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No hace falta la fe para casarse válidamente

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«Entre las circunstancias que pueden consentir tratar la causa de nulidad matrimonial por medio del proceso más breve según los cánones 1683-1687, se encuentran por ejemplo: la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad, la brevedad de la convivencia conyugal, el aborto procurado para impedir la procreación, la obstinada permanencia en una relación extraconyugal en el momento de la boda o en un tiempo inmediatamente posterior, el ocultamiento doloso de la esterilidad o de una grave enfermedad contagiosa o de hijos nacidos de una precedente relación o de un encarcelamiento, una causa matrimonial del todo extraña a la vida conyugal o consistente en la gravidez imprevista de la mujer, la violencia física infligida para obligar el consentimiento, la falta de uso de razón comprobada por documentos médicos, etc…» (Art. 14§1).

El Sacramento del Matrimonio causa la gracia, es decir, comunica “per se” (por sí mismo) el ser de la gracia al hombre y a la mujer, que se unen en matrimonio.

No hace falta la fe, ni del varón ni de la mujer, para casarse. La fe no es un pre-requisito para que el Sacramento actúe.

Sin embargo, hace falta la fe para que el alma pueda recibir esa gracia, tenga disposición en su alma para recibir la gracia ya dada en el Sacramento.

Una cosa es la gracia que comunica el Sacramento; otra es la disposición del alma, que por su pecado o falta de fe, pone un óbice, un obstáculo para recibir en el alma la gracia que ya se ha dado en el Sacramento.

El pecado o la falta de fe no impide que el Sacramento haga su función: comunicar el ser de la gracia. Impide, por el contrario, que el alma tenga esa gracia en su interior y pueda vivir la vida divina en el matrimonio.

Por lo tanto, legislar que entre las circunstancias que pueden anular un matrimonio está la falta de fe es un error en la fe. Gravísimo error.

Porque el impedimento que anula un matrimonio es el error en la mente, no la falta de fe. Hay que discernir el error para ver si afecta a la esencia del contrato matrimonial o al objeto del contrato matrimonial, que es la misma persona.

Hay que legislar sobre el error, no sobre la falta de fe.

Legislar «la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad» es anular el impedimento del error en el matrimonio.

Se centra en la falta de fe que, “per accidens”, puede viciar el consentimiento. Pero no se centra en si hubo, antes del matrimonio, un error que impidiera el contrato matrimonial.

Si no existe error en cuanto a la naturaleza de lo que es el matrimonio y en cuanto a la persona, con la cual se contrae matrimonio, entonces siempre el matrimonio es válido.

El valor del Sacramento del Matrimonio no depende “per se” de la fe los contrayentes. Sólo depende “per accidens”.

Aquella persona que no crea en nada en absoluto, el Sacramento que realiza es válido por sí mismo. Porque el que se casa no obra como causa principal en el Sacramento. No es por su propia fe cómo Cristo da el ser de la gracia del Sacramento. Ni es por su falta de fe cómo Cristo niega el ser de la gracia del Sacramento. El Sacramento es obra de Cristo mismo, no de la fe de la persona.

Por eso, formalmente, no influye la falta de fe para la validez de un matrimonio. Puede influir “per accidens”, indirectamente, viciando la intención de la voluntad o la forma del matrimonio (=la libre aceptación del otro).

Cuando se da un error en la mente, que tuerce la intención de querer ese contrato matrimonial como lo quiere Cristo o la Iglesia, o que se niega a aceptar la voluntad de la otra persona como parte del contrato matrimonial, entonces no puede haber matrimonio.

Aquel que se case ignorando el derecho al cuerpo, o que piense que el matrimonio sea soluble, se casa válidamente, si su pensamiento no influye ni en la libre aceptación de la otra persona, ni en la intención de su voluntad de casarse. Él quiere casarse, aunque ignore todo lo demás.

Pero aquel que tuerza su voluntad por su incredulidad, entonces se casa inválidamente. Tiene el impedimento de un error sustancial.

Una cosa es la voluntad de casarse, la intención; y otra el error, la ignorancia, la duda.

Por derecho divino, no hace falta la fe para casarse, ya que el contrato matrimonial es indisoluble por ley natural. Antes de Cristo, la gente se casaba naturalmente, sin la fe, y eso era indisoluble.

«En el plano teológico, la relación entre la fe y el matrimonio tiene un significado más profundo. El vínculo esponsal, aunque sea realidad natural entre los bautizados, fue elevado por Cristo a la dignidad de sacramento. El pacto indisoluble entre hombre y mujer no requiere, a los fines de la sacramentalidad, la fe personal de los contrayentes. Lo que si se pide como condición mínima necesaria es la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Y si bien es importante no confundir el problema de la intención con el de la fe personal de los contrayentes, no es posible separarlos totalmente. Como hacía notar la Comisión Teológica Internacional en un documento de 1977, “En el caso en el que no se advierta ningún rastro de fe en cuanto tal (en el sentido del término “creencia” disposición a creer) ni algún deseo de la gracia y de la salvación, se pone en el problema de saber en realidad si la intención general de la que hemos hablado es verdaderamente sacramental, está presente o no, y si el matrimonio ha sido contraído válidamente o no”». (La dottrina cattolica sul sacramento del matrimonio [1977], 2.3: Documenti 1969-2004, vol. 13, Bolonia 2006, p. 145). (Alocuciones a la Rota – 2003 – Benedicto XVI).

En el matrimonio todo gira en la voluntad de la persona. Aquí está la clave de la validez de un matrimonio, en que la persona decide casarse o no, y decide o no aceptar a la otra parte con un lazo eterno.

La fe no tiene nada que ver con la validez de un matrimonio, ya que el vínculo es indisoluble por derecho natural.

Por derecho eclesiástico, la Iglesia manda que los cónyuges tengan un conocimiento básico del Sacramento del Matrimonio, porque Jesús elevó el contrato matrimonial a la gracia. Es decir, ya es una ley de la gracia que incumbe a los miembros de la Iglesia, no así a los paganos. Un miembro de la Iglesia Católica tiene que saber cómo llevar su matrimonio en la ley de la gracia, en la vida eclesial, no sólo en la ley natural y en la divina. De esta manera, con ese conocimiento, el alma queda dispuesta para recibir la gracia que el Sacramento, por sí mismo, comunica.

Pero este conocimiento de lo que es un matrimonio, como Sacramento, no es una condición sin la cual no pueda darse el matrimonio. La falta de conocimiento no es un impedimento.

Una persona que tenga en su mente el error de que el matrimonio es soluble, pero acepta el deseo que tiene la otra persona de casarse para siempre, de forma indisoluble, entonces el matrimonio es válido, a pesar del error en su mente.

Porque el error en la mente, en este caso, no vicia el libre consentimiento de la voluntad hacia la otra persona: libremente se entrega a la otra persona, acepta su deseo, su mente de casarse para toda la vida, aunque en su mente permanezca el error. Su error en la mente no impide “per se” la gracia sacramental, porque en su voluntad acepta a la otra persona. Su falta de fe, su incredulidad, será un obstáculo en su matrimonio. Pero eso es otro problema.

Esta persona se casa válidamente, es decir, tiene la gracia del Sacramento, pero en su alma tiene un óbice, por el cual no puede obrar, en su matrimonio, con la gracia del Sacramento.

Legislar que la falta de fe es causa de anulación es un pecado gravísimo y un error en la fe.

Muchos ven este error manifiesto, claro, patente, en este documento, pero dicen: como formalmente no se ha cambiado la doctrina sobre el matrimonio, entonces no hay error en la fe en la doctrina, aunque sí en la reforma de la ley canónica.

Esta es la hipocresía de muchos sacerdotes y Obispos.

¡Un gran fariseísmo!

Si de hecho se ha cambiado la doctrina del matrimonio con estas leyes perversas en lo canónico, es que también se ha cambiado la doctrina del matrimonio en la Iglesia.

La forma ambigua que se emplea en ese documento, el cual no es infalible por más que se llame “motu proprio”, quiere hacer creer a la Iglesia Católica que la doctrina de 2000 años no ha cambiado.

Es el juego del lenguaje en el hereje Bergoglio. Habla para dar a cada uno lo que quiere escuchar. A los católicos, les dice que la doctrina no cambia. A los progresistas, les ofrece unas leyes que destruyen toda la doctrina católica sobre el Matrimonio.

Este es el juego de Bergoglio. Siempre ha sido así. Y siempre lo será. Y los católicos todavía en babia con ese hombre, con ese usurpador de la Sede de Pedro.

¡Qué poco espíritu de discernimientos tiene la Iglesia Católica!

¡Qué fácil es engañar a toda la Iglesia Católica con palabritas que se quieren escuchar!

Bergoglio presenta la anulación del Sacramento porque éste fue celebrado sin fe. Esta es la herejía principal en este documento. Y esto llevará, inevitablemente, a un número enorme de nulidades matrimoniales. Porque, es claro, en un tiempo en que brilla la fe por su ausencia, hay que poner leyes que gusten a todos esos hombres y mujeres que viven sin fe en sus matrimonios y que quieren otra cosa, precisamente, porque no creen en nada.

¡Es la jugada maestra de un hombre sin fe, como Bergoglio! ¡Todo cuanto toca es para pervertirlo, para anularlo, para destruirlo!

Con este documento, se abre verdaderamente el camino de la Gran Apostasía de la fe en millones de matrimonios.

Ahora, hay que creer para casarse. Y ¿en qué van a creer? ¿En un matrimonio indisoluble? Entonces, se seguirán casándose sin fe para poder seguir anulando su matrimonio, precisamente, por su falta de fe.

¡Qué jugada maestra de Bergoglio!

¡Cómo ha sabido engatusar a toda la Jerarquía!

No se puede legislar como causa posible de anulación «el aborto procurado para impedir la procreación».

Porque el valor del Sacramento del Matrimonio no depende “per se” del estado de gracia de los contrayentes.

El pecado mortal no anula ningún matrimonio. Para la validez el matrimonio, sólo es necesaria la unión de cuerpos, no engendrar un hijo. Ningún pecado que los cónyuges hagan durante la consumación de su matrimonio anula el matrimonio. Mucho menos, si ese aborto se da mucho después de la primera unión conyugal.

Un matrimonio consumado significa que se ha realizado el acto conyugal, no que de ese acto se haya seguido la prole. Ni que, en ese acto, se haya impedido la prole de alguna manera. Y, si en ese acto se ha concebido, el aborto que se procura es sólo un pecado de la persona, no causa de anulación del matrimonio.

Porque sólo se exige, para el matrimonio, el acto conyugal, no lo demás: no engendrar un hijo.

Por otra parte, legislar que «la brevedad de la convivencia conyugal» es causa de anulación es ignorar lo que es un matrimonio consumado. Sólo se pide a los cónyuges, para la validez de su matrimonio, unir sus cuerpos. No se pide que esa unión ni sea larga, ni sea breve.

No está ni en la calidad ni en la cantidad del acto conyugal la validez de un matrimonio. Sólo está en la unión física de los dos sexos. Si se ha conseguido esta unión para buscar una generación apta, entonces hay matrimonio. No se pide la cantidad del acto conyugal.

¿Qué tiene que ver la brevedad del acto con la validez del consentimiento o la aceptación de la otra persona?

¿Se la ama menos porque el acto conyugal fue breve?

Lo que es impedimento para la validez del matrimonio es la impotencia o la esterilidad. La impotencia impide la unión conyugal; la esterilidad altera el vínculo matrimonial.

Pero, un aborto o un acto conyugal breve no son impedimentos del matrimonio.

Un matrimonio es inválido porque ha sido contraído existiendo algún impedimento que lo dirime. Ese impedimento quedó oculto o fue desconocido en el momento del matrimonio.

Y la Iglesia ya ha declarado qué clases de impedimentos son los que anulan un matrimonio.

El impedimento es una ley que inhabilita a los hombres para contraer matrimonio; es decir, es una circunstancia que afecta a la persona, por la cual le queda como prohibida, como nula o ilícita, la celebración del matrimonio.

Por lo tanto, ni el aborto, ni la infidelidad, ni la falta de fe, ni la brevedad del acto conyugal, ni una enfermedad grave, ni la existencia de otros hijos, ni una encarcelamiento, ni un embarazo impuesto a la persona, ni la violencia hacia la otra persona, son causas para legislar.

Hay que legislar sobre los impedimentos, no sobre los efectos de los pecados o las circunstancias de la vida de cada persona.

No se puede legislar, como causa de anulación, «la obstinada permanencia en una relación extraconyugal en el momento de la boda o en un tiempo inmediatamente posterior».

Porque, lo que hace un matrimonio es la voluntad del que lo contrae, no su pecado obrado, ni antes, ni durante, ni después del matrimonio. El valor del Sacramento de un Matrimonio no depende de la santidad, ni de la honradez, ni de la justicia, ni del pecado que esa persona tenga en ese momento.

«No puede nadie, por más manchado que esté, manchar los sacramentos divinos…» (D334).

El Sacramento, por su propia naturaleza, no depende ni de la santidad de la persona ni exige esa santidad. Es independiente.

Es Cristo mismo el que obra. El poder que realiza el Sacramento es el poder de Jesucristo. No es la santidad de la persona. Y, por lo tanto, el pecado de la persona no puede anular el poder de Jesucristo. Jesús no viene a conferir su gracia a los santos, a los justos, a los inmaculados, sino a los pecadores. Sólo exige de ellos la disposición del alma para que pueda actuar ese poder.

Si la validez de un matrimonio se pusiera en la santidad de los contrayentes, entonces habría una gran incertidumbre acerca del matrimonio. Por consiguiente, legislar que un aborto o una infidelidad conyugal, ya sea antes, durante o después de celebrado el matrimonio, es causa de anulación, es hacer que todo el mundo se divorcie. Es anular el Sacramento del Matrimonio. Es hacerlo depender sólo de los males o circunstancias de la vida.

El que se casa pecando, al mismo tiempo, con otra persona, obtiene la gracia del Sacramento, pero no la puede recibir en su alma por el óbice de su pecado. Cristo actúa en el Sacramento del Matrimonio, pero la gracia no actúa en el alma del que contrae matrimonio en estado de pecado mortal.

Además, el vínculo matrimonial que se da entre las dos personas que se casan, excluye una tercera persona. Y, por más unión carnal que esa persona que se casa tenga con otra, antes, durante o después del matrimonio, eso ni impide el verdadero matrimonio, ni anula el vínculo matrimonial.

Lo que impide un matrimonio es la existencia de otro matrimonio, no de una unión carnal o situación de pecado.

El vínculo matrimonial es intrínsecamente indisoluble; y, por lo tanto, no puede disolverse ni siquiera por adulterio del cónyuge.

¿Desde cuándo hace falta para casarse válidamente ser santos o tener un conocimiento altísimo sobre lo que es el matrimonio?

Esta reforma de las leyes canónicas cambia la naturaleza misma del contrato matrimonial porque se legisla sobre los problemas de la vida, sobre los males, las circunstancias, no sobre los impedimentos del matrimonio.

No se centra en lo que hizo la persona con su voluntad, con su intención. Y este es el error más garrafal.

Todo el problema del matrimonio está en la libre voluntad de la persona, con la cual se acepta o no a la otra persona. Por eso, hay muy pocos matrimonios inválidos, porque casi todos se casan bien, dando su voluntad al otro, que es lo que hace válido el contrato matrimonial.

Esta reforma destruye esta esencia: la intención que tiene la persona al casarse. Y sólo se centra en lo exterior de los problemas de la vida.

En esta reforma se ve, con nitidez, la destrucción del matrimonio. Son leyes eclesiásticas para eso.

No son leyes que salvan la integridad del vínculo matrimonial, que sólo está en la intención de los contrayentes, sino que están a favor de la nulidad.

No se puede legislar con un etcétera: esto es burlarse de todo el mundo y abrir la puerta para el libre albedrío. La excusa que quieran dar para anular su matrimonio.

¡Qué bufón del Anticristo es Bergoglio!

¡Cómo se ríe de todo el mundo católico!

Y lo peor es que ese mundo católico se ríe junto con él, aplaudiendo sus burlas, obedeciendo su estúpida mente humana, y dándole una autoridad en la Iglesia que no tiene ni merece.

¡Pobre Iglesia Católica!

¡Sus días están contados!

Y aquel que no salga de Roma, después del desastre que va a ocurrir en el Sínodo, es que vive en la más absoluta inopia, en el más absurdo de la vida, en la idiotez más grande de todas.

¡Cuánta será la Jerarquía que caiga en el Sínodo!

Así como hicieron caer al Papa Benedicto XVI, imponiéndole una renuncia que no quería, así van a hacer caer a toda la Jerarquía, imponiéndoles una doctrina que desprecian.

Y la Iglesia caerá porque Su Papa, el verdadero, el legítimo, Benedicto XVI también ha caído. Se sigue el ejemplo de la Cabeza. Se sigue su martirio. Se está con él en la Cruz de la Verdad. Y se elige a Cristo por encima de todo pensamiento humano.

