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Falsa obediencia, falso misticismo

blasfemia

«Os traigo a la memoria, hermanos, el Evangelio que os he predicado, que habéis recibido, en el que os mantenéis firmes…» (1 Cor 15, 1).

Bergoglio no trae a la mente de los hombres el Evangelio de Jesucristo. Su noción del Evangelio es una reforma social, una economía para las clases más pobres, una cultura del encuentro para caer bien a todo el mundo.

Bergoglio está, no sólo influenciado por la teología de la liberación, sino metido de lleno en una falsa espiritualidad y un falso misticismo, propio de la falsa iglesia que está levantando.

Bergoglio no puede comprender la Palabra de Dios, la esencia del mensaje de Cristo, no puede hacer suya las palabras del primer Papa de la Iglesia Católica:

«No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy» (Act 3, 6).

¿A qué se ha dedicado este hombre?

«Los males más graves que afligen al mundo en estos años son la desocupación de los jóvenes y la soledad en la que se deja a los ancianos….Esto, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene ante sí» (1 de octubre – Entrevista Scalfari)

No tengo oro ni plata: no me dedico encontrar trabajo para los jóvenes; no me dedico a dar a los ancianos un cariño que no merecen.

A los ancianos y a los jóvenes hay que darles a Jesucristo, que es poner en práctica la obra de la Redención.

Pero, Bergoglio anda en otras cosas, en su política:

«Al cumplir su misión apostólica, la Iglesia debe asumir un papel profético en defensa de los pobres y contra toda corrupción y abuso de poder…» (Visita ad limina de los Obispos de Kenia – 16 de abril).

¿Papel profético en defensa de los pobres? No existe una profecía que defienda a los pobres, tal como lo entiende Bergoglio, que es en su comunismo. No existe una profecía que lleve a la Iglesia a atacar toda corrupción y abuso de poder.

«Arrepentíos, pues, y convertíos para que sean borrados vuestros pecados» (Act 3, 19).

Este es el mensaje que San Pedro dirigió a todos los israelitas. Esta es la doctrina de los Apóstoles. Esta es la misión de toda la Iglesia. Esta es la voz profética que recorre toda profecía verdadera: el arrepentimiento del pecado, la lucha contra el pecado. Si el hombre viera su pecado, entonces no habría pobres ni corrupción ni abuso de poder. Pero, hoy día, al hombre no se le predica del pecado, sino que se le da un lenguaje lleno de tantas cosas que le impiden ver la verdad de la vida. Bergoglio no enseña el pecado, porque no cree en el dogma del pecado.

Bergoglio sólo está en su falsa espiritualidad: «entrar…en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (Bula del jubileo de la misericordia).

Son los pecadores, no los pobres, los privilegiados de la Misericordia de Dios: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia» (Lc 5, 32).

No he venido a llamar ni a los pobres ni a los ricos: no he venido a hacer propaganda política de la Palabra de Dios. No he venido a hablar lo políticamente correcto.

Jesús ha venido a poner un camino de penitencia a todo aquel que reconozca su pecado como una ofensa a Dios.

«Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas. El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia y, mientras no se logre una distribución equitativa de la riqueza, no se resolverán los males de nuestra sociedad (cf. Evangelii gaudium 202)» (Mensaje a la séptima cumbre de la Américas en Panamá – 10 de abril 2015).

Bergoglio se predica a sí mismo, pero es incapaz de predicar el Evangelio de Jesucristo.

Como el pecado no es una ofensa a Dios, entonces: «Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas». ¿Qué es el pecado? Aquello que ofende al hombre, a su persona, a su dignidad. Automáticamente, Bergoglio se baja de la Cruz de Cristo, que es la que libera al hombre de cualquier mal, ya sea espiritual, ya humano, para presentar al mundo su falso misticismo.

«El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia»: en esta frase está ensamblada todo el falso misticismo de la falsa iglesia.

La falsa iglesia va hacia una unión entre todos los hombres, entre todas las religiones, confesiones, para un gobierno mundial. Se necesita un misticismo: solidaridad y fraternidad. Que inevitablemente es falso, porque no es la solidaridad ni la fraternidad que provienen del Evangelio de Cristo. Es la solidaridad y la fraternidad que está en la mente de los grandes masones, que son los que rigen el mundo y la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano.

En ese falso misticismo no hay que discriminar a la gente. Por lo tanto, no hay que tener dogmas, credo, símbolos de la fe. No hay que ser indiferentes con los hombres porque tienen una manera de ver la vida, de pensarla, de obrarla. Hay que buscar la forma de unir a los hombres con este falso misticismo.

Muchos católicos no saben lo que es la vida mística. Y, por lo tanto, no saben lo que significa una falsa vida mística, un falso misticismo.

Lo místico es la unión de Cristo con cada alma. Lo místico no es lo espiritual. Cristo se une con el alma a través de la gracia: esto es una unión espiritual. Pero, Cristo también se une al alma a través del Espíritu: esto es lo místico.

A través de la gracia, el alma posee una vida divina, que es en todo espiritual, porque Dios es Espíritu.

Pero a través del Espíritu, el alma posee una vida mística, en la que el alma participa de todo lo que es Cristo.

Por la gracia se participa de la Vida de Dios. Eso es el Bautismo y todos los Sacramentos. Ser hijo de Dios es una participación de la vida divina.

Pero, por el Espíritu, el alma participa de la vida de Cristo. Por eso, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: participa toda la Iglesia de la vida de Cristo.

La Eucaristía no sólo es una participación de la vida divina, sino del Misterio de la Encarnación. Participar en ese Misterio es vivir algo místico con el Verbo Encarnado.

Por lo tanto, quien no vive lo místico en la gracia, en los Sacramentos, tiene que vivir un falso misticismo. Ese falso misticismo es la obra del espíritu del demonio en el alma: en su mente, en su memoria, en su voluntad.

En el falso misticismo, la mente está poseída por el demonio para pensar lo que quiere el demonio. Esto es lo que se ve en Bergoglio y, no sólo en la Jerarquía que le obedece, sino en muchos fieles.

En el falso misticismo no hay manera de que la mente vea la verdad: vive una oscuridad espiritual, por su pecado de soberbia, que le impide, que le obstaculiza asentarse en la verdad. Ve la verdad de las cosas, pero siempre el alma haya una razón, una idea, para salirse de la verdad.

Esto está en todas las homilías de Bergoglio: dice una verdad y la continúa con una mentira. Esto es el falso misticismo: es la unión de la mente de la persona con el entendimiento del demonio.

El verdadero misticismo es la unión de la mente de la persona con la mente de Cristo. Por eso, dice San Pablo: «Mas nosotros tenemos la Mente de Cristo» (1 Cor 2, 16).

El espiritual juzga de todo: es decir, el que participa de la vida divina, por la gracia, puede hacer juicios espirituales sin cometer pecado. Pero nadie puede juzgar al espiritual, al que hace juicios espirituales. ¿Por qué? Porque tiene una vida mística, no sólo espiritual.

