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Dios es un Dios de Justicia

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“Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer. Y entre tu linaje y el Suyo; Éste te aplastará la cabeza. Y tú le acecharás el calcañar” (Gn 3, 4).

Cada uno tiene lo que se merece en su vida.

El que peca tiene su pecado; el que vive en gracia tiene el amor de Dios.

El drogadicto posee su droga; el homosexual su lujuria en la carne; el que mata la maldición de Dios; el que miente es del demonio; el que habla la Verdad da la Palabra de Dios.

Desde el pecado original hay dos familias en la tierra: los hijos de Dios y los hijos del demonio.

Por tanto, hay dos pueblos: el pueblo de Dios y el pueblo del demonio. Y hay dos Iglesias: la Iglesia de Jesús y la Iglesia de satanás.

Y entre los hijos de Dios y los hijos del demonio hay un abismo que no se puede pasar: “entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros” (Lc, 16, 26).

Por tanto, no existe la fraternidad entre los hombres, es decir, el amor universal entre los hombres, el amor sin fronteras, porque no se da una Iglesia para todos los hombres, no se da un pueblo para todos los hombres, no se da un gobierno para todos los hombres.

Esto es lo que, insistentemente, predica Francisco: todo es para todos. Es su monismo y su sincretismo religioso.

No puede darse nunca un gobierno mundial universal en la práctica, porque en el mundo todos se rigen por su mente humana. Nadie en el mundo se rige por la mente de la otra persona.

En el mundo no existe la obediencia, sino la imposición de leyes, de pensamientos, de normas, gusten o no gusten a la gente. Y no importa que esas normas sean antimorales o antiéticas, porque el mundo pertenece al demonio y, por tanto, vive siempre en el pecado, sin ley, sin moral, sin ética, sin Dios.

Cuando los hombres quieren hacer un gobierno mundial, lo tienen que hacer a la fuerza, con guerras, con destrucciones, con dictaduras, imponiendo la mente de unos pocos a los demás.

En el mundo no se da el amor ni, por tanto, la confianza entre las personas. Sólo se da el interés, el negocio entre los hombres, las obras de los hombres que sólo buscan su propia gloria, su propia fama, su propio bienestar.

Por eso, el mundo no se preocupa de nada: ni de los pobres, ni de las guerras, ni de los problemas entre las personas, porque en el mundo sólo existe un poder que lo rige todo y que mantiene ocupados a los demás en cosas que ellos hacen y obran para su negocio en el poder del mundo.

La cabeza del mundo es el demonio. Y el demonio tiene su gente para gobernar todo el mundo a base de odio, destrucción, injusticias, etc.

Por eso, una Iglesia que va al mundo para amar a los hombres no es la Iglesia de Jesús.

Jesús murió para salvar nuestras almas y, de esa manera, nos ama; pero Jesús no murió para salvarnos de los males de este mundo, de los peligros de este mundo, de las miserias de este mundo, de las enfermedades, guerras, etc.

Jesús no vino para solucionar los problemas de los hombres. Por tanto, en la Iglesia no se está para dar de comer a nadie, ni para hacer que en el mundo surja una paz falsa hablando de los problemas para no hacer nada por ellos.

El mundo no hace nada por resolver los problemas. Esa es la experiencia desde que el hombre es hombre. El hombre vive para sí mismo; el hombre le importa un comino los demás.

Cuando la Iglesia basa su predicación para ayudar a la humanidad – a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los drogadictos, etc- es la señal de que esa Iglesia ya no es la de Jesús.

Jesús sólo predica Su Palabra, que es Salvación y Santificación para todos los hombres. Sólo hay que dar la Palabra, no hay que hacer una asociación, una cáritas, para recoger dinero con el fin de ayudar a la humanidad. Eso es siempre del demonio.

Quien pone su limosna en cáritas o en cualquier obra que predique el amor a la humanidad, el amor en general, no es de la Iglesia. No es Volunatd de Dios. Porque Jesús no hizo eso en su vida pública, en su vida humana.

Jesús amó a cada alma en particular. Y, por eso, la limosna tiene que darse en particular, a la persona en concreto, no a una organización que –dice- ayuda a los pobres.

Hay cantidad de asociaciones, de ongs, que ayudan a los pobres, pero nadie sabe a dónde va su dinero. Hoy los pobres se han convertido en el negocio de unos cuantos, tanto dentro de la Iglesia como fuera.

La gente sólo pide dinero para ayudar a salir de las necesidades humanas, materiales, etc., de los hombres que son sólo el fruto del pecado de cada hombre.

Vives en la pobreza es por tu pecado. Vives atado a la droga, al alcohol, al sexo, etc., y no puedes salir de esa vida de miseria, es sólo por tu pecado.

La solución no está en dar dinero para solucionar vidas rotas por el pecado. La solución está en ver el pecado, en arrepentirse del pecado y en luchar contra el pecado.

Esto es lo que nadie hace, porque es arduo y difícil. Y, cuando uno se mete en los líos de la vida, en el alcohol, droga, asesinatos, etc., no quiere poner este camino de cruz a su vida, porque ha vivido su placer. Y su placer le llevó a una vida rota en todos los sentidos del que sólo con la gracia de Dios se puede salir. Y como no se persigue esa gracia, entonces nunca se sale.

Y, por eso, no cabe en la cabeza la ayuda humanitaria, económica, etc. a personas que no quieren quitar su pecado y que quieren seguir pecando, es decir, viviendo su vida rota.

Al linaje del demonio no le interesa salir del pecado, lo que le interesa es tener dinero para seguir pecando. Que alguien le dé dinero para seguir en su vida cómoda de pecado.

Esta es una realidad: cada uno tiene en su vida lo que se merece, lo que ha perseguido, lo que ha buscado. Y los hombres no están obligados a ayudar a nadie que no quiere ver la verdad de su vida, que ya ha elegido su camino: la perdición, la condenación, el infierno.

Entre el linaje del demonio y el linaje de la Mujer hay sólo batalla, no fraternidad, no un abrazarse o darse un beso. Es lo que no le cabe en la cabeza a Francisco y los suyos. Por eso, predican de esa manera: una fe para la humanidad, un amor para la humanidad, una Iglesia para la humanidad, sin hacer distinción entre hombres.

Y, por eso, son corderos vestidos de piel de oveja, para conseguir su propósito: que le den dinero, que la gente se preocupe por quien no tiene que preocuparse: por los hijos del demonio.

Hay que luchar contra los hijos del demonio que son muchos, dentro y fuera de la Iglesia. No hay que dejarse atrapar por las frases bellas, por las palabras bonitas, por los sentimentalismos vacíos que tanto Pastores usan en sus predicaciones, en sus charlas en la Iglesia.

Esos Pastores se alzan con su orgullo dentro de la Iglesia para proclamar sus herejías y así hacer que la Iglesia viva de mentiras, como se hace en el mundo.

El amor al prójimo es el amor a una persona en concreto, sea amigo o enemigo. Pero nunca es un amor universal, a lo grande, a todos porque todos son hombres. Eso es un amor ciego, un amor mentiroso, un amor falso, porque no existe en la realidad. Sólo existe en la cabeza de los hombres. Es un ideal que nunca se llega a poner en práctica, porque es una utopía. Y esa utopía, ese amor a la humanidad, a conseguir un bien común, un gobierno común, una iglesia común, es el motor de la ideología del comunismo que Francisco ha desarrollado en su evangelii gaudium.

El que rige la Iglesia en Roma, actualmente, -Francisco- es sólo un comunista: un cordero, un lobo, un carnero, una pantera, vestida de oveja.

Francisco ni es Papa, ni es sacerdote, ni Obispo, ni nada. Es sólo el principio de la destrucción de la Iglesia. Es sólo eso. Lo demás, su obra de teatro en la Iglesia. Sólo hace su papel, que lo representa muy bien, porque lo ha estudiado durante muchos años. A Francisco le importa un bledo la Iglesia y los pobres. Sólo le interesa destruir la Iglesia. Pero él la quiere destruir a su manera. Y, claro, se equivoca, porque es un hombre sin inteligencia: no sabe dónde está parado.

