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No hay vuelta atrás

vaticanocomunista

La Iglesia está dividida. Y es la Jerarquía la que ha producido esa división. Se ha dividido la verdad del Papado. Se ha dividido a Cristo.

El Papado es una gracia que, desde la muerte del Papa Juan Pablo II, nadie la ha vivido. Todos: Cardenales, Obispos y Papa han dejado caer esa gracia en un saco roto.

La Palabra de Dios no puede ser cambiada. Jesús puso Su Iglesia en Pedro. Y esto es lo que ha sido cambiado. Muchos no han comprendido este cambio, pero ahí están los frutos, las obras: la nueva y falsa iglesia en el Vaticano. Una Iglesia que no es la de Cristo, sino la de los hombres.

Una Iglesia a la que muchos siguen llamando católica, pero sólo le queda el nombre. Una palabra que se ha vuelto un negocio para muchos sacerdotes y Obispos. Ahora quieren vender lo sagrado, los templos, para levantar los nuevos templos de la nueva y perversa iglesia.

Nadie, dentro de esa iglesia batalla por la verdad. Es la iglesia para imponer la herejía a todo el mundo.

Se mata a las almas en nombre de un hombre sin verdad: Bergoglio. Haciendo propaganda de su nefasta doctrina. En el nombre de ese hombre, se destruye la Iglesia, se destruyen las vidas espirituales de muchas almas, se destruye el camino que Cristo ha puesto a las almas para su salvación y santificación.

Han puesto, al frente de esa secta diabólica, a un idiota con cara de maricón: Bergoglio.

«Llegan los tiempos oscuros para la Iglesia de Dios. La división está ya en acto en el interior de Ella. Es este Papa que pone gran freno. Imítenlo siempre en lo que hace» (Conchiglia – 5 de septiembre del 2000).

Imiten al beato Juan Pablo II. No imiten al hereje de Bergoglio.

Juan Pablo II supo frenar la división interna en el Papado. Todos querían cambiar la estructura del Papado: hacer un gobierno horizontal. Y presionaron a Juan Pablo II y no lo consiguieron. Él se mantuvo en la línea de la gracia. Usó la gracia del Papado hasta el final, hasta su muerte. Fue Papa hasta la muerte. Fue un papa católico. No echó en un saco roto esa gracia. No condescendió con los Obispos, que sólo eran amigos del poder y del dinero.

Bergoglio ha abierto la zanja para el cisma en la Iglesia Católica. Ha plantado su gobierno horizontal. Y ya está dando sus primeros frutos diabólicos.

«Ahora, estoy reconduciendo a Casa a Mi Vicario en la Tierra, el único que tenía firmemente en mano las riendas de Mi Iglesia… ¿”Quién” seguirá al mundo? A través de él he dado disposiciones. A través de él les he hecho de guía… Mi Vicario en la tierra fuerte en el carácter, fuerte en la fe, para ser luz y ejemplo a todos…» (Conchiglia – 01 de abril del 2005).

Juan Pablo II: el único que se enfrentó a la masonería. El único que tenía en mano las riendas de la Iglesia Católica. Verdadero y triunfante Papa.

A Juan Pablo II lo dejaron solo, pero gracias a su fe, a su vida espiritual, el demonio no pudo con él. La puerta de su alma quedó cerrada para la obra del demonio. Cumplió con los mandamientos de Dios y eso le llevó a la verdadera libertad del Espíritu. No se convirtió en esclavo del pecado –como muchos sacerdotes Y Obispos- y así pudo obrar la ley de la gracia, la misión que Dios le dio en la Iglesia, hasta el final de su vida. Mantuvo firme, en su mano, las riendas, el gobierno vertical en la Iglesia. Fue Pedro hasta el final de su vida. Fue Voz de Cristo en medio de los lobos infernales que le rodeaban. Los mantuvo a raya. Y tenían que callar ocultando su odio a ese Papa.

Pero quien no cumple con la ley de Dios, tampoco cumple con la ley de la gracia: falla en su ministerio sacerdotal. Falla en la gracia que ha recibido.

«…los adultos que se creen sabios creen que después de él otro papa los conducirá…No se dan cuenta lo que está a punto de ocurrir en la Iglesia» (Ib).

Todos creían que, después de Juan Pablo II, la nave de la Iglesia seguiría sin problemas. Y los soberbios se equivocaron.

Benedicto XVI es el Papa legítimo, pero la puerta de su alma la dejó abierta a la obra del demonio. De esa manera, no pudo cumplir con la ley de la gracia: no llevó la gracia del Papado hasta el final. La echó en un saco roto. No ha podido conducir la Iglesia hacia la verdad que Dios quería. Fue hecho prisionero en el Vaticano y, por su falta de fe, por su debilidad en la vida espiritual, por su pecado, fracasó en la gracia del Papado. No fue un papa católico: no se mantuvo en la línea de la gracia. Abrió la puerta del papado al falso profeta, que llama al Anticristo, que lo convoca para la destrucción de la Iglesia. Dejó la Iglesia en las propias manos del lobo.

«¿Es posible que no se hayan percatado que este Papa, del mismo modo que Pedro, ha sido hecho prisionero? Por esto, habría tenido que apartarse del Vaticano y denunciar cada tipo de crimen dentro de la Iglesia a costo de la muerte física. El riesgo es altísimo, ya que de hecho este Papa es tenido al oscuro sobre hechos, acontecimientos y decisiones concernientes al curso interno y externo de la Iglesia» (Conchiglia – 30 de junio del 2012).

Habría tenido que apartarse….

Benedicto XVI es el Papa legítimo, pero pecador. Por su pecado, no pudo apartarse del Vaticano cuando era el momento preciso. El riesgo era muy alto porque estaba implicado en la obra del pecado. El demonio lo tenía atado. No era libre para seguir al Espíritu de Pedro en la Iglesia. Por eso, no pudo mantenerse fiel a la gracia del Papado. Sucumbió a la presión de los Cardenales y de los Obispos. Y tomó el camino fácil de la renuncia. Ahora, debe callar ante la herejía y el cisma que contempla en el Vaticano.

Porque no hay vuelta atrás.

«No, no hay vuelta atrás. Siempre y cuando Francisco no sea más papa, su legado permanecerá fuerte. Por ejemplo, el papa está convencido que las cosas que ya ha escrito y dicho no pueden ser condenadas como error. Por lo tanto, en el futuro cualquiera puede repetir esas cosas sin miedo y sin ser sancionado. Y entonces la mayoría del Pueblo de Dios con su especial sentido no aceptará fácilmente volverse atrás en ciertas cosas» (texto).

Aquí tienen la mente de los malditos herejes. Victor Manuel Fernandez es un lobo vestido de Obispo. Es un maldito hereje, que habla el lenguaje propio del demonio, que tiene por jefe a otro maldito -como él- al cual adora en su pensamiento humano, y ofrece a las almas el camino de condenación.

«El papa debe tener sus razones, porque él conoce muy bien lo que está haciendo» (Ib): Bergoglio conoce que está condenando almas al infierno. Lo conoce muy bien. Bergoglio conoce que está destruyendo la Iglesia de Cristo. Esto lo conoce y lo quiere con toda su alma podrida. Bergoglio conoce que está interpretando un papel que ha sido obligado a interpretar.

Porque todo masón obra por un imperativo categórico-moral: una imposición de una mente ajena, de una ley en su mente. Y ningún masón sale de esa imposición. Por eso, Bergoglio sabe muy bien lo que está haciendo. Ha sido adoctrinado para esto. Es el juguete de los grandes masones, de sus mayores, de esos hombres ocultos que ni siquiera él conoce. Por eso, no le gusta lo que está haciendo. Bergoglio es orgulloso: es él y nadie más que él. Pero tiene que servir a otro con mayor poder que él. Y esto es lo que no soporta.

Bergoglio es un hereje pertinaz, que vive en su pensamiento herético, incapaz de ver la verdad. Incapaz de obrarla. Incapaz de arrepentirse de sus pecados.

Hereje pertinaz es aquel que defiende su manera de pensar, falsa y perversa, con obstinada animosidad, con terquedad, con persistencia, sin estar dispuesto a corregirse de sus errores, ni de arrepentirse de sus obras de pecado.

La Iglesia condena al hereje pertinaz:

«Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico…quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia» (Canon 194, n.2).

Pero nadie hace caso a este canon.

Bergoglio es hereje pertinaz: «el papa está convencido que las cosas que ya ha escrito y dicho no pueden ser condenadas como error».

Públicamente, Bergoglio ha manifestado sus herejías, que le apartan de la fe católica. Públicamente, Bergoglio sigue sosteniendo sus herejías manifiestas como verdaderas. Ahí tienen la última entrevista en la cual Bergoglio se echa flores sobre sí mismo. Un hombre que no se arrepiente de su maldad.

Y, públicamente, la Iglesia entera, la Jerarquía, apoya sus herejías. ¡Públicamente! Luego, ninguna Jerarquía tiene derecho a pedir obediencia en la Iglesia. Todos quedan fuera de la Iglesia verdadera. Porque están enseñando la herejía. Están imponiendo la mente de un hereje. Y dan a las almas el camino para obrar la herejía dentro de la Iglesia.

Nadie hace caso del derecho canónico para resolver el problema Bergoglio. Todos son culpables de este gran desastre que vive toda la Iglesia.

Bergoglio ha probado, sin lugar a duda, que es el hombre de la doblez, del engaño, de la manipulación, de los errores y manifiestas herejías, de las blasfemias contra Cristo, contra Su Iglesia y contra el Espíritu Santo. Y merece ser denunciado desde todo púlpito, en toda parroquia católica, en toda casa de familia católica.

El silencio de tantos católicos prueba que ellos viven en la obra de su pecado mortal, que les impide atacar al hereje y la herejía y, por lo tanto, les impide cumplir con sus deberes en la Iglesia: el deber de ser fiel a la gracia que Cristo les ha merecido con su muerte en Cruz. Ya no son fieles de Cristo, son sólo perros atados a la mente de un hombre sin verdad, que ladran para que su amo les eche de comer su herejía.

El silencio de tantos Obispos prueba que ellos no son irreprensibles en sus episcopados: son mujeriegos, codiciosos, desobedientes, rebeldes, amigos del dinero, hinchados de soberbia, infames, que se aman más a sí mismos que a Jesucristo. Merecen la condenación por su silencio culpable. Teniendo la plenitud del sacerdocio, teniendo toda la verdad de lo que es Bergoglio, se someten a la mentira que nace en la mente de ese infeliz, de ese condenado en vida.

Bergoglio no ve sus errores, sus herejías, su cinismo, su hipocresía, su idolatría, su cisma. No lo ve. Él sólo vive en su pensamiento humano que le indica el bien y el mal. Su manera de pensar; su falsa y perversa forma de ver a Cristo y a la Iglesia. El norte de la verdad, para Bergoglio, es él mismo. Lo que él ha escrito, lo que él dice cada día.  Es un ciego que se ilumina a sí mismo con su misma ceguera. Vive en su tiniebla y se alumbra con las oscuridad de su tiniebla.

Esto se llama perversión de la mente humana. El hombre queda pervertido, viciado con las malas doctrinas, perturbado con todas las filosofías y teologías que ha acumulado su mente sin ningún discernimiento. La mente de Bergoglio es una mente que razona sin luz, en las más oscura tiniebla. No discierne nada, porque es incapaz de ver algo.

Bergoglio no puede hacer una crítica sana de ninguna filosofía ni teología porque todo lo saca de él mismo, de su mente humana. Por eso, Bergoglio tiene por padre al demonio, que es mentiroso.

«Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio»: Bergoglio saca la mentira de su propia mente, de su dar vueltas constantemente a las ideas que tiene en su mente podrida, corrupta, inicua. Ideas que sólo están relacionadas con ellas mismas; pero nunca con la Mente de Dios. Nunca con la verdad absoluta.

Bergoglio nunca sale de su mente para comparar las ideas. Está cerrado en su soberbia. Y -como todo soberbio- sólo es capaz de ver su soberbia. No puede ver la luz de la gracia, ni la luz del Espíritu. No puede atender a la luz natural. Bergoglio es una persona sin fe, que ha perdido la fe porque ha asentado su vida en su propia mente, en sus propias luces interiores, que nunca va a dejar porque son la estela de su dios.

Si alguien le dice una idea extraña, que no tiene en su mente, la analiza con su mente y la interpreta según su mente. Si alguien hace referencia al magisterio de la Iglesia, él lo reinterpreta para acomodarlo a su manera de pensar, a su perversidad, a su falsedad de vida.

El dios de Bergoglio no es su mente, sino su forma de vida: vive para ser hombre. Vive para darse culto a sí mismo, para buscar en el otro la gloria de sí mismo. A Bergoglio sólo le interesan las alabanzas. No puede soportar las críticas. Necesita, constantemente, a su alrededor, de personajes que le limpien las babas de su boca cuando habla o escribe algo.

A Bergoglio lo maquillan cuando lanza una herejía. Y es necesario hacer eso por imposición del mismo Bergoglio. Él tiene a su gente dedicada a limpiarle las babas. Es la tarea que todo orgulloso impone a otros para cuidar su imagen en el mundo y en la Iglesia.

Bergoglio no puede acudir a Dios para ver qué es la verdad. Es como Pilatos. Conoce la verdad, sabe que está mintiendo, pero prefiere “su verdad”, que es su cosecha propia, su gran mentira. Bergoglio hace esto porque es como el demonio: «es mentiroso, padre de la mentira».

Este es el significado del falso profeta en la Escritura: el padre de la mentira, el que engendra la mentira, el que da la mentira, el que ofrece la mentira, el que obra la mentira. Y no puede dar nunca la verdad. Sólo la puede dar cuando Dios le obliga, como hace al demonio en algunos exorcismos.

Bergoglio sólo puede engendrar la mentira en las almas. Y lo hace a manera de sentimiento humano, de impulsos afectivos. Bergoglio no sabe hablar a la mente del hombre: no es lógico, no es inteligente, no sabe usar su mente para hablar con los demás, para llegar a los demás. Vive dentro de su mente. No vive para relacionar su mente con el otro. No vive para aceptar una verdad que la mente del otro tiene y que él no posea. Bergoglio sólo comparte su mente con aquel que piensa igual a él. Con los demás, se cierra, se oculta, engaña, falsea todas las cosas, manipula constantemente.

Bergoglio llega a la gente a base de sentimientos, de impulsos afectivos cuando predica. Habla, no para lanzar una idea, sino un sentimiento, un gusto, la obra de una voluntad.

A Bergoglio no le gustan los discursos. Lo que le gusta es improvisar con todo el mundo: dejarse llevar del sentimiento del momento, de la idea placentera, que es gustosa a la mente en ese momento y en esa circunstancia.

Por eso, a Bergoglio se le coge en seguida en sus herejías. Y se sabe cuándo está leyendo algo que otro ha preparado. Él mismo se delata constantemente. Por eso, nunca puede hablar el lenguaje de la fe. Nunca. Siempre va a hablar lo que le da la gana en ese momento. Su improvisación, que es una inspiración perversa. Es la sugestión que viene de la mente del demonio. El demonio le sugiere la mentira y –como Bergoglio no sabe discernir espíritus, no sabe discernir sus pensamientos humanos- el demonio le engaña con gran facilidad. Él cae en el juego del demonio. Y cae por su vida sentimental, que es lo único que vive, que es capaz de vivir. Bergoglio es un llorón de la vida humana: una “mujercita” que se acicala para gustar al hombre y al mundo.

Bergoglio vive su herejía. Su voluntad no puede adherirse a la verdad como bien propio. Constantemente, con su voluntad, inclina su entendimiento a adherirse a la mentira, al error, a la duda, a la falsedad, al engaño. Bergoglio no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino que elige lo que le sugiere su propio pensamiento humano. Es su inspiración perversa, malévola, inicua, diabólica. Por eso, Bergoglio constantemente está corrompiendo los dogmas, el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

«…rehúye al hereje, sabiendo que está pervertido» (Tit 3, 10-11).

El verdadero católico tiene que retirarse de la presencia de Bergoglio. Tiene que apartar de sí toda la doctrina de Bergoglio. Es un riesgo para la salvación de su alma. Es una constante tentación para caer en la propia herejía, que la mente de Bergoglio transmite cuando habla o escribe.

El hereje pertinaz sólo habla herejías, sólo obra con la herejía, sólo vive en la herejía. Bergoglio tienta a las almas constantemente. Es tentación para obrar el pecado.

Bergoglio lleva a las almas hacia su pecado de herejía pertinaz. Las almas se vuelven tercas, obstinadas, salvajes, rebeldes, desobedientes a la ley de Dios, a la Voluntad de Dios, a la enseñanza de la Iglesia. Ya no se apoyan en la Autoridad de la Iglesia para discernir la verdad de la mentira, sino que se apoyan en la mente de un hereje, de un hombre sin verdad. Se apoyan en la verborrea diaria que ese hombre transmite cada día al mundo.

Bergoglio lleva hacia el pecado contra el Espíritu Santo. Todo hereje pertinaz ha cometido ya este pecado. Por lo tanto, no puede salvarse. Y su vida sólo consiste en hacer que los demás tampoco se salven. Bergoglio, no sólo con su doctrina sino con su vida, con sus obras, impide la salvación de las almas. Se hace modelo de condenación en vida para las almas.

¡Esto es lo trágico que nadie medita!

Están fabricando el nuevo papado: «en el futuro cualquiera puede repetir esas cosas sin miedo y sin ser sancionado». El modelo de los falsos católicos: su papa hereje.

Pueblo de Dios: sé hereje como Bergoglio. Cree en los dogmas que cambian, desprecia los preceptos de la Iglesia, no te sometas al magisterio de la Iglesia, piensa como quieras, vive lo que te dé la gana. Ya no hay vuelta atrás. Ya no hay sanciones a los herejes, a los cismáticos, a los que apostatan de la fe. Al contrario, hay que santificar el error, hay que poner en los altares a los herejes, a los que crean el cisma, a los que se apartan de la verdad, a los que enarbolan la bandera del orgullo y de la soberbia.

¡Qué gran descalabro en la Iglesia gobernándola un hereje!

Evita a Bergoglio porque está pervertido: ha cambiado el orden de las cosas. Vive sin ley, vive sin verdad, vive sin camino de salvación. Un hombre sin Cristo. Un hombre sin la Cruz de Cristo. Un pelele del demonio.

Están creando los falsos católicos de la falsa iglesia, los herejes pertinaces: «Y entonces la mayoría del Pueblo de Dios con su especial sentido no aceptará fácilmente volverse atrás en ciertas cosas». Los católicos que ya no vuelven atrás: que ya no pueden arrepentirse. Los católicos que cometen el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Permanecer en el error hasta la muerte, sin volverse atrás, eso es el pecado contra el Espíritu Santo. Se está enseñando este pecado: cómo vivir condenados en vida. No vuelvas atrás. No rectifiques. No hay pena que cumplir, no hay sanción, no hay penitencia. Sigue en tu error. Sigue en tus creencias. Sigue en tu identidad. Todo el mundo se salva. Todos van al cielo.

«La sangre correrá en los pasillos del Vaticano, ya que Satanás ha seducido a muchos Purpurados Consagrados, que perteneciendo a la Masonería se ha vuelto, en ellos, fuertes» (Conchiglia – 27 de diciembre del 2005).

La idea masónica fuerte en muchos Cardenales. Por eso, han puesto a su falso papa. Es la fuerza de la masonería en ellos. Hay que quitar lo que impide que el Anticristo se manifieste: el Papa de la Iglesia Católica. Es decir, hay que poner lo que catapulta la presencia del hombre impío: el falso profeta, el falso papa que todos adoran por su estilo de vida, que está inoculado por una mente herética y cismática.

A Dios no le interesa el pobre y miserable trono humano que está en el Vaticano. Ese poder, que enarbola ese falso papa, lleva a la nada la dignidad del hombre.

El hombre es hombre porque se somete a la Verdad Absoluta, la que Dios revela, la que Dios decide para la vida de cada hombre.

Pero todo hombre que, viendo la verdad con su entendimiento humano, elige la mentira para su vida, queda atrapado en su propia locura.

Por eso, Bergoglio es un loco; y todos aquellos que le obedecen son otros locos.

La soberbia es una gran locura que muchos católicos han elegido en Bergoglio. Quien toma posición por Bergoglio como su papa, queda en la locura de su mente humana, sin poder salir de ella.

A Dios no le interesa lo que hace Bergoglio. Por eso, a los verdaderos católicos les debe traer sin cuidado todo cuanto dice ese hombre. Una vez que lo han medido como hereje pertinaz, tienen que apartarse de él y llamarlo como lo que es: un maldito hereje.

Y sabiendo que ese maldito hereje no va a dejar el cargo por su propia voluntad, sino que va a ser obligado a la renuncia por el bien de la causa de la masonería.

Quien espere que, después de Bergoglio, las cosas van a cambiar, es que no ha comprendido el teatro que se han montado en el Vaticano: «Debe darse cuenta que él está apuntando a reformar lo que es irreversible» (texto)

No hay vuelta atrás. El gobierno horizontal es irreversible. Las leyes que van a sacar del Sínodo son irreversibles. La destrucción de todo lo católico va a ser irreversible.

Es necesario destruir la Iglesia Católica. Por eso, es necesario un Falso Profeta que ponga por ley la herejía. Esto es lo que a Bergoglio le ha costado hacer. No ha podido porque es sólo un vividor de su propia mentira, pero no sabe ponerla en ley. Por eso, Bergoglio no sirve para destruir la Iglesia. Sólo sirve para entretener a las masas. Es el bufón indicado. Es el papel que mejor sabe interpretar.

Es necesario que la sangre circule en el Vaticano: hay que oponerse a los herejes. Y eso sólo se puede hacer con sangre porque nadie lo hace aplicando el derecho canónico. Si no queréis cumplir con las leyes, entonces habrá que cumplirlas con el derramamiento de la sangre.

El Papa Benedicto XVI no puede morir con la conciencia tranquila habiendo puesto la Iglesia en manos de un hereje, de un destructor, de un hombre impío. Tiene que expiar su pecado si quiere salvarse. Tiene que derramar su sangre por amor a Cristo y a la Iglesia.

Si no quiere hacer esto, entonces que se vaya del Vaticano y que ataque a ese hombre escondido de todos.

Pero hay que demostrar que el alma es de Cristo y de nadie más. Y nadie, en el Vaticano, está demostrando que ama a Cristo más que a su vida.

No es el Espíritu Santo el que ha elegido a Bergoglio como papa. Han sido los hombres los que han puesto su falso papa; y muchos católicos no quieren reconocer esta gran verdad. Y será su perdición eterna.

bmaricon

La blasfema bula de convocación del jubileo

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Es propio de una mente protestante imponer, desde el principio de su discurso, un falso cristo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (ver texto).

Así comienza Bergoglio su escrito, al que llaman Bula de convocación del Jubileo, el cual está lleno de errores y de claras herejías. Por supuesto, que ya nadie atiende a estos errores y herejías, sino que se dedican a lavar las babas que este hombre da en este discurso.

Jesús es «el Verbo» que «se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto Su Gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

El Verbo es la Palabra del Padre, la Palabra del Pensamiento del Padre: es la Revelación del Padre a los hombres en la Palabra de Su Hijo.

Y Jesús, cuando predicó a los hombres, les dio palabras de justicia y de misericordia. Les dio la Mente de Su Padre. Y , por lo tanto, en Jesús se vio la Justicia del Padre y, al mismo tiempo, la Misericordia. Luego, Jesús es el rostro de la Justicia y de la Misericordia del Padre.

Bergoglio anula la Justicia: «No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor» (Ib, n.20).

Un solo momento: su ley de la gradualidad. Es un solo momento histórico, pero que se va desarrollando, va alcanzando el grado que necesita para manifestar el amor. Esta idea es la propia de una mente masónica. No distingue las dos cosas; las anula. Y pone en cada hombre, en la perfección de la mente de cada hombre, la plenitud del amor.

¿Qué ha dicho este farsante? Él lo explica más abajo:

«…en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios» (Ib, n.20).

¡Gran mentira! ¡Cómo tuerce las palabras de la Sagrada Escritura!

¿Qué es la Justicia para Bergoglio? Abandonarse confiadamente en la Voluntad de Dios.

