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No hay vuelta atrás

vaticanocomunista

La Iglesia está dividida. Y es la Jerarquía la que ha producido esa división. Se ha dividido la verdad del Papado. Se ha dividido a Cristo.

El Papado es una gracia que, desde la muerte del Papa Juan Pablo II, nadie la ha vivido. Todos: Cardenales, Obispos y Papa han dejado caer esa gracia en un saco roto.

La Palabra de Dios no puede ser cambiada. Jesús puso Su Iglesia en Pedro. Y esto es lo que ha sido cambiado. Muchos no han comprendido este cambio, pero ahí están los frutos, las obras: la nueva y falsa iglesia en el Vaticano. Una Iglesia que no es la de Cristo, sino la de los hombres.

Una Iglesia a la que muchos siguen llamando católica, pero sólo le queda el nombre. Una palabra que se ha vuelto un negocio para muchos sacerdotes y Obispos. Ahora quieren vender lo sagrado, los templos, para levantar los nuevos templos de la nueva y perversa iglesia.

Nadie, dentro de esa iglesia batalla por la verdad. Es la iglesia para imponer la herejía a todo el mundo.

Se mata a las almas en nombre de un hombre sin verdad: Bergoglio. Haciendo propaganda de su nefasta doctrina. En el nombre de ese hombre, se destruye la Iglesia, se destruyen las vidas espirituales de muchas almas, se destruye el camino que Cristo ha puesto a las almas para su salvación y santificación.

Han puesto, al frente de esa secta diabólica, a un idiota con cara de maricón: Bergoglio.

«Llegan los tiempos oscuros para la Iglesia de Dios. La división está ya en acto en el interior de Ella. Es este Papa que pone gran freno. Imítenlo siempre en lo que hace» (Conchiglia – 5 de septiembre del 2000).

Imiten al beato Juan Pablo II. No imiten al hereje de Bergoglio.

Juan Pablo II supo frenar la división interna en el Papado. Todos querían cambiar la estructura del Papado: hacer un gobierno horizontal. Y presionaron a Juan Pablo II y no lo consiguieron. Él se mantuvo en la línea de la gracia. Usó la gracia del Papado hasta el final, hasta su muerte. Fue Papa hasta la muerte. Fue un papa católico. No echó en un saco roto esa gracia. No condescendió con los Obispos, que sólo eran amigos del poder y del dinero.

Bergoglio ha abierto la zanja para el cisma en la Iglesia Católica. Ha plantado su gobierno horizontal. Y ya está dando sus primeros frutos diabólicos.

«Ahora, estoy reconduciendo a Casa a Mi Vicario en la Tierra, el único que tenía firmemente en mano las riendas de Mi Iglesia… ¿”Quién” seguirá al mundo? A través de él he dado disposiciones. A través de él les he hecho de guía… Mi Vicario en la tierra fuerte en el carácter, fuerte en la fe, para ser luz y ejemplo a todos…» (Conchiglia – 01 de abril del 2005).

Juan Pablo II: el único que se enfrentó a la masonería. El único que tenía en mano las riendas de la Iglesia Católica. Verdadero y triunfante Papa.

A Juan Pablo II lo dejaron solo, pero gracias a su fe, a su vida espiritual, el demonio no pudo con él. La puerta de su alma quedó cerrada para la obra del demonio. Cumplió con los mandamientos de Dios y eso le llevó a la verdadera libertad del Espíritu. No se convirtió en esclavo del pecado –como muchos sacerdotes Y Obispos- y así pudo obrar la ley de la gracia, la misión que Dios le dio en la Iglesia, hasta el final de su vida. Mantuvo firme, en su mano, las riendas, el gobierno vertical en la Iglesia. Fue Pedro hasta el final de su vida. Fue Voz de Cristo en medio de los lobos infernales que le rodeaban. Los mantuvo a raya. Y tenían que callar ocultando su odio a ese Papa.

Pero quien no cumple con la ley de Dios, tampoco cumple con la ley de la gracia: falla en su ministerio sacerdotal. Falla en la gracia que ha recibido.

«…los adultos que se creen sabios creen que después de él otro papa los conducirá…No se dan cuenta lo que está a punto de ocurrir en la Iglesia» (Ib).

Todos creían que, después de Juan Pablo II, la nave de la Iglesia seguiría sin problemas. Y los soberbios se equivocaron.

Benedicto XVI es el Papa legítimo, pero la puerta de su alma la dejó abierta a la obra del demonio. De esa manera, no pudo cumplir con la ley de la gracia: no llevó la gracia del Papado hasta el final. La echó en un saco roto. No ha podido conducir la Iglesia hacia la verdad que Dios quería. Fue hecho prisionero en el Vaticano y, por su falta de fe, por su debilidad en la vida espiritual, por su pecado, fracasó en la gracia del Papado. No fue un papa católico: no se mantuvo en la línea de la gracia. Abrió la puerta del papado al falso profeta, que llama al Anticristo, que lo convoca para la destrucción de la Iglesia. Dejó la Iglesia en las propias manos del lobo.

«¿Es posible que no se hayan percatado que este Papa, del mismo modo que Pedro, ha sido hecho prisionero? Por esto, habría tenido que apartarse del Vaticano y denunciar cada tipo de crimen dentro de la Iglesia a costo de la muerte física. El riesgo es altísimo, ya que de hecho este Papa es tenido al oscuro sobre hechos, acontecimientos y decisiones concernientes al curso interno y externo de la Iglesia» (Conchiglia – 30 de junio del 2012).

Habría tenido que apartarse….

Benedicto XVI es el Papa legítimo, pero pecador. Por su pecado, no pudo apartarse del Vaticano cuando era el momento preciso. El riesgo era muy alto porque estaba implicado en la obra del pecado. El demonio lo tenía atado. No era libre para seguir al Espíritu de Pedro en la Iglesia. Por eso, no pudo mantenerse fiel a la gracia del Papado. Sucumbió a la presión de los Cardenales y de los Obispos. Y tomó el camino fácil de la renuncia. Ahora, debe callar ante la herejía y el cisma que contempla en el Vaticano.

Porque no hay vuelta atrás.

«No, no hay vuelta atrás. Siempre y cuando Francisco no sea más papa, su legado permanecerá fuerte. Por ejemplo, el papa está convencido que las cosas que ya ha escrito y dicho no pueden ser condenadas como error. Por lo tanto, en el futuro cualquiera puede repetir esas cosas sin miedo y sin ser sancionado. Y entonces la mayoría del Pueblo de Dios con su especial sentido no aceptará fácilmente volverse atrás en ciertas cosas» (texto).

Aquí tienen la mente de los malditos herejes. Victor Manuel Fernandez es un lobo vestido de Obispo. Es un maldito hereje, que habla el lenguaje propio del demonio, que tiene por jefe a otro maldito -como él- al cual adora en su pensamiento humano, y ofrece a las almas el camino de condenación.

«El papa debe tener sus razones, porque él conoce muy bien lo que está haciendo» (Ib): Bergoglio conoce que está condenando almas al infierno. Lo conoce muy bien. Bergoglio conoce que está destruyendo la Iglesia de Cristo. Esto lo conoce y lo quiere con toda su alma podrida. Bergoglio conoce que está interpretando un papel que ha sido obligado a interpretar.

Porque todo masón obra por un imperativo categórico-moral: una imposición de una mente ajena, de una ley en su mente. Y ningún masón sale de esa imposición. Por eso, Bergoglio sabe muy bien lo que está haciendo. Ha sido adoctrinado para esto. Es el juguete de los grandes masones, de sus mayores, de esos hombres ocultos que ni siquiera él conoce. Por eso, no le gusta lo que está haciendo. Bergoglio es orgulloso: es él y nadie más que él. Pero tiene que servir a otro con mayor poder que él. Y esto es lo que no soporta.

Bergoglio es un hereje pertinaz, que vive en su pensamiento herético, incapaz de ver la verdad. Incapaz de obrarla. Incapaz de arrepentirse de sus pecados.

Hereje pertinaz es aquel que defiende su manera de pensar, falsa y perversa, con obstinada animosidad, con terquedad, con persistencia, sin estar dispuesto a corregirse de sus errores, ni de arrepentirse de sus obras de pecado.

La Iglesia condena al hereje pertinaz:

«Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico…quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia» (Canon 194, n.2).

Pero nadie hace caso a este canon.

Bergoglio es hereje pertinaz: «el papa está convencido que las cosas que ya ha escrito y dicho no pueden ser condenadas como error».

Públicamente, Bergoglio ha manifestado sus herejías, que le apartan de la fe católica. Públicamente, Bergoglio sigue sosteniendo sus herejías manifiestas como verdaderas. Ahí tienen la última entrevista en la cual Bergoglio se echa flores sobre sí mismo. Un hombre que no se arrepiente de su maldad.

Y, públicamente, la Iglesia entera, la Jerarquía, apoya sus herejías. ¡Públicamente! Luego, ninguna Jerarquía tiene derecho a pedir obediencia en la Iglesia. Todos quedan fuera de la Iglesia verdadera. Porque están enseñando la herejía. Están imponiendo la mente de un hereje. Y dan a las almas el camino para obrar la herejía dentro de la Iglesia.

Nadie hace caso del derecho canónico para resolver el problema Bergoglio. Todos son culpables de este gran desastre que vive toda la Iglesia.

Bergoglio ha probado, sin lugar a duda, que es el hombre de la doblez, del engaño, de la manipulación, de los errores y manifiestas herejías, de las blasfemias contra Cristo, contra Su Iglesia y contra el Espíritu Santo. Y merece ser denunciado desde todo púlpito, en toda parroquia católica, en toda casa de familia católica.

El silencio de tantos católicos prueba que ellos viven en la obra de su pecado mortal, que les impide atacar al hereje y la herejía y, por lo tanto, les impide cumplir con sus deberes en la Iglesia: el deber de ser fiel a la gracia que Cristo les ha merecido con su muerte en Cruz. Ya no son fieles de Cristo, son sólo perros atados a la mente de un hombre sin verdad, que ladran para que su amo les eche de comer su herejía.

El silencio de tantos Obispos prueba que ellos no son irreprensibles en sus episcopados: son mujeriegos, codiciosos, desobedientes, rebeldes, amigos del dinero, hinchados de soberbia, infames, que se aman más a sí mismos que a Jesucristo. Merecen la condenación por su silencio culpable. Teniendo la plenitud del sacerdocio, teniendo toda la verdad de lo que es Bergoglio, se someten a la mentira que nace en la mente de ese infeliz, de ese condenado en vida.

Bergoglio no ve sus errores, sus herejías, su cinismo, su hipocresía, su idolatría, su cisma. No lo ve. Él sólo vive en su pensamiento humano que le indica el bien y el mal. Su manera de pensar; su falsa y perversa forma de ver a Cristo y a la Iglesia. El norte de la verdad, para Bergoglio, es él mismo. Lo que él ha escrito, lo que él dice cada día.  Es un ciego que se ilumina a sí mismo con su misma ceguera. Vive en su tiniebla y se alumbra con las oscuridad de su tiniebla.

Esto se llama perversión de la mente humana. El hombre queda pervertido, viciado con las malas doctrinas, perturbado con todas las filosofías y teologías que ha acumulado su mente sin ningún discernimiento. La mente de Bergoglio es una mente que razona sin luz, en las más oscura tiniebla. No discierne nada, porque es incapaz de ver algo.

Bergoglio no puede hacer una crítica sana de ninguna filosofía ni teología porque todo lo saca de él mismo, de su mente humana. Por eso, Bergoglio tiene por padre al demonio, que es mentiroso.

«Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio»: Bergoglio saca la mentira de su propia mente, de su dar vueltas constantemente a las ideas que tiene en su mente podrida, corrupta, inicua. Ideas que sólo están relacionadas con ellas mismas; pero nunca con la Mente de Dios. Nunca con la verdad absoluta.

Bergoglio nunca sale de su mente para comparar las ideas. Está cerrado en su soberbia. Y -como todo soberbio- sólo es capaz de ver su soberbia. No puede ver la luz de la gracia, ni la luz del Espíritu. No puede atender a la luz natural. Bergoglio es una persona sin fe, que ha perdido la fe porque ha asentado su vida en su propia mente, en sus propias luces interiores, que nunca va a dejar porque son la estela de su dios.

Si alguien le dice una idea extraña, que no tiene en su mente, la analiza con su mente y la interpreta según su mente. Si alguien hace referencia al magisterio de la Iglesia, él lo reinterpreta para acomodarlo a su manera de pensar, a su perversidad, a su falsedad de vida.

El dios de Bergoglio no es su mente, sino su forma de vida: vive para ser hombre. Vive para darse culto a sí mismo, para buscar en el otro la gloria de sí mismo. A Bergoglio sólo le interesan las alabanzas. No puede soportar las críticas. Necesita, constantemente, a su alrededor, de personajes que le limpien las babas de su boca cuando habla o escribe algo.

A Bergoglio lo maquillan cuando lanza una herejía. Y es necesario hacer eso por imposición del mismo Bergoglio. Él tiene a su gente dedicada a limpiarle las babas. Es la tarea que todo orgulloso impone a otros para cuidar su imagen en el mundo y en la Iglesia.

Bergoglio no puede acudir a Dios para ver qué es la verdad. Es como Pilatos. Conoce la verdad, sabe que está mintiendo, pero prefiere “su verdad”, que es su cosecha propia, su gran mentira. Bergoglio hace esto porque es como el demonio: «es mentiroso, padre de la mentira».

Este es el significado del falso profeta en la Escritura: el padre de la mentira, el que engendra la mentira, el que da la mentira, el que ofrece la mentira, el que obra la mentira. Y no puede dar nunca la verdad. Sólo la puede dar cuando Dios le obliga, como hace al demonio en algunos exorcismos.

Bergoglio sólo puede engendrar la mentira en las almas. Y lo hace a manera de sentimiento humano, de impulsos afectivos. Bergoglio no sabe hablar a la mente del hombre: no es lógico, no es inteligente, no sabe usar su mente para hablar con los demás, para llegar a los demás. Vive dentro de su mente. No vive para relacionar su mente con el otro. No vive para aceptar una verdad que la mente del otro tiene y que él no posea. Bergoglio sólo comparte su mente con aquel que piensa igual a él. Con los demás, se cierra, se oculta, engaña, falsea todas las cosas, manipula constantemente.

Bergoglio llega a la gente a base de sentimientos, de impulsos afectivos cuando predica. Habla, no para lanzar una idea, sino un sentimiento, un gusto, la obra de una voluntad.

A Bergoglio no le gustan los discursos. Lo que le gusta es improvisar con todo el mundo: dejarse llevar del sentimiento del momento, de la idea placentera, que es gustosa a la mente en ese momento y en esa circunstancia.

