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El relativismo universal de la verdad

buda

«Lo que Cristo es, eso mismo seremos nosotros los cristianos» (San Cipriano. De idolorum vanitate, XV. PL 4, col 603).

La Iglesia, el Cuerpo Místico, es Cristo.

Cada alma tiene que transformarse en otro Cristo, imitarlo en toda su vida.

«Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo» (Gal 3, 27).

Vestirse de Cristo es hacerse semejante a Él como Hijo de Dios. ¡Pocos viven su bautismo! ¡Pocos son imitadores de Cristo!

Asimilar a Cristo es el Misterio de la vida en toda persona. Y para esa asimilación son los diferentes Sacramentos, en donde se da la Vida Divina.

Si no sabes vivir tu Bautismo, tampoco vas a vivir ni la Confirmación ni la Eucaristía. Por la Confirmación, luchas contra los enemigos de tu alma (= demonio, mundo y carne); por la Eucaristía, recibes el mismo Amor que Cristo tiene en Su Corazón Divino.

Si tu vida no es oración ni penitencia, que es a lo que te invitan estos dos Sacramentos, entonces tu matrimonio o tu sacerdocio sólo sirven para hacerte una persona infeliz, sin rumbo, sin camino, sin sentido en tu vida.

Si no eres hijo de Dios, por tu bautismo, después no vas a engendrar los hijos que Dios quiere en tu matrimonio: vas a darle tus hijos porque tú vives como hijo de hombre, pero no participando en tu ser de la gracia de la adopción divina. Esa gracia la vuelves inútil por tu mirada al hombre.

Si no imitas a Cristo, por la Eucaristía, después tus amores son sólo humanos, naturales, carnales, materiales, pero no para Dios: no sabes dar al otro la Voluntad de Dios; no sabes evangelizar, no sabes buscar el Reino de Dios en tu existencia humana.

«Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma» (ver texto) : así habla un hombre depravado, de la Verdad, que es el Evangelio.

Bergoglio es sólo un bastardo: no es hijo de Dios. Ha echado al cubo de la basura la gracia de su bautismo. Ha puesto un obstáculo, un óbice, por el cual la gracia no puede entrar en su corazón para realizar la labor de purificación, que el ser hijo de Dios necesita en el hombre pecador.

Para Evangelizar, lo primero, sal de tu pecado: lucha contra tu propio pecado. Tu pecado viene por tres caminos diferentes:

  • el demonio: sus obras se transmiten por generación siempre. Todo hombre, que viene al mundo, trae, arrastra una cantidad de demonios que van a obstaculizar el bautismo y los demás Sacramentos. Son necesarios los exorcismos para combatir al demonio en nuestra propia carne. El demonio, tomando la carne, asalta la mente y el corazón del hombre. Pone muchas ataduras, muchos pensamientos, deseos, sentimientos, que hacen que el hombre sólo mire su vida humana, sólo se preocupe de sus obras humanas, sólo atienda sus asuntos humanos. Quien no combate al demonio en su propia vida, después, cuando evangeliza, no sabe ver el demonio en ningún alma. Cristo vino a liberar del demonio. Eso fue lo primero en su evangelización: «Para esto se apareció el Hijo de dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8b). ¿Qué Jerarquía, hoy día, exorciza? Nadie. Con los dedos de la mano se cuentan los exorcistas. Y todo sacerdote, todo Obispo tiene el poder de exorcizar.
  • el mundo: el que es de Cristo no es del mundo. Tiene que estar en el mundo, vivir en el mundo, pero no pertenecer a su espíritu. El espíritu del mundo es el del error. El espíritu de Cristo es el de la verdad. Para luchar contra el mundo, contra el espíritu que rige el mundo, el alma tiene que ponerse en toda la verdad. No sólo en una parte de la verdad. Hay que aceptar toda la Verdad que Cristo ha enseñado y que el Espíritu de la Verdad lleva a conocer. El alma no puede pararse en algunos dogmas y dejar otros. O se acepta a todo Cristo o en la vida del hombre está el error. Por eso, si el cristiano no lucha en contra del mundo es que, sencillamente, está diciendo que es del mundo. Cristo luchó contra el mundo y, por eso, lo mataron. Tuvo que enfrentarse a los hombres dando testimonio de la Verdad, que esos hombres del mundo no podían aceptar, porque eran del mundo, no de Cristo. Cristo es la Verdad; el mundo es la mentira. No se puede ser de Cristo y, al mismo de tiempo, del mundo. No se puede poner a Cristo en el Altar y, después, ir a un templo budista para adorar la estatua de Buda. No se puede hacer esto. Así no se evangeliza. Hay que meterse en el mundo dando la cara por la Verdad: diciéndole a cada uno lo que le falta para llegar a la verdad. Si un alma no busca toda la Verdad en su propia vida, entonces, cuando va a evangelizar, engaña a todo el mundo. Es lo que hace, todos los días, Bergoglio. ¡Y cuántos lo aplauden porque son del mundo, como Bergoglio! ¡No son de Cristo!
  • la carne: la obra del demonio es a través de la carne. Quien domina su carne, domina su alma y su corazón. Pero quien no ata los deseos carnales, hace del templo de Dios el templo del demonio. ¡Cuántos demonios encarnados hay entre el clero y los fieles! ¡Quieren ser bautizados que dan culto a satanás en su interior! Aquellos que dicen que las relaciones homosexuales están marcadas por la santidad, sólo deliran en su gran locura. Son demonios encarnados que hablan por esas personas. Hoy los hombres dan culto a su carne: entonces tienen que dar culto a sus pecados. Hoy nadie quiere hacer penitencia para dominar su carne: entonces, todos buscan la vida feliz, pero en la carne. Es decir, un paraíso en la tierra. Cuando el hombre no domina su carne, el demonio domina su mente y su voluntad humanas. Para vencer al demonio, vence a tu carne: maltrátala. Porque la carne quiere cosas contrarias al Espíritu: «llevo en mi cuerpo los estigmas del Señor Jesús» (Gal 6, 17b).

«Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma» (ver texto): Evangelizar supone en la Iglesia la valentía, el riesgo, de salir de nuestros pecados. Nadie sale de sí mismo: eso va en contra de la ley natural. La Iglesia no tiene que salir de sí misma. No tiene ningún sentido. La Iglesia tiene que dar a Cristo, que es la Palabra de la Verdad. Dando la Verdad al mundo se es Iglesia. Dando la mentira al mundo se es del mundo.

El Evangelio descubre al mundo todas las grandes verdades religiosas, toda la verdad, la cual es inmutable, es siempre la misma, es eterna, permanece en sí misma (= no sale de sí misma, no sale a las periferias, sino que atrae a todos a sí misma, a vivir en ella misma), sin que ninguna mente humana la pueda cambiar. Los hombres, cuando hablan sus mentiras, sólo oscurecen la verdad, la tapan, la ocultan, pero no pueden aniquilarla. Para eso, tienen que matar a Cristo, que es la Verdad. Y ni el mismo demonio, en la Cruz, pudo hacer eso. Nadie puede matar la verdad, pero sí pueden engañar con la verdad. Esto es lo que hace Bergoglio: presenta una verdad, un relativismo, para indicar una mentira. Su doble lenguaje.

«La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria» (ver texto).

Es su idea masónica: ir a las periferias. El masón busca la verdad, pero no se asienta en ninguna certeza. Afirma que los hombres pueden poseer verdades, pero sólo relativas, nunca absolutas. Corrompen la índole de la misma verdad y, por tanto, se ven obligados a negarla. Los masones pretenden formar el relativismo universal de la verdad: esa es la ley de la gradualidad. Todas son verdades relativas, que se van adquiriendo de grado en grado, en la evolución del pensamiento humano. Por eso, hay que salir de unos dogmas para buscar otras verdades relativas que complementen a esos dogmas, que son sólo verdades relativas. Esta es la herejía de la ley de la gradualidad, que significa el relativismo universal de la verdad, que es una gran falsedad, por el cual proceden muchos errores y herejías de todas clases. Es lo que se ve en toda la Jerarquía y en muchos fieles de la Iglesia.

Para el masón, nadie puede conocerse a sí mismo. La realidad de uno mismo no está en uno mismo, sino fuera: ir a la periferia. La realidad de la Iglesia está fuera de la Iglesia. Fuera conoce la verdad, la realidad de la vida: el pecado, el dolor las lágrimas, las injusticias, las miserias…

La realidad está en el hombre, pero no en su interior: no en su mente, no en su ser, no en su carne. Hay que ir fuera. El hombre es hombre porque está unido a todos los hombres, no porque, en su interior, sea apto para ser hombre. Eres hombre porque te das a los demás, porque los amas, porque eres un hermano para todos: ir a la periferia.

Bergoglio sólo está hablando como idealista. Negando que la verdad de la Iglesia, que la verdad de la evangelización sólo está en dar lo que la Iglesia es, lo que el Evangelio es: Cristo.

No; la Iglesia es un pueblo de Dios, es una comunidad de hombres: hay que unir, hay que buscar la unidad en la diversidad para ser iglesia. Por eso, él dice que nadie puede creer por sí mismo. Tienes que creer unido a otro: «Es imposible creer cada uno por su cuenta» (LF, n. 39)

Y, entonces, tiene que hablar como un Hegel:

«Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. La mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico» (ver texto).

La autorereferencialidad: un narcisismo teológico. Cultivar el dogma. Someterse al dogma. Creer en el dogma. Seguir la Tradición católica. Defender las enseñanzas del Magisterio auténtico de la Iglesia. Todo eso es un narcisismo, un verse a sí mismo, un mirarse a sí mismo, un contemplar la propia vida, sin hacer caso de los demás. Es quedarse en unas verdades relativas y no alcanzar la universalidad del lenguaje humano.

Al negar la esencia propia de la verdad, entonces nos encontramos que en todas las mentes humanas hay una verdad. Cada hombre piensa una verdad. Y esa verdad no es absoluta, sino relativa. Esa verdad relativa tiene que irse complementándose con otras verdades que se dan en las mentes de otros hombres. De esa manera, se llega, por la ley de la gradualidad, a un relativismo universal. Y, por lo tanto, la unidad sólo está, sólo puede estar en la diversidad de las mentes humanas.

