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La maldición divina

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«…salieron de la ciudad unos muchachos y se burlaban de él, diciéndole: “¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!”. Volvióse él a mirarlos y los maldijo en el nombre del Señor, y saliendo del bosque dos osos, destrozaron a cuarenta y dos de los muchachos» (2 Re 2, 23.24).

Muchos no tienen vida espiritual y no saben discernir entre el pecado de maldición y la maldición.

El pecado de maldición es un pecado grave, que va en contra de la justicia y de la caridad.

Este pecado consiste en invocar un mal contra alguien. Querer un mal a otro es ir en contra de la caridad. Ese mal que se quiere no está dentro de la Justicia de Dios. Es un mal que es un pecado, que va en contra de una ley de Dios.

«El que maldijese a su padre y a su madre, sea muerto» (Lv 20, 9).

El hijo que quiere un mal, un pecado, a sus padres, se opone a la ley natural: todo hijo debe amar naturalmente a sus papás. No puede ordenar un pecado en contra de ellos. Este es el sentido de la Palabra de Dios.

No se puede desear al otro un pecado, pero sí una Justicia de Dios.

Son dos cosas diferentes.

El profeta Eliseo maldijo a los muchachos: no obra el pecado de maldición, sino que obra una maldición divina. Los maldice en el nombre de Dios. Dios quiere castigar a esos muchachos a través de la palabra de su profeta.

El profeta, inspirado por Dios, dice esa maldición y se cumple: salen del bosque y son destrozados los muchachos.

El hijo no puede querer un pecado contra sus padres, pero sí puede querer una justicia divina contra ellos.

Un esposo infiel, que se va con otras mujeres, casado con el Sacramento del Matrimonio, puede recibir de su esposa una justicia divina por su pecado de infidelidad. Para eso es la gracia del Matrimonio: para dar un amor divino o una justicia divina al cónyuge.

Hay que saber discernir entre el pecado de maldición y la maldición que viene de Dios por Su Justicia.

Muchos confunden esto y quieren tratar a todos con bonitas palabras.

Todos los profetas del Antiguo Testamento maldijeron en nombre de Dios. Y todos los profetas de Dios maldicen.

La maldición divina es la que produce o causa un daño a la criatura sobre la cual recae. Y es propia de Dios. La usó el mismo Cristo, cuando maldice a la higuera, que se seca al instante. La usa Cristo en el juicio final, cuando maldice a los de su izquierda, que son arrojados al fuego eterno en ese momento.

Los Santos maldicen a los demonios:

«Son, dice, tantas veces las que estos malditos me atormentan, y tan poco el miedo que yo ya los he, con ver que no se pueden menear si el Señor no les da licencia… Sepan que a cada vez que se nos da poco de ellos, quedan con menos fuerza y el alma muy más señora… Porque son nada sus fuerzas si no ven almas rendidas a ellos y cobardes, que aquí muestran ellos su poder» (Sta. Teresa – Vida nn.10 y 11).

Todo exorcista maldice al demonio.

Cuando un profeta maldice a una persona está revelando la obstinación del alma de esa persona. Y, por lo tanto, le está diciendo el castigo que viene de Dios por esa obstinación.

Dios maldice a la higuera: en ella se ve la obstinación del pueblo judío. Y la higuera se seca: el pueblo judío queda sin el alimento del amor de Dios.

Cuando se maldice a otro, por mandato de Dios, se está descubriendo que esa persona vive en su pecado, obra su pecado, lo muestra a todo el mundo y no quiere quitarlo. Obra como un demonio. Los demonios son malditos, porque carecen del amor divino. No pueden amar, no pueden ver a Dios, no pueden aceptar la Voluntad de Dios.

Una persona pública que constantemente está mostrando su pecado a los demás como un bien, como un valor, como una obra que hay que realizar, es una persona maldita para Dios: obstinada en el mal.

Hay mucha gente así en el mundo.

Si los hombres tuvieran una vida espiritual, entonces, sin ningún problema podrían maldecir a esas personas en el nombre de Dios.

Pero la gente carece de vida espiritual y cree que tratando a los demás con cariñitos, con besos, con abrazos, están obrando en la Voluntad de Dios.

La Gracia, que es la Vida Divina, es para obrar o un amor de Dios o una justicia de Dios. Dios es Amor y Dios es Justicia. Estas dos cosas, mucha gente, no las entiende.

Si Dios maldice, también puede maldecir todo hijo de Dios. Pero, para eso, hay que tener vida espiritual, para no caer en el pecado de maldición.

En este blog se ha maldecido a Bergoglio muchas veces. Y pocos lo han entendido. No saben discernir entre pecado de maldición y maldición divina. Quieren tratar a Bergoglio con un cariñito, con una palabra, un lenguaje sentimental, afectivo, pero no con la verdad.

Un hombre público, que se pasa las 24 horas del día mostrando su pecado, hablando a las almas para engañarlas, obrando el pecado sin rubor; que además es Obispo y le han puesto como jefe de una iglesia que no existe, que la están levantando a base de socavar los cimientos de la verdadera Iglesia, no puede ser llamado bendito. Hay que llamarle maldito. Y eso es una Justicia Divina, no el pecado de maldición.

Llamando maldito a Bergoglio se está revelando lo que hay en el alma de ese hombre: se está poniendo en claro, a la luz de todos. Se cogen sus homilías, sus escritos, y se les desmenuzan para que vean la maldición de su palabra. Y muchos no captan esto, porque les asusta la palabra maldición.

Quieren un lenguaje en que se trate de forma respetuosa la mente de ese hombre.

No se puede respetar la mente de un hombre que no es capaz de decir una verdad. Cuando la dice, inmediatamente, pone su mentira al lado. No hay respeto al lenguaje de la mentira. No hay respeto a la mente que habla ese lenguaje de la mentira. No hay respeto a la persona que obliga a su mente a decir una mentira en su palabra, en su lenguaje.

Tampoco hay respeto a esa persona por el cargo que representa: no es Papa. No tiene el oficio de juez universal. Por lo tanto, se le puede juzgar tranquilamente.

Bergoglio ejerce un cargo político, de acuerdo a su gobierno horizontal. Y todo político puede ser juzgado por la Iglesia (por sus miembros) y por la autoridad de la Iglesia (por su Jerarquía).

¡Qué pocos tienen vida espiritual en la Iglesia!

La Iglesia está totalmente dividida. Todos andan en el juego del lenguaje humano. Pero a nadie le interesa la verdad. Ya nadie sabe lo que es la Verdad.

Por eso, este blog ni es para los progresistas, ni es para los tradicionalistas, ni es para los lefebvrianos, ni es para los católicos tibios, ni es para nadie que no tenga vida espiritual.

Aquí se trata la situación de la Iglesia desde un punto de vista espiritual, que es lo que nadie hace en la Iglesia. Se ve la Iglesia desde muchos puntos de vista, pero nadie da el Espíritu de la Iglesia. Nadie llama al pan, pan; y al vino, vino. Todos están en sus ensaladas. Y comen de eso. Y no son capaces de ver a los hombres en sus almas, no en sus mentes.

«¡Maldito el día en que nací! ¡El día en que mi madre me parió no sea bendito! Maldito el hombre que alegre anunció a mi padre: “Un niño, tienes un hijo varón”, llenándole de gozo. Sea ese hombre como las ciudades que destruye el Señor sin compasión, donde por la mañana se oyen gritos y al mediodía alaridos» (Jer 20, 14).

Estas palabras del profeta nadie las comprende.

El profeta está maldiciendo, en nombre de Dios, el día en que nació. Maldice al hombre que anunció ese nacimiento. Maldice su nacimiento, su propia vida humana.

Y Jeremías no está pecando en esta maldición.

En estas maldiciones está el alma del profeta, no su mente, no sus obras. Su alma ha contemplado su miseria, su pecado, sus manchas. Y las ve como Dios las ve, con claridad. Y, por eso, maldice el día en que nace: contempla su alma en el pecado original. Se contempla como un condenado, como un demonio.

Su madre ha traído al mundo un demonio: eso es maldito. No es una bendición nacer en este mundo. Para ningún hombre lo es. Pero son pocos los hombres que caen en la cuenta de lo que es su nacimiento. Se nace como un auténtico maldito a los ojos de Dios. Se nace en la Justicia Divina, para un castigo de Dios, para una sentencia de Dios. Y, por eso, el hombre que anuncia con gozo esa maldición, es también maldito: no sabe lo que anuncia.

Cuando se dice que Bergoglio es un maldito se está diciendo que su alma vive constantemente en su pecado, en la obra de su pecado. Quien maldice de esta manera, no está pecando. Está diciendo la verdad. Pero son pocos los hombres que entienden el lenguaje del alma.

La vida espiritual es el lenguaje del alma. La vida humana es el lenguaje de la mente.

Si piensas como hombre, como ser racional, vives de esa manera. Y hablas a la mente del hombre, con su lenguaje, usando sus ideas racionales.

Pero si piensas como hijo de Dios, como un ser espiritual, entonces dices misterios en tu lenguaje humano: estás dando tu alma al otro. Estás diciendo lo que hay en tu alma; no en tu mente.

Y quien lea a Bergoglio con su alma, lo tiene que maldecir. Su alma encuentra una gran maldad, que la rechaza al instante, que la maldice.

La Sagrada Escritura es para el alma, no es para la mente del hombre.

Muchos no saben leer la Palabra de Dios: quieren investigarla con sus mentes.

La Palabra de Dios es Espíritu, es para el espíritu, es un ser espiritual.

La Palabra de Dios viene de la Mente de Dios. Y esa Mente es Espíritu. La Mente de Dios no es racional, como lo es la del hombre. Dios no piensa como piensa el hombre. Luego, no puedes leer la Palabra de Dios con tu mente humana. Tienes que leerla con la Mente de Dios.

Y tú tienes la Mente de Dios: «nosotros tenemos la Mente de Cristo» (1 Cor 2, 16).

Si comulgas, recibes a Cristo: tienes Su Mente y Su Voluntad.

El que no comulga no posee la Mente de Cristo. El Bautizado que no recibe la Eucaristía no posee la Mente de Cristo. Sólo tiene el Espíritu de Dios. El sacerdote, no sólo posee la Mente de Cristo, sino Su Poder. Y el Obispo tiene toda la plenitud de lo que es Cristo.

Muchos comulgan y, después, piensan como los hombres, no como Cristo. ¿Para qué comulgáis?

Muchos leen la Palabra de Dios con su mente humana, no con la de Cristo. ¿Para qué la leéis?

Lo que Dios da siempre al alma es un alimento espiritual: para su vida espiritual. No para su vida racional o humana.

Dios te habla al corazón, no a la mente. El demonio te habla a la mente siempre. El demonio quiere entender lo que piensas. Por eso, te pone cantidad de pensamientos, que parecen tuyos, pero son de él. Y así va guiando a los hombres, en sus pensamientos. Así va formando sus obsesiones y posesiones en la mente de las personas.

Lo que más se ve en el mundo, y en la Iglesia, es la posesión de la mente del hombre por el demonio. Por eso, muchos acuden a los psiquiatras. El demonio los vuelve locos. No tienen ninguna locura, pero el demonio se la pone: son locuras puestas por el demonio. Son enfermedades, reales, pero que tienen su origen en lo espiritual. No se quitan con pastillas, sino con la conversión de la persona y con muchos exorcismos.

Dios te habla al corazón. Y su Palabra es Amor. No son ideas, no son razones, no son filosofías, no son lenguajes bellos.

Cuando Dios te habla, te da un amor. Ama tu corazón. Es un amor que el hombre ni lo siente ni lo puede explicar. Es totalmente en el espíritu, obrado por el Espíritu. No es un sentimiento humano, no es un consuelo humano, no tiene nada que ver con lo que el hombre entiende por amor.

Cuando Dios te ama, ama tu corazón: lo penetra, se instala en él y lo mueve a Su Voluntad.

El alma, amada por Dios, no tiene que hacer nada: sólo seguir la inspiración divina, la moción divina en el corazón.

Esto no se comprende sin vida espiritual.

Si Dios te ha puesto en Su Iglesia, Dios te ama y te da a conocer, de manera espiritual, todo lo que pasa en la Iglesia.

La razón de por qué muchos todavía no se han enterado de lo que es Bergoglio, es sólo porque no tienen vida espiritual. No saben lo que es eso. Ven la Iglesia desde lo humano, desde lo histórico, desde las estructuras exteriores. Pero no ven almas en la Iglesia. No captan las almas en la Iglesia. Sólo captan las mentes de los hombres, sus obras, sus vidas.

Por eso, adoran a Bergoglio. Por eso, lo llaman como Papa. Por eso, les molesta que se diga que Bergoglio es un maldito. No lo entienden. No lo pueden comprender.

La misión de este blog es señalar el camino espiritual de la Iglesia. La Iglesia camina hacia lo remanente. Va hacia una Iglesia que permanece en la sola Verdad.

No es la Iglesia ni de los progresistas, ni de los tradicionalistas, ni de los moderados o centristas, ni de nadie que mira a la Iglesia con su mente humana.

Aquí no nos casamos con nadie. Aquí no damos besitos a nadie. Aquí damos la Verdad que nadie quiere escuchar y que nadie va a decir. Y sabemos que estamos solos. Y no nos importa. A nadie debemos nada. Cuando el Señor diga, se cierra la obra que Él comenzó. Y nos iremos sin decir adiós, porque la vida eclesial va a ser en la oscuridad, en la persecución. Y ya no será conveniente hablar públicamente cosas que hay que decirlas en secreto.

