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No llames a Bergoglio con el nombre de Papa

payaso

Nunca un Papa puede ser hereje; nunca se puede llamar a un hereje con el nombre de Papa:

«…Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).

Pedro, -todo Papa-, tiene el encargo, la misión del Señor de confirmar a los otros en la fe. Y, por eso, Pedro es el primero en la fe, está por encima de todos los demás en el conocimiento de la fe, ejerce la primacía sobre los demás, gobierna en vertical: no se le puede juzgar; todos le tienen que obedecer.

Si todo Papa tiene la misión de enseñar sólo la Verdad que salva a las almas, de guiar en la sola Verdad que santifica a las almas y de señalar el camino del Espíritu, el cual lleva a la plenitud de la Verdad, es claro que Bergoglio no es Papa ni puede ser llamado Papa por su manifiesta herejía.

Aquel católico o aquella Jerarquía que sostenga que un Papa pueda ser hereje o que un hereje pueda ser Papa o ser llamado Papa, es hacer una ofensa a la Palabra de Dios, a las enseñanzas infalibles de la Iglesia y es tomar por idiotas a todos los católicos.

Quien llame a Bergoglio con el nombre de Papa, quien lo reconozca como Papa verdadero está cometiendo la idolatría del pensamiento humano: el hombre que obedece una herejía, -la mente de un hombre hereje-, da culto al error en esa mente. Tiene que adorar, forzosamente, esa mente y apartarse de la Mente de Dios. Pretende buscar a Dios con conceptos equivocados sobre el bien y el mal.

«De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la santa, romana, católica y apostólica, fuera de la cual creemos nadie se salva» (Papa Inocencio III, Eius exemplo, 18 de diciembre de 1208).

En la Iglesia no hay herejes. Quien practique la herejía se pone él mismo fuera de la Iglesia. No hace falta un escrito oficial para declarar a alguien hereje.

Quien se aparta de la Verdad Revelada, quien no sigue la doctrina de Cristo enseñada a sus Apóstoles y transmitida por toda la Tradición católica, y dada en el Magisterio infalible de la Iglesia, automáticamente está excomulgado, es anatema.

Después, la Jerarquía de la Iglesia puede poner penas al hereje. Pero no hay que esperar a la voz oficial de la Iglesia para llamar a alguien, que se ha apartado de la verdad, como hereje.

Bergoglio es hereje. Punto y final.

Bergoglio no puede ser Papa, porque Dios no puede sustentar con Su Poder los delirios de un hereje. Jesús no fundamenta Su Iglesia en los delirios del hereje Bergoglio.

Jesús cimienta Su Iglesia en Pedro:

«Apacienta Mis Corderos…Apacienta Mis Ovejas…» (Jn 21, 15.16).

Jesús no puede poner sus corderos, sus ovejas, sus almas, su rebaño, en manos de un hereje. ¡Nunca! Jesús no puede engañar ni engañarnos. Él es la Verdad y pone Su Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede caer en el pecado de herejía.

Por eso, la renuncia del Papa Benedicto XVI clama al cielo: es poner a toda la Iglesia en las manos de un hereje. ¡Nadie ha meditado en esta renuncia! ¡Un gran pecado! Y, por ese pecado, se inutiliza el Papado de Benedicto XVI: las llaves pasan al Padre; la Iglesia sólo está en los corazones, que permanecen fieles a la Palabra de Dios, no en la Jerarquía. ¡Ya no hay Iglesia en Roma!

Jesús confirma a Pedro –y por tanto a todo Papa-, en el oficio de jefe y cabeza de los Apóstoles y Pastor de Su Rebaño.

¡Nunca un Papa es hereje!

Esto es lo que enseña el dogma del Papado, que muchos católicos desconocen. Y siguen a una Jerarquía culpable.

«Finalmente, algunas de estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso los herejes pueden obtener la vida eterna» (Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, # 2, 27 de mayo de 1832).

Esto es lo que enseña Bergoglio: él no quiere convertir a nadie a la fe verdadera, sino que los demás continúen en su fe, en sus vidas, en sus religiones, en sus iglesias, y formar una unidad en la diversidad: una iglesia para todos. Y esto es declarar que los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe pueden ir al cielo. Él quiere celebrar con una fiesta la reforma de Lutero. Son los delirios de un hereje.

Ni Bergoglio ni los que obedecen a Bergoglio (= los que lo tienen como Papa verdadero) son de la Iglesia Católica ni se pueden salvar.

Todo hereje y todo aquel que siga al hereje y a su herejía, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia: son anatemas. Y, por tanto, nadie tiene que obedecer a esos hombres que viven en el delirio de su herejía. Quien los obedezca no puede encontrar salvación, en ellos, para su alma: se condena con ellos. ¡En la herejía, en una Jerarquía hereje, no hay salvación!

Por eso, lo que vemos en el Vaticano es un cisma claro: un hereje que levanta –en su orgullo- una nueva iglesia, y que atrae hacia ella a muchos católicos que han perdido totalmente la fe verdadera.

Un católico verdadero no puede obedecer a Bergoglio como Papa. Bergoglio es un hombre que vive en los delirios de su herejía. Y hay que llamarlo así: loco. Ningún hombre cuerdo se sienta en el Trono de Pedro para engañar, con su palabra, a las almas. Nadie hace eso. El que lo haga es un loco: está siguiendo la maldad que encuentra en su pensamiento humano y la está poniendo por obra, a pesar de las estupideces que habla a cada rato.

En Bergoglio no es tan importante lo que dice, sino lo que obra. El hereje no es el que predica una mentira como verdad. Todos los hombres son unos mentirosos. Aun el más santo, tiene que mentir.

El hereje es el que obra su mentira: cada uno vive en su vida lo que tiene en su pensamiento humano. Toda idea lleva al acto. Si piensas algo, eso es lo que obras siempre. Esto es ley del hombre.

Todo hombre es racional: vive de su mente humana. Dios ha dado a todo hombre el ser espiritual: el hombre tiene que esforzarse en dejar su racionalidad para entrar en la espiritualidad. Por eso, el camino de la cruz: para crucificar la voluntad humana, poner la mente en el suelo, y poder obrar la Voluntad de Dios. En la oración y en la penitencia, el hombre es siempre espiritual, hijo de Dios. Como los hombres quieren hacer su oración y su penitencia, entonces siempre se quedan en su racionalidad.

Bergoglio obra su herejía cada día. Después, entretiene a todo el mundo con su palabra barata y blasfema. Y de esa palabra se ven sus delirios de grandeza, sus locuras de hombre que sólo vive para ser adorado por los demás.

Muchos le hacen una mala publicidad: dicen sus frases, pero no las disciernen. No las combaten, porque no tienen a Bergoglio como enemigo de sus almas, sino que confían en él:

«No te fíes jamás de tu enemigo, pues como el ácido que destruye el hierro, así es su maldad» (Ecle 12, 10).

Como muchos ven a Bergoglio como una buena persona, un buen hombre, que de vez en cuando dice una buena palabra, algo que gusta al oído y a la mente del hombre, entonces siguen esperando algo de él: confían en su juicio, en su gobierno, en sus planes.

¿Quién puede confiar en los delirios de un hereje? Sólo confía aquel que se ha vuelto hereje, como él lo es. Sólo los locos confían en los locos.

«Aunque a ti acuda y se te muestre obsequioso, ponte sobre aviso y guárdate de él» (Ib., v. 11).

Los católicos verdaderos tienen que estar con la mosca detrás de la oreja. No porque Bergoglio declare palabras bonitas a los católicos, ni porque obre, en apariencia, cosas santas (bendiciones, misas, proclamación de santos,…), hay que acogerlo como Papa.

Como enseña Paulo IV en la Bula “Cum ex Apostolatus”, y el Código de Derecho Canónico lo asume e incorpora como Ley: el hereje, ipso facto, pierde el cargo cualquiera sea, sin necesidad de una declaración oficial y, por lo tanto, con el cargo pierde la jurisdicción que tuviere en la Iglesia.

Bergoglio no es nada: ni siquiera Obispo de Roma. Es un hereje que está levantando su nueva iglesia en Roma. Y no es más que eso. Sólo tiene un poder humano: el que los hombres, que lo han colocado ahí, le han dado. Es un poder temporal. Y, por su pecado de infidelidad, Bergoglio ni puede celebrar misa, ni puede bendecir nada, ni puede proclamar santos en la Iglesia. Todo lo que hace es una obra de teatro. ¡Cuánto cuesta entender esto a muchos católicos!

No te fíes de Bergoglio: guárdate de él si quieres salvar tu alma.

Predicar esto es hacer Iglesia, levantar la Iglesia.

No predicar esto, sino lo contrario, es destruir la Iglesia.

«El enemigo te acariciará con sus labios, pero en su corazón medita cómo echarte a la fosa» (Ecle 12, 15).

Bergoglio está tramando, todo el día, desde que se levanta hasta que se acuesta, cómo engañar, más y más, a todos los católicos. Cómo llevarlos al fuego del infierno. Y, como él, así obra toda aquella Jerarquía que se somete a su mente humana y le da obediencia como Papa.

Un hereje no milita en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, sino que se aparta, sin necesidad de sentencia oficial, de Él.

Esto es el catecismo:

«¿Quiénes están fuera de la verdadera Iglesia?Está fuera de la verdadera Iglesia los infieles, los judíos, los herejes, los apóstatas, los cismáticos y los excomulgados» (Catecismo Mayor de San Pío X – n. 226).

¡Muchos católicos desconocen el Catecismo!

«¿Quiénes son los herejes?Herejes son los bautizados que rehúsan con pertinacia creer alguna verdad revelada por Dios y enseñada como de fe por la Iglesia Católica; por ejemplo los arrianos, los nestorianos y las varias sectas de los protestantes» (Ib., n. 229).

¿Bergoglio es hereje? – Sí, porque siendo un bautizado, teniendo el Sacramento del Orden ha rehusado, de manera pertinaz, manifiesta, con sus homilías, con sus escritos doctrinales, con sus variadas declaraciones, con sus libros y con sus obras, que no cree en muchas verdades reveladas por Dios y que la Iglesia ha enseñado, de manera infalible, a lo largo de la historia.

Bergoglio no cree en ninguna verdad revelada. ¡Ninguna! Pero esto los católicos no saben verlo, porque se dejan engañar de su lenguaje humano.

La herejía de los modernos está sólo en el lenguaje, no en el concepto, no en la idea: no atacan sólo una verdad revelada, sino todas en su conjunto. Y lo hacen sin que nadie se dé cuenta. Todo el mundo está pendiente del lenguaje, no de la idea. Todo el mundo sigue el giro, el juego del lenguaje. Pero nadie sigue la idea.

Esto se llama hablar al sentimiento del hombre, dando a su mente una palabra bella, una estructura mental, una bandeja de plata, en la que el hombre se agrade: no encuentra en ello alguna idea que le moleste. Por eso, los modernistas no hablan de temas negativos: infierno, pecado, cruz, penitencia, mortificación, etc…Hablan de lo que gusta a todo el mundo: amor, perdón, paz, misericordia, tolerancia, diálogo, etc…

Si Bergoglio está levantando una nueva estructura de iglesia, es claro que hay que salir de ella: de parroquias, de comunidades, etc., en donde se establezca el gobierno de herejía de este sujeto y se imponga el estudio y la enseñanza de sus escritos herejes.

Hay que salir de Roma para permanecer en la Iglesia de Pedro, en la Roca de la Verdad que Cristo ha puesto para siempre.

Hay que esperar el tiempo del Espíritu. Ya no hay que esperar a los hombres, a la Jerarquía.

Muchos esperan un Papa católico después de Bergoglio: no han comprendido que, una vez que hagan renunciar a Bergoglio, el desastre viene para toda la Iglesia, sin excepción.

Por eso, hay que elegir en la Iglesia: o Cristo o el gobierno horizontal de la nueva iglesia. Y cada uno tiene que elegir.

Y estar con Cristo es oponerse, no sólo a Bergoglio sino a mucha Jerarquía y a muchos fieles que ya no son de la Iglesia Católica, pero que han cogido el poder: tiene capillas, tienen parroquias, tienen comunidades…y se han hecho fuertes: se llaman católicos, sin serlo, y van en contra de los verdaderos católicos que no quieren someterse a sus delirios de herejía.

Es tiempo de persecución real. Y esa persecución no viene de fuera de la Iglesia. Viene de los que una vez se sentaron a la mesa, partieron el pan y ahora han traicionado a Cristo por un plato de lentejas.

Bergoglio enseña, como un falso papa, su falsa y herética doctrina

vividor

1. «El Concilio Vaticano II, al presentar la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo, tenía bien presente una verdad fundamental, que jamás hay que olvidar: la Iglesia no es una realidad estática, inmóvil, con un fin en sí misma, sino que está continuamente en camino en la historia, hacia la meta última y maravillosa que es el Reino de los cielos, del cual la Iglesia en la tierra es el germen y el inicio» [cf. Conc. ecum. Vat. II, const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 5] (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 20 – Audiencia general del miércoles, 26 de noviembre).

Si van a la Lumen Gentium comprobarán que no se dice nada de lo que Bergoglio habla. Allí, el Papa enseña que la Iglesia: «constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria». La Iglesia va hacia su fin: la Gloria, que es la unión con Su Cabeza Invisible en la gloria; va creciendo en la gracia y en el Espíritu. No crece en lo humano, en lo material, en lo natural. La Iglesia es una realidad divina, espiritual y, por tanto, siempre la Iglesia está en acto, pero es una obra divina en Ella, no humana.

Bergoglio pone el acento en su herejía: la Iglesia está «continuamente en camino en la historia». Ve la Iglesia como una realidad histórica, pero no divina, no espiritual. La hacen los hombres durante el tiempo en que viven. Y, por eso, este hombre pone la Iglesia, no en Jesús, sino en Abraham, en el pueblo de Dios del AT. Por eso, habla así y enseña su estilo de iglesia, que no es la Iglesia Católica.

Nombra, además, un documento de la Iglesia para predicar su mentira. Es lo que hacen muchos ahora en la Iglesia: nombran a un Papa o al magisterio o a un santo para decir su gran mentira a todos con una sonrisa.

El fin de la Iglesia es salvar y santificar las almas. Es un fin en sí mismo. Se quita ese fin, se anula la Iglesia.

• Lc 19,10:  «Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». Jesús viene a salvar el alma. Éste es el fin. Confirman lo mismo las parábolas de la oveja perdida, del hallazgo de la dracma y del hijo pródigo (cfr. Lc 15,1-32).

• El Nombre de Jesús indica la finalidad de la Misión de Jesucristo: la salvación de los hombres: «Dará a luz un hijo, a quién pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

• Y esta salvación del alma sólo se puede realizar mediante la perfección moral: «Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre Celestial» (Mt 5, 48);

«Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24); «cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 33). La Iglesia no se hace en la historia, en el tiempo de los hombres, sino en la lucha, en la batalla de los hombres contra los enemigos de su alma. La Iglesia no es una realidad histórica, no se lucha por un motivo humano, por un ideal social, para que no haya pobres. Se lucha para ganar el cielo:

«Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése será salvo» (Mt 10, 22). No todos son amigos de Dios en la Iglesia. Hay enemigos, hay extraños, hay traidores. Y hay que perseverar hasta el final.

¿Qué dice Bergoglio? «Es muy necesario que esto se verifique en la comunidad cristiana, en la que nadie es extranjero y, por consiguiente, todos merecen acogida y apoyo». (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 9 – Audiencia del viernes, 21 de noviembre). Nadie es extraño en la Iglesia, sino que todos son amigos, conocidos. Nadie es peligroso. Y pone la razón: «La Iglesia, además de ser una comunidad de fieles que reconoce a Jesucristo en el rostro del prójimo, es madre sin confines y sin fronteras. Es madre de todos y se esfuerza por alimentar la cultura de la acogida y de la solidaridad, en la que nadie es inútil, está fuera de lugar o hay que descartar» (Ib). En este párrafo hay tantas herejías que sería largo de desarrollar aquí. Pero tienen el pensamiento de un hombre sin fe, sin verdad, sin brújula alguna. Es el hombre que quiere la Iglesia en estos momentos. Y, por eso, con él, se pierde toda la Iglesia.

