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Falsa obediencia, falso misticismo

blasfemia

«Os traigo a la memoria, hermanos, el Evangelio que os he predicado, que habéis recibido, en el que os mantenéis firmes…» (1 Cor 15, 1).

Bergoglio no trae a la mente de los hombres el Evangelio de Jesucristo. Su noción del Evangelio es una reforma social, una economía para las clases más pobres, una cultura del encuentro para caer bien a todo el mundo.

Bergoglio está, no sólo influenciado por la teología de la liberación, sino metido de lleno en una falsa espiritualidad y un falso misticismo, propio de la falsa iglesia que está levantando.

Bergoglio no puede comprender la Palabra de Dios, la esencia del mensaje de Cristo, no puede hacer suya las palabras del primer Papa de la Iglesia Católica:

«No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy» (Act 3, 6).

¿A qué se ha dedicado este hombre?

«Los males más graves que afligen al mundo en estos años son la desocupación de los jóvenes y la soledad en la que se deja a los ancianos….Esto, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene ante sí» (1 de octubre – Entrevista Scalfari)

No tengo oro ni plata: no me dedico encontrar trabajo para los jóvenes; no me dedico a dar a los ancianos un cariño que no merecen.

A los ancianos y a los jóvenes hay que darles a Jesucristo, que es poner en práctica la obra de la Redención.

Pero, Bergoglio anda en otras cosas, en su política:

«Al cumplir su misión apostólica, la Iglesia debe asumir un papel profético en defensa de los pobres y contra toda corrupción y abuso de poder…» (Visita ad limina de los Obispos de Kenia – 16 de abril).

¿Papel profético en defensa de los pobres? No existe una profecía que defienda a los pobres, tal como lo entiende Bergoglio, que es en su comunismo. No existe una profecía que lleve a la Iglesia a atacar toda corrupción y abuso de poder.

«Arrepentíos, pues, y convertíos para que sean borrados vuestros pecados» (Act 3, 19).

Este es el mensaje que San Pedro dirigió a todos los israelitas. Esta es la doctrina de los Apóstoles. Esta es la misión de toda la Iglesia. Esta es la voz profética que recorre toda profecía verdadera: el arrepentimiento del pecado, la lucha contra el pecado. Si el hombre viera su pecado, entonces no habría pobres ni corrupción ni abuso de poder. Pero, hoy día, al hombre no se le predica del pecado, sino que se le da un lenguaje lleno de tantas cosas que le impiden ver la verdad de la vida. Bergoglio no enseña el pecado, porque no cree en el dogma del pecado.

Bergoglio sólo está en su falsa espiritualidad: «entrar…en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (Bula del jubileo de la misericordia).

Son los pecadores, no los pobres, los privilegiados de la Misericordia de Dios: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia» (Lc 5, 32).

No he venido a llamar ni a los pobres ni a los ricos: no he venido a hacer propaganda política de la Palabra de Dios. No he venido a hablar lo políticamente correcto.

Jesús ha venido a poner un camino de penitencia a todo aquel que reconozca su pecado como una ofensa a Dios.

«Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas. El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia y, mientras no se logre una distribución equitativa de la riqueza, no se resolverán los males de nuestra sociedad (cf. Evangelii gaudium 202)» (Mensaje a la séptima cumbre de la Américas en Panamá – 10 de abril 2015).

Bergoglio se predica a sí mismo, pero es incapaz de predicar el Evangelio de Jesucristo.

Como el pecado no es una ofensa a Dios, entonces: «Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas». ¿Qué es el pecado? Aquello que ofende al hombre, a su persona, a su dignidad. Automáticamente, Bergoglio se baja de la Cruz de Cristo, que es la que libera al hombre de cualquier mal, ya sea espiritual, ya humano, para presentar al mundo su falso misticismo.

«El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia»: en esta frase está ensamblada todo el falso misticismo de la falsa iglesia.

La falsa iglesia va hacia una unión entre todos los hombres, entre todas las religiones, confesiones, para un gobierno mundial. Se necesita un misticismo: solidaridad y fraternidad. Que inevitablemente es falso, porque no es la solidaridad ni la fraternidad que provienen del Evangelio de Cristo. Es la solidaridad y la fraternidad que está en la mente de los grandes masones, que son los que rigen el mundo y la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano.

