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El encuentro de oración para abrir el nuevo orden mundial

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El ocho de junio se va a realizar un encuentro de oración por la paz entre tres personajes que no tienen fe en Cristo: Francisco, Shimon Peres y Mahmud Abbas.

Tres hombres, tres políticos, tres mentirosos.

Tres hombres, tres ideas, tres obras de destrucción.

Tres hombres unidos en un mismo lenguaje humano, para una falsa paz entre los hombres y en la Iglesia.

Este encuentro de oración, para conseguir una falsa paz, es el sello del pecado de orgullo que Francisco ha obrado en su viaje a Jerusalén. Es su sello; es decir, es el broche de oro como termina su pecado.

Es de fariseos reunirse a orar sin creer en Cristo. Es de hipócritas hacer un encuentro, para llamarlo de oración, cuando todos saben que es para hacer propaganda del falso ecumenismo. Se reúnen para nada. Sólo para seguir obrando su pecado.

Francisco se ha querido convertir en el hombre de paz en Jerusalén. A eso ha ido: para tomarse la foto con los judíos, con los musulmanes, lamentarse del sufrimiento de los hombres, darse un abrazo fraterno y así aparentar, ante todos, lo bien que hace las cosas en la Iglesia.

Muchos no han comprendido la unidad que pide Cristo en Su Iglesia. Muchos siguen como bobos lo que un hombre sin cultura religiosa, sin vida espiritual, sin deseos de ser santo, hace en la Silla de Pedro. Y quieren analizar su gobierno desde la mentira de sus obras. Y, porque no son capaces, no tienen agallas de llamar a Francisco como un hereje formal, como el que ha abierto la apostasía formal en la Iglesia, entonces se dedican a escribir ríos de tinta sobre las maravillas que Francisco hace en la Iglesia.

Y esto es señal de que en la Iglesia no hay ninguna santidad. No hay santos, hoy día, en la Iglesia. Hay mucha gente que habla de los santos y que piden que se declaren santos, pero –a la hora de la verdad- cuando es necesario levantar la voz de la santidad contra un hereje, como es Francisco, todos miran a otro lado, todos cierran sus bocas, todos buscan una razón que les ayude a seguir obedeciendo a Francisco.

¡Da pena y asco cómo está toda la Iglesia! Bebiendo de las faldas de uno que no sabe sentarse en la Silla de Pedro, sino que se acomoda para darle gusto a la gente que le escucha.

Tres hombres, tres ideas del mal: el comunista Francisco; el judío Peres; el musulmán Abbas. Ninguno de los tres cree en el Dios católico. Y, entonces, ¿a quién van a adorar en ese encuentro de oración? ¿Al Dios de los tres? ¿A los tres dioses respectivos? ¿Al Dios desconocido que está en los tres?

¿Para qué se van a reunir si no van adorar a Jesucristo? ¿Van a ir a la capilla, al Sagrario, se van arrodillar y a pedir perdón a Dios por sus pecados? Por supuesto, que no lo van a hacer. Entonces, ¿qué va a ser ese encuentro? Un reírse de todo el mundo y de toda la Iglesia. Una risotada. Una bufonería. Una payasada.

Y no es otra cosa.

«Ante todo, te ruego que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los emperadores y por todos los constituidos en dignidad, a fin de que gocemos de vida tranquila y quieta con toda piedad y honestidad» (1 Tim 2, 1).

San Pablo enseña las cuatro cosas que toda oración debe tener para que sea agradable a Dios: hay que pedir a Dios su Voluntad (= ποιεῖσθαι δεήσεις); hay que orar con el corazón (= προσευχάς); hay que suplicar con la Sangre de Cristo (= ἐντεύξεις); hay que dar gracias en la Eucaristía (= εὐχαριστίας).

Por tanto, todo encuentro de oración debe cumplir con esto. Si a Dios no se le pide Su Voluntad; si el corazón permanece cerrado por el pecado, impidiendo orar; si no se unen los sufrimientos de los hombres con el sufrimiento redentor de Cristo; si no se pone en el Altar esa oración del corazón; entonces, vana es toda oración, inútil, innecesaria, porque Dios no escucha la oración del que vive en su pecado y no se ocupa de quitarlo.

Muchas naciones están en guerra, y los hombres se matan sin piedad unos a otros, porque los hombres han arrojado a Dios de las naciones y de los pueblos, de las familias y de los corazones. Y, por eso, en el mundo se termina una guerra y se comienza otra, porque donde hay injusticias y desorden espiritual, tiene que brotar, de forma necesaria, la discordia y las luchas que no cesan.

Tres hombres que no creen en el Dios verdadero, no creen que Dios es el que da la paz. Si lo creyeran, entonces no estarían donde están: estarían, cada uno, expiando sus pecados y preparándose para morir en la Presencia de Dios.

Pero son tres hombres que ya no creen en Dios, sino que hablan cosas de Dios para engañar a todos los hombres. Usan su lenguaje humano para poder unir tres ideas en una sola: comunismo (= el bien común regido por unos y para sólo unos pocos), sinoismo (= máximo poder, fascismo, dictadura) y la idea musulmana (= la vida conquistada por la fuerza, la destrucción y la muerte).

Es necesario poner el fundamento de un nuevo orden mundial: una globalización, un bien común, una comunidad de hombres, regidos por una mano de hierro, que lo destruya todo, que lleve hacia la muerte, que tenga el sello de la mentira.

Estos tres hombres, que no son capaces de creer en Dios, sino que sólo creen en su lenguaje humano: la fraternidad, la tolerancia, el diálogo para encontrar la idea que valga, que triunfe, el encuentro con las culturas de los hombres para dominarlos en sus vidas; y que sólo por un motivo político, humano, material, se van a reunir para una oración al demonio.

Estos tres hombres han construido un mundo pagano, cuyo dios ha conquistado una gran parte de la humanidad y de la Iglesia. Ese dios los dirige y gobierna, los seduce y los enloquece. Tres hombres desobedientes a Dios y a Su Santa Ley. Tres hombres que viven en sus pecados: de soberbia, de orgullo, de prepotencia y de lujuria. Tres hombres, seducidos por el mal, para seducir al mal. Hablan para engañarse a sí mismos y a los otros. Hablan para desearse el mal con bonitas palabras. Hablan para dar un consuelo humano apuñalando el corazón.

Tres hombres que creen que todo está bien y, por tanto, ignoran la raíz de todo mal en el mundo: el pecado. E ignorando esta raíz, no son capaces de ver al autor del pecado, su acción en medio de los hombres: el demonio.

Pobres hombres, que hacen un encuentro para una oración de la paz, y no hay manera de que alguien los pueda salvar de la Ira Divina, porque no quieren quitar sus pecados de la vista de Dios.

Ellos se reúnen para tender sus manos al otro, para abrazar el pecado del otro, para guiar al otro hacia el pecado. Y no se reúnen para ayudarse uno al otro a dejar sus pecados, a mirar sus pecados, a llamar al pecado con el nombre de pecado, a arrepentirse de sus pecados. Ellos se tienden las manos, y ¿quiénes les tenderá a ellos las manos para salvarlos, cuando ellos han hundido tantas manos en el abismo, en el infierno? ¡Cuántos corazones se están perdiendo a causa de estos tres hombres, por el pecado de estas tres mentes diabólicas!

¡No hay derecho a ese encuentro de oración! Es una bofetada a la Santidad de la Iglesia.

Ese encuentro de oración es el resultado de las desviaciones en la fe, de Francisco y de toda la Jerarquía infiltrada. No es la Voluntad de Dios, porque ese encuentro no busca el bien divino, sino sólo el bien de los hombres, de unos pocos hombres que se atreven, en su prepotencia, a hablar en nombre de todos.

Quien en su vida acepta la mentira, hace estragos en los hombres y en el mundo.

En un mundo dominado por pasiones turbulentas, frutos del pecado, ¿con qué clase de lenguaje humano sobre la paz se va a quitar esa turbulencia de las pasiones? ¿Con qué palabrería barata y blasfema sobre la paz se va anular la guerra que cada hombre siente en su interior por sus pecados?