Este significado no corresponde a la Justicia Divina. Una cosa es abandonarse a la Voluntad de Dios, otra cosa es hacer la Voluntad de Dios. La Justicia es una Santidad Divina. Es obrar esa santidad. No es conformarse con la santidad de Dios.

Todo el problema está en saber cómo un alma se justifica, cómo un alma adquiere la justicia.

Para Bergoglio, un alma es justa porque se abandona confiadamente a la Voluntad de Dios. Es su fe fiducial: como Dios te ha perdonado los pecados, como Dios te ha prometido la salvación, entonces el alma sólo tiene que hacer una cosa: confiar. Si confía, Dios no le imputa sus pecados, Dios le salva, Dios le ama, Dios le muestra su ternura…

Este concepto de fe fiducial va en contra de la fe dogmática. En la fe dogmática, es necesario aceptar las leyes de Dios, el orden divino, asentir a las verdades reveladas por Dios. Y si el alma hace esto, entonces recibe la justicia de Dios.

El mismo Bergoglio lo explica:

«Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios» (Ib, n.20).

¡Qué astuto es este hombre!

Pone la justicia como un asunto del pasado, de los buenos israelitas. Ellos observaban los mandamientos de Dios. Cumplían una justicia. Pero, ahora hay que pensar de otra manera.

La Justicia es «la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno su derecho» (S.To. 2.2 q.58 a.1 a 1).

Dios, en la Biblia, muestra dos Justicias: la estricta y la vindicativa. La estricta o la divina es la razón divina por la cual Dios acoge o rechaza a los pecadores: Dios salva o condena. Dios perdona la culpa y todo el pecado; o Dios no perdona ni la culpa ni el pecado.

La vindicativa es el castigo divino por el pecado: «El castigo se hace por la imposición de una pena. Y es de razón, por la pena, que sea contraria a la voluntad y que sea aflictiva y que se imponga por alguna culpa» (S.To. 1.2 q.46 a.6 a 2).

Muchos niegan estas justicias en Dios, y la reducen a una justicia legal o gubernativa o distributiva o conmutativa.

Esta es la visión de Bergoglio: «La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley» (Ib, n.20). Bergoglio no cree en la justicia divina, y menos en la justicia vindicativa. Todo se reduce a un orden humano, a una justicia en el orden de las leyes civiles, legales, etc…

Por eso, tiene que argumentar así: «Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios».

Anula la Justicia en Dios: y las dos justicias. Por eso, Bergoglio une la justicia con la misericordia. Como la justicia es un confiarse en Dios, entonces la misericordia ofrece al hombre el perdón y la salvación.

Él mismo cae en su propia trampa:

«Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación» (Ib, n.20).

Como la justicia es sólo un asunto legal, civil, de orden distributivo, conmutativo, entonces para no caer en la idea legalista, para no implantar una ley que juzga, que divida a las personas en justas y en pecadoras, Jesús te salva por tu cara bonita.

¡Esto es lo que dice este hombre!

¡Es su fe fiducial!

Ya no tienes que creer en una ley divina, que pone una espada, una división entre los hombres, en las sociedades, en las familias, etc…Están los hombres que cumplen con los mandamientos de Dios y están los hombres que no cumplen con los mandamientos de Dios. Los que viven en gracia y los que viven en sus pecados….

Begoglio, porque anula las dos Justicias en Dios, presenta su fe fiducial, propia de los protestantes.

¡Gravísima herejía la contenida en esta falsa bula!

Bergoglio no sabe distinguir entre el fariseísmo, el legalismo,  y los mandamientos de Dios. Y cae en este error porque no cree en Dios. Él está en su concepto de Dios. En este concepto, Dios no es Justicia, sino sólo un Padre, que es creador y que ama a todos los hombres. Y, por lo tanto, tiene que presentar un Jesús que no tiene nada que ver con el Redentor, sino que es la figura del Anticristo.

Bergoglio es claro en su herejía: «El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas» (Ib, n.20). Está en su herejía de su humanismo: hay que estar atentos a las necesidades de las personas humanas, porque lo primero es la dignidad de ser persona humana. Si observas la ley pero no estás atento a las necesidades de tu prójimo, entonces eres un corrupto, un legalista, un fariseo. Tienes que tener ternura con tu prójimo, aunque sea un hombre que quiera vivir en su pecado. No juzgues su vida. Comparte su vida de pecado. Comparte la mesa con los pecadores. Comparte la herejía, comparte la apostasía de la fe, comparte el cisma.

Por eso, presenta un Jesús no real: «Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores» (Ib, n.20).

¿Dónde Jesús afirma que la regla de vida de sus discípulos debe ser el primado de la misericordia? En ningún sitio de la Sagrada Escritura. Sólo en la cabeza de Bergoglio, gran pastor protestante. Esta frase se la saca de la manga, como muchas en esa falsa bula. Es el lenguaje bello propio de un falso profeta.

«La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús» (Ib, n.20): ¿Cuál es la dimensión fundamental de la misión de Jesús? ¿A qué vino Jesús a la tierra? A quitar el pecado de Adán. Es una obra de Justicia, no de Misericordia. En esa obra de Justicia, hay una Misericordia para todos los hombres.

La dimensión fundamental de la misión de Jesús es la Justicia de Dios.

Y todavía Jesús no ha redimido el cuerpo de los hombres, sólo su alma. El hombre sólo tiene el cuerpo mortal, pero no el cuerpo espiritual y glorioso que tenía Adán. El hombre está a la espera de la redención de su cuerpo. El hombre está esperando el cumplimiento de una Justicia Divina: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 22-23).

Bergoglio, al anular la Justicia en Dios, tiene que anular esta obra de la redención, y tiene que enseñar a los hombres una sola cosa: el paraíso en la tierra.

«La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios» (Ib, n.23): el paraíso en la tierra. Los judíos son los primeros salvados por la misericordia a pesar de haber despreciado la Misericordia matando al Redentor, a Su Mesías. Y los musulmanes tienen en la misericordia el gatillo de su justicia. Están sostenidos por la misericordia para cortar cabezas de los cristianos. Tienes que relacionarte con el judío y con el islam para hacer un paraíso en la tierra.

¿No ven la falsa misericordia que predica este hombre?

¿No ven que ese jubileo no es para convertir almas sino para hacer una iglesia universal, que apoye un gobierno mundial?

¿Todavía están ciegos?

Sólo hay que creer en Jesús. Como el judío cree en Jesús, como el musulmán cree en Jesús, entonces están salvados. Ámalos, porque son tus hermanos de sangre y carne.

«La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: “Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley” (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón» (Ib, n.20).

¿Captan la herejía?

El Concilio Tridentino, s.6, cn.9 (D 819), definió: «Si alguno dijere que el impío queda justificado por la sola fe, de tal forma que entienda que no se requiere nada más, lo cual coopere para alcanzar la gracia de la justificación… sea anatema».

¿Qué dice Bergoglio?

«El juicio de Dios…lo constituye…la fe en Jesucristo». Nada dice este hombre del requerimiento, además de la fe, de los actos de otras virtudes para que el alma se justifique, adquiera la justicia de Dios.

Bergoglio está en su lucha contra los legalistas. No por la ley el hombre se justifica, sino por la fe. Pero no por la fe fiducial. No queda justificado el hombre por la sola fe. Hace falta «cooperar para alcanzar la gracia de la justificación».

Los judíos, ¿cooperan a la gracia? No. Luego, permanecen en la Justicia.

Los musulmanes, ¿cooperan a la gracia? No; ni siquiera creen en la gracia. Luego, sólo les espera el fuego del infierno si no se convierten.

La «muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica» (Ib, n.20). Si ustedes analizan esta frase, verán una clara herejía.

Jesús, con su muerte y resurrección, trae la salvación. Pero además, esa salvación viene con la misericordia que justifica. En otras palabras, la salvación no es misericordia. La salvación es sólo eso: una muerte y una resurrección: es decir, un hecho histórico. Una obra que Jesús, como hombre, hizo. Pero esa obra, que se llama salvación, no es la misericordia, no es lo que justifica al hombre.

¿Qué es esa misericordia que justifica?

Lo dice él mismo: «la justicia de Dios es su perdón».

Dios, cuando hace justicia, sólo perdona, no condena.

¿Ven la blasfemia? Ya no hay infierno. Todos al cielo.

¿Ven el pensamiento tan complicado de este hombre?

Así habla siempre un falso profeta: dice muchas cosas y no dice nada. Para terminar hablando de nada, llenado cuartillas de herejías y de blasfemias.

Jesús, con su muerte y su resurrección trae la salvación junto con el perdón que justifica. Esta es la herejía: la misericordia es el perdón que, además, justifica. Ya no hay que expiar ningún pecado. No hay justicia vindicativa.

Y cae en la siguiente herejía: la justicia de Dios perdona.

Por eso, tiene que decir una gran blasfemia:

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón» (Ib, n.21).

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios»: esto, no sólo es una herejía sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Dios, cuando aplica Su Justicia, no es como los legalistas, los fariseos, ni como el propio Bergoglio: Dios no invoca respeto por la ley. Dios manda a cada hombre cumplir Su Ley. Y esto es la Justicia estricta de Dios. Y cuando Dios aplica Su Justicia, cuando Dios se detiene en Su Justicia es para aplicar la ley, no para hacerla respetar, no para decir: aquí estoy Yo con mi ley, respetad a mi ley.

¿Ven la blasfemia?

Bergoglio, en esas palabras, está diciendo que Dios no manda al infierno. Si Dios se detuviera en la justicia, y mandará al infierno a un alma, entonces sería como todos los hombres que invocan el respeto por la ley. Pero Dios no se detiene en la justicia, sino que va más allá. Es una justicia que perdona, que nunca condena. ¡Gravísima blasfemia!

En Dios, la Justicia por sí misma basta. Esto es lo que niega Bergoglio: el atributo de la Justicia Divina. ¡Es una gran blasfemia!

En Dios, no se puede negar que la Justicia y la Misericordia se bastan por sí mismas. Quien niegue esto blasfema contra el Espíritu santo, como hace este hombre. Y, por eso, se inventa una falsa misericordia: «Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón».

Por eso, Bergoglio pone el primado de la misericordia por encima de todo. No existe esta misericordia que está más allá de la justicia. Es un invento de la cabeza de este hombre. Es su locura mental. ¡Esta es la demencia de Bergoglio!

En la Justicia, el Padre halla una Misericordia para el hombre.

Pero Bergoglio dice esto: en la Justicia, hay una Misericordia que anula la Justicia, que va más allá de la Justicia.

Y él pretende resolver esta metedura de pata, con otra metedura de pata:

«Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia» (Ib, n.21).

El que se equivoca, que expíe la pena. Y uno se pregunta, ¿de qué pena habla? Porque no ha tocado el pecado en toda la bula. Habla, por supuesto, de las penas que traen las justicias civiles, distributivas, conmutativas, etc… Pero no habla de la Justicia que el Padre exige para reparar su honor ofendido por el pecado del hombre.

Él niega la expiación: «Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón». Lo que importa es la ternura de Dios. Dios te ha salvado, no con un decreto, sino con una caricia, con un beso y un abrazo. Expía el mal pensamiento de juzgar a tu hermano. Quita ese pensamiento negativo y pon el pensamiento positivo: los judíos y los musulmanes son santos. Ámalos. Son tu carne. Son tus hermanos naturales.

¡Esto es Bergoglio!

«”Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree” (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva» (Ib, n.21).

¡Gran error en el que cae este hombre!

«Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia»: en la Justicia de Dios, se halla la Misericordia para el hombre. Pero la Justicia de Dios no es la Misericordia.

Bergoglio no distingue entre la justicia activa, que es la acción de Dios que infunde la gracia; y la justicia pasiva, que son los actos necesarios en la criatura para que se reciba esa justicia.

Jesús, en la obra de la Redención, consigue la gracia de la justificación para todo hombre: es la justicia activa. Pero esa gracia, merecida por Cristo, no se da al hombre si éste no quiere: es la justicia pasiva.

Por eso, en la Justicia de Dios, en la justicia activa, se halla la justicia pasiva, es decir, la Misericordia para aquellas almas que aceptan la verdad revelada por Dios. Pero si el alma no acepta los mandamientos de Dios, esa alma queda en la Justicia Divina, que puede ser estricta o vindicativa.

Bergoglio sólo expone su fe fiducial. Y nada más que esto. Y, por eso, cae en gravísimos errores y herejías.

Y esto es sólo un punto de la bula. ¡Qué no habrá de errores en toda la bula!

¡Qué pena de católicos que no saben ver esto!

Cogen este documento y se tragan la fábula que contiene como una verdad.

Bergoglio es ruptura con el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ruptura con toda la tradición. Ruptura con el Evangelio de Cristo. Está levantando su nueva iglesia.

Y aquí tienen esta basura de bula. Es una basura ideológica: llena de protestantismo, de comunismo y de ideas masónicas, desde el principio hasta el fin.

Esta bula es una blasfemia contra la Justicia y la Misericordia Divinas. Es un acto blasfemo y herético de ese hombre que se ha creído dios. ¡Ay de aquel que obedezca a este hombre!

No se puede obedecer la mente de este tipejo. Para los que todavía permanecen anclados en las estructuras externas de la Iglesia, les va a ser durísimo ese año consagrado a condenar almas al infierno.

Para quienes hemos dejado esas estructuras, somos libres de atacar a Bergoglio por los cuatro costados. Es el precio de la verdad: «y la verdad os hará libres».

Infame el falso jubileo de la falsa misericordia

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«Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 22b-23).

Sobre este pasaje del Evangelio, el falso profeta Francisco Bergoglio, fundamenta su infame jubileo de su falsa misericordia.

Infame, porque ni es un jubileo ni trata sobre la misericordia divina.

Bergoglio no tiene poder divino para proclamar en la Iglesia un Jubileo extraordinario. Él gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal, es decir, con un poder humano: un conjunto de hombres, de obispos, que deciden ellos lo que es bueno y lo que es malo en la Iglesia. Por lo tanto, todo lo que haga Bergoglio, con ese poder humano, significa sólo una cosa: cisma en la Iglesia. Bergoglio se ha apartado de la verticalidad de la Iglesia, es decir, de todos los Papas, de todo el Papado. No hay continuidad con los Papas anteriores. Es una desobediencia y una rebeldía a la cabeza visible de la Iglesia, que son todos los Papas desde que Jesús puso Su Iglesia en Pedro hasta el Papa Benedicto XVI.

El gobierno de Bergoglio en el Vaticano es una clara rebeldía a la Voluntad de Dios. Y ahí están las obras que él hace. Y son muy claras para aquellos que les gusta llamar a todas las cosas por su nombre.

Sólo los tibios y los pervertidos, que son la mayoría en la Iglesia, hacen el coro a las obras de Bergoglio, ensalzándolas, justificándolas y poniendo a ese hombre como el modelo de la Iglesia y del mundo. Por eso, todos esos católicos –sólo de nombre- defienden a Bergoglio, pero no son capaces de defender la doctrina de Cristo ni el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ven las herejías de ese hombre; siguen viendo que este hombre no es capaz de definir ni la misericordia ni la justicia, y lo siguen llamando su papa. Y esto es una clara blasfemia. Dar el nombre de papa a un hombre hereje -sabiendo que es hereje-, es caer en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo enseña a llamar a las cosas por su nombre:

«Porque aunque nosotros o un ángel del Cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. ¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gal 1, 9-10).

Bergoglio anuncia un evangelio distinto al de Cristo. Conclusión: Bergoglio es anatema. Es decir, Bergoglio no es papa. No se le puede dar el nombre de papa. Punto y final.

Pero, muchos quieren agradar a Bergoglio… Es el papa… hay que respetar y obedecer al papa…él sabe lo que hace, tiene el espíritu santo…sí, es un hereje, pero no tenemos el poder para quitarlo…. ¡Queréis agradar a Bergoglio! ¡Buscáis el favor de los hombres, de vuestros Obispos, de vuestros fieles en la parroquia! Y no os atrevéis a decir, delante de ellos: Bergoglio no es papa. No lo sigan. No le obedezcan. ¡No tenéis agallas porque ya no sois de Cristo!

«Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo»: muchos ya no son siervos de Cristo, sino del Anticristo. Y sólo por no llamar a las cosas por su nombre, por no ponerse en la verdad.

¡Cuántos dan esta noticia de que ese falsario sin nombre ha proclamado un año de condenación! Pero no dicen de condenación, sino de misericordia. Dan la noticia para agradar a Bergoglio, para hacer que la gente vea qué misericordioso es ese hombre. ¡Cuánta compasión hay en su mirada, en sus palabras, en sus obras! ¡Qué tierno es Bergoglio que hace descubrir los signos de la ternura que su concepto de Dios ofrece a las almas para condenarlas al fuego del infierno!

«Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre (cf. Jn 20,21-23)» (ver texto).

¿Qué cosa confió el Señor a la Iglesia el día de la Pascua? Lo dice el mismo Evangelio: «a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos». Atar y desatar. Perdonar y no perdonar. Un signo de justicia y de misericordia.

Se recibe el Espíritu Santo para aplicar una Justicia y una Misericordia. Las dos cosas. Bergoglio anula la Justicia y predica una gran mentira: «ser signo e instrumento de la misericordia del Padre». Esto es negar la Misericordia del Padre. ¡Qué pocos católicos entienden esto!

El Padre fue ofendido por el pecado de Adán y estuvo en oposición a todo el género humano: «Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo….» (Rom 5, 10);

«…todos nosotros fuimos también contados… por nuestra conducta hijos de ira, como los demás…» (Ef 2, 3);

«Mortificad vuestros miembros terrenos…por los cuales viene la cólera de Dios» (Col 3, 6).

Las relaciones entre Dios y los hombres, desde el pecado de Adán hasta Jesucristo eran de enemistad: es decir, todos los hombres eran objeto de aversión por parte de Dios: todos estaban bajo la ira de Dios…Y sólo por el pecado de Adán.

Es el pecado lo que a Dios justamente le hace oponerse al hombre. Es el pecado lo que pone al hombre bajo la ira de Dios.

Pero fue este mismo Padre ofendido quien envió a Su Hijo para apartar esta indignación suya.

En la Justicia de Dios, nace Su Misericordia.

El pecado pone al hombre en la Ira Divina. Pero, en esa Ira, el Padre ve un camino de Misericordia para ese hombre que quiere condenar al infierno. Y esa Misericordia es un camino de salvación al hombre. No es la salvación. Es abrir una puerta para que el hombre no viva pendiente de la espada de la Justicia de Dios.

«Porque no envió Dios Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 16).

Si el Padre no hubiera visto ese camino de Misericordia para el hombre, en Su Justicia, entonces todo hombre hubiera desaparecido. Todos condenados.

Pero el Padre envió a Su Hijo para que realizara esa obra que destruía la enemistad con Dios. La muerte de Cristo destruye la obra del pecado, que pone a todo hombre en la Justicia Divina.

Pero esta obra de Cristo exige el merecimiento de cada hombre. Hay que merecer salvarse. Cristo vino a salvar a todos los hombres, para así quitar el pecado de Adán, que condenaba a todos los hombres.

Vivir en el pecado original hace que el hombre merezca el infierno porque lleva a cada hombre a cometer muchos pecados que son dignos del fuego del infierno.

Vivir en la gracia que Cristo ha merecido a todo hombre hace que el hombre merezca el Cielo, porque lleva a cada hombre a salir del pecado y a combatirlo para no pecar más.

Por lo tanto, la misión de la Iglesia son dos cosas: aquel que quiera seguir viviendo en su pecado, entonces no hay perdón para él: le quedan retenidos sus pecados. Se merece el infierno. Se merece que una espada de justicia penda sobe su cabeza.

Pero aquel que quiera quitar su pecado, arrepentirse de él, entonces hay perdón para él: se le perdonan sus pecados. Y merece el cielo.

Esto es lo que enseña la Palabra de Dios, lo que está en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia y lo que no enseña Bergoglio.

Bergoglio anula la Justicia: no hay leyes divinas, no hay normas, no hay moralidad. Y sólo se centra en su falsa misericordia, que es una auténtica blasfemia contra el Espíritu Santo.

«Una pregunta está presente en el corazón de muchos: ¿por qué hoy un Jubileo de la Misericordia? Simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios».

Una pregunta está latente en muchos corazones: ¿cuándo se va a retirar Bergoglio? ¿Cuándo lo van a obligar a renunciar? Porque es, claro, que es una verguenza para toda la Iglesia. Ha dividido a toda la Iglesia. Enseña un magisterio herético por los cuatro costados. Y guía a todas las almas hacia la misma condenación, la cual nadie cree porque piensan que están salvados siguiendo a un falso papa hereje.

«¿Por qué hay un Jubileo de la Misericordia?»: sólo hay una respuesta: para agradar a Bergoglio. Y no hay más respuestas.

Hay que hacer propaganda de la falsa misericordia de ese tipejo. Hay que ensalzar y justificar que el pecado ya no es una mancha en el alma, sino una mancha en la sociedad. Y, por lo tanto, hay que dejar muy claro que la conversión consiste en dejar los malos pensamientos que impiden amar al prójimo, verlo como tu hermano, y ponerse en el pensamiento global, común, idealizado: te salvas si no juzgas al otro. Cristo ya nos ha salvado, entonces adelante: derechos humanos, injusticias sociales, fraternidad natural, vivir del cuento de que somos todos buenísimas personas, y así formar la gran iglesia de la gente que ha perdido la fe en Dios. Gente que vive en sus pecados, que obra sus pecados y que es llamada santa precisamente porque peca constantemente.

Los hombres más pervertidos del mundo están con Bergoglio. Por algo será. Les ofrece esta falsa misericordia y este año para ellos: vete y sigue viviendo en tus magníficos pecados.

En este momento de grandes cambios históricos, ¿qué se necesita? Sólo la Verdad. Bergoglio no es papa. No lo sigan.

En este momento de la historia del hombre, la Iglesia está llamada a juzgar a Bergoglio. No está llamada a seguirlo.

Justamente, ahora, que un hombre ha usurpado el Trono de Dios, es cuando el tiempo de la Justicia Divina cae sobre toda la humanidad, no sólo sobre la Iglesia.

No es el tiempo de la Misericordia: es el tiempo de la Justicia, porque un hombre, Bergoglio, ha puesto la abominación de la desolación en el Vaticano.

Y toda la Iglesia está llamada a combatir a Bergoglio, a luchar en contra de Bergoglio.

Es el tiempo histórico. Por eso, en este año en que ese farsante ha proclamado este falso jubileo, se van a ver muchos castigos divinos sobre Bergoglio, sobre los sacerdotes y Obispos que obedecen a Bergoglio, sobre todas las almas que tienen a Bergoglio como su papa, y sobre toda la Iglesia que no es capaz de hablar claro en contra de Bergoglio.

¿Por qué se hace este Jubileo? Para que el Señor muestre Su Justicia. Y no para otra cosa.

No estamos en la Iglesia «para mostrar los signos de la presencia y de la cercanía de Dios». No somos una iglesia de abrazos y besos para todo el mundo. No somos una iglesia para comulgar con los pecados de los demás. No somos una iglesia para taparnos los ojos ante las gravísimas obras que este hereje hace cada día en Ella.

Somos una iglesia para dar una justicia y una misericordia. Para eso, se ha recibido el Espíritu Santo: para atar y desatar.

¿Quieren estar con Cristo? Entonces, desátense de Bergoglio. Ahí tienen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para liquidar a Bergoglio. Úsenlo esta año para atacar la obra de Bergoglio en la Iglesia. Él se irá, pero dejará su obra malvada.

¿Quieren estar con el Anticristo? Entonces, llamen a Bergoglio como su papa. Con sólo eso, ya son del Anticristo. Quien no hace resistencia a Bergoglio, no hace resistencia al Anticristo. Entre Bergoglio y el Anticristo hay una fuerte relación, no sólo espiritual, sino humana.

Estamos en el tiempo del Anticristo: no es un tiempo para estar distraídos con el magisterio herético de Bergoglio. Si quieren ser Iglesia vayan contando las fábulas que los sacerdotes les predican en sus parroquias para estar atentos a irse de esas parroquias en cuanto Bergoglio renuncie. ¡Cuánto más cerca esté ese tiempo, verán que las fábulas son más claras! Los sacerdotes comienzan a quitarse sus caretas.

