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Juan Pablo II: el Papa de la Gran Tribulación

“Este Papa es el Don más grande, que Mi Corazón Inmaculado os ha dado, para el tiempo de la Purificación y de la Gran Tribulación” (La Virgen al P. Gobbi – 13 de mayo 1995).

JuanPabloII

Juan Pablo II es el Papa de la Virgen. En él está la Luz del Corazón Inmaculado. Quien no siga el magisterio de Juan Pablo II se pone como enemigo de la Virgen y de la Iglesia.

Muchos han dividido la Iglesia con las críticas y los juicios condenatorios a Juan Pablo II. Son ellos como Francisco: enemigos de la Iglesia.

Francisco destruye la Iglesia porque es un anticristo. Pero los que juzgan a Juan Pablo II destruyen también la Iglesia porque no se someten al Magisterio de la Iglesia en Juan Pablo II. No se someten a la Voz de Cristo en Juan Pablo II.

Nadie tiene excusa cuando juzga a un Papa puesto por Dios. Nadie. Porque no se puede juzgar a un Papa. No se puede criticar a un Papa. No se puede hablar mal de un Papa.

El juicio sobre el Papa sólo le corresponde a Dios. Y a nadie más. Y, por eso, para hablar de un Papa hay que pedir primero la luz del Espíritu Santo y, después, pisotear nuestra mente humana, nuestro orgullo humano, y no hacer caso de lo que los hombre dicen del Papa. Despreciar todo lo que los demás opinan sobre el Papa. Porque en la Iglesia no hay opiniones, diálogos con nadie. En la Iglesia sólo hay fe en la Palabra de Dios. Lo demás, es el cuento de los hombres para no tener fe.

Si no se hace eso, entonces el que habla de un Papa sin discernimiento espiritual, con el solo discernimiento humano o racional, se hace enemigo de Cristo y de Su Iglesia.

Y muchos desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI se han dedicado a criticar a los Papas y, por tanto, a dividir la Iglesia con sus mentiras, que sacan de sus necios pensamientos.

Quien esté en la Iglesia criticando a un Papa es mejor que salga de la Iglesia para no caer en el fariseismo, que es el pecado de muchos.

Muchos fariseos están en la Iglesia adorando sus pensamientos humanos sobre lo que debe ser un Papa en la Iglesia. Muchos son los soberbios que ensalzan su soberbia en la Iglesia como luz en la Iglesia.

Muchos no ponen su cabeza en el suelo y no desprecian sus estúpidos razonamientos porque se creen con poder para juzgarlo todo.

Aquel que juzga a un Papa es un demonio en la Iglesia.

Aquel que quiera destruir al Papa con sus críticas y habladurías es sólo un enviado de Satanás a la Iglesia para acabar con Ella.

Nadie ha comprendido los sufrimientos de los Papas durante 50 años. Nadie. Todo el mundo ha echado mano de sus soberbios pensamientos para ir en contra del Papa por todo lo que han visto en esto 50 años. Cosas que no se pueden explicar con el pensamiento estúpido de los hombres, con su sabiduría humana. Y nadie ha captado que lo único que ha sucedido en estos 50 años en la Iglesia es la desobediencia de muchos sacerdotes y de muchos Obispos al Papa.

Y esa desobediencia ha traído al Papa un camino de amargura en su Pontificado que nadie sabe medir, que nadie sabe apreciar, porque es muy fácil criticarlo todo, pero ¡qué difícil es comerse las propios juicios contra el Papa y callar la bocaza ante lo que no es entiende!

Todos los hombres son iguales: les gusta pensar y juzgarlo todo. Y no son capaces de quitar sus juicios porque aman sus soberbios razonamientos humanos, y quieren tener la razón, aunque para ello tengan que destrozar a la Iglesia como lo han hecho.

A quien deberían criticar y tumbar en la Iglesia es a Francisco, que de Papa sólo tiene el nombre, y de sacerdote es sólo una imagen sin vida espiritual. Es un hombre que se viste túnica talar para vivir su pecado en la Iglesia, y con el aplauso de todos.

Es el primer enemigo de la Iglesia al que todos alaban y reverencian sin ningún motivo divino para ello, sin ningún motivo santo para ello, porque todo lo que predica y obra en la Iglesia es su maldito pecado.

Y cuántos le hacen el juego a Francisco ahora. Y tienen miedo de confrontarlo y de desnudarlo en medio de la Iglesia. Y no saben oponerse a aquellos que alaban a Francisco y lo tienen como Papa.

Aquí se está para decirle a Francisco que es un maldito. Y punto. Y a quien no le guste, que siga su camino.

Y aquí se está para defender a todos los Papas de la Iglesia hasta Benedicto XVI.

Y quien no quiera defenderlos, que siga su camino.

Pero aquí no se admite división en el Papado, no se admite crítica a ningún Papa, aunque haya sido un demonio en vida, como algunos lo fueron.

Un Papa puesto por Dios es el que da unidad a toda la Iglesia. Y no importa si el Papa es pecador o demonio. Porque Dios guía al Papa con un carisma especial, sólo para él y para nadie más. Y ese Carisma hace que las obras de un Papa verdadero sean las mismas obras de Cristo en la Iglesia. Y que la voz de un Papa verdadero sea la misma Voz de Cristo en la Iglesia.

Y lo demás hay que dejarlo al juicio de Dios. Nadie tiene que meterse en juzgar cosas que ve y que no entiende en un Papa.

Hay que callar la boca y bajar la cabeza, y punto y final.

Y quien no haga eso, no es Iglesia, no hace Iglesia, sino que produce división en la Iglesia.

Porque para ser Iglesia hay que someterse al Papa, que es el da la unidad. Si se critica al Papa, se rompe la unidad con la mentira y con la crítica, y se crea división en la Iglesia, la opinión en la Iglesia, el diálogo en la Iglesia, la democracia en la Iglesia.

Y eso conlleva la destrucción de toda la Iglesia, que ha sido el esfuerzo del demonio en 50 años.

Ahora tenemos una Iglesia totalmente rota por la desobediencia y por los juicios de muchos contra el Papa.

Ahora todo el mundo quiere arreglar la Iglesia con sus estúpidos razonamientos humanos, con sus críticas humanas, con su necia inteligencia humana.

Nadie quiere ponerse en la Verdad cuando se trata de un Papa. A todos les gusta criticar. Son demonios encarnados que sólo sabe hacer su trabajo: matar la fe en la Iglesia.

