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El mundo no necesita de una ternura, sino una cruz, una verdad, un camino de salvación.

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«Creemos… en Nuestro Único Señor Jesucristo… quien por nuestra salvación descendió y se encarnó…» (D54).

Así define el Concilio Niceno el motivo de la Encarnación del Verbo: nuestra salvación, es decir, la redención del pecado. Redimir al género humano de la obra del demonio en su naturaleza humana.

Jesús viene al mundo para redimir. Por eso, dice:

«…así como el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28).

La Encarnación es para dar la vida en rescate por muchos. Eso es redimir: morir para dar la vida a otros. Redimir no es darle un beso al otro, no es darle un cariñito, ni un abrazo. Es morir. Redimir no es hablar para contentar al otro con un lenguaje que agrade a su mente y a sus oídos. Es morir a toda lengua humana, a toda filosofía del hombre. Redimir es señalar al hombre el camino en el cual no hay pecado. Porque donde no está el pecado, allí está la salvación del alma.

«… pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10).

La Encarnación es para buscar y salvar lo perdido. El hombre, desde que nace hasta que muere, está perdido. Y aunque esté bautizado y reciba unos sacramentos, siempre se puede perder para toda la eternidad. Nadie está salvado mientras viva en este mundo. Nadie está confirmado en gracia mientras haya un pecado en su alma. En un instante, la salvación eterna se puede perder. Es sólo cuestión de orgullo y de soberbia:

«No hay justo, ni siquiera uno; no hay uno sabio, no hay quien busque a Dios. Todos se han extraviado, todos están corrompidos; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno» (Rom 3, 11-12).

Jesús se encarnó, Jesús nació para salvar a los pecadores. Para esto la muerte en Cruz: para que los hombres obtuvieran la gracia y la gloria.

«Cierto es, y digno de ser por todos recibido, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero». (Gal 4, 5).

Jesús no murió en la Cruz para alimentar los estómagos de los pobres, sino para purificar los corazones de sus negros pecados.

Jesús, cuando se encarna en una naturaleza humana no asume al hombre, no asume a todos los hombres, no asume sus vidas humanas, no asume sus sufrimientos humanos, no asume sus lágrimas humanas, no asume sus obras humanas, no asume sus mentes humanas.

Jesús asume una naturaleza humana gloriosa, no las miserias de los hombres, no sus pecados. Jesús, en su naturaleza gloriosa, carga con los pecados de todos los hombres. Es su obra redentora. Carga, pero no los asume, no se une a ellos. Es su Misterio de Salvación. Y, por eso, el mundo necesita la Cruz de Cristo, no necesita ternura. Necesita clavar en la Cruz la voluntad del hombre para impedir el pecado, el mal en el mundo.

«¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy!» (ver texto).

¡Cuánta estupidez en la boca de este super-necio!

Bergoglio, Obispo (falso Obispo), ministro del Señor en la Iglesia (falso ministro), ni juzga rectamente ni guarda la ley del Señor.

No es verdadero profeta del Señor:

«Clama a voz en cuello sin cesar; alza tu voz como trompeta y echa en cara a Mi Pueblo sus iniquidades, y sus pecados a la casa de Jacob» (Is 58, 1).

Bergoglio no predica nunca del pecado. Nunca. Porque no tiene el Espíritu del Señor.

¿Qué es lo que predica?

Dale un beso al mundo; abraza el mundo; baila con el mundo; únete al mundo.

Falso Profeta, que clama al mundo desde su falsa iglesia, instalada en el mismo Vaticano.

«Todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que precede del mundo» (1 Jn 2, 16).

Luego, el mundo no necesita de la ternura de Dios ni de la paciencia de Dios: todo lo que hay en él es pecado. Y el pecado no necesita una ternurita, sino una justicia, un castigo, una expiación, un dolor, un sufrimiento, un despojo, una negación.

El mundo vive en sus pecados, ¿vas a darle cariñitos?

«No hay paz, dice el Señor, para los impíos» (Is 57, 21)

Dios es paciente, pero no con el mundo. No puede; Dios es Misericordioso, pero no con el mundo. No puede.

«El mundo pasa, y también sus concupiscencias» (Ib).

¿Para qué quiere el mundo la ternura si va a pasar, si se va a terminar, si no vale para nada?

¿Para qué quiere Dios ser misericordioso con un mundo que no quiere la misericordia, porque vive en el triple pecado?

Esta es la frase bella, sentimentaloide, que gusta a todos, pero que es una clara herejía, va en contra de la Sagrada Escritura. Dios enseña que:

«el que hace la Voluntad de Dios permanece para siempre» (Ib).

Dios es tierno con el que hace Su Voluntad; Dios tiene Misericordia con el que hace Su Voluntad. Esto, Bergoglio se lo pasa por su entrepierna: le importa un comino la Voluntad de Dios porque sólo vive para su estúpido orgullo de su vida.

«Riquezas, honra y vida son premio de la humildad y del temor de Dios» (Prov 22, 4).

¿Quieres dinero en tu vida? No peques. Arrepiéntete de tus pecados. Haz la Voluntad de Dios.

¿Quieres honra en tu vida? No peques. Obra, siempre, buscando la gloria de Dios con los demás.

¿Quieres una vida feliz? No peques. Usa todas las cosas como plataforma para hacer la Voluntad de Dios.

Necia es esta pregunta:

«¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio?» (ver texto).

¿Tenemos el coraje de decir al prójimo: no peques más para que tu problema se quite?

¿Quedan católicos en la Iglesia que no tienen miedo de hablar claro a sus semejantes, y de decirles la verdad de las cosas aunque se queden solos, aunque pierdan el amigo o el hijo?

¿O eres de esos católicos que quieren solucionar las cosas siendo buenísimos con todo el mundo, con un beso, con un abrazo, con un cariño, con una condescendencia que los condena, porque fallan a Cristo?

El pecado del otro no necesita una ternura, sino una cruz, una espada, una justicia. ¿Se la das?

El problema de la vida se quita arrepintiéndose y expiando el pecado en cada corazón. ¿Lo haces?

¡Pero qué necios los católicos que no saben discernir una frase tan sencilla de un hombre que sólo habla para conquistar sentimientos de la gente, pero no para darles la verdad de sus vidas!

¿Qué cosa ofrece Bergoglio? La fe fiducial:

«Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?»(ver texto).

¿Qué no es importante buscar a Dios?

«Buscad a Dios mientras puede ser hallado» (Is 55, 6): porque hay un tiempo en que Dios se esconde y nadie lo encuentra.

El que no busca no encuentra.

El que no se despoja de su humanidad, no encuentra la divinidad.

El que no busca la ley eterna en su naturaleza humana no encuentra la paz del corazón en su vida espiritual.

¡Qué necesario es buscar! Porque en la vida lo más fácil es vivir sin Dios, creyendo que con un amor sentimental ya Dios está contento con uno.

«Ancho es el camino del infierno, ¡cuántos van por él!». Porque no buscan en la verdad; no buscan en la crucifixión de sus voluntades humanas; no buscan en el desierto de sus vidas.

Cuando el hombre aprende a despojarse de su vida humana, entonces comienza a buscar a Dios.

Y Dios se deja encontrar de los que le buscan. De los que no le buscan, Dios se esconde:

«Me dejé hallar de los que me buscaban» (Is 65, 1).

Dios «se deja hallar de los que no le tientan, se manifiesta a los que no desconfían de Él» (Sab 1, 2).

Hay que buscar a Dios:

«Buscad a Yavé y Su Poder, buscad siempre su Rostro» (Sal 14, 4).

Sólo los necios buscan el rostro del hombre. Sólo los estúpidos de corazón predican que no es importante buscar a Dios. Sólo los idiotas de mente hacen caso a las palabras de un necio y dejan de buscar la verdad en sus vidas.

«El Santo Espíritu de la disciplina huye del engaño y se aleja de los pensamientos insensatos, y al sobrevenir la iniquidad se aleja» (Sab 1, 5).

Dios está apartado del pecado de Bergoglio en la Iglesia. Dios se aleja de toda aquella Jerarquía que obedece a Bergoglio. Quien busca a Bergoglio como Papa deja de buscar a Dios en su vida espiritual, porque busca el engaño. Y Dios huye del engaño. Dios nunca da un Papa de pensamientos insensatos. Nunca. Cuando Bergoglio usurpó el Trono de Pedro, Dios se alejó de Roma.

Dios sólo está en el corazón que le ama como un niño:

«¿Quién te amó que no haya llegado a conseguirte?» (San Agustín).

Sólo los humildes de corazón consiguen a Dios, lo encuentran, lo hallan. Porque:

«el corazón amante está habitado por lo que ama. Quien ama a Dios lo posee en sí mismo» (Sto. Tomás – El hombre cristiano).

Amar a Dios es hacer Su Santa Voluntad. No es darle besos al mundo. Es crucificar al mundo y a los hombres, para que aprendan que la salvación es un camino estrecho, donde no hay cariñitos para nadie.

«llamadle en tanto que está cerca»: porque en el pecado Dios está lejos, pero en el arrepentimiento, Dios está al lado: «Yo habito en la altura y en la santidad, pero también con el contrito y humillado» (Is 57, 15b).

Para buscar a Dios hay que dejar los caminos del pecado, hay que abandonar los pensamientos de herejía, hay que vivir haciendo la Voluntad de Dios.

«dejar que sea él quien me busque»: Dios no busca al hombre.

«quien me encuentre»: Dios no encuentra al hombre.

«y me acaricie con cariño»: Dios no acaricia con cariño al hombre.

Dios no anda detrás del hombre. Dios no persigue al hombre. Dios hace Justicia y Misericordia con los hombres.

«Oíd y no entendáis, ved y no conozcáis. Endurece el corazón de ese pueblo, tapa sus oídos, cierra sus ojos. Que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, y no sea curado de nuevo» (Is 6, 10).

Esto es lo que ha hecho el Señor con toda la Iglesia.

Los católicos oyen a Bergoglio y no entienden que es un falso profeta. Ven sus obras y no conocen la maldad que está en ellas. Toda la Iglesia se ha endurecido en su corazón y ya no sabe amar a Dios: sólo sabe seguir un engaño, la palabra rastrera de un hombre sin piedad.

Ya los católicos no escuchan la verdad: tapan sus oídos a la verdad revelada. Sólo quieren llorar con las lágrimas de los hombres; sólo quieren vocear con las voces de los hombres; sólo quieren hablar con las palabras de los hombres.

Los católicos no ven a Dios porque no son capaces de ver al maldito que los gobierna: lo llaman bendito, santo, justo. Y lo aplauden como si fuera la figura central del Misterio de la Iglesia.

Fundamento del error es Bergoglio y ¡cuántos son los que lo ensalzan en sus parroquias, en sus capillas, en sus despachos episcopales, en sus vidas podridas en la Iglesia!

La Iglesia no tiene cura porque no quiere ser curada de la maldad, del pecado, de la mentira, del error que cada día un hombre, al que llaman Papa, pregona desde su absurdo gobierno horizontal.

¿Para qué quieres tantas cabezas en el gobierno si ninguna tiene a Dios en su corazón?

¿Para qué tanto discurso vacío de la verdad si lo que te importa es llenar tus bolsillos de dinero?

«¡Cuánta necesidad de dinero tiene el mundo de hoy!».

Cuando Bergoglio se pone sentimental es para pedir dinero en la Iglesia. Él es un maniático de la bolsa del dinero. No puede predicar una homilía sin pronunciar a sus malditos pobres en su iglesia.

«Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús» (ver texto): llora, Bergoglio, llora por tu humanidad.

«Que su fuerza redentora transforme las armas en arados, la destrucción en creatividad, el odio en amor y ternura» (Ib): predica, Bergoglio, predica tu teología de la liberación.

Nadie en la Iglesia se levanta para criticarte. Todos miran como bobos a un idiota de Papa. Y todos saben que es idiota. Pero todos callan, porque tú les das de comer. Y es lo único que quieren en la Iglesia. Lo demás, no les interesa.

Cristo no es importante ya en la Iglesia.

Son las lágrimas de Bergoglio lo que mueve el dinero en la Iglesia.

Bergoglio y sus estúpidas homilías eso es negocio redondo en la Iglesia.

¡Qué vergüenza de católicos!

¡Qué vergüenza de Jerarquía!

¡Qué vergüenza es Bergoglio, no sólo para la Iglesia, sino para todo el mundo!

Jesús es la delicia de los hombres cuando éstos quitan de sus vidas sus malditos pecados:

«Cuando te abstengas de profanar el sábado y de ocuparte de tus negocios el día santo, y hagas del sábado tus delicias y lo santifiques, alabando a Yavé, y Me honres, dejando tus negocios, el trabajo que te ocupa y los discursos vanos, entonces será Yavé tu delicia y te llevará tu carro a las alturas de la tierra» (Is 58, 13).

El Niño Dios no pregunta desde los brazos de Su Madre: ¿permito a Dios que me quiera?

¡Qué sentimentaloide es este personaje!

¡Qué ramalazo tiene de humanismo!

¡Cómo llora por sus hombres, por su humanidad!

¡Qué falso misticismo!

¡Qué caradura de tipo!

Jesús pregunta desde su cuna: ¿Quieres quitar tus pecados para hacer Mi Voluntad o quieres seguir pecando haciendo tu propia voluntad? ¿Es Mi Voluntad Divina tu delicia o es tu voluntad humana tu placer en tu vida de hombre?

¡Que haya católicos que todavía no se enteren de los engaños de Bergoglio es señal de que la Iglesia está muy mal! ¡Todo está podrido! ¡Todo! ¡Nada más es contemplar lo absurdo de la vida de los católicos!

¿Cómo pueden obedecer la mente de un hombre que no es capaz de darles la verdad como Dios la ha revelado? ¡Esto es lo absurdo!

¡Gente que ve la herejía de este hombre y se atreven a llamarlo Papa!

¡Qué absurdo!

¡Que miopía espiritual!

Pero, ¿dónde está la Verdad en Bergoglio?

«La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre (Ib).

¡Que no! ¡Hombre, que no es eso! ¡Que no hay que vivir para una bondad humana ni para una humildad artificial, de sentimientos baratos!

¡Que la VIDA ES PARA UNA VERDAD!

¡Una verdad que Dios pone en el corazón de cada alma!

¡Una verdad divina!

¡Una verdad revelada!

¿Comprenden esto los católicos?

¿O qué quieren que se les predique?

¿Qué quieren escuchar? ¿Esto?

«Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros»(ver texto).

¿Esta mentira les gusta?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de un hombre?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de la pequeñez de los hombres?

¿Los hombres son pequeños?

¿Los hombres son humildes?

¿Los hombres son sencillos?