Los tiempos son muy oscuros. Y si no tienen la guía del Espíritu, si sólo tienen la guía de sus inteligencias humanas, se van a perder. Tienen que saber moverse en la oscuridad. Porque todo es un infierno. La Iglesia ya no da la Verdad y ya no lleva a la Verdad. Han puesto a un maldito: que guía en la mentira y que arrastra a todos hacia la mentira.

Y si la palabra de este maldito les hace vacilar, entonces no van a poder enfrentarse al Anticristo.

Si una palabra barata les confunde y piensan que Bergoglio dice alguna verdad, es que no tienen vida espiritual. Viven en la Iglesia de acá para allá: cogiendo aquí y comiendo de allá. Y al final terminan, como hacen muchos, negando toda la Iglesia.

Hoy día se quiere una tradición sin papas; se quiere un papa sin doctrina, radical, que lo rompa todo; se quiere una liturgia que no sea herética y que no sea con papas heréticos.

Hoy día, en la Iglesia, sólo se quiere al hombre, a su mente, a sus obras. Pero nadie quiere ver las almas de esos hombres.

Por eso, este blog escandaliza a muchos. Que sigan en sus escándalos.

La Iglesia va hacia el remanente. Son las almas que poseen, en sus corazones, sólo la verdad. Lo demás, no interesa. Lo demás, no es Iglesia.

Los progresistas, los tradicionalistas, los centristas, los sedevacantistas, etc… sólo están en el terreno de nadie: haciendo su iglesia, a su manera. Luchando por sus intereses, que los llaman de Dios. Pero ninguno de ellos se pone en la Verdad.

Cuando muera el Papa legítimo de la Iglesia, Benedicto XVI, la Iglesia quedará en Sede Vacante. Los Cardenales pondrán sus papas. Ninguno de ellos será papa. Porque hay un impedimento para elegir a un Papa verdadero: el gobierno horizontal, que ese maldito ha puesto.

Hasta que los Cardenales electores no quiten esa maldición, esa obra maldita, hasta que no salgan de la obediencia a ese gobierno horizontal y a ese falso papa, hasta que no tengan agallas de dejar la estructura interna, que los ahoga en la mentira del lenguaje de un hombre sin verdad, por más que elijan a un hombre para papa, no será Papa.

La Iglesia tiene que estar un tiempo sin papa: porque hay una maldición puesta en Roma. El gobierno de ese hombre, de ese político, de ese bufón. Una obra maldita que ha anulado el fundamento de la Iglesia: Pedro. Por más que quieran elegir a un Pedro, no podrán. Tienen que salir de todo eso para elegir al Papa que está profetizado: Pedro Romano, el cual finaliza el tiempo dado a la Iglesia para echar las redes. Y abre otro tiempo, uno nuevo.

Todos van a luchar, a partir de ahora, por un trozo de poder en el Vaticano. Por eso, viene una gran división. Y, por eso, habrá que esconderse.

Poca gente, en la Iglesia, entiende esto.

Todos esperan algo de Bergoglio y del Concilio que viene. Están ciegos y quedarán ciegos para siempre.

La Iglesia de Cristo camina, ahora, por otros caminos distintos a Roma. Por eso, dentro de poco hay que dejar de hablar de lo que sucede en Roma, porque será contraproducente para todos.

Hay que seguir a Cristo en la Iglesia remanente. Ya no hay que seguir a Roma.

¿Para qué viaja Francisco a Tierra Santa? Para una obra de Satanás

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«Ahora la Apostasía está en curso y Mi pequeño resto fiel deberá sufrir mucho para encontrar la fuerza y el coraje de no sucumbir ante el mal que impera en Mi Iglesia» (13 de octubre del 2103 – Conchiglia)

El ecumenismo es la obra de Satanás en la Iglesia.

Es una obra realizada a través de la Jerarquía que no ha obedecido a los Papas. Jerarquía infiltrada en la Iglesia para destruirla completamente.

Lo que Francisco hará en el viaje a Tierra Santa, a finales de mayo, es abrir la Iglesia al cisma de una manera clara y profunda.

Será acompañado por el rabino Skorda y Omar Abboud, dos personajes del demonio, que no creen ni en Cristo ni en la Iglesia Católica, sino que apoyan a Francisco para poner una nueva iglesia, en donde todos conserven sus propias tradiciones religiosas, sus propios credos, sus propios dioses, pero trabajando por un ideal masónico, en el que el culto al pensamiento y a la obra de los hombres sea lo principal.

En la Iglesia Católica muchos miembros han caído en crisis y han cometido muchos errores a través del Concilio Vaticano II.

Ese Concilio, que no fue en totalidad obra del Beato Juan XXIII, ha hecho que Satanás se infiltrará hasta la cima de la Iglesia, abriendo las puertas completamente a la herejía y al cisma en la mente de muchos sacerdotes y Obispos. Y, por supuesto, de muchos laicos, fieles, que se han dejado gobernar por ministros del demonio.

Y muchos han perseverado en el error, sin capacidad de discernir la Verdad. Y, cuando sucede eso, es que la mano del demonio está en la Iglesia.

Porque errar es humano, pero perseverar en el error es diabólico, porque Dios da siempre la luz, en Su Palabra, para comprender la situación de la Iglesia.

Desde hace 50 años, la Iglesia está dividida en su interior: su misma Jerarquía divide la verdad, pone un muro a la verdad, la persigue, la oculta, la anula, la interpreta de muchas maneras. Y ese trabajo de la Jerarquía ha sido guiado, en todo, por el demonio. No han sido sólo unos hombres, con sus ideas sobre la Iglesia. Ha sido la mente del demonio que ha programado su plan para destruir la Iglesia, desde dentro, no desde fuera.

Y muchos no tienen ojos para ver esto. No saben abrir sus ojos a esta realidad. Y, por eso, caen en la crítica de los Papas, porque no tienen vida espiritual para discernir los espíritus y ver la acción del demonio en las obras de la Jerarquía eclesiástica.

Un Papa no es un hombre con autoridad en la Iglesia.

Un Papa no es un hombre que puede dar órdenes y ser escuchado por lo que habla.

Un Papa no es un hombre que todo lo puede decir por ser el Vicario de Cristo.

Un Papa es el Vicario de Cristo y, por tanto, es el que representa a Cristo sobre la tierra. Es la Voz de Cristo. Es la Voz de Dios. Y, por tanto, un Papa nunca es escuchado por el mundo, por los hombres, por la política, por la cultura de los hombres. Sino que es perseguido por todos los hombres, como Cristo fue perseguido.

Y todo Papa alabado, aplaudido, por el mundo no es Papa. Cuando el mundo comienza a hacer suyo el Papado, a hablar bien del Papado, esa es la señal del cisma en la Iglesia.

Esto lo podemos comprobar con Francisco: el mundo (=homosexuales, judíos, protestantes, musulmanes, políticos, etc…) ama a Francisco. Luego, Francisco no es Papa, no es la Voz de Cristo, porque, cuando habla, el mundo se somete a su inteligencia humana, se arrodilla ante su idea política, económica, cultural, ecológica, de la vida.

Francisco abre puertas al demonio en la Iglesia. Puertas nuevas: las del cisma.

A un Papa lo tienen que crucificar, no sólo el mundo sino la misma Iglesia. No se puede vivir sin Cruz dentro de la Iglesia. El camino es la Cruz, porque Cristo da a las almas su misma Vida en la tierra, sus mismo Amor que crucifica al hombre que le sigue.

Francisco persigue el diálogo con los hombres, pero no va tras la fe. Quiere hablar con los hombres pero sin convertir el corazón de los hombres a Cristo. Es dialogar para que cada uno se quede donde está y dé su idea para un bien común.

Se dialoga «para cumplir un servicio a favor del pleno desarrollo del ser humano y procurar el bien común» (Evangelium gaudium –n 238).

Francisco habla no para convertir el corazón de la criatura a Dios, sino para alejar de Dios a la criatura. La Iglesia no está para servir al desarrollo del ser humano. La Iglesia es para salvar el alma y santificarla, en medio de una vida que está gobernada por el demonio.

El mundo pertenece al demonio. Y, por tanto, hay que saber estar en el mundo, pero sin ser del demonio, batallando contra el demonio, para que las cosas humanas, las cosas del mundo, no cieguen la vista espiritual de las almas y les impida salvarse.

Quien trabaja para buscar en la Iglesia el pleno desarrollo del ser humano, lo hace de la mano del demonio.

No se habla para buscar el bien común, sino para encontrar el bien divino. Las almas, en la Iglesia tienen que aprender a hacer la Voluntad de Dios, es decir, hacer las obras divinas, los bienes divinos, que sólo son llevados, movidos, por el amor divino.

Un hombre que persigue el bien común es movido por el amor humano, natural, mundano, demoníaco, pero no espiritual.

Hacer el bien común es la doctrina propia de la comunidad, pero no de la Iglesia. Porque la Iglesia es Cristo. En consecuencia, hay que hacer las obras de Cristo, hay que imitar a Cristo en sus obras. Y Cristo obró para las almas, no para la comunidad de almas.

Cristo cuando predicaba, lo hacía para cada corazón, hablaba a cada corazón. Nunca habló a la masa de la gente. Nunca trató al alma como masa, como algo común. Nunca su doctrina espiritual es para algo genérico, universal, no es para todos en un conjunto. Su doctrina es para cada alma, porque ha creado cada alma y ha muerto por cada alma, para que cada hombre pueda tener una vida en Cristo.

Cristo no hace comunidad en la Iglesia. Cristo reúne almas para que sus obras salven y santifiquen a otras almas.

Por eso, las palabras de Francisco son las mismas del demonio. Es el demonio el que busca inventarse una iglesia de masas, de pueblo, de comunidad, de historia, en que la opinión de la mayoría es la verdad en esa iglesia.

Es lo que se observa con el gancho de hacer una encuesta sobre la familia y de poner al hereje Kasper para encender la candela del cisma. Hay que buscar la mayoría de votos para aprobar el pecado en la Iglesia. Y qué mejor forma la de hacerlo como lo hacen todos los políticos: dando propaganda a la mentira, poniendo la mentira como una verdad en toda la Iglesia.

Muchos no han sabido ver el juego político de Francisco y, enseguida, han querido excusar el pecado de Francisco como algo necesario para el bien de todos en la Iglesia. Decir herejías para un bien común. Éste es el pensamiento de muchos en la Jerarquía. Es preferible luchar por un bien común, de toda la Iglesia, que luchar por la Verdad, que es Cristo. Y, por eso, hay que hacer la vista gorda a las herejías de Francisco. ¡Al diablo si las almas se pierden por las mentiras de ese hombre! ¡Es el bien común el que hay que preservar en la Iglesia! ¡Es el bien de una estructura en la Iglesia! ¡No es el bien particular de cada alma! ¡Total, Francisco no dice herejías formales! ¡Las dice, pero de pasada, sin querer, sin que se dé cuenta! ¡Él es así: tan popular, tan campechano, tan de los hombres, que hay que perdonarle esas cosas! ¡Es que la gente lo quiere mucho! ¿Qué importan sus herejías? ¡Pero si todos somos pecadores, todos somos herejes!

Muchos ven sus herejías y muchos dicen: hay que perdonar su pecado, porque –como es hombre, también peca- pero hay que seguir obedeciéndole, ya que se sienta en la Silla de Pedro; es que lo eligieron unos cardenales; es que se le llama Papa. Y el Papa es el Papa. ¡No miren que sea masón! ¡Eso ya es algo cultural, universal, admitido por todos!

Nadie ha comprendido lo que es un Papa en la Iglesia porque el demonio ha trabajado para anular el dogma de la infalibilidad del Papa. Trabajó en el Beato Juan XXIII, duramente en Pablo VI, hizo lo imposible con el Beato Juan Pablo II, y terminó de machacar con Benedicto XVI. Y nadie ha visto la acción del demonio en el Papado, porque el demonio ha sido hábil para hacer que todo el mundo critique a un Papa.

Y, ahora, nadie se atreve a criticar a Francisco. Ahora, cuando es el tiempo de combatir al hereje; todos se callan. Eso también es obra del demonio en la Iglesia.

¡Qué pocos se atreven a decir la verdad que duele, la verdad que abre los ojos, la Verdad que no se somete a ningún pensamiento del hombre!

Para decir la Verdad hay que tener vida espiritual, no inteligencia humana. Y no hay que respetar ningún pensamiento del hombre. ¡Cuántos leen libros y libros sobre la Iglesia y no comprenden nada de la Iglesia!

¡Cuántos escriben sobre la Iglesia y los Papas y no tienen ni idea de lo que es la Iglesia ni el Papado!

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones» (Evangelium gaudium –n 239).

Es hora de obrar el plan de Satanás, con unos hombres que hablen de todo, pero que no crean ni en Cristo ni en la Obra de Cristo, que es Su Iglesia.

Una cultura que privilegie, que dé importancia a la palabra del hombre, no a la Palabra de Dios. Una cultura que ponga por encima de todas las cosas el amor al hombre, el amor al lenguaje humano, el amor a la idea del hombre, el amor a la fantasía del hombre: «Ahora se han levantado en el mundo muchos seductores, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne» (1 Jn 1, 7).