Vemos en la Iglesia que cada uno lucha por sus verdades, por sus soberbias, por sus orgullos en la vida. Y nadie lucha por la Verdad.

Es el resultado de 50 años. Y Francisco se ha aprovechado de los desobedientes y de los que han criticado a los Papas para acabar de destruirlo todo en la Iglesia.

Todo el mundo le hace el juego a Francisco cuando se ponen a criticar a los Papas. Todos en el mismo juego del demonio. Todos bailando con el anticristo.

Todos siguen destruyendo la Iglesia de una manera o de otra.

Y nadie quiere construirla. Nadie. A nadie la importa lo que es la Iglesia actualmente. A nadie.

Hay que llorar por la Iglesia, que nadie lo hace, porque todos se creen contentos y felices dentro de la Iglesia.

Y la Iglesia ya no existe.

Ahora sólo hay un conjunto de idiotas en Roma fabricando su iglesia. Y los demás, fuera de Roma criticando la Iglesia de siempre, a los Papas y sus magisterios. ¿Dónde está la Iglesia? En ninguna parte.

Y nadie se pone en la Verdad: enfrentar a Roma, desnudar a Francisco, liquidarlo hasta que muera, hasta que lo echen de Roma.

Todos tiene al enemigo sentado en la Silla de Pedro y todos lo adoran como si fuera un dios.

Todos ven al enemigo de la Iglesia y cada uno sigue viviendo su estúpida vida en la Iglesia.

A nadie le interesa la Iglesia. A todos les interesan sus necios razonamientos humanos sobre la Iglesia y sobre los Papas.

Estamos en el tiempo de la Purificación, y ya entrando en la Gran Apostasía de la Fe.

Y Juan Pablo II es el único que se puede seguir en este tiempo. A los demás, no.

Dios puso a este Papa para ser la luz en las tinieblas que han comenzado ya en la Iglesia. Para ser la luz después de muerto, no antes. Antes, nadie le hizo ni caso.

Ahora, deben tener todas sus encíclicas a mano, todas sus enseñanzas a mano, porque eso es lo único que queda en la Iglesia en este tiempo.

La única luz divina en la Gran Tribulación el Magisterio de Juan Pablo II. Y quien no obedezca a ese Magisterio, se llena de tiniebla y se pierde en esa densa oscuridad.

Y muchos, por sus juicios contra Juan Pablo II, han perdido ya el Espíritu de la Iglesia y no van a saber enfrentarse a lo que viene ahora en la Iglesia. Van a seguir dando coba al gobernante de turno y a seguir criticando a los Papa anteriores.

Quien no obedezca a Juan Pablo II no hace unidad en la Iglesia.

Quien lo siga criticando y siga buscando sus errores no hace unidad en la Iglesia.

Que cada uno haga lo que quiera, pero aquí no se permite nada en contra de Juan Pablo II. Es mejor que callen lo que quieran decir, porque no se les va a hacer ni caso.

Aquí se ama a Juan Pablo II y se odia a Francisco. Y es un amor a muerte y es un odio a muerte.

Porque la salvación de la Iglesia está pendida de esto: o se sigue el Magisterio Auténtico que Juan Pablo II legó a la Iglesia o se siguen todos los cambios que un impostor, como Francisco, ha empezado a introducir en el Magisterio Auténtico de la Iglesia que dio Juan Pablo II.

Francisco está en contra de Juan Pablo II. Es el primero que se enfrentó al Papa en su Pontificado. Y Francisco hace el juego que le gusta a muchos bobos en la Iglesia: ¿queréis que lo proclame santo? Pues eso haré para ganarme el aplauso de esos bobos.

Pero Dios no va a permitir que ese hereje proclame santo a nadie, porque ese hereje tiene los días contados en Roma.

El nuevo evangelio de Francisco

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Jesús, “levantándose de la Cena, deja los vestidos, y tomando un lienzo, se ciñó con él. Luego echa agua en un barreño, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos y enjugarlos con el lienzo con que estaba ceñido” (Jn 13, 4-5).

El lavatorio de los pies no es un acto más en la Cena, sino que es la preparación de las almas de los Apóstoles para recibir el milagro del Amor, que es la Eucaristía y el Sacerdocio.

Jesús hace un rito que Pedro no comprende: “Señor, ¿Tú a mí me lavas los pies… No lavarás mis pies nunca jamás” (v. 7). Pedro ve la humillación de Su Maestro y no capta la enseñanza de esa humillación para su alma.

Jesús da a Sus Apóstoles un alimento de humildad antes de darles el alimento para su corazón. Jesús enseña la humildad, no con palabras, sino con obras. Él, que es el Maestro y el Señor, que no necesita rebajarse antes los hombres y limpiar sus pies del polvo, lo hace para ser Maestro de la Verdad; Verdad que sólo se puede enseñar con las obras, no con las palabras, no con los gestos, no con falsedades exteriores.

“Si, pues, os lavé los pies, Yo, el Señor y el Maestro, también vosotros debéis unos a otros lavaros los pies” (v. 14). Porque, por los pies se coge el polvo y las inmundicias de la tierra. Cuando el hombre está en sus pies, está aferrado a su vida humana, entonces coge en su corazón muchas cosas que le impiden ver la verdad. Y hay que purificar el corazón, desterrar del corazón todo aquello que impida ver el amor, que es el que lleva a la verdad de la vida.

El Señor, antes de darles el Sacerdocio, los purifica de sus pecados con un rito que es esencial antes de recibir el Sacerdocio. No es algo accidental, no es algo de pasada, no es para hacer un teatro con Sus Apóstoles. Tiene un significado que lleva hacia el Milagro del Amor.

El sacerdote si no es humilde no sabe ver el Don que recibe. El sacerdote, si no se humilla a sí mismo y no ve su pecado, no ve su maldad, entonces, después, no sabe ver el pecado de un alma y no sabe purificar a ese alma de su maldad.

Jesús enseña a Sus Apóstoles la humildad necesaria para ser sacerdotes, como Cristo lo es. Y Jesús enseña lo que es a sus sacerdotes: enseña su obra de la verdad, que es ponerse a los pies de sus sacerdotes para que comprendan lo que es ser sacerdote y, después, lo hagan con los demás.

Un sacerdote que no enseña con sus obras la humildad, el pecado que lleva a la soberbia y que impide ser humildes, entonces no es como Jesús.

