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Benedicto XVI: un Papa atacado por los Cardenales, Obispos y sacerdotes.

«Al emprender su ministerio, el Nuevo Papa sabe que su deber es hacer resplandecer ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia, sino la de Cristo» (Benedicto XVI, 19 de abril 2005 – Mensaje urbi et orbi).

Este fue el estilo del pontificado del Papa Benedicto XVI: que brille la doctrina de Cristo en el mundo y en la Iglesia. Él nunca quiso ser el protagonista, sino sólo el que señalaba a Cristo, que es el verdadero protagonista en la Iglesia.

Benedicto XVI siempre fue mirado con recelo y todo lo que hizo o dijo estaba mal. En su pontificado, no le dejaron pasar una. Él siempre siguió su visión teológica, su integridad en la fe católica. Y eso le hizo dar pasos “políticamente incorrectos”. Tuvo muchos ataques que venían del campo de los intereses políticos, que buscaban en él un punto débil.

Muchos ataques de los disidentes internos de la Iglesia, que no compartían sus posiciones en la liturgia, o sobre el diálogo interreligioso, o sobre el levantamiento de la excomunión a los obispos lefebvrianos.

Benedicto XVI siempre se posicionó en defensa de la vida, el no al control de la natalidad a través de métodos artificiales, el no a la experimentación con células estaminales embrionarias, temas que se oponen a intereses, no sólo políticos, sino financieros.

Pero quien más atacó al Papa fueron los hombres de Iglesia: teólogos, sacerdotes y laicos. Esos hombres que con la boca se dicen católicos pero que, en su interior, no tienen el Espíritu de la Iglesia, están cerrados a la verdad que viene del Espíritu:

«Quizá no había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada de este modo. A las persecuciones de tantos cristianos, literalmente crucificados en varias partes del mundo, a los múltiples intentos de desarraigar el cristianismo de las sociedades antaño cristianas con una violencia devastadora en el plano legislativo, educativo y de las costumbres que no puede encontrar explicaciones en el normal sentido común, se añade desde hace tiempo un encarnizamiento contra este Papa, cuya grandeza providencial está ante los ojos de todos. A estos ataques hacen tristemente eco cuantos no escuchan al Papa, también entre los eclesiásticos, profesores de teología en los seminarios, sacerdotes y laicos. Cuantos no acusan abiertamente al Pontífice, pero ponen en sordina sus enseñanzas, no leen los documentos de su magisterio, escriben y hablan sosteniendo exactamente lo contrario de cuanto él dice, dan vida a iniciativas pastorales y culturales, por ejemplo en el terreno de la bioética o del diálogo ecuménico, en abierta divergencia con cuanto él enseña. El fenómeno es muy grave en cuanto que también está muy difundido» (Monseñor Giampaolo Crepaldi, 20 de mayo del 2010).

No había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada por la misma Jerarquía, por los mismos que tienen la obligación de obedecer a un Papa. Esa Jerarquía ha resistido al Papa brutalmente, hasta hacerlo caer.

El fenómeno es muy grave y difundido. De tal manera, que estos hombres de Iglesia, que han acusado al Papa, que han puesto en sordina sus enseñanzas, que han enseñado lo contrario a su magisterio, son los que ahora tienen el poder, los que han puesto a su hombre, Bergoglio.

Ellos, los que gobiernan la Iglesia con un gobierno horizontal, fueron los antipapas en el Pontificado de Benedicto XVI:

Benedicto XVI «ha dado lecciones sobre el Vaticano II a las que muchísimos Cardenales católicos se oponen abiertamente, promoviendo formas de contra-formación y de sistemático magisterio paralelo guiados por muchos “antipapas”» (Ib).

Cardenales guiados por “antipapas”.

Muy grave lo que dice Monseñor Giampaolo: en el pontificado de Benedicto XVI muchos cardenales actuaron como antipapas, enseñando lo contrario al magisterio ordinario del Papa, con otro magisterio paralelo, en abierta rebeldía al Papa reinante.

No es de extrañar que esos Cardenales hayan sido el motivo principal en la renuncia del Papa Benedicto XVI. No se puede gobernar cuando nadie quiere obedecer. Esta es la clave de la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Si un Papa ve a sus Cardenales actuando como antipapas, guiados por el espíritu contrario a Pedro, entonces ¿qué tiene que hacer el Papa?

Fueron muchísimos Cardenales los que se opusieron abiertamente al Papa. No fueron unos cuantos. Eso da idea de la gravísima ruptura que había en la Curia. División que llevó, de manera inevitable, a la renuncia en el gobierno de la Iglesia. Renuncia aplaudida a rabiar por todos esos Cardenales que han hecho del Pontificado de Benedicto XVI un gran martirio espiritual.

No había ocurrido nunca que la Iglesia fuera atacada por los Cardenales que habían elegido al Papa Benedicto XVI con el fin de anular su gobierno y de poner a otro. Una jugada maestra. Hacer que el gobierno central de la Iglesia no colabore con el Papa:

«En el pasado ha habido momentos de crisis, a veces incluso disputas furiosas entre los Cardenales, y más de un pontífice, refiriéndonos al siglo XX, en distintas ocasiones ha debido defenderse también de detractores dentro de la Iglesia. A menudo se han visto obispos contra obispos, con frecuencia ha habido discrepancias importantes también dentro de la Iglesia. Pero nunca se había llegado a la situación que vemos hoy…es suficiente seguir los asuntos eclesiásticos para darse cuenta de que, muchas veces, el que hace aguas es el gobierno central de la Iglesia, es la escasa disponibilidad de las personas que deberían ayudar al Papa a gobernar…Un Papa, como Benedicto XVI, que dice cosas enormes, como la referencia a la suciedad de la Iglesia y a la necesidad de que la Iglesia haga penitencia, no puede ser dejado a merced de ciertos ataques….» (Declaración de Benny Lai recogida en el libro “En defensa del Papa” – “Complots, Campañas mediáticas e incidentes de recorrido, pag 363).

Un Papa, como Benedicto XVI, que dice cosas enormes y lo dejaron solo en el gobierno de la Iglesia, le hicieron la vida imposible.

Cuando Benedicto XVI hablaba claramente de ciertos problemas, como la liturgia, la importancia de la relación entre fe y razón, los curas pedófilos, sin asumir actitudes demagógicas, sin tener miedo de hablar, la mayoría de los hombres de Iglesia, le hacían resistencia.

«No quiero criticar a las personas individuales, pero se ve claramente que este pontificado tiene un problema de governance, es un hecho objetivo, bajo los ojos de todos. Sería fácil decir que el cardenal Bertone no es un diplomático… demasiado fácil. El problema de fondo es que el Papa desde el inicio de su pontificado ha decidido dejar la governance técnica a algún otro, porque, para él, el buen gobierno es el que lo apuntala todo en la Santidad de la Iglesia, el resto lo seguirá. Bertone hace lo que puede». (Declaración de  Jean-Marie Guenois recogida en el libro “En defensa del Papa” – “Complots, Campañas mediáticas e incidentes de recorrido, pag 373).

Benedicto XVI no se dedicó a la diplomacia, sino a hablar claro a todo el mundo. Y esto supone atacar a todo el mundo. De ahí la resistencia de muchos hombres de la Iglesia a la palabra del Papa.

El buen gobierno es el que lo apuntala todo hacia la Santidad: hay que hablar de santidad, hay que gobernar la Iglesia en la santidad de la gracia, porque esa es la misión de toda la Iglesia, esa es la misión de todo sacerdote: salvar y santificar las almas.

Los que eligieron al Papa Benedicto XVI resistieron a este gobierno en que todo estaba fijado en buscar aquello que nadie quería para la Iglesia: la santidad. No querían una cabeza que les enseñara esto. Querían otra cabeza, una cabeza que estructurara la curia para poner los ideales de una nueva teología que haga reformar la Iglesia de pies a cabeza.

Lo único que no perdonan a Ratzinger es haber sido elegido Papa para seguir en lo mismo.

Benedicto XVI «ha dado lecciones sobre los “valores no negociables”, que muchísimos católicos minimizan o reinterpretan, y esto ocurre también por parte de teólogos y comentaristas famosos cobijados en la prensa católica, además de en la laica; ha dado lecciones sobre la primacía de la fe apostólica en la lectura sapiencial de los acontecimientos y muchísimos siguen hablando de primacía de la situación, o de la praxis o de los datos de las ciencia humanas; ha dado lecciones sobre la conciencia o sobre la dictadura del relativismo, pero muchísimos anteponen la democracia o la constitución al Evangelio»  (Monseñor Giampaolo Crepaldi, 20 de mayo del 2010).

Benedicto XVI ha dado lecciones a todo el mundo como Papa. Esto es lo que nadie le perdona. Por eso, ahora todos están contentos con Bergoglio: él no da lecciones como Papa, sino como un hombre lleno de mundo, de profanidad, de vulgaridad.

Benedicto XVI ha hablado como Papa, es decir, ha hecho «resplandecer ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia, sino la de Cristo». Y nadie lo ha escuchado. Y si se cierran los oídos a la voz del Papa, el alma se cierra a Cristo en la Iglesia. Si no se comulga con el Papa, tampoco se puede comulgar con Cristo. Y aparece la apostasía de la fe: todos se apartan de la verdad para comulgar con un hombre lleno de herejías, de mentiras. Y todos quieren la herejía para la Iglesia.

«El hablar del Papa es claro, sencillo y apropiado, su decir “al pan, pan y al vino, vino”, delante de cualquiera y en cualquier circunstancia, choca con muchas personas… Nada es superficial, nada en la doctrina ni en la fe que el Papa está volviendo a proponer en su verdad y en su entusiasta praxis, ni en el análisis ni en las vías de escape de la crisis moral y social en las que se debate el planeta. Nadie puede imaginar que los ataques de estos años, desde las críticas inventadas en Regensburg, sean fruto de circunstancias casuales. La pareja de hierro, Wojtyla-Ratzinger, ha gobernado y colaborado durante varias décadas, volviendo a proponer la belleza de la fe, combatiendo las heréticas interpretaciones posconciliares, reordenando muchos aspectos de la vida religiosa y curial, actualizando la doctrina social de la Iglesia y entusiasmando a centenares de millones de hombres y mujeres de todo el mundo. Esto ha producido enemigos, enemigos en aquellos que se lucraban con la ideología consumista, proponían al hombre sólo el modelo libertario y utilitarista, apostaban por vetustas ideas maltusianas y eugenésicas» (Luca Volonté – Investigación sobre la pedofilia en la Iglesia, 2010).

Benedicto XVI ha chocado con muchos Cardenales, muchos Obispos, muchos sacerdotes, muchos laicos porque ninguno de ellos quería el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Por eso, los ataques al Papa no fueron circunstancias casuales. Muchos católicos han querido su revolución en la Iglesia, el lío que ha iniciado Bergoglio. Si Bergoglio hace lo que le da la gana, entonces los Cardenales, los Obispos, los sacerdotes y los fieles hacen lo que les da la gana en la Iglesia. Este es el lío de Bergoglio. Este es el teatro montado con Bergoglio.

Y ahora todos hacen sus apuestas con qué pasará en el Sínodo. Ahora, todos ocultan la verdad de lo que pasa en la Iglesia porque les interesa promover esta situación, no sólo de herejía, sino de claro cisma en la Iglesia.

Bergoglio no propone la belleza de la fe, no combate las herejías, no le interesa ni la vida religiosa ni la vida curial, ha echado por tierra toda la doctrina social de la Iglesia con la fábula de su ecología modernista, y sólo habla a los hombres y a las mujeres para que sigan viviendo su vida en la obra de sus pecados.

¿Quién resiste a Bergoglio? Nadie en la Iglesia. Todos se dicen católicos, pero los fieles que siguen de verdad los preceptos de la Iglesia son una pequeña minoría. Y ese remanente es el que resiste a Bergoglio. Los demás, que es la mayoría de los Cardenales, Obispos, sacerdotes y fieles, tienen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, pero no creen en él. Si creyeran resistirían a Bergoglio y le harían, no ya la vida imposible, sino que lo hubieran sacado de la Iglesia con una excomunión oficial.

Se ha atacado abiertamente a Benedicto XVI. Han montado toda una estrategia con la única intención instrumental de liquidar a Benedicto XVI. Le han obligado a renunciar.

Y esto supone decir que la figura del Papa es el problema en la Iglesia, no la solución. Y, por eso, han puesto a un hombre que ha destruido el Papado, la figura del Papa en la Iglesia. Ahí lo tienen en Bergoglio: no es un Papa. No habla como Papa, no obra como Papa, no busca los intereses de Cristo en la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo en la Iglesia. Él es el único protagonista en la Iglesia. Bergoglio es sólo un diplomático, como todos los políticos, que quiere quedar bien con todo el mundo, menos con los católicos verdaderos. Benedicto XVI quiso quedar bien con la Iglesia católica, quedando mal con todos los demás que no lo amaban como papa.

Muchos católicos siguen en la miopía con respecto a Bergoglio. Y son los que defienden que Bergoglio es la solución a todos los problemas. Que ese hombre, que ha destruido lo que es un Papa en la Iglesia, tiene la llave para reformar toda la Iglesia. En esta miopía viven ilustrísimos católicos, que ven la herejía de Bergoglio y caen en el pecado de llamarlo “santo padre”.

Si ha existido esa estrategia en contra del Papa Benedicto XVI para colocar a un impostor en el Papado, es que lo que está en curso es un atentado contra toda la credibilidad global de la Iglesia. No sólo han querido imponer un hombre para un nuevo papado; sino que quieren imponer una doctrina para una nueva iglesia. Quieren levantar la iglesia en la que todo el mundo crea.

Es lo que la gente no quiere enterarse. Muchos pronostican qué pasará en el Sínodo y ponen en Bergoglio un poder que no tiene. Y se ciegan diciendo que con esa autoridad, divina para ellos, se va a reformar la Iglesia hacia lo que Dios quiere. Y no caen en la cuenta que la verdad no puede destrozar la misma verdad.

El que está en la verdad permanece en ella, no cambia los dogmas, las tradiciones, los ritos, sino que profundiza en la misma verdad para sacar nuevos conocimientos que no supone la destrucción de lo que se tenía.

El que está en la verdad no edifica un Sínodo para aprobar la comunión a los malcasados, para que los homosexuales tengan cabida en el actuar de la Iglesia, para que se mire con bondad a los herejes y a los cismáticos.

Al poner muchos en Bergoglio el poder divino, se vuelven ciegos en sus discursos. El poder de Dios no es para destrozar lo que Dios ha levantado durante siglos en la Iglesia. Luego, el Sínodo no es la obra de Dios, sino la obra de los hombres. Y allí estarán bajo una cabeza de herejía, un heresiarca, que sólo tiene un poder humano. Y gobierna la Iglesia con ese poder humano. Y de ese Sínodo saldrá la nueva iglesia, que será herética por los cuatros costados, que es la falsa iglesia que necesita el Anticristo para implantar su gobierno mundial.

Y la Iglesia, después del Sínodo, no se vuelve herética, no cae en herejía. Porque la Iglesia en Pedro, no está en Bergoglio, sino en el Papa Benedicto XVI. Nunca la Iglesia cae en herejía. Son los hombres de Iglesia los que han puesto a un hombre de herejía para levantar una nueva iglesia. Y esa nueva iglesia, comandada por un falso papa, es la iglesia de la herejía. Una secta más, pero llamada por la palabra oficial de la Jerarquía como iglesia católica, falsa iglesia católica.

Esto es lo que muchos ilustrísimos católicos no acaban de entender ni quieren entenderlo. Se mueven en la palabra oficial de la Jerarquía. Y sólo creen en esa palabra de los hombres. Han perdido la fe en la Palabra de Dios. Ni saben lo que es creer ni les importa la fe en Cristo ni en Su Iglesia, porque han unido fe y razón. La fe, para ellos, es la síntesis de todo lo que la razón puede abarcar. Ya no es un don divino, ni puede serlo, porque mucha Jerarquía son sólo hombres ateos.

Necesitan poner un falso papa que enseñe una nueva teología, en la que se abatirá para siempre los dogmas, los ritos, las leyes religiosas y clericales. Sólo va a quedar la fe en Jesucristo y cada uno puede entenderla a su manera.

Necesitan un falso papa que ofrezca un nuevo concepto de Dios como energía que se propaga continuamente en todo el universo, que lo hace expandir, que está en todas las cosas: en el reino vegetal, en el reino animal, en el átomo más pequeño hasta la galaxia más grande.

Necesitan un falso papa que proclame que todas las cosas en el Universo tienen inteligencia. Y que esas inteligencias se han encarnado durante toda la historia en los hombres.

Que diga que el Universo entero es el cielo de lo creado, que el infierno es sólo aquello que el hombre piensa y elige negativamente en su vida, y que el purgatorio no es más que la purificación de los efectos que las obras de los hombres producen. Es sólo un período tiempo en que se van curando las heridas.

Que diga que el hombre está en evolución y, por eso, la reencarnación es necesaria para la vida. Que la muerte no existe, sino que la vida es eterna a través de reencarnaciones.

Que todos somos hermanos y hermanas. Y, por lo tanto, todos somos hijos de Dios. Y hay que buscar un acuerdo de fraternidad con todos los hombres, para instaurar  una super-civilización sin trabas, sin exclusiones, sin crisis. Y, por lo tanto, se necesita una iglesia en la que Jesús, Krishna, Buda, Mahoma, Lutero, etc… sean uno, con un mismo mensaje, que recoja todas las verdades relativas y las presenten como una verdad absoluta.

El Sínodo es el inicio para levantar esta nueva iglesia. Y lo harán con el poder humano que tiene Bergoglio. Y, por eso, no hay que esperar al Sínodo para estar en la Iglesia de Cristo. No hay que rezar por el Sínodo para que todo salga bien. Esta es la ceguera de muchos ilustrísimos católicos, ciegos a la verdad, que sólo quieren ver lo que su mente quiere encontrar.

Tienen miedo de hablar claro, de dar el mensaje que el Papa Benedicto XVI se propuso desde el inicio de su pontificado.

La Jerarquía de la Iglesia ha olvidado que «la Iglesia no es nuestra Iglesia, sino su Iglesia, la Iglesia de Dios. El siervo debe rendir cuentas de cómo ha gestionado el bien que le ha sido confiado. No atamos a los hombres a nosotros, no buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Conducimos a los hombres hacia Jesucristo y, así, hacia el Dios viviente» (Benedicto XVI, 12 de septiembre 2009).

El sacerdocio no es un dominio, sin un  servicio en la verdad de la Palabra de Dios.

Con Bergoglio, el sacerdocio se ha convertido en servir al pueblo que manda. Servir los intereses de los hombres, anulando la misma Iglesia de Cristo.

Con Bergoglio, la Jerarquía conduce a los hombres a la comunión con el mundo, a estar en el juego del demonio, a obrar lo que los hombres quieren en sus vidas. Presentan un Jesucristo que no existe en la realidad. Presentan un Dios misericordioso que es una fábula de la mente del hombre. Hacen que los fieles de la Iglesia vivan en la memez de sus pensamientos y de sus obras humanas. Son bastardos que crían bastardos.

«A menudo nos preocupamos afanosamente de las consecuencias sociales, culturales, políticas de la fe, dando por descontado que esta fe es, que por desgracia es, cada vez menos realista. Se ha puesto quizá demasiada confianza en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y de funciones; pero ¿qué ocurrirá si la sal se vuelve insípida?» (Benedicto XVI – 11 de mayo 2010).

¿Qué ocurrirá en el Sínodo si los Cardenales, los Obispos y los sacerdotes ya no son sal de la tierra, ya no viven para la vocación a la que han sido llamados? Sólo van a levantar una nueva iglesia porque están preocupados sólo de agraciar al mundo.

Todos han puesto su confianza en la estructura de un Sínodo para cargarse la Iglesia: para oscurecer la verdad y que sólo brille la luz de las tinieblas. Por eso, después del Sínodo la Jerarquía tendrá que sufrir la mayor abominación. Y la querrán y la buscarán. Y morirán en ese sufrimiento creyendo que es para el bien de la Iglesia.

Está tan cegada toda la Jerarquía que actualmente se cree santa siguiendo la mente de un hereje.

Están tan idiotizados por las palabras babosas de su hombre, que no caen en la cuenta que sin sacrificar la propia vida por la verdad inmutable, cualquier otro sacrificio no tiene ningún valor.

«No vengo a imponer la fe, sino a instar el valor por la verdad» (Benedicto XVI – Enero 2008 en la Universidad La Sapienza de Roma).

Este es el resumen del pontificado de un Papa elegido por el Espíritu Santo para gobernar una Iglesia cerrada a la verdad.

Un Pontífice para el tiempo más extraño de la Iglesia: el tiempo en que un falso papa tiene que levantar una falsa iglesia, apoyada sólo en la mentira y en el ataque sin piedad a toda la Iglesia Católica.

Un falso papa que quiere imponer su mentira en el Sínodo. Y muchos lo seguirán porque han resistido, hasta morir, al Papa Benedicto XVI. Y ahora sólo lo tienen como una estatua, que ni siquiera le quitan el polvo.

Han destrozado la cabeza de la Iglesia, anulando al Papa. Pero necesitan levantar una nueva estructura de iglesia. Y son necesarias personas inteligentes para ello. Personas que vivan para la perversidad de sus mentes. Personas que no les importe la Iglesia como tal, sino el negocio que en la Iglesia se lleva a cabo.

Muy pocos han captado la gran crisis de la Iglesia. Y se hacen ilusiones con el Sínodo. ¡Cuánta cháchara se publica por internet! ¡Y cuántos pierden el tiempo creyendo y dando mente a  esas chácharas!

El valor de la verdad nadie lo quiere escuchar ni obrar. Todos van hacia el valor de la mentira para construir una iglesia de mentira.

¡Qué les aproveche su gran necedad para su condenación en vida!

 

Sede usurpada

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Estamos viviendo la época en que la Sede de Pedro ha sido usurpada.

Tiempo profetizado en los antiguos y modernos profetas.

Tiempo oscuro para la Iglesia.

Tiempo de decadencia, no sólo en la vida espiritual, sino también en la vida eclesial.

