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Francisco habla a la masa, nunca al alma

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«No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!» (EG – n. 4).

Francisco presenta a un Jesús Resucitado para encontrar la alegría del Espíritu, la paz del corazón. Y nunca hace referencia a la Cruz, al Crucificado, que es la Obra de la alegría.

Para Francisco, huir de Jesús Resucitado es morir. Y la fe nos dice que en la Cruz está la Vida, y quien huye de la Cruz, está muerto en sus pecados: es Cristo Crucificado «poder y sabiduría de Dios» (1 Cor 1, 24). Y «Dios a nadie ama sino al que mora con la sabiduría» (Sab 7, 28), al que habita con Cristo en Su Corazón, al que se encuentra con Cristo en el Sagrario, al que se despoja de todo lo humano, para seguir a Cristo: «Hijo, déjate a ti y me hallarás a Mí. Vive sin voluntad ni amor propio, y ganarás siempre. Porque al punto que te renunciares sin reserva, se te dará mayor gracia» (Imitación de Cristo – Renuncia de sí mismo) .

Este ascetismo de la vida espiritual es el que niega Francisco. Él pone a un Jesús que no está en Cruz y, por lo tanto, que no exige la renuncia a todas las cosas humanas. Pone a un Jesús que invita a mirar al otro: «quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien» (EG – n. 9). Este centrar la vida en el otro es su amor desordenado al hombre, es su pecado más frecuente.

La dignidad de la vida, su plenitud sólo está en Cristo, en vivir a Cristo, en ser otro Cristo, que es el camino único para todo hombre que quiera dar sentido a su vida. Sin el Espíritu de Cristo, no es posible llegar a la plenitud de la Verdad, que no está en ningún pensamiento del hombre, sino sólo en Dios: «el Espíritu de la Verdad os guiará hacia la Verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras» (Jn 16, 13). Francisco está empeñado en que el hombre mire al pensamiento del hombre para llegar a un sentido de la vida sólo imperado por el hombre, pero que es una mentira en su mismo pensamiento humano.

«Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción”» (EG – n. 14). Para Francisco, la predicación del Evangelio no es imponer una Verdad, sino el de compartir una vida humana. Si no se predica la vida de Cristo como una obligación para salvarse y santificarse, entonces sólo se predica para contentar la vida de los hombres y para hablarles lo que ellos quieren escuchar.

a. Cuando se da a Cristo no se comparte una alegría, sino que se vive la alegría del Espíritu, aunque el otro no quiere compartirla.

b. Cuando se da la Palabra de Dios se señala el camino de la Cruz, de la penitencia, de la mortificación, del ayuno, de la lucha contra el pecado, contra el demonio, contra el mundo. Esto no es señalar un horizonte bello, sino un Cielo difícil de conseguir si el hombre no sale de sus límites e inclinaciones humanas. Francisco señala el horizonte bello de lo humano, la alegría del mundo, el resplandor de lo que pasa con gran facilidad; pero no puede señalar el sufrimiento y la muerte de Cristo como camino para la verdadera alegría del corazón, como camino hacia la Gloria.

c. Cuando Jesús baja al Altar, en las especies eucarísticas, no se ofrece al mundo un banquete deseable, sino un Pan de Vida Divina, que hay que comulgarlo sin pecado, con discernimiento: «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27). Francisco no enseña el pecado a las almas, sino la vida feliz, dar la comunión, hacerla desear a los que viven en el pecado, a los excluidos por su pecado, y que no quieren quitarlo. Por eso, quiere atraer: la Iglesia crece por atracción. Éste es su pensamiento humano de la vida de la Iglesia. Ésta es su mente diabólica, porque Cristo no atrajo hacia sí hasta que no se puso en Cruz: «y Yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré todos a Mí» (Jn 12, 32). Es sólo la Cruz la que atrae hacia la Verdad. Es sólo el alma crucificada con Cristo la que atrae hacia los demás hacia la Verdad; es sólo una vida de Cruz, de penitencia, de desarraigo de todo lo creado, lo que sirve en la Iglesia y en su apostolado. La Iglesia atrae cuando se crucifica, no cuando baila con el mundo, no cunado quiere hacer agradable la vida de los hombres en el mundo. Una Iglesia que no se crucifica y que no crucifica no es la Iglesia de Cristo.

La Iglesia no crece porque se atrae hacia lo humano, sino porque se lleva a lo divino a los hombres. Para atraer a lo divino, el alma debe poseer lo divino, porque nadie da lo que no tiene. Y no se posee a Dios en el corazón porque se tenga un bautismo u otro sacramento. Se posee a Dios en el corazón cuando éste está libre de pecado: «El que ha nacido de Dios no puede pecar» (1 Jn 3, 9) . Ya es posible amar a Dios sin el pecado, porque Cristo ha puesto el camino para quitar todo pecado: la Penitencia. Cristo da Su Gracia en el Sacramento de la Penitencia, para que las almas vivan sin pecado, es decir, vivan amando a Dios continuamente. El camino hacia el amor está puesto por Cristo; pero muy pocos lo recorren. Y, Francisco, nunca enseña este camino para estar en la alegría del Espíritu. No puede enseñarlo porque ha anulado el pecado como ofensa a Dios: «Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores. Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar» (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, pp. 101-102).

Francisco no enseña a combatir el pecado, sino a estar en una Iglesia con los pecados: «El Señor nos quiere parte de una Iglesia que no sea casa de pocos, sino casa de todos, donde todos puedan ser renovados, transformados y santificados por su amor» (6 de octubre 2013). Francisco se olvida de que «el que comete pecado, ése es del diablo, porque el diablo desde el principio peca» (1 Jn 3, 8a). Y para esto es la Iglesia, «para esto se apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8b). Y la principal obra del demonio, entre los hombres, es el pecado. Luego, la Iglesia es para destruir el pecado, para vivir sin pecado dentro de Ella.

