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Los delirios de Francisco

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Cuatro cosas promulga Francisco para hacer una sociedad ideal: comunismo, protestantismo, masonismo y panteísmo. Cuatro ideas, una más revolucionaria que la otra, para acabar con Dios y con su ley Eterna

Tiempo superior al espacio

a. «Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite» (EG – n. 222): El tiempo es la plenitud: tener la historia toda: el hombre es el alfa y la omega de su historia: es el inicio y su fin. El hombre nació en el Paraíso y ha ido desarrollando una historia hasta alcanzar un momento en el tiempo, que es el actual. Y es necesario, en este momento, un giro en el intelecto del hombre para seguir avanzando hacia el final del tiempo, en que se da la plenitud.

b. El espacio está constituido de momentos de tiempo: son momentos limitados, no es la plenitud. Es el límite. Hay una tensión entre lo que no se tiene y lo que se tiene, entre lo que se quiere poseer y lo que se posee. El hombre lo quiere poseer todo, quiere llegar a la plenitud. Quiere alcanzar el tiempo. Vive en sus espacios, en sus límites.

1. Con esto, se niega que el hombre, en un momento determinado de su vida, pueda poseer la plenitud de la Verdad.

2. Con esto, se niega que el hombre no pueda conocer toda la verdad en el espacio de su vida. Para conocer la Verdad hay que ir al tiempo, a la plenitud. Y, por tanto, como los hombres mueren, ningún hombre conoce la Verdad. Y, por eso, es necesario construir una sociedad que una los espacios de todos los hombres y que los transforme en algo nuevo, sin retorno. Coja la vida de todos los hombres y les dé otro sentido en la historia, para poder alcanzar la plenitud: «El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno» (EG – n. 223).

3. Está haciendo el misticismo del fin de los tiempos: se llega al fin de los tiempos, no por Revelación Divina, sino por el esfuerzo del hombre para generar actos o procesos que consigan ese bien común para todos los hombres.

c. El tiempo rige los espacios: no es Dios quien rige la vida de los hombres, sus tiempos, sus momentos, su vida presente. Es el tiempo abstracto, es el tiempo histórico, es el tiempo de la cultura, de los hombres.

d. El tiempo los ilumina: no es la Luz de Dios la que ilumina la vida de los hombres, es el tiempo de la historia, es la historia misma de cada hombre lo que ilumina a todos los hombres. Es meterlo todo en uno en la historia para llegar a la plenitud, a la posesión de todo.

e. El tiempo los transforma en eslabones de una cadena en crecimiento constante, sin camino de retorno: cada vida de los hombres está unida a la de los demás en esa sociedad. Y cada vida de los hombres aporta algo nuevo a todos los demás hombres. El tiempo tiene la capacidad de transformar lo malo que tienen los hombres en algo bueno.

f. «Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos» (EG – n 223): Generar procesos: generar dinamismos para que produzcan un importante acontecimiento histórico. El esfuerzo humano para obrar el bien en la historia de los hombres. Puro pelagianismo. Pura herejía de un hombre que no sabe lo que es el tiempo, ni el espacio, ni la historia, ni el Universo.

g. «A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana» (EG – n. 224).El pueblo, que busca Francisco, se constituye por gentes que generen procesos, no por gentes que obtengan resultados inmediatos. Gentes que den trabajos a los demás, que enriquezcan a los demás, que se sacrifiquen por las vidas humanas de los otros. Se anula la Obra de la Redención del hombre, para poner la obra de la liberación de las estructuras del hombre. Esos que buscan un rédito fácil, efímero, no sirven para este pueblo. No hay que vivir para ganar dinero, sino para dar dinero a los demás.

h. Se quiere llegar a una plenitud humana cuando los hombres no busquen sus frutos privados, sus obras privadas, sus trabajos privados. Sino que todos trabajen para todos, para que todos tengan un bien común. El bien privado debe caer. Todo es para un bien común, un bien universal, un bien para todos los hombres, sin excluir a nadie.

i. El hombre que posee espacios es el hombre que trabaja por un bien particular, privado, egoísta.

j. El hombre que inicia procesos es el hombre que mira al bien común. Procesos que construyan el pueblo, la comunidad, la gente, lo humano. Es el populismo, el comunismo, el marxismo.

k. Quien persigue los espacios de poder persigue una actividad para acaparar lo suyo propio: vive para sí mismo. No hace comunidad.

l. Quien persigue los tiempos de procesos, entonces vive generando oportunidades para todos, vive esperando que todos tengan lo suyo. No vive para sí mismo, sino para los demás.

En este primer punto, se ve que Francisco sólo está preocupado del dinero: a ver quién trabaja más para producir dinero para todos. En esta ceguera de este hombre está puesta su obsesión: el dinero. Su tan cacareada pobreza es sólo una pantalla exterior para impresionar a los hombres, para meterles esta blasfemia contra el Espíritu Santo. Porque todo esto que escribe revela su blasfemia. Francisco es un hombre condenado en vida.

Resulta chistoso cómo interpreta la acción del demonio: «La parábola del trigo y la cizaña grafica un aspecto importante de evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo» (EG n. 225). ¡Qué burda interpretación de la Palabra de Dios! ¡Qué insensatez! El demonio ocupa los espacios del Reino, pero lo buenos cristianos lo vencen en el tiempo. ¡Es para reír! ¡Es para reírse de Francisco! ¡Es para que, a partir de ahora, se le llame: payaso, bufón, cuentachistes, pero no Obispo! ¡Qué majadero es Francisco! ¡Cuánta inutilidad hay en este señor que se sienta en la Silla de Pedro! Pero, ¿cómo pueden tener por santo a uno que no sabe cómo se mueve el demonio entre los hombres? El Espíritu no ocupa espacios. Esto lo sabe cualquier teólogo, cualquier hombre con dos dedos de frente. La acción del demonio en la Iglesia es espiritual: es decir, fuera del tiempo y del espacio. Y para vencer al demonio, es necesario una obra espiritual, fuera del tiempo y del espacio. ¡Que se vaya Francisco a contar fábulas a sus nietos (si los tiene), a sus sobrinos, a quien quiera! Pero que renuncie a la Silla de Pedro. ¡Este idiota no tiene ningún seso!

