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Francisco, por su amor al pueblo, será el nuevo Judas en la Iglesia

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El camino que lleva la Iglesia no es el camino de la Cruz, sino el del mundo, el de los intereses humanos, el de la política comunista, marxista, el de la teología protestante, el de la vida sin norma de moralidad.

Los sacerdotes se afanan en la destrucción de la Iglesia, en la anulación de toda Verdad en la Iglesia. Están realmente ciegos, viviendo su humanismo, su obsesión por las riquezas materiales, su ambición de poder, su lujuria de la vida.

La Iglesia se desmorona a causa de los sacerdotes, por causa de los Obispos que, en vez de fortificar a la Iglesia, robustecerla con la Verdad, la dejan caer en el error, en el engaño, en la mentira, en las falsificaciones de la vida espiritual.

Los sacerdotes y los Obispos están rompiendo las columnas que sostienen la Iglesia, que son la Eucaristía y la Virgen María. Sin pureza ni penitencia, no hay vida eclesial. Sin la lucha contra el pecado ni la subida al Calvario, la Iglesia queda anulada por el mismo hombre, queda desprotegida de los asaltos del Enemigo, de las conjuras de los hombres y del orgullo de sus fieles, que ya no saben vivir de fe dentro de la Iglesia.

El Vaticano es un lugar cada vez más intrigante, cada vez más corrupto, cada vez más sucio por el innumerable pecado de la Jerarquía de la Iglesia.

Una Jerarquía que ha aprendido a hacer el mal en sus ministerios, que sólo vive para tener dinero y poder en la Iglesia, que se ha olvidado de salvar su propia alma sacerdotal y, así, no mira con Misericordia a las almas, sino con odio, con venganza, con egoísmo, y ponen al Rebaño de Cristo el camino para el infierno.

Entre los muros del Vaticano ya queda poca santidad o ninguna. Ninguno de los que están en Roma sabe caminar hacia lo Santo, hacia lo Sagrado, hacia lo divino; sino que sólo saben caminar hacia el hombre, hacia el mundo, hacia lo profano, hacia las conquistas del saber humano.

¡Cuántas intrigas y desorden hay en el Vaticano! ¡Cuánta gente falsa, que se pasa el día contando mentiras a todo el mundo! ¡Cuánta gente que fabrica castillos en el aire para mostrar su orgullo ante la Iglesia y conseguir el aplauso de gente sin amor, gente sin piedad, gente sin cruz.

Los sacerdotes y los Obispos, en vez de trabajar para Dios, en vez de poner sus corazones humildes a la Voluntad de Dios, son sólo escorpiones que están dispuestos, en cualquier momento, para clavar su veneno en Cristo, en Su Verdad, en las almas que Lo siguen, en las almas que no temen ser de Cristo por encima de cualquier pensamiento humano.

¡Van a echar a Cristo de su misma Iglesia! ¿Qué creen que están haciendo en Roma? Atando los cavos sueltos para controlarlo todo en la Iglesia y abrir de par en par la puerta al Anticristo.

Francisco no es el Anticristo, sin un anticristo. Cristo Jesús no está con Francisco, ni en su sacerdocio ni en su gobierno en la Iglesia. Porque, para Francisco, el mundo es más importante que ser otro Cristo, que la figura de Cristo, que el Espíritu de Cristo, que la imitación de Cristo.

Francisco imita el mundo, a sus hombres en él, al demonio en él. Francisco va hacia el mundo para abrazarlo en sus errores, en sus pecados, en sus falsedades. Francisco no ve el mundo como la obra del demonio, sino como el lugar para vivir su vida sin Dios, sin moral, sin ley divina, porque –para él- todo es bueno, todo está bien, todo vale, todo es camino para ir al cielo.

Francisco ha anulado la Misericordia Divina. ¡Dale a Dios lo que es de Dios, -Francisco-, y al pueblo lo que es del pueblo, pero no pongas por encima de Cristo a nadie!

A Dios hay que darle la Misericordia; al pueblo, las obras de la misericordia. Dios es el que sabe tener Misericordia con todo el mundo, porque Su Misericordia proviene de Su Justicia. Dios es Misericordioso porque es Justo, porque ve, en el pecado del hombre, un camino para salvarlo. No lo puede condenar cuando el hombre peca, porque su pecado es imperfecto. Y, entonces, Dios, en Su Justicia con el hombre, le pone un camino de Misericordia sin anular Su Justicia, esperando al hombre que vea su pecado, que luche en contra de su pecado y que expíe su pecado para salvarlo y santificarlo. Y, según los méritos de cada hombre, Dios salva o condena a cada hombre.

Pero a los hombres, al pueblo, no le toca ser Misericordia, sino imitar a Cristo. Y Cristo enseña las obras de la misericordia para con todos los hombres, sea amigos o enemigos de Cristo. El hombre sólo tiene que seguir al Espíritu de Cristo para hacer esas obras, para aprender lo que significa misericordia en Cristo. Pero el hombre no tiene que buscar caminos para salvar al hombre, para solucionar los problemas de los hombres, para acoger a todos los hombres y formar una unidad.

El hombre sólo tiene que imitar a Cristo, ser de la Verdad, ser fiel a la Gracia que Cristo le da en lo que es, en lo que vive, en lo que obra; seguir al Espíritu para comprender cuál es su misión en la Iglesia.

Pero Francisco ha puesto el amor al prójimo por encima del amor a Dios y, entonces, anula todo en la Iglesia. Se dedica a su comunismo, a buscar caminos para resolver los problemas materiales de las personas, y se olvida de la salvación de las almas, de la santificación de cada alma, de la verdad que cada alma tiene en su corazón.

Francisco, anulando la Misericordia de Dios, se inventa una misericordia sin verdad, sin justicia, sin norma de moralidad, sin ley divina, sin ley natural, en la que todos se salvan porque Dios es bondad. Y siendo fieles a esa bondad divina, Francisco cree que el camino hacia el cielo está hecho y cumplido. Que lo único que hay que hacer es trabajar por un mundo bueno, perfecto, en la que todos los hombres tengan lo necesario para estar bien en sus vidas humanas; que todo vale en la vida, que ya no hay que juzgar la vida de los demás, porque Dios es bueno con todos, Dios ama a todos, Dios quiere el bien con todos.

Por eso, Francisco cae en tantos errores, en tantas herejías, al mismo tiempo, que hay que dudar si Francisco se pueda salvar. ¡Qué hombre más ciego en todas las cosas de la vida espiritual y de la vida de la Iglesia! ¡Qué terrible ceguera! ¡Y vive tan tranquilo, como si lo que dice, lo que obra, fuera la Verdad para todos! ¿Quién se cree Francisco que es cuando por su boca salen tantas herejías? ¿Cree, acaso, que las almas están pendientes de él, de sus obras, de sus palabras, de sus proyectos en la Iglesia, porque habla bonito, porque habla con el corazón negro que tiene a los hombres, con ese sentimentalismo que expresa, afeminado, amorfo, vacío de toda Verdad?

Francisco pone al pueblo por encima de Cristo. Y, primero, es buscar dinero, entre la gente rica del mundo, para solucionar la hambruna del mundo. Y, segundo, es buscar una posición social entre los grandes del mundo, para abrir la iglesia al poder del mundo, a la riqueza del mundo, al gobierno del demonio en el mundo.

¿Cuál es el camino de Francisco dentro de la Iglesia? El mismo que el de Judas.

El camino de Judas: traicionar a su Maestro por un puñado de dinero.

El camino de Francisco: traicionar a su Maestro por los pobres, por ganarse al pueblo. Judas se ganó el poder en la Iglesia por unas monedas; Francisco se gana el poder en el mundo por el amor sentimental hacia los hombres. Quiere ser de todos los hombres, pero por el camino equivocado. Quiere imitar a Juan Pablo II, pero sin la Verdad. Juan Pablo II llegó a todos los hombres, pero puso a todos los hombres en su sitio: supo juzgar a los hombres.

Francisco no juzga a nadie. Y, entonces, cae siempre en el error, en la maquinación de los hombres, en el despliegue que hace el demonio entre los hombres.

El lugar de Francisco no es la Silla de Pedro. Su lugar: colgar los hábitos y hacer penitencia por su vida hasta la muerte. No dedicarse a nada más que a mirar su vida para que pueda encontrar Misericordia. Pero eso, es claro que no lo va a hacer.

Y, entonces, Francisco se equivoca, de plano, desde la Silla de Pedro. Francisco no conoce a Dios ni a la Virgen María. Francisco no sabe lo que es un sacerdote porque no mira a Cristo como Sacerdote, sino como hombre. Francisco no tiene el amor de Cristo en su corazón porque no sigue al Espíritu de Cristo en su sacerdocio. Francisco no es hijo de la Virgen María porque sus palabras anulan la devoción a la Madre, sus palabras van en contra de la Pureza de la Virgen, sus palabras renuevan el Calvario de la Madre en Su Inmaculado Corazón.

Su mandato en la Iglesia no corresponde a un Papa; no enseña como Papa, no guía como Papa, no predica como Papa, no obra como Papa. Francisco es claro que no es Pedro, que no es el sucesor de Pedro. Es sólo un hereje. Y, como hereje, es un falso profeta, un anticristo, un hombre sin Verdad, sin ley divina, sin moral.

Francisco no es libre en ese gobierno que tiene en la Iglesia, pero sí es orgulloso en él. Tiene que hacer el papel que le han dicho que haga, pero él quiere hacer su marxismo, su comunismo, su teología de los pobres. Y, por eso, dentro de su gobierno, hay separación, hay división, porque el demonio no ha cogido la Iglesia para dar de comer a los pobres; eso lo hace siempre, pero el demonio lo que quiere es finiquitar la Iglesia, aniquilarla, arrruinarla. Y, Francisco, en su orgullo, pone oposición al mismo demonio, porque quiere su negocio en la Silla de Pedro, quiere sus pobres, su pueblo, conquistar el agrado de la gente, el aplauso de los incautos, quiere estar en los medios de comunicación, en sus portadas, en las redes sociales, quiere ser hombre y para los hombres. Y, entonces, tampoco, sabe comprender lo que quiere el demonio. Pero el mismo demonio se lo hará comprender como lo hizo con Judas.

En la Iglesia ya ha comenzado la separación: buenos y malos, los de Cristo, los que se oponen a Cristo. Ya hay dos bandos: los que están con Francisco, y los demás. Y comienza el peligro en toda la Iglesia.

Los hombres más peligrosos contra la Iglesia son los que están en el mismo Vaticano sirviendo a Francisco. Ésos son los que destruyen la Iglesia. Y los que siguen a Cristo tienen que mantenerse en la Verdad, en la ley de Dios, en la ley natural, en el Magisterio auténtico de la Iglesia, en la Tradición de la Iglesia. Porque los otros, los malos, los que son de Francisco hacen todo lo posible para engañar, para hacer caer en sus redes a las almas.

Por eso, hay que rezar por tantos sacerdotes y Obispos que están ciegos, que no ven la verdad de lo que es Francisco y que lo siguen sin discernir ninguna de sus palabras. No saben rebelarse contra Francisco por su falsa obediencia al Papa, porque no han comprendido lo que significa ser Papa en la Iglesia; no han comprendido lo que es ser Vicario de Cristo; no han comprendido que ninguna palabra de mentira, de herejía, de error debiera salir de lo boca de un Vicario de Cristo, porque éste representa a Cristo, a la Verdad, no a un hombre, no al nombre de Cristo, sino al mismo Cristo.

Y por la boca de Francisco salen diariamente tantas herejías, tantas mentiras, tantos engaños. ¿Es que no tenéis discernimiento? Si no sabéis ver lo que es un Papa, ¿cómo pretendéis guiar a las almas hacia la Verdad? ¿Qué os creéis que es ser sacerdote en la Iglesia? ¿Alguien que habla bonito a las almas y les soluciona los problemas materiales de su vida humana?

El sacerdote es otro Cristo. Y si eso no se vive, entonces no se hace nada en la Iglesia. Tenéis miedo de hablar con la Verdad en vuestras bocas, oponiéndoos a Francisco, porque teméis a los hombres, teméis a tantos Obispos que también están ciegos en su Autoridad en la Iglesia, y ya no sirven para ser Iglesia, para hacer la Iglesia que Dios quiere. Sólo sirven para hacer su humanismo, su política, su economía, su cultura en la Iglesia. Pero ya no dan a Cristo en sus labios ni en sus manos. Sólo dan al demonio en sus inteligencias y en sus obras en la Iglesia.

El sacerdote no está para alimentar al pueblo de bienes humanos, caducos, materiales, sociales, científicos. El sacerdote está para llenar el corazón del amor de Cristo, para ofrecer el alimento que salva al alma, para batallar contra el Enemigo de las almas, que es el demonio, para cargar con todos los pecados de Su Rebaño, para salvarlo y santificarlo. Y esto es lo que ya no saben hacer ni los sacerdotes ni los Obispos en la Iglesia. Y están en la Iglesia para condenar las almas y para vivir con miedo sin oponerse a ese payaso de Francisco.

Francisco sólo está para confundir a todo el mundo: da una de cal y otra de arena; da una verdad a medias y una mentira llena de herejías. Sus palabras son confusión, oscuridad, sólo enseña a pecar en la Iglesia, sólo enseña a amar el pecado, sólo enseña a caminar en el mundo y entre los hombres.

El camino de la Cruz es difícil, es lento, lleno de dolor, pero es el más seguro para salvarse y santificarse. Y no hay otro camino. El camino que pone Francisco es una mentira. Ése, el de su comunismo, el de su abrazo a los hombres, el de resolver los asuntos materiales de los hombres, condena a todas las almas y lleva a la ruina a toda la Iglesia.