Al ser el hombre la medida de todas las cosas, entonces se produce lo que dice Bergoglio: «Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo» (1 de octubre del 2013).

La gente de Charlie Hebdo están haciendo un bien a la humanidad: son mártires de la verdad relativa: mártires de la libertad de pensamiento. Sus dibujos son necesarios para aprender la verdad universal.

Los musulmanes que matan están haciendo un bien a la humanidad, están combatiendo el mal como ellos lo conciben. Pero tiene que aprender que existe una verdad relativa más perfecta que su idea del mal. Y, por eso, deben quitar esa idea para no producir una masacre innecesaria.

Bergoglio sólo enseña su ley de la gradualidad: su relativismo universal de la verdad. Por eso, va buscando su gente: no quiere gente que viva los dogmas ni quiere gente que sea fundamentalista. Él está vendiendo su idea, su negocio, su nueva iglesia con una doctrina que tiene, en sí misma, todos los errores y todas las herejías de todos los tiempos.

Aquel que se queda en su idea, se vuelve un enfermo, deviene autorreferencial. Por eso, cuando ha comenzado a criticar a la Iglesia en la Jerarquía,a la Curia, sólo señala este aspecto: «El mal de sentirse «inmortal  inmune», e incluso «indispensable (…) Esta enfermedad se deriva a menudo de la patología del poder, del «complejo de elegidos», del narcisismo que mira apasionadamente la propia imagen y no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros, especialmente de los más débiles y necesitados» (22 de diciembre del 2014). Estáis todos diciendo que tenéis poder en la Iglesia, que habéis sido elegidos por el Señor, que os hacéis respetar porque sois otros Cristos y no buscáis, no salís de vosotros mismos, para ir a la periferia, para ver a Dios en el otro. Bergoglio siempre habla igual. Siempre. Cuando da palos, no sabe darlos: no sabe hablar con la verdad, sino con la mentira, para decir su mentira. Y sólo su mentira. Y muchos temen las palabras de Bergoglio cuando da palos y eso sólo un idiota que habla su locura mental. ¡Os acobardáis de esto que sólo significa una herejía más en el balance de Bergoglio y no os arriesgáis a levantaros contra ese hombre y decirle cuatro cosas bien dichas!

Ahora todos los tibios y todos los pervertidos, es decir, todos los que buscan el relativismo universal de la verdad atacan a la Iglesia por estar enferma. Sólo Bergoglio es el sano. Los demás, por seguir el dogma, unos enfermos mentales.

Así está la barca de Pedro: un desastre. Aguas por todas partes. El barco se hunde y no hay nadie que tire el agua a fuera, que tape los huecos de los errores y de las herejías. Nadie se atreve a hablar porque han dejado que un loco enseñe en la Iglesia sentado en la Silla de Pedro.

«La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (Según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros». (ver texto)

¿Qué es el concepto de mundanidad espiritual que Bergoglio utiliza en su evangelium gaudium?

Como sigues el dogma, vives para ti mismo, en la autorreferencialidad, te crees con la verdad y no la tienes porque no ves la verdad en el rostro de la gente: no sales a la periferia. Te quedas en lo tuyo y eso te hace mundano en lo espiritual: es decir, vives para darte gloria a ti mismo porque sigues a unos dogmas.

¡Esta es la locura de Bergoglio, que muchos quieren en la Iglesia! ¡Muchos!

Nadie quiere la verdad como es. Eso ya no interesa en la Iglesia. Todos haciendo política. Todos en el negocio de levantar una nueva estructura de iglesia donde se pueda vivir sin verdad absoluta, en la libertad del pensamiento, que es otra herejía bien dicha.

El pensamiento no es libre, sino sólo la voluntad es libre. El pensamiento, de manera necesaria, busca la verdad. Y la verdad absoluta. Y hasta que no la encuentra, no puede descansar. Una vez que la encuentra, el pensamiento permanece en la verdad. Y sólo la voluntad libre de la persona puede hacer que su razón se aleje de la verdad, que ha encontrado, para pensar una mentira, un error. Y conociendo la verdad absoluta, la persona elige una verdad relativa negando la verdad absoluta. De esta manera, la persona comete el pecado de herejía. Y si hace vida ese pecado, entonces llega a lo que dice San Juan:

«Hay un pecado de muerte, y no es éste por el que digo yo que se ruegue» (1 Jn 5, 16). Es el pecado contra el Espíritu Santo, que muchos en la Iglesia ya lo han cometido. Y no hay perdón para ellos. Bergoglio es uno de ellos y no hay quien lo salve, aunque se dedique a llenar estómagos y a resolver problemas sociales de la gente hasta su muerte. Si no se va a un monasterio para llorar su triste vida, al infierno irá de cabeza por sus pecados.

No hay salvación para aquella persona que con su voluntad libre rechaza la verdad absoluta que el pensamiento le ofrece. No es posible salvarse sin una verdad absoluta.