El hombre no vive de tiempos ni de espacios, sino de Gracia y de Espíritu. El hombre, en su naturaleza humana, no vive de estructuras mentales del tiempo y del espacio, sino que vive de una razón, que es espiritual, vive de una voluntad, que es espiritual. La razón y la voluntad están por encima del tiempo y del espacio. El hombre no es un animal, no es un ser de carne y hueso. El hombre tiene alma y espíritu. Y el alma no ocupa lugar, no ocupa los espacios, no se mueve entre los tiempos. ¡Gran idiotez la de este hombre!

Unidad prevalece sobre el conflicto

a. «El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad» (EG n. 226): Asumir el conflicto, no ignorarlo, no disimularlo. Asumir el mal, el pecado, el error. Entonces, se acepta el mal. No sólo se permite. Hay que comulgar con el mal, con el conflicto. Ya no hay que poner un camino para resolver el mal, ya no hay que legislar para que no se produzcan otros males o para hacer justicia a los que hacen el mal. No hay que batallar contra el mal, sino aceptarlo como es. Protestantismo: no existe el pecado. El pecado es bueno, sirve para santificar al alma.

b. La realidad es también el conflicto: no hay que detenerse en el conflicto para no perder el sentido de la realidad. Esa realidad es la unidad. La unidad acoge el mal sin combatirlo, sino asumiéndolo, aceptándolo como es. Hay que aprender del mal para vivir en la realidad.

c. «Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso» (EG n. 227). El conflicto hay que sufrirlo, resolverlo y transformarlo en un eslabón de una nueva acción, de un nuevo proceso: hay que sacar de ese mal un bien para el hombre. Pero es el hombre el que hace esa transformación. No es Dios quien perdona el pecado y el hombre el que expía su pecado. La vida de penitencia ha acabado. La Cruz ya no existe. No hay que sufrir para expiar un pecado y así salvar el alma. Hay que sufrir para comprender la vida de los demás hombres y aceptarlos como son en sus conflictos, para descubrir un nuevo camino a todos los hombres. Es el hombre el que coge el mal y pone un camino para resolverlo. Pero el mal no se quita, sino que se transforma en otra cosa, en un bien para las personas: los malcasados pueden comulgar. Ese mal de no poder recibir la comunión se transforma en un bien: hagamos una ley para eso. Ese mal de estar malcasados es un bien, porque ya no se puede resolver por los caminos de siempre. Hay que poner otro eslabón en ese caminar y hay que ver a los malcasados como algo bueno, una perfección en el camino.

d. «De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad» (EG n. 228): Es necesario buscar la unidad. Y, como no existe el pecado como ofensa a Dios, sino sólo el mal que cada uno en su cabeza obra, entonces resolvamos esos males estructurales, poniendo otras estructuras, creando nuevos procesos.

e. Hay que hacer un pueblo en las diferencias. Hay que valorar las diferencias, los pensamientos de todos los hombres, aunque sean malos, aunque tengan errores, porque lo que importa es la dignidad de la persona humana.

f. «La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida» (EG n. 228)).Es necesario construir la amistad social, el amor fraterno entre todos los hombres. Ser solidarios. Ser tolerantes. Luego, no nos quedemos en las inteligencias, en las ideas, en los dogmas. No juzguemos las ideas de los demás. ¡Que no haya conflictos, tensiones, discusiones!. Para quitar diferencias no hay que practicar ninguna virtud cristiana: hay que ser solidarios, la idea masónica de la fraternidad. Cada uno se hace su moral, su vida virtuosa, atendiendo a respetar la idea del otro.

g. «La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural, que haga emerger una diversidad reconciliada» (EG n. 230). El que juzga a los demás divide. Hay que reconciliarse con las ideas de los demás. El que discierne pensamientos de los hombres, divide. Hay que pactar con las ideas de los demás, unirse a ellas, llegar a un acuerdo mutuo. El que hace crítica de la filosofía, de la teología, divide. Todo pensamiento del hombre es verdadero. Ninguno de ellos se puede despreciar. Por eso, respetemos los pensamientos de los demás porque nos pueden enseñar una verdad. Y así se llega a una diversidad reconciliada. Consecuencia: la Revelación de Dios queda suprimida. No existe la Verdad Absoluta. Existe el pacto entre los hombres para estar contentos unos con otros en el lenguaje humano. Porque, claro:

h. Hay que conseguir la paz entre los hombres, la alegría, la amistad, el cariño, la felicidad. Lo demás, no interesa. Los dogmas dividen la realidad.

Y, entonces, resulta una verguenza su interpretación de la unidad en Cristo: «Este criterio evangélico nos recuerda que Cristo ha unificado todo en sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad. La señal de esta unidad y reconciliación de todo en sí es la paz. Cristo es nuestra paz» (EG n. 229). Como Cristo todo lo ha unificado, entonces todo vale entre los hombres. Busquemos la paz por caminos humanos.

Un hombre que no predica la unidad en la Verdad, sino que predica la Unidad en la diversidad, es un demonio. ¡Pobre aquel que comulgue con este demonio en su pensamiento! Francisco lleva condenación en sus palabras. Francisco tiene la boca de Satanás. Francisco es el constructor de la mentira y del engaño.

