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Los hijos de Dios no son hermanos de los hijos de los hombres

REVELACIONES MARIANAS 2013

“Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos” (Mt 23, 9).

La Paternidad Divina no es, como los hombres piensan, dar el Padre el amor personal a cada ser humano.

Dios no ama al hombre, sino que Dios ha creado las almas de los hombres: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gn 1, 26). La Paternidad Divina es creadora de las almas de los hombres. Y, por tanto, Dios es Padre de todas las almas, pero no es padre de los cuerpos de los hombres.

Por eso, ningún alma puede llamar padre a nadie, porque sólo tiene un Padre que la ha creado. Pero todo hombre puede ser hijo de Dios o hijo del hombre o hijo del diablo, porque viene al mundo en el pecado original.

Dios creó al primer hombre y a la primera mujer, para hacer una familia divina, para hacer hijos de Dios: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gn 1, 27).

Pero Adán pecó y, entonces, no se puede dar esa familia divina, ese plan original en las generaciones de los hombres, en los hijos de los hombres, porque Dios no manda tener hijos a los hombres, sino que mandó a la primera pareja tener los hijos de Dios, los hijos que el Padre quería: “y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra, sometedla y dominad (…) sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” Gn (1, 28). Es la bendición para engendrar hijos de Dios.

Adán no quiso ese plan original y, por tanto, de ahí nacen las guerras, las matanzas, el odio entre los hombres que eso es señal de que no todos los hombres somos hermanos, no todos somos hijos de un mismo padre: “Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el suyo” (Gn 3, 15).

El plan de Dios sobre la humanidad era formar hijos de Dios por gracia y por generación, es decir, que el hombre en gracia iba a engendrar un hijo de Dios en la mujer en gracia. El hombre, en ese plan, no podía engendrar un hijo de hombre o un hijo del diablo.

Como Adán pecó, entonces, Adán engendró hijos de Dios por generación, pero no por gracia, e hijos de hombres. Se unió a otras mujeres para tener sus hijos, que Dios no quería. Y, por tanto, se da una línea generacional de hijos de Dios y una línea de generación de hijos de hombres: “viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron” (Gn 6, 3).

De Adán salen dos familias distintas: una familia que da hijos de Dios y otra que da hijos de los hombres. La de los hijos de Dios son los hijos que Dios quiere que Adán engendre. La de los hijos de los hombres son los hijos que Dios no quiere que Adán engendre. Ésta última viene por el pecado original.

Y si se unen estas dos familias, entonces tenemos los hijos del diablo: “Existían también los gigantes en tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos” (Gn 6, 3).

La Sagrada Escritura es clara: todas las almas proceden de Dios por creación. Todas las almas tienen por Padre a Dios. Hay muchos hombres que venden sus almas al demonio. En este caso, Dios Padre sigue siendo el Padre de esa alma, pero está esclavizada al demonio. El demonio no puede crear un alma, no puede ser padre de un alma, pero puede atarla a su ser demoniaco.

Pero los hombres se dividen en: hijos de Dios, hijos de los hombres e hijos del diablo. Luego, los hombres no somos hermanos entre sí. Venimos de un mismo hombre, de Adán, pero no de una misma mujer. Este es el punto del pecado original.

Mientras Adán se unió a la mujer en la Voluntad de Dios, engendró de ella hijos de Dios; pero cuando Adán se unió a la mujer sin esa Voluntad Divina, porque comió del fruto que Dios le prohibió tomar, entonces, perdió la gracia y comenzó a engendrar hijos de los hombres, no ya hijos de Dios: “Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol del que te prohibí comer, diciéndote: comas de él: por ti será maldita la tierra” (Gn 3, 17).

Por tanto, la doctrina de la fraternidad que enseña Francisco no puede sostenerse, hace aguas por todas partes.

Para Francisco existe en el hombre una vocación a la fraternidad. Y lo fundamenta así:

“Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios (…) se trata de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30) (…) Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad” (Francisco, 8 de diciembre de 2013). Aquí está toda su herejía.

Hay un solo Padre, luego todos somos hermanos. Francisco no discierne las Palabras del Evangelio (cf. Mt 23,8-9) y da por sentado que se refiere a los cuerpos, no a las almas. Dios crea las almas y, por eso, es Padre de todas las almas. Pero Dios no es Padre de todos los hombres, por el pecado original. Francisco dice: todos somos hijos de un mismo Padre, en los cuerpos y en las almas.

Si se comienza mal la doctrina, entonces la conclusión no puede sostenerse: todos somos hermanos. Esto va contra la misma Palabra de Dios, porque Dios mandó a Adán engendrar hijos de Dios para hacer la familia de Dios. Si Adán no hubiera pecado, entonces todos seríamos hermanos y Dios sería el Padre de todos los hombres. Es así que Adán pecó. Luego, hay división en las generaciones de los hombres. No somos ni podemos ser hermanos.

Entonces, la fraternidad no está enraizada en la Paternidad Divina. Esta es la siguiente herejía: La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios.

Se ama al hermano porque se es hijo de Dios. Sólo es posible ser hijo de Dios por gracia, no por generación. Hay tantos cruces entre los hombres, hay tantas uniones entre los hombres, que ya no se sabe dónde está la familia de Adán, la que viene por generación divina, la que no se cruzó con los hijos de los hombres ni con los hijos del demonio. Ahora, después de la Obra Redentora de Cristo, ser hijo de Dios sólo es posible por gracia, recibiendo la gracia del Bautismo y, por tanto, recibiendo el Espíritu de filiación divina.

Pero, aunque una persona sea hija de Dios por gracia, eso no supone ser hija de Dios por generación. Luego, no hay fraternidad entre los hombres. Sólo se da la paternidad espiritual y mística por la gracia, pero no por generación.

Los hombres no somos hermanos carnales, ni tampoco espirituales. No somos hermanos de Cristo por tener un Bautismo, ni siquiera hermanos de un mismo Padre por ese Bautismo. Porque, para ser hijo de Dios, como lo quiere el Padre, según su plan original, hay que ser tres cosas:

1. hijo de Dios por gracia;
2. hijo de Dios por Espíritu;
3. hijo de Dios por generación.

Hay muchos que están en gracia y que han recibido un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia y tienen un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia ni tienen un bautismo, y tampoco son hijos de Dios por generación.

Y la cuestión es si se puede dar el ser hijo de Dios sólo por generación, no por gracia, no por Espíritu. Y la respuesta es: no.

En las condiciones del pecado original, se ha perdido la generación de los hijos de Dios, porque el Señor puso el camino de la Gracia para ser hijos de Dios. Lo que Adán hizo al principio: engendrar hijos de Dios de una mujer, ya no es posible porque no existe esa mujer. Toda mujer, como todo hombre, está mezclado en su generación. No es puro. No es un hijo de Dios puro en la generación.

Sólo se da la pureza en la gracia. Se es hijo de Dios por gracia y por Espíritu. Para conseguir el plan de Dios original, es necesario el Reino Glorioso. Y, entonces, en ese Reino se podrá dar la fraternidad que, en estos momentos, es imposible. Por eso, Francisco se equivoca totalmente en su doctrina de la fraternidad, que es la doctrina del demonio. Es lo que metió el demonio en la mujer, en el Paraíso, para que Adán engendrara hijos de los hombres, hermanos en la carne de los hombres, pero no de Dios. Y esos hermanos dan lugar a los hermanos del demonio.

No puede darse un amor personal de Dios a cada hombre, como lo enseña Francisco, porque el Padre Celestial sólo puede amar a los que están en gracia (cf. Mt 6,25-30) y, por tanto, el Padre celestial alimenta, cuida, bendice, es providente de aquellas hombres que viven en su gracia, que es lo que les hace ser hijo de Dios. Por más que se tenga un Bautismo y, por tanto, por más que se haya recibido el Espíritu de filiación divina, si la persona no está en gracia, no se es hijo de Dios, porque se vive en el pecado. Y aquel que peca no es hijo de Dios: “el que comete pecado, ése es del diablo (…) Quien ha nacido de Dios no peca” (1 Jn 3, 8.9).

Francisco siempre se olvida del pecado original. Siempre se olvida de que existe el pecado, aun cuando se reciba la Gracia y el Bautismo. Y se olvida porque no cree en el pecado. No por otra cosa.

Por eso, sólo habla de una forma bonita: “El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer” (8 de diciembre 2013).

Pero este lenguaje es herético por sí mismo. Porque no todo hombre ni toda mujer tiene en su corazón el deseo de algo pleno. No se puede hablar así, cuando hay hombres y mujeres que no buscan lo pleno en su vida, no buscan la plena verdad. Sólo les importa sus verdades, sus vidas, sus obras y ya está.

Y tampoco se puede decir que eso que tienen en su corazón viene de un anhelo indeleble de fraternidad. ¡Menuda herejía! Dios, cuando crea al hombre, no pone este sello indeleble de fraternidad. Se es hijo de Dios porque el hombre engendra en una mujer el hijo que Dios quiere. No se es hijo de Dios porque el hombre tenga en su alma un sello de ser hijo de Dios ni, por tanto, un sello de que todos somos hermanos.

Esta es su enseñanza herética. Francisco no habla claro en la Iglesia. Y, entonces, da una doctrina totalmente demoniáca. Esto tiene un sabor demoniáco, ni siquiera humano.

En la vida encontramos a muchos hombres que son enemigos, que hay que verlos como enemigos y, por tanto, no se pueden ver como hermanos. Esto es lo que enseña la Sagrada Escritura: “pongo enemistad”. Pero Francisco no atiende a estas verdades fundamentales y entonces cae en utopías:

“La fraternidad extingue la guerra” (8 de diciembre). El mirarnos como hermanos eso quita la guerra. Es que esto no se puede sostener. Es que está la experiencia desde Adán que, por más que el hombre dialogue y bese a otro hombre y lo abrace, siempre está la guerra, siempre habrá discordias, siempre habrá odios. Siempre. Porque hay una cosa que Francisco no cree: el pecado.

Por el pecado, se rompe la fraternidad. Se quita el pecado, entonces hay amor fraterno porque hay amor de Dios.

Francisco dogmatiza la fraternidad. La pone como un sello indeleble en el hombre. Esa es su herejía. El amor al hermano viene del amor a Dios. Dios pone en el hombre su amor divino, no el amor a los hermanos. Francisco dice: no. Todos sentimos ese anhelo indeleble de ser hermanos. Se carga el pecado original. Lo anula. y, por tanto, pone al amor a los hermanos por encima del amor a Dios. Eso es signo de su orgullo, de su pecado de orgullo, en que no puede ver su soberbia, sino que se cree que está en la Verdad. Y, por eso, da sus fábulas en la Iglesia.

