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La mente de Francisco es su evangelio

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El pecado es una «palabra, una obra, un deseo humano contra la ley eterna» (San Agustín). El pecado es una ofensa que el hombre hace a Dios; no es una ofensa que el hombre hace al hombre. El pecado es un acto contra la ley eterna divina, contra la Mente de Dios. No es un acto contra las leyes de los hombres, contra los pensamientos humanos.

No se hace mal a nadie porque se combate su pensamiento humano. Se hace el mal porque se combate el Pensamiento Divino.

La sola regla fundamental de toda moralidad, de toda razón, de toda voluntad, es la ley eterna o el pensamiento de Dios, su Voluntad.

Cuando Dios manda algo, ahí nace el bien y el mal moral. Cuando el hombre manda algo, no hay obligación de obedecerle, porque la fuente de la moralidad sólo está en la Voluntad de Dios, no en la voluntad de los hombres.

La bondad de un acto humano es cuando el hombre se conforma con la Voluntad de Dios, con el Pensamiento Divino. La maldad de un acto humano es cuando el hombre se aleja de esa Voluntad Divina para obrar su propia voluntad humana.

Por eso, cualquier cosa que el hombre, así sea buena y perfecta, si Dios no lo quiere, es pecado. Y, por eso, es muy importante en la vida espiritual discernir la Voluntad de Dios para no pecar.

«Quien tiene Mis Mandamientos y los guarda, éste es el que Me ama; y quien Me ama, será amado de Mi Padre, Y Yo también lo amaré y Me manifestaré a él» (Jn 14, 21). Amar a Dios no es decir con la boca: Señor, te amo. Sentir el Amor de Dios no es predicar: Dios es Amor. El amor se manifiesta cuando el alma cumple con la Ley Eterna, con aquello que Dios ha revelado para que el alma lo obre: los mandamientos divinos, la doctrina de Cristo.

Los hombres, en la actualidad, ni cumplen la ley de Dios ni la ley de la Gracia. Cada uno vive su ley, la que su mente humana le pone en su vida.

«Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo» (Entrevista de Scalfarri). Francisco pone el bien y el mal en la mente del hombre, no en la mente de Dios. Lo coloca en la ley de los hombres, en las estructuras humanas y, por eso, Francisco vive para cambiar estructuras, leyes, normas, viejas, caducas, porque pertenecen a los hombres. Pero no vive amando la Voluntad de Dios porque la ha anulado con su pensamiento humano. El pecado, para Francisco no es una ofensa a Dios, sino una ofensa al hombre. La virtud, para Francisco, es lo que hace el hombre en su vida humana, pero no es una obra de la gracia divina en el alma. Y, por tanto, en la Iglesia se está para hacer obras humanas y para vivir vidas humanas. La Iglesia es la obra de una mente humana, pero no es la obra del Espíritu de Cristo, no es para hacer la obra del Padre, no es para llevar a las almas a la Redención de Cristo, a la Cruz, donde sólo mora el Amor; sino que, en la Iglesia, los hombres opinan y juzgan de lo que es bueno y lo que es malo. Lo que diga la mayoría, lo que diga el pueblo de Dios, eso es lo que hay que vivir en la Iglesia.

En esta concepción del bien y del mal, todo se anula: toda Revelación Divina. Se trata de pensar el bien y el mal. No se trata de escuchar a Dios, que habla en cada corazón, que dice lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. Se trata de vivir un racionalismo, un pelagianismo, un indiferentismo: todo vale, toda idea del hombre es la que hace la vida, todo en el hombre es su mente. Es como el hombre concibe su vida: en su mente, en su cabeza, en sus proyectos. Dios es sólo el lenguaje del hombre. Cristo es sólo el lenguaje del hombre. La Iglesia es sólo un lenguaje humano. El bien y el mal son como a cada uno le parezca. Si el ateo quiere vivir sin pensar en la existencia de Dios, eso es bueno, eso es un logro, eso es una virtud en la vida. Si el homosexual quiere vivir su abominación, no juzguemos eso, porque esa idea que tiene ese hombre es su bien y es su mal. Dios no decide lo que es bueno ni lo que es malo. Cuando Dios habló a Moisés y le dio las tablas de la ley, eso fue para el tiempo de esa humanidad, de esa cultura. Pero, actualmente, en el lenguaje de los hombres, Dios lo salva todo, y lo perdona todo, y no juzga a nadie ni a nada.

Por eso, Francisco dice: «para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar». Es decir, no es un acto humano en contra de la Voluntad de Dios. No es algo que el hombre, al hacerlo, sienta en sí mismo un mal. Sino que, ante el pecado, «lo que debo hacer es pedir perdón y reconciliarme (…) debo ir a encontrarme con Jesús, que dio su vida por mí (…) Dicho de otra manera: el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado». Y, por eso, termina exclamando: «la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores» (El Jesuita: entrevista la Cardenal Bergoglio- pag. 100 y 101).

Esta concepción del pecado se llama pelagianismo. El ateo que ve que falla, que ve su mal, su error, que siente dolor por haberse equivocado, que quiere salir de ese problema en su vida, de esa situación, se engrandece en su mal (= la única gloria que tenemos es ser pecadores). Ese pecado o ese error es un crecimiento para su vida humana, es un progreso en su vida, es una ciencia para ese hombre, es una filosofía de la vida, es una mentalidad que trae salvación al alma.

Y, ¿qué dice San Pablo? «Cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y Yo para el mundo» (Gal 6, 14). Y uno se pregunta: ¿qué Evangelio lee Francisco? Y sólo queda una respuesta: el evangelio de su mente humana, de su palabra humana, de su idea humana, de su lenguaje humano. No hay otra explicación a la aberración mental: «la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores». En su mente, Francisco vive en su pecado, Francisco ama su pecado, Francisco es su pecado. Y eso que concibe en su mente, lo pone al descubierto en la Iglesia: «Por sus obras los conoceréis» (Mt 7, 15). Por sus obras de su mente humana, que nacen de su continuo pensar las cosas divinas -y dividirlas- porque no se cree en Dios, sino que sólo se cree en lo que la mente adquiere, medita, investiga, estudia; por sus obras de su mente, Francisco se condena y condena a muchas almas.

Como el bien y el mal están en la mente de cada uno –y no en la Mente de Dios, ni en la Mente de Cristo-, el camino para salir de ese mal está en uno mismo, en reconocer el propio error mental. Y haciendo eso, se sale de la mala situación. Y, entonces, hay que «pedir perdón y reconciliarse»: todo es un hablar, no es un arrepentirse del pecado ante Dios. La confesión es para hablar de nuestros errores, no de nuestras ofensas a Dios. No se ofende a Dios, sino a nuestra inteligencia, que ha pensado mal la cosa. «Debo ir a encontrarme con Jesús»: pero, ¿dónde está Jesús? ¿En el sacerdote que juzga en el Sacramento de la Penitencia? ¿Dónde encuentro a Jesús? ¿Dónde encuentro el perdón? En uno mismo, porque Jesús es el «que dio su vida por mí», pero no el que murió por mis pecados.

El pecado es un error en uno mismo: «el pecado asumido rectamente». El hombre que ve su error en su mente es el que asume rectamente su pecado. Es un fallo que el hombre tiene consigo mismo. Cuando el hombre ve su fallo, entonces ese pecado es «el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador». Esto es el misticismo: la experiencia del alma sin el dogma, sin la verdad. En esa experiencia que el hombre hace de su error, encuentra en su mente a Jesús, una libertad que antes no tenía. Sin la ayuda de la Gracia, el mismo hombre ve su error y quiere salir de su error, y eso le coloca enfrente de Jesús. Y el hombre vive «el estupor de haberse salvado» por Jesús.

En la mente de Francisco, ha desaparecido la Cruz de Cristo, la Obra Redentora de Jesús. Jesús es el que muere. El que da la vida. Y la da porque otros se la quitan, no por Voluntad de Su Padre. Francisco no puede aceptar que Jesús muere porque lo quiere Su Padre. El bien divino de esa muerte no lo puede comprender la mente de Francisco, porque el bien divino él lo ha puesto en la mente del hombre, no en la mente de Dios. Y, entonces, la ve como un mal del hombre: los judíos se equivocaron con Jesús y lo mataron. Los judíos erraron en su concepción del bien y del mal. Y, por eso, Jesús es el que da la vida por un error humano. Por eso, para Francisco, los judíos siguen siendo el pueblo escogido de Dios. Sus ritos, sus liturgias siguen valiendo. Es que en el tiempo de los judíos, hubo un error intelectual con Jesús.

Por eso, Francisco no puede juzgar a nadie. Cada uno se juzga en sí mismo. Cada uno es juez de sí mismo. Cada uno sale de sus propios errores y pecados y se pone de cara a Dios, de cara a Jesús, que trae la vida.

Y, entonces, uno se pregunta ¿quién es Jesús para Francisco? Si Jesús no salva del pecado, no libera del pecado, no perdona el pecado, no quita el pecado, sino que es uno mismo el que se libera, el que se desprende del pecado, ¿cuál es el papel de Jesús en esta dialéctica del pecado? ¿Qué es eso de que Jesús da la vida?

Jesús es un hombre histórico, pero no es Dios-hombre; que trae al hombre una vida humana, un amor humano, unas obras humanas: Jesús dio su vida humana para que el hombre tenga vida humana.

«El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios. Abba, como Él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y encontraréis al Padre y seréis todos sus hijos y Él se complacerá en vosotros. El ágape, el amor de cada uno de nosotros hacia todos los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente el único modo que Jesús nos ha indicado para encontrar el camino de la salvación y de las Bienaventuranzas»(Entrevista de Scalfarri).

Lo único que salva, el único camino de salvación: el amor entre los hombres, el amor fraterno, el amor humano.

Francisco rompe con la divinidad de Jesús e interpreta la encarnación del Verbo con un misticismo, que lleva a un panteísmo.

En Jesús se da una encarnación, es decir una unión de lo divino con lo humano. En la concepción de Francisco, Dios es sólo el Padre, no el Hijo: «Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». Jesús es la encarnación de lo divino, que es Dios. Esto se llama misticismo. Y, en esa encarnación, Jesús trae un amor fraternal para todos los hombres. Esto se llama panteísmo. Se infunde en los hombres un amor universal, un amor para todos, un amor común, que todos pueden pensar con su mente: ¿por qué no dialogamos con los judíos, con los musulmanes, con los protestante, para así amarnos, para así tolerarnos, para así comprender lo que cada uno tiene en su mente sobre el bien y sobre el mal?