Por eso, si no hay lucha dentro de la Iglesia contra los hijos del demonio, la Iglesia queda autodestruida por los mismos hijos de Dios que no saben luchar contra el demonio, que sólo saben pedir a Dios que les resuelva sus grandes necesidades en sus vidas humanas, pero que ya no buscan ni su salvación ni su santificación en la vida espiritual.

Por eso, la gente ha tardado en abrir sus ojos a la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Y muchos siguen con la venda en sus ojos, porque no hay fe. Y sólo es esa la razón de la ruina que viene ya para la Iglesia: gente que no lucha por la Verdad, sino para conseguir un trabajo, un dinero y así vivir cómodos en sus vidas.

Cuando los Pastores predican al gusto de la gente eso es señal de que se perdió la fe en toda la Iglesia. Es señal de que algo grave va a pasar en la Iglesia. Es señal de que ya la gente no vive para dar culto a Dios en sus vidas, sino que persigue otros dioses que le dan lo que ellos quieren en la vida.

Cada uno tiene lo que se merece: el infierno o el cielo. Y los que se merecen el infierno, no hay para ellos Misericordia, sino Justicia.

Dios es un Dios de Justicia. Y, por eso, cae ahora sobre toda la Iglesia su Justicia, porque pocos han entendido lo que pasa en la Iglesia. Y viene un castigo grandísimo para toda la Iglesia. Y ese castigo repercutirán en todo el mundo. Porque el mundo sólo se mueve si se mueve la Iglesia. La Iglesia es el eje del mundo, porque es la Verdad. Y, cuando Dios castiga a su Iglesia, el mundo tiembla de espanto. El mundo queda paralizado.

«…los que siguen a Cristo más de cerca son aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte» (San Agustín – Trat. evang. S.Juan 124,5).

Monseñor Muller: la herejía de su teología de la liberación

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4. Su teología de la condenación o teología de la liberación

“La historia del mundo es ante todo la arena total de la lucha dramática entre las fuerzas de la dialéctica de gracia y libertad de un lado y pecado y opresión del otro. Pero la historia en su núcleo más íntimo es en todo caso historia de salvación, porque Dios- como creador y redentor del mundo y del hombre – se ha colocado a sí mismo como el objetivo final del movimiento histórico y de la acción humana de liberación.
Quién, entonces, participa activamente en la liberación, está de parte del Divino Libertador. En la práctica, se trata de la participación transformante al proceso histórico hacia el objetivo trascendente e inmanente de ello. Aquellos que actúan por la liberación, ya están de parte de Dios, ya sea que tengan pleno conocimiento o menos (…).
Es posible enseñar el arraigamiento de la teología de la liberación original en la revelación bíblica y en la gran tradición teológica y doctrinal de la Iglesia. Y así también de aquello que concierne la elaboración de los propios fundamentos- que aún se pueden encontrar en una fase de desarrollo, las faltas e incongruencias emergidas en algunas tomas de posición , por el fuerte impacto mediático, de representantes individuales de la Teología de la Liberación no puede poner en discusión la validez de sus grandes adquisiciones de fondo.
En base a las exigencias de la vida eclesial y la misma teología es necesario reafirmar a la Iglesia en el Tercer Mundo, pero también la Iglesia como una iglesia universal, no puede renunciar a un ulterior desarrollo y la aplicación de la teología de la liberación.
Sólo a través de la teología de la liberación, la teología católica – – sobre el plan universal, y a nivel de vuelta trascendental en la historia – ha podido emanciparse del dilema dualístico del más acá y más allá, de la felicidad terrenal y la salvación después de la muerte; o, respectivamente de un disolver monístico de un aspecto al otro. Es un dilema, sin embargo, que el marxismo no ha generado, sólo lo expresa.
No por ultimo por estas razones la Teología de la Liberación también sería considerada como una alternativa radical a la concepción marxista del hombre y la utopía histórica como resultado de la misma. Propia la reclamación metodológica de la Teología de la Liberación – que la de empezar una práctica transformante – no es más que una reformulación del acontecimiento original de la teología: en primer lugar está la secuela de Cristo y de esto también mana la formulación de la profesión sobre quién es Jesús realmente. También puede darse que en la actual coyuntura de la opinión publica el interés por la teología de la liberación sea en bajada .Pero a la luz de los objetivos no resueltos, ella desarrolla una obra indispensable por el servicio de la Iglesia de Cristo en favor de la humanidad, un servicio transformante, sobre el plan de la reflexión y de la pastoral. La Teología de la liberación es irrenunciable, sea sobre el plan a nivel regional o sea por la comunicación teológica universal”
(Muller: “De la parte de los pobres, la teología de la liberación, la teología de la iglesia.”).

“La historia del mundo es ante todo la arena total de la lucha dramática entre las fuerzas de la dialéctica de gracia y libertad de un lado y pecado y opresión del otro”: habla como un comunista, como un marxista, pero no como un discípulo de Cristo. No existe la lucha entre la gracia y la liberta. No se da. Sólo se da el Misterio de la Gracia y el Misterio de la libertad. Libertad y gracia no luchan, sino que están juntas. Pero sólo el que vive en la gracia es libre. Quien no vive en gracia es esclavo de su pecado y, por tanto, no es libre. Tiene la liberta humana de hacer muchos actos humanos, pero no tiene la libertad del Espíritu, en que sólo es posible hacer la Voluntad de Dios.
No hay una dialéctica entre la libertad y el pecado o la gracia y el pecado. Hablar así no s lleva a Kant y a Hegel que suprimen el pecado y la libertad del hombre en su pensamiento cuando hablan de la dialéctica.

La dialéctica es sólo querer enfrentar en el pensamiento del hombre las ideas para sacar una brillante, una que le sirva al hombre para su vida. Esto es lo que hace Muller: saca su idea de la teología de los pobres enfrentando la gracia y la libertad del hombre. Por tanto, Muller abre el camino para condenar a cualquier alma con su doctrina herética e insostenible.
“porque Dios- como creador y redentor del mundo y del hombre – se ha colocado a sí mismo como el objetivo final del movimiento histórico y de la acción humana de liberación”: esto es lo más absurdo que Muller dice, porque Dios no se ha puesto como fin a la historia del hombre, a su obra humana de liberación.

El fin de la vida de los hombres es la visión de Dios. Pero eso es un fin divino para una vida divina, no para una vida humana.

Ningún hombre, en su vida humana, posee este fin divino. La historia de los hombres sólo se ve como fin humano, no como fin divino. El hombre hace historia para el hombre, no para Dios. El hombre, en su vida humana, en su historia a lo largos de todos los siglos, no busca a Dios para alcanzar un objetivo, sino que busca a Dios para encontrar algo en su vida humana. Esta es siempre la historia de todas las religiones, desde que el hombre es hombre.

Pero Jesús, al fundar Su Iglesia, pone un objetivo divino al hombre que vive una vida divina. No pone un objetivo divino al hombre que vive su vida humana. Este es el punto en que Muller hace aguas en su teología. Y cae en este gravísimo error sólo porque entiende el Reino de los Cielos, la Iglesia, como Reino humano, material, carnal, pero no espiritual.

El hombre nuevo, recreado en el Espíritu, sólo tiene un fin divino en su vida: “Buscad primero el Reino de Dios”. Pero el hombre viejo, que permanece anclado en su estructura de vida humana, material, económica, sólo se pone objetivos humanos a su vida, porque no puede vivir la vida divina que la Iglesia ofrece en Sus Sacramentos.

Muller sólo busca la añadidura en el Reino de Dios, en la Iglesia. Y, por eso, pone a Dios donde no tiene que ponerlo, porque ahí no está.

Dios pone el fin divino de Su Visión al que vive en gracia y permanece en la Gracia hasta el fin de su vida. Dios no se pone como fin de ningún hombre en la vida humana, porque, por el pecado original, el hombre perdió el derecho de salvarse, de ver a Dios, de buscar a Dios, de forma natural. Ahora tiene que buscarlo de forma sobrenatural, ayudado por la gracia Divina. y, entonces, Dios es fin divino del hombre. Sin la Gracia, no es posible ver a Dios, salvarse, tener un fin sobrenatural en la vida humana.