Por eso, a Bergoglio se le coge en seguida en sus herejías. Y se sabe cuándo está leyendo algo que otro ha preparado. Él mismo se delata constantemente. Por eso, nunca puede hablar el lenguaje de la fe. Nunca. Siempre va a hablar lo que le da la gana en ese momento. Su improvisación, que es una inspiración perversa. Es la sugestión que viene de la mente del demonio. El demonio le sugiere la mentira y –como Bergoglio no sabe discernir espíritus, no sabe discernir sus pensamientos humanos- el demonio le engaña con gran facilidad. Él cae en el juego del demonio. Y cae por su vida sentimental, que es lo único que vive, que es capaz de vivir. Bergoglio es un llorón de la vida humana: una “mujercita” que se acicala para gustar al hombre y al mundo.

Bergoglio vive su herejía. Su voluntad no puede adherirse a la verdad como bien propio. Constantemente, con su voluntad, inclina su entendimiento a adherirse a la mentira, al error, a la duda, a la falsedad, al engaño. Bergoglio no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino que elige lo que le sugiere su propio pensamiento humano. Es su inspiración perversa, malévola, inicua, diabólica. Por eso, Bergoglio constantemente está corrompiendo los dogmas, el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

«…rehúye al hereje, sabiendo que está pervertido» (Tit 3, 10-11).

El verdadero católico tiene que retirarse de la presencia de Bergoglio. Tiene que apartar de sí toda la doctrina de Bergoglio. Es un riesgo para la salvación de su alma. Es una constante tentación para caer en la propia herejía, que la mente de Bergoglio transmite cuando habla o escribe.

El hereje pertinaz sólo habla herejías, sólo obra con la herejía, sólo vive en la herejía. Bergoglio tienta a las almas constantemente. Es tentación para obrar el pecado.

Bergoglio lleva a las almas hacia su pecado de herejía pertinaz. Las almas se vuelven tercas, obstinadas, salvajes, rebeldes, desobedientes a la ley de Dios, a la Voluntad de Dios, a la enseñanza de la Iglesia. Ya no se apoyan en la Autoridad de la Iglesia para discernir la verdad de la mentira, sino que se apoyan en la mente de un hereje, de un hombre sin verdad. Se apoyan en la verborrea diaria que ese hombre transmite cada día al mundo.

Bergoglio lleva hacia el pecado contra el Espíritu Santo. Todo hereje pertinaz ha cometido ya este pecado. Por lo tanto, no puede salvarse. Y su vida sólo consiste en hacer que los demás tampoco se salven. Bergoglio, no sólo con su doctrina sino con su vida, con sus obras, impide la salvación de las almas. Se hace modelo de condenación en vida para las almas.

¡Esto es lo trágico que nadie medita!

Están fabricando el nuevo papado: «en el futuro cualquiera puede repetir esas cosas sin miedo y sin ser sancionado». El modelo de los falsos católicos: su papa hereje.

Pueblo de Dios: sé hereje como Bergoglio. Cree en los dogmas que cambian, desprecia los preceptos de la Iglesia, no te sometas al magisterio de la Iglesia, piensa como quieras, vive lo que te dé la gana. Ya no hay vuelta atrás. Ya no hay sanciones a los herejes, a los cismáticos, a los que apostatan de la fe. Al contrario, hay que santificar el error, hay que poner en los altares a los herejes, a los que crean el cisma, a los que se apartan de la verdad, a los que enarbolan la bandera del orgullo y de la soberbia.

¡Qué gran descalabro en la Iglesia gobernándola un hereje!

Evita a Bergoglio porque está pervertido: ha cambiado el orden de las cosas. Vive sin ley, vive sin verdad, vive sin camino de salvación. Un hombre sin Cristo. Un hombre sin la Cruz de Cristo. Un pelele del demonio.

Están creando los falsos católicos de la falsa iglesia, los herejes pertinaces: «Y entonces la mayoría del Pueblo de Dios con su especial sentido no aceptará fácilmente volverse atrás en ciertas cosas». Los católicos que ya no vuelven atrás: que ya no pueden arrepentirse. Los católicos que cometen el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Permanecer en el error hasta la muerte, sin volverse atrás, eso es el pecado contra el Espíritu Santo. Se está enseñando este pecado: cómo vivir condenados en vida. No vuelvas atrás. No rectifiques. No hay pena que cumplir, no hay sanción, no hay penitencia. Sigue en tu error. Sigue en tus creencias. Sigue en tu identidad. Todo el mundo se salva. Todos van al cielo.

«La sangre correrá en los pasillos del Vaticano, ya que Satanás ha seducido a muchos Purpurados Consagrados, que perteneciendo a la Masonería se ha vuelto, en ellos, fuertes» (Conchiglia – 27 de diciembre del 2005).

La idea masónica fuerte en muchos Cardenales. Por eso, han puesto a su falso papa. Es la fuerza de la masonería en ellos. Hay que quitar lo que impide que el Anticristo se manifieste: el Papa de la Iglesia Católica. Es decir, hay que poner lo que catapulta la presencia del hombre impío: el falso profeta, el falso papa que todos adoran por su estilo de vida, que está inoculado por una mente herética y cismática.

A Dios no le interesa el pobre y miserable trono humano que está en el Vaticano. Ese poder, que enarbola ese falso papa, lleva a la nada la dignidad del hombre.

El hombre es hombre porque se somete a la Verdad Absoluta, la que Dios revela, la que Dios decide para la vida de cada hombre.

Pero todo hombre que, viendo la verdad con su entendimiento humano, elige la mentira para su vida, queda atrapado en su propia locura.

Por eso, Bergoglio es un loco; y todos aquellos que le obedecen son otros locos.

La soberbia es una gran locura que muchos católicos han elegido en Bergoglio. Quien toma posición por Bergoglio como su papa, queda en la locura de su mente humana, sin poder salir de ella.

A Dios no le interesa lo que hace Bergoglio. Por eso, a los verdaderos católicos les debe traer sin cuidado todo cuanto dice ese hombre. Una vez que lo han medido como hereje pertinaz, tienen que apartarse de él y llamarlo como lo que es: un maldito hereje.

Y sabiendo que ese maldito hereje no va a dejar el cargo por su propia voluntad, sino que va a ser obligado a la renuncia por el bien de la causa de la masonería.

Quien espere que, después de Bergoglio, las cosas van a cambiar, es que no ha comprendido el teatro que se han montado en el Vaticano: «Debe darse cuenta que él está apuntando a reformar lo que es irreversible» (texto)

No hay vuelta atrás. El gobierno horizontal es irreversible. Las leyes que van a sacar del Sínodo son irreversibles. La destrucción de todo lo católico va a ser irreversible.

Es necesario destruir la Iglesia Católica. Por eso, es necesario un Falso Profeta que ponga por ley la herejía. Esto es lo que a Bergoglio le ha costado hacer. No ha podido porque es sólo un vividor de su propia mentira, pero no sabe ponerla en ley. Por eso, Bergoglio no sirve para destruir la Iglesia. Sólo sirve para entretener a las masas. Es el bufón indicado. Es el papel que mejor sabe interpretar.

Es necesario que la sangre circule en el Vaticano: hay que oponerse a los herejes. Y eso sólo se puede hacer con sangre porque nadie lo hace aplicando el derecho canónico. Si no queréis cumplir con las leyes, entonces habrá que cumplirlas con el derramamiento de la sangre.

El Papa Benedicto XVI no puede morir con la conciencia tranquila habiendo puesto la Iglesia en manos de un hereje, de un destructor, de un hombre impío. Tiene que expiar su pecado si quiere salvarse. Tiene que derramar su sangre por amor a Cristo y a la Iglesia.

Si no quiere hacer esto, entonces que se vaya del Vaticano y que ataque a ese hombre escondido de todos.

Pero hay que demostrar que el alma es de Cristo y de nadie más. Y nadie, en el Vaticano, está demostrando que ama a Cristo más que a su vida.

No es el Espíritu Santo el que ha elegido a Bergoglio como papa. Han sido los hombres los que han puesto su falso papa; y muchos católicos no quieren reconocer esta gran verdad. Y será su perdición eterna.

bmaricon

La blasfema bula de convocación del jubileo

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Es propio de una mente protestante imponer, desde el principio de su discurso, un falso cristo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (ver texto).

Así comienza Bergoglio su escrito, al que llaman Bula de convocación del Jubileo, el cual está lleno de errores y de claras herejías. Por supuesto, que ya nadie atiende a estos errores y herejías, sino que se dedican a lavar las babas que este hombre da en este discurso.

Jesús es «el Verbo» que «se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto Su Gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

El Verbo es la Palabra del Padre, la Palabra del Pensamiento del Padre: es la Revelación del Padre a los hombres en la Palabra de Su Hijo.

Y Jesús, cuando predicó a los hombres, les dio palabras de justicia y de misericordia. Les dio la Mente de Su Padre. Y , por lo tanto, en Jesús se vio la Justicia del Padre y, al mismo tiempo, la Misericordia. Luego, Jesús es el rostro de la Justicia y de la Misericordia del Padre.

Bergoglio anula la Justicia: «No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor» (Ib, n.20).

Un solo momento: su ley de la gradualidad. Es un solo momento histórico, pero que se va desarrollando, va alcanzando el grado que necesita para manifestar el amor. Esta idea es la propia de una mente masónica. No distingue las dos cosas; las anula. Y pone en cada hombre, en la perfección de la mente de cada hombre, la plenitud del amor.

¿Qué ha dicho este farsante? Él lo explica más abajo:

«…en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios» (Ib, n.20).

¡Gran mentira! ¡Cómo tuerce las palabras de la Sagrada Escritura!

¿Qué es la Justicia para Bergoglio? Abandonarse confiadamente en la Voluntad de Dios.

Este significado no corresponde a la Justicia Divina. Una cosa es abandonarse a la Voluntad de Dios, otra cosa es hacer la Voluntad de Dios. La Justicia es una Santidad Divina. Es obrar esa santidad. No es conformarse con la santidad de Dios.

Todo el problema está en saber cómo un alma se justifica, cómo un alma adquiere la justicia.

Para Bergoglio, un alma es justa porque se abandona confiadamente a la Voluntad de Dios. Es su fe fiducial: como Dios te ha perdonado los pecados, como Dios te ha prometido la salvación, entonces el alma sólo tiene que hacer una cosa: confiar. Si confía, Dios no le imputa sus pecados, Dios le salva, Dios le ama, Dios le muestra su ternura…

Este concepto de fe fiducial va en contra de la fe dogmática. En la fe dogmática, es necesario aceptar las leyes de Dios, el orden divino, asentir a las verdades reveladas por Dios. Y si el alma hace esto, entonces recibe la justicia de Dios.

El mismo Bergoglio lo explica:

«Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios» (Ib, n.20).

¡Qué astuto es este hombre!

Pone la justicia como un asunto del pasado, de los buenos israelitas. Ellos observaban los mandamientos de Dios. Cumplían una justicia. Pero, ahora hay que pensar de otra manera.

La Justicia es «la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno su derecho» (S.To. 2.2 q.58 a.1 a 1).

Dios, en la Biblia, muestra dos Justicias: la estricta y la vindicativa. La estricta o la divina es la razón divina por la cual Dios acoge o rechaza a los pecadores: Dios salva o condena. Dios perdona la culpa y todo el pecado; o Dios no perdona ni la culpa ni el pecado.

La vindicativa es el castigo divino por el pecado: «El castigo se hace por la imposición de una pena. Y es de razón, por la pena, que sea contraria a la voluntad y que sea aflictiva y que se imponga por alguna culpa» (S.To. 1.2 q.46 a.6 a 2).

Muchos niegan estas justicias en Dios, y la reducen a una justicia legal o gubernativa o distributiva o conmutativa.

Esta es la visión de Bergoglio: «La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley» (Ib, n.20). Bergoglio no cree en la justicia divina, y menos en la justicia vindicativa. Todo se reduce a un orden humano, a una justicia en el orden de las leyes civiles, legales, etc…

Por eso, tiene que argumentar así: «Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios».

Anula la Justicia en Dios: y las dos justicias. Por eso, Bergoglio une la justicia con la misericordia. Como la justicia es un confiarse en Dios, entonces la misericordia ofrece al hombre el perdón y la salvación.

Él mismo cae en su propia trampa:

«Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación» (Ib, n.20).

Como la justicia es sólo un asunto legal, civil, de orden distributivo, conmutativo, entonces para no caer en la idea legalista, para no implantar una ley que juzga, que divida a las personas en justas y en pecadoras, Jesús te salva por tu cara bonita.

¡Esto es lo que dice este hombre!

¡Es su fe fiducial!

Ya no tienes que creer en una ley divina, que pone una espada, una división entre los hombres, en las sociedades, en las familias, etc…Están los hombres que cumplen con los mandamientos de Dios y están los hombres que no cumplen con los mandamientos de Dios. Los que viven en gracia y los que viven en sus pecados….

Begoglio, porque anula las dos Justicias en Dios, presenta su fe fiducial, propia de los protestantes.

¡Gravísima herejía la contenida en esta falsa bula!

Bergoglio no sabe distinguir entre el fariseísmo, el legalismo,  y los mandamientos de Dios. Y cae en este error porque no cree en Dios. Él está en su concepto de Dios. En este concepto, Dios no es Justicia, sino sólo un Padre, que es creador y que ama a todos los hombres. Y, por lo tanto, tiene que presentar un Jesús que no tiene nada que ver con el Redentor, sino que es la figura del Anticristo.

Bergoglio es claro en su herejía: «El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas» (Ib, n.20). Está en su herejía de su humanismo: hay que estar atentos a las necesidades de las personas humanas, porque lo primero es la dignidad de ser persona humana. Si observas la ley pero no estás atento a las necesidades de tu prójimo, entonces eres un corrupto, un legalista, un fariseo. Tienes que tener ternura con tu prójimo, aunque sea un hombre que quiera vivir en su pecado. No juzgues su vida. Comparte su vida de pecado. Comparte la mesa con los pecadores. Comparte la herejía, comparte la apostasía de la fe, comparte el cisma.

Por eso, presenta un Jesús no real: «Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores» (Ib, n.20).

¿Dónde Jesús afirma que la regla de vida de sus discípulos debe ser el primado de la misericordia? En ningún sitio de la Sagrada Escritura. Sólo en la cabeza de Bergoglio, gran pastor protestante. Esta frase se la saca de la manga, como muchas en esa falsa bula. Es el lenguaje bello propio de un falso profeta.

«La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús» (Ib, n.20): ¿Cuál es la dimensión fundamental de la misión de Jesús? ¿A qué vino Jesús a la tierra? A quitar el pecado de Adán. Es una obra de Justicia, no de Misericordia. En esa obra de Justicia, hay una Misericordia para todos los hombres.

La dimensión fundamental de la misión de Jesús es la Justicia de Dios.

Y todavía Jesús no ha redimido el cuerpo de los hombres, sólo su alma. El hombre sólo tiene el cuerpo mortal, pero no el cuerpo espiritual y glorioso que tenía Adán. El hombre está a la espera de la redención de su cuerpo. El hombre está esperando el cumplimiento de una Justicia Divina: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 22-23).

Bergoglio, al anular la Justicia en Dios, tiene que anular esta obra de la redención, y tiene que enseñar a los hombres una sola cosa: el paraíso en la tierra.