Sólo la Gracia, que Cristo ha conquistado en la Cruz, pone al hombre en la paz. Pero los hombres, cuando hablan de paz, inician una guerra. ¡Siempre! En un mundo donde Dios no tiene cabida, hablar de paz es obrar la guerra.

Y, entonces, ¿por qué la Iglesia quiere engañarse con ese encuentro de oración? Porque sigue a un mentiroso, a uno que engaña, a un falsificador de Cristo y de Su Iglesia.

Pero, ¿todavía no habéis comprendido lo que es Francisco? ¿No veis sus obras? ¿No veis que está destruyendo la Tradición, que no se sujeta al Magisterio de la Iglesia, ni a lo que los Papas han enseñado? Se desmarca de todos los Papas. Y nombra a los Papas que le conviene para apoyar su mentira en la Iglesia. ¿No veis que, en su orgullo, se pone por encima de la autoridad divina para afirmar el pecado, para valorar el pecado, para que todos digan que el pecado es un bien, una virtud, un camino en la Iglesia?

Toda la Iglesia está con una venda en los ojos. Y eso es un castigo divino: no habéis querido a un Papa legítimo. Habéis trabajado, durante 50 años para oponeros al Papa, para desobedecerlo en muchas maneras, y habéis visto el camino para apartarlo de su gobierno; pues, ahora, toda la Iglesia tiene lo que ha buscado: a un hombre que les entretenga y que los lleve, riendo, hacia el infierno.

Esto es Francisco: un bufón de la Corte, que enseña a vivir la vida, por encima de la toda ley divina. Una enseñanza para un infierno eterno, para una condenación.

Y, muchos, no acaban de verlo. Y sólo por su soberbia: como hoy dice una herejía, pero mañana dice lo contrario, entonces Francisco no es hereje formal. Y, en su soberbia, no ven que el lenguaje humano, que usa Francisco, es la herejía formal. No caen en la cuenta de eso, porque no entienden lo que significa ser pertinaz en la herejía.

Hoy los herejes defienden sus herejías dando vueltas y vueltas a sus palabras, para que nadie atienda a la herejía. Para que esas palabras parezcan bellas y, sin embargo, sean totalmente heréticas.

La herejía actual se hace hablando a la mente, no defendiendo la herejía; es decir, diciendo al hombre lo que quiere escuchar. Y se habla de todo: del pecado, de Cristo, de la cruz, de la penitencia, del demonio, etc. Pero se dice lo contrario, se dicen barbaridades, mentiras, errores. Y todos pueden ver esos errores. Pero, como se habla a la mente, como se habla para persuadir al otro que es conveniente hacer una cosa, entonces todos quedan cogidos en el lenguaje humano totalmente herético. Hoy el hereje es pertinaz en su lenguaje humano. No defiende una clara herejía sino que defiende su lenguaje humano, su forma de expresar su herejía formal. Si Francisco no fuera hereje formal, entonces hablaría la verdad, sin poner una mentira. Y, sin embargo, no hay homilía, no hay discurso, no hay encíclica, no hay documento que tenga una verdad clara, sencilla. No existe. Todo es una mezcla de verdades y de mentiras. Aquí está su herejía formal, en su lenguaje humano, que lleva a la apostasía formal: todo el mundo copiando ese lenguaje.

Por eso, muchos hacen publicidad a los dichos de Francisco, y están cometiendo la apostasía. ¡Qué pocos saben oponerse a Francisco! Tienen miedo de decir: Francisco no es Papa. No pueden. Por lo mismo. Por el lenguaje humano. De eso viven en la Iglesia: su fe inventada; su Papa inventado; su estructura de obediencia inventada.

No hay gente en la Iglesia sin pelos en la lengua. No la hay, ni tampoco la va a ver, porque todos se han tragado el anzuelo de la masonería. Y todos siguiendo a un bufón sin saber que es bufón. Le da importancia de un Papa. Y Francisco, de Papa, no tiene ni un pelo.

Obediencia ciega sólo a la Verdad

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Jesús: Escucha, Israel: El Señor Dios es tu Único Dios, sólo a Él darás culto. […] Mira que la adoración a otros dioses que no son tu Único Dios, trae consigo la perdición […]
Vuelvo Yo la vista a mi Pueblo y no le encuentro en su sitio. Mira que vuelvo la vista a mi Pueblo y en su interior ha habido una estampida. Y los sacerdotes fueron a presentar sus ofrendas a otros lugares. Cada uno, equivocado, vaga por ahí presentando holocaustos falsos a falsos dioses. Y en su puesto no veo a ninguno.
¡Espera!, ¡hay uno! Este es un sacerdote pobre, blanco y anciano, encorvado, que presenta el verdadero holocausto en la verdadera Iglesia. ¡No es la iglesia de satanás! Es la Iglesia de las catacumbas
” (Mensaje dado a Marga el 11 de marzo de 2002).

Obispos y cardenales, sacerdotes y fieles, van por el camino de la perdición, llevando con ellos muchas almas.

Dan culto a la mentira, al engaño, al dinero, al poder, al mundo. Y eso trae la perdición de las almas.

Porque la Iglesia se ha edificado sólo en el centro de la Verdad, que da a cada alma el camino para llegar a la vida que Dios quiere que se obre en la tierra por cada alma.

La Iglesia, dedicada a los asuntos espirituales, no deja los asuntos humanos para los hombres, sino que pone en todo lo humano la inteligencia de lo divino.

El que vive una vida espiritual obra en su vida humana lo contrario al mundo y a los hombres.

El error del humanismo, que lo tiene Francisco y los que le siguen, consiste en desvincular lo espiritual de lo humano, dando lugar a que lo espiritual sea sólo un recuerdo de las cosas santas, divinas, espirituales, pero no una vida, no un fin en la vida, no algo que marque la vida humana. Y se cae, entonces, en la adoración del hombre. Se da valor a lo humano sin lo divino, sin lo espiritual, sin lo religioso.

Y, por eso, todo el que sigue el error del humanismo tiene que abrirse al mundo y apartarse de Dios. Y, si está en la Iglesia, entonces hace de todo lo religioso, de su ministerio, de su apostolado, su negocio humano en el mundo y en la Iglesia.

Es lo que vemos en Roma, en el Vaticano, en tantos sacerdotes y Obispos que han dejado de ser sal, de guiar a las almas hacia la verdad de sus vidas, y sólo se centran en que las almas naden y busquen en todo lo mundano, profano, científico, humano, natural, de la vida, quitando, anulando, oscureciendo lo espiritual, lo divino, lo religioso.

Ante esta realidad que ofrece Roma a la Iglesia, no queda otra solución que seguir viviendo la Verdad de la Iglesia pero fuera de Roma, fuera del Vaticano, fuera del pensamiento humano de muchos sacerdotes y Obispos que, debido a su autoridad en la Iglesia, ponen a la Iglesia bajo un yugo que no se puede seguir: el yugo de lo humano que lleva al culto de lo humano.

La Jerarquía en la Iglesia está definida por ser Autoridad, no sólo por un orden entre los hombres, por una pirámide, en la que se obedece a una cabeza.

La Jerarquía viene de la palabra griega que significa autoridad, principio religioso, cabeza que ordena, que manda, que distribuye.

Y cuando esa Autoridad se pone Ella misma en contra de Dios, de la ley divina, de la ley natural, entonces se transforma en un imposición, en un yugo, en el cual no es posible la obediencia.

Sólo se da la obediencia a la Verdad. Y si la Autoridad, si el sacerdote, si el Obispo, si el Cardenal, si el Papa, no obedece a la Verdad, los demás no pueden obedecer a esa Jerarquía.

En la Iglesia, la obediencia no es al pensamiento de un hombre, sino al Pensamiento del Padre, a la Mente de Cristo, a la Inteligencia del Espíritu.

El Pensamiento Divino lo tiene siempre Pedro en la Iglesia. Y quien obedece a Pedro tiene el mismo Pensamiento Divino. Y quien no le obedece, sólo posee su propio pensamiento humano.

