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Los delirios de Francisco

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Cuatro cosas promulga Francisco para hacer una sociedad ideal: comunismo, protestantismo, masonismo y panteísmo. Cuatro ideas, una más revolucionaria que la otra, para acabar con Dios y con su ley Eterna

Tiempo superior al espacio

a. «Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite» (EG – n. 222): El tiempo es la plenitud: tener la historia toda: el hombre es el alfa y la omega de su historia: es el inicio y su fin. El hombre nació en el Paraíso y ha ido desarrollando una historia hasta alcanzar un momento en el tiempo, que es el actual. Y es necesario, en este momento, un giro en el intelecto del hombre para seguir avanzando hacia el final del tiempo, en que se da la plenitud.

b. El espacio está constituido de momentos de tiempo: son momentos limitados, no es la plenitud. Es el límite. Hay una tensión entre lo que no se tiene y lo que se tiene, entre lo que se quiere poseer y lo que se posee. El hombre lo quiere poseer todo, quiere llegar a la plenitud. Quiere alcanzar el tiempo. Vive en sus espacios, en sus límites.

1. Con esto, se niega que el hombre, en un momento determinado de su vida, pueda poseer la plenitud de la Verdad.

2. Con esto, se niega que el hombre no pueda conocer toda la verdad en el espacio de su vida. Para conocer la Verdad hay que ir al tiempo, a la plenitud. Y, por tanto, como los hombres mueren, ningún hombre conoce la Verdad. Y, por eso, es necesario construir una sociedad que una los espacios de todos los hombres y que los transforme en algo nuevo, sin retorno. Coja la vida de todos los hombres y les dé otro sentido en la historia, para poder alcanzar la plenitud: «El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno» (EG – n. 223).

3. Está haciendo el misticismo del fin de los tiempos: se llega al fin de los tiempos, no por Revelación Divina, sino por el esfuerzo del hombre para generar actos o procesos que consigan ese bien común para todos los hombres.

c. El tiempo rige los espacios: no es Dios quien rige la vida de los hombres, sus tiempos, sus momentos, su vida presente. Es el tiempo abstracto, es el tiempo histórico, es el tiempo de la cultura, de los hombres.

d. El tiempo los ilumina: no es la Luz de Dios la que ilumina la vida de los hombres, es el tiempo de la historia, es la historia misma de cada hombre lo que ilumina a todos los hombres. Es meterlo todo en uno en la historia para llegar a la plenitud, a la posesión de todo.

e. El tiempo los transforma en eslabones de una cadena en crecimiento constante, sin camino de retorno: cada vida de los hombres está unida a la de los demás en esa sociedad. Y cada vida de los hombres aporta algo nuevo a todos los demás hombres. El tiempo tiene la capacidad de transformar lo malo que tienen los hombres en algo bueno.

f. «Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos» (EG – n 223): Generar procesos: generar dinamismos para que produzcan un importante acontecimiento histórico. El esfuerzo humano para obrar el bien en la historia de los hombres. Puro pelagianismo. Pura herejía de un hombre que no sabe lo que es el tiempo, ni el espacio, ni la historia, ni el Universo.

g. «A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana» (EG – n. 224).El pueblo, que busca Francisco, se constituye por gentes que generen procesos, no por gentes que obtengan resultados inmediatos. Gentes que den trabajos a los demás, que enriquezcan a los demás, que se sacrifiquen por las vidas humanas de los otros. Se anula la Obra de la Redención del hombre, para poner la obra de la liberación de las estructuras del hombre. Esos que buscan un rédito fácil, efímero, no sirven para este pueblo. No hay que vivir para ganar dinero, sino para dar dinero a los demás.

h. Se quiere llegar a una plenitud humana cuando los hombres no busquen sus frutos privados, sus obras privadas, sus trabajos privados. Sino que todos trabajen para todos, para que todos tengan un bien común. El bien privado debe caer. Todo es para un bien común, un bien universal, un bien para todos los hombres, sin excluir a nadie.

i. El hombre que posee espacios es el hombre que trabaja por un bien particular, privado, egoísta.

j. El hombre que inicia procesos es el hombre que mira al bien común. Procesos que construyan el pueblo, la comunidad, la gente, lo humano. Es el populismo, el comunismo, el marxismo.

k. Quien persigue los espacios de poder persigue una actividad para acaparar lo suyo propio: vive para sí mismo. No hace comunidad.

l. Quien persigue los tiempos de procesos, entonces vive generando oportunidades para todos, vive esperando que todos tengan lo suyo. No vive para sí mismo, sino para los demás.

En este primer punto, se ve que Francisco sólo está preocupado del dinero: a ver quién trabaja más para producir dinero para todos. En esta ceguera de este hombre está puesta su obsesión: el dinero. Su tan cacareada pobreza es sólo una pantalla exterior para impresionar a los hombres, para meterles esta blasfemia contra el Espíritu Santo. Porque todo esto que escribe revela su blasfemia. Francisco es un hombre condenado en vida.