Tiempo para marcar un límite, una sucesión de hombres que tienen la misión demoniaca de levantar una iglesia que combata la Iglesia en Pedro.

Desde hace cincuenta años, el gobierno vertical de la Iglesia ha sido prisionero de la mentalidad de los hombres.

Sólo el Romano Pontífice tiene todo el Poder en la Iglesia y, por lo tanto, todos los Pastores y, cada uno de ellos, se hallan sometidos al Romano Pontífice. Es decir, ningún Obispo está llamado por Dios para gobernar la Iglesia, y ninguno de ellos está dotado de igual potestad que el Romano Pontífice.

Sólo ha sido llamado por Dios para gobernar la Iglesia el Papa legítimo. Y los demás Obispos reciben del Papa el Poder Divino para gobernar, si se someten a Él, si le obedecen. Esto es lo que se llama el gobierno vertical en la Iglesia, que supone una jerarquía, no sólo de hombres, sino de ideas.

Sólo con la verdad absoluta se gobierna la Iglesia. Y toda idea que se someta a la Verdad Absoluta, vale en la Iglesia. Está en una jerarquía. Pero aquella idea que no venga de la Verdad Absoluta, hay que despreciarla en la Iglesia, si no se quiere caer en la herejía y en la excomunión.

Desde hace cincuenta años, se ve en el gobierno de la Iglesia una horizontalidad, añadida por los hombres: los Obispos quieren decidir el destino de la Iglesia, cada uno en sus diócesis. Por eso, ha sido tan difícil para los Papas gobernar, con la Voluntad de Dios, verticalmente la Iglesia. Los Obispos se han negado a lo que el Romano Pontífice expresaba. Y ellos han sabido hacer muy bien este juego, para no ser pillados en desobediencia y en rebeldía al Papa reinante.

Ellos han sabido cargar con todas las culpas al Papa. Ellos han quedado como buenos, como santos, como justos, como los que no han roto un plato.

Y son muchos los Obispos que han guardado las formas exteriores con el Papa reinante, para después seguir en su vida personal en la Iglesia, haciendo lo que ellos querían en el gobierno de la Iglesia. Obrando, de hecho, una horizontalidad que combate la verticalidad del Papado.

El gobierno horizontal en la Iglesia es una herejía, porque Cristo no quiso que Su Iglesia fuera administrada a modo de democracia, de república, de socialismo, de comunismo… Cristo nunca quiso un gobierno de hombres, de muchas cabezas. Siempre quiso el gobierno de un solo hombre, de una sola cabeza.

El ministerio petrino no tiene nada que ver con los gobiernos humanos: es esencialmente distinto a cualquier presidencia, a cualquier monarquía de tipo político, que existan en las sociedades humanas.

El Romano Pontífice no tiene un poder para aconsejar y advertir a los demás sobre cómo dirigir la Iglesia, cómo encaminarla en este mundo. No es un hombre más que se reúne con otros hombres y da su opinión en el gobierno de la Iglesia.

El Papa tiene el poder de mandar, de defender y de juzgar, no sólo en la Iglesia, sino en el mundo entero. Su Poder de Jurisdicción lo abarca todo, incluso los gobiernos del mundo. Porque es imposible que una sociedad humana, verdadera y perfecta, no esté gobernada por un poder supremo espiritual. Allí donde está la verdad entre los hombres, está Dios con los hombres. Pero toda sociedad humana que se ordene a la mentira, allí reside un poder supremo para aplicar una Justicia de Dios. Por eso, es el Papa el que juzga a todos los pueblos de la tierra.

Lo que dice el Papa eso es la Voluntad de Dios en la Iglesia y en el mundo, eso es lo que hay que obrar en la Iglesia y en el mundo.

Esta verdad es la que desconocen muchos fieles en la Iglesia. Y, por eso, no saben explicar todo lo que ha pasado en la Iglesia durante más de cincuenta años.

Ha habido un Papa legítimo, con el Primado de Jurisdicción, pero trabado en su gobierno vertical por el Episcopado, que ha querido imponer los distintos Sínodos para manifestar ideas que no pertenecen al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Desde hace cincuenta años se ha querido imponer un magisterio espiritual como si fuera dogmático. Y, por eso, hay tanta confusión en torno al Concilio Vaticano II. Las reformas litúrgicas no tienen nada que ver con el Concilio Vaticano II, sino sólo con la rebeldía del Episcopado, que dogmatiza un magisterio que sólo es espiritual. Y que lo impone en su diócesis como algo que hay que seguir.

Toda la cuestión de la comunión en la mano, de las revelaciones privadas, de los cambios en la liturgia de la misa, etc… son sólo imposiciones del Episcopado en la Iglesia, que no hay que seguir en ninguna diócesis, porque ningún Obispo que no se someta al Romano Pontífice, puede gobernar con el Poder Divino su diócesis. No es posible la obediencia, ni de los fieles, ni de la Jerarquía, a Obispos que no obedecen la verdad en el Romano Pontífice. Y hay muchísimos de estos Obispos, que han guardado las formas exteriores con el Papa de turno, pero que sólo imponen su mente humana en el gobierno de su diócesis.

Hay muchos Obispos que gobiernan la Iglesia con un poder humano al desobedecer a los Papas, es decir, al no seguir el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia en Ellos. Sólo siguen lo que viene de Roma, del Vaticano. Sólo siguen lo que ven hacer en otras diócesis a otros Obispos. Pero ninguno de ellos cree en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ninguno de ellos lo sigue y lo enseña a su rebaño. Ninguno de ellos cree en el Papado.

Y los laicos no saben oponerse a estos Obispos, no saben discernir a ninguna Jerarquía en la Iglesia, no saben ser Iglesia, pertenecer a la Iglesia, construir la Iglesia.

La Sede de Pedro está usurpada. Esto quiere decir, que la Iglesia está gobernada sólo por hombres, con un poder humano, con un gobierno horizontal, con la ley de la gradualidad.

Esos hombres se visten con vestiduras sagradas. Exteriormente, parecen sacerdotes, Obispos y Cardenales. Interiormente, son sólo hombres, que viven su idea humana en la Iglesia. No creen ni en Cristo ni en la Iglesia. Sólo creen en lo que hay en sus mentes humanas. Y sus obras, en la Iglesia, son sólo humanas, no divinas. Sus misas son una obra de teatro para entretener a las masas.

Desde el momento en que oficialmente Bergoglio puso su gobierno horizontal, el poder divino despareció en la Iglesia. De hecho, fue mucho antes, cuando el Papa Benedicto XVI decidió renunciar al gobierno vertical de la Iglesia. Esa intención produjo que el Cielo se cerrara a cuanto el hombre obrara en la Iglesia.

«Lo que ates en la tierra» ya no será atado en el Cielo; «y lo que desates en la tierra», no será desatado en el Cielo.

El Misterio de las llaves del Reino de los Cielos está en la persona del Papa reinante. Cuando el Papa decide renunciar al gobierno, pero no al Papado, como es el caso de Benedicto XVI, el Papa sigue poseyendo el Primado de Jurisdicción, el Poder Divino, hasta su muerte, pero no puede ejercerlo.

Sólo se puede ejercer el Poder de Dios en un gobierno vertical, en el cual todos obedecen al Papa reinante. Pero, en la renuncia del Papa Benedicto XVI, el Poder de Dios queda inútil en la persona del Papa, y nada puede quedar atado o desatado en el Cielo.

Ese Poder de Dios queda vivo en aquellos que siguen obedeciendo la verdad en la Iglesia, la verdad absoluta, sin someterse al falso papa Bergoglio. Pero, nada pueden hacer con ese Poder Divino que suponga una atadura o desatadura en el Cielo.

De igual manera, Bergoglio ni puede atar ni desatar en el Cielo. Es imposible que un hereje mande en el Cielo. Si la fe sólo se pierde por la herejía, entonces el Poder Divino sólo se pierde por obrar la herejía.

La herejía es la idea que combate a la verdad dogmática. Todo hereje conoce la verdad dogmática, pero con su pensamiento da mil vueltas a esa verdad para quedarse sólo en su idea herética. Por eso, un hereje no puede tener fe, pero sí puede conocer toda la verdad. El grado de su herejía depende del grado de conocimiento de la verdad. Cuanto más conozca la verdad, más la destruye, le da mil vueltas, para vivir sólo de las ideas que nacen de su mente humana.

No está la salvación en el conocimiento de la doctrina, sino en la obra de la fe, obra divina que supone creer en la doctrina, no sólo conocerla.

Bergoglio sólo posee un poder humano. Perdió el Poder Divino, que le venía por el Papa Benedicto XVI, por su clara herejía. Es más, nunca Bergoglio, desde que fue sacerdote, tuvo Poder Divino por su herejía y apostasía de la fe. Siempre ha obrado con un poder humano. Nunca ha creído. Siempre ha visto el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia como una obra a destruir.

El que ata o desata es siempre el Papa y los Obispos que se someten a Él. Pero si el Papa decide renunciar al gobierno vertical, nadie ata o desata en la Iglesia. Sin embargo, queda el Poder Divino vivo, aunque inútil.

Por eso, en el momento en que Benedicto XVI renuncia al gobierno vertical, en ese instante el Cielo queda cerrado. Y cuanto haga el Papa Benedicto XVI no queda registrado en el Cielo.

Si el Papa Benedicto XVI hubiera huido de Roma, gobernando la Iglesia en otro sitio, entonces el Cielo seguiría abierto, porque el Poder de Dios se seguiría obrando, ejerciendo en un gobierno vertical.

Pero Benedicto XVI dejó a un usurpador en el Trono. Y él conocía que era un usurpador. Pero tuvo que permitir ese pecado, porque allí donde los hombres desprecian el Poder del Papa, allí se inaugura la Justicia de Dios. Y el Papa reinante tuvo que obrar permitiendo el pecado de muchos Obispos, que quieren un gobierno horizontal en la Iglesia.

Desde el momento de la renuncia del Papa Benedicto XVI, la Iglesia pasa a estar en el Reino de Dios, no ya en la Jerarquía.

Jesús funda Su Iglesia en Pedro: se construye, se levanta en una Jerarquía que obedece al Papa. Y esto se ha mantenido desde hace 20 siglos. Y a pesar de todas las contrariedades de la Iglesia, siempre ha habido un Papa legítimo en Ella, que es el bastión de la Verdad, es el que garantiza la unidad de la Iglesia.

Cuando la Sede de Pedro ha sido usurpada, es decir, cuando los hombres en la Iglesia han llegado a la perfección de la maldad, iniciando una abominación con un gobierno horizontal, la Iglesia nunca puede desaparecer, pero sí queda oculta, oscurecida, maniatada, esclavizada.

Lo que Cristo ha levantado durante 20 siglos en Su Iglesia ha sido gracias a Su Pedro, al Papa reinante. Pero Cristo no puede seguir levantando Su Iglesia en un falso papa, con un gobierno horizontal en el Vaticano. No se construye la Iglesia en la herejía del gobierno horizontal, en muchas cabezas. Se construye la Iglesia en la verdad del gobierno vertical, en Pedro.

La Iglesia deja de construirse en la Jerarquía, cuando el Papa reinante, Benedicto XVI, renunció, y pasa al desierto de cada alma. La Iglesia permanece en lo que es en cada alma fiel al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Permanece, pero no puede seguir levantándose el edificio de la Iglesia porque no está la Roca de Pedro en el gobierno.

Pedro todavía sigue vivo, pero no gobierna. Todavía tiene el Poder de Dios en su persona. Pero su Trono ha sido usurpado. El Poder de Dios queda inutilizado por la usurpación. Sólo se manifiesta oficialmente un poder humano, que viene de un gobierno horizontal. Ese poder humano usurpa el Poder Divino: obra en la Iglesia apelando a la Voluntad de Dios, pero sin la capacidad de obrar esa Voluntad Divina. Se cae necesariamente en el pecado de tomar el Nombre de Dios en vano para ejercer una tiranía en la Iglesia, desde ese gobierno.

Mientras el Trono de Pedro permanezca usurpado, la Iglesia no puede crecer más, no puede seguir construyéndose en Pedro, pero sí puede permanecer en lo que es, en lo que los Papas han enseñado y han gobernado en la Iglesia.

Por eso, la Iglesia remanente es de muy pocos. Muchos prefieren la oficialidad del Vaticano. Muchos siguen eso y no les importa lo que es la Iglesia, ni la figura del Papa legítimo en la Iglesia, ni su gobierno vertical, ni el poder divino que nace de ese gobierno vertical.

Muchos quieren la política que el gobierno horizontal de Bergoglio manifiesta en la Iglesia y en  el mundo. Muchos quieren esa nueva iglesia, que es una nueva estructura, que no se apoya en Pedro, sino en un consejo de hombres, en un gobierno horizontal., en la nueva ley de la gradualidad.

La Sede usurpada significa levantar una nueva estructura de iglesia, una nueva forma de gobernar la Iglesia, que no tiene nada que ver con lo que Jesús instituyó en Pedro.

Esto es lo que muchos ilustrísimos católicos no acaban de ver, de discernir. Y se pierden en la hermenéutica del lenguaje humano.

Si con un Papa legítimo, las almas se salvan o se condenan por la obediencia o la desobediencia a la Jerarquía, con un falso papa, las almas se condenan, de manera absoluta, si siguen a ese falso papa; pero encuentran un camino de salvación si desobedecen a ese falso papa.

El alma se salva en comunión espiritual con el Papa verdadero y legítimo, que es Benedicto XVI. El alma se condena cuando no está en comunión espiritual con el Papa.

Cuando el Papa Benedicto XVI deja el gobierno vertical y se pone en obediencia a un usurpador, entonces la salvación y condenación de las almas ya no depende de la Jerarquía.

El ministerio sacerdotal sólo tiene una misión: salvar las almas.

Cada sacerdote tiene la gracia de llevar al Cielo las almas que Dios le pone. Esas almas no se conocen en la realidad. Pueden ser de la parroquia en la que trabaja ese sacerdote o de otro lugar de la tierra. Pueden ser almas que nunca han conocido la verdad, que no pisan la Iglesia, que no saben creer con sencillez.

Dios hace depender la salvación del alma de la gracia. Sin la gracia, nadie se puede salvar. La fe es un don de Dios. Sin las gracias que vienen de la fe, es imposible llegar al Cielo. Sin la oración perseverante, el alma no tiene fuerza para salir de sus pecados, y continúa en ellos sin posibilidad de recuperarse, de caminar hacia la salvación.

En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de la gracia. Puede permanecer en el estado de pecado. Y puede vivir su condenación en vida.

Con un Papa verdadero y legítimo, las almas en la Iglesia se salvan por el ministerio sacerdotal. Aunque ese alma tenga fe, crea, ore, haga penitencia, viva en gracia, etc…, siempre se va a salvar por la gracia del sacerdocio.

En la Iglesia, todas las gracias están unidas. El alma no puede tener fe en Dios si no cree en el Papa, si no obedece al Papa, si no obedece a la Jerarquía verdadera. De nada sirven las penitencias, si el alma no se somete al Papa, no cree en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

La Iglesia es una gracia: es el Cuerpo de Cristo que se levanta en Pedro. Cualquier gracia que se reciba en la Iglesia es a través de Pedro.

Fuera de la Iglesia, el alma se salva si cree en Dios, si cumple con la ley natural y divina. Pero Dios no exige, para la salvación del alma, la ley de la gracia, que sólo se da en la Iglesia Católica.

Fuera de la Iglesia, cumplir con la ley divina lleva al alma a un estado de gracia, pero no permanente. Sin el Sacramento de la confesión, las almas caen del estado de gracia al pecado. Y ahí permanecen hasta que cumplan, de nuevo, con la ley de Dios. Ese cumplimiento, llevará al alma al conocimiento de la gracia y, por tanto, de la verdadera Iglesia. Cuando el alma conoce que necesita la Iglesia para salvarse, entonces Dios le exige algo más que cumplir con la ley de Dios para poder salvarse. Le exige la ley de la gracia. Y eso supone entrar en la Iglesia y someterse al Papa reinante.

Los sacerdotes, los Obispos y los Cardenales están en la Iglesia para salvar almas. Tienen esa gracia y deben aprender a usarla para conquistar almas para Dios.

Cuando la Jerarquía se dedica a la política, como vemos en el Vaticano, entonces esa Jerarquía sólo trabaja para el demonio, es decir, para condenar almas. Y, a pesar de todas sus obras buenas humanas, sólo condenan almas.

No se da el sacerdocio para hacer obras buenas humanas, sino para salvar almas: para hacer una obra divina, una obra redentora, la obra de Cristo por excelencia.

Cuando el Papa legítimo y verdadero, Benedicto XVI, decidió renunciar, en la Iglesia las almas quedaron libres de la Jerarquía.  Al pasar la Iglesia al Reino de Dios, automáticamente, las salvación del alma sólo queda en ella: en su oración, en su penitencia, etc… Pero no queda ligada a ninguna Jerarquía.

Este punto es muy importante de conocer.

Toda gracia en la Iglesia está ligada al Papa. Si el Papa no gobierna, porque el Trono ha sido usurpado, ninguna gracia está ligada al Papa.

Benedicto XVI sigue teniendo el Poder Divino, pero no puede atar y desatar: no puede decidir si un alma se salva o se condena.

Mientras viva, el Poder Divino sigue vivo en él. Y quien esté en comunión espiritual con Benedicto XVI recibe gracias especiales en este tiempo de usurpación. Quien no esté en comunión espiritual con él, no puede recibir esas gracias, y queda en manos del usurpador, que sólo trabaja para engañar a las almas con una doctrina de demonios.

Pero la Iglesia permanece en lo que es, sin posibilidad de crecer ni de disminuir, hasta que la usurpación no se quite.

Benedicto XVI ya no puede construir más la Iglesia: sólo puede hacer, con la gracia que tiene, que la Iglesia se mantenga en lo que es. Al no gobernar la Iglesia, ésta no se puede seguir construyendo con un gobierno horizontal. Se para de construir, queda como un edificio que no ha terminado de levantarse, que no ha llegado a su perfección en sus miembros. Sin embargo, no decae de su perfección, de lo que ha sido construido. Por la usurpación, queda oculta, maniatada, esclavizada a los hombres.

En este tiempo, en que desde Roma se ha iniciado una nueva forma de ser iglesia, conviene a los verdaderos católicos dejar de ver a Roma como se ha visto siempre. Mientras el católico siga esperando algo de Roma va a quedar atrapado en los engaños de la Jerarquía masónica que gobierna la Iglesia.

Por eso, el Sínodo que viene es sólo una trampa, como fue el pasado. Pero, esta vez, van a tener éxito.

Conviene a los católicos ir dejando parroquias que sólo hacen política en la Iglesia. Ya no están ligados a ninguna jerarquía en la Iglesia. Y tampoco hace falta la Jerarquía para darse cuenta de la abominación que hay en Roma.

Cuando muera Benedicto XVI la Sede quedará vacante, pero seguirá usurpada. Y será el momento más confuso para los católicos que no hayan discernido lo que hay en el Vaticano.

Desde la muerte de Benedicto XVI los hombres tendrán prisa por levantar su nueva iglesia universal, que tiene que estar apta para apoyar el gobierno mundial, que será regido por el Anticristo de estos días.

La Iglesia verdadera, la remanente, quedará oculta y perseguida. Oficialmente se llamarán católicos los que sigan a un falso papa. Falsos católicos que sólo buscan en sus vidas agradar a los hombres.

Ya no hay que estar viendo qué hace o no hace Bergoglio. No hay que ir a misa para estar pendiente de la homilía del sacerdote. Sólo vayan  a misa para comulgar con Cristo y con el Papa verdadero. Lo demás, no interesa de la Misa. Sólo interesa saber si ese sacerdote cree en el Misterio del Altar.

En la usurpación del Trono cae toda obediencia de los fieles a la Jerarquía. No se sometan a nadie en la Iglesia. Es Cristo el que sigue gobernando la Iglesia con Su Espíritu.

Bergoglio no es garantía ni de verdad ni de unidad: es el fundamento de la destrucción de la Iglesia. Él ha puesto la piedra que destruye la Iglesia: el gobierno horizontal.

Desprecien a ese hombre porque es el mismo Satanás. Y su obra es demoniaca por los cuatro costados. Y desprecien a toda Jerarquía que se siga sometiendo a ese hombre. La salvación de sus almas depende de ello.

En el tiempo de la usurpación del Trono, Roma se vuelve la prostituta de todas las naciones. Va a ser más importante, en el pecado, que EEUU. No sólo lo va a igualar, sino que va a dejar pequeño las maldades que en la Casa Blanca se han tejido para organizar un mundo sin Dios.

Ahora, desde Roma se tejen las más perfectas maldades para levantar, no sólo un mundo sin Dios, sino también una iglesia sin Dios. Una iglesia sólo inventada por la mente de los hombres que no puede existir en la realidad de la vida. Una vez que crean que tienen todo listo para mostrarla al mundo, el mundo caerá en el más terrible castigo, impidiendo que esa nueva iglesia y que ese nuevo gobierno mundial pueda perdurar en el tiempo.

Es el tiempo de huir de Roma. Estar en el desierto, con la Virgen María, viviendo de fe y de amor divinos. Lo demás, lo que venga de Roma hay que pásarselo por la entrepierna. Ya no se hace caso de nadie en la Iglesia. No vivan para el pensamiento de los hombres, sino sólo para Cristo.

No hay vuelta atrás

vaticanocomunista

La Iglesia está dividida. Y es la Jerarquía la que ha producido esa división. Se ha dividido la verdad del Papado. Se ha dividido a Cristo.

El Papado es una gracia que, desde la muerte del Papa Juan Pablo II, nadie la ha vivido. Todos: Cardenales, Obispos y Papa han dejado caer esa gracia en un saco roto.

La Palabra de Dios no puede ser cambiada. Jesús puso Su Iglesia en Pedro. Y esto es lo que ha sido cambiado. Muchos no han comprendido este cambio, pero ahí están los frutos, las obras: la nueva y falsa iglesia en el Vaticano. Una Iglesia que no es la de Cristo, sino la de los hombres.

Una Iglesia a la que muchos siguen llamando católica, pero sólo le queda el nombre. Una palabra que se ha vuelto un negocio para muchos sacerdotes y Obispos. Ahora quieren vender lo sagrado, los templos, para levantar los nuevos templos de la nueva y perversa iglesia.

