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La significación de lo sagrado en la Misa

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«… el nuevo Ordo Missae… se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio. Las razones pastorales atribuidas para justificar una ruptura tan grave, aunque pudieran tener valor ante las razones doctrinales, no parecen suficientes… Es evidente que el nuevo Ordo Missae renuncia de hecho a ser la expresión de la doctrina que definió el Concilio de Trento como de fe divina y católica, aunque la conciencia católica permanece vinculada para siempre a esta doctrina. Resulta de ello que la promulgación del nuevo Ordo Missae pone a cada católico ante la trágica necesidad de escoger entre cosas opuestas entre sí». (Breve Examen crítico del Novus Ordo Missae, Carta de presentación 1.; n. VI, Card. Ottaviani y Bacci, Corpus Christi 1969).

La gran abominación del Santo Sacrifico de la Misa quedó oficialmente decretada el día 3 de abril de 1969, un Jueves Santo.

En esa fecha se promulgó el nuevo Ordo Missae, que es una obra de apostasía, de alejamiento de la verdad de la misa como Sacrifico de Cristo, y que ha sido obrada por todo el clero católico, y apoyada por todos los fieles en la Iglesia.

Toda la Iglesia, en el nuevo Ordo, ha roto la ley de Dios, y sobre Ella ha caído la maldición, «por los pecados de sus profetas, por las iniquidades de sus sacerdotes, que demarraron en medio de Ella sangre de justos» (Lam 4, 13).

Lo que Trento fijó como una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar la integridad de la misa, ese decreto lo echó por tierra, haciendo inútil la verdad que la Iglesia había vivido hasta ese momento, y produciendo el comienzo del tiempo de la apostasía de la fe, dentro de la Iglesia Católica, persiguiendo así a los justos que quieren hacer bien las cosas en la misa.

Cincuenta años contemplando misas inválidas. Y esto cuesta entenderlo a muchos católicos.

Lo que se decretó fue una ruptura tan grave que el católico tiene que elegir y tiene que exigir a la Jerarquía que celebre como antes de la publicación de ese decreto.

Ese decreto fue el inicio de lo que el Anticristo, en medio de la semana, llevará a su perfección: instalar la Abominación de la Desolación en el Templo, quitando el Sacrifico y la Oblación (cf. Dn 9, 27).

El sacerdote, para celebrar su misa, tiene que pronunciar con la debida intención las palabras de la consagración. De esta manera, el sacerdote representa y hace las veces de la Persona de Jesucristo, la cual es la que realiza el Sacrificio que se obra en el Altar.

Sin esta intención, Jesucristo no puede ofrecerse a Sí Mismo por ministerio del sacerdote; es decir, no se consagra, no se obra el Misterio del Altar, sino que sólo aparece un hombre que actúa como hombre, sin el poder divino, obrando sólo lo humano.

La intención es un acto deliberado de la voluntad, por el cual alguien quiere hacer u omitir algo.

La acción sacramental es un acto verdaderamente humano. Para obrar un Sacramento, se necesita que el ministro haga lo que hace la Iglesia, es decir, obre aquel rito que se hace en la Iglesia.

Este rito no es un simple rito externo, sino que es:

  1. sagrado,
  2. y es un sacramento que produce la gracia.

Es necesario que el ministro no sólo quiera realizar un rito externo, sino que se exige que se realice como sagrado, que se dé lo sagrado, que se obre lo sagrado, que se manifieste, en las palabras y en todas las acciones litúrgicas, lo sagrado.

La realidad externa del rito se puede separar de la realidad sagrada de éste. Son dos realidades diferentes.

Si el ministro sólo expresa las palabras materiales del rito, obra sólo lo externo del rito sin querer obrar lo sagrado, sin hacer referencia a lo sagrado, en un contexto más o menos litúrgico, con oraciones aprobadas pero que no tienen o han perdido la referencia a lo sagrado, entonces no puede obrar el Sacramento. Lo que hace sería inválido, ya que su intención es sólo material, se ciñe al rito externo: sólo dice las palabras o actúa según un papel que ha aprendido.

Para obrar el Sacramento, el ministro tiene que tener la voluntad auténtica de obrar lo sagrado, que además confiere también la gracia. Lo sagrado lleva a la gracia; lo profano es siempre un obstáculo para la gracia.

Un ministro que obra dentro de un contexto sagrado, con oraciones, palabras, acciones, que llevan a lo sagrado, es decir, que son plataforma para dar culto verdadero a Dios, se presume que tiene la intención formal de hacer lo que hace la Iglesia: está obrando el Sacramento y, por lo tanto, la misa es válida y produce la gracia.

Pero un ministro que obra dentro de un contexto profano, el cual ha perdido el carácter de lo sagrado –como es el nuevo Ordo- , realiza acciones o pronuncia palabras que no llevan a dar culto a Dios, entonces no se puede presumir la intención formal del sacerdote. El fiel tiene que discernir su intención.

El sacerdote puede tener la intención formal, interna, de hacer lo que hace la Iglesia, pero lo obra en un contexto profano, como es el nuevo Ordo Missae, entonces, la misa es válida, por la intención formal del ministro, aunque el contexto sea profano o no absolutamente sagrado. Por eso, no todas las misas del nuevo Ordo Missae son inválidas: algunas son salvadas por la intención formal del sacerdote.

Pero aquel sacerdote que sólo tiene la intención material, es decir, que sólo obra lo externo del rito, en un contexto profano, como es el nuevo ordo, es inválido lo que hace. No está celebrando una misa. Su intención material, la cual no es interna, lo impide.

Un sacerdote que se vista de payaso o con otras vestiduras no adecuadas a lo sagrado, o que introduce oraciones y obras profanas e incluso mundanas, como bailes dentro de la misa, ya sea al principio o al final, o actuaciones del público en medio de la misa, etc…, no puede tener voluntad de obrar lo sagrado del rito. Y, por lo tanto, esas misas son inválidas, aunque se digan correctamente las palabras de la consagración.

Hay que tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia obrando el rito sagrado. No basta buscar el rito externo de las palabras o de las acciones.

Incluso en un contexto absolutamente sagrado, tradicional, el ministro puede tener sólo una intención material, es decir, no quiere realizar el Sacramento, sino sólo llevar a cabo una simulación, una apariencia externa del Sacramento. Entonces, al no haber intención formal, el Sacramento no puede darse.

El contexto sagrado no basta para consagrar el Misterio, para hacer válida una misa.

Celebrar una Misa no es simplemente decir unas palabras u obrar una serie de acciones externas, sino hacer todo eso con la significación sagrada que quiso Jesucristo.

Coger un pan y un cáliz y pronunciar unas palabras, incluso en un contexto sagrado y tradicional, no significa que se esté celebrando una misa.

Hay que dar, en todo eso, la significación sagrada.

Es la intención formal del sacerdote lo que hace estar presente a Cristo en la Eucaristía.

Con la introducción de la nueva misa, se han ido celebrando en toda la Iglesia misas con sabor a protestante, violando la materia y las formas sagradas, poniendo otras que no son verdaderas. Todo lo sagrado ha quedado protestantizado.

La nueva misa no manifiesta la fe en la Presencia real de Jesucristo, sino que se ha convertido en un paganismo, un socialismo, un invento más de la masonería eclesiástica.

La Eucaristía no exige la santidad del sacerdote, ya que éste obra como Vicario de Cristo, es decir, con el mismo poder de Jesucristo mismo (= realiza una acción vicaria de Cristo), pero sí es necesario que el pecado del sacerdote no cambie esencialmente la materia o la forma del Sacramento, o anule su intención formal.

Un sacerdote que viva continuamente en el pecado de herejía o de apostasía de la fe se puede presumir que no tiene intención de realizar un signo sagrado en el Altar, porque no cree en lo sagrado. Si no cree, no tiene voluntad de obrar lo sagrado ni de conferir la gracia. Estos dos pecados, el de herejía y de apostasía, anulan el Sacramento del Altar, al anular la intención del ministro. Si no se quiere lo sagrado, si no se busca lo sagrado, si no se da esta voluntad en el sacerdote, ¿cómo Cristo puede bajar al Altar?

Muchos sacerdotes y Obispos viven no sólo en pecado mortal, lo cual no es impedimento para hacer válida una misa, pero sí viven en una gran apostasía de la fe, siguiendo muchos errores y alimentándose de muchas herejías. Éstos no pueden celebrar una misa válidamente, puesto que su pecado les impide ser instrumentos de Cristo. Tienen el poder de consagrar, pero no quieren obrarlo como Cristo quiere, buscando el significado de lo sagrado que Jesucristo quiso en su Misa, en el Calvario. No quieren obrar una acción sagrada, es decir, no quieren dar culto verdadero a Dios en eso que realizan.

Para dar culto a Dios en una misa, ésta debe considerarse como un sacrificio, no como un banquete pascual en el cual se come a Cristo. La significación sagrada del rito de la misa está en que es el memorial de la muerte y resurrección de Cristo. El sacerdote o el Obispo que, por su pecado, anule su intención de hacer la misa como Sacrificio de Cristo, y sólo la realice como banquete, no consagra válidamente.

Esto es muy común, hoy día, entre la Jerarquía católica. Creen en el misterio del Altar, pero su pecado les lleva a celebrar misas para el pueblo, para que los fieles se fortalezcan en la mesa del Señor, para una alabanza o una acción de gracias o un memorial que se debe realizar cada ocho días, o para que el pueblo se ofrezca a sí mismo a Dios, sus vidas, sus obras, en la misa. Éstas son misas inválidas porque el pecado del sacerdote cambia su intención formal, dejando de buscar el significado sagrado en la misa.

En la Misa se ofrece a Dios el Sacrificio de la Cruz, no un sacrificio de alabanza o de acción de gracias, o una mera memoria de lo que pasó en el Calvario, anulando así el carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa. El sacerdote que no busque esto en su misa, por más que crea o pronuncie correctamente las palabras de la consagración, carece de la verdadera intención, que es dar a la misa el significado de lo sagrado, que es el significado del Sacrificio de la Cruz.

La Eucaristía no depende de la fe del sacerdote: un hereje, un pagano, puede obrar una misa válidamente. No influye per se, por si misma, formalmente, la falta de fe en un sacerdote para la validez de una misa. Pero si esa falta de fe vicia la misma intención o las palabras de la consagración, entonces se hace inválida la misa.

Un sacerdote hereje, que no cree en lo sagrado del Altar, que no cree en Dios, que le da culto de muchas maneras o idolatra a otros dioses, pervierte su intención formal: ya no persigue el significado sagrado del rito, o no cree que el Sacramento confiere la gracia como obra de Cristo, entonces su misa es inválida.

Un sacerdote hereje o apóstata de la fe que celebre una misa para paganos, homosexuales, para otros herejes, etc…, aunque pronuncie correctamente las palabras de la consagración, no celebra la misa porque va a dar la Eucaristía a los perros. Da una cosa sagrada y divina a personas que están en sus vidas de pecado. Su intención está viciada por su falta de fe. Cuando un sacerdote, en una santa misa, profana las cosas sagradas, no sólo está cometiendo un pecado mortal, sino que está viciando, pervirtiendo su intención al consagrar.

Muchos sacerdotes transvasan su herejía o su vida de pecado a la intención necesaria para consagrar, cambiándola, anulándola o pervirtiéndola. Sólo hacen una obra de teatro, pero no una misa.

