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Las blasfemias de Bergoglio en su herético mensaje para la jornada de la paz

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«del deseo de una vida plena… forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer» (1 de enero del 2014).

Aquí, Bergoglio, está desarrollando la idea herética de la ecología, que nace de la concepción errada que tiene de la fe en Dios creador; una concepción desde la “horizontalidad”, no desde la verticalidad: como todos somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos entre sí; todos habitamos en la misma casa del Padre, en la creación, en el universo. Consecuencia: se da una gran intimidad, una gran cercanía con todas las cosas.

Es decir, que el hombre es un ser en el mundo con todas las cosas. Y, por lo tanto, el hombre se une, se casa, hace un matrimonio con todo el universo, está en relación, interactúa, dialoga con todos los seres vivientes, con todo lo que existe, aunque no sea un ser viviente. Todos se convierten en hermanos, no sólo de sangre, sino de alma, de mente, de espíritu.

Adán y Eva «concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios» (8 de diciembre del 2014).

Bergoglio no puede entender el pecado de Adán y, por lo tanto, concibe lo que sucedió en el Paraíso desde la fraternidad, no desde el pecado, no desde el mal, no desde la verdad revelada: concibieron la primera fraternidad. No puede hablar de que Adán y Eva concibieron el primer hijo en pecado. Anula esta verdad para poner su mentira, su fraternidad.

El mal, para Bergoglio, va a estar en el hombre, no en la acción del demonio en el hombre. El mal no tiene una raíz espiritual en Bergoglio y, por eso, dice: «el pecado no es una mancha en el alma que tengo que quitar». No es algo que el demonio ha puesto en mí; sino algo que ha hecho el hombre y que se resuelve sólo por caminos humanos, por su falso misticismo: la fraternidad.

«El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros» (1 de enero del 2014). El mal de Caín es un problema humano, fraternal, no espiritual. Bergoglio ha puesto la vocación a ser hermanos como la misión de todo hombre cuando nace. Ése es su mayúsculo error en su enseñanza.

Dios crea al hombre para ser hijo de Dios: le da una vocación divina. No le ofrece una fraternidad, sino la participación en el ser divino: el hombre es Dios por participación. Esta es la vocación sublime de todo hombre, que Bergoglio se carga de manera absoluta.

Y porque el hombre es hijo de Dios, por eso, el demonio le acecha para poner en la naturaleza humana su obra demoníaca, que es lo que hizo con Adán. Y, por tanto, Adán engendró a un demonio: Caín. Y el pecado de Caín es la obra del demonio en Caín: es una obra espiritual. Caín mata a Abel porque éste tiene el sello de Dios, del cual carecía Caín. No lo mata porque rechaza la vocación de hermano. Caín carecía de esta vocación.

Pero Bergoglio está a lo suyo: en su clara herejía, en su nefasta apostasía de la fe.

Por eso, dice: Caín y Abel creados a imagen y semejanza de Dios. Bergoglio no comprende que al pecar Adán, la gracia, la vida sobrenatural, la semejanza con Dios se pierde. No lo comprende porque ha anulado el concepto de pecado, como dogma, como verdad revelada.  Ni Caín ni Abel fueron engendrados en la semejanza de Dios, porque no hay gracia. Caín y Abel fueron engendrados en el pecado original. Tienen un mismo padre, pero diferente madre. Esto Bergoglio no lo puede enseñar porque no cree en el Paraíso, en las palabras reveladas, sino que las interpreta a su manera. Para él, el génesis es un cuento de hadas, no la realidad de la vida sobrenatural.

Bergoglio sólo está en su idea ecológica: la fraternidad.

El hombre existe en un universo y, por tanto, coexiste con todo lo demás, se une a todo lo demás, se relaciona con todo lo demás, con una necesidad absoluta, como algo inscrito en su ser, que está por encima, incluso de su libertad como hombre: es como un imperativo de ser del universo, de encajar en el universo, de relacionarse con todo el universo, de ser hermano de todos. Es el falso misticismo propio de Bergoglio: quiere abarcar en su mente la totalidad de las cosas, unidas entre sí de una manera mágica, cósmica, universal, fraternal.

Por eso, habla de que la vida plena necesita de un anhelo indeleble de fraternidad: es el amor al hombre puesto por encima del amor a Dios.

La plenitud de la vida sólo es posible en el anhelo infinito de Dios: si el alma no desea lo divino, de una manera indeleble, no puede amar al hombre, al prójimo, a la creación.

Pero Bergoglio dice: «Así, la conversión a Cristo, el comienzo de una vida de discipulado en Cristo, constituye un nuevo nacimiento que regenera la fraternidad como vínculo fundante de la vida familiar y base de la vida social» (8 de diciembre del 2014). Lo que funda la vida familiar y social es el amor fraterno, no el amor de Dios, no la ley eterna, no la ley natural. Por eso, habla de una conversión totalmente contraria a la que enseña san Pablo en su carta a los Corintios. Habla de que la persona se convierte para una fraternidad: regenera la fraternidad. Es su idea herética de la ecología: como todos somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos. Anula la conversión para ser hijo de Dios. Quien se convierte a Cristo, recibe la gracia que le regenera en un hombre nuevo: el ser hijo de Dios. Bergoglio se carga la gracia, anula el amor de Dios, y se pone por encima de toda ley natural, divina y de la gracia.

Bergoglio tuerce el concepto de hermano que san Francisco utiliza en sus obras. Para San Francisco de Asís todo hombre es hermano porque tiene una naturaleza humana. Somos hermanos porque poseemos una naturaleza humana: ése es el sentido del amor al prójimo, que enseña Jesús en Su Evangelio: ama al prójimo como a ti mismo. Se ama al otro porque cada hombre ama su naturaleza humana. Es la ley natural. Amo al otro porque amo su naturaleza humana, que es también la mía, aunque en otro cuerpo, con otra alma, guiada por otra persona.

Por ley natural, los hombres se aman a sí mismos y, por tanto, aman a todo hombre que tenga una naturaleza humana como se tiene en sí mismo. Esto, tan sencillo, lo tuerce Bergoglio.

Hay que amar al otro porque no encontramos enemigos, contrincantes: «en los que encontramos no enemigos o contrincantes». Y esto es una gran mentira. Hay que amar al otro porque es hombre, porque tiene una naturaleza humana. Pero en el otro, no se puede amar lo que nos hace enemigos: su pecado. Se ama al pecador, pero se odia su pecado, se aleja uno de su pecado, se pone un muro entre su pecado y la vida de uno.

El hombre, para amar en la verdad a sus semejantes, tiene que juzgar el pecado del otro y darle al otro lo que se merece, lo que el otro busca en su misma vida de hombre: una justicia para su pecado. Esto es lo que anula Bergoglio, por estar en su idea ecológica, que es un falso misticismo, es un panenteísmo y es la concepción masónica de la vida del hombre: la falsa tolerancia.

No se puede acoger el pecado, el error del prójimo, que es lo que quiere Bergoglio: «hermanos a los que acoger y querer». No se puede querer la herejía, el pecado, la mentira, el error de una persona. No se puede tolerar que las personas vivan sus vidas engañando con sus mentes a los demás, como hace Bergoglio. No es digno de un Obispo ser mentiroso. No hay respeto a un Obispo que miente cada día en la Iglesia. No hay obediencia a la mente de un Obispo que se ha pervertido por estar fornicando con la mente de todos los hombres, que viven en el error de sus vidas.

Esto es lo que muchos católicos todavía no han comprendido de Bergoglio: le siguen obedeciendo. Pero, ¿a qué le obedecen? ¿A su sonrisa? ¿A su cara bonita?

La obediencia en la Iglesia es a la Jerarquía que da, que enseña, que guía, en la Verdad. Bergoglio no da, ni enseña ni guía en la verdad. Entonces, ¿por qué los católicos viven un disparate en la Iglesia al someterse a un hombre que no vale para nada en la vida eclesial, que no es camino para salvar el alma ni para santificarla? ¿Por qué?

Porque los católicos, que obedecen a Bergoglio y a toda la Jerarquía que se somete a ese charlatán, son como Bergoglio: no tienen fe católica, no son de la Iglesia Católica, no sirven para ser Iglesia, para obrar en la Iglesia la verdad de la doctrina de Cristo.

«En la historia de los orígenes de la familia humana, el pecado de la separación de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión traduciéndose en la cultura de la esclavitud (cf. Gn 9, 25-27), con las consecuencias que ello conlleva y que se perpetúan de generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación de la dignidad y los derechos fundamentales, la institucionalización de la desigualdad» (8 de diciembre del 2014).

Fíjense el disparate que dice este hombre, este necio que cuando habla da la verdad de lo que es: un demonio.

Bergoglio no comprende la maldición de Noé y llama a todo eso: cultura de la esclavitud. Ha anulado la obra de expiación del pecado que esa maldición conlleva, pero que Bergoglio no puede verla, como no ve la maldición que hace Dios de la creación cuando Adán peca.

El problema del hombre actual, lo que se ha transmitido de generación en generación es esa cultura de la esclavitud. Anula el pecado en la generación del hombre. Todo hombre –para Bergoglio-  nace santo; es la vida, las circunstancias, esa tara de esa cultura de la esclavitud que arrastra la sociedad, el mal en el hombre y en el mundo.

¿Han captado el disparate? El pecado no es un dogma, no es una verdad revelada en el Paraíso, que tiene una raíz espiritual y, por lo tanto, unas consecuencia espirituales para todo hombre, que se transmite de generación en generación, sino que es un asunto humano, de culturas: es la cultura de la esclavitud. Y sobre esta base herética, totalmente contraria a la verdad que Dios ha revelado, construye su mensaje de la paz diciendo que todos somos hermanos y que nadie es esclavo.

¿Ven la estupidez de este hombre? ¿Todavía no la ven?

Así está la Iglesia: llena de estúpidos como Bergoglio.

Un hombre estúpido es el que dice esto: «El que escucha el evangelio, y responde a la llamada a la conversión, llega a ser en Jesús «hermano y hermana, y madre» (Mt 12, 50)» (Ib.).

¡Pero qué estúpido que es Bergoglio que pone la cita y da una idiotez de interpretación! ¡No seas estúpido! ¡No cites el Evangelio para después dar tu mentira! ¡Bergoglio mismo se condena en sus mismas palabras!

¿Qué dice Mt 12, 50? «He aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo aquel que hiciere la Voluntad de mi Padre, que está en los Cielos, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre». Hay que hacer la Voluntad del Padre para ser hermano de Cristo. No hay que escuchar el Evangelio. Hay tantos hombres que escuchan la Palabra de Dios y después hacen sus propias voluntades humanas, que no pueden ser hermanos de Cristo, aunque crean en Cristo.

Hay que cumplir con la Voluntad de Dios, no hay que responder a la llamada de la conversión. Dios llama a las almas a convertirse, a salir de su vida de pecado.  Pero una vez que el hombre sale, se convierte, tiene que aprender a hacer la Voluntad de Dios. Y si no aprende eso, vuelve a su pecado.

Bergoglio nunca habla de la Voluntad de Dios. Ya lo ven cuando cita este pasaje. No declara el pasaje como es, no puede hablar de la Voluntad del Padre, porque no cree en Dios Padre. Bergoglio cree en su concepto de Dios, en su concepto de Dios creador, en su concepto de Dios Padre. Pero Bergoglio no cree en el Padre como el que engendra a Su Hijo en Su Voluntad. Esto no le entra en cabeza; él no puede entrar en el Misterio de la Santísima Trinidad porque no cree en ese dogma: «No creo en un Dios Católico». Entonces, ¿qué haces en la Iglesia Católica? ¿Para qué estás sentado en la Silla de Pedro? Para destruir la Iglesia Católica, la fe católica en las almas con su palabra barata, rastrera y blasfema, que es lo que hace cada día. Y muchos católicos, muchos teólogos ni se han enterado –todavía- de esta destrucción.

Al torcer el Evangelio de Mateo, le sale otra herejía, que es una clara blasfemia contra el Espíritu Santo:

«No se llega a ser cristiano, hijo del Padre y hermano en Cristo, por una disposición divina autoritativa, sin el concurso de la libertad personal, es decir, sin convertirse libremente a Cristo. El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38)» (Ib.).

El imperativo de la conversión: esto es Hegel.

Eres hijo de Dios por el imperativo de la conversión. No eres hijo de Dios por gracia y por libertad. Este Misterio, el de la gracia y la libertad, queda anulado en Bergoglio.

Bergoglio no comprende la conversión del hombre: El hombre se convierte por una gracia divina, que le toca en su corazón y que le abre para responder a esa gracia. El hombre, en su libertad, responde o no responde a esa gracia. Esa gracia es un don de Dios, que el hombre no se merece. Esa gracia no es una exigencia de Dios, no es una disposición autoritativa de Dios, porque Dios no impone nada. Dios lo regala todo.

El hombre, en su libertad, responde o no a Dios, a ese regalo divino. Y responde libremente, no por imperativo. En la libertad, el hombre no está coaccionado: es libre. Nada ni nadie le impera. La conversión no le impera para convertirse, para elegir. El hombre elige sin imperativo, sin coacción. Si hay imperativo, si la conversión es un imperativo, entonces el hombre no es libre.

Es lo que está diciendo Bergoglio: se es hijo de Dios por imperativo de la conversión. Es decir, no eres libre en tu conversión. Esto es el imperativo de la razón de Hegel: el hombre hace las cosas por imperativo de su razón, con la coacción de su razón. No puede quitarse la razón para ejercer su libertad. Es una libertad impuesta por la razón, que no es libertad. Esto es una gran blasfemia contra el Espíritu Santo, porque Dios ha creado a todos los hombres libres. Y en su conversión, los hombres siguen siendo libres. No existe el imperativo de la conversión.

En este planteamiento de su falso misticismo, de su falsa fraternidad, de cargarse todo el dogma, tiene que decir otra herejía:

«Todo esto demuestra cómo la Buena Nueva de Jesucristo… también es capaz de redimir las relaciones entre los hombres, incluida aquella entre un esclavo y su amo, destacando lo que ambos tienen en común: la filiación adoptiva y el vínculo de fraternidad en Cristo. El mismo Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15)».

Jesús ha redimido la esclavitud, la cultura de la esclavitud, las relaciones entre un esclavo y su amo. ¡Tamaña barbaridad! ¡Necio discurso de un hombre sediento de la gloria humana! ¡Estúpida cabeza de un loco que se cree superior a todos porque se sienta, en su orgullo, en la Silla de Pedro!

El evangelio, la Buena Nueva, no redime las relaciones entre los hombres. La Palabra de Dios redime las almas de los hombres: las salva del pecado, purifica sus corazones y transforma al alma en otro Cristo. Si el alma imita a Cristo en su vida, si el alma se asimila a Cristo en su vida, si el alma se niega a sí misma en su vida, entonces salva y santifica a los demás hombres, irradia la verdad, el amor de Cristo: obra la santidad en la familia, en el matrimonio, en lo social, en el estado, en la Iglesia.

Los hombres no tienen en común ni la filiación adoptiva ni el vínculo de la fraternidad. Esta es la idea ecológica. Esto es lo principal en la ecología: como somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos. Este es el eje central de toda la herejía de Bergoglio. Y esta idea está en todas sus homilías y escritos. Y esta idea la va a reflejar en ese documento blasfemo que va a sacar, próximamente, sobre la ecología.

Bergoglio, en su blasfemia contra el Espíritu Santo, está construyendo una nueva iglesia, con una nueva doctrina, con un falso cristo, con un falso evangelio, con un falso magisterio. Y los católicos como imbéciles, detrás de este blasfemo. ¡No tienen vergüenza!

El grave problema de la ecología es torcer la Palabra de Dios para expresar el negocio de los hombres. Se apoyan en todos los santos, en el magisterio de la Iglesia, en la Sagrada Escritura, para poner de relieve una grave blasfemia: el hombre, el culto al hombre en la creación.

Para el ecologista no se puede hablar de esclavitud, del dominio de la naturaleza humana, que Dios revela en Su Palabra: «Procread y multiplicaos; y henchid la tierra; sometedla y dominad…» (Gn 1, 28). Este domino, esta esclavitud va en contra de la fraternidad para el que sigue la herejía del ecologismo.

Para el ecologista, el hombre no está por encima de la naturaleza, no la domina, sino que está dentro de la naturaleza: es el panenteísmo: el ser humano está en el mundo y con todas las cosas: la libertad del hombres se realiza en el interior del mundo, no sobre el mundo, no dominando al mundo, sino siendo uno con todas las cosas del mundo.  El mundo, la creación le impera al hombre para obrar con libertad.

Lo que tiene valor es la creación, no el hombre. Es el panenteísmo: Dios crea la creación de sí mismo, no de la nada. Por tanto, toda la creación es divina, sagrada. El hombre es parte de esa creación sagrada, divina, y no puede dominarla, esclavizarla. El hombre es sagrado y, por eso, Bergoglio, predica que la persona humana es sagrada. El hombre, al ser sagrado, se une a la creación, que también es sagrada. No tiene que dominarla, sino establecer relaciones para no dañarla, para no esclavizarla. En esta herejía, que es una blasfemia, del panenteísmo, cabalga toda la ecología.

Y Bergoglio pone, en su blasfemo discurso, una sarta de ejemplos que no tienen nada que ver con la esclavitud, con ninguna cultura de la esclavitud, sino con el pecado de los hombres, en los diferentes países. Para Bergoglio todo es esclavitud: las prostitutas, los emigrantes, los que trabajan de manera ilegal, etc… Pone una serie de ejemplos que sólo muestran una cosa: su comunismo:

«Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite el que pueda ser tratada como un objeto. Cuando el pecado corrompe el corazón humano, y lo aleja de su Creador y de sus semejantes, éstos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos».

La raíz de la esclavitud está en el concepto de la persona humana: Hegel.Todo el problema de los hombres está en la idea, en la mente, dentro de la racionalidad. El culto a la razón del hombre, al lenguaje humano, a la palabra barata y blasfema.

Y, además, es un concepto de la persona en el que se admite el ser tratada como objeto: no existe ese concepto de la persona humana. Ni en teología ni en la filosofía ni en la metafísica. Es un invento de la mente de Bergoglio para destacar una cosa: el bien común.

La raíz de la esclavitud está en el pecado de la persona humana: no está en no ver al otro como hombre, en su dignidad humana. No; está en pecar contra el otro al tratarlo como objeto y, a pesar de que se vea su dignidad humana. No se pierde la visión de la dignidad humana al pecar. Se peca por una maldad, no porque se tenga presente o no el concepto de dignidad humana.