Muller desbarra totalmente en su planteamiento, porque no cree en la Palabra de Dios, sino sólo en su pensamiento humano de la vida humana y divina. Y, por eso, llega a una conclusión totalmente herética, fuera de lugar, cismática:

“Quién, entonces, participa activamente en la liberación, está de parte del Divino Libertador. En la práctica, se trata de la participación transformante al proceso histórico hacia el objetivo trascendente e inmanente de ello. Aquellos que actúan por la liberación, ya están de parte de Dios, ya sea que tengan pleno conocimiento o menos”.

Quien dice esto se pone fuera de la Iglesia, porque no ha comprendido la Obra de la Redención de Cristo. En esa Obra, Dios libera al alma de sus pecados, no de sus problemas económicos, sociales, humanos, culturales, etc. La liberación divina es de las garras del demonio, que ata al alma a su pecado. Cristo muere en la Cruz para saldar la deuda del pecado del hombre, que tiene por seguir los dictados del demonio. Y, por tanto, quien se asocia a la Obra de la Redención, se hace corredentor con Cristo, y puede liberar a las almas de sus pecados, y sólo de sus pecados.

Las almas que se unen a Cristo Crucificado hacen lo mismo que Él: luchan contra el demonio para desatar almas de sus garras. Las almas que están en la Iglesia siguiendo al Espíritu de Cristo sólo se preocupan de la vida espiritual de las almas, no de sus vidas humanas, de sus problemas económicos u otros en la vida. Y, por tanto, no se da una participación transformante al proceso histórico del hombre hacia Dios.

Quien lucha contra el pecado no transforma la vida humana de las personas, no hace más agradable la existencia humana. No se está en la Iglesia para sacar a nadie de la pobreza, ni para poner calles en las ciudades, ni para hacer felices a los hombres en sus vidas humanas. Se está en la Iglesia para quitar el pecado y repararlo para que así el hombre pueda caminar hacia la salvación y hacia la santidad de su vida, hacia el cielo, sin apoyarse en lo humano: “Necio, esta noche te pedirán el alma. Y lo que has acumulado, ¿para quién será?”(Lc 12, 20)

Y, por tanto, la vida humana, la historia del hombre no cambia, no se transforma, porque el mundo es del demonio, nunca es de Dios. Lo que se transforma es la vida de cada hombre en su interior. El hombre ya vive para Dios, no para el mundo, no para el hombre. Y viviendo para Dios en su interior puede dar a los demás hombres el camino espiritual para salvarse y santificarse. No se dedica a poner soluciones humanas por caminos humanos a la historia de los hombres.

“Pobres siempre tendréis”: no he venido a quitar la pobreza, a hacer la vida más agradable en lo humano, sino a dar la vida del espíritu a los hombres, a haceros pobres de espíritu.

Muller quiere transformar la vida de los hombres buscando una felicidad humana, temporal, terrenal, natural: eso es su utopía, la misma del marxismo, porque ha puesto el Reino de Dios en lo humano, en la conquista de lo humano. Y, por tanto, está negando la Obra de la Redención de Cristo en la Iglesia. Y quien niega esa Obra, niega a Cristo y a Su Iglesia.

“Es posible enseñar el arraigamiento de la teología de la liberación original en la revelación bíblica y en la gran tradición teológica y doctrinal de la Iglesia. Y así también de aquello que concierne la elaboración de los propios fundamentos- que aún se pueden encontrar en una fase de desarrollo, las faltas e incongruencias emergidas en algunas tomas de posición , por el fuerte impacto mediático, de representantes individuales de la Teología de la Liberación no puede poner en discusión la validez de sus grandes adquisiciones de fondo”.

No existe una teología de la liberación original. Sólo existe la Obra de la Redención del hombre por Cristo Jesús. Y esa Obra Redentora sólo tiene un fundamento: el pecado de los hombres. No pueden darse otros fundamentos. Porque Cristo salva del pecado, no salva de la pobreza material, de los problemas de la vida, no salva de las enfermedades, de los terremotos, etc.

Muller quiere poner en su teología de la liberación las ideas de muchos teólogos que no comulgan con la doctrina de Cristo y que ven el pecado sólo como un mal del hombre, pero no como un pecado. Es algo que el hombre se encuentra en la vida y es un mal para él y de él. Un mal que coge el hombre, porque está metido en una sociedad con problemas, y hace de esos males, sus males. Para quitarlos: resolvamos los problemas en concordia, busquemos soluciones para todos, hagamos de esos males cosa nuestra, propia, en lo humano.

Esta es la utopía que enseña Muller. Él trabaja en la elaboración de esos fundamentos. Y, por tanto, trabaja en una doctrina totalmente contraria a la de Cristo. Sólo hay que salvar la carne del hombre, no ya su espíritu. Eso es lo que constantemente predica Francisco, adalid de esta doctrina marxista en la Iglesia.

Aquí cae Muller en su utopía, que es su herejía: “Sólo a través de la teología de la liberación, la teología católica – – sobre el plan universal, y a nivel de vuelta trascendental en la historia – ha podido emanciparse del dilema dualístico del más acá y más allá, de la felicidad terrenal y la salvación después de la muerte; o, respectivamente de un disolver monístico de un aspecto al otro. Es un dilema, sin embargo, que el marxismo no ha generado, sólo lo expresa”.

Decir que sólo a través de la teología de la liberación, la teología católica se emancipa del dilema entre la felicidad humana y la salvación, del cielo y de la tierra, es caer en la más pavorosa herejía de todos los tiempos. Con estas palabras, Muller anula la teología católica, que enseña claramente que en este mundo no es posible la felicidad. Y, por tanto, no puede darse ese dilema que él predica. Como no hay felicidad acá, sólo hay una cosa: o el infierno o el cielo. O se vive para conquistar una felicidad terrena, temporal, o se vive para conquistar una felicidad eterna. Y, por tanto, o se vive para condenarse o se vive para salvarse. No hay dilema. Hay sólo una elección del hombre: o el bien o el mal. O Dios o el demonio. Eso es todo.

Quien ponga la vida de las almas en elegir algo gustoso, algo placentero, algo económico, algo humano, algo temporal por encima del fin último, que es salvarse y santificarse, anula toda verdad en el hombre.

En la Obra de la Redención sólo se da una elección: o el Cielo o el infierno. O no pecar o pecar. En la teología de los pobres, no existe esa elección. Existen multitud de elecciones conforme a los problemas que tenga el hombre en su vida humana. Gravísima herejía que, de forma implícita, niega todo: los novísimos, la gracia, el Espíritu de Cristo y de la Iglesia.

Se vive, con esta teologia, para solucionar problemas humanos, pero no se vive ni para salvar el alma ni para santificarla. Luego, se vive para condenarse.

Por eso, Muller demuestra su obsesión por esta teología de la liberación, por este pecado que ya no va a quitar, por esta herejía con la cual comulga y le hacer ser un maldito a los ojos de Dios: “Pero a la luz de los objetivos no resueltos, ella desarrolla una obra indispensable por el servicio de la Iglesia de Cristo en favor de la humanidad, un servicio transformante, sobre el plan de la reflexión y de la pastoral. La Teología de la liberación es irrenunciable, sea sobre el plan a nivel regional o sea por la comunicación teológica universal”.

Muller no puede renunciar a la teología de la liberación. Luego, Muller renuncia a la doctrina de Cristo. Muller renuncia a la Obra de la Redención de Cristo. Muller renuncia a la Iglesia. Porque la Iglesia no está para dar de comer a nadie, no está para resolver los problemas humanos de nadie. La Iglesia está para servir al alma, servir a su salvación y a su santificación. Para poner un camino al alma, no a los cuerpos. Es lo que no entiende Muller ni lo entenderá, porque se ha cargado la Iglesia con esta teología de la liberación.

Es su nueva iglesia, esta teología la pondrá, pero será un fracaso total, porque es la utopía de unos hombres que sólo miran a Dios con su forma humana de entender la vida. Y, en esa forma humana, no es posible tener fe en Dios. Cada uno se inventa su dios, su iglesia, su doctrina, sus verdades, de acuerdo a los que sus traseros le pidan. Así vive Muller, como Francisco: dándose gusto en sus vidas humanas.