La Iglesia no es para todos, porque la misión de Jesús estaba restringida a la Casa de Israel: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 15, 24). Y la misión de los Apóstoles estaba también restringida a Israel: «No vayáis a los gentiles… id más bien a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 10, 5). Eso no impide que se predique el Evangelio a todos: «Antes habrá de ser predicado el Evangelio a todas las naciones» (Mc 13, 10); «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Pero se va a predicar al mundo entero impulsado por el Espíritu, como lo hizo San Pedro con Cornelio: «Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro». San Pedro, al dar cuenta de su comportamiento hace referencia no a un mandato de Jesucristo, sino a la revelación del Espíritu, a la visión que él tuvo y a la revelación que el mismo Cornelio recibió del ángel (cf. Act. 10, 17- 29). La Iglesia es la obra del Espíritu, no del hombre. Y, por tanto, entran en la Iglesia aquellas almas que quiere el Espíritu, no las que desea el hombre. «En verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10, 23). El mandato del Señor de evangelizar a Israel no contradice la evangelización del mundo entero por el Espíritu. Es el Espíritu el que sabe a quién hay que evangelizar, quién tiene que entrar en la Iglesia. Los hombres, con cumplir el mandato del Señor es suficiente para hacer la Iglesia. No tienen que meter en la Iglesia a los que Dios no ha purificado.

Al no interpretar correctamente la Sagrada Escritura, se cae en el falso ecumenismo, que hoy hace gala todo el mundo en la Iglesia. Hay que ir sólo a los infieles por mandato de Dios en su Espíritu, no porque uno lo vea. Son las misiones que antes se tenían en la Iglesia: se mandaba a misionar a los infieles. Ya eso se ha perdido. Hoy se va a los infieles, no para convertirlos, sino para ser sus amigos y vivir con ellos en sus pecados.

Al anular Bergoglio el fin de la Iglesia, y al decir que es para todo el mundo, que no hay extranjeros, que es madre de todos, que alimenta las culturas de los hombres,  entonces tiene que concluir –necesariamente- que todos van al cielo.

2. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma donde nuestras expectativas más profundas se realizarán de modo superabundante y nuestro ser, como criaturas y como hijos de Dios, llegará a la plena maduración. Al final seremos revestidos por la alegría, la paz y el amor de Dios de modo completo, sin límite alguno, y estaremos cara a cara con Él (cf. 1 Cor 13, 12). Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos. Es hermoso, da fuerza al alma».

a. «Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos»

¿Qué enseña la Iglesia?

«Por esta constitución que ha de valer para siempre por autoridad apostólica definimos que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos…, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo, ni habrá cuando salgan igualmente en lo futuro, o si entonces lo hubo habrá luego algo purgable en ellos, cuando después de su muerte se hubieron purgado…, inmediatamente después de su muerte o de la dicha purgación… aún antes… del juicio universal, después de la ascensión del Salvador Señor Nuestro Jesucristo…, estuvieron, están y estarán en el cielo… y vieron y ven la divina esencia con visión intuitiva y también cara a cara… definimos además, que según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales…» (Benedicto XII (D530).

Se enseña explícitamente que las almas reciben, una vez que mueren, un premio o un castigo. Y lo reciben inmediatamente: «definimos que (…) las almas de todos los santos (…) inmediatamente después de su muerte(…) están y estarán en el cielo(…)definimos además, que (…)  las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno ».

Es la definición de la Iglesia que significa que hay que creer que cuando se muere, unos van al cielo y otros al infierno. Es de fe divina y católica definida. Es un dogma definido por la Iglesia, que está en la Sagrada Escritura y en toda la Tradición.

Bergoglio, por tanto, enseña su propio magisterio, que no pertenece a la Iglesia Católica. Con su doctrina, Bergoglio enseña el camino de condenación a las almas en la Iglesia.

Y esto significa una cosa: que Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

b. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma»

El cielo es un lugar concreto.

Según la sentencia común de los teólogos, las almas quedan constituidas no sólo en un cierto estado de bienaventuranza o de condenación o de purificación, sino en un lugar determinado:

• Lc 16, 22: «Sucedió, pues, que murió el pobre, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham». El alma del pobre es llevada a un lugar, no se transforma en un estado, no vive en un estado: murió en estado de gracia y fue llevada al seno de Abraham, a un lugar concreto.

• Hech, 1, 25: «para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado de que prevaricó Judas para irse a su lugar»: Judas pecó, murió y se fue a su lugar en el infierno.

• Jn 14,2s: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… y luego que os haya preparado el lugar, volverá otra vez y os tomaré conmigo, a fin de que donde yo estoy, también estéis vosotros»: Jesús prepara un lugar concreto para sus almas elegidas, que son las que se salvan y se santifican. Jesús, siendo Dios, también tiene su lugar en el Cielo, porque posee un Cuerpo Glorioso.

• Lc 23, 43: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso»: el buen ladrón, cuando muera, va a estar con Jesús en el lugar del Paraíso; su alma no cambiará de estado, sino que estará junto a Jesús en un lugar concreto.

• Ap 21, 2: «Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del Cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa»: la Nueva Jerusalén baja del cielo, baja de un lugar concreto. Y en el Cielo se encuentra al lado de Dios, está en un lugar concreto del cielo.

• El Concilio Florentino (D 693): «Y que las almas de aquellos que después de recibir el bautismo, no incurrieron absolutamente en mancha alguna de pecado, y también aquellas que, después de contraer mancha de pecado, la han purgado, o mientras vivían en sus cuerpos o después que salieron de ellos, según arriba se ha dicho, son inmediatamente recibidas en el cielo y ven claramente a Dios mismo, trino y uno, tal como es, unos sin embargo con más perfección que otros, conforme a la diversidad de los merecimientos. Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes». En esta definición se enseña que las almas que mueren sin pecado o que han purificado sus pecados son «inmediatamente recibidas en el cielo»: son recibidas en el lugar concreto del cielo. Y las que muere en pecado mortal  «bajan inmediatamente al infierno»: bajan al lugar concreto del infierno.

• San Cirilo de Jerusalén: «Los ángeles ven continuamente en los cielos el rostro de Dios; ahora bien cada uno ve según la medida de su propio orden y lugar. Sin embargo la pura intuición del esplendor de la gloria del Padre está reservada propia y sinceramente al Hijo juntamente con el Espíritu Santo»: los ángeles también estén en un lugar concreto del cielo, no sólo en el orden de su jerarquía.

• San Gregorio Niseno: «Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios»: las almas, en el cielo, ven a Dios, pero cada una en su lugar, en su mansión:

• San Agustín: «Todas las almas tienen cuando salen de este mundo, sus diversas mansiones. Las buenas alcanzan el gozo, las malas los tormentos. Mas cuando haya acaecido la resurrección, el gozo de los buenos será mayor y los tormentos de los malos serán más terribles, cuando sean atormentadas las almas juntamente con el cuerpo…»

Más aún, los Padres y los Teólogos juzgan comúnmente que las almas no pueden salir de sus lugares, según la ley ordinaria, si bien no excluyen el que esto suceda de manera extraordinaria.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero no se atreven a llamarlo hereje manifiesto: están esperando otra herejía. Y no se han dado cuenta que el verdadero hereje no es el que dice herejías, sino el que vive su herejía, su pecado, aunque no manifieste con la palabra esa herejía.

Bergoglio es el que vive su herejia y deja vivir a otros en su herejía, en su vida de pecado. Por tanto, es el que condena a todos al infierno. Y lo hace con una sonrisa, tomando mate: vive y deja vivir, porque todos nos vamos al cielo.

Francisco habla como el gran fariseo

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«Es por esta razón que la gente seguía a Jesús, porque era el Buen Pastor. No era ni un fariseo casuístico moralista, ni un saduceo que hacía negocios sucios con los políticos y los poderosos, ni un guerrillero que buscase la liberación política de su pueblo, ni un contemplativo del monasterio. ¡Él era un pastor! Un pastor que hablaba la lengua de su pueblo, lo entendían, decía la verdad, las cosas de Dios: ¡no negociaba nunca las cosas de Dios! Sino que las decía de tal manera, que la gente amaba las cosas de Dios. Por esto lo seguían» (texto).

Francisco es un hombre ciego que guía a otros ciegos con el lenguaje humano de su mente. ¿Por qué seguían a Jesús? Porque Jesús era un pastor que hablaba la lengua de su pueblo. Esto se llama: protestantismo. Esto es negar que la gente seguía a Jesús por ser el Mesías. Y esto es negar la divinidad de Jesús.

Jesús dio testimonio de que era el Mesías, el Cristo, el Ungido: «Te conjuro por el Dios vivo: di si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios. Y le contestó Jesús: Tú lo has dicho. Y Yo os digo que un día veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del Cielo» (Mt 26, 63-64).

Luego, Jesús no es un pastor que habla la lengua de su pueblo. Jesús es el Mesías que habla la Palabra del Hijo de Dios, Palabra Divina, que debe ser aceptada por el hombre, por la mente del hombre. El hombre tiene que dejar su lenguaje humano, su mente humana, sus ideas humanas, para poder creer en el Mesías, creer en la Palabra de Dios. Los fariseos, los saduceos, los hipócritas, los escribas no podían creer en el Mesías porque creían en su lenguaje humano y, por tanto, actuaban según ese lenguaje humano. No eran capaces de cambiar su mentalidad para creer en el evangelio. Permanecían en su mentalidad de hombres: en sus culturas, en sus filosofías, en sus lenguajes humanos. Para poder aceptar un dogma es necesario pisotear la mente, acallarla, humillarla, despreciarla. Y eso lo que no podían hacer toda esa ralea por su orgullo. Y es lo que no puede hacer Francisco por su orgullo.

Equiparar a Jesús con los fariseos, con los saduceos, con la gente, es anular su divinidad. No se sigue a Jesús porque haya fariseos, ni porque existan saduceos, ni porque haya en la Iglesia gente que viva como le da la gana, sin hacer caso del dogma. Se sigue a Jesús porque es Dios. Y, como Dios, ha enseñado una doctrina que es contraria a la doctrina de los fariseos, saduceos, y gente de igual ralea.

Decir que Jesús no es un contemplativo del monasterio es injuriar a la Iglesia. Una vez más, Francisco ataca, con su lenguaje humano, a la Iglesia. Una vez más, en la Iglesia se hace coro a las palabras de un hereje y de un cismático, como si fueran verdaderas y buenas para la Iglesia. En los monasterios hay de todo: almas santas y pecadoras. Hay demonios encarnados y almas transformadas en otro Cristo. Está la cizaña y el trigo juntos. Y, por tanto, no se puede predicar injuriando a los monjes contemplativos, porque muchos de ellos viven sólo para Cristo, viven para ser otro Cristo, viven para asemejarse a Cristo. Y, sin ellos, la Iglesia se pierde. Si no hay almas víctimas en los monasterios, entonces la Iglesia cabalga como lo está haciendo: dando oídos a un idiota que le llaman Papa, sin serlo.

La gente buscaba a Jesús por ser el Mesías: «Hemos hallado el Mesías» (S. Juan 1,41); «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (S. Mateo .16,16s; Véase, S. Marcos 8,29; S. Lucas 9,20). No lo buscaban porque hablaba el lenguaje del pueblo.

Esto es lo que no se contempla en la Iglesia actual. La gente va buscando a hombres que hablen lo que ellos quieren escuchar: el lenguaje de la masa, del pueblo. La gente no busca a un sacerdote que le diga la verdad, esa verdad que duele porque no se ajusta a ninguna vida humana, a ninguna filosofía del hombre, a ningún problema en la vida de los hombres. Por eso, la masa busca a Francisco: porque habla lo que la masa piensa.

Ya la gente no busca la vida eterna: «Y esta es la vida eterna, que te conozcan a TI, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo» (S. Juan 17,3). Conocer la Palabra que Dios ha revelado desde que ha creado el mundo: hoy se niega la Revelación de Dios en la historia del hombre. Se la interpreta de tantas maneras que, por eso, ya el homosexual es una creación de Dios, que es lo que muchos sacerdotes están predicando. Conocer a Jesucristo, su Palabra, su doctrina que ha dejado en Su Iglesia, es lo que muchos ya no conocen. Y, por eso, buscan el Paraíso en la tierra, la vida que no pasa en un mundo que pasa. Viven su absurdo de vida: su paganismo. Y. después, van a comulgar y a hacer apostolado en la Iglesia con su paganismo, con su vida de pagano, imitando al pagano mayor: Francisco.

«¿A mí, a quién me gusta seguir? ¿A los que me hablan de cosas abstractas o de casuísticas morales; aquellos que se hacen llamar del pueblo de Dios, pero no tienen fe y lo negocian todo con los poderes políticos y económicos; aquellos que siempre quieren hacer cosas extrañas, cosas destructivas, las llamadas guerras de liberación, pero que al final no son los caminos del Señor; o un contemplativo apartado? ¿A mí, a quién me gusta seguir?». Este es el lenguaje que destruye a la Iglesia, destruye su doctrina, destruye su fe. Este es el lenguaje del gran fariseo: Francisco.

1. ¿A los que me hablan de cosas abstractas o de casuísticas morales?: no sigas a los que hablen de dogmas, de normas de moralidad, de leyes éticas. No los sigas, porque no hablan el lenguaje del pueblo, el lenguaje de la mente de los hombres, el lenguaje de la opinión pública. No opinan como opina la masa. Se dedican a dar un lenguaje oscuro, inútil, lleno de cosas que nadie entiende. Esto es destruir el dogma. Sólo hay que leer a Santo Tomás de Aquino o a los grandes moralistas de la Iglesia, como San Alfonso María de Ligorio, para darse cuenta de que es necesaria la casuística en la Iglesia: si no se disciernen los pensamientos humanos, entonces todo vale, como propugna Francisco. No me hables de moralinas, sino da de comer al hambriento, dame un dinero para mis pobres; pero no hagas teología moral sobre los divorciados vueltos a casar, porque eso no es hacer una Iglesia para el mundo, sino para el dogma que ya no lo aguanto: «Porque os digo que si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20). Hay que hacer casuística para no ser un fariseo ni un escriba, que es lo que Francisco obra en su vida: un auténtico fariseo, que se deja de moralinas en la práctica, pero que habla con la moralina.

2. «aquellos que se hacen llamar del pueblo de Dios, pero no tienen fe y lo negocian todo con los poderes políticos y económicos»: aquí Francisco habla de sí mismo. Él es un pagano dentro de la Iglesia: un hombre que no es fiel a la Gracia y, por tanto, vive su paganismo en su sacerdocio. Y, claramente, está negociando con los poderes del mundo: con los políticos y con los economistas. Tiene la caradura de su fariseísmo: digo la moralina: no tienen fe y, por eso, lo negocian todo. Pero practica su paganismo: se reúne con los gobernantes, con gente que no cree, con gente que vive su estúpida vida humana, y no es como San Juan Bautista: no les dice a la cara su pecado; sino que los abraza, los besa, les dice que son personas maravillosas, y los deja en sus vidas.