Ahí tienen el documento LA FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ, con fecha 8 de diciembre, en la que pueden ver todas sus herejías para explicar lo que no se puede explicar: el amor de Dios en este mundo sólo es posible a través de una vida de cruz. Y, por tanto, sólo se puede amar al hermano dándole una cruz, la Voluntad de Dios, que es lo que no hizo Adán con su mujer. Se unió a ella en el placer de la vida y, por tanto, de ella nace la humanidad, los hijos de los hombres, que no saben ser hermanos entre sí porque no tienen la gracia, porque no quitan el pecado, porque se creen que con la conciencia vale para salvarse, para justificarse ante Dios. Es lo que enseña Francisco en todo este documento, totalmente herético, desde el principio al fin.

El magisterio para la muerte de Francisco

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“El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. (…) El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. (…) la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible” (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

Este pensamiento de Francisco es la raíz de todo su magisterio herético en la Iglesia. De aquí nacen todas sus opiniones, sus herejías, su doctrina ambigua, de doble sentido, de múltiples caras, con frases y sentencias temerarias, escandalosas, ofensivas a los oídos píos.

El Evangelio para Francisco es sólo una visión histórica del hombre. No es, por lo tanto, la Revelación de la Palabra de Dios al hombre. No es lo que Dios dice al hombre, sino lo que el hombre vive en su vida, en su historia, en su cultura, en su filosofía de la vida, etc.

Y, por eso, la insistencia de Francisco de atender las necesidades de los hombres: las económicas, culturales, humanas, carnales, materiales, políticas, etc. Es primero eso. Y es sólo eso. Haciendo eso, entonces se vive el Evangelio.

Francisco actualiza la Palabra de Dios. Y, por tanto, lo que Dios dijo hace 2000 años queda viejo, es decir, hay que entenderlo en la cultura de antes, en el pensamiento humano de antes, en la filosofía de la vida antigua.

El hombre, como ha evolucionado, entonces tiene que aplicar ese evangelio según sus conocimientos actuales de la vida. Tiene que actualizar la Palabra de Dios. Tiene que modernizar esa Palabra. Cristo quedó viejo. La verdad cambia con el tiempo, con la mente de los hombres, con su evolución histórica. Por eso, Francisco, cuando habla, gusta a los hombres, porque les dice lo que viven hoy día: sus problemas, sus angustias, sus sueños, etc.

Francisco todo lo interpreta desde su visión de la historia. Por eso, el Concilio Vaticano II –para él- es una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Es decir, que el Concilio Vaticano da la cultura contemporánea. En ese Concilio está escrito, está formulado lo que el hombre tiene que vivir ahora, en estas condiciones de vida, porque es el Evangelio, pero para el hombre de hoy, para el hombre actual.

Este pensamiento no viene de él, sino de los protestantes, porque ellos no creen en la Palabra de Dios, sino en la evolución del pensamiento humano. Cuanto más evoluciona el hombre en sus conocimientos de la vida, cuanto más sabe, cuanto más avanza en la ciencia, en la técnica, entonces, vive mejor, vive con un futuro, vive haciendo de su vida algo tangible, algo para el día a día. El protestante siempre se apoya en su humanidad, en su mente, en su sabiduría humana. No puede apoyarse en la Palabra de Dios, porque no cree en Ella.

El evangelio hay que interpretarlo según la mente de cada uno. Es la herejía de la libre interpretación de Lutero. Cada uno es libre de ver el Evangelio, de entender el Evangelio en su mente, con sus ideas, con sus filosofías de la vida, con sus culturas de cada época.

Por eso, Francisco no puede seguir ni el Evangelio ni el Magisterio Auténtico de la Iglesia. No puede seguir la Tradición, ni los dogmas, ni nada que sea de la Iglesia. No puede. Porque todo lo interpreta según se mente humana. Es su opinión. Y eso es lo que vale para él. Eso es su dogma, su vida, su obra en la Iglesia.

Francisco no enseña nada espiritual. Sólo hay que fijarse en lo reciente. ¿Qué enseñanza espiritual ha dado en la Octava de Navidad? Ninguna. Nada. Todo ha sido hablar de los problemas que hay en el mundo, de las injusticias en toda partes, todo muy humano, muy natural, muy para los hombres. Pero nunca se centró en el Misterio de la Navidad. Dijo cosas ambiguas, bonitas, pero sin nada de la Verdad. Porque no puede dar la Verdad de la Navidad, ni la Verdad de la Sagrada Familia, ni la Verdad de los santos Inocentes, ni la Verdad del martirio de San Esteban, ni la Verdad de la Maternidad Divina.

Esto no le sale del corazón, porque lo tiene cerrado a Dios. Tiene su mente abierta al mundo, abierta a los hombres, abierta al demonio. Y todo es para él concluir que Dios nos ama mucho y que Dios lo es todo para todos los hombres. Esta es la intención general del apostolado de la oración del Santo Padre para el mes de enero de 2014: ”Para que se promueva un desarrollo económico auténtico, respetuoso de la dignidad de todas las personas y todos los pueblos”.

¡Qué cosa más ridícula de oración! El maldito dinero siempre en la boca de Francisco. Es por lo que ora, es por lo que pide oración: dinero, dinero, dinero. Pero Francisco no puede hacer una oración que diga: “Para que el Señor abra los ojos de los pecadores y así puedan quitar su pecado de avaricia y de usura, sus apegos a la vida humana y sus negocios demoniácos en el mundo”. Esto no lo puede poner Francisco. No se atreve. Él pone sus cosas bonitas, agradables, que gustan a los oídos de todos, pero vacías de toda Verdad del Evangelio.

Este es el problema de la boca de Francisco: está vacía de lo auténtico, de lo que es eterno, de lo que nunca pasa, porque su mente es su camino en la vida.

Cristo no es Camino para Francisco. Cristo no es la Verdad en ese Camino. Cristo no da la Vida en ese Camino.

Para Francisco, Cristo es lo que su mente recuerda, estudia, investiga, calcula, planifica, interpreta. Pero nunca una Persona Divina. Nunca. Cristo no es una Vida, para Francisco, sino la memoria de una vida. Lean su lumen fidei: “la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede” (n. 25). La Verdad no es Jesús, es una memoria, es una cuestión de memoria. La Verdad no es algo ahora, sino algo que se dio antes. Cristo no es ahora. Cristo fue antes, nos precede, va delante porque se dio en un tiempo, en una historia. No va delante porque marque un camino. El camino lo marca la razón del hombre, no Cristo.

“En ellos (en los sacramentos) se comunica una memoria encarnada” (n. 40). Ya no es Cristo el que se comunica en los Sacramentos, ya no es la Gracia la que se da en ellos, sino una memoria encarnada. ¿No ven la terrible herejía?

Es el Verbo el que se hace carne. Jesús es el Verbo Encarnado. Para Francisco, Jesús es una memoria encarnada. Esta es la herejía. Destroza Jesús. Destroza la Revelación. Todo es cuestión de la memoria, de ir al pasado y actualizarlo en el presente.

“la eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final” (n. 44). ¿Disciernen el pensamiento de Francisco? ¿Ven dónde falla?

La Eucaristía es un acto de memoria; luego, la Eucaristía no es Jesús, no es el Verbo Encarnado. Clarísima herejía. Y nadie la ve.

Francisco ve la Eucaristía en la historia: un acto de memoria, es decir, algo que pasó hace 2000 años. Hagamos ese recuerdo cuando celebremos la Misa. Hay que ir a la Misa pensando en lo que pasó hace 2000 años en el Jueves Santo. Y, una vez, que se hace ese acto humano, una vez que se piensa, que se raciocinia, que se da mente, entonces la Eucaristía actualiza ese misterio. Cuando se celebra la misa y pensamos en lo que ocurrió en el pasado, estamos actualizando el misterio con nuestro pensamiento. ¿Van captando la herejía? Y, entonces, se produce un milagro: nuestro pensamiento nos abre al futuro. Todo este enredo, que no dice nada claro, para decir sólo: no creo en la Eucaristía. Sólo creo en lo que pienso que debe ser la Eucaristía.

Cuando se va a Misa hay que ponerse con la frente en el suelo y adorar a Dios que se hace presente en el Altar. Punto y final. No hay que hacer un acto mental, no hay que recordar nada. Sólo hay que creer en la Eucaristía.

Los hombres no saben enfrentarse a Francisco porque no saben derribar su pensamiento humano. No luchan contra su idea de lo que debe ser Dios, la Iglesia, los sacramentos, etc. Y, entonces, le besan el trasero todo el santo día.

Estamos en la Iglesia para hundir a sinvergüenzas como Francisco. Él hace un magisterio para la muerte, para condenar a las almas. Y eso es muy peligroso en la Iglesia. Si no se combate a Francisco, la Iglesia queda subyugada por el error, la mentira, la herejía, el paganismo. Y se da culto a eso. Y se vive para eso. Y, entonces, aparece el cisma dentro de la Iglesia. Son los mismos sacerdotes y Obispos de la Iglesia los que producen el cisma, la separación en la Iglesia. Son ellos que no cuidan la Verdad, el Evangelio, a Cristo, sino que sólo se cuidan a sí mismos, a sus bonitos pensamientos, a sus ideales en la vida, a sus obras dentro de la Iglesia.

Y, cuando el hombre cuida su vida, el hombre se condena con su vida.

Dentro de poco se anunciará el cisma en la Iglesia Católica. Donde desaparece el pecado, donde ya no se cree en el pecado, entonces sólo se vive pecando y llamando a esa vida de pecado: bendición de Dios.

Los nuevos santos en Roma son los que pecan y no quitan sus pecados. Esa es la nueva santidad que Francisco está irradiando desde la Silla de Pedro. Francisco llama al pecado, amor de Dios. Peca y, entonces, Dios te ama. El pecado, para Francisco, no es una ofensa a Dios, sino un conjunto de situaciones que el hombre cae porque no piensa bien su vida, no pone su vida en atención a los demás, no obra en su vida para ayudar a los demás, para sacar de la miseria o de los problemas a los demás. Y, entonces, los hombres producen división en todo su actuar humano. Y eso impide que se dé el amor de Dios. Conclusión: para remediar ese pecado, esa división, el hombre sólo tiene que unirse a los demás, hacer esfuerzos humanos con las demás personas para arreglar el mundo, y así disfrutar del amor de Dios, de la ternura del amor de Dios para todos los hombres. Y esta es la santidad que se promueve en Roma: “El Papa comparte con vosotros la convicción de que podemos aprender mucho los unos de los otros, ya que las realidades que nos unen son muchas” (Francisco a la comunidad de Taizé, 30-12-13).

El hombre tiene mucho que aprender del hombre. Ya el hombre no tiene que aprender de Dios, de la Palabra de Dios, de la Verdad que es Jesús. Porque Jesús es sólo un recuerdo, no una Vida, no una realidad, no una Persona Divina. Es sólo un acto de conocimiento humano.