Este es el tiempo de los anticristos, de la Jerarquía infiltrada, que se viste como Cristo, pero que hace las obras del demonio en sus obras en la Iglesia. Francisco seduce a las almas con su filosofía barata del comunismo y del protestantismo. Francisco lleva al error a muchas almas desde la Silla de Pedro. Francisco se une a personas que no creen en Jesucristo, sino que se han fabricado un Jesús a su medida humana, según el diálogo que hacen entre ellos y con el mundo.

Francisco no puede creer en Dios porque no puede seguir la doctrina de Cristo, al inventarse una nueva doctrina del diálogo con los hombres, con el mundo.

Una doctrina que busca el consenso y el acuerdo entre los hombres, pero que no busca la conversión de los hombres a Dios.

Hay que ponerse de acuerdo en los pensamientos los hombres; hay que respetar la idea de lo hombres y ver un camino para un bien común, que nazca de una idea común. Y esa idea es fruto de un diálogo entre los hombres.

Se quiere buscar un amor humano en la palabra de los hombres. Porque los hombres hablan, entonces se aman entre ellos. Porque los hombres se escuchan unos a otros, entonces se consigue la paz entre ellos. Porque lo hombres obran un bien común, un bien para una comunidad, entonces se produce la vida feliz, la vida que llega al culmen de la perfección.

Francisco busca un mundo justo, memorioso y sin exclusiones. Un mundo justo, porque todos pueden vivir sus vidas como les plazca, sin que nadie juzgue al otro. Esa es la justicia en la mente de Francisco. No hay normas morales, sólo está la idea que une a todos los hombres. Una idea que no separa al otro hombre, que no lo excluye por su vida, por su pecado, por su mal social. No hay excomulgados, herejes, cismáticos, pecadores. Una justicia sin justicia, sin verdad, sin rectitud. Una justicia que nace de la mente de cada hombre. Cada hombre es justo en sí mismo. Cada hombre tiene derecho a vivir su idea humana como le parezca. Nadie tiene derecho a juzgar al otro por su vida, por sus obras, por su credo religioso. Porque hay que cuidar ese bien universal, que es el bien común, que lleva a la paz entre todos los hombres.

Y, entonces, Francisco no cree en Jesucristo porque cree en el pueblo: «Los apóstoles cuando anunciaron a Jesús, no comenzaron a partir de Él, sino de la historia del pueblo» (Sta. Marta – 15.05.2014).

Francisco es un seductor que no cree que Jesús ha venido en carne: «Jesucristo no cayó del cielo como un héroe que viene a salvarnos y llega». (Sta. Marta – 15.05.2014). Éste es su ecumenismo, la obra del demonio con Francisco.

Lo que predicaron los apóstoles era la historia del pueblo, el dialogo que los hombres habían hecho durante toda la historia. Los apóstoles no predicaron el Evangelio de Jesús, no enseñaron la doctrina de Cristo. No; dieron sus palabras humanas, las palabras de la historia del pueblo; el lenguaje humano. Porque «un cristiano es un memorioso de la historia de su pueblo, es memorioso del camino que el pueblo ha cumplido» (ibidem).

Un cristiano no es otro Cristo, no es el que sigue a Cristo -eso ya es historia-, es el que hace memoria de la historia de su pueblo: es el que habla la historia de su pueblo, es el que recuerda la historia de su pueblo. Ecumenismo. Ésta es la nueva historia del cristiano: recordar el pasado para construir un futuro con el pensamiento del hombre como guía. La Mente de Cristo pasó a la historia.

Hay que ir al pueblo, hay que ir al hombre, hay que dialogar con los hombres para hacer la iglesia del pueblo, de la historia del pueblo, del diálogo del pueblo. Ecumenimso.

Su viaje a Tierra santa, ¿qué es?, ¿para qué es? Para recordar la historia de los judíos, la historia de los cristianos, y hacer una nueva iglesia: «La memoria… la memoria de todo el pasado… Después, este pueblo ¿a dónde va? Hacia la promesa definitiva. Es un pueblo que camina hacia la plenitud; un pueblo elegido que tiene una promesa en el futuro y camina hacia esta promesa, hacia el cumplimiento de esta promesa» (Ibidem).

Para hacer una nueva iglesia, hay que recurrir a la memoria de los hombres, hay que recordar lo que hizo Cristo, lo que hicieron los cristianos, los apóstoles lo judíos, los gentiles: «la memoria… la memoria de todo el pasado». La fe es, para Francisco, recordar, recordar, recordar. La fe no es vivir a Cristo, vivir de Su Palabra que no pasa con la historia de los hombres, que es la misma en cada historia de los hombres, que no hace falta recordarla porque es un eterno presente, es una vida que se da al alma humilde, al alma que deja de recordar el pasado, para poner su oído a la escucha de Dios, en su corazón.

Para Francisco, hay que recordar para ir a una promesa futura. «El pueblo de Dios camina con una promesa, es importante que tengamos presente en nuestra vida esta dimensión: la dimensión de la memoria» (Ibidem). Es muy importante no tener fe en Cristo, sino tener la dimensión de la memoria. No tengas a Cristo en tu corazón, sino ten la memoria de la historia en tu mente. Cierra tu corazón a la Verdad Divina, que es Cristo, y abre tu mente a la mentira del demonio, que es la historia de los hombres.

Si quieren pertenecer a la nueva iglesia de Francisco: tienen que tener esa dimensión. En esa iglesia «el cristiano no es una mónada, sino que pertenece a un pueblo: la Iglesia» (Ibidem). El cristiano, en esa iglesia, no pertenece al Cuerpo de Cristo, sino a un pueblo. Y ese pueblo se denomina iglesia. Esa iglesia es una comunidad de hombres, que busca un bien común, una promesa del futuro.

Ecumenismo: un pueblo para hacer cristianos. Porque «no se puede comprender a Jesucristo sin historia. Así como no se puede comprender un cristiano sin historia, un cristiano sin pueblo, un cristiano sin Iglesia. Es una cosa de laboratorio, una cosa artificial, una cosa que no puede dar vida» (Ibidem).

Francisco no puede comprender a Jesús sin el pueblo, sin el diálogo con los hombres, sin el bien común que es necesario buscar. Ya la Palabra de Dios no se comprende en Dios, sino en la historia de los hombres, en las culturas de los hombres, en las ciencias humanas. Para conocer a Dios no hay que meterse en Dios, no hay que hacer oración, hay que hablar con los hombres, hay que ir a los hombres, hay que hacer historia con los hombres. No busques el silencio de lo humano para escuchar a Dios; busca el diálogo con los hombres para escuchar al demonio en cada uno de ellos.

Como Jesús no es Dios, por eso, para comprenderlo, hay que recordar los hechos que hizo en la historia del pueblo judío. Y, entonces, se concluye que la Alianza del pueblo de los judíos con Dios jamás ha sido revocada. Ellos hicieron historia. Hay que recordar la historia que obraron con Jesús. Hay que saber interpretar los Evangelios, que son sólo historia, que hay que leerlos según la cultura de ese tiempo. Los judíos y los católicos son iguales, sólo se diferencia en el lenguaje humano. No son ajenos a los católicos. Ellos también creen en Jesús, como cree Francisco: a su manera humana.

Como Jesús no cayó del cielo, sino que es un hombre, que nació de una mujer y de un hombre, que tuvo papá y mamá, y tuvo otros hermanos, e hizo grandes hazañas en su vida humana; entonces los judíos están con ese hombre, llamado Jesús. Es que Jesús no cayó del cielo, era un judío, pertenecía al pueblo de los judíos. Jesús creía en Dios, como los judíos, como los católicos. Entonces, hagamos una iglesia donde entren todos y que cada uno siga a Jesús como lo recuerde en la historia.

Porque, todo está en recordar la historia. Y los judíos la recuerdan de una forma; los cristianos de otra, los musulmanes, de otra, los budistas de otra. Recordemos para hacer una nueva iglesia; hagamos memoria de la historia, porque la fe es eso: un producto mental de cada uno, una invención de cada persona, una inteligencia manoseada por cada persona. Es que en la diversidad, en las diferencias, está la unidad: «la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia» (Evangelium gaudium –n 117).

Hay que reconciliar la diversidad de opiniones, de ideas, de credos religiosos. Hay que unir diferencias en los pensamientos de los hombres. Hay que coger lo bueno de los judíos, lo bueno de los musulmanes, lo bueno de los católicos, lo bueno de los budistas, y hacer una ensalada de cosas buenas. Quien se alimente de esa ensalada, tendrá una indigestión en su espíritu, en su alma y en su cuerpo.

¿Para qué viaja Francisco? Para formar esta nueva iglesia. Él no cree en Jesús. Él cree en el Jesús que su mente se ha formado.

Francisco tiene en su mente el engendro del pecado. Sólo se mira a sí mismo y se coloca por encima de Dios para hacer su estupidez sentado en una Silla que no le pertenece.

Francisco no lucha en la Iglesia por salvar un alma, sino para condenarlas al infierno

Los besos impuros de Francisco; su falta de castidad; su temerario amor por los hombres.

Los besos impuros de Francisco; su falta de castidad; su temerario amor por los hombres. Ver Original

“Sólo Él salva, no nuestra observancia de los preceptos” (Francisco, 24 de marzo 2014).

Esta es la última babosidad de ese infeliz, donde demuestra que es un inculto en la vida espiritual y un hereje desde la Silla de Pedro.

Francisco no comprende el Evangelio del día, porque no sabe leerlo con humildad. Lo lee con su soberbia mente, con sus ideas brillantes, con su filosofía laicista; pero no es capaz de leerlo con el corazón. Tampoco sabe lo que es el corazón, porque sólo se dedica a llorar por su estúpida vida.

Había muchas viudas y muchos leprosos cuando Dios castigó a Su Pueblo, en el tiempo del Profeta Elías, -un castigo ejemplar, provocando la muerte de muchos por falta de comida- , y sólo Elías fue enviado a una viuda. Las demás, Dios no movió un dedo por ellas. Y, en el tiempo del Profeta Eliseo, sólo a un leproso fue enviado el Profeta para curarlo. Los demás, se quedaron con sus enfermedades, porque Dios no sana a nadie de su enfermedad (cf. Lc 4, 25). Y la enseñanza del Evangelio es que esta viuda y este leproso dejaron su soberbia para aceptar la Palabra de Dios. Eran humildes de corazón y, por eso, el Señor les concedió lo material que necesitaban en sus vidas. A los demás, que se mueran de hambre y con sus enfermedades.

Esto es lo que no enseña Francisco. Francisco enseña su ilustre cabeza: “Los leprosos y las viudas en aquel tiempo eran marginados” (Ibidem). Este es el negocio de Francisco en la Iglesia: lo social, la marginación, los problemas de los hombres. ¡Cuánto le gusta ser cura de pueblo barato!

Los leprosos y las viudas, en aquel tiempo, eran leprosos y viudas. Francisco: no te inventes la historia.

Naamán no era ningún marginado. Era “jefe del ejército del rey de Siria, gozaba el favor de su señor y era tenido en mucha estima” (2 Rey 5, 1). Pero, ¿dónde está la marginación si pertenecía a la nobleza, a la clase alta, al gobierno, era un militar?

Francisco: idiota; Francisco: estúpido; Francisco: un necio que no sabe leer la Sagrada Escritura con sencillez. Y se inventa su predicación, su homilía herética.

¿Y la viuda de sarepta, la pagana, en la que el Señor demostró su poder con dos milagros? ¿Hizo esos dos milagros porque era una marginada social o porque, en su paganismo, era una mujer de fe?

¿Qué declara Jesús de esta viuda? «a ninguna de ellas fue enviado sino a Sarepta de Sidón, a una mujer viuda» (Lc 4, 26) Jesús está diciendo que el Padre envió a Su Profeta para llamar a los gentiles a la verdadera fe. Esa viuda representa la vocación de los gentiles a la fe en el Mesías. Los dos milagros que el Señor obra son por la fe de esa mujer en el Mesías. ¿Dónde está la maldita marginación de que habla Francisco?

Francisco: idiota. ¡No sabes leer el Evangelio con el corazón, sino sólo con tu estúpida mente!

Y, claro, tiene que decir su herejía: “los nazarenos no aceptan a Jesús porque estaban tan seguros en su ‘fe’, tan seguros en su observancia de los mandamientos, que no tenían necesidad de otra salvación” (Ibidem). Francisco, ¿acaso no sabes que una cosa es la fe, otra los mandamientos de Dios, otro los preceptos humanos, y otra la soberbia?

Los nazarenos no aceptan a Jesús porque no creen en Jesús, porque no tienen fe en el Mesías. Y los nazarenos, porque no creen, tampoco cumplen los mandamientos de Dios; sino sus reglas humanas, sus preceptos humanos. Los nazarenos no estaban seguros de la observancia de los mandamientos divinos, sino de sus preceptos humanos. ¡Eran soberbios y fariseos!

Y, entonces, Francisco cae en su gran babosidad: “Es el drama de la observancia de los mandamientos sin fe: ‘Yo me salvo solo, porque voy a la sinagoga todos los sábados, trato de obedecer a los mandamientos, ¡pero que éste no venga a decirme que eran mejor que yo aquel leproso y aquella viuda!’” (Ibidem)

Francisco: ¡no es el drama de la observancia de los mandamientos sin fe! ¡Si no los cumplen!