En la Iglesia, todo está en la Obediencia a la Verdad. Pedro y los demás tiene que obedecer a la Verdad, que es Jesús.

Y cuando uno de ellos no obedece a la Verdad, en los demás no hay obediencia, no puede haberla.

En las condiciones del hombre, en su pecado original, no puede darse la obediencia ciega a un hombre en la Iglesia. Y, aunque la gracia borre el pecado original, no quita la división que hizo en el hombre ese pecado. Y, por eso, sólo se da la obediencia ciega a la Verdad, que es Jesús. Por eso, en la Iglesia todos tienen el deber de discernirlo todo en el Espíritu, para ver dónde está la Verdad y obedecer sólo a los que siguen la Verdad.

Cualquier acto del Papa, de los Obispos, de los sacerdotes, de los fieles, hay que discernirlo en el Espíritu, para ver si ese acto está en la Verdad. Ese discernimiento no es un juicio al acto del Papa o de quien sea que lo realice. Es sólo ver que en ese acto no hay ninguna mentira, ningún engaño, que se da lo que Dios quiere en ese acto, que se da la Voluntad de Dios, el Pensamiento Divino. Y si no se da, no se puede seguir.

Juzgar los actos de un Papa o de un sacerdote o de un Obispo sin discernir primero la Verdad, es siempre condenar a la Jerarquía. El juicio que se hace con la mente no es un discernimiento espiritual, sino sólo racional, humano, natural. Y ese juicio es siempre un error en el hombre, nunca una verdad.

Para discernir en el Espíritu, hay que apartarse en la oración y pedir a Dios luz sobre ese acto que hace el Papa o quien sea. Y hasta no entender la Verdad, no se puede juzgar con la mente.

Una vez que se discierne espiritualmente, viene el juicio correcto de la mente. Y, entonces, nunca hay error en lo que se dice. Pero quien no discierne espiritualmente siempre se equivoca.

¿Por qué la Iglesia no discernió espiritualmente la renuncia de Benedicto XVI? Porque la Iglesia, la gran mayoría de las almas no tienen fe, no tienen vida espiritual, no saben hacer oración ni penitencia y, por tanto, no saben discernir espiritualmente. Consecuencia: todo se lo tragan, todo se lo engullen como si fuera una verdad que hay que seguir.

Quien no hace oración va en contra del primer mandamiento de la ley de Dios y peca. Y puede pecar grave o levemente, según sea el asunto. Y en la renuncia de Benedicto XVI el asunto es grave. Luego, si el alma no se recoge en oración para tratar ese asunto con Dios y ver la Verdad de todo eso, el alma peca gravemente. Y, en ese pecado, obedece a una mentira y se conforma con esa mentira.

Ya su inteligencia se oscurece y no puede juzgar rectamente lo que está pasando. Y, a raíz de ese pecado, con la inteligencia oscurecida, se cometen otros pecados.

Llega Francisco y se obedece a un hereje. Se la da una obediencia falsa. Ese es otro pecado mayor que el anterior. Porque quien obedece a un hereje, se hace hereje como él.

Por eso, qué necesario es predicar la Verdad como Es, sin tapujos, sin miedos, sin dudas, sin temores, sin engaños, sin dobles palabras. Y sólo así las almas ven la Verdad.

Quien no predica la Verdad, como lo hace Francisco, deja a las almas en la mentira y se las roba a Cristo.

Francisco está robando almas a la Iglesia. Y la culpa es tanto de Francisco como de las almas que no disciernen lo que ven, lo que oyen. Y no lo hacen por su falta de fe, por estar metidas en lo humano, en el mundo, en lo profano. Y así quieren una Iglesia profana, del mundo, acomodada a sus caprichos humanos.

No hay que tener miedo de decir la Verdad cuando se ve. Cuando el alma no la ve, es mejor que se calle, que no diga nada, hasta que no comprenda en Dios lo que pasa, para no pecar.

Pero el que ve la Verdad y calla, comete otro pecado. Porque quien calla la Verdad habla la mentira. Y la dice con sus obras. El pensamiento calla la verdad, pero el hombre siempre obra lo que hay en su interior.

Un pensamiento que calla la verdad, es un corazón que se cierra al amor y, por tanto, el hombre obra la mentira, el odio, el engaño, la falsedad en su vida.

Por eso, hay muchos sacerdotes, Obispos, que ven la Verdad de lo que pasa, pero callan. Y lo hacen culpablemente porque ellos son Autoridad en la Iglesia y tienen que hablar siempre la Verdad, nunca callar.

El Pastor que calla la Verdad hace que el lobo robe las ovejas con la mentira. Y comete un gran pecado al callar la Verdad: el pecado de renunciar a las ovejas de Cristo, para quedarse en su vida humana sin problemas.

Y quien renuncia a las ovejas, que Cristo le ha dado, inutiliza la Obra de la Redención de Cristo y crucifica de nuevo a Cristo en su sacerdocio, en su ministerio en la Iglesia. Y, por tanto, ese sacerdote o ese Obispo, esa Autoridad que calla, sabiendo la Verdad, se convierte en instrumento del demonio dentro de la Iglesia.

Por eso, tenemos un Vaticano que es la sinagoga de Satanás: dan culto a las obras del demonio. Se ha apartado de la Verdad. Y no se les puede dar la obediencia.

Por eso, a la Iglesia le espera las catacumbas. Es que no hay otro camino. Y al Papa Benedicto XVI le espera las catacumbas si sale de su pecado.

Primero tiene que salir del pecado; después salir de Roma. Ya es viejo, pero para el Señor no hay edades. Quien tiene la fuerza del Espíritu, aunque sea viejo, cumple la Voluntad de Dios. Y eso es lo que tiene que hacer el Papa Benedicto XVI si quiere salvarse.

Francisco no consagró nada a la Virgen

Virgen-de-Fatima1“Con renovada gratitud por tu presencia materna
unimos nuestra voz a la de todas las generaciones
que te llaman bienaventurada”
.

Esta oración a la Virgen está hecha con el sentimiento humano, pero no con el corazón. No se consagra nada a la Virgen, sino que se dice que la Virgen protega a todo el mundo, a toda la humanidad, porque todos somos hermanos y todos formamos la Iglesia. Francisco da en esta oración su mente a la Iglesia. Y la Virgen rechaza esta oración de Francisco porque se pide en el pecado de orgullo. Tiene el atrevimiento de ponerse de rodillas ante la Virgen mientras la Iglesia sufre su pecado. Y todos felices por las bellas palabras que hacen de su boca el charlatán del amor universal en la Iglesia. Quien lea esta oración con fe se dará cuenta del alma tan negra que tiene Francisco en medio de la Iglesia.

Francisco llama a la Virgen Bienaventurada, pero no dice por qué. La frase se queda sin sentido. María es Bendita por dos cosas: por su Fe y por ser Madre de Dios. Su Fe la hace bendita entre todas las mujeres. Y el fruto de Su Fe la hace ser Madre de Dios. Francisco no termina lo que es necesario decir en la Palabra de Dios que se da en Lc 1, 42. Se queda en un sentimiento humano de la felicidad en el alma de María, pero no da la Verdad que está en el alma de María: su fe en el Hijo de Dios. María es Bendita porque ha creído, porque ha hecho en su corazón una obra divina de amor, porque ha dado a la Iglesia el camino del amor, porque ha dado a cada alma la vida del amor.

“Celebramos en ti las grandes obras de Dios,”

y ¿qué grandes obras son esas? No las dice Francisco. Las grandes obras que ha hecho Dios en la Virgen es solo una: Su Maternidad Divina. Y no hay más que esto en la Virgen. Esta Obra encierra todas las obras que todos los santos de todos los tiempos han hecho o harán en la Iglesia. Ninguna obra de ningún santo puede equipararse a esta Obra de la Maternidad Divina y de Ella provienen todas las obras en la Iglesia. María es el Canal de Gracias por el cual Dios da a la Iglesia el Amor. Y las grandes obras de Dios en la Iglesia provienen de la Maternidad Divina.

“que nunca se cansa de inclinarse con misericordia sobre la humanidad afligida por el mal
y herida por el pecado, para sanarla y salvarla.”