Y predicar esto y vivir lo contrario, en el día al día de la Iglesia, es destruirla, es abajar lo divino a la cultura, a los tiempos de los hombres. Es querer pasarse por el más santo de todos, porque comprende los problemas de todos, porque los acoge y les da el sentimiento de su estupidez: mi palabra humana os ama, mi corazoncito de hombre os ama. Sonrío ante todos para que veáis que os amo. Acojo vuestras ideas, las tolero, las engrandezco, porque os amo. Esta es la estupidez de Francisco en su gobierno herético en la Iglesia. Quiere contentar a todos los hombres respetando el pensamiento de todos los hombres: eso se llama estupidez mental. Porque la razón humana sólo busca, naturalmente la verdad. Y aquel que se para en una mentira, y la llama verdad, es un estúpido.

Si predicas que no hay que negociar con los poderes económicos y políticos, ¿por qué no lo vives?, ¿por qué no lo obras? Además de estúpido, Francisco es idiota. Y quiere que los demás sean como él: estúpidos e idiotas en la Iglesia. Esto es su gran fariseísmo. Uno ya se harta de las sandeces que Francisco da cada día en la Iglesia. Ya se está quitando la careta. Pero muchos han quedado cogidos en su estupidez, y ya no ven nada, no ven la realidad de lo que viene a la Iglesia.

3. «aquellos que siempre quieren hacer cosas extrañas, cosas destructivas, las llamadas guerras de liberación, pero que al final no son los caminos del Señor»: el lenguaje de este hombre es oscurísimo. ¡Hay en la Iglesia tanta gente que no va por el camino del Señor!. La teología de la liberación está condenada en la Iglesia. Y Francisco enseña la teología de la liberación. Francisco enseña las guerras de liberación: la lucha de clases: no hay jerarquía porque hay que atender al pueblo, a la clase idiota de la masa. El populismo es la guerra que Francisco ha iniciado en la Iglesia. El populismo es lo que tiene que liberar a la Iglesia de tanta gente que vive sus dogmas, pero que no hace caso de los estómagos que tienen hambre. Y esto es lo que destruye la Iglesia: lo que está haciendo ese hombre que de Papa no tiene un pelo. Y ese hombre sabe que lo que está haciendo no son los caminos del Señor. Su intelecto humano se lo dice, porque la razón va siempre hacia la verdad: la razón se conforma siempre con la realidad de las cosas. Y la realidad en la Iglesia es la doctrina de Cristo. Pero como no me gusta, como mi intelecto humano no aguanta obedecer a una razón divina, entonces marco diferencia: predico mi lenguaje: no hagáis cosas extrañas, no hagáis guerras de liberación, pero déjenme con mi teología de los pobres. Más hipocresía no se puede predicar. Francisco tiene la cara de un hipócrita. Predica para dar gusto a todo el mundo. Después vive, en la Iglesia, lo que le da la gana.

4. «o un contemplativo apartado»: con este final, tu mente –Francisco- se aclara. Porque, por definición, los contemplativos tienen que estar apartados de todo, incluso de la vida de la Iglesia. Viven una vocación especial: ser almas víctimas en la Iglesia. Se dedican a sufrir por todo el Cuerpo Místico. Y no tienen otro apostolado. De estos, pocos hay ya en la Iglesia. Porque también Francisco ha ido a los contemplativos para decirles: salgan al mundo. Francisco quiere una iglesia sin almas víctimas. Es un claro ejemplo de que Francisco no pertenece a la Iglesia Católica. Si le importara un poquito los problemas de los hombres, entonces no permitiría que el contemplativo estuviese abierto al mundo, sino predicaría que se aparte del mundo. Si no hay almas víctimas, los problemas de los hombres (sociales, económicos, culturales, políticos, espirituales) nunca se resuelven. Como a Francisco le importa tres pitos la gente contemplativa, sino resolver los problemas por sus caminos idealizados, utópicos, por eso, aquí se ven sus patitas de lobo. Aquí se ve al lobo, al destructor de la Iglesia, al que usa un lenguaje humano para quedar bien con todo el mundo; pero que después va a hacer lo que le da la gana en la Iglesia.

Eso es el documento que han sacado los Obispos ciegos para el Sínodo: lenguaje humano. Hablan de todo, menos de una cosa: la doctrina de Cristo. ¡Cómo Cristo ve a la familia!. No se expone en ese documento. Se expone sólo cómo los hombres del tiempo actual, que se visten de Obispos y que hablan como paganos, quieren resolver la crisis de la Iglesia y del mundo. Un documento sin una gota de fe ni en Cristo ni en la Iglesia.

Y los tontos de turno se van a recrear en ese lenguaje para decir que aman a la Iglesia y que quieren el bien de todos en la Iglesia. Y qué bueno tener a un Papa tan misericordioso. Es la estupidez que se escucha por todas partes. Y esa estupidez tiene un nombre: Francisco. El nuevo pagano de la Iglesia, que trae el nuevo paganismo a la Iglesia.

Jesús está sentado a la diestra del Poder de Dios viendo cómo la Jerarquía de la Iglesia destruye Su Iglesia. Y no va a mover un dedo para impedir esa destrucción. Porque Su Iglesia ya no está en Roma ni en las estructuras que Roma pone.

Su Iglesia está en el desierto del mundo. Y a ese desierto llama a los verdaderos católicos, a las almas que aceptan la Palabra de Dios sin poner su lenguaje humano.

Sólo los humildes pueden escuchar la Palabra de Dios en estos momentos en que ya nadie escucha a Dios, sino que todos dialogan con los hombres para escucharse unos a otros y cantar alabanzas de lo bueno que son todos en la Iglesia.

Una Iglesia que no mira el pecado como lo ve Dios es la Iglesia del demonio: la que está en el Vaticano regida por el gran fariseo, Francisco.

La conciencia es el juicio de Dios sobre las obras de los hombres

Francisco escondió la cruz porque su misión era la de confirmar a los hombres en sus pecados.

Francisco escondió la cruz porque su misión era la de confirmar a los hombres en sus pecados.

«Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que los acusan y también los defienden» (Rm 2, 14-15).

Los gentiles, que no cumplen con la ley divina, que ni siguen unos mandamientos de Dios, pero que cumplen, de una manera natural las leyes, son para ellos mismos una ley. Está hablando, San Pablo, de la conciencia del hombre, que todo hombre tiene en su interior, aunque viva en su pecado y sea un demonio.

Todo hombre siente en su interior una fuerza que le obliga a obrar algo, a cumplir una ley. Esa fuerza es la conciencia, es el mensajero de Dios, es el testimonio de Dios mismo, que penetra la intimidad del hombre y lo invita, con fuerza y con suavidad a la obediencia.

La conciencia es el espacio sagrado donde Dios habla al hombre, y a todo hombre: sea santo, sea pecador. Esa voz divina abre al hombre a la Verdad, pone un camino para que el hombre entienda que ha obrado mal y que debe corregir su acción.

Esa voz divina presenta juicios contrapuestos, es decir, juicios que acusan o defienden al hombre en su obra. Juicios que muestran la verdad o la mentira de lo que el hombre hace o piensa.

Esa voz divina es un juicio práctico, nunca es un juicio teológico, ni abstracto, ni filosófico… Es un pensamiento sobre la verdad o la mentira de la obra del hombre. Y es un pensamiento divino, no del demonio, ni del propio hombre. No es un pensamiento que nace de la inteligencia del hombre, de su meditación o síntesis cognoscitiva. No es una idea que pueda adquirir el hombre con su inteligencia. Ni es una idea que la ponga el demonio desde lo exterior. Es Dios quien habla al hombre. Y a todo hombre. Aunque ese hombre no tenga la gracia, no tenga un bautismo, haya dado su alma al demonio o esté para condenarse por sus pecados.

Dios habla siempre al hombre, porque Dios es el que ha creado al hombre y sabe lo que necesita, en cada instante de su vida. Y, por eso, le va guiando siempre en su interior, aunque exista una ley divina o una ley natural o leyes eclesiásticas, o unos dogmas que haya que cumplir.

Este juicio práctico es un juicio moral que Dios hace del hombre y de sus actos. Dios juzga a todo hombre en su conciencia. Dios siempre juzga los actos de los hombres. Dios nunca espera al Juicio final o a que el hombre muera y se enfrente, cara a cara, con el juicio de Dios sobre su vida. Todo hombre, desde que tiene uso de razón, escucha la voz de Dios en su interior, que le va juzgando en las acciones que obra en su vida. Lo va corrigiendo en todas las cosas, para que el hombre aprenda a obrar las leyes de Dios.

«El juicio de la conciencia es un juicio práctico, o sea, un juicio que ordena lo que el hombre debe hacer o no hacer, o bien, que valora un acto ya realizado por él. Es un juicio que aplica a una situación concreta la convicción racional de que se debe amar, hacer el bien y evitar el mal» (Beato Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 59). La conciencia del hombre es un dictamen interior, es aplicar la ley natural para un caso concreto, es una obligación moral de hacer lo que ese juicio le dice en esa circunstancia de su vida que el hombre siente. Y si no lo obra, siente, en su conciencia, el juicio opuesto, contrario. La conciencia le dice al hombre el bien que tiene que hacer; pero si el hombre no lo obra, entonces, le dice el mal que ha hecho en esa obra.

Por tanto, la conciencia no es algo que el hombre puede crear, puede inventarse. Es la misma voz de Dios que ilumina con un juicio: y ese juicio puede ser de condenación, según sea la obra de pecado del hombre. Es un juicio divino, que lleva, en sí mismo, o la condenación o la salvación del hombre. Dios, cuando juzga, o bien condena o bien salva. Pero nunca el juicio divino es indiferente. Dios nunca habla por hablar, para decir algo. Dios, cuando habla, es para mostrar un camino al hombre, es para guiar al hombre hacia la verdad de su vida, enseñándole lo que desagrada a Dios.

Este juicio práctico, moral, impera al hombre: le manda hacer algo o evitar algo. Y todo hombre tiene obligación de seguir su conciencia, actuar en conformidad con esta voz divina, con este imperativo para su vida. Pero este juicio de Dios sobre las obras de los hombres no establece, no pone las bases de la ley natural, sino que sólo afirma lo que esa ley dice. Este juicio no es una fuente autónoma para el hombre, en el que el hombre va bebiendo de sus juicios sin referencia a la ley divina y a la ley moral. La conciencia del hombre no crea la ley divina ni la ley natural, sino que es un juicio que afirma a todo hombre que tiene que obedecer una ley divina, una ley natural. Afirma la autoridad de Dios, la autoridad de la ley natural, para que el hombre la siga. Este juicio divino no dice nada nuevo al hombre, le recuerda siempre el bien y el mal absolutos.

Por eso, dice el Beato Juan Pablo II:

«(…) algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular» (Veritatis Splendor, n. 56).

Este es el problema de los malcasados, que Kasper y Francisco se empeñan en aprobar. Porque ellos dos conciben la conciencia como una creación de la vida del hombre. Ya no es un juicio moral sobre los actos de los hombres, sino que es una decisión que el hombre tiene que tomar en su vida. Es decir, el hombre escucha su conciencia y elige lo que tiene que hacer. ¡Este es el error!. El hombre, que escucha su conciencia no tiene que decidir nada, sino que tiene que seguir el juicio de esa conciencia, que es un juicio divino, es un juicio práctico para una obra en concreto, es un juicio que le impera al hombre a obrar, no a decidir, no a crear algo nuevo.

Y, en este error se quiere legitimar el que los malcasados puedan comulgar. En este error, Francisco no juzga al homosexual, porque él entiende que el homosexual escucha una voz que le dice que puede elegir una vida u otra. No es una voz que le obligue a dejar su pecado.

La conciencia es el sagrario del hombre, en el que el hombre está sólo con Dios, escuchando sólo a Dios. Pero el hombre, en su conciencia no es libre para decidir según esa conciencia. El hombre sigue siendo libre para aceptar o no la voz de su conciencia. Pero, ante el juicio de Dios, el hombre no puede poner su juicio y decir que hace una obra porque así lo ha concebido con su conciencia.

El error de Kasper, de Francisco, y de todos los teólogos desviados, que son muchos, es decirle al hombre que decida según su conciencia. Éste es el error. Hay que decirle al hombre que actúe según su conciencia, no que elija una obra u otra. En la conciencia, Dios dice al hombre lo que tiene que hacer. Y el hombre, en su conciencia, está obligado a hacer lo que dice Dios. Si no lo hace, peca. El hombre, a pesar de esta obligación que siente en su conciencia, sigue siendo libre. La conciencia nunca ata la libertad del hombre, sino que le pone un camino de verdad a esa libertad. Si el hombre no sigue ese juicio, entonces, con su pensamiento humano pone un camino para la mentira.

Entonces, se quiere meter el pecado en la ley divina. Como existe un mandamiento divino: «no adulterarás»; pero también se da la conciencia del hombre, entonces hagamos que la conciencia del hombre sea fuente de la ley divina, cree una nueva ley, en aquellos casos pastorales que por el ambiente social, cultural, económico, etc., haya un conflicto de conciencia en la persona. Como la ley divina no sabe valorar las situaciones de las personas en los casos concretos, y sí lo sabe la conciencia de cada uno, entonces, hagamos ley la conciencia. Y este es el error: la persona, en su conciencia, decide lo bueno y lo malo en una situación concreta. Se tergiversa la noción de conciencia. Se adultera la ley de Dios.

La conciencia es un juicio, no es una decisión, no es una creación del hombre. Si se deja que los hombres decidan sus vidas según sus conciencias, entonces se produce el culto a la mente del hombre. Cada uno sigue lo que piensa, lo que cree oportuno en cada caso concreto. Por eso, si estás con un hombre o una mujer en adulterio, y por las circunstancias que sean no se puede dejar ese pecado, entonces –como la conciencia es ley para el hombre- el hombre puede elegir comulgar por su conciencia, porque así lo decide en su conciencia.

Este es el fondo del argumento de Kasper y de Francisco. Es la mente del hombre la que se inventa el dogma, el culto a Dios, la Eucaristía, la ley divina, la ley natural, etc. Es lo que el hombre decide. Ya el hombre no escucha a Dios, ni siquiera en su conciencia. Sino que el hombre, escucha esa conciencia y empieza a pensar otras cosas, y a decidir otras cosas.
Este es el mal que viene ahora a toda la Iglesia. Y esta enseñanza de Kasper es lo que enseña Francisco en sus encíclicas, en sus discursos, en sus declaraciones, en sus homilías, en todo.

Quien tenga dos dedos de frente, sabe que no puede seguir a Francisco en nada, y que lo que hay en el Vaticano, ahora, no es la Iglesia de Cristo, sino del Anticristo.

El bien y el mal está en los mandamientos divinos. Y el Señor enseña a todo hombre, en su conciencia, esa ley divina y natural. Y el hombre, que no sigue su conciencia, sino que va en contra de su conciencia, de muchas maneras, entonces comienza a darse culto a sí mismo, a sus pensamientos humanos, a sus obras, a sus conquistas en la vida. Y se va alejando de Dios, hasta construir un mundo, bueno para la mente del hombre, pero malo para su conciencia. Su conciencia, por ser el sagrario donde Dios habla, le va indicando que obra mal, pero el hombre ya decidió no seguir su conciencia, no seguir ese juicio que le impera, sino que toma ese juicio divino y le añade su juicio humano. Esta es la maldad que se quiere enseñar con Kasper y con Francisco. Es una aberración. Y quien obedezca a Francisco comete la misma aberración. Todo hombre escucha en su conciencia el juicio de Dios. Y la fe consiste en someterse al juicio de Dios. Quien no lo haga, peca en contra de la fe.

Cuando una cabeza no habla como Papa la confusión reina en toda la Iglesia

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La Iglesia carece de una cabeza que hable como Papa.

La Iglesia tiene a un hombre sentado en la Silla de Pedro que no habla como Papa.

La Iglesia no sigue a un hombre que se sienta en la Silla de Pedro, sino que sigue a un hombre que hable como Papa.

Y la palabra de un Papa es la Verdad en la Iglesia. Y aquel hombre, sentado en el Trono de Pedro, que no dé la Verdad, no es Papa.