Francisco: ¡es el drama de observar los preceptos humanos, y sólo los preceptos humanos! ¡Y eso es lo que impide la fe en Jesús! ¡Sólo eso! ¡Y eso se llama soberbia!

Y esa soberbia de los nazarenos era la misma que tenían Naamán y la viuda. ¡La misma! Pero Naamán y la viuda, en su soberbia, eran abiertos a la Palabra de Dios. Los nazarenos estaban, en su soberbia, cerrados a la Palabra de Dios.

Naamán y la viuda tenían un corazón abierto a Dios; los nazarenos: cerrados a Dios.

Y, como a Francisco le trae sin cuidado todo esto, tiene que terminar diciendo su herejía: “Y Jesús nos dice: ‘Pero, mira, si tú no te marginas, no te sientes en el margen, no tendrás salvación’. Ésta es la humildad, el camino de la humildad: sentirse tan marginados que tenemos necesidad de la salvación del Señor. Sólo Él salva, no nuestra observancia de los preceptos”. (Ibidem)

¿Ven la necedad de este hombre en la vida espiritual? Llama humildad a marginarse, a sentirse en el margen. Y la humildad es abrir el corazón a la Verdad del Evangelio. No tiene nada que ver con el comunismo de la marginación.

A Francisco sólo le interesa su estúpida vida social en la Iglesia. Es un político que se viste de cura para que los demás lo aplaudan, porque da de comer a los pobres, a los marginados; porque se apiada de sus estómagos.

¿Cuándo van a comprender que la palabra de Francisco es sin autoridad en la Iglesia?

Es una palabra que no está revestida del Poder Divino, de la Autoridad Divina y, por tanto, Francisco no enseña a Dios en la Iglesia. Francisco no habla como el representante de Cristo. Y ¿por qué? Porque no dice las Palabras de Cristo en la Iglesia. Coge el Evangelio y le da mil vueltas para decir lo que le interesa. ¿Todavía no tenéis inteligencia de lo que es ese hombre? ¿Todavía seguís llamándole Papa y prestando obediencia a una mente desequilibrada en la Verdad? Cuando habla, llena el ambiente de mentiras. Y eso lo hace cada día. ¿Qué esperáis de él?

La soberbia está sembrando la traición entre los sacerdotes, Obispos, Cardenales, y, como Judas, se venden por unas ideas que consideran superiores al Evangelio: las ideas de la cultura del encuentro, del evangelio de la fraternidad, de la libertad religiosa entre todos los hombres, del dialogo con el demonio.

Sacerdotes os vendéis por unas ideas comunistas, protestantes, laicistas, marxistas, masónicas, en la Iglesia. Seguís a un idiota, que no sabe dónde está su mano derecha, ni sabe distinguirla de su izquierda; y estáis en la Iglesia tapando las babosidades de ese idiota, porque os da de comer y un puesto de trabajo. Y ya habéis renegado de Cristo en vuestros corazones.

El sacerdote está puesto en la Iglesia para reconstruir en las almas el rostro de Cristo, para que tengan vida en Cristo, para que obren las obras de Cristo, para que sean otros Cristo.

El sacerdote está para llevar las almas a Cristo. Y sólo se puede hacer eso con la Palabra de Cristo, que es la Palabra de la Verdad. Quien da la mentira a un alma la lleva al infierno. Quien enseña la mentira a un alma le enseña a pecar en la vida. Y ¿qué es lo que hace ese infeliz de Francisco con su mentira diaria? Condenar almas al infierno. ¿Cómo es que obedecéis a uno que condena al infierno?

Portada Gay: Francisco el que condena a los homosexuales al infierno permitiéndoles en esta vida que vivan en sus pecados.

Portada Gay: Francisco el que condena a los homosexuales al infierno permitiéndoles en esta vida que vivan en sus pecados.

El sacerdote está puesto para combatir al mundo, con sus modas, con sus culturas, con sus ideologías, con sus filosofías, con toda la impureza que tiene el mundo. Y sólo así las almas pueden vivir en la pureza de mente, de corazón, de espíritu, de cuerpo. Y si un sacerdote se hace mundano, social, terrenal, humano, natural, profano, deja de ser sacerdote, para convertirse en un engendro del demonio. ¿No es eso lo que es Francisco? Un hombre del mundo, un hombre que se arrastra por la vida social, un hombre que le agrada colocarse en las revistas más importantes del mundo para tener admiradores en el mundo, para tener fans, para crecer en la popularidad del mundo. Y esto sólo tiene un nombre para Dios: engendro del demonio.

Un sacerdote que no vive en el silencio, ni en la soledad, ni apartado de los hombres, sencillamente no es sacerdote, no tiene el Espíritu de Cristo. Tiene el espíritu del anticristo.

Sólo Cristo salva, no el cumplir los mandamientos de Dios. Luego, todos se salvan, porque todos los hombres creen en Cristo según su forma de pensar a Cristo.

Y Cristo dice: “No crean ustedes que yo he venido a suprimir la ley o los profetas; no he venido a ponerles fin, sino a darles su pleno valor. Pues les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, no se le quitará a la ley ni un punto ni una letra, hasta que todo llegue a su cumplimiento. Por eso, el que no obedece uno de los mandatos de la ley, aunque sea el más pequeño, ni enseña a la gente a obedecerlo, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedece y enseña a otros a hacer lo mismo, será considerado grande en el reino de los cielos” (Mt 5).

La fe en Cristo es la fe en su doctrina. Y su doctrina es obrar la ley de Dios, la ley natural, la ley moral. Y aquel que no la cumpla, que no la obre, se va al infierno de cabeza, por más que diga que cree en Cristo y que ama a Cristo y que Cristo lo salva.

¡Es una pena ver cómo está la Jerarquía de la Iglesia! ¡Ciega! ¡Siguiendo a un don nadie! ¡Obedeciendo a un payaso! ¡Queriendo transmitir a toda la Iglesia que aquí no pasa nada!

Y la Iglesia ya está pasando por la gran prueba de fuego donde va a ser acrisolada, cribada, hasta que se opere la separación de la escoria. Muchos serán separados y echados fuera, porque no pueden convivir ni prosperar el Bien mezclado con el mal.

Esta es no la Iglesia de Cristo. Esto es un engendro del demonio. Y hay que salir rápido de este engendro para no morir en el alma.

Los enemigos del alma reinan hoy en la Iglesia: sacerdotes, Obispos, Cardenales y fieles, amigos del demonio. Para ellos el mundo es antes que Dios; el demonio se hace dios y la carne se muestra en toda su desnudez, desatando los apetitos desordenados. Se le quita a las almas la noción de pecado y se le hace ver a Dios como un Ser lejano y anticuado al que no hay que temer ni obedecer. Y se les indica el camino de lo humano, de lo social, de lo laical, de las ideas de los hombres. Vivan sus vidas felices que Dios los ama a todos y Dios lo perdona todo.

Nadie lucha en la Iglesia por salvar un alma; todos luchando por llenar los estómagos y los bolsillos de comida y de dinero.

¡Que asco da la Iglesia!

Kasper: el patinazo de Francisco

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«ayer por la noche volví a leer -¡pero no para dormirme!- el trabajo del cardenal Kasper, y querría darle las gracias porque encontré teología profunda y pensamiento sereno. Es agradable leer teología serena (…) me ha hecho bien, y me ha traído a la cabeza una idea… Perdóneme si le sonrojo, pero la idea es esta: esto se llama hacer teología de rodillas. Gracias, gracias» (Francisco, 20 de febrero).

Este es el patinazo en el gobierno de Francisco. Un resbalón porque pone a un hombre hereje como modelo de santidad, de sabiduría en la Iglesia. Gran desacierto son estas palabras que indican la necedad, estupidez e idiotez de Francisco. Un hombre que no ve a un cismático, a un hereje, que no discierne la Verdad; y entonces, encumbra a ese hereje como modelo de verdad y de bien en la Iglesia. Esto es, sencillamente, ser necio, estúpido e idiota, con la significación que estos tres términos tienen en la Sagrada Escritura.

Un hombre necio es un hombre sin inteligencia divina; un hombre estúpido es un hombre que habla siempre la mentira; un hombre idiota es un hombre que encumbra su mentira por encima de la Verdad.

¿Quién es el Cardenal Kasper? Es un teólogo herético, innovador de herejías desde el Concilio Vaticano II hasta la más reciente en el Consistorio extraordinario sobre la familia, del 20 de febrero. Se dedica a inventarse mentiras, errores, herejías, conceptos nuevos sobre el Evangelio, sobre la vida de Jesús y sobre los Sacramentos de la Iglesia.

Esta es la teología herética de Kasper:

1. «… desde el hombre y desde el mundo no se puede remontar a Dios» (Ateismo y lenguaje – Roma 1974). Es decir, que la razón humana no encuentra caminos para entender que Dios existe. El hombre no sabe la existencia de Dios por su razón ni tampoco por la Creación. Todo lo Creado no habla de Dios.

Y el Magisterio de la Iglesia nos dice que: “Si alguno dijere que el único y verdadero Dios, Creador y Señor Nuestro, no puede ser conocido con la lumbre de la razón, a través de las cosas creadas, sea excomulgado” (Dz 180).

Este Cardenal, por eso que dijo hace tantos años, ya está excomulgado. ¿Qué hace en la Iglesia enseñando sus herejías? ¿Por qué lo hicieron sacerdote, Obispo, Cardenal, si vive de sus mentiras en la Iglesia? Es algo que no se puede comprender si sólo miramos la Iglesia con ojos humanos. ¡Cuántos sacerdotes hay a la deriva por causa de hombres inicuos, que se visten de Obispos, de Cardenales, y que no son ni Obispos ni Cardenales! ¡Son guías ciegos privados de luz y del Espíritu de Dios, que guían a muchos ciegos y eligen para el sacerdocio a hombres que son auténticos demonios, engendros del demonio! Éste es Kasper.

2. «Jesús no se califica nunca como Hijo de Dios. Una parecida enunciación deriva, por lo tanto, claramente de la confesión de fe de la Iglesia» (Jesús el Cristo – Evangelios sinópticos). Para este hereje, la divinidad de Jesús es una invención de san Pablo y de san Juan. Y la razón: «esta confesión de Jesús Cristo, Hijo de Dios, también hoy es acogida con notable desconfianza por bastantes fieles. Según la objeción más corriente, que es en fin también la más importante, aquí nos encontraríamos pasivamente frente a un resto de mentalidad mítica aceptada» (Jesús el Cristo – p. 223).

En otras palabras, cuando Pedro dijo: «Tú eres el Cristo, el hijo de Dios viviente», eso es porque Pedro cree en un mito, en algo que los antepasados se inventaron al leer el Antiguo Testamento sobre el Mesías y ha quedado como una leyenda. Y dice este hereje que es la objeción más importante en toda la Iglesia, en muchos fieles. Así que en la Iglesia creemos en mitos, en leyendas; que la Iglesia se ha dedicado, durante 20 siglos, a defender mitos, cuentos chinos, leyendas.

¿Qué hace este loco en el Vaticano guiando a la familia? Si el matrimonio es, para él una leyenda, nace de un mito (=la divinidad de Jesús es un mito), entonces, ¿qué verdad hay en este hombre, qué verdad hay en Francisco que lo ha elegido para aclarar los puntos oscuros del matrimonio, qué verdad hay en la Jerarquía que no excomulga a este idiota?

Para Kasper, a Jesús no hay que reconocerle la dignidad de hijo de Dios porque «va más allá de sus pretensiones». Como es hijo de un carpintero; como de Nazaret no sale nada bueno, entonces Jesús es sólo un hombre importante, un profeta que hace sus milagros, pero que no son milagros, son hechos fantásticos, invenciones de la gente para dar publicidad a la vida de Jesús.

3. Para Kasper, los milagros de Cristo son «un problema que hace bastante extraña y difícilmente comprensible al hombre moderno la actividad de Jesús». Es decir, los milagros que hace Cristo no son una prueba de su divinidad, sino sólo leyendas, cuentos no históricos, que enturbian la obra de Jesús, que no dan luz sobre la predicación de Jesús. Y, por eso, dice: «los cuentos milagrosos del Nuevo Testamento, son estructurados de modo análogo a aquellos que ya conocemos en la antigüedad». Es decir, «desde el punto de vista literario, se puede notar una tendencia a amplificar y multiplicar los milagros». En otras palabras, el nuevo Testamento ha enriquecido la figura de Jesús, las obras de Jesús, las palabras de Jesús con muchos motivos extra-cristianos, muchas leyendas que no pertenecen a Cristo, y con el fin de elevar la autoridad de Jesús, de dar importancia entre los hombres a las obras de Jesús.

Y, entonces, enumera los milagros que son un cuento chino: se han demostrado «algunos cuentos milagrosos, a la investigación de la historia de las formas, como proyecciones de la experiencia pascual sobre la vida terrenal de Jesús, o como anticipaciones sobre la actividad del Cristo glorificado. Entre estas historias epifánicas, debe ser contado, por ejemplo, el milagro de la tempestad calmada, la escena de la transfiguración, el camino sobre las aguas, la multiplicación de los panes, la pesca milagrosa, los cuentos del despertar de la hija de Jairo, del jovencito Naín y Lázaro (…) Muchas historias milagrosas referidas en los Evangelios tienen que ser consideradas legendarias. Muchas leyendas deben ser analizadas, no tanto en su contenido histórico, sino en aquél teológico, es decir, estos cuentos no históricos son enunciados de fe sobre significado salvador de la persona y mensaje de Jesús» (Jesús el Cristo – p. 118).

