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Es Cristo Crucificado el signo de la Misericordia

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Todos van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana.

Es el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación del mismo hombre.

Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con un gobierno mundial.

Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.

Para esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la falsa iglesia en Roma.

Y la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero, ¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la Iglesia y de las almas.

Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.

La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.

Pero, se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un cristo que no es el del Evangelio.

El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo humano.

Es la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz, en el Hijo que muere clavado en la Cruz.

Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.

Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).

Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.

El amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje, consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole material, no espiritual.

Dios se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).

En la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona, que sólo está reservado a Él.

Pero, esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural. Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.

Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.

Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.

Para ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.

Esto es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.

Y oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la Voluntad de Dios.

Dios no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.

Dios pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace, para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia. Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es nuestro amigo.

Pero, a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos días.

«…el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en profundidad  los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres», no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío, inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y, por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!

Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.

Ellos muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias sociales y a predicar los derechos humanos.

Y enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así, cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo espera…».

Palabas propias de un demente.

¡Gran locura es lo que se dice aquí!

Se niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos. Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al Anticristo, pero predican su doctrina.

Es lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno, idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha, con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les corrige sus maldades.

Por eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda su descendencia.

Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.

¡Qué gran blasfemia!

Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.

Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.

Los ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios quería para el hombre.

Los ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en Roma.

Todo hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.

Hay que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve: en Su Padre.

Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple, que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del pensamiento humano.

Sé libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su negocio en la Iglesia.

Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.

¿No ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala, reconociendo en ella una figura de fe?

«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).

¿Cómo una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.

Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe, no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta, cosa que nunca va a hacer Bergoglio.

La religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana. Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia para con Dios.

Toda religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural. Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada. No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.

Los luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.

La división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para conseguir su gran negocio.

La religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la creación.

Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.

Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.

El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.

Por eso, Dios crea a la mujer.

Y la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.

Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne. Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza humana.

Una mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia funciona cuando gobierna el varón.

Pero, hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y, entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el papel que Dios quiere en toda mujer.

Dios crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que Dios ha querido al crear al varón.

Dios crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.

Dios crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre, para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.

Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.

El hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido natural.

Después, está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a la natural, a la carnal.

Adán, con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.

El pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la generación, sino sólo por la gracia.

En aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos anticonceptivos, se va  en contra de la misma religión natural. Dios castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.

Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.

La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.

En aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la mujer.

¿Qué relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida? Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de vivir naturalmente en relación con Dios.

En aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.

Se busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación. Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre. Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la nueva religión y tener un medio para vivir la vida.

Aquellos que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del Anticristo.

No tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás, se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.

La blasfema bula de convocación del jubileo

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Es propio de una mente protestante imponer, desde el principio de su discurso, un falso cristo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (ver texto).

Así comienza Bergoglio su escrito, al que llaman Bula de convocación del Jubileo, el cual está lleno de errores y de claras herejías. Por supuesto, que ya nadie atiende a estos errores y herejías, sino que se dedican a lavar las babas que este hombre da en este discurso.

Jesús es «el Verbo» que «se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto Su Gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

El Verbo es la Palabra del Padre, la Palabra del Pensamiento del Padre: es la Revelación del Padre a los hombres en la Palabra de Su Hijo.

Y Jesús, cuando predicó a los hombres, les dio palabras de justicia y de misericordia. Les dio la Mente de Su Padre. Y , por lo tanto, en Jesús se vio la Justicia del Padre y, al mismo tiempo, la Misericordia. Luego, Jesús es el rostro de la Justicia y de la Misericordia del Padre.

Bergoglio anula la Justicia: «No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor» (Ib, n.20).

Un solo momento: su ley de la gradualidad. Es un solo momento histórico, pero que se va desarrollando, va alcanzando el grado que necesita para manifestar el amor. Esta idea es la propia de una mente masónica. No distingue las dos cosas; las anula. Y pone en cada hombre, en la perfección de la mente de cada hombre, la plenitud del amor.

¿Qué ha dicho este farsante? Él lo explica más abajo:

«…en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios» (Ib, n.20).

¡Gran mentira! ¡Cómo tuerce las palabras de la Sagrada Escritura!

¿Qué es la Justicia para Bergoglio? Abandonarse confiadamente en la Voluntad de Dios.

Este significado no corresponde a la Justicia Divina. Una cosa es abandonarse a la Voluntad de Dios, otra cosa es hacer la Voluntad de Dios. La Justicia es una Santidad Divina. Es obrar esa santidad. No es conformarse con la santidad de Dios.

Todo el problema está en saber cómo un alma se justifica, cómo un alma adquiere la justicia.

Para Bergoglio, un alma es justa porque se abandona confiadamente a la Voluntad de Dios. Es su fe fiducial: como Dios te ha perdonado los pecados, como Dios te ha prometido la salvación, entonces el alma sólo tiene que hacer una cosa: confiar. Si confía, Dios no le imputa sus pecados, Dios le salva, Dios le ama, Dios le muestra su ternura…

Este concepto de fe fiducial va en contra de la fe dogmática. En la fe dogmática, es necesario aceptar las leyes de Dios, el orden divino, asentir a las verdades reveladas por Dios. Y si el alma hace esto, entonces recibe la justicia de Dios.

El mismo Bergoglio lo explica:

«Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios» (Ib, n.20).

¡Qué astuto es este hombre!

Pone la justicia como un asunto del pasado, de los buenos israelitas. Ellos observaban los mandamientos de Dios. Cumplían una justicia. Pero, ahora hay que pensar de otra manera.

La Justicia es «la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno su derecho» (S.To. 2.2 q.58 a.1 a 1).

Dios, en la Biblia, muestra dos Justicias: la estricta y la vindicativa. La estricta o la divina es la razón divina por la cual Dios acoge o rechaza a los pecadores: Dios salva o condena. Dios perdona la culpa y todo el pecado; o Dios no perdona ni la culpa ni el pecado.

La vindicativa es el castigo divino por el pecado: «El castigo se hace por la imposición de una pena. Y es de razón, por la pena, que sea contraria a la voluntad y que sea aflictiva y que se imponga por alguna culpa» (S.To. 1.2 q.46 a.6 a 2).

Muchos niegan estas justicias en Dios, y la reducen a una justicia legal o gubernativa o distributiva o conmutativa.

Esta es la visión de Bergoglio: «La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley» (Ib, n.20). Bergoglio no cree en la justicia divina, y menos en la justicia vindicativa. Todo se reduce a un orden humano, a una justicia en el orden de las leyes civiles, legales, etc…

Por eso, tiene que argumentar así: «Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios».

Anula la Justicia en Dios: y las dos justicias. Por eso, Bergoglio une la justicia con la misericordia. Como la justicia es un confiarse en Dios, entonces la misericordia ofrece al hombre el perdón y la salvación.

Él mismo cae en su propia trampa:

«Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación» (Ib, n.20).

Como la justicia es sólo un asunto legal, civil, de orden distributivo, conmutativo, entonces para no caer en la idea legalista, para no implantar una ley que juzga, que divida a las personas en justas y en pecadoras, Jesús te salva por tu cara bonita.

¡Esto es lo que dice este hombre!

¡Es su fe fiducial!

Ya no tienes que creer en una ley divina, que pone una espada, una división entre los hombres, en las sociedades, en las familias, etc…Están los hombres que cumplen con los mandamientos de Dios y están los hombres que no cumplen con los mandamientos de Dios. Los que viven en gracia y los que viven en sus pecados….

Begoglio, porque anula las dos Justicias en Dios, presenta su fe fiducial, propia de los protestantes.

¡Gravísima herejía la contenida en esta falsa bula!

Bergoglio no sabe distinguir entre el fariseísmo, el legalismo,  y los mandamientos de Dios. Y cae en este error porque no cree en Dios. Él está en su concepto de Dios. En este concepto, Dios no es Justicia, sino sólo un Padre, que es creador y que ama a todos los hombres. Y, por lo tanto, tiene que presentar un Jesús que no tiene nada que ver con el Redentor, sino que es la figura del Anticristo.

Bergoglio es claro en su herejía: «El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas» (Ib, n.20). Está en su herejía de su humanismo: hay que estar atentos a las necesidades de las personas humanas, porque lo primero es la dignidad de ser persona humana. Si observas la ley pero no estás atento a las necesidades de tu prójimo, entonces eres un corrupto, un legalista, un fariseo. Tienes que tener ternura con tu prójimo, aunque sea un hombre que quiera vivir en su pecado. No juzgues su vida. Comparte su vida de pecado. Comparte la mesa con los pecadores. Comparte la herejía, comparte la apostasía de la fe, comparte el cisma.

Por eso, presenta un Jesús no real: «Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores» (Ib, n.20).

¿Dónde Jesús afirma que la regla de vida de sus discípulos debe ser el primado de la misericordia? En ningún sitio de la Sagrada Escritura. Sólo en la cabeza de Bergoglio, gran pastor protestante. Esta frase se la saca de la manga, como muchas en esa falsa bula. Es el lenguaje bello propio de un falso profeta.

«La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús» (Ib, n.20): ¿Cuál es la dimensión fundamental de la misión de Jesús? ¿A qué vino Jesús a la tierra? A quitar el pecado de Adán. Es una obra de Justicia, no de Misericordia. En esa obra de Justicia, hay una Misericordia para todos los hombres.

La dimensión fundamental de la misión de Jesús es la Justicia de Dios.

Y todavía Jesús no ha redimido el cuerpo de los hombres, sólo su alma. El hombre sólo tiene el cuerpo mortal, pero no el cuerpo espiritual y glorioso que tenía Adán. El hombre está a la espera de la redención de su cuerpo. El hombre está esperando el cumplimiento de una Justicia Divina: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 22-23).

Bergoglio, al anular la Justicia en Dios, tiene que anular esta obra de la redención, y tiene que enseñar a los hombres una sola cosa: el paraíso en la tierra.

«La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios» (Ib, n.23): el paraíso en la tierra. Los judíos son los primeros salvados por la misericordia a pesar de haber despreciado la Misericordia matando al Redentor, a Su Mesías. Y los musulmanes tienen en la misericordia el gatillo de su justicia. Están sostenidos por la misericordia para cortar cabezas de los cristianos. Tienes que relacionarte con el judío y con el islam para hacer un paraíso en la tierra.

¿No ven la falsa misericordia que predica este hombre?

¿No ven que ese jubileo no es para convertir almas sino para hacer una iglesia universal, que apoye un gobierno mundial?

¿Todavía están ciegos?

Sólo hay que creer en Jesús. Como el judío cree en Jesús, como el musulmán cree en Jesús, entonces están salvados. Ámalos, porque son tus hermanos de sangre y carne.

«La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: “Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley” (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón» (Ib, n.20).

¿Captan la herejía?

El Concilio Tridentino, s.6, cn.9 (D 819), definió: «Si alguno dijere que el impío queda justificado por la sola fe, de tal forma que entienda que no se requiere nada más, lo cual coopere para alcanzar la gracia de la justificación… sea anatema».

¿Qué dice Bergoglio?

«El juicio de Dios…lo constituye…la fe en Jesucristo». Nada dice este hombre del requerimiento, además de la fe, de los actos de otras virtudes para que el alma se justifique, adquiera la justicia de Dios.