No sean ilusos. Dos años, y ya no hay más tiempo. Todo corre muy deprisa, porque el demonio se le acaba el tiempo. Y parece que no hay nada en este tiempo, y es precisamente cuando se están dando los cambios más fundamentales en la Iglesia. Este tiempo, justo antes del Sínodo, es un tiempo especial. Se ve la gran decadencia de ese hombre, se ven sus obras abominables, se ve su locura en la mente, pero nadie hace nada por impedirlo. Porque no pueden. Está todo atado y bien atado por la masonería. Los puestos claves  de la Iglesia ya han sido tomados. Sólo queda una cosa: producir el cisma oficialmente. Y hacer que todos acepten ese cisma.

Es el tiempo del Anticristo: no es un tiempo histórico como los demás. Es un tiempo de cambio profundo en todas partes. La Iglesia, en este cambio, tiene que permanecer siendo Iglesia. Por eso, sólo pocos pertenecen a la Iglesia remanente. Muchos pertenecen a la Iglesia que se está levantando en todas partes.

La Iglesia remanente no es visible. Es invisible, porque Su Cabeza es Invisible. Carece de una cabeza visible.

La falsa iglesia, en Roma, es la visible. Tiene una cabeza que no representa a Cristo, sino al mismo Anticristo. Y tienen que tratarla como tal. Tienen que llamarla por su nombre.

Déjense de respetos y obediencias a un hombre que ni respeta la doctrina de Cristo ni obedece al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Dejen de limpiar las babas de Bergoglio. Sus herejías son clarísimas. Llámenlas por su nombre.

Infame es este falso jubileo. Pero más infame es la vida de tantos católicos que han perdido la fe divina, y que sólo están en la Iglesia para abrazar a un hombre, justificarlo, y ponerlo como el falso ídolo, al cual todos tienen que inclinar su cabeza, para darle el honor que no se merece.

Bergoglio no ha muerto por tus pecados. ¿Qué honor merece? Ninguno.

«El perdón de los pecados que se han cometido contra El, sólo puede otorgarlo aquel que llevó »nuestros pecados, que se dolió por nosotros, a quien Dios entregó por nuestros pecados» (San Cipriano – R 552). Si Bergoglio fuera otro Cristo, entonces cargaría con los pecados de todo el mundo, como Cristo hizo. Pero él no cree en Cristo, sino en su concepto de Cristo. Y, por eso, sólo lucha por su concepto de pecado. Y ese concepto de pecado no son tus pecados. Bergoglio no se sacrifica por tus pecados. Entonces, ¿por qué le sigues? ¿Por qué le obedeces?

¡Qué pocos entienden lo que es un sacerdote en la Iglesia! Por eso, así está toda la Iglesia: bailando, haciendo caso a un hombre que se ríe de todo el mundo.

Las falsas enfermedades de la Curia II

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Sólo un demente puede llamar a todos los hombres como locos.

Éste es el lenguaje que utiliza Bergoglio cuando hace su examen de conciencia a la curia, cayendo en el pecado que Jesús llama como raca:

«…todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere “raca” será reo ante el Sanedrín, y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego» (Mt 5, 21-22).

Tres pecados enuncia Jesús:

  1. pecado de blasfemia, maldiciendo al otro: monta en ira diciendo una palabra que lleva en sí una maldición a la otra persona. Es un pecado grave, del cual todos puede juzgar porque es hecho públicamente;
  2. pecado de herejía contra el otro, tratándole en las cosas de Dios, en la vida espiritual, como un hereje, sin serlo. Por lo cual, tiene el juicio de toda la Iglesia en la Jerarquía, que lo excomulga de la Iglesia. Quien llama a hereje a otro sin serlo, cae en la herejía. Niega toda verdad en el otro, teniéndola;
  3. pecado de apostasía de la fe, injuriando al otro, llamándole hombre sin mente, tratándolo de un loco en las cosas espirituales. Este pecado tiene la sentencia del infierno.

Estos tres pecados son muy comunes en este siglo, en que los hombres viven diariamente en sus blasfemias de su vida, en sus herejías en la mente y en sus locuras como hombres, en sus obras que sólo un loco se atrevería a hacer.

Hoy día, la psiquiatría llama locos a todos los hombres. Muchos psiquiatras caen en el tercer pecado con gran facilidad: niegan el Espíritu en el hombre, cometiendo el pecado de blasfemia, del cual no hay perdón.

Si el hombre quiere medirlo todo con su mente humana, lo único que obtiene es cerrarse a la Verdad que el Espíritu lleva a todo hombre. Y en eso consiste el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo: el hombre no quiere aprender la verdad de Dios, sino que su propia mente humana le dicta la verdad, que es su gran mentira en su vida.

Bergoglio pone en la curia un pecado que no existe:

«el mal de una falta de coordinación». (22 de diciembre del 2015)

La falta de coordinación no es un pecado. Si los miembros no están coordinados, entonces los miembros tienen la culpa. Cada miembro, cada hombre no se relaciona con el otro. Y si no hay relación, no hay armonía, no hay orden, no hay comunidad, no hay curia. Si cada miembro vive su vida en la curia, entonces no hay curia.

Decir que hay una falta de coordinación y no ser más específico es decir absolutamente nada.

Una persona, en su trabajo, puede estar distraída en lo que sea. No hay coordinación con los demás. Y el estar distraído, sin culpa, no es ningún pecado.

Una persona, que en su trabajo, tiene que estar metida en su oficio, para poder resolverlo, desconecta de los demás. No hay coordinación con los otros. Y esa persona no peca, porque está en su oficio.

<p style="text-align:justify;text-indent:13pt;margin-left:2px;margin-right:2px;font-family:Tahoma;”>«Cuando los miembros pierden la comunión entre ellos»

¿Y qué es perder la comunión en la Curia? ¿No están todos allí para dar la Verdad? ¿Se pierde la comunión porque cada uno deja la verdad que tiene que obrar? ¿O por qué otro motivo se pierde la comunión?

¿Es perder la comunión enfrentarse al otro que mantiene una mentira como verdad? ¿No es eso hacer comunión en la verdad, dejando a un lado a un miembro que no quiere la comunión en la verdad?

Así que Bergoglio pone la comunión en dos cosas:

«…el cuerpo pierde la armoniosa funcionalidad y su templanza».

La curia, para no estar sin coordinación, tiene que tener estas dos cosas: ser funcional y ser templada.

Dos virtudes que no pueden darse sin otras muchas, que son más importantes y son el cuello de la vida espiritual. Dos virtudes que no son cabeza en la vida espiritual y que, por lo tanto, no deciden la vida espiritual.

No hay templanza si hay lujuria. No hay funcionalidad si hay avaricia. No hay templanza si no hay pureza. No hay funcionalidad si no hay pobreza.

Si los hombres quieren ser funcionales con los asuntos de los demás, deben antes vivir en la pureza de mente, de corazón, de cuerpo y de espíritu. Sin estas cuatro purezas, no se puede dar la templanza. Si hay lujuria en el cuerpo, soberbia en la mente, avaricia en el corazón y orgullo en el espíritu, una persona siempre comete dos pecados al mismo tiempo: gula y lujuria.

Ser funcionales lleva consigo ser templados. No son dos cosas distintas. Es una la consecuencia de la otra. Si el cuerpo vive en su lujuria, no puede estar coordinado con la mente, con el corazón, con el espíritu. No puede funcionar. No se puede dar al otro una verdad. No puede haber comunión entre las personas.

Es claro que Bergoglio no habla de nada en este «mal de una falta de coordinación». Él está en la psicología de los hombres, en lo externo de sus vidas. Él habla de los temperamentos de los hombres, que los hacen sacar de la vida de comunión. Y el temperamento del hombre no es un pecado en el hombre. Es su forma de vivir en el cuerpo que posee.

En este lenguaje psicológico de Bergoglio, llama a la curia con el nombre orquesta, que produce mucho ruido:

«…convirtiéndose en una orquesta que produce ruido, porque sus miembros no cooperan y no viven el espíritu de comunión y de equipo».

¡Como si existiera el espíritu de comunión y de equipo!

¿De qué comunión habla? ¿De qué equipo habla?

En la Curia no hay equipos. En la Curia no hay comunión.

La Curia es para obrar lo que decide el Papa. Si no obediencia al Papa, ¿de qué espíritu de comunión y de qué equipos está hablando este hombre?

¡Qué fácil es desbaratar el lenguaje de este hombre!

No tiene un magisterio eclesiástico. No enseña una verdad en la Iglesia. Enseña su mente, sus ideas, sus teorías, sus herejías, sus locuras mentales.

«También existe la enfermedad del “Alzheimer espiritual”».

Es común de los psiquiatras poner un nombre, etiquetar la vida espiritual de una persona.

Aquí se ve claro cómo es la mente de Bergoglio.

Al olvido del primer amor lo llama este hombre: Alzheimer espiritual:

«También existe la enfermedad del «Alzheimer espiritual», es decir, el olvido de la historia de la salvación, de la historia personal con el Señor, del primer amor».

¡Fíjense hasta dónde llega la mente de este hombre!

¿Quién es aquel que se olvida que el Señor lo salvó?

El condenado. El que quiere vivir en su pecado. El que quiere irse al infierno. El que quiere cometer la blasfemia contra el Espíritu Santo. El que no quiere arrepentirse de sus pecados, por más que los vea, que los conozca.

Y este hombre juega con la Palabra de Dios:

«Tengo contra ti que dejaste tu primera caridad» (Ap 2, 4).

Es ésta una grave reprensión del Señor contra la Iglesia de Éfeso, que son aquellos que combaten a los pecadores, pero sin caridad: «no puedes tolerar a los malos». Es la Iglesia que pone a prueba todos los que sirven en Ella, pero sin caridad: «has probado a los que se dicen apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos». Es la Iglesia que practica la paciencia, que sufre en el nombre de Cristo y persevera en ese sufrimiento, pero sin caridad: «tienes paciencia, y sufriste por mi Nombre sin desfallecer».

Pero dejó la primera caridad. Y sin caridad no hay vida, y el que no vive no existe:

«Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3, 14).

Si te has olvidado del primer amor, entonces es que vives en la muerte de tu pecado. Vives en la desgracia. Y por más que combatas el mal, por más que no toleres a los malos, Dios no puede tolerar tu pecado, tu mal; por más que veas la mentira en los demás, si no eres capaz de ver tu mentira, Dios no puede tolerarte a ti; por más que sufras en el Nombre de Cristo, que tengas paciencia en tu vida de sufrimientos, si no sabes sufrir, tener paciencia para quitar tu pecado, para vencerlo, Dios te suprime de la Iglesia.

Quien ha olvidado al Señor es aquel que no quiere seguir al Señor por sus pecados. Y la única solución para salir de ese estado es:

«Considera, pues, de dónde has caído…».

Medita con tu entendimiento humano tu maldad, tu pecado. No el mal de los otros, no la mentira de los demás. No te alabes porque sabes sufrir. Profundiza con las tres potencias de tu alma tu maldad, y entonces:

«…arrepiéntete, y práctica las obras primeras».

Las obras propias del amor divino, que consiste en hacer la voluntad de Dios: con Dios, con uno mismo y con el prójimo. La Voluntad de Dios es una Ley Eterna. Cumple esa Ley y tendrás Vida.

Pero, ¿de qué habla este hombre?

«Es una disminución progresiva de las facultades espirituales»

Su ley de la gradualidad. Es su psiquiatría en la Iglesia. Poco a poco, grado a grado, se van deteriorando las facultades espirituales.

¿Qué son las facultades espirituales para este hombre? La mente y la voluntad del hombre. Él no puede referirse a otra cosa. No cree ni en la gracia, ni en el corazón ni en el Espíritu. Este hombre niega que Dios sea Espíritu. El Espíritu Santo sólo es un lenguaje humano para expresar el amor.

Y esta disminución:

«…en un período de tiempo más largo o más corto, causa una grave discapacidad de la persona, por lo que se hace incapaz  de llevar a cabo cualquier actividad autónoma, viviendo en un estado de dependencia absoluta de su manera de ver, a menudo imaginaria».

Llama locos a todos los pedófilos. Llama locos a todos los corruptos, avariciosos del dinero. Llama locos a todos lo que siguen el dogma en la Iglesia. Llama locos a todos los que siguen la tradición en la Iglesia. Llama locos a todos los que combaten contra el aborto, contra la homosexualidad, etc… Llama locos a todos los que sigue el magisterio de la Iglesia, el auténtico. Llama locos a todos los que quieren convertir a los pecadores de sus pecados, hacer proselitismo.

Él es claro en su pensamiento:

«Lo vemos en los que han perdido el encuentro con el Señor; en los que no tienen sentido deuteronómico de la vida; en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías; en los que construyen muros y costumbres en torno a sí, haciéndose cada vez más esclavos de los ídolos que ha fraguado con sus propias manos».

¡Cuántas personas viven en sus pecados y han perdido el encuentro con el Señor! Tienen la enfermedad del Alzheimer espiritual para este hombre. Son unos locos. A los pecadores, comunes y no comunes, este hombre los llama locos. Tienen que ir la psiquiatra para salir de su enfermedad, de su locura, de su postración.

El Deutoronomio es la palabra de la ley, la segunda ley que Dios dio a Moisies. Es todo el discurso de Moisés para que el pueblo cumpliera la ley de Dios e hiciera Justicia Divina.

Como Bergoglio, no cree en la inspiraciónn de los libros canónicos, sino que sigue en todo a los protestantes, toma el sentido deuteronómico de la vida por la lucha contra las desigualdades sociales, injusticas, derechos humanos, etc… Si no luchas por dar de comer a un hambriento, tienes la enfermedad de Alzheimer. Si no cuidas a los ancianos, estás loco.

«Hay que luchar por esto, tenemos que defender nuestra dignidad, como ciudadanos, como hombre, mujeres, jóvenes».

¿No tienes este sentido deuteronómico de la justicia social, de los derechos humanos…? ¿No eres socialista? ¿No eres comunista? Entonces, eres un loco.

Hay que vivir el momento presente: hay que depender de la vida presente. Y completamente.

Ese es el dogma de la Providencia Divina: colgados plena, completamente de la Voluntad de Dios.

«Danos el pan de cada día» (Mt 6, 9). No el del pasado, ni del futuro. No se hace el presente fijándose en el pasado. Se hace el presente fijándose en el rostro de Dios, estando en la Presencia de Dios, viviendo en Su Voluntad, conformados a todo lo que venga de Él o que Él permita.

¿Qué dice este hombre?

«los que dependen completamente de su presente»: ellos están locos.

Y además, como todos los hombres tenemos pasiones, manías, caprichos, entonces todos estamos locos:

«en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías».

¿Y tú llamas tu papa a este subnormal, a este hombre que te llama loco en tu cara, a este hombre que llama loco a toda la humanidad?

¡Qué vergüenza de católicos!

¿No se te cae la cara de vergüenza llamando a este hombre tu papa? ¿Teniendo a este hombre como tu papa?

¡Dios mío, qué ciegos andan todos los católicos! ¡Detrás de un hombre ciego y loco de remate!

«El mal de la esquizofrenia existencial».

¡Hasta qué profundidades de maldad no llega este hombre!

Los fariseos son locos:

«Es la enfermedad de quien tiene una doble vida, fruto de la hipocresía típica de los mediocres y del progresivo vacío espiritual que grados o títulos académicos no pueden colmar».

¡Cuántos hombres con doble vida!: todos esquizofrénicos!!!!

¡Cuántos hombres mediocres en sus vidas, tibios: todos esquizofrénicos!!!

¡Cuántos hombres que viven de su vanidad, de sus títulos: todos esquizofrénicos!!!

«Es una enfermedad que afecta a menudo a quien, abandonando el servicio pastoral, se limita a los asuntos burocráticos, perdiendo así el sentido con la realidad, con las personas concretas».

Todos los que están detrás de una mesa, son unos esquizofrénicos. No ven la realidad. No ven las personas concretas. No dan beso y un abrazo al otro. No lloran con los que lloran. No se alegran con los que se alegran. No son herejes con los herejes. No son cismáticos con los cismáticos. No son demonios con los demonios. Son sólo locos.

¡Esto es Bergoglio! Un loco sentado en la Silla de Pedro.

Y no es otra cosa.

Leer un escrito suyo hay que hacerlo sólo para condenarlo. Y no para otra cosa.

No pierdan el tiempo con este demente. No merece la pena.

Ha cometido el tercer pecado, que dice Jesús:

«y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego».

Reo del infierno es la persona de Bergoglio.

Mide con su cabeza humana a toda la humanidad y la llama loca.

¿Qué se merece este hombre?

¡Que se quede loco hasta su muerte, que lo traten como un loco!

Y no se merece otra cosa.

Las falsas enfermedades de la Curia I

payaso

El Usurpador de la Silla de Pedro, Bergoglio, cuyo nombre de batalla es Francisco, y cuya mente es la de un demente, dio un discurso el 22 de diciembre del 2014, en la que puso de manifiesto su herejía, que es múltiple.

«…siendo la Curia un cuerpo dinámico, no puede vivir sin alimentarse y cuidarse…sin tener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo».

Primero, hay que recordar a Bergoglio una máxima en filosofía:

Las sociedades y las personas morales no son sujetos de la moralidad, porque carecen de libertad y de la advertencia del entendimiento.

Sólo la persona física es el sujeto de moralidad.

Por lo tanto, la Curia no es un cuerpo moral y, en consecuencia, no tiene que alimentarse ni cuidarse, no tiene que tener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo.

Bergoglio tergiversa este pasaje de la Sagrada Escritura:

«Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vida, así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mí. Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 4-5).

Cada miembro de la Iglesia es una persona física. Y, por tanto, cada miembro tiene que unirse, permanecer en Cristo. Cada miembro, no el conjunto de los miembros. No la Iglesia. No el Cuerpo Místico. No la Curia.

Porque la Iglesia es Cristo, es Su Cuerpo. La Iglesia es Cristo con sus almas, que están unidas a Él, a la Cabeza. Y la Cabeza y el Cuerpo de Cristo forman una unidad. Unidad moral: porque la Cabeza es una persona física. Cada alma se une místicamente a Cristo,  a la Cabeza, para formar Su Cuerpo. Pero el Cuerpo de Cristo es de Cristo, no del alma; no del conjunto de almas; no de la Curia.

El Cuerpo de Cristo sigue siendo Cristo. Las almas son los sarmientos en ese Cuerpo: son los frutos de la obra de Cristo. Una obra redentora, hecha con el entendimiento y la voluntad de Cristo.

Cada alma se une a esa obra redentora de Cristo para ser de Cristo. Se une a Su Cuerpo; no a Su Cabeza. Es el Misterio de la Iglesia.

Bergoglio no puede entender lo que es la Iglesia porque no cree en la Divinidad de Cristo. Jesús, al ser Dios, puede hacer una Iglesia con Su Cuerpo. Y en Su Cuerpo unir a las almas. Esa unión es espiritual y mística. Nunca humana, ni natural, ni carnal, ni material. Por eso, «Mi Reino no es de este mundo». La Iglesia es un organismo místico y espiritual, que se ve en la realidad de los hombres, pero que no es esa realidad. Es visible, porque existen almas unidas a Cristo, de una manera mística, que forman Su Cuerpo, Su Iglesia.

Si hay pecados en el Cuerpo de Cristo, en la Curia, en una comunidad, hay que buscarlos en cada alma, no en la Curia, no en la Iglesia en su conjunto. Porque la Iglesia es Santa, ya que el Cuerpo de Cristo es Glorioso, Santo, Divino. Pero las almas, que están unidas a Cristo, a Su Cuerpo, no son santas, no están gloriosas, sino que son pecadoras, siguen en estado de via.

No se puede hablar de los pecados de la Curia sin decir nombres concretos. Esto es lo que no hace Bergoglio. Todo un discurso para no decir nada. Se lo sacó de la manga para quedar bien con todo el mundo, menos con la Curia.

Si hay un mal en la Curia, entonces se debe a dos cosas:

  1. Al pecado de cada miembro;
  2. A las leyes o normas que rigen esa curia.

Si es lo primero, entonces hay que combatir el pecado y al pecador. Una persona que peca hace mal a todos en su trabajo. Ese mal repercute, de muchas maneras, en todos los miembros. Pero ese mal procede de una persona física. No es un mal de la Curia. Y los efectos de ese mal,  que salen del pecado de esa persona física, son otros males, que pueden o no pueden ser motivo de pecado en otros que componen esa comunidad.

Si es lo segundo, es fácil corregir esas normas para que todo funcione bien.

Si no se ataca el pecado, si no se dicen nombres, entonces el discurso que se hace es un absurdo. Es para conquistar aplausos. Es su ego. Todo gira alrededor de Bergoglio en su falso pontificado.

Bergoglio es un insensato. Su primer berrido:

  • «El mal de sentirse inmortal, inmune e incluso indispensable»: Bergoglio ataca la santidad de la Iglesia en estas palabras. Él no se dirige a una persona física. No está tratando de pecados de ciertos miembros de la Curia, que se sienten inmortales, inmunes, indispensable. Él no puede hablar de pecado porque –en su mente obtusa- no existe el pecado como ofensa a Dios.

Para Bergoglio, como para todos los hombres, existe el bien y el mal. Pero Bergoglio sigue el pensamiento de Mendeville, el cual estimaba que el bien y el mal son una invención de hombres superiores, que han llegado a convencer a los demás para considerar como bueno todo lo cuanto era para sí mismos, y malo, todo lo que fuera un perjuicio.

Esta curia tiene el sentimiento de sentirse inmortal: se cree superior a los demás hombres. Y esta curia, que ha trabajado durante tanto tiempo en convencer a los demás de hacer una serie de bienes, que sólo miran para sí mismos, para que sigan creciendo en su inmunidad, en verse como indispensables, entonces va mal: «una curia que no se autocrítica, que no se actualiza, que no busca mejorarse, es un cuerpo enfermo».

Es la persona física, cada alma, el sujeto de moralidad. No es la Curia la que tiene que hacerse una autocrítica. Cada persona de la Curia tiene que ver sus pecados y quitarlos para que la Curia funcione. Cada persona de la Curia tiene que ver si hay leyes o normas que son contrarias a la ley de Dios y quitarlas, para que la Curia funcione.

Pero Bergoglio no está en este sentido común de las cosas. Él llama cuerpo enfermo a la Curia porque no se actualiza. Está en su clara herejía: la Curia, como se ha entendido con todos los Papas, es un organismo de ayuda a todo el Papado, pero no de gobierno. Quien gobierna es el Papa y los Obispos obedientes a Él. Los demás, trabajan para el Papa.

Pero Bergoglio quiere meter el modernismo en la Curia, es decir, institucionalizar la herejía: poner leyes que vaya en contra de la santidad de la Iglesia. Y la razón: es que en la Curia hay un mal de creerse superior a los demás: «se convierten en amos, y se sienten superiores a todos, y no al servicio de todos».

Este mal, para esta mente subnormal, es una patología: «Esta enfermedad se deriva a menudo de la patología del poder, del complejo de elegidos, del narcisismo que mira apasionadamente la propia imagen y no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros, especialmente de los más débiles y necesitados».

1. Bergoglio está llamando locos a toda la Curia. Y es a toda porque no dice nombres concretos.

2. Bergoglio sólo concibe el pecado como un ser filosófico: «esta enfermedad se deriva a menudo de la patología».

Si te crees superior al otro es por dos pecados: orgullo y vanidad. Quita estos dos pecados y todo marchará bien. Pero, no. Es una patología que hay que ir a la farmacia para buscar unas pastillas y así acabar con la patología del poder.

3. Bergoglio da su herejía: el que obra así «no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros». Es su falso misticismo con sabor a panteísmo. Un pensamiento lleno de maldad, que le conduce a su idea comunista:

4. «especialmente de los más débiles y necesitados». La Curia está para servir a los débiles, no para aprovecharse de ellos, no para sentirse superiores a ellos. Es la lucha de clases, que siempre Bergoglio predica en todos sus discursos. Bergoglio enfrenta la Jerarquía con los fieles. La Jerarquía que enseña la verdad, el dogma, se está oponiendo a los fieles, porque se creen superiores a ellos.

