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Es imposible buscar un bien común mundial

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La Verdad nadie la quiere escuchar porque asusta: «Toma y cómelo, y amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel» (Ap 10, 10).

La Verdad, es dulce predicarla, pero es amarga para la vida, porque nadie apoya al que dice la Verdad. Todos le dejan a un lado, porque la Verdad mete miedo a la razón del hombre. La Verdad descoloca la mente de los hombres de sus medidas, de sus planteamientos, de sus seguridades, al ponerles un camino oscuro de fe; un camino que sólo se puede conocer siguiendo al Espíritu de la Verdad; un camino que el hombre nunca puede pensar, nunca puede adivinarlo, nunca puede abarcarlo con su intelecto humano.

Por eso, cuando no se cree en la Verdad, que es Cristo, se dice esta herejía: «La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad» (EG, n. 40). Este pensamiento es fruto de la respuesta que Francisco, en su búsqueda de la conexión entre la fe y la verdad, da: «la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro « yo » pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común» (LF, n. 26).

La Verdad no es, para Francisco, la adecuación de la mente a la realidad, sino una cuestión de memoria. Es decir, la verdad está en cada mente humana, en las ideas de cada hombre. Esas ideas pueden ser, más o menos perfectas, buenas, malas; pero son la verdad. Por eso, él dice que la Iglesia tiene que creer en su interpretación de la Palabra, en su memoria, en su discurso intelectual, en sus estudios, en sus filosofías, en sus teologías. Pero no puede decir que la Iglesia necesita creer en la Palabra Revelada. Se cree a Dios que revela, que habla. Pero no se cree al hombre que interpreta o a la Iglesia que interpreta.

Se cree a la Iglesia que enseña la misma Palabra de Dios sin cambiarla nada. Por eso, hay un magisterio infalible en la Iglesia: hay unos dogmas que no se pueden tocar. Y esos dogmas no son una interpretación de la Palabra de Dios, sino que son la misma Palabra de Dios. Es la misma enseñanza divina, que no tiene tiempo, que es siempre la misma para todos los hombres y para cualquier circunstancia de la vida de los hombres. Es una Verdad que nunca pasa y que sólo puede ser creída, no pensada. No se llega a ella pensando, no es cierta por un pensamiento teológico, sino que se llega a ella creyéndole a Dios que la dice sin más, sin dar argumentos al hombre, sin explicarla, para que el hombre viva de fe, no de razones, no de memoria, no de una acto intelectual.

Por eso, cuesta decir la verdad, hablar con la verdad y creer a la verdad. Es muy fácil hablar nuestras verdades (las que nos gustan, las que nos hacen sentir bien, las que nos producen un acercamiento a los hombres), creer en nuestros sagaces pensamientos; es muy fácil medirlo todo con nuestros inútiles pensamientos; es muy fácil hacer del Misterio de Dios una filosofía para el hombre, un lenguaje para el mundo, un gobierno para los hombres.

Al hablar así, Francisco tiene que anular toda Verdad y buscar las verdades que le interesan para hacer su iglesia, su evangelio, su estilo de vida como sacerdote.

Por eso, en su evangelium gaudium anula el Misterio de la Cruz, la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, que está maldito por el pecado de Adán. Lo anula para poner su idea de los pobres y del amor fraterno.

1. «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (EG, n. 187). Francisco está haciendo su progresismo en la Iglesia, su populismo, su comunismo, su protestantismo. Porque no comprende la obra social de la Iglesia. Y no puede llegar a comprenderla porque ha anulado la esencia de la fe en Cristo.

Cristo sufre y muere para salvar y santificar cada alma. Eso es el Misterio de la Cruz. Cristo no sufre ni muere para llenar estómagos en Su Iglesia, que es a lo que se dedica este hombre: «El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más. Les han aplastado el presente. Dígame usted : ¿se puede vivir aplastado en el presente? ¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia? ¿Es posible continuar así? Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar» (Entrevista a Scalfarri).

Si Francisco tuviera un poco de vida espiritual diría: El mal más grave que afecta al mundo en estos años es la falta de fe en los mandamientos divinos, en lo que Dios ha revelado. Como la gente no cree en la ley divina, como la gente no tiene vida moral, no sigue una norma de moralidad y, por tanto, no practica las virtudes morales, entonces tiene lo que se merece: paro juvenil, soledad en los ancianos, etc. Porque, al no cumplir con los mandamientos de Dios, no se puede amar a Dios ni al prójimo y, por tanto, los hombres se aplastan unos a otros, los hombres hacen guerras entre sí.

Pero, como a Francisco le es imposible creer en Cristo, en su obra, tiene que decir: «¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia?». Es un hombre que si no hace un acto de memoria no puede vivir. Francisco no vive para hacer un acto de fe: no sabe tener fe. Sólo vive para encontrar el pensamiento que más le guste en su vida miserable de hombre.

No se vive para una memoria, no se hace una familia para un bien humano, para un bienestar humano, para un futuro diseñado por los hombres. No hay que buscar el bien común humano, sino el bien común divino, el que Dios pone a una familia, a una sociedad, a un mundo que cumple con la ley eterna.

En la Iglesia se está para diseñar la ciudad católica, el Reino de Dios, que no tiene nada que ver con los reinos y ciudades humanas, sociales, culturales económicos, de los hombres. Porque «Mi Reino no es de este mundo». Pero Francisco no cree en esta Palabra Divina, y por eso busca el Reino de Dios en este mundo, humanizando lo divino, abajando lo sagrado a la mente del hombre.

Por eso, Francisco se dedica a poner en los hombres el Evangelio: «Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio» (EG, n. 69). El Evangelio de Cristo es para el alma, no para las culturas. Pero como Francisco cree que el alma no puede creer por sí misma, por eso dice esta frase. Hay que creer en masa, en la cultura de cada hombre, en una comunidad. Hay que hace grupos de hombres y allí inculturar el Evangelio, hacer cultura del Evangelio, hacer una ideología, un proselitismo, porque la Iglesia -dirá ese hereje- crece por atracción de ideas: busquemos la idea que más atraiga. Busquemos la moda; busquemos lo que al hombre le gusta. Esto es, sencillamente, destruir la Palabra de Dios con las culturas, con las ciencias, con las filosofías de los hombres.

El hombre, para creer en Cristo, tiene que salir de sus culturas, de su sabiduría humana. Si no hace esto, entonces el hombre, sencillamente, se inventa su evangelio en su cultura, en su ciencia, en su progreso técnico. Y, por supuesto, se inventa su iglesia para el evangelio de su cultura. Por eso, a Francisco le gusta hablar del evangelio de los pobres, del evangelio de las familias, del evangelio de todo el mundo. Pero no habla del Evangelio de Cristo.

2. «Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema» (EG, n. 202). Esto es querer construir una casa por el tejado.

¿Qué enseña la Iglesia?: «es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas según una justa jerarquía de valores y con vistas al bien común» (Catecismo, 2425).

Una cosa es la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano, en que se basa el liberalismo económico, y que es algo inmoral; y otra cosa es la autonomía de los mercados. No se puede suprimir la libertad humana y, por tanto, no se puede quitar la autonomía de las obras de esa libertad en el mercado. El hombre, en su libertad, tiene que practicar las virtudes morales para que el mercado no produzca ninguna injusticia, no rebaje a la persona, no la lleve a una visión materialista, consumista de la vida.

Francisco quiere cargarse la libertad del mercado. Esto es propio del comunismo. Hay que regular, según normas morales, naturales, divinas, el mercado. Y, entonces, la especulación financiera será recta.

Pero Francisco se olvida del pecado de avaricia y de usura: «Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres». Es siempre su error, su constante error. Mientras no se resuelven radicalmente el pecado de los ricos y de los pobres: su avaricia, su codicia, su usura; entonces no se resuelven los problemas económicos.

Este fallo de visión es fruto de su negación del Misterio de la Cruz: si se niega que Cristo vino a sufrir y a morir, y se pone por encima la idea de que Cristo viene a remediar, a liberar, la vida de los pobres de su pobreza material, entonces tiene que caer en una grave herejía.

3. «La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad porque busca el bien común» (EG, n. 205). Esto, no es sólo un pensamiento necio, sino el más estúpido de todos .

El hombre es un ser social y político por naturaleza. En el hombre está la vocación al amor, a obrar lo divino en lo humano. Y, por tanto, toda política que no refleje lo que es el hombre, que vaya en contra de lo que es el hombre, no sirve para nada. Ni la política, ni la filosofía, ni la ciencia, ni la sabiduría humana, son vocaciones, sino que son instrumentos, recursos que el hombre tiene para dar su vocación divina, para ser lo que es en su naturaleza humana.

La política es lo más contrario a la caridad. Si el corazón del hombre no practica la virtud de la caridad, por más política que haga, no se ve en lo social ninguna caridad, ningún amor a Dios ni al prójimo.

Es el hombre el que busca el bien común, no la política. Los sistemas políticos buscan sus intereses en el mundo, pero no el bien común. El bien no es algo de la masa, de la comunidad, sino del hombre. Hay un bien particular que todo hombre busca en su vida y un bien común, que debe ser realizado en la voluntad de Dios. El hombre tiene que saber discernir los distintos bienes comunes, porque no todos son apropiados ni para un sistema político ni económico.

«Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!»: Francisco siempre se olvida de que los políticos tienen que tener vida moral, práctica de virtudes para hacer un bien común en la política. Un bien común sin injusticas. Y esto es lo más difícil sin vida espiritual. Y muchos políticos de Dios no quieren saber nada. Hay que pedir al Señor que los políticos sientan dolor de sus propios pecados, se arrepientan de ellos, hagan penitencia por ellos y, entonces, van a resolver la vida de los pobres. No hay que pedir a Dios que los políticos se acuerden de los pobres, sino de sus pecados personales.

4. «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero» (EG, n 206).

La economía, como la misma palabra indica es, en griego, οἰκονομία [oikonomía], de οἶκος [oikos], ‘casa’, y νόμος [nomos], ‘ley’; es decir, la ley de la casa. Y el mundo entero, no es la casa de los hombres. Y una sociedad no es la casa de los hombres. Y una familia no es la casa de los hombres. Ni el propio hombre es casa para sí mismo.

La economía es regular, mediante normas divinas, los asuntos de los hombres: en lo social, en lo cultural, en lo político, en lo humano. Se dan normas. No es un arte, no es una ciencia humana. Son normas para alcanzar un bien común, distinto del bien particular. Y, por tanto, hay bienes comunes diferentes, de acuerdo a lo que viva cada hombre. Hay un bien común para la familia, otro para el matrimonio, otro para el trabajo, otro para la sociedad, etc. Y, por tanto, según el bien común buscado, existirá una economía para la familia, otra para el matrimonio, otra para el trabajo, etc. Son diferentes economías; son diferentes reglas, leyes, porque son diferentes bienes comunes a alcanzar.

Y, por tanto, no se puede hablar de una economía mundial. Eso es una aberración, una abominación. Por eso, en aquellos países en los que se da una moneda para todos, caen en esta aberración. Cada país es distinto en su economía como país, porque los hombres son diferentes en sus vidas y en sus obras particulares, familiares, etc. Hay hombres más emprendedores y otros menos en el trabajo. Hay trabajos más delicados, que necesitan de una economía más flexible, y otros con otra diferente economía. No se puede regular un bien común mundial. El bien común es para cada acto de la vida del hombre. Depende de lo que el hombre viva y obre. Depende del fin que ponga el hombre a su vida. Querer regular un bien común mundial es querer poner un fin mundial, terrenal, a la vida de todos los hombres. Y eso es una aberración moral.

5. «Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» (EG, n 207). Esto se llama perder la cabeza y publicar que se ha vuelto loco. Aquí está plasmada su idea masónica sobre el nuevo orden mundial. Aquí está, no sólo la estupidez de un hombre, que no sabe lo que es la doctrina social de la Iglesia, sino la locura de una mente que sólo tiene una idea: el amor a los hombres. En ese amor, que es una idolatría en Francisco, dice una blasfemia contra el Espíritu Santo: cualquier comunidad de la Iglesia que no se ocupe de los pobres e incluya a todos, se disolverá, será mundana, profana, vacía de Dios. En otras palabras, sólo Francisco tiene el Espíritu Santo en la Iglesia, y sólo su idea de los pobres es lo que hace a la Iglesia Santa, Universal, Romana, Católica, Una.