«No debemos ver los Diez Mandamientos como limitaciones a la libertad, no, esto no es así. Sino que los debemos ver como signos de libertad» (Francisco, 9-06-2013).

Sólo la Verdad da la libertad al hombre (cf. Jn 8, 32); pero el hombre es libre, aunque permanezca en la mentira.

Conocer la Verdad hace que la Verdad libere al hombre, dé libertad al hombre.

Pero el desconocimiento de la Verdad, produce esclavitud en el hombre. Y, sin embargo, el hombre esclavo sigue siendo libre.

Es necesario discernir la libertad en el hombre:

a. el hombre es libre por naturaleza, porque su voluntad es libre, porque puede elegir entre muchas cosas;

b. el hombre es libre en su pensamiento, porque encuentra una verdad que lo libera de su error;

Son dos libertades diferentes. Y, para hablar de las dos, hay que hablar del pecado y de la virtud en el hombre. Hay que hablar de la expiación del pecado, de la Cruz de Cristo.

El pecado de soberbia produce la esclavitud del pensamiento del hombre a la mente del demonio. En este pecado, el hombre sigue siendo libre en su voluntad. Se es esclavo de la soberbia, pero libre para salir o no salir de esa soberbia.

La virtud de la humildad produce la liberación del pensamiento del hombre de cualquier atadura que el demonio o los hombres pongan en su vida. El humilde conoce la verdad y se pone por encima de cualquier mentira, de cualquier opinión, de cualquier juicio, humano o diabólico.

El demonio ata al hombre con una idea; los hombres atan a los hombres con sus ideas.

El hombre humilde es libre porque no se somete a los pensamientos de ningún hombre, que den el error, el engaño, la mentira, la falacia, la oscuridad.

El pensamiento del hombre es libre cuando obedece a la Verdad. El pensamiento del hombre es esclavo cuando se somete a la mentira, venga ésta del demonio, de los demás hombres o de su misma inteligencia humana.

Un hombre mentiroso esclaviza a las almas a su mentira, las abaja a su oscuridad mental; hace que las mentes de las personas se sometan, se inclinen, a sus mentiras.

Un hombre fiel a la Palabra de Dios da la libertad a las almas; hace que los pensamientos de los hombres vuelen a Dios. Hace que el hombre viva sin depender de la mente de otro hombre.

No matar, ¿es un signo de libertad? ¿Soy libre para no matar? ¿Soy libre para algo más que no matar? ¿Soy libre porque no mato? ¿Soy libre porque cumplo los mandamientos?

No matar significa que Dios pone una ley al hombre que no puede traspasar. Si la traspasa, entonces peca. Y peca libremente, con su voluntad libre. Luego, no matar no es un signo de libertad, no es una indicación para la libertad.

El hombre es libre, mate o no mate. El hombre es libre, adultere o no adultere.

Dios prohíbe en sus mandamientos. Dios no limita en sus mandamientos. Dios da una norma moral al hombre, que es libre por naturaleza, no por el mandamiento. Y esa norma moral no es para su libertad, no «nos enseñan a evitar la esclavitud a la que nos reducen los muchos ídolos que construimos nosotros mismos» (ibídem). Esos signos nos enseñan a no pecar, a no ofender a Dios. El mandamiento de Dios nos lleva a la libertad del pensamiento porque hace al hombre humilde.

La penitencia, la expiación del pecado es lo que enseña a no ser esclavos de las cosas humanas, materiales, carnales, etc.

Francisco no distingue el pecado de la virtud; la libertad por naturaleza y la libertad que produce la obra de la humildad. Y, por tanto, tampoco habla de la esclavitud que se obra cuando se peca. Y menos de la expiación del pecado.

«No debemos ver los Diez Mandamientos como limitaciones a la libertad» (ibídem): es que los mandamientos de Dios son prohibiciones, no son limitaciones. Dios no limita al hombre con sus mandamientos. Dios le prohíbe. Y prohibir no es limitar. Prohibir es marcar el camino para la libertad del pensamiento humano. Si Dios no prohibiera, entonces el hombre no sabría la Verdad de las cosas, porque todo sería verdad, todo sería bueno, todo sería agradable para pensar y para obrar. Todo sería un Paraíso.

Porque el hombre ha pecado, Dios tiene que enseñarle el camino para salir de su pecado, y sólo así el hombre alcanza la libertad fuera del pecado.

El hombre es libre, en su pensamiento, cuando no peca, cuando obedece lo que Dios prohíbe. Pero si el hombre ve el mandamiento de Dios como una limitación a su pensamiento, entonces el hombre se hace esclavo de su propio pensamiento, de su propia soberbia, y busca -en el mandamiento de Dios- un signo para la libertad de su pensamiento.

Los mandamientos de Dios no significan libertad, sino prohibición divina, camino divino hacia la libertad del pensamiento. Se es libre cuando el hombre comienza a someterse a la Mente de Dios.

Francisco se olvida de la prohibición divina sobre las cosas de este mundo y, por eso, hace su homilía, en la que no es capaz de discernir ninguna verdad. Sólo va a lo que va: amar al hombre.

El pecado es la esclavitud a Satanás. El pecado no es la esclavitud a las cosas humanas, materiales, naturales, carnales, etc. Se es esclavo del dinero, del sexo, etc., porque se es esclavo del demonio, de su mente, al cometer un pecado contra Dios, al no cumplir con un mandamiento divino.

Y se comete ese pecado con libertad, libremente. Y ese pecado esclaviza el pensamiento del hombre: le impide conocer la verdad, que le hace libre. No encuentra el camino de la liberación, porque el hombre se ató a la mente del demonio.

Aquí Francisco habla de una libertad en el pensamiento, no en la voluntad. Pero de una falsa libertad en el pensar.

Existe el mandamiento de no matar. Ese mandamiento hace libre la mente del hombre para buscar una idea más perfecta a la de no matar. Ese no matar es un signo de que la mente del hombre tiende hacia la libertad del pensamiento. Y, entonces, el hombre es libre para pensar en algo más que el pensamiento de no matar.

No matar es un «sí al Amor para defender al ser humano y guiarlo hacia la verdadera libertad» (ibídem). Esta es la falsedad en la libertad de pensamiento, que predica Francisco.

Para Francisco no matar nos lleva a este pensamiento: defender al ser humano. Si no mato, defiendo al hombre (que no mato). Francisco no dice: Si no mato, no pecó contra Dios.

Francisco dice que hay que pensar en el mandamiento de no matar para defender al hombre (que no mato), para guiar al hombre (que no mato) hacia la libertad verdadera. Y, ¿para qué quiero defender al hombre (que no mato) con el mandamiento de no matar? Para defender a un hombre no hace falta ir al mandamiento. Para no matar a un hombre sólo hay que cumplir el mandamiento de Dios. No hay que pensar que no tengo que matar a un hombre porque hay que defenderlo de la muerte.

Esta es la trampa del lenguaje de Francisco. Dice una frase muy hermosa, pero vacía de contenido. Con lo fácil que es decir: no mates para no ofender a Dios. Francisco dice: no mates para defender al hombre. Cumple con los mandamientos de Dios para defender al hombre, para amar al hombre, para respetar al hombre.

Francisco confunde pecado y expiación del pecado. Es una sola cosa en él, en su mente humana. No los distingue, no los discierne. Sino que los junta y así predica una barbaridad.

No matar es un sí a la libertad del hombre en su pensamiento; no es un sí a la defensa del ser humano. Quien cumple el mandamiento de Dios recibe en su alma la humildad, con la cual la persona ve el camino para obrar la verdad, que la hace libre en su vida humana, que la hace obrar aquello que Dios quiere que se dé a los hombres.

Para Francisco, cumplir con los mandamientos lleva a una idea más perfecta en lo humano: defender al ser humano y guiarlo hacia la verdadera libertad. Pero, para Francisco, cumplir con los mandamientos no lleva a la práctica de la virtud, a una obra divina perfecta; no lleva a la lucha contra el pecado; no lleva a discernir las diferentes voluntades de los hombres para poder obrar la Voluntad de Dios, que es lo que salva al hombre.

Para Francisco, cumplir con los mandamientos divinos lleva a una idea humana, a un ideal humano, a un plan humano, a un obra humana. Nunca a algo espiritual, a algo divino, a algo celestial. Siempre Francisco predica al hombre y para el hombre.

Es la trampa de su lenguaje maquiavélico.

Los mandamientos de Dios nos hacen libres, ¿para qué? ¡Si ya somos libres! Si el mandamiento de Dios no imprime más libertad al hombre, ni disminuye su libertad. Si el hombre es libre perfectamente, no imperfectamente. El hombre tiene toda la libertad para elegir en su vida lo que quiera, sin que nada ni nadie impida esa libertad, ni siquiera el demonio.

Dios no da su ley divina para que el hombre sea libre. Dios da su ley divina para que el hombre obre de forma divina. Para que haga un bien divino. Y esto lo puede hacer el hombre porque es libre de seguir ese mandamiento o de no seguirlo.

El mandamiento de la ley de Dios no es una limitación a la libertad del hombre. Cuando Dios da su ley no limita ninguna libertad humana, sino que pone un camino a la libertad del hombre. Un camino divino. El hombre sigue siendo libre en ese camino, pero más perfecto en su vida humana. El hombre alcanza la perfección de la libertad del pensamiento.

El demonio, al sugerir al hombre que vaya en contra de la ley de Dios, pone al hombre un camino demoníaco. El hombre sigue siendo libre, pero esclavo de un pecado, que le impide la perfección de su vida humana. Su pensamiento es sólo oscuridad, error, imperfección, maldad.

Los mandamientos de Dios ni limitan ni indican la libertad. Esta es la trampa del lenguaje de Francisco. Y muchos todavía no saben discernir ese lenguaje, y se tragan barbaridades de ese hombre, que no tiene ni idea de lo que es la vida espiritual.

Francisco siempre habla a la mente del hombre, nunca habla al corazón del hombre. Siempre le da al hombre lo que éste le gusta escuchar, pensar, meditar, leer. Pero es incapaz de dar una Verdad como es.

Los mandamientos de Dios «constituyen una especie de ‘código ético’ para construir sociedades justas, a medida del hombre» (ibídem). Lo que da Dios es para hacer un mundo divino, no un mundo humano. Quien quiera construir una sociedad justa a la medida del hombre no tiene que cumplir los mandamientos de Dios.

¿Quién cumple hoy la ley divina en el mundo, en los países, en las familias, en las sociedades? Nadie. Y todos están contentos porque han construido una sociedad a su medida humana. El aborto está aprobado en todas partes. Y el aborto va en contra de la ley de Dios: no matar. Y la gente mata y produce una sociedad perfecta, a su medida humana.

Francisco siempre va a hablar su demagogia, su política. Siempre da un rodeo a la verdad y pone una frase tan hermosa, pero tan herética. Los mandamientos son algo para inventarse una sociedad como le gusta al hombre. Esto es su comunismo. Aprovecha la ley de Dios para poner su ética humana, su ley humana.

Los mandamientos de Dios son un código para que el hombre no peque, huya del pecado, luche contra el pecado, arremeta contra los que pecan, juzgue a los que pecan. Y sólo así se puede hacer una ética que sirva al hombre. La ley ética es el fruto de obrar la ley divina. La ley ética no es la ley divina. Porque se cumple la ley divina, el hombre tiene una ética en su vida humana, en su vida social.

Los mandamientos de la ley de Dios no constituyen una ley ética, no la forman. Ayudan al hombre a vivir una ética en su entorno social, familiar, etc. Los mandamientos de Dios producen la virtud, obran la virtud, hacen al hombre más perfecto en toda su vida humana.

Francisco no enseña nada de esto, porque lo confunde todo. No sabe discernir entre ley divina y ley ética. Y, por supuesto, no sabe lo que es la ley moral, la moralidad de las acciones de los hombres, que es distinto a la ley divina y a la ley ética.

«Los Diez Mandamientos nos enseñan a vivir el respeto de las personas, venciendo la codicia de poder, de posesión, de dinero, a ser honestos y sinceros en nuestras relaciones, a cuidar toda la creación, a fomentar ideales altos, nobles, espirituales»(ibídem).

Los mandamientos divinos no nos enseñan a vivir el respeto a la persona humana, porque quien tiene respeto humano peca contra la ley de Dios.

La ley de Dios no es para respetar al hombre, el pensamiento del hombre. La ley de Dios es para que el hombre respete el pensamiento de Dios, obedezca la Mente Divina.

Este es el lenguaje humano de Francisco en sus homilías. Siempre es así. Lo divino lo abaja a lo humano, a lo material, a su capricho, a su inteligencia humana.

Los mandamientos de Dios no enseñan a vencer la codicia de poder, ni la avaricia, ni a ser honestos, sino a no pecar. Vencer la avaricia, el orgullo, se hace con la penitencia del pecado, con la vida de mortificación, con la Cruz de Cristo. No pecar no es signo de vencimiento. No pecar significa obrar la Voluntad de Dios. Pero para obrarla en cada segundo de la vida es necesario no pecar en cada segundo. Y eso sólo se consigue con la penitencia. Sin penitencia en la vida, la confesión del pecado es una ilusión, un engaño, un teatro.

Dios da el mandamiento para que el hombre obre su voluntad; pero Dios necesita que el hombre cumpla algo más que su ley divina para poder permanecer en la libertad. Y, por eso, sin lucha espiritual, no se puede cumplir los mandamientos divinos: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme» (Mt 19, 21)

«Los Diez Mandamientos no son un himno al ‘no’, sino al ‘sí’» (ibídem). Precisamente la esencia de los mandamientos de Dios son el himno al no: prohibiciones. Y no son otra cosa que un himno al no.

«Un ‘sí’ a Dios; el ‘sí’ al Amor… y porque yo digo ‘sí’ al Amor, yo digo ‘no’ a no Amor» (ibídem). Para decir sí a Dios hay que decir primero no al pecado. No se puede decir sí a Dios con un sí al Amor. Es un absurdo. Para dar la voluntad a Dios, libremente, hay que liberarse de la mente del demonio con un no a su mente. Quien no dice un no al demonio, no puede decir un sí a Dios. No es primero un sí al amor, sino un no al odio: «No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple con la Voluntad de Mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7, 21). No es un sí a Dios para decir un no al pecado. Es un no al pecado, es obedecer una prohibición divina, para decir sí a Dios. En esta frase, Francisco anula el pecado. Con decir sí a Dios es suficiente para no pecar. El alma no tiene que esforzarse por decir no al pecado, porque ya es santa y justa.

«Pero el ‘no’ es una consecuencia del ‘sí’, que viene de Dios y nos hace amar» (ibídem). Si Dios nos hiciera amar entonces no pondría ningún mandamiento divino. No haría falta. Si ya amo, ¿para qué decir un no al demonio?

Muy pocos saben leer a Francisco. Muy pocos saben pensar cuando leen. Muchos se lo tragan todo de ese hombre, y sus mentes se vuelven más oscuras, más tenebrosas. Porque aceptar la mente de Francisco, su idea del Evangelio es pensar como él en la Iglesia y, por tanto, es dedicarse a él en la Iglesia. Es respetarlo en su mentira. Es obedecerle en su mentira. Es esclavizarse a su mentira.

La Iglesia está tan oscura porque la Jerarquía de la Iglesia no da la claridad de la Verdad, la luz de Dios en todas sus palabras y sus obras. Y si las almas no conocen la Verdad, las almas son esclavas del demonio en la Iglesia.

La Iglesia no tiene una cabeza que la guíe en la Verdad. Y eso significa sólo una cosa: el cisma en la cabeza, la división en la cabeza. Unos contra otros. Cardenales contra cardenales, obispos contra obispos, sacerdotes contra sacerdotes, fieles contra fieles.