Hay mujeres que, sin estar bautizadas, se salvan sólo porque cumplen con la ley natural, con una verdad natural, absoluta: tener un hijo, que es para lo que Dios ha creado a toda mujer. Por el solo hecho de cumplir con una verdad inmutable, se salvan.

Y cuántas mujeres bautizadas, con los sacramentos y que han decidido no tener más hijos porque les molesta la verdad natural, la ley natural, el ser mujer como Dios las ha creado. Rechazar una verdad natural (que es siempre absoluta, inmutable, eterna) es ponerse en la herejía. Y si no hay arrepentimiento, no hay salvación.

Muchos viven como Bergoglio: en el relativismo universal de la verdad. Es decir, llenos de errores y de herejías en sus vidas. Y, por eso, ven bien que Bergoglio adore a Buda. Es lo que todo católico tiene que hacer, según ellos. Si no lo hacen están enfermos.

Bergoglio ve a la Iglesia, a los verdaderos católicos, a los que siguen el dogma y la tradición y todo el magisterio como enfermos mentales. Así los concibe. Y no se atreve a decirlo porque sabe que lo echan a la calle. Tiene que callárselo y hacer que ama a todo el mundo, a todos los católicos. Y, en la realidad, nadie ama a Bergoglio porque no es claro ni con unos ni con otros. Sólo se dedica a hacer su vida. Este viaje es un tour más para él. Se lo pasa en grande en su herejía. Y así cosecha aplausos por donde va, que es lo único que le interesa. Mientras va vendiendo su idea, se hace amigos de los condenados, como él, para ir levantando la iglesia de los malditos, la que quiere todo el mundo, porque todos están ya hartos de dogmas y de servir a un Dios que no sirve para nada.

Esta es la mentalidad de muchos. Pocos hablan claro porque todos les gusta estar en el lenguaje humano: dar una sonrisa con bellas palabras para transmitir una herejía bien dicha.

A muy pocos les importa la verdad. Y menos toda la Verdad.

¡Qué pocos saben ver lo que es Bergoglio! ¡A cuántos engaña con sus bonitas palabras! ¡A cuántos entretiene con sus obras de herejía y de cisma! ¡Pocos son los que se van a salvar si permanecen mirando a Bergoglio! ¿Será éste el falso profeta? ¿Será Bergoglio católico? ¿Hacia dónde nos quiere llevar Bergoglio? Quien se pregunta todo esto revela su falta de discernimiento en la Iglesia. Hay que ponerse en la verdad: eso es ser Iglesia. No hay que estar en las medias tintas, como hay muchos que por no oponerse a un maldito, se hacen malditos con él.

Los hijos de Dios no son hermanos de los hijos de los hombres

REVELACIONES MARIANAS 2013

“Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos” (Mt 23, 9).

La Paternidad Divina no es, como los hombres piensan, dar el Padre el amor personal a cada ser humano.

Dios no ama al hombre, sino que Dios ha creado las almas de los hombres: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gn 1, 26). La Paternidad Divina es creadora de las almas de los hombres. Y, por tanto, Dios es Padre de todas las almas, pero no es padre de los cuerpos de los hombres.

Por eso, ningún alma puede llamar padre a nadie, porque sólo tiene un Padre que la ha creado. Pero todo hombre puede ser hijo de Dios o hijo del hombre o hijo del diablo, porque viene al mundo en el pecado original.

Dios creó al primer hombre y a la primera mujer, para hacer una familia divina, para hacer hijos de Dios: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gn 1, 27).

Pero Adán pecó y, entonces, no se puede dar esa familia divina, ese plan original en las generaciones de los hombres, en los hijos de los hombres, porque Dios no manda tener hijos a los hombres, sino que mandó a la primera pareja tener los hijos de Dios, los hijos que el Padre quería: “y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra, sometedla y dominad (…) sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” Gn (1, 28). Es la bendición para engendrar hijos de Dios.

Adán no quiso ese plan original y, por tanto, de ahí nacen las guerras, las matanzas, el odio entre los hombres que eso es señal de que no todos los hombres somos hermanos, no todos somos hijos de un mismo padre: “Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el suyo” (Gn 3, 15).

El plan de Dios sobre la humanidad era formar hijos de Dios por gracia y por generación, es decir, que el hombre en gracia iba a engendrar un hijo de Dios en la mujer en gracia. El hombre, en ese plan, no podía engendrar un hijo de hombre o un hijo del diablo.

Como Adán pecó, entonces, Adán engendró hijos de Dios por generación, pero no por gracia, e hijos de hombres. Se unió a otras mujeres para tener sus hijos, que Dios no quería. Y, por tanto, se da una línea generacional de hijos de Dios y una línea de generación de hijos de hombres: “viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron” (Gn 6, 3).

De Adán salen dos familias distintas: una familia que da hijos de Dios y otra que da hijos de los hombres. La de los hijos de Dios son los hijos que Dios quiere que Adán engendre. La de los hijos de los hombres son los hijos que Dios no quiere que Adán engendre. Ésta última viene por el pecado original.

Y si se unen estas dos familias, entonces tenemos los hijos del diablo: “Existían también los gigantes en tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos” (Gn 6, 3).