En esta palabras se ve, con gran evidencia, que Francisco se ha alejado del Evangelio de Cristo y sólo le interesa el evangelio de sus pobres, de la fraternidad, del bien común mundial. Se cree el más inteligente de todos con esta basura intelectual, que ha destilado en su evangelium gaudium. Si la Iglesia no trabaja por lo pobres y para unir a todos los hombres, entonces es mundana, entonces se disuelve. ¡Gran locura de la mente de Francisco!

¿Y se atreverá alguien a exigir obediencia a la mente de un loco en la Iglesia? Después de leer estas babosidades, ¿alguien en la Jerarquía tendrá la estupidez de decir que la doctrina de Francisco es católica, es muy hermosa?

Después de ver la ruina a la cual Francisco ha llevado a la Iglesia, desde que se sentó en el Trono, que no le pertenece, sino que se lo ha robado al legítimo Papa, Benedicto XVI, ¿a alguien le cabe alguna duda de que en el Sínodo la Iglesia va a comenzar su cisma abiertamente?¿Es que no ven que la doctrina de Francisco separa a la Iglesia de la doctrina de Cristo? ¿Es que no ven que Francisco nunca predica de la expiación, del sufrimiento, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del infierno, del purgatorio, sino que sólo está en sus pobres y en cómo besar el trasero de todos los hombres?

Mayor estupidez y locura no puede estar sentada en el trono de Pedro.

Si esto es Magisterio de la Iglesia, entonces ¿qué son los escritos de Marx y de Lutero? Sigan lo que pensaron esos personajes y tendrán la mente de Francisco al dedillo.

Es triste comprobar cómo la Jerarquía se ha acomodado al engaño y ha dado la espalda a Cristo en la Iglesia. Está mirando lo que un dictador de mentiras está publicando en la Iglesia. Está observando como un hombre sin fe habla de lo que no sabe. Aplaude la mente de un loco en la Iglesia y ha abandonado a sus ovejas por hacer la pelota a un idiota.

Cuando Francisco abre su bocazas es para vomitar su demonio: el demonio que le lleva a la condenación en vida. Si no cambia, muy pronto veremos señales de su condenación en la Iglesia.

La Iglesia está para quitar el pecado, no los males sociales

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“Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil”. (Francisco en Ev. gaudium, n- 53).

Francisco pone aquí su pensamiento político sobre los ricos y los pobres. Y dice que es pecado una economía de exclusión y de inequidad.

Francisco iguala el mandamiento de la ley de Dios con las leyes económicas que excluyen y que marginan a los pobres.

Dios puso su ley divina para no matar al prójimo porque la vida pertenece a Dios y ningún hombre puede quitar una vida sin la Voluntad de Dios.

El quinto mandamiento de la ley de Dios no es para asegurar el valor de la vida humana, como escribe falsamente Francisco. Es su error, porque no se asegura la vida humana, su valor, su bien, con una ley. El valor de la vida humana está en sí misma, en la creación que Dios hace de esa vida humana. La vida humana tiene dignidad por ser creada por Dios. Y dignidad en sí misma, en lo que Dios crea, porque Dios crea una vida humana buena, sin maldad en ella.

El pecado no anula la creación de Dios sobre la vida humana, sino que pone un obstáculo a que esa vida humana se desarrolle y alcance la perfección que Dios le da cuando la crea.

El pecado anula la perfección, la santidad de la vida humana. Impide que el hombre llegue a esa cima y, por eso, es necesaria poner una ley divina para que el hombre, cumpliéndola, llegue a la santidad.

Por eso, Francisco dice una mentira clara y quiere igualar esa mentira con su política comunista.

Dios puso el quinto mandamiento para que el hombre camine en santidad, buscando la perfección en su vida, porque quien impide la vida, quien mata, impide que esa persona llegue a lo perfecto.

Por eso, la persona que aborta, no sólo impide que ese alma viva como persona humana, sino que alcance su perfección como hombre llamado por Dios a una vida de santidad. En consecuencia, el ser humano abortado no puede llegar al Cielo. Dios crea un alma para un aborto, para un asesinato antes de nacer. Se le impide recibir la gracia del bautismo y, por tanto, se anula el Cielo para esa alma.

Y aquí tiene que entrar la Misericordia de Dios, pero también la Justicia. Y, por eso, no se puede decir que todos los niños abortados se han salvado, ni que todos se han condenado. Sólo Dios sabe el camino de cada aborto. Muchas madres que abortan llevan a esos hijos que han despreciado al infierno, por su grandísimo pecado. Sólo una madre que sabe expiar su pecado de aborto puede encontrar Misericordia en Dios sobre ese niño que ha matado. Pero la mujer que no expía su pecado, que no espere que ese hijo vaya al cielo.

El pecado contra el quinto mandamiento anula el Cielo en muchas almas. Por eso, las guerras que promueve el demonio conducen al infierno a muchos hombres. Los hombres se arman para matar. Y eso no va contra la dignidad de la vida humana, sino contra su perfección, su santidad. Toda guerra lleva al infierno a muchas almas. Quien entra en guerra comete un pecado mortal y, por tanto, obra un pecado que aniquila la vida espiritual de los hombres. Se mata para que el hombre vaya al infierno. Esas son las guerras que promueve el demonio. Las guerras mundiales son sólo eso. No se va contra la dignidad humana de la vida, sino contra su perfección.

Dios también hace sus guerras, pero por un motivo de Su Justicia Divina. Cuando Dios quiere una guerra es porque quiere que esas almas se purifiquen con esa muerte y alcancen para otras la salvación. En esas guerras, se da la condenación de otras almas por designio divino, porque Dios tiene el poder de toda vida humana y puede quitarla de la manera que Él quiera.

Pero ningún hombre tiene derecho a quitar la vida de otro hombre. Sólo Dios da este derecho; pero lo da a las almas espirituales, no a la gente del mundo, ni a los políticos, ni a ningún gobierno mundial.

Entonces, no se puede equiparar el no matar con el no excluir. Esto es hacer comunismo.

Existe un mandamiento divino: «no robarás». Séptimo mandamiento de la ley de Dios. No cumplir este mandamiento lleva al pecado de avaricia y de usura.

Hay ricos y pobres en el mundo porque hay pecado de avaricia y de usura, no porque existan economías que excluyan y produzcan desigualdades sociales. Estas economías no matan. Lo que mata el alma es el pecado de avaricia y de usura. Éste es el verdadero problema.

De este pecado de avaricia vienen muchos males, es decir, muchas economías, muchas leyes, que producen desigualdades y que excluyen a los hombres. Pero esas leyes, por sí mismas, no matan. Serán buenas o malas, serán consecuencias de las economías. Pero el problema está en el pecado.

El avaro hace su ley para tener dinero y, por tanto, pone sus reglas, sus leyes, sus normas económicas, que excluyen y que producen desigualdad entre los hombres. Pero el problema no está en eso.

El problema no está en que un anciano muera de frío, ni que haya un niño que muera de hambre. Éste no es el problema. Esto no mata al hombre. Esto puede ser causa de santificación para muchos hombres.

Francisco no atiende la vida espiritual de los hombres, sino sólo sus vidas humanas. Esto es propio del comunista, del político, del humanista. Pero hablar así no es propio de un Obispo, de un sacerdote.

El Obispo tiene que enseñar a los hombres a santificar sus vidas, ya sean ricos, ya sean pobres.

El Obispo tiene que enseñar al rico a quitar su pecado de avaricia. No tiene que enseñar al rico a dar su dinero a los pobres, sino a usar su dinero en la Voluntad de Dios. Que su dinero le ayude a ir al Cielo. Esto es lo que no enseña Francisco, porque no atiende a la vida espiritual del hombre. No mira ni su salvación ni su condenación. Y, por tanto, hace política en sus predicaciones, en sus homilías.

El Obispo tiene que enseñar al pobre a vivir en su pobreza, a esperar la Voluntad de Dios en su pobreza, a confiar en la providencia divina y, lo que es más importante, en no hacer de su pobreza una vida, un camino, una dependencia del rico.

Porque hay muchos pobres que son así y ya no quieren trabajar, porque es más fácil pedir dinero a los ricos. Y quien no trabaje que no coma, dice San Pablo. Y hoy la pobreza se ha vuelto un negocio para los pobres.

Hay mucha gente en la pobreza que quiere seguir siendo pobre, miserable, porque no quiere trabajar, no quiere una vida digna que su trabajo le dé. Quiere vivir así, en su miseria, contentándose con una vida miserable, no solo en lo humano, sino en lo espiritual.
Hay muchos pobres que son del demonio, que no pueden salir de su pobreza porque están atados al demonio, son esclavos del demonio, han vendido su alma al demonio.

Mucha gente está en sus vicios, en la droga, en el alcohol, en el sexo, y no quiere salir de esos vicios. No se puede ayudar de forma económicamente a personas para que sigan en sus vicios, para aumentar sus vicios, para consolidar sus vicios.

La limosna que se da al otro es para ayudarle a salir de sus vicios, de sus pecados, de sus maldades, porque eso es lo que produce la desigualdad entre los hombres: el pecado.

Francisco sólo hace su comunismo: hay ancianos que mueren de frío, hay gente que tira su comida. Y esto no es pecado. Tirar comida no va contra el mandamiento de Dios. Que un anciano muera de frío no va contra una norma de moralidad.

El pecado del hombre es siempre personal. El pecado social no existe. Existe el mal social que viene por el pecado de cada hombre. Lo que hay que solucionar es el pecado de cada hombre. Mientras no se solucione este pecado, surgen males y males sociales. Si los hombres se dedican sólo a quitar los males sociales, nunca acaban con ellos, porque existe un pecado que engendra males sociales.

El pecado de avaricia, cada hombre, tiene que luchar contra él. Después, está el solucionar los distintos males que ese pecado trae, pero sin hacer de esos males algo dogmático. No se puede predicar que no se tire comida, como no se puede predicar que no existan prostíbulos.

Siempre habrá ancianos que se mueran de frío o gente que pase hambre. Esos son males necesarios, que tienen que darse, porque existe el pecado.

La prostitución es un mal necesario, no es un pecado. El pecado es la lujuria de cada hombre y de cada mujer. Dios ha hecho al hombre libre. Y, cada hombre, en su libertad tiene derecho de vivir en un prostíbulo y de hacer un prostíbulo. Es un derecho que le da su libertad, que emplea mal, para hacer un mal. Pero Dios no anula la libertad del hombre cuando la usa para el mal, sino que lo deja en su mal, en su pecado, en su elección de vida.

Y el rico avaricioso es libre de tener su dinero y de no dar nada a nadie. El rico avaricioso es libre de hacer su economía que excluya a los pobres y los margine. Hay economías que son males necesarios que deben existir y que no se pueden quitar porque el hombre es libre en su pecado, tiene derecho a pecar y a vivir en su pecado.

Y esto es lo que anula Francisco. Quiere ser más que Dios. Quiere exigir a los ricos que den su dinero a los pobres. No les permite ser libres en su pecado. Porque no entiende el pecado, el misterio del pecado. Y, entonces, sólo se dedica quitar los males sociales y a llamar esos males como pecado. En consecuencia, enseña la lucha de clases: el problema del mundo es que hay gente rica que no comparte su dinero con los pobres. Ellos son los culpables, por hacer economías en contra de los pobres. Puro comunismo.

Una cosa es el pecado de avaricia y otra cosa que, por ese pecado de avaricia, un anciano se muera de frío o haya gente que tire su comida. Los males sociales son sólo pecado en cada hombre, no en la sociedad.

Si un rico, en su avaricia, no da dinero a un pobre y ese pobre muere porque no tuvo un pan que comer en ese instante, entonces la muerte de ese pobre es a causa del pecado de avaricia de ese rico. Y ese rico tiene dos pecados: la avaricia y ser causa de la muerte del pobre.

Pero hay mucha gente que es avariciosa, que no da dinero a los pobres, y esos pobres siguen viviendo, no mueren a causa de esa avaricia. Luego, el mal social que se produce ya no es pecado del avaricioso.

Hay que saber discernir cada caso particular para diferenciar el pecado de la persona del mal social, porque si no todo se mete en un saco y se hace comunismo, marxismo, y se enfrenta a los hombres sin necesidad.

Francisco no cuida la vida espiritual de los hombres en la Iglesia, sino que se dedica a hacer su comunismo, que es muy claro para el que lo quiera ver.

Es triste comprobar cómo hay tantos sacerdotes que no tienen las ideas claras de lo que es el pecado, confunden las cosas en la Iglesia.

La Iglesia no está para solucionar los males sociales, sino los pecados de cada alma. Los Estados del mundo tiene que solucionar, en la medida que puedan, los males sociales. Pero dar solución en la ley divina, con normas, con leyes apropiadas a cada caso.