La Iglesia ha hablado muy claro sobre la teología de la liberación en dos documentos: “Libertatis Nuntius” (1984) y “Libertatis Conscientia” (1986). Quien no siga esa doctrina es un hereje como Muller. ¿Quién tiene razón Muller o la Iglesia, que nunca se equivoca?

Evangelii gaudium: las fábulas del anticristo Francisco

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“Pero he renunciado a tratar detenidamente esas múltiples cuestiones que deben ser objeto de estudio y cuidadosa profundización. Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización” (Evangelii gaudium).

Con sólo leer estas frases, ya se entiende de qué va esta basura que da el anticristo Francisco a sus seguidores en Roma. Basura llena de fábulas, de cuentos para entretener a los hombres y dejarle un sueño en sus vidas.

Como él ha anulado el Papado, lo que escribe aquí es sólo su opinión y la de otros Obispos sobre lo que hay que hacer en la Iglesia.

Para el anticristo Francisco quien esté como Papa no da la Verdad a la Iglesia, no es Infalible, no tiene la garantía de dirigir la Iglesia hacia su fin último: “Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo”. El Papa no es lo definitivo en la Iglesia. Luego, se acabó el Papa y el Papado.

Esta es su herejía. Y, como consecuencia, quien tiene la Verdad en la Iglesia son los episcopados locales. Es decir, que el anticristo Francisco otorga el poder que tiene el Papa en los Obispos de cada región. Los que deciden los destinos de la Iglesia, el colegio de los Obispos, los Obispos en cada lugar del mundo. Y, en cada lugar, habrá una Iglesia diferente a la que está en Roma. Se acabó la universalidad de la Iglesia, porque se anula la Verdad.

El católico es universal porque vive la unidad de la Verdad. El católico deja de ser universal cuando vive las diferencias de cada persona y se une a esas diferencias para formar una unidad imposible: una diversidad. Y a ese monstruo lo llaman universal.

Si quieren seguir a este anticristo, síganlo y vayan hacia el error y hacia la mentira que describe en todo este documento, lleno de fábulas, no de otra cosa. No se enseña ninguna verdad.

Aquí se ve más claro, para aquellos que no lo habían captado, que en la Iglesia en Roma se siguen a los hombres en sus pensamientos, pero no se sigue la Mente de Cristo. No siguen la Verdad del Espíritu, sino la mentira de las cabezas humanas.

Es claro en este párrafo totalmente herético. Y quien no vea su herejía es que permanece ciego por su pecado.

Francisco no es Papa y, por eso, las palabras contenidas en este documento no corresponden a un Papa sino a un anticristo.

Y estas palabras deben ser leídas como la enseñanza de un anticristo en la Iglesia. Y sólo así se puede entender este documento.

Quien quiera leer este escrito como las palabras de un Papa, se equivoca y se une al anticristo Francisco. Un Papa nunca escribiría este documento. Nunca, porque está plagado de errores y de herejías desde el principio hasta el fin.

Un anticristo nunca enseña la Verdad en la Iglesia, sino sólo la mentira.

Nada más se ve en las primeras frases de este escrito: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”.

El anticristo Francisco no cambia, está en su obsesión: lo que pasa en el mundo es por el dinero. Punto y final. Y, entonces, para no tener una conciencia aislada, que todos pongan su dinero en manos del anticristo Francisco. Eso es todo. Y no hay más en este escrito.

El anticristo Francisco no ha caído en la cuenta de que el mundo está como está porque su Príncipe es el demonio. Y, porque él no cree en el demonio, entonces quiere solucionar los problemas a base de igualar a todos los hombres en la riqueza del mundo: esa es la doctrina marxista, que él sigue en su teología de la liberación y en su teología de los pobres, que es lo mismo, pero quitándole las frases que molestan del marxismo. Sólo un comunista habla como lo hace el anticristo Francisco en este documento.

Ni una sola vez Francisco habla de la Gracia y del valor de la Gracia, y de lo que significa estar en Gracia, que eso debe ser la alegría en la Iglesia. Y, por tanto, aquel que lucha contra el pecado, el demonio y el mundo, arregla el mundo y sus problemas. Pero esto nunca lo va a predicar el anticristo Francisco.

No van a encontrar en este documento una sola Verdad. Es que no la hay. Son solo las palabras acomodadas del Evangelio siguiendo el discurso humano que tiene el anticristo Francisco en su cabeza.

Es un documento para tirarlo a la papelera. Ni se molesten en leerlo, porque es lo mismo de siempre, con otra claridad, ahondando en su herejía favorita: su humanismo.

Es un documento lleno de palabras vacías, propias de herejes que han perdido su conciencia sobre el bien y el mal. Y que a todo lo llaman bueno, a lo que cada uno concibe en su negro intelecto.

Es un documento para los herejes, no para los que tienen fe. Los que creen en la Palabra de Dios saben que lo que en este documento se dice es basura de herejes, de apóstatas de la fe que guían a la Iglesia hacia lo que sus lujurias en la vida desean: poder y dinero en el mundo.

Nadie que lea este documento con ojos de fe puede hacerle caso ni siquiera en una palabra, en una frase, porque todas están contaminadas por las mentiras del anticristo Francisco.

Para el que ha discernido al anticristo Francisco, este documento es sólo la confirmación de su discernimiento. No otra cosa. Este documento no salva a Francisco de ser un anticristo, y de oponer en todo a Cristo y a Su Obra, la Iglesia.

En este documento el anticristo Francisco se opone en todo a la Verdad, que es Cristo. Se opone a la doctrina de Cristo. Se opone al magisterio de la Iglesia. Se opone a todos los dogmas en la Iglesia.

No pierdan el tiempo ya con el anticristo Francisco. Este su legado a los bobos que hay en Roma y a los herejes que se unen a él. Todos piensan lo mismo. Luego todos tiene el mismo plan: aniquilar la Iglesia en sus cimientos. Lo demás, son palabras huecas, vacías, hermosas para aquellos que les gusta oír lo humano, lo bello de la vida, pero totalmente asquerosas para aquellos que viven la fe católica y la fe en la Palabra de Dios.

¡Da asco este documento del anticristo Francisco! ¡Da asco su persona y da asco lo que está haciendo en Roma!

Y quien quiera poner al anticristo Francisco como un pensador moderno, se equivoca completamente.

Lean el documento y verán lo fácil que es derribar este pensamiento de Francisco, porque está hecho a base de sentimientos humanos. Quiere que todo el mundo esté contento en la vida y da sus discursitos bellos a todos para que le aplaudan a él.

El anticristo Francisco escribe este documento para recibir sólo la aprobación de los herejes en Roma. Para que los hombres le tengan en cuenta y no le dejen sin poder y sin dinero en la Iglesia.

En este documento se refleja la nulidad en la devoción que tiene este anticristo por las cosas de la Iglesia y sus Tradiciones. Habla sin espíritu, habla según lo humano, cambiando las Palabras del Evangelio, las citas de los Santos y de los diferentes Papas, según su idea humana, que es lo principal en su discurso.

Su discurso es para el hombre, para tratar los asuntos del hombre, para indicar las obras que hay que hacer en el mundo y en la Iglesia por los hombres. Pero su discurso nunca es para llevar al hombre al Cielo. Nunca. El anticristo Francisco deja al hombre en el hombre, en el mundo. Y ahí hace la Iglesia.

Cuando hace referencia a la Jerusalén Celestial es para marcar el trabajo de los hombres en cada ciudad del mundo. El anticristo Francisco es siempre lo mismo: el hombre, el mundo, las obras de los hombres, las vidas de los hombres, las ideas de los hombres, los caprichos de los hombres y no sale de ahí. No puede. Todo su discurso gira en torno al hombre.

Si habla de los laicos, es para resaltar su trabajo humano en el mundo, para dirigirles hacia el mundo y que lo llenen de obras buenas humanas.

Si trata de la predicación es para que los sacerdotes hablen para el mundo y hablen al hombre de sus problemas en el mundo y cómo solucionarlos por caminos humanos.