¿Qué dice este loco de remate?

a. El Evangelio es un gran engaño de la historia;

b. Jesús hizo grandes obras extraordinarias, pero tienen una importancia relativa, no absoluta;

c. Estas obras de Jesús también pueden ser interpretadas como obra del demonio y, por tanto, más sujetos a la leyenda;

d. Son cuentos no históricos, inventados por los hombres, con la finalidad de engrandecer la vida de Jesús, poner su autoridad y su palabra con más fama y publicidad para los hombres;

e. Son sólo un enunciado de fe que indica una obra de Jesús, pero no son fe, no son dogmas de fe, no son algo revelado, no son argumentos de verdad en los que el alma ve el camino de salvación. No se pueden apoyar los milagros de Jesús porque no enseñan ni la salvación ni la santificación para el alma. No enseñan la vida de Cristo; no enseñan el significado de sus obras divinas. Sólo enuncian algo de la vida de Jesús, algo pasajero, algo relativo, algo que se puede explicar de muchas maneras, incluso recurriendo al demonio.

El Magisterio auténtico de la Iglesia dice que «los milagros de Jesús son argumentos ciertos de la divina Revelación y aptos a la inteligencia de todos» (Denz 1790).

Para Kasper el milagro es: «el concepto apologético de milagro se revela una fórmula vacía». Es algo vacío, sin contenido sustancial, sin verdad absoluta. Y ¿por qué? Porque «los milgaros indudablemente serían comprobables solamente en el caso de que nosotros fuéramos capaces de conocer de modo completo todas las leyes de la naturaleza y de penetrar hasta el final cada caso individual». Es decir, es el hombre el que decide con su razón si un milagro es o no es milagro. Es el hombre el que decide con su razón su vida de fe, lo que tiene que creer y lo que no tiene que creer. Es el hombre el que mide lo espiritual, lo divino, lo misterioso, lo que no se puede comprender, razonar, palpar. Kasper es un hombre sin fe, un hombre de razones, un hombre de una inteligencia oscura, malvada, negra en el mal. Y termina diciendo: «estas y otras análogas dificultades han inducido a los teólogos a superar, en parte o completamente, el concepto apologético de milagro». El milagro ya no existe en la teología porque lo dice Kasper, gran hereje, gran cismático en la Iglesia.

Y dice el Vaticano I: “Si alguien dijera que los milagros no son posibles y que, por tanto, todos los hechos milagrosos contenidos en la Sagrada Escritura tienen que ser relegados entre las leyendas y los mitos, o que los milagros no pueden ser jamás conocidos con certeza, ni con ellos se puede demostrar debidamente el origen divino de la religión cristiana, sea excomulgado” (Denz 1813).

Entonces, Kasper niega la Resurrección: «los enunciados de la Tradición neo-testamentaria de la resurrección de Jesús no son para nada neutrales: son confesiones y testimonios producidos por gente que cree; tenemos que suponer que no se trate de señas históricas, pero solamente de artificios estilísticos, maquinados para llamar la atención y crear suspense». Ya no son algo histórico, sino algo artificial, algo del lenguaje que se emplea para crear un suspense, un ambiente, un algo misterioso. Y, entonces: «la revelación de un núcleo histórico, presente en los cuentos del sepulcro vacío, no constituye, cierto, una prueba de la resurrección, sino que representa un fenómeno ambiguo, abierto a muchas posibilidades de interpretaciones».

Así que el sepulcro vacío es sólo una señal de fe, pero no indica la Resurrección. Es señal de que algo ha pasado, pero no sabemos qué. Tenemos fe en que algo sucedió, pero nada más. Mayor locura no hay en un teólogo. Mayor desatino.

Y dice el Vaticano I: «Si alguien dijera que la Revelación divina no pueda ser hecha creìble de externas señales, y que, por tanto, los hombres no tienen que ser movidos a la fe si no sólo por experiencia interior o privada inspiración, sea excomulgado» (Denz 1812). Es decir, ver el sepulcro vacío es creer que Jesús ha resucitado. Por un hecho externo se va a la fe interna. Es lo que niega Kasper.

Y, entonces, Cristo no ha subido nunca al cielo, porque nunca ha descendido de él: «Estas nubes que sustraen a Jesús de la mirada de los discípulos atónitos, por lo tanto, no son fenómenos meteorológicos, sino un símbolo teológico». La ascensión no es un hecho teológico ni histórico, sino un símbolo, una señal, una indicación de una fe de los apóstoles, que se ponen en lenguaje teológico para formar una verdad en la mente del hombre.

La Ascensión tiene que ser interpretada a la luz de lo que se quiere expresar, pero no como una Verdad, no como algo real, físico, histórico, sino según el lenguaje que usa el escritor, el evangelista. Ese lenguaje crea un símbolo, y eso es lo que hay que interpretar. Y, por tanto, «donde se habla de un Renacido que es tocado con las manos y que consume comidas con los discípulos, no deben ser tomados a la letra, sino que son confesiones y testimonios producidos por gente que cree». Las mujeres, los Apóstoles, los discípulos nunca vieron al Resucitado. Son el lenguaje de esa gente que lo interpreta así, para crear un ambiente de misterio, de grandeza en la Iglesia, que tiene que tomar fuerza en todo eso maravilloso para obrar entre la gente.

«Haría falta, pues, partir, del hecho que este “ver” de ellos ha sido hecho posible por la fe, o mejor se ha tratado de una experiencia partidaria en la fe». La fe crea partidos; la fe es una opción. Y, entonces, en aquel tiempo es una opción crear la imagen de un Resucitado, de uno que ascendió al Cielo, porque así la Iglesia es más consciente de su importancia entre los hombres. Si se presenta una Iglesia con un Resucitado y que asciende al Cielo, entonces, la gente los va a seguir más.

Kasper se carga, de un solo golpe, toda la fe: Si Jesús no ha Resucitado, vana es nuestra fe. Kasper pone la fe en el poder de la mente, en el poder del lenguaje humano, en la idea de los hombres.

Y ¿la Virgen? «difíciles problemas teológicos-bíblicos que la temática de la concepción virginal levanta, por la cual la virginal maternidad de María está abierta sobre el plano bíblico». Si niega los milagros, lo que pasó en la Virgen es una leyenda más. Y, por eso, defiende a Nestorio, que negó la maternidad de María: «A Nestorio fueron atribuidas las más graves desviaciones doctrinales, mientras que el Concilio de Éfeso lo selló con el apelativo de Judas redivivo. Hoy, en cambio, en consecuencia de las búsquedas conducidas por la teología histórica, se es propenso a una rehabilitación».

Kasper está negando la infalibilidad de la Iglesia y dice que se equivocó con Nestorio. Que él Kasper tiene el Espíritu santo, la sabiduría del cielo y, por tanto, hay que negar la maternidad de María, como hizo Nestorio, hay que negar la divinidad de Jesús, y hay que presentar a Jesús sólo como un hombre, con una persona humana, sin naturaleza divina, que es lo que dice Nestorio. Y la Virgen es sólo una prostituta que tuvo a Jesús y que se casó rápidamente con otro hombre para no caer en las leyes de los hebreos.

Kasper es un Cardenal de la Iglesia Católica que no tiene fe divina, sino que se ha inventado su fe y, por tanto, se ha inventado un cristo, según su mente humana, y una iglesia, según su concepción humana.

Un hombre que dice que «la fe misma ya no es practicable para llegar a Dios ni la calle ontólogica de la tradicional filosofía cristiana sobre la base de la sola experiencia, porque el hombre ha transformado el mundo innatural de su libertad, ni la calle de las exigencias interiores de la conciencia, que Dios reclama como solicitado, al modo de Kant (…) no es posible una filosofía que lleve a la fe como fundamento humano de la fe misma. No es posible una teología filosófica capaz de decir algo concerniente a Dios» (Introducción a la fe – 1973).

Y, por eso, Kasper es un hombre sin fe. Con su inteligencia humana no puede remontarse a Dios. Desconoce la sabiduría divina, que eleva el entendimiento de los humildes de corazón para que comprendan misterios que el hombre, con su razón, no puede medir.

Kasper se carga todo. Por eso, es un patinazo de Francisco.

Francisco, ¿cómo pones a este hereje como modelo de la Iglesia? Hay que estar ciego, como lo está Kasper, para no ver la maldad de este hombre.

Francisco estás ciego. Y, en tu ceguera, eres un necio, porque das culto a la mente del hombre, como hace Kasper. Pero en tu ceguera, que es tu soberbia, escalas el grado de estúpido, porque haces de tu mente humana un camino para la verdad. Y no sales de las conquistas humanas en la mente, de sus adquisiciones, de sus especulaciones, de sus razonamientos; no puedes salir para ver la realidad. Sino que lo real, lo verdadero es tu lenguaje humano, como lo es en Kasper. Y luchas por tu lenguaje humano, que ya es tu vida de hombre y que te hace estúpido, charlatán de tu idea, de tu conquista humana, de tu obsesión como hombre. Pero, en ese rodeo que das a tus especulaciones, alcanzas el grado de idiota: vives sólo para tu estupidez, para tu vacío existencial, para tu gran negrura de alma. Eres el mayor idiota, como lo es Kasper, que ha creído sólo en su lenguaje para ser sacerdote, para ser obispo, para ser cardenal. Sólo da culto a su idea humana. Sólo adora su idea humana. Y a ti, Francisco, se te cae la baba leyendo a un hereje, a un cismático, a un excomulgado.

Francisco: vete de la Iglesia, que estás haciendo el mayor ridículo en toda la historia. Vete con tu estúpida vida a un monasterio a pedir Misericordia al Señor por tu alma. Y deja de estar preocupado por tus pobres, porque pobres siempre habrá, pero alma sólo hay una. Y tu camino es de condenación, y a muchos llevas al infierno al poner en la Iglesia como modelo a un pecador, a un hombre sin fe, a un idiota que sólo mira su idiotez.

Francisco es una maldición para toda la Iglesia

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Un verdadero Papa se ve por dos cosas:

a. Su fe en Cristo

b. Su fe en la Iglesia de Cristo.

a. Por la Fe en Cristo, ese Papa verdadero siempre dará el pensamiento de Cristo, que es la Verdad Absoluta, de la que nadie puede separarse si quiere salvarse. Lo que salva es obedecer a la Verdad, tal como es, sin inventarse otras cosas, sin limitarla, sin condicionarla.

Un Papa puede ser muy pecador, pero si es verdadero, nunca –en su pecado- negará la Verdad, la ocultará, la combatirá, claudicará ante Ella. Porque el Papa verdadero es el que une a la Iglesia en la única Verdad; es el fundamento de la unidad de la Iglesia en la Verdad. Es la base de la unidad, aunque cometa pecados. Nunca sus pecados romperán esa base, destrozarán ese fundamento, porque ha sido elegido por Cristo para dar esta unidad a toda la Iglesia, para hacer de la Iglesia Una en Cristo.

b. Por la fe en la Iglesia de Cristo, el Papa verdadero guía a toda la Iglesia hacia la salvación y la santificación de todas las almas que le pertenecen. El Papa es para la Iglesia; el Papa no es para el mundo o para unos hombres o unas culturas o una filosofía de la vida.

Se es Papa para ser Iglesia. Se es Papa para formar la Iglesia. Se es Papa para guiar a la Iglesia hacia Su Verdad, en el Espíritu de la Verdad.

El Papa habla sólo a la Iglesia palabras de Verdad. El Papa obra sólo en la Iglesia obras de Verdad. El Papa vive en la Iglesia la vida de la Verdad. Y, con su ejemplo, con su imitación de Cristo, entonces conduce a la Iglesia hacia la tierra prometida, hace que cada alma camine hacia su salvación y santificación. Y haciendo eso, la Iglesia cumple su función en la tierra.

La Iglesia es el Reino de Dios, que no puede darse completamente en la tierra, en la vida de los hombres sólo por el pecado original que Adán cometió contra Dios. Y, por eso, la Iglesia terrenal es sólo un tránsito hacia la Iglesia verdadera que sólo es posible en el Cielo. Y si el Papa no conduce a cada alma por el camino de Cristo, que es la muerte a todo lo humano, la Iglesia no puede darse como tal en la tierra. Si el Papa se dedica a asuntos humanos, naturales, materiales, sociales, políticos, económicos, etc., descuidando la vida espiritual en cada alma, entonces no se hace la Iglesia y no se es Iglesia.

Si estas dos cosas no se dan en un Papa, entonces ese Papa no es Papa, sino otra cosa. Y, por tanto, si queremos discernir lo que es Francisco, es muy fácil:

1. ¿Cómo es su fe en Cristo?

a. La Fe en Cristo viene de la Fe en la Santísima Trinidad:

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser” (Francisco a Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica).

Claramente, Francisco no cree en la Santísima Trinidad.