«La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios» (Ib, n.23): el paraíso en la tierra. Los judíos son los primeros salvados por la misericordia a pesar de haber despreciado la Misericordia matando al Redentor, a Su Mesías. Y los musulmanes tienen en la misericordia el gatillo de su justicia. Están sostenidos por la misericordia para cortar cabezas de los cristianos. Tienes que relacionarte con el judío y con el islam para hacer un paraíso en la tierra.

¿No ven la falsa misericordia que predica este hombre?

¿No ven que ese jubileo no es para convertir almas sino para hacer una iglesia universal, que apoye un gobierno mundial?

¿Todavía están ciegos?

Sólo hay que creer en Jesús. Como el judío cree en Jesús, como el musulmán cree en Jesús, entonces están salvados. Ámalos, porque son tus hermanos de sangre y carne.

«La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: “Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley” (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón» (Ib, n.20).

¿Captan la herejía?

El Concilio Tridentino, s.6, cn.9 (D 819), definió: «Si alguno dijere que el impío queda justificado por la sola fe, de tal forma que entienda que no se requiere nada más, lo cual coopere para alcanzar la gracia de la justificación… sea anatema».

¿Qué dice Bergoglio?

«El juicio de Dios…lo constituye…la fe en Jesucristo». Nada dice este hombre del requerimiento, además de la fe, de los actos de otras virtudes para que el alma se justifique, adquiera la justicia de Dios.

Bergoglio está en su lucha contra los legalistas. No por la ley el hombre se justifica, sino por la fe. Pero no por la fe fiducial. No queda justificado el hombre por la sola fe. Hace falta «cooperar para alcanzar la gracia de la justificación».

Los judíos, ¿cooperan a la gracia? No. Luego, permanecen en la Justicia.

Los musulmanes, ¿cooperan a la gracia? No; ni siquiera creen en la gracia. Luego, sólo les espera el fuego del infierno si no se convierten.

La «muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica» (Ib, n.20). Si ustedes analizan esta frase, verán una clara herejía.

Jesús, con su muerte y resurrección, trae la salvación. Pero además, esa salvación viene con la misericordia que justifica. En otras palabras, la salvación no es misericordia. La salvación es sólo eso: una muerte y una resurrección: es decir, un hecho histórico. Una obra que Jesús, como hombre, hizo. Pero esa obra, que se llama salvación, no es la misericordia, no es lo que justifica al hombre.

¿Qué es esa misericordia que justifica?

Lo dice él mismo: «la justicia de Dios es su perdón».

Dios, cuando hace justicia, sólo perdona, no condena.

¿Ven la blasfemia? Ya no hay infierno. Todos al cielo.

¿Ven el pensamiento tan complicado de este hombre?

Así habla siempre un falso profeta: dice muchas cosas y no dice nada. Para terminar hablando de nada, llenado cuartillas de herejías y de blasfemias.

Jesús, con su muerte y su resurrección trae la salvación junto con el perdón que justifica. Esta es la herejía: la misericordia es el perdón que, además, justifica. Ya no hay que expiar ningún pecado. No hay justicia vindicativa.

Y cae en la siguiente herejía: la justicia de Dios perdona.

Por eso, tiene que decir una gran blasfemia:

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón» (Ib, n.21).

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios»: esto, no sólo es una herejía sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Dios, cuando aplica Su Justicia, no es como los legalistas, los fariseos, ni como el propio Bergoglio: Dios no invoca respeto por la ley. Dios manda a cada hombre cumplir Su Ley. Y esto es la Justicia estricta de Dios. Y cuando Dios aplica Su Justicia, cuando Dios se detiene en Su Justicia es para aplicar la ley, no para hacerla respetar, no para decir: aquí estoy Yo con mi ley, respetad a mi ley.

¿Ven la blasfemia?

Bergoglio, en esas palabras, está diciendo que Dios no manda al infierno. Si Dios se detuviera en la justicia, y mandará al infierno a un alma, entonces sería como todos los hombres que invocan el respeto por la ley. Pero Dios no se detiene en la justicia, sino que va más allá. Es una justicia que perdona, que nunca condena. ¡Gravísima blasfemia!

En Dios, la Justicia por sí misma basta. Esto es lo que niega Bergoglio: el atributo de la Justicia Divina. ¡Es una gran blasfemia!

En Dios, no se puede negar que la Justicia y la Misericordia se bastan por sí mismas. Quien niegue esto blasfema contra el Espíritu santo, como hace este hombre. Y, por eso, se inventa una falsa misericordia: «Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón».

Por eso, Bergoglio pone el primado de la misericordia por encima de todo. No existe esta misericordia que está más allá de la justicia. Es un invento de la cabeza de este hombre. Es su locura mental. ¡Esta es la demencia de Bergoglio!

En la Justicia, el Padre halla una Misericordia para el hombre.

Pero Bergoglio dice esto: en la Justicia, hay una Misericordia que anula la Justicia, que va más allá de la Justicia.

Y él pretende resolver esta metedura de pata, con otra metedura de pata:

«Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia» (Ib, n.21).

El que se equivoca, que expíe la pena. Y uno se pregunta, ¿de qué pena habla? Porque no ha tocado el pecado en toda la bula. Habla, por supuesto, de las penas que traen las justicias civiles, distributivas, conmutativas, etc… Pero no habla de la Justicia que el Padre exige para reparar su honor ofendido por el pecado del hombre.

Él niega la expiación: «Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón». Lo que importa es la ternura de Dios. Dios te ha salvado, no con un decreto, sino con una caricia, con un beso y un abrazo. Expía el mal pensamiento de juzgar a tu hermano. Quita ese pensamiento negativo y pon el pensamiento positivo: los judíos y los musulmanes son santos. Ámalos. Son tu carne. Son tus hermanos naturales.

¡Esto es Bergoglio!

«”Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree” (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva» (Ib, n.21).

¡Gran error en el que cae este hombre!

«Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia»: en la Justicia de Dios, se halla la Misericordia para el hombre. Pero la Justicia de Dios no es la Misericordia.

Bergoglio no distingue entre la justicia activa, que es la acción de Dios que infunde la gracia; y la justicia pasiva, que son los actos necesarios en la criatura para que se reciba esa justicia.

Jesús, en la obra de la Redención, consigue la gracia de la justificación para todo hombre: es la justicia activa. Pero esa gracia, merecida por Cristo, no se da al hombre si éste no quiere: es la justicia pasiva.

Por eso, en la Justicia de Dios, en la justicia activa, se halla la justicia pasiva, es decir, la Misericordia para aquellas almas que aceptan la verdad revelada por Dios. Pero si el alma no acepta los mandamientos de Dios, esa alma queda en la Justicia Divina, que puede ser estricta o vindicativa.

Bergoglio sólo expone su fe fiducial. Y nada más que esto. Y, por eso, cae en gravísimos errores y herejías.

Y esto es sólo un punto de la bula. ¡Qué no habrá de errores en toda la bula!

¡Qué pena de católicos que no saben ver esto!

Cogen este documento y se tragan la fábula que contiene como una verdad.

Bergoglio es ruptura con el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ruptura con toda la tradición. Ruptura con el Evangelio de Cristo. Está levantando su nueva iglesia.

Y aquí tienen esta basura de bula. Es una basura ideológica: llena de protestantismo, de comunismo y de ideas masónicas, desde el principio hasta el fin.

Esta bula es una blasfemia contra la Justicia y la Misericordia Divinas. Es un acto blasfemo y herético de ese hombre que se ha creído dios. ¡Ay de aquel que obedezca a este hombre!

No se puede obedecer la mente de este tipejo. Para los que todavía permanecen anclados en las estructuras externas de la Iglesia, les va a ser durísimo ese año consagrado a condenar almas al infierno.

Para quienes hemos dejado esas estructuras, somos libres de atacar a Bergoglio por los cuatro costados. Es el precio de la verdad: «y la verdad os hará libres».

Infame el falso jubileo de la falsa misericordia

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«Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 22b-23).

Sobre este pasaje del Evangelio, el falso profeta Francisco Bergoglio, fundamenta su infame jubileo de su falsa misericordia.

Infame, porque ni es un jubileo ni trata sobre la misericordia divina.

Bergoglio no tiene poder divino para proclamar en la Iglesia un Jubileo extraordinario. Él gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal, es decir, con un poder humano: un conjunto de hombres, de obispos, que deciden ellos lo que es bueno y lo que es malo en la Iglesia. Por lo tanto, todo lo que haga Bergoglio, con ese poder humano, significa sólo una cosa: cisma en la Iglesia. Bergoglio se ha apartado de la verticalidad de la Iglesia, es decir, de todos los Papas, de todo el Papado. No hay continuidad con los Papas anteriores. Es una desobediencia y una rebeldía a la cabeza visible de la Iglesia, que son todos los Papas desde que Jesús puso Su Iglesia en Pedro hasta el Papa Benedicto XVI.

El gobierno de Bergoglio en el Vaticano es una clara rebeldía a la Voluntad de Dios. Y ahí están las obras que él hace. Y son muy claras para aquellos que les gusta llamar a todas las cosas por su nombre.

Sólo los tibios y los pervertidos, que son la mayoría en la Iglesia, hacen el coro a las obras de Bergoglio, ensalzándolas, justificándolas y poniendo a ese hombre como el modelo de la Iglesia y del mundo. Por eso, todos esos católicos –sólo de nombre- defienden a Bergoglio, pero no son capaces de defender la doctrina de Cristo ni el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ven las herejías de ese hombre; siguen viendo que este hombre no es capaz de definir ni la misericordia ni la justicia, y lo siguen llamando su papa. Y esto es una clara blasfemia. Dar el nombre de papa a un hombre hereje -sabiendo que es hereje-, es caer en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo enseña a llamar a las cosas por su nombre:

«Porque aunque nosotros o un ángel del Cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. ¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gal 1, 9-10).

Bergoglio anuncia un evangelio distinto al de Cristo. Conclusión: Bergoglio es anatema. Es decir, Bergoglio no es papa. No se le puede dar el nombre de papa. Punto y final.

Pero, muchos quieren agradar a Bergoglio… Es el papa… hay que respetar y obedecer al papa…él sabe lo que hace, tiene el espíritu santo…sí, es un hereje, pero no tenemos el poder para quitarlo…. ¡Queréis agradar a Bergoglio! ¡Buscáis el favor de los hombres, de vuestros Obispos, de vuestros fieles en la parroquia! Y no os atrevéis a decir, delante de ellos: Bergoglio no es papa. No lo sigan. No le obedezcan. ¡No tenéis agallas porque ya no sois de Cristo!

«Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo»: muchos ya no son siervos de Cristo, sino del Anticristo. Y sólo por no llamar a las cosas por su nombre, por no ponerse en la verdad.

¡Cuántos dan esta noticia de que ese falsario sin nombre ha proclamado un año de condenación! Pero no dicen de condenación, sino de misericordia. Dan la noticia para agradar a Bergoglio, para hacer que la gente vea qué misericordioso es ese hombre. ¡Cuánta compasión hay en su mirada, en sus palabras, en sus obras! ¡Qué tierno es Bergoglio que hace descubrir los signos de la ternura que su concepto de Dios ofrece a las almas para condenarlas al fuego del infierno!

«Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre (cf. Jn 20,21-23)» (ver texto).

¿Qué cosa confió el Señor a la Iglesia el día de la Pascua? Lo dice el mismo Evangelio: «a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos». Atar y desatar. Perdonar y no perdonar. Un signo de justicia y de misericordia.

Se recibe el Espíritu Santo para aplicar una Justicia y una Misericordia. Las dos cosas. Bergoglio anula la Justicia y predica una gran mentira: «ser signo e instrumento de la misericordia del Padre». Esto es negar la Misericordia del Padre. ¡Qué pocos católicos entienden esto!

El Padre fue ofendido por el pecado de Adán y estuvo en oposición a todo el género humano: «Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo….» (Rom 5, 10);

«…todos nosotros fuimos también contados… por nuestra conducta hijos de ira, como los demás…» (Ef 2, 3);

«Mortificad vuestros miembros terrenos…por los cuales viene la cólera de Dios» (Col 3, 6).

Las relaciones entre Dios y los hombres, desde el pecado de Adán hasta Jesucristo eran de enemistad: es decir, todos los hombres eran objeto de aversión por parte de Dios: todos estaban bajo la ira de Dios…Y sólo por el pecado de Adán.

Es el pecado lo que a Dios justamente le hace oponerse al hombre. Es el pecado lo que pone al hombre bajo la ira de Dios.

Pero fue este mismo Padre ofendido quien envió a Su Hijo para apartar esta indignación suya.

En la Justicia de Dios, nace Su Misericordia.

El pecado pone al hombre en la Ira Divina. Pero, en esa Ira, el Padre ve un camino de Misericordia para ese hombre que quiere condenar al infierno. Y esa Misericordia es un camino de salvación al hombre. No es la salvación. Es abrir una puerta para que el hombre no viva pendiente de la espada de la Justicia de Dios.

«Porque no envió Dios Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 16).

Si el Padre no hubiera visto ese camino de Misericordia para el hombre, en Su Justicia, entonces todo hombre hubiera desaparecido. Todos condenados.

Pero el Padre envió a Su Hijo para que realizara esa obra que destruía la enemistad con Dios. La muerte de Cristo destruye la obra del pecado, que pone a todo hombre en la Justicia Divina.

Pero esta obra de Cristo exige el merecimiento de cada hombre. Hay que merecer salvarse. Cristo vino a salvar a todos los hombres, para así quitar el pecado de Adán, que condenaba a todos los hombres.

Vivir en el pecado original hace que el hombre merezca el infierno porque lleva a cada hombre a cometer muchos pecados que son dignos del fuego del infierno.

Vivir en la gracia que Cristo ha merecido a todo hombre hace que el hombre merezca el Cielo, porque lleva a cada hombre a salir del pecado y a combatirlo para no pecar más.

Por lo tanto, la misión de la Iglesia son dos cosas: aquel que quiera seguir viviendo en su pecado, entonces no hay perdón para él: le quedan retenidos sus pecados. Se merece el infierno. Se merece que una espada de justicia penda sobe su cabeza.

Pero aquel que quiera quitar su pecado, arrepentirse de él, entonces hay perdón para él: se le perdonan sus pecados. Y merece el cielo.

Esto es lo que enseña la Palabra de Dios, lo que está en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia y lo que no enseña Bergoglio.

Bergoglio anula la Justicia: no hay leyes divinas, no hay normas, no hay moralidad. Y sólo se centra en su falsa misericordia, que es una auténtica blasfemia contra el Espíritu Santo.

«Una pregunta está presente en el corazón de muchos: ¿por qué hoy un Jubileo de la Misericordia? Simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios».

Una pregunta está latente en muchos corazones: ¿cuándo se va a retirar Bergoglio? ¿Cuándo lo van a obligar a renunciar? Porque es, claro, que es una verguenza para toda la Iglesia. Ha dividido a toda la Iglesia. Enseña un magisterio herético por los cuatro costados. Y guía a todas las almas hacia la misma condenación, la cual nadie cree porque piensan que están salvados siguiendo a un falso papa hereje.