La Sagrada Escritura es clara: todas las almas proceden de Dios por creación. Todas las almas tienen por Padre a Dios. Hay muchos hombres que venden sus almas al demonio. En este caso, Dios Padre sigue siendo el Padre de esa alma, pero está esclavizada al demonio. El demonio no puede crear un alma, no puede ser padre de un alma, pero puede atarla a su ser demoniaco.

Pero los hombres se dividen en: hijos de Dios, hijos de los hombres e hijos del diablo. Luego, los hombres no somos hermanos entre sí. Venimos de un mismo hombre, de Adán, pero no de una misma mujer. Este es el punto del pecado original.

Mientras Adán se unió a la mujer en la Voluntad de Dios, engendró de ella hijos de Dios; pero cuando Adán se unió a la mujer sin esa Voluntad Divina, porque comió del fruto que Dios le prohibió tomar, entonces, perdió la gracia y comenzó a engendrar hijos de los hombres, no ya hijos de Dios: “Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol del que te prohibí comer, diciéndote: comas de él: por ti será maldita la tierra” (Gn 3, 17).

Por tanto, la doctrina de la fraternidad que enseña Francisco no puede sostenerse, hace aguas por todas partes.

Para Francisco existe en el hombre una vocación a la fraternidad. Y lo fundamenta así:

“Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios (…) se trata de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30) (…) Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad” (Francisco, 8 de diciembre de 2013). Aquí está toda su herejía.

Hay un solo Padre, luego todos somos hermanos. Francisco no discierne las Palabras del Evangelio (cf. Mt 23,8-9) y da por sentado que se refiere a los cuerpos, no a las almas. Dios crea las almas y, por eso, es Padre de todas las almas. Pero Dios no es Padre de todos los hombres, por el pecado original. Francisco dice: todos somos hijos de un mismo Padre, en los cuerpos y en las almas.

Si se comienza mal la doctrina, entonces la conclusión no puede sostenerse: todos somos hermanos. Esto va contra la misma Palabra de Dios, porque Dios mandó a Adán engendrar hijos de Dios para hacer la familia de Dios. Si Adán no hubiera pecado, entonces todos seríamos hermanos y Dios sería el Padre de todos los hombres. Es así que Adán pecó. Luego, hay división en las generaciones de los hombres. No somos ni podemos ser hermanos.

Entonces, la fraternidad no está enraizada en la Paternidad Divina. Esta es la siguiente herejía: La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios.

Se ama al hermano porque se es hijo de Dios. Sólo es posible ser hijo de Dios por gracia, no por generación. Hay tantos cruces entre los hombres, hay tantas uniones entre los hombres, que ya no se sabe dónde está la familia de Adán, la que viene por generación divina, la que no se cruzó con los hijos de los hombres ni con los hijos del demonio. Ahora, después de la Obra Redentora de Cristo, ser hijo de Dios sólo es posible por gracia, recibiendo la gracia del Bautismo y, por tanto, recibiendo el Espíritu de filiación divina.

Pero, aunque una persona sea hija de Dios por gracia, eso no supone ser hija de Dios por generación. Luego, no hay fraternidad entre los hombres. Sólo se da la paternidad espiritual y mística por la gracia, pero no por generación.

Los hombres no somos hermanos carnales, ni tampoco espirituales. No somos hermanos de Cristo por tener un Bautismo, ni siquiera hermanos de un mismo Padre por ese Bautismo. Porque, para ser hijo de Dios, como lo quiere el Padre, según su plan original, hay que ser tres cosas:

1. hijo de Dios por gracia;
2. hijo de Dios por Espíritu;
3. hijo de Dios por generación.

Hay muchos que están en gracia y que han recibido un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia y tienen un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia ni tienen un bautismo, y tampoco son hijos de Dios por generación.

Y la cuestión es si se puede dar el ser hijo de Dios sólo por generación, no por gracia, no por Espíritu. Y la respuesta es: no.

En las condiciones del pecado original, se ha perdido la generación de los hijos de Dios, porque el Señor puso el camino de la Gracia para ser hijos de Dios. Lo que Adán hizo al principio: engendrar hijos de Dios de una mujer, ya no es posible porque no existe esa mujer. Toda mujer, como todo hombre, está mezclado en su generación. No es puro. No es un hijo de Dios puro en la generación.

Sólo se da la pureza en la gracia. Se es hijo de Dios por gracia y por Espíritu. Para conseguir el plan de Dios original, es necesario el Reino Glorioso. Y, entonces, en ese Reino se podrá dar la fraternidad que, en estos momentos, es imposible. Por eso, Francisco se equivoca totalmente en su doctrina de la fraternidad, que es la doctrina del demonio. Es lo que metió el demonio en la mujer, en el Paraíso, para que Adán engendrara hijos de los hombres, hermanos en la carne de los hombres, pero no de Dios. Y esos hermanos dan lugar a los hermanos del demonio.