Resulta chistoso cómo interpreta la acción del demonio: «La parábola del trigo y la cizaña grafica un aspecto importante de evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo» (EG n. 225). ¡Qué burda interpretación de la Palabra de Dios! ¡Qué insensatez! El demonio ocupa los espacios del Reino, pero lo buenos cristianos lo vencen en el tiempo. ¡Es para reír! ¡Es para reírse de Francisco! ¡Es para que, a partir de ahora, se le llame: payaso, bufón, cuentachistes, pero no Obispo! ¡Qué majadero es Francisco! ¡Cuánta inutilidad hay en este señor que se sienta en la Silla de Pedro! Pero, ¿cómo pueden tener por santo a uno que no sabe cómo se mueve el demonio entre los hombres? El Espíritu no ocupa espacios. Esto lo sabe cualquier teólogo, cualquier hombre con dos dedos de frente. La acción del demonio en la Iglesia es espiritual: es decir, fuera del tiempo y del espacio. Y para vencer al demonio, es necesario una obra espiritual, fuera del tiempo y del espacio. ¡Que se vaya Francisco a contar fábulas a sus nietos (si los tiene), a sus sobrinos, a quien quiera! Pero que renuncie a la Silla de Pedro. ¡Este idiota no tiene ningún seso!

El hombre no vive de tiempos ni de espacios, sino de Gracia y de Espíritu. El hombre, en su naturaleza humana, no vive de estructuras mentales del tiempo y del espacio, sino que vive de una razón, que es espiritual, vive de una voluntad, que es espiritual. La razón y la voluntad están por encima del tiempo y del espacio. El hombre no es un animal, no es un ser de carne y hueso. El hombre tiene alma y espíritu. Y el alma no ocupa lugar, no ocupa los espacios, no se mueve entre los tiempos. ¡Gran idiotez la de este hombre!

Unidad prevalece sobre el conflicto

a. «El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad» (EG n. 226): Asumir el conflicto, no ignorarlo, no disimularlo. Asumir el mal, el pecado, el error. Entonces, se acepta el mal. No sólo se permite. Hay que comulgar con el mal, con el conflicto. Ya no hay que poner un camino para resolver el mal, ya no hay que legislar para que no se produzcan otros males o para hacer justicia a los que hacen el mal. No hay que batallar contra el mal, sino aceptarlo como es. Protestantismo: no existe el pecado. El pecado es bueno, sirve para santificar al alma.

b. La realidad es también el conflicto: no hay que detenerse en el conflicto para no perder el sentido de la realidad. Esa realidad es la unidad. La unidad acoge el mal sin combatirlo, sino asumiéndolo, aceptándolo como es. Hay que aprender del mal para vivir en la realidad.

c. «Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso» (EG n. 227). El conflicto hay que sufrirlo, resolverlo y transformarlo en un eslabón de una nueva acción, de un nuevo proceso: hay que sacar de ese mal un bien para el hombre. Pero es el hombre el que hace esa transformación. No es Dios quien perdona el pecado y el hombre el que expía su pecado. La vida de penitencia ha acabado. La Cruz ya no existe. No hay que sufrir para expiar un pecado y así salvar el alma. Hay que sufrir para comprender la vida de los demás hombres y aceptarlos como son en sus conflictos, para descubrir un nuevo camino a todos los hombres. Es el hombre el que coge el mal y pone un camino para resolverlo. Pero el mal no se quita, sino que se transforma en otra cosa, en un bien para las personas: los malcasados pueden comulgar. Ese mal de no poder recibir la comunión se transforma en un bien: hagamos una ley para eso. Ese mal de estar malcasados es un bien, porque ya no se puede resolver por los caminos de siempre. Hay que poner otro eslabón en ese caminar y hay que ver a los malcasados como algo bueno, una perfección en el camino.

d. «De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad» (EG n. 228): Es necesario buscar la unidad. Y, como no existe el pecado como ofensa a Dios, sino sólo el mal que cada uno en su cabeza obra, entonces resolvamos esos males estructurales, poniendo otras estructuras, creando nuevos procesos.

e. Hay que hacer un pueblo en las diferencias. Hay que valorar las diferencias, los pensamientos de todos los hombres, aunque sean malos, aunque tengan errores, porque lo que importa es la dignidad de la persona humana.

f. «La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida» (EG n. 228)).Es necesario construir la amistad social, el amor fraterno entre todos los hombres. Ser solidarios. Ser tolerantes. Luego, no nos quedemos en las inteligencias, en las ideas, en los dogmas. No juzguemos las ideas de los demás. ¡Que no haya conflictos, tensiones, discusiones!. Para quitar diferencias no hay que practicar ninguna virtud cristiana: hay que ser solidarios, la idea masónica de la fraternidad. Cada uno se hace su moral, su vida virtuosa, atendiendo a respetar la idea del otro.

g. «La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural, que haga emerger una diversidad reconciliada» (EG n. 230). El que juzga a los demás divide. Hay que reconciliarse con las ideas de los demás. El que discierne pensamientos de los hombres, divide. Hay que pactar con las ideas de los demás, unirse a ellas, llegar a un acuerdo mutuo. El que hace crítica de la filosofía, de la teología, divide. Todo pensamiento del hombre es verdadero. Ninguno de ellos se puede despreciar. Por eso, respetemos los pensamientos de los demás porque nos pueden enseñar una verdad. Y así se llega a una diversidad reconciliada. Consecuencia: la Revelación de Dios queda suprimida. No existe la Verdad Absoluta. Existe el pacto entre los hombres para estar contentos unos con otros en el lenguaje humano. Porque, claro:

h. Hay que conseguir la paz entre los hombres, la alegría, la amistad, el cariño, la felicidad. Lo demás, no interesa. Los dogmas dividen la realidad.