Un sacerdote que predica una homilía llena de herejías, de errores, de mentiras, de engaños, anulando así la oratoria sagrada, olvidando que es sacerdote para enseñar lo sagrado, para guiar en lo sagrado y para hacer caminar a las almas hacia el culto verdadero a Dios, ¿cómo después va a poner a Cristo en el Altar? Su homilía herética, en la cual no se significa lo sagrado, ha pervertido su intención formal. Sólo hará misas inválidas.

En un contexto litúrgico en el cual:

  1. se ha retirado el sagrario del centro del templo y se ha colocado el asiento del sacerdote celebrante, haciendo que el hombre ocupe el puesto de Dios en el Templo, y que la misa se convierta en un encuentro humano, fraternal, siendo el sacerdote el animador o el director litúrgico;
  2. se ha orientado el altar hacia el pueblo, para que el sacerdote ya no mire a Dios, sino al pueblo, convirtiendo la misa en una mera reunión de oración;
  3. el altar hecho una mesa para una cena fraterna, anulando el significado de altar para un sacrificio expiatorio;
  4. se ha suprimido el antiguo ofertorio, en que se ofrecía a Cristo como víctima al Padre, por una preparación de los dones, en que sólo se ofrece pan y vino sin referencia a lo sagrado;
  5. se han suprimido muchas oraciones que aludían al sacrifico propiciatorio por los pecados y numerosas señales de la cruz, haciendo de la misa una reunión en memoria de una cena, pero no un Sacrificio en memoria de la Cruz;
  6. se presenta la consagración como una narración, un relato, un cuento, que es un impedimento para que el sacerdote se ponga a obrar el misterio, actúe la renovación, incruenta, pero real del divino sacrificio;
  7. se ha abolido el lenguaje sagrado del latín, en donde se manifestaba el misterio del Altar y las palabras que el sacerdote dirigía a Dios, para llenar la misa de palabras y pensamientos humanos, incapaces de profundizar en la verdad de lo sagrado;
  8. se ha suprimido la confesión de los pecados, el confiteor, y la absolución sacerdotal, cambiando el significado sagrado del sacerdote como juez y mediador ante Dios, como un hermano más entre la asamblea, que abraza a todos porque son hombres como él;
  9. las lecturas bíblicas las pueden efectuar los simples laicos, incluso mujeres, suprimiendo el orden clerical, al cual se reservaba las cosas del Altar, abriendo así la puerta de lo sagrado a todo el mundo para su profanación;
  10. se han quitado las oraciones que el sacerdote hace en voz baja, propias de su oficio, dejando sólo lo común entre el sacerdote y el pueblo, para acentuar más la comunidad de fieles;
  11. se ha suprimido toda clase de genuflexiones, porque entre hombres ya no hay que someterse a Dios, inclinar la cabeza, caer rostro en tierra en adoración a Dios. Se da culto al hombre, no a Dios;
  12. la administración de la comunión es hecha ordinariamente por los fieles, hombres y mujeres;

En este ambiente, propicio para las cosas humanas, naturales, profanas, mundanas, materiales, si el sacerdote no tiene una intención interna, formal, de buscar la significación de lo sagrado en el rito que hace, nunca va a celebrar válidamente una misa.

Muchos católicos son engañados por la Jerarquía que ha acomodado las leyes de Dios a su capricho, a las modas de los hombres, a sus culturas, a sus maneras de entender lo divino y lo sagrado.

La gran abominación pesa sobre toda la Iglesia y, en estos acontecimientos que se suceden en la Iglesia con un usurpador, hay que volver a lo antiguo en la misa, que es lo que salva y santifica a las almas.

La Iglesia es Cristo. Y Cristo, sufriendo en el Calvario. Cristo se entregó a los Apóstoles para que lo comieran y bebieran, e hicieran ellos lo mismo. Cristo ha dado poder a Su Jerarquía para que obren, en una Misa, lo mismo que Él obró en el Calvario.

Es necesario que la Jerarquía crea en este Misterio. Pero no se trata de tener una fe divina o una fe católica. Se trata de tener la misma voluntad que Cristo tiene. Para eso, el sacerdote tiene que desprenderse de su voluntad humana, para conformarse con la Voluntad de Cristo.

Este desprendimiento interesa a la intención del sacerdote, es decir, a su forma de obrar en una misa los Misterios Divinos.

Cuanto más apegado esté el sacerdote a su voluntad, su intención se vuelve sólo material, externa, buscando sólo el significado de lo profano, de lo humano, de lo que no sirve para salvar.

Cuando más libre es el sacerdote de su propia voluntad, cuanto más se abandona a la Voluntad de Dios en su ministerio, entonces puede obrar lo divino en una misa.

En la misa, todo está en la intención con que se consagra. Por eso, son muchas las misas que se invalidan por la intención del ministro, no por su fe o por la pronunciación correcta de las palabras de la consagración.

Ahora es más fácil discernir las verdaderas misas de las falsas, porque un usurpador está como jefe de la Iglesia. Y ese usurpador no busca lo sagrado en la Iglesia, no quiere que los sacerdotes celebren la misa tradicional, y condiciona a todos para desmantelar más lo que es una misa.

Busquen misas tradicionales. Es tiempo de ir dejando las misas del nuevo ordo en donde se vea que se ha perdido la intención, en el sacerdote, de buscar lo sagrado, de llevar a lo sagrado, de exponer lo sagrado.

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La comunión en la mano: culto a Satanás en la Iglesia

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«Un alma me contó de un cardenal alemán que estuvo bastante cerca de nosotros, aquí. El alemán y el italiano deben permanecer en el purgatorio hasta el día en que se prohíba recibir la Comunión en la mano, y el norteamericano deberá permanecer en el purgatorio hasta el día en que la Comunión en la mano se prohíba en todos los Estados Unidos y se reinstaure la Comunión en la lengua. Pasado un tiempo, pregunté de nuevo cuáles eran sus nombres pero tampoco recibí ninguna respuesta. Con respecto al cardenal alemán, me contó el padre Matt que en el lecho de su muerte expresó que había cometido un gran error al promover la Comunión en la mano. Como siempre ocurre, nunca se publica esta clase de hechos, y por lo tanto se produjo el daño» (Pag. 30 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).

Entre los católicos hay mucha ignorancia y confusión sobre su fe. Y esto procede sólo de una cosa: no se cumple con los mandamientos de la ley de Dios.

Todo está en lo que Dios revela al hombre. En esa Verdad Revelada, el hombre conoce lo que tiene que hacer en su vida para poder salvarse y santificarse.

El primer mandamiento de la ley de Dios nos dice que hay que amar a Dios sobre todas las cosas. Y aquí viene el problema: ¿qué es amar? ¿qué es el amor? ¿un sentimiento humano? ¿cumplir una ley canónica? ¿obrar una serie de ritos y disposiciones litúrgicas?

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento” (Mt. 22, 38). Este primer mandamiento integra los tres primeros mandamientos de la ley de Dios (del 1 al 3).

«El segundo mandamiento a éste es: Amarás al prójimo como a ti mismo» (v. 39). En este segundo, están los demás mandamientos (del 4 al 10). «De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas» (v. 40).

La ley de la Gracia, dada por Jesucristo, lleva a la perfección la ley divina, dada por Moisés y los Profetas. Perfección que sólo es posible alcanzar dentro de la Iglesia Católica. Fuera, no tienen la ley de la Gracia. Poseen los mandamientos de la ley de Dios y los diversos profetas de nuestro tiempo, que son ya inservibles para dar a conocer la Verdad que viene de Dios. Porque sólo la Verdad están dentro de la Iglesia que Jesús ha fundado.

Las almas, hoy día en la Iglesia, no viven en la ley de la Gracia y, por tanto, no pueden cumplir estos dos preceptos a la perfección. Y ni se salvan ni pueden llegar a la santidad de la vida. Están sin Gracia, en estado de pecado, y por tanto, vuelven a lo de antes, a como los hombres vivían en el tiempo de Moisés y los Profetas. Pero con un agravante: conocen lo que es la Gracia, pero la desprecian para estar en su vida de pecado. Y eso les hace convertirse, no sólo en católicos tibios, sino en auténticos fariseos, hipócritas, legistas; es decir, en católicos pervertidos en sus mentes. Están en la Iglesia para cumplir leyes: sale una ley que dice que se puede comulgar en la mano y, como no viven en Gracia, no son fieles a la Gracia, no pueden discernir la mentira de esa ley, el pecado que esa ley promulga, y cumplen la ley y juzgan a aquellos que no la cumplen. Y es más, defienden esa ley a capa y espada, porque lo dice la Iglesia, lo manda la Iglesia.

Para amar a Dios hay que darle tres cosas: corazón, alma y mente.

En el corazón está la Gracia y el Espíritu: el alma tiene que alejarse de todo pecado y, para eso, tiene el Sacramento de la Penitencia: si pecas, corre a confesar tu pecado, pero no permanezcas en estado de pecado. Ya es fácil permanecer en la Gracia, que es estar en la Verdad.

En el alma está la virtud: la persona tiene que practicar las diferentes virtudes si quiere cumplir el decálogo. Sin la práctica de las virtudes cristianas no se puede comprender lo que es el amor a Dios. Y, por tanto, no hay manera de comprender ni el amor a sí mismo ni el amor al prójimo.

Y en la mente está la obediencia a Dios: el hombre es un ser intelectual. Y, por tanto, el hombre se une a Dios con su entendimiento y voluntad. No se une a Dios con las solas obras de su voluntad, ni se une con su solo pensamiento. No está ni en pensar ni en obrar. Está en someter a Dios estas dos facultades: entendimiento y voluntad. De aquí nace el culto debido a Dios. El hombre es dependiente de Dios y le debe un culto que sólo Dios puede enseñar.

«Si alguno dijere que no es posible o que no conviene que el hombre sea enseñado por medio de la revelación divina acerca de Dios y del culto que debe tributársele, sea anatema [cf. 1786]» (D-1807 2. [Contra los deístas.]).

Para conocer el culto debido a Dios, el hombre tiene que aprender del mismo Dios ese culto. Porque Dios ha puesto al hombre un fin sobrenatural en su vida. Por lo tanto, el hombre debe someter su inteligencia a ese fin sobrenatural, para poder obrar la Voluntad de Dios.

Y Dios ha revelado en los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, el culto debido que el hombre tiene que darle. El hombre no tiene que inventarse el culto a Dios, porque Dios ya ha revelado la religión verdadera al hombre. Y hay obligación grave de abrazar y ejercer esa religión revelada. Si no se abraza, se pierde el fin sobrenatural. Si el hombre no se somete a la doctrina de esa religión, el hombre no puede guardar los preceptos ni observar el culto debido a Dios.

«Para que la razón humana no sea engañada ni yerre en asunto de tanta importancia, es menester que inquiera diligentemente el hecho de la divina revelación, para que le conste ciertamente que Dios ha hablado, y prestarle, como sapientísimamente enseña el apóstol, un obsequio razonable» (Pío IX en su Encíclica “Qui pluribus» – Rom. 12,1 (D.1637).

Por eso, sólo en la Iglesia Católica se da el culto debido a Dios. Fuera de ella, hay un culto indebido, un culto falso y un culto sacrílego. Los hombres piensan en sus verdades y se inventan sus religiones, iglesias, sectas. Y, por tanto, el culto que dan a Dios es falso e, incluso, demoniaco.