Esto no se entiende para qué se dice. Porque las grandes obras de Dios en María no significan inclinarse con Misericordia sobre la humanidad afligida por el Mal. De la Maternidad Divina salen dos cosas para la humanidad: la Misericordia y la Justicia. La Misericordia para dar a la humanidad un camino de salvación en Su Hijo Jesús. Un camino que no es para todos los hombres, porque muchos hombres desprecian la Misericordia. Y, por tanto, se tiene que dar la otra cosa: la Justicia Divina sobre los que desprecian la Obra Redentora de Jesús. Si sólo se habla de la Misericordia de Dios como fruto de la Maternidad Divina, entonces se da un error en la doctrina. Hay que decir más para que esa frase no se quede en el mero sentimiento que sólo da Francisco. Como él quiere que todo el mundo se salve, entonces aplica la Misericordia para todo el mundo.

“Acoge con benevolencia de madre
el acto por el que nos ponemos hoy bajo tu protección
con confianza, ante esta tú imagen
tan querida por todos nosotros.”

Este acto no es un acto de consagración sino de protección a la Virgen. Para consagrarse a la virgen es necesario ofrecer todo el corazón a Ella antes de pedir su protección materna. Hay que expresar con palabras lo que se da a la Virgen: la mente, la voluntad, los deseos humanos, las obras humanas, el corazón, el espíritu, la vida humana, todo lo que se quiera consagrar. Por eso, se llama consagración. Y, después, se pide a la Virgen todo los demás. Francisco sólo hace un acto de protección, como se verá después.

“Estamos seguros que cada uno de nosotros es precioso a tus ojos”

Seguridad presuntuosa de Francisco, porque hay muchos que no son agradables a los ojos de María. No se puede orar así en público dando una seguridad falsa, diciendo que cada uno tiene valor a los ojos de María.

“Tú eres precioso a Mis Ojos” (Is 43, 4) significa de los hombres con fe que buscan la Palabra de Dios para obrarla en sus corazones. No habla en ese pasaje de todos los hombres, sino de los dóciles de corazón a la enseñanza de Dios. Francisco dice que todos los hombres son humildes ante la Virgen y que, por eso, la Virgen los ama.

“y que nada te es ajeno de todo lo que habita en nuestros corazones.
Nos dejamos alcanzar por tu dulcísima mirada
y recibimos la caricia consoladora de tu sonrisa.”

Vanas palabras, porque a la Virgen hay que pedirle la Gracia de seguir a Su Hijo hasta el Calvario. La Virgen no da miradas dulces a los hombres, no da sonrisas consoladoras a los hombres. La Virgen enseña a amar a su Hijo Jesús y, por eso, da a los hombre sufrimiento, dolor, humillaciones, para que aprendan el camino de su Hijo.

Francisco nos muestra una Virgen sentimental, como todos las mujeres. Y María no es como la mujer del mundo, la mujer del hombre, la mujer del sentimiento flácido, la mujer del cariño, del beso, de la caricia, del abrazo carnal.

María es la Mujer que se enfrenta al Demonio para combatir el pecado en los hombres. Y, por eso, da a cada hombre una cruz para seguir a Su Hijo. No da sonrisas. Ella se pone seria ante los hombres de este tiempo que han perdido la Fe en su Hijo Jesús. Ella muestra su cara de ira a los hombres que no saben dar en la Iglesia la Verdad, que es su Hijo Jesús. Ella no es cualquier mujer de la calle. Ella es la Mujer que triunfa de la soberbia y del orgullo con que Francisco y toda la Jerarquía Eclesiástica ha puesto en la Iglesia con su pecado de orgullo, que no ven y que no quieren quitar.

¡Qué estupideces está pidiendo Francisco, un pecador enaltecido en su pecado! ¿Y se atreve a pedir una dulce mirada de la Virgen sin quitar su pecado? ¿Pero quién se ha creído que es Francisco para pedir Misericordia sin quitar su maldito pecado antes los ojos de la Virgen? Francisco no sabe lo que está pidiendo en este acto, que no sirve para nada a la Iglesia.

“Proteje nuestra vida entre tus brazos:”

¡Qué pensamiento más orgulloso de aquel que ha hecho de la vida de la Iglesia un pastizal, una ruina al anular el Papado! ¿ Y quiere ahora que la Virgen le acoja entre sus brazos? Por favor, mayor fariseísmo imposible. ¡Qué hipocresía la de Francisco ante la Iglesia!

“bendice y refuerza cada deseo de bien;”

Error dogmático en esta frase. No hay que pedir que Dios bendiga nuestros deseos humanos, nuestras obras humanas, nuestras vidas humanas. Hay que pedir que Dios nos dé sus deseos divinos, sus obras divinas, su vida divina.

Consagrarse a la Virgen es obrar lo divino en lo humano, no es agrandar lo humano, engrandecer lo humano, es pisotear todo lo humano para poder hacer lo divino. ¡Cuánto sentimentalismo el de Francisco que lo ciega en la mentira y no da la Verdad!

“reaviva y alimenta la fe;
sostiene e ilumina la esperanza;
suscita y anima la caridad;”

Y hay que preguntarle a Francisco qué entiende él por fe, esperanza y caridad. Qué son para él estas tres virtudes que habla y habla mal.

La Fe se alimenta de la Palabra de Dios, la Fe se reaviva de la Palabra de Dios. Es lo que no dice Francisco. Reaviva y alimenta la Fe en la Palabra de Dios. ¿Por qué no dice Palabra de Dios? Lo deja todo sin concluir. Y, entonces, viene el error: la Fe, para Francisco, ¿de qué se alimenta?, ¿de qué se reaviva?

La Esperanza no se sostiene, sino que Ella sostiene al que cree. La Esperanza no es iluminada y no ilumina, porque el que espera tiende hacia las cosas divinas. La Esperanza es una tensión, un anhelo, un mirar constante hacia el Cielo, sin perder de vista el Cielo.

La Caridad se suscita por la intención del corazón, se anima por la Fuerza del Espíritu. ¿De qué caridad está hablando Francisco? Todo a medias. Un desastre de oración.

“Guíanos a todos nosotros en el camino de la santidad.”

¿Cómo puede pedir esto un pecador que no quita su maldito pecado de en medio de la Iglesia?. Y, entonces, hay que preguntarse qué significa para él el camino de la santidad. ¿Hacía qué camino quiere que la Virgen le guíe en la Iglesia si no lucha Francisco contra el pecado que hay en la Iglesia y que es lo que impide la santidad?

“Enséñanos tu mismo amor de predilección hacia los pequeños y los pobres,”

La Virgen sólo tiene amor de predilección por sus hijos Predilectos, que son los sacerdotes. Y, en sus hijos, Ella ama, con otro amor a los demás. Y la razón: su Maternidad Divina, por la cual sólo los sacerdotes tienen el privilegio, entre todas las almas de amar a María por encima de todos los hombres. Un sacerdote puede alcanzar tan alto grado de amor por todos los hombres porque la Virgen le da su mismo amor con el que amó a Su Hijo. Y eso no lo puede alcanzar ninguna otra alma que no sea sacerdote.

“hacia los excluidos y los que sufren,
por los pecadores y por los que tienen el corazón perdido:”

los pequeños y los pobres, los excluidos y los que sufren, los pecadores y lo que tiene el corazón perdido no son amados por la Virgen con un amor de predilección. Hay que saber lo que se está pidiendo a la Virgen para no pedir estupideces como hace Francisco.

“reúne a todos bajo tu protección y a todos entrégales
a tu Hijo Predilecto, el Señor Nuestro, Jesús.”

Este acto de consagración que hizo Francisco no vale para nada porque no se consagra nada. Sólo se piden cosas a la Virgen, y punto y final. En verdad, que a Francisco lo aman por ser estúpido. Y no por otra cosa. Pero quien tenga sabiduría, se da cuenta que este necio no merece ningún amor de nadie.

El falso amor humano en la Iglesia

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El amor de Dios supone un descubrimiento de Su Voluntad.