Realidad más importante que la idea

a. «La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG n. 231) .La realidad es; la idea se elabora. Luego, Francisco promulga el panteísmo. Dios es el que es, el hombre es el que no es, la realidad es la que no es. Francisco dice que el hombre es el que es. La idea es la elaboración de la realidad.

b. Entre la realidad, que es, y la idea, que se elabora, es necesario el diálogo. El hombre no puede estar en sus ideas: «Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma» (EG n. 231). Esto es anular la razón del hombre. Esto es decirle al hombre que es peligroso pensar. No pienses, es malo. El hombre tiene que estar en la realidad. No tiene que pensar, no tiene que dedicarse a hacer filosofías ni teologías. No tiene que vivir de dogmas. No tiene que hacer nada con su pensamiento. Sólo tiene que pensar la realidad: «La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan» (EG n. 232). Francisco anula lo que es el proceso de la idea en el hombre y pone la idea en la realidad. El hombre piensa, no porque tiene un juicio interior, sino porque hay una realidad exterior. Es una aberración filosófica: «Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento» (EG n. 232). El hombre tiene que expresar con su mente lo que ve en la realidad. No puede expresar sus juicios internos. Y, por eso, Francisco no juzga, sino que expresa una realidad: el homosexual es bueno, porque busca a Dios. El ateo es bueno, porque busca a Dios. El judío es bueno porque cree en su dios, etc. Se destruye la Verdad Revelada y queda sólo la realidad de las cosas. Queda un todo que es dios.

c. Esto le lleva a un aberración teológica: «El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización». Esta gran herejía define la mente de Francisco.

1. Sólo el Verbo se ha encarnado: sólo la Palabra del Pensamiento del Padre: no es una Palabra encarnada, es la Palabra del Verbo, que se Encarna.

2. Esa Encarnación no se repite. Es una vez y para siempre: no busca siempre encarnarse en ningún alma, en ningún hombre, en ninguna historia.

3. El Verbo se Encarna para salvar a los hombres, no para que los hombres se encarnen en sus vidas humanas: no se predica el Evangelio para encarnar la Palabra, para hacer una cultura de la Palabra. Se predica el Evangelio para imitar la Palabra, vivir la Palabra, obrar con la Palabra.

4. El Verbo Encarnado es el que es; lo demás no es nada: es el vacío. No hay realidad fuera del Verbo Encarnado.

Este panteísmo claro y salvaje de Francisco le pone en un resbaladero en su alma: todo lo ve divino. Todo lo ve bueno y que tiende siempre a lo bueno. Todo es para lo bueno. No hay cosa mala. No hay idea mala. No ha pensamiento malo, sino que la mente del hombre es su dios. Lo que concibe el hombre con su mente, la palabra humana, es lo que se encarna en la vida de los hombres. Puro panteísmo.

Todo es superior a la parte

1. «Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra» (EG n. 234). Lo global, lo mundial, lo de todos es para que la atención del hombre se fije: vamos a ver qué hacen los hombres en el mundo. Eso es lo que importa: los hombres y sus vidas humanas, mundanas, profanas, materiales, naturales, carnales.

2. Hay que mirar, también, lo local, para tener los pies sobre la tierra.

3. Estas dos cosas si se unen entonces se vive correctamente. Si el hombre no presta atención al mundo, entonces vive algo abstracto, su mundo, pero no lo que pasa realmente en el mundo. Son los ermitaños, los que no comprenden al mundo, los que no viven la belleza del mundo. Los contemplativo, las monjas de clausura, tiene que abrirse al mundo, salir al mundo, ser del mundo. Y si el hombre no presta atención a lo local, entonces va buscando una gloria efímera, una gloria que se diluye en el tiempo, algo pasajero, algo que no tiene importancia.

4. «El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares» (EG n. 235). El todo es lo global; la parte es lo local. Y, por tanto, como el todo es más que la parte, entonces no hay que estar pendientes de cosas particulares, limitadas, que no llevan al todo. No hay que estar en los bienes particulares. Hay que ir a los bienes mayores, para todos, comunes, universales, globales. El bien del mundo es más importante que el bien particular de cada hombre. Y, por tanto, hay que trabajar para un bien global, con perspectivas de grandes hombres que resuelven grandes problemas de la humanidad. Hay que crear empresas grandes, con fines globales, con proyectos mundiales.

5. «Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todo» (EG n. 235). Una persona se desarrolla porque se hace para el mundo, para el todo, para lo global. Y, por tanto, una persona se tiene que abrir a todo el mundo: a todas las experiencias del mundo, a todas las filosofías del mundo, a todas las religiones del mundo, a todas las sectas del mundo. Hay que comulgar con todo el mundo para ser una gran persona.

6. «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él se conservan su originalidad» (EG n. 236). En esa sociedad globalizante entran todos: ricos, pobres, herejes, cismáticos, terroristas, sádicos, homosexuales, judíos, musulmanes, mafiosos, etc. Todos con sus originalidades: «Aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse» (Ibidem): el homosexual te puede enseñar la castidad; el musulmán te puede enseñar a morir en nombre de Dios, por amor a Dios; el judío te puede enseñar la humildad de corazón: reniega de Cristo para ser humilde entre los hombres, para no objetar a los hombres, para no juzgarlos.

7. «Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos» (EG – n. 236). ¡Qué gran ceguera la de este hombre! ¡Qué bárbaro! ¡Qué olor, no sólo a mundano, sino a demoniaco rezuman sus palabras! ¡Cuánta inmundicia intelectual hay en estas palabras! ¡Qué personaje más grosero, más imbécil, más contradictorio!

Esta promulgando el gobierno mundial: la totalidad de las personas, un bien común, un fin común a todos. Es la utopía de su lenguaje humano. Es el imposible para el hombre. Es el no creer en el Evangelio, sino hacer de Él su negocio en la Iglesia.

8. «A los cristianos, este principio nos habla también de la totalidad o integridad del Evangelio que la Iglesia nos transmite y nos envía a predicar. Su riqueza plena incorpora a los académicos y a los obreros, a los empresarios y a los artistas, a todos. La mística popular acoge a su modo el Evangelio entero, y lo encarna en expresiones de oración, de fraternidad, de justicia, de lucha y de fiesta» (EG – n. 237). Todos los hombres somos unos santos. Todos los hombres somos buenísimos. Todos los hombres nos merecemos el cielo. Vivan todos los hombres. Vivan los pecadores que no necesitan confesar sus pecados, porque hay un Padre que ya se los ha perdonado. Vivan todos los demonios en el infierno, que salen de él porque Cristo los ha salvado con su sangre. Viva todo el mundo, porque lo dice Francisco.