No puede darse un amor personal de Dios a cada hombre, como lo enseña Francisco, porque el Padre Celestial sólo puede amar a los que están en gracia (cf. Mt 6,25-30) y, por tanto, el Padre celestial alimenta, cuida, bendice, es providente de aquellas hombres que viven en su gracia, que es lo que les hace ser hijo de Dios. Por más que se tenga un Bautismo y, por tanto, por más que se haya recibido el Espíritu de filiación divina, si la persona no está en gracia, no se es hijo de Dios, porque se vive en el pecado. Y aquel que peca no es hijo de Dios: “el que comete pecado, ése es del diablo (…) Quien ha nacido de Dios no peca” (1 Jn 3, 8.9).

Francisco siempre se olvida del pecado original. Siempre se olvida de que existe el pecado, aun cuando se reciba la Gracia y el Bautismo. Y se olvida porque no cree en el pecado. No por otra cosa.

Por eso, sólo habla de una forma bonita: “El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer” (8 de diciembre 2013).

Pero este lenguaje es herético por sí mismo. Porque no todo hombre ni toda mujer tiene en su corazón el deseo de algo pleno. No se puede hablar así, cuando hay hombres y mujeres que no buscan lo pleno en su vida, no buscan la plena verdad. Sólo les importa sus verdades, sus vidas, sus obras y ya está.

Y tampoco se puede decir que eso que tienen en su corazón viene de un anhelo indeleble de fraternidad. ¡Menuda herejía! Dios, cuando crea al hombre, no pone este sello indeleble de fraternidad. Se es hijo de Dios porque el hombre engendra en una mujer el hijo que Dios quiere. No se es hijo de Dios porque el hombre tenga en su alma un sello de ser hijo de Dios ni, por tanto, un sello de que todos somos hermanos.

Esta es su enseñanza herética. Francisco no habla claro en la Iglesia. Y, entonces, da una doctrina totalmente demoniáca. Esto tiene un sabor demoniáco, ni siquiera humano.

En la vida encontramos a muchos hombres que son enemigos, que hay que verlos como enemigos y, por tanto, no se pueden ver como hermanos. Esto es lo que enseña la Sagrada Escritura: “pongo enemistad”. Pero Francisco no atiende a estas verdades fundamentales y entonces cae en utopías:

“La fraternidad extingue la guerra” (8 de diciembre). El mirarnos como hermanos eso quita la guerra. Es que esto no se puede sostener. Es que está la experiencia desde Adán que, por más que el hombre dialogue y bese a otro hombre y lo abrace, siempre está la guerra, siempre habrá discordias, siempre habrá odios. Siempre. Porque hay una cosa que Francisco no cree: el pecado.

Por el pecado, se rompe la fraternidad. Se quita el pecado, entonces hay amor fraterno porque hay amor de Dios.

Francisco dogmatiza la fraternidad. La pone como un sello indeleble en el hombre. Esa es su herejía. El amor al hermano viene del amor a Dios. Dios pone en el hombre su amor divino, no el amor a los hermanos. Francisco dice: no. Todos sentimos ese anhelo indeleble de ser hermanos. Se carga el pecado original. Lo anula. y, por tanto, pone al amor a los hermanos por encima del amor a Dios. Eso es signo de su orgullo, de su pecado de orgullo, en que no puede ver su soberbia, sino que se cree que está en la Verdad. Y, por eso, da sus fábulas en la Iglesia.

Ahí tienen el documento LA FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ, con fecha 8 de diciembre, en la que pueden ver todas sus herejías para explicar lo que no se puede explicar: el amor de Dios en este mundo sólo es posible a través de una vida de cruz. Y, por tanto, sólo se puede amar al hermano dándole una cruz, la Voluntad de Dios, que es lo que no hizo Adán con su mujer. Se unió a ella en el placer de la vida y, por tanto, de ella nace la humanidad, los hijos de los hombres, que no saben ser hermanos entre sí porque no tienen la gracia, porque no quitan el pecado, porque se creen que con la conciencia vale para salvarse, para justificarse ante Dios. Es lo que enseña Francisco en todo este documento, totalmente herético, desde el principio al fin.

Francisco: su deísmo y su relativismo

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“La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos” (n. 24 – Lumen Fidei). Pero la Fe es la Verdad, es la misma Palabra de Dios escuchada en el corazón, no es algo que “se queda en una bella fábula, proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos satisface únicamente en la medida en que queramos hacernos una ilusión” (n. 24 – Lumen Fidei).

Francisco se pregunta por la verdad y la busca en su memoria fundante: “la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro « yo » pequeño y limitado” (n. 24 – Lumen Fidei).

La pregunta por la verdad no es una cuestión de memoria, de un recuerdo, de un ir hacia el pasado, y que de ese pasado nazca una relación, algo que nos una a nuestro yo, a nuestra forma de vivir, a nuestra manera de entender.

No hay que buscar una relación en el pasado para tener una verdad. Si se hace esto, se cae en el relativismo.

El relativismo busca una verdad conocida para unirse a ella. No busca la Verdad, sino algo que la mente puede captar, puede medir, puede condicionar, puede limitar. De esta manera, se tiene el error: “el hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en cuanto que son, y de las que no son, en cuanto que no son” (Protágoras de Abdera, primer defensor del relativismo).