 

Abierta la puerta al divorcio en la Iglesia

«Y por cuanto en vuestro Foro predominan las causas matrimoniales, la Sagrada Rota Romana tiene la gloria de ser el Tribunal de la familia cristiana, humilde o noble, rica o pobre, en la cual entra la justicia para hacer triunfar la ley divina en la unión conyugal, cual defensora del vínculo indisoluble, de la plena libertad del consentimiento en la unidad de vida, de la santidad del sacramento. Por ello vosotros, con cuidado muy atento, examináis y ponderáis las declaraciones de las partes, los testigos, las relaciones de los peritos, los documentos, los indicios, a fin de lograr descubrir posibles fraudes y para impedir así la violación de un tálamo bendecido, en que el Creador puso la fuente de la multiplicación del género humano, de los compañeros de los bienaventurados ángeles hasta la consumación de los siglos, cuando los innumerables grupos de hijos de Adán se presentarán ante el Tribunal de Cristo, juez de vivos y de muertos, para dar cuenta de sus obras, buenas o malas» (Pío XII -De la Alocución Mentre il tumulto, a la Rota Romana, en la Inauguración del Año Jurídico, 1 octubre 1940).

Jesús sólo dio a Pedro las llaves de la Iglesia. No son los Obispos los que deciden en el asunto de la anulación de un matrimonio. Es el Papa, con su Tribunal Romano, el que da validez o anulación a un matrimonio.

Por eso, los juicios de los Tribunales ordinarios sobre un matrimonio pasan a otro tribunal, a otra instancia superior, que dé valor a lo juzgado por el Obispo. El juicio de un Obispo, en materia de anulación de un Sacramento, no es la llave de la Iglesia. Esto es muy importante a tener en cuenta. No se está hablando de la potestad de juzgar la conciencia interna de una persona, sino de la potestad de anular un vínculo que pertenece a dos personas y que constituye su vida matrimonial, que es el camino de salvación en sus vidas.

En el juicio sobre la nulidad o validez del matrimonio hay que observar todos los trámites por la suma gravedad y trascendencia de este asunto. Tiene que ser minucioso. Debe llevar su tiempo. Y, por eso, no es posible un proceso breve. No existen casos «en que la nulidad esté sostenida por argumentos particularmente evidentes» (Bergoglio), porque siempre se ha de suponer que existe el vínculo matrimonial. Siempre.

Nunca es evidente una anulación matrimonial.

«Vuestro primer afán de servicio al amor será, pues, reconocer el pleno valor del matrimonio, respetar del mejor modo posible su existencia, proteger a quienes ha unido en una sola familia. Sólo por razones válidas y por hechos probados se podrá poner en duda su existencia y declarar su nulidad. El primer deber que os incumbe es el respeto al hombre que ha dado su palabra, ha expresado su consentimiento y ha hecho así don total de sí mismo» (Juan Pablo II – Del Discurso Sono lieto, a la Rota Romana, en la Inauguración del Año Jurídico, 28 enero 1982).

El primer afán de todo juez eclesiástico es reconocer que existe un matrimonio, a pesar de todos los problemas que se vean en esa familia. Hay que proteger el Sacramento del Matrimonio. No hay que destrozarlo con estas reformas, propias de un hereje, de un apóstata  y de un cismático.

Razones válidas y hechos probados: no hay nada evidente, no hay argumentos particularmente evidentes. Todo lo que traiga la pareja hay que ponerlo a discusión, porque hay que proteger el vínculo matrimonial, que es lo más sagrado  y divino en los cónyuges.

Se ha reformado el código para esto: para meter la trampa del divorcio.

Se ha anulado el Canon 1676, que decía: «Antes de aceptar una causa y siempre que vea alguna esperanza de éxito, el juez empleará medios pastorales para inducir a los cónyuges, si es posible, a convalidar su matrimonio y a restablecer la convivencia conyugal».

Porque ya no hay que convencer a los cónyuges que están casados, que el vínculo del matrimonio es para siempre y que, por tanto, ni los problemas de la vida ni los pecados son causa para romper un matrimonio.

Se ha reformado con esta nueva ley: «El juez, antes de aceptar la causa, debe tener la certeza de que el matrimonio fracasó irreparablemente, de modo que sea imposible restablecer la convivencia conyugal» (Can 1675).

Fuera proselitismo, fuera predicación del Evangelio, fuera conversión del alma. Se exige la certeza de que ese matrimonio no sirve para nada. El matrimonio fracasó. Ya el fundamento del juicio no es el vínculo. No se comienza porque existe un vínculo. Es sólo un matrimonio roto, irreparable. Por lo tanto, abierto el camino para encontrar una nulidad lo más pronto posible, porque los dos están sufriendo mucho y quieren casarse de nuevo y comulgar.

Es llorar por la vida de los hombres, pero condenando las almas a la oscuridad del pecado, justificando sus pecados.

Se ha perdido la figura del defensor del matrimonio: la Rota Romana es un tribunal que defiende el vínculo matrimonial, no que anula matrimonios. Esta es la grandeza de la Rota, que Bergoglio se la ha cargado.

Ahora, son los Obispos los que atacan el vínculo, los que anulan matrimonios, con un tribunal de tres jueces: un clérigo y dos laicos. Gente experta en ciencias jurídicas o humanas (Cf. Can 1673, § 3 y § 4). Ya no son abogados eclesiásticos. Son abogados civiles que también tratan asuntos eclesiásticos. Y es el juez principal un sacerdote, que no tiene potestad para juzgar porque no posee la plenitud del sacerdocio.

Esto es muy grave, porque lo civil de un matrimonio sólo pertenece al juez civil; lo eclesiástico al juez eclesiástico. Bergoglio junta las dos cosas. Señal de que, en su mente, el matrimonio es sólo un asunto humano, que se resuelve por caminos humanos.

Y tanto que habla que son los Obispos los jueces y, después, pone al frente del tribunal a un clérigo para resolver los anulaciones más breves.

Ha puesto algo nuevo: «El tribunal de segunda instancia para la validez debe ser siempre colegial», es decir, no hay que ir a Roma para liquidar un matrimonio. Es suficiente que en el Obispado se halle otro tribunal para que dé validez al matrimonio, en caso de apelación.

Sólo hay una sentencia: «La sentencia que por la primera vuelta ha declarado la nulidad del matrimonio… se convierte en ejecutiva» (Can 1679). Ya los cónyuges no tienen que esperar el juicio de una instancia superior, como la Rota, y pueden casarse, si quieren con otra persona.  Es ejecutiva. Es un hecho la anulación en primera instancia.

Si apelan, entonces se constituye otro tribunal que resuelva la apelación. La Rota Romana ha dejado de existir. Ahora sólo queda la Sede Metropolitana: «Conviene que se restablezca el recurso a la Sede del Metropolitano ya que ese oficio de cabeza de la provincia eclesiástica, estable a lo largo de los siglos, es un signo característico de la sinodalidad de la Iglesia» (Bergoglio).

Es la cuestión de la Sinodalidad, es decir, del cisma. Los Obispos, que se juntan en un Sínodo, para votar por la opinión más bonita y agradable para todos.

Hay que recurrir al Obispo, no al Papa. El Papa, con Bergoglio, es sólo una figura vacía, una carcasa sin vida, un monstruo de dos cabezas.

«Es conveniente, de todas formas, que se mantenga el recurso al Tribunal ordinario de la Sede Apostólica, es decir a la Rota Romana, respetando un principio jurídico antiquísimo, para que se refuerce el vínculo entre la Sede de Pedro y las Iglesias particulares, vigilando sin embargo, en la disciplina de dicho recurso, para contener cualquier abuso de derecho para que no se perjudique la salvación de las almas» (Bergoglio).

¿Ven la desfachatez de la mente de este hombre?

Es conveniente que se mantengan las formas exteriores, pero que en la práctica no se cumplan: hay que vigilar la disciplina de dicho recurso, para que no sea como ahora, que todo va a la Rota.

No hay que perjudicar la salvación de las almas.

Es decir, no hay que perjudicar la nulidad rápida, el proceso breve, en donde cualquier sacerdote, sin examinar los casos, puede resolver:

«el recurso a los hechos y circunstancias de las personas, apoyadas por testimonios o documentos, que no requieren de una investigación o de una instrucción más completa, y que pone de manifiesto la nulidad» (Can 1683).

Si los dos dicen que su matrimonio es nulo, y lo apoyan con hechos, con documentos, con testigos, entonces no hay que investigar más. Ni siquiera si esos documentos son verdaderos o falsos. Es el testimonio de los dos. Eso vale.

Esta es la desfachatez de este hombre: habla de salvación de las almas y las está condenando al infierno.

«Por ello vosotros, con cuidado muy atento, examináis y ponderáis las declaraciones de las partes, los testigos, las relaciones de los peritos, los documentos, los indicios, a fin de lograr descubrir posibles fraudes y para impedir así la violación de un tálamo bendecido…».

¿Dónde queda esta enseñanza de Pío XII con Bergoglio? En la basura.

Hay que examinar y ponderar todas las declaraciones, todos los documentos, todos los testigos. No es posible un proceso rápido.

Esta es la verdad que anula Bergoglio.

La Sagrada Rota Romana tiene la gloria de ser el Tribunal de la familia cristiana, porque todos los casos matrimoniales pasan por Ella. Porque es un tribunal que no anula matrimonios, sino que vela por todos los matrimonios.

Ahora, los tribunales de la familia serán compuestos por personas del pueblo que no tienen ni idea de lo que es el vínculo matrimonial, y que se dedican a romperlo todo.

Bergoglio ha anulado el segundo juicio, con lo cual ha declarado el cisma en la Iglesia. Ha anulado el Tribunal de Rota, que es el sello de la Iglesia en cuestión del matrimonio.

Bergoglio ha puesto al Obispo como el que resuelve el asunto de los matrimonios: él mismo está declarando que no es Papa de la Iglesia Católica, que no posee la Mente de Cristo, que no es regido por el Espíritu de Pedro.

¿A dónde la Iglesia va a llegar?

Al cisma, el gran cisma. Cisma creado por ellos, no por los verdaderos católicos. Éstos tienen que sufrir la persecución de los herejes que se visten de sacerdotes y Obispos para declarar que la Verdad, que el Magisterio de la Iglesia, es una herejía.

Esta reforma del derecho matrimonial es una catástrofe, que indica la cancelación del vínculo matrimonial procurando el divorcio rápido en la Iglesia.

Se convierte los Tribunales ordinarios de la Iglesia en simples colegios civiles en donde se juzga el problema de la persona, pero no su vida espiritual.

«Entre las circunstancias que pueden permitir la tramitación de la causa de nulidad del matrimonio por medio del proceso más corto… se encuentran, por ejemplo: esa falta de fe que puede generar la simulación del consenso o el error que determina la voluntad, la brevedad de la convivencia conyugal….» (Art. 14).

La falta de fe que genera una simulación de la voluntad: esta es la primera mentira.

Una cosa es no tener fe; otra cosa es simular la voluntad, engañar.

Un hombre puede tener fe y no casarse, porque engañó a la hora de dar su voluntad. Su sí es un no.

El problema de la intención en la voluntad no se resuelve en un proceso corto. Es precisamente este problema el que lleva a buscar más instancias superiores para no equivocarse en el juicio.

El Sacramento del Matrimonio da la gracia a los que se casan, aunque su fe sea débil o pobre. Cuando hay intención y voluntad en casarse, siempre hay matrimonio. Porque en la Iglesia, antes de todo matrimonio, se enseña a los que se van a casar lo que es un matrimonio por la Iglesia, lo que significa ese Matrimonio para la vida de la fe.

Nadie va ignorante a un matrimonio.

Lo que impide y anula un matrimonio es la voluntad perversa de no casarse. No hay intención. Y esto hay que demostrarlo al detalle. Y lleva su tiempo muy largo.

Para que los dos se casen válidamente sólo tienen que saber que el matrimonio es uno e indisoluble, y que está abierto a la vida.

Todos conocen esto. Luego, hay muy pocos matrimonios nulos. La gente sabe a qué va al matrimonio por la Iglesia.

La falta de fe no genera la simulación de la voluntad, porque la fe no está en la voluntad, en la intención del que se casa. La persona es libre para casarse o no casarse, tenga o no tenga fe. La voluntad de la persona no depende de su fe para obrar, para elegir.

Este es el sentimentalismo propio de los modernistas: meten la mera declaración subjetiva de ignorancia o de carencia de fe para anular un matrimonio. Esto es abominable.

Esto es cerrar las puertas del Paraíso a muchos hombres y mujeres que van a buscar el divorcio rápido.

Si has fracasado en tu matrimonio entonces vive en absoluta castidad, no queriendo otra unión para tu vida. Y sólo así la comunión sacramental tiene valor.

Pero se da a la gente el camino parar vivir sus impurezas, sus lujurias, colgados de una ley infame.

El sacrificio de la castidad se anula para justificar el pecado con estas leyes abominables.

Si hay error en la voluntad, no es posible discernirlo en un proceso corto. Hay que examinar ese error, que no es en la voluntad, sino en el entendimiento, y ver de qué manera influyó en la voluntad. Y esto no lo sabe hacer hombres llenos de jurisprudencia y de humanismo. Hay que meterse en el alma, mirar un alma y ver hasta qué punto estaba influenciada por ese error.

Esta reforma de Bergoglio es anatema: va en contra del Evangelio de Cristo. Busca sólo el favor de los hombres, el agradar al mundo, el tener contento y dar felicidad a los hombres. Y eso es contrario a quien se dice Siervo de Cristo. Esto lo hace un anticristo, como Bergoglio.

¡La brevedad de la convivencia conyugal! ¿Desde cuándo esto es un impedimento para el matrimonio?

¿Los encuentros conyugales tienen que ser largos para que el matrimonio sea válido?

¿Cómo se mide esa brevedad para dar un juicio justo?

¿Cómo se hace eso en un proceso corto?

Bergoglio es un hombre sin inteligencia: necio, estúpido y loco. Un idiota que sólo sabe hablar lo que tiene en su mente humana.

Todas las circunstancias de que habla Bergoglio para permitir un proceso breve son para el proceso largo y con la Rota Romana.

«Vuestro trabajo es judicial, pero vuestra misión es evangélica, eclesial y sacerdotal, sin que pierda su carácter de humanitaria y social» (Juan Pablo II – Del Discurso È per me, al Tribunal de la Rota Romana, 30 enero 1986).

La misión de todo juez en la Iglesia es dar el Evangelio en lo que juzga, unir en la comunión con la Iglesia con los dictámenes de sus juicios y, sobre todo, salvar las almas de los que buscan la anulación del matrimonio.

Salvar sus almas, no poner leyes que conduzcan por atajos a la anulación del matrimonio.

Bergoglio dice que ha seguido las huellas de sus predecesores para impulsar esta reforma. Lo que ha seguido ha sido su mente perversa para dar esta falacia a todos.

¡Qué gran engaño para todos es Bergoglio! Y muchos todavía no quieren verlo.

Por sus obras los conoceréis.

Bergoglio es el «pastor ídolo, que será y estará donde quieren sus amos» (Valtorta). Ahí lo ha puesto la masonería, sus amos, para destrozar toda la Iglesia.

Una sola carne

asmilate

«Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gn 2, 24).

Una sola carne: el matrimonio es una dualidad en una unidad. Dualidad de personas; unidad de naturaleza.

Esta unidad no es sólo una actividad, un hecho, un acto pasajero, transeúnte, temporal, en el cual los dos sexos se unen: no es una unidad para un placer sexual; no es una unidad para sentir el cuerpo del otro; no es una unidad para buscar en el otro lo que no se posee ni corporal ni humanamente.

Una sola carne: es la unidad en la indisolubilidad.

La verdad del encuentro sexual, la verdad de un matrimonio, la verdad de poner dos vidas en común es su indisolubilidad, que es el origen en la creación del hombre y de la mujer por Dios:

« ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: “Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne”. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19, 14-6).

Dios, al crear al hombre y a la mujer, produce la indisolubilidad. El hombre es creado para una mujer; la mujer a partir del hombre. Y eso es indisoluble: no se puede cambiar, no se puede separar, no se puede pasar por alto.

Una sola carne: es una unidad que el hombre no puede separar, puesto que es Dios mismo el que la ha constituido en la naturaleza humana, al crearla de esta manera. La ley natural enseña que la unión entre hombre y mujer, -el matrimonio-, es indisoluble. El sexo, en la persona humana, es una inteligencia divina, no es un instinto carnal, como en los animales. El sexo es para una obra indisoluble y, por lo tanto, eterna, para siempre. Por eso, el matrimonio o salva o condena: ata para una vida divina o ata para una vida de demonios. Y, por eso, es necesario discernir bien la persona para un matrimonio, porque no toda persona lleva a la salvación del alma en la unión carnal con ella.

Ya no son dos, sino una sola carne: la alianza del matrimonio, la unión de voluntades, entre hombre y mujer, es indisoluble, no es un acto transeúnte, temporal, civil, social. Es un acto permanente, eterno, divino, espiritual y sagrado. Quien no viva esto, entonces vive, en su matrimonio, lo contrario.

Todo matrimonio es sagrado por ley natural: tiene la nota de la indisolubilidad. Quien atente contra la ley natural, está atentando contra la indisolubilidad del matrimonio.