«¿Por qué hay un Jubileo de la Misericordia?»: sólo hay una respuesta: para agradar a Bergoglio. Y no hay más respuestas.

Hay que hacer propaganda de la falsa misericordia de ese tipejo. Hay que ensalzar y justificar que el pecado ya no es una mancha en el alma, sino una mancha en la sociedad. Y, por lo tanto, hay que dejar muy claro que la conversión consiste en dejar los malos pensamientos que impiden amar al prójimo, verlo como tu hermano, y ponerse en el pensamiento global, común, idealizado: te salvas si no juzgas al otro. Cristo ya nos ha salvado, entonces adelante: derechos humanos, injusticias sociales, fraternidad natural, vivir del cuento de que somos todos buenísimas personas, y así formar la gran iglesia de la gente que ha perdido la fe en Dios. Gente que vive en sus pecados, que obra sus pecados y que es llamada santa precisamente porque peca constantemente.

Los hombres más pervertidos del mundo están con Bergoglio. Por algo será. Les ofrece esta falsa misericordia y este año para ellos: vete y sigue viviendo en tus magníficos pecados.

En este momento de grandes cambios históricos, ¿qué se necesita? Sólo la Verdad. Bergoglio no es papa. No lo sigan.

En este momento de la historia del hombre, la Iglesia está llamada a juzgar a Bergoglio. No está llamada a seguirlo.

Justamente, ahora, que un hombre ha usurpado el Trono de Dios, es cuando el tiempo de la Justicia Divina cae sobre toda la humanidad, no sólo sobre la Iglesia.

No es el tiempo de la Misericordia: es el tiempo de la Justicia, porque un hombre, Bergoglio, ha puesto la abominación de la desolación en el Vaticano.

Y toda la Iglesia está llamada a combatir a Bergoglio, a luchar en contra de Bergoglio.

Es el tiempo histórico. Por eso, en este año en que ese farsante ha proclamado este falso jubileo, se van a ver muchos castigos divinos sobre Bergoglio, sobre los sacerdotes y Obispos que obedecen a Bergoglio, sobre todas las almas que tienen a Bergoglio como su papa, y sobre toda la Iglesia que no es capaz de hablar claro en contra de Bergoglio.

¿Por qué se hace este Jubileo? Para que el Señor muestre Su Justicia. Y no para otra cosa.

No estamos en la Iglesia «para mostrar los signos de la presencia y de la cercanía de Dios». No somos una iglesia de abrazos y besos para todo el mundo. No somos una iglesia para comulgar con los pecados de los demás. No somos una iglesia para taparnos los ojos ante las gravísimas obras que este hereje hace cada día en Ella.

Somos una iglesia para dar una justicia y una misericordia. Para eso, se ha recibido el Espíritu Santo: para atar y desatar.

¿Quieren estar con Cristo? Entonces, desátense de Bergoglio. Ahí tienen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para liquidar a Bergoglio. Úsenlo esta año para atacar la obra de Bergoglio en la Iglesia. Él se irá, pero dejará su obra malvada.

¿Quieren estar con el Anticristo? Entonces, llamen a Bergoglio como su papa. Con sólo eso, ya son del Anticristo. Quien no hace resistencia a Bergoglio, no hace resistencia al Anticristo. Entre Bergoglio y el Anticristo hay una fuerte relación, no sólo espiritual, sino humana.

Estamos en el tiempo del Anticristo: no es un tiempo para estar distraídos con el magisterio herético de Bergoglio. Si quieren ser Iglesia vayan contando las fábulas que los sacerdotes les predican en sus parroquias para estar atentos a irse de esas parroquias en cuanto Bergoglio renuncie. ¡Cuánto más cerca esté ese tiempo, verán que las fábulas son más claras! Los sacerdotes comienzan a quitarse sus caretas.

No sean ilusos. Dos años, y ya no hay más tiempo. Todo corre muy deprisa, porque el demonio se le acaba el tiempo. Y parece que no hay nada en este tiempo, y es precisamente cuando se están dando los cambios más fundamentales en la Iglesia. Este tiempo, justo antes del Sínodo, es un tiempo especial. Se ve la gran decadencia de ese hombre, se ven sus obras abominables, se ve su locura en la mente, pero nadie hace nada por impedirlo. Porque no pueden. Está todo atado y bien atado por la masonería. Los puestos claves  de la Iglesia ya han sido tomados. Sólo queda una cosa: producir el cisma oficialmente. Y hacer que todos acepten ese cisma.

Es el tiempo del Anticristo: no es un tiempo histórico como los demás. Es un tiempo de cambio profundo en todas partes. La Iglesia, en este cambio, tiene que permanecer siendo Iglesia. Por eso, sólo pocos pertenecen a la Iglesia remanente. Muchos pertenecen a la Iglesia que se está levantando en todas partes.

La Iglesia remanente no es visible. Es invisible, porque Su Cabeza es Invisible. Carece de una cabeza visible.

La falsa iglesia, en Roma, es la visible. Tiene una cabeza que no representa a Cristo, sino al mismo Anticristo. Y tienen que tratarla como tal. Tienen que llamarla por su nombre.

Déjense de respetos y obediencias a un hombre que ni respeta la doctrina de Cristo ni obedece al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Dejen de limpiar las babas de Bergoglio. Sus herejías son clarísimas. Llámenlas por su nombre.

Infame es este falso jubileo. Pero más infame es la vida de tantos católicos que han perdido la fe divina, y que sólo están en la Iglesia para abrazar a un hombre, justificarlo, y ponerlo como el falso ídolo, al cual todos tienen que inclinar su cabeza, para darle el honor que no se merece.

Bergoglio no ha muerto por tus pecados. ¿Qué honor merece? Ninguno.

«El perdón de los pecados que se han cometido contra El, sólo puede otorgarlo aquel que llevó »nuestros pecados, que se dolió por nosotros, a quien Dios entregó por nuestros pecados» (San Cipriano – R 552). Si Bergoglio fuera otro Cristo, entonces cargaría con los pecados de todo el mundo, como Cristo hizo. Pero él no cree en Cristo, sino en su concepto de Cristo. Y, por eso, sólo lucha por su concepto de pecado. Y ese concepto de pecado no son tus pecados. Bergoglio no se sacrifica por tus pecados. Entonces, ¿por qué le sigues? ¿Por qué le obedeces?

¡Qué pocos entienden lo que es un sacerdote en la Iglesia! Por eso, así está toda la Iglesia: bailando, haciendo caso a un hombre que se ríe de todo el mundo.

Las falsas enfermedades de la Curia II

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Sólo un demente puede llamar a todos los hombres como locos.

Éste es el lenguaje que utiliza Bergoglio cuando hace su examen de conciencia a la curia, cayendo en el pecado que Jesús llama como raca:

«…todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere “raca” será reo ante el Sanedrín, y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego» (Mt 5, 21-22).

Tres pecados enuncia Jesús:

  1. pecado de blasfemia, maldiciendo al otro: monta en ira diciendo una palabra que lleva en sí una maldición a la otra persona. Es un pecado grave, del cual todos puede juzgar porque es hecho públicamente;
  2. pecado de herejía contra el otro, tratándole en las cosas de Dios, en la vida espiritual, como un hereje, sin serlo. Por lo cual, tiene el juicio de toda la Iglesia en la Jerarquía, que lo excomulga de la Iglesia. Quien llama a hereje a otro sin serlo, cae en la herejía. Niega toda verdad en el otro, teniéndola;
  3. pecado de apostasía de la fe, injuriando al otro, llamándole hombre sin mente, tratándolo de un loco en las cosas espirituales. Este pecado tiene la sentencia del infierno.

Estos tres pecados son muy comunes en este siglo, en que los hombres viven diariamente en sus blasfemias de su vida, en sus herejías en la mente y en sus locuras como hombres, en sus obras que sólo un loco se atrevería a hacer.

Hoy día, la psiquiatría llama locos a todos los hombres. Muchos psiquiatras caen en el tercer pecado con gran facilidad: niegan el Espíritu en el hombre, cometiendo el pecado de blasfemia, del cual no hay perdón.

Si el hombre quiere medirlo todo con su mente humana, lo único que obtiene es cerrarse a la Verdad que el Espíritu lleva a todo hombre. Y en eso consiste el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo: el hombre no quiere aprender la verdad de Dios, sino que su propia mente humana le dicta la verdad, que es su gran mentira en su vida.

Bergoglio pone en la curia un pecado que no existe:

«el mal de una falta de coordinación». (22 de diciembre del 2015)

La falta de coordinación no es un pecado. Si los miembros no están coordinados, entonces los miembros tienen la culpa. Cada miembro, cada hombre no se relaciona con el otro. Y si no hay relación, no hay armonía, no hay orden, no hay comunidad, no hay curia. Si cada miembro vive su vida en la curia, entonces no hay curia.

Decir que hay una falta de coordinación y no ser más específico es decir absolutamente nada.

Una persona, en su trabajo, puede estar distraída en lo que sea. No hay coordinación con los demás. Y el estar distraído, sin culpa, no es ningún pecado.

Una persona, que en su trabajo, tiene que estar metida en su oficio, para poder resolverlo, desconecta de los demás. No hay coordinación con los otros. Y esa persona no peca, porque está en su oficio.

<p style="text-align:justify;text-indent:13pt;margin-left:2px;margin-right:2px;font-family:Tahoma;”>«Cuando los miembros pierden la comunión entre ellos»

¿Y qué es perder la comunión en la Curia? ¿No están todos allí para dar la Verdad? ¿Se pierde la comunión porque cada uno deja la verdad que tiene que obrar? ¿O por qué otro motivo se pierde la comunión?

¿Es perder la comunión enfrentarse al otro que mantiene una mentira como verdad? ¿No es eso hacer comunión en la verdad, dejando a un lado a un miembro que no quiere la comunión en la verdad?

Así que Bergoglio pone la comunión en dos cosas:

«…el cuerpo pierde la armoniosa funcionalidad y su templanza».

La curia, para no estar sin coordinación, tiene que tener estas dos cosas: ser funcional y ser templada.

Dos virtudes que no pueden darse sin otras muchas, que son más importantes y son el cuello de la vida espiritual. Dos virtudes que no son cabeza en la vida espiritual y que, por lo tanto, no deciden la vida espiritual.

No hay templanza si hay lujuria. No hay funcionalidad si hay avaricia. No hay templanza si no hay pureza. No hay funcionalidad si no hay pobreza.

Si los hombres quieren ser funcionales con los asuntos de los demás, deben antes vivir en la pureza de mente, de corazón, de cuerpo y de espíritu. Sin estas cuatro purezas, no se puede dar la templanza. Si hay lujuria en el cuerpo, soberbia en la mente, avaricia en el corazón y orgullo en el espíritu, una persona siempre comete dos pecados al mismo tiempo: gula y lujuria.

Ser funcionales lleva consigo ser templados. No son dos cosas distintas. Es una la consecuencia de la otra. Si el cuerpo vive en su lujuria, no puede estar coordinado con la mente, con el corazón, con el espíritu. No puede funcionar. No se puede dar al otro una verdad. No puede haber comunión entre las personas.

Es claro que Bergoglio no habla de nada en este «mal de una falta de coordinación». Él está en la psicología de los hombres, en lo externo de sus vidas. Él habla de los temperamentos de los hombres, que los hacen sacar de la vida de comunión. Y el temperamento del hombre no es un pecado en el hombre. Es su forma de vivir en el cuerpo que posee.

En este lenguaje psicológico de Bergoglio, llama a la curia con el nombre orquesta, que produce mucho ruido:

«…convirtiéndose en una orquesta que produce ruido, porque sus miembros no cooperan y no viven el espíritu de comunión y de equipo».

¡Como si existiera el espíritu de comunión y de equipo!

¿De qué comunión habla? ¿De qué equipo habla?

En la Curia no hay equipos. En la Curia no hay comunión.

La Curia es para obrar lo que decide el Papa. Si no obediencia al Papa, ¿de qué espíritu de comunión y de qué equipos está hablando este hombre?

¡Qué fácil es desbaratar el lenguaje de este hombre!

No tiene un magisterio eclesiástico. No enseña una verdad en la Iglesia. Enseña su mente, sus ideas, sus teorías, sus herejías, sus locuras mentales.

«También existe la enfermedad del “Alzheimer espiritual”».

Es común de los psiquiatras poner un nombre, etiquetar la vida espiritual de una persona.

Aquí se ve claro cómo es la mente de Bergoglio.

Al olvido del primer amor lo llama este hombre: Alzheimer espiritual:

«También existe la enfermedad del «Alzheimer espiritual», es decir, el olvido de la historia de la salvación, de la historia personal con el Señor, del primer amor».

¡Fíjense hasta dónde llega la mente de este hombre!

¿Quién es aquel que se olvida que el Señor lo salvó?

El condenado. El que quiere vivir en su pecado. El que quiere irse al infierno. El que quiere cometer la blasfemia contra el Espíritu Santo. El que no quiere arrepentirse de sus pecados, por más que los vea, que los conozca.

Y este hombre juega con la Palabra de Dios:

«Tengo contra ti que dejaste tu primera caridad» (Ap 2, 4).

Es ésta una grave reprensión del Señor contra la Iglesia de Éfeso, que son aquellos que combaten a los pecadores, pero sin caridad: «no puedes tolerar a los malos». Es la Iglesia que pone a prueba todos los que sirven en Ella, pero sin caridad: «has probado a los que se dicen apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos». Es la Iglesia que practica la paciencia, que sufre en el nombre de Cristo y persevera en ese sufrimiento, pero sin caridad: «tienes paciencia, y sufriste por mi Nombre sin desfallecer».

Pero dejó la primera caridad. Y sin caridad no hay vida, y el que no vive no existe:

«Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3, 14).

Si te has olvidado del primer amor, entonces es que vives en la muerte de tu pecado. Vives en la desgracia. Y por más que combatas el mal, por más que no toleres a los malos, Dios no puede tolerar tu pecado, tu mal; por más que veas la mentira en los demás, si no eres capaz de ver tu mentira, Dios no puede tolerarte a ti; por más que sufras en el Nombre de Cristo, que tengas paciencia en tu vida de sufrimientos, si no sabes sufrir, tener paciencia para quitar tu pecado, para vencerlo, Dios te suprime de la Iglesia.

Quien ha olvidado al Señor es aquel que no quiere seguir al Señor por sus pecados. Y la única solución para salir de ese estado es:

«Considera, pues, de dónde has caído…».

Medita con tu entendimiento humano tu maldad, tu pecado. No el mal de los otros, no la mentira de los demás. No te alabes porque sabes sufrir. Profundiza con las tres potencias de tu alma tu maldad, y entonces:

«…arrepiéntete, y práctica las obras primeras».

Las obras propias del amor divino, que consiste en hacer la voluntad de Dios: con Dios, con uno mismo y con el prójimo. La Voluntad de Dios es una Ley Eterna. Cumple esa Ley y tendrás Vida.