Francisco cree en un Dios que no es católico; es decir, que no es el Padre, ni el Hijo ni el Espíritu Santo.

a. Es un Dios que se llama: el Padre, que es la luz, que es el Creador;

b. es un ser que se llama Jesucristo, pero que ya no es Dios, sino la Encarnación de Dios. Jesús no es la Encarnación del Verbo, sino de Dios.

c. Y es su maestro, su pastor, pero no su luz, no su creador. Ese Jesucristo no es Dios, como el Padre; es otra cosa.

d. Y, para Francisco, no existe el Espíritu Santo. Ni lo nombra. Eso sólo es un lenguaje del hombre, un concepto del hombre, que se puede interpretar de muchas maneras.

De esta concepción de Dios, se sigue que Francisco no cree en Cristo. Así de sencillo.

Jesucristo es la Encarnación de Dios para Francisco.

Niega, anula, el dogma de la Encarnación del Verbo: Jesús es la Encarnación del Verbo, el Hijo de Padre encarnado en el seno de la Virgen María. Jesús es la segunda Persona de la santísima Trinidad, que asume una carne, con la que se hace Hombre, siendo, al mismo tiempo, Dios. Esto lo niega Francisco.

Y, entonces, ya no tiene la fe católica, que es imprescindible para tener la fe en la Iglesia de Cristo. Si Francisco no cree en el Padre que engendra a Su Hijo en el Espíritu, tampoco cree en el Hijo del Padre que se encarna por obra del Espíritu en el seno de la Virgen María.

Para Francisco, Jesús es la Encarnación de Dios, no del Verbo. Ésta su herejía le conduce a negar el Misterio de la santísima Trinidad y, por consiguiente, a negar el Misterio de la Encarnación del Verbo. Negando estos dos Misterios, es imposible tener fe católica. Se tiene una fe humana, que consiste en que la mente humana piensa a Dios de una manera humana y lo busca según ese lenguaje humano, ese criterio humano, ese pensamiento humano. Y eso le conduce a dar culto a su pensamiento humano. Cree sólo en su idea de Dios, en su idea de Jesús, pero no cree ni en Dios ni en Jesús.

Si Francisco no cree en Cristo, entonces tampoco cree en la Iglesia de Cristo. Consecuencia: Francisco se inventa su cristo y su iglesia.

b. ¿Qué fe tiene Francisco?

“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio” (Lumen Fidei – n. 34).

Para Francisco, la luz que da la fe es algo encarnado, algo que se da incluso en la materia, algo que hace participar a todos los seres creados de ese conocimiento.

Ya la fe no es un don de Dios que sólo se da al alma, no a los seres creados. Sólo para el hombre es la fe. Para Francisco la fe ilumina a la materia, ordena la materia. Está confundiendo la obra de la Creación de Dios con el don de la fe al alma. Con esto, está significando Francisco, que es la Creación el inicio de la fe en todo. Que no existe otra fe que un Dios de Bondad, que lo ha creado todo por amor y que lo salva todo por amor. Y esto trae una consecuencia monstruosa: negar el pecado y, por tanto, la obra de la Redención. Lo que vale, lo que permanece es la obra de la Creación. Francisco da una importancia a esa obra anulando la mayor obra de Dios en Cristo, que es redimir en Su Hijo a toda la humanidad. Esta obra, que es la Nueva Creación, para Francisco no tiene ninguna importancia, sino que es sólo una continuación de esa obra creadora de Dios que, para él es una luz, un conocimiento. Pero no es una luz la Redención de Cristo.

Y, además, esa luz de la fe procede de la vida luminosa de Jesús. En Jesús se da una luz que no es la de la fe. Jesús engendra una luz distinta a su vida luminosa. Y esa luz es la fe para el hombre. Ya la Fe no es la Verdad Absoluta, sino algo que viene de Jesús, algo que engendra Jesús, algo que es fruto de la vida de Jesús. Luego, el que tiene fe no debe creer en Jesús, sino en esa luz engendrada por Jesús, en eso que de Jesús viene, pero que no es la misma vida de Jesús. Ya no se cree en Jesús, ya no es imita la misma vida de Jesús, ya no se hacen las mismas obras que hizo Jesús, ya no se tiene la misma Mente de Cristo. Es otra cosa.

Cristo ya no está en la Eucaristía, porque ésta es sólo un recuerdo de la vida de Cristo: “la eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final” (Lumen Fidei – n. 44).

La eucaristía ya no es Cristo, porque: “El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo” (Lumen Fidei – n. 44); ya no se transustancian, ya no se cambian las sustancias y desparecen el pan y el vino, sino que se quedan las sustancias del pan y del vino en la Eucaristía.

Por tanto, la Eucaristía es sólo un recuerdo de la muerte de Cristo en el Calvario. La Misa es un recuerdo, no es el Calvario mismo, no es lo que sucedió en el Calvario y que se da realmente en cada Misa, aunque de manera incruenta. Sólo la Misa es un trabajo mental, un acopio de fuerzas humanas para entretener a la gente y decir que ama a Dios escuchando la Misa.

Francisco niega el Misterio Eucarístico, que es negar a Cristo mismo. Y sin la Fe en la Eucaristía, queda una fe humana en la eucaristía; queda una invención de la eucaristía, del amor de Cristo. Y, por eso, Francisco predica su misericordia sin verdad, sin ley divina, sin norma de moralidad. Porque tiene que anular el pecado para centrarse sólo en la Obra de la Creación, que es lo más valioso en su fe humana., y decirle a todos los hombres que están salvados por Dios los ama mucho.

La fe es una luz encarnada. Y ¿dónde se encarna esa luz? En la mente de la persona, en la razón del hombre, en la idea del hombre.

c. ¿qué cosa es esa fe de Francisco?

“La fe (…) se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión.” (Lumen Fidei – n. 4).

Así, que la Fe para Francisco, es algo que viene del pasado y es algo que viene del futuro.

1. Viene del pasado, porque Cristo ha muerto y ha vencido a la muerte con su amor;

2. y viene del futuro, porque Cristo nos atrae hacia ese futuro.

1. La fe, como es algo del pasado, es una luz de una memoria fundante. Es decir, la vida de Cristo es una memoria, un recordar, un analizar, un sintetizar, un pensar, un meditar, un analizar.

Cristo vivió su vida y la dejó como memoria, como recuerdo, como algo que el hombre tiene que cogerlo y hacerlo suyo. En otra palabras, la fe es un ejercicio de la mente del hombre, un estudio que hace el hombre sobre la vida de Cristo, sus orígenes, su cultura, su medio ambiente, sus familiares, todo aquello que ayude a descubrir lo que es Cristo.

Por tanto, en la Fe no se cree en Cristo, sino sólo se cree en una idea que el hombre tiene de Cristo, en una razón adquirida por la mente en su estudio intelectual sobre Cristo. Sólo se cree en el lenguaje humano que da una inteligencia al hombre de Cristo.
Consecuencia, quien cree en Cristo sólo cree en su mente humana, en su idea humana, en su razón humana, pero no cree en Cristo.

Y, entonces, Francisco tiene que interpretar el Evangelio a la luz de su razón humana, no en la luz del Espíritu: “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio (…) El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. (…) la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible” (Francisco al P. Antonio Spadaro, S.J.Director de La Civiltà Cattolica).

Francisco anula la Palabra de Dios, el Evangelio, porque lo lee desde la cultura del hombre, desde el tiempo del hombre, desde el conocimiento del hombre, desde la mente del hombre, desde la historia del hombre. Echa a Cristo de la Iglesia. Se inventa su evangelio de la fraternidad, su amor a los hombres porque son hombres, que Dios ha creado y salvado porque es bondadoso.

Francisco no cree en el Evangelio, que es la Verdad, la única Verdad. Francisco no somete su inteligencia humana a la Palabra del Evangelio, sino que es su inteligencia humana la que quiere descifrar los misterios de la Palabra Divina, contenidos en el Evangelio. Es su soberbia, su orgullo, ponerse por encima del Evangelio. Francisco no obedece a la Verdad, que es Cristo, sino a las verdades que ha encontrado en su razonamiento humano sobre Cristo. Francisco se obedece a sí mismo en su sacerdocio, pero no a Cristo, no a la Mente de Cristo, no a la Palabra de la Verdad, que se da en el Espíritu de la Verdad.

Y quien no cree en el Evangelio es señal de que no escucha a Dios en su corazón. Y quien no escucha a Dios no tiene fe en Dios. La fe viene por el oído, porque se tienen los oídos abiertos a la Palabra Divina y cerrados a toda palabra humana. Francisco sólo escucha su razón humana. Tiene abierta la mente a su idea humana, pero cerrado el corazón a la Palabra Divina.

Francisco es un hombre sin fe divina. Se ha inventado su fe en cristo y su fe en la iglesia.

2. Y la fe, como es algo del futuro, entonces lleva al yo hacia una comunión, una unión, una armonía, que le hace salir de su propio campo visual para que pueda comprender otro campo, otra visión, otra estructura en la vida.

Cristo resucitó y entonces da al alma un futuro, un camino nuevo. Pero, ¿Cómo se camina hacia ese futuro? ¿cómo se recibe ese algo nuevo que viene del futuro? ¿qué es esa comunión? ¿en qué consiste esa unión a la que esa fe conduce?

“La fe cristiana es, por tanto, fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo” (Lumen Fidei – n. 15).

El yo sale de sí mismo porque cree en el Amor pleno. Y ese amor pleno “se revela como fe en su amor indefectible por nosotros, que es capaz de llegar hasta la muerte para salvarnos. En este amor, que no se ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto me ama, es posible creer; su totalidad vence cualquier suspicacia y nos permite confiarnos plenamente en Cristo” (Lumen Fidei – n. 16).

Para Francisco hay que creer en ese amor de Cristo que ha muerto para decirnos cuánto nos ama.

Francisco da un giro, da una vuelta, para no ver el amor redentor de Cristo, y así centrarse en el amor de Dios.

Y, entonces, incurre en una grave herejía: para llegar al amor pleno, al amor divino, hay que ir a través del amor redentor de Cristo. El amor de Cristo es una cosa: Cristo sufre y muere para dar vida al hombre que está en su pecado.

Y Dios ama al hombre cuando éste ha reparado todo su pecado en la Justicia Divina.

No se puede llegar al amor pleno si unirse al amor redentor de Cristo; es decir, sin purificar el corazón, sin expiar el pecado, sin reparar en la Justicia Divina los pecados de los hombres, es imposible que Dios ame al hombre.

Por eso, Cristo permanece como Mediador entre el Padre y los hombres. Cristo hace caminar a los hombres por Su Camino de Cruz, de expiación del pecado, de purgación del alma, para que el Padre pueda unirlos en su Amor.

Francisco da un giro, no quiere ver el amor redentor de Cristo, porque lo ha anulado; y sólo se centra en el amor pleno de Dios. Y lo pone en Cristo. Ésa es su herejía. En Cristo, sólo está el Amor Redentor; en el Padre, el Amor Divino.

Cristo ama al hombre con Su Corazón, que es un Amor Redentor; y el Padre ama al hombre en Su Hijo, en el Corazón del Hijo. Y en la medida que el hombre se vaya purificando de su pecado, en la medida en que el hombre se vaya transformando en otro Cristo, imitando a Cristo en su vida, así va recibiendo el amor del Padre y se va haciendo Uno en la Santísima Trinidad. ESto lo anula Francisco en su concepción de su fe fundante, fe en una memoria, en un recuerdo inútil de la vida de Cristo, porque Cristo da Su Vida sin más, en la Gracia, sin que el hombre se ponga a estudiar su vida. Cristo es Vida, es la Vida. Cristo no es un recuerdo, no es el aprendizaje de unas palabras bien dichas. Cristo mismo se da al alma. Y le da su mismo Ser, su misma Vida, sus mismas obras. Por eso, es gravísima la herejía de este hombre. Niega al mismo Cristo en su fe fundante.

¿A qué le conduce esta fe a Francisco?

“Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos” (Francisco al P. Antonio Spadaro, S.J.Director de La Civiltà Cattolica).

Francisco busca una iglesia nueva, distinta de la de Cristo.

Una iglesia que se inventa sus caminos para trabajar por el hombre, no por Dios.

Una iglesia que reúne todo para condenar a las almas, porque Francisco no cree ni en la:

1. Santísima Trinidad

2. Encarnación del Verbo

3. Eucaristía

4. Evangelio

5. Obra de la Redención de Cristo

6. Iglesia de Cristo

Entonces, ¿qué es lo que da Francisco en la Iglesia?

Dos cosas:

1. Su comunismo

2. Su protestantismo

Y ¿Por qué Francisco da esto?

Porque es un masón; es decir, es un masón vestido de obispo.

Francisco no es un sacerdote; es un masón. Francisco no es Obispo; es un masón. Francisco no es Papa; es un masón.

Y no es masón porque haya pertenecido a un grupo masónico; sino porque su fe es masónica.

Lo que revela Francisco en sus declaraciones, en sus encíclicas, en sus homilías, en sus enseñanzas heréticas, es la doctrina de la masonería, es el ideal de la masonería, es el orden nuevo mundial, que es necesario ponerlo en Roma, no en la Iglesia de Cristo.

Francisco no pertenece a la Iglesia de Cristo. Francisco no es Papa. A Francisco no hay que obedecerle, porque no es Papa.

Y no es Papa, no porque existan unas revelaciones que dicen que es un falso Papa, sino porque él como líder de la Iglesia no hace unidad en la Verdad. No puede hacerla. Si no da la Verdad, ¿cómo quiere unir en la Verdad a la Iglesia?

