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Abierta la puerta al divorcio en la Iglesia

«Y por cuanto en vuestro Foro predominan las causas matrimoniales, la Sagrada Rota Romana tiene la gloria de ser el Tribunal de la familia cristiana, humilde o noble, rica o pobre, en la cual entra la justicia para hacer triunfar la ley divina en la unión conyugal, cual defensora del vínculo indisoluble, de la plena libertad del consentimiento en la unidad de vida, de la santidad del sacramento. Por ello vosotros, con cuidado muy atento, examináis y ponderáis las declaraciones de las partes, los testigos, las relaciones de los peritos, los documentos, los indicios, a fin de lograr descubrir posibles fraudes y para impedir así la violación de un tálamo bendecido, en que el Creador puso la fuente de la multiplicación del género humano, de los compañeros de los bienaventurados ángeles hasta la consumación de los siglos, cuando los innumerables grupos de hijos de Adán se presentarán ante el Tribunal de Cristo, juez de vivos y de muertos, para dar cuenta de sus obras, buenas o malas» (Pío XII -De la Alocución Mentre il tumulto, a la Rota Romana, en la Inauguración del Año Jurídico, 1 octubre 1940).

Jesús sólo dio a Pedro las llaves de la Iglesia. No son los Obispos los que deciden en el asunto de la anulación de un matrimonio. Es el Papa, con su Tribunal Romano, el que da validez o anulación a un matrimonio.

Por eso, los juicios de los Tribunales ordinarios sobre un matrimonio pasan a otro tribunal, a otra instancia superior, que dé valor a lo juzgado por el Obispo. El juicio de un Obispo, en materia de anulación de un Sacramento, no es la llave de la Iglesia. Esto es muy importante a tener en cuenta. No se está hablando de la potestad de juzgar la conciencia interna de una persona, sino de la potestad de anular un vínculo que pertenece a dos personas y que constituye su vida matrimonial, que es el camino de salvación en sus vidas.

En el juicio sobre la nulidad o validez del matrimonio hay que observar todos los trámites por la suma gravedad y trascendencia de este asunto. Tiene que ser minucioso. Debe llevar su tiempo. Y, por eso, no es posible un proceso breve. No existen casos «en que la nulidad esté sostenida por argumentos particularmente evidentes» (Bergoglio), porque siempre se ha de suponer que existe el vínculo matrimonial. Siempre.

Nunca es evidente una anulación matrimonial.

«Vuestro primer afán de servicio al amor será, pues, reconocer el pleno valor del matrimonio, respetar del mejor modo posible su existencia, proteger a quienes ha unido en una sola familia. Sólo por razones válidas y por hechos probados se podrá poner en duda su existencia y declarar su nulidad. El primer deber que os incumbe es el respeto al hombre que ha dado su palabra, ha expresado su consentimiento y ha hecho así don total de sí mismo» (Juan Pablo II – Del Discurso Sono lieto, a la Rota Romana, en la Inauguración del Año Jurídico, 28 enero 1982).

El primer afán de todo juez eclesiástico es reconocer que existe un matrimonio, a pesar de todos los problemas que se vean en esa familia. Hay que proteger el Sacramento del Matrimonio. No hay que destrozarlo con estas reformas, propias de un hereje, de un apóstata  y de un cismático.

Razones válidas y hechos probados: no hay nada evidente, no hay argumentos particularmente evidentes. Todo lo que traiga la pareja hay que ponerlo a discusión, porque hay que proteger el vínculo matrimonial, que es lo más sagrado  y divino en los cónyuges.

Se ha reformado el código para esto: para meter la trampa del divorcio.

Se ha anulado el Canon 1676, que decía: «Antes de aceptar una causa y siempre que vea alguna esperanza de éxito, el juez empleará medios pastorales para inducir a los cónyuges, si es posible, a convalidar su matrimonio y a restablecer la convivencia conyugal».

Porque ya no hay que convencer a los cónyuges que están casados, que el vínculo del matrimonio es para siempre y que, por tanto, ni los problemas de la vida ni los pecados son causa para romper un matrimonio.

Se ha reformado con esta nueva ley: «El juez, antes de aceptar la causa, debe tener la certeza de que el matrimonio fracasó irreparablemente, de modo que sea imposible restablecer la convivencia conyugal» (Can 1675).

Fuera proselitismo, fuera predicación del Evangelio, fuera conversión del alma. Se exige la certeza de que ese matrimonio no sirve para nada. El matrimonio fracasó. Ya el fundamento del juicio no es el vínculo. No se comienza porque existe un vínculo. Es sólo un matrimonio roto, irreparable. Por lo tanto, abierto el camino para encontrar una nulidad lo más pronto posible, porque los dos están sufriendo mucho y quieren casarse de nuevo y comulgar.

Es llorar por la vida de los hombres, pero condenando las almas a la oscuridad del pecado, justificando sus pecados.

Se ha perdido la figura del defensor del matrimonio: la Rota Romana es un tribunal que defiende el vínculo matrimonial, no que anula matrimonios. Esta es la grandeza de la Rota, que Bergoglio se la ha cargado.

Ahora, son los Obispos los que atacan el vínculo, los que anulan matrimonios, con un tribunal de tres jueces: un clérigo y dos laicos. Gente experta en ciencias jurídicas o humanas (Cf. Can 1673, § 3 y § 4). Ya no son abogados eclesiásticos. Son abogados civiles que también tratan asuntos eclesiásticos. Y es el juez principal un sacerdote, que no tiene potestad para juzgar porque no posee la plenitud del sacerdocio.

Esto es muy grave, porque lo civil de un matrimonio sólo pertenece al juez civil; lo eclesiástico al juez eclesiástico. Bergoglio junta las dos cosas. Señal de que, en su mente, el matrimonio es sólo un asunto humano, que se resuelve por caminos humanos.

Y tanto que habla que son los Obispos los jueces y, después, pone al frente del tribunal a un clérigo para resolver los anulaciones más breves.

Ha puesto algo nuevo: «El tribunal de segunda instancia para la validez debe ser siempre colegial», es decir, no hay que ir a Roma para liquidar un matrimonio. Es suficiente que en el Obispado se halle otro tribunal para que dé validez al matrimonio, en caso de apelación.

Sólo hay una sentencia: «La sentencia que por la primera vuelta ha declarado la nulidad del matrimonio… se convierte en ejecutiva» (Can 1679). Ya los cónyuges no tienen que esperar el juicio de una instancia superior, como la Rota, y pueden casarse, si quieren con otra persona.  Es ejecutiva. Es un hecho la anulación en primera instancia.

Si apelan, entonces se constituye otro tribunal que resuelva la apelación. La Rota Romana ha dejado de existir. Ahora sólo queda la Sede Metropolitana: «Conviene que se restablezca el recurso a la Sede del Metropolitano ya que ese oficio de cabeza de la provincia eclesiástica, estable a lo largo de los siglos, es un signo característico de la sinodalidad de la Iglesia» (Bergoglio).

Es la cuestión de la Sinodalidad, es decir, del cisma. Los Obispos, que se juntan en un Sínodo, para votar por la opinión más bonita y agradable para todos.

Hay que recurrir al Obispo, no al Papa. El Papa, con Bergoglio, es sólo una figura vacía, una carcasa sin vida, un monstruo de dos cabezas.

«Es conveniente, de todas formas, que se mantenga el recurso al Tribunal ordinario de la Sede Apostólica, es decir a la Rota Romana, respetando un principio jurídico antiquísimo, para que se refuerce el vínculo entre la Sede de Pedro y las Iglesias particulares, vigilando sin embargo, en la disciplina de dicho recurso, para contener cualquier abuso de derecho para que no se perjudique la salvación de las almas» (Bergoglio).

¿Ven la desfachatez de la mente de este hombre?

Es conveniente que se mantengan las formas exteriores, pero que en la práctica no se cumplan: hay que vigilar la disciplina de dicho recurso, para que no sea como ahora, que todo va a la Rota.

No hay que perjudicar la salvación de las almas.

Es decir, no hay que perjudicar la nulidad rápida, el proceso breve, en donde cualquier sacerdote, sin examinar los casos, puede resolver:

«el recurso a los hechos y circunstancias de las personas, apoyadas por testimonios o documentos, que no requieren de una investigación o de una instrucción más completa, y que pone de manifiesto la nulidad» (Can 1683).

Si los dos dicen que su matrimonio es nulo, y lo apoyan con hechos, con documentos, con testigos, entonces no hay que investigar más. Ni siquiera si esos documentos son verdaderos o falsos. Es el testimonio de los dos. Eso vale.

Esta es la desfachatez de este hombre: habla de salvación de las almas y las está condenando al infierno.