Ninguna economía es justa; ninguna política es justa; ninguna cultura es justa. Son todas muy injustas. En cada una de ellas hay mucha maldad, mucha ley que va en contra de la ley divina y la ley natural.

Y el problema no está ni en la política ni en la economía, sino en los políticos y en los hombres de negocios. El problema está en el hombre que, en su pecado, hace su política y pone su economía. Y si el hombre no lucha contra su pecado, entonces produce muchos males en la sociedad con su política y con su economía. En la medida que haya hombres que amen la ley divina, en esa medida los males sociales disminuirán.

Pero si los hombres aman su pecado, entonces los males sociales crecen sin parar, hasta llegar a una cima de males, que ya no se pueden quitar porque provienen de la cima de un pecado. Y si no se quita esa cima de pecado, no se quita la cima de los males sociales.

Y es lo que pasa en el mundo de hoy: hay tanto mal social porque hay una cima de pecado. Y es un absurdo predicar que no se tire comida para así quitar la hambruna del mundo. Es el mayor absurdo que predica Francisco. Es su estupidez, porque vive en su pecado. Y, en su pecado, llama a los males sociales como pecado y pone a los ricos como culpables de todo lo que pasa en la sociedad. Y, entonces, se inventa su evangelio de la fraternidad y su cultura del encuentro para remediar estos males sociales. Por eso, Francisco es un lerdo en su pensamiento. Un inútil, un tonto, un loco. No sabe pensar rectamente ni en el pecado ni en los males sociales, porque no tiene la inteligencia divina, ya que vive en su pecado.

Y su pecado es claro: su orgullo. Y sólo su orgullo. Su orgullo le ciega el entendimiento para poder ver, aun las cosas que son de sentido común. Cualquiera que tenga dos dedos de frente sabe que no se quita la hambruna del hambre dejando de tirar comida o dando un manta a un pobre. Es de sentido común pensar que la solución a esos problemas no es tan fácil, porque se trata de quitar el pecado que los hombres no quieren quitar.

Hay que dejar libres a los hombres en sus pecados: que el rico siga siendo rico y que haga sus economías que excluyan a los demás. Y que el pobre siga siendo pobre, porque quiere ser pobre, quiere vivir en el pecado de su pobreza. Es avaricioso en su pobreza. Igual que el rico es avaricioso en su riqueza.

El problema no está en el dinero, sino en el apego a la vida. Y cada hombre se arrima a su vida, la que tenga. Y de ese arrimo, de ese apego, vienen muchos a males a toda la humanidad.

Hay que enseñar a los hombres a desprenderse de sus vidas humanas: tanto a los ricos como a los pobres. Y, entonces, la vida social cambia a mejor.

Pero si no hay oración ni penitencia, entonces sólo se da la lucha de clases, las guerras entre ricos y pobres. Entonces, sólo se predica que Jesús se hizo pobre para los pobres. Se predica la opción por los pobres y se va en contra de toda la doctrina de Cristo. Se predica un Evangelio que no es el de Cristo.

Cristo no optó por los pobres, porque es pecado la acepción de personas. Cristo vino a salvar a los ricos y a los pobres. A eso vino: a quitar sus pecados. Él no vino a establecer una lucha de clases entre ricos y pobres. Él vino a enseñar el amor a los ricos y a los pobres. Y, cada alma, tiene que aprender a amar como Cristo ama a los hombres: sufriendo y muriendo por ellos.

Cristo no dio dinero a los pobres, sino que, murió por ellos, sufrió por ellos. Y así tiene que hacer todo el que imite a Cristo: sufrir y morir por las almas, sean ricas, sean pobres.

Esto es lo que no enseña Francisco. ¿Qué va a enseñar? Él no sabe que es la Cruz lo que salva al mundo. No es el dinero, no es el compartir el dinero, lo que salva al hombre.

Es bueno que haya hambre en el mundo y que la gente se muera de frío. Cristo encontró a muchos hombres así. Y no movió un dedo para solucionar este mal social. Movió todos sus dedos para quitar el pecado, que produce estos males sociales. Y el pecado lo venció.

Pero está en cada hombre, asociarse a la obra de la Redención de Cristo para vencer sus pecados, los que tenga cada uno en su vida. Y así se quitan los males sociales.

Francisco engaña a los jóvenes en su mensaje para la jornada mundial

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El problema con Francisco es que deforma la Sagrada Escritura con conceptos no evangélicos, que hacen que la Palabra de Dios se diluya en ideas humanas.

Si no se tiene claro la vida espiritual, entonces los hombres se inventan todo en ella. Es el caso de Francisco, necio para el espíritu y sabio para los mundanos. Francisco habla para la gente del mundo, llena del espíritu del mundo, pero es incapaz de hablar para la gente espiritual. Todo cuanto habla produce confusión en las almas que buscan la Verdad en sus vidas.

Francisco no puede guiar hacia la verdad, porque no hay verdad en él. No puede haberla. Dice cosas que son verdad en apariencia, pero sólo con la intención de engañar.

Quiere hablar de los pobres de espíritu y termina con la lucha de clases entre ricos y pobres. Y, entonces, engaña a los jóvenes, a los cuales dedica su herejía.

Dice que “Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, eligió un camino de pobreza, de humillación”. Y ya no empieza bien, porque no da la Verdad de ese pasaje evangélico (Flp. 2), sino su interpretación.

San Pablo en ese pasaje pone dos cosas:

1. Jesús se anonadó a sí mismo no presentándose en la forma de Dios, con la Gloria que tiene siendo Dios. Y eso sólo significa que Jesús se presenta ante los hombres mortal, no inmortal. Jesús, por ser Dios, no tiene pecado y, por tanto, no puede morir. Y, cuando se encarna es el Verbo inmortal en una naturaleza humana y, en consecuencia, Jesús es inmortal. Pero se despoja de esa gloria, de la inmortalidad, y así se presenta a los hombres. Pero se despoja de algo más: Jesús no puede sufrir. Y, por tanto, no está sujeto a ninguna enfermedad, a nada en la tierra que dé dolor al cuerpo y al alma. Jesús también se despoja de eso y se muestra, en su naturaleza humana, como pasible, con capacidad de sufrimiento, de dolor, tanto en su cuerpo, como en su alma.

2. Jesús, no sólo se anonadó, sino que se humilló como hombre, en su naturaleza humana; es decir, se puso obediente a Su Padre que le mandaba una sola cosa: morir en la Cruz. Y esto significaba que Jesús se encarna para hacer una obra divina. Y, por lo tanto, no se encarna para hacer obras humanas. Por eso, Jesús no estudió, no trabajó, no se casó, no hizo nada de lo que los hombres suelen hacer en la vida humana, porque el verbo vino para algo específico, algo que quería Su Padre y por el camino que Su Padre le mandaba: el camino de la Cruz.

Estas dos cosas no las explica Francisco y, entonces, pone su engaño: Jesús eligió un camino de pobreza, de humillación. Éste es el engaño.

a. Porque Jesús, cuando se anonada, no es pobre, no se vuelve pobre, sino que se vuelve con capacidad para sufrir y para morir. Jesús viene para sufrir y para morir. Jesús no viene para ser pobre. ¿Ven la diferencia? Jesús no escogió el camino de la pobreza, sino el camino del sufrimiento y de la muerte.

b. Jesús, cuando se humilla, no se vuelve miserable, no se vuelve mendigo; sino que pone su alma en la obediencia a Dios. Jesús no escoge el camino de la humillación, sino el camino de la obediencia.

Estas dos cosas dan entender que Francisco anula toda la Sagrada Escritura cuando la predica y pone su opinión, lo que él entiende de esa Palabra, que es siempre su idea comunista.

Y, por tanto, todo el mensaje a los jóvenes está corrompido, porque no plantea la verdad desde el principio. No centra al alma en la Verdad del Evangelio, sino que sutilmente va dando su engaño, su mentira, su ideología comunista. Y esto que lo hace Francisco tan sencillamente es por su pecado de soberbia y de orgullo. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará porque ha vivido, toda su vida sacerdotal, sin quitar estos dos pecados. Por eso, es un lobo que destroza la vida espiritual de las almas.

Si Jesús viene para sufrir, para morir y para ser obediente a Su Padre, entonces la pobreza espiritual no cae en Jesús, sino sólo en los que siguen a Jesús.

Jesús no es pobre de espíritu, porque no necesita de eso para hacer la Voluntad de Dios, ya que no tiene pecado y es Dios.

El pobre de espíritu es el rico en la Gracia, es decir, el que no tiene pecado, el que lucha por quitar su pecado y así llenar su alma de gracia tras gracia, como dice San Juan: «Pues de su Plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia» (Jn 1, 16). Jesús lo tiene todo; luego no necesita ser pobre de espíritu. Jesús es la Gracia. El pobre de espíritu trabaja para permanecer en Gracia y así conseguir más Gracia.

Por tanto, cuando Francisco dice: “Aquí vemos la elección de la pobreza por parte de Dios: siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. Está comenzando a poner su ideología comunista, ya no puede enseñar la vida espiritual a las almas.

Dios no elige ser pobre. Esto es la lucha de clases. Dios elige sufrir y morir. Eso es lo que elige Dios. Por eso, Dios puede salvar a los ricos y a los pobres, porque ofrece su sufrimiento y su muerte a ellos. Y esta es su pobreza: sufrir y morir. De esta manera, Dios enriquece a los hombres. Y sólo así se puede explicar el pasaje de san Pablo a los Corintios: «Pues conocéis la Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre» (2 Cor 8, 9). La Gracia del sufrimiento y de la muerte, que es la pobreza de Cristo, es lo que enriquece el alma de los hombres. Jesús era rico porque no podía sufrir ni morir. Jesús se hizo pobre porque era pasible e inmortal. Y ésta es la pobreza de Cristo. Sólo está. La pobreza de Cristo no está en no tener dinero, en ser un miserable, en ser un pobre de la calle. La pobreza de Cristo no es una cuestión social ni económica, ni cultural, ni científica, ni humana, ni carnal. Es una obra del Espíritu en la naturaleza humana de Jesús. Jesús tenía que ser impasible e inmortal. Y el Espíritu lo hizo pasible y mortal. Y esta pobreza es la que hace ricos a los hombres. Por eso, Jesús no se dedicó a poner una empresa para hacer dinero y así dárselos a los pobres, que es lo único que quiere Francisco. Jesús se dedicó a sufrir y a morir. Y así los hombres salen de sus pobrezas humanas, económicas, sociales, etc.

Entonces, la pobreza espiritual consiste en imitar la pobreza de Cristo. Si Cristo vino a sufrir y a morir, entonces ¿cómo hay que ser pobre de espíritu? Uniéndose al sufrimiento y a la muerte de Cristo. Esto es lo que no enseña Francisco, sino que se va por su ideología comunista.

Él explica la forma de ser comunista a los jóvenes:

a. “Ante todo, intentad ser libres en relación con las cosas”. Para ser pobre de espíritu, lo primero la libertad. Ser libres de todas las cosas. Este es el lenguaje del comunismo.