Todos se inventan sus mentiras en el Vaticano

marx

«Mis queridos hijos, dentro de unos días será mi canonización como la de mi compañero Juan XXIII. Eso sería motivo de alegría en el Cielo, pero no será así porque no lo hace el verdadero Papa, por lo tanto no tiene validez y mucho menos aquí arriba, aunque yo ya soy santo por la gracia de Dios, pero no en la Tierra, cómo vuestro bonachón Juan XXIII. Después de Dios y su Madre Santa, lo que más se le debe respeto y obediencia en la Tierra es al Vicario de Cristo, al Santo Padre, pero ese culto no lo tiene el que hoy en día usurpa la Silla de Pedro ya que es un impostor. ¡Qué pena cómo el pueblo lo aclama y no ve en verdad en su cara “quien es”! La cara es el espejo del alma y este hermano no la tiene muy limpia, trasparente, pues algo oculta detrás de esos rasgos raros. ¡Cómo va a dejar la Iglesia, en qué lugar la va a poner con esas leyes e ideas preconcebidas que ya tiene preparadas! En nada se parecerá a la de Pedro, que fundó Nuestro Señor; más bien parecerá una ramera llena de pecado e equivocaciones, para perder a los hijos de Dios. En muy corto espacio de tiempo ya no la reconoceréis los católicos. ¡Qué Dios se apiade de Ella y de vosotros!» (Mensajes – abril 2014).

La cara es el espejo del alma, porque revela lo que cada hombre piensa en su interior.

Por la cara, la expresión de la verdad se trasluce en sus rasgos. Y aquel que no da la verdad, sólo pavonea su mentira ante todos los hombres.

Eso es lo que hace Francisco, desde que se sentó en la Silla de Pedro: es un pavo real, que mueve su cola al son de los gustos del mundo, que camina entre la gente para causar impacto, admiración, fascinación; para darse importancia.

Francisco es un hombre que no cree en el pecado:

«El Señor nos ha creado a su imagen, y si él hace el bien, todos tenemos en nuestro corazón este mandamiento: Haz el bien y no hacer el mal. Todos. Y ante aquel que dice: “Pero padre, este no es católico, no puede hacer el bien”; respondemos: “Si este puede hacer el bien puede, debe hacerlo porque tiene este mandamiento en el interior, en su corazón”. Y pensar que no todo el mundo puede hacer el bien es cerrarse una muralla que nos lleva a la guerra, y a lo que algunos han pensado en la historia: “matar en nombre de Dios, podemos matar en nombre de Dios”» (Casa Santa Marta, 22 de mayo de 2013).

El Señor nos ha creado a Su Imagen y Semejanza (cf Gn 1, 17). Esto, Francisco, no tiene ni idea de lo que significa. No solamente es poner en el corazón la ley divina, por la cual el hombre hace el bien que Dios quiere y evita el mal que no está en Dios; sino que el hombre es, ante todo, un proyecto divino. El hombre, Dios lo ha creado, para una obra divina que sólo Dios sabe hacer en cada alma.

Para esa obra divina, se necesita que el hombre ponga toda su libertad a los pies de Dios.

Esto es lo que no hizo Adán en el Paraíso y, por tanto, el pecado está en la vida de cada hombre que viene a este mundo.

Francisco niega el pecado: como Dios nos ha creado buenos, entonces hagamos el bien.

Francisco, al anular el pecado, no sabe discernir los bienes en los hombres.

Está el bien divino, que sólo el hombre obra de la mano de Dios: un hombre sin pecado obra siempre el bien divino; un hombre que vive en gracia puede obrar el bien divino; un hombre en pecado, que no vive en la Gracia, nunca obra el bien divino.

Adán, en el Paraíso, antes de su pecado, obraba en todo el bien divino. Pero, cuando cometió su pecado, entonces ya no pudo hacer ningún bien divino. Tenía que aprender de Dios cómo se hacía ese bien que Él quería, en su pecado, fuera del Paraíso.

Ya a Adán no le valía la ley divina, que Dios había puesto en su corazón, porque su pecado oscurecía ese conocimiento divino. Y, por lo tanto, Adán servía al demonio, al quedar esclavo de su mente diabólica. Hacía el mal que el demonio quería; no lo podía evitar.

El Señor enseñaba a los hombres el bien divino que Adán perdió. Y, por eso, tuvo que revelar a Moisés la ley divina que el hombre tenía en su corazón, pero que no era capaz de verla por su pecado. No la conocía plenamente y, por eso, el Señor se dedicó a dar leyes a los hombres para que comprendieran la vida que Él quería de ellos, pero que el pecado de Adán lo arruinó por completo.

Por tanto, los no católicos sólo pueden hacer un bien humano, natural, carnal, material, social, pero nunca el bien que Dios quiere. Quien no cree en Dios, quien no vive de fe en Cristo, quien no está bautizado, no puede –nunca- realizar el bien divino. Por su naturaleza humana, podrá realizar otro tipo de bienes, que no salvan al alma, que no la encaminan hacia la verdad de su vida, que no son el proyecto divino que Dios quiere del alma.

Por eso, para amar a Dios no es suficiente decir que Dios nos ama y nos ha creado, y nos ha puesto en este mundo para que lo trabajemos. Eso no salva al alma. Eso no da conocimiento de lo que es Dios. Eso no lleva a amar a Dios. Eso sólo es el lenguaje humano, que se contenta con las cosas de este mundo y que quiere servir a un Dios que ha inventado con su cabeza humana.

Todo hombre que viene a este mundo, Dios lo tiene que iluminar para que encuentre el camino de salvación. Y, para eso, ha puesto Su Iglesia: para que sea luz de las almas, para que dé la Verdad que no pasa nunca, que es para todos los tiempos.

«Y pensar que no todo el mundo puede hacer el bien es cerrarse una muralla que nos lleva a la guerra». Exactamente, Francisco: tú lo has dicho. Porque no todo el mundo puede hacer el bien, por eso, es necesario hacer una guerra contra aquellos que predican la mentira.

Quien se pone la muralla son los mentirosos, que quieren dar su predicación falsa y que quieren que todos obedezcan su falso pensamiento humano.

Y no estamos en la Iglesia para obedecer el pensamiento de Francisco. Estamos en la Iglesia para obedecer la Mente de Cristo, que Francisco no puede dar. Le es imposible darlo porque no cree en Cristo. Su pecado de orgullo y de soberbia le oscurece tanto la mente que sólo da desde esa Silla de Pedro lo que gusta a los hombres, pero no lo que es la Voluntad de Dios.

Pensar que no todo el mundo puede hacer el bien es ponerse en la Verdad. No todos pueden hacer le bien divino, que es el que importa para salvarse y santificarse. Los demás bienes son consecuencia de saber entender la Voluntad de Dios en la vida de cada uno.

Como Francisco anula el pecado, tiene que anular la Revelación Divina. Por eso, él va sólo a lo que le interesa: como Dios nos ha creado buenos, entonces todos podemos hacer el bien en este mundo.

Para la mente de Francisco no existe la Creación, Adán y Eva, ni nada de lo revelado. Para esa mente diabólica, la Sagrada Escritura es sólo la evolución del pensamiento humano. El hombre, en las culturas primitivas, se ideó la noción de Dios y el culto al mismo Dios. El hombre, con ese concepto humano de Dios, comenzó a diseñar la religión, el culto a Dios. Y según fuera avanzando en su humanidad, su pensamiento descubría otras cosas, otras realidades mundanas. Llega Jesús, en un momento de decadencia en lo humano y en lo espiritual, y da un pensamiento revolucionario, que ha seguido hasta nuestros días. Y, en estos tiempos de dificultad en todas las cosas, hay que idear un nueva forma de culto a Dios, según la cultura y el progreso del pensamiento humano.

Este es el resumen de lo que los teólogos, desde hace 100 años, al final del siglo XIX, han desembocado y han dado de comer a todo el mundo. Todos hablan de Dios, de Jesús, de la Iglesia, pero es sólo el lenguaje humano. No se cree ni en los dogmas, ni en los milagros, ni en la ley divina, ni en nada de lo que es Cristo. Cada uno cree en lo que tiene en su cabeza, en lo que su pensamiento le va diciendo, según vaya viviendo su vida. Hoy nadie cree en la Verdad. Nadie. Todos se inventan el lenguaje de la Verdad, el lenguaje del Amor, el lenguaje de la Iglesia. Hoy se cree en el lenguaje del hombre, pero nadie cree en el Evangelio. Todos lo tuercen para hallar su cultura del encuentro.

Por eso, Francisco habla de muchas cosas y sólo da su lenguaje: habla sin Espíritu, sin devoción sin verdad, sin justicia, sin dos dedos de frente. Francisco no cree en nada, pero no lo dice abiertamente, porque este es el juego del lenguaje: hablemos de Dios, pero sin dar la sustancia de Dios; demos otras cosas, más agradable a todo el mundo.

«El Señor nos ha redimido con la sangre de Cristo, a todos, no sólo a los católicos. Todos. ¿Y a los ateos? también a ellos, a todos. Esta es la sangre que nos hace hijos de Dios. Por eso todos tenemos el deber de hacer el bien. Esto también es un buen camino hacia la paz. De hecho, si cada uno hace su parte también, y lo hace para los demás, nos unimos haciendo el bien. Así construimos la cultura del encuentro, tenemos tanta necesidad» (Casa Santa Marta, 22 de mayo de 2013).

Tenemos tanta necesidad, ¿de qué cosa? ¿De reunir los bienes de todos los hombres para formar una nueva cultura y así hacer una nueva iglesia, donde todos entren? ¿De esto estás hablando, Francisco? ¿Es que ya no tenemos necesidad de estar con Cristo? ¿Es que ya no hay necesidad de construir el reino de Dios sin buscar la añadidura? ¿De qué hablas, Francisco?

Es el lenguaje de su ateísmo: es la visión que su mente tiene de la Iglesia, de Jesús, de Dios.

Como Jesús nos ha redimido a todos, entonces todos somos hijos de Dios. Se acabó la Obra de la Redención. La acaba de anular Francisco: «Esta es la sangre que nos hace hijos de Dios».

¿Acaso no es el Bautismo lo que hace ser hijo de Dios, por los méritos de Cristo? Entonces, uno que no cree en el Bautismo, ¿es hijo de Dios? Uno no cree en la Iglesia que Jesús ha fundado en Pedro, ¿es hijo de Dios? Uno que no cree en Cristo, ¿es hijo de Dios?

Cristo ha muerto por todos los hombres, pero Cristo no salva a todos los hombres.

Cristo ha redimido a todos los hombres, pero cada hombre tiene que merecer su salvación. Tiene que hacer méritos para salvarse. Tiene que seguir a Cristo por el Camino, que es Cristo. Un hombre que sigue su camino en su vida humana, en su vida mundana, no puede salvarse. Porque el Camino es Cristo. Y el Camino sólo Cristo lo sabe enseñar.

Si el hombre no se humilla al Espíritu de Cristo, entonces el hombre se pierde en su vida humana, aunque Cristo haya muerto por él.

Estas cosas, que todo sacerdote debería saber y predicar, en la realidad es otra cosa. Muchos piensan como Francisco. Y, por eso, están en la Iglesia para hacer su marxismo, su comunismo, su protestantismo, su cultura del encuentro. Es decir, su negocio humano. Y, por tanto, están en la Iglesia para condenar a las almas.

¡Cuántas almas se están ya condenando por lo que viene de Roma!: «Mucho peor que abrirse esas puertas es la entrada tan grave de pecados y cosas prohibidas por Dios y su Iglesia. El hombre no comprende el alcance de lo que puede abrir, el mal que provocara, la de almas que se perderán para siempre, a la confusión tan grande que se llegara, a lo que se desatara en el mundo desde la Ciudad del Vaticano. Amén» (Mensajes – abril 2014).

Roma: ramera; Roma: maldita; Roma: vaticinio de desgracias.

Cuando el hombre que se sienta en la Silla de Pedro comienza a predicar una doctrina totalmente contraria a la Verdad, que es Cristo y Su Iglesia, entonces «los que estén en Judea, huyan a los montes, y los que estén en medio de la ciudad, aléjense; y los que estén en los campos, no entren en ella; porque estos son días de venganza, para que se cumplan todas las cosas que están escritas» (Lc 21, 21-22).

Tiempos apocalípticos. Ya no son tiempos para obrar una vida social entre los hombres. Ese tiempo ya fue y se han visto sus consecuencias. Es tiempo de recogerse en oración y pedir al Señor luz para poder vivir estos tiempos tan oscuros, donde nadie es capaz de dar la Verdad como es: Todos se inventan sus mentiras.

El Anticristo es un astro divino

enseñanzadeunmasond

Dios es Espíritu, Satanás es espíritu. Dios es Espíritu de Perfección; Satanás es espíritu de pecado, sin ninguna perfección.

El hombre tiene que alcanzar la espiritualidad; pero debe elegir uno u otro espíritu.

Los que siguen a Cristo, siguen su Espíritu, que los lleva a la perfección del Amor.

Los que siguen a Satanás matan su espíritu, hacen de su espíritu una carne y una sangre corrompida y repugnante, porque en el pecado no hay perfección, no hay belleza, no hay armonía, orden ni vida.

Sólo hay una batalla en la vida: la del Bien contra el Mal. De esta lucha se originan todos los enfrentamientos, contiendas, guerras.

Desde hace 20 siglos, la Palabra de Dios, que es Perfección, ha hablado a todos; pero han sido pocos los que la han escuchado y la han puesto en práctica. Muchos han hecho de esa Palabra su política, su negocio, su filosofía, su iglesia, su espiritualidad.

Muchos han hecho de la Perfección la cultura de sus mentes, la ciencia de sus labios, la técnica de sus lujurias. Pero pocos viven de Fe; pocos son los que aceptan la Palabra sin poner nada de su inteligencia humana.

Satanás pone su mente para formar su espiritualidad, y ofrece al hombre un camino de pecado, donde el pecado no existe.

Satanás es el que remeda al Espíritu Divino en todo: todo lo imita, todo lo obra, pero nada es perfecto en sus obras, sino sólo es abominación lo que hace.

«Será persona que estará muy en alto, en los alto como un astro. No un astro humano que brille en un cielo humano. Sino un astro de una esfera sobrenatural, el cual, cediendo al halago del Enemigo, conocerá la soberbia después de la humildad, el ateísmo después de la fe, la lujuria después de la castidad, el hambre de oro después de la evangélica pobreza, la sed de honores después de la ocultación» (María Valtorta – 20 de agosto).

Satanás produce Su Anticristo: es un Cristo que sigue al espíritu del demonio. Un Obispo, que ha dejado de ser Obispo –porque perdió el Espíritu de Cristo- y se ha transformado en un hombre, que se viste como Obispo, pero que tiene el espíritu de Satanás. Se ha transformado en una abominación.

Satanás lo imita todo: imita un sacerdocio que vive la pobreza, la obediencia, la castidad; un sacerdocio que hace actos de humildad, que predica una auténtica fe. Pero que, llegado un tiempo, todo eso se transforma, se cambia, se desvirtúa, porque no era verdadero en el corazón de la persona. Era algo estudiado; algo adquirido; pero nunca vivido.

El Anticristo no es un astro humano que brilla en el cielo humano: no es un hombre del mundo, un gobernante del mundo, un economista, un masón, un judío, un científico y menos un filósofo.

El Anticristo vivió en una esfera sobrenatural, porque es un astro del Sacerdocio, del cielo divino; un astro divino. El Anticristo pertenece a la Jerarquía de la Iglesia; sale de la Iglesia Católica, pero no es de la Iglesia porque ha perdido el Espíritu de Cristo.

Por tanto, el Anticristo es un Obispo que ataca a Cristo y a Su Iglesia. Es un hombre que se viste de Obispo, pero que no es Obispo. Tiene la careta de Obispo, que se la pone para predicar en la Iglesia las cosas de Dios; pero posee otra vida, una doble vida, en la que se quita la careta, y habla y obra como es: como un demonio.

