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Medjugorje: gracia extraordinaria para toda la Iglesia.

«Medjugorje, continuación de Fátima, con el mismo llamado a la paz, a la conversión de corazón, a la vida de Gracia» (La Virgen  a un alma escogida).

Muy pocos católicos creen en esta verdad, porque han dejado de creer en Fátima. Fátima pertenece al pasado. Ahora, es necesario construir un futuro con un lenguaje nuevo, adaptado a la moda de los hombres, a sus culturas. Por eso, muchos no creen en la Virgen María, en su obra en el mundo, en su misión divina.

Si la Virgen se aparece en tantos lugares del mundo es que está anunciando la segunda Venida de Su Hijo en Gloria.

Pero, no creen en esto. Sólo creen que esa segunda venida es para el juicio final. Si no han comprendido lo que pasó en el Paraíso, tampoco comprenden el Apocalipsis, que les habla claramente del Milenio.

Y no ven las apariciones de la Virgen como «medios para vuestra verdadera conversión y salvación» (Ib): no hay reino glorioso si el pecado reina en los corazones como señor. Hay que buscar la verdadera conversión, aquello que pone en camino de salvación al hombre entero, no sólo a su alma. Y, entonces, las apariciones son sólo impedimentos para construir el paraíso en la tierra. Están todos dando vueltas a lo que hay en sus grandes inteligencias humanas, y han quedado embrutecidos en su sabiduría:

«… hay algunos que siempre necesitan novedades en la identidad cristiana y olvidan que han sido elegidos, ungidos”, que “tienen la garantía del Espíritu” y que “buscan: ¿dónde están los videntes, qué nos dice hoy la carta que la Virgen les enviará a las cuatro de la tarde? – Por ejemplo ¿no? Y viven de esto. Esta no es identidad cristiana. La  última palabra de Dios se llama ‘Jesús’ y nada más».

Hay muchos que ponen su mente en el cubo de la basura y se pasan el día repitiendo las necedades y estupideces de Bergoglio. Necesitan esas palabras -tan vacías de verdad, tan llenas de mentira- porque viven buscando las fábulas en sus vidas.

¡Muchos viven del cuento! ¡Y Bergoglio es el mejor cuentista de la historia! En la Iglesia ya ha comenzado el negocio que traen las fábulas de Bergoglio!

La última palabra de Dios se llama la Virgen María. Y nada más y nada menos.

«¡Qué hermosa eres, Amada Mía, qué hermosa eres!… Cintillo de grana son tus labios, y tu hablar es suave… Eres toda hermosa… y no hay en ti defecto alguno…  eres jardín cercado, fuente sellada… fuente que mana a borbotones, fuente de aguas vivas» (Ct 4, 1a.3a.7.12b.15a).

La última palabra es la que es Fuente de aguas vivas, la que da las inteligencias del Espíritu a todos los hombres, la que ofrece al hombre la clave de los Misterios de Dios.

Sabiduría Divina es la Virgen María. Y un hombre se hace sabio porque acepta las palabras de la Virgen María en sus apariciones. Un hombre se vuelve un loco porque desprecia  a la que es toda hermosa, a la que no tiene pecado ninguno, a la que no cae en ningún error en su mente.

Bergoglio es sólo un idiota porque no cree en las apariciones.

Nadie tiene la garantía del Espíritu, porque todos somos siervos inútiles del Señor, que no merecen nada por haber sido elegidos. Nadie tiene el derecho de arrogarse el Espíritu del Señor porque es sólo del Señor, no de ninguna Jerarquía.

Y el Espíritu sopla donde quiere: «todo el que nace del Espíritu» (Jn 3, 8) no está sujeto, no vive de ningún pensamiento humano. El Espíritu lleva a las cosas espirituales,  a buscar la acción de Dios en los corazones humildes. Aquel que busque al hombre porque sólo está vestido de sacerdote o porque sólo cumple un oficio en la Iglesia, no es del Espíritu, no tiene el Espíritu. Dios se esconde a los grandes del mundo y de la Iglesia: a esos que dicen que tienen la garantía del Espíritu. Dios sólo hace maravillas con los que son nada: «¡Hermanos, empecemos de nuevo, porque hasta ahora no hemos hecho nada!» (San Francisco de Asís).

Que ningún insensato loco se atreva a maldecir a la Virgen María, porque la Iglesia vive de esto: de las palabras de la Virgen María. Esta es la identidad de la Iglesia Católica, le guste o no le guste al loco de Bergoglio. Lo entienda o no lo entienda.

La Iglesia ha silenciado a la Madre de Dios en Fátima: ahora, que sufra con las palabras malditas de Bergoglio. Ahí tenéis lo que habéis buscado. Habéis despreciado las palabras de sabiduría divina de la Virgen María, arrastraos -todo el maldito día- para alimentaros de las palabras babosas y blasfemas de un loco de atar, que ni siquiera tiene sabiduría humana. Es más bruto que los brutos.

¡No se juega con la Virgen María! Se la respeta y se la obedece por encima de todas las cosas. Hay que hacer caso antes a la Madre de Dios que a la Jerarquía de la Iglesia.

«Estos son tiempos difíciles para la Iglesia, en donde todo lo que os anuncié se cumple, pues muy despreciada por los hombres he sido, y hoy en día se cuestiona y se pone en juicio Mis Apariciones y Mi Santuario Mariano en Medjugorje» (La Virgen  a un alma escogida).

¡No hay más tiempo! ¡Se están cumpliendo lo anunciado en las profecías! Y, por eso, es necesario negar toda aparición mariana.

«Serán silenciados todos los videntes auténticos y mensajeros de Dios, y se escucharán los falsos profetas y falsos testigos, que hablan de parte del Enemigo y se levantan contra Dios, contradiciendo Su Ley y Sus Manifestaciones Divinas» (Ib).

Ya lo hicieron con Sor Lucía de Fátima, con las niñas de Garabandal, lo están haciendo con las videntes de Medjugorje, han suprimido Akita, se han olvidado de La Salette, se burlan de Guadalupe, en el Escorial lanzaron una ofensiva política contra todos, y ninguna Jerarquía cree en nada. Cada vez que oyen hablar de mensajes comienzan a despotricar por sus bocas.

«Ha llegado el tiempo profetizado, y de tanto dolor en Mi Corazón como Madre de la Iglesia: ROMA PERDERÁ LA FE, y será consumida en llamas para acabar con su pecado, purificándola de todas sus iniquidades e inmundicias, porque se prostituyó y profanó el Lugar que era tan Sagrado para Dios» (Ib).

Es el tiempo de que Roma pierda la fe. Ya ha llegado. Es el tiempo, profetizado en Fátima, de que en Roma habría dos papas: uno, el verdadero, al cual lo tienen prisionero; otro, un impostor, que prepara a la Iglesia para ser la prostituta del Anticristo.

Es el tiempo de los profetas: ¡ay de aquel que no siga el Espíritu de la profecía! Se va a perder en sus tradiciones, en sus liturgias, en su forma de comprender el magisterio de la Iglesia. Es la mediocridad de muchos: quieren defender la tradición obedeciendo a un falso papa. Al final, van a vomitar la tradición para quedarse con la mente de un pervertido.

Es el «tiempo de confusión para los tibios y los mediocres, pero no para los Verdaderos Hijos de Dios: nada los detendrá ni confundirán vuestros espíritus, impregnados de la Verdad de Dios, de Su Ley y su Verdadera Doctrina» (ib).

Hoy, como ayer, nadie cree en los profetas. Porque así es el hombre: ha nacido incrédulo, por el pecado original, y a pesar de haber recibido la fe, es como Santo Tomás: si no veo, no creo. Si no veo a Roma en llamas, no creo. Si no veo que en el Sínodo sacan una ley en contra de la ley de Dios, no creo. Si no veo cambios en la liturgia, no creo.

¡Es el tarugo mental que tienen tantos católicos llenos de teologías y filosofías!

Sus formas de pensamiento les conducen a la mayor ceguera de todas: no saben discernir los signos de los tiempos. No saben dar el paso en su mente: estamos viviendo el inicio de la Segunda Venida de Jesucristo.

Para que venga Cristo a reinar sobre la tierra, es necesario primero un gran castigo sobre la Iglesia y sobre el mundo. Los secretos de Medjugorje hablan sobre eso. Pero, como no son conocidos por la Jerarquía, entonces hay que silenciar Medjugorje. No pueden actuar como lo hicieron con Sor Lucía: no pueden presentar un mensaje adulterado. Hay que hacer callar a esos videntes o quitarlos de en medio.

«El Ángel del Señor, con la flecha de fuego para herir a Roma, la Ciudad Santa, sólo aguarda la voz potente del que está sentado en el Trono Divino y gobierna todo» (ib).

El castigo es inminente. Castigo de fuego. Castigo para purificar la Iglesia de tanto pecado como hay en toda la Jerarquía. Se lo merecen. ¡Muchos se merecen el infierno! ¡Viven como auténticos demonios encarnados!

Nadie cree en este castigo divino, sino que todos andan buscando cómo salvar el planeta del sobrecalentamiento global, que sólo existe en sus imaginaciones. Y así andan castigando a todo aquel que no se someta a su gran barbaridad intelectual, al gran insulto para la inteligencia humana que es Laudato Si.

Medjugorje es una gracia extraordinaria para toda la Iglesia:

«Todo el que recibe una gracia extraordinaria debe hacerla fructificar a favor de la Iglesia. Prueba de ello es que los videntes han dicho, a propósito de algunos secretos, que cuando éstos sean revelados, para muchos será ya tarde. Esto significa que la atención está puesta sobre nuestra participación en la acción divina en nosotros, incluida la que se manifiesta en Medjugorje de modo tan extraordinario». (P. Tomislav – Veinticinco años con María).

Quien no acoge la acción de Dios, que se manifiesta de modo ordinario en su vida y de modo extraordinario en Medjugorje (y en otras apariciones marianas), será tarde para él: no podrá encontrar un camino de salvación para su alma.

¡Así está de dura la vida eclesial!

¡Ya no puedes confiar en lo que dice la Iglesia oficial! ¡Roma ha perdido la fe!

¡Es el tiempo de los secretos de Medjugorje! Pero, para que sean revelados, antes hay que silenciar a Medjugorje.

Los videntes han hecho fructificar el don que han recibido. Y muchas personas, a su alrededor, también han participado de esa obra divina en los videntes. Pero, muchos otros, dentro de la Iglesia se han dedicado a no creer: a atacar y a destruir a la Madre de Dios. Y aquel que no sabe discernir dónde está la Virgen María, no puede encontrar nunca a Jesús. Y, menos, sabrá edificar la Iglesia sobre la roca de la verdad. Sólo sabe levantar una iglesia apoyada sólo en el lenguaje humano.

Si la Jerarquía, y los miembros de la Iglesia, hubieran hecho caso a la Virgen María, fuente de aguas vivas, habrían entendido todas las cosas de este tiempo del Anticristo, que es el que se opone a Cristo.

Pero, como han despreciado a la Virgen, también han despreciado a Cristo, y están demostrando su amor al Anticristo: están levantando una iglesia para el Anticristo.

«Pedid por el clero que es impostor, por los judas de estos tiempos que traicionan al Hijo, entregando y traicionando a Su Iglesia.

Dentro de la misma Iglesia se está tramando la Traición de la Misma: el beso de Judas, uno de entre los amigos íntimos del Hijo.

Porque el instante ya está con vosotros, mis hijitos, en que manipularán la Ley de Dios y sus Mandatos Divinos. El hombre malo se hará más malo, y el bueno será más bueno por la Gracia de Dios; y será más piadoso y santo, para ser luz en medio de las tinieblas, que ya van cubriendo la tierra y la Iglesia de Mi Hijo» (La Virgen  a un alma escogida).

El clero es impostor; son judas que van tras la bolsa de dinero; se presentan con una sonrisa en la boca para terminar dando una patada en el trasero a todo aquel que no se someta a las locuras de Bergoglio.

La Virgen María reveló, desde las primeras semanas de sus apariciones, el sentido espiritual profundo de su extraordinaria presencia en Medjugorje:

«Se está desarrollando un gran combate entre mi Hijo y Satanás. Lo que está en juego son las almas de los hombres» (02.08.1981).

La Virgen recuerda lo que está en las Sagradas Escrituras: Ella es la Mujer vestida de sol, que lucha contra el Dragón que se abalanza contra la Mujer que ha dado a luz a un Hijo Varón.

Están en juego las almas, no los estómagos de los pobres. Peligra la salvación  de las almas, no la salvación del planeta para conseguir un paraíso en la tierra. Muchos ya no creen en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro, sino que han puesto su esperanza en su comunismo y en su idea masónica del Universo.

Quieren hacer de Medjugorje sólo un lugar de oración, pero no de Aparición. Y Medjugorje no es un lugar de devociones piadosas, sino que es el lugar elegido por la Virgen María para un gran combate espiritual.

«Satanás está rabioso con los que ayunan y se convierten» (15.08.1983).

Luego, Satanás está contento con Bergoglio que no quiere proselitismos: quiere que todo el mundo permanezca en su pecado y dé culto a sus dioses.

En toda aparición mariana hay combate espiritual. Es la primera señal de la Presencia de Dios.

«Os invito a todos de una manera especial a la oración y a la renuncia, porque ahora como nunca antes, Satanás quiere mostrar al mundo su rostro infame con el que arrastrar al mayor número de gente posible por el camino de la muerte y del pecado. Por esto, queridos hijos, ayudad a mi Corazón Inmaculado a triunfar en un mundo de pecado»  (25.09.1991).

En Fátima, la Virgen enseñó a los niños el infierno, para salir del pecado. En Medjugorje, la Virgen sigue haciendo lo mismo: enseña a quitar el pecado.

Medjugorje renueva el mensaje de Fátima, porque ninguna Aparición de la Virgen es para dar algo nuevo que nunca se ha revelado. Sino que es para que la mirada del hombre sea capaz de percibir lo que ha sido revelado, pero que el hombre, por su gran soberbia, por su obstinado orgullo, por su clara lujuria de la vida, no ve ni puede ver, aunque tenga todos los conocimientos filosóficos y teológicos acumulados.

Toda la Jerarquía que gobierna la Iglesia vive en sus pecados, en su mundo de pecado. Y lo saben. Tienen los caminos para quitar el pecado y no los siguen. Entonces, la consecuencia es lógica: acallemos unos mensajes que hablan de la oración, del ayuno, de la renuncia para que el hombre quite sus pecados. Si no son capaces de seguir el catecismo de la Iglesia, que les enseña a luchar contra el pecado, menos son capaces de seguir las palabras de la Virgen que les enseña lo mismo.

«No dudéis en recibir el mensaje, que es mensaje del Cielo, si se os llama a la oración, a la penitencia, al ayuno y las obras de piedad. No temáis recibir con gratitud ese mensaje porque son medios para vuestra verdadera conversión y salvación» (La Virgen  a un alma escogida).

El hombre no sabe ver el mundo espiritual: no sabe convertirse al mundo de Dios. Sólo sabe vivir su mundo humano, su mundo racional, que es totalmente limitado, oscuro. Y, por eso, la Virgen se aparece para mostrárselo al hombre como es.

Muchos desprecian las apariciones porque no han comprendido el camino espiritual de la Iglesia. Se han quedado en el camino humano: lo que los hombres, la Jerarquía, dice o no dice. Y no salen de esas medidas humanas, porque tampoco saben obedecer a la Jerarquía. Siempre caen en el falso respeto y en la falsa obediencia a una Jerarquía que ha perdido la fe, que cuando habla sólo le interesa poner de relieve el temor de las revelaciones privadas para la vida eclesial.

Así son muchísimos católicos: tienen miedo de enfrentarse a una aparición de la Virgen, porque no quieren salirse de sus medidas humanas. Están tan metidos en su mente, en sus ideas, en sus malabarismos intelectuales, que ven extraño que Dios hable o que la Virgen se aparezca en algún lugar para repetir lo que ya saben.

Viven en su sueño de que ellos son mejores que muchos católicos que van buscando, aquí y allá, mensajes para su vida espiritual. Ellos, con sus dogmas, con sus tradiciones, con sus santos, acaban haciéndose unos sepulcros blanqueados.  Y sólo saben criticar a todo aquel que cree en una revelación privada. Sólo saben llenarse la boca de desprecios a la Virgen, anulando sus apariciones, para después hablar con orgullo, con palabras medidas sobre las excelencias de la Virgen.

Si la Virgen se aparece en Medjugorje, ¿quién es el hombre para negar esta verdad? ¿Quién puede comprender los designios de Dios?