Bergoglio está en su lucha contra los legalistas. No por la ley el hombre se justifica, sino por la fe. Pero no por la fe fiducial. No queda justificado el hombre por la sola fe. Hace falta «cooperar para alcanzar la gracia de la justificación».

Los judíos, ¿cooperan a la gracia? No. Luego, permanecen en la Justicia.

Los musulmanes, ¿cooperan a la gracia? No; ni siquiera creen en la gracia. Luego, sólo les espera el fuego del infierno si no se convierten.

La «muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica» (Ib, n.20). Si ustedes analizan esta frase, verán una clara herejía.

Jesús, con su muerte y resurrección, trae la salvación. Pero además, esa salvación viene con la misericordia que justifica. En otras palabras, la salvación no es misericordia. La salvación es sólo eso: una muerte y una resurrección: es decir, un hecho histórico. Una obra que Jesús, como hombre, hizo. Pero esa obra, que se llama salvación, no es la misericordia, no es lo que justifica al hombre.

¿Qué es esa misericordia que justifica?

Lo dice él mismo: «la justicia de Dios es su perdón».

Dios, cuando hace justicia, sólo perdona, no condena.

¿Ven la blasfemia? Ya no hay infierno. Todos al cielo.

¿Ven el pensamiento tan complicado de este hombre?

Así habla siempre un falso profeta: dice muchas cosas y no dice nada. Para terminar hablando de nada, llenado cuartillas de herejías y de blasfemias.

Jesús, con su muerte y su resurrección trae la salvación junto con el perdón que justifica. Esta es la herejía: la misericordia es el perdón que, además, justifica. Ya no hay que expiar ningún pecado. No hay justicia vindicativa.

Y cae en la siguiente herejía: la justicia de Dios perdona.

Por eso, tiene que decir una gran blasfemia:

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón» (Ib, n.21).

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios»: esto, no sólo es una herejía sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Dios, cuando aplica Su Justicia, no es como los legalistas, los fariseos, ni como el propio Bergoglio: Dios no invoca respeto por la ley. Dios manda a cada hombre cumplir Su Ley. Y esto es la Justicia estricta de Dios. Y cuando Dios aplica Su Justicia, cuando Dios se detiene en Su Justicia es para aplicar la ley, no para hacerla respetar, no para decir: aquí estoy Yo con mi ley, respetad a mi ley.

¿Ven la blasfemia?

Bergoglio, en esas palabras, está diciendo que Dios no manda al infierno. Si Dios se detuviera en la justicia, y mandará al infierno a un alma, entonces sería como todos los hombres que invocan el respeto por la ley. Pero Dios no se detiene en la justicia, sino que va más allá. Es una justicia que perdona, que nunca condena. ¡Gravísima blasfemia!

En Dios, la Justicia por sí misma basta. Esto es lo que niega Bergoglio: el atributo de la Justicia Divina. ¡Es una gran blasfemia!

En Dios, no se puede negar que la Justicia y la Misericordia se bastan por sí mismas. Quien niegue esto blasfema contra el Espíritu santo, como hace este hombre. Y, por eso, se inventa una falsa misericordia: «Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón».

Por eso, Bergoglio pone el primado de la misericordia por encima de todo. No existe esta misericordia que está más allá de la justicia. Es un invento de la cabeza de este hombre. Es su locura mental. ¡Esta es la demencia de Bergoglio!

En la Justicia, el Padre halla una Misericordia para el hombre.

Pero Bergoglio dice esto: en la Justicia, hay una Misericordia que anula la Justicia, que va más allá de la Justicia.

Y él pretende resolver esta metedura de pata, con otra metedura de pata:

«Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia» (Ib, n.21).

El que se equivoca, que expíe la pena. Y uno se pregunta, ¿de qué pena habla? Porque no ha tocado el pecado en toda la bula. Habla, por supuesto, de las penas que traen las justicias civiles, distributivas, conmutativas, etc… Pero no habla de la Justicia que el Padre exige para reparar su honor ofendido por el pecado del hombre.

Él niega la expiación: «Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón». Lo que importa es la ternura de Dios. Dios te ha salvado, no con un decreto, sino con una caricia, con un beso y un abrazo. Expía el mal pensamiento de juzgar a tu hermano. Quita ese pensamiento negativo y pon el pensamiento positivo: los judíos y los musulmanes son santos. Ámalos. Son tu carne. Son tus hermanos naturales.

¡Esto es Bergoglio!

«”Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree” (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva» (Ib, n.21).

¡Gran error en el que cae este hombre!

«Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia»: en la Justicia de Dios, se halla la Misericordia para el hombre. Pero la Justicia de Dios no es la Misericordia.

Bergoglio no distingue entre la justicia activa, que es la acción de Dios que infunde la gracia; y la justicia pasiva, que son los actos necesarios en la criatura para que se reciba esa justicia.

Jesús, en la obra de la Redención, consigue la gracia de la justificación para todo hombre: es la justicia activa. Pero esa gracia, merecida por Cristo, no se da al hombre si éste no quiere: es la justicia pasiva.

Por eso, en la Justicia de Dios, en la justicia activa, se halla la justicia pasiva, es decir, la Misericordia para aquellas almas que aceptan la verdad revelada por Dios. Pero si el alma no acepta los mandamientos de Dios, esa alma queda en la Justicia Divina, que puede ser estricta o vindicativa.

Bergoglio sólo expone su fe fiducial. Y nada más que esto. Y, por eso, cae en gravísimos errores y herejías.

Y esto es sólo un punto de la bula. ¡Qué no habrá de errores en toda la bula!

¡Qué pena de católicos que no saben ver esto!

Cogen este documento y se tragan la fábula que contiene como una verdad.

Bergoglio es ruptura con el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ruptura con toda la tradición. Ruptura con el Evangelio de Cristo. Está levantando su nueva iglesia.

Y aquí tienen esta basura de bula. Es una basura ideológica: llena de protestantismo, de comunismo y de ideas masónicas, desde el principio hasta el fin.

Esta bula es una blasfemia contra la Justicia y la Misericordia Divinas. Es un acto blasfemo y herético de ese hombre que se ha creído dios. ¡Ay de aquel que obedezca a este hombre!

No se puede obedecer la mente de este tipejo. Para los que todavía permanecen anclados en las estructuras externas de la Iglesia, les va a ser durísimo ese año consagrado a condenar almas al infierno.

Para quienes hemos dejado esas estructuras, somos libres de atacar a Bergoglio por los cuatro costados. Es el precio de la verdad: «y la verdad os hará libres».

Francisco quiere una confesión que no condene al alma

cambiodementalidad

Todos los hombres pecan. Sólo Dios y la Virgen María no pecan.

Muchos no saben hacer una confesión correcta, porque han perdido el sentido del pecado.

El que perdona el pecado es el Sacerdote en la Persona de Cristo; es decir, Dios no perdona el pecado de forma directa, sino a través del Sacerdote, que obra en la Persona de Cristo, el Verbo Encarnado, que ha transformado el alma del sacerdote en un ser divino.

Si el Sacerdote no se ve como Persona de Cristo, como otro Cristo, como el mismo Cristo, entonces no sabe reconocer el pecado y la obra del pecado como ofensa grave a Dios.

La confesión no debe ser tratada como un acto social, sino como el tribunal de la Justicia de Dios sobre el alma y su pecado.

Muchos Sacerdotes ven el pecado y su obra sin trascendencia, de una manera descuidada, porque no quieren que el penitente se sienta incómodo, y tienden a menospreciar la importancia de la confesión.

Francisco es claro ejemplo de un sacerdote que ve la confesión como un acto social, un acto comunitario, un acto cultural, pero no como una obra divina en el alma: “¡La confesión no es un tribunal de condena, sino una experiencia de perdón y misericordia!” (Francisco, 28 de marzo 2014). Estas palabras, heréticas, definen la confesión como una experiencia de misericordia, pero no como una experiencia de justicia.

Francisco anula la justicia porque condena, porque castiga al alma, porque no da la misericordia, el amor de ternura que él predica en su iglesia. Y, entonces, tiene que poner su humanismo por encima de la Verdad: “el sacerdote debe acoger a los penitentes no con la actitud de un juez y tampoco con la de un simple amigo, sino con la caridad de Dios… El corazón del sacerdote es un corazón que se conmueve…Si es verdad que la tradición indica el papel doble de médico y de juez de los confesores, no hay que olvidar que cómo médico está llamado a curar y como juez a absolver” (Ibidem).

Resulta paradójico que Francisco aluda a la tradición y ponga el papel de juez al confesor, para sólo indicar que, en ese papel, tiene que absolver los pecados; cuando es claro que la tradición de la Iglesia pone al confesor como juez que absuelve y condena, al mismo tiempo. Francisco anula la condena, porque eso no va con su sentimentalismo herético en su iglesia.

El sacerdote debe acoger al penitente con la actitud de juez. Ésta es la Verdad que niega Francisco, porque la confesión es el tribunal de la Justicia de Dios. Y hay que ser juez en ese Tribunal. Al negar esta parte, tan importante en la Penitencia, Francisco sólo se ocupa de que el sacerdote tenga un corazón que se conmueva ante el alma. Esta es otra herejía en su herejía. Porque el sacerdote, como Juez, tiene que discernir la Verdad del pecado y del pecador. Por tanto, tiene que dejarse de sentimentalismos, de falsas misericordias, de falsas ternuras con los hombres. Si el sacerdote no es capaz de hacer un juicio sobre el pecado de la persona, entonces no puede ni absolver ni condenar al penitente.

Francisco anda en su ternurismo herético: “No olvidemos que, a menudo, a los fieles les cuesta trabajo confesarse, sea por motivos prácticos, sea por la dificultad natural de confesar a otro hombre los pecados propios. Por eso es necesario trabajar sobre nosotros mismos, sobre nuestra humanidad, para que no representemos nunca un obstáculo sino para que favorezcamos siempre el acercamiento a la misericordia y al perdón” (Ibidem). En este párrafo, Francisco está declarando su ceguera espiritual, su ignorancia de la vida de un alma, su ineptitud para ser sacerdote.

Francisco es ciego en la vida del Espíritu, porque sólo ve al hombre: “es necesario trabajar sobre nuestra humanidad”. No; Francisco. No hay que trabajar sobre lo nuestro, sino en contra de nuestra humanidad. Ese ir en contra de lo humano es lo que niega Francisco. Y eso le hace ser ciego para las cosas espirituales, para la sabiduría que viene del Cielo. Francisco pone el fin humano en la confesión: “hay que favorecer el acercamiento a la misericordia y al perdón”. Esta herejía viene por su humanismo.

El sacerdote tiene que descubrir al alma la Verdad de su pecado. Tiene que favorecer el acercamiento del alma a la Verdad. Un alma que guarda su pecado, un alma que no quiere arrepentirse de su pecado, un alma que no ve su pecado sino que habla de sus problemas en su vida o de los pecados de los otros, no está lista para la confesión. Y el sacerdote tiene que ayudar al penitente a centrarse en su pecado. Y, sólo de esta manera, el sacerdote discierne si esa alma viene arrepentida o no al Tribunal de la Penitencia.

Francisco ignora lo que es un alma, las dificultades espirituales que todo hombre tiene al confesar, porque se trata de decir lo más íntimo de la persona. Y el demonio está ahí, luchando para que el alma no descubra la Verdad. Un sacerdote que no ve la acción del demonio cuando un alma viene a confesarse, entonces nunca podrá ayudar al alma en la confesión.