Ese Obispo no es conocido en su vida privada. En su vida pública sólo se ve lo exterior de pertenecer a la Jerarquía: predica, celebra misa, da charlas, sacramentos, etc.

Pero lo que hace es sin el Espíritu de Cristo: son sólo cosas exteriores, apariencia externa, ritos, palabras, obras, sin Espíritu. Es sólo representar una comedia, una obra de teatro. Es algo que se ha aprendido durante muchos años y se hace con rutina. Se hace con la mente puesta en otra vida, no en la que se está representando en la Iglesia.

Pero ese Obispo tiene una vida privada que nadie conoce y nadie sabe cómo es.

«Será menos espantoso ver caer una estrella del firmamento que ver precipitar en las espirales de Satanás a esta criatura ya elegida, la cual copiará el pecado de su padre de elección. Lucifer, por soberbia, se convirtió en Maldito y el Oscuro. El Anticristo, por soberbia en esta hora, se convertirá en el Maldito y el Oscuro después de haber sido un astro de Mi Ejército» (Ibidem).

Este Obispo fue elegido por el Señor para ser Obispo; como Lucifer fue creado por Dios para ser Ángel de Luz. Este Obispo es una criatura ya elegida por Dios, con una perfección, con una vocación divina, porque tiene el Espíritu de Cristo. Pero su pecado, que es el mismo de Lucifer, lo precipitó en las espirales de Satanás. Y perdió esa perfección, esa vocación. Y se convirtió en una abominación en su vocación al sacerdocio.

Lucifer dijo: «No serviré». El Anticristo dice lo mismo. Lucifer, cuando fue creado por Dios, lo vio todo con su entendimiento angélico, pero no se sometió al Entendimiento Divino. Una vez que comprendió la Verdad que Dios le ponía a sus ojos, dijo, con su voluntad: «No me someto a esa Verdad».

El Anticristo, una vez que ha comprendido con su inteligencia humana toda la Verdad Revelada, toda la Fe que Cristo ha dado a Su Iglesia, dice: «No quiero esa Verdad Revelada; no me someto». Y, para decir, eso hay que ser un Obispo de lo alto. Un Obispo de la Alta Jerarquía, la que convive con los Papas, la que sabe de los asuntos privados de los Papas, la que sabe cómo funciona todo en el Vaticano. No es un Obispo cualquiera. Es un Obispo en el que todos han confiado porque es un astro elegido: cuando habla en público no dice ninguna herejía; es recto en todo, porque se ha aprendido muy bien la doctrina de Cristo, pero no es capaz de ponerla en práctica. Por eso, su caída es espantosa. Cae en los lazos de Satanás, que es el espíritu de la mente. Está en las espirales de las ideas humanas, dando vueltas a muchas cosas, sin centrarse en la Verdad.

«Como premio por su abjuración, que sacudirá los Cielos bajo un estremecimiento de horror y hará temblar las columnas de Mi Iglesia en el temor que suscitará su precipitar, obtendrá la ayuda completa de Satanás, quien le dará las llaves del pozo del abismo para que lo abra» (Ibidem).

El Anticristo ya está en la Iglesia Católica, pero nadie sabe decir quién es. Es uno de los Obispos. Un Cardenal, uno de gran rango, de gran posición en la Jerarquía. Pero es un Obispo que ha abjurado de su Fe en Cristo. Esa abjuración es algo secreto, que nadie conoce, pero real. Es decir, se ve, se palpa en el ambiente de la Iglesia: hizo temblar las columnas de la Iglesia. En su abjuración, la Eucaristía y la Virgen María temblaron. Estos dos dogmas, estas dos verdades, que son el sostenimiento de la fe en las almas. Un alma, para seguir a Cristo, para imitar a Cristo, sólo tiene que alimentarse de Cristo y de Su Madre: Comunión y Santo Rosario.

En la abjuración de este Obispo se produjo un hecho en contra de estas dos columnas, que hizo que la devoción a la Eucaristía y al Santo Rosario, se fuera perdiendo, diluyendo. Hace 50 años, casi se anula la Eucaristía. Señal de que en ese tiempo sucedió esa abjuración. Y la devoción a la Virgen María ha caído en picado.

Y no hay que pensar en el Anticristo como un hombre ya entrado en años. Se puede ser Cardenal sin ser Obispo. Por eso, no es fácil discernir a ese Obispo, a ese astro divino. Fue una persona con una gran inteligencia para hacer el bien, que conoce toda la verdad, pero que abjuró de Ella completamente.

Y esa persona tiene las llaves del pozo del abismo para que lo abra y salgan todos los demonios en la Iglesia.

Ese pozo ya fue abierto, pero nadie sabe quién lo abrió. Sólo pusieron a un bufón como falso Papa para ir calentando el ambiente y dar el camino al Anticristo. Un hombre sin inteligencia, que habla lo que el Anticristo quiere. Habla vulgaridades, habla para tapar la verdad, habla para confundir, habla para obrar, después, en lo oculto, con una llamada telefónica, la maldad. Un hombre que no sabe esconder su maldad, sino que la dice para buscar publicidad entre los hombres. El Anticristo se esconde y obra la maldad sin que nadie se dé cuenta. Francisco es sólo un payaso, que hace sus payasadas, pero que le llegó el turno, porque es necesario abrir ese pozo del todo.

«Pero que lo abra del todo para que salgan los instrumentos de horror que Satanás ha fabricado durante milenios para llevar a los hombres a la total desesperación, de tal modo que, por sí mismos, invoquen a Satanás como Rey y corran al séquito del Anticristo, el único que podrá abrir de par en par las puertas del Abismo para hacer salir al Rey del Abismo, así como Cristo ha abierto las puertas de los Cielos para hacer salir la gracia y el perdón, que hacen a los hombres semejantes a Dios y reyes de un Reino Eterno, en el que Yo Soy el Rey de Reyes» (Ibidem).

El Anticristo no se dedica a llenar estómagos de la gente, no se dedica a dialogar con los hombres de otras religiones, no se dedica a fraternizar con nadie. El Anticristo va contra Cristo y contra Su Iglesia; es decir, contra toda Verdad Revelada. Su misión: destruir la Iglesia completamente.

Y usa todas las herejías que Satanás ha inventado durante 20 siglos. Por eso, la Nueva Era anuncia ese instrumento de horror que Satanás ha fabricado. En la nueva Era están todos los errores, mentiras, engaños, que una mente humana puede vivir. Es una abominación, una abjuración de la Verdad.

Pero ese cúmulo de errores hay que llevarlo dentro de la Iglesia. Hay que hacer que la Iglesia dé culto a la mente de Satanás. Hay que sacar nuevos libros, nuevos reglamentos, nuevas liturgias, un nuevo evangelio; porque hasta que no se anule toda Verdad en la Iglesia, el Anticristo no se muestra, no es reconocido por nadie. Hasta que no se quite de Roma lo externo de 20 siglos, el Anticristo no aparece. El Anticristo aparece en su iglesia, no en la de Cristo. Él destruye todo lo que lleve a Cristo. No deja nada, por su abjuración.

Y tiene la misión de hacer salir al Rey del Abismo, «a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca» (2 Ts 2, 8b).

El Anticristo no es cualquier personaje del mundo. Hay muchos anticristos en el mundo y en la Iglesia, pero ninguno es el Anticristo. Nadie puede conocer a esa persona, porque se esconde detrás de una máscara. Y hoy día es muy fácil ponerse una máscara artificial, no sólo espiritual, para pasar desapercibido, para ocultarse de todos.

«Así como el Padre me ha dado a Mí todo poder, Satanás le dará a él todo poder, y especialmente el poder de seducción, para arrastrar a su séquito a los débiles y a los corrompidos por las fiebres de las ambiciones como lo está él, su jefe. Pero en su desenfrenada ambición aún encontrará demasiado escasas las ayudas sobrenaturales de Satanás y buscará otras ayudas en los enemigos de Cristo, los cuales, armados con armas cada vez más mortíferas, cuanto les podía inducir a crear su libídine hacia el Mal para sembrar desesperación en las muchedumbres, le ayudarán hasta que Dios no diga su Basta y les aniquile con el fulgor de su figura» (Ibidem).

Las hablas del Anticristo son fáciles de discernir: hablar para seducir; nunca habla para decir una verdad. Si dice una verdad, es para, a continuación, decir su mentira. Seduce con su palabra, seduce con sus obras. Sólo sabe seducir, llevar a la mentira, al engaño, porque su mente se opone a toda Verdad Revelada. Ante un dogma, siempre tiene una razón, una idea, una filosofía que anula ese dogma.

Pero no se para sólo en la seducción, sino que va al mundo para ponerlo en contra de Cristo y de Su Iglesia. Y mete en la Iglesia el mundo. Abre la Iglesia a las ideas del mundo. Rebaja lo sagrado, lo divino, lo perfecto, a una razón humana, a un concepto simbólico, a una parte de la inteligencia humana.

El Anticristo da culto a su sabiduría humana; sólo vive expectante de los descubrimientos de su ciencia; sólo hace caso de lo que su pensamiento puede entender. Es incapaz de creer, de seguir al Espíritu, porque ha perdido el conocimiento de la Verdad. Sólo puede conocer lo que su mente dice como verdad. Sólo puede obedecer lo que su mente le dice que es recto. Sólo, para él, la vida consiste en amar su inteligencia humana.

Por eso, en su mente humana llega a la total abominación de toda verdad. No puede comprender ninguna verdad. Y, por eso, no puede ser salvado. Él mismo, en su inteligencia humana, se ha salvado: ha encontrado una idea para ser salvo. Y, por eso, se convierte en un Mesías, en el Salvador de los hombres.

El Anticristo sabe jugar con todas las ideas de los hombres: siempre tiene una razón ante cualquier pensamiento humano. No es capaz de aprender de otro hombre: él lo sabe todo, lo entiende todo, lo puede todo.

Por eso, él viene haciendo cosas maravillosas, milagros que el demonio sabe hacer. Él no viene sólo predicando y dando dinero a los pobres. Él tiene un poder que ningún hombre posee. Por eso, puede llegar a todas las inteligencias humanas. Puede llegar a la mente de los hombres. Puede ver sus mentes, lo que piensan, de una forma mágica, por el poder que tiene de Satanás.

El Anticristo no es un hombre vulgar, como Francisco. Es un hombre de calidad, de inteligencia sobrehumana, que sabe medir sus palabras, que sabe hablar cuando hay que hacer, que sabe esconderse para no ser notado, que sabe destruirlo todo a su paso.

Por eso, los que promulgan el sedevacantismo desde el Beato Juan XXIII, desconocen las manipulaciones perpetradas por el Anticristo en la Iglesia, a través de la Jerarquía infiltrada, que sirve a la masonería.

Si esos Papa hubieran tenido parte con el Anticristo, entonces la Iglesia habría desaparecido hace mucho. El Anticristo atacó a cada uno de esos Papas, para impedir, de muchas maneras sus Pontificados en la Iglesia.

Si esos Papas hubiesen sido verdaderamente heréticos, es decir, excomulgados y desposeídos de su cargo, la Iglesia ya se habría disuelto por el poder del Anticristo. Y lo que impidió que se manifestase ese poder es el Papa: «sólo falta que el que lo retiene sea apartado» (2 Ts 2, 7b). Una vez, apartada la Cabeza de la Iglesia, entonces se abre todo el pozo del abismo. El Anticristo es para la última hora de los últimos tiempos. No es para estar 50 años llenos de maldades, esperando nada. El Anticristo viene a salvar ( a ser Salvador, Mesías), no viene a hacer proselitismo, a hacer propaganda, política desde la Silla de Pedro.

La Iglesia no hubiera sobrevivido 50 años con Papas herejes. Es un imposible teológico, metafísico y espiritual. Es insostenible el sedevacantismo. Y menos decir que la sucesión petrina ha sido continuada, en forma clandestina, desde la elección del Papa Juan XXIII, por el cardenal Siri. La Iglesia no la sostienen los pensamientos de los hombres, sino el Espíritu de Cristo, que es el que sabe luchar contra el Anticristo.

Ni los lefebvrianos ni los que ahora se oponen a todos los Papas, saben batallar contra el demonio, porque se han dejado seducir por él, se han dejado ganar de su juego mental, de las ideas que el demonio pone en la mente de los hombres y las hace ver como divinas. No saben ver lo que significa ser Papa en la Iglesia: el que se opone al Anticristo. Se quita el Papa, la puerta abierta a todo mal.

Es con Francisco, cuando se nota más la presencia del Anticristo en la Iglesia. Es con él, cuando el impedimento se ha quitado, aunque no del todo, porque todavía vive el Papa verdadero. Y mientras viva, sigue siendo el Papa, el Vicario de Cristo, el que se opone al Anticristo, sigue siendo la piedra que el Señor usa para combatir al Goliat de la Masonería.

Por eso, hay que rezar mucho por el Papa Benedicto XVI, porque es la piedra que ahora sostiene todo el edifico de la Iglesia.

No se puede obedecer a un hombre que se pone por encima de Dios

Santísimo Cristo de la Misericordia de Cantillana

Santísimo Cristo de la Misericordia de Cantillana

DECLARACION DEL DIRECTOR DE LA OFICINA DE PRENSA DE LA SANTA SEDE

El Padre Federico Lombardi, S.I. Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, ha efectuado esta mañana la siguiente declaración:
”En el ámbito de las relaciones personales pastorales del Papa Francisco ha habido diversas llamadas de teléfono. Como no se trata absolutamente de la actividad pública del Papa no hay que esperar informaciones o comentarios por parte de la Oficina de Prensa. Las noticias difundidas sobre esa materia -ya que están fuera del ámbito propio de las relaciones personales- y su amplificación mediática no tienen por lo tanto confirmación alguna de fiabilidad y son fuente de malentendidos y confusión. Por lo tanto hay que evitar deducir de esta circunstancia consecuencias relativas a la enseñanza de la Iglesia”.

Francisco ha tirado la piedra y ahora esconde la mano. Esto significa las declaraciones de Lombardi. Lo demás, es negar la Verdad como es. Ningún Papa verdadero tiene vida privada. Lo privado, en todo Papa, queda siempre en lo privado, es decir, nadie lo conoce. Y este hecho no es de vida privada, sino de vida pública. Lombardi miente, porque sabe lo que ha hecho Francisco.

– Entonces, ¿Francisco habló directamente con vos y te dijo que sí, que podías comulgar?
– Sí, me dijo eso. Pero yo no sé si es en todos los casos. Momentáneamente es en el mío.
– Después de eso, ¿fuiste a pedir confesión, comunión?
– No. Todavía, no.
– Pero ¿te sientes ahora con todo el derecho de hacerlo cuando quieras?
– Sí, pero lleva su tiempo comulgar… Tenía que estar tranquila y hacerlo con fe. No lo quiero hacer arrebatadamente…y volver a la Iglesia tranquila. (Declaraciones de la mujer)

Las brechas de un cisma están apareciendo por todos los lados.

Un cisma encubierto, que nadie percibe, porque se trabaja en lo oculto, pero que necesariamente tiene que explotar algún día. Y hasta que no lo haga, se ven las brechas de ese cisma.

Y hay muchos que viendo esas brechas, todavía les cuesta discernir lo que es Francisco. Y muchos que son de la Jerarquía, que andan ilusionados con que este hombre haga algo bueno por la Iglesia.

Francisco muestra gestos pastorales caracterizados por la herejía y por el cisma. Y a estos gestos muchos los denominan como la sencillez, la humildad, la santidad de Francisco.

No ven el orgullo de Francisco, sino que lo llaman un acto humilde, un acto de amor al prójimo, un acto de sencillez, de verdad, de saber dar el Evangelio como es. Lo llaman vida privada de Francisco.