«Queridos hijos, hoy, como nunca antes, os invito a la oración… Satanás es fuerte y desea destruir no sólo la vida humana, sino también la naturaleza y el planeta en el que vivís. Por esto, queridos hijos, orad para estar protegidos a través de la oración con la bendición de la paz de Dios. Dios me ha enviado a vosotros para ayudaros. Si queréis, coged el Rosario, ya sólo el Rosario puede hacer milagros en vuestra vida» (25.01.1991).

Sólo es el Rosario el que hace milagros: la oración a la Virgen María. Lo demás, no sirve para levantar este mundo lleno de pecado.

Quien sostiene a la Iglesia es el Rosario. No es la Jerarquía que obedece a un falso papa: ellos están destruyendo a la Iglesia.

Sólo los humildes de corazón saben luchar contra satanás para que las puertas del infierno no prevalezcan contra la Iglesia.

La gente humilde, con el Rosario en la mano y en el corazón, es la que edifica la Iglesia, la que levanta la Iglesia y la lleva a donde Dios la quiere.

Los demás, están perdidos en su falsa sabiduría humana. No acuden a la Fuente de aguas vivas, que es la Virgen María en todas sus apariciones.

¡Todos tienen miedo de defender las apariciones marianas! ¡Todos se apuntan al carro del relativismo!

Dios quiere realizar por medio de la Virgen María un gran plan de gracia para salvar las almas del objetivo central que tiene Satanás:

«Yo estoy con vosotros también en estos días inquietos, en los que Satanás quiere destruir todo lo que yo y mi Hijo estamos construyendo… Satanás quiere destruir todo lo que hay de santo en vosotros y en vuestro entorno. Por esto, hijitos, orad, orad, orad…» (25.09.1992).

Porque «no es nuestra lucha contra la carne y la sangre,… sino contra los espíritus que se mueven en los aires» (Ef 6, 12), que quieren destruir todo el planeta, no sólo las almas.

Y, para vencer en esa lucha, la Virgen María dictó a Jelena cómo vestirse de la armadura de Dios:

1. Renunciad a todas las pasiones y deseos desordenados. Evitad la televisión, sobretodo las transmisiones nocivas. Los deportes excesivos, el placer excesivo de la comida y las bebidas, el alcohol, el tabaco.
2. Abandonaos a Dios sin reservas.
3. Desterrad definitivamente cualquier tipo de angustia. No hay lugar para la angustia en el corazón de quien se abandona a Dios. Las dificultades subsistirán, pero servirán para el crecimiento espiritual y darán gloria a Dios.
4. Amad a vuestros adversarios. Desterrad el odio del corazón, la amargura, los juicios, los prejuicios. Orad por vuestros adversarios e invocad la bendición divina sobre ellos.
5. Ayunad a pan y agua dos veces por semana. Reuníos en grupo al menos una vez a la semana.
6. Consagrad a la oración al menos tres horas cada día, de las cuales al menos media hora por la mañana y media hora por la tarde. En este tiempo de oración están incluidos la Santa Misa y el Rosario. Reservaos momentos de oración a lo largo del día y recibid la Santa Comunión siempre que os sea posible. Orad con gran recogimiento. No miréis continuamente el reloj, más bien dejaos guiar por la gracia de Dios. No os preocupéis demasiado de las cosas de este mundo, confiando todo, en la oración, a nuestro Padre celestial. Cuando uno está demasiado preocupado, no puede rezar porque falta la serenidad interior.

Dios contribuirá a conducir a buen fin las cosas terrenas, cuando uno se esfuerza por abrirse a las cosas de Dios. Aquellos que van a la escuela o al trabajo deben rezar media hora por la mañana y media hora por la tarde y participar, si es posible, en la Eucaristía. Es necesario extender el Espíritu de oración al trabajo cotidiano, es decir, acompañar el trabajo con la oración.

7. Sed prudentes, porque el demonio tienta a todos aquellos que han decidido consagrarse a Dios y sobretodo a ellos. Les sugerirá que rezan demasiado, que ayunan demasiado; que deben ser como los otros jóvenes y buscar los placeres. ¡No deben escucharlo ni obedecerle! Deben prestar atención a la voz de la Virgen. Cuando su fe se haya consolidado, el demonio ya no conseguirá seducirlos.
8. Orad mucho por el obispo y por los responsables de la Iglesia. No menos de la mitad de sus oraciones y de sus sacrificios deben consagrarse a esta intención. (“Messagi e pedagogia di Maria a Medjugorje” de R. Laurentin – R. Lejeune)

Las reglas que la Virgen María dictó a los jóvenes del grupo, ¿no están totalmente de acuerdo con la doctrina de Cristo y con el magisterio de la Iglesia? Entonces, ¿por qué dicen que estas apariciones son falsas? ¿En qué se fundamentan?

Todo el problema es éste: han dejado de creer en la Palabra de Dios. Sólo creen en sus palabras humanas, que las hacen oficiales. Oficializan su incredulidad

«…muchos oran, pero poquísimos entran en la oración» (La Virgen a Jelena). Muchos católicos están toda su oración en el run-run de su mente humana, dando vueltas a sus ideas magníficas, creyendo que oran cuando sólo están hablando consigo mismo. Y están así sólo por una cosa, que es la primera regla del grupo: «Renunciad a todas las pasiones y deseos desordenados». No han renunciado a sus pasiones y a sus grandes apegos humanos.

Quien se entrega al pecado, no puede entrar en la oración. Sólo el que renuncia a los pecados, el que los arranca de su alma, tiene la capacidad de entrar en la Presencia de Dios.

Toda esa Jerarquía que quiere negar Medjugorje es gente que no reza, porque vive muy a gusto en sus grandísimos pecados de herejía, de apostasía de la fe y de cisma.

Medjugorje es una gracia extraordinaria para la Iglesia que la misma Iglesia ha despreciado. Gracia que no puede fructificar allí donde no hay fe.

Si Fátima abría a la Iglesia el camino hacia el Reino Glorioso de Cristo, Medjugorje lo descubre en su plenitud.

«Todo lo que se oponga a la Cruz y al sufrir con Cristo, no es de Dios, viene del príncipe de las mentiras.

Toda enseñanza contraria al Evangelio que les predicó Mi Hijo, y os dejó en herencia y por medio del testimonio de los primeros Apóstoles, que sea cambiado o manipulado, viene del Enemigo, el diablo, y debéis negaos a consentir todo error, toda herejía que contradiga la Palabra Divina. No provoquéis al Santo de Dios, para que no os veáis atribulados por ver el Juicio Divino sobre vosotros, que consentís el pecado» (La Virgen  a un alma escogida).

Combatan a toda esa jerarquía que combate las apariciones de la Madre de Dios. Ellos no son de la Virgen, aunque tengan en sus bocas el nombre de Ella. Lo toman en vano, para su gran negocio en la Iglesia.

Es tiempo para que los videntes de Medjugorje dejen de predicar que Bergolio es papa y defiendan la gracia extraordinaria que la Virgen les ha dado. Si no lo hacen, comprometen la misma aparición. Es la Cruz, la vida crucificada lo que da la fuerza para esto:

«La Cruz será un signo de esperanza y salvación para muchos, que se verán obligados y limitados a mantener viva esta devoción a Mis Apariciones, en ese lugar de Medjugorje» (La Virgen  a un alma escogida).

 

La Iglesia vive el tiempo del Fin

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Estamos en el tiempo del Fin: el fin de una época y, por tanto, el inicio de otra.

En este tiempo nadie cree: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». Todos siguen sus mentes humanas, sus verdades, lo que cada cual interpreta de la situación de la Iglesia.

La verdad de la Iglesia queda oculta, porque es el tiempo del mal, de la perfección del pecado entre los hombres.

«…y vi irrumpir en el mar Grande los cuatro vientos del Cielo, y salir del mar cuatro grandes bestias» (Dn 7, 2b.3a).

Cuatro bestias, cuatro reinos en el mundo, que combaten contra el Reino de Dios, que es la Iglesia en la tierra.

Estamos en el cuarto reino: «La cuarta bestia es un cuarto reino sobre la tierra, que se distinguirá de todos los otros reinos y devorará la tierra toda, y la hollará y la triturará» (v. 23).

Ese reino comenzó en 1531, que es la fecha de una señal en el Cielo: la Virgen María de Guadalupe. Se presenta como se describe en el Apocalipsis: «envuelta en sol…sobre la cabeza una corona de doce estrellas…encinta» (Ap 12, 1c.1d.2a).

Esta aparición va a marcar todo este tiempo del cuarto reino: el sufrimiento de la Madre para engendrar la Iglesia de Su Hijo. Sólo en el Dolor las almas son de Cristo. En el Dolor de la Madre de Dios.

La Iglesia ha sido envuelta en muchos sufrimientos durante estos 490 años. Y los últimos años serán los peores sufrimientos, los que más purifican y los que más condenan.

Estamos en el tiempo del Fin: el cuarto reino llega a su Fin.

«Setenta semanas están prefijadas sobre tu pueblo y sobre tu ciudad santa» (Dn 9, 24): 70 semanas de años: 490 años: de 1531 al 2021.

«Desde la salida del oráculo….hasta un ungido príncipe, habrá siete semanas» (v. 25b): 7 semanas de años: 49 años: de 1531 al 1580: el triunfo del protestantismo en toda Europa, y la reforma del catolicismo con el Concilio de Trento: abarca los tres Papas reformadores: San Pío V (1566-1572), Gregorio XIII (1572-1585) y Sixto V (1585-1590). Un ungido, Lutero, que combate a los Papas legítimos;

«En sesenta y dos semanas se reedificarán plazas y muros» (v. 25c): 62 semanas de años: 434 años: de 1580 al 2014: la Iglesia se levanta en medio de un mundo hostil a la Voluntad de Dios. La unidad en la Verdad se mantiene a pesar de la división en el mundo. Los Papas lo han tenido muy difícil para gobernar la nave de la Iglesia;

«Al fin de estos tiempos, sin juicio alguno será muerto el ungido. La ciudad y el santuario serán destruidos con un príncipe; y el fin llegará como una inundación, y durará hasta el fin la guerra» (v. 26): 1 semana: 7 años: del 2014 al 2021: será muerto el Papa legítimo, Benedicto XVI; Roma destruida y todo será un cataclismo hasta el final.

«En verdad os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra; todo será destruido» (Mt 24, 2)

Con el protestantismo se inició este cuarto reino, que ha devorado toda la tierra con su pensamiento diabólico. Y estamos en el tiempo en que la triturará, la machacará, porque se opone a toda verdad del Evangelio. Es una bestia que tiene «grandes dientes de hierro»: con la ciencia, la técnica, el progreso humano es cómo se devora la vida de los hombres sobre este mundo. La ilusión de ser hombre, de exaltar su dignidad humana, su valor como hombre, su importancia en la tierra, su lenguaje humano. El hombre, con la idea protestante, se cree dios y actúa como dios.

Es una bestia con cuernos: «los diez cuernos son diez reyes» (v. 24a), diez gobernantes, diez naciones, diez líderes. Es la vieja Europa, cuyas naciones se han unido en una sola organización. Pero éstos no son los que rigen el mundo: «tras ellos se alzará otro que diferirá de los primeros y derribará a tres de estos reyes» (v. 24c).

El tiempo del Fin es el tiempo de este rey, que es el Anticristo de nuestros días: el líder del hombre; el rey que sigue el hombre; el gobernante del mundo al cual todos le adoran como dios, el que ha ideado el gobierno global: el nuevo orden mundial. Nace en la idea protestante y llega a su culmen en la idea masónica del hombre.

Este último tiempo ha sido marcado, fuertemente, por las apariciones marianas en todo el mundo. Donde está la Virgen María, allí huye el demonio. Satanás no soporta la presencia de la Virgen y la combate a rabiar.

La Virgen María es la señal que da Dios al hombre: es el camino que el hombre tiene para encontrar la Verdad. Sin la Virgen María, el hombre, la Iglesia, las almas se pierden.

La Virgen María, en su Maternidad Divina, es la que lleva a toda la Iglesia hacia la perfección del Espíritu.  Ella es Virgen para Madre: es lo que la mujer ha rechazado: ser madre.

Ella cubrió, con Su Maternidad Divina, todo este tiempo cuando se apareció a San Juan Diego, en 1531: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la Siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios, por Quien se vive».

Es una aparición para el hombre incrédulo, que necesita ver con su ciencia humana para creer en Dios. Y la Virgen es camino para esos hombres.

Pero esa aparición tiene una cualidad que la sella: la humildad. La Virgen María elige a un alma sencilla, ignorante de todas las cosas, pero con un ideal: obedecer a Dios en todo. Un hombre sumiso, sencillo, disponible, obediente, que se conforma en todo con la Voluntad de Dios, para señalar que lo único que a Dios le importa del hombre es su nada, no sus obras, no sus pensamientos humanos, no su lenguaje humano, no sus problemas humanos.

Que el hombre sea nada ante Dios. Sólo en la humildad del corazón, Dios puede hacer maravillas. Pero en la soberbia de la mente, es el demonio el que obra sus maravillas.

Ante la soberbia y el orgullo que muestra el hombre en todo este tiempo del cuarto reino, la Virgen María va a escoger, para manifestar la Voluntad de Dios, a hombres que no cuentan para la humanidad. De esa manera, Ella forma la Iglesia de Su Hijo.

La Iglesia no necesita a los hombres, sino a los hijos de la Virgen María. Hoy nadie quiere imitar a Su Madre en sus virtudes: humildad, obediencia, pureza, maternidad. Todos la desprecian en sus vidas humanas.

En este tiempo se va a dar la perfección del mal entre los hombres, obrada por el demonio.

Esta perfección necesita del Poder de Dios para ser manifestada. Sin ese Poder Divino, el demonio no puede llegar a lo que quiere en su maldad.

Por eso, este cuarto reino es un tiempo de Justicia, pero de gran Misericordia. El pecado de los hombres obliga a Dios a dar, al demonio, el camino para realizar una Justicia Divina, que sólo Dios puede comprender. Los hombres no saben penetrar en esta Justicia de Dios.

Esta obra del demonio es guiada, en todo, por Dios. El demonio no puede hacer nada sin la Voluntad de Dios: está sujeto a esta Voluntad Divina.

Por eso, se manifestó Dios, a los 333 años del inicio de este tiempo: el demonio recibe el Poder de Dios para realizar la Obra de la Justicia Divina:

«En el año de 1864 Lucifer, con gran número de demonios, serán desatados del Infierno: abolirán la fe poco a poco, aún entre las personas consagradas a Dios; las cegarán de tal manera que, a menos de una gracia particular, esas personas tomarán el espíritu de sus malos ángeles: muchas casas religiosas perderán completamente la fe y perderán a muchísimas almas» (Melanie – la Salette, 1846).

La aparición de la Salette, en 1846, señala el tiempo del combate entre la Iglesia y el modernismo. Tres Papas combatieron la herejía modernista: Pío IX (1846-1878), León XIII (1878-1903) y San Pío X (1903- 1914).

En esta aparición, la Virgen María profetiza la Justicia de Dios en el mundo y en la Iglesia. Esas profecías abarcan todo este tiempo del cuarto reino y el tiempo siguiente.

El año 1864: 1531 más 333, que es el número divino; el cual representa a las Tres Personas de la Santísima Trinidad obrando Su Voluntad: se desata al demonio del infierno para que realice una Obra Divina en la Justicia de Dios. No es sólo una obra demoníaca: es un castigo divino para toda la humanidad, por su pecado.

«Hay ahora un establecimiento en vuestro mundo, una orden secreta de satanás. Esta orden ha entrado en todas las formas de vuestra vida. Cada forma de vuestro entretenimiento, vuestro gobierno, vuestras escuelas, ha sido infiltrada» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica – 7 de septiembre 1972). El demonio está suelto por todas partes para atarlo todo, para hacer esclavos a los hombres, para poseerlos, para obsesionarlos de muchas maneras, para llevarlos hacia el pecado, para hundirlos en el infierno. Y no es posible desatarse de eso. En cada cosa, aunque sea santa, allí hay una atadura del demonio. Es el Poder de Dios en el demonio, que pocos comprenden.

«Lucifer y sus ejércitos forman la mano ejecutora del mal en el mundo, conocida como el 666.  Como os he explicado en el pasado, hijos Míos, Yo Me repito para aquellos quienes no escucharon Mis mensajes previos, que el 666 es la concentración completa y masiva de los demonios salidos del infierno, con Lucifer como su líder.  El mismo Lucifer, el príncipe de las tinieblas, ahora camina por vuestra tierra.  Debido a un razonamiento que ninguna mente humana podría comprender, Lucifer ha retenido poder al lado del poder del Padre Eterno en la Trinidad.  Sabed, entonces, cuán grande es su poder en estos últimos días.  Su misión sobre la tierra ahora es luchar contra el Reino del Cielo y destruir cualquier oportunidad que tiene un alma de entrar al Reino del Cielo.  Él está sobre la tierra ahora, Lucifer, para reclamar a los suyos» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica – 10 de junio 1978).