Después de leer estos auténticos delirios de la mente de este hombre, sólo queda decir:

¡Maldito Francisco por escribir el Evangelium Gaudium! Es la tristeza de la palabra de un hombre sin Verdad. Un hombre condenado en vida.

La gran ceguera de toda la Iglesia

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«Muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que es la hora final» (1 Jn 2, 18).

Estamos en el final de los tiempos, porque en la Iglesia muchos sacerdotes, Obispos, Cardenales, se han hecho anticristos: niegan al Hijo, luego «tampoco tienen al Padre» (1 Jn 2, 23). No viven como el Hijo, tampoco hacen la Voluntad del Padre. «El que de sí mismo habla busca su propia gloria» (Jn 7, 18): son muchos los que hablan para el mundo y el mundo los escucha; pero son pocos los que escuchan la Palabra de Dios y cambian de mentalidad.

Son muchos los que están en la Iglesia, vestidos con las vestiduras de Cristo, y no son de Cristo. Y obran en la Iglesia muchos apostolados, y en ninguno de ellos están las obras de Cristo.

Este final de los tiempos, es para ver cómo la Iglesia pasa por la prueba final, que debe sacudir la fe de muchos, porque: «al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará» (Mt. 24, 12). El mal alcanza su techo, su cima de perfección y, por eso, tiene que venir la persecución a la Iglesia: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque Yo, al elegiros, os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo» (Jn 15, 19).

Este final de los tiempos es para sufrir con Cristo y por Cristo, porque el «siervo no es más que su Señor. Si a Mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 19-20) .

Francisco es un anticristo, porque niega al Hijo: «¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (Francisco, 28 de octubre 2013). «¡Él era un pastor! Un pastor que hablaba la lengua de su pueblo» (Francisco, 27 de junio 2014).

Y quien niega al Hijo, niega a la Madre: «Sucede como con María: Si se quiere saber quién es, se pregunta a los teólogos; si se quiere saber cómo se la ama, hay que preguntar al pueblo. María, a su vez, amó a Jesús con corazón de pueblo, como se lee en el Magníficat» (Entrevista en La Civiltà Cattolica, 19 de agosto de 2013). La teología católica no ofrece, para Francisco, el amor auténtico a la Virgen; sino que es la masa, el pueblo, los ignorantes de la Revelación Divina, los que sabe amar a la Virgen. Y termina su blasfemia, diciendo que el Amor de la Virgen a Su Hijo no era el Amor de la Madre de Dios, sino el amor de una mujer, que pertenecía al pueblo judío y que, en el Magnificat, hace un recuerdo de Jesús. Por eso, él llama a la Virgen María: «hija de Tierra Santa» (Invocación por la paz) . Nombre blasfemo y herético. La Virgen no es hija del mundo, no es hija de una tierra de hombres, no es hija de los hombres, porque no tiene pecado original. Su Concepción Inmaculada la hace nacer como Hija del Padre. Y su Maternidad Divina la pone en Su Hijo, Madre del Hijo. Y Su Hijo no es el hijo de Tierra Santa, no es el hermano del pueblo judío, sino que es el Rey de Reyes y el Señor de Señores. Y, por eso, la Virgen María es la Reina del mundo, la Reina de todos los pueblos, la Reina que gobierna al lado derecho del Rey, por ser la Esposa del Espíritu Santo.

Y quien niega al Hijo, niega su doctrina: «Ahora, después de madura reflexión, considero oportuno que tal grupo, mediante el presente Quirógrafo, sea instituido como un «Consejo de Cardenales», con la tarea de ayudarme en el gobierno de la Iglesia universal y de estudiar un proyecto de revisión de la Constitución Apostólica Pastor bonus sobre la Curia Romana» (Francisco, 28 de octubre 2013). Con su gobierno horizontal, Francisco se da gloría a sí mismo, porque no puede hacer la Voluntad del Padre.

«Mi doctrina no es Mía, sino del que Me ha enviado» (Jn 7, 16): Francisco se ha atrevido a cambiar la Revelación Divina, hecha por el Verbo Encarnado a Sus Apóstoles. En esa Revelación Divina, el Señor dejó a Su Iglesia un gobierno vertical en San Pedro y en sus sucesores. Francisco ha roto el dogma del Papado. Lo ha anulado, creando una nueva iglesia en el Vaticano, con un nuevo gobierno, integrado por anticristos, por una Jerarquía que niega al Hijo: niega la doctrina de Cristo. Niegan los dogmas.

«Quien quisiere hacer la Voluntad de Él conocerá si Mi doctrina es de Dios o si es Mía» (Jn 7, 17). Es fácil deducir que Francisco no hace la Voluntad del Padre porque no da la doctrina de Cristo, sino su doctrina: un magisterio que no es de la Iglesia Católica y que, por tanto, el católico no puede obedecerlo, no puede seguirlo, no puede santificarse con él. No se puede prestar obediencia a la mente de Francisco ni de su gobierno horizontal. Ninguna obediencia. Ningún sometimiento de la mente. Aunque hable cosas verdaderas, debe ser tenido como un hereje y un cismático dentro de la Iglesia Católica. Por supuesto, en su iglesia, Francisco es un santo. Un santo que le gusta pecar. Un santo que vive lo del mundo. Un santo que no sabe nada de la vida de la santidad.

Francisco está sentado en el Trono de Dios para buscar su gloria, porque está sediento de la gloria del mundo: «El que de sí mismo habla busca su propia gloria» (Jn 7, 18). Es la consecuencia de no seguir la doctrina del Hijo. Francisco, cuando habla, habla de lo que hay en su mente, en su intelecto humano. Ensalza sus ideas y las propaga por todas las redes sociales, para que todos le aplaudan y le llamen santo.

Francisco es un judío. Y los judíos no son hijos de Abraham ni de Dios, sino del diablo.