«Por ello vosotros, con cuidado muy atento, examináis y ponderáis las declaraciones de las partes, los testigos, las relaciones de los peritos, los documentos, los indicios, a fin de lograr descubrir posibles fraudes y para impedir así la violación de un tálamo bendecido…».

¿Dónde queda esta enseñanza de Pío XII con Bergoglio? En la basura.

Hay que examinar y ponderar todas las declaraciones, todos los documentos, todos los testigos. No es posible un proceso rápido.

Esta es la verdad que anula Bergoglio.

La Sagrada Rota Romana tiene la gloria de ser el Tribunal de la familia cristiana, porque todos los casos matrimoniales pasan por Ella. Porque es un tribunal que no anula matrimonios, sino que vela por todos los matrimonios.

Ahora, los tribunales de la familia serán compuestos por personas del pueblo que no tienen ni idea de lo que es el vínculo matrimonial, y que se dedican a romperlo todo.

Bergoglio ha anulado el segundo juicio, con lo cual ha declarado el cisma en la Iglesia. Ha anulado el Tribunal de Rota, que es el sello de la Iglesia en cuestión del matrimonio.

Bergoglio ha puesto al Obispo como el que resuelve el asunto de los matrimonios: él mismo está declarando que no es Papa de la Iglesia Católica, que no posee la Mente de Cristo, que no es regido por el Espíritu de Pedro.

¿A dónde la Iglesia va a llegar?

Al cisma, el gran cisma. Cisma creado por ellos, no por los verdaderos católicos. Éstos tienen que sufrir la persecución de los herejes que se visten de sacerdotes y Obispos para declarar que la Verdad, que el Magisterio de la Iglesia, es una herejía.

Esta reforma del derecho matrimonial es una catástrofe, que indica la cancelación del vínculo matrimonial procurando el divorcio rápido en la Iglesia.

Se convierte los Tribunales ordinarios de la Iglesia en simples colegios civiles en donde se juzga el problema de la persona, pero no su vida espiritual.

«Entre las circunstancias que pueden permitir la tramitación de la causa de nulidad del matrimonio por medio del proceso más corto… se encuentran, por ejemplo: esa falta de fe que puede generar la simulación del consenso o el error que determina la voluntad, la brevedad de la convivencia conyugal….» (Art. 14).

La falta de fe que genera una simulación de la voluntad: esta es la primera mentira.

Una cosa es no tener fe; otra cosa es simular la voluntad, engañar.

Un hombre puede tener fe y no casarse, porque engañó a la hora de dar su voluntad. Su sí es un no.

El problema de la intención en la voluntad no se resuelve en un proceso corto. Es precisamente este problema el que lleva a buscar más instancias superiores para no equivocarse en el juicio.

El Sacramento del Matrimonio da la gracia a los que se casan, aunque su fe sea débil o pobre. Cuando hay intención y voluntad en casarse, siempre hay matrimonio. Porque en la Iglesia, antes de todo matrimonio, se enseña a los que se van a casar lo que es un matrimonio por la Iglesia, lo que significa ese Matrimonio para la vida de la fe.

Nadie va ignorante a un matrimonio.

Lo que impide y anula un matrimonio es la voluntad perversa de no casarse. No hay intención. Y esto hay que demostrarlo al detalle. Y lleva su tiempo muy largo.

Para que los dos se casen válidamente sólo tienen que saber que el matrimonio es uno e indisoluble, y que está abierto a la vida.

Todos conocen esto. Luego, hay muy pocos matrimonios nulos. La gente sabe a qué va al matrimonio por la Iglesia.

La falta de fe no genera la simulación de la voluntad, porque la fe no está en la voluntad, en la intención del que se casa. La persona es libre para casarse o no casarse, tenga o no tenga fe. La voluntad de la persona no depende de su fe para obrar, para elegir.

Este es el sentimentalismo propio de los modernistas: meten la mera declaración subjetiva de ignorancia o de carencia de fe para anular un matrimonio. Esto es abominable.

Esto es cerrar las puertas del Paraíso a muchos hombres y mujeres que van a buscar el divorcio rápido.

Si has fracasado en tu matrimonio entonces vive en absoluta castidad, no queriendo otra unión para tu vida. Y sólo así la comunión sacramental tiene valor.

Pero se da a la gente el camino parar vivir sus impurezas, sus lujurias, colgados de una ley infame.

El sacrificio de la castidad se anula para justificar el pecado con estas leyes abominables.

Si hay error en la voluntad, no es posible discernirlo en un proceso corto. Hay que examinar ese error, que no es en la voluntad, sino en el entendimiento, y ver de qué manera influyó en la voluntad. Y esto no lo sabe hacer hombres llenos de jurisprudencia y de humanismo. Hay que meterse en el alma, mirar un alma y ver hasta qué punto estaba influenciada por ese error.

Esta reforma de Bergoglio es anatema: va en contra del Evangelio de Cristo. Busca sólo el favor de los hombres, el agradar al mundo, el tener contento y dar felicidad a los hombres. Y eso es contrario a quien se dice Siervo de Cristo. Esto lo hace un anticristo, como Bergoglio.

¡La brevedad de la convivencia conyugal! ¿Desde cuándo esto es un impedimento para el matrimonio?

¿Los encuentros conyugales tienen que ser largos para que el matrimonio sea válido?

¿Cómo se mide esa brevedad para dar un juicio justo?

¿Cómo se hace eso en un proceso corto?

Bergoglio es un hombre sin inteligencia: necio, estúpido y loco. Un idiota que sólo sabe hablar lo que tiene en su mente humana.

Todas las circunstancias de que habla Bergoglio para permitir un proceso breve son para el proceso largo y con la Rota Romana.

«Vuestro trabajo es judicial, pero vuestra misión es evangélica, eclesial y sacerdotal, sin que pierda su carácter de humanitaria y social» (Juan Pablo II – Del Discurso È per me, al Tribunal de la Rota Romana, 30 enero 1986).

La misión de todo juez en la Iglesia es dar el Evangelio en lo que juzga, unir en la comunión con la Iglesia con los dictámenes de sus juicios y, sobre todo, salvar las almas de los que buscan la anulación del matrimonio.

Salvar sus almas, no poner leyes que conduzcan por atajos a la anulación del matrimonio.

Bergoglio dice que ha seguido las huellas de sus predecesores para impulsar esta reforma. Lo que ha seguido ha sido su mente perversa para dar esta falacia a todos.

¡Qué gran engaño para todos es Bergoglio! Y muchos todavía no quieren verlo.

Por sus obras los conoceréis.

Bergoglio es el «pastor ídolo, que será y estará donde quieren sus amos» (Valtorta). Ahí lo ha puesto la masonería, sus amos, para destrozar toda la Iglesia.

Contemplamos una Jerarquía podrida en Roma

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«Como ustedes no ven ni el cambio ni el desorden, ni la provocación dirigida al mismo Dios en Su propia Iglesia, Yo, Jesús, Dios y Sacerdote por excelencia, retiro las piedras muertas, las que aprisionan Mi Verdad muy santa ; hago caer todo lo que está podrido y que esconde Mi Santa Luz» (J.N.S.R., Témoins de la Croix, Résiac, France, 1997, tome 4, p. 375).

¿Por qué hay tantas almas en la Iglesia que no ven la verdad? Porque ya no son de la Verdad, no son de la Iglesia, no son de Cristo.

La Iglesia es la Obra del Espíritu. Es el Espíritu el que mueve a las almas a obrar. Es el Espíritu el que da al alma la Verdad que tiene que obrar. Es el Espíritu el que ofrece la Vida al alma para que pueda obrar la Verdad.

Sin la moción del Espíritu, el alma no puede salir de su vida de pecado.

Sin la Inteligencia del Espíritu, el alma no conoce la Verdad y no puede quitar la mentira en su vida.

Sin el Amor del Espíritu, el alma no puede obrar lo divino, lo santo, lo sagrado, en su vida humana.

El Espíritu: mueve, da inteligencia y ama. Mueve para una obra de verdad divina, para que el alma salga de su visión humana, natural, de la existencia, y se ponga en la realidad divina.

El hombre, que vive lo humano, no ve lo real, el mundo real, que es siempre un mundo espiritual. El hombre sólo atiende a lo que ve con sus ojos naturales; sólo comprende lo que su mente capta, sintetiza, analiza. El hombre sólo vive en un mundo exterior, de muchas formas, modos, maneras, que no son la realidad de su vida.

El hombre está inmerso en un mundo que no puede percibirlo con sus propios medios humanos. Un mundo que tiene que revelarse al hombre para que éste se dé cuenta, para que preste atención, para que comprenda el camino de su vida.