Francisco se convertirá en el nuevo judas: por el aplauso del pueblo, por conquistar el cariño de los hombres, por caer bien a todos, pondrá en manos del Anticristo toda la Iglesia. Y, entonces, comenzará la persecución a la Iglesia. Y comenzará un Tiempo de Justicia Divina, sin lugar para la Misericordia, porque el hombre ya ha llegado a la perfección de su pecado. Y, en esa perfección, no hay Misericordia. En la Justicia, cuando el pecado es perfecto, sólo hay condenación, no salvación.

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El Vaticano es una guarida de víboras

Primer anticristo

Francisco no profesa la fe católica, sino sus falsas religiones: está con los judíos, con los protestantes, con los mahometanos, con los budistas, con todo el mundo religioso, menos con la Iglesia Católica.

Francisco es el hombre de las falsas religiones, el hombre que gusta al mundo porque piensa y obra como se hace en el mundo.

Por eso, es necesario apartarse de las falsas enseñanzas que Francisco da cada día en la Iglesia.

Francisco, en cada homilía, en cada declaración, introduce palabras que no pertenecen a Jesús, que no están en el Evangelio, que no son del Magisterio de la Iglesia.

Francisco no habla como un Papa, sino como Satanás, como vicario del demonio. Su magisterio en la Iglesia no es papal, es decir, no está guiado por el Espíritu Santo, para enseñar la Verdad y guiar a la Iglesia hacia la Verdad.

La sabiduría que viene del cielo es pura, dice Santiago en su carta, y, por tanto, no viene con mentiras, con engaños, con opiniones, con dudas, con filosofías de la vida de los hombres.

La sabiduría que viene del cielo no viene con las culturas de los hombres, no viene con el pensamiento de los hombres, no viene a acomodarse a las ideas de los hombres, no viene a aplaudir el progreso de las ciencias y de las técnicas de los hombres, no viene a decir que ya todo está perdonado y, por lo tanto, a vivir la vida haciendo cosas buenas o malas, pero todo el mundo se salva, que es lo que, a fin de cuentas, enseña Francisco.

Francisco es astuto, pero tiene la astucia de su padre, el diablo. Es astuto para engañar, para mentir, para decir aquello que nadie quiere decir, porque es claramente una mentira, un pecado, pero lo dice dejándolo caer, como de pasada, como sin darle importancia.

Tiene la astucia del alma no inteligente; pero que es una astucia que produce mucho daño porque enseña la duda, pone al alma en la confusión, deja que el alma piense sólo en la mentira que le ha dado, pero que no vaya a la clara verdad. Es una astucia que impide ver la Verdad.

Por eso, Francisco es un verdadero actor: sabe actuar para meter su engaño, su mentira, su error, su duda. Prepara lo que va a decir, piensa en sus gestos, en las caras que hay que poner, en las sonrisas que hay que dar, en el ejemplo amable hacia los otros, porque Francisco sabe que esto es lo que vende entre los hombres.

Un hombre que da una sonrisa a los demás es agradable a todos. Un hombre que da palabras bellas, hermosas, cariñosas, amables, distinguidas, entonces cae bien a todo el mundo. Un hombre que no quiere imponer su pensamiento, sino que sólo lo deja caer, como de pasada, como sin darle importancia, entonces la gente sigue ese pensamiento.

Francisco sabe cómo son los hombres: como borriquillos, que van uno detrás de otro, sin fijarse en nada más que lo que tienen a su frente y dejándose guiar por todo el mundo.

Francisco sabe que los hombres son una masa. Y, por tanto, él habla para la masa. Él no es capaz de hablar a cada alma. No sabe lo que es el alma, no sabe la vida espiritual, no sabe la vida de la Iglesia.

Francisco habla como un político: para todo el mundo, para la masa de las gentes, para algo que, en sí mismo, no vale nada.

Alrededor de Francisco se reúnen las masas, pero no las almas. Alrededor de Francisco no hay un alma, porque Francisco no alimenta el alma, sino las masas.

Un alma que busque la verdad no va hacia Francisco, porque no da una verdad para un alma, da muchas cosas para todo el mundo, habla para todo el mundo, pero no habla al corazón del alma.

El alma siente cuando algo va dirigido hacia ella; pero ante Francisco, el alma sólo siente que lo que se dice es para todo el mundo, para la masa, para un conjunto de hombres que escuchan un palabra de mentira para obrarla en sus vidas.

Francisco tiene un corazón sucio, un corazón cerrado a la gracia, un corazón en pecado, que vive su pecado y que ama su pecado y que no quiere quitar su pecado. Es un corazón que impide que la verdad habite en él. Y, por tanto, lo que enseña Francisco es sólo su corazón sucio, su corazón ennegrecido por sus pecados, su corazón que sólo sabe hablar de dinero, de materialismo, de humanismo, de mundanidad, de profanidad; pero que es incapaz de tener vida espiritual.

Y, por tanto, Francisco se recubre de aquello que no cree en su corazón; se reviste de aquello que odia, porque es algo santo, es algo puro, es algo verdadero, pero que tiene que decirlo porque está haciendo su obra de teatro. Tiene que actuar como los actores lo hace en una película: se aprenden el guión, aunque saben que lo que dicen no es para ellos, no lo viven, no lo creen, pero tienen que decirlo para hacer su película.

Francisco tiene que decir las verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, pero que no cree en ellas, en su corazón. Y, justamente, porque no cree, tiene que hablar palabras buenas, palabras verdaderas, pero que no son suyas, que no están en su mente, que no vive en su corazón, que no ha asimilado porque no puede hacerlo por su pecado de orgullo.

Y Francisco, cuando hace su misa, pronuncia las palabras de la consagración, que son palabras verdaderas, auténticas; pero las pronuncia porque sabe leer y recitar, no porque cree en ellas. Y, por eso, hace su obra de teatro, hace su actuación. No consagra, no da un pan consagrado, no a Cristo, sin un pan material en sus misas.

Y, cuando predica, hace lo mismo: lee palabras del evangelio, las recita, las pronuncia, las vocaliza, pero después, mete lo que le interesa: su mentiras, sus palabras que sí cree, sus filosofías que están en su corazón, sus obras malditas que vive cada día.

Francisco tiene un corazón que odia. No tiene un corazón que ama. Y la razón sólo están en una cosa: la Virgen María.

Para ver si un sacerdote es auténtico, sólo hay que fijarse en si ama o no a la Virgen María.

Y Francisco no ama a la Virgen María. Y se prueba con esto:

“El Evangelio no nos dice nada: si dijo alguna palabra o no… Estaba silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas decía al Señor! Tú, aquel día me dijiste que iba a ser grande; Tú me dijiste que le darías el Trono de David, su padre, que reinaría por siempre, ¡y ahora lo veo allí! ¡La Virgen era humana! Y tal vez tenía ganas de decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!” (Francisco, 20 de diciembre, en Santa Marta).

Leer estas palabras trae indignación a al alma que cree en la Verdad, que vive para no tener dudas de lo que el Señor le da.

Francisco enseña la duda para caminar ante Dios. No enseña a creer en Dios de una manera sencilla, clara, humilde, abandonada a la sola Voluntad de Dios.

Decir que María duda es ir en contra de la misma palabra de Dios: “He aquí la Esclava del Señor, hágase en Mi según tu palabra”. María no duda, sino que tiene plena confianza en la palabra de Dios, que se revela a Ella de una manera perfecta, en la que no es posible dudar, porque la Virgen es Inmaculada, no tiene pecado y, por tanto, no puede dudar. La Virgen nunca puede decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!. Nunca podía pasarse por su cabeza esta idea. Nunca. En los demás hombres, sí. En la Virgen, nunca, porque no puede pecar. Y toda duda es pecado.

Pero el pecado de Francisco no es decir que la Virgen duda, sino en decir que la Virgen es humana.

Si Francisco creyera en lo que significa ser Inmaculada y ser Madre de Dios, entonces, tendría que decir una sola cosa: la Virgen es divina, no humana.

Tiene naturaleza humana, porque es una criatura, nacida de padre y madre; pero no actúa, no piensa, no obra, no vive, como los demás hombres. Y no puede hacerlo por esas dos cosas: es Inmaculada y es Madre de Dios.

Como Francisco no cree en estos dos dogmas, entonces cae en el error de concebir a la Virgen como otro hombre más, como una pobre mujer, como una criatura mortal común, sujeta a las dudas, a los temores, a los miedos, a las inseguridades, que todo hombre tiene en su vida porque nace con pecado original y puede pecar en el transcurso de su vida.

Francisco es incapaz de comprender los Misterios de Dios en la Virgen y, por eso, la maltrata de esa manera, la anula, y la muestra como una mujerzuela más. Y eso es señal de que el sacerdocio de Francisco no pertenece a la Virgen María. Francisco no es un hijo predilecto de la Virgen María. Francisco no ama a la Virgen María. Francisco no tiene como Madre a la Virgen María. Francisco no ve a la Virgen María como Madre de la Iglesia ni como Reina del Universo. Francisco no obra en la Iglesia como lo hizo la Virgen María: con la fe divina. Sino que está en la Iglesia con su fe humana, con su fe diabólica, con su negocio humano en las cosas divinas.

Francisco hace de todo para menospreciar la Iglesia de Cristo, para abajarla, para anularla, para despojarla de todas sus verdades.

Y esto lo hace Francisco con la complicidad de sacerdotes y de Obispos, de Cardenales, que lo rodean y que quieren lo mismo que quiere él: destruir la Iglesia.

El Vaticano es el centro del poder mundial y temporal, convertido en una guarida de víboras. Ya no es el centro del poder espiritual. Desde hace 50 años sólo hay podredumbre dentro de los muros del Vaticano. El Vaticano está podrido en sus sacerdotes, en sus Obispos, en sus Cardenales, y en todas sus estructuras.

El Vaticano es un enorme sepulcro, blanqueado por fuera, para que nadie se dé cuenta, nadie atienda a la podredumbre que hay dentro de él. En el Vaticano nadie respeta la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural. Ni uno solo de esa Jerarquía, que ha tomado el poder de la Iglesia para destruirla completamente.

Si hubiera un sacerdote que respete los Mandamientos de la Ley de Dios, tendría que salir del Vaticano.

El Vaticano es una maldición para toda la Iglesia. Los buenos sacerdotes que todavía aman al Señor, son injuriados, menospreciados, perseguidos, calumniados, por el mismo Vaticano, por esa Jerarquía que está sólo para hacer su negocio en Roma, pero que le importa nada un alma sacerdotal.

Los sacerdotes son borregos a los que se utilizan parar los planes de ese Vaticano corrupto. Y muchos sacerdotes tienen miedo de enfrentarse a la Jerarquía, a sus Obispos, que sólo son como Francisco: mentirosos, engañabobos, que están en su oficio para ganar dinero y fama entre la gente del mundo, pero que no tienen vida espiritual. Muchos Obispos no saben dirigir el alma del sacerdote hacia la Voluntad de Dios. Son cabezas ciegas que guían a los ciegos hacia el mismo infierno.

Muchos Obispos no saben dirigir la Iglesia hacia la Verdad, que es Cristo. Sólo saben leer y citar textos de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia. Sólo saben recordar que existen leyes canónicas a aquellos que no quieren obedecerlos. Sólo saben mandar imponiendo su mente humana, produciendo el miedo en los sacerdotes que tienen a su cargo, para mantenerlos cautivos a sus mentiras, a sus apostolados en la Iglesia.

Muchos sacerdotes tienen miedo de sus Obispos y no defiende a Jesús y a Su Iglesia. No defienden la Verdad en la Iglesia. Están cautivos, están obligados por sus Obispos a obrar lo que las mentes de esos Obispos quieren en la Iglesia.

La Iglesia, en su Jerarquía, está podrida. Y en su Jerarquía superior: los Obispos. Son lobos, que se visten de piel de oveja, se viste de Cristo, enseñan con sus bocas lo que leen en sus escritos, que son del demonio, pero que después, obran como lobos, como carniceros de las almas, de los corazones, de los sacerdotes.

Jerarquía que mata las almas de la Iglesia, que enseña a dudar de todo, que enseña a vivir en el pecado, que enseña a amar el pecado, que enseña a anular el pecado, que enseña sus mentiras, cada día, como si fueran verdades.

Francisco da el veneno mortal de la duda en la Iglesia: eso significa sus mentiras, sus engaños, sus falsedades, sus idioteces, sus estupideces, sus boberías. El alma que escucha a Francisco, el alma que sigue a Francisco, cae siempre en la duda.

Un sacerdote que alimente a las almas con la duda es un sacerdote del demonio. ¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? Un anticristo sentado en la Silla de la Verdad, actuando como Papa, sin ser elegido por Dios para ser Papa, diciendo palabras bellas para engañar a todo el mundo, y con la colaboración de toda la Jerarquía de la Iglesia, que son todos unos miedosos para levantarse contra Francisco y decirle las cosas claras.

Francisco deambula en el lodazal del Ecumenismo y del diálogo con Satanás. Y lleva a todos hacia ese reino maldito del demonio, que es el mundo.

Francisco camina entre presuntuosos teólogos de la teología de la liberación, de la teología protestante, de los modernistas que sólo creen en sus cabezas humanas, en sus elucubraciones estrafalarias, en sus maravillosos textos humanos, que sólo dan la mentira y nada más que la mentira a las almas y, por tanto, enseñan a dudar de todo. Y, en esa enseñanza, tienen un fin: crear una nueva fe para su nueva iglesia.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida; y, por tanto, toda cosa distinta que sostenga, que enseñe, que predique, que obre Francisco -y todos los que le siguen-, no son más que el camino hacia el Infierno, hacia la muerte del alma y del espíritu; no son más que mentira, mentira y mentira.

Es hora de que alguien con autoridad en la Iglesia se levante y diga a Francisco que se vaya, que deje la Silla de Pedro vacía, porque su magisterio lleva a la Iglesia hacia la condenación más terrible y a hacer de la Iglesia una confrontación: ya nadie está seguro siendo de la Iglesia Católica. O sigues la opinión de Francisco o ya no eres de la Iglesia. Ya te echan por defender la verdadera doctrina de Cristo y de la Iglesia.