Nadie, dentro de esa iglesia batalla por la verdad. Es la iglesia para imponer la herejía a todo el mundo.

Se mata a las almas en nombre de un hombre sin verdad: Bergoglio. Haciendo propaganda de su nefasta doctrina. En el nombre de ese hombre, se destruye la Iglesia, se destruyen las vidas espirituales de muchas almas, se destruye el camino que Cristo ha puesto a las almas para su salvación y santificación.

Han puesto, al frente de esa secta diabólica, a un idiota con cara de maricón: Bergoglio.

«Llegan los tiempos oscuros para la Iglesia de Dios. La división está ya en acto en el interior de Ella. Es este Papa que pone gran freno. Imítenlo siempre en lo que hace» (Conchiglia – 5 de septiembre del 2000).

Imiten al beato Juan Pablo II. No imiten al hereje de Bergoglio.

Juan Pablo II supo frenar la división interna en el Papado. Todos querían cambiar la estructura del Papado: hacer un gobierno horizontal. Y presionaron a Juan Pablo II y no lo consiguieron. Él se mantuvo en la línea de la gracia. Usó la gracia del Papado hasta el final, hasta su muerte. Fue Papa hasta la muerte. Fue un papa católico. No echó en un saco roto esa gracia. No condescendió con los Obispos, que sólo eran amigos del poder y del dinero.

Bergoglio ha abierto la zanja para el cisma en la Iglesia Católica. Ha plantado su gobierno horizontal. Y ya está dando sus primeros frutos diabólicos.

«Ahora, estoy reconduciendo a Casa a Mi Vicario en la Tierra, el único que tenía firmemente en mano las riendas de Mi Iglesia… ¿”Quién” seguirá al mundo? A través de él he dado disposiciones. A través de él les he hecho de guía… Mi Vicario en la tierra fuerte en el carácter, fuerte en la fe, para ser luz y ejemplo a todos…» (Conchiglia – 01 de abril del 2005).

Juan Pablo II: el único que se enfrentó a la masonería. El único que tenía en mano las riendas de la Iglesia Católica. Verdadero y triunfante Papa.

A Juan Pablo II lo dejaron solo, pero gracias a su fe, a su vida espiritual, el demonio no pudo con él. La puerta de su alma quedó cerrada para la obra del demonio. Cumplió con los mandamientos de Dios y eso le llevó a la verdadera libertad del Espíritu. No se convirtió en esclavo del pecado –como muchos sacerdotes Y Obispos- y así pudo obrar la ley de la gracia, la misión que Dios le dio en la Iglesia, hasta el final de su vida. Mantuvo firme, en su mano, las riendas, el gobierno vertical en la Iglesia. Fue Pedro hasta el final de su vida. Fue Voz de Cristo en medio de los lobos infernales que le rodeaban. Los mantuvo a raya. Y tenían que callar ocultando su odio a ese Papa.

Pero quien no cumple con la ley de Dios, tampoco cumple con la ley de la gracia: falla en su ministerio sacerdotal. Falla en la gracia que ha recibido.

«…los adultos que se creen sabios creen que después de él otro papa los conducirá…No se dan cuenta lo que está a punto de ocurrir en la Iglesia» (Ib).

Todos creían que, después de Juan Pablo II, la nave de la Iglesia seguiría sin problemas. Y los soberbios se equivocaron.

Benedicto XVI es el Papa legítimo, pero la puerta de su alma la dejó abierta a la obra del demonio. De esa manera, no pudo cumplir con la ley de la gracia: no llevó la gracia del Papado hasta el final. La echó en un saco roto. No ha podido conducir la Iglesia hacia la verdad que Dios quería. Fue hecho prisionero en el Vaticano y, por su falta de fe, por su debilidad en la vida espiritual, por su pecado, fracasó en la gracia del Papado. No fue un papa católico: no se mantuvo en la línea de la gracia. Abrió la puerta del papado al falso profeta, que llama al Anticristo, que lo convoca para la destrucción de la Iglesia. Dejó la Iglesia en las propias manos del lobo.

«¿Es posible que no se hayan percatado que este Papa, del mismo modo que Pedro, ha sido hecho prisionero? Por esto, habría tenido que apartarse del Vaticano y denunciar cada tipo de crimen dentro de la Iglesia a costo de la muerte física. El riesgo es altísimo, ya que de hecho este Papa es tenido al oscuro sobre hechos, acontecimientos y decisiones concernientes al curso interno y externo de la Iglesia» (Conchiglia – 30 de junio del 2012).

Habría tenido que apartarse….

Benedicto XVI es el Papa legítimo, pero pecador. Por su pecado, no pudo apartarse del Vaticano cuando era el momento preciso. El riesgo era muy alto porque estaba implicado en la obra del pecado. El demonio lo tenía atado. No era libre para seguir al Espíritu de Pedro en la Iglesia. Por eso, no pudo mantenerse fiel a la gracia del Papado. Sucumbió a la presión de los Cardenales y de los Obispos. Y tomó el camino fácil de la renuncia. Ahora, debe callar ante la herejía y el cisma que contempla en el Vaticano.

Porque no hay vuelta atrás.

«No, no hay vuelta atrás. Siempre y cuando Francisco no sea más papa, su legado permanecerá fuerte. Por ejemplo, el papa está convencido que las cosas que ya ha escrito y dicho no pueden ser condenadas como error. Por lo tanto, en el futuro cualquiera puede repetir esas cosas sin miedo y sin ser sancionado. Y entonces la mayoría del Pueblo de Dios con su especial sentido no aceptará fácilmente volverse atrás en ciertas cosas» (texto).

Aquí tienen la mente de los malditos herejes. Victor Manuel Fernandez es un lobo vestido de Obispo. Es un maldito hereje, que habla el lenguaje propio del demonio, que tiene por jefe a otro maldito -como él- al cual adora en su pensamiento humano, y ofrece a las almas el camino de condenación.

«El papa debe tener sus razones, porque él conoce muy bien lo que está haciendo» (Ib): Bergoglio conoce que está condenando almas al infierno. Lo conoce muy bien. Bergoglio conoce que está destruyendo la Iglesia de Cristo. Esto lo conoce y lo quiere con toda su alma podrida. Bergoglio conoce que está interpretando un papel que ha sido obligado a interpretar.

Porque todo masón obra por un imperativo categórico-moral: una imposición de una mente ajena, de una ley en su mente. Y ningún masón sale de esa imposición. Por eso, Bergoglio sabe muy bien lo que está haciendo. Ha sido adoctrinado para esto. Es el juguete de los grandes masones, de sus mayores, de esos hombres ocultos que ni siquiera él conoce. Por eso, no le gusta lo que está haciendo. Bergoglio es orgulloso: es él y nadie más que él. Pero tiene que servir a otro con mayor poder que él. Y esto es lo que no soporta.

Bergoglio es un hereje pertinaz, que vive en su pensamiento herético, incapaz de ver la verdad. Incapaz de obrarla. Incapaz de arrepentirse de sus pecados.

Hereje pertinaz es aquel que defiende su manera de pensar, falsa y perversa, con obstinada animosidad, con terquedad, con persistencia, sin estar dispuesto a corregirse de sus errores, ni de arrepentirse de sus obras de pecado.

La Iglesia condena al hereje pertinaz:

«Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico…quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia» (Canon 194, n.2).

Pero nadie hace caso a este canon.

Bergoglio es hereje pertinaz: «el papa está convencido que las cosas que ya ha escrito y dicho no pueden ser condenadas como error».

Públicamente, Bergoglio ha manifestado sus herejías, que le apartan de la fe católica. Públicamente, Bergoglio sigue sosteniendo sus herejías manifiestas como verdaderas. Ahí tienen la última entrevista en la cual Bergoglio se echa flores sobre sí mismo. Un hombre que no se arrepiente de su maldad.

Y, públicamente, la Iglesia entera, la Jerarquía, apoya sus herejías. ¡Públicamente! Luego, ninguna Jerarquía tiene derecho a pedir obediencia en la Iglesia. Todos quedan fuera de la Iglesia verdadera. Porque están enseñando la herejía. Están imponiendo la mente de un hereje. Y dan a las almas el camino para obrar la herejía dentro de la Iglesia.

Nadie hace caso del derecho canónico para resolver el problema Bergoglio. Todos son culpables de este gran desastre que vive toda la Iglesia.

Bergoglio ha probado, sin lugar a duda, que es el hombre de la doblez, del engaño, de la manipulación, de los errores y manifiestas herejías, de las blasfemias contra Cristo, contra Su Iglesia y contra el Espíritu Santo. Y merece ser denunciado desde todo púlpito, en toda parroquia católica, en toda casa de familia católica.

El silencio de tantos católicos prueba que ellos viven en la obra de su pecado mortal, que les impide atacar al hereje y la herejía y, por lo tanto, les impide cumplir con sus deberes en la Iglesia: el deber de ser fiel a la gracia que Cristo les ha merecido con su muerte en Cruz. Ya no son fieles de Cristo, son sólo perros atados a la mente de un hombre sin verdad, que ladran para que su amo les eche de comer su herejía.

El silencio de tantos Obispos prueba que ellos no son irreprensibles en sus episcopados: son mujeriegos, codiciosos, desobedientes, rebeldes, amigos del dinero, hinchados de soberbia, infames, que se aman más a sí mismos que a Jesucristo. Merecen la condenación por su silencio culpable. Teniendo la plenitud del sacerdocio, teniendo toda la verdad de lo que es Bergoglio, se someten a la mentira que nace en la mente de ese infeliz, de ese condenado en vida.

Bergoglio no ve sus errores, sus herejías, su cinismo, su hipocresía, su idolatría, su cisma. No lo ve. Él sólo vive en su pensamiento humano que le indica el bien y el mal. Su manera de pensar; su falsa y perversa forma de ver a Cristo y a la Iglesia. El norte de la verdad, para Bergoglio, es él mismo. Lo que él ha escrito, lo que él dice cada día.  Es un ciego que se ilumina a sí mismo con su misma ceguera. Vive en su tiniebla y se alumbra con las oscuridad de su tiniebla.

Esto se llama perversión de la mente humana. El hombre queda pervertido, viciado con las malas doctrinas, perturbado con todas las filosofías y teologías que ha acumulado su mente sin ningún discernimiento. La mente de Bergoglio es una mente que razona sin luz, en las más oscura tiniebla. No discierne nada, porque es incapaz de ver algo.

Bergoglio no puede hacer una crítica sana de ninguna filosofía ni teología porque todo lo saca de él mismo, de su mente humana. Por eso, Bergoglio tiene por padre al demonio, que es mentiroso.

«Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio»: Bergoglio saca la mentira de su propia mente, de su dar vueltas constantemente a las ideas que tiene en su mente podrida, corrupta, inicua. Ideas que sólo están relacionadas con ellas mismas; pero nunca con la Mente de Dios. Nunca con la verdad absoluta.

Bergoglio nunca sale de su mente para comparar las ideas. Está cerrado en su soberbia. Y -como todo soberbio- sólo es capaz de ver su soberbia. No puede ver la luz de la gracia, ni la luz del Espíritu. No puede atender a la luz natural. Bergoglio es una persona sin fe, que ha perdido la fe porque ha asentado su vida en su propia mente, en sus propias luces interiores, que nunca va a dejar porque son la estela de su dios.

Si alguien le dice una idea extraña, que no tiene en su mente, la analiza con su mente y la interpreta según su mente. Si alguien hace referencia al magisterio de la Iglesia, él lo reinterpreta para acomodarlo a su manera de pensar, a su perversidad, a su falsedad de vida.

El dios de Bergoglio no es su mente, sino su forma de vida: vive para ser hombre. Vive para darse culto a sí mismo, para buscar en el otro la gloria de sí mismo. A Bergoglio sólo le interesan las alabanzas. No puede soportar las críticas. Necesita, constantemente, a su alrededor, de personajes que le limpien las babas de su boca cuando habla o escribe algo.

A Bergoglio lo maquillan cuando lanza una herejía. Y es necesario hacer eso por imposición del mismo Bergoglio. Él tiene a su gente dedicada a limpiarle las babas. Es la tarea que todo orgulloso impone a otros para cuidar su imagen en el mundo y en la Iglesia.

Bergoglio no puede acudir a Dios para ver qué es la verdad. Es como Pilatos. Conoce la verdad, sabe que está mintiendo, pero prefiere “su verdad”, que es su cosecha propia, su gran mentira. Bergoglio hace esto porque es como el demonio: «es mentiroso, padre de la mentira».

Este es el significado del falso profeta en la Escritura: el padre de la mentira, el que engendra la mentira, el que da la mentira, el que ofrece la mentira, el que obra la mentira. Y no puede dar nunca la verdad. Sólo la puede dar cuando Dios le obliga, como hace al demonio en algunos exorcismos.

Bergoglio sólo puede engendrar la mentira en las almas. Y lo hace a manera de sentimiento humano, de impulsos afectivos. Bergoglio no sabe hablar a la mente del hombre: no es lógico, no es inteligente, no sabe usar su mente para hablar con los demás, para llegar a los demás. Vive dentro de su mente. No vive para relacionar su mente con el otro. No vive para aceptar una verdad que la mente del otro tiene y que él no posea. Bergoglio sólo comparte su mente con aquel que piensa igual a él. Con los demás, se cierra, se oculta, engaña, falsea todas las cosas, manipula constantemente.

Bergoglio llega a la gente a base de sentimientos, de impulsos afectivos cuando predica. Habla, no para lanzar una idea, sino un sentimiento, un gusto, la obra de una voluntad.

A Bergoglio no le gustan los discursos. Lo que le gusta es improvisar con todo el mundo: dejarse llevar del sentimiento del momento, de la idea placentera, que es gustosa a la mente en ese momento y en esa circunstancia.

Por eso, a Bergoglio se le coge en seguida en sus herejías. Y se sabe cuándo está leyendo algo que otro ha preparado. Él mismo se delata constantemente. Por eso, nunca puede hablar el lenguaje de la fe. Nunca. Siempre va a hablar lo que le da la gana en ese momento. Su improvisación, que es una inspiración perversa. Es la sugestión que viene de la mente del demonio. El demonio le sugiere la mentira y –como Bergoglio no sabe discernir espíritus, no sabe discernir sus pensamientos humanos- el demonio le engaña con gran facilidad. Él cae en el juego del demonio. Y cae por su vida sentimental, que es lo único que vive, que es capaz de vivir. Bergoglio es un llorón de la vida humana: una “mujercita” que se acicala para gustar al hombre y al mundo.

Bergoglio vive su herejía. Su voluntad no puede adherirse a la verdad como bien propio. Constantemente, con su voluntad, inclina su entendimiento a adherirse a la mentira, al error, a la duda, a la falsedad, al engaño. Bergoglio no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino que elige lo que le sugiere su propio pensamiento humano. Es su inspiración perversa, malévola, inicua, diabólica. Por eso, Bergoglio constantemente está corrompiendo los dogmas, el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

«…rehúye al hereje, sabiendo que está pervertido» (Tit 3, 10-11).

El verdadero católico tiene que retirarse de la presencia de Bergoglio. Tiene que apartar de sí toda la doctrina de Bergoglio. Es un riesgo para la salvación de su alma. Es una constante tentación para caer en la propia herejía, que la mente de Bergoglio transmite cuando habla o escribe.

El hereje pertinaz sólo habla herejías, sólo obra con la herejía, sólo vive en la herejía. Bergoglio tienta a las almas constantemente. Es tentación para obrar el pecado.

Bergoglio lleva a las almas hacia su pecado de herejía pertinaz. Las almas se vuelven tercas, obstinadas, salvajes, rebeldes, desobedientes a la ley de Dios, a la Voluntad de Dios, a la enseñanza de la Iglesia. Ya no se apoyan en la Autoridad de la Iglesia para discernir la verdad de la mentira, sino que se apoyan en la mente de un hereje, de un hombre sin verdad. Se apoyan en la verborrea diaria que ese hombre transmite cada día al mundo.

Bergoglio lleva hacia el pecado contra el Espíritu Santo. Todo hereje pertinaz ha cometido ya este pecado. Por lo tanto, no puede salvarse. Y su vida sólo consiste en hacer que los demás tampoco se salven. Bergoglio, no sólo con su doctrina sino con su vida, con sus obras, impide la salvación de las almas. Se hace modelo de condenación en vida para las almas.

¡Esto es lo trágico que nadie medita!

Están fabricando el nuevo papado: «en el futuro cualquiera puede repetir esas cosas sin miedo y sin ser sancionado». El modelo de los falsos católicos: su papa hereje.

Pueblo de Dios: sé hereje como Bergoglio. Cree en los dogmas que cambian, desprecia los preceptos de la Iglesia, no te sometas al magisterio de la Iglesia, piensa como quieras, vive lo que te dé la gana. Ya no hay vuelta atrás. Ya no hay sanciones a los herejes, a los cismáticos, a los que apostatan de la fe. Al contrario, hay que santificar el error, hay que poner en los altares a los herejes, a los que crean el cisma, a los que se apartan de la verdad, a los que enarbolan la bandera del orgullo y de la soberbia.

¡Qué gran descalabro en la Iglesia gobernándola un hereje!

Evita a Bergoglio porque está pervertido: ha cambiado el orden de las cosas. Vive sin ley, vive sin verdad, vive sin camino de salvación. Un hombre sin Cristo. Un hombre sin la Cruz de Cristo. Un pelele del demonio.

Están creando los falsos católicos de la falsa iglesia, los herejes pertinaces: «Y entonces la mayoría del Pueblo de Dios con su especial sentido no aceptará fácilmente volverse atrás en ciertas cosas». Los católicos que ya no vuelven atrás: que ya no pueden arrepentirse. Los católicos que cometen el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Permanecer en el error hasta la muerte, sin volverse atrás, eso es el pecado contra el Espíritu Santo. Se está enseñando este pecado: cómo vivir condenados en vida. No vuelvas atrás. No rectifiques. No hay pena que cumplir, no hay sanción, no hay penitencia. Sigue en tu error. Sigue en tus creencias. Sigue en tu identidad. Todo el mundo se salva. Todos van al cielo.

«La sangre correrá en los pasillos del Vaticano, ya que Satanás ha seducido a muchos Purpurados Consagrados, que perteneciendo a la Masonería se ha vuelto, en ellos, fuertes» (Conchiglia – 27 de diciembre del 2005).

La idea masónica fuerte en muchos Cardenales. Por eso, han puesto a su falso papa. Es la fuerza de la masonería en ellos. Hay que quitar lo que impide que el Anticristo se manifieste: el Papa de la Iglesia Católica. Es decir, hay que poner lo que catapulta la presencia del hombre impío: el falso profeta, el falso papa que todos adoran por su estilo de vida, que está inoculado por una mente herética y cismática.

A Dios no le interesa el pobre y miserable trono humano que está en el Vaticano. Ese poder, que enarbola ese falso papa, lleva a la nada la dignidad del hombre.

El hombre es hombre porque se somete a la Verdad Absoluta, la que Dios revela, la que Dios decide para la vida de cada hombre.

Pero todo hombre que, viendo la verdad con su entendimiento humano, elige la mentira para su vida, queda atrapado en su propia locura.

Por eso, Bergoglio es un loco; y todos aquellos que le obedecen son otros locos.

La soberbia es una gran locura que muchos católicos han elegido en Bergoglio. Quien toma posición por Bergoglio como su papa, queda en la locura de su mente humana, sin poder salir de ella.

A Dios no le interesa lo que hace Bergoglio. Por eso, a los verdaderos católicos les debe traer sin cuidado todo cuanto dice ese hombre. Una vez que lo han medido como hereje pertinaz, tienen que apartarse de él y llamarlo como lo que es: un maldito hereje.

Y sabiendo que ese maldito hereje no va a dejar el cargo por su propia voluntad, sino que va a ser obligado a la renuncia por el bien de la causa de la masonería.

Quien espere que, después de Bergoglio, las cosas van a cambiar, es que no ha comprendido el teatro que se han montado en el Vaticano: «Debe darse cuenta que él está apuntando a reformar lo que es irreversible» (texto)

No hay vuelta atrás. El gobierno horizontal es irreversible. Las leyes que van a sacar del Sínodo son irreversibles. La destrucción de todo lo católico va a ser irreversible.

Es necesario destruir la Iglesia Católica. Por eso, es necesario un Falso Profeta que ponga por ley la herejía. Esto es lo que a Bergoglio le ha costado hacer. No ha podido porque es sólo un vividor de su propia mentira, pero no sabe ponerla en ley. Por eso, Bergoglio no sirve para destruir la Iglesia. Sólo sirve para entretener a las masas. Es el bufón indicado. Es el papel que mejor sabe interpretar.

Es necesario que la sangre circule en el Vaticano: hay que oponerse a los herejes. Y eso sólo se puede hacer con sangre porque nadie lo hace aplicando el derecho canónico. Si no queréis cumplir con las leyes, entonces habrá que cumplirlas con el derramamiento de la sangre.

El Papa Benedicto XVI no puede morir con la conciencia tranquila habiendo puesto la Iglesia en manos de un hereje, de un destructor, de un hombre impío. Tiene que expiar su pecado si quiere salvarse. Tiene que derramar su sangre por amor a Cristo y a la Iglesia.

Si no quiere hacer esto, entonces que se vaya del Vaticano y que ataque a ese hombre escondido de todos.

Pero hay que demostrar que el alma es de Cristo y de nadie más. Y nadie, en el Vaticano, está demostrando que ama a Cristo más que a su vida.

No es el Espíritu Santo el que ha elegido a Bergoglio como papa. Han sido los hombres los que han puesto su falso papa; y muchos católicos no quieren reconocer esta gran verdad. Y será su perdición eterna.

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Linus Clovis: “El Efecto Francisco”

linuclovis

«El que no está conmigo está en contra de Mí; y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30).

El Padre Linus F. Clovis es un sacerdote de la Arquidiócesis de Castries, Santa Lucía, en las Indias Occidentales. Estudió para el sacerdocio en el Angelicum de Roma y fue ordenado sacerdote en 1983 por el Beato Papa Juan Pablo II. Es líder del movimiento internacional pro-vida.