Lo primero para poseer la pobreza de espíritu es no estar en pecado. Eso es lo primero. Quien está en pecado, es esclavo del pecado y de todos los males que engendra el pecado. Quien está en pecado hace frutos de pecado; sus obras son malas, llevan al pecado y tienen el sello del pecado. Y, por tanto, quien está en el pecado está apegado a muchas cosas. Y esto significa que no puede ser libre de todas las cosas. Luego, Francisco pone un imposible a los jóvenes: sean libres de todas las cosas. Pero, Francisco: ¿no sabes que existe el pecado y que los jóvenes viven en sus pecados? ¿Por qué no predicas que hay que quitar el pecado, que hay que confesarse, que hay que hacer penitencia por el pecado, para ser libres de las cosas? La respuesta: porque Francisco no cree en el pecado, sino en los males de todo tipo que los hombres encuentran en sus vidas, en la sociedad, etc.

b. “El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo”. Gran mentira. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélica totalmente graciosa, en la que obre la Gracia en todo. Y, por tanto, el Señor no nos llama a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. No es eso. Porque hay que estar en el mundo, hay que estar en una cultura de consumo, pero sin ser del mundo, sin seguir la cultura de consumo. El problema no está en la cultura de consumo, sino en el pecado de avaricia y de usura, que son los que originan el consumo desproporcionado. Francisco hace incapié en la cultura de consumo, como si el mal estuviera en ella. Y el mal nace del pecado de cada alma, por su avaricia, por su codicia, por su usura. Y eso es lo que hay que quitar. El Señor nos llama a quitar el pecado de avaricia, de usura, de codicia, para poder quitar el apego en el tener, en el comprar, en el vender. El problema no está en el dinero, sino en el uso que se hace del dinero. Si el dinero es plataforma para estar en Gracia, entonces el dinero sirve para todas las cosas de la vida de los hombres. Pero si el uso del dinero lleva al alma al pecado, a los apegos materiales, entonces nada sirve en la vida del hombre porque lo que se tiene, ya sea dinero, ya sean bienes materiales, impide la salvación del alma. El alma tiene que centrarse en quitar su pecado para no dejarse llevar por el espíritu mundo. No hay que quitar la cultura de consumo y poner la cultura del dar dinero a los pobres o la de recoger alimentos de las empresas que los tiran. No está en eso la vida espiritual. No está en eso la pobreza evangélica. Está en quitar el pecado y se resuelve todo los demás.

c. “para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a cambiar de estilo de vida, a evitar tanto derroche”. Es que no es eso la vida espiritual. No es un cambio de estilo de vida. Es un cambio de mentalidad. Hay que dejar de vivir como viven los hombres, para vivir como vive Dios. Éste es el problema. Dios da la Gracia para que el hombre viva en la vida de Dios. Y lo que impide la Gracia es sólo el pecado. Se quita el pecado y la vida cambia totalmente. Peor aquel que no quita el pecado, entonces se inventa sus estilos de vida. Y hoy no compra porque no tiene dinero; pero mañana compra porque ha recibido un dinero. Hoy es austero por las circunstancias de la vida, pero mañana es derrochador por otras circunstancias. No está en cambiar de estilos de vida, sino en vivir permanentemente en Gracia. Y la Gracia va diciendo lo que hay que comprar, lo que hay que usar, lo que hay que gastar. Es la Gracia lo que da la verdad a la vida económica. No es la cultura de los hombres, no son sus modas, no es el querer dar dinero a los demás para que vivan bien lo que hay que buscar para ser pobre de espíritu. El alma que no se deja gobernar por la Gracia, acaba siendo comunista, marxista, socialista, pragmática, capitalista, etc., pero no vive la vida espiritual. Vive como una veleta: según el viento de cada política, de cada doctrina humana. Para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a quitar el pecado de avaricia y de usura. Si no se hace esto, todo lo demás es un cuento chino, una fábula de los hombres, que no quieren sufrir por sus pecados ni morir a sus pecados para ser felices.

d. “para vivir esta Bienaventuranza necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades espirituales y materiales”. Éste es el comunismo puro. ¿Dónde está en el Evangelio la conversión a los pobres? Esto es idolatrar a los pobres. Esto es ser dependientes de los pobres. Esto es mirar la vida para los hombres y sólo para ellos.

El hombre, para ser pobre de espíritu, tiene que mirar a Cristo. No tiene que mirar a los pobres. Tiene que imitar a Cristo: unirse a su sufrimiento y a su muerte en la Cruz. Y eso significa una cosa: expiar su pecado, reparar su pecado, cargar con los pecados de los demás. Aquél que no quita su pecado, no puede hacer esta segunda cosa. No puede purificar su corazón y, por tanto, la pobreza de Cristo no le enriquece.

La limosna hay que darla por un motivo de gracia. ¡Cuánta gente da dinero a los demás y los deja en sus pecados, en sus vicios! Gente que comparte sus bienes materiales y hace un daño al prójimo, porque el ser humano es pecador y cae en sus vicios, en sus pecados; y si se le da todo en lo material, entonces no se le ayuda en lo espiritual. Y esto es pecar contra el prójimo. Esto no lo enseña Francisco: él dice que hay que resolver todos los problemas de los hombres, sociales, culturales, económicos, etc. Hay que entregarse al hombre pobre, al machacado, sin discernir nada. Eso se llama comunismo: “Tenemos que aprender a estar con los pobres”. Para ser pobres de espíritu hay que aprender a estar con los pobres. Esto no está en el Evangelio, sino sólo en la idea comunista de Francisco. Para alcanzar la humildad de corazón hay que estar con los hombres, hay que ocuparse de los hombres, hay que mirar a los hombres, hay que hacer obras con los hombres, hay que convertirse a los hombres. Esto es demoniaco: la doctrina de la fraternidad masónica.

Y, además, pone su palabrería barata y blasfema: “Acerquémonos a ellos, mirémosles a los ojos, escuchémosles. Los pobres son para nosotros una ocasión concreta de encontrar al mismo Cristo, de tocar su carne que sufre”. Esto es una aberración, una abominación, un escándalo en boca de un Obispo. Porque Cristo sólo vive en los humildes de corazón, en los que son fieles a la Gracia. En los pecadores, ya sean ricos, ya sean pobres, vive el demonio y obra el demonio en ellos. A Cristo sólo se le encuentra en el humilde, es decir, en el que no tiene pecado, en el que lucha por quitar su pecado, en el que expía su pecado. En los demás, no está Cristo. Cristo no está en la carne que sufre porque no tiene un pan que comer; Cristo no está en el borracho, en el que aborta, en el que se droga, en el homosexual, en la prostituta. Cristo no está en el anciano que no es cuidado; ni en el joven que no tiene trabajo. Cristo no está en los hombres que tienen problemas económicos, políticos, culturales, humanos, carnales, materiales… Así no se encuentra a Cristo.

El que peca crucifica a Cristo: sea rico, sea pobre; sea viejo, sea joven; sea borracho, sea drogadicto… Es Cristo el que sufre el pecado de los hombres. No son los hombres los que tienen problemas y ahí está Cristo en esa carne que sufre. Esta es la aberración, la gran ignominia de ese hombre. El hombre que peca hace sufrir a Cristo; crucifica a Cristo, mata a Cristo en su alma, en su corazón , en su vida. Esto es lo que no enseña Francisco. Francisco enseña su sentimentalismo hereje: Cristo está en el que sufre. Eso es abominación. El que está en Gracia se crucifica con Cristo y salva almas. El que está en pecado, crucifica a Cristo y condena almas. Por eso, no se trata de mirar a los pobres, de estar atento a sus necesidades. Se trata de mirar a Cristo y de crucificarse con Cristo. Todo al revés en Francisco.

e. Y, por eso, viene la guinda: “Pero los pobres –y este es el tercer punto– no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres!”. Esto no sólo es de idiotas, de necios, de estúpidos, sino que es el cuento chino, la fábula, el entretenimiento de Francisco. Así que un muerto de hambre, que está tirado en la calle, pidiendo limosna, ése tiene algo que enseñar al hombre. Esta es la estupidez mayor de ese idiota.

Hay muchos que tienen de lo económico, les sobra, pero son grandes pobres ante Dios. Hay pobres que son pobres de lo económico y también en lo espiritual. Porque en el Reino de los Cielos van a entrar los ricos, pero los ricos en amor, los ricos que han aprendido a vivir según lo que Jesús ha enseñado. Y, por tanto, ¿qué sabiduría tiene un pobre que en su corazón no posee el Amor de Dios? ¿Qué se va a aprender de un hombre en pecado? ¿Qué camino de verdad da un hombre que vive su pecado? ¿Qué obras de verdad hace un hombre en su pecado?

Francisco es el mayor subnormal de todos en la Iglesia. No sabe lo que está diciendo. No sabe dónde pisan sus pies. ¡Menuda basura de mensaje a los jóvenes! ¡Cuántos jóvenes se van a condenar por seguir a tan desdichado personaje!

Cristo se humilló para obedecer a Su Padre. Ahí está la verdadera sabiduría. Y Francisco enseña a humillarse ante los hombres para obedecerlos y así aprender de sus vidas de pecado. Es la mayor necedad de todos.

Para ser pobre de espíritu, según Francisco: sé libre de cosas, atiende a los pobres y aprende de los pobres. Esta es la doctrina del demonio.

Para ser pobre de espíritu, en la doctrina de Cristo: quita tu pecado, expía tu pecado, haz penitencia por tus pecados, y vive siempre en gracia para poder obrar la Voluntad de Dios en todas partes. Con el sufrimiento reparador, con la crucifixión de la propia voluntad; con la obediencia a la Verdad, se alcanza la pobreza de espíritu.

Porque los hombres entienden la pobreza como que algo les falta en lo material. Y no es así. La pobreza que realmente necesita el hombre es espiritual. Hay mucha gente pobre en la Gracia y, por eso, está llena de pecados y de problemas su vida. Lo que importa en la vida es ser rico en la Gracia. No interesa ni tener ni no tener dinero. Esa pobreza material nunca la enseñó Jesús. Jesús enseñó a tener un corazón humilde, desprendido de todo pecado; un corazón abierto al Amor Divino y que, por tanto, combate contra todos los demás amores. Muchos son pobres de amor divino y ricos de amores humanos, terrenales, carnales, materiales, sociales, sentimentales. ¿Cómo se van a salvar de esa manera? ¿Cómo se van atender a personas que no quieren dejar sus pecados? ¿Cómo se va a aprender de personas que no tienen el Amor de Dios en sus corazones?

Por eso, Francisco condena a las almas con su doctrina comunista. ¡Da asco Francisco! ¡Da asco su pensamiento! ¡Da asco sus obras en la Iglesia! ¡Da asco como Obispo y como hombre!

El sueño de Francisco

jesuymaria

“¡Ah, como querría una Iglesia pobre y para los pobres!” (Francisco, 16-3-13). Esta es la utopía de Francisco en su nueva iglesia. Es su mentira que se pone en Roma como dogma, como la verdad a conseguir, como el fin al que hay que luchar para obtener, en esa iglesia, el objetivo principal: ser para el mundo y del mundo.

Porque estas palabras revelan sólo una cosa: la ineptitud de Francisco de entender el Espíritu de Cristo.

Cristo ha puesto Su Iglesia en Él Mismo. Luego, Cristo es sólo la Iglesia. La Iglesia es Cristo. La Iglesia es un ser divino en la mente de Dios, no es una estructura humana, no es un complejo de cosas históricas, materiales, naturales, humanas.

La Iglesia es la Vida de Dios. Y, por tanto, la Iglesia es para cada alma, cada corazón, cada espíritu que está abierto a la Palabra de Dios. Luego, no existe una Iglesia pobre. Eso es sólo el lenguaje de un hombre que le gusta el mundo, que le agrada estar en el mundo, que ve el mundo con los ojos del mundo.

Y ese lenguaje no está en el Evangelio. Jesús no edifica una Iglesia pobre, no construye Su Iglesia para los pobres, porque “pobres siempre tendréis”. Hay que vivir la pobreza espiritual, pero eso no es ser una Iglesia pobre. Hay que dar limosnas, pero eso no es ser una Iglesia pobre. Hay que ayudar las muchas necesidades de los hombres, pero eso no es una Iglesia pobre.

La Iglesia pobre es el lenguaje propio del comunismo, del marxismo, pero no de Cristo, no del Evangelio. Cristo no habla así. Así sólo habla Francisco.

Son dos lenguajes totalmente diferentes, porque revelan la diferencia de espíritus. Francisco no tiene el Espíritu de Cristo. Cristo posee Su Espíritu, que no da a Francisco, sino que da a las almas humildes a Su Palabra, a las almas que se dejan enseñar por Su Palabra, a las almas que no ponen nada cuando leen la Palabra de Dios, sino que la dan como es.

Francisco interpreta la Palabra de Dios en su lenguaje humano, por eso, nunca puede enseñar al alma lo que significa esa Palabra Divina. ¿Qué ha hecho cuando ha predicado de la Sagrada Familia? ¿Ha enseñado lo que significa esa Sagrada Familia? ¿Ha enseñado las virtudes de los dos, de san José y de la Virgen María? ¿Ha enseñado a imitar a esa Sagrada Familia? No. Sólo se ha limitado a decir su humanismo, su obsesión por salvar al hombre, a todo el hombre, a todos: “Por esta razón, mientras fijamos la mirada en la Sagrada Familia de Nazaret en el momento en que está obligada a hacerse prófuga, pensemos en el drama de aquellos emigrantes y refugiados que son víctimas del rechazo y de la explotación. Que son víctimas de la trata de personas y del trabajo esclavo. Pero también pensemos en otros “exiliados”, yo los llamaría “exiliados escondidos”, aquellos “exiliados” que puede haber dentro de las mismas familias: los ancianos, por ejemplo, que a veces son tratados como presencias molestas. Muchas veces pienso que un signo para saber cómo va una familia es ver cómo se tratan en ella a los niños y a los ancianos” (Francisco, 29 de diciembre 2013).