Para que la Iglesia sea una casa de todos, es necesario que todos quiten sus pecados. Esto es lo que no dice Francisco. Sólo le interesa resaltar que hay una Iglesia encerrada en unos dogmas y que impide que los demás sean parte de la Iglesia: «Tentación de algunos: La Iglesia es sólo la Iglesia de los puros, de los que son totalmente coherentes. Y los demás, alejados. Esto no es verdad. Es una herejía» (6 de octubre 2013). Esta es la herejía de Francisco: decir que es una herejía predicar que la Iglesia es sólo la Iglesia de los puros, de los santos. La Iglesia es santa y es para los santos, pero muchos se excluyen de Ella por sus propios pecados. La Iglesia nunca excluye, sino que es cada alma la que se excluye. Y todo el mundo puede ser santo en la Iglesia si quita sus pecados, si lucha en contra de sus pecados, si se arrepiente de sus pecados, si confiesa sus pecados en el Sacramento de la Penitencia. Porque un alma que esté en la Iglesia con sus pecados no confesados no ama a Dios, no puede amarlo, no puede hacer la Voluntad de Dios. Sigue estando en la Iglesia, pero con una vida que no es de la Iglesia, que no hace Iglesia, que no sirve a la Iglesia. La Iglesia es una Gracia, no es un pecado, no es el conjunto de hombres en sus vidas de pecado. Son hombres que luchan para no tener pecado en sus almas.

Muchos católicos no han aprendido a vivir su fe católica y están alejados de la Verdad porque viven en la Iglesia en sus pecados. Y no los confiesan nunca. Y quieren ser de la Iglesia, quiere hacer apostolados, quiere predicar, en sus vidas de pecados. Y eso es lo que no se puede permitir. Y es lo que Francisco no discierne. Muchos olvidan de que existe el Sacramento de la Penitencia y que -sin él- es imposible agradar a Dios en la Iglesia. Mientras estén en sus pecados, no pueden hacer obras de apostolado en la Iglesia. Esto es la vida espiritual. La fe en Cristo es para vivirla; pero si se vive en estado de pecado, no se puede hacer las obras de Cristo ni en las familias, ni en los pueblos, ni en las sociedades, ni en el mundo entero. Pero esta Verdad, hoy día, muy pocos la siguen. Quieren agradar a Dios con sus vidas de pecado. Y quieren hacer una Iglesia llena de pecadores. Y, por estar en pecado, eso no significa no pertenecer a la Iglesia; sino sólo significa no poder usar los Sacramentos ni el Apostolado que requiere la vida de la Gracia en la Iglesia.

¡Cuánta gente que predica y va a las misiones en su pecado! Y hace un gran mal a toda la Iglesia por no quitar sus pecados. Y es muy fácil quitarlos: el Sacramento de la Penitencia. Con ese Sacramento, en la Iglesia no hay pecadores. Por eso, es un insulto lo que predicaba Francisco a la Iglesia: «la Iglesia está formada por pecadores, lo vemos todos los días. Y esto es verdad: somos una Iglesia de pecadores» (6 de octubre 2013).

El Beato Juan Pablo II decía: «La madurez de la vida eclesial depende en gran parte de su redescubrimiento. El sacramento de la Reconciliación, de hecho, no se circunscribe al momento litúrgico-celebrativo, sino que lleva a vivir la actitud penitencia en cuanto dimensión permanente de la experiencia cristiana. Es “un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro con la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar» (“Reconciliatio et paenitentia”, 31,III) (Vaticano, 15 septiembre de 1999).

La madurez de la Iglesia está en confesar los pecados en el tribunal de la Penitencia. Y eso acerca a la santidad de Dios. Y, por tanto, la Iglesia no es una Iglesia de pecadores, sino de santos, de hombres que, cayendo en el pecado, corren a confesarlos en el Sacramento de la Penitencia. Y esto es lo que los hombres no hacen y, por eso, no gustan de la alegría de ser salvados, de ser santificados, de percibir la Presencia de Dios en sus vidas humanas. Y quieren, y corren, tras las alegrías del mundo, de la carne, de los hombres, que es lo que predica Francisco.

Francisco siempre insulta a la Iglesia porque se fija en lo que le interesa: en la Iglesia hay una historia de pecado, de corrupción, hay malos católicos, hay daño desde la Jerarquía por el pecado de muchos, y hay mucha gente que no sabe perdonar el pecado de otros. Pero la Iglesia nunca ha excluido a los pecadores de ser Iglesia, siempre ha enseñado cuál es el Camino para quitar el pecado. Y la Iglesia excomulga y ha excomulgado a pecadores para enseñarles el camino verdadero: o quitáis vuestros pecados o no hay salvación. Francisco quiere meter a todos en la Iglesia, y entonces arremete contra la verdad en la Iglesia: contra los excomulgados y contra las sentencias que la Iglesia ha dado para poner un límite, un muro, entre la santidad y el pecado. Francisco anula este muro y, ahora, en la Iglesia nadie combate ninguna herejía, ningún cisma; y, por eso, el gobierno de la Iglesia está lleno de herejes, de excomulgados, de gente pecadora que no pertenece a la Iglesia Católica, porque no tienen la fe católica.

Francisco insulta a toda la Iglesia al no hablar con verdad sobre el pecado y la santidad en la Iglesia. Un gran insulto.

Francisco habla de no excluir: «La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie» (EG – n. 23). «La comunidad evangelizadora (…) sabe adelantarse para tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos». (EG – n. 24). Esta obsesión por los excluidos es su forma de hablar sobre la salvación comunitaria, social; es decir su teología de los pobres. Cristo se ha encarnado para una obra social, no para salvar el alma.

