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La significación de lo sagrado en la Misa

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«… el nuevo Ordo Missae… se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio. Las razones pastorales atribuidas para justificar una ruptura tan grave, aunque pudieran tener valor ante las razones doctrinales, no parecen suficientes… Es evidente que el nuevo Ordo Missae renuncia de hecho a ser la expresión de la doctrina que definió el Concilio de Trento como de fe divina y católica, aunque la conciencia católica permanece vinculada para siempre a esta doctrina. Resulta de ello que la promulgación del nuevo Ordo Missae pone a cada católico ante la trágica necesidad de escoger entre cosas opuestas entre sí». (Breve Examen crítico del Novus Ordo Missae, Carta de presentación 1.; n. VI, Card. Ottaviani y Bacci, Corpus Christi 1969).

La gran abominación del Santo Sacrifico de la Misa quedó oficialmente decretada el día 3 de abril de 1969, un Jueves Santo.

En esa fecha se promulgó el nuevo Ordo Missae, que es una obra de apostasía, de alejamiento de la verdad de la misa como Sacrifico de Cristo, y que ha sido obrada por todo el clero católico, y apoyada por todos los fieles en la Iglesia.

Toda la Iglesia, en el nuevo Ordo, ha roto la ley de Dios, y sobre Ella ha caído la maldición, «por los pecados de sus profetas, por las iniquidades de sus sacerdotes, que demarraron en medio de Ella sangre de justos» (Lam 4, 13).

Lo que Trento fijó como una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar la integridad de la misa, ese decreto lo echó por tierra, haciendo inútil la verdad que la Iglesia había vivido hasta ese momento, y produciendo el comienzo del tiempo de la apostasía de la fe, dentro de la Iglesia Católica, persiguiendo así a los justos que quieren hacer bien las cosas en la misa.

Cincuenta años contemplando misas inválidas. Y esto cuesta entenderlo a muchos católicos.

Lo que se decretó fue una ruptura tan grave que el católico tiene que elegir y tiene que exigir a la Jerarquía que celebre como antes de la publicación de ese decreto.

Ese decreto fue el inicio de lo que el Anticristo, en medio de la semana, llevará a su perfección: instalar la Abominación de la Desolación en el Templo, quitando el Sacrifico y la Oblación (cf. Dn 9, 27).

El sacerdote, para celebrar su misa, tiene que pronunciar con la debida intención las palabras de la consagración. De esta manera, el sacerdote representa y hace las veces de la Persona de Jesucristo, la cual es la que realiza el Sacrificio que se obra en el Altar.

Sin esta intención, Jesucristo no puede ofrecerse a Sí Mismo por ministerio del sacerdote; es decir, no se consagra, no se obra el Misterio del Altar, sino que sólo aparece un hombre que actúa como hombre, sin el poder divino, obrando sólo lo humano.

La intención es un acto deliberado de la voluntad, por el cual alguien quiere hacer u omitir algo.

La acción sacramental es un acto verdaderamente humano. Para obrar un Sacramento, se necesita que el ministro haga lo que hace la Iglesia, es decir, obre aquel rito que se hace en la Iglesia.

Este rito no es un simple rito externo, sino que es:

  1. sagrado,
  2. y es un sacramento que produce la gracia.

Es necesario que el ministro no sólo quiera realizar un rito externo, sino que se exige que se realice como sagrado, que se dé lo sagrado, que se obre lo sagrado, que se manifieste, en las palabras y en todas las acciones litúrgicas, lo sagrado.

La realidad externa del rito se puede separar de la realidad sagrada de éste. Son dos realidades diferentes.

Si el ministro sólo expresa las palabras materiales del rito, obra sólo lo externo del rito sin querer obrar lo sagrado, sin hacer referencia a lo sagrado, en un contexto más o menos litúrgico, con oraciones aprobadas pero que no tienen o han perdido la referencia a lo sagrado, entonces no puede obrar el Sacramento. Lo que hace sería inválido, ya que su intención es sólo material, se ciñe al rito externo: sólo dice las palabras o actúa según un papel que ha aprendido.

Para obrar el Sacramento, el ministro tiene que tener la voluntad auténtica de obrar lo sagrado, que además confiere también la gracia. Lo sagrado lleva a la gracia; lo profano es siempre un obstáculo para la gracia.

Un ministro que obra dentro de un contexto sagrado, con oraciones, palabras, acciones, que llevan a lo sagrado, es decir, que son plataforma para dar culto verdadero a Dios, se presume que tiene la intención formal de hacer lo que hace la Iglesia: está obrando el Sacramento y, por lo tanto, la misa es válida y produce la gracia.

Pero un ministro que obra dentro de un contexto profano, el cual ha perdido el carácter de lo sagrado –como es el nuevo Ordo- , realiza acciones o pronuncia palabras que no llevan a dar culto a Dios, entonces no se puede presumir la intención formal del sacerdote. El fiel tiene que discernir su intención.

El sacerdote puede tener la intención formal, interna, de hacer lo que hace la Iglesia, pero lo obra en un contexto profano, como es el nuevo Ordo Missae, entonces, la misa es válida, por la intención formal del ministro, aunque el contexto sea profano o no absolutamente sagrado. Por eso, no todas las misas del nuevo Ordo Missae son inválidas: algunas son salvadas por la intención formal del sacerdote.

Pero aquel sacerdote que sólo tiene la intención material, es decir, que sólo obra lo externo del rito, en un contexto profano, como es el nuevo ordo, es inválido lo que hace. No está celebrando una misa. Su intención material, la cual no es interna, lo impide.

Un sacerdote que se vista de payaso o con otras vestiduras no adecuadas a lo sagrado, o que introduce oraciones y obras profanas e incluso mundanas, como bailes dentro de la misa, ya sea al principio o al final, o actuaciones del público en medio de la misa, etc…, no puede tener voluntad de obrar lo sagrado del rito. Y, por lo tanto, esas misas son inválidas, aunque se digan correctamente las palabras de la consagración.

Hay que tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia obrando el rito sagrado. No basta buscar el rito externo de las palabras o de las acciones.

Incluso en un contexto absolutamente sagrado, tradicional, el ministro puede tener sólo una intención material, es decir, no quiere realizar el Sacramento, sino sólo llevar a cabo una simulación, una apariencia externa del Sacramento. Entonces, al no haber intención formal, el Sacramento no puede darse.

El contexto sagrado no basta para consagrar el Misterio, para hacer válida una misa.

Celebrar una Misa no es simplemente decir unas palabras u obrar una serie de acciones externas, sino hacer todo eso con la significación sagrada que quiso Jesucristo.

Coger un pan y un cáliz y pronunciar unas palabras, incluso en un contexto sagrado y tradicional, no significa que se esté celebrando una misa.

Hay que dar, en todo eso, la significación sagrada.

Es la intención formal del sacerdote lo que hace estar presente a Cristo en la Eucaristía.

Con la introducción de la nueva misa, se han ido celebrando en toda la Iglesia misas con sabor a protestante, violando la materia y las formas sagradas, poniendo otras que no son verdaderas. Todo lo sagrado ha quedado protestantizado.

La nueva misa no manifiesta la fe en la Presencia real de Jesucristo, sino que se ha convertido en un paganismo, un socialismo, un invento más de la masonería eclesiástica.

La Eucaristía no exige la santidad del sacerdote, ya que éste obra como Vicario de Cristo, es decir, con el mismo poder de Jesucristo mismo (= realiza una acción vicaria de Cristo), pero sí es necesario que el pecado del sacerdote no cambie esencialmente la materia o la forma del Sacramento, o anule su intención formal.

Un sacerdote que viva continuamente en el pecado de herejía o de apostasía de la fe se puede presumir que no tiene intención de realizar un signo sagrado en el Altar, porque no cree en lo sagrado. Si no cree, no tiene voluntad de obrar lo sagrado ni de conferir la gracia. Estos dos pecados, el de herejía y de apostasía, anulan el Sacramento del Altar, al anular la intención del ministro. Si no se quiere lo sagrado, si no se busca lo sagrado, si no se da esta voluntad en el sacerdote, ¿cómo Cristo puede bajar al Altar?

Muchos sacerdotes y Obispos viven no sólo en pecado mortal, lo cual no es impedimento para hacer válida una misa, pero sí viven en una gran apostasía de la fe, siguiendo muchos errores y alimentándose de muchas herejías. Éstos no pueden celebrar una misa válidamente, puesto que su pecado les impide ser instrumentos de Cristo. Tienen el poder de consagrar, pero no quieren obrarlo como Cristo quiere, buscando el significado de lo sagrado que Jesucristo quiso en su Misa, en el Calvario. No quieren obrar una acción sagrada, es decir, no quieren dar culto verdadero a Dios en eso que realizan.

Para dar culto a Dios en una misa, ésta debe considerarse como un sacrificio, no como un banquete pascual en el cual se come a Cristo. La significación sagrada del rito de la misa está en que es el memorial de la muerte y resurrección de Cristo. El sacerdote o el Obispo que, por su pecado, anule su intención de hacer la misa como Sacrificio de Cristo, y sólo la realice como banquete, no consagra válidamente.

Esto es muy común, hoy día, entre la Jerarquía católica. Creen en el misterio del Altar, pero su pecado les lleva a celebrar misas para el pueblo, para que los fieles se fortalezcan en la mesa del Señor, para una alabanza o una acción de gracias o un memorial que se debe realizar cada ocho días, o para que el pueblo se ofrezca a sí mismo a Dios, sus vidas, sus obras, en la misa. Éstas son misas inválidas porque el pecado del sacerdote cambia su intención formal, dejando de buscar el significado sagrado en la misa.

En la Misa se ofrece a Dios el Sacrificio de la Cruz, no un sacrificio de alabanza o de acción de gracias, o una mera memoria de lo que pasó en el Calvario, anulando así el carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa. El sacerdote que no busque esto en su misa, por más que crea o pronuncie correctamente las palabras de la consagración, carece de la verdadera intención, que es dar a la misa el significado de lo sagrado, que es el significado del Sacrificio de la Cruz.

La Eucaristía no depende de la fe del sacerdote: un hereje, un pagano, puede obrar una misa válidamente. No influye per se, por si misma, formalmente, la falta de fe en un sacerdote para la validez de una misa. Pero si esa falta de fe vicia la misma intención o las palabras de la consagración, entonces se hace inválida la misa.

Un sacerdote hereje, que no cree en lo sagrado del Altar, que no cree en Dios, que le da culto de muchas maneras o idolatra a otros dioses, pervierte su intención formal: ya no persigue el significado sagrado del rito, o no cree que el Sacramento confiere la gracia como obra de Cristo, entonces su misa es inválida.

Un sacerdote hereje o apóstata de la fe que celebre una misa para paganos, homosexuales, para otros herejes, etc…, aunque pronuncie correctamente las palabras de la consagración, no celebra la misa porque va a dar la Eucaristía a los perros. Da una cosa sagrada y divina a personas que están en sus vidas de pecado. Su intención está viciada por su falta de fe. Cuando un sacerdote, en una santa misa, profana las cosas sagradas, no sólo está cometiendo un pecado mortal, sino que está viciando, pervirtiendo su intención al consagrar.

Muchos sacerdotes transvasan su herejía o su vida de pecado a la intención necesaria para consagrar, cambiándola, anulándola o pervirtiéndola. Sólo hacen una obra de teatro, pero no una misa.

Un sacerdote que predica una homilía llena de herejías, de errores, de mentiras, de engaños, anulando así la oratoria sagrada, olvidando que es sacerdote para enseñar lo sagrado, para guiar en lo sagrado y para hacer caminar a las almas hacia el culto verdadero a Dios, ¿cómo después va a poner a Cristo en el Altar? Su homilía herética, en la cual no se significa lo sagrado, ha pervertido su intención formal. Sólo hará misas inválidas.

En un contexto litúrgico en el cual:

  1. se ha retirado el sagrario del centro del templo y se ha colocado el asiento del sacerdote celebrante, haciendo que el hombre ocupe el puesto de Dios en el Templo, y que la misa se convierta en un encuentro humano, fraternal, siendo el sacerdote el animador o el director litúrgico;
  2. se ha orientado el altar hacia el pueblo, para que el sacerdote ya no mire a Dios, sino al pueblo, convirtiendo la misa en una mera reunión de oración;
  3. el altar hecho una mesa para una cena fraterna, anulando el significado de altar para un sacrificio expiatorio;
  4. se ha suprimido el antiguo ofertorio, en que se ofrecía a Cristo como víctima al Padre, por una preparación de los dones, en que sólo se ofrece pan y vino sin referencia a lo sagrado;
  5. se han suprimido muchas oraciones que aludían al sacrifico propiciatorio por los pecados y numerosas señales de la cruz, haciendo de la misa una reunión en memoria de una cena, pero no un Sacrificio en memoria de la Cruz;
  6. se presenta la consagración como una narración, un relato, un cuento, que es un impedimento para que el sacerdote se ponga a obrar el misterio, actúe la renovación, incruenta, pero real del divino sacrificio;
  7. se ha abolido el lenguaje sagrado del latín, en donde se manifestaba el misterio del Altar y las palabras que el sacerdote dirigía a Dios, para llenar la misa de palabras y pensamientos humanos, incapaces de profundizar en la verdad de lo sagrado;
  8. se ha suprimido la confesión de los pecados, el confiteor, y la absolución sacerdotal, cambiando el significado sagrado del sacerdote como juez y mediador ante Dios, como un hermano más entre la asamblea, que abraza a todos porque son hombres como él;
  9. las lecturas bíblicas las pueden efectuar los simples laicos, incluso mujeres, suprimiendo el orden clerical, al cual se reservaba las cosas del Altar, abriendo así la puerta de lo sagrado a todo el mundo para su profanación;
  10. se han quitado las oraciones que el sacerdote hace en voz baja, propias de su oficio, dejando sólo lo común entre el sacerdote y el pueblo, para acentuar más la comunidad de fieles;
  11. se ha suprimido toda clase de genuflexiones, porque entre hombres ya no hay que someterse a Dios, inclinar la cabeza, caer rostro en tierra en adoración a Dios. Se da culto al hombre, no a Dios;
  12. la administración de la comunión es hecha ordinariamente por los fieles, hombres y mujeres;

En este ambiente, propicio para las cosas humanas, naturales, profanas, mundanas, materiales, si el sacerdote no tiene una intención interna, formal, de buscar la significación de lo sagrado en el rito que hace, nunca va a celebrar válidamente una misa.

Muchos católicos son engañados por la Jerarquía que ha acomodado las leyes de Dios a su capricho, a las modas de los hombres, a sus culturas, a sus maneras de entender lo divino y lo sagrado.

La gran abominación pesa sobre toda la Iglesia y, en estos acontecimientos que se suceden en la Iglesia con un usurpador, hay que volver a lo antiguo en la misa, que es lo que salva y santifica a las almas.

La Iglesia es Cristo. Y Cristo, sufriendo en el Calvario. Cristo se entregó a los Apóstoles para que lo comieran y bebieran, e hicieran ellos lo mismo. Cristo ha dado poder a Su Jerarquía para que obren, en una Misa, lo mismo que Él obró en el Calvario.

Es necesario que la Jerarquía crea en este Misterio. Pero no se trata de tener una fe divina o una fe católica. Se trata de tener la misma voluntad que Cristo tiene. Para eso, el sacerdote tiene que desprenderse de su voluntad humana, para conformarse con la Voluntad de Cristo.