Bergoglio apela a su comunismo: «hermanos y hermanas en la humanidad»: el bien común. Como no buscas el bien común de ser hombre, de tener una naturaleza humana, de respetar al otro porque es una persona humana, porque tiene dignidad, entonces caes en la esclavitud.

Bergoglio niega la propiedad privada, el bien privado de la libertad de cada hombre. El hombre, en su bien privado, en su libertad, elige hacer daño al otro, tratarlo como un objeto, aunque sepa que sea hombre. Siempre la persona comunista ve el bien privado, la propiedad privada, la libertad del hombre como una función social: si quieres ser hombre tienes que hacer un bien común a todos los hombres en la sociedad, en el estado, en la iglesia. Es el comunismo que está fundamentado en el panenteísmo: hay que hacer el bien común porque el hombre, para ser hombre, para ejercer su libertad humana, tiene que estar en el mundo, dialogar con el mundo, ser del mundo, unirse a todo hombre, porque es su hermano, su sagrado hermano.

Y se podría seguir diciendo las herejías que Bergoglio expone en este mensaje para la próxima jornada de la paz, que escribió el día de la Inmaculada. Pero no merece la pena. A nadie le interesa mostrarse ante Bergoglio como enemigo. Todos están tan contentos con este subnormal, que se les cae la baba. Y Bergoglio no es nada en la Iglesia Católica. Nada. Y quien lo tenga por algo, sencillamente escribe, con letras de oro, su misma condenación.

Dejen a Bergoglio en su gran blasfemia, y dedíquense a discernir el camino de la Iglesia, que no está en Roma ni en las Parroquias. No lo tiene la Jerarquía de la Iglesia. Ellos van a salir escaldados de esa falsa iglesia en busca de los católicos verdaderos, que se han dedicado a permanecer en la Verdad, batallando contra todos los hombres, contra todos sus pensamientos y obras en la Iglesia, para seguir siendo Iglesia.

El que es de Cristo no necesita a Bergoglio como Papa. Lo que necesita es dar testimonio de la Verdad a todo aquel que se atreva a dar publicidad a las herejías de un charlatán, que sólo vive para alimentarse de la gloria, del dinero y del poder de los hombres.

Escupan la mente de Bergoglio, porque dentro de ella está toda la blasfemia del demonio para la Iglesia.

¡Ay de aquel que no se atreva a dar una patada a Bergoglio por el falso respeto y la falsa obediencia a un hombre que no se merece ni los buenos días!

¡Es una vergüenza lo que hacen muchos católicos que ven la herejía de Bergoglio y que por un falso amor al hombre lo siguen sosteniendo porque así creen que no hacen mal a la Iglesia! ¡Son ellos los que destruyen la Iglesia sosteniendo, obedeciendo a un hereje como Papa! ¡Ningún Papa es hereje ni puede serlo! ¡Cuántos católicos, y renombrados católicos, desconocen esta verdad! ¡Qué infierno van a tener por estar dando buena y mala publicidad a un hereje!

La raíz espiritual de las guerras entre los hombres

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El mundo de los hombres tiene su reflejo por la batalla espiritual entre ángeles y demonios. Esa lucha se inicia en la Creación, cuando Dios crea a los espíritus. Hubo una división, un cisma, que hizo que dos mundos espirituales se opongan siempre.

El misterio del pecado de Lucifer no se puede comprender desde lo humano, sino que es necesario meterse en ese mundo invisible, y entender cómo vive un espíritu y cuál es el fin de su existencia.

La vida de un espíritu y su fin son totalmente diferentes a la vida de un hombre y el fin que Dios le ha puesto.

El espíritu es para Dios, no para los hombres. Dios es Espíritu, no es carne, no es algo material. Y crea ángeles para una obra sólo espiritual. El ángel no es para una obra humana. El hombre es para algo humano. Pero el ángel sirve al hombre para que éste encuentre el sentido de su vida, no sólo humana, sino espiritual.

Cuando Dios crea al hombre, le da un espíritu. Y ese espíritu humano sólo pertenece a Dios; no es del hombre. Es un don de Dios a la naturaleza humana para que pueda entrar en el mundo espiritual. Sin el espíritu humano, el hombre sólo vive para lo humano, pero es incapaz de amar a Dios, que es Espíritu. Sólo se puede amar a Dios con Su Espíritu, en Su Espíritu, desde Su Espíritu.

El hombre es alma, cuerpo y espíritu; es decir, es un ser espiritual. No es sólo un ser racional: no sólo posee una mente, una razón, una luz natural. Posee la inteligencia del Espíritu, que es la Mente de Dios. Posee una luz espiritual.

Pero, en esta naturaleza espiritual, el hombre necesita, no sólo tener un espíritu, sino ser hijo de Dios. Dios crea a los ángeles y a los hombres, pero no son hijos de Dios. Son seres que Dios crea, con una naturaleza propia y dependientes de Dios. Para que los ángeles y los hombres sean hijos de Dios, es necesario la Gracia. La gracia es la misma vida de Dios en la criatura dependiente de Él. Esa vida divina es distinta a la vida del Espíritu. Dios es Espíritu, pero su Vida son Tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La Vida Divina es la Vida del Padre, que engendra a Su Hijo en el Espíritu. Es la relación entre estas Tres Personas Divinas. Es el Amor de los Tres. Es la Obra de los Tres. Es la Vida de los Tres.

«Era la Virgen santa en el cuerpo y en el espíritu, y podía decir con especialidad: Nuestro trato es en el cielo. Santa era, repito, en el cuerpo y en el espíritu, para que nada dudes acerca de este acueducto. Sublime es en gran manera, pero no menos permanece enterísimo. Huerto cerrado es, fuente sellada, templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo. No era virgen fatua, pues no sólo tenía su lámpara llena de aceite, sino que guardaba en su vasija la plenitud de él» (San Bernardo, En la Natividad de la Bienaventurada Virgen María -Sermón llamado “Del Acueducto” (8 de septiembre)).

Dios crea al hombre con tres cosas: alma, cuerpo y espíritu. Pero también le da la Gracia. Adán fue creado en Gracia, pero no tenía toda la Gracia. La Virgen María fue creada en Gracia, pero en toda la Gracia.

Son dos creaciones distintas en Dios. Dios creó a Adán del polvo de la tierra; pero la Virgen María fue creada del Espíritu Divino. Adán, por ser polvo, puede pecar. El polvo significa no tener toda la Gracia: creado sin la Gracia Plena. La Virgen María, creada del Espíritu, es Inmaculada: no puede pecar. Dios obró en sus padres y realizó el milagro del Espíritu: crear un ser no sólo espiritual sino divino. Ese ser es una Mujer. Ya no es el hombre Adán. Adán fue creado con la capacidad de pecar; la Virgen fue creada sin la capacidad de pecar. Es la mujer la que no puede pecar. La mujer es más importante que el hombre. El hombre, al poder pecar, no es camino. La mujer, al no poder pecar, es camino. La Virgen María es el camino para encontrar a Dios. Sin Ella, no hay salvación, no hay santidad. Sin la Mujer, el Verbo no se hubiera encarnado.

El milagro del Espíritu consiste en poner en esa creación toda la Gracia, toda la Vida de Dios, esa Vida de las Tres Personas, en donde no es posible el pecado.

Este milagro, Dios no lo hizo cuando creó a Adán: lo creó de la nada, pero no con toda la Gracia. Y este misterio divino en la creación de Adán es diferente al misterio divino en la creación de la Virgen María.

Por un hombre, Adán, vino el pecado en el mundo; por una mujer, la Virgen María, el hombre se encontró con la Verdad de su existencia humana: una vida para no pecar. La Virgen nos dio a Jesús, que es más que un hombre: es Dios y Hombre verdadero. Jesús no es un hombre como todos los demás. Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se muestra en una carne humana, pero que no es un mero hombre, no es una persona humana. Y, por tanto, Jesús no necesitaba una vida humana como la entienden los hombres. Y su misión como Hombre era sólo realizar la Obra Redentora, que el Padre quería para salvar al hombre de Lucifer.

arcangel San Miguel

Dios creó a los espíritus, pero uno de ellos, Lucifer, se rebeló. Lucifer, que es espíritu puro, es decir, no tiene materia, no es creado de la materia, pecó: eso quiere decir, que cuando Dios lo creó no puso en él toda la Gracia. Lucifer tenía la capacidad para pecar. Por eso, no se mantuvo en la verdad de su ser, sino que se rebeló contra esa verdad. Y, a partir de ahí, comienza la batalla espiritual, en el Cielo, entre los ángeles que no pecaron y los que pecaron: ángeles y demonios.

El Misterio del pecado en los ángeles no se puede comprender. Si Lucifer pecó, porque no tenía toda la Gracia, entonces los demás ángeles que se mantuvieron en la gracia ¿por qué se mantuvieron? ¿Tenían todos toda la gracia para no pecar? Si el ángel más bello en la creación espiritual de Dios fue Lucifer, y éste no tenía toda la gracia, entonces lo demás tampoco, y ¿por qué unos pecaron y otros no?

El Misterio del pecado es algo que no se resuelve en este mundo. El mal siempre va a estar ahí, de una manera u otra, porque también estuvo al principio de la Creación espiritual de Dios.

Cuando Dios crea a Adán, el demonio está presente: siempre el Mal acompaña a una acción divina. Siempre el Mal imita la misma obra de Dios. Allí donde Dios está, también está el demonio.

Adán peca por el demonio, no por sí mismo. Adán no se mantuvo en la verdad, que Dios le dio en el Paraíso, sólo por la obra del demonio en Eva. El demonio trabajó en Eva para hacer caer a Adán en el pecado. El pecado es siempre la obra de Lucifer. Lucifer, en su caída, arrastró a muchos ángeles a su obra luciferina. Quien tienta a Eva, en el Paraíso, es Satanás, no Lucifer. Lucifer es el orgullo; Satanás es la soberbia. Satanás habla a Eva: le da razones para pecar. Eso es la obra de la soberbia. La obra del orgullo es levantarse sin más, aunque no se posea una razón. El orgulloso no mira razones, verdades, ideas. El orgulloso sólo se mira a sí mismo: quiere estar arriba, elevado, porque se ama sólo a sí mismo. Y, aunque encuentre una razón para no enorgullecerse, la deja siempre a un lado; nunca hace caso del razonamiento, ni siquiera lógico.

La obra de Satanás en Adán es crear una humanidad que batalle contra la humanidad que crea Dios: es la lucha entre los hijos de Dios y los hijos de los hombres.

Adán fue el padre del pecado: en él, todo hombre peca. Es decir, todo hombre nace como un demonio, como hijo de hombre. No nace como hijo de Dios. No nace en Gracia. Adán fue creado en Gracia; los hombres, por el pecado de Adán, nacen todos en desgracia; es decir, sin la gracia. Nacen con un espíritu, pero no poseen la vida de la gracia.

Desde el pecado de Adán, la humanidad se divide en dos siempre: los hijos de Dios y los hijos de los hombres: los que están en gracia y los que viven en su pecado. Y, por eso, desde Adán, siempre hay guerras. Y no puede no haberlas. Es necesario que los hombres se maten. Es una ilusión, es una fábula, tener un mundo de paz. Sólo es posible la paz cuando no se da el pecado. Pero siempre que hay un pecado, hay una guerra.

Todas las guerras que se dan entre los hombres son porque entre ángeles y demonios hay una lucha. La lucha entre los hombres es por una lucha entre los espíritus.

La primera y segunda guerra mundial es un asunto espiritual, no humano. En lo humano, venció el comunismo en la primera guerra; en la segunda, el sionismo.

Caín mató a Abel: venció el demonio de Caín al ángel bueno en Abel. Los demonios toman posiciones en la lucha espiritual con los ángeles. Esas posiciones son en los hombres: poseen a los hombres, los obsesionan, los llevan a estados de pecado. Caín es hijo del hombre: no tiene gracia. Abel es hijo de Dios: tiene la gracia. Cuando Caín mata a Abel, Caín queda poseído de un demonio para siempre. El demonio tomó posición en los hombres. Y llevó a toda la generación de Caín a batallar contra los hijos de Dios.

En la primera guerra mundial, vence el comunismo y entonces hay una posesión demoniaca en todo el país de Rusia. Por eso, la Virgen pide la consagración de Rusia: es la única manera de quitar esa posesión. A partir de esa guerra, el comunismo se va afianzando, consolidando, siendo una fuera política, económica y humana-militar.

En la segunda guerra mundial, vence el sionismo: los judíos, el estado de Israel. Y vence, precisamente, luchando contra el fascismo, el nazismo, que es la fuerza demoniaca para anular al pueblo judío. Pero este pueblo judío es otra fuerza del demonio. Son dos fuerzas espirituales, en el mismo bando, es decir, son demonios los que luchan entre sí y mueven a los hombres a luchar, para conseguir entre los hombres un fin: poner el estado de Israel.

Ninguna de las dos guerras mundiales fue justa: es decir, nunca intervino Dios en ellas. Fueron guerras provocadas por los mismos demonios, por los mismos hijos de los hombres. Los hijos de Dios sufrieron en esas guerras. Unos actuaron matando hombres. Otros no. Sólo a Dios le compete juzgar la actuación de los hijos de Dios en esas guerras. Pero el fin de las guerras lo llevaron a cabo los hijos de los hombres, no los hijos de Dios.

Entre Caín y Abel, la guerra espiritual fue entre el demonio y el ángel bueno. Venció el demonio en esa batalla.

Pero en estas dos guerras, fueron los demonios, no los ángeles. Y no hubo vencidos entre los demonios, sino sólo entre los hombres: vencieron todos los demonios, porque consiguieron en los hombres lo que se proponían.

Cuando Dios no se mete en una guerra, entonces siempre el agresor es injusto. Y lo es de ambos lados. Y cuando ambos lados son injustos, entonces no hay que meterse a solucionar nada, porque no se lucha por una Justicia, sino por una injusticia.

Al agresor injusto sólo se le ataca en la justicia, no en la injusticia. Porque, en la injustica, el agresor no atiende a razones. Por eso, hay muy pocas guerras justas, santas, que Dios quiera. En el AT, hay ejemplos de esas guerras. En nuestros días, ninguna guerra es justa. Todas están llenas de intrigas, malas intenciones, intereses creados, etc.

Lo que hace ISIS es claramente demoniaco: son los musulmanes que se levantan contra el sionismo. Son los mismos demonios quienes provocan esta matanza. Y lo que tiene que hacer el hombre en esto es no involucrarse, sino dejar que ellos mismos acaben su pelea. En el momento en que otras naciones quieren tomar parte en esta guerra sectaria, viene todo el problema.

La idea del demonio es siempre que el hombre atienda a la obra del pecado. El demonio levanta a un grupo, ISIS, bien armado y patrocinado, con cifras de 2 billones de dólares a su disposición, que está operando en Irak y estableciéndose por toda Siria y Jordania, para un plan concebido desde antiguo. Es el inicio del plan para crear un enorme conflicto de dividir y vencer, entre los musulmanes chiitas y los sunitas. Es una guerra sectaria, entre ellos. Y, por supuesto, no para ellos, sino para involucrar a todo el mundo.

Si los hombres tuvieran fe verdadera en Dios, si vivieran en la Gracia Divina, con la oración y con la penitencia, se acaban todas las guerras. Sólo con la fuerza espiritual, los hijos de Dios vencen a los hijos de los hombres. No se vencen con armas, con planes militares.

Pero como los hombres no viven en Gracia, entonces ante lo que hace ISIS entran en el juego de los demonios.

La primera y segunda guerra mundial es un plan demoniaco en la humanidad: un plan fabricado por el mismo demonio para poner el Anticristo. Ese plan nació cuando el demonio pidió permiso a Dios para destruir la Iglesia (cf. visión de León XIII). En ese plan del demonio, está la tercera guerra mundial.

Una vez que ha conseguido poner el comunismo y el sionismo, que son las dos fuerzas claves para su gobierno mundial, tiene que crear una destrucción que atraiga la atención de todo el mundo. Para eso, coge la fuerza militar del islam, que nació para destruir toda la Cristiandad. Y esa fuerza militar la pone en contra del sionismo, sólo para captar la atención, para crear un vórtice y hacer que todo el mundo se involucre. Y, claro, en la medida que cortan cabezas de gente de todos los países, no sólo de sacerdotes, sino de civiles…, las distintas naciones se irán armando contra ISIS.

No hay que caer en el juego del demonio: ver eso como una agresión injusta que pide defenderse con las mismas armas. Es todo injusto en eso. ISIS es sólo un montaje de los Illuminati para poner el desorden que el mundo necesita para establecer el nuevo orden mundial. Sólo se para a ISIS con oración y penitencia.

Pero, he aquí el problema, el grave problema: en la Iglesia no hay una cabeza espiritual, que haga oración y penitencia por los pecados. Quien guía a la Iglesia, en la práctica, es un masón, que ha quedado engañado por el mismo juego político de los hombres, y que apoya la intervención militar contra ISIS. Un masón que proclama que todos los hombres son hermanos y que, por tanto, desconoce la realidad del islamismo. El islamismo nació para aniquilar a los hombres. Y es lo que contemplamos: están cortando cabezas. Porque ellos no ven a los hombres como hermanos, sino como enemigos.

Lo grave es que, aunque se pida oración y, aunque las almas oren y hagan penitencia, no hay una fuerza espiritual para vencer a los demonios.

Si la cabeza legítima no gobierna la Iglesia, el demonio vence en todas las partes del mundo porque no encuentra oposición, sino una aceptación de su juego. El plan del demonio es involucrar a todo el mundo en su juego, para crear un desorden mundial en todas partes, porque lo que se trata es de formar un estado global, con un gobierno global y un ejército global, que rija a toda la población mundial. Para eso se necesita un problema mundial.

ISIS es la pieza clave para dar paso a lo que bien podría ser el desencadenamiento de la Tercera Guerra Mundial: es el problema mundial para poner una solución mundial.

El demonio es muy astuto. Y estamos en el tiempo del Anticristo. Y, por tanto, tiene que verse la tercera guerra mundial. Hay que sufrir esa guerra, ese desorden en todas partes.

Cuanto más se vayan involucrando las naciones en el problema creado por ISIS, más cerca está la tercera guerra mundial. Si los hombres, de verdad tuvieran fe en Cristo, todo esto no hubiera pasado.