Y, por eso, el que hace apostolado en la Iglesia «asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo» (EG – n. 25). Francisco cae en su herejía del pseudo-misticismo: la carne del hombre es la carne de Cristo. Esto es dar culto al hombre, divinizar el hombre, poner al hombre por encima de Dios. Y cae en esta herejía en su forma de hablar: la comunidad evangelizadora «asume la vida humana», encarna la vida del hombre, hace carne propia la vida de los demás; es decir, que todos tienen que llevar el peso de la vida humana, material, de los otros. Es su teología social, contraria a la doctrina de Cristo, que enseña que hay que cargar con el pecado de los demás, no con sus vidas humanas, no con sus problemas económicos, sociales, etc.

Para Francisco los que hacen apostolado «tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz» (EG – n. 25). Pero el que sigue a Cristo tiene que oler a Cristo no a oveja: «porque somos para Dios penetrante olor a Cristo en los que se salvan y en los que se pierden; en estos olor de muerte; en aquellos olor de vida para vida» (2 Cor 2, 15-16). Lo que enseña San Pablo es lo que niega Francisco: la predicación del Evangelio es causa de salud para quienes lo reciben y de ruina para quienes lo rechazan. Francisco no quiere excluir a nadie y, por eso, no es capaz de discernir ningún espíritu: todos se salvan, todos pertenecen a la Iglesia, la Iglesia está llena de pecadores, no de santos; no hay que hacer penitencia ni por nuestro pecado, ni por los de los demás. Ya Dios se encarga de salvar a todos, porque es muy bueno.

Pero hay algo más que dice Francisco: «éstas escuchan su voz». Cómo la comunidad evangélica «acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean», «encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados» (Ibidem), entonces, en el trabajo del hombre, en el esfuerzo social de los hombres, en resolverlos problemas de los hombres, las ovejas escuchan la Voz del Señor. Se quita la eficacia de la Palabra de Dios, que obra mientras todos duermen, para poner la eficacia del evangelio en las palabras, en las obras, en las ayudas que los hombres se hacen y realzan para los demás.

Esta doctrina de la teología de los pobres, de la liberación social, de la renovación de las estructuras del mundo, es la alegría para Francisco. Lo humano, lo social, lo económico, lo cultural, lo político, lo natural, lo científica, lo técnico. Si se resuelve esto, el hombre está en paz consigo mismo: «Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres» (EG – n. 2).

La vida interior es para Cristo y sólo para Él. Y Cristo, en esa vida, enseña al alma a hacer las obras que Él quieren en los demás. Nunca la vida interior es para los demás. Nunca. Nunca en la vida interior hay espacio para los demás. El espacio es sólo de Dios. Dios es el Todo y Dios quiere Todo el corazón. No quiere un parte compartida con los demás. Por eso, en las palabras misma de Francisco se ve su ineptitud por la vida del Espíritu. Él no sabe hablar al alma, no sabe hablar al corazón del alma, no sabe alimentar con la Verdad el pensamiento del alma. Francisco sólo habla a la masa, para dar ideas a todo el mundo, para mover una masa de gente sin vida interior, sin vida de Gracia. Y, por eso, a cuántos engaña Francisco, porque en la Iglesia hoy se vive en masa, se piensa en masa, se obra en masa.

Jesús no ha venido por una masa de gente, sino por cada alma. Ha sufrido y ha muerto por cada alma. Y cada alma tiene que desprenderse de la masa para ser Iglesia. Y, por eso, no es posible la obediencia a Francisco en la Iglesia: él es un líder social para una masa social, no para el alma.

La conciencia es el juicio de Dios sobre las obras de los hombres

Francisco escondió la cruz porque su misión era la de confirmar a los hombres en sus pecados.

Francisco escondió la cruz porque su misión era la de confirmar a los hombres en sus pecados.

«Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que los acusan y también los defienden» (Rm 2, 14-15).

Los gentiles, que no cumplen con la ley divina, que ni siguen unos mandamientos de Dios, pero que cumplen, de una manera natural las leyes, son para ellos mismos una ley. Está hablando, San Pablo, de la conciencia del hombre, que todo hombre tiene en su interior, aunque viva en su pecado y sea un demonio.

Todo hombre siente en su interior una fuerza que le obliga a obrar algo, a cumplir una ley. Esa fuerza es la conciencia, es el mensajero de Dios, es el testimonio de Dios mismo, que penetra la intimidad del hombre y lo invita, con fuerza y con suavidad a la obediencia.

La conciencia es el espacio sagrado donde Dios habla al hombre, y a todo hombre: sea santo, sea pecador. Esa voz divina abre al hombre a la Verdad, pone un camino para que el hombre entienda que ha obrado mal y que debe corregir su acción.

Esa voz divina presenta juicios contrapuestos, es decir, juicios que acusan o defienden al hombre en su obra. Juicios que muestran la verdad o la mentira de lo que el hombre hace o piensa.

Esa voz divina es un juicio práctico, nunca es un juicio teológico, ni abstracto, ni filosófico… Es un pensamiento sobre la verdad o la mentira de la obra del hombre. Y es un pensamiento divino, no del demonio, ni del propio hombre. No es un pensamiento que nace de la inteligencia del hombre, de su meditación o síntesis cognoscitiva. No es una idea que pueda adquirir el hombre con su inteligencia. Ni es una idea que la ponga el demonio desde lo exterior. Es Dios quien habla al hombre. Y a todo hombre. Aunque ese hombre no tenga la gracia, no tenga un bautismo, haya dado su alma al demonio o esté para condenarse por sus pecados.

Dios habla siempre al hombre, porque Dios es el que ha creado al hombre y sabe lo que necesita, en cada instante de su vida. Y, por eso, le va guiando siempre en su interior, aunque exista una ley divina o una ley natural o leyes eclesiásticas, o unos dogmas que haya que cumplir.