Por la vida espiritual, juzga de todo y no se equivoca. Y no se equivoca porque participa de la mente de Cristo. Y en la mente de Cristo no hay error, no hay herejía, no hay desviación de la verdad.

Muchos poseen la gracia, es decir, tienen una vida espiritual. Pero muchos, al no saber usar la gracia, no alcanzan la vida mística con Cristo. Tienen la gracia, pero siguen pensando y obrando como hombres del mundo, como hombres paganos. Eso señala una sola cosa: hay un falso misticismo. En la persona, se da una unión en la mente con el espíritu del demonio, que la lleva a pensar muchos errores y a obrarlos.

Hay tantas filosofías, tantas teologías, tantas formas de pensar en la actualidad que son impedimento para la vida mística de muchos católicos. Son el inicio y el contrafuerte de una falsa vida mística.

Para vivir con Cristo no hace falta tanta filosofía ni tanta teología. Sólo hace falta la humildad de corazón, que hace que la mente del hombre no se apoye en ninguna idea humana, por más buena y perfecta que sea para su vida. Sólo en la Mente de Cristo no está el error, sino toda la Verdad. Y es el Espíritu de la Verdad el que nos hace penetrar esa Mente Divina.

Por eso, muchos teólogos, muchos filósofos, muchos pensadores católicos ven la herejía de Bergoglio, pero lo siguen llamando Papa. No tienen vida mística: con sus teologías, con sus pensamientos impiden que el Espíritu les lleva a conocer la Mente de Cristo, ¿qué piensa Cristo de Bergoglio?  Es su pecado de soberbia, que debe incidir en toda su vida espiritual, en la manera de vivir la gracia.

La vida espiritual, es decir, la vida de la gracia, conduce, de manera necesaria, a la vida mística. Cristo no sólo te hace hijo de Dios, no sólo te da una vida divina, sino la manera de pensar esa vida divina, la manera de obrarla, de vivirla.

Quien no purifica su corazón, su mente, de tantas ideas, filosofías, teologías, errores, entonces hace un daño a su vida de la gracia y no puede penetrar la mente de Cristo, no puede vivir la vida de Cristo, no puede tener una vida mística.

Muchos, sin teología, sin filosofía, captan a la primera lo que es Bergoglio. Cuando escuchan sus homilías, en seguida dicen: no es doctrina católica. Esta persona no es Papa. Viven sencillamente su gracia y, por eso, están unidos a la Mente de Cristo, que les enseña la verdad de todas las cosas.

La gracia es siempre una inteligencia divina que sólo se puede captar en la unión con la mente de Cristo.

Quien no viva su gracia, en los Sacramentos, no tiene una vida mística, sino una falsa vida mística.

En los falsos profetas, se puede ver esa falsa vida mística: esa mente demoniaca que va dirigiendo la mente del falso profeta.

En Bergoglio, es lo que se ve en todas sus homilías, en todos sus escritos, en todos sus discursos, aun los que parecen católicos, pero nunca lo son. Un hereje nunca puede dar un discurso católico.

El demonio siempre sabe hablar a todo hombre. Siempre sabe decir la palabra que quiere oír el hombre. Por eso, Dios dice pocas palabras, pero cuando las dice las obra en el alma.

El demonio llena de palabras la mente de los hombres, para tenerlos en su juego. Esto es lo que hace, constantemente, Bergoglio. Palabras bonitas, hermosas, para terminar diciendo su herejía de siempre.

Muchos no han aprendido a discernir las palabras de Bergoglio. Son todas heréticas:

«…el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad» (Sto. Tomás, II-II q.5 a.3).

Bergoglio niega el primer artículo de la fe: «Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser».

Quien no cree en el Dios católico no cree en Dios. Y si no cree en Dios, no cree en nada más: ni en Cristo, ni en la Iglesia, ni en la Cruz, ni en los Sacramentos. Sólo cree en lo que dicta su razón humana

¿Quién es Dios? Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Quien no cree en Dios como lo enseña el primer artículo de la fe, no cree en Dios. No tiene fe. Sino que tiene una opinión sobre Dios. Tiene su propio concepto de Dios: Dios es la luz, Abba, el Creador, etc…

Quien niega un artículo de fe los niega todos.

Bergoglio no habla el lenguaje de la fe, sólo puede dar su opinión sobre todos los temas de la fe, como la da cualquier hombre del mundo, cualquier pagano, cualquier cismático, cualquier hereje.

Por eso, nunca se equivoquen con Bergoglio cuando dice algo que parece católico. Sólo está dando su opinión, pero no puede enseñar la fe católica. Nunca. El pecado de herejía impide la fe. Y la herejía, en Bergoglio, es pertinaz. Dice sus herejías y continúa viviendo su vida como si nada hubiera dicho: no hay arrepentimiento. Y, por eso, Bergoglio está condenado en vida. Esto es lo que escandaliza a muchos.

El espiritual juzga de todo: como Bergoglio no hace un acto de arrepentimiento de sus herejías, sino que cada día las aumenta y las hace pública para todo el mundo, entonces va camino de condenación. Él vive como si fuera un santo, como si sus palabras fueras justas, apropiadas para todo el mundo. Como si sus obras tuvieran el sello de Dios. Bergoglio no puede ver sus pecados porque no cree en Dios. Y aquel que no cree en Dios, no puede salvarse. Vive su propia condenación en vida.

Todo el problema de Bergoglio es que está sentado en la Silla de Pedro. Por eso, se necesita algo más que un mea culpa para decir que Bergoglio se ha salvado. Bergoglio vive su propia condenación en vida, lo que él ha escogido para su vida. Y, por lo tanto, lleva a muchas almas a lo mismo: vivir condenadas en vida.

Este es el fruto del falso misticismo: vivir condenados.

El verdadero misticismo lleva a vivir la santidad de Dios. Vivir esperando el Cielo. Vivir para una felicidad que no es de este mundo. Por eso, los santos se confesaban hasta dos veces al día. Porque sabían que el pecado les impide el Cielo.

Hoy, en el falso misticismo de Bergoglio, todos se van al cielo. Es decir, todos viven su condenación ya en la tierra. Ya no se vive para convertir al otro, para salvar su alma del pecado. Se vive para comulgar con el pecado del otro. Se vive para una condenación.

Bergoglio sólo es un político que está en su negocio en la Iglesia. Por eso, buscó la unidad con Kenneth Copeland, con Palmer, que son personajes que sólo les importa el dinero, pero no la verdad del Evangelio. Copelando y Palmer predican el evangelio de la prosperidad, que es la teología de la liberación en Bergoglio, y son considerados herejes por los mismos protestantes.

Bergoglio no puede unirse con los Sprouls, Carsons, Piper y otros, que son los que siguen en todo a Calvino, a Lutero, en su herejía de la Sola Scriptura para alcanzar la justificación de la fe. Ellos preservan su doctrina protestante sin mezclarla con la idolatría y la avaricia de Palmer y de Copeland. Ellos quieren seguir el mensaje puro del Evangelio. A ellos ataca también Bergoglio. Por eso, entre los protestantes ya hay mucha división en torno a Bergoglio. Bergoglio es, para muchos de ellos, un hereje de la Sagrada Escritura, que hace sólo un comercio religioso de la Palabra de Dios.