Nada que obre el hombre, ninguna cosa que pasa por su inteligencia, es por el hombre. El hombre no se da cuenta de quién le hace pensar. Sólo ve su idea en su cabeza, pero no ve quién ha puesto esa idea en su cabeza. Y el hombre se cree que ha sido él mismo el que ha tenido esa idea. Y su ignorancia es su soberbia. El soberbio sólo ve su pensamiento humano, pero no ve de dónde viene la idea a su pensamiento; no ve quién la puso ahí.

¿Cómo ustedes no ven el cambio en la Iglesia? Por su soberbia. Y ¿cuál es la acción del Señor ante la soberbia del hombre? Una Justicia: «hago caer todo lo que está podrido y que esconde Mi Santa Luz».

Estamos en la Iglesia presenciando la caída de toda una Jerarquía podrida en el pecado y que se ha caracterizado por esconder la Verdad, la luz del Espíritu en la Iglesia: «Pastores, obispos, fieles, todos luchan contra lo sobrenatural santo y adorable que Dios descubre hoy a Sus más pequeños, para todos Sus hijos que lo escuchan» (La Virgen María en : J.N.S.R., Témoins de la Croix, Résiac, France, 1997, tome 4, p. 160).

Una Iglesia que combate a Dios en Sus Profetas, y eso supone destruir la Iglesia. La Iglesia no la hacen los hombres, la Jerarquía, sino el Espíritu. Una Jerarquía que no cree en los profetas, sino que los obstaculiza de muchas maneras, destruye la misma Iglesia. Cristo habla a la Iglesia por Sus Profetas, por Su Espíritu. Y un sacerdote que no sea Profeta no es sacerdote. Una Iglesia que comete el mismo pecado del cual no hay perdón: «Mi Iglesia actual rechaza las manifestaciones de Mi Espíritu Santo; Ella Lo condena abiertamente y se condena a la vez Ella misma, pues he dicho que no blasfemen contra el Espíritu. Pero tantos, en Mi Iglesia, Me rechazan, que les envío a ustedes, los pequeños, darla nueva vida aportándola Mis Mensajes. (…) La Iglesia condena al Espíritu Santo, al cual Ella le prohíbe hablar… ¿Cómo quieres que Yo Me calle, hijita, ante tanta rebeldía contra Mí ?… ¿Cómo puedo Yo dejar Mi Iglesia ir a su perdición viviendo sin Mi Espíritu Santo? Eso no será; Yo la defenderé a pesar de todos» (Françoise, Jésus-Christ révèle aux siens ce qu’est la franc-maçonnerie, Éditions du Parvis, Suisse, 1998, pp. 53-54).

Hoy, en la realidad de una Iglesia que ha perdido su alma, el Espíritu, sólo Jesús la lleva en sus brazos. Sólo Él la guía hacia la Verdad sin apoyarse en ninguna Jerarquía, porque ya no creen en Cristo. Ya no creen en la vocación que Cristo les ha dado: ser otros Cristos. Sólo creen en sus inteligencias humanas, en sus conquistas humanas, en sus obras de hombres. Sólo creen en su humanidad podrida.

Este Misterio es el que estamos viviendo. Cuando un Papa ha renunciado a ser Papa (= y eso es blasfemar contra el Espíritu) y un hombre se ha puesto como falso Papa (= y eso es una blasfemia contra el Espíritu), a Dios no le queda más remedio que retirarse de Su Iglesia, la Iglesia concebida por el hombre en sus estructuras exteriores, humanas, naturales, materiales. Y, dejando lo exterior en manos de los hombres, Jesús guía Su Iglesia en cada corazón del que cree.

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Ustedes Me demandan pruebas; que Yo existo, que soy Viviente, que hablo otra vez hoy, que les doy las señales de Mi presencia entre ustedes…Cada uno de ustedes es la señal viviente de Mi existencia.

Ustedes son como los fariseos: delante de ellos se encontraba la Verdad y la buscaban en otra parte, en las Escrituras. Hoy, otra vez ustedes están en la búsqueda de algo sensacional y tienen ante ustedes lo Esencial. Y todo esto que ustedes ven y escuchan de Mí al mismo instante lo ponen en duda. Hombres de poca fe….

Me anuncio Yo mismo y ustedes Me echan de Mi Tierra. Yo les hablo y ustedes se hacen los sordos. Yo Me acerco a salvarlos y ustedes rehusan Mi Mano. Ustedes escogen las tinieblas; prefieren la duda, se esconden detrás de su incredulidad; ustedes dudan que Dios pueda descender de los Cielos para advertir a Sus hijos del peligro que les amenaza.

¿Cómo puede Dios, que los ama, dejarlos en ese marasmo y en la decadencia que ustedes han creado con todas sus falsas ideas, sus principios inmorales, su orgullo insensato?

El fango que les cubre, parece ya liga: mientras más se mueven más se ahogan: el mundo entero se asfixia y el hombre es su propio verdugo.

Ustedes piensan que Dios puede quedarse indiferente y que no regresará para restablecer el orden en todas cosas que Él ha creado para el bien del hombre, y que han destruido con sus manos.

Piensan ustedes que Dios ya no puede regresar sobre la Tierra donde ha vivido entre sus hermanos humanos y donde ha dado Su Vida por Sus amigos y también por Sus enemigos. Mis hermanos, Mis hijos, Yo regreso para darles la esperanza» (J.N.S.R., Témoins de la Croix, Résiac, France, 1997, tome 4, pp. 108-109).

Esta es la principal blasfemia de la Jerarquía eclesiástica: no creen que Jesús venga de nuevo. Viene, pero para juzgar en el último día. Pero no viene para instaurar su Reino Glorioso. Por eso, la Iglesia está abocada a un comunismo: a un reino material, humano. A un mesianismo, a encontrar un rey humano que sirva para dar un gusto a los hombres. Este es el sentido del nuevo orden mundial y de la reunión de todas las iglesias en una. Y esto que buscan los hombres es sólo por su soberbia: por una idea que el demonio ha puesto en los hombres. Y esa idea dirige a muchos hombres para conseguir lo que quiere el demonio.

Jesús viene para instaurar Su Reino. Esto es lo que el demonio quiere impedir a toda costa. Y, por eso, ha puesto dos divisiones en la Iglesia: una en el Papado; otra en la fe. Esas dos divisiones son la obra del demonio dentro de la Iglesia, con un falso Papa, con uno que usurpa el Papado, que está sentado en la Silla sólo para poner estas dos divisiones.

La señal de que la Iglesia se destruye es lo que pasa en Roma:

1. un hombre que no da continuidad al Papado, sino que lo rompe: «Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización» (EG – n 32).

Primero: el Papado no se puede tocar porque es un dogma de fe. La persona del Papa la ha puesto el mismo Jesucristo en Su Iglesia. No es posible la conversión del Papado. La persona del Papa tiene que tener Espíritu para ser fiel a Jesucristo, para poder comprender lo que Jesús quiere de un Papa. Francisco es un hombre sin ningún Espíritu. Y, por eso, pone su coletilla: «necesidades actuales de la evangelización». Francisco ha tocado el Papado: su gobierno horizontal. Esto significa romper el dogma del Papado. Ahora, busca unas nuevas leyes para poder obrar su nuevo y falso Papado. Ésta, su herejía, da a la Iglesia la ruptura en la Cabeza, que es la primera división. Una Iglesia, que se divide en la Cabeza, ya no es más la Iglesia de Cristo. Es la Iglesia de los hombres. Es la Iglesia podrida de la humanidad.

Segundo: Francisco habla como Obispo de Roma, es decir como persona particular, privada en la Iglesia. Por tanto, su opinión, que es herética y cismática, la Iglesia Católica no puede aceptarla. Francisco no puede hablar como el Sucesor de Pedro. ¡Y él lo sabe!. Por eso, siempre dice: Obispo de Roma. Y el Papa verdadero, si quiere ser persona pública, habla como el Vicario de Cristo. Cuando un Papa habla como Obispo de Roma no habla como Papa, sino como persona particular, privada. Ningún Papa legítimo habla en la Iglesia como Obispo de Roma. Aquí tienen una señal más de que Francisco no es el Papa verdadero, sino un usurpador del Papado.

Tercero: Un Papa legítimo escucha a todo el mundo en la Iglesia, pero sólo hace caso a Jesucristo. Sin vida espiritual, entonces Francisco hace su jugada: quiero opiniones para destruir el Papado. Y pone una excusa, que sólo se la cree él: para que el ejercicio en el ministerio se «vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle». Esto sólo se lo cree él porque la fe, para Francisco, es un acto mental, un recuerdo, un ir a la historia y ver qué hacían los Apóstoles en ese tiempo y ponerlo, pero en el tiempo actual: según las «necesidades actuales de la evangelización». Siempre, cuando Francisco habla, recurre a su lenguaje humano, a su juego, a su jerga. Como la fe es un recordar el pasado para poner un nuevo presente; entonces hagamos memoria de la Iglesia, hagamos memoria de la vida de Cristo, hagamos memoria de las necesidades de los hombres en sus culturas, y apañemos el Evangelio para darle un gusto al hombre. Este es todo el juego de Francisco cuando habla.