Los protestantes, los ortodoxos, los musulmanes, los budistas, etc…, ni adoran a Dios ni le dan culto debido, porque no han aceptado la religión que Dios ha revelado. Han interpretado el AT y el NT, según su mente humana, según las culturas, los tiempos de los hombres. Es a «la santa madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras santas; y, por tanto, a nadie es lícito interpretar la misma Escritura Sagrada contra este sentido ni tampoco contra el sentir unánime de los Padres» (D-1788 [De la interpretación de la Sagrada Escritura]).

Un católico no puede participar en las oraciones y liturgias de otras religiones, porque sólo en Su Iglesia se da culto debido a Dios. Lo que hace Francisco, cuando participa de los cultos de los judíos o de los protestantes, o cuando pide una bendición a un anglicano que no puede bendecir, o cuando bendice unas hojas de coca, o cuando pone una pelota de goma al lado del sagrario, o cuando se reúne en Roma con los judíos y musulmanes para orar por la paz,…, todo eso son obras en contra de los tres primeros mandamientos de la ley de Dios; es decir, va en contra del primer mandamiento que Jesús señala. Está pecando de muchas maneras, está mostrando su pecado a todo el mundo y los demás lo justifican y lo aplauden. Y eso es muy grave para toda la Iglesia Católica: si los hombres ya no saben amar a Dios, dándole el culto que se merece por ser Dios, tampoco saben amar a los demás. En la Iglesia Católica ya no se cumple la ley de la Gracia, porque nadie cumple los diez mandamientos de la ley de Dios. En la Iglesia, que está en el Vaticano, y que la llaman católica, no está ya el Espíritu de Dios.

Es fácil pecar, de muchas maneras, en los tres primeros mandamientos. Porque, desde el Concilio Vaticano II, la liturgia ha perdido la reverencia, la dignidad y la sacralidad que antes tenía. Por tanto, en muchas misas, oraciones y celebraciones litúrgicas de los diversos Sacramentos, se dan muchos elementos que no pertenecen al culto debido a Dios. No son elementos que Dios ha revelado para darle culto. El hombre los ha ido metiendo, quitando los verdaderos. Y queda algo profano, mundano, carnal, temporal, natural, demoniaco.

Así, hoy día, las misas del novo ordo no son capaces de santificar, porque han perdido la sacralidad: oraciones, frases, ritos que no son propios para dar culto a Dios. Brilla más lo humano, el lenguaje, la expresión profana, que lo sagrado. Esto no significa que la misa sea inválida. Sólo significa que esos ritos, esa estructura, no lleva a la devoción ni a la oración ni a la adoración de Dios a las almas.

Dar culto debido a Dios es ponerse el hombre en Presencia de Dios. Cuando el hombre quita toda presencia humana, material, profana, natural, entonces su alma entra en devoción. Un alma devota es la que está en la Presencia Divina, como Moisés, al entrar en el Santuario: su alma notaba la Presencia propia del Espíritu Divino.

Esa devoción que el alma tiene le lleva a la verdadera oración, que significa: escuchar a Dios, aprender de Él, estar atento a las cosas divinas, celestiales, espirituales que el alma va sintiendo en esa oración.

Las misas del novo ordo no ponen al alma ni en devoción ni en oración. No se siente la Presencia de Dios ni tampoco el alma se eleva de lo humano, de lo natural, de lo profano. Sino que es todo lo contrario. La gente se mete en un mundo humano para estar pendiente del otro: qué hace, cómo habla, etc.

Si no hay verdadera oración, si el entendimiento del hombre no se eleva por encima de lo humano para quedar atrapado en la atmosfera divina, entonces el corazón no puede abrirse a la verdadera adoración a Dios. Se adora con el corazón, cuando la mente se somete a Dios. El sometimiento a Dios se percibe cuando en la mente los pensamientos son sujetados por Dios. Si en la oración, por el pensamiento pasan cantidad de ideas, de sentimientos, de deseos, es que no se hace verdadera oración y, por tanto, no hay presencia divina en el alma. La oración comienza cuando la mente hace silencio. Y eso sólo Dios lo puede obrar en el alma. También el demonio sujeta la mente, la pone en blanco, para que la persona se meta en un mundo espiritual ficticio. Pero Dios nunca pone la mente en blanco, sino que sujeta el pensamiento para que no distraiga a la persona, para que el alma esté atenta sólo a Dios, a la voz de Dios.

Por eso, en las misas de hoy hay muchas cosas que hace que el alma desatienda a Dios. Los hombres están pendientes de lo que no deben estar. Y, de esa manera, no puede alcanzar la verdadera adoración a Dios. Y van a comulgar de cualquier manera. Como su interior no adora a Dios, después, en lo exterior, no se da el culto verdadero, legítimo, debido, que Dios quiere del alma. La vida interior se demuestra con actos externos. Si no hay vida interior, si no hay presencia de Dios, no hay oración, no hay adoración; entonces después la gente comulga en la mano y cree que está haciendo un acto agradable a Dios. Es la hipocresía de muchas personas.
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Jesús es Dios y está en la Eucaristía. Ante Dios, el hombre tiene que poner su frente en el suelo, porque «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (Prov. 3,34).

Para comulgar a Jesús, es necesario demostrar externamente la humildad, el sometimiento de la mente a Dios. Y, por tanto, para dar culto debido a Dios en la Eucaristía, el hombre tiene que arrodillarse, tiene que abajarse, tiene que inclinar su cabeza, porque así como Jesús «se humilló a sí mismo» (Flp 2,8), así hay que «revestirse de entrañas de humildad» (Col 3,12) ante Dios. No se puede comulgar al Señor de pie, mirando a Dios a los ojos, con una actitud externa de tú a tú, porque «Jesús es el Señor» (1 Cor 12,3). Jesús no es un amigote, no es un compadre, no es cualquier hombre. Es Dios. Y la criatura, ante Dios, tiene que doblar su rodilla: «al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp 2, 10), porque «toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para Gloria de Dios Padre» (v. 11).

Para dar culto debido a Dios en la Eucaristía, el alma tiene que ponerse de rodillas y recibirlo en la boca, de manos del sacerdote. Si hace esto, el alma adora a Dios en Espíritu y en Verdad. Porque la «humildad es la Verdad» (Sta. Teresa): el alma humilde se pone en reverencia y adoración a Dios, se abaja, se humilla, se pone en el lugar que le corresponde como criatura: dependiente de Dios. No se coloca en el lugar de Dios. «El humilde verdadero y perfecto rechaza la gloria que se le ofrece, y no busca lo que no tiene» (S. Alberto Magno). No quiere subir a donde está Dios, sino que se queda en su lugar, y deja a Dios que decida subirla, elevarla.

Si el alma no hace esto, entonces se produce una falsa humildad, que es lo que hay en muchas personas que comulgan de pie y en la mano: exteriormente parecen muy humildes, pero en su interior están cometiendo muchos pecados porque no dan a Dios, en la Eucaristía, el culto debido. Dan su culto o lo que otros les han enseñado o le han obligado con sus leyes.

La comunión en la mano nunca ha existido en la Iglesia. Siempre ha sido un recurso extraordinario, en circunstancias que así lo exigía la Justicia de Dios. Por ejemplo, San Tarsicio, que llevaba la comunión a los enfermos y encarcelados: «1277.- Este modo de distribuir la Santa Comunión (en la boca), considerado el estado actual de la Iglesia en su conjunto, debe ser conservado no solamente porque se apoya en un uso transmitido por una tradición de muchos siglos, sino principalmente porque significa la reverencia de los fieles cristianos hacia la Eucaristía. Este uso no quita nada a la dignidad personal de los que se acercan a tan gran sacramento (…)». «1278.- Con esta manera tradicional, se asegura más eficazmente que la Sagrada Comunión sea distribuida con la reverencia, el decoro y la dignidad que le son debidas» (Cf. Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29 de mayo de 1969).

La comunión en la mano muchos creen erróneamente que fue fruto del Concilio, pero no fue así: cuando se les preguntó a los obispos de todo el mundo sobre la posibilidad de permitir que se distribuyera la Comunión en la mano, la gran mayoría votó en contra (Cf. Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29 de mayo de 1969). Y, en ningún lugar de los documentos del Vaticano II se puede encontrar mencionada, ni siquiera una vez, la comunión en la mano. Los masones movieron todo para conseguir su objetivo.

La comunión en la mano es el triunfo de la masonería en la Iglesia: es comenzar a romper la Iglesia por donde más duele: la adoración a Jesucristo: «¿Cómo robar a los fieles su fe en la verdadera presencia? En primer lugar, debemos hacer que todos reciban la comunión de pie y después que se les ponga la Hostia en la mano. De este modo, acabarán viendo la Eucaristía como un mero símbolo de un banquete fraternal y así desaparecerá esa fe» (Extracto de un plan masónico de 1925). «Cuando hayamos conseguido que los católicos reciban la comunión en la mano habremos logrado nuestro objetivo» (Stanislas de Guaita, un ex-sacerdote, cabalista, satanista y modelo de masones)

El sacerdote es el encargado de administrar el Sacramento de la Eucaristía y, por lo tanto, ninguna mujer puede administrarlo: «Cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo. El tocar las Sagradas Especies, su distribución con las propias manos, es un privilegio de los ordenados» (Cf. la Carta Dominicae Cenae, de Juan Pablo II, a todos los obispos y sacerdotes, del 24 de febrero de 1980). Las mujeres no tienen que estar en al Altar, ni siquiera tienen que subir para leer las lecturas: «las mujeres cállense en las asambleas, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas, como dice la Ley» (1 Cor 14, 34)

Jesús puso el sacerdocio sólo en manos de hombres, no de las mujeres. Es el hombre el que ofrece a Cristo en la comunión. No es la mujer: «La comunión es un don del Señor, que se ofrece a los fieles por medio del ministro autorizado para ello. No se admite que los fieles tomen por sí mismos el pan consagrado y el cáliz sagrado, y mucho menos que se lo hagan pasar de uno a otro» (Cf. Instrucción Inestimabile Donum sobre algunas normas acerca del culto del Ministerio Eucarístico, del 3 de abril de 1980)

Por tanto, peca la mujer que administra la comunión y peca el que comulga de una mujer. Porque el culto debido a Dios, en la eucaristía, lo ofrece sólo el sacerdote; no la mujer. Se adora a Dios, en la Eucaristía, cuando el sacerdote administra la comunión, y cuando las almas la reciben de manos de los sacerdotes. No se adora a Dios, en la eucaristía, cuando una mujer lo administra y cuando las almas la reciben de las manos de las mujeres.

Se cometen muchos pecados de esa manera, porque la Iglesia es Cristo. Y todo fiel que quiera servir a Cristo tiene que someterse a su doctrina. No puede inventarse una doctrina, una nueva forma de dar culto a Dios, de administrar la Eucaristía.

De muchas maneras, se profana hoy día este Sacramento, porque existen leyes pecaminosas en la Iglesia Católica. Leyes que Dios no quiere y que los Papas no han podido quitarlas, porque la Jerarquía infiltrada en la Iglesia es muy fuerte. Tan fuerte que han hecho renunciar a un Papa y han puesto a un masón como falso Papa.

Si un sacerdote obliga a comulgar en la mano, no hay que aceptar esa comunión y hay que retirarse en silencio. Porque no se puede pecar cuando se adora a Dios. Antes morir que pecar. Muchos sacerdotes obligan a pecar, mandan pecar. Y, por eso, muchos están en el Purgatorio y en el Infierno por esto. Un sacerdote que mande pecar no es sacerdote para el alma. No se puede obedecer la mente de un hombre que mande un pecado. No se puede. En la Iglesia se obedece la Verdad, no la mentira que muchos sacerdotes ofrecen en sus misas.