A Bergoglio sólo le interesa la bolsa del dinero, como a Judas. Y busca a los judíos, sólo por el dinero. Y busca a los musulmanes, sólo por el dinero.

Para dar de comer a los pobres se necesita dinero. ¿Quién se lo da? Sólo vean con quién se junta Bergoglio. Y obliga a todas las diócesis a hacer lo mismo. Todo el mundo católico está buscando dinero para los malditos pobres de Bergoglio.

Ha corrido Bergoglio para implantar su gobierno horizontal, para promoverlo, para imponerlo. Los demás, como bobos, sin hacer nada en contra de ese gobierno de herejes y cismáticos. Por lo tanto, no les van a salvar las teologías  a muchos Obispos y sacerdotes con lo que viene. Su falsa obediencia a un falso papa llena su vida espiritual de un falso misticismo.

Cuanta jerarquía está ya poseída, en sus mentes, por el demonio. Y eso es lo que va a trabajar -en ellos- en lo que viene.

Van a poner una inteligencia que doblegue a todos los teólogos, a todos los canonistas, para poner un falso credo, apropiado a la falsa iglesia. Ya el primer artículo de la fe no será el Dios católico, sino el falso dios que la cabeza de cada hombre se quiera inventar. Es el dios gnóstico, propio de la masonería.

Aquel que no viva su vida de la gracia, el demonio le espera en su mente, y tendrá parte en el falso cuerpo místico del Anticristo, que es la falsa iglesia, que ya es visible en Roma y en todas las parroquias del mundo entero.

Sin la obediencia a un Papa, todo está maldito en la Iglesia

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«Yo os digo que Dios lo quiere y así lo tiene mandado: que aunque los Pastores y el Cristo en la tierra fuesen demonios encarnados y no un padre bueno y benigno, nos conviene ser súbditos y obedientes a él, no por sí mismos (no por ellos en cuanto ellos), sino por obediencia a Dios, como Vicario de Cristo» (Sta. Catalina de Sena – Carta 407, I, 436).

Un Papa legítimo tiene el Poder de Dios para guiar la Iglesia. Y su pecado no anula este Poder Divino. Y aunque sea un demonio encarnado, sigue teniendo la Autoridad en la Iglesia; y, por tanto, hay que obedecer, hay que someterse a Su Pontificado en la Iglesia. Y hay que dar obediencia por ser el Vicario de Cristo, no porque sea un hombre que tiene un pecado o porque sea santo.

A todos aquellos que critican a todos los Papas: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y no los obedecen, están fuera de la Iglesia Católica. Se obedece a un Papa porque tiene la Autoridad de Dios, por obediencia a Dios que ha puesto -en ese hombre- Su Poder, Su Autoridad Divina. No se obedece a un Papa porque se sienta en la Silla de Pedro. Sentarse en el Trono de Dios no es un honor sino un Poder Divino, una Gracia que trae consigo, para toda la Iglesia, la bendición de Dios.

Por lo tanto, no se puede obedecer a un hombre, que se llame Papa y no tenga esa Autoridad Divina, como es Francisco. Francisco es una maldición para toda la Iglesia. Obedecerle es condenarse. Sólo se obedece a quien posee la Autoridad Divina, al que tiene el Primado de Jurisdicción en la Iglesia: Benedicto XVI, y todos los Papas anteriores a él.

El Primado de Jurisdicción pasa a todos los sucesores por la muerte del Papa, no por su renuncia, porque es una gracia lo que tiene el sucesor de Pedro, no es un título humano. Y aunque el Papa legítimo sea un demonio encarnado, hay que obedecerle. Para ser Iglesia hay que ser del Papa, hay que estar con el Papa, hay que obedecer al Papa. Y, por eso, para ser Iglesia, con un hombre que no es Papa, que ha usurpado el Papado, hay que ir en contra de él, en contra de toda la Jerarquía que lo apoye, que le obedezca, hay que escupirle continuamente en la cara y recordarle su negro pecado. No se puede ser Iglesia con un falso Papa, con un antipapa, como lo es ese señor que han puesto los Cardenales en Roma y que lo llaman Papa sin serlo. La Iglesia no está en Francisco: ni en lo que dice, ni en lo que obra, ni en lo que declara, ni en nada de lo que gobierna. La Iglesia está en el Papa Benedicto XVI porque en él está el poder de Dios. Esta Verdad nadie en Roma la sigue ni le interesa. Y la Jerarquía de la Iglesia anda con una venda en los ojos, porque se han olvidado de lo que es un Papa en la Iglesia. A ellos también les da igual quién esté sentado en la Silla de Pedro.

La dificultad para muchos con los Papas es ver una doctrina, desde el Concilio Vaticano II, que no es la de la fe católica. Una doctrina que crea confusión en las almas. Y, entonces, llaman herejes a todo el mundo. Y lo anulan todo: los Sacramentos, el Papado y la Iglesia. Y no han comprendido lo que es la Autoridad de Dios en la Iglesia. La dificultad en la Iglesia, para muchos, es la obediencia al Papa. Nadie ha sabido obedecer a los Papas reinantes desde Juan XXIII y se han descarrilado con la doctrina. Y, por eso, nadie sabe oponerse a un antipapa, a un falso papa, como es Francisco. No han sabido discernir lo que es un Papa: quedan ciegos para ver a un antipapa, para reconocerlo como lo que es: un destructor, un traidor, un usurpador.

Si hubieran obedecido a los Papas, a pesar de la doctrina que se sacaba, entonces hubieran comprendido esa doctrina y habrían cogido lo que sirve y desechado lo que no sirve: «Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus si son de Dios» (1 Jn 4, 1). Si no hay obediencia a un Papa, la Jerarquía, los fieles no son capaces de discernir los documentos que la Iglesia saca. Y tampoco saben discernir a los verdaderos sacerdotes, fieles, de los falsos. Y esa ceguera les impide juzgar rectamente lo que viene del Papa legítimo, que es siempre verdadero, porque tiene el Poder de Dios, es infalible en su juicio, y lo que viene de los Obispos, Cardenales, que ocultamente desobedecen al Papa y sacan documentos que parecen del Magisterio de la Iglesia, pero que no lo son. «Probadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos hasta de la apariencia del mal» (1 Ts 5, 21-22).

Este es el punto que más cuesta entender: ¿cómo con un Papa legítimo se puede dar una doctrina que, sin ser herética, conduce a muchos a la herejía y al cisma dentro de la Iglesia? Y la respuesta está en dos cosas: en el Poder de Dios, que guía a Su Iglesia, sin equivocarse con un Papa, y la libertad de los hombres, que desobedecen, que no quieren depender de ese Poder Divino, dado a un hombre, y que hacen lo que sea para meter en la Iglesia otra doctrina.

