en la secta de Bergoglio, en su nueva iglesia, en su lenguaje humano, que es su nuevo evangelio. ¿Todavía no se han dado cuenta?

El falso Profeta es el que predica un nuevo y falso evangelio: nunca puede predicar el Evangelio de Cristo. Es imposible. Por eso, es falso profeta, porque sigue el espíritu que se opone al Espíritu del Evangelio: el carisma de la Palabra.

El demonio usa los carismas, que da Dios a las almas, para poner su falsa palabra. Y así nace el falso profetismo. De un mal uso del carisma divino, el demonio trabaja en la Iglesia para agarrar almas para su infierno. Es lo que hace con Bergoglio. Bergoglio se sabe el Evangelio, pero es maestro en torcerlo continuamente. Le ha enseñado el demonio a interpretarlo según su cabeza humana. Y eso que ha aprendido del demonio, durante muchos años de su vida, es lo que enseña a los católicos tibios y pervertidos. Es lo que enseña a la falsa Jerarquía que lo sigue. ¡Y nadie se da cuenta de esta gran verdad!

“La tolerancia, la comunicación, el perdón, y sobre todo de mucha oración y confianza en el Señor” (ver texto) : Esta es la enseñanza que trae al Sínodo Jeannette Toure, católica casada con un musulmán, que ha sido invitada para hablar. Sus hijos son un ejemplo de apostasía de la fe: van también a la mezquita. Les enseñan las dos religiones. Entonces, ¿para qué se ha casado con un musulmán si no puede salvarse? Sólo en la Iglesia Católica hay salvación. Si ella no imprime en sus hijos que la religión de su papá es falsa, entonces ella y sus hijos se condenan. Y lo hacen por la fuerza de un matrimonio católico, por una gracia sacramental. ¿Ven que la gracia no es sólo amor sino también justicia? Si no usas la gracia del sacramento del matrimonio como Dios quiere, esa gracia se vuelve contra los cónyuges y sus hijos, y es condenación para todos, es justicia divina.

¿Ven la barbaridad de esta mujer? Ha perdido la fe católica y no se ha casado para llevar a su esposo a la verdad, sino que se ha dejado arrastrar por la mentira de esa religión y así lo enseña a sus hijos. Esta mujer no es camino de salvación de ese hombre, sino de condenación. ¿Y qué va a enseñar esta mujer a los Padres Sinodales? Lo que ellos quieren escuchar: también fuera de la Iglesia Católica hay salvación.

¿Cuál es la enseñanza de San Pablo a los matrimonios? «Sujetaos los unos a los otro en el temor de Cristo» (Ef 5, 21). Si no hay temor de Dios, sino sólo tolerancia, comunicación y perdón, no se puede comprender un matrimonio mixto. Porque es necesario llevar al cónyuge que no cree a la fe verdadera. Y sólo se puede hacer esto no pecando, no mostrando el pecado, no obrando el pecado. Si una esposa peca contra la fe permitiendo que sus hijos acepten otra fe distinta a la católica, entonces ese matrimonio es para condenación, no para salvación. Si ya es difícil llevar un matrimonio católico como Dios quiere, una esposa, en un matrimonio mixto, sin vida espiritual, sin estar fuerte en su fe católica, se deja arrastrar del pecado de su esposo, y es ella la que pierde la fe, y enseña a sus hijos una falsa fe, un falso credo: un falso ecumenismo.

Y esta mujer, ¿qué quiere enseñar en el Sínodo? ¿Su obra de pecado? ¿Para que los demás lo justifiquen, lo aplaudan?

Ven, ¿cómo está el Sínodo? Han traído para hablar a gente que no tiene que estar en un Sínodo. Los laicos y las mujeres: calladas en la Iglesia. Porque en la Iglesia sólo enseñan la Verdad los hombres. Los demás, a callar. Y Bergoglio ha metido en su sínodo el grito del pueblo, la voz de la gente, de la chusma, porque es un comunista.