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Jesús se arrodilla para quitar los pecados de los suyos. Jesús purifica los corazones con un acto de humildad, no con palabras bonitas, no enseñándoles la definición de humildad, sino obrando la humildad.

Y la obra ante los que van a ser sus sacerdotes en la Iglesia. No la obra ante los demás de la Iglesia. No obra ese acto en las mujeres, ni siquiera en Su Madre. Porque la Iglesia se purifica cuando los corazones de los sacerdotes están purificados de todo pecado.

Ese acto es sólo para sus sacerdotes. No para los demás. Y es para los hombres, porque Jesús sólo ha elegido a los hombres para que sean sacerdotes, para que gobiernen la Iglesia con el Poder del Espíritu. No ha elegido a las mujeres para este Milagro de Amor. Y, por eso, no había ninguna mujer en este rito.

Jesús no elige a las mujeres para ese Misterio de Amor. Y la razón sólo está en Dios, en la Mente Divina. Y lo que importa es lo que obra esa Mente Divina en Su Hijo Jesús.

El sacerdocio es para los hombres y no para las mujeres. La Iglesia la gobiernan los sacerdotes, no las mujeres. En la Iglesia, sólo los sacerdotes enseñan la Palabra de Dios, no la enseñan las mujeres. Sólo un sacerdote puede dar el camino de la salvación y de la santificación a las almas. No lo da una mujer.

Y este rito del lavatorio de los pies es esencial en la Cena donde se establece la Eucaristía y el Sacerdocio. Antes del Misterio de Amor, el Misterio de la Purificación.

El lavatorio de los pies no es un gesto de servicio, como hoy se enseña en la Iglesia, porque en la antiguedad eso es lo que hacían los esclavos con sus dueños.

Jesús no sirve a los Apóstoles, no da un servicio de amor y de humildad. Jesús pone en el corazón de los Apóstoles la humildad para poder ser Sacerdotes. Y lo pone en una obra de humildad, no en el servicio de la humildad, que son dos cosas diferentes.

La obra de la humildad es para dar la obra del amor. El servicio de la humildad es para hacer un bien en los demás, no para obrar el amor. El amor no es hacer un bien a los demás. El amor es dar al alma un Don Divino. Y eso es lo que hizo Jesús dándoles a los Apóstoles el Don del Sacerdocio. Pero antes le dio el don de la humildad, la obra de la humildad, que es purificar el corazón de todo pecado.

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Son dos misterios que sólo las almas humildes, como Pedro, lo ven: “Señor, no mis pies solamente, sino también las manos y la cabeza” (v. 9).

Jesús ha lavado los pies para enseñar a los Apóstoles a ser humildes y puros como Él, porque los discípulos deben ser como es el Maestro. Incluso, cuando están en una posición elevada, superior, nadie está por encima de su Maestro.

Francisco se ha puesto por encima del Maestro cuando lavó los pies a dos mujeres.

Francisco, en ese rito, ya no enseñaba la verdad del Evangelio, lo que transmitió el Señor en Su Palabra. Francisco enseñó su nuevo evangelio. Y en él hay que lavar los pies a las mujeres.

Francisco, como siervo de Cristo, se puso por encima de Él, fue mayor que Él y corrigió a Su Maestro para dar a la Iglesia su mentira hecha obra.

La obra de Francisco en el lavatorio de los pies, el Jueves Santo, no es la obra de Jesús a Sus Apóstoles en la Cena de Pascua. Es otra cosa. Es el invento de Francisco en su Jueves Santo.

Francisco no siguió la Palabra de Jesús que le mandaba hacer eso mismo con los sacerdotes que tiene a su cargo. Porque esa palabra de Jesús: “vosotros debéis unos a otros lavaros los pies” (v. 14b), se refiere sólo a los sacerdotes, no a los fieles de la Iglesia, no a los hombres y mujeres de la Iglesia, que es el error de Francisco.

Jesús habla para sus sacerdotes y da un rito para que se obre entre los sacerdotes, no entre la feligresía de la Iglesia.

Pero, ¿quién es hoy fiel al Evangelio de Jesús? Nadie. Todo el mundo lo interpreta a su manera. Y si no hay sacerdotes el Jueves Santo, entonces, no se haga ese rito para los fieles de la Iglesia, porque no hay que hacer teatro con la Palabra de Dios.

Lo que hace Jesús en Su Evangelio no puede ser dado a la interpretación de cada uno. Es para algo que quiere Jesús enseñar y dar. Y este rito es sólo para los sacerdotes, no para los demás.

El signo del lavatorio de los pies a dos mujeres es un signo esencial para ver que Francisco no es verdadero Papa. Quien tiene ojos espirituales comprende la barbaridad que hizo Francisco. Pero quien vive para sus trofeos humanos, entonces ni se da por enterado de la grandeza del pecado de Francisco.

Un Papa está para obrar la Verdad contenida en el Evangelio. Y aquel Papa que no la obra, no es Papa, es un farsante sentado en la Silla de Pedro.

Los signos son muy claros desde el principio. Pero como los hombres quieren ver sus signos, entonces no captan la realidad de la vida, la realidad del desastre que viene para la Iglesia entera. Desastre que ha comenzado ya en la cabeza y no hay forma que esto vuelva a lo de antes.

Todo el infierno deambula por Roma libremente. Y de Roma viene la destrucción de la Iglesia. Y Roma es la culpable de todo lo que va a suceder en la Iglesia.

El secreto de Fátima

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“Mi secreto concierne a la Iglesia.

En la Iglesia se llevará a cabo la Gran Apostasía, que se difundirá por todo el mundo; el cisma se realizará en el general alejamiento del Evangelio y de la verdadera fe.

En Ella entrará el hombre de iniquidad, que se opone a Cristo, y que llevará a su interior la Abominación de la Desolación, dando así cumplimiento al horrible sacrilegio, del cual habló el Profeta Daniel” (Mt 24, 15). (Al P. Gobbi, Mi Secreto. 11 de Marzo de 1995)

La Virgen en Fátima ha sido la Precursora de Su Hijo Jesús.

Fátima revela al mundo la Segunda Venida de Jesús.

Es una Luz Divina para estos tiempos de gran oscuridad que vive la Iglesia.

Fátima es apocalíptica, es decir, es para el Fin de los Tiempos.

Fátima no es un conjunto de profecías, de mensajes, de revelaciones, como, por ejemplo, Medugorje.

Fátima es la consecuencia de lo que es la Virgen María en la Iglesia: “la Mujer Vestida de Sol” que combate contra el demonio.