Es siempre el misterio de la Gracia y de la Libertad. Y, en este Misterio, hay que juzgar todo lo que ha pasado con el Concilio Vaticano II, para no equivocarse en el juicio contra los Papas. Porque todo el mundo critica a los Papas, pero nadie critica a los Obispos, a la Jerarquía maldita, infiltrada en la Iglesia, que no quiere someterse al Poder que tiene el Papa, sino que obra en la Iglesia con otro poder, el humano, el terrenal, el masónico.

Por eso, ahora, todos siguen a un idiota y lo llaman Papa y le obedecen. Es el castigo, porque han estado en la Iglesia sin discernir nada, es decir, sin vida espiritual. Y a muchos, dentro de la Jerarquía, les cuesta decir que Francisco no es Papa. Siguen ciegos, porque no tienen ninguna fe.

Leer los documentos del Concilio Vaticano II no daña si se tiene vida espiritual. Si no se tiene, entonces es un gran daño para el alma y para toda la Iglesia. Y para tener vida espiritual, hay que comenzar por obedecer al Papa en la Iglesia. Si no hay obediencia, no hay vida espiritual. Muchos se han ido de la Iglesia, durante los años siguientes al Concilio, no por el Concilio, sino por desobediencia al Papa. Por rebeldía. Porque no querían poner su libertad a los pies del Papa.

Hasta el Papa Benedicto XVI, era necesario obedecer en la Iglesia, aunque las doctrinas y las liturgias no fueran claras. Y era necesario obedecer porque había un Papa legítimo, con una Autoridad Divina. Y, aunque el Papa o la Jerarquía fueran unos demonios encarnados, había que dar la obediencia. En Ella, el Señor mostraba el camino para no equivocarse en la Iglesia, y para discernir los diversos escritos que se sacaban.

Pero si hay desobediencia a un Papa legítimo, hay desobediencia al mismo Dios. Y, por tanto, lo que se obra en la Iglesia es nulo. Todos aquellos que han desobedecido a los Papas y siguen en la Iglesia, lo que obran no vale para nada. Porque el valor divino de las obras en la Iglesia lo da la obediencia al Papa. Sin está, cualquier apostolado en la Iglesia, esta maldito desde el principio.

Por eso, con un falso Papa, cae cualquier obediencia. No hay autoridad divina, no hay apostolados, no hay nada. Todo es nulo. Todo está maldito.

«¿A quién dejó las llaves de esta Sangre? Al glorioso apóstol Pedro y a todos los que le sucedieron y le sucederán hasta el día del juicio, que tienen y tendrán la misma autoridad que tuvo Pedro. Ningún pecado en que puedan caer disminuye esta autoridad ni quita nada a la perfección de la Sangre ni a ningún otro sacramento. Porque ya te dije que este Sol no se manchaba con ninguna inmundicia, ni pierde su luz por las tinieblas de pecado mortal que haya cometido el que lo administra o el que lo recibe, porque su culpa en nada puede dañar a los sacramentos de la santa Iglesia ni disminuir su poder. En ellos, sí, disminuye la gracia y aumenta la culpa en quien indignamente lo administra o lo recibe. Así, pues, el Cristo en la tierra tiene las llaves de la Sangre para darte a entender cómo los seglares deben respetar a mis ministros, buenos o malos, y cómo me hiere toda falta de reverencia contra ellos» (Sta. Catalina de Sena – Diálogo, cap. CXV).

La culpa, el pecado de la Jerarquía no daña los Sacramentos de la Iglesia. Lo que daña a la Iglesia es la falta de fe de la Jerarquía. Y si no hay fe no hay Sacramentos y no hay Iglesia.

Por más que se hayan cambiado los textos en la liturgia de los Sacramentos, desde el Concilio Vaticano II, no se ha tocado la fe en Ellos; y, por lo tanto, se sigue consagrando válidamente. Pero, en el momento, en que los hombres cambien la sustancia de los Sacramentos, es decir, escriban unos nuevos, que ya no vienen de la Palabra de Dios, sino de las palabras del hombre, entonces no habrán Sacramentos ni Iglesia.

Mientras haya un solo sacerdote que consagre con fe a Cristo en el Altar, allí estará toda la Iglesia. El Anticristo tiene que matar a todos los sacerdotes para que la Iglesia desparezca totalmente. Y ese va a ser su objetivo cuando aparezca. Y, por eso, tiene que venir el castigo de los tres días de tinieblas para impedir esta obra del demonio.

Hay que respetar a todos los Papas legítimos; pero no se puede respetar a quien no es Papa, al usurpador del Papado, que es Francisco, ni a aquellos que le obedecen, que lo siguen. Hay que obedecer al Papa legítimo porque es el que tiene la Autoridad de Dios: Benedicto XVI. No se puede obedecer a un hombre que no tiene esa Autoridad, del cual no procede el orden clerical: la Jerarquía de la Iglesia no viene de Francisco, sino de Benedicto XVI. El Papa legítimo tiene todo el Poder en el Vértice de la Iglesia. Y ese Poder de Dios lo transmite a todo el clero: a los sacerdotes, Obispos, Cardenales. Si no se tiene ese Poder de Dios, no hay clero, no hay Jerarquía.

El gobierno de la Iglesia es una pirámide, no es algo horizontal: no es un conjunto de hombres que gobiernan. Es Pedro, el sucesor de Pedro, el que gobierna toda la Iglesia. Y, por tanto, el pecado del sucesor de Pedro, no inutiliza el Poder de Dios en la Jerarquía. Y hay que seguir obedeciendo al sucesor de Pedro y a toda la Jerarquía.

Con un usurpador del Papado, como Francisco, con una Jerarquía que se somete a ese usurpador, cae toda obediencia y todo respeto a la Jerarquía.

Francisco ha cambiado el gobierno de la Iglesia y, por tanto, ha anulado el dogma del Papado. Y, por eso, después de la muerte del Papa Benedicto XVI, no hay más Papas.

El acto de elegir a un Papa, por los Cardenales, estando el anterior vivo anula el Papado. El acto de poner un gobierno horizontal en la Iglesia, anula la Jerarquía de toda la Iglesia. El acto de abrirse al mundo, acogiendo a todas las demás confesiones religiosas para hacer una oración a Dios en el mismo Vaticano, anula la Palabra de Dios, el Evangelio y, por tanto, la Iglesia.

No se está en la Iglesia para invitar a los judíos o a los musulmanes a rezar, cada uno con sus ritos, y a sus dioses. Se está en la Iglesia para poner un camino de salvación a los hombres, que están en otras religiones, y que dan culto a otros dioses. Hacer lo que hizo Francisco, no sólo es el marketing del Vaticano, sino una abominación en toda la Iglesia: es darle la espalda a Cristo, que ha puesto su doctrina, su moral, en el Evangelio, y que ha dado a Su Iglesia la llave de la salvación de los hombres.

A Francisco no sólo no hay que obedecerle porque no tenga Autoridad Divina, sino porque tiene una doctrina totalmente contraria a Cristo y a la Iglesia. Eso todos los pueden ver con sus propios ojos. Nada más que hay que leer sus infamantes discursos, escritos, declaraciones, homilías, que cada día hace en la Iglesia.

