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El sentido del pecado

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En la Iglesia se ha perdido el sentido del pecado.

Muchos son los católicos que no practican la fe. Y eso quiere decir dos cosas:

1. ya no tienen fe;

2. ya no creen en el pecado.

Es fácil no creer en el pecado cuando el hombre comienza a ver su vida desde el punto de vista humano o natural.

Porque, humanamente, todos los hombres tienen errores, son débiles, fácilmente caen en la mentira.

Y, entonces, el pecado es algo natural, propio de todo hombre.

Y el Misterio de Iniquidad nos dice que el pecado es espiritual, obrado por un espíritu angélico que, pecando, se transformó en un espíritu de demonio.

Y ese demonio sedujo al hombre en el Paraíso y, desde entonces, el hombre nace endemoniado, esclavo del demonio, atado a ese Misterio de Iniquidad.

Y, a pesar de que el hombre se bautice, el pecado sigue en el hombre, su concupiscencia que obra la división en el ser humano.

Y esa división es un asunto espiritual en el hombre, no un asunto humano o natural.

Es fácil caer en el pecado: “es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento” (Juan Pablo II – Reconciliatio et paenitentia, n. 17).

Sólo se necesita tener pleno conocimiento de las cosas en materia grave. Y el hombre vive su vida con pleno conocimiento. No vive su vida dormido o soñando. Sabe lo que vive, sabe lo que piensa, sabe lo que obra.

Y si es fácil caer en el pecado mortal, más fácil es caer en el pecado venial, porque no hace falta el pleno conocimiento de las cosas, sino otro conocimiento, que puede ser variado: pleno, semipleno, débil, en materia leve.

El hombre justo peca siete veces al día: “Porque el justo, siete veces cae y se levanta” (Prov. 24, 16). Y son pecados reales, no son debilidades o errores humanos que todos cometen. Son actos humanos que van contra la ley divina que todo hombre tiene en su corazón.

El pecado es ir en contra de la ley de Dios y, por tanto, ir en contra del mismo hombre y de la naturaleza del hombre.

No sólo se peca contra Dios, sino contra el hombre. Y no sólo contra uno mismo, sino contra los demás hombres.

El Misterio del pecado en Eva en el Paraíso fue esto: Eva concibió del demonio un pecado y se lo dio a Adán. Eva pecó, y pecó contra Dios y contra ella. Pero Eva no se quedó en su pecado. Si se hubiera quedado en su pecado, entonces Adán no hubiese pecado. Pero Eva, en su pecado, se movió a obrar su pecado en Adán. Y lo hizo pecar en el mismo pecado de ella.

Nunca el que peca se queda solo en su pecado. Sino el que peca busca a otro para pecar, para hacerle partícipe de su pecado.

Esto es siempre.

Es igual que el Ángel cuando pecó, arrastró en su pecado a la tercera parte de los ángeles y se convirtieron en demonios.

Eva arrastró a Adán en su pecado y, por la naturaleza de su pecado, toda la humanidad peca en Adán y Eva.

Todos nacemos en el pecado para una vida de pecado y para obrar el pecado: eso es el pecado original.

El Bautismo quita el pecado original, pero no el deseo de pecar, no la atracción hacia el pecado.

Y no puede quitarlo por el Misterio del pecado.

En ese misterio, quien peca tiene que cargar con el pecado hasta la muerte. No hay en la vida humana ningún hombre que pueda santificarse antes de la muerte.

Los santos alcanzan su santificación, precisamente, en la muerte, antes de morir. En su vida humana, los santos caen siete veces al día, por el Misterio del pecado.

Y, por eso, querer esconder el pecado, como hoy se hace, es mentirle a todo hombre que ve, en su vida, su pecado continuamente.

Todos pecamos (cf. Rm 3,23-24) y, por tanto, nadie está excluido de ver su pecado, de contemplar su pecado, de luchar contra su pecado, de arrepentirse de su pecado.

Y quien no lo haga “sucumbe en su pecado” (Prov. 24, 16).

Quien vive en su pecado es un impío, en un maldito, es un demonio. No puede ser llamado hombre, porque no quita su pecado, porque se reviste de su pecado, porque llama continuamente en su vida a su pecado, a obrar su pecado.

Lucifer, en su pecado, se convirtió en otra cosa diferente a su ser angélico. Recibió el ser demoniaco, que consiste en no poder amar a Dios nunca. No poder obrar la Voluntad de Dios nunca. No poder llegar a la Santidad que Dios quiere en cada criatura.

Y cada hombre que vive su pecado, que obra su pecado, recibe ese ser demoniaco en su ser de hombre, en su naturaleza humana. Y vive para obrar su pecado. Y no puede vivir para obrar el amor de Dios en su vida. No puede ponerse en la Verdad, porque vive sujeto a su mentira en su vida.

Por eso, quien ama no puede pecar. Pero quien peca, no puede amar a Dios ni al prójimo.

En la Iglesia se ha perdido este sentido del pecado y se invita a amar al prójimo en el pecado, obrando el pecado. Eso es hacer demonios en la Iglesia.

Esa es la herejía que Francisco y los suyos promulgan ahora en la Iglesia al abrirse al mundo.

Hay que ser buenas personas con todos, hay que dar de comer a todos, hay que ayudar a todos, hay que cuidar a los enfermos, y eso se hace sin quitar el pecado.

Y, entonces, no se obra el amor divino, sino que sólo se obra para agradar a los hombres, para que todos los hombres estén contentos y felices en sus vidas. Que se abracen y se quieran mucho porque todos somos buenas personas y todos tenemos nuestros errores en la vida.

Así se concibe la Iglesia hoy día. Y esto es lo que predican tantos sacerdotes y Obispos: un amor falso al prójimo que nace de vivir el pecado y de obrar el pecado.

Pero no se predica el amor santo de Dios, que nace de la lucha contra el pecado y, por tanto, hace amar al otro de una manera totalmente diferente a como se ama en el mundo. Hay que amar al prójimo practicando las virtudes, para discernir la verdad en el amor.

Este es el amor falso que hay en Roma, porque ya se han abierto las puertas para pecar en Roma, para acoger el pecado de muchos que quieren amar a Dios según su manera de vivir en el mundo, es decir, según su pecado.

Porque el Príncipe del mundo es el demonio. Y, por tanto, el mundo sólo vive y sólo obra el pecado. No puede obrar el amor de Dios. Nunca. Por el misterio del pecado.

Una Iglesia que se abre al mundo es una Iglesia que recibe en Ella el espíritu del demonio para pecar y obrar el pecado en Ella.

Por eso, hay que salir de Roma para no contaminarse con el mundo que ya está dentro de Roma, con el pecado que ya obra Roma.

Roma ha puesto el camino de la condenación

“Cristo el Señor… quiso que el colegio apostólico tuviera la máxima unidad, unido por un doble y estrecho vínculo, a saber: intrínsecamente, por una misma fe y por el amor…; extrínsecamente, por el gobierno de uno solo sobre todos, ya que confirió a Pedro la primacía sobre los demás apóstoles, como principio perpetuo y fundamento visible de unidad” (Pío XI – Ecclesiam Dei).

libertad

Los Obispos son uno en la Iglesia si obedecen a Pedro, que es el primer apóstol y el principio y el fundamento visible de unidad.

Cristo es el fundamento, la Roca invisible de unidad en la Iglesia.

Pedro es la roca visible de unidad.

Y Pedro gobierna solo la Iglesia. Y, por tanto, no necesita de un gobierno horizontal. No hace falta. Es un insulto a la Iglesia poner un gobierno horizontal. Es una obra herética en la Iglesia poner un gobierno horizontal.

Es la obra herética de Francisco. Es su legado a la Iglesia. Es el gobierno horizontal el principio y el fundamento de la destrucción de la Iglesia.

Así se destruye la Iglesia: quitando el gobierno vertical, que es el gobierno de uno solo, de Pedro, y poniendo un gobierno de muchos, horizontal, que conlleva la imposición de la mente del hombre en la Iglesia. Y la mente del hombre divide la Iglesia. Sólo la mente divina une la Iglesia.

Por eso, el gobierno horizontal es la prepotencia en la Iglesia, es el orgullo en la Iglesia, es la soberbia en la Iglesia, es la mentira en la Iglesia. Es la división en la Iglesia.

Y muchos han aceptado ese gobierno horizontal porque dicen que cualquiera puede gobernar en la Iglesia de una forma o de otra.

No creen en Pedro. No tienen fe en la Palabra de Dios. Sólo creen en sus estructuras creadas en la Iglesia para gobernarla.

El gobierno en la Iglesia es sólo espiritual, no humano, porque se gobiernan almas, no cuerpos, no vidas humanas, sino vidas espirituales.

Como Francisco, y toda la Jerarquía que lo sigue, no creen en el Espíritu, en la vida espiritual, entonces no ven la Iglesia como Espíritu, como la obra del Espíritu, que sólo tiene un fin divino: llevar las almas al Cielo.

Para Francisco, la Iglesia sólo posee un fin humano: dar de comer a los pobres, cuidar a los enfermos, dar trabajo a los jóvenes. Por eso, ha puesto en la Iglesia su negocio humano en el gobierno horizontal.

Francisco sólo ve la Iglesia como un conjunto de hombres. Y punto y final. Y ahí se acaba la Iglesia para Francisco.

Por eso, ha abierto las puertas de Roma al mundo. Por eso, llama hermanos a todo el mundo, aunque sea el mayor hereje de todos los tiempos, como los judíos y los protestantes. Son sus hermanos para él. Para la Iglesia siguen siendo los Enemigos, soldados del demonio, quienes van a entrar en la Iglesia por la puerta de Roma. Ya se han abierto. Y queda muy poco para contemplar la mayor herejía de todas desde que existe el hombre en la tierra.

Poner un gobierno horizontal es declarar que Roma ha muerto para las cosas de Dios, para las cosas santas, para las obras sagradas, para llevar al Cielo a las almas.

Roma ha muerto. Y eso es lo que nadie ha entendido, porque los hombres siempre son iguales: duros de cerviz. Les cuesta ver la Verdad por su gran soberbia.

“Dios, que dio a los Apóstoles la misión de predicar el Evangelio, estableció a Pedro, el jefe de todos ellos, a fin de que de Pedro como de la cabeza pudieran extenderse sus dones divinos en todo el cuerpo; y quien ose separarse de la unidad de Pedro no participa en la economía divina” (San León Magno – Carta ll).