Esto es la enseñanza de un hombre del mundo, que sólo se fija en los problemas del mundo, que sólo está preocupado por resolver los problemas del mundo, pero que no enseña nada al alma.

No enseña la razón divina de por qué la Sagrada Familia tiene que huir a Egipto. Huye sólo por Voluntad de Dios, no por otra razón humana: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que Yo te avise, porque Herodes buscará al Niño para quitarle la vida” (Mt 2, 13).

La Palabra de Dios revela la Justicia Divina. El Señor hace que Su Hijo huya a Egipto para hacer Justicia a través de un hombre pecador, como lo era Herodes. Y Justicia necesaria en la mente de Dios para que se cumpliera la Escritura: “Una voz se oye en Ramá, lamentos, amargo llanto. Es Raquel, que llora a sus hijos y rehusa consolarse de su pérdida. Así dice el Señor: Cese tu voz de gemir, tus ojos de llorar. Tendrán remedio tus penas. Tienes todavía una esperanza, palabra de Yavhé, volverán los hijos a su patria” (Jer 31, 15).

Era necesaria la muerte de los Inocentes para abrir las puertas del Reino de Dios a los humildes, a los sencillos de corazón, a los que son niños. Y uno inocentes mueren por causa de Cristo, porque el mal persigue al bien, la mentira a la verdad. Los hombres en el pecado necesitan la expiación de muchos inocentes que dan su vida sólo por Cristo. Y Dios, en Su Justicia, mide esa expiación y hace que unos niños sean bautizados en Sangre para reparar el pecado de muchos. La entrada al mundo del Salvador tenía que hacerse con sangre para sellar su salida: también con sangre. Porque es la Sangre de Cristo la que libera al hombre de su pecado. Por eso, como todavía a Cristo no le llegó la hora de derramar Su sangre, otros, los que Dios elige, la derraman en virtud de Su Justicia Divina, para salvar a muchos por Su Hijo. Por eso, había que salir de Egipto.

Esto es una enseñanza para el alma de la obediencia de esa Familia a la Palabra de Dios. La Sagrada Familia no es prófuga, no es fugitiva, no huye con culpabilidad de Herodes. La Sagrada Familia no está sujeta a la Justicia de Herodes. Huye sólo por Voluntad de Dios. No son unos criminales, que están sujetos a una ley. Este es el lenguaje de Francisco que no da la Verdad del Evangelio. Y, por tanto, ¿qué quiere enseñar? Que todos los criminales en el mundo son justos, que todos los prófugos son santos, que todos los que huyen lo hacen por una causa justa. ¿Qué tienen que ver los emigrantes, los refugiados, los que son víctimas de la explotación, los ancianos, con la huida de la Sagrada Familia a Egipto? Nada. En la Sagrada Escritura no se menciona nada de eso. Sólo en la mente de Francisco hay lugar para eso.

Francisco: el que interpreta el amor de Dios en el mundo. Es decir, el que falsifica el amor de Dios en la Iglesia, para contentar al mundo. Eso es Francisco. ¿Y todavía no han comprendido que un verdadero Papa no puede hablar así nunca?

Hoy se dogmatiza el lenguaje de Francisco en la Iglesia. Nadie lo ataca. Todos inclinan sus cabezas para aplaudir a un ignorante de la Sagrada Escritura. Todos, sin excepción. Todos han caído en su trampa: habla bonito para que te amen. Ése es el juego de Francisco. No tiene otro.

¿Y quieren que aquí hablemos bonito para contentar a unos pocos? No. El lenguaje de la Verdad es rudo, es recio, es viril. Dice las cosas como son, sin rodeos, sin dar lugar a otras interpretaciones. La Verdad clara por sí misma, no la mentira con la careta de verdad que da Francisco.

“Jesús ha querido pertenecer a una familia que ha experimentado el exilio, para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios” (Francisco, 29 de diciembre 2013) ¡Qué frase tan hermosa y tan estúpida al mismo tiempo!

Porque Jesús no pertenece a una familia que ha experimentado el exilio, sino que Jesús pertenece a una familia que obra la Voluntad de Dios. Francisco todo lo mide desde el hombre, desde su historia, desde su cultura, desde su forma de comprender la vida. Pero Francisco no mide la Sagrada Escritura con las gafas del Espíritu.

Si Dios dice: a Egipto. Se va a Egipto, no por exiliada, sino para vivir la vida que Dios quiere en Egipto. Y no hay exilios. No hace falta hablar así con el lenguaje que no sirve para dar a entender la mentira que a él le sirve para su falsa iglesia. La Sagrada Familia no pertenece al mundo, ni a Egipto ni a Nazaret. No es de una tierra, no es de una historia humana. La Sagrada Familia pertenece a Dios, a la Voluntad de Dios y, por tanto, vive allí donde le manda Dios.La Sagrada Familia es del Cielo y, por tanto, vive el Cielo en la tierra, sea en Egipto, sea en Nazaret, sea en el lugar que sea. La Sagrada Familia no se exilia, no se va a un lugar extraño. Va al lugar que Dios quiere. Y eso nunca es extraño, eso nunca es una maldición ni un mal.

Francisco dice su frase bonita para su sentimentalismo: “que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios”. Dios ama a todos los hombres, sean pecadores, sean demonios, sean santos, sean lo que sean en sus vidas. Esta es la falsa interpretación que tiene Francisco del amor de Dios. Y esto es un dogma en la nueva iglesia de Roma, dicho por el Padre Lombardi: “El Papa responde porque él interpreta efectivamente el amor de Dios Padre hacia todas sus creaturas”.

Han dogmatizado el lenguaje de Francisco. Por eso, nadie lo critica, nadie lo juzga. Todos dicen: ¡qué buena enseñanza sobre la sagrada Familia! Todos ciegos. Todos con una venda en los ojos. Es la opinión de Francisco sobre la sagrada Familia, sobre el amor de Dios al mundo lo que vale en esa falsa iglesia. La opinión de un hereje. Es lo que siguen. Ahí tienen cómo Roma es la Ramera del mundo, cómo Roma ya se ha abierto a las enseñanzas del mundo sobre el amor de Dios. Porque eso que dice el Padre Lombardi es el pensamiento del mundo, de cómo el mundo ve a Francisco. Pero él sabe que en la Iglesia, el amor de Dios es otra cosa. Pero tiene que someterse a ese hereje porque le paga bien. tiene un buen sueldo en esa falsa iglesia en Roma. Ahora todos los sacerdotes se va a graduar estudiando la mente de Francisco, porque es lo que da dinero en Roma, lo que vale para tener un puesto en esa nueva iglesia.

Francisco sueña con una iglesia pobre donde entren todo el mundo porque todos están salvados por Dios. Tienen derecho a ir al Cielo porque Dios los ha creado. Así piensa Francisco:” seamos “custodios” de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente” (Francisco, 19-3-13). El designio de Dios sobre la Creación fue roto por el pecado. Luego, ya no está inscrito en la Creación. Esto es lo que Francisco no entiende. Por eso, llama a todo el mundo a salvarse porque así está inscrito en sus corazones porque Dios los ha creado.

El pecado original rompió los planes de Dios sobre toda la Creación, no sólo sobre el hombre. Por eso, nadie tiene derecha a salvarse porque Dios lo haya creado. Nadie se salva. La Creación ya no sirve para el plan de Dios. Por eso, el Verbo Encarnado tuvo que morir a todo los viejo para vivir una nueva Creación, totalmente diferente a lo que vemos. Y, por tanto, no somos custodios de la creación, porque no sirve para salvarse. No hay que custodiar la Creación. Somos custodios de nuestros corazones. Hay que guardarlos en la Verdad, de la mentira, del pecado, del engaño, del demonio, del mundo. Y sólo así se conserva lo demás. Pero donde reina el pecado, el desorden, las guerras, las explotaciones, etc., es por causa de que el corazón ama el pecado, de que el hombre vive para su pecado, de que al hombre sólo le importa su pecado.

Francisco quiere salvar a todo el mundo. Y se olvida de que existe el pecado. De que el pecado quitó el derecho natural a salvarse. Sólo el que vive en gracia tiene derecho a salvarse, pero ya no es un derecho natural, sino sobrenatural. Un derecho divino que sólo se puede dar cuando el alma se ha purificado de todos sus pecados. Por eso, la necesidad de la penitencia y del Purgatorio para obtener este derecho a la salvación.

Ya no es posible salvarse porque Dios nos ha creado. Eso lo anuló el pecado. Y Cristo ya ha puesto sus reglas para salvarse, que no son las de Francisco. Él no tiene ni idea de lo que es el Amor de Dios, ni Su Misericordia, ni Su Justicia. Sólo habla los delirios de su mente depravada por el pecado que ya no quiere quitar de la Iglesia.

¿Quién puede seguir el sueño de Francisco de realizar una iglesia pobre? Nadie. Ni siquiera él mismo, porque existe un poder mayor que el que tiene ahora en la Silla de Pedro, que le va a negar el dinero para los hombres y para realizar ese proyecto como él lo quiere. Porque el poder del demonio es para destruir a los pobres, no para enriquecerlos. El demonio juega con Francisco. Le da sueños irrealizables hasta que llegue su momento en que le corte la cabeza y ponga a otro en esa Silla para seguir destruyendo la Iglesia.

No sólo para los pobres se vive en la Iglesia

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Las almas viven en la locura de su humanismo y creen que la Iglesia es por los hombres y para los hombres, por los pobres y para los pobres, por la gente que vive para el mundo y para esa gente.

Las almas no disciernen nada en la Iglesia. Es señal de que tampoco, en sus vidas humanas, disciernen nada, se lo tragan todo, viven alimentados de cualquier basura ideológica que los hombres dan en el mundo.

Francisco da la basura del comunismo desde hace nueve meses. Y, parece, que nadie se ha dado cuenta. Y es lo más fácil de discernir, porque el comunismo es sólo lo opuesto al catolicismo. El comunista vive hablando del pobre para engordar él, no el pobre. Y el católico vive hablando en contra del pobre para salvar al pobre.

Quien hace una iglesia para el pobre y por el pobre es porque quiere hacerse rico en esa iglesia. Y, entonces, comienza a hablar del pobre con una utopía: recojamos dinero para entregárselo al pobre. Hagamos un común, una iglesia en la que todos ayuden al pobre. Pongamos nuestros dineros para darlos al pobre.

Esto es Francisco: un comunista que quiere hacer su negocio en la Iglesia.

Jesús es lo más contrario a Francisco. Jesús le interesó muy poco el dinero, porque no vino para hacer una Iglesia para el pobre y por el pobre. Jesús vino a hacer una Iglesia para el alma y por el alma.

Y las almas no son ni ricas ni pobres. En Dios, no hay distinción de clases, no es posible la lucha de clases. Dios sólo ve almas. Y le interesa muy poco la clase social. Es más, Jesús va en contra de toda clase social, de toda cultura de los hombres, toda sabiduría humana.

Jesús no es como Francisco. Es lo más opuesto a Francisco.

Francisco no tiene el Espíritu de Cristo, porque no enseña la Palabra de Cristo en la Iglesia. Sólo enseña su inútil palabrería humana.

Francisco no tiene el Espíritu de la Iglesia, porque ha escalado el poder con su negocio en la Iglesia. Él ha dicho a quién tenían que elegir los Cardenales. Él se puso como el jefe de la Iglesia antes del Cónclave, porque fue elegido en secreto. Él no ha sido elegido por Dios para ser Pedro en la Iglesia. Y aquel que se pone como Pedro sin la elección de Dios no puede recibir el Espíritu de la Iglesia, sino que recibe el espíritu del demonio, para construir una falsa iglesia.

Francisco no tiene el Espíritu de Profecía, que es el primero de todos que debe tener un sacerdote en la Iglesia. Porque el sacerdote tiene que dar el Espíritu de la Palabra. Y se necesita la Profecía para poder interpretar el Evangelio. Francisco es como muchos sacerdotes: son ciegos, guías de ciegos, porque carecen de la Verdad en sus predicaciones, en sus homilías, en sus ministerios en la Iglesia.

Francisco no tiene el Espíritu de la Verdad, porque si no tiene la Profecía, no puede obrar la Verdad, que enseña toda profecía. Y, por tanto, obra en la Iglesia con su mentira, con el espíritu de la mentira, que da el demonio.