La Virgen María es la Mujer de la Iglesia.

La Virgen María no es una criatura más, un ser más, un alma más. Es el Amor en la Iglesia.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Pero Jesús no es el Amor. Jesús es el Camino que nace del Amor. Jesús es la Verdad que da el Amor. Jesús es la Vida que ofrece el Amor.

La Virgen María es el Amor en la Iglesia. No es el Amor en la Santísima Trinidad. Sólo en la Iglesia.

Porque, en la Iglesia, la mujer tiene que ser amor, no tiene que ser Jesús, no tiene que hacer lo mismo que hizo Jesús. No se iguala al sacerdocio de Cristo. La mujer tiene que imitar a la Mujer, que es la Virgen María, en la Iglesia.

Por eso, la Virgen conservaba todas las palabras de Su Hijo en Su Corazón, que es lo que tiene que imitar toda mujer.

Toda mujer en la Iglesia tiene que llevar el estandarte del amor en su corazón. Tiene que enseñar el amor a los hombres de la Iglesia, a los sacerdotes, como lo hizo la Virgen María con los Apóstoles: les enseñó a amar a Su Hijo, les enseñó a amar a la Iglesia de Su Hijo.

Los Apóstoles, después, enseñaron ese amor a toda la Iglesia con el Poder que tenían recibido de Jesús.

Por eso, la mujer no tiene que ser sacerdote, no tiene que gobernar la Iglesia, como lo hacen los hombres. La mujer tiene que aprender el amor y dar el amor en la Iglesia.

Fátima es la señal de Dios para la Iglesia. Su mensaje es sólo para la Iglesia. No es un mensaje para el mundo ni para los hombres.

En Fátima la Virgen toca a la Jerarquía en lo más profundo de Ella. Se mete con la Jerarquía porque no sigue a Su Hijo Jesús.

En Fátima la Virgen señala la destrucción del Papado y de la Iglesia. No habla de guerras o de revoluciones. Dice que el Papa dejará de ser Papa y que la Iglesia dejará de ser Iglesia.

La Virgen de Fátima es silenciada por toda la Jerarquía, incluso por los Papas. Todos tienen miedo a esa Verdad que la Virgen enseña en su mensaje.

Todos temen esas palabras porque no las creen. Y no tienen fe porque la Jerarquía de la Iglesia no vive escuchando la Palabra de Dios en la Iglesia, sino que vive escuchando las palabras de los hombres en la Iglesia.

Por eso, la Jerarquía de la Iglesia pierde la Fe. Y la Fe completamente. Y eso significa la aniquilación del Papado y de la Iglesia.

La Virgen, en Fátima, anuncia un castigo para la Iglesia. Castigo por el pecado de la misma Jerarquía de la Iglesia. No es un castigo por el pecado de los fieles de la Iglesia.

En Fátima, el Ángel da la señal para el castigo con su espada. Ese Ángel simboliza la Justicia de Dios sobre la Iglesia. Ese Ángel es la Justicia Divina sobre la Iglesia: “hemos visto…a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo”.

El Ángel tiene en la mano izquierda una espada de fuego. La mano izquierda es la Mano de la Justicia Divina. La mano derecha es la Mano de la Misericordia Divina.

El Ángel está a lado izquierdo de la Virgen, es decir, en posición de castigo, de obrar un castigo. El lado derecho es para mostrar un amor, para dar un amor.

La Virgen eclipsa con su mano derecha el castigo del Ángel. La Virgen para el castigo del Ángel. La Virgen intercede ante Dios para que el Ángel no castigue. Ella es la Corredentora, la Mediadora, como Su hijo Jesús. En Fátima, Dios da al mundo el Dogma que la Iglesia necesita para salvarse y que la Jerarquía no quiere aprobar.

Ante la Mediación de la Madre, el Ángel cambia su obra y da al mundo la Palabra de salvación: “¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”. La Virgen consigue de Dios un Tiempo de Misericordia para el mundo y la Iglesia.

En Fátima, la Virgen hace ver a la Jerarquía devastada por la guerra, por la muerte en el mundo: “el Santo Padre… atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino”.

El castigo de la Iglesia se da junto al castigo del mundo, al mismo tiempo. Y la razón es porque siendo la Iglesia Camino de Vida, al perder la Fe, se convierte en camino de muerte para toda la humanidad: la Gran Apostasía…se difundirá por todo el mundo”.

Y ese camino de muerte merece una Justicia Divina sobre la humanidad, no sólo sobre la Iglesia. Es decir, que la Iglesia, en vez de señalar el camino del Cielo en sus enseñanzas, en sus mandamientos, enseña lo contrario del Evangelio al mundo. Y el mundo se hace receptor de ese mensaje de la Iglesia porque ya la Iglesia ha dejado de ser Iglesia y es otra cosa: es la Gran Apostasía. La Iglesia deja de ser la Iglesia de Jesús y es algo nuevo, es para el mundo, -ya no es para Dios-, es del mundo, -ya no es de Dios-, está abocada a una vida mundana, -alejada de la Vida Divina-.

El Papa recorre un camino de muerte hacia una montaña. Ese camino lo ha producido la misma Iglesia. Es el camino del demonio que se ha aposentado en la Iglesia. Ese camino no es por la maldad del mundo. Es por el pecado de los hombres de la Iglesia.. En este punto del mensaje de Fátima se silencia el por qué ese castigo al mundo, por qué el Papa va camino hacia una montaña, donde está una Cruz, y donde es muerto en la cima de esa montaña. No se entiende esta parte del mensaje de Fátima, porque se ha silenciado lo más importante.

En Fátima no se recoge la maldad de los hombres, sino la maldad de la Jerarquía Eclesiástica. Fátima no se centra en el pecado de los hombres, sino en el pecado de la Iglesia, que es la raíz del pecado de los hombres.

En Fátima la Virgen señala el Cielo, como camino del hombre en este mundo. No señala la tierra, el mundo. Hace brillar el sol y hace que el sol se mueva hacia los hombres, inicie una andadura hacia los hombres, para recordarles el camino hacia la Verdad.

El Milagro del Sol no es un milagro cualquiera. Es la señal que da Dios a la Iglesia para que se convierta de su pecado.

Es la Señal con una rotación del sol sobre su eje. Y esa rotación hace que el sol se precipite sobre el mundo, dando su luz, su calor, su inmenso don.