Este es el pensamiento de un hombre que no sabe lo que es la norma de moralidad. No tiene las ideas claras sobre lo que es el bien y el mal moral.

En esta oscuridad de su mente, va a decir su estúpida concepción de la oración:

  • «El mal de «martalismo» (que viene de Marta), de la excesiva laboriosidad, es decir, el de aquellos enfrascados en el trabajo, dejando de lado, inevitablemente, «la mejor parte»: el estar sentados a los pies de Jesús».

El martalismo: una palabra que no existe, pero que Bergoglio la acuña para desprestigiar a Santa Marta. Esta Santa no tuvo el pecado de la excesiva laboriosidad, sino el pecado de no confiar en Dios. Son dos pecados diferentes:

«Marta andaba solícita en los muchos cuidados del servicio…» (Lc 10, 40). Pero, en su solicitud, creía en Jesús. Era una trabajadora, pero con fe. Le faltaba solo una cosa: la confianza en Dios. Todo se hace en el tiempo de Dios, no en el de los hombres: «te turbas o inquietas por muchas cosas; pero pocas son necesarias» (Ib).

Hay muchas personas que no son como Marta, que ponen en su trabajo todo el esfuerzo. Trabajan sin fe. Y, por lo tanto, sólo confían en sus esfuerzos humanos. Es la fiebre de la actividad que muchas personas tienen. Y que refleja su falta de fe en la Palabra de Dios, además de su falta de confianza.

Marta, en su actividad, tuvo tiempo de ir a la oración para pedir consejo a Jesús en su trabajo: «acercándose, dijo: Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje sola a mí en el servicio?» (Ib). Marta paró su actividad para la oración. Una oración de queja, pero oración auténtica al Señor.

Muchas personas, en su febril actividad, no tienen ni siquiera la presencia de Dios para recordar que existe Dios, que Dios las está mirando. Y no paran su trabajo para ir a la oración. No tienen fe en Dios, que es lo que se ve en este mundo moderno.

Bergoglio, que no sabe lo que es Santa Marta, no sabe su espiritualidad, no conoce su alma, todo lo confunde; y ¿qué es lo que enseña? Una blasfemia:

«Jesús llamó a sus discípulos a «descansar un poco» (Mc 6, 31), porque descuidar el necesario descanso conduce al estrés y la agitación. Un tiempo de reposo, para quien ha completado su misión, es necesario, obligado, y debe ser vivido en serio: en pasar algún tiempo con la familia y respetar las vacaciones como un momento de recarga espiritual y física».

¿Ven el desequilibrio mental de este hombre?

Jesús llamó a Santa Marta a la confianza en Dios en el trabajo. Estás abrumada por tantas cosas. Deja tu trabajo e imita a tu hermana. Si haces esto, si pones tu confianza en Mi Palabra, el trabajo se hace solo: «pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada».

No voy a quitar a María de la contemplación para darte un gusto a ti, Marta. Eres tú, Marta, la que te debes alejar de tu trabajo, dejarlo como está, para adentrarte en la sola cosa necesaria, que todo hombre tiene que tener para que su trabajo sea efectivo: amar a Dios. Hay que poner el amor de Dios por encima del amor del trabajo, por encima del servicio a los demás. A esta plena confianza, llamó Jesús a Marta, enseñando Jesús cuál es el camino espiritual. Qué cosa el hombre tiene que hacer en su vida: amar a Dios. Si ama a Dios profundamente, hasta el punto de dejar lo que hace para estar con Dios, en Su Presencia, entonces Dios se ocupa de lo demás: «Buscad, primero, el Reino de Dios; lo demás, por añadidura».

Bergoglio, ¿qué es lo que enseña? A descansar. Pasa un tiempo con tu familia, vete de vacaciones, haz una vida profana, mundana, pero nada de amar a Dios. Confundiendo, además, la oración con el descanso que todo hombre necesita en su naturaleza humana.

Su tercer berrinche:

  • “También existe el mal de la «petrificación » mental y espiritual, es decir, el de aquellos que tienen un corazón de piedra y son «duros de cerviz»”.

Aquí, Bergoglio, sólo se centra en la herejía del humanismo: «Es peligroso perder la sensibilidad humana necesaria para hacernos llorar con los que lloran y alegrarnos con quienes se alegran».

Eres un hombre duro porque no lloras con los que lloran; no te alegras con los que se alegran…. Eso es todo en la dureza de corazón, para Bergoglio.

Te vuelves duro, te escondes detrás de los papeles, de la doctrina, de la ley divina, del dogma. Y, en tu dureza, eres una máquina de legajos. Conviertes tu vida en fabricar papales para el archivo. Montones de papales reunidos, atados, que no sirven para nada, porque estás petrificado en tu mente y en tu espíritu. Petrificado en el dogma, en las leyes canónicas, en la doctrina inmutable de Cristo.

Y para salir de esa dureza, tienes que llorar con los que lloran. No archives montones de doctrina. No acumules el dogma. No enseñes la verdad. Llora, ríe, canta, habla, dialoga, vive, obra, sé generoso, entrégate a los demás, porque –para Bergoglio- «Ser cristiano, en efecto, significa tener «los sentimientos propios de Cristo Jesús», sentimientos de humildad y entrega, de desprendimiento y generosidad».

Si estás petrificado en tu mente y en tu espíritu, entonces tienes dos grandes pecados: soberbia y orgullo. Que son el caldo de cultivo para los demás pecados. ¿Qué hay que hacer para quitar estos dos grandes pecados? Tener los sentimientos de Cristo. ¿Cuáles son?

«…se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombres se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 7-8).

Bergoglio cita a San Pablo y da su propia interpretación, tergiversando así la Palabra de Dios.

Para quitar la soberbia y el orgullo: anonadarse, obedecer la verdad, someterse a la Voluntad de Dios, cumplir con los mandamientos divinos. Y entonces la petrificación de la mente y del espíritu se rompe.

Pero Bergoglio está en su humanismo: el bien y el mal son conceptos del hombre, no de Dios. No haces el bien de llorar con los que lloran porque estás petrificado en tu ideas dogmáticas. Es el bien y el mal como los concibe el hombre. Quita tus ideas petrificadas para explorar los afectos de los demás. Es la vida de sentidos a la cual Bergoglio llama a todos los hombres: salgan de sus ideas para dar un beso al otro, para abrazar al abominable homosexual. No estés petrificado en tu mente. No seas una persona orgullosa que cree estar en la posesión de toda la verdad.

Su cuarta blasfemia:

  • «El mal de la planificación excesiva y el funcionalismo»: para explicar este mal, acude a una herejía que predicó en Estambul, el 29 de noviembre del 2014:

«La Iglesia…es investida por el viento del Espíritu que no transmite un poder, sino que dispone para un servicio de amor, un lenguaje que todos pueden entender».

En Pentecostés, no se da el poder del Espíritu, sino un lenguaje común a todos. Esta es la gran blasfemia, que nadie ha captado.

Para Bergoglio, no existen las personas en Dios, sino sus modalidades:

«Y nuestra oración debe ser así, trinitaria. Tantas veces: ‘¿Pero usted cree?’: ‘¡Sí! ¡Sí!’; ¿En qué cree?’; ‘¡En Dios!’; ‘¿Pero qué es Dios para usted?’; ‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray non existe! ¡Existen las personas!» (9 de octubre del 2014).

No existe el Dios Uno, la Esencia de Dios, el Dios como spray. Sino que existen las personas, pero no como reales, sino como modales: existe una forma de hablar de las personas divinas:

«Jesús es el compañero de camino que nos da lo que le pedimos; el Padre que nos cuida y nos ama; y el Espíritu Santo que es el don, es ese plus que da el Padre, lo que nuestra conciencia no osa esperar» (Ib).

Esta es su herejía del sabelianismo.

Padre, Hijo y Espíritu Santo no son más que tres modos con los que se manifiesta la única persona divina, como Creador.

La única persona divina, para Bergoglio, es el Padre. Es la herejía del subordinacianismo:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba es la luz y el Creador. Este es mi Ser» (1 de octubre 2013).

Dios es el Padre; Dios no es el Hijo; Dios no es el Espíritu Santo.

De este subordinacianismo, nace su herejía del sabelianismo: se niega la divinidad de Jesucristo para afirmar que en Dios se pueden distinguir un Jesús, que es el amigo, que actúa como compañero del hombre, porque es sólo una persona humana, no es Persona Divina; un Espíritu, que actúa como don, como una voluntad impersonal, que hace la función de unir lo que es la diferencia, lo que está disperso. Y un Padre, que es Creador, que es amor. Ese ser creador, Bergoglio, lo va a entender, como un Dios que está en el hombre, en la creación, dentro del hombre: será su paneneteísmo. Todas las cosas en Dios. La Creación, para Bergoglio, no se hace de la nada, sino de algo ya existente. Por eso, todas las cosas creadas son sagradas, divinas, modelos para todos los hombres.

El Espíritu Santo no es un poder personal, porque no es Dios, es sólo un modo de hablar para expresar el amor que deben buscar los hombres: un lenguaje común.

Este demente va en contra de la Iglesia, de su doctrina: «Se cae en esta enfermedad porque «siempre es más fácil y cómodo instalarse en las propias posiciones estáticas e inamovibles».

El dogma, que es algo estático, inamovible, que es una verdad inmutable, es una enfermedad para Bergoglio. Y los que están en el dogma «pretenden regular y domesticar al Espíritu Santo».

El Espíritu Santo, al no ser la Persona Divina que lleva al alma a la plenitud de la Verdad, sino sólo ser una forma de hablar, de lenguaje, una disposición para un amor, entonces los hombres no tienen que quedarse en sus lenguajes ortodoxos, dogmáticos, que son inamovibles. Si se quedan, están enfermos. Y están domesticando al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es novedad, frescura, sueño, ilusión, fantasía, alegría mundana, vida pecaminosa:

«…nosotros, los cristianos, nos convertimos en auténticos discípulos misioneros, capaces de interpelar las conciencias, si abandonamos un estilo defensivo para dejarnos conducir por el Espíritu. Él es frescura, fantasía, novedad».

¡Fíjense la maldad!: el auténtico cristiano es capaz de interpelar las conciencias si se deja el dogma, la verdad absoluta. Si se abandona el estilo defensivo… ¡Fuera la apología de la fe! ¡Hay que anular todo tipo de sana crítica filosófica y teológica! ¡No hay que defender la verdad! ¡No hay que defender la doctrina de Cristo! ¡No hay que defender a Cristo en la Iglesia! ¡No hay que luchar por una verdad en la vida, sino por un sentimiento, por un sueño, por una ilusión, por una fantasía por una novedad humana!

¿Ven qué demencia?

Hay que defenderse contra los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe, si se quiere seguir siendo Iglesia.

Bergoglio quiere una Iglesia para todos, con las puertas abiertas a todo el mundo. Pero no quiere una Iglesia para la verdad. No existe la verdad en él. Sólo existen las fábulas que hay en su pensamiento humano.

No se puede seguir a Bergoglio en nada. En ninguna cosa.

No hay una verdad en todos sus discursos, en todas sus homilías, en todos sus escritos. Ninguna verdad. No hay alimento para el alma, sino para su mente.

Bergoglio no habla para el corazón, sino para la mente del hombre.

Y si no son despiertos en la mente, analizando cada idea, cada palabra, van a quedar atrapados en ese lenguaje barato y confuso, que constantemente usa ese hombre para engañar a todo el mundo.

Seguiremos analizando esta fábula de discurso, en la que se ve la demencia clara de ese hombre.

El infierno quedó vacío con Bergoglio

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«Pero si uno piensa que la vida moral sea solamente ”hacer esto’‘ y ”no hacer aquello’‘? no es cristiano. Eso es una filosofía moral, pero no, no es cristiano. Cristiano es el amor de Jesús que es el primero en amarnos. La moralidad cristiana es ésta: ¿Has caído? Levántate enseguida y continúa. Este es el camino. Pero siempre con Jesús» (ver)

Palabras de un insensato, de un hombre sin norma de moralidad, que ha anulado la ley de Dios, y sólo se dedica a cosechar aplausos de la gente, contándole fábulas de viejas.

La vida moral son dos cosas: hacer la Voluntad de Dios; no hacer lo que Dios prohíbe.

Esto es todo en la vida moral. La vida moral es hacer esto y no hacer aquello. Y esto es lo que tienes que pensar, que tener dentro de tu mente y de tu corazón, no sólo para ser cristiano, sino para ser católico.

Si quieres pertenecer a la iglesia de Bergoglio, sigue su necedad. Quita de tu mente y de tu corazón la Palabra de Dios, que te enseña:

«Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15).

Para el que tiene dos dedos de frente, amar a Jesús significa cumplir con la ley de Dios.

Para el que no tiene dos dedos de frente, coge esta frase del evangelio, y dice: Jesús nunca se refirió a la ley de Moisés. Jesús se refiere a los dos mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. Y, por lo tanto, la vida moral es el amor de Jesús, el amor que enseña Jesús, que es –claro- el primero en amarnos. ¡Cuánto nos ama Jesús! ¡Vamos a llorar un poco hasta que entendamos que Jesús nos ama tanto!

La moral cristiana no es la verdad ni la falsedad. Es la misericordia.: has caído. Te doy un beso, un abrazo, te lleno el estómago de buena comida; te doy un puesto de trabajo, te curo tus enfermedades… Y la vida continúa. ¡Qué bella es la vida! ¡Vive y deja vivir! Pero no vengas con moralinas de mandamientos divinos. Eso quedó en el pasado. Jesús es amor. Dios es amor. Sé libre para amar.

Y, por eso, este gran necio, que se llama a sí mismo, papa…

(¿qué clase de papa es que no sabe enseñar la verdad? ¿para qué se llama papa? ¿por qué no se dedica a ser un pastor protestante?)

… este hombre, que es un demente espiritual (tiene atado su mente humana a la mente del demonio; y por eso habla como habla: como un demonio), dice:

«…el infierno era querer alejarse de Dios porque no se desea su amor. ”Pero  si tu fueras un pecador tremendo, con todos los pecados del mundo a cuestas, y además te condenasen a la pena de muerte y cuando estás para morir blasfemas, insultas y todo lo demás… Y en ese momento, miras al Cielo y dices: ¡Señor! ¿Dónde vas, al Cielo o al infierno? ¡Al Cielo!… Va al infierno solamente el que dice a Dios: ”No te necesito, me las arreglo solo”, como hizo el diablo que es el único del que estamos seguros que está en el infierno».

«el infierno era querer alejarse de Dios porque no se desea su amor»: ninguno va al infierno porque no desee el amor de Dios. Ninguno. Todos van al infierno porque desprecian el amor de Dios.

No desear el amor de Dios lo hacen todos los hombres: sean santos o sean pecadores. No se puede vivir deseando constantemente el amor de Dios. Para eso, se necesita una gracia divina, que sólo Dios da al que se la merece.

¡Cuántos pasan la noche oscura del alma y no desean el amor de Dios! ¡Viven sin deseo de nada!. Y eso no es pecado cuando el alma está en su purificación. El que no desea el amor de Dios es por muchas razones. Y no todas llevan al infierno. Y muchas llevan al purgatorio. Y unas cuantas son necesarias para conquistar el cielo. Desear el amor de Dios es un merecimiento del alma, no es un don de Dios. Y Dios no exige el desear su amor para ir al cielo.

El infierno es querer alejarse de Dios porque no se cumplen sus mandamientos. Punto y final. ¡Es todo tan sencillo!

Pero –para Bergoglio- para ese hombre que no tiene ni idea del Magisterio de la Iglesia, la vida moral es un sentimiento hacia Jesús. Y, claro, viene su discurso, su fábula de viejas:

Eres un gran pecador, con todos los pecados del mundo a cuestas, y además recibes la justicia de los hombres…. Y cuando estás para morir, te dedicas a hacer lo que hizo el mal ladrón: insultar, blasfemar… y ¡cuántas cosas más! Y he aquí, que por arte de magia, miras al cielo. ¡Oh, qué bello! ¡Qué frase tan tierna!… ¡Seamos tiernos con los hombres! ¡Los hombres necesitan no temer a la ternura de Dios!… Estás blasfemando contra Dios, estás echando demonios por tu boca, y miras al Cielo….No te arrepientes de tus pecados….No; eso no…No dejas de blasfemar…No; eso no… Miras al Cielo…y dices, en medio de tus blasfemias: Señor…

¡Increíble! ¿Cómo uno que va a morir, y está blasfemando contra Dios, va a poder decir: Señor?

¿Han captado la demencia de Bergoglio? ¿Captan su fábula de viejas? ¿Su cuento chino?

Y como dices: Señor….Sólo por eso…Sólo por el deseo sentimentaloide de decir la palabra: Señor… Estás lleno de irá contra el Señor, y una sola mirada al Cielo te hace decir una palabra de ternura al Señor???????

¿Quién se cree esta fábula?

Muchos. Muchos católicos.

Sólo por tu sentimiento, ¿dónde vas, al cielo o al infierno? ¡Al Cielo!

Peca fuertemente. Peca fuertemente. Blasfema antes de morir, insulta al Señor antes de morir. Pero acuérdate de mirar al cielo, y decir: Señor. Porque te vas al Cielo de cabeza, sin pasar por el purgatorio.

Y a este hombre, ¿lo llaman Papa?

¿Dónde compró el título de papa? ¿Cuánto pagó para estar sentado en esa Silla de Pedro y hablar demencias cada día?

No he visto tan gran loco como Obispo en toda mi vida.

¡Qué demencia de predicación!

Y, claro, tiene que terminar con su herejía favorita, que es de cuño protestante: el infierno existe, pero está vacío:

«Va al infierno solamente el que dice a Dios: ”No te necesito, me las arreglo solo”, como hizo el diablo que es el único del que estamos seguros que está en el infierno».

Sólo el diablo está en el infierno. Y como es espiritual, no se ve. El infierno está vacío porque todos dicen a Dios, antes de morir: te necesito. ¡Qué tierno! ¡Qué bello! ¡Qué hombre tan amoroso con los hombres!

Y este subnormal se va a poner a confesar el 13 de marzo:

«La Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice informa hoy de que el Santo Padre presidirá el Rito para la reconciliación de penitentes, con la confesión y la absolución individual, el próximo viernes 13 de marzo, en la basílica de San Pedro a las 17.00 horas».

Si no cree en el infierno, si no cree en el pecado, si no cree en la norma de moralidad, si no juzga a nadie porque nadie comete pecado, ¿de qué va a confesar? ¿qué charla psiquiátrica va a tener con la gente que vaya allí?

No te confieses con este demente: cometerías un gran pecado. Y saldrías sin la absolución de tus pecados.

¡Cómo está el Vaticano! Bailando al son de un hombre sin verdad.

Concilio XVI de Cartago (D 102, not.4): «Como quiera que el Señor dice: Quien no naciere del agua y del Espíritu Santo, no entrará en el reino de los cielos, qué católico puede dudar que será partícipe del diablo aquél que no ha merecido ser coheredero de Cristo? Pues quien no está en la parte derecha, sin duda caerá en la parte izquierda».

Hay que merecer ser coheredero con Cristo para entrar en el Cielo. No sólo hay que bautizarse, sino que hay que trabajar para ganarse el Cielo, con el sudor de la frente.

El cielo no es un regalo de Dios a nadie. No se da porque se desee o no se desee. Se da el cielo porque se merece el cielo. El alma ha luchado, en su vida terrestre, para irse al cielo. Ha luchado para cumplir con la ley de Dios. Ha luchado para permanecer en la gracia. Ha luchado para quitar todos sus vicios y pecados. Ha luchado para permanecer en la verdad.

¡Es increíble que los católicos prefieran las palabras baratas de este hombre a luchar por Cristo, a luchar para merecer ser amados por Cristo!

El que Cristo te ame es un merecimiento de tu alma, no es un regalo para tu alma. Cristo, cuando te ama, te da una Cruz. Y tienes que llevarla hasta el final. Y quien permanezca en esa Cruz, entonces se salva y se santifica.

Es la Cruz la verdad del camino. Es la sabiduría de la Cruz lo que te lleva a la Vida Divina.

Pero, nadie quiere Cruz. A nadie le interesa la Verdad.

Todos siguen a un hombre que tiene en su mente la posesión del demonio.

«…sin misericordia, se corre el riesgo de caer en la mezquindad burocrática o en la ideología. Comprender la teología es comprender a Dios, que es Amor».

Bergoglio ha puesto la misericordia, su falso concepto de  misericordia, por encima de la verdad. Por eso, resbala siempre cuando habla.

Es la verdad el objeto de la teología. No es el amor de Dios. La vida espiritual y mística trata del amor de Dios. La vida teologal trata de la verdad divina.

Sin verdad, -no sin misericordia-, se cae en la burocracia y en la ideología. Cuando los hombres viven en sus mentiras, viven para el papeleo; viven para sus ideas, para sus mentes, para sus filosofías de la vida.

Es la verdad la que lleva al alma hacia el amor de Dios. Sin verdad, sin conocer la verdad, tenemos lo que es Bergoglio: un sentimental perdido del hombre, que sólo vive para los hombres, tengan la mente que tengan. Lo que importa es esto:

«.. también los buenos teólogos, como los buenos pastores huelen a pueblo y a calle»: tienes que oler a mundo para ser un buen teólogo. ¡Qué gran locura!

Y los teólogos que le escuchaban, ¿cómo no saltaron para degollarlo ahí mismo por esta blasfemia?

¡Todos se conforman con la charlatanería de este hombre! ¡Cómo gusta su palabras barata y blasfema!

Hipócrita es Bergoglio, hombre de dos caras. Un hombre que no sabe entrar en su corazón. Que sólo mira su mente, después mira al hombre, y con su boca le dice al hombre lo que éste quiere escuchar.

Eso es la hipocresía perfecta de este hombre. Pone la cara que el hombre, el pueblo, quiere. Nunca se le ve lo que piensa. Siempre esconde su verdadera intención a los demás. Y, por eso, habla siempre para engañar, para decir otra cosa de la que realmente piensa.

Así es todo poseso del demonio.

«Aquí tenemos, según el evangelista Juan, el primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo: su cuerpo, destruido en la cruz por la violencia del pecado, en la resurrección se convertirá en el lugar del encuentro universal entre Dios y los hombres».

¡Gravísima herejía la que expone este hombre!

Para dar a entender lo que significa la expulsión de los vendedores del templo y su palabra final: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré»; dice que su cuerpo fue destruido en la cruz.

Bergoglio no ha leído el Evangelio: «…uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado….para que se cumpliese la Escritura: “No romperéis ni uno de sus huesos”» (Jn 19, 34.36).

Su cuerpo no fue destruido, roto. Ni siquiera por la violencia del pecado. Jesús cargó con el pecado de todos y no fue destruido por esa montaña de pecado. Jesús murió por la fuerza de su amor, no por la carga del pecado. Es más fuerte el amor que la muerte. Jesús venció el pecado, cargando con él. Venció al mundo cargando con el pecado de todo el mundo. Y ni el mundo ni el pecado destrozó su humanidad.

Y en la resurrección, su cuerpo no se convierte en el lugar del encuentro entre Dios y los hombres. ¡Esta es la gran blasfemia contra el Espíritu Santo!

El Cuerpo de Jesús no es un lugar. Es el Templo del Verbo Encarnado. Su Cuerpo físico es Su Cuerpo Glorioso: el Templo del Hijo de Dios.

Su Cuerpo Místico es Su Iglesia: el Reino de Dios, que es un lugar y un estado. Un lugar que abarca las almas en la tierra, las almas en el purgatorio, y las almas en el Cielo. Es un lugar que son muchos lugares. Jesús resucitó para prepararnos un lugar: abrir el Cielo, llevar al Cielo las almas del Purgatorio; poner en la tierra el camino para salvarse y santificarse.

Y es un estado: lo místico son estados del alma. Y cada alma crece y se desarrolla en esos estados.

Y en esos lugares no existe el encuentro universal entre Dios y los hombres. Es su idea favorita: el ecumenismo.

En cada estado del alma y en cada lugar que el alma esté, se produce un encuentro entre el alma y Dios. Lo demás, no interesa, porque nadie sabe ni lo que es el purgatorio ni lo que es el Cielo.