Francisco no es Iglesia ni hace Iglesia porque carece de Espíritu. Hace su obra de teatro en la Iglesia. Y, como él, muchísimos, porque, como decía el padre Gabriele Amorth, en el diario Veja, el 11/03/2010:

“El diablo está instalado en el corazón de la Iglesia…Hay indicios de que el anti-Cristo está ganando la batalla contra la Santa Sede…hay cardenales que no creen en Jesús y obispos que están relacionados con el demonio… El diablo vive en el Vaticano y se puede ver las consecuencias”.

Francisco es uno de esos Obispos que han ganado el poder en la Iglesia a base de vender su alma al demonio.

Francisco es un demonio, le guste o no le guste a la gente. “Por sus obras los conoceréis”. Lleva nueve meses obrando lo mismo desde que fue ordenado sacerdote. No cambió sus obras. Cambió de lugar para seguir haciendo lo mismo que ha hecho siempre: destruir la Iglesia.

Hay muchas almas, buenas en la Iglesia, pero que no disciernen nada. Se la pasan viviendo la vida tragándose cualquier cosa en la vida. No importa que sea una mentira, una herejía, una duda, una verdad. No disciernen, no juzgan espiritualmente, es decir, no hacen oración y penitencia para ver si sus vidas van por buen camino, para ver si en la Iglesia, quien está en la Silla, es un hereje o un hombre de Dios.

Viven sin preguntarse por la Verdad que hay a su alrededor y, por tanto viven sin preocuparse por la verdad de sus almas ni de sus corazones.

Así hay cantidad de gente en la Iglesia. Ven a Francisco y, como todo se lo tragan, lo tienen como un santo porque besa a los enfermos, porque habla bonito, porque dice lo que el pueblo quiere escuchar, porque da de comer a los pobres.

Esta es la santidad que mucha gente se ha formado de Francisco. Una santidad barata, porque en el mundo hay mucha gente que besa a los enfermos, que da dinero a los pobres, que hace mucho bien a los demás y son, sin embargo, unos demonios.

¡Cuánta gente buena hay en el mundo que no le interesa la obra de Redención de Jesús, que no va con la Iglesia que fundó Jesús, que no le importa los dogmas de la Iglesia! Y, sin embargo, da su dinero, hace obras de beneficiencia, pero nadie los tiene como santos, porque no pertenecen a la Iglesia.

Y un Francisco, que tampoco pertenece a la Iglesia, hace lo mismo que se hace en el mundo, y ya la gente pierde la cabeza totalmente por un idiota, que no sabe ponerse en la Verdad de la Iglesia, que sólo persigue sus verdades en su iglesia, que ya ha fundado en Roma.

La nueva iglesia en Roma se funda en la memoria de Cristo. La Iglesia de Jesús se funda en Pedro.

Francisco no quiere a Pedro. Eso es claro en su nuevo panfleto comunista, Evangelii gaudium. Entonces, ¿qué es esa iglesia donde no está Pedro, donde el gobierno de Pedro se descentraliza de la Verdad, se despoja de la Verdad?

Parece mentira que sigue habiendo tanta gente que tiene una venda en sus ojos, después de nueve meses con lo mismo todos los días. ¿En qué Iglesia viven? ¿En qué mundo viven?

Un Francisco que no se ocupa por dar un camino de salvación y de santidad a la Iglesia, sino que está preocupadísimo por atender los problemas humanos de la gente.

Jesús sólo se preocupó del pecado del hombre. Sólo eso. Jesús no hizo un programa para proteger a los menores ni para atender pastoralmente a las víctimas de abusos. Porque no hace falta.

Los problemas de los menores, los problemas de todos los hombres, es sólo por el maldito pecado. Como Francisco no cree en el pecado, entonces pierde su tiempo en la iglesia proponiendo comisiones y programas para no resolver nada ni en el mundo ni en la Iglesia.

Francisco hace una iglesia para que los demás trabajen por el pobre. Esa es la utopía de Francisco. A eso se está dedicando durante nueve meses. A esa utopía. Y nadie trabaja en la Iglesia, expiando los pecados, cargando con su cruz diaria, luchando contra el demonio, batallando contra todos los hombres que quieran destruir la verdad en la Iglesia con sus negros pensamientos humanos.

Francisco es un político comunista. No es un Obispo que dé a Cristo. Esta vestido de Obispo, pero da al demonio en la Iglesia. Y ese es su trabajo en la Iglesia. Su programa de gobierno es el propio de un comunista. No tiene la Mente de Cristo. No puede hacer en la Iglesia las Obras de Cristo. Tiene la mente del demonio para hacer las obras del demonio.

Hace su nueva iglesia donde todos metidos en el laberinto del mundo para resolver los grandes proyectos que los hombres quieren en el mundo.

La gente contentísima con Francisco porque les da el chupete para su vida humana.

Que Francisco empiece a hablar de la Justicia de Dios y verán como nadie le hace caso. Que Francisco bese a un enfermo y ya todos diciendo que eso es el amor de Dios en obra, en concreto, eso es lo que queremos en la iglesia.

Hablar del infierno no da dinero para los pobres. Pero la foto besando a un enfermo, eso da dividendos al bolsillo de Francisco.

A este estado de estupidez llegan los hombres cuando no tienen discernimiento espiritual, cuando viven sin discernir la Verdad, tragándose cualquier cosa que el hombre diga por su boca y obre con sus manos.

¡Da pena ver una Iglesia como la de hoy! Es para llorar por la Iglesia. Es para iniciar una lamentación y no acabarla.

¡Cuidado con lo que viene ya a la Iglesia! La Verdad se oscurece, se tapa. Y el Sol deja de brillar. Y el frío del cisma arruina la vida de toda la Iglesia.

Evangelii gaudium: la falsa opción por los pobres

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El problema de los pobres no son los pobres, sino la concepción que el hombre tiene del pobre.

El pobre del Evangelio es el pobre de espíritu. Lo demás, es ciencia ficción.

Quien no es pobre de espíritu, entonces es rico y, por tanto, un pecador que vive su pecado y que ama su pecado.

Rico de espíritu son muchas personas, ya ricas porque tienen dinero y bienestar en la vida, ya pobres porque no poseen ese flujo de dinero para vivir una vida acomodada a lo humano.

El pobre de espíritu es aquel que ve su pecado y lucha contra su pecado hasta la muerte.

Los demás, que no son pobres de espíritu, les trae sin cuidado los pecados y las consecuencias del pecado en sus vidas y en la de otros.

Jesús viene a liberar a los hombres del pecado. Jesús no viene a liberar a los hombres de las cargas sociales, económicas, culturales, etc., que el pecado trae en la vida de todo hombre y en las sociedades.

Jesús no viene a dar de comer a nadie, no viene para dar trabajo a nadie, no viene para cuidar a los enfermos, ni para sanarlos, ni para hacer la vida cómoda a nadie en lo humano.

Jesús viene para quitar el pecado. Sólo para eso. Lo demás, es la consecuencia del pecado. La razón de que los pobres no tengan dinero ni bienestar en sus vidas, es porque existe el pecado, de ellos y de otros. Y no el pecado social, sino el pecado de cada hombre que no lo quiere quitar y que, por eso, se producen desigualdades en todos los campos humanos.

Jesús no viene a quitar estas desigualdades entre los hombres, sino a liberar del pecado a los hombres. Y aquel que quiera ser liberado del pecado, entonces hará la caridad con los pobres como siempre en la Iglesia se ha hecho. Porque la limosna quita el pecado, expía el pecado, purifica el corazón del apego a lo material y la vida humana.

A Jesús no le interesa para nada el dinero. No es su problema. No viene para solucionar ningún problema financiero entre los hombres. Su Palabra va más allá de las inquietudes de los hombres por su dinero y por su bienestar social.

Francisco no comprende este punto y, por eso, habla así:”La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe” (n. 200). Esto es una mentira. Porque hay muchos pobres que no tienen fe y que, por tanto, sólo están preocupados por buscar su dinero en la vida. Son pobres porque no tiene dinero, pero no son pobres de espíritu, porque viven en su pecado. Este es el punto que Francisco no comprende. Y, entonces, falla en su teología de los pobres, en su opción por los pobres.

“La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria” (n. 200): esto es lo que ningún sacerdote ni Obispo puede decir sin dejar a un lado la Verdad.

Jesús vino a salvar a todos los hombres. Y son todos: ricos y pobres. Y no hay ni primero, ni segundo ni último por el hecho de tener riqueza material o no tenerla. Jesús no viene a salvar primero a los pobres de dinero, que es lo que predica constantemente este anticristo y, por eso, se le ve su mentira en todas las cosas.

Jesús viene a por todos los hombres, sean ricos o pobres. Luego, lo primero: todos los hombres. El privilegio para salvarse lo tienen todos los hombres. No hace falta una atención religiosa privilegiada y prioritaria para los pobres. Son palabras vacías, huecas, sin sentido, que no pueden apoyarse en la Palabra de Dios, sino sólo en el pensamiento de ese anticristo, que promulga su comunismo disfrazado en la Iglesia.

“Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Ésta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales” (n. 201): aquí incita Francisco a la lucha de clases entre los hombres. Porque los ricos no se ocupan de los pobres, sino de sus asuntos, por eso, no tienen excusa. Esto es el enfrentamiento con los ricos y con todos aquellos que no les importa los pobres.

Jesús no quita la liberta a ningún hombre. Francisco la quita, la quiere quitar al imponer su necio pensamiento al hombre.

Si los ricos quieren seguir en su riqueza sin atender a los pobres, eso no es problema de la Iglesia, sino de esos ricos que no quitan sus pecados. Y punto. Que sigan en sus pecados porque Dios los ha hecho libres para elegir el pecado o salir del pecado.

El pecado de los ricos se traduce en muchas cosas en la sociedad, muchas injusticias, propias del pecado de avaricia. Por eso, la Iglesia no es del mundo. A la Iglesia no le interesa todos esos asuntos que nace del pecado de hombres que no quieren quitar su pecado.

A la Iglesia le interesa resolver los problemas que los hombres que han pecado, al salir de su pecado, han hecho en sus vidas o en el mundo. La Iglesia carga, por disposición divina, con el pecado de muchos y, por tanto, con las consecuencias de ese pecado en el mundo y en los hombres. Por eso, un sacerdote y un Obispo deben ser almas víctimas para reparar tanto mal que traen los pecados.

Los sacerdotes y los Obispos no tienen que entrar en el juego de la política ni de la economía para saldar la deuda de tanta injusticia como trae el pecado de la avaricia.

La Iglesia tiene que poner una moral, una ética a los hombres de negocios que viven en Gracia, que siguen al Espíritu de Cristo. Pero la Iglesia sabe que hay muchos hombres de negocios que les importa un bledo la moral y la ética y, por tanto, no está en darles un camino para dar dinero y salir de la crisis económica, sino en ofrecer a todos los hombres el camino para salir del pecado. Y es esto lo que no da Francisco en este panfleto comunista, que es su teología de los pobres.

Por eso, dice:” Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales” (n. 202): este es su error más grave. El dinero nunca puede hacer iguales entre los hombres. Nunca. No hay equidad entre los hombre en el aspecto monetario. Siempre habrá la inequidad. No hay un reparto equitativo del dinero entre los hombres. Eso se sabe por experiencia. Eso es el abc de la economía. Eso es pensar rectamente, humanamente, con dos dedos de frente, con sentido común, que es lo que le falta a Francisco.

Y, porque no hay equidad en el reparto de la riqueza, nunca se va a resolver el problema financiero. Nunca. Desde que Adán y Eva pecaron nunca se ha llegado a una igualdad en lo material, en lo humano, en lo natural, en lo económico entre los hombres. Lo que propone Francisco aquí es una solmene tontería que nadie en el mundo lo sigue y que todos los gobernante se ríen de Francisco en este argumento que hace.

Es que no hay manera de resolver radicalmente los problemas de los pobres porque es un problema espiritual, no humano, no financiero.

Como los hombres no quieren quitar sus pecados, siempre habrá pobres y las injusticias sociales que nacen de todo eso. Punto y final.

Francisco quiere enfrentar a todo el mundo para que comiencen a dar dinero para los pobres. Y se mete en el mayor lío de todos. Porque nadie da nada gratis en el mundo: ¿quieres dinero, Francisco? Dame un trozo de poder en la Iglesia.

A esto está invitando Francisco en este su negocio de la teología de los pobres.

En la Iglesia la opción por los pobres ha sido siempre muy clara. El problema ha nacido de gente como Francisco que no viven sus sacerdocios en la Iglesia. Y, entonces, todo lo tuercen. Todo. Con tal de implantar su idea marxista, comunista, liberadora de los pobres.