Este juicio práctico es un juicio moral que Dios hace del hombre y de sus actos. Dios juzga a todo hombre en su conciencia. Dios siempre juzga los actos de los hombres. Dios nunca espera al Juicio final o a que el hombre muera y se enfrente, cara a cara, con el juicio de Dios sobre su vida. Todo hombre, desde que tiene uso de razón, escucha la voz de Dios en su interior, que le va juzgando en las acciones que obra en su vida. Lo va corrigiendo en todas las cosas, para que el hombre aprenda a obrar las leyes de Dios.

«El juicio de la conciencia es un juicio práctico, o sea, un juicio que ordena lo que el hombre debe hacer o no hacer, o bien, que valora un acto ya realizado por él. Es un juicio que aplica a una situación concreta la convicción racional de que se debe amar, hacer el bien y evitar el mal» (Beato Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 59). La conciencia del hombre es un dictamen interior, es aplicar la ley natural para un caso concreto, es una obligación moral de hacer lo que ese juicio le dice en esa circunstancia de su vida que el hombre siente. Y si no lo obra, siente, en su conciencia, el juicio opuesto, contrario. La conciencia le dice al hombre el bien que tiene que hacer; pero si el hombre no lo obra, entonces, le dice el mal que ha hecho en esa obra.

Por tanto, la conciencia no es algo que el hombre puede crear, puede inventarse. Es la misma voz de Dios que ilumina con un juicio: y ese juicio puede ser de condenación, según sea la obra de pecado del hombre. Es un juicio divino, que lleva, en sí mismo, o la condenación o la salvación del hombre. Dios, cuando juzga, o bien condena o bien salva. Pero nunca el juicio divino es indiferente. Dios nunca habla por hablar, para decir algo. Dios, cuando habla, es para mostrar un camino al hombre, es para guiar al hombre hacia la verdad de su vida, enseñándole lo que desagrada a Dios.

Este juicio práctico, moral, impera al hombre: le manda hacer algo o evitar algo. Y todo hombre tiene obligación de seguir su conciencia, actuar en conformidad con esta voz divina, con este imperativo para su vida. Pero este juicio de Dios sobre las obras de los hombres no establece, no pone las bases de la ley natural, sino que sólo afirma lo que esa ley dice. Este juicio no es una fuente autónoma para el hombre, en el que el hombre va bebiendo de sus juicios sin referencia a la ley divina y a la ley moral. La conciencia del hombre no crea la ley divina ni la ley natural, sino que es un juicio que afirma a todo hombre que tiene que obedecer una ley divina, una ley natural. Afirma la autoridad de Dios, la autoridad de la ley natural, para que el hombre la siga. Este juicio divino no dice nada nuevo al hombre, le recuerda siempre el bien y el mal absolutos.

Por eso, dice el Beato Juan Pablo II:

«(…) algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular» (Veritatis Splendor, n. 56).

Este es el problema de los malcasados, que Kasper y Francisco se empeñan en aprobar. Porque ellos dos conciben la conciencia como una creación de la vida del hombre. Ya no es un juicio moral sobre los actos de los hombres, sino que es una decisión que el hombre tiene que tomar en su vida. Es decir, el hombre escucha su conciencia y elige lo que tiene que hacer. ¡Este es el error!. El hombre, que escucha su conciencia no tiene que decidir nada, sino que tiene que seguir el juicio de esa conciencia, que es un juicio divino, es un juicio práctico para una obra en concreto, es un juicio que le impera al hombre a obrar, no a decidir, no a crear algo nuevo.

Y, en este error se quiere legitimar el que los malcasados puedan comulgar. En este error, Francisco no juzga al homosexual, porque él entiende que el homosexual escucha una voz que le dice que puede elegir una vida u otra. No es una voz que le obligue a dejar su pecado.

La conciencia es el sagrario del hombre, en el que el hombre está sólo con Dios, escuchando sólo a Dios. Pero el hombre, en su conciencia no es libre para decidir según esa conciencia. El hombre sigue siendo libre para aceptar o no la voz de su conciencia. Pero, ante el juicio de Dios, el hombre no puede poner su juicio y decir que hace una obra porque así lo ha concebido con su conciencia.

El error de Kasper, de Francisco, y de todos los teólogos desviados, que son muchos, es decirle al hombre que decida según su conciencia. Éste es el error. Hay que decirle al hombre que actúe según su conciencia, no que elija una obra u otra. En la conciencia, Dios dice al hombre lo que tiene que hacer. Y el hombre, en su conciencia, está obligado a hacer lo que dice Dios. Si no lo hace, peca. El hombre, a pesar de esta obligación que siente en su conciencia, sigue siendo libre. La conciencia nunca ata la libertad del hombre, sino que le pone un camino de verdad a esa libertad. Si el hombre no sigue ese juicio, entonces, con su pensamiento humano pone un camino para la mentira.

Entonces, se quiere meter el pecado en la ley divina. Como existe un mandamiento divino: «no adulterarás»; pero también se da la conciencia del hombre, entonces hagamos que la conciencia del hombre sea fuente de la ley divina, cree una nueva ley, en aquellos casos pastorales que por el ambiente social, cultural, económico, etc., haya un conflicto de conciencia en la persona. Como la ley divina no sabe valorar las situaciones de las personas en los casos concretos, y sí lo sabe la conciencia de cada uno, entonces, hagamos ley la conciencia. Y este es el error: la persona, en su conciencia, decide lo bueno y lo malo en una situación concreta. Se tergiversa la noción de conciencia. Se adultera la ley de Dios.

