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Infame el falso jubileo de la falsa misericordia

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«Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 22b-23).

Sobre este pasaje del Evangelio, el falso profeta Francisco Bergoglio, fundamenta su infame jubileo de su falsa misericordia.

Infame, porque ni es un jubileo ni trata sobre la misericordia divina.

Bergoglio no tiene poder divino para proclamar en la Iglesia un Jubileo extraordinario. Él gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal, es decir, con un poder humano: un conjunto de hombres, de obispos, que deciden ellos lo que es bueno y lo que es malo en la Iglesia. Por lo tanto, todo lo que haga Bergoglio, con ese poder humano, significa sólo una cosa: cisma en la Iglesia. Bergoglio se ha apartado de la verticalidad de la Iglesia, es decir, de todos los Papas, de todo el Papado. No hay continuidad con los Papas anteriores. Es una desobediencia y una rebeldía a la cabeza visible de la Iglesia, que son todos los Papas desde que Jesús puso Su Iglesia en Pedro hasta el Papa Benedicto XVI.

El gobierno de Bergoglio en el Vaticano es una clara rebeldía a la Voluntad de Dios. Y ahí están las obras que él hace. Y son muy claras para aquellos que les gusta llamar a todas las cosas por su nombre.

Sólo los tibios y los pervertidos, que son la mayoría en la Iglesia, hacen el coro a las obras de Bergoglio, ensalzándolas, justificándolas y poniendo a ese hombre como el modelo de la Iglesia y del mundo. Por eso, todos esos católicos –sólo de nombre- defienden a Bergoglio, pero no son capaces de defender la doctrina de Cristo ni el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ven las herejías de ese hombre; siguen viendo que este hombre no es capaz de definir ni la misericordia ni la justicia, y lo siguen llamando su papa. Y esto es una clara blasfemia. Dar el nombre de papa a un hombre hereje -sabiendo que es hereje-, es caer en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo enseña a llamar a las cosas por su nombre:

«Porque aunque nosotros o un ángel del Cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. ¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gal 1, 9-10).

Bergoglio anuncia un evangelio distinto al de Cristo. Conclusión: Bergoglio es anatema. Es decir, Bergoglio no es papa. No se le puede dar el nombre de papa. Punto y final.

Pero, muchos quieren agradar a Bergoglio… Es el papa… hay que respetar y obedecer al papa…él sabe lo que hace, tiene el espíritu santo…sí, es un hereje, pero no tenemos el poder para quitarlo…. ¡Queréis agradar a Bergoglio! ¡Buscáis el favor de los hombres, de vuestros Obispos, de vuestros fieles en la parroquia! Y no os atrevéis a decir, delante de ellos: Bergoglio no es papa. No lo sigan. No le obedezcan. ¡No tenéis agallas porque ya no sois de Cristo!

«Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo»: muchos ya no son siervos de Cristo, sino del Anticristo. Y sólo por no llamar a las cosas por su nombre, por no ponerse en la verdad.

¡Cuántos dan esta noticia de que ese falsario sin nombre ha proclamado un año de condenación! Pero no dicen de condenación, sino de misericordia. Dan la noticia para agradar a Bergoglio, para hacer que la gente vea qué misericordioso es ese hombre. ¡Cuánta compasión hay en su mirada, en sus palabras, en sus obras! ¡Qué tierno es Bergoglio que hace descubrir los signos de la ternura que su concepto de Dios ofrece a las almas para condenarlas al fuego del infierno!

«Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre (cf. Jn 20,21-23)» (ver texto).

¿Qué cosa confió el Señor a la Iglesia el día de la Pascua? Lo dice el mismo Evangelio: «a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos». Atar y desatar. Perdonar y no perdonar. Un signo de justicia y de misericordia.

Se recibe el Espíritu Santo para aplicar una Justicia y una Misericordia. Las dos cosas. Bergoglio anula la Justicia y predica una gran mentira: «ser signo e instrumento de la misericordia del Padre». Esto es negar la Misericordia del Padre. ¡Qué pocos católicos entienden esto!

El Padre fue ofendido por el pecado de Adán y estuvo en oposición a todo el género humano: «Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo….» (Rom 5, 10);

«…todos nosotros fuimos también contados… por nuestra conducta hijos de ira, como los demás…» (Ef 2, 3);

«Mortificad vuestros miembros terrenos…por los cuales viene la cólera de Dios» (Col 3, 6).

Las relaciones entre Dios y los hombres, desde el pecado de Adán hasta Jesucristo eran de enemistad: es decir, todos los hombres eran objeto de aversión por parte de Dios: todos estaban bajo la ira de Dios…Y sólo por el pecado de Adán.

Es el pecado lo que a Dios justamente le hace oponerse al hombre. Es el pecado lo que pone al hombre bajo la ira de Dios.

Pero fue este mismo Padre ofendido quien envió a Su Hijo para apartar esta indignación suya.

En la Justicia de Dios, nace Su Misericordia.

El pecado pone al hombre en la Ira Divina. Pero, en esa Ira, el Padre ve un camino de Misericordia para ese hombre que quiere condenar al infierno. Y esa Misericordia es un camino de salvación al hombre. No es la salvación. Es abrir una puerta para que el hombre no viva pendiente de la espada de la Justicia de Dios.

«Porque no envió Dios Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 16).

Si el Padre no hubiera visto ese camino de Misericordia para el hombre, en Su Justicia, entonces todo hombre hubiera desaparecido. Todos condenados.

Pero el Padre envió a Su Hijo para que realizara esa obra que destruía la enemistad con Dios. La muerte de Cristo destruye la obra del pecado, que pone a todo hombre en la Justicia Divina.

Pero esta obra de Cristo exige el merecimiento de cada hombre. Hay que merecer salvarse. Cristo vino a salvar a todos los hombres, para así quitar el pecado de Adán, que condenaba a todos los hombres.

Vivir en el pecado original hace que el hombre merezca el infierno porque lleva a cada hombre a cometer muchos pecados que son dignos del fuego del infierno.

Vivir en la gracia que Cristo ha merecido a todo hombre hace que el hombre merezca el Cielo, porque lleva a cada hombre a salir del pecado y a combatirlo para no pecar más.

Por lo tanto, la misión de la Iglesia son dos cosas: aquel que quiera seguir viviendo en su pecado, entonces no hay perdón para él: le quedan retenidos sus pecados. Se merece el infierno. Se merece que una espada de justicia penda sobe su cabeza.

Pero aquel que quiera quitar su pecado, arrepentirse de él, entonces hay perdón para él: se le perdonan sus pecados. Y merece el cielo.

Esto es lo que enseña la Palabra de Dios, lo que está en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia y lo que no enseña Bergoglio.

Bergoglio anula la Justicia: no hay leyes divinas, no hay normas, no hay moralidad. Y sólo se centra en su falsa misericordia, que es una auténtica blasfemia contra el Espíritu Santo.

«Una pregunta está presente en el corazón de muchos: ¿por qué hoy un Jubileo de la Misericordia? Simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios».

Una pregunta está latente en muchos corazones: ¿cuándo se va a retirar Bergoglio? ¿Cuándo lo van a obligar a renunciar? Porque es, claro, que es una verguenza para toda la Iglesia. Ha dividido a toda la Iglesia. Enseña un magisterio herético por los cuatro costados. Y guía a todas las almas hacia la misma condenación, la cual nadie cree porque piensan que están salvados siguiendo a un falso papa hereje.

«¿Por qué hay un Jubileo de la Misericordia?»: sólo hay una respuesta: para agradar a Bergoglio. Y no hay más respuestas.

Hay que hacer propaganda de la falsa misericordia de ese tipejo. Hay que ensalzar y justificar que el pecado ya no es una mancha en el alma, sino una mancha en la sociedad. Y, por lo tanto, hay que dejar muy claro que la conversión consiste en dejar los malos pensamientos que impiden amar al prójimo, verlo como tu hermano, y ponerse en el pensamiento global, común, idealizado: te salvas si no juzgas al otro. Cristo ya nos ha salvado, entonces adelante: derechos humanos, injusticias sociales, fraternidad natural, vivir del cuento de que somos todos buenísimas personas, y así formar la gran iglesia de la gente que ha perdido la fe en Dios. Gente que vive en sus pecados, que obra sus pecados y que es llamada santa precisamente porque peca constantemente.

Los hombres más pervertidos del mundo están con Bergoglio. Por algo será. Les ofrece esta falsa misericordia y este año para ellos: vete y sigue viviendo en tus magníficos pecados.

En este momento de grandes cambios históricos, ¿qué se necesita? Sólo la Verdad. Bergoglio no es papa. No lo sigan.

En este momento de la historia del hombre, la Iglesia está llamada a juzgar a Bergoglio. No está llamada a seguirlo.

Justamente, ahora, que un hombre ha usurpado el Trono de Dios, es cuando el tiempo de la Justicia Divina cae sobre toda la humanidad, no sólo sobre la Iglesia.

No es el tiempo de la Misericordia: es el tiempo de la Justicia, porque un hombre, Bergoglio, ha puesto la abominación de la desolación en el Vaticano.

Y toda la Iglesia está llamada a combatir a Bergoglio, a luchar en contra de Bergoglio.

Es el tiempo histórico. Por eso, en este año en que ese farsante ha proclamado este falso jubileo, se van a ver muchos castigos divinos sobre Bergoglio, sobre los sacerdotes y Obispos que obedecen a Bergoglio, sobre todas las almas que tienen a Bergoglio como su papa, y sobre toda la Iglesia que no es capaz de hablar claro en contra de Bergoglio.

¿Por qué se hace este Jubileo? Para que el Señor muestre Su Justicia. Y no para otra cosa.

No estamos en la Iglesia «para mostrar los signos de la presencia y de la cercanía de Dios». No somos una iglesia de abrazos y besos para todo el mundo. No somos una iglesia para comulgar con los pecados de los demás. No somos una iglesia para taparnos los ojos ante las gravísimas obras que este hereje hace cada día en Ella.

Somos una iglesia para dar una justicia y una misericordia. Para eso, se ha recibido el Espíritu Santo: para atar y desatar.

¿Quieren estar con Cristo? Entonces, desátense de Bergoglio. Ahí tienen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para liquidar a Bergoglio. Úsenlo esta año para atacar la obra de Bergoglio en la Iglesia. Él se irá, pero dejará su obra malvada.

¿Quieren estar con el Anticristo? Entonces, llamen a Bergoglio como su papa. Con sólo eso, ya son del Anticristo. Quien no hace resistencia a Bergoglio, no hace resistencia al Anticristo. Entre Bergoglio y el Anticristo hay una fuerte relación, no sólo espiritual, sino humana.

Estamos en el tiempo del Anticristo: no es un tiempo para estar distraídos con el magisterio herético de Bergoglio. Si quieren ser Iglesia vayan contando las fábulas que los sacerdotes les predican en sus parroquias para estar atentos a irse de esas parroquias en cuanto Bergoglio renuncie. ¡Cuánto más cerca esté ese tiempo, verán que las fábulas son más claras! Los sacerdotes comienzan a quitarse sus caretas.

No sean ilusos. Dos años, y ya no hay más tiempo. Todo corre muy deprisa, porque el demonio se le acaba el tiempo. Y parece que no hay nada en este tiempo, y es precisamente cuando se están dando los cambios más fundamentales en la Iglesia. Este tiempo, justo antes del Sínodo, es un tiempo especial. Se ve la gran decadencia de ese hombre, se ven sus obras abominables, se ve su locura en la mente, pero nadie hace nada por impedirlo. Porque no pueden. Está todo atado y bien atado por la masonería. Los puestos claves  de la Iglesia ya han sido tomados. Sólo queda una cosa: producir el cisma oficialmente. Y hacer que todos acepten ese cisma.

Es el tiempo del Anticristo: no es un tiempo histórico como los demás. Es un tiempo de cambio profundo en todas partes. La Iglesia, en este cambio, tiene que permanecer siendo Iglesia. Por eso, sólo pocos pertenecen a la Iglesia remanente. Muchos pertenecen a la Iglesia que se está levantando en todas partes.

La Iglesia remanente no es visible. Es invisible, porque Su Cabeza es Invisible. Carece de una cabeza visible.

La falsa iglesia, en Roma, es la visible. Tiene una cabeza que no representa a Cristo, sino al mismo Anticristo. Y tienen que tratarla como tal. Tienen que llamarla por su nombre.

Déjense de respetos y obediencias a un hombre que ni respeta la doctrina de Cristo ni obedece al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Dejen de limpiar las babas de Bergoglio. Sus herejías son clarísimas. Llámenlas por su nombre.

Infame es este falso jubileo. Pero más infame es la vida de tantos católicos que han perdido la fe divina, y que sólo están en la Iglesia para abrazar a un hombre, justificarlo, y ponerlo como el falso ídolo, al cual todos tienen que inclinar su cabeza, para darle el honor que no se merece.

Bergoglio no ha muerto por tus pecados. ¿Qué honor merece? Ninguno.

«El perdón de los pecados que se han cometido contra El, sólo puede otorgarlo aquel que llevó »nuestros pecados, que se dolió por nosotros, a quien Dios entregó por nuestros pecados» (San Cipriano – R 552). Si Bergoglio fuera otro Cristo, entonces cargaría con los pecados de todo el mundo, como Cristo hizo. Pero él no cree en Cristo, sino en su concepto de Cristo. Y, por eso, sólo lucha por su concepto de pecado. Y ese concepto de pecado no son tus pecados. Bergoglio no se sacrifica por tus pecados. Entonces, ¿por qué le sigues? ¿Por qué le obedeces?

¡Qué pocos entienden lo que es un sacerdote en la Iglesia! Por eso, así está toda la Iglesia: bailando, haciendo caso a un hombre que se ríe de todo el mundo.

El infierno quedó vacío con Bergoglio

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«Pero si uno piensa que la vida moral sea solamente ”hacer esto’‘ y ”no hacer aquello’‘? no es cristiano. Eso es una filosofía moral, pero no, no es cristiano. Cristiano es el amor de Jesús que es el primero en amarnos. La moralidad cristiana es ésta: ¿Has caído? Levántate enseguida y continúa. Este es el camino. Pero siempre con Jesús» (ver)

Palabras de un insensato, de un hombre sin norma de moralidad, que ha anulado la ley de Dios, y sólo se dedica a cosechar aplausos de la gente, contándole fábulas de viejas.

La vida moral son dos cosas: hacer la Voluntad de Dios; no hacer lo que Dios prohíbe.

Esto es todo en la vida moral. La vida moral es hacer esto y no hacer aquello. Y esto es lo que tienes que pensar, que tener dentro de tu mente y de tu corazón, no sólo para ser cristiano, sino para ser católico.

Si quieres pertenecer a la iglesia de Bergoglio, sigue su necedad. Quita de tu mente y de tu corazón la Palabra de Dios, que te enseña:

«Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15).

Para el que tiene dos dedos de frente, amar a Jesús significa cumplir con la ley de Dios.

Para el que no tiene dos dedos de frente, coge esta frase del evangelio, y dice: Jesús nunca se refirió a la ley de Moisés. Jesús se refiere a los dos mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. Y, por lo tanto, la vida moral es el amor de Jesús, el amor que enseña Jesús, que es –claro- el primero en amarnos. ¡Cuánto nos ama Jesús! ¡Vamos a llorar un poco hasta que entendamos que Jesús nos ama tanto!

La moral cristiana no es la verdad ni la falsedad. Es la misericordia.: has caído. Te doy un beso, un abrazo, te lleno el estómago de buena comida; te doy un puesto de trabajo, te curo tus enfermedades… Y la vida continúa. ¡Qué bella es la vida! ¡Vive y deja vivir! Pero no vengas con moralinas de mandamientos divinos. Eso quedó en el pasado. Jesús es amor. Dios es amor. Sé libre para amar.

Y, por eso, este gran necio, que se llama a sí mismo, papa…

(¿qué clase de papa es que no sabe enseñar la verdad? ¿para qué se llama papa? ¿por qué no se dedica a ser un pastor protestante?)

… este hombre, que es un demente espiritual (tiene atado su mente humana a la mente del demonio; y por eso habla como habla: como un demonio), dice:

«…el infierno era querer alejarse de Dios porque no se desea su amor. ”Pero  si tu fueras un pecador tremendo, con todos los pecados del mundo a cuestas, y además te condenasen a la pena de muerte y cuando estás para morir blasfemas, insultas y todo lo demás… Y en ese momento, miras al Cielo y dices: ¡Señor! ¿Dónde vas, al Cielo o al infierno? ¡Al Cielo!… Va al infierno solamente el que dice a Dios: ”No te necesito, me las arreglo solo”, como hizo el diablo que es el único del que estamos seguros que está en el infierno».

«el infierno era querer alejarse de Dios porque no se desea su amor»: ninguno va al infierno porque no desee el amor de Dios. Ninguno. Todos van al infierno porque desprecian el amor de Dios.

No desear el amor de Dios lo hacen todos los hombres: sean santos o sean pecadores. No se puede vivir deseando constantemente el amor de Dios. Para eso, se necesita una gracia divina, que sólo Dios da al que se la merece.

¡Cuántos pasan la noche oscura del alma y no desean el amor de Dios! ¡Viven sin deseo de nada!. Y eso no es pecado cuando el alma está en su purificación. El que no desea el amor de Dios es por muchas razones. Y no todas llevan al infierno. Y muchas llevan al purgatorio. Y unas cuantas son necesarias para conquistar el cielo. Desear el amor de Dios es un merecimiento del alma, no es un don de Dios. Y Dios no exige el desear su amor para ir al cielo.

El infierno es querer alejarse de Dios porque no se cumplen sus mandamientos. Punto y final. ¡Es todo tan sencillo!

Pero –para Bergoglio- para ese hombre que no tiene ni idea del Magisterio de la Iglesia, la vida moral es un sentimiento hacia Jesús. Y, claro, viene su discurso, su fábula de viejas:

Eres un gran pecador, con todos los pecados del mundo a cuestas, y además recibes la justicia de los hombres…. Y cuando estás para morir, te dedicas a hacer lo que hizo el mal ladrón: insultar, blasfemar… y ¡cuántas cosas más! Y he aquí, que por arte de magia, miras al cielo. ¡Oh, qué bello! ¡Qué frase tan tierna!… ¡Seamos tiernos con los hombres! ¡Los hombres necesitan no temer a la ternura de Dios!… Estás blasfemando contra Dios, estás echando demonios por tu boca, y miras al Cielo….No te arrepientes de tus pecados….No; eso no…No dejas de blasfemar…No; eso no… Miras al Cielo…y dices, en medio de tus blasfemias: Señor…

¡Increíble! ¿Cómo uno que va a morir, y está blasfemando contra Dios, va a poder decir: Señor?

¿Han captado la demencia de Bergoglio? ¿Captan su fábula de viejas? ¿Su cuento chino?

Y como dices: Señor….Sólo por eso…Sólo por el deseo sentimentaloide de decir la palabra: Señor… Estás lleno de irá contra el Señor, y una sola mirada al Cielo te hace decir una palabra de ternura al Señor???????

¿Quién se cree esta fábula?

Muchos. Muchos católicos.

Sólo por tu sentimiento, ¿dónde vas, al cielo o al infierno? ¡Al Cielo!

Peca fuertemente. Peca fuertemente. Blasfema antes de morir, insulta al Señor antes de morir. Pero acuérdate de mirar al cielo, y decir: Señor. Porque te vas al Cielo de cabeza, sin pasar por el purgatorio.

Y a este hombre, ¿lo llaman Papa?

¿Dónde compró el título de papa? ¿Cuánto pagó para estar sentado en esa Silla de Pedro y hablar demencias cada día?

No he visto tan gran loco como Obispo en toda mi vida.

¡Qué demencia de predicación!

Y, claro, tiene que terminar con su herejía favorita, que es de cuño protestante: el infierno existe, pero está vacío:

«Va al infierno solamente el que dice a Dios: ”No te necesito, me las arreglo solo”, como hizo el diablo que es el único del que estamos seguros que está en el infierno».

Sólo el diablo está en el infierno. Y como es espiritual, no se ve. El infierno está vacío porque todos dicen a Dios, antes de morir: te necesito. ¡Qué tierno! ¡Qué bello! ¡Qué hombre tan amoroso con los hombres!

Y este subnormal se va a poner a confesar el 13 de marzo:

«La Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice informa hoy de que el Santo Padre presidirá el Rito para la reconciliación de penitentes, con la confesión y la absolución individual, el próximo viernes 13 de marzo, en la basílica de San Pedro a las 17.00 horas».

Si no cree en el infierno, si no cree en el pecado, si no cree en la norma de moralidad, si no juzga a nadie porque nadie comete pecado, ¿de qué va a confesar? ¿qué charla psiquiátrica va a tener con la gente que vaya allí?

No te confieses con este demente: cometerías un gran pecado. Y saldrías sin la absolución de tus pecados.

¡Cómo está el Vaticano! Bailando al son de un hombre sin verdad.

Concilio XVI de Cartago (D 102, not.4): «Como quiera que el Señor dice: Quien no naciere del agua y del Espíritu Santo, no entrará en el reino de los cielos, qué católico puede dudar que será partícipe del diablo aquél que no ha merecido ser coheredero de Cristo? Pues quien no está en la parte derecha, sin duda caerá en la parte izquierda».

Hay que merecer ser coheredero con Cristo para entrar en el Cielo. No sólo hay que bautizarse, sino que hay que trabajar para ganarse el Cielo, con el sudor de la frente.

El cielo no es un regalo de Dios a nadie. No se da porque se desee o no se desee. Se da el cielo porque se merece el cielo. El alma ha luchado, en su vida terrestre, para irse al cielo. Ha luchado para cumplir con la ley de Dios. Ha luchado para permanecer en la gracia. Ha luchado para quitar todos sus vicios y pecados. Ha luchado para permanecer en la verdad.

¡Es increíble que los católicos prefieran las palabras baratas de este hombre a luchar por Cristo, a luchar para merecer ser amados por Cristo!

El que Cristo te ame es un merecimiento de tu alma, no es un regalo para tu alma. Cristo, cuando te ama, te da una Cruz. Y tienes que llevarla hasta el final. Y quien permanezca en esa Cruz, entonces se salva y se santifica.

Es la Cruz la verdad del camino. Es la sabiduría de la Cruz lo que te lleva a la Vida Divina.

Pero, nadie quiere Cruz. A nadie le interesa la Verdad.

Todos siguen a un hombre que tiene en su mente la posesión del demonio.

«…sin misericordia, se corre el riesgo de caer en la mezquindad burocrática o en la ideología. Comprender la teología es comprender a Dios, que es Amor».

Bergoglio ha puesto la misericordia, su falso concepto de  misericordia, por encima de la verdad. Por eso, resbala siempre cuando habla.

Es la verdad el objeto de la teología. No es el amor de Dios. La vida espiritual y mística trata del amor de Dios. La vida teologal trata de la verdad divina.

Sin verdad, -no sin misericordia-, se cae en la burocracia y en la ideología. Cuando los hombres viven en sus mentiras, viven para el papeleo; viven para sus ideas, para sus mentes, para sus filosofías de la vida.

Es la verdad la que lleva al alma hacia el amor de Dios. Sin verdad, sin conocer la verdad, tenemos lo que es Bergoglio: un sentimental perdido del hombre, que sólo vive para los hombres, tengan la mente que tengan. Lo que importa es esto:

«.. también los buenos teólogos, como los buenos pastores huelen a pueblo y a calle»: tienes que oler a mundo para ser un buen teólogo. ¡Qué gran locura!

Y los teólogos que le escuchaban, ¿cómo no saltaron para degollarlo ahí mismo por esta blasfemia?

¡Todos se conforman con la charlatanería de este hombre! ¡Cómo gusta su palabras barata y blasfema!

Hipócrita es Bergoglio, hombre de dos caras. Un hombre que no sabe entrar en su corazón. Que sólo mira su mente, después mira al hombre, y con su boca le dice al hombre lo que éste quiere escuchar.

Eso es la hipocresía perfecta de este hombre. Pone la cara que el hombre, el pueblo, quiere. Nunca se le ve lo que piensa. Siempre esconde su verdadera intención a los demás. Y, por eso, habla siempre para engañar, para decir otra cosa de la que realmente piensa.

Así es todo poseso del demonio.

«Aquí tenemos, según el evangelista Juan, el primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo: su cuerpo, destruido en la cruz por la violencia del pecado, en la resurrección se convertirá en el lugar del encuentro universal entre Dios y los hombres».

¡Gravísima herejía la que expone este hombre!

Para dar a entender lo que significa la expulsión de los vendedores del templo y su palabra final: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré»; dice que su cuerpo fue destruido en la cruz.

Bergoglio no ha leído el Evangelio: «…uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado….para que se cumpliese la Escritura: “No romperéis ni uno de sus huesos”» (Jn 19, 34.36).

Su cuerpo no fue destruido, roto. Ni siquiera por la violencia del pecado. Jesús cargó con el pecado de todos y no fue destruido por esa montaña de pecado. Jesús murió por la fuerza de su amor, no por la carga del pecado. Es más fuerte el amor que la muerte. Jesús venció el pecado, cargando con él. Venció al mundo cargando con el pecado de todo el mundo. Y ni el mundo ni el pecado destrozó su humanidad.