Francisco se ha separado de la unidad de Pedro al poner un gobierno horizontal en la Iglesia. Sólo Pedro, en el Vértice de la Iglesia, solo, él solo, la gobierna. Quien vaya contra esto, no puede entrar en el Cielo y no pertenece a la Iglesia.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha matado la fe en Roma. Roma ya no cree en la Palabra de Dios: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia”. Pedro solo gobierna la Iglesia. Sólo en Pedro se da la Verdad en la Iglesia.

Francisco ha engañado a toda la Iglesia aceptando ser Pedro cuando Benedicto XVI renunció a su Pontificado. Su engaño es otra obra herética de Francisco en medio de la Iglesia.

Francisco no cree que ser Papa es hasta la muerte, que Pedro es elegido por Dios hasta la muerte. Francisco sólo cree que ser cabeza de la Iglesia es sólo por un tiempo. Entonces, a Francisco hay que echarlo de ese gobierno que ha creado en la Iglesia, porque ese gobierno es sólo para un tiempo. Es necesario poner otras cabezas que dirijan la Iglesia.

El gobierno horizontal en la Iglesia es sólo temporal, no perpetuo. Sólo Pedro es perpetuo. Sólo la elección divina es para siempre. Y, por eso, Dios elige a un Papa para siempre, por Su Elección en la Iglesia. No lo elige para un tiempo. La renuncia en la Iglesia no existe, no puede darse, porque nadie puede renunciar a su vocación en la Iglesia. Sólo Dios puede quitar esa vocación, no los hombres.

Y los hombres han expulsado a Benedicto XVI del Vértice de la Iglesia y han obligado a Benedicto XVI a irse de la Iglesia.

Es la imposición de la mentira en el gobierno vertical de Benedicto XVI en la Iglesia. Este Papa ya sufrió la mentira en carne y hueso en la Iglesia.

Y los hombres no se han dado cuenta de los sufrimientos de los Pontífices en la Iglesia. Creen que todo es comer y beber en la Iglesia. Un Papa que no sufra en su gobierno no es Papa verdadero. Un Papa que no sufra los asaltos de los hombres, que están a su alrededor, queriendo el poder en la Iglesia, no es verdadero Papa.

Nadie ama a los Papas, todos aman a las cabezas herejes, como Francisco.

Nadie se da cuenta de lo que un Papa tiene que sufrir para gobernar la Iglesia dando a conocer la Verdad y sólo la Verdad de la Palabra de Dios.

Un Papa tiene que batallar contra todas las palabras humanas en la Iglesia que quieran desestabilizar la unidad en la Iglesia. Y es duro batallar contra los hombres, porque los hombres se creen dioses por lo que piensan. Son soberbios hasta rabiar. Son perros que sólo saben ladrar sus herejías y mentiras en la Iglesia.

Tenemos, en este momento en la Iglesia, lobos en el gobierno horizontal, que están hambrientos de poder y de dinero en la Iglesia, porque eso es lo que ofrece el gobierno horizontal a todos los que lo componen. No les ofrece una vida espiritual, una vida divina, una vida santa. Francisco no puede ofrecerles eso porque ha hecho de la Iglesia una empresa humana para dar de comer a los hombres. Y, para eso, hace falta buscar personas en el mundo que den dinero a la Iglesia. Y esas personas que dan dinero quieren, a cambio, un trozo de poder en la Iglesia. Roma es como la bolsa de negocios: tú me das, yo te doy.

Nadie ve las consecuencias gravísimas de poner un gobierno horizontal. Porque a nadie le importa la Iglesia, la vida espiritual de la Iglesia. A nadie.

La Iglesia está hecha sólo para las almas, no para los cuerpos. Pero así no lo ven en Roma. Ya ese planteamiento no se sigue, porque ahora se sigue el espíritu del mundo en Roma.

Y, por eso, hay que salir de Roma, porque ¿a quién le interesa el mundo?: “Pero a mí jamás me acaezca gloriarme en otra cosa sino en la Cruz de nuestro señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6, 14).

Francisco no se crucifica para el mundo, sino que se abre al mundo. Para Francisco el mundo no está crucificado, sino abierto a su mente y a su torpe espíritu de vanidad y de presunción, que le hace ser el mayor de los hipócritas de la Iglesia, que se atreve a vestirse de Obispo sin tener el Espíritu de la Iglesia, porque ha renegado de la Santidad de la Iglesia, que sólo Pedro puede dar en la Iglesia.

Francisco ha anulado a Pedro y, por tanto, ha anulado la Santidad en la Iglesia.

Quien quiera ser santo, que salga de Roma. Quien quiera condenarse, que se quede en Roma.

En Roma está la muerte

La Iglesia es el Misterio del Espíritu Divino, porque nace en el Espíritu y obra sólo en el Espíritu.

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Nace la Iglesia cuando Jesús está muerto en la Cruz: “Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia” (SC 5). De un muerto nace la obra de la Iglesia en el Espíritu, de la muerte nace la Vida.

Y en la Resurrección se da la obra de la Palabra en el Espíritu Divino. Jesús reúne a sus discípulos para que, una vez, dado el Espíritu, la Iglesia comience a dar la Palabra de Dios a todos los hombres.

La Iglesia es para dar la Palabra Divina. No es para dar las palabras humanas.

Y, por eso, la Iglesia se ha esforzado para quitar sus palabras humanas, quitar sus razones humanas, y ofrecer la Verdad de la Palabra Divina.

Pero este esfuerzo no ha sido siempre igual, sino que en cada época el hombre ha intentado hacer su Iglesia, la que tiene en su mente humana, según vaya interpretando la Palabra de Dios con su filosofía de la vida.

Y cuando el hombre se puso como dios en el mundo, ya hace muchos siglos, en la Iglesia se comenzó a introducir el hombre, de muchas maneras, llegando a lo que vemos hoy día.

En la Iglesia, en este siglo XXI sólo se contempla el pensamiento de los hombres y sus obras. Y no hay otra cosa.

Por eso, todos besan al hombre en la Iglesia, todos dan culto al pensamiento del hombre en la Iglesia, y todos desprecian la Palabra de Dios.

Esto es claro para aquellos que tienen la fe despierta. Para los demás, les suena a chino, porque viven para los hombres y obran en la Iglesia como los hombres obran en el mundo.

Por eso, estamos en la Iglesia sin un camino divino. Desde la cabeza falsa impuesta por la masonería en la Iglesia, se han cerrado los caminos divinos en la Iglesia. Sólo se da los caminos humanos. Pero no es posible que se den los caminos del Espíritu en la Iglesia. Ya no hay manera de hacer eso con falsas cabezas.

“Donde está Pedro allí está la Iglesia; donde está la Iglesia no hay muerte, sino la Vida eterna” (San Ambrosio – Sobre el Salmo 40, V, 30).

Como ya no está Pedro en la Iglesia, sino una falsa cabeza, entonces en Roma ya no está la Iglesia, sólo está una falsa Iglesia, llena de hombres que sólo siguen y obedecen a hombres, pero no a Cristo Jesús. Ya no pueden porque no hay Pedro.

Benedicto XVI fue expulsado de la Cátedra de Pedro, de la Silla de Pedro, del Trono de Dios, y, por tanto, quien se puso es sólo un hombre que se viste de Obispo y que se hace llamar Papa sin serlo, sin la vocación divina a ser Pedro.

Dios ha dado a Su Iglesia ocho meses para que discierna esto y, muy pocos, lo han discernido. Muy pocos. Por las obras se coge a Francisco y a los suyos. Por sus obras. No por sus palabras. Francisco ha dicho muchas herejías. Pero lo que importa en él sus obras heréticas, porque según se habla así se obra. Si se dice la mentira, se obra la mentira.

Y, desde el principio, Francisco ha obrado la mentira. Pero los hombres, como también viven para sus mentiras, no se han dado cuenta de esta verdad, de las obras mentirosas de Francisco en medio de la Iglesia.

Pedro ya no está en Roma, luego en Roma sólo queda muerte. Ya no es posible la Vida desde Roma, la Vida que da el Espíritu a toda la Iglesia.

Y los hombres no han captado esta verdad. Y los hombres siguen mirando a Roma para buscar la Verdad y la Vida. Y los hombres siguen esperando algo de Roma y de la Iglesia en Roma.

Y Roma sólo da la mentira a todo el mundo y a toda la Iglesia.

Y esto es lo que nadie discierne. Se tiene miedo de enfrentar a Roma. Mucho miedo.

Y, por eso, cuando venga el desastre, muchos quedarán pillados, anclados en ese desastre, porque ahora no se han enfrentado ni a Francisco ni a Roma.

Los hombres no han sabido luchar contra el demonio que ha puesto una cabeza falsa en la Iglesia para engañar a toda la Iglesia, para seducir a toda la Iglesia.

Los hombres no han sabido confrontar a Francisco. No han sabido llamarle por su nombre: un maldito. No han sabido ver sus mentiras, sus errores, sus herejías en la Iglesia. Sino que muchos, sabiendo la mentira de Francisco, lo siguen aplaudiendo en la Iglesia. Y muchos que ven sus errores en su teología se unen a él en la Iglesia.

Y en la Iglesia sólo se puede estar unido a Pedro para ser Iglesia. Cuando las almas se unen a una cabeza falsa, como es Francisco, ya no se hace Iglesia.

Este es el punto más crítico de todos que nadie ve, que nadie contempla, que nadie discierne. Y esta es la señal de que no se ama a Pedro en la Iglesia. Que en la Iglesia cualquiera que se ponga como cabeza es lo que vale. No importa que sea un hereje o un santo. Que gobierne el que quiera, pero que nos dejen en paz en la Iglesia con nuestra comunión y con nuestra misa.

Así piensan muchos, por eso, no disciernen la Verdad en la Iglesia. Se conforman con cualquier cabeza en la Iglesia.

Donde está Pedro, allí está la Iglesia. Y es de vital importancia discernir siempre a Pedro para ser Iglesia.

El falso respeto a Pedro, la falsa obediencia a Pedro es la razón de que muchos no ven a Francisco como lo que es: un anticristo. Lo tienen como Papa y no son capaces de decir que no es Papa. No se atreven, porque les falta fe.

“No se puede tener parte en la herencia de Pedro sino con la condición de permanecer adherido a su Sede” (San Ambrosio – De la Penitencia, I, l, cap. Vll).

Francisco no se adhiere a la Sede de Pedro porque ha anulado la Sede de Pedro con su gobierno horizontal. y, por tanto, Francisco no pertenece a la Iglesia, queda excluido de la Iglesia. No puede tener parte en la herencia de Pedro, que es el Reino de los Cielos.
Esta gran Verdad es descuidada por todos en la Iglesia.