El poder de la Justicia Divina, que actúa en todos los sitios, aun en la misma Iglesia, aun en lo más santo, que es la Eucaristía, por medio del demonio. Por eso, el demonio puso la ley de la comunión en la mano; y por eso, ha tenido poder para poner a un falso papa. Tiene Poder de Dios para esto. Y lucha contra toda alma, aun la más santa.

En un solo año, después de ser desatado, el demonio fue el rey de los corazones: «En el año de 1865 se verá la abominación en lugares santos, en los conventos, las flores de la Iglesia estarán corrompidas y el demonio será como el rey de los corazones» (Ib.).

¿Qué hay que decir ahora, después de siglo y medio, en que el demonio anda suelto por todas partes?

Ahora se ve la perfección de su maldad, no sólo en el mundo, sino en la Iglesia, en su cúspide. Se comienza a ver la abominación en Roma, en la Alta Jerarquía.

Bergoglio es sólo eso: la perfección del mal, que el demonio ha incubado en su inteligencia humana, para poder destruir la Iglesia, por mandato de Dios.

Bergoglio está dirigido, en todo, por Satanás; su mente humana le pertenece al demonio. Por eso, habla como habla y obra como lo hace: como un demonio.

León XIII vio a Nuestro Señor hablando con Satanás, y «cómo el demonio se jactó que tenía medio destruida a su Iglesia, y que si tuviese más libertad la destruiría por completo. Entonces el Señor le preguntó que cuánto tiempo necesitaba para destruirla, y Satanás le contestó que cincuenta o sesenta años le bastaban. Dios le concedió ese plazo, pero le dijo que después se verían…» (Cardenal Segura, Arzobispo de Sevilla, en una conferencia que dio en la catedral de Sevilla durante la Cuaresma de 1950).

Para comprender los tiempos divinos:

«Contarás siete semanas de años, siete veces siete años, viniendo a ser el tiempo de las siete semanas de cuarenta y nueve años…y santificaréis el año cincuenta…Será para vosotros jubileo» (Lv 25, 8.10a.10c). Dios obra cada 49 años y uno de jubileo, de liberación, de gracia.

Desde el momento en que Dios da al demonio el Poder para una Justicia, hay tres tiempos divinos, porque ese Poder sólo el demonio lo puede obrar en los tiempos marcados por Dios:

De 1864 al 1913: 49 años; y un año de gracia: 1914: el Tiempo del Padre: en este tiempo, el demonio perfecciona su pensamiento y lo lleva a cabo, en una guerra, con la doctrina del marxismo y con una nación, Rusia. Es el orgullo que se levanta contra la Voluntad de Dios.

De 1914 al 1963: 49 años; y un año: 1964: el Tiempo del Hijo: en este tiempo, el demonio se infiltra en la Iglesia y combate al mundo de muchas maneras, en todos los gobiernos. La jerarquía infiltrada comienza a cambiar la doctrina con nuevas filosofías y teologías. Se llega al Vaticano II con un pensamiento demoníaco, en la jerarquía, que combate al pensamiento divino.

De 1964 al 2013: 49 años; y un año: 2014: el Tiempo del Espíritu: en este tiempo, el demonio toma control de toda la Iglesia, pero de manera oculta, hasta llegar a poner a su falso papa, que abre el tiempo del Fin, los últimos siete años de este cuarto reino. Todos los Papas son usados para el mal, son atados para que no puedan realizar lo que Dios quiere; todos son quitados de en medio.

Tres tiempos de siete semanas de años, y un año de gracia. El tres representa a Dios. El siete es la perfección en la obra.

La visión de León XIII, el 13 de octubre de 1884, fue para preparar a la Iglesia a la batalla contra el demonio. Su exorcismo contra Satanás, que el demonio pudo quitar después del Concilio, en sus reformas que realizó a través de la falsa Jerarquía, es la solución para contrarrestar el poder que tiene el demonio. Muchos sacerdotes ya no lo usan.

Con la primera guerra mundial, en 1914, el demonio iniciaba su trabajo de demolición en el mundo y en la Iglesia. Una guerra que abría las puertas a la iniquidad, que implantaba un motor: la doctrina marxista, con el cual inundarlo todo.

A los tres años y medio, casi al finalizar la guerra, Fátima. A partir de ese momento, en la Iglesia se comenzó a infiltrar la Jerarquía masónica.

«el último secreto de Fátima no fue dado al mundo, porque él revelaba la Verdad de la maligna secta entrando en el Vaticano (…), en gran número, desde las apariciones de Mi Madre en el santuario de Fátima» (MDM – 26 de enero del 2012).

La Iglesia no ha creído en Fátima, sino que la ha anulado, declarando una interpretación torcida de la verdad. Para la Iglesia, ya la profecía de Fátima ha sido cumplida: una vez más la autoridad de Dios quedó anulada por la autoridad doctrinal de la Jerarquía.

Fátima es la profecía del fin del Papado: en Ella se revela la muerte del último verdadero Papa, Benedicto XVI; y, por tanto, la causa del fin del Pontificado como hasta ahora se ha entendido en la Iglesia.

«Los detalles, que Yo revelaba, son, que habrá dos hombres usando la Corona de Pedro en los Últimos Tiempos. Uno sufrirá por las mentiras que han sido creadas para desacreditarlo y que lo convertirán en un virtual prisionero. El otro elegido, traerá consigo la destrucción, no solo de la Iglesia Católica, sino de todas las iglesias que honran a Mi Padre y que aceptan las Enseñanzas de Mi Hijo, Jesucristo, el Salvador del Mundo. Solo puede haber un jefe de la Iglesia en la Tierra, autorizado por Mi Hijo, que debe permanecer como el Papa hasta su muerte. Cualquier otro, que pretenda sentarse en la Silla de Pedro, es un impostor. Este engaño tiene un propósito, para convertir almas a Lucifer y hay poco tiempo para tales almas, que no serán las más sabias, para ser convertidas» (MDM – 22 de julio del 2013).

La causa del fin del Papado: un hombre, que no es de Dios, y que levanta la nueva y falsa iglesia, atrayendo a todos a esa maldad.

Con Bergoglio se ha acabado el Papado, al poner su gobierno horizontal, que es el camino de la falsa iglesia. Es una dictadura en la que se ata a todos con buenas palabras y con sonrisas maquiavélicas. La Iglesia verdadera queda en el desierto, en remanente, a la espera del Gran Papa, que es puesto sólo por Dios, no por los Cardenales.

En 1964 se iniciaba la autodemolición de la Iglesia, en su interior, por el mismo demonio en forma humana. Para eso fue el Concilio, con el cual la Jerarquía infiltrada trabajó para conseguir su objetivo, que no pudo alcanzar hasta el 13 de marzo del 2013, poniendo el mayor engaño de todos, Bergoglio.

«Satanás, Lucifer en forma humana, entró en Roma en el año de 1972.  Él estorbó el gobierno, las funciones del Santo Padre, Paulo VI. Lucifer ha controlado a Roma y continúa este control ahora» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica, 7 de Septiembre del 1978).

Ese demonio encarnado, que ha estado en el Vaticano desde 1972, ha sido el causante de todos los males que se han visto en la Iglesia: en la doctrina, en la liturgia, en los Sacramentos, en el magisterio….Todo adulterado por esa jerarquía infiltrada, que obedece órdenes de la masonería.

Ninguna culpa hay que echarla a los Papas, sino a todos los Cardenales, Obispos, sacerdotes, que no han acatado, que se han rebelado, que han desobedecido a los Papas. Todos ellos fueron quitados de en medio. Todos.

Tres años y medio, en 1961, antes de que se cumpliera esa generación, la Virgen se apareció en Garabandal, para dar la profecía del fin de los Tiempos, a la cual nadie hizo caso, por supuesto. En esa profecía, se indicaba que sólo quedaban cuatro Papas. Y, por tanto, el Papado llegaba a su fin con Benedicto XVI.

Garabandal es la continuación de Fátima, pero es el inicio de un nuevo tiempo. Cuando Benedicto XVI, que es el «Obispo vestido de blanco» que «llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran cruz» (Tercer mensaje de Fátima) muera, entonces se inicia el fin de los Tiempos: se cumple una profecía, Fátima, y se inicia otra, Garabandal.

Garabandal abre a la Iglesia a nuevo tiempo; Fátima lleva a la Iglesia al fin de un tiempo.

Roma, desde 1972, sólo iba hacia una dirección: levantar la falsa iglesia con el falso cristo, hecho que se consiguió en 1998:

«El 666 enunciado 3 veces, es decir por 3, expresa el año 1998, mil novecientos noventa y ocho. En este período histórico, la masonería, ayudada por la eclesiástica, logrará su objetivo: construir un ídolo para ponerlo en lugar de Cristo y de Su Iglesia» (Al P. Gobbi, 17 de junio del 1989).

El ídolo de la mente humana, del lenguaje, de las obras humanas, al cual todos siguen actualmente. Por ese ídolo, se intentó que Juan Pablo II renunciará al Pontificado para poner lo que hoy vemos: el gobierno de los hombres en la Iglesia, el gobierno horizontal. No pudieron llevar eso a efecto, a pesar de la enfermedad del Papa, y lo quitaron de en medio.

Ese ídolo ha aplastado el fundamento de la Iglesia Católica: el Papado. Lo ha aniquilado. Por eso, todos los que esperan un nuevo Papa que arregle lo que Bergoglio está haciendo, se equivocan, no saben discernir los signos de los Tiempos.

No hay más Papas: sólo queda el fin de los tiempos. Estamos en el tiempo del Fin: en la última semana de este cuarto reino.

En este fin, emergerá el Papa puesto por el Cielo, el que es descrito en la profecía de San Malaquías: «Pedro Romano, que pastoreará a las ovejas en una gran tribulación, tras la cual, la ciudad de las siete colinas será derruida, y el juez tremendo juzgará al pueblo». Es el Papa de la gran tribulación que lleva a la Iglesia al Reino Glorioso.

Pero, antes, tiene que morir Benedicto XVI y ser destruida Roma. Será un tiempo de Sede Vacante. Será un tiempo de persecución:

«En la última persecución se sentará S.E.R» (San Malaquías).

En la última persecución, antes que aparezca el Anticristo, antes del Gran Papa, habrá una sucesión de reyes, de falsos papas, de falsos líderes, en la Iglesia.

Dos años de Sede Vacante:

«Dadas ciertas circunstancias perturbadoras el Papa tendrá que huir de Roma y cambiar de residencia. Pero ya no será reconocido su papado, lo cual dejará a la Iglesia sin el gobernante real….Cuando el mundo se encuentre perturbado el Papa cambiará de residencia, y durante 25 meses no habrá ningún gobierno ni Papa en la Iglesia de Roma» (Juan de Vatigueiro).

 “…llegará un tiempo en el que la Iglesia quedará desolada, sin Pedro ni sus sucesores” (Nicolas de Fluh).

«Es importante que Mis seguidores se mantengan alerta a cualquier nuevo Papa que pueda venir adelante, porque él no será de Dios» (MDM – 7 de junio del 2011).

El tiempo del Fin comenzó en octubre del 2014, con el Sínodo: desde la renuncia del Papa legítimo hasta esta fecha, lo que ha pasado en la Iglesia ha sido un año de gracia y de desgracia. Un año para poder comprender lo que pasa en la Iglesia. Un año para decidir a quién seguir en la Iglesia.

El tiempo de las setenta semanas se terminó en el 2013, con la renuncia del Papa; y Dios dio el año de gracia, 2014: y han sido muy pocos los católicos que lo han aprovechado. Muy pocos han discernido nada. Ahora, les espera lo peor, porque ha comenzado el tiempo del Fin.

Este tiempo no es como los demás: son siete años en que se va a presenciar la maldad en su perfección. Y, por eso, no deben confiar en nadie.

Es el tiempo de los hipócritas, de los fariseos, de los pecadores, de los condenados al infierno. Es su tiempo: toda la maldad se hace visible. El mal es un bien para todo el mundo. El mal es la obra para hacer un bien.

Por eso, la Iglesia verdadera tiene que esconderse. No hay otro camino. Y los que vayan al martirio, Dios les indicará su tiempo.

Para poder comprender este tiempo, Dios ha puesto un profeta: MDM. Tienen que seguirlo. Tres años antes, en el 2010, Dios fue preparando a la Iglesia para lo que viene con este profeta. Muy pocos han creído, como es natural. Y muy pocos van a creer, porque ya la Verdad nadie la quiere escuchar. Muchos son los falsos profetas que han surgido por todas partes, porque es el tiempo de la falsa jerarquía en la Iglesia. Esa jerarquía ya no es capaz de hablar la verdad, no es capaz de enfrentarse a un mentiroso, como Bergoglio; y se levantan los hombres que se llaman santos, justos, porque usan el lenguaje que todos quieren oír, porque viven en sus pecados.

Ahora todos siguen sus verdades, a sus profetas, a su jerarquía: unos están con Burke, otros con sus sacerdotes, otros con la falsa profeta Luz de María, otros con Bergoglio, otros con el espíritu de Lefebvre… Cada uno defiende su parcela en la Iglesia, pero nadie defiende la Verdad de la Iglesia. Todos se acomodan a lo que ven en todas partes y así se da la división: Cardenales, Obispos, sacerdotes, fieles, que permanecen divididos en medio del demonio. Se han unido a un falso Papa, a un usurpador, y pretenden buscar la unidad en la división, en la herejía, en la mente de un hombre sin verdad.  El demonio nunca puede unir, porque su obra es dividir.

«La Iglesia ha perdido su camino y se está hundiendo dentro de la oscuridad. Esto, hija Mía, ha sido profetizado y es un signo del Final de los Tiempos. Es cuando el último Papa emergerá y el mundo se perderá, bajo la dirección equivocada del Falso Profeta» (MDM – 14 de noviembre del 2010).

• Esto ha sido profetizado: la Salette, Fátima, Garabandal, el Escorial, Bayside, Dozule, Akita…

• Y es un signo del Final de los Tiempos: «Cuando viereis, pues, la abominación de la desolación predicha por el profeta Daniel en el lugar Santo (el que leyere entienda), entonces…habrá una gran tribulación…se oscurecerá el sol…aparecerá el estandarte del Hijo del Hombre en el cielo….y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del Cielo con poder y majestad grande» (Mt 24, 15.21a.29a.30a.30c).

La abominación ya comenzó en 1865; y el culmen de esa abominación es:

«Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo» (Melanie – la Salette, 1846).

Roma, refugio para los herejes y toda clase de abominaciones. Es decir, será cuando quiten el Sacrifico del Altar.

Muchos no creen en todo esto. Muchos católicos, que siguen a Bergoglio como si nada hubiera pasado en la Iglesia, como si todo estuviera bien, perfecto, como si la Iglesia viviera una nueva primavera espiritual. Así están de ciegos. No quieren creer a Dios, sino sólo a hombres con autoridad doctrinal.

Bergoglio: el inicio de un gran engaño

granengaño

Bergoglio es la creación de la Jerarquía masónica; creación del mayor engaño: elegir a un hombre, que no es de Dios por su herejía manifiesta, y ponerlo como Papa, quitando de en medio al verdadero Papa, Benedicto XVI.

Al Papa lo eliminaron con astucia, con cuidado, con premeditación. Todo lo calcularon al detalle: «Un plan para destruir a Mi Santo Vicario, fue concebido en secreto el 17 de marzo del 2011» (MDM – 11 de febrero del 2012). Una conspiración que muy pocos creen en ella, ya que han perdido la fe. Un plan que ha violentado la libertad del Papa legítimo:

«Mi Santo Vicario ha sido forzado a esta acción y sufrirá grandemente como resultado» (MDM – 13 de febrero del 2013).

Un plan que le ha hecho caer en pecado:

«Mi vicario ha caído. Mi Iglesia caerá» (Ib., 14 de febrero del 2013).

Hacer renunciar a un Papa de su misión en la Iglesia es un pecado de sacrilegio, pero también es un pecado contra el Espíritu Santo.

En la historia de la Iglesia ha habido antipapas, elegidos por los Cardenales cuando reinaba un Papa legítimo; pero ninguno de ellos era un anticristo.

Aquí se ha hecho renunciar a un Papa legítimo, no para colocar a otro Papa y salvar la situación, sino para poner a un anticristo, a uno que abre el tiempo del Fin.