Y en la resurrección, su cuerpo no se convierte en el lugar del encuentro entre Dios y los hombres. ¡Esta es la gran blasfemia contra el Espíritu Santo!

El Cuerpo de Jesús no es un lugar. Es el Templo del Verbo Encarnado. Su Cuerpo físico es Su Cuerpo Glorioso: el Templo del Hijo de Dios.

Su Cuerpo Místico es Su Iglesia: el Reino de Dios, que es un lugar y un estado. Un lugar que abarca las almas en la tierra, las almas en el purgatorio, y las almas en el Cielo. Es un lugar que son muchos lugares. Jesús resucitó para prepararnos un lugar: abrir el Cielo, llevar al Cielo las almas del Purgatorio; poner en la tierra el camino para salvarse y santificarse.

Y es un estado: lo místico son estados del alma. Y cada alma crece y se desarrolla en esos estados.

Y en esos lugares no existe el encuentro universal entre Dios y los hombres. Es su idea favorita: el ecumenismo.

En cada estado del alma y en cada lugar que el alma esté, se produce un encuentro entre el alma y Dios. Lo demás, no interesa, porque nadie sabe ni lo que es el purgatorio ni lo que es el Cielo.

Pero, este hombre –Bergoglio- habla por hablar: para tener a la clientela entretenida, sin aportar ninguna verdad, porque no hay verdad en él. No puede haberla. Su mente está tejida sólo por el demonio. Y vive del demonio, se acuesta con el demonio, se levanta con el demonio y todo lo obra con el demonio.

La demencia de Bergoglio

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«Jesús se revela así como el icono perfecto del Padre, la irradiación de su gloria» (Ángelus, 1 de marzo del 2015).

Esta es la demencia de un hombre, al que muchos insensatos lo tienen como su papa. Y es sólo un hereje consumado, que en su palabra se ve a un maestro de la mentira.

¡A cuántos engaña con su palabra barata y blasfema!

¡Cuántos están embobados con lo que dice cada día!

¡Cuántos locos tienen a este hombre como su papa!

Jesús es el Hijo Eterno del Padre. Nunca es el icono perfecto del Padre. Jesús no es un icono, una imagen, una representación de lo divino.

Jesús es Dios: cómo escuece esta verdad a muchos católicos. Ya no quieren a un Jesús que sea Dios; sino que sólo quieren al hombre, al concepto humano de Jesús, de Mesías, de Salvador.

¡Cómo juega –Bergoglio- con las palabras de la Escritura! Y nadie se da cuenta. Da vueltas a la verdad para manifestar sólo su mentira.

Jesús es «la imagen de Dios invisible» (Col 1, 15). No es la imagen, el icono, del Padre. Jesús es, no sólo la imagen de las cosas visibles, sino del Dios invisible, porque es el Hijo, el Verbo, la Palabra del Pensamiento del Padre. Y toda idea, toda palabra es una imagen de la mente, del pensamiento.

Al ser Jesús el Verbo Encarnado, la Palabra de Dios, manifiesta en toda su vida humana el Pensamiento de Dios, la Mente y la Voluntad de Su Padre: lo revela al hombre, lo da a conocer.

Pero esa Mente Divina no está en los hombres que viven en la soberbia de sus mentes humanas. La doctrina de Cristo, que es el Evangelio, queda impenetrable a la soberbia de muchos hombres:

«Que si todavía nuestro Evangelio queda velado, está velado para los infieles, que van a la perdición, cuya inteligencia cegó el dios de este mundo, para que no brille en ellos la luz del Evangelio de la Gloria de Cristo, que es Imagen de Dios» (2 Cor 4, 4).

La oscuridad de la mente del hombre es por su pecado, por su maldad. Y en ellos, en su vida humana, en sus obras humanas, no brilla, no puede brillar la luz del Evangelio de la Gloria de Cristo. No resplandece, en ellos, la Sabiduría de Dios: sus corazones han quedado cerrados a la Verdad y al Amor verdadero.

Para este hombre que no cree en Jesús como Dios, sino que sólo toma la humanidad de Jesús para hacer su gran negocio, su gran empresa en el Vaticano, la victoria sobre el mal es un don: «A la luz de este Evangelio, hemos tomado nuevamente conciencia…de la victoria sobre mal donada a quienes inician el camino de conversión».

Cristo no dona Su Victoria a nadie. Cristo da la Gracia para merecer la victoria. Lo que consiguió Cristo para toda alma es la Gracia, la Vida Divina.

Como Bergoglio niega la Gracia, entonces tiene que inventarse su protestantismo: peca fuertemente, te salvarás porque tienes el don de la victoria.

La victoria sobre el mal no es donada; sino que es merecida por cada alma. Y cada alma, que quiera salvarse, tiene que mirar al Crucificado. No tiene que mirar al hombre para encontrar un camino de liberación para sus problemas de su vida. Se mira al Crucificado para salvarse y santificarse, en un mundo que no ama la salvación ni la santificación del alma.

Así inicia este falso profeta su homilía con una clara herejía que ya a nadie le interesa. Por más que se prediquen las herejías de Bergoglio, los católicos lo siguen teniendo como su papa. Falsos católicos que quieren un papa sin la doctrina. Falsos católicos que quieren una Iglesia sin Cristo, sin la Verdad que Cristo ha ofrecido a toda alma.

Y así –Bergoglio- termina su demencial homilía:

«El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad… Jesús no nos engaña, nos prometió la felicidad y nos la dará si vamos por sus caminos».

Bergoglio no sabe ni lo que dice.

Quien camina el camino de Jesús nunca encuentra la felicidad. En mis años de sacerdocio no la he encontrado. Siempre he encontrado una humillación, un desprecio, una tristeza, una maldad de los hombres.

Bergoglio es un loco que habla para sus locos: para gente como él. Se pasan su vida buscando un placer, una felicidad, un aplauso de los hombres, un consuelo humano. No quieren estar solos. No quieren sufrir. Sólo quieren vivir su vida y ser felices de cualquier manera.

Bergoglio va contra el sentido común: ningún hombre que viva esta vida es feliz. Y eso lo sabe todo hombre, sea santo, sea pecador, sea un demonio, sea un hereje, sea quien sea.

La vida es un valle de lágrimas. Y no es otra cosa. Y decir otra cosa es estar loco de remate.

Muchos, que no son católicos, que son ateos, saben que lo que está diciendo aquí Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza.

Pero los católicos quieren encontrar un lenguaje humano para excusar la demencia del que se sienta en la Silla de Pedro. Y no tienen las agallas de declarar que Bergoglio no es Papa.

El camino de Jesús es la Cruz Redentora. Y la Cruz no es un baile, es un Dolor. Es un sufrimiento expiatorio y una muerte victimal.

No hay otro camino en la vida: sufrir para salvarse y poder salvar. SUFRIR. Para ser feliz tienes que sufrir toda la vida. En el sufrimiento está el amor de Dios. En el sufrimiento está la alegría espiritual. No hay Gloria sin pasar por la Cruz, sin vivir en la Cruz, sin obrar la Cruz.

El amor verdadero es la obra de un sufrimiento: un sufrimiento divino, espiritual y místico, que sólo los santos lo pueden comprender. Quien no lo comprenda, sólo le queda aceptar la Cruz como don de Dios al alma.

Fe en el Crucificado: es lo que nadie tiene hoy en la Iglesia.

Es Cristo el que ha muerto y ha sufrido por ti, por tus malditos pecados. Si no crees en su muerte ni en sus sufrimientos, no crees en Cristo ni en Su Iglesia. Si no te crucificas con Cristo, si no atas tu voluntad humana al madero de la cruz y no pones en tu cabeza una corona de espinas, que te impidan pensar la mentira, el error, entonces vives tu vida de católico como un auténtico demente.

¿Para qué te llamas católico si piensas y obras como la gente del mundo?

Deja la Iglesia y vive tu vida de inmundicia, en los olores de tu pecado. Pero no te llames católico.

Los santos, todos ellos, recorrieron el mismo camino: la Cruz. Ninguno fue feliz en su vida. Lean la vida de los santos. No lean a Bergoglio, porque es un hereje que lleva a las almas a la total apostasía de la fe.

Los Santos juzgan y condenan a Bergoglio:

«Que siempre seamos amigos de la Cruz, que nunca huyamos de Ella, porque quien elude la cruz huye de Jesús, y quien escapa de Jesús jamás hallará la felicidad. Jesús nunca está sin la Cruz, pero la Cruz jamás está sin Jesús» (San Pío de Pieltrecina)

Los místicos juzgan y condenan a Bergoglio:

«Por un alma hay que sufrir mucho. ¿No sabes que la Cruz y Yo somos inseparables? Si me ves a Mí verás la Cruz, y cuando encuentres mi Cruz me encontrarás a Mí. El alma que me ama, ama la Cruz, y el que ama la Cruz, me ama a Mí. Nadie poseerá la vida eterna sin amar la Cruz y abrazarla de buena voluntad por mi amor. El camino de la virtud y de la santidad se compone de abnegación y de sufrimiento; el alma que generosamente acepta y abraza la Cruz, camina guiada por la verdadera luz y sigue la senda recta y segura, sin temor de resbalar en las pendientes, porque no las hay… La Cruz es la puerta de la verdadera vida y el alma que la acepta y la ama tal cual Yo se la he dado, entrará por ella en los resplandores de la vida eterna» (Sor Josefa Menéndez)

Jesús nunca está sin la Cruz. Quien quiera un Jesús sin Cruz nunca va ser feliz, nunca llegará al Cielo.

Jesús mismo crucifica a las almas en Su Cruz. Jesús da la Cruz y no deja al alma sin la fuerza necesaria para llevarla. Jesús no te da un beso ni un abrazo. Te da un sufrimiento en la vida. Te hace sufrir.

Jesús nunca prometió la felicidad. Siempre prometió la cruz, el sufrimiento, la persecución.

«…en el mundo tendréis tribulación; pero no temáis: Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

¡Vete al infierno, Bergoglio, y llévate tu doctrina de demonios contigo! Allí, en el infierno, los locos se reirán de tu locura. Aquí la gente aplaude tu locura y tú te lo crees. Eres tan necio que ni siquiera ves tu demencia. Te vas a pasar todo tu infierno viendo tu demencia y dando vueltas a tu demencia, porque eso es lo que has buscado para tu vida.

¡Qué mente tan rota la de este hombre!

Cada hombre tiene lo que se merece, lo que busca en su vida.

Todo el problema con Bergoglio es la anulación del pecado. Por tanto, tiene que anular la Cruz y poner el camino de Jesús en la felicidad.

El pecado es una obra contra la ley eterna:

«El pecado es un dicho, hecho o deseo contra la ley eterna» (S.Tomás – 1.2 q.71 a.6).

Sto. Tomás se apoya en las palabras de San Agustín para sustentar su tesis:

«Luego, el pecado es un hecho o un dicho o un deseo contra la ley eterna. La ley eterna es la razón divina o la Voluntad de Dios, que manda conservar el orden natural y prohíbe lo que lo perturba» (San Agustín – R 1605).

Y San Agustín se apoya en la Escritura:

«… del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás» (Gn 2, 17).

Dios le da a Adán una ley eterna: no comas del árbol. Ese mandamiento de Dios a Adán refleja lo que es el Árbol: el bien y el mal no pertenecen al hombre. Ningún hombre decide lo que es bueno y lo que es malo. Es Dios quien enseña el bien y el mal al hombre.

Dios prohíbe a Adán: le está enseñando lo que es el mal.

Adán rechaza esta enseñanza divina y come del árbol. Automáticamente, la muerte para él: «el día que de él comieres, morirás».

Muerte, no sólo del alma, sino espiritual. El alma se llena de pecado: se pierde la gracia. Pero el alma queda condenada por su pecado. No puede salvarse.

Y esa muerte entró en todo hombre. Todo hombre es engendrado en la muerte. Se tiene un hijo que nace condenado al infierno. Por eso, el Bautismo, que es el camino para salvar el alma.

El Bautismo no salva a las almas, sino que pone a cada alma en el camino de salvación. Y el camino es Cristo. Hay que ir detrás de sus huellas ensangrentadas para llegar a la cumbre, a la santidad de la vida, que es el sentido a la vida. Y no es fácil este camino porque hay que cumplir con la ley eterna, que es lo que rechazó Adán en su pecado.

Dios muestra a Adán la norma de la moralidad que está en la naturaleza del hombre y en todo lo creado: haz el bien, evita el mal. El bien es el bien moral, no es el bien humano o social o natural o carnal. Es un bien divino, que nace de la ley de Dios Eterna. Y el mal es el mal moral, no es un mal social o humano o natural o carnal. Es un mal que va en contra de la ley de Dios Eterna.

Dios enseña el bien moral y el mal moral. Adán rechazó esa enseñanza.

El hombre, por tanto, tiene que vivir su vida cerrando puertas, buscando la Voluntad de Dios. Porque no todo es válido.

«Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero yo no me dejará dominar de nada,… no todo edifica» (1 Cor 6, 12; 10, 23).

Es lícito el sexo, pero no la fornicación: no conviene, no edifica, no hay que sujetar el cuerpo a la lujuria de la carne.

Es lícito el pensamiento del hombre, pero no la herejía: no hay que atar la mente a la perversión de la mentira, al error.

Dios enseña al hombre dónde está el bien y el mal.

Bergoglio enseña a los hombres que el bien y el mal está en la mente de cada hombre: «Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe» (1 de octubre del 2013).

Es la misma enseñanza de la serpiente en el Paraíso: el día en que el hombre abra su mente al bien y al mal, entonces al hombre se le abren los ojos y es como Dios, conocedor del bien y del mal (cfr. Gn 3, 5).

Esto es lo que enseña Bergoglio: abre tu mente. Ábrete a la diferencia de las mentes de los hombres. Únete en la diversidad de las mentes de los hombres. Abre los ojos de tu entendimiento humano y serás como Dios, conocerás lo que es el bien y lo que es el mal. Podrás poner tu visión del bien y del mal. Y vivirás tu vida de acuerdo a tu visión.

¡Qué gran maldad la de Bergoglio! Es una serpiente en su boca. Habla como la serpiente, como el mismo demonio.

Bergoglio quiere una Iglesia llena de pecado. Y, por eso, dice: «Acogiendo a cada uno tal como es, con benevolencia y sin proselitismo, vuestras comunidades muestran que quieren ser una Iglesia de puertas abiertas, siempre en salida» (Audiencia a los Prelados de África – 2 de marzo del 2015).

Si se acoge a cada uno como es, hay que aceptar su pecado, su mal, su error, su mentira, su mente pervertida.

No se acoge al otro para llevarlo a la verdad, para convertirlo de su mentira a la verdad. Sino que se le acoge para estar con él en su mentira, para aprender de él su mentira. No hay proselitismo: no hay conversión.

Bergoglio está enseñando que no existe el dogma del pecado. No existe la verdad del pecado. Ni la verdad revelada ni la verdad dogmática. Sólo existe su verdad gradual del concepto de pecado. El pecado es sólo –para Bergoglio- una idea filosófica, pero no algo real, verdadero.

Y, por eso, este hombre, sin sentido común, sin dos dedos de frente, -un loco de atar, que se merece el manicomio-  tiene que predicar lo siguiente:

«El antídoto más eficaz contra toda forma de violencia es la educación en el descubrimiento y la aceptación de la diferencia como riqueza y fecundidad».

Esta es la gran demencia de este hombre, que se opone a la ley Eterna.

Hay que educar a la gente que descubra el pecado como un bien para su vida, como una riqueza, como una fecundidad. ¡Esto es de locos!

Hay que enseñar a la gente que acepte la diferencia del otro: su error, su mentira, su obra de maldad. Y la acepte como riqueza, como fecundidad. ¡Esto es para llevar a Bergoglio al manicomio!

El antídoto más eficaz contra toda forma de violencia es evitar la violencia; evitar al violento; castigar al que ejerce la violencia; condenar al hombre violento; ajusticiar al hombre violento.

Esto es lo que ha enseñado el Magisterio de la Iglesia durante siglos.

El gravísimo problema de Bergoglio está en la concepción del pecado. El pecado no existe para Bergoglio. Sólo se da el pecado como un ser filosófico: un pensamiento negativo.

Por lo tanto, hay que aceptar el pensamiento negativo, aceptar la diferencia para que no haya violencias.

Ésta es la tara de Bergoglio: como no puede acabar con la violencia, en la realidad de la vida, entonces tiene que acudir a su ley de la gradualidad, que no existe: el pensamiento negativo está en un grado menor al pensamiento positivo. Los hombres violentos no han llegado a lo positivo, a pensar positivamente, porque se han estancado, de alguna manera, en su negatividad. Hay que curarlos. ¿Cómo? Con cariñitos, siendo benevolentes con ellos, aceptando su error, dialogando con ellos. Y sólo así, a base de besos y abrazos, de buenas comidas con ellos, esos hombres llegarán a lo positivo.

Hay que aceptar a los hombres que matan, que hacen violencia, como son: esta es la gran locura de este hombre.

Hay que aceptarlos con benevolencia y sin proselitismo: no los saques de su violencia. No les digas que son violentos, que pecan contra la ley Eterna. No los castigues. Tienes que darles un caramelo. Tienes que mostrarles una cara bonita, una sonrisa, un gesto amable. Mientras matan a tus familiares, sonríeles. Mientras te hacen daño, diles: qué buena obra la que hacéis. Cómo me gusta que me cortéis la cabeza.

¡Esta es la gran locura del que se sienta en la Silla de Pedro!

¡Y cuántos locos lo llaman su papa!

¡Es increíble que la gente no se dé cuenta de quién es Bergoglio!

El pecado es una mancha en el alma:

«…cuando lave el Señor la inmundicia de las hijas de Sión, limpie en Jerusalén las manchas de sangre, al viento de la justicia, al viento de la devastación…» (Is 4, 4).

«…su mente y su conciencia están manchadas» (Tit 1, 15).

En todo pecado, concurren los actos del entendimiento y de la voluntad. El alma queda manchada, contaminada, sucia, inmunda, porque la mente piensa el error y la voluntad lo obra.

Un alma manchada es una mente en la mentira y una voluntad apegada a las criaturas.

Y esta mancha del alma consiste en la privación de la gracia. Si un hombre vive en el pecado, no tiene gracia para pensar la verdad ni para obrarla. No puede hacer el bien moral y no puede evitar hacer muchos males morales.

Toda mancha en el alma oscurece la luz de la razón: el hombre, ni siquiera entiende la verdad natural, la verdad racional, humana.

Y toda mancha en el alma oscurece la luz de la fe y de la gracia, que ilustra la razón humana: el hombre no es capaz ni de entender a Dios ni de hacer Su Voluntad.

Un pecado venial oscurece la mente y hace que la voluntad se apegue a la tierra, al hombre, a la carne, a lo material. Y quien obra un bien, en su pecado venial, no obra la Voluntad de Dios.

Para hacer la Voluntad de Dios, el hombre tiene que estar sin mancha de pecado en su alma. Por eso, Jesús puso la confesión: para que toda alma quite su pecado de su alma, la mancha que tiene su alma, la oscuridad de su mente, el apego de su voluntad. La confesión da al alma la luz que necesita para obrar la Voluntad de Dios.

Las almas no saben confesarse. Se confiesan de manera rutinaria. Siguen manchadas, en la oscuridad de sus mentes. Salen del confesionario y siguen pecando.

Hoy la gente quiere vivir en sus pecados veniales: son tibios en la vida espiritual. Y, por eso, llaman a Bergoglio como Papa. No ven el desastre que hay en la Iglesia. Sus almas están en la oscuridad, por sus pecados.

Para quitar la mancha del alma, cuatro cosas: oración, para el corazón; ayuno, para el cuerpo; penitencia, para el alma; sacrificio, para la vida del hombre.

Un hombre que no abre su corazón a la Verdad Revelada, su mente queda atrapada en la mentira. Muy pocos saben orar: sólo saben leer, meditar, estudiar, rezar de manera rutinaria.

Se ora para escuchar la voz de Dios. Y sólo para eso. Es Dios quien enseña el bien y el mal al hombre: lo que tiene que hacer, lo que tiene que obrar en su vida.

La gente se levanta para comer, no para orar. Después, la vida de cada día es una tibieza insoportable. Están en sus pecados veniales y hacen muchas obras que no sirven para nada. Y las manchas del alma siguen ahí: no hay verdadera oración.

Si el hombre no pone su cuerpo en el ayuno, sino que le da lo que le pide el cuerpo, es claro que va a caer en muchos pecados. Por los cinco sentidos del cuerpo entran todos los demonios. Si no se atan los cinco sentidos, la vida de muchos católicos es como la vemos: viven para obrar sus pecados y mueren en sus pecados.

Si el alma no hace penitencia interior, es decir, practicar las virtudes, luchar en contra de los muchos vicios, el hombre se queda en la soberbia de su mente y en el apego a las muchas cosas de su voluntad. Vive su vida con un fin humano, para una obra humana, con una inteligencia humana. Carece de la sabiduría de Dios, que es la Cruz.

Si el hombre no sacrifica su vida por un ideal más alto que lo que contempla con su mente humana, el hombre lucha sólo por sus intereses humanos, que pueden ser muy buenos y perfectos, pero que le distraen del fin último de su vida: ver a Dios. Hay muy pocas víctimas que Jesús pueda ofrecer a Su Padre para salvar a las almas de sus pecados. La gente vive su vida y, después quiere que todo le vaya bien en su vida.

Bergoglio, al anular el dogma del pecado, tiene que anular la obra de la redención. Y así muestra el camino del hombre para quitar el pecado:

«La suciedad del corazón no se quita como se quita una mancha: vamos a la tintorería y salimos limpios. Se quita con el obrar» (3 de marzo del 2015).

La suciedad del corazón se quita acudiendo a la tintorería de la confesión. Esto es lo primero que hay que enseñar.

El pecado es una mancha. Quítala en el lugar adecuado: el Sacramento de la confesión. Después, queda expiar ese pecado. Pero la mancha se quitó. Para no volver a mancharse, es necesario las cuatro cosas.

Pero Bergoglio sólo atiende a su humanismo: se quita con el obrar. Haz obras humanas buenas. No importa el pecado. Que tu alma viva manchada por el pecado de herejía. Eso no interesa. Haz un bien al hombre y te vas al cielo de cabeza. Esta es la enseñanza de este hombre. Y, por eso, predica que todos se van al cielo:

«…ve donde están las llagas de la humanidad, donde hay mucho dolor; y así, haciendo el bien, lavarás tu corazón. Tú serás purificado. Esta es la invitación del Señor».

Esta es la gran demencia de este subnormal.

No necesitamos a un Bergoglio. No lo queremos. No nos sujetamos a su mente humana. Nos da igual lo que piense y obre como jefe de una iglesia que no es la de Cristo.

Lo que hay en el Vaticano no es la Iglesia Católica. Es otra cosa. Y qué pocos católicos lo han entendido así.

Incluso, los muy tradicionales, siguen teniendo a ese idiota como su papa.

¿Queréis a un Papa sin doctrina?

Es imposible. Bergoglio no os va a dar lo que es un Papa. Os va a dar su idea masónica del Papado, que es la sinodalidad; la idea protestante de la Iglesia, que es vivir en el pecado; y la idea comunista de la sociedad, que es trabajar por el bien común del mundo, el orden mundial.

Si seguís aceptando a ese loco como vuestro papa, entonces estáis diciendo que queréis una iglesia sin la Cruz de Cristo, sin la doctrina de Cristo, sin la verdad de salvar y santificar el alma. Y esa no es la Iglesia en Pedro. Esa es la abominación que ya se ve en todas partes.

La mundanidad espiritual: la falsa norma de moralidad

sanjusti

«¿Quién será el bienaventurado que entonces sufrirá piadosamente el martirio por Cristo? Pues yo diría que los mártires de esa época estarán por encima de todos los mártires. Porque los mártires de tiempos anteriores sólo han luchado con hombres. Pero quienes vivan en la época del Anticris-to saldrán a la lucha con el mismo Satanás en persona» (San Cirilo de Jerusalén)

La vida humana es esencialmente mundana, es decir, cada hombre se hace su mundo, vive en una estructura concreta de vida: y esto es lo que se llama la mundanidad.

La mundanidad es algo circunstancial: el hombre es mundano de este mundo. El hombre está en el mundo, vive en el mundo, pero también vive en su mundo.

La mundanidad se presenta en formas estructurales: en el trabajo, en la familia, en lo que es presente, en lo que es ausente, en lo patente, en lo latente. Es un ámbito en donde están las cosas y está el hombre: el hombre se instala en su mundo, vive en su mundo. Es algo más que estar en un espacio físico en donde están las cosas.

Hay una estructura mundana de la vida, hay un mundo exterior y un mundo interior. Y toda la vida se traza en el ámbito de esta mundanidad.

Estar en el mundo es, para todo hombre, estar haciendo el mundo, estar mundificando. El hombre hace su mundo, pero es siempre un hacer circunstancial.