Y, entonces, resulta una verguenza su interpretación de la unidad en Cristo: «Este criterio evangélico nos recuerda que Cristo ha unificado todo en sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad. La señal de esta unidad y reconciliación de todo en sí es la paz. Cristo es nuestra paz» (EG n. 229). Como Cristo todo lo ha unificado, entonces todo vale entre los hombres. Busquemos la paz por caminos humanos.

Un hombre que no predica la unidad en la Verdad, sino que predica la Unidad en la diversidad, es un demonio. ¡Pobre aquel que comulgue con este demonio en su pensamiento! Francisco lleva condenación en sus palabras. Francisco tiene la boca de Satanás. Francisco es el constructor de la mentira y del engaño.

Realidad más importante que la idea

a. «La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG n. 231) .La realidad es; la idea se elabora. Luego, Francisco promulga el panteísmo. Dios es el que es, el hombre es el que no es, la realidad es la que no es. Francisco dice que el hombre es el que es. La idea es la elaboración de la realidad.

b. Entre la realidad, que es, y la idea, que se elabora, es necesario el diálogo. El hombre no puede estar en sus ideas: «Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma» (EG n. 231). Esto es anular la razón del hombre. Esto es decirle al hombre que es peligroso pensar. No pienses, es malo. El hombre tiene que estar en la realidad. No tiene que pensar, no tiene que dedicarse a hacer filosofías ni teologías. No tiene que vivir de dogmas. No tiene que hacer nada con su pensamiento. Sólo tiene que pensar la realidad: «La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan» (EG n. 232). Francisco anula lo que es el proceso de la idea en el hombre y pone la idea en la realidad. El hombre piensa, no porque tiene un juicio interior, sino porque hay una realidad exterior. Es una aberración filosófica: «Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento» (EG n. 232). El hombre tiene que expresar con su mente lo que ve en la realidad. No puede expresar sus juicios internos. Y, por eso, Francisco no juzga, sino que expresa una realidad: el homosexual es bueno, porque busca a Dios. El ateo es bueno, porque busca a Dios. El judío es bueno porque cree en su dios, etc. Se destruye la Verdad Revelada y queda sólo la realidad de las cosas. Queda un todo que es dios.

c. Esto le lleva a un aberración teológica: «El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización». Esta gran herejía define la mente de Francisco.

1. Sólo el Verbo se ha encarnado: sólo la Palabra del Pensamiento del Padre: no es una Palabra encarnada, es la Palabra del Verbo, que se Encarna.

2. Esa Encarnación no se repite. Es una vez y para siempre: no busca siempre encarnarse en ningún alma, en ningún hombre, en ninguna historia.

3. El Verbo se Encarna para salvar a los hombres, no para que los hombres se encarnen en sus vidas humanas: no se predica el Evangelio para encarnar la Palabra, para hacer una cultura de la Palabra. Se predica el Evangelio para imitar la Palabra, vivir la Palabra, obrar con la Palabra.

4. El Verbo Encarnado es el que es; lo demás no es nada: es el vacío. No hay realidad fuera del Verbo Encarnado.

Este panteísmo claro y salvaje de Francisco le pone en un resbaladero en su alma: todo lo ve divino. Todo lo ve bueno y que tiende siempre a lo bueno. Todo es para lo bueno. No hay cosa mala. No hay idea mala. No ha pensamiento malo, sino que la mente del hombre es su dios. Lo que concibe el hombre con su mente, la palabra humana, es lo que se encarna en la vida de los hombres. Puro panteísmo.

Todo es superior a la parte

1. «Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra» (EG n. 234). Lo global, lo mundial, lo de todos es para que la atención del hombre se fije: vamos a ver qué hacen los hombres en el mundo. Eso es lo que importa: los hombres y sus vidas humanas, mundanas, profanas, materiales, naturales, carnales.

2. Hay que mirar, también, lo local, para tener los pies sobre la tierra.

3. Estas dos cosas si se unen entonces se vive correctamente. Si el hombre no presta atención al mundo, entonces vive algo abstracto, su mundo, pero no lo que pasa realmente en el mundo. Son los ermitaños, los que no comprenden al mundo, los que no viven la belleza del mundo. Los contemplativo, las monjas de clausura, tiene que abrirse al mundo, salir al mundo, ser del mundo. Y si el hombre no presta atención a lo local, entonces va buscando una gloria efímera, una gloria que se diluye en el tiempo, algo pasajero, algo que no tiene importancia.

4. «El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares» (EG n. 235). El todo es lo global; la parte es lo local. Y, por tanto, como el todo es más que la parte, entonces no hay que estar pendientes de cosas particulares, limitadas, que no llevan al todo. No hay que estar en los bienes particulares. Hay que ir a los bienes mayores, para todos, comunes, universales, globales. El bien del mundo es más importante que el bien particular de cada hombre. Y, por tanto, hay que trabajar para un bien global, con perspectivas de grandes hombres que resuelven grandes problemas de la humanidad. Hay que crear empresas grandes, con fines globales, con proyectos mundiales.