No existe la Iglesia de los pobres

El Cuerpo Místico de Cristo se halla totalmente dividido en su interior.

limosna

Muchos católicos piensan que la Jerarquía de la Iglesia se ha encerrado en los esquemas del pasado en cuestiones de la familia, de la ley natural, del sexo, del matrimonio.

Y piensan así sólo porque siguen al espíritu del mundo que les habla de los tiempos que han cambiado, tiempos nuevos en que no se puede cuidar la vida repitiendo el pasado.

Y entonces muchos católicos caen un una herejía: buscar a Dios en la vida, en los gozos y dolores de la vida. Ya no buscan a Dios en Su Palabra, en Su Evangelio, porque eso es texto y letra del pasado.

Así piensan muchos católicos. Y, por tanto, la enseñanza de la Iglesia, la fe católica, la doctrina de la Iglesia, es cosa del pasado, es cosa muerta, porque los tiempos históricos han cambiado para el hombre.

Este es el problema de la teología de los pobres, que sigue al dedillo Francisco.

Con esta teología, Francisco quiere hacer su iglesia de los pobres, que es sólo su iglesia. Porque la Iglesia de Jesús no es la iglesia de los pobres.

Nunca lo ha sido y nunca lo será.

Es el juego de las palabras que gusta tanto a los católicos de hoy y a los teólogos de Roma.

La Iglesia de Jesús es la Iglesia de los Santos. Y no otra cosa.

Y la iglesia de los pobres es la iglesia de los pecadores que no quieren quitar sus pecados, y que hacen de sus vidas la obra de sus pecados.

Esta es la iglesia que comienza en Roma ya y a la que muchos católicos van a seguir porque les da lo que viven en sus vidas de pecado: les da su pecado.

Muchos católicos, y Francisco a la cabeza, dicen que el Espíritu de Dios no puede encerrarse en las doctrinas y en el Evangelio del pasado.

Que los dogmas de la Iglesia tienen que cambiar según los tiempos del hombre, según las culturas de los hombres. Y, por supuesto, el Evangelio hay que interpretarlo según la vida de cada cual, según el necio pensamiento de cada uno. Necio para Dios, pero para los hombres un valor incalculable.

Esto es lo que se vive actualmente en la Iglesia. Así piensa mucha gente que comulga y se confiesa, que hace oración y que se dedica en sus tiempo libre a adorar a Satanás en miles de cosas que la vida trae y que no disciernen porque han perdido la fe.

Para ellos la vida humana no se puede encerrar en el Evangelio de Jesús ni en las doctrinas de la Iglesia.

La familia tiene que abrirse a los horizontes que el mundo le ofrece hoy día. Y no importa acabar con lo sagrado, porque es más importante nuestra vida humana. Ahí está lo sagrado de la vida.

Y, por eso, se cae en tantas herejía dentro de la Iglesia porque querer ser hombres. Y hombres sin pecado, sin moral, sin ética, sin discernimiento, porque así ya viven muchos católicos, que se creen santos porque dicen sus cosas libremente en la Iglesia y obran sus cosas libremente sin que nadie se oponga a ello, sino que buscan a sacerdotes que piensan como ellos para vivir así: en su pecado.

Esto es una realidad en la Iglesia actual: es la división en la Iglesia.

Pero división que ha puesto la misma Jerarquía de la Iglesia. Lo que pasa en la Iglesia, en el Cuerpo Místico de Cristo, es sólo culpa de los sacerdotes y de los Obispos, que enseñan esto en sus teologías de la liberación y del pueblo.

Muchos católico piensan que se debe escuchar al Espíritu en cada hombre y en cada mujer, en sus vidas propias humanas. Que lo que digan esos hombres y esas mujeres es lo que dice Dios sobre Su Iglesia. Este es el gran error de muchos. Y de muchos que tienen títulos de teología y carreras universitarias. De muchos sacerdotes que han hecho de la sabiduría humana su dios en la Iglesia.

Hay que abajarse al pobre y conocer sus necesidades, no sólo materiales y humanas, sino su vida concreta en lo espiritual, en su pecado. Hay que atender su pecado para que nunca más lo llame pecado, sino que aprenda del pecado a realizar la vida de la iglesia, porque esa debe ser la iglesia, así debe formarse la iglesia: la iglesia tiene que recoger a todos los pobres para darles lo material, pero que no quiten sus pecados. Hay que enseñarle que sus pecados no son pecados, sino cosas de la vida que los tiempos traen.

Este es el pensamiento de muchos católicos. Y así piensa Francisco. Francisco atrae a la gente porque pronuncia palabras de misericordia y aliento que conduce a no mirar las verdades y las normas de antes, porque ya son obsoletas, no tienen sentido en un mundo que vive ya otra cosa a lo que se enseñó en el pasado en la Iglesia.

Así está la Iglesia: totalmente corrompida, porque Roma ha perdido la Fe en la Palabra y la Fe en la Iglesia.

Ahora todo consiste en poner otro evangelio, adecuado a los tiempos que corren, y poner otra doctrina que guste a todos los hombres, porque todos tiene que estar en la iglesia. Esta es la consigna de Francisco: todo adentro.

Es la iglesia de los pobres hombres que tienen que lidiar en este mundo con tantos problemas y que necesitan el cariño de un necio en la Iglesia, que les dé el sentimiento de amor humano, de amor falsificado, de amor embrutecido por todo lo humano de sus vidas.

Esto es lo que quieren muchos. Esto es lo que persiguen muchos en la Iglesia. Esto es lo que anhela la mayoría de los católicos. Por eso, les encanta Francisco. Francisco hace su trabajo: el de acariciar la voluntades de los hombres para ofrecerles lo que ellos piden: sus caprichos en la vida.

Francisco es el hombre para el hombre. El hombre que se desvive por los hombres. El hombre que se ha hecho pobre para meter en su iglesia a los pobres hombres sin vida moral, sin vida espiritual, sin vida ética, sin doctrina verdadera, sin culto divino. Eso no importa. Lo que importa es que todo el mundo entre en la Iglesia y se divierta en la Iglesia porque la vida trae muchos problemas para todos. Y la Iglesia no puede estar poniendo problemas a los hombres con sus dogmas y con sus doctrinas de siempre. Debe cambiar.

Esta iglesia de los pobres es lo que enseña Francisco en todas sus homilías. Es su teología favorita. Ya para salvarse no hay que hacer nada. Dios no salva porque somos tan buenas personas, somos sus favoritos, es tan misericordioso, que sólo quiere que los hombres estén felices en sus vidas humanas.

Esta iglesia de los pobres es la iglesia de los demonios. Y no otra cosa. Que quieren dar contento a los hombres.

Esto es lo que se escucha por todas partes: Donde hay amor hay sacramento, se casen los novios o no, y donde no hay amor no hay sacramento, por canónicamente casados que estén.

El amor es lo principal para muchos en la Iglesia, desconociendo la enseñanza de Jesús sobre el amor. Hoy ya nadie atiende a la Palabra Divina sobre el amor, sino que cada cual se fabrica su amor.

Si la pareja está en dificultades, entonces sólo será de Dios aquello que les ayude a resolver sus dificultades y a volver a quererse, si pueden: este es el pensamiento de muchos en la Iglesia.

Lo primero es buscar resolver las dificultades de los hombres. Esto es lo primero. Y, por tanto, lo divino se somete a esto primero.

Como todos creemos en Dios, como todos nos amamos, entonces busquemos la manera de ayudar a los hombres en la Iglesia para que sigan adelante con sus vidas. Y qué importa si en esa manera cae la ley divina, la ley natural, el dogma católico, la vida moral, la vida ética. ¿Qué importa eso? Lo que importa es que muchos sean felices en sus vidas humanas. Es la iglesia de los pobres hombres que buscan su felicidad en esta vida de ricos.

Por eso, no hay sacramentos, sólo hay amor entre los hombres. Eso es lo que enseñó Jesús para muchos: el amor humano.

Y Jesús enseñó lo contrario: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Aquellos que hacen la Voluntad de Dios.

Pero para la iglesia de los pobres es al revés. No existe la Voluntad de Dios, sino sólo la voluntad de los hombres. Y aquello que ayude a realizar esa voluntad humana se llama voluntad de dios, que es sólo la voluntad del demonio.

Así está la Iglesia hoy día. Y la culpa de Francisco. No hay que echar la culpa a nadie ahora sino sólo al que se sienta en la Silla de Pedro y que ha hecho de la Iglesia su negocio particular.

Y, por eso, se desprecia a Francisco y se le da lo propio de los condenados: el infierno.

Para él no hay misericordia porque está demostrando que no entiende lo que es la Misericordia en la Iglesia que llama al pecador a ver su pecado, a luchar contra su pecado, y a aniquilar en él toda forma de pecado.

Y Francisco peca en la Iglesia, y exalta su pecado en la Iglesia, y justicia su pecado en la Iglesia,y llama a su pecado voluntad de Dios. Y eso significa estar condenado en vida.

Y ¿qué quieren? ¿Que se aplauda a Francisco porque se dedica a resolver problemas económicos en la Iglesia?

Jesús no enseñó a quitar los problemas económicos de los hombres. Jesús enseñó a luchar contra el demonio, contra el pecado, contra los hombres y contra el mundo. Ese es su Evangelio. Y no hay otro. Ése es el Evangelio de la Vida, porque quita el pecado que trae siempre la muerte al hombre.

La Iglesia sólo tiene que centrarse en la vida espiritual de las almas. Y darles el alimento adecuado para que vivan según la gracia y según el Espíritu en la Iglesia.

Una Iglesia dedicada a las cosas del mundo, como es la iglesia de los pobres, hace que la Iglesia provoque ella misma el cisma.

Es que ya no se puede estar en esta Iglesia de Roma. Con todo esto que ya viven la mayor+ia de los católicos, es para irse de una iglesia que no es la Iglesia de Cristo. Es la iglesia fundada por la memoria de Francisco y los suyos: el hombre tiene que recordarse a sí mismo y ser feliz consigo mismo. Eso es todo en la nueva iglesia de Roma. Y nada más que eso. Y para tener esa iglesia, entonces lo mejor es no tenerla y seguir con la Verdadera fuera de Roma.

Hay que salir de Roma muy pronto porque llega el tiempo de lo enfrentamiento con todo el mundo. Es la división. Es el cisma que la misma Roma ha creado.

La engañosa doctrina de Francisco sobre el mundo

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“Y hoy, muchos de vosotros habéis sido despojados por este mundo salvaje que no da trabajo, que no ayuda; no importa si en el mundo hay niños que mueren de hambre; no importa si tantas familias no tienen que comer; no tienen la dignidad de llevar pan a casa; no importa que tanta gente tenga que escapar de la esclavitud, del hambre y huir buscando la libertad y, con cuanto dolor, tantas veces vemos que encuentran la muerte, como sucedió ayer en Lampedusa. ¡Hoy es un día de llanto! Estas cosas son obra del espíritu del mundo. Es ridículo que un cristiano, un cristiano verdadero, un cura, una monja, un obispo, un cardenal, un papa, quieran recorrer este camino de la mundanidad; es una actitud homicida. La mundanidad espiritual mata. ¡Mata el alma! ¡Mata a las personas! ¡Mata a la Iglesia!” (Francisco en Asís. 4 de octubre).

Estas palabras de Francisco son la síntesis de su error, de su humanismo.

Francisco lucha por un mundo mejor, por una vida humana mejor, para que el mundo dé trabajo a los que no lo tienen, para que los niños no pasen hambre, para que cada familia lleve a su casa un pan y así tener dignidad humana. Francisco sólo habla de la esclavitud del hambre, de la esclavitud del dinero, de la esclavitud del trabajo, pero no como un pecado, sino como un mal social.

Para Francisco no existe el pecado sino el mal social, el error social, lo que cada uno entiende por el mal. Nunca Francisco va a predicar sobre el pecado, sino siempre sobre los males sociales sin atender a la raíz del mal social, que es el pecado.

Francisco lucha por el bien social, no lucha por el bien espiritual. Y llama a su iglesia para que se despoje del espíritu mundano y dé dinero al que no lo tiene y dé trabajo al que no lo tiene y quite los problemas económicos, sociales, materiales, humanos de las personas: “Estas cosas son obra del espíritu del mundo”. Estas cosas son obra del pecado, no de tu interpretación de lo que es el espíritu del mundo.