Cuando la santidad se pone en lo humano, en la sabiduría humana, en conquistar al hombre, entonces se abre la puerta para el demonio en toda la Iglesia. Las puertas del infierno están abiertas en Roma. Es decir, lo que se va a ver, a partir de ahora, en Roma, es la Justicia de Dios. Y hay que verlo así. No Su Misericordia, sino Su Justicia. Y eso da horror. Eso hace temblar al mundo de espanto.

Dos banderas: o Cristo o el demonio

Cristo 03

“No os juntéis bajo un mismo yugo con los infieles, que os son tan desiguales. Pues, ¿qué participación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿O qué sociedad hay entre la luz y las tinieblas? ¿Y qué armonía de Cristo con Belial? ¿O qué parte del fiel con el infiel? ¿Y qué acuerdo entre el Templo de Dios y los ídolos?” (2 Cor 6, 14).

En este nuevo documento del anticristo Francisco se enseña el error en la Iglesia, se difunde como algo verdadero y se acoge entre la general apatía e indiferencia.

Esto supone que existe una falta de fe, propagada, alentada, por muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia, que viven ya para sus vidas humanas, para sus falsas creencias sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el amor. Y, por eso, los pecados se cometen y se justifican por muchos, sin un camino para el arrepentimiento, sin la lucha contra todo aquello que se oponga a la doctrina de Cristo.

Los sacramentos se obran en el pecado y se inutiliza la Gracia de Cristo en toda la Iglesia. La tibieza en toda la Iglesia está a la orden del día y se disipan los tesoros que el Señor ha puesto en manos de Ella.

Muy pocas son las almas que escuchan en sus corazones la Voz del Espíritu, porque sólo tienen mente para la voz de los hombres, para sus palabras, sus pensamientos, sus obras, sus fines en la vida.

Pocos son los hombres decididos a vivir la Verdad que da el Espíritu, porque ya no saben buscar esa Verdad al estar impregnados de tantas mentiras como los hombres se dicen unos a otros.

Para seguir el Espíritu de Cristo es necesario oponerse al espíritu del mundo, es necesario contemplar el mundo como la escuela del pecado, de la obra del demonio entre los hombres.

Si se está en el mundo para aprender a ser hombre, entonces se vive en el mundo obrando la voluntad del demonio, que se da entre todos los hombres que no viven la Gracia Divina en sus vidas, que inutilizan esa Gracia al valorar en exceso toda su humanidad.

Pocos entienden en la Iglesia lo que supone seguir a Cristo. Y muchos quieren seguir siendo hombres, sin apartar de ellos al hombre viejo, sólo con la idea de reformarse en sus pensamientos humanos, en sus obras humanas, creyendo que eso es todo para ser un hombre nuevo.

La reforma en la Iglesia no existe, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu que no necesita cambiar nada en Ella. Lo que debe darse siempre es la conversión del hombre de su vida de pecado a la vida de la Gracia.

Es cambiar constantemente su mentalidad de hombre, para tener la Mente de Cristo, que no quiere pensamientos humanos en su Iglesia, sólo quiere el Pensamiento de Su Padre en Ella.

Y es lo que muchos no han comprendido y quieren reformar la Iglesia a base de pensamientos humanos, de filosofías humanas, de estructuras humanas, que no sirven sino para destruirlo todo en la Iglesia.

En este documento de este anticristo es lo que tenemos a la vista: sólo sirve para hacer de la Iglesia el culto al pensamiento del hombre. Y, por ello, para hacer en la Iglesia las obras del hombres que son del mundo y que viven para el mundo, llenos de su espíritu mundano, regidos en todo por el demonio, Príncipe del mundo.

Y son muchos en la Iglesia que no han captado esto, que viven como si todo marchara como siempre, con un jefe de la Iglesia que sabe lo que está haciendo y que la guía hacia la verdad y el bien.

Y no ven el desastre que viene para toda la Iglesia. No lo ven ni lo pueden ver, porque viven encerrados en su pensamiento humano, en su vida humana, en sus obras humanas dentro de la Iglesia.

La Iglesia no se hace a base de esfuerzo humano, ni a base de pensar la Iglesia con las ideas de los hombres, ni a base de obrar lo bueno humano en Ella.

En la Iglesia se hacen las obras divinas. Y quien no las haga, no hace Iglesia, sino que la destruye con sus obras humanas. Así, desde hace 50 años el edificio de la Iglesia está destruido por muchas obras de los hombres que no las quiere Dios para Su Iglesia.

Obras buenas humanas, pero sin el Espíritu de Cristo, hechas con el espíritu del mundo. Y, por tanto, obras profanas, mundanas, humanas, naturales, carnales, materiales, pero no ni santas, ni sagradas, ni divinas, ni espirituales.

El anticristo Francisco hace unión con todos los infieles del mundo y quiere unir en un mismo yugo a todos los hombres, sin distinción, sin exclusión, sin necesidad de quitar el pecado y el error en la vida de esos hombres.

Los quiere meter bajo un mismo yugo sólo porque son buenos hombres en sus pecados, en sus vidas humanas, con sus obras humanas. Y así tienen derecho natural de salvarse todos los hombres. A este planteamiento se resume todo lo que en este documento se dice sobre el falso ecumenismo, sobre el falso diálogo, sobre la falsa Iglesia de todos los hombres.

El que está en el pecado no puede participar de la Justicia de ser hijo de Dios. No puede santificarse, no puede salvarse, no puede hacer de su vida un seguimiento del Espíritu de Cristo ni, en consecuencia, no puede estar en la Iglesia siguiendo al Espíritu de la Iglesia, sino que está en Ella sólo siguiendo al espíritu del mundo. ¿Qué obras hace un pecador en la Iglesia? Las obras de su pecado. Pero no puede hacer las obras de Cristo. Nunca. Porque esas obras son sin pecado, movidas en todo por el Espíritu de Cristo. Y ese Espíritu enseña primero a quitar el pecado, a purificarse de todo, para hacer las obras que Dios quiere en la Iglesia.

Y, por eso, hay que salir en medio de los pecadores, de los infieles, de los lujuriosos, de los sin Dios, de los fornicadores de Satanás, para ser Iglesia. Quien acoge al demonio en la Iglesia rechaza a Cristo en Ella. Y esto es lo que ha hecho este anticristo, llamado por todos Papa, sin serlo, sin el llamado de Dios, sin la vocación de Dios a ser Pedro. Se puso como cabeza para destruir la Cabeza de la Iglesia: esa es su obra en medio de la Iglesia. Y todos aplaudiendo esa obra de un hereje que tiene en su corazón al demonio.

No puede haber sociedad entre la luz y las tinieblas. O el hombre está en la luz de Dios o está en la luz de las tinieblas. Pero no puede comulgar con ambas luces, tener ambas luces, seguir ambas luces, porque no se pueden seguir a dos Señores. Sólo se puede estar bajo la bandera de uno: o de Cristo o del demonio. Y sólo hay un batalla: Cristo contra el demonio. No hay más luchas en la Iglesia para ser Iglesia.

Muchos quieren estar en la Iglesia sin batallar contra el demonio. No hacen Iglesia. Porque quien está en la bandera de Cristo, bajo Cristo, que es el Rey de la Iglesia, está batallando constantemente contra el demonio en la Iglesia. Es una lucha diaria, segundo a segundo, en la que no se puede descansar, porque el amor de Cristo nos urge a hacer de la Iglesia el Sacramento de la Salvación y de la Santificación de las almas.

Y el anticristo Francisco no lucha contra el demonio en la Iglesia, sino que baila con él en medio de la Iglesia. Va siguiendo al demonio en cualquier obra que haga en la Iglesia. Y ha sacado un documento aprendido en la escuela del demonio y traducido en su pensamiento humano, que está despojado de la Verdad de la doctrina de Cristo.

Ese documento es la doctrina del demonio, es la fábula del demonio para atrapar a tantas almas que viven de cuentos chinos en la Iglesia. Se tragan cualquier idiotez que los hombres dicen con sus necias bocas humanas.

Este documento sólo sirve para construir la nueva iglesia que dará la bienvenida al Anticristo. Y sólo tiene ese fin. No posee el fin divino para hacer que las almas busquen lo divino en sus vidas y aprendan a amar a Dios y al prójimo en Espíritu y en Verdad.

No puede haber armonía entre Cristo y el demonio, entre los seguidores de Cristo y los seguidores del demonio. No hay paz, no hay alegría que trae la paz. Es imposible. Sólo hay guerra continua para conquista la Verdad y la Vida en la Iglesia.

La falsa alegría que trasluce todo este documento viene de la falsa caridad que quiere presentar este anticristo a la Iglesia.

Un falso amor para una falsa alegría. Y eso lleva consigo la destrucción de la paz en los corazones, porque se pone la alegría en la vanidad del mundo y de los hombres. La dulce alegría de los hombres que trae ajenjo al corazón. Eso lo que presenta el Inicuo Francisco, el Impío Francisco, el anticristo Francisco.

Y quien no quiera verlo así, se engaña y engaña a muchos.

No hay parte entre el fiel y el infiel. No hay comunión, no hay amor, no hay paz entre el fiel y el infiel. Sólo hay odio, división, egoísmo. Esto es lo que ha producido Francisco en medio de la Iglesia: división. La Iglesia ha quedado dividida por el odio de Francisco en Ella.

Y esa división ha traído a la Iglesia la ruptura con la doctrina de Cristo. Ya no se sigue, ya todos siguen lo que hay en sus pensamientos humanos y hacen de la Iglesia el templo de Satanás, el culto a todos los ídolos, a todos los dioses que tienen los hombres en el mundo.

Y eso conlleva una sola cosa: acoger la mentira y ponerla como la verdad, como el ladrillo para edificar la Iglesia.

Divide y vencerás: eso es el plan de Francisco. Sólo eso. Y no ha tenido luchas en la Iglesia, batallas, porque todo el mundo está dormido en su vida espiritual sin hacer nada por Cristo ni por la Iglesia.

Y, entonces, tenemos la Iglesia que nos merecemos, que queremos, que buscamos: la iglesia donde se da culto al hombre y al demonio.

Quien quiera estar en ella, que siga al demonio Francisco. Quien no quiera tiene que batallar contra ese demonio para seguir a Cristo en la Iglesia, para seguir la Verdad en la Iglesia, para tener la Vida que la Iglesia da a todos sus fieles.

Batallar en contra de Francisco y sus seguidores o morir a toda la vida espiritual y celestial. Elijan el camino. Cada uno es libre para andar un camino u otro: o Cristo o el demonio. Una de dos. O bajo Cristo o bajo el demonio. O con Cristo o con el demonio.

Evangelizar sin Espíritu

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El anticristo Francisco presenta a la Iglesia, en el documento Evangelii gaudium, una Evangelización sin Espíritu.

En este documento trata a la Iglesia como un conjunto de hombres que buscan la cultura de los hombres para ser Iglesia.