Roma está corrupta. Es una prostituta que se acuesta con todo el mundo para hacer su negocio: dar hijos del demonio dentro de la Iglesia.

Análisis de la situación del Vaticano

El rayo en el Vaticano: Aviso a los católicos de que lo que sucede en el Vaticano no es correcto. A la Curia, que tenga cuidado con lo que planean ya que no es de Dios, ni de sus leyes.

El rayo en el Vaticano: Aviso a los católicos de que lo que sucede en el Vaticano no es correcto. A la Curia, que tenga cuidado con lo que planean ya que no es de Dios, ni de sus leyes.

Todos quieren analizar lo que pasa en el Vaticano, las líneas que sigue la Jerarquía de la Iglesia, los caminos que Roma quiere andar con Francisco. Pero nadie da un análisis de lo que pasa actualmente en Roma.

En Roma, se está construyendo una nueva iglesia partiendo de la Iglesia verdadera, de la Iglesia de Cristo. Esto es lo que nadie dice y, por eso, sus análisis del Vaticano son erróneos.

Francisco ha comenzado una nueva iglesia sin Jesús y sin María. La doctrina de esa nueva iglesia no es la doctrina sana de Cristo, sino sólo el invento, la fábula de Francisco sobre el Evangelio, sobre el Magisterio y la Tradición de la Iglesia.

En esa doctrina nueva no hay ninguna verdad, todo es mentira, pero una mentira agradable, que gusta al hombre porque le dice al hombre lo que quiere escuchar.

Dicen que Francisco es revolucionario, renovador, que da un cambio, que trae una novedad, que pasa una página, que deja de lado lo antiguo. Y eso sólo significa una cosa: Dale al pueblo lo que quiere oír y te amará. Dile la Verdad, háblale de sufrimiento, y te odiarán.

Francisco es hábil, es un orador sutil, es tan buen orador que nadie advierte el engaño que sale de su boca constantemente. Nadie. Porque dice ese engaño con el sentimiento, con palabras bonitas, hermosas, bellas, que parecen que llegan al alma y lo que hacen es oscurecer la mente, apagar la luz para que el alma no vea la mentira, el engaño que se le propone.

La gente no está atenta al engaño que trae esas hermosas palabras porque mientras al pueblo se le de lo que quiere, lo que quiere escuchar, no analizan nada más ni reflexionan. No se preguntan: “¿esto por qué lo ha dicho?”; “esta frase ¿a qué viene?”;”¿será verdad esto que dice Francisco?”

Cuando la gente no se pregunta es que obedece a ciegas a una persona y no ve, no es capaz de analizar las verdaderas intenciones que se esconden tras las caretas de Francisco, de los sacerdotes y Obispos que lo defienden como el Papa al que hay que seguir.

El demonio está engañando a la Iglesia de forma deliberada, de forma muy clara para el que tiene fe, porque presenta la persona que hoy más se cree: a un Papa. Todos están atentos a ver qué dice el Papa, a ver qué obra el Papa. Todos: dentro y fuera de la Iglesia.

El demonio es muy hábil para conseguir lo que él quiere: siempre se viste de ángel de luz. Siempre. Nunca se presenta como demonio cuando quiere engañar a los que él sabe que viven la Verdad, que están en la Iglesia verdadera. El demonio sabe eso y, por eso, la combate con todo su odio, porque él sólo es mentiroso y padre de la mentira.

El mal se hace pasar siempre por Jesús, utiliza sus métodos, sus palabras, su doctrina, pero entre verdad y verdad, está la mentira escondida. Es lo que hace Francisco continuamente: da una verdad, da una mentira. Da una hermosa frase llena de una mentira que nadie atiende, porque se dice hermosamente, bellamente, al hombre le agrada la frase: “José y María vivían en Nazaret pero no vivían juntos, porque el matrimonio todavía no se había celebrado. Pero María, después de haber acogido el anuncio del Ángel, quedó encinta por obra del Espíritu Santo y cuando José se da cuenta queda desconcertado” (Francisco, 22 de noviembre). Esta frase es bella, hermosa, pero tiene muchas mentiras. Pero la gente no cae en cuenta de las mentiras, porque la frase está dicha de acuerdo a los oídos del hombre, no está dicha para decir la Verdad. Aquí Francisco dice su opinión sobre el matrimonio de José y de María. Y dice su opinión de lo que pasó por la mente de San José. Pero Francisco no dice la Verdad en esta frase. Además, no puede decirla nunca.

Este es el punto que muchos no acaban de entender de Francisco. Un verdadero Papa, aunque sea pecador, nunca miente cuando habla en la Iglesia: cuando predica, cuando está con la gente, aunque se mueva sin enseñar nada en la Iglesia, lo que habla o lo que obra es de acuerdo siempre a la sana doctrina de Cristo. Esto hace un verdadero Papa. Esto no lo puede hacer nunca Francisco porque no es un verdadero Papa.

Este es el punto que muchos no aceptan, no pueden aceptarlo, porque ya no se ve al Papa como el centro de la verdad, como el que habla la verdad, como el que enseña la verdad. Y no se ve por la misma razón que Pilatos no la vio: ¿Qué es la Verdad?

Pilatos tenía enfrente a la Verdad Encarnada, a Jesús. Y miró la Verdad y no se dio cuenta de la Verdad, no atendió a la Verdad, no se preocupó de la Verdad, sino sólo preguntó: ¿Qué es la Verdad?

Esa es la pregunta que constantemente se hace Francisco y los que le siguen. No saben lo que es la Verdad y, por eso, enseñan lo que van descubriendo con sus inteligencias humanas, con sus ciencias, con sus culturas, con sus filosofías de la vida.

Y esto mismo es lo que le pasa a mucha gente. Ven la Verdad, pero se siguen preguntando por la Verdad, porque no creen en la Verdad, sólo creen en las fabulas que los hombres van diciendo cada día, en su evolución histórica, en su progreso científico y técnico. Y, entonces, empiezan a cuestionar la Verdad del Evangelio y a interpretarlo según sus avances en la ciencia, en la filosofía, en la cultura, etc..

Así hace Francisco su nueva doctrina para su nueva iglesia. De esta manera. Y, por eso, predica bellamente, pero es toda esa belleza una herejía, la que se vive en su nueva iglesia.

A la gente le gusta vivir una espiritualidad fofa, amanerada, amorfa, que le hablen bonito, que le digan que Dios los ama, pero que después los dejen pecar en sus vidas. Esto es lo que propone Francisco en todas sus homilías. Esta doctrina, que no es la de Cristo, sino del demonio.

A la gente le cuesta decir que Francisco es un mentiroso y que su doctrina no es ortodoxa, no es la de Cristo. Cuesta muchísimo decir esta frase. Muchos callan sabiendo que Francisco dice herejías. La Iglesia calla ante tanta mentira de la Jerarquía. Y eso es señal de que eso que está en Roma no es la Iglesia de Cristo, es una nueva iglesia, donde ya no se habla la verdad, sino la mentira cada día. Y eso lo que se enseña en esa iglesia: a mentir, a decir que todo va bien, que no pasa nada, que Francisco está en la ortodoxia, como Muller ha dicho en una entrevista reciente: “Francisco no va por otro camino: sino que combina la ternura del pastor y la ortodoxia, que no es una teoría cualquiera, sino la recta doctrina expresada en la plenitud de la Revelación”. Muller besa el trasero de Francisco y, por eso, tiene que hablar así, con engaño. Le pagan para que hable, porque en la nueva iglesia de Francisco hay que defender la mentira y al mentiroso, que es Francisco.

Esto es lo que nadie se atreve a decir, lo que nadie quiere analizar cuando ve el Vaticano. Y, entonces, se hace el juego a la nueva iglesia de Francisco. No se la ataca, sino que se defiende la mentira que enseña esa nueva iglesia.

No se puede hablar de Dios, de sus obras y, a la vez, querer transformarlas a la manera de pensar, de obrar humanas. Este es el lenguaje de Francisco: habla de Dios, pero dice que hay que obrar como hombre. Jesús vino a salvar al hombre, luego hay que dar de comer al hombre. Así es el pensamiento de Francisco, así de claro, pero nadie se da cuenta de esta verdad. Todos creen que Francisco está diciendo la verdad porque habla bonito. Eso es todo. Todo consiste en hablar bonito: eso es lo que se enseña en la nueva iglesia. Hablen con palabras bellas, puestas en una bandeja de plata, hermosas para el oído del hombre y entonces serán de Dios. Y no importa que se diga la mentira. No importa la doctrina, sino las obras: den de comer a los pobres. Así se salva el hombre.

En la nueva iglesia no interesa la Verdad. No interesa. Y, por eso, los errores y las herejías en la nueva iglesia llevan al mundo a su destrucción. Lo que se está construyendo en Roma es el origen de lo que viene al mundo. Roma está construyendo un nuevo orden mundial dentro de la Iglesia verdadera, la de Cristo. Y eso producirá un cisma en Roma. El cisma ya está, pero encubierto, todavía no se han quitado las caretas la Jerarquía que sigue a la nueva iglesia.

Pero, una vez que se la quiten, entonces en el mundo se dará lo que se está cociendo dentro de la Iglesia.

El futuro de la Iglesia es muy negro, no hay escapatoria para el que duda en la fe. Hay muy pocos que crean en verdad y se mantengan firmes en todo. En la Iglesia hay división y mucha confusión. Y nadie se da cuenta de ese engaño que lleva a la Iglesia al orden mundial dentro de Ella, cambiando la doctrina de siempre.

Para que el mundo y la Iglesia sea una sola cosa, hay que fabricar una iglesia mundana, donde se viva lo que hay en el mundo. Y, entonces, se da en todas partes, el nuevo orden mundial. Y aparece el Anticristo que lo gobierna todo: iglesia y mundo.

La Jerarquía quiere cambiarlo todo porque la doctrina de Jesús no está a la moda del mundo, porque se ha vuelto vieja, achacosa, y ya no sirve para cambiar el mundo. Hay que dejarla abandonada, hay que dejarla que muera, ya no vale nada para la existencia de los hombres. La Jerarquía de la Iglesia piensa que si viviera Jesús en estos tiempos se adaptaría al mundo, a las modas, a las culturas, a los pensamientos de los hombres.

Debajo de la sonrisa de Francisco existe el desorden y la maldad, existe el pecado y la desobediencia a la ley del Señor, existe un corazón recubierto de odio y de maldad demoniaca.

Francisco miente como se bebe un vaso de agua. No le importa mentir con tal de ganar adeptos para su iglesia del demonio.

Por eso, hay que defender al Papa Benedicto XVI por encima de todo porque es, en verdad, el verdadero Papa.

El legítimo Papa, el que tiene todos los derechos y todo el poder de Dios es Benedicto XVI, Papa hasta la muerte. Francisco es sólo un hombre sin el poder de Dios, sin el derecho de Dios a ser Papa. Es sólo un farsante que se puso ahí porque le agrada la publicidad, la fama, el dinero y el poder.

El Papa Benedicto XVI volverá a ser Papa cuando salga de Roma, cuando huya de su encierro viendo con horror cómo la Iglesia se cae a pedazos en Roma. El calvario de Benedicto XVI empieza fuera de Roma. No ha comenzado todavía.

Viene aquel que no es legal, viene aquel que no es elegido canónicamente y, entonces, la oscuridad cubrirá a toda la Curia Romana. La luz se apaga y el mal cubre el orbe entero.

Francisco: un hombre corrupto en su corazón

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“La corte es la lepra del papado” (Entrevista a Francisco en el diario La Repubblica por Eugenio Scalfari, 1 octubre 2013).

Si se dice que Roma es la lepra del Papado, entonces debe decirse que cada iglesia particular es una lepra para el Papado. Y si la Iglesia es una lepra, entonces el Papado mismo es una lepra. Lo que es la Jerarquía de la Iglesia es el Cuerpo Místico: si es una lepra, todos somos leprosos. Este es el odio de Francisco sobre la Iglesia.

Estas palabras dan a entender que él no pertenece a una Iglesia que es una lepra y, por tanto, hace su iglesia en Roma, una nueva iglesia que, para él, es lo más santo que existe en el mundo entero.

Estas palabras del hereje Francisco son su testamento en la Iglesia, porque señalan la corrupción de su alma sacerdotal. Señalan lo que es su alma: odio y venganza contra los Papas y la Iglesia.

Francisco está corrupto como sacerdote, es decir, su doctrina es del demonio, no es la de Cristo. Su odio a la Iglesia es evidente. Lo ha expresado durante diez meses largos.

Sus homilías son el look de su corrupción, son la manifestación de lo que su alma vive: su pecado.

Sus obras en la Iglesia son las obras de un demonio que sólo vive para hacer daño a la Iglesia.

Francisco tiene en su doctrina la utopía de un hombre que sólo vela por su negro pensamiento, pero que es incapaz de dar una sola verdad al hombre, a la Iglesia, a la familia, a la sociedad. No es capaz, porque no puede ver su pecado, su negra corrupción, su espíritu muerto a la verdad, pero vivo a la mentira.

Un Papa verdadero cuida el Vaticano, la curia, Roma, porque la Iglesia tiene su centro en el Vaticano, se gobierna desde Roma, no desde la periferia, no desde cada Iglesia particular.

La Iglesia es la Jerarquía, no es el Pueblo de Dios. La Iglesia es el Papa, no los Obispos en sus diócesis. Nunca la Iglesia ha sido el Pueblo de Dios. La Iglesia no es el conjunto de Iglesias particulares, sino que es Una, única, en que la Verdad se vive en todas partes. La Iglesia la gobierna uno solo, no muchos en muchas partes.