El alma que viene a confesar su pecado, viene con su demonio que le ha ayudado a obrar su pecado. No viene sola a la confesión. Y, por eso, el sacerdote tiene que saber luchar contra el demonio en ese momento. Si el sacerdote no se pone en la Verdad, sino que se pone en un sentimentalismo, en un cariño, en un afecto hacia esa alma, entonces entra en el juego del demonio.

El sacerdote tiene que luchar contra el demonio llevando al alma a reconocer su pecado. Y, entonces, gana la batalla contra el demonio. Pero si la lleva a la misericordia, si sólo le dice que Dios es misericordioso, entonces pierde la batalla.

El Tribunal de la Penitencia no es para recordar al alma que Dios es perdón. No hace falta. Es más, se debe recordar al alma, que Dios castiga por el pecado. El alma viene con su demonio; no viene sola. Esto es lo que Francisco ignora y, por eso, cae en su herejía.

Francisco es un inepto como sacerdote: no sabe ser otro Cristo; no sabe actuar en la Persona de Cristo; no vive la misma vida de Cristo. Un hombre que ha hecho de la Silla de Pedro, -que es la Cátedra de la Verdad-, el monumento de su mentira, la estatua de su herejía, la obra de su maldad, no puede ser escuchado ni obedecido en la Iglesia Católica.

Todo hombre que se siente en la Silla de Pedro y no guarde el depósito de la Fe, que no luche por mantener la Verdad Absoluta desde esa Silla, nunca puede ser llamado Papa. ¡Nunca! Porque el Papa verdadero NO FALLA, NO YERRA, NO SE PUEDE EQUIVOCAR. El Papa verdadero es INFALIBLE en sus enseñanzas de la fe; tiene la infalibilidad Papal.

Francisco yerra; Francisco miente; Francisco engaña; Francisco dice herejías; Francisco obra en pecado; Francisco gobierna en contra de Cristo en la Iglesia… Luego, Francisco no es Papa.

Esta Verdad es la que muchos les cuesta tragar. Y dan a Francisco una obediencia falsa. No creen en el don de la infalibilidad, que tiene Pedro, y, por eso, no saben discernir nada con un Papa. Sólo se acomodan al gobierno de hombres en la Iglesia. Y en la Iglesia no gobierna el hombre, sino Cristo.

Cuando en el reinado de un Papa legítimo se producen cartas, decretos, encíclicas, etc., que van en contra de la Fe, entonces eso no viene del Papa, sino de los Obispos, Cardenales, que imponen su voluntad en la Iglesia por encima del Papa. Es lo que ha sucedido desde Pablo VI hasta Benedicto XVI. Nadie ha discernido la acción del demonio en torno al Papa. Nadie la ve. Y todos terminan por acusar al Papa de todos esos males.

Y llega uno, puesto por los hombres, y como habla como los otros, como dice lo que los otros dicen, entonces todos le acogen. Y Francisco habla lo que él ha hecho en la Iglesia en contra de los Papas legítimos. Francisco se ha dedicado a tumbar las enseñanzas de los Papas legítimos mientras era Cardenal. Francisco se ha dedicado a desobedecer a los Papas legítimos.

Francisco, con los suyos, es el que ha derribado al Papa Benedicto XVI; y se ha subido al podio de su ignorancia para enseñar la doctrina de su mente humana, que es su pecado que le lleva al infierno de cabeza.

Pocos hay que se opongan, de verdad, a Francisco y a todo su gobierno horizontal. ¡Muy pocos! Y estamos llegando a la mitad de la semana, que significa que se acaba la Eucaristía, que es necesario salir de Roma porque ya no da la Iglesia de Cristo, ya no representa a Cristo.

Ni Francisco ni su gobierno horizontal, ni aquellos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles que apoyen a Francisco, son de la Iglesia Católica. Ellos no representan a la Iglesia Católica, sino a su iglesia, a su invento de iglesia.

El cisma se está haciendo, cada día, más manifiesto. Se ve con mayor claridad. Por supuesto, para los idiotas que siguen a ese idiota, todo marcha viento en popa: no hay problema en la Iglesia. Pero, para las almas que viven la vida del Espíritu, empiezan a notar la persecución desde el interior de la Iglesia.

La gente se está haciendo fuerte en la mentira. Y comienza a luchar por una mentira, por una idea humana, por las ideas comunistas que Francisco lanza en la Iglesia. Y eso es perseguir la Verdad y a aquellos que viven la Verdad en la Iglesia Católica.

No se hagan ilusiones con Francisco: él abrió la puerta del infierno en la Iglesia. Él ha sentado en la Silla de Pedro a Lucifer. Él ha querido que los demonios tengan parte en su nueva iglesia. Y, por eso, él batalla contra la Verdad en la Iglesia; anula la Tradición para poner sus tradiciones, sus costumbres, sus deseos sociales, culturales, políticos, económicos. Francisco ha vendido su alma al demonio por un puñado de popularidad entre los hombres.

La falsa ternura de Francisco

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“En Taizè hay monjes católicos, calvinistas, luteranos… todos viven realmente una vida de fraternidad” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.)

La unidad en la diversidad se vive en la fraternidad. Este es el ecumenismo para Francisco: vivir la fraternidad, el amor entre hermanos. Y estos hermanos son personas que viven, cada una, sus mentiras, sus credos religiosos, sus pensamientos humanos, sus ideales en la vida, pero que no viven a Cristo en sus vidas. Viven su visión de Cristo, su visión humana de la Verdad, pero no son capaces de aceptar la Verdad como es, a Cristo como es Revelado en el Evangelio.

Este es el problema de la falsa fraternidad, de los falsos hermanos, del falso amor fraterno.

El amor al prójimo nace sólo del amor a Dios. Y no tiene otro origen. Si no se ama a Dios en Espíritu y en Verdad, porque el amor a Dios es adoración a Dios, entonces, tampoco se ama al prójimo como lo pide Dios.

Muchos se equivocan en el amor al prójimo, porque no saben adorar a Dios, sólo saben decir que adoran a Dios, que lo aman, que creen en Él, que siguen su doctrina, pero, en la realidad de sus vidas, se aman a sí mismos y adoran muchas cosas que no son Dios.

Antes es el amor a Dios que el amor al prójimo. Francisco dice: no. “Si una persona no logra vivir la fraternidad, no puede vivir la vida religiosa”.

Este es el fallo de muchos en la Iglesia, porque conciben la Iglesia, no como la Obra del Espíritu, sino como la obra de los hombres. Por tanto, de aquí se deriva el falso ecumenismo, la utopía de unir a muchos hombres porque piensan de forma diversa, distinta.

La Iglesia es la Obra del Espíritu y, en consecuencia, la vida de la Iglesia, la vida espiritual, la vida religiosa, significa hacer la obra que el Espíritu quiere en la Iglesia. Si no se hace esa obra, ese apostolado, esa oración, esa penitencia, esa limosna, etc., ese amor fraterno no sirve para nada en la Iglesia. Porque no estamos en la Iglesia para amar a los hombres, sino para obrar lo divino en medio de los hombres.

Éste es el punto que, muchos en la Iglesia, no acaban de comprender. La Iglesia no es para hacer algo por los hombres, para mover a los hombres, para despertar la curiosidad de los hombres, para hacer que los hombres miren la Iglesia y la busquen porque presenta formas agradables para encontrar a Dios en sus vidas.

La Iglesia es para hacer la Obra Redentora de Cristo, que es una Obra del Espíritu en cada alma, en cada miembro, en cada Pastor, en cada oveja. Si no se hace esta Obra, ¿qué queda? Lo que vemos actualmente: un hereje que busca publicidad en la Iglesia, que busca poner su ideología en la Iglesia, que busca hacer proselitismo en la Iglesia, que va manejando la Iglesia según su pensamiento humano, que pertenece al demonio, pero que no es capaz de dar la Mente de Cristo en la Iglesia.

Esto es lo que debe de poner la piel de gallina a la Iglesia. Francisco engendra monstruos en la Iglesia con su doctrina marxista, comunista, de diálogo fraternal con todo el mundo.

Para Francisco “vivimos un cambio de época”, es decir, en lenguaje moderno, un cambio de era, una nueva era, un nuevo proyecto de vida en el mundo y en la Iglesia. Y, por tanto, Cristo ha quedado viejo, hay que renovarlo, hay que darle otra cara: lo moderno, el progreso del hombre, el avance de la técnica, los descubrimientos de la ciencia, la evolución del pensamiento del hombre hacia el despertar de sí mismo, buscando ese dios interior que tiene dormido en sí.

Este es el pensamiento de Francisco, que es muy semejante, a la nueva era, a lo que propone la nueva era. Y necesita gente que sea “llamada a cuidar el Pueblo de Dios”. Él no busca sacerdotes que guíen en la Verdad, que guarden la Verdad, que enseñen la Verdad, que muestren el camino de la santidad en la Iglesia, sino busca gente hecha para el Pueblo: “no tenemos que formar administradores sino padres, hermanos, compañeros de camino”.

El problema de Francisco es su lenguaje humano, porque él entiende ser padre o ser hermano o ser compañero de camino en la mentira, dando la mentira, no poniéndose en la Verdad, que es Cristo: “la unidad es superior al conflicto”. Por tanto, hay que buscar padres o hermanos o compañeros que asuman el conflicto, que asuman los pecados, los errores, porque “una vida sin conflictos no es vida”. Y, una vez que se asumen los conflictos, que son las diferencias que cada uno tiene, entonces se busca una unidad. Hay que “aceptar, soportar el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de enlace”. Este es el error en su doctrina de la unidad.

Porque el pecado no se puede aceptar. O se ama el pecado o se odia el pecado. Quien acepta el pecado lo asume, negocia con él, hace del pecado un camino en su vida.

Los hijos de Dios no pueden pecar, luego no pueden aceptar el pecado. No pueden, porque tienen la Gracia que les impide amar el pecado, que les impide servir al pecado, que les impide guardar el pecado.

Ante un hombre que peca y, que, por lo tanto, trae conflictos, es necesario ponerle un camino para quite su pecado. Y hasta que no lo quiera quitar, no puede estar en la Iglesia, no puede ser Iglesia, no puede formar Iglesia. La Iglesia no puede renunciar a la Verdad para aceptar a un hombre que no quiere quitar su pecado. O se está con la Verdad o se está con la mentira. Pero, en la Iglesia, no podemos servir a dos señores, a dos bandos, a dos banderas.

Francisco acepta el conflicto, el pecado, y, por tanto, quiere resolverlo a su modo humano, en su camino humano. Ya no da el camino que Cristo ha puesto para resolver el pecado en la Iglesia. Ya se inventa su camino. Pero, lo más trágico, es que quiere transformar ese pecado, que no puede resolverlo por caminos humanos, en un eslabón. ¡Esto es lo trágico! Quiere hacer del pecado un elemento necesario para algo nuevo en la vida de la Iglesia, “un nuevo proceso” que, por supuesto, es lo más contrario a la vida cristiana, al proceso de una vida en Cristo y para Cristo.

Por eso, es inaceptable su unidad en la diversidad. Inaceptable poner la fraternidad como el objetivo para unir a muchos dentro de la Iglesia. Para Francisco, el hombre maduro es aquel que acepta el pecado y lo resuelve por caminos de amor fraterno, amor humano, de amor sentimental, de amor que pone todo el esfuerzo en agradar a los hombres. Y sólo así se quitan los conflictos. Pero sólo así se obran muchos más conflictos dentro de la Iglesia.