¡Anda ya! ¡No te burles de los católicos! ¡Deja tu guasa a un lado!

Jesús se encarna, no para encontrarse con los hombres, sino para salvarlos de sus pecados.

¡SALVACIÓN DEL ALMA! ¡No cultura del encuentro masónico!

Jesús no viene a encontrarse con ningún hombre, con ninguna cultura, con ningún político, con ningún pensamiento del hombre.

Jesús viene a que el hombre se dedique a hacer Su Santa Voluntad.

¡Y ay de aquel hombre que decida no hacerla!

Pero a los católicos les gusta lo que predica Bergoglio:

«la humildad de Dios… es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones»: la Navidad es el amor que asume la vida de los hombres, sus sentimientos, sus ideas, sus problemas humanos.

¡Cómo gusta esto!

Jesús no nace para esto: no nace para llorar con los hombres; no nace para caminar con los hombres, no nace para abrazar y besar las heridas de los hombres. Jesús no se encarna para esto. Jesús no pierde el tiempo con los problemas de los hombres, ni con sus lágrimas, ni con sus obras maravillosas.

¿Por qué habla así este personaje?

Es fácil. Lo dice él mismo:

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Dios esperaba. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13)».

Este es el concepto que Bergoglio tiene de Dios. Un concepto que no pertenece a la fe católica.

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre»: Dios nunca espera en el hombre, nunca pone sus esperanzas en el hombre: es el hombre el que tiene que esperar en Dios, el que tiene que desear a Dios, el que está obligado a dejar sus deseos humanos, sus planes humanos, su mente humana, para poseer la virtud de la esperanza que sólo se da en la fe.

Quien no sabe esperar a Dios es que no sabe creer a Dios cuando habla, no sabe escucharlo en su corazón, no sabe desprenderse de sus ideas humanas sobre su vida humana para someterse a la Mente de Dios.

¡Gran error de Bergoglio!

Decir esto, que Dios pone sus esperanzas en el hombre, significa que el concepto que Bergoglio tiene de Dios pertenece al hombre: es un concepto racional, natural, humano, pero nunca espiritual ni divino; que sólo se puede obrar en lo horizontal, no en lo vertical: sólo se obra mirando al hombre, no se obra desde Dios, mirando a lo alto. Se obra para darle un gusto al hombre, una gloria al hombre, pero nunca dando gloria a Dios.

Si al hombre se le muestra un Dios que no confía en el hombre, entonces el hombre no quiere ese Dios, lo aparta de sí. Es lo que trata de enseñar este personaje.

Os doy un Dios, un concepto de Dios compasivo, tierno, abierto a las necesidades del hombre, amable con todo el mundo, que está pendiente de la vida, de los problemas, de los sentimientos y deseos de los hombres. Que te da un beso, un abrazo, un cariñito: «¿permito a Dios que me quiera?»

Y, por eso, yo soy un “papa” para el hombre, para sus vidas humanas, terrenales. Yo os comprendo porque os sigo en vuestra vida de hombres, me ocupo de vosotros. Tenéis que amarme porque os doy un dios amor, un dios tan sentimentaloide que se nos cae la baba – a todos – de idiotas como nos convertimos al pensar en este concepto de Dios.

Bergoglio trata a todos los hombres como imbéciles al enseñarles un dios que no existe en la realidad:

«Seis cosas aborrece el Señor: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente. Corazón que trama iniquidades, pies que corren presurosos al mal. Testigo falso, que difunde calumnias y enciende rencores entre hermanos» (Prov 6, 16).

¿Puede un Dios estar esperando a un hombre que obra lo que Él aborrece?

¿Puede un Dios poner la esperanza en un hombre que obra lo que Él odia?

¡Por favor!

¿Cómo los católicos se dejan engañar tan fácilmente por la palabrería barata e inútil de este sinvergüenza?

¿Por qué le siguen llamando Papa a un hombre que no sabe decir una verdad dogmática cuando habla?

¿Qué ven en la mente de este hombre para alabar su inmundicia cuando habla?

Sólo hay una respuesta: los católicos pervertidos y tibios andan detrás de Bergoglio, no por sus palabras, sino por lo que les da: todos quieren sacar tajada de su gran negocio que ha montado en el Vaticano y en todas las parroquias.

Todos quieren un trozo de pastel:

Poder: estar en ese gobierno horizontal, ser una cabeza que piense la Iglesia

Dinero: repartirse las ganancias en la nueva administración donde sólo los ricos ganan, mientras se habla de que hay que recoger dinero para los pobres

Placer: una vida de felicidad terrenal en la cual no haya que ocuparse de ningún problema mientras se bese el trasero de Bergoglio, mientras se le dé publicidad.

El mundo necesita ternuritas. Sí, sí. El mundo necesita de un sistema económico que me haga rico a mí, que soy el “papa” de los idiotas, de los que se dejan engañar por mis palabras baratas y rastreras.

Y no hay más explicación. No hay otra razón.

Nadie ama a Bergoglio, pero todos dicen que lo quieren porque les da de comer, porque es negocio redondo en la Iglesia.

Es el hombre que se quería. Ahora, todos detrás del poder. Todos detrás del dinero. Todos detrás de la fama.

Quieren a Bergoglio porque quieren participar de lo que antes no podían. Ahora, a destruir la Iglesia y hacer una empresa humana en la que todos den su opinión. Todos hagan lo que les dé la gana. Todos se digan a sí mismos: qué buenos que somos porque alimentamos estómagos de los pobres.

¿Quieren comunismo? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren condenarse? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren ser del mundo? Obedezcan a Bergoglio.

Cristo conoce a los suyos. Y ninguno de ellos anda besando el trasero de Bergoglio.

Francisco en la búsqueda de un gobierno mundial

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C. – «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero. Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos» (Evangelium gaudium – n 206).

I. «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero».

a. El oikos (griego:οἶκος, plural: οἶκοι) es la palabra griega que significa casa;

b. El nomos (griego: νόμος, en plural νόμοι) es la palabra griega que significa ley.

c. Oikonomia: significa la ley de la casa, la administración de la casa, el orden en la casa.

La creación es una economía divina: en ella se refleja la Ley Eterna, la ley divina, la ley natural. Todo está administrado por esta Ley Eterna, en que Dios ordena todas las acciones, tanto humanas como no humanas, hacia su fin.

En la Creación, cada criatura está ordenada a su propio acto y a su perfección. Es una ordenación divina: es la ley natural que Dios ha puesto en todo lo creado. Existe la Jerarquía de seres, en que los seres menos nobles se subordinan a los más nobles: los seres inferiores están bajo el hombre.

Cada criatura tiende a la perfección del universo. Y todo el Universo, con cada una de sus partes, está ordenado a Dios como a su fin.

Y en la Creación está la ley divina, que es lo que Dios ha revelado al hombre, y que debe cumplir para que todo permanezca en el orden divino.

El pecado de Adán produjo un desorden en toda la Creación. Y ese desorden trajo la Maldición de Dios sobre lo creado. Es una maldición en el ámbito moral, no en el ámbito de lo Creado. Lo creado sigue siendo bueno, pero no le sirve al hombre para alcanzar su fin.

Para que todo lo creado vuelva a su ser, era necesaria la Obra de la Redención. Con la Gracia, el hombre aprende a usar lo creado para Dios, a poner orden divino en la Creación.

Por tanto, la economía es un orden divino para un bien común. Ese bien común es diverso: el bien de una familia, el bien de una economía, el bien de la Iglesia, el bien de una política, el bien de una estructura social, etc. Pero nunca es el bien del mundo entero.

Hablar así supone negar el pecado original y ver la creación como buena, pero que los hombres la dañan por causas que no son el pecado como ofensa a Dios.

Decir que la economía es el arte para administrar la casa común, que es el mundo entero, es estar hablando del nuevo gobierno mundial, en que se quiere hacer una economía que funcione para todo el mundo, para todas las familias, para todas las políticas, para todas las Iglesias, etc. Y esto es un imposible, un absurdo, la negación de la Verdad de la Creación.

Es imposible hacer una economía que funcione para el mundo entero, porque:

• El mundo no pertenece a Dios, sino al demonio y, por tanto, no se rige por las leyes divinas, por un orden divino, moral, natural (el mundo debe ser comprendido en el orden moral, no en el orden de la Creación);

• El hombre es anterior al Estado y, por tanto, es antes la propiedad privada que la propiedad social; es antes la familia que la sociedad civil (cf. Pío xI Quadragesimo anno). Y, en consecuencia, se vive para el hombre, no para el mundo entero; se vive para una familia, no para todas las familias. Es antes el hombre que el mundo entero. Hay que legislar para el hombre, no para una globalización, no para un ente abstracto, sin personalidad, sin vida, regido sólo por leyes humanas para una masa impersonal de gente.

• Es necesario hacer desaparecer el Estado en donde se cree una estructura que administre cosas, pero que no gobierne a las personas. La gente, la masa de gente es la dueña de toda la humanidad, para vivir, para planificar lo que la masa quiera. Es aniquilar también al hombre para poner una voluntad para todos, un poder de todos, una inteligencia en todos. Es decir, un imposible, una utopía, un absurdo. Porque por más que se quiera imponer la masa, el hombre sigue siendo libre por Creación. Y siempre el hombre va a decidir sin la masa, sin hacer caso a la mayoría, a la opinión pública, al juicio de los hombres.

Cuando Francisco está hablando de una economía que administre el mundo entero, está indicando el plan del comunismo sobre un nuevo orden mundial. Y está yendo, en consecuencia, contra toda verdad en el hombre.

Cuando se habla de una administración del mundo entero, se está hablando de controlar la Creación divina. Administrar no sólo lo creado, sino la Creación, es decir, ponerse en el puesto de Dios y poner leyes adversas, contrarias, a la ley eterna, natural y divina. En muchos países ya se legisla en contra de la ley natural y la ley divina. Pero no pueden tocar la ley eterna.

II. «Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común». Este es el ecologismo de Francisco: todo mal en la creación, en el cosmos, repercute, influye en todas partes. Es el mal social, el mal de muchos, el mal en una comunidad, el mal en una sociedad, el mal que se produce por muchos en la atmósfera, en las ciudades, en los pueblos. Y, por tanto, hay una responsabilidad común, de todos. Es el amor a la Creación puesto por encima del amor a Dios y el amor al hombre. Y, por tanto, como se hace un daño a la Creación, todos son culpables. Y, entonces, como en los países hay economías que matan, que excluyen, que discriminan, eso pasa a todo el mundo, a todo lo creado. Y todo el mundo debe tomar conciencia de ese mal común.

Dos cosas anula aquí Francisco:

a. El dogma del pecado, como acto personal que se realiza en contra de Dios

b. Los mandamientos de la ley de Dios, que son la base para el amor a Dios y al prójimo.

c. En consecuencia, queda un amor a lo creado, un amor natural, que todo hombre posee y que debe ser la guía de su vida. Si no se ama lo creado, entonces eso repercute en toda la Creación.

i. Este amor a lo creado viene de la idea de que todos los seres vivos están unidos, se relacionan entre sí. Y lo que a uno le pasa, se comunica, se irradia al otro. El bien o el mal de uno es el de toda la creación. Y en la creación, no existe tal unión, sino la subordinación de unos seres a otros. Existe una Jerarquía de seres, no una comunidad de seres.

«En las partes del universo, cada creatura es por su propio acto y perfección. En segundo lugar, empero, las creaturas inferiores son por las más nobles […], y cada una de las creaturas es por la perfección de todo el universo. Finalmente, todo el universo, con cada una de sus partes, se ordena a Dios como el fin, en cuanto la divina bondad se refleja en ellas por cierta imitación para la gloria de Dios» (Aquino, Tomás de. S.Th., q.65, a.2).

Dios ha puesto su ley eterna en la Creación. Y ésta posee un fin divino. Todas las criaturas obedecen a este fin divino en la Creación. Lo que obran en ella es siempre bueno. Porque la creación es la manifestación del orden con que Dios conduce todos los seres hacia sus fines propios y hacía sí Mismo como último fin. Dios, todo lo ha creado, para Él Mismo. Todo tiende hacia Dios.

Todos los seres inferiores al hombre: minerales, vegetales, animales irracionales están subordinados entre sí y según sus naturalezas. Son una Jerarquía con un fin propio en cada ser, pero ordenadas para un bien común, para un bien en la Creación.

Y, por tanto, cuando un animal mata a otro, no produce ningún daño a la creación, porque está obedeciendo la ley que Dios le ha puesto en su especie, una ley natural para un instinto de supervivencia. Y es una ley regida por la dependencia de unos seres hacia otros.

Estos seres inferiores están subordinados al hombre y, por tanto, son medios que el hombre tiene para alcanzar su fin. Si el hombre no sabe usar estos seres, entonces produce un daño en la Creación. Un daño moral: la crueldad contra el medio ambiente y contra los demás seres, que están al servicio del hombre, son causa de otros males por el pecado del hombre.

Por tanto, matar los animales para un fin que Dios ha puesto en el hombre (vgr. alimentarse, vestirse, etc) eso no repercute en la Creación, no daña lo creado. Pero matarlos por otros fines distintos a los que el hombre tiene, que son moralmente malos, entonces daña la Creación.

El que haya personas que sean pobres, que pasen hambre, no daña la Creación. Una economía de mercado si se rige por la ley divina, entonces no produce ningún daño moral. Cuando esa economía de mercado pasa los límites de la ley divina, de la moralidad, entonces daña la Creación y repercute en el hambre de algunas sociedades.

El pecado es el que se irradia en toda la Creación, es el que repercute en Ella. Pero decir: «Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo» es una blasfemia. Francisco no sabe distinguir entre un acto económico moralmente malo y otro bueno. Todo lo engloba y dice una aberración: una fábrica que gaste millones en un producto bueno repercute en todo el planeta. Esto es algo sin sentido. Esto es el ecologismo.

Sólo los actos morales del hombre repercuten sobre su vida y la de los demás: es decir, los actos virtuosos y los actos pecaminosos. Los demás actos, no son nada en el Universo. Son actos de los hombres, actos carnales, actos materiales, etc., pero que no dañan la creación.

La Creación está dañada sólo por el pecado, no por los males o bienes de gran envergadura. Y, por tanto, cada persona tiene responsabilidad de su pecado o de su obra virtuosa. Pero ningún gobierno es responsable de actos no morales de los hombres.

Lo que daña la creación es el uso indebido de ella y, por tanto, se talan árboles, se eliminan especies, se trastoca la capa de ozono, se contaminan los ríos, se usa el dinero para fines de corrupción moral, etc., por el pecado de cada hombre, por un daño moral, pero no por un daño físico.