En conjunto, estas citas comprenden una transcripción casi completa de la sección media de su charla, pero algunos puntos auxiliares se han quedado fuera, y el texto se ha articulado en párrafos para acentuar aquellos argumentos de mayor énfasis.

■ «El Sínodo de la Familia, el año pasado, hizo sonar las alarmas para muchos Católicos y vimos Obispos contra Obispos y Conferencias Episcopales luchando contra otras Conferencias Episcopales, y en todo esto…, conocemos que el Cielo nos ha dado un aviso. Y, en 1973, en Akita, la profecía reveló “que la obra del demonio se infiltrará dentro de la Iglesia de tal manera que se verán Cardenales contra Cardenales, Obispos contra Obispos” y “los sacerdotes que me veneran serán perseguidos”. Por supuesto, esto es parte y parcela de nuestra experiencia».

■ «Cuando un Obispo – un Obispo Católico – puede aplaudir el pecado públicamente, esto nos pone a temblar (se está refiriendo al Cardenal Dolan). Pero esto es, esencialmente, el “Efecto Francisco”. Éste desarma a los Obispos y a los sacerdotes, especialmente después que el Santo Padre dijo: “¿Quién soy yo para juzgar?”. Yo como sacerdote, celebro Misa, predico y juzgo acerca del pecado, uno quebrantando los diez mandamientos, estaría condenado por juzgar. Sería acusado de ser “más católico que el papa”. Se acostumbra a decir –retóricamente- “¿es el Papa Católico?” Esto ya no es gracioso».

■ «La Obediencia se debe al Papa, pero el Papa debe obediencia a la Palabra de Dios y a la Tradición apostólica. Tenemos que obedecer al Papa, pero el mismo Papa tiene que obedecer a la Palabra escrita. Él debe obedecer la Tradición. Debe responder a la inspiración del Espíritu Santo. La Obediencia se debe al Papa, pero es el deber del Papa dar carácter de posibilidad a esta obediencia. El Papa tiene que facilitar nuestra obediencia a él, siendo él obediente a la Palabra de Dios. El Papa Félix III nos dijo: “un error que no se ha resistido es aprobado. Una verdad que no es defendida es suprimida”. Así que tenemos la obligación de resistir al error, y debemos hacer todo lo que podamos para promover la verdad».

■ «En otro tiempo, hemos estado preocupados por otros papas, incluso por San Juan Pablo, con las cosas que ha hecho las cuales nos han hecho sentir incómodos; no creo que… el Papa Francisco haya hecho otra cosa más que desconcertarnos. Él, literalmente, nos ha dejado en la estacada (= repentinamente nos ha restado la ayuda o el soporte, o ha hecho cosas que han sido causas de problemas para nosotros). Y así, él es la razón, las muchas razones por las cuales estamos preocupados. Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de San Juan, capítulo 15: “Si el mundo os aborrece, sabed que Me aborreció a Mí primero que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que Yo os he dicho: No es el siervo mayor que su Señor. Si a Mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado Mi Palabra, también guardarán la vuestra”. Los papas son odiados, y yo no creo que tengamos un problema con esto per se. No nos gusta. Pero creo que será correcto decir que preferimos que nuestros papas sean odiados por el mundo que amados por el mundo. Porque si él es amado por el mundo, indica que él está hablando el lenguaje del mundo. Y sabemos que no puede haber una relación, una comunión,  entre la luz y la tiniebla. San Pablo nos habla de esto».

■ «Los enemigos tradicionales de la Iglesia – y esto se vocaliza, se articula en el Time Magazine, Rolling Stone, The Advocate, etc… – lo aprueban; él ha aparecido en sus portadas muchas veces en los últimos dos años. Me encontré con una cita de alguien que lo conocía en la Argentina. “Al parecer, le encanta ser amado por todos y complacer a todos, así que un día él puede hacer un discurso en la televisión en contra del aborto, y al día siguiente, en el mismo programa de televisión, bendecir a las feministas pro-aborto de la Plaza de Mayo; él puede dar un maravilloso discurso en contra de los masones y, unas horas más tarde, estar comiendo y bebiendo con ellos en el Club Rotario”».

■ «Así que, ¿cómo se puede tomar una decisión acerca de un hombre como éste, que es amigo de todo el mundo? Nuestro Señor nos dice: “Sin embargo” -esto está en el capítulo 12 del Evangelio de San Juan – “Sin embargo, aun muchos de los jefes creyeron en Él, [esto es en Nuestro Señor], pero por causa de los fariseos no lo confesaban, temiendo ser excluidos de la sinagoga, porque amaban más la gloria de los hombres que la Gloria de Dios”. ¿Estoy haciendo juicio? No pienso así. Estoy citando la Escritura. Cuando el dado cae, déjalo rodar».

■ «El Santo Padre ha hecho muchas cosas polémicas, y estamos preocupados de las más importantes, no de las aberraciones que surgen de ellas. Y la que más dejará huellas, supongo,  en el Juicio Final, es “¿Quién soy yo para juzgar?“. Uno de los… efectos que el Santo Padre hace es que él toma la idea preconcebida común contra los católicos, y la usa en contra de nosotros. En otras palabras, él está aceptando lo que se percibe, nuestra postura de ser, como si fuera verdad. La Iglesia no juzga a las personas. La Iglesia juzga las acciones y enseñanzas. Incluso a los herejes. Lutero no fue condenado por su vida moral personal. Fue condenado por su enseñanza. Su doctrina. Y así con todos los demás herejes. Arrio. Fue su enseñanza lo que la Iglesia juzgó. Y tiene la autoridad para juzgar. Pero cuando el Papa dice: “¿Quién soy yo para juzgar?”, él está dando la impresión de que la Iglesia juzga los individuos a causa de lo que ellos son y… lo que están haciendo en sus vidas personales. Y esto es para la confesión».

■ «La Escritura nos dice, muy claramente, en la 1 de Corintios, capítulo 5 – San Pablo está escribiendo a la Iglesia de Corinto porque han aceptado a un hombre que es culpable de inmoralidad. Y el Apóstol, escribe: “Lo que ahora os escribo es que no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con éstos, ni comer; ¿pues qué a mí juzgar a los de fuera?”. ¡Ahá! “¿Qué a mí juzgar a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quienes os toca juzgar? Dios juzgará a los de fuera; vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos”. Así, ¿cómo puede el Sucesor de Pedro, decir: “Quién soy yo para juzgar” sin contradecir la Escritura?».

■ «Él se queja de que hablamos mucho del aborto y la contracepción. Bien… ¿Lo hacemos? De nuevo, el Apóstol nos dice: “arguye, enseña, exhorta con toda longanimidad y doctrina”. Por lo tanto, tenemos la obligación de hablar de esos pecados por los que el castigo es la condenación eterna en el infierno. Nosotros estamos hablando acerca de la salvación de las almas. El Código de Derecho Canónico termina así: “el mayor bien es la salvación de las almas”. Y esto es por lo que Cristo fundó Su Iglesia: para salvar las almas».

■ «La expresión “no debemos ser como conejos” fue un insulto a todas las madres católicas. Aquellas que…han perdido sus vidas, han ofrecido sus vidas, y han dado sus vidas por sus hijos, y sobre todo, por el Evangelio».

■ «Nuestra preocupación es, por supuesto, por el Sínodo próximo y lo que parece ser la aprobación para llevar la comunión a los divorciados vueltos a casar. Esto va a ser un duro golpe a la Iglesia y a los fieles. Debido a que ya ha causado mucha confusión y malentendidos. Incluso en mi experiencia pastoral he encontrado mujeres que han dicho… una madre, su hijo divorciado, vuelto a casar, y dice: “Bueno, el Santo Padre le permite la comunión, ¿no es así? No creo que sea lo correcto, padre, pero el Papa…”. Tenemos este problema ya… Y vemos el patrón, está hecho por la Humanae Vitae… Está ahí decidido en el ambiente, y por supuesto que va a… convertirse en ley. Pueden preparar esto. Así, que realmente se necesita tener los ojos firmemente fijos en el Cielo, suplicando al Cielo, para guiar a nuestros obispos».

■ «Hay rumores de la relajación pastoral de la Humanae Vitae… no se va a contradecir, no se va a quitar, no se va a ampliar. Lo cual es mucho más mortífero. Porque hemos presentado algo que es malvado como si fuera bueno. Y estamos construyendo esta maldad en una buena base».

■ «¡Nosotros amamos al papa! Él es nuestro padre. Él es nuestro dulce Cristo en la Tierra. Hay una preocupación entre los Católicos que están confundidos y temerosos. Y nosotros -y ellos- no deseamos criticar, o todavía peor, juzgar al papa. Pero, de nuevo, estamos juzgando no a su persona, no a su cargo, sino a los resultados de sus acciones. Y no lo hacemos con indignación. Porque lo que él está haciendo es la causa de nuestra indignación.  Y esto es una amenaza a nuestra fe. Y es una amenaza a la Iglesia. Y es un peligro a la salvación de las almas».

■ «Así que, ¿podemos juzgar las acciones del papa? Sí, podemos. Tenemos, nada menos que al Apóstol de los gentiles, San Pablo, que escribe a los Gálatas. Y él dice: “Pero cuando Cefas fue a Antioquía, en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible. Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los gentiles; pero en cuanto aquellos llegaron, se retraía y apartaba por miedo a los de la circuncisión. Y consintieron con él en la misma simulación. Pero cuando yo vi que no caminaban rectamente según la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?”. Y esto es a lo que nos enfrentamos hoy. Tenemos prominentes Cardenales que toman una postura anticatólica en cuestiones morales. Lo cual pensamos que ellos ya han resuelto su posición. Tenemos al Santo Padre que él mismo da la sensación que los apoya. Les da su bendición. ¿Y qué es lo que dijo San Pablo? ¡Bernabé! La mano derecha de san Pablo se dejó llevar de la insinceridad. Así, muchos Obispos – y por supuesto, Dios, tenemos todavía muchos buenos Obispos- cuando ellos ven esto, ellos también se dejan llevar…, y esto es por qué creo que la sugerencia se hace tan, tan importante, que deberíamos circular nuestro material a los Obispos, y a los sacerdotes – especialmente a los sacerdotes».

■ «Tenemos el ejemplo de la historia, Juan XXII, que enseñaba que los bienaventurados no veían a Dios hasta después del Juicio General. Él se opuso a los teólogos de la Universidad de Paris. A los cardenales y obispos e incluso a los reyes. Así que estos fueron… tenemos los sabios, los intelectuales, los teólogos, que sabían lo que estaba pasando y fueron capaces de oponerse al papa. Y por supuesto, tenemos los que tienen autoridad, los obispos. Y tenemos los laicos, como así también los reyes».

■ «El Código de Derecho Canónico también nos habla que tenemos el derecho de expresar nuestra opinión en el Canon 212, sección 3: “Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, -y creo que en este encuentro… estamos mostrando nuestro conocimiento, el hecho de que somos responsables de diversas organizaciones, nuestra competencia y nuestro prestigio – de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores, y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas”. Y esto es muy importante. Tenemos, en otras palabras, que continuar haciendo público esto».

■ «Ahora podemos decir… – esto ha sido escrito por… Melchor Cano, un famoso teólogo español del siglo XVI – “Aquéllos que, ciega e indiscriminadamente defienden todas y cada una de las decisiones del supremo Pontífice son los que más están haciendo por socavar la autoridad de la Santa Sede; destruyen, en lugar de fortalecer, sus cimientos. Pedro no tiene necesidad de nuestras mentiras ni de nuestra adulación”. En otras palabras, debemos estar vigilantes. Debemos ser objetivos en nuestro enfoque de la presente crisis en la Iglesia».

Ver la conferencia completa en inglés

Bergoglio no es materialmente Papa

«¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración, así como hacen cuando entra el Señor!» (Bergoglio, 28 de abril del 2015, a los huéspedes de los centros de Cáritas de Roma)

Arrodillarse…así como hacen cuando entra el Señor: cuando Jesús entra en la Eucaristía, todos se ponen de rodillas para adorarlo. Y se hace esto porque Jesús es Dios. Y sólo a Dios hay que darle culto de latría, adoración.

Enseñar que cuando un pobre, un hombre, entra en la iglesia, todos tienen que hacer lo mismo que se hace cuando entra Jesús en la Eucaristía, es enseñar la idolatría, pecado gravísimo que no admite parvedad de materia.

Es preciso sufrir la muerte antes que adorar a un pobre o a un hombre en la Iglesia.

No se puede obedecer el deseo de la mente de Bergoglio sin caer en la desgracia del pecado mortal.

Es una gran injuria contra Dios, no sólo adorar a un hombre, sino enseñar a dar culto al hombre, como si fuera un dios,  y hacerlo desde la Silla de Pedro.

Los hombres ya no saben medir las palabras de Bergoglio. Continuamente, ese hombre está blasfemando contra Dios, contra Cristo y contra la Iglesia. Y lo siguen manteniendo como si no pasara nada.

¿Acaso pueden juzgar las obras injustas de Bergoglio y no ser capaces de juzgar a Bergoglio como falso papa?

Quien lo tenga por su papa no puede juzgar sus obras, sus pensamientos, sus homilías, sus charlas…. Debe callar y obedecer la mente de Bergoglio.

¡Muchos católicos – y buenos católicos- no han aprendido a obedecer en la Iglesia! ¡Por tanto, no saben lo que es un Papa en la Iglesia! ¡No saben obedecer a un Papa verdadero! ¡No saben oponerse a Bergoglio, a un falso papa!

Las ideas de un Papa son las ideas de la Mente de Cristo. Y esas ideas no cambian de un Papa a otro. Son siempre las mismas, en todas las épocas, porque la doctrina de Cristo es eterna, no es temporal.

No se obedecen, en un Papa, las ideas humanas, que todo hombre tiene. Sino que se obedece a las ideas de Cristo, que el Papa da, enseña, ofrece, interpreta con la ayuda del Espíritu Santo.

Todos han caído en el mismo juego: obediencia a la mente humana de un Papa. No han sabido nunca obedecer en la Iglesia. Ni siquiera la misma Jerarquía sabe obedecer. Ahora, es un mundo para todos desobedecer a un falso papa. Muchos quedan perplejos.

Se obedece a la Verdad. Y la Verdad no la posee la mente humana de ningún hombre, ni siquiera el Papa. La Verdad es Cristo. Hay que dejar que actúe la Persona de Cristo en el hombre sacerdote, o en el hombre Obispo, para dar la Verdad a la Iglesia.

Todos dicen: sí, Bergoglio es hereje; pero materialmente es papa.

¡Gran absurdo! ¡Gran injuria!

Porque si Bergoglio es hereje, entonces no es Papa, porque el hereje no pertenece a la Iglesia, ni material ni formalmente.

El pecado de herejía es una obra que saca espiritualmente de la Iglesia de Cristo: no se está unido a Cristo ni a Su Cuerpo Místico. Se puede estar en la Iglesia de una manera exterior. Esa exterioridad no significa pertenecer a la Iglesia visible. Un hereje es como un muro, una pared de ladrillos: se ve el muro, pero ahí no está la Iglesia.

La Iglesia visible no son las parroquias ni los hombres que nuestros ojos observan. La Iglesia visible son las almas en gracia unidas a Cristo, que trabajan en una parroquia, en una capilla, en un lugar concreto.

La Iglesia es Cristo y sus almas. Si desaparecen las estructuras exteriores, la Iglesia permanece visible en las obras de sus almas.

Materialmente, las parroquias, los lugares de culto pertenecen a la Iglesia. Los hombres, en sus pecados de herejía, pueden hacer obras materiales, pero no dan el Espíritu, la Gracia en esas obras.

Un hereje que celebre una misa, materialmente hace una obra en un lugar material. Pero no hace una obra de la Iglesia. No hace una obra espiritual, regida por el Espíritu de Cristo. Su Misa no es una misa. Su sacerdocio no es el sacerdocio de Cristo. Materialmente, se viste como sacerdote. Pero no es sacerdote porque es hereje. Ni siquiera cuando celebra la misa, esa obra material, es materialmente hecha por el sacerdote.

Porque el sacerdocio es una gracia, algo espiritual, que se coloca en el corazón del alma, que es también algo espiritual. La herejía destruye la gracia del sacerdocio: pone un obstáculo que impide que el sacerdote obre con el Espíritu de Cristo. Materialmente, el sacerdote hace una obra; pero no se produce -en él, en su alma- la obra del Espíritu de Cristo.

Por la herejía, su alma no puede unirse a Cristo para actuar como sacerdote, en la Persona de Cristo. Actúa en su propia persona humana, pero no es otro Cristo: no se revela -en él, en su alma- la Persona de Cristo. Posee el sello del Sacramento del Orden, que lo marca como sacerdote de Cristo. Pero ese sello es de índole espiritual, no material. No es un sello en su cuerpo, sino en su corazón. Un sello indeleble, que no se pierde por la muerte del cuerpo, ni por el fuego del infierno.

Ser sacerdote no es hacer obras materiales en la Iglesia. Es actuar en la Persona de Cristo: es Cristo el que obra en el hombre sacerdote. Y esa obra, un hereje, nunca puede mostrarla. Cristo no obra materialmente en un sacerdote hereje. Cristo obra materialmente en un sacerdote pecador, que no ha caído en el pecado de herejía. Cristo no se une al alma de un sacerdote hereje: no aparece la Persona de Cristo en el hombre sacerdote. El pecado de herejía impide que se manifieste, material y formalmente, la Persona de Cristo en el hombre sacerdote.

Así, un hombre –como Bergoglio- que se sienta en la Silla de Pedro y que, por su herejía, no es Papa. Materialmente, está sentado en el Trono de Pedro. Pero espiritualmente, no tiene el carisma de Pedro: en él no puede revelarse, manifestarse, ser el Vicario de Cristo en la tierra. No posee, ni formal ni materialmente, el Poder Divino. No puede hablar como Cristo, no puede comunicar la Mente de Cristo, no puede actuar como Cristo en la Iglesia. Actúa en su propia persona humana, porque no tiene el carisma de Pedro. No se le puede llamar Papa por más que materialmente haga obras en la Iglesia. El oficio de Papa no es un asunto material en la Iglesia. No es un nombre que se lleva en la Iglesia.

Es algo divino: es Cristo quien guía Su Iglesia a través de Su Papa. Es Cristo quien se manifiesta a Su Iglesia a través de Su Papa. Aquellos que dicen que Bergoglio materialmente es Papa están injuriando a Cristo en la Iglesia. Cristo no puede guiar la Iglesia a través de un Obispo hereje. No la guía ni material ni formalmente.

Cristo sigue guiando Su Iglesia en el Papa Benedicto XVI: pero ya no la guía formal, sino materialmente. Benedicto XVI ya no gobierna formalmente la Iglesia. Pero la Iglesia es guiada por Cristo, a través de Benedicto XVI, materialmente. Benedicto XVI tiene el Poder Divino, pero ya no lo puede usar: no sirve el Poder Divino, no gobierna formalmente como Papa. Ese Poder Divino –que permanece en el alma de Benedicto XVI- sirve para poner un dique material a toda la obra del Anticristo. Mientras permanezca vivo el Papa Benedicto XVI, materialmente el Anticristo no puede revelarse. Tiene que ser removido el Poder Divino en el Papa, no sólo formal, sino materialmente, para que comience todo.

Han removido formalmente el gobierno del Papa en la Iglesia, poniendo un usurpador; pero queda materialmente el Poder Divino en el Papa Benedicto XVI. Y queda materialmente, porque permanece en un hombre que todavía no ha muerto. El carisma permanece en el alma de Benedicto XVI, pero materialmente. Benedicto XVI no puede usarlo formalmente. Para usarlo tiene que enfrentarse con el usurpador. Pero, Cristo, que es la Cabeza invisible de la Iglesia, lo usa materialmente para frenar al Anticristo: mantiene vivo al Papa verdadero.

Por eso, la vida de Benedicto XVI peligra. Hay que quitarlo de en medio, y cuanto antes. El demonio tiene prisa por acabar su obra.

El carisma de ser Pedro es diferente a ser sacerdote. En el sacerdocio, es Cristo quien obra en el sacerdote, es la Persona del Verbo en el sacerdote. En Pedro, es Cristo quien guía a la Iglesia, quien obra en la Iglesia, quien enseña a la Iglesia, a través de Su Papa. Es Cristo en Su Poder Divino, es Cristo en la Obra de Su Espíritu. No es Cristo en Su Persona Divina. Por eso, la Iglesia es la Obra del Espíritu de Cristo. El sacerdocio es la Obra de Cristo como Persona Divina.

El gobierno de un Papa, en la Iglesia, es la manifestación del Espíritu en toda la Iglesia. En la obediencia al Papa, el Espíritu obra en todas las almas, para que la Iglesia siga enseñando la Verdad, sea guía en la Verdad y muestre al mundo y a los hombres el único camino de salvación, que es Cristo.

El gobierno de un Papa no es imponer sus deseos humanos a los hombres. Esto es lo que hace habitualmente Bergoglio: «¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración…!». Bergoglio sólo está en sus ideas humanas, en sus caprichos, en sus errores, en sus herejías. Y es lo que da a la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo. Sólo le interesan sus pobres, su cultura del encuentro, su diálogo, su comunismo, sus ideas protestantes, acaparar la gloria de los hombres y del mundo.

Pero, a Bergoglio, no le interesa ni Cristo ni la Iglesia. Y eso lo palpan, lo viven, todos los verdaderos católicos. Hay una persecución interna a todo lo que huela a catolicidad.

La obra de un Papa, en la Iglesia, es luchar en contra del error, de la herejía; es excomulgar a los herejes; es definir nuevos dogmas. Porque el Poder Divino, en la Iglesia, se muestra en llevar a toda la Iglesia hacia la plenitud de la Verdad. Todo Papa muestra Su Poder Divino enseñando la verdad, defendiendo la verdad, guardando el tesoro de la verdad, guiando a todos hacia la verdad plena.

En un Papa, es Cristo el que obra en Su Espíritu. Por eso, el Señor les mandó a Sus Apóstoles «esperar la promesa del Padre»: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra» (Act 1, 8).

Ya Pedro había sido elegido como Papa, pero no podía actuar como Papa. Tenía el Poder divino en su alma, pero de manera material. Era necesario que viniera el Espíritu para que Pedro pudiera obrar formalmente como Papa: para poder gobernar la Iglesia en el Espíritu, en la obra del Espíritu.