El Concilio Vaticano II no definió la Iglesia como Pueblo, sino que la dejó como siempre se ha concebido, como Cuerpo de Cristo.

Francisco no sigue lo que la Congregación para la doctrina de la fe dijo en su documento “Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la iglesia”, que el Papa Benedicto XVI aprobó y confirmó el 29 de junio de 2007:

Primera pregunta: ¿El Concilio Ecuménico Vaticano II ha cambiado la precedente doctrina sobre la Iglesia?
Respuesta: El Concilio Ecuménico Vaticano II ni ha querido cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni de hecho la ha cambiado, sino que la ha desarrollado, profundizado y expuesto más ampliamente”.

El Concilio Vaticano II sólo fue pastoral, no dogmático y, por tanto, cuando habla de la Iglesia como Pueblo de Dios lo hace en un lenguaje pastoral, no dogmático, no definiendo algo nuevo.

Para Francisco “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea” (Entrevista a Francisco por P. Antonio Spadaro sj, director de la revista La Civiltà Cattolica, 19 de septiembre 2013 ). Y, por tanto, -para Francisco- el Concilio Vaticano II ha cambiado la doctrina sobre la Iglesia. Ahora hay que mirar la Iglesia según la cultura contemporánea, no según la Tradición de la Iglesia, no según el Magisterio Auténtico de la Iglesia, no según los dogmas en la Iglesia, no según su liturgia de siempre, sino según la cabeza de Francisco. Porque así lo dice Francisco. El Papa Benedicto XVI dijo que nada cambia en la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, no hay que hacer relectura, ni meditaciones sobre la Iglesia. La Iglesia sigue igual que hace 20 siglos, cuando no existía la cabeza de Francisco.

La cultura contemporánea es la cabeza de Francisco. Lo que piensan los hombres en el mundo sobre lo que debe ser la Iglesia, sobre lo que debe ser su doctrina, sobre lo que hay que creer y no creer en la Iglesia, eso es lo que está en la cabeza de Francisco.

Francisco vive en su cabeza la cultura contemporánea, luego no vive de fe, no puede tener la Mente de Cristo.

Jesús le importó un rábano la cultura de su tiempo. Jesús funda Su Iglesia sobre Él Mismo, no sobre la cultura de su tiempo. ¿Y viene, ahora, este necio de Francisco para decir que hay que volver a los orígenes de la Iglesia, porque en esos orígenes de la historia se descubre lo que es la Iglesia? Pero si los orígenes de la Iglesia son divinos. ¿En qué cabeza cabe que hay que descubrir la cultura del tiempo de Jesús para encontrar el origen de la Iglesia? Sólo en la cabeza negra de Francisco. Este hereje no cree en la Palabra de Dios, no cree en la Mente de Cristo, sólo cree en la cultura contemporánea, cree en las palabras y en las obras de los hombres, sólo adora su mente humana. Y así hace la doctrina de su iglesia, que es el culto al hombre que se cree dios.

“La Iglesia es o debe volver a ser una comunidad del Pueblo de Dios y los presbíteros, los párrocos, los obispos que tienen a su cargo muchas almas, están al servicio del Pueblo de Dios”: esta es la gravedad de Francisco sobre la Iglesia. Este es el peso que Francisco ha puesto en Roma para destruir la Iglesia. Esta es su concepción de la Iglesia, su idea equivocada, su fábula en Roma, que es lo más opuesto a la concepción de Jesús sobre la Iglesia.

No se está en la Iglesia para servir al Pueblo, sino para servir a Dios, para obedecer la Mente de Dios y darle al Pueblo lo que Dios quiere. No se está en la Iglesia para darle al Pueblo lo que el Pueblo quiere. La Iglesia no abraza al Pueblo, sino que lo guía por el camino que Cristo ha recorrido en su vida humana: un camino de cruz, un camino no humano, no filosófico, no histórico, no temporal, sino espiritual, celestial, divino.

La fábula de Francisco: “Dios se manifiesta en una revelación histórica, en el tiempo. Es el tiempo el que inicia los procesos, el espacio los cristaliza. Dios se encuentra en el tiempo, en los procesos en curso” (Entrevista a Francisco por P. Antonio Spadaro sj, director de la revista La Civiltà Cattolica, 19 de septiembre 2013 ). En este idealismo funda su nueva iglesia en Roma. Esto es un cuento chino que se lo traga todo el mundo. La gente babea con esto y adula a Francisco con esta chorrada de su pensamiento negro y demoniaco.

Dios se hace presente en Su Espíritu. Punto y final. La historia, la cultura moderna, el tiempo que es superior al espacio, que se lo cuente a otro. Dios no hace una revelación histórica. Dios se revela a cada alma en particular. Y, en cada corazón, Dios pone su Misterio de Gracia. Y no hay nadie que pueda saber lo que Dios pone en cada corazón. Ningún hombre en la historia conoce esos Misterios Divinos. ¡Cuántos santos desconocidos para todos, incluso para la misma Iglesia! ¡Que se deje de chorradas Francisco! Él no sabe llamar al pan, pan; ni al vino, vino. Francisco es un charlatán de su negro pensamiento humano, uno que cuenta chistes en la Iglesia, uno que hace reír a los demás para que vayan contentos al infierno, como él va.

Estamos hartos de la fábulas de Francisco, de los discursitos de Francisco, de las estupideces de Francisco todos los días.

Nunca la Iglesia ha sido la comunidad del Pueblo de Dios. Nunca. Eso se lo han sacado de la manga todos los modernistas, todos los marxistas como Francisco. Eso no está en el Evangelio, sino sólo en la cultura contemporánea, a la que Francisco hace caso, porque está corrupto: está muerto espiritualmente.

Jesús, bien claro lo dice en Su Evangelio: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia”. Sólo los bobos no captan esta frase del Señor en su realidad. Los necios, con Francisco a la cabeza –y son la mayoría de los sacerdotes y Obispos- interpretan como les da la gana esta Palabra Divina, porque no tienen Fe. Sólo por eso. Son los fariseos, los escribas modernos, que dan la vuelta, que tergiversan todo el Evangelio, que anulan toda verdad en la Iglesia.

“los Padres del Concilio cuarto de Constantinopla, siguiendo las huellas de los mayores, publicaron esta solemne profesión: “La primera salvación es guardar la regla de la recta fe […] Y como no puede pasarse por alto la sentencia de nuestro Señor Jesucristo que dice: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia [Mt. 16, 18], esto que fue dicho se comprueba por la realidad de los sucesos, porque en la Sede Apostólica se guardó siempre sin mácula la Religión Católica, y fue celebrada la santa doctrina. No deseando, pues, en manera alguna separarnos de la fe y doctrina de esta Sede […] esperamos que hemos de merecer hallarnos en la única comunión que predica la Sede Apostólica, en que está la íntegra y verdadera solidez de la religión cristiana” [cf. 171 s]. (Conc. vaticano I – SESION IV – Constitución dogmática I sobre la Iglesia de Cristo).

El Vaticano ha guardado siempre sin mácula la Religión Católica. Siempre. A pesar de las desobediencias de muchos sacerdotes y Obispos al Papa, siempre se ha mantenido la regla de la recta fe, porque Cristo Jesús nunca ha faltado a Su Iglesia con Su Pedro. Pedro ha guardado la doctrina sana de Cristo y de la Iglesia. Y ningún Papa se ha separado de la fe y de la doctrina de Roma nunca. Sólo Francisco lo ha hecho claramente. Es su locura en Roma. ¿Cómo puede salvarse Francisco si no guarda la regla de la recta fe? ¿Cómo puede conducir a la Iglesia hacia la salvación si no guarda la sana doctrina de Cristo? ¿Cómo va a salvar almas si ni siquiera quiere salvar la suya?

Tenemos a un loco sentado en la Silla de Pedro. Un loco que se cree santo, un loco que se cree sabio, un loco que se cree en posesión de la verdad de la Iglesia. Un loco al que llaman falsamente Papa.

Francisco sólo enseña a pecar en la Iglesia. No juzga a nadie: que el homosexual siga en su pecado, el protestante que siga en su pecado, el judío que viva en su negación al Mesías, que cada hombre en el mundo siga pecando. Como Dios es tan bueno, a todo el mundo Dios salva con sus malditos pecados. Esta es la predicación de ese loco, llamado Francisco, que se llama Papa sin serlo.

Un Papa es algo muy serio en la Iglesia para estar aguantando todos los días las necedades de un loco.

Decir que la curia es la lepra del Papado es enfrentarse a la misma Iglesia. No es corregir el defecto de la Iglesia, sino enfrentarse a Ella para destruirla. Este es el sentid de esas palabras de este hereje.

Un verdadero Papa siempre dice que el Vaticano, la Curia, Roma, da la Verdad de la Iglesia, guarda la doctrina de Cristo íntegra. Nunca dice que es la lepra del Papado. Nunca. Se está juzgando a cada sacerdote y a cada Obispo, y se está diciendo que lo que viven y obran en el Vaticano no dan la Verdad de la Iglesia. Que hay que cambiar las estructuras del Vaticano para que sean otra cosa distinta a lo que ha sido siempre. Cambiar estructuras, pero no cambiar corazones.

No se puede decir esto sin caer en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Para corregir el defecto del Vaticano, para hablar de los pecados de Roma, hay que corregir a cada sacerdote y a cada Obispo en particular. Si hay corrupción, que se vean los casos particulares. Pero no se puede meter a todos en el bombo y decir que la Curia es la lepra del Papado. Eso es hablar corrupción y levantar el odio en toda la Iglesia. Eso no es cuidar la Verdad en la Iglesia.

La Iglesia no es una lepra, sino una Vida para todos. Los hombres pecadores, como Francisco, son la lepra de la Iglesia, la lepra de la Jerarquía, la lepra que hay que extirpar siempre en la Iglesia, para que no se contagie con la enfermedad mortal de unos pocos que no aman la Iglesia, sino que aman sus lujurias en la vida y que las enseñan sin vergüenza en medio de la Iglesia.

Así hablan los fariseos, para declarar la guerra a toda la Jerarquía, porque a Francisco no le gusta la Jerarquía. A Francisco sólo le gusta el pueblo, los laicos, el mundo, el hombre. Donde está el hombre ahí está el loco de Francisco. Donde está Cristo, allí desparece Francisco. Francisco no vive la santidad de Cristo, sino la mundanidad del demonio.

“Por mi parte, tengo una certeza dogmática: Dios está en la vida de toda persona. Dios está en la vida de cada uno. Y aun cuando la vida de una persona haya sido un desastre, aunque los vicios, la droga o cualquier otra cosa la tengan destruida, Dios está en su vida. Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana” (Entrevista a Francisco por P. Antonio Spadaro sj, director de la revista La Civiltà Cattolica, 19 de septiembre 2013). Este es el dogma del demonio en la mente de Francisco. ¿Dónde está Dios en el asesino, en la que aborta, en el que se droga, en el que no cree en Dios, en el que niega que Jesús sea el Mesías, en el que tiene muchos dioses para adorar en su vida, en el que ha hecho de su vida la adoración a su pecado? ¿Dónde se encuentra Dios en un alma que no quiere quitar su pecado, que llama a su pecado con el nombre de dios? ¿Qué fábula quiere enseñar Francisco con esta estupidez de su mente diabólica?

Si Dios está en cualquier vida de los hombres, entonces todos los hombres están en el Cielo y se van al Cielo. ¿Para qué, entonces, Jesús ha muerto en la Cruz? ¿Para qué existe un infierno si está vacío? ¿Para qué un Purgatorio si ya con sufrir en la vida humana es suficiente para ser santo? ¿Para qué sirve la Iglesia si con lo que hay en el mundo el camino está ya hecho para salvarse?

Dios no está en la vida de nadie. Dios no está en el pecado de nadie. Dios pone un camino al hombre: o te salvas o te condenas. Y el hombre tiene que elegir una cosa u otra. Dios es Justicia en Su Misericordia. Quien desprecia su Misericordia se condena sin más. Esto es lo que ese hereje nunca predica, porque sólo tiene su dogma: todos salvados, todos somos santos, todos entran en la iglesia, porque lo dice Francisco. Como es el Papa, lo que diga hay que aceptarlo. Así piensan muchos. Hay que gente que se le cae la baba cuando habla ese idiota. Y, después, quiere que todo el mundo haga igual que ellos.

“La nuestra no es una fe- laboratorio, sino una fe-camino, una fe histórica. Dios se ha revelado como historia, no como un compendio de verdades abstractas” (Entrevista a Francisco por P. Antonio Spadaro sj, director de la revista La Civiltà Cattolica, 19 de septiembre 2013): No existe la fe histórica. La fe histórica, para Francisco, es el conjunto de lo que cree el Protestante, el judío, el mahometano, y lo que hay en la cabeza de cada hombre que existe en el mundo. Es una ensalada de creencias, sin importar lo que se cree, en la que todos pueden comer lo que quieran, porque todo es sabroso para condenarse. Como Dios está en cada vida humana, entonces, lo que cada uno cree eso es la fe histórica. Mayor chorrada no puede hablarla ese hereje.

Dios da la fe a cada alma. La fe es un don de Dios, es algo espiritual, que no tiene nada que ver con el tiempo ni con el espacio. No se circunscribe a la cultura de ningún hombre, no puede medirse con el pensamiento de ningún hombre. La Fe es la Verdad, que es Jesús. Y Dios revela la Verdad al hombre. Y para tener fe no hay que caminar en la historia de los hombres, no hay que vivir una vida humana, no hay que mirar lo que piensan los hombres o lo que desean los hombres o lo que obran los hombres. Sólo hay que aceptar en el corazón esa Verdad. Punto y final. Lo demás, las fábulas de Francisco.

Francisco se inventa su iglesia con su mente. Le interesa muy poco la Doctrina de Cristo, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, los dogmas. Se los pasa por el trasero. Sólo quiere su utopía: los pobres.