No esperen del Sínodo una verdad: es una mentira. Desde el principio mienten. Palabras mentirosas y engañosas todos los días tienen que escucharlas esa Jerarquía, que asistiendo a ese Sínodo ha pecado mortalmente. No se puede hacer reunión con un hereje para aprender su doctrina: éste es el pecado. ¡Hay que reunirse con ese hereje para cantarle las cuarenta! Y eso, los Padres Sinodales tienen miedo de hacerlo. Muchos piensan: nos hemos equivocado eligiendo a este tonto. Pero callan. Deben callar. Su vida es más importante que Cristo, que dar testimonio de la Verdad ante todo el mundo, así haya que oponerse al mismo Bergoglio en su nueva iglesia.

¿Habrá alguien de la Jerarquía que haga esto en el Sínodo? Nadie. Todos se han sometido. Y mal sometidos, porque es el momento de decir: no te obedezco, Bergoglio ¡Este es el momento! Y todos lo van a desaprovechar. Todos. Y, por tanto, el castigo a la vista. El Sínodo es sólo una pantalla de lo que hay detrás. Después del Sínodo, se irá viendo eso que ahora se oculta por los enemigos de la Iglesia.

El Sínodo es nulo

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«Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierras será desatado en los cielos» (Mt 16, 19).

La Iglesia de Pedro es la Iglesia que fundó Jesús.

Como Bergoglio no es el Sucesor de Pedro, entonces la iglesia que él gobierna no es la que fundó Jesús, no es la de Pedro. En consecuencia, Bergoglio no tiene las llaves del Reino de los Cielos: lo que haga o deshaga en un Sínodo es nulo para la Iglesia Católica.

Esto es lo que muchos no acaban de comprender, porque ya no creen en el Evangelio de Jesús, sino que creen en la interpretación que ellos mismos hacen del Evangelio.

Las llaves del Reino son la potestad de Pedro sobre el Reino de los Cielos: «Y a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos… La Iglesia ostenta la imagen expresa no solo del edificio, sino también del Reino: además todo el mundo sabe que las llaves son el distintivo normal que indican el poder. Por lo cual cuando Jesús promete dar a San Pedro las llaves del Reino de los Cielos, promete que le dará potestad y derecho sobre la Iglesia» (León XIII – Encíclica “Satis cognitum” – AAS 28,726s).

La potestad suprema que tiene Pedro, es decir, el Primado de Jurisdicción, se da a entender con el símbolo de la llave. Jesucristo es el que tiene la potestad omnínoda del Reino de David: «Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si Él abre, nadie puede cerrar; si Él cierra, nadie puede abrir» (Ap. 3,7). Y esta potestad la ha sido entregada a Pedro con las llaves: «a ti te daré».

Esta potestad la tenían los legistas, pero usaron mal de ella y, por eso, Jesús los rechaza: «¡Ay de vosotros, los Legistas (= νομικοις: doctores de la Ley), que os habéis llevado la llave (= κλειδα) de la ciencia!…¡que cerráis (= κλειτε: cerrar con llave) a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar» (Lc 11,52; Mt. 23,13).

Esta potestad, dada al Papa Benedicto XVI, le fue arrebatada en su renuncia, para que los hombres en la Iglesia, la Jerarquía infiltrada, que se proponía poner a un falso Papa (= Bergoglio) y levantar una falsa iglesia (= la nueva ecuménica), no pudieran someter a Benedicto XVI a sus planes malvados, como lo hicieron con los otros Papas anteriores. Con los Papas anteriores, se firmaron documentos que el Papa no quería. Usaron mal las llaves del Reino con los Papas. Y para que no ocurra eso, la firma de Benedicto XVI ya no tiene ningún valor (= ellos saben que Benedicto XVI sigue siendo el Papa verdadero).

«La elite masónica ha tomado control sobre Mi Iglesia y ellos esgrimirán el más perverso engaño sobre los Católicos. Las Llaves de Roma están ahora entre Mis Manos, habiendo sido pasadas a Mí por Mi Padre. Yo dirigiré a todos Mis seguidores, para que la Verdad pueda ser sostenida y que Mi Santa Palabra permanezca intacta.