Jesús no es el que salva del pecado, sino que el que da un amor universal al hombre. Y esto es lo único que salva. Este panteísmo le lleva a Francisco al masonismo: necesita encontrar el sentido del ser humano. El hombre, ¿qué es para sí mismo? Si el hombre tiene en él el concepto del bien y del mal, entonces, ¿cuál es el sentido de la vida del mismo hombre? Si el hombre todo lo sabe en su intelecto humano, entonces ¿por qué el mal, los errores? ¿Por qué un mundo desigual? ¿Por qué un holocausto? Y él responderá: es el error intelectual de los hombres, es la verguenza que tenemos que cargar.

Por eso, su idea de una Iglesia universal, de un fe universal, de la apertura al mundo. Es necesario hacer esa Iglesia para encontrar la solución a sus problemas. En la Iglesia Católica no ha podido resolver la cuestión. Sólo ha vivido para su progresismo: su comunismo, sus pobres, su teología de la liberación. Pero no ha podido amar a los hombres como lo tiene en su mente humana. Por eso, Francisco es un fracaso en su vida de sacerdote, de Obispo. Está en una Iglesia con una idea humana sin poderla desarrollar. Y, ahora, sentado en la Silla de la Verdad, ve que tampoco puede hacerlo. Sus ganas de unir a los judíos y a los musulmanes son sólo eso: ganas. Es sólo la publicidad, pero –en la práctica- Francisco tiene que seguir con lo de siempre, porque no sabe romper el dogma; pero sí se sabe vivir lo que le da la gana en la Iglesia. Y, claro, muchos no pueden seguirlo, porque no se puede obedecer la mente de un hereje, de un hombre que solo vive para su idea del bien y del mal.

Esta visión del pecado, de Jesús y del amor le viene de su racionalismo: «La fe nos abre el camino y acompaña nuestros pasos a lo largo de la historia. Por eso, si queremos entender lo que es la fe, tenemos que narrar su recorrido, el camino de los hombres creyentes, cuyo testimonio encontramos en primer lugar en el Antiguo Testamento» (LF n.8).

El racionalista sólo acepta como verdadero lo que la misma razón puede probar como verdadero.

Francisco quiere entender lo que es la fe. Y la fe es un don sobrenatural por el cual el hombre acepta, bajo el influjo de la Gracia, la verdad que Dios revela. Y lo acepta, no en virtud de un conocimiento racional, sino por la autoridad de Dios, que se revela a sí mismo. Dios lo manda, Dios lo dice, Dios lo obra, el hombre tiene que asentir, abajar su inteligencia humana y comenzar a creer en las obras de Dios, en las palabras divinas. Para creer sólo se necesita que el hombre sea libre, que el hombre quiera creer, que el hombre se humille en su inteligencia humana.

Francisco quiere narrar el camino de la fe para comprender la fe, para comprender a los hombres que han creído. Y, entonces, cae en muchos errores. Destroza toda la doctrina de los Sacramentos, toda la fe de la Iglesia y se abaja al mundo. Hace una teología del misticismo, queriendo encontrar una unión del hombre con lo divino que es una blasfemia. Por eso, muchos se engañan leyendo a Francisco: creen que Francisco tiene una alta espiritualidad, y es sólo su basura intelectual, que nace sólo de su mente, de darle vueltas constantemente a la verdad para destruirla en su totalidad.

Francisco cae en todos los impedimentos para tener fe. Es un hombre racionalista, que sólo quiere comprender lo divino con su cabeza. Y, como no es inteligente, sino un vividor, un lujurioso de la vida, por eso, dice cada día sus estúpidas ideas en la Iglesia. Y eso es lo que entretiene a los tontos como él. La gente está analizando su estilo de gobierno. Y es lo más absurdo que hay. Nunca idiota ha tenido tanta publicidad en la Iglesia. Porque así está llena la Iglesia: de gente estúpida que se lo cree todo.

Los hijos de Dios no son hermanos de los hijos de los hombres

REVELACIONES MARIANAS 2013

“Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos” (Mt 23, 9).

La Paternidad Divina no es, como los hombres piensan, dar el Padre el amor personal a cada ser humano.

Dios no ama al hombre, sino que Dios ha creado las almas de los hombres: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gn 1, 26). La Paternidad Divina es creadora de las almas de los hombres. Y, por tanto, Dios es Padre de todas las almas, pero no es padre de los cuerpos de los hombres.

Por eso, ningún alma puede llamar padre a nadie, porque sólo tiene un Padre que la ha creado. Pero todo hombre puede ser hijo de Dios o hijo del hombre o hijo del diablo, porque viene al mundo en el pecado original.

Dios creó al primer hombre y a la primera mujer, para hacer una familia divina, para hacer hijos de Dios: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gn 1, 27).

Pero Adán pecó y, entonces, no se puede dar esa familia divina, ese plan original en las generaciones de los hombres, en los hijos de los hombres, porque Dios no manda tener hijos a los hombres, sino que mandó a la primera pareja tener los hijos de Dios, los hijos que el Padre quería: “y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra, sometedla y dominad (…) sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” Gn (1, 28). Es la bendición para engendrar hijos de Dios.

Adán no quiso ese plan original y, por tanto, de ahí nacen las guerras, las matanzas, el odio entre los hombres que eso es señal de que no todos los hombres somos hermanos, no todos somos hijos de un mismo padre: “Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el suyo” (Gn 3, 15).

El plan de Dios sobre la humanidad era formar hijos de Dios por gracia y por generación, es decir, que el hombre en gracia iba a engendrar un hijo de Dios en la mujer en gracia. El hombre, en ese plan, no podía engendrar un hijo de hombre o un hijo del diablo.

Como Adán pecó, entonces, Adán engendró hijos de Dios por generación, pero no por gracia, e hijos de hombres. Se unió a otras mujeres para tener sus hijos, que Dios no quería. Y, por tanto, se da una línea generacional de hijos de Dios y una línea de generación de hijos de hombres: “viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron” (Gn 6, 3).

De Adán salen dos familias distintas: una familia que da hijos de Dios y otra que da hijos de los hombres. La de los hijos de Dios son los hijos que Dios quiere que Adán engendre. La de los hijos de los hombres son los hijos que Dios no quiere que Adán engendre. Ésta última viene por el pecado original.

Y si se unen estas dos familias, entonces tenemos los hijos del diablo: “Existían también los gigantes en tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos” (Gn 6, 3).

La Sagrada Escritura es clara: todas las almas proceden de Dios por creación. Todas las almas tienen por Padre a Dios. Hay muchos hombres que venden sus almas al demonio. En este caso, Dios Padre sigue siendo el Padre de esa alma, pero está esclavizada al demonio. El demonio no puede crear un alma, no puede ser padre de un alma, pero puede atarla a su ser demoniaco.

Pero los hombres se dividen en: hijos de Dios, hijos de los hombres e hijos del diablo. Luego, los hombres no somos hermanos entre sí. Venimos de un mismo hombre, de Adán, pero no de una misma mujer. Este es el punto del pecado original.

Mientras Adán se unió a la mujer en la Voluntad de Dios, engendró de ella hijos de Dios; pero cuando Adán se unió a la mujer sin esa Voluntad Divina, porque comió del fruto que Dios le prohibió tomar, entonces, perdió la gracia y comenzó a engendrar hijos de los hombres, no ya hijos de Dios: “Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol del que te prohibí comer, diciéndote: comas de él: por ti será maldita la tierra” (Gn 3, 17).

Por tanto, la doctrina de la fraternidad que enseña Francisco no puede sostenerse, hace aguas por todas partes.

Para Francisco existe en el hombre una vocación a la fraternidad. Y lo fundamenta así:

“Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios (…) se trata de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30) (…) Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad” (Francisco, 8 de diciembre de 2013). Aquí está toda su herejía.

Hay un solo Padre, luego todos somos hermanos. Francisco no discierne las Palabras del Evangelio (cf. Mt 23,8-9) y da por sentado que se refiere a los cuerpos, no a las almas. Dios crea las almas y, por eso, es Padre de todas las almas. Pero Dios no es Padre de todos los hombres, por el pecado original. Francisco dice: todos somos hijos de un mismo Padre, en los cuerpos y en las almas.

Si se comienza mal la doctrina, entonces la conclusión no puede sostenerse: todos somos hermanos. Esto va contra la misma Palabra de Dios, porque Dios mandó a Adán engendrar hijos de Dios para hacer la familia de Dios. Si Adán no hubiera pecado, entonces todos seríamos hermanos y Dios sería el Padre de todos los hombres. Es así que Adán pecó. Luego, hay división en las generaciones de los hombres. No somos ni podemos ser hermanos.

Entonces, la fraternidad no está enraizada en la Paternidad Divina. Esta es la siguiente herejía: La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios.

Se ama al hermano porque se es hijo de Dios. Sólo es posible ser hijo de Dios por gracia, no por generación. Hay tantos cruces entre los hombres, hay tantas uniones entre los hombres, que ya no se sabe dónde está la familia de Adán, la que viene por generación divina, la que no se cruzó con los hijos de los hombres ni con los hijos del demonio. Ahora, después de la Obra Redentora de Cristo, ser hijo de Dios sólo es posible por gracia, recibiendo la gracia del Bautismo y, por tanto, recibiendo el Espíritu de filiación divina.

Pero, aunque una persona sea hija de Dios por gracia, eso no supone ser hija de Dios por generación. Luego, no hay fraternidad entre los hombres. Sólo se da la paternidad espiritual y mística por la gracia, pero no por generación.

Los hombres no somos hermanos carnales, ni tampoco espirituales. No somos hermanos de Cristo por tener un Bautismo, ni siquiera hermanos de un mismo Padre por ese Bautismo. Porque, para ser hijo de Dios, como lo quiere el Padre, según su plan original, hay que ser tres cosas:

1. hijo de Dios por gracia;
2. hijo de Dios por Espíritu;
3. hijo de Dios por generación.

Hay muchos que están en gracia y que han recibido un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia y tienen un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia ni tienen un bautismo, y tampoco son hijos de Dios por generación.

Y la cuestión es si se puede dar el ser hijo de Dios sólo por generación, no por gracia, no por Espíritu. Y la respuesta es: no.

