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La filosofía del género

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«Nunca creyeron los reyes de la tierra, ni cuantos habitan en el mundo, que entraría el Enemigo, el Adversario, por las puertas de Jerusalén» (Lm 4, 12).

Ahí está, el enemigo de Cristo y de la Iglesia, Bergoglio, sentado en la Silla que no es suya, que no le pertenece por derecho divino.

El Adversario de Cristo ha puesto su hombre para gobernar la Iglesia, que es sólo de Cristo, que no le pertenece ni al hombre ni al demonio.

Bergoglio destruye la verdad en su gobierno en la Iglesia. Y la destruye, no con su inteligencia, sino con su voluntad: con un poder humano, dado a él sólo por un tiempo.

Las personas no se convierten por las palabras de Bergoglio, sino por sus obras. Bergoglio no habla con autoridad porque no tiene inteligencia: no sabe llegar al hombre con la inteligencia. Sabe llegar al hombre con el sentimiento, con la voluntad, con las obras.

Sus obras revelan su pecado: son obras en contra de la voluntad de Dios. Obras que gustan al mundo, porque Bergoglio es del mundo. Bergoglio ama al mundo y lo que hay en el mundo. No puede no amarlo, porque en el corazón de Bergoglio no está el amor de Dios.

En Bergoglio sólo está el orgullo de la vida: él quiere su vida de pecado. Y es lo que muestra a todos en la Iglesia: no se corta a la hora de hablar o de hacer algo que vaya en contra de una ley divina; en él la concupiscencia de los ojos: su mente sólo se fija en la inteligencia que mata, que busca la mentira, que oscurece la verdad, que aniquila toda ley de Dios; y en él se encuentra la concupiscencia de la carne: sólo vive para agradar a los hombres en su carne, en su vida material, en sus conquistas humanas.

«Y el mundo pasa»: Y Bergoglio se acaba, no es eterno, no permanece en la Iglesia, porque no obra la Voluntad de Dios:

«Santificaos y sed santos, porque Yo soy Yavé, vuestro Dios. Guardad mis leyes y practicadlas» (Lev 20, 7).

Bergoglio nunca enseña a cumplir con los mandamientos de Dios. Nunca habla de la ley natural; nunca pone al alma en la ley de la gracia. No sabe lo que es la ley del Espíritu. No sabe ni hacer Iglesia ni ser Iglesia.

Bergoglio apoya la filosofía del género. Le dijo a la lesbiana Diego Neria, que fue con su pareja al Vaticano:

«¡Claro que eres hijo de la Iglesia!’ ‘Dios quiere a todos sus hijos. Te acepta como eres’, y por eso la Iglesia te quiere y te acepta como eres» (ver texto)

Esta lesbiana vio las puertas abiertas con Bergoglio:

«Ha salido de él. Vi sus brazos muy abiertos en arropar a todo el mundo y a gente en desigualdad. Unos brazos demasiado abiertos. Y la forma que tenía de hablar y de transmitir era de absoluta bondad».

Con Bergoglio se ha sentido arropada; con Benedicto se sintió discriminada y apartada:

«Pero no he dejado de sentirme católico, apostólico y romano por ello. Cuando naces y te educas en la religión católica, no la pierdes por muy mal que lo pases. Estaba dolido, pero mi base era fuerte».

El Papa Benedicto XVI predicaba la verdad, que no gustaba a este transexual:

«no a filosofías como la del gender» (19 de enero del 2013).

Esta persona transexual es como todo homosexual: «mi base era fuerte». No creen en lo que son: son hombres (tienen una naturaleza humana). Y no creen en Dios: Dios los ha hecho así: hombres. Y, por no creer en estas dos cosas, no pueden creer en el demonio: están poseídos por el demonio.

Todo homosexual y toda lesbiana tienen una posesión demoníaca en sus cuerpos, que los lleva a vivir en contra de la verdad de su naturaleza humana y de la Voluntad de Dios sobre su vida. No son enfermos, son poseídos del demonio. Más que enfermos.

Y ese ir en contra de la verdad los hace escalar la cumbre de la soberbia: hacerse dioses a sí mismos. Y, por lo tanto, ver en los otros, en los que le ayudan a vivir como piensan, a otros dioses:

«Solo puedo decir que (Bergoglio) es un dios, es el más digno representante de Jesús de Nazaret».

Es el precio a pagar por su gran pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. ¡Quedan ciegos para la verdad!

«Lo que con frecuencia se expresa y entiende con el término “gender“, se reduce en definitiva a la auto-emancipación del hombre de la creación y del Creador. El hombre quiere hacerse por sí solo y disponer siempre y exclusivamente por sí solo de lo que le atañe. Pero de este modo vive contra la verdad, vive contra el Espíritu creador» (21 de diciembre del 2008)

La persona homosexual vive contra la verdad de lo que es en su ser humano. Vive oponiéndose a esa verdad de su naturaleza. Y vive contra Dios, que lo ha creado en esa naturaleza.

La homosexualidad es la manipulación del hombre, que busca ser libre para hacer su vida, sin depender ni de Dios ni de su naturaleza humana.

Es la búsqueda de una libertad que no existe en su ser humano, en su esencia, sino que la crea él mismo en su inteligencia.

En el hombre está «inscrito un mensaje que no significa contradicción de nuestra libertad, sino su condición» (Ib). En la naturaleza humana, está la libertad que le lleva a obrar conforme a lo que es en sí mismo.

Para eso es la libertad: para obrar la naturaleza del hombre. Para poner en obra todo lo que el hombre encuentra en su ser de hombre.

Y la libertad no tiene otra función que ésta. No existe una libertad para ir en contra de la propia naturaleza humana. No existe esa libertad natural. No está inscrita en el ser del hombre. El hombre la tiene que crear él mismo. Pero es una creación sólo en su mente, que no se da en la realidad de la vida, de las cosas.: es un ideal que es imposible de vivir en la realidad. Para vivirlo hay que imponerlo a los demás: hay que someter a los demás a los dictados de la propia razón humana. Por eso, los gobiernos hacen leyes abominables a Dios y a los propios hombres. Leyes que no se pueden seguir, porque son una ruptura con todo el orden de la Creación. Por esas leyes abominables, la Creación se parece a otra Sodoma y Gomorra.

Un hombre nace hombre; una mujer nace mujer. Y se es libre para eso: para ser hombre o para ser mujer.

Y todo aquello que contradiga esta libertad en la naturaleza humana es una cosa abominable:

«Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen una cosa abominable» (Lv 20, 13).

Ni el hombre ha nacido para acostarse con otro hombre; ni la mujer está hecha para estar con otra mujer.

No se es libre para ser homosexual o lesbiana. Dios no da la libertad para pecar, para obrar algo moralmente malo.

El pecado siempre es esclavitud, nunca señala libertad. El pecado nunca es camino para ser libre. Sólo la Voluntad de Dios hace caminar al hombre en la libertad del Espíritu.

Quien vive en el pecado, vive imponiendo su propio pensamiento, que le lleva a hacer una obra en contra de sí mismo, en contra de la humanidad y en contra de la misma Creación.

En todo pecado, el hombre se destruye a sí mismo, se hace un mal en sí mismo. Y destruye todo lo demás. El pecado siempre se irradia, como la santidad, pero en opuesto camino.

Su mente soberbia le lleva a obrar algo que, en lo exterior, parece inofensivo, pero que en lo interior, desgarra al alma y al corazón.

Lo que está en la naturaleza humana no es contradictorio con la libertad, sino su condición: es lo que necesita la libertad para poder ejercer su dominio en el hombre.

El hombre domina cuando es libre, cuando ejerce el poder de su libertad. Y lo hace en su naturaleza humana. Quien quiera ser libre fuera de su naturaleza humana obra algo abominable.

El hombre está sometido cuando se esclaviza a algo, cuando otro anula su poder de ser como es: hombre en su naturaleza humana.

El pecado siempre saca al hombre de su ser de hombre. Siempre. El que obra el pecado es dominado en su libertad, e infiere a su naturaleza humana una llaga maligna, que debe ser curada para que el hombre pueda vivir, no sólo espiritual, sino humanamente.

El hombre, pecando, quiere auto-emanciparse: quiere salir de donde está, de su ser de hombre. Este es el anhelo de todo hombre que nace en el pecado original.

Viene a un cuerpo y se encuentra encerrado en ese cuerpo. Y quiere salir, porque comprende que ese no es su cuerpo verdadero.

«Mi cárcel era mi propio cuerpo porque no se correspondía en absoluto con lo que mi alma sentía» (falso hombre, lesbiana, Diego Neria Lejárraga)

Este sentimiento lo tiene todo hombre que viene a este mundo. Las almas espirituales se conforman con la Voluntad de Dios, y con la ayuda de la gracia soportan esta vida, que es sólo un mal rato en una mala posada.

El pecado original dividió al hombre. Por eso, todo hombre experimenta estas angustias. Y de esta división, se vale el demonio para incentivar en los hombres la homosexualidad y el lesbianismo.

Todo hombre que no ha comprendido lo que es el pecado original, que niega el pecado en su vida, que niega al demonio como un ser superior a él, termina en esta abominación de su naturaleza humana.

¿Qué es eso abominable?

Que el hombre se recree a sí mismo:

«El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que esta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear» (21 de diciembre del 2012).

¡Algo abominable! Negar la propia naturaleza humana: es el pecado de Lucifer para conseguir un ideal: ser dios, no en la esencia, sino en su mente.

Todo homosexual se hace dios a sí mismo: él mismo se crea, se recrea. Él mismo decide su naturaleza humana.

El hombre rechaza que está atado a su naturaleza humana: quiere desligarse de esa atadura para realizarse él mismo, sin necesidad ni de la ley natural ni de su libertad natural.

«el hombre quiere ser absolutus, libre de todo vínculo y de toda constitución natural. Pretende ser independiente y piensa que sólo en la afirmación de sí está su felicidad» (19 de enero del 2013).

Sólo en la afirmación de sí, el hombre pretende alcanzar la felicidad. Sólo en su yo; sólo en su persona. Su orgullo le hace levantarse en contra de su propia naturaleza humana.

Esta es la nueva filosofía de la sexualidad, que cabalga por todo el mundo: el hombre no se nace, se hace; la mujer no se nace, se hace.

Hay que ir en busca de la felicidad que no se encuentra en el propio cuerpo. El cuerpo es una cárcel donde no es posible ser feliz.

Todo homosexual tiene que juzgar a Dios por haberle encerrado en esa cárcel, y no haber puesto un camino para ser feliz.

«Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía» (Ib).

Es un papel social. El sexo ya no es de la naturaleza humana, no es de la persona, sino que es un objeto de la sociedad.

El homosexual no tiene fuerza si no está amparado por una estructura social, por una autoridad humana.

Por sí mismo, ningún hombre puede vivir solo en esta vida. Siempre el hombre necesita de algo o de alguien para vivir. Y esto sólo por el pecado original, que mató al hombre en su ser sólo para Dios.

Dios creó al hombre sólo para Él, para que el hombre hiciera una obra divina, que era llevar hijos al Cielo: engendrarlos para el Cielo. Eso fue todo el plan original de Dios con el hombre y con la mujer.

Cuando Dios crea a los seres espirituales, los crea todos al mismo tiempo. Todos a la vez. No hay una generación espiritual ni entre los ángeles ni entre los demonios. Su creación es su misión: son seres para Dios, no para lo creado.

El hombre es un ser para lo creado, no sólo para Dios. Por eso, tiene la misión de engendrar hijos y de llevarlos al Cielo. El hombre vive para un hijo, no sólo para Dios.

Por eso, muy pocos han comprendido lo que es la vida sexual. El sexo define a toda la persona humana en su naturaleza. Sin sexo, la persona no puede existir. Dios ha creado al hombre con un sexo, con un fin en su sexo: engendrar hijos para Dios. De esa manera, el hombre sirve a Dios. Sólo así el hombre es sólo de Dios.

El ángel sólo ha sido creado para servir a Dios, no para tener hijos, no para administrar una creación divina.

Todo hombre sirve a Dios con su sexo. Por eso, todo hombre tiene que preguntarse qué Dios quiere con su sexo. Este es el sentido de la vida de cualquier hombre.

Un homosexual, una lesbiana, no se pregunta esto. Viven en la angustia de su sexo, de su naturaleza humana. No están conformes con lo que son en su ser natural. Están peleando consigo mismos, odiándose a sí mismo porque nacieron así y quieren ser de otra manera.

Un homosexual, para salir de esta angustia vital, necesita una estructura, una legislación, un poder humano, que lo apoye.

Por eso, hoy día todos los gobiernos se han hecho fuertes en el campo homosexual. Y es un gran peligro:

«las políticas que suponen un ataque a la familia amenazan la dignidad humana y el porvenir mismo de la humanidad» (9 de enero del 2012).

El matrimonio homosexual destruye toda la dignidad de la persona humana, la familia y el porvenir de todo hombre. Son una amenaza para todo lo creado.

«Se trata en efecto de una corriente negativa para el hombre, aunque se enmascare de buenos sentimientos con vistas a un presunto progreso o a presuntos derechos, o a un presunto humanismo» (Ib).

Lo que hoy día se legisla en todas los gobiernos es que Dios no ha creado al ser humano como varón o mujer, sino que es la sociedad la que tiene que determinar lo que es el ser humano.

El poder social destruye la familia, el matrimonio de hombre y de mujer. Todos los gobiernos del mundo están destruyendo la creación de Dios en el hombre y en la mujer. Están recreando un hombre y una mujer nuevos, que les sirva a ellos para su propia idolatría.

«Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad». (21 de diciembre del 2012).

Ya el hombre no es hombre: no es ni varón ni mujer. Es un alma, es un espíritu, que elige el cuerpo que quiere para su vida.

Este es el pensamiento diabólico que está en todas partes: el hombre quiere ser como Dios: espíritu. Le molesta su cuerpo. Y, por eso, decide determinar lo que es con su cuerpo. Y tiene que manipular toda la naturaleza del hombre.

Por lo tanto, tiene que rechazar el matrimonio como un vínculo con otra persona: un vínculo en la naturaleza humana. Y sólo puede ver el matrimonio como la autorrealización de su propio yo, sin atarse a nada ni a nadie. Si el otro comparte su vida es sólo como un objeto que le ayuda para conseguir su fin.

Y, por eso:

«La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya» (Ib).

Todos hablan de que el hombre está corrompiendo la Creación con sus progresos, con sus ciencias, con sus técnicas humanas. Y es sólo hablar para no quedarse callado.

Los gobiernos de todo el mundo están manipulando al hombre con leyes para implantar la filosofía del género. Y eso es lo que destruye al hombre mismo. No es la contaminación del medio ambiente, no son las economías que ponen al hombre al borde de una guerra mundial.

Es el mismo hombre el que se aborrece a sí mismo. Es el mismo hombre el que ya no quiere seguir siendo hombre. Sólo se ha inventado un abstracto de hombre: una pintura que, por más que se la vea, se la estudie, no se puede comprender.

No hay quien comprenda a un homosexual ni a una lesbiana, porque no quieren ser ni hombres ni mujeres. Quieren elegir su propia especie, su propia naturaleza, su propia existencia humana.

¡Es una abominación!

«Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente» (Ib).

Esto es lo que hacen las leyes abominables del género: negar que el hombre sea hombre, y que la mujer sea mujer. Y, de esa manera, no se pueden integrar en la sociedad natural. El hombre ya no es para unirse a una mujer. El hombre no encuentra su camino dentro de la mujer. Y la mujer no es para ser de un hombre. La mujer no planifica la vida para un hombre. Y, por lo tanto, hay que inventarse una sociedad para ellos, para el nuevo hombre y la nueva mujer: un gobierno mundial, un estado mundial. En donde ya la familia no puede tener cabida, porque:

«si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación» (Ib).

Están todos los gobiernos confabulados en contra de la familia que Dios quiere, para implantar la familia que la sociedad busca en su afán de una vida feliz, que le resuelva el destino que su alma no entiende en su cuerpo.

El matrimonio no ha sido creado por Dios, sino que se lo inventa cada sociedad, cada cultura, cada estructura religiosa.

Y eso supone ir en contra de los hijos. Si cada hombre y cada mujer decide lo que es en su naturaleza humana, entonces los hijos son sólo un objeto a buscar, pero no un deseo de la naturaleza humana. No son un amor en la vida, sino un uso que se da para el bien de la sociedad.

Se buscan si van a ser útiles para la sociedad. No se buscan si son un tropiezo para el medio ambiente y para la felicidad, que todo hombre persigue en su autorrealización de su yo.

«Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser» (Ib).

La homosexualidad es la degradación del hombre en su esencia. Por eso, dice San Pedro Damián, en su liber gomorrhianus, cap. XVI:

«Este vicio, sin duda, no puede compararse en modo alguno con ningún otro, pues a todos los supera enormemente…Esta peste expulsa el fundamento de la fe, absorbe las fuerzas de la esperanza, destruye el vínculo de la caridad, elimina la justicia, abate el vigor, retira la temperancia, mina el fundamento de la prudencia… El que es devorado por los ensangrentados colmillos de esta famélica bestia, es mantenido lejos, como por cadenas, de cualquier obra buena, y es instigado sin freno que lo contenga, por el precipicio de la más infame perversión. En cuanto se cae en este abismo de total perdición, se lleva a efecto el ser desterrado de la patria celeste, ser separado del Cuerpo de Cristo, rechazados por la autoridad de toda la Iglesia, condenados por el juicio de los Santos Padres, expulsados de la compañía de los ciudadanos de la ciudad celeste. El cielo se vuelve como de hierro, la tierra de bronce: ni se puede ascender a aquél, pues se está lastrado por el peso de crimen, ni sobre aquella podrá por mucho tiempo ocultar sus maldades en el escondrijo de la ignorancia. Ni podrá gozar aquí cuando está vivo, ni siquiera esperar en la otra vida cuando muera, porque ahora deberá soportar el oprobio del escarnio de los hombres y después los tormentos de la condenación eterna».

El hombre y la mujer son bellos porque hacen, en su naturaleza humana, lo que Dios les ha puesto:

«el no a filosofías como la del gender se motiva en que la reciprocidad entre lo masculino y lo femenino es expresión de la belleza de la naturaleza querida por el Creador» (19 de enero del 2013).

Todo homosexual que quiera salir de su pecado, sólo tiene que ser él mismo en su ser de hombre. Tiene que poner su vida en la penitencia de su pecado:

«Pero el hombre sólo logra ser él mismo en la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro, a los otros, a los hijos, a la familia; sólo dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser persona humana » (21 de diciembre del 2012).

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La grandeza de la mujer es ser camino para el hombre

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El matrimonio es un contrato divino entre hombre y mujer, un pacto que los dos hacen ante Dios, el cual constituye un vínculo perpetuo e indisoluble, que es lo esencial en el matrimonio. El matrimonio «en tanto es oficio de la naturaleza, se establece por derecho natural; en tanto es oficio de la comunidad, se establece por derecho civil; en tanto es sacramento, se establece por derecho divino» (Sto. Tomás – Parte III, q.50 ad 4).

«El mismo Dios es el autor del matrimonio» (GS 48, 1). Luego, el matrimonio «no es una norma, que admita o no excepciones, no es un ideal hacia el cual haya que ir» (Cardenal Caffarra). El matrimonio es creado por Dios, cuando hombre y mujer fueron creados: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18a). Hombre y mujer han sido creados el uno para el otro. Pero, en la mujer, está la raíz del matrimonio.

La mujer es carne de la carne del hombre: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2, 23). La mujer es la otra mitad del hombre, su igual, la que es semejante al hombre, que es dada por Dios como ayuda: «voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gn 2, 18b).

La soledad del hombre es para encontrar una ayuda para su vida. El hombre está solo ante la creación; es decir, no ve en la Creación un ser semejante a él, un ser con el cual compartir la vida, un ser con el cual relacionarse y obrar el fin que Dios le ha puesto.

El hombre está puesto por Dios para regir la tierra, para administrarla: «Tomó, pues, Yavhé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase» (Gn 2, 15). Pero no puede hacer eso solo. Necesita una ayuda adecuada para este fin. El hombre fue puesto en el Paraíso y Dios le dio un mandato: «De todos los árboles del Paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás» (Gn 2, 17).

Este árbol no es una planta en el Paraíso. Este árbol simboliza lo que está en la misma naturaleza humana. Hombre y mujer son vida en ellos. Son portadores de la vida. El hombre, en su sexo, porta la vida; la mujer, en su sexo, crea la vida. El árbol del bien y del mal es el uso del sexo. Según se use, entonces la vida es buena o es mala; la vida tiene un fin para una obra divina, o tiene un fin para una obra demoníaca.