El anticristo Francisco habla de la mundanidad espiritual, ¡como si el mundo fuera espiritual! Y da sus herejías en ese punto sin caer en la cuenta de que él mismo es un mundano espiritual en lo que obra en la Iglesia. Es un fariseo, que eso es lo que significa para el anticristo Francisco la mundanidad espiritual. Y él mismo se señala como fariseo en su documento. Él da la razón de por qué es fariseo en este documento: su gnosticismo, que es el eje de este escrito.

Este escrito es gnóstico, es decir, está hecho de la idea religiosa que tiene un hombre sobre la Iglesia, sobre el valor de la evangelización, sobre lo que es el mundo y lo que debe ser el hombre.

En esta idea gnóstica, Dios es sólo un concepto del hombre. Por eso, habla de la memoria de la Eucaristía. La Eucaristía no es la Adoración a Dios en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo sobre el Altar, sino una memoria, un concepto gnóstico que todos tiene, todos poseen y todos puede llevar a la práctica de muchas maneras en sus vidas.

Por eso, este documento es sólo para el fuego del infierno. No tiene otro valor. Y no hay que darle otro valor. Los que quieran enfrentar al anticristo Francisco lo tienen muy claro en este documento, porque aquí este anticristo se explaya en sus herejías. Las dice de nuevo, pero con otras palabras más claras para todos.

Es hora de oponerse al anticristo Francisco con sus mismas palabras, que no son las de Cristo.

Es hora de negar a este anticristo la posibilidad de encontrar con él, en la Iglesia, un camino para la salvación y para la santidad. Con este anticristo nadie en la Iglesia se puede salvar, porque todos buscan lo humano, lo mundano, lo material, la añadidura propia de los herejes que ya no buscan el Reino de Dios.

Que nadie se engañe con este documento. Ahí tienen para combatir a Francisco como es: un anticristo. Ahí tienen para hacerle caer en la cuenta de lo estúpido que es un Obispo que ha renunciado a ser sal de los corazones porque su palabra se ha vuelto sosa, y es sólo el alimento para los bobos y para los herejes, como él.

Este documento es un conjunto de fábulas y de cuentos que sólo los que tienen una venda en sus ojos lo pueden seguir. Para los demás es una señal de que muy pronto hay que salir de Roma para no contaminarse con las herejías que ya vienen para toda la Iglesia.

En este documento se ha equivocado totalmente el anticristo Francisco: será su derrota en la Iglesia.

Roma eclipsada por la masonería

“Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos” (HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI – Domingo 24 de abril de 2005).

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El gobierno horizontal significa dar derecho de voto a los Obispos. Eso significa que los Obispos pueden quitar y poner a su antojo a un Papa, sin necesidad del Cónclave.

El verdadero Papa ha muerto ya con la renuncia de Benedicto XVI. No es posible tener un verdadero Papa hasta Pedro Romano, que el Señor lo pondrá para gobernar Su Iglesia en el tiempo del fin.

Pero lo que viene ahora para Roma es la sucesión de muchos hombres en el gobierno de la Iglesia. Es necesario eso, porque si no el gobierno horizontal no sirve para nada.

Con el gobierno horizontal, caen los Sínodos de los Obispos, los consejos parroquiales, las asociaciones laicales, todo aquello que ponga una traba al gobierno de la nueva iglesia en Roma.

Porque hay que hacer una iglesia democrática, en la que todos opinen y hablen y no haya una autoridad que discuta nada, sino que se moldea según los pensamientos de todos.

Con la creación del gobierno horizontal se da poder al que esté en la Silla de Pedro para elegir a su sucesor al trono de la nueva iglesia.

Con la puesta en marcha de ese gobierno horizontal lo que se ha hecho en la Iglesia es una gran trampa para todos. Es el nuevo fascismo con cara de servidor de Dios en la Iglesia.

Es una autoridad que va a imponerlo todo en la nueva iglesia, quitando lo que es el Dogma, la Verdad en la Iglesia.

Ese gobierno horizontal produce en la Iglesia divisiones en todas partes porque la Iglesia sólo puede obedecer a una cabeza visible.

Pero para el gobierno horizontal, la cabeza visible ya no es el Papa. El Papa es sólo un bufón de la Corte, alguien que debe estar por un tiempo, porque los cambios en la Iglesia son graduales. No se puede quitar todo de un plumazo.

Por eso, Francisco hace su papel de bufón. Entretiene a la Iglesia mientras el gobierno horizontal toma medidas en toda la Iglesia, se va preparando el terreno para actuar como poder en el gobierno.

Francisco tiene que ser eliminado por el gobierno horizontal. Eso se cae por su propio peso.

Francisco sólo representa el vestigio del Papado, lo último del Papado, la decadencia del Papado. No es un hombre que dé a Cristo. Es un hombre que lleva al alma a oponerse a Cristo.

Francisco no representa el gobierno masónico en la Iglesia. Él quiere seguir amando a los pobres, dándoles consuelo humano, abrazar a los hombres para que sean felices en sus vidas humanas.

Pero al gobierno masónico le importa poco eso. Lo que quiere es destruir la Iglesia. Y no otra cosa. Las filantropías de los hombres son sólo discursos baratos para la gente sin inteligencia, pero no dan un camino de futuro al hombre.

El gobierno horizontal se tiene que hacer fuerte en la Iglesia. Ahora, es débil. Ahora no funciona. Ahora sólo espera órdenes de arriba, de la mente que organiza toda la Iglesia en estos momentos.

Son momentos muy difíciles para todos en la Iglesia porque es necesario o seguir en Roma o ponerse en contra de Roma.

Roma está eclipsada por la masonería desde hace 50 años. Eso significa que Roma, desde ese tiempo, no puede dar la Verdad al mundo. Y, cuando no se da la Verdad, entonces se engaña a todo el mundo.

Eso significa la omisión de la Verdad por Roma. Un eclipse es una omisión, es un esconder la luz, es renegar la verdad, es tapar la verdad.

Y, entonces, viene la pregunta: ¿qué cosa hay en Roma para este eclipse que ya dura 50 años?

Sólo hay una respuesta: la salida del Espíritu de la Iglesia porque ha entrado el Espíritu del Anticristo en Roma.

Donde no está Dios allí está el demonio.

Esa salida del Espíritu de la Iglesia ha provocado el gran caos que se ve en toda la Iglesia, no sólo en la liturgia, sino en lo más importante, el Papa y el Papado en la Iglesia.

Y este eclipse ha producido ya la anulación del Papado. No hay cabeza visible en la Iglesia. El Papa ha muerto. Lo que hay en Roma es un Papa que ha renunciado y que vive para sí mismo. Y un hombre que se cree Papa, pero que sólo es el payaso de Roma.

Francisco es sólo el bufón que ha puesto Roma para caldear el ambiente hasta que se vea qué se hace con la Iglesia.

Francisco es sólo un vestigio de autoridad en la Iglesia. Vestigio que debe caer para así anular todo lo que huela a Papado.

Hay que poner en la Iglesia un nuevo gobierno, el gobierno de hombres, que decidan qué cosa hay que dar a la Iglesia, qué doctrina enseñar, cómo conducir a la Iglesia hacia el mundo.

Roma ya es del mundo. Roma no es de Cristo.

Y Roma prepara para el mundo su gobierno, para que el mundo tome nota de lo que va a pasar a partir de ahora en la Iglesia.

Se quiere una Iglesia que sea modelo para el mundo, es decir, una Iglesia que no se enfrente al mundo ni a los hombres, sino que acoja a todos, especialmente a los Protestantes.

Fueron los Protestantes los que provocaron el cisma en la Iglesia. Y son ellos los que hacen el cisma en Roma ahora.

Esto ya se está proclamando por muchos sacerdotes, Obispos y Cardenales en la Iglesia, llenos de la filosofía, de la teología protestante: una Iglesia para el mundo, una Iglesia del mundo.

Esto tiene que producir, automáticamente, una división en la Iglesia. División ya producida desde la renuncia de Benedicto XVI, pero todavía no llevada a su fin. Es decir, no se palpa en concreto, pero se percibe en el ambiente de toda la Iglesia.