El hombre quiere controlar la creación, quiere meterse en el misterio de la vida, y entonces comienza a hacer daños morales. Y eso es lo que daña todo. Pero se daña no sólo por el pecado de cada hombre, sino por la maldición que la tierra tiene por el pecado de Adán: «Maldita Adán, la tierra, a causa tuya». Esa maldición de la creación influye en toda la vida de los hombres. Y, como el hombre ha crecido en su pecado de soberbia y quiere ser el dueño de lo Creado, sin la sabiduría divina, entonces la creación se vuelve contra el hombre. Es la ley Eterna, que rige todo lo Creado al margen de lo que piensen u obren los hombres.

Y el hombre quiere arreglar el mal que él ha hecho con su pecado, con una doctrina aberrante: antes de que nos quedemos sin alimento, sin vida en la tierra, entonces cuidemos la creación y busquemos un gobierno mundial para esto.

III. «De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos».

Es que no se puede alcanzar una sana economía mundial. Es necesario legislar desde el hombre, para la vida del hombre, para la vida de las familias, para la vida de las clases sociales, para la vida de los países, pero no para la vida del mundo entero. Esta es la aberración. Se habla para nada, para una utopía, para decir esta injuria a la Iglesia:

«Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» (Evangelium gaudium – n 207).

Es claro el pensamiento comunista de este hombre, que no sabe nada de la doctrina social de la Iglesia. Como la Iglesia no se ocupa de los pobres, entonces es corrupta. Hasta aquí baja Francisco en su pensamiento. Hasta aquí se rebela contra la Iglesia, contra la Verdad que posee la Iglesia. Y se cree con autoridad y con sabiduría para decir estas palabras.

Aunque la Iglesia hable su doctrina social, y combata contra el mundo y los gobiernos, que ponen leyes en contra de los mandamientos divinos, eso no sirve para nada. Eso es causa de destrucción de la misma Iglesia, porque no se ocupa, de forma creativa, con eficiencia humana, de los pobres. ¡Comunismo! ¡Comunismo! ¡Comunismo! La Iglesia es infecunda en su doctrina social. No atiende al marxismo, al modernismo, al gran pensamiento de Francisco. Y entonces, Francisco va más allá y pone el párrafo de su orgullo:

«Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (Evangelium gaudium – n 208).

Es su gran orgullo: Francisco dice que él es libre en su mente humana y que los demás son esclavos de una mentalidad que los hace egoístas, porque no se dedican a los pobres. ¡Este es su gran orgullo!. Él se pone como ejemplo a seguir para los demás, para la Iglesia, cuando él mismo no está dando la Verdad del Evangelio, cuando él quiere buscar una solución a los problemas de los hombres sólo por los caminos humanos, dejando a un lado la doctrina social de la Iglesia.

Francisco se siente libre porque ama a los pobres y habla de ellos y los besa con ternura. Y a los demás, que no hacen lo que él hace, los llama esclavos, les dice que tienen cadenas indignas y que, por eso, deben alcanzar otro pensamiento más noble, más perfecto, con más dignidad.

¡Qué desfachatez la de este hombre! ¡Qué injuria a la Iglesia! ¡Qué blasfemia al Espíritu Santo! ¡Cómo se ríe de todo el mundo sentado en una Silla que no le pertenece!

Muchos admiran a Francisco por su lenguaje humano, es decir, por su necedad en el hablar, por su soberbia en su pensamiento y por su orgullo en las obras que hace en la Iglesia. Y al admirar la mente de un hombre, vacía de la Verdad, ellos mismos se niegan a ver la maldad de este hombre.

Francisco no es cabeza de la Iglesia Católica, sino que es cabeza de su propia invención de iglesia, que está formando en el Vaticano.

Pero esto, mucha gente no se atreve a decirlo. La falsa obediencia a un hereje, el falso respeto a un cismático, la incredulidad de sus vidas en la Iglesia. No creen ni en ellos mismos. No saben para qué viven. Sólo son veletas del pensamiento de los hombres, de sus ideas. Creen que en la diversidad de pensamientos está la riqueza de la Iglesia. Y se olvidan de la Palabra de Dios:

«Porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos vuestros caminos, dice Yavé. Cuanto son los Cielos más altos que la tierra, tanto están Mis Caminos por encima de los vuestros, y por encima de los vuestros, Mis Pensamientos» (Is 55, 8-9).

Pero, ¿quién te crees que eres Francisco? Si no eres capaz de dar la Mente de Cristo, entonces cállate en la Iglesia y no digas tonterías. Tú te crees que eres libre en tu mente y, sin embargo, tus mismas palabras revelan tu esclavitud al pensamiento del demonio. Hablas lo mismo que tiene el demonio en su mente. Y no te das cuenta de que eres esclavo, porque te crees libres y juzgas a los demás como esclavos.

Quieres hacer una economía para el mundo entero. En eso estás en el negocio de tu iglesia. Te has convertido en un jefe político que tratas los asuntos de la Iglesia, que son asuntos sagrados con tu profanidad, con tu mundanidad, con tu herejía en tu lenguaje humano. Eres el mismo demonio, porque te rige el Espíritu del Anticristo. Eres un falso Profeta y así debes ser tratado: como un embaucador de la Palabra de Dios. Contigo no hay parte en la Iglesia Católica porque, desde que te sentaste en esa Silla de Pedro, no has sido capaz de decir una VERDAD CATÓLICA. No eres capaz de dar una alegría al Espíritu. Sólo alegras vidas humanas, vidas sociales, vidas pecaminosas. Sólo ensalzas el pecado de muchos. Sólo das importancia a los que piensan como tú. Sólo vives para agradar al mundo. Tú vives tus verdades, tus libertades, tus sentimientos, tus necedades. Y enseñas a vivir el vacío de tu vida a muchas almas incautas, que sólo están en la Iglesia para que otros les acaricien, les den una palabra que los ciegue más en sus vidas. La ternura de tu palabra es la condenación para muchas almas. Por eso, tu orgullo no tiene excusa en la Iglesia. No hay que limpiarte las babas de tu boca; no hay que buscar una razón para callar tu herejía y para decir que aquí no pasa nada, que todo va viento en popa. Sólo hay que dar tus palabras en la Verdad del Evangelio para que tus mismas palabras te condenen.

Las corrientes del mundo han entrado en la Iglesia con Francisco

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“No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado“. Francisco anula el pecado como ofensa a Dios y, sutilmente, pone su herejía. Parece que va a hablar del pecado, pero no. No es así. Enseguida viene con los suyo.

“¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía!”. El alcohol, las drogas o la pornografía no son pecados morales, sino sociales. Son problemas que las familias tienen, pero no son un pecado para Francisco. Si las familias, de verdad, estuvieran angustiadas por el pecado de sus hijos, entonces esos hijos quitarían sus pecados, porque los papás se pondrían a hacer oración y penitencia por sus hijos. Pero a Francisco, lo que le interesa es el problema social que trae el alcohol, las drogas, la pornografía. A Francisco no le interesa el problema espiritual de esos pecados.

Francisco, con su inútil sentimentalismo humano, llora por las familias rotas por esos problemas sociales, pero no llora por el desastre que es el pecado en cada alma. Eso le trae sin cuidado, porque ha construido un mensaje de la cuaresma para hacer comunismo en la Iglesia, no para enseñar cómo hay que vivir la Cuaresma en la Iglesia.

El pecado es una ofensa a Dios y engendra siempre males. Y los frutos del pecado son muchos males, de todo tipo. No hablar del pecado, es sólo centrarse en los males que trae todo pecado. Querer quitar los males, sin quitar el pecado es la ilusión de los comunistas como Francisco. No se puede. Es imposible quitar el alcohol, las drogas, las pornografías si no se combate el pecado que lleva a esos males. No hay un remedio humano, ni natural, ni genético, ni de ningún tipo que remedie los frutos del pecado, que son los muchos males que los hombres padecen de muchas maneras en sus vidas.

A Francisco le trae son cuidado el pecado; sólo le interesa la cuestión social, económica, política, cultural, religiosa, etc. Y ahí pone todo su esfuerzo para no hacer nada, para perder el tiempo y condenar a muchas almas al infierno.

Como Francisco hay cantidad de sacerdotes que se dedican a obras sociales en la Iglesia, a resolver cantidad de asuntos humanos, pero no saben resolver el pecado de las almas. No saben enseñar a no pecar a las almas. No saben enseñar a expiar el pecado. No saben hacer mirar a las almas la negrura de sus pecados. Sólo saben correr -como los hombres- para buscar caminos humanos a todos los males que vienen por el pecado. Se esfuerzan en vano porque el sacerdote tiene el poder para quitar todo pecado y para expiarlo. Un sacerdote, cuando vive su vida sacerdotal íntegramente, lleva almas al cielo sin que éstas pasen por el Purgatorio, porque él ha reparado por ellas.

Pero un sacerdote que se dedique a su vida humana, entonces es seguro que condenará a muchas almas al infierno, porque el poder que tiene se vuelve en contra de sí y de su rebaño. Se convierte en un lobo para destruir las almas en la Iglesia.

Muchas almas en la Iglesia no ven la gravedad de sus pecados, sino sólo la gravedad de sus vidas rotas en lo social, en lo económico, en lo cultural, en lo humano. Y ahí se paran. No saben pedir al Señor la luz para ver su negrura de corazón. Sino que se vuelven en contra de todo, incluso de sí mismos, porque han perdido el sentido de lo divino y, por tanto, el sentido del pecado.

No se puede sentir a Dios sin sentir el pecado. No se puede dar sentido a la vida sin meter el pecado en la vida de cada hombre. Porque es el pecado el que rompe la vida de los hombres. De un pecado nacen males gravísimos para todos los hombres. De una sola mentira, nace una guerra mundial. Si no se atiende al pecado, entonces vano es preocuparse por la guerra. Porque esa guerra traerá otros pecados, y esos pecados otros muchos males, que traerán más pecados.

El hombre se aficiona en resolver problemas humanos, pero deja lo más importante: el pecado. ¿Cómo se resuelve un pecado? Si no se sabe esto en Cuaresma, ¿para qué sirve que gastes tu dinero en los pobres, en remediar asuntos humanos? De nada. Das de comer a uno que tiene hambre, pero no le quitas el pecado, no le enseñas a no pecar, no alimentas su alma. Entonces, esa alma se pierde por toda la eternidad con el estómago lleno. Se pierde tiempo, se malgasta el dinero, y se condena a un alma al infierno. Este es el planteamiento de Francisco en su mensaje de Cuaresma. Den dinero a los pobres, muchas limosnas y generosas, para condenar a las almas. Eso es todo en este mensaje de Cuaresma.

“Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente”. Francisco dice: tú no das dinero a ese que tiene un problema social, que no tiene trabajo, y entonces le haces pecar. Tú eres el culpable del pecado del otro porque no lo atiendes. Esta es la salvajada de este párrafo.

El que peca lujuriosamente es por una condición social injusta. El que peca avariciosamente es por una condición social injusta. El judío vive en su pecado porque la sociedad lo rechaza. El hereje vive en su pecado porque la sociedad lo rechaza. El que aborta no es culpable de su pecado: es la sociedad la culpable porque tiene una ley que no le permite abortar. El alcohólico está en su pecado porque tú no le ayudas a salir del alcoholismo. Eres culpable tú con tu injusticia. ¿Ven la salvajada?

Una cosa es el pecado, otra cosa es la injusticia social. Quien quiera vivir en su pecado es sólo por su libertad. El que peca no está condicionado por nada social, por nada económico, por nada cultural, por nada político. Se peca porque se quiere pecar. Francisco no sólo no cree en el pecado como ofensa contra Dios, sino que dice: el hombre no es culpable cuando peca. Es la sociedad la culpable. Éste es su comunismo. Busquemos un bien común para quitar los problemas sociales, económicos, etc., y así se quita el pecado social. Tremenda herejía. ¡Gran barbaridad la de este hombre! ¿Quién le puede hacer caso? ¿Quién le va a obedecer? ¿Quién se cree Francisco que es en la Iglesia? ¡Pobres almas que tienen que soportar a un demonio sentado en la Silla de Pedro!

Francisco está degradando la Iglesia y la lleva por el camino de la apostasía. La pérdida de la fe se hace cada día más extensa y alcanza a toda la Iglesia, a sacerdotes y Obispos que son los que deberían creer y transmitir la fe. ¿Y qué transmiten? Su idea comunista, su idea marxista, su idea masónica, como Francisco.

Por eso, mantenerse en la verdadera doctrina de Cristo Jesús es ya una gracia muy grande y muy especial. Es que antes había gracia para todos, para seguir caminando en la Iglesia, aunque hubiera errores y desastres; pero ya no. Ya la gracia no es para todos, no está al alcance de todos, porque muchos ya no son fieles a la Gracia y, por tanto, no pueden merecer otra gracia más grande. No pueden. No saben. No aman. No creen con la sencillez del corazón de un niño.

Las corrientes del mundo han entrado en la Iglesia con Francisco. Y se acabó la gracia. Ahora el camino es para condenarse dentro de la Iglesia, no para salvarse, porque ya hay sacerdotes y Obispos que no cuidan la Gracia, sino que la echan en un saco roto, la tiran, la desperdician, la anulan con sus pecados.

Y Francisco es uno de esos, de estos Obispos que se han creído inteligentes porque predican algo de Dios. Y son sólo necios vestidos de blanco para buscar y encontrar su protagonismo en la Iglesia. Francisco es como muchísimos pseudos teólogos que no solo no saben explicar la Palabra de Dios, sino que la deforman según ellos quieren entenderla, pero que nada tiene que ver con el verdadero criterio de Dios. Francisco pone su opinión en la Iglesia, su idea comunista en la Iglesia, pero no entiende nada de la Verdad de la Iglesia. Deforma toda la Iglesia con su doctrina comunista. Deforma toda la Sagrada Escritura con su doctrina comunista.

Es necesario tener mucha entereza y fuerza de voluntad para no dejarse convencer por las opiniones de Francisco. El hombre se ha dejado envolver por el lenguaje humano, por el sentimiento humano, y ya no ve la verdad, cae en los lazos de la mentira, del engaño, de la soberbia, del orgullo de muchos sacerdotes y Obispos. Y el primero de ellos, el que se sienta en la Silla de Pedro, abarcándola con su negrura de corazón: Francisco. Por eso, el que perseverare hasta el final, ese se salvará (Mt 10, 22).

No son tiempos para perderlos siguiendo las fábulas de Francisco. Son tiempos para combatir con la Verdad en la mente, en la boca y en todo el ser. Y luchar contra la mentira con que Francisco inunda toda la Iglesia. ¿Quién es Francisco para engañar a la Iglesia? ¿Qué es su corazón para dar a la Iglesia la mentira? ¿Qué es su mente sino la podredumbre de su ser?