El hombre está solo ante la vida que él mismo porta en su naturaleza humana. No puede usar su vida con ninguna criatura del Paraíso. Está solo en su vida. No puede unirse a un animal, porque no es semejante a su naturaleza humana. Dios le hace al hombre una ayuda, en su naturaleza humana, que le permita obrar la vida que él porta en su sexo.

La mujer crea la vida que el hombre le da: eso significa ser ayuda semejante al hombre. La mujer ayuda al hombre para crear, para poner esa vida portadora, en un fruto, en un hijo. La mujer es la que hace que esa vida fructifique, dé fruto en la naturaleza humana: «Fue necesaria la creación de la mujer, como dice la Escritura, para ayudar al varón no en alguna obra cualquiera, como sostuvieron algunos, ya que para otras obras podían prestarle mejor ayuda los otros hombres, sino para ayudarle en la generación» (Sto. Tomás, Parte 1ª, q. 92 art. 1).

Y sólo el amor es la obra de la vida. Sólo la mujer puede obrar esa vida que el hombre porta. El hombre solo no puede obrar la vida que tiene. Sólo la puede derramar y, entonces, hace un acto en contra de la vida. Por eso, la masturbación es pecado grave. Y no sólo grave, sino que va en contra de la misma naturaleza del hombre. El hombre, en sus ser de hombre, es vida. El hombre, cuando se masturba, se mata a sí mismo. Mata su vida. La vida es para darla, para obrarla, no para matarla, no para derramarla. La vida no es para un placer, sino para una obra de vida. Por eso, el uso de los anticonceptivos es matar la vida, es negar el sentido de la vida.

La mujer es la que obra esa vida cuando se une al hombre. Y, por eso, la mujer es el amor en la naturaleza humana. Es la criatura que ayuda al hombre a poner esa vida en movimiento. Y, entonces, el hombre encuentra un camino para su vida, para la vida que porta en su sexo.

La mujer es siempre camino para el hombre. Pero puede ser un camino para ir a Dios o un camino para ir al demonio. La mujer, con el hombre, puede obrar una vida para Dios o una vida para el demonio. Puede hacer un hijo de Dios o un hijo del demonio.

El hombre estaba solo, con su vida, en el Paraíso. Y, en esa soledad, el hombre recibe el mandato de Dios: No te unas a otros seres; no uses tu sexo con otros seres.

El hombre no encontraba un ser semejante a su naturaleza humana para poder unirse a él y crear una vida.

«Hizo, pues, Yavhé Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido tomó una de sus costillas, cerrando en su lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó Yavhé Dios a la mujer» (Gn 2, 21). Dios crea a la mujer del hombre, de la costilla del hombre.

No fue formado el varón de la mujer, sino la mujer del varón (cf. 1 Cor 11, 8); no «fue creado el varón para la mujer, sino la mujer para el varón» (1 Cor 11, 9). La vida que el hombre porta en su sexo no es para usar la mujer, para encontrar en ella un placer, no es para tener a la mujer como objeto de su sexo. No se derrama la vida por un placer que se encuentra en el uso de la mujer.

Es la mujer la que se crea para el varón; para que la mujer ponga un camino al placer que el hombre encuentra en ella. Por eso, el matrimonio es para algo más que una unión carnal. Exige un fin, un objetivo diferente al placer. Los novios que se unen para un placer van en contra del matrimonio. Hombre y mujer que no saben esperar al matrimonio, hacen del sexo una obra para el demonio. Y, después, en el matrimonio tienen muchos problemas por causa del demonio. El sexo hay que usarlo en la Voluntad de Dios. Y, entonces, se hace una obra divina, se llega a un fruto divino.

La mujer es formada de la costilla del varón. Esta costilla no es un trozo de carne en el hombre, o una parte de su anatomía. Esta costilla es el corazón espiritual del hombre.

Dios crea a la mujer del hombre. La naturaleza humana ya está creada. Dios no la vuelve a crear cuando forma a la mujer. Dios pone en la mujer aquello que está en el hombre, que puso en el hombre cuando lo creó del «polvo de la tierra» (Gn 2, 7).

«La costilla pertenecía a la perfección de Adán, no en cuanto individuo, sino como principio de la especie; así como el semen pertenece a la perfección del sujeto que engendra, y se echa en una operación natural que va acompañada de placer. Por lo tanto, mucho más con el poder divino pudo formarse de la costilla del varón el cuerpo de la mujer sin dolor» (Sto. Tomás, parte 1ª, q. 92 art. 3). La perfección de Adán es su espíritu. El hombre no es sólo alma y cuerpo, sino también espíritu. Dios toma una de las costillas de Adán. El espíritu humano es Espíritu y corazón. En el Espíritu está lo divino, porque es el mismo Dios. En el corazón, están los dones divinos que Dios da al hombre para que pueda vivir espiritualmente. En el alma, está la Gracia necesaria para poder usar esos dones divinos.

Dios toma una de las costillas del hombre y se lo pone a la mujer. Dios no toma Su Espíritu, porque entonces dejaría al hombre sin Espíritu. Dios toma el corazón espiritual, que tiene el hombre, y lo pone en la mujer. De esta manera, el hombre se queda sin corazón espiritual, pero sigue teniendo el Espíritu y la Gracia en su alma. Dios hace eso para dar a la mujer el sentido de su vida.

La mujer es corazón; el hombre es placer. La mujer, porque tiene el corazón del hombre, pone el amor en la relación sexual. El hombre sólo pone el placer; es decir, no sabe usar su sexo para el amor; sólo sabe usarlo para el placer. La mujer, entonces, es camino para el placer del hombre; camino para el amor, para que el hombre encuentre en el placer, el amor que no tiene.

Por eso, nunca el uso del sexo es para el placer solamente. Hoy se ha degradado el sexo. Y sólo se mira para el placer. Dios tuvo que quitar del hombre el amor, para que buscara en la mujer aquello que no tenía. El hombre tiene, en su sexo, el placer; pero no tiene el amor. La mujer tiene, en su sexo, el amor, y recibe del hombre, el placer.

Si Dios no hubiera hecho esto, entonces la mujer no tendría sentido en la Creación. La mujer sería un ser más, en el cual el hombre se uniría pero sin buscar un fin, una verdad, un amor, una camino.

Dios forma a la mujer como camino para el hombre. Esta es la grandeza de toda mujer, que los hombres no saben ver, no saben discernir, no saben entender.

Dios creando al hombre y a la mujer, de esta manera, está creando su Iglesia.

«Fue conveniente que la mujer fuera formada de la costilla del varón. Primero, para dar a entender que entre ambos debe haber una unión social. Pues la mujer no debe dominar al varón (1 Tim 2,12); por lo cual no fue formada de la cabeza. Tampoco debe el varón despreciarla como si le estuviera sometida servilmente; por eso no fue formada de los pies. En segundo lugar, por razón sacramental. Pues del costado de Cristo muerto en la cruz brotaron los sacramentos, esto es, la sangre y el agua, por los que la Iglesia fue instituida» (Sto. Tomás, parte 1ª, q. 92 art. 3). El misterio de la creación del hombre y de la mujer es el misterio de la Iglesia: «Gran misterio es éste. Yo lo entiendo de Cristo y de la Iglesia» (Ef 5, 32).

Dios al crear al hombre y a la mujer quiere crear hijos de Dios. Los hijos de Dios son los que forman la Iglesia. Por eso, le pone al hombre el mandato de no usar su sexo con nada del Paraíso. Sólo puede usar su sexo con la mujer que Dios le ponga. No puede usarlo con otra criatura.

El hombre estaba solo en el Paraíso cuando recibió ese mandato. Luego, en el Paraíso había una criatura a la cual el hombre podía unirse para usar el sexo. Cuando recibió ese mandato, la mujer todavía no estaba creada. No se da un mandato sin una razón. No se prohíbe algo si el hombre ve que hay un camino para hacerlo. Existía en el Paraíso una criatura, que no era la mujer, a la cual el hombre podía unirse. Y esa fue la prohibición de Dios al hombre, a Adán. Y el pecado original viene porque Adán se saltó esa prohibición, fue en contra de la Voluntad de Dios.

Dios hace el matrimonio indisoluble: «Lo que Dios ha unido que no los separe el hombre» (Mt 19, 3). Toda matrimonio natural es indisoluble. No se puede romper: «Nada de lo que sobreviene al matrimonio puede disolverle… el vínculo conyugal subsiste entre los esposos mientras viven» (Sto. Tomás). El matrimonio natural es de suyo perfecto. El problema viene por el pecado original. Y, por eso, Moisés tuvo que permitir el líbelo de repudio, que no es una ley de divorcio, sino dispensar del vínculo por autoridad divina. Dios puede, en algunos casos, romper el vínculo por una razón mayor, por un bien mayor, más perfecto, para el hombre y la mujer. Por eso, en algunos casos se da la anulación del matrimonio. Pero esto es sólo por el pecado original. El matrimonio, en el principio, cuando fue creado en el Paraíso, es indisoluble. La maldad del pecado original hace que Dios tenga que dispensar este vínculo, para poder poner un camino de salvación al hombre o a la mujer.

Hoy se da la plaga del divorcio: «Deseo atraer hoy vuestra atención hacia la plaga del divorcio, por desgracia tan difundida. Aunque en muchos casos está legalizada, no deja de constituir una de las grandes derrotas de la civilización humana». (Juan Pablo II, Meditación del Angelus, 10 de julio de 1994). Sólo se puede romper un vínculo por autoridad divina, no por autoridad civil. El poder civil sólo tiene autoridad sobre las cosas sociales, materiales, del matrimonio, pero no sobre lo moral entre un hombre y una mujer. La gente que se divorcia queda con el vínculo en muchos casos, porque el matrimonio es un contrato natural, que hombre y mujer hacen ante Dios. Y eso es indisoluble. Jesús elevó ese contrato natural a Sacramento para hacer hijos de Dios.

Si un divorciado se volviera a casar, en realidad no está contrayendo un nuevo vínculo conyugal, al permanecer el anterior. Y ese nuevo casamiento es pecaminoso, puesto que el vínculo anterior permanece. Estaría en estado de adulterio: «El divorcio es una ofensa grave a la ley natural… El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente» (Catecismo de la Iglesia Católica n.2384). Son pocos los que ponen de relieve este mal fundamental del divorcio, que es causa de numerosos adulterios públicos y permanentes.