Francisco quiere una iglesia pobre, que atienda a los pobres, y que reciba ayuda material para sostener a los pobres. Esa es su utopía, esa es su fábula, esa es su locura. Y eso no está en el Evangelio, sólo en la negra cabeza de ese corrupto.

No es posible obedecer al loco de Francisco. Sólo se obedece a Cristo que dio su vida a los hombres a pesar de que muchos de ellos no querían salvarse. ¿Quién va a dar la vida por las ideas de Francisco para fundar esa nueva iglesia? Nadie. Ni siquiera los locos como Francisco, porque todos odian a Francisco, incluso los que se dicen sus amigos.

Segundo sello: la ruina de la Iglesia

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“Y cuando abrió el segundo sello, oí al segundo de los seres vivientes, que decía: Ven. Y salió otro caballo, rojo, y al que montaba sobre él le fue dada orden de quitar la paz de la tierra, y que unos hombres a otros se degüellen, y le fue dada una gran espada” (Ap. 6, 3).

El Tiempo ha comenzado para distribuir en la Iglesia la Justicia.

El caballo rojo ha salido para matar y aniquilar toda herejía en el mundo y en la Iglesia. Es un caballo montado por un jinete que da al mundo la batalla contra el error; y da a la Iglesia la batalla contra la herejía.

Error y herejía son cosas diferentes. El error siempre está en el mundo, porque no puede tener la Verdad. La Verdad sólo está en la Iglesia. Fuera de Ella, la mentira, el error, el engaño, la falsedad, la vida para muchas cosas que no son de Dios.

El error nunca es un camino en la vida, sino una negación de la vida. Quien vive en el error vive en la muerte, vive para la muerte, vive haciendo de su vida una destrucción, una ruptura, un decaimiento en todos los sentidos.

Sólo echar una mirada al mundo para comprobar la muerte en todas partes. Los hombres luchan por un poco de vida y no quieren morir. Los hombres obran vidas para su felicidad y su placer y no se dan cuenta que están muertos en esas vidas. Muchas personas dicen que están vivas, pero sólo son en la apariencia: en sus corazones, en lo más íntimo de sus almas, ven un vacío, sienten una muerte, viven de una oscuridad que no puede quitar.

El mundo vive en su muerte de la cual no puede salir. Y el caballo rojo sale para combatir ese mundo muerto y darle la Justicia de Dios que se merece por sus pecados. Sus pecados son su muerte. Son pecados que no pueden quitar, que no pueden ver, que no saben llamarlos como pecado. Son sus bienes, son sus vidas llenas de muerte, que sólo conducen a la muerte.

Pero la Iglesia no es el mundo, porque en Ella está la Vida que triunfó sobre la muerte, que aniquiló la muerte, que dio paso al camino de la Verdad.

Sólo la Vida trae el camino de la verdad. La muerte lleva al error y al pecado.

Sólo la obra de Cristo, su Obra Redentora, pone al hombre en la Vida y, por tanto, en la Verdad. Y, cuando el hombre se pone en la Verdad, entonces obra el Amor Divino en todas las cosas.

No se alcanza el Amor sin la Verdad. Y no hay Verdad sin Vida.

“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”: Jesús es la Vida, pero da al hombre Su Camino para llegar a Esa Vida.

Ese Camino es el mismo que Él obró en su vida humana: la Cruz.

La Cruz es una Obra, no es un signo, una señal, un símbolo, un recuerdo, una memoria del pasado.

La Cruz es la Obra de la Palabra del Hijo. Es la Obra de la Verdad, que es Jesús. Jesús es sólo la Verdad. Su Palabra es Verdad.

Pero Su Palabra no es como la de los hombres, que se quedan en sus ideas, en sus razones, en sus límites, en sus visiones.

La Palabra de Jesús es una Obra. Y, por eso, quien lea el Evangelio y ni lo obre, es que no ha escuchado en su corazón esa Palabra y no tiene fe, no puede obrar la Palabra. La Fe es una Obra: es obrar lo que ese escucha de Dios. Muchos leen y leen las Sagrada Escritura, pero no la escuchan en sus corazones, sino que la trituran con sus mentes y, entonces, crecen sólo en su soberbia, se creen que saben cosas de Dios, pero no saben nada ni pueden obrar la Voluntad de Dios por su falta de fe en la Palabra.

Jesús pone al hombre la Cruz para que llegue a la Verdad, que es Él. Sólo aquella alma que se crucifica, que renuncia a todo lo humano, a todo lo mundano, a toda lo material, por alcanzar el objetivo de su vida, que es el amor de Dios, entonces llega ese fin, posee ese fin, y hace de ese fin su camino en la vida.

Los hombres se contentan con sus amores en la tierra y descuidan el amor de Dios. Y llaman amor divino a sus engendros en la vida, a sus connubios en la vida, a sus negocios en la vida.

Para ser de Cristo no hay que ser de la vida de los hombres, porque Cristo nos da Su Vida, la Suya, la que Él posee siempre y la que nadie tiene por derecho propio.

Estar en la Iglesia es una gracia d Dios, no es un merecimiento para ningún hombre. Pertenecer a la Iglesia es una Voluntad de Dios, no es un querer humano.

Dios nos ha creado sin nuestra voluntad. Dios nos ha amado sin merecerlo nosotros. No hemos escogido el nacer ni tampoco escogemos el morir. El hombre no se posee a sí mismo, tiene bajo sus pies un abismo, un precipicio. Y sólo es sostenido por la gracia de Dios, por el don de Dios. Y Dios sólo quiere del hombre su voluntad libre, su sometimiento, su dependencia a Él. No quiere otra cosa del hombre. No le interesa nada de la criatura.

Dios nos ha hecho libres sin que nosotros se lo pidamos. La libertad es un don de Dios, no es una conquista del hombre. El hombre no fue preguntado por Dios si quería nacer, si quería ser libre. El hombre fue puesto por Dios para que obrara un designio divino en su vida, para que hiciera de su vida una alabanza a su Creador.

Y el hombre se apartó de esa gracia, de ese don, de ese designio y, por eso, nace en la muerte y para la muerte.

Y el que el hombre, en la muerte, en su pecado, encuentre a Dios es sólo una gracia, no es un merecimiento de nadie. Nadie tiene derecho natural a salvarse, sino que todos estamos condenados desde que nacemos, desde que somos engendrados.

Si el hombre se salva es sólo una gracia, un don de Dios, no algo que el hombre merezca por sus esfuerzos en la vida.

Y, por eso, pertenecer a la Iglesia nadie lo merece, porque nadie merece salvarse. Todos nos merecemos la condenación.

Y si se está en la Iglesia es para una obra divina que el Señor quiere de cada alma. No se está en la Iglesia en un lugar cómodo, diciendo que creemos en Dios, en Jesús, en la Virgen, y haciendo unas cuantas cosas para dar testimonio de nuestra mentira en la vida.
Se está en la Iglesia para una obra de la Verdad, una obra de Jesús, una obra que Jesús quiere de cada alma. Pero los hombres están en la Iglesia para divertirse y hacer de este Templo Sagrado el culto a Satanás.

Por eso, el caballo rojo sale a castigar a la Iglesia, porque no ha sido fiel a la gracia que Jesús le ha dado.

La Esposa de Cristo, Su Iglesia, ha fornicado durante 50 años con el demonio. De Ella han nacido anticristos. Francisco es uno de ellos. No es un hijo de Dios, es un hijo del demonio.

Cada alma en la Iglesia que no sigue el Espíritu de Cristo, tiene que seguir, necesariamente, el espíritu del anticristo.

El espíritu del anticristo nace en la misma Iglesia, no nace en el mundo. En el mundo está el espíritu del error, el espíritu del engaño, el espíritu de lo profano. Pero en la Iglesia sólo está el Espíritu de Cristo. Pero toda alma que no siga a ese Espíritu, queda poseída por el espíritu contrario, y obra en la Iglesia, dentro de la Iglesia, con ese espíritu del anticristo.

“De nosotros salieron, pero no eran de los nuestros” (1 Jn 2, 19). Francisco salió de la Iglesia, pero no tiene el Espíritu de Cristo, sino que está regido por el espíritu del anticristo. Y la razón: por no ser fiel a la gracia, al don de Dios sobre su vida, sobre su libertad. No se sometió a Dios y, por eso, no se sostuvo en pie, en la verdad, delante de Dios.

Y, como Francisco, muchos sacerdotes y Obispos, infieles a la gracia, desposeídos de la Verdad por unirse al demonio en sus vidas.

El caballo rojo ha salido para combatir a tantos sacerdotes, Obispos y fieles de la Iglesia, que han salido de la Iglesia, pero que sólo poseen el espíritu del anticristo. Y lo demuestran en sus obras, no en sus palabras.

Todo aquel que obre el pecado no pertenece a Dios. Obrar el pecado es obrar, dentro de la Iglesia, no sólo el error, la mentira, el engaño, la falsedad, sino que es oponerse a la Verdad.

Todo aquel que en la Iglesia, dentro de Ella, se oponga a la Verdad, no es de Cristo. Jesús es sólo la Verdad. El anticristo es sólo lo opuesto a la Verdad.

Son las obras las señales claras del espíritu del anticristo. Por eso, todo el mundo quedó engañado con Francisco. Sólo veían sus palabras. Sólo se detenían en sus palabras, pero no veían sus obras.

Y Francisco obró la maldad nada más salir al balcón cuando fue elegido. Pero, como los hombres de la Iglesia ya no son fieles al Espíritu de Cristo, no ven el engaño en un hombre revestido de falsa humildad, de falsa pobreza, de falsa compasión.

No se ve la obra del mentiroso porque se vive como él, en la mentira. Francisco fue muy astuto con toda la Iglesia, porque bien sabe él cómo está la Iglesia: podrida. Y se aprovechó de eso, para inocular su maldad en la Iglesia.

Francisco ha sembrado la división en toda la Iglesia. Es lo que vemos en todas partes. Se ha dividido la Verdad. La Verdad, en la Iglesia, es sólo Pedro. Se puso dos cabezas en la Iglesia. Y, entonces, se quitó la Verdad. Y, Francisco, ha puesto ocho cabezas. Su obra es su pecado. Sus palabras confirman su obra de pecado. Pero lo que interesa en un anticristo son las obras, no sus palabras.

Y nadie sigue atendiendo a esa obra de pecado que ha hecho Francisco y, por eso, viene lo peor: se acaba Pedro en la Iglesia. No hay más Pedros, no hay más Papas. No hay Papado. Es lo que nadie quiere entender, pero es lo que viene, porque es la obra de un anticristo, que está puesto para destrozar la Verdad en la cabeza de la Iglesia.

Ya no hay paz en el interior de la Iglesia. Navidades sin paz, sin descanso, sin amor.

La Iglesia está podrida en Roma

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“Un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo” [Eph. 4, 5].

Para tener fe no basta con hacer un acto de fe una vez en la vida, sino que la fe es un acto de cada día, de cada segundo. No se puede tener fe hoy y mañana no tenerla.

La fe es algo continuo, es algo que permanece, porque lo que Dios da no lo quita. Pero se puede perder por el pecado del hombre.

Aquellos que quisieran tener más fe en sus vidas y hacen actos de fe para eso, trabajan mal, hacen mal. Porque la fe crece con la obra de la fe, no haciendo actos de fe.

Quien obra su fe camina en la fe y llega a la cumbre de la fe. Pero quien no obra su fe, entonces no camina y languidece en su vida espiritual. Tiene una luz que se va apagando, hasta que llega un momento en que desparece.

Quien vive su fe no mira al mundo, no le interesa el mundo, no hace caso de las modas del mundo.

Quien vive su fe, combate contra los pensamientos de todos los hombres, porque nadie piensa de acuerdo a la fe.

La fe es un Pensamiento Divino sobre todas las cosas. La fe no se adquiere pensando la vida, sino sometiendo la razón al Pensamiento de Dios.

A los hombres les cuesta comprender este punto porque son racionales: todo lo quieren medir con su inteligencia humana. Y la fe no se mide con la razón, sino que se obra con el corazón.

La fe no es para abarcarla con la razón, con la ciencia, con la técnica. La fe es para vivirla, para obrarla, para darla a conocer a los demás para que también la vivan y la obren.

Por eso, sólo es necesario predicar la Palabra de Dios. No hace falta más en la Iglesia. No hay que hacer obras humanas para dar a entender que se cree. Quien cree en la Palabra, obra lo que quiere esa Palabra en su vida y en la Iglesia.

Pero quien no cree en la Palabra, se dedica a hacer tantas cosas en la vida, en la Iglesia, y no hace nada.

“Marta, Marta, estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor, y nadie se la quitará” (Lc 10, 42).

Hay que estar a los pies del Señor escuchando Su Palabra. Eso es lo único necesario para, después, hacer las obras que enseña esa Palabra.

Es necesaria un fe que escuche a Dios. Es lo que no existe en la Iglesia.

Nadie escucha a Dios en su corazón. Todos se escuchan a sí mismos, a los otros, al mundo, pero no a Dios.

La fe no es escuchar al hombre, lo que dice. Es escuchar la Palabra de Dios.

Y si un hombre, un sacerdote, un Obispo, cuando predica, cuando habla, no da la Palabra de Dios, entonces no se le puede escuchar, no se le puede seguir, no se le pude obedecer.

El Pastor de la Ovejas sólo da la Palabra de Cristo, no da palabras humanas a sus ovejas, no obra cosas humanas en la Iglesia, no vive humanamente su ministerio sacerdotal.

Si el sacerdote sólo se mira a sí misma, entonces sólo se escucha a sí mismo y no puede guiar a ningún alma hacia la verdad, hacia la salvación y la santificación.

Las ovejas no tienen que escuchar a un hombre, sino a Dios en ese hombre. Y si ese hombre no da a Dios, a ese hombre se le desprecia, se le enfrenta, se le persigue, se le amonesta, se le corrige.