Esperan que Francisco dé soluciones los problemas de la Iglesia con su apertura al mundo, y no se dan cuenta de que Francisco no está adherido a Pedro en la Iglesia.

Si Francisco, como impostor que es, no hubiera tocado el gobierno vertical en la Iglesia, entonces habría solución en la Iglesia.

Pero Francisco se opuso a Pedro, quitando el gobierno vertical. Entonces ya no existe la Iglesia en Roma. No se da. Es imposible. No está Pedro. Roma ya no va a volver a poner la verticalidad en la Iglesia. No pueden, porque el demonio ya quiere otra cosa en la Iglesia.

Estamos en tiempos de gran confusión porque la gente no ha aprendido a discernir y, por tanto, no sabe batallar las luchas espirituales en la Iglesia.

Somos soldados de Cristo, pero muchos se comportan en la Iglesia como soldados del demonio y así arrasan con toda la Iglesia.

Hay que huir de Roma

En los momentos claves de la Iglesia, la Virgen ha hecho su aparición para mostrar el camino a la Iglesia, de la cual es Madre.

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En el año 40 d.c. la Virgen se apareció a Santiago para indicar a toda la Iglesia el camino que había que seguir: la Fe en la Palabra de Dios.

Esta debe ser siempre la andadura de la Iglesia: los pasos de la Fe, seguir las huellas de Su Hijo Jesús, que marcan un camino de negación a toda palabra humana en la Iglesia.

Hoy vivimos el diálogo con la palabra humana y eso destruye la Palabra Divina. Porque el Evangelio no está ni para comentarlo, ni para hablarlo, ni para recordarlo, ni para sintetizarlo, ni para estudiarlo, sino para obedecerlo, sometiendo el entendimiento humano a la Palabra de Dios, que es lo que nadie hace hoy en la Iglesia.

Y, por eso, tenemos una Iglesia dormida en las boberías que Francisco enseña en Ella. Una Iglesia que ha perdido toda su fe y que se convierte en un juguete de los pensamientos de los hombres.

Ya la Iglesia que está en Roma no es la Iglesia de Jesús: es sólo aquello que quieren los hombres. Y sólo eso. Y los hombres, cada día, quieren una cosa distinta. Por eso, los grandes cambios vienen ya a la Iglesia. Y la Iglesia tiene que dejar Roma porque Roma no sirve para nada.

La Virgen se apareció en Fátima: “Una gran señal fue vista en el Cielo” (Ap 12, 1).

Y se aparece justo en el momento en que se establece el comunismo en Rusia: “Y otra señal fue vista en el Cielo, y he aquí un dragón grande rojo” (Ap 12, 3).

Y la Virgen en Fátima indicó a la Iglesia lo que tenía que hacer. Y se lo indicó por su profeta. Y la Iglesia no hizo caso a las Palabras de la Virgen y, por eso, la Virgen tuvo que venir otra vez a dar la Verdad de la Palabra de Dios.

Pero esta vez la dio por todo el mundo. Porque:

“Y el Dragón se ha apostado frente a la Mujer… para poder devorar a su Hijo” (Ap. 12, 4b).

El Dragón Rojo se metió en la Iglesia en el Concilio Vaticano II para devorar la Palabra de Dios, que es lo que ha hecho durante 50 años.

Y la Virgen se presentó en Garabandal, iniciando la etapa de las apariciones marianas en todos los países, para defender a la Iglesia del ataque del Dragón dentro de la misma Iglesia, a cargo de los mismos sacerdotes y Obispos, que han devorado al Hijo de la Virgen, y han destrozado a la Hija de la Virgen, que es la Iglesia.

Y ¿qué ha hecho la Iglesia con todas las apariciones marianas? Todas a un lado, todas negadas, todas manipuladas, todas combatidas.

Porque ese es el trabajo de la soberbia en los sacerdotes y Obispos: perseguir la Palabra de Dios, que es la Palabra de la Verdad, para poner en la Iglesia la palabra humana y que todos obedezcan a esa palabra humana.

Y, entonces, la Iglesia se ha oscurecido en 50 años, se ha eclipsado, y Roma ha perdido la fe por combatir la Verdad, por devorar la Verdad, por querer implantar su verdad a la Iglesia y al mundo. Por anular a Jesús en la Iglesia.

Y, en esta situación, después de 50 años, ¿qué hace la Mujer?

“Y la Mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten mil doscientos sesenta días” (Ap. 12, 6)

Este tiempo es en el que estamos. Hay que huir de Roma al desierto que Dios ha preparado para su Iglesia durante 3 años y medio.

Y hay que huir ya, llevándose dos cosas: “Y le fueron dadas a la Mujer las dos alas de la Grande Águila, para que volase al desierto a su lugar” (Ap. 12, 14).

Hay que ir al desierto con dos cosas: la fe y la gracia. Lo demás, no interesa. Con estas dos cosas, el alma vive sin problemas en la lucha espiritual que viene, porque:

“Y lanzó la serpiente de su boca tras la Mujer agua como ría, para hacer que sea arrastrada por el río” (Ap 12, 15).

Roma ya no es la Iglesia de Jesús. Allí ya no está Jesús. El Espíritu de la Iglesia huyó de Roma al desierto cuando Benedicto xVI renunció a ser Papa, renunció a la Iglesia de Jesús, renunció al sacerdocio, renunció a la Verdad, renunció a la Vida Divina, renunció a la Fe en la Palabra de Dios.

Y, desde esa renuncia, el demonio está combatiendo a la Iglesia dando sus errores desde la Silla de Pedro para arrastrar a toda la Iglesia y hundirla, ahogarla, sofocarla para siempre.

Y la Iglesia tiene que huir de Roma. Las almas que pertenecen a Roma por ser de la Iglesia Católica tiene que renunciar a Roma para seguir siendo la Iglesia Católica. Porque Roma es la la Gran Ramera. Y actúa de esta manera: fornicando con todo el mundo, que es lo que ha hecho desde que inició su triste reinado en Roma.

Este es el punto en que se vive ahora en toda la Iglesia.

Roma ya no sirve para ser Iglesia, para hacer Iglesia. No sirve. Porque no tiene el Espíritu de la Iglesia. Su Espíritu ha huido de Roma. ¿Qué queda en Roma? Sólo los hombres, sus pensamientos, sus obras, sus ideales humanos. Y eso no sirve para hacer Iglesia. Eso sólo sirve para condenarse como Iglesia.

Y hay que irse con la fe y con la gracia.

La Fe en la Palabra de Dios y la gracia que obra la salvación mediante la fe. Las obras de la fe hay que realizarlas en gracia. Y Roma ya no está en gracia, ya no vive la gracia, ya no obra la gracia, ya ha perdido la gracia, porque no tiene fe en la Palabra.

Para perder la gracia hay que perder la fe. Y se pierde la fe mirando el pensamiento humano, que es lo que han hecho todos los sacerdotes y Obispos desde hace 50 años: mirándose a sí mismos, a sus inteligencias y a sus planes de vida humana en la Iglesia.

Por eso, Francisco ha construido su fábrica de hacer hombres en la iglesia. Quien quera un puesto en esa fábrica, que lo pida. Pero el camino de esa iglesia va hacia la condenación, hacia el infierno, hacia la autodestrucción.

Tres años y medio tiene que estar la Iglesia en el desierto. Y va a ser combatida por Roma y por todo el mundo, hasta que llegue el final con el Anticristo. Y, después, será otra cosa para la Iglesia. Pero, ahora, sólo persecución, abandono, muertes, humillaciones, dolores. Cosas necesarias para purificar la Iglesia.

Y en este tiempo se acaban todas las apariciones marianas. La Virgen María se calla, porque se ha ido al desierto. Y en el desierto sigue su trabajo pero en las almas llenas de fe y de gracia. Y sólo habla para ellas, no para el mundo. Porque la Iglesia ahora sólo está en los corazones de aquellas almas que viven de fe y de gracia.

Se van a perseguir a todos los Profetas que ahora dan sus mensajes a la Iglesia, porque todos los que creemos en la Palabra de Dios y nos esforzamos por vivir en gracia, tenemos que irnos al desierto para vivir allí lo que Dios quiera en este tiempo. Y no va a faltar el sustento, porque Dios ha preparado ese desierto para Su Iglesia.

Pero hay que irse al desierto para tenerlo todo en este tiempo. Quien quiera buscar sus caminos en el mundo, entonces le va faltar de todo, en lo espiritual y en lo material.

Dios se ocupa de las almas que viven de fe y de gracia. Lo demás viene por añadidura.

No existe la Iglesia de los pobres

El Cuerpo Místico de Cristo se halla totalmente dividido en su interior.

limosna

Muchos católicos piensan que la Jerarquía de la Iglesia se ha encerrado en los esquemas del pasado en cuestiones de la familia, de la ley natural, del sexo, del matrimonio.

Y piensan así sólo porque siguen al espíritu del mundo que les habla de los tiempos que han cambiado, tiempos nuevos en que no se puede cuidar la vida repitiendo el pasado.

Y entonces muchos católicos caen un una herejía: buscar a Dios en la vida, en los gozos y dolores de la vida. Ya no buscan a Dios en Su Palabra, en Su Evangelio, porque eso es texto y letra del pasado.

Así piensan muchos católicos. Y, por tanto, la enseñanza de la Iglesia, la fe católica, la doctrina de la Iglesia, es cosa del pasado, es cosa muerta, porque los tiempos históricos han cambiado para el hombre.

Este es el problema de la teología de los pobres, que sigue al dedillo Francisco.

Con esta teología, Francisco quiere hacer su iglesia de los pobres, que es sólo su iglesia. Porque la Iglesia de Jesús no es la iglesia de los pobres.

Nunca lo ha sido y nunca lo será.

Es el juego de las palabras que gusta tanto a los católicos de hoy y a los teólogos de Roma.

La Iglesia de Jesús es la Iglesia de los Santos. Y no otra cosa.

Y la iglesia de los pobres es la iglesia de los pecadores que no quieren quitar sus pecados, y que hacen de sus vidas la obra de sus pecados.

Esta es la iglesia que comienza en Roma ya y a la que muchos católicos van a seguir porque les da lo que viven en sus vidas de pecado: les da su pecado.

Muchos católicos, y Francisco a la cabeza, dicen que el Espíritu de Dios no puede encerrarse en las doctrinas y en el Evangelio del pasado.

Que los dogmas de la Iglesia tienen que cambiar según los tiempos del hombre, según las culturas de los hombres. Y, por supuesto, el Evangelio hay que interpretarlo según la vida de cada cual, según el necio pensamiento de cada uno. Necio para Dios, pero para los hombres un valor incalculable.