El problema de muchos hombres es que ya no saben leer a un hereje. Si no han sabido leer a un Papa legítimo, menos a un antipapa herético. Porque ya no les importa la doctrina, sino que están en la Iglesia para amar a Jesús y servirlo de alguna forma. Están en la Iglesia por un motivo humano, pero no por un motivo religioso, espiritual, divino. Y, por tanto, están en la Iglesia para quedar bien con todos los hombres, para gustar a todos los hombres, para hablar con todos los hombres. Pero no están en la Iglesia para amar la Cruz de Cristo, ni para odiar el pecado ni para hacer penitencia por los muchos pecados de los hombres. No quieren ni salvarse ni santificarse. Sólo quieren ser del mundo y del pensamiento de todos los hombres. Y llaman santos a los pecadores, como Francisco, y se llaman santos a sí mismo porque aman a Jesús.

Al Papa Benedicto XVI, en su destierro, hay que decirle las mismas palabras que dijo Sta. Catalina de Sena al Papa: «¡Animo! y a dar la vida por Cristo, ¿o es que no tenemos sólo un cuerpo? ¿Por qué no dar la vida mil veces, si hiciera falta, en honor de Dios y salvación de sus criaturas? Eso es lo que Él hizo: y Vos, Vicario suyo, debéis hacer su oficio. Esta es la costumbre, que, si está el vicario, siga los pasos y las maneras de su señor» (Carta 218, l, 64).

El Papa Benedicto XVI, Vicario de Cristo, tiene que hacer el oficio de Cristo: dar la vida en honor de Dios y para salvar a las almas. Hay que seguir las huellas ensangrentadas de Cristo, que conducen al Calvario. Hay que morir con Cristo en la Cruz para que la Iglesia se transforme en un Cuerpo Glorioso.

Por eso, al Papa Benedicto XVI hay que ayudarle para que salga de donde está, porque lo tienen esclavo, lo tienen vigilado, lo usan para sus fines diabólicos en el Vaticano. La gente está despertando y viendo el horror que hay en Roma, y pone sus ojos en el Papa legítimo. Y eso no gusta en la Roma maldita. Eso, en la mente de mucha Jerarquía, que se cree dios en la Iglesia, les sienta como una patada en el vientre.

«Abre los ojos de tu Vicario en la tierra para que no te ame a Ti por sí, ni a sí mismo por sí, sino que te ame a Ti por Ti y a sí mismo por Ti: porque cuando te ama a Ti por sí, todos padecemos, ya que en él están nuestra vida y nuestra muerte y tiene él el cuidado de recogernos a nosotros, ovejas que perecemos. Si se ama a sí mismo por Ti y a Ti por Ti, vivimos, porque del Buen Pastor recibimos ejemplo de vida» (Elevazioní, 1; Morta, 569).

Un Papa tiene que amar a Cristo por Cristo, no por él, no por su humanidad, ni por su sacerdocio, ni por su rebaño, ni por la Iglesia, ni por los hombres del mundo. La Iglesia sufre cuando un Papa ama a Dios por él mismo, cuando se busca a sí mismo o busca algo humano, material, natural, carnal. Pero la Iglesia vive, se santifica, cuando el Papa da testimonio de Cristo enfrentándose a todos los hombres, a todos los pensamientos humanos, a todas las obras del mundo, a todos los gobiernos, a todas las iglesias. Porque no se puede amar a Cristo por Cristo si no se odia todo lo demás.

Para tener la Mente de Cristo hay que pisotear las mentes de los hombres, los sentimientos de los hombres, sus proyectos en la vida, porque Cristo tiene el Pensamiento de Su Padre, la Obra de Su Voluntad: es la Palabra del Pensamiento Eterno del Padre que se encarna para la Obra de la Redención. Y quien quiera ser otro Cristo, quien quiera imitar las obras de Cristo en la Iglesia, tiene que tener el mismo Pensamiento del Padre. Por eso, es difícil ser sacerdote, Obispo. Es muy difícil ser Papa en la Iglesia. Porque a los hombres nos gusta ser hombres: pensar como hombres, obrar como hombres, vivir como hombres.

Por eso, un idiota como Francisco no merece obediencia como Obispo ni respeto como sacerdote. No lucha para amar a Cristo por Cristo, sino que toda su lucha es agradar a los hombres, darles un consuelo, decirles las palabras, el lenguaje humano, que cada hombre quiere escuchar. Toda su vida es buscar la gloria del mundo. Vive para recibir el aplauso de los hombres. Vive para hacer lo que le da la gana en la vida. Vive para condenar almas en el mundo y en la Iglesia.

«Si es tu voluntad, tritura mis huesos y mis tuétanos por tu Vicario en la tierra, único Esposo de tu Esposa, por el cual te ruego de dignes escucharme: que este tu Vicario considere tu voluntad, la ame y la cumpla para que no perezcamos. Dale un corazón nuevo, que crezca continuamente en gracia, fuerte para levantar el pendón de la Santísima Cruz, a fin de que los infieles puedan participar, como nosotros, del fruto de la pasión, la sangre de tu unigénito Hijo, Cordero inmaculado» (Ibídem).

Esta es la oración que hay que hacer por el Papa Benedicto XVI: penitencia por su vida, para que, en el final de su Pontificado, pueda hacer lo que el Señor le pida en estos momentos de gran crisis en la Iglesia. Él tiene que llevar la Gloria del Olivo, el pendón de la santísima Cruz, para indicar el camino de la Iglesia: el Calvario.

El camino de la Iglesia no se encuentra siguiendo a Francisco ni a la Jerarquía que lo apoya y obedece. El camino de la Iglesia es Cristo. Y Su Vicario debe predicar a Cristo, y a éste Crucificado. Una Iglesia sin Cruz es una Iglesia sin Cristo. Una Iglesia sin Papa es una Iglesia que se esparce por el mundo y se pierde en las fauces de los lobos.

Benedicto XVI es el olivo; y su gloria, la cruz. Tiene que sufrir y morir en la Cruz, como Su Maestro. Y en la Cruz de la Cabeza Visible está el camino del Cuerpo Místico de Cristo. La Iglesia tiene que morir, sufriendo en la Cruz, como va a morir el Papa Benedicto XVI en su Cruz.

Toda la Iglesia está llamada a morir como Cuerpo Místico; a morir como Su Maestro, Cristo. Y a morir con su Maestro, abrazada a sus llagas, para que resucite gloriosa.