5. «Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todo» (EG n. 235). Una persona se desarrolla porque se hace para el mundo, para el todo, para lo global. Y, por tanto, una persona se tiene que abrir a todo el mundo: a todas las experiencias del mundo, a todas las filosofías del mundo, a todas las religiones del mundo, a todas las sectas del mundo. Hay que comulgar con todo el mundo para ser una gran persona.

6. «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él se conservan su originalidad» (EG n. 236). En esa sociedad globalizante entran todos: ricos, pobres, herejes, cismáticos, terroristas, sádicos, homosexuales, judíos, musulmanes, mafiosos, etc. Todos con sus originalidades: «Aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse» (Ibidem): el homosexual te puede enseñar la castidad; el musulmán te puede enseñar a morir en nombre de Dios, por amor a Dios; el judío te puede enseñar la humildad de corazón: reniega de Cristo para ser humilde entre los hombres, para no objetar a los hombres, para no juzgarlos.

7. «Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos» (EG – n. 236). ¡Qué gran ceguera la de este hombre! ¡Qué bárbaro! ¡Qué olor, no sólo a mundano, sino a demoniaco rezuman sus palabras! ¡Cuánta inmundicia intelectual hay en estas palabras! ¡Qué personaje más grosero, más imbécil, más contradictorio!

Esta promulgando el gobierno mundial: la totalidad de las personas, un bien común, un fin común a todos. Es la utopía de su lenguaje humano. Es el imposible para el hombre. Es el no creer en el Evangelio, sino hacer de Él su negocio en la Iglesia.

8. «A los cristianos, este principio nos habla también de la totalidad o integridad del Evangelio que la Iglesia nos transmite y nos envía a predicar. Su riqueza plena incorpora a los académicos y a los obreros, a los empresarios y a los artistas, a todos. La mística popular acoge a su modo el Evangelio entero, y lo encarna en expresiones de oración, de fraternidad, de justicia, de lucha y de fiesta» (EG – n. 237). Todos los hombres somos unos santos. Todos los hombres somos buenísimos. Todos los hombres nos merecemos el cielo. Vivan todos los hombres. Vivan los pecadores que no necesitan confesar sus pecados, porque hay un Padre que ya se los ha perdonado. Vivan todos los demonios en el infierno, que salen de él porque Cristo los ha salvado con su sangre. Viva todo el mundo, porque lo dice Francisco.

Después de leer estos auténticos delirios de la mente de este hombre, sólo queda decir:

¡Maldito Francisco por escribir el Evangelium Gaudium! Es la tristeza de la palabra de un hombre sin Verdad. Un hombre condenado en vida.

La gran ceguera de toda la Iglesia

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«Muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que es la hora final» (1 Jn 2, 18).

Estamos en el final de los tiempos, porque en la Iglesia muchos sacerdotes, Obispos, Cardenales, se han hecho anticristos: niegan al Hijo, luego «tampoco tienen al Padre» (1 Jn 2, 23). No viven como el Hijo, tampoco hacen la Voluntad del Padre. «El que de sí mismo habla busca su propia gloria» (Jn 7, 18): son muchos los que hablan para el mundo y el mundo los escucha; pero son pocos los que escuchan la Palabra de Dios y cambian de mentalidad.

Son muchos los que están en la Iglesia, vestidos con las vestiduras de Cristo, y no son de Cristo. Y obran en la Iglesia muchos apostolados, y en ninguno de ellos están las obras de Cristo.

Este final de los tiempos, es para ver cómo la Iglesia pasa por la prueba final, que debe sacudir la fe de muchos, porque: «al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará» (Mt. 24, 12). El mal alcanza su techo, su cima de perfección y, por eso, tiene que venir la persecución a la Iglesia: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque Yo, al elegiros, os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo» (Jn 15, 19).

Este final de los tiempos es para sufrir con Cristo y por Cristo, porque el «siervo no es más que su Señor. Si a Mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 19-20) .

Francisco es un anticristo, porque niega al Hijo: «¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (Francisco, 28 de octubre 2013). «¡Él era un pastor! Un pastor que hablaba la lengua de su pueblo» (Francisco, 27 de junio 2014).

Y quien niega al Hijo, niega a la Madre: «Sucede como con María: Si se quiere saber quién es, se pregunta a los teólogos; si se quiere saber cómo se la ama, hay que preguntar al pueblo. María, a su vez, amó a Jesús con corazón de pueblo, como se lee en el Magníficat» (Entrevista en La Civiltà Cattolica, 19 de agosto de 2013). La teología católica no ofrece, para Francisco, el amor auténtico a la Virgen; sino que es la masa, el pueblo, los ignorantes de la Revelación Divina, los que sabe amar a la Virgen. Y termina su blasfemia, diciendo que el Amor de la Virgen a Su Hijo no era el Amor de la Madre de Dios, sino el amor de una mujer, que pertenecía al pueblo judío y que, en el Magnificat, hace un recuerdo de Jesús. Por eso, él llama a la Virgen María: «hija de Tierra Santa» (Invocación por la paz) . Nombre blasfemo y herético. La Virgen no es hija del mundo, no es hija de una tierra de hombres, no es hija de los hombres, porque no tiene pecado original. Su Concepción Inmaculada la hace nacer como Hija del Padre. Y su Maternidad Divina la pone en Su Hijo, Madre del Hijo. Y Su Hijo no es el hijo de Tierra Santa, no es el hermano del pueblo judío, sino que es el Rey de Reyes y el Señor de Señores. Y, por eso, la Virgen María es la Reina del mundo, la Reina de todos los pueblos, la Reina que gobierna al lado derecho del Rey, por ser la Esposa del Espíritu Santo.