Trata a la Palabra de Dios como la que debe estar embebida (encarnada es la palabra herética que usa) en las culturas de las hombres para poder darse a los demás.

La cultura del hombre es la cultura del mundo. Y, por tanto, este documento abre a la Iglesia a la conquista del mundo. Es la razón de este documento y es la única finalidad en este documento.

Unos escritos llenos de ideas humanas que sólo sirven para una cosa: hacer que los que no tienen fe se queden sin fe en la Palabra de Dios y sin capacidad para adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. Y pierdan la fe en la Iglesia.

Es un documento muy grave para la Iglesia porque la desprende de la fe. Y es un documento que las almas que ya piensan como este anticristo lo acogen de forma favorable, porque habla para estas almas. Y estas almas en la Iglesia son muchísimas, porque es la consecuencia de 50 años de lo mismo. Es la síntesis de esos 50 años en que la Iglesia, poco a poco, ha ido perdiendo la fe, el norte de la Verdad, la obra del Amor Divino en la Iglesia.

No es de extrañar que nadie haya discernido nada en este documento, porque los hombres viven para que les digan una palabra hermosa sobre Dios. Pero no viven para la radicalidad de la Palabra Divina que, si no se hace fuerte en el corazón del alma, la persona se conforma con sentimentalismos como los que se dan en este documento.

Es un documento grave porque se anula a la Iglesia. Pero es la consecuencia del pecado de este anticristo.

El anticristo Francisco ha anulado a Pedro en la Iglesia. Él simboliza la degeneración de un poder que ya no se puede dar en la Iglesia. Él no es Pedro, ni puede serlo por más que quiera llamarse Papa u Obispo de Roma, o porque los demás lo llaman así por no discernir nada.

El anticristo Francisco simboliza una cabeza sin trono, sin poder, sin capacidad de decisión en la Iglesia, sin miras hacia lo alto, sin poner la visión del mundo fuera de los recintos de la Iglesia. Y, por tanto, el fruto de esta decadente cabeza, que no gobierna nada en la Iglesia, es anular a la Iglesia en su raíz. Anulación que produce que todo se vea sin el Espíritu que debe acompañarlo.

Si se quita a Pedro, se quita el Espíritu en la Iglesia. Y queda una estructura de hombres que piensan y obran como hombres. Queda un pueblo de hombres que ya no tienen el Espíritu de ser hijos de Dios. Ya no es el Pueblo de Dios, el del Antiguo Testamento, es un nuevo pueblo, una nueva comunidad de hombres, que hablan cosas de Dios, pero sin Espíritu.

Esta es la consecuencia de la anulación de Pedro en la Iglesia: queda un pueblo dedicado a las cosas del mundo. Y no más.

Y, para ser Iglesia, para formar la Iglesia, hay que salir de ese negocio que en Roma se ha creado ya. Es de vital importancia, y es lo que muchos no acaban de comprender, porque están en la Iglesia para un acto social, para una obra social, para conquistar el mundo y a los hombres del mundo.

Este documento es clarísimo para las almas que viven de la fe: es un documento que señala el fin de la Iglesia y que abre el tiempo para salir de Roma.

Todos los herejes van a aplaudir este documento. Todos, sin excepción, porque en él se da el culto al hombre, a su pensamiento y a sus obras en el mundo. En él no hay sitio para la Verdad que trae el Espíritu a la Iglesia. Sólo cabe la mentira que cada uno fabrique con su mente humana.

Por eso, es un documento frío para el que ama a la Iglesia y caluroso para el que odia a la Iglesia.

El anticristo Francisco odia a la Iglesia. La odia con su boca y con sus obras. Los que se unen a él, hacen el esfuerzo por aparentar que siguen amando a la Iglesia, porque todavía no pueden odiarla como la odia ese anticristo.

Quien no se oponga a este anticristo acabará odiando a la Iglesia como él. El odio nace del corazón cerrado a la Verdad. Y quien no se pone en la Verdad, odia a Cristo y a Su Iglesia. Y, aunque haga oración y reciba los sacramentos o tenga un servicio en la Iglesia, no podrá amarla si continúa sirviendo al anticristo Francisco en la Iglesia.

Muchos no han comprendido esta Verdad: quien se une a un anticristo deja de ser Cristo en la Iglesia, deja de obrar las obras de Cristo en la Iglesia, deja de imitar a Cristo en la Iglesia.

Porque la Iglesia es Pedro y para amar a Cristo, en la Iglesia, hay que unirse a Pedro. Si se quita a Pedro, queda la impostura, la mentira, la soberbia y el odio. Quien se una a un impostor, por ser cabeza visible, recibe el mismo espíritu que anima a esa cabeza: el espíritu del anticristo.

Es muy grave lo que se hizo después de la renuncia de Benedicto XVI. Gravísimo, y nadie lo ha comprendido. Se puso un anticristo como cabeza y, automáticamente, toda la Iglesia recibió el mismo espíritu del anticristo. Y lo pudo recibir porque el Espíritu de la Iglesia huyó de Pedro en su renuncia, huyó de la Cabeza Visible.

Esta gravedad trae la consecuencia obvia: hay que hacer una nueva iglesia, una nueva Roma, un nuevo pueblo: el del anticristo. Y, por eso, este anticristo Francisco habla a las almas de la Iglesia con un lenguaje sentimental, confuso, engañador, malintencionado, sólo con el fin de que las almas se queden donde están para formar este nueva estructura de iglesia.

Y se presenta este documento para sellar a las almas y que vivan el gozo de la evangelización sin la fuerza del Espíritu, sólo en la seducción del espíritu del anticristo, que está contenido en todo este documento.

Por eso, este documento mata la fe, mata la gracia en las almas, mata la esperanza de la salvación y de la santidad en la Iglesia. Del demonio no se puede esperar nada bueno. El demonio siempre hace su juego: da lo que le gusta al hombre y, después, lo mata.

Es lo que hace este anticristo en su documento: habla un lenguaje que agrada a los hombres para aniquilar su fe. Y quien no quiera verlo así, el tiempo se lo dirá. Si no han aprendido a discernir estos 50 años, comiencen a hacerlo ya porque los tiempos son muy graves para todos.

Comienza la ruina de la Iglesia en Roma. Se ha anulado el Papado. Ahora todo se descentraliza y cada diócesis va a hacer lo que le dé la gana en la Iglesia. El que esté como cabeza será sólo para coordinar las cosas en la iglesia, pero no es el que habla lo definitivo, la verdad, no es el que une a todos en el Espíritu de la Verdad, sino que será el que seduce a todos en el espíritu del anticristo.

Los hombres temen ver esta Verdad en la Iglesia y en Roma. Pero ya llevamos nueve meses cogidos en el espíritu del anticristo en la Iglesia y nadie ha luchado contra ese espíritu, porque ya no se cree en nada.

Desde la renuncia de Benedicto XVI, en Roma hay un espíritu muy fuerte que se opone a toda Verdad y que desestabiliza al mundo entero, no sólo a la Iglesia. Porque es el mismo espíritu que está en el mundo. El mismo. El mundo se ha apoderado de la Iglesia. Y eso se ha contemplado en el gobierno de esta cabeza inútil para todos, no sólo para la Iglesia.

Una cabeza degradada que se ha destacado por abrirse a todo el mundo sin importar la Verdad en la Iglesia. Y el mundo lo reconoce suyo, porque piensa lo mismo que se piensa en el mundo. Y esto es lo más grave que le ha podido pasar a la Iglesia: no enfrentarse al mundo. Luego, queda cogida, atrapada, por el mismo espíritu que está en el mundo, que es el espíritu de tres cabezas: Lucifer, Satanás y Belcebú. Es el espíritu del anticristo.

Y la primera batalla contra este espíritu muy pocos lo han hecho. Y tendrán que hacerla en la siguiente ronda de este combate, porque pronto se acerca el Idiota a Roma, el que impone su mente a todos, el que es el fariseo propio para anular con documentos oficiales todo el dogma en la Iglesia.

El anticristo Francisco es el Orgulloso, representa la cabeza de Lucifer, porque gobierna como él: con dictaduras, con arrogancia, sin inteligencia en ninguna verdad. Y habla como él: con la emoción de la palabra, con el sentimiento de la palabra, con la sensiblería de la palabra.

Y, ahora en la Iglesia, le corresponde el turno a Satanás, que es el filósofo de la palabra, es el que pone los pensamientos en las almas, es el que hace que las almas estén en sus vidas preocupadas por todo lo humano, dando vueltas en sus cabezas a toda su vida humana. Es el ideal para romper la Iglesia, dividir toda Verdad en la Iglesia.

En el demonio, el primero en manifestarse siempre es Lucifer. Y su reinado en el alma es corto, porque habla con emociones que con el tiempo se van. Por eso, en la Iglesia la gente ha despertado, porque no se vive de sentimientos, de sensiblerías, de afectos. Y, por eso, debe caer el anticristo Francisco para poner una cabeza pensante, que siga en todo a Satanás y que cumpla la segunda división en la Iglesia, la división del amor. Se rompe el amor y sólo queda el odio en todas las almas. Y con el odio el demonio trabaja para conquistar en la Iglesia lo que le interesa: que es su destrucción total.

Por eso, en la segunda batalla, hay que salir de Roma, porque ya no se puede luchar de igual manera que con el orgulloso. Con el anticristo Francisco, como es orgulloso, le trae sin cuidado las críticas que se hacen contra él. Le resbalan porque vive su orgullo. Y lo vive a pesar de todas las razones y juicios en contra de él. Por eso, se puede hablar en contra de él y no pasa nada, porque es un necio que sólo vive para su vida. Y deja que los demás vivan sus vidas. Ha sido el ideal para abrirse al mundo, donde cada uno vive su vida como quiere.

Pero con una cabeza pensante, la cosa es distinta, porque todo aquel que piensa pone su fuerza, impone su pensamiento con la fuerza al otro para que se haga. Y, por eso, para atacarlo hay que salir de Roma y enfrentarse a él, para no ser cogidos por esa imposición, por esa fuerza bruta que se va emplear en Roma un vez quiten los dogmas de la Iglesia.

Hay que ir saliendo de un lugar en donde sólo se sienta el Anticristo.

Evangelii gaudium: la fábula de la Palabra de Dios

sanjuandelacruz

“La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto” (n. 137).