El Falso Profeta ahora se hará cargo de la Sede de Roma y Mi Palabra, así como lo fue en Mi Tiempo en la Tierra, será tratada como herejía» (MDM – 17 de febrero 2013).

Roma ha perdido el derecho del Reino de los Cielos. Ya no lo tiene. Ellos han escogido la iglesia de Satanás, en donde no hay esperanza para salvarse.

Benedicto XVI sigue teniendo el Primado de Jurisdicción, pero no las llaves del Reino de los Cielos. El Poder Divino está en su persona, por ser el Sucesor legítimo de Pedro; pero realizar ese Poder, ejecutarlo, ya no lo puede hacer. Atar y desatar lo hace, ahora, sólo Jesús, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia, desde los Cielos.

«La expresión empleada en sentido translaticio de atar y desatar indica el derecho de dar leyes e igualmente la potestad de juzgar y de castigar. En verdad esta potestad se dice que tendrá tanta amplitud y poder, que cualesquiera decretos de la misma los ratificará Dios. Por tanto es una potestad suprema y plenamente “sui iuris”, puesto que no hay en la tierra por encima de ella ninguna potestad de grado superior, y ya que abarca a la Iglesia entera y a todo lo que le ha sido confiado a la Iglesia» (León XIII – Encíclica “Satis cognitum” – AAS 28,726s).

El Papa Benedicto XVI ya no tiene derecho de dar leyes ni de juzgar ni castigar a nadie en la Iglesia. Y, por eso, nadie en la Iglesia: ningún Cardenal, ningún Obispo, ningún sacerdote posee este derecho. ¡No están las llaves en Roma! Nadie en la Iglesia puede excomulgar a nadie, ni se puede proclamar ningún dogma nuevo, ni se puede modificar ningún Sacramento, ni se puede convocar ningún Sínodo, ni se puede proclamar santos…. ¡No hay ejercicio del Poder Divino! No está Pedro gobernando con el Primado de Jurisdicción: el Papa Benedicto XVI es el verdadero Papa, pero inútil en el gobierno.

Esto cuesta entenderlo a muchas personas, porque creen que en la Iglesia se obedece a cualquiera. Y ya lo dijo el mismo Pedro ante todos los príncipes, los ancianos, los escribas, ante el mismo Anás, sumo sacerdote, ante cuantos eran del linaje pontifical: «Juzgad por vosotros mismos si es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a Él» (Act. 4, 19b), porque «los reyes de la tierra han conspirado y los Príncipes se han federado contra el Señor y contra Su Cristo» (Sal 2, 1). Y, por eso, «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act. 5, 29).

Esto es lo que la Jerarquía no ha dicho a Bergoglio y a todo su clan masónico: Habéis conspirado contra Jesús y Su Vicario en la tierra, el Papa Benedicto XVI, por tanto, «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres». En la Iglesia no se obedece la mente de ningún hombre, así lo llamen Papa. En la Iglesia, nadie se somete al poder humano de un hombre, así lo llamen Papa. Porque la Iglesia es Cristo; los demás todos están bajo Cristo. Y, cuando los hombres han decidido quitar al Vicario de Cristo y poner un juguete del demonio como falso Papa, la Iglesia ya no está en Roma, sino en el desierto. La Iglesia ya no es la Jerarquía, sino el Reino de Dios: las almas fieles a la Verdad, que es Cristo; las almas que perseveran en esa Verdad sin cambiarla en nada. Y, por eso, se han metido en un Sínodo inválido, ilícito y nulo. Un Sínodo que va a costar a muchos su destino eterno: se van a condenar por aceptar la doctrina herética que va a salir de ese Sínodo.

Ese Sínodo no tiene potestad ni de prohibir ni de permitir nada. Esto, para los católicos tibios y pervertidos, y para la falsa Jerarquía de la Iglesia, les resulta gracioso y sin sentido. Ellos se apoyan en el poder humano de Bergoglio, pero no pueden sostener que ese poder es divino. No lo pueden probar por las obras de Bergoglio: todos ven la obra de herejía de ese hombre. Y es claro, para un católico que tenga la cabeza bien puesta sobre sus hombros, que ningún poder divino lleva a obrar una herejía en la Iglesia.