Cuando el hombre asume la circunstancia, entonces el hombre pone su obra en el mundo, proyecta su vida, su mente, su fe, su pecado, su virtud.

Ya no sólo está localmente en el mundo, sino que se encuentra en el mundo: está haciendo algo para sí mismo o para la sociedad. Y esto no es ya algo circunstancial, sino existencial.

El hombre vive la realidad de estar en el mundo: es sensible a todas las cosas y a todas las personas con las que se encuentra.

Este ser sensible no es un sensualismo o un idealismo: no es algo que viene por los sentidos del hombre, que son siempre instintivos, oscuros, pasivos. El hombre siempre se confunde por los sentidos, es engañado por ellos. Y, tampoco, es algo abstracto, una idea que aparece en la mente al ver la realidad de la vida.

El hombre, cuando asume lo circunstancial de su vida, vive para sí mismo y para los demás. Y lo hace de acuerdo a su fe, a su idea religiosa. Nunca lo hace por una idea en la mente o por un deseo humano o por las apariencias externas.

El hombre siempre, en su mundo, lleva en sí mismo una visión intelectual y moral de la vida, de ese estar en el mundo.

El hombre, en su mundanidad, no se desprende de su moralidad: vive su moral. Vive como santo o como pecador: proyecta en su mundo su moralidad.

Cuando se habla de mundanidad espiritual, se cae en un absurdo.

Todo hombre está en su mundo interior, pero ese mundo es moral: pensamientos y deseos, obras de acuerdo a ese pensamiento, una vida que proyecta lo que se piensa, lo que se desea.

Es un mundo moral y, por tanto, un mundo espiritual: el hombre está en su mundo moral. Pero es una mundanidad propia del hombre, debida a él, que nace de él mismo.

Ya no es una mundanidad que viene de fuera, circunstancial. Cuando se habla de mundanidad, se habla de una estructura de vida circunstancial al hombre: el hombre se instala en esa estructura, que no es suya, que está fuera de él. Y, en esa estructura, el hombre hace su vida.

Y este hacer su vida es distinto a la mundanidad. El hombre, proyecta en esa mundanidad, en esa estructura, su vida moral, su mundo moral. Y este mundo moral ya no puede llamarse mundanidad moral, porque implica algo existencial que la mundanidad no posee.

El hombre, en las circunstancias en que vive, es sensible a todo lo que ve y pone su moralidad: su vida de pecado o su vida de santidad.

Por eso, no se puede hablar de mundanidad espiritual, porque no es algo circunstancial a la persona. Lo espiritual está dentro del hombre, no fuera de él. Lo espiritual no es una circunstancia, sino la misma vida del hombre: el hombre tiene un espíritu en su naturaleza humana. El mundo no tiene un espíritu en su esencia: es sólo material, corporal.

Bergoglio habla de esta mundanidad espiritual:

«La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal» (EG, n. 93).

O con otras palabras: «La mundanidad espiritual como paganismo disfrazado eclesiásticamente» (Corrupción y pecado, 8 de diciembre del 2005).

Una cosa es el paganismo, otra cosa es la corrupción, una es el pecado de fariseísmo (de apariencias de religiosidad, doble vida), otra el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Bergoglio no distingue estas cosas y llama a una estructura social o religiosa como mundanidad espiritual. Este es su grave error.

Este error le viene de hombres, como De Lubac, que han torcido la antropología, haciendo una teología totalmente contraria al Evangelio:

«La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud radicalmente antropocéntrica. Esta actitud sería imperdonable en el caso —que vamos a suponer posible- de un hombre que estuviera dotado de todas las perfecciones espirituales, pero que no lo condujeran a Dios. Si esta mundanidad espiritual invadiera la Iglesia y trabajara para corromperla atacándola en su mismo principio, sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral» (H. De Lubac, Méditation sur l’Église, Paris 1968, 231).

La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud radicalmente antropocéntrica: la vida humana es esencialmente mundana. Pero la vida moral, la vida espiritual no es esencialmente mundana. La vida moral es esencialmente humana. Hombre y mundo son dos realidades totalmente diferentes, que convergen, pero que no se mezclan.

No existe una mundanidad espiritual, como no existe una mundanidad moral. Existe la mundanidad. Y eso es una actitud radicalmente antropocéntrico. Eso está en todo hombre, en su esencia. Y existe la moralidad, que es el acto de poner en el mundo el objeto de la fe en esa persona.

Una persona con una fe humana, proyecta en el mundo un humanismo; una persona, con una fe divina, proyecta en todo lo que vive la ley de Dios, lo divino, lo celestial, lo eterno.

Estos pensadores no tienen claro la vida moral del hombre porque han negado el pecado como ofensa a Dios, como obediencia del hombre a la ley de Dios. Y ponen el pecado como ofensa al hombre o a la sociedad. Y entonces tiene que nacer, en ellos, la mundanidad espiritual, un paganismo como una estructura personal y social, como un estado – no como un acto- en que el hombre vive inmerso en él y que no hace nada por quitarlo:

«Es una cultura de pigmeización por cuanto convoca prosélitos para abajarlos al nivel de la complicidad admitida (…) es el culto a los buenos modales que encubren las malas costumbres. Y esta cultura se impone en el laissez faire (“dejar hacer”) del triunfalismo cotidiano (…) El alma se habitúa al mal olor de la corrupción (…) uno está satisfecho con el estado en que está y no quiere tener más problemas (…) el alma comienza a satisfacerse de los productos que le ofrece el supermercado del consumismo religioso».

Y, por eso, Bergoglio habla de la corrupción como un estado, no como un acto:

«La corrupción no es un acto, sino un estado, estado personal y social, en el que uno se acostumbra a vivir».

El hombre, como ser humano, se instala en el mundo: eso es la mundanidad. La instalación mundana coincide con la condición humana misma: el hombre está en el mundo de acuerdo a su materialidad, a su corporeidad.

Pero el hombre tiene un alma y un espíritu. Con su cuerpo está en el mundo: vive la mundanidad. Pero con su alma y con su espíritu vive la moralidad. Y esa moralidad, que es su mundo interior, nace en él mismo, es de él mismo, no es del mundo, no es de las estructuras sociales o políticas o económicas o religiosas.

El hombre puede meterse, en el mundo, en un auténtico infierno y salir sin pecado de él. El hombre puede trabajar con hombres corruptos, ya en la política, ya en la economía, ya en la cultura, y él no corromperse.

Porque la corrupción no es la obra de una estructura social o religiosa: no es imperada por una complicidad o por unas malas costumbres o por un dejar hacer. La corrupción es la obra de una mente soberbia, que maquina una maldad, en su orgullo y con una vida de lujuria, en todos los sentidos. Y esa corrupción se transmite, como todo pecado, en el lugar en que el corrupto vive, produciendo obras malas, pecaminosas, que pueden arrastrar o no a las personas, dependiendo, nada más, de la voluntad de ellas.

Como hoy se niega el pecado como una obra en contra de la Voluntad de Dios, entonces se quiere poner el pecado en una estructura social, que está dañada porque hay hombres ya corruptos, que viven su pecado, con una inteligencia corrupta, perversa.

Por eso, si un hombre entra en una estructura social de corrupción, sólo peca si asume el pecado que se da en esa corrupción. No peca por pigmeización. La tentación siempre está ahí: el hombre sólo tiene que rechazarla con su voluntad libre. Es lo que Bergoglio niega en todo su escrito.

No se puede llamar corruptos a todos los hombres porque haya un gobierno que sea corrupto, o porque existan prostíbulos, o porque se den economías que favorezcan el pecado de usura, o porque en la iglesia haya obispos o sacerdotes que maquinan el mal. No existe una estructura social corrupta. Hablar así es meterse en la ley de la gradualidad: se quiere quitar una estructura corrupta con leyes humanas, injustas, en contra de la ley de Dios.

Cada hombre peca personalmente: y unos alcanzarán el pecado de corrupción; otros irán a la blasfemia contra el Espíritu Santo, otros sólo pecarán por diversión, por placer, por debilidad, por malicia.

Pero no existe una estructura social o religiosa corrupta. Eso sería poner el pecado en la sociedad o hacer del pecado algo filosófico, algo mental, que es lo que se hace hoy día.

Y entonces se ataca esa estructura social o filosófica, y no se ataca al hombre que peca, que vive su pecado, que hace de su pecado una inteligencia para el mal. Y viene la lucha de clases, y el vivir para cambiar las estructuras internas de la sociedad o de la iglesia o de la economía, etc… Y nada se hace, en la realidad de la vida, porque no se ataca la raíz espiritual de todo pecado.

¿Qué necesita la Iglesia?

¿Un cambio de estructuras? No.

Un cambio de personas:

«Al comienzo del pontificado del Papa Benedicto XVI, le escribí una carta en la que le rogaba designar obispos santos» (Carta abierta de Monseñor Jan Pawel Lenga).

¡Obispos santos!

Esta gran verdad es la que se desprecia  en toda la Iglesia.

En el Vaticano está lo que se llama el pecado de corrupción:

«Desgraciadamente, en nuestros días, la evidencia creciente de que el Vaticano, a través de la Secretaría de Estado, ha adoptado el camino de la corrección política está creciendo. Algunos nuncios han sido propagadores del liberalismo y del modernismo. Ellos han adquirido un hábil manejo del principio llamado “sub secreto Pontiificio”, por el cual se puede manipular y callar a los obispos. Y esto que el Nuncio dice a los obispos se les presenta como si fuese el deseo del Papa».

El pecado de corrupción no pertenece a una estructura religiosa o social, sino que es el pecado de una persona que obra con su inteligencia el error. Nuncios, Obispos, Cardenales, que haciendo uso de su cargo en la Iglesia la atacan desde dentro.

Es el pecado de soberbia: es la mente del hombre que maquina un mal: «Ellos han adquirido un hábil manejo del principio llamado “sub secreto Pontiificio”, por el cual se puede manipular y callar a los obispos».

El demonio sabe poner en las alturas del gobierno de la Iglesia a su gente, de una manera genial: es la corrupción de la mente del hombre, en el pecado de soberbia. Todo corrupto es soberbio en su inteligencia: es perverso. Maquina la maldad.

Este es el pecado de corrupción en la mente: es una perfección de la inteligencia del hombre que busca, con una idea, con una norma, con una ley, una obra mala. Cuando la mente se corrompe, entonces se obra –con la voluntad-  el pecado de orgullo y de lujuria: se manipulan y se hacen callar a los obispos para obrar el liberalismo y el modernismo en la Iglesia. Y así se divide la cabeza de la Iglesia. Así comienza el enfrentamiento en la cabeza: obispos contra obispos, sacerdotes contra sacerdotes.

Ya no hay un Espíritu único, el de Cristo, sino que es el espíritu del mundo el que alimenta a los pastores, que es la gran crisis de toda la Iglesia:

«Se puede observar en todos los niveles de la Iglesia un decrecimiento obvio del “sacrum”. El “espíritu del mundo” alimenta a los pastores. Los pecadores dan instrucciones a la Iglesia para que Ella los sirva. En su confusión, los Pastores se mantienen en silencio sobre los problemas que la afectan y abandonan a las ovejas en tanto se apacientan a sí mismos».

Los pecadores son los que mandan en la Iglesia: la Jerarquía sirve al pueblo con la mentira. Se le da al pueblo lo que quiere escuchar y obrar.

Esta carta, que muchos no quieren ni leerla porque pone en duda la renuncia del Papa Benedicto XVI y, por lo tanto, plantea de una manera directa la ilegitimidad de Bergoglio como Papa, da en el clavo sobre la situación de la Iglesia. Muchos acusan a este Obispo de irresponsabilidad absoluta en esta carta, porque están siguiendo al hombre en la Iglesia, obedecen al hombre en la Iglesia, pero han perdido la sujeción a Dios, el sometimiento de sus mentes a la Verdad Revelada, que ya en la Iglesia no es posible dar. Se llama irresponsable al que combate al hombre, al Obispo que lucha en la Iglesia contra el pensamiento del hombre. Así está el patio de la Iglesia: nadie quiere escuchar la Verdad. Se rechaza de plano.

Lo dice el mismo Obispo:

«Me veo forzado a recurrir a los medios públicos de expresión porque temo que cualquier otro método encontrará un muro de piedra de silencio y desprecio».

Este Obispo conoce, perfectamente, cómo es la estructura interna de toda la Jerarquía. Y estas palabras, contenidas en esta carta, se quedan en el vacío, en el silencio y en el desprecio en esta estructura. Nadie quiere escuchar la Verdad dentro de la estructura interna jerárquica. Nadie. Por eso, hay que emplear medios, como esta carta, como un blog. No hay otra manera para ser claros y para que la gente entienda lo que pasa en la Iglesia. Y, aún así, la gente no quiere entender. Es lo que dice San Pablo:

«Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira» (2 Tes 2, 11).

¡Cuántos católicos ya no creen en la Verdad. Y no tienen excusa. Prefieren a un mentiroso, como Bergoglio, que al Cristo verdadero. No buscan, en sus vidas –como católicos, la palabra de la verdad, la Jerarquía que les dé la verdad. Se contentan con cualquier lenguaje humano bello que un hombre, sin verdad, les predica.

«la voz de la conciencia no me permite permanecer en silencio, mientras que el trabajo de Dios está siendo calumniado».

Hay que dar gloria a Dios, no a los hombres. Hay que trabajar por Dios, no por los hombres. Y eso es lo que no se quiere en el Vaticano.

En el Vaticano sólo se trabaja por los hombres, pero no por Dios, no por Cristo. Aunque se llene la boca todo el día mencionando a Jesús. Es un Jesús sin verdad, sin ley, sin vida.

Para que la Iglesia salga a flote sólo hace falta una cosa: Obispos santos. No hacen falta cambiar las estructuras internas de la Iglesia.

¿Qué es lo que ha hecho Bergoglio?

Ha cambiado la estructura de gobierno: ha puesto una horizontalidad.

Y ¿qué clase de Obispos ha puesto en esa estructura? ¿Santos? No. Todos ellos son herejes, cismáticos y apostatas de la fe.

¿Hacia dónde va la Iglesia con semejantes sujetos? Hacia su autodestrucción.

¿Qué se hace con los buenos obispos? Se les persigue y se los entierra:

«En no pocas Conferencias Episcopales los mejores obispos son “persona non grata”».

Se ha puesto el pecado de corrupción en una estructura social, pero no en la persona que peca con la maldad de su inteligencia humana. Aquí está todo el problema de la Iglesia: la falta de fe. Han perdido el norte de la Verdad. Todos siguiendo el lenguaje humano de la mentira.

Al ser la corrupción un estado social, en el cual la gente se acostumbra al ambiente que le rodea, se quiere sanear ese ambiente como hacían los fariseos, y que Jesús fustigó:

«Atan cargas pesadas e insoportable y las ponen sobre las espaldas de la gente, pero ellos mismo ni con el dedo quieren moverlas» (Mt 23, 4).

Se pretende hacer desaparecer la corrupción, que se ve en todas partes, no llevando a cumplir la ley de Dios, sino imponiendo nuevas leyes, nuevos reglamentos, nuevas doctrinas. Y, por eso, aparecen muchas personas, llamadas por la sociedad, corruptas, y no lo son en la realidad.

El hombre carga con sus leyes a los demás y, entonces, los hombres que no obedecen a esas leyes injustas, son llamados corruptos: se les mete en la cárcel, no por no cumplir con la ley de Dios, sino por no cumplir con las leyes de los hombres, que son siempre gravosas para los hombres, porque no miden la verdad de lo que es un hombre.

Queriendo quitar la corrupción se hace el hombre más corrupto, porque no va a la raíz del problema: no se va a quitar el pecado; sino que se pone una ley, que es una carga económica, social, política, humana…., para la persona, que la persona no puede llevar. Es el afán de controlarlo todo, ya sea por el Estado, ya sea por la Iglesia. Ese afán de control es el orgullo, que refleja una mente corrupta, perversa. Son leyes que ponen personas ya corruptas, ya perversas, en sus inteligencias humanas.

Mentes perversas son las que manejan el mundo y la Iglesia. Ellas son las más corruptas de todas, pero hacia fuera, hacia lo exterior, parecen santos, justos:

«Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres» (Mt 23, 5): hacen multitud de obras sociales, de obras que gustan a los hombres, para que los hombres los llamen como buenos, como misericordiosos.

Bergoglio da de comer a los pobres, y todo el mundo: qué santo es ese hombre. Este hombre no puede ser un anticristo. Y nadie recuerda lo que dijo: «La corte es la lepra del Papado».

Si la corte es la lepra del Papado, ¿por qué no pones Obispos Santos en el Papado? Porque no crees en la santidad de la Iglesia, sino que estás en esa Silla para fustigar, para destrozar toda la Iglesia, con tu palabra barata y blasfema, con tu ley de la gradualidad.

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo, lo hacéis doblemente más hijo de la gehena que vosotros» (Mt 23, 15).

Esta es la misión de Bergoglio en sus viajes, en la Iglesia y en toda su vida de sacerdote y Obispo: hacer prosélitos para su causa comunista, masónica y protestante. Bergoglio no trabaja para Dios en la Iglesia, sino para el mismo demonio. ¡Y qué pocos quieren entender esta verdad! ¡Cómo se les atraganta esta frase!

¡Cuántos callan esta verdad!

«¿Dónde están los apologistas de nuestros días, que anuncien a los hombres, de un modo claro y comprensible, la amenaza y el riesgo de perder la fe y la salvación? En nuestros días, la voz de la mayoría de los obispos más bien se asemeja al silencio de corderos frente a los lobos furiosos; los fieles son abandonados como ovejas indefensas».

¿Dónde están los apologistas?

Bergoglio no los quiere:

«Muchas controversias entre los cristianos, heredadas del pasado, pueden superarse dejando de lado cualquier actitud polémica o apologética,  y tratando de comprender juntos en profundidad lo que nos une» (24 de enero del 2015).

La APOLOGÉTICA es primordial en tiempos de confusión.

Sin hombres que luchen por la Verdad, la Iglesia acaba adaptándose a la cultura moderna, que es toda ella perversión intelectual.

Bergoglio llora por sus hombres, pero no por sus pecados:

«Debemos reconocer que, para llegar a las profundidades del misterio de Dios, nos necesitamos unos a otros, necesitamos encontrarnos y confrontarnos bajo la guía del Espíritu Santo, que armoniza la diversidad y supera los conflictos, reconcilia las diversidades».

No necesitamos a los hombres para estar unidos en Cristo. Necesitamos la VERDAD, que Bergoglio niega a cada instante. No necesitamos dar un abrazo a los hombres, sino ponerlos en la verdad de la vida: o te salvas o te condenas; o quitas tu pecado o vives para condenarte en tu pecado.

Necesitamos Obispos Santos que prediquen la Verdad y que imiten las obras de Cristo en Su Iglesia.

No necesitamos mentes corruptas, como las de Bergoglio, que sólo anuncian su falso ecumenismo:

«En este momento de oración por la unidad, quisiera recordar a nuestros mártires de hoy. Ellos dan testimonio de Jesucristo y son perseguidos y ejecutados por ser cristianos, sin que los persecutores hagan distinción entre las confesiones a las que pertenecen. Son cristianos, y por eso perseguidos. Esto es, hermanos y hermanas, el ecumenismo de la sangre».

No dice Jesús: «la carne no sirve para nada» (Jn 6, 63b). ¿Qué importa que los hombres que, con su boca, se llamen cristianos, sean matados? La carne de toda esa gente no sirve para nada. «Es el Espíritu el que da vida» (Jn 6, 63a): si no tienen la fe divina, que es la que da vida al alma y al espíritu del hombre, la fe común los condena al fuego del infierno, porque no dan ni testimonio de la Verdad ni son testigos de Cristo. Dan testimonio de su verdad y son sólo testigos de su falso cristo.

¿Dónde están los apologetas de hoy día que combatan el ecumenismo de sangre de este hombre? No están.

¿Quién se opondrá a Bergoglio? NADIE.

¡Toda la Jerarquía callada ante el lobo Bergoglio! ¡TODA!

La razón: muchos son de Bergoglio, piensan y obran como él:

«En mi opinión la voz débil de muchos obispos es la consecuencia del hecho de que, en el proceso de elección de los obispos, los candidatos no son examinados suficientemente sobre una firmeza indudable y una valentía en la defensa de la fe, sobre su fidelidad a las tradiciones multiseculares de la Iglesia, sobre su piedad personal. En el asunto de la designación de los obispos, e inclusive de los cardenales, es cada vez más notable que algunos prefieren a los que comparten una ideología particular o pertenencia a determinados grupos que son ajenos a la Iglesia, y que han influido en la designación de algún candidato en particular».

Son Obispos sin fe, sin vida espiritual.

A los Papas se les ha impuesto Obispos sin ninguna vida espiritual: hombres con un espíritu del mundo, hombres de política, que viven para una empresa económica, para un ideal cultural, para un progreso científico o técnico, pero que les trae sin cuidado el Espíritu de Cristo en el sacerdocio. Y estos hombres son los que hablan, en muchas ocasiones, de la corrupción en todas partes, pero no mueven un dedo para quitar sus malditos pecados ni para expiar los pecados de los demás. Son sus pecados los motivos de mayor corrupción, tanto en el mundo como en la Iglesia.

Y esta imposición ha durado cincuenta años. La consecuencia es clara: quien gobierna en todas las diócesis de la Iglesia son Obispos perversos, corruptos, herejes, cismáticos y apóstatas de la fe. ¿Qué hay que esperar de ellos? El silencio sepulcral.

«Es una pena que el Papa no participe personalmente de la designación de los obispos»: esto indica el grado de corrupción de la Jerarquía que ha rodeado a todos  los Papas. Corrupción en la mente, que se ve reflejada, después, en las obras de orgullo, con la desobediencia al Papa, en muchas formas, y con las obras de la lujuria, haciendo de la liturgia un festival mundano.

Toda la Jerarquía que rodeaba al Papa Benedicto XVI lo sepultaron:

«El papa Benedicto XVI era la cabeza de la Iglesia; su entorno, sin embargo, apenas sí traducía sus enseñanzas en una forma de vida, silenciaba o bien obstruía sus iniciativas de una reforma auténtica de la Iglesia, de la liturgia y de la manera de administrar la Sagrada Comunión».

¡Esto es defender al Papa! Lo que nadie se atreve a hacer en la Iglesia.

Todos defendiendo a los hombres y, por lo tanto, viendo como buena la renuncia del Papa Benedicto XVI.

¡Nadie apoyó el Pontificado de Benedicto XVI!

Hay que hablar claro: hubo una conspiración en la cabeza de la Iglesia:

«En vista del gran secretismo que domina en el Vaticano, para muchos obispos era realmente imposible ayudar al papa en su deber como cabeza y jefe de la Iglesia toda».

Cuando se habla de secretismos, se habla de conspiración. Se habla de ataque a la Iglesia, no por los hombres de fuera, sino por la misma Jerarquía que rodeaba al Papa.

Ya no hablamos del Papado, sino del Papa: todos han ido a anular al Papa en la Iglesia, con el solo fin de poner una nueva estructura, un nuevo y falso papado, que es la destrucción de toda la Iglesia. Lleva hacia eso. Y es lo que vemos en todas partes.

«Es obvio que en el Vaticano hay una tendencia a ceder, más y más, al ruido de los medios masivos. No es infrecuente que en nombre de una incomprensible tranquilidad y calma, los mejores hijos y servidores sean sacrificados para apaciguar a los medios masivos».

Todos los medios aplaudiendo las herejías de Bergoglio. TODOS. Roma ha perdido la fe. Y, por eso, se persigue a los verdaderos sacerdotes y Obispos: es el fruto de la perversión de la mente.

Hay que cambiar las estructuras sociales, y eso conlleva quitar a los corruptos: los que sirven a la Verdad que no cambia. Esos son los corruptos. Por ellos, el mundo está como está. Por defender la verdad inmutable, todos los gobiernos en la corrupción. Hay que aflojar para tener un orden que sea modelo para todos, un orden que incluya a todos los hombres, no que excluya a unos hombres.

Por eso, en la Iglesia se observa la corrupción de lo mejor:

«Los enemigos de la Iglesia, sin embargo, no entregan a sus fieles servidores, inclusive cuando sus acciones son evidentemente malas».

La misma Iglesia condena y juzga a los buenos y santos sacerdotes y Obispos. No los defiende del mundo, de las personas, de los gobiernos. Los Obispos no defienden a sus sacerdotes, sino al pueblo. Están con los hombres, pero no con Cristo en sus sacerdotes. A los sacerdotes se les obliga a pensar como piensa el mundo, y  a dar a los hombres predicaciones buenistas, llenas de barato humanismo, para contentarlos en sus vidas humanas. Y, por eso, en la Iglesia no hay lugar para un sacerdote santo. NO HAY CAMINO. Los mismos Obispos se encargan de quitarlos de en medio.

¡Esta es la verdadera corrupción en la Iglesia, que nadie atiende, por estar atentos a un ignorante de la verdad, como Bergoglio!