Si su liderazgo en la Iglesia no está fundamentado en la Verdad Absoluta, ¿cómo quiere exigir obediencia a su mente si esta mente habla por su boca la mentira?

En la Iglesia de Cristo se obedece a Cristo en la Jerarquía, cuando la Jerarquía da la Verdad, que es Cristo; enseña la Verdad, que es Cristo; guía en la Verdad, que es Cristo; pone el camino de salvación y de santificación en la Verdad, que es Cristo.

Y si la Jerarquía de la Iglesia no da la Verdad como es, con sencillez, con claridad, sin condiciones, sin opiniones, sin puntos de vista, sin criterios humanos, entonces no es posible la Obediencia a esa Jerarquía. Porque no se obedece la mente de ningún hombre, por más Papa que sea, por más sacerdote que sea, por más Obispo que sea, por más Cardenal que sea, si esa Jerarquía no se pone en la Verdad, que es Cristo, si esa Jerarquía no es otro Cristo.

Francisco no habla como Cristo, no obra como Cristo, no vive como Cristo. Consecuencia: no hay obediencia a Francisco. Porque Francisco es el que hace el cisma dentro de la Iglesia con su mentira, con sus herejías, con sus opiniones, con sus criterios de hombre. Y obedecerle, por consiguiente, es hacer un cisma dentro de la Iglesia. Y no obedecerle es ponerse en la Verdad de la Iglesia.

Como sacerdote, lo tengo claro: no hay obediencia a Francisco ni a ningún Obispo que siga a Francisco. Porque Francisco no hace la unidad en la Verdad dentro de la Iglesia, sino que la está destruyendo con su opinión de hombre sobre el Evangelio, sobre Cristo, sobre los Sacramentos, sobre el Papado, sobre todas las cuestiones de la Iglesia.

Y aquel que destruye la Verdad en la Iglesia hay que considerarlo como enemigo, no sólo del alma, sino de la misma Iglesia. Y no hay obediencia a un enemigo. No hay respeto a un enemigo. No es posible dialogar con un enemigo. No es posible abrazar a un enemigo.

A Francisco hay que amarlo como enemigo del sacerdocio, de la Verdad, del Evangelio, de la Iglesia, de los hombres, de las almas.

Y amar a un enemigo consiste en mostrarle la Justicia Divina, no el cariño de los hombres, no la misericordia absurda de los hombres. Hay que decirle que se vaya a un monasterio a expiar sus muchos pecados y a buscar la salvación de su alma, porque peligra estando sentado en esa Silla de Pedro, que no es su silla. Francisco se la robó al Papa Benedicto XVI. Y ese robo exige una Justicia Divina que tiene que cumplir si quiere salvarse.

Para ser Iglesia hay que ponerse en la Verdad. Y aquel que tenga miedo a decir las cosas claras de lo que es Francisco, no pertenece a la Iglesia.

Aquel que siga haciendo el juego a Francisco, no pertenece a la Iglesia.

Aquellos Obispos que sigan lamiendo la humanidad de Francisco, no se les puede obedecer en la Iglesia. Porque se es cabeza para indicar el camino de la salvación al alma, al sacerdote, a la Iglesia. No se es cabeza para condenar a las almas siguiendo los bellos pensamientos de muchos hombres que ya no tienen vida sacerdotal en la Iglesia, que están en sus Obispados para tener una posición eclesiástica, económica, política, social, cultural, científica, filosófica, pero que han perdido el norte de la Verdad, la guía del Espíritu de Cristo en sus sacerdocios. Y no saben, como cabezas del sacerdocio ni guiarse así mismos en el sacerdocio. ¿Cómo van a exigir la obediencia a sus súbditos si ellos ya no obedecen a Cristo y sólo obedecen a un hereje que, sentado en la Silla de Pedro, conduce a toda la Iglesia hacia su ruina más total?

La alegría que da el Evangelio es la fuerza de la Verdad que da al alma el ser testimonio de esa Verdad en medio de demonios como hay dentro de la Jerarquía de la Iglesia. No hay que tener miedo de enfrentarse a una Jerarquía ciega en la mentira y que guía a los ciegos al infierno del alma.

Hay que abrir los ojos ante el cisma en la Iglesia

verdaddelavida (2)

´La Iglesia no debe meterse en la decisión de una mujer de abortar; ni siquiera Dios, que por algo nos hizo libres´ (Sor Lucía, monja de clausura en un convento de Manresa – 23 de enero de 2014 – Ver entrevista original).

Esto es un ejemplo de cómo está la Iglesia en su interior: corrupta. Y muchas personas no acaban de creer en esta apostasía de la fe que vive toda la Iglesia.

No sólo esta monja sino sacerdotes, teólogos, Obispos que ya han abandonado la fe, la verdad, para vivir una fábula dentro de la misma Iglesia. Y defienden sus herejías como una verdad, como un bien, como un valor en medio de toda la Iglesia.

Personas consagradas que han hecho del mundo su adoración perpetua. Se dedican a la lucha de clases, a ir en contra de los ricos porque son la raíz de que existan los pobres.

Están en las redes sociales porque ya hay que ser social, ya no hay que ser persona individual. Lo que priva es la sociedad, el culto a la persona social, el culto a la comunicación social, el culto a las palabras de los hombres, a su lenguaje, a sus pensamientos. Se trata de ver qué piensa el hombre y que obra el hombre.

Han puesto la fe en solucionar problemas humanos. ¡Y en nada más! Y se apoyan en el mismo Evangelio, pero, por supuesto, lo tuercen a su manera humana, según su intelecto humano, según su punto de vista, según su filosofía, su teología, que es totalmente protestante.

Gente que defiende su mentira en medio de la Iglesia: “El Evangelio no vende ninguna ideología ni controla las conciencias, ni da recetas morales. Es una buena noticia que nos tiene que ayudar a ser personas mejores y trabajar por la justicia. Cristo no vino a inaugurar ninguna religión sino a instaurar un nuevo orden”. Así habla esta monja, diciendo tan claras herejías que son aplaudidas por muchos en la Iglesia.

Una monja que cada día recibe la comunión y que vive en su pecado, que no quiere quitar. El Evangelio no da normas morales, sino que nos ayuda a ser mejores y a obrar la justicia. Menuda herejía que dice este lobo vestido de monja. Y, como ella, muchos sacerdotes y Obispos.

El Evangelio es sólo eso: una ayuda para resolver los problemas humanos de la gente. Y, entonces, Cristo no edifica una Iglesia en Pedro, sino un nuevo orden. Y se queda tan pancha después de soltar este cisma.

Religiosos que obran el cisma dentro de la Iglesia. ¿Todavía les cuesta creer que Francisco es cismático, que no pertenece a la Iglesia Católica?

“Francisco ha traído un poco de normalidad. Si antes me descalificaban, ahora el Papa me ha redimido, ya que apoya todo el tema de la redes sociales”: ¿quién es el culpable de todo lo que pasa en la Iglesia? Francisco. Y sólo Francisco. Él es la cabeza de la herejía, del cisma, de la apostasía de la fe. Francisco ha redimido a esta monja. ¡Viva Francisco! ¡El nuevo Salvador! Cristo no salva. Cristo no ha hecho una Iglesia. Es Francisco que ha inaugurado el nuevo orden mundial.

Es tremendo lo que pasa dentro de la Iglesia. Y nadie se lo cree. No acaban de creer que Francisco, cada día, hace su camino de cisma en la Iglesia. Y lo hace con sus bonitas palabras, con una sonrisa en sus labios, diciendo que nos amamos todos, que Dios ya todo lo perdona, que hay que trabajar por quitar la hambruna del mundo. Y todos con ese hereje.

Personas consagradas que se han olvidado de la Justicia Divina y, por tanto, sólo hay que bendecir: “¿Qué opina entonces del matrimonio entre dos personas del mismo sexo? Yo siempre me pregunto qué haría Jesús, y Él siempre bendecía. Nunca maldecía. El matrimonio y el amor siempre es bendecido”. Cristo no condena, porque es todo Misericordia. Y se acabó. Todos al cielo con nuestros pecados. Peca fuertemente que ya Cristo todo lo perdona, todo lo bendice. Cristo bendice el matrimonio homosexual. Esto se llama apostasía de la fe, porque esta monja no se va de la Iglesia para decir esto, sino que se queda como monja y predica su herejía sin que nadie diga nada, sin que nadie la condene, porque, claro: “Yo creo que el Papa ha sido clarísimo y está siendo clarísimo con todas sus actitudes. Afirma que no es nadie para juzgar y si no es nadie para juzgar, no puede considerarse una enfermedad. Todos tenemos errores, pero la orientación sexual no es un pecado ni una desorientación de la naturaleza. Tenemos que acoger”.

Francisco es el culpable de que nadie en la Iglesia se levante para combatir a sacerdotes, Obispos, y religiosos y religiosos herejes, cismáticos, que con sus vidas están llevando a toda la Iglesia hacia el infierno. El culpable: Francisco.

Por eso, lo que viene a la Iglesia es catastrófico. Se está viviendo el comunismo en toda la Iglesia. Esto que dice esta monja es el comunismo, el marxismo, las comunidades de base, que tienen que apoyar a la cabeza herética, comunista, marxista, que es Francisco.

¿Por qué siguen aplaudiendo a Francisco si está destruyendo toda la Iglesia?

¿Por qué lo siguen llamando Papa si es un cismático?

¿Cómo el Papa Benedicto XVI puede escribir a Hans Kung diciendo que apoya a Francisco?

Esta es la corrupción de lo mejor: gentuza que está en la cima de la Iglesia para crear su orden mundial, que es la antesala de la iglesia del Anticristo.

El pecado de Benedicto XVI, que es su renuncia, cerró el Papado. ¡Ya no hay más Papas por la vía ordinaria!

No hay línea de sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. No existe. Un pecado lo impide. Un pecado es el obstáculo para que un Papa gobierne la Iglesia.

Francisco sólo hace una comedia sentado en la Silla de Pedro. ¡Es su obra de comedia, de teatro en la Iglesia! ¡No es Papa! ¡No puede ser Papa por el mismo pecado de Benedicto XVI!

Francisco conduce a toda la Iglesia hacia el derrumbe más total. Y Benedicto XVI aplaude ese derrumbe. Eso prueba que Benedicto XVI no ha salido de su pecado. Sigue ciego en su pecado. Cree haber hecho una buena obra dejando el Papado y no se da cuenta que ha puesto a la Iglesia en manos de los lobos.

“Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos” (homilía en la Basílica de San Pedro el domingo 24 de abril de 2005).

Benedicto XVI huyó ante los lobos y dejó la Iglesia desguarnecida, sin protección, caída en la más triste vida de pecado. Él huyo y sigue huyendo.

Como Papa predicó la Verdad: la Iglesia está llena de lobos, de gentuza que está vestida de Cristo pero que hace obras contrarias a Cristo.

Gentuza que en sus bocas tiene al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero que son sólo palabras humanas, lenguaje humano. Y sólo creen en sus ideas políticas, que son el comunismo y el protestantismo. Y es lo que obran dentro de la Iglesia.

La Iglesia está metida en un gran lío con Francisco. Y. muy pronto, a ese hereje lo echan de patadas de la Silla de Pedro. Y la razón: su orgullo. Por su orgullo, la Iglesia tienen ahora un dilema que no sabe resolver adecuadamente: o quitamos todos los dogmas o no se hace nada en la Iglesia. Este es el dilema.

Francisco es un charlatán que habla más de la cuenta, pero que no obra lo que habla. Está sentado en la Silla de Pedro para su publicidad, para su negocio en la Iglesia, para lo que él siempre ha hecho en la Iglesia: pecar. Y quería la Silla de Pedro para mostrar al mundo su pecado. ¡Ese es su orgullo! ¡Él está feliz en su pecado! Pero la gente le pide que destruya la Iglesia. Y no sabe hacerlo, porque no se sentó para eso. Necesita gente inteligente, porque él es un necio, un palurdo en su pensamiento. Y para romper dogmas hay que ser inteligente, hay que ser un protestante con cabeza. Y eso no lo es Francisco. Francisco es un protestante sin cabeza, con un corazoncito, con un romanticismo herético, con una palabrería que gusta a la gentuza como él. Y nada más. Por eso, otro tiene que encargarse de destrozar la Iglesia.

No hay sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. Hay un abismo. Por eso, viene la sucesión de cabezas en Roma. Gente que toma el poder para quitar un dogma, para destrozar una verdad. Francisco ya quitó el Papado. Hay que quitar el resto. Pero no atina Francisco la forma de hacerlo. Y hay gente que ya se impacienta porque quiere el nuevo orden mundial.

¡Hay que abrir los ojos! El momento que pasa la Iglesia no es como antes. Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de la Gracia, de la Misericordia.

Con Juan Pablo II la Iglesia tuvo su momento de Misericordia. Con Benedicto XVI empezó la Justicia Divina. Y, cada día, más se incrementa dentro de la Iglesia la necesidad de un castigo ejemplar a toda la Iglesia.

Dios va a castigar a la Iglesia Católica porque un Papa renunció a lo que nunca tenía que renunciar y un cismático lleva a toda la Iglesia hacia la condenación.