Un Papa gobierna siempre en la Obra del Espíritu, nunca fuera de Ella. Por eso, un Papa nunca puede equivocarse, es infalible, porque es el Espíritu quien lo mueve todo para que la Iglesia sea testigo de Cristo, sea testimonio de la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles. Es el Espíritu el que recuerda esta Verdad inmutable, el que la muestra, no sólo al Papa, sino a toda la Iglesia.

Por eso, la Obra del Espíritu no se refiere a los pensamientos humanos de un Papa. Nunca se obedece a la mente humana de un Papa. Sólo se obedece a la Mente de Cristo que el Papa ofrece en la Iglesia.

Es la Obediencia a la Verdad que muchos, fieles y Jerarquía, nunca han comprendido. En estos 50 años, muchos han caído en la trampa, que ha puesto el demonio para desbaratar la obediencia a un Papa. Y ahora no saben desobedecer a un falso papa. Ahora, les cuesta esta parte. Por eso, muchos tienen a Bergoglio como materialmente Papa. Y no caen en la cuenta de que Bergoglio no ha sido elegido por Dios para que posea el Poder Divino. Dios nunca elige a un hombre hereje. Son los hombres los que ponen a sus herejes, no sólo en el sacerdocio, sino en la Silla de Pedro.

Ahora, quien tenga a Bergoglio como su papa, necesariamente tiene que dar obediencia a la mente de ese hombre. Porque Bergoglio no es capaz de dar la Mente de Cristo, la Verdad, a la Iglesia.

En los otros Papas, se podía discernir entre la mente humana del Papa y la Mente de Cristo en el Papa. Y se daba la obediencia al Papa porque se veía claro la Mente de Cristo en él.

Pero, con Bergoglio, es imposible este discernimiento: sólo se ve en él su mente humana. Bergoglio sólo vive dentro de su pensamiento humano. Pero no es capaz de dar el Pensamiento Divino en la Iglesia. Por eso, todo su magisterio no es papal. En todo su magisterio no se refleja el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia. Es el magisterio propio de un hereje. Y es la obra propia de un cismático. Y es la vida propia de un apóstata de la fe.

Y esto es lo que muchos están apoyando, justificando, aplaudiendo: la herejía, el cisma y la apostasía. Al tener a Bergoglio como su papa, ya material ya formalmente.

Es una gran injuria contra Dios llamar a Bergoglio con el nombre de Papa. Porque es caer en el pecado de idolatría. Como Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo, entonces se tiene que obedecer, necesariamente, su idea humana en la Iglesia. Y esto es dar culto a la mente de un hombre. Esto es buscar miles de razones para justificar el pecado de Bergoglio, para mantener en el cargo a Bergoglio. Al final, siempre son los demás los que se han equivocado porque no han comprendido lo que ha querido decir Bergoglio. Bergoglio siempre queda como el justo, como el santo. Es la idolatría en que caen muchos al tenerlo como su papa.

Ahora, tienen que enseñar, en la Iglesia, a arrodillarse ante los pobres. Es justo que se haga eso: están obedeciendo a los deseos de un hombre. Se están sometiendo a la mente de un hombre. Y ya nadie es capaz de ver que Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo. Todos han quedado oscurecidos, en sus mentes, para no ver la Verdad. Y eso es una Justicia Divina en la Iglesia. Preferís las palabras baratas y blasfemas de un hombre que la Mente de Cristo. Entonces, quedaos con ese hombre y levantad vuestra falsa iglesia, que os va a llevar a lo más profundo del infierno.

Cristo sigue guiando a toda la Iglesia en Su Papa Benedicto XVI. La guía materialmente, manteniendo vivo a Su Papa para que los verdaderos católicos tengan tiempo de salir al desierto. Es en el desierto en donde está toda la Iglesia en Pedro, en la oración, en la penitencia, en la vida escondida. Y allí tiene que vivir y ser alimentada durante un tiempo. No es en Roma ni en la Jerarquía en donde se ve a la Iglesia.

Ya todos los Papas han cumplido su misión en la Iglesia. Una vez que muera Benedicto XVI, hay un tiempo de sede vacante, necesario para que aparezca el falso profeta y el Anticristo y hagan su obra.

Pero, la Iglesia sigue siendo la Obra del Espíritu. No es la obra de ninguna cabeza humana. Nadie dicta la fe en la Iglesia. La Jerarquía de la Iglesia no impone lo que hay que creer o lo que no hay que creer. La fe divina no es el dictado de los hombres. Es un don divino al hombre. Y sin humildad, ese don divino no puede funcionar en ningún hombre.

Por eso, lo que ahora observamos en toda la Iglesia son hombres: con sus ideas, con sus planes, con sus obras. Que es la manifestación del pecado de soberbia en los fieles y en la Jerarquía. Y, en ese pecado de soberbia, el pecado de orgullo, que se revela principalmente en quienes gobiernan la iglesia. Son ellos los que hacen lo que les da la gana en la Iglesia, poniéndose por encima de toda ley divina, de todo el magisterio de la Iglesia, quitando a su capricho lo que no les gusta o no va con su estilo de vida.

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«Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro, y postrándose a sus pies, le adoró. Pedro le levantó, diciendo: Levántate, que yo también soy hombre» (Act 10, 25).

Si no hay que arrodillarse ante el Papa para adorarlo, porque es un hombre, menos hay que hacerlo ante un pobre. La adoración es debida y conviene a solo Dios. A las demás criaturas, ni por el cargo que ejercen, ni por la posición social que tienen, ni por otra cualidad o circunstancia, se les debe la adoración. Sólo el respeto que toda persona humana merece.

Sólo hay que arrodillarse ante Cristo, ante Jesús en la Eucaristía. Y quien lo hace ya no puedo hacerlo ante un hombre. El único Hombre ante el cual todo hombre debe arrodillarse es Cristo. Porque la carne de Cristo está sólo en la Eucaristía, no en los pobres. Y aquel que ponga la carne de Cristo en los pobres, como hace Bergoglio, sólo está diciendo que no ama la Eucaristía porque no cree en Ella. Y no cree en Ella porque, para él, Jesús no es Dios, sino un hombre cualquiera.

«Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único» (Homilía, 22 de mayo del 2008, Benedicto XVI en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo)

Bergoglio cae en esta idolatría porque no cree en Dios. Es un ateo que no cree en la existencia de Dios, sino que se ha inventado, con su mente humana, su concepto de Dios. Un dios no real, no verdadero. Un dios que es el fruto de su desvarío como hombre. Su vida le lleva a ese concepto de dios. Y vive para esa mentalidad propia de un hombre que no ha sabido adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Aquel que enseña a adorar a un hombre está diciendo que no adora a Dios, que no ha sabido nunca adorarlo. Bergoglio nunca se ha sometido a Dios. Siempre con la cabeza levantada ante Dios, como un orgulloso. Nunca ha sabido inclinarse, poner su cabeza en el suelo. No puede. Su soberbia se lo impide.

Bergoglio mira a un hombre, mira a un pobre, y no sabe ver su alma: no sabe buscar a Dios en el alma de ese pobre. Sólo está interesado en la vida humana, en la vida social, en la vida carnal de los hombres

Quien no ve el alma, que es algo invisible para el hombre, sólo está pendiente de los cuerpos de los hombres, de lo exterior, de una vida natural. Pero no sabe tratar con las almas. No sabe vivir con ellas. No sabe enseñarlas el camino del cielo. Sino que sólo les da una doctrina que es puro demonio. Y tiene que caer en esta abominación de enseñar a adorar a los hombres.

«Apártate, Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”» (Mt 4, 10).

Esto es lo que hay que decirle a Bergoglio: Apártate, Satanás. Enseñas a adorar a los hombres. Eres un demonio encarnado. Enseñas el camino del infierno a todas las almas. Sólo a Dios se le debe adoración. Es un precepto divino positivo.

Pero, Bergoglio no entiende de preceptos: no cree en el derecho natural, por el cual a Dios se le da culto, ya interno, ya externo, ya individual, ya social, al ser el principio y el fin de todas las cosas.

Para Bergoglio, el principio de todas las cosas es su mente humana: con ella se inventa su dios, su cristo, su iglesia, su religión, su vida. Y si su mente es el inicio de una vida de blasfemia, entonces el fin de su vida es lo que encuentra en su mente. Bergoglio vive para lo que estamos viendo en la Iglesia: para su idea masónica de la fraternidad, para su idea protestante de una iglesia llena de pecadores, y para su idea comunista de un gobierno global, en la cual poder culminar su gran negocio en la vida.

Bergoglio no cree en el derecho divino, por el cual Dios ha dado al hombre mandamientos que debe cumplir para que ame a Dios.

Sólo cree en su soberbia, sólo obra con su orgullo y sólo ama en su lujuria de la vida.

¡Pobre aquel que tenga a Bergoglio como su papa! ¡Idolatra, no sólo al hombre, sino a todo hombre! Y se dedica a hacer su negocio en la Iglesia:

masonx

Quien se une a las intenciones de Bergoglio no es Iglesia

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«Ésa que están presentando no es Mi Iglesia. Quien está unido a las intenciones del Innominado no está unido a Mí, porque no se puede servir a dos patrones» (Conchiglia, 25 de marzo del 2015).

La Iglesia visible –en Roma y en todas las parroquias unidas a Roma- no es la Iglesia de Cristo.

Luego, la Iglesia gobernada por el Innominado, es decir, por el falso papa Bergoglio, no representa la fe católica, no enseña la Verdad del Evangelio, no mantiene la fidelidad a la Tradición, y no es capaz de señalar el camino de la salvación y de la santificación a todas las almas.

«Quien tiene Mi Luz en el propio corazón y en la propia mente bien ve que está alterando lo que he enseñado» (Conchiglia, 22 de septiembre del 2013).

Muchos -que se dicen católicos- tienen un corazón no purificado, que vive en el pecado, que obra el pecado, y que les imposibilita poseer la luz de Dios para conocer la verdad, siéndoles un obstáculo –su mismo corazón cerrado a la vida de la gracia- para poder entender qué pasa en la Iglesia.

El pecado es un muro que se levanta en la vida del hombre,  en el cual el alma no puede ver la realidad.

Quien se une a las intenciones de Bergoglio no está unido a Dios, sino que se ha separado de la Voluntad de Dios. Porque un Papa representa sólo la Voluntad del Padre. Cristo representa a su Padre Dios en la tierra. Cristo dio a conocer e hizo amar a su Padre Dios: «No sabéis que es necesario que me ocupe de las cosas de Mi Padre» (Lc 2, 49). Cristo sólo vino a la tierra, sólo se Encarnó para hacer la Voluntad de Su Padre.

Y todo Papa, que es el Vicario de Cristo en la tierra, tiene la misma misión de Jesucristo: llevar a toda la Iglesia hacia la Voluntad del Padre. Y, por lo tanto, enseñar a toda la Iglesia qué cosa es la Voluntad de Dios y cómo obrarla.

«Nadie viene al Padre si no es por medio de Mí»: Cristo es el Mediador entre el Padre y los hombres. Es el camino para encontrar al Padre. Y Cristo, que es Mediador, ha puesto en Pedro su mediación divina: para ir a Cristo hay que ir por el Papa; es decir, hay que obedecer, hay que someterse al Papa.

Quien se une a las intenciones del Papa, está unido a las intenciones de Cristo, que son las de Su Padre.

Pero quien se une a las intenciones de un hombre que no es papa, como es Bergoglio, automáticamente se separa de la Voluntad del Padre en la intención; y en las obras ya no sirve a Dios, sino al demonio. Y se pueden hacer obras muy buenas, pero son sólo para el demonio.

«El Innominado es astuto…astuto…astuto. Ha convocado un falso jubileo, ya que es falsa esta iglesia, como es falsa la misericordia que propone, puesto que no es Mi Misericordia» (Conchiglia, 25 de marzo del 2015).

Si Bergoglio ha puesto un gobierno horizontal, entonces está levantando una falsa iglesia, con su poder humano. Y es una falsa iglesia que remeda, que imita a la verdadera: se proclaman santos, se convocan jubileos…. Son todos ellos falsos santos y falsos jubileos…

¡Pero, qué difícil es encontrar a una Jerarquía que predique que lo que hay en Roma es una falsa iglesia!

Ni siquiera el cardenal Burke se atreve a decir esto.

Nadie se atreve a hablar en contra de Bergoglio. Es el gran pecado de toda la Jerarquía.

Todos aquellos que se unen a las intenciones de Bergoglio no están unidos a Dios. Han perdido el Poder Divino en la Iglesia.

¡Qué difícil de entender esto para los católicos!

¡Sólo hay poder divino en un gobierno vertical! Si se da -de hecho- el gobierno horizontal, automáticamente, cualquier sacerdote, cualquier Obispo, que obedezca a ese gobierno horizontal, pierde el Poder Divino. Es decir, ya no son la Jerarquía de la Iglesia Católica. Ya no representan a la Iglesia Católica. Ya no tienen poder para poner leyes, para juzgar, para mandar, para guiar en la Iglesia.

Desde hace 50 años se ha trabajado para librarse de la unidad de gobierno, dando a los Colegios Episcopales más autoridad de la que realidad poseen, colocando el poder en el pueblo de Dios, en los consejos presbiterales y pastorales, en las instituciones del sínodo, en las muchas comisiones romanas y nacionales, en los dictámenes de las distintas congregaciones religiosas…. Todo ello ha degradado la Autoridad en la Iglesia y ha sido fuente de anarquía y desorden, que es lo que se ve por todas partes.

¡Ningún católico sabe lo que es el Poder Divino en la Iglesia! ¡Ni lo que significa este Poder Divino en la Jerarquía! ¡Porque la misma Jerarquía de la Iglesia no da ejemplo de gobierno, de autoridad divina! ¡Hacen lo que quieren! ¡Gobiernan como quieren y a todos imponen sus leyes humanas y una doctrina que no son el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia!

Jesús pone Su Iglesia en Pedro. Y concede a Pedro el Primado de Jurisdicción: es decir, Pedro es el primero por derecho de autoridad en la Iglesia. En otras palabras, posee todo el Poder Divino, tiene toda la Autoridad. Y los demás participan de ese Primado por la obediencia a Él. Y sólo por la obediencia.

Si un Obispo no obedece al Papa legítimo, automáticamente, pierde el poder divino.

En Pedro hay un gobierno vertical, una monarquía. El Papa comunica su Autoridad en la medida que lo considera oportuno, ya en circunstancias ordinarias como extraordinarias.

Este Primado de Jurisdicción es distinto a la potestad ministerial. Para celebrar Misa no hace falta el Primado de Jurisdicción, sino el poder que da el Orden para poner a Cristo en el Altar. Para predicar no hace falta el Primado de Jurisdicción, sino sólo el poder que da el Sacramento del Orden para enseñar la verdad de la Palabra de Dios.

«Jesucristo puso a San Pedro como gobernante supremo de la Iglesia. En verdad hizo a San Pedro y a nadie más aquella insigne promesa: “Tu eres Pedro sobre esta piedra edificare Mi Iglesia” (San Mateo 16,18). Por estas palabras queda claro que por voluntad y por mandato de Dios la Iglesia se asienta en San Pedro, así como un edificio está asentado en sus cimientos… Por consiguiente pertenece a Pedro el sustentar la Iglesia y el defenderla unida y firme con estructura irrompible…» (León XIII Encíclica “Satis cognitum”  AAS 28, 726s).

Pedro es el gobernante supremo de la Iglesia. Eso es el Primado de Jurisdicción: la suprema autoridad en la Iglesia. Y nadie más tiene esa Autoridad: «En verdad hizo a San Pedro y a nadie más aquella insigne promesa».

Todo está asentado en Pedro. La Misa de un sacerdote o de un Obispo, para que tenga validez para toda la Iglesia, tiene que estar unida a Pedro. La predicación de un sacerdote o de un Obispo, para que valgan para toda la Iglesia, debe estar unida a Pedro. Cualquier oración, cualquier obra apostólica que se haga, para que tenga validez en la Iglesia, debe estar unida a las intenciones del Sumo Pontífice. Una Misa, o una predicación, o una obra apostólica, que no se una a las intenciones de Pedro, valdrán en cuanto misa o predicación u obra apostólica, pero no en cuanto medio para salvar y santificar las almas.

Un sacerdote sin cabeza, sin obediencia a una cabeza legítima, su misa vale si la hace según la intención de la Iglesia, pero no vale para la Iglesia. El poder ministerial se ejerce, pero no el Poder Divino. Lo que salva y santifica en la Iglesia es el poder divino, no el poder ministerial. La Misa es para la Iglesia, no para el sacerdote. El sacerdote no vive para sí mismo, sino para Cristo y sus almas, es decir, para la Iglesia. No tiene sentido una misa si no se ofrece para salvar y santificar las almas de toda la Iglesia. Y sólo es posible ese ofrecimiento si el sacerdote obedece a una cabeza legítima. Cristo actúa para realizar la obra de Su Padre. No actúa por sí mismo. Su Misa, que es Su Calvario, sólo salva almas porque es la Voluntad de Su Padre, en obediencia su Padre. El Padre quiso el Calvario, quiso esa Misa.

Un sacerdote o un Obispo que haga de la Misa un acto comunitario o que dé su obediencia a un falso papa, a una falsa cabeza, su misa no tendrá valor para salvar y santificar, porque la intención se pone en un hombre no elegido por Dios para guiar la Iglesia. La Misa valdrá por el Sacramento, por el poder ministerial, pero no construye la Iglesia, no levanta la Iglesia, no hace Iglesia. Muy al contrario, esas misas sólo sirven para destruir la verdad del Sacrificio Eucarístico y poner la mentira de la comunión social, del engendro de la unión de todas las religiones para un falso culto a Dios.

Por eso, es necesario ir saliendo de las parroquias.

«El Innominado, que es el Vicario del Anticristo, pronto dejará el lugar al Anticristo, que representará a Lucifer en la Tierra…deberán ya sea obedecer al Anticristo, o esconderse para celebrar la Santa Misa en refugios improvisados, o bien morir por mano de los servidores del Anticristo…» (Conchiglia, 25 de marzo del 2015).

La Iglesia se fundamenta en el Poder Divino, no en el poder ministerial, que da el Sacramento. Esto es muy importante entenderlo. Se es Iglesia porque se obedece al Papa, no porque se celebra una misa o se predica la Palabra de Dios o se hace una obra apostólica.

Aquellos sacerdotes u Obispos que todavía predican bien y hacen las cosas como Dios quiere en la misa, pero dan su intención al falso papa Bergoglio, tendrá que elegir muy pronto: o el Anticristo o esconderse para seguir haciendo las cosas como Dios quiere, pero no en la obediencia a un falso papa. Estos sacerdotes, todavía su misa vale, pero no sirve para salvar y santificar las almas, porque la intención no es recta, no es verdadera. Están cometiendo un gran pecado que, aunque no anula su poder ministerial, les pone en camino para perder la fe. Y si pierden la fe, entonces se anula en ellos también el poder ministerial: sólo hacen una obra de teatro en sus misas.

Todos participan del Poder Divino, que sólo lo tiene Pedro, en la obediencia a Pedro, en su sometimiento. En reconocerlo como Papa, como Vicario de Cristo, como infalible en su magisterio ordinario y extraordinario en la Iglesia.

Mientras un Papa permanezca en el gobierno vertical, todos participan de ese Poder Divino, y la Iglesia (todo el Cuerpo Místico) es guiada por el Espíritu Santo en la obediencia al Papa.

Por eso, todos los Papas, desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, se mantuvieron en la verticalidad. Y a pesar de todos las desobediencias de los Obispos y sacerdotes, a pesar de que colocaran falsos papas, sosias, la Iglesia continuaba su curso, ayudada en todo por el Espíritu Santo.

Pedro es el que tiene el Poder Divino en la Iglesia. Y toda la Iglesia se construye en este Poder Divino. Quien no se someta a este Poder Divino, por más que luche por la tradición de la Iglesia,  por más que celebre en el rito antiguo de la misa…, no construye la Iglesia, no hace Iglesia, no es Iglesia.

¡Esto es lo que cuesta entender!

¿Para qué asisten a la misas de los sedevacantistas o lefebvrianos? Ellos no siguen a los Santos, que enseñan: «Dejo esta llave al Vicario de Cristo en la tierra, a quien todos estáis obligados a obedecer hasta la muerte, y quien está fuera de su obediencia, está en estado de condenación» (Sta. Catalina de Sena – Diálogos- Tratado de la obediencia, cap. 1, pag. 365). No salvan los Sacramentos, no salvan los ritos litúrgicos, no salva la Tradición. Sólo salva la obediencia hasta la muerte al Papa legítimo y verdadero. Quien deje esta obediencia por estar en una misa que se celebra con el rito tradicional, o por guardar la tradición, está en vía de condenarse. La Cruz es el Dolor de la Obediencia al Padre. El Sacrificio de la Cruz tiene valor sólo por la obediencia espiritual a la Voluntad de Dios: «por la desobediencia de uno solo muchos fueron los pecadores…por la obediencia de uno solo muchos será hechos justos» (Rom 5, 19).

No de todos es la fe. No todos son de la Iglesia. Sólo en la Iglesia, que permanece unida al Papa, está la salvación de las almas. Quien no esté unido a los Papas verdaderos y legítimos, no puede salvarse. No salva el poder ministerial: no salva una misa. Salva el Poder Divino. La Misa salva porque el sacerdote se une a las intenciones del Papa legítimo.

Mientras ha existido la verticalidad en el gobierno de la Iglesia, el Poder Divino ha estado presente en todos los miembros y en la Jerarquía que ha sido obediente a los Papas.

Quien se haya rebelado contra los Papas, quien proclame el sedevacantismo, quien se haya separado de la Autoridad del Papa porque no ha aceptado un Concilio…, ha perdido el poder divino en la Iglesia. Hará su Misa con su poder ministerial, el propio del Sacramento, pero esa Misa no sirve para hacer Iglesia, para unir en la Verdad, para dar frutos divinos en la Iglesia.

La gran división en toda la Iglesia ha sido en la cabeza. Por eso, el demonio la ha atacado de una manera magistral, y ahora vemos el gran cisma y la gran división en todas partes de la Iglesia.