«Ahora bien, como es sacrílego cortar la carne, así es contra ley separar el hombre de la mujer» (Obras de S. Juan Crisóstomo – Homilía al texto de Mt 19).  Es un gran pecado separar el matrimonio.

El sexo es algo sagrado, no profano. El sexo no es carnalidad, sino que es la obra del Espíritu. Pertenece a la vida: da vida, ofrece la vida, ordena a la vida. Y ésta es siempre sagrada porque su origen está sólo en Dios.

Una sola carne: es algo que Dios ha unido –no sólo representa una unión carnal- es la unión de dos almas, de dos espíritus y de dos carnes. Y Dios une en la voluntad libre de ambos: de hombre y de mujer. Y lo que Dios une, en esta dualidad de voluntades, ni el hombre ni la mujer pueden romperla. Es un vínculo divino, hecho en la libertad de dos personas. Y este vínculo divino refleja una triple unión: en el alma, en el espíritu y en la carne; que el hombre no puede separarla: indica estabilidad. Son dos: son una dualidad. Pero en una carne: en una unidad. Los dos se atan para siempre, ya para el cielo, ya para el infierno.

El varón y la mujer son dos, pero en algo ya no son dos, sino uno. Este el misterio del matrimonio.

Dos cuerpos, dos almas, dos espíritus, que ya no son dos, sino uno.

«Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14): son dos: el Verbo y la naturaleza humana. Pero son una sola cosa: un solo ser: Jesús, Dios y Hombre verdadero. Es el Verbo que guía, que rige, que ama su naturaleza humana.

Por eso, el matrimonio revela este Misterio de la Encarnación:

«Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en el sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la Cruz por su Esposa, la Iglesia.

En este sacrificio se desvela enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre y de la mujer desde su creación; el matrimonio de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo.

El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz». (Juan Pablo II, Ex. Apost. Familiaris Consortio, n. 13).

Cristo ama a Su Iglesia como una Esposa. Y esa caridad esponsal está en el Sacramento del Matrimonio.

Es lo que dice San Pablo: «Gran misterio éste; pero entendido de Cristo y de la Iglesia» (Ef 5, 32).

La unidad en el matrimonio, la unidad entre hombre y mujer, refleja la unidad de la Iglesia, la unión entre Cristo y Su Iglesia.

«Cristo amó a la Iglesia y se entregó por Ella» (Ef 5, 25): esta unidad en la verdad, que es el amor de Cristo, es la unidad en el matrimonio.

El hombre tiene que amar a su mujer como Cristo amó a la Iglesia. Cristo ama a la Iglesia para salvar las almas y santificarlas. Un hombre ama a su mujer para salvarla y santificarla. Esto es lo que muchos no comprenden: el amor a una mujer, en el matrimonio, es el mismo amor de Cristo a la Iglesia: Cristo ama cada alma de Su Cuerpo Místico: la ama y pone a cada alma un camino de salvación y de santificación.

Siendo el hombre cabeza de la mujer (cf. Ef 5, 23), tiene la misma misión que Cristo en Su Iglesia.

Cristo funda la Iglesia para llevar las almas al cielo.

Un hombre se une a una mujer para llevar las almas al Cielo: la suya, la de su mujer, las de sus hijos.

Pero los hombres no viven así el espíritu del matrimonio, porque no saben amar a Cristo, no saben ser de Cristo, no saben estar en la Iglesia imitando sólo a Cristo.

«Y así como la Iglesia está sujeta a Cristo» (Ef 5, 24), así la mujer debe estar sujeta al hombre.

Es el hombre el que se entrega a su mujer, pero es la mujer la que marca el camino al hombre.

La Iglesia es el camino de la salvación para todo hombre que se una a Cristo en la gracia. Y no hay otro camino.

En el matrimonio, el camino es la mujer; no es el hombre. El hombre debe entregarse a su mujer, debe amarla como Cristo ama a cada alma: buscando el bien de la mujer, el bien de cada hijo, que es bien sobrenatural, divino, no humano, no natural.

La doctrina de Cristo es para obrar una verdad espiritual, no para un negocio humano. Así debe ser el matrimonio: para una verdad espiritual, no para una verdad humana.

Cristo ama a la Iglesia dándole una doctrina de verdad, una enseñanza que sólo está apoyada en la verdad. Cristo se entrega a la Iglesia en la verdad, nunca en la mentira. Y así el hombre tiene que amar a su mujer en la verdad, no en la mentira. Si el hombre no sigue la doctrina de Cristo, no la asimila, entonces el amor a su mujer, su entrega, en el matrimonio, no puede ser nunca en la verdad. Habrá muchas cosas, en esa entrega, en ese matrimonio, que no sean de Cristo, que no pertenezcan a Dios. Se hará un matrimonio para algo humano, pero no un matrimonio para reflejar la caridad de Cristo con su Esposa, la Iglesia.

Un matrimonio es de Cristo porque los dos, hombre y mujer, se han transformado en Cristo: son otros Cristos. Es la transformación mística, la unión mística del alma con Cristo.

Todo matrimonio está llamado a reflejar, a ser, «a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la Cruz». Por tanto, en todo matrimonio debe prevalecer la oración y la penitencia, para que se muestre este amor de Cristo, este amor que se dona hasta la muerte en Cruz, para salvar, para santificar las almas.

Hombre y mujer se unen en matrimonio para salvar sus almas, para encontrar un camino de santidad para sus almas, para obrar la verdad de sus vidas dando a Dios hijos para el Cielo: hijos que se salven y se santifiquen.

Si ellos dos no son de Cristo, ni el matrimonio ni los hijos son de Cristo. Si los dos no trabajan para ser sólo de Cristo, entonces nunca podrán, en su matrimonio, reflejar el amor de Cristo hacia Su Iglesia: un amor redentor, un amor que expía los pecados, un amor penitente, de sacrificio perpetuo.

Son muy pocos los matrimonios que se aman así: en el dolor de una vida, en el sacrificio de una vida, en la entrega de una vida por solo amor a Cristo. Hay otros amores en ellos que son impedimentos para su matrimonio, para su unión de almas, de espíritus y de cuerpos.

Este es el misterio de todo matrimonio, que muy pocos han meditado, han profundizado, porque hacen sus matrimonios para lo humano, para lo natural, para lo finito.

Este fin divino en todo matrimonio es el sentido del matrimonio. Un matrimonio sin este fin divino no sirve para nada: los cónyuges y los hijos se condenan, no encuentran el camino de salvación ni de santificación.

«Cristo amó a la Iglesia y se entregó por Ella para santificarla, purificándola con la Palabra, a fin de presentársela así gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable» (Ef 5, 26-27).

El matrimonio es para una santidad de vida. Pero sólo se puede conseguir esta santidad purificándose con la Palabra de la Verdad: con la doctrina de Cristo. Si los matrimonios no viven esta doctrina, esta verdad inmutable, revelada, sus matrimonios no son para la santidad, sino para la condenación.

Es el hombre el encargado de mostrar la verdad a su mujer: de enseñar la doctrina a su mujer. Y es la mujer la que se sujeta al hombre: a esa verdad que enseña. Y, por tanto, un hombre que no dé la verdad de Cristo al matrimonio, la mujer no puede sujetarse a una mentira. El varón es cabeza para obrar una verdad en su matrimonio, no para obrar una mentira con su mujer.

La mujer tiene que sujetarse a esa verdad y ser camino para que se obre esa verdad en su matrimonio. La mujer es como la Iglesia: camino de salvación. Lleva a las almas por el camino que Cristo ha marcado con la palabra de Su Verdad, con su doctrina.

Toda mujer, sometiéndose a la verdad, a la única verdad, que es Cristo, es camino para su hombre y para sus hijos: camino de salvación y de santificación. La mujer es la que guarda en su corazón la verdad que enseña el hombre, que predica el hombre, que vive el hombre.

¡Pocos hombres existen que en sus matrimonios vivan la verdad de la ley natural, de la ley divina, de la ley de la gracia!

¡Pocos son lo que predican la verdad que viven! ¡Muchos hombres son los que engañan a sus mujeres con sus palabras, mientras viven otra cosa a lo que predican, a lo que hablan! Y, por eso, son pocas las mujeres que obren la verdad con un hombre en sus matrimonios. Son pocas las mujeres que lleven a sus hijos por el camino de la cruz para salvar sus almas.

En el hombre está la verdad, la doctrina, pero en la mujer, está el amor, la vida, la obra de esa verdad.

El sexo de la mujer es para obrar la verdad que está en el sexo del hombre. Si el hombre no respeta su sexo, su verdad, entonces obra con la mujer una mentira: pone su sexo para un placer, pero no para un amor redentor.

La mujer es el camino para el hombre: tiene que llevar al hombre hacia ese amor redentor, ese amor verdadero, ese amor que da la vida, ese amor que purifica el corazón, en la que el alma encuentra la salvación, la santidad.

Son muy pocos los matrimonios con esta visión del Sacramento del matrimonio. Esto no se suele enseñar, porque la Jerarquía no vive para ser otro Cristo. No vive para asimilarse a Cristo. Y, por tanto, no puede enseñar a las almas, a los matrimonios, cómo imitar a Cristo en el matrimonio, como ser de Cristo en la unión de almas, de espíritus y de cuerpos.

«¿Quién confirma la oblación del sacrifico, sella la bendición del sacerdote, lo anuncian los ángeles y ratifica el Padre Celestial…? ¡Qué vinculación la de dos fieles que tienen la misma esperanza, el mismo deseo, la misma disciplina, el mismo Señor! Dos hermanos, comprometidos en el mismo servicio: no hay división de espíritu ni de carne; realmente son dos en una sola carne. Donde hay una sola carne, allí también hay un solo espíritu. Juntos oran, juntos se acuestan, juntos cumplen la ley del ayuno. Uno a otro se exhortan, uno a otro se soportan…» (Tertuliano, Ad uxorem, II, 8, 6).

Donde hay una sola carne, allí hay un solo espíritu: es la unidad de espíritu, de destino, de vida. Es el espíritu del matrimonio, que guía al hombre y a la mujer en el matrimonio.

En toda unión sexual, carnal, hay una unión de espíritus. Los espíritus que trae el hombre, por generación, pasan a la mujer; y los de la mujer, al hombre. Y se forma un espíritu: el del matrimonio, que gobierna todos esos espíritus, que marca el camino a la vida espiritual de ambos en el matrimonio.

El matrimonio es para una vida divina, no es para una vida humana. Hombre y mujer se casan sólo para amar a Cristo, para que Cristo obre, a través de ellos, la salvación y la santificación para muchas almas en Su Iglesia.

Un matrimonio santo santifica las almas en la Iglesia; un matrimonio pecador corrompe a las almas en la Iglesia.

Si se permite comulgar a lo malcasados es señal de que nadie vive en la Iglesia la verdad del matrimonio, de que nadie ha entendido cuál es el amor de Cristo a Su Iglesia: un amor que purifica a todas las almas para que la Iglesia se muestre al mundo como es: gloriosa, invencible, divina.

Pero si las almas, en la Iglesia, sólo se asientan en sus pecados y pasan sus vidas amando el mundo, siendo tiernos, cariñosos, con el mundo, entonces lo que viven, lo que obran, sus apostolados en la Iglesia son para condenar a mucha gente que se ha creído con que decir que son católicos ya están salvados. El católico es el que obra la verdad enfrentándose a todos los hombres, a todo el mundo. El católico no es para un amor universal, sino para un amor en la verdad de la vida. Si no se encuentra en la verdad, el hombre sólo vive para su mentira y obra el odio en toda su vida.

Cuando en la Iglesia se combate al matrimonio por la Jerarquía, entonces sólo hay que esperar una cosa: la destrucción de la misma Iglesia. Hombre y mujer deben reflejar la unidad de la Iglesia en sus matrimonios. Si se ataca la indisolubilidad, desparece la unidad de la Iglesia y así se levanta una nueva iglesia, en la que el hombre y la mujer ya no se unen para una obra divina, sino sólo para una obra humana, en la cual es imposible que encuentren la salvación de sus almas.

Si quieren ser matrimonios de Cristo y para Cristo, salgan de las estructuras de una iglesia que ya no da la verdad, la doctrina que Cristo enseñó a Sus Apóstoles. Salgan de esa iglesia, porque no es la Iglesia de Cristo. En la Iglesia de Cristo, el matrimonio es indisoluble. Y eso es vivir el amor de Cristo por Su Iglesia: eso es revelar en un matrimonio el amor que purifica, el amor que salva, el amor que santifica a las almas.

Pocos hombres hay que se asimilen a Cristo. ¡Cuántos son los que se asimilan al mundo y al hombre!

Dios no es novedad perenne

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«Pagad al César lo que es del Cesar; y a Dios, lo que es de Dios» (Mt 22, 21).

Esta frase de Jesús no es irónica: «Jesús responde con esta frase irónica y genial» (Homilía – 19 de octubre 2014).

En Jesús no se da el pecado de ironía; en Jesús no hay genialidades. Jesús no es una persona humana, es una Persona Divina. Y, cuando habla, habla con sabiduría divina, y dice lo que tiene que decir en cada momento.

Jesús no es un papagayo de los hombres, como lo es Bergoglio: no repite las palabras de otro; no da a conocer lo que otro piensa; no apoya su vida en el pensamiento de ningún hombre. No habla de más. No habla para captar la atención del oyente. No habla para ser famoso entre los hombres.

Jesús es Dios y habla como Dios. Habla para enseñar la verdad del pecado del hombre: por vuestras infidelidades, de un pueblo libre que erais, os habéis sujetado al imperio de los Romanos. Cargad, ahora, con ese yugo, pagando al césar el tributo que le corresponde como gobernante de unos esclavos. Pero ese peso de vuestro pecado, no os va a impedir dar a Dios lo que le debéis como pueblo suyo que sois.

De estas palabras de Jesús resulta una lección y doctrina muy importante para todos. Todos los católicos están obligados a respetar y a honrar los gobiernos de la tierra, aunque quien gobierne sea un demonio. Ningún católico puede resistir a la potestad temporal, sino cuando ésta exige cosas que sólo pertenecen a Dios. En este caso, no hay obediencia: es necesario resistir a uno que quiere ponerse por encima de Dios, que da normas en contra de la ley de Dios.

¿Qué enseña Bergoglio?

«Es una respuesta inmediata que el Señor da a todos aquellos que se plantean problemas de conciencia, sobre todo cuando están en juego sus conveniencias, sus riquezas, su prestigio, su poder y su fama» (Ib). ¿Está en juego tu dinero? Dale al César tu dinero. ¿Está en juego tus riquezas? Dale al César tus riquezas. ¿Está en juego tus conveniencias? Dale al César tus conveniencias. ¿Está en juego tu poder? Dale al César tu poder. ¿Está en juego tu fama? Dale al César tu fama.

Esta es la doctrina comunista del bien común social: es más importante el que gobierna, sus intereses, sus intenciones, sus puntos de vista, que el bien privado del pueblo.

Es una barbaridad esta doctrina de Bergoglio. Y fue predicada en un acto importantísimo para ellos: la falsa beatificación del Papa Pablo VI.

¿No han caído en la cuenta que un comunista no puede beatificar a nadie en la Iglesia? Y, por lo tanto, lo que predica, lo que hace ese día, tan mediático para él, es dar su idea comunista, marxista. Y todos aplaudiendo esas palabras.

¿Qué dicen los santos sobre este pasaje?

«No dudéis que cuando Jesucristo ordena dar al César lo que pertenece al César, entiende solamente las cosas que no son contrarias a la piedad ni a la religión; porque todo lo que es contrario a la fe y a la virtud, no es el tributo que se debe al César, este es el tributo del diablo. El pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina» (San Juan Crisóstomo – Homilía L).

Pagar los tributos es bueno: no es un problema de conciencia: es un deber y una obligación moral para todos.

¿Qué enseña la Escritura?

«Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores… Pagadles, pues, los tributos…Pagad a todos lo que debáis…» (Rom 13, 1.6a.7a).

¿Qué enseña Bergoglio?

«Evidentemente, Jesús pone el acento en la segunda parte de la frase: «Y [dad] a Dios lo que es de Dios». Lo cual quiere decir reconocer y profesar —ante cualquier tipo de poder— que sólo Dios es el Señor del hombre, y no hay ningún otro. Esta es la novedad perenne que hemos de redescubrir cada día, superando el temor que a menudo nos atenaza ante las sorpresas de Dios».

¿No es el pensamiento de este hombre, no sólo oscurísimo, sino tiniebla pura?

Jesús no pone el acento ni en la primera ni en la segunda parte: Jesús enseña que «el pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina».

Jesús enseña a someterse a toda autoridad, porque viene de Dios: «quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios» (Rom 13, 2): hay que pagar el tributo porque así lo ha dispuesto Dios. Es la carga del pecado. Pero no hay que dar a la autoridad aquello que pertenece a Dios, que manda Dios en Su Ley. No hay que reconocer ante ningún poder el poder de Dios, porque toda autoridad la ha puesto Dios. Hay que reconocer eso: que toda autoridad viene de Dios: «no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (v.1b). Pero si manda algo, en contra de Dios, entonces se la resiste, no se la quita y se pone otra.