No se puede uno cruzar de brazos y decir que en la Iglesia todo va viento en popa. Para el que tiene dos dedos de frente, la apostasía de la fe en muchos sacerdotes y Obispos es la señal de que muy pronto hay un giro clarísimo en Roma. Un giro en que, de forma definitiva, quitándose las caretas, se empieza a demoler la Iglesia. Es lo que todavía se está contendiendo, por el orgullo de Francisco.

La Sinagoga de Satanás

tres espadas

«El misterio de iniquidad consiste precisamente en que el “Aparato publicitado de la Iglesia” que debía servir para llevar las almas a Jesucristo, sirve en cambio para perderlas y esclavizarlas al demonio. Aquí está el “misterio de perversidad” (P. Julio Meinvielle)

Todo ha sido montado para dar publicidad a un hereje, para hacer que en la Iglesia la Verdad quede oculta.

La autoridad en la Iglesia Católica ha dejado de ser divina y es sólo humana, con un poder humano, con unos fines para los hombres, haciendo que lo divino se eche a un lado.

¿Quién está sosteniendo las herejías de Francisco? La misma Jerarquía de la Iglesia, los mismos que tendrían que dar testimonio de la Verdad, pero que conducen a toda la Iglesia hacia el apartamiento de Dios, al alejamiento de la Verdad.

Francisco es la cabeza de los malos, de los pecadores, de los herejes, de los cismáticos, de los que se van a condenar porque aman su pecado. Él gobierna e influye en los demás para atraerlos hacia el fin de la masonería, que es el comunismo y el protestantismo dentro de la Iglesia.

El gobierno de Francisco es para que las almas pequen dentro de la Iglesia. Y, pecando, obran el comunismo y el protestantismo.

Sólo poniéndose en la Verdad, es decir, quitando el pecado se obra la Redención en la Iglesia, que es la obra de Cristo y que debe ser la obra de toda la Jerarquía Eclesiástica.

Pero, en realidad, la Jerarquía ha hecho un cisma en la Iglesia: se ha apartado de la Verdad, no totalmente, sino parcial, pero de manera oculta.

Todavía, entre la Jerarquía, hay sacerdotes que ven la Verdad, pero que no se atreven a dar testimonio íntegro de la Verdad, por el temor de quedar abandonados por la misma Jerarquía.

Hay miedo entre los sacerdotes, mucho miedo. Y muchos deciden acoger la mentira que da Francisco por miedo, por seguir a los otros, por no querer sobresalir de entre los demás. Los demás guardan silencio; ellos también.

Francisco habla sus herejías y los medios de comunicación de la Iglesia las apoya. Esto es diabólico, no sólo es cosa humana. Eso es señal del Anticristo.

El arte del demonio es dominar los medios temporales para por allí hacer perder a los hombres, el interior de las almas. El demonio no sólo domina los medios del placer, de la riqueza y del poder, sino de lo social, de lo que el hombre se enorgullece: la vida de comunicación social, la palabra del hombre en la sociedad, en el mundo.

El demonio, mentiroso, desde el principio, pone su mentira en los medios de comunicación para tener agarrado a todo el hombre en la mentira, en el engaño, en el error. Y si logra que los medios de comunicación de la Iglesia den la mentira, entonces ha ganado la partida en la Iglesia.

Una iglesia que apoya a un hereje en los medios de comunicación es la iglesia del demonio, no ya de Cristo.

La Iglesia es la Verdad y sólo tiene que dar la Verdad y, por tanto, debe combatir toda mentira. ¿Por qué no combate las mentiras de Francisco? Porque el Anticristo está detrás de Francisco y de la misma Jerarquía Eclesiástica. El Anticristo sostiene a Francisco y, por eso, le da la propaganda que necesita en toda la Iglesia y en el mundo.

Al Anticristo le conviene que un Obispo, como líder de la Iglesia, predique su misma doctrina. En el Anticristo está contenida toda la malicia humana para hacer caminar a todos los hombres al culmen de su pecado. El Anticristo sabe todos los caminos del mal para engendrar males en todas partes. Por eso, Francisco lleva un año sembrando todo tipo de males en la Iglesia. Y los demás aplaudiendo esos males.

Francisco los siembra y los obra. Y produce un desequilibrio espiritual en la Iglesia, porque la Iglesia está llamada a la perfección de la vida espiritual y, por tanto, a la plenitud de la Verdad. Y todos los Papas han aportado su grano de arena para llegar a esa plenitud.

Pero llega un hombre con la mentira en su boca y hace que la Iglesia emprenda y siga un camino de retroceso en toda la vida espiritual. Esta es la gravedad que vive toda la Iglesia.

La Iglesia ya no camina hacia la Verdad, que es Cristo, sino que vuelve la mirada atrás, como queriendo buscar algo que dejó en otro tiempo, en otras circunstancias de la vida de los hombres, como queriendo buscar un camino nuevo en el pasado.

En el Anticristo tiene que brillar la plenitud de la malicia. Y este es su tiempo en la Iglesia. La Iglesia se enfrenta al Anticristo. Por eso, es necesario salir de Roma, de una estructura que ya no sirve para ser Iglesia, para hacer Iglesia, para obrar la Verdad en la Iglesia. Es lo que muchos no acaban de comprender todavía.

La Iglesia no vive de estructuras, sino de corazones abiertos a la Palabra de Dios. La Iglesia sólo necesita de las estructuras para poder obrar la Verdad. Peo cuando, desde esas estructuras se impide esa obra, entonces hay que abandonarlas para seguir siendo Iglesia, la Iglesia que vive en cada corazón que está en Gracia.

La autoridad que rige, ahora, en la Iglesia Católica es totalmente farisea, hipócrita, saducea, legista, impía. Una autoridad que se enorgullece de su poder y que, por tanto, no ve su pecado, no lucha contra el pecado, sino que va al mundo para abrazar el pecado de todos los hombres. Esto es diabólico. Y esto lo llama San Juan: la Sinagoga de Satanás (Ap 2, 9).

La Sinagoga de Satanás es el gobierno de un grupo de fariseos, que es una minoría, pero que tiene todo el poder en sus manos. Cristo se enfrentó a ese grupo. Y, por eso, lo liquidaron. Ellos tomaron toda la tradición auténtica de los Patriarcas y de los Profetas para pervertir y dominar a todo el pueblo elegido por Dios.

Desde hace 50 años funciona, a pleno rendimiento, esa Sinagoga: un grupo de sacerdotes, de Obispos, que son una minoría, tienen todo el poder en la Iglesia. Y han hecho de la Palabra de Dios, su interpretación personal; y han hecho de la liturgia de la Iglesia, el culto al demonio; y han hecho de la Tradición, su cultura comunista y protestante en la Iglesia. Lo han rebajado todo, lo han pervertido todo y han obligado a los Papas a someterse a su inicuo pensamiento humano.

Por eso, decía el Señor de esta sinagoga: «Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la Verdad no estaba en él» (Jn 8, 32).

Ha sido esta Sinagoga de satanás quien ha puesto a Francisco como un falso Papa, como una pintura del Papado, como una caricatura del Papado, porque eso es lo que representa Francisco. Francisco se ríe del Papado. Francisco ha destrozado el Papado. ¿Por qué lo llaman Papa si no puede dar la Verdad del Vicario de Cristo? Francisco, cuando habla la mentira, habla de los suyo propio, de lo que hay en su mente humana. No puede hablar de lo que hay en el Corazón de Cristo, porque rechaza a Cristo en su mente y en su corazón. ¿Por qué lo llaman Papa?

Si el Papado no es una cuestión legal en la Iglesia. Igual que nadie puede renunciar a ser Papa, así nadie puede elegir a un Papa. El Papa lo elige el Espíritu Santo. Es el Espíritu el que mantiene al Papa hasta el final de sus días, porque no quita nunca el don de ser Papa a aquel hombre que Él ha elegido.

¿Por qué siguen llamando a Francisco como Papa si Dios no lo ha elegido?

La Autoridad en la Iglesia no es como la del mundo. En el mundo, los hombres eligen sus gobernantes y ponen sus leyes para regir sus gobiernos. En la Iglesia, Dios elige Su Gobierno. Los hombres tienen que dedicarse a salvar almas. Y Dios gobierna lo demás. Por eso, Jesús puso a Pedro. Y sólo a Pedro. Los demás son los demás, es decir, no gobiernan.

Dios gobierna Su Iglesia sólo con Pedro. Por eso, aunque el Papa Benedicto XVI no haga nada como Papa verdadero, Dios sigue gobernando Su Iglesia a través de él. Dios no gobierna Su Iglesia a través de Francisco. ¿Por qué llaman a Francisco como Papa, si no es Papa? Los Cardenales eligieron a un hombre mientras el Papa verdadero vivía. Luego, ese hombre no es elegido por Dios para ser Papa. Es así de sencillo, pero la Sinagoga de Satanás no puede aceptarlo. Ellos sacan sus documentos y demuestran que fue elegido Francisco como Papa y que Benedicto XVI renunció. ¡Documentos! ¡Legislación, leyes, pensamientos de los hombres! Eso es el fariseísmo. Ya no pueden atender a la Gracia.

Se es Papa por Gracia, no por elección de los Cardenales, de los hombres. La Iglesia es una Gracia. Y en la Iglesia todo se obra en la Gracia y por medio de la Gracia.

Entonces, ¿cuándo van a dejar de llamar a Francisco con el nombre de Papa para llamarlo por su nombre: un demonio encarnado? Pero nadie se atreve a decir esto. Temor, miedo, respetos humanos, culto al pensamiento de los hombres. Y toda la Iglesia tiene miedo de una minoría, de un fariseísmo que sólo busca destruir la Iglesia, como hicieron con Jesús: destruyeron su vida humana.

Tenéis miedo al poder de unos hombres, que son nada ante Dios, y no tenéis miedo a Dios que, con Su Poder, puede hacer que todos los hombres besen, con sus bocas, la faz del infierno. Los hombres sólo matan el cuerpo, pero Dios lleva al infierno al alma. Dios quita la vida del alma y la transforma en un demonio, incapaz de poder amar ya, ni siquiera a ella misma.

Los hombres sólo velan por su vida material y, por eso, temen a los hombres. Es que esa minoría nos puede dejar sin lo material. Y, entonces, hay que callar, hay que seguir como si nada pasara. Esto es lo que les pasa a muchos sacerdotes y Obispos, que les cuesta levantarse contra Francisco, contra una minoría de hombres, fariseos, que no saben nada de la vida espiritual ni de la vida de la Iglesia.

Cristo los combatió y triunfó de ellos. Por eso, el mal que ahora hace esa Sinagoga de Satanás es muy limitado. No tienen toda la libertad de antes, porque quien gobierna la Iglesia es sólo Cristo. El pueblo elegido por Dios era gobernado por muchos hombres, por eso, por la codicia, por la avaricia, por el poder de querer ser más que los hombres, una minoría se hizo con todo el gobierno. Pero, ahora, esa minoría sólo depende del Anticristo, es manejada en todo por el Anticristo. Y el Anticristo no tiene poder sobre la Iglesia de Cristo. Por eso, es necesario salir de Roma, para no caer en las fauces del Anticristo. Y es necesario llamar a Francisco, un anticristo, porque eso es lo que es. Y quien se pone en la Verdad, entonces sabe luchar contra ese fariseísmo que es la autoridad en Roma.

Hay que combatir al gobierno horizontal que ha puesto Francisco en Roma. Hay que socavarlo. Hay que sacar a relucir los pecados, las herejías, de todos esos que componen la Sinagoga de Satanás. ¡Quien no saque los trapos sucios de esos Obispos y Cardenales, no se pone en la verdad de la Iglesia, sino que se acomoda a la mentira que esos canallas den en la Iglesia!

Son tiempos muy serios para estar adulando a unos herejes. No son tiempos como los de antes. Antes había que callar. Ahora, ya no es necesario. Ante un hereje, como Francisco, hay que decírselo en la cara para que comprenda que su vida es para el demonio, no para Cristo. Si Francisco fuera de Cristo, entonces se le tendría respeto. Pero Francisco ha anulado a Cristo en su sacerdocio. Ahí están sus obras clarísimas. ¡Por sus obras los conoceréis! El que imita a Cristo hace las mismas obras de Cristo. Y Cristo vino a salvar almas, no vino a quitar la hambruna del mundo. ¡Por sus obras los conoceréis! Quien no se dedica a salvar almas: a confesar, a quitar demonios, a predicar la Verdad, a hacer penitencia por los pecados de Su Rebaño, entonces se dedica a las empresas del mundo y a darse publicidad en todo el mundo. ¡Por sus obras los conoceréis! ¿Cuándo van a discernir lo que es imitar a Cristo?

Porque Francisco no imita a Cristo, por eso, dice todos los días sus herejías, sus mentiras, sus errores, sus engaños. Y, por eso, no se puede comulgar con él. Hay que despreciarlo, incluso como Obispo, porque un Obispo recto ve su pecado, y lo quita, y se pone a hacer penitencia por su pecado. Pero, Francisco, ¿qué es lo que ve? Sólo su grandioso pensamiento, que es su mentira hecha vida, carne, en su sacerdocio. Si él no respeta la verdad de su sacerdocio, entonces no se le puede respetar como persona consagrada, porque, con su pecado, anula lo que es ante Dios.

Francisco un maldito que lleva a las almas al infierno.

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