Cuarto: Francisco vive su mentira: «estoy llamado a vivir». ¿Qué cosa? Mi mentira, mi pecado: la «conversión del papado». Luego, como ya vivo mi pecado, cómo mi vida es la obra de mi pecado, como soy podredumbre en mi pecado, como me senté en la Silla de Pedro para tumbar a Pedro, entonces pongamos el camino para que también los demás vivan mi pecado y sean una iglesia podrida en el pecado. Y, para hacer esto, habla como Obispo; porque no puede hablar como Papa. Francisco ha puesto el camino, dentro de las estructuras de la Iglesia, para condenar almas.

Estos cuatro puntos nadie los ve, nadie los discierne cuando leen a Francisco. Y están ahí. Y, ¿por qué no se ve esta Verdad? Por la soberbia. No se quiere ver la Verdad. Todos se apoyan en el lenguaje humano de Francisco para asentir con su mente a la mentira que Francisco habla por su boca.

2. un hombre que divide la fe en Cristo y en la Iglesia: «Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes» (EG – n. 250s).

Primero: la Verdad no se discute, no se dialoga, no se piensa, sino que se cree. Si no hay humildad en la persona, no se puede aceptar la Verdad, que es siempre algo Absoluta; nunca es relativa al hombre o a su vida. Es algo que viene de Dios y que es obligatorio al hombre asentir con su mente a la Verdad que da Dios. El hombre tiene que abajarse para acoger la Verdad. Tiene que dejar a un lado sus pensamientos verdaderos, para poder entender lo que es verdadero en Dios. Por tanto, Francisco está en su juego: «Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo». Hay que abrirse a la verdad que cada uno posee en su mente humana. Éste es el juego, el lenguaje de Francisco. Francisco no puede enseñar que la Verdad la trae el Espíritu y, por tanto, hay que tener una actitud de apertura al Espíritu. Hay que abrirse al Espíritu, no a los hombres. Hay que hablar con el Espíritu, no con los hombres. Hay que hacer caso al Espíritu, no a los hombres. «La verdadera apertura implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa, pero abierto a comprender las del otro y sabiendo que el diálogo realmente puede enriquecer a cada uno» (Ibidem). Su herejía es clara: sé católico, pero también sé budista, judío, protestante, etc. Francisco no dice: mantente en la Tradición y combate el error. No, no puede decir esto. Tiene que decir, con bellas palabras, pero que son una blasfemia: Sé tradicional, pero abierto a las verdades que los otros tienen y que te enriquecen, te dan una verdad que no posee tu tradicionalismo, porque es un fundamentalismo.

Segundo: Al ser la Verdad Absoluta, quien quiera ser de la Verdad tiene que dejar sus pecados, sus errores, sus ideas humanas, aunque sean las más perfectas. La Verdad es divina, no humana. Y, por tanto, quien es de la Verdad no es de los hombres. Y esto es lo que no aguanta Francisco: «a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes». Como a todos los hombres les gustan sus ideas, sus juicios, sus opiniones, sus dogmas, entonces es necesario crear un clima para acoger los fundamentalismos de todo el mundo. Con esto está declarando que todas las confesiones religiosas son verdaderas. Con esto está diciendo que la Iglesia Católica no tiene toda la Verdad, sino que tiene verdades que son fundamentalistas, que hacen que la gente se quede colgada en su juicio y no avance a la conversión del Papado, de la Iglesia, de la doctrina de Cristo, de sus dogmas. Y, por eso, dice su gran blasfemia: «Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo…» (EG – n. 254s). Este texto revela el alma de Francisco: quiere una Iglesia universal, no católica. Los no cristianos están justificados –por su conciencia- mediante la Gracia. Esta es la demencia senil de ese hombre. Es su locura. Es su gran ignorancia de la vida de la Iglesia, de lo que es la Iglesia, de lo que es la Verdad y de lo que es el pecado.

Tercero: Al negar que la Iglesia Católica posea la Verdad Absoluta y que, por tanto, las demás iglesias también valen (los no cristianos ya viven en gracia), está declarando la anulación del dogma, de todos los dogmas. Y esta es la división de la fe. Por eso, fue a Jerusalén a dar comienzo a esta división. El pensamiento que está en su bazofia de encíclica lo obró en Jerusalén. Ahí comenzó, la obra de la destrucción de la Iglesia. En la primera división, en su gobierno horizontal, comenzó la destrucción de Cristo como Cabeza. En esta segunda división, comienza la destrucción de Cristo como Cuerpo.

Estas cosas, hoy día, nadie las analiza, porque todos están viendo a Francisco como lo que no es: no es Papa. Es un usurpador del Papado. Todos los ven como Papa. Y es lo que hay que analizar en el gobierno de Francisco. Éste es el gran error. Éste es el gran engaño. Éste es el gran castigo de Dios a Su Iglesia.

«El Papa Juan Pablo II es aún católico y luchará hasta la muerte por serlo y llevar al mundo las consignas del Catolicismo… pero el que le suceda no las seguirá y dará apertura a todas las herejías que están presionando hoy a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana» (Pequeña Alma, España 2001 ). Un Papa legítimo abrió la puerta a toda la maldad con su renuncia al Papado. Esta es su blasfemia. Un gravísimo pecado como Papa verdadero. No se dejó guiar por el Espíritu para hacer lo correcto como Papa, como Sucesor de Pedro. Por eso, su renuncia no es un acto de humildad. El humilde no abre las puertas de la Iglesia a todas las herejías, sino que las cierra. Su renuncia fue un acto de gran soberbia. Puso el camino para que la Iglesia sea gobernada por un falso Papa, que es el que trae todas las herejías.

El Papa Benedicto XVI no luchó hasta la muerte por ser católico, por ser el Papa de los católicos. Y no luchó por su falta de fe en Cristo y en la Iglesia. Y esa, su debilidad en la fe, hace de Su Papado, un camino abierto al error. Un camino no seguro, que le llevó a decidir una renuncia en contra de la fe católica. Cuanto más la Iglesia necesitaba de la fortaleza de una cabeza para seguir adelante, esa cabeza se hundió y ha hecho hundirse a toda la Iglesia. Y ahora la Iglesia es manejada por el demonio en la cabeza.

Por eso, el Señor no quiere cabezas. No quiere la Jerarquía. Toda esa Jerarquía está podrida en Roma. Están haciendo lo que les da la gana en Roma: es un escaparate del demonio, de la maldad. Y más pecados se irán viendo, ahora, en toda la Jerarquía podrida. Ahora es cuando se van a quitar la careta, y cada uno podrá saber quién realmente pertenece a la Iglesia Católica y quién no. Sólo queda rezar y hacer penitencia. Lo demás, no interesa en la Iglesia, no interesa en Roma. Roma ya camina hacia su destrucción, hacia su comunismo:

«¡Oh, qué visión horrible veo! ¡Una gran revolución se desarrolla en Roma! Ellos entran al Vaticano. El Papa está completamente solo, rogando. Tienen el Papa. Lo toman con fuerza. Lo golpean hasta hacerlo caer. Lo atan. ¡Oh Dios mio! ¡Oh Dios mio! Le dan patadas. ¡Qué escena horrible! ¡Eso es terrible!… Nuestra Señora se acerca. ¡Estos hombres malos caen a tierra como cadáveres! Nuestra Señora ayuda al Papa a levantarse tomándolo por el brazo; lo cubre con Su manto y le dice: ¡No temas!»

«Astas de banderas (que enarbolan la bandera roja sobre la cúpula de San Pedro y en otros lugares), la destrucción y la seducción salieron de las logias de estos siniestros brutos. Gritan esos ateos: nunca querremos que Dios reine sobre nosotros;¡queremos que Satanás sea nuestro amo!»

«Hija mia, Roma no será salvada, porque los gobernantes italianos abandonaron la luz divina. Sólo un reducido número de gente quiere verdaderamente a la Iglesia. Pero no está lejos el día donde perecerán todos los malvados, bajo los tremendos golpes de la Divina Justicia» (profecías de la Madre Elena Aiello monja, fundadora, estigmatizada (1895/1961) – Viernes Santo de 1961).

La Jerarquía podrida acabará en manos del comunismo para su perdición eterna.

El Vaticano es una guarida de víboras

Primer anticristo

Francisco no profesa la fe católica, sino sus falsas religiones: está con los judíos, con los protestantes, con los mahometanos, con los budistas, con todo el mundo religioso, menos con la Iglesia Católica.