Si la Jerarquía de la Iglesia hubiera obedecido a la Virgen consagrando a Rusia, las cosas serían de otra manera. Pero nadie hizo caso a la Virgen cuando pidió la consagración. Nadie hizo caso cuando fue leído el tercer secreto de Fátima: la Jerarquía se metió en un Concilio que Dios no quería, que abría el campo para la desunión en toda la Jerarquía de la Iglesia.

Nadie ha hecho caso a los diversos profetas que el Señor ha puesto en estos años para que la Jerarquía viera los errores en que estaba metida. Y, de esa manera, la Jerarquía infiltrada –la masonería- se ha hecho con el poder de la Iglesia.

Y ahora tenemos una Jerarquía Apóstata de la fe, que juega con el demonio y lleva a todo el Rebaño fuera de la Iglesia que ha fundado Cristo en Pedro. Han construido un falso Cristo: el Cristo cósmico; y una falsa Iglesia: universal, donde entran todos. Y eso ya se puede percibir. Y eso está en unión con la tercera guerra mundial.

Porque hay que provocar un cataclismo social en que la gente ya no crea en los hombres espirituales: que la gente se desilusione de tantos sacerdotes, obispos, cardenales, que viven como uno de tantos; que la gente vea que ya la Iglesia Católica es como todas las demás y, por tanto, ya no es seria; que la gente entienda que cualquier espiritualidad vale para salvarse.

Como los hombres siempre están ansiosos de creer en algo, de buscar una espiritualidad, una religión, entonces ante el desastre que ven, sin una Verdad, sin una guía, sin una luz verdadera en la fe, aparece el Anticristo con su doctrina, que es la misma que la de Lucifer: el orgullo de vivir, aunque la mente esté pervertida por muchas ideas, filosofías, teologías, errores, mentiras, falsedades, engaños… No importa la idea; lo que interesa es vivir la vida en paz y, por tanto, alzarse contra el que no quiera esa doctrina luciferina.

Bergoglio ya lanzó esa idea: vive y deja vivir. Eso es Lucifer. Vive su rebelión contra Dios, independientemente de cualquier idea.

Por eso, en la Iglesia se ha iniciado la división de la Verdad, que es triturar toda la verdad para que no quede nada de ella. Y los hombres vivan de cualquier manera buscando sólo su orgullo.

Cuando no hay una norma de moralidad entre los hombres, entonces las guerras se hacen justas y santas. Es lo que quiere el demonio con ISIS: que todos vean la necesidad de entrar en batalla y parar eso.

Es todo un montaje de los hombres. Por supuesto, de esos hombres que nadie conoce, pero que mueven todos los hilos de todos los gobiernos en el mundo.

El orgullo de Francisco para legalizar el pecado

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«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia»

Aquí, el Señor, da a Pedro – y sólo al Romano Pontífice- el Primado de honor y de jurisdicción en toda la Iglesia.

En otras palabras, por institución divina el Romano Pontífice es la Cabeza de toda la Iglesia. Él solo gobierna la Iglesia, sin necesidad de más cabezas. Así Dios lo ha decretado en Su Palabra.

Por derecho divino, todos los Obispos son iguales, tanto en razón del orden como en la jurisdicción. Todos los Obispos mandan, enseñan y santifican en la Iglesia. Pero el Señor ha puesto el Poder Divino sólo en el Romano Pontífice. Y si Pedro no delega su poder en los Obispos, éstos no pueden hacer nada en la Iglesia.

Pedro, al comunicar ese Poder a los demás Obispos, hace nacer la Jerarquía, la pirámide en la Iglesia, la verticalidad. Es una Jerarquía de jurisdicción, que imita la Jerarquía de orden. En la Jerarquía de orden están los tres grados: diacono, sacerdote, obispo. Por consiguiente, entre el Papa y los Obispos, emanan una serie de grados que, mediante el derecho eclesiástico, se van formando: arzobispos, obispos, primados, patriarcas y demás ordinarios. Pero todos ellos bajo Pedro.

Esta estructura vertical ha sido demolida por Francisco al poner ocho cabezas en el gobierno de la Iglesia. Automáticamente, Francisco queda sin Poder Divino; sólo con un poder humano, que da a los suyos poniendo otra estructura. Francisco tiene que cambiar todas las leyes eclesiásticas, porque ya no le sirven para su gobierno horizontal.

Francisco, por derecho divino, tiene el poder de jurisdicción; pero lo anula al colocar su gobierno horizontal. Y, por tanto, él se queda sólo con un poder humano en la Iglesia, haciendo una iglesia que no pertenece a Cristo, que no es la Iglesia de Cristo.

Los que sepan de derecho canónico, saben que Francisco no es Papa. Ha roto el orden en la jerarquía de jurisdicción. Se inventa su propio orden, que ya no puede ser una jerarquía, sino algo que imite a los gobiernos del mundo.

Por muchos caminos, se puede ver que Francisco no es Papa. Y es desalentador cómo la gente estudiosa, pierde el tiempo hablando de las canonizaciones y de las irregularidades que se han dado, para terminar su discurso diciendo que Francisco es Papa o tiene autoridad para hacer eso. Si comprobáis que para llevar a cabo esas canonizaciones se han dado muchas irregularidades, ¿por qué no termináis vuestro discurso con la sencilla verdad: Francisco no es Papa? ¿Por qué seguís manteniendo, a pesar de ver los errores, las herejías, las blasfemias que dice ese tipo, que Francisco es Papa?

La razón: los teólogos, los canonistas, los filósofos, tantos sacerdotes y Obispos, que se han puesto por encima del hombre, que se han colocado por encima de la Palabra de Dios, y ya no saben ni creer en la Palabra ni servir a las almas en la Iglesia con la verdad, porque buscan una idea de su mente para no creer. Todos están dando vueltas a sus ideas y tienen miedo de concluir: Francisco no es Papa. Se han inventado la obediencia a una estructura en la Iglesia. Pero ya no obedecen la Verdad en la Iglesia; no obedecen a Dios, sino a los hombres, a la idea de los hombres, a la ley que el Obispo de turno pone en su diócesis para gobernar la Iglesia. Están dando vueltas a los pensamientos de los hombres, aceptando leyes que impiden ver la verdad como es: Francisco no es Papa.

Y, claro, salen los locos de turno: quieren excomulgar a gente que viendo la Verdad -Francisco es un hereje- , la proclaman ante el mundo; pero como no gusta esa Verdad, hay que inventarse una nueva ley de excomunión. ¡No se puede excomulgar a nadie que diga la Verdad! ¡Es un absurdo! Sólo se excomulga a aquel que niega la Verdad, un dogma.

¡Es que está faltando el respeto al Papa! ¡Es que lo están criticando!

Pero, ¿decir la verdad de lo que es un hombre es faltarle al respeto? Decir que Francisco ha dicho esta herejía, ¿es mentir, es ir en contra de la fe en la Iglesia, es ir en contra de la Palabra de Dios, de un dogma, que dice que Pedro no puede equivocarse en la Iglesia?

«Sobre esta piedra, edifico Mi Iglesia»: sobre la fe de Pedro, la Iglesia es infalible, porque la fe de Pedro es infalible. El juicio a un Papa comienza cuando ese Papa es infiel a su fe. De esa manera, anula su infalibilidad.

La infidelidad de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa, es por su falta de fe en la Palabra de Dios. Si no cree en Cristo, no puede servirlo y, entonces, hace su dictadura en la Iglesia. Cae en el error, en la mentira, en el engaño, da la oscuridad, se muestra como un ignorante en medio de la Iglesia. Son notas de que ese Papa no es Papa, no es infalible.

¡Qué sencillo es ver que Francisco es un impostor! ¡Cuántos caminos hay para contemplar esta Verdad! Y ¡cuánta es la Jerarquía que no ve nada! ¡Cuánta es la Jerarquía sin sentido común, sin dos dedos de frente!

Y esto es muy preocupante, porque es lo que está decidiendo la suerte de toda la Iglesia.

El cisma es la división de la unidad de la Iglesia Católica, la separación del Cuerpo Místico de Cristo.

El centro de esta unidad es el Romano Pontífice. El cisma es separarse de la obediencia al Papa, de la comunión con él.

Francisco es cismático porque ha usurpado el poder; pero también porque se ha separado de la unidad con el Papa. Estableciendo su gobierno horizontal, ha anulado el Papado, y ha convertido su liderazgo en un gobierno político. Y, por tanto, pone sus leyes en la Iglesia.

En el bautizo de la hija de la pareja lesbiana hay que contemplar estas cosas:

1. ¿Cuál es la condición para que se bautice lícitamente un niño? :

“868 § 1. Para bautizar lícitamente a un niño, se requiere: 1.- que den su consentimiento los padres, o al menos uno de los dos, o quienes legítimamente hacen sus veces; 2.- que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres”.

2. ¿Cuál es la condición para ser padrino o madrina de un bautizo?:

“872. En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo”.

“874 § 1. Para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que: 3.- sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”.

3. Para administrar válidamente el Sacramento, la Jerarquía tiene que tener intención. Y, aunque esa Jerarquía, sea herética, cismática, excomulgada, administra válidamente, pero de manera ilícita. La potestad de orden no se pierde por el pecado. Pero esta potestad de orden no es ilimitada, sino que se obra en la Voluntad de Dios.

Es claro que ese hijo no va a ser educado en la fe por su madre, porque vive en un pecado que no quiere quitar, que impide la fe. Y es clarísimo que esa madrina no tiene una vida congruente con la fe y lo que asume en esa fe. Pero no es tan claro, el tercer punto.

Nadie se puede poner por encima de la ley divina.

El poder que las criaturas tienen sólo se puede obrar en los límites de la Voluntad de Dios, no en todos los casos.

Un matrimonio homosexual es una aberración para Dios. Bautizar un hijo de ese matrimonio supone aprobar el matrimonio o esa unión aberrante. No se puede bautizar a un hijo de una pareja de lesbianas si no hay una causa gravísima, como es la inminente muerte de ese hijo. Bautizarlo, en condiciones normales, es aprobar el pecado de esa pareja en la Iglesia, es decir que se está de acuerdo con ese pecado. Es, además, un gran escándalo en toda la Iglesia.

Quien apruebe el matrimonio homosexual o la vida en común de dos homosexuales o lesbianas se pone por encima de la ley de Dios, legaliza un pecado. Y no es cualquier pecado, sino que es un pecado denominado por Dios como abominable. Eso significa una blasfemia contra el Espíritu Santo cuando la persona decide vivir con ese pecado, sin quitarlo y de forma pública. Y hace todos los actos necesarios para que justificar ese pecado ante la Iglesia.

La Jerarquía que aprueba el matrimonio homosexual, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia. Y, por tanto, queda nulo todo cuanto haga en la Iglesia. Su poder queda limitado por la Voluntad de Dios. Si lo usa sin discernimiento, entonces ese poder no se obra. Porque el poder que tiene la Jerarquía es divino, no humano. Lo obra Dios en la Jerarquía. No puede obrarlo la Jerarquía con la sola voluntad humana. Tiene que intervenir Dios. Los Sacramentos se realizan por Dios y por el hombre al mismo tiempo; no son obra de los hombres solamente.

Para que se obre válidamente un Sacramento, cuando la Jerarquía se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es necesario discernir en Dios esa obra. La Jerarquía tiene que ver si Dios quiere que se dé ese Sacramento. Porque Dios tiene el poder para negar su acción en la obra del sacramento.

Este punto es el difícil de explicar a los hombres, porque se creen con poder para todo. El demonio tiene el poder que Dios le dio – a pesar de su pecado-, pero no puede usarlo en todos los casos. Siempre tiene que preguntar a Dios si le da poder para usarlo en determinadas circunstancias.

La Jerarquía, que se pone fuera de la Iglesia, está en la misma situación del demonio, por su pecado de orgullo, por querer legalizar el pecado. Y, entonces, no se puede afirmar que ese bautismo fue válidamente administrado. Tampoco se puede negar; sino que hay que discernir en Dios si Él dio poder a esa Jerarquía para obrar ese Sacramento.

Si la Jerarquía no preguntó a Dios, entonces es claro que Dios negó su poder para realizar ese Sacramento. Dios es el que tiene la sartén por el mango en los poderes que tiene la Jerarquía de la Iglesia. No son los mismos hombres. Todo tiene un límite. Los méritos de Cristo, por los cuales se realiza el Bautismo, no son dados a todas las obras de la Jerarquía. Si la Jerarquía permanece en la Verdad de la Iglesia, entonces el poder de Dios se da; pero si no permanece, si se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es deber de esa Jerarquía preguntar a Dios cuando tiene que realizar un Sacramento. Como esto no se hizo, porque la orden vino de Francisco, entonces hay que concluir que no se dio el Sacramento del Bautismo en este caso.

Los hombres no pueden jugar con el poder que tienen en la Iglesia. La Jerarquía que es infiel a Dios, que puede conocer toda la teología, el derecho canónico, la filosofía, pero que no cree en la Palabra de Dios, entonces su poder siempre tiene un límite en la Iglesia. Y sólo Dios pone este límite, no el hombre.

Dios puede dar el poder a una Jerarquía infiel, herética, cismática, para salvar almas, por Su Misericordia. Y Dios puede negar su poder a esa Jerarquía porque así lo exige Su Justicia Divina.

La Jerarquía no es la dueña de la Iglesia ni de su potestad de orden. Si la Jerarquía no sirve a Cristo, como tiene la obligación de hacerlo, Dios no se somete en todo al pecado de esa Jerarquía, sino va usando, ya Su Misericordia, ya Su Justicia, en las obras de esa Jerarquía herética y cismática.

Hoy asistimos a una Jerarquía que se ha creído con poder para todo porque tiene un Sacramento del Orden. Y se pone por encima de los hombres, de las almas, en la Iglesia, poniendo sus leyes, sus teologías, sus filosofías, sus cánones, para justificar su pecado.

Por eso, hay tantas personas todavía ciegas por lo que es Francisco y la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Ciegas porque son engañadas por las palabras, por el lenguaje humano que emplea esa Jerarquía para tapar su pecado, para legalizar su pecado.

El bautismo de ese hijo es el comienzo claro de un cisma. Un cisma propiciado por la misma Jerarquía, por los mismos que están gobernado la Iglesia actualmente. A muchos les cuesta discernir este cisma y llamarlo por su nombre, porque están con la ilusión de que ese gobierno va a hacer algo por la Iglesia.

Y Francisco sólo se dedica a destruir la Iglesia. Y necesita legalizar el pecado de muchas maneras, pero no sabe cómo. Tiene que hacerlo con estas obras de orgullo. Porque aquí sólo se aprecia el orgullo de ese hombre, al que todos le obedecen para no quedar mal ante los hombres. Todos están tapando las herejías de Francisco. Y eso es muy grave. Esto es la división en toda la Iglesia. División que ya se palpa en muchas almas. División que va a traer más división en la unidad de la Iglesia.

Pero Dios no obedece al orgullo de Francisco; no se somete a su mente humana, sino que le muestra en todo Su Justicia. Y pronto tendrá que dejar todo lo que tiene, a lo que se ha subido, por la Justicia de Dios: todo cuanto sube tiene que bajar. Sólo los humildes, los que levanta Dios permanecen.

Si este bautizo se hubiera realizado en otra iglesia cristiana, no católica, hubiera sido válido, porque no se da el pecado de orgullo de la Jerarquía.

No a Francisco en la Iglesia Católica

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La Iglesia Católica tiene que aprender a decir no a Francisco.

Es importante comprender que la opinión humana, el pensamiento del hombre, sus culturas, sus sabidurías, no es importante en la Iglesia, no tienen valor en la Iglesia, no son un camino en la Iglesia.

Todo lo que importa es la Palabra de Dios, porque esa Palabra es la Verdad. Jesús es la Verdad. Francisco es la mentira. Juan Pablo II es la verdad; Juan XXIII es la verdad; Pablo VI es la verdad; Juan Pablo I es la verdad; Benedicto XVI es la verdad; pero Francisco no es la verdad porque no es otro Cristo, no es el sucesor de Pedro, no es el Vicario de Cristo, no es Papa.

Hay muchos en la Iglesia que no conocen a Jesús. Todos piensan que lo conocen, pero sólo los humildes de corazón, los que permanecen en esa humildad, conocen a Cristo en Su Iglesia. Los demás, por su soberbia, que no quieren quitar -y que, además, la ocultan con apariencias externas de santidad y de justicia,- nunca podrán conocer a Cristo ni ser de Su Iglesia.

Aquellos cuya opinión contradiga la Palabra de Dios, son culpables del pecado de orgullo. Y el orgullo oscurece, no sólo la mente, sino el espíritu, e imposibilita creer en la Palabra de Dios y, por tanto, ponerse en la Verdad. El orgulloso no ve la Verdad, sino sólo su opinión humana en la Iglesia. Y encumbra esa opinión, nacida de su mente, pero no en la Mente de Cristo, delante de todos, en medio de la Iglesia.

Francisco es un orgulloso.

Francisco quiere anunciar a Jesucristo, pero no la Verdad de su Palabra. Quiere un imposible: hacer que los corazones ardan de amor a Cristo sin el amor de Cristo. Quiere dar un atractivo del Evangelio sin la ley natural, sin la norma de moralidad, con un fin humano: dialogar.

Francisco cae en el error de un hombre sin fe: para llegar a un mundo incrédulo, no lo hagas con filosofías, mostrando la ley divina, la ley natural; no centres el tema en cuestiones morales, sino que comienza a dialogar con el hombre, comienza a usar un lenguaje atractivo, que guste al oído del hombre, que le haga vibrar porque ve que tú lo entiendes, estás en su sintonía incrédula. Y, una vez, que has congeniado con él, invítale a tus credos, a dar culto a tu dios, y así le convencerás de tu vida. Esto es lo que hizo Francisco con Scalfari.

Para Francisco hablar en contra del homosexual, del aborto, de los anticonceptivos, etc., es hacer que la gente nos tome como seres resentidos, crueles, no misericordiosos, no comprensivos, exagerados, que no velan por los problemas de los hombres, por el derecho que tienen de ser hombres. Y, por eso, hay que hablar no cansando a los homosexuales sobre temas morales, para no caer en rechazo; hay que hablar a las parejas para que tomen conciencia de la bondad del sexo y se les muestre un camino nuevo para que el sexo sea algo útil en sus vidas, sin el compromiso de los hijos, porque hay muchos problemas económicos, sociales, políticos, que aconsejan no tener hijos, pero sí disfrutar del sexo.