La conciencia es un juicio, no es una decisión, no es una creación del hombre. Si se deja que los hombres decidan sus vidas según sus conciencias, entonces se produce el culto a la mente del hombre. Cada uno sigue lo que piensa, lo que cree oportuno en cada caso concreto. Por eso, si estás con un hombre o una mujer en adulterio, y por las circunstancias que sean no se puede dejar ese pecado, entonces –como la conciencia es ley para el hombre- el hombre puede elegir comulgar por su conciencia, porque así lo decide en su conciencia.

Este es el fondo del argumento de Kasper y de Francisco. Es la mente del hombre la que se inventa el dogma, el culto a Dios, la Eucaristía, la ley divina, la ley natural, etc. Es lo que el hombre decide. Ya el hombre no escucha a Dios, ni siquiera en su conciencia. Sino que el hombre, escucha esa conciencia y empieza a pensar otras cosas, y a decidir otras cosas.
Este es el mal que viene ahora a toda la Iglesia. Y esta enseñanza de Kasper es lo que enseña Francisco en sus encíclicas, en sus discursos, en sus declaraciones, en sus homilías, en todo.

Quien tenga dos dedos de frente, sabe que no puede seguir a Francisco en nada, y que lo que hay en el Vaticano, ahora, no es la Iglesia de Cristo, sino del Anticristo.

El bien y el mal está en los mandamientos divinos. Y el Señor enseña a todo hombre, en su conciencia, esa ley divina y natural. Y el hombre, que no sigue su conciencia, sino que va en contra de su conciencia, de muchas maneras, entonces comienza a darse culto a sí mismo, a sus pensamientos humanos, a sus obras, a sus conquistas en la vida. Y se va alejando de Dios, hasta construir un mundo, bueno para la mente del hombre, pero malo para su conciencia. Su conciencia, por ser el sagrario donde Dios habla, le va indicando que obra mal, pero el hombre ya decidió no seguir su conciencia, no seguir ese juicio que le impera, sino que toma ese juicio divino y le añade su juicio humano. Esta es la maldad que se quiere enseñar con Kasper y con Francisco. Es una aberración. Y quien obedezca a Francisco comete la misma aberración. Todo hombre escucha en su conciencia el juicio de Dios. Y la fe consiste en someterse al juicio de Dios. Quien no lo haga, peca en contra de la fe.

Francisco es una maldición para toda la Iglesia

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Un verdadero Papa se ve por dos cosas:

a. Su fe en Cristo

b. Su fe en la Iglesia de Cristo.

a. Por la Fe en Cristo, ese Papa verdadero siempre dará el pensamiento de Cristo, que es la Verdad Absoluta, de la que nadie puede separarse si quiere salvarse. Lo que salva es obedecer a la Verdad, tal como es, sin inventarse otras cosas, sin limitarla, sin condicionarla.

Un Papa puede ser muy pecador, pero si es verdadero, nunca –en su pecado- negará la Verdad, la ocultará, la combatirá, claudicará ante Ella. Porque el Papa verdadero es el que une a la Iglesia en la única Verdad; es el fundamento de la unidad de la Iglesia en la Verdad. Es la base de la unidad, aunque cometa pecados. Nunca sus pecados romperán esa base, destrozarán ese fundamento, porque ha sido elegido por Cristo para dar esta unidad a toda la Iglesia, para hacer de la Iglesia Una en Cristo.

b. Por la fe en la Iglesia de Cristo, el Papa verdadero guía a toda la Iglesia hacia la salvación y la santificación de todas las almas que le pertenecen. El Papa es para la Iglesia; el Papa no es para el mundo o para unos hombres o unas culturas o una filosofía de la vida.

Se es Papa para ser Iglesia. Se es Papa para formar la Iglesia. Se es Papa para guiar a la Iglesia hacia Su Verdad, en el Espíritu de la Verdad.

El Papa habla sólo a la Iglesia palabras de Verdad. El Papa obra sólo en la Iglesia obras de Verdad. El Papa vive en la Iglesia la vida de la Verdad. Y, con su ejemplo, con su imitación de Cristo, entonces conduce a la Iglesia hacia la tierra prometida, hace que cada alma camine hacia su salvación y santificación. Y haciendo eso, la Iglesia cumple su función en la tierra.

La Iglesia es el Reino de Dios, que no puede darse completamente en la tierra, en la vida de los hombres sólo por el pecado original que Adán cometió contra Dios. Y, por eso, la Iglesia terrenal es sólo un tránsito hacia la Iglesia verdadera que sólo es posible en el Cielo. Y si el Papa no conduce a cada alma por el camino de Cristo, que es la muerte a todo lo humano, la Iglesia no puede darse como tal en la tierra. Si el Papa se dedica a asuntos humanos, naturales, materiales, sociales, políticos, económicos, etc., descuidando la vida espiritual en cada alma, entonces no se hace la Iglesia y no se es Iglesia.

Si estas dos cosas no se dan en un Papa, entonces ese Papa no es Papa, sino otra cosa. Y, por tanto, si queremos discernir lo que es Francisco, es muy fácil:

1. ¿Cómo es su fe en Cristo?

a. La Fe en Cristo viene de la Fe en la Santísima Trinidad:

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser” (Francisco a Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica).

Claramente, Francisco no cree en la Santísima Trinidad.

Francisco cree en un Dios que no es católico; es decir, que no es el Padre, ni el Hijo ni el Espíritu Santo.

a. Es un Dios que se llama: el Padre, que es la luz, que es el Creador;

b. es un ser que se llama Jesucristo, pero que ya no es Dios, sino la Encarnación de Dios. Jesús no es la Encarnación del Verbo, sino de Dios.

c. Y es su maestro, su pastor, pero no su luz, no su creador. Ese Jesucristo no es Dios, como el Padre; es otra cosa.

d. Y, para Francisco, no existe el Espíritu Santo. Ni lo nombra. Eso sólo es un lenguaje del hombre, un concepto del hombre, que se puede interpretar de muchas maneras.