En las condiciones del pecado original, se ha perdido la generación de los hijos de Dios, porque el Señor puso el camino de la Gracia para ser hijos de Dios. Lo que Adán hizo al principio: engendrar hijos de Dios de una mujer, ya no es posible porque no existe esa mujer. Toda mujer, como todo hombre, está mezclado en su generación. No es puro. No es un hijo de Dios puro en la generación.

Sólo se da la pureza en la gracia. Se es hijo de Dios por gracia y por Espíritu. Para conseguir el plan de Dios original, es necesario el Reino Glorioso. Y, entonces, en ese Reino se podrá dar la fraternidad que, en estos momentos, es imposible. Por eso, Francisco se equivoca totalmente en su doctrina de la fraternidad, que es la doctrina del demonio. Es lo que metió el demonio en la mujer, en el Paraíso, para que Adán engendrara hijos de los hombres, hermanos en la carne de los hombres, pero no de Dios. Y esos hermanos dan lugar a los hermanos del demonio.

No puede darse un amor personal de Dios a cada hombre, como lo enseña Francisco, porque el Padre Celestial sólo puede amar a los que están en gracia (cf. Mt 6,25-30) y, por tanto, el Padre celestial alimenta, cuida, bendice, es providente de aquellas hombres que viven en su gracia, que es lo que les hace ser hijo de Dios. Por más que se tenga un Bautismo y, por tanto, por más que se haya recibido el Espíritu de filiación divina, si la persona no está en gracia, no se es hijo de Dios, porque se vive en el pecado. Y aquel que peca no es hijo de Dios: “el que comete pecado, ése es del diablo (…) Quien ha nacido de Dios no peca” (1 Jn 3, 8.9).

Francisco siempre se olvida del pecado original. Siempre se olvida de que existe el pecado, aun cuando se reciba la Gracia y el Bautismo. Y se olvida porque no cree en el pecado. No por otra cosa.

Por eso, sólo habla de una forma bonita: “El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer” (8 de diciembre 2013).

Pero este lenguaje es herético por sí mismo. Porque no todo hombre ni toda mujer tiene en su corazón el deseo de algo pleno. No se puede hablar así, cuando hay hombres y mujeres que no buscan lo pleno en su vida, no buscan la plena verdad. Sólo les importa sus verdades, sus vidas, sus obras y ya está.

Y tampoco se puede decir que eso que tienen en su corazón viene de un anhelo indeleble de fraternidad. ¡Menuda herejía! Dios, cuando crea al hombre, no pone este sello indeleble de fraternidad. Se es hijo de Dios porque el hombre engendra en una mujer el hijo que Dios quiere. No se es hijo de Dios porque el hombre tenga en su alma un sello de ser hijo de Dios ni, por tanto, un sello de que todos somos hermanos.

Esta es su enseñanza herética. Francisco no habla claro en la Iglesia. Y, entonces, da una doctrina totalmente demoniáca. Esto tiene un sabor demoniáco, ni siquiera humano.

En la vida encontramos a muchos hombres que son enemigos, que hay que verlos como enemigos y, por tanto, no se pueden ver como hermanos. Esto es lo que enseña la Sagrada Escritura: “pongo enemistad”. Pero Francisco no atiende a estas verdades fundamentales y entonces cae en utopías:

“La fraternidad extingue la guerra” (8 de diciembre). El mirarnos como hermanos eso quita la guerra. Es que esto no se puede sostener. Es que está la experiencia desde Adán que, por más que el hombre dialogue y bese a otro hombre y lo abrace, siempre está la guerra, siempre habrá discordias, siempre habrá odios. Siempre. Porque hay una cosa que Francisco no cree: el pecado.

Por el pecado, se rompe la fraternidad. Se quita el pecado, entonces hay amor fraterno porque hay amor de Dios.

Francisco dogmatiza la fraternidad. La pone como un sello indeleble en el hombre. Esa es su herejía. El amor al hermano viene del amor a Dios. Dios pone en el hombre su amor divino, no el amor a los hermanos. Francisco dice: no. Todos sentimos ese anhelo indeleble de ser hermanos. Se carga el pecado original. Lo anula. y, por tanto, pone al amor a los hermanos por encima del amor a Dios. Eso es signo de su orgullo, de su pecado de orgullo, en que no puede ver su soberbia, sino que se cree que está en la Verdad. Y, por eso, da sus fábulas en la Iglesia.

Ahí tienen el documento LA FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ, con fecha 8 de diciembre, en la que pueden ver todas sus herejías para explicar lo que no se puede explicar: el amor de Dios en este mundo sólo es posible a través de una vida de cruz. Y, por tanto, sólo se puede amar al hermano dándole una cruz, la Voluntad de Dios, que es lo que no hizo Adán con su mujer. Se unió a ella en el placer de la vida y, por tanto, de ella nace la humanidad, los hijos de los hombres, que no saben ser hermanos entre sí porque no tienen la gracia, porque no quitan el pecado, porque se creen que con la conciencia vale para salvarse, para justificarse ante Dios. Es lo que enseña Francisco en todo este documento, totalmente herético, desde el principio al fin.

El magisterio para la muerte de Francisco

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“El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. (…) El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. (…) la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible” (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

Este pensamiento de Francisco es la raíz de todo su magisterio herético en la Iglesia. De aquí nacen todas sus opiniones, sus herejías, su doctrina ambigua, de doble sentido, de múltiples caras, con frases y sentencias temerarias, escandalosas, ofensivas a los oídos píos.

El Evangelio para Francisco es sólo una visión histórica del hombre. No es, por lo tanto, la Revelación de la Palabra de Dios al hombre. No es lo que Dios dice al hombre, sino lo que el hombre vive en su vida, en su historia, en su cultura, en su filosofía de la vida, etc.

Y, por eso, la insistencia de Francisco de atender las necesidades de los hombres: las económicas, culturales, humanas, carnales, materiales, políticas, etc. Es primero eso. Y es sólo eso. Haciendo eso, entonces se vive el Evangelio.

Francisco actualiza la Palabra de Dios. Y, por tanto, lo que Dios dijo hace 2000 años queda viejo, es decir, hay que entenderlo en la cultura de antes, en el pensamiento humano de antes, en la filosofía de la vida antigua.

El hombre, como ha evolucionado, entonces tiene que aplicar ese evangelio según sus conocimientos actuales de la vida. Tiene que actualizar la Palabra de Dios. Tiene que modernizar esa Palabra. Cristo quedó viejo. La verdad cambia con el tiempo, con la mente de los hombres, con su evolución histórica. Por eso, Francisco, cuando habla, gusta a los hombres, porque les dice lo que viven hoy día: sus problemas, sus angustias, sus sueños, etc.

Francisco todo lo interpreta desde su visión de la historia. Por eso, el Concilio Vaticano II –para él- es una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Es decir, que el Concilio Vaticano da la cultura contemporánea. En ese Concilio está escrito, está formulado lo que el hombre tiene que vivir ahora, en estas condiciones de vida, porque es el Evangelio, pero para el hombre de hoy, para el hombre actual.

Este pensamiento no viene de él, sino de los protestantes, porque ellos no creen en la Palabra de Dios, sino en la evolución del pensamiento humano. Cuanto más evoluciona el hombre en sus conocimientos de la vida, cuanto más sabe, cuanto más avanza en la ciencia, en la técnica, entonces, vive mejor, vive con un futuro, vive haciendo de su vida algo tangible, algo para el día a día. El protestante siempre se apoya en su humanidad, en su mente, en su sabiduría humana. No puede apoyarse en la Palabra de Dios, porque no cree en Ella.

El evangelio hay que interpretarlo según la mente de cada uno. Es la herejía de la libre interpretación de Lutero. Cada uno es libre de ver el Evangelio, de entender el Evangelio en su mente, con sus ideas, con sus filosofías de la vida, con sus culturas de cada época.

Por eso, Francisco no puede seguir ni el Evangelio ni el Magisterio Auténtico de la Iglesia. No puede seguir la Tradición, ni los dogmas, ni nada que sea de la Iglesia. No puede. Porque todo lo interpreta según se mente humana. Es su opinión. Y eso es lo que vale para él. Eso es su dogma, su vida, su obra en la Iglesia.

Francisco no enseña nada espiritual. Sólo hay que fijarse en lo reciente. ¿Qué enseñanza espiritual ha dado en la Octava de Navidad? Ninguna. Nada. Todo ha sido hablar de los problemas que hay en el mundo, de las injusticias en toda partes, todo muy humano, muy natural, muy para los hombres. Pero nunca se centró en el Misterio de la Navidad. Dijo cosas ambiguas, bonitas, pero sin nada de la Verdad. Porque no puede dar la Verdad de la Navidad, ni la Verdad de la Sagrada Familia, ni la Verdad de los santos Inocentes, ni la Verdad del martirio de San Esteban, ni la Verdad de la Maternidad Divina.

Esto no le sale del corazón, porque lo tiene cerrado a Dios. Tiene su mente abierta al mundo, abierta a los hombres, abierta al demonio. Y todo es para él concluir que Dios nos ama mucho y que Dios lo es todo para todos los hombres. Esta es la intención general del apostolado de la oración del Santo Padre para el mes de enero de 2014: ”Para que se promueva un desarrollo económico auténtico, respetuoso de la dignidad de todas las personas y todos los pueblos”.

¡Qué cosa más ridícula de oración! El maldito dinero siempre en la boca de Francisco. Es por lo que ora, es por lo que pide oración: dinero, dinero, dinero. Pero Francisco no puede hacer una oración que diga: “Para que el Señor abra los ojos de los pecadores y así puedan quitar su pecado de avaricia y de usura, sus apegos a la vida humana y sus negocios demoniácos en el mundo”. Esto no lo puede poner Francisco. No se atreve. Él pone sus cosas bonitas, agradables, que gustan a los oídos de todos, pero vacías de toda Verdad del Evangelio.

Este es el problema de la boca de Francisco: está vacía de lo auténtico, de lo que es eterno, de lo que nunca pasa, porque su mente es su camino en la vida.

Cristo no es Camino para Francisco. Cristo no es la Verdad en ese Camino. Cristo no da la Vida en ese Camino.