Francisco no hace las obras de Abraham: que es creer en la Revelación Divina. Es un hombre sin fe, porque considera la fe de Abraham como un recuerdo de lo que Dios habló: «la fe de Abrahán será siempre un acto de memoria. Sin embargo, esta memoria no se queda en el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa, es capaz de abrir al futuro, de iluminar los pasos a lo largo del camino» (LF, n 9). Y esta fe, que es una memoria del futuro, «se pone en relación con la paternidad de Dios, de la que procede la creación: el Dios que llama a Abrahán es el Dios creador» (LF, n. 11). Francisco sólo cree en un Dios Creador, que es Padre de la creación, pero que no es Padre del Hijo: «La gran prueba de la fe de Abrahán, el sacrificio de su hijo Isaac, nos permite ver hasta qué punto este amor originario es capaz de garantizar la vida incluso después de la muerte» (LF, n. 11). Y la Palabra de Dios, que es la doctrina de Cristo, enseña: «¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin obras? Abraham, nuestro padre, ¿no fue justificado por las obras cuando ofreció sobre el altar a Isaac, su hijo?¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y que por las obras se hizo perfecta la fe?» (St 2, 20-21). Porque Abraham creyó a Dios, creyó a Su Palabra, fue justificado y «fue llamado amigo de Dios». Francisco habla de una garantía que no tiene nada que ver con la fe, sino con su idea de la creación, en la que no existe el pecado. Isaac, en la mente de los Santos Padres, aceptando el sacrificio, es figura de la sumisión de Cristo a la Voluntad del Padre. Pero esto, Francisco, no puede enseñarlo, porque ha negado al Hijo.

Francisco no es hijo de Dios, porque no ama a Jesucristo, sino que lo odia: «Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais a Mí; porque Yo he salido y vengo de Dios, pues Yo no he venido de Mí Mismo, antes es Él quien me ha enviado» (Jn 8, 42). Para Francisco, Jesús ha salido de la memoria del hombre. Es un concepto humano, no una realidad. Para Francisco, Jesús no es el Hijo del Padre, no es el Hijo de Dios. Es la conquista del hombre en su mente humana.

a. Francisco niega que el alma pueda conocer a Jesús por sí misma: «¿Cómo podemos estar seguros de llegar al “verdadero Jesús” a través de los siglos? Si el hombre fuese un individuo aislado, si partiésemos solamente del «yo» individual, que busca en sí mismo la seguridad del conocimiento, esta certeza sería imposible. No puedo ver por mí mismo lo que ha sucedido en una época tan distante de la mía» (LF, n. 38). Está negando que Dios pueda revelarse a cada alma y la posibilidad de la fe en cada alma: «Es imposible creer cada uno por su cuenta» (LF, n. 39) . La fe, para Francisco, no es un don de Dios a cada alma, sino un don a un grupo de personas, a una comunidad. Nadie puede creer en Jesús. Nadie puede creer en Dios. La fe no es para el alma, sino para una vida social, para un pueblo del mundo, para todo el mundo: es una globalización.

b. Francisco niega la Tradición Divina en la Iglesia: «El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia. La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe» (LF, n. 38). Todo es cuestión de memoria, pero no de la fe de cada Santo. Es el conjunto de conocimientos que los hombres han tenido en Jesús, es lo que cada uno ha pensado y se ha recogido, y eso es la enseñanza en la Iglesia: el lenguaje de la fe. La Iglesia no enseña a creer en la Revelación Divina, no enseña a creer en Jesús, sino que ofrece un lenguaje humano, que es adaptado a los tiempos que corren. Enseña a recordar a Jesús, lo que otros han pensado de Jesús. Por eso, tiene que decir: «El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea (…) El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa» (Entrevista en La Civiltà Cattolica). Se carga el Vetus Ordo, porque es una mentalidad antigua, que no corresponde con los nuevos tiempos. Y, por eso, ha destrozado a los Franciscanos de la Inmaculada. Son las obras de un hombre que no cree en nada, sólo en lo que hay en su enorme cabeza humana.

c. Francisco niega el Misterio de la Eucaristía: «la eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final» (LF, n. 44). La Eucaristía es sólo un acto de memoria. Es traer lo que Jesús hizo en la Cena y ponerlo en la actualidad. El pasado es un hecho histórico en que se dio la muerte de Cristo y su resurrección. Y eso se da en la actualidad, porque la Iglesia enseña el lenguaje de esa fe. En cada misa, se hace un recuerdo, con unas palabras, con unos ritos, y eso es la Eucaristía: el acto de memoria del hombre. Y, por tanto, Francisco tiene que negar la Presencia Real de Jesucristo en las especies del pan y del vino: «El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo, que se hace presente en su camino pascual hacia el Padre: este movimiento nos introduce, en cuerpo y alma, en el movimiento de toda la creación hacia su plenitud en Dios» (LF, n. 44).

Francisco es un hombre sin fe, es decir, un hombre que vive en su pensamiento humano, que pone la fe en sí mismo: «la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio» (LF, n. 34). Francisco es un gnóstico, es decir, una persona que piensa la fe, que meditando con su razón, anula la fe. Y, por eso, siendo la fe una luz encarnada, tiene que decir: «La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe» (EG, n. 115). La fe, esa luz encarnada, está en cada cultura de los hombres, está en el mundo. La Gracia supone la naturaleza, no la cultura. Con esa expresión, Francisco anula la esencia de la Gracia. Ya no es la Vida de Dios en el alma, sino un conjunto de ideas que los hombres tienen sobre la Revelación de Dios, que iluminan el alma: «La gracia no forma parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no la de sabiduría o de razón. También usted, sin su conocimiento, puede ser tocado por la gracia» (Entrevista a Scalfarri). Es algo que se encarna en el hombre, que procede de esa vida luminosa de Jesús. Francisco está tocando el panteísmo: esa luz, que viene de Jesús, y que se encarna en todos los hombres. Y, por eso, tiene que decir: «El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de hermandad. Todos somos hermanos e hijos de Dios» (Ibidem).