Por eso, el Milagro es para convertir, para que los hombres salgan de su sueño, de su pecado, de sus miras humanas y vean un prodigio que no saben entender con sus mentes.

Ese prodigio divino despierta las conciencias y las almas para que vean la Verdad y no estén en su mentira.

Ese prodigio del sol la Virgen lo repite allí donde se aparece. Fátima sólo inicia el tiempo de la conversión en la Iglesia. Las demás apariciones completan ese tiempo de conversión, que es un tiempo de Misericordia, que da Dios a la Iglesia.

Fátima es exclusiva. No es para algo concreto, para un mensaje concreto. Fátima es para la Iglesia y sólo para la Iglesia.

Y el pecado de la Iglesia ha sido silenciar a Fátima. Y ese pecado todavía no se ha quitado. Nadie se ha atrevido a dar el mensaje de Fátima como lo dio la Virgen a Lucía. Se borró la parte que molestaba a la Jerarquía. Y quedó algo incompleto que no se puede entender sin esa parte.

Fátima anuncia la nueva iglesia que se ha inventado Francisco. Fátima anuncia los cambios que va a traer esa nueva iglesia en todo el dogma. Fátima anuncia la caída de muchos sacerdotes que van a dejar de decir la Misa, de consagrar, pero que seguirán haciendo un teatro con la misa. Fátima anuncia el desastre de la Jerarquía en cada uno de los miembros de la Alta Jerarquía, de la Curia Romana. Fátima anuncia la Verdad de la Jerarquía como Jesús la quiso desde el principio de la Iglesia, y que es rechazada en la raíz por la nueva iglesia inventada por Francisco.

El anuncio de Fátima es apocalíptico, es decir, tiene que vivirlo la Iglesia, lo quiera o no lo quiera. Lo entienda o no lo entienda, porque se trata de la Purificación de la Iglesia, de la Gran Apostasía en la Iglesia, del reinado del Anti-Cristo en la Iglesia. Y esta Verdad, que está en el Evangelio, hay que vivirla y hay que predicarla. No hay que esconderla, como hoy se hace con todo el Evangelio de Jesús.

Los hombres se han creído que el Evangelio de Jesús es un mito, una serie de historias que están ahí para entretener a la gente. Y el Evangelio es el Camino del hombre que quiere salvarse. Es el Camino de la Iglesia que busca la Verdad. Es el Camino de las almas que no se contentan en la vida con cualquier camino humano.

Sin Fátima, la Iglesia no hubiera caminado en este último siglo. Se hubiera perdido en todo lo que ha hecho el demonio, en el mundo y dentro de la Iglesia.

Fátima señala a la Iglesia la manera de combatir al demonio. Pero la Iglesia no ha hecho caso. Y, entonces, es culpable de rechazar la Palabra de la Verdad que la salva. Y ese rechazo exige una Justicia de Dios.

La nueva iglesia de Francisco es el comienzo del castigo de Dios sobre Su Iglesia, como está profetizado en Fátima. Lo que va a hacer ese energúmeno es sólo ser instrumento de la Justicia Divina, que se realiza a través del demonio. El demonio ataca a la Iglesia desde dentro y la hace esclava de su pensamiento demoniáco. Por eso, ni Francisco ni la Jerarquía Eclesiástica tienen luz de Dios para guiar la Iglesia. Tienen la luz del demonio para su iglesia nueva, para desarrollar la iglesia nueva, para lanzar al mundo al Castigo divino que se merece por los pecados de la Iglesia.

Hay que comenzar a ver la Iglesia como está en el Evangelio, no como ahora la Jerarquía va a querer presentarla.

Fátima es el anuncio de la Iglesia Gloriosa de Cristo sobre la Tierra, que para llegar a ese cumplimiento tiene que ser despojada de todo lo humano que tiene la Iglesia. Sólo así se hace gloriosa.

El falso amor humano en la Iglesia

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El amor de Dios supone un descubrimiento de Su Voluntad.

No se puede amar sin conocer la Voluntad de Dios. Por eso, hay tanto falso amor en la Iglesia, porque sólo nace del amor humano, de la concepción de la bondad humana.

Se ama porque se hace un bien humano. Y eso es ir en contra de la Voluntad de Dios.

Se ama porque se da la Voluntad de Dios. Y si no se da, si se da otra cosa, un gusto, un placer, un querer humano, un bien humano, un capricho, un deseo, entonces no se ama con el amor divino.

El amor divino nace del corazón. El amor humano nace de la mente del hombre, de sus pasiones, de sus inclinaciones, de sus muchos deseos de ser hombre y de ser tomado como hombre.

Muchos siguen su juicio humano en la Iglesia y quieren poner lo que ellos ven como verdad, como bien. Y, entonces, siempre se equivocan. Y no hacen Iglesia. No dan la Voluntad de Dios en sus obras. Dan sus caprichos humanos.

Porque si amar fuera tan sencillo como hacer un bien humano, entonces ¿para qué la Gracia, que es el camino para obrar el amor divino, para hacer una obra divina? Entonces, no tiene sentido los Sacramentos ni nada en la Iglesia, porque todo consiste en obrar algo bueno para los hombres, en contentar a los hombres, en darles una satisfacción humana, material, carnal.

Esto es lo que predican tantos sacerdotes: este amor para el hombre, este amor para dar un contento al hombre, este amor para no herir sensibilidades, este amor que va en contra del amor divino.

El hombre, en la Iglesia, se ha convertido en hombre viejo. Y no quiere salir de ahí. Ya no sabe ser hombre nuevo. Cree que todo consiste en buscar caminos nuevos en la Iglesia para seguir siendo hombres viejos, con una cara nueva, postiza, con palabras bonitas, hermosas, que agraden a todo el mundo, para que todos estemos contentos en la Iglesia.

Este pensamiento de idear el amor en la Iglesia basándose en el hombre es la caída de muchos sacerdotes y fieles de la Iglesia. Está en toda la Iglesia esta concepción del amor.

Y Jesús da su Palabra: “Si alguno quiere seguir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome a cuestas su cruz y sígame” (Mc 8, 34).

Esta Palabra de Jesús ya no se acepta por la Iglesia en su conjunto. Es una Palabra que no se entiende por el hombre.

El hombre no comprende la negación de sí mismo: no pensar como piensa el hombre, no obrar como obra el hombre, no elegir como elige el hombre, no vivir como vive el hombre.