Para Francisco, Cristo es lo que su mente recuerda, estudia, investiga, calcula, planifica, interpreta. Pero nunca una Persona Divina. Nunca. Cristo no es una Vida, para Francisco, sino la memoria de una vida. Lean su lumen fidei: “la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede” (n. 25). La Verdad no es Jesús, es una memoria, es una cuestión de memoria. La Verdad no es algo ahora, sino algo que se dio antes. Cristo no es ahora. Cristo fue antes, nos precede, va delante porque se dio en un tiempo, en una historia. No va delante porque marque un camino. El camino lo marca la razón del hombre, no Cristo.

“En ellos (en los sacramentos) se comunica una memoria encarnada” (n. 40). Ya no es Cristo el que se comunica en los Sacramentos, ya no es la Gracia la que se da en ellos, sino una memoria encarnada. ¿No ven la terrible herejía?

Es el Verbo el que se hace carne. Jesús es el Verbo Encarnado. Para Francisco, Jesús es una memoria encarnada. Esta es la herejía. Destroza Jesús. Destroza la Revelación. Todo es cuestión de la memoria, de ir al pasado y actualizarlo en el presente.

“la eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final” (n. 44). ¿Disciernen el pensamiento de Francisco? ¿Ven dónde falla?

La Eucaristía es un acto de memoria; luego, la Eucaristía no es Jesús, no es el Verbo Encarnado. Clarísima herejía. Y nadie la ve.

Francisco ve la Eucaristía en la historia: un acto de memoria, es decir, algo que pasó hace 2000 años. Hagamos ese recuerdo cuando celebremos la Misa. Hay que ir a la Misa pensando en lo que pasó hace 2000 años en el Jueves Santo. Y, una vez, que se hace ese acto humano, una vez que se piensa, que se raciocinia, que se da mente, entonces la Eucaristía actualiza ese misterio. Cuando se celebra la misa y pensamos en lo que ocurrió en el pasado, estamos actualizando el misterio con nuestro pensamiento. ¿Van captando la herejía? Y, entonces, se produce un milagro: nuestro pensamiento nos abre al futuro. Todo este enredo, que no dice nada claro, para decir sólo: no creo en la Eucaristía. Sólo creo en lo que pienso que debe ser la Eucaristía.

Cuando se va a Misa hay que ponerse con la frente en el suelo y adorar a Dios que se hace presente en el Altar. Punto y final. No hay que hacer un acto mental, no hay que recordar nada. Sólo hay que creer en la Eucaristía.

Los hombres no saben enfrentarse a Francisco porque no saben derribar su pensamiento humano. No luchan contra su idea de lo que debe ser Dios, la Iglesia, los sacramentos, etc. Y, entonces, le besan el trasero todo el santo día.

Estamos en la Iglesia para hundir a sinvergüenzas como Francisco. Él hace un magisterio para la muerte, para condenar a las almas. Y eso es muy peligroso en la Iglesia. Si no se combate a Francisco, la Iglesia queda subyugada por el error, la mentira, la herejía, el paganismo. Y se da culto a eso. Y se vive para eso. Y, entonces, aparece el cisma dentro de la Iglesia. Son los mismos sacerdotes y Obispos de la Iglesia los que producen el cisma, la separación en la Iglesia. Son ellos que no cuidan la Verdad, el Evangelio, a Cristo, sino que sólo se cuidan a sí mismos, a sus bonitos pensamientos, a sus ideales en la vida, a sus obras dentro de la Iglesia.

Y, cuando el hombre cuida su vida, el hombre se condena con su vida.

Dentro de poco se anunciará el cisma en la Iglesia Católica. Donde desaparece el pecado, donde ya no se cree en el pecado, entonces sólo se vive pecando y llamando a esa vida de pecado: bendición de Dios.

Los nuevos santos en Roma son los que pecan y no quitan sus pecados. Esa es la nueva santidad que Francisco está irradiando desde la Silla de Pedro. Francisco llama al pecado, amor de Dios. Peca y, entonces, Dios te ama. El pecado, para Francisco, no es una ofensa a Dios, sino un conjunto de situaciones que el hombre cae porque no piensa bien su vida, no pone su vida en atención a los demás, no obra en su vida para ayudar a los demás, para sacar de la miseria o de los problemas a los demás. Y, entonces, los hombres producen división en todo su actuar humano. Y eso impide que se dé el amor de Dios. Conclusión: para remediar ese pecado, esa división, el hombre sólo tiene que unirse a los demás, hacer esfuerzos humanos con las demás personas para arreglar el mundo, y así disfrutar del amor de Dios, de la ternura del amor de Dios para todos los hombres. Y esta es la santidad que se promueve en Roma: “El Papa comparte con vosotros la convicción de que podemos aprender mucho los unos de los otros, ya que las realidades que nos unen son muchas” (Francisco a la comunidad de Taizé, 30-12-13).

El hombre tiene mucho que aprender del hombre. Ya el hombre no tiene que aprender de Dios, de la Palabra de Dios, de la Verdad que es Jesús. Porque Jesús es sólo un recuerdo, no una Vida, no una realidad, no una Persona Divina. Es sólo un acto de conocimiento humano.

Cuando la santidad se pone en lo humano, en la sabiduría humana, en conquistar al hombre, entonces se abre la puerta para el demonio en toda la Iglesia. Las puertas del infierno están abiertas en Roma. Es decir, lo que se va a ver, a partir de ahora, en Roma, es la Justicia de Dios. Y hay que verlo así. No Su Misericordia, sino Su Justicia. Y eso da horror. Eso hace temblar al mundo de espanto.

Dos banderas: o Cristo o el demonio

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“No os juntéis bajo un mismo yugo con los infieles, que os son tan desiguales. Pues, ¿qué participación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿O qué sociedad hay entre la luz y las tinieblas? ¿Y qué armonía de Cristo con Belial? ¿O qué parte del fiel con el infiel? ¿Y qué acuerdo entre el Templo de Dios y los ídolos?” (2 Cor 6, 14).

En este nuevo documento del anticristo Francisco se enseña el error en la Iglesia, se difunde como algo verdadero y se acoge entre la general apatía e indiferencia.

Esto supone que existe una falta de fe, propagada, alentada, por muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia, que viven ya para sus vidas humanas, para sus falsas creencias sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el amor. Y, por eso, los pecados se cometen y se justifican por muchos, sin un camino para el arrepentimiento, sin la lucha contra todo aquello que se oponga a la doctrina de Cristo.

Los sacramentos se obran en el pecado y se inutiliza la Gracia de Cristo en toda la Iglesia. La tibieza en toda la Iglesia está a la orden del día y se disipan los tesoros que el Señor ha puesto en manos de Ella.

Muy pocas son las almas que escuchan en sus corazones la Voz del Espíritu, porque sólo tienen mente para la voz de los hombres, para sus palabras, sus pensamientos, sus obras, sus fines en la vida.

Pocos son los hombres decididos a vivir la Verdad que da el Espíritu, porque ya no saben buscar esa Verdad al estar impregnados de tantas mentiras como los hombres se dicen unos a otros.

Para seguir el Espíritu de Cristo es necesario oponerse al espíritu del mundo, es necesario contemplar el mundo como la escuela del pecado, de la obra del demonio entre los hombres.

Si se está en el mundo para aprender a ser hombre, entonces se vive en el mundo obrando la voluntad del demonio, que se da entre todos los hombres que no viven la Gracia Divina en sus vidas, que inutilizan esa Gracia al valorar en exceso toda su humanidad.

Pocos entienden en la Iglesia lo que supone seguir a Cristo. Y muchos quieren seguir siendo hombres, sin apartar de ellos al hombre viejo, sólo con la idea de reformarse en sus pensamientos humanos, en sus obras humanas, creyendo que eso es todo para ser un hombre nuevo.

La reforma en la Iglesia no existe, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu que no necesita cambiar nada en Ella. Lo que debe darse siempre es la conversión del hombre de su vida de pecado a la vida de la Gracia.

Es cambiar constantemente su mentalidad de hombre, para tener la Mente de Cristo, que no quiere pensamientos humanos en su Iglesia, sólo quiere el Pensamiento de Su Padre en Ella.

Y es lo que muchos no han comprendido y quieren reformar la Iglesia a base de pensamientos humanos, de filosofías humanas, de estructuras humanas, que no sirven sino para destruirlo todo en la Iglesia.

En este documento de este anticristo es lo que tenemos a la vista: sólo sirve para hacer de la Iglesia el culto al pensamiento del hombre. Y, por ello, para hacer en la Iglesia las obras del hombres que son del mundo y que viven para el mundo, llenos de su espíritu mundano, regidos en todo por el demonio, Príncipe del mundo.

Y son muchos en la Iglesia que no han captado esto, que viven como si todo marchara como siempre, con un jefe de la Iglesia que sabe lo que está haciendo y que la guía hacia la verdad y el bien.

Y no ven el desastre que viene para toda la Iglesia. No lo ven ni lo pueden ver, porque viven encerrados en su pensamiento humano, en su vida humana, en sus obras humanas dentro de la Iglesia.

La Iglesia no se hace a base de esfuerzo humano, ni a base de pensar la Iglesia con las ideas de los hombres, ni a base de obrar lo bueno humano en Ella.

En la Iglesia se hacen las obras divinas. Y quien no las haga, no hace Iglesia, sino que la destruye con sus obras humanas. Así, desde hace 50 años el edificio de la Iglesia está destruido por muchas obras de los hombres que no las quiere Dios para Su Iglesia.

Obras buenas humanas, pero sin el Espíritu de Cristo, hechas con el espíritu del mundo. Y, por tanto, obras profanas, mundanas, humanas, naturales, carnales, materiales, pero no ni santas, ni sagradas, ni divinas, ni espirituales.

El anticristo Francisco hace unión con todos los infieles del mundo y quiere unir en un mismo yugo a todos los hombres, sin distinción, sin exclusión, sin necesidad de quitar el pecado y el error en la vida de esos hombres.

Los quiere meter bajo un mismo yugo sólo porque son buenos hombres en sus pecados, en sus vidas humanas, con sus obras humanas. Y así tienen derecho natural de salvarse todos los hombres. A este planteamiento se resume todo lo que en este documento se dice sobre el falso ecumenismo, sobre el falso diálogo, sobre la falsa Iglesia de todos los hombres.