«Perdonadme, perdonadme -le escribe a Gregorio XI-. El gran amor que tengo a vuestra salvación y el gran dolor cuando veo lo contrario, eso es que me hace hablar… Proceded de manera que no tenga que apelar de vos a Cristo Crucificado, que a otro no puedo apelar, pues no hay mayor que vos sobre la tierra, Permaneced en la santa y dulce caridad de Dios. Humildemente pido vuestra bendición, dulce Jesús, Jesús amor» (Carta 255, l, 93)

Los tres principios de la masonería

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«He aquí que vengo hacer irrupción en Mi Iglesia; como expulsé a los mercaderes del Templo, regreso armado con un látigo, para expulsar a estos que no Me pertenecen» (Françoise, Jésus-Christ révèle aux siens ce qu’est la franc-maçonnerie, Éd. du Parvis, Suisse, 1998, p. 49 – 4 de octubre 1997)

Tres principios tiene la masonería, que son los ejes de su sistema: libertad, igualdad y fraternidad.

a. La libertad individual no puede ser absoluta, sino que debe ser restringida para no limitar la libertad del otro.

b. La igualdad es el presupuesto de la libertad: las desigualdades económicas y políticas van contra la libertad de los hombres. Es necesario un marxismo de corte humanista que luche por acabar con las situaciones de falta de derechos y de rentas básicas para conseguir la igualdad de todos los hombres.

c. la fraternidad concebida como un deber moral, ético, como una obligación de la persona para ayudar los demás en sus necesidades, no sólo básicas sino en todas. Y, por eso, es necesario que todos compartan lo que tengan con todo el mundo. Lo privado debe desaparecer, la empresa debe desaparecer, los beneficios, vivir para una calidad de vida tiene que desparecer en bien de todos.

Estos tres principios están metidos en la Jerarquía Eclesiástica.

Dios ha dado al hombre la libertad absoluta, total, sin límites, sin condiciones, sin restricciones. Y esa libertad absoluta hace que la persona puede vivir un orden moral, un orden ético, una ley divina.

Porque la libertad se da para hacer el bien divino. Éste es el principio de la libertad. Y, por eso, sólo es libre aquel que sigue al Espíritu. Los demás hombres son esclavos de muchas cosas: su inteligencia, sus voluntades, sus vidas, sus obras, sus empresas, sus placeres, etc.

El que vive la libertad del Espíritu se pone en la Verdad. El Espíritu lleva al alma hacia la Verdad que la hace libre, con una libertad absoluta, no relativa, no limitada por nada ni por nadie.

Y, en esa libertad absoluta, el hombre vive la Verdad de su vida. Y ama a Dios en Espíritu y en verdad. Y ama al prójimo en el Amor de Dios.

El Amor de Dios se obra siempre en la Verdad. Nunca Dios obra Su Amor en la mentira. No puede, porque Dios es Justicia, es recto en todo, es orden en todo, es armonía en todo.

Los hombres ven la Justicia de Dios como algo malo, como una Ira que lo destruye todo. Y la Justicia de Dios es la esencia del Amor Divino. Dios castiga por Amor. Dios tiene Ira por Amor. Dios permite los males por Amor. Porque hay una rectitud en Dios, un orden, una Ley que no puede limitar, transgredir, pasar, condicionar.

Y, por tanto, Dios da Su Libertad al mismo hombre. Y es una libertad absoluta, no relativa, ni siquiera con Dios. Por eso, el hombre puede elegir condenarse y Dios no puede hacer nada por ese hombre, porque su libertad es absoluta.

Cuando se quiere explicar la libertad del hombre como algo no absoluto, entonces, necesariamente hay que negar: el pecado, el infierno, el purgatorio, y la misma libertad del hombre. El hombre ya no puede decir en su vida y, por tanto, el hombre se salva porque Dios los salva, así haga muchos males en sus vida.

Ésta es la doctrina que muchos están predicando, porque siguen el principio de la libertad masónica. Esto es lo que predica Francisco con su Iglesia accidentada: como estamos en la Iglesia con nuestros pecados, Dios nos ama así. No podemos quitarlos, vivamos felices haciendo obras buenas a los demás: “entre una Iglesia accidentada por salir a la calle y una Iglesia enferma de autoreferencialidad, prefiero sin duda la primera” (23 de enero). Salgan al mundo a llenarse de pecados, pero no estén en la Iglesia mirando las verdades, los dogmas. Es preferible hacer un bien al hombre así haya que pecar. No importa el pecado, sólo importa el bien que hay que hacer a la otra persona. Y ¿por qué? Porque tiene una libertad que nadie puede limitar viendo su verdad en la vida. Si te quedas observando tu dogma, vas en contra de la libertad del otro. Ese otro no tiene tu dogma y eso le hace daño a su vida, lo esclaviza, porque tú estás esclavo de tus verdades.

Así piensan muchos en la Iglesia. El primero: Francisco. Francisco no cree en la libertad absoluta del hombre y, por eso, está en la Iglesia para buscar una igualdad: que ancianos, niños, pobres, enfermos, etc., tengan lo necesario para cubrir todas sus necesidades materiales, humanas, carnales, naturales, económicas, etc. Francisco se dedica a resolver problemas humanos, para quitar las desigualdades en lo económico y en lo político: “A nivel global vemos la escandalosa distancia entre el lujo de los más ricos y la miseria de los más pobres” (23 de enero). Esta es sola su preocupación. Por supuesto, no le interesa el escándalo del pecado. Eso nunca lo menciona, porque vive para el principio de la igualdad entre los hombres: luchemos por quitar todo tipo de desigualdades.

La doctrina de cristo es clara: hay tres enemigos del alma, que son: mundo, demonio y carne. La igualdad entre los hombres es sólo un mito, es decir, un cuento chino, una fábula, algo para entretener a los hombres, que ya no saben cómo vivir. Porque hay demonio, es imposible que dos hombres sean iguales. Los demonios que tiene una persona le hace ser distinto a la otra persona. Si no se lucha contra el demonio, los hombres son como él: un ser totalmente desigual en su naturaleza y que, por tanto, sus obras señalan una vida de miseria y de pecado.

Porque hay pecado, no hay dos hombres iguales. Todo pecado marca una diferencia moral y ética entre las personas. Diferencia que crea desigualdad entre los hombres. Si no se quita el pecado, la desigualdad va creciendo gradualmente.

Porque el mundo está lleno de demonios y de gente pecadora, entonces en el mundo es imposible la igualdad entre los hombres.

Francisco no lucha ni contra el demonio, ni contra el mundo, ni contra la carne. A Francisco no le interesa el alma, sino el cuerpo. Y, por eso, esto le conduce al tercer principio: el amor fraterno.

Pero el problema del amor fraterno es que se ha hecho culto, dios: si no amas a tu hermano ya no amas a Dios. Éste es el error. Del amor fraterno nace el amor de Dios. Esto es lo que está en la mente de muchos. Primero, tu hermano. Así demuestras tu amor a Dios. Gran error de muchos. Y este error les lleva a negar a Dios. Dios es sólo algo interior en la persona: su yo interior. Dios es algo en la Creación: todo es dios. Cada uno en su yo interior tiene que crecer para formar el yo de la Creación, en la que todos los hombres estén unidos como hermanos. Se pone la Creación como una armonía en sí misma, sin referencia a Dios como Creador de ella.

Por eso, la insistencia de Francisco en el amor fraterno: su evangelio de la fraternidad. “De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera” (8 de diciembre 2013). El error de Francisco poner la fraternidad como dimensión esencial del hombre. Y dice más: “la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos” (8 de diciembre 2013). Dice que la cruz es el origen de la fraternidad.