Pero muchos carecen de dos dedos de frente: no tienen el mínimo sentido común en las cuestiones espirituales de la Iglesia.

El Sínodo no puede declarar prohibido ni permitido nada; no puede obligar de ningún modo, ni absoluto, ni relativo, a cumplir una ley que salga de ese Sínodo. Porque todos se han reunido bajo las faldas de un falso Papa, de un hombre sin el Primado de Jurisdicción: son hombres, que se juntan para hablar como los hombres y para decidir lo que los hombres quieren. Y lo deciden de acuerdo a un poder humano. ¡No sopla el Espíritu Santo en el Sínodo! ¡No puede soplar! ¡El Poder de Dios está en el Cielo, no en Roma!

Si no se comprende este punto, todos esperando noticias del Sínodo. ¡Y ya se sabe lo que va a salir de ese antro del demonio!

Olor a humanidad: «tenemos que escuchar los latidos de este tiempo y percibir el ‘olor’ de los hombres de hoy, hasta quedarnos impregnados de sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias» (ver texto).

Se han reunido para escuchar a los hombres: las necesidades de los tiempos, pero no la Voluntad de Dios sobre este tiempo que vive el hombre. Toda esta gente es experta en el lenguaje humano de los tiempos. Son tiempos conflictivos y hay que estar atentos a lo que los hombres piensan y quieren. Para eso este hombre, que es un masón disfrazado de Papa, puso en movimiento toda una encuesta para tener claro el olor de los hombres.

Bergoglio sólo tiene narices para el hombre: sólo percibe su olor. Es incapaz de percibir a Cristo: el olor de su humildad, de su pobreza, de su castidad, de su obediencia al Padre; eso nunca lo predica este hombre, ni sabe predicarlo. Sólo le interesa el hombre, la humanidad, sólo quiere el grito del pueblo: «escuchar a Dios, hasta llegar a sentir con Él el grito del pueblo; escuchar al pueblo; hasta respirar la voluntad a la cual Dios nos llama» (Ib).

¡Qué palabras más blasfemas de este hombre!: «escuchar a Dios, hasta llegar a sentir con Él el grito del pueblo». Cuando se escucha a Dios se deja de escuchar y de sentir al hombre. Para escuchar la Voz de Dios hay que hacer como Moisés: retirarse del pueblo, subir a la montaña y descalzarse, de todo lo humano, en presencia de Dios. Dios no quiere, en su presencia, el grito de ningún pueblo. Quien vaya a buscar la Voluntad de Dios con la mente llena de problemas humanos, no encuentra a Dios en su vida ni su Voluntad. Hay que colgar en la percha de entrada de la oración lo humano y quedarse ante Dios desnudo de todo.

Pero esto ¿le interesa a Bergoglio? Ni siquiera piensa en esto. ¿En qué da vueltas su cabeza? En su herejía: «escuchar al pueblo; hasta respirar la voluntad a la cual Dios nos llama». En el pueblo está la Voluntad de Dios. La soberanía está en el pueblo. Ven cómo va construyendo su nueva iglesia: de abajo arriba. Es lo que quiere el pueblo lo que hay que decidir en este Sínodo. ¿Han captado la herejía?

En otras palabras hay que consentir el pecado: «invocamos la disponibilidad de confrontarse con sinceridad, de manera abierta y fraterna, que nos lleve a hacernos cargo de la responsabilidad pastoral, de los interrogativos que este cambio de época lleva consigo» (Ib). Soluciones pastorales, puestas en un referéndum, al que todos van a votar; y eso lo firma Bergoglio, y comienza el horror en Roma. Hay que ser abiertos y fraternos para decidir el lenguaje donde vamos a meter que el pecado es un bien para la familia, para el matrimonio, para los homosexuales, para todos las cosas que nos pide este tiempo, tan magnífico, que el Señor nos ha dado para destruir su Iglesia.