Estamos viviendo las catástrofes espirituales que ese hombre ha puesto en la Iglesia. Sacerdotes que aconsejan comulgar en pecado; Obispos que participan de forma sacrílega en liturgias, en ritos religiosos, de otras iglesias, que son heréticas, cismáticas; consagrados que ya niegan cualquier dogma en la Iglesia y lo enseñan a sus almas; confesiones que se profanan porque se mete el error, la ciencia del hombre, la cultura del hombre, la filosofía del hombre; ya no se cree en el pecado, luego ya no hay absolución; comuniones sacrílegas a toda hora en la Iglesia: gente que vive en su pecado y así comulga. El pecado en la Iglesia es un mal que ésta recibe y que la obliga a apartarse del camino de la salvación.

El pecado es una condenación. Quien vive en el pecado, vive en su condenación. Por Misericordia Divina, porque el hombre es imperfecto cuando peca, entonces hay un camino para salir de esa condenación. Pero cuando el hombre aprende a estar en su pecado y ya no sale de su pecado, entonces comienza a entender lo que es el pecado y llega a cometer un pecado perfecto: el de la blasfemia contra el Espíritu Santo, que fue el pecado de Lucifer, del cual no hay perdón. Y quien vive en ese pecado contra el Espíritu Santo es un demonio encarnado, es un demonio viviente. Ya no es sólo un hombre. Es un hombre guiado, poseído por el demonio en todo su ser, que hace obras demoniacas, que peca continuamente, porque vive para su pecado.

La Iglesia ha llegado a esta perfección en la maldad. Por eso, la iglesia que está en Roma no es la Iglesia de Cristo. Es la del demonio. Y allí hay muchos sacerdotes u Obispos que ya han llegado al pecado de blasfemia. Y son como demonios encarnados vestidos de oveja, de sacerdotes, de Obispos, con una sonrisa en sus labios para destrozar almas, para llevar almas al infierno.

Eso es Francisco. ¡Qué gran mal ha recibido la Iglesia con Francisco! ¡Qué gran mal tener a Francisco sentado en la Silla de Pedro! ¡Es una maldición para toda la Iglesia! Francisco no es una bendición de Dios, sino una maldición que la Iglesia recibe de Satanás, por el mismo pecado de la Iglesia.

Una Iglesia sin moral, como la que propone Francisco, ¿qué va a traer a la Iglesia? Si ya están apareciendo leyes injustas dentro de la Iglesia porque ya no hay moral, ya no hay sentido del pecado, sino sólo el sentido social de los problemas de los hombres, como lo es en el mundo. Y eso sólo conduce a una cosa: hay que ser mártires de la Verdad divina; dentro de la Iglesia, hay que navegar contra corriente, contra el error, contra la apostasía, contra Francisco, contra su doctrina comunista. Y quien no navegue en contra, se ahoga en la corriente del comunismo que ya ha entrado en la Iglesia por merced de un comunista: Francisco.

Hay que ser mártires de la Verdad del Evangelio y hay que salir de Roma cuando ya no haga falta estar más en una estructura que sólo sirve para irse al infierno. La Iglesia no vive en estructuras, sino en los corazones de las almas humildes. La Iglesia pertenece sólo a las almas humildes, no a los soberbios que beben las aguas del mundo para contaminar los tesoros de la Iglesia con sus inmundicias.

Quien quiera aplaudir a Francisco y sostener sus continuas herejías hace más mal que el mismo Francisco, porque combatir a un alma desviada es fácil, pero combatir a una Iglesia desviada es de mártires y eso lleva al derramamiento de Sangre, por el gran mal de muchos en la Iglesia.

Gran pecado es el que vemos antes de iniciar la Cuaresma: el pecado de poner un camino para ser comunista en la Iglesia. Esta maldad sólo Dios puede medirla en Su Justicia. Esta maldad anuncia muchos males dentro de la misma Iglesia. Esta maldad será lo que lleve a Francisco a su caída en la Iglesia. La caída de un bufón que se ha creído santo en su soberbio pensamiento, pero que no ha visto el camino que le ha trazado su soberbia para inundar la Iglesia de muchos pecados y muchos males. Un hombre soberbio e ignorante en su pecado. Sólo sirve para eso: para entretener, para dar sentimientos, para llegar sólo a la ridícula vida de un hombre que vive para ser grande del mundo. Salir en las revistas es lo que ha querido y buscado Francisco desde el principio de su maldito reinado en la Iglesia. La publicidad de ser un hombre importante en el mundo que se ocupa de los asuntos de los hombres, que vela por ellos, pero que ha renegado de la Verdad de su vida.

¿Qué hacer con Francisco?

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«Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir «justificados mediante la gracia de Dios», y así «asociados al misterio pascual de Jesucristo». Pero, debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios. No tienen el sentido y la eficacia de los Sacramentos instituidos por Cristo, pero pueden ser cauces que el mismo Espíritu suscite para liberar a los no cristianos del inmanentismo ateo o de experiencias religiosas meramente individuales. El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía. Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones» (Evangelii gaudium, n.254).

Aquí dice Francisco que los paganos, gente que no cuenta con el beneficio del bautismo, gente que no está en gracia, sin embargo, están bajo la influencia de las operaciones de la gracia santificante.

Esta grave herejía nadie en la Iglesia la ha declarado. Todos han callado. Dios da la gracia a todo el mundo. Luego, no hace falta ser de la Iglesia para estar en Gracia. Cualquier religión, cualquier iglesia vale para Dios. ¡Tremenda herejía!

Él dice esto: los paganos, porque son fieles a su conciencia entonces viven justificados mediante la gracia de Dios. Luego, no hace falta el Sacramento de la Confesión para ponerse en Gracia. Con la conciencia basta. Francisco anula el Sacramento de la Confesión para los paganos y –no sólo eso- también lo anula para la Iglesia Católica. Porque, si sólo es necesario para estar en Gracia ser fieles a la conciencia propia, entonces ¿para qué el Sacramento de la Penitencia? Sobra. Y, entonces, ¿qué significa –para Francisco- el Sacramento o los Sacramentos en la Iglesia? Él no lo explica, pero se puede entender fácil: el Sacramento en la Iglesia es sólo unos ritos exteriores, que tienen validez sólo porque se hace en la Iglesia y porque se expresa lo que en la conciencia de cada uno existe. Es algo externo que cada alma puede realizar -y son válidos- según lo que tenga en su conciencia.

Francisco declara que la conciencia justifica a los hombres, a todos. Ya no es la Gracia. Es lo que cada uno tenga en su conciencia. Hay que ser fiel a la conciencia, no a la gracia recibida. Francisco anula el poder de Dios para hacer hijos de Dios. Cada hombre se hace hijo de Dios por su conciencia. ¡Gravísima herejía!

Pero Francisco añade a su herejía otra cosa: ”debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios”. Está diciendo ese hereje que la vida de los paganos, sus pecados, sus errores, sus mentiras, sus culturas, sus obras humanas, sus pensamientos, llevan a otros hacia Dios. Un pagano, en su mentira, acerca a Dios a otras personas, que viven en sus mentiras. Y, además, dice que esa vida de los paganos, es una vida que Dios quiere, es una Voluntad de Dios. Dios quiere su pecado y que vivan en sus pecados. Sus pecados son camino para que otros puedan encontrar a Dios. Sus pecados producen una verdad divina en sus vidas que a otros les puede ayudar para encontrar a Dios. Francisco está proclamando que Dios ama el pecado, no sólo al pecador, sino también a su pecado y, por tanto, su pecado es camino para la verdad. De su pecado, sale una verdad, una vida, una obra buena. ¡Esta monstruosidad que dice Francisco le colocan como un traidor en la Iglesia!

Para ti, Francisco, la vida consiste en pecar y seguir pecando porque así encuentras la verdad de tu vida: has traicionado la gracia de tu sacramento del orden. Eres sacerdote para condenar almas, no para salvarlas quitando de ellas el pecado, que es lo único que condena al alma. Un sacerdote que justifique el pecado en un alma, la condena al infierno.

Entonces, los musulmanes viven de acuerdo a la Voluntad de Dios, a la Gracia, y en sus vidas se pueden encontrar signos divinos. E igualmente dígase de los budistas, de los judíos, de todo aquel que viva como un pagano, porque hay muchos cristianos que viven como los no cristianos. En la práctica son paganos, sin Dios, viviendo para el mundo y sus concupiscencias.

La gravedad de estas afirmaciones de Francisco es inmensa. Y nadie ha caído en la cuenta, porque ya no se valora lo que es la Gracia Santificante en la Iglesia, lo que es vivir de Gracia, lo que supone la Gracia.

Y Francisco añade otra herejía a su herejía: “pueden ser cauces que el mismo Espíritu suscite para liberar a los no cristianos del inmanentismo ateo o de experiencias religiosas meramente individuales”. Francisco está diciendo que la mentira lleva a la Verdad. Lo que viven los paganos eso ayuda para que los demás sean liberados de otros errores, de otras mentiras. ¡Es descomunal lo que dice Francisco! Va contra la Palabra de Dios que expresa claramente que sólo la verdad os hará libres. Lo que no sea verdad es esclavitud y lleva a la esclavitud.

Pero Francisco no se detiene ahí, sino que añade otra herejía: “El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía”. El mundo es de Dios. Lo que hay en el mundo son cosas buenas que ayudan a tener más paz y más armonía. En el mundo está la verdad, el orden, la armonía. Todo es bueno en la vida de los hombres. Francisco maquilla la vida de los hombres. Los hombres tienen sus problemas, pero he aquí al Espíritu que suscite ciencias prácticas, técnicas prácticas, psicologías, psiquiatrías, que ayudan a los hombres para que sus vidas sean con más paz y armonía. Por ejemplo, el preservativo es una sabiduría práctica que todos deben usar para que la vida no tenga problemas porque viene un hijo no deseado, o para poder disfrutar del sexo sin problemas de conciencia, etc. Sabidurías prácticas que hacen la gente del mundo, y eso Dios lo ha suscitado.

Pero Francisco añade otra herejía más: ”Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones”. Para vivir la Verdad atiende a lo que los paganos hacen en sus vidas. Para vivir la Eucaristía, mete en las Misas las canciones paganas, los ritos paganos, las palabras paganas, las obras paganas, etc. Eso ayuda a tener más convencimiento de lo que es la Eucaristía. ¿Ven el despropósito de Francisco? ¿Ven su lenguaje demoniáco?

Francisco no cree en las Verdades Absolutas, no cree en los dogmas. La verdad absoluta por sí misma se consolida, por sí misma ayuda a vivir eso que es. No tiene necesidad de ninguna verdad que nazca en la mente de los hombres. No tiene necesidad de ninguna cultura de los hombres, de ninguna ciencia humana, de ninguna moda social. Pero Francisco no cree en esto, no cree que existan estas verdades. Y, por eso, dice esto:

“Dialogar no significa renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas” (Francisco, 23 de enero de 2014 / “Comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro”).

Es normal que llegue a esta conclusión. Francisco se carga todo el dogma en la Iglesia, de una manera sutil, sin que nadie se haya dado cuenta. Va contra todas las verdades. Y este es el problema de la Iglesia: ¿qué hacer con Francisco?

Un Francisco que invita a los pecadores a seguir pecando; un Francisco que invita a las almas de la Iglesia a abrazar el pecado como fuente de vida; un Francisco que sólo está en la Iglesia para acaparar su protagonismo de hombre, su popularidad. Y, para ser popular, es necesario abrirse al mundo, es decir, decirle al mundo que va bien en lo que vive, en lo que obra. Y que busquemos soluciones a todos los problemas que el hombre tiene.

¿Qué hace la Iglesia con un hombre que no cree en ningún dogma de la Iglesia, que habla por hablar, para contentar a todos, pero que sólo busca tener su vida humana arreglada con todos, menos con Dios?

Una sola cosa tiene que hacer la Iglesia: echarlo. Decirle que se vaya, que ése no es su sitio.

Pero la Jerarquía no tiene agallas para hacer esto. ¡Es una realidad! La Jerarquía calla y muy culpablemente, produciendo en toda la Iglesia una oscuridad total, ya no parcial, porque la Jerarquía es la que tiene el deber de guiar a la Iglesia hacia la verdad. Y se teme hablar en contra de un Francisco que no es Papa, que no es Pontífice verdadero. Y se teme mucho, porque las consecuencias son terribles para aquel sacerdote u Obispo que sea claro en el hablar, como el Cardenal Burke que afirmó públicamente que ni siquiera puede considerarse la evangelii gaudium como parte del magisterio papal, confesando que “ni siquiera he podido establecer exactamente cómo describir semejante documento”.

A la gente que ve la verdad se la pone a un lado y se la discrimina, faltando así a la caridad fraterna. Tanto que se habla de amor fraterno, si no empieza por casa, lo que se habla al mundo es una comedia. Y una comedia barata, que no sirve para nada.

Francisco combate a la Verdad y, por tanto, a todo sacerdote y Obispo que dé la verdad y se oponga a él, a su doctrina de la fraternidad. Por eso, se tiene miedo a hablar porque no se quiere perder el puesto que se ha conseguido en la Iglesia. No se quiere perder el dinero que viene de ese puesto. Es preferible callar y seguir para adelante, con un hereje que hay que aguantarlo porque toca aguantarlo.

Muchos, en la Iglesia, hacen esto: callan por interés humano, por respeto humano, y eso es un grave pecado para muchos sacerdotes y Obispos, que tienen el deber y el derecho de predicar la verdad, así les cuesta la vida, el dinero, la fama, el oficio eclesiástico.

No hay sacerdotes que imiten a Cristo. Muchos se visten como corderos, como un Cristo; pero son pocos los que lo imitan, los que dan testimonio de la verdad, tal como es, no como la quieren los hombres.

Francisco predica mentiras en la Iglesia y todos las aplauden. Eso significa que en la Iglesia hay un espíritu de mentira, que la recorre por todas partes y que hacen que todos vean la mentira y la tomen como verdad para sus vidas.

Y este espíritu de mentira sólo se puede batallar con el Espíritu de la Verdad. Quien no se ponga en la verdad y sea guiado por Ella para ver lo que sucede en la Iglesia, acaba comulgando con Francisco, porque una de dos: o se está en la verdad o se está en la mentira. Pero no se pueden servir a los dos al mismo tiempo.