«Los de la Casa de Mi Hijo ahora reciben la advertencia final que ellos no removerán a Nuestro Vicario de la santa Casa de Dios. Ya que si lo hacen pondrán en movimiento el advenimiento del anti-papa dentro de vuestra Casa. No profanéis a Mi Hijo de esta manera» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica – 7 de septiembre 1972). No hicieron caso a la advertencia de la Virgen María; no obedeció la Jerarquía a Dios: Benedicto XVI fue removido; el antipapa, Bergoglio, fue puesto.

La renuncia del Papa ya ha sido profetizada por la Virgen, pero la misma Iglesia lo ha callado, lo ha anulado, y ha seguido el camino de oscuridad, que es el de la mente humana. Y así la Iglesia se ha hecho infiel al Espíritu de la Verdad y no puede llegar a tener la plenitud de la Verdad.

El antipapa, en esta profecía, es el falso profeta, que proclama la mente del Anticristo en la Iglesia. Bergoglio es el hombre de secretos, no de la Verdad; es decir, el hombre de la masonería, el hombre que oculta su intención a toda la Iglesia, el hombre que habla una cosa y obra lo contrario:

«A menos que escuchéis ahora mis palabras de precaución, caeréis en la trampa que os está siendo tendida. El enemigo está dentro de la Casa de Dios. El buscará remover vuestro Vicario de entre vosotros, y cuando lo haga, él colocará a un hombre de secretos oscuros sobre la sede de Pedro» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica – 21 de agosto 1972). Nadie escuchó las palabras de la Virgen: todos han caído en el engaño de Bergoglio, en la trampa de su lenguaje humano, en la ignominia de su obra en el gobierno de la Iglesia.

Pero Bergoglio es sólo el principio de este gran engaño. Es la tuerca que se necesitaba para un gran cambio en el gobierno de la Iglesia.

Mucha gente no cree en estas profecías, porque la Iglesia no las ha aprobado. Y ahí se paran en su fe.

Muchos dicen: ya tenemos con las profecías de la Salette, Fátima y Lourdes, no son necesarias más para entender lo que quiere Dios de la Iglesia. Y pensando así, quedan en el error y en la confusión más total para sus almas.

Otros dicen: como son revelaciones privadas, no hay que hacer caso, porque la fe está en lo que oficialmente se enseña, no en lo que cada uno cree. Y terminan teniendo estas revelaciones como fábulas, como cuentos chinos, ya que la Iglesia nunca acaba de pronunciarse acerca de ellas.

¡Cuántos son los que apagan el Espíritu, en la Iglesia, con sus cabezas, con sus inteligencias humanas, con sus modos humanos de entender la Iglesia!

El tiempo de Dios comenzó en 1531, con la aparición de la Virgen María a San Juan Diego. Tiempo para Su Iglesia, para dar el camino a las almas fieles a la Palabra de Dios. Ese tiempo, en Dios, se calcula en siete tiempos, porque fueron siete días en los cuales Dios lo creó todo. Ese tiempo se acaba en el 2021: 7 tiempos de 70 años.

Durante este tiempo, muchas cosas han sucedido. Pero muy pocos saben discernirlas en el Espíritu. La mayoría ha quedado ciega de la Verdad: la tiene en sus narices y no son capaces de verla, porque ya no tienen fe.

La norma próxima, inmediata y suprema de la fe es, para el católico, la doctrina del Magisterio de la Iglesia, vivo, auténtico y tradicional.

Como la Iglesia no ha enseñado que MDM y otras videntes sean auténticas, no hay que creer. Así piensan muchos. Este es el error de muchos católicos.

Siendo la fe una virtud sobrenatural, por la cual el alma cree que son verdaderas las cosas reveladas por Dios, «no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, la cual no puede engañarse ni engañar» (D 1789), es necesario concluir que la norma remota, mediata y primera de la fe es, para el católico, la Palabra de Dios, dada en los profetas y en la Sagrada Escritura.

Hay dos normas para creer: la primera, que es creerle a Dios, por su propia autoridad; la segunda, que es creerle a Dios por la autoridad de otro. No se pueden quitar las dos normas, porque van de la mano. No es una más importante que la otra. Las dos son esenciales para creer.

Dios siempre habla al hombre por medio de sus profetas. Habló por medio de Su Hijo y lo reveló todo en Él; pero Dios no se calló porque todo haya sido revelado, sino que continúa hablando, por medio de su Espíritu, para llevar al hombre, llevar a toda la Iglesia, hacia toda la Revelación, al conocimiento de toda la Verdad, a la obra divina de esta Verdad.

Esto es lo que muchos no comprenden: tienen por fe sólo lo que enseña la Iglesia y desprecian, por tanto, las profecías, diciéndose a sí mismos: ya somos perfectos en el conocimiento de Dios porque seguimos el magisterio de la Iglesia, porque ya está todo revelado. ¿Para qué más profecías y profetas? Nos basta con lo que la Iglesia ha enseñado.

Esto es un fariseísmo más de los hombres, con el cual combaten a todos los profetas que la Iglesia no ha enseñado como verdaderos. Y, en este fariseísmo, el alma se inutiliza para poder discernir el Espíritu: se vuelve boba. Sólo busca lo que la Jerarquía dice, enseña. Y no aprende a salir de una inteligencia humana, de una visión parcial de lo que es la Verdad en la Iglesia.

Esto es ir para atrás en el crecimiento de la fe. La Iglesia necesita del profeta, hoy como ayer. Jesús es un profeta; cada sacerdote es un profeta. Y el profeta es el que da la Mente de Dios a los hombres, no el que habla un lenguaje maravilloso para entretener las mentes humanas.

Jesús predicó muchas profecías: y la gente no lo seguía, porque hablaba en contra de la vida de los hombres. Jesús marcó el camino al hombre con la Verdad de Su Palabra. Y Jesús sigue marcando el camino a Su Iglesia con la Verdad de Su Palabra. Jesús sigue enseñando a Su Iglesia por sus profetas. Y si los sacerdotes fueran imitadores de Jesús, no harían falta los profetas en el pueblo. Pero como la Jerarquía ya no cree en la autoridad de Dios que revela; como ya dice que Dios no habla más porque todo lo ha revelado en Su Hijo, por eso, Jesús escoge almas humildes, entre los hombres, para seguir dando Su Palabra, que sus sacerdotes han despreciado.

Una Iglesia sin profetas es una iglesia sin Espíritu Santo, sólo colgada de la mente de los hombres, que son todos unos soberbios porque ya se creen que se lo saben todo por tener años de teología, por leer el Catecismo o por ir a Misa los domingos.

La teología no es el entendimiento que busca la fe, sino que es la fe que busca al entendimiento. Estamos en la Iglesia no para entender, sino para creer. Y sólo el que cree es capaz de profundizar en la Mente de Dios y ver la verdad de lo que ocurre en la Iglesia:

San Agustín: «deseé ver con el entendimiento lo que creí».

San Anselmo: «No intento, Señor, penetrar en tu profundidad, porque de ningún modo la comparo a mi entendimiento, pero deseo entender algo tu verdad que cree y ama mi corazón. Porque tampoco busco entender para creer, sino que creo para entender…».

Se cree para entender; no se entiende para creer.

La Jerarquía está para creer, no para hacer entender. Si la Jerarquía no cree, Ella misma se engaña y engaña a todos los demás.

La Jerarquía obra su Poder en la Iglesia, su triple poder, sólo si cree. Todo está en la fe, no en el poder que tiene el hombre. Un hombre que no cree, su poder es irrisorio, no lleva a ningún lado. Mucha Jerarquía inutiliza el Poder de Dios porque ya no creen.

Se guían a los fieles en la fe del corazón que cree; no en la razón de un corazón incrédulo. Hoy los católicos sólo buscan entender, pero nadie busca creer. Nadie. En la práctica, ésta es la señal de los tiempos que vivimos: la apostasía de la fe: nadie cree; todos se han apartado de la verdad, nadie escucha la verdad. Todos se escuchan a sí mismos. Todos.

Este es el error de muchos, que sólo se quedan en lo que entienden en el magisterio de la Iglesia, en lo que entienden de lo que ven en la Iglesia. Y esa es su fe: una fe incompleta,  no plena; que necesita siempre de la Revelación Divina, del Espíritu de la Verdad, que los profetas dan para llegar a lo completo en la fe, a la plenitud de la Verdad.

Muchos tienen oscuridad en su entendimiento porque apagan las profecías, combaten a los profetas de Dios. Y, en esa incredulidad, se vuelven a los profetas del demonio, a la jerarquía del demonio.

Y así colocan a Bergoglio como un Papa más. Van al Magisterio de la Iglesia y no saben ver la verdad de Bergoglio. Se reunieron los Cardenales para elegir a un Papa, y ahí se queda todo su discernimiento. La Iglesia dice que Bergoglio es Papa, porque fue elegido en un Cónclave. Y no hay manera de que entiendan que Bergoglio no es Papa. No hay forma humana.

Ni siquiera presentando sus herejías, claras y manifiestas, estos católicos se convencen. Ni siquiera enseñando que la doctrina de este hombre no es magisterio papal deducen que no es Papa. Es que los Cardenales, en el Cónclave, no se equivocaron: ahí estuvo el Espíritu Santo y eligieron al hombre que el Espíritu Santo quería, porque así lo enseña la Iglesia, es su magisterio. Y ahí se acaba todo con estos católicos.

Y aquellos que ven sus herejías y reconocen que su magisterio no es papal, lo siguen manteniendo como Papa, a pesar de todo, por la misma razón: hasta que la Iglesia oficialmente no declare que Bergoglio no es Papa, sigue siendo Papa.

Esto es lo que se palpa en toda la Iglesia. Esta es la oscuridad de mucha gente. Y gente que tiene estudios filosóficos y teológicos. Y nadie quiere atender a la norma primera de la fe: la Palabra de Dios. Por no atender a esta norma, por despreciarla, muchos se condenan.

Toda alma, para creer en el Magisterio, primero tiene que creer en Dios, porque el Magisterio viene de Dios, no de los hombres. Y esto es la vida espiritual. Y se quiere imponer a las almas lo segundo: cree sólo en el Magisterio, pero no en Dios. Sólo sigue lo que la Jerarquía enseña. Esto es un error garrafal.

Muchos sacerdotes no saben ser guías espirituales, porque imponen a las almas esta falsa fe, que es una falsa espiritualidad. De ella, nacen todos los cismas en la Iglesia. Todos, al final, quieren su Tradición, Su Magisterio, Su Liturgia; pero nadie quiere lo que Dios quiere.

La norma de la fe son dos cosas: Dios y Magisterio de la Iglesia. Y las dos, al mismo tiempo. No una por encima de la otra, porque, ante todo, hay que creer a Dios que revela por su Autoridad. No hay que creer en los hombres.

Por eso, hoy se observa, en todas partes, una fe humana, pero no divina. Ya no se creen en los profetas, porque la Jerarquía no enseña a discernir las profecías, sino a imponer un magisterio sin profecías.

La Iglesia se ha equivocado cuando ha enseñado la profecía de Fátima: el culpable fue el mismo Cardenal Ratzinger que escondió la verdad de esta profecía. Ocultó lo que hoy él vive como Papa, y debe seguir callando esa Verdad. Y ese ocultamiento de la verdad es un pecado gravísimo en el Cardenal, porque no se ocultó cualquier cosa, sino lo más importante, para la Iglesia, en ese mensaje de la Virgen María. Es la clave para comprender lo que es Fátima.

Pero, ahora, eso su castigo por su pecado: vivir en silencio viendo cómo otro destruye la Iglesia desde el Papado. Así expía el Papa Benedicto XVI su pecado contra la Verdad siendo Cardenal.

«Os aconsejé en Fátima, ¿quién escuchó mi consejo al mundo? ¡De nuevo orgullo y arrogancia!  Un secreto debió ser revelado, y ¿quién aconsejó y preparó al mundo para el ataque de satanás en la Casa de Mi Hijo?  ¡Nadie!»  (Nuestra Señora, 31 de Diciembre del 1977).

Un secreto debió ser revelado: la Virgen puso sus fechas a Lucia para darlo a conocer.

La Iglesia tenía el deber y el derecho de revelar la Verdad como Dios se la comunica. La Iglesia debía ser preparada para este ataque del demonio por la Jerarquía. Y, ¿qué cosa hizo? La Jerarquía, que es el que tiene el poder en la Iglesia, calló la Verdad y engañó a toda la Iglesia.

Y ellos quedaron con un poder inútil, sin saber luchar contra el Enemigo de Cristo dentro de la Iglesia. Un gran pecado. Juan XXIII no creyó en Fátima y se metió a un Concilio sin prevenir a la Iglesia de lo que iba a venir. Este pecado de este Papa sólo lo juzga Dios, pero hay que decirlo. Decirlo no es jugar al Papa.

La Jerarquía está para creerle a Dios, no para inventarse su Iglesia, no para hacer lo que ellos quieren y llamar a eso: Voluntad de Dios. Los hombres siempre se meten en sus problemas por su falta de fe, porque no quieren someter su mente humana a Dios.

Ahora, todos han caído en el gran engaño. Todos se han dejado envolver por las palabras baratas y blasfemas de un idiota, de un loco, de un hombre sin fe, como es Bergoglio.

Hoy sólo se buscan las profecías que la Iglesia ha aprobado. Y eso es un gran error, porque se acaba sólo creyendo a Dios por la autoridad de un hombre.

En la fe humana se cree por la conocida autoridad doctrinal de los hombres que tienen ciencia y veracidad sobre las cosas espirituales; pero en la fe divina, se cree por la autoridad del mismo Dios que revela.

Si un sacerdote no cree a Dios en una profecía, después enseña a sus fieles una mentira, con su autoridad doctrinal. Esto es lo que pasa en muchas partes de la Iglesia. Y siempre ha sido así, pero, actualmente, es lo único que se ve.

Muchos fieles quedan engañados, en la Iglesia, por la misma Jerarquía que no ya cree a Dios en sus profetas.

Por eso, tienen que decir a sus fieles, aunque vean el desastre y la locura que es Bergoglio, que sigue siendo el Papa. Tienen que convencerlos que lo sigan aplaudiendo en sus herejías que dice cada día en la Iglesia. Es tan buen Bergoglio. Es nuestro Papa.

No saben enseñar que Bergoglio no es el Papa. No saben decir que Bergoglio es un falso Papa. No pueden: han anulado, en su fe, a los profetas. Se han quedado con sus grandes inteligencias y obras humanas. Oficialmente, nadie dice que Bergoglio no es Papa; entonces, todos tienen que decir que Bergoglio es Papa. Este es el descalabro en la fe de muchos católicos y de muchos brillantes teólogos.

No se llega a la fe por el entendimiento, sino por el corazón. Un corazón abierto a la Palabra de Dios, cree en el magisterio de la Iglesia y sabe discernir cualquier cosa en ese magisterio.

No se llega a decir que Bergoglio no es Papa por la razón humana, sino por la fe. Aquel que cree, dice: Bergoglio no es Papa. Aquel que no cree, dice: Bergoglio es Papa.

Y cuando se cree que Bergoglio no es Papa, entonces se entiende lo que es Bergoglio. Pero aquel que quiere entender primero lo que es Bergoglio, acaba siempre diciendo: es el Papa.

Un corazón que no está abierto a la Palabra de Dios, no sabe creer en el magisterio de la Iglesia y acaba interpretando todo a su manera humana. Es lo que pasa a muchos tradicionalistas: se han quedado en la fe como norma suprema; pero anulan la fe como norma primera. Sólo creen en la autoridad doctrinal que enseña, pero no creen en la autoridad de Dios que revela.

Es un gran engaño lo que hay en Roma. Nadie cree que Benedicto XVI no renunció al Papado y, por tanto, sigue siendo el Papa. Esto, los grandes pensadores, los grandes analistas del Vaticano, no se lo tragan. No pueden. Están ciegos, porque han sido guiados a esa ceguera por la misma Jerarquía, que está ciega.

«Veréis ojos sin luz, y los ciegos guiarán a los ciegos» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica – 21 de Noviembre, 1981).

¡Qué gran verdad!

Bergoglio: ojos sin luz; Lefebvre: ojos in luz; Burke: ojos sin luz; P. Santiago Martín: ojos sin luz…¡Cuánta Jerarquía son ojos sin luz! ¡Cuántas almas, en la Iglesia, son ojos sin luz por causa de la Jerarquía!

La gran jugada de la masonería: cegar a la Jerarquía. Automáticamente, quedan los miembros, el rebaño, ciegos para la Verdad.