Así tiene que pensar Francisco y hablar si no quiere desfigurar la armonía de su lenguaje humano sobre el Evangelio. Lo que importa es dar un atractivo a la gente, un cariño al que se habla, un consuelo en las palabras, una belleza en el lenguaje, algo que no turbe la conciencia del que escucha, sino que lo deje en su vida de pecado.

Ante este pensamiento de Francisco, la Iglesia tiene que decir: no a Francisco.

Porque si no hablas al homosexual de la Verdad de la Palabra de Dios, sino que le hablas tu lenguaje humano, que tiene miedo de declarar la Verdad para no asustar, para no condenar, para no juzgar; entonces no eres otro Cristo, no das testimonio de Cristo en tu predicación; y esa predicación constituye tu opinión en la Iglesia. Y tu opinión en la Iglesia no sirve, no es importante, no tiene valor, no vale para nada.

Este es el punto más importante para discernir a Francisco: su palabra bella es la condenación para muchos en la Iglesia. Su palabra sólo sirve para condenar, para llevar al infierno, porque está desprovista de toda Verdad. Quien no se ponga así con Francisco, cae en sus redes.

Esa palabra bella, pero sin la verdad, sin la belleza de la Verdad, sin mostrar las exigencias de la Verdad, sin dar el camino para encontrar la Verdad, sin hacer que el hombre que escucha salga de su error y se fije sólo en la verdad, produce condenación en quien escucha a Francisco y sigue su pensamiento.

Francisco no es viril, sino amanerado cuando predica. No es un hombre de Verdad; es un hombre afeminado, temeroso, que duda de lo que está diciendo porque quiere encontrar la palabra que no dañe al otro, que no juzgue al otro, que no condene al otro. Y, entonces, sólo sabe hablar la mentira, porque si dice la Verdad sabe que va a hacer daño.

Francisco usa la técnica propia de un falso profeta: habla cosas que gustan a todo el mundo, que parecen concertadas si no se razonan, en un primer vistazo, pero que tienen una gran maldad en el interior del que lo escucha sin discernir, porque le pone un camino, en su mente, de mentira.

Como Francisco no da la Verdad, no da la ley divina, no da la ley natural, no da la norma de moralidad, sino que esconde todo eso, el alma se encuentra con un mundo de mentira, suave, atractivo, bello para el sentimiento y para la mente, pero un pozo en el que se cae para seguir en el pecado con más fuerza que antes. Porque ya quitar el pecado no es lo importante. Lo que importa es dar un consuelo en el problema que viva la persona. ¡Cuántos sacerdotes son así cuando confiesan! Sólo están en el juego del lenguaje humano, pero no son capaces de hablar la verdad a ese alma para no hacer daño, para no quitarle la venda que tiene. Y, entonces, condenan al alma. Quien tenga miedo de decir la Verdad pone siempre al otro un camino de mentira, siempre le va a sugerir una obra de mentira.

Francisco, al no ser claro en su filosofía, en su teología, en su ética, en su moralidad, -porque se niega a dar la Verdad, que es la que da siempre la claridad, el norte, la luz- entonces su palabra, su homilía, sus charlas, sus declaraciones, serán siempre heréticas. ¡Siempre! Y no se puede dudar de esto. No hay que estar pensando que alguna vez va a decir algo con Verdad, con rectitud, con moralidad, con ética. ¡No puede hacerlo Francisco! Él no se baja de este principio que ha metido en su mente humana: antes es agradar al hombre que a Dios.

Para Francisco, la doctrina moral de la Iglesia, los dogmas en la Iglesia, son sólo cuestión de lenguaje humano. Y sólo eso. No es una cuestión de Verdad, sino de opinión en la Iglesia. Es una idea que con el tiempo va cambiando según los hombres, sus ciencias, sus conquistas, etc. Y, por eso, dice esta herejía en su evangelii gaudium:

“En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje ya no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas”. Hay que revisar los dogmas en la mente de Francisco.

Francisco está hablando con su lenguaje humano, no con la Verdad por delante, y no discierne entre una costumbre y la Verdad, entre un hábito y la verdad, entre un vicio y la verdad. Para Francisco, las costumbres, los usos de los hombres, sus culturas, sus hábitos, sus vicios, son también verdades, normas para el hombre, leyes para el hombre. Y, entonces, tiene que caer el celibato en la Iglesia, tiene que caer los anticonceptivos en la Iglesia, tiene que caer el matrimonio en la Iglesia. Todo dogma, toda verdad en la Iglesia tiene que ser revisada porque hay una costumbre, una cultura, una ley entre los hombres. Hay un problema en la vida de los hombres. Y lo que importa en la Iglesia es dar el mensaje bello, pero herético, del Evangelio, para quitar ese problema. No hay que enseñar el celibato u otras coas en la Iglesia que ya no son moda, porque los hombres viven de otra manera. Los sacerdotes son pedófilos. El problema de la pedofilia es que se obliga al celibato. Pero ya no es el pecado de lujuria del sacerdote. Es que hay una norma que obliga a ser célibes. Y hay que acabar con esa norma, porque son otros tiempos. El celibato ya no vale para transmitir la bondad del Evangelio. ¿Qué malo hay en tener sacerdotes casados? Los tienen los ortodoxos. ¿Por qué no la Iglesia Católica? Así piensa Francisco y muchos, como él, en la Iglesia.

Para Francisco, no existe la Verdad, no existe el Evangelio radicado en una ley natural, en la ley divina, en la Gracia, que Cristo ha conquistado. Francisco niega la Gracia en la Iglesia. Y, por tanto, no puede comprender el pecado y no sabe vivir el celibato o el sexo ordenado en la ley de Dios, porque ha anulado la Gracia. Y anular la Gracia es anular a Cristo y a la Iglesia.

El problema de Francisco es su opinión humana, su lenguaje bello, pero basura, herético, lleno de mentiras, de errores, de engaños, de falsedades, de miras humanas, de conquistas mundanas, de ceguera espiritual.

A Francisco hay que decirle no. ¡No puedes Francisco seguir engañando más a la Iglesia! ¡Deja tu inútil opinión! ¡No importa lo que pienses! ¡No interesa! ¡No valen tus homilías, ni tus escritos, ni tu inútil vida para hacer caminar a la Iglesia! ¡No sirves como gobernante porque no ves la Verdad del Reino de Cristo!

Francisco, continuamente, contradice la Palabra de Dios, porque se ha inventado su evangelio de la fraternidad. Francisco no sigue el Evangelio, no predica el Evangelio, sino su evangelio. Y, por eso, no quiere normas morales en su evangelio. Su panfleto evangelii gaudium es su evangelio de la fraternidad, pero no es el Evangelio de Cristo. ¡No puede ser!

Su evangelio de la fraternidad es para todo el mundo, menos para la Iglesia Católica, menos para los que siguen la Verdad, la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural, los dogmas de siempre, que nunca cambian porque la Verdad es siempre la Verdad, le guste o no le guste a la mente de Francisco.

Muchos no quieren oír la Verdad del cisma que hay en la Iglesia Católica. Y no lo quieren oír porque no aceptan que la Iglesia ha sido tomada por la masonería. Que quien dirige todo en la Iglesia son gente esclava del demonio, que hace el trabajo del demonio. Gente que se viste como sacerdote, como Obispo, como Cardenal, como gente santa, justa, pero que son encarnaciones del demonio.

Esto es lo que muchos no quieren aceptar. Y ¿por qué? Porque no son Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia. No tienen fe. No viven de fe. Viven de sus miserables pensamientos humanos, como lo hace Francisco. Y quieren hablar como los hombres, y quieren hacer cosas en la Iglesia como los hombres.

Francisco, cuando habla del Evangelio, cuando habla de los santos, cuando habla de cualquier cosa de la Iglesia, siempre tergiversa la palabra:
“tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera”. Esta frase ambigua, que se lee en su evangelii gaudium es para querer imponer lo que no se puede. Que los divorciados puedan comulgar porque hay una razón, se puede encontrar una razón para que comulguen. Francisco está en el juego de su lenguaje humano.

Francisco no dice: las puertas de los sacramentos se cierran por el pecado. No puede decir esa Verdad, porque eso supone hablar con una norma de moralidad, con una ley divina. Y eso no le gusta a él. Él tiene que decir su frase, que se basa en su mente: tiene que existir una idea, una razón, por la cual el divorciado pueda comulgar. Francisco quiere imponer esa idea y quiere que los teólogos vayan tras esa idea. Esa idea la pone por encima de la Verdad. Francisco no se centra en la Verdad, sino en conquistar una idea que supere a la Verdad, a lo que siempre en la Iglesia se ha hecho, porque sólo se fija en la cultura de los hombres, en sus sabidurías humanas, en sus opiniones en la vida, en sus hábitos de vida, en sus problemas de la vida.

Y quiere imponer su lenguaje: la Eucaristía “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y alimento para los débiles”. ¡Como los divorciados son débiles!… Ya no dice que los divorciados son pecadores. Esconde esa Verdad, porque tiene que agradar a los divorciados, tiene que estar con los divorciados, tiene que caer bien a los divorciados.

Es lo mismo que su no soy quien para juzgar a los homosexuales. Habla para caer bien a los homosexuales. Pero no habla para darles la Verdad de sus vidas: si no os convertís, moriréis en vuestros pecados. Esto no lo puede predicar Francisco. ¡No puede! Iría contra la dignidad humana del homosexual. Es más importante, para él, el hombre que la norma de moralidad, que la ley natural, que la ley divina.

Francisco está obligando a proclamar sus enseñanzas heréticas a los sacerdotes y Obispos. Aquellos sacerdotes, obispos y cardenales que creen, están siendo hechos a un lado y forzados a guardar silencio. ¡Hay que dar publicidad a un hombre que tiene un alma sin Luz, sin Verdad, sin Vida!

Hay que imponer que todos hablen las mentiras que dice Francisco en la Iglesia. ¡Imponer! Muchos, entre la Jerarquía, son tentados a dejar la verdadera doctrina de Cristo para que honren y obedezcan al lobo con piel de oveja, que es Francisco.

¡Cuántos han caído bajo el hechizo de Francisco que se ha presentado como Papa, sin serlo! ¡Muchísimos! Porque todo ha sido orquestado para tentar, para forzar, para dar una obediencia a quien no se lo merece.

Esto, mucha gente, no acaba de creérselo, porque no sabe cómo está la Iglesia por dentro. ¡No tiene ni idea!

Estamos metidos en un cisma insalvable, que no hay quien lo pare ya. Y hay que prepararse para lo peor. Hay que ser una Iglesia remanente en la tierra, desperdigada por todas partes, viviendo en un desierto, pero con personas, con valientes siervos sagrados, con valientes sacerdotes que reconozcan a Francisco por lo que él es, y lo combatan, lo ataquen, lo anulen, lo ridiculicen.

Francisco y los suyos ridiculizan y cuestionan toda la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios es ignorada en todos ellos. Y la Verdad de las enseñanzas de Cristo, la verdad del Magisterio de la Iglesia, la Verdad de la Tradición, son ya consideradas como mentiras por ellos. Lo que nunca cambia, en la mente de Francisco y de los suyos, cambia. Por eso, es un peligro escuchar a Francisco sin discernimiento, sin querer juzgarlo. Quien no condene a Francisco se hace su servidor, su esclavo, su fiel perro.

Muchos sacerdotes se avergüenzan de ser vistos poniéndose de pie por la Verdad, por el miedo que tienen de ser condenados al ostracismo, excluidos del apostolado en la Iglesia y del sacerdocio. ¡No saben la maldad que hay en los Obispos contra los sacerdotes que se declaran fieles al Evangelio! ¡Cuántos son acusados de falta de tolerancia, de falta de compasión, de falta de respeto por los derechos humanos!

Francisco acusa a los sacerdotes porque faltan a la dignidad del hombre: ”A menudo nuestros fieles nos cuentan que se han confesado con un sacerdote muy rígido o muy flexible, laxo o riguroso. Que haya diferencias de estilo es normal, pero las diferencias no pueden estar en la sustancia, la sana doctrina moral y la misericordia. Ni el laxo, ni el riguroso dan testimonio de Jesús, porque ninguno de los dos se encarga de la persona que encuentra…La verdadera misericordia se preocupa por la persona. Y el sacerdote realmente misericordioso se comporta como el Buen Samaritano…Ni el laxo ni el riguroso hacen crecer la santidad”. (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Como no te encargas de la persona humana, como no respetas sus derechos humanos, como no toleras sus vidas humanas, entonces no sirves en la Iglesia ni en el sacerdocio. Y Francisco, por su humanismo, cae en su herejía: “la verdadera misericordia se preocupa de la persona”. Francisco anula la Misericordia Divina, anula a Jesús que se preocupa del pecado de la persona -no de la persona- y le pone un camino para que la persona quite su pecado y así sea persona. Para Francisco, lo que importa es la persona, no su pecado.

Y, entonces, cae en otra herejía: “La misericordia en cambio acompaña en el camino de la santidad, la hace crecer … ¿En qué sentido?… A través del sufrimiento pastoral, que es una forma de misericordia. ¿Qué significa el sufrimiento pastoral? Significa sufrir con y por las personas, como un padre y una madre sufren por sus hijos, y me permito decir incluso con ansia” (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Francisco anula la obra de la Redención del hombre. Cristo carga con los pecados de los hombres. En la absurda iglesia de Francisco, hay que sufrir con las personas y por ellas. No se menciona nada de sus pecados, de la penitencia que todo sacerdote tiene que hacer por Su Rebaño. Tienes que estar con los problemas de las personas, tienes que dedicarte a resolver asuntos de las personas, tienes que sufrir con los que sufren, tienes que ser hombre con los hombres, mundo con la gente del mundo, tienes que vivir inmerso en las culturas de los hombres para poder comprender sus sufrimientos y sufrir con ellos. Así piensa el estúpido de Francisco.

Y llega a su idiotez: “¿Tú lloras? ¿Cuántos de nosotros lloran ante el sufrimiento de un niño, ante la destrucción de una familia, delante de tantas personas que no pueden encontrar el camino?. El llanto del sacerdote … ¿tú lloras, o en este presbiterio hemos perdido las lágrimas? ¿Lloras por tu gente?” Francisco no es capaz de llorar por las ofensas que se le hacen al Corazón de Cristo, por lo pecados de todos los hombres que hieren el Corazón Divino del Salvador. Ese llanto no lo puede tener. No tiene lágrimas por Cristo. Francisco llora por su gente, por su pueblo, por el hombre, por la estúpida vida de los hombres. Francisco sólo se fija en sus lágrimas humanas, en sus angustias de hombre, en sus problemas con los hombres. Pero es incapaz de ser otro Cristo, de morir con Cristo, de sufrir por Cristo. Él prefiere sufrir por un hombre, por un idiota, que por Su Maestro.

Todo sacerdote que se avergüence de Cristo frente a Francisco, Cristo se avergonzará de él ante Su Padre.

Hay que decir no a Francisco en la Iglesia Católica. No queremos que este subnormal, que se hace pasar por Papa, por persona inteligente, cuando su cuadro mental es el de un loco de remate, esté donde está.

Francisco es el falso profeta que se ha hecho anticristo y que, dentro de poco, pondrá en manos de un hombre el destino de la Iglesia, que la destruirá por completo. Destruirá sus estructuras, pero no Su Esencia, no Su Vida, no Su Amor.

Año de desgracias

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Sólo hay una palabra para definir el año de desgracias que Francisco ha traído a toda la Iglesia: pecado de orgullo.

La culpa da todos los males que la Iglesia tiene obedece sólo al pecado de orgullo de Francisco.

No le echen la culpa a Juan Pablo II por haberle hecho Cardenal. ¡No sean necios y estúpidos en la Iglesia!. Cada uno tiene que aguantar su pecado. Y el pecado de Francisco es su orgullo. Y, por ese orgullo, la Iglesia vive un cisma encubierto.

Porque un líder que se sienta en la Silla de Pedro y no guarda el depósito de la fe significa cisma en la Iglesia. Y el cisma viene por el pecado de Francisco, por su orgullo. El cisma no viene por Juan Pablo II que lo eligió ,ni viene por Pablo VI que permitió un Concilio que no debía permitir, ni por Juan XXIII que no supo ver la maldad de muchos Cardenales y se aventuró a un Concilio que Dios no quería.

Cada uno tiene su pecado en la Iglesia. Y a cada uno el Señor lo juzga conforme a su pecado. Y quien quiera juzgarlo todo sin atender al pecado de cada uno, se equivoca y nunca va a hacer un análisis de lo que pasa realmente en la Iglesia.

En la Iglesia hay muchos males, de todo tipo, porque hay mucho pecado personal en cada sacerdote, en cada Obispo, en cada Cardenal, en cada fiel de la Iglesia.

Que cada uno quite su maldito pecado y los males en la Iglesia desparecen.

Pero, como ya los hombres de la Iglesia les importa un rábano lo que es el pecado, todos están echando la culpa a quien no la tiene. Todos se juzgan santos y el pecado es del otro, pero no de uno.

Vean sus propios pecados para poder juzgar los pecados de los demás con justicia, con equidad, con rectitud y con misericordia.

Pero si no atienden a sus pecados, entonces dejen de charlar sobre el estado de la Iglesia porque no tienen ni idea de lo que pasa en la Iglesia.

La Iglesia no es el conjunto de hombres que se bautizan, que se confirman, que comulgan, que se casan, que se hacen sacerdotes.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Y hay que vivir eso en el alma, en el corazón y en el espíritu. Y si no se sabe vivir como Cuerpo de Cristo, si sólo se sabe hablar de los males de un conjunto de hombres, entonces la vida que tienen en la Iglesia es una ridiculez.

Se vive en la Iglesia para imitar la Cabeza de la Iglesia. Y la Cabeza es Cristo Jesús. Y quien no viva imitando a Cristo no sabe ni lo que es Cristo ni lo que es el Cuerpo de Cristo.

La Iglesia es un organismo espiritual que necesita de un alimento espiritual, que se da al alma, al corazón y al espíritu del hombre.

La Gracia es para el corazón del hombre; el Espíritu es para su espíritu; los dones divinos son para su alma.

Hay tantas riquezas en la Iglesia que las almas desconocen porque se pasan la vida en sus cosas humanas, en su vida social, en su vida económica, en su vida cultural, en su vida política, en su vida artística, en su vida científica.