Por eso, la propuesta de Kasper es una locura. Y la llamada de Francisco a esa mujer malcasada es el principio del cisma en la Iglesia. Nadie cuida hoy el matrimonio, la familia. Ya no se ve como Dios la ve, como Cristo lo quiere en Su Iglesia. Y, por tanto, la Iglesia es sólo un conjunto de hombres que viven en sus pecados y que ya no atienden a la verdad de sus vidas.

La cima de la maldad: el Anticristo

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San Pablo nos dice que ha pasado “peligros entre falsos hermanos” (2 corintios 11,26; Gálatas 2,4), porque estar en la Iglesia no es un Paraíso, sino un camino de cruz, un camino de negación a sí mismo, una vida que si no se entrega totalmente al Espíritu de Cristo, la persona se convierte en un demonio encarnado. Muchos sacerdotes, religiosos, son sólo eso: una figura, una entelequia de Cristo, pero, en su interior, viven al demonio.

San Pablo habla de los “que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella. Guárdate de esos…” (2 Timoteo 3,5-6), porque sus vidas están dedicadas al trabajo del demonio en el mundo, que es poner caminos para que los hombres tropiecen y no puedan salvarse. Así, con la falsa piedad, se ponen caminos en la Iglesia – que las almas no saben discernir – y se pierden creyendo que van bien en lo que hacen en la Iglesia. ¡Cuántas asociaciones, institutos, que la misma Iglesia ha aprobado, y son sólo refugio de demonios para condenar a las almas bajo la apariencia de piedad.

San Pablo pone en guardia contra los falsos maestros, doctores, ministros o apóstoles; a este género parecen pertenecer los que “con discursos suaves y engañosos seducen los corazones de los incautos” (Romanos 16,18). En estas palabras se refleja la obra de Francisco en la Iglesia. Su deseo de dar ternuras a la gente, para no herir sensibilidades, produce todo lo contrario en muchas almas que no son incautas, que saben discernir las palabras de los hombres y, por tanto, no pueden tragarse la mentira cuando se da en la sensibilidad de la mente.

Francisco tiene una mente sensible, débil, enfermiza, loca, que sólo mira una cosa, que sólo está fijo en una cosa: agradar a los hombres, caerles bien a los hombres, tener la sonrisa siempre en los labios para dar a entender que se vive en paz con todo el mundo.

Francisco escoge palabras tiernas para cautivar a los tontos de mente, a los insensatos de corazón, a los miserables en sus vidas en la Iglesia.

Por eso, la palabra de Francisco destruye toda verdad en la Iglesia. No deja la doctrina de Cristo sana: la tiene que torcer, tiene que dar su interpretación sensible, monótona, afectiva, ridícula, que cojea por todas partes, porque sólo quiere enternecer el corazón de la persona, darle algo agradable, algo que le gusta en su lenguaje humano. Y, entonces, los tontos que le escuchan se quedan en esa sensiblería y no saben discernir la Verdad; no saben ver la estupidez de homilía que habla ese hombre cada día.

Son muchos los que emplean discursos melosos, a juzgar por el pasaje de la Segunda Carta a los Corintios 2,17: “no somos como la mayoría que negocian con la Palabra de Dios”. La Iglesia está llena de sacerdotes y de Obispos tontos cuando predican. Sólo saben decir que Dios nos ama, que vayan a casa y den un abrazo a toda la familia, porque Dios nos ama; que a todo el que pase por nuestro lado, hay que decirle que Dios nos ama… Se quedan en la ternura estúpida, blasfema, inútil, sin sabiduría, ni siquiera humana. Y hablan así para contentar a todo el mundo, para hacer una iglesia donde todo está incluido, todo vale, todo sirve, todo es divino, todo es santo.

Y, por eso, en la misma carta, San Pablo los denuncia a éstos como: “unos falsos apóstoles, unos obreros engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo” (Corintios 11,13). ¡Cuántos hay, como Francisco, con su sotana, con su hábito, que parecen santos, y son sólo antros de demonios; tienen en su alma legiones de demonios; son la encarnación del demonio en un hombre religioso.

Francisco es un anticristo, es decir, uno que se parece a Cristo en lo exterior, en el vestuario, en sus palabras, en sus gestos, pero que obra de forma oculta la voluntad perversa del demonio. Nadie ve el mal que hace Francisco porque cuando aparece al exterior sólo se dedica a hacer bienes, a obrar cosas bonitas, maravillosas, que encantan a todos. Pero él vuelve a su pecado, cuando nadie lo ve, cuando desparece de la publicidad del mundo.

Y cuando quiere mostrar su pecado claramente, entonces elige el medio adecuado para eso: una entrevista con unas declaraciones totalmente heréticas, pero que las dice convencido de que ése debe ser el camino que tiene que recorrer la Iglesia. Y Francisco siempre hace esto por su orgullo: porque se siente líder de la Iglesia, se siente que va a la cabeza de los hombres y les va mostrando el camino. Francisco es un ciego que guía a muchos ciegos, por su maldita soberbia, por su orgullo declarado, por su mala vida conocida de todos.

Francisco no esconde su mala vida, sino que permite que otros hablen de lo que él ha hecho porque su obra de mentira es la verdad. Eso malo que él ha hecho es una verdad que vive sin más en su vida. Para él no es una mentira, un pecado, un error. Francisco tiene el pecado como una verdad, un valor, un camino, una sustancia en la vida. Él no puede vivir sin pecar. Y, por eso, quiere una Iglesia accidentada, pecadora, porque su experiencia en la vida es la del pecado, no la de la gracia. Él no conoce el misterio de la Gracia, la Vida de la Gracia, el Amor de la Gracia, la Verdad que da la Gracia. No sabe lo que es eso. Eso lo ha estudiado en su teología protestante, pero sólo son palabras humanas que no le dice nada.

La vida de Francisco es su pecado. Y, por eso, él no es capaz de juzgar a nadie, porque se siente libre pecando. Se siente esclavo cuando tiene que decir una verdad; se siente incómodo cuando en sus homilías tiene que ceñirse a la verdad tradicional, a la verdad de siempre. Y, por eso, siempre tiene que meter su cizaña, su mala palabra, su mentira, su engaño, su maldad.

Francisco no ama a nadie en la Iglesia porque sólo ama a su pecado. Y, por tanto, sólo se siente bien con gente pecadora, como él. Se siente bien, pero tampoco los puede amar, porque su pecado se lo impide. Les muestra sus cosas de hombre, sus sentimientos, sus afectos, sus ternuras, pero su corazón está podrido por su pecado. Es incapaz de obrar un acto de amor.

Francisco es un hombre corrupto en su vida interior; es decir, no posee vida para Dios, vida de Gracia, vida de Espíritu. Sólo posee una negrura de alma, una oscuridad de mente, una estupidez en su corazón. Está atado a su negro pecado; está poseído por Satanás en su mente; es llevado por Lucifer a las oscuras tinieblas de su orgullo; y Belcebú le mueve el cuerpo para que aprenda la lujuria en toda su carne.

Un hombre que no sabe juzgar el pecado de otro hombre, tampoco sabe juzgar el mal que tiene él en su propio corazón. Y, por eso, él se cree santo, justo, super-papa, superhombre, llamado por Dios a hacer una obra magnifica en la Iglesia. Él se cree lo que él mismo se dice. Él habla consigo mismo para darse importancia y tomar valor para enfrentar a los que se oponen a su orgullo.

Francisco es un hombre que gusta a todos y que es odiado por todos. Su palabra cariñosa es del gusto de todos; pero sus obras producen el odio de todos.

Cuando se lee o se escucha a Francisco, un sentimiento amable recorre el alma; un gusto, un atractivo, pero que deja al alma confusa en la mente.

El alma es encendida en el sentimiento; porque el demonio no puede entrar en el corazón. Y, entonces, ese sentimiento, al no ser verdadero, al ser algo pasional, no da una verdad a la mente, sino una oscuridad.

Dios, cuando habla al corazón, enseguida llega a la mente una verdad, una luz, una confianza, una seguridad, una certeza, un camino. Del amor del corazón a la verdad en la mente. Eso es siempre Dios.

Pero el demonio, al no poder entrar en el corazón, tiene que dar un sentimiento bueno al alma, pero es siempre humano, carnal, sensible, temporal, profano, mundano, natural; nunca algo sobrenatural ni santo. Y, entonces, la mente se queda sin verdad, sin luz, a oscuras, en una mentira, en un engaño. Y si el hombre no sabe discernir las palabras de Francisco se queda en ese engaño, sembrado por esa palabra de mentira, que ofrece Francisco en sus homilías.

Por eso, no se puede leer a Francisco sin una lupa. Su palabra hace mucho daño. Muchísimo. Hay que analizar palabra por palabra para entender la mentira que quiere decir. Porque él dice su mentira, pero de manera oculta, ya que no puede hablar abiertamente lo que le interesa. No puede decir: no existe el infierno. Tiene que inventarse una parrafada en que declare muchas cosas y no diga ninguna verdad. Así son siempre sus homilías. Y a primera vista parecen perfectas y es sólo la apariencia externa. Cuando uno se mete a analizar palabra por palabra, descubre la intención de ese hereje en esa homilía.

Por eso, muchos caen en sus redes nefastas, porque no saben discernir nada. No saben pensar nada. Todo es bueno, todo sirve, todo vale. Y con Francisco, nada vale, nada sirve, nada es bueno.

San Pablo desentraña la razón teológica de ser un falso Cristo: “Y nada tiene de extraño (que ellos actúen como impostores) ya que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por tanto, no es (cosa) grande que también los ministros de él se disfracen de ministros de justicia” (2 Corintios 11,14‑15). No es extraño que Francisco esté sentado en la Silla de Pedro. Está realizando lo mismo del demonio. Se disfraza de santo; da su luz a la Iglesia, una luz que es oscuridad en sí misma; una luz que es ceguedad para las almas; una luz que es tiniebla para el corazón. Y con esa luz podrida se recubre de justicia, de moralidad, de bien divino, de majestad divina. Quiere imponer la Voluntad de Dios, declararla con esa luz. Por eso, él se cargó la verticalidad en la Iglesia con un acto de majestad, de soberanía divina: como soy el Papa yo decido poner un gobierno horizontal. Es típico de su orgullo. Sólo consultó con Satanás para hacer esa obra, porque no puede escuchar la Voz de Cristo. No es el Vicario de Cristo, es el vicario de Lucifer en la Iglesia.

San Pablo pone en guardia a Timoteo contra una falsa ciencia que ha apartado a los que la profesaban, de la verdadera fe: “¡Oh Timoteo! guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan extraviándose de la fe” (1 Timoteo 6,20). Una persona inteligente debe despreciar las palabras de Francisco para no perder su alma. Ante Francisco, hay que guardar como un tesoro la verdadera doctrina de Cristo. Y no cambiarla por ternuras, por sensibilidades, por sentimientos vacíos.