Francisco busca una medida en el pasado para entender la verdad. Luego, busca al hombre que mide el pasado, el presente y el futuro. Ya no busca a Dios, que es la Verdad. Ya no se centra en Jesús, que es la Verdad Revelada, ya no abarca a la Iglesia, que es la Obra de la Verdad Revelada.

“nuestro «yo» pequeño y limitado” se une “a algo que nos precede”. Y eso es -para Francisco- la verdad. Y la pregunta, ¿qué es para Francisco ese algo que nos precede? ¿En qué consiste esa verdad que está al principio de la historia del hombre?

Y Francisco contesta así: “el conocimiento de la fe no invita a mirar una verdad puramente interior. La verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia.” (n. 31 – Lumen Fidei).

La verdad que encuentra Francisco, el conocimiento que le da la fe no es una verdad interior, no se encuentra en algo que posea la persona en su interior, en su alma, en su corazón, en su espíritu. Sino que esa verdad está “centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia”. Y, entonces, viene la pregunta: si el encuentro con Cristo, la contemplación de su vida, la percepción de su presencia no es algo interior, ¿qué cosa es para Francisco? Y él responde así:

“si es la verdad del amor, si es la verdad que se desvela en el encuentro personal con el Otro y con los otros, entonces se libera de su clausura en el ámbito privado para formar parte del bien común” (n. 34 – Lumen Fidei).

Ese algo que centra en la contemplación de Cristo es algo que forma parte del bien común, de una comunidad, no de algo personal, no de algo privado. Es algo para todos.

Luego lo que nos precede, lo que nos une es un bien común, es una verdad que es para todos, es una verdad que sólo sirve para todos, pero que no sirve para el bien de cada uno. Y, entonces dice su error: “la fe crece en la convivencia que respeta al otro” (n. 34 – Lumen Fidei). El bien común preserva la comunidad, la Iglesia. Luego, toda fe tiene que preservar la Iglesia, una comunidad. Pero esa fe no es para la persona, para el bien privado de la persona. Entonces, se produce una división: la persona y la comunidad. Se produce un absurdo que Francisco no explica.

Pero todavía Francisco no nos dice qué cosa es ese bien común al cual nos unimos, al cual se fundamente la fe, el cual mide la vida de todos los hombres.

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“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús” (n. 34 – Lumen Fidei). Esto se llama la encarnación del espíritu en el hombre. Es la herejía propia que sigue la Nueva Era.

El espíritu se encarna en el corazón de todo hombre y, por eso, dice Francisco: “La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos” (n. 27 – Lumen Fidei).

La fe no se abre al amor, porque la Fe es Amor. Por tanto, no hay una relación entre fe y amor. Sólo hay una unión en lo íntimo de la persona. La fe hace que la persona ame con el mismo amor divino. El amor une a la persona en el Amor de las Tres Personas Divinas. Y ese Amor de los Tres es la Vida Divina, que es luz para el hombre, que es conocimiento para el hombre. Es el conocimiento del amor, no es el conocimiento de ideas, de razones, de discursos racionales.

Por tanto, Francisco busca el conocimiento que trae el amor al hombre y que ilumina sus pasos en la vida. Y cae en este error: “El conocimiento de la fe, por nacer del amor de Dios que establece la alianza, ilumina un camino en la historia” (n. 28 – Lumen Fidei).

La fe no ilumina ningún camino en la historia de los hombres, porque la Fe es Vida, no es conocimiento, no es u conjunto de recuerdos, de conocimientos de obras que en el pasado los hombres han hecho y que perduran en el presente. La Fe es la Obra de la Voluntad de Dios. Es un conocimiento que es obra. No es un conocimiento que es un recuerdo, un conjunto de datos.

La luz de la fe no es una luz encarnada, es la Vida Divina. La luz encarnada significa que la luz se encarna en el hombre, asume al hombre, es del hombre, eleva al hombre a la luz. La Encarnación del verbo es asumir la Segunda Persona de la Santísima Trinidad la humanidad de Jesús. Eleva, transforma lo humano en divino.

La encarnación de la luz es asumir la luz la humanidad de todo hombre. ¿Y qué es esa luz que se encarna? Esa luz “procede de la vida luminosa de Jesús”. Es decir, que Cristo Jesús produce en el alma de cada persona una encarnación, un origen distinto a Él mismo en su vida terrenal.

Jesús vivió su vida en la tierra como hombre, puso su iglesia en el mundo, dio una doctrina a los Apóstoles, pero eso no es lo que tenemos de Jesús. Esa no es la fe en Jesús. La Fe en Jesús es la encarnación de esa luz, de esa doctrina, de esa vida de Cristo en la tierra.

Y la pregunta es: ¿quién hace posible esa encarnación de la luz? ¿cómo se encarna eso en el alma de cada persona? Porque ya la Fe no es escuchar la Palabra de Dios y guardarla en el corazón. La fe es una encarnación de una luz que viene de la luminosa vida de Jesús.