Este lenguaje de Jesús es rechazado por muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la vida práctica, en lo concreto de la vida de cada día. Y se piensa como hombre y se obra como hombre y se vive como hombre sin darse uno cuenta. Y eso es sólo por falta de oración auténtica y de penitencia.

La oración es para llenarse del amor divino. Y primero hay que vaciarse de otros amores. Y, por eso, no cualquier tipo de oración produce este efecto. Hoy no se sabe orar, porque sólo se dicen muchas palabras para pasar el tiempo, pero no se hace la oración del deseo de corazón.

El alma tiene que desear el amor del corazón. Tiene que elevarse de otros amores y ponerse en la Presencia de Dios. Y esa Presencia es alejarse de toda otra presencia: ya humana, ya diabólica, ya carnal, ya natural, ya material. Cuanto el hombre más se acerque a Dios, Dios más le pide olvidar lo demás de la vida. Porque el hombre tiene que aprender a vivir. Y sólo se aprende a vivir en la escucha de la Palabra de Dios.

Por el oído viene la Fe, la Vida de la Gracia, el Amor de lo Divino, la Verdad del corazón. Pero si no es escucha a Dios en el corazón, no se da el amor de Dios, sino que el hombre se queda en sus amores, en sus obras humanas, en sus bienes humanos, y ya no persigue la santidad de la vida, sino su propia felicidad humana, que es lo que se ve en toda la Iglesia.

Una Iglesia humana, preocupada por todo lo humano, que no sabe ser de lo divino, que no sabe buscar lo divino, que no sabe pisotear todo lo humano para ser hijo de Dios.

Por eso, tenemos una Jerarquía de hombres, revestidos de sotanas, pero que no saben enseñar el amor, porque han aprendido a amar en su mente, en sus deseos humanos, en sus pasiones humanas, en sus obras humanas. Y no ven más allá de sus narices.

Una Jerarquía ciega para el amor de Dios, pero que abre sus ojos al esplendor de todo lo humano, donde no está la Verdad.

Una Jerarquía que vive para el dinero y el poder. Y eso nadie lo puede negar, porque todos vivimos para eso.

Una Jerarquía que ha hecho de la Iglesia un invento de la cabeza humana, un apunte de su teología humana, una excelencia de su sordidez humana.

La Jerarquía está sorda a la Palabra de Dios. Ya no escucha la Voz de Dios. Sólo escuchan la voz de sus pensamientos humanos. Y a esa voz la llaman Voz Divina, Voluntad Divina, y así engañan al Pueblo con muchas cosas que sólo son de los hombres en la Iglesia, no de Dios.

La Jerarquía de la Iglesia sólo sabe hablar, como Francisco, y después obra lo contrario a lo que habla. Con la palabra se esfuerza por dar algo que no viven. Y lo dan de cualquier manera, con muchos errores, entreteniendo a los fieles. Y, por eso, son payasos en las predicaciones: hablan para entretener a los hombres, para que el hombre pase un rato divertido en la Iglesia y se olvide de las preocupaciones de la vida. Y, después, se dedican a hacer cosas que no pertenecen a su ministerio, y a vivir para las cosas del mundo, porque hay que hacer algo entre predicación y predicación, entre misa y misa.

Así está toda la Jerarquía, con la excepción de muy pocos.

Si el Pueblo de Dios no ama con el amor divino, tampoco los sacerdotes aman con este amor. El mal de la Iglesia son sólo sus sacerdotes. Y si ellos quieren perderse, entonces pierden a toda la Iglesia. Y, para no perderse, hay que buscar a los sacerdotes santos, que viven para Dios y quieren una Iglesia donde brille el Amor de Dios, y se oculte todo amor humano.

Purificar la Iglesia

mercaderes

Nada en la Iglesia lo deciden los hombres, sino Dios.

Este es el Misterio de la Iglesia.

Y, en este Misterio, nos movemos en este momento de la historia.

La Iglesia es la Obra del Espíritu, no es la obra de ningún hombre.

Si no se ve así la Iglesia, entonces no se puede comprender lo que pasa en la Iglesia en este período de tiempo.

Vivimos la Purificación de la Iglesia.

Esta Purificación no es un tiempo más, como los anteriores, en la Iglesia.

En todas las etapas de la Iglesia, han habido sus problemas: Papas, anti-Papas, y muchas luchas por el Poder de la Iglesia.

Pero, en este tiempo, se vive otra cosa en la Iglesia: su Purificación.

La Purificación es un camino espiritual en que la Iglesia pasa a ser otra cosa, distinta a como se ha entendido siempre.

Dios quiere elevar la Iglesia hacia la Gloria. Pero no puede hacerlo si no quita, en Su Iglesia, lo que impide que sea Gloriosa.

Y los impedimentos para alcanzar esta Gloria son dos: el Poder y la Riqueza.

Los hombres, en la Iglesia, son como en el mundo: codiciosos y ambiciosos. Dinero y Gobierno.

Los sacerdotes, los Obispos, los Cardenales, los religiosos, los fieles, son hombres, como todo el mundo, y no saben desprenderse de lo que son, de lo humano, para hacerse divinos.

Si Dios no llaga, el hombre se queda igual: es humano, piensa como hombre, obra como hombre, vive como hombre. Y eso lo traslada a la Iglesia, y la Iglesia es un conjunto de hombres, que hacen lo mismo que los hombre en el mundo: viven para lo suyo humano, con un vestido talar, con un sacerdocio, con un ropaje que les indica su consagración, pero que no la viven.

Siempre ha sido así en la Iglesia: el elemento humano impide la santidad de la Iglesia. Y, entonces, Dios tiene que purificar lo humano para que la Iglesia se vuelva divina.

Y Dios tiene que ir al centro de esta Purificación: que son el Poder y el Dinero.

El Poder, que está en el Papa y en la Jerarquía de la Iglesia.

Dios tiene que Purificar el Papado. Y, para hacerlo, hay que quitar la Cabeza Visible de la Iglesia. Y se quita para poner la Cabeza Gloriosa, que Cristo quiere. Por eso, Pedro Romano, es un Papa Elegido sólo por el Cielo, no por los hombres. Dios tiene que poner el Papa que lleve a la Iglesia hacia la Gloria, hacia el Reino Glorioso de Cristo en la Tierra. Para poner este Reino no sirven los Papas como hasta ahora, porque no se quita en la Iglesia la ambición de poder, que todos los hombres buscan, aunque sean religiosos, sacerdotes, Obispos.