En ese falso misticismo no hay que discriminar a la gente. Por lo tanto, no hay que tener dogmas, credo, símbolos de la fe. No hay que ser indiferentes con los hombres porque tienen una manera de ver la vida, de pensarla, de obrarla. Hay que buscar la forma de unir a los hombres con este falso misticismo.

Muchos católicos no saben lo que es la vida mística. Y, por lo tanto, no saben lo que significa una falsa vida mística, un falso misticismo.

Lo místico es la unión de Cristo con cada alma. Lo místico no es lo espiritual. Cristo se une con el alma a través de la gracia: esto es una unión espiritual. Pero, Cristo también se une al alma a través del Espíritu: esto es lo místico.

A través de la gracia, el alma posee una vida divina, que es en todo espiritual, porque Dios es Espíritu.

Pero a través del Espíritu, el alma posee una vida mística, en la que el alma participa de todo lo que es Cristo.

Por la gracia se participa de la Vida de Dios. Eso es el Bautismo y todos los Sacramentos. Ser hijo de Dios es una participación de la vida divina.

Pero, por el Espíritu, el alma participa de la vida de Cristo. Por eso, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: participa toda la Iglesia de la vida de Cristo.

La Eucaristía no sólo es una participación de la vida divina, sino del Misterio de la Encarnación. Participar en ese Misterio es vivir algo místico con el Verbo Encarnado.

Por lo tanto, quien no vive lo místico en la gracia, en los Sacramentos, tiene que vivir un falso misticismo. Ese falso misticismo es la obra del espíritu del demonio en el alma: en su mente, en su memoria, en su voluntad.

En el falso misticismo, la mente está poseída por el demonio para pensar lo que quiere el demonio. Esto es lo que se ve en Bergoglio y, no sólo en la Jerarquía que le obedece, sino en muchos fieles.

En el falso misticismo no hay manera de que la mente vea la verdad: vive una oscuridad espiritual, por su pecado de soberbia, que le impide, que le obstaculiza asentarse en la verdad. Ve la verdad de las cosas, pero siempre el alma haya una razón, una idea, para salirse de la verdad.

Esto está en todas las homilías de Bergoglio: dice una verdad y la continúa con una mentira. Esto es el falso misticismo: es la unión de la mente de la persona con el entendimiento del demonio.

El verdadero misticismo es la unión de la mente de la persona con la mente de Cristo. Por eso, dice San Pablo: «Mas nosotros tenemos la Mente de Cristo» (1 Cor 2, 16).

El espiritual juzga de todo: es decir, el que participa de la vida divina, por la gracia, puede hacer juicios espirituales sin cometer pecado. Pero nadie puede juzgar al espiritual, al que hace juicios espirituales. ¿Por qué? Porque tiene una vida mística, no sólo espiritual.

Por la vida espiritual, juzga de todo y no se equivoca. Y no se equivoca porque participa de la mente de Cristo. Y en la mente de Cristo no hay error, no hay herejía, no hay desviación de la verdad.

Muchos poseen la gracia, es decir, tienen una vida espiritual. Pero muchos, al no saber usar la gracia, no alcanzan la vida mística con Cristo. Tienen la gracia, pero siguen pensando y obrando como hombres del mundo, como hombres paganos. Eso señala una sola cosa: hay un falso misticismo. En la persona, se da una unión en la mente con el espíritu del demonio, que la lleva a pensar muchos errores y a obrarlos.

Hay tantas filosofías, tantas teologías, tantas formas de pensar en la actualidad que son impedimento para la vida mística de muchos católicos. Son el inicio y el contrafuerte de una falsa vida mística.

Para vivir con Cristo no hace falta tanta filosofía ni tanta teología. Sólo hace falta la humildad de corazón, que hace que la mente del hombre no se apoye en ninguna idea humana, por más buena y perfecta que sea para su vida. Sólo en la Mente de Cristo no está el error, sino toda la Verdad. Y es el Espíritu de la Verdad el que nos hace penetrar esa Mente Divina.

Por eso, muchos teólogos, muchos filósofos, muchos pensadores católicos ven la herejía de Bergoglio, pero lo siguen llamando Papa. No tienen vida mística: con sus teologías, con sus pensamientos impiden que el Espíritu les lleva a conocer la Mente de Cristo, ¿qué piensa Cristo de Bergoglio?  Es su pecado de soberbia, que debe incidir en toda su vida espiritual, en la manera de vivir la gracia.