Muchos fieles en la Iglesia están en la mentira y así ven a Francisco: como una verdad. Muchos, que viven la verdad, no ven la verdad de Francisco, no ven que es un traidor, porque, en el fondo no viven la Verdad, viven sus verdades, acomodadas a su humanidad. Están en gracia, pero les importa poco quién esté en la Silla de Pedro, porque han visto, desde hace mucho tiempo, las contradicciones que vienen desde esa Silla, pero no han intentado comprender qué es lo que realmente pasa en la Iglesia. Viven en la verdad, en la gracia, pero de una forma muy peligrosa, por su tibieza espiritual, en la cual les importa un bledo la vida espiritual. Se mantienen porque saben lo que es el pecado mortal; pero se mantienen de forma milagrosa, porque todavía Dios les da tiempo para su conversión. Pero hay otras almas que ven la situación de la Iglesia, y la comprenden, y no hacen nada por luchar por la Verdad de la Iglesia. Estas son más culpables de lo que pasa en la Iglesia. Tienen la obligación de hacer Iglesia, de ser Iglesia, dando testimonio de la verdad. Y no lo hacen. Y Dios les pide esto, y por falso respeto humano, por una falsa obediencia, por no querer comprender que se está en la Iglesia sólo para obrar la Verdad, entonces producen en Ella una total oscuridad.

¿Qué hacer con Francisco? Decirle que coja la puerta y se largue a su casa. Es lo que hay que hacer. Diariamente está llenando la Iglesia de sus herejías. La embellece con sus verdades a medias. Es un orador que sabe hablar lo que conviene a los hombres, que sabe darles el chupete a su tiempo, que sabe encandilarlos con el sentimiento de su humanidad.

Francisco es un pobre hombre, que no sabe dónde está parado, no sabe lo que Dios tiene preparado para él, por su gran mentira en la Iglesia: «He aquí que viene el torbellino de la Ira de Yavhé, y una tormenta furiosa descargará sobre la cabeza de los impíos» (Jer 23, 19).

La Iglesia es de Jesús, no de Francisco. Y si Francisco quiere demolerla con sus mentiras, entonces el Señor lo arruinará a él en toda su vida. Quien toca a la niña de sus ojos, no hay compasión para esa persona. Y Francisco ya ha herido y matado a la Iglesia.

Francisco habla con el espíritu del mundo dentro de la Iglesia

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Francisco, en la Iglesia, es sólo un hombre que vive su orgullo y, por tanto, un hombre que pone a Dios un impedimento para recibir el Espíritu Santo.

Su orgullo se ve en sus obras. Un Papa verdadero nunca obra como lo hace Francisco en la Iglesia, porque el Papa elegido por Dios tiene el Espíritu de Pedro y, por tanto, no pone impedimento para recibir el fuego del Espíritu.

Es muy importante en la Iglesia saber ver el Espíritu de una persona, es decir, cuál es el espíritu que mueve a ese persona para hablar, para obrar, en la Iglesia.

El que tiene el Espíritu de Cristo hace las mismas obras de Cristo. El problema, para muchos en la Iglesia, es reconocer este Espíritu de Cristo. Hay que mirar a Cristo para ver Su Espíritu. Hay que ver lo que hizo Cristo entre los hombres para ver Su Espíritu. Hay que ver qué le movía a Cristo a obrar para ver Su Espíritu.

Por tanto, hay que ir al Evangelio. Pero, esto es, también, para muchos una trampa, porque no creen en el Evangelio, sino que se dejan llevar por sus interpretaciones de la Palabra de Dios.

Hoy hay muchas Biblias entre los hombres y ninguna sirve para nada, porque en ellas los hombres han ido acomodando la Palabra a su lenguaje humano, y así quitan, añaden, modifican palabras y pasajes del Evangelio según el gusto de cada uno. Muchos leen el Evangelio y leen un libro de los hombres, pero no la Palabra de Dios.

Hay que ir a la Palabra de Dios, como ésta fue escrita, no como ha sido traducida o interpretada por los hombres. Por eso, es necesario acudir a la Tradición, a los Santos de todos los tiempos, porque son ellos los que da la verdadera interpretación de las Sagradas Escrituras. Son los Santos los que dan el Espíritu de Cristo en la Iglesia.

Pero los hombres, en la actualidad, tampoco leen a los Santos, sino que se dejan llevar por muchas lecturas y libros de hombres que no son Santos. Y, por eso, quieren una Sagrada Escritura, que sea acorde a lo que leen, a sus autores favoritos. Quieren un Dios que vaya con la moda del mundo, con los problemas de los hombres. Quieren una palabra que guste a su entendimiento humano; sólo quieren un lenguaje humano, que alguien les diga que hablando de paz, de amor fraterno, de concordia entre los hombres, así se cambia el mundo.

Los hombres aplauden a aquellos hombres que hablan de paz, de amor, de bienestar humano, de progreso humano. Pero los hombres no quieren escuchar la Verdad. Eso no les interesa, porque viven en su vida acomodada a su lenguaje humano. Y, entonces, no ven el error del lenguaje humano.

Muchos, al leer esto, no ven el error, el engaño: “Cuando Jesús recibió el bautismo de penitencia de Juan el Bautista, solidarizando con el pueblo penitente – Él sin pecado y sin necesidad de conversión – Dios Padre hizo escuchar su voz desde cielo… Jesús recibe la aprobación del Padre celeste, que lo mandó para que aceptase compartir nuestra condición, nuestra pobreza. Compartir es el verdadero modo de amar. Jesús no se separa de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros. Y así nos hace hijos, junto con Él, de Dios Padre. Ésta es la revelación y la fuente del verdadero amor” (Francisco, 12 de enero de 2014).

Sólo ven una frase bonita, bien construida, que dice una verdad. Ven un lenguaje hermoso. Y ahí se quedan. Pero no captan las mentiras y las herejías que se dicen en este párrafo. A eso no llegan, porque no saben cuál es el Espíritu de Cristo. Y, por tanto, cuando alguien habla no captan si lo que está diciendo viene del Espíritu de Cristo o viene de otro espíritu. No saben discernir espíritus. Éste es el problema de muchos en la Iglesia. Y, por eso, ante un hereje, como Francisco, le toman como Vicario de Cristo. Pero no saben ver que no tiene el Espíritu del Vicario de Cristo. Sólo saben decir que como fue elegido por los Cardenales, como es el Papa, como es el que se sienta en la Silla de Pedro, entonces hay que hacerle caso en lo que dice. ¡Éste es el gran error de muchos en la Iglesia! Y, después de once meses, la Iglesia sigue en este gravísimo error.

Y esto sólo es por falta de discernimiento espiritual. Y su raíz: el pecado. No se discierne el espíritu porque hay pecado de orgullo, de soberbia y de lujuria en la vida de cada hombre. Estos tres pecados impiden discernir el Espíritu en una persona. Y, entonces, el alma no ve la mentira o la herejía que esa persona está diciendo u obrando.

Cuando el hombre quita su pecado, entonces empieza a ver la realidad y a llamar a cada cosa por su nombre, que es lo que no hace la Iglesia. No llama a Francisco como falso Papa, sino que lo sigue llamando Papa. Y no es que Francisco se haya equivocado en algo en once meses, haya cometido un error o un pecado. El problema no es eso. El problema es que Francisco lleva once meses dando herejía tras herejía. Ése es el problema. Herejía que todo el mundo puede leer y ver, porque algunas son obras que él ha hecho en la Iglesia y que las continúa, las mantiene.

Pero, como la Iglesia vive en su pecado, entonces no discierne cuando habla Francisco. Y se come todas las herejías. Y lo hace culpablemente, porque cada alma ha recibido de Dios Su Gracia, y ya no hay excusa para nadie. Si el alma no ve el error, es que ya no es fiel a la Gracia que ha recibido y, por esa infidelidad, sigue a un maldito en la Iglesia como si fuera Vicario de Cristo. Se está diciendo que Dios habla a través de un falso Profeta. Y esto es muy grave en la Iglesia. Esto significa que la Iglesia no tiene discernimiento espiritual, que vive para los hombres y para agradar la vida de los hombres.

Por eso, Francisco dice que Jesús recibió el bautismo de Juan para solidarizarse con el pueblo penitente, y nadie ve la herejía. ¡Nadie! ¿Por qué? Porque no se tiene el Espíritu de Cristo, sino que se posee el espíritu del mundo. Y, en ese espíritu, está bien la solidaridad con el pecador. Es un lenguaje humano que encanta a los hombres. Es bello, hermoso, agradable, y que une a los hombres. Cristo ha venido a solidarizarse con el pueblo pecador. Esto gusta. ¡Y nadie entiende la herejía!

¿A qué lleva esta herejía en el pensamiento de Francisco? A decir lo que más le gusta: Jesús comparte con el hombre su vida humana: “Jesús no se separa de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros”. Y, como comparte, nos hace hijos de Dios. Y éste es el verdadero amor. Herejía tras herejía en este solo párrafo, pero nadie las ve. ¡Nadie! ¿Por qué? Porque los hombres sólo se fijan en el lenguaje humano, pero no en la Verdad. No disciernen ese lenguaje humano. No saben mirar las palabras que se dicen y quién las dice. No saben hacer esto, porque no tienen el Espíritu de Cristo. Sólo viven su vida humana, agarrados del espíritu del mundo. Y piensan como los hombres. Y obran como los hombres.

Y Jesús no se solidarizó con el hombre pecador, no compartió la vida de los pecadores, no se hizo hombre con los hombres. Jesús vino a morir y, en su muerte, toda alma tiene que participar si quiere la Vida: “Con Él hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6, 4).

Jesús se bautizó con el bautismo de penitencia para que los hombres participen de su muerte, no para que Jesús participe de la vida de los hombres, no para que Jesús comparta la vida de los hombres. Al revés, para que los hombres compartan la muerte de Jesús.

“El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf Is 53, 12); es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29); anticipa ya el bautismo de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38)” (Catecismo de la Iglesia, n. 536).

Jesús se bautiza para manifestarse como Mesías, como Siervo doliente, que viene a cargar con los pecados de todos los hombres. ¡A cargar! No a compartir, no a solidarizarse humanamente con los problemas de los hombres: “Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada” (Is 53, 3). Jesús cargó con los pecados de todos los hombres y eso le llevó a que nadie le estimara entre los hombres. ¡Nadie! Porque Jesús no comparte la vida de los hombres, sino que hace participar a los hombres de su muerte, de sus sufrimientos. Jesús no da un dulce al hombre, sino un dolor en la vida. Y eso no le gusta a ningún hombre.¡Esto no le gusta a nadie! Pero es más hermoso decir que Jesús comparte nuestra vida y así nos hace hijos de Dios. ¡Hermosísimo!

Francisco no vive el Espíritu de Cristo y, muchos, en la Iglesia tampoco lo viven. Por eso, Francisco predica de Cristo según el espíritu del mundo. No puede predicar según el Espíritu de Cristo. Es que no lo tiene por su pecado de orgullo. Y, muchos que lo escuchan, como viven ese mismo espíritu del mundo, dentro de la Iglesia, cogen la herejía como una verdad, y defienden al hereje como verdadero Papa.

¡Esto es la Iglesia actualmente! ¡Esto da pena!

Por eso, nadie ve que está mal bautizar a un hijo de una pareja casada sólo por lo civil. Nadie comprende esta obra de un hombre orgulloso que se llama Papa, pero que no tiene el Espíritu de Cristo en la Iglesia. Si Francisco predica con el espíritu del mundo, entonces obra con ese mismo espíritu en la Iglesia: necesariamente tiene que bautizar a un hijo de padres que viven en su pecado.

¿Qué fe van a transmitir los papás casados por lo civil a su hijo, si ellos no viven la fe en Cristo, la fe de la Iglesia? Son los padres los que tienen que educar en la fe a sus hijos, y ¿qué van a educar esos padres a ese hijo bautizado, si ellos no practican su fe, si viven para el mundo y para hacer las obras de los hombres en el mundo?

Esta es la nueva iglesia que Francisco ha puesto en marcha. Y nadie entiende nada. Todos aplauden ese gesto de Francisco para bautizar a un hijo de unos padres sólo casados por lo civil. Esa obra que hizo Francisco es del demonio. Es su pecado de orgullo. Francisco bautizó ese niño movido por el espíritu del mundo. Por tanto, movido por el demonio. Si hubiera tenido el Espíritu de Cristo, entonces no hubiera bautizado a ese niño. No se puede bautizar a lo hijo de padres que viven su pecado en la Iglesia. ¡No se puede! Porque no pueden transmitir la fe que no viven, la fe que han despreciado. Dan a ese niño su maldito pecado.

El humanismo de Francisco está arraigado en toda la Iglesia. Y así obra él: contentando a los hombres dentro de la Iglesia. Pero no contenta a Dios, no hace las obras de Dios en la Iglesia. Hace las obras del demonio. Y ¿por qué? Es su pensamiento: como Jesús comparte la vida con todos nosotros, entonces nos hace hijos de Dios. Hay que hacer hijo de Dios a ese niño porque hay que compartir al vida de los hombres, hay que compartir sus pecados, porque Jesús se ha solidarizado con el pecado de esos papás y,entonces, hay que bautizarles el niño. Si se piensa como hombre, se obra como hombre. Si se tiene la Mente de Cristo, entonces se niega el bautismo a ese niño.

Por eso, si no quieres ver que Francisco no es el Papa verdadero y que, por tanto, hay que desobedecerlo y luchar en contra de él, es sólo por tu pecado. Y no tienes excusa. Si no quitas tu pecado entonces sólo miras el error y lo ves como verdad, como un camino al que hay que seguir.

Ya no hay excusa para la Iglesia. Once meses dando Dios el camino para que la Iglesia vea el error a través de los profetas. Y nadie se ha movido, en la Iglesia, para combatir a un hereje. No quieran ahora una Iglesia de misericordia. La iglesia que ha formado Francisco es la iglesia de los injustos, de los pecadores que odian la verdad y de los que han hecho de su vida el trono de su pecado. Y de esa nueva iglesia salen todas las ratas que van a destrozar las almas elegidas por Dios para salvarse.

Son momentos muy críticos. Si alguien quiere ver felicidad en este nuevo año, se va a llevar una gran desilusión. Porque ha comenzado el desastre en la Iglesia: la segunda división.

Francisco no es Papa, sino un lobo vestido de piel de oveja

Primer anticristo

Francisco no es Papa, sino un lobo vestido de piel de oveja, que está sentado en la Silla de Pedro para engañar a la Iglesia.

Engaña a las almas de la Iglesia con el error, la mentira y la falsedad, que introduce entre verdades, entre frases bonitas, entre citas del evangelio, de los santos, del Magisterio de la Iglesia.

Él habla como un falso profeta, para agradar a los hombres, pero él no cree en nada de lo que dice, sino que sólo cree en lo que tiene en su pensamiento.