Dios ha quitado de en medio la Cabeza Visible, que es el Papa. Y lo ha quitado por un pecado contra el Espíritu Santo que un Papa hizo. En atención a ese pecado, Dios se retira de la Cabeza Visible, pero no de la Cabeza de la Iglesia, que es siempre Cristo.

Eso significa que la Silla de Pedro es ocupada por hombres, revestidos de sotana, pero que no hablan las Palabras de Dios a la Iglesia. Eso ya se ha comprobado con Francisco. Un Papa que no es Papa, y que sólo es un hombre que dice muchas cosas y no obra la Voluntad de Dios.

En la Cabeza Visible está ya la Purificación de la Iglesia. Ante eso, la Iglesia debe reconocer cómo Dios guía ahora a la Iglesia. La Iglesia tiene que despertar de su sueño, porque todavía no ve la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Muchos creen que todo está igual de siempre. Que no pasa nada. Que lo que ha dicho Francisco, sí son palabras delicadas, pero que todo sigue igual, que no se va a ir más allá de esas palabras.

La Iglesia todavía está dormida ante lo que pasa en la Jerarquía de la Iglesia. No ve las luchas por el poder que, en estos momentos, se están dando, porque no se dan a conocer. Se calla, como siempre se ha callado esto en la Iglesia. Pero si uno está dentro de los corrillos del Vaticano, uno ve, enseguida, lo que pasa en el interior de la Iglesia.

Los hombres quieren quitar a Francisco para dejar a otro que siga con la función que ahora se tiene en la Iglesia. Eso es un verdad. Y, más, después de las declaraciones gravísimas de Francisco sobre la Iglesia. Un gobernante muy imprudente para la Iglesia, que muchos no lo quieren porque perjudica su deseo de poder en la Iglesia.

Hay que poner a un gobernante que hable menos y obre más. Es decir, lo opuesto a Francisco. Y en los corredores del Vaticano se está diciendo el Poder en la Iglesia.

Pero Dios también tiene que purificar a la Iglesia en cuanto al amor del dinero. Y, para eso, Francisco ha sido un ejemplo de lo que es el sacerdote hoy día en la Iglesia: vive para buscar dinero para su Parroquia. Así están todos los Párrocos, siempre con la excepción de unos pocos.

Los sacerdotes están preocupados por mantener la estructura física de la Iglesia, las distintas edificaciones, todo lo material que hay en la Iglesia (radios, tv, prensa, colegios, etc).

Dios, para purificar este aspecto, tiene que dejar a la Iglesia en una crisis económica. Es lo que ya se está viendo en el mismo Vaticano. Un agujero económico que no se sabe cómo pararlo. Y eso va a traer que quien ocupe el Poder pida dinero a quien no tiene que pedirlo, y se produzca en la Iglesia un sometimiento a un poder económico: si me das dinero, te doy poder religioso.

Esto es lo que se está fabricando en la Iglesia. Esto es lo que viene. Esto señala la Purificación de la Iglesia, para hacerla como Dios quiere.

Y, ante esto, ¿qué tiene que hacer los fieles? Sólo una cosa: permanecer en la Iglesia, pero defendiendo la Verdad de la Iglesia, todas las verdades de la Iglesia. Y eso supone ir en contra de cualquier herejía, de cualquier mentira, de cualquier hombre que quiera lavar la cara de la Iglesia y mostrar una cara que no le pertenece.

No hay que irse de la Iglesia. Hay que dar la vida por la Verdad de la Iglesia. Hay que defender a la Iglesia de aquellos que no la aman, que la quieren destruir con sus cosas humanas, con sus vidas humanas, con sus obras humanas.

La Iglesia no se salva sin sus Pastores

Jesús Buen Pastor

Jesús ha dado a la Iglesias Pastores que la pastoreen.

Y, por la maldad de Sus Pastores, la Iglesia obra el mal. Y, por la bondad de Sus Pastores, la Iglesia obra el bien.

Las almas, en la Iglesia, no se pueden salvar sin sus sacerdotes, sin sus Obispos. Es imposible.

Por eso, la Iglesia es un Misterio Divino. Y si no se ve como Misterio, entonces la Iglesia es el invento de cualquier hombre en la tierra.

Y -como Misterio- en la Iglesia se da la unión entre la cabeza y su cuerpo, entre los pastores y el rebaño. Es una unión mística, no sólo espiritual. Es una unión que se produce en el Espíritu de la Iglesia y que hace que las cargas del rebaño las lleve el Pastor (el sacerdote), y las cargas del Pastor las lleve todo el rebaño.

En esta unión mística, el pecado del sacerdote es el pecado de sus fieles. Y el pecado de sus fieles es el pecado de los sacerdotes.

Este Misterio sólo se resuelve en Dios, porque hay muchos malos pastores y hay muchas ovejas que son del demonio en la Iglesia. Y eso hace que la Iglesia se condene de muchas maneras, por sus sacerdotes malos y por sus fieles malos.

Estar en la Iglesia no es estar en una empresa donde se deciden algunos asuntos y se ven los caminos para resolver otros asuntos de los hombres.

Estar en la Iglesia es vivir este Misterio de comunión entre sacerdotes y fieles.

Y, cuando un Papa, peca contra la Iglesia, como es el caso de Francisco, hace que la Iglesia peque, no sólo contra Ella misma, sino contra la cabeza. El pecado de la cabeza rompe la Unidad de la Iglesia, destruye la Verdad de la Iglesia, provoca la Ruina de la Iglesia.

Esto es lo que no se discierne con la actuación de Francisco, porque está en la Silla de Pedro, actuando como cabeza y produce un mal en la Iglesia. Un mal para él mismo y un mal para toda la Iglesia.

La Iglesia no se puede salvar si sigue a un Pastor malo: “el que es asalariado, ve venir al lobo y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa” (Jn 10, 12).

Esto es lo que hizo Benedicto XVI, un mal Pastor, un asalariado, uno que no entendía el oficio para el cual lo llamó Jesús a Su Iglesia, y dejó al rebaño, por miedo al lobo. Y el rebaño quedó a la deriva, en manos del lobo.

El lobo es Francisco. Y, para muchos, es Papa, un buen Papa. Muchos lo ven como elegido por Dios. Y es sólo un Papa que Dios ha permitido tener en Su Iglesia para enseñar a Su Iglesia a discernir la Verdad.

Francisco ha hablado, pero no ha obrado. Y eso es una Misericordia de Dios con Su Iglesia. Francisco ha obrado ciertas cosas, pero que no tambalean la Fe de muchos, que no destruye el edificio de la Verdad de la Iglesia.