De esta concepción de Dios, se sigue que Francisco no cree en Cristo. Así de sencillo.

Jesucristo es la Encarnación de Dios para Francisco.

Niega, anula, el dogma de la Encarnación del Verbo: Jesús es la Encarnación del Verbo, el Hijo de Padre encarnado en el seno de la Virgen María. Jesús es la segunda Persona de la santísima Trinidad, que asume una carne, con la que se hace Hombre, siendo, al mismo tiempo, Dios. Esto lo niega Francisco.

Y, entonces, ya no tiene la fe católica, que es imprescindible para tener la fe en la Iglesia de Cristo. Si Francisco no cree en el Padre que engendra a Su Hijo en el Espíritu, tampoco cree en el Hijo del Padre que se encarna por obra del Espíritu en el seno de la Virgen María.

Para Francisco, Jesús es la Encarnación de Dios, no del Verbo. Ésta su herejía le conduce a negar el Misterio de la santísima Trinidad y, por consiguiente, a negar el Misterio de la Encarnación del Verbo. Negando estos dos Misterios, es imposible tener fe católica. Se tiene una fe humana, que consiste en que la mente humana piensa a Dios de una manera humana y lo busca según ese lenguaje humano, ese criterio humano, ese pensamiento humano. Y eso le conduce a dar culto a su pensamiento humano. Cree sólo en su idea de Dios, en su idea de Jesús, pero no cree ni en Dios ni en Jesús.

Si Francisco no cree en Cristo, entonces tampoco cree en la Iglesia de Cristo. Consecuencia: Francisco se inventa su cristo y su iglesia.

b. ¿Qué fe tiene Francisco?

“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio” (Lumen Fidei – n. 34).

Para Francisco, la luz que da la fe es algo encarnado, algo que se da incluso en la materia, algo que hace participar a todos los seres creados de ese conocimiento.

Ya la fe no es un don de Dios que sólo se da al alma, no a los seres creados. Sólo para el hombre es la fe. Para Francisco la fe ilumina a la materia, ordena la materia. Está confundiendo la obra de la Creación de Dios con el don de la fe al alma. Con esto, está significando Francisco, que es la Creación el inicio de la fe en todo. Que no existe otra fe que un Dios de Bondad, que lo ha creado todo por amor y que lo salva todo por amor. Y esto trae una consecuencia monstruosa: negar el pecado y, por tanto, la obra de la Redención. Lo que vale, lo que permanece es la obra de la Creación. Francisco da una importancia a esa obra anulando la mayor obra de Dios en Cristo, que es redimir en Su Hijo a toda la humanidad. Esta obra, que es la Nueva Creación, para Francisco no tiene ninguna importancia, sino que es sólo una continuación de esa obra creadora de Dios que, para él es una luz, un conocimiento. Pero no es una luz la Redención de Cristo.

Y, además, esa luz de la fe procede de la vida luminosa de Jesús. En Jesús se da una luz que no es la de la fe. Jesús engendra una luz distinta a su vida luminosa. Y esa luz es la fe para el hombre. Ya la Fe no es la Verdad Absoluta, sino algo que viene de Jesús, algo que engendra Jesús, algo que es fruto de la vida de Jesús. Luego, el que tiene fe no debe creer en Jesús, sino en esa luz engendrada por Jesús, en eso que de Jesús viene, pero que no es la misma vida de Jesús. Ya no se cree en Jesús, ya no es imita la misma vida de Jesús, ya no se hacen las mismas obras que hizo Jesús, ya no se tiene la misma Mente de Cristo. Es otra cosa.

Cristo ya no está en la Eucaristía, porque ésta es sólo un recuerdo de la vida de Cristo: “la eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final” (Lumen Fidei – n. 44).

La eucaristía ya no es Cristo, porque: “El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo” (Lumen Fidei – n. 44); ya no se transustancian, ya no se cambian las sustancias y desparecen el pan y el vino, sino que se quedan las sustancias del pan y del vino en la Eucaristía.

Por tanto, la Eucaristía es sólo un recuerdo de la muerte de Cristo en el Calvario. La Misa es un recuerdo, no es el Calvario mismo, no es lo que sucedió en el Calvario y que se da realmente en cada Misa, aunque de manera incruenta. Sólo la Misa es un trabajo mental, un acopio de fuerzas humanas para entretener a la gente y decir que ama a Dios escuchando la Misa.

Francisco niega el Misterio Eucarístico, que es negar a Cristo mismo. Y sin la Fe en la Eucaristía, queda una fe humana en la eucaristía; queda una invención de la eucaristía, del amor de Cristo. Y, por eso, Francisco predica su misericordia sin verdad, sin ley divina, sin norma de moralidad. Porque tiene que anular el pecado para centrarse sólo en la Obra de la Creación, que es lo más valioso en su fe humana., y decirle a todos los hombres que están salvados por Dios los ama mucho.

La fe es una luz encarnada. Y ¿dónde se encarna esa luz? En la mente de la persona, en la razón del hombre, en la idea del hombre.

c. ¿qué cosa es esa fe de Francisco?

“La fe (…) se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión.” (Lumen Fidei – n. 4).

Así, que la Fe para Francisco, es algo que viene del pasado y es algo que viene del futuro.

1. Viene del pasado, porque Cristo ha muerto y ha vencido a la muerte con su amor;

2. y viene del futuro, porque Cristo nos atrae hacia ese futuro.

1. La fe, como es algo del pasado, es una luz de una memoria fundante. Es decir, la vida de Cristo es una memoria, un recordar, un analizar, un sintetizar, un pensar, un meditar, un analizar.