Pero, ¿de qué habla este hombre?

«Es una disminución progresiva de las facultades espirituales»

Su ley de la gradualidad. Es su psiquiatría en la Iglesia. Poco a poco, grado a grado, se van deteriorando las facultades espirituales.

¿Qué son las facultades espirituales para este hombre? La mente y la voluntad del hombre. Él no puede referirse a otra cosa. No cree ni en la gracia, ni en el corazón ni en el Espíritu. Este hombre niega que Dios sea Espíritu. El Espíritu Santo sólo es un lenguaje humano para expresar el amor.

Y esta disminución:

«…en un período de tiempo más largo o más corto, causa una grave discapacidad de la persona, por lo que se hace incapaz  de llevar a cabo cualquier actividad autónoma, viviendo en un estado de dependencia absoluta de su manera de ver, a menudo imaginaria».

Llama locos a todos los pedófilos. Llama locos a todos los corruptos, avariciosos del dinero. Llama locos a todos lo que siguen el dogma en la Iglesia. Llama locos a todos los que siguen la tradición en la Iglesia. Llama locos a todos los que combaten contra el aborto, contra la homosexualidad, etc… Llama locos a todos los que sigue el magisterio de la Iglesia, el auténtico. Llama locos a todos los que quieren convertir a los pecadores de sus pecados, hacer proselitismo.

Él es claro en su pensamiento:

«Lo vemos en los que han perdido el encuentro con el Señor; en los que no tienen sentido deuteronómico de la vida; en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías; en los que construyen muros y costumbres en torno a sí, haciéndose cada vez más esclavos de los ídolos que ha fraguado con sus propias manos».

¡Cuántas personas viven en sus pecados y han perdido el encuentro con el Señor! Tienen la enfermedad del Alzheimer espiritual para este hombre. Son unos locos. A los pecadores, comunes y no comunes, este hombre los llama locos. Tienen que ir la psiquiatra para salir de su enfermedad, de su locura, de su postración.

El Deutoronomio es la palabra de la ley, la segunda ley que Dios dio a Moisies. Es todo el discurso de Moisés para que el pueblo cumpliera la ley de Dios e hiciera Justicia Divina.

Como Bergoglio, no cree en la inspiraciónn de los libros canónicos, sino que sigue en todo a los protestantes, toma el sentido deuteronómico de la vida por la lucha contra las desigualdades sociales, injusticas, derechos humanos, etc… Si no luchas por dar de comer a un hambriento, tienes la enfermedad de Alzheimer. Si no cuidas a los ancianos, estás loco.

«Hay que luchar por esto, tenemos que defender nuestra dignidad, como ciudadanos, como hombre, mujeres, jóvenes».

¿No tienes este sentido deuteronómico de la justicia social, de los derechos humanos…? ¿No eres socialista? ¿No eres comunista? Entonces, eres un loco.

Hay que vivir el momento presente: hay que depender de la vida presente. Y completamente.

Ese es el dogma de la Providencia Divina: colgados plena, completamente de la Voluntad de Dios.

«Danos el pan de cada día» (Mt 6, 9). No el del pasado, ni del futuro. No se hace el presente fijándose en el pasado. Se hace el presente fijándose en el rostro de Dios, estando en la Presencia de Dios, viviendo en Su Voluntad, conformados a todo lo que venga de Él o que Él permita.

¿Qué dice este hombre?

«los que dependen completamente de su presente»: ellos están locos.

Y además, como todos los hombres tenemos pasiones, manías, caprichos, entonces todos estamos locos:

«en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías».

¿Y tú llamas tu papa a este subnormal, a este hombre que te llama loco en tu cara, a este hombre que llama loco a toda la humanidad?

¡Qué vergüenza de católicos!

¿No se te cae la cara de vergüenza llamando a este hombre tu papa? ¿Teniendo a este hombre como tu papa?

¡Dios mío, qué ciegos andan todos los católicos! ¡Detrás de un hombre ciego y loco de remate!

«El mal de la esquizofrenia existencial».

¡Hasta qué profundidades de maldad no llega este hombre!

Los fariseos son locos:

«Es la enfermedad de quien tiene una doble vida, fruto de la hipocresía típica de los mediocres y del progresivo vacío espiritual que grados o títulos académicos no pueden colmar».

¡Cuántos hombres con doble vida!: todos esquizofrénicos!!!!

¡Cuántos hombres mediocres en sus vidas, tibios: todos esquizofrénicos!!!

¡Cuántos hombres que viven de su vanidad, de sus títulos: todos esquizofrénicos!!!

«Es una enfermedad que afecta a menudo a quien, abandonando el servicio pastoral, se limita a los asuntos burocráticos, perdiendo así el sentido con la realidad, con las personas concretas».

Todos los que están detrás de una mesa, son unos esquizofrénicos. No ven la realidad. No ven las personas concretas. No dan beso y un abrazo al otro. No lloran con los que lloran. No se alegran con los que se alegran. No son herejes con los herejes. No son cismáticos con los cismáticos. No son demonios con los demonios. Son sólo locos.

¡Esto es Bergoglio! Un loco sentado en la Silla de Pedro.

Y no es otra cosa.

Leer un escrito suyo hay que hacerlo sólo para condenarlo. Y no para otra cosa.

No pierdan el tiempo con este demente. No merece la pena.

Ha cometido el tercer pecado, que dice Jesús:

«y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego».

Reo del infierno es la persona de Bergoglio.

Mide con su cabeza humana a toda la humanidad y la llama loca.

¿Qué se merece este hombre?

¡Que se quede loco hasta su muerte, que lo traten como un loco!

Y no se merece otra cosa.

Las falsas enfermedades de la Curia I

payaso

El Usurpador de la Silla de Pedro, Bergoglio, cuyo nombre de batalla es Francisco, y cuya mente es la de un demente, dio un discurso el 22 de diciembre del 2014, en la que puso de manifiesto su herejía, que es múltiple.

«…siendo la Curia un cuerpo dinámico, no puede vivir sin alimentarse y cuidarse…sin tener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo».

Primero, hay que recordar a Bergoglio una máxima en filosofía:

Las sociedades y las personas morales no son sujetos de la moralidad, porque carecen de libertad y de la advertencia del entendimiento.

Sólo la persona física es el sujeto de moralidad.

Por lo tanto, la Curia no es un cuerpo moral y, en consecuencia, no tiene que alimentarse ni cuidarse, no tiene que tener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo.

Bergoglio tergiversa este pasaje de la Sagrada Escritura:

«Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vida, así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mí. Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 4-5).

Cada miembro de la Iglesia es una persona física. Y, por tanto, cada miembro tiene que unirse, permanecer en Cristo. Cada miembro, no el conjunto de los miembros. No la Iglesia. No el Cuerpo Místico. No la Curia.

Porque la Iglesia es Cristo, es Su Cuerpo. La Iglesia es Cristo con sus almas, que están unidas a Él, a la Cabeza. Y la Cabeza y el Cuerpo de Cristo forman una unidad. Unidad moral: porque la Cabeza es una persona física. Cada alma se une místicamente a Cristo,  a la Cabeza, para formar Su Cuerpo. Pero el Cuerpo de Cristo es de Cristo, no del alma; no del conjunto de almas; no de la Curia.

El Cuerpo de Cristo sigue siendo Cristo. Las almas son los sarmientos en ese Cuerpo: son los frutos de la obra de Cristo. Una obra redentora, hecha con el entendimiento y la voluntad de Cristo.

Cada alma se une a esa obra redentora de Cristo para ser de Cristo. Se une a Su Cuerpo; no a Su Cabeza. Es el Misterio de la Iglesia.

Bergoglio no puede entender lo que es la Iglesia porque no cree en la Divinidad de Cristo. Jesús, al ser Dios, puede hacer una Iglesia con Su Cuerpo. Y en Su Cuerpo unir a las almas. Esa unión es espiritual y mística. Nunca humana, ni natural, ni carnal, ni material. Por eso, «Mi Reino no es de este mundo». La Iglesia es un organismo místico y espiritual, que se ve en la realidad de los hombres, pero que no es esa realidad. Es visible, porque existen almas unidas a Cristo, de una manera mística, que forman Su Cuerpo, Su Iglesia.

Si hay pecados en el Cuerpo de Cristo, en la Curia, en una comunidad, hay que buscarlos en cada alma, no en la Curia, no en la Iglesia en su conjunto. Porque la Iglesia es Santa, ya que el Cuerpo de Cristo es Glorioso, Santo, Divino. Pero las almas, que están unidas a Cristo, a Su Cuerpo, no son santas, no están gloriosas, sino que son pecadoras, siguen en estado de via.

No se puede hablar de los pecados de la Curia sin decir nombres concretos. Esto es lo que no hace Bergoglio. Todo un discurso para no decir nada. Se lo sacó de la manga para quedar bien con todo el mundo, menos con la Curia.

Si hay un mal en la Curia, entonces se debe a dos cosas:

  1. Al pecado de cada miembro;
  2. A las leyes o normas que rigen esa curia.

Si es lo primero, entonces hay que combatir el pecado y al pecador. Una persona que peca hace mal a todos en su trabajo. Ese mal repercute, de muchas maneras, en todos los miembros. Pero ese mal procede de una persona física. No es un mal de la Curia. Y los efectos de ese mal,  que salen del pecado de esa persona física, son otros males, que pueden o no pueden ser motivo de pecado en otros que componen esa comunidad.

Si es lo segundo, es fácil corregir esas normas para que todo funcione bien.

Si no se ataca el pecado, si no se dicen nombres, entonces el discurso que se hace es un absurdo. Es para conquistar aplausos. Es su ego. Todo gira alrededor de Bergoglio en su falso pontificado.

Bergoglio es un insensato. Su primer berrido:

  • «El mal de sentirse inmortal, inmune e incluso indispensable»: Bergoglio ataca la santidad de la Iglesia en estas palabras. Él no se dirige a una persona física. No está tratando de pecados de ciertos miembros de la Curia, que se sienten inmortales, inmunes, indispensable. Él no puede hablar de pecado porque –en su mente obtusa- no existe el pecado como ofensa a Dios.

Para Bergoglio, como para todos los hombres, existe el bien y el mal. Pero Bergoglio sigue el pensamiento de Mendeville, el cual estimaba que el bien y el mal son una invención de hombres superiores, que han llegado a convencer a los demás para considerar como bueno todo lo cuanto era para sí mismos, y malo, todo lo que fuera un perjuicio.

Esta curia tiene el sentimiento de sentirse inmortal: se cree superior a los demás hombres. Y esta curia, que ha trabajado durante tanto tiempo en convencer a los demás de hacer una serie de bienes, que sólo miran para sí mismos, para que sigan creciendo en su inmunidad, en verse como indispensables, entonces va mal: «una curia que no se autocrítica, que no se actualiza, que no busca mejorarse, es un cuerpo enfermo».

Es la persona física, cada alma, el sujeto de moralidad. No es la Curia la que tiene que hacerse una autocrítica. Cada persona de la Curia tiene que ver sus pecados y quitarlos para que la Curia funcione. Cada persona de la Curia tiene que ver si hay leyes o normas que son contrarias a la ley de Dios y quitarlas, para que la Curia funcione.

Pero Bergoglio no está en este sentido común de las cosas. Él llama cuerpo enfermo a la Curia porque no se actualiza. Está en su clara herejía: la Curia, como se ha entendido con todos los Papas, es un organismo de ayuda a todo el Papado, pero no de gobierno. Quien gobierna es el Papa y los Obispos obedientes a Él. Los demás, trabajan para el Papa.

Pero Bergoglio quiere meter el modernismo en la Curia, es decir, institucionalizar la herejía: poner leyes que vaya en contra de la santidad de la Iglesia. Y la razón: es que en la Curia hay un mal de creerse superior a los demás: «se convierten en amos, y se sienten superiores a todos, y no al servicio de todos».

Este mal, para esta mente subnormal, es una patología: «Esta enfermedad se deriva a menudo de la patología del poder, del complejo de elegidos, del narcisismo que mira apasionadamente la propia imagen y no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros, especialmente de los más débiles y necesitados».

1. Bergoglio está llamando locos a toda la Curia. Y es a toda porque no dice nombres concretos.

2. Bergoglio sólo concibe el pecado como un ser filosófico: «esta enfermedad se deriva a menudo de la patología».

Si te crees superior al otro es por dos pecados: orgullo y vanidad. Quita estos dos pecados y todo marchará bien. Pero, no. Es una patología que hay que ir a la farmacia para buscar unas pastillas y así acabar con la patología del poder.

3. Bergoglio da su herejía: el que obra así «no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros». Es su falso misticismo con sabor a panteísmo. Un pensamiento lleno de maldad, que le conduce a su idea comunista:

4. «especialmente de los más débiles y necesitados». La Curia está para servir a los débiles, no para aprovecharse de ellos, no para sentirse superiores a ellos. Es la lucha de clases, que siempre Bergoglio predica en todos sus discursos. Bergoglio enfrenta la Jerarquía con los fieles. La Jerarquía que enseña la verdad, el dogma, se está oponiendo a los fieles, porque se creen superiores a ellos.

Este es el pensamiento de un hombre que no sabe lo que es la norma de moralidad. No tiene las ideas claras sobre lo que es el bien y el mal moral.

En esta oscuridad de su mente, va a decir su estúpida concepción de la oración:

  • «El mal de «martalismo» (que viene de Marta), de la excesiva laboriosidad, es decir, el de aquellos enfrascados en el trabajo, dejando de lado, inevitablemente, «la mejor parte»: el estar sentados a los pies de Jesús».

El martalismo: una palabra que no existe, pero que Bergoglio la acuña para desprestigiar a Santa Marta. Esta Santa no tuvo el pecado de la excesiva laboriosidad, sino el pecado de no confiar en Dios. Son dos pecados diferentes:

«Marta andaba solícita en los muchos cuidados del servicio…» (Lc 10, 40). Pero, en su solicitud, creía en Jesús. Era una trabajadora, pero con fe. Le faltaba solo una cosa: la confianza en Dios. Todo se hace en el tiempo de Dios, no en el de los hombres: «te turbas o inquietas por muchas cosas; pero pocas son necesarias» (Ib).

Hay muchas personas que no son como Marta, que ponen en su trabajo todo el esfuerzo. Trabajan sin fe. Y, por lo tanto, sólo confían en sus esfuerzos humanos. Es la fiebre de la actividad que muchas personas tienen. Y que refleja su falta de fe en la Palabra de Dios, además de su falta de confianza.

Marta, en su actividad, tuvo tiempo de ir a la oración para pedir consejo a Jesús en su trabajo: «acercándose, dijo: Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje sola a mí en el servicio?» (Ib). Marta paró su actividad para la oración. Una oración de queja, pero oración auténtica al Señor.

Muchas personas, en su febril actividad, no tienen ni siquiera la presencia de Dios para recordar que existe Dios, que Dios las está mirando. Y no paran su trabajo para ir a la oración. No tienen fe en Dios, que es lo que se ve en este mundo moderno.