La doctrina de Francisco lleva al alma al claro pecado, a la apostasía de la fe, a renegar de la Iglesia de Cristo. Eso ya se está viendo en muchos sacerdotes y Obispos que siguen a ese hereje. Eso se palpa en el ambiente de la Iglesia. Cuando se predica en contra de Francisco, la gente comienza a criticar y a señalar con el dedo, porque hay en muchos el sometimiento a la mentira que siembra Francisco. Se someten sin discernir sus palabras. Obedecen a una mente humana y no tienen la valentía de escuchar la Verdad. Y eso es señal de cisma dentro de la Iglesia. Una Iglesia que sigue a un hereje es una Iglesia cismática.

El cisma en la Iglesia comienza a estar patente, comienza a verse, a palparse. Ya nadie en la Iglesia lucha por la Verdad, sino sólo por la opinión de Francisco. Y se quiere poner esa opinión por encima de la Verdad, de la doctrina de Cristo.

Quien no guarde los dogmas se va a perder con las nuevas filosofías que vienen de parte del gobierno horizontal. Se va a dar un nuevo lenguaje para estar en la Iglesia, para ser Iglesia. Se van a dar unas nuevas formas de comunicación entre todos: ya no hay que dar la Verdad como es, sino el lenguaje de esa Verdad, la interpretación de esa Verdad, porque es necesario hacer una iglesia que sea para todo y para todos: todo incluido.

En una de sus primeras cartas San Pablo se refiere al “Hombre de la Apostasía” (2 Tesalonicenses 2,3). Esta expresión significa: un tipo de hombre, un modelo cultural. Así como se habla del hombre de hoy, o del hombre de la civilización técnica, o del hombre de los viajes a la luna, el hombre de ciencia, el hombre de negocios. Así como existen esas categorías humanas, así existe para San Pablo “el Hombre de la Apostasía”, el apóstata típico.

A este tipo de hombre lo define y lo caracteriza San Pablo como alguien que usurpa el lugar de Dios y se hace rendir el culto debido a Dios. Es la humanidad que se autodiviniza.

Desde el Renacimiento, el hombre se ha dado culto; pero no ha sido hasta la modernidad, hasta la vida contemporánea, la vida actual, en que el hombre ha llegado a la cima de ese culto. El hombre se ha hecho dios. Es lo que vivimos, lo que vemos, en todas las partes del mundo. El hombre ha conseguido hacer la obra de Lucifer: ser más que Dios, ponerse por encima de Dios, tener poder que se equipara al divino.

Y, en esa cima, se tiene que dar el poder religioso hecho dios: sacerdotes y Obispos que se creen dioses por lo que son y tienen en la Iglesia. Ellos tienen el Espíritu Santo, y los demás no. Ellos son los que deciden el destino de la Iglesia; los demás a someterse a ese destino; ellos son la sabiduría de la Iglesia; los demás a callar. Por eso, hoy se niega toda Aparición Mariana. Ellos, la Jerarquía de la Iglesia, dice que Dios no tiene que hablar más, que ya habló por Su Hijo, que eso basta para salvarse. ¡Se creen dioses! Tienen miedo de las apariciones porque temen perder su poder religioso en la Iglesia, que es un poder para hacer el mal como ellos quieren.

Y de esa Jerarquía Eclesiástica nace el Anticristo: de un Obispo. Y la razón es diabólica: para imitar a Cristo, es necesario tener el Espíritu de Cristo en lo más alto, en su culmen del sacerdocio. El Obispo representa ese culmen. Y, cuando un Obispo, se une a una mujer, lo que engendra tiene el Espíritu de Cristo, porque en el sexo se da cambio de espíritus: lo que está en la mujer, pasa al hombre; lo que está en el hombre, pasa a la mujer.

Un Obispo es otro Cristo, está regido por el Espíritu de Cristo, que le exige una vida sólo para Cristo, no para una mujer. El sacerdote u Obispo que se une a una mujer, fuera de la Voluntad de Dios, hace que su Espíritu sacerdotal esté en el hijo que engendra en esa mujer; se lo da vía sexo, no vía gracia; es decir, se lo da vía pecado. Y, por tanto, ese Espíritu de Cristo está encerrado en el pecado: ese hijo nace encarnado de pecado, sometido al pecado de su padre, inclinado al pecado de su padre. Y, por eso, siente el deseo de ser sacerdote, pero por el camino del demonio.

Lo que un sacerdote u Obispo engendra en una mujer es siempre una encarnación de Satanás; es decir un anticristo. Pero este anticristo, para que valga en la obra del demonio, tiene que ser ofrecido cuando se engendra en la mujer. Por eso, la mujer tiene que conocer las artes del demonio para engendrar un hijo de un sacerdote. Y ese hijo, engendrado del sacerdote, y consagrado al demonio en su concepción, son los anticristos verdaderos, que se meten en la Iglesia como falsos Cristos para destruirla. De estos hay muchos en la Jerarquía de la Iglesia. Por eso, son lobos vestidos de piel de oveja. Y para conseguir esto el demonio con eficacia, por eso, hace tantos maleficios vía generación, vía sexo. Maleficios que consagran a los hijos antes de ser concebidos por sus papás. Es la perfección de la maldad del demonio vía sexo, por el pecado de Adán.

Dios quería que Adán engendrara hijos de Dios vía sexo. Su pecado produce que el demonio engendre hijos del diablo vía sexo. Por eso, hay muchos anticristos y uno solo Anticristo. Hay un Anticristo que viene de un Obispo y de una mujer dada al demonio. En ese Anticristo, el demonio pone su perfección en la maldad, porque tiene que ser totalmente contrario a Cristo. En los demás, no se da esa perfección, sino que tienen alguna perfección, porque no son creados de un Obispo y de una mujer directamente, sino de manera indirecta, por generación en generación.

Por eso, Francisco es un anticristo: en sus generaciones pasadas tiene que haber una consagración al demonio que alguien le hizo. Una consagración que le hiciera ser un falso cristo en la Iglesia para destruir la Iglesia.

Los tiempos son terribles. Se ha llegado a la cima de la maldad. Y, en esa cima, sólo queda ver lo Horroroso, lo Decante, lo Infame, lo que no se puede Nombrar: al Anticristo.

Dios es un Dios de Justicia

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“Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer. Y entre tu linaje y el Suyo; Éste te aplastará la cabeza. Y tú le acecharás el calcañar” (Gn 3, 4).

Cada uno tiene lo que se merece en su vida.

El que peca tiene su pecado; el que vive en gracia tiene el amor de Dios.

El drogadicto posee su droga; el homosexual su lujuria en la carne; el que mata la maldición de Dios; el que miente es del demonio; el que habla la Verdad da la Palabra de Dios.

Desde el pecado original hay dos familias en la tierra: los hijos de Dios y los hijos del demonio.

Por tanto, hay dos pueblos: el pueblo de Dios y el pueblo del demonio. Y hay dos Iglesias: la Iglesia de Jesús y la Iglesia de satanás.

Y entre los hijos de Dios y los hijos del demonio hay un abismo que no se puede pasar: “entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros” (Lc, 16, 26).

Por tanto, no existe la fraternidad entre los hombres, es decir, el amor universal entre los hombres, el amor sin fronteras, porque no se da una Iglesia para todos los hombres, no se da un pueblo para todos los hombres, no se da un gobierno para todos los hombres.

Esto es lo que, insistentemente, predica Francisco: todo es para todos. Es su monismo y su sincretismo religioso.

No puede darse nunca un gobierno mundial universal en la práctica, porque en el mundo todos se rigen por su mente humana. Nadie en el mundo se rige por la mente de la otra persona.

En el mundo no existe la obediencia, sino la imposición de leyes, de pensamientos, de normas, gusten o no gusten a la gente. Y no importa que esas normas sean antimorales o antiéticas, porque el mundo pertenece al demonio y, por tanto, vive siempre en el pecado, sin ley, sin moral, sin ética, sin Dios.

Cuando los hombres quieren hacer un gobierno mundial, lo tienen que hacer a la fuerza, con guerras, con destrucciones, con dictaduras, imponiendo la mente de unos pocos a los demás.

En el mundo no se da el amor ni, por tanto, la confianza entre las personas. Sólo se da el interés, el negocio entre los hombres, las obras de los hombres que sólo buscan su propia gloria, su propia fama, su propio bienestar.

Por eso, el mundo no se preocupa de nada: ni de los pobres, ni de las guerras, ni de los problemas entre las personas, porque en el mundo sólo existe un poder que lo rige todo y que mantiene ocupados a los demás en cosas que ellos hacen y obran para su negocio en el poder del mundo.

La cabeza del mundo es el demonio. Y el demonio tiene su gente para gobernar todo el mundo a base de odio, destrucción, injusticias, etc.

Por eso, una Iglesia que va al mundo para amar a los hombres no es la Iglesia de Jesús.

Jesús murió para salvar nuestras almas y, de esa manera, nos ama; pero Jesús no murió para salvarnos de los males de este mundo, de los peligros de este mundo, de las miserias de este mundo, de las enfermedades, guerras, etc.

Jesús no vino para solucionar los problemas de los hombres. Por tanto, en la Iglesia no se está para dar de comer a nadie, ni para hacer que en el mundo surja una paz falsa hablando de los problemas para no hacer nada por ellos.

El mundo no hace nada por resolver los problemas. Esa es la experiencia desde que el hombre es hombre. El hombre vive para sí mismo; el hombre le importa un comino los demás.

Cuando la Iglesia basa su predicación para ayudar a la humanidad – a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los drogadictos, etc- es la señal de que esa Iglesia ya no es la de Jesús.

Jesús sólo predica Su Palabra, que es Salvación y Santificación para todos los hombres. Sólo hay que dar la Palabra, no hay que hacer una asociación, una cáritas, para recoger dinero con el fin de ayudar a la humanidad. Eso es siempre del demonio.

Quien pone su limosna en cáritas o en cualquier obra que predique el amor a la humanidad, el amor en general, no es de la Iglesia. No es Volunatd de Dios. Porque Jesús no hizo eso en su vida pública, en su vida humana.

Jesús amó a cada alma en particular. Y, por eso, la limosna tiene que darse en particular, a la persona en concreto, no a una organización que –dice- ayuda a los pobres.