Pero, este hombre –Bergoglio- habla por hablar: para tener a la clientela entretenida, sin aportar ninguna verdad, porque no hay verdad en él. No puede haberla. Su mente está tejida sólo por el demonio. Y vive del demonio, se acuesta con el demonio, se levanta con el demonio y todo lo obra con el demonio.

La demencia de Bergoglio

manicomio

«Jesús se revela así como el icono perfecto del Padre, la irradiación de su gloria» (Ángelus, 1 de marzo del 2015).

Esta es la demencia de un hombre, al que muchos insensatos lo tienen como su papa. Y es sólo un hereje consumado, que en su palabra se ve a un maestro de la mentira.

¡A cuántos engaña con su palabra barata y blasfema!

¡Cuántos están embobados con lo que dice cada día!

¡Cuántos locos tienen a este hombre como su papa!

Jesús es el Hijo Eterno del Padre. Nunca es el icono perfecto del Padre. Jesús no es un icono, una imagen, una representación de lo divino.

Jesús es Dios: cómo escuece esta verdad a muchos católicos. Ya no quieren a un Jesús que sea Dios; sino que sólo quieren al hombre, al concepto humano de Jesús, de Mesías, de Salvador.

¡Cómo juega –Bergoglio- con las palabras de la Escritura! Y nadie se da cuenta. Da vueltas a la verdad para manifestar sólo su mentira.

Jesús es «la imagen de Dios invisible» (Col 1, 15). No es la imagen, el icono, del Padre. Jesús es, no sólo la imagen de las cosas visibles, sino del Dios invisible, porque es el Hijo, el Verbo, la Palabra del Pensamiento del Padre. Y toda idea, toda palabra es una imagen de la mente, del pensamiento.

Al ser Jesús el Verbo Encarnado, la Palabra de Dios, manifiesta en toda su vida humana el Pensamiento de Dios, la Mente y la Voluntad de Su Padre: lo revela al hombre, lo da a conocer.

Pero esa Mente Divina no está en los hombres que viven en la soberbia de sus mentes humanas. La doctrina de Cristo, que es el Evangelio, queda impenetrable a la soberbia de muchos hombres:

«Que si todavía nuestro Evangelio queda velado, está velado para los infieles, que van a la perdición, cuya inteligencia cegó el dios de este mundo, para que no brille en ellos la luz del Evangelio de la Gloria de Cristo, que es Imagen de Dios» (2 Cor 4, 4).

La oscuridad de la mente del hombre es por su pecado, por su maldad. Y en ellos, en su vida humana, en sus obras humanas, no brilla, no puede brillar la luz del Evangelio de la Gloria de Cristo. No resplandece, en ellos, la Sabiduría de Dios: sus corazones han quedado cerrados a la Verdad y al Amor verdadero.

Para este hombre que no cree en Jesús como Dios, sino que sólo toma la humanidad de Jesús para hacer su gran negocio, su gran empresa en el Vaticano, la victoria sobre el mal es un don: «A la luz de este Evangelio, hemos tomado nuevamente conciencia…de la victoria sobre mal donada a quienes inician el camino de conversión».

Cristo no dona Su Victoria a nadie. Cristo da la Gracia para merecer la victoria. Lo que consiguió Cristo para toda alma es la Gracia, la Vida Divina.

Como Bergoglio niega la Gracia, entonces tiene que inventarse su protestantismo: peca fuertemente, te salvarás porque tienes el don de la victoria.

La victoria sobre el mal no es donada; sino que es merecida por cada alma. Y cada alma, que quiera salvarse, tiene que mirar al Crucificado. No tiene que mirar al hombre para encontrar un camino de liberación para sus problemas de su vida. Se mira al Crucificado para salvarse y santificarse, en un mundo que no ama la salvación ni la santificación del alma.

Así inicia este falso profeta su homilía con una clara herejía que ya a nadie le interesa. Por más que se prediquen las herejías de Bergoglio, los católicos lo siguen teniendo como su papa. Falsos católicos que quieren un papa sin la doctrina. Falsos católicos que quieren una Iglesia sin Cristo, sin la Verdad que Cristo ha ofrecido a toda alma.

Y así –Bergoglio- termina su demencial homilía:

«El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad… Jesús no nos engaña, nos prometió la felicidad y nos la dará si vamos por sus caminos».

Bergoglio no sabe ni lo que dice.

Quien camina el camino de Jesús nunca encuentra la felicidad. En mis años de sacerdocio no la he encontrado. Siempre he encontrado una humillación, un desprecio, una tristeza, una maldad de los hombres.

Bergoglio es un loco que habla para sus locos: para gente como él. Se pasan su vida buscando un placer, una felicidad, un aplauso de los hombres, un consuelo humano. No quieren estar solos. No quieren sufrir. Sólo quieren vivir su vida y ser felices de cualquier manera.

Bergoglio va contra el sentido común: ningún hombre que viva esta vida es feliz. Y eso lo sabe todo hombre, sea santo, sea pecador, sea un demonio, sea un hereje, sea quien sea.

La vida es un valle de lágrimas. Y no es otra cosa. Y decir otra cosa es estar loco de remate.

Muchos, que no son católicos, que son ateos, saben que lo que está diciendo aquí Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza.

Pero los católicos quieren encontrar un lenguaje humano para excusar la demencia del que se sienta en la Silla de Pedro. Y no tienen las agallas de declarar que Bergoglio no es Papa.

El camino de Jesús es la Cruz Redentora. Y la Cruz no es un baile, es un Dolor. Es un sufrimiento expiatorio y una muerte victimal.

No hay otro camino en la vida: sufrir para salvarse y poder salvar. SUFRIR. Para ser feliz tienes que sufrir toda la vida. En el sufrimiento está el amor de Dios. En el sufrimiento está la alegría espiritual. No hay Gloria sin pasar por la Cruz, sin vivir en la Cruz, sin obrar la Cruz.

El amor verdadero es la obra de un sufrimiento: un sufrimiento divino, espiritual y místico, que sólo los santos lo pueden comprender. Quien no lo comprenda, sólo le queda aceptar la Cruz como don de Dios al alma.

Fe en el Crucificado: es lo que nadie tiene hoy en la Iglesia.

Es Cristo el que ha muerto y ha sufrido por ti, por tus malditos pecados. Si no crees en su muerte ni en sus sufrimientos, no crees en Cristo ni en Su Iglesia. Si no te crucificas con Cristo, si no atas tu voluntad humana al madero de la cruz y no pones en tu cabeza una corona de espinas, que te impidan pensar la mentira, el error, entonces vives tu vida de católico como un auténtico demente.

¿Para qué te llamas católico si piensas y obras como la gente del mundo?

Deja la Iglesia y vive tu vida de inmundicia, en los olores de tu pecado. Pero no te llames católico.

Los santos, todos ellos, recorrieron el mismo camino: la Cruz. Ninguno fue feliz en su vida. Lean la vida de los santos. No lean a Bergoglio, porque es un hereje que lleva a las almas a la total apostasía de la fe.

Los Santos juzgan y condenan a Bergoglio:

«Que siempre seamos amigos de la Cruz, que nunca huyamos de Ella, porque quien elude la cruz huye de Jesús, y quien escapa de Jesús jamás hallará la felicidad. Jesús nunca está sin la Cruz, pero la Cruz jamás está sin Jesús» (San Pío de Pieltrecina)

Los místicos juzgan y condenan a Bergoglio:

«Por un alma hay que sufrir mucho. ¿No sabes que la Cruz y Yo somos inseparables? Si me ves a Mí verás la Cruz, y cuando encuentres mi Cruz me encontrarás a Mí. El alma que me ama, ama la Cruz, y el que ama la Cruz, me ama a Mí. Nadie poseerá la vida eterna sin amar la Cruz y abrazarla de buena voluntad por mi amor. El camino de la virtud y de la santidad se compone de abnegación y de sufrimiento; el alma que generosamente acepta y abraza la Cruz, camina guiada por la verdadera luz y sigue la senda recta y segura, sin temor de resbalar en las pendientes, porque no las hay… La Cruz es la puerta de la verdadera vida y el alma que la acepta y la ama tal cual Yo se la he dado, entrará por ella en los resplandores de la vida eterna» (Sor Josefa Menéndez)

Jesús nunca está sin la Cruz. Quien quiera un Jesús sin Cruz nunca va ser feliz, nunca llegará al Cielo.

Jesús mismo crucifica a las almas en Su Cruz. Jesús da la Cruz y no deja al alma sin la fuerza necesaria para llevarla. Jesús no te da un beso ni un abrazo. Te da un sufrimiento en la vida. Te hace sufrir.

Jesús nunca prometió la felicidad. Siempre prometió la cruz, el sufrimiento, la persecución.

«…en el mundo tendréis tribulación; pero no temáis: Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

¡Vete al infierno, Bergoglio, y llévate tu doctrina de demonios contigo! Allí, en el infierno, los locos se reirán de tu locura. Aquí la gente aplaude tu locura y tú te lo crees. Eres tan necio que ni siquiera ves tu demencia. Te vas a pasar todo tu infierno viendo tu demencia y dando vueltas a tu demencia, porque eso es lo que has buscado para tu vida.

¡Qué mente tan rota la de este hombre!

Cada hombre tiene lo que se merece, lo que busca en su vida.

Todo el problema con Bergoglio es la anulación del pecado. Por tanto, tiene que anular la Cruz y poner el camino de Jesús en la felicidad.

El pecado es una obra contra la ley eterna:

«El pecado es un dicho, hecho o deseo contra la ley eterna» (S.Tomás – 1.2 q.71 a.6).

Sto. Tomás se apoya en las palabras de San Agustín para sustentar su tesis:

«Luego, el pecado es un hecho o un dicho o un deseo contra la ley eterna. La ley eterna es la razón divina o la Voluntad de Dios, que manda conservar el orden natural y prohíbe lo que lo perturba» (San Agustín – R 1605).

Y San Agustín se apoya en la Escritura:

«… del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás» (Gn 2, 17).

Dios le da a Adán una ley eterna: no comas del árbol. Ese mandamiento de Dios a Adán refleja lo que es el Árbol: el bien y el mal no pertenecen al hombre. Ningún hombre decide lo que es bueno y lo que es malo. Es Dios quien enseña el bien y el mal al hombre.

Dios prohíbe a Adán: le está enseñando lo que es el mal.

Adán rechaza esta enseñanza divina y come del árbol. Automáticamente, la muerte para él: «el día que de él comieres, morirás».

Muerte, no sólo del alma, sino espiritual. El alma se llena de pecado: se pierde la gracia. Pero el alma queda condenada por su pecado. No puede salvarse.

Y esa muerte entró en todo hombre. Todo hombre es engendrado en la muerte. Se tiene un hijo que nace condenado al infierno. Por eso, el Bautismo, que es el camino para salvar el alma.

El Bautismo no salva a las almas, sino que pone a cada alma en el camino de salvación. Y el camino es Cristo. Hay que ir detrás de sus huellas ensangrentadas para llegar a la cumbre, a la santidad de la vida, que es el sentido a la vida. Y no es fácil este camino porque hay que cumplir con la ley eterna, que es lo que rechazó Adán en su pecado.

Dios muestra a Adán la norma de la moralidad que está en la naturaleza del hombre y en todo lo creado: haz el bien, evita el mal. El bien es el bien moral, no es el bien humano o social o natural o carnal. Es un bien divino, que nace de la ley de Dios Eterna. Y el mal es el mal moral, no es un mal social o humano o natural o carnal. Es un mal que va en contra de la ley de Dios Eterna.

Dios enseña el bien moral y el mal moral. Adán rechazó esa enseñanza.

El hombre, por tanto, tiene que vivir su vida cerrando puertas, buscando la Voluntad de Dios. Porque no todo es válido.

«Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero yo no me dejará dominar de nada,… no todo edifica» (1 Cor 6, 12; 10, 23).

Es lícito el sexo, pero no la fornicación: no conviene, no edifica, no hay que sujetar el cuerpo a la lujuria de la carne.

Es lícito el pensamiento del hombre, pero no la herejía: no hay que atar la mente a la perversión de la mentira, al error.

Dios enseña al hombre dónde está el bien y el mal.

Bergoglio enseña a los hombres que el bien y el mal está en la mente de cada hombre: «Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe» (1 de octubre del 2013).

Es la misma enseñanza de la serpiente en el Paraíso: el día en que el hombre abra su mente al bien y al mal, entonces al hombre se le abren los ojos y es como Dios, conocedor del bien y del mal (cfr. Gn 3, 5).

Esto es lo que enseña Bergoglio: abre tu mente. Ábrete a la diferencia de las mentes de los hombres. Únete en la diversidad de las mentes de los hombres. Abre los ojos de tu entendimiento humano y serás como Dios, conocerás lo que es el bien y lo que es el mal. Podrás poner tu visión del bien y del mal. Y vivirás tu vida de acuerdo a tu visión.

¡Qué gran maldad la de Bergoglio! Es una serpiente en su boca. Habla como la serpiente, como el mismo demonio.

Bergoglio quiere una Iglesia llena de pecado. Y, por eso, dice: «Acogiendo a cada uno tal como es, con benevolencia y sin proselitismo, vuestras comunidades muestran que quieren ser una Iglesia de puertas abiertas, siempre en salida» (Audiencia a los Prelados de África – 2 de marzo del 2015).

Si se acoge a cada uno como es, hay que aceptar su pecado, su mal, su error, su mentira, su mente pervertida.

No se acoge al otro para llevarlo a la verdad, para convertirlo de su mentira a la verdad. Sino que se le acoge para estar con él en su mentira, para aprender de él su mentira. No hay proselitismo: no hay conversión.

Bergoglio está enseñando que no existe el dogma del pecado. No existe la verdad del pecado. Ni la verdad revelada ni la verdad dogmática. Sólo existe su verdad gradual del concepto de pecado. El pecado es sólo –para Bergoglio- una idea filosófica, pero no algo real, verdadero.

Y, por eso, este hombre, sin sentido común, sin dos dedos de frente, -un loco de atar, que se merece el manicomio-  tiene que predicar lo siguiente:

«El antídoto más eficaz contra toda forma de violencia es la educación en el descubrimiento y la aceptación de la diferencia como riqueza y fecundidad».

Esta es la gran demencia de este hombre, que se opone a la ley Eterna.

Hay que educar a la gente que descubra el pecado como un bien para su vida, como una riqueza, como una fecundidad. ¡Esto es de locos!

Hay que enseñar a la gente que acepte la diferencia del otro: su error, su mentira, su obra de maldad. Y la acepte como riqueza, como fecundidad. ¡Esto es para llevar a Bergoglio al manicomio!

El antídoto más eficaz contra toda forma de violencia es evitar la violencia; evitar al violento; castigar al que ejerce la violencia; condenar al hombre violento; ajusticiar al hombre violento.

Esto es lo que ha enseñado el Magisterio de la Iglesia durante siglos.

El gravísimo problema de Bergoglio está en la concepción del pecado. El pecado no existe para Bergoglio. Sólo se da el pecado como un ser filosófico: un pensamiento negativo.

Por lo tanto, hay que aceptar el pensamiento negativo, aceptar la diferencia para que no haya violencias.

Ésta es la tara de Bergoglio: como no puede acabar con la violencia, en la realidad de la vida, entonces tiene que acudir a su ley de la gradualidad, que no existe: el pensamiento negativo está en un grado menor al pensamiento positivo. Los hombres violentos no han llegado a lo positivo, a pensar positivamente, porque se han estancado, de alguna manera, en su negatividad. Hay que curarlos. ¿Cómo? Con cariñitos, siendo benevolentes con ellos, aceptando su error, dialogando con ellos. Y sólo así, a base de besos y abrazos, de buenas comidas con ellos, esos hombres llegarán a lo positivo.

Hay que aceptar a los hombres que matan, que hacen violencia, como son: esta es la gran locura de este hombre.

Hay que aceptarlos con benevolencia y sin proselitismo: no los saques de su violencia. No les digas que son violentos, que pecan contra la ley Eterna. No los castigues. Tienes que darles un caramelo. Tienes que mostrarles una cara bonita, una sonrisa, un gesto amable. Mientras matan a tus familiares, sonríeles. Mientras te hacen daño, diles: qué buena obra la que hacéis. Cómo me gusta que me cortéis la cabeza.

¡Esta es la gran locura del que se sienta en la Silla de Pedro!

¡Y cuántos locos lo llaman su papa!

¡Es increíble que la gente no se dé cuenta de quién es Bergoglio!

El pecado es una mancha en el alma:

«…cuando lave el Señor la inmundicia de las hijas de Sión, limpie en Jerusalén las manchas de sangre, al viento de la justicia, al viento de la devastación…» (Is 4, 4).

«…su mente y su conciencia están manchadas» (Tit 1, 15).

En todo pecado, concurren los actos del entendimiento y de la voluntad. El alma queda manchada, contaminada, sucia, inmunda, porque la mente piensa el error y la voluntad lo obra.

Un alma manchada es una mente en la mentira y una voluntad apegada a las criaturas.

Y esta mancha del alma consiste en la privación de la gracia. Si un hombre vive en el pecado, no tiene gracia para pensar la verdad ni para obrarla. No puede hacer el bien moral y no puede evitar hacer muchos males morales.

Toda mancha en el alma oscurece la luz de la razón: el hombre, ni siquiera entiende la verdad natural, la verdad racional, humana.

Y toda mancha en el alma oscurece la luz de la fe y de la gracia, que ilustra la razón humana: el hombre no es capaz ni de entender a Dios ni de hacer Su Voluntad.

Un pecado venial oscurece la mente y hace que la voluntad se apegue a la tierra, al hombre, a la carne, a lo material. Y quien obra un bien, en su pecado venial, no obra la Voluntad de Dios.

Para hacer la Voluntad de Dios, el hombre tiene que estar sin mancha de pecado en su alma. Por eso, Jesús puso la confesión: para que toda alma quite su pecado de su alma, la mancha que tiene su alma, la oscuridad de su mente, el apego de su voluntad. La confesión da al alma la luz que necesita para obrar la Voluntad de Dios.

Las almas no saben confesarse. Se confiesan de manera rutinaria. Siguen manchadas, en la oscuridad de sus mentes. Salen del confesionario y siguen pecando.

Hoy la gente quiere vivir en sus pecados veniales: son tibios en la vida espiritual. Y, por eso, llaman a Bergoglio como Papa. No ven el desastre que hay en la Iglesia. Sus almas están en la oscuridad, por sus pecados.

Para quitar la mancha del alma, cuatro cosas: oración, para el corazón; ayuno, para el cuerpo; penitencia, para el alma; sacrificio, para la vida del hombre.

Un hombre que no abre su corazón a la Verdad Revelada, su mente queda atrapada en la mentira. Muy pocos saben orar: sólo saben leer, meditar, estudiar, rezar de manera rutinaria.

Se ora para escuchar la voz de Dios. Y sólo para eso. Es Dios quien enseña el bien y el mal al hombre: lo que tiene que hacer, lo que tiene que obrar en su vida.

La gente se levanta para comer, no para orar. Después, la vida de cada día es una tibieza insoportable. Están en sus pecados veniales y hacen muchas obras que no sirven para nada. Y las manchas del alma siguen ahí: no hay verdadera oración.

Si el hombre no pone su cuerpo en el ayuno, sino que le da lo que le pide el cuerpo, es claro que va a caer en muchos pecados. Por los cinco sentidos del cuerpo entran todos los demonios. Si no se atan los cinco sentidos, la vida de muchos católicos es como la vemos: viven para obrar sus pecados y mueren en sus pecados.

Si el alma no hace penitencia interior, es decir, practicar las virtudes, luchar en contra de los muchos vicios, el hombre se queda en la soberbia de su mente y en el apego a las muchas cosas de su voluntad. Vive su vida con un fin humano, para una obra humana, con una inteligencia humana. Carece de la sabiduría de Dios, que es la Cruz.

Si el hombre no sacrifica su vida por un ideal más alto que lo que contempla con su mente humana, el hombre lucha sólo por sus intereses humanos, que pueden ser muy buenos y perfectos, pero que le distraen del fin último de su vida: ver a Dios. Hay muy pocas víctimas que Jesús pueda ofrecer a Su Padre para salvar a las almas de sus pecados. La gente vive su vida y, después quiere que todo le vaya bien en su vida.

Bergoglio, al anular el dogma del pecado, tiene que anular la obra de la redención. Y así muestra el camino del hombre para quitar el pecado:

«La suciedad del corazón no se quita como se quita una mancha: vamos a la tintorería y salimos limpios. Se quita con el obrar» (3 de marzo del 2015).

La suciedad del corazón se quita acudiendo a la tintorería de la confesión. Esto es lo primero que hay que enseñar.

El pecado es una mancha. Quítala en el lugar adecuado: el Sacramento de la confesión. Después, queda expiar ese pecado. Pero la mancha se quitó. Para no volver a mancharse, es necesario las cuatro cosas.

Pero Bergoglio sólo atiende a su humanismo: se quita con el obrar. Haz obras humanas buenas. No importa el pecado. Que tu alma viva manchada por el pecado de herejía. Eso no interesa. Haz un bien al hombre y te vas al cielo de cabeza. Esta es la enseñanza de este hombre. Y, por eso, predica que todos se van al cielo:

«…ve donde están las llagas de la humanidad, donde hay mucho dolor; y así, haciendo el bien, lavarás tu corazón. Tú serás purificado. Esta es la invitación del Señor».

Esta es la gran demencia de este subnormal.

No necesitamos a un Bergoglio. No lo queremos. No nos sujetamos a su mente humana. Nos da igual lo que piense y obre como jefe de una iglesia que no es la de Cristo.

Lo que hay en el Vaticano no es la Iglesia Católica. Es otra cosa. Y qué pocos católicos lo han entendido así.

Incluso, los muy tradicionales, siguen teniendo a ese idiota como su papa.

¿Queréis a un Papa sin doctrina?

Es imposible. Bergoglio no os va a dar lo que es un Papa. Os va a dar su idea masónica del Papado, que es la sinodalidad; la idea protestante de la Iglesia, que es vivir en el pecado; y la idea comunista de la sociedad, que es trabajar por el bien común del mundo, el orden mundial.

Si seguís aceptando a ese loco como vuestro papa, entonces estáis diciendo que queréis una iglesia sin la Cruz de Cristo, sin la doctrina de Cristo, sin la verdad de salvar y santificar el alma. Y esa no es la Iglesia en Pedro. Esa es la abominación que ya se ve en todas partes.

La mundanidad espiritual: la falsa norma de moralidad

sanjusti

«¿Quién será el bienaventurado que entonces sufrirá piadosamente el martirio por Cristo? Pues yo diría que los mártires de esa época estarán por encima de todos los mártires. Porque los mártires de tiempos anteriores sólo han luchado con hombres. Pero quienes vivan en la época del Anticris-to saldrán a la lucha con el mismo Satanás en persona» (San Cirilo de Jerusalén)

La vida humana es esencialmente mundana, es decir, cada hombre se hace su mundo, vive en una estructura concreta de vida: y esto es lo que se llama la mundanidad.

La mundanidad es algo circunstancial: el hombre es mundano de este mundo. El hombre está en el mundo, vive en el mundo, pero también vive en su mundo.

La mundanidad se presenta en formas estructurales: en el trabajo, en la familia, en lo que es presente, en lo que es ausente, en lo patente, en lo latente. Es un ámbito en donde están las cosas y está el hombre: el hombre se instala en su mundo, vive en su mundo. Es algo más que estar en un espacio físico en donde están las cosas.

Hay una estructura mundana de la vida, hay un mundo exterior y un mundo interior. Y toda la vida se traza en el ámbito de esta mundanidad.

Estar en el mundo es, para todo hombre, estar haciendo el mundo, estar mundificando. El hombre hace su mundo, pero es siempre un hacer circunstancial.

Cuando el hombre asume la circunstancia, entonces el hombre pone su obra en el mundo, proyecta su vida, su mente, su fe, su pecado, su virtud.

Ya no sólo está localmente en el mundo, sino que se encuentra en el mundo: está haciendo algo para sí mismo o para la sociedad. Y esto no es ya algo circunstancial, sino existencial.

El hombre vive la realidad de estar en el mundo: es sensible a todas las cosas y a todas las personas con las que se encuentra.