El que está en el pecado no puede participar de la Justicia de ser hijo de Dios. No puede santificarse, no puede salvarse, no puede hacer de su vida un seguimiento del Espíritu de Cristo ni, en consecuencia, no puede estar en la Iglesia siguiendo al Espíritu de la Iglesia, sino que está en Ella sólo siguiendo al espíritu del mundo. ¿Qué obras hace un pecador en la Iglesia? Las obras de su pecado. Pero no puede hacer las obras de Cristo. Nunca. Porque esas obras son sin pecado, movidas en todo por el Espíritu de Cristo. Y ese Espíritu enseña primero a quitar el pecado, a purificarse de todo, para hacer las obras que Dios quiere en la Iglesia.

Y, por eso, hay que salir en medio de los pecadores, de los infieles, de los lujuriosos, de los sin Dios, de los fornicadores de Satanás, para ser Iglesia. Quien acoge al demonio en la Iglesia rechaza a Cristo en Ella. Y esto es lo que ha hecho este anticristo, llamado por todos Papa, sin serlo, sin el llamado de Dios, sin la vocación de Dios a ser Pedro. Se puso como cabeza para destruir la Cabeza de la Iglesia: esa es su obra en medio de la Iglesia. Y todos aplaudiendo esa obra de un hereje que tiene en su corazón al demonio.

No puede haber sociedad entre la luz y las tinieblas. O el hombre está en la luz de Dios o está en la luz de las tinieblas. Pero no puede comulgar con ambas luces, tener ambas luces, seguir ambas luces, porque no se pueden seguir a dos Señores. Sólo se puede estar bajo la bandera de uno: o de Cristo o del demonio. Y sólo hay un batalla: Cristo contra el demonio. No hay más luchas en la Iglesia para ser Iglesia.

Muchos quieren estar en la Iglesia sin batallar contra el demonio. No hacen Iglesia. Porque quien está en la bandera de Cristo, bajo Cristo, que es el Rey de la Iglesia, está batallando constantemente contra el demonio en la Iglesia. Es una lucha diaria, segundo a segundo, en la que no se puede descansar, porque el amor de Cristo nos urge a hacer de la Iglesia el Sacramento de la Salvación y de la Santificación de las almas.

Y el anticristo Francisco no lucha contra el demonio en la Iglesia, sino que baila con él en medio de la Iglesia. Va siguiendo al demonio en cualquier obra que haga en la Iglesia. Y ha sacado un documento aprendido en la escuela del demonio y traducido en su pensamiento humano, que está despojado de la Verdad de la doctrina de Cristo.

Ese documento es la doctrina del demonio, es la fábula del demonio para atrapar a tantas almas que viven de cuentos chinos en la Iglesia. Se tragan cualquier idiotez que los hombres dicen con sus necias bocas humanas.

Este documento sólo sirve para construir la nueva iglesia que dará la bienvenida al Anticristo. Y sólo tiene ese fin. No posee el fin divino para hacer que las almas busquen lo divino en sus vidas y aprendan a amar a Dios y al prójimo en Espíritu y en Verdad.

No puede haber armonía entre Cristo y el demonio, entre los seguidores de Cristo y los seguidores del demonio. No hay paz, no hay alegría que trae la paz. Es imposible. Sólo hay guerra continua para conquista la Verdad y la Vida en la Iglesia.

La falsa alegría que trasluce todo este documento viene de la falsa caridad que quiere presentar este anticristo a la Iglesia.

Un falso amor para una falsa alegría. Y eso lleva consigo la destrucción de la paz en los corazones, porque se pone la alegría en la vanidad del mundo y de los hombres. La dulce alegría de los hombres que trae ajenjo al corazón. Eso lo que presenta el Inicuo Francisco, el Impío Francisco, el anticristo Francisco.

Y quien no quiera verlo así, se engaña y engaña a muchos.

No hay parte entre el fiel y el infiel. No hay comunión, no hay amor, no hay paz entre el fiel y el infiel. Sólo hay odio, división, egoísmo. Esto es lo que ha producido Francisco en medio de la Iglesia: división. La Iglesia ha quedado dividida por el odio de Francisco en Ella.

Y esa división ha traído a la Iglesia la ruptura con la doctrina de Cristo. Ya no se sigue, ya todos siguen lo que hay en sus pensamientos humanos y hacen de la Iglesia el templo de Satanás, el culto a todos los ídolos, a todos los dioses que tienen los hombres en el mundo.

Y eso conlleva una sola cosa: acoger la mentira y ponerla como la verdad, como el ladrillo para edificar la Iglesia.

Divide y vencerás: eso es el plan de Francisco. Sólo eso. Y no ha tenido luchas en la Iglesia, batallas, porque todo el mundo está dormido en su vida espiritual sin hacer nada por Cristo ni por la Iglesia.

Y, entonces, tenemos la Iglesia que nos merecemos, que queremos, que buscamos: la iglesia donde se da culto al hombre y al demonio.

Quien quiera estar en ella, que siga al demonio Francisco. Quien no quiera tiene que batallar contra ese demonio para seguir a Cristo en la Iglesia, para seguir la Verdad en la Iglesia, para tener la Vida que la Iglesia da a todos sus fieles.

Batallar en contra de Francisco y sus seguidores o morir a toda la vida espiritual y celestial. Elijan el camino. Cada uno es libre para andar un camino u otro: o Cristo o el demonio. Una de dos. O bajo Cristo o bajo el demonio. O con Cristo o con el demonio.

Francisco: el primero de muchos anticristos

En Roma hay dos cosas en este momento:

1. la imposición de la mentira como verdad.

2. la apertura de la Iglesia al mundo.

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Estas dos cosas sólo son el reflejo de la división en la cabeza, al colocarse una cabeza falsa, que guía a la Iglesia en estos tiempos de purificación y de gran tribulación.

Francisco, desde que empezó, no ha dejado de mentir, de engañar, de dar errores y de herejías en toda la Iglesia. Y lo ha hecho como cabeza, con un poder humano.

Y esta es la señal de que no es Papa verdadero: porque habla la mentira. Y ningún Papa, aunque sea pecador, aunque sea un demonio, cuando habla ex catedra habla la mentira, sino siempre la verdad a la Iglesia; porque el Papa tiene la misión en la Iglesia de enseñar la Verdad, de gobernar con la Verdad, de santificar en la Verdad. Eso significa el carisma de Pedro.

Y todo Papa verdadero ha hecho siempre eso en la Iglesia.

Francisco, desde el principio miente. Luego, no es Papa verdadero.

Ni tampoco un Anti-Papa, porque para ser Anti-Papa es necesario enfrentarse al Papa reinante. Y eso no lo hizo Francisco.

Tampoco es un falso Profeta, porque no tiene el Espíritu de falsa Profecía. En sus discursos, homilías, etc., no habla de las Profecías, no da Profecías, sino que inutiliza las Profecías. Es señal de que no cree en el Espíritu de la Profecía y, por tanto, no tiene el Espíritu de la falsa Profecía.

El falso Profeta cree en el Espíritu de la Profecía y, por tanto, ataca ese Espíritu con el espíritu demoniáco de la falsa profecía.

Un falso Profeta nunca niega las profecías verdaderas, sino que las combate con falsas revelaciones.

Francisco es como muchos sacerdotes y Obispos que, sencillamente, no creen en ninguna revelación privada porque ya creen que no hay más que revelar, que Dios calla, que sólo hay que guiarse por la mente del hombre en la Iglesia.

Entonces, ¿qué es Francisco? Un anticristo más que prepara el camino para el falso profeta y para el Anticristo.

Y como anticristo se opone a Cristo en todo, no sólo en una cosa, en una verdad, sino en todas las verdades.

Por eso, sus declaraciones, sus homilías, su encíclica prueban que Francisco es un anticristo, porque niega todo el Dogma, toda Verdad, toda obra divina en la Iglesia.

Francisco dice verdades pero para poner sus mentiras.

Francisco juega con el dogma, pero para indicar el camino de la maldad a los que le oyen.

Francisco usa la Iglesia para obrar las obras del demonio.

El demonio, como Francisco no cree en el Espíritu, entonces le guía sólo en su mente. Y en su mente, Francisco se inventa todo en la Iglesia. Sólo con su mente.

Para hacer esto, es necesario que la persona se haya formado en el juego del demonio durante muchos años en la mente. Y si se estudia a Francisco, desde que empezó a regirse por la mente, se verá la mentira constante en toda su vida.

Mentira que se esconde en la verdad, porque así siempre el demonio engaña a las almas: les da la verdad que quieren o que persiguen pero disfrazada con una mentira. Y así el demonio va guiando la mente del hombre hasta enseñarle lo que él quiere de ese hombre en la vida.

Es un trabajo arduo el del demonio, pero muy fructífero, porque esto lo hace el demonio para una obra grande.

Y la obra grande es poner a Francisco como jefe de la Iglesia.

Nunca el demonio pierde el tiempo con un alma. Cuando la tienta es para algo. Y cuando esa alma ya le obedece, entonces el demonio consigue lo que quiere de esa persona.

Por eso, en la vida espiritual todo consiste en anular la mente. Y esto es lo más difícil para la persona humana que vive de su razón, de sus ideas, de sus filosofías.

Aquel hombre que se apega a sus ideas, aunque sean buenas y perfectas, es siempre un juguete del demonio. Porque cualquier apego en la vida es una puerta de tentación para el demonio.

Por eso, hay que trabajar en la vida espiritual en desapegarse de toda idea humana, para comprender lo que es mirar el corazón.

Porque Dios solamente habla al corazón. El demonio a la mente.

Y hay que luchar contra infinitos pensamientos que el demonio pone para que el hombre esté continuamente mirando su mente y no haga caso del corazón.

Estamos en un mundo de hombres, que sólo miran sus razones. Y no más. Luego, estamos en un mundo regido por el demonio en muchos hombres.

Y en la Iglesia pasa lo mismo. Sacerdotes, Obispos, fieles llenos de ideas humanas, pero que no saben vivir en Gracia, siguiendo al Espíritu en sus vidas humanas.

Se dedican a hacer su oración, la que descubren en su mente, pero no saben adorar a Dios.

Se dedican a leer muchos libros sobre Jesús, sobre la Iglesia, sobre los Santos, pero no entienden la Palabra de Dios y no la obran, porque no salen de sus razones, de sus ideas sobre lo que es Jesús y Su Iglesia.

Por eso, es difícil la vida espiritual y es difícil ser Iglesia y hacer Iglesia.

Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu. Pero si el hombre se rige por su razón, entonces no obra lo que quiere el Espíritu en la Iglesia.

Hay tantos sacerdotes soberbios porque se han cerrado al Espíritu, al negar en su corazón las hablas de Dios.

Dios, para abrir el corazón del hombre, para que el hombre le atienda en su corazón, le habla directamente. Y el hombre, si no acoge esas hablas, si las rechaza, entonces cierra su corazón a la Verdad y sólo se rige por su mente.

Hay muchas almas así que Dios no puede guiarlas hacia la verdad, porque han dado mayor importancia a su mente, a sus logros científicos, a sus filosofías en la vida, que a lo que Dios pone en el corazón.

Por eso, tenemos una Iglesia que no sirve, en realidad, para nada. Es un conjunto de hombres que hacen muchas cosas, y algunas buenas, pero que no obran la Voluntad de Dios dentro de ella.

Y, por eso, vemos lo que vemos. Y no hay que extrañarse de lo que vemos, porque esto es sólo el comienzo. Ahora viene todo el desastre para la Iglesia.

Massimo Introvigne: maestro de la ley

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“El malestar no debe ser confundido con el rechazo del Magisterio ordinario, ya esta actitud sí lleva al cisma” (Massimo Introvigne (publicado en il Foglio, 11 octubre 2013, p. 4)).

Este analista da una visión equivocada de lo que pasa en la Iglesia, porque no se pone en la Verdad.

La única Verdad que hay que seguir para entender la situación de la Iglesia actualmente es ésta: Nadie puede elegir un nuevo Papa estando vivo el anterior.

Esta Verdad, que está en el Evangelio, nadie la sigue. Y no se sigue porque no se cree en la Palabra de Dios, sino que se cree en las razones de los hombres para elegir un nuevo Papa.

Si la Iglesia no se pone en esta verdad, la Iglesia camina escuchando a mentirosos como Introvigne, que tienen el atrevimiento de decir lo siguiente: “Es posible que el Papa Francisco realice otras reformas en la Iglesia que el fiel católico deberá acoger con docilidad y sin buscar leerlas como contrarias a las enseñanzas de los pontífices precedentes sino teniéndolas en cuenta.”

Cuando el alma no está en la Verdad, entonces su boca proclama mentiras.

El malestar por las declaraciones de Francisco significa un rechazo a Francisco y no a la Iglesia. Un rechazo porque Francisco no es el Papa, es un Anti-Papa.

Si no se comienza así, entonces todo el artículo de este hombre es una solemne tontería.

La Iglesia está molesta con Francisco porque ha dicho cosas que no las dice un verdadero Papa, ni siquiera en su magisterio privado con los fieles, que es siempre falible, porque no habla en nombre de la Iglesia, públicamente, sino que lo hace en habitaciones privadas sin que a nadie le interese lo que se diga ahí.

Pero Francisco ha hablado como Jefe de la Iglesia, y eso no hay quien lo cambie buscando pretextos, razones, para acallar el malestar por la bocazas de Francisco, por las imprudencias de Francisco, por el pecado de Francisco.

Como Francisco es un Anti-Papa, entonces se le puede criticar, se le puede juzgar, se le puede condenar y eso no produce ningún cisma. Porque el cisma se produce sólo en la desobediencia al Papa. Es así que Francisco no es Papa. Luego, no hay cisma. Esto es el sentido común.

Como este analista no se pone en la Verdad, sino que sigue su verdad (=Francisco es Papa), entonces mete miedo con una verdad. Y hace un mal enorme a toda la Iglesia, porque quiere enseñar con una verdad su mentira.

Todo su artículo es el propio de una mente que no ha comprendido nada de lo que es el Papado y la obediencia al Papa en la Iglesia. Es un ignorante de la vida espiritual de la Iglesia. Está versado en la vida política de la Iglesia y, por eso, limpia las babas a Francisco, para que todo el mundo en la Iglesia haga lo que él hace: justificar el pecado gravísimo de Francisco.

Y cuando se justifica un pecado en la Iglesia, entonces el pecado es un dogma en la Iglesia y, por eso, dice que hay que acoger con docilidad cualquier cosa que Francisco quiera imponer en la Iglesia, aunque Francisco destruya los dogmas, las verdades reveladas.

Y hay gente en la Iglesia que sigue a este analista como oráculo divino, como el que da la Voluntad de Dios, como el sabio entre los sabios en la Iglesia. Así está la Iglesia: “¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!” (Lc. 11,47-54)

Massimo Introvigne es sólo un maestro de la ley que se ha quedado con la llave del saber. La llave del saber es su vasta inteligencia humana. Y en esa vasta inteligencia escudriña los conocimientos de todos los hombres y anuncia a toda la Iglesia la verdad que ha encontrado en vasta inteligencia. Y así él no entra en la Verdad ni deja entrar a los demás en la Verdad. Como él hay tantos en la Iglesia, que se han acaudalado en sus conocimientos de la verdad y lo imponen a los demás porque tienen una autoridad en la Iglesia. Necios y sólo necios de pensamiento cuyo error es su pecado de soberbia. Acarician su soberbia y demuestran su soberbia en medio del mundo para que todo el mundo la lea y la siga.

La Fe en la Iglesia no la da el sociólogo Massimo Introvigne, sino que la da la Palabra de Dios. O se cree en la Palabra de Dios que dice no elegir Papa mientras sigue vivo el anterior, o se cree a tantos en la Iglesia que quieren poner su razón para seguir en la mentira de unos Cardenales que pecaron al elegir un nuevo Papa.

Francisco es el fruto del pecado de los Cardenales que obraron en la Iglesia sin Fe en la palabra de Dios. Obraron su pecado porque tienen la fe puesta en los pensamientos de cada uno, en las filosofías de cada uno, en las políticas de cada uno. Y, de esta manera, se peca.

El pecado es, siempre, por la falta de fe. Nunca el pecado es por tener fe. Cuando el alma se aparta de la Verdad, que es Jesús, para seguir sus verdades, que son sus múltiples ideas sobre Jesús y sobre la Iglesia, entonces tenemos lo que tenemos: la glorificación del pecado en la Iglesia. El pecado ya es una cosa divina en la nueva iglesia que Francisco ha fundado con se memoria fundante. En esa nueva iglesia los que quieran estar tiene que pecar y eso les llevará al cielo.

Y, porque hay mucha gente en la Iglesia que vive buscando una razón en los hombres para tener fe, por eso, siguen dormidos en la Fe, siguen aplastados en sus pecados, viendo a la Iglesia como algo que les da un interés en la vida, pero no la Verdad de sus vidas.

El cisma lo ha provocado Francisco, no sólo con sus declaraciones, sino con su gobierno horizontal. Es él el que se ha apartado de la Obediencia de Cristo y ha puesto su orgullo en medio de la Iglesia. Y, ahora, no vengan hombres sin sentido religioso, como este sociólogo Massimo Introvigne, necio en su pensamiento, a decir que hay que obedecer a todos los cambios que haga Francisco, porque es el Papa y al Papa no se le puede criticar.

Que los que deseen esa nueva iglesia obedezcan a su dictador francisco y a su gobierno de marionetas, que son los ocho prepotentes de Roma. Pero que no manden a la Iglesia obedecer a un Anti-Cristo, porque ahí se ve su falta de fe y su negocio con Francisco.

Ahora se quiere, de muchas maneras, tapar las barbaridades que Francisco ha dicho. Pero ya no es posible.

O se está con la Iglesia o se está con la nueva iglesia de Francisco. Que cada uno elija, pero que no digan lo que hay que hacer en la Iglesia, cuando ellos ya no son Iglesia por su cisma que han provocado en la misma Iglesia. Cisma encubierto, pero cisma verdadero. Cisma en silencio, pero que lo oyen las almas que viven de la Fe en la Verdad, que es Jesús.

El que habla la Verdad nunca provoca ningún Cisma, pero el que se atreve a levantar su pecado en medio de todos como la verdad, entonces es ése el que provoca el Cisma en la Iglesia.

El falso amor humano en la Iglesia

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El amor de Dios supone un descubrimiento de Su Voluntad.

No se puede amar sin conocer la Voluntad de Dios. Por eso, hay tanto falso amor en la Iglesia, porque sólo nace del amor humano, de la concepción de la bondad humana.

Se ama porque se hace un bien humano. Y eso es ir en contra de la Voluntad de Dios.

Se ama porque se da la Voluntad de Dios. Y si no se da, si se da otra cosa, un gusto, un placer, un querer humano, un bien humano, un capricho, un deseo, entonces no se ama con el amor divino.

El amor divino nace del corazón. El amor humano nace de la mente del hombre, de sus pasiones, de sus inclinaciones, de sus muchos deseos de ser hombre y de ser tomado como hombre.

Muchos siguen su juicio humano en la Iglesia y quieren poner lo que ellos ven como verdad, como bien. Y, entonces, siempre se equivocan. Y no hacen Iglesia. No dan la Voluntad de Dios en sus obras. Dan sus caprichos humanos.

Porque si amar fuera tan sencillo como hacer un bien humano, entonces ¿para qué la Gracia, que es el camino para obrar el amor divino, para hacer una obra divina? Entonces, no tiene sentido los Sacramentos ni nada en la Iglesia, porque todo consiste en obrar algo bueno para los hombres, en contentar a los hombres, en darles una satisfacción humana, material, carnal.

Esto es lo que predican tantos sacerdotes: este amor para el hombre, este amor para dar un contento al hombre, este amor para no herir sensibilidades, este amor que va en contra del amor divino.

El hombre, en la Iglesia, se ha convertido en hombre viejo. Y no quiere salir de ahí. Ya no sabe ser hombre nuevo. Cree que todo consiste en buscar caminos nuevos en la Iglesia para seguir siendo hombres viejos, con una cara nueva, postiza, con palabras bonitas, hermosas, que agraden a todo el mundo, para que todos estemos contentos en la Iglesia.

Este pensamiento de idear el amor en la Iglesia basándose en el hombre es la caída de muchos sacerdotes y fieles de la Iglesia. Está en toda la Iglesia esta concepción del amor.

Y Jesús da su Palabra: “Si alguno quiere seguir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome a cuestas su cruz y sígame” (Mc 8, 34).

Esta Palabra de Jesús ya no se acepta por la Iglesia en su conjunto. Es una Palabra que no se entiende por el hombre.