Esto es lo que se vive actualmente en la Iglesia. Así piensa mucha gente que comulga y se confiesa, que hace oración y que se dedica en sus tiempo libre a adorar a Satanás en miles de cosas que la vida trae y que no disciernen porque han perdido la fe.

Para ellos la vida humana no se puede encerrar en el Evangelio de Jesús ni en las doctrinas de la Iglesia.

La familia tiene que abrirse a los horizontes que el mundo le ofrece hoy día. Y no importa acabar con lo sagrado, porque es más importante nuestra vida humana. Ahí está lo sagrado de la vida.

Y, por eso, se cae en tantas herejía dentro de la Iglesia porque querer ser hombres. Y hombres sin pecado, sin moral, sin ética, sin discernimiento, porque así ya viven muchos católicos, que se creen santos porque dicen sus cosas libremente en la Iglesia y obran sus cosas libremente sin que nadie se oponga a ello, sino que buscan a sacerdotes que piensan como ellos para vivir así: en su pecado.

Esto es una realidad en la Iglesia actual: es la división en la Iglesia.

Pero división que ha puesto la misma Jerarquía de la Iglesia. Lo que pasa en la Iglesia, en el Cuerpo Místico de Cristo, es sólo culpa de los sacerdotes y de los Obispos, que enseñan esto en sus teologías de la liberación y del pueblo.

Muchos católico piensan que se debe escuchar al Espíritu en cada hombre y en cada mujer, en sus vidas propias humanas. Que lo que digan esos hombres y esas mujeres es lo que dice Dios sobre Su Iglesia. Este es el gran error de muchos. Y de muchos que tienen títulos de teología y carreras universitarias. De muchos sacerdotes que han hecho de la sabiduría humana su dios en la Iglesia.

Hay que abajarse al pobre y conocer sus necesidades, no sólo materiales y humanas, sino su vida concreta en lo espiritual, en su pecado. Hay que atender su pecado para que nunca más lo llame pecado, sino que aprenda del pecado a realizar la vida de la iglesia, porque esa debe ser la iglesia, así debe formarse la iglesia: la iglesia tiene que recoger a todos los pobres para darles lo material, pero que no quiten sus pecados. Hay que enseñarle que sus pecados no son pecados, sino cosas de la vida que los tiempos traen.

Este es el pensamiento de muchos católicos. Y así piensa Francisco. Francisco atrae a la gente porque pronuncia palabras de misericordia y aliento que conduce a no mirar las verdades y las normas de antes, porque ya son obsoletas, no tienen sentido en un mundo que vive ya otra cosa a lo que se enseñó en el pasado en la Iglesia.

Así está la Iglesia: totalmente corrompida, porque Roma ha perdido la Fe en la Palabra y la Fe en la Iglesia.

Ahora todo consiste en poner otro evangelio, adecuado a los tiempos que corren, y poner otra doctrina que guste a todos los hombres, porque todos tiene que estar en la iglesia. Esta es la consigna de Francisco: todo adentro.

Es la iglesia de los pobres hombres que tienen que lidiar en este mundo con tantos problemas y que necesitan el cariño de un necio en la Iglesia, que les dé el sentimiento de amor humano, de amor falsificado, de amor embrutecido por todo lo humano de sus vidas.

Esto es lo que quieren muchos. Esto es lo que persiguen muchos en la Iglesia. Esto es lo que anhela la mayoría de los católicos. Por eso, les encanta Francisco. Francisco hace su trabajo: el de acariciar la voluntades de los hombres para ofrecerles lo que ellos piden: sus caprichos en la vida.

Francisco es el hombre para el hombre. El hombre que se desvive por los hombres. El hombre que se ha hecho pobre para meter en su iglesia a los pobres hombres sin vida moral, sin vida espiritual, sin vida ética, sin doctrina verdadera, sin culto divino. Eso no importa. Lo que importa es que todo el mundo entre en la Iglesia y se divierta en la Iglesia porque la vida trae muchos problemas para todos. Y la Iglesia no puede estar poniendo problemas a los hombres con sus dogmas y con sus doctrinas de siempre. Debe cambiar.

Esta iglesia de los pobres es lo que enseña Francisco en todas sus homilías. Es su teología favorita. Ya para salvarse no hay que hacer nada. Dios no salva porque somos tan buenas personas, somos sus favoritos, es tan misericordioso, que sólo quiere que los hombres estén felices en sus vidas humanas.

Esta iglesia de los pobres es la iglesia de los demonios. Y no otra cosa. Que quieren dar contento a los hombres.

Esto es lo que se escucha por todas partes: Donde hay amor hay sacramento, se casen los novios o no, y donde no hay amor no hay sacramento, por canónicamente casados que estén.

El amor es lo principal para muchos en la Iglesia, desconociendo la enseñanza de Jesús sobre el amor. Hoy ya nadie atiende a la Palabra Divina sobre el amor, sino que cada cual se fabrica su amor.

Si la pareja está en dificultades, entonces sólo será de Dios aquello que les ayude a resolver sus dificultades y a volver a quererse, si pueden: este es el pensamiento de muchos en la Iglesia.

Lo primero es buscar resolver las dificultades de los hombres. Esto es lo primero. Y, por tanto, lo divino se somete a esto primero.

Como todos creemos en Dios, como todos nos amamos, entonces busquemos la manera de ayudar a los hombres en la Iglesia para que sigan adelante con sus vidas. Y qué importa si en esa manera cae la ley divina, la ley natural, el dogma católico, la vida moral, la vida ética. ¿Qué importa eso? Lo que importa es que muchos sean felices en sus vidas humanas. Es la iglesia de los pobres hombres que buscan su felicidad en esta vida de ricos.

Por eso, no hay sacramentos, sólo hay amor entre los hombres. Eso es lo que enseñó Jesús para muchos: el amor humano.

Y Jesús enseñó lo contrario: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Aquellos que hacen la Voluntad de Dios.

Pero para la iglesia de los pobres es al revés. No existe la Voluntad de Dios, sino sólo la voluntad de los hombres. Y aquello que ayude a realizar esa voluntad humana se llama voluntad de dios, que es sólo la voluntad del demonio.

Así está la Iglesia hoy día. Y la culpa de Francisco. No hay que echar la culpa a nadie ahora sino sólo al que se sienta en la Silla de Pedro y que ha hecho de la Iglesia su negocio particular.

Y, por eso, se desprecia a Francisco y se le da lo propio de los condenados: el infierno.

Para él no hay misericordia porque está demostrando que no entiende lo que es la Misericordia en la Iglesia que llama al pecador a ver su pecado, a luchar contra su pecado, y a aniquilar en él toda forma de pecado.

Y Francisco peca en la Iglesia, y exalta su pecado en la Iglesia, y justicia su pecado en la Iglesia,y llama a su pecado voluntad de Dios. Y eso significa estar condenado en vida.

Y ¿qué quieren? ¿Que se aplauda a Francisco porque se dedica a resolver problemas económicos en la Iglesia?

Jesús no enseñó a quitar los problemas económicos de los hombres. Jesús enseñó a luchar contra el demonio, contra el pecado, contra los hombres y contra el mundo. Ese es su Evangelio. Y no hay otro. Ése es el Evangelio de la Vida, porque quita el pecado que trae siempre la muerte al hombre.

La Iglesia sólo tiene que centrarse en la vida espiritual de las almas. Y darles el alimento adecuado para que vivan según la gracia y según el Espíritu en la Iglesia.

Una Iglesia dedicada a las cosas del mundo, como es la iglesia de los pobres, hace que la Iglesia provoque ella misma el cisma.

Es que ya no se puede estar en esta Iglesia de Roma. Con todo esto que ya viven la mayor+ia de los católicos, es para irse de una iglesia que no es la Iglesia de Cristo. Es la iglesia fundada por la memoria de Francisco y los suyos: el hombre tiene que recordarse a sí mismo y ser feliz consigo mismo. Eso es todo en la nueva iglesia de Roma. Y nada más que eso. Y para tener esa iglesia, entonces lo mejor es no tenerla y seguir con la Verdadera fuera de Roma.

Hay que salir de Roma muy pronto porque llega el tiempo de lo enfrentamiento con todo el mundo. Es la división. Es el cisma que la misma Roma ha creado.

Roma ya no posee la Autoridad Divina en Cristo

La palabra Iglesia viene del griego ekklesía (ἐκκλησία) que significa:

a. ek: fuera, desde fuera;

b. klesis (klησis): llamado.

Dios, desde el Cielo llama a cada alma en su corazón a una vocación especial.

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La Iglesia es una vocación divina a cada alma, a cada hombre. Es, por tanto, una Gracia Divina que Dios da a todo hombre. Dios llama a todo hombre a esa vocación.

Pero la Iglesia, siendo un llamado divino, no es para todos los hombres. Es sólo para aquellos hombres que responden a esa vocación divina.

Dios prepara Su Iglesia desde antes de fundar los Cielos y la Tierra, porque Su Iglesia es algo que no es temporal, material, humano, carnal, sino sólo Espíritu.

Y en el Espíritu, Dios crea Su Iglesia. Por eso, la Iglesia tiene Su Espíritu: el Espíritu de la Iglesia, distinto del Espíritu Divino, que sólo se da en Dios.

Pero Dios no funda Su Iglesia hasta que Su Hijo no muere en la Cruz. Y, entonces, en ese momento, el llamado a las almas se da sólo en Cristo, no fuera de Cristo.

Es en Cristo donde se reúnen las almas que han sido llamadas a esta vocación divina.

Es sólo en Cristo donde aparece Su Cuerpo, que es la Iglesia.

El Cuerpo de la Iglesia no se da antes de Cristo, en el Pueblo de la Antigua Alianza. Ahí sólo se da la preparación del Pueblo para ser Iglesia, para formar la Iglesia. Es una preparación lejana, que espera la Venida de Cristo en Carne.

Y es sólo en Cristo cómo aparece Su Cuerpo.

Pero este Cuerpo no es una comunidad o una asamblea de hombres. No es una reunión de hombres.

La Iglesia es la unión de las almas en Cristo. Es la comunión de las almas en Cristo.

Son las almas las que reciben ese llamado desde el Cielo, llamado divino. No es una comunidad de hombres, no es una asamblea de hombres. Son las almas.

Y esas almas se unen en una sola Fe, un solo Bautismo, un solo Señor.

Y eso significa que están unidas en Cristo. Y que esa unión es diferente a la unión de cada alma con Cristo.

Cristo une a muchas almas en Su Cuerpo. Eso es la unión mística.