Francisco es el hombre de las falsas religiones, el hombre que gusta al mundo porque piensa y obra como se hace en el mundo.

Por eso, es necesario apartarse de las falsas enseñanzas que Francisco da cada día en la Iglesia.

Francisco, en cada homilía, en cada declaración, introduce palabras que no pertenecen a Jesús, que no están en el Evangelio, que no son del Magisterio de la Iglesia.

Francisco no habla como un Papa, sino como Satanás, como vicario del demonio. Su magisterio en la Iglesia no es papal, es decir, no está guiado por el Espíritu Santo, para enseñar la Verdad y guiar a la Iglesia hacia la Verdad.

La sabiduría que viene del cielo es pura, dice Santiago en su carta, y, por tanto, no viene con mentiras, con engaños, con opiniones, con dudas, con filosofías de la vida de los hombres.

La sabiduría que viene del cielo no viene con las culturas de los hombres, no viene con el pensamiento de los hombres, no viene a acomodarse a las ideas de los hombres, no viene a aplaudir el progreso de las ciencias y de las técnicas de los hombres, no viene a decir que ya todo está perdonado y, por lo tanto, a vivir la vida haciendo cosas buenas o malas, pero todo el mundo se salva, que es lo que, a fin de cuentas, enseña Francisco.

Francisco es astuto, pero tiene la astucia de su padre, el diablo. Es astuto para engañar, para mentir, para decir aquello que nadie quiere decir, porque es claramente una mentira, un pecado, pero lo dice dejándolo caer, como de pasada, como sin darle importancia.

Tiene la astucia del alma no inteligente; pero que es una astucia que produce mucho daño porque enseña la duda, pone al alma en la confusión, deja que el alma piense sólo en la mentira que le ha dado, pero que no vaya a la clara verdad. Es una astucia que impide ver la Verdad.

Por eso, Francisco es un verdadero actor: sabe actuar para meter su engaño, su mentira, su error, su duda. Prepara lo que va a decir, piensa en sus gestos, en las caras que hay que poner, en las sonrisas que hay que dar, en el ejemplo amable hacia los otros, porque Francisco sabe que esto es lo que vende entre los hombres.

Un hombre que da una sonrisa a los demás es agradable a todos. Un hombre que da palabras bellas, hermosas, cariñosas, amables, distinguidas, entonces cae bien a todo el mundo. Un hombre que no quiere imponer su pensamiento, sino que sólo lo deja caer, como de pasada, como sin darle importancia, entonces la gente sigue ese pensamiento.

Francisco sabe cómo son los hombres: como borriquillos, que van uno detrás de otro, sin fijarse en nada más que lo que tienen a su frente y dejándose guiar por todo el mundo.

Francisco sabe que los hombres son una masa. Y, por tanto, él habla para la masa. Él no es capaz de hablar a cada alma. No sabe lo que es el alma, no sabe la vida espiritual, no sabe la vida de la Iglesia.

Francisco habla como un político: para todo el mundo, para la masa de las gentes, para algo que, en sí mismo, no vale nada.

Alrededor de Francisco se reúnen las masas, pero no las almas. Alrededor de Francisco no hay un alma, porque Francisco no alimenta el alma, sino las masas.

Un alma que busque la verdad no va hacia Francisco, porque no da una verdad para un alma, da muchas cosas para todo el mundo, habla para todo el mundo, pero no habla al corazón del alma.

El alma siente cuando algo va dirigido hacia ella; pero ante Francisco, el alma sólo siente que lo que se dice es para todo el mundo, para la masa, para un conjunto de hombres que escuchan un palabra de mentira para obrarla en sus vidas.

Francisco tiene un corazón sucio, un corazón cerrado a la gracia, un corazón en pecado, que vive su pecado y que ama su pecado y que no quiere quitar su pecado. Es un corazón que impide que la verdad habite en él. Y, por tanto, lo que enseña Francisco es sólo su corazón sucio, su corazón ennegrecido por sus pecados, su corazón que sólo sabe hablar de dinero, de materialismo, de humanismo, de mundanidad, de profanidad; pero que es incapaz de tener vida espiritual.

Y, por tanto, Francisco se recubre de aquello que no cree en su corazón; se reviste de aquello que odia, porque es algo santo, es algo puro, es algo verdadero, pero que tiene que decirlo porque está haciendo su obra de teatro. Tiene que actuar como los actores lo hace en una película: se aprenden el guión, aunque saben que lo que dicen no es para ellos, no lo viven, no lo creen, pero tienen que decirlo para hacer su película.

Francisco tiene que decir las verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, pero que no cree en ellas, en su corazón. Y, justamente, porque no cree, tiene que hablar palabras buenas, palabras verdaderas, pero que no son suyas, que no están en su mente, que no vive en su corazón, que no ha asimilado porque no puede hacerlo por su pecado de orgullo.

Y Francisco, cuando hace su misa, pronuncia las palabras de la consagración, que son palabras verdaderas, auténticas; pero las pronuncia porque sabe leer y recitar, no porque cree en ellas. Y, por eso, hace su obra de teatro, hace su actuación. No consagra, no da un pan consagrado, no a Cristo, sin un pan material en sus misas.

Y, cuando predica, hace lo mismo: lee palabras del evangelio, las recita, las pronuncia, las vocaliza, pero después, mete lo que le interesa: su mentiras, sus palabras que sí cree, sus filosofías que están en su corazón, sus obras malditas que vive cada día.

Francisco tiene un corazón que odia. No tiene un corazón que ama. Y la razón sólo están en una cosa: la Virgen María.

Para ver si un sacerdote es auténtico, sólo hay que fijarse en si ama o no a la Virgen María.

Y Francisco no ama a la Virgen María. Y se prueba con esto:

“El Evangelio no nos dice nada: si dijo alguna palabra o no… Estaba silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas decía al Señor! Tú, aquel día me dijiste que iba a ser grande; Tú me dijiste que le darías el Trono de David, su padre, que reinaría por siempre, ¡y ahora lo veo allí! ¡La Virgen era humana! Y tal vez tenía ganas de decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!” (Francisco, 20 de diciembre, en Santa Marta).

Leer estas palabras trae indignación a al alma que cree en la Verdad, que vive para no tener dudas de lo que el Señor le da.

Francisco enseña la duda para caminar ante Dios. No enseña a creer en Dios de una manera sencilla, clara, humilde, abandonada a la sola Voluntad de Dios.

Decir que María duda es ir en contra de la misma palabra de Dios: “He aquí la Esclava del Señor, hágase en Mi según tu palabra”. María no duda, sino que tiene plena confianza en la palabra de Dios, que se revela a Ella de una manera perfecta, en la que no es posible dudar, porque la Virgen es Inmaculada, no tiene pecado y, por tanto, no puede dudar. La Virgen nunca puede decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!. Nunca podía pasarse por su cabeza esta idea. Nunca. En los demás hombres, sí. En la Virgen, nunca, porque no puede pecar. Y toda duda es pecado.

Pero el pecado de Francisco no es decir que la Virgen duda, sino en decir que la Virgen es humana.

Si Francisco creyera en lo que significa ser Inmaculada y ser Madre de Dios, entonces, tendría que decir una sola cosa: la Virgen es divina, no humana.

Tiene naturaleza humana, porque es una criatura, nacida de padre y madre; pero no actúa, no piensa, no obra, no vive, como los demás hombres. Y no puede hacerlo por esas dos cosas: es Inmaculada y es Madre de Dios.

Como Francisco no cree en estos dos dogmas, entonces cae en el error de concebir a la Virgen como otro hombre más, como una pobre mujer, como una criatura mortal común, sujeta a las dudas, a los temores, a los miedos, a las inseguridades, que todo hombre tiene en su vida porque nace con pecado original y puede pecar en el transcurso de su vida.

Francisco es incapaz de comprender los Misterios de Dios en la Virgen y, por eso, la maltrata de esa manera, la anula, y la muestra como una mujerzuela más. Y eso es señal de que el sacerdocio de Francisco no pertenece a la Virgen María. Francisco no es un hijo predilecto de la Virgen María. Francisco no ama a la Virgen María. Francisco no tiene como Madre a la Virgen María. Francisco no ve a la Virgen María como Madre de la Iglesia ni como Reina del Universo. Francisco no obra en la Iglesia como lo hizo la Virgen María: con la fe divina. Sino que está en la Iglesia con su fe humana, con su fe diabólica, con su negocio humano en las cosas divinas.

Francisco hace de todo para menospreciar la Iglesia de Cristo, para abajarla, para anularla, para despojarla de todas sus verdades.

Y esto lo hace Francisco con la complicidad de sacerdotes y de Obispos, de Cardenales, que lo rodean y que quieren lo mismo que quiere él: destruir la Iglesia.