«Cuando deseamos permanecer fieles a Cristo de palabra y de hecho»: fieles a Cristo, no a los hombres. Obedientes al Espíritu de Cristo, no al espíritu del mundo que está en toda esa Jerarquía que gobierna en la actualidad la Iglesia.

Este Obispo es valiente en esta carta, pero es velado. No puede hablar claramente: no puede decir que Bergoglio no es Papa, porque si lo dice, se le acaba todo en la Iglesia. Él lo sabe y, por eso, no puede enseñar esta verdad.

Pero da un testimonio claro y valiente a todos los católicos.

Pero los católicos, ¿quieren aprender de un Pastor en la Iglesia? No. Van a seguir siguiendo a los lobos.

Bergoglio: corrupto y pecador

bgcorrupto

«Nos hará bien volver a decirnos unos a otros: “¡pecador sí, corrupto no!”, y decirlo con miedo, no sea que aceptemos el estado de corrupción como un pecado más» (Jorge M. Bergoglio –  Corrupción y pecado – 8 de diciembre de 2005)

Esta es la mente torcida de un hombre corrupto y pecador.

La corrupción es un pecado, pero es un triple pecado: soberbia, orgullo y lujuria.

La corrupción no es la blasfemia contra el Espíritu Santo, no es un pecado que no tiene perdón.

La corrupción es un pecado que tiene perdón.

Este hombre habla de la lucha de clases y, por lo tanto, ataca a todos los hombres que se oponen, que fustigan – de una manera o de otra – a las clases más débiles, más pequeñas, minoritarias, bajas, etc…

Su lenguaje es sólo el propio de un hombre comunista. Coge citas de la Sagrada Escritura y las malinterpreta, les cambia el sentido, les da una vuelta, para poner de relieve su mentira.

Bergoglio es corrupto en su mente: es decir, no puede ver la verdad. Se alimenta siempre de la mentira, del error, de la duda, de la oscuridad del lenguaje humano.

Estos hombres, corruptos en la mente, son hábiles para hablar con un lenguaje bello, atractivo, que llega a la mente de la persona, con el fin de poner una idea, la que en el escrito, en la homilía o en el discurso, se quiere reflejar.

Nadie puede decirse a sí mismo: “pecador, sí”.

Todos deben desear ser santos en la Iglesia. Sin este deseo, el alma sólo vive para su pecado. Y sólo para la obra de su pecado.

No; no hace falta ir al Evangelio, como hace este hombre, para resaltar esta idea: «“Pecador, sí”, como lo decía el publicano en el templo (“¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”); como lo sintió y lo dijo Pedro, primero con palabras (“Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”.

Esto es lo que se llama una predicación bonita, con un estilo de frase en bandeja de plata: se pone una cita de la Escritura para expresar una auténtica herejía.

Señor, ten piedad de mí, porque en mi pecado me olvidé de ser santo.

Aléjate, Señor de mí, porque he preferido el pensamiento que me lleva al pecado que al deseo que me lleva a la santidad.

Ni el publicano ni San Pedro usaban la palabra pecado para afirmarse en el pecado, sino para rechazarlo, porque habían comprendido la maldad de la obra de su pecado.

¡Esto es lo que nunca va a enseñar Bergoglio! ¡Nunca! ¡Nunca enseña a no pecar, a fustigar el pecado! ¡Siempre enseña a mantenerse en el pecado, a verlo como un bien para el hombre!

Somos pecadores, sí, pero eso no es la gloria del hombre. Somos pecadores porque hemos nacido en el pecado original. Y eso es lo más triste de la vida. Eso es un sufrimiento para toda la vida. Eso es un desastre para todo hombre que viva en esta tierra de maldad. Por el pecado, Jesús fue a la muerte de Cruz. Eso no es lindo.

El pecado no es lindo: « ‘Pecador, sí”. Qué lindo es poder sentir y decir esto y, en ese momento, abismarnos en la misericordia del Padre que nos ama y en todo momento nos espera».

¡No es lindo sentir que uno es pecador! ¡No es lindo sentir el pecado! ¡No es lindo obrar el pecado. ¡No es lindo!

¡No es lindo crucificar de nuevo a Cristo con nuestros pecados! ¡No es lindo, Bergoglio!

Un hombre corrupto en su mente humana habla así: negando la gran maldición que es todo pecado. Y si se niega esto, se niega la obra de la Redención del hombre, que sólo tiene sentido porque existe el pecado en todo hombre. Existe ese mal espiritual que todos los modernistas niegan.

Bergoglio niega el dogma del pecado y, por tanto, indica su falsa misericordia, que es la falsa redención y liberación que toda la teología de la liberación predica: «en ese momento, abismarnos en la misericordia del Padre que nos ama y en todo momento nos espera». Bergoglio niega el castigo de Dios por el pecado. Niega la Justicia Divina. Sólo queda una inútil compasión, que es lo que vende en el Vaticano: Dios te ama, Dios te espera, no importa que estés en pecado, porque es bonito, es lindo sentirse pecador. ¡Este es su negocio en Roma! Y, por eso, va en la conquista de ese falso ecumenismo, en la que todos están en su identidad, en sus creencias, sin salir de ellas, sin renunciar a ellas, porque es lindo sentirse pecador.

¡No te conviertas del pecado! ¡Eso ya es cosa pasada! Ahora, lo que importa es que te conviertas de la corrupción de la cultura y de la sociedad.

«“¡pecador sí, corrupto no!”». Y no aceptes «el estado de corrupción como un pecado más». No es lindo ser corrupto; pero es lindo ser pecador.

Bergoglio está haciendo lo propio de un líder que mueve las masas: estas frases encantan a la gente que no piensa la vida espiritual, que busca al gobernante de turno por un interés para su vida personal. Interés humano, social, religioso, político, etc.

Si Bergoglio, como “papa”, me dice que el pecado sí, pero la corrupción no, entonces me froto las manos: vivo mal casado, en pecado, pero no quiero corromperme: no quiero vivir en un estado social de angustia, que la gente me mire mal, que no tenga oportunidades en la Iglesia porque vivo en pecado. Vivo como homosexual, en mi pecado, pero la sociedad me pone trabas. No quiero ser corrupto para la sociedad. Hay que buscar la manera de quitar la corrupción.

Por eso, Bergoglio predica: «en la Iglesia hay lugar para pecadores, no para corruptos» (03 de junio 2013). Hay que meter en la Iglesia a los homosexuales, malcasados, etc…para que no se corrompan en la sociedad, para hacer una sociedad, una iglesia de pecadores, pero no de corruptos.

¡Es la lucha de clases, propia del comunismo que profesa Bergoglio en todos sus escritos! Y, por eso, este hombre es un hombre sin ninguna fe: no sabe la doctrina de Cristo y no sabe el Magisterio de la Iglesia. Es un necio de la verdad, porque la niega constantemente.

Para resolver los problemas sociales, ya la Iglesia ha hablado largamente. Bergoglio no hace ni caso porque está en su teología de la liberación, en la cual el pecado es un asunto de la sociedad, no es un acto de la persona. Es una costumbre que se ha hecho doctrina, ley, forma de vida, y que ataca a los más débiles de la sociedad, produce mucha injusticia.

«si bien la corrupción es un estado intrínsecamente unido al pecado, en algo se distingue de él»: éste es el primer absurdo.

Si la corrupción y el pecado están unidos intrínsecamente, es que son lo mismo. Hay unión intrínseca. Pero el problema no está aquí, sino en que separa pecado y corrupción: los une de manera intrínseca. Como el alma y el cuerpo: dos realidades, que se unen de manera intrínseca. No son una misma cosas, sino distintas, pero unidas esencialmente.  De esta manera, Bergoglio construye una nueva norma de moralidad, que es su ley de la gradualidad.

El pecado es un grado; la corrupción es otro grado. Y, en cada uno, hay sus leyes, sus formas de obrar y de comprensión.

Bergoglio habla de dos realidades: pecado y corrupción. Y, además, que forman una unión irrompible: unión intrínseca. No es una unión extrínseca, fuera de la realidad de las cosas. Es una unión que une a amabas cosas: pecado y corrupción. Y la une, tan fuertemente, que no se puede separar.

Por eso, no se puede comprender su dicho: pecador, sí; corrupto, no.  Si el pecado es bonito, también lo es la corrupción, porque hay una unión intrínseca. Y así como el cuerpo refleja el estado del alma, así el pecado refleja la corrupción.

Pero Bergoglio está en su ley de la gradualidad: en los grados. Y, por tanto, el pecado es bonito en todos sus grados; pero no la corrupción. Ésta va por caminos distintos a los grados del pecado.

«No hay que confundir pecado con corrupción. El pecado, sobre todo si es reiterativo, conduce a la corrupción, pero no cuantitativamente (tantos pecados provocan un corrupto) sino cualitativamente, por creación de hábitos que van deteriorando y limitando la capacidad de amar, replegando cada vez más la referencia del corazón hacia horizontes más cercanos a su inmanencia, a su egoísmo».

El pecado reiterativo lleva a la corrupción, pero de manera cuantitativa, sino cualitativamente, por creación de hábitos.

Hay que enseñarle a Bergoglio lo que es el pecado.

  1. Ningún pecado lleva a la corrupción, sino que todo pecado conduce a su perfección. El pecado es más perfecto cuando hay más inteligencia, más conocimiento. Cuando el hombre obra su pecado como un hábito puede llegar a la blasfemia contra el Espíritu Santo, que es la máxima perfección del pecado. Pero llega por inteligencia, por la perfección de su conocimiento de la obra del pecado, no por las reiteradas obras de pecado.
  2. La suma de pecados, ya sean mortales, ya sea veniales, no hacen un pecado.
    Son una serie de pecados, que se cuentan como pecados personales. Se puede mentir mucho y caer en el pecado venial, en cada mentira, y eso no lleva al pecado mortal de la mentira. Se puede fornicar toda la vida y eso no lleva a la perfección del pecado: las prostitutas se pueden salvar aunque se pasen toda su vida prostituyéndose.
  3. La corrupción no está en la reiterada obra de pecados, sino en la perfección del entendimiento humano: cuanto más un hombre conoce su pecado, su obra, más le conduce a la corrupción del pecado. Se corrompe su mente por su inteligencia errada en el mal.
  4. Bergoglio lo que hace es una gran maldad: mete a todos los hombres que pecan, ya con pecados mortales, ya con veniales, en la corrupción. Hay muchas personas que pecan por debilidad o por maldad y, sin embargo, no son corruptas en la obra de sus pecados. Lo hacen sin calcular su pecado, sin entender los detalles, los frutos, de sus pecados. Pasan la vida pecando, pero no son corruptos en sus pecados: sus inteligencias no se han corrompido. Bergoglio pone la corrupción de las culturas, de las doctrinas, de las leyes, de las costumbres, de las modas, como el signo de vivir en el estado de corrupción del pecado. Y eso es una gran mentira.
  5. El hábito de pecar no corrompe la sociedad o el mundo. Desde siempre el hombre ha pecado; y siempre el mundo es como es: pecador. No porque la gente rica haga de su dinero una obra en la sociedad, eso sea corrupción. Hay mucha gente que vive en su pecado, sea el que sea, y la sociedad no es buena o mala porque toda esa gente peque o no peque. El mal social es siempre por el pecado de cada persona. Y no sólo eso. Es porque la persona no quiere quitar su pecado personal. Del pecado personal se derivan para la sociedad muchos males, de todo tipo. La gente vive en su pecado, en la corrupción de su pecado, en la obra de su pecado. Y eso es lo que ofrece a los demás: su pecado. Pero el corrupto en su pecado sigue siendo pecador. Todavía hay salvación en él. Y la corrupción en la obra del pecado sólo se puede quitar si la persona quita su pecado, es decir, se confiesa y hace penitencia de su pecado.
  6. El mal en la sociedad sólo está en aquellas personas que viven en la perfección de inteligencia para el mal: viven maquinando el mal, ya sea en la política en la economía, en la iglesia, en la cultura, en la ciencia, etc… Viven en el pecado de soberbia. A mayor perfección en la soberbia, mayor pecado en la sociedad. Bergoglio es el típico líder soberbio: tiene una inteligencia para el mal. Y, por tanto, lleva a toda la Iglesia, a todo el cuerpo social de la iglesia, hacia la corrupción del pecado. Y, en la corrupción, la blasfemia contra el Espíritu Santo.
  7. El que vive en su pecado sólo llega a la perfección de su pecado, es decir, a la blasfemia contra el Espíritu Santo, si pierde la fe, que es un pecado de infidelidad, de desesperación y de abandono de la Voluntad de Dios. Es un triple pecado. Mientras no llegue a esta blasfemia, está en la corrupción de su pecado y, por tanto, se puede salvar, está dentro de la Iglesia. ¡Gran peligro hay con Bergoglio como cabeza de la Iglesia! Los incautos llegarán, con él, a la blasfemia contra el Espíritu Santo. ¡Muchos todavía no comprenden lo que es Bergoglio!

Bergoglio sólo habla como un político, que va en busca de sus adeptos: está en  su proselitismo. Y, por eso, hace más daño que cualquier político, porque se viste de un falso papa, enseñando una doctrina de demonios.

«Podríamos decir que el pecado se perdona; la corrupción, sin embargo, no puede ser perdonada»: esto es ir en contra de la misma Palabra de Dios, que ha enseñado cuál pecado no puede ser perdonado: el de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Bergoglio está en su ley de la gradualidad, que es la nueva norma de moralidad en su falsa iglesia.

Y da una razón estúpida para un hombre que se llama a si mismo Obispo: «Sencillamente porque en la base de toda actitud corrupta hay un cansancio de trascendencia: frente al Dios que no se cansa de perdonar, el corrupto se erige como suficiente en la expresión de su salud: se cansa de pedir perdón».

Se cansa de pedir perdón: esto es enseñar la corrupción de su mente soberbia. Es la obra de su soberbia, que ha llegado a la perfección en la inteligencia. Es una inteligencia rota, como la del demonio, pero hábil en transmitir la maldad.

Decir que en toda actitud corrupta hay un cansancio de trascendencia es tomar por idiotas a todos los teólogos y filósofos.

El ateo tiene un problema de cansancio de trascendencia; el avaro ya se cansó de mirar al cielo; un sacerdote, un obispo corrupto están paralizados con Dios: «el modo de corrupción que podría ser más propio de un religioso… yo llamaría corrupción en tono menor, es decir: la posibilidad de que un religioso tenga corrompido el corazón pero (permítase la palabra) venialmente, es decir, que sus lealtades para con Jesucristo adolezcan de cierta parálisis».

¡Qué poco comprende este hombre lo que es el pecado, porque lo niega! Y tiene que inventarse la corrupción mortal y la corrupción venial. Bergoglio se ha hecho una nueva y falsa norma de moralidad. Y con esta norma está gobernando la Iglesia.

¡El sentimiento del cansancio es la base de toda corrupción!

La base de todo pecado es esto:

«En sus juicios acerca de valores morales, el hombre no puede proceder según su personal arbitrio. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer… Tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente» (Gaudium et Spes, n.16).

La desobediencia a la ley de Dios, escrita en las entrañas y puesta en el corazón del hombre, eso es el fundamento de todo pecado y de toda corrupción: la DESOBEDIENCIA A DIOS.

El cansancio de la transcendencia es el lenguaje de los modernos que indica su ley de la gradualidad: el hombre camina en el grado de parálisis espiritual, en el cual está corrupto.

Un hombre que no tiene claro lo que es el pecado, es un hombre que produce en el gobierno de la Iglesia un desastre monumental.

¡Qué caos hay en Roma con este hombre! ¡Qué caos!

Para Bergoglio, la corrupción es inconsciente, comienza sin conocimiento de la persona: «En el corrupto existe una suficiencia básica, que comienza por ser inconsciente y luego es asumida como lo más natural».

Algo que es inconsciente nunca es pecado. El pecado siempre comienza en el conocimiento. Si la persona no conoce, es inconsciente, nunca hay pecado.

Bergoglio habla de la inmanencia: hay algo dentro de la persona, que lo llama suficiencia básica, a la cual la persona está ligada de manera inconsciente. Esto va en contra de la libertad del hombre. Esto no es comprender el pecado original. Por negar el dogma del pecado original, cae en esta gravísima herejía. Está construyendo su ley de la gradualidad para poder explicar lo que dice San Pablo: hago lo que no quiero.

El hombre, por más que viva con las cosas, con las personas, si no ha dado su libertad a todo eso, es libre, no asume nada, no coge de manera inconsciente un pecado, un apego, una inclinación de su naturaleza humana. Bergoglio niega la libertad del hombre, porque entiende mal los apegos de los hombres. Los pone dentro de la persona humana y ésta no puede quitarlos de encima: vive con ellos, de manera inconsciente. Y después los asume de manera natural.  Son los grados de su nueva norma de moralidad.

Para un católico verdadero esta doctrina es demoníaca, imposible de llevarla a la práctica de la vida. Si todos nos apegamos a las cosas de manera natural, entonces nadie tiene pecado. Si el hombre no tiene la fuerza de su voluntad para luchar en contra de esos apegos que viven en él, de manera inconsciente, entonces ¿qué es el hombre?

¡Doctrina demoníaca!

Hay una suficiencia básica. ¿Y qué es eso? ¿Eso está en al alma, en el cuerpo, en el corazón, en la persona? ¿Quiñen ha puesto esa suficiencia básica en el hombre? ¿Ha sido el mismo hombre? ¿Ha sido Dios? ¿Es la sociedad la que lo pone con sus culturas, con sus costumbres? ¿Es el hombre la obra de una costumbre social?

Para la mente de Bergoglio es esto: la evolución de las costumbres en los pueblos, en las sociedades, que han hecho corruptos  a los hombres.

«La suficiencia humana nunca es abstracta. Es una actitud del corazón referida a un tesoro que lo seduce, lo tranquiliza y lo engaña: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida” (Lc 12,19). Y, de manera curiosa, se da un contrasentido: el suficiente siempre es —en el fondo— un esclavo de ese tesoro; y cuanto más esclavo, más insuficiente en la consistencia de esa suficiencia».

¿Qué es esa suficiencia básica, que está dentro del hombre? «Es una actitud del corazón referida a un tesoro que lo seduce… un esclavo de ese tesoro… y cuanto más esclavo más insuficiente en la consistencia de esa suficiencia».

Esa suficiencia – dice Bergoglio- es un apego a algo: y cuanto más apegado, más necesita de esa cosa.

Vean la maldad de este hombre: está llamando corruptos a todos los hombres. ¿Quién no vive apegado a algo en la vida? Nadie.

Los apegos no se hacen pecados si la persona no lo quiere. Siempre hay que salvar la libertad del hombre.

Un hombre puede estar apegado a una criatura, a una cosa determinada, y no pecar. El pecado no está en el apego, sino en la voluntad del hombre. Un hombre con un apego es más fácil que peque, cuando usa su apego en la obra de su pecado. Pero si no lo usa, pecará por otro motivo, pero no por su apego.

El apego es indicio de que el alma está atada en su vida espiritual y no puede volar hacia donde el Señor le llama. Cada hombre tiene que romper sus apegos, para crecer en la vida del Espíritu. Pero ningún apego lleva a la corrupción del pecado. Sólo la perfección del entendimiento, cuando se peca, lleva a esa corrupción. Un pecado es más perfecto cuando se conoce más en el detalle de la obra. Y entonces se hace más daño a los demás, porque se conoció la obra con un daño. Pero muchos hombres pecan si saber, en realidad, el fruto, los daños de sus pecados. Tienen malicia, pero no perfección en la obra del pecado. Están muy apegados a las cosas, pero no son perfectos en la obra de sus pecados. No hay perfección en la inteligencia. Sólo hay atadura a su apego.

Una cosa es la malicia del pecado, otra su perfección. Un hombre puede pecar en la malicia de la lujuria: vive por su apego al sexo. Pero, en su pecado, no construye un pecado perfecto en el sexo. No hace el pecado para una maldad; hace el pecado para un provecho propio, para satisfacer su deseo. No es el apego la clave de la corrupción. Es la perfección del pecado.

Bergoglio sólo se aplica al apego, para dar una doctrina sin pies ni cabeza.

Nunca se da un desequilibrio entre la libertad y el apego. Nunca. Bergoglio no habla de la libertad, sino del convencimiento de auto-bastarse:

«la corrupción no puede quedar escondida: el desequilibrio entre el convencimiento de auto-bastarse y la realidad de ser-esclavo del tesoro no puede contenerse».

Esto es, en el lenguaje de los modernistas, la libertad: un hombre convencido en sí mismo de que puede bastarse a sí mismo. Es el concepto orgulloso de la libertad, que significa una autonomía, una auto-dependencia de toda ley de Dios.

«Sí, la corrupción tiene olor a podrido. Cuando algo empieza a oler mal es porque existe un corazón encerrado a presión entre su propia suficiencia inmanente y la incapacidad real de auto-bastarse; hay un corazón podrido por la excesiva adhesión a un tesoro que lo ha copado».

Bergoglio niega la libertad del hombre: «existe un corazón encerrado a presión entre su propia suficiencia inmanente y la incapacidad real de auto-bastarse». Esto es destruir la propia naturaleza de hombre. El hombre se halla encerrado a presión en algo inmanente, que no puede quitar. Es un hombre condenado en vida. Todos los corruptos son, para Bergoglio, personas condenadas, malditas:

«El corrupto no percibe su corrupción…. De aquí también que difícilmente el corrupto puede salir de su estado por remordimiento interno»: no hay remordimiento interno. No se puede salir.

Y ahora vean la desfachatez de este hombre:

«Generalmente el Señor lo salva con pruebas que le vienen de situaciones que le toca vivir (enfermedades, pérdidas de fortuna, de seres queridos, etc.) y son éstas las que resquebrajan el armazón corrupto y permiten la entrada de la gracia. Puede ser curado».

Judas, para Bergoglio, se salvó. No podía tener remordimiento interno, porque no era libre, estaba encerrado en su propia suficiencia inmanente, sin capacidad de entender que era libre. Y, entonces, el Señor le pone una prueba, una situación en la que vio el rechazo de los sacerdotes y ancianos a su proyecto de un reino mesiánico, entregó el dinero y se marchó para ahorcarse. Y eso es lo que le curó. Había entregado sangre inocente a una causa que no era la que buscaba. En esa prueba, Judas vio su mal y pudo ser salvado. Antes no podía ver su corrupción: «El corrupto no percibe su corrupción», porque está encerrado a presión entre su propia suficiencia inmanente y la incapacidad real de auto-bastarse. Sale con una prueba del Señor, aunque le lleve a la muerte.

Así es como los modernistas salvan a todo el mundo.

«El corrupto no tiene esperanza. El pecador espera el perdón… el corrupto, en cambio, no, porque no se siente en pecado: ha triunfado. La esperanza cristiana se ha como inmanentizado en las virtualidades futuras de sus ya logrados triunfos, de sus inmanentes arras».

«El corrupto no se siente en pecado»: todo hombre sabe si vive en pecado o si no está en pecado. Aun los hombres que niegan el pecado, conocen que están en pecado, aunque con sus bocas, con sus inteligencias, lo nieguen.

No por negar al demonio, no existe el demonio. No por negar el pecado, el alma no está en estado de pecado.

Todo hombre sabe cuándo está en gracia y cuando en estado de pecado. Todo ser humano experimenta la gracia de Dios y la obra del pecado. Y las sabe discernir en su vida. Sabe lo que se siente cuando se está en gracia, y sabe lo que su alma experimenta cuando está en pecado. La inteligencia del pecador es distinta a la inteligencia de la persona que está en gracia.

En la gracia, el alma entiende las cosas: conoce, medita, penetra en la verdad.

En el pecado, el alma no entiende la vida: vive sin conocimiento, en la ignorancia, en la superficialidad de los pensamientos, en las filosofías bellas y atractivas, sin capacidad para penetrar la verdad, sólo viviendo en su mentira, que le pone dando vueltas a lo exterior y superficial de la vida, sin llegar al centro de su vida, al sentido de su vida.

El corrupto, como vive para sus inmanentes arras, que son sus triunfos en la vida, no siente su pecado. ¡Y es cuando más lo siente! Esta verdad es la que niega Bergoglio en su nueva ley de la gradualidad.

Todo hombre conoce si camina para salvarse o camina para condenarse. Nadie se salva o se condena a ciegas.

El hombre, aunque viva metido en su pecado, en inmanentes arras, vive sintiendo el vacío de su corazón. Y es un vacío que le pesa hasta la muerte: no puede no sentirlo. Es un vacío que lo ahoga, porque el alma ha sido creada por Dios para la felicidad eterna. Toda alma vive para lo eterno.

Y todo hombre que se inventa una vida feliz en la tierra, no puede no sentir el deseo de su alma, que le empuja a algo más de lo que ve, de lo que tiene, de lo que siente. Siempre se siente el deseo del alma hacia el cielo, hacia Dios. Otra cosa es que el hombre apague ese deseo con su libertad, y siga en su vida de pecado, siga en sus apegos.

«La corrupción no es un acto, sino un estado, estado personal y social, en el que uno se acostumbra a vivir».