Hay cantidad de asociaciones, de ongs, que ayudan a los pobres, pero nadie sabe a dónde va su dinero. Hoy los pobres se han convertido en el negocio de unos cuantos, tanto dentro de la Iglesia como fuera.

La gente sólo pide dinero para ayudar a salir de las necesidades humanas, materiales, etc., de los hombres que son sólo el fruto del pecado de cada hombre.

Vives en la pobreza es por tu pecado. Vives atado a la droga, al alcohol, al sexo, etc., y no puedes salir de esa vida de miseria, es sólo por tu pecado.

La solución no está en dar dinero para solucionar vidas rotas por el pecado. La solución está en ver el pecado, en arrepentirse del pecado y en luchar contra el pecado.

Esto es lo que nadie hace, porque es arduo y difícil. Y, cuando uno se mete en los líos de la vida, en el alcohol, droga, asesinatos, etc., no quiere poner este camino de cruz a su vida, porque ha vivido su placer. Y su placer le llevó a una vida rota en todos los sentidos del que sólo con la gracia de Dios se puede salir. Y como no se persigue esa gracia, entonces nunca se sale.

Y, por eso, no cabe en la cabeza la ayuda humanitaria, económica, etc. a personas que no quieren quitar su pecado y que quieren seguir pecando, es decir, viviendo su vida rota.

Al linaje del demonio no le interesa salir del pecado, lo que le interesa es tener dinero para seguir pecando. Que alguien le dé dinero para seguir en su vida cómoda de pecado.

Esta es una realidad: cada uno tiene en su vida lo que se merece, lo que ha perseguido, lo que ha buscado. Y los hombres no están obligados a ayudar a nadie que no quiere ver la verdad de su vida, que ya ha elegido su camino: la perdición, la condenación, el infierno.

Entre el linaje del demonio y el linaje de la Mujer hay sólo batalla, no fraternidad, no un abrazarse o darse un beso. Es lo que no le cabe en la cabeza a Francisco y los suyos. Por eso, predican de esa manera: una fe para la humanidad, un amor para la humanidad, una Iglesia para la humanidad, sin hacer distinción entre hombres.

Y, por eso, son corderos vestidos de piel de oveja, para conseguir su propósito: que le den dinero, que la gente se preocupe por quien no tiene que preocuparse: por los hijos del demonio.

Hay que luchar contra los hijos del demonio que son muchos, dentro y fuera de la Iglesia. No hay que dejarse atrapar por las frases bellas, por las palabras bonitas, por los sentimentalismos vacíos que tanto Pastores usan en sus predicaciones, en sus charlas en la Iglesia.

Esos Pastores se alzan con su orgullo dentro de la Iglesia para proclamar sus herejías y así hacer que la Iglesia viva de mentiras, como se hace en el mundo.

El amor al prójimo es el amor a una persona en concreto, sea amigo o enemigo. Pero nunca es un amor universal, a lo grande, a todos porque todos son hombres. Eso es un amor ciego, un amor mentiroso, un amor falso, porque no existe en la realidad. Sólo existe en la cabeza de los hombres. Es un ideal que nunca se llega a poner en práctica, porque es una utopía. Y esa utopía, ese amor a la humanidad, a conseguir un bien común, un gobierno común, una iglesia común, es el motor de la ideología del comunismo que Francisco ha desarrollado en su evangelii gaudium.

El que rige la Iglesia en Roma, actualmente, -Francisco- es sólo un comunista: un cordero, un lobo, un carnero, una pantera, vestida de oveja.

Francisco ni es Papa, ni es sacerdote, ni Obispo, ni nada. Es sólo el principio de la destrucción de la Iglesia. Es sólo eso. Lo demás, su obra de teatro en la Iglesia. Sólo hace su papel, que lo representa muy bien, porque lo ha estudiado durante muchos años. A Francisco le importa un bledo la Iglesia y los pobres. Sólo le interesa destruir la Iglesia. Pero él la quiere destruir a su manera. Y, claro, se equivoca, porque es un hombre sin inteligencia: no sabe dónde está parado.

Por eso, si no hay lucha dentro de la Iglesia contra los hijos del demonio, la Iglesia queda autodestruida por los mismos hijos de Dios que no saben luchar contra el demonio, que sólo saben pedir a Dios que les resuelva sus grandes necesidades en sus vidas humanas, pero que ya no buscan ni su salvación ni su santificación en la vida espiritual.

Por eso, la gente ha tardado en abrir sus ojos a la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Y muchos siguen con la venda en sus ojos, porque no hay fe. Y sólo es esa la razón de la ruina que viene ya para la Iglesia: gente que no lucha por la Verdad, sino para conseguir un trabajo, un dinero y así vivir cómodos en sus vidas.

Cuando los Pastores predican al gusto de la gente eso es señal de que se perdió la fe en toda la Iglesia. Es señal de que algo grave va a pasar en la Iglesia. Es señal de que ya la gente no vive para dar culto a Dios en sus vidas, sino que persigue otros dioses que le dan lo que ellos quieren en la vida.

Cada uno tiene lo que se merece: el infierno o el cielo. Y los que se merecen el infierno, no hay para ellos Misericordia, sino Justicia.

Dios es un Dios de Justicia. Y, por eso, cae ahora sobre toda la Iglesia su Justicia, porque pocos han entendido lo que pasa en la Iglesia. Y viene un castigo grandísimo para toda la Iglesia. Y ese castigo repercutirán en todo el mundo. Porque el mundo sólo se mueve si se mueve la Iglesia. La Iglesia es el eje del mundo, porque es la Verdad. Y, cuando Dios castiga a su Iglesia, el mundo tiembla de espanto. El mundo queda paralizado.

«…los que siguen a Cristo más de cerca son aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte» (San Agustín – Trat. evang. S.Juan 124,5).

La herejía del feminismo

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El feminismo es una herejía que nace de la filosofía del Ser. Y en ésta, la mujer es un ser que ama, pero que no obra el amor, sino que tiene que buscarlo para obrar ese amor.

Y aquí está el fallo de esta filosofía, porque la mujer es un ser que ama y, por tanto, obra el amor por ser amor en ella. No tiene que buscarlo fuera de ella.

El error consiste en decir: “Las mujeres no nacemos amando, sino aprendemos a amar” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas). Esta feminista sigue a Simone de Beauvoir, que dijo: “No se nace mujer, llega una a serlo” (El segundo sexo). Es una de las fundadoras del feminismo al llevar su filosofía al existencialismo, es decir, ella buscaba la razón de ser mujer, la razón existencial, la razón divina, que nunca pudo encontrar. Ella nunca se quedó en lo que se comprende cultural o socialmente por la mujer: un ser coqueto, frívolo, caprichoso, salvaje o sumiso, obediente, cariñoso. Esta visión, que también es errada, tampoco la supo combatir con la verdad de lo que es una mujer.

Con esta frase “No se nace mujer, se llega a serlo”, Simone señala que el sexo con que se nace no determina la forma de ser de las mujeres y que lo determinante es la forma en cómo se educan y crían a las mujeres.

La mujer nace amando porque así está en la Palabra de Dios: “Y Yavhé Dios hzio caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido, tomó de su costado una de sus costillas, cerrando en su lugar con carne, y de la costilla… formó Yahvé Dios a la mujer” (Gn 2, 21).

El Señor, del costado de Adán, de su corazón, toma una costilla para crear a la mujer. La mujer está hecha del corazón del hombre. El hombre fue hecho de la tierra, no del costado: “Modeló Yavhé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida” (Gn 2, 7).

Decir que la mujer no nace es ir en contra de la Palabra de Dios. El ser de toda mujer es Amor, porque toda mujer ha sido creada del Amor, no de la Tierra. Cuando Dios crea a la mujer, la crea del hombre. Es una creación distinta y, por tanto, su ser y su existencia es diferente al ser y a la existencia del hombre.

El ser del hombre es de la nada de la tierra. El ser de la mujer es del corazón del hombre. Totalmente diferente. El hombre terreno, la mujer es celestial. El hombre es placer, la mujer es amor. El hombre mira hacia el mundo, la mujer mira hacia el cielo.

Y esto sólo en su ser, no en su existencia.

El ser significa sólo la esencia del hombre.: ¿Qué cosa es el hombre o la mujer en su interior cuando es creado? La existencia es la obra del ser: ¿Para qué sirve un hombre o una mujer?

Si no se tiene claro el ser de una mujer, entonces se falla en la existencia de la mujer, que es la conclusión de los feministas: no aceptan la sumisión de la mujer al hombre, sino que proclaman la liberación, el estar sin ataduras, combatir la visión de la mujer como el sexo débil, como el hombre es de la calle y la mujer de su casa, como la mujer es la que sirve al hombre, etc.

Al querer liberarse del hombre, entonces caen en su segundo error y van en contra de la Palabra de Dios: “Esta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada”. (Gn 2, 23)

La mujer es tomada del varón en su ser y puesta al lado del varón en su existencia. Dios presenta al hombre una mujer como ayuda a la existencia del hombre (cf. Gn 2, 22). Dios no presenta al hombre una mujer independiente de la existencia del hombre, liberada de la vida del hombre.

La mujer es distinta al hombre en su ser, pero dependiente del hombre en su existencia. Esto es lo que enseña la Palabra de Dios.

Y, por eso, dice San Pablo: “Las mujeres someteos a los maridos, como conviene en el Señor. Los maridos amad a vuestras mujeres y no mostréis amargura con ellas” (Col 3, 18).

Ese sometimiento al varón es lo que rechaza el feminismo. Y lo rechaza porque no ha comprendido el ser de una mujer. Y busca el amor fuera de su ser. Y, entonces, caen en otra herejía, que es la propia de las culturas orientales, que quieren entender el amor en el amplio abanico de la existencia de la mujer. Como no se nace amor, entonces hay que crear el amor en la familia, en la sociedad, en las culturas, en el arte, en la religión, en el trabajo, en todo el campo vital del hombre.

Primero es necesario definir qué es el amor y, después, empezar a construirlo en base a esa definición. Y, entonces, el amor se pone en muchas cosas:

“el amor es el cuidado de una madre y de un padre hacia su hijo”, en ese amor “aprendemos contenido y objetivos del amor. Aprendemos y desarrollamos necesidades amorosas” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas).

“el amor está en los cuerpos, en la imaginación” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas) y a través de ello se ama. La relación sexual es un aprendizaje de amor. La masturbación ayuda para aprender el amor, el pensamiento incentiva al amor, la pornografía es la enseñanza de cómo hay que amarse hombre y mujer.