Hay tantas vidas que los hombres viven que se han olvidado de vivir la única vida que importa: la de Cristo.

La vida de Cristo es para el alma, para el corazón y para el espíritu. Y, por tanto, la vida de un cristiano no es para la vida de los hombres, no es para hacer sociedad, no es para entretenerse en un matrimonio, no es para hacer castillos en el aire y ver caminos para solucionar problemas humanos desde un sacerdocio.

La vida de todo cristiano es para obrar las obras de Cristo allí donde está, allí donde vive, allí donde es, en su vocación, en su familia, en su trabajo.

Y quien se dedica a vivir su vida humana ya no vive la vida de Cristo. Porque Cristo vivió, en su humanidad, lo divino, lo eterno, lo inmutable, lo que es para siempre, para toda historia, para todo tiempo, para todo lugar, para todo hombre.

Pero las almas, hoy día, sólo viven para ellas, para su acomodada humanidad, para sus grandes intereses humanos, para sus bellas inteligencias humanas, para sus obras humanas, para sus principios humanos, pero no para Cristo.

Hoy se ha humanizado a Cristo. Sólo se ve como un hombre, y como un hombre idiota, lleno de un sentimentalismo afeminado, que está pendiente de los hombres, de darles un cariño inútil en sus vidas. Así son muchos sacerdotes; eso es lo que presentan al mundo en sus predicaciones y en sus vidas humanas: dan a un Jesús para el hombre, como el hombre, del hombre.

Y no son capaces de dar a un Jesús para el Padre, como el Padre, en el Padre, del Padre. No saben lo que es eso, porque no creen en Cristo. No tienen la fe divina. Se han fabricado su grandiosa fe humana, con su lenguaje humano lleno de artificios, de caminos para decirse a sí mismos que están haciendo lo que Dios quiere en sus vidas.

¡Cuántos sacerdotes, Obispos, Cardenales, se dan culto a sí mismos, a sus opiniones en la Iglesia, a sus formas de entender la Iglesia, a sus interpretaciones de lo que debe ser la Iglesia y Cristo! Y, por eso, ¡a cuántos condenan con sus ejemplos humanos, con sus obras humanas, con sus palabras humanas, con sus vidas humanas!

La Iglesia está llena de una Jerarquía absolutamente farisea: no posee un resquicio de Verdad ni en sus almas, ni en sus corazones ni en sus espíritus.

Jerarquía sin fe divina, que se ha fabricado su propio cristo y su propia iglesia dentro de la Iglesia de Cristo.

Jerarquía del demonio, obrada por el demonio desde que la Iglesia es Iglesia. Y llevada a la cima de esa obra maldita por el mismo demonio dentro de la Iglesia.

La Iglesia, ahora mismo, está corrompida en toda su Jerarquía. La Jerarquía, esa estructura de sacerdotes, Obispos, diáconos, no sirve como Jerarquía. Y muchos no saben ver esta Verdad, porque no saben ver a Cristo en sus propias vidas.

Una Jerarquía que no imite a Cristo es una Jerarquía que guía a la Iglesia hacia la ruina más total en todos los sentidos.

Una Jerarquía empeñada en solucionar problemas humanos, sociales, económicos, políticos, culturales, científicos, hace de toda la Iglesia el culto a Satanás; y lleva a toda la Iglesia a ese culto, en la práctica.

Y Satanás tiene una obra en la Iglesia: la mente del hombre. Satanás es el demonio de la mente, de la filosofía, de la ciencia, de la técnica, del saber humano, de la cultura, de todo lo que suponga obrar con la mente del hombre.

Hoy en la Iglesia predomina la mente del hombre para cualquier cosa. La Palabra de Dios se mide con la mente del hombre; los dogmas se miden con la mente del hombre; a Cristo se le mide con la mente del hombre. Todo es con la mente del hombre.

Y la Iglesia no es una idea del hombre; no es un conjunto de ideas, de razones sobre Cristo y sus dogmas.

La Iglesia es la Obra del Espíritu. Y aquel que no siga al Espíritu, no es de la Iglesia, no hace la Iglesia. Aunque posea una gracia, un Sacramento, unos carismas.

En la Iglesia se obra lo que quiere el Espíritu, porque la Iglesia es Cristo. Y sólo Cristo. Y, por tanto, en la Iglesia sólo está el Espíritu de Cristo, que guía hacia Cristo, hacia la imitación de Cristo, hacia la obra de Cristo, que es una Obra de Redención, de Expiación, de Justicia Divina.

Y aquel que no imite a Cristo no posee la Verdad en la Iglesia, no obra la Voluntad de Dios en la Iglesia, no tiene la fe divina en la Iglesia, no posee la intención divina en lo que hace, en lo que vive, en lo que es.

La gente se ha acostumbrado a decir que es de la Iglesia, porque lee el Evangelio o porque conoce el catecismo o porque va a misa el domingo o porque está casada por la Iglesia o porque es un sacerdote, etc.

Eres de la Iglesia porque imitas a la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo. Y sólo se le puede imitar teniendo Su Espíritu. Si no tiene Su Espíritu, por más que reces, por más que comulgues, por más que seas sacerdote, por más que estés casado por la Iglesia, no eres nada, no eres Iglesia, no haces Iglesia.

Pero ¿qué se creen que es la Iglesia? ¿Lo que ustedes piensan, lo que ustedes obran en sus vidas humanas, lo que ustedes rezan, sus apostolados en cada parroquia? ¿Sus limosnas hacen la Iglesia? ¿Sus matrimonios para el mundo hacen la Iglesia? ¿Sus hijos que han buscado en sus lujurias, hacen la Iglesia?

La Iglesia no es una estructura en la que se hacen cosas; la Iglesia es la vida de Cristo en cada alma, en cada corazón, en cada espíritu. La vida de Cristo. No el pensamiento, no el sentimiento, no la opinión que cada uno tenga de Cristo.

La vida de Cristo no se comprende estudiando la historia de Cristo, ni leyendo el Evangelio, ni sabiéndose los dogmas de la Iglesia.

En la vida de Cristo se penetra en Su Espíritu. Es el Espíritu el que se enseña a ser Cristo. Es el Espíritu el que enseña a comulgar a Cristo en la Eucaristía. Es el Espíritu el que enseña a hacer un matrimonio para Cristo. Es el Espíritu el que enseña a ser sacerdote de Cristo. Es el Espíritu el que enseña a combatir bajo la bandera de Cristo contra el demonio, contra el mundo y contra la carne. Es el Espíritu de Cristo el que hace los hijos de Dios en el Bautismo. ¡Es el Espíritu de Cristo!

Y nadie, en la Iglesia sigue a ese Espíritu, en la actualidad. Y, entonces, ¿cuál es la Iglesia que tenemos?

La Iglesia de los orgullosos, la Iglesia de los fracasados en el Espíritu, de los que se acobardaron cuando el Espíritu les mostró la Verdad y prefirieron sus mentiras en la Iglesia; es la Iglesia de los que aman su pecado y de los que hacen de su pecado un camino para que todo el mundo peque como ellos; es la Iglesia que se ha olvidado de la Verdad porque está centrada en sus mentiras, en sus errores, en sus engaños, en sus falsedades, que llama verdades para sí mismos; es la Iglesia de los estúpidos y dementes que sólo viven para su vida social, para su propaganda en el mundo, para dedicarse a sus negocios en la Iglesia; es la Iglesia maldita porque sólo se mira a sí misma, a sus problemas, a sus angustias, a sus sentimientos inútiles. Sólo llora por sí misma, pero no es capaz de llorar por las ofensas que continuamente se hacen al Corazón de Jesús; una iglesia que predica comunismo y marxismo como la tabla de salvación para los hombres, eso ser iglesia del demonio y para las obras del demonio.

No se equivoquen con Francisco: es un inútil en el gobierno de la Iglesia. Un sin dios, un ser incapaz de ver la Verdad, un ser que no tiene a Cristo en su sacerdocio, un ser que sólo se ha convertido en un bufón en la Iglesia, un payaso que entretiene a todos y se dedica a decir sus negras opiniones como si fueran dogmas en la Iglesia, un ser que más le valiera no haber nacido porque no es capaz de ver su propia maldad, no sabe lo que está haciendo sentado en la Silla de Pedro. Es un ser que sólo da nauseas escucharlo, leerlo, mirarlo. Es un ser para agradar a los hombres y sólo a los hombres, que habla siempre lo que los hombres quieren escuchar y que se hace continua propaganda a sí mismo con sus estúpidas y locas entrevistas, que sólo enseñan su maldito pecado.

Es Francisco el que ha comenzado el cisma en la Iglesia, todavía encubierto porque falta una cosa: que muera el Papa Benedicto XVI. El Señor sigue sosteniendo esta miserable Iglesia sólo por Su Papa. Cuando él falte, la sede quedará vacante y ahí comenzará el cisma abierto, sin posibilidad de encubrirlo, como se hace ahora, porque todavía el demonio no tiene todo el poder en la Iglesia. El poder está en el Papa Benedicto XVI. Lo han sacado de en medio para tener libertad de hacer lo que están haciendo; pero no pueden obrar la maldad que hay en sus corazones, porque algo se lo impide, algo divino que posee el Papa verdadero y hasta que no muera, no se obra ninguna maldad en la Iglesia.

Analicen en el Espíritu todo lo que es la Iglesia actualmente y no se dejen engañar por el lenguaje barato y blasfemo de Francisco. Sólo es un payaso que hace su negocio en la Iglesia. Y lo hace amparado por toda la Jerarquía corrupta que está en toda la Iglesia, lo hace con el aplauso de la gente del mundo que está esperando el giro en la Iglesia para poder tener poder en la misma Iglesia.

Días de gran turbación es lo que viene, no sólo en el mundo, sino en toda la Iglesia. Y tiene que ser así. Y la culpa de Francisco: su pecado de orgullo. No echen la culpa a nadie más. Él es el culpable de todo lo que venga ahora a la Iglesia. De todo, porque está puesto en donde no debe estar: en la Silla de Pedro. Y quien la usurpa tiene sobre su cabeza la espada de la Justicia Divina. Y, como es líder, esa espada es también para toda la Iglesia.

Habéis querido que un payaso os gobernará; no habéis luchado por el verdadero Papa, entonces no esperéis bendiciones del Señor. La Justicia caerá sobre toda la Iglesia, empezando por Su Jerarquía.

Tenéis miedo de enfrentaros a ese payaso, de dar testimonio de Cristo ante ese payaso; tenéis miedo de obedecer a Cristo porque preferís acomodaros a los pensamientos de ese payaso, para así no perder vuestro dinero, vuestra posición social, en la Iglesia; tenéis miedo de ser de Cristo porque os habéis anulado en las obras de los hombres, en las vidas de los hombres, en los caprichos de los hombres, en los placeres de los hombres.

Sois sólo hombres que miráis lo humano como camino en vuestras vidas; pero ya no sois Cristo, porque no sabéis seguir Su Espíritu, que os lleva al sufrimiento y a la muerte de todo lo vuestro humano. Y rechazáis esa Cruz, porque rechazáis la Verdad, que es Cristo.

No se puede seguir a Francisco sin caer en la maldición que trae su pecado de orgullo, sin caer en el castigo que viene ahora a toda la Iglesia, porque abraza a un payaso y lo encumbra como su salvador, echando a Cristo de su misma Iglesia.

Francisco es una maldición para toda la Iglesia

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Un verdadero Papa se ve por dos cosas:

a. Su fe en Cristo

b. Su fe en la Iglesia de Cristo.

a. Por la Fe en Cristo, ese Papa verdadero siempre dará el pensamiento de Cristo, que es la Verdad Absoluta, de la que nadie puede separarse si quiere salvarse. Lo que salva es obedecer a la Verdad, tal como es, sin inventarse otras cosas, sin limitarla, sin condicionarla.

Un Papa puede ser muy pecador, pero si es verdadero, nunca –en su pecado- negará la Verdad, la ocultará, la combatirá, claudicará ante Ella. Porque el Papa verdadero es el que une a la Iglesia en la única Verdad; es el fundamento de la unidad de la Iglesia en la Verdad. Es la base de la unidad, aunque cometa pecados. Nunca sus pecados romperán esa base, destrozarán ese fundamento, porque ha sido elegido por Cristo para dar esta unidad a toda la Iglesia, para hacer de la Iglesia Una en Cristo.

b. Por la fe en la Iglesia de Cristo, el Papa verdadero guía a toda la Iglesia hacia la salvación y la santificación de todas las almas que le pertenecen. El Papa es para la Iglesia; el Papa no es para el mundo o para unos hombres o unas culturas o una filosofía de la vida.

Se es Papa para ser Iglesia. Se es Papa para formar la Iglesia. Se es Papa para guiar a la Iglesia hacia Su Verdad, en el Espíritu de la Verdad.

El Papa habla sólo a la Iglesia palabras de Verdad. El Papa obra sólo en la Iglesia obras de Verdad. El Papa vive en la Iglesia la vida de la Verdad. Y, con su ejemplo, con su imitación de Cristo, entonces conduce a la Iglesia hacia la tierra prometida, hace que cada alma camine hacia su salvación y santificación. Y haciendo eso, la Iglesia cumple su función en la tierra.

La Iglesia es el Reino de Dios, que no puede darse completamente en la tierra, en la vida de los hombres sólo por el pecado original que Adán cometió contra Dios. Y, por eso, la Iglesia terrenal es sólo un tránsito hacia la Iglesia verdadera que sólo es posible en el Cielo. Y si el Papa no conduce a cada alma por el camino de Cristo, que es la muerte a todo lo humano, la Iglesia no puede darse como tal en la tierra. Si el Papa se dedica a asuntos humanos, naturales, materiales, sociales, políticos, económicos, etc., descuidando la vida espiritual en cada alma, entonces no se hace la Iglesia y no se es Iglesia.

Si estas dos cosas no se dan en un Papa, entonces ese Papa no es Papa, sino otra cosa. Y, por tanto, si queremos discernir lo que es Francisco, es muy fácil:

1. ¿Cómo es su fe en Cristo?

a. La Fe en Cristo viene de la Fe en la Santísima Trinidad:

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser” (Francisco a Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica).

Claramente, Francisco no cree en la Santísima Trinidad.

Francisco cree en un Dios que no es católico; es decir, que no es el Padre, ni el Hijo ni el Espíritu Santo.

a. Es un Dios que se llama: el Padre, que es la luz, que es el Creador;

b. es un ser que se llama Jesucristo, pero que ya no es Dios, sino la Encarnación de Dios. Jesús no es la Encarnación del Verbo, sino de Dios.

c. Y es su maestro, su pastor, pero no su luz, no su creador. Ese Jesucristo no es Dios, como el Padre; es otra cosa.

d. Y, para Francisco, no existe el Espíritu Santo. Ni lo nombra. Eso sólo es un lenguaje del hombre, un concepto del hombre, que se puede interpretar de muchas maneras.

De esta concepción de Dios, se sigue que Francisco no cree en Cristo. Así de sencillo.

Jesucristo es la Encarnación de Dios para Francisco.

Niega, anula, el dogma de la Encarnación del Verbo: Jesús es la Encarnación del Verbo, el Hijo de Padre encarnado en el seno de la Virgen María. Jesús es la segunda Persona de la santísima Trinidad, que asume una carne, con la que se hace Hombre, siendo, al mismo tiempo, Dios. Esto lo niega Francisco.

Y, entonces, ya no tiene la fe católica, que es imprescindible para tener la fe en la Iglesia de Cristo. Si Francisco no cree en el Padre que engendra a Su Hijo en el Espíritu, tampoco cree en el Hijo del Padre que se encarna por obra del Espíritu en el seno de la Virgen María.

Para Francisco, Jesús es la Encarnación de Dios, no del Verbo. Ésta su herejía le conduce a negar el Misterio de la santísima Trinidad y, por consiguiente, a negar el Misterio de la Encarnación del Verbo. Negando estos dos Misterios, es imposible tener fe católica. Se tiene una fe humana, que consiste en que la mente humana piensa a Dios de una manera humana y lo busca según ese lenguaje humano, ese criterio humano, ese pensamiento humano. Y eso le conduce a dar culto a su pensamiento humano. Cree sólo en su idea de Dios, en su idea de Jesús, pero no cree ni en Dios ni en Jesús.

Si Francisco no cree en Cristo, entonces tampoco cree en la Iglesia de Cristo. Consecuencia: Francisco se inventa su cristo y su iglesia.

b. ¿Qué fe tiene Francisco?

“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio” (Lumen Fidei – n. 34).

Para Francisco, la luz que da la fe es algo encarnado, algo que se da incluso en la materia, algo que hace participar a todos los seres creados de ese conocimiento.

Ya la fe no es un don de Dios que sólo se da al alma, no a los seres creados. Sólo para el hombre es la fe. Para Francisco la fe ilumina a la materia, ordena la materia. Está confundiendo la obra de la Creación de Dios con el don de la fe al alma. Con esto, está significando Francisco, que es la Creación el inicio de la fe en todo. Que no existe otra fe que un Dios de Bondad, que lo ha creado todo por amor y que lo salva todo por amor. Y esto trae una consecuencia monstruosa: negar el pecado y, por tanto, la obra de la Redención. Lo que vale, lo que permanece es la obra de la Creación. Francisco da una importancia a esa obra anulando la mayor obra de Dios en Cristo, que es redimir en Su Hijo a toda la humanidad. Esta obra, que es la Nueva Creación, para Francisco no tiene ninguna importancia, sino que es sólo una continuación de esa obra creadora de Dios que, para él es una luz, un conocimiento. Pero no es una luz la Redención de Cristo.

Y, además, esa luz de la fe procede de la vida luminosa de Jesús. En Jesús se da una luz que no es la de la fe. Jesús engendra una luz distinta a su vida luminosa. Y esa luz es la fe para el hombre. Ya la Fe no es la Verdad Absoluta, sino algo que viene de Jesús, algo que engendra Jesús, algo que es fruto de la vida de Jesús. Luego, el que tiene fe no debe creer en Jesús, sino en esa luz engendrada por Jesús, en eso que de Jesús viene, pero que no es la misma vida de Jesús. Ya no se cree en Jesús, ya no es imita la misma vida de Jesús, ya no se hacen las mismas obras que hizo Jesús, ya no se tiene la misma Mente de Cristo. Es otra cosa.

Cristo ya no está en la Eucaristía, porque ésta es sólo un recuerdo de la vida de Cristo: “la eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final” (Lumen Fidei – n. 44).