Para Francisco, la vida religiosa debe estar llena de ternuras, de miradas tiernas, de miradas que acogen al otro, de besos hacia el otro, de abrazos hacia el otro, porque “la ternura ayuda a superar los conflictos”. ¿Quieren quitar sus pecados? No hagan penitencia por ellos. Sea tiernos consigo mismos. Ámense a sí mismos, dense consuelos, díganse que son buenas personas, crezcan en su afectividad emocional, suban su autoestima, confíen en sí mismos, en sus pecados, en sus errores. ¿Quieren que otros se alejen del pecado? Hagan lo mismo. Que no confiesen sus pecados, que no luchen en contra de sus pecados. Hay que hablarles tiernamente, de que Dios lo ama, de que Dios lo perdona todo, de que Dios lo acepta todo y, entonces, se quita el pecado.

Francisco concibe la Misericordia diciendo que Dios todo acepta, todo soporta, todo espera y todo perdona. Y esto no es la Misericordia. La Misericordia de Dios es la benévola paciencia que Dios tiene por todos los hombres. Paciencia infinita para no dar una Justicia de condenación a los hombres, sino para dar una Justicia de salvación a los hombres.

Dios castiga de dos formas al hombre pecador: o con un castigo que lo lleva al infierno: castigo de condenación; o con un castigo que corrige al hombre pecador para que se convierta: castigo de salvación. La Sagrada Biblia está llena de estos dos castigos divinos. Francisco nunca mienta la Justicia Divina, porque no existe, ya que Dios lo perdona todo, lo acepta todo. Francisco también niega la Misericordia de Dios con su ternurismo en la Iglesia, con su evangelio de la fraternidad.

San Pedro infligió un castigo de condenación a Ananías y a Safira (Hch 5, 1ss). San Pedro se dejó de ternuras, de amor fraterno, de cariñitos y les dio a los dos la Voluntad de Dios. Esto es lo que tiene que hacer todo Papa en la Iglesia, aunque haga actos que no gusten a nadie, porque va en contra de ese sentimentaloide fraterno que no sirve para nada en la Iglesia.

La espiritualidad de San Pedro es recia, viril, hermosa porque da la Verdad en la Iglesia.

La espiritualidad que ofrece Francisco es marica, afeminada, sentimentaloide y, cien por cien, comunista.

La verdadera Misericordia con el prójimo no está en emplear formas humanas, lenguajes humanos, para que ese prójimo vea la Verdad. Sino que está en ponerle un camino para salga de su pecado, para que luche contra su pecado, para que vea el pecado como pecado. Y esto es lo que no ofrece Francisco nunca en la Iglesia.

Francisco sólo se ampara en su afecto humano: “a veces somos muy crueles”. De esta manera, nunca va a poder hacer en la Iglesia lo que hizo san Pedro. ¡Nunca! Porque mira el bien del hombre, el sentimiento hacia el hombre, el no hacer daño al hombre, el darle un gusto al hombre, en agradar al hombre. Por eso, ha recibido un premio de los homosexuales. Es por esto: su sentimentalismo que lo ciega y no puede ver la Verdad de lo que es un homosexual y, por tanto, no puede combatirla ni en la Iglesia ni en el mundo.

Como ven no se puede seguir a Francisco en nada en la Iglesia. Eso es claro para aquel que quiera permanecer en la Iglesia de Cristo, como Él la fundó, y que no admite ningún cambio en Ella. La Iglesia no es una moda, no es un cambio en la vida. La Iglesia es la Verdad, algo que siempre es lo mismo, algo que nunca cambia, aunque los hombres cambien. La Iglesia permanece siempre siendo la Iglesia. Son los hombres a los que les gusta el cambio y hacer que todo cambie en la Iglesia.

Francisco es un modernista y, por eso, hay que atacarlo como conviene a todo modernista. Hay que indicarle el camino de la Justicia Divina para que entienda su pecado dentro de la Iglesia. No hay que tratarlo con formas de misericordia, con discursos diplomáticos, que no dicen nada y que sólo hacen el juego a la doctrina de Francisco.

Francisco no se merece nada en la Iglesia. Ni siquiera el reconocimiento por estar sentado en la Silla de Pedro. No hay que reconocer a Francisco como Papa. Hay que hundirlo porque es un hombre pecador que no quiere quitar su pecado de en medio de la Iglesia.

Francisco es un fraude en la Iglesia

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Francisco es un fraude que muchos no han percibido aún, porque no saben discernir nada de lo que dice, de los que obra y de lo que otros hacen para que él se vea como auténtico.

Francisco no está solo en este fraude. Tiene a muchos que le dan la publicidad a sus herejías, porque Francisco viene de un consorcio de herejes. Fue elegido por Cardenales, que son lobos vestidos con piel de oveja, miembros de la masonería eclesiástica. Esa elección no fue verdadera, sino orquestada para poner en la Iglesia un hombre que parece Papa, pero no tiene el Espíritu de Pedro.

El Espíritu de Pedro es muy sencillo de ver: Pedro nunca miente. ¡Nunca! Hable o no hable ex catedra, nunca da una mentira en la Iglesia. Esto es Pedro siempre. Un Papa que miente, automáticamente hay que decir: es un antipapa, un falso papa, un falso profeta, un anticristo, un fraude como Papa.

Jesús ha fundado Su Iglesia sobre la verdad que da Pedro a Ella. Y no se puede entender la Iglesia sino de esta manera. Si Pedro no dice la Verdad, entonces ese hombre está rigiendo otra iglesia, pero no la de Cristo.

Esto es lo que la gente no acaba de discernir. Francisco está gobernando su iglesia, pero no la de Cristo. No es el auténtico Vicario de Cristo porque es un mentiroso. Los hombres quedan engañados por sus bonitas palabras, y no ven más allá de esas bonitas palabras.

Siempre el demonio, para atacar a un alma, usa la misma estrategia: elige las palabras. No dice la mentira como es, sino disfrazada de una verdad incompleta. Y esas palabras significan algo vago, algo confuso, pero que el alma lo acepta porque parece que va con la verdad, que se asemeja a la verdad.

Así habló Francisco al principio de su nefasto reinado: palabras cuidadosamente elegidas, pero con un significado vago y confuso. En esas palabras no daba la Verdad clara, no llenaban el alma de la Verdad; el alma no se sentía transportada en la Presencia de Dios, no se sentía llena de Dios. Gustaba esas palabras, eran hermosas, pero sentía un vacío. Y, sin embargo, sintiendo eso, el alma aceptaba esas palabras porque daban la impresión de que estaban en consonancia con el Evangelio.

Pero, después, Francisco cambió su estilo de predicar, de decir las cosas; y ya era más directo, más mentiroso, cayendo en herejías clarísimas, que todos pueden ver, todos pueden discernirlas. Ningún Papa dice que Jesús no es un Espíritu. Pues esta herejía, tan clara, nadie la vio, nadie la discernió. A nadie le importó que este sujeto predicara eso.

Sus declaraciones a un ateo son un escándalo para la Iglesia. Y nadie dijo nada. Todos aplaudieron esa forma de opinar sobre diversos asuntos. Todos quisieron defender la postura de este hereje quitando importancia a lo que dijo y dando a la Iglesia un camino de conformidad con ese hereje. Hay que aguantar a un Francisco que le gusta opinar y decir cosas. Y eso no es malo. No pasa nada. Todo va bien en la Iglesia.

Su última exhortación evangelii gaudium revela exactamente lo que es ese hereje: un hombre lleno de opiniones sobre el Evangelio, sobre el Magisterio de la Iglesia, sobre los dogmas, sobre todo lo que sea sagrado y divino. Y, por tanto, un hombre que sólo habla para el mundo, no para la Iglesia. Eso que escribió no pertenece al Magisterio de Pedro. Es clarísimo. Un Papa auténtico no escribe ese panfleto.

Y ¿qué han hecho muchos en la Iglesia, sobre todo sacerdotes y Obispos, que tienen la obligación de ver el error y de combatirlo? Continúan escuchando a Francisco, continúan dándole obediencia, continúan diciendo que aquí no pasa nada.

Y, entonces, están en la Iglesia, ¿para qué? Para escuchar de labios de un hereje esto: “La Roma del nuevo año tendrá un rostro aún más bello si será más rica de humanidad, hospitalidad, acogida; si todos nosotros somos más atentos y generosos con quien está en dificultad; si sabemos colaborar con espíritu constructivo y solidario, para el bien de todos”.

Francisco, el último día del año, se dedicó a hablar de Roma, no de la Iglesia. Un Papa autentico no hace estas homilías, para acabar con esto: “En esta perspectiva, la Iglesia de Roma se siente comprometida a dar su propia contribución a la vida y al futuro de la Ciudad, ¡pero es su deber! Se siente comprometida a animarla con la levadura del Evangelio, a ser signo e instrumento de la misericordia de Dios”.

¿No ven su lenguaje bonito? ¿No ven que no está enseñando una verdad al alma? Sólo habla para los hombres, pero no habla para las almas.

Francisco está diciendo que la Iglesia de Roma tiene que contribuir a que Roma tenga un rostro que sea la riqueza de la humanidad, de la hospitalidad, de la acogida. ¿Ven su palabrería hermosa para los hombres? Esto gusta a los hombres, pero ¿qué enseña al alma? Una mentira.

Roma es pecadora, como todas las ciudades. Y, para que Roma sea bella, tiene que quitar su pecado. Si el que es cabeza de la Iglesia no dice los pecados de Roma, entonces ¿cómo Roma va a ser bella en lo humano, si no se ataca lo que impide esa belleza, que es el pecado?

Por eso, Francisco es un fraude. ¿Todavía no lo entienden? La Iglesia de Roma se siente comprometida a que Roma siga pecando. Francisco no dijo que el mal de Roma es el pecado. Entonces, ¿qué sentido tiene decir que la Iglesia de Roma se siente comprometida a animar a Roma con la levadura del Evangelio? ¿Qué significan estas palabras en la mente de Francisco? ¿Qué es la levadura del Evangelio para Francisco? ¿Qué es el Evangelio para Francisco?

Francisco elige cuidadosamente sus palabras para decir lo que conviene, lo que le interesa, pero ocultando la Verdad. Quien lo escucha dice: pues, sí hay que dar a Roma la levadura del Evangelio. Eso es muy bonito, pero no es la Verdad, porque el Evangelio no es agradable al hombre cuando se predica. El Evangelio no gusta al hombre. A nadie. Y, entonces, Francisco adapta el Evangelio a su criterio humano, a su mente humana, a su estilo de vivir, pero nunca da la Palabra de Dios como está en el Evangelio. Luego, la levadura del Evangelio es sólo la levadura de su pensamiento humano.

Nunca se queden en Francisco con su lenguaje sentimental, afectivo, tierno, bello, hermoso, que dice las cosas y parecen verdad, y son otra cosa muy diferente.

Un Papa auténtico, si quiere predicar de Roma, tiene que hablar del pecado, del infierno, de la Justicia de Dios sobre Roma, porque esto es el Evangelio. Pero un Papa autentico nunca da una engañosa misericordia a los hombres, una falsedad del amor de Dios, una mentira sobre lo que es Cristo.