No se puede amar sin conocer la Voluntad de Dios. Por eso, hay tanto falso amor en la Iglesia, porque sólo nace del amor humano, de la concepción de la bondad humana.

Se ama porque se hace un bien humano. Y eso es ir en contra de la Voluntad de Dios.

Se ama porque se da la Voluntad de Dios. Y si no se da, si se da otra cosa, un gusto, un placer, un querer humano, un bien humano, un capricho, un deseo, entonces no se ama con el amor divino.

El amor divino nace del corazón. El amor humano nace de la mente del hombre, de sus pasiones, de sus inclinaciones, de sus muchos deseos de ser hombre y de ser tomado como hombre.

Muchos siguen su juicio humano en la Iglesia y quieren poner lo que ellos ven como verdad, como bien. Y, entonces, siempre se equivocan. Y no hacen Iglesia. No dan la Voluntad de Dios en sus obras. Dan sus caprichos humanos.

Porque si amar fuera tan sencillo como hacer un bien humano, entonces ¿para qué la Gracia, que es el camino para obrar el amor divino, para hacer una obra divina? Entonces, no tiene sentido los Sacramentos ni nada en la Iglesia, porque todo consiste en obrar algo bueno para los hombres, en contentar a los hombres, en darles una satisfacción humana, material, carnal.

Esto es lo que predican tantos sacerdotes: este amor para el hombre, este amor para dar un contento al hombre, este amor para no herir sensibilidades, este amor que va en contra del amor divino.

El hombre, en la Iglesia, se ha convertido en hombre viejo. Y no quiere salir de ahí. Ya no sabe ser hombre nuevo. Cree que todo consiste en buscar caminos nuevos en la Iglesia para seguir siendo hombres viejos, con una cara nueva, postiza, con palabras bonitas, hermosas, que agraden a todo el mundo, para que todos estemos contentos en la Iglesia.

Este pensamiento de idear el amor en la Iglesia basándose en el hombre es la caída de muchos sacerdotes y fieles de la Iglesia. Está en toda la Iglesia esta concepción del amor.

Y Jesús da su Palabra: “Si alguno quiere seguir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome a cuestas su cruz y sígame” (Mc 8, 34).

Esta Palabra de Jesús ya no se acepta por la Iglesia en su conjunto. Es una Palabra que no se entiende por el hombre.

El hombre no comprende la negación de sí mismo: no pensar como piensa el hombre, no obrar como obra el hombre, no elegir como elige el hombre, no vivir como vive el hombre.

Este lenguaje de Jesús es rechazado por muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la vida práctica, en lo concreto de la vida de cada día. Y se piensa como hombre y se obra como hombre y se vive como hombre sin darse uno cuenta. Y eso es sólo por falta de oración auténtica y de penitencia.

La oración es para llenarse del amor divino. Y primero hay que vaciarse de otros amores. Y, por eso, no cualquier tipo de oración produce este efecto. Hoy no se sabe orar, porque sólo se dicen muchas palabras para pasar el tiempo, pero no se hace la oración del deseo de corazón.

El alma tiene que desear el amor del corazón. Tiene que elevarse de otros amores y ponerse en la Presencia de Dios. Y esa Presencia es alejarse de toda otra presencia: ya humana, ya diabólica, ya carnal, ya natural, ya material. Cuanto el hombre más se acerque a Dios, Dios más le pide olvidar lo demás de la vida. Porque el hombre tiene que aprender a vivir. Y sólo se aprende a vivir en la escucha de la Palabra de Dios.

Por el oído viene la Fe, la Vida de la Gracia, el Amor de lo Divino, la Verdad del corazón. Pero si no es escucha a Dios en el corazón, no se da el amor de Dios, sino que el hombre se queda en sus amores, en sus obras humanas, en sus bienes humanos, y ya no persigue la santidad de la vida, sino su propia felicidad humana, que es lo que se ve en toda la Iglesia.

Una Iglesia humana, preocupada por todo lo humano, que no sabe ser de lo divino, que no sabe buscar lo divino, que no sabe pisotear todo lo humano para ser hijo de Dios.

Por eso, tenemos una Jerarquía de hombres, revestidos de sotanas, pero que no saben enseñar el amor, porque han aprendido a amar en su mente, en sus deseos humanos, en sus pasiones humanas, en sus obras humanas. Y no ven más allá de sus narices.

Una Jerarquía ciega para el amor de Dios, pero que abre sus ojos al esplendor de todo lo humano, donde no está la Verdad.

Una Jerarquía que vive para el dinero y el poder. Y eso nadie lo puede negar, porque todos vivimos para eso.

Una Jerarquía que ha hecho de la Iglesia un invento de la cabeza humana, un apunte de su teología humana, una excelencia de su sordidez humana.

La Jerarquía está sorda a la Palabra de Dios. Ya no escucha la Voz de Dios. Sólo escuchan la voz de sus pensamientos humanos. Y a esa voz la llaman Voz Divina, Voluntad Divina, y así engañan al Pueblo con muchas cosas que sólo son de los hombres en la Iglesia, no de Dios.

La Jerarquía de la Iglesia sólo sabe hablar, como Francisco, y después obra lo contrario a lo que habla. Con la palabra se esfuerza por dar algo que no viven. Y lo dan de cualquier manera, con muchos errores, entreteniendo a los fieles. Y, por eso, son payasos en las predicaciones: hablan para entretener a los hombres, para que el hombre pase un rato divertido en la Iglesia y se olvide de las preocupaciones de la vida. Y, después, se dedican a hacer cosas que no pertenecen a su ministerio, y a vivir para las cosas del mundo, porque hay que hacer algo entre predicación y predicación, entre misa y misa.

Así está toda la Jerarquía, con la excepción de muy pocos.

Si el Pueblo de Dios no ama con el amor divino, tampoco los sacerdotes aman con este amor. El mal de la Iglesia son sólo sus sacerdotes. Y si ellos quieren perderse, entonces pierden a toda la Iglesia. Y, para no perderse, hay que buscar a los sacerdotes santos, que viven para Dios y quieren una Iglesia donde brille el Amor de Dios, y se oculte todo amor humano.

La obra del demonio en la Iglesia

padreNuestro

Para comprender lo que hace el demonio en la Iglesia, vayamos al Padre Nuestro, en su versión original, como Mateo enseña:

“Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre, venga Tu Reino, hágase tu Voluntad,así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy, y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros también perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes entrar en la tentación, más líbranos del Maligno“.

La oración del Padre Nuestro es un exorcismo que da Jesús para liberar las almas del demonio.

Si la oración no se reza como Jesús la enseñó, en Su Palabra, y se añaden o quitan palabras a su enseñanza, entonces la oración pierde su poder.

Deudas se quitó por ofensas; deudores por nos ofenden; entrar por caer; maligno se sustituyó por mal.

El pecado, no sólo trae una ofensa a Dios, sino una deuda, un deber de satisfacer el pecado. Y se pide a Dios que perdone no sólo la ofensa, sino la deuda, es decir, se pide que libere la carga que trae todo pecado, toda ofensa a Dios. El alma queda sujeta al pecado y a las consecuencias del pecado. Y no sólo hay que pedir perdón por el pecado, sino por la deuda que trae el pecado, que pertenece a la esencia del pecado.

Y nosotros tenemos que perdonar las deudas que nos hacen cuando otros pecan contra nosotros. Porque no sólo el que comete pecado contra alguien, comete una ofensa hacia esa persona, sino que la ata a su pecado. Y la persona que peca contra otra, tiene que pedir perdón por su pecado, pero también pedir que se quite esa atadura que se hace en el pecado. Y quien recibe el pecado del otro, recibe también la deuda que trae ese pecado. Y tiene que pedir al Señor que quite esa deuda, esa atadura que trae todo pecado.

Por eso, el Padre Nuestro sirve para liberar las cargas que los antepasados dan en las diferentes generaciones. Y, cuando se reza por los muertos, se debe rezar el Padre Nuestro, para que el Señor rompa esas ataduras que vienen por generación, y que sólo Él conoce y que influye en cada alma.