Este ser sensible no es un sensualismo o un idealismo: no es algo que viene por los sentidos del hombre, que son siempre instintivos, oscuros, pasivos. El hombre siempre se confunde por los sentidos, es engañado por ellos. Y, tampoco, es algo abstracto, una idea que aparece en la mente al ver la realidad de la vida.

El hombre, cuando asume lo circunstancial de su vida, vive para sí mismo y para los demás. Y lo hace de acuerdo a su fe, a su idea religiosa. Nunca lo hace por una idea en la mente o por un deseo humano o por las apariencias externas.

El hombre siempre, en su mundo, lleva en sí mismo una visión intelectual y moral de la vida, de ese estar en el mundo.

El hombre, en su mundanidad, no se desprende de su moralidad: vive su moral. Vive como santo o como pecador: proyecta en su mundo su moralidad.

Cuando se habla de mundanidad espiritual, se cae en un absurdo.

Todo hombre está en su mundo interior, pero ese mundo es moral: pensamientos y deseos, obras de acuerdo a ese pensamiento, una vida que proyecta lo que se piensa, lo que se desea.

Es un mundo moral y, por tanto, un mundo espiritual: el hombre está en su mundo moral. Pero es una mundanidad propia del hombre, debida a él, que nace de él mismo.

Ya no es una mundanidad que viene de fuera, circunstancial. Cuando se habla de mundanidad, se habla de una estructura de vida circunstancial al hombre: el hombre se instala en esa estructura, que no es suya, que está fuera de él. Y, en esa estructura, el hombre hace su vida.

Y este hacer su vida es distinto a la mundanidad. El hombre, proyecta en esa mundanidad, en esa estructura, su vida moral, su mundo moral. Y este mundo moral ya no puede llamarse mundanidad moral, porque implica algo existencial que la mundanidad no posee.

El hombre, en las circunstancias en que vive, es sensible a todo lo que ve y pone su moralidad: su vida de pecado o su vida de santidad.

Por eso, no se puede hablar de mundanidad espiritual, porque no es algo circunstancial a la persona. Lo espiritual está dentro del hombre, no fuera de él. Lo espiritual no es una circunstancia, sino la misma vida del hombre: el hombre tiene un espíritu en su naturaleza humana. El mundo no tiene un espíritu en su esencia: es sólo material, corporal.

Bergoglio habla de esta mundanidad espiritual:

«La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal» (EG, n. 93).

O con otras palabras: «La mundanidad espiritual como paganismo disfrazado eclesiásticamente» (Corrupción y pecado, 8 de diciembre del 2005).

Una cosa es el paganismo, otra cosa es la corrupción, una es el pecado de fariseísmo (de apariencias de religiosidad, doble vida), otra el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Bergoglio no distingue estas cosas y llama a una estructura social o religiosa como mundanidad espiritual. Este es su grave error.

Este error le viene de hombres, como De Lubac, que han torcido la antropología, haciendo una teología totalmente contraria al Evangelio:

«La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud radicalmente antropocéntrica. Esta actitud sería imperdonable en el caso —que vamos a suponer posible- de un hombre que estuviera dotado de todas las perfecciones espirituales, pero que no lo condujeran a Dios. Si esta mundanidad espiritual invadiera la Iglesia y trabajara para corromperla atacándola en su mismo principio, sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral» (H. De Lubac, Méditation sur l’Église, Paris 1968, 231).

La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud radicalmente antropocéntrica: la vida humana es esencialmente mundana. Pero la vida moral, la vida espiritual no es esencialmente mundana. La vida moral es esencialmente humana. Hombre y mundo son dos realidades totalmente diferentes, que convergen, pero que no se mezclan.

No existe una mundanidad espiritual, como no existe una mundanidad moral. Existe la mundanidad. Y eso es una actitud radicalmente antropocéntrico. Eso está en todo hombre, en su esencia. Y existe la moralidad, que es el acto de poner en el mundo el objeto de la fe en esa persona.

Una persona con una fe humana, proyecta en el mundo un humanismo; una persona, con una fe divina, proyecta en todo lo que vive la ley de Dios, lo divino, lo celestial, lo eterno.

Estos pensadores no tienen claro la vida moral del hombre porque han negado el pecado como ofensa a Dios, como obediencia del hombre a la ley de Dios. Y ponen el pecado como ofensa al hombre o a la sociedad. Y entonces tiene que nacer, en ellos, la mundanidad espiritual, un paganismo como una estructura personal y social, como un estado – no como un acto- en que el hombre vive inmerso en él y que no hace nada por quitarlo:

«Es una cultura de pigmeización por cuanto convoca prosélitos para abajarlos al nivel de la complicidad admitida (…) es el culto a los buenos modales que encubren las malas costumbres. Y esta cultura se impone en el laissez faire (“dejar hacer”) del triunfalismo cotidiano (…) El alma se habitúa al mal olor de la corrupción (…) uno está satisfecho con el estado en que está y no quiere tener más problemas (…) el alma comienza a satisfacerse de los productos que le ofrece el supermercado del consumismo religioso».

Y, por eso, Bergoglio habla de la corrupción como un estado, no como un acto:

«La corrupción no es un acto, sino un estado, estado personal y social, en el que uno se acostumbra a vivir».

El hombre, como ser humano, se instala en el mundo: eso es la mundanidad. La instalación mundana coincide con la condición humana misma: el hombre está en el mundo de acuerdo a su materialidad, a su corporeidad.

Pero el hombre tiene un alma y un espíritu. Con su cuerpo está en el mundo: vive la mundanidad. Pero con su alma y con su espíritu vive la moralidad. Y esa moralidad, que es su mundo interior, nace en él mismo, es de él mismo, no es del mundo, no es de las estructuras sociales o políticas o económicas o religiosas.

El hombre puede meterse, en el mundo, en un auténtico infierno y salir sin pecado de él. El hombre puede trabajar con hombres corruptos, ya en la política, ya en la economía, ya en la cultura, y él no corromperse.

Porque la corrupción no es la obra de una estructura social o religiosa: no es imperada por una complicidad o por unas malas costumbres o por un dejar hacer. La corrupción es la obra de una mente soberbia, que maquina una maldad, en su orgullo y con una vida de lujuria, en todos los sentidos. Y esa corrupción se transmite, como todo pecado, en el lugar en que el corrupto vive, produciendo obras malas, pecaminosas, que pueden arrastrar o no a las personas, dependiendo, nada más, de la voluntad de ellas.

Como hoy se niega el pecado como una obra en contra de la Voluntad de Dios, entonces se quiere poner el pecado en una estructura social, que está dañada porque hay hombres ya corruptos, que viven su pecado, con una inteligencia corrupta, perversa.

Por eso, si un hombre entra en una estructura social de corrupción, sólo peca si asume el pecado que se da en esa corrupción. No peca por pigmeización. La tentación siempre está ahí: el hombre sólo tiene que rechazarla con su voluntad libre. Es lo que Bergoglio niega en todo su escrito.

No se puede llamar corruptos a todos los hombres porque haya un gobierno que sea corrupto, o porque existan prostíbulos, o porque se den economías que favorezcan el pecado de usura, o porque en la iglesia haya obispos o sacerdotes que maquinan el mal. No existe una estructura social corrupta. Hablar así es meterse en la ley de la gradualidad: se quiere quitar una estructura corrupta con leyes humanas, injustas, en contra de la ley de Dios.

Cada hombre peca personalmente: y unos alcanzarán el pecado de corrupción; otros irán a la blasfemia contra el Espíritu Santo, otros sólo pecarán por diversión, por placer, por debilidad, por malicia.

Pero no existe una estructura social o religiosa corrupta. Eso sería poner el pecado en la sociedad o hacer del pecado algo filosófico, algo mental, que es lo que se hace hoy día.

Y entonces se ataca esa estructura social o filosófica, y no se ataca al hombre que peca, que vive su pecado, que hace de su pecado una inteligencia para el mal. Y viene la lucha de clases, y el vivir para cambiar las estructuras internas de la sociedad o de la iglesia o de la economía, etc… Y nada se hace, en la realidad de la vida, porque no se ataca la raíz espiritual de todo pecado.

¿Qué necesita la Iglesia?

¿Un cambio de estructuras? No.

Un cambio de personas:

«Al comienzo del pontificado del Papa Benedicto XVI, le escribí una carta en la que le rogaba designar obispos santos» (Carta abierta de Monseñor Jan Pawel Lenga).

¡Obispos santos!

Esta gran verdad es la que se desprecia  en toda la Iglesia.

En el Vaticano está lo que se llama el pecado de corrupción:

«Desgraciadamente, en nuestros días, la evidencia creciente de que el Vaticano, a través de la Secretaría de Estado, ha adoptado el camino de la corrección política está creciendo. Algunos nuncios han sido propagadores del liberalismo y del modernismo. Ellos han adquirido un hábil manejo del principio llamado “sub secreto Pontiificio”, por el cual se puede manipular y callar a los obispos. Y esto que el Nuncio dice a los obispos se les presenta como si fuese el deseo del Papa».

El pecado de corrupción no pertenece a una estructura religiosa o social, sino que es el pecado de una persona que obra con su inteligencia el error. Nuncios, Obispos, Cardenales, que haciendo uso de su cargo en la Iglesia la atacan desde dentro.

Es el pecado de soberbia: es la mente del hombre que maquina un mal: «Ellos han adquirido un hábil manejo del principio llamado “sub secreto Pontiificio”, por el cual se puede manipular y callar a los obispos».

El demonio sabe poner en las alturas del gobierno de la Iglesia a su gente, de una manera genial: es la corrupción de la mente del hombre, en el pecado de soberbia. Todo corrupto es soberbio en su inteligencia: es perverso. Maquina la maldad.

Este es el pecado de corrupción en la mente: es una perfección de la inteligencia del hombre que busca, con una idea, con una norma, con una ley, una obra mala. Cuando la mente se corrompe, entonces se obra –con la voluntad-  el pecado de orgullo y de lujuria: se manipulan y se hacen callar a los obispos para obrar el liberalismo y el modernismo en la Iglesia. Y así se divide la cabeza de la Iglesia. Así comienza el enfrentamiento en la cabeza: obispos contra obispos, sacerdotes contra sacerdotes.

Ya no hay un Espíritu único, el de Cristo, sino que es el espíritu del mundo el que alimenta a los pastores, que es la gran crisis de toda la Iglesia:

«Se puede observar en todos los niveles de la Iglesia un decrecimiento obvio del “sacrum”. El “espíritu del mundo” alimenta a los pastores. Los pecadores dan instrucciones a la Iglesia para que Ella los sirva. En su confusión, los Pastores se mantienen en silencio sobre los problemas que la afectan y abandonan a las ovejas en tanto se apacientan a sí mismos».

Los pecadores son los que mandan en la Iglesia: la Jerarquía sirve al pueblo con la mentira. Se le da al pueblo lo que quiere escuchar y obrar.

Esta carta, que muchos no quieren ni leerla porque pone en duda la renuncia del Papa Benedicto XVI y, por lo tanto, plantea de una manera directa la ilegitimidad de Bergoglio como Papa, da en el clavo sobre la situación de la Iglesia. Muchos acusan a este Obispo de irresponsabilidad absoluta en esta carta, porque están siguiendo al hombre en la Iglesia, obedecen al hombre en la Iglesia, pero han perdido la sujeción a Dios, el sometimiento de sus mentes a la Verdad Revelada, que ya en la Iglesia no es posible dar. Se llama irresponsable al que combate al hombre, al Obispo que lucha en la Iglesia contra el pensamiento del hombre. Así está el patio de la Iglesia: nadie quiere escuchar la Verdad. Se rechaza de plano.

Lo dice el mismo Obispo:

«Me veo forzado a recurrir a los medios públicos de expresión porque temo que cualquier otro método encontrará un muro de piedra de silencio y desprecio».

Este Obispo conoce, perfectamente, cómo es la estructura interna de toda la Jerarquía. Y estas palabras, contenidas en esta carta, se quedan en el vacío, en el silencio y en el desprecio en esta estructura. Nadie quiere escuchar la Verdad dentro de la estructura interna jerárquica. Nadie. Por eso, hay que emplear medios, como esta carta, como un blog. No hay otra manera para ser claros y para que la gente entienda lo que pasa en la Iglesia. Y, aún así, la gente no quiere entender. Es lo que dice San Pablo:

«Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira» (2 Tes 2, 11).

¡Cuántos católicos ya no creen en la Verdad. Y no tienen excusa. Prefieren a un mentiroso, como Bergoglio, que al Cristo verdadero. No buscan, en sus vidas –como católicos, la palabra de la verdad, la Jerarquía que les dé la verdad. Se contentan con cualquier lenguaje humano bello que un hombre, sin verdad, les predica.

«la voz de la conciencia no me permite permanecer en silencio, mientras que el trabajo de Dios está siendo calumniado».

Hay que dar gloria a Dios, no a los hombres. Hay que trabajar por Dios, no por los hombres. Y eso es lo que no se quiere en el Vaticano.

En el Vaticano sólo se trabaja por los hombres, pero no por Dios, no por Cristo. Aunque se llene la boca todo el día mencionando a Jesús. Es un Jesús sin verdad, sin ley, sin vida.

Para que la Iglesia salga a flote sólo hace falta una cosa: Obispos santos. No hacen falta cambiar las estructuras internas de la Iglesia.

¿Qué es lo que ha hecho Bergoglio?

Ha cambiado la estructura de gobierno: ha puesto una horizontalidad.

Y ¿qué clase de Obispos ha puesto en esa estructura? ¿Santos? No. Todos ellos son herejes, cismáticos y apostatas de la fe.

¿Hacia dónde va la Iglesia con semejantes sujetos? Hacia su autodestrucción.

¿Qué se hace con los buenos obispos? Se les persigue y se los entierra:

«En no pocas Conferencias Episcopales los mejores obispos son “persona non grata”».

Se ha puesto el pecado de corrupción en una estructura social, pero no en la persona que peca con la maldad de su inteligencia humana. Aquí está todo el problema de la Iglesia: la falta de fe. Han perdido el norte de la Verdad. Todos siguiendo el lenguaje humano de la mentira.

Al ser la corrupción un estado social, en el cual la gente se acostumbra al ambiente que le rodea, se quiere sanear ese ambiente como hacían los fariseos, y que Jesús fustigó:

«Atan cargas pesadas e insoportable y las ponen sobre las espaldas de la gente, pero ellos mismo ni con el dedo quieren moverlas» (Mt 23, 4).

Se pretende hacer desaparecer la corrupción, que se ve en todas partes, no llevando a cumplir la ley de Dios, sino imponiendo nuevas leyes, nuevos reglamentos, nuevas doctrinas. Y, por eso, aparecen muchas personas, llamadas por la sociedad, corruptas, y no lo son en la realidad.

El hombre carga con sus leyes a los demás y, entonces, los hombres que no obedecen a esas leyes injustas, son llamados corruptos: se les mete en la cárcel, no por no cumplir con la ley de Dios, sino por no cumplir con las leyes de los hombres, que son siempre gravosas para los hombres, porque no miden la verdad de lo que es un hombre.

Queriendo quitar la corrupción se hace el hombre más corrupto, porque no va a la raíz del problema: no se va a quitar el pecado; sino que se pone una ley, que es una carga económica, social, política, humana…., para la persona, que la persona no puede llevar. Es el afán de controlarlo todo, ya sea por el Estado, ya sea por la Iglesia. Ese afán de control es el orgullo, que refleja una mente corrupta, perversa. Son leyes que ponen personas ya corruptas, ya perversas, en sus inteligencias humanas.

Mentes perversas son las que manejan el mundo y la Iglesia. Ellas son las más corruptas de todas, pero hacia fuera, hacia lo exterior, parecen santos, justos:

«Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres» (Mt 23, 5): hacen multitud de obras sociales, de obras que gustan a los hombres, para que los hombres los llamen como buenos, como misericordiosos.

Bergoglio da de comer a los pobres, y todo el mundo: qué santo es ese hombre. Este hombre no puede ser un anticristo. Y nadie recuerda lo que dijo: «La corte es la lepra del Papado».

Si la corte es la lepra del Papado, ¿por qué no pones Obispos Santos en el Papado? Porque no crees en la santidad de la Iglesia, sino que estás en esa Silla para fustigar, para destrozar toda la Iglesia, con tu palabra barata y blasfema, con tu ley de la gradualidad.

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo, lo hacéis doblemente más hijo de la gehena que vosotros» (Mt 23, 15).

Esta es la misión de Bergoglio en sus viajes, en la Iglesia y en toda su vida de sacerdote y Obispo: hacer prosélitos para su causa comunista, masónica y protestante. Bergoglio no trabaja para Dios en la Iglesia, sino para el mismo demonio. ¡Y qué pocos quieren entender esta verdad! ¡Cómo se les atraganta esta frase!

¡Cuántos callan esta verdad!

«¿Dónde están los apologistas de nuestros días, que anuncien a los hombres, de un modo claro y comprensible, la amenaza y el riesgo de perder la fe y la salvación? En nuestros días, la voz de la mayoría de los obispos más bien se asemeja al silencio de corderos frente a los lobos furiosos; los fieles son abandonados como ovejas indefensas».

¿Dónde están los apologistas?

Bergoglio no los quiere:

«Muchas controversias entre los cristianos, heredadas del pasado, pueden superarse dejando de lado cualquier actitud polémica o apologética,  y tratando de comprender juntos en profundidad lo que nos une» (24 de enero del 2015).

La APOLOGÉTICA es primordial en tiempos de confusión.

Sin hombres que luchen por la Verdad, la Iglesia acaba adaptándose a la cultura moderna, que es toda ella perversión intelectual.

Bergoglio llora por sus hombres, pero no por sus pecados:

«Debemos reconocer que, para llegar a las profundidades del misterio de Dios, nos necesitamos unos a otros, necesitamos encontrarnos y confrontarnos bajo la guía del Espíritu Santo, que armoniza la diversidad y supera los conflictos, reconcilia las diversidades».

No necesitamos a los hombres para estar unidos en Cristo. Necesitamos la VERDAD, que Bergoglio niega a cada instante. No necesitamos dar un abrazo a los hombres, sino ponerlos en la verdad de la vida: o te salvas o te condenas; o quitas tu pecado o vives para condenarte en tu pecado.

Necesitamos Obispos Santos que prediquen la Verdad y que imiten las obras de Cristo en Su Iglesia.

No necesitamos mentes corruptas, como las de Bergoglio, que sólo anuncian su falso ecumenismo:

«En este momento de oración por la unidad, quisiera recordar a nuestros mártires de hoy. Ellos dan testimonio de Jesucristo y son perseguidos y ejecutados por ser cristianos, sin que los persecutores hagan distinción entre las confesiones a las que pertenecen. Son cristianos, y por eso perseguidos. Esto es, hermanos y hermanas, el ecumenismo de la sangre».

No dice Jesús: «la carne no sirve para nada» (Jn 6, 63b). ¿Qué importa que los hombres que, con su boca, se llamen cristianos, sean matados? La carne de toda esa gente no sirve para nada. «Es el Espíritu el que da vida» (Jn 6, 63a): si no tienen la fe divina, que es la que da vida al alma y al espíritu del hombre, la fe común los condena al fuego del infierno, porque no dan ni testimonio de la Verdad ni son testigos de Cristo. Dan testimonio de su verdad y son sólo testigos de su falso cristo.

¿Dónde están los apologetas de hoy día que combatan el ecumenismo de sangre de este hombre? No están.

¿Quién se opondrá a Bergoglio? NADIE.

¡Toda la Jerarquía callada ante el lobo Bergoglio! ¡TODA!

La razón: muchos son de Bergoglio, piensan y obran como él:

«En mi opinión la voz débil de muchos obispos es la consecuencia del hecho de que, en el proceso de elección de los obispos, los candidatos no son examinados suficientemente sobre una firmeza indudable y una valentía en la defensa de la fe, sobre su fidelidad a las tradiciones multiseculares de la Iglesia, sobre su piedad personal. En el asunto de la designación de los obispos, e inclusive de los cardenales, es cada vez más notable que algunos prefieren a los que comparten una ideología particular o pertenencia a determinados grupos que son ajenos a la Iglesia, y que han influido en la designación de algún candidato en particular».

Son Obispos sin fe, sin vida espiritual.

A los Papas se les ha impuesto Obispos sin ninguna vida espiritual: hombres con un espíritu del mundo, hombres de política, que viven para una empresa económica, para un ideal cultural, para un progreso científico o técnico, pero que les trae sin cuidado el Espíritu de Cristo en el sacerdocio. Y estos hombres son los que hablan, en muchas ocasiones, de la corrupción en todas partes, pero no mueven un dedo para quitar sus malditos pecados ni para expiar los pecados de los demás. Son sus pecados los motivos de mayor corrupción, tanto en el mundo como en la Iglesia.

Y esta imposición ha durado cincuenta años. La consecuencia es clara: quien gobierna en todas las diócesis de la Iglesia son Obispos perversos, corruptos, herejes, cismáticos y apóstatas de la fe. ¿Qué hay que esperar de ellos? El silencio sepulcral.

«Es una pena que el Papa no participe personalmente de la designación de los obispos»: esto indica el grado de corrupción de la Jerarquía que ha rodeado a todos  los Papas. Corrupción en la mente, que se ve reflejada, después, en las obras de orgullo, con la desobediencia al Papa, en muchas formas, y con las obras de la lujuria, haciendo de la liturgia un festival mundano.

Toda la Jerarquía que rodeaba al Papa Benedicto XVI lo sepultaron:

«El papa Benedicto XVI era la cabeza de la Iglesia; su entorno, sin embargo, apenas sí traducía sus enseñanzas en una forma de vida, silenciaba o bien obstruía sus iniciativas de una reforma auténtica de la Iglesia, de la liturgia y de la manera de administrar la Sagrada Comunión».

¡Esto es defender al Papa! Lo que nadie se atreve a hacer en la Iglesia.

Todos defendiendo a los hombres y, por lo tanto, viendo como buena la renuncia del Papa Benedicto XVI.

¡Nadie apoyó el Pontificado de Benedicto XVI!

Hay que hablar claro: hubo una conspiración en la cabeza de la Iglesia:

«En vista del gran secretismo que domina en el Vaticano, para muchos obispos era realmente imposible ayudar al papa en su deber como cabeza y jefe de la Iglesia toda».

Cuando se habla de secretismos, se habla de conspiración. Se habla de ataque a la Iglesia, no por los hombres de fuera, sino por la misma Jerarquía que rodeaba al Papa.

Ya no hablamos del Papado, sino del Papa: todos han ido a anular al Papa en la Iglesia, con el solo fin de poner una nueva estructura, un nuevo y falso papado, que es la destrucción de toda la Iglesia. Lleva hacia eso. Y es lo que vemos en todas partes.

«Es obvio que en el Vaticano hay una tendencia a ceder, más y más, al ruido de los medios masivos. No es infrecuente que en nombre de una incomprensible tranquilidad y calma, los mejores hijos y servidores sean sacrificados para apaciguar a los medios masivos».

Todos los medios aplaudiendo las herejías de Bergoglio. TODOS. Roma ha perdido la fe. Y, por eso, se persigue a los verdaderos sacerdotes y Obispos: es el fruto de la perversión de la mente.

Hay que cambiar las estructuras sociales, y eso conlleva quitar a los corruptos: los que sirven a la Verdad que no cambia. Esos son los corruptos. Por ellos, el mundo está como está. Por defender la verdad inmutable, todos los gobiernos en la corrupción. Hay que aflojar para tener un orden que sea modelo para todos, un orden que incluya a todos los hombres, no que excluya a unos hombres.

Por eso, en la Iglesia se observa la corrupción de lo mejor:

«Los enemigos de la Iglesia, sin embargo, no entregan a sus fieles servidores, inclusive cuando sus acciones son evidentemente malas».

La misma Iglesia condena y juzga a los buenos y santos sacerdotes y Obispos. No los defiende del mundo, de las personas, de los gobiernos. Los Obispos no defienden a sus sacerdotes, sino al pueblo. Están con los hombres, pero no con Cristo en sus sacerdotes. A los sacerdotes se les obliga a pensar como piensa el mundo, y  a dar a los hombres predicaciones buenistas, llenas de barato humanismo, para contentarlos en sus vidas humanas. Y, por eso, en la Iglesia no hay lugar para un sacerdote santo. NO HAY CAMINO. Los mismos Obispos se encargan de quitarlos de en medio.