Unos atacan a todos los Papas, otros hicieron renunciar al Papa legítimo para poner su falso papa, otros encumbran a este falso papa a una gran santidad para que todos los demás lo tengan por verdadero, y así construir la falsa iglesia que se quiere.

Desde el momento en que Bergoglio puso en funcionamiento su gobierno horizontal, el poder divino desapareció en toda la Iglesia.

Ya la Iglesia no hay quien la sustente, no hay quien la defienda unida y firme, porque se ha fundamentado todo en una estructura rompible: en un poder humano, en un conjunto de hombres que deciden lo que es bueno y lo que es malo con sus mentes, con sus obras heréticas y cismáticas.

El Poder Divino significa la potestad de mandar, de prohibir, de juzgar. Ya en la Iglesia mandan todos en sus diócesis, nadie juzga el pecado ni al pecador, y nadie prohíbe que se enseñe la mentira en la Iglesia.

El Poder Divino significa atar y desatar. Y eso ratificado por Dios. Cuando se ha perdido ese poder divino, ya nadie ata y desata de manera divina, sino que todo es oscuridad. Todos van buscando -ahora- la forma de poner leyes en que no se juzgue ni se castigue el pecado ni al pecador. Se busca una ley humana adecuada al poder humano que se representa. Se busca que sea el mismo hombre el que ratifique su mismo poder. Se busca un poder que ate a los hombres a una forma de pensar humana y que los desate de la Mente de Cristo. ¡Una Abominación!

Bergoglio no es Papa. Luego, no tiene poder divino para nada. Y aquellos que se unen a su intención, pierden todo poder divino.

El Poder Divino sólo está en el Papa: en Benedicto XVI. Quien éste unido a Él, sigue poseyendo el poder divino y su misa, o su predicación o su obra apostólica salva y santifica las almas, construye la Iglesia.

Cuando muera Benedicto XVI, no habrá poder divino y se manifestará el hombre de la iniquidad: «el ministerio de la iniquidad está ya en acción; sólo falta que el que le retiene sea apartado» (2 Ts 2, 7).

La Jerarquía de la Iglesia no se va a salvar por su poder ministerial, ni porque saben la teología. Sólo pueden salvarse si dejan de obedecer a Bergoglio como papa y se oponen totalmente a él. Si no hacen esto, llevarán consigo a muchas almas al infierno por su falsa obediencia a un hombre sin verdad.

Un hereje nunca representa a la Iglesia Católica. Con las herejías de Bergoglio no se construye la Iglesia Católica. Con las palabras babosas de ese payaso vestido de papa no se levanta la Iglesia Católica.

Toda la Iglesia está sólo en el Papa verdadero y legítimo: Benedicto XVI. Y nadie le obedece. Nadie se une a él. Entonces, ¿qué Iglesia están haciendo? La propia del Anticristo.

Fe viva, fe muerta

021

«…la verdad del entendimiento divino es inmutable. En cambio, la verdad de nuestro entendimiento es cambiable. No porque ella esté sometida a mutación, sino porque nuestro entendimiento pasa de la verdad a la falsedad»  (Sto. Tomás, parte 1, q. 16 a.8).

El pensamiento no es libre de pensar lo que se le antoje porque existe la verdad inmutable, que sólo está en la Mente de Dios. Por eso, todo hombre que se precie en su inteligencia tiene que parecer terco, dogmático e intransigente.

El hombre está hecho para pensar sólo la verdad. Y la verdad no es lo que el pensamiento piensa con más o menos evidencia subjetiva. Las cosas son como son: hay una verdad objetiva de las cosas (porque Dios las ha creado así), se da una auténtica realidad de las cosas. Y, por eso, el hombre tiene que ser dócil de espíritu, es decir, tiene que reconocer la verdad donde quiera que esté, y aunque el hombre –en su ser subjetivo- no la perciba con evidencia.

La verdad no es lo que percibe el sujeto, sino lo que se muestra a la persona.

El sujeto cambia según el cambio de su entendimiento. Siempre el hombre está pasando de una verdad a una falsedad; de una mentira a una verdad.

Por eso, el Señor ha puesto una autoridad dogmática y espiritual, que es infalible: el Papa. Es el que muestra la Verdad a todos los hombres. Una Verdad Divina, Revelada, que ningún hombre, ningún sujeto, ninguna mente humana puede cambiar. Porque la verdad no es subjetiva, ni relativa, ni opinable o dada a deliberación, sino que es absoluta, objetiva y accesible al hombre por dos caminos: la realidad de la vida y la autoridad de la revelación.

Cuando en la Silla de Pedro se sienta un hombre sin verdad, como es el caso de Bergoglio y de todo su gobierno horizontal, inmediatamente el pensamiento de los hombres se oscurece y se pierde en la mentira y en cualquier error. Y esto sucede en todas partes: dentro de la Iglesia y en el mundo entero.

Se quiere reformar la Iglesia para darle más credibilidad ante todo el mundo. Es lo que están haciendo, ahora, trastocando la Pastor Bonus, para así meter a los laicos y a las mujeres en la Curia de Roma. Hacer una nueva iglesia acorde con los nuevos tiempos. Y se pierde la verdadera credibilidad de la Iglesia: la de los santos de todos los tiempos, la de Cristo, la que enseña y gobierna con la Verdad. Y todos se engañan, porque la credibilidad no está en cambiar las estructuras de la Iglesia, sino en cambiar a las personas.

Se cambian estructuras y permanecen los mismos sujetos, que viven sus vidas en contra de la realidad misma de las cosas y de la autoridad divina. Una persona que alabe su obra de pecado es un sujeto que mueve masas -no corazones- en el mundo y en la Iglesia.

Es la Iglesia Católica la que enseña a pensar la verdad absoluta. Cuando la Iglesia comienza a enseñar la mentira, entonces el caos es total, universal e inmediato. Se pierde el realismo de la fe y el realismo de la verdad, que es el propio de la razón humana. La mente del hombre comienza a vivir una fábula, una ilusión, una noche mágica, un surrealismo, un encantamiento de la vida.

Una Jerarquía que no dogmatice la verdad revelada y, por lo tanto, que no excluya a los hombres, acaba imponiendo a todos la mentira de sus mentes, de sus ideas, de sus filosofías y teologías. Y es una imposición, una dictadura, que incluye a todos los hombres y que refleja en todas partes la apostasía de la fe, que conduce, inevitablemente, a la fe muerta.

San Anselmo hace una distinción entre la fe viva y la fe muerta:

«La fe viva cree en el ser en el cual debe creer1»: la fe viva es un creer en la verdad revelada. Es la fe que enseña Dios con su Autoridad. Es la fe que la Iglesia enseña con su magisterio infalible en el Papa.

«… la fe muerta cree solamente lo que debe creer»: la fe muerta es un conformarse con lo que le dicen a uno que debe creer. Es vivir en la ociosidad de la vida, en el lenguaje de los hombres. Es la fe que dictan los hombres. Es una fe sin discernimiento espiritual. Es declarar una mentira oficialmente como verdad, como ley, como norma de la vida.

La fe viva no está ociosa, porque está movida por el amor divino. Y, por eso, esa fe «se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto2».

Hay que amar la justicia: «Haz justicia y juicio, que eso es más grato a Yavé que el sacrificio» (Prov 21, 3).

Practicar la justicia: «Ofreced sacrificios de justicia y esperad en el Señor» (Salm 4, 6). Para este ofrecimiento, el hombre tiene que ser humilde en su mente: poner en el suelo su inteligencia humana. Es el mayor sacrifico que un hombre puede ofrecer a Dios. Es un sacrifico de justicia, para que se manifieste la Justicia de Dios entre los hombres. Cuando los hombres buscan sus ideas, sus filosofías, sus reformas, sólo se manifiesta la justicia de los hombres, que siempre es una injusticia, porque no puede abarcar, ni todo el bien ni todo el mal.

La fe viva busca la Justicia de Dios, porque está movida por el amor divino en el alma. Busca lo justo: no puede despreciar nada justo.

«El justo halla su gozo en practicar la justicia, en tanto que los obradores de iniquidad se espantan» (Prov 21, 15).

Admitir a Bergoglio como Papa es una injusticia, es obrar una iniquidad, es escandalizarse de la verdad. ¡Aterrador es para muchos decir que Bergoglio no es Papa! ¡Espantoso, ponen el grito en el cielo!: viven con una fe muerta.

No se puede creer en el diálogo, en la fraternidad, en la liberación de los pobres por las injusticias sociales de los ricos, en las reformas que se quieren hacer en el papado de la Iglesia…porque lo dice Bergoglio.

La Iglesia no es lo que está en la mente de un hombre. La Iglesia es la Mente de Cristo. Es decir, es la Verdad Eterna, Inmutable, útil para todos los hombres, necesaria para todos ellos, y el único camino que los lleva a la Vida.

No se puede creer allí donde no hay Verdad. Un hombre que se precie no puede conformarse con lo que le dicen que hay que pensar, obrar, creer.

Aquella persona que cree en el Papa cree en la Verdad que el Papa le ofrece, le da, le recuerda. Esto es tener una fe viva. Se cree en la Verdad. No se puede creer en un hombre ni en la mente de un hombre. No se puede conformarse con la mente de un hombre. No se puede vivir en la ociosidad que proviene de la mente de un hombre. ¡No se puede aceptar una mentira como verdad!

Un hombre que se precie en su inteligencia humana es persona, no es sujeto de la sociedad ni de la Iglesia. No se vive para un subjetivismo, sino para un personalismo.

La persona es el yo que nunca cambia en la naturaleza humana. La persona es la que decide su vida según la verdad que encuentra con su mente humana. Es algo inmutable y constante. Nadie puede cambiar a una persona. Pero todos pueden cambiar la mente de esa persona.

Cuando la persona se instala en la sociedad o en la Iglesia, se hace sujeto de esa estructura, pero no pierde su personalidad, su personalismo. Como sujeto, la persona aprehende muchas cosas que son cambiantes en su vida personal. En las estructuras sociales o religiosas o familiares, se dan muchas obras cambiantes, de acuerdo a las muchas ideas que los hombres ofrecen.

Una persona sin fe divina está expuesta a las modas, a las veleidades, a ser una veleta de cualquier pensamiento humano, un juguete de los hombres. Una persona que no esté asentada en la verdad dogmática se comporta como sujeto, en la subjetividad, en el relativismo, pero no manifiesta su persona, su verdad inmutable. No es persona, no vive su personalismo, sino su subjetivismo. Esconde su persona para seguir el pensamiento de muchos, el lenguaje variado de los hombres. Y su vida es eso: cambiante según los tiempos, según las culturas, según el progreso de los hombres.

Para dejar libre a la persona, para que se manifieste el personalismo, hay que matar en sí al sujeto: «si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga» (Lc 10, 23).

La persona tiene que seguir la Verdad con su mente y, por lo tanto, tiene que mortificar en sí misma lo que le inclina hacia la mentira, hacia el error, lo que le hace cambiar. Ser sujeto de una sociedad, de un estado, de una iglesia, dejándose llevar por lo que dicen, por lo que predican, por las leyes que imponen, es sumergir la persona en el error y llevarla hacia su autodestrucción.

«Expiación: ésta es la senda que lleva a la Vida»  (San José María Escrivá de Balaguer – Camino 210). Expiar los múltiples extravíos de la mente humana, que se sumerge en las diversas estructuras cambiantes. Que cambian porque las mentes de los hombres pasan de la verdad a la falsedad continuamente.

Lo que le hace cambiar al hombre, a la persona, de su ser inmutable, es su propia mente.

La mente está hecha sólo para la verdad. Pero el hombre vive en un mundo de mentira, en un mundo opuesto a la verdad, a su esencia.

Y, por eso, dice el Señor: «No améis el mundo ni lo que hay en el mundo» (1Jn 2, 15) Quien lo ama transforma su propia naturaleza humana y su propia personalidad.

Toda mentira es ir en contra de la misma esencia de la verdad. Es un pecado contra la verdad.

Todo hombre que vaya en contra de su misma naturaleza humana, se auto-degrada él mismo, se autodestruye.

Un homosexual no es persona porque va en contra de su misma naturaleza humana. Su mente, que ama el mundo, que ama el error, que ama su pecado de abominación (contra natura), sumerge a su persona en un mundo que no existe en la realidad de las cosas. Vive sin su personalidad, anclado sólo en el sujeto de su mente: en su subjetivismo, en su relativismo. Y, por eso, un homosexual no puede tener derechos: no existen en la realidad de las cosas. No existen en la Verdad Revelada por Dios.

Y toda sociedad, toda iglesia o religión que acepte a los homosexuales como personas, no puede subsistir: es un monstruo que el hombre crea como sociedad, pero que no se da en la realidad de la vida. No es una verdad que esté en Dios. Es una verdad que el hombre ha creado y que quiere proyectarla de alguna manera.

Un mundo que cambia constantemente es un mundo en busca de su propia autodestrucción. No quiere permanecer en la Verdad inmutable. Necesariamente trae la muerte a todo hombre. Por eso, tiene que venir un castigo divino a todo este mundo cambiante. Los tres días de tinieblas no andan lejos. Son necesarios para que el hombre siga siendo hombre, siga en la verdad de su naturaleza humana.

La expiación es la muerte de uno mismo3, la muerte de ese sujeto que tiende al cambio constantemente. En la expiación el hombre es hombre, adquiere el verdadero sentido de su existencia humana.

La fe no es el dictado de los hombres, sino que es la enseñanza del Espíritu a todos los hombres. Y el Espíritu es el Amor de Dios.

La fe viva es la que posee la vida del amor de Dios. Pero la fe muerta es la que carece de amor:

«… la fe ociosa no vive, porque carece de  la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad4»: muchos que se conforman con el pensamiento de Bergoglio no aman a Dios, no aman la exigencia de la verdad, que pide al alma salir de todo lo humano para poder comprender la vida de Dios.

Sólo en la expiación se llega a la vida de Dios. Ése es el camino.

Pero cuando se muestra un nuevo camino: hay que dar a los malcasados la comunión; hay que admitir a los homosexuales como hombres con derechos en la sociedad y en la Iglesia, Dios no quiere el mal, no hace justicia, no castiga, y por lo tanto, todo el mundo puede comulgar, todo el mundo puede ser bautizado, las mujeres pueden ser sacerdotes y obispas…se muestra el error, la muerte – no la vida- , la condenación eterna a los hombres.

Muchos católicos, fieles y Jerarquía, viven con una fe muerta: creen en lo que les dicen que deben creer. Y, por tanto, tienen que admitir la injusticia. Y, consecuencia, tienen que despreciar lo justo, lo santo, lo divino.

El amor es lo que vivifica la fe; no es el lenguaje de los hombres, no es la cultura del encuentro, no es el diálogo entre religiones, no es hacer obras humanas para cuidar a los niños, a los ancianos, a los pobres, al medio ambiente….

«Que amándote te encuentre, que encontrándote te ame5: la fe viva lleva en sí misma una raíz, que no pertenece a este mundo, que impulsa al alma a ver a Dios, que hace que el alma busque el rostro de Dios, se aleje de todo lo humano para estar en la Presencia de lo Eterno.

La fe viva busca al verdadero Dios y, por tanto, sólo está centrada en la Verdad que Dios manifiesta a los hombres. ¡Verdad inmutable!

Aquel que en su vida no vaya en busca de la verdad es que no busca al verdadero Dios. Busca un dios para su mente humana, para su idea de la vida, para su obra en la Iglesia. Eso es lo que Bergoglio va buscando: su dios, su cristo, su mesías, su iglesia. Eso es lo que ese hombre manifiesta cada día.

Un hombre que no busque con su inteligencia la verdad, sino el error, es un hombre insensato.

«Deseo entender de algún modo tu verdad, que cree y ama mi corazón. Y no busco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también que si no creyera, no entendería6».

El que no cree no puede entender: es insensato.

Si no se cree en la verdad que Dios revela, el hombre se ciega en su mentira, y eso le afecta en todo lo que es: en su vida y en su propia naturaleza humana.

La pérdida de la divinidad es la autodestrucción del hombre por sí mismo. La gente, hoy día, vive sin la gracia, en la desgracia de su pecado. Y la gracia es lo que diviniza al hombre. Por tanto, la gente vive en lo más absurdo de su vida: vive buscando la muerte, buscando su propia destrucción.

Un hombre que no cree en la verdad es un hombre que no levanta su mente a la contemplación de Dios, sino que pone su mente en la visión terrena de la vida. Hace como los puercos: no miran el cielo, sino las algarrobas de la tierra. Comen tierra, se alimentan de la vanidad, del orgullo de sus vidas.

El que tiene una fe viva, la verdad que encuentra con su mente, le hace ser lo que es y saber que lo es en Dios.

La fe que busca el intelecto, que busca la inteligencia de la verdad, es lo que se ha perdido en toda la Iglesia.

¡Cuántos católicos con una fe que busca la ociosidad, el conformarse con lo oficial en la Iglesia! ¡Son católicos necios, estúpidos, idiotas!

Una fe que no procura entender lo que pasa en el Vaticano es una fe muerta.

Una fe que no discierne si Bergoglio es Papa o no es Papa es una fe muerta.

Una fe que no combata las herejías que, cada día, se ofrecen desde el Vaticano, es una fe muerta.

«El insensato dijo en su corazón: no hay Dios» (Sal 14, 1): Bergoglio niega a Dios. Y esto no es sólo una pura idea, un lenguaje que se dice. Lo niega en su corazón. Por eso, se ha vuelto un impío, un hombre insensato, es decir, sin inteligencia, sin mente, sin razón, sin sentido de lo divino.

Y, por eso, Bergoglio, carece de toda prudencia en el hablar: habla como un enajenado, como un hombre fuera de sí. Es Obispo y habla fuera de su ser de Obispo. No habla como Obispo. Mucho menos como Papa.

Es un loco que se viste de Obispo y de Papa.

Un hombre cuerdo es el que entra en sí mismo, el que se recoge del mundo, de los sentidos, el que cierra las puertas al espíritu del mundo, para poder poseer la verdad, que sólo en Dios la encuentra.

Pero esto no es Bergoglio: leerlo es vomitar su contenido. Es insufrible para el alma, para el corazón y para el espíritu.

Bergoglio es demencia. Y sólo eso. Y los que le rodean han caído en la mayor estupidez de todas.

Aquel que niega la esencia de lo que es la Iglesia (= la verticalidad del Papado) está autodestruyendo la propia Iglesia. Está haciendo una obra en contra de la naturaleza de la Iglesia. Y eso es ser abominable. Eso es la abominación. El gobierno horizontal es eso: no es una verdad que está en la realidad de la Iglesia. No es una verdad que Dios ha revelado. Es una verdad que el hombre se ha fabricado en su mente y que no puede darse en la realidad de la Iglesia, porque Pedro es un gobierno vertical siempre.

Por eso, lo que hay en el Vaticano no se puede seguir: es algo anticatólico: va en contra de la misma naturaleza de la fe católica. Es la fe muerta, que se ha apoderado de toda Roma y que la lleva a una transformación que es su degradación más absoluta:

«vi una mujer sentada sobre una bestia bermeja, llena de nombres de blasfemia, la cual tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer…tenía en su mano una copa de oro, llena de abominaciones y de las impurezas de su fornicación» (Ap 17, 4).

Roma, el Vaticano, comienza a enseñar sus fornicaciones y a derramar las abominaciones por todo el mundo. La abominación es vivir una vida totalmente contraria a la verdad de la Iglesia, a la verdad de la naturaleza humana, a la verdad de la sociedad, a la verdad de la creación. Es vivir un mundo que no existe en la realidad, no existe en la Mente de Dios, pero que el hombre se esfuerza por que exista.

01

1 «Y así como esa fe que obra por el amor es reconocida como viva, por lo mismo, aquella que permanece inactiva, por desprecio, sin dudar se la llama muerta. Se puede, por tanto, decir con razón que la fe viva cree en el ser en el cual debe creer, y que la fe muerta cree solamente lo que debe creer» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

2 «En efecto, esta fe a la que el amor acompañe necesariamente, no será ociosa si se presenta la ocasión; al contrario, se ejercitará frecuentemente en actos que no hubiera podido hacer sin el amor, y la prueba de esto se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

3 «La santidad se adquiere muriendo uno a sí mismo en todo, y esta muerte se adquiere con la mortificación de las pasiones, de los sentidos y de los apetitos, esto en lo que toca al cuerpo; y en lo que toca al alma, haciendo porque muera la propia voluntad, el juicio propio y la vanidad y todos los apetitos del alma.…» (San José María Escrivá de Balaguer – Decenario al Espíritu Santo – Día sexto).

4 «Por tanto, si todo lo que obra algo muestra que hay en él una vida, sin la cual no podría obrar, no es absurdo el decir que la fe operante vive, porque tiene la vida del amor, sin la cual no operaría, y que la fe ociosa no vive, porque carece de la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

5 «Enséñame a buscarte, muéstrate al que te busca, porque no puedo buscarte si no me enseñas el camino. No puedo encontrarte si no te haces presente. Yo te buscaré deseándote, te desearé buscándote, te encontraré amándote, te amaré encontrándote» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n. 100).

6 «Reconozco Señor, y te doy gracias, que has creado en mí esta imagen tuya, para que, recordándote, piense en ti y te ame. Pero borrada por el desgaste de los vicios, obnubilada por el humo de los pecados, ya no sirve para lo que fue hecha si tú no la renuevas y restauras. No pretendo, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ningún modo puede comparar con ella mi inteligencia, pero deseo entender en cierta medida tu verdad, que mi corazón cree y ama. No busco tampoco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también esto: que “si no creyera no entendería” (Is 7, 9)» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n- 100).

Benedicto XVI es el que posee la Suprema Potestad en la Iglesia Universal

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“Cuando el peligro es grande no se puede escapar. Es, por eso, que éste definitivamente no es el momento de renunciar. Es precisamente en momentos como éste, que tenemos que resistir y superar la situación difícil. Este es mi pensamiento. Uno puede renunciar en un momento de paz, o en las que simplemente no puede hacerlo más. Pero uno no puede huir en el momento del peligro y decir: “que se ocupe otro” […] Cuando un Papa llega a la clara conciencia de no poder físicamente, mentalmente y espiritualmente para llevar a cabo la tarea que le ha confiado, entonces tiene el derecho, en determinadas circunstancias, y también el deber de dimitir”(Luz del Mundo, Libreria Editrice Vaticana, 2010, p. 53).