Este desprendimiento interesa a la intención del sacerdote, es decir, a su forma de obrar en una misa los Misterios Divinos.

Cuanto más apegado esté el sacerdote a su voluntad, su intención se vuelve sólo material, externa, buscando sólo el significado de lo profano, de lo humano, de lo que no sirve para salvar.

Cuando más libre es el sacerdote de su propia voluntad, cuanto más se abandona a la Voluntad de Dios en su ministerio, entonces puede obrar lo divino en una misa.

En la misa, todo está en la intención con que se consagra. Por eso, son muchas las misas que se invalidan por la intención del ministro, no por su fe o por la pronunciación correcta de las palabras de la consagración.

Ahora es más fácil discernir las verdaderas misas de las falsas, porque un usurpador está como jefe de la Iglesia. Y ese usurpador no busca lo sagrado en la Iglesia, no quiere que los sacerdotes celebren la misa tradicional, y condiciona a todos para desmantelar más lo que es una misa.

Busquen misas tradicionales. Es tiempo de ir dejando las misas del nuevo ordo en donde se vea que se ha perdido la intención, en el sacerdote, de buscar lo sagrado, de llevar a lo sagrado, de exponer lo sagrado.

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Próxima ordenación de un sacerdote homosexual

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El «Hombre impío» (2 Ts 2, 3) está a punto de surgir de las tinieblas.

Y tiene necesidad de una humanidad impía, de hombres rebeldes que, habiendo nacido para ser luz, «prefieren las tinieblas» (Jn 3, 19) y, estando predestinados para la vida eterna, buscan la muerte, «la llaman con sus obras y palabras» (Sab 1, 19), y la muerte les viene a las manos como recompensa de lo que son sus vidas.

Muerte eterna es lo que merecen muchos en la Iglesia, porque son insensatos, «siervos inútiles, infieles y haraganes» (Mt 25, 26.30), se acomodan a los pensamientos y al estilo de vida del mundo, no luchan por conquistar la verdad, desprecian la verdad que han conocido, viven la vida como si jamás se hubieran de morir, y ya no quieren convertirse de corazón al Señor.

Hombres obstinados en el pecado, que pretenden dirigir una iglesia de pecadores y de gente insensata.

El Cardenal Maradiaga, hereje manifiesto, perteneciente al gobierno horizontal instalado por Bergoglio en el Vaticano, declaró que existe un lobby gay en el Vaticano:

«… llegó hasta a haber un lobby en este sentido. Esto, poco a poco, el Santo Padre trata de irlo purificando, son cosas…» ( El Heraldo)

«… trata de irlo purificando…»: ¿cómo se puede purificar un grupo de Cardenales, Obispos y sacerdotes homosexuales si Bergoglio no es quién para juzgarlos? Si no hay justicia, no hay purificación, no hay expiación, no se resuelve ningún problema.

Este hombre iracundo, que se ufana de tener el poder de Dios y que desprecia la verdad cuando se la dicen a la cara:

« ¡Todo el poder me ha sido dado a mí! ¡Yo soy el que monto el espectáculo aquí. ¿Quiénes se han creído que son esos Cardenales? Yo les quitaré sus sombreros rojos» (Onepeterfive)

Este hombre es incapaz de poner orden, no purifica nada, sino que él mismo ampara una red de silencios y de encubrimientos sobre sus estilos de vida, sus escándalos y enredos.

Bergoglio no corta la mala cizaña, sino que la presenta con otra cara, con un lenguaje apropiado para la masa católica.

Es claro, que tanto Bergoglio como Maradiaga son cómplices de este lobby porque no han hecho nada, en su gobierno, ni para depurarlo ni para purificarlo, sino que – al contrario- lo están aumentando con la manga ancha y concesiones.

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Muchos católicos no han comprendido que si se permiten que un hombre maricón, homosexual, sea ordenado de diácono -y pronto de sacerdote-, rasgarse las vestiduras sobre los escándalos de los curas pederastas es propio de fariseos y de hipócritas.

Jason Welle, SJ, de la compañía de Jesús, fue ordenado diácono el pasado 24 Octubre, por el Obispo Michael C. Barber, también perteneciente a la Compañía.

Este hombre, que ha puesto en su página de twitter la bandera gay, trabaja para el LGTB Católico, haciendo entrevistas con gente que está a favor del sacerdocio homosexual y de las religiosas lesbianas dentro de la Iglesia Católica.

Aquí tienen una entrevista con el disidente homosexual, Arthur Fitzmaurice, en un video publicado por el ministerio jesuita, América Media:

A los pocos meses de su ordenación diaconal escribió un artículo para el Jesuit Post, sitio web plagado de propaganda homosexual, titulado: “El amor gana”.

Welle se regocija de la reciente sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos:

«… el Tribunal Supremo ha dictaminado que el matrimonio debe ser considerado un derecho civil para todas las parejas, sin excepción. Esta semana, miles de parejas en los Estados Unidos no tendrán que soportar una vida de secretismo y de inseguridad jurídica. Esta decisión significa que sus uniones están respaldadas por la ley. Sus familias serán tratadas por igual por los estados, no van a arriesgarse a perder a sus hijos y los bienes porque alguien desaprueba su unión».

Un hombre que sólo le interesa en la vida aquella ley del hombre que es una abominación, que va en contra de la ley natural y divina. Pero que no le importa lo más mínimo la norma de moralidad ni el magisterio auténtico de la Iglesia:

«Sé que seguirá habiendo objeciones por parte de los que creen que las relaciones homosexuales y lesbianas son inmorales o que los matrimonios del mismo sexo no pueden simplemente ser reconocidos como matrimonios apropiados, entre ellos los hermanos católicos y otros estadounidenses de buena voluntad».

Los católicos objetarán, pero yo no objeto, porque no me interesa la doctrina de Cristo ni lo que enseña la Iglesia Católica sobre la homosexualidad. Yo estoy construyendo otra iglesia con mi ídolo Bergoglio.

¿Cómo un hombre así, que abiertamente va en contra de la fe católica, ha sido ordenado de diácono y se dispone a recibir el sacerdocio?

¿Dónde está la purificación del lobby gay vaticano?

En ningún sitio. Todo es obra del lobby gay.

Es un cambio de cara:

«En esas discusiones, es necesario, por ejemplo, reconocer la unión de personas del mismo sexo, porque hay muchas parejas que sufren porque no se reconocen sus derechos civiles; lo que no se puede reconocer es que esa pareja sea un matrimonio.» (Entrevista al Arzobispo Marini – La nación, 20 abril 2013).

Sí a las uniones civiles, no al matrimonio religioso. La noción heterosexual del matrimonio no se debe imponer a las parejas homosexuales. Hay que atender a sus problemas humanos, no hay que predicarles ni el verdadero matrimonio ni la verdadera orientación sexual. Se trata de tolerancia, de aceptar la abominación por parte de la sociedad. Es la sociedad, no ellos, la culpable de no acoger a los homosexuales como diferentes.

Estas parejas sufren el acoso legal. Y hay que buscar una ley acomodada a su situación civil. No interesa la moral, no hay que insistir en la inmoralidad, porque a estos hombres no hay que salvarles el alma, sino que hay que ponerles el camino para que no se arrepientan más.

Esta es la impiedad de la Jerarquía: ya no salvan almas. Ahora, se dedican a ser libertadores de los derechos humanos, civiles, sociales, políticos.

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«Es alentador ver la ola de apoyo a los matrimonios homosexuales. Muestra una sociedad que aspira a una tolerancia abierta de todo tipo de personas, el deseo de que vivamos juntos en la aceptación mutua» (P. Timothy Radcliffe, homosexual dominico, consultor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz).

Para este hombre, hay que olvidar la moral, no hay mandamientos divinos, no existe una ley natural:

«No podemos empezar con la pregunta de si [el matrimonio homosexual] está permitido o prohibido».

Es necesario apelar a una nueva moral:

«Debemos preguntarnos qué significa, y hasta qué punto es eucarístico. Ciertamente, puede ser generosa, vulnerable, tierna, mutua y no violenta. Así que de muchas maneras, pensaría que ésta puede ser expresión de un regalo de Cristo».

Si la homosexualidad es un regalo de Cristo, si está llena de un amor eucarístico, entonces el lobby gay vaticano también es un regalo de Cristo. No hay que ni depurar ni purificar nada.

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Por eso, hay que ordenar otros sacerdotes al estilo Charamasa. Sacerdotes que se dediquen a las uniones civiles, y que vayan preparando el terreno para meter en la Iglesia el matrimonio religioso entre homosexuales.

Es un cambio de cara.

Es lo propio que ha traído el gobierno masónico de Bergoglio: un gobierno político, que hunde sus raíces en las libertades del hombre buscadas sin un fin último, al margen de la Voluntad de Dios, apostatando de toda verdad, incluso la propia de la naturaleza humana.

Con los Sínodos del 2014 y 2015, el lobby gay ha crecido en poder e influencia en toda la Iglesia. El Arzobispo Bruno Forte fue el que insertó los pasajes sobre la homosexualidad a espaldas de los Padres Sinodales. Y lo hizo actuando en nombre del lobby gay. No fueron acciones aisladas, sino bien planeadas por la cúpula del Vaticano.

Es un secreto a voces que la mayoría de los clérigos del Vaticano son homosexuales. Y es esta gente abominable la que ejerce presión para cambiar la doctrina en la Iglesia.

¿Cuándo fue la última vez que se escuchó a un sacerdote hablar de pecados sexuales desde el púlpito? Es la influencia del lobby gay. Desde Roma mandan no predicar sobre ninguna cuestión sexual. Ahora, todo es tolerancia, fraternidad, dialogo. Y, por eso, el lobby gay no sólo existe en Roma, sino en todas las diócesis del mundo. Basta con contemplar la Conferencia Episcopal Alemana después del Sínodo.

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Los Obispos alemanes están promoviendo la homosexualidad activa, sin reservas, para que sea el puente que conduzca a la participación de los homosexuales en todos los sacramentos de la Iglesia.

Están erigiendo la estatua del ídolo de la ideología del género, socavando el magisterio católico.

«Sal de ella, pueblo mío, para que no os contaminéis con sus pecados y para que no os alcance parte de sus plagas; porque sus pecados se amontonaron hasta llegar al cielo» (Ap 18, 4-5).

Bergoglio tiene la misión de poner el camino para llegar al pecado perfecto dentro de la Iglesia: ese pecado que condena al alma en vida, sin posibilidad de arrepentimiento.

Muchos católicos se preguntan: ¿Hasta dónde va a llegar este hombre? Hasta el pecado perfecto. Hasta poner la Iglesia en manos del Anticristo.

Si Bergoglio ha llegado a blasfemar contra el Espíritu Santo, sus obras en la Iglesia son propias de este pecado: él condena almas en todo lo que hace. Él cierra el camino de salvación. Y lo cierra totalmente. Por eso, este hombre no puede salvarse si no deja lo que está haciendo y se retira a un monasterio para expiar sus pecados. No lo va a hacer. Él busca la muerte eterna del alma.

«Los impíos, con las obras y las palabras, llaman a la muerte; teniéndola por amiga, se desviven por ella; y con ella conciertan un pacto, pues bien merecen que la muerte les tenga por suyos» (Sab 1, 16).

Bien merece que Bergoglio se condene. Es lo que vive actualmente: su condenación en vida. ¡Ojalá se muera pronto y se condene!

Esto es lo que no comprenden muchos católicos que siguen teniendo a este hombre como su papa. Y esto es también obra de Bergoglio.

Si Bergoglio obra como un impío, el pueblo se hace idólatra, ya no comprende la verdad porque sigue a un ciego que se ceba siempre en sus propios pecados. Muchos católicos ya comienzan a reírse de las palabras conversión y arrepentimiento, porque tienen un ejemplo a seguir en ese hombre. Y esas risas están preñadas de soberbia y de altivez. Y darán un fruto: la persecución y la muerte de todos aquellos que confiesan la fe en Jesucristo.

Los hijos fieles siempre han sido perseguidos y ajusticiados, pero los que sembraron iniquidad cosecharon desgracias, y atrajeron sobre sí el castigo de sus muchos pecados. Los hechos de Sodoma y Gomorra son un testigo fiel, no sólo de la estulticia humana, sino de la justicia divina. Porque tan grande es el Señor en Su Misericordia como en Su Justicia.

Hay que salir de Roma; hay que salir de las parroquias. Están todas a una, unidas en la impiedad.

Comulgar con las ideas de Bergoglio, tenerlo como papa, es contaminarse con los pecados que ese hombre irradia cada día, y tener una espada de justicia colgando sobre la cabeza.

Quien reniega de Cristo, él sólo se juzga; quien desprecia su doctrina, es un réprobo; pero quien peca contra el Espíritu Santo, es reo de condenación eterna; no precisa, por tanto, ser juzgado, porque juicio y sentencia condenatoria penden de su cabeza.

El pecado debe ser eliminado de la vida, porque sólo «los limpios de corazón verán a Dios». Los que viven en sus pecados no pueden descubrir el reino de Dios que está en las profundidades del alma, porque Dios sólo está en aquellos que lo aman y en los que lo reciben sacramentalmente en su corazón.

Dios no está en aquellos que hacen de su vida una obra del pecado, ni en aquellos que no disciernen lo que comulgan.

Dios no está en una Iglesia que no sabe discernir al homosexual, que no elimina el pecado, sino que se hunde, cada día con más fuerza, en él.

No se puede obedecer a una Jerarquía que ama la abominación de la homosexualidad, que alardean de justos, y por doquier derraman injusticias; se creen libres, y son esclavos de los más bajos instintos; defienden los derechos humanos, y privan a los más débiles del derecho más elemental, que es la vida; enarbolan la bandera de la paz y hablan palabras sentidas de amor, de misericordia, ante los hombres, pero mienten, porque profanan el amor.

Cristo es profanado en toda la Jerarquía que comulga y obedece a Bergoglio.

La Iglesia es socavada por todos aquellos que prefieren las obras de los hombres a las del Espíritu.

Bergoglio es un caos en la Iglesia y lleva a todos hacia el caos

Gematría de Bergoglio

«Tantos proyectos, excepto los pecados propios, pero tantos, tantos proyectos de deshumanización del hombre, son obra suya, sencillamente porque odia al hombre» (ver texto).

Esto es el caos en la doctrina, y ¡qué caos! ¡Vaya mente retorcida tiene este hombre!

Tantos proyectos de deshumanización del hombre son obra del demonio, menos los pecados propios.

«Para mí el pecado no es una mancha en el alma que tengo que limpiar» (El Jesuita – Entrevista con el Cardenal Bergoglio – pag 100).

Y, entonces, ¿qué es el pecado para Bergoglio?

«el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado» (Ib).

¿Han captado la herejía?

El pecado es un lugar, no un estado del alma. ¡Esta es la herejía!

Vayamos a ese lugar, en donde uno se encuentra con Jesús, y así descubrir que Él me ha salvado. Esta palabrería última es lo de menos en Bergoglio. Su herejía es definir el pecado como un lugar. Ya el pecado no es una obra demoníaca en el alma, en que deja al alma en el estado de pecado, del cual tiene que salir si quiere salvarse. No es un estado, sino un lugar. Y, por eso, dice su otra herejía del principio: los pecados propios no son obra del demonio, porque no existen. Voy al encuentro con Jesús y ya estoy salvado. Sólo tengo que preocuparme de los asuntos sociales, históricos, económicos, culturales, políticos, porque esos sí son obra del demonio.