¡Esta es la verdadera corrupción en la Iglesia, que nadie atiende, por estar atentos a un ignorante de la verdad, como Bergoglio!

«Cuando deseamos permanecer fieles a Cristo de palabra y de hecho»: fieles a Cristo, no a los hombres. Obedientes al Espíritu de Cristo, no al espíritu del mundo que está en toda esa Jerarquía que gobierna en la actualidad la Iglesia.

Este Obispo es valiente en esta carta, pero es velado. No puede hablar claramente: no puede decir que Bergoglio no es Papa, porque si lo dice, se le acaba todo en la Iglesia. Él lo sabe y, por eso, no puede enseñar esta verdad.

Pero da un testimonio claro y valiente a todos los católicos.

Pero los católicos, ¿quieren aprender de un Pastor en la Iglesia? No. Van a seguir siguiendo a los lobos.

Bergoglio: corrupto y pecador

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«Nos hará bien volver a decirnos unos a otros: “¡pecador sí, corrupto no!”, y decirlo con miedo, no sea que aceptemos el estado de corrupción como un pecado más» (Jorge M. Bergoglio –  Corrupción y pecado – 8 de diciembre de 2005)

Esta es la mente torcida de un hombre corrupto y pecador.

La corrupción es un pecado, pero es un triple pecado: soberbia, orgullo y lujuria.

La corrupción no es la blasfemia contra el Espíritu Santo, no es un pecado que no tiene perdón.

La corrupción es un pecado que tiene perdón.

Este hombre habla de la lucha de clases y, por lo tanto, ataca a todos los hombres que se oponen, que fustigan – de una manera o de otra – a las clases más débiles, más pequeñas, minoritarias, bajas, etc…

Su lenguaje es sólo el propio de un hombre comunista. Coge citas de la Sagrada Escritura y las malinterpreta, les cambia el sentido, les da una vuelta, para poner de relieve su mentira.

Bergoglio es corrupto en su mente: es decir, no puede ver la verdad. Se alimenta siempre de la mentira, del error, de la duda, de la oscuridad del lenguaje humano.

Estos hombres, corruptos en la mente, son hábiles para hablar con un lenguaje bello, atractivo, que llega a la mente de la persona, con el fin de poner una idea, la que en el escrito, en la homilía o en el discurso, se quiere reflejar.

Nadie puede decirse a sí mismo: “pecador, sí”.

Todos deben desear ser santos en la Iglesia. Sin este deseo, el alma sólo vive para su pecado. Y sólo para la obra de su pecado.

No; no hace falta ir al Evangelio, como hace este hombre, para resaltar esta idea: «“Pecador, sí”, como lo decía el publicano en el templo (“¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”); como lo sintió y lo dijo Pedro, primero con palabras (“Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”.

Esto es lo que se llama una predicación bonita, con un estilo de frase en bandeja de plata: se pone una cita de la Escritura para expresar una auténtica herejía.

Señor, ten piedad de mí, porque en mi pecado me olvidé de ser santo.

Aléjate, Señor de mí, porque he preferido el pensamiento que me lleva al pecado que al deseo que me lleva a la santidad.

Ni el publicano ni San Pedro usaban la palabra pecado para afirmarse en el pecado, sino para rechazarlo, porque habían comprendido la maldad de la obra de su pecado.

¡Esto es lo que nunca va a enseñar Bergoglio! ¡Nunca! ¡Nunca enseña a no pecar, a fustigar el pecado! ¡Siempre enseña a mantenerse en el pecado, a verlo como un bien para el hombre!

Somos pecadores, sí, pero eso no es la gloria del hombre. Somos pecadores porque hemos nacido en el pecado original. Y eso es lo más triste de la vida. Eso es un sufrimiento para toda la vida. Eso es un desastre para todo hombre que viva en esta tierra de maldad. Por el pecado, Jesús fue a la muerte de Cruz. Eso no es lindo.

El pecado no es lindo: « ‘Pecador, sí”. Qué lindo es poder sentir y decir esto y, en ese momento, abismarnos en la misericordia del Padre que nos ama y en todo momento nos espera».

¡No es lindo sentir que uno es pecador! ¡No es lindo sentir el pecado! ¡No es lindo obrar el pecado. ¡No es lindo!

¡No es lindo crucificar de nuevo a Cristo con nuestros pecados! ¡No es lindo, Bergoglio!

Un hombre corrupto en su mente humana habla así: negando la gran maldición que es todo pecado. Y si se niega esto, se niega la obra de la Redención del hombre, que sólo tiene sentido porque existe el pecado en todo hombre. Existe ese mal espiritual que todos los modernistas niegan.

Bergoglio niega el dogma del pecado y, por tanto, indica su falsa misericordia, que es la falsa redención y liberación que toda la teología de la liberación predica: «en ese momento, abismarnos en la misericordia del Padre que nos ama y en todo momento nos espera». Bergoglio niega el castigo de Dios por el pecado. Niega la Justicia Divina. Sólo queda una inútil compasión, que es lo que vende en el Vaticano: Dios te ama, Dios te espera, no importa que estés en pecado, porque es bonito, es lindo sentirse pecador. ¡Este es su negocio en Roma! Y, por eso, va en la conquista de ese falso ecumenismo, en la que todos están en su identidad, en sus creencias, sin salir de ellas, sin renunciar a ellas, porque es lindo sentirse pecador.

¡No te conviertas del pecado! ¡Eso ya es cosa pasada! Ahora, lo que importa es que te conviertas de la corrupción de la cultura y de la sociedad.

«“¡pecador sí, corrupto no!”». Y no aceptes «el estado de corrupción como un pecado más». No es lindo ser corrupto; pero es lindo ser pecador.

Bergoglio está haciendo lo propio de un líder que mueve las masas: estas frases encantan a la gente que no piensa la vida espiritual, que busca al gobernante de turno por un interés para su vida personal. Interés humano, social, religioso, político, etc.

Si Bergoglio, como “papa”, me dice que el pecado sí, pero la corrupción no, entonces me froto las manos: vivo mal casado, en pecado, pero no quiero corromperme: no quiero vivir en un estado social de angustia, que la gente me mire mal, que no tenga oportunidades en la Iglesia porque vivo en pecado. Vivo como homosexual, en mi pecado, pero la sociedad me pone trabas. No quiero ser corrupto para la sociedad. Hay que buscar la manera de quitar la corrupción.

Por eso, Bergoglio predica: «en la Iglesia hay lugar para pecadores, no para corruptos» (03 de junio 2013). Hay que meter en la Iglesia a los homosexuales, malcasados, etc…para que no se corrompan en la sociedad, para hacer una sociedad, una iglesia de pecadores, pero no de corruptos.

¡Es la lucha de clases, propia del comunismo que profesa Bergoglio en todos sus escritos! Y, por eso, este hombre es un hombre sin ninguna fe: no sabe la doctrina de Cristo y no sabe el Magisterio de la Iglesia. Es un necio de la verdad, porque la niega constantemente.

Para resolver los problemas sociales, ya la Iglesia ha hablado largamente. Bergoglio no hace ni caso porque está en su teología de la liberación, en la cual el pecado es un asunto de la sociedad, no es un acto de la persona. Es una costumbre que se ha hecho doctrina, ley, forma de vida, y que ataca a los más débiles de la sociedad, produce mucha injusticia.

«si bien la corrupción es un estado intrínsecamente unido al pecado, en algo se distingue de él»: éste es el primer absurdo.

Si la corrupción y el pecado están unidos intrínsecamente, es que son lo mismo. Hay unión intrínseca. Pero el problema no está aquí, sino en que separa pecado y corrupción: los une de manera intrínseca. Como el alma y el cuerpo: dos realidades, que se unen de manera intrínseca. No son una misma cosas, sino distintas, pero unidas esencialmente.  De esta manera, Bergoglio construye una nueva norma de moralidad, que es su ley de la gradualidad.

El pecado es un grado; la corrupción es otro grado. Y, en cada uno, hay sus leyes, sus formas de obrar y de comprensión.

Bergoglio habla de dos realidades: pecado y corrupción. Y, además, que forman una unión irrompible: unión intrínseca. No es una unión extrínseca, fuera de la realidad de las cosas. Es una unión que une a amabas cosas: pecado y corrupción. Y la une, tan fuertemente, que no se puede separar.

Por eso, no se puede comprender su dicho: pecador, sí; corrupto, no.  Si el pecado es bonito, también lo es la corrupción, porque hay una unión intrínseca. Y así como el cuerpo refleja el estado del alma, así el pecado refleja la corrupción.

Pero Bergoglio está en su ley de la gradualidad: en los grados. Y, por tanto, el pecado es bonito en todos sus grados; pero no la corrupción. Ésta va por caminos distintos a los grados del pecado.

«No hay que confundir pecado con corrupción. El pecado, sobre todo si es reiterativo, conduce a la corrupción, pero no cuantitativamente (tantos pecados provocan un corrupto) sino cualitativamente, por creación de hábitos que van deteriorando y limitando la capacidad de amar, replegando cada vez más la referencia del corazón hacia horizontes más cercanos a su inmanencia, a su egoísmo».

El pecado reiterativo lleva a la corrupción, pero de manera cuantitativa, sino cualitativamente, por creación de hábitos.

Hay que enseñarle a Bergoglio lo que es el pecado.

  1. Ningún pecado lleva a la corrupción, sino que todo pecado conduce a su perfección. El pecado es más perfecto cuando hay más inteligencia, más conocimiento. Cuando el hombre obra su pecado como un hábito puede llegar a la blasfemia contra el Espíritu Santo, que es la máxima perfección del pecado. Pero llega por inteligencia, por la perfección de su conocimiento de la obra del pecado, no por las reiteradas obras de pecado.
  2. La suma de pecados, ya sean mortales, ya sea veniales, no hacen un pecado.
    Son una serie de pecados, que se cuentan como pecados personales. Se puede mentir mucho y caer en el pecado venial, en cada mentira, y eso no lleva al pecado mortal de la mentira. Se puede fornicar toda la vida y eso no lleva a la perfección del pecado: las prostitutas se pueden salvar aunque se pasen toda su vida prostituyéndose.
  3. La corrupción no está en la reiterada obra de pecados, sino en la perfección del entendimiento humano: cuanto más un hombre conoce su pecado, su obra, más le conduce a la corrupción del pecado. Se corrompe su mente por su inteligencia errada en el mal.
  4. Bergoglio lo que hace es una gran maldad: mete a todos los hombres que pecan, ya con pecados mortales, ya con veniales, en la corrupción. Hay muchas personas que pecan por debilidad o por maldad y, sin embargo, no son corruptas en la obra de sus pecados. Lo hacen sin calcular su pecado, sin entender los detalles, los frutos, de sus pecados. Pasan la vida pecando, pero no son corruptos en sus pecados: sus inteligencias no se han corrompido. Bergoglio pone la corrupción de las culturas, de las doctrinas, de las leyes, de las costumbres, de las modas, como el signo de vivir en el estado de corrupción del pecado. Y eso es una gran mentira.
  5. El hábito de pecar no corrompe la sociedad o el mundo. Desde siempre el hombre ha pecado; y siempre el mundo es como es: pecador. No porque la gente rica haga de su dinero una obra en la sociedad, eso sea corrupción. Hay mucha gente que vive en su pecado, sea el que sea, y la sociedad no es buena o mala porque toda esa gente peque o no peque. El mal social es siempre por el pecado de cada persona. Y no sólo eso. Es porque la persona no quiere quitar su pecado personal. Del pecado personal se derivan para la sociedad muchos males, de todo tipo. La gente vive en su pecado, en la corrupción de su pecado, en la obra de su pecado. Y eso es lo que ofrece a los demás: su pecado. Pero el corrupto en su pecado sigue siendo pecador. Todavía hay salvación en él. Y la corrupción en la obra del pecado sólo se puede quitar si la persona quita su pecado, es decir, se confiesa y hace penitencia de su pecado.
  6. El mal en la sociedad sólo está en aquellas personas que viven en la perfección de inteligencia para el mal: viven maquinando el mal, ya sea en la política en la economía, en la iglesia, en la cultura, en la ciencia, etc… Viven en el pecado de soberbia. A mayor perfección en la soberbia, mayor pecado en la sociedad. Bergoglio es el típico líder soberbio: tiene una inteligencia para el mal. Y, por tanto, lleva a toda la Iglesia, a todo el cuerpo social de la iglesia, hacia la corrupción del pecado. Y, en la corrupción, la blasfemia contra el Espíritu Santo.
  7. El que vive en su pecado sólo llega a la perfección de su pecado, es decir, a la blasfemia contra el Espíritu Santo, si pierde la fe, que es un pecado de infidelidad, de desesperación y de abandono de la Voluntad de Dios. Es un triple pecado. Mientras no llegue a esta blasfemia, está en la corrupción de su pecado y, por tanto, se puede salvar, está dentro de la Iglesia. ¡Gran peligro hay con Bergoglio como cabeza de la Iglesia! Los incautos llegarán, con él, a la blasfemia contra el Espíritu Santo. ¡Muchos todavía no comprenden lo que es Bergoglio!

Bergoglio sólo habla como un político, que va en busca de sus adeptos: está en  su proselitismo. Y, por eso, hace más daño que cualquier político, porque se viste de un falso papa, enseñando una doctrina de demonios.

«Podríamos decir que el pecado se perdona; la corrupción, sin embargo, no puede ser perdonada»: esto es ir en contra de la misma Palabra de Dios, que ha enseñado cuál pecado no puede ser perdonado: el de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Bergoglio está en su ley de la gradualidad, que es la nueva norma de moralidad en su falsa iglesia.

Y da una razón estúpida para un hombre que se llama a si mismo Obispo: «Sencillamente porque en la base de toda actitud corrupta hay un cansancio de trascendencia: frente al Dios que no se cansa de perdonar, el corrupto se erige como suficiente en la expresión de su salud: se cansa de pedir perdón».

Se cansa de pedir perdón: esto es enseñar la corrupción de su mente soberbia. Es la obra de su soberbia, que ha llegado a la perfección en la inteligencia. Es una inteligencia rota, como la del demonio, pero hábil en transmitir la maldad.

Decir que en toda actitud corrupta hay un cansancio de trascendencia es tomar por idiotas a todos los teólogos y filósofos.

El ateo tiene un problema de cansancio de trascendencia; el avaro ya se cansó de mirar al cielo; un sacerdote, un obispo corrupto están paralizados con Dios: «el modo de corrupción que podría ser más propio de un religioso… yo llamaría corrupción en tono menor, es decir: la posibilidad de que un religioso tenga corrompido el corazón pero (permítase la palabra) venialmente, es decir, que sus lealtades para con Jesucristo adolezcan de cierta parálisis».

¡Qué poco comprende este hombre lo que es el pecado, porque lo niega! Y tiene que inventarse la corrupción mortal y la corrupción venial. Bergoglio se ha hecho una nueva y falsa norma de moralidad. Y con esta norma está gobernando la Iglesia.

¡El sentimiento del cansancio es la base de toda corrupción!

La base de todo pecado es esto:

«En sus juicios acerca de valores morales, el hombre no puede proceder según su personal arbitrio. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer… Tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente» (Gaudium et Spes, n.16).

La desobediencia a la ley de Dios, escrita en las entrañas y puesta en el corazón del hombre, eso es el fundamento de todo pecado y de toda corrupción: la DESOBEDIENCIA A DIOS.

El cansancio de la transcendencia es el lenguaje de los modernos que indica su ley de la gradualidad: el hombre camina en el grado de parálisis espiritual, en el cual está corrupto.

Un hombre que no tiene claro lo que es el pecado, es un hombre que produce en el gobierno de la Iglesia un desastre monumental.

¡Qué caos hay en Roma con este hombre! ¡Qué caos!

Para Bergoglio, la corrupción es inconsciente, comienza sin conocimiento de la persona: «En el corrupto existe una suficiencia básica, que comienza por ser inconsciente y luego es asumida como lo más natural».

Algo que es inconsciente nunca es pecado. El pecado siempre comienza en el conocimiento. Si la persona no conoce, es inconsciente, nunca hay pecado.

Bergoglio habla de la inmanencia: hay algo dentro de la persona, que lo llama suficiencia básica, a la cual la persona está ligada de manera inconsciente. Esto va en contra de la libertad del hombre. Esto no es comprender el pecado original. Por negar el dogma del pecado original, cae en esta gravísima herejía. Está construyendo su ley de la gradualidad para poder explicar lo que dice San Pablo: hago lo que no quiero.

El hombre, por más que viva con las cosas, con las personas, si no ha dado su libertad a todo eso, es libre, no asume nada, no coge de manera inconsciente un pecado, un apego, una inclinación de su naturaleza humana. Bergoglio niega la libertad del hombre, porque entiende mal los apegos de los hombres. Los pone dentro de la persona humana y ésta no puede quitarlos de encima: vive con ellos, de manera inconsciente. Y después los asume de manera natural.  Son los grados de su nueva norma de moralidad.

Para un católico verdadero esta doctrina es demoníaca, imposible de llevarla a la práctica de la vida. Si todos nos apegamos a las cosas de manera natural, entonces nadie tiene pecado. Si el hombre no tiene la fuerza de su voluntad para luchar en contra de esos apegos que viven en él, de manera inconsciente, entonces ¿qué es el hombre?

¡Doctrina demoníaca!

Hay una suficiencia básica. ¿Y qué es eso? ¿Eso está en al alma, en el cuerpo, en el corazón, en la persona? ¿Quiñen ha puesto esa suficiencia básica en el hombre? ¿Ha sido el mismo hombre? ¿Ha sido Dios? ¿Es la sociedad la que lo pone con sus culturas, con sus costumbres? ¿Es el hombre la obra de una costumbre social?

Para la mente de Bergoglio es esto: la evolución de las costumbres en los pueblos, en las sociedades, que han hecho corruptos  a los hombres.

«La suficiencia humana nunca es abstracta. Es una actitud del corazón referida a un tesoro que lo seduce, lo tranquiliza y lo engaña: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida” (Lc 12,19). Y, de manera curiosa, se da un contrasentido: el suficiente siempre es —en el fondo— un esclavo de ese tesoro; y cuanto más esclavo, más insuficiente en la consistencia de esa suficiencia».

¿Qué es esa suficiencia básica, que está dentro del hombre? «Es una actitud del corazón referida a un tesoro que lo seduce… un esclavo de ese tesoro… y cuanto más esclavo más insuficiente en la consistencia de esa suficiencia».

Esa suficiencia – dice Bergoglio- es un apego a algo: y cuanto más apegado, más necesita de esa cosa.

Vean la maldad de este hombre: está llamando corruptos a todos los hombres. ¿Quién no vive apegado a algo en la vida? Nadie.

Los apegos no se hacen pecados si la persona no lo quiere. Siempre hay que salvar la libertad del hombre.

Un hombre puede estar apegado a una criatura, a una cosa determinada, y no pecar. El pecado no está en el apego, sino en la voluntad del hombre. Un hombre con un apego es más fácil que peque, cuando usa su apego en la obra de su pecado. Pero si no lo usa, pecará por otro motivo, pero no por su apego.

El apego es indicio de que el alma está atada en su vida espiritual y no puede volar hacia donde el Señor le llama. Cada hombre tiene que romper sus apegos, para crecer en la vida del Espíritu. Pero ningún apego lleva a la corrupción del pecado. Sólo la perfección del entendimiento, cuando se peca, lleva a esa corrupción. Un pecado es más perfecto cuando se conoce más en el detalle de la obra. Y entonces se hace más daño a los demás, porque se conoció la obra con un daño. Pero muchos hombres pecan si saber, en realidad, el fruto, los daños de sus pecados. Tienen malicia, pero no perfección en la obra del pecado. Están muy apegados a las cosas, pero no son perfectos en la obra de sus pecados. No hay perfección en la inteligencia. Sólo hay atadura a su apego.

Una cosa es la malicia del pecado, otra su perfección. Un hombre puede pecar en la malicia de la lujuria: vive por su apego al sexo. Pero, en su pecado, no construye un pecado perfecto en el sexo. No hace el pecado para una maldad; hace el pecado para un provecho propio, para satisfacer su deseo. No es el apego la clave de la corrupción. Es la perfección del pecado.

Bergoglio sólo se aplica al apego, para dar una doctrina sin pies ni cabeza.

Nunca se da un desequilibrio entre la libertad y el apego. Nunca. Bergoglio no habla de la libertad, sino del convencimiento de auto-bastarse:

«la corrupción no puede quedar escondida: el desequilibrio entre el convencimiento de auto-bastarse y la realidad de ser-esclavo del tesoro no puede contenerse».

Esto es, en el lenguaje de los modernistas, la libertad: un hombre convencido en sí mismo de que puede bastarse a sí mismo. Es el concepto orgulloso de la libertad, que significa una autonomía, una auto-dependencia de toda ley de Dios.

«Sí, la corrupción tiene olor a podrido. Cuando algo empieza a oler mal es porque existe un corazón encerrado a presión entre su propia suficiencia inmanente y la incapacidad real de auto-bastarse; hay un corazón podrido por la excesiva adhesión a un tesoro que lo ha copado».

Bergoglio niega la libertad del hombre: «existe un corazón encerrado a presión entre su propia suficiencia inmanente y la incapacidad real de auto-bastarse». Esto es destruir la propia naturaleza de hombre. El hombre se halla encerrado a presión en algo inmanente, que no puede quitar. Es un hombre condenado en vida. Todos los corruptos son, para Bergoglio, personas condenadas, malditas:

«El corrupto no percibe su corrupción…. De aquí también que difícilmente el corrupto puede salir de su estado por remordimiento interno»: no hay remordimiento interno. No se puede salir.

Y ahora vean la desfachatez de este hombre:

«Generalmente el Señor lo salva con pruebas que le vienen de situaciones que le toca vivir (enfermedades, pérdidas de fortuna, de seres queridos, etc.) y son éstas las que resquebrajan el armazón corrupto y permiten la entrada de la gracia. Puede ser curado».

Judas, para Bergoglio, se salvó. No podía tener remordimiento interno, porque no era libre, estaba encerrado en su propia suficiencia inmanente, sin capacidad de entender que era libre. Y, entonces, el Señor le pone una prueba, una situación en la que vio el rechazo de los sacerdotes y ancianos a su proyecto de un reino mesiánico, entregó el dinero y se marchó para ahorcarse. Y eso es lo que le curó. Había entregado sangre inocente a una causa que no era la que buscaba. En esa prueba, Judas vio su mal y pudo ser salvado. Antes no podía ver su corrupción: «El corrupto no percibe su corrupción», porque está encerrado a presión entre su propia suficiencia inmanente y la incapacidad real de auto-bastarse. Sale con una prueba del Señor, aunque le lleve a la muerte.

Así es como los modernistas salvan a todo el mundo.

«El corrupto no tiene esperanza. El pecador espera el perdón… el corrupto, en cambio, no, porque no se siente en pecado: ha triunfado. La esperanza cristiana se ha como inmanentizado en las virtualidades futuras de sus ya logrados triunfos, de sus inmanentes arras».

«El corrupto no se siente en pecado»: todo hombre sabe si vive en pecado o si no está en pecado. Aun los hombres que niegan el pecado, conocen que están en pecado, aunque con sus bocas, con sus inteligencias, lo nieguen.

No por negar al demonio, no existe el demonio. No por negar el pecado, el alma no está en estado de pecado.

Todo hombre sabe cuándo está en gracia y cuando en estado de pecado. Todo ser humano experimenta la gracia de Dios y la obra del pecado. Y las sabe discernir en su vida. Sabe lo que se siente cuando se está en gracia, y sabe lo que su alma experimenta cuando está en pecado. La inteligencia del pecador es distinta a la inteligencia de la persona que está en gracia.

En la gracia, el alma entiende las cosas: conoce, medita, penetra en la verdad.

En el pecado, el alma no entiende la vida: vive sin conocimiento, en la ignorancia, en la superficialidad de los pensamientos, en las filosofías bellas y atractivas, sin capacidad para penetrar la verdad, sólo viviendo en su mentira, que le pone dando vueltas a lo exterior y superficial de la vida, sin llegar al centro de su vida, al sentido de su vida.