Esto es lo que nadie hace con Francisco. Y, entonces, toda la Iglesia peca, al oír a un hombre que miente en su ministerio en la Iglesia y que obra la mentira con el aplauso de todos.

El pecado de la Iglesia, en estos momentos, es callar ante un hereje. Es un gravísimo pecado.

Cuando consta evidentemente que un sacerdote, un Obispo, un cardenal es hereje, hay obligación moral de denunciarlo siempre, si no se cae en el pecado.

Francisco está sembrando por todas partes el error, el engaño, la falsedad y, por eso, debe ser evitado, debe ser castigado: “decretamos que todos los que se adhieren a los asertos de tal error, ya que se dedican a sembrar por todas partes las más reprobadas herejías, como detestables y abominables herejes o infieles que tratan de arruinar la fe, deben ser evitados y castigados” (V CONCILIO DE LETRAN [De la Bula Apostolici regiminis (SESION VIII), de 19 de diciembre de 1513]).

Pero la Iglesia, hoy día, no castiga a los herejes, sino que castiga a las almas que cumplen la Voluntad de Dios. Eso es signo de que la Iglesia no es la de Jesús.

En Roma ya hay otra iglesia, que no tiene nada que ver con la de Jesús. Pero lo más triste es comprobar que nadie se ha dado cuenta del engaño. Nadie. Muy pocos saben discernir lo que pasa en Roma.

En Roma, desde hace 50 años pasan cosas muy raras, que pertenecen a hombres que ya no dan culto a Dios, sino al demonio.

Pablo VI murió sin que nadie se diera cuenta. Lo quitaron de en medio y, en el funeral, era otro, un doble. A Juan Pablo I lo asesinaron porque les salió mal la jugada. No era él el que debía salir. Juan Pablo II murió envenenado: ”Juan Pablo II… Volvió a casa prácticamente cinco años antes de lo previsto. La verdadera causa de su muerte es la Gota… enfermedad a la cual se llega a través del envenenamiento del agua. Envenenamiento que viene efectuado en pequeñas dosis para que no queden trazas” (Jesús a Conchiglia 25 de abril de 2008).

Francisco es el hombre inicuo que se sienta, ahora, sobre el trono de Pedro.

Un hombre aclamado por la una Iglesia ciega, porque no ve las cosas que son de Dios, las cosas divinas, santas, sagradas, sino que sólo está atento a lo moderno, al mundo, al hombre, a lo material de la vida.

Sacerdotes entregados al poder y a la riqueza que hacen caminar a la Iglesia por esos caminos, contrarios a los mandamientos de Dios.

Es una Iglesia a la deriva, que ya no navega hacia la Verdad, hacia el centro del Amor, hacia la Vida Eterna.

Y va a la deriva sólo por sus Pastores, por tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, que ya no son lo que parecen exteriormente. Se visten como sacerdotes, pero son lobos, son panteras, son demonios, que viven su mentira en la Iglesia, dentro de la Iglesia, pero que ya no son la Iglesia.

Están dentro, porque están en Roma, pero son de una nueva iglesia, que han formado para aniquilar la verdadera Iglesia.

No tienen Espíritu Santo, no tienen la Luz de Dios, y las almas los siguen como guías sin luz, ciegos para el bien, sólo con ojos para hacer el mal.

Estos sacerdotes, estos Obispos no pertenecen a la Iglesia. No han sido llamados por Dios a Su Iglesia, sino que han entrado por otra parte y se han vestido de sacerdotes para engañar a toda la Iglesia.

Son hombres inicuos que siguen al demonio y que entregarán al Anticristo la nueva iglesia que se levanta en Roma.

Todos esos sacerdotes y Obispos están presentando una doctrina que lleva almas y almas al infierno. Una doctrina que es contraria a la de Cristo, que toma verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, de los Santos, para tergiversarlas y dar a conocer sus mentiras.

Jesús sólo tiene una Palabra, no tiene un conjunto de palabras humanas, no tiene un libro que contenga muchas palabras humanas, muchas explicaciones a Su Palabra.

Sólo las ovejas de Cristo, que escuchan la Palabra de Dios, siguen al Buen Pastor, porque “conocen su Voz” (Jn 10, 4); pero las almas que no son de Cristo, sólo siguen a los lobos, a los ladrones, a los imitadores del Buen Pastor, porque no escuchan la Voz de Cristo, han perdido la fe, ya no tienen fe en la Palabra de Dios.

¡Cuántas almas con una venda en los ojos siguiendo a Francisco y los suyos! No hay fe en la Iglesia. La Iglesia no escucha al Buen Pastor, a Cristo Jesús, sino que da oídos a los mentirosos, a los mentecatos, a lo necios de corazón.

“Si el mundo supiera como me han tratado dentro de la Iglesia. En televisión y en los periódicos veían Sacerdotes… Obispos y Cardenales todos atentos alrededor de mí con mil atenciones. Era sólo apariencia. Habría querido gritar y desmentirlos a todos pero no podía dar escándalo y así asustar y hacer alejar a los fieles de la Iglesia. He tenido que padecer humillaciones sobre humillaciones. Me han perseguido cada momento. Los tenía a todos a mi alrededor sólo porque me controlaban de cerca. Cada paso y movimiento mío era controlado” (01 de julio de 2010 – Juan Pablo II a Conchiglia).

Es muy serio lo que está pasando en Roma y nadie quiere discernir nada. Es terriblemente cierto que ya nada en Roma es lo que parece. Todo se ha vuelto una pantalla, una cortina de humo. Sólo se ve lo que ellos quieren que se vea. Lo demás, ya nada interesa.

Si han tratado de esta manera a los Papas, ¿qué no habrán hecho con los demás: sacerdotes, Obispos, fieles, en la Iglesia, que se han opuesto, como Juan Pablo II, a esa raza maldita del demonio?

La Iglesia está a un paso de las catacumbas. Tiene que destruirse esta iglesia de pecadores, que sólo viven en sus pecados y dan culto a sus pecados. Y tiene que nacer una Iglesia renovada en el Espíritu, que sólo busque la santidad, lo sagrado de la vida, lo divino en todas las cosas.

Llegan tiempos de muchos sufrimientos, de muchas oposiciones, de muchas rebeldías en Roma y fuera de Roma.

La Iglesia remanente sólo será de pocas almas. Las demás quedarán oscurecidas en la vorágine que viene a Roma y al mundo.

“Mi Iglesia, que está podrida por dentro, va a ser renovada en breve sin ninguna vacilación. Serán los primeros en caer los potentes que están en lo alto para ordenar, mientras Mi Hijo Pedro… Asiste, a las ruinas, impotente y cansado… oh Mi Pedro… Cómo eres humillado y vilipendiado, te hacen pasar por viejo y cansado en tu decir. Por el contrario eres un muchacho dentro del corazón dentro de un cuerpo que ha hecho su deber”( 10 de abril de 2001 Jesús).

Vaticano: fábrica de hacer dinero para el comunismo

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“su labor es el corazón de la misión de la Iglesia y su atención hacia todos aquellos que sufren por ese escándalo del hambre, con el que el Señor se identificó cuando dijo: “Tuve hambre y me diste de comer””. (Francisco – 10 de dciembre 2013)

Francisco demuestra en estas palabras su herejía del comunismo: el corazón de la misión de la Iglesia el bien común, el ponerlo todo en común, el dar dinero y lo material a los hombres con un fin sólo humano, económico, natural, material. Y este bien común es no para de comer a los hambrientos sino para quedarse con las ganancias de lo que recojan.

Así es el comunismo. Así hace el comunista Francisco en la nueva iglesia en Roma.

El corazón de la misión de la Iglesia es dar el Pan Vivo de la Eucaristía a los pobres de espíritu. Ése es el amor de la Iglesia, su corazón. Dar de comer a los pobres es el negocio que se ha montado el comunista Francisco en el Vaticano, que se convierte en la fábrica de hacer dinero para una causa comunista. Dinero para destruir la Iglesia.

En el Vaticano, ahora se pagan a los sacerdotes y a los Obispos para que prediquen herejías a la Iglesia y obren la mentira, su teatro, en el aplaudo de muchas almas que los siguen porque son bobas y tontas como ellos, la nueva jerarquía del comunismo en Roma. Una jerarquía no de sacerdotes, sino de hombres vendidos al demonio. Cada uno en Roma tiene un puesto sometido a la burda conquista del mundo y de los hombres.

Mayor mentira no puede hablar ese hereje: el Señor se identificó con el escándalo del hambre. Un Obispo, un sacerdote de la Iglesia verdadera nunca puede decir esto del Señor. Nunca. Es un ultraje al Señor. Es una falta de obediencia a Su Palabra. Es decirle al Señor: Tú no sabes dirigir tu Iglesia, déjame guiar a la Iglesia para dar de comer a los pobres, ya que tú no te preocupaste de eso en tu vida humana.

Este es el pensamiento de Francisco que no revela a la Iglesia. Él sólo dice su mentira, para complacer a los bobos y mentirosos como él.

El Señor Jesús vino por los pecadores, no por la gente que se muere de hambre. Poco le importa a Dios el hambre de las personas, el hambre material, mientras ve cómo caen almas al infierno. Lo único que ve Dios en el hombre es su maldito pecado. Por ese pecado, el hombre pasa hambre y muchos problemas más en la vida.

Y el Señor Jesús vino a remediar el pecado, poniendo un camino para quitarlo y expiarlo. Y ese camino no incluye sacar de la pobreza material a nadie. Ese camino no incluye quitar enfermedades o la muerte u otras cosas que los hombres tienen en sus vidas a causa del pecado, fruto del pecado.

La Obra de la Redención de Jesús sólo se centra en el pecado del hombre, no en su miseria material. Sólo Jesús atiende a la causa espiritual de todo problema humano, natural, carnal, material, físico de los hombres. Y, por tanto, aquel que se une a la Obra de la Redención humana, hace lo mismo que hizo Jesús: cargar con el pecado de los hombres.

Jesús no cargó con la miseria económica de nadie. No hacía falta. Jesús no puso un restaurante para dar de comer a nadie. No puso una panadería para alimentar a los pobres. No fabricó una cáritas, que es el engendro del demonio en la Iglesia. No pidió dinero a nadie. Se limitó a cargar con los pecados de todo el mundo. Y así resolvió el problema principal de todo hombre, que es su elección de vida.

Todo hombre está en esta vida para una elección: o el infierno o el cielo.

No se está en esta vida para alimentar a nadie, para dar dinero a nadie, para dar un trabajo a nadie. La vida no es ni para comer, ni para ganar dinero, ni para hacer que los hombres vivan felices en sus necias vidas.

La vida sólo está o para salvarse o para condenarse, que ese fue todo el discurso del Señor que Francisco calla y pone lo que le interesa destacar: “Tuve hambre y me diste de comer”.

No pone que eso lo dijo el Señor a aquellas almas que eligieron el camino de la salvación. Este punto lo calla. Y es el más importante, porque señala la Obra Redentora de Cristo Jesús en medio de la Iglesia.

Y, por supuesto, calla la segunda parte: “Tuve hambre y no me diste de comer”. Esto ni lo menciona. No habla de la Justicias Divina, de la elección que muchos han hecho para ir al infierno por no quitar sus pecados. Esto no lo puede enseñar, porque comenzó mal su discurso.

Comenzó diciendo que el corazón de la Iglesia es dar de comer a los pobres, es decir, el dinero, buscar dinero para los pobres. Ése es el tesoro que persigue el hereje Francisco, y que hace que toda la Iglesia se mueva buscando los tesoros materiales para así dar contento a los hombres en el mundo.

Porque el corazón de la Iglesia el Amor de Cristo, dado en la Eucaristía, entonces el alma debe trabajar por ese Amor, para tenerlo dentro de su corazón y así obrar las obras de ese amor divino entre los hombres. Y si ese amor divino le manda dar de comer, se da de comer por Voluntad de Dios, no por capricho, no por interés de los hombres, no porque lo digan los hombres y, menos, sacerdotes y Obispos herejes como Francisco.No se puede obedecer a un hereje.

Esto es imposible que lo enseñe Francisco. Y lleva nueve meses con la misma obsesión, que es la de Judas: ¡quién me da dinero para mis pobres! Es decir, ¡quien me da dinero para mi bolsillo!

El comunista Francisco es un judas: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres? Esto decía, no por amor a los pobres, sino porque era ladrón, y, llevando él la bolsa, hurtaba de lo que en ella echaban. Pero Jesús dijo: Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre.” (Jn 12, 7)

Francisco pide dinero, no porque le importen los pobres, no por amor a los pobres, sino porque es un ladrón. Ha robado la riqueza de la Iglesia, que es el Papado y la ha destruido con su pecado. Ha echado a Cristo de la Iglesia, del centro de la Iglesia, que es el Papa. Y se ha puesto él como impostor, como un fraude, como un hereje, para así arrebatar a todas las almas de la Iglesia su preciado tesoro: su salvación.

Francisco roba la salvación a las almas, se las arrebata, y les da la condenación en la Iglesia. Por eso, hace que toda la Iglesia esté pendiente de resolver problemas materiales, económicos, políticos culturales, humanos. Pero que nadie se centre ni en su salvación ni en su santificación.

Y, por eso, clama desesperado: “Nos encontramos ante un escándalo mundial de casi mil millones de personas”. ¡Dios mío, qué barbaridad la de este hombre en estas palabras! ¡Cómo se ve que le gusta el dinero!

Ningún político mueve un dedo por esos mil millones que dice Francisco que hay. Ningún político en sus gobiernos les importa esos mil millones de personas que mueren de hambre. Ningún empresario, ningún economista, mueve su dinero para dar de comer a nadie en el mundo. A nadie en el mundo le interesa esos mil millones de personas que se mueren de hambre, según los cálculos de Francisco.