El Vaticano es el centro del poder mundial y temporal, convertido en una guarida de víboras. Ya no es el centro del poder espiritual. Desde hace 50 años sólo hay podredumbre dentro de los muros del Vaticano. El Vaticano está podrido en sus sacerdotes, en sus Obispos, en sus Cardenales, y en todas sus estructuras.

El Vaticano es un enorme sepulcro, blanqueado por fuera, para que nadie se dé cuenta, nadie atienda a la podredumbre que hay dentro de él. En el Vaticano nadie respeta la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural. Ni uno solo de esa Jerarquía, que ha tomado el poder de la Iglesia para destruirla completamente.

Si hubiera un sacerdote que respete los Mandamientos de la Ley de Dios, tendría que salir del Vaticano.

El Vaticano es una maldición para toda la Iglesia. Los buenos sacerdotes que todavía aman al Señor, son injuriados, menospreciados, perseguidos, calumniados, por el mismo Vaticano, por esa Jerarquía que está sólo para hacer su negocio en Roma, pero que le importa nada un alma sacerdotal.

Los sacerdotes son borregos a los que se utilizan parar los planes de ese Vaticano corrupto. Y muchos sacerdotes tienen miedo de enfrentarse a la Jerarquía, a sus Obispos, que sólo son como Francisco: mentirosos, engañabobos, que están en su oficio para ganar dinero y fama entre la gente del mundo, pero que no tienen vida espiritual. Muchos Obispos no saben dirigir el alma del sacerdote hacia la Voluntad de Dios. Son cabezas ciegas que guían a los ciegos hacia el mismo infierno.

Muchos Obispos no saben dirigir la Iglesia hacia la Verdad, que es Cristo. Sólo saben leer y citar textos de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia. Sólo saben recordar que existen leyes canónicas a aquellos que no quieren obedecerlos. Sólo saben mandar imponiendo su mente humana, produciendo el miedo en los sacerdotes que tienen a su cargo, para mantenerlos cautivos a sus mentiras, a sus apostolados en la Iglesia.

Muchos sacerdotes tienen miedo de sus Obispos y no defiende a Jesús y a Su Iglesia. No defienden la Verdad en la Iglesia. Están cautivos, están obligados por sus Obispos a obrar lo que las mentes de esos Obispos quieren en la Iglesia.

La Iglesia, en su Jerarquía, está podrida. Y en su Jerarquía superior: los Obispos. Son lobos, que se visten de piel de oveja, se viste de Cristo, enseñan con sus bocas lo que leen en sus escritos, que son del demonio, pero que después, obran como lobos, como carniceros de las almas, de los corazones, de los sacerdotes.

Jerarquía que mata las almas de la Iglesia, que enseña a dudar de todo, que enseña a vivir en el pecado, que enseña a amar el pecado, que enseña a anular el pecado, que enseña sus mentiras, cada día, como si fueran verdades.

Francisco da el veneno mortal de la duda en la Iglesia: eso significa sus mentiras, sus engaños, sus falsedades, sus idioteces, sus estupideces, sus boberías. El alma que escucha a Francisco, el alma que sigue a Francisco, cae siempre en la duda.

Un sacerdote que alimente a las almas con la duda es un sacerdote del demonio. ¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? Un anticristo sentado en la Silla de la Verdad, actuando como Papa, sin ser elegido por Dios para ser Papa, diciendo palabras bellas para engañar a todo el mundo, y con la colaboración de toda la Jerarquía de la Iglesia, que son todos unos miedosos para levantarse contra Francisco y decirle las cosas claras.

Francisco deambula en el lodazal del Ecumenismo y del diálogo con Satanás. Y lleva a todos hacia ese reino maldito del demonio, que es el mundo.

Francisco camina entre presuntuosos teólogos de la teología de la liberación, de la teología protestante, de los modernistas que sólo creen en sus cabezas humanas, en sus elucubraciones estrafalarias, en sus maravillosos textos humanos, que sólo dan la mentira y nada más que la mentira a las almas y, por tanto, enseñan a dudar de todo. Y, en esa enseñanza, tienen un fin: crear una nueva fe para su nueva iglesia.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida; y, por tanto, toda cosa distinta que sostenga, que enseñe, que predique, que obre Francisco -y todos los que le siguen-, no son más que el camino hacia el Infierno, hacia la muerte del alma y del espíritu; no son más que mentira, mentira y mentira.

Es hora de que alguien con autoridad en la Iglesia se levante y diga a Francisco que se vaya, que deje la Silla de Pedro vacía, porque su magisterio lleva a la Iglesia hacia la condenación más terrible y a hacer de la Iglesia una confrontación: ya nadie está seguro siendo de la Iglesia Católica. O sigues la opinión de Francisco o ya no eres de la Iglesia. Ya te echan por defender la verdadera doctrina de Cristo y de la Iglesia.

Roma está corrupta. Es una prostituta que se acuesta con todo el mundo para hacer su negocio: dar hijos del demonio dentro de la Iglesia.

Roma, Ramera de la Iglesia

hayquienhapuestolavida

“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús”. (no. 34 – Lumen Fidei).

Esta herejía representa todo la obra de Francisco en la Iglesia.

De esta herejía se sacan varios corolarios, varias sentencias, varios apartados:

1. Francisco es un dios para sí mismo: Esta es la primera consecuencia, porque al recibir la encarnación de una luz en su mente, su espíritu se cierra a Dios y su mente se abre al demonio. Y esto hace que el alma beba de las enseñanzas del demonio en la mente. Abrir la mente al demonio es cerrar el corazón a Dios al mismo tiempo. No se puede estar con los dos. O con uno o con otro. Si se abre la mente al demonio, entonces ya no se abre a Dios el corazón. Y la persona queda como dios en sí misma, en su mente. Su mente se pone por encima de su corazón. Dios sólo habla al corazón de la persona, no a su mente. El demonio es el que habla a la mente de la persona.

2. La Iglesia es el conjunto de ideas que los hombres tienen sobre Dios: Si el hombre se hace dios para sí mismo, entonces su pensamiento es lo que vale en la Iglesia. Ya no es la Palabra de Dios, ya no son las obras que Jesús realizó en su vida humana, ya no es la Tradición de la Iglesia, ya no es el Auténtico Magisterio de la Iglesia, ya no es la doctrina de los santos Padres y Doctores de la Iglesia, ya no es la Vida de los Santos, de las Vírgenes, de los Confesores, sino que es cómo uno ve todo eso, cómo cada cual lo interpreta, como cada cual lo estudia, como cada cual le parece. Y, entonces, en la Iglesia hay un poco de todo y no hay ninguna verdad. Todo es mentira porque todo vale. Y ya no existe el pecado ni nada que se relacione con el pecado. En consecuencia, se niega a Jesús y Su Obra de la Redención en la Iglesia.

3. Las almas son sólo una encarnación del demonio: Si la fe se consigue abriendo la mente al demonio, a esa “luz que procede de la vida luminosa de Cristo”, como enseña Francisco en su encíclica, entonces en cada alma está esa luz, que no es divina, sino demoniáca; y cada alma es un engendro de Satanás. Al negar la Fe en la Palabra de Dios, y poner la fe en la luz encarnada, entonces se sigue la consecuencia lógica para el que no la quiere entender: ya no se cree en la Palabra, ya sólo se cree en la definición que Francisco hace de la fe, se cree que la fe es una luz encarnada. Eso destruye la gracia en el alma y coloca al demonio en el centro de la vida de esa alma.