El corrupto, como vive para sus inmanentes arras, que son sus triunfos en la vida, no siente su pecado. ¡Y es cuando más lo siente! Esta verdad es la que niega Bergoglio en su nueva ley de la gradualidad.

Todo hombre conoce si camina para salvarse o camina para condenarse. Nadie se salva o se condena a ciegas.

El hombre, aunque viva metido en su pecado, en inmanentes arras, vive sintiendo el vacío de su corazón. Y es un vacío que le pesa hasta la muerte: no puede no sentirlo. Es un vacío que lo ahoga, porque el alma ha sido creada por Dios para la felicidad eterna. Toda alma vive para lo eterno.

Y todo hombre que se inventa una vida feliz en la tierra, no puede no sentir el deseo de su alma, que le empuja a algo más de lo que ve, de lo que tiene, de lo que siente. Siempre se siente el deseo del alma hacia el cielo, hacia Dios. Otra cosa es que el hombre apague ese deseo con su libertad, y siga en su vida de pecado, siga en sus apegos.

«La corrupción no es un acto, sino un estado, estado personal y social, en el que uno se acostumbra a vivir».

Este es el resumen de todo su desvarío.

La corrupción no es un acto: no es una obra. Entonces, si el hombre no actúa, no obra, ¿qué hace el hombre? Vive en una esclavitud:

«un estado, estado personal y social, en el que uno se acostumbra a vivir»: la costumbre de vivir algo. Eso es la corrupción para este hombre. Una costumbre, personal y social.

¡Mayor blasfemia a la inteligencia del hombre no cabe en esta frase!

El hombre es un animal de costumbres. Luego, todos corruptos.

¡Esto es Bergoglio! Un loco en su inteligencia humana. ¡Un verdadero loco!

Un hombre sin dos dedos de frente.

«Los valores (o desvalores) de la corrupción son integrados en una verdadera cultura, con capacidad doctrinal, lenguaje propio, modo de proceder peculiar. Es una cultura de “pigmeización” por cuanto convoca prosélitos para abajarlos al nivel de la complicidad admitida. Esta cultura tiene un dinamismo dual: de apariencia y de realidad, de inmanencia y de trascendencia».

Bergoglio está en todo el problema de la lucha de clases sociales: todos los políticos, los economistas, todos aquellos que contaminan – de alguna manera-  la cultura y la buena educación, no son pecadores, sino corruptos. No son pecadores porque no obran su pecado, sino que viven en una costumbre. La corrupción no es un acto, es algo que la sociedad impone, la cultura impone, la iglesia impone, etc..

¿Ven la maldad de este hombre que muchos llaman Papa, sin serlo?

Y esa costumbre ha forjado una cultura, una doctrina, un lenguaje propio, que atrae a muchos a vivir esa costumbre, pero no a pecar. Y todos son cómplices de esa costumbre, de esa corrupción. Todos son esclavos de ese lenguaje, de esa forma de vivir. Y no hay manera de salir de esa corrupción, de esa costumbre. Y esa corrupción tiene dos realidades: la apariencia y la realidad.

«La apariencia no es el surgir de la realidad por veracidad, sino la elaboración de esa realidad, para que se vaya imponiendo en una aceptación social lo más general posible. Es una cultura de restar, se resta realidad en pro de la apariencia»: de aquí a Bergoglio le viene la cultura del descarte. La gente vive una apariencia que descarta la realidad, que suprime la realidad, que resta importancia a lo vital, a lo real, que son sus pobres, sus malditos pobres.

«La trascendencia se va haciendo cada vez más acá, es inmanencia casi… o a lo más una trascendencia de salón. El ser ya no es custodiado, sino más bien maltratado por una especie de desfachatez púdica. En la cultura de la corrupción hay mucha desvergüenza, aunque aparentemente lo admitido en el ambiente corrupto esté fijado en normativas severas de tinte Victoriano. Como dije es el culto a los buenos modales que encubren las malas costumbres. Y esta cultura se impone en el laissez faire (“dejar hacer”) del triunfalismo cotidiano».

Bergoglio ataca a todo el mundo, juzga a todo el mundo. Está formando su nueva iglesia, a base una nueva noma de moralidad. Todo está en lograr esa cultura del encuentro en que se viva esto: no hay corruptos. No haya doctrinas impuestas y que obliguen a los hombres a vivir en contra de la sociedad. Es la sociedad la que obra la corrupción: es el estilo de vida, la moda que se sigue, la doctrina que se  imparte.

Por eso, hay que cambiar lo todo en la Iglesia, porque la Iglesia es la que tiene mayor culpa en la corrupción de las sociedades: «Los Jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisistas, adulados y malamente excitados por sus cortesanos. La corte es la lepra del papado»: el Papado es la obra de la corrupción de costumbres en muchos Cardenales y Obispos. Hay que cambiar todo eso con su ley de la gradualidad.

Mayor narcisista que Bergoglio, mayores aduladores que tiene a su alrededor, mayor maldad en toda su corte demoníaca, que excita a la obediencia a un hereje, no se puede dar en la historia de la Iglesia.

Nunca ha habido corrupción en el Papado. Ha habido mucho pecado. Sólo desde hace cincuenta años, la maldad de muchos prelados han hecho del gobierno de la Iglesia una cueva de ladrones, por la perfección de su soberbia, con la cual han atacado a todo el Papado con el solo fin de llegar a lo que vemos.

Bergoglio: corrupto en su mente y pecador en su vida.

La muerte del pecador es porque se lo merece por sus pecados

masacre

«Tomó Cristo los pecados en Su Cuerpo sobre el leño, para que nosotros, por Su Muerte, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la Justicia» (S. Cirilo de Jerusalén – R 831).

Dios, por el pecado original de Adán, estuvo justamente ofendido contra toda la humanidad. Y, por eso, dijo: «Maldita, Adán, la tierra a causa tuya» (Gn 3, 17). Una maldición divina que sólo se puede quitar con una bendición divina.

Los hombres no pueden solucionar el problema del pecado, que Adán obró en toda la Creación:

«Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza o por otro remedio que por el mérito del solo Mediador, Nuestro Señor Jesucristo, que nos reconcilió con Dios con Su Sangre (…) sea anatema» (D 790).

No por las obras humanas, científicas, técnicas; no por el progreso del hombre, no por la evolución de los seres vivos se quita el mal en el mundo.

Sólo Cristo sabe el camino para quitar esa maldición. El camino es el de la Cruz, por el cual todo hombre, si quiere salvarse, tiene que caminar. Pero es necesario creer en Cristo.

Bergoglio, antes de usurpar el trono de Pedro, negaba que Cristo fuera el Salvador:

«es bueno que le preguntemos a Jesús: ¿Sois Vos, Señor, nuestro único Salvador o debemos esperar a otros? Lo que pasa es que vivimos situaciones de pobreza, de falta de trabajo…, o estas enfermedades que nos afectan masivamente, la gripe, el dengue…, y que pegan más duro por la falta de justicia. Todo esto nos lleva a que le preguntemos al Señor: “Señor, ¿estás de verdad en medio de tu pueblo? ¿Es verdad que caminas con tu pueblo?» (Buenos Aires, 7 de agosto de 2009).

Bergoglio niega el dogma de la Redención, por el cual la maldición de Dios sobre la creación sólo se arregla con la muerte de Cristo. Bergoglio pone el esfuerzo humano para arreglar esa maldición.

Y, claro, tiene que preguntarse si Jesús es el Salvador o no, porque hay gente que muere de hambre, que no tiene trabajo, etc… Su duda es, claramente, su falta de fe en Jesús, en la doctrina de Cristo.

Bergoglio está en la Iglesia para hacer su comunismo, torciendo todo el Evangelio. Jesús hace milagros para que la gente vea que Él es el Mesías. Bergoglio, como no cree en los milagros, tergiversa las palabras del Evangelio y pone su atención en los hombres. ¿Quién es Jesús? ¿El que hace milagros? No; el que está en la gente.

Él pone la salvación en los mismos hombres, en sus obras, que es su falso misticismo, es decir, su panteísmo y su panenteísmo:

«En el rostro de esa gente ya se vislumbra la respuesta a la pregunta de ¿quién es Jesús? “A Jesús lo vemos en el rostro de la gente que lo quiere y que da testimonio de que Él es el que la ha confortado y salvado”. A Jesús “lo encontramos de un modo especial” en el rostro de “los pobres, afligidos y enfermos (…), de nuestros hermanos queridos que nos dan testimonio de fe, de paciencia en el sufrimiento y de constante lucha para seguir viviendo (…) Cuando nos animamos a mirar bien a fondo el rostro de los que sufren se produce un milagro: aparece el Rostro de Jesús. (…) pero los rostros hay que verlos de cerca, estando con los otros» (Ib).

A Jesús lo vemos en los demás, no lo vemos en Él mismo, porque todos están en Jesús: esto es el panenteísmo.

Para ver a Jesús, hay que ver los rostros de los demás, pero hay que encontrarse con ellos, correr hacia ellos, porque en ellos está Jesús: esto es el panteísmo. Todo es Jesús, todo es Dios, todo significa, lleva lo divino y hacia lo divino.

Su falso misticismo, que son estas dos ideas, está en todas sus homilías y escritos. De aquí le nace su falsa misericordia hacia los hombres y su falsa compasión hacia las vidas y los sufrimientos de todos los hombres.

Bergoglio sólo está vendiendo su idea: su falso cristo con su falsa iglesia. Y, por tanto, él se esfuerza en dar una doctrina que no tiene nada que ver con la fe católica. Siempre mira a una fe común: la que incluya a todas las religiones y a todas las mentes de los hombres:

«Espero que la cooperación interreligiosa y ecuménica demuestre que los hombres y las mujeres no tienen que renunciar a su identidad, ya sea étnica o religiosa, para vivir en armonía con sus hermanos y hermanas» (Encuentro interreligioso y ecuménico – 13 de enero del 2015).

Bergoglio no quiere convertir a nadie porque no existe la Verdad absoluta. Y, por tanto, no existe la religión verdadera ni la Iglesia que posee la Verdad Absoluta.

Todos con su identidad religiosa para vivir en armonía con los hombres: no tienen que renunciar a su identidad = quédate en tus pecados y vive pecando, que así te salvarás, irás al cielo.

Esta armonía es su unidad en la diversidad. Hacer un uno con muchas mentes humanas, con muchas ideas distintas, encontradas, diversas. Es la concepción de la evolución, de la gradualidad del pensamiento humano, de las ideas humanas.

Pero hay que saber hacer ese uno en la diversidad, porque hay ideas que destrozan esa armonía. Hay ideas que los hombres tienen que quitarlas para entrar en la armonía de la gradualidad. Hay que elaborar una nueva doctrina y un nuevo credo, leyes y reglas para que la gente vaya evolucionando en sus ideas y no se queden atascados en lo que impide la fraternidad, en sus religiones, dogmatismos y fundamentalismos.

«Hay un tipo de rechazo que nos afecta a todos, que nos lleva a no ver al prójimo como a un hermano al que acoger, sino a dejarlo fuera de nuestro horizonte personal de vida, a transformarlo más bien en un adversario, en un súbdito al que dominar. Esa es la mentalidad que genera la cultura del descarte que no respeta nada ni a nadie: desde los animales a los seres humanos, e incluso al mismo Dios. De ahí nace la humanidad herida y continuamente dividida por tensiones y conflictos de todo tipo». (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015)

Bergoglio anula el pecado original. Por lo tanto, tiene que buscar una idea, en su mente, para resolver el problema de la creación. Esa idea es la fraternidad: el amor al prójimo. El otro es siempre un hermano. Al no ver al otro como a un hermano, viene la cultura del descarte, y que hace que toda la creación sea lo que vemos: no hay respeto por nadie, ni siquiera por los animales.

Si no tienes la idea de que el otro es un hermano para ti, entonces lo conviertes en tu adversario.

Bergoglio está anulando la ley de Dios en la naturaleza humana, anula el pecado, que todo hombre tiene que dominar:

«¿No es verdad que si obraras bien, andarías erguido, mientras que si, no obras bien, estará el pecado a la puerta? Cesa, que él siente apego a ti, y tú debes dominarle a él» (Gn 4, 7).

Para no dominar al hombre, para no esclavizar a los hombres, para no ser un dictador, para gobernar en la Voluntad de Dios, para no hacer la guerra, el hombre tiene que dominar su pecado. No tiene que tener la idea de la fraternidad.

Bergoglio está hablando de su ley de la gradualidad.

Está la idea primera: todos somos hermanos. No existe la maldición del pecado original. Todos somos hijos de Dios.

Como hay personas que rechazan esta idea, entonces se construye una sociedad de rechazo al hombre, en el que el otro es considerado un adversario.

Los que conciben su vida desde la fe católica, desde un dogma, desde una Revelación Divina, desde una Ley Eterna, entonces están rechazando a los hombres que pecan contra Dios. Ya no tienen la idea primera: la hermandad. Siguen la ley de Dios.

Si blasfemas contra Dios, no puedes ser mi hermano. Si vives pecando, no puede ser mi hermano. Si tu idea de la vida es ser homosexual, entonces no puedes ser mi hermano. Si tu fe es ser judío o musulmán o budista u ortodoxo, entonces no puedes ser mi hermano. Tengo que separarte, tengo que dividir.

Jesús viene a poner una espada: la verdad revelada divide a los hombres, nunca los une, porque los hombres están divididos, en su naturaleza humana, a casusa del pecado original. El Bautismo quita el pecado original, pero no la división que produce en la naturaleza humana ese pecado. Y que ahí queda hasta la muerte del cuerpo.

«No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mt 10, 34-35).

Si los enemigos del hombre son sus propios hermanos carnales y su propia familia, entonces en la sociedad no pueden existir hermanos, amigos, fraternidades por una idea humana. ¡Es imposible! La verdad divina siempre divide.

Pero Bergoglio está en su idea de la fraternidad:

«a la dimensión personal del rechazo, se une inevitablemente la dimensión social: una cultura que rechaza al otro, que destruye los vínculos más íntimos y auténticos, acaba por deshacer y disgregar toda la sociedad y generar violencia y muerte. Lo podemos comprobar lamentablemente en numerosos acontecimientos diarios, entre los cuales la trágica masacre que ha tenido lugar en París estos últimos días. Los otros «ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos». Y el ser humano libre se convierte en esclavo, ya sea de las modas, del poder, del dinero, incluso a veces de formas tergiversadas de religión» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

¿Es el asesinato de doce personas en la oficina de redacción de la revista “Charlie Hebdo”, cometido por dos musulmanes, una masacre?

No; no lo es.

Es una Justicia Divina:

«El que guarda la Ley, a sí mismo se guarda; el que menosprecia sus caminos morirá» (Prov 19, 16).

Es la Palabra de Dios, que nunca miente y que siempre da la verdad de lo que pasa en el mundo.

Toda esa gente de Charlie Hebdo son blasfemos de la ley divina: trabajan en contra de los mandamientos de la ley de Dios. Blasfeman contra Dios, vomitan, calumnian al prójimo y sólo se obedecen a sí mismos. Están menospreciando los caminos de salvación para el alma, que Dios ha puesto en Su Ley. ¡Tienen que morir!

Esa gente que murió fue por sus pecados. Asesinada por sus pecados. Y no por otra cosa. ¡Qué difícil de entender es esto, aun para los mismos católicos!

«Muchos caen al filo de la espada, pero muchos más cayeron por la lengua» (Ecl 28, 22). El pecado de toda esa gente es de lengua. Y, con ella, blasfeman contra Dios y contra todo el mundo. Tienen conforme a su pecado: la blasfemia de morir a manos de unos blasfemos.

Vives obrando tu pecado, tu ofensa a Dios todo el santo día, entonces tienes sobre tu cabeza la espada de la Justicia Divina: «el impío morirá por su iniquidad» (Ez 33, 8).

«No os engañéis; de Dios nadie se burla. Lo que el hombre sembrare, eso cosechará.  Quien sembrare en su carne, de la carne cosechará la corrupción; pero quien siembre en el espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna» (Gal 6,7).

Los de Charlie Hebdo viven sembrando en su carne: sus pensamientos humanos les llevan a obrar una blasfemia constante contra Dios. Siembran los vientos de sus blasfemias; tienen que recoger tempestades, guerras, muertes:

«Porque sembraron viento, y torbellino segarán» (Os 8, 7).

Ante el pecado de toda esta gente, el Señor manda tremendos castigos.

Un castigo son los musulmanes: una religión que fue creada para matar a los hombres:

«Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba» (texto del emperador Manuel II citado por el Papa Benedicto XVI)

El Papa traía este texto para poner de relieve la relación que existe entre fe y razón y, por tanto, «la convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios» (Ib). No se puede convertir a las personas a través de la violencia, de la muerte. Eso es algo irracional.

Pero, «para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionabilidad» (Ib). Y, por lo tanto, «si (Dios) quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría» (Ib).

Los dos musulmanes, que mataron a toda esa gente, lo hicieron movidos por su pecado. No por una idea fundamentalista; no por una idea rigorista que les ciega para ver al otro como hermano.

Los musulmanes matan por su fe, que es contraria a la Palabra de Dios. Es una idea en contra de la Verdad Divina. Ellos no dominan el pecado que les acecha, sino que lo han puesto como ley en su fe musulmana. Tienen que cumplir esa ley para ser musulmanes. Ellos caen en la irracionalidad, pero eso a ellos les trae sin cuidado.

Cuando el pecado de soberbia oscurece totalmente a la persona, entonces ésta, en su orgullo, obra esa soberbia y tiene que matar a los infieles. Y esto no es ser fundamentalista, sino un hombre pecador que sigue su pecado, que obra su pecado de soberbia en su orgullo. Y que lo quiere obrar.

De nada se hace, como quiere Bergoglio, que los hombres quiten estas ideas fundamentalistas para vivir en armonía:

«Ante esta injusta agresión, que afecta también a los cristianos y a otros grupos étnicos de la Región –los yazidíes, por ejemplo–, es necesaria una respuesta unánime que, en el marco del derecho internacional, impida que se propague la violencia, reestablezca la concordia y sane las profundas heridas que han provocado los incesantes conflictos» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

Esto es una utopía en Bergoglio.

Es imposible que la violencia no se propague, porque existe el pecado en todos los hombres. Caines hay muchos. Y no se puede matar a Caín:

«Si alguien matare a Caín, será éste siete veces vengado» (Gn 4, 15).

Querer construir una cultura del encuentro en donde no exista la cultura del descarte es una somera tontería de este personaje y de aquellos que lo siguen.

Existe Caín, existen los musulmanes que matan, existen hombres que matan porque no dominan el pecado que les acecha. ¡Y eso es todo!

No se trata de poner unas leyes, ni unas reglas, ni hacer declaraciones ni salir a la calle para unirse a las víctimas del atropello y así crear un ambiente de armonía en que todos quieren la paz y la concordia.

¡Todo eso es perder el tiempo!

¡Todo está en que cada hombre luche por quitar su pecado! Pero como los gobernantes se pasan su gobierno poniendo leyes en contra de la ley de Dios, entonces ahora se quiere, con palabras bellas, con declaraciones en contra de los fundamentalistas, resolver lo que no se puede resolver con obras ni con ideas humanas.

Hay que luchar en contra del pecado, que es lo que nadie hace: ni en la Iglesia ni en el mundo. Nadie cree en el pecado. Nadie.

Es Cristo el que quita el pecado del mundo, no las leyes de los hombres.

Tuvo que venir Cristo para, con Su Pasión, satisfacer verdaderamente a Su Padre.

Cristo es el que quita los pecados del mundo, la maldición que tiene toda la Creación:

«He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29).

Cristo es el que justifica al hombre, con Su Gracia:

«Con mayor razón, pues, justificados ahora por Su Sangre, seremos por Él salvos de la Ira» (Rom 5, 9).

Jesús nos salva de la Ira del Padre, de la maldición en la cual toda la Creación permanece actualmente:

«Pues sabemos que la Creación entera gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza es como hemos sido salvados» (Rom 8, 23-24a).

Pero nos salva en esperanza; es decir, que Jesús, con Su Sangre, con la Gracia que da en el Bautismo, no salva a todos los hombres, no lleva a todos los hombres al cielo.

Cada hombre tiene que esperar en Dios para salvarse. Cada hombre tiene que merecer su salvación. Cada hombre tiene que luchar por quitar su pecado, tiene que dominarlo.

Practicar la virtud de la esperanza significa vivir deseando lo divino, lo celestial. Vivir buscando el Reino de Dios. Y quien no haga eso, no puede salvarse, porque la salvación es en esperanza: en fe, esperanza y caridad.

Hay que creer en la doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles; es decir, hay que poseer la fe católica, no una fe común, no una fe universal. Hay que pertenecer a la Iglesia Católica, a la verdadera, no a otra iglesia o religión o un sucedáneo de iglesia católica.

Hay que esperar en la gracia de Dios para poder obrar, en la vida humana, lo divino, es decir, la Voluntad de Dios.

Hay amar con el fuego del Espíritu, para realizar aquella verdad que libera al hombre de toda esclavitud.

Si se niega el pecado original, entonces hay que negar la Justicia de Dios. Y, por lo tanto, la obra de la Redención que Cristo hizo para satisfacer la ofensa que el pecado hizo a Dios.

Y, entonces, quedan tres cosas:

Una doctrina masónica: la fraternidad;

Una doctrina protestante: Dios no imputa el pecado: la fe fiducial; la falsa misericordia en la que todo el mundo se va al cielo;

Una doctrina comunista: el hombre se hace salvador de vidas humanas, de proyectos sociales, de obras de globalización mundial.

Como tú, en tu vida privada, rechazas al otro, entonces se levanta una cultura en que se rechaza, en que se destruye los vínculos más íntimos y auténticos: los del hombre.

Y nadie ha comprendido que el que peca destruye los vínculos más íntimos entre Dios y el hombre: la Ley Eterna. Esa destrucción es una ofensa a Dios que exige Justicia, no ternuritas.

Nadie comprende, ni siquiera los católicos, que si vives en tu pecado, tienes una justicia de Dios. Y que esa justicia, Dios la obra a través del demonio. Y el demonio está en las almas que viven para pecar, que no dominan sus pecados, y que las usa para hacer daño a los demás hombres y matarlos, para llevarlos al infierno.

Por tanto, ¿qué es Bergoglio? Un castigo divino para toda la Iglesia.

Este hombre vive en sus pecados, ha hecho vida su fe masónica, su fe protestante y su fe comunista. Y es lo que obra usurpando la Silla de Pedro. Guía a los que le obedecen a un nuevo concepto de cristo y de la iglesia, que es el mismo que el mundo construye y quiere: un nuevo gobierno mundial en que no haya ideas dogmáticas ni fundamentalistas, porque eso va en contra de la ley de la gradualidad: hay que evolucionar en el pensamiento humano. No hay que quedarse en ideas fijas, en dogmas, en ideas irracionales, fundamentalistas. Hay que ir hacia la idea de la fraternidad, que es una idea armónica en la que todo el mundo vive y deja vivir.

Esta es la idea base de la nueva iglesia mundial. Este es el principio. Y sobre este eje, todo lo demás: la cultura del encuentro, el diálogo, las leyes que impidan vivir el dogma y los fundamentalismos; las leyes que vayan en contra de la ley natural, de la ley divina, de la ley de la gracia, porque todo eso es no comprender la idea base: la hermandad de todos los hombres.

Nadie ha comprendido que las muertes de “Charlie Hebdo” son porque se lo merecían en sus pecados. Esa es la justicia: dar a cada uno lo que se merece. Ese es el orden divino, la armonía divina en toda la creación, que Adán suprimió.

No es un atentado contra la libertad de pensamiento. Es la obra de la Justicia de Dios, porque unos y otros han atentado contra los mandamientos de Dios.

Ahora se busca una armonía para gente estúpida e idiota; es decir, para personas que han hecho del pecado de soberbia y del orgullo su gobierno, su enseñanza, el camino para que los demás lo recorran.

Y la gente apoya toda esa estupidez; y no tiene la valentía de dar testimonio de la Verdad, porque a nadie le interesa la verdad. Todos viven en las locuras de sus ideas humanas, dando culto a sus obras y vidas humanas.

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