Y he aquí que Francisco tiene la solución para dar de comer a los mil millones de personas: pedir dinero. Esa es la utopía de Francisco en la nueva iglesia. Y ¿quién le va a dar gratis ese dinero en el mundo, si en el mundo nadie da gratis nada? En el mundo a nadie le interesa los pobres. Nadie mueve un dedo por los pobres. Y los que son de la Iglesia no tienen más riqueza que la que tienen. No son ricos para alimentar a mil millones de personas. Luego, ¡qué gran utopía que propone Francisco!

En la práctica no se puede alimentar a mil millones como lo quiere Francisco, porque los hombres somos pecadores y nos agarramos a nuestro dinero y que se mueran de hambre todos.

Así pensamos todos. Y así piensa también Francisco. Pero esto no lo dice. No conviene. Él no dice la Verdad a las claras. No puede. Es mentiroso desde el principio. No hay verdad en él.

Francisco predica comunismo. Punto y final. Denme dinero para el bien común de todos los hambrientos en el mundo, pero me lo guardo en mi bolsillo. Así es el comunista. Esa es la experiencia de Rusia y de tantos países bajo el comunismo. ¿Es que no aprendéis de vuestros errores? Vivís para caer siempre en los mismos errores de todos los hombres. Pero no vivís para aprender a quitar los errores, a quitar vuestro pecados de la Vista Santa del Señor.

Francisco: un gran iluso, un gran bobo, un necio que no sabe lo que está diciendo. Y sólo los bobos como él dan su dinero a esa causa comunista de Cáritas.

No apoyen a Cáritas: es perder su dinero. Es meter su dinero en una causa de condenación de las almas. Se lo roban.

Las almas, primero hay que salvarlas, y, después viene la añadidura. Para Francisco, le importa un bledo la salvación de las almas, sólo quiere su bienestar humano. Por eso, predica el reino material, el reino humano, el reino económico, el reino para condenarse en vida.

Quien siga a Francisco, quien siga sus consejos, se condena. No se puede obedecer a Francisco. Es un comunista en la Iglesia. Habla como dragón y condena a las almas como pantera.

En Roma se oculta la verdad de sus intenciones

misericordia

“…judíos y gentiles, todos están bajo pecado; según está escrito que no hay quien sea justo, ni siquiera uno solo; no hay quien tenga seso, no hay quien busque a Dios; todos se extraviaron, a una se echaron a perder; no hay quien haga el bien, no hay siquiera uno” (Rm 8, 10-12).

La apertura de Roma al mundo es la negación de la Palabra de Dios, porque en el mundo todos están en contra de la Verdad: “no hay quien tenga seso”, no hay inteligencia en las mentes, en las ciencias, en las filosofías, en las leyes que los hombres escriben u obran.
Porque la Verdad sólo está en la Palabra de Dios y, quien la obra, es inteligente, hace el bien que Dios quiere en su vida humana.

Esto, tan sencillo de comprender, en la práctica ninguno de los que están en Roma lo entiende con su razón, porque han perdido la fe en la Palabra de Dios y sólo creen en el hombre, en el mundo; sólo están llenos de la sabiduría humana, que destruye toda la Verdad del Evangelio.

Un hombre, como Francisco, que alaba a judíos, a protestantes, a musulmanes y a todo el mundo, apartándose, para eso, de la Verdad, destruye, con su obra demoniaca, la Iglesia en todos sus cimientos.

Su afán por conseguir que la Iglesia ayude las diversas necesidades materiales o humanas de los hombres en el mundo, sin importar la Verdad del Evangelio, sin la práctica de las virtudes cristianas, sin la ley divina, poniendo el amor sólo en una bondad sentimental hacia el prójimo, eso hace que el amor de Dios se divida y se anule de raíz.

Dios no ama a nadie en el mundo. Dios ama al que tiene la gracia en su corazón. El amor de Dios se da en la gracia divina. Y quien esté en pecado, no tiene el amor de Dios y no puede ser amado por Dios. Dios, hacia el pecador, sólo tiene misericordia, pero no amor de la gracia.

Y la Misericordia Divina no consiste en reparar las vidas humanas de las personas: no consiste en dar de comer o en sanar enfermedades o en dar trabajo a los hombres o en otra cualquiera beneficencia que los hombres les gusta hacer en el mundo.

La Misericordia Divina consiste en poner un camino al pecador para que salga de su pecado y expíe su pecado para poder obrar en él el amor divino, que lo lleva hacia la santidad de la vida.

Quien no sale de su pecado, no puede sentir el amor de Dios. Y aquellos hombres que quieren acariciar a los hombres con amores humanos, con sentimientos humanos, para hacerles un bien humano sólo porque son hombres, anulan la Misericordia Divina con una falsa compasión hacia los hombres en su pecado.

El que está en gracia tiene que amar a sus enemigos. Sus enemigos son muchos hombres en el mundo, porque el mundo está lleno de pecadores que no quieren quitar sus pecados.

Y sólo es posible amarlos practicando con ellos la virtud de la justicia. No se puede amar al pecador sin esta virtud. Porque es necesario darle a cada hombre lo que quiere, lo que busca en la vida, su fin para el cual obra en su vida.

Y un pecador, que vive para su pecado, pone el fin del odio en su vida. Vive para odiar, pero no para amar. Vive para destruir, pero no para construir. Vive para engañar, pero no para dar la verdad.

Y amar al pecador no es darle el bien que él busca, sino el mal que él busca en la vida.

No se pueden dar los tesoros del Cielo a los cerdos, a los que viven en el pecado. La Verdad no la puede abrazar el que peca, porque está atado a su mentira y ve su mentira como su verdad.

Al pecador, hay que darle la justicia que vive en su vida descarriada. Y, en esa justicia, hay que darle el bien que Dios quiere en ese momento. Si Dios quiere que se le dé un trozo de pana, se le da. Pero nada más. Porque no se puede hacer el bien divino con el pecador, sino el mal divino en el pecador.

El bien divino es el Amor de Dios; el mal divino es la Justicia de Dios. Toda Justicia Divina trae un mal al hombre. Es un mal que Dios quiere por razón del pecado del hombre. No es un mal porque Dios haga un mal. Para Dios, es un bien Su Justicia. Pero, para el hombre, es un mal que viene de Dios.

Ese mal divino, que es la Justicia Divina para el hombre, es un bien divino en Dios. Pero esto el hombre no sabe comprenderlo. Y en esa Justicia Divina, Dios hace bienes materiales y humanos a los hombres sin merecerlo ellos por sus pecados que no quieren quitar.

Y, por eso, para amar a un enemigo, siempre hay que preguntar a Dios qué bien concreto se hace con ese enemigo. Porque el enemigo sólo vive en la Justicia Divina y, por tanto, no es merecedor, de la Gracia, del amor de benevolencia de Dios, con el cual Dios se regala sólo con los hombres que viven en Gracia, que viven en Su Amor. Pero no puede darse con aquellos hombres que sólo viven para sus pecados.

Dios quiere salvar a todos los hombres, y, para eso, pone un camino de Misericordia, pero no un camino de amor.

El camino de amor lo pone con las almas en Gracia, que viven sujetas, sometidas, fieles, perseverante a la Gracia Divina en sus corazones.

Por tanto, si no se practican las virtudes con los diferentes hombres, queda un esperpento de amor como lo predica Francisco y lo obra en Roma. Y Francisco hace esto porque no tiene fe ni en la Palabra de Dios ni en la Iglesia.

No tiene vida espiritual y, por tanto, no está en Gracia; ni se apoya para obrar en la Iglesia en la Verdad, en el Dogma, en la Tradición, en Su Magisterio. Y produce la división en el amor, que consiste en tener muchos amores según sean los hombres. A cada uno lo ama según su amor, su ideal en la vida. Y entonces se ama al judío participando de su pecado; se ama al protestante participando de su pecado. Y así con todos. Según sea el pecado de cada cual, el amor al pecado en cada uno, así hace un bien.

Eso es un esperpento de amor. Pero de esperpentos vive el mundo, porque el mundo carece de amor y de verdad.

Es triste comprobar cómo tantos sacerdotes y Obispos se mueve por la línea de Francisco en su obrar en la Iglesia. Y eso es una señal para la Iglesia de profunda división, de cisma encubierto, de que la verdad la ocultan, de que no se dice lo que se va a hacer, sino que se da a conocer otras cosas, preparando ocultamente un cisma, una división en la Iglesia.

Así es siempre cómo el demonio obra: da a conocer al alma algo que le gusta, pero no le descubre sus verdaderas intenciones.

Esto es lo que hace Francisco y el gobierno horizontal: se ha reunido, ¿para qué? ¿Para crear una comisión para la protección de menores? Por favor, para eso no hace falta un gobierno de ocho cabezas.

Dan a la gente lo que les gusta, pero han callado la verdad de esa reunión. Y la han callado porque no conviene decirla. Porque es necesario obrarla sin más, para imponer a la Iglesia la mentira.

Un gobierno no está para comisiones, sino para gobernar con la verdad. Pero, como ninguno de ese gobierno posee la verdad, entonces van a obrar la mentira.

Roma se ha abierto ya al mundo. Eso es claro, hasta un ciego se da cuenta que el ambiente a su alrededor no está puro, no está bien, no marcha en la armonía de la paz.

Hay enfrentamientos en el gobierno que se callan, porque quien no vive el amor de Dios, vive el odio. Y nadie del gobierno horizontal vive en la gracia de Dios. Todos acogen sus herejías en la vida, sus pecados. ¿Qué esperan de hombres, que viven sus pecados, sin quitarlos, y que se ponen a gobernar una Iglesia fundada en la Verdad? Quien espere algo bueno, vive de ilusiones. Sólo se puede esperar un mal disfrazado de bien. Sólo eso. Un mal que todos aplauden, como el evangelii gaudium, como las obras de Francisco y de muchos en la Iglesia.

Viene el desastre para toda la Iglesia y, todavía, hay muchos que no se lo creen.

Ambición de poder en Roma

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“Apacienta Mis Corderos…Pastorea Mis Ovejas” (Jn 21, 15.17).

El Primado de Pedro es confirmar en la fe a toda la Iglesia. Confirmar en la fe significa enseñar, santificar y gobernar las almas de la Iglesia en la Verdad, que es Jesús.

Y, por tanto, ésta es sola la misión para Pedro, no para los Apóstoles. Para los Apóstoles: “La potestad y la autoridad de los obispos tienen el carácter de diaconía, según el ejemplo del mismo Cristo, que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 45)” (Pastor Bonus, n. 2). Los Obispos sirven a la Iglesia y ejercen el Primado de Pedro sujetos a Pedro, obedeciendo a Pedro, bajo Pedro.

En la Obediencia a Pedro, los Obispos sirven a la Iglesia y ejercen el servicio de la enseñanza, del gobierno y de la santificación. Es un servicio, pero no una confirmación.

Sólo Pedro confirma en la fe. Los demás hacen el servicio de esa confirmación.

Los demás, en la obediencia a Pedro, dan lo mismo que da Pedro en su Primado. Pero si no hay obediencia, los Obispos dan, en su servicio, otra cosa muy distinta a la Iglesia.

Benedicto XVI renunció a ser Pedro: luego, no hay en la Iglesia nadie que confirme en la Fe. Nadie que apaciente los corderos y pastoree las ovejas.

Eso es claro desde la renuncia de Benedicto XVI. Muy claro para el que vive de fe. Para los demás, todo sigue igual, como antes, como siempre. Es sólo otro hombre más que se dedica a hacer otras cosas, con otros fines, con otros intereses, pero que hace el papel de Pedro.

La gente no discierne nada en la Iglesia. No quiere discernir. Y, por eso, pasa lo que vemos en toda la Iglesia.

Un conjunto de hombres que están inventándose una nueva iglesia en Roma. Y sólo es eso. Y, por supuesto, cogen del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, de la Tradición aquello que les interesa resaltar en su nueva iglesia.

Lo cambian todo para poner su mentira y llamar a esa mentira verdad que todos deben seguir.

Ese fue el juego de los Cardenales que eligieron a Francisco: tienen que seguir a ese necio como Papa, a ese mentiroso como Papa.

Y este es el juego que hace Francisco en la Iglesia: tienen que seguir lo que yo pienso de la Iglesia.

Y no hay otra cosa en la Iglesia: la mente de un necio en Roma, al que todos hacen el juego. Todos bailan a su alrededor para obtener de ese necio un puesto en su gobierno y un fajo de billetes en su bolsillo.

Así se hace ahora la nueva iglesia en Roma: poder y dinero.

Ya no interesa ni enseñar la verdad, ni poner el camino de la santificación, ni gobernar con la Verdad en el corazón.

Esto no interesa: es la enseñanza de Francisco en su panfleto comunista Evangelii gaudium. Hay que vivir alegres porque Jesús es alegría. Jesús nos ha salvado. Y todos contentos por eso. Y no dice de qué cosa nos ha salvado Jesús, ni dice el camino para obtener esa salvación, ni dice los peligros que acechan a las almas en ese camino, ni dice las normas ni las leyes que hay que aplicar para mantenerse a salvo de los peligros. Sólo dice que hay que estar contentos y felices en la vida porque todo es bello.

Quien lea esta basura de Francisco ve lo que es Francisco. Y no puede no verlo. Ya no se puede decir que Francisco ha dicho otra cosa, que hay que entender sus palabras en su contexto. Francisco ha sido claro. Y esto es lo que le perjudica ahora.

Porque no se puede poner en práctica esa basura sin destruir la Iglesia.

A Francisco, ahora, todos lo miran para ver cuál es su jugada. Y esto es lo que no le gusta a Francisco: que le critiquen, que le juzguen, que le estén mirando para tumbarlo.

Él quiere que la gente lo mire para aplaudirlo y alabarlo. Para eso se ha puesto como jefe de la Iglesia. Sólo para eso. No le interesa confirmar a nadie en la fe. Él nunca quiso ser Papa. Él siempre quiso estar arriba para recibir la ovación de todo el mundo.