La Palabra de Dios no es un diálogo entre Dios y el alma, sino un enseñanza de Dios al alma. Y, por tanto, toda homilía tiene que enseñar lo que Dios quiere decir a Su Iglesia. No es para continuar ningún diálogo ni para comenzarlo en ninguna forma, porque se está en la Iglesia para aprender la Verdad, no para hacer un coloquio de la Verdad. El que predica no debe reconocer el corazón de la comunidad, sino lo que Dios quiere que se diga a la Iglesia, a esas almas que están en ese momento escuchando la predicación en la Iglesia. No hay que conocer la vida de nadie para predicar, sino sólo la Voluntad de Dios en cada homilía. Si el sacerdote carece de vida espiritual, esto es imposible de hacer y, por tanto, se recurre a los de siempre: a hacer predicaciones para pasar el rato en la Iglesia, para entretener a la gente, para hablarle de cosas del mundo, de los problemas que cada uno tiene en su vida, y así es imposible dar la Voluntad de Dios a las almas en las predicaciones, que son sólo palabrería humana de sacerdotes y de Obispos que hablan por hablar, pero que no saben hablar la Palabra de Dios a nadie. Y así se cae en agradar los oídos de los hombres con tanta basura humana que sale de la boca de muchos en sus predicaciones.

“La prédica cristiana encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de «cultura materna», en clave de dialecto materno” (n. 139): para predicar hay que dejarse de las culturas de los hombres. Es la herejía que sigue este anticristo, porque, para él, es necesario interpretar el Evangelio según coordenadas humanas, según los tiempos de los hombres, según las necesidades materiales de los hombres, según sus problemas humanos. Y cae en este pensamiento totalmente herético.

No se predica para dar gusto a los hombres, ni para hablarles bonito, con palabras de amor, de ternura, de sensiblería humana. Se predica con la Palabra de Dios, que es viril, que es fuerte, que no se anda con sentimiento humanos, que dice las cosas como son, que llama a cada cosa por su nombre, que no busca palabras humanas para tapar la verdad, que no busca tazones humanas para esconder la Verdad. Se predica dando la verdad que a ningún hombre le gusta. Y, por tanto, hay que predicar de igual manera la Justicia de Dios como el Amor de Dios a las almas. No hay que dar a las almas un Dios amoroso, sino un Dios que exige su Amor y aquel que no lo quiere recibir, le da su castigo por despreciar su amor.

El anticristo Francisco, como es muy sentimental, sólo le gusta decir cosas bonitas a la gente, pero no le gusta decir la Verdad a nadie, porque sólo vive su gran mentira en la vida y eso es lo que predica siempre: su grandiosa herejía: ser hombres para dar un gusto a los hombres.

Hay que dejarse de ternuritas con las almas cuando se trata de enseñar la Verdad que quiere Dios a cada alma que escucha la predicación. Y, por tanto, sobra en el predicador poner caras alegres, dar un tono de voz cálido, melodioso, cariñoso, mostrarse ante lo demás cercano, afable, porque de lo que se trata de es dar la Verdad, no de hacer una obra de teatro mientras se predica. Si hay que hablar fuerte, se habla fuerte; si hay que dar un puñetazo en la mesa, se da; si hay que hablar en contra de la Iglesia y de sus sacerdotes y Obispos, es lo que hay que hacer, porque hay que enseñar la Verdad a las almas en la predicación. no hay que hacer discursos que no valen para nada, sólo para pasar el tiempo dando una mentira a la Iglesia, que es lo único que hace ese idiota de Francisco cuando predica.

“El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y al predicador le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su gente” (n. 141) : El Señor se complace en corregir a sus almas de sus errores, de sus maldades, de sus vidas que no sirven para nada. El Señor no dialoga con ninguna alma, sino que le enseña el camino para salir de su pecado y para ser santa en su vida. El Señor no se preocupa de los problemas de las almas, sino que hace preocupar a las almas de que estén todavía mirando sus problemas sin poner su atención en el que quita todos los problemas. El Señor da la fe a las almas, no da un coloquio de sus vidas para que sigan en sus vidas. El Señor da Su Palabra para que el alma salga de su vida humana y obre la vida divina en esa Palabra.

“Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras.” (n. 142): este idiota no sabe lo que dice, porque cuando Dios comunica Su Palabra y el alma la acepta, entonces, el alma cambia de vida, se convierte, ve su pecado y ve lo que le falta por caminar. Y Dios comunica Su Palabra de forma sencilla, sin razones, sin buscar palabras adecuadas, sino con sencillez, como un padre habla a su hijo, aunque lo que le tenga que decir hiera a su hijo. El diálogo es un discurso humano, complicado, aburrido, que, al final, no comunica ninguna verdad. El diálogo es para este anticristo, que le gusta hablar de todo pero sin ponerse en la Verdad de las cosas. Nadie se ama con palabras, porque eso es imposible. Muchos se dicen palabras bonitas y se odian en sus corazones. Así pasa con este anticristo y con muchos sacerdotes Y Obispos, que dicen palabras muy bellas en la Iglesia y después obran el odio en medio de la Iglesia, porque no saben abrir el corazón al amor, sino sólo sus bocas a la mentira.

“El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos” (n. 143): esto es lo más estúpido que se puede decir al hablar de la Palabra de Dios. Esto sólo lo dice este hereje porque lo vive en cada homilía. Y si no lo viviera, no podía hablar como lo hace: rompiendo la verdad de la Palabra de Dios. Quien sintetiza el Evangelio destruye la Palabra de Dios. No hay que sintetizar el Evangelio, no hay que razonar el Evangelio, no hay que meditar el Evangelio. No hay que medir el Evangelio con la razón humana. Sólo hay que dar la Palabra que el Espíritu pone en la boca de quien predica. Sólo eso. Se necesita, para ello, la humildad de corazón. No hace falta ser inteligente, filósofo, teólogo del Evangelio. Sólo hay que seguir al Espíritu en la predicación y siempre tiene fruto divino lo que se predica. Pero quien sintetiza el Evangelio seca la devoción a la Palabra de Dios y hace que las almas no se alimenten de la Verdad, sino de la mentira que se da en esa homilía.

“El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar” (n. 154): no es necesario escuchar a las almas para darles la voluntad de Dios. el que predica sólo escucha a Dios, Lo demás no le interesa, porque no se predica para darle el gusto a ningún hombre, ni para decirle a los hombres lo que quieren escuchar, sino que se predica aquello que los hombres no quieren escuchar ni osan pedirlo para que se predique. En la predicación se trata de sacar al alma de su vida humana, de sus pensamientos humanos, de sus obras humanas, de sus caprichos humanos. Y, por tanto, está de más hacer oídos a los hombres en las homilías. Son las almas las que tiene que poner sus oídos a la escucha de la Palabra de Dios.

“Un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo” (n. 154). El predicador no tiene que contemplar al pueblo, ni tiene que contemplar la Palabra. Sólo tiene que seguir al Espíritu de la Palabra. Eso es suficiente para dar la Verdad a las almas.

“Se trata de conectar el mensaje del texto bíblico con una situación humana, con algo que ellos viven, con una experiencia que necesite la luz de la Palabra” (n. 154): se trata de conectar al alma con la Vida de Dios. Y no otra cosa. La homilía noes para hablar de los problemas de la gente, de sus situaciones en el mundo, de sus obras en el mundo. La homilía es para llevar al alma al Cielo. Y si no se hace eso, todo se queda en un mero hablar a los hombres sin alimentar sus corazones que están ávidos solamente de lo espiritual. La gente está harta de escuchar a tantos sacerdotes y Obispos que hablan como los políticos del mundo. Harta de que haya tanto Pastor que no sabe lo que es la vida espiritual porque se pasa la vida viviendo su humanidad y sus problemas en lo humano.

Francisco: el primero de muchos anticristos

En Roma hay dos cosas en este momento:

1. la imposición de la mentira como verdad.

2. la apertura de la Iglesia al mundo.

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Estas dos cosas sólo son el reflejo de la división en la cabeza, al colocarse una cabeza falsa, que guía a la Iglesia en estos tiempos de purificación y de gran tribulación.

Francisco, desde que empezó, no ha dejado de mentir, de engañar, de dar errores y de herejías en toda la Iglesia. Y lo ha hecho como cabeza, con un poder humano.

Y esta es la señal de que no es Papa verdadero: porque habla la mentira. Y ningún Papa, aunque sea pecador, aunque sea un demonio, cuando habla ex catedra habla la mentira, sino siempre la verdad a la Iglesia; porque el Papa tiene la misión en la Iglesia de enseñar la Verdad, de gobernar con la Verdad, de santificar en la Verdad. Eso significa el carisma de Pedro.

Y todo Papa verdadero ha hecho siempre eso en la Iglesia.

Francisco, desde el principio miente. Luego, no es Papa verdadero.

Ni tampoco un Anti-Papa, porque para ser Anti-Papa es necesario enfrentarse al Papa reinante. Y eso no lo hizo Francisco.

Tampoco es un falso Profeta, porque no tiene el Espíritu de falsa Profecía. En sus discursos, homilías, etc., no habla de las Profecías, no da Profecías, sino que inutiliza las Profecías. Es señal de que no cree en el Espíritu de la Profecía y, por tanto, no tiene el Espíritu de la falsa Profecía.

El falso Profeta cree en el Espíritu de la Profecía y, por tanto, ataca ese Espíritu con el espíritu demoniáco de la falsa profecía.

Un falso Profeta nunca niega las profecías verdaderas, sino que las combate con falsas revelaciones.

Francisco es como muchos sacerdotes y Obispos que, sencillamente, no creen en ninguna revelación privada porque ya creen que no hay más que revelar, que Dios calla, que sólo hay que guiarse por la mente del hombre en la Iglesia.

Entonces, ¿qué es Francisco? Un anticristo más que prepara el camino para el falso profeta y para el Anticristo.

Y como anticristo se opone a Cristo en todo, no sólo en una cosa, en una verdad, sino en todas las verdades.

Por eso, sus declaraciones, sus homilías, su encíclica prueban que Francisco es un anticristo, porque niega todo el Dogma, toda Verdad, toda obra divina en la Iglesia.

Francisco dice verdades pero para poner sus mentiras.

Francisco juega con el dogma, pero para indicar el camino de la maldad a los que le oyen.

Francisco usa la Iglesia para obrar las obras del demonio.

El demonio, como Francisco no cree en el Espíritu, entonces le guía sólo en su mente. Y en su mente, Francisco se inventa todo en la Iglesia. Sólo con su mente.

Para hacer esto, es necesario que la persona se haya formado en el juego del demonio durante muchos años en la mente. Y si se estudia a Francisco, desde que empezó a regirse por la mente, se verá la mentira constante en toda su vida.

Mentira que se esconde en la verdad, porque así siempre el demonio engaña a las almas: les da la verdad que quieren o que persiguen pero disfrazada con una mentira. Y así el demonio va guiando la mente del hombre hasta enseñarle lo que él quiere de ese hombre en la vida.

Es un trabajo arduo el del demonio, pero muy fructífero, porque esto lo hace el demonio para una obra grande.

Y la obra grande es poner a Francisco como jefe de la Iglesia.

Nunca el demonio pierde el tiempo con un alma. Cuando la tienta es para algo. Y cuando esa alma ya le obedece, entonces el demonio consigue lo que quiere de esa persona.