Este es el resumen de todo su desvarío.

La corrupción no es un acto: no es una obra. Entonces, si el hombre no actúa, no obra, ¿qué hace el hombre? Vive en una esclavitud:

«un estado, estado personal y social, en el que uno se acostumbra a vivir»: la costumbre de vivir algo. Eso es la corrupción para este hombre. Una costumbre, personal y social.

¡Mayor blasfemia a la inteligencia del hombre no cabe en esta frase!

El hombre es un animal de costumbres. Luego, todos corruptos.

¡Esto es Bergoglio! Un loco en su inteligencia humana. ¡Un verdadero loco!

Un hombre sin dos dedos de frente.

«Los valores (o desvalores) de la corrupción son integrados en una verdadera cultura, con capacidad doctrinal, lenguaje propio, modo de proceder peculiar. Es una cultura de “pigmeización” por cuanto convoca prosélitos para abajarlos al nivel de la complicidad admitida. Esta cultura tiene un dinamismo dual: de apariencia y de realidad, de inmanencia y de trascendencia».

Bergoglio está en todo el problema de la lucha de clases sociales: todos los políticos, los economistas, todos aquellos que contaminan – de alguna manera-  la cultura y la buena educación, no son pecadores, sino corruptos. No son pecadores porque no obran su pecado, sino que viven en una costumbre. La corrupción no es un acto, es algo que la sociedad impone, la cultura impone, la iglesia impone, etc..

¿Ven la maldad de este hombre que muchos llaman Papa, sin serlo?

Y esa costumbre ha forjado una cultura, una doctrina, un lenguaje propio, que atrae a muchos a vivir esa costumbre, pero no a pecar. Y todos son cómplices de esa costumbre, de esa corrupción. Todos son esclavos de ese lenguaje, de esa forma de vivir. Y no hay manera de salir de esa corrupción, de esa costumbre. Y esa corrupción tiene dos realidades: la apariencia y la realidad.

«La apariencia no es el surgir de la realidad por veracidad, sino la elaboración de esa realidad, para que se vaya imponiendo en una aceptación social lo más general posible. Es una cultura de restar, se resta realidad en pro de la apariencia»: de aquí a Bergoglio le viene la cultura del descarte. La gente vive una apariencia que descarta la realidad, que suprime la realidad, que resta importancia a lo vital, a lo real, que son sus pobres, sus malditos pobres.

«La trascendencia se va haciendo cada vez más acá, es inmanencia casi… o a lo más una trascendencia de salón. El ser ya no es custodiado, sino más bien maltratado por una especie de desfachatez púdica. En la cultura de la corrupción hay mucha desvergüenza, aunque aparentemente lo admitido en el ambiente corrupto esté fijado en normativas severas de tinte Victoriano. Como dije es el culto a los buenos modales que encubren las malas costumbres. Y esta cultura se impone en el laissez faire (“dejar hacer”) del triunfalismo cotidiano».

Bergoglio ataca a todo el mundo, juzga a todo el mundo. Está formando su nueva iglesia, a base una nueva noma de moralidad. Todo está en lograr esa cultura del encuentro en que se viva esto: no hay corruptos. No haya doctrinas impuestas y que obliguen a los hombres a vivir en contra de la sociedad. Es la sociedad la que obra la corrupción: es el estilo de vida, la moda que se sigue, la doctrina que se  imparte.

Por eso, hay que cambiar lo todo en la Iglesia, porque la Iglesia es la que tiene mayor culpa en la corrupción de las sociedades: «Los Jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisistas, adulados y malamente excitados por sus cortesanos. La corte es la lepra del papado»: el Papado es la obra de la corrupción de costumbres en muchos Cardenales y Obispos. Hay que cambiar todo eso con su ley de la gradualidad.

Mayor narcisista que Bergoglio, mayores aduladores que tiene a su alrededor, mayor maldad en toda su corte demoníaca, que excita a la obediencia a un hereje, no se puede dar en la historia de la Iglesia.

Nunca ha habido corrupción en el Papado. Ha habido mucho pecado. Sólo desde hace cincuenta años, la maldad de muchos prelados han hecho del gobierno de la Iglesia una cueva de ladrones, por la perfección de su soberbia, con la cual han atacado a todo el Papado con el solo fin de llegar a lo que vemos.

Bergoglio: corrupto en su mente y pecador en su vida.

El hedonismo social en la cuaresma de Bergoglio

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«Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos». (ver texto).

La Cuaresma es para una cosa: pensar en salir ya de las estructuras viejas de una Iglesia, que sólo está en su gran decadencia espiritual.

Lo espiritual se hace a un lado para que entre todo el modernismo ateo y pagano que los hombres viven en el mundo. En el Vaticano, brilla el humanismo por encima de Dios.

Gran pecado hace el que alaba, ensalza, justifica y defiende a Bergoglio, que se ha puesto en el lugar de Dios, para enseñar la mentira a las almas.

Gran pecado en el que está toda la Iglesia.

Salir del pecado: eso es la Cuaresma. Salir de lo humano, porque

«El hombre saborea el pecado, y Dios está triste hasta la muerte a causa del mismo. Las angustias de una cruel agonía le hacen sudar sangre» (San Pío de Pietrelcina).

El hombre siempre está mirando al suelo, a la tierra; deja de contemplar el dolor de Dios y se olvida de que:

«Todos somos obreros, artífices de la Redención. La Misa debe ser para cada uno la ocasión de transustancializar nuestros dolores que, incorporados a Cristo, adquieren valor de eternidad» (San Pío de Pietrelcina).

Convertir el sufrimiento en amor, mediante la Pasión de Cristo, y así la vida tiene el sentido de lo divino, de lo eterno.

Para eso es la Cuaresma: para contemplar nuestros pecados en Cristo Crucificado.

Pero Bergoglio enseña otra cosa. Y es normal que enseñe su falsa doctrina de la misericordia, porque no sabe vivir sólo para Cristo, sino constantemente de cara a los hombres.

No sabe vivir la vida del alma:

«Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios» (San Gregorio Nacianceno).

El alma vive para ver a Dios, no a los hombres. Bergoglio enseña la herejía de su humanismo.

Si quieren saborear el pecado de Bergoglio, lean su mensaje político de Cuaresma: nada de Cristo, nada del pecado, nada de la penitencia. Sólo lo de siempre: su idea masónica, su idea protestante, y su idea comunista.

No pierdan el tiempo con este inútil ser, que lo llaman Papa esos católicos tibios y pervertidos, que están por todas partes. No pierdan el tiempo con su magisterio, que no es papal ni, por lo tanto, se puede calificar de doctrina católica.

Es sólo la doctrina de un hombre borracho de poder y de gloria humana. Un hombre que usurpó el Trono de Pedro para ser aclamado por las multitudes; pero que no sabe hacer ningún milagro, no puede hablar una sola palabra de verdad, y no puede poner a Cristo, ni en el Altar, ni en los corazones, porque sólo vive para su orgullo de la vida.

  • «Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien».

Esto se llama la doctrina del hedonismo social: esta doctrina señala que el fin último de la vida del hombre es el procurar el mayor deleite posible para el mayor número de hombres. Es necesario alcanzar un bien común que esté en armonía con el bien privado o las inclinaciones egoístas de cada hombre.

Yo estoy bien a gusto en mi vida, pero no estás en armonía con los demás porque no les procuras la felicidad que también ellos merecen en la sociedad. Y, entonces, caes en la indiferencia social. Hay una desarmonía entre tu egoísmo y la falta de felicidad en el prójimo.

«Me olvido de quienes no están bien»: se busca el bien humano, el bien temporal, el bien social, el bien económico, etc… Pero no se busca el bien del alma: su salvación, su santificación.

Y como hay tal desarmonía, entonces la indiferencia es global.

«podemos hablar de una globalización de la indiferencia».

El pecado de indiferencia no existe. Se llama así porque es una actitud de la persona ante un hecho concreto. La persona se despreocupa de algo porque está en su mundo, en su vida, que es estar en su pecado personal que le impide obrar la caridad.

Hoy la gente clama por este pecado, pero no sabe de lo que habla. Se pone la imagen del pobre Lázaro y del rico Epulón para decir que el pecado de todo el mundo es la indiferencia: hay un abismo, una diferencia entre banquetear espléndidamente y estar muerto de hambre. Como el mundo actual no suprime esta diferencia, entonces se inventan el pecado de indiferencia social.

Ningún acto moral es indiferente: el hombre o hace un acto bueno o uno malo. Toda palabra es buena o es mala; pero nunca indiferente. Toda obra es buena o es mala; pero nunca indiferente. No existe la indiferencia como pecado capital.

La soberbia, el orgullo, la avaricia, la omisión, etc.., llevan a un estado de indiferencia hacia el prójimo, pero no a un pecado de indiferencia.

Bergoglio nunca habla al alma: es decir, nunca se pone en la vida moral de la persona. Bergoglio sólo habla a la mente del hombre, para convencerla de una mentira. Habla para la vida social de la persona, pero no para la vida espiritual del alma.

Todo hombre vive una norma de moralidad en su naturaleza humana: tiene la ley natural inscrita en su ser de hombre. Tiene una norma moral natural que le obliga a hacer el bien de su naturaleza y, por tanto, a apartarse del mal en su naturaleza.

Por ley natural, el hombre nunca es indiferente. Siempre va a obrar algo que le saca de un estado de indiferencia.

Bergoglio no habla de la conciencia moral de la persona, sino de la conciencia social: «Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar…».

El egoísmo es de cada uno: nunca es global. No existe un egoísmo que tenga una dimensión global. No existe el pecado de dimensiones globales. No existe el pecado social.

Existe la maldición de la tierra, pero por el pecado de un solo hombre.

Cada uno lleva en sí mismo su pecado: «sus moradores llevan sobre sí las penas de sus crímenes» (Is 24, 6b).  Las penas, los efectos de sus pecados. Eso es la carga social, política, económica. Eso es el fruto del pecado personal del hombre. Se peca y la consecuencia del pecado se manifiesta en toda la vida humana, social, económica, política del hombre.

Y esto hace que la tierra sea profanada por sus moradores: «La tierra está profanada por sus moradores, que traspasaron la Ley, falsearon el derecho, rompieron la alianza eterna» (v. 5). El mal de muchos, que se ve por todas partes, es el mal de cada uno. Y cada uno, traspasando la ley de Dios, profana toda la tierra. Eso global no es un pecado: es el efecto del pecado de cada uno. Muchos pecando.

Si los hombres, si muchos hombres viven en su egoísmo, en su pecado, no es por un pecado global de indiferencia: eso sólo existe en la mente de los modernistas. Existen los males universales como efecto de los pecados personales, los de cada uno. Pero no se pueden resolver el mal universal sin quitar primero el pecado personal.

A Bergoglio sólo le interesa fijarse en el mal global, universal, pero no pone al hombre mirando a su pecado personal. Y, por lo tanto, no puede hablar para hacer penitencia por el pecado propio. No puede dar a Cristo en la Cruz. Tiene que bajarlo para centrarse sólo en su idea social de lo que debe ser la iglesia: alimentar pobres, dar salud a los enfermos, cuidar a los ancianos, etc…

Hay tanto egoísmo en el mundo porque cada hombre es egoísta, peca, hace una obra mala. No porque la humanidad sea indiferente.

«ningún acto individual es indiferente» (Sto. Tomás – 1-2 q.18 a.9). Luego, todo acto del hombre señala una diferencia, un grado de bien o de mal, una obra moral buena o mala.

Ningún hombre es indiferente: todo hombre, con su libertad, se determina a algo Y si ese algo es una cosa mala, entonces la tierra se vuelve maldita por el pecado de cada hombre, no porque exista el pecado global de indiferencia.

Bergoglio no cree en el pecado y, por tanto, tiene que dar su miseria terrenal, su concepto de indiferencia.

Ante el egoísmo de muchos, entonces cada hombre decide qué hacer en su vida, porque ningún hombre está obligado a quitar el pecado de muchos: nadie puede hacer eso. Nadie puede quitar el hambre que hay en el mundo por el egoísmo de muchos.

Pero tampoco nadie está obligado reparar en algo ese egoísmo global, porque sólo se repara el pecado de un hombre, pero no el pecado global. El pecado global no existe, luego no hay reparación.

La Cuaresma es para quitar el pecado personal: la obra moral mala. Y eso exige la oportuna penitencia. Si Dios quiere que se haga una limosna para dar de comer a un pobre, se hace; pero si Dios no lo quiere, entonces no hay que hacer una obra buena en lo humano para quitar el hambre global del mundo. Esto sería caer en el humanismo, en el hedonismo social, perdiendo el fin último que tiene todo hombre en su vida: ver cara a cara a Dios.

La vida espiritual es oración y penitencia, no es dar de comer a los pobres, no es hacer un negocio de la cuaresma, no es resolver los problemas sociales de la gente.

  • «La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan».

La indiferencia… es una tentación… ¡Gran mentira!

Así predica un falso profeta: dando generalidades, hablando para la masa, en un lenguaje universal, sin conceptos claros, precisos.

Si hay indiferencia hacia Dios y hacia el prójimo, es que el hombre ya no es libre, sino que está determinado hacia un mal. La indiferencia no es una tentación, sino que es libertad.

Todo hombre libre es indiferente: es decir, no está determinado a nada. Cuando pone su libertad en algo, entonces ya no es indiferente: ya ha hecho algo bueno o malo. Ya es un hombre bueno o malo.

Bergoglio juega con la palabra indiferencia: no señala ningún pecado concreto, sino que los engloba todos. Y, por tanto, él mismo habla contradictoriamente: es decir, habla con confusión, con oscuridad, con mentiras, con engaños.

Hablar de indiferencia es hablar de libertad. Pero, como Bergoglio está en su idea social de indiferencia, como un conjunto de males sociales, universales, por eso, habla mal en su pésimo discurso.

Nunca la indiferencia es una tentación, sino que es un estado propio del hombre en su libertad. Todo hombre que no elige nada está en estado indiferente, es decir, no determinado hacia algo. Es libre de hacer una cosa u otra. Y eso no es tentación, eso es estar en lo propio de la naturaleza humana: su libertad, que no está determinada a nada ni a nadie. Es indiferente.

Lo que es tentación son los pecados concretos: lujuria, avaricia, fama, etc…

Ante la maldad que se ve en todo el mundo, el hombre que permanece en su indiferencia no peca, porque ningún hombre está obligado a hacer una obra global para quitar esa maldad global. Y nadie está obligado a hacer obras pequeñas que se vayan acercando a una obra global para quitar esa maldad que hay en todas partes. Y la razón: no existe el pecado global. Sólo existen los pecados concretos, específicos. Existen los efectos de los pecados personales. Y esos efectos pueden ser universales. Pero la vida del hombre no consiste en reparar defectos o males universales, sino en quitar el pecado personal.

Todo hombre está obligado a reparar su propio pecado. Y si tiene una familia: los pecados de su familia. Y si trabaja en algo, los pecados de aquellos con los cuales trabaja. El sacerdote hace penitencia por los pecados de las almas que tiene a su cargo. Pero nadie está obligado a una penitencia global, porque no existe la gracia global, universal. La gracia es para cada alma, no es para el conjunto de los hombres.

Para el modernista, la indiferencia se define como no estar atento a la diferencia del otro.

Eres indiferente con el pobre, con el que pasa hambre, porque no pones atención a su diferencia: él pasa hambre. Tú no pasas hambre. No estés en tu egoísmo: mira la diferencia del otro que tú no tienes. Si no la miras, si no la sientes, entonces eres indiferente con el que se muere de hambre. No vives buscando una armonía entre tu vida y la de tu prójimo. Es la búsqueda de la armonía social, propio del comunismo.

Bergoglio nunca habla del pecado específico, sino que lo engloba todo en su concepto de indiferencia. Por eso, hace un discurso sin lógica, sin sentido.

  • «Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre».

Esto no tiene ni pies ni cabeza.

Dios no es indiferente al mundo: ¿qué tiene que ver Dios y el mundo? Nada. El mundo es del demonio. Dios ama tanto Su Creación que, por eso, envía a Su Hijo, para poner un camino de salvación, no sólo al hombre, sino a toda Su Creación.

Toda la creación ha quedado en la maldición del pecado. Hay que sacarla de esa maldición. Pero sólo Dios conoce ese camino.

Dios, viendo el pecado del hombre, viendo los males que hay en el mundo por los pecados de los hombres, entonces envía a Su Hijo. Y lo hace por Amor Divino al hombre, no por amor humano. Dios ama lo que ha creado: ese amar indica que Dios siempre obra el bien en toda Su Creación.

Dios no mira la diferencia del mundo para no ser indiferente.

Dios no atiende las necesidades del mundo para no caer en la indiferencia.

Dios crea el mundo y a los hombres. Dios gobierna lo que crea. Y, por tanto, Dios da a cada uno según Su Justicia. No metas la palabra indiferencia para tu juego masónico: para reinterpretar el Evangelio:

«Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio Su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16).

Como Dios ama, entonces el hombre tiene un camino de salvación, una vida eterna. Primero es el amor.

Bergoglio dice: como Dios no es indiferente, entonces ama al mundo. Primero es no ser indiferente; después es amar. La idea masónica del amor fraterno.

Así es como se discierne a un falso profeta, como Bergoglio. Y son pocos los que lo hacen. Se han puesto en el juego de su lenguaje humano.

  • «El mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él».

El mundo está cerrado a Dios, porque le pertenece al demonio. El Verbo se hace Carne, pero no entra en el mundo ni el mundo entra en Dios. El Verbo no se encarna en el mundo, sino en la carne de un hombre.

Estas cosas son las que definen a Bergoglio: una unión entre Dios y el mundo. Una unión imposible, en la cual, construye todo su sentimental discurso. Un discurso para la galería, pero lleno de errores por todas partes.

El mundo está en Dios: es su panenteísmo.

Dios entra en el mundo: es su panteísmo.

La puerta por la cual Dios entra en el mundo: una Virgen sin pecado. Una Virgen sin humanidad, sin el peso de lo humano. Una Virgen libre de la soberbia del hombre, que vive en la libertad del Espíritu.

Dios entra en un mundo glorioso, que es Su Madre. Pero Dios no entra en el mundo de pecado en el que vive todo hombre. Dios está en ese mundo, pero no pertenece a ese mundo.

  • «La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él».

¡Que Cristo nos sirva! Y, mientras tanto, el hombre sin luchar contra su maldito pecado.

¡Que Dios sirva la vida de los hombres! ¡Que Dios se preocupe por la vida de los hombres!

¿No ven la locura de este hombre? ¿Todavía no la captan?

La Cuaresma es el tiempo para luchar y quitar los pecados que traspasan el Corazón de Cristo. Para eso es la Cuaresma. No para dejarnos servir por Cristo.

Sirve a Cristo quitando tus malditos pecados, y el Señor te mostrará el camino de la verdad en tu vida.

Para ser como Cristo: crucifícate con Él en Su Cruz. ¡Crucifica tu voluntad humana!

Esto es lo que hay que predicar. No esta bazofia de discurso para tontos.

  • «En ella (en la Eucaristía) nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo».

¡Por favor, más seriedad con Cristo en la Eucaristía!

La Eucaristía es Cristo. Quien come a Cristo se une a Él, es una sola cosa con Él. No es el Cuerpo de Cristo. No se recibe a Cristo para transformarse en el Cuerpo de Cristo. Se recibe a Cristo para ser otro Cristo, por participación de su divinidad y de su humanidad.

«¿No es cada Misa una invitación de Cristo a sus miembros para hacerse con su parte en la Pasión Redentora?» (San Pío de Pietrelcina).

Para ser otro Cristo, primero hay que transformarse en el dolor de Cristo: participar de su Pasión, de Su Calvario, de su humanidad sufriente, porque eso es la Misa:

«La Misa es Cristo en el Calvario, con María y Juan a los pies de la Cruz, y los ángeles en permanente adoración… ¡Lloremos de amor y de adoración en esta contemplación!» (San Pío de Pietrelcina).

La Misa es Cristo en el Calvario: la Eucaristía es el Amor en el Dolor.

Y se llega al Amor de Dios, en la Eucaristía, a través de este Dolor:

«El amor se templa en el dolor». Hay que «poner el corazón en el costado abierto de Jesús» (San Pío de Pietrelcina) para comprender su Amor, para ser Amor, para ser otro Cristo.

Pero Bergoglio sólo está en su concepto social de iglesia: comunidad de hombres que piensan en Cristo, que se dicen que son de Cristo, que se llaman cristianos, que forman el cuerpo de cristo.

Ser Iglesia es imitar la vida y las obras de Cristo. Ser Iglesia no es comulgar la
Eucaristía. Hay tantos que comulgan y que forman la iglesia del demonio, el cuerpo místico de los hombres.

Para ser Iglesia hay que ser dolor en Cristo: hay que asociarse a Su Pasión. Lo demás, es un cuento chino, que es el que le gusta a todos los católicos de hoy día.

  • «En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?».

Para no estar en la indiferencia global hay que estar atentos a las diferencias globales.

¿Experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo?

Es su idea masónica: la fraternidad universal, global.

¿Experiencia física? ¿Espiritual? ¿Mística?

Porque el hombre experimenta que en la Iglesia no todos son de la Iglesia. Muchos siguen una doctrina, un credo, una fe que los saca de la Iglesia.

¿De qué experiencia está hablando este hombre?

El hombre tiene que experimentar las diferencias globales para meter a todos en un solo cuerpo. No excluyas a los herejes, a los cismáticos, a los apóstatas de la fe. Si excluyes: caes en la indiferencia. Fraternidad: todos somos, todos formamos parte de una humanidad, de un amor fraternal.

¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar?

Esta es su idea protestante: todos son buenos a los ojos de Dios y de los hombres. No hay demonios entre los hombres, no existen hombres malos, perversos. Hay que recibir de todos para compartir con todos.

¡Qué gran mentira bien dicha!

Los hombres no reciben lo que Dios quiere darles por sus pecados. Esta es la verdad que niega este hombre: el pecado es impedimento para que Dios ame al hombre, para que Dios bendiga al hombre.

Bergoglio habla de una iglesia donde no hay pecado. El único pecado: la indiferencia global. No excluyas los dones que tienen otras personas que, aunque sean pecadores, aunque vivan en otra religión, aunque estén malcasados, sin embargo te aprovechan para tu vida. Hay que recibir las ideas y las obras de los demás y compartirlo con todo el mundo, porque todo eso viene de Dios. Todo vale en la iglesia de Bergoglio. No hay norma de moralidad. Todo es la ley de la gradualidad.

¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos?

Su comunismo, que no podía faltar.

Carga con las necesidades materiales, económicas, del otro. Pero no cargues con sus pecados. No corrijas al otro por sus errores, sino busca el bien común de todos. No busques el bien privado de nadie. Porque la vida es para todos: «nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos». Es su hedonismo social, su comunismo que busca satisfacer el bien común de todos.

¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?

Esto es la guinda en el pastel.

Nadie se compromete con los que están lejos en el mundo. En la realidad de la vida humana, los hombres siempre tienden a ayudar a los que tienen a su alrededor. El hombre, cuando no conoce, no hace nada por nadie. Si ayuda a los que están lejos, es porque conoce su situación real.

El hombre, por su naturaleza de pecado, siempre se refugia en los suyos, en los que tiene cerca, en ese pobre que se muere de hambre. Siempre. No hay un hombre que se refugie en un amor universal a lo desconocido. Es un imposible.

Por eso, este discurso no tiene ni pies ni cabeza. No tiene ni siquiera una lógica humana. Y entonces hay que leer estas cosas:

  • «La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario… Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos».

Los santos… todavía peregrinan: Si todavía peregrinan, entonces no están en el cielo. ¿Qué necesitan, según Bergoglio, para estar en el cielo, para no peregrinar? Ocuparse de la gente del mundo.

Con la muerte se termina el tiempo de merecer y desmerecer; luego el que muere en gracia y, por lo tanto, va a ser destinado a la gloria, disfrutará de ella eternamente. Ya se acabó el tiempo del peregrinaje.

Un buen teólogo le diría unas cuantas cosas a este subnormal. Pero no se atreven.

«Porque este peso pasajero y leve… nos produce eterno caudal de gloria…» (2 Cor 4, 17): la vida humana es una peregrinación hacia el cielo. Y se lleva un peso, una carga, que es temporal. Cuando se entra en el cielo, ya no hay peso, no hay carga, no hay peregrinación. Sólo hay gloria eterna.

La Iglesia triunfante es eso: triunfante del pecado y de todo mal. Ya no peregrina. Ya se acabó su tiempo de lucha espiritual. La prueba de su vida la pasaron con éxito y, por eso, expiaron todos sus pecados y ahora están en el cielo triunfando. Y les importa nada la vida de los hombres: sus problemas sociales, políticos, económicos, humanos, etc,.. NADA. Porque han sabido aprovechar su vida, mientras estaban en este valle de lágrimas: han sabido vivir para conquistar el cielo en la tierra.