Disciernan el espíritu de la profecía

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“Gloria olivae”. Este es el lema que corresponde al Papa Benedicto XVI en la Profecía de San Malaquías. Y todavía estamos en este lema porque el Papa Benedicto XVI no ha muerto. Cuando muera, entonces se entra en el siguiente lema: “In persecutione extrema S.R.E. sedebit”. Y queda, aún un último lema: “Petrus Romanus, qui pascet oves in multis tribulationibus: quibus transactis civitas septicollis diruetur, et Iudex tremedus iudicabit populum suum. Finis.”

Hay que tener claras las profecías para ver los Signos de los Tiempos.

Estamos en el tiempo de la Bestia, la que tiene diez cuernos, con diez diademas, y con siete cabezas, que son de blasfemia (cf. Ap 13, 1). Ya no es el tiempo del Dragón, que indicaba a Rusia en el siglo pasado, que no fue vencido porque no se hizo la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón. Y el Dragón atacó a la Mujer, que es la Iglesia y ésta se fue al desierto, que es donde permanece ahora, con la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Es el tiempo del cuarto reino, la cuarta bestia de Daniel, del cual despunta un reino que habla palabras arrogantes contra Dios, que somete a los Santos y que lo quiere cambiar todo, en el mundo y en la Iglesia (cf. Dn 7, 23ss).

Francisco no pertenece a la Iglesia ya que no aparece como antipapa en las profecías de Malaquías. No es un antipapa, sino un hombre que, elegido por hombres, destruye la Iglesia. Los antipapas, en sus pecados, no destruyen la Iglesia.

Francisco tiene su profecía en Nostradamus:

“Clero romano el año mil seiscientos & nueve,
En el primer día del año habrá elección,
de un gris y oscuro de la Compañía venido,
que nunca hubo nadie tan maligno”
(10 centuria, cuarteta 91)

El año 1609 corresponde al año 2013, según el estudio realizado por José María Pueyo Sierra, en su obra: Nostradamus “La Verdad del año 2031”. En el capítulo 1, titulado Cronología, cuenta cómo llegó a descubrir la transformación de las fechas en Nostradamus. Y según su fórmula, es el que más se aproxima a la verdad. Él dice que el 1609 corresponde al 2012. Tiene un error de un año.

Francisco es un hombre de espíritu oscuro, que sigue al demonio en toda su vida, no sólo en el sacerdocio. Es un hombre colocado por el demonio para iniciar su tiempo en que debe poner en la Silla de Pedro al Rey que él quiere, como también lo señala Nostradamus:

“El año mil novecientos noventa y nueve siete meses
Del cielo vendrá el gran Rey de terror
Resucitar el gran Rey de Angolmois
Antes después de Marte reinar por buena hora”
(10 centuria, cuarteta 72)

El año 1999, con siete meses, corresponde, en la interpretación de Pueyo, al año 2015. Este Rey de terror corresponde en Malaquías a S.E.R, que tiene diversas interpretaciones: sucesión de reyes en la Iglesia, reyes de Satanás en la Iglesia, que se sentarán en la última persecución que tendrá la Iglesia, que es la del Anticristo. El Anticristo viene al final de todo; antes de él se prepara el terreno con muchos hombres que reinan la Iglesia de muchas maneras para poner en Ella lo que el Anticristo quiere.

Hasta la muerte de Benedicto XVI todavía hay un tiempo en la Iglesia para despertar y prepararse a lo que viene. Es la muerte del Papa verdadero lo que inicia todo. Y esa muerte puede ocurrir de muchas maneras. No necesariamente tiene que ser una muerte natural. Puede ser provocada, como es natural que así sea porque el demonio lleva 50 años matando a los Papas.

No importa tanto conocer al detalle las fechas, porque Dios no da fechas exactas. Al hombre le gusta siempre tener una fecha para guiarse.

Lo que importa es ver los Signos de los Tiempos y saber discernirlos para no dormirse en ellos. Mucha gente está dormida. Cree que la vida sigue igual. Y todo ha cambiado, en el mundo y en la Iglesia, desde hace ya mucho tiempo. Pero ahora es cuando se ven las diferencias, los grandes cambios, las grandes divisiones en todo.

Quien gobierna la Iglesia es siempre Cristo, a pesar de los hombres, a pesar de la acción del demonio en la Jerarquía. La Iglesia tiene una sola base: Cristo Jesús. Y, por tanto, en la Iglesia las cosas no son como en el mundo, como en la vida social, como en las vida de los hombres. Y, por eso, la Iglesia no se dedica a nada. Sólo a lo espiritual. Lo demás, es una mera plataforma, una mera estructura para poder dar lo espiritual.

Cuando los Cardenales en la Iglesia buscan a hombres que sean Papas con una visión humana, política, social, económica, etc., entonces en la Iglesia se producen muchos desbarajustes porque no se centran en lo que importa: estamos en la Iglesia para salvarnos y santificarnos. Lo demás, no es Iglesia, no hace Iglesia, no vale para nada en la Iglesia.

Y es imposible transformar el mundo en las condiciones de pecado original con que nacen los hombres. Todos los hombres son pecadores, desde que son concebidos, luego todos los hombres viven el primer escalón del infierno en este mundo.

Todos los hombres nacemos como encarnaciones del demonio. Eso es la realidad del pecado original. Y Jesús, al fundar Su Iglesia, puso el camino al hombre para poder llegar a ser hijo de Dios por participación. Y eso no se consigue porque se tenga un Bautismo o un Sacramento del Matrimonio o porque se comulgue diariamente o porque se tenga un orden en la Iglesia. Eso, hasta el final de la vida, es una batalla constante, día a día, en contra de tres enemigos: demonio, mundo y carne.

Y la Iglesia de Jesús tiene todos los caminos, todas las armas, todo lo que el hombre necesita para vencer a esos tres enemigos y poder salvarse y santificarse, que es el fin que todo hombre debe tener en su vida.

Este fin, hoy día, se ha perdido en tantas cosas que ofrece el mundo y el hombre. Y ya los hombres viven para sus vidas humanas y se creen que por tener un bautismo o por comulgar o por estar casado en la Iglesia se van al cielo.

El Cielo hay que conquistarlo día a día. Y si no se conquista un día, se va perdiendo la fe. Si cada día no se lucha contra los múltiples enemigos que tiene el hombre, las almas van perdiendo la fe y llegan a la blasfemia contra el Espíritu santo, en el que no hay perdón.

Precisamente, porque Cristo ha dado al hombre la Gracia, es cuando el hombre puede pecar contra el Espíritu y condenarse. Porque la Gracia es una inteligencia divina sobre todas las cosas, incluso sobre el pecado.

El hombre, con la Gracia, puede entender perfectamente el pecado y, por tanto, puede cometer el pecado del demonio, que fue perfecto en su obra y eso le llevó a la condenación inmediata.

Adán pecó, pero no tenía la perfección del pecado. Por eso, Dios no lo condenó, sino que le puso un camino de salvación. Camino larguísimo para el hombre. Camino en que el hombre tiene que vivir en medio de demonios, porque la tierra es el primer escalón del infierno.

Y, Cristo, muriendo en la Cruz, da al hombre toda la Vida, no solamente lo que le dio a Adán. Adán, en su perfección, no tenía toda la Gracia. Pero Cristo da a Su Iglesia toda la Gracia. Luego, el hombre puede pecar perfectamente y condenarse; y puede ser santo perfectamente e irse al Cielo sin pasar por el purgatorio.

La Gracia la tienes; pero no sabes usarla. Éste es el problema de muchas almas en la Iglesia.

Se casan por el Sacramento del matrimonio y no saben usar esa Gracia. Viven en sus matrimonios con un fin humano, con una intención humana, con una inteligencia humana, con unas obras humanas. Y tienes la gracia para hacer un matrimonio divino, con hijos divinos, con obras divinas.

Todo el problema en la Iglesia es que no se sabe usar la Gracia, que salva y santifica al hombre. Y quien no sabe usar la Gracia, entonces esa Gracia es una Justicia para su vida. Y ya el hombre no se salva ni se santifica, sino que va creciendo en el mal hasta poder condenarse en vida, hasta poder llegar contra la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Los hombres tienen miedo de conocer la Verdad y, siempre, se acomodan a sus verdades, a sus razones, a sus inteligencias humanas. Y ya no crecen en el Espíritu; ya no viven de fe; porque sólo miran los suyo humano.

Y la Iglesia, siendo divina, está llena de hombres que no viven de fe, sino de sus cosas humanas, de sus negocios, de sus fines y objetivos humanos. Y, entonces, la Iglesia ya no es un camino para salvarse, sino un camino en que hay tantas cosas que ya no se entiende qué hay que hacer para salvarse y santificarse.

Y la doctrina de Cristo es muy sencilla: oración y penitencia. Ése es el resumen de toda Verdad.

Donde no hay oración, sino sólo palabras, sólo obras humanas, sólo intereses humanos; donde no hay penitencia, sino un vivir para conquistar lo humano, lo social, lo cultural, lo político; entonces no hay vida de fe, no hay vida espiritual, no hay vida de gracia.

El camino espiritual es bien sencillo, pero los hombres lo complican todo con sus inteligencias humanas, con sus formas humanas de entender a Dios, la Iglesia, Jesús, etc. Y todo hombre que no ponga su mente en el suelo no es Iglesia, no hace Iglesia, no obra en la Iglesia la Voluntad de Dios.

Hay que pisotear nuestra soberbia para seguir a Cristo Jesús. Eso es lo que no hace la Jerarquía de la Iglesia, y entonces vemos lo que se ve en todas partes: sacerdotes y Obispos que viven lo que les da la gana en la Iglesia, en sus sacerdocios, en sus vidas humanas. Y eso que viven lo enseñan a los demás. Y, entonces, ponen un camino de condenación en la Iglesia.

Lo que pasa, ahora, con Francisco es sólo eso: un hombre, en su soberbia, que se ha creído que hace una buena obra en la Iglesia.

Un hombre, en su orgullo, que se ha levantado contra Cristo, dentro de Su Misma Iglesia, para poner su invención de la iglesia, su nueva iglesia, con su nuevo evangelio de la fraternidad y su diálogo con los hombres.

Estas dos cosas que Francisco ha puesto: fraternidad y diálogo son ejemplos de su elevación en el pecado, de su perfección en el pecado.

Francisco va caminando a la perfección en el mal. Y llega a la blasfemia contra el Espíritu, porque no es fiel a la Gracia que ha recibido. Y, entonces, esa misma Gracia, le condena, es Justicia para su alma.

Dios es Justicia. Y, en Su Justicia, Dios es Misericordia. La Misericordia es fruto de la Justicia Divina. Dios es Amor, pero no Misericordia. Su Misericordia es necesaria para el hombre que peca; pero no sirve para el ángel o el hombre que ha llegado a la perfección de su pecado.

Dios es Misericordia porque creó a Adán sin las prerrogativas de su perfección humana. Creó un hombre no perfecto plenamente. Con una perfección medida, adecuada a su estado en el Paraíso.

Pero el mismo Dios se ha hecho carne. Y eso significa que el Nuevo Adán, que es Cristo, es perfecto en lo humano, no sólo en lo divino. Y, por tanto, las obras de Cristo son perfectas en todos los niveles. Y eso trae una consecuencia: en la Iglesia no se puede vivir de forma imperfecta o en pecado, porque la Iglesia es para los perfectos, para los santos, para los que quieren ser otros Cristo.

Pero, aunque la Iglesia sea perfecta, Dios, en Ella, tiene Misericordia, porque el hombre vive en el primer escalón del infierno; no vive en un Paraíso. Y, por eso, Dios no puede aplicar toda Su Justicia sobre los miembros de la Iglesia, sobre sus almas. Y, por eso, es necesario que existan el Purgatorio y el Infierno para las almas en Gracia, que tienen la Gracia y que, por tanto, poseen la perfección de la Vida Eterna.

A los demás, a los que no tienen la Gracia, Dios les juzga y los salva o condena según su Justo Juicio.

Por eso, estamos en la Iglesia para poner a los hombres un camino de salvación y de santificación, que eso es lo que no ofrece Francisco. Y no puede ofrecerlo porque está dedicado a su negocio en la Iglesia: buscando dinero para dar de comer a los pobres. Le importa un rábano si el pobre se salva o se condena. Hay que llenarle su estómago para así decirse a sí mismo que es un buen hombre para los hombres.

Y, entonces, con Francisco toda la Iglesia entra en una división, en un cisma. Esto es lo que muchos no han comprendido y están haciendo el juego a Francisco.

Francisco divide, separa, crea cisma. Francisco no une en la verdad, porque no tiene la verdad, no persigue la verdad, no obra la verdad.

Francisco divide. Y comenzó dividiendo el Papado: ha puesto muchas cabezas. Eso separa de la unidad en la Iglesia. Porque sólo un Papa une, sólo una Cabeza une, sólo un gobierno de uno es el que fundamenta la unidad en la Iglesia. El gobierno de muchos divide la Iglesia.

Francisco divide la Verdad. Y, por tanto, divide a Cristo. Ya Cristo no es Dios y Hombre. Cristo es Dios para algunas cosas y es Hombre para otras. Ya Cristo no es el Mediador, sino sólo el que intercede ante su Padre, pero no media. El que pide cosas, que ruega cosas, pero no media; es decir, no reina en la Iglesia.

Cristo, por ser Mediador, es el Rey de la Iglesia, es el que reina, el que gobierna la Iglesia. Y no sólo está intercediendo por las almas, sino que las gobierna por Voluntad de Su Padre. Cristo se pone entre Su Padre y el hombre para gobernar al hombre hacia Su Padre, para guiarlo hacia el Padre, porque nadie puede ir al Padre sin el Hijo. Y el Hijo no sólo pide por la Iglesia, sino que es Camino para ir al Padre, es Vida en la Iglesia, es Verdad en la Iglesia, es una Obra en la Iglesia, que agrada al Padre y, por tanto, da al Padre Su Misma voluntad.

Francisco no ve a Cristo como Mediador, sino sólo como un intercesor más, como un santo más en la Iglesia. Y, entonces, tiene que inventarse su gobierno de hombres. Y tiene que presentar a un falso cristo que sólo se preocupa por dar de comer a los hombres, por sanar enfermedades, por estar entre los hombres. Y no más. Y, de esa manera, tiene que poner una falsa iglesia que sólo es el pueblo de Dios, es decir, todo el mundo, todos los hombres, todas las sociedades, todas las religiones, porque Dios es tan bueno que salva y lleva al cielo a todo el mundo.

Este es el resumen de lo que propone Francisco. Y esto es lo que divide a la Iglesia. Esto precisamente.

“¡Oh, vasta Roma, tu ruina se acerca!
Ni de tus muros, de tu sangre y sustancia:
el áspero de letras hará tan horrible atentado,
hierro puntiagudo metido en todos hasta la empuñadura”
(10 Centuria, cuarteta 65)

El áspero de letras, un hombre sin inteligencia divina, un hombre soberbio, un hombre orgulloso, un hombre ciego para la verdad es el que atenta contra la Verdad. Y algo horrible, algo desquiciado, una locura porque es necesario entregar Roma al Anticristo.

La división que trae Francisco lleva a esta ruina a toda la Iglesia. Francisco es el inicio del cisma dentro de la propia Iglesia. Un cisma que permanece encubierto ahora, porque hay que quitar los dogmas, las verdades. Y Francisco sólo es un bufón que entretiene, pero que no sabe cómo quitar el dogma en la Iglesia. Lo sabe en su propia vida, porque vive sin temor de Dios, vive sin ley divina, vive sin ley moral, vive para pecar y hacer pecar a los demás. Pero no sabe el camino para quitar las verdades porque no tiene inteligencia. Es sólo un sentimental. Tiene que venir otro, de ásperas letras, temido por muchos, porque obra imponiendo el pecado, la mentira, obra sin justicia, sin verdad, sin rectitud, sin luz, para hacer caminar a los hombres hacia el infierno.

Tienen que discernir los Tiempos y dejarse de tonterías sobre los Papas anteriores. Grandes Papas fueron todos. Y, cada uno, en su pecado, fue fiel a lo que el Señor quería en su Pontificado. Ninguno de ellos descarrió a la Iglesia. Ninguno de ellos produjo un cisma en la Iglesia. Ninguno de ellos dividió la Iglesia. Todos los males de la Iglesia son por los otros: sacerdotes, Obispos y fieles que se separaron de la Iglesia para combatir a los Papas, que no se sometieron a los Papas, no obedecieron a Cristo en los Papas, sino que obedecieron su propia mente humana. Los sedevacantistas no son Iglesia porque no se ponen con los Papa verdaderos, sino que los atacan. Y, entonces, hacen el juego del demonio, que es desunir la Iglesia. Todo aquel que se dedica a combatir a los Papas anteriores y a Benedicto XVI, no es Iglesia y no hace Iglesia.