La Iglesia entera está en las catacumbas, no en Roma. Roma fornica con la mente de muchos hombres que se creen sabios mostrando su pecado a todo el mundo. Y muchos católicos, sólo de nombre, de figura, se creen los mejores exaltando sus pecados como la gloria de la Iglesia.

«Si alguien necesita pruebas de que a Dios no le gusta el modo atolondrado en que hoy en día se hacen uso de los ministros extraordinarios de la Eucaristía, puedo contar la siguiente historia sobre algo que ocurrió muy cerca de aquí hace poco tiempo. No hace mucho falleció una mujer que solía repartir la Comunión y que había inducido a muchas otras mujeres a que obraran igual. Yo no la conocía muy bien, pero había oído hablar mucho de ella. Antes del funeral, el ataúd estaba abierto para que la familia y los amigos pudieran despedirse. En el momento previsto, se cerró el ataúd. Pero antes de que hubiera transcurrido una hora, un pariente cercano llegó tarde y le pidió al sacerdote que por favor lo abriera brevemente para poder despedirse de la difunta al igual que el resto. El sacerdote accedió y, con una o dos personas presentes, levantó la tapa y miró dentro. Fueron testigos de algo que no era lo que habían visto un rato antes. Las manos de la mujer se habían vuelto de color negro. Este signo, para mí, como para el resto, fue una confirmación de Dios de que las manos no consagradas no pueden distribuir a Jesús durante la Comunión» (Pag. 34 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).

La Iglesia es la Palabra

La Iglesia es la Palabra y, por tanto, la Iglesia es la Jerarquía porque sólo el sacerdote da la Palabra en la Iglesia.

fariseismo

Una Iglesia sin Jerarquía no es Iglesia.

Una Iglesia donde la Jerarquía sólo se somete a los laicos no es Iglesia.

Los laicos, para ser Iglesia, tienen que obedecer a la Jerarquía. Si no hay obediencia, no hay laicos en la Iglesia.

El sacerdote en la Iglesia no está al servicio del pueblo, sino al servicio de la Palabra.

El sacerdote en la Iglesia no tiene que estar buscando las palabras de los hombres ni haciendo caso a lo que el Pueblo quiere en la Iglesia.

El Pueblo de Dios no decide nada en la Iglesia.

El Pueblo de Dios decide algo en la Iglesia cuando se somete a la Jerarquía.

El punto de la nueva iglesia, que ya funciona en Roma, es que no existen los sacerdotes.

Para ellos, el sacerdocio se iguala al laico, al Pueblo de Dios. El sacerdote, en esa nueva iglesia, se viste como sacerdote, pero su ministerio es resolver problemas humanos de la gente, dialogar con la gente, agradar a la gente, contarles cuentos a la gente, predicar que Dios es amor y misericordia, pero nunca predicar del pecado, ni de la justicia, ni del infierno, ni de la cruz.

Esto, que ya está en la nueva iglesia en Roma, se ha venido haciendo desde hace 50 años. Y, por eso, es fácil quitar el sacerdocio, porque los sacerdotes se dedican a sus asuntos humanos y, después, celebran una misa y hacen que predican algo sobre Dios.

Nadie en la Iglesia ha comprendido la función del sacerdocio. Todos creen que la Iglesia comienza con Pentecostés y, por tanto, todos en la Iglesia tienen sus dones y carismas para hacer en la Iglesia lo que les da la gana.

Si la Iglesia no es la Jerarquía, la Iglesia, por más que tenga dones y carismas, es nada. Porque en la Iglesia no se está para obrar un carisma, sino para obrar la Palabra de Dios.

Y aquel que no quiera obrar la Palabra de Dios hace como Francisco: se inventa su iglesia para llenarla de hombres que predican fábulas a las gentes y recogen dinero para darlo a los pobres.

Una Iglesia que pone el sacerdocio al servicio de la comunidad anula el sacerdocio.

Y lo anula de raíz.

Porque el sacerdocio es para dar culto a Dios. Y los fieles en la Iglesia siguen al sacerdote para dar culto a Dios. Los fieles no adoran a Dios sin los sacerdotes, sin sus Pastores. Nadie se salva en la Iglesia sin su Pastor, sin su sacerdote.

La Santa Misa es sólo para dar culto a Dios, no es para pasárselo bien, no es para dialogar entre sacerdote y fiel. Es para adorar a Dios en comunidad, en un acto divino. Y ese acto divino es lo que hace ser Iglesia. Sin ese acto divino, sin la Sta. Misa, no existe la Iglesia. Existirá el conjunto de hombres, que unos se visten de sacerdotes y otros de laicos. Y hacen cada uno sus obras, las que sean. Y eso es lo más contrario a la Iglesia.

Hoy ya no se define la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, sino como una comunidad de fieles.

En esta definición se da la anulación de la Iglesia.

Para acabar con la Eucaristía hay que acabar antes con el sacerdocio. Que el sacerdote haga las obras de los demás en el Iglesia. Y, por tanto, que la Misa sea algo del pueblo y para el pueblo. Por eso, se ven en la Misas lo que se ve: arte, cultura, bailes, músicas, cosas mundanas, cosas profanas, pero ya no lo divino.

Cuando en la Misa aparece todo eso con aprobación del sacerdote, eso ya no es una Misa, sino un conjunto de hombres que se dedican a hacer su teatro en la Iglesia: unos en el altar, otros en los bancos o en las mesas de la Iglesia.

En la práctica ya no se da el sacerdocio en la Iglesia. En muchas misas sólo hay una obra de teatro, aunque se digan las palabras correctas de la consagración. Porque la Misa no es sólo decir las palabras de la consagración, hacer algo en el Altar. La Misa, desde que inicia hasta que acaba, es un acto de adoración a Dios. Y si no se da este acto, si en la Misa se mete lo profano y lo mundano, es imposible hacer ese acto de adoración a Dios.

Como la Misa se ha convertido en todo menos obrar la Palabra de Dios, el sacerdocio ha desaparecido de la Iglesia.

Sólo los sacerdotes que saben lo que quieren en una Misa y que lo imponen a los demás, hacen la Misa como adoración a Dios. Los demás hacen su teatro.

La Misa como Iglesia, en la práctica, ya no se da en la Iglesia.

La Misa como conjunto de fieles, entre ellos el sacerdote, se sigue dando en la Iglesia.

La Misa como Iglesia significa que sólo en esa Misa se da la Palabra de Dios. Sólo se escucha la Palabra de Dios. Sólo se obra la Palabra de Dios. Para conseguir esto hace falta una liturgia adecuada que, desde hace 50 años, ya no se da en la Iglesia.

Sólo en algunos conventos dedicados a lo antiguo se sigue dando esta Misa como Iglesia. Porque la Iglesia es la Palabra de Dios, es Jesús y sólo Jesús.

Después hay muchas misas como conjunto de fieles. Y entre ellas muchas que ya no son misas, son otra cosa, porque prevalece en ellas lo profano y lo mundano.

Una Iglesia sin misa es nada. Una Iglesia con una misa de comunidad de fieles es algo un poco más que nada. Y una Iglesia con la Misa auténtica es la Iglesia de Jesús.

Por eso, si vemos las misas cómo están veremos que ya casi ha desaparecido la Iglesia. Y la Iglesia se está convirtiendo, en la práctica, en un conjunto de fieles. Y no más. Que obran cosas en la Iglesia. Y punto.

Por eso, la insistencia de Francisco de que los sacerdotes atiendan a los laicos en la Iglesia. Es que es eso lo que ya se vive dentro de la Iglesia.

Y se dice, luego, que todos tenemos carismas y dones y hacemos la Iglesia con todo eso. Esa es la enseñanza propia del demonio que le gusta obrar los carismas y los dones en almas que ya no creen en la Palabra.

El demonio también obra sus carismas en la Iglesia: también predica, también sana, libera, hace milagros y así obra lo que los hombres desean en la Iglesia.

La Iglesia no es la obra de los carismas, que tenga cada uno, sino que la Iglesia es la obra de la Palabra de Dios.

La Palabra obra y forma su Cuerpo.

Un Cuerpo que está integrado por almas que siguen al Espíritu de la Palabra. La Palabra es Cristo. Y el Espíritu de la Palabra es el Espíritu de Cristo. Y sólo forman la Iglesia los que tienen el Espíritu de Cristo. Los demás, aunque tengan carismas y dones, si no tienen ese Espíritu, no forman la Iglesia.

Jesús, que es la Palabra, obra Su Palabra en Pedro. Y es en Pedro donde funda Su Iglesia. Y fuera de Pedro no hay Iglesia.

Jesús, que es la Palabra, da a Pedro el gobierno de toda Su Iglesia. Ese Poder que recibe Pedro es una Obra de la Palabra en la Iglesia.

Pedro gobernando la Iglesia obra la Palabra.

Pedro renunciando a ser Pedro impide la Obra de la Palabra en la Iglesia.

Desde la renuncia de Benedicto XVI no es posible Obrar la Palabra en la Iglesia.

Este es el Misterio de la Iglesia.

La Palabra se da en la Iglesia a través de Pedro. Y sólo a través de Pedro.

La Palabra obra en Pedro y lo hace la columna de la Verdad en la Iglesia. Se quita Pedro y se echa abajo esa columna. No hay Verdad en la Iglesia. Quedan 20 siglos de Verdad, pero ya nadie obra la Verdad. Queda una reliquia que nadie atiende. Por eso, ya se ve en la Jerarquía la caída de la fe católica. Ya nadie sigue el Magisterio de la Iglesia, sino que cada cual lo interpreta a su manera egoísta.

Y obedeciendo a Pedro, los demás en la Iglesia obran la Palabra. Si no existe Pedro, no hay nada en la Iglesia. No hay obediencia a nadie. No hay Autoridad Divina. No hay sujección a nada ni a nadie en la Iglesia.

Por eso, la obra de Francisco era desmontar el Papado. Y lo ha hecho anulando el gobierno vertical, es decir a Pedro.

Pero Pedro ya no existía en la Iglesia porque Benedicto XVI renunció a ser Pedro.

Lo que hizo Francisco es sólo la obra de la renuncia de Benedicto XVI, la obra de un hombre que decidió no ser Pedro, dejar de ser Pedro. La consecuencia es clara: tiene que haber un gobierno horizontal en la Iglesia.

Francisco siguió el pensamiento de Benedicto XVI. Lo siguió. Lo puso en obra. Es el Papa el que impide el gobierno horizontal. Se quita al Papa, viene el gobierno horizontal.

Benedicto XVI al renunciar produjo en el Cuerpo Místico una división que ya nadie puede arreglar.

Porque Pedro es el que une el Cuerpo Místico. Si Pedro renuncia ya no puede unir el Cuerpo y se da una división en la Cabeza, en el Vértice de la Iglesia.

Esa división trae una consecuencia para todos los fieles: todos están sujetos a una cabeza falsa.

Si se va Pedro de la Cabeza, lo que hacen los Cardenales es poner una falsa cabeza. Esa falsa cabeza ya no puede unir el Cuerpo Místico porque Benedicto XVI produjo la división en ese Cuerpo. División en el Vértice que une al Cuerpo.