¿Qué significa ser signo e instrumento de la misericordia de Dios? ¿Decir que “La Roma del nuevo año será mejor si no habrá personas que la miran “desde lejos”, “en postales”, que miran su vida solamente desde el balcón, sin involucrarse en tantos problemas humanos, problemas de hombres y mujeres que al final… y desde el principio, lo queramos o no, son nuestros hermanos”?

La misericordia de Dios se pone en involucrarse en los problemas humanos, porque son nuestros hermanos. Esta es la falsedad de Francisco. Esto es lo que nunca un auténtico Papa predica. Esto la opinión de Francisco, que va en contra del Evangelio.

¿Qué dice el Evangelio sobre la Misericordia?

«Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo» (Ef 2, 4).

Dios es rico en misericordia. Y el hombre está muerto por el pecado.

Son dos cosas diferentes. Y dos cosas que hay que decirlas para que se vea la diferencia. Dios es rico en Misericordia porque el hombre es un pecador, no porque el hombre tenga problemas en su vida, no porque el hombre encuentra dificultades en su vida, no porque Dios ame al hombre. Dios muestra Su Misericordia al hombre que peca y, por tanto, al hombre que no puede ser amado por Dios por su pecado.

Por tanto, Dios no se involucra en los problemas de los hombres, del mundo. Francisco dice que hay que involucrarse. ¿Ven su mentira?

Dios, que es rico en Misericordia, pone al hombre un camino para que salga del pecado. No pone un camino para resolverle sus problemas. Cuando el hombre comienza a quitar sus pecados, los problemas desaparecen, la vida cambia en otra cosa. Lo humano comienza a tener otro sentido, el de la vida divina, el de lo eterno.

Y, por eso, Jesús predica así: «Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados, y bienaventurado quien no se escandaliza de mí» (Lc 7, 22).

Cristo da una nueva Vida al hombre pecador, pero la da cuando el hombre pecador ve su pecado, se arrepiente de su pecado, lucha contra su pecado. La Misericordia ilumina al hombre en pecado para que vea lo que es ante Dios: pecado. Y pueda salir de ese agujero.

Muchos entienden así la Misericordia: Como Jesús es tan misericordioso, porque Él ama a todos los hombres, entonces Jesús no condena a nadie. Y, por tanto, Jesús nunca envía a un alma al infierno porque viene a salvar a todos, viene a dar una vida nueva a todos. Todos los hombres se salvan porque ya Cristo ha muerto por todos. Muchos creen que el sufrimiento expiatorio de Cristo por el hombre pecador comienza y termina en la Cruz. Y, por eso, concluyen: todos estamos salvados, entonces nos dedicamos a resolver los problemas de los hombres. Eso es la misericordia para muchos.

Esto es lo que predica Francisco. Francisco nunca pone los dos mundos confrontados: la Misericordia Divina y el hombre pecador. Nunca. Siempre hace su juego, siempre da su falsa misericordia. Y, por eso, nunca predica de la Justicia Divina. Nunca. Habló de Roma sin Justicia, sin mencionar ni el pecado ni el castigo por el pecado. Sólo dijo que había muchos problemas en Roma y que todos tenían que ayudar.

¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? Se comen sus homilías como si dijera un dogma sobre la misericordia divina.

El mundo de hoy se merece un gran castigo por sus pecados, pero la Iglesia siempre recuerda implorar la Misericordia para que el mundo vea sus pecados y los quite. La Misericordia no es para hacer un mundo bueno en lo humano, porque no existe el Paraíso en la tierra. Adán y Eva fueron expulsados de la felicidad. Y, por tanto, Dios no puede llevar al Cielo, al nuevo Paraíso, si los hombres no reconocen lo que son: pecadores. Si se quita el pecado, entonces sólo el hombre lucha por su vida humana, por resolver sus problemas humanos, pero no lucha por la raíz de todos sus problemas, que es el pecado. Y, al no hacer esto, tampoco sabe pedir a Dios auténtica Misericordia, sino que sólo levanta los ojos a Dios cuando tiene problemas en su vida y cree que con ayudar a los demás, en sus problemas, ya está practicando la Misericordia.

Los hombres no comprenden que para practicar la Misericordia Divina, imitando a Cristo, hay que cargar primero con el pecado del otro, y sólo así se resuelve los problemas del otro. Pero si el hombre sólo quiere cargar con los problemas de los hombres, entonces no resuelve nada, sino que complica la vida de todos los hombres.

Cristo, primero, cargó con el pecado de todos los hombres: los expió, los reparó. Y esto se hace de una manera espiritual, mística, a través de oración y de penitencia, llevando la Cruz que el Señor quiere. Y, una vez, que se carga con el pecado del otro, se ven los caminos para resolver sus problemas humanos, materiales, económicos. Porque el camino no se ve sin centrarse primero en el pecado. El pecado cierra todos los caminos al hombre. Quien expía el pecado abre los caminos al hombre. Da soluciones en la vida de los hombres. Pero quien sólo se dedica a involucrarse en los problemas de los otros, como quiere Francisco, no hace nada por los hombres. Sólo hace su negocio en la vida y en la Iglesia.

Como hoy se predica que el sufrimiento de Cristo termina en la Cruz, por eso hay tantos cristianos que no participan en los sufrimientos de Cristo, que no hacen suya la Obra de la Redención de Cristo, que no son corredentores con Cristo, que no sufren con Cristo, que no quiere asimilar en sus corazones el sufrimiento de Cristo. Ya no hay que sufrir, ya no hay que luchar por desprenderse de todo lo humano, sino que hay que apegarse a lo humano porque ya Jesús lo hizo todo nuevo con su muerte.

Esta es la herejía que hoy se sigue y que muchos en la Iglesia viven, como lo hace Francisco. Por eso, todo es involucrarse en los problemas de los demás: den dinero a los pobres y todos al Cielo. En esta estupidez viven muchos en la Iglesia. Y así nos va.

Cuando se presenta un hombre que habla bonito, que habla cosas hermosas al hombre, todos ciegos, todos asienten a su triste vida, porque eso es Francisco: un hombre que se esfuerza por predicar de la alegría pero que sólo da la tristeza del infierno, porque no pone al alma, no pone a la Iglesia en la Verdad.

Francisco: un auténtico fraude para la Iglesia. Y muchos siguen ese fraude, que no les lleva a Cristo, pero se conforman con el falso cristo que se les predica. Muchos son los conformistas con Francisco. Han dejado de batallar por la Verdad en sus vidas y, por tanto, no pueden luchar por la Verdad en la Iglesia. Y besan a Francisco porque abrazan en sus mismas vidas la mentira y el error que da Francisco. Francisco habla sólo para convencer de la mentira a quien ya vive la mentira, y así continúe en su mentira. Francisco nunca habla para sacar de la mentira, para dar luz sobre la mentira, para iluminar el pecado y así quitarlo. Nunca hace esto. Francisco habla la mentira para que el alma siga mintiendo en su vida. Este es el fraude que pocos ven.

Las babas de Francisco

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Francisco trata la Palabra de Dios como herejía y, de esa manera, el engaño es presentado al mundo, como si su palabra representara la Verdad: “La Iglesia aunque ciertamente es una institución humana e histórica, con todo lo que esto comporta, no tiene una naturaleza política, sino esencialmente espiritual: es el pueblo de Dios”. (Francisco, 16-03-13).

Dice la Palabra de Dios: “Tú eres Pedro y, sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia”. Por tanto, la Iglesia es una institución divina, no humana. Es una Obra de Jesús. Y, como Jesús es Dios, entonces la Iglesia es una obra divina, es algo divino, es algo que nace de Dios; y sus miembros son los hijos de Dios, no los hijos de los hombres.

La Iglesia es para los hijos de Dios, no para los hombres. Luego, nunca puede ser una institución humana ni histórica. Está compuesta de hombres que tienen un Bautismo que los hace ser hijos de Dios. Ya no son hombres. Pero es necesario vivir ese Bautismo, seguir al Espíritu de filiación divina para ser de la Iglesia. Si no se sigue al Espíritu, entonces por más que se esté bautizado, no se pertenece a la Iglesia, no se es Iglesia, no se hace Iglesia.

Y, segundo, la Iglesia no tiene una naturaleza espiritual, sino una vida espiritual que se la da el Espíritu de la Iglesia. La naturaleza de la Iglesia no es un ser como los hombres, como los ángeles, como los animales, etc. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. No es otra cosa: es algo místico, no es algo espiritual.

La Iglesia está unida a Su Cabeza, porque es el Cuerpo de esa Cabeza. Y es una unión mística, no espiritual. Y, en esa unión mística, se dan muchas almas que se unen en el Espíritu, en una vida espiritual. Esto es la Iglesia. Pero esto no es lo que es la Iglesia para Francisco.

Para Francisco la Iglesia es el Pueblo de Dios. Y ese concepto, esa definición sólo está en la cabeza de Francisco, no está en la Revelación. El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia como Pueblo de Dios, pero no define que la Iglesia sea eso. Es su lenguaje pastoral para hablar de la Iglesia, como Jesús habla del rebaño, de las ovejas, de los pastores. Es un lenguaje para dar a entender algo de la Iglesia. Las almas, unidas, forman un pueblo. Eso lo entienden todos. Pero la Iglesia es otra cosa.

Francisco yerra en su definición de lo que es la Iglesia. Y yerra gravemente. Eso que dice Francisco no se puede seguir en la Iglesia de Cristo. Eso lo seguirá Francisco y los que se unan a él. La Verdad no es lo que dice Francisco. La verdad es lo que siempre el Magisterio de la Iglesia ha enseñado sobre lo que es la Iglesia. ¿Por qué, ahora, se hace caso a un hereje que sólo dice lo que le conviene para tener contentos a todo el mundo?

Porque la Jerarquía de la Iglesia ha dejado la Verdad y ha puesto la mentira como dogma, como Verdad. Y, entonces, todos callan ante Francisco, porque su palabra es un dogma en la nueva iglesia. ¡Lo ha dicho Francisco! Esta es la ceguera de toda la Iglesia.

“El mensaje de Jesús es éste: misericordia. Para mí, lo digo con humildad, es el mensaje principal del Señor: la misericordia. El mismo lo ha dicho: “No he venido por los justos: los justos se justifican solos (…) Yo he venido por los pecadores” (Francisco, 17-03.13).

“Para mí”: ésta es la opinión de Francisco. Y, un verdadero Papa, nunca da su opiniones en la Iglesia. Nunca. Aquí se ve que Francisco no es Papa. Francisco quiere meter su idea, la de él, pero que no es la de Jesús.

¿Qué dice la Palabra de Dios?: “He aquí que vengo –en el volumen del libro está escrito de Mí- para hacer, ¡oh Dios!, Tu Voluntad” (Hb 10, 7). Esta es la misión de Jesús en la Iglesia. Éste es su mensaje. Por eso, dice el Señor que no quiere sacrificios, sino Misericordia. No quiere los sacrificios antiguos, sino el sacrifico que lleva a la Misericordia: sacrificar la propia voluntad para hacer la Voluntad de Dios. Y, por eso, viene a perdonar el pecado, no a lapidar al pecador. Viene a que los pecadores hagan penitencia por sus pecados, no viene a salvarlos porque sí, no viene a juzgarlos, como se hacía en el antiguo testamento. Viene para ponerles un camino de salvación y de santidad en su vida.