4. La doctrina de Cristo desaparece para dar lugar a la doctrina de la Nueva Era: La Nueva Era predica que en el hombre hay una luz que le guía hacia su vida interior, que hace que su yo interior deje de estar aislado para que entre en una armonía, en una comunión, en una paz interior consigo mismo y con los demás. Esa luz interior es una luz en la mente de la persona, es un trabajo mental que la persona tiene que hacer para escalar su perfección en la vida. La persona va de idea en idea hasta conseguir la idea perfecta que trasluce en su vida. Y una vez que llega a esta idea perfecta, puede morir para reencarnarse en otra idea, en otra vida, y así llegar a la perfección de su ser en diferentes etapas de su vida humana. Ya no existe la doctrina de Cristo, sólo se da un camino para llegar a la unión con ese dios interior. Es lo que propone Francisco en toda su encíclica:

a.- la luz encarnada “Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio.” (n. 34): esa luz encarnada también está en las cosas materiales. Luego, todo es dios, todo es divino. Y eso para poder conseguir la armonía que el yo interior necesita para vivir en un mundo que tiene muchos errores y que sólo esta luz puede solucionar al hombre en su vida.

b.- “La luz de la fe… ilumina también el camino de todos los que buscan a Dios, y constituye la aportación propia del cristianismo al diálogo con los seguidores de las diversas religiones” (n. 35): esta encarnación de la luz es para que todos nos unamos en una misma iglesia, sin importar la doctrina de Jesús. Ya no se dan los dogmas de la Verdad, sino que cada cual pone su dogma que nace de su mente y esto produce el ecumenismo espiritual entre todas las religiones del mundo.

c.- ”la luz de Dios se ha hecho camino, como estrella que guía por una senda de descubrimientos” (n. 35). La vida es descubrir cosas y no importa qué cosas sean, de dónde vienen esas cosas. No importa si esas cosas son verdaderas o falsas, son buenas o malas, son para la vida o son para la muerte. Esa luz divina en la mente, la luz de un dios, de una emanación del poder de dios es el camino para todo hombre en la tierra. Y, entonces, es bueno la reencarnación porque es un descubrimiento nuevo en la vida, una idea nueva en la vida. Es bueno aceptar las doctrina de otra religiones porque son un descubrimiento, una enseñanza para el alma, otros caminos para vivir la espiritualidad.

d.- “la luz humana no se disuelve en la inmensidad luminosa de Dios, como una estrella que desaparece al alba, sino que se hace más brillante cuanto más próxima está del fuego originario, como espejo que refleja su esplendor.” (n. 35): el hombre no tiene que buscar la humildad en su corazón para seguir a Dios. Basta seguirlo con los pensamientos que cada cual tiene en su mente. El hombre no tiene que crucificar su voluntad humana para hacer la Voluntad Divina, sólo tiene que buscar su voluntad humana y eso es la Voluntad Divina. Lo humano es el centro de la vida, ya no Dios. Vivir para lo humano es vivir para lo divino. Aceptar lo humano es aceptar lo divino. Amar lo humano es amar lo divino.

5. La separación de las almas en la Iglesia: Esto trae en la Iglesia una gran división porque la doctrina de Jesús queda oculta entre muchas cosas que son sólo una mentira, pero que se presentan como una verdad. Eso es el trabajo de Francisco en estos siete meses: presentar la mentira como un dogma en la Iglesia. Y nadie le ha dicho nada, porque él así lo ha impuesto en la Iglesia. Y todos callan, porque así él lo ha mandado. Y, por eso, la información sobre Francisco en cualquier medio de comunicación es sesgada, no es real, no es verdadera. Sólo se hace el juego a Francisco, pero no se critica a Francisco, no se juzga a Francisco, porque así son todos los masones. Esto trae la consecuencia que vemos. Muchas personas no se deciden todavía a enfrentarse a Francisco y a la Jerarquía por este silencio de toda la Iglesia. Como nadie habla en contra, entonces todo está bien. Las almas ven lo errores, pero también callan porque desde Roma se calla. Y se produce la separación en la misma Iglesia: unos con Francisco, otros en contra. Una separación que todavía no es división. Es un estar viendo a ver qué pasa. Y esto produce mucho daño a toda la Iglesia, porque quien no lucha contra la mentira que hay en la Iglesia entonces se separa de la Verdad de la Iglesia. Y este efecto se llama: dormir a las almas en la espera de algo que tiene que venir. Es un efecto satánico que inmoviliza a las almas en la mentira y no las deja batallar contra la mentira.

6. El cisma en Roma: Esto ya es un hecho, pero nadie lo ve, nadie lo quiere ver, todos se asustan ante esta verdad. Pero este cisma ya se ha producido, no con Francisco, sino con la renuncia del Papa Benedicto XVI. Es un cisma encubierto, que no aparece como cisma, sino como un cambio en la forma de entender la Iglesia, un cambio en la moral de la Iglesia, un cambio en la doctrina social de la Iglesia, un cambio en la liturgia de la Iglesia. El cambio siempre anuncia un cisma, cuando este cambio es sobre algo sustancial en la Iglesia. Y ya se ha producido ese cambio en la cabeza, con la renuncia del Papa Benedicto XVI y con el gobierno horizontal de Francisco. Ese cambio es un cisma. Pero nadie todavía lo ve, nadie todavía lo entiende, nadie quiere verlo. Todos están esperando algo más para comprender que Francisco no es lo que parece. Y, entonces, se hace el juego al mismo Francisco.

7. La aparición de la nueva iglesia en Roma: Esta nueva iglesia tiene su comienzo en la historia. Siempre en la Iglesia se ha dado otra iglesia escondida, oculta, que aparece y desaparece según los tiempos de los hombres. Es la iglesia de la masonería, es decir, de sacerdotes y de Obispos que hacen un pacto satánico para destruir a la Iglesia. Se hacen sacerdotes y Obispos sólo con este fin: la destrucción de la Iglesia, que sólo se puede hacer estando como sacerdotes y como Obispos. No se puede hacer fuera de la Iglesia o siendo un fiel en la Iglesia. Entonces, se da el hecho de que esta iglesia masónica ha crecido siempre en la Iglesia. Desde Judas, el Apóstol que vendió a Su Maestro por un dinero, hasta el último sacerdote de esa iglesia, se han dedicado sólo a destruir a la Iglesia en todos los campos, no sólo en la liturgia, sino en cada cosa que tiene de sagrado la Iglesia. Pero esta iglesia masónica no ha aparecido como tal en la historia de la Iglesia. Ha estado en Roma, pero oculta entre muchos sacerdotes y Obispos. Es ahora, cuando Francisco amaña la elección de los Cardenales en el Cónclave, cuando aparece la nueva iglesia. Y aparece en el mismo momento en que Francisco es elegido como Jefe de la nueva iglesia. Porque su elección no es a ser Papa, sino a ser Jefe que lidere esta nueva iglesia en Roma, que es la iglesia de la masonería que siempre ha estado en Roma. Y lo que tenemos en los siete meses de Francisco es sólo la nueva iglesia funcionando sin tapujos de nadie, con el aplauso de todos, de toda la Jerarquía Eclesiástica. Y, por eso, nadie se levanta porque todos quieren esta iglesia. Francisco no quiere ser Papa. Eso le molesta, pero tiene que tener ese nombre para hacer su teatro en la Iglesia. Pero él odia al Papa. Él odia a la Iglesia. Él odia a todo el mundo que se enfrente a él en la Iglesia. Él no busca dialogar con quien sabe que no le sigue en su pensamiento. Él sólo dialoga con aquellos que se doblan a su pensamiento humano. Su dogma de la luz encarnada es la consecuencia de esto.

8. La destrucción de la Eucaristía en la Iglesia: Es lo que viene ahora y de un modo trágico para todos. Y nadie lo espera, porque todos están viendo a ver por dónde sale Francisco. Lo que impide ahora marchar a la nueva iglesia, como la quiere la masonería, es sólo la Eucaristía. Se quita ésta y los demás dogmas desaparecen de forma inmediata. No se quita ésta y hay una gran división en la Iglesia. Por tanto, es necesario acabar con la Eucaristía para que esta nueva iglesia funcione. Y, para eso, hay que hacerlo de una manera brillante, que nadie diga nada y que nadie se interponga en eso. Por eso, es necesario algo para esto. No hay que esperar a que se cambien los libros litúrgicos. Eso vendrá luego. Hay que mandarlo sin más. Es decir, igual que se ha puesto el gobierno horizontal, quitando el gobierno vertical, con la sola voluntad de un hombre, que ha escrito una ley para eso, también hay que escribir una ley en la que se diga que ya la Eucaristía es una fraternidad en la Iglesia, una comunión en la Iglesia, una memoria de lo que hizo Cristo en la Iglesia. Eso basta para producir el caos en la Iglesia y se quite la Eucaristía sin que nadie se oponga. Un vez que se da ese escrito, entonces se cambian los ritos de la Misa en la Iglesia. Decir que la Eucaristía es sólo una memoria del Señor eso destruye la Eucaristía, cuando se dice en un documento oficial firmado por el Jefe de la Iglesia. Lo que diga el Jefe eso es en la Iglesia.