El hombre no comprende la negación de sí mismo: no pensar como piensa el hombre, no obrar como obra el hombre, no elegir como elige el hombre, no vivir como vive el hombre.

Este lenguaje de Jesús es rechazado por muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la vida práctica, en lo concreto de la vida de cada día. Y se piensa como hombre y se obra como hombre y se vive como hombre sin darse uno cuenta. Y eso es sólo por falta de oración auténtica y de penitencia.

La oración es para llenarse del amor divino. Y primero hay que vaciarse de otros amores. Y, por eso, no cualquier tipo de oración produce este efecto. Hoy no se sabe orar, porque sólo se dicen muchas palabras para pasar el tiempo, pero no se hace la oración del deseo de corazón.

El alma tiene que desear el amor del corazón. Tiene que elevarse de otros amores y ponerse en la Presencia de Dios. Y esa Presencia es alejarse de toda otra presencia: ya humana, ya diabólica, ya carnal, ya natural, ya material. Cuanto el hombre más se acerque a Dios, Dios más le pide olvidar lo demás de la vida. Porque el hombre tiene que aprender a vivir. Y sólo se aprende a vivir en la escucha de la Palabra de Dios.

Por el oído viene la Fe, la Vida de la Gracia, el Amor de lo Divino, la Verdad del corazón. Pero si no es escucha a Dios en el corazón, no se da el amor de Dios, sino que el hombre se queda en sus amores, en sus obras humanas, en sus bienes humanos, y ya no persigue la santidad de la vida, sino su propia felicidad humana, que es lo que se ve en toda la Iglesia.

Una Iglesia humana, preocupada por todo lo humano, que no sabe ser de lo divino, que no sabe buscar lo divino, que no sabe pisotear todo lo humano para ser hijo de Dios.

Por eso, tenemos una Jerarquía de hombres, revestidos de sotanas, pero que no saben enseñar el amor, porque han aprendido a amar en su mente, en sus deseos humanos, en sus pasiones humanas, en sus obras humanas. Y no ven más allá de sus narices.

Una Jerarquía ciega para el amor de Dios, pero que abre sus ojos al esplendor de todo lo humano, donde no está la Verdad.

Una Jerarquía que vive para el dinero y el poder. Y eso nadie lo puede negar, porque todos vivimos para eso.

Una Jerarquía que ha hecho de la Iglesia un invento de la cabeza humana, un apunte de su teología humana, una excelencia de su sordidez humana.

La Jerarquía está sorda a la Palabra de Dios. Ya no escucha la Voz de Dios. Sólo escuchan la voz de sus pensamientos humanos. Y a esa voz la llaman Voz Divina, Voluntad Divina, y así engañan al Pueblo con muchas cosas que sólo son de los hombres en la Iglesia, no de Dios.

La Jerarquía de la Iglesia sólo sabe hablar, como Francisco, y después obra lo contrario a lo que habla. Con la palabra se esfuerza por dar algo que no viven. Y lo dan de cualquier manera, con muchos errores, entreteniendo a los fieles. Y, por eso, son payasos en las predicaciones: hablan para entretener a los hombres, para que el hombre pase un rato divertido en la Iglesia y se olvide de las preocupaciones de la vida. Y, después, se dedican a hacer cosas que no pertenecen a su ministerio, y a vivir para las cosas del mundo, porque hay que hacer algo entre predicación y predicación, entre misa y misa.

Así está toda la Jerarquía, con la excepción de muy pocos.

Si el Pueblo de Dios no ama con el amor divino, tampoco los sacerdotes aman con este amor. El mal de la Iglesia son sólo sus sacerdotes. Y si ellos quieren perderse, entonces pierden a toda la Iglesia. Y, para no perderse, hay que buscar a los sacerdotes santos, que viven para Dios y quieren una Iglesia donde brille el Amor de Dios, y se oculte todo amor humano.

El pecado de Francisco: no amar a la Iglesia

frialdad

No se ama si no se obra la verdad.

Pero la Verdad no nace de la mente de un hombre, sino que nace del Pensamiento del Padre.

Muchos no saben amar porque no ven la Verdad y llaman a cualquier obra buena amor.

El Amor es la obra del Espíritu en el alma. Es lo que el Espíritu pone en el corazón para que el alma lo obre.

La enseñanza de Dios al alma es siempre una obra de amor.

Dios, cuando ama al alma, la mueve hacia una obra de amor. Esta obra de amor es realizar la misma Verdad que está en Dios. Si el hombre realiza otra verdad, aunque sea buena a sus ojos humanos, ya no ama.

El amor no es lo que el hombre hace, sino lo que Dios hace en el alma.

El amor no es lo que el hombre se encuentra en la vida, es lo que Dios produce en el alma.

El amor no es la conquista de una vida, es la realización de lo que Dios pone en el alma.

No se sabe amar porque no se sabe mirar el corazón, donde Dios ama al alma.

Mirar el corazón es ver la acción de Dios en la vida. Los hombres pierden sus tiempos mirando sus mentes humanas.

En la mente sólo está el vacío de la vida, no el amor.

En la mente, el hombre se inventa sus amores, que le llenan de placeres y de felicidad en la vida. Pero hacen que su corazón sienta el vacío del amor.

En la mente se encuentra la obra buena, pero no la obra que Dios quiere que se haga en la vida. Esa obra hay que verla en el corazón.

Francisco no ama la Iglesia. Ése es su pecado.

Un pecado que nace de su error, de su amor a la vida humana.

Porque Francisco construye su amor al hombre en su entendimiento humano, entonces hace en la Iglesia la obra de ese amor, que va en contra de la obra del amor divino.

Si el amor humano de Francisco naciera del amor divino, entonces sería un hombre bueno que no atacara a la Iglesia, sino que dejara a la Iglesia en la Verdad de lo que es.

Pero desde que inició su Pontificado, su amor al hombre está por encima del amor a la Iglesia.

No quiso ser llamado Papa, rebajó el Papado con notas externas, hizo cosas no propias de un Papa en los primeros días de su reinado, no quiso amoldarse a los escritos preparados para la predicación en la Iglesia, sino que enseguida dio sus sermones, confusos, errados, que no nacían del corazón, sino de su error en la mente.

Pasó por alto tantas advertencias que se le decía para mostrarse como tiene que ser un Papa, porque él quiere ser un hombre, acercarse al hombre, agradar a todo hombre, sentirse unido al hombre, volverse a la miseria del hombre, darle un mano, porque ama al hombre de una manera equivocada.

El amor que obra Francisco es un amor que muchos en la Iglesia tienen. Muchos ponen al hombre por encima de Dios. Y es antes el criterio de los hombres que la Mente de Cristo. Es antes la palabra de los hombres que la Palabra del Evangelio. Es antes las obras buenas humanas, que las obras santas, sagradas, en la Iglesia.

En la Iglesia se vive un falso amor, fruto del enfriamiento de la caridad de muchos.

La caridad es un fuego divino dado al corazón del hombre. Pero si ese fuego se va apagando porque el corazón se cierra a la enseñanza del amor, entonces el alma vive para la frialdad de su mente y obra con esta frialdad en la Iglesia.

Por eso, en la Iglesia se percibe odio, resentimientos, envidias, celos, mentiras, engaños, falsedades, porque el corazón está cerrado al Amor, y se vive de pensamientos, de ideas, de planes humanos en la Iglesia.

Y quien hace caminar así, buscando el camino de los hombres, es la misma Jerarquía de la Iglesia.

Francisco es ejemplo de ello cuando con los jóvenes los invitó a seguir lo que eran: independientes, ambiciosos, orgullosos, soberbios, lujuriosos. Porque esa es la idea que tiene de la juventud. Y hay que amarla de esta manera, porque para él lo primero es amar al hombre, después es ver qué hay que darle al hombre. Y si hay que ofrecerle una amistad, se la da, aunque para ello sea necesario que rebajarse con el pecado del otro.

Porque así entiende Francisco el amor al otro: abajarse a su estilo de vida, abrazar su pecado, quitarle importancia, dejárselo como un bien para su vida de hombre, y ayudarle para que esa forma de vivir sea próspera en lo humano, pero sin fijarse en el elemento espiritual, moral, de la persona.

Hay que amar a los jóvenes porque son hombres y hay que acercarse a sus vidas y ser como ellos, imitarlos en su orgullo e independencia. Hay que ser rebeldes, como ellos. Y se les ayuda para que tengan una vida de rebeldía, de placeres, de felicidad, porque eso es lo que da Dios a los hombres.

Esta forma de pensar de Francisco es la de tantos sacerdotes en la Iglesia que no saben conducir al rebaño a los pastos del amor, sino que dejan al rebaño en sus propios pastos de impureza y de rebeldía hacia Dios.

El pecado de Francisco está en sus obras. En cada cosas que hace en la Iglesia. No está en sus palabras. En las palabras está la cabeza de su error. Lo que él piensa de la vida, de la Iglesia, del sacerdocio.

En sus obras está la obra de su amor al hombre. Él habla muchas cosas, pero siempre obra este amor falsificado, errado en la raíz. No ha sido capaz de obrar un amor verdadero. Ha sido capaz de hablar lo verdadero cuando se sujeta al papel que le preparan para que no diga tonterías. Pero cuando no se sujeta a ese papel, por esa boca sale su error constantemente. No es que se equivoque en algo. Es que en todo lo que dice, cuando se pone a improvisar, cuando quiere dar su opinión, hay un error, una mentira, una falsedad. Por eso, no hay que fijarse en lo que dice. Hay que ver sus obras concretas en la Iglesia.

Y esas obras están ahí. Son muy claras. No hay que ver sus obras en lo exterior que transmite: en su falsa humildad exterior, en su necio despojo de las riquezas, en su falsa amistad por todos los hombres.

Sus obras en la Iglesia las hace como Papa, sin serlo. Pero está ahí presidiendo, no gobernando, la Iglesia. No quiere gobernarla porque no quiere ser Papa. Sólo quiere ser un hombre bueno, el Obispo de siempre, el que se va con sus camaradas y habla de las muchas cosas de la vida. En esas obras en la Iglesia, que son humanas, no divinas, está su pecado, porque hace obras en contra de la Verdad de la Iglesia, en contra de la Verdad del Evangelio, desde que inició su Pontificado.