Bergoglio, que no sabe lo que es Santa Marta, no sabe su espiritualidad, no conoce su alma, todo lo confunde; y ¿qué es lo que enseña? Una blasfemia:

«Jesús llamó a sus discípulos a «descansar un poco» (Mc 6, 31), porque descuidar el necesario descanso conduce al estrés y la agitación. Un tiempo de reposo, para quien ha completado su misión, es necesario, obligado, y debe ser vivido en serio: en pasar algún tiempo con la familia y respetar las vacaciones como un momento de recarga espiritual y física».

¿Ven el desequilibrio mental de este hombre?

Jesús llamó a Santa Marta a la confianza en Dios en el trabajo. Estás abrumada por tantas cosas. Deja tu trabajo e imita a tu hermana. Si haces esto, si pones tu confianza en Mi Palabra, el trabajo se hace solo: «pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada».

No voy a quitar a María de la contemplación para darte un gusto a ti, Marta. Eres tú, Marta, la que te debes alejar de tu trabajo, dejarlo como está, para adentrarte en la sola cosa necesaria, que todo hombre tiene que tener para que su trabajo sea efectivo: amar a Dios. Hay que poner el amor de Dios por encima del amor del trabajo, por encima del servicio a los demás. A esta plena confianza, llamó Jesús a Marta, enseñando Jesús cuál es el camino espiritual. Qué cosa el hombre tiene que hacer en su vida: amar a Dios. Si ama a Dios profundamente, hasta el punto de dejar lo que hace para estar con Dios, en Su Presencia, entonces Dios se ocupa de lo demás: «Buscad, primero, el Reino de Dios; lo demás, por añadidura».

Bergoglio, ¿qué es lo que enseña? A descansar. Pasa un tiempo con tu familia, vete de vacaciones, haz una vida profana, mundana, pero nada de amar a Dios. Confundiendo, además, la oración con el descanso que todo hombre necesita en su naturaleza humana.

Su tercer berrinche:

  • “También existe el mal de la «petrificación » mental y espiritual, es decir, el de aquellos que tienen un corazón de piedra y son «duros de cerviz»”.

Aquí, Bergoglio, sólo se centra en la herejía del humanismo: «Es peligroso perder la sensibilidad humana necesaria para hacernos llorar con los que lloran y alegrarnos con quienes se alegran».

Eres un hombre duro porque no lloras con los que lloran; no te alegras con los que se alegran…. Eso es todo en la dureza de corazón, para Bergoglio.

Te vuelves duro, te escondes detrás de los papeles, de la doctrina, de la ley divina, del dogma. Y, en tu dureza, eres una máquina de legajos. Conviertes tu vida en fabricar papales para el archivo. Montones de papales reunidos, atados, que no sirven para nada, porque estás petrificado en tu mente y en tu espíritu. Petrificado en el dogma, en las leyes canónicas, en la doctrina inmutable de Cristo.

Y para salir de esa dureza, tienes que llorar con los que lloran. No archives montones de doctrina. No acumules el dogma. No enseñes la verdad. Llora, ríe, canta, habla, dialoga, vive, obra, sé generoso, entrégate a los demás, porque –para Bergoglio- «Ser cristiano, en efecto, significa tener «los sentimientos propios de Cristo Jesús», sentimientos de humildad y entrega, de desprendimiento y generosidad».

Si estás petrificado en tu mente y en tu espíritu, entonces tienes dos grandes pecados: soberbia y orgullo. Que son el caldo de cultivo para los demás pecados. ¿Qué hay que hacer para quitar estos dos grandes pecados? Tener los sentimientos de Cristo. ¿Cuáles son?

«…se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombres se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 7-8).

Bergoglio cita a San Pablo y da su propia interpretación, tergiversando así la Palabra de Dios.

Para quitar la soberbia y el orgullo: anonadarse, obedecer la verdad, someterse a la Voluntad de Dios, cumplir con los mandamientos divinos. Y entonces la petrificación de la mente y del espíritu se rompe.

Pero Bergoglio está en su humanismo: el bien y el mal son conceptos del hombre, no de Dios. No haces el bien de llorar con los que lloran porque estás petrificado en tu ideas dogmáticas. Es el bien y el mal como los concibe el hombre. Quita tus ideas petrificadas para explorar los afectos de los demás. Es la vida de sentidos a la cual Bergoglio llama a todos los hombres: salgan de sus ideas para dar un beso al otro, para abrazar al abominable homosexual. No estés petrificado en tu mente. No seas una persona orgullosa que cree estar en la posesión de toda la verdad.

Su cuarta blasfemia:

  • «El mal de la planificación excesiva y el funcionalismo»: para explicar este mal, acude a una herejía que predicó en Estambul, el 29 de noviembre del 2014:

«La Iglesia…es investida por el viento del Espíritu que no transmite un poder, sino que dispone para un servicio de amor, un lenguaje que todos pueden entender».

En Pentecostés, no se da el poder del Espíritu, sino un lenguaje común a todos. Esta es la gran blasfemia, que nadie ha captado.

Para Bergoglio, no existen las personas en Dios, sino sus modalidades:

«Y nuestra oración debe ser así, trinitaria. Tantas veces: ‘¿Pero usted cree?’: ‘¡Sí! ¡Sí!’; ¿En qué cree?’; ‘¡En Dios!’; ‘¿Pero qué es Dios para usted?’; ‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray non existe! ¡Existen las personas!» (9 de octubre del 2014).

No existe el Dios Uno, la Esencia de Dios, el Dios como spray. Sino que existen las personas, pero no como reales, sino como modales: existe una forma de hablar de las personas divinas:

«Jesús es el compañero de camino que nos da lo que le pedimos; el Padre que nos cuida y nos ama; y el Espíritu Santo que es el don, es ese plus que da el Padre, lo que nuestra conciencia no osa esperar» (Ib).

Esta es su herejía del sabelianismo.

Padre, Hijo y Espíritu Santo no son más que tres modos con los que se manifiesta la única persona divina, como Creador.

La única persona divina, para Bergoglio, es el Padre. Es la herejía del subordinacianismo:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba es la luz y el Creador. Este es mi Ser» (1 de octubre 2013).

Dios es el Padre; Dios no es el Hijo; Dios no es el Espíritu Santo.

De este subordinacianismo, nace su herejía del sabelianismo: se niega la divinidad de Jesucristo para afirmar que en Dios se pueden distinguir un Jesús, que es el amigo, que actúa como compañero del hombre, porque es sólo una persona humana, no es Persona Divina; un Espíritu, que actúa como don, como una voluntad impersonal, que hace la función de unir lo que es la diferencia, lo que está disperso. Y un Padre, que es Creador, que es amor. Ese ser creador, Bergoglio, lo va a entender, como un Dios que está en el hombre, en la creación, dentro del hombre: será su paneneteísmo. Todas las cosas en Dios. La Creación, para Bergoglio, no se hace de la nada, sino de algo ya existente. Por eso, todas las cosas creadas son sagradas, divinas, modelos para todos los hombres.

El Espíritu Santo no es un poder personal, porque no es Dios, es sólo un modo de hablar para expresar el amor que deben buscar los hombres: un lenguaje común.

Este demente va en contra de la Iglesia, de su doctrina: «Se cae en esta enfermedad porque «siempre es más fácil y cómodo instalarse en las propias posiciones estáticas e inamovibles».

El dogma, que es algo estático, inamovible, que es una verdad inmutable, es una enfermedad para Bergoglio. Y los que están en el dogma «pretenden regular y domesticar al Espíritu Santo».

El Espíritu Santo, al no ser la Persona Divina que lleva al alma a la plenitud de la Verdad, sino sólo ser una forma de hablar, de lenguaje, una disposición para un amor, entonces los hombres no tienen que quedarse en sus lenguajes ortodoxos, dogmáticos, que son inamovibles. Si se quedan, están enfermos. Y están domesticando al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es novedad, frescura, sueño, ilusión, fantasía, alegría mundana, vida pecaminosa:

«…nosotros, los cristianos, nos convertimos en auténticos discípulos misioneros, capaces de interpelar las conciencias, si abandonamos un estilo defensivo para dejarnos conducir por el Espíritu. Él es frescura, fantasía, novedad».

¡Fíjense la maldad!: el auténtico cristiano es capaz de interpelar las conciencias si se deja el dogma, la verdad absoluta. Si se abandona el estilo defensivo… ¡Fuera la apología de la fe! ¡Hay que anular todo tipo de sana crítica filosófica y teológica! ¡No hay que defender la verdad! ¡No hay que defender la doctrina de Cristo! ¡No hay que defender a Cristo en la Iglesia! ¡No hay que luchar por una verdad en la vida, sino por un sentimiento, por un sueño, por una ilusión, por una fantasía por una novedad humana!

¿Ven qué demencia?

Hay que defenderse contra los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe, si se quiere seguir siendo Iglesia.

Bergoglio quiere una Iglesia para todos, con las puertas abiertas a todo el mundo. Pero no quiere una Iglesia para la verdad. No existe la verdad en él. Sólo existen las fábulas que hay en su pensamiento humano.

No se puede seguir a Bergoglio en nada. En ninguna cosa.

No hay una verdad en todos sus discursos, en todas sus homilías, en todos sus escritos. Ninguna verdad. No hay alimento para el alma, sino para su mente.

Bergoglio no habla para el corazón, sino para la mente del hombre.

Y si no son despiertos en la mente, analizando cada idea, cada palabra, van a quedar atrapados en ese lenguaje barato y confuso, que constantemente usa ese hombre para engañar a todo el mundo.

Seguiremos analizando esta fábula de discurso, en la que se ve la demencia clara de ese hombre.

El infierno quedó vacío con Bergoglio

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«Pero si uno piensa que la vida moral sea solamente ”hacer esto’‘ y ”no hacer aquello’‘? no es cristiano. Eso es una filosofía moral, pero no, no es cristiano. Cristiano es el amor de Jesús que es el primero en amarnos. La moralidad cristiana es ésta: ¿Has caído? Levántate enseguida y continúa. Este es el camino. Pero siempre con Jesús» (ver)

Palabras de un insensato, de un hombre sin norma de moralidad, que ha anulado la ley de Dios, y sólo se dedica a cosechar aplausos de la gente, contándole fábulas de viejas.

La vida moral son dos cosas: hacer la Voluntad de Dios; no hacer lo que Dios prohíbe.

Esto es todo en la vida moral. La vida moral es hacer esto y no hacer aquello. Y esto es lo que tienes que pensar, que tener dentro de tu mente y de tu corazón, no sólo para ser cristiano, sino para ser católico.

Si quieres pertenecer a la iglesia de Bergoglio, sigue su necedad. Quita de tu mente y de tu corazón la Palabra de Dios, que te enseña:

«Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15).

Para el que tiene dos dedos de frente, amar a Jesús significa cumplir con la ley de Dios.

Para el que no tiene dos dedos de frente, coge esta frase del evangelio, y dice: Jesús nunca se refirió a la ley de Moisés. Jesús se refiere a los dos mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. Y, por lo tanto, la vida moral es el amor de Jesús, el amor que enseña Jesús, que es –claro- el primero en amarnos. ¡Cuánto nos ama Jesús! ¡Vamos a llorar un poco hasta que entendamos que Jesús nos ama tanto!

La moral cristiana no es la verdad ni la falsedad. Es la misericordia.: has caído. Te doy un beso, un abrazo, te lleno el estómago de buena comida; te doy un puesto de trabajo, te curo tus enfermedades… Y la vida continúa. ¡Qué bella es la vida! ¡Vive y deja vivir! Pero no vengas con moralinas de mandamientos divinos. Eso quedó en el pasado. Jesús es amor. Dios es amor. Sé libre para amar.

Y, por eso, este gran necio, que se llama a sí mismo, papa…

(¿qué clase de papa es que no sabe enseñar la verdad? ¿para qué se llama papa? ¿por qué no se dedica a ser un pastor protestante?)

… este hombre, que es un demente espiritual (tiene atado su mente humana a la mente del demonio; y por eso habla como habla: como un demonio), dice:

«…el infierno era querer alejarse de Dios porque no se desea su amor. ”Pero  si tu fueras un pecador tremendo, con todos los pecados del mundo a cuestas, y además te condenasen a la pena de muerte y cuando estás para morir blasfemas, insultas y todo lo demás… Y en ese momento, miras al Cielo y dices: ¡Señor! ¿Dónde vas, al Cielo o al infierno? ¡Al Cielo!… Va al infierno solamente el que dice a Dios: ”No te necesito, me las arreglo solo”, como hizo el diablo que es el único del que estamos seguros que está en el infierno».

«el infierno era querer alejarse de Dios porque no se desea su amor»: ninguno va al infierno porque no desee el amor de Dios. Ninguno. Todos van al infierno porque desprecian el amor de Dios.

No desear el amor de Dios lo hacen todos los hombres: sean santos o sean pecadores. No se puede vivir deseando constantemente el amor de Dios. Para eso, se necesita una gracia divina, que sólo Dios da al que se la merece.

¡Cuántos pasan la noche oscura del alma y no desean el amor de Dios! ¡Viven sin deseo de nada!. Y eso no es pecado cuando el alma está en su purificación. El que no desea el amor de Dios es por muchas razones. Y no todas llevan al infierno. Y muchas llevan al purgatorio. Y unas cuantas son necesarias para conquistar el cielo. Desear el amor de Dios es un merecimiento del alma, no es un don de Dios. Y Dios no exige el desear su amor para ir al cielo.

El infierno es querer alejarse de Dios porque no se cumplen sus mandamientos. Punto y final. ¡Es todo tan sencillo!

Pero –para Bergoglio- para ese hombre que no tiene ni idea del Magisterio de la Iglesia, la vida moral es un sentimiento hacia Jesús. Y, claro, viene su discurso, su fábula de viejas:

Eres un gran pecador, con todos los pecados del mundo a cuestas, y además recibes la justicia de los hombres…. Y cuando estás para morir, te dedicas a hacer lo que hizo el mal ladrón: insultar, blasfemar… y ¡cuántas cosas más! Y he aquí, que por arte de magia, miras al cielo. ¡Oh, qué bello! ¡Qué frase tan tierna!… ¡Seamos tiernos con los hombres! ¡Los hombres necesitan no temer a la ternura de Dios!… Estás blasfemando contra Dios, estás echando demonios por tu boca, y miras al Cielo….No te arrepientes de tus pecados….No; eso no…No dejas de blasfemar…No; eso no… Miras al Cielo…y dices, en medio de tus blasfemias: Señor…

¡Increíble! ¿Cómo uno que va a morir, y está blasfemando contra Dios, va a poder decir: Señor?

¿Han captado la demencia de Bergoglio? ¿Captan su fábula de viejas? ¿Su cuento chino?

Y como dices: Señor….Sólo por eso…Sólo por el deseo sentimentaloide de decir la palabra: Señor… Estás lleno de irá contra el Señor, y una sola mirada al Cielo te hace decir una palabra de ternura al Señor???????

¿Quién se cree esta fábula?