Su pensamiento es claro: el de un comunista, el de un marxista, es decir, el de un hombre que se mete en los problemas del mundo y quiere dar soluciones humanas, políticas, a los hombres. Pero esas soluciones las da apoyado en su idea de cómo debe ser el amor entre los hombres: un amor para una comunidad, para un bien común, sin que los hombres tengan derecho a sus bienes privados, sin que posean algo para ellos mismos, sino que todo lo pongan en común. Por eso, va contra el dogma, que es el bien privado de toda la Iglesia, es lo que guarda la Iglesia como un tesoro que no se puede romper, dividir, aniquilar, dejar a un lado.

El poner todo en común es la idea marxista que quiere imitar el Evangelio pero sin el Espíritu. Quiere poner ese amor que predica Jesús pero como lo ve el mundo, según las necesidades actuales de los hombres, según las culturas de los hombres.

Por eso, este lobo vestido de piel de oveja lucha en la Iglesia por sus pobres, que no son los pobres de Cristo, sino que son los pobres del mundo.

Cristo evangeliza a los pobres de espíritu, porque sólo ellos tienen abiertos sus corazones a la Palabra de Dios. Cristo no hace caso del que tiene hambre material, sino del que tiene hambre de Su Palabra.

Pero Francisco tergiversa el Evangelio, lo adultera, pone las frases que a él le gustan, para meter su mentira, su idea de lo que debe ser el amor en la Iglesia.

Y muchos no se han dado cuenta de este lenguaje engañoso que emplea este lobo, que se viste de humildad, de caridad con los hombres, de una sonrisa amable, pero que, en su corazón, sólo vive para él mismo.

Todos pueden leer sus escritos y ver la basura que contienen. Un verdadero Papa nunca escribe esa basura. Él lo hace para tirar una piedra y, después, esconder la mano. Él predica sus herejías convencido de que está diciendo la verdad, pero sabe que muchos en la Iglesia siguen otras cosas. Pero eso a él no le importa, porque sólo vive para lo que tiene en su mente humana.

Y así siempre lo ha hecho: su idea humana es su vida. Por eso, él se atiene a su teología de los pobres, que niega el Evangelio, que se opone a la Verdad, a los dogmas en la Iglesia.

Pero eso, a él no le interesa, porque no cree en la Verdad. Tiene que estar en una Iglesia que se rige por unos dogmas que no puede cambiar, pero él está con sus mentiras, poniendo sus falsedades en todo lo que hace.

Pero el problema de este lobo vestido de piel de oveja es el auditorio que lo escucha. Porque él habla a una Iglesia que ha perdido la fe. Ya no cree en la Palabra de Dios, sino que hay mucha gente en la Iglesia que vive preocupada por su vida humana, por sus problemas, por sus negocios en la vida, y que sólo ve la Iglesia como algo social, pero no como un fin en su vida, no como un camino en su vida, no como la única vida.

Y éste es el verdadero problema que vivimos: como la Iglesia ha perdido la fe en Cristo, entonces se deja engañar por un lobo vestido de piel de oveja. Y se deja engañar muy fácilmente, sin poner oposición, sin enfrentarse a ese lobo, sino que deja la cosa como está, y sigue viviendo su vida, sin preocuparse por la Iglesia, por la verdad en la Iglesia.

Hoy día, la Verdad es cualquier cosa menos Cristo. Porque las almas ya no se atienen a los dogmas de la Iglesia, porque las almas ya no saben leer el Evangelio con sencillez, porque las almas ya viven en el pecado como si fuera el camino de su vida, entonces están en la Iglesia apostatando de su fe, viviendo la herejía sin más. Y, por eso, se tragan las fábulas que Francisco dice diariamente en la Iglesia.

Hoy los sacerdotes explican a sus fieles sus fábulas del Evangelio, pero no dan la Palabra de Dios como es, no la explican como es, sino que cada uno da la interpretación de lo que tiene en su mente.

Por eso, hoy día es difícil ser Iglesia y hacer la Iglesia que Cristo quiere. Muy difícil, porque la Iglesia está llena de gente que da su opinión del Evangelio. Y en la opinión no hay camino para la verdad, para encontrar la Verdad. Sólo la Verdad es camino para la Verdad Plena.

El diálogo, que tanto predica Francisco, es sólo eso: dar opiniones para encontrar un acuerdo entre los hombres. Y, donde hay diálogo, no hay fe en la Iglesia. Donde está el diálogo está la apertura al mundo y, por tanto, la renuncia a la fe.

“Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5, 4). Hoy las almas en la Iglesia son vencidas por el mundo por su falta de fe. Por eso, Francisco vence en la Iglesia. Francisco gana terreno en la Iglesia. Francisco engaña a la Iglesia, porque ésta no tiene fe.

Francisco es un pecador que enseña su pecado en medio de la Iglesia, y “sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca” (1 Jn 5, 18); luego, Francisco no es hijo de Dios, no ha nacido de Dios. Peca y manifiesta su pecado con claridad. Vive su pecado. Por eso, Francisco habla como se habla en el mundo. Y, por eso, recibe premios de los hombres del mundo, porque apoya al hombre que permanece en su pecado. En consecuencia, el mundo apoya a Francisco. Luego, Francisco es del mundo. Francisco, al ser del mundo, no tiene fe. No lucha contra el mundo, sino que busca el mundo para ser como el mundo. Y si está sentado en la Silla de Pedro, entonces conduce a la Iglesia hacia el mundo.

El mundo reconoce a Francisco, pero Dios no reconoce a Francisco como hijo suyo, porque Francisco no confiesa a Jesús, no puede confesar que Jesús ha venido en carne, porque no tiene fe en Jesús, no vive de la Palabra de Dios, no enseña el Evangelio como está escrito, no gobierna la Iglesia dando la Mente de Cristo, no pone un camino de salvación y de santificación a las almas.

Su evangelio de la fraternidad condena a las almas al infierno, da el pensamiento de un hombre del mundo, adultera la Palabra de Dios llenándola de fábulas que no se pueden vivir en la vida real de los hombres.

Para discernir el espíritu de una persona sólo hay una cosa: la verdad o la mentira. No busquen el discernimiento de espíritus ni en la humildad, ni en la penitencia, ni en la cruz, ni en las obras de caridad.

Muchos se pone la careta de la humildad, del sacrifico y muchos mueren por un ideal humano. Y parecen santos, y sólo son demonios encarnados. El demonio puede imitar de Cristo cualquier cosa: su pureza, su humildad, su muerte en Cruz, su amor a los pobres. Pero lo que el demonio nunca puede imitar, nunca puede dar, nunca puede predicar, es la Verdad. El demonio nunca dará testimonio de la verdad como es, porque es mentiroso y padre de la mentira.

Por eso, para discernir a un hombre en la Iglesia, lo que dice San Juan: “Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha; el que no es de Dios no nos escucha. Por aquí conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error” (1 Jn 4, 5).

Verdad y mentira; verdad y error; Cristo y el mundo. Son dos espíritus diferentes.

Francisco habla del mundo y el mundo lo oye, lo aplaude. Luego, Francisco es del mundo. No es hijo de Dios. Luego, lo que da en la Iglesia es la mentira, el error. Consecuencia, Francisco no tiene el Espíritu de Pedro, porque no es hijo de Dios. Luego, no es Papa. Es un anticristo.

Así es de sencillo todo, pero las almas no aprenden a discernir nada y se dejan llevar por cualquier viento de doctrina en la Iglesia. Señal de que esas almas tampoco son de Dios, sino del mundo. Tenemos una Iglesia mundana. Y eso es muy preocupante. Eso significa la ruina de toda la Iglesia.

Despertar al demonio que cada hombre lleva en su ser

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“Los religiosos deben ser hombres y mujeres capaces de despertar al mundo” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.).

Esta es la visión errónea de la vida religiosa de un hombre que no sabe lo que es esa vida, que cree saberla porque viste una sotana y se dedica a hacer en la Iglesia el trabajo del demonio.

Los religiosos deben vivir sólo para Dios. Y, por tanto, su trabajo no es en el mundo, como otros hombres en la Iglesia. Su trabajo es ser sal del mundo, no despertar al mundo.

Y, ¿por qué Francisco tiene este pensamiento? Porque “la Iglesia debe ser atractiva”.

La Iglesia tiene que ser imagen de Cristo, tiene que ser como Cristo. Y Cristo no atrae al mundo, Cristo se enfrenta con el mundo, el mundo se opone a Cristo. Entonces, ¿a qué viene este pensamiento modernista de la Iglesia?

“¡Sean testimonio de un modo distinto de hacer, de actuar, de vivir!”. En la Iglesia hay que dar testimonio de Cristo. Y, entonces, ¿en qué consiste ese testimonio nuevo que predica Francisco?

Porque Cristo da testimonio de Su Padre en el mundo y, por tanto, Cristo condena el mundo. Cristo no quiere el mundo para vivir. A Cristo no le interesa el espíritu del mundo. Cristo hace su Iglesia para dar Testimonio de la Verdad, que es Él mismo. Cristo no hace Su Iglesia para que los hombres opinen sobre el mundo o den sus juicios sobre lo que debe ser la Iglesia de Jesús.

Cristo no dialoga con el hombre, ni con el mundo. Cristo da Su Palabra al hombre para que la acepte o para que la rechace, porque Cristo es la Roca en la que todos los hombres tienen que tropezar ¡Todos! Porque todos tienen que elegir: o salvarse o condenarse en sus vidas humanas. Y, por tanto, quien quiera salvarse tiene que dar testimonio de la Verdad, de esa Verdad que no pasa nunca, que siempre es la misma, que no tiene tiempo, que no se mide con los pensamientos de los hombres. Y, por tanto, dar testimonio de la Verdad sólo es posible de una manera: ser otro Cristo. No hay otra forma.
Entonces, ¿en qué consiste esa fábula de ser testimonio de un modo distinto de hacer, de actuar, de vivir?

“Estamos hablando de los valores del Reino encarnados aquí, sobre esta tierra”.

Esta frase es herética, porque sólo hay una Encarnación: la del Verbo, que se hace carne. El Reino de Dios no se hace carne. Sus valores, sus dones, sus gracias, no se hacen carne. Ni siquiera de una manera análoga se puede comprender esta frase. Ni siquiera de una parábola o en un lenguaje metafórico vale decir que los valores del Reino están encarnados. Porque una cosa es el Verbo Encarnado, y otra cosa son los valores del Reino, que no s encarnan, sino que Dios da al corazón del humilde para que sea obrados en su vida humana.

El hombre, al recibir esos dones, no los asume. El Verbo asume la carne: eso se llama Encarnación. El Verbo es el que dirige esa Carne, el que la guía, el que la domina, el Señor de esa carne.

El hombre, que recibe unos dones de Dios, es esclavo de esos dones, no es Señor de esos dones. Por eso, ni en forma metafórica se puede entender esta frase. Esta frase es otra más de las herejías de Francisco.

Y, lo que importa es esto: ¿a dónde quiere llevar Francisco con esta frase?

“La vida es compleja, está hecha de gracia y de pecado. Si uno no peca, no es hombre. Todos nos equivocamos y tenemos que reconocer nuestra debilidad. Un religioso que se reconoce débil y pecador, no contradice el testimonio que está llamado a dar, sino que sobre todo lo refuerza, y esto hace bien a todos”.

Aquí queríamos llegar. Resulta que Cristo no tiene pecado y, por tanto, el don que Dios da al hombre que sigue a Cristo le lleva a no pecar: “El que ha nacido de Dios no puede pecar, porque su germen permanece en él”. Luego, el que sigue a Cristo, el que da testimonio de Cristo no peca, porque tiene la fuerza para no pecar.

Pero Francisco dice que el testimonio nuevo que debe dar los religiosos son su pecado, porque la vida está hecha de gracia y de pecado. Y, como somos hombres, entonces tenemos que pecar.

Pero Cristo nos ha hecho hijos de Dios. Y el hijo de Dios no puede pecar. ¿Por qué Francisco se detiene en que somos hombres, en que somos hijos de los hombres? Porque no cree ni en la gracia ni en el pecado. No cree en el Sacramento del Bautismo. No sabe lo que significa ser hijo de Dios. Y, además, dice una contradicción en su pensamiento: si los valores del Reino están encarnados, entonces el que da testimonio de Cristo es puro, es inocente, es inmaculado, es santo. Luego, no puede pecar por esa encarnación. El mismo Francisco niega su argumento. No lo sigue. Eso es señal de que habla por hablar. Habla para decir cosas bonitas, pero sin lógica. ¿Ven cómo el pensamiento de Francisco no tiene una base lógica? ¿Ven cómo dice muchas cosas y no dice nada consistente? Este modo de hablar es el propio de los charlatanes, de los políticos, de los populistas, de la gente que va diciendo sus cosas porque gustan a los que las oyen. Habla para entretener a los demás, para regalarles los oídos. Y, claro, cae en las herejías propia de un hombre sin vida religiosa, sin vida espiritual, sin nada en que apoyarse para decir, si quiera una verdad a los religiosos. ¡Que los religiosos den testimonio de sus pecados de una forma nueva, que guste al mundo, que atraiga al mundo. Pero que los religiosos no oculten sus pecados, porque somos hombres y pecamos. Que todos vean nuestros pecados. Eso es despertar al mundo. ¡Qué maravilla! ¡Cuánta sabiduría encerrada en la mente de este desgraciado!

“Se comprende la realidad si se la mira desde la periferia, y no si nuestra mirada es desde un centro equidistante de todo”: esta doctrina es propia de la nueva era.

Cristo es el centro de todo. En la nueva era, el demonio es el centro de todo. Por tanto, hay que irse a la periferia, no hay que estar en el centro. Y, ¿por qué? Porque en la periferia está la diversidad, las diferencias, todo lo que no se ve desde el centro. En una esfera cada punto es equidistante del centro y, por tanto, no hay diferencias entre un punto y otro. El centro lo mide todo de igual manera, del centro a la periferia es siempre la misma distancia. Sólo se ve el centro, sólo se atiende al centro. Lo demás está girando alrededor del centro, sin salirse de esa órbita. La periferia mira el centro, pero el centro no mira la periferia.

En la Iglesia, todos miramos a Cristo, porque es el centro. Y, por tanto, nadie mira al otro. Nadie atiende al otro, porque Cristo da la Vida a todos. Y da la misma Vida a todos. Y ningún hombre tiene que dar nada al otro, porque Cristo lo de todo, Cristo lo resuelve todo, Cristo pone el camino para todo. Cristo dice a quién hay que ayudar. Sólo hay que amar a Cristo y se aman a los demás, sin ningún esfuerzo, porque Cristo lo sabe todo.