Hay que combatir a Francisco, porque él no es Papa. La batalla es contra el demonio en la Iglesia. Y el demonio ha puesto a Francisco. La batalla no es contra Cristo. Cristo ha puesto a Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo i, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Los ha puesto como Vicarios de Cristo para guiar a Su Iglesia a través de ellos. Y, por tanto, la Iglesia no se pierde siguiendo a esos Papas. La Iglesia se pierde escuchando a Francisco. Francisco trae al Anticristo. Ése es el fruto de su reinado en la Iglesia. Ésa es su obra durante este año: poner el camino para el Anticristo. Abrir puertas al demonio en la Iglesia.

La Iglesia se pierde siguiendo a Francisco. Esto es lo que muchos no comprenden, no disciernen, por llamar Papa a quien no es Papa: a Francisco.

Disciernan las profecías. No vivan en la Iglesia con su mente humana, porque se van a equivocar siempre. La Iglesia es Espíritu y, por tanto, la Iglesia es guiada en el espíritu de la profecía. Y hay que ir a los Profetas para entender el camino de la Iglesia.

La semana antes del Fin


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“¿Quién es Ésta que se alza como la Aurora, Hermosa cual la luna, Espléndida como el sol, Terrible como escuadrones ordenados?” (Ct 6, 19).

Es la Virgen María, que está a la diestra del Rey, como Reina, como Oro de Ofir (cf. Salm 44, 10), para dar a cada hombre su Verdad en la vida.

Ella es la señal para todo hombre, una señal divina, que indica el camino de salvación y de santificación.

“Una gran señal apareció en el Cielo” (Ap. 12, 1), en el cielo de cada alma, en la conciencia de cada uno, en el espíritu que cada persona ha recibido de Dios.

Dios habla a cada corazón con las palabras de Su Madre, porque Su “boca es vino generoso, que se entra suavemente” (Ct 6, 10) por el paladar y suavemente llega a lo más íntimo del alma.

Dios se da a través de una Mujer que no ha puesto camino a Dios, sino que le ha ofrecido toda su vida para que Él haga el camino. Su Esclavitud es el inicio de la Obra de Dios en Ella. Su Nada es la grandeza de su Ser. Su Amor es la Lealtad de su Corazón.

La Virgen María está “vestida del Sol” (Ap 12, 1) Divino, revestida de la Gracia en su plenitud, enjoyada con los Tesoros del Cielo, para dar al Padre el Hijo de Su Amor.

Ésa fue su única misión en la tierra: dar el Hijo al Padre. Dar lo que Ella recibió: el Hijo. Devolver al Padre el Don de Su Amor: el Hijo.
Y no hizo más. Su Amor de Madre sólo es eso: engendrar al Hijo para dar el Hijo.

Y la Virgen María dio el Hijo con Su Corazón. No lo dio con su mente, con su vida, con sus planes en la vida. Lo dio ofreciendo Su Corazón al Plan de Dios, que significaba sólo una cosa: la Muerte de todo lo humano.

Por eso, la Virgen María se casó, pero no usó el matrimonio, porque tenía que estar muerta al sexo y al fruto del sexo: el placer y los hijos. La Virgen María no buscó un rato de cama para pasar el tiempo de su vida. No buscó los placeres del cuerpo, no hizo de su cuerpo de mujer el agrado de un hombre. Prefirió ser Virgen que acostarse entre las piernas de un varón.

La Virgen María no se casó para tener hijos de los hombres, sino para dar a Dios el Hijo que Él le pedía, y en la forma que Él lo quería, y para la Obra que Él planificó. Porque la Vida es para dar a Dios lo que Él pone en el corazón. Y no es para otra cosa. La Vida no es para vivirla, no es para pasar el tiempo haciendo muchas cosas, no es para mirar a los hombres y mirar a Dios; no está la vida en levantar los ojos a Dios para después bajarlos hacia los hombres.

La Virgen María siempre tuvo sus ojos hacia lo Alto, mirando la hermosura de Su Creador, extasiándose en la Grandeza de Su Mirada, obrando en la Presencia de Su Amor.

La Virgen María no perdió el tiempo hablando con los hombres, buscando a los hombres, haciendo el juego a los hombres. La Virgen María dio a los hombres un portazo y los dejó a, cada uno, en su vida, mientras Ella permanecía a los pies de Su Señor, porque eso es lo único importante en la vida.

La Virgen María es la Mujer que tiene “la luna bajo sus pies” (Ap. 12, 1), porque Ella va girando continuamente en la Presencia del Sol para dar al hombre la Voluntad de Dios.

Ella aparece y desparece, mientras el Sol siempre permanece. Aparece para dar Sus Gracias a los hombres; desaparece para que los hombres clamen su Presencia Materna de nuevo. Su Tiempo es el de Su Hijo, pero Su Obra va más allá de la de Su Hijo.

Jesús vino para Obrar una sola cosa: la Redención del hombre pecador. Y no hizo otra cosa. Por eso, todo acabó en la Cruz. No era necesario más. No había que hacer, entre los hombres, otras obras, ni vivir otras vidas, ni dedicarse a nada en lo humano.

Jesús vino para morir. Y ahí se acabó su vida. Por eso, ni se casó, ni trabajó, ni hizo nada para que los hombres crecieran en lo humano. Pudo inventarlo todo. Pero sólo se dedicó a morir. Señal de que el hombre nace para morir. Ése es el camino que nadie quiere en la Iglesia. Nadie.

Hoy se quiere salvar el mundo, salvar los pueblos, salvar las comunidades, que todos tengan dinero, salud, trabajo, etc. Jesús no vino a salvar a nadie. Jesús vino a morir. Y, muriendo, lo salva todo.

El cambio del mundo, el cambio de las sociedades, el cambio de las familias, el cambio de la vida de los hombres, comienza cuando se muer, no antes de morir. Ésa es la enseñanza de Cristo, ése es el camino de Cristo, que nadie quiere entender. Por eso, vemos lo que vemos en la Iglesia: todos quieren salvarse siendo hermanos unos con otros y haciendo muchas obras buenas. Pues, ése no es el camino de Cristo. Ése es el camino del demonio.

Cristo murió y Su Madre lo acogió entre sus brazos. Y ahí, muerto Su Hijo, comenzó la Obra de la Madre. Ella fue la que dio la fe a los Apóstoles que, por no creer en Su Hijo, se fueron todos a la desbandada. Huyeron del Rostro que los Salvaba porque no comprendieron el camino hacia la Salvación.

La Virgen María, en Su Dolor de Madre, en su sufrimiento místico al pie de la Cruz, comprendió las profundidades del Plan de Dios sobre la humanidad. El Hijo había muerto para que la Madre comenzara la Vida entre los hombres.

Mientras el Hijo estaba con vida, nadie creyó en Él: sólo la Virgen María y el discípulo amado. Los demás eran unos hombres, con mente de hombres, con vida de hombres, con obras de hombres. Nadie entendió nada de lo que predicaba Jesús.

Pero, muriendo el Hijo, comenzó la fe, porque la Virgen se la daba todo aquel que la buscaba en Nombre de Su Hijo. Ella comenzó a repartir gracias entre los hombres, porque es el Canal de todas las Gracias. Ninguna se la reserva Dios para Sí, sino que las ha puesto todas en manos de Su Madre para que las administre en Nombre de Su Hijo.

Y es por María cómo la Iglesia comenzó a funcionar. Sólo por Ella. Ella invocó al Espíritu para que se derramase sobre la Iglesia. Su oración hizo bajar al Espíritu, como lo hizo en la Encarnación.

En la Encarnación del Verbo, el Espíritu le dio al Hijo; pero en Pentecostés, el Espíritu le dio la Obra del Hijo, que es Su Iglesia. Nada se mueve en la Iglesia sin la Presencia de la Virgen. Nada se decide en la Iglesia sin el Corazón de la Virgen. Nada se obra en la Iglesia sin la Gracia de la Virgen.

Por eso, es necesario que los hombres en la Iglesia, busque a la Virgen María, como lo hicieron los Apóstoles. Ellos, en su pecado, sólo pudieron postrarse a los pies de la Madre para recibir el perdón de sus pecados. Quien no se postra ante la Virgen, no encuentra el camino para salir de su vida de pecado. Ella es la que muestra cómo está el corazón y qué hay que hacer para quitar lo que impide obrar el amor de Dios.

Hoy la Iglesia no busca a la Virgen María. Está perdida en los caminos del mundo, ofreciendo a las almas el alimento de la condenación. La Iglesia ha perdido la fe en Cristo porque se dedica a hacer muchas cosas buenas en el mundo y se olvidó de una cosa: no hacer nada. Sólo hay que morir para hacer la Voluntad de Dios en el mundo, las obras divinas en el mundo.
Sólo la muerte es la vida de los hombres. Y esto es lo que nadie entiende, porque no tienen fe, no imitan a Jesús, que no hizo nada por los hombres, no movió un dedo por el mundo. Se dedicó a morir.

Y, cuando el hombre está muerto, entonces aparece la Madre para indicar el camino de las obras divinas en la Iglesia. Pero hasta que el hombre no muera, la Virgen no aparece. Se esconde como la luna, se eclipsa, pasa desapercibida.

Nadie ha comprendido el papel de la Virgen en estos Tiempos. Y es fundamental. Sin sus señales, sin sus gracias, sin sus Palabras Maternas, es imposible comprender los caminos de la Iglesia. Ella señala el norte de la Iglesia. Ella pone a la Iglesia mirando a Su Hijo. Ella hace de la Iglesia sólo lo que el Padre quiere.

Por eso, hemos entrado en los Últimos Tiempos. En Navidad, comenzó la última semana antes del Fin. La semana en la que todo se decide para muchas almas que son de la Iglesia y que son para el infierno, porque han perdido el Espíritu de la Iglesia.

La última semana es para la Iglesia: para purificarla y renovarla como Dios quiere. Es una semana de sufrimientos, de humillaciones, de desprendimientos, de cruces, de sangre derramada, porque la Iglesia tiene que dar Testimonio de la Verdad, que es Cristo Jesús.

La Iglesia tiene que aprender lo que aprendieron los Apóstoles: no se trata de ver el mal, sino de combatirlo con la Verdad, con el Espíritu de la Verdad.

Hoy muchos ven el mal que hace Francisco y los suyos, -que son sacerdotes y Obispos comunistas en la Iglesia, que la desvían de la Verdad, – y no hacen nada, como si nada pasara, como si eso fuera lo más normal en estos tiempos. No combaten el mal que hay en la Iglesia porque tampoco combaren el mal que hay en sus vidas. Sus vidas son para el mundo, para crecer en las cosas del mundo, para salvar el mundo haciendo obras buenas. Pero sus vidas ya nos para Cristo, porque se olvidaron de morir. La penitencia ya se olvidó en muchos. Ahora, sólo hay que dar dinero a los pobres y ya se consigue el cielo.

Jesús vino para dar Testimonio de la Verdad ante los hombres. Y eso le costó la vida. Señal de que la Verdad no es para todos los hombres, sino sólo para unos pocos. Por eso, no podemos ser hermanos de los hombres. Sólo podemos ser hijos de la Verdad y darla a aquellos hombre que la quieren para sus corazones. A los demás, hay que ofrecerles el camino de la Verdad, pero no darle los tesoros del Rey que no se ofrecen a los cerdos, a los hombres que sólo viven para sus mentiras en la vida.

Hemos comenzado la semana de Daniel, en la que se da la Abominación de la Desolación. Y eso es tan grave que, por eso, los acontecimientos se precipitan ya dentro de la Iglesia. Nada es lo que parece, porque ahora trabaja el traidor en la Iglesia y nadie conoce su obra hasta que no se muestra. Sólo los que sigue a la Madre conocen los pasos y los caminos en esta semana última antes del Fin.

Mis tiempos han llegado

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“Mis tiempos han llegado. Han llegado los tiempos predichos por Mí en Fátima… Os he predicho el castigo, que va a azotar a este pobre humanidad vuelta pagana… Descenderá fuego del cielo y la humanidad será purificada y completamente renovada, para estar así pronto a recibir al Señor Jesús que volverá a vosotros en Gloria. Os he predicho también la grave crisis que va a ocurrir en la Iglesia, a causa de la Gran Apostasía entrada en Ella… Esta Mi Hija amadísima debe vivir las horas de su agonía y de su pasión dolorosa; será abandonada por muchos de sus hijos. El viento impetuoso de la persecución se abatirá sobre Ella y será vertida mucha sangre, también por parte de Mis Hijos Predilectos” (P. Gobbi – Mis tiempos han llegado – 13 de octubre de 1994).

Tiempos de castigo, de Justicia Divina sobre el mundo y sobre la Iglesia.

Tiempos ya dados al hombre por el Espíritu de Profecía y que nadie, en la Iglesia, ha hecho caso, porque los hombres no han aprendido a juzgar con el Espíritu, a discernir la Verdad en el Espíritu. Sólo saben juzgar con sus mentes racionales, con sus pensamientos humanos sobre la Iglesia, con sus ciencias teológicas y filosóficas y, por tanto, son como topos en la Iglesia: no ven ninguna Verdad. Sólo ven sus verdades racionales.

Viene fuego del cielo para todo el mundo. Y viene la persecución de la Iglesia por parte de todo el mundo. Todo el mundo persigue a la verdadera Iglesia fundada por Jesús en Pedro.

Son estos tiempos. No son para dentro de unos meses, unos años, un siglo. Son ahora, desde que Benedicto XVI renunció a ser Papa, estamos en los tiempos que predice la Virgen.

Y sigue habiendo muchos en la Iglesia que dicen que todo va viento en popa, que la fe en la Iglesia está en lo más alto, que vivamos tranquilos porque todo marcha como los hombres lo han pensado en sus grandiosas cabezas humanas.

Inútil pensamiento el del hombre. El hombre que piensa es un necio. El hombre que ama es un sabio.

Se ama siguiendo al Espíritu. Se es sabio siguiendo al Espíritu. Se es un necio siguiendo la mente de los hombres.

Y en la Iglesia tenemos cada idiota en la Jerarquía Eclesiástica porque viven para sus pensamientos humanos, no viven para el Espíritu. Y así le va a la Iglesia: se alimenta diariamente de la mentira que sale por la boca de muchos sacerdotes y Obispos, que se creen todopoderosos en la Iglesia con sus discursitos de necios hombres.

Son los Tiempos de la Virgen. No son los Tiempos de nadie en la Iglesia. No es el tiempo ni de Francisco ni del Anticristo. Es el tiempo de Dios, porque la Iglesia es guiada sólo por Dios, no por los hombres.

La Virgen quiere algo en este Tiempo del Castigo: “Decid a todos que entren en el Arca de Mi Corazón Inmaculado, para ser protegidos y salvados por Mí” (P. Gobbi – Mis tiempos han llegado – 13 de octubre de 1994).

¿Cómo vivir este tiempo de castigo en el mundo y de persecución en la Iglesia? Hay que refugiarse en el Corazón de la Virgen, como Noé se refugió en el Arca cuando el castigo del diluvio.

Y no hay otra manera de salvarse en este castigo doble: al mundo y a la Iglesia.

La Virgen es la que reúne a Sus Hijos en la Iglesia. Es la que protege la Iglesia. Es la que salva a la Iglesia.

La Virgen está en el desierto esperando a sus hijos que salgan de una iglesia que ya no es la Iglesia. Que se metan en el Arca de Su Corazón para ser preservados de todo lo que viene ahora a la Iglesia.

No hay que estar mirando a nadie de la Iglesia en este tiempo. Nadie. No interesa ningún Papa, ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún fiel. Sólo interesa la Virgen, que se corra hacia la Virgen, que se huya de Roma para esconderse en el Corazón de la Virgen.
Y eso significa seguir el Espíritu de la Madre. Pero si las almas no saben seguir el Espíritu, entonces ¿cómo van a entrar en el Refugio de ese Corazón Inmaculado? No pueden, porque viven pensando cómo ser Iglesia y cómo hacer la Iglesia.

Es que ya no son estos tiempos para eso. Son tiempos para refugiarse en la Corazón de la Madre. Y Ella dirá quién va al martirio y quién se queda aguardado al Señor que viene en Gloria.

Ella es la que manda ahora en la Iglesia. Y, por eso, su obra en la Iglesia desde siempre. Ha sido la Virgen la que siempre se ha aparecido en la historia de la Iglesia, desde el principio, desde antes de morir. Y se sigue apareciendo ahora, en esto tiempos en que nadie cree en nada, en ninguna verdad, sino que todos creen en sus mentiras.