Cualquier cabeza que se ponga en la Iglesia es incapaz de unir a la Iglesia en la verdad. Incapaz. Por culpa de Benedicto XVI. Él tiene la culpa.

Lo que hace Francisco es aprovecharse de esa división para crear, en la práctica, la división en la Iglesia.

El problema de Roma es que ya no puede hacer Iglesia, porque la Iglesia ha quedado rota con Benedicto XVI. Rota. Dividida. Y no hay quien la junte de nuevo. Sólo el Espíritu de la Iglesia sabe el camino de la Iglesia, que es el camino de la unidad, que ya no se puede dar en Roma.

Y lo que se ve en Roma es sólo el fruto de ese rompimiento que hizo Benedicto XVI, que conlleva destruir toda la Iglesia.

Por eso, no hay que mirar a Roma ni a Francisco. No hacen Iglesia, están haciendo lo propio de la obra de Benedicto XVI: romper la Iglesia.

Benedicto XVI se cargó la Iglesia en su renuncia. Para Dios no hay nada en Roma. Pero Dios sabe cómo son los hombres, que no disciernen nada, que no ven las consecuencias espirituales de nada, que sólo miran lo exterior de la vida y de los hombres. Y Dios espera a que las almas despierten y salgan de Roma, porque allí no hay nada.

Ahora viene a Roma otra cabeza. Y esa cabeza pondrá la anulación del sacerdocio y de la Eucaristía, porque es el siguiente paso en el plan del demonio.

El demonio no puede hacer que la Iglesia se abra, en la práctica al mundo, si no quita primero la Eucaristía.

Porque la gente va a la Iglesia por la Eucaristía. A la gente le importa muy poco el Papa o la cabeza que haya en la Iglesia. La gente no quiere saber nada de Obispos ni de sacerdotes. Sólo quieren su misa y su comunión.

Y, por eso, para sacar a la gente de eso y hacer que la Iglesia camine hacia el mundo, hay que suprimir la Eucaristía y el sacerdocio.

Y, entonces, la gente va a despertar, porque le van a tocar la niña de sus ojos. Y la gente no ha comprendido que ya no hay nada en la Iglesia. Todo es una obra de teatro. Pero Dios sabe esperar los tiempos. Y Dios se acomoda a lo que vaya haciendo los hombres en la Iglesia para dar su luz divina y hacer que las almas salgan de Roma.

El Padre Pío y la Santa Misa

En 1974 se publicó una obra en italiano, titulada «Cosí parlò Padre Pio»: «Así habló el Padre Pio» (San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia), con el imprimatur de Mons. Fanton, obispo auxiliar de Vincencia. Publicamos algunos pasajes en los que el Padre Pío hablaba de la Santa Misa:

Padre Pio y la Misa

– Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio?

Sí, porque con él regenera el mundo.

– ¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios?

Una gloria infinita.

– ¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa?

Compadecernos y amar.

– Padre, ¿cómo debemos asistir a la Santa Misa?

Como asistieron la Santísima Virgen y las piadosas mujeres. Como asistió San Juan al Sacrificio Eucarístico y al Sacrificio cruento de la Cruz.

– Padre, ¿qué beneficios recibimos al asistir a la Santa Misa?

No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu fe y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración.

– Padre, ¿qué es su Misa?

Una unión sagrada con la Pasión de Jesús. Mi responsabilidad es única en el mundo -decía llorando.

– ¿Qué tengo que descubrir en su Santa Misa?

Todo el Calvario.

– Padre, dígame todo lo que sufre Vd. durante la Santa Misa.

Sufro todo lo que Jesús sufrió en su Pasión, aunque sin proporción, sólo en cuanto lo puede hacer una creatura humana. Y esto, a pesar de cada uno de mis faltas y por su sola bondad.

– Padre, durante el Sacrificio Divino, ¿carga Vd. nuestros pecados?

No puedo dejar de hacerlo, puesto que es una parte del Santo Sacrificio.

– ¿El Señor le considera a Vd. como un pecador?

No lo sé, pero me temo que así es.

– Yo lo he visto temblar a Vd. cuando sube las gradas del Altar. ¿Por qué? ¿Por lo que tiene que sufrir?

No por lo que tengo que sufrir, sino por lo que tengo que ofrecer.

– ¿En qué momento de la Misa sufre Vd. más?

En la Consagración y en la Comunión.

– Padre, esta mañana en la Misa, al leer la historia de Esaú, que vendió su primogenitura, sus ojos se llenaron de lágrimas.

¡Te parece poco, despreciar los dones de Dios!

– ¿Por qué, al leer el Evangelio, lloró cuando leyó esas palabras: «Quien come mi carne y bebe mi sangre»…?

Llora conmigo de ternura.

– Padre, ¿por qué llora Vd. casi siempre cuando lee el Evangelio en la Misa?

Nos parece que no tiene importancia el que un Dios le hable a sus creaturas y que ellas lo contradigan y que continuamente lo ofendan con su ingratitud e incredulidad.

– Su Misa, Padre, ¿es un sacrificio cruento?

¡Hereje!

– Perdón, Padre, quise decir que en la Misa el Sacrificio de Jesús no es cruento, pero que la participación de Vd. a toda la Pasión si lo es. ¿Me equivoco?

Pues no, en eso no te equivocas. Creo que seguramente tienes razón.

– ¿Quien le limpia la sangre durante la Santa Misa?

Nadie.

– Padre, ¿por qué llora en el Ofertorio?

¿Quieres saber el secreto? Pues bien: porque es el momento en que el alma se separa de las cosas profanas.

– Durante su Misa, Padre, la gente hace un poco de ruido.

Si estuvieses en el Calvario, ¿no escucharías gritos, blasfemias, ruidos y amenazas? Había un alboroto enorme.

– ¿No le distraen los ruidos?

Para nada.

– Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración?

No seas malo… (no quiero que me preguntes eso…).

– Padre, ¡dígamelo! ¿Por qué sufre tanto en la Consagración?

Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación.

– Padre, ¿por qué llora en el Altar y qué significan las palabras que dice Vd. en la Elevación?

Se lo pregunto por curiosidad, pero también porque quiero repetirlas con Vd. Los secretos de Rey supremo no pueden revelarse sin profanarlos. Me preguntas por qué lloro, pero yo no quisiera derramar esas pobres lagrimitas sino torrentes de ellas. ¿No meditas en este grandioso misterio?

– Padre, ¿sufre Vd. durante la Misa la amargura de la hiel?

Sí, muy a menudo…

– Padre, ¿cómo puede estarse de pie en el Altar?

Como estaba Jesús en la Cruz.

– En el Altar, ¿está Vd. clavado en la Cruz como Jesús en el Calvario?

¿Y aún me lo preguntas?

– ¿Como se halla Vd.?

Como Jesús en el Calvario.

– Padre, los verdugos acostaron la Cruz de Jesús para hundirle los clavos?

Evidentemente.

– ¿A Vd. también se los clavan?

¡Y de qué manera!

– ¿También acuestan la Cruz para Vd.?

Sí, pero no hay que tener miedo.

– Padre, durante la Misa, ¿dice Vd. las siete palabras que Jesús dijo en la Cruz?

Sí, indignamente, pero también yo las digo.

– Y ¿a quién le dice: «Mujer, he aquí a tu hijo»?

Se lo digo a Ella: He aquí a los hijos de Tu Hijo.

– ¿Sufre Vd. la sed y el abandono de Jesús?

Sí.

– ¿En qué momento?

Después de la Consagración.

– ¿Hasta qué momento?

Suele ser hasta la Comunión.

– Vd. ha dicho que le avergüenza decir: «Busqué quien me consolase y no lo hallé». ¿Por qué?

Porque nuestro sufrimiento, de verdaderos culpables, no es nada en comparación del de Jesus.

– ¿Ante quién siente vergüenza?

Ante Dios y mi conciencia.

– Los Ángeles del Señor ¿lo reconfortan en el Altar en el que se inmola Vd.?

Pues… no lo siento.

-Si el consuelo no llega hasta su alma durante el Santo Sacrificio y Vd. sufre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve de nada.

La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la Virgen Dolorosa, de San Juan y de las piadosas mujeres a los pies de Jesús agonizante?

– ¿Qué es la sagrada Comunión?

Es toda una misericordia interior y exterior, todo un abrazo. Pídele a Jesús que se deje sentir sensiblemente.

– Cuando viene Jesús, ¿visita solamente el alma?

El ser entero.

– ¿Qué hace Jesús en la Comunión?

Se deleita en su creatura.

– Cuando se une a Jesús en la Santa Comunión, ¿que quiere que le pidamos al Señor por Vd.?

Que sea otro Jesús, todo Jesús y siempre Jesús.

– ¿Sufre Vd. también en la Comunión?

Es el punto culminante.

– Después de la Comunión, ¿continúan sus sufrimientos?

Sí, pero son sufrimientos de amor.

– ¿A quién se dirigió la última mirada de Jesús agonizante?

A su Madre.

– Y Vd., ¿a quién mira?

A mis hermanos de exilio.

– ¿Muere Vd. en la Santa Misa?

Místicamente, en la Sagrada Comunión.

– ¿Es por exceso de amor o de dolor?

Por ambas cosas, pero más por amor.

– Si Vd. muere en la Comunión ¿ya no está en el Altar?

¿Por qué? Jesús muerto, seguía estando en el Calvario.

– Padre, Vd. a dicho que la víctima muere en la Comunión. ¿Lo ponen a Vd. en los brazos de Nuestra Señora?

En los de San Francisco.

-Padre, ¿Jesús desclava los brazos de la Cruz para descansar en Vd.?

¡Soy yo quien descansa en El!

– ¿Cuánto ama a Jesús?

Mi deseo es infinito, pero la verdad es que, por desgracia, tengo que decir que nada, y me da mucha pena.

– Padre, ¿por qué llora Vd. al pronunciar la última frase del Evangelio de San Juan: «Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»?

¿Te parece poco? Si los Apóstoles, con sus ojos de carne, han visto esa gloria, ¿cómo será la que veremos en el Hijo de Dios, en Jesús, cuando se manifieste en el Cielo?

– ¿Qué unión tendremos entonces con Jesús?

La Eucaristía nos da una idea.

– ¿Asiste la Santísima Virgen a su Misa?

¿Crees que la Mamá no se interesa por su hijo?

– ¿Y los ángeles?

En multitudes.

– ¿Qué hacen?

Adoran y aman.

– Padre, ¿quién está más cerca de su Altar?

Todo el Paraíso.

– ¿Le gustaría decir más de una Misa cada día?

Si yo pudiese, no querría bajar nunca del Altar.

– Me ha dicho que Vd. trae consigo su propio Altar…

Sí, porque se realizan estas palabras del Apóstol: «Llevo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús» (Gal. 6, 17), «estoy crucificado con Cristo» (Gal. 2, 19) y «castigo mi cuerpo y lo esclavizo» (I Cor. 9, 27).

– ¡En ese caso, no me equivoco cuando digo que estoy viendo a Jesús Crucificado!

(No contesta).

– Padre, ¿se acuerda Vd. de mí durante la Santa Misa?

Durante toda la Misa, desde el principio al fin, me acuerdo de tí.

La Misa del Padre Pío en sus primeros años duraba más de dos horas. Siempre fue un éxtasis de amor y de dolor. Su rostro se veía enteramente concentrado en Dios y lleno de lágrimas. Un día, al confesarme, le pregunté sobre este gran misterio:

– Padre, quiero hacerle una pregunta.