“el amor es una experiencia de relación con el mundo” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas), es decir, en cada cosa del mundo está el amor, cómo se aprende a amar siendo del mundo, en las modas de los hombres, en la ciencia de los hombres, en las obras mundanas y profanas de los hombres. El amor es algo profano, cotidiano, rutinario, que está en cada cosa de la vida. Esto es lo que enseña el budismo.

“Es necesario que cada una de nosotras podamos decir y digamos: me amo. Amo a otras personas, amo al mundo y amo lo que hacen en el mundo otras personas.” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas). Y entonces, se llega a la conclusión: “Me amó a mí misma”. Esta herejía es compartida por muchas mujeres que no han aprendido lo que son en su ser: amor.

Para conocer el amor, las feministas buscan primero el amor en el padre, en la madre, en otras personas, en sus cuerpos, en las obras de otras personas. Y, una vez que aprenden, entonces comienzan a amarse.

La mujer no tiene que buscar el amor fuera, sino dentro, porque ella es amor.

La mujer tiene que ser persona espiritual, mujer de oración, de fe, de penitencia, de sacrificio, sometida al varón si está casada o sometida al sacerdote si realiza una misión en la Iglesia.

Una mujer que no busque el amor en Dios, porque Dios es amor, entonces se pierde ella, hace perder al hombre con el que vive, y hace perder la familia, las sociedades, la Iglesia, porque da un amor falso allí donde vive, allí donde obra, allí donde camina en la vida.

La mujer es amor, pero amor espiritual. No es un amor inventado en el mundo, en las culturas de los hombres, en los pensamientos de los hombres. Es un amor que nace de la Palabra de Dios: “He aquí la Esclava del Señor”.

Si la mujer no imita en su ser y en su existencia a la Virgen María, que es modelo para toda mujer que se precie como mujer, entonces la mujer quiere liberarse de todo, porque no se somete a Dios, a Su Palabra. Es la mujer sin fe que contemplamos en la Iglesia, distinta a la Mujer de Fe, que es la Virgen María.

La Virgen María es la Esclava. Y aquí está definiendo la existencia de toda mujer, no su ser.

La mujer, en su existencia, es esclavitud, no liberación. Y sólo así la mujer ama en la vida, siendo humilde, estando sometida a una cabeza, siendo para el mundo sólo aquello que quiere la Voluntad de Dios en su corazón.

Pero el feminismo rechaza esta esclavitud de la existencia de la mujer. Y al rechazarla, se opone a lo que es la mujer en su ser. Y aquí viene la herejía: como la mujer no es amor, entonces la mujer es una diosa de amor, que es lo que proclaman todas las culturas orientales, de la que beben todas las feministas en sus escritos.

Como la mujer tiene que aprender el amor buscándolo por todas partes: en su cuerpo, en la naturaleza, en el sexo del hombre, en el sexo de otras mujeres, en la sociedad, en las culturas, etc., entonces la mujer obtiene un caudal de conocimientos que le llevan al amor. Ese caudal de conocimientos está por encima de lo que es Dios. Dios es Amor. Pero la mujer ha llegado al amor por sus conocimientos de la vida, por sus experiencias vitales. Y eso es lo que vale para amar. Y, de esta manera, se niega a Dios como Amor.

Si Dios es Amor, entonces la mujer tiene que someterse a Dios para aprender a amar en su existencia. Y esto es lo que niega el feminismo. Al negar esto, la mujer se pone por encima de Dios y alcanza su amor, el que ella entiende por amor y le da el nombre de amor.

El feminismo nos lleva a la Nueva Era, donde la mujer es una diosa del amor, un ser que ama por sí misma, independientemente de Dios.

“Para amar tenemos que conocer” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas). Este es el error. No hay que conocer para amar. Para amar la mujer tiene que someterse al Amor, que es Dios. Someterse en su experiencia vital, no sólo en sus ideas religiosas. El sometimiento a Dios es en todo el ámbito de la vida de una mujer. Porque las mujeres no se someten a Dios, entonces vemos cómo está la mujer en la familia, en la sociedad, en el mundo, en la Iglesia. Una mujer que no sabe amar porque no sabe someterse al Amor. La mujer quiere crear el Amor. Y el Amor no se crea, sino que se participa de Él en las gracias y dones que Dios da a cada mujer.

El Amor es Dios, es algo increado, no es el invento de ningún pensamiento humano, de ninguna filosofía humana, de lo que los hombres piensen sobres las mujeres o de lo que las mujeres busquen en sus vidas.

Dios es Amor, y Amor que dulcifica el corazón de una mujer, y le hace caminar en la vida por la senda de la Verdad para que obre, en esa vida, las obras del Amor, no las obras de los pensamientos de los hombres o de los deseos de los hombres o de las culturas de los hombres.

Cuesta ser como la Virgen María, porque Ella comprendió su Ser y vivió su Existencia de la mano del Espíritu del Amor, sometida a ese Espíritu. Y si la mujer no sigue en su vida al Espíritu que le enseña el amor, entonces veremos dentro de poco en el gobierno de la Iglesia a mujeres que son sólo cabezas de Satanás para enseñar en la Iglesia el amor del demonio a los hombres. Es lo que quiere ese masón.

Por eso, ahora en la Iglesia viene la batalla espiritual contra Satanás. La Iglesia va a perseguir a los suyos espiritualmente. Y quien no quiera seguir los planteamientos que se va a poner, lo van a echar fuera de la Iglesia, que es su nueva iglesia. En esa nueva iglesia, que ya ha comenzado, los que valen son los que se someten a los pensamientos de los hombres, no los que siguen al Espíritu de la Iglesia. En la nueva iglesia hay que pensar como piensa Francisco. Y no de otra manera. La fe es como la dice Francisco. Y quien no le guste, lo echan sin más, porque así es el gobierno horizontal: un gobierno de dictadura. O piensas como yo pienso o te vas a otra parte.

Caminar hacia la Verdad

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El camino de la Iglesia lo da el Espíritu de la Verdad, que es el que lleva a toda la Iglesia hacia la Plenitud de la Verdad.

Sin la guía del Espíritu, la Iglesia se confunde con los pensamientos de los hombres y camina mal.

Cuando el hombre sigue su pensamiento humano, ya no sigue al Espíritu, que es el problema, no sólo de Francisco, sino de muchos en la Jerarquía Eclesiástica.

La Verdad de la Iglesia nace del Pensamiento del Padre. Y los pensamientos de Dios no son como los pensamientos de los hombres. Los hombres, cuando piensan, sólo ven ideas, razones. Dios, cuando piensa, vive, no se instala en una idea, como hace el hombre.

Al hombre le gusta pensar, le agrada ir de idea en idea. Le gusta construir edificios de ideas, más o menos, colocados para levantar una vida en el pensamiento. Pero, después, cuando quiere poner ese edificio en práctica, ve que no puede. Vive algunas ideas, pero no puede vivir todas. Por eso, hay tantas filosofías de la vida que sólo dan ideas, pero no pueden hacer vivir la vida.

El Pensamiento de Dios es una Vida y, por eso, no es algo estático, no es algo relativo, no es algo para un tiempo, no es algo que se pueda medir con los conocimientos del hombre.

Dios, cuando piensa, vive eso que piensa. Dios, cuando habla, obra lo que habla. Dios, cuando decide algo, lo da en la vida.

Por eso, Dios hace Su Iglesia en la Roca de la Verdad, que es Su Palabra, que es Su Hijo. Y Su Hijo es la Palabra del Pensamiento del Padre. Es una Palabra, no es una idea racional, no es un concepto humano, no es un plan humano.

La Palabra viene de la Verdad del Pensamiento del Padre: “Tu Palabra es Verdad” (Jn 17, 17).

Jesús es la Verdad, porque el Padre es la Verdad. Y es una Verdad Absoluta, es decir, sin límites, sin condiciones, sin cercanías con las demás verdades que los hombres adquieren con su inteligencia humana.

Dios da la Verdad a Su Iglesia en Su Palabra. Y Dios hace de Su Palabra el alimento de las almas. Y lo que está escrito en Su Palabra eso es la Verdad.

Y, por eso, no se puede interpretar el Evangelio de cualquier manera, según está en el pensamiento de cada hombre, según lo estudia cada hombre, según lo ve cada hombre.

La interpretación del Evangelio la da el Espíritu de la Verdad. Pero la da al humilde de corazón, no a los soberbios que quieren escudriñar las Escrituras para encontrar sus verdades, las que tienen en sus entendimientos humanos, para instalarse en esas verdades, y no ir hacia la Verdad.

Por eso, Jesús enseña la Verdad en su Palabra, en los Evangelios.

Y cuando Jesús lava los pies a los hombres está enseñando la Verdad. Y no está la verdad en lavar los pies a las mujeres. Lavarlos es sólo el fruto del entendimiento humano que busca sus verdades, busca sus caminos, busca sus razones para hacer la obra que quiere esa persona. Y esa obra se aparta de la Obra de la Verdad, que es lavar los pies a los hombres.

Y, cuando los hombres quieren desfigurar la Verdad del Evangelio, entonces ponen sus mentiras como la Verdad. Y obran sus mentiras como la Obra de la Verdad. Y esa mentira se convierte en una realidad, porque todo el mundo la obra sin más.

Es una realidad que muchos sacerdotes lavan los pies de las mujeres en la Misa del Jueves Santo. Y no se ve eso como un pecado, como algo en contra de la Enseñanza de Jesús en el Evangelio.

Los sacerdotes obran ese pecado y lo enseñan como una verdad. Y nadie dice nada. Y nadie se molesta. Y todos lo ven como algo normal, natural, innovador que se hace en la Iglesia.

Es un gran pecado lavar los pies de las mujeres en la Misa del Jueves Santo. Pero el hombre, con su entendimiento, ya no lo ve como un gran pecado, ni siquiera como pecado.

El hombre, con su entendimiento, lo ve como algo que hay que hacer porque también la Iglesia es para las mujeres. También tienen derecho a ser sacerdotes. También tienen derecho a gobernar la Iglesia. También tienen derecho a decidir la vida de la Iglesia y llevarla a la santidad.

Para muchos sacerdotes el papel de la mujer debe ser en la Iglesia como el papel de los hombres. Y esto lo dicen porque han desfigurado la Escritura con sus ciencias teológicas, con sus ciencias humanas, con sus filosofías de la vida. Se han perdido en los caminos de su entendimiento humano y han fabricado edificios de ideas que, en la práctica, no saben vivir, no pueden vivir. Y, por eso, se dedican a hacer obras para imponer su idea: la idea de que la mujer debe estar en la Iglesia como los hombres lo están.