El mundo se ha vuelto pagano: no cree en nada. ¡Y Francisco predicando que hay que ir al mundo para aprender del mundo! ¿Dónde vas necio? ¿Qué enseñas en tu estúpida cabeza humana en la Iglesia? ¿Quién te crees que eres en tu imbecilidad de vida?

El mundo da culto al demonio. No puede adorar a Dios ni en Espíritu ni en Verdad. No sabe lo que es eso. Sólo sabe comer, dormir, divertirse y ganar dinero.

Y la Iglesia vive el desconcierto más absoluto: hay una lucha por el poder. Todos quieren mandar. Luego, nadie manda. Todos imponen sus pensamientos y nadie hace nada por la Verdad. Y, por tanto, la Iglesia se cae a pedazos por los hombres, porque los hombres se la pasan viendo a ver quién les da dinero y poder en la Iglesia. Pero nadie se ocupa de alimentar a las almas con la Palabra del Espíritu.

Hay que irse de Roma para esconderse literalmente de todo el mundo, de toda la nueva iglesia que ya se está levantando en Roma. Esconderse, porque esa basura no sirve para el alma, para salvar las almas, sino para condenarlas.

Han llegado los Tiempos en que nadie hace caso al Espíritu, porque todos viven muy ocupados dando gloria a su humanidad. Ocupadísimos. ¡Cuántos ciegos, guías de ciegos, hay en la Iglesia!

Son los Tiempos en que los hombres lo deciden todo, incluso lo que hay en cada conciencia. Hasta ahí llega la soberbia humana. Porque una vez que el hombre acoge el pecado en su vida, su conciencia desaparece y se vuelve un juguete de los hombres. Eso es el trabajo de los anticristos que están ya en la Iglesia: abrir las conciencias al máximo para que entre todo tipo de herejías en el alma y las viva como se bebe un vaso de agua. Eso ya lo hace Francisco en su propia vida. Por eso, está maldito por su propia conciencia. Su conciencia le dice que va mal, pero él sigue haciendo el mal. Ya no sabe lo que es el bien y el mal, porque él se lo inventa con su cabeza. Y quien llega a eso es señal de que perdió su conciencia, de que se traga las mentiras como si fueran verdades claras y absolutas que hay que seguir sin remedio, sin hacer caso a las voces discrepantes que surgen a su alrededor.

Son los Tiempos de la Gran Maldad, de la Gran Mentira, del Gran Odio contra Cristo y contra Su Iglesia. Todos se vuelven contra la Verdad. Todos se oponen a la Verdad. Todos ocultan la Verdad. Y quien hace eso es para acoger la Mentira, y la Mentira más Mentira de todas: la que da el demonio sentado en la Silla de Pedro. El demonio enseña a todo el mundo la mentira sin que nadie se oponga: eso es la Mentira más Mentira de todas. La Mentira Mayor, la Cumbre de la Mentira.

Y todos obedeciendo al demonio. Eso es Francisco: una falsa cabeza a la que todos dan obediencia. Se someten al demonio en sus vidas. Dan culto al demonio en sus vidas. Siguen al demonio en sus vidas.

¡Disciernan los Tiempos! ¡Disciernan los espíritus para ponerse en la Verdad! La Verdad es una obra que toda alma tiene que conquistar en su vida. Y aquel que no trabaje por la Verdad, se queda siempre en su gran mentira de la vida.

La Verdad no es un don de Dios al alma. La Fe es un don de Dios. Y quien vive de Fe busca la Verdad. Y quien no vive de Fe no busca la Verdad.
Y siempre el que busca encuentra. Y el que no busca nunca encuentra.

Y hoy las almas han dejado de perseguir la Verdad porque ya no creen en la Palabra de la Verdad. No tienen fe.

Por eso, son Tiempos gravísimos, en donde ya no hay retorno. O estás con Cristo o está con el Anticristo. Que cada uno elija dónde quiere estar.

Los falsos Profetas

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Los falsos Profetas son aquellos que hablan las palabras de la mentira, que nacen de la mente del demonio. Y, por tanto, un falso Profeta nunca dice la Verdad, porque el demonio miente desde el principio.

Una Profecía que, al principio, era de Dios y que con el tiempo comienza a verse sus mentiras, nunca fue de Dios, sino siempre del demonio.

1. El Profeta de Dios siempre dice la Verdad; el falso profeta del demonio siempre dice la mentira. Sólo hay que discernir en el falso Profeta cuándo apareció la mentira claramente, porque siempre estuvo, pero el demonio sabe ocultarla entre muchas razones que distraen de la mentira.

2. El Profeta de Dios es claro, sencillo, no razona para convencer, sino que da la Verdad como es. El falso profeta es oscuro, complicado, y da muchas razones para convencer de su mentira encubierta.

3. El Profeta de Dios siempre habla para no dar gusto ni agrado a los hombres, y sólo así Dios da la Verdad al hombre. El falso profeta siempre habla lo que al hombre le gusta escuchar, porque al hombre le atrae la mentira y nunca quiere escuchar la Verdad.

La Verdad duele escucharla y duele decirla, pero la mentira es del agrado de todos y con ella se obtienen muchos beneficios en lo humano.

4. Por un Profeta de Dios hay muchos falsos Profetas. Se multiplican porque tienen que acallar la Verdad que da un solo Profeta.

Cada Profeta es para un tiempo en la Iglesia. No hay Profetas iguales. Cada tiempo, cada estado del alma requiere una Profecía distinta.

Y, por eso, hay que analizar a cada Profeta en su tiempo, nunca fuera de su tiempo.

Ahora, en este tiempo que la Iglesia vive, sólo hay un Profeta que diga la Verdad. Todos los demás mienten sobre Francisco y la Iglesia.

Aquel que quiera que todos los profetas sea iguales, y que digan las mismas cosas, y que agraden a todos los hombres es que no sabe discernir espíritus.

Para discernir a un Profeta, primero hay que discernir la vida de la Iglesia con ese Profeta. El hombre tiene que ver en lo humano cómo está la Iglesia, qué dice la Iglesia, qué piensa la Iglesia, cómo se comportan sus miembros en la Iglesia y en el mundo. Y, una vez que discierne eso, puede acudir al Profeta para comprender los Signos de los Tiempos.

Quien quiera entender si una profecía sobre Francisco o sobre la Iglesia es verdadera o falsa, primero tiene que ver lo que habla Francisco y lo que habla la Iglesia, lo que piensa Francisco y lo que piensa la Iglesia. Primero tiene que ver cómo vive Francisco y cómo vive la Iglesia y sus miembros en este tiempo.

El Profeta de Dios nunca va a ocultar las herejías, las mentiras, los errores, los discursos vanos de Francisco y de la Iglesia. El falso Profeta siempre va a ocultar esa verdad para decir que todo está bien con Francisco y con la Iglesia.

Siempre Dios revela al hombre los pecados de lo suyos y de Su Iglesia para que el hombre se enmiende de esos pecados, se corrija, para que vea que va por mal camino.

Siempre el demonio oculta al hombre los pecados de los sacerdotes, Obispos y de la Iglesia en general, para así presentar un mundo ideal, que va viento en popa, que no necesita convertirse, porque ya vive de cara a Dios.

Nunca los Profetas de Dios son acogidos por la Iglesia, por los sacerdotes, por los Obispos, por los fieles. Nunca. Siempre se les combate. Siempre se les tapa. Siempre se los tergiversa, se los manipula, se los destruye. Así pasó con Fátima y así pasa con todas las profecías divinas.

Los falsos Profetas son acogidos, no sólo por la Iglesia sino por el mundo entero, porque hablan a la mente del hombre, ponen caminos humanos en la vida, dan el servicio de las obras humanas. Son los que hablan al oído del hombre para obtener de él un aplauso, una alabanza, un don del hombre.

Aquel que destruya a los Profetas de Dios o vaya en contra de ellos, se opone siempre a Dios, a su Voluntad Divina, a sus obras divinas en el mundo y en la Iglesia.

Porque el Padre envió, desde siempre, a los Profetas para conducir a su pueblo hacia el Reino de Dios.

El Padre envió a Su Hijo como Sacerdote Profeta para indicar al camino de salvación a los hombres.

Y el Padre siempre envía profetas al mundo para señalar el camino de Su Hijo a los hombres.

Es necesario que hayan profetas, buenos y malos, porque los hombres no saben discernir ni el bien ni el mal.

Es Dios quien revela al hombre lo que es bueno y lo que es malo.

Dios revela el bien en sus Profetas y revela el mal en los profetas del demonio. El demonio hace la obra de la Justicia Divina. Y, por eso, es mandado por Dios para que hable la mentira a los hombres. Y así los hombres puede ver dónde está la Verdad, a dónde hay que dirigirse para encontrar la Verdad, cómo batallar contra la mentira.

El bien y el mal no es algo de los hombres, sino que pertenece al Espíritu. Y, por tanto, en la vida del Espíritu se dan los espíritus buenos y los malos. Y eso es un Misterio para todo hombre.

Ningún hombre puede comprender ni el bien ni el mal si el espíritu no se lo revela. Ninguno. Por eso, son necesarias las profecías. Y sólo así el hombre aprende a ver la Verdad, porque toda la vida del hombre se encuentra en una encrucijada, en una batalla de espíritus: Dios y el demonio que guerrean con sus ángeles y sus demonios. Y el hombre está en el centro de esa guerra espiritual. Y el hombre tiene que discernir esa batalla de ideas buenas y de ideas malas. De ideas espirituales, no racionales. Y así toda profecía, sea buena o sea mala sirve para entender esa guerra espiritual y para elegir un bando: o con Dios o con el demonio.

Y eso es lo que salva al hombre: tener discernimiento de la Verdad. Ver la Verdad en medio de la guerra que el demonio pone con sus mentiras.

Por una Verdad Divina, el demonio ataca con multitud de mentiras, porque su mente divide la Verdad en infinitas partes, para destrozar la Verdad. Y, por eso, la Verdad es simple, bella, clara, sencilla. Y la mentira todo lo contrario.

Y, en consecuencia, en la vida espiritual hay que quitar todo razonamiento humano, porque el hombre hace como el demonio: divide la Verdad y se queda con la mentira que le agrada.

Ejemplo de falsos profeta: Jesús el Buen Pastor, Mirjana, Gustavo y todos aquellos que afirman que hay que seguir a Francisco y que la Iglesia va por buen camino.

Ejemplo de profetas de Dios: Maria Divine Mercy , J.N.S.R.

Siempre los profetas de Dios son menos. Y sólo hay uno para un tiempo. Ahora mismo, el único profeta de Dios es Maria Divine Mercy. JNSR es para otro tiempo en la Iglesia, no para éste.

Ahora estamos en el centro de la destrucción de la Iglesia. y, para eso, se necesita un Profeta que hable claro sobre esa destrucción. Por eso, ese Profeta es claro, sencillo, directo, va al grano, no se anda con rodeos, con razones, no quiere dar ideas para decir que todo va bien.

Y es muy importante para el hombre no creer de principio a ningún profeta hasta que no reciba la luz del Espíritu.

Porque la Profecía sólo se discierne en el Espíritu de Profecía. No se discierne ni en el amor de Dios, ni en la gracia, ni en la mente de los hombres, sino sólo en ese Espíritu.

Porque el Espíritu de la Profecía sólo da la Mente de Dios. Y nadie comprende esa Mente si no se la explican. Por eso, sin luz divina es imposible discernir ninguna profecía.

Y aquellos que combaten a los Profetas por el mero hecho de que no les gusta o que dicen cosas que sus mente no entiende, se oponen al Espíritu de la Profecía y se hacen necios para discernir la profecía.

Quien no comprenda una profecía lo mejor es pedir a Dios discernimiento, pero nunca juzgar por sí mismo o por lo que digan los demás sobre esa profecía.

La Profecía es sólo para el profeta. Y sólo el Profeta discierne su profecía. Y, cuando esa profecía se hace pública, para todo el mundo y para toda la Iglesia, cada alma tiene que pedir luz al Señor para no equivocarse en lo que lee. Porque es muy fácil dejarse llevar por las ideas de los hombres, por sus razones, por las medidas de la inteligencia humana, que no son las medidas de la inteligencia del Espíritu.

Siempre la Profecía Divina combate a cualquier hombre. Y siempre la falsa profecía agrada a todos los hombres.

Francisco: el primero de muchos anticristos

En Roma hay dos cosas en este momento:

1. la imposición de la mentira como verdad.

2. la apertura de la Iglesia al mundo.

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Estas dos cosas sólo son el reflejo de la división en la cabeza, al colocarse una cabeza falsa, que guía a la Iglesia en estos tiempos de purificación y de gran tribulación.

Francisco, desde que empezó, no ha dejado de mentir, de engañar, de dar errores y de herejías en toda la Iglesia. Y lo ha hecho como cabeza, con un poder humano.

Y esta es la señal de que no es Papa verdadero: porque habla la mentira. Y ningún Papa, aunque sea pecador, aunque sea un demonio, cuando habla ex catedra habla la mentira, sino siempre la verdad a la Iglesia; porque el Papa tiene la misión en la Iglesia de enseñar la Verdad, de gobernar con la Verdad, de santificar en la Verdad. Eso significa el carisma de Pedro.

Y todo Papa verdadero ha hecho siempre eso en la Iglesia.

Francisco, desde el principio miente. Luego, no es Papa verdadero.

Ni tampoco un Anti-Papa, porque para ser Anti-Papa es necesario enfrentarse al Papa reinante. Y eso no lo hizo Francisco.

Tampoco es un falso Profeta, porque no tiene el Espíritu de falsa Profecía. En sus discursos, homilías, etc., no habla de las Profecías, no da Profecías, sino que inutiliza las Profecías. Es señal de que no cree en el Espíritu de la Profecía y, por tanto, no tiene el Espíritu de la falsa Profecía.

El falso Profeta cree en el Espíritu de la Profecía y, por tanto, ataca ese Espíritu con el espíritu demoniáco de la falsa profecía.

Un falso Profeta nunca niega las profecías verdaderas, sino que las combate con falsas revelaciones.

Francisco es como muchos sacerdotes y Obispos que, sencillamente, no creen en ninguna revelación privada porque ya creen que no hay más que revelar, que Dios calla, que sólo hay que guiarse por la mente del hombre en la Iglesia.

Entonces, ¿qué es Francisco? Un anticristo más que prepara el camino para el falso profeta y para el Anticristo.

Y como anticristo se opone a Cristo en todo, no sólo en una cosa, en una verdad, sino en todas las verdades.

Por eso, sus declaraciones, sus homilías, su encíclica prueban que Francisco es un anticristo, porque niega todo el Dogma, toda Verdad, toda obra divina en la Iglesia.

Francisco dice verdades pero para poner sus mentiras.

Francisco juega con el dogma, pero para indicar el camino de la maldad a los que le oyen.

Francisco usa la Iglesia para obrar las obras del demonio.

El demonio, como Francisco no cree en el Espíritu, entonces le guía sólo en su mente. Y en su mente, Francisco se inventa todo en la Iglesia. Sólo con su mente.

Para hacer esto, es necesario que la persona se haya formado en el juego del demonio durante muchos años en la mente. Y si se estudia a Francisco, desde que empezó a regirse por la mente, se verá la mentira constante en toda su vida.

Mentira que se esconde en la verdad, porque así siempre el demonio engaña a las almas: les da la verdad que quieren o que persiguen pero disfrazada con una mentira. Y así el demonio va guiando la mente del hombre hasta enseñarle lo que él quiere de ese hombre en la vida.

Es un trabajo arduo el del demonio, pero muy fructífero, porque esto lo hace el demonio para una obra grande.

Y la obra grande es poner a Francisco como jefe de la Iglesia.

Nunca el demonio pierde el tiempo con un alma. Cuando la tienta es para algo. Y cuando esa alma ya le obedece, entonces el demonio consigue lo que quiere de esa persona.

Por eso, en la vida espiritual todo consiste en anular la mente. Y esto es lo más difícil para la persona humana que vive de su razón, de sus ideas, de sus filosofías.

Aquel hombre que se apega a sus ideas, aunque sean buenas y perfectas, es siempre un juguete del demonio. Porque cualquier apego en la vida es una puerta de tentación para el demonio.

Por eso, hay que trabajar en la vida espiritual en desapegarse de toda idea humana, para comprender lo que es mirar el corazón.

Porque Dios solamente habla al corazón. El demonio a la mente.