¿Han visto la jugada tan hábil de este hombre? ¿Ven cómo engaña a toda la Iglesia con su palabrería barata y blasfema?

¿Cuándo van a discernir lo que es Bergoglio?

Un narrador de fábulas en la Iglesia; un cuenta cuentos; un entretenimiento para la masa pervertida y tibia; un astuto en la palabra, pero impío en sus obras.

Bergoglio niega o mal interpreta las verdades bíblicas porque aplica el principio protestante de la libre y personal interpretación de las verdades reveladas. Y, por eso, Bergoglio es maestro de su cabeza humana, pero es incapaz de enseñar la misma doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles. ¡Incapaz!

Toda esta homilía es un absurdo, ¿pero qué cosa no es absurda en la mente de este hombre? ¿Qué cosa no es absurda en el estado actual de la Iglesia?

¡Han puesto a un absurdo en el gobierno de la Iglesia! ¡Un maleante! ¡Un descarado sinvergüenza que no le importa hablar en contra de la divinidad de Jesús porque se ha creído él mismo el más sabio de todos los hombres!

«Jesús, cuando se lamenta – ‘Padre, ¡por qué me has abandonado!’ – ¿blasfema? El misterio es éste. Tantas veces yo he escuchado a personas que están viviendo situaciones difíciles, dolorosas, que han perdido tanto o se sienten solas y abandonadas y vienen a lamentarse y hacen estas preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué? Se rebelan contra Dios. Y yo digo: ‘Sigue rezando así, porque también ésta es una oración’. Era una oración cuando Jesús dijo a su Padre: ‘¡Por qué me has abandonado!’» (ver texto).

Todo este párrafo es una blasfemia contra la Divinidad de Jesús. Y es clara su blasfemia. Pero, en la mente de este hombre, Jesús no es Dios, no es una Persona Divina, sino que es una persona humana: «Jesús no es un Espíritu; es una persona humana, un hombre como nosotros, pero en la gloria» (28 de octubre 2013).

Como Jesús no es el Verbo Encarnado, sino que es una persona humana, entonces Jesús tiene su noche oscura en el huerto y en la Cruz: «Y Jesús ha hecho este camino: de la noche al Monte de los Olivos hasta la última palabra de la Cruz: ‘Padre, ¡por qué me has abandonado!’”» (ver texto). Jesús es como todos los demás santos, que tienen sus pruebas contra la fe. Y sienten al demonio que de muchas maneras los tientan en sus vidas y en la hora de la muerte.

Como Jesús es un hombre, y un hombre perfecto, para Bergoglio: «Jesucristo que es la perfección de la humanidad, el más perfecto» (ver texto); entonces «hay tantos ‘Jesús que sufren, que están por doquier’» (ver texto). No te tienes que fijar en los sufrimientos de Cristo, sino en los sufrimientos de todos los hombres, porque son otros Jesús que sufren. La Obra de Expiación de Jesús anulada completamente.

Tengan en cuenta que, cuando se niega la Divinidad de Jesucristo, se niega todo lo demás: su Obra Redentora y Su Iglesia. No queda en pie nada. Ni un dogma. Ni una Verdad Absoluta.

Bergoglio, en sus escritos, aplica también otro principio: entender e interpretar la Revelación según el desarrollo de los tiempos, de las culturas, de las ciencias, del progreso del mundo. Esto es habitual en él. Es su evangelio del encuentro, su cultura del encuentro.

Para este hombre son los pueblos los que según el grado de su civilización tienen que adaptar la Revelación, los dogmas, la Iglesia, a las exigencias que viven en los diferentes momentos de su historia. Es antes el hombre, sus problemas, su vida, lo que interesa resolver, pero nunca vivir ni obrar la Verdad Absoluta. Nunca tener un dogma como el fin de la vida, como el norte. Son los problemas, las circunstancias de la vida, los que marcan el fin del hombre, su centro. Y, por tanto, ya no se vive para salvar el alma, sino para solucionar problemas humanos, intereses del mundo, visiones totalmente contrarias a la Voluntad de Dios.

En esta homilía, Bergoglio lleva al encuentro con los sufrimientos de todos los hombres. Hay que fijarse sólo en eso: «tantos hermanos y hermanas que padecen el exilio de sí mismos, en la oscuridad y en el sufrimiento, sin esperanza a la mano» (Ib). ¡Hay tanta gente que sufre! Bergoglio es el llorón de la vida de los hombres. Sólo ve al hombre y sólo le importa la vida del hombre. No le interesa la vida divina ni espiritual. Y esto le viene sólo por anular la Divinidad de Jesús, que le lleva a la anulación del Evangelio de Jesús, para inventarse su nuevo evangelio: el del encuentro con los hombres, con sus alegrías, con sus sufrimientos, con sus culturas, sus obras y vidas del mundo.

Entonces, Bergoglio dice: como Jesús oró de esa forma: ¿Por qué me has abandonado?, entonces se rebeló contra Dios. Y dice más: «Y yo digo: ‘Sigue rezando así, porque también ésta es una oración’».

¿Han visto la blasfemia? ¿Ven la clara herejía de este hombre? Te rebelas contra Dios: eso es bueno. Sigue rezando así: sigue rebelándote contra Dios.

¡Este es el pensamiento blasfemo de Bergoglio!

Es claro que no se le puede obedecer: ¿cómo en mi pecado puedo orar para seguir pecando contra Dios?

¡Este hombre es un caos! ¡Este hombre está loco de atar! ¡Este hombre no es católico! ¡Su doctrina es claramente protestante! «Pecca fortiter, sed crede fortius» (Peca fuertemente, pero cree más fuertemente).

¿No ven al mismo Lutero en Bergoglio?

La doctrina de Bergoglio es puro protestantismo. No es una doctrina católica. No está fundamentada ni en el Evangelio de Jesucristo, ni en los Santos Padres, ni en el Magisterio auténtico de la Iglesia, sino sólo en su maestro: Lutero.

¿Ven el desastre que hay en la Iglesia?

El derrumbe doctrinal está por toda la Iglesia, y durante cincuenta años se ha precipitado cada vez más hacia abajo hasta llegar a lo que tenemos y observamos en Roma: una Jerarquía que niega todo el Patrimonio de la Revelación, que niega los 20 siglos de Iglesia, y que está gobernando la Iglesia hacia su total destrucción.

¿No se han dado cuenta de este punto tan fundamental? ¿No se dan cuenta de que ya no es posible la oposición a una Jerarquía hereje porque son ellos mismos los que gobiernan, los que deciden en la Iglesia? ¿No ven la jugada del demonio en poner a un Bergoglio para desatar el caos en el gobierno, en toda la Jerarquía? Soy yo, un sacerdote hereje, el que te gobierno, sacerdote tradicional: calla y obedéceme, porque si no te excomulgo. ¿Ven la jugada? La verdadera Jerarquía está obedeciendo a la falsa Jerarquía. ¡Este es el gran caos!

¿Quiénes son los consejeros de Bergoglio?

1. Bertello: fue uno de los que impidieron las reformas que intentó Benedicto XVI para limpiar las finanzas del Instituto para las Obras de Religión (IOR) o Banco Vaticano.

2. Errazuriz: El “New York Times” lo incluyó en una lista publica, como uno de los religiosos del Vaticano que habían encubierto casos de pederastia, concretamente el del clérigo Fernando Karadima. También hizo una petición para una entrevista al Gran Maestre de la Masonería, relacionada con este tema.

3. Gracias: modernista, escribió una conmovedora carta al grupo gay [homosexual] Queer Azaadi Mumbai -qam, porque un sacerdote había llamado a la homosexualidad “un gran pecado” y se oponía al “matrimonio gay”.

4. Marx: apoya a Kasper; sus palabras: «El Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no puede acabar con la discusión» sobre el tema de los divorciados que se han vuelto a casar y que será discutido (además de otras cuestiones relacionadas con la familia) durante el Sínodo extraordinario de 2014 y por el Sínodo ordinario de 2015».

5. O’malley: con grandes antecedentes de escándalos en Boston, promueve el modernismo, ecumenismo y dialogo interreligoso, que al final no es “dialogo” sino mezcla de doctrinas; recientemente le pidió a una pastora de la secta metodista, una Mujer tipo sacerdotisa, que ha “bautizado” niños, jóvenes en Massachusetts, New Hampshire, Florida, que le “reafirmara su bautismo”.

6. Pell: Modernista, defensor de la doctrina de Bergoglio, ha salido en defensa de éste en temas del aborto, la homosexualidad.

7. Maradiaga: en sus propias palabras: «ni el mundo es el reino del mal y el pecado -conclusiones obtenidas en el Vaticano II- ni la Iglesia es el único refugio del bien y la virtud. El modernismo fue, en muchas ocasiones, una reacción contra las injusticias y los abusos que menospreciaron la dignidad y los derechos de la persona».

8. Parolin quien no era grato a la Curia por las intrigas y los escándalos y fue alejado. Y ahora Bergoglio se lo devuelve como jefe de todos los que le habían exiliado. El nuevo Secretario de Estado ha revelado en sus primeras declaraciones una total sintonía con Bergoglio, más espiritual que dogmático, al relativizar, por ejemplo, temas como el del celibato eclesiástico recordando que “no es un dogma y puede ser cambiado”, o cuando afirma que a pesar de que la Iglesia nunca ha sido visto como una institución democrática, hoy, con Francisco debe impregnarse de “espíritu democrático”.

9. el Cardenal Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York , dijo : «que el papa francisco está pidiendo a la iglesia católica estudiar la posibilidad de reconocer las uniones civiles para parejas gay».

10. Christoph Schoenborn, el Cardenal de Viena, Presidente de la Conferencia Episcopal de Austria, es también un modernista apóstata; algunas de sus doctrinas: “en el colorido jardín de dios hay una variedad de colores. no todos que han nacido como seres masculinos se sienten como hombre, y lo mismo del lado femenino”.

11. El Cardenal Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo de los Obispos, quien dice: «es hora de actualizar la doctrina del matrimonio de la iglesia».

¿No se imaginan que va a pasar en el Sínodo?

Toda esta Jerarquía, que gobierna la Iglesia, está afirmando un número grandísimo de errores teológicos, dogmáticos y morales. Y con eso están aceptando cantidad de herejías que golpean mortalmente la Iglesia.

Son ellos, esa Jerarquía que actualmente está en el Poder, la que quiere disolver todo el dogma en la Iglesia, todo el gran patrimonio de la Revelación y de la entera Redención.

Ellos son los traidores: ellos que claman por una reforma en la Iglesia, que es sólo para su total degeneración.

Son hombres dotados de un sacerdocio, que los hace ser otros Cristo, y que sin embargo, obran en todo contra el mismo Cristo, contra su propio sacerdocio, contra la misma Iglesia que los ha engendrado. Van en contra de su misma vocación en la vida. Han perdido el sentido de su vida: están en la Iglesia para destrozarla, para llevar almas al infierno.

¡Esto es lo monstruoso! ¡Este es el caos de Bergoglio que ha encendido en toda la Iglesia!

Con Bergoglio, todo es confusión, produce un desatino en todo: no se alimenta en la Iglesia, no se vive en Ella, la Verdad Eterna e Inmutable, sino la verdad subjetiva de cada uno, las mentiras y los errores de cada uno. Todos los pecados están al descubierto y nadie los quita. Todo el mundo los aplaude, los justifica, los ensalza.

Los católicos tibios son los primeros en aplaudir este caos en la doctrina, porque este hombre les dice lo que piensan en su mente retorcida. Un Benedicto XVI ataba la mente del hombre. Benedicto XVI era intransigente en la doctrina. Un Bergoglio, con sus dudas, sus errores, sus mentiras, sus oscuridades, sus ambigüedades, desata las pasiones en los católicos, no sólo la soberbia, sino todos los demás pecados, porque habla al hombre para que peque en su vida, para que obre la maldad como si fuera una verdad, un bien en su vida.

La Iglesia, con Bergoglio, es como cada uno se la pinta en su cabeza; Cristo es como la mente de cada uno lo entiende; la gracia, los Sacramentos… todo es un relativismo, que se acomoda, que se adapta a los tiempos de cada hombre, a su vida, a su cultura, a su trabajo, a su ideal, a su historia concreta. No son los hombres, para Bergoglio, los que deben adaptarse a la Verdad Revelada; sino que es ésta la que hay que abajar, hay que profanar, hay que cambiarla, desarrollarla, para agradar la vida de cada hombre. Y, por eso, se bautizan a hijos de degenerados y se casa a homosexuales.

Con Bergoglio ya no existe la penitencia, el sacrificio, el infierno, el purgatorio, el merecimiento de las obras buenas… Eso no puede darse con un gobierno comunista, protestante y masónico, como el que vemos en el Vaticano. ¿Qué comunista muere por Cristo? ¿Qué masón adora a Cristo en la eucaristía? ¿Qué protestante lucha para quitar su pecado de la vista de sus ojos y así poder salvarse?

¡Todo con Bergoglio está trastornado! ¡TODO! ¡Es la degeneración de la verdad, cuyas consecuencias son el caos en la doctrina, en la liturgia, en la espiritualidad, en el gobierno de la Iglesia y del mundo! Si la Iglesia no enseña la Verdad, el mundo vive en la mentira siempre. Es la Iglesia la que siempre sujeta al mundo. Cuando la Iglesia se desboca, el mundo se convierte en un gran infierno.

Por eso, los demonios están por todas partes. Es lo que se palpa desde que Bergoglio se sentó en la Silla que no le pertenece. Y es lo que más se va a palpar después del Sínodo.

Nada grato es observar la realidad de la Iglesia actualmente; pero va a ser un horror estas Navidades para todos los católicos verdaderos. ¡Un gran horror!

La obra demoníaca de Francisco en el lavatorio de los pies

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«Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas» (Lc 6, 26).

Muchos no han comprendido la obra de Francisco en la Iglesia y, por eso, no saben atacarlo como falso Profeta, como anticristo, como uno que ha desfigurado y anulado la doctrina de Cristo.

Muchos no saben ver las obras de Francisco como herejía y como cisma, sino que las ven como un hombre que hace el bien en la Iglesia.

Muchos no atienden a las palabras de Francisco como fuente de división en la Iglesia, sino como una nueva primavera de amor y de unidad.

Francisco nunca ha querido en la Iglesia poner la caridad, la benevolencia y la humildad de Jesús, sino que todo su plan es poner lo que él piensa que es la caridad, la benevolencia y la humildad.

Éste es el punto: Francisco no tiene fe. Luego, lo que obra en la Iglesia es su pensamiento humano, su concepción humana de Cristo y de la Iglesia.

Y, por tanto, un hombre sin fe se enfrenta a toda la Tradición de la Iglesia, a todo el Magisterio de la Iglesia, a la Verdad Revelada.

Tiene que enfrentarse de forma necesaria, inevitablemente.

Por eso, lo primero que hizo ese hombre sin fe, que es Francisco, fue lavar los pies a dos mujeres, yendo contra toda la Tradición, contra el Evangelio y contra el Magisterio de la Iglesia. Es un pecado gravísimo que anunció lo que hay en el alma de Francisco.

Y eso lo ha repetido este año, de otra manera: lavó los pies de doce discapacitados de distinta edad, sexo, raza y religión.

Es la misma obra de pecado, la misma obra herética y cismática. Es no comprender el signo del lavatorio de los pies, y comenzar a hacer sus signos, sus obras, que no pertenecen a la Iglesia.