La vida espiritual, es decir, la vida de la gracia, conduce, de manera necesaria, a la vida mística. Cristo no sólo te hace hijo de Dios, no sólo te da una vida divina, sino la manera de pensar esa vida divina, la manera de obrarla, de vivirla.

Quien no purifica su corazón, su mente, de tantas ideas, filosofías, teologías, errores, entonces hace un daño a su vida de la gracia y no puede penetrar la mente de Cristo, no puede vivir la vida de Cristo, no puede tener una vida mística.

Muchos, sin teología, sin filosofía, captan a la primera lo que es Bergoglio. Cuando escuchan sus homilías, en seguida dicen: no es doctrina católica. Esta persona no es Papa. Viven sencillamente su gracia y, por eso, están unidos a la Mente de Cristo, que les enseña la verdad de todas las cosas.

La gracia es siempre una inteligencia divina que sólo se puede captar en la unión con la mente de Cristo.

Quien no viva su gracia, en los Sacramentos, no tiene una vida mística, sino una falsa vida mística.

En los falsos profetas, se puede ver esa falsa vida mística: esa mente demoniaca que va dirigiendo la mente del falso profeta.

En Bergoglio, es lo que se ve en todas sus homilías, en todos sus escritos, en todos sus discursos, aun los que parecen católicos, pero nunca lo son. Un hereje nunca puede dar un discurso católico.

El demonio siempre sabe hablar a todo hombre. Siempre sabe decir la palabra que quiere oír el hombre. Por eso, Dios dice pocas palabras, pero cuando las dice las obra en el alma.

El demonio llena de palabras la mente de los hombres, para tenerlos en su juego. Esto es lo que hace, constantemente, Bergoglio. Palabras bonitas, hermosas, para terminar diciendo su herejía de siempre.

Muchos no han aprendido a discernir las palabras de Bergoglio. Son todas heréticas:

«…el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad» (Sto. Tomás, II-II q.5 a.3).

Bergoglio niega el primer artículo de la fe: «Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser».

Quien no cree en el Dios católico no cree en Dios. Y si no cree en Dios, no cree en nada más: ni en Cristo, ni en la Iglesia, ni en la Cruz, ni en los Sacramentos. Sólo cree en lo que dicta su razón humana

¿Quién es Dios? Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Quien no cree en Dios como lo enseña el primer artículo de la fe, no cree en Dios. No tiene fe. Sino que tiene una opinión sobre Dios. Tiene su propio concepto de Dios: Dios es la luz, Abba, el Creador, etc…

Quien niega un artículo de fe los niega todos.

Bergoglio no habla el lenguaje de la fe, sólo puede dar su opinión sobre todos los temas de la fe, como la da cualquier hombre del mundo, cualquier pagano, cualquier cismático, cualquier hereje.

Por eso, nunca se equivoquen con Bergoglio cuando dice algo que parece católico. Sólo está dando su opinión, pero no puede enseñar la fe católica. Nunca. El pecado de herejía impide la fe. Y la herejía, en Bergoglio, es pertinaz. Dice sus herejías y continúa viviendo su vida como si nada hubiera dicho: no hay arrepentimiento. Y, por eso, Bergoglio está condenado en vida. Esto es lo que escandaliza a muchos.

El espiritual juzga de todo: como Bergoglio no hace un acto de arrepentimiento de sus herejías, sino que cada día las aumenta y las hace pública para todo el mundo, entonces va camino de condenación. Él vive como si fuera un santo, como si sus palabras fueras justas, apropiadas para todo el mundo. Como si sus obras tuvieran el sello de Dios. Bergoglio no puede ver sus pecados porque no cree en Dios. Y aquel que no cree en Dios, no puede salvarse. Vive su propia condenación en vida.

Todo el problema de Bergoglio es que está sentado en la Silla de Pedro. Por eso, se necesita algo más que un mea culpa para decir que Bergoglio se ha salvado. Bergoglio vive su propia condenación en vida, lo que él ha escogido para su vida. Y, por lo tanto, lleva a muchas almas a lo mismo: vivir condenadas en vida.

Este es el fruto del falso misticismo: vivir condenados.