Esa Iglesia que es, para Bergoglio, masón de pies a cabeza, el sueño de Dios: «La viña del Señor es su «sueño», el proyecto que Él cultiva con todo su amor, …. El «sueño» de Dios es su pueblo… Las asambleas sinodales sirven para cultivar y guardar mejor la viña del Señor, para cooperar en su sueño, su proyecto de amor por su pueblo» (ver texto).

Dios tiene un sueño, que es tan maravilloso, que nosotros los hombres tenemos que poner en la realidad de la vida. Hagamos visible el sueño de Dios, la utopía de Dios, la ilusión de Dios… Pensemos, meditemos, anulemos el magisterio de la Iglesia, ocultemos con nuestras palabras mágicas la ley natural, la ley divina, la ley de la gracia. Digamos que Dios es misericordia y que, por tanto, a Dios le importa el pecado de los hombres: busquemos un camino para anular el pecado, para mostrar ese sueño de misericordia que tiene Dios sobre el hombre. ¿Por qué no casar a los homosexuales? Es el sueño de Dios. Hay que hacerlo realidad. ¿Por qué no aprobar el preservativo? Eso ayuda a la familia, que está tan cargada por los asuntos económicos. Seamos misericordiosos con la economía, con los males sociales, con las injusticias humanas que vienen por ese uso mal del dinero. Hay que tener misericordia de los pecados de los hombres, de sus errores, de sus caídas. Para eso es el Sínodo: para cultivar el pecado, para cooperar en el sueño de Dios, que es el sueño de los hombres, el grito del pueblo.

Con estas palabras, ese hombre engaña a todo el mundo. Nunca Bergoglio va a decir que Dios sólo se fija en el alma arrepentida de su pecado para poder hacerla un bien. ¡Nunca dirá esto! Él pone su falsa misericordia, que le lleva a poner su lenguaje como el motor de todo en su nueva iglesia.

Roma ya no tiene las llaves del Reino, ya Bergoglio no es el mayordomo universal, ni puede serlo: no puede tomar decisiones. Se van a dedicar a hablar, a decirse palabras bonitas, a darse un beso y un abrazo; pero lo que va a salir de ahí es una obra demoníaca: el inicio del horror en Roma. Y todos van a estar de acuerdo, porque se va a hacer mediante referéndum, mediante el voto de la mayoría. Y la mayoría pertenece a la Jerarquía masónica, ya de hecho, ya de pensamiento.

En el Cielo ya no permanece la decisión del Sucesor de Pedro en la tierra, porque le han sido arrebatadas las llaves del Cielo. Ya nadie se puede salvar siguiendo a una cabeza visible en la Iglesia. Y esto es muy importante que se entienda.

La Iglesia es la Jerarquía, y es Ella y sólo Ella la que tiene el poder de llevar al cielo: santificar las almas. Tiene la triple potestad. Pero esta potestad sólo funciona cuando el Papa posee las llaves del Reino de los Cielos. Si no tiene esas llaves, los demás carecen de todo poder en la Iglesia.

Ahora, si quieren salvarse, tienen que seguir a la Cabeza invisible de la Iglesia, que es Jesús. Y quien no tenga profunda oración, quien no haga ayunos, penitencias y sacrificios por sus pecados, no podrán entender qué Dios quiere de su vida para este tiempo tan oscuro, y no podrá luchar contra los enemigos de la Iglesia que son ya visibles en Roma.

Toda esa Jerarquía a la que muchos siguen teniendo esperanza, ya no valen para sus almas. Son muy pocos los sacerdotes que ven la situación de la Iglesia y que ponen un camino a las almas para que salgan de una iglesia que no es la de Pedro, sino la del demonio. La iglesia de un falso pedro, con un falso evangelio, con un falso cristo. Y eso se levanta en Roma con la aprobación de la misma Jerarquía.

Mayor Justicia no puede venir a Roma: dentro de poco, los rusos ondearán la bandera en el Vaticano.

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