Muchos, al ver esta obra de Francisco, la aplauden, dicen que es una cosa buena, que Francisco tiene su buena intención para realizar esto. Es el engaño en muchos.

Un Francisco arrodillado ante doce hombres que sufren, que tienen una enfermedad, porque “la única herencia que nos ha dejado Jesús: ser servidores unos de los otros, ser servidores en el amor” (Francisco, 17 de abril de 2014), es ver al demonio a los pies de cada hombre. ¡Pobres discapacitados que son atados por el demonio en la mentira de la obra de Francisco! ¡Pobres almas que se han dejado engañar por el falso gesto de un hombre, que no sabe amar a los hombres, que no sabe servir con la verdad a los hombres, que no sabe dar a los hombres el auténtico camino hacia el cielo!

Si se lee la herética homilía que Francisco pronunció ese día, entonces se ve el gran teatro de este hombre en la Iglesia. Él es el bufón del demonio para llevar a la Iglesia hacia su autodestrucción.

Jesús se arrodilló ante sus sacerdotes. Un Papa verdadero tiene que imitar las mismas obras de Cristo: hay que lavar los pies a doce sacerdotes en la Iglesia. Esta es la única Verdad. Quien no obre esta Verdad es un mentiroso en la Iglesia. Y hay que llamarlo mentiroso, engañador, falsificador, porque no es otro Cristo, no imita las obras de Cristo en la Iglesia, sino que se pone a hacer sus obras. ¡Maldito Francisco por sus obras de pecado! Hay que llamar maldito a Francisco en la Iglesia, que eso a mucha gente no le gusta. Lo entienden como una falta de respeto.

«Mas le valiera no haber nacido»: esa fue la maldición de Cristo sobre el alma de Judas. Es el misterio de la perdición, de la condenación, de la maldición. Judas buscó su maldad atacando el amor de Cristo. Por eso, es maldito. Francisco busca su maldad en la Iglesia atacando a Cristo. Por eso, es maldito. En esta sencilla Verdad mucha gente no se pone, les cuesta entender la maldad de los sacerdotes, de los Obispos en la Iglesia. Les cuesta verlos como son: como otros Judas, como hombres que ya no quieren quitar su pecado, sino que se arrastran continuamente hacia su pecado en la Iglesia, para encumbrarlo, para ponerlo como verdad.

La Jerarquía de la Iglesia está atacando lo que a Cristo le dolió tanto: a los pequeños, a los débiles, a los pobres, a los que buscan la Verdad, los que buscan el Bien Divino, a los que buscan la Voluntad de Dios en la Iglesia.

Sacerdotes y Obispos que atacan a las almas de Cristo porque proponen una nueva doctrina de Cristo, una falsa doctrina de Cristo, una falsa iglesia. Y la obran, como lo hace Francisco en ese lavatorio de los pies. Y esto es una maldición sobre toda la Iglesia: «Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños» (Lc 17, 1)

¡Ay de los Obispos y Cardenales que usan los puestos altos de la Iglesia, no para dar buen ejemplo y enseñanza, sino para ser causa de escándalo y de destrucción a las almas, que tienen la obligación de guiarlas hacia la verdad y de ayudarlas a crecer en la vida espiritual!

Y ¿qué hacen esos personajes destructivos, como Francisco y toda su ralea de ratas? Enseñar la mentira, predicar un evangelio que no es el de Cristo, engañar con falsas palabras, con el falso ecumenismo, con la falsa fraternidad, con el falso amor a los pobres, a los mismos pobres, a la gente humilde, a la gente que confía en ellos por lo que ven exteriormente.

El mal ejemplo de la Jerarquía de la Iglesia destruye la espiritualidad de muchas buenas almas en la Iglesia. Y ¿quieren que aquí nos callemos y ocultemos esta gran oscuridad que hay en la Iglesia? ¿Quieren que tratemos a Francisco con cariñitos? Pónganse en la Verdad y déjense de ciencia ficción en la Iglesia. Llamen a cada uno por su nombre. Y si les molesta lo que aquí se escribe, se van a otro sitio a que les doren la píldora.

¡Cuánta gente quiere dulcificar, disimular el daño que Francisco está haciendo en la Iglesia! No hablan con la Verdad en sus bocas, sino con la mentira que les da el demonio a sus mentes.

Francisco hizo una obra que no hizo Cristo. Francisco ha hecho su obra, la que se ha inventado en su nueva iglesia. Y todos la aplauden como buena: «¡Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros…».

Un sacerdote en la Iglesia tiene que hacer las mismas obras de Cristo. Y, entonces, es un servidor fiel de Cristo. Ha hecho lo que tenía que hacer, y nadie habla de ello como algo relevante, como una noticia que hay que destacar.

El P. Ray Kelly se puso a cantar en la Misa que celebraba para una boda. Y ¿ustedes creen que hizo la misma obra de Cristo? Cristo, en el Calvario, no cantó, no se convirtió en una estrella, no agradó a ningún hombre. Hizo lo que Su Padre quería: sufrir y morir. Y los hombres hablaban mal de él, lo insultaban, lo despreciaban. Y ése es el signo de que la predicación ha llegado a las almas.

Cristo predicó con la obra de su sufrimiento y de su muerte. Y eso trajo la conversión de los que le estaban mirando en la Cruz.

Un sacerdote, que tiene la obligación de predicar el Evangelio, de dar la misma Palabra de Dios, sin quitar ni añadir nada; que es sacerdote para obrar lo mismo que Cristo obró en el Calvario, y que se pone a cantar, no es sacerdote, no está haciendo las obras de Cristo en la Iglesia. Se ha inventado su misa, su predicación, sus obras: «No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a Mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15, 20). ¿Está persiguiendo la gente a ese sacerdote por su obra de pecado en esa misa? No. Están viendo su video, su actuación y hablando maravillas de él. Su misa, en la que se puso a cantar, no es la obra de Cristo en la Iglesia. Ese sacerdote se puso por encima de su Señor, y entonces, el mundo lo ama. Su misa no da a Cristo en el Calvario. No ofrece el sufrimiento ni la muerte de Cristo. Ese sacerdote ofrece sus cantos, su música en la Misa. En la Misa hay que ofrecer a Cristo, y sólo a Cristo. ¿Qué creen que es la Santa Misa? ¿Una función de teatro? ¿Un juego de luces? ¿Un escenario bien montado? ¿Un canto al sentimiento del amor fraterno?

La gente está tan ciega que ya no sabe discernir las obras de nadie en la Iglesia. Y si no se sabe ver las obras como son, tampoco se sabe discernir las palabras de ese sacerdote o del Obispo de turno.

Es lo que pasa con Francisco. La gente no sabe atacarlo porque lo ve como un hombre bueno, que hace sus cosas en la Iglesia, que se dedica a trabajar como todo sacerdote. Y hay que dejarlo que haga sus cosas. Hay que rezar por él, hay que esperar algo de él.

Ante la obra de pecado de Francisco en la Iglesia, ¿qué quieren que se diga que Francisco es un buen hombre? ¿Quieren que se diga que Francisco tuvo un gran amor hacia esos hombres lavándoles los pies? ¿Quieren que se aplauda a Francisco y hacer una noticia sobre el lavatorio de los pies para engrandecer el pensamiento de Francisco? Esto es lo que muchas agencias de noticias hacen. Y, por tanto, no dan la verdad de lo que es Francisco. No enseñan la Verdad de lo que hizo Francisco ese día.

La herencia que nos ha dejado Cristo es Él Mismo. No hay otra herencia en la Iglesia Católica. En la nueva iglesia de Francisco, todo consiste en adular a los hombres, en darles culto a su inteligencia humana, en hacer obras humanas que gusten a todo el mundo, en dorar la píldora del amor fraterno, del amor a los hombres, porque hay que hacer un nuevo orden mundial, en la que todos los idiotas entren.

Con las falsas palabras del ecumenismo, la tolerancia y la fraternidad, se engañan a mucha gente en la Iglesia.

Muchos son ya los desviados por causa de Francisco: de sus enseñanzas, de sus obras demoníacas.

Ese lavatorio de los pies es la obra del demonio en la Iglesia. Es sólo eso. Llámenlo por su nombre. Lo demás, las bellas palabras de Francisco y de todos los demás que lo apoyan, para consolidar su herejía, son sólo eso: bellas palabras para engañar a las almas. Ese lavatorio de los pies es el odio de Francisco a la Iglesia. Su odio a Cristo. Su odio al Evangelio de Cristo. Su odio a los hombres en la Iglesia.

La Iglesia está en ruinas. Y ya ha comenzado la persecución.

«Llega la hora, y ya es llegada, en que os dispersaréis cada uno por su lado y a Mí me dejaréis solo» (Jn 16, 32).

El reinado de los que quieren destruir la Iglesia ya ha comenzado. Una nueva doctrina está en la Iglesia. Una doctrina que anula la Verdad Revelada, la Verdad como la enseñó Jesús a Sus Apóstoles; la Verdad, a la cual el Espíritu ha llevado a conocer a todas las almas fieles a Cristo en la Iglesia. Esa Verdad Inmutable, siempre la misma, que nunca cambia ni por los tiempos, ni por las edades, ni por los descubrimientos de los hombres, se está anulando con las obras de esa Jerarquía infiltrada en la Iglesia y que ha tomado todo el poder, que antes no tenía.

Es necesario destruir todas las estructuras de la Iglesia para que el Señor guíe a Su Iglesia hacia donde Él quiere. Los hombres la guían hacia donde ellos quieren.

Es necesario el Calvario para la Iglesia Católica: que muera en la Cruz, como Su Cabeza.

Es necesario que todos abandonen, de nuevo a Cristo. Es lo que vemos en estos días. La Jerarquía abandonan las obras de Cristo para dedicarse a hacer sus obras en la Iglesia.

Y eso produce que el rebaño se disperse. ¡Qué gran anarquía existe en toda la Iglesia! Gente que hace lo que le da la gana en la Iglesia, y que piensa lo que le da la gana sobre la doctrina de Cristo.

La Iglesia está en ruinas por la falta de fe de toda Su Jerarquía. Falta de Fe en Cristo y en la obra de Cristo, que es Su Iglesia. Todos entienden a Cristo y a la Iglesia según está en sus cabezas humanas. Pero nadie obra la Palabra de la Verdad porque no aman la Verdad: «El que no Me ama no guarda mis Palabras» (Jn 14, 24).

Cristo es la Verdad. Amar a Cristo es amar la Verdad, es obrar la Verdad. Pero quien no tiene en su corazón la Palabra de Dios, quien con su mente humana se pone a interpretar el Evangelio de Cristo, entonces, deja a Cristo solo en la Iglesia, abandona a Cristo, y se dedica a hacer su iglesia, su religión, su misa, su predicación, su apostolado, su lavatorio de los pies.

La Jerarquía de la Iglesia ya no cree en el Evangelio. Esta es la ruina de la Iglesia. El edificio de la Iglesia se construye con la Palabra de la Verdad, con la Palabra de Dios, con las obras de Dios. No se construye con palabras humanas, con proyectos humanos, con obras humanas.

Francisco: el tejedor de la maldad en la Iglesia. Sigue tejiendo, con sus obras maléficas, la ruina de toda la Iglesia. ¡Cuídense de ese hombre y de toda la Jerarquía que lo apoya!

La Jerarquía infiltrada en la nueva iglesia del Vaticano

Jesus Rey

El vómito que el Obispo Bregantini ofrece en su herético Via Crucis pone de manifiesto su alma ante toda la Iglesia.

Un alma sin el Don de la Verdad en sus labios, que se arrastra en su humanidad buscando la gloria de los hombres y dando a todos la ignorancia de su sacerdocio.

Un sacerdote es Pastor de almas, no un funcionario político, no un comunista, no un líder político, social.

Francisco ya es un líder político en su nueva iglesia en el Vaticano. Y los que lo siguen, se convierten en lo mismo: funcionarios del gobierno de Francisco. Gente que transmite a la Iglesia el pensamiento desviado, herético, cismático de Francisco, su líder político

El vómito de este via crucis es la señal de que, a partir de ahora, todo cambia en la Iglesia. Ahora, si no aprenden a discernir quién es la Jerarquía verdadera de la Jerarquía infiltrada, entonces se van a confundir con las palabras de todo el mundo.

Tienen que ser cuidadosos con toda la Jerarquía, porque muchos de ellos, muchos sacerdotes y Obispos, no son siempre lo que parecen ser. Muchos piensan que los sacerdotes son eso: sacerdotes. Muchos no ven lo que hay en el interior de la Jerarquía. Se quedan en lo exterior, en el ropaje, en las palabras bellas que dice la Jerarquía; y no atienden a lo interior.

Muchos sacerdotes, Obispos, que parecen buenos y santos en lo exterior, en sus palabras y en sus obras, no siguen las enseñanzas del Evangelio. Hablan de Él, pero poniendo sus palabras, sus ideas, sus opiniones, sus puntos de vista; que suelen ser los que agradan a todo el mundo, los que van con la moda social, con las inquietudes de los hombres, con las dudas que tienen los hombres.

Una Jerarquía que habla a los hombres y los deja en su vida humana no es de Cristo. Si esto no lo tienen claro, ¿para qué están en la Iglesia?

La Jerarquía de la Iglesia, la inmensa mayoría de Ella, conoce la Verdad, pero han decidido torcerla a favor de sus intereses personales, de sus necesidades en la Iglesia, de sus deseos como hombres, por su lujuria de la vida, por su ambición de poder.

Francisco conoce la Verdad, pero miente en cada homilía. Monseñor Bregantini conoce la Verdad, pero vomita su mentira sin escrúpulos en la Iglesia.

¿Qué se creen que es un sacerdote? Si el sacerdote no es otro Cristo, el mismo Cristo, entonces automáticamente, el sacerdote se convierte en un anticristo.

Esto hay que tenerlo muy claro para no escandalizarse de lo que se ve en la Iglesia desde hace 50 años.

¡Cuántos anticristos hay actualmente en la Iglesia, en el Vaticano! Sacerdotes que conocen la Verdad, pero que la ocultan, la niegan, luchan en contra de Ella de muchas maneras inimaginables para las almas comunes.

«muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que ésta es la hora postrera. De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (Jn 2, 18b-19a).

Ni Francisco ni todo su gobierno es de la Iglesia Católica; no son de los nuestros. Han salido de nosotros; han estudiado su carrera sacerdotal con nosotros; conocen toda la Verdad, pero se han apartado de Ella: «Si de los nuestros fueran, hubieran permanecido con nosotros» (Jn 2, 19b). Pero han hecho su nueva iglesia, con una nueva doctrina, que tiene elementos de la Verdad, pero que es sólo una pantalla para dar la mentira: «así se ha hecho manifiesto que no todos son de los nuestros» (Jn 2, 19c).

Esto es lo que la gente no discierne. Desde la elección de Francisco queda manifiesto, queda patente, queda claro, que Francisco y todo su gobierno, toda su nueva iglesia, toda su nueva doctrina, no es de la Iglesia Católica. Y aunque predique maravillas, aunque diga verdades, no es de la Iglesia Católica. No es sacerdote, no es Obispo, no es Papa. Es un don nadie.

Francisco, desde el comienzo de su negro gobierno en la Iglesia, tuerce la Verdad. Y cada día. En cada homilía, en cada discurso, en cada obra, en cada pensamiento, en cada idea.

Y su gran pecado es: conocer la Verdad, pero aplastarla con su mentira.