Francisco ha entendido mal lo que es el espíritu del mundo, el espíritu mundano. Francisco entiende que el mundo está mal porque tiene un espíritu mundano. Y, entonces, hay que sacarlo de ese espíritu y darle otro espíritu, el de Jesús. Pero, para hacer eso, hay que comenzar resolviendo los problemas económicos de la gente, dando pan al que no lo tiene, etc. Francisco se ampara en la enseñanza de Cristo en el Evangelio, pero no sigue el Espíritu de Cristo en el Evangelio.: “No me disteis pan, no me vestisteis…”. Cristo enseña la salvación por el amor, practicando la virtud del amor con los más necesitados. Y enseña la condenación, negándose a practicar la virtud del amor con los más necesitados. Cristo habla del bien espiritual. No habla del bien material. Cristo no enseña a dar pan a los hombres. Cristo enseña a practicar el amor para salvarse. Y se practica dando un pan al que no lo tiene. No se practica obligando a dar el pan a los pobres, como hace Francisco. Francisco no se centra en el bien espiritual del alma, de la Iglesia, que es buscar la salvación la santidad. Francisco se centra en resolver el problema económico de los demás.

Nunca Cristo enseña que hay que dar dinero. Cristo enseña a amar al pobre practicando una virtud con el pobre. Francisco no enseña eso. Francisco despotrica contra el espíritu del mundo en los sacerdotes, en los curas, en los religiosos, que -por ese espíritu mundano– no dan dinero a los pobres, no ayudan a los más necesitados. Francisco quiere que toda la Iglesia se dedique a resolver los problemas económicos de los demás, y así se sale del espíritu del mundo y la Iglesia se pone en el espíritu de Jesús. Todos en la Iglesia tienen este espíritu del mundo y, por eso, la gente pasa hambre y no tiene trabajo. Y él, que no tiene este espíritu del mundo, es lo que enseña a la Iglesia. Hay que ser como él, hay que obrar como él para zafarse de este espíritu mundano, que consiste en no resolver las necesidades de los demás por estar cada uno en su mundo, en su vida humana.

Quien lea toda su predicación se dará cuenta de la necedad que está diciendo, y cómo se esfuerza por querer que sus palabras sea captadas por todos como la verdad del Evangelio. Le gusta tanto improvisar que pierde el sentido espiritual de la Palabra de Dios y hace su interpretación humana de la miseria en el mundo. Qué diferente a otros Papas que, cuando tocaron estos temas, pusieron las íes sobre los puntos y llamaron a cada cosa por su nombre. A Francisco le da igual esto. Lo que importa es su doctrina sobre los pobres en el mundo y en su iglesia. Esto es lo que todos tienen que hacer en su nueva iglesia: despojarse de este espíritu mundano.

Francisco no ha entendido lo que es el espíritu del mundo porque él se ha fabricado su enseñanza del espíritu del mundo. Para él, tener el espíritu del mundo es eso: como no ayudas al pobre en sus necesidades, eres mundano, estás en tu mundo, en tus problemas, pero no sabes ver los problemas económicos de los demás, no tienes el espíritu de Jesús, él sí sabía ver las necesidades de los demás y las remediaba. Y, por eso, tienes un espíritu mundano que te impide tener el espíritu de Jesús. Este es su filosofía del espíritu mundano. Y todos, en esa predicación de Francisco, lloraron, se alegraron, aplaudieron a este idiota que no sabe lo básico en la vida espiritual.

Dijo su herejía favorita: amor a la carne de Cristo. Hay que amar la humanidad de Cristo, que, en lo concreto, son los pobres, los que pasan hambre, los que no tienen trabajo. Hay que dedicarse a eso. Eso es ser Cristo, eso es amar a Cristo, eso es tener el espíritu de Cristo. Y el Señor lo dijo muy claro: “Pobre siempre tendréis”, porque no queréis quitar vuestro pecado de avaricia.

El problema no está en que haya pobres, sino en que las almas no quitan su pecado de avaricia, que es lo que no predica Francisco. No hay que predicar que hay que dar dinero a los pobres. Hay que predicar que cada uno quite su avaricia. Y nada más. Aquel que quita su avaricia, entonces ayuda a los pobres. Pero aquel que no quita su avaricia, no ayuda. Y no hay que cansarse en dar un panfleto comunista en los discursos, en las predicaciones, para obligar a la gente a que dé dinero, que es lo que hace Francisco.

Está haciendo su política, su discurso comunista sobre el dinero, sobre el mal del mundo. Tiene la teología de la liberación empapada en todo sus espíritu. Se nota a legua que habla para conquistar las mentes de los hombres y llevarlos hacia lo que él quiere: su visión de los que tiene que ser la Iglesia hoy día. Y, para eso, coge a San Francisco y lo adultera, le da la vuelta, y predica la mentira.

La Verdad no está en la predicaciones, en los discursos bonitos, con fuego, en las obras buenas de los hombres. La Verdad es Jesús. Y los demás somo siervos de la Verdad, esclavos de la Verdad, no dueños de la Verdad. Y hay que estar en la Iglesia sirviendo a la Verdad, no sirviendo a la Iglesia. Y, entonces, se hace la Iglesia que Jesús quiere. Jesús es el que enseña la Verdad. No son los hombres, no son sus predicaciones, sus teologías, sus obras buenas humanas. La Verdad no está en cada hombre. La Verdad está sólo en Jesús. Y Jesús sólo da Su Verdad al corazón humilde, que no pone nada, que no hace nada en contra de esa Verdad.

La obsesión de Francisco: el dinero

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Francisco demuestra, desde que subió al trono de Pedro, una falso amor a los pobres.

Ese falso amor es por su amor al dinero.

Eso le hace estar hablando continuamente de los pobres y del dinero, y preocupándose por sacar de la pobreza a los hombres, cuando ésa no es la misión de la Iglesia.

“Judas Iscariote… dijo. ¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres? Esto decía, no por amor a los pobres, sino porque era ladrón, y, llevando él la bolsa, hurtaba de lo que en ella echaban. Pero Jesús dijo: Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre.” (Jn 12, 7)

Para Francisco, el dinero es un ídolo, y el mundo se ha construido sobre ese ídolo. Y se ha construido mal. Y los hombres tienen que luchar para quitar ese ídolo y ponerse como centro ellos mismos: “Dios quiso que el centro del mundo no fuera un ídolo, que fueran el hombre y la mujer, los que sacasen adelante con su trabajo el mundo…No queremos este sistema económico globalizado que nos hace tanto daño”. En el centro tienen que estar el hombre y la mujer, tal como Dios quiere, y no el dinero !” (Cerdeña – 22 de septiembre del 2013)

Dios no quiere nunca que el hombre y la mujer saquen adelante con su trabajo el mundo, porque Dios no ha venido a resolver los problemas del mundo, los problemas de los hombres. Dios ha venido a poner un camino de salvación a todos los hombres, que consiste en quitar el pecado, en luchar contra el pecado. Y, de esa forma, llegar al término de su vida, que es la santidad de vida.

Dios no lucha por las clases sociales, Dios no saca de la pobreza a nadie, Dios no hace un mundo mejor basado en las obras de los hombres. Esto es lo que quiere Francisco. Y sólo esto, porque está lleno de la ideología comunista, que pretende acaparar los bienes de todos los hombres, hacer un común y así sólo servir a unos pocos con esa riqueza. Y pregonan el cuento de ayudar a los pobres con la riqueza, cuando sólo quieren someterlos a su falsa ideología.

Francisco es comunista. Y, como comunista, le gusta el dinero. Y va tras el dinero en todas las cosas. Como comunista, vive pobremente. En su porte exterior, no se ven riquezas, no vive de riquezas, porque tiene la idea de que hay que distribuir bien las riquezas entre todos. Y eso ir en contra del Evangelio de Jesús.

Jesús ni se preocupó por el dinero en toda su vida. Judas fue el que se preocupó por el dinero y, por eso, le llevó ese amor al dinero a su pecado de entregar al Maestro.

Francisco se preocupa del dinero. Ya no está imitando a Jesús. No cree en la vida de Jesús. Sólo cree en la vida de los hombres. Y, por eso, dice que el centro de la vida son el hombre y la mujer. Y el centro de la vida es siempre Dios.

Jesús vivía para Su Padre, no para los hombres. Vivía para hacer del centro de su vida una adoración continua a la Voluntad de Su Padre. Francisco vive para recoger dinero de los hombres, para que los hombres le den dinero, para que los hombres vean que la Iglesia se preocupa por los asuntos del hombre y así los hombres entren en la Iglesia con sus problemas económicos para que la Iglesia se los resuelva.

Es lo que está haciendo desde que subió al Trono. Y pone el ejemplo del Samaritano, que es lo que hay que imitar en la Iglesia. Y no hay que preguntarse por las heridas de los hombres, sino que hay que ayudar a los hombres en sus necesidades materiales, humanas, económicas.

Francisco no sabe dar la espiritualidad del amor al prójimo. No sabe enseñar que para dar dinero al prójimo hay que discernir el amor, porque no se puede dar a todos igualmente.

Si no se discierne el amor, entonces sólo se predica que hay que dar dinero. Y eso va contra el Evangelio, contra la Palabra de Dios.

En el Samaritano, Jesús enseña a amar al prójimo cuando es enemigo y, por tanto, hay que amarlo con un amor de justicia: hay que darle lo que ese prójimo, por ser enemigo, merece. No hay que amarle ni con amor de caridad ni con amor de benevolencia, ni con amor de sacrificio.

Cuando el Señor pide que se dé alimento al que tiene hambre, bebida al que tiene sed, que se ayude al peregrino, que se vista al desnudo, que se visite al enfermo, que se vaya al que está en la prisión (cf. Mt 25, 35), Jesús enseña el amor al prójimo por virtud de la benevolencia. Se ama al prójimo porque se ama, no por otra razón. Y se le da de comer por amor y sólo por amor. Y se le va a visitar cuando está enfermo o en la cárcel sólo por amor. Porque el amor es lo más importante en la vida. Y donde hay amor hay salvación. Pero donde no hay amor, sino sólo dinero, entonces no hay salvación. Para salvarse, el hombre tiene que amar, no dar dinero. Esta es la enseñanza de Jesús cuando presenta la salvación de los hombres y la condenación de los hombres. El hombre se condena porque no amó con este amor. No amó sin más. Se ama porque se ama. Y como despreció este amor al ver al hambriento, al ver al sediento, al ver al que no tenía vestido…, entonces el hombre se condenó.

Esto no lo enseña Francisco. Sólo enseña a dar dinero.

Y la limosna que se da a los pobres hay que darla por amor de sacrificio, para expiar los pecados de cada uno. Es un amor que hace que la persona se sacrifique de su dinero o de sus bienes materiales para reparar sus pecados. La limosna no vale cuando se da dinero sin este fin espiritual. Porque lo que importa es el fin espiritual con que se hace el acto de la limosna. No importa el dinero: “la limosna libra de la muerte y limpia de todo pecado. Los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de felicidad, mientras que los pecadores son enemigos de su propia dicha” (Tb 12, 9-10).

Francisco sólo se fija en el dinero y no enseña la verdad del amor al prójimo, del amor a los pobres. Luego, es necesario concluir que Francisco es como Judas: le gusta el dinero. Y hace lo que Judas: ¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres? ¿Por qué la Iglesia no busca bienes materiales, dinero, para ayudar a los pobres?

La obsesión de Francisco por el amor a los pobres, por el dinero, por querer hacer a los hombres felices aquí en la tierra es sólo una distracción del demonio para que la Iglesia no vea lo que se está cociendo en este tiempo de espera.

Porque Francisco está esperando algo. Lleva seis meses hablando, pero no ha actuado. Se han visto signos visibles de lo que quiere hacer Francisco, pero no ha puesto por obra todo su pensamiento. Si lo pusiera, entonces la cosa sería diferente en la Iglesia. Pero la Iglesia todavía está cómoda con lo que dice Francisco porque no se ha metido con el dogma de la Iglesia ni con sus tradiciones en la práctica, que es lo que le interesa a la Iglesia. Y Francisco distrae a la Iglesia con todo eso de su amor a los pobres. Él no tiene el espíritu de San Francisco. No sabe ni lo que es ese espíritu. Sólo se fija en lo externo de ese espíritu para así caer bien a todo el mundo.

El dinero es del demonio. Y los problemas económicos de los hombres es por su pecado de avaricia. No por otra cosa. La codicia del dinero, de la vida que da el dinero, la ambición por tenerlo todo en la vida: ése es el verdadero problema de todos los hombres. Y si no se quita este pecado de avaricia, no se quitan los problemas económicos. Y, por eso, el Señor profetiza: Pobres, siempre los tendréis, porque el hombre no quiere quitar su pecado de avaricia para ser de Dios y salvarse.

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