El verdadero misticismo lleva a vivir la santidad de Dios. Vivir esperando el Cielo. Vivir para una felicidad que no es de este mundo. Por eso, los santos se confesaban hasta dos veces al día. Porque sabían que el pecado les impide el Cielo.

Hoy, en el falso misticismo de Bergoglio, todos se van al cielo. Es decir, todos viven su condenación ya en la tierra. Ya no se vive para convertir al otro, para salvar su alma del pecado. Se vive para comulgar con el pecado del otro. Se vive para una condenación.

Bergoglio sólo es un político que está en su negocio en la Iglesia. Por eso, buscó la unidad con Kenneth Copeland, con Palmer, que son personajes que sólo les importa el dinero, pero no la verdad del Evangelio. Copelando y Palmer predican el evangelio de la prosperidad, que es la teología de la liberación en Bergoglio, y son considerados herejes por los mismos protestantes.

Bergoglio no puede unirse con los Sprouls, Carsons, Piper y otros, que son los que siguen en todo a Calvino, a Lutero, en su herejía de la Sola Scriptura para alcanzar la justificación de la fe. Ellos preservan su doctrina protestante sin mezclarla con la idolatría y la avaricia de Palmer y de Copeland. Ellos quieren seguir el mensaje puro del Evangelio. A ellos ataca también Bergoglio. Por eso, entre los protestantes ya hay mucha división en torno a Bergoglio. Bergoglio es, para muchos de ellos, un hereje de la Sagrada Escritura, que hace sólo un comercio religioso de la Palabra de Dios.

A Bergoglio sólo le interesa la bolsa del dinero, como a Judas. Y busca a los judíos, sólo por el dinero. Y busca a los musulmanes, sólo por el dinero.

Para dar de comer a los pobres se necesita dinero. ¿Quién se lo da? Sólo vean con quién se junta Bergoglio. Y obliga a todas las diócesis a hacer lo mismo. Todo el mundo católico está buscando dinero para los malditos pobres de Bergoglio.

Ha corrido Bergoglio para implantar su gobierno horizontal, para promoverlo, para imponerlo. Los demás, como bobos, sin hacer nada en contra de ese gobierno de herejes y cismáticos. Por lo tanto, no les van a salvar las teologías  a muchos Obispos y sacerdotes con lo que viene. Su falsa obediencia a un falso papa llena su vida espiritual de un falso misticismo.

Cuanta jerarquía está ya poseída, en sus mentes, por el demonio. Y eso es lo que va a trabajar -en ellos- en lo que viene.

Van a poner una inteligencia que doblegue a todos los teólogos, a todos los canonistas, para poner un falso credo, apropiado a la falsa iglesia. Ya el primer artículo de la fe no será el Dios católico, sino el falso dios que la cabeza de cada hombre se quiera inventar. Es el dios gnóstico, propio de la masonería.

Aquel que no viva su vida de la gracia, el demonio le espera en su mente, y tendrá parte en el falso cuerpo místico del Anticristo, que es la falsa iglesia, que ya es visible en Roma y en todas las parroquias del mundo entero.

Obediencia ciega sólo a la Verdad

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Jesús: Escucha, Israel: El Señor Dios es tu Único Dios, sólo a Él darás culto. […] Mira que la adoración a otros dioses que no son tu Único Dios, trae consigo la perdición […]
Vuelvo Yo la vista a mi Pueblo y no le encuentro en su sitio. Mira que vuelvo la vista a mi Pueblo y en su interior ha habido una estampida. Y los sacerdotes fueron a presentar sus ofrendas a otros lugares. Cada uno, equivocado, vaga por ahí presentando holocaustos falsos a falsos dioses. Y en su puesto no veo a ninguno.
¡Espera!, ¡hay uno! Este es un sacerdote pobre, blanco y anciano, encorvado, que presenta el verdadero holocausto en la verdadera Iglesia. ¡No es la iglesia de satanás! Es la Iglesia de las catacumbas
” (Mensaje dado a Marga el 11 de marzo de 2002).

Obispos y cardenales, sacerdotes y fieles, van por el camino de la perdición, llevando con ellos muchas almas.

Dan culto a la mentira, al engaño, al dinero, al poder, al mundo. Y eso trae la perdición de las almas.

Porque la Iglesia se ha edificado sólo en el centro de la Verdad, que da a cada alma el camino para llegar a la vida que Dios quiere que se obre en la tierra por cada alma.