Muchos. Muchos católicos.

Sólo por tu sentimiento, ¿dónde vas, al cielo o al infierno? ¡Al Cielo!

Peca fuertemente. Peca fuertemente. Blasfema antes de morir, insulta al Señor antes de morir. Pero acuérdate de mirar al cielo, y decir: Señor. Porque te vas al Cielo de cabeza, sin pasar por el purgatorio.

Y a este hombre, ¿lo llaman Papa?

¿Dónde compró el título de papa? ¿Cuánto pagó para estar sentado en esa Silla de Pedro y hablar demencias cada día?

No he visto tan gran loco como Obispo en toda mi vida.

¡Qué demencia de predicación!

Y, claro, tiene que terminar con su herejía favorita, que es de cuño protestante: el infierno existe, pero está vacío:

«Va al infierno solamente el que dice a Dios: ”No te necesito, me las arreglo solo”, como hizo el diablo que es el único del que estamos seguros que está en el infierno».

Sólo el diablo está en el infierno. Y como es espiritual, no se ve. El infierno está vacío porque todos dicen a Dios, antes de morir: te necesito. ¡Qué tierno! ¡Qué bello! ¡Qué hombre tan amoroso con los hombres!

Y este subnormal se va a poner a confesar el 13 de marzo:

«La Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice informa hoy de que el Santo Padre presidirá el Rito para la reconciliación de penitentes, con la confesión y la absolución individual, el próximo viernes 13 de marzo, en la basílica de San Pedro a las 17.00 horas».

Si no cree en el infierno, si no cree en el pecado, si no cree en la norma de moralidad, si no juzga a nadie porque nadie comete pecado, ¿de qué va a confesar? ¿qué charla psiquiátrica va a tener con la gente que vaya allí?

No te confieses con este demente: cometerías un gran pecado. Y saldrías sin la absolución de tus pecados.

¡Cómo está el Vaticano! Bailando al son de un hombre sin verdad.

Concilio XVI de Cartago (D 102, not.4): «Como quiera que el Señor dice: Quien no naciere del agua y del Espíritu Santo, no entrará en el reino de los cielos, qué católico puede dudar que será partícipe del diablo aquél que no ha merecido ser coheredero de Cristo? Pues quien no está en la parte derecha, sin duda caerá en la parte izquierda».

Hay que merecer ser coheredero con Cristo para entrar en el Cielo. No sólo hay que bautizarse, sino que hay que trabajar para ganarse el Cielo, con el sudor de la frente.

El cielo no es un regalo de Dios a nadie. No se da porque se desee o no se desee. Se da el cielo porque se merece el cielo. El alma ha luchado, en su vida terrestre, para irse al cielo. Ha luchado para cumplir con la ley de Dios. Ha luchado para permanecer en la gracia. Ha luchado para quitar todos sus vicios y pecados. Ha luchado para permanecer en la verdad.

¡Es increíble que los católicos prefieran las palabras baratas de este hombre a luchar por Cristo, a luchar para merecer ser amados por Cristo!

El que Cristo te ame es un merecimiento de tu alma, no es un regalo para tu alma. Cristo, cuando te ama, te da una Cruz. Y tienes que llevarla hasta el final. Y quien permanezca en esa Cruz, entonces se salva y se santifica.

Es la Cruz la verdad del camino. Es la sabiduría de la Cruz lo que te lleva a la Vida Divina.

Pero, nadie quiere Cruz. A nadie le interesa la Verdad.

Todos siguen a un hombre que tiene en su mente la posesión del demonio.

«…sin misericordia, se corre el riesgo de caer en la mezquindad burocrática o en la ideología. Comprender la teología es comprender a Dios, que es Amor».

Bergoglio ha puesto la misericordia, su falso concepto de  misericordia, por encima de la verdad. Por eso, resbala siempre cuando habla.

Es la verdad el objeto de la teología. No es el amor de Dios. La vida espiritual y mística trata del amor de Dios. La vida teologal trata de la verdad divina.

Sin verdad, -no sin misericordia-, se cae en la burocracia y en la ideología. Cuando los hombres viven en sus mentiras, viven para el papeleo; viven para sus ideas, para sus mentes, para sus filosofías de la vida.

Es la verdad la que lleva al alma hacia el amor de Dios. Sin verdad, sin conocer la verdad, tenemos lo que es Bergoglio: un sentimental perdido del hombre, que sólo vive para los hombres, tengan la mente que tengan. Lo que importa es esto:

«.. también los buenos teólogos, como los buenos pastores huelen a pueblo y a calle»: tienes que oler a mundo para ser un buen teólogo. ¡Qué gran locura!

Y los teólogos que le escuchaban, ¿cómo no saltaron para degollarlo ahí mismo por esta blasfemia?

¡Todos se conforman con la charlatanería de este hombre! ¡Cómo gusta su palabras barata y blasfema!

Hipócrita es Bergoglio, hombre de dos caras. Un hombre que no sabe entrar en su corazón. Que sólo mira su mente, después mira al hombre, y con su boca le dice al hombre lo que éste quiere escuchar.

Eso es la hipocresía perfecta de este hombre. Pone la cara que el hombre, el pueblo, quiere. Nunca se le ve lo que piensa. Siempre esconde su verdadera intención a los demás. Y, por eso, habla siempre para engañar, para decir otra cosa de la que realmente piensa.

Así es todo poseso del demonio.

«Aquí tenemos, según el evangelista Juan, el primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo: su cuerpo, destruido en la cruz por la violencia del pecado, en la resurrección se convertirá en el lugar del encuentro universal entre Dios y los hombres».

¡Gravísima herejía la que expone este hombre!

Para dar a entender lo que significa la expulsión de los vendedores del templo y su palabra final: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré»; dice que su cuerpo fue destruido en la cruz.

Bergoglio no ha leído el Evangelio: «…uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado….para que se cumpliese la Escritura: “No romperéis ni uno de sus huesos”» (Jn 19, 34.36).

Su cuerpo no fue destruido, roto. Ni siquiera por la violencia del pecado. Jesús cargó con el pecado de todos y no fue destruido por esa montaña de pecado. Jesús murió por la fuerza de su amor, no por la carga del pecado. Es más fuerte el amor que la muerte. Jesús venció el pecado, cargando con él. Venció al mundo cargando con el pecado de todo el mundo. Y ni el mundo ni el pecado destrozó su humanidad.

Y en la resurrección, su cuerpo no se convierte en el lugar del encuentro entre Dios y los hombres. ¡Esta es la gran blasfemia contra el Espíritu Santo!

El Cuerpo de Jesús no es un lugar. Es el Templo del Verbo Encarnado. Su Cuerpo físico es Su Cuerpo Glorioso: el Templo del Hijo de Dios.

Su Cuerpo Místico es Su Iglesia: el Reino de Dios, que es un lugar y un estado. Un lugar que abarca las almas en la tierra, las almas en el purgatorio, y las almas en el Cielo. Es un lugar que son muchos lugares. Jesús resucitó para prepararnos un lugar: abrir el Cielo, llevar al Cielo las almas del Purgatorio; poner en la tierra el camino para salvarse y santificarse.

Y es un estado: lo místico son estados del alma. Y cada alma crece y se desarrolla en esos estados.

Y en esos lugares no existe el encuentro universal entre Dios y los hombres. Es su idea favorita: el ecumenismo.

En cada estado del alma y en cada lugar que el alma esté, se produce un encuentro entre el alma y Dios. Lo demás, no interesa, porque nadie sabe ni lo que es el purgatorio ni lo que es el Cielo.

Pero, este hombre –Bergoglio- habla por hablar: para tener a la clientela entretenida, sin aportar ninguna verdad, porque no hay verdad en él. No puede haberla. Su mente está tejida sólo por el demonio. Y vive del demonio, se acuesta con el demonio, se levanta con el demonio y todo lo obra con el demonio.

La demencia de Bergoglio

manicomio

«Jesús se revela así como el icono perfecto del Padre, la irradiación de su gloria» (Ángelus, 1 de marzo del 2015).

Esta es la demencia de un hombre, al que muchos insensatos lo tienen como su papa. Y es sólo un hereje consumado, que en su palabra se ve a un maestro de la mentira.

¡A cuántos engaña con su palabra barata y blasfema!

¡Cuántos están embobados con lo que dice cada día!

¡Cuántos locos tienen a este hombre como su papa!

Jesús es el Hijo Eterno del Padre. Nunca es el icono perfecto del Padre. Jesús no es un icono, una imagen, una representación de lo divino.

Jesús es Dios: cómo escuece esta verdad a muchos católicos. Ya no quieren a un Jesús que sea Dios; sino que sólo quieren al hombre, al concepto humano de Jesús, de Mesías, de Salvador.

¡Cómo juega –Bergoglio- con las palabras de la Escritura! Y nadie se da cuenta. Da vueltas a la verdad para manifestar sólo su mentira.

Jesús es «la imagen de Dios invisible» (Col 1, 15). No es la imagen, el icono, del Padre. Jesús es, no sólo la imagen de las cosas visibles, sino del Dios invisible, porque es el Hijo, el Verbo, la Palabra del Pensamiento del Padre. Y toda idea, toda palabra es una imagen de la mente, del pensamiento.

Al ser Jesús el Verbo Encarnado, la Palabra de Dios, manifiesta en toda su vida humana el Pensamiento de Dios, la Mente y la Voluntad de Su Padre: lo revela al hombre, lo da a conocer.

Pero esa Mente Divina no está en los hombres que viven en la soberbia de sus mentes humanas. La doctrina de Cristo, que es el Evangelio, queda impenetrable a la soberbia de muchos hombres:

«Que si todavía nuestro Evangelio queda velado, está velado para los infieles, que van a la perdición, cuya inteligencia cegó el dios de este mundo, para que no brille en ellos la luz del Evangelio de la Gloria de Cristo, que es Imagen de Dios» (2 Cor 4, 4).

La oscuridad de la mente del hombre es por su pecado, por su maldad. Y en ellos, en su vida humana, en sus obras humanas, no brilla, no puede brillar la luz del Evangelio de la Gloria de Cristo. No resplandece, en ellos, la Sabiduría de Dios: sus corazones han quedado cerrados a la Verdad y al Amor verdadero.

Para este hombre que no cree en Jesús como Dios, sino que sólo toma la humanidad de Jesús para hacer su gran negocio, su gran empresa en el Vaticano, la victoria sobre el mal es un don: «A la luz de este Evangelio, hemos tomado nuevamente conciencia…de la victoria sobre mal donada a quienes inician el camino de conversión».

Cristo no dona Su Victoria a nadie. Cristo da la Gracia para merecer la victoria. Lo que consiguió Cristo para toda alma es la Gracia, la Vida Divina.

Como Bergoglio niega la Gracia, entonces tiene que inventarse su protestantismo: peca fuertemente, te salvarás porque tienes el don de la victoria.

La victoria sobre el mal no es donada; sino que es merecida por cada alma. Y cada alma, que quiera salvarse, tiene que mirar al Crucificado. No tiene que mirar al hombre para encontrar un camino de liberación para sus problemas de su vida. Se mira al Crucificado para salvarse y santificarse, en un mundo que no ama la salvación ni la santificación del alma.

Así inicia este falso profeta su homilía con una clara herejía que ya a nadie le interesa. Por más que se prediquen las herejías de Bergoglio, los católicos lo siguen teniendo como su papa. Falsos católicos que quieren un papa sin la doctrina. Falsos católicos que quieren una Iglesia sin Cristo, sin la Verdad que Cristo ha ofrecido a toda alma.

Y así –Bergoglio- termina su demencial homilía:

«El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad… Jesús no nos engaña, nos prometió la felicidad y nos la dará si vamos por sus caminos».

Bergoglio no sabe ni lo que dice.

Quien camina el camino de Jesús nunca encuentra la felicidad. En mis años de sacerdocio no la he encontrado. Siempre he encontrado una humillación, un desprecio, una tristeza, una maldad de los hombres.

Bergoglio es un loco que habla para sus locos: para gente como él. Se pasan su vida buscando un placer, una felicidad, un aplauso de los hombres, un consuelo humano. No quieren estar solos. No quieren sufrir. Sólo quieren vivir su vida y ser felices de cualquier manera.

Bergoglio va contra el sentido común: ningún hombre que viva esta vida es feliz. Y eso lo sabe todo hombre, sea santo, sea pecador, sea un demonio, sea un hereje, sea quien sea.

La vida es un valle de lágrimas. Y no es otra cosa. Y decir otra cosa es estar loco de remate.

Muchos, que no son católicos, que son ateos, saben que lo que está diciendo aquí Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza.

Pero los católicos quieren encontrar un lenguaje humano para excusar la demencia del que se sienta en la Silla de Pedro. Y no tienen las agallas de declarar que Bergoglio no es Papa.

El camino de Jesús es la Cruz Redentora. Y la Cruz no es un baile, es un Dolor. Es un sufrimiento expiatorio y una muerte victimal.

No hay otro camino en la vida: sufrir para salvarse y poder salvar. SUFRIR. Para ser feliz tienes que sufrir toda la vida. En el sufrimiento está el amor de Dios. En el sufrimiento está la alegría espiritual. No hay Gloria sin pasar por la Cruz, sin vivir en la Cruz, sin obrar la Cruz.

El amor verdadero es la obra de un sufrimiento: un sufrimiento divino, espiritual y místico, que sólo los santos lo pueden comprender. Quien no lo comprenda, sólo le queda aceptar la Cruz como don de Dios al alma.

Fe en el Crucificado: es lo que nadie tiene hoy en la Iglesia.

Es Cristo el que ha muerto y ha sufrido por ti, por tus malditos pecados. Si no crees en su muerte ni en sus sufrimientos, no crees en Cristo ni en Su Iglesia. Si no te crucificas con Cristo, si no atas tu voluntad humana al madero de la cruz y no pones en tu cabeza una corona de espinas, que te impidan pensar la mentira, el error, entonces vives tu vida de católico como un auténtico demente.

¿Para qué te llamas católico si piensas y obras como la gente del mundo?

Deja la Iglesia y vive tu vida de inmundicia, en los olores de tu pecado. Pero no te llames católico.

Los santos, todos ellos, recorrieron el mismo camino: la Cruz. Ninguno fue feliz en su vida. Lean la vida de los santos. No lean a Bergoglio, porque es un hereje que lleva a las almas a la total apostasía de la fe.