Y hay que luchar contra infinitos pensamientos que el demonio pone para que el hombre esté continuamente mirando su mente y no haga caso del corazón.

Estamos en un mundo de hombres, que sólo miran sus razones. Y no más. Luego, estamos en un mundo regido por el demonio en muchos hombres.

Y en la Iglesia pasa lo mismo. Sacerdotes, Obispos, fieles llenos de ideas humanas, pero que no saben vivir en Gracia, siguiendo al Espíritu en sus vidas humanas.

Se dedican a hacer su oración, la que descubren en su mente, pero no saben adorar a Dios.

Se dedican a leer muchos libros sobre Jesús, sobre la Iglesia, sobre los Santos, pero no entienden la Palabra de Dios y no la obran, porque no salen de sus razones, de sus ideas sobre lo que es Jesús y Su Iglesia.

Por eso, es difícil la vida espiritual y es difícil ser Iglesia y hacer Iglesia.

Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu. Pero si el hombre se rige por su razón, entonces no obra lo que quiere el Espíritu en la Iglesia.

Hay tantos sacerdotes soberbios porque se han cerrado al Espíritu, al negar en su corazón las hablas de Dios.

Dios, para abrir el corazón del hombre, para que el hombre le atienda en su corazón, le habla directamente. Y el hombre, si no acoge esas hablas, si las rechaza, entonces cierra su corazón a la Verdad y sólo se rige por su mente.

Hay muchas almas así que Dios no puede guiarlas hacia la verdad, porque han dado mayor importancia a su mente, a sus logros científicos, a sus filosofías en la vida, que a lo que Dios pone en el corazón.

Por eso, tenemos una Iglesia que no sirve, en realidad, para nada. Es un conjunto de hombres que hacen muchas cosas, y algunas buenas, pero que no obran la Voluntad de Dios dentro de ella.

Y, por eso, vemos lo que vemos. Y no hay que extrañarse de lo que vemos, porque esto es sólo el comienzo. Ahora viene todo el desastre para la Iglesia.

Francisco desprecia a la Virgen María

“Pero yo conozco a un vidente, a una vidente, que recibe cartas de la Virgen, mensajes de la Virgen. Pero, mire, ¡la Virgen es Madre! Y nos ama a todos nosotros. Pero no es un jefe de la oficina de Correos, para enviar mensajes todos los días. Estas novedades alejan del Evangelio, alejan del Espíritu Santo, alejan de la paz y de la sabiduría, de la gloria de Dios, de la belleza de Dios”. (14 de noviembre)

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La gravedad de estas palabras son claras a las almas llenas de fe en la Virgen María, pero para el que no ama a la Virgen, estas palabras son ciertas.

Son las palabras de aquel que es un insulto a la Iglesia, de aquel que ha hecho de la Iglesia el culto al demonio, de aquel que se sienta en la Silla de Pedro para que le aplaudan los hombres en la Iglesia y reciba un dinero en su cuenta de ahorros por su obra de teatro en la Iglesia.

Francisco es el que empuja a un lado la Palabra de Dios, el que echa tierra sobre la Palabra de Dios, el que proclama que sus palabras son más importantes que lo que Dios y la Virgen María tienen que decir a la Iglesia.

A Francisco no le gusta que los Profetas estén diciendo por ahí que él es un falso Papa. Ni a él ni a los teólogos romanos ni a nadie de la Jerarquía Eclesiástica. Eso les resulta intolerable porque él es el Papa, él se ha puesto como Papa, él se ha elegido a sí mismo Papa. Y quiere que todos le aplaudan y le sigan en la Iglesia como Papa.

Y es la Virgen María la que guía a la Iglesia hacia la Verdad en estos momentos en que un anticristo, llamado Francisco, rompe a la Iglesia con su mentira disfrazada.

No es Francisco el que guía a la Iglesia. Francisco gobierna su invento, el invento de su orgullo, de su sentimiento humano en la Iglesia, que es su nueva iglesia. Y a Francisco sólo le siguen los que reciben un sueldo en la Iglesia por su trabajo de destrucción de la Iglesia, como lo recibe él.

Los que creen en la Palabra de Dios desprecian estas palabras de Francisco, porque Francisco se ha hecho enemigo de la Iglesia, enemigo de Cristo y enemigo de la Virgen María.

¿Por qué Francisco habla así? Es muy sencillo. Porque para él, como para toda la Jerarquía de la Iglesia, para todos los teólogos modernos en Roma, Dios habla sólo a través del sacerdote y del Obispo. Pero Dios no habla a través de los profetas.

Así se piensa en la Iglesia de los profetas. Esto siempre ha existido en la Iglesia, por la soberbia del hombre que se cree dios en su pensamiento humano y, por tanto, no puede aceptar que Dios se dirija a las almas, porque son a ellos, los grandes en la Iglesia, los estudiosos en la Iglesia, los jefes en la Iglesia, a los que Dios sólo habla.

Este pensamiento anula la Revelación Divina: Dios ya no habla. Dios habló en su momento, pero ahora Dios habla de otra manera. Y se dice esto sólo para imponer en la Iglesia la mente del hombre, como si la mente humana tuviera la solución a todos los problemas de los hombres y de la Iglesia y pudiera poner un camino divino para ir al Cielo.

En esta herejía están muchos sacerdotes y Obispos. Muchísimos. Y, por eso, aplauden al necio de Francisco, porque así piensan ellos también, pero no lo dicen tan claro como Francisco. Ellos lo dicen en su lenguaje teológico y nadie se entera, porque los fieles no saben de teologías, de los cifrados pensamientos del hombre.

Francisco dice aquí que él conoce el pensamiento de la Virgen y, por tanto, la Virgen no habla a nadie en la Iglesia.

Él que conoce lo que piensa un homosexual para acostarse con él, también conoce lo que piensa la Virgen para prostituirse con Ella.

Porque Francisco no cree en la Virgen. Para él la Virgen es una cualquiera que se prostituyó y quedó embarazada de alguien y tuvo que recurrir a un hombre para que no la lapidaran.

Así piensa Francisco porque para él no existe el Espíritu.

Y si no existe, lo que engendra la Virgen María no es del Espíritu, sino de un hombre. El Espíritu que viene a la Virgen es una energía en un hombre, en el encuentro con un hombre en la cama, y de ahí nace ese Jesús que es el maestro que encarna a Dios.

Este es el pensamiento de Francisco que él ha dicho en sus declaraciones cuando habla de lo que es Dios, de los que es Jesús y de lo que es el Espíritu. Léanlo y verán la herejía de este hombre.

Por tanto, ¿qué se puede esperar de Francisco con la Virgen?

Nada. Francisco no ama a la Virgen. Francisco odia a la Virgen. Francisco se ríe de la Virgen. Francisco se mofa de los profetas de la Virgen.

Francisco está en la Iglesia para llamar la atención sobre su vida humana. Todos tienen que tomar nota de cómo vive ese necio en la Iglesia para imitarlo a él.

Todos tienen que mirar a Francisco como el que lo sabe todo, el que sabe interpretar la Sagrada Escritura con su solo pensamiento humano.

Un pensamiento humano que, nada más leerlo, dan ganas de vomitar, porque sólo da nauseas lo que dice y lo que escribe.

Y Francisco cree que muchos le siguen por lo que dice. No, muchos le siguen por la novedad de las cosas que hace en la Iglesia. Sólo por eso. Porque ven un cambio en lo de siempre. Pero no le siguen por el pensamiento. Es que no hay quien se trague su pensamiento. No hay quien pueda establecer una teología con su pensamiento. No hay quien haga una filosofía con ese pensamiento.

El intelectual aborrece a Francisco. El intelectual prefiere los escritos de Benedicto XVI y quema los escritos de Francisco porque no valen para nada.

Por eso, Francisco sólo sirve para divertir a la gente en la Iglesia. Es el bufón. El orgulloso payaso que cobra por hacer sus payasadas en la Iglesia. Porque nadie se sienta en esa Silla para decir herejías gratis. Nadie.

Él las dice porque está obligado a decirlas. Sólo por eso. Y le pagan por eso. Porque así funciona la Iglesia ahora: te doy dinero si das la mentira en la Iglesia, si predicas la mentira en la Iglesia. Así funciona. Y quien no quiera esto, lo echan de la Iglesia.

Francisco no está haciendo ese papel por amor al sacerdocio, por amor a la Iglesia. Quien tiene amor da la verdad en el sacerdocio y en la Iglesia. Y se deja de adular a los hombres y de buscar el aplauso de los hombres.

Pero quien no ama a la Iglesia, entonces busca en ella su negocio particular. Y hace de la Iglesia el culto a su pensamiento humano.

Francisco se va de la Iglesia con un camino hecho: ha destrozado el Papado. Esa es su obra en la Iglesia. Lo demás: su bufonería, y nada más. Lo demás, puro entretenimiento. Hay que entretener a las masas mientras se ve la forma de romper con la fe católica en todo.

Esa forma ya ha sido planificada y se va a presentar muy pronto en la Iglesia.

Signos de los Tiempos

La profanación del Templo de Dios ha comenzado ya en Roma. Ahora, sólo se ven los inicios de algo nuevo, pero en dos años, Roma habrá cambiado totalmente.

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Queda muy poco tiempo para cumplirse las profecías de los últimos Tiempos. Queda el tiempo más difícil y más largo de todos, porque en él se verá la destrucción de la Verdad por todas partes con el dolor que eso trae a las almas.

Es un tiempo para ser guiado sólo por el Espíritu de la Iglesia.

Existirá la Iglesia que permanece en la penumbra, en el anonimato, en los oscuro de la vida. Y en esa Iglesia es dónde se vivirá la Verdad y sólo la Verdad.

Será una Iglesia de muy pocos, porque los demás estarán entretenidos en las mentiras de Roma.

Será una Iglesia desconocida para todos, porque debe pasar ese tiempo en la oscuridad, en las cavernas, en las casas que aparenten ser otra cosa.

Será un tiempo muy difícil de vivir, porque no habrá libertad en ninguna parte. Todo será impuesto en el mundo y en Roma.

Habrá desaparecido toda Verdad en Roma. No existirá nada, ni siquiera el Evangelio de Jesús, porque todo debe caer cuando se profana el Templo de Dios. Todo. Para que se cumpla la Profecía: los poderes del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia.

El demonio creará su nuevo orden mundial sólo para acabar con la Iglesia de Jesús. Sólo para eso. Tiene que acabar con toda alma y con todo hálito de fe en las almas.

La Fe es lo que sostiene la Iglesia de Jesús. La Fe en la Palabra de Dios. No es la obediencia a Pedro lo que sostiene a la Iglesia.

La Iglesia se funda en Pedro, pero no sólo en Pedro, sino en una Piedra, la Roca de la Verdad.

En la Iglesia hay dos cosas:

a. el asentimiento de la mente humana a la Palabra de Dios, necesario para que Dios dé el don de la Fe al hombre;

b. la obediencia religiosa a Pedro, que es la prolongación del asentimiento de la fe.

Estas dos cosas van de la mano siempre y cuando Pedro mire a Cristo. Si Pedro no mira a Cristo, entonces cae la obediencia religiosa al Magisterio de la Iglesia. Y debe caer, porque la Iglesia sólo se funda en la Verdad. Y los hombres suelen fallar en la Verdad, como falló Benedicto XVI.

Todos obedecieron a Benedicto XVI y ese fue el error de toda la Iglesia.

Cuando Pedro no mira a Cristo, tampoco la Iglesia mira a Pedro, sino que sólo tiene que fijarse en Cristo, que es el que da siempre la Verdad.

Esta terrible realidad ha hecho que en la Iglesia comience la obediencia al pensamiento humano. Ya no la obediencia religiosa, sino una obediencia que no tienen sentido común. Una obediencia que ciega el entendimiento humano para ver la Verdad.

Es que no se comprende cómo Francisco diciendo sus herejías, toda la Jerarquía lo obedezca. Esto no se puede entender.

Sólo se comprende en este punto: es una obediencia ciega al hombre, al pensamiento del hombre. Y eso produce el temor de hablar la verdad en muchos sacerdotes y Obispos.

Temor a decir la Verdad por el falso respeto a Francisco. Y ese falso respeto nace de la obediencia falsa a Francisco.

Si Francisco no es Papa. El Papa es Benedicto XVI. Luego a Francisco no se le da obediencia religiosa en la Iglesia. No es posible, ni siquiera como sacerdote ni como Obispo. Porque una vez que Benedicto XVI renuncia a ser Pedro, entonces ya no existe la obediencia religiosa en la Iglesia. No puede darse, porque ya no hay una Cabeza Visible.

Este es el engaño de muchos en la Iglesia. Ven a Francisco como lo que no es en la realidad, como un Papa, porque así lo ha presentado la misma Jerarquía, que es sólo su engaño a la Iglesia.

Todo es un engaño desde la renuncia de Benedicto XVI. Y la gente todavía espera algo bueno de Roma. Es que es imposible. No hay nada bueno que venga ya de Roma. Eso es clarísimo. Eso ya no hay que dudarlo.

En esto estamos ya: en la destrucción de todo lo religioso en la Iglesia. Todo. No va a quedar nada en píe. Se va a destruir Roma y la va a construir nueva, según las riquezas de los hombres.

Roma ya no sirve al demonio como era antes. El demonio quiere otra Roma. Por eso, enviará al Dragón Rojo, que sólo está dormido, pero que nunca ha sido vencido ni aniquilado. Rusia destruirá a Roma muy pronto, porque nadie ha hecho la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón. Eso ya se olvidó. Eso ya no cuenta.

El Anticristo tiene que presentarse en una nueva Roma. La que tiene no le sirve de nada porque huele a 20 siglos de Iglesia y él tiene que acabar con los 20 de siglos de Iglesia en Roma.

Los hombres se creen que lo que pasa en Roma ahora es un juego, que después todo se pondrá, otra vez, en orden.

Y es que no se ha comprendido la fuerza que el demonio tiene ahora en Roma. Y no se va a a comprender hasta que no se vea la destrucción de Roma por Rusia.

A los hombres les cuesta creer en la Profecías que la Virgen, desde hace ya mucho, viene recordando al hombre y que sólo son testimonios de la Palabra de Dios.

La Virgen recuerda siempre el Evangelio de Su Hijo. Y lo va explicando para que las almas aprendan a discernirlo todo en la Iglesia. Porque la Iglesia es el lugar para discernir todo Espíritu que haya en el mundo, en el demonio y en los hombres.

La Iglesia lo discierne todo y Ella no es discernida por nadie. Nadie la juzga en los juicios que hace la Iglesia sobre todas las cosas.

Por eso, estamos en un tiempo único para todos. Pero no todos van a comprender este tiempo, porque sólo están interesados en lo de siempre: en sus verdades. Y luchan por los suyo, pero no luchan por la Verdad de la Iglesia.

Roma se abre ya a las diferentes iglesias que han hecho de sus vidas el estandarte del pecado: judíos, ateos, masones, protestante, musulmanes, etc.

Todos va a entrar en Roma con sus verdades. Y todos va a perecer en Roma con sus verdades.

Porque el Anticristo no quiere ninguna iglesia que se haya mantenido en 20 siglos. El Anticristo sólo quiere su orden mundial. Ese orden mundial no es el conjunto de iglesias ni el conjunto de países.

El orden mundial es algo nuevo que sale de la destrucción de aquellos países que no le sirven al anticristo y de aquellas religiones que no valen para ese orden mundial.

El reino del anticristo es algo nuevo, no es algo que sale de lo viejo. Para eso son necesarias las guerras que se va a dar ya y las calamidades de todo tipo que Dios va a mandar. Y en todo eso, es cuando aparece el Anticristo haciendo algo nuevo, distinto a cualquier cosa que se haya dado en el mundo y en la Iglesia.

Los hombres están dormidos y no saben lo que viene al mundo ya.

Estas Navidades ya no serán las de siempre. Será muy tristes Navidades. Y, después, vendrá un gran caos en todas partes, que es el inicio de los dolores de parto.

Los hombres deben despertar antes de que sea demasiado tarde. Y es lo que no se ve, no se aprecia. Los hombres siguen en sus vidas humanas como si nada vaya a pasar.

Y todo va a pasar, pero según el Espíritu. Es el tiempo de seguir al Espíritu. Ya no es el tiempo de seguir a ninguna cabeza, ni en lo humano ni en la Iglesia. Todo está podrido. Todo está adulterado. Todo es inservible para hacer la Voluntad de Dios en un mundo que se ha levantado por encima de Dios.

Sólo existe la voluntad humana y a eso se le llama Voluntad Divina. Es la herejía que se ve en Roma.

Y en el querer de los hombres está la ruina de toda Verdad.

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