Y quien niega al Hijo, niega su doctrina: «Ahora, después de madura reflexión, considero oportuno que tal grupo, mediante el presente Quirógrafo, sea instituido como un «Consejo de Cardenales», con la tarea de ayudarme en el gobierno de la Iglesia universal y de estudiar un proyecto de revisión de la Constitución Apostólica Pastor bonus sobre la Curia Romana» (Francisco, 28 de octubre 2013). Con su gobierno horizontal, Francisco se da gloría a sí mismo, porque no puede hacer la Voluntad del Padre.

«Mi doctrina no es Mía, sino del que Me ha enviado» (Jn 7, 16): Francisco se ha atrevido a cambiar la Revelación Divina, hecha por el Verbo Encarnado a Sus Apóstoles. En esa Revelación Divina, el Señor dejó a Su Iglesia un gobierno vertical en San Pedro y en sus sucesores. Francisco ha roto el dogma del Papado. Lo ha anulado, creando una nueva iglesia en el Vaticano, con un nuevo gobierno, integrado por anticristos, por una Jerarquía que niega al Hijo: niega la doctrina de Cristo. Niegan los dogmas.

«Quien quisiere hacer la Voluntad de Él conocerá si Mi doctrina es de Dios o si es Mía» (Jn 7, 17). Es fácil deducir que Francisco no hace la Voluntad del Padre porque no da la doctrina de Cristo, sino su doctrina: un magisterio que no es de la Iglesia Católica y que, por tanto, el católico no puede obedecerlo, no puede seguirlo, no puede santificarse con él. No se puede prestar obediencia a la mente de Francisco ni de su gobierno horizontal. Ninguna obediencia. Ningún sometimiento de la mente. Aunque hable cosas verdaderas, debe ser tenido como un hereje y un cismático dentro de la Iglesia Católica. Por supuesto, en su iglesia, Francisco es un santo. Un santo que le gusta pecar. Un santo que vive lo del mundo. Un santo que no sabe nada de la vida de la santidad.

Francisco está sentado en el Trono de Dios para buscar su gloria, porque está sediento de la gloria del mundo: «El que de sí mismo habla busca su propia gloria» (Jn 7, 18). Es la consecuencia de no seguir la doctrina del Hijo. Francisco, cuando habla, habla de lo que hay en su mente, en su intelecto humano. Ensalza sus ideas y las propaga por todas las redes sociales, para que todos le aplaudan y le llamen santo.

Francisco es un judío. Y los judíos no son hijos de Abraham ni de Dios, sino del diablo.

Francisco no hace las obras de Abraham: que es creer en la Revelación Divina. Es un hombre sin fe, porque considera la fe de Abraham como un recuerdo de lo que Dios habló: «la fe de Abrahán será siempre un acto de memoria. Sin embargo, esta memoria no se queda en el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa, es capaz de abrir al futuro, de iluminar los pasos a lo largo del camino» (LF, n 9). Y esta fe, que es una memoria del futuro, «se pone en relación con la paternidad de Dios, de la que procede la creación: el Dios que llama a Abrahán es el Dios creador» (LF, n. 11). Francisco sólo cree en un Dios Creador, que es Padre de la creación, pero que no es Padre del Hijo: «La gran prueba de la fe de Abrahán, el sacrificio de su hijo Isaac, nos permite ver hasta qué punto este amor originario es capaz de garantizar la vida incluso después de la muerte» (LF, n. 11). Y la Palabra de Dios, que es la doctrina de Cristo, enseña: «¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin obras? Abraham, nuestro padre, ¿no fue justificado por las obras cuando ofreció sobre el altar a Isaac, su hijo?¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y que por las obras se hizo perfecta la fe?» (St 2, 20-21). Porque Abraham creyó a Dios, creyó a Su Palabra, fue justificado y «fue llamado amigo de Dios». Francisco habla de una garantía que no tiene nada que ver con la fe, sino con su idea de la creación, en la que no existe el pecado. Isaac, en la mente de los Santos Padres, aceptando el sacrificio, es figura de la sumisión de Cristo a la Voluntad del Padre. Pero esto, Francisco, no puede enseñarlo, porque ha negado al Hijo.

Francisco no es hijo de Dios, porque no ama a Jesucristo, sino que lo odia: «Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais a Mí; porque Yo he salido y vengo de Dios, pues Yo no he venido de Mí Mismo, antes es Él quien me ha enviado» (Jn 8, 42). Para Francisco, Jesús ha salido de la memoria del hombre. Es un concepto humano, no una realidad. Para Francisco, Jesús no es el Hijo del Padre, no es el Hijo de Dios. Es la conquista del hombre en su mente humana.

a. Francisco niega que el alma pueda conocer a Jesús por sí misma: «¿Cómo podemos estar seguros de llegar al “verdadero Jesús” a través de los siglos? Si el hombre fuese un individuo aislado, si partiésemos solamente del «yo» individual, que busca en sí mismo la seguridad del conocimiento, esta certeza sería imposible. No puedo ver por mí mismo lo que ha sucedido en una época tan distante de la mía» (LF, n. 38). Está negando que Dios pueda revelarse a cada alma y la posibilidad de la fe en cada alma: «Es imposible creer cada uno por su cuenta» (LF, n. 39) . La fe, para Francisco, no es un don de Dios a cada alma, sino un don a un grupo de personas, a una comunidad. Nadie puede creer en Jesús. Nadie puede creer en Dios. La fe no es para el alma, sino para una vida social, para un pueblo del mundo, para todo el mundo: es una globalización.