Por eso, en la vida espiritual todo consiste en anular la mente. Y esto es lo más difícil para la persona humana que vive de su razón, de sus ideas, de sus filosofías.

Aquel hombre que se apega a sus ideas, aunque sean buenas y perfectas, es siempre un juguete del demonio. Porque cualquier apego en la vida es una puerta de tentación para el demonio.

Por eso, hay que trabajar en la vida espiritual en desapegarse de toda idea humana, para comprender lo que es mirar el corazón.

Porque Dios solamente habla al corazón. El demonio a la mente.

Y hay que luchar contra infinitos pensamientos que el demonio pone para que el hombre esté continuamente mirando su mente y no haga caso del corazón.

Estamos en un mundo de hombres, que sólo miran sus razones. Y no más. Luego, estamos en un mundo regido por el demonio en muchos hombres.

Y en la Iglesia pasa lo mismo. Sacerdotes, Obispos, fieles llenos de ideas humanas, pero que no saben vivir en Gracia, siguiendo al Espíritu en sus vidas humanas.

Se dedican a hacer su oración, la que descubren en su mente, pero no saben adorar a Dios.

Se dedican a leer muchos libros sobre Jesús, sobre la Iglesia, sobre los Santos, pero no entienden la Palabra de Dios y no la obran, porque no salen de sus razones, de sus ideas sobre lo que es Jesús y Su Iglesia.

Por eso, es difícil la vida espiritual y es difícil ser Iglesia y hacer Iglesia.

Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu. Pero si el hombre se rige por su razón, entonces no obra lo que quiere el Espíritu en la Iglesia.

Hay tantos sacerdotes soberbios porque se han cerrado al Espíritu, al negar en su corazón las hablas de Dios.

Dios, para abrir el corazón del hombre, para que el hombre le atienda en su corazón, le habla directamente. Y el hombre, si no acoge esas hablas, si las rechaza, entonces cierra su corazón a la Verdad y sólo se rige por su mente.

Hay muchas almas así que Dios no puede guiarlas hacia la verdad, porque han dado mayor importancia a su mente, a sus logros científicos, a sus filosofías en la vida, que a lo que Dios pone en el corazón.

Por eso, tenemos una Iglesia que no sirve, en realidad, para nada. Es un conjunto de hombres que hacen muchas cosas, y algunas buenas, pero que no obran la Voluntad de Dios dentro de ella.

Y, por eso, vemos lo que vemos. Y no hay que extrañarse de lo que vemos, porque esto es sólo el comienzo. Ahora viene todo el desastre para la Iglesia.

Massimo Introvigne: maestro de la ley

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“El malestar no debe ser confundido con el rechazo del Magisterio ordinario, ya esta actitud sí lleva al cisma” (Massimo Introvigne (publicado en il Foglio, 11 octubre 2013, p. 4)).

Este analista da una visión equivocada de lo que pasa en la Iglesia, porque no se pone en la Verdad.

La única Verdad que hay que seguir para entender la situación de la Iglesia actualmente es ésta: Nadie puede elegir un nuevo Papa estando vivo el anterior.

Esta Verdad, que está en el Evangelio, nadie la sigue. Y no se sigue porque no se cree en la Palabra de Dios, sino que se cree en las razones de los hombres para elegir un nuevo Papa.

Si la Iglesia no se pone en esta verdad, la Iglesia camina escuchando a mentirosos como Introvigne, que tienen el atrevimiento de decir lo siguiente: “Es posible que el Papa Francisco realice otras reformas en la Iglesia que el fiel católico deberá acoger con docilidad y sin buscar leerlas como contrarias a las enseñanzas de los pontífices precedentes sino teniéndolas en cuenta.”

Cuando el alma no está en la Verdad, entonces su boca proclama mentiras.

El malestar por las declaraciones de Francisco significa un rechazo a Francisco y no a la Iglesia. Un rechazo porque Francisco no es el Papa, es un Anti-Papa.

Si no se comienza así, entonces todo el artículo de este hombre es una solemne tontería.

La Iglesia está molesta con Francisco porque ha dicho cosas que no las dice un verdadero Papa, ni siquiera en su magisterio privado con los fieles, que es siempre falible, porque no habla en nombre de la Iglesia, públicamente, sino que lo hace en habitaciones privadas sin que a nadie le interese lo que se diga ahí.

Pero Francisco ha hablado como Jefe de la Iglesia, y eso no hay quien lo cambie buscando pretextos, razones, para acallar el malestar por la bocazas de Francisco, por las imprudencias de Francisco, por el pecado de Francisco.

Como Francisco es un Anti-Papa, entonces se le puede criticar, se le puede juzgar, se le puede condenar y eso no produce ningún cisma. Porque el cisma se produce sólo en la desobediencia al Papa. Es así que Francisco no es Papa. Luego, no hay cisma. Esto es el sentido común.

Como este analista no se pone en la Verdad, sino que sigue su verdad (=Francisco es Papa), entonces mete miedo con una verdad. Y hace un mal enorme a toda la Iglesia, porque quiere enseñar con una verdad su mentira.

Todo su artículo es el propio de una mente que no ha comprendido nada de lo que es el Papado y la obediencia al Papa en la Iglesia. Es un ignorante de la vida espiritual de la Iglesia. Está versado en la vida política de la Iglesia y, por eso, limpia las babas a Francisco, para que todo el mundo en la Iglesia haga lo que él hace: justificar el pecado gravísimo de Francisco.

Y cuando se justifica un pecado en la Iglesia, entonces el pecado es un dogma en la Iglesia y, por eso, dice que hay que acoger con docilidad cualquier cosa que Francisco quiera imponer en la Iglesia, aunque Francisco destruya los dogmas, las verdades reveladas.

Y hay gente en la Iglesia que sigue a este analista como oráculo divino, como el que da la Voluntad de Dios, como el sabio entre los sabios en la Iglesia. Así está la Iglesia: “¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!” (Lc. 11,47-54)

Massimo Introvigne es sólo un maestro de la ley que se ha quedado con la llave del saber. La llave del saber es su vasta inteligencia humana. Y en esa vasta inteligencia escudriña los conocimientos de todos los hombres y anuncia a toda la Iglesia la verdad que ha encontrado en vasta inteligencia. Y así él no entra en la Verdad ni deja entrar a los demás en la Verdad. Como él hay tantos en la Iglesia, que se han acaudalado en sus conocimientos de la verdad y lo imponen a los demás porque tienen una autoridad en la Iglesia. Necios y sólo necios de pensamiento cuyo error es su pecado de soberbia. Acarician su soberbia y demuestran su soberbia en medio del mundo para que todo el mundo la lea y la siga.

La Fe en la Iglesia no la da el sociólogo Massimo Introvigne, sino que la da la Palabra de Dios. O se cree en la Palabra de Dios que dice no elegir Papa mientras sigue vivo el anterior, o se cree a tantos en la Iglesia que quieren poner su razón para seguir en la mentira de unos Cardenales que pecaron al elegir un nuevo Papa.

Francisco es el fruto del pecado de los Cardenales que obraron en la Iglesia sin Fe en la palabra de Dios. Obraron su pecado porque tienen la fe puesta en los pensamientos de cada uno, en las filosofías de cada uno, en las políticas de cada uno. Y, de esta manera, se peca.

El pecado es, siempre, por la falta de fe. Nunca el pecado es por tener fe. Cuando el alma se aparta de la Verdad, que es Jesús, para seguir sus verdades, que son sus múltiples ideas sobre Jesús y sobre la Iglesia, entonces tenemos lo que tenemos: la glorificación del pecado en la Iglesia. El pecado ya es una cosa divina en la nueva iglesia que Francisco ha fundado con se memoria fundante. En esa nueva iglesia los que quieran estar tiene que pecar y eso les llevará al cielo.

Y, porque hay mucha gente en la Iglesia que vive buscando una razón en los hombres para tener fe, por eso, siguen dormidos en la Fe, siguen aplastados en sus pecados, viendo a la Iglesia como algo que les da un interés en la vida, pero no la Verdad de sus vidas.

El cisma lo ha provocado Francisco, no sólo con sus declaraciones, sino con su gobierno horizontal. Es él el que se ha apartado de la Obediencia de Cristo y ha puesto su orgullo en medio de la Iglesia. Y, ahora, no vengan hombres sin sentido religioso, como este sociólogo Massimo Introvigne, necio en su pensamiento, a decir que hay que obedecer a todos los cambios que haga Francisco, porque es el Papa y al Papa no se le puede criticar.

Que los que deseen esa nueva iglesia obedezcan a su dictador francisco y a su gobierno de marionetas, que son los ocho prepotentes de Roma. Pero que no manden a la Iglesia obedecer a un Anti-Cristo, porque ahí se ve su falta de fe y su negocio con Francisco.

Ahora se quiere, de muchas maneras, tapar las barbaridades que Francisco ha dicho. Pero ya no es posible.

O se está con la Iglesia o se está con la nueva iglesia de Francisco. Que cada uno elija, pero que no digan lo que hay que hacer en la Iglesia, cuando ellos ya no son Iglesia por su cisma que han provocado en la misma Iglesia. Cisma encubierto, pero cisma verdadero. Cisma en silencio, pero que lo oyen las almas que viven de la Fe en la Verdad, que es Jesús.

El que habla la Verdad nunca provoca ningún Cisma, pero el que se atreve a levantar su pecado en medio de todos como la verdad, entonces es ése el que provoca el Cisma en la Iglesia.

El falso amor humano en la Iglesia

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El amor de Dios supone un descubrimiento de Su Voluntad.

No se puede amar sin conocer la Voluntad de Dios. Por eso, hay tanto falso amor en la Iglesia, porque sólo nace del amor humano, de la concepción de la bondad humana.

Se ama porque se hace un bien humano. Y eso es ir en contra de la Voluntad de Dios.

Se ama porque se da la Voluntad de Dios. Y si no se da, si se da otra cosa, un gusto, un placer, un querer humano, un bien humano, un capricho, un deseo, entonces no se ama con el amor divino.

El amor divino nace del corazón. El amor humano nace de la mente del hombre, de sus pasiones, de sus inclinaciones, de sus muchos deseos de ser hombre y de ser tomado como hombre.

Muchos siguen su juicio humano en la Iglesia y quieren poner lo que ellos ven como verdad, como bien. Y, entonces, siempre se equivocan. Y no hacen Iglesia. No dan la Voluntad de Dios en sus obras. Dan sus caprichos humanos.

Porque si amar fuera tan sencillo como hacer un bien humano, entonces ¿para qué la Gracia, que es el camino para obrar el amor divino, para hacer una obra divina? Entonces, no tiene sentido los Sacramentos ni nada en la Iglesia, porque todo consiste en obrar algo bueno para los hombres, en contentar a los hombres, en darles una satisfacción humana, material, carnal.