Los Santos juzgan y condenan a Bergoglio:

«Que siempre seamos amigos de la Cruz, que nunca huyamos de Ella, porque quien elude la cruz huye de Jesús, y quien escapa de Jesús jamás hallará la felicidad. Jesús nunca está sin la Cruz, pero la Cruz jamás está sin Jesús» (San Pío de Pieltrecina)

Los místicos juzgan y condenan a Bergoglio:

«Por un alma hay que sufrir mucho. ¿No sabes que la Cruz y Yo somos inseparables? Si me ves a Mí verás la Cruz, y cuando encuentres mi Cruz me encontrarás a Mí. El alma que me ama, ama la Cruz, y el que ama la Cruz, me ama a Mí. Nadie poseerá la vida eterna sin amar la Cruz y abrazarla de buena voluntad por mi amor. El camino de la virtud y de la santidad se compone de abnegación y de sufrimiento; el alma que generosamente acepta y abraza la Cruz, camina guiada por la verdadera luz y sigue la senda recta y segura, sin temor de resbalar en las pendientes, porque no las hay… La Cruz es la puerta de la verdadera vida y el alma que la acepta y la ama tal cual Yo se la he dado, entrará por ella en los resplandores de la vida eterna» (Sor Josefa Menéndez)

Jesús nunca está sin la Cruz. Quien quiera un Jesús sin Cruz nunca va ser feliz, nunca llegará al Cielo.

Jesús mismo crucifica a las almas en Su Cruz. Jesús da la Cruz y no deja al alma sin la fuerza necesaria para llevarla. Jesús no te da un beso ni un abrazo. Te da un sufrimiento en la vida. Te hace sufrir.

Jesús nunca prometió la felicidad. Siempre prometió la cruz, el sufrimiento, la persecución.

«…en el mundo tendréis tribulación; pero no temáis: Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

¡Vete al infierno, Bergoglio, y llévate tu doctrina de demonios contigo! Allí, en el infierno, los locos se reirán de tu locura. Aquí la gente aplaude tu locura y tú te lo crees. Eres tan necio que ni siquiera ves tu demencia. Te vas a pasar todo tu infierno viendo tu demencia y dando vueltas a tu demencia, porque eso es lo que has buscado para tu vida.

¡Qué mente tan rota la de este hombre!

Cada hombre tiene lo que se merece, lo que busca en su vida.

Todo el problema con Bergoglio es la anulación del pecado. Por tanto, tiene que anular la Cruz y poner el camino de Jesús en la felicidad.

El pecado es una obra contra la ley eterna:

«El pecado es un dicho, hecho o deseo contra la ley eterna» (S.Tomás – 1.2 q.71 a.6).

Sto. Tomás se apoya en las palabras de San Agustín para sustentar su tesis:

«Luego, el pecado es un hecho o un dicho o un deseo contra la ley eterna. La ley eterna es la razón divina o la Voluntad de Dios, que manda conservar el orden natural y prohíbe lo que lo perturba» (San Agustín – R 1605).

Y San Agustín se apoya en la Escritura:

«… del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás» (Gn 2, 17).

Dios le da a Adán una ley eterna: no comas del árbol. Ese mandamiento de Dios a Adán refleja lo que es el Árbol: el bien y el mal no pertenecen al hombre. Ningún hombre decide lo que es bueno y lo que es malo. Es Dios quien enseña el bien y el mal al hombre.

Dios prohíbe a Adán: le está enseñando lo que es el mal.

Adán rechaza esta enseñanza divina y come del árbol. Automáticamente, la muerte para él: «el día que de él comieres, morirás».

Muerte, no sólo del alma, sino espiritual. El alma se llena de pecado: se pierde la gracia. Pero el alma queda condenada por su pecado. No puede salvarse.

Y esa muerte entró en todo hombre. Todo hombre es engendrado en la muerte. Se tiene un hijo que nace condenado al infierno. Por eso, el Bautismo, que es el camino para salvar el alma.

El Bautismo no salva a las almas, sino que pone a cada alma en el camino de salvación. Y el camino es Cristo. Hay que ir detrás de sus huellas ensangrentadas para llegar a la cumbre, a la santidad de la vida, que es el sentido a la vida. Y no es fácil este camino porque hay que cumplir con la ley eterna, que es lo que rechazó Adán en su pecado.

Dios muestra a Adán la norma de la moralidad que está en la naturaleza del hombre y en todo lo creado: haz el bien, evita el mal. El bien es el bien moral, no es el bien humano o social o natural o carnal. Es un bien divino, que nace de la ley de Dios Eterna. Y el mal es el mal moral, no es un mal social o humano o natural o carnal. Es un mal que va en contra de la ley de Dios Eterna.

Dios enseña el bien moral y el mal moral. Adán rechazó esa enseñanza.

El hombre, por tanto, tiene que vivir su vida cerrando puertas, buscando la Voluntad de Dios. Porque no todo es válido.

«Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero yo no me dejará dominar de nada,… no todo edifica» (1 Cor 6, 12; 10, 23).

Es lícito el sexo, pero no la fornicación: no conviene, no edifica, no hay que sujetar el cuerpo a la lujuria de la carne.

Es lícito el pensamiento del hombre, pero no la herejía: no hay que atar la mente a la perversión de la mentira, al error.

Dios enseña al hombre dónde está el bien y el mal.

Bergoglio enseña a los hombres que el bien y el mal está en la mente de cada hombre: «Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe» (1 de octubre del 2013).

Es la misma enseñanza de la serpiente en el Paraíso: el día en que el hombre abra su mente al bien y al mal, entonces al hombre se le abren los ojos y es como Dios, conocedor del bien y del mal (cfr. Gn 3, 5).

Esto es lo que enseña Bergoglio: abre tu mente. Ábrete a la diferencia de las mentes de los hombres. Únete en la diversidad de las mentes de los hombres. Abre los ojos de tu entendimiento humano y serás como Dios, conocerás lo que es el bien y lo que es el mal. Podrás poner tu visión del bien y del mal. Y vivirás tu vida de acuerdo a tu visión.

¡Qué gran maldad la de Bergoglio! Es una serpiente en su boca. Habla como la serpiente, como el mismo demonio.

Bergoglio quiere una Iglesia llena de pecado. Y, por eso, dice: «Acogiendo a cada uno tal como es, con benevolencia y sin proselitismo, vuestras comunidades muestran que quieren ser una Iglesia de puertas abiertas, siempre en salida» (Audiencia a los Prelados de África – 2 de marzo del 2015).

Si se acoge a cada uno como es, hay que aceptar su pecado, su mal, su error, su mentira, su mente pervertida.

No se acoge al otro para llevarlo a la verdad, para convertirlo de su mentira a la verdad. Sino que se le acoge para estar con él en su mentira, para aprender de él su mentira. No hay proselitismo: no hay conversión.

Bergoglio está enseñando que no existe el dogma del pecado. No existe la verdad del pecado. Ni la verdad revelada ni la verdad dogmática. Sólo existe su verdad gradual del concepto de pecado. El pecado es sólo –para Bergoglio- una idea filosófica, pero no algo real, verdadero.

Y, por eso, este hombre, sin sentido común, sin dos dedos de frente, -un loco de atar, que se merece el manicomio-  tiene que predicar lo siguiente:

«El antídoto más eficaz contra toda forma de violencia es la educación en el descubrimiento y la aceptación de la diferencia como riqueza y fecundidad».

Esta es la gran demencia de este hombre, que se opone a la ley Eterna.

Hay que educar a la gente que descubra el pecado como un bien para su vida, como una riqueza, como una fecundidad. ¡Esto es de locos!

Hay que enseñar a la gente que acepte la diferencia del otro: su error, su mentira, su obra de maldad. Y la acepte como riqueza, como fecundidad. ¡Esto es para llevar a Bergoglio al manicomio!

El antídoto más eficaz contra toda forma de violencia es evitar la violencia; evitar al violento; castigar al que ejerce la violencia; condenar al hombre violento; ajusticiar al hombre violento.

Esto es lo que ha enseñado el Magisterio de la Iglesia durante siglos.

El gravísimo problema de Bergoglio está en la concepción del pecado. El pecado no existe para Bergoglio. Sólo se da el pecado como un ser filosófico: un pensamiento negativo.

Por lo tanto, hay que aceptar el pensamiento negativo, aceptar la diferencia para que no haya violencias.

Ésta es la tara de Bergoglio: como no puede acabar con la violencia, en la realidad de la vida, entonces tiene que acudir a su ley de la gradualidad, que no existe: el pensamiento negativo está en un grado menor al pensamiento positivo. Los hombres violentos no han llegado a lo positivo, a pensar positivamente, porque se han estancado, de alguna manera, en su negatividad. Hay que curarlos. ¿Cómo? Con cariñitos, siendo benevolentes con ellos, aceptando su error, dialogando con ellos. Y sólo así, a base de besos y abrazos, de buenas comidas con ellos, esos hombres llegarán a lo positivo.

Hay que aceptar a los hombres que matan, que hacen violencia, como son: esta es la gran locura de este hombre.

Hay que aceptarlos con benevolencia y sin proselitismo: no los saques de su violencia. No les digas que son violentos, que pecan contra la ley Eterna. No los castigues. Tienes que darles un caramelo. Tienes que mostrarles una cara bonita, una sonrisa, un gesto amable. Mientras matan a tus familiares, sonríeles. Mientras te hacen daño, diles: qué buena obra la que hacéis. Cómo me gusta que me cortéis la cabeza.

¡Esta es la gran locura del que se sienta en la Silla de Pedro!

¡Y cuántos locos lo llaman su papa!

¡Es increíble que la gente no se dé cuenta de quién es Bergoglio!

El pecado es una mancha en el alma:

«…cuando lave el Señor la inmundicia de las hijas de Sión, limpie en Jerusalén las manchas de sangre, al viento de la justicia, al viento de la devastación…» (Is 4, 4).

«…su mente y su conciencia están manchadas» (Tit 1, 15).

En todo pecado, concurren los actos del entendimiento y de la voluntad. El alma queda manchada, contaminada, sucia, inmunda, porque la mente piensa el error y la voluntad lo obra.

Un alma manchada es una mente en la mentira y una voluntad apegada a las criaturas.

Y esta mancha del alma consiste en la privación de la gracia. Si un hombre vive en el pecado, no tiene gracia para pensar la verdad ni para obrarla. No puede hacer el bien moral y no puede evitar hacer muchos males morales.

Toda mancha en el alma oscurece la luz de la razón: el hombre, ni siquiera entiende la verdad natural, la verdad racional, humana.

Y toda mancha en el alma oscurece la luz de la fe y de la gracia, que ilustra la razón humana: el hombre no es capaz ni de entender a Dios ni de hacer Su Voluntad.

Un pecado venial oscurece la mente y hace que la voluntad se apegue a la tierra, al hombre, a la carne, a lo material. Y quien obra un bien, en su pecado venial, no obra la Voluntad de Dios.

Para hacer la Voluntad de Dios, el hombre tiene que estar sin mancha de pecado en su alma. Por eso, Jesús puso la confesión: para que toda alma quite su pecado de su alma, la mancha que tiene su alma, la oscuridad de su mente, el apego de su voluntad. La confesión da al alma la luz que necesita para obrar la Voluntad de Dios.

Las almas no saben confesarse. Se confiesan de manera rutinaria. Siguen manchadas, en la oscuridad de sus mentes. Salen del confesionario y siguen pecando.

Hoy la gente quiere vivir en sus pecados veniales: son tibios en la vida espiritual. Y, por eso, llaman a Bergoglio como Papa. No ven el desastre que hay en la Iglesia. Sus almas están en la oscuridad, por sus pecados.

Para quitar la mancha del alma, cuatro cosas: oración, para el corazón; ayuno, para el cuerpo; penitencia, para el alma; sacrificio, para la vida del hombre.

Un hombre que no abre su corazón a la Verdad Revelada, su mente queda atrapada en la mentira. Muy pocos saben orar: sólo saben leer, meditar, estudiar, rezar de manera rutinaria.

Se ora para escuchar la voz de Dios. Y sólo para eso. Es Dios quien enseña el bien y el mal al hombre: lo que tiene que hacer, lo que tiene que obrar en su vida.

La gente se levanta para comer, no para orar. Después, la vida de cada día es una tibieza insoportable. Están en sus pecados veniales y hacen muchas obras que no sirven para nada. Y las manchas del alma siguen ahí: no hay verdadera oración.

Si el hombre no pone su cuerpo en el ayuno, sino que le da lo que le pide el cuerpo, es claro que va a caer en muchos pecados. Por los cinco sentidos del cuerpo entran todos los demonios. Si no se atan los cinco sentidos, la vida de muchos católicos es como la vemos: viven para obrar sus pecados y mueren en sus pecados.

Si el alma no hace penitencia interior, es decir, practicar las virtudes, luchar en contra de los muchos vicios, el hombre se queda en la soberbia de su mente y en el apego a las muchas cosas de su voluntad. Vive su vida con un fin humano, para una obra humana, con una inteligencia humana. Carece de la sabiduría de Dios, que es la Cruz.

Si el hombre no sacrifica su vida por un ideal más alto que lo que contempla con su mente humana, el hombre lucha sólo por sus intereses humanos, que pueden ser muy buenos y perfectos, pero que le distraen del fin último de su vida: ver a Dios. Hay muy pocas víctimas que Jesús pueda ofrecer a Su Padre para salvar a las almas de sus pecados. La gente vive su vida y, después quiere que todo le vaya bien en su vida.

Bergoglio, al anular el dogma del pecado, tiene que anular la obra de la redención. Y así muestra el camino del hombre para quitar el pecado:

«La suciedad del corazón no se quita como se quita una mancha: vamos a la tintorería y salimos limpios. Se quita con el obrar» (3 de marzo del 2015).

La suciedad del corazón se quita acudiendo a la tintorería de la confesión. Esto es lo primero que hay que enseñar.

El pecado es una mancha. Quítala en el lugar adecuado: el Sacramento de la confesión. Después, queda expiar ese pecado. Pero la mancha se quitó. Para no volver a mancharse, es necesario las cuatro cosas.

Pero Bergoglio sólo atiende a su humanismo: se quita con el obrar. Haz obras humanas buenas. No importa el pecado. Que tu alma viva manchada por el pecado de herejía. Eso no interesa. Haz un bien al hombre y te vas al cielo de cabeza. Esta es la enseñanza de este hombre. Y, por eso, predica que todos se van al cielo:

«…ve donde están las llagas de la humanidad, donde hay mucho dolor; y así, haciendo el bien, lavarás tu corazón. Tú serás purificado. Esta es la invitación del Señor».

Esta es la gran demencia de este subnormal.

No necesitamos a un Bergoglio. No lo queremos. No nos sujetamos a su mente humana. Nos da igual lo que piense y obre como jefe de una iglesia que no es la de Cristo.

Lo que hay en el Vaticano no es la Iglesia Católica. Es otra cosa. Y qué pocos católicos lo han entendido así.

Incluso, los muy tradicionales, siguen teniendo a ese idiota como su papa.

¿Queréis a un Papa sin doctrina?

Es imposible. Bergoglio no os va a dar lo que es un Papa. Os va a dar su idea masónica del Papado, que es la sinodalidad; la idea protestante de la Iglesia, que es vivir en el pecado; y la idea comunista de la sociedad, que es trabajar por el bien común del mundo, el orden mundial.

Si seguís aceptando a ese loco como vuestro papa, entonces estáis diciendo que queréis una iglesia sin la Cruz de Cristo, sin la doctrina de Cristo, sin la verdad de salvar y santificar el alma. Y esa no es la Iglesia en Pedro. Esa es la abominación que ya se ve en todas partes.

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