Pero Francisco dice: no. Eso está mal. Cristo no es el centro. El centro es la Iglesia, el mundo, los hombres, sus vidas, sus problemas sus necesidades. Y, entonces, todo está en compartir la vida con los hombres, en dialogar con los hombres para formar la unidad en la diversidad, en las diferencias. Ésta es la doctrina de la nueva era, de maitreya, del sincretismo religioso.

El hombre tiene que estar en la periferia de la vida, no tiene que estar mirando al centro. En la periferia de la vida se conoce “de verdad la realidad y lo vivido por la gente”. Ya Cristo no dice cómo es la realidad de la vida y qué es lo que la gente necesita en Su Iglesia. Sino que es el mismo hombre el que tiene que empeñarse en conocer los problemas de la gente y, por tanto, solucionarlos, ponerles un camino de amor y de bienestar en sus vidas.

“Es el modo de imitar a Cristo que fue a todas las periferias”: éste es el comunismo de Francisco. Cristo se entregó a los problemas de los hombres; Cristo vivió entre los hombres, en medio de sus dificultades, compartiendo sus vidas, sus obras, sus culturas, sus negocios, sus sueños, sus ilusiones, para hacer un bien común. La Iglesia es una comunidad para Francisco, un conjunto de hombres que hacen un bien común, un bien para todos los hombres. ¡Puro comunismo! ¡Puro marxismo!. El propio que vive la Compañía de Jesús, la Compañía que ha perdido su espíritu fundacional, para ser del demonio, para ser instrumento del demonio en la Iglesia. A San Ignacio de Loyola lo han anulado en la Compañía de Jesús. Nadie vive su espíritu. Nadie. Todos viven en esa Compañía el marxismo. De ella nació la teología de la liberación que sigue Francisco.

Cristo no se entregó a los hombres, sino a la Voluntad de Su Padre. Y, en esa Voluntad, obró entre los hombres aquello y sólo aquello que quería su Padre. Es muy sencillo el Evangelio, pero Francisco sólo le interesa su evangelio, su negocio en la Iglesia.

“El carisma es necesario vivirlo releyéndolo (…) culturalmente”: éste es su nuevo evangelio. El carisma, don de Dios, y, por tanto, sin tiempo, sin historia, sin culturas, para una obra divina dentro de la Iglesia, hay que obrarlo, hay que mirarlo según la mente del hombre, según sus culturas, sus ideologías, sus obras humanas. Francisco anula el carisma y se inventa sus nuevos carismas en su iglesia. Y cae en esta terrible barbaridad: “se corre el riesgo de equivocarse (si se relee de forma cultural) (…), pero esto no debe detenernos porque está el riego de cometer errores mayores”. El carisma, por tanto, cuando se relee en la cultura de cada hombre, necesariamente lleva a errores, a pecados. Pero eso no importa, porque si no se obrase, entonces se cometería mayores errores, mayores pecados. ¿Disciernen lo que ha dicho Francisco? Pequen y no pasa nada. Si no pecan, van a cometer un pecado mayor. Por lo tanto, prefieran pecar antes de cometer algo más grave. ¿Han captado la barbaridad, por no llamarle otra cosa? Un carisma que lleva a un error no es un carisma, es cosa del demonio. Porque los dones de Dios no obran la mentira. Lo que da Dios imposibilita al hombre de pecar, de caer en el error.

¡Tremendo Francisco y su pensamiento! ¡Y hay que gente que lo sigue, que le obedece, que está contentísima con este hereje, con este maldito, con este desgraciado! ¡No entiendo a la gente que no ve su propia mentira! ¿Es que no caéis en la cuenta de que este sinvergüenza os está tomando el pelo a todos?

“No debemos hacer del carisma algo rígido o uniforme. Cuando nosotros uniformamos nuestra cultura, entonces matamos el carisma”: es decir, pongamos en la Iglesia gente de muchas culturas, de muchos credos, de muchas ideologías, de muchas filosofías. Pongamos la diversidad de pensamientos, de deseos, de vidas humanas, de obras humanas. ¡Diversidad! Y, entonces, se vive el carisma. ¿Disciernen dónde está la herejía? ¿Disciernen qué cosa niega Francisco? Francisco niega la unidad de la Iglesia que sólo es posible en el Espíritu. Y, por tanto, Francisco niega al Espíritu.

El Espíritu es el que obra el carisma en la Iglesia. Para vivir el carisma sólo es necesario una cosa: que el Espíritu lo obre. Si el Espíritu no lo obra, entonces sólo hay culturas, ideologías, pensamientos, obras humanas, pero no carisma. De aquí viene el sincretismo religioso en la nueva era. Es lo que predica Francisco en este diálogo: la unidad en la diversidad. Ya no la unidad en el Espíritu.

Despertar al demonio que cada hombre posee en su interior es el resumen de este diálogo que Francisco hace de cómo debe ser la vida religiosa y, por tanto, cómo tienen que ser los sacerdotes para la Iglesia.

El sacerdote debe ser un hombre que despierta la inquietud del mundo. Es decir, debe ser un hombre que conozca lo que es el mundo, sus problemas sus gentes y que, en consecuencia, abra caminos en el mundo para poner a Cristo. Primero es conocer el mundo. Irse a la periferia de la vida, centrarse en los hombres, tener compasión por los hombres, vivir la fraternidad, el ser amigos de todos, el ser hermanos con todos, el ser una iglesia que lo mira todo y que lo acoge todo. Y, entonces, de esa forma se coloca a Cristo. Pero a ¿Cristo se refiere Francisco? No al Cristo del Evangelio, sino al cristo de la gente, del pueblo, del hombre. Al cristo que el hombre quiere: un cristo amor, que todo lo perdona, que todo lo da, que es ternura con todo el mundo. Un cristo que ayuda a pecar y a seguir pecando. Un cristo que dé sólo la vida humana, la vida material, la vida natural a los hombres. Un cristo que no juzgue a los hombres, sino que perdone a todos los hombres, aunque sus pecados nunca se quiten. Eso no importa, porque el pecado es algo que no se puede quitar. Somos hombres. Pequemos, pues. La gracia es algo muy hermoso, pero hay que pecar. Eso sí, no hay que ser corruptos. Sólo hay que pecar. Jesús todo lo perdona, porque es Amor, es Misericordia, lo es todo para todos.

Francisco anuncia al Anticristo en su forma de hablar. Francisco despierta al demonio que cada alma en pecado tiene en su ser. Francisco no ata al demonio, sino que lo libera en cada alma.

Francisco no conjura al demonio, sino que da un camino a las almas para ser esclavas del demonio. Hay que despertar el mundo. Hay que despertar al demonio que está en el mundo, que es el Príncipe del mundo. No hay que batallar el mundo. No hay que luchar contra el mundo. No hay que odiar el mundo. Hay que estar en el mundo y ser del mundo.

“Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemiga de Dios? Quien pretenda ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios” (St 4, 4). Francisco es enemigo de Dios, enemigo de la Iglesia, enemigo del Espíritu Santo, enemigo de los hombres que sigue la Palabra de Dios como es. Francisco es amigo del demonio. Lo lleva en su ser, en su pensamiento, lo da en sus obras.

Francisco se ha puesto como el centro de toda la Iglesia y se cree sabio entre los sabios. Y sólo dice estupideces a toda hora. Y tiene un coro de estúpidos que no saben discernir ni la punta de su nariz. No ven nada. Son unos cegatos. El Padre Spadaro es el mayor tonto de todos por dar a conocer una entrevista que no merece la pena conocerla. Se dan las palabras de un hereje para machacarlo no para encumbrarlo a la gloria como hace este estúpido sacerdote. Once meses contemplando a un hereje y todavía no sabe ver sus gravísimos errores en la Iglesia. Si Francisco no respeta la Iglesia con sus herejías, tampoco la Jerarquía de la Iglesia lo hace. Por eso, no se puede seguir a nadie en la Iglesia. Están todos corrompidos, diciendo sus locuras a todo el mundo para que el mundo las aplauda y diga que la Iglesia ya ha cambiado. Se hace propaganda a un hereje y eso sólo significa una cosa: el tiempo ha llegado. De aquí a unos días la sorpresa para todos y la salida de Roma, porque no hay otro camino.

Ya han sido profetizadas: éstas son las últimas navidades. Las que sigue ya no serán navidades, sino la fiesta del mundo en la Iglesia.

Análisis de la situación del Vaticano

El rayo en el Vaticano: Aviso a los católicos de que lo que sucede en el Vaticano no es correcto. A la Curia, que tenga cuidado con lo que planean ya que no es de Dios, ni de sus leyes.

El rayo en el Vaticano: Aviso a los católicos de que lo que sucede en el Vaticano no es correcto. A la Curia, que tenga cuidado con lo que planean ya que no es de Dios, ni de sus leyes.

Todos quieren analizar lo que pasa en el Vaticano, las líneas que sigue la Jerarquía de la Iglesia, los caminos que Roma quiere andar con Francisco. Pero nadie da un análisis de lo que pasa actualmente en Roma.

En Roma, se está construyendo una nueva iglesia partiendo de la Iglesia verdadera, de la Iglesia de Cristo. Esto es lo que nadie dice y, por eso, sus análisis del Vaticano son erróneos.

Francisco ha comenzado una nueva iglesia sin Jesús y sin María. La doctrina de esa nueva iglesia no es la doctrina sana de Cristo, sino sólo el invento, la fábula de Francisco sobre el Evangelio, sobre el Magisterio y la Tradición de la Iglesia.

En esa doctrina nueva no hay ninguna verdad, todo es mentira, pero una mentira agradable, que gusta al hombre porque le dice al hombre lo que quiere escuchar.

Dicen que Francisco es revolucionario, renovador, que da un cambio, que trae una novedad, que pasa una página, que deja de lado lo antiguo. Y eso sólo significa una cosa: Dale al pueblo lo que quiere oír y te amará. Dile la Verdad, háblale de sufrimiento, y te odiarán.

Francisco es hábil, es un orador sutil, es tan buen orador que nadie advierte el engaño que sale de su boca constantemente. Nadie. Porque dice ese engaño con el sentimiento, con palabras bonitas, hermosas, bellas, que parecen que llegan al alma y lo que hacen es oscurecer la mente, apagar la luz para que el alma no vea la mentira, el engaño que se le propone.

La gente no está atenta al engaño que trae esas hermosas palabras porque mientras al pueblo se le de lo que quiere, lo que quiere escuchar, no analizan nada más ni reflexionan. No se preguntan: “¿esto por qué lo ha dicho?”; “esta frase ¿a qué viene?”;”¿será verdad esto que dice Francisco?”

Cuando la gente no se pregunta es que obedece a ciegas a una persona y no ve, no es capaz de analizar las verdaderas intenciones que se esconden tras las caretas de Francisco, de los sacerdotes y Obispos que lo defienden como el Papa al que hay que seguir.

El demonio está engañando a la Iglesia de forma deliberada, de forma muy clara para el que tiene fe, porque presenta la persona que hoy más se cree: a un Papa. Todos están atentos a ver qué dice el Papa, a ver qué obra el Papa. Todos: dentro y fuera de la Iglesia.

El demonio es muy hábil para conseguir lo que él quiere: siempre se viste de ángel de luz. Siempre. Nunca se presenta como demonio cuando quiere engañar a los que él sabe que viven la Verdad, que están en la Iglesia verdadera. El demonio sabe eso y, por eso, la combate con todo su odio, porque él sólo es mentiroso y padre de la mentira.

El mal se hace pasar siempre por Jesús, utiliza sus métodos, sus palabras, su doctrina, pero entre verdad y verdad, está la mentira escondida. Es lo que hace Francisco continuamente: da una verdad, da una mentira. Da una hermosa frase llena de una mentira que nadie atiende, porque se dice hermosamente, bellamente, al hombre le agrada la frase: “José y María vivían en Nazaret pero no vivían juntos, porque el matrimonio todavía no se había celebrado. Pero María, después de haber acogido el anuncio del Ángel, quedó encinta por obra del Espíritu Santo y cuando José se da cuenta queda desconcertado” (Francisco, 22 de noviembre). Esta frase es bella, hermosa, pero tiene muchas mentiras. Pero la gente no cae en cuenta de las mentiras, porque la frase está dicha de acuerdo a los oídos del hombre, no está dicha para decir la Verdad. Aquí Francisco dice su opinión sobre el matrimonio de José y de María. Y dice su opinión de lo que pasó por la mente de San José. Pero Francisco no dice la Verdad en esta frase. Además, no puede decirla nunca.

Este es el punto que muchos no acaban de entender de Francisco. Un verdadero Papa, aunque sea pecador, nunca miente cuando habla en la Iglesia: cuando predica, cuando está con la gente, aunque se mueva sin enseñar nada en la Iglesia, lo que habla o lo que obra es de acuerdo siempre a la sana doctrina de Cristo. Esto hace un verdadero Papa. Esto no lo puede hacer nunca Francisco porque no es un verdadero Papa.

Este es el punto que muchos no aceptan, no pueden aceptarlo, porque ya no se ve al Papa como el centro de la verdad, como el que habla la verdad, como el que enseña la verdad. Y no se ve por la misma razón que Pilatos no la vio: ¿Qué es la Verdad?

Pilatos tenía enfrente a la Verdad Encarnada, a Jesús. Y miró la Verdad y no se dio cuenta de la Verdad, no atendió a la Verdad, no se preocupó de la Verdad, sino sólo preguntó: ¿Qué es la Verdad?

Esa es la pregunta que constantemente se hace Francisco y los que le siguen. No saben lo que es la Verdad y, por eso, enseñan lo que van descubriendo con sus inteligencias humanas, con sus ciencias, con sus culturas, con sus filosofías de la vida.

Y esto mismo es lo que le pasa a mucha gente. Ven la Verdad, pero se siguen preguntando por la Verdad, porque no creen en la Verdad, sólo creen en las fabulas que los hombres van diciendo cada día, en su evolución histórica, en su progreso científico y técnico. Y, entonces, empiezan a cuestionar la Verdad del Evangelio y a interpretarlo según sus avances en la ciencia, en la filosofía, en la cultura, etc..

Así hace Francisco su nueva doctrina para su nueva iglesia. De esta manera. Y, por eso, predica bellamente, pero es toda esa belleza una herejía, la que se vive en su nueva iglesia.

A la gente le gusta vivir una espiritualidad fofa, amanerada, amorfa, que le hablen bonito, que le digan que Dios los ama, pero que después los dejen pecar en sus vidas. Esto es lo que propone Francisco en todas sus homilías. Esta doctrina, que no es la de Cristo, sino del demonio.