Huele a división cada vez que se va a celebrar la misa. La gente está dividida con el sacerdote y con la Iglesia. La gente no está contenta con lo que ve en la Iglesia, pero calla por miedo a la autoridad en la Iglesia.

Cuando Roma quiera actuar quitándose la careta, entonces viene la profunda ruptura con Roma. Hasta que Roma no se quite la careta, todo el mundo está ahí pendiente de lo que pasa, pero divididos, sin hacer nada por la Verdad en la Iglesia.

Porque esto es lo único que se percibe: nadie lucha por la Verdad en la Iglesia. Todos luchan por sus verdades en la Iglesia.

Por eso, Benedicto XVI pidió: “Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos”. Él sabía bien qué había detrás de esa fachada de Roma, en el Vaticano. Le tocó vivir junto a un gran Papa y vio lo que sufrió ese Papa por amor a la Verdad de la Iglesia.

Y Benedicto XVI tuvo miedo antes del Cónclave y se aterró en la elección a la Silla de Pedro. Y tuvo que abandonar la Iglesia dejando a todo el Cuerpo Místico desprotegido de Cristo, de Su Espíritu en la Iglesia.

Con la renuncia de Benedicto XVI, el Espíritu de la Iglesia se retira de Roma y, por tanto, de la cuna de la Iglesia. Y deja a Roma inerte y oscura, eclipsada por toda la maldad que reside en todos sus habitáculos.

Y esa maldad ya se ha adueñado de todo Roma, de las almas de los consagrados que están en Roma, de cualquier alma que tenga que ver con Roma.

Roma apesta. Y apestará más cada día. En Roma se cuecen las maldades que el Anticristo va a proclamar al mundo. Es la fábrica del demonio, de la mentira, del error, de la herejía.

Ya Roma no puede dar la Verdad. No es posible. No hay que esperar esa Verdad de Roma. Sólo hay que esperar mentira tras mentira. Y no otra cosa.

Y muchas personas no han comprendido esto porque se hacen la ilusión de que todo va bien en Roma, de que no pasa nada, de que viene un tiempo de prosperidad en todo el mundo.

Ya no hay que obedecer a Roma.
Un sacerdote que quiera seguir siendo sacerdote tiene que enfrentarse a Roma. Si no se enfrenta pierde su sacerdocio en la mentira que da Roma a los sacerdotes y Obispos.

¿Quién puede comulgar con un hereje como Francisco? Pues la mayoría de los sacerdotes y Obispos comulgan, se unen a las intenciones de ese falso Papa para hacer la Iglesia.

Esto produce la decadencia del sacerdocio en esa alma que sigue la herejía que da Francisco.

Y la decadencia del sacerdocio significa perder el Espíritu del sacerdocio y obrar en la Iglesia como un hombre del mundo. Es lo que vemos en tantos consagrados que sólo miran al mundo. No son capaces de mirar a Cristo.

No se está en la Iglesia para servir a los hombres, sino para servir a Dios. Y eso significa obrar la Voluntad Divina en cada cosa de la Iglesia.

La falsa caridad de Francisco, ese amor al prójimo sin el amor divino que profesa, es un insulto para toda la Iglesia.

Y la gente lo sigue aplaudiendo y sigue abrazando a un hereje como salvador de la Iglesia y del mundo. Quieren ver en ello un signo de acogida a todo el mundo, un signo de apertura a todos los hombres.

Es la maldad de la mentira. Es el ocaso de la verdad. Es la refriega de la desobediencia del hombre a Dios, a las leyes de Dios.

¿Quién puede estar ya en una Roma eclipsada por la mentira? Nadie. Pero muchos siguen ahí esperando un camino.

El camino de la Verdad de la Iglesia no pasa por Roma. Está en otro sitio. Pero ese camino ahora hay que buscarlo en el Espíritu de la Iglesia, no en el aparato externo de Roma.

Roma es ya una burocracia inservible para todos. Es inútil creer que de Roma viene la salvación para toda la Iglesia.

Hay que eliminar a Francisco para poner otro Antipapa, otro anticristo, que dé el empuje a lo que el gobierno masónico quiere en Roma.

Toda mentira no viene de la Verdad

”Porque toda mentira no viene de la Verdad. ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús sea el Mesías? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo, tampoco admite al Padre; quien reconoce al Hijo, también al Padre admite” (1 Jn 2, 22-23).

Даниил

Jesús es el Mesías (en hebreo מָשִׁיחַ (mashíaj = ungido), el Cristo (en griego es χριστός = ungido), el que tenía que venir al mundo.

El Mesías es el Rey de Israel, que los judíos esperaban para que los llevara a la tierra prometida. Pero ellos lo veían sólo como un rey temporal, un rey para lo humano, un rey para conquistar una tierra en el mundo.

Pero el Mesías es sólo un Rey Espiritual. Es un Ungido que tiene una Vida Divina.

Este es el centro del Mesías. Si no se acepta que en el Mesías está la Trinidad de Personas en una Esencia Divina, entonces el Mesías es muchas cosas, pero no Dios.

Jesús es el Cristo que viene del Padre y que se encarna en el Hijo y que obra por el Espíritu Santo.

Jesús, como hombre, no es hombre, porque tiene un origen divino, distinto a la creación del hombre por Dios.

El hombre es creado por Dios de la nada de la tierra, del polvo de la tierra. Y todo hombre viene por generación, sale de mujer, nace de mujer.

Pero Jesús no es como todo hombre. Jesús es la obra del Espíritu en una Mujer. No es la obra de un hombre. Nace de mujer, de María, “de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo” (Mt 1, 16), pero su semilla no es de hombre: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón” (Lc 1, 34). La obra en María la hace sólo el Espíritu Santo: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con Su Sombra; por lo cual también lo que nacerá será Hijo de Dios, llamado el Santo” (Lc 1, 35).

Jesús es el Mesías porque es el Hijo de Dios, el Santo de los Santos. Y esto es lo que se niega hoy en la Iglesia.

Esta Verdad se oculta para dar a un Jesús en su aspecto humano, terrenal, carnal, material, pero no espiritual.

Creer en Jesús no basta con decir su Palabra, recordar su Evangelio o con las boca decir que se ama a Jesús.

Creer en Jesús significa obrar lo mismo que obró Jesús. Y esta es la dificultad en la vida espiritual, porque -para hacer esto- es necesario tener el Espíritu de Cristo: “Y he aquí que Yo envío la Promesa de Mi Padre en vosotros; pero permaneced quietos en la ciudad hasta que seáis revestido del Poder que viene de lo Alto” (Lc 24, 49).

Es necesario revestirse del Espíritu Santo para ser testigos de Cristo “hasta el último confín de la tierra” (Act 1, 8c).

Esto es lo que no se dice hoy y lo que no se entiende en la Iglesia.

Sin Espíritu es imposible hablar las Palabras de Jesús, obrar las Obras de Jesús, enseñar lo mismo que Él enseñó, gobernar como Él lo hizo con sus Apóstoles.

Es necesario seguir al Espíritu de Cristo para obrar la Verdad.

Y las almas no saben seguir al Espíritu de Cristo. Las almas han aprendido muchas sobre la Iglesia, sobre Jesús, sobre la Virgen María, sobre los Misterios de Dios. Pero no saben seguir al Espíritu en la Iglesia.

Y no saben hacer esto por culpa de las mismas almas que creen que tener fe es tener una serie de conocimientos sobre Jesús.

Y tener fe en Cristo es tener su Espíritu. Sólo eso.

Quien tenga el Espíritu de Cristo tiene fe en la Palabra de Dios, tiene fe en la Verdad que da Cristo, tiene fe en la Iglesia que fundó Jesús en Pedro.

Quien no tenga el Espíritu de Cristo habla muchas cosas de Cristo, de Dios, de la Iglesia, del pecado, del demonio, etc., pero no tiene FE. Tiene sólo su razón que cree en su conocimiento adquirido en la Iglesia, leyendo a los Santos, leyendo el Evangelio, obrando cosas en el servicio divino, etc. Tiene su razón que le dice que eso que obra o habla está bien.