La unión de cada alma con Cristo es sólo una unión espiritual, en el Espíritu Divino.

Pero, como Jesús funda Su Iglesia en Pedro, entonces esa unión de muchas almas se da sólo en Pedro, no fuera de Pedro.

Cristo hace Su Iglesia, Su Cuerpo, en Pedro. Cristo une a muchas almas, que tienen ese llamado divino, esa vocación divina, sólo en Pedro, en una Cabeza Visible, en el Vicario de Cristo.

Sólo en Pedro se da la unión mística de muchas en una Cabeza.

Si se quita a Pedro, entonces se anula automáticamente la unión mística entre Cristo y Su Cuerpo, que es la Iglesia, entre Cristo y la unión de muchas almas.

Se anula, desaparece. Y la Iglesia queda sólo como un conjunto de almas, pero no como un Cuerpo.

Ya no es la unión de muchas almas en una Cabeza, por desaparecer la Cabeza. Sólo es el conjunto de almas, y cada alma se une a cristo de forma espiritual, en el Espíritu Divino, pero no se une a Cristo de forma mística, en el Espíritu de la Iglesia.

Esto es lo que pasó en la renuncia de Benedicto XVI. Al renunciar el Papa a ser Pedro, a su llamada divina para ser Cabeza del Cuerpo de Cristo, ese Cuerpo se queda sin Cabeza Visible y ya no se da la Iglesia como tal, como Cuerpo Místico. Sólo se da la Iglesia como comunidad de almas guiadas por la Cabeza Invisible, que es Cristo.

Pero, aunque no se dé el Cuerpo Místico, aunque se haya perdido la unión mística, no se pierde el Espíritu de la Iglesia.

Una cosa es la Iglesia como Cuerpo Místico, como unión de muchas almas en Cristo, bajo una Cabeza Visible. Y otra cosa es el Espíritu de la Iglesia.

Se puede matar la Cabeza Visible de la Iglesia, pero no se puede matar el Espíritu de la Iglesia. Pedro puede renunciar a ser Pedro, pero el Espíritu de la Iglesia permanece en la Iglesia, aunque desparezca como Cuerpo Místico.

Por tanto, desde Benedicto XVI quien guía a la Iglesia es sólo Cristo con el Espíritu de la Iglesia.

La Iglesia no es guiada, en estos momentos, por ninguna cabeza de la Jerarquía Eclesiástica. Ningún sacerdote, ningún Obispo, guía la Iglesia.

La Autoridad Divina en la Iglesia sólo se da a través de Pedro. Si Pedro renuncia a ser Pedro, entonces, nadie puede participar en la Autoridad de Cristo, porque no existe Pedro y su carisma de la infalibilidad.

Es sólo por este Carisma cómo Cristo da Poder a Su Iglesia. Sin Pedro, no hay carisma de infalibilidad y, por tanto, no se da ninguna autoridad en la Iglesia.

Porque la primera Cabeza en la Iglesia es Pedro. Y los demás son Cabeza, es decir, tienen autoridad, cuando obedecen a Pedro, se unen a Pedro en la Obediencia. Y, por tanto, enseñan lo mismo que enseña Pedro y gobiernan lo mismo que gobierna Pedro.

Benedicto XVI, con su renuncia, hizo renunciar a todos a la infalibilidad y, por tanto, a la autoridad divina en la Iglesia, que sólo se da a través de Pedro.

En consecuencia, no hay que hacer caso a nada de lo que diga Roma sobre la Iglesia. Sólo hay que ver cómo actúan y obrar en consecuencia, enfrentándose a todo lo que venga de Roma sea bueno o sea malo. Porque lo que vienen de Roma viene sin la Autoridad de Cristo.

No hay que quedarse en las cosas buenas que pueda presentar Roma. No hay que esperar nada bueno de Roma. El demonio presenta lo bueno para engañar a las almas. No hay que creer en nadie en Roma. En nadie, porque todos han sido engañados en Roma. Todos son manipulados en Roma. Todos son adulterados en Roma.

Roma ya no tiene Autoridad Divina para decidir en la Iglesia de Jesús. Ellos sólo están haciendo su nueva iglesia. Y, para eso, tienen que desmontar 20 siglos de Iglesia. Y eso no se hace en unos meses. Eso lleva su tiempo.

Lo que interesa a cada alma que pertenece a la Iglesia son dos cosas:

1. En Roma, ¿cómo ha quedado el Papado?

2. En Roma, ¿qué van a hacer con la Eucaristía?

Esto es lo único que al alma le interesa de la Iglesia. Porque la Iglesia es Pedro y Jesús. Y no otra cosa. Se quita esto, y ya no existe la Iglesia.

Ya han quitado el Papado, a Pedro. Ahora, comienza el tiempo para quitar la Eucaristía. Una vez que la quiten, hay que decir adiós a Roma. Y punto. Lo demás, que lo sigan destruyendo, porque quitada la Eucaristía, cae todo. Lo otro no tiene sentido luchar por ello.

Ahora la Iglesia es un caos en todas partes. Y la Iglesia tiene que refugiarse de Roma, porque de Roma viene la persecución sobre la Iglesia verdadera. De la misma Roma. Y, por eso, se va a negar todo en las parroquias, en las capillas, a las almas que no sigan los dictados de Roma. Todo. Y habrá que hacer la misa como en el tiempo primitivo: en las cavernas, escondidos, en casas particulares, allí donde dejen celebrar la misa de siempre.

Hemos entrado en la era del anticristo

Estamos viviendo la era del anticristo.

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Tres tiempos tiene la Iglesia:

1. La era del Padre: Desde la Creación hasta el Paraíso, seis días trabajó el Padre y uno descansó. En ese tiempo, Lucifer hacía su obra al lado de la Obra del Padre.

2. La era del Hijo: Desde Adán y Eva hasta el último Papa, que fue Benedicto XVI. En ese tiempo, Satanás ha hecho su obra al lado de la Obra del Hijo, en la Iglesia.

3. La era del Espíritu Santo: Desde la renuncia de Benedicto XVI hasta la consumación de la Iglesia como Reino Glorioso en la Tierra. En este tiempo Belcebú realiza su obra al lado de la Obra del Espíritu.

Con la renuncia del Papa Benedicto XVI comienza la era del anticristo poniendo en la Iglesia su Reino de maldad.

Hasta ahora, los anticristos han estado ocultos en la Iglesia, porque había un Cristo, un Papa, que se oponía a ellos.

Pero Benedicto XVI no supo oponerse al anticristo y dejo la Silla de Pedro para los sucesivos anticristos visibles que deben darse hasta que aparezca el Precursor del Anticristo, que llevará la imagen del Anticristo en su pecho y en su corazón.

En esta era del anticristo son muchas cosas las que van a venir, pero la más importante es la forma cómo el anticristo seduce a las almas.

Porque está en la Iglesia de Roma con todo el aparato que tiene la Iglesia. Se esconde en todo eso y no sale a la luz. Y, sin embargo, ya ha salido y es conocido de muchos.

El Anticristo, el que tiene que reinar en la Iglesia de Roma ya está en Roma, pero nadie lo conoce. Está haciendo su trabajo para comenzar el teatro en la Iglesia.

La Iglesia está totalmente desprevenida ante lo que le viene. Todavía no ha despertado del sopor de Francisco, pero lo hará una vez que lo hagan dimitir. Entonces, muchos empezarán a ver claro lo que hasta ahora no comprenden.

Pero la cosa no está en que dimita Francisco, sino en lo que obra el Anticristo en la Iglesia y que nadie conoce.

Él prepara una nueva liturgia en la que va a poner sus frases, sus palabras, sus imágenes para que al ser leídas en la Iglesia todas las almas reciban la marca del Anticristo.

La marca del Anticristo, el sello del 666, no es algo material, sino espiritual. El demonio sella el alma de la persona. Ese sello significa que la persona se abre a la mente del demonio y repite con él sus palabras. Esas palabras son maléficas, es decir, cuando se repiten el alma queda endemoniada automáticamente. De esta manera, se sella el alma con un daño irreversible.

Porque las palabras que prepara el anticristo no son cualquier palabra.

Así como la Palabra de Dios santifica el alma, así la palabra del demonio condena al alma.

Son palabras que oradas en la liturgia automáticamente producen la condenación del alma, porque es la mente del demonio más pervertida posible.

El demonio no es un juego. El demonio es matador de hombres. Aquel hombre que lo toca con su palabra lo mata espiritualmente, es decir, lo condena.
Lucifer hizo esto con la tercera parte de los ángeles: a su palabra, todos ellos condenados.

Ahora, Lucifer hace lo mismo con la Iglesia: da su palabra sólo para condenar.

La marca en la frente y en la mano son dos cosas:

1. En la frente: la persona ha abierto su mente al demonio y escucha su palabra y acepta su palabra y queda endemoniada en su pensamiento y en su corazón.

2. En la mano: la persona obra lo que tiene en su pensamiento, lo que es del demonio. Y no puede obrar otra cosa. Ya no es libre para dejar al demonio. Ya pertenece al demonio para siempre.

Para conseguir esto, es necesario pertenecer a la nueva iglesia que ahora se está formando en Roma. Llegará un momento en que haya que decir sí a esta nueva iglesia y tener una membresía de ella.

Esta membresía es para iniciarse en el culto al demonio en la nueva iglesia. Con esta membresía los poderes del demonio estarán en todo el mundo. Porque se pedirá a todo el mundo pertenecer a esta iglesia como requisito indispensable para tener dinero en el mundo.

Por el dinero, siempre el demonio coge a los hombres. Siempre. Judas traicionó la Verdad por dinero, Benedicto XVI traicionó la Verdad por dinero, y todos en la Iglesia traicionan la Verdad por dinero.

Esto es un hecho. Lo demás son cuentos.

Para poner una liturgia adecuada para condenar, es necesario que esa liturgia sea aceptada por la persona. Si no hay aceptación de la persona, el demonio no puede obrar su trabajo en el alma. Es siempre la libertad lo que tiene cada alma para oponerse al demonio o darse al demonio.

El demonio forzará a la persona al quitarle el dinero para que entre en su nueva iglesia y se condene. Y muchos lo harán por el amor al dinero.

Por eso, si no se vive la vida espiritual, si todo consiste en bailar, comer, divertirse en la Iglesia como lo estamos viendo, entonces al demonio le es muy fácil hacer su trabajo en las almas. Ya tiene mucho camino recorrido. Muchísimo. Y las almas siguen en sus vidas humanas preocupadas solamente de ganar dinero y, después, van a misa a no sé qué culto a Dios.