Pero Bergoglio va a lo suyo: «esta es la novedad perenne»

La doctrina de Cristo no es ninguna novedad perenne. No es algo nuevo, que es perenne. Dios no cambia en su doctrina. Su doctrina no es novedad, sino que es inmutable. Esta es, simple y puramente, la Verdad, lo que hay que obrar. Punto y final. Es una verdad eterna. No es nueva. Lo nuevo es lo que ha nacido ahora, lo que se da ahora. Dios no es novedad. Dios es eternidad. Dios es inmutable moralmente: lo que quiere, lo quiere siempre. No cambia en su voluntad. Es una voluntad eterna. No quiere nunca una cosa opuesta a lo que quiere.

Lo perenne es lo común que se acepta en todos las épocas, es algo continuo, que no cesa. Lo perenne no es lo absoluto, no es lo eterno. Es el conjunto de pensamientos, de ideas que todo el mundo sigue, por una novedad, que no necesariamente es de sentido común, por un  problema que no se sabe resolver.

La doctrina de Cristo no es perenne, sino absoluta, que permanece siempre en la misma, que no cambia, que no es del gusto de los hombres, no es para un común de hombres, no es para una masa de hombres. Es para cada alma.

Muchos viven en el pecado como algo aceptado por todos: eso se llama perenne. Es un conjunto universal de vicios, tomados como valores, que son comunes a todas las culturas: todos valoran sus pecados. Todos hacen una vida de sus pecados. No los quitan. Es algo que no cesa en ellos. Y, por tanto, lo perenne les lleva al cambio en sus vidas, a las novedades, a las sorpresas de la vida.

El mal es algo que está en la vida de cada hombre. Es algo continuo, que se convierte en una rutina. Luego, el mal es una parte esencial de la vida de todos los hombres. Hagámoslo novedad. Que sea una novedad perenne, continua, común a todos, aceptada universalmente por todas las culturas.

Así que, para Bergoglio, Dios es novedad perenne. Dios no es ni eterno ni inmutable ni absoluto. Y, por tanto, «hemos de redescubrir cada día» a ese Dios que es novedad, que cambia, que quiere hoy una cosa y mañana da una sorpresa al hombre. Hay que «superar el temor»

Pero, ¿qué temor hay que superar? No entendemos este galimatías de la mente de Bergoglio.

«¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal» (Rom 13, 3b-4).

San Pablo es muy claro: hay que dar a la autoridad para estar en paz, para vivir tranquilos con ella. Pero si no se da, si por malicia, se esconde lo que hay que dar, se peca, entonces esa misma autoridad es justicia de Dios.

San Pablo habla del pecado de avaricia, que hace retener el dinero que hay que dar a la autoridad.

Bergoglio, ¿de qué habla? Habla de un temor, habla de unas sorpresas de Dios. ¡No comprendemos! ¡Ni tampoco hace falta comprenderlo, porque él va a lo suyo!

Dios «no tiene miedo de las novedades».

Esta frase es portada en la mayoría de los magazines del mundo.

Dios no tiene miedo de los gays, de los divorciados, de las nuevas familias. Esto es lo que corre por el mundo entero, porque un hereje, sentado en la Silla de Pedro, lo ha predicado.

El mundo ha comprendido el pensamiento de Bergoglio: Dios es «novedad perenne». Porque en el mundo los hombres hacen sus dioses, viven de sus continuas novedades. Viven en el cambio temporal. Y eso es perenne en ellos, porque no quieren quitar el pecado. El pecado se ha convertido en un bien del pensamiento del hombre. Un bien que hay que buscar y que hay que valorar en todas las cosas de la existencia humana. El pecado es algo perenne para el hombre. Es algo novedoso, porque hay que dar una nueva cara todos los días, para que el hombre no se aburra pecando.

«¡Él no tiene miedo de las novedades! Por eso, continuamente nos sorprende, abriéndonos y llevándonos por caminos imprevistos. Él nos renueva, es decir, nos hace continuamente «nuevos». Un cristiano que vive el Evangelio es «la novedad de Dios» en la Iglesia y en el mundo. Y a Dios le gusta mucho esta «novedad»».

Esta es la doctrina masónica: Dios ahora quiere algo que nunca lo ha querido. Dios comienza a querer algo en el tiempo de los hombres. Dios suspendió Su Voluntad, pero ahora la manifiesta con una sorpresa, con caminos imprevistos. Dios cambia, no hay Verdades Absolutas. Dios cambia en el pensamiento de cada hombre. Dios es como el hombre lo quiere pensar. El concepto de Dios, cada hombre se lo inventa.

Dios «nos hace continuamente nuevos»: ésta es la idea de la reencarnación, dicha en un lenguaje coloquial.

Dios nos regenera en el Bautismo: nos hace hombres nuevos. Pero Dios no hace eso continuamente. Lo que hizo en el Bautismo, no lo vuelve a repetir. Si el alma pierde la gracia, por el pecado, vuelve a ella por el arrepentimiento. Pero ese alma es ya hijo de Dios por el Bautismo. Ya es algo nuevo que recibió una vez, pero que no vuelve a recibirlo aunque haya pecado. Ese ser hijo de Dios no constituye a la persona en un ser puro, en una humanidad pura, en donde no puede pecar. Es ya hijo de Dios, pero con la capacidad de pecar de nuevo. Lo que se repite de nuevo es el pecado, no el ser hijo de Dios.

Dios no es novedad, sino eternidad.

Dios no es novedad, sino que es inmutable en todas las cosas.

Dios es Eterno. Dios no es nuevo. Dios permanece en lo que es: no cambia, no nace, no muere, no crece, no decrece. Permanece en la realidad de lo que es su Ser Divino. Siempre ha existido. Siempre ha querido lo mismo. No hay un antes, no hay un después. Es un ahora continuo. No tiene un principio ni un fin. No tiene una medida.

Lo que es nuevo se puede medir, se le pone principio, se le coloca un término. Lo que es nuevo, nace ahora, empieza ahora, se conoce ahora.

Dios no cambia, no tiene sucesión, no se mueve. Todo lo que es novedad es cambiante, es movedizo, es una medida finita. Dios no tiene duración, no se le puede añadir algo o quitar algo: ni adquiere ni pierde nada. La novedad es de algo que se puede dividir, que se puede quitar.

Por tanto, Dios no sorprende a nadie con novedades. Dios no abre al hombre ni lo lleva por caminos imprevistos. Esta es la doctrina propia del demonio.

Dios tiene un fin divino en todo su obrar. Y es un fin inmutable, en donde no entra ninguna sorpresa. En la luz de Dios no hay sorpresas: sólo hay enseñanza de Dios al hombre. Enseñanza de la Verdad. Y no de otra cosa, porque «Dios es Luz y en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 5b). En Dios no hay oscuridades, tinieblas, maldades. Dios, cuando da Su Luz al hombre, lo ilumina con la verdad: no le da sorpresas, no le da novedades.

Dios es la luz de la Verdad, y comunicándola a los hombres es la luz de los hombres: «Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). Y la luz verdadera no quiere ahora lo contrario de lo que ha querido antes.

Dios llama a los gays: abominación: «Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen una cosa abominable y serán castigados con la muerte. Caiga sobre ellos su sangre» (Lev 20, 13). Y esto es para siempre. Esto no es novedad perenne, sino doctrina inmutable y eterna.

Dios da la interpretación definitiva a lo que es un matrimonio por la Iglesia: «Todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio; y el que se casa con la que está divorciada del marido comete adulterio» (Lc 16. 18). Esto es para siempre: los divorciados no pueden comulgar porque lo dice Dios, lo enseña Dios. Y siempre Dios lo ha enseñado. Y Dios, ahora, porque lo quieran lo hombres, no va a cambiar Su Eterna Voluntad. Dios no es novedad perenne; Dios es un ahora inmutable, eterno.

Dios no es una sorpresa ni una novedad. Su doctrina no puede cambiar nunca. Permanece siempre en lo que es. Su doctrina no es nueva, es de ahora, es de siempre. Su doctrina no tiene una medida humana: no se puede dividir, no se la puede desarrollar, no se la puede interpretar con la mente del hombre.

Dios no es novedad. Dios no quiere las novedades de los hombres. No las necesita para nada, porque en Dios todo es Eterno, todo permanece siempre, en un ahora que no cambia, que no lleva a algo novedoso.  Dios quiere ahora lo que ha querido siempre. No puede mudar de propósito. No puede cambiar de intención en Su voluntad. Dios, lo que siempre ha comprendido, lo que siempre ha juzgado, no cambia por las cosas de los hombres, por sus culturas, por sus tiempos. Dios no está determinado por los hombres. Dios se determina por sí mismo para conocer la verdad. No necesita las novedades de los hombres. Lo que es una verdad desde toda la eternidad, sigue siendo verdad para este tiempo de los hombres. Dios no se muda en su Inteligencia Divina, porque las cosas tienen su verdad desde toda la eternidad. Y si una cosa se muda, es que desde toda la eternidad se muda.

Dios no hace caminar al hombre por caminos imprevistos, sino por caminos ya pensados por Él desde toda la Eternidad. Y esos caminos, ningún hombre los puede cambiar. No es el tiempo la medida de los hombres: es con lo eterno cómo los hombres tienen que medir sus vidas humanas.

Bergoglio enseña la doctrina del demonio, que gusta al mundo y a todos los católicos tibios y pervertidos, que son muchos en la Iglesia Católica. ¡Muchos!

«La eternidad es la posesión perfecta y simultáneamente total de una vida sin término» (Boecio). Quien lo posee todo, de una manera perfecta y simultánea, no necesita las novedades de los hombres.

En la Iglesia Católica tenemos al Espíritu de la Verdad que nos lleva a la plenitud de toda la Verdad, a lo eterno, a lo inmutable, a lo que no tiene capacidad de novedad alguna, a lo que no es perenne.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en la Iglesia», sino que es el mismo Cristo en la Iglesia. Y Cristo no es novedad, es eternidad.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en el mundo», sino que es el que lucha continuamente contra el espíritu del mundo.

Bergoglio sólo se dedica a lo suyo: a su negocio en el mundo. Y sólo a eso:

«En esto reside nuestra verdadera fuerza, la levadura que fermenta y la sal que da sabor a todo esfuerzo humano contra el pesimismo generalizado que nos ofrece el mundo. En esto reside nuestra esperanza, porque la esperanza en Dios no es una huida de la realidad, no es un alibi: es devolver con laboriosidad a Dios lo que le pertenece. Por eso, el cristiano mira la realidad futura, la realidad de Dios, para vivir plenamente la vida —con los pies bien puestos en la tierra— y responder, con valentía, a los numerosos retos nuevos».

A Bergoglio sólo le interesa los retos nuevos que hay en el mundo: matrimonio de gays, comunión a los divorciados, bautizos de los hijos de las nuevas familias de lesbianas y gays, casamiento de los sacerdotes, una novedosa economía mundial, un nuevo gobierno mundial, una nueva iglesia ecuménica…Son las sorpresas de su concepto de Dios. El dios que sigue Bergoglio es el dios de su cabeza. Por eso, Bergoglio desvaría continuamente. Ya se le palpa en las últimas homilías que dice. Está diciendo cosas sin sentido, sin lógica, oscuras, necias, locuras de su mente.

«La esperanza en Dios no es una huida de la realidad»: la esperanza divina es conquistar el cielo, tender hacia lo divino, apartarse de todo lo humano, de toda la realidad. Es vivir para conquistar lo eterno, lo que nunca cambia. Y, por tanto, es vivir sabiendo usar todo lo material, todo lo humano, como plataforma para lo divino. Si algo humano me impide lo eterno, hay que cortarlo, hay que desprenderse de eso, hay que renunciar al hombre, a su pensamiento, para tener a Dios en el corazón.

El que espera en Dios no espera en los numerosos retos nuevos: da a cada uno lo que tiene que dar y, después, se dedica a adorar a Dios, huyendo de toda realidad.

Esto es tener los pies en el suelo y una cabeza bien montada.

Bergoglio es un loco, con una doctrina insoportable, demoniaca y claramente atea.

«Lo hemos visto en estos días durante el Sínodo extraordinario de los obispos —«Sínodo» significa «caminar juntos»—. Y, de hecho, pastores y laicos de todas las partes del mundo han traído aquí a Roma la voz de sus Iglesias particulares para ayudar a las familias de hoy a seguir el camino del Evangelio, con la mirada fija en Jesús».

Sólo un loco puede decir esta frase y quedarse tan tranquilo. Sólo una persona que ha perdido el juicio, que desvaría en su mente.

¿Pretenden los Obispos ayudar a las familias con sus herejías? ¡Por favor! ¡Vayan a contarle ese cuento a otros en la Iglesia!

Los pastores y laicos han llevado a Roma la doctrina del mundo, que es la doctrina del demonio. Han llevado la voz de las almas que no obedecen la Verdad del Evangelio, sino que viven para obedecer a sus propios pensamientos humanos, ya hechos vida, rutina, en el pecado.

¿Qué evangelio pretenden seguir con el pecado de herejía y de cisma?

¿Cómo se puede engañar a todo el mundo con estas palabras? «Hemos sembrado y seguiremos sembrando con paciencia y perseverancia, con la certeza de que es el Señor quien hace crecer lo que hemos sembrado». Es el demonio el que va a hacer crecer lo que los Obispos, hijos del diablo, han sembrado en el Sínodo. Es el demonio.

Y como no comiencen a criticar a toda la Jerarquía, esos Cardenales, esos Obispos, esos sacerdotes, les van a ganar con sus inteligencias erradas, con su lenguaje maravilloso. Ellos se saben la teología a la perfección, pero no la cumplen, porque sólo les interesa vivir buscando una razón para exaltar el pecado, para justificarlo, para llamarlo bueno. ES lo que hacen con Bergoglio: si es un hereje, pero es un buen hombre.

Criticar a la Jerarquía ya no es pecado, porque se ha sometido a un hereje. Y esa es la perdición de toda la Iglesia.

La Iglesia se salva cuando obedece al Papa legítimo; la Iglesia se condena Ella misma cuando obedece a un falso Papa.

Ha sido un Sínodo preparado por Bergoglio para anular el dogma. Pero ha tenido que echarse para atrás. Y eso le va a costar el gobierno en su iglesia. Bergoglio no ha hecho lo que la masonería le ha pedido.

Sacó el documento para su aprobación la primera semana y, como es un sentimental perdido, al ver el alboroto, se echó para atrás. Ese documento fue hecho por la masonería para que todos los Obispos lo aprobaran. Y Bergoglio se echó para atrás. Y, ahora, viene su cabeza. Ahora viene su renuncia.

Matrimonio Sacramental

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El matrimonio por la Iglesia es para una vida divina, no es para una vida humana.

No se casa el hombre con una mujer para imponerla su vida humana; no se une una mujer a un hombre para indicarle un camino humano y carnal.

Hombre y mujer, en el matrimonio, hacen una unidad irrompible, que sólo Dios puede anular, no en esta vida, sino en la otra. En el cielo, no hay marido ni mujer. En el Cielo sólo se da la obra de Dios en cada alma que se ha salvado.

El matrimonio por la Iglesia no es una cuestión social, sino un fin y una vida divina. Sin ese fin divino, todo cuanto hace un hombre con una mujer no sirve para nada. Sin esa vida divina, una mujer sólo ofrece su vida carnal a un hombre que, por naturaleza, no sabe lo que es el amor a una mujer.

En el matrimonio, el amor lo pone la mujer; el hombre sólo sabe dar el placer.

En un matrimonio, el camino lo hace la mujer; el hombre, aprende de ella, a caminar. Si una mujer no vive para Dios, entonces da al hombre sus amores, pero no el amor divino.

El amor divino es una obra, no es el pensamiento o el plan sobre el matrimonio.

Dios da al hombre una mujer para que busque en ella el hijo que Dios quiere. Muchas parejas no saben buscar este hijo, porque la mujer no tiene vida de fe, auténtica vida espiritual.

Tener un hijo no es una función biológica, sino una conquista del Espíritu. Dios quiere sus hijos, los que van al cielo, los que buscan la santidad en sus vidas. Y esos hijos sólo pueden venir de un hombre y de una mujer que han puesto a Dios en el centro de su matrimonio.

¡Pocos son los que hacen esto! ¡Y menos en este mundo de incrédulos donde el matrimonio se ha convertido en un juego de intereses humanos, porque así es como se concibe la sexualidad.

El sexo no es para un placer, sino para un amor. Y si los dos no buscan el amor divino, su sexo es sólo un rato de cama, pero no una obra divina.

Muchos no saben lo que es un matrimonio por la Iglesia, porque se dedican en la Iglesia a sus negocios, a sus apostolados humanos, a sus servicios, que nada tienen que ver con el plan divino para el hombre en un matrimonio.

Muchos viven de utopías en su matrimonio.

Muchos usan el sexo para un servicio social.

Muchos ofertan sus cuerpos para conquistar el aplauso del mundo.

Y nadie vive la gracia del Sacramento del Matrimonio.

¡Cuesta buscar el hijo que Dios quiere! ¡Cuesta educarlo como Dios quiere!¡Y cuesta llevarlo a la santidad que Dios quiere para él!