La Fe es creer en la Palabra de Dios. Pero no se puede creer sin el Espíritu de Dios. Es el Espíritu Divino el que abre el corazón de la persona para que ésta oiga la Palabra de Dios y la acepte sin más, porque Dios se lo revela.

Quien pone su mente para comprender la Palabra de Dios, automáticamente se separa del Espíritu Divino, que habla sólo al corazón de la persona, no a su mente.

Hoy día, se pone la mente para creer en Jesús. Y, entonces, no se cree en Jesús, sólo se cree en lo que cada cual conoce de Jesús.

Por eso, nada más es ver cómo es el lenguaje del que no cree: dice muchas cosas verdaderas sobre Jesús, pero no da la Verdad de lo que está diciendo. Siempre el que no cree pone su juicio sobre la Verdad Revelada. Siempre pone su pensamiento, su filosofía, su teología para explicar la Palabra de Dios.

Pero el que cree en Jesús nunca pone su mente para entender lo que ha recibido, porque no es necesario a la Fe entender lo que se recibe. Para tener fe sólo hay que aceptar lo que se recibe de Dios, plegar el entendimiento para acoger la Palabra de Dios.

Por eso, la Fe sólo es de cada alma. La Fe no está en ningún sitio. En la Iglesia sólo está las obras de las almas que viven la Fe en sus corazones. Y no otra cosa. La fe no está en la Iglesia, sino en cada corazón.

La Iglesia, si vive la fe, enseña las consecuencias de esta vida de fe, gobierna con la Verdad que trae la Fe, lleva a la santidad que ofrece la Fe.

Pero si en la Iglesia no hay almas de Fe, que posean en sus corazones la Fe, entonces la Iglesia no enseña la verdad, no gobierna con la Verdad y no hace caminar hacia la verdad de la vida, que es la santidad.

Es lo que vemos en Roma: la Jerarquía no tiene fe porque ninguno de ellos vive de fe. Es una Jerarquía que no sirve para hacer Iglesia. Es una Jerarquía que habla de Dios, de Jesús, del demonio, del pecado, de la Virgen, pero que no obra lo que habla. Después, obra una cosa distinta a esa palabra que predica o que enseña.

Eso es Francisco y todos aquellos que se unen a él. Es sólo eso: hombres sin fe, que han puesto en la Iglesia su razón, su verdad, su pensamiento humano, su ideología sobre la Iglesia.

Y esto trae consecuencias para toda la Iglesia y para cada alma.

Porque si cada alma no vive de fe, entonces oye lo que se propone en Roma ahora y sigue los dictados de la mentira como si fueran la verdad.

Cuando el alma no tiene fe, la busca fuera de ella, la busca en el mundo, en la Iglesia, en las sectas, en cualquier sitio. Y coge lo que le entra por el oído humano. Se cierra a lo espiritual, que sólo lo puede dar el Espíritu Divino. Y busca lo ‘espiritual’ en todo lo que no es Espíritu, obra del Espíritu de Dios.

Por eso, hay tantas almas perdidas en lo que otros dicen sobre la Iglesia, sobre Jesús, sobre Dios. Y se pierden por su culpa, porque se han cerrado en su interior al Espíritu de Dios. Y, después, los demás hacen el trabajo de cerrar más ese corazón, de endurecerlo más para que no se abra a la Verdad, que sólo la trae el Espíritu al alma.

El alma o tiene fe o no tiene fe. Este es el comienzo de la vida espiritual. Toda alma tiene que comenzar preguntándose si realmente está abierta a Dios o cerrada.

No tiene que hacer oración ni penitencia. Para comenzar una vida espiritual verdadera, hay que ponerse al principio de esta vida. Y muchas almas no se han puesto en este principio y buscan la fe en muchas cosas, que son buenas, pero el corazón está cerrado.

Hacen oración, penitencia, retiros, apostolados, con un conocimiento verdadero sobre Dios y sobre la Iglesia, pero no tienen fe. Tiene una acumulación de conocimientos, de obras que no les lleva a la salvación de sus almas ni a la santidad en la vida.

El alma siempre tiene que preguntar a Dios si su corazón está abierto a Él o cerrado. Porque las almas viven en todo lo humano, en todo lo material, en todo lo carnal. Y eso cierra el corazón a lo divino.

El alma tiene que estar vigilante en su vida humana para no dejarse llevar por todo lo humano, porque –automáticamente- un pecado, un apego en la vida, un error, una mentira, aleja al alma de la claridad que da el Espíritu en el corazón y se va cerrando a Dios sin darse cuenta.

Antes de orar, cada alma tiene que pedir al Señor que le muestre cómo está su corazón. Porque si su corazón está cerrado o medio cerrado por las distintas cosas que trae la vida, entonces no va a obrar en su vida humana de acuerdo a la Fe en Cristo, sino que va a obrar de acuerdo a su pensamiento humano.

La mentira es sólo seguir el pensamiento del hombre. La fe es sólo seguir al Espíritu de la Verdad.

Por eso, toda mentira, todo pensamiento humano, “no viene de la verdad”. Lo que viene de la Verdad es el pensamiento divino que trae el Espíritu de la Verdad. Y, cuando el hombre se pone en ese pensamiento divino, entonces piensa la verdad y habla la verdad y obra la verdad.

Jesús es el Mesías. Y esa es la Verdad. Los hombres ponen sus inteligencias para querer explicar esta Verdad y se apartan todos de la Verdad. Cada uno dice su mentira, que no viene de la Verdad.

El pensamiento humano siempre divide la Verdad, siempre quiere encontrar una idea para expresar la Verdad y sacar de la Verdad otra cosa. Todos los hombres hacen eso.

Ante la Verdad que da Dios, el pensamiento del hombre tiene que callar. Callar, no pensar, para conocer. Si el hombre piensa, ya no conocer. Si el hombre pone su mente en el suelo, la pisa, entonces comienza a pensar rectamente, se llena de la sabiduría que trae lo divino al alma.

Pero si los hombres siguen el juego de sus pensamientos humanos, siempre se va equivocar aunque hagan libros llenos de verdades, pero que nunca dan la Verdad como es.

Por eso, hoy día, desde Roma se niega la Verdad por toda la Jerarquía de la Iglesia. Se niega y nadie dice nada, porque muchas almas no viven de fe, sino que viven de sus pensamientos humanos y no ven malo lo que se expresa desde Roma. Roma da la mentira que esas almas viven. Y los mentirosos se unen por su interés en la mentira, no por amor a la mentira.

Por eso, no hay que hacer caso a nada que se diga de Roma. Hay que ver lo que dicen y discernirlo en el Espíritu. Y el Espíritu dirá qué hacer cuando los hombres en Roma destruyan las verdades que con tanto esfuerzo de almas, llenas de Espíritu Santo, han puesto en la Iglesia con sus obras que dan testimonio de Cristo.

Roma ya no da testimonio de la Verdad, sino de la mentira. Y eso es el comienzo de la Gran Apostasía de la Fe. Todos se separan de la Fe porque siguen la Razón que todo lo quiere entender en ella misma.

Y esa separación es el Cisma que provoca que la Iglesia Católica sea anulada en Roma para que emerja otra cosa, otra iglesia que tenga el mismo nombre de Católica, pero que no tenga la Verdad.

La nueva iglesia en Roma será sólo la estatua del Apocalipsis (Ap 13, 14), hecha por los hombres que siguen a la masonería eclesiástica, a la bestia que “tiene dos cuernos semejantes a los de cordero” (Ap 13, 11). Una figura de Iglesia sin vida espiritual, sin seguir al Espíritu de Cristo porque sólo los hombres en esa iglesia siguen sus razones, sus pensamientos, sus filosofías, sus teologías que nacen de su soberbia humana. Una iglesia sin fe porque los hombres no tienen fe.

Y esa figura de la Iglesia sin vida, será la que coja el Anticristo para hacer su obra final, cuando ponga en ella su espíritu demoniáco: “Y le fue dado infundir espíritu en la imagen de la bestia” (Ap 13, 15). Esa obra final viene con todo el aparato del demonio, con sus milagros, curaciones, liberaciones y todo lo que el demonio sabe hacer cuando Dios le deja hacerlo.