Se pide al Señor, no no caer en la tentación, sino no entrar en ella, tener luz para no seguir a la tentación, tener fuerza para enfrentarse a la tentación. Porque, si sigue la tentación, entonces siempre se cae. Es inútil pedir no caer. Hay que pedir: no hablar con el tentador, no hacer caso al tentador, es decir, no entrar en la tentación. Sólo así el alma está libre de pecado.

Y hay que pedir que nos libre del Maligno, del Demonio, no de los males, porque todo Mal viene del Maligno. Y no hay que ver el mal, sino al Maligno. Y si ya no se cree en el Maligno, entonces tampoco se cree en el mal.

Los cambios que se produjeron en el Padre Nuestro se deben sólo al gusto de los hombres, no a la verdad.

Se cambiaron para unificar los textos según leyes nuevas en la liturgia que procedían del Concilio Vaticano II.

Esas leyes nuevas van en contra de la Verdad de la Iglesia, porque anulan la enseñanza de Jesús en Su Palabra.

Y, cuando no se sigue la Palabra de Dios, sino que el hombre se inventa la traducción de la Palabra de Dios, entonces viene la apostasía de la fe.

Se reza el Padre Nuestro y no se reza la verdad del Padre Nuestro. Y, por tanto, no se obra la Verdad del Padre Nuestro. El Señor no libera a las almas con la nueva traducción del Padre Nuestro. Sólo libera con el Padre Nuestro que Él enseñó en la Iglesia, y que se recoge en Su Palabra.

La Iglesia tiene que seguir lo que está en la Palabra de Dios. No puede seguir lo que los hombres se inventan sobre la Palabra de Dios.

El problema está en que los hombres de la Iglesia firman un documento en que se legisla algo en contra del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia. Y se enseña lo que dice ese documento. Ya no se enseña lo que dice el Evangelio.

Y así se va construyendo, poco a poco, un nuevo Evangelio que el Señor no dio. Y se construye por la maldad de los hombres. No por otra cosa. ¿Qué cuesta traducir el Padre Nuestro como está en el original? No cuesta nada y, sin embargo, como hoy día existen en la Iglesia tantos teólogos modernos, que escudriñan las Santas Escrituras y la despojan de la sencillez de la verdad, entonces llaman a esa nueva escritura, Palabra de Dios.

Aquí está la adoración a Satanás en la Iglesia. Porque el obrador de todo lo nuevo, de las innovaciones que la Iglesia presenta en estos últimos años, tras el Concilio Vaticano II, es el demonio, que actúa en la mente de muchos hombres, para que obren la mentira.

El nuevo Padre Nuestro, que ya hace mucho que se reza en toda la Iglesia, es sólo una mentira que la Iglesia la llama como verdad, como el auténtico Padre Nuestro. Y no permite que se rece en público el antiguo Padre Nuestro, el de siempre, el de toda la vida.

Estos son los nuevos escribas en la Iglesia: los que, con su ciencia, destruyen la Verdad de la Palabra y presentan sus palabras humanas a toda la Iglesia, para que toda la Iglesia siga esas palabras humanas como enviadas por Dios.

Esta maldad no sólo se da en el Padre Nuestro, sino en tantas oraciones litúrgicas que han perdido el sentido original para la que fueron escritas.

Y cuando se pierde ese sentido original, el hombre se aparta de la Verdad de la Iglesia y no vive esa Verdad dentro de la Iglesia. Y vive la mentira y a la mentira llama verdad.

La obra del demonio en la Iglesia es ponerse como Dios dentro de la Iglesia. Y, para eso, debe comenzar transformando la Palabra y la Tradición de la Iglesia. Tiene que quitar los Dogmas de la Iglesia. Tiene que hacer desaparecer todo vestigio de la Verdad que exista en la Iglesia. Y tiene que ponerse en la Silla de Pedro para ser adorado, seguido por todos. Lo último será la aparición del Anticristo, con todo su poder demoniáco. Pero no puede aparecer si antes no ha lavado la cara de la Iglesia presentando su mentira como verdad en todo el campo de la Iglesia.

Por eso, se ha esforzado y se sigue esforzando por desmantelar el Evangelio, por ridiculizar la santa Misa -y que las almas la vean sólo como una comida, como un festín, como una alegría-, y por batallar y perseguir a tantos profetas de Dios que dan a la Iglesia el camino de la Iglesia.

La Iglesia no sabe hacia dónde va porque no escucha a Dios en sus profetas. Los sacerdotes, los Obispos se autoproclaman Profetas sin saber lo que significa eso, sin servir al Espíritu de la Profecía, que es dar la verdad que está en la Mente de Dios al hombre para enseñarle el camino de su vida.

Dios enseña en muchas apariciones lo que los sacerdote y Obispos se niegan a enseñar en la Iglesia. La Iglesia la hace Dios, no los pensamientos de los hombres.

Cuando los hombres sólo siguen sus pensamientos en la Iglesia entonces están haciendo la obra del demonio en la Iglesia.

La Iglesia ha errado el camino

caradecristo

La Iglesia ha errado el camino en la renuncia del Papa Benedicto XVI a su Pontificado.

No ha visto esa renuncia como lo que es en Dios: el pecado de la Cabeza de la Iglesia.

Y, por no saber mirar esa renuncia como pecado, la Iglesia comete el mismo pecado que su Cabeza.

Porque el Papa se une a la Iglesia en Cristo. Cristo es la Cabeza del Cuerpo Místico de la Iglesia. Y Cristo da a su Cuerpo una Cabeza visible, que es el Papa, Su Vicario en la Tierra.

Y lo que haga ese Vicario como Cabeza de la Iglesia pertenece también al Cuerpo Místico de la Iglesia. Las virtudes y los pecados de la Cabeza lo son también del Cuerpo Místico.

Este es el Misterio de la Iglesia: misterio de Unidad y de Amor.

El Cuerpo Místico de la Iglesia no supo apreciar el pecado de su Cabeza, de su Papa, y, por tanto, sufre las consecuencias de ese pecado.

Porque el pecado no es sólo una cuestión de la conciencia, como pretende enseñar ese falso Profeta que se pone como Papa. El pecado del bautizado pertenece a toda la Iglesia, no sólo a la conciencia del que lo comete.

El Papa Benedicto XVI pecó contra el Espíritu Santo en la renuncia al Pontificado. Porque Dios no da derecho al Papa para renunciar al Don que se le da. El Papa no tiene ese derecho de dejar de ser Papa, porque el Llamado de Dios es único y para el alma del Papa.

Dios no juega con la Cabeza de la Iglesia. No la pone para después quitarla. Nunca la quita por una razón humana, natural, física, carnal, material.

Dios da el Poder a la Cabeza para hacer su misión en la Iglesia. Y los poderes del infierno y los poderes del mundo no pueden con un Papa, porque Dios lo asiste desde el principio hasta el fin de sus días.

Dios elige un Papa hasta su muerte. Y hasta que no muera, Dios no elige otro Papa. Esa es la Fe de la Iglesia. Esa es la Fe en Cristo. Y no hay otra Fe. Y los hombres no quieran inventarse la fe, según su manera humana de entender las cosas divinas y de la Iglesia.

El Papa es Elegido por Dios hasta su muerte, hasta el último hálito de vida. Y no retira esa Elección Divina ni por enfermedad del Papa, ni por el pecado del Papa, ni por los intereses humanos.

Dios es muy serio en la Elección del Papa. No pone a cualquiera. No da a la Iglesia el Papa que los hombres quieren. Da a la Iglesia el Papa que Su Corazón Divino quiere.

El Papa, como hombre, tiene el don de la libertad, con el cual puede renunciar a la Voluntad de Dios. Ese don, Dios no lo anula en el Papa. Dios da al Papa todo el Poder Divino para obrar su misión como Cabeza de la Iglesia. Pero ese Poder Divino no hace santo al Papa, no lo confirma en Gracia. A pesar de ese Poder Divino, el Papa tiene facultad para pecar, por su libre albedrío. Y Dios siempre respeta la libertad de sus almas si quieren elegir otro camino que el que Dios les traza.