Todos se han vuelto cómodos en sus matrimonios. Nadie busca la pareja que lleva a la santidad. Y, por tanto, todos se embarcan en un matrimonio que es siempre una cruz para el hombre y para la mujer. Y, muchos, viendo esa cruz, reniegan de ella, porque es más fácil buscar otra cosa sin cruz, otra vida sin tener que cargar con un hombre o con una mujer que se ha convertido en un fracaso.

En la gracia del matrimonio, no hay divorcio

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«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles [Mc. 10; 1 Cor. 7], no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema». (Concilio de Trento – Sesión XXIV: Sobre el matrimonio – Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio – D-977 – Can. 7).

El vínculo del matrimonio es la unión de dos voluntades, de dos intenciones: la de la mujer y la del hombre. En el Sacramento del Matrimonio, se casan ellos: es decir, hombre y mujer obran el Sacramento, producen el vínculo matrimonial. No es algo externo a ellos. No es un contrato o un papel que firman. Son ellos los que se unen con sus voluntades. Y lo hacen sin posibilidad de desunión: no hay posibilidad de desatar ese vínculo.

En la Eucaristía, es Dios quien obra el Sacramento en el instrumento, que es el Sacerdote. No es el Sacerdote sólo quien obra, sino que es Dios en él.

En el matrimonio, Dios no obra el Sacramento: hombre y mujer no son instrumentos de Dios para realizar el vínculo matrimonio. Sino que ellos son la forma del Sacramento de Matrimonio: sus voluntades, sus intenciones, producen el vínculo, necesario para obrar el Sacramento. Y esta unión de intenciones es única y para siempre.

En la Eucaristía, el Sacerdote tiene que poner su intención cada vez que celebra la Misa. Si no pone su intención, no hay Misa. El sacerdote puede poner y quitar su intención cuando quiera. Pero, en el matrimonio, una vez que los dos han puesto su intención, ya no pueden quitarla. Ellos dos, por sí mismos, no pueden romper el vínculo matrimonial.

Por eso, la unidad y la indisolubilidad de un matrimonio está sólo en la unión de intenciones, que los dos muestran al casarse. Los dos unen sus voluntades para un matrimonio único y para siempre.

Y no hay pecado que quite este vínculo matrimonial; no hay herejía; ni siquiera la pérdida de fe anula el vínculo del matrimonio: «Si alguno dijere que, a causa de herejía o por cohabitación molesta o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (Ibidem – D-975 Can. 8).

Los malcasados, aquellos que, teniendo un vínculo matrimonial, buscan otra pareja, esa nueva unión, situación, no desata el vínculo de su matrimonio original, porque el hombre o la mujer no puede tener otras mujeres u hombres, una vez que tiene un matrimonio: «Si alguno dijere que es lícito a los cristianos tener a la vez varias mujeres y que esto no está prohibido por ninguna ley divina [Mt. 19, 4 s 9], sea anatema [cf. 969]» (Ibidem – D-972 – Can. 2.). «Quien repudia a su mujer y se casa con otra, adultera» (Mt 19, 9).

Si está en adulterio, entonces si no quita ese adulterio, no puede estar en Gracia: está en un pecado que no lo quiere quitar. Por más que lo confiese, sigue en su pecado. Kasper dice: no; pueden confesarse y recibir la comunión: «Si ellos pueden recibir la comunión espiritual, ¿por qué no también el sacramento de la comunión?» (ver texto) Un teólogo que no sabe discernir entre vida espiritual y vida sacramental. Y, por tanto, tiene que anular el Sacramento. Tiene que juntarlo todo y decir: «La comunión espiritual va más lejos: si se es uno con Cristo, entonces, ¿por qué estas personas son excluidas de la comunión?» (Ibidem). Lo junta todo en su pensamiento herético y no sabe ver que la unión espiritual es totalmente diferente a la unión sacramental con Cristo. Y, con esto, está diciendo una clara herejía y apostasía de la fe:

Si para comulgar sólo es necesario la unión espiritual con Cristo, entonces cualquier hombre, sea del credo que sea, tenga fe o no, esté en pecado o no, pertenezca o no a la Iglesia Católica, puede recibir a Cristo en la Eucaristía. Este es el argumento de Kasper. Entonces, Kasper es anatema. Y cae en esta blasfemia por su falsa concepción de la misericordia: «Tenemos un sacramento de la misericordia, el Sacramento de la Penitencia, que debemos reevaluar, creo. Y esto debe ser realizado para un comportamiento social y en obras sociales» (Ibidem). La penitencia es para el alma, no para la sociedad. El sacramento de la confesión es para quitar el pecado del alma y que pueda vivir en Gracia. Sin la gracia, es imposible salvarse en la Iglesia. Kasper niega este Sacramento y quiere ordenarlo para una vida social, para quitar problemas de los hombres, no para quitar los pecados del alma. Y, por eso, exclama: «Hay quienes creen que la Iglesia es para los puros. Se olvidan de que la Iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de esta verdad porque si no fuera así no pertenecería a la Iglesia» (Ibidem). Kasper no recuerda que los paganos, los herejes y los cismáticos no pertenecen a la Iglesia. Kasper no quiere recordar que los pecados contra el Espíritu Santo ponen a las almas fuera de la Iglesia. Kasper se olvida que el fin último de la Iglesia es salvar el alma: por tanto, no se puede vivir en la Iglesia en estado de pecado, sino en Gracia. Y santificar el alma: es decir, es obligatorio para el alma, en la Iglesia, buscar en todo la Voluntad de Dios para hacer las obras agradables a Dios: «Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo»

Con este planteamiento, Kasper dice: «He hablado sobre el papa acerca de esto, y me ha dicho que el 50 por ciento de los matrimonios no son válidos. El matrimonio es un sacramento. Un sacramento presupone la fe. Y si la pareja sólo quiere una ceremonia burguesa en una iglesia porque es más bonito, más romántico, que una ceremonia civil, hay que preguntarse allí había fe y si realmente se aceptaron las condiciones de una matrimonio sacramental valido, que es la unidad, la exclusividad y la indisolubilidad»(Ibidem). Esto es hablar por hablar, para ganar la atención del público, y decir unas cuantas mentiras, mal dichas.

El Sacramento del Matrimonio sólo necesita la materia y la forma: las palabras que se dicen, cuando contraen matrimonio, y la voluntad de ambos. No se necesita nada más para producir el vínculo: «§ 1. El consentimiento interno de la voluntad se presume que está conforme con las palabras o signos empleados al celebrar el matrimonio. § 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen inválidamente» (canon 1101).

No hace falta la fe. No hace falta conocer lo que significa unidad e indisolubilidad. El conocimiento o ignorancia de estas cosas no produce el vínculo matrimonial: «El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial» (Canon 1099).

La falta de fe o una fe débil o el estado de pecado o de gracia, no produce el vínculo matrimonial. Produce un óbice a la Gracia, pero no dirime el matrimonio. Hombre y mujer se casan cuando se dan sus voluntades y así la expresan con sus palabras y, después, con la consumación del matrimonio en la unión de sus cuerpos.

Para producir el vínculo matrimonial: unión de voluntades, consentimiento: «Son incapaces de contraer matrimonio: 1 quienes carecen de suficiente uso de razón; 2 quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar; 3 quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica» (Canon 1095).

Para obrar el matrimonio: hace falta la fe y el estado de gracia. Con una fe débil, viviendo en pecado, la gracia del Sacramento no funciona. Y, entonces, el matrimonio acaba en un desastre. Pero este desastre no anula el vínculo matrimonial.

Si la pareja quiere casarse con una ceremonia burguesa, eso no va en contra del matrimonio, no es un impedimento dirimente del matrimonio. Lo que impide un matrimonio es la intención no recta cuando los dos se casan: hay un engaño, una mentira, una doblez, una ocultación grave, que va a afectar a toda la vida matrimonial (= ser impotente, tener una demencia grave, casarse para no consumar el matrimonio, tener voto de castidad perpetuo, etc…)
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«El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, proclamólo por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne [Gen. 2, 23 s; cf. Eph. 5, 31]. Que con este vinculo sólo dos se unen y se juntan, enseñólo más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne [Mt. 19, 6], e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, confirmóla El con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [Mt. 19, 6; Mc. 10, 9]. Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. Lo cual insinúa el Apóstol Pablo cuando dice: Varones, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella [Eph. 5, 25], añadiendo seguidamente: Este sacramento, grande es; pero yo digo, en Cristo y en la Iglesia [Eph. 5, 32]» (Ibidem – D-969).

El matrimonio sólo tiene sentido en Cristo y en la Iglesia. No tiene sentido fuera de la Iglesia, fuera de la fe en Cristo.

Los matrimonios civiles, del mundo, son sólo eso: un sin sentido. Una unión que vuelve al principio, cuando Adán pecó y perdió la Gracia. Los hombres y las mujeres se casaban sólo atendiendo a la ley natural y a la ley de la concupiscencia. Una unión en que no se discierne ni el bien ni el mal. Una unión natural con un fin sólo natural: el que dé la ley natural, que es la luz del entendimiento. Pero en ese fin natural, el mal que se obra sin dique: por la ley de la concupiscencia, que está en todo hombre.

El hombre, hoy día, rechaza la Gracia del matrimonio, y quiere volver a su vómito de siempre. Y hay muchos católicos así. Y Kasper es el portador de este vómito.

En la Iglesia tenemos la gracia. Y una gracia permanente. Ya no es la gracia que tenía Abrahán por su fe en Dios. Ya no es la gracia que se obtenía al cumplir los mandamientos de Dios, dados por Moisés. Todo eso era una gracia que iba y venía. Los hombres no podían permanecer en la Gracia. Pero en la Iglesia, ya hay forma de vivir en Gracia, con el sacramento de la Penitencia. Y, por tanto, hay forma de hacer el matrimonio que Dios quiere: en la Gracia.

Dios, cuando crea al hombre y a la mujer, crea el matrimonio: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne» (Gn 2, 23). El matrimonio es una creación de Dios. No es un contrato natural entre hombre y mujer. No es algo externo al hombre y a la mujer. No es un invento del hombre. Lo llevan los dos inscritos en su ser. Por eso, Adán, nada más ver a la mujer, exclama: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». Ha comprendido lo que es unirse a una mujer. Ha comprendido el matrimonio.

El matrimonio, en la Creación de Dios, es una Gracia. Y una Gracia para el hombre y otra para la mujer. Es una vida divina que tienen que realizar los dos en la Gracia. El matrimonio no es una elección de vida para Adán. Es su vocación: Adán es creado para una Mujer. Y la Mujer es creada de Adán. El pecado original rompe este designio divino sobre el hombre y la mujer y, por tanto, el matrimonio se convierte en una elección, no en una vocación. Una elección que los hombres tienen que hacer en sus vidas. Pero, al principio era de otra manera.

Jesús restaura esta manera divina del matrimonio en Su Iglesia. En la Iglesia, el matrimonio es ya una vocación. No es ya una elección. Y, muchos, no han comprendido esto y, por eso, se ponen a elegir: matrimonio o vida religiosa. Si las almas, dentro de la Iglesia, tuvieran fe, verdadera fe, entonces verían su vocación al instante, sin necesidad de discernir entre una cosa y otra. Pero el Señor, en la Iglesia, sabe esperar siempre al hombre, porque sabe que el hombre no nace en gracia; y, por tanto, le cuesta entender su vocación, que ya trae del Cielo cuando es engendrado por sus padres.

El matrimonio, al ser una vocación divina, necesita el estado de gracia para poder obrarla. Sin gracia, el matrimonio es un infierno para los dos. Y, por eso, los dos buscan otras cosas una vez que ven que eso no les funciona. Y este es el error de muchas parejas.

Una vez que han dado su voluntad para un matrimonio, una vez que han puesto el vínculo matrimonial con sus intenciones, no se puede quitar eso: «lo que Dios unió, el hombre no lo separe». No hay nada humano que pueda romper el vínculo matrimonial, porque es una atadura divina: lo que Dios ha unido. Dios ha puesto el matrimonio en el ser del hombre y en el ser de la mujer. Y, de esta manera, todo hombre que se une a una mujer, produce un vínculo matrimonial. Un vínculo divino, por la misma Creación del hombre y de la mujer.

El pecado original tapó este vínculo divino. Los hombres y las mujeres se unen pero no atienden al vínculo. Con la ley que Moisés da, el hombre, en la fe, comienza a entender este vínculo divino, pero le resulta difícil vivirlo en plenitud. Y, por eso, Moisés, por la dureza de los corazones, tiene que permitir el divorcio: «Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles Él: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio ni fue así» (Mt 19, 7-8).

En la gracia, no hay divorcio. No puede existir: «Al principio no fue así». Cuando Dios crea al hombre y a la mujer, los crea en la Gracia, en la ley de la Gracia. No sólo con una ley natural o divina. Dios los crea en la gracia del matrimonio, en una vocación matrimonial, en una vida divina para un fin divino. Adán no tiene que elegir una mujer, sino que tiene que unirse a su mujer. Y el pecado de Adán fue precisamente esto: no se unió a su mujer, sino que eligió comer la manzana prohibida. No siguió su vocación divina.

Con el pecado de Adán, es necesario el divorcio porque los hombres no comprenden lo que es el matrimonio. En la Iglesia, teniendo la Gracia, ya no es posible ningún divorcio. Aquellos malcasados, tienen que organizar su vida según la Gracia y, por tanto, salir de ese estado de pecado al unirse con un hombre o con una mujer que no les pertenece, que les hace vivir una vida de pecado. Y si por las circunstancias de la vida, porque ya se tienen hijos,…, no pudieran romper esa nueva unión, entonces tienen que practicar la vida de virtudes: continencia, castidad, etc., esperando una gracia: que el primer vínculo se desate por la muerte de uno de ellos. En la Iglesia se vive para conquistar una gracia, para merecerla. No se puede vivir en un estado de pecado permanente.

En la Iglesia, todo es Gracia, pero no todo me es permitido: «Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica» (1 Cor 10, 23). Es necesario el sacrifico para alcanzar la perfección de vida. Un matrimonio que no funciona, es lícito separarse: «Si alguno dijere que yerra la Iglesia cuando decreta que puede darse por muchas causas la separación entre los cónyuges en cuanto al lecho o en cuanto a la cohabitación, por tiempo determinado o indeterminado, sea anatema» (D-978 Can. 8). Pero no es lícito buscar otra pareja. Si se hace eso, la salvación del alma está en juego, porque la Iglesia es para vivir en la Gracia, para ser fieles a esa Gracia. Y es necesario la fidelidad a la gracia de un matrimonio, aunque no funcione en la realidad. Esa fidelidad es el camino para salvar el alma. La infidelidad a esta gracia, que poseen muchos malcasados, es camino para perderse, para condenarse.

Hoy día, la Iglesia no enseña la penitencia, ni siquiera a los que están mal casados. Vean a Kasper: «¿Vivir juntos como hermano y hermana? Por supuesto, respeto a los que hacen esto. Pero esto es un acto heroico, y el heroísmo no es para el cristiano promedio». Kasper enseña a los católicos tibios a permanecer en su tibieza. Kasper enseña a los católicos a no buscar la santidad de la vida. Kasper enseña a toda la Iglesia que es mejor pecar que estar en gracia. Si no se pone un camino de cruz a los malcasados para que comprendan lo que es su pecado, entonces los condenamos a todos con leyes abominables.

Porque, por derecho divino, no se puede dispensar del vínculo del matrimonio: «§ 1. Atenta inválidamente matrimonio quien está ligado por el vínculo de un matrimonio anterior, aunque no haya sido consumado. § 2. Aun cuando el matrimonio anterior sea nulo o haya sido disuelto por cualquier causa, no por eso es lícito contraer otro antes de que conste legítimamente y con certeza la nulidad o disolución del precedente» (Canon 1085).

Y este derecho divino es inmutable, aunque se den muchas circunstancias que propicien buscar otra unión porque la que se tiene es un camino absurdo en la vida. Hay que cargar con la Cruz de un matrimonio que, a todas luces, no les sirve ni a uno ni a otro. Si se carga con es cruz, entonces se camina en la verdad y se encuentra la solución divina al problema de ese matrimonio.

Pero las almas, hoy día, no quieren cruz, sino vivir su vida. Vive y deja vivir. Es el pensamiento de muchos. Y eso es un pensamiento abominable en la Iglesia Católica.

En la Gracia, no hay divorcio. Fuera de la gracia, existen toda clases de separaciones que muestran sólo el camino de la maldad.

La argucia de Kasper

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«El amor de Dios no termina porque un ser humano ha fallado -si se arrepiente. Dios provee una nueva oportunidad- no mediante la cancelación de las exigencias de la justicia: Dios no justifica el pecado. Pero él justifica al pecador. Muchos de mis críticos no entienden esa distinción. Ellos piensan, bueno, queremos justificar su pecado. No, nadie quiere eso. Pero Dios justifica al pecador que se convierte» (Kasper- Entrevista).