Las personas, hoy día, viven la Iglesia lo que les da la gana. Pero nadie tiene vida espiritual. Nadie.

Nadie sabe enfrentarse a los hombres, enfrentarse a los demonios, enfrentarse a sus propios pecados. Nadie.

La vida espiritual es una batalla contra tres frentes: el mundo, el demonio y la carne.

Y hay que luchar cada día contra estos tres frentes. Y, como las almas sólo han aprendido a comer y a trabajar, entonces no ven los signos de los tiempos. Nadie sabe lo que está pasando ahora en la Iglesia. Todos preocupados por el dinero y por otras cosas que trae la vida.

El hombre está ahora tratando de construir una nueva religión, una nueva iglesia, totalmente opuesta a la Iglesia de Jesús. Y lo está haciendo en Roma, para que todo el mundo la vea y se quede en ella.

Es una nueva religión que reúne a todo el mundo bajo el redil de un dictador, que se llama Papa, que se viste como sacerdote o como Obispo, que habla de las cosas de Dios, de los santos, de los dogmas, pero que no da nada espiritual cuando habla. Es sólo la pantalla para ganar adeptos a la nueva religión en Roma.

Y, cuando un dictador obtiene tanto poder sobre el mundo, entonces ningún mal puede ser controlado por nadie. Y eso lleva a la destrucción, a la muerte y a la condenación de muchos que se creen salvos por estar en la Iglesia de Roma.

Los hombres no ven los signos de los tiempos. Son clarísimos. Están a la vista de todos. Están en Roma. Están en el gobierno horizontal. Está en cada sacerdote, en cada Obispo que aplaude lo que pasa en Roma. Está en cada alma que sigue lo que hay en Roma.

En Roma aparece ya el enfrentamiento de obispos contra obispos, de cardenales contra cardenales, porque Satanás está en medio de ellos. Y donde está el demonio está el pecado y la muerte, que es su consecuencia.

Y donde reina el demonio no puede estar Dios. Dios ya no está en Roma. Todavía quedan los restos de Su Eucaristía, pero pronto desparecerán también.

Dos Papas en Roma

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Hay dos Papas en Roma actualmente, pero ninguno es lo que el demonio quiere.

Dos Papas que viven cada uno en lo suyo, pero ninguno hace Iglesia.

Los dos están ocupados: uno en inventarse una nueva iglesia; el otro en inventarse una nueva vida.

Los dos están ajenos al descontento que hay en la Iglesia.

A pesar de que parece que no pasa nada, las almas viven sin un camino claro cuando ponen sus ojos en Roma.

Un Papa que se dedica a dar a la Iglesia el camino del mundo. Y otro Papa que se dedica a dar a su vida el camino de la tranquilidad.

Y, mientras, a los que les interesa la Iglesia sólo ven desastre sobre desastre en esta Iglesia.

Es que no se puede tener otros ojos cuando se ve lo que hace Francisco por la Iglesia. Es que ya no hay forma de comprender para qué está ese hombre en la Iglesia. Sólo habla de lo de siempre y nada más. No le interesa la vida espiritual, sólo hacer incapié en la vida humana de las personas.

Habla de la confesión y ¿qué dice? Que los hombres hablen con los sacerdotes y no tengan miedo de decir sus pecados. Eso no es enseñar la confesión a las almas. Hay que enseñarles lo que es el pecado, y cómo arrepentirse del pecado, y cómo expiar el pecado. Pero, para eso, no tiene tiempo Francisco. Sólo da lo que le interesa de los temas espirituales para tratar su tema especial: el hombre.

Habla a las familias y ¿qué dice? Lo de siempre. Hay que jugar con los niños, hay que cuidar a los ancianos, hay que darles un futuro a los jóvenes. Pero él no tiene tiempo de enseñar las virtudes de la Sagrada Familia. Sólo tiene tiempo para una cosa: su humanidad.

Un hombre que en la Iglesia adora al hombre no sirve para hacer Iglesia. No hay una predicación que salve a Francisco de su estúpida humanidad, de su inútil amor al hombre, de su fabricado sentimiento humano por los hombres.

Todo en Francisco es un engaño que las almas no saben ver. Porque cuesta reconocer la obra del demonio. Cuesta dar validez a lo que los hombres hacen de cara a la Iglesia. Validez espiritual, porque es muy fácil dar validez humana o natural a lo que todo el mundo ve en Francisco.

Las almas se detienen en lo exterior de un hombre que no sabe lo que es orar con el corazón. Sólo sabe decir palabras por su boca, y las dice sin sentido, sin dar culto a Dios, sin poner el corazón en la boca para hablar.

Francisco sólo pone su sentimiento cuando habla y se queda sólo en eso. En dar un grito de alegría y hacer que los demás lo acompañen en la procesión de su amor al hombre.

Francisco pasea por la Iglesia sus valores humanos y da a todo el mundo lo que es en su corazón: un hombre cerrado a Dios.

Cuando habla, las almas espirituales ven su maldad en el corazón. Cuando calla, las almas espirituales ven la acción del demonio en las obras que hace. Cuando obra, hay un demonio a su lado que le indica lo que tiene que hacer.

Francisco es el hombre que no sabe hacer Iglesia, sino que sólo sabe vivir su vida. La aprendió de seminarista y la obra de sacerdote.

De seminarista daba culto al demonio en muchas cosas de la teología de la liberación y del protestantismo. Por eso, sus predicaciones están llenas de estos dos errores que ha bebido desde el principio de su sacerdocio.

Francisco piensa como un hombre liberal, impregnado de las ideas del liberalismo, pero no de ese liberalismo sin cabeza, despiadado, sin cultura. Sino de ese liberalismo que todo lo querer entender y sintetizar con su razón. Es el liberalismo de las ideas autónomas, es decir, que cada idea es libre por sí misma y, por tanto, cada idea es una verdad absoluta.

Este absolutismo de las ideas le lleva siempre al error en todo, porque no es capaz de sujetarse a una verdad de la cual nacen las demás verdades. Para Francisco no existe esa verdad, sino que sólo se dan las múltiples verdades autónomas que cada uno tiene en su mente.

Francisco se siente libre porque piensa su verdad, y da su verdad, y obra su verdad. Pero Francisco se siente incómodo cuando tiene que dar una verdad que no es la suya.

Por eso, está en la Silla de Pedro para anular las verdades que no le gustan y poner su verdad.

Pero Francisco ya ha perdido el primer impulso que tenía. Se nota en sus predicaciones. Ya no tiene vigor, fuerza cuando predica. Ya dice cosas, pero no dice nada nuevo. Eso es señal de que su espíritu está clavado en algo que no puede revelar.

Francisco no es un hombre de ideas, pero es un hombre de sentimientos. Y cuando siente la vida, la expresa con las ideas. Pero ya en sus homilías no se siente a Francisco. Está hablando cosas pero no dice nada con sentimiento. Eso es señal de que algo anda mal.

Las almas sólo ven a Francisco en lo exterior de la vida, pero no atienden a lo interior de la persona, que es lo que importa para saber discernir los signos de los tiempos. No hay que ver los hechos exteriores, sino el comportamiento del hombre, la mirada del hombre, el rostro del hombre.

Un hombre que no da nada a la Iglesia es lo que tenemos ahora en la Iglesia. Un hombre que empezó en la Iglesia con gran calor, pero ahora no se siente. Hay un rechazo oculto en la Iglesia contra Francisco. Hay malestar en la Iglesia con Francisco. Hay desunión en su gobierno horizontal. Y eso se nota porque el gobierno no ha hecho nada de importancia en la Iglesia.

Un gobierno que se prepara para la Iglesia de esta manera, como lo ha hecho Francisco, y que, una vez que se ha constituido, calla, no hace nada, sólo estudia cosas, sólo ve cosas, sólo hay declaraciones para no meter en problemas a Francisco, para no hacer saltar lo que todos temen, es señal de que es necesario otra cosa en la Iglesia.

¿Para que este gobierno de ocho hombres parados en la Iglesia? Si conociendo la mente de Francisco, debería ya anular todos los dogmas a punta de documentos oficiales. ¿Qué espera para hacer eso? Ya lo hizo con el Papado. Y lo demás es lo mismo. Si a Francisco no le interesa dar las razones para quitar un dogma. Francisco actúa como un déspota: se quita y ya está.

Por eso, no se entiende ahora qué pasa en la Iglesia. Para el político algo grave viene. Para el filósofo la vida sigue igual. Para el economista, los dineros vienen para la Iglesia. Pero para el espiritual sólo ve una cosa: la anulación de la Iglesia.

No se puede tener confianza en Francisco ni en su gobierno horizontal. Es imposible creer en quien no cree en la Santísima Trinidad ni en la Eucaristía. Es absurdo dar un voto de confianza a alguien que ha anulado el Poder en la Iglesia. Es estúpido pensar que Francisco va a hacer algo bueno en la Iglesia. Es de locos estar mirando las obras de Francisco en la Iglesia para percibir el camino que hay que seguir.

Para quien conoce lo que hay en Francisco, se prepara para lo peor. Se prepara para abandonar una iglesia que no sirve para nada en la vida espiritual. Es que ya es imposible decir la verdad en la Iglesia. Es que se va a callar a todos en la Iglesia para que o sigan el pensamiento de un hombre o se buscan la vida fuera de la nueva iglesia.

Ya no hay verdad en la Iglesia. Es lo que vemos constantemente. Es que son cincuenta años machacando la verdad, hasta triturarla, hasta despojarla de todo, hasta ocultarla totalmente.

Es que ya uno está cansado de lo mismo, de las mismas estupideces de la gente que no sabe creer en la Palabra y que siempre busca una razón para exaltar su soberbia.

La vida en la Iglesia ya no es como antes. Ahora hay que cuidarse de todos. Ahora, cuando se habla la verdad, la gente empieza a murmurar, ya no coge la verdad como es, porque ya vive sus verdades, sus mentiras y no son capaces de oír la verdad.

Hay un espíritu de engaño en toda la Iglesia. Un espíritu que lo maneja todo a sus anchas y hace ver caminos que no son, puertas que no se abren, calzadas que son sólo obstáculos en el camino.

No se respira amor en la Iglesia. Sólo se respira humanidad. Los hombres en ellos mismos, sin salir de ellos mismos, sin ver otra cosa que a ellos mismos.

Por eso, es triste ver dos Papas en la Iglesia que no hacen nada por la Iglesia. Que la destruyen cada uno a su manera. Que viven para su humanidad y que hacen de la Iglesia sólo el caldo de cultivo para que se dé la apostasía de la fe.