Ante estas palabras de Francisco, se comprende su culto al hombre, por encima del culto a Dios. Se comprende que Francisco sea un hombre ciego, lleno de humanidad, que caiga en la adoración al hombre por el hombre.

Francisco adora al hombre, pero no a Dios. Sus palabras son claras. Como el hombre es un ser relacional, entonces es de esencia que los hombres sean hermanos. Aquí está la clave de su adoración al hombre.

Dios ha puesto en el ser humano su Espíritu. Y ese Espíritu relaciona a Dios con el hombre. Sin ese Espíritu, el hombre no puede mirar a Dios y Dios no puede dar nada al hombre.

Dios ha puesto Su Espíritu en el hombre para que el hombre lo adore. Eso es la esencia del ser humano: es dependiente en todo de Dios.

Dios no pone Su Espíritu en el hombre para que el hombre sea hermano de otro hombre. No es esencial ser hermano. No es lo primero amar a otro hombre. No es ni siquiera necesario amar al prójimo, porque el amor al prójimo es un fruto del amor a Dios. Es la consecuencia de lo esencial en el ser humano. Es algo que se obra porque existe en el corazón el amor a Dios.

La dimensión esencial del hombre es amar a Dios, porque el hombre es un ser que se relaciona con Dios, que tiene un Espíritu que lo lleva a adorar a Dios, a someterse a Dios, a obedecer a Dios.

Y si el hombre se somete a Dios, entonces el hombre ama a sus semejantes. Peor si el hombre no se somete a Dios, el hombre no ama a nadie, ni siquiera a sí mismo.

El amor a Dios lleva necesariamente al amor al prójimo. Pero el amor al prójimo no conduce al amor a Dios.

Pero Francisco cae en otro error: pone la Cruz como el principio del amor fraterno. Y, al decir, esto está negando la Obra de la Redención de Cristo. Y la niega de un plumazo.

La Cruz de Cristo es el lugar definitivo en que el pecado de Adán fue vencido por Cristo. Eso sólo es la Cruz de Cristo. Adán pecó. El Nuevo Adán murió para quitar ese pecado.

Adán pecó y todos los hombres pecaron en Él: pecado original, sin culpa en cada hombre, pero real en cada hombre.

El Nuevo Adán murió y todos los hombres siguen en sus pecados. Porque Cristo quita el pecado de Adán, pero no las consecuencias en todos los hombres.

Para quitar las consecuencias, Cristo pone sus Sacramentos. Cada alma, cada hombre tiene que aceptar los Sacramentos para tener la Vida que Cristo ganó para todos los hombres.

Cristo murió en la Cruz y todos los hombres siguen sin amarse entre ellos. Francisco dice: no. Por la Cruz, ya todos somos hermanos. Ha destruido la Obra de la Redención.

Cristo no regenera la humanidad por su muerte. Cristo muere para que todos los hombres tengan Vida, porque ha quitado lo que impedía esa Vida: el pecado de Adán.

Pero, para que los hombres tengan Vida, y no sigan en sus pecados, cada hombre –en particular- tiene que someterse a la Obra de la Redención de Cristo y ser corredentor con Cristo.

Cada hombre tiene que aceptar en su vida esa Cruz que le salva. Tiene que crucificarse con Cristo. Tiene que luchar por quitar sus pecados. Cristo quitó el pecado de Adán, pero no quitó los pecados de todos los hombres. Los pecados los quitan en la libertad que le dé el hombre.

Cristo sufrió para quitar el pecado de Adán, pero necesita que los hombres sufran con Él para quitar los pecados de cada hombre.

Como hoy se predica que ya cristo lo ha sufrido todo, no hay que hacer penitencia por que todos estamos salvados: es la doctrina de fraternidad, del invento de que todos somos hermanos. Es por no comprender la Obra de la Redención de Cristo en cada alma.

Por eso, Francisco niega la Cruz de Cristo. La tiene que negar de forma absoluta. No cree en Ella. Y, por tanto, no puede ver a Cristo como Dios, como el Verbo Encarnado. Francisco no cree en nada. Habla de muchas cosas, pero sólo porque tiene que hacer su obra de teatro en la Iglesia.

Francisco está lleno de palabrería barata y blasfema. Esas son todas sus homilías. Y eso es lo que a la gente le gusta: esa palabrería que no llena el corazón, pero que hace un daño a las almas. Un gravísimo daño.

Francisco sigue, en todo, los principios de la masonería. Y hay muchos sacerdotes y Obispos que hacen lo mismo. Se han convertido en lobos vestidos de piel de oveja. Y aúllan un marxismo lleno de humanismo y así quieren presentar a la Iglesia una primavera roja, un tiempo en que se va a desencadenar en la Iglesia la persecución contra a aquellos que viven la Verdad y que, por lo tanto no pueden someterse a las doctrinas marxistas de Francisco y los suyos. No se puede dar crédito a ninguna palabra de Francisco. Engaña en cada homilía. Engaña en cada sonrisa. Engaña en cada obra que hace en la Iglesia.

Vaticano: fábrica de hacer dinero para el comunismo

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“su labor es el corazón de la misión de la Iglesia y su atención hacia todos aquellos que sufren por ese escándalo del hambre, con el que el Señor se identificó cuando dijo: “Tuve hambre y me diste de comer””. (Francisco – 10 de dciembre 2013)

Francisco demuestra en estas palabras su herejía del comunismo: el corazón de la misión de la Iglesia el bien común, el ponerlo todo en común, el dar dinero y lo material a los hombres con un fin sólo humano, económico, natural, material. Y este bien común es no para de comer a los hambrientos sino para quedarse con las ganancias de lo que recojan.

Así es el comunismo. Así hace el comunista Francisco en la nueva iglesia en Roma.

El corazón de la misión de la Iglesia es dar el Pan Vivo de la Eucaristía a los pobres de espíritu. Ése es el amor de la Iglesia, su corazón. Dar de comer a los pobres es el negocio que se ha montado el comunista Francisco en el Vaticano, que se convierte en la fábrica de hacer dinero para una causa comunista. Dinero para destruir la Iglesia.

En el Vaticano, ahora se pagan a los sacerdotes y a los Obispos para que prediquen herejías a la Iglesia y obren la mentira, su teatro, en el aplaudo de muchas almas que los siguen porque son bobas y tontas como ellos, la nueva jerarquía del comunismo en Roma. Una jerarquía no de sacerdotes, sino de hombres vendidos al demonio. Cada uno en Roma tiene un puesto sometido a la burda conquista del mundo y de los hombres.

Mayor mentira no puede hablar ese hereje: el Señor se identificó con el escándalo del hambre. Un Obispo, un sacerdote de la Iglesia verdadera nunca puede decir esto del Señor. Nunca. Es un ultraje al Señor. Es una falta de obediencia a Su Palabra. Es decirle al Señor: Tú no sabes dirigir tu Iglesia, déjame guiar a la Iglesia para dar de comer a los pobres, ya que tú no te preocupaste de eso en tu vida humana.

Este es el pensamiento de Francisco que no revela a la Iglesia. Él sólo dice su mentira, para complacer a los bobos y mentirosos como él.