Esta es la argucia de Kasper: «Dios no justifica el pecado. Pero Él justifica al pecador» (Ibidem). Tenemos que justificar a esas personas que, teniendo un matrimonio con un vínculo irrompible, viven en situación de pecado, al volverse a casar. Este es siempre el lenguaje de una Jerarquía que no cree en la Palabra de Dios, sino que va buscando una idea para justificar su falta de fe, que es su pecado que ellos no ven como pecado.

Kasper reconoce que el primer matrimonio es indisoluble. Hay un vínculo que permanece: «El primer matrimonio es indisoluble porque el matrimonio no es sólo una promesa entre los dos socios; es la promesa de Dios también, y lo que Dios hace, lo hace para siempre. Por lo tanto el vínculo del matrimonio permanece» (Ibidem).

Pero Kasper se ciega en su razonamiento: «Por supuesto, los cristianos que abandonan su primer matrimonio han fracasado. Eso está claro. El problema es cuando no hay manera de salir de esa situación» (Ibidem). Cristo Jesús ha puesto el camino para salir de esa situación. El camino es Él Mismo. El camino no es buscar un razonamiento humano para justificar un pecado. El camino es imitar a Cristo en el matrimonio.

Esta es la falsedad para justificar su razonamiento: «Si miramos a la actividad de Dios en la historia de la salvación, vemos que Dios da a su pueblo una nueva oportunidad. Esa es la misericordia» (Ibidem). Dios no da oportunidades. Dios da un camino para que el hombre elija: salvarse o condenarse.

La manera para salir de un pecado es saliendo del pecado, quitando el pecado. Y no hay otra manera. Lo primero que tiene que hacer el alma es reconocer que su situación en la que vive es un estado de pecado. Si reconoce eso, entones se ponen los medios para quitar esa situación de pecado. Es necesario poner la Cruz, la penitencia, para quitar el pecado. Es necesario llamar a las cosas por su nombre. Es necesario buscar a Cristo dejando al hombre, a lo humano, fuera del camino.

Si no se reconoce el pecado, entonces se lucha para legalizar ese pecado, atendiendo sólo a los problemas económicos, sociales, carnales, materiales, humanos, de esa pareja.

Aquí Kasper se ciega por la falsa concepción que ha hecho de la misericordia de Dios. En esa concepción, Kasper anula la Justicia de Dios. Y, entonces, tiene que buscar un medio, una ley, que justifique esa situación de pecado de ambos.

«El Dios del Antiguo Testamento no es un Dios airado, sino un Dios misericordioso» (Ibidem). Esto es una falsedad. Porque Dios es Amor y Justicia. Y, en Su Justicia, Dios es Misericordia. Pero esto Kasper lo anula. A Dios hay que verlo sólo como Misericordia: “La misericordia es la fidelidad de Dios a su propio ser, que es ser amor. Debido a que Dios es amor. Y la misericordia es el amor que se nos revela en hechos y palabras concretas” (Ibidem).

La Misericordia es Amor para Kasper. Totalmente erróneo y falso. Porque la Misericordia es el amor divino que se abaja a la miseria humana para transformar al hombre en un ser divino. Y ese abajamiento del amor significa cargar con el pecado del hombre: «antes se anonadó a Sí Mismo, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte de Cruz» (Flp 2, 7-8). La Misericordia es un amor que se revela en la Cruz: ahí están los hechos y las palabras concretas.

Todo matrimonio tiene que aprender a crucificar su vida de matrimonio para comprender las obras de Dios en ese matrimonio. Esto es lo que niega Kasper, porque sólo ve a Cristo como un hombre, pero no como Dios. Y, por tanto, sólo trata la Palabra de Dios como un conjunto de ideas, de las cuales hay que buscar el razonamiento que valga para los tiempos actuales, y así hacer del Evangelio la cultura de la mente del hombre, la idea del hombre, la vida del hombre.

«Dios es Amor» (1 Jn 4, 16); Dios no es Misericordia. El propio ser de Dios es el Amor, no la Misericordia. Dios es fiel a Su Amor, no a Su Misericordia. Y Dios es Amor porque en Dios hay Voluntad, hay un movimiento divino hacia el bien, como algo propio en Dios. El Amor es Fiel al Amor. El Amor es la fidelidad de Dios a Sí Mismo. Kasper juega con las palabras misericordia y amor, porque tiene que anular lo que es Dios. Le importa muy poco lo que es Dios.

Él va a lo suyo: «La doctrina sobre Dios se llega por la comprensión ontológica -Dios es el ser absoluto y así sucesivamente, lo cual no está mal. Pero la comprensión bíblica es mucho más profundo y más personal» (Ibidem). Es decir, el ser de Dios no existe, sino que hay que descubrirlo en la comprensión bíblica, en lo que cada uno comprende de la Palabra de Dios. Dios es el ser absoluto, pero me gusta que Dios sea misericordia, mi misericordia, como yo entiendo la misericordia: «La relación de Dios a Moisés en la zarza ardiente no es «Yo soy», sino «estoy con usted. Yo soy para ti. Yo voy contigo» (Ibidem). Kasper se acaba de inventar un nuevo Evangelio, un nuevo concepto de Dios. El Éxodo es muy claro: «Yo soy el que soy. Así responderás a los hijos de Israel: YO SOY me manda a vosotros» (Ex 3, 14). A Dios hay que definirlo ahora con el corazoncito: Yo soy para ti. Esto es una herejía. Pero claro, ya nadie atiende a esta herejía ni importa que este hombre hable herejías. Como Dios dijo a Moisés Yo soy para ti, entonces Dios es Misericordia. Es palabra de Kasper.

Estamos ante un hombre que no cree en Dios. Que habla muchas cosas de Dios, pero dando confusión; poniendo oscuridad en todo, dando mentira tras mentira, como lo hace Francisco. Es el mismo lenguaje que usa Francisco: una verdad y una mentira. Habla de muchas cosas para sólo centrarse en su idea, en su comunismo, en su protestantismo.

Dice el Salmo 10, 8: «El señor es Justo y ama la Justicia». Dios tiene Justicia en la cual Dios «da a cada uno según su dignidad» (Sto. Tomás – 1ª q.21 a. 1). Dios, haciendo Justicia, pone un orden en todos los seres. Dios, todo lo que hace según Su voluntad, lo hace justamente. Dios es Ley para Sí Mismo. El hombre, cuando obra según la ley de Dios, entonces es justo. El hombre, para ser justo, tiene que atenerse a la ley de Dios. Si se atiene a sólo su ley humana, se convierte en injusto, porque el hombre no es justo por sí mismo.

Entonces, no se puede decir: que Dios justifica al pecador que se convierte. Dios ni justifica al hombre, ni al que se convierte de su pecado.

Dios da al hombre según su dignidad. Al hombre santo, Dios le da lo que le corresponde en esa santidad; al hombre que peca, lo que le corresponde en ese pecado. Al que se arrepiente de su pecado, Dios le da lo que se merece por arrepentirse. En este juego de palabras, Kasper pone su anulación del pecado, la legislación del pecado. Es necesario legalizar el mal de estar malcasados. Hay que decir que Dios justifica el estar malcasados.

Para Kasper «la justicia es un mínimo que estamos obligados a hacer a la otra persona para respetarlo como un ser humano -para darle lo que debe tener» (Ibidem). Concepción errónea de la justicia. Hay que darle al otro lo que se merece en la ley de Dios, en la ley natural, en la ley moral. Es un derecho divino, no humano. Y no es por respeto al ser humano, sino por Voluntad de Dios.

El hombre tiene que saber hacer justicia a otro hombre: tiene que saber darle lo que se merece como hombre, como pecador, como santo, como demonio. No hay que respetar al otro para hacerle justicia. Eso no sirve. Hay que preguntarle a Dios cómo se obra la Justicia con el otro.

Ante este planteamiento falso de la justicia, Kasper coloca su falsa misericordia: «Misericordia significa tener un corazón para los pobres -pobres en un sentido amplio, no sólo la pobreza material, sino también de la pobreza relacional, la pobreza espiritual, pobreza cultural, y así sucesivamente. Esto no es sólo el corazón, no sólo una emoción, sino también una activa actitud en la que tengo que cambiar la situación de la otra persona tanto como me sea posible» (Ibidem). Aquí se observa su marxismo, su comunismo, su teología de los pobres. Hay que estar mirando los problemas de los demás para cambiarlos. Eso es la misericordia sin justicia. Esa es la falsa compasión que lleva a hacer de la Iglesia una pastoral social, humana, natural, sin posibilidad de que el alma se pueda salvar. Todo es solucionar el problema social del hombre, sin atender a su problema espiritual.

La misericordia es una virtud, porque es un dolor de la miseria ajena, pero regulado por la razón, no por el sentimentalismo. Y, por eso, decía San Agustín: «este movimiento del ánimo (la misericordia) sirve a la razón, cuando le inspira la misericordia, de modo que se conserve la justicia, ya sea socorriendo al necesitado, ya perdonando al penitente» (De civit. Dei, l. 9, c. 5). Si en la mente del hombre no está la ley divina, entonces ese movimiento es siempre un pecado, una compasión que induce, que lleva al pecado, porque hay un sentimiento errado, un apego que ciega la mente. Es una misericordia sin verdad, sin rectitud, sin justicia. Si el hombre se guía por la ley divina, entonces la misericordia está llena de justicia. Y se le da al otro lo que le conviene en la justicia de Dios.

Kasper anula todo esto en su concepción de la misericordia. Él sólo se fija en tener un corazoncito para los pobres. Puro comunismo. Puro sentimentalismo. Pura vanidad en esas palabras. Kasper no pone la razón en el medio de la misericordia ni de la justicia. Se trata de ayudar al hombre. Y no más. Es una obligación del mismo hombre por sus semejantes. Kasper se inventa su ley de la misericordia: «En la parábola del buen Samaritano, el vecino era la persona que el samaritano encontró en la calle. No está obligado a ayudar. No es una cuestión de justicia. Pero va más allá. Fue trasladado en su corazón. Se agachó en el suelo y ayudó a este hombre. Esa es la misericordia» (Ibidem). Una misericordia sin justicia: «no es una cuestión de justicia». Es una falsa compasión de la necesidad del prójimo llevada sólo por lo sensible, no por lo racional, no con la virtud. Es una cuestión del sentimiento humano, del acomodo a la vida del hombre.

Kasper se carga todo el Magisterio de la Iglesia sobre el pecado, la justificación del pecado, la gracia, y la obra de la Redención. Kasper va en contra de la Palabra de Dios. Kasper sólo hace su comunismo en la Iglesia.

Por eso, él dice estas barbaridades:

1. En la Iglesia estamos para ser pecadores, para vivir en el pecado, para hacer del pecado una ley, una norma, una vida, un camino: «Hay quienes creen que la iglesia es para los puros. Se olvidan de que la iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de que es verdad, porque si no fuera entonces yo no pertenezco a la iglesia» (Ibidem). Ya no es la Iglesia camino para salvarse ni para santificarse, sino sólo para vivir en el pecado.

2. El adulterio no es un pecado en contra de la ley de Dios. No hay que castigar el pecado, no hay que buscar la penitencia, no hay que hacer heroísmos, viviendo como hermano y hermana; hay que dar una nueva orientación a esa nueva familia que se ha creado. Hay que inventarse un matrimonio en el matrimonio. «El adulterio no sólo es una conducta sexual incorrecta. Es para dejar un consorcio de familia, una comunión, y establecer una nueva. Pero normalmente es también las relaciones sexuales en tal comunión, así que no puedo decir si eso lleva al adulterio. Por tanto, yo diría que, sí, la absolución es posible» (Ibidem). Absolvamos a la pareja y démosle la oportunidad de estar en un matrimonio, aunque tenga otro anterior. Es posible la absolución, porque ya el adulterio no es pecado, es un conjunto de situaciones, de males, y hay que solucionar ese problema.

3. «Los ortodoxos tienen el principio de oikonomia , lo que les permite en casos concretos para dispensar, como los católicos dirían, el primer matrimonio, y para permitir uno segundo en la iglesia. Pero ellos no consideran el segundo matrimonio un sacramento. Eso es importante. Ellos hacen esa distinción». Los ortodoxos, que son cismáticos, tienen la Verdad del matrimonio. La Iglesia Católica no posee toda la Verdad: «La Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo, pero hay otras iglesias que tienen elementos de la verdadera iglesia, y reconocemos esos elementos» (Ibidem). Entonces, ¿por qué no hacemos esa distinción mental para aprobar un pecado? ¿Por qué no somos como los ortodoxos? ¿Por qué no hacemos un cisma como ellos lo han hecho? Ellos hacen distinción de la Palabra de Dios. Ellos dividen la Palabra de Dios con su idea humana. Hagamos también nosotros esa división de la Verdad. Somos hombres. Tenemos poder para eso. Somos una Jerarquía con poder divino.

4. Kasper anula el matrimonio natural: «El segundo matrimonio, por supuesto, no es un matrimonio en el sentido cristiano. Y me gustaría estar en contra de la celebración en la iglesia. Pero hay elementos de un matrimonio» (Ibidem). Hay que cargarse el matrimonio católico. Las parejas pueden seguir con su matrimonio por la Iglesia, permaneciendo el vínculo, pero se pueden casar de nuevo, aunque ya no por la Iglesia, sino con otro contrato. Y Kasper cae en un gran absurdo: pone dos matrimonios ante Dios: uno sacramental y otro natural, aunque sea por lo civil.

5. Pero, entonces ese segundo matrimonio sólo tiene que ser un contrato no ante Dios, sino ante los hombres: «el verdadero matrimonio es el matrimonio sacramental. Y el segundo no es un matrimonio en el mismo sentido, pero hay elementos de la misma, los socios se ocupan de los otros, que sólo están sometidos a la otra, hay una intención de permanencia, que cuidan de los niños, que llevan una la vida de oración, y así sucesivamente. No es la mejor situación. Es lo mejor posible situación» (Ibidem).

Kasper da vueltas y vueltas a su idea, porque no cree en la Palabra de Dios: «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». Kasper separa la ley divina, la divide; y pone el engaño en toda la Iglesia. Muchos le están siguiendo. Muchos se dejan envolver de sus palabras heréticas y cismáticas, porque ya no saben pensar la verdad. Se tragan cualquier cuento de la Jerarquía so capa de humildad, de amor al prójimo, de un bien común, social.

Hoy lo que vende es que la Iglesia sea misericordiosa. Es lo que todos quieren: un sentimentalismo barato que los lleve al infierno.

Y dice el salmo 24, 10: «Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad». En todo cuanto hace Dios se encuentra la Misericordia y la Verdad. Kasper sólo quiere la Misericordia sin Verdad. Sólo su concepto blasfemo de misericordia.

Esto es lo que van a aprobar en el próximo sínodo de la familia. Es necesario destrozar la unión de la familia para arruinar la Iglesia.

La grandeza de la mujer es ser camino para el hombre

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El matrimonio es un contrato divino entre hombre y mujer, un pacto que los dos hacen ante Dios, el cual constituye un vínculo perpetuo e indisoluble, que es lo esencial en el matrimonio. El matrimonio «en tanto es oficio de la naturaleza, se establece por derecho natural; en tanto es oficio de la comunidad, se establece por derecho civil; en tanto es sacramento, se establece por derecho divino» (Sto. Tomás – Parte III, q.50 ad 4).

«El mismo Dios es el autor del matrimonio» (GS 48, 1). Luego, el matrimonio «no es una norma, que admita o no excepciones, no es un ideal hacia el cual haya que ir» (Cardenal Caffarra). El matrimonio es creado por Dios, cuando hombre y mujer fueron creados: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18a). Hombre y mujer han sido creados el uno para el otro. Pero, en la mujer, está la raíz del matrimonio.

La mujer es carne de la carne del hombre: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2, 23). La mujer es la otra mitad del hombre, su igual, la que es semejante al hombre, que es dada por Dios como ayuda: «voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gn 2, 18b).

La soledad del hombre es para encontrar una ayuda para su vida. El hombre está solo ante la creación; es decir, no ve en la Creación un ser semejante a él, un ser con el cual compartir la vida, un ser con el cual relacionarse y obrar el fin que Dios le ha puesto.

El hombre está puesto por Dios para regir la tierra, para administrarla: «Tomó, pues, Yavhé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase» (Gn 2, 15). Pero no puede hacer eso solo. Necesita una ayuda adecuada para este fin. El hombre fue puesto en el Paraíso y Dios le dio un mandato: «De todos los árboles del Paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás» (Gn 2, 17).

Este árbol no es una planta en el Paraíso. Este árbol simboliza lo que está en la misma naturaleza humana. Hombre y mujer son vida en ellos. Son portadores de la vida. El hombre, en su sexo, porta la vida; la mujer, en su sexo, crea la vida. El árbol del bien y del mal es el uso del sexo. Según se use, entonces la vida es buena o es mala; la vida tiene un fin para una obra divina, o tiene un fin para una obra demoníaca.

El hombre está solo ante la vida que él mismo porta en su naturaleza humana. No puede usar su vida con ninguna criatura del Paraíso. Está solo en su vida. No puede unirse a un animal, porque no es semejante a su naturaleza humana. Dios le hace al hombre una ayuda, en su naturaleza humana, que le permita obrar la vida que él porta en su sexo.