Roma, Ramera de la Iglesia

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“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús”. (no. 34 – Lumen Fidei).

Esta herejía representa todo la obra de Francisco en la Iglesia.

De esta herejía se sacan varios corolarios, varias sentencias, varios apartados:

1. Francisco es un dios para sí mismo: Esta es la primera consecuencia, porque al recibir la encarnación de una luz en su mente, su espíritu se cierra a Dios y su mente se abre al demonio. Y esto hace que el alma beba de las enseñanzas del demonio en la mente. Abrir la mente al demonio es cerrar el corazón a Dios al mismo tiempo. No se puede estar con los dos. O con uno o con otro. Si se abre la mente al demonio, entonces ya no se abre a Dios el corazón. Y la persona queda como dios en sí misma, en su mente. Su mente se pone por encima de su corazón. Dios sólo habla al corazón de la persona, no a su mente. El demonio es el que habla a la mente de la persona.

2. La Iglesia es el conjunto de ideas que los hombres tienen sobre Dios: Si el hombre se hace dios para sí mismo, entonces su pensamiento es lo que vale en la Iglesia. Ya no es la Palabra de Dios, ya no son las obras que Jesús realizó en su vida humana, ya no es la Tradición de la Iglesia, ya no es el Auténtico Magisterio de la Iglesia, ya no es la doctrina de los santos Padres y Doctores de la Iglesia, ya no es la Vida de los Santos, de las Vírgenes, de los Confesores, sino que es cómo uno ve todo eso, cómo cada cual lo interpreta, como cada cual lo estudia, como cada cual le parece. Y, entonces, en la Iglesia hay un poco de todo y no hay ninguna verdad. Todo es mentira porque todo vale. Y ya no existe el pecado ni nada que se relacione con el pecado. En consecuencia, se niega a Jesús y Su Obra de la Redención en la Iglesia.

3. Las almas son sólo una encarnación del demonio: Si la fe se consigue abriendo la mente al demonio, a esa “luz que procede de la vida luminosa de Cristo”, como enseña Francisco en su encíclica, entonces en cada alma está esa luz, que no es divina, sino demoniáca; y cada alma es un engendro de Satanás. Al negar la Fe en la Palabra de Dios, y poner la fe en la luz encarnada, entonces se sigue la consecuencia lógica para el que no la quiere entender: ya no se cree en la Palabra, ya sólo se cree en la definición que Francisco hace de la fe, se cree que la fe es una luz encarnada. Eso destruye la gracia en el alma y coloca al demonio en el centro de la vida de esa alma.

4. La doctrina de Cristo desaparece para dar lugar a la doctrina de la Nueva Era: La Nueva Era predica que en el hombre hay una luz que le guía hacia su vida interior, que hace que su yo interior deje de estar aislado para que entre en una armonía, en una comunión, en una paz interior consigo mismo y con los demás. Esa luz interior es una luz en la mente de la persona, es un trabajo mental que la persona tiene que hacer para escalar su perfección en la vida. La persona va de idea en idea hasta conseguir la idea perfecta que trasluce en su vida. Y una vez que llega a esta idea perfecta, puede morir para reencarnarse en otra idea, en otra vida, y así llegar a la perfección de su ser en diferentes etapas de su vida humana. Ya no existe la doctrina de Cristo, sólo se da un camino para llegar a la unión con ese dios interior. Es lo que propone Francisco en toda su encíclica:

a.- la luz encarnada “Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio.” (n. 34): esa luz encarnada también está en las cosas materiales. Luego, todo es dios, todo es divino. Y eso para poder conseguir la armonía que el yo interior necesita para vivir en un mundo que tiene muchos errores y que sólo esta luz puede solucionar al hombre en su vida.

b.- “La luz de la fe… ilumina también el camino de todos los que buscan a Dios, y constituye la aportación propia del cristianismo al diálogo con los seguidores de las diversas religiones” (n. 35): esta encarnación de la luz es para que todos nos unamos en una misma iglesia, sin importar la doctrina de Jesús. Ya no se dan los dogmas de la Verdad, sino que cada cual pone su dogma que nace de su mente y esto produce el ecumenismo espiritual entre todas las religiones del mundo.

c.- ”la luz de Dios se ha hecho camino, como estrella que guía por una senda de descubrimientos” (n. 35). La vida es descubrir cosas y no importa qué cosas sean, de dónde vienen esas cosas. No importa si esas cosas son verdaderas o falsas, son buenas o malas, son para la vida o son para la muerte. Esa luz divina en la mente, la luz de un dios, de una emanación del poder de dios es el camino para todo hombre en la tierra. Y, entonces, es bueno la reencarnación porque es un descubrimiento nuevo en la vida, una idea nueva en la vida. Es bueno aceptar las doctrina de otra religiones porque son un descubrimiento, una enseñanza para el alma, otros caminos para vivir la espiritualidad.

d.- “la luz humana no se disuelve en la inmensidad luminosa de Dios, como una estrella que desaparece al alba, sino que se hace más brillante cuanto más próxima está del fuego originario, como espejo que refleja su esplendor.” (n. 35): el hombre no tiene que buscar la humildad en su corazón para seguir a Dios. Basta seguirlo con los pensamientos que cada cual tiene en su mente. El hombre no tiene que crucificar su voluntad humana para hacer la Voluntad Divina, sólo tiene que buscar su voluntad humana y eso es la Voluntad Divina. Lo humano es el centro de la vida, ya no Dios. Vivir para lo humano es vivir para lo divino. Aceptar lo humano es aceptar lo divino. Amar lo humano es amar lo divino.

5. La separación de las almas en la Iglesia: Esto trae en la Iglesia una gran división porque la doctrina de Jesús queda oculta entre muchas cosas que son sólo una mentira, pero que se presentan como una verdad. Eso es el trabajo de Francisco en estos siete meses: presentar la mentira como un dogma en la Iglesia. Y nadie le ha dicho nada, porque él así lo ha impuesto en la Iglesia. Y todos callan, porque así él lo ha mandado. Y, por eso, la información sobre Francisco en cualquier medio de comunicación es sesgada, no es real, no es verdadera. Sólo se hace el juego a Francisco, pero no se critica a Francisco, no se juzga a Francisco, porque así son todos los masones. Esto trae la consecuencia que vemos. Muchas personas no se deciden todavía a enfrentarse a Francisco y a la Jerarquía por este silencio de toda la Iglesia. Como nadie habla en contra, entonces todo está bien. Las almas ven lo errores, pero también callan porque desde Roma se calla. Y se produce la separación en la misma Iglesia: unos con Francisco, otros en contra. Una separación que todavía no es división. Es un estar viendo a ver qué pasa. Y esto produce mucho daño a toda la Iglesia, porque quien no lucha contra la mentira que hay en la Iglesia entonces se separa de la Verdad de la Iglesia. Y este efecto se llama: dormir a las almas en la espera de algo que tiene que venir. Es un efecto satánico que inmoviliza a las almas en la mentira y no las deja batallar contra la mentira.

6. El cisma en Roma: Esto ya es un hecho, pero nadie lo ve, nadie lo quiere ver, todos se asustan ante esta verdad. Pero este cisma ya se ha producido, no con Francisco, sino con la renuncia del Papa Benedicto XVI. Es un cisma encubierto, que no aparece como cisma, sino como un cambio en la forma de entender la Iglesia, un cambio en la moral de la Iglesia, un cambio en la doctrina social de la Iglesia, un cambio en la liturgia de la Iglesia. El cambio siempre anuncia un cisma, cuando este cambio es sobre algo sustancial en la Iglesia. Y ya se ha producido ese cambio en la cabeza, con la renuncia del Papa Benedicto XVI y con el gobierno horizontal de Francisco. Ese cambio es un cisma. Pero nadie todavía lo ve, nadie todavía lo entiende, nadie quiere verlo. Todos están esperando algo más para comprender que Francisco no es lo que parece. Y, entonces, se hace el juego al mismo Francisco.

7. La aparición de la nueva iglesia en Roma: Esta nueva iglesia tiene su comienzo en la historia. Siempre en la Iglesia se ha dado otra iglesia escondida, oculta, que aparece y desaparece según los tiempos de los hombres. Es la iglesia de la masonería, es decir, de sacerdotes y de Obispos que hacen un pacto satánico para destruir a la Iglesia. Se hacen sacerdotes y Obispos sólo con este fin: la destrucción de la Iglesia, que sólo se puede hacer estando como sacerdotes y como Obispos. No se puede hacer fuera de la Iglesia o siendo un fiel en la Iglesia. Entonces, se da el hecho de que esta iglesia masónica ha crecido siempre en la Iglesia. Desde Judas, el Apóstol que vendió a Su Maestro por un dinero, hasta el último sacerdote de esa iglesia, se han dedicado sólo a destruir a la Iglesia en todos los campos, no sólo en la liturgia, sino en cada cosa que tiene de sagrado la Iglesia. Pero esta iglesia masónica no ha aparecido como tal en la historia de la Iglesia. Ha estado en Roma, pero oculta entre muchos sacerdotes y Obispos. Es ahora, cuando Francisco amaña la elección de los Cardenales en el Cónclave, cuando aparece la nueva iglesia. Y aparece en el mismo momento en que Francisco es elegido como Jefe de la nueva iglesia. Porque su elección no es a ser Papa, sino a ser Jefe que lidere esta nueva iglesia en Roma, que es la iglesia de la masonería que siempre ha estado en Roma. Y lo que tenemos en los siete meses de Francisco es sólo la nueva iglesia funcionando sin tapujos de nadie, con el aplauso de todos, de toda la Jerarquía Eclesiástica. Y, por eso, nadie se levanta porque todos quieren esta iglesia. Francisco no quiere ser Papa. Eso le molesta, pero tiene que tener ese nombre para hacer su teatro en la Iglesia. Pero él odia al Papa. Él odia a la Iglesia. Él odia a todo el mundo que se enfrente a él en la Iglesia. Él no busca dialogar con quien sabe que no le sigue en su pensamiento. Él sólo dialoga con aquellos que se doblan a su pensamiento humano. Su dogma de la luz encarnada es la consecuencia de esto.