La fe no es un don divino, sino una luz encarnada. Y que se da todos los hombres, no importa su religión, sus pecados, sus creencias. Luz que viene de la vida luminosa de Jesús, pero que no viene de la Palabra de Dios. Jesús tiene una vida luminosa, pero no posee una Vida Divina. No es Dios. Y esa luz luminosa ilumina toda la creación: «La luz de la fe en Jesús ilumina también el camino de todos los que buscan a Dios, y constituye la aportación propia del cristianismo al diálogo con los seguidores de las diversas religiones» (LF, n. 35). Está haciendo, Francisco, su misticismo, su experiencia de la vida de su mente, que le lleva al amor de lo creado y al diálogo con todos los hombres, con todas las religiones, porque «el hombre religioso intenta reconocer los signos de Dios en las experiencias cotidianas de su vida, en el ciclo de las estaciones, en la fecundidad de la tierra y en todo el movimiento del cosmos. Dios es luminoso» (LF, n. 35). Por eso, Francisco tiene que abrirse al mundo y unirse con todas las iglesias, con todas las confesiones, porque todos tienen la luz de Dios en sus almas.

Ese todos somos hermanos le lleva al masonismo: a creerse dios en su mente humana. Porque todo masón es dios para sí. No cree en Dios como un ser distinto. Sino que cree en Dios como el que el hombre es en sí mismo. El masón destruye la metafísica del ser: anula a Dios, para ponerse él mismo: el ser del hombre como dios, que es el pecado de Lucifer.

Francisco no es el Anticristo, sino el bufón del Anticristo. Uno que habla, da discursitos a todo el mundo, cuenta sus fábulas en todas partes, y la gente ríe sus idioteces en los medios de comunicación. Eso es ser bufón: nadie lo ataca. Todos son respetuosos con su lengua de demonio y se dedican a decir que su doctrina es maravillosa. A esta estupidez ha llegado la fe de mucha Jerarquía en la Iglesia Católica. No se puede comprender cómo sacerdotes, que tienen tanta teología, no son capaces de llamar a Francisco: hereje, cismático, modernista, progresista, racionalista, panteista, etc. Sino que dicen que su magisterio es de lo más alto que nunca se ha oído en la Iglesia. Esto sólo significa una cosa: hay una consigna de Roma, hay una orden de Roma, para que nadie critique a Francisco, sino que lo apoyen en su gran negocio en la Iglesia. Y, por esa orden, los sacerdotes que han levantado su voz un poco, ahora le hacen la pelota al ignorante de Francisco. Y eso es mayor pecado y mayor ceguera en la Jerarquía: ciegos van a un Sínodo ciego, guiado por un ciego. Y van a salir más ciegos de lo que están.

¡Gran oscuridad es lo que existe en la Iglesia! ¡Profunda ceguera en toda la Jerarquía! ¡Gran pecado que exige un gran castigo! Porque la Jerarquía está para enseñar, guiar y santificar a las almas por el camino de la Verdad. Y todos son unos mentirosos cuando están callando las continuas herejías de Francisco. Y si callan, las almas se pierden y van camino del infierno. Si no sois capaces de ver a un ciego, es que sois ciegos también.

La teología ecológica o panenteísmo cristiano

notoelque275

«Y Francisco es el hombre de la paz. Y así, el nombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación… Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre…» (Francisco – 16 de marzo de 2013).

«…el hombre que ama y custodia la creación»: esto no es San Francisco de Asís. Este santo amó y custodió a Cristo en su corazón. Fue uno con Cristo. Perseveró en la Fe de Cristo e hizo en la Iglesia la obra que Cristo le pedía.

Pero Francisco entiende a San Francisco según la teología ecológica o panenteísmo cristiano.

Para esta aberración filosófica, «la originalidad de San Francisco reside en el hecho de haber conseguido una síntesis feliz entre la ecología interior y la ecología exterior, es decir, dio origen a una fascinación mística cósmica» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

¿De qué habla el hereje y cismático Boff?

La ecología interior es la ecología mental, es decir, la polución del aire, la contaminación de la tierra, la pobreza de los hombres, los agujeros negros, etc…, manifiestan la mente del hombre. Y, por tanto, todo eso significa que el hombre está enfermo en su mente. Las violencias, las agresiones al medio ambiente producen en la mente del hombre un desequilibrio.

Y, para poder comprender este punto, hay que saber que para ellos el universo no está sólo fuera de la persona, sino que está dentro de ella. Lo que pasa en el universo, en su exterior, también se traduce en el interior de la persona. El sol, el agua, las plantas, los animales no son imágenes que vemos con los ojos y que producen un estímulo intelectual o sensible en nosotros, sino que viven en nosotros como figuras cargadas de emoción, como un arquetipo. Esto es una aberración, pero así piensan ellos.

Ellos creen que el mundo es el cuerpo de Dios. Y, por eso, Francisco predica: «Tenemos que tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús, tenemos que curar las llagas de Jesús con ternura, tenemos que besar las llagas de Jesús, y esto literalmente» (3 de julio de 2013). Los pobres son las llagas de Cristo. Los pobres son el cuerpo de Cristo. Los pobres son la carne de Cristo. Literalmente.

«Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo.» (12-05-2013). Cuando no se diferencia entre Cristo y los hombres; cuando todo es uno, entonces se llega a esta aberración. Ya no es sólo una herejía, sino una abominación.

Ningún pobre es la carne de Cristo. Ningún hombre es el cuerpo de Cristo. Cada pobre tiene su vida, cada hombre tiene su cuerpo.

El problema de este pensamiento filosófico es que pone a Dios más grande que el Universo y, por tanto, el Universo está en Dios (panenteísmo= todo en Dios, todo dentro de Dios, todo metido en Dios). En consecuencia, Dios impregna cada parte de la naturaleza, del cosmos; Dios es una parte de la naturaleza. Dios se extiende más allá de la naturaleza, pero está en la naturaleza. Es distinto a la naturaleza, pero es la naturaleza.

Y Dios no es más grande que la naturaleza, ni es más pequeño, porque Dios no tiene medida. Dios es el que es. Lo demás es lo que no es.