Es la idea de la mujer igualada al hombre. Es la idea que va contra la Verdad del Evangelio: el varón es la cabeza de la mujer. La mujer tiene que estar sujeta al varón.

Esta Verdad ya nadie la sigue en la Iglesia, porque no han comprendido el papel de la Mujer en la Iglesia. Hoy las mujeres no quieren ser como la Mujer, como la Virgen María. Quieren ser como los hombres, como Jesús.

Y la Virgen María no fue sacerdote. Tiene el sacerdocio, pero no el ministerio ni la consagración del Sacerdocio. El Sacerdocio es una cosa, la Virgen María es otra cosa en la Iglesia. Y, cada uno, debe obrar su misión en la Iglesia, aquello para lo cual Dios ha creado cada cosa.

Pero como a los hombres les gusta inventar la Iglesia, les gusta buscar caminos nuevos en la Iglesia, les gusta agradar al mundo y a los pensamientos de los hombres, entonces caen en este gran pecado de lavar los pies a las mujeres.

¿Qué es la Verdad? Se preguntan muchos sacerdotes, haciéndose la misma pregunta que hizo Pilatos a Jesús. Y se responden diciendo que la verdad está en cada uno, en cada mente humana, en cada idea humana. La verdad es algo del hombre, está referida al hombre, se relaciona con el hombre. Y, entonces, según los tiempos de los hombres hay que obrar ciertas verdades. Y si antes se obró el lavar los pies a los hombres, porque convenía con un tiempo. Ahora hay que comenzar a lavar los pies de las mujeres, porque es otro tiempo, más nuevo para la Iglesia, con otras ideas más revolucionarias para la Iglesia, con otras cosas propias de los hombres y del mundo.

Y, entonces, cuando un Papa obra esta mentira, como lo ha hecho Francisco a los pocos días de subir al Papado, todos están conformes con eso. Nadie dice nada. Porque es Papa. Nadie recurre a la Verdad del Evangelio y le enseña a Francisco esa Verdad. Y nadie la pregunta: entonces, ¿qué es la Verdad? ¿Lo que hizo Jesús o lo que haces tú?

¿Por qué haces eso? ¿Dónde Jesús enseña a lavar los pies a las mujeres? ¿Imitar a Cristo es imitarte a ti, porque tienes el cargo de ser Vicario de Cristo en la Tierra? ¿Tenemos que seguirte a ti porque eres el Vicario de Cristo, aunque tus obras no sean las de Cristo? ¿Tus obras son las que valen?¿Las obras que Cristo dejó en su Evangelio ya no valen, ya no sirven? Entonces, ¿qué es el Evangelio? ¿Un producto de la mente humana, de los tiempos de los hombres, de las modas de los hombres?

Si veo que tú no haces las obras de Cristo, ¿me vas a pedir obediencia a ti? ¿Vas a exigirme que me ponga de rodillas ante ti para someterme a tu pensamiento humano cuando tú obras una mentira? ¿Quién eres tú para enseñar la mentira a la Iglesia? ¿Quién te crees que eres para hacer caminar a la Iglesia hacia tu mentira?

Francisco: no amas a la Iglesia. Tus obras demuestran tu odio a la Verdad de la Iglesia. Y tus obras son lo que hay en tu corazón. Y tu corazón es un amasijo de mentiras que obran el amor que tienes en tu mente y que das con tu boca. Y ese amor te condena por sus obras de maldad.

El papel de la mujer en la Iglesia

Todos los pueblos

La Virgen María es el Modelo a seguir en la Iglesia para toda mujer.

Y no hay otra Modelo, otra perspectiva, otra idea de lo que una mujer tiene que hacer en la Iglesia.

La Iglesia es Ella Misma en la Virgen María. La Iglesia ya tiene a la Mujer. Que Francisco no diga que la Iglesia no tiene a la mujer. Que Francisco no diga que no hay que confundir la dignidad de la mujer con la función de la mujer. Que Francisco no proponga dar a la mujer el gobierno de la Iglesia, para no caer en la herejía de su falso sacerdocio.

Aquel sacerdote que no sabe la función de María en la Iglesia, sino que quiere profundizarla con su teología, que quiere ensalzar a la mujer para quitar el machismo que se da en la Iglesia, que quiere dar a la mujer una función que no posee en la Iglesia, una función que se inventa para así agradar a las mujeres, es un sacerdote que no cree en su sacerdocio y que tiene a Cristo como un mentiroso en el Sacerdocio.

La dignidad de la Virgen María es ser Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

De esa dignidad, sale su función en la Iglesia.

La Virgen María, por su dignidad de Madre de Dios, tiene la función de engendrar el Amor de Dios.

La Virgen María, por su dignidad de Madre de la Iglesia, tiene la función de engendrar las almas para la Iglesia de Su Hijo.

La función de la Virgen María es engendrar, dar a luz, dar la Vida de la Gracia, ser Canal de Gracias para todos los hombres.

La función de toda mujer en la Iglesia es imitar la función de la Virgen María.

La mujer está en la Iglesia para engendrar el amor, no para gobernar.

“… el varón es cabeza de la mujer, como también Cristo es Cabeza de la Iglesia” (Ef 5, 23).

Ser cabeza es gobernar, mandar, organizar, velar por el bien de la Iglesia. Si el varón es la cabeza de la mujer, la mujer no puede ser cabeza.

Esta es la Verdad de la Iglesia. Y no hay otra Verdad.

Toda mujer que quiera ser cardenal en la Iglesia se opone a Jesús y a la Virgen María. Se opone a la Fe de la Iglesia. Se opone a la Tradición de la Iglesia. Se opone al Evangelio.

La Virgen María no hizo nada en el gobierno de la Iglesia mientras vivió. Estuvo acompañando a Su Hijo y a los Apóstoles hasta el fin de su vida. No se metió a organizar la Iglesia de Su Hijo. Guardaba todo en su corazón. No mandaba nada en la Iglesia. No decidía nada en la Iglesia. No actuaba nada en la Iglesia.

En la Iglesia, el gobierno es del varón. Y eso no por machismo, sino por disposición divina.

En la Iglesia, quien habla es el varón. “las mujeres en las iglesias callen, pues no les es permitido hablar; antes muestren sujeción…” (1 Cor 14, 34)

En la Iglesia, la mujer está sujeta al varón. Y esto es lo que Francisco no acepta de la Revelación.

Esto es lo que muchos no han entendido sobre la función de la mujer.

La Virgen María es la esclava del Señor, la que se somete a la Voluntad de Dios, la que se humilla ante Dios.

Toda mujer tiene que imitar esta esclavitud, este sometimiento de la Virgen María.

La Iglesia es de Jesús, no de los hombres. Y Jesús en Su Iglesia puso al varón para gobernar, no a la mujer. Y al varón lo elevó a la dignidad del sacerdocio para que pudiera obrar esta función del gobierno. Y sin esta dignidad sacerdotal, no se puede gobernar. Porque quien gobierna la Iglesia es Cristo, el Sacerdocio de Cristo, todo sacerdote que es otro Cristo. Sólo el que tiene la consagración del sacerdocio puede ejercer el gobierno de la Iglesia. Quien no tiene la dignidad del sacerdocio, no puede gobernar la Iglesia.

Por eso, la Iglesia no la gobiernan los fieles de la Iglesia. Y, por eso, no se puede poner la infabilidad de la Iglesia en el Pueblo de Dios, como dice el hereje Francisco, porque el Pueblo de Dios no tiene la dignidad sacerdotal y, por tanto, no tiene el Poder que tienen los sacerdotes.

Si esta Verdad es desconocida por el Obispo Francisco, entonces él niega su sacerdocio, él niega a Cristo en su sacerdocio, él niega la función de Cristo y de los sacerdotes en la Iglesia, él niega la función de la Virgen María en la Iglesia, y está cayendo en una grave herejía, no sólo para su sacerdocio, sino para su vida humana, para su humanismo.

Las declaraciones de Francisco sobre la mujer son propias de un Obispo que ya no cree en la Iglesia, ya no cree en el sacerdocio de la Iglesia, ya no cree en el papel de la Virgen María en la Iglesia.

Él quiere nuevos caminos para la Iglesia sin poner su mirada en el Camino, que es Jesús, y en el Amor, que es la Virgen María.

Cada sacerdote en la Iglesia es engendrado por la Virgen María, para hacer de la Iglesia la Obra de la Verdad, que es Su Hijo.

Cada sacerdote tiene que hacer en la Iglesia una verdad, una obra de la Verdad, que es Jesús. Y esa verdad, esa obra que nace de la Verdad, es un poder en la Iglesia. Es obrar en la Iglesia el Poder de enseñar, el Poder de gobernar, el Poder de santificar.

El Poder, en la Iglesia, está en el sacerdocio. Y ese Poder es una obra para enseñar la Verdad, una obra para mandar la Verdad, una obra para encaminar hacia la Verdad.

Eso sólo lo puede hace el varón, no la mujer. Porque a la mujer no se le da el Poder. Se le da el Amor.

Toda mujer tiene que engendrar el amor en la Iglesia. Y sólo se engendra el amor con una vida espiritual. Y sin esta vida, la mujer no puede comprender qué es el Amor en la Iglesia, qué significa imitar a la Virgen María en la Iglesia, qué es hacer Iglesia, ser Iglesia como mujer.

La mujer no tiene que imitar la función del sacerdote, no tiene que imitar la función de Jesús en la Iglesia.

La mujer tiene que unirse a Jesús para engendrar almas para la Iglesia. Tiene que unirse místicamente a cada sacerdote para engendrar almas para el Cielo.

La mujer tiene que ayudar al sacerdote a salvar almas y a santificarlas, no a gobernarlas, no a decidir en la Iglesia. Eso es lo que hizo la Virgen María en la vida de Su Hijo: le ayudó con las almas, para que las almas aprendieran lo que era Su Hijo y cómo imitar a Su Hijo en todo.

Pero hoy la mujer ha perdido el sentido de su maternidad y, por tanto, desconoce lo que es ser amor, lo que significa engendrar el amor, la función que Dios quiere de toda mujer: amar para dar el amor.

Y, por eso, las mujeres se engañan cuando Francisco propone un falso camino para la mujer en la Iglesia. Y nadie en la Iglesia ha sabido contestar a Francisco en esta herejía. Porque ningún sacerdote en la Iglesia vive su sacerdocio como lo pide Jesús.

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