Y esto que hace Francisco abiertamente, con el aplauso de todos, con la ignorancia de muchos en la Iglesia, con el fariseismo de toda la Jerarquía, se ha venido haciendo ocultamente desde hace 50 años. Y ha producido que muchos en la Iglesia sean incapaces de distinguir la Verdad, que es siempre la misma, que nunca cambia, de la falsedad que toda esa Jerarquía ha predicado y enseñado.

Y, entonces, al no discernir la Verdad, se quedan con todo y, comienza la crítica a todo el mundo. Y se llega a poner a todo Papa como causante de lo que pasa en la Iglesia. Y unos buscan su Papa para que los gobierne en la Iglesia, otros se van de la Iglesia, porque ya no pueden aceptar al Papa reinante, que se ha convertido en un hereje como los demás, porque ya no quita la herejía; y otros se dedican a demoler la Iglesia disintiendo de todas las cosas, queriendo poner otras reglas, otras leyes, contrarias a la Verdad.

Al final, en este lío de opiniones, de juicios, de condenas, de desastre, nadie lucha por la Verdad en la Iglesia, sino que todos andan tras sus mentiras como verdad.

¡Qué pocos ven lo que actualmente está pasando en el Vaticano, porque no ven lo que ha pasado en la Iglesia durante 50 años! No han sabido ver a la Jerarquía infiltrada. Y, ahora, con un idiota que teje una serie de promesas a todo el mundo para arrastrar a los hombres hacia las maravillas exteriores del mundo, para conseguir un bien social, para conseguir una gloria humana, no saben oponérsele como hay que hacerlo. No saben batallar contra él. No saben luchar contra el demonio que tiene en su mente. No ven a Satanás en él. No ven el pecado que obra el demonio en él. Están esperando algo de él: a ver que nos dice en la nueva encíclica sobre el ecologismo que está preparando; a ver cuál la palabra mágica que hoy va a decir; a ver cuál va a ser hoy su herejía…

La gente, en el mundo, se acostumbra a un mal gobernante y ya no lucha en contra de él. Ya no se opone a nada de lo que dice; ya sólo esperan a ver qué dice, a ver qué obra. Esta es la táctica del demonio para dormir a la gente en la mentira, para crear más confusión, para que ya nadie atienda a la verdad, sino que estén pendientes de la mentira de turno que dice ese idiota.

Hay que saber batallar contra Francisco. Y ahora es tiempo de no hacerle ni caso. Para quien sabe lo que es Francisco, tiene que dedicarse a mirar la Verdad y a comprender cómo se hace la Iglesia en estos momentos, en que no hay una cabeza que enseña la Verdad como es.

No sigan a ninguna Jerarquía de la Iglesia si no habla claramente en contra de todo lo que hay en el Vaticano. Aquella Jerarquía que imite a Francisco, que adule a Francisco, que piense que las ideas de Francisco son de gran importancia para los tiempos que vivimos, váyanse de esa Jerarquía como si hubieran visto al mismo demonio.

Aprendan a discernir la verdadera Jerarquía de la infiltrada, de la impostora. Y, entonces, claro, se sorprenderán de la oscuridad que hay en la Iglesia en sus cabezas, en la Jerarquía.

Las almas comunes son los verdaderos creyentes de la Palabra de Dios. Ya la Jerarquía ha dejado de ser Luz para la Iglesia. La Jerarquía es tiniebla en todas las partes del mundo.

Esta es una verdad que duele decirla. Pero hay que decirla. La Jerarquía en la Iglesia es tiniebla, es oscuridad. Y ellos son los culpables de esa oscuridad, porque conocen la Verdad, pero no la quieren seguir.

La Iglesia Católica ha perdido el camino de la Verdad, el camino del Amor, el camino de la Vida, que es Cristo Crucificado. Y porque ya no mira al Crucificado ya no es capaz de dar Testimonio de la Verdad.

Sólo mira al hombre, ¿qué clase de testimonio ofrece? Política: derechos humanos, justicias sociales, bienes comunes.

La Jerarquía de la Iglesia Católica ya no salva las almas, ya no las santifica. Y esto es muy duro el decirlo. Es una Jerarquía infiltrada que sólo se dedica a su negocio en la Iglesia: su maldito dinero, su ambición de poder. Y colocan el señuelo del amor a los pobres, de la crisis económica. Y hay que buscar un nuevo orden social, un nuevo orden económico ante el mal que vemos en todo el mundo.

La Jerarquía de la Iglesia Católica calla la Verdad ante el mundo y ante la misma Iglesia. Y, por eso, han puesto como líder, en el gobierno de la Iglesia, a un falso Profeta. Y lo mantienen como falso Profeta. Toda la Jerarquía de la Iglesia sabe que Francisco es un hereje. Conocen sus herejías, sus mentiras, porque saben la Verdad. Pero les interesa que Francisco siga diciendo sus mentiras, porque para eso vive toda esa Jerarquía: para acallar la Verdad, para combatir la Verdad, para anular la Verdad en la Iglesia.

¡Y ay de aquellos sacerdotes que no despierten a tiempo! ¡Van a quedar atrapados en la mayor herejía de todas! ¡Y se van a condenar por eso! Porque viven sus sacerdocios buscando el agrado de los hombres, la complacencia del mundo, la caricia de las mentes humanas.

Francisco guía a toda la Iglesia hacia la perdición. Y eso lo sabe toda la Jerarquía. Han batallado contra el verdadero Papa hasta hacerlo sucumbir. Lo han tratado como un loco, hasta conseguir su renuncia. Y ahora lo han dejado solo para dedicarse a su hombre salvador, a su líder político, a su negocio comunista en la Iglesia.

Hoy se repite la Pasión de Cristo, su dolorosa Pasión: el abandono de todos los suyos, la traición de Judas, todo el pecado del mundo, que lo aplasta bajo un peso insoportable y mortal. Triturado por los pensamientos de muchos sacerdotes; flagelado por la lujuria de las carnes de muchos sacerdotes; coronado de espinas por la soberbia de muchos sacerdotes; clavado en la Cruz por las manos de muchos sacerdotes.

¡Qué fácil es dar la espalda a Cristo para seguir las ideas que el mundo ofrece!

¡Qué fácil es renegar del camino de la Cruz para andar los caminos de los hombres!

¡Qué fácil es con la boca decir que se ama a Cristo! ¡Qué fácil es colgarse en el pecho una cruz!

Pero nadie quiere ser otro Cristo. Nadie quiere Crucificarse con Cristo. Porque eso duele. Y lo que duele no hace feliz.

La Jerarquía infiltrada en la Iglesia, cada día, juzga a Cristo y lo condena. Sólo lo reconocen como hombre, pero niegan –en la práctica- su divinidad. Reducen a interpretaciones humanas sus Palabras divinas. Quieren explicar en términos humanos, comunistas, fascistas, liberalistas, todos sus milagros y su obra redentora, para negarlo todo, para infundir en las almas la duda, la mentira, el error, el engaño.

Aprendan a ver el trigo de la cizaña. Aprendan a separarla. Aprendan a vivir solos en su fe, porque ya la Jerarquía no les va a apoyar.

Francisco: asesino de almas en la Iglesia

Primer anticristo

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser”.

¡No hay mayor ciego que el que no quiere ver!

¿Qué hacen los sacerdotes, los Obispos, los Cardenales, los fieles, obedeciendo a un hombre que no cree en el Dios católico?

¿A qué se dedican en la Iglesia Católica? ¿Cuál es su negocio? ¿Para qué están en la Iglesia Católica?

Para Francisco no existe un Dios católico, entonces ¿qué hace gobernando la Iglesia Católica? ¿A qué se dedica en ese gobierno? ¿Qué valor tienen las palabras y las obras de un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad?

Resulta absurdo que muchos Pastores, que tienen cursos de filosofía y teología, no saben discernir lo que es Francisco.

¿Para qué tanta filosofía? ¿De qué les sirve su brillante teología?

Hay almas, sin tanta filosofía ni tanta teología, que saben ver la maldad de ese hombre con sólo mirarlo a los ojos, con sólo escuchar sus palabras, con sólo fijarse en una de sus obras en la Iglesia.

Un Papa verdadero nunca se equivoca, es infalible en materia de fe y costumbres. Esto es lo que enseña el Magisterio de la Iglesia, en su Constitución dogmática, «Pastor Eternus».

Y Francisco está hablando de una materia de fe, la más importante, que es la existencia de Dios. Y si Francisco fuera verdadero Papa, entonces tendría que decir: Yo creo en el Dios católico.

Pero Francisco dice lo contrario. Y la Santísima Trinidad, el Dios católico, el único Dios que Es, que Existe, es el primer dogma que el alma debe aceptar, creer, si quiere estar en la Iglesia, si quiere salvarse, si quiere santificarse.

La doctrina de la santísima Trinidad es irreformable, porque es una Verdad Absoluta.

Y, cuando un hombre no cree en la santísima Trinidad no tiene fe divina, no tiene la fe católica.

Y, si un sacerdote o un Obispo, niega la Santísima Trinidad, entonces queda excomulgado de la Iglesia.

Francisco dice que no cree en un Dios católico. Está diciendo que no cree en la Santísima Trinidad. Está diciendo que no tiene fe en la Santísima Trinidad. No posee la fe divina. No posee la fe católica. Francisco está excomulgado.

Francisco no usa un lenguaje de símbolos, un lenguaje abstracto, no está hablando en parábolas; sino que está siendo muy claro. Sencillamente, confiesa, da testimonio, y lo hace de forma pública, ante todos, ante el mundo, ante la Iglesia, que no tiene Fe: “Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios”.

Y, entonces, ¿por qué obedecéis a un hombre que no obedece a Dios?

¿Por qué os sometéis a un hombre que no se somete ni al Padre, ni al Hijo ni al Espíritu Santo?

¿Por qué vivís con la ilusión de que un hombre pueda dar solución a los problemas de la Iglesia cuando él no ve cuál es su problema: su falta de fe en Dios?

Francisco cree en su concepto de Dios, pero no cree en el Dios católico. Francisco cree en su dios, el que encontró en su mente humana.

¿Qué soluciones divinas puede dar un hombre que no cree en Dios, en el Dios verdadero, en el Dios único, en el Dios Absoluto?

¿Qué camino divino pone en la Iglesia un hombre que no camina hacia Dios en su pensamiento humano, que no sabe hace de su pensamiento humano la escuela de la Verdad?

¿Qué verdad puede dar a la Iglesia un hombre que sólo mira su mente humana?

¡Qué ciegos están todos en la Iglesia!

Y comenzando por Francisco, que es el mayor ciego, y acabando por los fieles, que sólo viven para dar un beso a Francisco, para decir, por sus bocas, lo bueno que es Francisco, para engañar a los demás con sus vanas palabras, y hacer de la Iglesia el reino de la mentira.

¿Qué os creéis que es la Iglesia? ¿Un conjunto de opiniones humanas? ¿Un reunirse para dialogar en la verdad y así transformar el mundo?

Pero, ¿qué os creéis que es la Verdad? ¿Ser tolerante con los pensamientos de los otros? ¿Admitirles sus errores, sus mentiras, sus pecados?

Francisco cree en un dios que está por encima del Dios católico, de la Santísima Trinidad. Un dios que todo lo incluye y todo lo abarca.

Pero es un dios simbólico, no un Dios teológico.

El Dios teológico es el Dios que se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo y que da una ley divina a los hombres. Es el Dios de la Iglesia Católica.

Pero el dios de Francisco es un padre que es la luz. Pero, ¿de qué luz está hablando Francisco? Es un padre que es Creador. Pero, ¿qué es lo que crea ese dios? Porque si no cree en el Dios que crea todo de la nada, entonces, ¿qué cosa crea ese dios? ¿Crea las cosas de la nada o es simplemente un constructor del universo? ¿Es un dios que coge una materia ya formada, ya creada, y empieza a transformarla hasta crear algo nuevo?

Y esa luz, que es Dios, ¿qué es lo que tiene? ¿De dónde viene? Esa luz, ¿ilumina o es oscuridad? Esa luz, ¿es algo divino, humano, preternatural, material?

Francisco ha dicho su idea de Dios, pero no ha enseñado la Verdad en la Iglesia Católica. Y, entonces, ustedes sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, ¿pueden obedecer a un Obispo que no enseña la Verdad, dentro de la Iglesia Católica?

Yo como sacerdote, me niego a obedecer a un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad. Y no sólo me niego, sino que lo ataco porque está excomulgado por su mismo pecado. Un pecado que condena su misma alma, porque quien no cree en la Santísima Trinidad no puede salvarse.

Francisco no quiere salvarse. ¿Por qué siguen a uno que quiere condenarse? ¿Por qué aprenden de uno que quiere condenarse? ¿Por qué le hacen el juego a un hombre que vive para condenarse?

¿Todavía les cuesta discernir lo que es Francisco? Después de un año, en que Francisco ha sido claro en todas sus declaraciones, en todas sus homilías, en todas sus obras, ¿le siguen besando el trasero?

La fe de Francisco es una fe masónica. ¿Todavía lo no ven? ¿No lo captan?

Francisco se ha abierto a todo el conjunto de lo religioso, a todas las iglesias, a todas las confesiones. ¿Todavía no captan? Francisco está con los judíos, con los protestantes, con los musulmanes, con los ateos, con los cismáticos, con los católicos, con los no-católicos,… Y ¿todavía no captan?

Francisco cree en Dios. ¿En cuál dios? En un dios que es algo neutro, indefinido y abierto a toda comprensión. No es un Dios personal, como la santísima Trinidad. Un Dios que es Tres Personas. En ese Dios, Francisco no cree.

Francisco no cree en un conocimiento objetivo de Dios. Francisco cree en un concepto simbólico de Dios, en que cada hombre puede introducir, meter su representación de dios, como lo concibe en su mente humana, según el grado de su perfección intelectual.

Y, entonces, Francisco predica la revolución de la ternura, es decir, la revolución de la herejía: convivamos todos los seres humanos de todas las creencias, porque en cada mente humana hay un símbolo de lo que dios. Y cada mente humana debe trabajar por pulir ese concepto que tiene de dios. Un concepto válido, porque es necesario creer en algo para dar a la vida un sentido.

Entonces, hagamos un evangelio de la fraternidad, donde todos sean tolerantes con el pensamiento del otro, porque nadie puede llegar a definir lo que realmente, específicamente, es Dios. Dios es algo real, pero en la práctica de los hombres, dios es muchas cosas. Hagamos una iglesia que crea en dios, como un ser real, pero no especifiquemos, no pongamos dogmas, leyes divinas, leyes morales, porque eso es lo que divide a los hombres.

¿Todavía no captan la fe masónica de Francisco?

¡Hay que estar ciegos, realmente ciegos, para no saber discernir de las declaraciones de Francisco su claro pensamiento: él no cree ni en Cristo ni en la Iglesia Católica! Él se ha inventado su falso Cristo y su falsa Iglesia.

Su falso Cristo: “Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor”.

Sacerdotes, Obispos, Cardenales: ¿es Jesús la encarnación de Dios?

Cojan la teología. Repasen la teología. Jesús es el Verbo Encarnado. Jesús no es Dios Encarnado.

«Jesucristo, su encarnación». Encarnación, ¿de qué? ¿de quién?

El Padre envía a Su Hijo al mundo para que nazca en el seno de una Mujer: eso se llama la Encarnación del Verbo. El Verbo que une dos naturalezas: la humana y la divina. En Jesús hay una unión hipostática: la naturaleza humana está unida a la Persona Divina del Verbo. Jesús no tiene persona humana. El Verbo asume una humanidad, sin persona humana.