La eucaristía ya no es Cristo, porque: “El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo” (Lumen Fidei – n. 44); ya no se transustancian, ya no se cambian las sustancias y desparecen el pan y el vino, sino que se quedan las sustancias del pan y del vino en la Eucaristía.

Por tanto, la Eucaristía es sólo un recuerdo de la muerte de Cristo en el Calvario. La Misa es un recuerdo, no es el Calvario mismo, no es lo que sucedió en el Calvario y que se da realmente en cada Misa, aunque de manera incruenta. Sólo la Misa es un trabajo mental, un acopio de fuerzas humanas para entretener a la gente y decir que ama a Dios escuchando la Misa.

Francisco niega el Misterio Eucarístico, que es negar a Cristo mismo. Y sin la Fe en la Eucaristía, queda una fe humana en la eucaristía; queda una invención de la eucaristía, del amor de Cristo. Y, por eso, Francisco predica su misericordia sin verdad, sin ley divina, sin norma de moralidad. Porque tiene que anular el pecado para centrarse sólo en la Obra de la Creación, que es lo más valioso en su fe humana., y decirle a todos los hombres que están salvados por Dios los ama mucho.

La fe es una luz encarnada. Y ¿dónde se encarna esa luz? En la mente de la persona, en la razón del hombre, en la idea del hombre.

c. ¿qué cosa es esa fe de Francisco?

“La fe (…) se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión.” (Lumen Fidei – n. 4).

Así, que la Fe para Francisco, es algo que viene del pasado y es algo que viene del futuro.

1. Viene del pasado, porque Cristo ha muerto y ha vencido a la muerte con su amor;

2. y viene del futuro, porque Cristo nos atrae hacia ese futuro.

1. La fe, como es algo del pasado, es una luz de una memoria fundante. Es decir, la vida de Cristo es una memoria, un recordar, un analizar, un sintetizar, un pensar, un meditar, un analizar.

Cristo vivió su vida y la dejó como memoria, como recuerdo, como algo que el hombre tiene que cogerlo y hacerlo suyo. En otra palabras, la fe es un ejercicio de la mente del hombre, un estudio que hace el hombre sobre la vida de Cristo, sus orígenes, su cultura, su medio ambiente, sus familiares, todo aquello que ayude a descubrir lo que es Cristo.

Por tanto, en la Fe no se cree en Cristo, sino sólo se cree en una idea que el hombre tiene de Cristo, en una razón adquirida por la mente en su estudio intelectual sobre Cristo. Sólo se cree en el lenguaje humano que da una inteligencia al hombre de Cristo.
Consecuencia, quien cree en Cristo sólo cree en su mente humana, en su idea humana, en su razón humana, pero no cree en Cristo.

Y, entonces, Francisco tiene que interpretar el Evangelio a la luz de su razón humana, no en la luz del Espíritu: “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio (…) El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. (…) la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible” (Francisco al P. Antonio Spadaro, S.J.Director de La Civiltà Cattolica).

Francisco anula la Palabra de Dios, el Evangelio, porque lo lee desde la cultura del hombre, desde el tiempo del hombre, desde el conocimiento del hombre, desde la mente del hombre, desde la historia del hombre. Echa a Cristo de la Iglesia. Se inventa su evangelio de la fraternidad, su amor a los hombres porque son hombres, que Dios ha creado y salvado porque es bondadoso.

Francisco no cree en el Evangelio, que es la Verdad, la única Verdad. Francisco no somete su inteligencia humana a la Palabra del Evangelio, sino que es su inteligencia humana la que quiere descifrar los misterios de la Palabra Divina, contenidos en el Evangelio. Es su soberbia, su orgullo, ponerse por encima del Evangelio. Francisco no obedece a la Verdad, que es Cristo, sino a las verdades que ha encontrado en su razonamiento humano sobre Cristo. Francisco se obedece a sí mismo en su sacerdocio, pero no a Cristo, no a la Mente de Cristo, no a la Palabra de la Verdad, que se da en el Espíritu de la Verdad.

Y quien no cree en el Evangelio es señal de que no escucha a Dios en su corazón. Y quien no escucha a Dios no tiene fe en Dios. La fe viene por el oído, porque se tienen los oídos abiertos a la Palabra Divina y cerrados a toda palabra humana. Francisco sólo escucha su razón humana. Tiene abierta la mente a su idea humana, pero cerrado el corazón a la Palabra Divina.

Francisco es un hombre sin fe divina. Se ha inventado su fe en cristo y su fe en la iglesia.

2. Y la fe, como es algo del futuro, entonces lleva al yo hacia una comunión, una unión, una armonía, que le hace salir de su propio campo visual para que pueda comprender otro campo, otra visión, otra estructura en la vida.

Cristo resucitó y entonces da al alma un futuro, un camino nuevo. Pero, ¿Cómo se camina hacia ese futuro? ¿cómo se recibe ese algo nuevo que viene del futuro? ¿qué es esa comunión? ¿en qué consiste esa unión a la que esa fe conduce?

“La fe cristiana es, por tanto, fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo” (Lumen Fidei – n. 15).

El yo sale de sí mismo porque cree en el Amor pleno. Y ese amor pleno “se revela como fe en su amor indefectible por nosotros, que es capaz de llegar hasta la muerte para salvarnos. En este amor, que no se ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto me ama, es posible creer; su totalidad vence cualquier suspicacia y nos permite confiarnos plenamente en Cristo” (Lumen Fidei – n. 16).

Para Francisco hay que creer en ese amor de Cristo que ha muerto para decirnos cuánto nos ama.

Francisco da un giro, da una vuelta, para no ver el amor redentor de Cristo, y así centrarse en el amor de Dios.

Y, entonces, incurre en una grave herejía: para llegar al amor pleno, al amor divino, hay que ir a través del amor redentor de Cristo. El amor de Cristo es una cosa: Cristo sufre y muere para dar vida al hombre que está en su pecado.

Y Dios ama al hombre cuando éste ha reparado todo su pecado en la Justicia Divina.

No se puede llegar al amor pleno si unirse al amor redentor de Cristo; es decir, sin purificar el corazón, sin expiar el pecado, sin reparar en la Justicia Divina los pecados de los hombres, es imposible que Dios ame al hombre.

Por eso, Cristo permanece como Mediador entre el Padre y los hombres. Cristo hace caminar a los hombres por Su Camino de Cruz, de expiación del pecado, de purgación del alma, para que el Padre pueda unirlos en su Amor.

Francisco da un giro, no quiere ver el amor redentor de Cristo, porque lo ha anulado; y sólo se centra en el amor pleno de Dios. Y lo pone en Cristo. Ésa es su herejía. En Cristo, sólo está el Amor Redentor; en el Padre, el Amor Divino.

Cristo ama al hombre con Su Corazón, que es un Amor Redentor; y el Padre ama al hombre en Su Hijo, en el Corazón del Hijo. Y en la medida que el hombre se vaya purificando de su pecado, en la medida en que el hombre se vaya transformando en otro Cristo, imitando a Cristo en su vida, así va recibiendo el amor del Padre y se va haciendo Uno en la Santísima Trinidad. ESto lo anula Francisco en su concepción de su fe fundante, fe en una memoria, en un recuerdo inútil de la vida de Cristo, porque Cristo da Su Vida sin más, en la Gracia, sin que el hombre se ponga a estudiar su vida. Cristo es Vida, es la Vida. Cristo no es un recuerdo, no es el aprendizaje de unas palabras bien dichas. Cristo mismo se da al alma. Y le da su mismo Ser, su misma Vida, sus mismas obras. Por eso, es gravísima la herejía de este hombre. Niega al mismo Cristo en su fe fundante.

¿A qué le conduce esta fe a Francisco?

“Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos” (Francisco al P. Antonio Spadaro, S.J.Director de La Civiltà Cattolica).

Francisco busca una iglesia nueva, distinta de la de Cristo.

Una iglesia que se inventa sus caminos para trabajar por el hombre, no por Dios.

Una iglesia que reúne todo para condenar a las almas, porque Francisco no cree ni en la:

1. Santísima Trinidad

2. Encarnación del Verbo

3. Eucaristía

4. Evangelio

5. Obra de la Redención de Cristo

6. Iglesia de Cristo

Entonces, ¿qué es lo que da Francisco en la Iglesia?

Dos cosas:

1. Su comunismo

2. Su protestantismo

Y ¿Por qué Francisco da esto?

Porque es un masón; es decir, es un masón vestido de obispo.

Francisco no es un sacerdote; es un masón. Francisco no es Obispo; es un masón. Francisco no es Papa; es un masón.

Y no es masón porque haya pertenecido a un grupo masónico; sino porque su fe es masónica.

Lo que revela Francisco en sus declaraciones, en sus encíclicas, en sus homilías, en sus enseñanzas heréticas, es la doctrina de la masonería, es el ideal de la masonería, es el orden nuevo mundial, que es necesario ponerlo en Roma, no en la Iglesia de Cristo.

Francisco no pertenece a la Iglesia de Cristo. Francisco no es Papa. A Francisco no hay que obedecerle, porque no es Papa.

Y no es Papa, no porque existan unas revelaciones que dicen que es un falso Papa, sino porque él como líder de la Iglesia no hace unidad en la Verdad. No puede hacerla. Si no da la Verdad, ¿cómo quiere unir en la Verdad a la Iglesia?

Si su liderazgo en la Iglesia no está fundamentado en la Verdad Absoluta, ¿cómo quiere exigir obediencia a su mente si esta mente habla por su boca la mentira?

En la Iglesia de Cristo se obedece a Cristo en la Jerarquía, cuando la Jerarquía da la Verdad, que es Cristo; enseña la Verdad, que es Cristo; guía en la Verdad, que es Cristo; pone el camino de salvación y de santificación en la Verdad, que es Cristo.

Y si la Jerarquía de la Iglesia no da la Verdad como es, con sencillez, con claridad, sin condiciones, sin opiniones, sin puntos de vista, sin criterios humanos, entonces no es posible la Obediencia a esa Jerarquía. Porque no se obedece la mente de ningún hombre, por más Papa que sea, por más sacerdote que sea, por más Obispo que sea, por más Cardenal que sea, si esa Jerarquía no se pone en la Verdad, que es Cristo, si esa Jerarquía no es otro Cristo.

Francisco no habla como Cristo, no obra como Cristo, no vive como Cristo. Consecuencia: no hay obediencia a Francisco. Porque Francisco es el que hace el cisma dentro de la Iglesia con su mentira, con sus herejías, con sus opiniones, con sus criterios de hombre. Y obedecerle, por consiguiente, es hacer un cisma dentro de la Iglesia. Y no obedecerle es ponerse en la Verdad de la Iglesia.

Como sacerdote, lo tengo claro: no hay obediencia a Francisco ni a ningún Obispo que siga a Francisco. Porque Francisco no hace la unidad en la Verdad dentro de la Iglesia, sino que la está destruyendo con su opinión de hombre sobre el Evangelio, sobre Cristo, sobre los Sacramentos, sobre el Papado, sobre todas las cuestiones de la Iglesia.

Y aquel que destruye la Verdad en la Iglesia hay que considerarlo como enemigo, no sólo del alma, sino de la misma Iglesia. Y no hay obediencia a un enemigo. No hay respeto a un enemigo. No es posible dialogar con un enemigo. No es posible abrazar a un enemigo.

A Francisco hay que amarlo como enemigo del sacerdocio, de la Verdad, del Evangelio, de la Iglesia, de los hombres, de las almas.

Y amar a un enemigo consiste en mostrarle la Justicia Divina, no el cariño de los hombres, no la misericordia absurda de los hombres. Hay que decirle que se vaya a un monasterio a expiar sus muchos pecados y a buscar la salvación de su alma, porque peligra estando sentado en esa Silla de Pedro, que no es su silla. Francisco se la robó al Papa Benedicto XVI. Y ese robo exige una Justicia Divina que tiene que cumplir si quiere salvarse.

Para ser Iglesia hay que ponerse en la Verdad. Y aquel que tenga miedo a decir las cosas claras de lo que es Francisco, no pertenece a la Iglesia.

Aquel que siga haciendo el juego a Francisco, no pertenece a la Iglesia.

Aquellos Obispos que sigan lamiendo la humanidad de Francisco, no se les puede obedecer en la Iglesia. Porque se es cabeza para indicar el camino de la salvación al alma, al sacerdote, a la Iglesia. No se es cabeza para condenar a las almas siguiendo los bellos pensamientos de muchos hombres que ya no tienen vida sacerdotal en la Iglesia, que están en sus Obispados para tener una posición eclesiástica, económica, política, social, cultural, científica, filosófica, pero que han perdido el norte de la Verdad, la guía del Espíritu de Cristo en sus sacerdocios. Y no saben, como cabezas del sacerdocio ni guiarse así mismos en el sacerdocio. ¿Cómo van a exigir la obediencia a sus súbditos si ellos ya no obedecen a Cristo y sólo obedecen a un hereje que, sentado en la Silla de Pedro, conduce a toda la Iglesia hacia su ruina más total?

La alegría que da el Evangelio es la fuerza de la Verdad que da al alma el ser testimonio de esa Verdad en medio de demonios como hay dentro de la Jerarquía de la Iglesia. No hay que tener miedo de enfrentarse a una Jerarquía ciega en la mentira y que guía a los ciegos al infierno del alma.

El orgullo del que se sienta en la Silla de Pedro

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“Subiré al cielo y seré semejante al Altísimo” (Is 14, 13.14). Este es el pecado de orgullo de Lucifer. Y éste es el mismo pecado de Francisco: me sentaré en la Silla de Pedro y seré semejante a Cristo.

El Cielo es el Trono de Dios, apetecido por Lucifer; la Iglesia es el Trono del Verbo Encarnado, apetecido por Francisco.

El pecado de orgullo no es el pecado de la soberbia. Con la soberbia se divide la Verdad en infinitas partes; pero con el orgullo se obra esas infinitas partes. El orgullo es el fruto de la obra de la soberbia en la mente del hombre. El fruto: cuando el hombre asimila su soberbia, entonces da el árbol del orgullo, es decir, da frutos de orgullo en su vida.

Cuando los hombres no luchan contra sus soberbias, contra sus deseos de medirlo todo con sus razones, con sus filosofías, con sus sabidurías humanas, entonces aparece el gusto de ponerse en alto para proclamar al mundo sus soberbias, sus engreídos pensamientos. Por eso, todo orgulloso hace publicidad de sus pensamientos negros. Es lo que obra Francisco en la Iglesia: se ha hecho popular por sus mentiras en la Iglesia, porque ha difundido por doquier su engaño en la Iglesia. Y lo mantiene como una verdad a seguir.

“Inflamado de orgullo, quiso ser llamado Dios” (Agustín, en el libro De quaestionibus Vet. Test.). Inflado en sus pensamientos de altanería, Francisco quiso ser llamado Papa, la Voz de Cristo en la Iglesia, la voz de la Verdad. Éste es el comienzo del pecado de Francisco antes de ser elegido por los hombres Papa.

Su elección a la Silla de Pedro fue un fraude, pero eso la Iglesia no lo conoce. Las almas no entienden esta Verdad, pero sí pueden entender la obra de ese fraude durante diez meses. La obra de Francisco es la obra de su orgullo en la Iglesia. Y, por esa obra, se deduce que su elección fue un fraude. El Espíritu Santo no elige a un orgulloso para ser la Voz de Cristo en la Iglesia.

¡Qué pocos en la Iglesia conocen su historia y las cantidad de antipapas que ha tenido la Iglesia, y los muchos falsos Papas que han combatido en la Iglesia, y los anticristos que han querido ser Papas en la Iglesia! Y ¿no pueden aceptar que a Francisco se le llame falso Papa o antipapa o anticristo?

42 antipapas hubo en la historia de la Iglesia y, algunos de ellos elegidos legítimamente por los mismos Cardenales y proclamados santos, como en el caso de Hipólito, sacerdote romano, antipapa del 217 al 235, reinando el Papa verdadero. Eso es algo que no debería sorprender, porque el hombre siempre tiene ansias del poder en la Iglesia.

Al Papa Benedicto XVI lo expulsaron de la Silla de Pedro, pero esto es lo que no se ha ofrecido al público, porque no interesa la Verdad de los hechos. El Papa tuvo que irse porque lo dejaron solo y no tuvo el valor espiritual de seguir a Cristo con la Cruz, como lo hizo Juan Pablo II. No tuvo el valor de oponerse a esa fuerza misteriosa, que trabaja en oculto en Roma, y que gobierna la Iglesia sin que nadie se entere.

Estamos en la Iglesia en el cenit del orgullo: “La soberbia es heraldo de la ruina y la altivez del corazón, de la caída” (Prov. 16, 18). Cuando el orgullo llega a su cima, comienza la caída de toda la Iglesia en el mismo pecado de orgullo, un pecado que condena al alma y que lo separa de forma definitiva de Dios: “Mejor es humillar el corazón con los humildes que partir con los soberbios sus despojos” (v.19).

El pecado de orgullo es la causa principal de que muchos en la Iglesia vivan separados de Dios, haciendo, dentro de la misma Iglesia, su falsa iglesia, siguiendo a su falso Cristo de los pobres.

El pecado de orgullo es tan nefasto porque convence al hombre que lo que hace lo quiere Dios, es Voluntad de Dios. Dios quiere que se dé de comer al pobre en la Iglesia, para así asemejarnos a Cristo pobre. Este es el pensamiento orgulloso de Francisco, que lo pone por encima de Cristo en la Iglesia. Francisco es más grande que Cristo en la Iglesia.

Cristo Jesús no pidió dinero a los ricos de su tiempo, Francisco pide dinero a toda la Iglesia para hacer su negocio en la Iglesia.

Cristo Jesús ni se preocupó por la bolsa del dinero, sino que se la dio al traidor, a Judas, que sólo vivía para el dinero. Francisco lleva diez meses preocupado por las finanzas de la Iglesia. Es el nuevo Judas, el nuevo traidor de Cristo.

Judas se preocupó de que una mujer gastara un perfume carísimo con Cristo, y se lo echó en cara a Cristo y a los apóstoles. Francisco echa a en cara a la Iglesia los dineros que se emplean con el Señor, porque sólo quiere su dinero para vivir bien en la Iglesia.