Dime, hijo.

– Padre, quisiera preguntarle qué es la Misa.

¿Por qué me preguntas eso?

– Para oírla mejor, Padre.

Hijo, te puedo decir lo que es mi Misa.

– Pues eso es lo que quiero saber, Padre.

Hijo mío, estamos siempre en la cruz y la Misa es una continua agonía.

La santidad de la Santa Misa

“Pruébese el hombre a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz. Porque, quien come y bebe, su propia condenación come y bebe, si no discierne el Cuerpo del Señor. Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes. Que si nos examinásemos bien a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Cor 11, 28-31).

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En estas palabras de San Pablo está la santidad de la Misa.

Hay que discernir el pan y el vino. Hay que discernir lo que está en el Altar. Y hay que discernir cómo está el alma de quien celebra y el alma de quien comulga.

Contra la santidad de la Misa hay muchas cosas hoy en la Iglesia.

1. No se usa el pan adecuado para la consagración, que ha de ser un pan sin levadura, blanco, de trigo. Y no más. Todo lo que no sea eso, no vale para ser materia de consagración. Y hoy se ven en muchas misas panes que no valen. Quien consagra eso, no hace nada, porque es necesaria la materia apta para consagrar: pan ázimo; del griego ázymos, «sin levadura», pan que preparaban los judíos en la fiesta de pascua (cf. Ex. 12, 8). La Última Cena de Jesús fue, precisamente, una cena pascual. En ella, Jesús consagró pan ázimo. (cf. Mt. 26, 17). El ázimo representa el alma que no tiene soberbia, que no está levantada, que no se infla, que no se pone arriba para destacar, para que la vea. Los fariseos son lo contrario al ázimo, se inflan en sus pensamientos humanos.

2. No se usa el vino adecuado, del fruto de la vid, vino puro de uva. Sino que se emplean vinos adulterados, fabricados de otra manera, produciendo la transformación del fruto de la vid. Está prohibida la mezcla de cualquier elemento extraño al vino. Tiene que ser un vino sencillo no un alcohol inventado en el laboratorio. Si se usa un vino adulterado, no hay consagración.

3. En la Misa es necesario las oraciones que den a entender lo que se está celebrando. En la nueva Misa de Pablo VI se han quitado muchas oraciones que son fundamentales para la santidad de la Misa. Porque la Misa es en la Iglesia. Y la Misa es para dar culto a Cristo en la Iglesia.

La Misa es un Sacrificio de Adoración a la Santísima Trinidad, conforme a la intención primordial de la Encarnación, declarada por el propio Cristo: «Al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo» (Sal. 40, 7-9; Heb., 10, 5).

Y, por tanto, toda oración debe ser hecha para adorar a la santísima Trinidad. En el nuevo misal desaparecen en el Ofertorio la oración Suscipe Sancta Trinitas (o Suscipe Sancte Pater), el Prefacio de la Santísima Trinidad que ya no es obligatorio y, en la bendición final de la Misa, ya no está el Placeat tibi Sancta Trinitas.

Es necesario ofrecer a Dios el pan que se va a transformar en el Cuerpo de Cristo y el vino que será Su Sangre. Porque lo que se ofrece a Dios no es el pan y el vino, sino la oblación de Cristo en el Altar.

Jesús tiene un Cuerpo para ser Víctima por los pecados. Y ese Cuerpo es lo que se debe ofrecer en Espíritu a la Santísima Trinidad antes de la consagración. Ahí el sacerdote indica su fe en lo que va a suceder después en la consagración. Si no se dicen estas oraciónes, la Misa pierde el valor de la santidad.

Porque la santidad en una Misa es ofrecer a Dios todo lo que hay en esa Misa. Si no se ofrece a Dios lo que hay en el Altar, ¿a quién se ofrece? Al demonio, al pueblo. Y ahí se produce un mal en la Misa. Pero este mal no anula la esencia de la Misa. Este mal va en contra de la santidad de la Misa.

E igualmente hay que acabar la Misa con una oración a la Santísima Trinidad para pedir a Dios Misericordia por los pecados. Si no se hace esta oración, no se da gracias a Dios por su Misterio y no se reconoce el valor de este Misterio para la Iglesia y para las almas.

La Misa es para llenarse de la Misericordia de Dios sobre el alma y la Iglesia, para que el Señor mire al hombre con el Corazón Misericordioso de Su Hijo. Porque para eso es la bendición final: para que el Señor derrame sus misericordias, no sus gracias, no sus dones, sino lo que es la esencia del Sacrifico Redentor de Cristo sobre el hombre pecador: la Misericordia.

La Misa es un sacrificio propiciatorio, por tanto en Ella se realiza la remisión de los pecados, tanto por los vivos como por los difuntos.

Pero en el nuevo Ordo se hace hincapié sobre el alimento y la santificación de los miembros de los asistentes. Pero no se dice nada de la remisión del pecado.

Se va a una misa para limpiarse de los pecados, para quitar los pecados, para purificar el corazón del pecado.

Este es el único sentido de la Misa. Y, por tanto, se va a una Misa para participar en la Pasión de Cristo y alimentarse de ese Sacrifico.

Y la única forma de hacer esto es quitando el pecado. Hoy muchos asisten a la Misa y no comulgan sacramentalmente. Y, entonces, ¿para qué van a la Misa si no van a comulgar con el Sacrifico de Cristo? Es mejor que no vayan, porque no les aprovecha en nada escuchar una Misa en pecado.

Este es el error que se da hoy en la Iglesia por poner la Misa sólo como alimento y santificación del Pueblo.

Pero ¿cómo se santifica el Pueblo si no quita primero el pecado, si no se purifica cada alma en su corazón del pecado? Es imposible ninguna santificación.

Y, por eso, se cae en el absurdo de la ‘comunión espiritual’ de los que no pueden comulgar por sus pecados.

Pero ¿qué unión puede haber entre Dios y el que está en pecado? ¿Qué unión puede haber entre la Iglesia y el alma que vive en su pecado? Ninguna. Porque el que está en su pecado traza un abismo con Dios y con la Iglesia. Un abismo que sólo Dios puede quitar si el alma confiesa su pecado.

Entonces, hoy asisten a la Misa muchas almas que no quieren dejar sus pecados. Y eso es un obstáculo para la santidad de la Misa.

La Misa es para las almas humildes, que están en gracia y viven la gracia siendo fieles al Espíritu Santo.

La Misa no es para los pecadores. Para los pecadores es el Sacramento de la Confesión, que ya nadie utiliza porque no hay pecado.

La Misa es para que las almas vivan la Obra de la Redención y ayuden a Cristo a que los pecadores se abran a su Misericordia. Se va a una Misa para salvar almas del demonio. Pero esto no se puede hacer si el alma escucha una misa en pecado. Sólo el alma en gracia se une a Cristo en la Misa y repara con Él los pecados de los demás, de su familia, de sus hijos, de sus amigos, que viven en el pecado. y no quieren salir del pecado.

Por eso, no hay que obligar a nadie a ir a Misa si está en pecado, porque esa no es la función de la misa. La Misa sólo sirve para expiar el pecado. Y no sirve para otra cosa. Quien no quiera expiar el pécado, que no vaya a Misa. Que se queden en su vida de pecado, porque se va a misa para encontrar la salvación del alma no para seguir en el pecado.

El fin de la Misa consiste en que es primordialmente un Sacrificio, que sea agradable a Dios, es decir, que sea aceptado como sacrificio. Y, en el estado de pecado original, ningún sacrificio puede ser aceptable a Dios. Sólo el de Cristo. Por tanto cuando se ofrece el pan y el vino es necesario la consagración inmediata de ese pan y ese vino para representar sobre el altar al Sacrificio de Cristo.

Pero el nuevo Ordo de la Misa se altera la ofrenda degradándola.

Se la hace consistir en una especie de intercambio entre Dios y el hombre: el hombre pone el pan y Dios lo cambia en pan de vida; y pone el vino y Dios lo convierte en una bebida espiritual: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan (o vino), fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida (o bebida de salvación)».

Las expresiones «pan de vida» (panis vitae) y «bebida espiritual» (potus spiritualis) son absolutamente indeterminadas, ya que pueden significar cualquier cosa. Aquí se invoca sólo la presencia espiritual de Cristo entre los suyos, pero no se hace hincapié en el cambio sustancial que se va a producir en la consagración, en la Presencia Real de Cristo que va a suceder. Se han suprimido las dos oraciones que producían esto: Deus qui humanae substantiae y Offerimus tibi, Domine.

Con lo cual la Misa es sólo ofrecer algo humano a Dios, pero no la Víctima que es Cristo Jesús.

Se quita lo principal en la santidad de la Misa: que es el pecado. La Misa se hace para reparar el pecado, para expiar el pecado. No tiene otra función.
Si se suprime esto, ¿qué queda? Una fiesta, una comida, una reunión de hombres, una discoteca, cualquier cosa que los hombres quieran poner en la Misa.

Por eso, observamos Misas totalmente paganas, porque ya los sacerdotes no creen en la Misa, no creen en lo que celebran, no creen en la Palabra de Dios. Les da igual la Misa. Lo que importa es hacer un acto agradable a los hombres, ya no a Dios, para que los hombres estén contentos en su vida humana.

La santidad de la Misa en el nuevo Ordo no existe, no puede darse. Y esto es muy grave.

Pero, aunque no se dé, si el sacerdote dice las palabras correctas en la consagración, entonces permanece la esencia de la Misa, hay misa, pero no santifica lo que se produce en el Altar.

Y este el problema de la Iglesia hoy día: se tiene una Misa que no cambia a las almas, sino que las deja como están.

Por eso, dice San Pablo: “Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes”.

La Misa da la salud al alma. Pero si no se hace correctamente, la Misa sólo trae problemas espirituales y humanos a todos.

Por eso, el mundo está como está, porque sus sacerdotes ya no celebran ni la esencia de la misa ni la santidad de la misa.

Y es lógico pensar que, muy pronto, la Misa va a ser anulada en su esencia. Con Pablo VI se anuló la santidad de la Misa. Con Francisco y con sus seguidores se anulará la esencia de la misa.

Y, cuando suceda esto, entonces ya no hay que mirar a Roma para buscar una Misa. Ya hay que buscar a aquellos sacerdotes que quieran hacer las cosas como Cristo las hacía y cómo Él lo enseñó a Sus Apóstoles.

La esencia de la Santa Misa

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“Pues yo recibí del Señor lo mismo que os transmití a vosotros: que el Señor Jesús, la noche que era entregado, tomó pan, y, habiendo dado gracias, lo partió y dijo: «Esto es Mi Cuerpo, que se da por vosotros: haced esto en conmemoración mía». Asimismo, tomó el cáliz, después de haber comido, diciendo: «Este es el Cáliz del Nuevo Testamento en Mi Sangre: haced esto, cuantas veces bebiereis, en conmemoración mía». Porque cuantas veces coméis este pan y bebéis el cáliz, anunciáis la Muerte del Señor, hasta que venga” (1 Cor 11, 23-26).

En estas palabras del Apóstol San Pablo están contenidas la esencia de la Misa.

La Misa no es la Cena del Señor, sino el Sacrificio del Señor en la Cruz.