A la gente le cuesta decir que Francisco es un mentiroso y que su doctrina no es ortodoxa, no es la de Cristo. Cuesta muchísimo decir esta frase. Muchos callan sabiendo que Francisco dice herejías. La Iglesia calla ante tanta mentira de la Jerarquía. Y eso es señal de que eso que está en Roma no es la Iglesia de Cristo, es una nueva iglesia, donde ya no se habla la verdad, sino la mentira cada día. Y eso lo que se enseña en esa iglesia: a mentir, a decir que todo va bien, que no pasa nada, que Francisco está en la ortodoxia, como Muller ha dicho en una entrevista reciente: “Francisco no va por otro camino: sino que combina la ternura del pastor y la ortodoxia, que no es una teoría cualquiera, sino la recta doctrina expresada en la plenitud de la Revelación”. Muller besa el trasero de Francisco y, por eso, tiene que hablar así, con engaño. Le pagan para que hable, porque en la nueva iglesia de Francisco hay que defender la mentira y al mentiroso, que es Francisco.

Esto es lo que nadie se atreve a decir, lo que nadie quiere analizar cuando ve el Vaticano. Y, entonces, se hace el juego a la nueva iglesia de Francisco. No se la ataca, sino que se defiende la mentira que enseña esa nueva iglesia.

No se puede hablar de Dios, de sus obras y, a la vez, querer transformarlas a la manera de pensar, de obrar humanas. Este es el lenguaje de Francisco: habla de Dios, pero dice que hay que obrar como hombre. Jesús vino a salvar al hombre, luego hay que dar de comer al hombre. Así es el pensamiento de Francisco, así de claro, pero nadie se da cuenta de esta verdad. Todos creen que Francisco está diciendo la verdad porque habla bonito. Eso es todo. Todo consiste en hablar bonito: eso es lo que se enseña en la nueva iglesia. Hablen con palabras bellas, puestas en una bandeja de plata, hermosas para el oído del hombre y entonces serán de Dios. Y no importa que se diga la mentira. No importa la doctrina, sino las obras: den de comer a los pobres. Así se salva el hombre.

En la nueva iglesia no interesa la Verdad. No interesa. Y, por eso, los errores y las herejías en la nueva iglesia llevan al mundo a su destrucción. Lo que se está construyendo en Roma es el origen de lo que viene al mundo. Roma está construyendo un nuevo orden mundial dentro de la Iglesia verdadera, la de Cristo. Y eso producirá un cisma en Roma. El cisma ya está, pero encubierto, todavía no se han quitado las caretas la Jerarquía que sigue a la nueva iglesia.

Pero, una vez que se la quiten, entonces en el mundo se dará lo que se está cociendo dentro de la Iglesia.

El futuro de la Iglesia es muy negro, no hay escapatoria para el que duda en la fe. Hay muy pocos que crean en verdad y se mantengan firmes en todo. En la Iglesia hay división y mucha confusión. Y nadie se da cuenta de ese engaño que lleva a la Iglesia al orden mundial dentro de Ella, cambiando la doctrina de siempre.

Para que el mundo y la Iglesia sea una sola cosa, hay que fabricar una iglesia mundana, donde se viva lo que hay en el mundo. Y, entonces, se da en todas partes, el nuevo orden mundial. Y aparece el Anticristo que lo gobierna todo: iglesia y mundo.

La Jerarquía quiere cambiarlo todo porque la doctrina de Jesús no está a la moda del mundo, porque se ha vuelto vieja, achacosa, y ya no sirve para cambiar el mundo. Hay que dejarla abandonada, hay que dejarla que muera, ya no vale nada para la existencia de los hombres. La Jerarquía de la Iglesia piensa que si viviera Jesús en estos tiempos se adaptaría al mundo, a las modas, a las culturas, a los pensamientos de los hombres.

Debajo de la sonrisa de Francisco existe el desorden y la maldad, existe el pecado y la desobediencia a la ley del Señor, existe un corazón recubierto de odio y de maldad demoniaca.

Francisco miente como se bebe un vaso de agua. No le importa mentir con tal de ganar adeptos para su iglesia del demonio.

Por eso, hay que defender al Papa Benedicto XVI por encima de todo porque es, en verdad, el verdadero Papa.

El legítimo Papa, el que tiene todos los derechos y todo el poder de Dios es Benedicto XVI, Papa hasta la muerte. Francisco es sólo un hombre sin el poder de Dios, sin el derecho de Dios a ser Papa. Es sólo un farsante que se puso ahí porque le agrada la publicidad, la fama, el dinero y el poder.

El Papa Benedicto XVI volverá a ser Papa cuando salga de Roma, cuando huya de su encierro viendo con horror cómo la Iglesia se cae a pedazos en Roma. El calvario de Benedicto XVI empieza fuera de Roma. No ha comenzado todavía.

Viene aquel que no es legal, viene aquel que no es elegido canónicamente y, entonces, la oscuridad cubrirá a toda la Curia Romana. La luz se apaga y el mal cubre el orbe entero.

Segundo sello: la ruina de la Iglesia

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“Y cuando abrió el segundo sello, oí al segundo de los seres vivientes, que decía: Ven. Y salió otro caballo, rojo, y al que montaba sobre él le fue dada orden de quitar la paz de la tierra, y que unos hombres a otros se degüellen, y le fue dada una gran espada” (Ap. 6, 3).

El Tiempo ha comenzado para distribuir en la Iglesia la Justicia.

El caballo rojo ha salido para matar y aniquilar toda herejía en el mundo y en la Iglesia. Es un caballo montado por un jinete que da al mundo la batalla contra el error; y da a la Iglesia la batalla contra la herejía.

Error y herejía son cosas diferentes. El error siempre está en el mundo, porque no puede tener la Verdad. La Verdad sólo está en la Iglesia. Fuera de Ella, la mentira, el error, el engaño, la falsedad, la vida para muchas cosas que no son de Dios.

El error nunca es un camino en la vida, sino una negación de la vida. Quien vive en el error vive en la muerte, vive para la muerte, vive haciendo de su vida una destrucción, una ruptura, un decaimiento en todos los sentidos.

Sólo echar una mirada al mundo para comprobar la muerte en todas partes. Los hombres luchan por un poco de vida y no quieren morir. Los hombres obran vidas para su felicidad y su placer y no se dan cuenta que están muertos en esas vidas. Muchas personas dicen que están vivas, pero sólo son en la apariencia: en sus corazones, en lo más íntimo de sus almas, ven un vacío, sienten una muerte, viven de una oscuridad que no puede quitar.

El mundo vive en su muerte de la cual no puede salir. Y el caballo rojo sale para combatir ese mundo muerto y darle la Justicia de Dios que se merece por sus pecados. Sus pecados son su muerte. Son pecados que no pueden quitar, que no pueden ver, que no saben llamarlos como pecado. Son sus bienes, son sus vidas llenas de muerte, que sólo conducen a la muerte.

Pero la Iglesia no es el mundo, porque en Ella está la Vida que triunfó sobre la muerte, que aniquiló la muerte, que dio paso al camino de la Verdad.

Sólo la Vida trae el camino de la verdad. La muerte lleva al error y al pecado.

Sólo la obra de Cristo, su Obra Redentora, pone al hombre en la Vida y, por tanto, en la Verdad. Y, cuando el hombre se pone en la Verdad, entonces obra el Amor Divino en todas las cosas.

No se alcanza el Amor sin la Verdad. Y no hay Verdad sin Vida.

“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”: Jesús es la Vida, pero da al hombre Su Camino para llegar a Esa Vida.

Ese Camino es el mismo que Él obró en su vida humana: la Cruz.

La Cruz es una Obra, no es un signo, una señal, un símbolo, un recuerdo, una memoria del pasado.

La Cruz es la Obra de la Palabra del Hijo. Es la Obra de la Verdad, que es Jesús. Jesús es sólo la Verdad. Su Palabra es Verdad.

Pero Su Palabra no es como la de los hombres, que se quedan en sus ideas, en sus razones, en sus límites, en sus visiones.

La Palabra de Jesús es una Obra. Y, por eso, quien lea el Evangelio y ni lo obre, es que no ha escuchado en su corazón esa Palabra y no tiene fe, no puede obrar la Palabra. La Fe es una Obra: es obrar lo que ese escucha de Dios. Muchos leen y leen las Sagrada Escritura, pero no la escuchan en sus corazones, sino que la trituran con sus mentes y, entonces, crecen sólo en su soberbia, se creen que saben cosas de Dios, pero no saben nada ni pueden obrar la Voluntad de Dios por su falta de fe en la Palabra.

Jesús pone al hombre la Cruz para que llegue a la Verdad, que es Él. Sólo aquella alma que se crucifica, que renuncia a todo lo humano, a todo lo mundano, a toda lo material, por alcanzar el objetivo de su vida, que es el amor de Dios, entonces llega ese fin, posee ese fin, y hace de ese fin su camino en la vida.

Los hombres se contentan con sus amores en la tierra y descuidan el amor de Dios. Y llaman amor divino a sus engendros en la vida, a sus connubios en la vida, a sus negocios en la vida.

Para ser de Cristo no hay que ser de la vida de los hombres, porque Cristo nos da Su Vida, la Suya, la que Él posee siempre y la que nadie tiene por derecho propio.

Estar en la Iglesia es una gracia d Dios, no es un merecimiento para ningún hombre. Pertenecer a la Iglesia es una Voluntad de Dios, no es un querer humano.

Dios nos ha creado sin nuestra voluntad. Dios nos ha amado sin merecerlo nosotros. No hemos escogido el nacer ni tampoco escogemos el morir. El hombre no se posee a sí mismo, tiene bajo sus pies un abismo, un precipicio. Y sólo es sostenido por la gracia de Dios, por el don de Dios. Y Dios sólo quiere del hombre su voluntad libre, su sometimiento, su dependencia a Él. No quiere otra cosa del hombre. No le interesa nada de la criatura.

Dios nos ha hecho libres sin que nosotros se lo pidamos. La libertad es un don de Dios, no es una conquista del hombre. El hombre no fue preguntado por Dios si quería nacer, si quería ser libre. El hombre fue puesto por Dios para que obrara un designio divino en su vida, para que hiciera de su vida una alabanza a su Creador.

Y el hombre se apartó de esa gracia, de ese don, de ese designio y, por eso, nace en la muerte y para la muerte.

Y el que el hombre, en la muerte, en su pecado, encuentre a Dios es sólo una gracia, no es un merecimiento de nadie. Nadie tiene derecho natural a salvarse, sino que todos estamos condenados desde que nacemos, desde que somos engendrados.

Si el hombre se salva es sólo una gracia, un don de Dios, no algo que el hombre merezca por sus esfuerzos en la vida.

Y, por eso, pertenecer a la Iglesia nadie lo merece, porque nadie merece salvarse. Todos nos merecemos la condenación.

Y si se está en la Iglesia es para una obra divina que el Señor quiere de cada alma. No se está en la Iglesia en un lugar cómodo, diciendo que creemos en Dios, en Jesús, en la Virgen, y haciendo unas cuantas cosas para dar testimonio de nuestra mentira en la vida.
Se está en la Iglesia para una obra de la Verdad, una obra de Jesús, una obra que Jesús quiere de cada alma. Pero los hombres están en la Iglesia para divertirse y hacer de este Templo Sagrado el culto a Satanás.

Por eso, el caballo rojo sale a castigar a la Iglesia, porque no ha sido fiel a la gracia que Jesús le ha dado.

La Esposa de Cristo, Su Iglesia, ha fornicado durante 50 años con el demonio. De Ella han nacido anticristos. Francisco es uno de ellos. No es un hijo de Dios, es un hijo del demonio.

Cada alma en la Iglesia que no sigue el Espíritu de Cristo, tiene que seguir, necesariamente, el espíritu del anticristo.

El espíritu del anticristo nace en la misma Iglesia, no nace en el mundo. En el mundo está el espíritu del error, el espíritu del engaño, el espíritu de lo profano. Pero en la Iglesia sólo está el Espíritu de Cristo. Pero toda alma que no siga a ese Espíritu, queda poseída por el espíritu contrario, y obra en la Iglesia, dentro de la Iglesia, con ese espíritu del anticristo.

“De nosotros salieron, pero no eran de los nuestros” (1 Jn 2, 19). Francisco salió de la Iglesia, pero no tiene el Espíritu de Cristo, sino que está regido por el espíritu del anticristo. Y la razón: por no ser fiel a la gracia, al don de Dios sobre su vida, sobre su libertad. No se sometió a Dios y, por eso, no se sostuvo en pie, en la verdad, delante de Dios.

Y, como Francisco, muchos sacerdotes y Obispos, infieles a la gracia, desposeídos de la Verdad por unirse al demonio en sus vidas.

El caballo rojo ha salido para combatir a tantos sacerdotes, Obispos y fieles de la Iglesia, que han salido de la Iglesia, pero que sólo poseen el espíritu del anticristo. Y lo demuestran en sus obras, no en sus palabras.

Todo aquel que obre el pecado no pertenece a Dios. Obrar el pecado es obrar, dentro de la Iglesia, no sólo el error, la mentira, el engaño, la falsedad, sino que es oponerse a la Verdad.

Todo aquel que en la Iglesia, dentro de Ella, se oponga a la Verdad, no es de Cristo. Jesús es sólo la Verdad. El anticristo es sólo lo opuesto a la Verdad.

Son las obras las señales claras del espíritu del anticristo. Por eso, todo el mundo quedó engañado con Francisco. Sólo veían sus palabras. Sólo se detenían en sus palabras, pero no veían sus obras.

Y Francisco obró la maldad nada más salir al balcón cuando fue elegido. Pero, como los hombres de la Iglesia ya no son fieles al Espíritu de Cristo, no ven el engaño en un hombre revestido de falsa humildad, de falsa pobreza, de falsa compasión.

No se ve la obra del mentiroso porque se vive como él, en la mentira. Francisco fue muy astuto con toda la Iglesia, porque bien sabe él cómo está la Iglesia: podrida. Y se aprovechó de eso, para inocular su maldad en la Iglesia.

Francisco ha sembrado la división en toda la Iglesia. Es lo que vemos en todas partes. Se ha dividido la Verdad. La Verdad, en la Iglesia, es sólo Pedro. Se puso dos cabezas en la Iglesia. Y, entonces, se quitó la Verdad. Y, Francisco, ha puesto ocho cabezas. Su obra es su pecado. Sus palabras confirman su obra de pecado. Pero lo que interesa en un anticristo son las obras, no sus palabras.

Y nadie sigue atendiendo a esa obra de pecado que ha hecho Francisco y, por eso, viene lo peor: se acaba Pedro en la Iglesia. No hay más Pedros, no hay más Papas. No hay Papado. Es lo que nadie quiere entender, pero es lo que viene, porque es la obra de un anticristo, que está puesto para destrozar la Verdad en la cabeza de la Iglesia.

Ya no hay paz en el interior de la Iglesia. Navidades sin paz, sin descanso, sin amor.

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