El Señor, cuando necesitó dinero, hizo un milagro, lo sacó de la boca de un pez. Esa era la Providencia de Su Padre. Francisco llama a los ricos del mundo para que sean la providencia de la Iglesia, porque no cree en los milagros, sólo cree en la negociación de los valores en los mercados bursátiles. Hay que poner en marcha el dinero para que dé más dinero. Hay que pedir dinero para meterlo en la bolsa y así producir dinero para la Iglesia.

Francisco se cree más grande que Cristo Jesús en la Iglesia. Por eso, el orgulloso tienta a la Iglesia para interferir, para anular, para tergiversar las leyes divinas en Ella. El orgulloso tiene la creencia de que el hombre posee el derecho de decidir sobre cualquier cosa de la vida.

Francisco ha decidido cambiar el gobierno de la Iglesia sólo por su orgullo. Se ha creído con derecho a decidir en la Iglesia el gobierno que él quiere en la Iglesia, yendo contra la Mente de Cristo, que ha puesto un gobierno vertical en Pedro. Francisco dice no a Cristo. No es el gobierno vertical, es lo que yo quiero: “soy el obispo de Roma y el Papa de la catolicidad. He decidido como primera cosa nombrar a un grupo de ocho cardenales que constituyan mi consejo. No cortesanos sino personas sabias y animadas por mis mismos sentimientos. Este es el inicio de esa Iglesia con una organización no vertical sino horizontal”.

Así habla una persona orgullosa, que se ha puesto por encima de Cristo en la Iglesia. Estas no son palabras de un humilde, sino de uno que quiere destruir la Iglesia a base de su orgullo. Francisco ha dicho: yo tengo el derecho de anular la verticalidad en la Iglesia y poner la horizontalidad. Y, todos en la Iglesia, aplaudiendo al orgulloso.

Nadie ha analizado esto, este gobierno horizontal, cuando es lo más importante que ha hecho Francisco en diez meses. Lo demás, sus pobres, es para tapar este pecado de orgullo, para que nadie atienda a este gravísimo pecado.

Francisco ha convencido a la Iglesia de que hay que tener un gobierno horizontal. Sólo Cristo dio a Pedro el Poder de Gobernar en la Iglesia. Francisco se lo ha dado a ocho hombres en la Iglesia. Sólo Cristo puede decidir cambiar su gobierno en la Iglesia. Francisco ha decidido él, porque él lo ha pensado en su maravillosa cabeza. En la Iglesia es lo que piensa Francisco, es la opinión de Francisco lo que se sigue. Ya no es a Cristo Jesús, ya no es la Verdad, que es Jesús.

Nadie tiene derecho a sentarse en la Silla de Pedro hasta que el Papa Benedicto XVI no muera. Así lo dice la Verdad, que es Jesús: “Tú eres Pedro” hasta la muerte, porque sobre un solo Pedro, sobre una sola cabeza, “edificaré Mi Iglesia”.

Pero Francisco dice: no, sobre ocho cabezas hay que edificar la Iglesia. Gran pecado de orgullo que todos aplauden y besan el trasero de Francisco. ¡Qué gran inteligencia tienes Francisco! ¡Qué maravilla de clarividencia para resolver tus negocios en la Iglesia! ¡Ocho hombres trabajando para ti para buscarte el dinero que necesitas para tu triste vida!¡Tus ocho cabezas revelan que no eres el Papa elegido por Dios, el Papa verdadero, sobre el cual Jesús levanta la Iglesia!¡Te sentaste en la silla de Pedro antes que muriera Benedicto XVI, por tu negocio sucio en la Iglesia!

Cristo Jesús despreció el dinero. Tú lo amas y tu obsesión es tu pecado: llevas diez meses que no duermes pensando en el dinero.

Francisco cree que él sabe regir la Iglesia, que él sabe el camino que la Iglesia tiene que recorrer ahora: “El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más (…) Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar”.

La Iglesia, para Francisco, es una ONG. Punto final. Ése es el camino, lo más contrario al Evangelio de Cristo. ¿Y que todavía muchos digan que Francisco no se aparta de la doctrina de Cristo? ¿Cuándo van a ver que lo que Francisco propone es sólo su opinión como hombre orgulloso, como hombre pecador, pero no como Vicario de Cristo? Porque ningún Papa pone el problema más urgente en resolver las necesidades materiales de los hombres. La Iglesia está para salvar almas, no para alimentar cuerpos. Esto es lo que tiene que decir todo Papa elegido por el Espíritu Santo. Esto es lo nunca va a decir Francisco, porque es un orgulloso, que se ha creído dios en la Iglesia.

Francisco se ha creído que controla el destino de la Iglesia poniendo su gobierno horizontal en Ella para atar a todo el mundo a lo que piensen ocho idiotas, como él. Y la Iglesia es de Cristo. Y sólo manda en la Iglesia Cristo Jesús. Y aquel que no se someta a Cristo Jesús, entonces le viene la hecatombe.

“Aborrece el Señor al de altivo corazón, pronto o tarde no quedará sin castigo” (Prov 16, 5). Francisco recibirá del Señor su castigo merecido por su pecado de orgullo en la Iglesia. “El impío se cava la fosa” (Prov 16, 27), el ataúd de su muerte, porque “¿de qué sirve el oro en manos del necio? Pudiera comprar la sabiduría, pero no tiene juicio?” (Prov, 17, 16).

Diez meses predicando que necesita dinero para los pobres. Y no ha sabido dar un gramo de sabiduría divina a las almas en la Iglesia. ¿Para qué tanto insistir en la pobreza, en que los sacerdotes, tiene que abajarse al pueblo para darle sus necesidades materiales, si están en la Iglesia para llevarlos al cielo, para darles el alimento del Cielo?

¿Por qué tanta estupidez, Francisco, sale de tu boca? Por tu orgullo. Te has creído superior a Cristo en Su Iglesia y has puesto un camino de muerte para toda la Iglesia: “Hay caminos que al hombre le parecen derechos, pero a su fin son caminos de muerte” (Prov. 16, 25). Y, ¿ahora qué Francisco? ¿Cómo continúas tu estupidez en la Iglesia si ya la gente está harta de tus pamplinas en la Iglesia?

Francisco: no has cuidado la Iglesia, no la has respetado, no has sabido llevarla hacia la Verdad. Y sólo te has alzado en tu engreimiento de la vida, buscando el aplauso, la publicidad, el premio de los pecadores, de los miserables, de los sin Dios. Te has hecho acreedor al premio de los hombres, perdiendo el premio de la Vida Eterna. Por tu maldito orgullo, muchas almas en la Iglesia se pierden de forma inexorable, sin retorno, porque cualquier sacerdote que no cuida su rebaño y le enseña el camino de la Verdad, lo conduce al infierno junto con él mismo.

Pocos hay en la Iglesia que disciernan lo que es Francisco en la realidad. Todos esperan algo de él. No esperen lo que es imposible para Dios: salvar un alma que no quiere salvarse.

Evangelii gaudium: una basura intelectual

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“Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios” (n. 176): pensamiento lo más contrario a la Palabra de Dios, que dice que hay ir al mundo para predicar el Evangelio, no para hacer presente el Reino de Dios, porque el mundo pertenece al Reino del demonio y, por tanto, en el mundo no se puede hacer presente Dios. Donde reina el demonio no reina Dios.

El anticristo Francisco parte de una premisa falsa para hablar de dos cosas: la inclusión social de los pobres y la paz y el diálogo social.

Para estas dos barbaridades ha hecho todo este documento comunista y marxista, gnóstico y hereje al cien por cien.

Ni el Evangelio es un tratado para los pobres ni para la paz y el dialogo social.

¿Qué pretende enseñar Francisco a la Iglesia si no se pone en el centro de lo que es el Evangelio?

Jesús da Su Palabra, que es el Evangelio para dos cosas: salvarse y santificarse. Lo demás, sobra.

Jesús no da Su Palabra para ocuparse de los pobres ni para buscar la paz entre los hombres. Y bien claro es el Señor en todo Su Evangelio sobres estas dos cuestiones.

“Mi Paz os doy; no como el mundo la da, Yo os la doy” (Jn 14, 27). “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3).

El Evangelio es claro para aquel que quiera leerlo sin el espíritu comunista, marxista, gnóstico, anticristiano de Francisco.

Todo es muy simple con Dios. Con los hombres una complicación ser Iglesia y hacer Iglesia, porque andan tras sus negocios en la Iglesia.

La estupidez que sacará a Francisco del gobierno: sus malditos pobres.

Los pobres benditos: los del espíritu, no los materiales, no a los que les falta dinero.

Los demás, los que no son pobres de espíritu, son pecadores y viven como pecadores, tengan o no tengan dinero.

Y esos pecadores tienen que quitar su pecado, tengan o no tengan dinero, para seguir a Cristo y pertenecer a la Iglesia de Cristo.

Todo es muy sencillo cuando se lee el Evangelio con el Espíritu de la Palabra. Pero cuando se lee el Evangelio con la cabeza de cada, entonces nos inventamos la Iglesia, como lo hace Francisco.

“Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo” (n. 187): este es el invento del anticristo Francisco.

Y esta parrafada no se encuentra en el Evangelio, sino sólo en la cabeza de ese idiota. Y no comprende que cuando el Señor habla de la limosna es para un fin: expiar los pecados. Y no hay otro fin. La limosna no es para integrar a los pobres a la sociedad. Ningún gobierno hace eso. Vean en el mundo si existe eso. Y la Iglesia no está hecha para eso, sino para dar el camino hacia el Cielo. Hay que estar en el mundo sin ser del mundo, sin integrarse en el mundo, que es lo único que le interesa al anticristo Francisco.

Este idiota sólo ve la Iglesia como club social, como algo que debe imitar una caridad llena de estupidez hacia los hombres.

Porque es de necios, es de personas subnormales, como Francisco, con una inteligencia animal, no espiritual, creer que integrando a los pobres en la sociedad todos los problemas se resuelven por arte de magia. Y se dedica en su basura intelectual a dar los consejos y las medidas para que todo el mundo en la Iglesia le dé a él dinero para socorrer a los pobres.

El anticristo Francisco pide dinero al mundo y a la Iglesia para socorrer a los hombres. Eso es todo en el pensamiento de este gran idiota que no ha caído en la cuenta de su estupidez.

Para esto ha hecho este panfleto comunista y marxista que sólo sirve para tirarlo a la basura. ¿Para qué molestarse en seguir leyendo esta gran tontería de documento de un bobo como es Francisco? ¿Qué Verdad enseña en este documento? ¿Para qué sirve en la práctica de la vida espiritual de las almas este documento?

Para nada. Nada. Sólo para quitar la fe a los débiles, que hay muchos en la Iglesia.

El problema de la Iglesia es el pecado, no los pobres.

El problema de la Jerarquía es su pecado, no el diálogo social con los miembros de la Iglesia.

Si no quieren quitar el pecado, ni en la Jerarquía ni en la Iglesia, entonces apaga y vámonos.

Todos los problemas de los hombres en sus vidas son sólo por el maldito pecado que no quieren quitar. Y, por ese maldito pecado, existen los pobres y se dan las guerras entre los hombres. Se quita el pecado y ya no hay pobres ni guerras, porque el corazón es regido sólo por Dios.

Hasta que los hombres no caigan en la cuenta de que lo único importante en la vida es mirar su maldito pecado, entonces hacemos como todos en 20 siglos de Iglesia: unos un cisma, otros una teología protestante, otros su comunidad en la iglesia, otros fundan un tv para ganar con las cosas divinas su dinero, etc., etc., etc.

Así está toda la Iglesia: maravillada por el mundo, por el espíritu que está en el mundo y que es del anticristo. Y todos siguiendo a ese espíritu como si fuera lo divino, la última moda en la Iglesia.

Con el anticristo Francisco se da la moda de dar dinero a los pobres. Esa es la moda.

Se da la moda de dialogar con todo el mundo para quedar seducido por las mentiras de todo el mundo. Vivan la última moda de Francisco en la Iglesia. Lo novedad que les va a llevar al maldito infierno.

¡Da asco el planteamiento de Francisco para querer convencer a la Iglesia de que tiene que ocuparse de los pobres!

¡Da asco porque toma las sagradas palabras del Evangelio y las tuerce para su propósito! Coge lo que le interesa resaltar en esas palabras. Pero no hace ningún esfuerzo de su inteligencia para sacar una razón, una filosofía de esas palabras. Sino que sólo la dice movido por su sentimentalismo hacia los pobres.

No hay quien siga a Francisco en su pensamiento porque no tiene pensamiento. Es un conjunto de ideas llevadas por su sentimiento de la vida, por su orgullo de la vida. Y no más. El que lee a Francisco, después se queda diciéndose a sí mismo: ¿qué ha querido decir este idiota? Porque no da argumentos filosóficos, no estructura nada en la cabeza. Lo sintetiza todo en su sentimiento de la palabra. Coge esta frase que le gusta y la une con aquella que también le gusta y eso es todo en Francisco. Y sale un monstruo de documento que no sirve para nada.

¿Cómo a la gente le gusta lo que escribe Francisco? Porque es gente que no piensa, que no medita la vida, sino que la vive en su orgullo. Es gente vividora, que ha cogido una idea y la retuerce hasta que la pone en práctica. Y, aunque esa idea sea estrafalaria, eso no interesa sino para vivirla. Se vive la idea en el sentimiento de la idea, no en la razón de la idea, no en la verdad de la idea.

Por eso, si la persona no cree en el infierno, vive esa idea porque sí, porque le apetece no tener en el pensamiento la idea del infierno. Y vive sin esa idea y, por lo tanto, vive pecado y amando el pecado como si nada más existiera. Esto se llama vivir el orgullo: se vive una idea que ya está anclada en el pensamiento, aunque esa idea sea falsa. Así vive Francisco en la Iglesia desde siempre. Así. Y muchos como él. Y, por tanto, el que vive así no puede ver la Verdad, no puede discernir la Verdad nunca.

Por eso, está preocupadísimo de los pobres y del diálogo en la Iglesia. No vive tranquilo hasta que alguien le dé dinero para sus pobres y hasta no ver a todo el mundo dentro de la Iglesia.

Por eso, es un pésimo gobernante, porque no hay gobierno en el mundo que haga lo que Francisco. No existe. Francisco se ha inventado la forma de no hacer nada en la Iglesia. Es lo que lleva haciendo ocho meses: nada. Que gobiernen otros.

Y, por lo tanto, si el cardenal Marx dice que no hay infierno, pues todos muy contentos: que no haya infierno. No pasa nada. Hay que dedicarse a dar dinero a los pobres no a creer en el infierno. Hay que dialogar con los que no creen en el infierno para dejar de creer en el infierno. Así gobierna Francisco: un estúpido que se llama a sí mismo Obispo de Roma. Un malnacido. Era mejor que no hubiera nacido.

Evangelii gaudium: las fábulas del anticristo Francisco

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“Pero he renunciado a tratar detenidamente esas múltiples cuestiones que deben ser objeto de estudio y cuidadosa profundización. Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización” (Evangelii gaudium).

Con sólo leer estas frases, ya se entiende de qué va esta basura que da el anticristo Francisco a sus seguidores en Roma. Basura llena de fábulas, de cuentos para entretener a los hombres y dejarle un sueño en sus vidas.

Como él ha anulado el Papado, lo que escribe aquí es sólo su opinión y la de otros Obispos sobre lo que hay que hacer en la Iglesia.

Para el anticristo Francisco quien esté como Papa no da la Verdad a la Iglesia, no es Infalible, no tiene la garantía de dirigir la Iglesia hacia su fin último: “Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo”. El Papa no es lo definitivo en la Iglesia. Luego, se acabó el Papa y el Papado.

Esta es su herejía. Y, como consecuencia, quien tiene la Verdad en la Iglesia son los episcopados locales. Es decir, que el anticristo Francisco otorga el poder que tiene el Papa en los Obispos de cada región. Los que deciden los destinos de la Iglesia, el colegio de los Obispos, los Obispos en cada lugar del mundo. Y, en cada lugar, habrá una Iglesia diferente a la que está en Roma. Se acabó la universalidad de la Iglesia, porque se anula la Verdad.

El católico es universal porque vive la unidad de la Verdad. El católico deja de ser universal cuando vive las diferencias de cada persona y se une a esas diferencias para formar una unidad imposible: una diversidad. Y a ese monstruo lo llaman universal.

Si quieren seguir a este anticristo, síganlo y vayan hacia el error y hacia la mentira que describe en todo este documento, lleno de fábulas, no de otra cosa. No se enseña ninguna verdad.

Aquí se ve más claro, para aquellos que no lo habían captado, que en la Iglesia en Roma se siguen a los hombres en sus pensamientos, pero no se sigue la Mente de Cristo. No siguen la Verdad del Espíritu, sino la mentira de las cabezas humanas.

Es claro en este párrafo totalmente herético. Y quien no vea su herejía es que permanece ciego por su pecado.

Francisco no es Papa y, por eso, las palabras contenidas en este documento no corresponden a un Papa sino a un anticristo.

Y estas palabras deben ser leídas como la enseñanza de un anticristo en la Iglesia. Y sólo así se puede entender este documento.

Quien quiera leer este escrito como las palabras de un Papa, se equivoca y se une al anticristo Francisco. Un Papa nunca escribiría este documento. Nunca, porque está plagado de errores y de herejías desde el principio hasta el fin.

Un anticristo nunca enseña la Verdad en la Iglesia, sino sólo la mentira.

Nada más se ve en las primeras frases de este escrito: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”.

El anticristo Francisco no cambia, está en su obsesión: lo que pasa en el mundo es por el dinero. Punto y final. Y, entonces, para no tener una conciencia aislada, que todos pongan su dinero en manos del anticristo Francisco. Eso es todo. Y no hay más en este escrito.

El anticristo Francisco no ha caído en la cuenta de que el mundo está como está porque su Príncipe es el demonio. Y, porque él no cree en el demonio, entonces quiere solucionar los problemas a base de igualar a todos los hombres en la riqueza del mundo: esa es la doctrina marxista, que él sigue en su teología de la liberación y en su teología de los pobres, que es lo mismo, pero quitándole las frases que molestan del marxismo. Sólo un comunista habla como lo hace el anticristo Francisco en este documento.

Ni una sola vez Francisco habla de la Gracia y del valor de la Gracia, y de lo que significa estar en Gracia, que eso debe ser la alegría en la Iglesia. Y, por tanto, aquel que lucha contra el pecado, el demonio y el mundo, arregla el mundo y sus problemas. Pero esto nunca lo va a predicar el anticristo Francisco.