«Al que quede vencedor… nunca jamás saldrá fuera» (Ap 3, 12): los santos no salen del cielo para seguir peregrinando. El cielo no es verdadero si no es perpetuo. Si todavía hay que peregrinar, entonces eso no es el cielo.

Y, por lo tanto, las palabras de los Santos, como Santa Teresita del Niño Jesús, hay que entenderlas de la vida mística.

Como las entendió San Pío:

«He pactado con el Señor que, cuando mi alma se haya purificado en las llamas del Purgatorio haciéndose digna de entrar en el cielo, yo me coloque a la puerta y no pase dentro hasta que no haya vito entrar al último de mis hijos e hijas».

Jesús, que está glorioso, sigue sufriendo en cada Altar: es el sufrimiento místico, que es un Misterio para el hombre. Todos los santos del cielo sufren de manera mística en Cristo, no en ellos. Es decir, quieren que los hombres se salven, se santifiquen, como ellos lo han hecho. Pero ellos conocen más: conocen quiénes de los hombres, que peregrinan aun en la tierra, se van a salvar, y quiénes no.

Nadie en el cielo sufre por los males físicos de los hombres o de sus familiares. Ellos sólo viven para Dios y únicamente quieren cumplir Su Voluntad.

Todos los que están en el cielo ven a sus parientes como enemigos de Dios si están en camino de condenación. Piden a Dios por sus almas, pero los consideran enemigos hasta que no se conviertan. Y si se condenan, no sufren la condenación de éstos, porque en el cielo ya no se sufre: se ve claramente que Dios tiene motivos para condenar a un alma y, por lo tanto, el alma se conforma en todo con el Querer Divino.

En el cielo no hay sufrimientos, no hay tristezas, no hay nada. Sólo permanece la unión mística en Cristo. Todavía hay almas que salvar en Cristo.

«Los ángeles sólo nos tienen envidia por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios» (San Pío de Pietrelcina).

Pero Bergoglio sólo está en su gran locura: «la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima».

¡Esto es una gran locura! ¡Esto es ir en contra del dogma!

La alegría del cielo no es plena: le falta algo. Es la gran locura. Como no puede entender el Misterio de la Cruz, por la cual el dolor se une al amor, entonces tampoco puede entender la vida gloriosa, en la que sólo hay plenitud de gozo, de alegría, de amor divino, con el dolor místico, porque los hombres siguen pecando en la tierra y así siguen ofendiendo a Dios.

Como Bergoglio sólo está en su idea social de la indiferencia, tiene que negar todos estos misterios y decir sus locuras bien dichas: «También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación».

Participa que participa: los hombres de la tierra participan del cielo y los hombres del cielo participan de la tierra. ¿Quieren más locura en menos palabras?

Con Bergoglio ya no hay deseo del cielo: ya no hay santidad, no hay un fin último en la vida. Todo es conseguir una estúpida armonía: que el cielo y la tierra estén sin diferencias. Y mientras no se consigue eso, los que están en el cielo siguen sufriendo. Mayor estupidez no cabe en la boca de este sujeto infernal.

¿Esto es un mensaje para la Cuaresma? No; esto es el negocio del Vaticano.

La muerte del pecador es porque se lo merece por sus pecados

masacre

«Tomó Cristo los pecados en Su Cuerpo sobre el leño, para que nosotros, por Su Muerte, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la Justicia» (S. Cirilo de Jerusalén – R 831).

Dios, por el pecado original de Adán, estuvo justamente ofendido contra toda la humanidad. Y, por eso, dijo: «Maldita, Adán, la tierra a causa tuya» (Gn 3, 17). Una maldición divina que sólo se puede quitar con una bendición divina.

Los hombres no pueden solucionar el problema del pecado, que Adán obró en toda la Creación:

«Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza o por otro remedio que por el mérito del solo Mediador, Nuestro Señor Jesucristo, que nos reconcilió con Dios con Su Sangre (…) sea anatema» (D 790).

No por las obras humanas, científicas, técnicas; no por el progreso del hombre, no por la evolución de los seres vivos se quita el mal en el mundo.

Sólo Cristo sabe el camino para quitar esa maldición. El camino es el de la Cruz, por el cual todo hombre, si quiere salvarse, tiene que caminar. Pero es necesario creer en Cristo.

Bergoglio, antes de usurpar el trono de Pedro, negaba que Cristo fuera el Salvador:

«es bueno que le preguntemos a Jesús: ¿Sois Vos, Señor, nuestro único Salvador o debemos esperar a otros? Lo que pasa es que vivimos situaciones de pobreza, de falta de trabajo…, o estas enfermedades que nos afectan masivamente, la gripe, el dengue…, y que pegan más duro por la falta de justicia. Todo esto nos lleva a que le preguntemos al Señor: “Señor, ¿estás de verdad en medio de tu pueblo? ¿Es verdad que caminas con tu pueblo?» (Buenos Aires, 7 de agosto de 2009).

Bergoglio niega el dogma de la Redención, por el cual la maldición de Dios sobre la creación sólo se arregla con la muerte de Cristo. Bergoglio pone el esfuerzo humano para arreglar esa maldición.

Y, claro, tiene que preguntarse si Jesús es el Salvador o no, porque hay gente que muere de hambre, que no tiene trabajo, etc… Su duda es, claramente, su falta de fe en Jesús, en la doctrina de Cristo.

Bergoglio está en la Iglesia para hacer su comunismo, torciendo todo el Evangelio. Jesús hace milagros para que la gente vea que Él es el Mesías. Bergoglio, como no cree en los milagros, tergiversa las palabras del Evangelio y pone su atención en los hombres. ¿Quién es Jesús? ¿El que hace milagros? No; el que está en la gente.

Él pone la salvación en los mismos hombres, en sus obras, que es su falso misticismo, es decir, su panteísmo y su panenteísmo:

«En el rostro de esa gente ya se vislumbra la respuesta a la pregunta de ¿quién es Jesús? “A Jesús lo vemos en el rostro de la gente que lo quiere y que da testimonio de que Él es el que la ha confortado y salvado”. A Jesús “lo encontramos de un modo especial” en el rostro de “los pobres, afligidos y enfermos (…), de nuestros hermanos queridos que nos dan testimonio de fe, de paciencia en el sufrimiento y de constante lucha para seguir viviendo (…) Cuando nos animamos a mirar bien a fondo el rostro de los que sufren se produce un milagro: aparece el Rostro de Jesús. (…) pero los rostros hay que verlos de cerca, estando con los otros» (Ib).

A Jesús lo vemos en los demás, no lo vemos en Él mismo, porque todos están en Jesús: esto es el panenteísmo.

Para ver a Jesús, hay que ver los rostros de los demás, pero hay que encontrarse con ellos, correr hacia ellos, porque en ellos está Jesús: esto es el panteísmo. Todo es Jesús, todo es Dios, todo significa, lleva lo divino y hacia lo divino.

Su falso misticismo, que son estas dos ideas, está en todas sus homilías y escritos. De aquí le nace su falsa misericordia hacia los hombres y su falsa compasión hacia las vidas y los sufrimientos de todos los hombres.

Bergoglio sólo está vendiendo su idea: su falso cristo con su falsa iglesia. Y, por tanto, él se esfuerza en dar una doctrina que no tiene nada que ver con la fe católica. Siempre mira a una fe común: la que incluya a todas las religiones y a todas las mentes de los hombres:

«Espero que la cooperación interreligiosa y ecuménica demuestre que los hombres y las mujeres no tienen que renunciar a su identidad, ya sea étnica o religiosa, para vivir en armonía con sus hermanos y hermanas» (Encuentro interreligioso y ecuménico – 13 de enero del 2015).

Bergoglio no quiere convertir a nadie porque no existe la Verdad absoluta. Y, por tanto, no existe la religión verdadera ni la Iglesia que posee la Verdad Absoluta.

Todos con su identidad religiosa para vivir en armonía con los hombres: no tienen que renunciar a su identidad = quédate en tus pecados y vive pecando, que así te salvarás, irás al cielo.

Esta armonía es su unidad en la diversidad. Hacer un uno con muchas mentes humanas, con muchas ideas distintas, encontradas, diversas. Es la concepción de la evolución, de la gradualidad del pensamiento humano, de las ideas humanas.

Pero hay que saber hacer ese uno en la diversidad, porque hay ideas que destrozan esa armonía. Hay ideas que los hombres tienen que quitarlas para entrar en la armonía de la gradualidad. Hay que elaborar una nueva doctrina y un nuevo credo, leyes y reglas para que la gente vaya evolucionando en sus ideas y no se queden atascados en lo que impide la fraternidad, en sus religiones, dogmatismos y fundamentalismos.

«Hay un tipo de rechazo que nos afecta a todos, que nos lleva a no ver al prójimo como a un hermano al que acoger, sino a dejarlo fuera de nuestro horizonte personal de vida, a transformarlo más bien en un adversario, en un súbdito al que dominar. Esa es la mentalidad que genera la cultura del descarte que no respeta nada ni a nadie: desde los animales a los seres humanos, e incluso al mismo Dios. De ahí nace la humanidad herida y continuamente dividida por tensiones y conflictos de todo tipo». (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015)

Bergoglio anula el pecado original. Por lo tanto, tiene que buscar una idea, en su mente, para resolver el problema de la creación. Esa idea es la fraternidad: el amor al prójimo. El otro es siempre un hermano. Al no ver al otro como a un hermano, viene la cultura del descarte, y que hace que toda la creación sea lo que vemos: no hay respeto por nadie, ni siquiera por los animales.

Si no tienes la idea de que el otro es un hermano para ti, entonces lo conviertes en tu adversario.

Bergoglio está anulando la ley de Dios en la naturaleza humana, anula el pecado, que todo hombre tiene que dominar:

«¿No es verdad que si obraras bien, andarías erguido, mientras que si, no obras bien, estará el pecado a la puerta? Cesa, que él siente apego a ti, y tú debes dominarle a él» (Gn 4, 7).

Para no dominar al hombre, para no esclavizar a los hombres, para no ser un dictador, para gobernar en la Voluntad de Dios, para no hacer la guerra, el hombre tiene que dominar su pecado. No tiene que tener la idea de la fraternidad.

Bergoglio está hablando de su ley de la gradualidad.

Está la idea primera: todos somos hermanos. No existe la maldición del pecado original. Todos somos hijos de Dios.

Como hay personas que rechazan esta idea, entonces se construye una sociedad de rechazo al hombre, en el que el otro es considerado un adversario.

Los que conciben su vida desde la fe católica, desde un dogma, desde una Revelación Divina, desde una Ley Eterna, entonces están rechazando a los hombres que pecan contra Dios. Ya no tienen la idea primera: la hermandad. Siguen la ley de Dios.

Si blasfemas contra Dios, no puedes ser mi hermano. Si vives pecando, no puede ser mi hermano. Si tu idea de la vida es ser homosexual, entonces no puedes ser mi hermano. Si tu fe es ser judío o musulmán o budista u ortodoxo, entonces no puedes ser mi hermano. Tengo que separarte, tengo que dividir.

Jesús viene a poner una espada: la verdad revelada divide a los hombres, nunca los une, porque los hombres están divididos, en su naturaleza humana, a casusa del pecado original. El Bautismo quita el pecado original, pero no la división que produce en la naturaleza humana ese pecado. Y que ahí queda hasta la muerte del cuerpo.

«No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mt 10, 34-35).

Si los enemigos del hombre son sus propios hermanos carnales y su propia familia, entonces en la sociedad no pueden existir hermanos, amigos, fraternidades por una idea humana. ¡Es imposible! La verdad divina siempre divide.

Pero Bergoglio está en su idea de la fraternidad:

«a la dimensión personal del rechazo, se une inevitablemente la dimensión social: una cultura que rechaza al otro, que destruye los vínculos más íntimos y auténticos, acaba por deshacer y disgregar toda la sociedad y generar violencia y muerte. Lo podemos comprobar lamentablemente en numerosos acontecimientos diarios, entre los cuales la trágica masacre que ha tenido lugar en París estos últimos días. Los otros «ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos». Y el ser humano libre se convierte en esclavo, ya sea de las modas, del poder, del dinero, incluso a veces de formas tergiversadas de religión» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

¿Es el asesinato de doce personas en la oficina de redacción de la revista “Charlie Hebdo”, cometido por dos musulmanes, una masacre?

No; no lo es.

Es una Justicia Divina:

«El que guarda la Ley, a sí mismo se guarda; el que menosprecia sus caminos morirá» (Prov 19, 16).

Es la Palabra de Dios, que nunca miente y que siempre da la verdad de lo que pasa en el mundo.

Toda esa gente de Charlie Hebdo son blasfemos de la ley divina: trabajan en contra de los mandamientos de la ley de Dios. Blasfeman contra Dios, vomitan, calumnian al prójimo y sólo se obedecen a sí mismos. Están menospreciando los caminos de salvación para el alma, que Dios ha puesto en Su Ley. ¡Tienen que morir!

Esa gente que murió fue por sus pecados. Asesinada por sus pecados. Y no por otra cosa. ¡Qué difícil de entender es esto, aun para los mismos católicos!

«Muchos caen al filo de la espada, pero muchos más cayeron por la lengua» (Ecl 28, 22). El pecado de toda esa gente es de lengua. Y, con ella, blasfeman contra Dios y contra todo el mundo. Tienen conforme a su pecado: la blasfemia de morir a manos de unos blasfemos.

Vives obrando tu pecado, tu ofensa a Dios todo el santo día, entonces tienes sobre tu cabeza la espada de la Justicia Divina: «el impío morirá por su iniquidad» (Ez 33, 8).

«No os engañéis; de Dios nadie se burla. Lo que el hombre sembrare, eso cosechará.  Quien sembrare en su carne, de la carne cosechará la corrupción; pero quien siembre en el espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna» (Gal 6,7).

Los de Charlie Hebdo viven sembrando en su carne: sus pensamientos humanos les llevan a obrar una blasfemia constante contra Dios. Siembran los vientos de sus blasfemias; tienen que recoger tempestades, guerras, muertes:

«Porque sembraron viento, y torbellino segarán» (Os 8, 7).

Ante el pecado de toda esta gente, el Señor manda tremendos castigos.

Un castigo son los musulmanes: una religión que fue creada para matar a los hombres:

«Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba» (texto del emperador Manuel II citado por el Papa Benedicto XVI)

El Papa traía este texto para poner de relieve la relación que existe entre fe y razón y, por tanto, «la convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios» (Ib). No se puede convertir a las personas a través de la violencia, de la muerte. Eso es algo irracional.

Pero, «para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionabilidad» (Ib). Y, por lo tanto, «si (Dios) quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría» (Ib).

Los dos musulmanes, que mataron a toda esa gente, lo hicieron movidos por su pecado. No por una idea fundamentalista; no por una idea rigorista que les ciega para ver al otro como hermano.

Los musulmanes matan por su fe, que es contraria a la Palabra de Dios. Es una idea en contra de la Verdad Divina. Ellos no dominan el pecado que les acecha, sino que lo han puesto como ley en su fe musulmana. Tienen que cumplir esa ley para ser musulmanes. Ellos caen en la irracionalidad, pero eso a ellos les trae sin cuidado.

Cuando el pecado de soberbia oscurece totalmente a la persona, entonces ésta, en su orgullo, obra esa soberbia y tiene que matar a los infieles. Y esto no es ser fundamentalista, sino un hombre pecador que sigue su pecado, que obra su pecado de soberbia en su orgullo. Y que lo quiere obrar.

De nada se hace, como quiere Bergoglio, que los hombres quiten estas ideas fundamentalistas para vivir en armonía:

«Ante esta injusta agresión, que afecta también a los cristianos y a otros grupos étnicos de la Región –los yazidíes, por ejemplo–, es necesaria una respuesta unánime que, en el marco del derecho internacional, impida que se propague la violencia, reestablezca la concordia y sane las profundas heridas que han provocado los incesantes conflictos» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

Esto es una utopía en Bergoglio.

Es imposible que la violencia no se propague, porque existe el pecado en todos los hombres. Caines hay muchos. Y no se puede matar a Caín:

«Si alguien matare a Caín, será éste siete veces vengado» (Gn 4, 15).

Querer construir una cultura del encuentro en donde no exista la cultura del descarte es una somera tontería de este personaje y de aquellos que lo siguen.

Existe Caín, existen los musulmanes que matan, existen hombres que matan porque no dominan el pecado que les acecha. ¡Y eso es todo!

No se trata de poner unas leyes, ni unas reglas, ni hacer declaraciones ni salir a la calle para unirse a las víctimas del atropello y así crear un ambiente de armonía en que todos quieren la paz y la concordia.

¡Todo eso es perder el tiempo!

¡Todo está en que cada hombre luche por quitar su pecado! Pero como los gobernantes se pasan su gobierno poniendo leyes en contra de la ley de Dios, entonces ahora se quiere, con palabras bellas, con declaraciones en contra de los fundamentalistas, resolver lo que no se puede resolver con obras ni con ideas humanas.

Hay que luchar en contra del pecado, que es lo que nadie hace: ni en la Iglesia ni en el mundo. Nadie cree en el pecado. Nadie.

Es Cristo el que quita el pecado del mundo, no las leyes de los hombres.

Tuvo que venir Cristo para, con Su Pasión, satisfacer verdaderamente a Su Padre.

Cristo es el que quita los pecados del mundo, la maldición que tiene toda la Creación:

«He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29).

Cristo es el que justifica al hombre, con Su Gracia:

«Con mayor razón, pues, justificados ahora por Su Sangre, seremos por Él salvos de la Ira» (Rom 5, 9).

Jesús nos salva de la Ira del Padre, de la maldición en la cual toda la Creación permanece actualmente:

«Pues sabemos que la Creación entera gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza es como hemos sido salvados» (Rom 8, 23-24a).

Pero nos salva en esperanza; es decir, que Jesús, con Su Sangre, con la Gracia que da en el Bautismo, no salva a todos los hombres, no lleva a todos los hombres al cielo.

Cada hombre tiene que esperar en Dios para salvarse. Cada hombre tiene que merecer su salvación. Cada hombre tiene que luchar por quitar su pecado, tiene que dominarlo.

Practicar la virtud de la esperanza significa vivir deseando lo divino, lo celestial. Vivir buscando el Reino de Dios. Y quien no haga eso, no puede salvarse, porque la salvación es en esperanza: en fe, esperanza y caridad.

Hay que creer en la doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles; es decir, hay que poseer la fe católica, no una fe común, no una fe universal. Hay que pertenecer a la Iglesia Católica, a la verdadera, no a otra iglesia o religión o un sucedáneo de iglesia católica.

Hay que esperar en la gracia de Dios para poder obrar, en la vida humana, lo divino, es decir, la Voluntad de Dios.

Hay amar con el fuego del Espíritu, para realizar aquella verdad que libera al hombre de toda esclavitud.

Si se niega el pecado original, entonces hay que negar la Justicia de Dios. Y, por lo tanto, la obra de la Redención que Cristo hizo para satisfacer la ofensa que el pecado hizo a Dios.

Y, entonces, quedan tres cosas:

Una doctrina masónica: la fraternidad;

Una doctrina protestante: Dios no imputa el pecado: la fe fiducial; la falsa misericordia en la que todo el mundo se va al cielo;

Una doctrina comunista: el hombre se hace salvador de vidas humanas, de proyectos sociales, de obras de globalización mundial.

Como tú, en tu vida privada, rechazas al otro, entonces se levanta una cultura en que se rechaza, en que se destruye los vínculos más íntimos y auténticos: los del hombre.

Y nadie ha comprendido que el que peca destruye los vínculos más íntimos entre Dios y el hombre: la Ley Eterna. Esa destrucción es una ofensa a Dios que exige Justicia, no ternuritas.

Nadie comprende, ni siquiera los católicos, que si vives en tu pecado, tienes una justicia de Dios. Y que esa justicia, Dios la obra a través del demonio. Y el demonio está en las almas que viven para pecar, que no dominan sus pecados, y que las usa para hacer daño a los demás hombres y matarlos, para llevarlos al infierno.

Por tanto, ¿qué es Bergoglio? Un castigo divino para toda la Iglesia.

Este hombre vive en sus pecados, ha hecho vida su fe masónica, su fe protestante y su fe comunista. Y es lo que obra usurpando la Silla de Pedro. Guía a los que le obedecen a un nuevo concepto de cristo y de la iglesia, que es el mismo que el mundo construye y quiere: un nuevo gobierno mundial en que no haya ideas dogmáticas ni fundamentalistas, porque eso va en contra de la ley de la gradualidad: hay que evolucionar en el pensamiento humano. No hay que quedarse en ideas fijas, en dogmas, en ideas irracionales, fundamentalistas. Hay que ir hacia la idea de la fraternidad, que es una idea armónica en la que todo el mundo vive y deja vivir.

Esta es la idea base de la nueva iglesia mundial. Este es el principio. Y sobre este eje, todo lo demás: la cultura del encuentro, el diálogo, las leyes que impidan vivir el dogma y los fundamentalismos; las leyes que vayan en contra de la ley natural, de la ley divina, de la ley de la gracia, porque todo eso es no comprender la idea base: la hermandad de todos los hombres.

Nadie ha comprendido que las muertes de “Charlie Hebdo” son porque se lo merecían en sus pecados. Esa es la justicia: dar a cada uno lo que se merece. Ese es el orden divino, la armonía divina en toda la creación, que Adán suprimió.

No es un atentado contra la libertad de pensamiento. Es la obra de la Justicia de Dios, porque unos y otros han atentado contra los mandamientos de Dios.

Ahora se busca una armonía para gente estúpida e idiota; es decir, para personas que han hecho del pecado de soberbia y del orgullo su gobierno, su enseñanza, el camino para que los demás lo recorran.

Y la gente apoya toda esa estupidez; y no tiene la valentía de dar testimonio de la Verdad, porque a nadie le interesa la verdad. Todos viven en las locuras de sus ideas humanas, dando culto a sus obras y vidas humanas.

Bergoglio es un pecador público

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El hombre es un ser creado por Dios para un fin sobrenatural: esta es la enseñanza de la Iglesia, contenida en la Sagrada Escritura y vivida por muchos Santos, a lo largo de toda la historia del hombre.

Pero he aquí que la Iglesia está en un encrucijada: o seguir a Cristo, es decir, seguir una Doctrina que no puede cambiar nunca; o seguir a un usurpador, es decir, seguir una falsa doctrina que es mostrada como verdadera.

¡Esta es la encrucijada, a la que nadie hace caso!

Todos se limitan a ver el panorama de la Iglesia: unos critican a todo el mundo; otros se acogen a lo que oficialmente se da como enseñanza en la Iglesia.

No son estos tiempos para seguir a un Papa, porque quien se sienta en el Trono de Pedro, no es un Papa, no es un hombre con el Espíritu de Pedro, sino un hombre que se viste con los harapos de Pedro, para manifestar a todo el mundo su necedad.

No es el tiempo de estar unido a Bergoglio para estar en comunión con la Iglesia.

Es el tiempo de no someterse a la mente de Bergoglio, para obedecer la Mente de Cristo y así estar en comunión con toda la Iglesia.

Si los hombres no saben ver este punto, los hombres sólo están pendientes de un hombre, que no es Papa, y que habla para que oficialmente se acepte su falsa doctrina en la Iglesia.

Un hombre que dice: «El Corán es un libro de paz, es un libro profético de paz» (ver referencia) es, sencillamente, un hombre sin cordura, sin estudios, sin sabiduría divina. Un hombre que va buscando su negocio humano sentado en el Trono de Pedro. Un político.

No es difícil rebatir este pensamiento: en el Surah 2:163-164; 9:5, 29, el Corán autoriza la violencia y el uso la fuerza: «Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, MATAD a los asociadores dondequiera que les encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes! Pero si se arrepienten, hacen la azalá y dan el azaque, entonces ¡dejadles en paz! Alá es indulgente, y misericordioso». ¡Si esto es un libro de paz, una profecía sobre de la paz, entonces qué será la guerra para Bergoglio!

Pero a Bergoglio no le interesa esto, sino sólo su idea política:

«Yo entiendo esto y creo – al menos yo creo, sinceramente – que no se puede decir que todos los islámicos son terroristas: no se puede decir esto. Como no se puede decir que todos los cristianos son fundamentalistas, porque nosotros también los tenemos, ¿eh? En todas las religiones existen estos grupos, ¿no?».

Bergoglio busca aquellos hombres islámicos que no creen, que no tienen fe en el Corán, sino que están en esa religión por tradición, por una cultura en la cual se manifesta esa fe; pero también busca hombres de la Iglesia Católica que no creen en el dogma, ni en la Tradición, ni en el Magisterio, sino que están en Ella por una cultura, un aspecto social, económico, político, en donde se da esa fe católica, que es –para él- fundamentalista.

Bergoglio está vendiendo su idea: es decir, está proclamando el cisma. Hagamos una iglesia donde entre los hombres que no creen en el Corán ni en el dogma. Hagamos una escisión en las dos religiones. Produzcamos un gran cisma.

Este planteamiento de Bergoglio es muy peligroso para él mismo porque lo hace sin una base; lo expone produciendo, a su alrededor, una gran malestar entre los hombres de ambas iglesias. Por eso, a Bergoglio nadie lo quiere porque dice cosas como éstas, que se salen de toda lógica.