Por tanto, el Papa Benedicto XVI ha pecado con su renuncia al Pontificado. Y ese pecado hace que Dios se retire de la Cabeza de la Iglesia. Y una Iglesia sin Cabeza es una Iglesia sin Unidad, sin Amor, sin Paz.

Por tanto, el Cuerpo Místico de la Iglesia, al contemplar el pecado de su Cabeza, el Papa, debería haber esperado y pedido al Señor la Luz para obrar en la Iglesia cuando la Cabeza renuncia a ser Cabeza del Cuerpo Místico.

Es lo que no hizo el Cuerpo Místico de la Iglesia, porque no vió en esa renuncia un pecado, sino algo propio de la vida de un hombre que está cansado de la vida que lleva y que quiere un poco de paz a su alrededor.

La Iglesia se embarcó en el juego del demonio y buscó una cabeza, cuando el Papa todavía está vivo. Este es el error en el camino.

Teniendo un Papa vivo, Dios no da otro Papa hasta que no muera. Hay que esperar a su muerte para elegir un Papa.

La Iglesia, por tanto, erró en el camino porque no tiene vida espiritual.

Ni el Papa Benedicto XVI tiene vida espiritual, ni tampoco la Jerarquía de la Iglesia tiene vida espiritual. Carecen de fe, de oración, de penitencia. Tienen miedo a la Cruz del Señor. Tienen miedo de las palabras de los hombres. Es una Iglesia que sirve al pensamiento de los hombres, pero no es capaz de servir al Corazón de Dios.

Por tanto, la Iglesia al errar el camino, eligió a uno que no es Papa, que no es elegido por Dios. Ese falso Profeta no es un Don de Dios a la Iglesia, porque todavía el Papa está vivo. Dios no da dos Papas. Es el hombre y el demonio el que busca sus cabezas, sus jefes para hacer de la Iglesia un pastizal del infierno.

Exorcismo a Satanás y a los ángeles apostáticos

pdfEXORCISMO
A SATANÁS Y A LOS ÁNGELES APOSTÁTICOS
(versión larga)

Salmo 67
Se levante Dios y se dispersen Sus enemigos: y huyan los que Lo odian de Su Faz.
Como el humo se disipa, así se disipen; como la cera se funde al fuego, así perezcan los pecadores de la Faz de Dios.
Salmo 34
Señor, pelea contra los que me atacan; combate a los que luchan contra mí. Sufran una derrota y queden avergonzados los que me persiguen a muerte. Vuelvan la espalda llenos de oprobio los que maquinan mi perdición. Sean como polvo frente al viento cuando el Ángel del Señor los desbarate. Sea su camino oscuro y resbaladizo, cuando el Ángel del Señor los persiga.
Porque sin motivo me tendieron redes de muerte, sin razón me abrieron trampas mortales.
Que les sorprenda un desastre imprevisto, que los enrede la red que para mí escondieron; que caigan en la misma trampa que me abrieron. Mi alma se alegra con el Señor y gozará de su salvación.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Súplica
Oh gloriosísimo Arcángel San Miguel, Príncipe de la Milicia Celestial, defiéndenos en la batalla contra los Principados y Potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus malignos esparcidos por los aires (Ef. 6, 12). Ven en auxilio de los hombres que Dios creó incorruptibles a su imagen y semejanza (Sap. 2, 23), y a tan alto precio rescatados (I Cor. 6, 20) de la tiranía del demonio.
Con las huestes de los ángeles buenos, pelea hoy los combates del Señor, como antaño luchaste contra Lucifer, corifeo de la soberbia, y contra sus ángeles apóstatas. Ellos no pudieron vencer, y perdieron su lugar en el Cielo: Fue precipitado el gran dragón, la antigua serpiente, el denominado diablo y Satanás, el seductor del universo: fue precipitado a la tierra y con él fueron arrojados sus ángeles (Ap 12, 8-9).

He aquí que el antiguo enemigo y homicida se ha erguido con vehemencia. Disfrazado de ángel de luz (II Cor. 11, 14), con la escolta de todos los espíritus malignos, rodea e invade la tierra entera, y se instala en todo lugar, con el designio de borrar allí el Nombre de Dios y de su Cristo, de arrebatar las almas destinadas a la corona de la gloria eterna, de destruirlas y perderlas para siempre. Como el más inmundo torrente, el maligno dragón derramó sobre los hombres de mente depravada y corrompido corazón, el veneno de su maldad: el espíritu de la mentira, de la impiedad y de la blasfemia; el letal soplo de la lujuria, de todos los vicios e iniquidades.

Los más taimados enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, Esposa del Cordero Inmaculado, le han dado a beber ajenjo, han puesto sus manos impías sobre todo lo que para Ella es más querido. Donde fueron establecidas la Sede de San Pedro y la Cátedra de la Verdad como luz para las naciones, ellos han erigido el trono de la abominación de la impiedad, de suerte que, golpeado el Pastor, pueda dispersarse la grey. Oh Invencible Adalid, ayuda al pueblo de Dios contra la perversidad de los espíritus que le atacan y dale la victoria.

La Iglesia te venera como su Guardián y Patrono, se gloría que eres su Defensor contra los poderes nocivos terrenales e infernales; Dios te confió las almas de los redimidos para colocarlos en el estado de la Suprema Felicidad. Ruega al Dios de la paz que aplaste al demonio bajo nuestros pies, para que ya no pueda retener cautivos a los hombres y dañar a tu Iglesia. Ofrece nuestras oraciones al Altísimo, para que cuanto antes desciendan sobre nosotros las misericordias del Señor (Salmo 78, 8), y sujeta al dragón, la antigua serpiente, que es el diablo y Satanás, y, una vez encadenado, precipítalo en el abismo, para que nunca jamás pueda seducir a las naciones (Apoc. 20).
Después de esto, confiados en tu protección y patrocinio, con la sagrada autoridad de la Santa Madre Iglesia, nos disponemos a rechazar la peste de los fraudes diabólicos, confiados y seguros en el Nombre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor.
V. He aquí la Cruz del Señor, huid poderes enemigos.
R. Venció el León de la tribu de Judá, de la Raíz de David.
V. Que se haga tu Misericordia, Señor, sobre nosotros.
R. A los que esperamos en Ti.
V. Señor, escucha nuestra oración.
R. Y llegue a Ti nuestro clamor.
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
Oremos:
Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, invocamos tu Santo Nombre y, suplicantes, imploramos tu Clemencia, para que, por la intercesión de la Inmaculada siempre Virgen María, Madre de Dios, del Arcángel San Miguel, de San José, Esposo de la Santísima Virgen, de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los Santos, te dignes prestarnos tu auxilio contra Satanás y todos los demás espíritus inmundos que vagan por el mundo para dañar al género humano y para la perdición de las almas. Amén.
Exorcismo
Te exorcizamos todo espíritu maligno, todo poder satánico, toda incursión del infernal adversario, toda legión, toda congregación y secta diabólica, en el Nombre y Virtud de Nuestro Señor Jesu + Cristo, para que te erradiques y huyas de la Iglesia de Dios, de las almas creadas a imagen de Dios y redimidas con la Preciosa Sangre del Divino Cordero +. No te atrevas más, perfidísima serpiente, engañar al género humano, perseguir a la Iglesia de Dios, zarandear a los elegidos y cribarlos como el trigo+. Te lo impera Dios Altísimo+, a quien en tu insolente soberbia aún pretendes asemejarte, el cual quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (II Tim. 2). Te lo impera Dios Padre+; te lo impera Dios Hijo+; te lo impera Dios Espíritu Santo+. Te lo impera Cristo, Verbo eterno de Dios hecho hombre+, quien para salvar a nuestra estirpe, perdida por tu envidia, se humilló a sí mismo hecho obediente hasta la muerte (Fil. 2); el cual edificó su Iglesia sobre roca firme, y reveló que las puertas del infierno nunca prevalecerían contra Ella, Él mismo permanece con Ella todos los días hasta la consumación de los siglos (Mat. 28, 20). Te lo impera el Sacramento de la Cruz+, y la Virtud de todos los Misterios de la fe cristiana+. Te lo impera la Excelsa Madre de Dios, la Virgen María+, quien con su humildad, desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, aplastó tu orgullosa cabeza. Te lo impera la fe de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y de los demás Apóstoles +. Te lo impera la Sangre de los Mártires, y la piadosa intercesión de todos los Santos y Santas+.
Por tanto, maldito dragón y toda legión diabólica, te conjuramos por Dios + Vivo, por Dios + Verdadero, por Dios + Santo, por Dios quien de tal modo amó al mundo que entregó a su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga Vida Eterna (Jn 3): cesa de engañar a las criaturas humanas y de suministrarles el veneno de la eterna perdición: deja de dañar a la Iglesia y de poner trabas a su libertad. Vete Satanás, inventor y maestro de toda falacia, enemigo de la salvación de los hombres. Da lugar a Cristo, en quien nada has hallado a tus obras. Da lugar a la Iglesia una, santa, católica y Apostólica, la cual Cristo adquirió con Su Sangre. Humíllate bajo la potente Mano de Dios; tiembla y huye, al invocar por nosotros el santo y terrible Nombre de Jesús, ante quien tiemblan los infiernos, están sometidas las Virtudes de los cielos, las Potestades y las Dominaciones; y alaban, con incesantes voces, los Querubines y Serafines, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de los Ejércitos.
V. Señor escucha nuestra oración.
R. Y llegue a Ti nuestro clamor.
V. El señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
Oremos:
Dios del Cielo. Dios de la tierra, Dios de los Ángeles, Dios de los Arcángeles, Dios de los Patriarcas, Dios de los Profetas, Dios de los Apóstoles, Dios de los Mártires, Dios de los Confesores, Dios de las Vírgenes, Dios que tienes el poder de dar la vida después de la muerte, el descanso después del trabajo, porque no hay otro Dios fuera de Ti, ni puede ser otro sino Tú, Creador de todo lo visible y lo invisible, cuyo reino no tendrá fin: humildemente te suplicamos de tu gloriosa Majestad que te dignes liberarnos potentemente de toda potestad, lazo, mentira y maldad de los espíritus infernales y guardarnos incólumes. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.
De la insidias del diablo, libéranos, Señor.
Que tu Iglesia pueda servirte con libertad: te rogamos, óyenos.
Que te dignes humillar a los enemigos de la Santa Iglesia: te rogamos, óyenos.
(Se rocía con agua bendita el lugar)