8. La destrucción de la Eucaristía en la Iglesia: Es lo que viene ahora y de un modo trágico para todos. Y nadie lo espera, porque todos están viendo a ver por dónde sale Francisco. Lo que impide ahora marchar a la nueva iglesia, como la quiere la masonería, es sólo la Eucaristía. Se quita ésta y los demás dogmas desaparecen de forma inmediata. No se quita ésta y hay una gran división en la Iglesia. Por tanto, es necesario acabar con la Eucaristía para que esta nueva iglesia funcione. Y, para eso, hay que hacerlo de una manera brillante, que nadie diga nada y que nadie se interponga en eso. Por eso, es necesario algo para esto. No hay que esperar a que se cambien los libros litúrgicos. Eso vendrá luego. Hay que mandarlo sin más. Es decir, igual que se ha puesto el gobierno horizontal, quitando el gobierno vertical, con la sola voluntad de un hombre, que ha escrito una ley para eso, también hay que escribir una ley en la que se diga que ya la Eucaristía es una fraternidad en la Iglesia, una comunión en la Iglesia, una memoria de lo que hizo Cristo en la Iglesia. Eso basta para producir el caos en la Iglesia y se quite la Eucaristía sin que nadie se oponga. Un vez que se da ese escrito, entonces se cambian los ritos de la Misa en la Iglesia. Decir que la Eucaristía es sólo una memoria del Señor eso destruye la Eucaristía, cuando se dice en un documento oficial firmado por el Jefe de la Iglesia. Lo que diga el Jefe eso es en la Iglesia.

9. Roma, Ramera de la Iglesia: Es la última consecuencia y la más importante de todas. Ya Roma no da la Verdad, porque no se pone en la Verdad, que es Jesús. Desde la renuncia de Benedicto XVI ya no hay Verdad en Roma. Sólo hay verdades, pero no la Verdad. Roma ha sido la cumbre de la historia y el legado de la santidad. Roma ha sido el Amor de Todos y la Obra de la Verdad en el mundo. Roma ha dado a todos los hombres el camino hacia la santidad y hacia la vida de Dios en las almas. Roma ha perseguido la iniquidad desde el principio de su existencia. Y Roma ha sido la batalla donde se ha producido la victoria de muchos por su Amor a Cristo, a Su Rey, a Su Defensor, a Su Elegido en Dios, que es el Vicario de Cristo en la Tierra. Pero ya Roma no es todo eso. Roma ha perdido el Amor de Dios y se ha convertido en el amor de todos los hombres. Roma ya fornica con todos los hombres y recibe dinero de cada fornicación. Roma crece en la opulencia de la impureza de los sacerdotes y Obispos, que sólo quieren una cosa: destruir la Iglesia fundada en Pedro por Jesús. Roma se ha convertido en una Ramera, en una prostituta, en una cualquiera. Y ya no tiene otro nombre: sólo el de Ramera. Y, por tanto, quien busque a esa Ramera, se contamina de todo lo que tiene en su seno. Es decir, pierde la Fe, la Gracia Divina en el corazón, el Amor de Dios en su espíritu y la Verdad en su alma. Seguir a Roma es, desde ahora, seguir al demonio que habla por todos los sacerdotes y Obispos que se unen a la nueva iglesia, y que no son capaces de levantase ante lo que están viendo porque temen perder su sacerdocio. Y es necesario perderlo porque el sacerdocio no pertenece a la nueva iglesia, sino sólo a la Iglesia que Jesús ha fundado en Pedro. Muchos sacerdotes no ven esta realidad: en la nueva iglesia no interesa ser sacerdote. El sacerdocio es sólo un teatro, como lo obra Francisco. Si un sacerdote quiere permanecer en su sacerdocio, necesariamente tiene que salir de la nueva iglesia de Roma. Porque hay muchos sacerdotes que, por su vida espiritual vacía, no ven la Verdad de lo que pasa, después, les va a resultar más difícil la salida. Porque meterse con el demonio es esclavizarse a él. Quien no lucha contra el demonio en la Iglesia se pone de su lado en la Iglesia. Es lo que pasa a muchos sacerdotes, hoy día, por su nulidad en la vida sacerdotal. Ya no hacen oración ni penitencia, que es el alma de todo sacerdocio. Roma, ahora es la que lleva al infierno, no al Cielo. Esa es la tragedia del dogma de la luz encarnada de Francisco.

Francisco devasta los conventos

aquelcorazon

“Cuando una religiosa en la clausura, consagra toda su vida al Señor, se produce una transformación que no se termina de comprender. La normalidad de nuestro pensamiento diría que esta religiosa se vuelve aislada, sola con lo Absoluto, sola con Dios… es una vida ascética, penitente… Pero éste no es el camino de una religiosa de clausura católica, y ni siquiera cristiana. El camino pasa por Jesucristo: siempre”(mensaje a las monjas de clausura en la basílica de Santa Clara,4 de octubre).

Francisco está enseñando lo contrario a 20 siglos de iglesia. Él no sabe nada de la clausura, de la vida contemplativa, de la dedicación a Dios que cada alma debe tener en el monasterio.

Quita la ascética, la vida de penitencia para dar a las monjas su vida de amor al mundo, de devoción al espíritu del mundo y así enseñarles a perder la gracia en sus corazones.

Cuando un Obispo habla así de la vida de clausura, hay que excomulgarlo sin ninguna duda, porque va contra el centro de la vida monástica, que es el alejamiento del mundo y de todo lo que invite al mundo.

Un Obispo que no sabe nada de la vida ascética que desde Jesús los hombres de la Iglesia han hecho para servir a Dios.

Francisco va contra la misma enseñanza de Santa Clara: «El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre». Francisco enseña a no sufrir y ese es el dogma de su nueva iglesia. Se carga a todos los santos porque los odia en su corazón.

Él quiere una iglesia donde no se sufra, donde no se expíe el pecado, donde no se redima al pecador. Y, por tanto, Francisco quiere una iglesia que sirva para llevar al infierno, en la que todos vivan felices aquí en la tierra y no se preocupen de la salvación del alma. Eso ya no cuenta con Francisco. Por eso, es tan grave esto que ha predicado que no merece nombre, que no tiene nombre, que por sí mismo declara la vergüenza de quien se sienta en la Silla de Pedro.

Estas son las joyas que Francisco propone a su nueva iglesia. Esta impureza de pensamiento, que nace de su amor al demonio. Esta sabiduría de su estupidez como Obispo, que declara que no sabe nada de la vida contemplativa. Sólo predica lo que vive: su comer con los judíos, su lavarse la cara con los ateos, su suciedad al compartir su lecho con los homosexuales, su negocio que hace con la ramera en Roma.

Su vida está transparentada en esta predicación, que no tiene nombre. Sólo tiene el apodo de la necedad de un masón que se ha convertido en dios para sí mismo y que habla a los demás creyéndose en la posesión de la verdad. Y nadie se ha levantado para decir nada. No pasa nada. Son palabras de un gran santo, de una persona muy humilde, de un corazón tan amante de la vida ascética en la Iglesia.

“Jesucristo está en el centro de su vida, de su penitencia, de su vida comunitaria, de su oración y también de la universalidad de la oración. Y por este camino sucede lo contrario de lo que se piensa que sea esta religiosa ascética de clausura: cuando va por el camino de la contemplación de Jesucristo, de la oración y de la penitencia con Jesucristo, se vuelve grandemente humana”.

Aquí proclama su error dogmático: su humanismo, el centro de su vida. Ya Dios ha desparecido de su corazón. El demonio lo lleva al infierno cantando y bailando en la vida, que es lo que a él le gusta.

Jesucristo enseña a retirarse del mundo para hacer oración. Francisco enseña a estar en el mundo para no hacer oración. Jesús enseña a batallar contra el pecado, contra los apegos a todo lo humano, a crucificar la voluntad humana, a darse por entero a la devoción de las Tres Personas Divinas que sólo quiere una adoración en Espíritu y en Verdad.

Y cuando un alma religiosa, de clausura va por el camino de la contemplación, entonces odia al hombre, porque el hombre no es Dios, no lleva a Dios. Y hace de su vida una negación de todo lo humano para encontrar solamente la Presencia de Dios.

Francisco enseña lo contrario: a amar al hombre y a ser muy humanos, como él lo es. Y a este necio lo siguen los hombres que se dicen sacerdotes y Obispos y que son como él: almas que no saben lo que es el pecado, la expiación del pecado, el sufrimiento por el pecado y la manifestación del pecado en la Justicia de Dios.

Francisco pone la piedra en su mano para destruir la Iglesia, como la está haciendo. Y se sigue diciendo en Roma que aquí no pasa nada.

“Las monjas de clausura están llamadas a tener gran humanidad, una humanidad como la de la Madre Iglesia: humanas, comprender todas las cosas de la vida, ser personas que saben comprender los problemas humanos, que saben perdonar, que saben pedir al Señor por las personas… Su humanidad: y su humanidad viene por este camino, la encarnación del Verbo, el camino de Jesucristo”.

Esta frase es del demonio en su corazón. Sólo la puede decir aquel que fornica con el demonio, como Francisco. Sólo a él se le ocurre decir que las monjas de clausura están llamadas a comprender los problemas humanos, cuando es todo lo contrario.

A una monja de clausura le importa un pimiento los problemas humanos porque no vive para el mundo, no trabaja para el mundo, no le interesa el mundo. Sólo vive para Dios. Y el mundo que se queme en el infierno.

A Francisco le viene como anillo al dedo lo que decía Santa Clara: «Hay unos que no rezan ni se sacrifican; hay muchos que sólo viven para la idolatría de los sentidos. Ha de haber compensación. Alguien debe rezar y sacrificarse por los que no lo hacen. Si no se estableciera ese equilibrio espiritual la tierra sería destrozada por el maligno».

Esta enseñanza de la Santa deja a Francisco por los suelos. Él vive la idolatría de los sentidos, que es lo que predicó a las monjas.

“Cuidar la amistad entre ustedes, la vida de la familia, el amor entre ustedes. Y que el monasterio no sea un Purgatorio, que sea una familia…”.

Pobre Francisco que predica no al Purgatorio para hacer felices a las monjas en su comunidad. ¡Qué infierno le espera a este masón!

Francisco niega el sufrimiento y está negando la Pasión de Jesús.

Francisco niega el pecado y está negando la Verdad, que es Jesús.

Francisco niega la Cruz y está negando la Redención que hizo Jesús.

Francisco lo niega todo. Y Roma dice: aquí no pasa nada. Entonces, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué todos callan lo obvio? ¿Qué se quiere decir al Pueblo de Dios después de esto de Francisco con las monjas?

Roma, ramera del mundo, ahijada de Satanás, que te has puesto a los pies de tu dios: Francisco. Y a él sirves y te das a la fornicación con los sacerdotes y Obispos que quieren un puesto y un fajo de dinero en la nueva iglesia.

Roma: eres la maldición del mundo porque no haces nada para acallar al hereje que se sienta en la Silla de Pedro.

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