Bergoglio lanza la idea: la vende. Pero, ¡a qué precio!: se tiene que hacer un hombre impopular en todas partes. Sólo la masa ciega lo sigue. Y aquí viene el problema de siempre: los que controlan las masas quieren este juego de Bergoglio.

Bergoglio lanza la idea para que la masa ciega la lleve a todas partes, y así se produzca lo que la inteligencia no puede hacer. Los cismas, las divisiones son siempre así: la idea, la inteligencia necesita de lo ciego, de una masa que sólo vive del sentimentalismo. De esa manera, se consigue el objetivo que la sola idea no alcanza.

Bergoglio está frenado por muchos intelectuales que saben lo que habla ese hombre. Su orgullo le hace hablar estos disparates, porque quiere su negocio sentado en el Trono de Pedro. Y no quiere otra cosa. No le interesa ni el Islam ni la Iglesia Católica. Él quiere su idea, que es el cisma, porque la quiere como jefe de una Iglesia que no le pertenece, que ha robado el ser Papa.

«…el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad. Sólo el Espíritu Santo puede suscitar la diversidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, producir la unidad» (ver referencia)

En esta sola frase se contiene todo el pensamiento cismático de este hombre. Es el Espíritu Santo el que provoca la diversidad: lo que pasó en el Paraíso, no fue Adán en su pecado, sino que los suscitó el Espíritu Santo; el cisma de Lutero, su gran rebeldías fue a causa del Espíritu Santo; todas las divisiones y desastres de todos los hombres, alejándose de la Verdad, es por el Espíritu. Y es el mismo Espíritu el que produce, el que retorna a los hombres a la unidad.

Semejante planteamiento es una gran necedad. Este solo pensamiento descalifica a Bergoglio, no sólo como Obispo sino como hombre. No sabe razonar con lógica:

«Cuando somos nosotros quienes deseamos crear la diversidad, y nos encerramos en nuestros particularismos y exclusivismos, provocamos la división…»: entonces, ¿ya no es el Espíritu el que suscita la diversidad de pensamientos? ¿Cómo es eso? Es el hombre el que crea la diversidad, el que se encierra en sus particularismos, en sus exclusivismos, el que provoca la división…Y continúa:

«y cuando queremos hacer la unidad según nuestros planes humanos, terminamos implantando la uniformidad y la homogeneidad»: hasta aquí hemos llegado. ¿Para qué seguir leyendo esta bazofia? Ningún hombre que siga su plan humano en la Verdad llega a la uniformidad ni a la homogeneidad. ¡Ningún hombre! Todos los hombres, en su pensamiento, son variados, complicados, múltiples, complejos, distintos. Nadie sabe implantar una idea simple, permanente, fácil de entender y seguir. Aquel hombre que impone su idea, la hace siempre a la fuerza. Aquel hombre que quiere que los demás lo sigan en su idea, es siempre a la fuerza. Y produce siempre división cuando implanta su idea, nunca uniformidad, nunca homogeneidad.

Por eso, a Bergoglio no hay que respetarlo, ni siquiera como hombre, porque no sabe hablar al hombre de una manera sensata: es un loco que dice sus locuras y se queda tan loco como está. No sabe mirar a su locura para remediarla. Cada día el mundo se despierta con una blasfemia de este hombre, con una insensatez bien dicha, con la palabra barata que gusta la inteligencia de este insensato.

«Por el contrario, si nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca crean conflicto, porque él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia». Si los carismas no crean conflictos, porque se dan para salvar las almas. Pero Bergoglio no habla de los carismas verdaderos, sino que llama carismas a las inteligencias, a las obras de todos los hombres. Para Bergoglio no existe el Espíritu Santo. Es sólo un nombre, un concepto vacío, un lenguaje que hay que usar para comunicarse con la gente que cree en el Espíritu. Para Bergoglio, la función de las Tres Personas es sólo figurativa, un modelo que hay que seguir en los hombres. Y unos tendrá la figura del Padre, otros las del Hijo y otros del Espíritu. Hay que seguir, por tanto, a los hombres, con sus caracteres, psicologías, filosofías, etc…

Bergoglio es una cabeza sin verdad, que anula toda la Tradición católica, todo el magisterio auténtico de la Iglesia y toda la Sagrada Escritura. Y sigue estando como falso Papa. ¡Este es el problema de toda la Iglesia! ¿Cómo es que viendo esto la Iglesia se somete a un hombre sin cabeza, sin lógica en lo que dice?

Bergoglio sólo es lógico en sus actos, pero no en lo que habla, no en su pensamiento.

Todo hereje desvaría cuando piensa, pero es sensato en su obrar. Obra su herejía, su mentira, su error. Y siempre lo obra igual. Nunca hace una locura cuando obra el pecado.

Bergoglio, cuando reza, siempre obra su pecado: aunque celebre una misa o rece a Alá, como lo ha hecho en este viaje, es siempre lógico: nunca va a rezar al Dios de los católicos, sino que va a orar al dios que ha creado su inteligencia humana.

Bergoglio reza a su dios, que es su mente. Al concepto que tiene de Dios. Ese concepto es una locura, sin lógica. Pero eso a él le da igual. Él lo expresa a su manera, tomando de acá y de allá, porque Bergoglio no es un hombre de inteligencia, sino que es sólo un vividor. Vive una cosa y mañana vive otra, lo que le gusta, lo que va con su cultura, con sus tradiciones humanas, con su visión del mundo y de la Iglesia.

«Como no se puede decir que todos los cristianos son fundamentalistas, porque nosotros también los tenemos, ¿eh?»: ¡vaya patada a la Iglesia Católica! ¡Vaya coz a todas las demás confesiones cristianas! Bergoglio se está creando –él mismo- sus enemigos en todo el mundo.

«En todas las religiones existen estos grupos, ¿no? Yo le he dicho al Presidente: “pero, seria bello que todos los líderes islámicos – sean líderes políticos, líderes religiosos o líderes académicos – digan claramente y condenen aquello, porque esto ayudará a la mayoría del pueblo islámico a decir: ‘no’, pero de verdad, pero de la boca de sus líderes: el líder religioso, el líder académico … tantos intelectuales, y los líderes políticos”. Todos nosotros necesitamos una condena mundial, incluso de los islámicos, que tienen la identidad y que digan: “nosotros no somos aquellos. El Corán no es esto».

Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Esto es dividir a la Iglesia para que el pensamiento de los hombres decida lo que es bueno y lo que es malo.

Esto es endiosar a los hombres: que los líderes hablen al pueblo y les quiten la fe en la Verdad; que sean los hombres, la mente de los hombres, su lenguaje escogido el que enseñe al pueblo la verdad de lo que tiene que creer.

Esto es anular la acción de Dios en la Iglesia y en el mundo entero. No escuchéis a los profetas, sino a los hombres.

Esto es estar ciego totalmente: el islam es el Corán; la Iglesia Católica tiene toda la Verdad, que es absoluta, dogmática, irrenunciable por más que la autoridad, los jefes de la Iglesia, la Jerarquía diga con su boca sus mentiras.

¡Qué cantidad de disparates dice este hombre! Y cuántos hombres le dan publicidad a sus palabras. Las dejan para que los otros lean la estupidez que la boca de este necio enseña.

Bergoglio se cree el maestro, el que tiene la sabiduría: «nosotros no somos aquello. El Corán no es esto». ¡Qué hombre más ciego, más tarado, más subnormal es Bergoglio! Es que no hay otras palabras para indicar lo que está diciendo. Es que aquel que siga la mente de Bergoglio s vuelve un idiota entre los hombres, defiende una necedad como una verdad, como un bien, como un pecado.

«‘Cristianofobia’, ¿de verdad? Yo no quiero usar palabras endulzadas: !no! a los cristianos los persiguen en Oriente Medio»: es su ecumenismo del sufrimiento, predicado en su viaje.

«Como nos recuerda san Pablo: «Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Esta es la ley de la vida cristiana, y en este sentido podemos decir que también hay un ecumenismo del sufrimiento. Así como la sangre de los mártires ha sido siempre la semilla de la fuerza y la fecundidad de la Iglesia, así también el compartir los sufrimientos cotidianos puede ser un instrumento eficaz para la unidad. La terrible situación de los cristianos y de todos los que están sufriendo en el Medio Oriente, no sólo requiere nuestra oración constante, sino también una respuesta adecuada por parte de la comunidad internacional» (ver referencia)

Coge a San Pablo y le da media vuelta, lo pone al revés, lo malinterpreta.

Equipara la sangre de los mártires con los sufrimientos de los hombres: todos los hombres son mártires porque sufren.

Pone su solución política: que todos se muevan para alimentar, ayudar, hacer un bien humanitario. Es siempre su comunismo.

Bergoglio sólo está en el hombre, no en Dios. Habla al hombre y le dice lo que vive, lo que sufre, lo que le hace feliz. Bergoglio alimenta el orgullo de los hombres: no pone un camino para que los hombres dejen sus pecados, ni su vida humana ni sus conquistas en este mundo.

«Las nuevas generaciones nunca podrán alcanzar la verdadera sabiduría y mantener viva la esperanza, si nosotros no somos capaces de valorar y transmitir el auténtico humanismo, que brota del Evangelio y la experiencia milenaria de la Iglesia». ¡Apaga y vámonos!

¿Cristo enseñó a ser hombre?

¿Cristo guió a los hombres hacia una vida humana?

¿Cristo educó a los hombres para ser pecadores, para ser del mundo, para que crezca en el mundo las culturas, los valores de los hombres?

Ciertamente no; pero a Bergoglio esto le da igual: él sigue su idolatría: el hombre, lo humano, el valor humanidad. Él se desvive por los hombres y, por eso, llora por ellos; pero llora, pide que se alimente a los pobres, no porque le importen los pobres, sino por su orgullos, por la sed que tiene de la gloria del mundo. Que el mundo vea que él hace algo por los hombres. Busca el aplauso de ellos. Y sólo eso.

Y, claro, pone como ejemplo a seguir a los herejes:

«Son precisamente los jóvenes – pienso por ejemplo en la multitud de jóvenes ortodoxos, católicos y protestantes que se reúnen en los encuentros internacionales organizados por la Comunidad de Taizé – son ellos los que hoy nos instan a avanzar hacia la plena comunión. Y esto, no porque ignoren el significado de las diferencias que aún nos separan, sino porque saben ver más allá, son capaces de percibir lo esencial que ya nos une». Ellos, los de taizé, son los sabios, los santos, en la Iglesia, los que poseen la Verdad. Los demás, están anclados a sus dogmatismos, a su fundamentalismo.

Bergoglio no es un hombre de santidad, sino de pecado.

Es un pecador público. Y así hay que verlo. Y, por eso, no hay que tener compasión ninguna con él. Es un viejo verde porque se dedica a vivir su ida de pecado. No le importa su edad para estar fornicando con la mente de todos los hombres. Si por lo menos tuviera una mujer, se podría salvar. Pero ha renunciado a la mujer para seguir una herejía. En la lujuria de la carne hay siempre salvación; pero en la lujuria de la mente sólo hay condenación.

La soberbia unida al orgullo cierra al hombre a la verdad de la vida, a la búsqueda de la santidad, del fin al cual Dios ha llamado a todos los hombres.

¿Qué ha sido este viaje de Bergoglio? Nada: vender su idea, su nueva iglesia, que levanta en Roma. Buscar adeptos para lo que se persigue en el Vaticano.

La Iglesia tiene que decidir: estar con Cristo o con el usurpador. Pero esto, muchos lo van a hacer cuando ya no es tiempo de hacerlo, cuando vean en sí mismos, en sus carnes, en sus vidas, el engaño, que los hombres han dado a la Iglesia, con un falso Papa.

Bergoglio sólo condena almas; no puede salvarlas porque no cuida de su alma. Sólo vive para cuidar su humanidad.

La Jerarquía vive en el pecado de herejía: no puede salvarse ni salvar a nadie

rayo

«He aquí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal» (Gn 3,22).

El pecado de Adán no fue un pecado sexual, sino de soberbia pura: «seréis como dioses» (Gn 3, 5c). La soberbia pura es el apetito desordenado de excelencia. Es una soberbia unida al orgullo. La soberbia pura son dos pecados que se dan al mismo tiempo: pecado de soberbia y pecado de orgullo.

Querer ser como dios es cometer un pecado de herejía. Querer conocer el bien y el mal, como lo conoce Dios, pero por el camino del demonio, eso es el pecado de herejía.

Por el Bautismo, el alma es miembro del cuerpo de la Iglesia y se hace hija de Dios por participación. El alma es como Dios, pero porque Dios la eleva a un estado que nadie puede alcanzar con sus solas fuerzas naturales.

El Bautismo imprime un carácter indeleble en el alma: un sello divino. Por este sello, el alma está obligada a vivir en la Gracia del Bautismo. Es una obligación moral, que conlleva una dependencia del alma a Cristo. Dependencia absoluta: el alma es de Cristo y de nadie más.

Cristo ha comprado con Su Sangre las almas: «Habéis sido comprados a precio» (1 Cor 6, 20a). Cada alma que se bautiza, se entrega totalmente a la Voluntad de Dios. Ya su vida humana no le pertenece, sino que es dirigida, en todo, por el Espíritu de Cristo, que ha recibido en el Bautismo: «Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6, 20b).

«y con Tu Sangre  has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9d). Por la virtud de la sangre de Cristo, se obra la Redención, se quitan los pecados y se derrama en el alma todas las riquezas de la gracia (cfr. Ef 1, 7-8). El alma bautizada posee lo que Adán perdió: la justicia. Pero ya no la original. Esa justicia tiene que alcanzarla mereciendo la gracia.

Cristo es la Verdad. Por tanto, exige de cada alma bautizada la Verdad en su vida. Un alma que no va en busca de la Verdad, que es Cristo, crucifica, de nuevo a Cristo.

Por eso, es tan importante que las almas sepan lo que es la Verdad, lo que es Cristo.

Y, para saber la Verdad, hay que ir a la misma enseñanza que Cristo dio a Sus Apóstoles, que es lo que la Iglesia ha ido enseñando, durante siglos, al hombre.

En la Iglesia Católica tenemos toda la Verdad; pero la Verdad debe ser obrada con el Espíritu de la Verdad. El hombre no puede obrar esa Verdad con sus solas fuerzas naturales, humanas, materiales. Porque la Verdad es una Persona Divina, no es un conjunto de ideas, de razonamientos, de lenguajes humanos.

La Verdad es Cristo: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Verdad es el Verbo, que asume una naturaleza humana, para dar al hombre el Camino de la Vida. La Verdad es una Vida.

El hombre, todo hombre, nace sin camino, sin verdad, sin vida: nacemos en el pecado original. Somos demonios encarnados: en nuestros cuerpos vive el demonio. Y nuestras almas, en el pecado original, no saben luchar contra el demonio, que vive en toda carne.

Para eso el Bautismo, para tener la fuerza del Espíritu, fuerza sobrenatural, fuerza divina, celestial, con la cual el hombre vence al demonio en su cuerpo.

Toda alma que se bautiza tiene el camino hacia la Vida Divina. Es un camino que inicia en la misma vida humana, natural, carnal, material. Y tiene que iniciar así por el estado de pecado en que nace todo hombre.

El hombre no nace divino, no nace santo; el hombre nace pecador, humano, natural, carnal, material, esclavo del demonio. Nace en un infierno; nace poseído por el demonio.

Adán fue creado en Santidad de Vida: lo poseía todo. Y lo perdió todo. Esta verdad es un dogma de fe: «Si alguno no confiesa que Adán,… habiendo quebrantado el mandamiento de Dios en el paraíso, al instante perdió la santidad y la justicia…. e incurrió por la ofensa de esta prevaricación en el enojo y en la indignación de Dios y por ello en la muerte…, y con la muerte en la cautividad bajo el poder… del diablo… sea anatema» (C.Tridentino (D 788)). Hoy la Jerarquía está enseñando que lo que sucedió en el Paraíso es una poesía, que es lo que siguen todos los protestantes y racionalistas: quieren explicar el tránsito del hombre de un estado inculto al conocimiento del bien y del mal. Es una narración poética, que depende de otras fábulas profanas que se dieron en las ciudades babilónicas.

Es lo que enseña Bergoglio: «Ya el libro del Génesis, al presentarnos de un modo poético las primeras pinceladas de este inmenso cuadro» (Mensaje a las comunidades educativas, 2006 – “Somos un pueblo con vocación de grandeza”).

El libro del Génesis no es una narración poética, sino histórica: tiene una naturaleza histórica, un modo histórico, no un modo poético. No puede ponerse en duda el sentido literal histórico: «A la pregunta de: ¿si especialmente el sentido literal histórico puede ponerse en duda cuando se trata de los hechos narrados en estos capítulos, los cuales se refieren a los fundamentos de la religión cristiana: así como son entre otros…, el precepto dado por Dios al hombre para probar la obediencia de éste; la transgresión del precepto divino, por la persuasión del diablo bajo la forma de serpiente; la pérdida de nuestros primeros padres de aquel estado de inocencia; y también la promesa del futuro Redentor? Respuesta: negativa» (D 2123).

No se hace historia con modos poéticos, sino con la verdad de los hechos. Quien busca el modo poético en el libro del Génesis, pone su propia interpretación de lo que allí se narra: es decir, tuerce la Verdad que se Revela.

Dios no habla con un lenguaje poético, sino con la Palabra de la Verdad.

Adán cometió contra Dios una ofensa, perdiendo la justicia y la santidad, y se puso bajo el poder del diablo. Y este pecado de Adán lo transmitió a todo ser humano: «Si alguno afirma que la prevaricación de Adán le dañó a él solo…, o que aquél manchado por el pecado de desobediencia transmitió la muerte a todo el linaje humano, pero no transmitió también el pecado que es la muerte del alma, sea anatema» (D 789).

Todo hombre nace sin nada: en el pecado de su vida. Como fue engendrado, así nace. Nace en la muerte del alma, no sólo con un cuerpo que tiene que morir. Pero todo hombre lo puede poseer todo.

Y esa posesión se puede dar de dos maneras: o se posee toda la Verdad; o se posee toda la mentira.

Adán poseyó toda la Verdad. La perdió toda, porque se dedicó a poseer toda la mentira.

Todo hombre tiene que elegir en su vida: o la Verdad o la mentira.

Son dos perfecciones distintas. Y no se pueden poseer las dos: o una u la otra. Perfección en el bien; perfección en el mal.

El demonio es perfecto en el mal: ha llegado a la cima de todo mal. Su mente demoníaca sólo puede concebir, pensar, meditar, sintetizar el mal. Y quien piensa el mal, obra el mal. Quien piensa todo mal, obra todo mal.

El demonio es perfecto en su mente: es una perfección diabólica, no es divina. Es el demonio mismo el que ha hecho el camino de esta perversa perfección, oponiéndose a toda la Verdad que conocía, desde el principio, cuando fue creado por Dios.

El demonio hace su existencia espiritual oponiéndose a la Voluntad de Dios en todas las cosas. Vive para la sola mentira. No puede ni decir ni obrar una Verdad.

Toda alma bautizada tiene que escoger: o ser de Cristo o ser del demonio.

El Bautismo no quita esta elección de la voluntad de todo hombre. El Bautismo da la fuerza necesaria para ser de Cristo totalmente. Pero esta totalidad es un merecimiento del alma: si el alma es fiel a la Gracia de su Bautismo, entonces alcanza, en la perseverancia, la perfección en todo Bien. Pero si el alma no es fiel a esta Gracia, entonces, necesariamente, alcanza la perfección en todo mal.

Hay que merecer el Cielo. Y el camino es uno: Cristo Crucificado. Hay que crucificar la propia voluntad humana para obrar lo divino, la Voluntad Divina, en lo humano. Si la vida no es una penitencia, una expiación, un sufrimiento, una cruz, el alma acaba en el infierno.

El camino es simple, pero muy duro, porque el alma tiene que trabajar, cada día, para vencer las huestes del enemigo, que viven en su carne.

Por el Bautismo, se quita el pecado original, pero queda la concupiscencia: queda el demonio, que incita al alma a pecar.

La concupiscencia no es sólo lo exterior de la vida: no son sólo tentaciones exteriores al hombre. El hombre vive con un cuerpo lleno de concupiscencia, de deseos malos, de atracciones no debidas. Y esa concupiscencia es la obra del demonio en su cuerpo.

El Bautismo quita el pecado original, pero no la obra del demonio en el cuerpo. Por eso, San Pablo decía que el hombre está dividido: el alma quiere lo divino; el cuerpo quiere lo demoníaco.

Este es el Misterio del pecado de Adán. Un Misterio que no se puede resolver en esta vida por ninguna cabeza humana.

El pecado original es engendrar un hombre para el infierno. Eso fue lo que engendró Adán en Eva: una generación de hombres del demonio. Una generación de hombres que no se podían salvar: no había para ellos Misericordia, a causa del pecado de Adán: «Maldita, Adán, la tierra en tu obra» (Gn 3, 17b). Una generación de hombres maldita es la que engendró Adán, que merecía el castigo del diluvio: «Borraré al hombre que he creado de la faz de la tierra…me arrepiento de haberlos hecho» (Gn 6, 7a.7d)

Toda la Creación está maldita por el pecado de Adán: un pecado del demonio en Adán: «Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2, 22). Es un pecado que trae la maldición a toda la creación en la obra de Adán. Un pecado que conlleva por sí mismo la muerte corporal y la eterna. El efecto de ese pecado es la maldición, la condenación de almas. Lo que es maldito está condenado desde el principio de la obra. No puede haber bendición de Dios en algo maldito desde el principio.

El pecado de Adán es una maldición desde su comienzo.

No fue sólo el pecado del hombre Adán; fue la obra del demonio en la obra de Adán lo que da al pecado de Adán toda su malicia.

Adán no obedeció la Voluntad de Dios: «Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas» (Gn 2, 17a).  Este precepto dado a Adán fue positivo y estricto; es decir, en él aparece solamente la razón de la Voluntad de Dios, que manda algo en concreto. Adán no se sometió a Dios, no declaró con su obra a Dios como su principio y su fin. Adán pecó gravemente. Y este precepto es dado con una amenaza absoluta de la pena: «porque en cualquier día que comieres de él, de muerte morirás de él» (Gn 2, 17b).

«Por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores» (Rm 5, 19). Todos muertos en Adán. Todos alejados de la gracia de Dios. Pero no todos condenados como Adán.

Adán escuchó la mentira del demonio en Eva: «Por cuanto oíste la voz de tu mujer» (Gn 3, 17a). Siempre el pecado es la obra de una mentira: es escuchar una palabra que no tiene la Verdad, que es una verdad a medias: «De ninguna manera, de muerte moriréis… sabe Dios que… serán abiertos vuestros ojos y seréis como dioses, sabiendo el bien y el mal» (Gn 3, 4.5a.5c). Y aceptar esa mentira constituye el pecado: «comiste del árbol del cual te mandé no comer» (Gn 3, 17b). Aceptar la mentira es una ofensa contra Dios.

Adán comió la muerte. Y toda la muerte. Y los hombres que se asemejan a Adán viven para la muerte, para engendrar muerte en sus vidas. No pueden vivir para la vida. No pueden engendrar vida, aunque tengan muchos hijos naturales, aunque obren muchas cosas buenas como hombres.

Sólo se engendra vida en la Voluntad de Dios. Y, por lo tanto, sólo se engendra muerte oponiéndose a esa Voluntad Divina.

El pecado de Adán fue un pecado de herejía. No fue un pecado sólo de lujuria ni de sola soberbia. Es ir en contra de una Verdad Inmutable.

El pecado de Adán fue mayor que los pecados de los otros a causa de la excelencia mayor de Adán. «El pecado de su [naturaleza racional] cuanto más increíble, tanto mayor condena merece… Adán mismo fue el primero de una naturaleza tan excelente, que su pecado sería tanto más grave con mucho que los pecados de los otros, cuanto mejor con mucho fue él que los demás; de donde también su castigo… fue tan grande, que continuamente estaría también sujeto a la necesidad de morir…» (S.Agustín (R 2013)).

Adán estuvo sujeto continuamente a la necesidad de morir: muerte eterna del alma. Pecado de herejía. Adán fue creado en justicia original, que es el conjunto de dones divinos, que Adán tenía como un don personal, y que debía transmitir a todos los hombres. Adán, en su pecado, perdió la justicia original, y sólo pudo transmitir el pecado original.

El hereje es el que niega una verdad que debe ser creída para poder salvarse y santificarse. No es negar cualquier verdad. Si se niega que Dios existe: eso es un pecado de herejía. Si se niega que Dios es católico, eso es un pecado de herejía. Si se niega que Dios es Omnipotente se cae en herejía.

Adán pecó de herejía porque negó la verdad que le podía salvar y santificar: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas» (Gn 2, 17a). Esta verdad tenía que cumplirla para poder vivir: «el día que comieres de él, morirás» (Gn 2, 17d).