Dios ha permitido este Papa para un fin: porque en la Iglesia tiene que darse la Purificación.

La Purificación es un estado espiritual de toda la Iglesia en la que Dios salva a sus fieles sin su Cabeza Visible, que es el Papa.

Con la renuncia de Benedicto XVI, comienza la Purificación de la Iglesia.

Purificar significa quitar lo que impide la santidad. Purgar, arrancar lo que estorba en la Iglesia.

Y Dios comienza la Purificación de la Iglesia arrancando la Cabeza Visible de la Iglesia. La quita. Pero eso no quiere decir que no se dé la Cabeza de la Iglesia. La Cabeza es Cristo, no el Papa. El Papa es la Cabeza Visible, el Vicario de Cristo en la Tierra. Pero es un Vicario débil, frágil, pecador, porque es un hombre. Y, como Vicario, es impedimento para hacer la Iglesia que Dios quiere en la Tierra, que deber ser gloriosa. Y, por tanto, la Cabeza Visible de la Iglesia tiene que revestirse de Gloria. Y eso no puede darse si hay debilidad, fragilidad, pecado en esa Cabeza Visible de la Iglesia.

Por eso, Dios permitió la renuncia de Benedicto XVI para iniciar la Purificación de la Iglesia por la Cabeza Visible. Porque Dios siempre obra en Su Iglesia, primero por la Cabeza, después por las almas que están en la Iglesia.

Dios permite la renuncia del Papa Benedicto XVI por el pecado de un hombre. Si Benedicto XVI no hubiera pecado, Dios purifica a la Iglesia de otra manera. Pero, porque existe el pecado, entonces Dios suprime la Cabeza Visible, y deja a Su Iglesia sin Cabeza Visible. Esto significa la renuncia de Benedicto XVI: un pecado contra el Espíritu Santo, que tiene estas consecuencias. Pecado que, -para muchos en la Iglesia-, no es pecado y no lo ven como un pecado contra el Espíritu Santo.

Pero si Benedicto XVI tuvo la Infabilidad Papal, y -cuando se posee- no es posible pecar, entonces su renuncia es un misterio, no se puede explicar con palabras humanas. Si Benedicto XVI, como verdadero Papa, no puede hacer algo en la Iglesia que vaya en contra de la Verdad de la Iglesia, porque Dios lo asiste, Dios lo ayuda, entonces no se puede comprender su renuncia. O su renuncia es algo que Dios quiere y, por tanto, no es un pecado en Benedicto XVI. O su renuncia es algo que Dios no quiere y, por tanto, es un pecado. Pero si Dios quiere esa renuncia en el Papa, entonces el Papa tiene que dar la Mente de Dios en esa renuncia. Tiene que decir todo en esa renuncia. El motivo verdadero en esa renuncia. Si el Papa no dice eso, el Papa va contra la Infabilidad que tiene, va contra la Verdad que posee, y ahí su pecado contra el Espíritu Santo, que es un Espíritu de Verdad. Se es Papa para decir la verdad a la Iglesia, no para convencer a la Iglesia de un pecado, no para esconder a la Iglesia el pecado de unos cuantos para así no ofender, no dañar, a esas personas que hacen de la Iglesia una reunión para el pecado.

Si Benedicto XVI pudo ir en contra de su Infabilidad Papal, que le daba poder para no pecar, para no hacer algo en la Iglesia en contra de la Verdad en el Papado, es por el Misterio de la libertad y de la Gracia, que nos lleva al pecado de Adán y Eva en el Paraíso, donde tampoco podían pecar, porque lo tenía todo. Pero pecaron. Este es el Misterio: Adán y Eva no estaban confirmados en la Gracia, no tenían la Plenitud de la Gracia, que sólo la Virgen María posee. Tampoco la Infabilidad Papal hace al Papa confirmado en Gracia y, por tanto, puede pecar.

En la Iglesia, la única criatura que no puede pecar es la Virgen María. Esta es la excelencia de esa Mujer, a la cual se desprecia hoy en la misma Iglesia, porque se la persigue en tantas apariciones que da para toda la Iglesia y para el mundo. Cuando la Virgen habla hay que escucharla en silencio y poner en práctica lo que dice en la Iglesia. Y es lo que no se hace.

Y muchos sacerdotes no creen en la Virgen María y enseñan que lo que dice la Virgen es mentira. La llaman mentirosa y eso va contra la Plenitud de Gracia, que es Ella Misma en la Iglesia. Y, por eso, no se creyó en Fátima, porque los sacerdotes, los Obispos sólo tienen a la Virgen en sus Teologías, en sus entendimientos, pero no en sus corazones. No viven la Palabra de la Virgen en sus corazones, sino que la desprecian, porque viven las palabras que están en sus entendimientos humanos. Y eso es despreciar la Plenitud de Gracia, el Misterio de la Virgen en su Corazón.

Benedicto XVI pecó y dejó a la Iglesia en manos del lobo Francisco. Como lobo se ha comportado en su Pontificado. No como Pastor, no como buen Pastor. Y la Iglesia está en el mismo pecado que Benedicto XVI. Este es el Misterio: el pecado de la Cabeza es el pecado de toda la Iglesia.

Si Benedicto XVI pudo pecar contra su Infabilidad Papal, también toda la Iglesia puede pecar contra la Verdad, que es Ella Misma.

Y esta es la Purificación de la Iglesia. ¿Hacia dónde va la Iglesia, en estos momentos, si sólo se descubre su pecado y no quiere salir de su pecado, porque la Iglesia ve su pecado como un bien? Así ha visto el pecado de su cabeza, de Benedicto XVI: un bien. Y, entonces, la Iglesia no ve al lobo, no descubre en Francisco al lobo, sino algo bueno.

Y, por sus obras, se discierne lo que es Francisco. Y, por las obras de toda la Iglesia, se discierne lo que hay hoy en la Iglesia. Y, por eso, estamos en unos momentos de incertidumbre en la Iglesia. Tenemos un Papa en su pecado, que es Benedicto XVI, y un lobo sentado en la Silla de Pedro, no reconocido como lobo. ¿A dónde nos lleva todo esto? ¿Cómo nos podemos salvar si quien nos guía es un lobo, que no da la verdad a la Iglesia, que no produce la Verdad en la Iglesia, que ha comenzado su Pontificado derribando verdades en la Iglesia?

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