Esto es lo que enseña la teología.

Y Francisco, ¿qué enseña? Que Jesús es la Encarnación de dios. Por supuesto, de su dios, de su concepto de dios, que es algo abstracto, algo mental, una conquista del pensamiento humano; pero no es una persona, no es un ser específico, no es algo concreto, no es algo vital, no es divino. Para Francisco, Jesús es un hombre, una persona humana.

«Pero, ¿Jesús es un Espíritu? ¡Jesús no es un Espíritu! Es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria.» (Francisco, 28 de octubre 2013).

¿Todavía no captan la grave herejía de Francisco? Pone a Cristo en la gloria sin Persona Divina; con una persona humana. Jesús es un hombre glorioso, pero no es el Verbo.

Cojan sus teologías y vean lo que se deduce de esta herejía de Francisco. De esta simple frase, Francisco anula todo el dogma en la Iglesia. ¡Sólo por decir que Jesús no es un Espíritu, sino un hombre en la gloria.

¿Qué hacen ustedes, sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, siguiendo al idiota de Francisco?

¿No ven que Francisco es un asesino de almas? ¿Todavía están ciegos?

Francisco ha matado su alma con su pensamiento humano, con su concepto de Dios, con su idea de la fraternidad, con su obsesión por el dinero, por su popularidad en el mundo.

Francisco es gente del mundo. Es un inútil. Es un don nadie. No se merece ni un abrazo, ni un saludo, ni una misericordia, porque está condenado almas, dentro de la Iglesia Católica, con su doctrina comunista y protestante. ¡Condenando almas! ¡Ése es su trabajo en la Iglesia Católica! Y eso significa: formar una nueva iglesia, una nueva estructura de iglesia, donde estén sacerdotes, Obispos, Cardenales y fieles, que sigan su mismo pensamiento humano.

¡La Iglesia Católica está dando culto a la mente de un hombre! ¡Eso es una abominación! Un hombre que, claramente, no dice la Verdad con sencillez, sino que todo lo retuerce, todo lo desvirtúa, para imponer su criterio en la Iglesia.

Y, ¿por qué sacerdotes, Obispos, Cardenales, seguís el pensamiento de ese hombre? Porque os habéis vuelto esclavos de vuestras mismas estructuras en la Iglesia. Os habéis fabricado vuestras propias obediencias. Y, claro, si no obedecéis, ahora, a Francisco, se os acaba vuestro negocio en la Iglesia: el dinero y el poder que tenéis. Preferís predicar una verdad que no moleste a Francisco, que la Verdad clara, oponiéndoos a lo que dice Francisco. Hacéis el juego a Francisco, sabiendo que está hablando herejías, porque si os oponéis perdéis el dinero y la posición en la Iglesia.

Esta es la verdad: aquel que quiera ser sacerdote, Obispo, Cardenal, en la Iglesia Católica tiene que hacer su ministerio en la soledad, en el abandono de toda una Jerarquía que ya no obedece a Cristo, a la Verdad, sino que tiene miedo de quedarse sola ante el mundo, ante los hombres, porque vive esclava de sus pasiones, de su dinero, de su confort en la vida, de sus conquistas humanas en la vida, de su popularidad entre los hombres.

Y, por eso, tenéis mayor pecado que Francisco: veis la Verdad, pero acogéis la mentira, sabiendo el gran daño que se produce en toda la Iglesia.

Y, por eso, se renueva, cada día, el pecado del Papa Benedicto XVI: puso a la Iglesia en manos de traidores. Ese pecado es el pecado de toda la Jerarquía que no se levanta en contra de Francisco.

Salvar almas, no salvar el mundo

“Y en viniendo éste, argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn 16, 9).

El que vive de fe sale al mundo para decirle sus pecados. Lleva la Palabra de Dios, no para cambiar el mundo, sino para dar la Verdad al mundo.
Esto es lo que dice la Sagrada Escritura. Algo sencillo, algo obvio, algo que todos pueden discernir.

Y ¿qué dice Francisco? : “Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo” (3 de enero 2104). ¿Dónde está en la Sagrada Escritura esta idea de Francisco? No está. Sólo se encuentra en su mente humana.

El pecado del mundo es que “no creyeron en Mí” (v. 10). Si el mundo no cree en Jesús como Su Salvador, el mundo no puede ser cambiado, no puede ser salvado. Eso es clarísimo. Pero Francisco se ciega en su idea humana y pregunta cosas como éstas: “¿tenemos esas grandes visiones y el impulso? ¿Somos audaces? ¿Nuestro sueño vuela alto? ¿El celo nos devora? ¿O somos mediocres y nos contentamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio?”

1. Tenemos las visiones del Espíritu en la Iglesia. No tenemos las visiones que Francisco tiene en su cabeza. Nuestras visiones son espirituales, sobrenaturales, no humanas ni naturales. No son para conquistar el mundo, sino el Cielo.

2. Tenemos el impulso del Espíritu para obrar en la Iglesia, sólo lo que éste quiere. No necesitamos del impulso de Francisco para dar la Palabra de Dios ni para hacer cosas en la Iglesia. Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu Santo que no se rige por ningún pensamiento del hombre.

3. Somos audaces combatiendo a los herejes como Francisco. No somos audaces queriendo cambiar el mundo porque eso es un imposible, una pérdida de tiempo, una utopía. Primero hay que cambiar los corazones de las personas. Y eso sólo se puede hacer con la Cruz de Cristo, no yendo al mundo.

4. En la Iglesia no tenemos sueños ni vivimos de ellos. En la Iglesia no existen opiniones ni interpretaciones de la Palabra de Dios. El Evangelio es como es y, por tanto, quien quiera soñar en la Iglesia se aleja de la Verdad del Evangelio. Porque los sueños, sueños son. ¿Todavía no lo ha aprendido Francisco? La experiencia de la vida dice que si ésta se basa en los sueños, el alma se pierde sin tener una esperanza ni un camino para su vida. Los ideales no salvan sino que oscurecen el camino de la salvación.

5. El celo por la Verdad es lo que nos devora, no el celo por salvar al mundo. El celo por dar a las almas el alimento de la Verdad, que es Jesús. Y eso es lo que salva a las almas. No se salvan a las almas ofreciéndoles fábulas, cuentos chinos, ilusiones, falsas esperanzas, sueños irrealizables, pensamientos llenos del espíritu del mundo, del que Francisco hace gala cada día en la Iglesia. Jesús quiere almas, no mundo. Jesús necesita almas, no escuelas de herejes en la Iglesia que sólo enseñan las cosas del mundo, el pensamiento del mundo, la fábrica del mundo.

6. La mediocridad es propia de gente que no ama a Jesús en la Iglesia, como Francisco. Él habla de mediocridad porque ve a Jesús como lo antiguo, como un viejo. y, por tanto, ve los apostolados en la Iglesia como raquíticos, como inservibles, porque no llevan a su ideal: cambiar el mundo. El sueño de un hereje que sólo está sentado en la Silla de Pedro para dar herejías a la Iglesia, para dar caminos del demonio, para llevar a las almas a la condenación. Ésta, su utopía, es su gran pecado dentro de la Iglesia. Y lo mantiene como si todos tuviéramos que hacer caso de las palabras de Francisco para hacer algo en la Iglesia. La Iglesia es la obra de los santos, no de los mediocres, como Francisco y los que lo siguen. La Iglesia no necesita de las palabras de Francisco; la iglesia no necesita de las obras de Francisco; la Iglesia se basta a sí misma sin necesidad de herejes como Francisco. Las Iglesia es para dar la verdad de la santidad, no para dar la opinión de los pecadores y de los demonios, como los son Francisco y todo su gobierno horizontal.

Pocos han comprendido por qué predica así Francisco. Y es sencillo. Porque no es Papa, no es sacerdote ni es Obispo. Tiene el ropaje exterior, pone cara de santo, de buena persona, hace sus ritos en la Iglesia, pero no tiene el Espíritu de Pedro, ni el Espíritu de Cristo ni el Espíritu de la Iglesia.

Francisco es un hombre elegido por los hombres, por los cardenales, en un Cónclave, porque es fácil elegir a un hombre.

Pero Francisco no ha sido elegido por Dios para ser Papa. Y ¿por qué? Porque ya hay un Papa elegido por Dios, que los hombres no lo han querido: Benedicto XVI.

Dios no da dos Papas a Su Iglesia. Dios no da dos matrimonios en Su Iglesia. Dios no da dos sacerdocios en Su Iglesia. Dios no da dos Bautismos en Su Iglesia. ¿No comprenden? ¿No disciernen? Dios da un don, una gracia, un Sacramento, un carisma, para siempre, hasta la muerte, porque Dios es Eterno. Y todo lo que da es Eterno, tiene el sello de lo eterno, de lo que nunca pasa, de lo que siempre permanece.

Jesús sólo hace una Iglesia. Una Iglesia sola. Y, dentro de Ella, sólo pone una Cabeza. Una Cabeza sola. Lo demás, es el juego de los hombres en la Iglesia para decirse a sí mismos: vamos a elegir a un Papa porque el otro se jubiló.

Muchos no disciernen la Verdad en la Iglesia porque no han aprendido a ver la Iglesia con los ojos de Dios, sino que la contemplan con los ojos humanos. Se fían de lo que hacen los hombres en la Iglesia. Se fían de un cónclave para decir: ya tenemos nuevo Papa.

En la Iglesia hay que seguir lo que hace Dios, la actividad divina, no lo que hacen los hombres, no la febril actividad de los hombres, porque la Iglesia es Divina, no es humana. Por eso, no hay que fiarse de nadie en la Iglesia, se vista como se vista, hable como hable, obre como obre: sea sacerdote, Obispo, Cardenal, fiel, Papa. Los hombres, somos todos, unos mentirosos, que sólo queremos: poder y dinero en la vida. Y si hay eso, entonces todos contentos en la vida.

En la Iglesia hay que ver a Cristo en el Papa, en los sacerdotes, en los Obispos, en los fieles, en los Cardenales, porque la Iglesia es Cristo. Y aquel que no dé a Cristo, que presente un Evangelio distinto al de Cristo, a ése no hay que seguirlo en la Iglesia. Es anatema, es corrupción, es mentira, es herejía. Y sea quien sea: Papa, Obispo, Cardenal, sacerdote, fiel, teólogo, etc.

En la Iglesia sólo nos podemos fiar de Cristo. Y de nadie más. Porque si no se hace así, entonces se da culto al pensamiento de los hombres, dentro de la Iglesia, y ya no se da culto a Dios. Que es lo que está pasando, en la actualidad, en este tiempo de la historia de los hombres, que es único.

La Iglesia no puede estar bajo Francisco, porque miente a la Iglesia, no da la mente de Cristo en Ella. La Iglesia no puede someterse al pensamiento de Francisco porque es el pensamiento del mundo, de los hombres que, en el mundo, siguen al Anticristo. La Iglesia es para luchar contra el Anticristo, no para que sea el juguete de éste.

Francisco no es Papa porque no da al Papa, a Pedro. No hace unidad con su pensamiento, sino que divide, hace cisma, produce oposición, enfrentamiento dentro de la Iglesia.

Francisco es sólo un pobre hombre, puesto por unos pocos en la Silla de Pedro, porque se cansaron de desobedecer al Papa de manera oculta y, ahora, lo hacen de manera pública. Ahora, ni siquiera los que eligieron a Francisco lo obedecen. No pueden. Ahora es la lucha por la Silla de Pedro. Lucha por el poder en la Iglesia. Y sólo se subirá a esa Silla los que tengan más dinero en el bolsillo, los que se vendan al mejor postor, los que no les importe nada con tal de tener el poder del mundo a sus pies.

¿Qué es, sino el espíritu del Anticristo, sino el someterlo todo bajo Él?

Dios no elige más Papas porque nadie es digno de ocupar esa Silla. Benedicto XVI fue el único que mereció la dignidad de Pedro. Después de él nadie la merece. Porque nadie se ha opuesto a un hereje como Francisco, a unos traidores, como los del gobierno horizontal, a una Jerarquía corrupta en todos sus miembros. ¿Quién merece gobernar una Iglesia así? Nadie es digno de este don y, menos, en las actuales circunstancias que vive la Iglesia.

No es la Iglesia de Cristo la que contemplamos en Roma; es la iglesia del anticristo que, está incubando, el nuevo orden mundial en sus estructuras. Los cambios vienen muy rápido para todos. Y hay que estar preparados para lo peor.

Francisco y su absurda nueva iglesia

“La tentación del clericalismo, que tanto daño hace a la Iglesia en América Latina, es un obstáculo para que se desarrolle la madurez y la responsabilidad cristiana de buena parte del laicado. El clericalismo entraña una postura auto-referencial, una postura de grupo, que empobrece la proyección hacia el encuentro del Señor, que nos hace discípulos y hacia el encuentro con los hombres que esperan el anuncio. Por ello creo que es importante, urge, formar ministros capaces de projimidad, de encuentro, que sepan enardecer el corazón de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus ilusiones y sus temores. ..Han de asumirlo como algo fundamental para la vida de la Iglesia sin escatimar esfuerzos, atenciones y acompañamiento…La cultura de hoy exige una formación seria, bien organizada…” (Francisco, 16 de Noviembre de 2013).

cruz

“La tentación del clericalismo, que tanto daño hace a la Iglesia en América Latina, es un obstáculo para que se desarrolle la madurez y la responsabilidad cristiana de buena parte del laicado”.

Clérigos y laicos es el problema de Francisco en su nueva iglesia.

Para Francisco no existe el clérigo, el sacerdote, sino sólo un clérigo que se pone al servicio del laico.

Para Francisco el sacerdote es uno más en la Iglesia, es como un laico. Él da más importancia al laico, a la opinión de la gente en la Iglesia, que a lo que un sacerdote pueda decir de la Iglesia.

Más importancia a las obras de los laicos que a las obras espirituales de los sacerdotes.

Porque Francisco no sabe lo que es un sacerdote. Sólo sabe mirar al sacerdotes en su aspecto humano, exterior, desvinculado de todo lo espiritual.

A Francisco no le interesa la palabra del sacerdote, sino las palabras de las personas, del pueblo. Por eso, enfatiza tanto el clericalismo y se para ante el laicismo. No critica al laicismo. Eso no le interesa. Carga las tintas sobre el clericalismo, que él lo sigue a la perfección en su nueva iglesia.

El laicismo, para él, es lo correcto en la Iglesia. Los sacerdotes son laicos en su nueva iglesia. Los sacerdotes no son clérigos y, por tanto, el sacerdote que quiera imponer una vida espiritual, una vida de fe, al laico en la Iglesia siempre va a caer en el clericalismo.

El sacerdote, para no caer en el clericalismo, tiene que abajarse a los problemas humanos de la gente. Así piensa Francisco y mucha gente en la Iglesia.

El sacerdote no hace Iglesia porque sepa los problemas de las gentes. Sus problemas humanos, económico, materiales, etc. Así no se hace Iglesia. Así se hace la Iglesia del demonio, descarnada de toda vida espiritual, que no atiende a los problemas espirituales, sino a lo demás. No tiene que meterse el sacerdote en los problemas materiales, humanos, carnales, naturales de las personas, porque no está para eso el sacerdote.