“Padre, si quieres, aparta de Mí este cáliz; pero no se haga Mi Voluntad, sino la Tuya” (Lc. 22, 41). Jesús quiere salvar a todos los hombres, pero Su Padre, no. En Su Padre pesa la Justicia del pecado de los hombres y, por eso, hay muchos que no quieren salvarse porque prefieren seguir pecando. Y el Padre no regala la salvación a todos los hombres, sino sólo a aquellos que creen en Su Palabra, a aquellos pecadores que, a través de la penitencia, se liberan de su pecado y pueden seguir a Jesús sin la carga del pecado.

Esta es la Verdad que Francisco no dice, porque sólo le conviene predicar una cosa: que Dios no ama, que Dios es Misericordiosos, y todos tan contentos en la vida. Francisco no enseña a hacer penitencia por el pecado, no enseña que no sólo en Dios hay Misericordia, sino también Justicia; y no enseña que no puede darse la salvación natural de todos los hombres. Los hombres no tienen derecho natural a salvarse, que es el fondo de la predicación de Francisco: tú te salvas porque eres una bellísima persona, eres una buena gente que te dedicas a hacer el bien en tu vida. No importa que peques y vuelvas a pecar; ya Dios te perdona siempre: “Bueno, el problema es que nosotros nos cansamos de pedir perdón! Pero El nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que , a veces, nos cansamos de pedir perdón. Y no tenemos que cansarnos nunca, nunca” (Francisco, 17-03.13).

El problema no está en que uno se cansa de pedir perdón. El problema está en que el alma no hace penitencia por su pecado y cae, de nuevo, en su pecado. Hay muchos que piden perdón a Dios, pero siguen pecando, no quieren quitar el pecado, no quieren arrepentirse del pecado. Éste es el problema. Cuando se cae repetidamente en un pecado, la cosa no está en que Dios lo perdona, sino en que el alma no quiere quitar el pecado, y eso trae la Justicia de Dios sobre el alma. Porque aquella alma que no hace penitencia por su pecado, desprecia la Misericordia. La Misericordia no consiste en perdonar el pecado, sino en poner un camino al pecador para que quite su pecado. Un camino de penitencia, que es lo que no enseña Francisco. ¿Pecas? Bueno, pide perdón a Dios, que Él te abraza, te besa y se olvida de tu pecado. Recuerda que tienes que pedir perdón a Dios para que te perdone. Pero Francisco no dice: recuerda que tienes que hacer penitencia para no caer en el mismo pecado.

Francisco nunca enseña la vida espiritual en su nueva iglesia, sino sólo palabras bonitas, hermosas, que a todo el mundo le gusta. Enseña sus babas, que son sus mentiras, lo que él piensa de Jesús, lo que él piensa de la Iglesia, lo que él piensa que es el amor de Dios, la misericordia divina. ¿A quién no le gusta oír que Dios es Misericordioso y que todo lo perdona? Pero ése no es el mensaje de Jesús. Jesús es la Verdad. Y es lo que Francisco nunca puede dar en su nueva iglesia, porque en esa iglesia la mentira es el dogma, es nueva la verdad que hay que seguir. Y la Verdad se convierte, en esa iglesia, en herejía.

Francisco no custodia la Verdad, que es Jesús, en la Iglesia, sino que custodia al mundo:”la vocación de custodiar (…) tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos” (Francisco, 19-03-13). En la Iglesia se está para guardar la Verdad, para custodiarla y, por tanto, la custodia tiene una dimensión divina y, lo divino, está antes que lo humano. El hombre custodia su vida humana porque adora a Dios en su corazón, porque custodia a Dios en su corazón.

Francisco dice que la vocación de custodiar tiene una dimensión que es humana. Y, por eso, dice: “Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón” (Francisco, 19-03-13). Esta es la vertiente humanista de Francisco en la Iglesia. Es su sentimentalismo, su afecto por ser hombre y por agradar a los hombres.

Y nadie dice que no hay que hacer un bien a los hombres, pero no como lo quiere Francisco. Dios no manda al hombre custodiar la Creación, sino sólo su corazón: “De todos los árboles del Paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás” (Gn 2, 16). Dios puso al hombre en el Paraíso para que lo cultivase y lo guardase, pero le mandó otra cosa. Primero alejar del corazón la tentación y el pecado y, entonces, se puede guardar la Creación de Dios, los dones de Dios.

Esto es lo que no enseña Francisco. Francisco enseña a amar a todos los hombres, que son sus babas. Es que no se puede amar a todos sin practicar las virtudes, porque muchos hombres no quieren ser amados, sino que hacen daño si se les hace un bien.

¿Dónde está en el Evangelio que hay que preocuparse por todos? Eso sólo está en la cabeza de Francisco, pero no en la Mente de Cristo. Es una frase muy hermosa, tan bonita: preocuparse por todos; pero es un utopía, es un imposible. Sólo Dios puede conocer a todo el mundo y estar en la vida de todo el mundo al mismo tiempo. Dios no manda cosas utópicas al hombre. Dios le da una realidad al hombre: preocúpate de no pecar y, entonces, todo estará bien en tu vida y en la vida de los demás.

Francisco, desde que se sentó en la Silla de Pedro, no hay puesto el dedo en la llaga de lo que es el problema del hombre actual: su pecado que no quiere quitarlo porque no cree en él. Éste es el problema de toda la Iglesia actual. Por eso, no hay uno digno que se pueda sentar en la Silla de Pedro, porque todos los hombres estamos inmersos en el mayor pecado de todos: la apostasía de la fe. No hay una cabeza que diga la Verdad. Y, por eso, Francisco predica cosas bonitas que agradan a la gente que ya no vive para quitar su pecado, para luchar contra su pecado, sino que sólo vive en su pecado, de su pecado, dando culto a su vida de pecado. Francisco está sentado en esa Silla para animar a la gente a que siga pecado en su vida. Esas son sus reales babas en la nueva iglesia que ha construido en Roma.

Francisco es un gran hereje. Tienen que ver todo lo que ha predicado, hablado, obrado en la Iglesia. No es que haya dicho una mentira y, después, haya seguido dando la Verdad en la Iglesia. Es que no ha parado de decir mentiras en la Iglesia desde el principio, como el demonio. Y las ha dicho con palabras bonitas, con su lenguaje doble, con su múltiple cara, dando una de cal y otra de arena, dando un gusto uno y otro gusto a otros.

Las babas de Francisco son desde el principio, no son desde ahora. En su último panfleto comunista-marxista evangelii gaudium se ven claramente las babosidades de Francisco. ¡Es que hay que estar ciegos para no verlas! Sólo el que vive en el pecado, como lo hace Francisco, puede decir que Francisco es un santo, que se atiene al Magisterio de la Iglesia, que es la nueva primavera de la Iglesia.

Sólo los estúpidos pueden decir esto. Sólo los que besan el trasero de Francisco dicen cosas como éstas: “El Papa responde porque él interpreta efectivamente el amor de Dios Padre hacia todas sus creaturas” (Padre Lombardi 28-12-13). ¡Qué manera de dogmatizar la mentira en la Iglesia! Asi se habla ahora en la Iglesia.

Francisco es el que interpreta el amor de Dios hacia todas sus criaturas. ¡Dios mío, qué gran santo tenemos en Roma! “El haber concentrado el anuncio en el amor de Dios, en su misericordia, en su cercanía a todos, en su deseo de bien y de salvación para todas sus creaturas”(Padre Lombardi 28-12-13), ha sido el logro de Francisco.

Cristo es el que interpreta el amor de Dios hacia todas sus criaturas. No es Francisco. Y no porque sea un hereje, sino porque Francisco no sabe lo que es el amor de Dios. El que ama, con el amor de Dios, no puede pecar. Francisco, peca. Luego, no tiene ni idea de lo que es el amor de Dios. No sabe interpretarlo. Francisco peca y no quiere quitar su pecado. Entonces, ¿cómo quiere interpretar el amor de Dios hacia todo el mundo? Con frases bonitas, hermosas, llenas de vacío espiritual. Con sus mentiras diarias, con sus engaños en la Iglesia, son sus obras de maldad. Y todos aplaudiendo a Francisco, porque, ahora se dogmatiza el pecado, la mentira. Así hablan en Roma ahora, porque ya no creen en la Verdad. Se han abierto al mundo, a fornicar con el mundo y a poner en la Iglesia el amor al pecado de todo el mundo.

¡Qué pocos en la Iglesia disciernen lo que es Francisco! Porque viven lo mismo que él vive: se negación a la Verdad. Quieren entender el amor de Dios con sus brillantes pensamientos, con sus dedicaciones en la vida, con sus interpretaciones. Y así cualquiera es maestro de los idiotas y de los estúpidos, como el Padre Lombardi, que no sabe ni lo que está diciendo en su estupidez.

Quien quiera seguir dando culto al pensamiento de Francisco, a sus opiniones en la Iglesia, que lo siga haciendo. Allá él, que trabaje por el reino del demonio en Roma. Pero la Verdad no pide interpretaciones de nadie: en la Iglesia estamos para decir las cosas como son. Y a quien no le guste que se aguante, pero que no opine que Francisco es el grande entre los grandes porque sabe interpretar el amor de Dios con su humanismo, con su comunismo, con su marxismo, con sus sentimentalismos. Eso funciona en la nueva iglesia en Roma, pero eso es la herejía que Francisco da en la Iglesia de Cristo.

Ahora, se habla un doble lenguaje, desde Roma. Se habla para los interesados en las opiniones de Francisco, para ganar adeptos a la nueva iglesia en Roma. Y, por tanto, se habla en contra de la Verdad, en contra de la Iglesia de Cristo.

No esperen que la Jerarquía de la Iglesia condene a Francisco. No. Cada uno de ellos le besa el trasero y da culto a su mente humana, desviada totalmente de la Verdad. No se crean lo que unos idiotas, llevados por su autoridad en la Iglesia van a hacer ahora: poner en la Iglesia el dogma de la mentira, el dogma de la opinión de Francisco y de sus sucesores. Porque Francisco se va, se tiene que ir. Eso es claro para el que no tiene una venda en los ojos. Pero viene el temido, el arrogante, el que va a destrozar todo el dogma poniendo la mentira como Verdad y anulando toda la Verdad en la Iglesia.

Francisco ya ha hecho lo que tenía que hacer: romper el fundamento de la unidad de la Iglesia, que es Pedro. Ya no hay verdad. Sólo queda lo que ocho herejes den en la Iglesia, el dogma de la mentira que viven esos ocho herejes. ¿Qué esperan de Cardenales que niegan los dogmas, en el gobierno de la Iglesia? ¿Una primavera? ¿Un camino espiritual hacia la verdad y el bien? El hereje que gobierna sólo da su herejía, su mentira, su infierno en la Iglesia. ¿Es que todavía no han comprendido que no se puede gobernar con la mentira en el corazón, viviendo la mentira? ¿Es que no hay suficiente experiencia en el mundo, en los gobiernos del mundo, para darse cuenta de la trampa que es el gobierno horizontal que ha puesto el bobo de Francisco? ¿Por qué no disciernen las cosas como son? ¿Por qué siguen creyendo en un idiota como es Francisco? Porque viven su misma vida. Y no hay otra respuesta. Cada uno lucha por el ideal que tiene en su corazón. El que es del demonio lucha por dar culto al demonio. El que es de Dios lucha por hacer la Voluntad de Dios así le cueste la vida.