Las palabras del Papa Benedicto XVI son claras: no es el momento de renunciar (= «non è il momento di dimettersi»), sino que hay que resistir (= «che bisogna resistere»).

«Cuando un Papa llega a la clara conciencia de no poder físicamente, mentalmente y espiritualmente para llevar a cabo la tarea, entones tiene el derecho de… dimitir». Este pensamiento del Romano Pontífice es distinto cuando da su renuncia:

«he llegado a la certeza que mis fuerzas, por la edad avanzada, ya no son aptas»«para gobernar el barco de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor sea del cuerpo, sea del ánimo, vigor que, en los últimos meses, en mí ha disminuido en modo tal que debo reconocer mi incapacidad de administrar el ministerio a mí confiado».

El Papa, en su renuncia sólo da una razón: la disminución del vigor del cuerpo, la edad avanzada, que hace que el ánimo se sienta turbado, pesado, sin fuerzas. Pero el Papa no da una razón espiritual de su renuncia. El cuerpo puede estar débil, sin fuerzas; la cabeza puede estar no lúcida; pero no son razones para renunciar. Juan Pablo II se mantuvo hasta el final, con sus enfermedades. Y podía haber dicho: ahí os quedáis todos. Y, sin embargo, se mantuvo siendo un Papa católico hasta el final: perseveró en la gracia de su Pontificado. Fue fiel a esa gracia.

Benedicto XVI pone una excusa pobre y esconde la verdadera razón. No puede decirla. La razón espiritual debe callarla.

«No es el momento de renunciar» y, sin embargo, me han obligado a renunciar. Esto lo calla el Papa Benedicto XVI. Si el Papa hubiera sido fiel a su pensamiento: «uno no puede huir en el momento del peligro», entonces no hubiera renunciado. Quien conozca la mente de Benedicto XVI sabe muy bien que él siempre ha sido fiel a su pensamiento. El Papa Benedicto XVI tiene una cabeza bien montada: sabe lo que piensa y sabe lo que dice. No es como muchos seudo-teólogos, llenos de ambigüedades, que no saben ni lo que piensan ni lo que dicen. No es un Bergoglio que es un veleta del pensamiento del hombre: es un hombre sin ideales, sin rumbo, sin camino, sin una obra verdadera. Bergoglio es un pervertido en su juicio: no tiene cabeza, es un loco, carece de toda inteligencia espiritual y humana.

Al Papa Benedicto XVI le pusieron el arma en la sien: es un modo de hablar para decir que la Iglesia está gobernada por hombres que no pertenecen a Ella, sino que han escalado los puestos claves para dar el asalto a la Verdad.

La Verdad no puede ser vencida, pero sí ocultada de muchas maneras. Sí perseguida en muchos frentes.

El Papa Benedicto XVI sabe lo que hay en la Iglesia: en su interior. Los conoce a todos con los ojos cerrados. Pero debe callar. Si hubiera huido de Roma, entonces habría hecho la Voluntad de Dios. Pero dejó a la Iglesia en manos del lobo. Y esto es un pecado que hay que expiar.

Con la muerte del Papa Benedicto XVI se acaba el tiempo del Papado: surge el tiempo del Anticristo. Ya estamos en su inicio, pero debe morir el katejon. No sólo debe renunciar, sino morir, para que se cumplan las escrituras.

Tiene que cumplirse la profecía de Fátima, en su segunda parte: «y vimos…a un obispo vestido de blanco» que «llegado a la cima del monte… fue muerto por un grupo de soldados». La primera parte del Tercer Secreto, ya se cumplió en estos 18 meses: Dos Papas en Roma; uno de ellos bajo la influencia del demonio, poseído por Satanás..

La Iglesia vive de profecías, porque Jesús es un Profeta. Y todo sacerdote es un profeta. Jesús es la Palabra del Pensamiento del Padre. Eso es ser profeta: habla lo que el Padre le dice. Transmite íntegramente la Mente del Padre. El profeta no pone nada de su intelecto humano. No interpreta lo que recibe de Dios. Lo da sin más, aunque el mundo no lo comprenda.

Por eso, hoy los católicos se afanan por buscar falsos profetas que les digan que lo que pasa en la Iglesia no es nada, que todo va de maravilla, que continúen obedeciendo a Bergoglio, que tiene fama de santidad. No quieren escuchar la voz de Dios, no quieren buscar la verdad. No les interesa lo que piensa Dios de todo esto que pasa en la Iglesia, porque es más fácil acomodarse a lo que los demás piensan y deciden en la vida.

Siempre el falso profeta habla para que el otro se sienta contento, a gusto. Y, por eso, no es un profeta de calamidades, de desastres, de castigos, de muertes… Sino que es falso profeta de misericordia, de amor, de paz, de ternura, de fraternidad, que es siempre el lenguaje humano de los tontos, de los tibios, de los pervertidos en sus juicios humanos.

La Iglesia se llena de falsos profetas y de una falsa Jerarquía que limpia las babas que se le caen a Bergoglio cuando habla. Esto es la Iglesia actualmente: todos maquillando a un hereje, a un cismático y a un apóstata de la fe. Y lo hacen cobrando. Es el negocio que ahora se han montado en el Vaticano: gente que apoye las barbaridades de ese hombre, gente que haga filosofía de la mentira de ese hombre; gente que viva como ese hombre.

¿Renunció el Papa Benedicto XVI al ministerio petrino o al ministerio episcopal?

El Romano Pontífice es el Obispo legítimo de la diócesis de Roma, es decir, que el Papa es también el Obispo de Roma. Primero es ser Papa, después es ser Obispo de Roma.

«El Obispo de la Iglesia de Roma, en quien perdura el ministerio concedido singularmente por el Señor a la persona de Pedro, el primero de los Apóstoles, y que debe transmitirse a sus sucesores, es la cabeza del Colegio de Obispos, Vicario de Cristo y Pastor aquí en la tierra de la Iglesia universal; él, por ello, en virtud de su ministerio, tiene potestad ordinaria suprema, plena, inmediata y universal sobre la Iglesia, potestad que puede siempre ejercer libremente» (canon 331).

En este canon se reconoce al Obispo de Roma como en quien está el ministerio del Sucesor de Pedro: «El Obispo de la Iglesia de Roma es… el Pastor aquí en la tierra de la Iglesia Universal». Son dos poderes distintos: un poder que se vincula al gobierno de la diócesis de Roma y otro poder que es relativo a la Iglesia Universal, como Cabeza de Ella, como Papa. Son dos poderes en un mismo sujeto: el Papa.

El Papa es Obispo. Por lo tanto, tiene el primado de honor, es decir, la potestad sobre todos los Obispos, y gobierna en la jurisdicción de Roma, con ese poder. El poder del Papa es episcopal.

Pero el Papa también es el Vicario de Cristo, que tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, la Suprema Potestad en toda la Iglesia, para gobernar en todas las diócesis del mundo, no sólo en Roma.

Cuando Jesús da a Pedro la Potestad Suprema lo hace de manera independiente del cargo de Obispo de Roma. Este cargo lo asume San Pedro, después de recibir la Potestad Suprema, el Primado de Jurisdicción. Por tanto, es antes el Primado de Jurisdicción, el gobierno de toda la Iglesia Universal, que el gobierno de la diócesis de Roma, el ser Obispo de la Iglesia de Roma. Son, claramente, dos poderes distintos y que se pueden separar. No son absolutamente indisolubles. No existe en la Iglesia una ley canónica que imponga la indisolubilidad entre el Primado de Jurisdicción y la potestad de gobernar la diócesis de Roma. Hay que distinguir las dos potestades.

La Suprema Potestad que San Pedro transmite a sus sucesores es independiente de la potestad de ser el Obispo de Roma. Esta Suprema Potestad lleva aneja la jurisdicción sobre Roma. Jesús deja Su Vicario a la Iglesia, pero no deja un Obispo de Roma: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Sobre la persona de Pedro está levantada la Iglesia, no sobre la ciudad de Roma, no sobre el gobierno de la Iglesia de Roma.

Esta Suprema Potestad es por derecho divino, iure divino: «El Romano Pontífice, legítimamente elegido,… obtiene, por derecho divino, la plena potestad de Jurisdicción» (Canon 219 del Código de 1917). Pero el ser Obispo de la Iglesia de Roma no es por derecho divino; sino que es o bien por derecho humano-eclesiástico o bien por derecho eclesiástico-apostólico, según la naturaleza del derecho por el cual San Pedro unió de hecho el Primado con el Episcopado Romano.

¿Qué hizo el Papa Benedicto XVI?: «declaro me ministerio Episcopi Romae, Successoris Sancti Petri… renuntiare» («declaro que renuncio a mi ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro»).

Es claro el pensamiento del Papa Benedicto XVI: renuncia a ser Obispo de la Iglesia de Roma, que es también el Sucesor de Pedro; pero no renuncia a ser el Vicario de Cristo, el Pastor de la Iglesia Universal. El Papa nombra los dos poderes: Obispo de Roma y Sucesor de Pedro; pero sólo renuncia al ministerio episcopal de la diócesis de Roma.

¿Qué tenía que haber dicho Benedicto XVI para renunciar al ministerio petrino?

Tenía que haber empezado, precisamente, por ese poder: el Supremo Poder, el ministerio petrino, el papado. Porque el Papa es antes Vicario de Cristo que Obispo de Roma. Luego, para renunciar como Papa, como el que tiene la Suprema Potestad en la Iglesia Universal, tenía que haber dicho, como en la renuncia del Papa Celestino V:

«Ego Caelestinus Papa Quintus motus ex legittimis causis, idest causa humilitatis, et melioris vitae, et coscientiae illesae, debilitate corporis, defectu scientiae, et malignitate Plebis, infirmitate personae, et ut praeteritae consolationis possim reparare quietem; sponte, ac libere cedo Papatui, et expresse renuncio loco, et Dignitati, oneri, et honori, et do plenam, et liberam ex nunc sacro caetui Cardinalium facultatem eligendi, et providendi duntaxat Canonice universali Ecclesiae de Pastore»

«cedo Papatui, et expresse renuncio loco, et Dignitati, oneri, et honori»: «me retiro del Papado y, expresamente, renuncio al lugar y a la dignidad y al peso del deber y al cargo en el poder»

El Papa Benedicto XVI, para dar la Voluntad de Dios clara sobre su renuncia como Papa legítimo, tenía que haber manifestado que renunciaba al ministerio petrino, no al ministerio episcopal. Como no manifestó claramente esto, se sigue que el Papa Benedicto XVI sigue siendo el Papa legítimo. Sólo renunció a ser el Obispo de Roma, poder que está anejo a la Suprema Potestad que tiene como Vicario de Cristo, como Sucesor de San Pedro.

Si no se hace esta distinción de poderes, entonces no se puede discernir qué cosa hizo el Papa Benedicto XVI en su renuncia.

Bergoglio sólo está como Obispo de la Iglesia de Roma, pero sin el poder divino, que le viene por el Papa legítimo, que es Benedicto XVI. Por haber puesto un gobierno horizontal, automáticamente pierde ese poder divino y rige la Iglesia de Roma con un poder humano: es decir, está haciendo un cisma como Obispo de la Iglesia de Roma. Él no tiene ninguna potestad sobre la Iglesia Universal: carece del Primado de Jurisdicción que sólo permanece en el Papa Benedicto XVI.

Este Papa sólo renunció como Obispo de Roma, pero no como Vicario de Cristo.

Esta es la Verdad que nadie cuenta, porque a nadie le interesa el dogma del Papado, la ley de la Gracia, la Voluntad de Dios en Su Iglesia.

No existe el Papa emérito

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Dos Papas, ahora, hay en la Iglesia. Y eso es un signo de decadencia, no sólo dentro de la Iglesia sino, también, en el mundo entero.

Decadencia, porque a nadie le interesa la verdad de las cosas, sino que todos buscan la verdad que más les agrade para sus vidas humanas.

Decadencia, porque muchos en la Iglesia comienzan a mandar sin tener cargo de ello; comienzan a discutirlo todo, menos lo que hay que poner en entredicho.

Dos Papas para un holocausto, para una purificación, para abrir la puerta al Anticristo.

Es un dogma de fe, es algo revelado que sólo puede haber un Papa; no dos. Y, sin embargo, vivimos con dos Papas: uno de ellos es el legítimo: Benedicto XVI; el otro: un cualquiera, un usurpador de la Silla de Pedro.

Pero esta visión no es compartida por muchos en la Iglesia. Es más, en la Iglesia se sigue la otra versión: el auténtico, Francisco; el otro: es el otro, el que se ha dedicado a descansar, a hacer su vida porque es muy humilde, porque tiene mucha vida espiritual.

Por eso, a nadie le interesa ir a la teología y ver si realmente existe un Papa emérito, si se puede dar un Papa emérito.

Y quien se moleste en ir a los teólogos, comprobará que nunca, en la Iglesia, se puede dar un Papa emérito.

El Primado de Jurisdicción es perenne por Voluntad de Jesucristo. En otras palabras, la suprema potestad jerárquica de la Iglesia es ejercida por la persona del Papa y hasta su muerte. Y esto es siempre: un Papa sucede a otro Papa. En un Papa se da la sucesión de Pedro. Es algo perenne. Sólo, cuando no haya hombres en la tierra, no será posible la sucesión de Pedro en la Iglesia. El Poder de Dios, que es el Primado de Jurisdicción, se da siempre en un Papa legítimo, en la sucesión de Pedro en la Iglesia.

El Poder de Dios es siempre en la Iglesia, perdura siempre, porque hay un Papa que es Papa hasta la muerte; desde que es elegido hasta que muere.

El Primado legítimo de la Iglesia perdura siempre por Voluntad de Dios, no por voluntad de los hombres. El Papa es legítimo no porque es un privilegio de la persona de Pedro, no porque sea algo de la persona del Papa, sino porque es un don de Dios a Pedro, al Papa.

Pedro nunca puede renunciar a ser Papa. Puede renunciar al gobierno de la Iglesia, pero nunca al don de Dios. No se termina un Papado por un acto de humildad o porque falten las fuerzas físicas, o por una enfermedad, o por otra cualesquiera razón. Porque el Primado no es un premio ni un privilegio de la persona de Pedro. Se es Papa por Voluntad de Jesucristo; porque Cristo ayuda, con Su Espíritu, a ser Papa. Es una ayuda externa, eficaz, a la persona de Pedro, para que pueda realizar su misión de ser el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo. Se termina un Papado porque Dios lo quiere.

Pedro no tiene el Primado de honor en la Iglesia: no es una institución, no es un cargo como los demás. Pedro tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, todo el Poder de Dios sobre la Iglesia. No una parte, que comparte con los Obispos. Todo el Poder Divino está en las manos del Papa.

«Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro Apóstol no fue constituído por Cristo Señor, príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Señor nuestro Jesucristo solamente primado de honor, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema» (CVI. XX ecuménico (sobre la fe y la Iglesia) – Sesión IV -(18 de julio de 1870) – Cap. 1. De la institución del primado apostólico en el bienaventurado Pedro- [Contra los herejes])

Y este Primado de Jurisdicción es perenne, perdura siempre. Y, para que sea eterno, es necesario, se exige que el sucesor de Pedro reine hasta que muera, sea Papa hasta la muerte. No puede el Papa, por voluntad propia, dejar de ser Papa. No puede. Porque el Primado de Jurisdicción no descansa en la persona de Pedro, en su voluntad propia, en sus dotes espirituales o morales, sino en la Voluntad de Jesucristo.

Pedro ha sido elegido el Primero por Jesucristo para desempeñar el cargo del Primado: para gobernar la Iglesia con la misma Autoridad Divina. Pero, Pedro no ha sido elegido para un premio o para un privilegio de su persona, sino por vocación divina y para una obra divina en la Iglesia. Ha sido elegido por elección de Dios y para una obra de Redención. Y, por tanto, a la persona del Papa no le compete decir que no a este cargo, cuando lo ha aceptado. Porque no es un privilegio de su persona, no está en su voluntad propia decir que no. Es un don de Dios para su vida en la Iglesia. Es como el sacerdocio, es como el matrimonio: hasta la muerte.

Un Papa no puede renunciar a ser Papa; puede renunciar al gobierno temporalmente, por una causa grave (enfermedad, etc); pero no a la vocación de ser Papa. Porque ser Papa no es una institución, no es un honor, es una elección divina. No se tiene el Primado de honor, no se es cabeza de una institución humana para un poder humano, para un gobierno humano, unas obras humanas. Se es Vicario de Cristo. Y, por tanto, se es cabeza de un gobierno divino que sólo Cristo guía en Su Iglesia. Se es Cabeza con Cristo, en la Cabeza Invisible de la Iglesia, para realizar un Poder Divino en la Iglesia, una Obra Divina en Su Iglesia.

Por tanto, no puede darse el Papa emérito. Es el error de muchos, empezando por el mismo Papa Benedicto XVI. Y esto debe ser corregido.

El Papa, cuando renunció, lo hizo mal: abrió la puerta a la confusión y a la anulación del dogma del Papado.

Tenía que haber renunciado, pero no tenía que haber convocado un Cónclave, porque la Sede no estaba vacante, porque sigue teniendo el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios sobre toda la Iglesia, porque sigue vivo. Su Primado no pasa a otro Papa por renuncia, sino por sucesión del Espíritu de Pedro (= porque muere). Este Espíritu sólo se puede recibir cuando ha muerto el Papa anterior. Sólo hay un Papa. Sólo se da el Espíritu de Pedro en un Papa, en un solo Vicario de Cristo: «Pedro vive y emite el juicio hasta ahora y siempre en sus sucesores» (Celestino I – Concilio de Éfeso- D 112)

El Primado de Jurisdicción, que posee el Papa Benedicto XVI, es perenne. Viene por sucesión del Espíritu de Pedro. Es Pedro quien se sucede en cada Papa. Y, por tanto, no puede haber dos Papas, porque Pedro sólo puede estar en un Papa, no en dos. Dios ha dejado Su Iglesia en manos de un solo hombre, no en manos de dos. Pero la ha dejado en el Papa legítimo, sin abandonarlo a sus solas fuerzas humanas.

Ese hombre, que es el Papa legítimo, tiene toda la fuerza espiritual, para guiar la Iglesia, aunque le fallen las fuerzas humanas, físicas, naturales. Tiene una ayuda divina eficaz para ser Papa hasta la muerte. Porque no se es Papa por privilegio de la persona, porque se tenga o no se tenga una vida espiritual. No se es Papa porque se sea muy humilde o muy pecador. No se deja de ser Papa por un acto de humildad ni por un acto de voluntad propia, sino por Voluntad de Dios. El Papado no descansa en la persona del Papa. El Papado descansa en la Voluntad de Dios. Dios es el que decide cuándo un hombre es Papa y cuándo deja de ser Papa. La persona del Papa no puede decidir no ser Papa. Como un sacerdote no puede decidir, por sí mismo, dejar de ser sacerdote; ni un matrimonio puede decidir no estar más unidos por el Sacramento.

Los hombres sólo podemos renunciar, en la vocación divina, a los humano, a lo externo, a lo material, de esa vocación: gobierno, predicación, apostolado, etc. Pero no se puede renunciar al don divino, al Espíritu que da esa vocación.

Ser Papa no es un honor, es una vocación. No es una gloria de hombres, es para dar Gloria a Dios. Esto es tan importante que muchos no lo comprenden. Ser Papa es lo máximo que un hombre puede tener en su vida. El Papa está por encima de todas las cosas humanas, de todos los poderes humanos, de todas las inteligencias humanas, de todas las obras de los hombres. Por eso, nadie juzga a un Papa. No se puede juzgar. El juicio del Papa recae en Dios.

Se corrige a un Papa si peca, como lo hizo San Pablo con San Pedro, y como lo han hecho muchos santos en la historia de la Iglesia. Por eso, es necesario corregir al Papa Benedicto XVI: pecó abriendo la puerta a la destrucción del Papado, como así todos pueden contemplar en Francisco. Y Benedicto XVI tiene que levantarse de su pecado si quiere salvarse, porque no es cualquier pecado. Es un pecado que lleva a la Iglesia a un cisma declarado. Un gravísimo pecado.

Dos Papas hay en la Iglesia porque se toma el dogma como algo simbólico, como algo de los tiempos, de las circunstancias de la vida de los hombres, de sus culturas, de sus formas de pensar, de gobernar la vida, como un mito, como una parábola, como algo que el hombre puede hacer y deshacer con su pensamiento humano.

No se puede sostener lo que muchos dicen: que el Papa Benedicto XVI hizo un acto de humildad y dejó su puesto a otro. No se sostiene, porque sigue teniendo el Poder de Dios. El Poder de Dios no pasa a otro por un acto de humildad ni de renuncia. No pasa porque se esté enfermo o porque ya no se pueda razonar bien. El Poder de Dios pasa a otro sólo por Voluntad de Dios. Y es Voluntad Divina que el Papa muera para que ese Poder esté en otro hombre. Y si otro hombre quiere gobernar la Iglesia, estando el Papa legítimo vivo, lo hace sin el Poder de Dios, lo hace con un poder humano. Porque el Primado de Jurisdicción se obtiene por sucesión de Pedro, no por renuncia de Pedro. Si Pedro renuncia, sigue teniendo el Primado de Jurisdicción en sus manos, en su corazón, en todo su ser, porque el Papado es una vocación divina, no es un llamado de los hombres, un nombre de los hombres, una figura humana, un concepto humano. Si Pedro muere, entonces el Primado de Jurisdicción pasa a otro. El Papa legítimo nunca posee el Primado de honor: nunca se es Papa emérito; nunca se es una institución; nunca se tiene un cargo de honor, como lo puede tener un Obispo emérito.