El sacerdote es un Pastor de almas, no de cuerpos. Y esto es lo que niega Francisco. Y lo niega porque quiere que el sacerdote deje el alma para dedicarse al cuerpo, deje el espiritual para dedicarse al humanismo, deja el corazón para servir a la razón. Esa es su principal herejía en su nueva iglesia: el humanismo que el sacerdote tiene que dar a al laico, al pueblo de Dios.
Esa es toda su predicación desde la Silla de Pedro. Y no habla de otra cosa sino de eso. Y su obsesión: resolver los problemas sociales, culturales, económicos de las personas. Eso es lo que hace siempre un anticristo en la Iglesia. Siempre.

Pero Cristo en la Iglesia sólo da el alimento espiritual para el alma. Y lo demás por añadidura. Y esto es lo que Francisco nunca va a predicar porque sólo vive para su interés humano y quiere que toda la Iglesia esté en eso: es su necio pensamiento humano sobre el sacerdote y la Iglesia.

La Iglesia para Francisco es laica y no otra cosa. Los sacerdotes son sólo hombres que sirven al laico. Y punto y final. Y, por eso, la Misa tiene que ser una fiesta, una comida entre gente. Y no más.

Por eso, todo sacerdote que precie su sacerdocio tiene que despreciar a Francisco y su doctrina, que es totalmente contraria a la fe católica.

¿Cómo un sacerdote puede predicar esto sin dar las bases de lo que es el sacerdocio en la Iglesia y lo que es el laicado en la Iglesia? : “El clericalismo entraña una postura auto-referencial, una postura de grupo, que empobrece la proyección hacia el encuentro del Señor, que nos hace discípulos y hacia el encuentro con los hombres que esperan el anuncio”.
Está diciendo que el sacerdocio empobrece el camino hacia el Señor. Él se refiere a su clericalismo, que no tiene nada que ver con el clericalismo falso.

El clericalismo falso consiste en crear un grupo en la Iglesia contrario al Papa, al Magisterio Eclesial. Es un grupo cerrado a la doctrina de la Iglesia y, por tanto, a la fe divina y católica.

Y ese clericalismo falso se da en la teología de la liberación, que ha hecha tanto daño en América, pero que Francisco sigue con todo su ardor de comunista declarado. Francisco es un teólogo de la liberación. Y, ahora, predica que los demás en la Iglesia son caen en el clericalismo. Él, por supuesto, no cae en eso.

Y Francisco, en su clericalismo, en su teología de la liberación, no soporta el sacerdocio. Lo ve como un grupo cerrado que impide en la Iglesia la apertura hacia el mundo, hacia la opinión del pueblo de Dios en Ella. Y esto lo llame él clericalismo.

Y, entonces, ataca con su falsa palabra, porque está mintiendo como sólo lo sabe hacer él. Llama a todos los sacerdotes en la Iglesia un grupo clerical, encerrado en sí mismo, que no hace como él, el sabio Francisco, el necio Francisco: no se abren en el diálogo a todo el mundo para así resolver los problemas de todas las personas en el mundo.

Este es su ideal en la nueva iglesia. Y, por eso, ataca a todo sacerdote que no haga como él.

El sacerdote en la Iglesia sólo está para llevar el alma al cielo. Y nada más que esto. Lo demás es la mentira de Francisco y de todos los que comulgan con Francisco.

Lo demás es querer abrirse al mundo de mala manera. Y, por eso, muchos pierden su fe al estar metidos en los problemas que la Iglesia no tiene que meterse nunca.

Una Iglesia que se dedica a enterarse de los asuntos de la vida de la personas es una anti-Iglesia. No es la Iglesia de Cristo.

La Iglesia de Cristo se centra en el alma de la persona. Y nada más. Y eso es lo más difícil para cualquiera que sepa lo que es la vida espiritual. Porque no se puede medir un alma con la razón ni con las leyes de la Iglesia.

A un alma sólo se le abarca con el Espíritu. Y no hay otra manera de entrar en un alma. No se puede entrar en ella con los pensamientos, ni con las ideas teológicas, ni filosóficas, ni psicológicas, ni psiquiátricas, ni nada humano.

Para resolver el problema material de una persona, antes hay que resolverle su problema espiritual. Hay que centrarse en eso, que es lo que ningún sacerdote hace hoy, porque han perdido el Espíritu. Y sólo saben seguir sus razones en la Iglesia, sus teologías en la Iglesia, sus leyes en la Iglesia.

Y esto es lo que nunca se va a hacer en la nueva iglesia de Francisco. Nunca. Porque allí sólo están centradas en lo económico de la vida. Y, por eso, Dios les va a mandar un castigo en que toda Roma será saqueada por todo el mundo, y se van a quedar sin tesoros materiales y sin posesiones de ningún tipo, por el amor que tienen a la riqueza y al dinero, al poder político y económico en Roma.

A Francisco le gusta el dinero como a todo hombre. Por eso, su obsesión por el dinero y para que la Iglesia se dedique a esto, y forme sacerdotes para esto: “urge, formar ministros capaces de projimidad, de encuentro, que sepan enardecer el corazón de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus ilusiones y sus temores”. Para esta estupidez y absurdo está la nueva iglesia en Roma.

El sacerdote no está para entrar en diálogo con nadie, como si la dirección espiritual fuera un diálogo. Está para dar la Verdad al alma, no para discutir y hablar de problemas. Eso se hace tomando un café, pero no en una dirección espiritual.

Dirigir un alma consiste en darle un camino en la vida espiritual. No consiste en charlitas inútiles sobre la vida. Tú me cuentas tus problemas, yo te cuento los míos, lloramos un poco y todos contentos. Es lo que quiere Francisco: sacerdotes que dialoguen con las almas. No quiere sacerdotes que pongan al alma en la negación de toda vida humana para que ese alma sea capaz de entender la vida divina.

Eso nunca lo querrá Francisco, porque él no vive eso. Él vive para estar feliz en su humanidad y para hacer de la Iglesia un placer humano, una conquista humana, un fin humano.

Por eso, Francisco es enemigo del sacerdocio y de la Iglesia. Enemigo de declarado. Y quien siga a Francisco se hace enemigo de todo sacerdote y de la Iglesia.

“La cultura de hoy exige una formación seria, bien organizada”. No. La cultura de hoy exige sacerdotes llenos de fe en la Palabra de Dios, no sacerdotes llenos de espíritu del mundo. Francisco dice esto por su herejía: hay que interpretar el Evangelio según el mundo, según su cultura, según sus problemas, según lo que viva cada uno en su vida humana. Y como hoy los hombres viven ensalzando lo humano, entonces hay que tener sacerdotes que ensalcen lo humano y que vivan para lo humano.

Cuanto menos estudien los sacerdotes más sabios son en el Espíritu. No se necesitan los estudios humanos para dirigir un alma. Sólo se necesita oración y penitencia. Lo demás es basura del mundo.

Un jefe de la Iglesia que habla de esta manera es sólo un jefe de la anti-iglesia formada en Roma por él.

Francisco habla para los suyos y para seducir a los que no son suyos. Y muchos caen en su trampa verbal porque no han comprendido lo que pasa ahora en Roma.

Muchos se pasan la vida criticando a todos en la Iglesia, pero nadie se pone en la verdad de la Iglesia.

Y la Verdad sólo la da el Espíritu de la verdad, no un razonamiento del hombre sobre la Palabra o sobre la Tradición o sobre el Magisterio de la Iglesia.

La Iglesia es la Palabra de Dios. Y no es otra cosa. Y los hombres, por no aceptar la Palabra de Dios, por no someterse a la Palabra de Dios, empiezan a poner en la Iglesia la oscuridad de sus palabras humanas y de sus razonamientos humanos.

Eso es lo que hace Francisco y eso es todo aquel que vea la Iglesia con su brillante y estúpida mente humana.

Para aceptar la Palabra de Dios el hombre tiene que pisotear su mente humana.

Y esto es lo que nadie hace hoy en la Iglesia. Nadie. Y, por eso, todo el mundo luchando en la Iglesia por sus verdades. Y nadie se centra en la Verdad. Y todos criticando a los Papas y nadie ve la Verdad de lo que pasa.

Y así se llega a lo que tenemos: un absurdo sentado en la Silla de Pedro.

Ese hombre Francisco es un auténtico absurdo. Y nadie se ha dado cuenta de eso. Nadie.

Un hombre que quiere que la Iglesia se abra al mundo sin quitar el dogma primero. Este es el primer absurdo. Quita antes el dogma en la Iglesia y entonces toda la Iglesia te va a seguir. Eres un necio gobernante. Eres el más tonto de todos los hombres en el mundo. En tu propia necedad caes.

Segundo absurdo: la Iglesia contempla la calamidad de Francisco y no hace nada desde el gobierno horizontal. Y comienzan las divisiones en la cabeza. ¿Queréis gobernar la Iglesia? Derrocad primero a Francisco, porque él está impidiendo vuestro gobierno horizontal. Pero nadie se mueve y, entonces, caen en el absurdo: ¿para qué estáis en ese gobierno si no dais nada a la Iglesia? ¿Para qué seguís llamándoos sacerdotes y Obispos si no estáis haciendo nada por la Iglesia? O estáis con la Iglesia o estáis con la nueva iglesia que ese idiota ha fundado. Y si estáis con ese idiota, entonces derrocadlo para hacer la iglesia que os dé la gana con ese gobierno.

Uno se pone a ver el panorama que es Roma ahora y llega a estos absurdos.

Y un tercer absurdo: los fieles en la Iglesia caen en sus propios absurdos. Todo lo quieren pensar y decidir en este juego del demonio. Pero nadie quiere ponerse en la Verdad. Nadie llama a Francisco como un maldito, como un demonio, como un anticristo. Y, por tanto, no se enfrentan a él como lo que es.

Nadie llama al gobierno horizontal como el gran problema de toda la Iglesia., como la negación de la autoridad divina en la Iglesia. Todos quieren ver en Francisco una voluntad divina que no existe.

Todos miran lo que hace Francisco para discernir por dónde va la Iglesia y todos se equivocan, porque la Iglesia no es Francisco ni su gobierno horizontal. La Iglesia ya no está en Roma. Y, por eso, hay que irse de Roma para ser Iglesia y no hay que estar adulando al necio de Francisco como si hiciera lago por la Iglesia. ¿Qué puede hacer un Enemigo de la Iglesia por la Iglesia? Destruirla, que es lo que hace Francisco.

Nadie llama a lo que ha fabricado Francisco en Roma como la falsa Iglesia, la anti-iglesia, la nueva iglesia. Nadie. Todos haciendo el juego a Francisco. Y ¿por qué?

Porque nadie discierne la Verdad metido en su mente humana. Nadie. Hay que salir de la mente humana para ver la verdad sobre la Iglesia.

Y si no se sale se cae en el absurdo que todos caen.

Sacerdotes y laicos en la Iglesia

«La Iglesia será eclipsada: 1- No se sabrá cuál es el verdadero Papa; 2- el Santo Sacrificio será proscrito, cesará de ser ofrecido en las iglesias e incluso en las casas, de tal suerte que durante un tiempo no habrá más culto para el público. Pero he visto que sin embargo el Santo Sacrificio no cesará: se le ofrece en las granjas, las alcobas, en las bodegas y los sótanos» (Melania al P. Combe).

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Sólo Cristo es Sacerdote. Los demás, en la Iglesia, no son sacerdotes.

Esta Verdad se comprende así: el Sacerdocio de Cristo es sólo espiritual, no humano, es decir, proviene del Espíritu, es una obra del Espíritu en Cristo.

Jesús es la Encarnación del Verbo en una Carne. Y esto es ser Sacerdote. Esa obra que el Espíritu hace en Jesús al encarnarse en el Seno de la Virgen.
Es claro, que sólo Jesús es Sacerdote por Su encarnación en María Virgen.

Y es Sacerdote para una Obra de Redención: para quitar los pecados de los hombres y así llevarlos al Cielo.

Por eso, Jesús hace primero Su Obra Redentora: morir en la Cruz, que para eso ha nacido. Esa es la Voluntad de Su Padre: morir.

Y, en la muerte, en el derramamiento de Su Sangre, cuando el soldado le abrió el costado, ahí Jesús inicia otra Obra Divina: Su Iglesia.

Son dos obras en Jesús distintas.

Una como Sacerdote: la Obra de la Redención del género humano.

Otra como Rey de Su Iglesia: unir a las almas redimidas en Su Cuerpo Místico, que es la Obra de Su Iglesia: en la tierra, en el Purgatorio y en el Cielo.

Jesús, durante su vida humana, no obra Su Iglesia, sino sólo su Obra Redentora. Sus milagros, sus predicaciones, cualquier cosa que hace es sólo para redimir a los hombres. Jesús no inicia Su Iglesia hasta Pentecostés, en que asciende al Cielo para gobernar Su Iglesia derramando sobre Sus Apóstoles y María Santísima el Espíritu necesario para obrar Su Iglesia en la tierra.

Jesús actúa en Su Iglesia como Rey, ya no como Sacerdote, porque Su Sacerdocio es para una Obra de Redención, y Su Reinado es para la Obra de Su Iglesia.

Como esa Obra de Redención se sitúa en todo tiempo de los hombres, en la historia de los hombres, es necesario que los hombres participen de ese Sacerdocio. Y, por eso, Jesús pone en Su Iglesia un Sacramento para recibir el Espíritu de ese Sacerdocio. Y, de esa manera, hay sacerdotes que tienen la misión de unirse a la Obra de la Redención en Cristo. Son corredentores con Cristo. Se une a Cristo Sacerdote para redimir a los hombres por sus pecados.

Y, por tanto, esos sacerdotes sólo obran la Redención en la Iglesia, sólo tienen poder de consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el altar para que lo que hizo Cristo sea eterno entre los hombres, sea una obra que no pasa nunca porque siempre hay un sacerdote que la pone realmente en medio de la Iglesia.

Los que no reciben el Sacramento del Orden, no son sacerdotes, pero participan del Sacerdocio de Cristo por el Bautismo. Es sólo una participación espiritual, pero no real como en el Sacramento del Orden.

Equiparar a los fieles con los sacerdotes, igualarlos, hacerlos uno en la Iglesia es destruir tanto el Bautismo como el Orden. Son Sacramentos distintos para una misión diferente en la Iglesia. El laico y el sacerdote son hijos de Dios por el Bautismo, tienen el Espíritu de filiación divina, pero el fiel no es sacerdote porque no tiene el Espíritu del Sacerdocio que sólo se da en el Orden.

Hoy ya se enseña esta igualdad por muchos sacerdotes y Obispos y lo que están enseñando es la destrucción de la Iglesia, para así hacer una nueva iglesia en la que todos sean una sola cosa en el pensamiento del hombre y, por tanto, el sacerdocio se represente sólo de forma externa, sin ningún espíritu en él.

Eso es Francisco y todo su gobierno horizontal: hacen en la Iglesia su teatro, su obra como sacerdotes, en el que ya no creen porque han perdido el Espíritu del Sacerdocio. Se visten de sacerdotes, de Obispos, de Cardenales porque todavía no es tiempo de dejar esos trajes. No hay que asustar a los fieles de la Iglesia antes de tiempo. En su momento, la Jerarquía Eclesiástica dejará su careta que tiene ahora y se mostrará tal cual es en realidad.

Un cardenal que predica la igualdad de los fieles con los sacerdotes, como es Oscar Madariaga, es una señal de que ese Cardenal ya no celebra su misa, ya no consagra, porque ya ha perdido la Fe en Cristo Sacerdote y en la Iglesia.