b. Francisco niega la Tradición Divina en la Iglesia: «El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia. La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe» (LF, n. 38). Todo es cuestión de memoria, pero no de la fe de cada Santo. Es el conjunto de conocimientos que los hombres han tenido en Jesús, es lo que cada uno ha pensado y se ha recogido, y eso es la enseñanza en la Iglesia: el lenguaje de la fe. La Iglesia no enseña a creer en la Revelación Divina, no enseña a creer en Jesús, sino que ofrece un lenguaje humano, que es adaptado a los tiempos que corren. Enseña a recordar a Jesús, lo que otros han pensado de Jesús. Por eso, tiene que decir: «El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea (…) El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa» (Entrevista en La Civiltà Cattolica). Se carga el Vetus Ordo, porque es una mentalidad antigua, que no corresponde con los nuevos tiempos. Y, por eso, ha destrozado a los Franciscanos de la Inmaculada. Son las obras de un hombre que no cree en nada, sólo en lo que hay en su enorme cabeza humana.

c. Francisco niega el Misterio de la Eucaristía: «la eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final» (LF, n. 44). La Eucaristía es sólo un acto de memoria. Es traer lo que Jesús hizo en la Cena y ponerlo en la actualidad. El pasado es un hecho histórico en que se dio la muerte de Cristo y su resurrección. Y eso se da en la actualidad, porque la Iglesia enseña el lenguaje de esa fe. En cada misa, se hace un recuerdo, con unas palabras, con unos ritos, y eso es la Eucaristía: el acto de memoria del hombre. Y, por tanto, Francisco tiene que negar la Presencia Real de Jesucristo en las especies del pan y del vino: «El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo, que se hace presente en su camino pascual hacia el Padre: este movimiento nos introduce, en cuerpo y alma, en el movimiento de toda la creación hacia su plenitud en Dios» (LF, n. 44).

Francisco es un hombre sin fe, es decir, un hombre que vive en su pensamiento humano, que pone la fe en sí mismo: «la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio» (LF, n. 34). Francisco es un gnóstico, es decir, una persona que piensa la fe, que meditando con su razón, anula la fe. Y, por eso, siendo la fe una luz encarnada, tiene que decir: «La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe» (EG, n. 115). La fe, esa luz encarnada, está en cada cultura de los hombres, está en el mundo. La Gracia supone la naturaleza, no la cultura. Con esa expresión, Francisco anula la esencia de la Gracia. Ya no es la Vida de Dios en el alma, sino un conjunto de ideas que los hombres tienen sobre la Revelación de Dios, que iluminan el alma: «La gracia no forma parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no la de sabiduría o de razón. También usted, sin su conocimiento, puede ser tocado por la gracia» (Entrevista a Scalfarri). Es algo que se encarna en el hombre, que procede de esa vida luminosa de Jesús. Francisco está tocando el panteísmo: esa luz, que viene de Jesús, y que se encarna en todos los hombres. Y, por eso, tiene que decir: «El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de hermandad. Todos somos hermanos e hijos de Dios» (Ibidem).

La fe no es un don divino, sino una luz encarnada. Y que se da todos los hombres, no importa su religión, sus pecados, sus creencias. Luz que viene de la vida luminosa de Jesús, pero que no viene de la Palabra de Dios. Jesús tiene una vida luminosa, pero no posee una Vida Divina. No es Dios. Y esa luz luminosa ilumina toda la creación: «La luz de la fe en Jesús ilumina también el camino de todos los que buscan a Dios, y constituye la aportación propia del cristianismo al diálogo con los seguidores de las diversas religiones» (LF, n. 35). Está haciendo, Francisco, su misticismo, su experiencia de la vida de su mente, que le lleva al amor de lo creado y al diálogo con todos los hombres, con todas las religiones, porque «el hombre religioso intenta reconocer los signos de Dios en las experiencias cotidianas de su vida, en el ciclo de las estaciones, en la fecundidad de la tierra y en todo el movimiento del cosmos. Dios es luminoso» (LF, n. 35). Por eso, Francisco tiene que abrirse al mundo y unirse con todas las iglesias, con todas las confesiones, porque todos tienen la luz de Dios en sus almas.

Ese todos somos hermanos le lleva al masonismo: a creerse dios en su mente humana. Porque todo masón es dios para sí. No cree en Dios como un ser distinto. Sino que cree en Dios como el que el hombre es en sí mismo. El masón destruye la metafísica del ser: anula a Dios, para ponerse él mismo: el ser del hombre como dios, que es el pecado de Lucifer.