Esto es lo que predican tantos sacerdotes: este amor para el hombre, este amor para dar un contento al hombre, este amor para no herir sensibilidades, este amor que va en contra del amor divino.

El hombre, en la Iglesia, se ha convertido en hombre viejo. Y no quiere salir de ahí. Ya no sabe ser hombre nuevo. Cree que todo consiste en buscar caminos nuevos en la Iglesia para seguir siendo hombres viejos, con una cara nueva, postiza, con palabras bonitas, hermosas, que agraden a todo el mundo, para que todos estemos contentos en la Iglesia.

Este pensamiento de idear el amor en la Iglesia basándose en el hombre es la caída de muchos sacerdotes y fieles de la Iglesia. Está en toda la Iglesia esta concepción del amor.

Y Jesús da su Palabra: “Si alguno quiere seguir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome a cuestas su cruz y sígame” (Mc 8, 34).

Esta Palabra de Jesús ya no se acepta por la Iglesia en su conjunto. Es una Palabra que no se entiende por el hombre.

El hombre no comprende la negación de sí mismo: no pensar como piensa el hombre, no obrar como obra el hombre, no elegir como elige el hombre, no vivir como vive el hombre.

Este lenguaje de Jesús es rechazado por muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la vida práctica, en lo concreto de la vida de cada día. Y se piensa como hombre y se obra como hombre y se vive como hombre sin darse uno cuenta. Y eso es sólo por falta de oración auténtica y de penitencia.

La oración es para llenarse del amor divino. Y primero hay que vaciarse de otros amores. Y, por eso, no cualquier tipo de oración produce este efecto. Hoy no se sabe orar, porque sólo se dicen muchas palabras para pasar el tiempo, pero no se hace la oración del deseo de corazón.

El alma tiene que desear el amor del corazón. Tiene que elevarse de otros amores y ponerse en la Presencia de Dios. Y esa Presencia es alejarse de toda otra presencia: ya humana, ya diabólica, ya carnal, ya natural, ya material. Cuanto el hombre más se acerque a Dios, Dios más le pide olvidar lo demás de la vida. Porque el hombre tiene que aprender a vivir. Y sólo se aprende a vivir en la escucha de la Palabra de Dios.

Por el oído viene la Fe, la Vida de la Gracia, el Amor de lo Divino, la Verdad del corazón. Pero si no es escucha a Dios en el corazón, no se da el amor de Dios, sino que el hombre se queda en sus amores, en sus obras humanas, en sus bienes humanos, y ya no persigue la santidad de la vida, sino su propia felicidad humana, que es lo que se ve en toda la Iglesia.

Una Iglesia humana, preocupada por todo lo humano, que no sabe ser de lo divino, que no sabe buscar lo divino, que no sabe pisotear todo lo humano para ser hijo de Dios.

Por eso, tenemos una Jerarquía de hombres, revestidos de sotanas, pero que no saben enseñar el amor, porque han aprendido a amar en su mente, en sus deseos humanos, en sus pasiones humanas, en sus obras humanas. Y no ven más allá de sus narices.

Una Jerarquía ciega para el amor de Dios, pero que abre sus ojos al esplendor de todo lo humano, donde no está la Verdad.

Una Jerarquía que vive para el dinero y el poder. Y eso nadie lo puede negar, porque todos vivimos para eso.

Una Jerarquía que ha hecho de la Iglesia un invento de la cabeza humana, un apunte de su teología humana, una excelencia de su sordidez humana.

La Jerarquía está sorda a la Palabra de Dios. Ya no escucha la Voz de Dios. Sólo escuchan la voz de sus pensamientos humanos. Y a esa voz la llaman Voz Divina, Voluntad Divina, y así engañan al Pueblo con muchas cosas que sólo son de los hombres en la Iglesia, no de Dios.

La Jerarquía de la Iglesia sólo sabe hablar, como Francisco, y después obra lo contrario a lo que habla. Con la palabra se esfuerza por dar algo que no viven. Y lo dan de cualquier manera, con muchos errores, entreteniendo a los fieles. Y, por eso, son payasos en las predicaciones: hablan para entretener a los hombres, para que el hombre pase un rato divertido en la Iglesia y se olvide de las preocupaciones de la vida. Y, después, se dedican a hacer cosas que no pertenecen a su ministerio, y a vivir para las cosas del mundo, porque hay que hacer algo entre predicación y predicación, entre misa y misa.

Así está toda la Jerarquía, con la excepción de muy pocos.

Si el Pueblo de Dios no ama con el amor divino, tampoco los sacerdotes aman con este amor. El mal de la Iglesia son sólo sus sacerdotes. Y si ellos quieren perderse, entonces pierden a toda la Iglesia. Y, para no perderse, hay que buscar a los sacerdotes santos, que viven para Dios y quieren una Iglesia donde brille el Amor de Dios, y se oculte todo amor humano.

El pecado de Francisco: no amar a la Iglesia

frialdad

No se ama si no se obra la verdad.

Pero la Verdad no nace de la mente de un hombre, sino que nace del Pensamiento del Padre.

Muchos no saben amar porque no ven la Verdad y llaman a cualquier obra buena amor.

El Amor es la obra del Espíritu en el alma. Es lo que el Espíritu pone en el corazón para que el alma lo obre.

La enseñanza de Dios al alma es siempre una obra de amor.

Dios, cuando ama al alma, la mueve hacia una obra de amor. Esta obra de amor es realizar la misma Verdad que está en Dios. Si el hombre realiza otra verdad, aunque sea buena a sus ojos humanos, ya no ama.

El amor no es lo que el hombre hace, sino lo que Dios hace en el alma.

El amor no es lo que el hombre se encuentra en la vida, es lo que Dios produce en el alma.

El amor no es la conquista de una vida, es la realización de lo que Dios pone en el alma.

No se sabe amar porque no se sabe mirar el corazón, donde Dios ama al alma.

Mirar el corazón es ver la acción de Dios en la vida. Los hombres pierden sus tiempos mirando sus mentes humanas.

En la mente sólo está el vacío de la vida, no el amor.

En la mente, el hombre se inventa sus amores, que le llenan de placeres y de felicidad en la vida. Pero hacen que su corazón sienta el vacío del amor.

En la mente se encuentra la obra buena, pero no la obra que Dios quiere que se haga en la vida. Esa obra hay que verla en el corazón.

Francisco no ama la Iglesia. Ése es su pecado.

Un pecado que nace de su error, de su amor a la vida humana.

Porque Francisco construye su amor al hombre en su entendimiento humano, entonces hace en la Iglesia la obra de ese amor, que va en contra de la obra del amor divino.

Si el amor humano de Francisco naciera del amor divino, entonces sería un hombre bueno que no atacara a la Iglesia, sino que dejara a la Iglesia en la Verdad de lo que es.

Pero desde que inició su Pontificado, su amor al hombre está por encima del amor a la Iglesia.

No quiso ser llamado Papa, rebajó el Papado con notas externas, hizo cosas no propias de un Papa en los primeros días de su reinado, no quiso amoldarse a los escritos preparados para la predicación en la Iglesia, sino que enseguida dio sus sermones, confusos, errados, que no nacían del corazón, sino de su error en la mente.

Pasó por alto tantas advertencias que se le decía para mostrarse como tiene que ser un Papa, porque él quiere ser un hombre, acercarse al hombre, agradar a todo hombre, sentirse unido al hombre, volverse a la miseria del hombre, darle un mano, porque ama al hombre de una manera equivocada.

El amor que obra Francisco es un amor que muchos en la Iglesia tienen. Muchos ponen al hombre por encima de Dios. Y es antes el criterio de los hombres que la Mente de Cristo. Es antes la palabra de los hombres que la Palabra del Evangelio. Es antes las obras buenas humanas, que las obras santas, sagradas, en la Iglesia.

En la Iglesia se vive un falso amor, fruto del enfriamiento de la caridad de muchos.

La caridad es un fuego divino dado al corazón del hombre. Pero si ese fuego se va apagando porque el corazón se cierra a la enseñanza del amor, entonces el alma vive para la frialdad de su mente y obra con esta frialdad en la Iglesia.

Por eso, en la Iglesia se percibe odio, resentimientos, envidias, celos, mentiras, engaños, falsedades, porque el corazón está cerrado al Amor, y se vive de pensamientos, de ideas, de planes humanos en la Iglesia.

Y quien hace caminar así, buscando el camino de los hombres, es la misma Jerarquía de la Iglesia.

Francisco es ejemplo de ello cuando con los jóvenes los invitó a seguir lo que eran: independientes, ambiciosos, orgullosos, soberbios, lujuriosos. Porque esa es la idea que tiene de la juventud. Y hay que amarla de esta manera, porque para él lo primero es amar al hombre, después es ver qué hay que darle al hombre. Y si hay que ofrecerle una amistad, se la da, aunque para ello sea necesario que rebajarse con el pecado del otro.

Porque así entiende Francisco el amor al otro: abajarse a su estilo de vida, abrazar su pecado, quitarle importancia, dejárselo como un bien para su vida de hombre, y ayudarle para que esa forma de vivir sea próspera en lo humano, pero sin fijarse en el elemento espiritual, moral, de la persona.

Hay que amar a los jóvenes porque son hombres y hay que acercarse a sus vidas y ser como ellos, imitarlos en su orgullo e independencia. Hay que ser rebeldes, como ellos. Y se les ayuda para que tengan una vida de rebeldía, de placeres, de felicidad, porque eso es lo que da Dios a los hombres.

Esta forma de pensar de Francisco es la de tantos sacerdotes en la Iglesia que no saben conducir al rebaño a los pastos del amor, sino que dejan al rebaño en sus propios pastos de impureza y de rebeldía hacia Dios.

El pecado de Francisco está en sus obras. En cada cosas que hace en la Iglesia. No está en sus palabras. En las palabras está la cabeza de su error. Lo que él piensa de la vida, de la Iglesia, del sacerdocio.

En sus obras está la obra de su amor al hombre. Él habla muchas cosas, pero siempre obra este amor falsificado, errado en la raíz. No ha sido capaz de obrar un amor verdadero. Ha sido capaz de hablar lo verdadero cuando se sujeta al papel que le preparan para que no diga tonterías. Pero cuando no se sujeta a ese papel, por esa boca sale su error constantemente. No es que se equivoque en algo. Es que en todo lo que dice, cuando se pone a improvisar, cuando quiere dar su opinión, hay un error, una mentira, una falsedad. Por eso, no hay que fijarse en lo que dice. Hay que ver sus obras concretas en la Iglesia.

Y esas obras están ahí. Son muy claras. No hay que ver sus obras en lo exterior que transmite: en su falsa humildad exterior, en su necio despojo de las riquezas, en su falsa amistad por todos los hombres.