Es un Sacrificio visible, no una representación simbólica. Es el mismo sacrificio cruento que se realizó en la Cruz. Y esa obra se hizo para quitar los pecados de los que creen en Jesús. Es una Obra Redentora, es un Dolor, no es una fiesta, ni una discoteca, ni un baile, ni un compartir la mesa para hablar de nuestras cosas.

Jesús ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Su sangre para quitar los pecados del mundo. Y eso lo obra Jesús en cada sacerdote que cree en la Palabra de Jesús, y se manifiesta bajo las especies de pan y de vino.

Este don del Señor al sacerdote debe ser transmitido por éste de forma íntegra, sin quitar las palabras del Evangelio ni poner o añadir otras que no pertenecen al Misterio.

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La esencia de la Misa está en decir:

1. «Esto es Mi Cuerpo». No se puede decir: «Este es el Cuerpo de Cristo». Hay muchos que ya dicen eso en las misas que celebran. Si se dice eso, se anula la Misa. No hay consagración. Lo que pasa allí es sólo una obra de teatro.

2. «Este es el Cáliz en Mi Sangre». No se puede decir: «Esta es la Sangre de Cristo en el cáliz».

3. «Haced esto en conmemoración Mía» o «Cuantas veces hicieres esto, hacedlo en conmemoración Mía». No se puede decir: «Haced esto en memoria mía» o «cuantas veces hiciereis esto, hacedlo en memoria mía».

Ya hay muchos libros litúrgicos adulterados con esta nueva doctrina, que separa la Verdad del evangelio con los razonamientos de tantos teólogos que ya no creen en las palabras del Señor.

La Palabra de Dios es clara: La Misa no es el recuerdo de Cristo o de la Cena como un acontecimiento histórico, sino que es realizar lo mismo que Cristo hizo en la Pasión.

Decir: “haec quotiescumque feceritis, in mei memoriam facietis”, es decir: «cuantas veces lo hiciereis, hacedlo en memoria mía», es sólo expresar algo de la historia, recordar con las palabras lo que obró Cristo en un momento de la historia, es separarse de la Palabra de Dios, que dice en griego: «eis ten emou anamnesin».

Esta frase se traduce así: “hacia Mi Memoria”. No se traduce: “en mi memoria”.

No es un recuerdo en la vida de Cristo. Es el recuerdo vivo que Cristo da en la Misa, realizar lo que Él hizo y del mismo modo que Él lo hizo. El sacerdote va hacia ese acontecimiento de Cristo. Y sólo puede ir en el Espíritu. El Espíritu de Cristo lo lleva a la Pasión de Cristo. Y ese llevar produce el Sacrifico de Cristo en el Altar. Es ir hacia la Memoria de Cristo, hacia la Vida de Cristo, hacia la Obra de Cristo.

Los teólogos, los exegetas de la Sagrada Escritura parten esta Verdad y dan el error a toda la Iglesia.

El Espíritu levanta al sacerdote a la misma Vida de Cristo. Esto es lo que significa anamnesin: levantar hacia el recuerdo. No es quedarse en el recuerdo. Es ir a la obra de Cristo: “haec quotiescumque feceritis, in meam commemoriam facietis”.

El Espíritu eleva espiritualmente al sacerdote para que se realice en él la esencia de la Pasión de Cristo. Y la esencia es que el sacerdote ponga en el Altar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es lo que ofrece Jesús a Su Padre para quitar los pecados del mundo.

Decir que la Misa es la memoria de Cristo es sólo decir que la Misa es algo humano. Hay que ir a Misa para una cena, para una comida, para estar un rato juntos y pasarlo lo más placentero posible.

Ya se pierde la santidad de la Misa, porque se rebaja, se anula la esencia de la Misa.

Las palabras de la Consagración no son una narración histórica de lo que pasó en la Cena, sino el mismo acontecimiento, invisible, que no se palpa con los sentidos humanos, que se dio en el Calvario. Es algo incruento de un hecho cruento.

Para realizar una Misa, como la quiere Jesús, es necesario vivir en Cristo, consagrarse completamente a Él, para que en Él y por Él se dé gloria al Padre.

La Misa necesita de un culto interior en la persona del sacerdote. Si no existe este culto interior a Cristo, entonces el sacerdote no tiene fe en Cristo y sólo hace una obra de teatro en lo que celebra en la Iglesia.

Hay muchos sacerdotes de esta manera: sólo ven a Cristo de una forma histórica, externa, cultural, del tiempo. Y, entonces, sólo dan un culto exterior a Cristo. Eso no es suficiente para obrar el Misterio de la Misa.

“Vosotros sabéis, venerables hermanos, que el divino Maestro estima indignos del sagrado templo y arroja de él a quienes creen honrar a Dios sólo con el sonido de frases bien hechas y con posturas teatrales, y están persuadidos de poder muy bien mirar por su salvación eterna sin desarraigar del alma los vicios inveterados” (Pío XII – Mediator Dei).

La Misa no es para cantar o para hablar o para hacer unos ritos más o menos buenos, agradables a todos, sino para postrarse a los pies del Redentor y así profesarle amor y veneración.

Hoy tenemos misas sacrílegas en que el culto a Dios se ha vuelto sólo una enseñanza pagana. Y se meten en las misas muchas cosas del mundo, de la cultura, del arte, de los hombres, porque ya no se da culto interno a Dios.

La adoración a Dios es en Espíritu y en Verdad. Se adora, hoy en la Iglesia, en el espíritu del demonio y en la mentira que da el demonio.

Y eso está pasando en muchas parroquias y nadie hace nada para quitarlo, porque quien lo debería quitar, la Jerarquía eclesiástica, ya no cree en la Palabra de Dios. Ha anulado el Evangelio, ha cambiado las palabras del Evangelio, ha tergiversado el significado de la santa Misa. Y, por eso, vemos lo que vemos. Es que es normal contemplar, hoy, al demonio en las Misas de muchos sacerdotes, que se creen que hacen bien realizando esas Misas porque tienen documentos de Roma que los acreditan como la verdad de lo que es una Misa.

Desde 1958 todos los libros litúrgicos fueron cambiados. La Sagrada Escritura ha sido desvirtuada. Para coger la auténtica Palabra de Dios hay que ir a las ediciones de la Biblia antes de 1958. A partir de esa fecha y, sobre todo, a partir de 1980, no hay biblia que sirva. Todas tienen errores en cualquier parte, fruto de esta exégesis de muchos teólogos que sólo quieren dividir la verdad.

Y los Misales auténticos de la Misa de Pio V han sido adulterados, porque ya no se quiere la Misa como antes. Ya sólo se quiere la Misa como una cena, como una fiesta, como un acontecimiento de la Iglesia para que todos estén felices en sus vidas humanas.

El Concilio de Trento dice: «Si alguien dijere que el Sacrificio de la Misa es sólo de alabanza y de acción de gracias o una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe y que no debe ser ofrecido por los vivos y difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema» (D.S. 1753).

La Misa es un propiciatorio, un sacrifico cruento, un dolor real, una muerte real, un calvario real. No es una memoria de todo eso que pasó hace 2000 años. Es poner en el Altar al mismo Cristo en su Obra Redentora.

Y Cristo se ofreció al Padre para salvar a los hombres. Y aquél sacerdote que no se ofrece a Cristo, no es sacerdote. Aquel sacerdote que da la misa para agradar a los hombres, para tenerlos contentos, para contarles sus batallas diarias en la vida, para hacer de la misa una payasada, un entretenimiento, no es sacerdote.

El sacerdote es para Cristo, no para las almas. Y quien no viva este Misterio sólo obra su teatro en la Iglesia y nada más.

Ahora, se va a cambiar esta liturgia y se va a imponer que sólo la Misa es un recuerdo de la Pasión de Cristo. Cuando esto suceda, entonces hay que irse a buscar una Misa en las catacumbas, en aquellos lugares que todavía crean en el Sacrifico del Altar.

Haced esto en Conmemoración Mía

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«Haced esto en Mi Con-Memoracíon» (Lc 22, 19), traducción literal del griego. Y en la traducción castellana: «Haced esto en Conmemoración Mía».

Estas palabras que se dicen en la consagración de la Misa, al final, serán cambiadas por la mesa redonda, por el G8, y pondrán esta frase: «Haced esto en memoria mía». Cuando manden desde Roma este cambio, entonces la Misa desaparecerá de la Iglesia, se anulará el Sacrificio del Altar y entraremos en el tiempo que dice Daniel: «¿Hasta cuándo va a durar esta visión de la supresión del Sacrifio Perpetuo, de la asoladora prevaricación y de la profanación del Santuario?… Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas» (Dn 8, 13b-14a).

La fe que sigue Francisco en su encíclica sobre la fe, es la fe de los protestantes al pie de la letra. Para Francisco y para la mesa redonda, la Fe es una memoria, un recordar la vida de Jesús en el pasado y ponerla en el presente para indicar un futuro.

Este recuerdo de la vida de Cristo significa entender con la mente humana el significado que Cristo hizo en cada obra de su vida. En la Eucaristía, hay que entender esa Cena con la razón del hombre, sacar sus consecuencias y, después, ponerlas en el presente cuando se celebra la Misa.

Esta fe que Francisco pregona en su encíclica, desde la primera página hasta la última, es la que anula la Fe Divina. Porque todo se convierte en un recuerdo, en un coger datos del pasado y ponerlos en el presente para que este presente ayude en algo a vivir un futuro.

Esta forma mental de entender la Fe destruye, por sí misma, la Fe de la Iglesia, la Fe en Cristo, la Verdad que se da en la Fe.

Para Francisco, la Eucaristía es sólo una memoria de lo que hizo Cristo en la Última Cena. No es una conmemoración, sino una memoria.

Conmemorar significa traer el pasado y unirlo al Espíritu de Cristo. Traer y unir. Memorar o hacer memoria es sólo traer el pasado sin la unión con el Espíritu de Cristo. Es un traer cosas, traer palabras, traer acciones, traer ritos, traer sentimientos…

Esta frase ya se quiso quitar tras el Concilio Vaticano II, pero no pudieron con el Papa. Pablo VI se enfrentó a todos los Obispos y, por eso, tuvo sus problemas hasta el final de su Pontificado. Esta frase le trajo a Juan Pablo I su muerte. Esta frase llenó de amargura a Juan Pablo II en todo su Pontificado. Y esta frase es la que condicionó la salida de Benedicto XVI del Papado.

Esta frase: «Haced esto en memoria mía» en cierra todas las herejías. Y no se escapa ninguna. Esta frase va contra todos los Dogmas de la Iglesia, y no queda uno en pie. Esta frase anula la Tradición de la Iglesia, y sólo quedan sus escritos, sus ensñanzas.

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La Fe es escuchar la Palabra de Dios y guardarla en el corazón (cf Lc 11, 29), no es memorizar lo que Jesús hizo en su vida en la mente, no es traer unos recuerdos de su vida a la mente, un estudio de su vida, una enseñanza de su vida. Escuchar a Dios no es recordar a Dios. La fe entra por el oído, no por la mente. Para escuchar a Dios hay que tener oídos espirituales, sentido espiritual.

La Fe es la misma Vida de Cristo en el corazón del que cree. La Fe no es algo intelectual, algo dogmático, algo teológico, algo científico, algo sintetizado por la razón, algo mecánico que se hace, algo que todos hacen, algo sin vida pero con un sentimiento agradable. La Fe es una Vida, una Obra en esa Vida, un Amor hacia una Verdad Divina.