Las babas de Francisco son los nuevos dogmas en la nueva iglesia, en la falsa iglesia que se ha levantado ya en Roma. Y la Verdad ha quedado oculta para todos. Sólo aquel que luche por Cristo tendrá la Verdad en su corazón, pero aquel que luche por agradar a los hombres, por darle un alimento, un pan material a los hombres, sólo será llevado por el demonio hacia su condenación.

La santidad de la Santa Misa

“Pruébese el hombre a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz. Porque, quien come y bebe, su propia condenación come y bebe, si no discierne el Cuerpo del Señor. Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes. Que si nos examinásemos bien a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Cor 11, 28-31).

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En estas palabras de San Pablo está la santidad de la Misa.

Hay que discernir el pan y el vino. Hay que discernir lo que está en el Altar. Y hay que discernir cómo está el alma de quien celebra y el alma de quien comulga.

Contra la santidad de la Misa hay muchas cosas hoy en la Iglesia.

1. No se usa el pan adecuado para la consagración, que ha de ser un pan sin levadura, blanco, de trigo. Y no más. Todo lo que no sea eso, no vale para ser materia de consagración. Y hoy se ven en muchas misas panes que no valen. Quien consagra eso, no hace nada, porque es necesaria la materia apta para consagrar: pan ázimo; del griego ázymos, “sin levadura”, pan que preparaban los judíos en la fiesta de pascua (cf. Ex. 12, 8). La Última Cena de Jesús fue, precisamente, una cena pascual. En ella, Jesús consagró pan ázimo. (cf. Mt. 26, 17). El ázimo representa el alma que no tiene soberbia, que no está levantada, que no se infla, que no se pone arriba para destacar, para que la vea. Los fariseos son lo contrario al ázimo, se inflan en sus pensamientos humanos.

2. No se usa el vino adecuado, del fruto de la vid, vino puro de uva. Sino que se emplean vinos adulterados, fabricados de otra manera, produciendo la transformación del fruto de la vid. Está prohibida la mezcla de cualquier elemento extraño al vino. Tiene que ser un vino sencillo no un alcohol inventado en el laboratorio. Si se usa un vino adulterado, no hay consagración.

3. En la Misa es necesario las oraciones que den a entender lo que se está celebrando. En la nueva Misa de Pablo VI se han quitado muchas oraciones que son fundamentales para la santidad de la Misa. Porque la Misa es en la Iglesia. Y la Misa es para dar culto a Cristo en la Iglesia.

La Misa es un Sacrificio de Adoración a la Santísima Trinidad, conforme a la intención primordial de la Encarnación, declarada por el propio Cristo: «Al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo» (Sal. 40, 7-9; Heb., 10, 5).

Y, por tanto, toda oración debe ser hecha para adorar a la santísima Trinidad. En el nuevo misal desaparecen en el Ofertorio la oración Suscipe Sancta Trinitas (o Suscipe Sancte Pater), el Prefacio de la Santísima Trinidad que ya no es obligatorio y, en la bendición final de la Misa, ya no está el Placeat tibi Sancta Trinitas.

Es necesario ofrecer a Dios el pan que se va a transformar en el Cuerpo de Cristo y el vino que será Su Sangre. Porque lo que se ofrece a Dios no es el pan y el vino, sino la oblación de Cristo en el Altar.

Jesús tiene un Cuerpo para ser Víctima por los pecados. Y ese Cuerpo es lo que se debe ofrecer en Espíritu a la Santísima Trinidad antes de la consagración. Ahí el sacerdote indica su fe en lo que va a suceder después en la consagración. Si no se dicen estas oraciónes, la Misa pierde el valor de la santidad.

Porque la santidad en una Misa es ofrecer a Dios todo lo que hay en esa Misa. Si no se ofrece a Dios lo que hay en el Altar, ¿a quién se ofrece? Al demonio, al pueblo. Y ahí se produce un mal en la Misa. Pero este mal no anula la esencia de la Misa. Este mal va en contra de la santidad de la Misa.

E igualmente hay que acabar la Misa con una oración a la Santísima Trinidad para pedir a Dios Misericordia por los pecados. Si no se hace esta oración, no se da gracias a Dios por su Misterio y no se reconoce el valor de este Misterio para la Iglesia y para las almas.

La Misa es para llenarse de la Misericordia de Dios sobre el alma y la Iglesia, para que el Señor mire al hombre con el Corazón Misericordioso de Su Hijo. Porque para eso es la bendición final: para que el Señor derrame sus misericordias, no sus gracias, no sus dones, sino lo que es la esencia del Sacrifico Redentor de Cristo sobre el hombre pecador: la Misericordia.

La Misa es un sacrificio propiciatorio, por tanto en Ella se realiza la remisión de los pecados, tanto por los vivos como por los difuntos.

Pero en el nuevo Ordo se hace hincapié sobre el alimento y la santificación de los miembros de los asistentes. Pero no se dice nada de la remisión del pecado.

Se va a una misa para limpiarse de los pecados, para quitar los pecados, para purificar el corazón del pecado.

Este es el único sentido de la Misa. Y, por tanto, se va a una Misa para participar en la Pasión de Cristo y alimentarse de ese Sacrifico.

Y la única forma de hacer esto es quitando el pecado. Hoy muchos asisten a la Misa y no comulgan sacramentalmente. Y, entonces, ¿para qué van a la Misa si no van a comulgar con el Sacrifico de Cristo? Es mejor que no vayan, porque no les aprovecha en nada escuchar una Misa en pecado.

Este es el error que se da hoy en la Iglesia por poner la Misa sólo como alimento y santificación del Pueblo.

Pero ¿cómo se santifica el Pueblo si no quita primero el pecado, si no se purifica cada alma en su corazón del pecado? Es imposible ninguna santificación.

Y, por eso, se cae en el absurdo de la ‘comunión espiritual’ de los que no pueden comulgar por sus pecados.

Pero ¿qué unión puede haber entre Dios y el que está en pecado? ¿Qué unión puede haber entre la Iglesia y el alma que vive en su pecado? Ninguna. Porque el que está en su pecado traza un abismo con Dios y con la Iglesia. Un abismo que sólo Dios puede quitar si el alma confiesa su pecado.

Entonces, hoy asisten a la Misa muchas almas que no quieren dejar sus pecados. Y eso es un obstáculo para la santidad de la Misa.

La Misa es para las almas humildes, que están en gracia y viven la gracia siendo fieles al Espíritu Santo.

La Misa no es para los pecadores. Para los pecadores es el Sacramento de la Confesión, que ya nadie utiliza porque no hay pecado.

La Misa es para que las almas vivan la Obra de la Redención y ayuden a Cristo a que los pecadores se abran a su Misericordia. Se va a una Misa para salvar almas del demonio. Pero esto no se puede hacer si el alma escucha una misa en pecado. Sólo el alma en gracia se une a Cristo en la Misa y repara con Él los pecados de los demás, de su familia, de sus hijos, de sus amigos, que viven en el pecado. y no quieren salir del pecado.

Por eso, no hay que obligar a nadie a ir a Misa si está en pecado, porque esa no es la función de la misa. La Misa sólo sirve para expiar el pecado. Y no sirve para otra cosa. Quien no quiera expiar el pécado, que no vaya a Misa. Que se queden en su vida de pecado, porque se va a misa para encontrar la salvación del alma no para seguir en el pecado.

El fin de la Misa consiste en que es primordialmente un Sacrificio, que sea agradable a Dios, es decir, que sea aceptado como sacrificio. Y, en el estado de pecado original, ningún sacrificio puede ser aceptable a Dios. Sólo el de Cristo. Por tanto cuando se ofrece el pan y el vino es necesario la consagración inmediata de ese pan y ese vino para representar sobre el altar al Sacrificio de Cristo.

Pero el nuevo Ordo de la Misa se altera la ofrenda degradándola.

Se la hace consistir en una especie de intercambio entre Dios y el hombre: el hombre pone el pan y Dios lo cambia en pan de vida; y pone el vino y Dios lo convierte en una bebida espiritual: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan (o vino), fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida (o bebida de salvación)».

Las expresiones «pan de vida» (panis vitae) y «bebida espiritual» (potus spiritualis) son absolutamente indeterminadas, ya que pueden significar cualquier cosa. Aquí se invoca sólo la presencia espiritual de Cristo entre los suyos, pero no se hace hincapié en el cambio sustancial que se va a producir en la consagración, en la Presencia Real de Cristo que va a suceder. Se han suprimido las dos oraciones que producían esto: Deus qui humanae substantiae y Offerimus tibi, Domine.

Con lo cual la Misa es sólo ofrecer algo humano a Dios, pero no la Víctima que es Cristo Jesús.

Se quita lo principal en la santidad de la Misa: que es el pecado. La Misa se hace para reparar el pecado, para expiar el pecado. No tiene otra función.
Si se suprime esto, ¿qué queda? Una fiesta, una comida, una reunión de hombres, una discoteca, cualquier cosa que los hombres quieran poner en la Misa.

Por eso, observamos Misas totalmente paganas, porque ya los sacerdotes no creen en la Misa, no creen en lo que celebran, no creen en la Palabra de Dios. Les da igual la Misa. Lo que importa es hacer un acto agradable a los hombres, ya no a Dios, para que los hombres estén contentos en su vida humana.

La santidad de la Misa en el nuevo Ordo no existe, no puede darse. Y esto es muy grave.

Pero, aunque no se dé, si el sacerdote dice las palabras correctas en la consagración, entonces permanece la esencia de la Misa, hay misa, pero no santifica lo que se produce en el Altar.

Y este el problema de la Iglesia hoy día: se tiene una Misa que no cambia a las almas, sino que las deja como están.

Por eso, dice San Pablo: “Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes”.

La Misa da la salud al alma. Pero si no se hace correctamente, la Misa sólo trae problemas espirituales y humanos a todos.

Por eso, el mundo está como está, porque sus sacerdotes ya no celebran ni la esencia de la misa ni la santidad de la misa.

Y es lógico pensar que, muy pronto, la Misa va a ser anulada en su esencia. Con Pablo VI se anuló la santidad de la Misa. Con Francisco y con sus seguidores se anulará la esencia de la misa.

Y, cuando suceda esto, entonces ya no hay que mirar a Roma para buscar una Misa. Ya hay que buscar a aquellos sacerdotes que quieran hacer las cosas como Cristo las hacía y cómo Él lo enseñó a Sus Apóstoles.

Francisco niega la Misericordia de Dios

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“Una imagen de Iglesia que me complace es la de pueblo santo, fiel a Dios”. (Francisco P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

Nunca ha existido un pueblo santo y fiel a Dios. El pueblo que escoge Dios es el duro de cerviz, el soberbio, el que no tiene fe: “Y me dijo Yavhé: Ya veo que este pueblo es un pueblo de cerviz dura, déjame que lo destruya y que borre su nombre de bajo los cielos y te haré a ti una nación más poderosa y más numerosa que ese pueblo” (Dt 9, 13).

La Iglesia no comienza en el pueblo, sino en un hombre que cree: “Sal de tu tierra y de tu parentela hacia la tierra que Yo te indicaré. Yo te haré un gran pueblo. Te bendeciré y engradenceré tu nombre, que será una bendición” (Gn 12, 1-2).

Dios comienza la Fe en Su Palabra en Abrahan. Y quien obedece a Abrahan, se une a esa Fe y forma el Pueblo de Dios en una misma Fe.

Y, cuando ese Pueblo peca contra la Fe, Dios quiere destruirlo porque no le sirve de nada. Y, por eso, Dios dice a Moisés que va a hacer un Pueblo de su Fe.