La Iglesia, dedicada a los asuntos espirituales, no deja los asuntos humanos para los hombres, sino que pone en todo lo humano la inteligencia de lo divino.

El que vive una vida espiritual obra en su vida humana lo contrario al mundo y a los hombres.

El error del humanismo, que lo tiene Francisco y los que le siguen, consiste en desvincular lo espiritual de lo humano, dando lugar a que lo espiritual sea sólo un recuerdo de las cosas santas, divinas, espirituales, pero no una vida, no un fin en la vida, no algo que marque la vida humana. Y se cae, entonces, en la adoración del hombre. Se da valor a lo humano sin lo divino, sin lo espiritual, sin lo religioso.

Y, por eso, todo el que sigue el error del humanismo tiene que abrirse al mundo y apartarse de Dios. Y, si está en la Iglesia, entonces hace de todo lo religioso, de su ministerio, de su apostolado, su negocio humano en el mundo y en la Iglesia.

Es lo que vemos en Roma, en el Vaticano, en tantos sacerdotes y Obispos que han dejado de ser sal, de guiar a las almas hacia la verdad de sus vidas, y sólo se centran en que las almas naden y busquen en todo lo mundano, profano, científico, humano, natural, de la vida, quitando, anulando, oscureciendo lo espiritual, lo divino, lo religioso.

Ante esta realidad que ofrece Roma a la Iglesia, no queda otra solución que seguir viviendo la Verdad de la Iglesia pero fuera de Roma, fuera del Vaticano, fuera del pensamiento humano de muchos sacerdotes y Obispos que, debido a su autoridad en la Iglesia, ponen a la Iglesia bajo un yugo que no se puede seguir: el yugo de lo humano que lleva al culto de lo humano.

La Jerarquía en la Iglesia está definida por ser Autoridad, no sólo por un orden entre los hombres, por una pirámide, en la que se obedece a una cabeza.

La Jerarquía viene de la palabra griega que significa autoridad, principio religioso, cabeza que ordena, que manda, que distribuye.

Y cuando esa Autoridad se pone Ella misma en contra de Dios, de la ley divina, de la ley natural, entonces se transforma en un imposición, en un yugo, en el cual no es posible la obediencia.

Sólo se da la obediencia a la Verdad. Y si la Autoridad, si el sacerdote, si el Obispo, si el Cardenal, si el Papa, no obedece a la Verdad, los demás no pueden obedecer a esa Jerarquía.

En la Iglesia, la obediencia no es al pensamiento de un hombre, sino al Pensamiento del Padre, a la Mente de Cristo, a la Inteligencia del Espíritu.

El Pensamiento Divino lo tiene siempre Pedro en la Iglesia. Y quien obedece a Pedro tiene el mismo Pensamiento Divino. Y quien no le obedece, sólo posee su propio pensamiento humano.

En la Iglesia, todo está en la Obediencia a la Verdad. Pedro y los demás tiene que obedecer a la Verdad, que es Jesús.

Y cuando uno de ellos no obedece a la Verdad, en los demás no hay obediencia, no puede haberla.

En las condiciones del hombre, en su pecado original, no puede darse la obediencia ciega a un hombre en la Iglesia. Y, aunque la gracia borre el pecado original, no quita la división que hizo en el hombre ese pecado. Y, por eso, sólo se da la obediencia ciega a la Verdad, que es Jesús. Por eso, en la Iglesia todos tienen el deber de discernirlo todo en el Espíritu, para ver dónde está la Verdad y obedecer sólo a los que siguen la Verdad.

Cualquier acto del Papa, de los Obispos, de los sacerdotes, de los fieles, hay que discernirlo en el Espíritu, para ver si ese acto está en la Verdad. Ese discernimiento no es un juicio al acto del Papa o de quien sea que lo realice. Es sólo ver que en ese acto no hay ninguna mentira, ningún engaño, que se da lo que Dios quiere en ese acto, que se da la Voluntad de Dios, el Pensamiento Divino. Y si no se da, no se puede seguir.

Juzgar los actos de un Papa o de un sacerdote o de un Obispo sin discernir primero la Verdad, es siempre condenar a la Jerarquía. El juicio que se hace con la mente no es un discernimiento espiritual, sino sólo racional, humano, natural. Y ese juicio es siempre un error en el hombre, nunca una verdad.