Adán fue creado en Vida, y en toda la Vida plena, sin capacidad para morir. Adán fue creado inmortal. No podía morir. Al comer del árbol, murió: pecado de herejía. Obró negando la verdad que le mantenía en la vida. Por tanto, muere y ya no puede salvarse ni santificarse. La causa: su pecado de herejía, que es muerte eterna del alma.

La herejía no es sólo decir un conjunto de ideas erradas, sino que es obrar esa idea contraria a toda la verdad. La herejía no sólo se opone a una verdad, sino a toda Ella. El hereje comienza oponiéndose a una verdad, pero termina anulando todas las demás verdades.

Adán perdió por el pecado la gracia santificante, la integridad, la inmortalidad, la impasibilidad; estaba sujeto al reino del diablo; su entendimiento quedó oscurecido para la verdad y su voluntad debilitada para el bien. Y fue echado del Paraíso: separación total de Dios.

Hay tres pecados que hacen perder la índole de ser miembros de la Iglesia: la herejía, la apostasía de la fe y el cisma.

El alma bautizada sigue teniendo, en su cuerpo, el demonio, la fuerza preternatural del espíritu del demonio. Se quita el pecado original, pero no se quita al demonio en el cuerpo. El Bautismo sella al alma, pero no sella el cuerpo. El alma es sellada por Dios: eso quita el pecado original. Ese sello divino quita la marca del demonio en el alma. Pero en el cuerpo, queda la concupiscencia: es decir, la obra del demonio.

Toda alma bautizada tiene capacidad para llegar al mismo pecado de Adán, que la separa de Dios totalmente, a pesar de su Bautismo.

Todo hombre está dividido en su ser humano. Y esa división se palpa en toda la vida, en toda la existencia. Y, por eso, el Señor dejó el Sacramento de la Penitencia para volver, de inmediato, a la Gracia, y así seguir combatiendo al demonio en la carne.

Hoy día, las almas ya no se confiesan; los sacerdotes ya no predican del pecado, ni del infierno, ni de la penitencia. Y eso lleva al alma a vivir sin la Gracia. A vivir como Adán: en su pecado, en la obra de su pecado.

No porque el alma esté bautizada ya lo tiene todo en la vida. Hay que merecer el Cielo. Hay que sufrir para ir al Cielo. Y el Cielo es de muy pocos hombres. La mayoría vive para su vida humana, carnal, material, social, económica, política, sentimental, etc…

Cada hombre se hace su propio camino aquí en la tierra. Y son muy pocos los que viven en Gracia, los que son fieles a la Gracia del Bautismo.

La situación del alma bautizada no es como el estado de Adán. Adán fue creado en la plenitud de la Gracia; los hombres nacen en el pecado original, sin la gracia.

El pecado de Adán fue su condenación inmediata. Y su obra hizo de la Creación una maldición. Adán engendró a Caín, y el Señor lo maldijo: «Maldito serás sobre la tierra… vagabundo y fugitivo serás sobre la tierra» (Gn 4, 11a. 12b). Caín vivió obrando su maldición por donde iba. Nadie lo podía matar, porque tenía que hacer su obra, la obra del demonio en su ser: «Y puso el Señor a Caín una señal para que no le matase todo el que lo hallase» (Gn 4, 15b).

Todo hombre nace en pecado, pero no nace condenado. Nace en vías de condenación. Nace para una obra de condenación, una obra del demonio en su carne.

El alma, al recibir el Bautismo, tiene la fuerza para oponerse a esa obra. Pero sólo hay una forma para oponerse: seguir al Espíritu Divino que ha recibido en el Bautismo.

Y sólo hay una forma para obrar la condenación: seguir al espíritu del demonio que está en su carne.

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La vida espiritual es una batalla de espíritus. Y el alma está en el centro de esa batalla. Y tiene que elegir uno de los dos espíritus. Es una elección fundamental para su vida. Dios y el demonio se manifiestan en toda su vida, en cualquier cosa que haga. Y hay que elegir entre las inspiraciones de Dios y las sugestiones del demonio. Por eso, es necesario aprender a discernir espíritus. Los católicos de hoy es lo que menos saben: no saben ver el espíritu. No saben discernir qué espíritu tiene una persona cuando habla, cuando actúa.

Ven a un sacerdote, a un Obispo, a un político, a un fiel, y sólo se fijan en lo exterior: su lenguaje humano, sus formas, su ropaje, su humanidad. Pero no cuestionan nada de lo que dice, de lo que habla, de cómo se viste, de cómo vive.

El alma bautizada puede llegar al pecado de herejía que la saca del camino de salvación. Todo pecado de herejía anula el don de la fe en el alma. Y sin fe no es posible salvarse. Los demás pecados, lujuria, soberbia, orgullo, avaricia, etc…, no quitan la fe al alma. Oscurecen la mente, endurecen el corazón, pero el alma todavía tiene capacidad para arrepentirse y salir de su vida de pecado.

Adán, en su pecado de herejía, ya no tenía esa capacidad de arrepentimiento, porque la herejía lo impide.

Así es mucha Jerarquía actualmente: más de la mitad de los Obispos votaron, en el Sínodo, a favor de permitir la comunión a los adúlteros, y también a favor de los sodomitas … si algo tenían de católicos, lo han perdido. No sirven a Dios, sirven al demonio, y muchas almas se perderán por causa de esa Jerarquía, en la obra de tantos sacerdotes, de tantos Obispos, que lo tienen todo, como Adán, pero que prefieren ser como dioses, como el demonio les enseña en sus mentes, a discernir el bien y el mal como lo hace el demonio: en la mentira.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia vive en el pecado de herejía: y se comienza negando una verdad. Y se termina negando todas las verdades.

Toda la Iglesia se encuentra eclipsada, es la gran apostasía de la fe. La masonería, que da culto a Lucifer, está en el seno y gremio mismo de la Iglesia. Muchos sacerdotes y Obispos han dado su nombre al demonio y su misión es perder almas. No son pastores, son lobos disfrazados de ovejas.

Hay que resistir a las autoridades heréticas de la Iglesia, sin importar qué son en la Iglesia. Cada día son más las almas que se van al infierno porque los católicos no combaten a los mentirosos; no luchan por la Verdad que han recibido en la Iglesia, sino que se dejan manejar por la Jerarquía que vive de su mentira podrida. Ya no saben obedecer a Dios con sus corazones, sino que obedecen las mentes heréticas de muchos hombres vestidos de corderos, pero que son auténticos demonio encarnados.

El cismático es aquel que después de haber recibido el Bautismo rechaza el someterse al Sumo Pontífice, rehúsa el estar en común unión con los miembros de la Iglesia, que se someten al Papa. Y este es el gran engaño del demonio al poner un falso Papa.

Como nadie discierne nada en la Iglesia: todos vieron a Bergoglio, todos quedaron engañados. Y tienen miedo de rechazar a Bergoglio para no caer en el cisma. Es un miedo que viene de su falta de discernimiento espiritual: no saben discernir el espíritu que tiene Bergoglio. Se quedan con lo exterior que manifiesta ese hombre. Y ahí quedan cegados. Y cuando ese hombre comienza a decir claras herejías, lo único que saben decir estas pobres almas, ya pervertidas, es otra perversión de sus inteligencias:

“Lo que ocurre, es que a mucha gente el gran Papa Francisco les molesta, porque está limpiando la Iglesia de ladrones, pederastas, acomodados con mucho dinero (incluso religiosos y sacerdotes demasiado acomodados y muy mundanizados), y está poniendo las cosas en su sitio”.

Esto es perverso. Porque no queremos un Papa que limpie la Iglesia de ladrones, de gente pecadora, sino que queremos en la Iglesia un Papa que haga justicia, que ponga a cada uno en su sitio. Ladrones, avariciosos, lujuriosos son pecadores que se pueden salvar en la Iglesia. Para hacer limpieza de estos pecadores: el sacramento de la confesión. Nadie está libre de pecado. Nadie puede tirar una sola piedra, en la Iglesia, contra los sacerdotes y las almas acomodadas, avariciosas, lujuriosas….Nadie. El camino para quitar a los ladrones: ahí está puesto por Cristo en los Sacramentos: que se confiesen, que vivan la gracia, que sean fieles a ella. No hace falta un Bergoglio para limpiar la Iglesia de ladrones y de lujuriosos: eso es sólo teología de la liberación, política en la Iglesia. ¿De qué va a limpiar Bergoglio si no sabe juzgar a nadie? ¿Qué clase de justicia puede obrar este insensato si no conoce lo que es el pecado?

Hace falta un Papa con mano dura, con mano de justicia que eche a todos los pecadores de herejía, de cisma y de apostasía de la fe de la Iglesia. Porque son esta gente la que no pertenece a la Iglesia, aunque posean el sello divino del Bautismo. Hay que liberar a la Iglesia de toda esta gentuza, porque por más que se confiesen, no pueden ser perdonados por Dios ni por la Iglesia. Es la obra de su pecado de herejía. La misma obra de Adán.

Queremos un Papa que haga lo que Dios hizo con Adán: echarlo del Paraíso. Hay que echar a mucha gente herética, cismática, apóstata del Paraíso de la Iglesia.

El hombre hoy quiere ser como dios: y eso es abominable.

En la gracia del matrimonio, no hay divorcio

conquistaruncorazon

«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles [Mc. 10; 1 Cor. 7], no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema». (Concilio de Trento – Sesión XXIV: Sobre el matrimonio – Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio – D-977 – Can. 7).

El vínculo del matrimonio es la unión de dos voluntades, de dos intenciones: la de la mujer y la del hombre. En el Sacramento del Matrimonio, se casan ellos: es decir, hombre y mujer obran el Sacramento, producen el vínculo matrimonial. No es algo externo a ellos. No es un contrato o un papel que firman. Son ellos los que se unen con sus voluntades. Y lo hacen sin posibilidad de desunión: no hay posibilidad de desatar ese vínculo.

En la Eucaristía, es Dios quien obra el Sacramento en el instrumento, que es el Sacerdote. No es el Sacerdote sólo quien obra, sino que es Dios en él.

En el matrimonio, Dios no obra el Sacramento: hombre y mujer no son instrumentos de Dios para realizar el vínculo matrimonio. Sino que ellos son la forma del Sacramento de Matrimonio: sus voluntades, sus intenciones, producen el vínculo, necesario para obrar el Sacramento. Y esta unión de intenciones es única y para siempre.

En la Eucaristía, el Sacerdote tiene que poner su intención cada vez que celebra la Misa. Si no pone su intención, no hay Misa. El sacerdote puede poner y quitar su intención cuando quiera. Pero, en el matrimonio, una vez que los dos han puesto su intención, ya no pueden quitarla. Ellos dos, por sí mismos, no pueden romper el vínculo matrimonial.

Por eso, la unidad y la indisolubilidad de un matrimonio está sólo en la unión de intenciones, que los dos muestran al casarse. Los dos unen sus voluntades para un matrimonio único y para siempre.

Y no hay pecado que quite este vínculo matrimonial; no hay herejía; ni siquiera la pérdida de fe anula el vínculo del matrimonio: «Si alguno dijere que, a causa de herejía o por cohabitación molesta o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (Ibidem – D-975 Can. 8).

Los malcasados, aquellos que, teniendo un vínculo matrimonial, buscan otra pareja, esa nueva unión, situación, no desata el vínculo de su matrimonio original, porque el hombre o la mujer no puede tener otras mujeres u hombres, una vez que tiene un matrimonio: «Si alguno dijere que es lícito a los cristianos tener a la vez varias mujeres y que esto no está prohibido por ninguna ley divina [Mt. 19, 4 s 9], sea anatema [cf. 969]» (Ibidem – D-972 – Can. 2.). «Quien repudia a su mujer y se casa con otra, adultera» (Mt 19, 9).

Si está en adulterio, entonces si no quita ese adulterio, no puede estar en Gracia: está en un pecado que no lo quiere quitar. Por más que lo confiese, sigue en su pecado. Kasper dice: no; pueden confesarse y recibir la comunión: «Si ellos pueden recibir la comunión espiritual, ¿por qué no también el sacramento de la comunión?» (ver texto) Un teólogo que no sabe discernir entre vida espiritual y vida sacramental. Y, por tanto, tiene que anular el Sacramento. Tiene que juntarlo todo y decir: «La comunión espiritual va más lejos: si se es uno con Cristo, entonces, ¿por qué estas personas son excluidas de la comunión?» (Ibidem). Lo junta todo en su pensamiento herético y no sabe ver que la unión espiritual es totalmente diferente a la unión sacramental con Cristo. Y, con esto, está diciendo una clara herejía y apostasía de la fe:

Si para comulgar sólo es necesario la unión espiritual con Cristo, entonces cualquier hombre, sea del credo que sea, tenga fe o no, esté en pecado o no, pertenezca o no a la Iglesia Católica, puede recibir a Cristo en la Eucaristía. Este es el argumento de Kasper. Entonces, Kasper es anatema. Y cae en esta blasfemia por su falsa concepción de la misericordia: «Tenemos un sacramento de la misericordia, el Sacramento de la Penitencia, que debemos reevaluar, creo. Y esto debe ser realizado para un comportamiento social y en obras sociales» (Ibidem). La penitencia es para el alma, no para la sociedad. El sacramento de la confesión es para quitar el pecado del alma y que pueda vivir en Gracia. Sin la gracia, es imposible salvarse en la Iglesia. Kasper niega este Sacramento y quiere ordenarlo para una vida social, para quitar problemas de los hombres, no para quitar los pecados del alma. Y, por eso, exclama: «Hay quienes creen que la Iglesia es para los puros. Se olvidan de que la Iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de esta verdad porque si no fuera así no pertenecería a la Iglesia» (Ibidem). Kasper no recuerda que los paganos, los herejes y los cismáticos no pertenecen a la Iglesia. Kasper no quiere recordar que los pecados contra el Espíritu Santo ponen a las almas fuera de la Iglesia. Kasper se olvida que el fin último de la Iglesia es salvar el alma: por tanto, no se puede vivir en la Iglesia en estado de pecado, sino en Gracia. Y santificar el alma: es decir, es obligatorio para el alma, en la Iglesia, buscar en todo la Voluntad de Dios para hacer las obras agradables a Dios: «Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo»

Con este planteamiento, Kasper dice: «He hablado sobre el papa acerca de esto, y me ha dicho que el 50 por ciento de los matrimonios no son válidos. El matrimonio es un sacramento. Un sacramento presupone la fe. Y si la pareja sólo quiere una ceremonia burguesa en una iglesia porque es más bonito, más romántico, que una ceremonia civil, hay que preguntarse allí había fe y si realmente se aceptaron las condiciones de una matrimonio sacramental valido, que es la unidad, la exclusividad y la indisolubilidad»(Ibidem). Esto es hablar por hablar, para ganar la atención del público, y decir unas cuantas mentiras, mal dichas.

El Sacramento del Matrimonio sólo necesita la materia y la forma: las palabras que se dicen, cuando contraen matrimonio, y la voluntad de ambos. No se necesita nada más para producir el vínculo: «§ 1. El consentimiento interno de la voluntad se presume que está conforme con las palabras o signos empleados al celebrar el matrimonio. § 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen inválidamente» (canon 1101).

No hace falta la fe. No hace falta conocer lo que significa unidad e indisolubilidad. El conocimiento o ignorancia de estas cosas no produce el vínculo matrimonial: «El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial» (Canon 1099).

La falta de fe o una fe débil o el estado de pecado o de gracia, no produce el vínculo matrimonial. Produce un óbice a la Gracia, pero no dirime el matrimonio. Hombre y mujer se casan cuando se dan sus voluntades y así la expresan con sus palabras y, después, con la consumación del matrimonio en la unión de sus cuerpos.

Para producir el vínculo matrimonial: unión de voluntades, consentimiento: «Son incapaces de contraer matrimonio: 1 quienes carecen de suficiente uso de razón; 2 quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar; 3 quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica» (Canon 1095).

Para obrar el matrimonio: hace falta la fe y el estado de gracia. Con una fe débil, viviendo en pecado, la gracia del Sacramento no funciona. Y, entonces, el matrimonio acaba en un desastre. Pero este desastre no anula el vínculo matrimonial.

Si la pareja quiere casarse con una ceremonia burguesa, eso no va en contra del matrimonio, no es un impedimento dirimente del matrimonio. Lo que impide un matrimonio es la intención no recta cuando los dos se casan: hay un engaño, una mentira, una doblez, una ocultación grave, que va a afectar a toda la vida matrimonial (= ser impotente, tener una demencia grave, casarse para no consumar el matrimonio, tener voto de castidad perpetuo, etc…)
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«El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, proclamólo por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne [Gen. 2, 23 s; cf. Eph. 5, 31]. Que con este vinculo sólo dos se unen y se juntan, enseñólo más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne [Mt. 19, 6], e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, confirmóla El con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [Mt. 19, 6; Mc. 10, 9]. Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. Lo cual insinúa el Apóstol Pablo cuando dice: Varones, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella [Eph. 5, 25], añadiendo seguidamente: Este sacramento, grande es; pero yo digo, en Cristo y en la Iglesia [Eph. 5, 32]» (Ibidem – D-969).

El matrimonio sólo tiene sentido en Cristo y en la Iglesia. No tiene sentido fuera de la Iglesia, fuera de la fe en Cristo.

Los matrimonios civiles, del mundo, son sólo eso: un sin sentido. Una unión que vuelve al principio, cuando Adán pecó y perdió la Gracia. Los hombres y las mujeres se casaban sólo atendiendo a la ley natural y a la ley de la concupiscencia. Una unión en que no se discierne ni el bien ni el mal. Una unión natural con un fin sólo natural: el que dé la ley natural, que es la luz del entendimiento. Pero en ese fin natural, el mal que se obra sin dique: por la ley de la concupiscencia, que está en todo hombre.

El hombre, hoy día, rechaza la Gracia del matrimonio, y quiere volver a su vómito de siempre. Y hay muchos católicos así. Y Kasper es el portador de este vómito.

En la Iglesia tenemos la gracia. Y una gracia permanente. Ya no es la gracia que tenía Abrahán por su fe en Dios. Ya no es la gracia que se obtenía al cumplir los mandamientos de Dios, dados por Moisés. Todo eso era una gracia que iba y venía. Los hombres no podían permanecer en la Gracia. Pero en la Iglesia, ya hay forma de vivir en Gracia, con el sacramento de la Penitencia. Y, por tanto, hay forma de hacer el matrimonio que Dios quiere: en la Gracia.

Dios, cuando crea al hombre y a la mujer, crea el matrimonio: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne» (Gn 2, 23). El matrimonio es una creación de Dios. No es un contrato natural entre hombre y mujer. No es algo externo al hombre y a la mujer. No es un invento del hombre. Lo llevan los dos inscritos en su ser. Por eso, Adán, nada más ver a la mujer, exclama: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». Ha comprendido lo que es unirse a una mujer. Ha comprendido el matrimonio.

El matrimonio, en la Creación de Dios, es una Gracia. Y una Gracia para el hombre y otra para la mujer. Es una vida divina que tienen que realizar los dos en la Gracia. El matrimonio no es una elección de vida para Adán. Es su vocación: Adán es creado para una Mujer. Y la Mujer es creada de Adán. El pecado original rompe este designio divino sobre el hombre y la mujer y, por tanto, el matrimonio se convierte en una elección, no en una vocación. Una elección que los hombres tienen que hacer en sus vidas. Pero, al principio era de otra manera.

Jesús restaura esta manera divina del matrimonio en Su Iglesia. En la Iglesia, el matrimonio es ya una vocación. No es ya una elección. Y, muchos, no han comprendido esto y, por eso, se ponen a elegir: matrimonio o vida religiosa. Si las almas, dentro de la Iglesia, tuvieran fe, verdadera fe, entonces verían su vocación al instante, sin necesidad de discernir entre una cosa y otra. Pero el Señor, en la Iglesia, sabe esperar siempre al hombre, porque sabe que el hombre no nace en gracia; y, por tanto, le cuesta entender su vocación, que ya trae del Cielo cuando es engendrado por sus padres.

El matrimonio, al ser una vocación divina, necesita el estado de gracia para poder obrarla. Sin gracia, el matrimonio es un infierno para los dos. Y, por eso, los dos buscan otras cosas una vez que ven que eso no les funciona. Y este es el error de muchas parejas.

Una vez que han dado su voluntad para un matrimonio, una vez que han puesto el vínculo matrimonial con sus intenciones, no se puede quitar eso: «lo que Dios unió, el hombre no lo separe». No hay nada humano que pueda romper el vínculo matrimonial, porque es una atadura divina: lo que Dios ha unido. Dios ha puesto el matrimonio en el ser del hombre y en el ser de la mujer. Y, de esta manera, todo hombre que se une a una mujer, produce un vínculo matrimonial. Un vínculo divino, por la misma Creación del hombre y de la mujer.

El pecado original tapó este vínculo divino. Los hombres y las mujeres se unen pero no atienden al vínculo. Con la ley que Moisés da, el hombre, en la fe, comienza a entender este vínculo divino, pero le resulta difícil vivirlo en plenitud. Y, por eso, Moisés, por la dureza de los corazones, tiene que permitir el divorcio: «Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles Él: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio ni fue así» (Mt 19, 7-8).

En la gracia, no hay divorcio. No puede existir: «Al principio no fue así». Cuando Dios crea al hombre y a la mujer, los crea en la Gracia, en la ley de la Gracia. No sólo con una ley natural o divina. Dios los crea en la gracia del matrimonio, en una vocación matrimonial, en una vida divina para un fin divino. Adán no tiene que elegir una mujer, sino que tiene que unirse a su mujer. Y el pecado de Adán fue precisamente esto: no se unió a su mujer, sino que eligió comer la manzana prohibida. No siguió su vocación divina.

Con el pecado de Adán, es necesario el divorcio porque los hombres no comprenden lo que es el matrimonio. En la Iglesia, teniendo la Gracia, ya no es posible ningún divorcio. Aquellos malcasados, tienen que organizar su vida según la Gracia y, por tanto, salir de ese estado de pecado al unirse con un hombre o con una mujer que no les pertenece, que les hace vivir una vida de pecado. Y si por las circunstancias de la vida, porque ya se tienen hijos,…, no pudieran romper esa nueva unión, entonces tienen que practicar la vida de virtudes: continencia, castidad, etc., esperando una gracia: que el primer vínculo se desate por la muerte de uno de ellos. En la Iglesia se vive para conquistar una gracia, para merecerla. No se puede vivir en un estado de pecado permanente.

En la Iglesia, todo es Gracia, pero no todo me es permitido: «Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica» (1 Cor 10, 23). Es necesario el sacrifico para alcanzar la perfección de vida. Un matrimonio que no funciona, es lícito separarse: «Si alguno dijere que yerra la Iglesia cuando decreta que puede darse por muchas causas la separación entre los cónyuges en cuanto al lecho o en cuanto a la cohabitación, por tiempo determinado o indeterminado, sea anatema» (D-978 Can. 8). Pero no es lícito buscar otra pareja. Si se hace eso, la salvación del alma está en juego, porque la Iglesia es para vivir en la Gracia, para ser fieles a esa Gracia. Y es necesario la fidelidad a la gracia de un matrimonio, aunque no funcione en la realidad. Esa fidelidad es el camino para salvar el alma. La infidelidad a esta gracia, que poseen muchos malcasados, es camino para perderse, para condenarse.

Hoy día, la Iglesia no enseña la penitencia, ni siquiera a los que están mal casados. Vean a Kasper: «¿Vivir juntos como hermano y hermana? Por supuesto, respeto a los que hacen esto. Pero esto es un acto heroico, y el heroísmo no es para el cristiano promedio». Kasper enseña a los católicos tibios a permanecer en su tibieza. Kasper enseña a los católicos a no buscar la santidad de la vida. Kasper enseña a toda la Iglesia que es mejor pecar que estar en gracia. Si no se pone un camino de cruz a los malcasados para que comprendan lo que es su pecado, entonces los condenamos a todos con leyes abominables.

Porque, por derecho divino, no se puede dispensar del vínculo del matrimonio: «§ 1. Atenta inválidamente matrimonio quien está ligado por el vínculo de un matrimonio anterior, aunque no haya sido consumado. § 2. Aun cuando el matrimonio anterior sea nulo o haya sido disuelto por cualquier causa, no por eso es lícito contraer otro antes de que conste legítimamente y con certeza la nulidad o disolución del precedente» (Canon 1085).

Y este derecho divino es inmutable, aunque se den muchas circunstancias que propicien buscar otra unión porque la que se tiene es un camino absurdo en la vida. Hay que cargar con la Cruz de un matrimonio que, a todas luces, no les sirve ni a uno ni a otro. Si se carga con es cruz, entonces se camina en la verdad y se encuentra la solución divina al problema de ese matrimonio.

Pero las almas, hoy día, no quieren cruz, sino vivir su vida. Vive y deja vivir. Es el pensamiento de muchos. Y eso es un pensamiento abominable en la Iglesia Católica.

En la Gracia, no hay divorcio. Fuera de la gracia, existen toda clases de separaciones que muestran sólo el camino de la maldad.

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