Francisco no es el Anticristo, sino el bufón del Anticristo. Uno que habla, da discursitos a todo el mundo, cuenta sus fábulas en todas partes, y la gente ríe sus idioteces en los medios de comunicación. Eso es ser bufón: nadie lo ataca. Todos son respetuosos con su lengua de demonio y se dedican a decir que su doctrina es maravillosa. A esta estupidez ha llegado la fe de mucha Jerarquía en la Iglesia Católica. No se puede comprender cómo sacerdotes, que tienen tanta teología, no son capaces de llamar a Francisco: hereje, cismático, modernista, progresista, racionalista, panteista, etc. Sino que dicen que su magisterio es de lo más alto que nunca se ha oído en la Iglesia. Esto sólo significa una cosa: hay una consigna de Roma, hay una orden de Roma, para que nadie critique a Francisco, sino que lo apoyen en su gran negocio en la Iglesia. Y, por esa orden, los sacerdotes que han levantado su voz un poco, ahora le hacen la pelota al ignorante de Francisco. Y eso es mayor pecado y mayor ceguera en la Jerarquía: ciegos van a un Sínodo ciego, guiado por un ciego. Y van a salir más ciegos de lo que están.

¡Gran oscuridad es lo que existe en la Iglesia! ¡Profunda ceguera en toda la Jerarquía! ¡Gran pecado que exige un gran castigo! Porque la Jerarquía está para enseñar, guiar y santificar a las almas por el camino de la Verdad. Y todos son unos mentirosos cuando están callando las continuas herejías de Francisco. Y si callan, las almas se pierden y van camino del infierno. Si no sois capaces de ver a un ciego, es que sois ciegos también.

Francisco: gnóstico y panteísta

AMOROBRADELAVIDA

1. La fe no es “«una», en primer lugar, por la unidad del Dios conocido y confesado” (n. 47 – Lumen Fidei), sino que la fe es una por el Dios Revelado en Jesucristo: Uno en Tres Personas, que es el Misterio de la Santísima Trinidad, en el cual hay que creer para salvarse.

Francisco propone el Dios conocido y confesado. Ese Dios significa, en su herejía de la memoria fundante, el Dios que el hombre conoce con su razón y que lo encuentra en el universo, en las diversas culturas de los hombres, en los países del mundo, en las tradiciones que cada cual posea. Es un Dios que el hombre conoce con su razón y, por tanto puede ser cualquier dios que haya en el mundo. Y el hombre confiesa ese dios en su vida.

Pero el Dios Revelado no se puede conocer con la razón humana, sino sólo con los ojos de la Fe. Sin esos ojos, el hombre ve los demás dioses y se queda con ellos. Sólo el que tiene fe puede decir que Dios es Tres Persona distintas con Una única Naturaleza. Pero no puede demostrarlo con la razón humana, con un planteamiento filosófico sobre Dios.

La teología moderna niega la Santísima Trinidad y quiere poner a Dios en el conocimiento que cada hombre tiene de Dios en su vida. Por eso, hay un dios para los ateos, otro para los budistas, otro para los judíos, otro para cualquier hombre en la tierra. De esta manera, se llega al panteísmo, es decir, todo es dios, somos dioses en nuestro interior, y el exterior es la divinidad que aparece cuando vivimos nuestro dios interior.

2. La fe no es “una porque se dirige al único Señor, a la vida de Jesús, a su historia concreta que comparte con nosotros.” (n. 47 – Lumen Fidei), porque la fe no es un camino, le fe no se dirige al único Señor, la fe no mira la vida de Jesús, la fe no es conocer la historia concreta de Jesús que comparte con cada hombre.

Jesús es el Camino, la fe no es un camino, sino que la fe es la misma Vida de Jesús. La fe no lleva a la vida de Jesús. La fe da la misma vida de Jesús.

Francisco habla así por su herejía de la memoria fundante en que la fe es un recuerdo, un traer a la memoria los datos de la vida de Jesús, entenderlos en la mente, es decir, sacar un conocimiento de ellos, y poner ese conocimiento en el presente de la persona y en el futuro de la Iglesia.

Entonces, con esta visión, Francisco predica la fe como camino, pero no como vida. La fe se dirige, camina hacia el Señor, hacia su vida, hacia su historia, que se puede ver en los hombres pobres, miserables, de nuestro tiempo.

La fe nunca dirige, porque es el amor el que lleva hacia Jesús, nunca la fe. La Fe es una vida: “En Él había Vida” (Jn 1, 4). La fe es la misma Vida del Verbo Encarnado. Y esa Vida es la que manifiesta Jesús: “Y la Vida se manifestó y la hemos visto” (1 Jn 1, 2). Pero esa visión de la Vida en Cristo es una visión traída por el amor en el alma del que cree. El que no cree no puede ver la Vida en Cristo, no puede vivir la misma Vida de Cristo, no puede obrar la misma Vida de Cristo.

“lo que hemos visto y oído os lo anunciamos” (1 Jn 1, 4): la predicación de la Palabra exige escuchar la Palabra de Dios. Y esa escucha es la Fe para el alma. Lo que escucha el alma no son una serie de pensamientos, de ideas, de sentimientos que Dios le da. Escuchar la Palabra de Dios es una Obra Divina, porque Su Palabra es Vida, que lleva a una Obra de Amor: “la fe si no tuviere obras, muerta está por sí misma” (St 2, 17). La fe no dirige, no señala unas obras humanas, sino que da una obra divina, que es el sello de la fe.