Para discernir en el Espíritu, hay que apartarse en la oración y pedir a Dios luz sobre ese acto que hace el Papa o quien sea. Y hasta no entender la Verdad, no se puede juzgar con la mente.

Una vez que se discierne espiritualmente, viene el juicio correcto de la mente. Y, entonces, nunca hay error en lo que se dice. Pero quien no discierne espiritualmente siempre se equivoca.

¿Por qué la Iglesia no discernió espiritualmente la renuncia de Benedicto XVI? Porque la Iglesia, la gran mayoría de las almas no tienen fe, no tienen vida espiritual, no saben hacer oración ni penitencia y, por tanto, no saben discernir espiritualmente. Consecuencia: todo se lo tragan, todo se lo engullen como si fuera una verdad que hay que seguir.

Quien no hace oración va en contra del primer mandamiento de la ley de Dios y peca. Y puede pecar grave o levemente, según sea el asunto. Y en la renuncia de Benedicto XVI el asunto es grave. Luego, si el alma no se recoge en oración para tratar ese asunto con Dios y ver la Verdad de todo eso, el alma peca gravemente. Y, en ese pecado, obedece a una mentira y se conforma con esa mentira.

Ya su inteligencia se oscurece y no puede juzgar rectamente lo que está pasando. Y, a raíz de ese pecado, con la inteligencia oscurecida, se cometen otros pecados.

Llega Francisco y se obedece a un hereje. Se la da una obediencia falsa. Ese es otro pecado mayor que el anterior. Porque quien obedece a un hereje, se hace hereje como él.

Por eso, qué necesario es predicar la Verdad como Es, sin tapujos, sin miedos, sin dudas, sin temores, sin engaños, sin dobles palabras. Y sólo así las almas ven la Verdad.

Quien no predica la Verdad, como lo hace Francisco, deja a las almas en la mentira y se las roba a Cristo.

Francisco está robando almas a la Iglesia. Y la culpa es tanto de Francisco como de las almas que no disciernen lo que ven, lo que oyen. Y no lo hacen por su falta de fe, por estar metidas en lo humano, en el mundo, en lo profano. Y así quieren una Iglesia profana, del mundo, acomodada a sus caprichos humanos.

No hay que tener miedo de decir la Verdad cuando se ve. Cuando el alma no la ve, es mejor que se calle, que no diga nada, hasta que no comprenda en Dios lo que pasa, para no pecar.

Pero el que ve la Verdad y calla, comete otro pecado. Porque quien calla la Verdad habla la mentira. Y la dice con sus obras. El pensamiento calla la verdad, pero el hombre siempre obra lo que hay en su interior.

Un pensamiento que calla la verdad, es un corazón que se cierra al amor y, por tanto, el hombre obra la mentira, el odio, el engaño, la falsedad en su vida.

Por eso, hay muchos sacerdotes, Obispos, que ven la Verdad de lo que pasa, pero callan. Y lo hacen culpablemente porque ellos son Autoridad en la Iglesia y tienen que hablar siempre la Verdad, nunca callar.

El Pastor que calla la Verdad hace que el lobo robe las ovejas con la mentira. Y comete un gran pecado al callar la Verdad: el pecado de renunciar a las ovejas de Cristo, para quedarse en su vida humana sin problemas.

Y quien renuncia a las ovejas, que Cristo le ha dado, inutiliza la Obra de la Redención de Cristo y crucifica de nuevo a Cristo en su sacerdocio, en su ministerio en la Iglesia. Y, por tanto, ese sacerdote o ese Obispo, esa Autoridad que calla, sabiendo la Verdad, se convierte en instrumento del demonio dentro de la Iglesia.

Por eso, tenemos un Vaticano que es la sinagoga de Satanás: dan culto a las obras del demonio. Se ha apartado de la Verdad. Y no se les puede dar la obediencia.

Por eso, a la Iglesia le espera las catacumbas. Es que no hay otro camino. Y al Papa Benedicto XVI le espera las catacumbas si sale de su pecado.

Primero tiene que salir del pecado; después salir de Roma. Ya es viejo, pero para el Señor no hay edades. Quien tiene la fuerza del Espíritu, aunque sea viejo, cumple la Voluntad de Dios. Y eso es lo que tiene que hacer el Papa Benedicto XVI si quiere salvarse.

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