Nadie ve el cisma, la herejía. Y, cuando no se ve, sólo significa una cosa: que ya nadie cree en los dogmas. Ya nadie cree en la ley divina. Ya nadie cree en las verdades absolutas.

Y eso da lugar a una cosa: la lucha por la verdad que cada uno tiene en su pensamiento humano.

Y esa lucha, si la hace un hombre que se arroga un poder, -que no posee-, como es Francisco, se llama cisma. Francisco ha iniciado el cisma. Lo ha hecho de forma encubierta, pero tiene que mostrarse a las claras en algunas obras que él hace en la Iglesia, porque se obra lo que se piensa.

Se llama a una mujer para que pueda comulgar, porque así se piensa: tú, mujer, no estás en pecado; por lo tanto, comulga. Y no importa tu situación canónica. Vete a confesar, sigue en tu pecado, recibe la comunión, y lo demás, no interesa.

Para aquel que sepa un poco de teología y de derecho canónico, ve la monstruosidad que ha hecho Francisco en esta llamada.

Si hay una situación de un matrimonio canónico, primero hay que resolver eso. Si no se anula el matrimonio de ese hombre, entonces, ¿qué queda entre ese hombre y esa mujer? Una monstruosidad. Por una parte, él sigue casado por la Iglesia con otra mujer; y la mujer está casada con él por lo civil. Dos matrimonios distintos; dos uniones distintas. Y con eso, entonces la mujer va a confesar, ¿qué cosa? ¿Qué piensa confesar esa mujer después de diez años en que no le ha importado nada la vida espiritual, que no sabe los mandamientos de Dios, que no sabe lo que es la Eucaristía, que no sabe lo que es el Matrimonio? ¿Qué cosa va a confesar si no cree en el pecado? ¿De qué se le va a absolver? ¡Qué cosa más absurda! Y ¿habrá un sacerdote que la absuelva? Por supuesto, que lo habrá. Y el sacerdote, ¿cómo piensa absolver eso? ¿Sólo por la palabra de la mujer que le dice que Francisco le da permiso? ¿Disciernen el lío que hay en esa llamada telefónica?

Con una llamada telefónica, Francisco anula el adulterio. Se ha puesto por encima de la ley divina.

Dos cosas ha hecho Francisco:

1. Se ha puesto por encima de la ley de Dios: existe el dogma de la indisolubilidad del matrimonio y el mandamiento de Dios: no fornicarás.

a. «Cuanto a los casados, precepto es, no mío, sino del Señor, que la mujer no se separe del marido, y de separarse, que no vuelva a casarse o se reconcilie con el marido, y que el marido no repudie a su mujer» (1 Cor 7, 10-11).

Aquí está enunciada la indisolubilidad del matrimonio como precepto divino, como ley divina.

El Señor es claro en su Evangelio:

«El que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera contra aquella, y si la mujer repudia al marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 11-12).

«Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera, y el que se casa con la repudiada por el marido, comete adulterio» (Lc 16, 18).

Ese hombre tiene un matrimonio que crea un vínculo indisoluble. Por tanto, no pude estar con esa mujer. Para estar, primero hay que anular el matrimonio. Francisco dice: no importa ese matrimonio. Confiesa y comulga. Y, además, no importa tu adulterio; el pecado contra el sexto mandamiento no es pecado. No existe. Lo anulo con esta llamada telefónica.

2. Ha puesto su orgullo en la Iglesia:

Su voluntad es ley en la Iglesia. Su idea de lo que es un matrimonio y de lo que es el pecado, es lo que hay que seguir en la Iglesia. Su visión de la vida de ese hombre y de esa mujer es la visión que hay que tener en la Iglesia.

Francisco ha aprobado el adulterio. Y no ha dado ninguna razón teológica. Y tampoco sabe darla. Sólo ha dicho que lo están estudiando. Pues, en la duda no se hace nada; no se permite nada.

La gente ve a Francisco como una persona formada porque habla con la gente, habla de la vida común, porque está metido en los asuntos sociales. No está dando vueltas a los dogmas.

Para un teólogo, para un canonista, Francisco es un personaje vulgar, sin información, sin cultura, sin inteligencia, sin sabiduría.

Estas situaciones no se pueden resolver con una llamada telefónica. Eso es sólo propaganda para Francisco. Y no es más que eso.

Aquí se ve la intención de Francisco. Porque todo hombre que no se ajusta a la ley de Dios, automáticamente su intención en la obra que hace no es divina, sino que es con malicia y demoniaca.

Aquel que rebase la ley divina, como lo ha hecho Francisco, es del demonio.

Porque una cosa es pecar. Otra cosa es institucionalizar el pecado, aprobarlo, encumbrarlo, justificarlo.

Una cosa es que por debilidad se peque. Eso, cualquier hombre lo obra. Eso no es ponerse por encima de la ley de Dios. Eso es ir en contra de la ley divina, pero no ponerse por encima. El pecador humilde, ve su pecado y se arrepiente de él y lo confiesa.

Francisco se ha puesto por encima de la ley divina y ha enseñado su pecado a esa mujer y a ese hombre. Les enseña a ponerse por encima de la ley de Dios.

Aunque tengas un matrimonio por la Iglesia, puedes estar junto a esa mujer sin anularlo y sin casarte de nuevo.

Aunque estés con ese hombre, y adulteres con él, continua haciendo eso, que en tu caso no es pecado. Yo, que soy un santo, te digo que eso no es pecado.

Esto es lo que ha hecho Francisco: su orgullo, que le pone por encima de Dios, de la ley de Dios. Esto no lo llamen humildad. Llámenlo obra demoniaca, porque es el mismo pecado que hizo Lucifer.

Ponerse por encima de Dios, de su ley, es no querer convertirse, es mirar a la condenación, es anular toda verdad, todo dogma; es vivir de acuerdo al pecado y hacer que otros vivan de ese pecado.

Francisco es un hombre que no sabe ver el pecado en una persona; entonces, ¿cómo va a saber ver la santidad de una persona? ¿Ustedes creen que va a canonizar algo el próximo día? Imposible. Y no porque sea un hereje, porque sea un pecador, sino porque no tiene poder divino para ser Papa. Tiene un poder humano que lo coloca como un falso Papa, como un impostor, como un usurpador. Y, como no tiene poder divino para ser Papa, entonces no puede canonizar a nadie, porque no puede hablar como Papa, que es lo que se necesita para hacer santos: que el Papa hable como Papa.

Es muy grave esa llamada que ha hecho Francisco. Y muchos no ven esa gravedad. Es el inicio de la nueva iglesia en Roma. Así tienen que obrar: desprevenidamente, a lo bruto; imponiendo su pensamiento, guste o no guste a los demás.

Así ellos inician su nueva iglesia, con estas brechas, que van marcando un camino de maldad. Y ¡ay del que siga ese camino! ¡ay del que no vea la maldad que tiene ese camino!. ¡Ay de aquel que siga llamando a Francisco como bendición de Dios, como persona formada, inteligente, como excelente predicador de la Palabra de Dios, como el que sabe llegar al corazón de las gentes y a sus vidas!.

¡Despierten ya! Quien no sepa ver a Francisco como es; quien no sepa ver que Francisco no es lo que dice ser; quien se empeñe en seguir buscando una razón para afirmar la santidad de ese hombre, su humildad, sus sencillez, es que pertenece al demonio; es que su vida no es recta; es que vive como Francisco vive: haciendo lo que le da la gana en la Iglesia.

Se es Papa para custodiar la Verdad, no para destruirla.

Francisco la destruye. Luego, no es Papa. ¿Todavía no tenéis inteligencia?

Un verdadero Papa está por encima de toda ley positiva, pero nunca puede ponerse por encima de la ley divina. Y aquí tienen otra señal de que Francisco no es Papa. El Papa que Dios elige puede ser muy pecador, pero nunca se pondrá por encima de Su Ley. Un Papa que eligen los hombres hace eso que ha hecho Francisco: se pone por encima de Dios.

Por tanto, no puede haber obediencia a un hombre, que dice ser Papa, y que actúa por encima de Dios. Francisco no es lo que dice ser. No es Papa porque combate contra Dios, contra Su Ley.

¿Con qué autoridad le dice a esa mujer que puede comulgar cuando ha rebasado él la Autoridad Divina?

¿Quién se ha creído que es Francisco para interpretar la ley de Dios?

¿En qué cabeza cabe que para resolver un asunto tan complicado como es este, se use el teléfono y se dejen las cosas sin resolver?

¿No ven la locura de ese hombre? ¿No ven cómo ha engañado a esa mujer? ¿No ven cómo engaña a toda la Iglesia?

En los pasillos del Vaticano hay ya Cardenales que están diciendo: “¿Qué pretende este pequeño argentino?”, “Hemos cometido un error”. La Jerarquía sabe que Francisco está jugando con fuego. La Jerarquía de la Iglesia no es tonta. Pero, claro, por debajo hay cantidad de intereses que no son los de Cristo, que son los de los hombres. Hay división y cisma en el Vaticano. No hay más ciego que el que no quiera ver.

Y ya tiene que haber un distanciamiento: los que están con Francisco, los que se oponen a Francisco. Es necesario separar el trigo de la cizaña. Y ¡cuánto va a costar! ¡Cuánto sufrimiento para toda la Iglesia!

Y aquí el único que sufre con todo esto: Jesucristo. De nuevo ha sido crucificado en la Eucaristía. De nuevo se pisotea la Eucaristía, una vez que se ha anulado la Penitencia y el Sacramento del Matrimonio.

Por tanto, no se puede decir y quedarse tan tranquilo que “las noticias difundidas sobre esa materia -ya que están fuera del ámbito propio de las relaciones personales- y su amplificación mediática no tienen por lo tanto confirmación alguna de fiabilidad y son fuente de malentendidos y confusión”. Ahora, quien ha mentido ha sido esa mujer y ese hombre. Quien ha mentido ha sido la prensa que ha recogido las declaraciones de esa mujer y de ese hombre, que han sido claras. No es tan fácil, Lombardi. Este cuento ya nadie se lo cree, sólo los tontos como él y muchos que le dan oídos a Francisco. Francisco tiene una boca que no sabéis atarla. Y, por eso, tenéis que salir con estas inmundicias que revelan el cisma que ya habéis abierto en la Iglesia.

Francisco quiere una confesión que no condene al alma

cambiodementalidad

Todos los hombres pecan. Sólo Dios y la Virgen María no pecan.

Muchos no saben hacer una confesión correcta, porque han perdido el sentido del pecado.

El que perdona el pecado es el Sacerdote en la Persona de Cristo; es decir, Dios no perdona el pecado de forma directa, sino a través del Sacerdote, que obra en la Persona de Cristo, el Verbo Encarnado, que ha transformado el alma del sacerdote en un ser divino.

Si el Sacerdote no se ve como Persona de Cristo, como otro Cristo, como el mismo Cristo, entonces no sabe reconocer el pecado y la obra del pecado como ofensa grave a Dios.

La confesión no debe ser tratada como un acto social, sino como el tribunal de la Justicia de Dios sobre el alma y su pecado.

Muchos Sacerdotes ven el pecado y su obra sin trascendencia, de una manera descuidada, porque no quieren que el penitente se sienta incómodo, y tienden a menospreciar la importancia de la confesión.

Francisco es claro ejemplo de un sacerdote que ve la confesión como un acto social, un acto comunitario, un acto cultural, pero no como una obra divina en el alma: “¡La confesión no es un tribunal de condena, sino una experiencia de perdón y misericordia!” (Francisco, 28 de marzo 2014). Estas palabras, heréticas, definen la confesión como una experiencia de misericordia, pero no como una experiencia de justicia.

Francisco anula la justicia porque condena, porque castiga al alma, porque no da la misericordia, el amor de ternura que él predica en su iglesia. Y, entonces, tiene que poner su humanismo por encima de la Verdad: “el sacerdote debe acoger a los penitentes no con la actitud de un juez y tampoco con la de un simple amigo, sino con la caridad de Dios… El corazón del sacerdote es un corazón que se conmueve…Si es verdad que la tradición indica el papel doble de médico y de juez de los confesores, no hay que olvidar que cómo médico está llamado a curar y como juez a absolver” (Ibidem).

Resulta paradójico que Francisco aluda a la tradición y ponga el papel de juez al confesor, para sólo indicar que, en ese papel, tiene que absolver los pecados; cuando es claro que la tradición de la Iglesia pone al confesor como juez que absuelve y condena, al mismo tiempo. Francisco anula la condena, porque eso no va con su sentimentalismo herético en su iglesia.

El sacerdote debe acoger al penitente con la actitud de juez. Ésta es la Verdad que niega Francisco, porque la confesión es el tribunal de la Justicia de Dios. Y hay que ser juez en ese Tribunal. Al negar esta parte, tan importante en la Penitencia, Francisco sólo se ocupa de que el sacerdote tenga un corazón que se conmueva ante el alma. Esta es otra herejía en su herejía. Porque el sacerdote, como Juez, tiene que discernir la Verdad del pecado y del pecador. Por tanto, tiene que dejarse de sentimentalismos, de falsas misericordias, de falsas ternuras con los hombres. Si el sacerdote no es capaz de hacer un juicio sobre el pecado de la persona, entonces no puede ni absolver ni condenar al penitente.

Francisco anda en su ternurismo herético: “No olvidemos que, a menudo, a los fieles les cuesta trabajo confesarse, sea por motivos prácticos, sea por la dificultad natural de confesar a otro hombre los pecados propios. Por eso es necesario trabajar sobre nosotros mismos, sobre nuestra humanidad, para que no representemos nunca un obstáculo sino para que favorezcamos siempre el acercamiento a la misericordia y al perdón” (Ibidem). En este párrafo, Francisco está declarando su ceguera espiritual, su ignorancia de la vida de un alma, su ineptitud para ser sacerdote.

Francisco es ciego en la vida del Espíritu, porque sólo ve al hombre: “es necesario trabajar sobre nuestra humanidad”. No; Francisco. No hay que trabajar sobre lo nuestro, sino en contra de nuestra humanidad. Ese ir en contra de lo humano es lo que niega Francisco. Y eso le hace ser ciego para las cosas espirituales, para la sabiduría que viene del Cielo. Francisco pone el fin humano en la confesión: “hay que favorecer el acercamiento a la misericordia y al perdón”. Esta herejía viene por su humanismo.

El sacerdote tiene que descubrir al alma la Verdad de su pecado. Tiene que favorecer el acercamiento del alma a la Verdad. Un alma que guarda su pecado, un alma que no quiere arrepentirse de su pecado, un alma que no ve su pecado sino que habla de sus problemas en su vida o de los pecados de los otros, no está lista para la confesión. Y el sacerdote tiene que ayudar al penitente a centrarse en su pecado. Y, sólo de esta manera, el sacerdote discierne si esa alma viene arrepentida o no al Tribunal de la Penitencia.

Francisco ignora lo que es un alma, las dificultades espirituales que todo hombre tiene al confesar, porque se trata de decir lo más íntimo de la persona. Y el demonio está ahí, luchando para que el alma no descubra la Verdad. Un sacerdote que no ve la acción del demonio cuando un alma viene a confesarse, entonces nunca podrá ayudar al alma en la confesión.

El alma que viene a confesar su pecado, viene con su demonio que le ha ayudado a obrar su pecado. No viene sola a la confesión. Y, por eso, el sacerdote tiene que saber luchar contra el demonio en ese momento. Si el sacerdote no se pone en la Verdad, sino que se pone en un sentimentalismo, en un cariño, en un afecto hacia esa alma, entonces entra en el juego del demonio.

El sacerdote tiene que luchar contra el demonio llevando al alma a reconocer su pecado. Y, entonces, gana la batalla contra el demonio. Pero si la lleva a la misericordia, si sólo le dice que Dios es misericordioso, entonces pierde la batalla.