Por eso, Francisco es el que ha robado la Silla de Pedro: gobierna la Iglesia con un poder humano y, por tanto, todo lo que hace es nulo para Dios. Para los hombres, queda escrito en sus libros humanos, pero Francisco no puede gobernar la Iglesia de Cristo porque el Poder de Dios lo tiene el Papa legítimo, el que tiene la sucesión de Pedro, el que es Papa porque fue elegido cuando murió el anterior Papa. Francisco gobierna la Iglesia haciéndola caminar hacia el error, la mentira, el engaño, la oscuridad. Lo hace con un poder humano: Dios no está en el gobierno de Francisco, porque tampoco está ni en su alma ni en su corazón. Francisco ha sido elegido por renuncia, no por sucesión de Pedro. Luego, no es Papa. Y, por eso, es el gran engaño del siglo. Y muchos se lo comen, sin discernir nada espiritualmente.

Y el gran pecado de Francisco es aceptar un cargo que sabía que no podía aceptar. No tiene excusa Francisco en su pecado. Aceptó porque está sediento de la gloria del mundo. No tiene ninguna sed de dar gloria a Dios en lo que hace en la Iglesia.

Ser Papa no es una institución, no es un honor, no es una elección de hombres, no es porque lo deciden así los hombres en la Iglesia o porque las circunstancias así lo exigen. Se es Papa por Voluntad de Cristo. Y se es Papa hasta la muerte. Y si se renuncia, se sigue siendo Papa. Y los Cardenales, si hubieran tenido un poco de fe en el Papado, habrían hecho un gobierno ad casum, ad tempus, hasta la muerte del Papa Benedicto XVI para poder elegir a otro como Papa.

Pero, desde hace mucho tiempo la Jerarquía está en la Iglesia sin vida espiritual, dedicándose a un negocio en la Iglesia, por eso, les resulta impensable esperar a la muerte del Papa para elegir a otro. No les entra en la cabeza, porque tenían muchas prisas para destruir la Iglesia.

Este Primado de Jurisdicción constituye una Iglesia bajo una sola forma invariable de gobierno: el de Cristo en Su Vicario: la verticalidad. Es invariable porque el Primado es perenne, es eterno, es siempre lo mismo. El Poder de Dios es para algo eterno en la Iglesia, no es para cambios según la mente de los hombres. No cambia según las modas de los hombres, según su progreso, según sus culturas. Dios siempre gobierna Su Iglesia para un objetivo divino: salvar almas y santificarlas. Se gobierna la Iglesia con un Papa para llevar a todos los hombres al cielo. Luego, no hay dos formas de gobierno, no hay múltiples formas de gobierno, no hay necesidad de un gobierno horizontal, ni externo al Papado. No se puede dar la opción por los pobres. El Evangelio no es ni de los pobres ni de los ricos. El Evangelio es Cristo. La Iglesia ni es pobre ni es rica. La Iglesia es Cristo. Y, por eso, el Vértice de la Iglesia se basta para gobernar toda la Iglesia. El Vértice es Cristo y Su Vicario. Los demás, no gobiernan nada en la Iglesia.

Por eso, Francisco es la utopía en el gobierno de la Iglesia. No sabe en dónde se ha sentado. Sin Poder Divino y con una inteligencia cero en la vida de la Iglesia. Y, por eso, le viene el batacazo. No es el hombre apropiado para destruir la Iglesia. Es el hombre apropiado para confundirlo todo, para dar a todo el mundo lo que a todo el mundo le gusta. Por eso, da una de cal y otra de arena.

El Papa Benedicto XVI erró al declarar la Sede Vacante. Primer error. No hay Sede Vacante hasta que no muera el Papa Benedicto XVI. Sólo está vacante el gobierno de la Iglesia, no el Papa. El Papa sigue vivo y coleando. Los dones de Dios son para siempre, no para un tiempo. Y sólo el pecado, pone un óbice al don de Dios, no las enfermedades, ni los pensamientos de los hombres.

Segundo error: proclamar al Papa Benedicto XVI como Papa emérito. El Papa no tiene el Primado de honor, sino de Jurisdicción. No puede darse, en la Iglesia, la institución del Papa Emérito. Si se da, como lo ha sido, supone anular el dogma del Papado en su raíz. Si el Papa es emérito entonces se dice que nunca tuvo el Primado de Jurisdicción, que no fue elegido por Dios en la muerte del Papa Juan Pablo II. Y, entonces, es necesario negar todos los Papas, porque no hay sucesión de Pedro.

Poner al Papa Benedicto XVI como Papa emérito es inventarse una nueva forma de ser Papa en la Iglesia que no pasa por la sucesión de Pedro (= por la muerte del Papa), sino por la renuncia de Pedro. Pedro nunca renunció a ser Pedro, sino que murió para dar Su Espíritu a su sucesor en el Trono de Pedro.

Y, por eso, Francisco dice su gran herejía: «Creo que él es una institución: hace 70 años, los obispos eméritos casi no existían. Y ahora hay tantos. ¿Qué sucederá con los Papas eméritos? Creo que debemos verlo a él como a una institución» (Entrevista en el avión). Ya se ha inventado el nuevo Papado. Un Papa sólo tiene el Primado de Jurisdicción. No puede tener el Primado de honor. Ni siquiera cuando renuncia al gobierno de la Iglesia, como ha hecho Benedicto XVI. Sigue teniendo, en su renuncia, el Primado de Jurisdicción. Francisco, como no posee la fe católica, lo que hace es anular el Papado, como así lo ha hecho poniendo su gobierno horizontal en la Iglesia, que significa el cisma declarado.

Con Francisco se ha anulado el Papado en la Iglesia. Y, por eso, no hay más Papas cuando muera Benedicto XVI. Eso es clarísimo, porque ya la Jerarquía se acomoda a lo que tiene. Ya no va a luchar por un Papa, porque ni siquiera el Papa Benedicto XVI lucha por seguir siendo Papa.

La situación de la Iglesia es muy crítica. Y nadie quiere ver la verdad, y todos dicen muchas cosas para acallar a tanta gente que no está conforme con la actuación de Francisco ni con la Jerarquía que lo apoya. Ellos son los primeros en mentir a toda la Iglesia. Y quien no vea a Francisco como el primer mentiroso, es que no ve nada en la Iglesia. Se contenta en la Iglesia con gente que le gusta decir sus mentiras, sus ideas y que todo el mundo las apruebe porque son Jerarquía.

Y si la Jerarquía de la Iglesia no aprende a ser humilde y a llamar a las cosas por su nombre, entonces toda Ella se va a perder en lo que viene a la Iglesia.

El pecado de la cabeza

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Muchos no comprenden el pecado de una cabeza puesta por Dios.

Adán es cabeza del género humano. Dios lo creó como cabeza. Y de él iba a salir una humanidad para Dios.

Pedro es Cabeza de la Iglesia. Dios lo puso para llevar a los hombres al Cielo. Es la nueva humanidad, la de los hijos de Dios por la Gracia en Cristo.

Dios puso sus Reyes en el Antiguo Testamento (Saúl, David, Salomón). Ellos eran cabezas de naciones, para gobernar al hombre en su vida humana, social, cultural, para salvarlos de sus enemigos.

Cuando Dios pone una cabeza, entonces el pecado de esa cabeza se transmite a todos los miembros. Así el pecado de Adán se transmite siempre a todos los hombres, vía generación, porque su pecado fue en el sexo.

El pecado de Pedro, como cabeza de la Iglesia, se transmite a todos los miembros de la Iglesia. La misión de Pedro en la Iglesia es guardar la Verdad, luchar por la Verdad, enseñar la Verdad a todo el Cuerpo Místico. Un Papa que no haga esto, peca como Cabeza de la Iglesia y su pecado pasa a toda la Iglesia. El pecado del Papa Benedicto XVI, renunciando al Papado, es un pecado como cabeza, no es un pecado personal del Papa. Y ese pecado se transmite, vía espíritu, a toda la Iglesia. La Iglesia queda oscurecida en la Verdad, herida en la Verdad, porque un Papa no ha sabido ser Papa hasta la muerte. No luchó por la verdad de su misión en la Iglesia, por el llamado divino a su alma, y hace pecar a toda la Iglesia en él.

El pecado de un gobernante, elegido por Dios, para regir un país, se transmite, vía espíritu, a todos los que integran ese país. Si ese gobernante peca contra la misión que Dios le ha puesto en ese país, entonces hace pecar a todos los demás hombres que lo integran.

El pecado de una cabeza es sólo de la cabeza, es decir el culpable de ese pecado es la cabeza, no de los miembros de la Iglesia o del país o de la humanidad.

El culpable del pecado de Adán es Adán. Los demás hombres no tienen culpa de lo que hizo Adán, pero sí sufren la culpa de Adán, por la esencia del pecado de Adán. Si Adán sólo hubiera pecado de soberbia, entonces el pecado no hubiera pasado a toda la humanidad. El pecado de Adán pasa a los demás hombres porque Adán quiso hacer una humanidad para el demonio. Usó el sexo para la obra del demonio, en contra de la Voluntad de Dios. Por eso, todos los hombres nacen bajo el demonio de Satanás.

Todos los hombres son inocentes del pecado de Adán, no tienen culpa de ese pecado; pero no se pueden salvar, porque nacen con el pecado original, con el pecado de Adán. Nacen con un demonio. Y el demonio se encarga de hacer pecar a cada hombre para validar ese pecado original. No hay hombre que no haya pecado personalmente, con pecado propio, por la fuerza que tiene el pecado original en todo hombre.

Ese pecado de Adán, en cada hombre, no es un pecado social. No es que cada hombre cometa el pecado original. Es el pecado de una cabeza, que Dios ha puesto como inicio de una humanidad. Es el pecado que se transmite, que está en todo hombre y que es principio de los pecados personales de cada hombre.

Los pecados de los gobernantes, que no son elegidos por Dios, que rigen los distintos países del mundo no son pecados de la cabeza, porque Dios no los ha puesto directamente. Dios tiene que decir que ese hombre es cabeza. Dios crea una cabeza. Y la creó en Adán, en Pedro, en Saúl, en David, en Salomón; pero en todos los demás.

Dios ha puesto, en Su Iglesia, una Jerarquía. Y ésta es cabeza de la Iglesia. Y, por tanto, todo sacerdote, todo Obispo, que está en la Iglesia, tiene a su cargo almas, personas, unidas a él como cabeza. Esa cabeza las rige y esa cabeza tiene la misión de salvar a esas almas, de llevarlas a la verdad, al cielo.

Nadie, en la Iglesia se salva solo ni se condena solo. Por eso, si un sacerdote sale de la Iglesia y funda otra cosa, como fue Lutero, entonces eso que funda, el Protestantismo, tiene un cabeza, que ha puesto Dios para Su Iglesia, pero que es dirigida por el demonio, para una nueva iglesia. Y el pecado de ese sacerdote, de Lutero, se transmite a todos los que componen el protestantismo, por ser Lutero un sacerdote, una cabeza puesta por Dios.

Por eso, los pecados de la Jerarquía son más graves que los pecados de cualquier hombre, porque son pecados de la cabeza. Imitan el pecado de Adán; es decir, pasan su pecado a todos los demás miembros. Los demás miembros no son culpables de ese pecado de la cabeza, pero sí tienen que sufrir, que soportar al demonio en sus vidas. Y es un pecado que inicia otros muchos pecados en las almas.

Por tanto, el holocausto y cualquier mal que se haya dado en las guerras no son pecados sociales. No fue culpa de los alemanes o de otros hombres, que lideran los gobiernos. Hitler tuvo su pecado, pero no era cabeza divina de Alemania. La matanza de los judíos fue el pecado de muchos, que siguieron un pensamiento humano; pero el pecado de Hitler no es el pecado de Alemania. Llorar por este pecado, como lo hace Francisco, es una necedad, porque no es el pecado de una cabeza. Es sólo los pecados de muchos hombres, que siguieron un plan diabólico. Por tanto, no se expía ese pecado poniéndose como alma víctima por él, que es lo que hace Francisco: «‘Adán, ¿dónde estás?’. Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer. Acuérdate de nosotros en tu misericordia». Esta es la herejía de un hombre que no ha comprendido el pecado del holocausto, porque niega el pecado original y, sólo existe, para él, los pecados sociales.

El pecado del holocausto se expía cargando con los pecados de todos los hombres que obraron ese holocausto. Es una reparación espiritual, que Dios sólo sabe cómo hacerla. Y, cada alma, tiene que pedir a Dios la manera de expiar esos pecados.

Los pecados que se dan en las guerras son lo mismo: pecados de los hombres. No son pecados, ni de los jefes de las fuerzas armadas, ni de los gobernantes de turno, etc. Cada uno tendrá su pecado en esos conflictos y añadirán más o menos maldad. Y cada uno es culpable de su pecado en esas guerras. No se da nunca el pecado social de un país en una guerra. Se dan las consecuencias de los pecados personales.

Pero el pecado de una cabeza es Dios quien tiene que ponerle un nuevo camino. No son los hombres, los que expiando el pecado de la cabeza, redimen la cabeza.

Así, el pecado de Adán necesitaba un Nuevo Adán: Jesucristo. Adán hizo una humanidad para el demonio. El Nuevo Adán hace una humanidad para Dios.

El pecado de los reyes (Saúl, David, Salomón) necesita un rey de Dios que se dedique a lo que quiere Dios en un Reino: «Yavhé te unge por príncipe de su heredad. Tú reinarás sobre el pueblo de Yavhé y le salvarás de la mano de los enemigos, que lo rodean» (1 Sam 10, 1). Con el pecado de Salomón, los reinos de toda la tierra se corrompieron y no hay gobierno, no hay país en el mundo que no tenga el pecado de esa cabeza, que pasó de Saúl a Salomón. Y, por eso, existen profecías sobre el Gran Monarca, que es el que va a reparar los pecados de esos reyes: «El quinto período de la Iglesia, el cual empieza cerca de 1520, terminará con el arribo de santo Papa y el poderoso Monarca quien es llamado “Ayuda de Dios” debido a que el restaurará todo. El quinto período es uno de aflicción, desolación, humillación, y pobreza para la Iglesia. Jesús Cristo purificará Su gente a través de crueles guerras, hambrunas, plagas, epidemias, y otras horribles calamidades. El también afligirá y debilitara la Iglesia Latina con muchas herejías. Este es un período de deserciones, calamidades y exterminios. Aquellos cristianos que sobrevivan a la espada, plagas y hambrunas, serán solo algunos en la tierra» (Ven. Bartolomeo Holzhauser (siglo xvii)).

«El gran Monarca y el gran Papa precederán al Anticristo. Las naciones estarán en guerras por cuatro años y gran parte del mundo será destruida. El Papa se ira a través del mar llevando el signo de la Redención en la frente. El gran Monarca volverá a restaurar la paz y el Papa compartirá la victoria.» (Abate Werdin D’orante (Siglo Xiii)).

El pecado del Papa Benedicto XVI tiene Dios que remediarlo con un nuevo Papa, que será Pedro Romano. Hasta que Dios no lo ponga, como dicen las profecías estará la Sede Vacante, una vez que muera el Papa Benedicto XVI: «Antes de que rompa nuevamente la guerra, la comida será escasa y cara. Habrá poco trabajo para los obreros, y los padres oirán a sus niños llorar por la comida. Habrá terremotos y señales en el sol. Hacia el fin, la oscuridad cubrirá la tierra. Cuando todos crean que la paz está asegurada, cuando nadie lo espere, el gran acontecimiento comenzará. La revolución romperá casi al mismo tiempo en Italia como en Francia. Durante algún tiempo la iglesia estará sin un Papa». (El extático de tours, siglo XIX).

El pecado de una cabeza es siempre el pecado de todos sus miembros, pero éstos no son culpables de ese pecado, pero sí sufren sus consecuencias.

Ahora, la Iglesia sufre las consecuencias del pecado del Papa Benedicto XVI, un Papa que no se mantuvo en la verdad católica ni luchó hasta la muerte por esa verdad. Y, por eso, no pudo llevar al mundo las consignas del Catolicismo, sino que ha dado tinieblas y oscuridades en su pecado. Y ha abierto la puerta a todas las herejías con su pecado; herejías que presionaban a la Iglesia desde hace 50 años, pero que los Papas pusieron un dique, un muro, para que no se desbocasen. El Papa Benedicto XVI se bajó de la Cruz y, todavía, sigue en su pecado. Permitió tanta oscuridad en la Iglesia al dejar que los Cardenales eligiesen a un impostor. Y él sabe que Francisco no es Papa legítimo.

Y, ahora, el problema es para toda la Iglesia. Porque Francisco, por ser cabeza, por su sacerdocio, ha iniciado una nueva iglesia, en su casa del Vaticano. Ha hecho como Lutero, pero sin irse de la Iglesia.

Dentro de la Iglesia, de los muros del Vaticano, está levantando su pecado. Y es el pecado de una cabeza. Y ese pecado se transmite a todos los que comulgan con Francisco: sacerdotes, Obispos, fieles, hombres del mundo, etc. En esa nueva iglesia, se da el pecado de la cabeza. La cabeza es la culpable de ese pecado, pero los demás también lo tienen. Y, al poseerlo en sus almas, es el origen de nuevos pecados en esa iglesia.

Por tanto, quien siga a Francisco, sencillamente se llena del pecado de Francisco, y comienza a obrar otros pecados y, de esa manera, se va al infierno directamente, sin posibilidad de salvación, por el pecado de Francisco. El pecado de este hombre es el culto al hombre: su humanismo. Es la perfección del pecado humanista, que comenzó en el siglo XV, con el Renacimiento. Es un pecado que cierra totalmente el corazón a la Gracia y que todo lo mide con el pensamiento del hombre. Por eso, Francisco no cree en ningún dogma. No es católico. Sólo cree en lo que se inventa cada día con su cabeza humana.

Francisco no hace escuela intelectual, porque su pecado va hacia la vida del hombre, no hacia su mente. Su pecado no es para conquistar las mentes de los hombres, sino para arrastrar a los hombres a la vida del hombre. Por eso, él emplea siempre el sentimiento, la ternura humana, el cariño, las lágrimas, lo que le gusta a la gente. Pero no sabe hablar. Cuando habla es el primer idiota de todos, sin ninguna inteligencia. Y, por eso, cala en los hombres que viven de sus sensiblerías en la vida espiritual. A los hombres les gusta sentir la vida, pero no creen en la Palabra de Dios. A los hombres les gusta escuchar que Dios los ama y que Dios lo perdona todo. Y se conforman con un hombre así, que les entienda en su vida humana. Pero no les interesa un hombre de dogmas, de verdades absolutas, de leyes divinas. Por eso, Francisco es el hombre para el hombre, para el pueblo, para el mundo, pero no para la Iglesia Católica. No sabe decir ninguna Verdad sin poner su mente humana, su idea, su visión, su opinión. Y éste es su dogma en la nueva iglesia, su única verdad: lo que hay en es mente.

Por eso, en estas circunstancias de la vida de la Iglesia no se puede obedecer a ninguna Cabeza. Ahora, la Iglesia está sin Cabeza. Y esto es muy importante discernirlo. La Cabeza renunció. Luego, no hay obediencia. Porque la Iglesia es el Papa. Si el Papa no quiere ser cabeza, nadie es cabeza en Ella. Nadie. Porque Cristo guía a Su Iglesia sólo con Su Papa, no con la Jerarquía de la Iglesia, por más santa que sea.

Ahora, la Iglesia sólo es guiada por el Espíritu. Y aquel que quiera ser Iglesia tiene que hacer un acto de renuncia a todo lo que hay en el Vaticano. A toda obediencia que venga del Vaticano. No se puede obedecer a una Jerarquía totalmente dividida, como la que la Iglesia está presentando en todas partes. Unos están con Francisco, pero no lo siguen en todo; otros están en algunas cosas y en otra no; otros no están con nada ni con nadie, ni siquiera con ningún Papa. Todo es una calamidad en la Iglesia. Y este es el fruto del pecado del Papa Benedicto XVI: se vive de opiniones en la Iglesia. No se vive de la Verdad.

Ahí tienen la prueba en Francisco, en este viaje del demonio que hace por Jerusalén, y en todos los que le acompañan. Todos dice sus barbaridades, sus herejías. Y todos quieren contentar a un hereje. Y nadie se opone a su herejía ni a su cisma.

Y quien no renuncie a lo que viene de Roma, queda pillado, en su alma, por el pecado de esa cabeza.

Es muy importante entender el pecado de una cabeza, que Dios ha puesto para el bien, pero que el demonio hace su juego para obrar el mal dentro de la Iglesia.

El pecado de Francisco condena automáticamente, por ser el pecado de una cabeza, de una jerarquía. Y quien obedezca a Francisco o a los que le sucedan en su gobierno, obedecen a una mentira siempre.

Quien, todavía, no sepa discernir que Francisco no es Papa, entonces su alma está en un gran peligro de condenación. Y quien vea las herejías de ese hombre, pero le siga obedeciendo, por las estructuras que hay entre el Vaticano y los demás Ordinarios, su alma está en un gran peligro. Muchos, por un plato de lentejas, respetan la figura de Francisco. Y no saben oponérsele como hay que hacerlo: con la verdad. Sino que juegan al ratón y al gato; y esperan que todo cambie para seguir en sus negocios en la Iglesia.

Es tiempo de no dar obediencia ni a Francisco ni a ningún Obispo en la Iglesia. Porque viene un pecado mayor en esa nueva iglesia. Y ese pecado oscurece, de tal manera al alma, que no puede salir de eso sin una ayuda de Dios, que no merece. Por eso, hay que rezar mucho por la Jerarquía, porque quedará atrapada en ese pecado, y sólo por las oraciones de las almas que creen, que ya forman la Iglesia Remante, podrán salir.

El pecado de una cabeza es lo más importante en la vida espiritual. No se da el pecado personal sin el pecado de Adán. Y, por eso, el pecado de Adán es un misterio para todo hombre, porque lo tenía todo y lo perdió todo en un abrir y cerrar de ojos.

Y el varón es cabeza de la mujer. Es una cabeza que Dios ha puesto a la mujer. Y, por eso, el pecado del varón, como cabeza de un matrimonio, de una familia, de unos hijos, sólo Dios sabe cómo se repara en cada matrimonio. Porque es el pecado de una cabeza. Y la mujer, cuando su hombre peca, su vida se desintegra de tal manera que necesita recurrir a la gracia divina y pedirle al Señor cómo camina en su vida, en su matrimonio, sin la cabeza del varón.

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