Sus declaraciones últimas son una obra en la Iglesia, una obra de pecado. No es un conjunto de palabras. Es lo que piensa Francisco de la Iglesia, a la cual odia con su corazón, porque lo tiene cerrado al Amor Divino, que sólo puede entenderse cuando el hombre se despoja de todo lo suyo humano para revestirse de lo divino.

Francisco no quiso despojarse de sus vestiduras humanas cuando subió al Pontificado, sino que despojó al Pontificado de su realeza divina y transmite un pontificado frío, que nace de la frialdad de su entendimiento humano, porque no puede amar con el corazón a la Iglesia, al tenerlo cerrado al Amor.

Francisco no ama a la Iglesia porque ama al hombre y se queda en el hombre. Para él el centro de la vida es el hombre y la mujer. Y no hay más. Para eso vive: para el hombre, para conquistar lo humano, para ser feliz en lo humano, para dar a lo humano el brillo de lo humano.

Francisco no ama porque no sabe lo que es el Amor. Se ha inventado el amor, como han hecho tantos sacerdotes y Obispos en la Iglesia. Hoy se ama a los fieles con el pensamiento de cada uno, no con el corazón abierto a la Verdad, que trae el Amor.

Hoy se ama para quedar bien entre los hombres, para darles a los hombres lo que ellos quieren escuchar. Y no se les da la Verdad, que está en Dios -y que se refleja en el Evangelio- porque no se ama la Verdad, sino se aman las verdades que cada uno encuentra en su mente humana. Y esas verdades van en contra de la Verdad, que es la Iglesia.

La Iglesia persigue las verdades humanas. Y, entonces, hace lo que Francisco: obra el pecado, la mentira, el error que está en el pensamiento de cada sacerdote, de cada Obispo, de cada fiel. Ese error que no se quita sino despreciándolo, crucificando el pensamiento humano, pisoteando la ciencia humana, la técnica humana, la filosofía humana, que es lo que no hacen los sacerdotes ni los Obispos, ni nadie en la Iglesia.

Y ese error lleva al pecado de odio hacia la Iglesia, hacia lo divino, hacia lo santo, hacia lo sagrado. Un odio que se descubre en las palabras y en las obras, al mismo tiempo, que es lo que ha hecho Francisco.

El pecado de Francisco es el fruto de su error. Y cae en el error por su amor al dinero, amor a la vida, amor al bienestar de la vida.

Creer en las almas

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Cada alma es una obra divina.

Y cada alma está llamada a una vida divina.

Cada alma necesita saber qué obra tiene que hacer en su vida. Necesita vivir la vida que Dios le ofrece.

Por eso, cada hombre debe buscar la Verdad. Y no puede detenerse ante cualquier verdad. Porque detenerse es no encontrar la Verdad.

La Verdad es un Camino divino, no humano. Y no se conoce ese Camino. Luego, el alma no puede pararse en ese Camino.

Para llegar a la Plenitud de la Verdad, al sentido de la vida, hay que caminar siguiendo al Espíritu de la Verdad. Si se camina siguiendo los pensamientos de los hombres, entonces la Vida se detiene, el Amor se enfría, la Verdad se oculta.

Hoy la Iglesia no cree en las almas. Este es su pecado. Un pecado que no se ve, pero que se palpa en todas las cosas, que se vive en todos los rincones de la Iglesia.

Y vivir el pecado es obrar la mentira en la vida.

La Iglesia vive en la mentira porque no cree en las almas.

El alma es el Templo de Dios. No son las construcciones materiales lo que hace, lo que obra, la Iglesia.

Cada alma es lo que Dios ha creado. Y Dios quiere que esa creación se obre, se viva, se fortalezca en la Verdad, que es Su Hijo.

Jesús es la Verdad. Y cada alma es una parte de esa Verdad, una obra de esa Verdad, una vida de esa Verdad.

Jesús no es un conocimiento intelectual de la verdad. Jesús es una Vida que obra la Verdad. Y cada alma es parte de esa Vida. Y cada alma debe escuchar la Voz de Jesús para poder obrar esa Verdad.

Jesús habla a cada alma en particular. Y habla de muchas maneras. Habla con sueños, habla con visiones, habla con palabras en el corazón, habla con sentimientos divinos, habla de muchas formas. Y Jesús siempre está hablando al alma, porque tiene que guiarla hacia esa Verdad, que el alma desconoce.

Los hombres conocen las verdades que nacen de sus entendimientos humanos, pero esas verdades no son la Verdad Divina. Pueden acercarse, pueden alejarse, pueden tocarla en algo, pero ninguna verdad humana es la Verdad Divina.

Y estamos en la Iglesia llena de hombres, y cada uno dice lo que le viene a la mente, y hace de la liturgia, de la Escritura, de la Teología, de los Dogmas, de la Tradición de la Iglesia, lo que su pensamiento adquiere trabajando con muchas verdades que impiden dar la Verdad.

Estamos en la Iglesia cuyo error es su humanismo, centrada en su ideal de cómo debe ser un hombre, de cómo debe vivir un hombre, de cómo debe obrar un hombre. Y los hombres pueden vivir y obrar de muchas maneras. Y los hombres puede alcanzar la verdad de muchas maneras. Y los hombres pueden obrar la verdad de muchas maneras. Y, entonces, todo se queda en lo humano: sé un buen hombre, haz obras buenas, vive bien y te salvarás.

Esto es lo que hoy predica la Iglesia. Esa predicación va en contra de la Verdad, que es Jesús, en contra de la doctrina de Jesús, que no nace de su pensamiento humano, sino que vive en el Pensamiento de Su Padre.

Los hombres en la Iglesia se creen muy importantes y muy inteligentes por el hecho de que son sacerdotes, de que tienen un oficio en la Iglesia, de que obran cosas en la Iglesia. Ese es el fariseismo de la Iglesia.

El fariseo construye la Iglesia según su pensamiento humano, según su ciencia humana, según su psicología y su psiquiatría. Y esa Iglesia que construye es una mentira. Pero como está revestido de Poder sacerdotal, impone ese pensamiento a las almas como verdadero. Por eso, hay tantas cosas en la Iglesia que no valen para nada y que son motivo para llevar a las almas a la condenación en la misma Iglesia.

La Iglesia no cree en las almas, en lo que sienten las almas, en lo que ven las almas, en lo que escuchan las almas, en lo que experimentan las almas, porque sólo cree en los pensamientos de los hombres.

Jesús es la Verdad que se da al corazón de cada alma. Jesús no da Su Verdad a la mente del hombre. No hay que buscar con la mente la Verdad, no hay que interpretar con la mente las Escrituras, no hay que obrar con la mente la Verdad.

Jesús ha dado a las almas un corazón para que comprendan la Verdad y la obren.

Y la Iglesia no enseña a mirar el corazón. La Iglesia enseña a mirar la mente, los conocimientos de los hombres, los pensamientos de los hombres, las ciencias de los hombres.

Y la doctrina de Cristo no se puede comprender con el pensamiento, porque es locura para el hombre, es necedad para los vividores, es absurda para los que buscan ser felices en esta vida.

La Iglesia ha fallado en ser una Iglesia del corazón. Y se ha dedicado a ser una Iglesia de la mente, de razones, de palabras bonitas, de palabras hermosas, de leyes y normas que no sirven para vivir la Verdad, que es Jesús.

A Jesús no hay que predicarlo con palabras elegantes, con frases hermosas, que se quieren dar en una bandeja de plata. A Jesús hay que predicarlo despojándose de toda palabrería humana, de toda inteligencia humana, de todo discurso humano. Y sólo así se dan a las almas lo divino.

Pero los sacerdotes sólo hablan de lo que hay en sus entendimientos humanos. Y no son capaces de hablar a las almas con el corazón. Entienden el hablar con el corazón su sentimentalismo humano, sus afectos humanos, sus cariños humanos.

Hablar con el corazón es dar lo divino al alma. Es dar la Palabra que nace del Pensamiento del Padre. Es sanar el corazón con el Amor del Espíritu. Es indicarle al alma el camino de la Santidad de la Vida, que no está en ningún camino humano, en ninguna obra humana, en ninguna vida humana.

Hoy los hombres entienden la vida espiritual con la práctica de algunas cosas que hay que hacer (Misa, oración , penitencia) y después se dedican a vivir sus vidas siendo unas buenas personas. Eso que viven los hombres les lleva a la condenación, porque esa no es la vida que lleva a la salvación.

El amor que salva al hombre es un amor que crucifica a todo el hombre. Y esto es lo que no se predica en la Iglesia: este Amor que salva, este Amor que crucifica.

Se predica un amor humano, un amor tierno, un amor sentimental, un amor natural, un amor que es dar un beso y un abrazo al otro y dejarlo en su pecado, y no indicarle el camino para dejar su pecado.

Este predicación está en muchos sacerdotes y Obispos de la Iglesia. Y, de esta forma, predican la mentira a las almas. Y las almas no encuentran la verdad de sus vidas, porque sus sacerdotes viven y obran la mentira desde la Iglesia.

La Iglesia es lo que son sus sacerdotes. Y, aunque los fieles intenten buscar la verdad en la Iglesia, y vivir esa verdad en la Iglesia, no pueden hacerlo. Porque Dios salva a los fieles junto con sus Pastores, junto con sus sacerdotes. Los fieles de la Iglesia no pueden salvarse sin sus sacerdotes. Y, por eso, según estén los sacerdotes, así están los fieles. Si los sacerdotes quieren condenarse, se condenan, pero llevan tras de sí a muchos almas a las que han predicado y servido en la Iglesia con la mentira de sus vidas.

Si los sacerdotes buscan la verdad de su sacerdocio, entonces salvan y santifican a muchas almas en la Iglesia.

Y hoy tenemos una Iglesia de sacerdotes mentirosos que predican lo que hay en sus mentes, lo que conciben sus mentes, lo que encuentran en sus mentes. Predican una mentira y se oponen a la Verdad, porque Jesús predicó lo que había en su corazón, no en su mente.

Jesús hablaba con el corazón a las almas. No hablaba con discursos mentales, con ideas de la mente, con palabras bien formadas en la mente.

Jesús es Corazón, no es una idea.

Y, por eso, la Iglesia está como está. No sirve para encontrar la Verdad. Para hallarla, hay que quitar tantos escombros como los hombres han puesto en la Iglesia. Hay que derribar tantos muros de los pensamientos de los hombres. Hay que destruir tantos edificios que no sirven para nada.

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