El Tribunal de la Penitencia no es para recordar al alma que Dios es perdón. No hace falta. Es más, se debe recordar al alma, que Dios castiga por el pecado. El alma viene con su demonio; no viene sola. Esto es lo que Francisco ignora y, por eso, cae en su herejía.

Francisco es un inepto como sacerdote: no sabe ser otro Cristo; no sabe actuar en la Persona de Cristo; no vive la misma vida de Cristo. Un hombre que ha hecho de la Silla de Pedro, -que es la Cátedra de la Verdad-, el monumento de su mentira, la estatua de su herejía, la obra de su maldad, no puede ser escuchado ni obedecido en la Iglesia Católica.

Todo hombre que se siente en la Silla de Pedro y no guarde el depósito de la Fe, que no luche por mantener la Verdad Absoluta desde esa Silla, nunca puede ser llamado Papa. ¡Nunca! Porque el Papa verdadero NO FALLA, NO YERRA, NO SE PUEDE EQUIVOCAR. El Papa verdadero es INFALIBLE en sus enseñanzas de la fe; tiene la infalibilidad Papal.

Francisco yerra; Francisco miente; Francisco engaña; Francisco dice herejías; Francisco obra en pecado; Francisco gobierna en contra de Cristo en la Iglesia… Luego, Francisco no es Papa.

Esta Verdad es la que muchos les cuesta tragar. Y dan a Francisco una obediencia falsa. No creen en el don de la infalibilidad, que tiene Pedro, y, por eso, no saben discernir nada con un Papa. Sólo se acomodan al gobierno de hombres en la Iglesia. Y en la Iglesia no gobierna el hombre, sino Cristo.

Cuando en el reinado de un Papa legítimo se producen cartas, decretos, encíclicas, etc., que van en contra de la Fe, entonces eso no viene del Papa, sino de los Obispos, Cardenales, que imponen su voluntad en la Iglesia por encima del Papa. Es lo que ha sucedido desde Pablo VI hasta Benedicto XVI. Nadie ha discernido la acción del demonio en torno al Papa. Nadie la ve. Y todos terminan por acusar al Papa de todos esos males.

Y llega uno, puesto por los hombres, y como habla como los otros, como dice lo que los otros dicen, entonces todos le acogen. Y Francisco habla lo que él ha hecho en la Iglesia en contra de los Papas legítimos. Francisco se ha dedicado a tumbar las enseñanzas de los Papas legítimos mientras era Cardenal. Francisco se ha dedicado a desobedecer a los Papas legítimos.

Francisco, con los suyos, es el que ha derribado al Papa Benedicto XVI; y se ha subido al podio de su ignorancia para enseñar la doctrina de su mente humana, que es su pecado que le lleva al infierno de cabeza.

Pocos hay que se opongan, de verdad, a Francisco y a todo su gobierno horizontal. ¡Muy pocos! Y estamos llegando a la mitad de la semana, que significa que se acaba la Eucaristía, que es necesario salir de Roma porque ya no da la Iglesia de Cristo, ya no representa a Cristo.

Ni Francisco ni su gobierno horizontal, ni aquellos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles que apoyen a Francisco, son de la Iglesia Católica. Ellos no representan a la Iglesia Católica, sino a su iglesia, a su invento de iglesia.

El cisma se está haciendo, cada día, más manifiesto. Se ve con mayor claridad. Por supuesto, para los idiotas que siguen a ese idiota, todo marcha viento en popa: no hay problema en la Iglesia. Pero, para las almas que viven la vida del Espíritu, empiezan a notar la persecución desde el interior de la Iglesia.

La gente se está haciendo fuerte en la mentira. Y comienza a luchar por una mentira, por una idea humana, por las ideas comunistas que Francisco lanza en la Iglesia. Y eso es perseguir la Verdad y a aquellos que viven la Verdad en la Iglesia Católica.

No se hagan ilusiones con Francisco: él abrió la puerta del infierno en la Iglesia. Él ha sentado en la Silla de Pedro a Lucifer. Él ha querido que los demonios tengan parte en su nueva iglesia. Y, por eso, él batalla contra la Verdad en la Iglesia; anula la Tradición para poner sus tradiciones, sus costumbres, sus deseos sociales, culturales, políticos, económicos. Francisco ha vendido su alma al demonio por un puñado de popularidad entre los hombres.

Francisco: «Para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar»

bufon

Francisco es un hombre para el mundo, no para la Iglesia Católica. Es un bufón en la Iglesia, un hombre que entretiene a las masas, que no tienen inteligencia, sabiduría divina en la Iglesia. Francisco es un hombre que engaña con su palabra y hace creer que es santo con sus obras de humildad y de pasión sobre el hombre

Con Francisco, se abre en la Iglesia el camino para que el demonio pueda destruir toda la estructura levantada durante siglos.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y, por tanto, es algo espiritual; no es una estructura, ni humana, ni económica, ni social, ni política, ni cultural, ni artística.

La Iglesia, como organismo espiritual necesita lo humano, lo material, para poder obrar; pero no de forma absoluta; porque, si falta lo material la Iglesia permanece en el Espíritu.

La Iglesia no es como el hombre, un compuesto de alma y cuerpo, que se necesitan uno a otro para formar el ser del hombre. La Iglesia es Cristo. Y Cristo es el Verbo Encarnado. Y lo que asume Cristo es una humanidad gloriosa, no pecadora, no humana, no material, no carnal, no natural.

En la Iglesia se está para vivir el Espíritu y, por tanto, para luchar contra todo aquello que se opone a la Vida que da el Espíritu.

“Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, pp. 101-102).

San Pablo señala: “…no quiera Dios que me gloríe sino en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gal 6, 14) .

Francisco se gloría en ser pecador. Y sólo en eso. Es su única gloria. Y, además, miente sobre San Pablo. Y, por eso, continúa diciendo: “Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar” (Ibídem).

Si el pecado no es una macha que limpiar, si no es algo malo, entonces el pecado es un virtud, una vida, una obra, algo que lleva a la verdad.

Y ¿qué es el pecado para Francisco: “… es un problema de pecado. Desde hace unos cuantos años, la Argentina vive una situación de pecado, porque no se hace cargo de la gente que no tiene pan, ni trabajo” (Ibídem, p. 107).

O como le dijo al ateo Scalfari: “Los más graves entre los males que afligen al mundo en estos años son el paro [desempleo] de los jóvenes y la soledad en que son dejados los viejos… Este es, a mi manera de ver, el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar” (Francisco, Entrevista con La Repubblica, 1 de octubre de 2013).

El pecado es un problema social: no hay pan, no hay trabajo, no hay dinero, no hay salud social, no hay paz entre los hombres, no hay tolerancia entre ellos.

El pecado ya no es una ofensa a Dios.

Y, entonces, Francisco dice su sentimentalismo: “Y siento que no puedo terminar sin decir una palabra a los grandes ausentes, hoy, a los protagonistas ausentes: a los hombres y a las mujeres mafiosos. ¡Por favor, cambiad de vida, convertíos, dejad de hacer el mal! Rezamos por vosotros. Convertíos: os lo pido de rodillas; es por vuestro bien. La vida que vivís ahora no os dará placer, no os dará alegría, no os dará felicidad. El poder y el dinero que ahora tenéis -fruto de tantos negocios sucios, de tantos crímenes mafiosos- es dinero ensangrentado, es poder ensangrentado, y no os lo llevaréis a la otra vida. Convertíos todavía os queda tiempo para no terminar en el infierno. Es lo que os espera si seguís por este camino. Habéis tenido un padre y una madre: pensad en ellos. Llorad un poco y convertíos” (Francisco, 21 de marzo 2014).

Esta es su moralina a los mafiosos. Francisco no enseña a convertirse a Dios, sino sólo a convertirse, es decir, a no hacer el mal: “¡Por favor, cambiad de vida, convertíos, dejad de hacer el mal!”. Ese mal, que hacen los mafiosos, no es un pecado, sino un mal social, un daño a la sociedad, a las familias. Y, entonces, a Francisco se le cae la baba: “Rezamos por vosotros. Convertíos: os lo pido de rodillas; es por vuestro bien”.

Es la falsa humildad de un hombre que se pone de rodillas ante los mafiosos para implorarles que cambien de vida. ¿Ven el disparate de Francisco?

Francisco no enseña la verdad a los mafiosos, sino su verdad: “no hagáis el mal a los hombres, seamos fraternos, seamos hermanos, dejad esa vida de asesinatos…”. Pero Francisco no pone la Verdad delante de los hombres. No hace Justicia delante de ellos, sino que emplea su argucia, su juego mental, su pensamiento, y dice lo que la gente le gusta escuchar: “Convertíos: os lo pido de rodillas”. Pero Francisco no dice lo que debería estar en la boca de un sacerdote santo: “Oraré a Dios por vuestras almas y haré penitencia por vuestros pecados para que el Señor os dé la conversión de corazón”.

Francisco juega con sus palabras para buscar la popularidad entre los hombres. Y se humilla ante ellos: “os lo pido de rodillas”; pero no es capaz de humillar su pensamiento ante Dios. No es capaz de hacer una oración por lo pecadores, porque no cree en el pecado. No es capaz de hacer penitencia por los pecadores, porque no cree en el pecado: “para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar”. No es una carga que tengo que llevar para salvar el alma del mafioso. No hagas penitencia por el mafioso, sino que arrodíllate ante él, saca tu pañuelo y ponte a llorar, para que él vea que lo amas.

Y, entonces, cae en un juicio: “Convertíos, todavía os queda tiempo para no terminar en el infierno”. Francisco está hablando de hombres y mujeres mafiosos en general, sin especificar a nadie en particular. Luego, nunca puede hablar de esta forma. Porque esta forma de hablar sólo se emplea con una persona en particular.

Francisco condena a toda la mafia al infierno. ¿Qué sabe él quién se va a salvar y quién se va a condenar de los mafiosos? ¿Qué sabe él del tiempo que queda? ¿Quién se ha creído que es Francisco cuando no es capaz de juzgar a un homosexual, y tiene la osadía para juzgar a unos mafiosos? ¿En qué se basa para poder juzgar a unos mafiosos y no a los homosexuales?

Respuesta: en su mente humana, en su idea del bien y del mal; en lo que él llama corrupción, en el que no hay perdón.

“Pecadores, sí; corruptos, no” (Francisco, 16 de enero 2014).

Francisco, al no tener vida espiritual, cae en una grave herejía: confundir corrupción con la blasfemia contra el Espíritu Santo. Para Francisco el corrupto no tiene perdón de Dios. Y la corrupción en el pecado no es una blasfemia contra el Espíritu. En la corrupción hay siempre un camino de salvación, porque sólo es un pecado contra Cristo, contra la Verdad, pero no contra el Espíritu.

Francisco confunde esto sólo por su laicismo, por su humanismo:

“La doble vida de un cristiano es algo tan malo, tan malo…, que es benefactor de la Iglesia, se rasca el bolsillo y da a la Iglesia, pero con la otra mano roba al Estado, a los pobres (…) Esto es una injusticia. Esto es llevar una doble de vida, porque esta persona engaña. Esta es la diferencia entre el pecador y el corrupto, y quien tiene una doble vida es un corrupto” (Francisco, 12 de noviembre de 2013).

El que da a la Iglesia y roba al Estado sigue siendo un pecador; y no es ni siquiera corrupto. La doble vida no significa corrupción. Puede significar muchas cosas, hasta ser una blasfemia contra el Espíritu, pero eso hay que verlo en cada caso particular. Francisco, como sólo se fija en el mal social, entonces juzga a todo el mundo, mete en el saco de la corrupción a todo el mundo, y juzga mal:

“todos nos debemos considerar pecadores, porque todos lo somos; pero no corruptos, ya que este tipo de personas está fijo en un estado de suficiencia, no sabe qué cosa es la humildad” (Ibidem). ¡Pobre Francisco, porque no sabe lo que está hablando! Ni sabe lo que es la suficiencia, ni la humildad, ni el pecado, ni la corrupción. Habla por hablar, para no callar. Y el sabio, cuando no sabe una cosa, se calla. Es lo que nunca va a aprender ese hombre: a callar su boca, y a dejar de decir estupideces cada día en la Iglesia.

En la Iglesia, nadie debe considerarse pecador, sino santo. Esto no lo puede enseñar Francisco.

Cristo ha puesto el camino de la santidad al hombre dentro de la Iglesia, porque quien ama a Dios no puede pecar (cf Jn 14). El amor de Dios en el alma hace una obra santa que la desliga del pecado. Si alguno peca, entonces tiene el Sacramento de la Penitencia, para quitar su pecado. Hay que enseñar a las almas a no vivir en el pecado, porque, entonces, van en contra de la fe en Cristo, de la fe en la Obra de Cristo, que es Su Iglesia.

Hay que ver nuestros pecados para arrepentirse de ellos, pero no considerarse pecadores, sino santos en camino del Cielo. Y, en ese camino, todavía queda el pecado, porque es una lucha continua, hasta la muerte. Lucha contra el demonio, que es el que obra el pecado en el alma. Hay que enseñar a las almas a luchar en contra del demonio, para llegar a la santidad de la vida. Esto no lo enseña Francisco.

El pecado de corrupción tiene siempre perdón, porque es un pecado más. La Magdalena tenía siete demonios, es decir, vivía en la corrupción de la lujuria. Y encontró en Cristo el camino para dejar su corrupción.

Judas estaba corrupto en su pecado de avaricia; pero todavía podía salvarse. Cuando entregó a Su Maestro, es cuando cometió la blasfemia contra el Espíritu. Y no hubo perdón para él: “Mas le valiera no haber nacido” (Mt 26, 24).

La suficiencia es un pecado de orgullo, que tiene perdón; es creerse superior a otro. Y la suficiencia lleva a la corrupción de la persona humana, en la que ésta se pone por encima de Dios. Y, todavía, en esa corrupción hay salvación. Pero cuando la persona orgullosa obra algo en contra del Espíritu, entonces cae en la blasfemia. Y ya no hay perdón.

Como ven, Francisco no sabe nada de la vida espiritual y predica sus tonterías en la Iglesia.

“Todos conocemos a alguien que se encuentre en esta situación y lo mal que hacen a la Iglesia. Cristianos corruptos, sacerdotes corruptos …¡Qué grave es esto para la Iglesia. Porque no viven en el espíritu del evangelio, sino en el de la mundanidad” (Francisco, 12 de noviembre de 2013).

El mal para la Iglesia no es que haya sacerdotes pecadores o corruptos; sino que haya sacerdotes y fieles que ya no creen en la Verdad, que pequen en contra del Espíritu de la Verdad, que anulen los dogmas, que ya no vivan la ley de Dios, la ley natural, que no cumplan los mandamientos de Dios, como lo hace Francisco. En la corrupción siempre hay salvación; pero cuando se pierde la fe, entonces es dificilísimo cambiar de vida, convertirse a Dios.

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Francisco, al anular el pecado, cae en gravísimas desviaciones cuando habla del pecado, de la corrupción, del mal en el mundo. No sabe hablar y, entonces, cae siempre en el juicio hacia los demás. Con los mafiosos, los juzgó, porque sólo se centra en el pecado como mal social, no como ofensa a Dios.

¡Qué gran mal para la Iglesia la persona de Francisco! ¿Y todavía rezan por él? No recen para que haga algo bueno en la Iglesia, porque no es Papa. Recen por el Papa verdadero, que es Benedicto XVI, quien sostiene ahora a la Iglesia en esta oscuridad. Recen para que Francisco se vaya a su casa, lo echen, para que se dedique a lo suyo: al comunismo, al fascismo, al protestantismo, al laicismo, a su fraternidad, a su estúpida vida. Pero no pierdan el tiempo con Francisco. No merece la pena.

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