Como ellos no parten de acá, entonces todo es buscar la idea humana de Dios y de la Creación.

Ellos rompen a Dios y el acto creador de Dios. Por tanto, ellos lo niegan todo y quieren explicarlo todo desde el hombre. Es volver a Kant y a Hegel, pero más sofisticado.

Ellos tratan de explicar la relación del hombre con la naturaleza a lo largo de la historia. Por eso, San Francisco es el hombre que ama y custodia la Creación; es decir, ha encontrado una idea, un modo de relacionarse con lo creado, con el universo, con las criaturas, sin dañarlas, sin poner un pensamiento negativo. Llegó a un pensamiento positivo y con él vivió.

Cuando el hombre era primitivo, entonces desarrolló un instinto de agresividad, y eso dejó marcas en el hombre interior y en la sociedad. Si el hombre lucha por sobrevivir, comienza a hacer daño en la naturaleza y, entonces, eso se va reflejando en él mismo, en los que viven con él, en la sociedad, etc. Se va creando un estado mental, una idea fija, una acomodación al mundo, al espacio en que vive, etc. Se crean sociedades que viven de esa forma de pensar.

Según sea lo que el hombre obre, así será su estado mental, su enfermedad. Y así quieren explicar todos los pecados de los hombres. Los distintos sistemas son los que fabrican la vida de los hombres.

El sistema religioso mete en la mente del hombre la idea de Dios y le va proyectando lo que tiene que obrar con esa idea; el sistema del capital penetra en el hombre y le determina la manera de vivir, de relacionarse con los demás, la forma de amar a otros, etc, según el dinero, el capital, los negocios. El sistema tecnológico invade la mente de objetos inanimados, que crean soledad, egoísmo, odio, etc.

Como hay una unidad entre la naturaleza y el hombre (no hay una diferencia esencial), entonces lo que obra el hombre se traduce en la naturaleza, y eso pasa a los demás hombres. Por tanto, la ecología mental supone la anulación de la voluntad humana y de la razón humana. El hombre es un juguete de sí mismo y de la naturaleza.

Ellos quieren meter en la mente del hombre la idea de que el hombre puede convivir con la naturaleza. Y si el hombre alcanza esta idea, entonces no destruye la naturaleza ni así mismo. El pecado original, por supuesto, no existe. El hombre tiene que mirar al universo y descubrir un encantamiento, una belleza, una grandeza. Y vivir de acuerdo a eso.

Cuando Adán pecó, esto es ya imposible de realizar, porque todo está maldito. Es decir, nada de la Creación lleva al hombre a una bondad, una belleza, en la que pueda quedarse, permanecer siempre. Todo es transitorio, todo es vanidad, todo es vacío. «Vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?» (Ecles. 1, 2b-3). Ellos niegan esta Palabra de Dios. Ellos quieren encontrar en el Universo el eslabón perdido, lo que Adán perdió por su pecado.

Por eso, ellos dan mucha importancia a las energías psíquicas, a los pensamientos positivos del hombre, para poder ir a esta convivencia con lo naturaleza. Si el hombre tiene ideas positivas, entonces no hace un mal social, un mal natural, un mal cósmico. Ellos se impregnan de toda la dimensión mágica y chamánica del psiquismo humano. Ellos adaptan la doctrina budista de la reencarnación y del espíritu.

Se trata de observar la propia imaginería mental y aprender a moverse dentro de esa realidad subjetiva, poniéndose en contacto con todo ese universo para llegar a la idea que una al hombre con el universo.

La ecología es un campo abierto al espiritismo, adivinación, al budismo, que destruye completamente la fe en Cristo y la fe en la Iglesia.

La nueva encíclica o aberración filosófica que está preparando Francisco va por aquí. Es un destruir la doctrina de Cristo, para hablar de un lenguaje sobre Cristo, sobre Dios, sobre la Creación, sobre el pecado, que no tiene nada que ver con la Verdad.

Francisco ya emplea este lenguaje cuando habla del demonio, de los pobres, de Cristo, de la Iglesia, de la Misericordia. Dice cosas, que la gente no comprende que eso es una aberración, porque suenan bien al oído, gustan al entendimiento del hombre y hacen caminar con una gran confusión en su mente.

Cuando a los hombres se les habla la Verdad como es, estas personas, que siguen estas doctrinas, no son capaces de ver la verdad, porque están sólo mirando su idea humana, su filosofía humana. Y así viven: destrozando la verdad, persiguiendo la Verdad, con su idea.

Para los seguidores de esta aberración, San Francisco era un poeta, «capaz de sentir el corazón de la cosas, descifrar en cada cosa su mensaje ontológico y sentir, por connaturalidad, los lazos con los cuales están unidos todas las criaturas, ente sí y con Dios» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

Es decir, que San Francisco pudo conseguir entrar en el misterio de la Creación y de Dios. Conocía lo que había en cada ser, en su interior; podía leer la mente de los hombres; cuando veía una planta, conocía su interior, su energía que transmitía. Y, por eso, podía conectarse a esa planta, a ese universo, a ese cosmos. Veía las uniones entre las criaturas y Dios, y así podía formar una unión con ellas.

En esta aberración filosófica, que es la teología ecológica, se destruye la Creación de Dios y la obra que Dios ha puesto en esa Creación.

Dios, al crear, pone una Jerarquía de seres en lo que crea. Y, por eso, entre las criaturas, hay un orden, una jerarquía. Y se crean unas primero, y otras después, porque en Dios hay una razón divina en lo que crea: cada criatura es para algo divino en el plan de Dios. Hay una dependencia entre todas las criaturas. No hay una igualdad, una amistad, un lazo común entre ellas. Unas criaturas dependen de otras para vivir. Por eso, cuando Dios crea al hombre, crea un orden, una jerarquía: primero el varón, después la mujer. Y la mujer depende del hombre; no es igual al hombre. Porque el hombre y la mujer tienen funciones diferentes en la Creación. Pero todo esto queda anulado en esta aberración, que sólo quiere buscar un ideal común entre todas las criaturas del universo. Y no comprenden lo que significa que el Espíritu Santo habite en el cuerpo del hombre. No comprenden la Eucaristía; no comprenden la vida espiritual ni la vida mística. Todo lo tuercen, porque ponen una unión sustancial entre el hombre y Dios, por su panenteísmo.