No van a encontrar en este documento una sola Verdad. Es que no la hay. Son solo las palabras acomodadas del Evangelio siguiendo el discurso humano que tiene el anticristo Francisco en su cabeza.

Es un documento para tirarlo a la papelera. Ni se molesten en leerlo, porque es lo mismo de siempre, con otra claridad, ahondando en su herejía favorita: su humanismo.

Es un documento lleno de palabras vacías, propias de herejes que han perdido su conciencia sobre el bien y el mal. Y que a todo lo llaman bueno, a lo que cada uno concibe en su negro intelecto.

Es un documento para los herejes, no para los que tienen fe. Los que creen en la Palabra de Dios saben que lo que en este documento se dice es basura de herejes, de apóstatas de la fe que guían a la Iglesia hacia lo que sus lujurias en la vida desean: poder y dinero en el mundo.

Nadie que lea este documento con ojos de fe puede hacerle caso ni siquiera en una palabra, en una frase, porque todas están contaminadas por las mentiras del anticristo Francisco.

Para el que ha discernido al anticristo Francisco, este documento es sólo la confirmación de su discernimiento. No otra cosa. Este documento no salva a Francisco de ser un anticristo, y de oponer en todo a Cristo y a Su Obra, la Iglesia.

En este documento el anticristo Francisco se opone en todo a la Verdad, que es Cristo. Se opone a la doctrina de Cristo. Se opone al magisterio de la Iglesia. Se opone a todos los dogmas en la Iglesia.

No pierdan el tiempo ya con el anticristo Francisco. Este su legado a los bobos que hay en Roma y a los herejes que se unen a él. Todos piensan lo mismo. Luego todos tiene el mismo plan: aniquilar la Iglesia en sus cimientos. Lo demás, son palabras huecas, vacías, hermosas para aquellos que les gusta oír lo humano, lo bello de la vida, pero totalmente asquerosas para aquellos que viven la fe católica y la fe en la Palabra de Dios.

¡Da asco este documento del anticristo Francisco! ¡Da asco su persona y da asco lo que está haciendo en Roma!

Y quien quiera poner al anticristo Francisco como un pensador moderno, se equivoca completamente.

Lean el documento y verán lo fácil que es derribar este pensamiento de Francisco, porque está hecho a base de sentimientos humanos. Quiere que todo el mundo esté contento en la vida y da sus discursitos bellos a todos para que le aplaudan a él.

El anticristo Francisco escribe este documento para recibir sólo la aprobación de los herejes en Roma. Para que los hombres le tengan en cuenta y no le dejen sin poder y sin dinero en la Iglesia.

En este documento se refleja la nulidad en la devoción que tiene este anticristo por las cosas de la Iglesia y sus Tradiciones. Habla sin espíritu, habla según lo humano, cambiando las Palabras del Evangelio, las citas de los Santos y de los diferentes Papas, según su idea humana, que es lo principal en su discurso.

Su discurso es para el hombre, para tratar los asuntos del hombre, para indicar las obras que hay que hacer en el mundo y en la Iglesia por los hombres. Pero su discurso nunca es para llevar al hombre al Cielo. Nunca. El anticristo Francisco deja al hombre en el hombre, en el mundo. Y ahí hace la Iglesia.

Cuando hace referencia a la Jerusalén Celestial es para marcar el trabajo de los hombres en cada ciudad del mundo. El anticristo Francisco es siempre lo mismo: el hombre, el mundo, las obras de los hombres, las vidas de los hombres, las ideas de los hombres, los caprichos de los hombres y no sale de ahí. No puede. Todo su discurso gira en torno al hombre.

Si habla de los laicos, es para resaltar su trabajo humano en el mundo, para dirigirles hacia el mundo y que lo llenen de obras buenas humanas.

Si trata de la predicación es para que los sacerdotes hablen para el mundo y hablen al hombre de sus problemas en el mundo y cómo solucionarlos por caminos humanos.

El anticristo Francisco habla de la mundanidad espiritual, ¡como si el mundo fuera espiritual! Y da sus herejías en ese punto sin caer en la cuenta de que él mismo es un mundano espiritual en lo que obra en la Iglesia. Es un fariseo, que eso es lo que significa para el anticristo Francisco la mundanidad espiritual. Y él mismo se señala como fariseo en su documento. Él da la razón de por qué es fariseo en este documento: su gnosticismo, que es el eje de este escrito.

Este escrito es gnóstico, es decir, está hecho de la idea religiosa que tiene un hombre sobre la Iglesia, sobre el valor de la evangelización, sobre lo que es el mundo y lo que debe ser el hombre.

En esta idea gnóstica, Dios es sólo un concepto del hombre. Por eso, habla de la memoria de la Eucaristía. La Eucaristía no es la Adoración a Dios en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo sobre el Altar, sino una memoria, un concepto gnóstico que todos tiene, todos poseen y todos puede llevar a la práctica de muchas maneras en sus vidas.

Por eso, este documento es sólo para el fuego del infierno. No tiene otro valor. Y no hay que darle otro valor. Los que quieran enfrentar al anticristo Francisco lo tienen muy claro en este documento, porque aquí este anticristo se explaya en sus herejías. Las dice de nuevo, pero con otras palabras más claras para todos.

Es hora de oponerse al anticristo Francisco con sus mismas palabras, que no son las de Cristo.

Es hora de negar a este anticristo la posibilidad de encontrar con él, en la Iglesia, un camino para la salvación y para la santidad. Con este anticristo nadie en la Iglesia se puede salvar, porque todos buscan lo humano, lo mundano, lo material, la añadidura propia de los herejes que ya no buscan el Reino de Dios.

Que nadie se engañe con este documento. Ahí tienen para combatir a Francisco como es: un anticristo. Ahí tienen para hacerle caer en la cuenta de lo estúpido que es un Obispo que ha renunciado a ser sal de los corazones porque su palabra se ha vuelto sosa, y es sólo el alimento para los bobos y para los herejes, como él.

Este documento es un conjunto de fábulas y de cuentos que sólo los que tienen una venda en sus ojos lo pueden seguir. Para los demás es una señal de que muy pronto hay que salir de Roma para no contaminarse con las herejías que ya vienen para toda la Iglesia.

En este documento se ha equivocado totalmente el anticristo Francisco: será su derrota en la Iglesia.

Sucesión de anticristos

lavidanoseda

“Mas acordaos que Satanás cumple su acción solapada en las tinieblas. Os asedia con sus enredos y sutilezas de serpiente al acecho de un tupido matorral. Y porque sabe que sois viles tanto en el mal como en el bien, aunque os vea ya muy alejados de Dios no osa aún presentarse ante vosotros cara a cara y deciros: “Aquí estoy. Sígueme”.

..Después de haber intentado destruir a Cristo con las tentaciones; a la Iglesia deparándole épocas oscuras; el Cristianismo por medio de los cismas; la sociedad civil con las sectas, ahora que está en vísperas de la manifestación preparatoria para la final, intenta destruir vuestras conciencias tras haber destruido vuestro pensamiento. Sí, es así. Lo ha destruido no como capacidad de pensar como hombres sino de pensar como hijos de Dios. El racionalismo, la ciencia que se aparta de Dios, ha destruido vuestro pensamiento de índole divina y ahora pensáis como sólo el fango puede pensar: por tierra. En las cosas que ve, vuestro ojo no advierte a Dios, no advierte su sello. Para vosotros son solamente astros, montes, piedras, aguas, hierbas, animales. Para el creyente son obras de Dios y no necesita más para sumergirse en la contemplación y la alabanza del Creador, ante los innumerables signos de su poder, que os circunda y embellecen vuestra existencia y son útiles para vuestra vida.

Ahora Satanás ataca las conciencias. Ofrece el antiguo fruto: el placer, el ávido deseo de saber, la arrogante y sacrílega esperanza de llegar a ser dioses, a fuerza de morder en la carne y en la ciencia. Y así, el placer os convierte en fieras consumidas por la lujuria, repelentes, enfermas, condenadas tanto en ésta como en la otra vida a los morbos de la carne y a la muerte del espíritu. Y así, el ávido deseo de saber os entrega al Simulador pues, al intentar imponer a dios vuestra voluntad de saber debido a la ilícita sed de conocer los misterios de Dios, hacéis de modo que satanás os atrape con sus engaños.

Me causáis piedad. Me causáis horror. Siento piedad porque sois locos. Siento horror porque queréis serlo y os marcáis la carne del alma con el signo de la Bestia y rechazáis la Verdad para acoger la Mentira” (Jesús a María Valtorta – 8 de enero de 1944).

La Iglesia está henchida de orgullo y de incredulidad y, por eso, niega el poder y la presencia del demonio en Ella.

Lucifer fue creado por Dios, pero se rebeló contra Dios y se convirtió en demonio, se puso como Adversario de Dios, como el Tentador, el Envidioso, el Astuto, el Incansable, el Simulador de Dios.

Todo cuanto hace el demonio lo obra imitando a Dios. Y nada obra sin esa imitación. No puede hacer algo de sí mismo. Sólo obra en el espejo de Dios, poniéndose como dios en todas las cosas.

Y, por eso, los Obispos y los sacerdotes niegan que exista el infierno, porque ya no creen que Dios ha creado al demonio y, por tanto, ha creado un lugar y un estado para el demonio.

El infierno existe, no es algo imaginario, no es el fruto de la mente del hombre, no es una razón para meter miedo a la gente.

El infierno es la cara del demonio, es la obra de su pensamiento demoniaco, es la vida de sus tres cabezas más importantes en ese reino.

Quien no crea en el demonio es porque se ha convertido en un demonio, su conciencia se ha pervertido.

El demonio sólo cree que es dios, pero no puede creer que se transformó, por su pecado, en demonio. Sino que, siendo Ángel de Luz en la creación, sigue siendo esa luz, pero de otra manera, en estado de demonio. Y da esa luz a los hombres presentándose como Dios.

Es lo que ha hecho el anticristo Francisco desde el principio de su reinado en la Iglesia: se ha presentado como elegido por Dios para guiar a la Iglesia. Y nadie vio al demonio en él, en esa elección y en esa subida al poder.

Aquel que niega al demonio es ya un demonio en vida, se ha convertido en un demonio en vida. Su conciencia ha mordido el misterio de Dios y se presenta ante los hombres como dios.

Quien niega al demonio, niega a Dios. Y quien niega a Dios se convierte él mismo en dios para sí mismo: con su pensamiento crea todo lo que necesita para creer en la vida, para vivir y obrar su vida.

Estamos viviendo en la Iglesia el culto a la mente del hombre, que no es capaz de salir de sí misma, porque en ella lo encuentra todo para su vida espiritual. Y se ha llegado a eso porque los hombres ya no tienen conciencia. Ya no saben lo que es ni el bien ni el mal. Sólo saben pensar su bien y su mal.

El hombre ha hecho de la vida espiritual un camino en su mente. Y, por eso, contemplamos a tantos sacerdotes y Obispos que ya no creen en ninguna verdad que la Iglesia ha enseñado durante 20 siglos. No creen porque han tergiversado el Misterio de la Iglesia, el Misterio de Cristo, el Misterio de Dios con sus inteligencias humanas. Han querido enseñar el Misterio con sus mentes y han entrado en la conquista de la mente del demonio, que supera a la mente de cualquier hombre.

La mente del demonio sólo tiene un fin: ser dios. Y lleva al hombre que le sigue a lo mismo: ser dios.

Todos se oponen a la Verdad porque encuentra en sus mentes las verdades para seguir siendo lo que son en la Iglesia. Ya esas verdades no las da Dios, no las ofrece el Espíritu de la Verdad, sino la mente de cada cual en su vida.

Quien no desprecia las verdades de su mente, nunca se va a poner en la Verdad, que es Jesús. Nunca va a obrar la Verdad, que es Jesús. Nunca va a vivir la Verdad, que es Jesús. Siempre va a rechazar la Verdad.

Esto es lo que muchos no comprenden en la Iglesia: este renunciar a la mente humana para poseer la Mente de Cristo. Este crucificar lo humano para ser divino. El hombre sólo quiere ensalzarse como hombre y ponerse por encima de Dios. Ése es su pecado en el mundo y en la Iglesia. Y no se puede comprender de otra manera cómo sacerdotes y Obispos siguen siendo lo que son si dejar sus mentiras, sus errores, sus herejías, sus apostasías de la fe. No se puede comprender que el anticristo Francisco siga sentado en la Silla de Pedro si no se acude al pecado de ser dios ante la Iglesia y ante el mundo.

El pecador humilde ve su pecado y lo quita de en medio. El pecador soberbio ve su pecado y lo ensalza, lo justifica y lo aplaude en medio del mundo y de la Iglesia.

Por eso, no es de extrañar que los Obispos en la Iglesia lo estén negando todo, toda verdad, todo dogma. Es lo más normal cuando el hombre ha hecho de su razón su dios.

Quien no cree en el demonio sólo cree en su razón. Y no tiene otra fe. Y no tiene otro dios. Y su camino en la vida es su pensamiento humano, no el Espíritu de la Verdad.

Ese fue el pecado de Lucifer: seguir su pensamiento angélico, oponiéndose al Pensamiento Divino sobre su vida de Ángel.

Dios le mostró un camino para vivir su vida y el demonio eligió otro, contrario y opuesto al de Dios.

Y ese pecado se repite siempre en los hombres: en Adán y Eva, y en la Iglesia.

Jesús ha puesto un camino al hombre en la Iglesia, camino para salvarse y santificarse, y los hombres, los sacerdotes y Obispos, eligen otro camino para sus vidas de sacerdocio, incurriendo en el mismo pecado de Lucifer.

Este será siempre el Misterio de la Gracia y de la Libertad en el hombre. El hombre, a pesar de tener la Gracia, la Vida Divina, puede escoger, con su libertad, el camino opuesto a esa Vida Divina en la Iglesia.

Nadie está salvado en la Iglesia porque se haya bautizado, o comulgue, o se confiese, o haya recibido la confirmación, porque eso no da la salvación al hombre.

Nadie se salva porque Dios lo ama. Nadie se salva porque se ore y se haga penitencia. Nadie se salva porque haya pasado toda su vida sirviendo a Dios en la Iglesia.

La salvación está sólo en la Gracia. Y el hombre se salva si es fiel a la Gracia, si persevera en la Gracia, si camina en la Gracia. Y la Gracia es sólo el movimiento de Dios en el alma. Dios mueve el corazón para que el hombre obre algo divino en su vida humana.

Y reconocer este movimiento en el corazón es de la suma importancia en la vida de toda alma. Y no saber verlo es condenarse en vida haciendo muchas cosas buenas sin la acción divina en el corazón.

Por eso, la vida espiritual no es un juego de la mente: ahora creemos en el infierno, mañana ya no creemos para creer en otra cosa.

La Verdad es siempre la misma. La Verdad es la Verdad. Y la Verdad no gusta a ningún hombre, porque siempre se opone a la mente de todo hombre, a las razones que todo hombre busca para ser feliz y vivir en paz.

Vivimos en la Iglesia con sacerdotes, con Obispos, que han despreciado la Verdad para imponer sus verdades a los demás, para acoger la Mentira y que todos vayan tras esa Mentira.

Eso es el anticristo Francisco, que ha puesto su gobierno en la Iglesia, que va en contra de la Verdad. Y eso es lo que muchos no ven: esta Verdad.

Pedro solo, sin ayuda de nadie, gobierna toda la Iglesia. Esta es la Verdad que se ha despreciado y que nadie medita y nadie la quiere en la Iglesia. Se quita esta Verdad para acoger una mentira: un gobierno de muchos en la Iglesia. Y se ha quitado sin que nadie diga nada. Eso es señal de cómo están las conciencias de muchos en la Iglesia. Conciencias pervertidas en el mal.

El anticristo Francisco ha impuesto su verdad, que sale de su pensamiento humano, pero que no está en el Pensamiento Divino. No se encuentra en Dios esa verdad, porque Dios ha fundado su Iglesia en el gobierno de uno, no de muchos. Y esta ley divina se ha despreciado en la Iglesia y se ha colocado el pensamiento de un hombre que no vive la Verdad, sino que vive sus verdades en la Iglesia, que acoge las mentiras que le pone el demonio en su mente.

Francisco es un hombre que actúa como el demonio: se opone a Dios, lucha en contra de Dios, se sube encima de Dios, se pone como dios en medio de la Iglesia.

Y nadie lo entiende así, porque la Iglesia ya no cree en el demonio y, por eso, se deja engañar fácilmente por el demonio.

Quien no cree en el demonio no puede ver su acción, no puede contemplar sus obras, no puede luchar contra él.

Por eso, subió el anticristo Francisco a la Silla de Pedro y todos le siguieron, porque no se cree en el demonio. Y se toman las palabras y las obras de los hombres como Voluntad de Dios en la Iglesia.

Y la Iglesia, cuando no discierne la Verdad, cuando se apoya en los pensamientos de los hombres, en sus obras, en sus vidas, siempre yerra, siempre cae, siempre se engaña con la Mentira.

Vivimos un tiempo de total oscuridad en la Iglesia. Roma ya ha perdido la fe y se convierte en la Sede del Anticristo. La Silla de Pedro se transforma en la Silla del demonio. Y, en consecuencia, lo que resta por contemplar en Roma es la sucesión de anticristos en esa Silla, de gente que ya no ve la Verdad, y que impone sus mentiras a la Iglesia.

Por eso, durante más de dos largos años, sólo se verá en Roma la destrucción de toda la Iglesia, que durante 20 siglos se ha mantenido para dar la Verdad a todos los hombres, y que, en poco tiempo, su cara será transformada en la cara del Anticristo.

La cara de Cristo ha desparecido de Roma y se ha colocado la careta del demonio, para dar a los hombres el pensamiento del demonio, a través de Obispos que se oponen a Cristo y Su Obra, que es la Iglesia.

Son los mismos miembros de la Iglesia los que destruyen la Iglesia, cambian su cara, lavan su cara, transforman la Iglesia en una nueva iglesia, que es una falsa Iglesia.

Por eso, no estamos viviendo lo de siempre en la Iglesia: gente que desobedece, gente que no sigue la Verdad. Ya no es tiempo de eso. Estamos viviendo la rebeldía a la Verdad entre los mismos miembros de la Iglesia. La Iglesia se rebela contra su fundador y deja de ser Iglesia, porque los suyos han perdido la conciencia del bien y del mal por querer interpretar los Misterio de Dios en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma, porque Roma ya no da la Verdad a nadie.

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