Para eso, Francisco viene a decir que esa encarnación de la luz es su memoria fundante. Cuando la persona cree, no en las palabras que habló Jesús, no en las obras que hizo Jesús, sino en el recuerdo de esas palabras, de esas obras, automáticamente se encarna en ella esa luz y se produce en ella ese algo del pasado que nos precede. Y ese algo es lo que fundamente la fe, lo que funda la fe, la verdad que el hombre necesita para vivir, la cual no es una verdad puramente interior, porque nace de la luz que Cristo da al alma y que se encarna en el alma.

Ese algo viene del exterior y se asienta en el interior de la persona. Y eso hace que la persona ya no viva para ella, para un bien privado, sino para un bien común, para una comunidad, para algo externo que hay que obrar relacionándose unos con otros, que ese es el concepto de Francisco sobre la Iglesia: una relación. Y, por eso, “la fe crece en la convivencia que respeta al otro”.

Esta es la doctrina de la memoria fundante, que es la doctrina de la encarnación de la luz por el espíritu. Es un deísmo y un relativismo al mismo tiempo.

Para Francisco esa encarnación de la luz está desde el principio del mundo hasta su final, no sólo viene de Cristo: “El conocimiento de la fe ilumina no sólo el camino particular de un pueblo, sino el decurso completo del mundo creado, desde su origen hasta su consumación” (n. 28 – Lumen Fidei). Está diciendo que la Creación es la obra de la encarnación de la luz, ya no es la obra Creadora de Dios.

Esto se llama deísmo, es decir, quien crea no es Dios sino una emanación de Dios. Quien ama no es Dios, sino una emanación de Dios, quien obra no es Dios, sino una emanación de Dios.

Para el deísmo, Dios está fuera de la vida del mundo y deja que poderes humanos, espirituales, carnales, ancestrales, extraterrestres modelen el mundo a su placer.

“La fe es, además, un conocimiento vinculado al transcurrir del tiempo, necesario para que la palabra se pronuncie: es un conocimiento que se aprende sólo en un camino de seguimiento. La escucha ayuda a representar bien el nexo entre conocimiento y amor.” (n. 28 – Lumen Fidei).

Francisco relaciona la Fe a un conocimiento que se da en el tiempo, que se aprende siguiendo una doctrina, una teología, una filosofía, una vida entre los hombres. Los hombres hablan y hay que escucharlos, porque en cada hombre está esa encarnación de la luz: “Por mi parte, tengo una certeza dogmática: Dios está en la vida de toda persona. Dios está en la vida de cada uno. Y aun cuando la vida de una persona haya sido un desastre, aunque los vicios, la droga o cualquier otra cosa la tengan destruida, Dios está en su vida. Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana” ( Francisco a P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

Este es el error de Francisco: “Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana”. Para buscar a Dios hay que salir de la vida humana, porque si no, no se puede entrar en la Vida Divina. Cada pecador tiene que luchar contra su pecado para salir de su mundo de pecado y poder aceptar la Fe que Dios le da al corazón.

Dios no puede estar en la vida de toda persona, porque toda persona nace en pecado original y, por tanto, nace sin Gracia, sin Vida Divina, sin Fe, sin Amor de Dios.

La persona, desde su concepción, está alejada de Dios. Y la persona tiene que volver a Dios, tiene que arrepentirse de sus pecados, tiene que convertirse para que Dios entre en su vida. Dios no está, por tanto, en la vida de cada uno. Dios no está en la vida del pecador, Quien está en la vida del que peca es el demonio, pero no Dios. Dios da la luz al pecador para que vea su pecado, pero Dios no guía la vida del pecador. Quien la guía es el demonio.

Cuando el hombre vive su desastre en la vida por su pecado, Dios no está en ese desastre, es el demonio el que está en ese desastre por su mala vida.

Dios, en ese desastre, da una luz de conversión a la conciencia de la persona. Pero no hace más. Después, deja a la persona en su libertad para seguir en su desastre de vida o para volverse a Dios.

Es la herejía de su humanismo su credo, su dogma: ”Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana”, por el cual cae en el relativismo y en el deísmo al intentar explicar la fe y el amor como una emanación de esa luz originaria en la creación y dada, después, en Cristo Jesús.

Francisco defiende que en todo hombre se da esa encarnación de la luz y, por eso, a pesar del pecado del hombre, el pecador tiene que mirar su vida humana para encontrar esa encarnación de la luz y así salvarse. Por eso, él comulga con todos los pecadores, con los homosexuales, ateos, judios, budistas,masones, etc., porque en cada pecador se da la encarnación. de la luz que es camino para todo hombre, que es amor para todo hombre, que es vida para todo hombre. Es la doctrina gnóstica, pero llevada a lo religioso.

Y todo, para Francisco, es ese mecanismo de relacionarse con esa emanación de esa luz. Está enseñando lo propio que se aprende en la Nueva Era.

El yo aislado, que él proclama en su encíclica, tiene que salir de sí relacionándose con un espíritu, con un maestro interior que le va guiando hacia un conciencia de luz, que transforma a la persona en otro dios.

Esta enseñanza de la Nueva Era, es la que está en toda su encíclica.

Esto es Francisco, un ser que sólo da sus palabras que ha aprendido del demonio.

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