Ellos explican así la ecología exterior que practicaba San Francisco de Asís: «A partir de esa mística de confraternización universal, trataba a todas las cosas con sumo respeto y veneración. Pedía a los hermanos que no cortasen totalmente los árboles, para que pudiesen brotar nuevamente; en invierno daba miel a las abejas porque sufría víéndolas nerviosas y hambrientas. En él irrumpió la ternura como actitud fontal en el encuentro con todas las alteridades. En él predominaban el Eros y el Pathós (capacidad de sentir y de vibrar ante el valor de las personas y las cosas) por encima del Logos (estructura de comprensión de la realidad). El corazón ganó con él su derecho como forma sutil y profunda de conocimiento. El conocimiento cordial no nos distancia de las realidades, nos posibilita establecer comunión y amistad con ellas» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

Porque fraternizaba, porque era amigo del universo, de los hombres, de las criaturas, entonces respetaba todas las cosas y las veneraba. Ese amor al universo le lleva al culto del universo. Rompen con el amor divino y con la ley divina.

Para amar al universo hay que hacerlo con el amor de Dios, no con los sentimientos fraternos que cada cual encuentra en su vida. Francisco predica mucho de la fraternidad, de la ternura, del sentimiento humano, para respetar al otro, para compartir con el otro. Eso es constante en él, en cada homilía, porque está bebiendo de esta doctrina.

Y, como siente esta veneración con el cosmos, entonces San Francisco no rompe una hoja, no pisa una hormiga, no produce un mal en el universo. El amor a la criatura por encima del amor de Dios. Es más importante no dañar a una hormiga que el mal que está en el alma por el pecado. Sólo el hombre atiende a la relación con el otro hombre, en no dañar al otro, en no dar una palabra que moleste; pero no atiende a su pecado, ni al suyo ni al de la otra persona. No se atiende a una norma de moralidad entre las personas, a un orden en el ser, entre las criaturas, sino a un amor fraterno, a un amor idealizado, a una fascinación por el cosmos: «La Iglesia es la sal de la tierra, es luz del mundo, está llamada a hacer presente en la sociedad la levadura del Reino de Dios y lo hace ante todo con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir» (Francisco – 18 de mayo de 2013). Se es levadura porque hay un amor al hombre; no porque exista una ley divina. Este es el engaño de este hombre, que no cree en nada. Sólo cree en su pensamiento humano. Y, con él, no puede dar nunca la doctrina de Cristo, la Verdad en la Iglesia.

«Cuando este dejar el padre y la madre y unirse a una mujer, hacerse una sola carne e ir adelante y este amor fracasa, porque tantas veces fracasa, debemos sentir el dolor del fracaso, acompañar a aquellas personas que han tenido este fracaso en el propio amor. ¡No condenar! ¡Caminar con ellas! Y no hacer casuística con su situación» (8 de febrero de 2014). Francisco nunca va a juzgar el fracaso de un matrimonio por su falso amor al hombre, que le ciega en la verdad de lo que es un matrimonio. Si un matrimonio fracasa, hay que juzgar en qué ha fracasado. Y la Iglesia tiene el deber de juzgar el fracaso de un matrimonio. No es la conciencia del hombre y de la mujer lo que resuelve ese matrimonio.

Y Francisco no juzga por esto, por su falsa concepción del matrimonio: «Cuando uno lee esto piensa en este diseño de amor, este camino de amor del matrimonio cristiano, que Dios ha bendecido en la obra de arte de su Creación…una bendición que jamás ha sido quitada. ¡Ni siquiera el pecado original la ha destruido!. Cuando uno piensa en esto, ve cuan bello es el amor, cuan bello es el matrimonio, cuan bella es la familia, cuan bello es este camino y cuanto amor, cuanta cercanía tenemos que tener con los hermanos y las hermanas que en la vida han tenido la desgracia de un fracaso en el amor» (8 de febrero de 2014). Francisco está expresando su idea de la Creación, pero no expresa la fe en Cristo, la Palabra de Dios, el Evangelio. Y no puede entender que el matrimonio está maldito desde que Adán pecó: «Maldita Adán la tierra por tu causa». Fue precisamente la unión entre hombre y mujer lo que trajo esa maldición. Adán se unió a la mujer sin la Voluntad de Dios, sin la ley divina, por un amor humano, por un amor carnal, por un amor fraterno.

Una cosa es que permanezca entre hombre y mujer el vínculo del matrimonio si se casan ante Dios, y otra cosa es que Dios bendiga ese matrimonio.

Jesús puso el Sacramento del Matrimonio para que los hombres alcanzaran la bendición divina en esa unión entre ellos, que Adán perdió para todo matrimonio. Sin ese Sacramento, todo matrimonio es maldito. Existirá el vínculo, pero no la bendición de Dios.

Francisco busca la cercanía humana, la fraternidad con el hombre y con el universo: «cuanta cercanía tenemos que tener con los hermanos y las hermanas que en la vida han tenido la desgracia de un fracaso en el amor». Para la gente que ha fracasado en su matrimonio, hay que darle la verdad de la situación. Hay que hablar claro, no hay que tener sentimentalismos, cariñitos, ternuras. Porque esto lleva siempre al pecado: demos la comunión a la gente malcasada, porque hay que comprender su situación de vida, por una falso amor fraterno.

Francisco bebe de las aguas de esta aberración filosófica, que es la teología ecológica. Es un monstruo de teología, de pensamiento filosófico, que hace aguas por todos lados y que anula la fe en Cristo y cualquier dogma en la Iglesia. Y esto es lo que viene a la Iglesia. Y Francisco da muchas cosas que pertenecen a esta teología, porque se quiere hacer una nueva iglesia, con una nueva fe, con un nuevo evangelio.

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