Cristo vivió su vida y la dejó como memoria, como recuerdo, como algo que el hombre tiene que cogerlo y hacerlo suyo. En otra palabras, la fe es un ejercicio de la mente del hombre, un estudio que hace el hombre sobre la vida de Cristo, sus orígenes, su cultura, su medio ambiente, sus familiares, todo aquello que ayude a descubrir lo que es Cristo.

Por tanto, en la Fe no se cree en Cristo, sino sólo se cree en una idea que el hombre tiene de Cristo, en una razón adquirida por la mente en su estudio intelectual sobre Cristo. Sólo se cree en el lenguaje humano que da una inteligencia al hombre de Cristo.
Consecuencia, quien cree en Cristo sólo cree en su mente humana, en su idea humana, en su razón humana, pero no cree en Cristo.

Y, entonces, Francisco tiene que interpretar el Evangelio a la luz de su razón humana, no en la luz del Espíritu: “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio (…) El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. (…) la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible” (Francisco al P. Antonio Spadaro, S.J.Director de La Civiltà Cattolica).

Francisco anula la Palabra de Dios, el Evangelio, porque lo lee desde la cultura del hombre, desde el tiempo del hombre, desde el conocimiento del hombre, desde la mente del hombre, desde la historia del hombre. Echa a Cristo de la Iglesia. Se inventa su evangelio de la fraternidad, su amor a los hombres porque son hombres, que Dios ha creado y salvado porque es bondadoso.

Francisco no cree en el Evangelio, que es la Verdad, la única Verdad. Francisco no somete su inteligencia humana a la Palabra del Evangelio, sino que es su inteligencia humana la que quiere descifrar los misterios de la Palabra Divina, contenidos en el Evangelio. Es su soberbia, su orgullo, ponerse por encima del Evangelio. Francisco no obedece a la Verdad, que es Cristo, sino a las verdades que ha encontrado en su razonamiento humano sobre Cristo. Francisco se obedece a sí mismo en su sacerdocio, pero no a Cristo, no a la Mente de Cristo, no a la Palabra de la Verdad, que se da en el Espíritu de la Verdad.

Y quien no cree en el Evangelio es señal de que no escucha a Dios en su corazón. Y quien no escucha a Dios no tiene fe en Dios. La fe viene por el oído, porque se tienen los oídos abiertos a la Palabra Divina y cerrados a toda palabra humana. Francisco sólo escucha su razón humana. Tiene abierta la mente a su idea humana, pero cerrado el corazón a la Palabra Divina.

Francisco es un hombre sin fe divina. Se ha inventado su fe en cristo y su fe en la iglesia.

2. Y la fe, como es algo del futuro, entonces lleva al yo hacia una comunión, una unión, una armonía, que le hace salir de su propio campo visual para que pueda comprender otro campo, otra visión, otra estructura en la vida.

Cristo resucitó y entonces da al alma un futuro, un camino nuevo. Pero, ¿Cómo se camina hacia ese futuro? ¿cómo se recibe ese algo nuevo que viene del futuro? ¿qué es esa comunión? ¿en qué consiste esa unión a la que esa fe conduce?

“La fe cristiana es, por tanto, fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo” (Lumen Fidei – n. 15).

El yo sale de sí mismo porque cree en el Amor pleno. Y ese amor pleno “se revela como fe en su amor indefectible por nosotros, que es capaz de llegar hasta la muerte para salvarnos. En este amor, que no se ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto me ama, es posible creer; su totalidad vence cualquier suspicacia y nos permite confiarnos plenamente en Cristo” (Lumen Fidei – n. 16).

Para Francisco hay que creer en ese amor de Cristo que ha muerto para decirnos cuánto nos ama.

Francisco da un giro, da una vuelta, para no ver el amor redentor de Cristo, y así centrarse en el amor de Dios.

Y, entonces, incurre en una grave herejía: para llegar al amor pleno, al amor divino, hay que ir a través del amor redentor de Cristo. El amor de Cristo es una cosa: Cristo sufre y muere para dar vida al hombre que está en su pecado.

Y Dios ama al hombre cuando éste ha reparado todo su pecado en la Justicia Divina.

No se puede llegar al amor pleno si unirse al amor redentor de Cristo; es decir, sin purificar el corazón, sin expiar el pecado, sin reparar en la Justicia Divina los pecados de los hombres, es imposible que Dios ame al hombre.

Por eso, Cristo permanece como Mediador entre el Padre y los hombres. Cristo hace caminar a los hombres por Su Camino de Cruz, de expiación del pecado, de purgación del alma, para que el Padre pueda unirlos en su Amor.

Francisco da un giro, no quiere ver el amor redentor de Cristo, porque lo ha anulado; y sólo se centra en el amor pleno de Dios. Y lo pone en Cristo. Ésa es su herejía. En Cristo, sólo está el Amor Redentor; en el Padre, el Amor Divino.

Cristo ama al hombre con Su Corazón, que es un Amor Redentor; y el Padre ama al hombre en Su Hijo, en el Corazón del Hijo. Y en la medida que el hombre se vaya purificando de su pecado, en la medida en que el hombre se vaya transformando en otro Cristo, imitando a Cristo en su vida, así va recibiendo el amor del Padre y se va haciendo Uno en la Santísima Trinidad. ESto lo anula Francisco en su concepción de su fe fundante, fe en una memoria, en un recuerdo inútil de la vida de Cristo, porque Cristo da Su Vida sin más, en la Gracia, sin que el hombre se ponga a estudiar su vida. Cristo es Vida, es la Vida. Cristo no es un recuerdo, no es el aprendizaje de unas palabras bien dichas. Cristo mismo se da al alma. Y le da su mismo Ser, su misma Vida, sus mismas obras. Por eso, es gravísima la herejía de este hombre. Niega al mismo Cristo en su fe fundante.