La mujer crea la vida que el hombre le da: eso significa ser ayuda semejante al hombre. La mujer ayuda al hombre para crear, para poner esa vida portadora, en un fruto, en un hijo. La mujer es la que hace que esa vida fructifique, dé fruto en la naturaleza humana: «Fue necesaria la creación de la mujer, como dice la Escritura, para ayudar al varón no en alguna obra cualquiera, como sostuvieron algunos, ya que para otras obras podían prestarle mejor ayuda los otros hombres, sino para ayudarle en la generación» (Sto. Tomás, Parte 1ª, q. 92 art. 1).

Y sólo el amor es la obra de la vida. Sólo la mujer puede obrar esa vida que el hombre porta. El hombre solo no puede obrar la vida que tiene. Sólo la puede derramar y, entonces, hace un acto en contra de la vida. Por eso, la masturbación es pecado grave. Y no sólo grave, sino que va en contra de la misma naturaleza del hombre. El hombre, en sus ser de hombre, es vida. El hombre, cuando se masturba, se mata a sí mismo. Mata su vida. La vida es para darla, para obrarla, no para matarla, no para derramarla. La vida no es para un placer, sino para una obra de vida. Por eso, el uso de los anticonceptivos es matar la vida, es negar el sentido de la vida.

La mujer es la que obra esa vida cuando se une al hombre. Y, por eso, la mujer es el amor en la naturaleza humana. Es la criatura que ayuda al hombre a poner esa vida en movimiento. Y, entonces, el hombre encuentra un camino para su vida, para la vida que porta en su sexo.

La mujer es siempre camino para el hombre. Pero puede ser un camino para ir a Dios o un camino para ir al demonio. La mujer, con el hombre, puede obrar una vida para Dios o una vida para el demonio. Puede hacer un hijo de Dios o un hijo del demonio.

El hombre estaba solo, con su vida, en el Paraíso. Y, en esa soledad, el hombre recibe el mandato de Dios: No te unas a otros seres; no uses tu sexo con otros seres.

El hombre no encontraba un ser semejante a su naturaleza humana para poder unirse a él y crear una vida.

«Hizo, pues, Yavhé Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido tomó una de sus costillas, cerrando en su lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó Yavhé Dios a la mujer» (Gn 2, 21). Dios crea a la mujer del hombre, de la costilla del hombre.

No fue formado el varón de la mujer, sino la mujer del varón (cf. 1 Cor 11, 8); no «fue creado el varón para la mujer, sino la mujer para el varón» (1 Cor 11, 9). La vida que el hombre porta en su sexo no es para usar la mujer, para encontrar en ella un placer, no es para tener a la mujer como objeto de su sexo. No se derrama la vida por un placer que se encuentra en el uso de la mujer.

Es la mujer la que se crea para el varón; para que la mujer ponga un camino al placer que el hombre encuentra en ella. Por eso, el matrimonio es para algo más que una unión carnal. Exige un fin, un objetivo diferente al placer. Los novios que se unen para un placer van en contra del matrimonio. Hombre y mujer que no saben esperar al matrimonio, hacen del sexo una obra para el demonio. Y, después, en el matrimonio tienen muchos problemas por causa del demonio. El sexo hay que usarlo en la Voluntad de Dios. Y, entonces, se hace una obra divina, se llega a un fruto divino.

La mujer es formada de la costilla del varón. Esta costilla no es un trozo de carne en el hombre, o una parte de su anatomía. Esta costilla es el corazón espiritual del hombre.

Dios crea a la mujer del hombre. La naturaleza humana ya está creada. Dios no la vuelve a crear cuando forma a la mujer. Dios pone en la mujer aquello que está en el hombre, que puso en el hombre cuando lo creó del «polvo de la tierra» (Gn 2, 7).

«La costilla pertenecía a la perfección de Adán, no en cuanto individuo, sino como principio de la especie; así como el semen pertenece a la perfección del sujeto que engendra, y se echa en una operación natural que va acompañada de placer. Por lo tanto, mucho más con el poder divino pudo formarse de la costilla del varón el cuerpo de la mujer sin dolor» (Sto. Tomás, parte 1ª, q. 92 art. 3). La perfección de Adán es su espíritu. El hombre no es sólo alma y cuerpo, sino también espíritu. Dios toma una de las costillas de Adán. El espíritu humano es Espíritu y corazón. En el Espíritu está lo divino, porque es el mismo Dios. En el corazón, están los dones divinos que Dios da al hombre para que pueda vivir espiritualmente. En el alma, está la Gracia necesaria para poder usar esos dones divinos.

Dios toma una de las costillas del hombre y se lo pone a la mujer. Dios no toma Su Espíritu, porque entonces dejaría al hombre sin Espíritu. Dios toma el corazón espiritual, que tiene el hombre, y lo pone en la mujer. De esta manera, el hombre se queda sin corazón espiritual, pero sigue teniendo el Espíritu y la Gracia en su alma. Dios hace eso para dar a la mujer el sentido de su vida.

La mujer es corazón; el hombre es placer. La mujer, porque tiene el corazón del hombre, pone el amor en la relación sexual. El hombre sólo pone el placer; es decir, no sabe usar su sexo para el amor; sólo sabe usarlo para el placer. La mujer, entonces, es camino para el placer del hombre; camino para el amor, para que el hombre encuentre en el placer, el amor que no tiene.

Por eso, nunca el uso del sexo es para el placer solamente. Hoy se ha degradado el sexo. Y sólo se mira para el placer. Dios tuvo que quitar del hombre el amor, para que buscara en la mujer aquello que no tenía. El hombre tiene, en su sexo, el placer; pero no tiene el amor. La mujer tiene, en su sexo, el amor, y recibe del hombre, el placer.

Si Dios no hubiera hecho esto, entonces la mujer no tendría sentido en la Creación. La mujer sería un ser más, en el cual el hombre se uniría pero sin buscar un fin, una verdad, un amor, una camino.

Dios forma a la mujer como camino para el hombre. Esta es la grandeza de toda mujer, que los hombres no saben ver, no saben discernir, no saben entender.

Dios creando al hombre y a la mujer, de esta manera, está creando su Iglesia.

«Fue conveniente que la mujer fuera formada de la costilla del varón. Primero, para dar a entender que entre ambos debe haber una unión social. Pues la mujer no debe dominar al varón (1 Tim 2,12); por lo cual no fue formada de la cabeza. Tampoco debe el varón despreciarla como si le estuviera sometida servilmente; por eso no fue formada de los pies. En segundo lugar, por razón sacramental. Pues del costado de Cristo muerto en la cruz brotaron los sacramentos, esto es, la sangre y el agua, por los que la Iglesia fue instituida» (Sto. Tomás, parte 1ª, q. 92 art. 3). El misterio de la creación del hombre y de la mujer es el misterio de la Iglesia: «Gran misterio es éste. Yo lo entiendo de Cristo y de la Iglesia» (Ef 5, 32).

Dios al crear al hombre y a la mujer quiere crear hijos de Dios. Los hijos de Dios son los que forman la Iglesia. Por eso, le pone al hombre el mandato de no usar su sexo con nada del Paraíso. Sólo puede usar su sexo con la mujer que Dios le ponga. No puede usarlo con otra criatura.

El hombre estaba solo en el Paraíso cuando recibió ese mandato. Luego, en el Paraíso había una criatura a la cual el hombre podía unirse para usar el sexo. Cuando recibió ese mandato, la mujer todavía no estaba creada. No se da un mandato sin una razón. No se prohíbe algo si el hombre ve que hay un camino para hacerlo. Existía en el Paraíso una criatura, que no era la mujer, a la cual el hombre podía unirse. Y esa fue la prohibición de Dios al hombre, a Adán. Y el pecado original viene porque Adán se saltó esa prohibición, fue en contra de la Voluntad de Dios.

Dios hace el matrimonio indisoluble: «Lo que Dios ha unido que no los separe el hombre» (Mt 19, 3). Toda matrimonio natural es indisoluble. No se puede romper: «Nada de lo que sobreviene al matrimonio puede disolverle… el vínculo conyugal subsiste entre los esposos mientras viven» (Sto. Tomás). El matrimonio natural es de suyo perfecto. El problema viene por el pecado original. Y, por eso, Moisés tuvo que permitir el líbelo de repudio, que no es una ley de divorcio, sino dispensar del vínculo por autoridad divina. Dios puede, en algunos casos, romper el vínculo por una razón mayor, por un bien mayor, más perfecto, para el hombre y la mujer. Por eso, en algunos casos se da la anulación del matrimonio. Pero esto es sólo por el pecado original. El matrimonio, en el principio, cuando fue creado en el Paraíso, es indisoluble. La maldad del pecado original hace que Dios tenga que dispensar este vínculo, para poder poner un camino de salvación al hombre o a la mujer.

Hoy se da la plaga del divorcio: «Deseo atraer hoy vuestra atención hacia la plaga del divorcio, por desgracia tan difundida. Aunque en muchos casos está legalizada, no deja de constituir una de las grandes derrotas de la civilización humana». (Juan Pablo II, Meditación del Angelus, 10 de julio de 1994). Sólo se puede romper un vínculo por autoridad divina, no por autoridad civil. El poder civil sólo tiene autoridad sobre las cosas sociales, materiales, del matrimonio, pero no sobre lo moral entre un hombre y una mujer. La gente que se divorcia queda con el vínculo en muchos casos, porque el matrimonio es un contrato natural, que hombre y mujer hacen ante Dios. Y eso es indisoluble. Jesús elevó ese contrato natural a Sacramento para hacer hijos de Dios.

Si un divorciado se volviera a casar, en realidad no está contrayendo un nuevo vínculo conyugal, al permanecer el anterior. Y ese nuevo casamiento es pecaminoso, puesto que el vínculo anterior permanece. Estaría en estado de adulterio: «El divorcio es una ofensa grave a la ley natural… El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente» (Catecismo de la Iglesia Católica n.2384). Son pocos los que ponen de relieve este mal fundamental del divorcio, que es causa de numerosos adulterios públicos y permanentes.

Por eso, la propuesta de Kasper es una locura. Y la llamada de Francisco a esa mujer malcasada es el principio del cisma en la Iglesia. Nadie cuida hoy el matrimonio, la familia. Ya no se ve como Dios la ve, como Cristo lo quiere en Su Iglesia. Y, por tanto, la Iglesia es sólo un conjunto de hombres que viven en sus pecados y que ya no atienden a la verdad de sus vidas.

Toda la Iglesia colapsada por su misma Jerarquía

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“El evangelio de la familia se remonta a los albores de la humanidad”. Así comienza Kasper su herética intervención en el Consistorio extraordinario sobre la familia.

Comienza con una opinión que va en contra de la Palabra de Dios: «En el Principio era el Verbo» (Jn 1,1) . En el Principio no era el evangelio de la familia. No existe un evangelio de la familia que se remonta a los albores de la humanidad, sino que en esos albores sólo era el Verbo, es decir, la santísima Trinidad.

Cuando Dios crea al hombre y a la mujer no crea un evangelio de la familia. No crea nada. Crea un matrimonio, el de Dios, pero que Adán rompió por el pecado.

Kasper dice que este evangelio de la familia “fue dado por el Creador en su camino”; es decir, cuando Adán y Eva comenzaron a caminar, allá en el Paraíso, entonces Dios les dio este evangelio.

Y en los relatos del Génesis no se ve que Dios dé este evangelio a los hombres. Dios da al hombre un camino para ir al Cielo en el Paraíso: le pone una prueba al hombre. Y esa prueba, Adán no la pasó. Adán pecó. Y, entonces, el hombre se mete en un estado de pecado, desde que nace hasta que muere, que es el pecado original. Y así dura el hombre hasta Cristo, viviendo en el pecado, sin Gracia y sin Espíritu. Y Dios va guiando al hombre, va formando la fe en el hombre, por medio de Sus Profetas; pero todavía no existe el Evangelio; existe la Palabra de Dios que se da por medio de los Profetas, por medio de la fe de algunos hombres escogidos por Dios para guiar a Su Pueblo, para gobernar Su Pueblo y prepararlo para el Mesías.

Y hasta Cristo no hay Evangelio. Y, con Cristo, se da el Evangelio; pero no el de la familia, ni tampoco el de la fraternidad. El Evangelio es la Palabra del Padre; es la Palabra del Hijo; es la Palabra del Espíritu. Y no es más que eso.

Dios no dio al hombre el evangelio de la familia cuando lo creó, cuando comenzó su camino en el Paraíso.

Kasper miente; y, en esa mentira, anula la Palabra de Dios, la tergiversa, dice su opinión, su pensamiento humano. Y, entonces, da una charla totalmente herética, desprovista de la Verdad. Si no comienza con la Verdad, y la Verdad es luz, es Vida, es conocimiento; entonces lo que da es oscuridad, muerte y trampa.

Los sacerdotes, los Obispos, ante esta intervención de Kasper, no han sabido ver el error de Kasper, no han ido a la raíz de su discurso herético: Kasper habla en contra de la Palabra de Dios desde el principio de su discurso. Y no hay que ir al final de su charla para estar confrontando lo que dice. Lo que dice al final, su planteamiento sobre la comunión a los divorciados, es la consecuencia de lo que dice al principio. No pierdan el tiempo con las palabras de Kasper: ataquen la raíz. Y la raíz es su orgullo, que pone su opinión humana por encima de la Sagrada Escritura.

Kasper, al poner este evangelio de la familia en la creación del hombre, tiene que concluir así: “Por lo tanto, la institución del matrimonio y la familia se aprecia en todas las culturas de la humanidad”. Esto es lo que le interesa a Kasper: ver el matrimonio, ver la familia, como una cuestión humana, de las culturas propias de la vida de los hombres. Y anula el pecado original, el cual revela la situación de toda unión entre hombre y mujer desde Adán.

Con el pecado original, hay muchas uniones entre hombre y mujer, que no son el matrimonio que Dios quiere para el hombre. Y, por tanto, en todas las culturas de los hombres no hay ni matrimonio ni familia. No existe la institución del matrimonio ni de la familia, porque Adán se lo cargó con su pecado. Existe el plan de Dios para llevar al hombre a ese matrimonio. Y, por eso, Cristo eleva el matrimonio al plano del Sacramento, de la Gracia, del Espíritu. Pero sólo lo eleva. Le toca a cada hombre y a cada mujer, ser fieles a la gracia del Sacramento del Matrimonio para que puedan alcanzar, en su matrimonio, lo que Dios quiere de ellos dos, la familia que Dios quiere de ellos dos.

Como todo esto, no lo plantea Kasper, entonces se dedica a contar cuentos en ese Consistorio, a dar un planteamiento equivocado sobre la familia y el matrimonio.

Kasper se mete en el juego de su lenguaje humano, que es la misma táctica que emplea Francisco: decir cosas bellas sobre el matrimonio y la familia, apoyarse en la Tradición, en los Santos, en el Magisterio de la Iglesia, pero para tergiversarlo todo con su idea, con su lenguaje, con su filosofía totalmente herética.

A los sacerdotes y Obispos se les engaña tan fácilmente con el lenguaje humano, con un Kasper y un Francisco que son maestros en emplear las palabras que ellos saben que hacen daño en la Iglesia. Pero las dicen revestidas de belleza en la exposición de su discurso. Dicen muchas cosas que suenan bien al oído del que escucha, pero que, si se meditan, es una tremenda herejía. Ni Francisco ni Kasper ataca directamente un dogma, sino de forma indirecta, sin que nadie caiga en la cuenta, porque ellos conocen cuál es la Verdad en la Iglesia, pero no quieren seguirla; tienen que rodearla de muchas maneras para dar su mentira, su engaño. Esta es la maldad de esos dos sujetos, que son el uno para el otro: tienen los dos un alma oscura, un corazón orgulloso, un espíritu diabólico.

Y da pena ver cómo está la Iglesia sin combatir a estos dos herejes por la Jerarquía. Los hombres de la calle captan la verdad, mucho antes que los sacerdotes y Obispos. La gente de fe sencilla, al oír a Francisco, enseguida ven que eso no va bien. Pero los sacerdotes y Obispos, que son los encargados de dar la Verdad a los fieles, callan y tienen miedo de hablar, porque están sometidos a Francisco. Francisco los somete, les impone la obediencia a sus mentiras, a sus enunciados, a sus proposiciones. Y esto es muy fácil hacerlo por la falsa obediencia que existe a la Jerarquía en la Iglesia. Los hombres no han comprendido lo que significa obedecer en la Iglesia. Y creen que con obedecer a un hombre, que representa a Dios, a Cristo, ya está la obediencia.

Y toda la Iglesia tiene que obedecer a la Verdad, que es Cristo. Desde el Papa hasta el fiel último en la Iglesia. Si no existe esa obediencia, las demás no sirven para nada; sólo para confundir y guiar a las almas, esclavas de un pensamiento humano, que quiere imponerse a los demás porque se es Jerarquía.

¡Con cuánta facilidad los sacerdotes, los Obispos, invocan la obediencia de sus fieles porque ellos están en un gobierno, porque tienen un poder de mandar! Y, entonces, no ponen delante de ellos a Cristo, sino sólo su pensamiento humano, su idea humana, su opinión humana.