La Fe si no se predica como es entonces es la señal de que esa persona no tiene Fe, sino que ya se inventó su fe humana. Y se viste de Obispo o de sacerdotes sólo por aparentar, pero no porque viva ese Espíritu.

Hay muchos sacerdotes y Obispos de esta manera. Cuando predican claramente una doctrina opuesta a la de Cristo, como es Francisco, automáticamente, -y no hace falta poner la mano en el fuego-, ese sacerdote, ese Obispo no consagra nada cuando celebra su misa. Hace un teatro y sólo un teatro en la Iglesia.

El sacerdote sólo tiene poder de consagrar en la Iglesia. Pero es necesario que el sacerdote crea en la Palabra de Dios. Sin esa Fe, no hay consagración en el Altar, aunque diga las palabras correctas cuando consagra.

El sacerdote no tiene poder de gobernar, de enseñar, de santificar la Iglesia. Sólo de consagrar.

Ese Triple Poder se lo da Jesús sólo a Pedro, al hacerlo Cabeza de Su Iglesia. Y, cuando los Obispos y sacerdotes, se unen a Pedro, le obedecen, entonces el sacerdote y el Obispo tienen el poder para enseñar, gobernar y santificar la Iglesia de Cristo.

Son dos poderes distintos en la Iglesia: el poder de consagrar y el poder de hacer Iglesia.

Muchos sacerdotes consagran, pero no hacen Iglesia: porque no están unidos a Pedro, no obedecen a Pedro.

Muchos no consagran ni tampoco hacen Iglesia: porque ya han perdido la fe divina y la fe católica.

Muy pocos consagran y hacen Iglesia: porque sólo se rigen por el Espíritu del Sacerdocio y por el Espíritu de la Iglesia.

Cuando se anula a Pedro, cuando renuncia Pedro a ser Pedro, entonces sólo queda el poder de consagrar en cada sacerdote y en cada Obispo. Pero ya no se tiene el poder de enseñar, ni de gobernar ni de santificar a las almas en la Iglesia. No hay poder de hacer Iglesia.

Esto es lo que pasó con la renuncia de Benedicto XVI. Esa renuncia produjo la ruptura entre Cristo y Su Cabeza, que es Pedro. Y Cristo, como Rey de la Iglesia, no da Su Poder a Pedro. Y la Iglesia se queda sin ese Poder en una Cabeza Visible.

Sólo queda el poder de consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en cada sacerdote que crea en las palabras del Evangelio.

Pero nadie, ahora, en la Iglesia tiene poder para enseñar nada, para gobernar nada, para santificar nada. Porque para hacer eso, es necesario unirse a la Cabeza Visible, que sigue siendo Benedicto XVI. Pero ¿quién se une a un Papa que no quiere ser Papa? Nadie. ¿Quién se puede unir a Cristo en una Cabeza que ha renunciado a unirse a Cristo? Nadie. Es claro que no es posible unirse a Francisco, porque no es Papa, sino un anticristo, un hereje. Y nadie puede comulgar con un hereje. Comulgan con Francisco los herejes como él, que hay muchos en la Iglesia y en el mundo.

Lo que ha hecho Benedicto XVI es muy grave para toda la Iglesia. El Poder todavía está en Benedicto XVI, pero es inútil, inservible. Y eso produce una cosa en la Iglesia: la anulación del Sacerdocio en la Iglesia.

El Sacerdocio es de la persona del sacerdote y, al mismo tiempo, de la Iglesia.

Se es sacerdote porque se tiene el Espíritu del Sacerdocio, que se recibe en el Sacramento del Orden, pero además se es sacerdote porque se está en la Iglesia de Cristo, se tiene el Espíritu de la Iglesia.

Y el sacerdote en la Iglesia obra con la intención de la Iglesia, no sólo con la intención de Cristo. Tiene dos intenciones distintas todo sacerdote.

Con la intención de la Iglesia, el sacerdote pone en el altar a Cristo unido a las intenciones del Papa. Hace lo que hace la Iglesia unida su Cabeza: que es adorar a Cristo en Pedro.

Con la intención de Cristo, el sacerdote pone en el altar a Cristo unido sólo a la intención de Cristo, de la Cabeza Invisible, de Su Rey en la Iglesia. Y, por tanto, hace lo que Cristo hizo en la Última Cena.

Pero en la renuncia de Benedicto XVI, ya no hay intención de la Iglesia en el sacerdote. Ya cuando consagra a Cristo en el altar sólo consagra con la intención de Cristo, pero no con la intención de la Iglesia. La Razón: no hay cabeza visible en la Iglesia. No hay Vicario de Cristo. No hay intención de la Iglesia.

Por eso, en el canon de la Misa no hay que pronunciar ni los nombres de Benedicto XVI, ni de Francisco, ni del Obispo del lugar. Porque ya no hay autoridad divina en la Iglesia. Y no es posible decir el nombre de un hereje en la Sta. Misa. No se puede nombrar a Francisco. Habría un pecado en el sacerdote que celebra la Misa.

Esto es un problema espiritual en la Iglesia, porque ahora no se puede hacer Iglesia cuando se celebra una Misa. Antes sí, porque existía la Cabeza Visible. Ahora, no.

Al renunciar Benedicto XVI, no hay poder para enseñar, para gobernar, para santificar en la Iglesia.

Esto es muy grave porque el sacerdote tiene la misión, no sólo de consagrar a Cristo, sino de gobernar, enseñar y santificar en la obra de Redención que hace sobre el altar. Y no se puede hacer eso ahora porque no hay poder. Sólo por eso.

Por supuesto, que se habla y se enseña y se mandan cosas, pero sin el poder divino, que sólo se da a través de Pedro a todo sacerdote y Obispo que se une a Pedro. Como no hay cabeza, no hay poder.

Esto produce un gran caos real, no imaginario, en toda la Iglesia.

Porque si uno quiere enseñar la verdad de lo que está pasando en la Iglesia hoy día, hay que enfrentarse a Francisco y a Roma. Y eso supone no hacer Iglesia, no hacer la iglesia que está en Roma, no hacer la iglesia que presenta Francisco. No tener intención de la nueva iglesia que está en Roma. Y esto es un enfrentamiento en la misma Iglesia.

Quien calla la herejía de Roma sólo hace la nueva iglesia de Roma, pero no hace Iglesia, la de Cristo, la verdadera.

Este es el caos. Se ve que no hay poder para enseñar en la Iglesia porque inmediatamente se produce un enfrentamiento en la misma Iglesia, una división. Y entonces no se hace Iglesia, no se es Iglesia actualmente cuando se celebra la Misa.

Esto a la larga produce un ruptura total: o se está con Roma y, por lo tanto, se hace la iglesia que Roma quiere, o se está en contra de Roma y se hace la Iglesia que Jesús quiere.

Y como Roma no va a dejar sus capillas, sus parroquias, entonces va a llegar un momento en que hay que celebrar las misas en casa particulares con las almas que sí quieren la doctrina de Cristo, la Iglesia de siempre.

Ahora en la Iglesia no se quiere esa doctrina de Cristo y cuando se predica, la gente se alborota. Eso es señal de que no hay Espíritu de la Iglesia en el Cuerpo Místico. Y si no hay Espíritu no se puede enseñar, ni gobernar, ni santificar nada en la Iglesia.

Estamos en tiempos muy difíciles. Y hay que renunciar a Roma para seguir la Iglesia verdadera. Quien no renuncie se pierde en una iglesia que ya es la nueva plataforma para el Anticristo en Roma.

Roma se hace laica

El problema de la nueva iglesia en Roma está en el sacerdocio.

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Para la nueva iglesia, “Jesús es un laico más que causó un cambio en el sacerdocio. La vida entera de Jesús fue una vida sacerdotal, en el sentido en que se hizo hombre, era pobre, luchó por la justicia, criticó los vicios del poder, se identificó con los más oprimidos y los defendió, trató a las mujeres sin discriminarlas, y se vio obligado por su propia fe a ser perseguido y morir crucificado fuera de la ciudad. Este sacerdocio original de Jesús es el que tiene que continuar en la historia.” (Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga Conferencia en Dallas).

Cuando se dice esta frase -Jesús es un laico más que causó un cambio en el sacerdocio- se está anulando el sacerdocio y la Eucaristía. Esta es la forma para zanjar la Eucaristía. Automáticamente.

Jesús no es un laico, sino que es el Sacerdote por excelencia y es Sacerdote único.

Sacerdote según el orden de Melquisedec (cfr. Heb 5,6), sin padre según la generación humana y sin madre según la generación divina; perfecto (cfr. Heb 7,19); vivo (cfr.Heb 7,25); sin interrupción (Heb 7,3), sin falta de continuidad; perpetuo… para siempre (Heb 7,24); santo, inocente, inmaculado (Heb 7,26); universal, para beneficio de todos los hombres (cfr. Heb 5,9); sacrificado y ofrecido por sí mismo (cfr. Heb 7,27; 9,26); ejercitando su sacerdocio con un sacrificio eficacísimo, hecho una sola vez (Heb 10,10); para purificarnos de nuestros pecados (cfr. Heb 9,14). Él sustituye, suprime, el sacerdocio levítico; no lo sucede, sino que lo interrumpe, aún más, lo abroga.

Esto es Jesús. Quien quiera inventarse otro Jesús cae en herejía, como ese cardenal, que es ya un anticristo en la Iglesia.

Si se enseña que Jesús es un laico, con un sacerdocio volátil, entonces sacerdotes y fieles de la Iglesia son iguales, no son distintos, es decir, sólo se da un sacerdocio espiritual, pero no se da el sacerdocio ministerial.

“Un laico justo está unido espiritualmente a Cristo por la fe y la caridad, pero no por la potestad sacramental. Por tanto, posee el sacerdocio espiritual para ofrecer hostias espirituales, de las que se habla tanto en Sal 50,19: El sacrificio agradable a Dios es un espíritu contrito, como en Rom 12,1: Ofreced vuestros cuerpos como hostia viva. Por lo que en 1 Pe 2,5 se atribuye a todos un sacerdocio santo para ofrecer víctimas espirituales” (Sto. Tomás de Aquino).

Y cuando se iguala al sacerdote con este sacerdocio espiritual se tiene que negar, necesariamente, el Sacerdocio de Cristo.

Y esto produce definir la Iglesia de esta manera: la Iglesia es una porque todos sus miembros participan del Sacerdocio de Cristo.

Cuando se define así la Iglesia, entonces se anula la Eucaristía y el Sacerdocio en la Iglesia.

El sacerdocio de Cristo en la nueva iglesia sólo se dedica a cuestiones humanas, como señala el Cardenal. Y ahí en lo humano el sacerdote hace su iglesia.

Por tanto, la figura de la Eucaristía es ya una memoria en esa nueva iglesia: “Y si la Iglesia quiere seguir a Jesús, lo único que tiene que hacer es seguir diciéndole al mundo lo que le sucedió, proclamando sus enseñanzas y su vida” (Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga Conferencia en Dallas).

Decir al mundo lo que pasó hace 2000 años: eso es la destrucción de la Eucaristía. Aquí el Cardenal ha puesto las bases para negarlo todo en la nueva iglesia.

Y de esto se deduce que en la nueva iglesia ya no cabe Cristo Jesús, sino sólo el falso Jesús que se han inventado.

“Si la Iglesia tiene alguna misión, esa es manifestar los hechos de Jesús. La Iglesia nunca fue una meta en sí misma. La salvación viene de Jesús, no de la Iglesia. Para esta labor de misión y testimonio, la Iglesia siempre debería estar equipada con fe y un espíritu de servicio a la humanidad. Demasiadas veces da la sensación que tiene muchas certezas y muy pocas dudas, libertad, desacuerdo o diálogo. No más exclusiones ni tratar de resolver los problemas del mundo regresando al autoritarismo, la rigidez y el moralismo, más bien manteniendo siempre el mensaje de Jesús como única fuente de inspiración” (Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga Conferencia en Dallas) .

Leer esto es entender lo que es la nueva iglesia en Roma, entender lo que está pasando en Roma.

a. La nueva iglesia sólo tiene una misión: la de recordar la vida de Jesús, la de manifestar lo que hizo Jesús. Y no más. No tiene la misión de hacer las mismas obras de Jesús. No. Eso ya no es en la nueva iglesia, porque Jesús es sólo un hombre que se dedicó a las cosas humanas, pero nunca a las cosas de Su Padre, a hacer la Voluntad de Su Padre.

b. Y, por tanto, la Iglesia no tiene un fin divino en Ella. Es decir, que Jesús no fundó la iglesia. Como Jesús es sólo un laico, un hombre, la Iglesia no es nada, no lleva a nada espiritual, a nada divino. Es sólo un conjunto de hombres que hablan y se mueven de muchas maneras.

Por eso, en la nueva iglesia en Roma se quitó el Papado con el gobierno horizontal. Es que ya no creen que Jesús fundó la Iglesia. Este es el punto que nadie cree. Se ha puesto ese gobierno horizontal porque no se cree en la Palabra de Dios. No por otra cosa, no para ayudar al Papa. Eso no se lo creen ni ellos mismos. Se ha puesto el gobierno horizontal para eliminar al Papa, como va a suceder.

c. Como la Iglesia no tiene un fin divino, entonces la consecuencia: “La salvación viene de Jesús, no de la Iglesia”. Ya la Iglesia no salva. Ya la Iglesia no es el camino para salvarse. Ellos predican que fuera de la Iglesia ya hay salvación.

En la nueva iglesia en Roma todos entran: ateos, masones, protestantes, musulmanes, budistas, etc., porque todos creen de alguna manera en Jesús.

Ya es la fe la que salva. Y eso es la doctrina de los protestantes. La fe fiducial.

Pero sólo la gracia mediante la fe es la que salva. Hay que estar en gracia para salvarse, no basta con creer en Jesús. Hay que quitar errores, pecados, etc., que es lo que impide la gracia en el alma. La nueva iglesia en Roma es totalmente protestante. Se ve su tufillo por todas partes.

d. Para obrar esta gran misión que tiene la nueva iglesia es claro el camino: el humanismo: ”la Iglesia siempre debería estar equipada con fe y un espíritu de servicio a la humanidad”.

Y entonces viene la puntilla: que todos seamos buenos hermanos, que nos amemos mucho, que nos abracemos mucho, que todos sintamos que hacemos mucho bien entre los hombres. No hay que hablar del pecado, de la cruz, de la penitencia, de la muerte, de la justicia divina, del purgatorio, de las leyes que condenen, de las penas de excomunión, etc: “No más exclusiones ni tratar de resolver los problemas del mundo regresando al autoritarismo, la rigidez y el moralismo”.

No hay moral, no hay ética, no hay autoridad, no hay leyes. Pura anarquía es lo que hay en la nueva iglesia.

Así, de esta manera, se va a quitar la Eucaristía, poniendo una definición que parece bonita, pero que es una total herejía.

Roma se ha hecho laica, es decir ha caído en la herejía del laicismo, por la cual se quita todo lo sagrado, lo santo, lo divino en la Iglesia.

La Iglesia es la obra de los laicos y también los sacerdotes son laicos, con una misión que tiene que hacer, como es la fiesta de la cena del Señor. Hacer que todos en la Iglesia bailen y se rían porque en el mundo hay muchos problemas y la Iglesia debe ser una casa donde la gente venga a quitarse sus problemas de la vida divirtiéndose un poco. Así se piensa y así se va a hacer en Roma.

Por eso, hay que salir de Roma ya. Esto ya huele muy mal.

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