La Fe está en el individuo, en cada persona, no está en la Iglesia, en el Pueblo de Dios. Si el Pueblo de Dios no vive de Fe, entonces es sólo un Pueblo que Dios destruye, por su falta de Fe.

“Es imposible creer cada uno por su cuenta” (n. 39 – Lumen Fidei). El problema de Francisco es que quiere entender la Fe como un camino en el entendimiento del hombre y entonces tiene que negar la Fe en la Palabra. Cada uno tiene tiene que creer en la Palabra. Cada hombre, por su cuenta, tiene que creer. Es posible esta fe, porque se necesita escuchar la Palabra para estar en la Iglesia. Si cada uno no puede escuchar la Palabra de Dios en su corazón, entonces viene el convertirse en Pueblo de Dios que es un pueblo duro de cerviz, que no sirve para obrar la Fe, porque ninguno tiene fe.

El gran error de Francisco es su dogma de la memoria fundante de la fe, que está en toda su encíclica, y que hace de esa encíclica una enseñanza de su error, que es el humanismo.

Para Francisco, el Pueblo de Dios son los hombres santos, justos, que hacen cosas buenas en la vida. Pero para Francisco el Pueblo de Dios no es el que tiene Fe. Para Francisco no existe la Fe en la Palabra de Dios. Este es el problema de toda la Encíclica. Hay que leerla bajo esta perspectiva para ver su gran error.

Como Francisco no cree en la Palabra de Dios, entonces concibe la Iglesia como una comunidad de fieles. Y no puede concebirla de otra manera.

La Iglesia nace en Abrahán, no nace en el pueblo que Abrahán tenía. Y Abrahán, viviendo esa Fe en la Palabra de Dios es como forma la Iglesia, el Pueblo de Dios. Pero ese Pueblo de Dios está constituido por aquellas almas que tienen la misma Fe que Abrahán, no por las almas que tienen su inteligencia en Abrahán.

“La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver”. (n. 18 – Lumen Fidei): este mirar desde el punto de vista de Jesús es la inteligencia que proclama Francisco en la Iglesia. Este es su error en la Fe.

La Fe no mira a Jesús, sino que la Fe es escucha de la Palabra de Dios. La Fe es oír esa Palabra y guardarla en el corazón. Esa Fe que se guarda no es un conocimiento de Dios, sino que es la misma Vida de Dios, una Vida que es “la luz de los hombres” (Jn 1, 4). Es la Vida la que ilumina el corazón de aquel que cree. Y esa iluminación no es una luz en el corazón, no es un resplandor en el corazón, no es una inteligencia en el corazón. Esa luz es una obra de amor que el hombre de fe tiene que poner en su vida.

Este es el punto crítico de la vida espiritual. Porque a los hombres les gusta meditar en la Palabra de Dios, pero no saben obrarla. La Fe se da para una Obra divina, porque la fe sin obras está muerta.

El problema es entender cuál es esta obra que pide Dios al alma. Muchas almas hacen obras humanas en la Iglesia que no nacen de la Fe. Son los que están en la Iglesia obrando la Ley, como Pablo antes de convertirse. Son fariseos porque han puesto la fe en las obras buenas humanas. Y eso no salva: “el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley” (Rom 3, 28).

Y esto no contradice a Santiago: “la fe, si no tuviere obras, muerta está por sí misma” (St 2, 17), porque la fe trae sus obras propias, el hombre no tiene que obrar sus obras humanas para tener fe. La fe, al ser Vida Divina, trae las Obras Divinas, la Voluntad de Dios que el alma tiene que obrar para salvarse y santificarse.

Y si no obra estas obras divinas, aunque obre obras humanas y diga que tenga fe en Jesús, entonces se le aplica lo que dice Santiago: “Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame esa tu fe desprovista de obras, y yo te mostraré por mis obras la fe. ¿Tú crees que Dios es Uno? Haces muy bien; también los demonios creen y es estéril” (St 2, 18).

No basta con creer que Dios da la Fe para obrar cosas buenas humanas entre los hombres y en la Iglesia. Eso lo hace todo el mundo, incluso el demonio. Hay que creer en la Palabra de Dios. Este es el punto de muchas almas que, por no creer en esa Palabra, se dedican a hacer sus obras en la Iglesia, y a decir que tienen fe por sus obras. Y se aplican ellas mismas las palabras de Santiago.

Santiago habla de la fe en la Palabra de Dios que lleva a obrar sólo una obra divina. No lleva a obrar obras buenas humanas y, por tanto, son las obras divinas las que justifican al hombre: “Abrahan, nuestro padre, ¿no fue jusificado por las obras, ofreciendo a Isaac su hijo sobre el altar?” (St 2, 20). Abrahan creyó en la Palabra de Dios que le decía “sacrifica a tu hijo”; y obró esa Palabra, una Palabra Divina que lleva a una Obra Divina, a hacer la Voluntad de Dios. Y esa obra divina, –sólo esa obra de sacrificar a su hijo-, es lo que justifica a Abrahán. Ahí se ve que su fe no está muerta, sino que obra lo que escucha. Está viva.

Pero hay muchos en la Iglesia con una fe muerta, que se dedican a hacer sus obras buenas humanas, y a eso lo llaman fe. A estos combate Santiago en su Epístola. Porque no tienen la fe que su boca proclama.

Y de estos la Iglesia Católica está llena. Francisco es uno de ellos cuando dice: “Una imagen de Iglesia que me complace es la de pueblo santo, fiel a Dios”. La santidad, para él, está en hacer cosas buenas humanas en la vida, en la Iglesia. Y no más. Y eso es ser santo y justo.

“Veo la santidad en el pueblo de Dios paciente: una mujer que cría a sus hijos, un hombre que trabaja para llevar a casa el pan, los enfermos, los sacerdotes ancianos tantas veces heridos pero siempre con su sonrisa porque han servido al Señor, las religiosas que tanto trabajan y que viven una santidad escondida”. (Francisco P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Esta santidad no es de la Iglesia. Porque criar a los hijos, todo el mundo lo hace; trabajar para llevar el pan a la casa, eso es de todos; dar una sonrisa, la puede dar cualquiera. La paciencia no hace la santidad, que es lo que proclama Francisco: el trabajo diario, los sufrimientos diarios, las obras buenas diarias eso no salva, porque lo que salva es hacer eso como lo quiere Dios, siguiendo Su Espíritu.

Una mujer que cría a sus hijos pero sin la gracia, esa obra no la salva. Un hombre que trabaja para ganarse el pan, pero sin la gracia, ese trabajo no le salva, sólo le da de comer. Los sacerdotes que han servido al Señor sin la gracia, esa vida no les salva. Las religiosas que trabajan y que viven una santidad escondida con sus obras de la ley, con sus reglas, pero no hechas con la gracia, eso no sirve para salvarse.

La santidad del Pueblo de Dios está en vivir en Gracia, vivir de la Gracia, en ser fieles a la Gracia. Si no se hace esto, el Pueblo de Dios es soberbio, orgulloso, fariseo, que se cree santo sólo por sus buenas obras humanas.

Esta es la Iglesia que presenta Francisco. Una Iglesia que no es la verdadera, es la suya, de cómo él entiende la Iglesia. La entiende en su herejía y, por eso, habla así, con su humanismo, queriendo ser delicado con los hombres, cariñoso con los hombres, hablándoles de lo que les gusta a los hombres: qué buena madre eres porque crías a tus hijos, qué buen padre eres porque trabajas para dar el pan a tus hijos, qué buen sacerdote eres porque te has esforzado en tu vida por Dios, que buena religiosa eres que escondida en tu vida haces mucho bien a la Iglesia.

Con este lenguaje, Francisco engaña a las almas. Es un lenguaje que gusta a todo el mundo, pero que no da la verdad.

“Nadie se salva solo, como individuo aislado” (Francisco P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica): esta es la consecuencia de su herejía. Aquí Francisco está negando la Misericordia de Dios en cada alma.

Si nadie se salva solo, entonces cuántas almas se han ido al infierno, porque muchas viven en su pecado toda su vida, y en la muerte están solas, no pertenecen a una iglesia, y si pertenecen es a una falsa. Y, entonces, se dice que Dios no puede obrar en esa alma su Misericordia porque no pertenece a la Iglesia. Es un individuo asilado, que ha vivido su vida como pecador, pero no en la Iglesia.

Francisco niega la salvación del alma fuera de la Iglesia. Eso es una gran herejía contra la Iglesia.

Porque la Iglesia se da en cada corazón, al ser un reino espiritual, no material. En cada corazón está la Iglesia. Y la Iglesia externa es la unión de corazones, no la unión de hombres. Si cada corazón no vive de fe, entonces por más que se unan en una Iglesia exterior, ese Pueblo no sirve para nada, es un Pueblo de dura cerviz, no hace Iglesia, no es Iglesia.

La Iglesia está en cada corazón que vive la Palabra de Dios. Y, por tanto, si un corazón que ha vivido en pecado toda su vida, en la hora de la muerte escucha la voz de Dios que le llama a la conversión y se arrepiente, entonces se salva por pura Misericordia de Dios, sin necesidad de confesión, de dar el sacramento de la Penitencia. Porque lo que salva es la Fe en la Palabras, es decir sí cuando el Señor habla al corazón. Y nadie puede negar que el Señor habla a cada pecador en la hora última de la muerte, aunque ese pecador no esté en la Iglesia por un sacramento.

Jesús no ha hecho Su Iglesia para condenar a las almas, sino para salvarlas. Pero hay que entender la Iglesia en el corazón, no en el aparato externo de la Iglesia, que es lo que predica Francisco y, por eso, niega la salvación fuera de la Iglesia, porque niega la Misericordia de Dios que no tiene límites.

“Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular” (Francisco P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica): Dios no hace eso con las almas. Dios no lleva a las almas hacia la Iglesia por los problemas que cada alma tenga en su vida y que hacen que se relacionen unos con otros. Dios llama a las almas hacia Su Iglesia para obrar una Voluntad Divina como Iglesia, que es independiente de los problemas que cada cual tenga en su vida.

La Iglesia no es para resolver los problemas de la gente, como enseña Francisco en todas sus homilías que, por eso, Francisco tiene una gran oposición en su gobierno horizontal. La Iglesia es para hacer lo que Dios quiere en la vida de las almas que creen en la Palabra de Dios en sus corazones.

Para esto está la Iglesia: para una obra divina que hay que hacer unidos en el corazón. No para obras humanas, no para juntarse y hacer tantas cosas que no sirven para salvar a nadie en la Iglesia. Porque son las obras que nacen de la razón humana, obras de la ley, de los preceptos, de las reglas, de las ideas del hombre. Pero no son las obras de la fe, que nace del creer en la Palabra de Dios.

Y, por eso, la Iglesia es sólo un Pueblo de dura cerviz que Dios, como siempre, quiere borrar del mapa, porque no le sirve para nada. Y hay que pedirle a Dios, como Moisés, que tenga Misericordia de este Pueblo que ha puesto en medio de Roma su Ramera. Y que dé a las almas el conocimiento para levantarse contra esa Ramera y seguir en la Iglesia de siempre, en la que Jesús ha fundado en Pedro, no en esa Ramera, que es la nueva iglesia de Francisco y su corte de cretinos y de estúpidos, que dan culto a los masones en sus corazones.

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