Francisco proclama las obras humanas en la nueva iglesia, no las obras divinas. Hay que recordar la vida de Cristo, hay que hacer lo que hizo Cristo, pero mirando el mundo, el espíritu del mundo, abriéndose a los hombres que están en el mundo y que viven, por sus circunstancias, como marginados de la sociedad, del bien común, de las riquezas humanas. Y en esos hombres está Cristo. Y, entonces, hay que ayudar a levantar a esos hombres, que socialmente están apartados del bien, para darles el bien que necesitan en sus vidas humanas: ”Me parece haber dicho antes que nuestro objetivo no es el proselitismo sino la escucha de las necesidades, de los deseos, de las desilusiones, de la desesperación, de la esperanza. Debemos devolver la esperanza a los jóvenes, ayudar a los viejos, abrirnos hacia el futuro, difundir el amor. Pobres entre los pobres. Debemos incluir a los excluidos y predicar la paz” (Francisco en el diario “La Repubblica”, 1 de octubre).

3. La fe no es “una sola, porque pasa siempre por el punto concreto de la encarnación, sin superar nunca la carne y la historia de Cristo, ya que Dios se ha querido revelar plenamente en ella” (n. 47 – Lumen Fidei). Francisco desvirtúa la enseñanza de San Ireneo sobre la fe.

La fe no se inicia en la Encarnación, sino en el Misterio de la Santísima Trinidad. Y la fe no pasa por la Encarnación, porque la Fe es la misma Encarnación del Hijo de Dios. Si se cree en el Dios Uno y Trino, se cree en el Hijo de Dios que se encarna en la Virgen. No son dos momentos en la historia del que cree. No es que primero tenga que creer en Dios y, después, creer en Jesús. La fe en Dios Uno y Trino es la misma fe en Cristo Jesús.

Como Francisco sitúa un punto de inflexión en la fe, entonces se queda en la misma herejía de los gnósticos que combatió San Ireneo. Francisco está enseñando en su encíclica lo mismo que enseñaron los gnósticos.

Para los gnósticos hay un dualismo en la fe: hay una fe en el Creador y otra distinta en el Redentor. Estas dos nacen del error en concebir la fe como un acto de conocimiento de Dios. La razón quiere buscar una idea para creer en Dios y otra para creer en Jesucristo.

Y la idea que encuentra para tener fe en Dios es una idea abstracta, difícil para los entendimientos de los hombres. Y la idea que encuentra para creer en Jesucristo es demasiado sencilla e inútil para la fe, porque se cree en el hombre, que es Jesús, pero no se cree en su Divinidad.

Francisco propone esta fe en Jesús, que “pasa siempre por el punto concreto de la encarnación, sin superar nunca la carne”, es decir, que se queda en la humanidad de Cristo Jesús, sin percibir Su Divinidad. Es la misma herejía gnóstica en Francisco.

Francisco, por tanto, niega la Divinidad de Jesús y sólo ve a Jesús como un hombre, como una persona humana, pero sin Persona Divina, que es la enseñanza de los gnósticos, porque –para ellos- la Encarnación es una mezcla entre lo humano y lo divino, algo mistérico, algo invisible, supersticioso, mágico.

Francisco, al enseñar esto, destruye la fe en Jesucristo y comienza a enseñar otro Cristo en su nueva iglesia.

Esto demuestra, una vez más, que Francisco no es un verdadero Papa, sino un Anti-Papa.

¡Tienen sus escritos y no saben leerlos con la mirada de la fe!. Entonces, ¿qué es la fe para muchos? ¿Qué es la fe para la Iglesia? Es claro, que no es lo que dice Francisco. Es claro, que no es lo que calla Roma.

La fe es mirar con los ojos de Cristo al hombre en su realidad espiritual y juzgarlo como lo juzga Cristo. Pero para tener esta fe, es necesario luchar contra los hombres que quieren imponer su fe, inventada en su caudal de conocimientos sobre Dios, sobre Cristo y sobre la Iglesia.

Aquí se lucha contra la necedad de tantos hombres que se creen superiores porque son más inteligentes en sus palabras que los demás. Aquí se dan las cosas claras para el que las quiere entender. Aquí se va al grano de lo que pasa en la Iglesia, y no se dicen medias mentiras o medias verdades para contentar la cabeza de Francisco y a aquellas mentes que lo siguen sin discernir ninguna verdad, que eso es lo que Francisco ha enseñado a la Iglesia para que la Iglesia no se oponga a lo que él pretende realizar con su memoria fundante en la Iglesia.

Los hombres de la Iglesia callan y dan un rodeo a las palabras de Francisco, porque tienen miedo de lo que hay detrás de Francisco: la masonería que gobierna a Francisco y a toda la Jerarquía Eclesiástica. Temor de los hombres porque han perdido el temor de Dios, y hacen de la Iglesia su nueva forma de dar culto al demonio usando, para ello, las cosas divinas que tiene la Iglesia. A eso se llama: satanismo.

El satanismo es sólo usar lo divino para el demonio. Misas Negras, oraciones diabólicas empleando las palabras del Credo, ritos litúrgicos donde se meten los mantras del demonio y toda clase de pensamientos positivos y negativos para dar a la nueva iglesia la adoración al Anticristo.

Con el gnosticismo de Francisco se abre la veda para el satanismo, porque eso es la nueva iglesia del Anticristo, que ha fundado Francisco: es dar culto a Satanás. Y, para ello, hay que poner la doctrina adecuada para ese culto.

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