Es su orgullo. Él vive de su orgullo. Él no vive de la Verdad. No puede. No sabe lo que es la Verdad. Sólo hay que leer su panfleto y uno se da cuenta que no ha entendido ni lo que es la vida de la Iglesia, ni lo que es la vida espiritual del alma en la Iglesia. Para el que tenga un poco de espíritu, ve la necedad de Francisco. Ve el camino por el que anda Francisco. Y ve hacia dónde va la Iglesia en ese camino.

Para el que no le interesa la vida espiritual, Francisco es como cualquier gobernante en el mundo. Hay que seguirlo porque toca seguirlo, por una mayoría que lo votó.

Los Cardenales hicieron ese juego con Francisco y lo impusieron a toda la Iglesia como un auténtico Papa. Esa fue la malicia de esos lobos vestidos de piel de oveja en el Cónclave.

Todos actuaron con malicia. Nadie se salvó de ese pecado de elegir a un hombre sin la Voluntad de Dios. No preguntaron a Dios si había que elegir a alguien. Nadie se preocupó de este importantísimo punto, porque ninguno tiene fe.

Se obra así porque se carece de fe. Quien tiene fe, dice: no elijo a nadie porque hay un Papa vivo.

Pero a nadie le interesa la Verdad del Papado. A nadie. A todos les interesa ponerse en la cabeza del gobierno de la Iglesia para mandar sus caprichos en la Iglesia: poder, dominio de poder, ambición de poder, lucha por el poder. Eso fue el Cónclave en que es elegido Francisco. Los hombres pensando en gobernar la Iglesia, pero nadie pensando en obrar la Voluntad de Dios en la Iglesia.

Este juego de los Cardenales viene de atrás, dos años antes, en que se prepara el golpe de estado en la Iglesia: hay que echar a Benedicto XVI porque se quiere el poder en la Iglesia. La lucha por el poder viene de antes y se concluye en el Cónclave. Y sale un ganador: Francisco. El que más luchó por estar arriba.

Y los hombres en la Iglesia siguen sin entender este punto, sin discernirlo en la Verdad.

Claro, las leyes de la Iglesia dan capacidad para elegir a un Papa cuando otro renuncia. Y ya está. Ahí se acabó todo el discernimiento de muchos en la Iglesia.

Nadie discierne nada, nadie ve la Verdad en la Iglesia.

Discernir no es juzgar con la mente. Discernir es ver el Pensamiento de Dios y aplicarlo en la Iglesia y en la vida de cada uno.

Y el Pensamiento de Dios no es el pensamiento de ningún hombre en la Iglesia: “Mis Pensamientos no son vuestros pensamientos”. Antes de dar un paso en la Iglesia hay que mirar a Dios, hay que elevar el alma a Dios, hay que despojarse de cualquier idea humana, de cualquier ley humana para poder entender lo que Dios quiere en ese momento.

Esto es lo que nadie hizo y, por supuesto, esto es lo que nadie va a hacer, ahora, en Roma.

Ahora todos siguen el mismo juego. Ahora todos van tras la pelota: el poder. Todos. Incluso los que no quieren a Francisco como Papa, pero quieren que otro se ponga a resolver este dilema que tiene la Iglesia ahora.

Es que, por más que se ponga una cabeza diferente a Francisco en la Iglesia, no se va a resolver los problemas de la Iglesia.

El único que puede resolverlos es Benedicto XVI. El único. Pero como sigue en su pecado, no hay cabeza que ponga una solución a la Iglesia.

Y no se puede esperar que Benedicto XVI haga algo como Papa. Puede hacer algo como Obispo, pero no le van a dejar actuar como Papa. Es una ilusión pensar que Benedicto XVI tiene el camino abierto para ser de nuevo Pedro en la Iglesia. No. Se le han cerrado todos los caminos y vive confinado, preso, sin poder hacer nada, por la maldad de muchos en la Iglesia, muchos entorno a él.

Hay que rezar por él, pero sin hacerse ilusiones de algo más. Quien va discerniendo todo lo que pasa en la Iglesia, sólo ve una cosa: tarde o temprano hay que irse de Roma. Y no ve más, no puede comprender otra cosa.

Los hombres en Roma siguen en lo suyo: todo va viento en popa en la Iglesia. No pasa nada. Todos con Francisco, que es el nuevo Papa, renovador de la Iglesia. Y no hay otra predicación ni en el mundo ni en la Iglesia. Se calla todo lo demás.

Y, ante esto, es lógico que comiencen las persecuciones a aquellos que no se ponen con Francisco o con quien esté en el gobierno de la Iglesia. Es normal. Así obran los que dejan ver en sus caras su ambición de poder: persiguen a los que se oponen a su poder.

No se puede estar con Francisco. Eso es el abc de la vida espiritual: quien engaña merece el desprecio. Y quien sigue engañando, sin quitar su pecado, merece el odio santo. Y quien se atreve a proclamar en la Iglesia su engaño como una verdad, entonces merece enfrentarse a él, oponerse a él, para estar en la Verdad.

No se puede estar al lado de un mentiroso. En la Iglesia hay que estar en la Roca de la Verdad, que es Jesús. Y quien no se pone en esa Verdad, no es Iglesia y no hace Iglesia.

Mis tiempos han llegado

gobbi

“Mis tiempos han llegado. Han llegado los tiempos predichos por Mí en Fátima… Os he predicho el castigo, que va a azotar a este pobre humanidad vuelta pagana… Descenderá fuego del cielo y la humanidad será purificada y completamente renovada, para estar así pronto a recibir al Señor Jesús que volverá a vosotros en Gloria. Os he predicho también la grave crisis que va a ocurrir en la Iglesia, a causa de la Gran Apostasía entrada en Ella… Esta Mi Hija amadísima debe vivir las horas de su agonía y de su pasión dolorosa; será abandonada por muchos de sus hijos. El viento impetuoso de la persecución se abatirá sobre Ella y será vertida mucha sangre, también por parte de Mis Hijos Predilectos” (P. Gobbi – Mis tiempos han llegado – 13 de octubre de 1994).

Tiempos de castigo, de Justicia Divina sobre el mundo y sobre la Iglesia.

Tiempos ya dados al hombre por el Espíritu de Profecía y que nadie, en la Iglesia, ha hecho caso, porque los hombres no han aprendido a juzgar con el Espíritu, a discernir la Verdad en el Espíritu. Sólo saben juzgar con sus mentes racionales, con sus pensamientos humanos sobre la Iglesia, con sus ciencias teológicas y filosóficas y, por tanto, son como topos en la Iglesia: no ven ninguna Verdad. Sólo ven sus verdades racionales.

Viene fuego del cielo para todo el mundo. Y viene la persecución de la Iglesia por parte de todo el mundo. Todo el mundo persigue a la verdadera Iglesia fundada por Jesús en Pedro.

Son estos tiempos. No son para dentro de unos meses, unos años, un siglo. Son ahora, desde que Benedicto XVI renunció a ser Papa, estamos en los tiempos que predice la Virgen.

Y sigue habiendo muchos en la Iglesia que dicen que todo va viento en popa, que la fe en la Iglesia está en lo más alto, que vivamos tranquilos porque todo marcha como los hombres lo han pensado en sus grandiosas cabezas humanas.

Inútil pensamiento el del hombre. El hombre que piensa es un necio. El hombre que ama es un sabio.

Se ama siguiendo al Espíritu. Se es sabio siguiendo al Espíritu. Se es un necio siguiendo la mente de los hombres.

Y en la Iglesia tenemos cada idiota en la Jerarquía Eclesiástica porque viven para sus pensamientos humanos, no viven para el Espíritu. Y así le va a la Iglesia: se alimenta diariamente de la mentira que sale por la boca de muchos sacerdotes y Obispos, que se creen todopoderosos en la Iglesia con sus discursitos de necios hombres.

Son los Tiempos de la Virgen. No son los Tiempos de nadie en la Iglesia. No es el tiempo ni de Francisco ni del Anticristo. Es el tiempo de Dios, porque la Iglesia es guiada sólo por Dios, no por los hombres.

La Virgen quiere algo en este Tiempo del Castigo: “Decid a todos que entren en el Arca de Mi Corazón Inmaculado, para ser protegidos y salvados por Mí” (P. Gobbi – Mis tiempos han llegado – 13 de octubre de 1994).

¿Cómo vivir este tiempo de castigo en el mundo y de persecución en la Iglesia? Hay que refugiarse en el Corazón de la Virgen, como Noé se refugió en el Arca cuando el castigo del diluvio.

Y no hay otra manera de salvarse en este castigo doble: al mundo y a la Iglesia.

La Virgen es la que reúne a Sus Hijos en la Iglesia. Es la que protege la Iglesia. Es la que salva a la Iglesia.

La Virgen está en el desierto esperando a sus hijos que salgan de una iglesia que ya no es la Iglesia. Que se metan en el Arca de Su Corazón para ser preservados de todo lo que viene ahora a la Iglesia.

No hay que estar mirando a nadie de la Iglesia en este tiempo. Nadie. No interesa ningún Papa, ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún fiel. Sólo interesa la Virgen, que se corra hacia la Virgen, que se huya de Roma para esconderse en el Corazón de la Virgen.
Y eso significa seguir el Espíritu de la Madre. Pero si las almas no saben seguir el Espíritu, entonces ¿cómo van a entrar en el Refugio de ese Corazón Inmaculado? No pueden, porque viven pensando cómo ser Iglesia y cómo hacer la Iglesia.

Es que ya no son estos tiempos para eso. Son tiempos para refugiarse en la Corazón de la Madre. Y Ella dirá quién va al martirio y quién se queda aguardado al Señor que viene en Gloria.

Ella es la que manda ahora en la Iglesia. Y, por eso, su obra en la Iglesia desde siempre. Ha sido la Virgen la que siempre se ha aparecido en la historia de la Iglesia, desde el principio, desde antes de morir. Y se sigue apareciendo ahora, en esto tiempos en que nadie cree en nada, en ninguna verdad, sino que todos creen en sus mentiras.

El mundo se ha vuelto pagano: no cree en nada. ¡Y Francisco predicando que hay que ir al mundo para aprender del mundo! ¿Dónde vas necio? ¿Qué enseñas en tu estúpida cabeza humana en la Iglesia? ¿Quién te crees que eres en tu imbecilidad de vida?

El mundo da culto al demonio. No puede adorar a Dios ni en Espíritu ni en Verdad. No sabe lo que es eso. Sólo sabe comer, dormir, divertirse y ganar dinero.

Y la Iglesia vive el desconcierto más absoluto: hay una lucha por el poder. Todos quieren mandar. Luego, nadie manda. Todos imponen sus pensamientos y nadie hace nada por la Verdad. Y, por tanto, la Iglesia se cae a pedazos por los hombres, porque los hombres se la pasan viendo a ver quién les da dinero y poder en la Iglesia. Pero nadie se ocupa de alimentar a las almas con la Palabra del Espíritu.

Hay que irse de Roma para esconderse literalmente de todo el mundo, de toda la nueva iglesia que ya se está levantando en Roma. Esconderse, porque esa basura no sirve para el alma, para salvar las almas, sino para condenarlas.

Han llegado los Tiempos en que nadie hace caso al Espíritu, porque todos viven muy ocupados dando gloria a su humanidad. Ocupadísimos. ¡Cuántos ciegos, guías de ciegos, hay en la Iglesia!

Son los Tiempos en que los hombres lo deciden todo, incluso lo que hay en cada conciencia. Hasta ahí llega la soberbia humana. Porque una vez que el hombre acoge el pecado en su vida, su conciencia desaparece y se vuelve un juguete de los hombres. Eso es el trabajo de los anticristos que están ya en la Iglesia: abrir las conciencias al máximo para que entre todo tipo de herejías en el alma y las viva como se bebe un vaso de agua. Eso ya lo hace Francisco en su propia vida. Por eso, está maldito por su propia conciencia. Su conciencia le dice que va mal, pero él sigue haciendo el mal. Ya no sabe lo que es el bien y el mal, porque él se lo inventa con su cabeza. Y quien llega a eso es señal de que perdió su conciencia, de que se traga las mentiras como si fueran verdades claras y absolutas que hay que seguir sin remedio, sin hacer caso a las voces discrepantes que surgen a su alrededor.

Son los Tiempos de la Gran Maldad, de la Gran Mentira, del Gran Odio contra Cristo y contra Su Iglesia. Todos se vuelven contra la Verdad. Todos se oponen a la Verdad. Todos ocultan la Verdad. Y quien hace eso es para acoger la Mentira, y la Mentira más Mentira de todas: la que da el demonio sentado en la Silla de Pedro. El demonio enseña a todo el mundo la mentira sin que nadie se oponga: eso es la Mentira más Mentira de todas. La Mentira Mayor, la Cumbre de la Mentira.

Y todos obedeciendo al demonio. Eso es Francisco: una falsa cabeza a la que todos dan obediencia. Se someten al demonio en sus vidas. Dan culto al demonio en sus vidas. Siguen al demonio en sus vidas.

¡Disciernan los Tiempos! ¡Disciernan los espíritus para ponerse en la Verdad! La Verdad es una obra que toda alma tiene que conquistar en su vida. Y aquel que no trabaje por la Verdad, se queda siempre en su gran mentira de la vida.

La Verdad no es un don de Dios al alma. La Fe es un don de Dios. Y quien vive de Fe busca la Verdad. Y quien no vive de Fe no busca la Verdad.
Y siempre el que busca encuentra. Y el que no busca nunca encuentra.

Y hoy las almas han dejado de perseguir la Verdad porque ya no creen en la Palabra de la Verdad. No tienen fe.

Por eso, son Tiempos gravísimos, en donde ya no hay retorno. O estás con Cristo o está con el Anticristo. Que cada uno elija dónde quiere estar.

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