Sus obras en la Iglesia las hace como Papa, sin serlo. Pero está ahí presidiendo, no gobernando, la Iglesia. No quiere gobernarla porque no quiere ser Papa. Sólo quiere ser un hombre bueno, el Obispo de siempre, el que se va con sus camaradas y habla de las muchas cosas de la vida. En esas obras en la Iglesia, que son humanas, no divinas, está su pecado, porque hace obras en contra de la Verdad de la Iglesia, en contra de la Verdad del Evangelio, desde que inició su Pontificado.

Sus declaraciones últimas son una obra en la Iglesia, una obra de pecado. No es un conjunto de palabras. Es lo que piensa Francisco de la Iglesia, a la cual odia con su corazón, porque lo tiene cerrado al Amor Divino, que sólo puede entenderse cuando el hombre se despoja de todo lo suyo humano para revestirse de lo divino.

Francisco no quiso despojarse de sus vestiduras humanas cuando subió al Pontificado, sino que despojó al Pontificado de su realeza divina y transmite un pontificado frío, que nace de la frialdad de su entendimiento humano, porque no puede amar con el corazón a la Iglesia, al tenerlo cerrado al Amor.

Francisco no ama a la Iglesia porque ama al hombre y se queda en el hombre. Para él el centro de la vida es el hombre y la mujer. Y no hay más. Para eso vive: para el hombre, para conquistar lo humano, para ser feliz en lo humano, para dar a lo humano el brillo de lo humano.

Francisco no ama porque no sabe lo que es el Amor. Se ha inventado el amor, como han hecho tantos sacerdotes y Obispos en la Iglesia. Hoy se ama a los fieles con el pensamiento de cada uno, no con el corazón abierto a la Verdad, que trae el Amor.

Hoy se ama para quedar bien entre los hombres, para darles a los hombres lo que ellos quieren escuchar. Y no se les da la Verdad, que está en Dios -y que se refleja en el Evangelio- porque no se ama la Verdad, sino se aman las verdades que cada uno encuentra en su mente humana. Y esas verdades van en contra de la Verdad, que es la Iglesia.

La Iglesia persigue las verdades humanas. Y, entonces, hace lo que Francisco: obra el pecado, la mentira, el error que está en el pensamiento de cada sacerdote, de cada Obispo, de cada fiel. Ese error que no se quita sino despreciándolo, crucificando el pensamiento humano, pisoteando la ciencia humana, la técnica humana, la filosofía humana, que es lo que no hacen los sacerdotes ni los Obispos, ni nadie en la Iglesia.

Y ese error lleva al pecado de odio hacia la Iglesia, hacia lo divino, hacia lo santo, hacia lo sagrado. Un odio que se descubre en las palabras y en las obras, al mismo tiempo, que es lo que ha hecho Francisco.

El pecado de Francisco es el fruto de su error. Y cae en el error por su amor al dinero, amor a la vida, amor al bienestar de la vida.

Caminar hacia la Verdad

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El camino de la Iglesia lo da el Espíritu de la Verdad, que es el que lleva a toda la Iglesia hacia la Plenitud de la Verdad.

Sin la guía del Espíritu, la Iglesia se confunde con los pensamientos de los hombres y camina mal.

Cuando el hombre sigue su pensamiento humano, ya no sigue al Espíritu, que es el problema, no sólo de Francisco, sino de muchos en la Jerarquía Eclesiástica.

La Verdad de la Iglesia nace del Pensamiento del Padre. Y los pensamientos de Dios no son como los pensamientos de los hombres. Los hombres, cuando piensan, sólo ven ideas, razones. Dios, cuando piensa, vive, no se instala en una idea, como hace el hombre.

Al hombre le gusta pensar, le agrada ir de idea en idea. Le gusta construir edificios de ideas, más o menos, colocados para levantar una vida en el pensamiento. Pero, después, cuando quiere poner ese edificio en práctica, ve que no puede. Vive algunas ideas, pero no puede vivir todas. Por eso, hay tantas filosofías de la vida que sólo dan ideas, pero no pueden hacer vivir la vida.

El Pensamiento de Dios es una Vida y, por eso, no es algo estático, no es algo relativo, no es algo para un tiempo, no es algo que se pueda medir con los conocimientos del hombre.

Dios, cuando piensa, vive eso que piensa. Dios, cuando habla, obra lo que habla. Dios, cuando decide algo, lo da en la vida.

Por eso, Dios hace Su Iglesia en la Roca de la Verdad, que es Su Palabra, que es Su Hijo. Y Su Hijo es la Palabra del Pensamiento del Padre. Es una Palabra, no es una idea racional, no es un concepto humano, no es un plan humano.

La Palabra viene de la Verdad del Pensamiento del Padre: “Tu Palabra es Verdad” (Jn 17, 17).

Jesús es la Verdad, porque el Padre es la Verdad. Y es una Verdad Absoluta, es decir, sin límites, sin condiciones, sin cercanías con las demás verdades que los hombres adquieren con su inteligencia humana.

Dios da la Verdad a Su Iglesia en Su Palabra. Y Dios hace de Su Palabra el alimento de las almas. Y lo que está escrito en Su Palabra eso es la Verdad.

Y, por eso, no se puede interpretar el Evangelio de cualquier manera, según está en el pensamiento de cada hombre, según lo estudia cada hombre, según lo ve cada hombre.

La interpretación del Evangelio la da el Espíritu de la Verdad. Pero la da al humilde de corazón, no a los soberbios que quieren escudriñar las Escrituras para encontrar sus verdades, las que tienen en sus entendimientos humanos, para instalarse en esas verdades, y no ir hacia la Verdad.

Por eso, Jesús enseña la Verdad en su Palabra, en los Evangelios.

Y cuando Jesús lava los pies a los hombres está enseñando la Verdad. Y no está la verdad en lavar los pies a las mujeres. Lavarlos es sólo el fruto del entendimiento humano que busca sus verdades, busca sus caminos, busca sus razones para hacer la obra que quiere esa persona. Y esa obra se aparta de la Obra de la Verdad, que es lavar los pies a los hombres.

Y, cuando los hombres quieren desfigurar la Verdad del Evangelio, entonces ponen sus mentiras como la Verdad. Y obran sus mentiras como la Obra de la Verdad. Y esa mentira se convierte en una realidad, porque todo el mundo la obra sin más.

Es una realidad que muchos sacerdotes lavan los pies de las mujeres en la Misa del Jueves Santo. Y no se ve eso como un pecado, como algo en contra de la Enseñanza de Jesús en el Evangelio.

Los sacerdotes obran ese pecado y lo enseñan como una verdad. Y nadie dice nada. Y nadie se molesta. Y todos lo ven como algo normal, natural, innovador que se hace en la Iglesia.

Es un gran pecado lavar los pies de las mujeres en la Misa del Jueves Santo. Pero el hombre, con su entendimiento, ya no lo ve como un gran pecado, ni siquiera como pecado.

El hombre, con su entendimiento, lo ve como algo que hay que hacer porque también la Iglesia es para las mujeres. También tienen derecho a ser sacerdotes. También tienen derecho a gobernar la Iglesia. También tienen derecho a decidir la vida de la Iglesia y llevarla a la santidad.

Para muchos sacerdotes el papel de la mujer debe ser en la Iglesia como el papel de los hombres. Y esto lo dicen porque han desfigurado la Escritura con sus ciencias teológicas, con sus ciencias humanas, con sus filosofías de la vida. Se han perdido en los caminos de su entendimiento humano y han fabricado edificios de ideas que, en la práctica, no saben vivir, no pueden vivir. Y, por eso, se dedican a hacer obras para imponer su idea: la idea de que la mujer debe estar en la Iglesia como los hombres lo están.

Es la idea de la mujer igualada al hombre. Es la idea que va contra la Verdad del Evangelio: el varón es la cabeza de la mujer. La mujer tiene que estar sujeta al varón.

Esta Verdad ya nadie la sigue en la Iglesia, porque no han comprendido el papel de la Mujer en la Iglesia. Hoy las mujeres no quieren ser como la Mujer, como la Virgen María. Quieren ser como los hombres, como Jesús.

Y la Virgen María no fue sacerdote. Tiene el sacerdocio, pero no el ministerio ni la consagración del Sacerdocio. El Sacerdocio es una cosa, la Virgen María es otra cosa en la Iglesia. Y, cada uno, debe obrar su misión en la Iglesia, aquello para lo cual Dios ha creado cada cosa.

Pero como a los hombres les gusta inventar la Iglesia, les gusta buscar caminos nuevos en la Iglesia, les gusta agradar al mundo y a los pensamientos de los hombres, entonces caen en este gran pecado de lavar los pies a las mujeres.

¿Qué es la Verdad? Se preguntan muchos sacerdotes, haciéndose la misma pregunta que hizo Pilatos a Jesús. Y se responden diciendo que la verdad está en cada uno, en cada mente humana, en cada idea humana. La verdad es algo del hombre, está referida al hombre, se relaciona con el hombre. Y, entonces, según los tiempos de los hombres hay que obrar ciertas verdades. Y si antes se obró el lavar los pies a los hombres, porque convenía con un tiempo. Ahora hay que comenzar a lavar los pies de las mujeres, porque es otro tiempo, más nuevo para la Iglesia, con otras ideas más revolucionarias para la Iglesia, con otras cosas propias de los hombres y del mundo.

Y, entonces, cuando un Papa obra esta mentira, como lo ha hecho Francisco a los pocos días de subir al Papado, todos están conformes con eso. Nadie dice nada. Porque es Papa. Nadie recurre a la Verdad del Evangelio y le enseña a Francisco esa Verdad. Y nadie la pregunta: entonces, ¿qué es la Verdad? ¿Lo que hizo Jesús o lo que haces tú?

¿Por qué haces eso? ¿Dónde Jesús enseña a lavar los pies a las mujeres? ¿Imitar a Cristo es imitarte a ti, porque tienes el cargo de ser Vicario de Cristo en la Tierra? ¿Tenemos que seguirte a ti porque eres el Vicario de Cristo, aunque tus obras no sean las de Cristo? ¿Tus obras son las que valen?¿Las obras que Cristo dejó en su Evangelio ya no valen, ya no sirven? Entonces, ¿qué es el Evangelio? ¿Un producto de la mente humana, de los tiempos de los hombres, de las modas de los hombres?

Si veo que tú no haces las obras de Cristo, ¿me vas a pedir obediencia a ti? ¿Vas a exigirme que me ponga de rodillas ante ti para someterme a tu pensamiento humano cuando tú obras una mentira? ¿Quién eres tú para enseñar la mentira a la Iglesia? ¿Quién te crees que eres para hacer caminar a la Iglesia hacia tu mentira?

Francisco: no amas a la Iglesia. Tus obras demuestran tu odio a la Verdad de la Iglesia. Y tus obras son lo que hay en tu corazón. Y tu corazón es un amasijo de mentiras que obran el amor que tienes en tu mente y que das con tu boca. Y ese amor te condena por sus obras de maldad.

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