9. Roma, Ramera de la Iglesia: Es la última consecuencia y la más importante de todas. Ya Roma no da la Verdad, porque no se pone en la Verdad, que es Jesús. Desde la renuncia de Benedicto XVI ya no hay Verdad en Roma. Sólo hay verdades, pero no la Verdad. Roma ha sido la cumbre de la historia y el legado de la santidad. Roma ha sido el Amor de Todos y la Obra de la Verdad en el mundo. Roma ha dado a todos los hombres el camino hacia la santidad y hacia la vida de Dios en las almas. Roma ha perseguido la iniquidad desde el principio de su existencia. Y Roma ha sido la batalla donde se ha producido la victoria de muchos por su Amor a Cristo, a Su Rey, a Su Defensor, a Su Elegido en Dios, que es el Vicario de Cristo en la Tierra. Pero ya Roma no es todo eso. Roma ha perdido el Amor de Dios y se ha convertido en el amor de todos los hombres. Roma ya fornica con todos los hombres y recibe dinero de cada fornicación. Roma crece en la opulencia de la impureza de los sacerdotes y Obispos, que sólo quieren una cosa: destruir la Iglesia fundada en Pedro por Jesús. Roma se ha convertido en una Ramera, en una prostituta, en una cualquiera. Y ya no tiene otro nombre: sólo el de Ramera. Y, por tanto, quien busque a esa Ramera, se contamina de todo lo que tiene en su seno. Es decir, pierde la Fe, la Gracia Divina en el corazón, el Amor de Dios en su espíritu y la Verdad en su alma. Seguir a Roma es, desde ahora, seguir al demonio que habla por todos los sacerdotes y Obispos que se unen a la nueva iglesia, y que no son capaces de levantase ante lo que están viendo porque temen perder su sacerdocio. Y es necesario perderlo porque el sacerdocio no pertenece a la nueva iglesia, sino sólo a la Iglesia que Jesús ha fundado en Pedro. Muchos sacerdotes no ven esta realidad: en la nueva iglesia no interesa ser sacerdote. El sacerdocio es sólo un teatro, como lo obra Francisco. Si un sacerdote quiere permanecer en su sacerdocio, necesariamente tiene que salir de la nueva iglesia de Roma. Porque hay muchos sacerdotes que, por su vida espiritual vacía, no ven la Verdad de lo que pasa, después, les va a resultar más difícil la salida. Porque meterse con el demonio es esclavizarse a él. Quien no lucha contra el demonio en la Iglesia se pone de su lado en la Iglesia. Es lo que pasa a muchos sacerdotes, hoy día, por su nulidad en la vida sacerdotal. Ya no hacen oración ni penitencia, que es el alma de todo sacerdocio. Roma, ahora es la que lleva al infierno, no al Cielo. Esa es la tragedia del dogma de la luz encarnada de Francisco.

Francisco devasta los conventos

aquelcorazon

“Cuando una religiosa en la clausura, consagra toda su vida al Señor, se produce una transformación que no se termina de comprender. La normalidad de nuestro pensamiento diría que esta religiosa se vuelve aislada, sola con lo Absoluto, sola con Dios… es una vida ascética, penitente… Pero éste no es el camino de una religiosa de clausura católica, y ni siquiera cristiana. El camino pasa por Jesucristo: siempre”(mensaje a las monjas de clausura en la basílica de Santa Clara,4 de octubre).

Francisco está enseñando lo contrario a 20 siglos de iglesia. Él no sabe nada de la clausura, de la vida contemplativa, de la dedicación a Dios que cada alma debe tener en el monasterio.

Quita la ascética, la vida de penitencia para dar a las monjas su vida de amor al mundo, de devoción al espíritu del mundo y así enseñarles a perder la gracia en sus corazones.

Cuando un Obispo habla así de la vida de clausura, hay que excomulgarlo sin ninguna duda, porque va contra el centro de la vida monástica, que es el alejamiento del mundo y de todo lo que invite al mundo.

Un Obispo que no sabe nada de la vida ascética que desde Jesús los hombres de la Iglesia han hecho para servir a Dios.

Francisco va contra la misma enseñanza de Santa Clara: “El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre”. Francisco enseña a no sufrir y ese es el dogma de su nueva iglesia. Se carga a todos los santos porque los odia en su corazón.

Él quiere una iglesia donde no se sufra, donde no se expíe el pecado, donde no se redima al pecador. Y, por tanto, Francisco quiere una iglesia que sirva para llevar al infierno, en la que todos vivan felices aquí en la tierra y no se preocupen de la salvación del alma. Eso ya no cuenta con Francisco. Por eso, es tan grave esto que ha predicado que no merece nombre, que no tiene nombre, que por sí mismo declara la vergüenza de quien se sienta en la Silla de Pedro.

Estas son las joyas que Francisco propone a su nueva iglesia. Esta impureza de pensamiento, que nace de su amor al demonio. Esta sabiduría de su estupidez como Obispo, que declara que no sabe nada de la vida contemplativa. Sólo predica lo que vive: su comer con los judíos, su lavarse la cara con los ateos, su suciedad al compartir su lecho con los homosexuales, su negocio que hace con la ramera en Roma.

Su vida está transparentada en esta predicación, que no tiene nombre. Sólo tiene el apodo de la necedad de un masón que se ha convertido en dios para sí mismo y que habla a los demás creyéndose en la posesión de la verdad. Y nadie se ha levantado para decir nada. No pasa nada. Son palabras de un gran santo, de una persona muy humilde, de un corazón tan amante de la vida ascética en la Iglesia.

“Jesucristo está en el centro de su vida, de su penitencia, de su vida comunitaria, de su oración y también de la universalidad de la oración. Y por este camino sucede lo contrario de lo que se piensa que sea esta religiosa ascética de clausura: cuando va por el camino de la contemplación de Jesucristo, de la oración y de la penitencia con Jesucristo, se vuelve grandemente humana”.

Aquí proclama su error dogmático: su humanismo, el centro de su vida. Ya Dios ha desparecido de su corazón. El demonio lo lleva al infierno cantando y bailando en la vida, que es lo que a él le gusta.

Jesucristo enseña a retirarse del mundo para hacer oración. Francisco enseña a estar en el mundo para no hacer oración. Jesús enseña a batallar contra el pecado, contra los apegos a todo lo humano, a crucificar la voluntad humana, a darse por entero a la devoción de las Tres Personas Divinas que sólo quiere una adoración en Espíritu y en Verdad.

Y cuando un alma religiosa, de clausura va por el camino de la contemplación, entonces odia al hombre, porque el hombre no es Dios, no lleva a Dios. Y hace de su vida una negación de todo lo humano para encontrar solamente la Presencia de Dios.

Francisco enseña lo contrario: a amar al hombre y a ser muy humanos, como él lo es. Y a este necio lo siguen los hombres que se dicen sacerdotes y Obispos y que son como él: almas que no saben lo que es el pecado, la expiación del pecado, el sufrimiento por el pecado y la manifestación del pecado en la Justicia de Dios.

Francisco pone la piedra en su mano para destruir la Iglesia, como la está haciendo. Y se sigue diciendo en Roma que aquí no pasa nada.

“Las monjas de clausura están llamadas a tener gran humanidad, una humanidad como la de la Madre Iglesia: humanas, comprender todas las cosas de la vida, ser personas que saben comprender los problemas humanos, que saben perdonar, que saben pedir al Señor por las personas… Su humanidad: y su humanidad viene por este camino, la encarnación del Verbo, el camino de Jesucristo”.

Esta frase es del demonio en su corazón. Sólo la puede decir aquel que fornica con el demonio, como Francisco. Sólo a él se le ocurre decir que las monjas de clausura están llamadas a comprender los problemas humanos, cuando es todo lo contrario.

A una monja de clausura le importa un pimiento los problemas humanos porque no vive para el mundo, no trabaja para el mundo, no le interesa el mundo. Sólo vive para Dios. Y el mundo que se queme en el infierno.

A Francisco le viene como anillo al dedo lo que decía Santa Clara: “Hay unos que no rezan ni se sacrifican; hay muchos que sólo viven para la idolatría de los sentidos. Ha de haber compensación. Alguien debe rezar y sacrificarse por los que no lo hacen. Si no se estableciera ese equilibrio espiritual la tierra sería destrozada por el maligno”.

Esta enseñanza de la Santa deja a Francisco por los suelos. Él vive la idolatría de los sentidos, que es lo que predicó a las monjas.

“Cuidar la amistad entre ustedes, la vida de la familia, el amor entre ustedes. Y que el monasterio no sea un Purgatorio, que sea una familia…”.

Pobre Francisco que predica no al Purgatorio para hacer felices a las monjas en su comunidad. ¡Qué infierno le espera a este masón!

Francisco niega el sufrimiento y está negando la Pasión de Jesús.

Francisco niega el pecado y está negando la Verdad, que es Jesús.

Francisco niega la Cruz y está negando la Redención que hizo Jesús.

Francisco lo niega todo. Y Roma dice: aquí no pasa nada. Entonces, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué todos callan lo obvio? ¿Qué se quiere decir al Pueblo de Dios después de esto de Francisco con las monjas?

Roma, ramera del mundo, ahijada de Satanás, que te has puesto a los pies de tu dios: Francisco. Y a él sirves y te das a la fornicación con los sacerdotes y Obispos que quieren un puesto y un fajo de dinero en la nueva iglesia.

Roma: eres la maldición del mundo porque no haces nada para acallar al hereje que se sienta en la Silla de Pedro.

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