El Señor Jesús vino por los pecadores, no por la gente que se muere de hambre. Poco le importa a Dios el hambre de las personas, el hambre material, mientras ve cómo caen almas al infierno. Lo único que ve Dios en el hombre es su maldito pecado. Por ese pecado, el hombre pasa hambre y muchos problemas más en la vida.

Y el Señor Jesús vino a remediar el pecado, poniendo un camino para quitarlo y expiarlo. Y ese camino no incluye sacar de la pobreza material a nadie. Ese camino no incluye quitar enfermedades o la muerte u otras cosas que los hombres tienen en sus vidas a causa del pecado, fruto del pecado.

La Obra de la Redención de Jesús sólo se centra en el pecado del hombre, no en su miseria material. Sólo Jesús atiende a la causa espiritual de todo problema humano, natural, carnal, material, físico de los hombres. Y, por tanto, aquel que se une a la Obra de la Redención humana, hace lo mismo que hizo Jesús: cargar con el pecado de los hombres.

Jesús no cargó con la miseria económica de nadie. No hacía falta. Jesús no puso un restaurante para dar de comer a nadie. No puso una panadería para alimentar a los pobres. No fabricó una cáritas, que es el engendro del demonio en la Iglesia. No pidió dinero a nadie. Se limitó a cargar con los pecados de todo el mundo. Y así resolvió el problema principal de todo hombre, que es su elección de vida.

Todo hombre está en esta vida para una elección: o el infierno o el cielo.

No se está en esta vida para alimentar a nadie, para dar dinero a nadie, para dar un trabajo a nadie. La vida no es ni para comer, ni para ganar dinero, ni para hacer que los hombres vivan felices en sus necias vidas.

La vida sólo está o para salvarse o para condenarse, que ese fue todo el discurso del Señor que Francisco calla y pone lo que le interesa destacar: “Tuve hambre y me diste de comer”.

No pone que eso lo dijo el Señor a aquellas almas que eligieron el camino de la salvación. Este punto lo calla. Y es el más importante, porque señala la Obra Redentora de Cristo Jesús en medio de la Iglesia.

Y, por supuesto, calla la segunda parte: “Tuve hambre y no me diste de comer”. Esto ni lo menciona. No habla de la Justicias Divina, de la elección que muchos han hecho para ir al infierno por no quitar sus pecados. Esto no lo puede enseñar, porque comenzó mal su discurso.

Comenzó diciendo que el corazón de la Iglesia es dar de comer a los pobres, es decir, el dinero, buscar dinero para los pobres. Ése es el tesoro que persigue el hereje Francisco, y que hace que toda la Iglesia se mueva buscando los tesoros materiales para así dar contento a los hombres en el mundo.

Porque el corazón de la Iglesia el Amor de Cristo, dado en la Eucaristía, entonces el alma debe trabajar por ese Amor, para tenerlo dentro de su corazón y así obrar las obras de ese amor divino entre los hombres. Y si ese amor divino le manda dar de comer, se da de comer por Voluntad de Dios, no por capricho, no por interés de los hombres, no porque lo digan los hombres y, menos, sacerdotes y Obispos herejes como Francisco.No se puede obedecer a un hereje.

Esto es imposible que lo enseñe Francisco. Y lleva nueve meses con la misma obsesión, que es la de Judas: ¡quién me da dinero para mis pobres! Es decir, ¡quien me da dinero para mi bolsillo!

El comunista Francisco es un judas: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres? Esto decía, no por amor a los pobres, sino porque era ladrón, y, llevando él la bolsa, hurtaba de lo que en ella echaban. Pero Jesús dijo: Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre.” (Jn 12, 7)

Francisco pide dinero, no porque le importen los pobres, no por amor a los pobres, sino porque es un ladrón. Ha robado la riqueza de la Iglesia, que es el Papado y la ha destruido con su pecado. Ha echado a Cristo de la Iglesia, del centro de la Iglesia, que es el Papa. Y se ha puesto él como impostor, como un fraude, como un hereje, para así arrebatar a todas las almas de la Iglesia su preciado tesoro: su salvación.

Francisco roba la salvación a las almas, se las arrebata, y les da la condenación en la Iglesia. Por eso, hace que toda la Iglesia esté pendiente de resolver problemas materiales, económicos, políticos culturales, humanos. Pero que nadie se centre ni en su salvación ni en su santificación.

Y, por eso, clama desesperado: “Nos encontramos ante un escándalo mundial de casi mil millones de personas”. ¡Dios mío, qué barbaridad la de este hombre en estas palabras! ¡Cómo se ve que le gusta el dinero!

Ningún político mueve un dedo por esos mil millones que dice Francisco que hay. Ningún político en sus gobiernos les importa esos mil millones de personas que mueren de hambre. Ningún empresario, ningún economista, mueve su dinero para dar de comer a nadie en el mundo. A nadie en el mundo le interesa esos mil millones de personas que se mueren de hambre, según los cálculos de Francisco.

Y he aquí que Francisco tiene la solución para dar de comer a los mil millones de personas: pedir dinero. Esa es la utopía de Francisco en la nueva iglesia. Y ¿quién le va a dar gratis ese dinero en el mundo, si en el mundo nadie da gratis nada? En el mundo a nadie le interesa los pobres. Nadie mueve un dedo por los pobres. Y los que son de la Iglesia no tienen más riqueza que la que tienen. No son ricos para alimentar a mil millones de personas. Luego, ¡qué gran utopía que propone Francisco!

En la práctica no se puede alimentar a mil millones como lo quiere Francisco, porque los hombres somos pecadores y nos agarramos a nuestro dinero y que se mueran de hambre todos.

Así pensamos todos. Y así piensa también Francisco. Pero esto no lo dice. No conviene. Él no dice la Verdad a las claras. No puede. Es mentiroso desde el principio. No hay verdad en él.

Francisco predica comunismo. Punto y final. Denme dinero para el bien común de todos los hambrientos en el mundo, pero me lo guardo en mi bolsillo. Así es el comunista. Esa es la experiencia de Rusia y de tantos países bajo el comunismo. ¿Es que no aprendéis de vuestros errores? Vivís para caer siempre en los mismos errores de todos los hombres. Pero no vivís para aprender a quitar los errores, a quitar vuestro pecados de la Vista Santa del Señor.

Francisco: un gran iluso, un gran bobo, un necio que no sabe lo que está diciendo. Y sólo los bobos como él dan su dinero a esa causa comunista de Cáritas.

No apoyen a Cáritas: es perder su dinero. Es meter su dinero en una causa de condenación de las almas. Se lo roban.

Las almas, primero hay que salvarlas, y, después viene la añadidura. Para Francisco, le importa un bledo la salvación de las almas, sólo quiere su bienestar humano. Por eso, predica el reino material, el reino humano, el reino económico, el reino para condenarse en vida.

Quien siga a Francisco, quien siga sus consejos, se condena. No se puede obedecer a Francisco. Es un comunista en la Iglesia. Habla como dragón y condena a las almas como pantera.

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