Y, por esa obra final, el demonio sólo querrá destruirlo todo: mundo e iglesia, que es el fin del pensamiento del demonio. Como no hay verdad en el demonio, entonces sólo hay autodestrucción de toda verdad, odio contra toda verdad, necesidad de acabar con todas las obras de Dios en la creación divina.

Ya el demonio tiene la Silla de Pedro. Ahora, comienza todo el baile del demonio desde esa Silla de la mentira en Roma.

La engañosa doctrina de Francisco sobre el mundo

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“Y hoy, muchos de vosotros habéis sido despojados por este mundo salvaje que no da trabajo, que no ayuda; no importa si en el mundo hay niños que mueren de hambre; no importa si tantas familias no tienen que comer; no tienen la dignidad de llevar pan a casa; no importa que tanta gente tenga que escapar de la esclavitud, del hambre y huir buscando la libertad y, con cuanto dolor, tantas veces vemos que encuentran la muerte, como sucedió ayer en Lampedusa. ¡Hoy es un día de llanto! Estas cosas son obra del espíritu del mundo. Es ridículo que un cristiano, un cristiano verdadero, un cura, una monja, un obispo, un cardenal, un papa, quieran recorrer este camino de la mundanidad; es una actitud homicida. La mundanidad espiritual mata. ¡Mata el alma! ¡Mata a las personas! ¡Mata a la Iglesia!” (Francisco en Asís. 4 de octubre).

Estas palabras de Francisco son la síntesis de su error, de su humanismo.

Francisco lucha por un mundo mejor, por una vida humana mejor, para que el mundo dé trabajo a los que no lo tienen, para que los niños no pasen hambre, para que cada familia lleve a su casa un pan y así tener dignidad humana. Francisco sólo habla de la esclavitud del hambre, de la esclavitud del dinero, de la esclavitud del trabajo, pero no como un pecado, sino como un mal social.

Para Francisco no existe el pecado sino el mal social, el error social, lo que cada uno entiende por el mal. Nunca Francisco va a predicar sobre el pecado, sino siempre sobre los males sociales sin atender a la raíz del mal social, que es el pecado.

Francisco lucha por el bien social, no lucha por el bien espiritual. Y llama a su iglesia para que se despoje del espíritu mundano y dé dinero al que no lo tiene y dé trabajo al que no lo tiene y quite los problemas económicos, sociales, materiales, humanos de las personas: “Estas cosas son obra del espíritu del mundo”. Estas cosas son obra del pecado, no de tu interpretación de lo que es el espíritu del mundo.

Francisco ha entendido mal lo que es el espíritu del mundo, el espíritu mundano. Francisco entiende que el mundo está mal porque tiene un espíritu mundano. Y, entonces, hay que sacarlo de ese espíritu y darle otro espíritu, el de Jesús. Pero, para hacer eso, hay que comenzar resolviendo los problemas económicos de la gente, dando pan al que no lo tiene, etc. Francisco se ampara en la enseñanza de Cristo en el Evangelio, pero no sigue el Espíritu de Cristo en el Evangelio.: “No me disteis pan, no me vestisteis…”. Cristo enseña la salvación por el amor, practicando la virtud del amor con los más necesitados. Y enseña la condenación, negándose a practicar la virtud del amor con los más necesitados. Cristo habla del bien espiritual. No habla del bien material. Cristo no enseña a dar pan a los hombres. Cristo enseña a practicar el amor para salvarse. Y se practica dando un pan al que no lo tiene. No se practica obligando a dar el pan a los pobres, como hace Francisco. Francisco no se centra en el bien espiritual del alma, de la Iglesia, que es buscar la salvación la santidad. Francisco se centra en resolver el problema económico de los demás.

Nunca Cristo enseña que hay que dar dinero. Cristo enseña a amar al pobre practicando una virtud con el pobre. Francisco no enseña eso. Francisco despotrica contra el espíritu del mundo en los sacerdotes, en los curas, en los religiosos, que -por ese espíritu mundano– no dan dinero a los pobres, no ayudan a los más necesitados. Francisco quiere que toda la Iglesia se dedique a resolver los problemas económicos de los demás, y así se sale del espíritu del mundo y la Iglesia se pone en el espíritu de Jesús. Todos en la Iglesia tienen este espíritu del mundo y, por eso, la gente pasa hambre y no tiene trabajo. Y él, que no tiene este espíritu del mundo, es lo que enseña a la Iglesia. Hay que ser como él, hay que obrar como él para zafarse de este espíritu mundano, que consiste en no resolver las necesidades de los demás por estar cada uno en su mundo, en su vida humana.

Quien lea toda su predicación se dará cuenta de la necedad que está diciendo, y cómo se esfuerza por querer que sus palabras sea captadas por todos como la verdad del Evangelio. Le gusta tanto improvisar que pierde el sentido espiritual de la Palabra de Dios y hace su interpretación humana de la miseria en el mundo. Qué diferente a otros Papas que, cuando tocaron estos temas, pusieron las íes sobre los puntos y llamaron a cada cosa por su nombre. A Francisco le da igual esto. Lo que importa es su doctrina sobre los pobres en el mundo y en su iglesia. Esto es lo que todos tienen que hacer en su nueva iglesia: despojarse de este espíritu mundano.

Francisco no ha entendido lo que es el espíritu del mundo porque él se ha fabricado su enseñanza del espíritu del mundo. Para él, tener el espíritu del mundo es eso: como no ayudas al pobre en sus necesidades, eres mundano, estás en tu mundo, en tus problemas, pero no sabes ver los problemas económicos de los demás, no tienes el espíritu de Jesús, él sí sabía ver las necesidades de los demás y las remediaba. Y, por eso, tienes un espíritu mundano que te impide tener el espíritu de Jesús. Este es su filosofía del espíritu mundano. Y todos, en esa predicación de Francisco, lloraron, se alegraron, aplaudieron a este idiota que no sabe lo básico en la vida espiritual.

Dijo su herejía favorita: amor a la carne de Cristo. Hay que amar la humanidad de Cristo, que, en lo concreto, son los pobres, los que pasan hambre, los que no tienen trabajo. Hay que dedicarse a eso. Eso es ser Cristo, eso es amar a Cristo, eso es tener el espíritu de Cristo. Y el Señor lo dijo muy claro: “Pobre siempre tendréis”, porque no queréis quitar vuestro pecado de avaricia.

El problema no está en que haya pobres, sino en que las almas no quitan su pecado de avaricia, que es lo que no predica Francisco. No hay que predicar que hay que dar dinero a los pobres. Hay que predicar que cada uno quite su avaricia. Y nada más. Aquel que quita su avaricia, entonces ayuda a los pobres. Pero aquel que no quita su avaricia, no ayuda. Y no hay que cansarse en dar un panfleto comunista en los discursos, en las predicaciones, para obligar a la gente a que dé dinero, que es lo que hace Francisco.

Está haciendo su política, su discurso comunista sobre el dinero, sobre el mal del mundo. Tiene la teología de la liberación empapada en todo sus espíritu. Se nota a legua que habla para conquistar las mentes de los hombres y llevarlos hacia lo que él quiere: su visión de los que tiene que ser la Iglesia hoy día. Y, para eso, coge a San Francisco y lo adultera, le da la vuelta, y predica la mentira.

La Verdad no está en la predicaciones, en los discursos bonitos, con fuego, en las obras buenas de los hombres. La Verdad es Jesús. Y los demás somo siervos de la Verdad, esclavos de la Verdad, no dueños de la Verdad. Y hay que estar en la Iglesia sirviendo a la Verdad, no sirviendo a la Iglesia. Y, entonces, se hace la Iglesia que Jesús quiere. Jesús es el que enseña la Verdad. No son los hombres, no son sus predicaciones, sus teologías, sus obras buenas humanas. La Verdad no está en cada hombre. La Verdad está sólo en Jesús. Y Jesús sólo da Su Verdad al corazón humilde, que no pone nada, que no hace nada en contra de esa Verdad.

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