pdfEXORCISMO
A SATANÁS Y A LOS ÁNGELES APOSTÁTICOS
(versión corta)

Príncipe gloriosísimo de la Milicia Celestial, San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla contra los Principados y Potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra las huestes espirituales de la maldad que andan en las regiones aéreas (Ef. 6, 12). Ven en auxilio de los hombres; que Dios creó a su imagen y semejanza (Sap. 2, 23), y que a gran precio compró de la tiranía del diablo (I Cor. 6, 20). A Ti te veneramos como custodio y patrón de la Santa Iglesia; a Ti Dios te confió las almas de los redimidos para llevarlas a la Suprema Felicidad. Ruega al Dios de la Paz, que humille a Satanás bajo nuestros pies, y no sea capaz de esclavizar a los hombres y dañar a la Iglesia. Ofrece nuestras oraciones en la Presencia del Altísimo, para que se anticipen a nosotros las Misericordias del Señor (Salmo 78, 8), y coge al Dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y atado lo lances al Abismo, para que no seduzca ya más a las naciones (Apoc. 20).
Exorcismo
En el Nombre de Jesucristo, Nuestro Dios y Señor, intercediendo la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, el bienaventurado Miguel Arcángel, los bienaventurados Pedro y Pablo y todos los santos, y confiados en la autoridad de nuestro sagrado ministerio (Si fuera laico, se dice: en la sagrada autoridad de la Santa Madre Iglesia), atacamos con firmeza para repeler la peste de las incursiones diabólicas.
Salmo 67
Se levante Dios y se dispersen Sus enemigos: y huyan los que Lo odian de Su Faz. Como el humo se disipa, así se disipen; como la cera se funde al fuego, así perezcan los pecadores de la Faz de Dios.
V. He aquí la Cruz del Señor, huid poderes enemigos.
R. Venció el León de la tribu de Judá, de la Raíz de David.
V. Que se haga tu Misericordia, Señor, sobre nosotros.
R. A los que esperamos en Ti.
Te exorcizamos todo espíritu maligno, todo poder satánico, toda incursión del infernal adversario, toda legión, toda congregación y secta diabólica, en el Nombre y Virtud de Nuestro Señor Jesu + Cristo, para que te erradiques y huyas de la Iglesia de Dios, de las almas creadas a imagen de Dios y redimidas con la Preciosa Sangre del Divino Cordero +. No te atrevas más, perfidísima serpiente, engañar al género humano, perseguir a la Iglesia de Dios, zarandear a los elegidos y cribarlos como el trigo+. Te lo impera Dios Altísimo+, a quien en tu insolente soberbia aún pretendes asemejarte, el cual quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (II Tim. 2). Te lo impera Dios Padre+; te lo impera Dios Hijo+; te lo impera Dios Espíritu Santo+. Te lo impera Cristo, Verbo eterno de Dios hecho hombre+, quien para salvar a nuestra estirpe, perdida por tu envidia, se humilló a sí mismo hecho obediente hasta la muerte (Fil. 2); el cual edificó su Iglesia sobre roca firme, y reveló que las puertas del infierno nunca prevalecerían contra Ella, Él mismo permanece con Ella todos los días hasta la consumación de los siglos (Mat. 28, 20). Te lo impera el Sacramento de la Cruz+, y la Virtud de todos los Misterios de la fe cristiana+. Te lo impera la Excelsa Madre de Dios, la Virgen María+, quien con su humildad, desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, aplastó tu orgullosa cabeza. Te lo impera la fe de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y de los demás Apóstoles +. Te lo impera la Sangre de los Mártires, y la piadosa intercesión de todos los Santos y Santas+.
Por tanto, maldito dragón y toda legión diabólica, te conjuramos por Dios + Vivo, por Dios + Verdadero, por Dios + Santo, por Dios quien de tal modo amó al mundo que entregó a su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga Vida Eterna (Jn 3): cesa de engañar a las criaturas humanas y de suministrarles el veneno de la eterna perdición: deja de dañar a la Iglesia y de poner trabas a su libertad. Vete Satanás, inventor y maestro de toda falacia, enemigo de la salvación de los hombres. Da lugar a Cristo, en quien nada has hallado a tus obras. Da lugar a la Iglesia una, santa, católica y Apostólica, la cual Cristo adquirió con Su Sangre. Humíllate bajo la potente Mano de Dios; tiembla y huye, al invocar por nosotros el santo y terrible Nombre de Jesús, ante quien tiemblan los infiernos, están sometidas las Virtudes de los cielos, las Potestades y las Dominaciones; y alaban, con incesantes voces, los Querubines y Serafines, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de los Ejércitos.
V. Señor escucha nuestra oración.
R. Y llegue a Ti nuestro clamor.
V. El señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
Oremos. Dios del Cielo. Dios de la tierra, Dios de los Ángeles, Dios de los Arcángeles, Dios de los Patriarcas, Dios de los Profetas, Dios de los Apóstoles, Dios de los Mártires, Dios de los Confesores, Dios de las Vírgenes, Dios que tienes el poder de dar la vida después de la muerte, el descanso después del trabajo, porque no hay otro Dios fuera de Ti, ni puede ser otro sino Tú, Creador de todo lo visible y lo invisible, cuyo reino no tendrá fin: humildemente te suplicamos de tu gloriosa Majestad que te dignes liberarnos potentemente de toda potestad, lazo, mentira y maldad de los espíritus infernales y guardarnos incólumes. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.
De la insidias del diablo, libéranos, Señor.
Que tu Iglesia pueda servirte con libertad: te rogamos, óyenos.
Que te dignes humillar a los enemigos de la Santa Iglesia: te rogamos, óyenos.

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