La Fe es la Obra de Jesús en medio de Su Iglesia. Y para hacer esta Obra es necesario unirse al Espíritu de Cristo. Sin esta unión, la oración es sólo palabras que se dicen, recuerdos que se hablan, obras exteriores que se hacen. El Espíritu trae la Vida, porque el Espíritu es Vida. (cf. Jn 6, 63)

Al cambiar la palabra conmemorar por la palabra memorar, el recuerdo de la obra de Cristo sólo está en las palabras o en lo exterior de la obra, pero no en el Espíritu. Con-Memorar significa traer la vida de Cristo junto a Su Espíritu, con Su Espíritu, al lado de Su Espíritu. Son dos cosas: el Espíritu de Cristo, su Presencia en la obra que el sacerdote hace, y la obra que el sacerdote hace en la Misa:«Y la Vida se manifestó, y la hemos visto y damos testimonio , y os anunciamos la Vida Eterna» (1 Jn 1, 2).

Si se quita una de ellas, si se quita el Con, entonces sólo queda el memorar.

Conmemoración es hacer la Pasión junto al Espíritu de Cristo. Es ese Espíritu el que lleva la Pasión a esa oración que se hace en la Misa, y pone la Pasión en el Altar. Y lo que se produce en el Altar es lo mismo que se pasó en la Pasión hace 2000 mil años. La misma obra, el mismo acontecimiento, las misma lágrimas de la Virgen, el mismo sufrimiento de Jesús, su misma muerte, la soledad de la Virgen en la espera de la Resurrección, y la Resurrección de Cristo. Es lo mismo, pero no se ve, no se siente, no se palpa. Pero está ahí por el Espíritu de Cristo. Porque se hace esa oración con el Espíritu de Cristo, junto al Espíritu de Cristo, al lado del Espíritu de Cristo, en el Espíritu de Cristo.Es llevar la Obra de Jesús en la Última Cena hacia arriba, levantado en el Espíritu, colmado de Espíritu, obrado en el Espíritu. Este es el significado de anaménesin, que es el griego de conmemorar. No se hace esa oración porque se recuerda la Ultima Cena, porque se trae al presente lo que pasó en el pasado. El mismo Cristo se hace presente en la Eucaristía porque el sacerdote se une -no sólo haciendo unos ritos litúrgicos- sino pronunciando exactamente las mismas palabras que pronunció Cristo en la Última Cena.anaménesin

Hay que decir las palabras exactas de Jesús. No hay que inventarse el Evangelio, re-escribir el Evangelio, modificar aquello que no me gusta porque no lo entiendo o porque es más cómodo decirlo de una forma más humana, más entrañable, más popular, más necia en la sabiduría humana.

Cuando los prepotentes de la mesa redonda cambien esta frase, anularán toda la Misa. Ya no habrá Sacrificio en el Altar. Y ésa será la segunda división en la Iglesia. Segunda y definitiva.

La primera división la ha hecho Francisco al anular el Papado. Su pecado de orgullo trae la división a toda la Iglesia. La mentira es la que divide la Iglesia. Decir la Verdad es lo que une a la Iglesia. Francisco ha dividido toda la Iglesia, ha dividido la Verdad de la Iglesia. Y, por eso, ahora no se encuentra la Verdad en Roma. No se puede mirar a Roma para encontrar la paz. Ya Roma habla y las almas no quedan satisfechas, no quedan en paz, no encuentra el verdadero amor en lo que se dice desde Roma.

Muchos piensan que la división es por no ponerse al lado de Francisco. La división nunca la hace el que tiene la Verdad. Divide el que miente, el que lanza una mentira. ¿Qué ha hecho Francisco? Ahí están sus declaraciones, sus homilías. Ahí están sus mentiras. Y son esas mentiras las que ha provocado la división. Un verdadero Papa nunca miente cuando habla a la Iglesia.

Y aquí no estamos para dar a Francisco adulación, cariño, aplauso, reverencia ni obediencia. Porque no se puede dar obediencia a un hombre que miente, que engaña, que no le interesa la Verdad del Papado ni la verdad de la Iglesia. Ahí están sus obras.

Aquí estamos para crear unidad en la verdad, para hacer la verdad, para dar la verdad, pese a quien pese, le guste o no le guste a los cretinos de la Jerarquía Eclesiástica que siguen lamiendo las palabras de Francisco como la Autoridad de Dios, y que sólo ven su soberbio pensamiento, pero no son capaces de pisar su mente de hombres y pedir a Dios discernimiento para comprender los momentos que pasa la Iglesia.

La Iglesia está hecha para obrar la Verdad que está en la Palabra de Dios. Esa Palabra es una Obra Divina, no es un recuerdo mental, no es un cansarse con el entendimiento humano para sacar algo para la vida. La Palabra es la Obra del Espíritu, no es la obra de los hombres. Y cuando los hombres obran sin unirse a la Palabra, porque la suprimen, la quitan o añaden otras palabras, entonces los hombres sólo obran algo exterior, pero sin la Presencia del Espíritu de la Palabra.

La Fe en la Eucaristía

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Para que la Santa Misa sea el Sacrificio de Cristo es necesario que el sacerdote esté unido al Espíritu de Cristo. Sin esta unión, lo que se hace en el Altar no tiene un significado espiritual, sino sólo material.

La unión del sacerdote con el Espíritu de Cristo es una unión mística, que Dios realiza en el alma, en el corazón y en el espíritu del sacerdote.

Esta unión mística tiene consecuencias para la vida humana del sacerdote, porque éste reciba muchas gracias, muchos dones, muchos carismas que otros no poseen. Sólo por la dignidad sacerdotal, Dios da al sacerdote lo que no puede dar a otras almas.

El sacerdocio es sólo ser Jesús. Y Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Jesús no es una persona humana. Es hombre, tiene naturaleza humana, pero no tiene persona humana. Es el Misterio de la Unión Hipostática. En esa unión, se pierde la persona humana y la Persona Divina guía la naturaleza del hombre.

Por tanto, Jesús no piensa como hombre, porque su Persona es Divina. Un hombre piensa como hombre y obra como hombre por su persona humana. Jesús, al no tener persona humana, sus palabras son sólo divinas, y sus obras son sólo divinas. Jesús no dice ninguna palabra humana ni obra ninguna obra humana.

Este Misterio sólo se puede comprender en el Espíritu, no con la razón humana. Por eso, el Evangelio hay que leerlo con el Espíritu, no con la inteligencia humana.

Para obrar el Misterio que se produce en la Santa Misa, que es la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, hay que unirse a Cristo en el Espíritu.

Y esa unión requiere una vida en el sacerdote sólo dedicada a Cristo, porque ya el sacerdote es otro Cristo, ya no es un hombre como todos los demás. Participar del Misterio de la Unión Hipostática en Cristo. Y, por esa participación, las obras de un sacerdote son las mismas obras de Cristo. Y las palabras de un sacerdote son las mismas palabras de Cristo.

Si el sacerdote no está dedicado sólo a Cristo, sino que se dedica a otras cosas humanas, materiales, carnales, naturales, entonces ya no se une al Espíritu de Cristo. La dedicación debe ser plena y total, no de vez en cuando, no por un tiempo, no dedicado a otras cosas y, cuando llega el tiempo de la Sta. Misa, celebrar la Misa y, después, seguir en otras cosas.

La vida del sacerdote no es cualquier vida. Supone mucha oración y mucho sacrificio. Mucho luchar contra los hombres, contra sus pensamientos humanos, contra sus obras humanas, contra sus vidas humanas. Porque el sacerdote ya tiene otra vida, otras obras, otro pensamiento, otra forma de entender la existencia humana.

Si el sacerdote no vive una vida para Cristo, entonces sólo vive su vida, la que sea, pero no es para Cristo. Cristo exige la dedicación total a Él. Sólo para Él. Ningún trabajo que distraiga de Él. Ningún estudio que lo lleve a otras fuentes que no sean la Palabra del Pensamiento del Padre. Ninguna obra humana, por más importante que sea, por más buena que sea, por más provechosa que sea a los hombres.

Porque esta vida es difícil, por eso, el sacerdote se desliga del Espíritu de Cristo y sólo está en la Santa Misa de una forma material, pero no espiritual. Y la forma material no produce el Misterio del Sacrifico de Cristo.

Pero no sólo es necesario esta unión mística, sino también decir exactamente las palabras que son la esencia de la consagración. Son tres frases principales, en las cuales se da el Sacrificio de Cristo en el Altar. Anular una frase o una palabra de una frase, o poner otra palabra u otra frase distinta a la Palabra de Dios, anula el Sacrificio de Cristo. Es decir, no se da el Cuerpo y la Sangre de Cristo presente realmente en el Altar.

Esta tres frases son: «Esto es Mi Cuerpo«(Mc 14, 22b; Mt 26, 26b), «Esta es Mi Sangre» (Mc 14, 24) y «Haced esto en Conmemoración Mía» (Lc 22, 19c).

Estas frases son la esencia de la Eucaristía. Si no se dicen, si se cambian palabras o se sustituyen por otras, entonces no se produce el Milagro de la Eucaristía.

La Fe en la Eucaristía significa poner en el Altar el mismo Cuerpo de Cristo y la misma Sangre de Cristo. Y, parar obrar este Milagro, es necesario hacer lo mismo que hizo Cristo en la Última Cena. Y lo mismo significa: sus mismas palabras, sus mismas intenciones y sus mismas obras.

Sus mismas palabras, es decir, las que producen el Milagro y que son esas tres frases. No es una, ni dos, sino las tres. Se quita una frase y ya no hay Eucaristía.

Sus mismas intenciones, es decir el deseo de Cristo de salvar y santificar las almas. Y no hay otra intención. Y todas las intenciones deben nacer de esta intención de Cristo, porque la obra de Cristo en la Iglesia es una obra espiritual, no material. Por eso, la intención de Cristo es sólo espiritual, no de orden humano, natural, carnal, material.

Sus mismas obras, es decir, la Obra de la Redención del hombre. Y sólo esa Obra: obra redentora, para dar al hombre el camino hacia el Cielo. Obra espiritual, para guiar al hombre hacia la vida del Espíritu. Obra mística, para hacer del hombre un ser para toda la Iglesia.

Cuando se quitan palabras o frases esenciales al Sacrifico de la Misa, entonces no se da la Misa, no se da la Eucaristía. Sólo se da lo material, lo exterior, lo humano, lo natural de una Misa. No hay Cuerpo y Sangre de Cristo, sólo pan y vino.

Por eso, es necesario que los sacerdotes sean sólo para Cristo, no para el mundo, no para los hombres, no para la ciencia, no para la filosofía, no para la vida de los hombres.

Y hoy todo invita al sacerdote a alejarse de la Vida de Cristo y hacer su vida humana, según sus pensamientos humanos, sus deseos humanos, sus caprichos humanos, sus voluntades humanas, que son contrarias al Espíritu de Cristo.

Jesús no es una persona humana, sino una Persona Divina. Y, para ser como esa Persona Divina, el sacerdote tiene que aniquilar su persona humana en Cristo. Y esto es lo difícil, porque el sacerdote tiene que vivir luchando contra todo aquello que impide esta aniquilación de su persona humana: la lucha contra su pecado, la lucha contra el demonio y la lucha contra los hombres. Tres frentes, y cada uno de ellos muy difícil de batallar por el sacerdote. Tres batallas que hay que hacerlas de la mano del Espíritu de Cristo, porque sino no se pueden hacer, no se pueden vencer, no se pueden batallar.

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