Cristo guía a Su Iglesia a través de Su Vicario, el Papa. Siempre lo ha hecho así. Siempre. A pesar de lo que era ese Papa, a pesar de todo el pecado de la Jerarquía, que no obedece a ese Papa, a pesar de todo el mal que los hombres han hecho a Su Iglesia. La Iglesia se mantiene porque hay un Papa. La Iglesia no se mantiene porque hay hombres que hablan muchas cosas y obran otras tantas.

Si hay un Papa que el Señor ha puesto, entonces, todo funciona en la Iglesia, aunque haya tanto pecado, como se ha visto desde hace 50 años. A pesar de lo que se ha hecho en contra de la Verdad de la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, hay que obedecer al Papa. Esto es lo que los hombres no han hecho y, ahora, todo el mundo criticando a los Papas anteriores. Y aquel que no defienda a los Papas, que no defienda a Juan XXIII, a Pablo VI, a Juan Pablo I, a Juan Pablo II, a Benedicto XVI, no obedece a Cristo en la Iglesia y se pone fuera de la Iglesia.

La primera obediencia en la Iglesia es a Cristo. Y Cristo ha puesto una cabeza, un Papa, para que todos, en la Iglesia lo obedezcan. Cristo habla siempre a través del Papa. Por tanto, quien habla en contra del Papa no es de Cristo, no sigue a Cristo, produce en la Iglesia cisma, herejía, división, desconcierto.

El trabajo del demonio ha sido sólo anular al Papa de muchas maneras, para conseguir que todo el mundo critique al Papa, hable mal del Papa, y así hacer que el Papado no sirva para nada.

Nunca hay que culpar a un Papa de lo que sucede en la Iglesia, porque son dirigidos por Cristo en todas las cosas para mantener a la Iglesia en la unidad. Y, aunque el Papa sea pecador, y gran pecador, como en la historia de la Iglesia se puede ver, el Papa no tiene culpa de todo lo demás que pasa en la Iglesia, porque su misión es protegida por Cristo. Él lo ha puesto ahí para guiar a toda la Iglesia hacia la Verdad. Y este es el Misterio de la Gracia y del pecado. Ningún Papa en la Iglesia es el culpable de lo que pasa en la Iglesia. Si esto no se tiene claro, entonces no hay Iglesia, no existe la Iglesia, la Iglesia es sólo un conjunto de hombres, y cada uno da su opinión, pero no existe una Verdad a seguir.

Esto es lo que vemos con Francisco y todos los suyos. Y la razón: porque no es Papa. Cristo no dirige la Iglesia a través de Francisco. ¡Así de sencillo! Cristo no guarda la misión de Francisco en la Iglesia y, por tanto, todo lo que ocurre en la Iglesia la culpa es de Francisco.

Durante 50 años, desde el Papa Juan XXII hasta el Papa Benedicto XVI, la culpa de todo lo que ha pasado en la Iglesia es de los sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles que se han opuesto al Papa y han creado todo un desorden. Y los Papas han estado prisioneros en el Vaticano, rodeado de gente de la masonería, por sacerdotes, por Obispos, por Cardenales que no representan a Cristo, que no representan a la Iglesia de Cristo, porque no obedecen al Papa.

Toda esa gente, que son lobos vestidos de piel de oveja, odian a Cristo, odian las Verdades que hay en la Iglesia, odian a la Iglesia, odian sus sacerdocios, y han gastado 50 años esparciendo mentiras tras mentiras, engaños tras engaños acerca de todas las cosas divinas, sagradas, celestiales, santas.

Y sus obras han llevado al colapso de la Iglesia Católica. No hay quien, dentro de la Iglesia, pueda dedicarse a dar la Verdad, a obrar la Verdad, a vivir la Verdad, porque todos están bajo una falsa obediencia, que toda esa gente ha creado.

Y, por eso, ahora exigen obediencia a un traidor, a un mentiroso, a Francisco. Es el juego de la Jerarquía de la Iglesia, que ya no imita a Cristo, que ya no es otro Cristo en la Iglesia, que le importa un rábano la vida auténtica de Cristo. Y están en esa Jerarquía para destruir a Cristo y a Su Obra, que es la Iglesia, con sus mentes humanas, con sus lenguajes humanos, con su teología protestante y científica.

Y esto no es un accidente en la Iglesia. Esto ha sido deliberada y astutamente trazado para destruir la de fe la Iglesia, para destruir el Evangelio de Cristo, para destruir toda Verdad, toda ley divina, toda ley natural, toda moralidad.

¿Pero qué se creen que es Francisco? El que más ha trabajado en la Iglesia durante estos 50 años para llevarla al colapso y, ahora, subirse al podio para dar el camino de salvación a la Iglesia. Ahora se muestra como el que tiene la solución a los problemas de la Iglesia, cuando ha estado trabajando para arruinarla por dentro y desde dentro. Y, por es, anula el Papado, pone su gobierno horizontal, pone su consejo económico, en el que ya el Papa no tiene autoridad, ya no decide, sólo es el que firma un documento para aprobar lo que otros deciden. Y se dedica a pedir dinero a los hombres ricos para quitar la hambruna del mundo. ¡Esa es la magnífica solución de ese idiota! ¡Y todos bajo la falsa obediencia a ese idiota!

Después de la renuncia del Papa Benedicto XVI es Cristo quien dirige Su Iglesia desde el Cielo. Ya no la dirige por Su Vicario. La razón: el pecado de Su Vicario. Que Cristo juzgue al Papa Benedicto XVI. No le toca eso juzgar a la Iglesia.

A la Iglesia le toca seguir obedeciendo a Cristo. Y, por eso, todos los que saben la Verdad, tiene que ponerse en pie y seguir sólo a Jesús.

Consecuencia: hay que atacar a Francisco. No ataquen ni a Benedicto XVI ni a los otros Papas anteriores.

La culpa de todo la tiene Francisco. Hay que atacarlo. No hay que obedecerlo. No hay que seguirlo. No hay que estar viendo a ver qué dice hoy ese idiota, a ver si dice una verdad. En la Iglesia se vive de la Verdad no de las opiniones de Francisco.

En la Iglesia se rechaza todas las mentiras que Francisco, como Falso Profeta, presenta cada día a la Iglesia, a las almas, a los sacerdotes, a los Obispos. ¡Rechazar la mentira para poder acoger la Verdad!

Y quien no haga esto, se pasa todo el día criticando a unos y a otros. Y hacen el juego del demonio.

Francisco unirá a la Iglesia Católica con otras iglesias, con los paganos, y hará un abominación de iglesia; una iglesia mundial sin verdad, sin vida espiritual, sin alma, sin amor a Dios, sin imitación de Cristo. Toda ella imbuida, trabajada, creada, por la mente de los hombres, analizada en la especulación de los pensamientos de los hombres, y dada al mundo como símbolo de condenación. Es la falsa iglesia, que las profecías han hablado y que tiene que aparecer como fruto del interior del Vaticano. Es lo que han engendrado, en sus cabezas, muchos sacerdotes, muchos Obispos, durante 50 años. Es un engendro diabólico, es la fornicación de las mentes de los hombres con la mente de satanás. Es escuchar, en todo tiempo, la voz de demonio para obrar lo que él quiere en la Iglesia: destruirla completamente.

Matrimonio para un pecado

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«El problema no se puede reducir solamente a dar o no la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar, porque los que plantean la cuestión en estos términos no comprenden cuál es el verdadero problema». Se trata de un «problema grave, de responsabilidad de la Iglesia ante las familias que viven en esta situación». (Encuentro a puertas cerradas de Francisco con el clero romano – 10 de septiembre),

El verdadero problema de los divorciados es sólo su pecado, no las consecuencias de su pecado. Por querer solucionar las consecuencias del pecado de los divorciados, entonces se va contra la Palabra de Dios en el Evangelio: “Se dijo también: El que despidiere a su mujer, déle líbelo de repudio. Mas Yo os digo que todo el que despidiere a su mujer, fuera del caso de concubinato, la hace cometer adulterio; y quien se case con una repudiada, comete adulterio”. (Mt 5, 31-32)

Roma quiere centrarse en el problema grave que esto trae a la Iglesia, pero no se centra en la raíz del problema, que es el pecado de ambos. Por eso, dice esta falsedad: «Yo creo que este es el tiempo de la misericordia. La Iglesia en Madre: debe ir a cuidar a los heridos, con misericordia. Pero, si el Señor no se cansa nunca de perdonar, nosotros no tenemos más elección: antes que nada curar a los heridos. La Iglesia es mamá y debe seguir este camino de la misericordia. Y debe encontrar misericordia para todos» (En el avión a los periodistas de regreso de Rio).

Francisco quiere encontrar una misericordia para los divorciados fuera de la Misericordia: “Mas a los ya casados ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe del marido, -y caso que llegare a separarse, que no piense en otro casamiento o que haga las paces con su marido-, y el marido no despida a la mujer” (1 Cor 7, 10).

Las palabras del Apóstol son claras: la Misericordia está en no separarse. Y si se produce esto, entonces que no se case con otro. Y si no puede aguantar, que hagan las paces. Esta es la Misericordia. Pero esto es lo que no se quiere seguir: la palabra sencilla del Evangelio. Porque las almas viven en su pecado, después quieren volver a Dios con su pecado. Y esto no es la Misericordia del Señor. Esto es la falsa compasión de los hombres que no se fijan en el pecado de las almas, que son la raíz de todos sus problemas en la vida

Y ¿por qué esta Palabra del Señor no se quiere seguir?. Fácil. Así lo explica Francisco:

«El cardenal Quarracino, mi predecesor (en Buenos Aires, ndr.), decía que, en su opinión, la mitad de los matrimonios eran nulos. Pero, ¿por qué decía esto? Porque se casan sin madurez, se casan sin darse cuenta de que es para toda la vida, o se casan porque se deben casar “socialmente”.

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Esta es la mentira que pone Francisco para que los casados participen en la Iglesia. Los matrimonios nulos no lo son porque se casan sin madurez, ni porque se casan sin darse cuenta de que es para toda la vida, ni porque se casan porque se deben casar socialmente, según sus costumbres sociales. Esto no anula ningún matrimonio. Porque el matrimonio es válido solamente cuando los dos tienen intención de casarse, de dar su voluntad libremente para un matrimonio.

Y esta intención de casarse es lo que hace válido cualquier matrimonio. Y aunque la persona no conozca en profundidad a la otra persona, ni tenga la suficiente madurez para ver lo que es un matrimonio, lo que conlleva una vida de matrimonio, ni caiga en la cuenta de que es para toda la vida, y, aunque se case porque así se lo pide su vida social, nada de esto anula ningún matrimonio.

Esta forma de pensar de Francisco le viene por su concepción de la fe. La fe en el matrimonio consiste en tener suficiente madurez, en saber que esa unión es hasta la muerte, en casarse según un rito religioso. Y si se conoce esto, si se atiende a esto, entonces hay matrimonio válido.

Y esta forma de comprender la fe es lo que le separa de la Fe de la Iglesia, de la Fe divina.

Porque Dios sólo pide a los que se casan tener fe en el sacramento del matrimonio. Y esa fe consiste en darse mutuamente el espíritu del matrimonio. Y se dan este espíritu porque los dos se unen para una obra divina en el matrimonio. La fe, que está en los dos, hace la fe del matrimonio. Y sólo basta para el matrimonio que los dos se den en su intención. Que los dos tengan intención de casarse por la Iglesia, por el Sacramento de la Iglesia. Que los dos digan el sí sin obstáculos, sin miedos, sin engaños, libremente. Y esto basta para validar un matrimonio. Esta intención de los dos viene de su fe en el Sacramento del matrimonio, que se da en la Palabra de Dios: “Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser una sola carne” (Gn 2, 24).

Esta es la fe en el matrimonio: ser una sola carne. Y no es otra. El matrimonio es para obrar este milagro de ser una sola carne. Que es un milagro espiritual, no carnal, no orgánico, no humano. Al matrimonio se va para obrar esta palabra del génesis, que es un misterio en cada matrimonio. Y no hace falta saber más sobre el matrimonio. No hace falta conocer a la otra persona, ni tener la suficiente madurez para casarse, ni hacerlo por motivo de un acto religioso, porque se practique unos ritos u oraciones.

Mucha gente se casa sin los debidos conocimientos de la Iglesia, de la religión, pero se casan bien porque lo que vale es su intención de casarse, su sí a la palabra de Dios para ser una sola carne. Y aunque no se capte qué significa ser una sola carne, es suficiente con creerlo, con aceptar esa Palabra divina, porque la Fe no es conocer lo que dice la Palabra, su significado profundo. La fe es aceptar lo que Dios revela con humildad, con sencillez, así se desconozca lo que el Señor pida en Su Palabra. Y esta fe es la que derriba Francisco, porque pide a las almas lo que no pide Dios.

Francisco entiende al revés el matrimonio y, por eso, quiere comenzar a poner en la iglesia este gran pecado.

“¿Es lícito repudiar a su mujer por cualquier motivo?…Y os digo que quien repudiare a su mujer, excepto en caso de concubinato, y se casare con otra, adultera, y quien se casare con la repudiada, adultera” (Mt 19, 3b.9).

En caso de concubinato, de unión ilegal, está permitido otro matrimonio, porque no existe el matrimonio. Es sólo una unión que los dos hacen sin la intención de casarse. Y, aunque estén casados por lo civil, no hay matrimonio, porque la validez en un matrimonio civil no la da la intención de los casados, sino sólo su voluntad de unirse a la otra persona.

El concubinato no se refiere a que la otra parte esté viviendo mal y, que por lo tanto, sufra por ello el sacramento del matrimonio. Porque aquí está el error que quiere Francisco: conceder a la parte inocente la posibilidad de una absolución y de un nuevo matrimonio, ya que la otra parte vive otra cosa diferente, y hace de ese sacramento un absurdo para la vida.

A esto no se le llama concubinato, sino matrimonio válido. Hay un matrimonio válido, pero también un pecado que inutiliza la vida matrimonial, que trae problemas a una parte en la vida matrimonio. Pero ningún pecado disuelve el vínculo matrimonial si es válido por la intención. Aunque la parte culpable tengas hijos por todo el mundo o tenga otro matrimonio, no por eso se anula el matrimonio válido por la intención. A esto quiere llegar Francisco. Esta es su falsa misericordia, su falso camino para decir que como la iglesia es mamá tiene que buscar un camino para solucionar este problema de los matrimonios.

Una cosa es la intención y otra la voluntad. Es antes la intención que la voluntad. es antes el deseo de la obra que la obra realizada. Por eso, Dios juzga la intención con que se hacen las cosas, no las obras realizadas.

La intención es querer poner por obra una cosa, sea la que sea. La voluntad es obrar esa cosa. Querer no es obrar. Querer ese ver lo que tengo que obrar. Querer es poner un camino para obrar la cosa. Querer es dar al otro una obra sin la voluntad, sin la obra: se da el matrimonio en su intención. Y, después, se obra el matrimonio en el lecho conyugal.

Hay quien obra una cosa, pero sin la intención, sin el deseo de la cosa. Hay quien se acuesta con una persona, obra una unión, pero no tiene la intención de hacer más que eso: unirse carnalmente para un placer momentáneo. Y si esto lo llevan para un tiempo en sus vidas, esto no produce ningún matrimonio, es sólo un estar juntos en la obra, pero no en la intención.

Entonces, hay quien se casa, pone la obra, pero no la intención, no el deseo de unirse en la carne, de obrar la Palabra de Dios, sino sólo el deseo de estar juntos para una vida humana o carnal o la que sea, el deseo de obrar una palabra humana, un pensamiento humano sobre el sexo, sobre el amor conyugal, sobre el matrimonio. Pero este deseo humano no produce la intención. La intención es siempre para una obra distinta del deseo de la obra para un tiempo, para encontrar un placer o un camino para resolver un problema económico. Hay gente que se casa sólo con la intención del dinero, no con la intención de ser una sola carne.

El matrimonio civil es sólo eso: un deseo de estar juntos, para un tiempo, para hacer una vida, y no más. Y cuando se cansan de esa vida, deciden otra vida de otra manera. Entonces, no hay la intención de un matrimonio, sino sólo la obra de estar junto a una persona. La intención va mucho más allá de la obra. Porque la intención es para siempre. Me caso con esa persona no para un tiempo, sino hasta la muerte. La intención perdura con el tiempo, con la obra del matrimonio, con los problemas del matrimonio, con los pecados de los dos en el matrimonio. Un matrimonio se salva siempre por su intención.

La intención en el matrimonio civil se da cuando, además de obrar estar juntos, se quiere eso para toda la vida; es una ley que los dos se imponen. Y entonces, ese matrimonio civil se equipara al Sacramento del matrimonio por la Iglesia. Y ese matrimonio civil no puede romperse por la intención de ambos.

Francisco juega con las palabras en la cuestión del matrimonio y quiere resolver los problemas de los matrimonios por caminos que no son los de Dios. Caminos humanos que destruyen el Evangelio de Jesús, que lo interpreta como está en su cabeza y, por tanto, se aparta de la verdad y pone su verdad a la Iglesia.

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