¿A qué le conduce esta fe a Francisco?

“Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos” (Francisco al P. Antonio Spadaro, S.J.Director de La Civiltà Cattolica).

Francisco busca una iglesia nueva, distinta de la de Cristo.

Una iglesia que se inventa sus caminos para trabajar por el hombre, no por Dios.

Una iglesia que reúne todo para condenar a las almas, porque Francisco no cree ni en la:

1. Santísima Trinidad

2. Encarnación del Verbo

3. Eucaristía

4. Evangelio

5. Obra de la Redención de Cristo

6. Iglesia de Cristo

Entonces, ¿qué es lo que da Francisco en la Iglesia?

Dos cosas:

1. Su comunismo

2. Su protestantismo

Y ¿Por qué Francisco da esto?

Porque es un masón; es decir, es un masón vestido de obispo.

Francisco no es un sacerdote; es un masón. Francisco no es Obispo; es un masón. Francisco no es Papa; es un masón.

Y no es masón porque haya pertenecido a un grupo masónico; sino porque su fe es masónica.

Lo que revela Francisco en sus declaraciones, en sus encíclicas, en sus homilías, en sus enseñanzas heréticas, es la doctrina de la masonería, es el ideal de la masonería, es el orden nuevo mundial, que es necesario ponerlo en Roma, no en la Iglesia de Cristo.

Francisco no pertenece a la Iglesia de Cristo. Francisco no es Papa. A Francisco no hay que obedecerle, porque no es Papa.

Y no es Papa, no porque existan unas revelaciones que dicen que es un falso Papa, sino porque él como líder de la Iglesia no hace unidad en la Verdad. No puede hacerla. Si no da la Verdad, ¿cómo quiere unir en la Verdad a la Iglesia?

Si su liderazgo en la Iglesia no está fundamentado en la Verdad Absoluta, ¿cómo quiere exigir obediencia a su mente si esta mente habla por su boca la mentira?

En la Iglesia de Cristo se obedece a Cristo en la Jerarquía, cuando la Jerarquía da la Verdad, que es Cristo; enseña la Verdad, que es Cristo; guía en la Verdad, que es Cristo; pone el camino de salvación y de santificación en la Verdad, que es Cristo.

Y si la Jerarquía de la Iglesia no da la Verdad como es, con sencillez, con claridad, sin condiciones, sin opiniones, sin puntos de vista, sin criterios humanos, entonces no es posible la Obediencia a esa Jerarquía. Porque no se obedece la mente de ningún hombre, por más Papa que sea, por más sacerdote que sea, por más Obispo que sea, por más Cardenal que sea, si esa Jerarquía no se pone en la Verdad, que es Cristo, si esa Jerarquía no es otro Cristo.

Francisco no habla como Cristo, no obra como Cristo, no vive como Cristo. Consecuencia: no hay obediencia a Francisco. Porque Francisco es el que hace el cisma dentro de la Iglesia con su mentira, con sus herejías, con sus opiniones, con sus criterios de hombre. Y obedecerle, por consiguiente, es hacer un cisma dentro de la Iglesia. Y no obedecerle es ponerse en la Verdad de la Iglesia.

Como sacerdote, lo tengo claro: no hay obediencia a Francisco ni a ningún Obispo que siga a Francisco. Porque Francisco no hace la unidad en la Verdad dentro de la Iglesia, sino que la está destruyendo con su opinión de hombre sobre el Evangelio, sobre Cristo, sobre los Sacramentos, sobre el Papado, sobre todas las cuestiones de la Iglesia.

Y aquel que destruye la Verdad en la Iglesia hay que considerarlo como enemigo, no sólo del alma, sino de la misma Iglesia. Y no hay obediencia a un enemigo. No hay respeto a un enemigo. No es posible dialogar con un enemigo. No es posible abrazar a un enemigo.

A Francisco hay que amarlo como enemigo del sacerdocio, de la Verdad, del Evangelio, de la Iglesia, de los hombres, de las almas.

Y amar a un enemigo consiste en mostrarle la Justicia Divina, no el cariño de los hombres, no la misericordia absurda de los hombres. Hay que decirle que se vaya a un monasterio a expiar sus muchos pecados y a buscar la salvación de su alma, porque peligra estando sentado en esa Silla de Pedro, que no es su silla. Francisco se la robó al Papa Benedicto XVI. Y ese robo exige una Justicia Divina que tiene que cumplir si quiere salvarse.

Para ser Iglesia hay que ponerse en la Verdad. Y aquel que tenga miedo a decir las cosas claras de lo que es Francisco, no pertenece a la Iglesia.

Aquel que siga haciendo el juego a Francisco, no pertenece a la Iglesia.

Aquellos Obispos que sigan lamiendo la humanidad de Francisco, no se les puede obedecer en la Iglesia. Porque se es cabeza para indicar el camino de la salvación al alma, al sacerdote, a la Iglesia. No se es cabeza para condenar a las almas siguiendo los bellos pensamientos de muchos hombres que ya no tienen vida sacerdotal en la Iglesia, que están en sus Obispados para tener una posición eclesiástica, económica, política, social, cultural, científica, filosófica, pero que han perdido el norte de la Verdad, la guía del Espíritu de Cristo en sus sacerdocios. Y no saben, como cabezas del sacerdocio ni guiarse así mismos en el sacerdocio. ¿Cómo van a exigir la obediencia a sus súbditos si ellos ya no obedecen a Cristo y sólo obedecen a un hereje que, sentado en la Silla de Pedro, conduce a toda la Iglesia hacia su ruina más total?

La alegría que da el Evangelio es la fuerza de la Verdad que da al alma el ser testimonio de esa Verdad en medio de demonios como hay dentro de la Jerarquía de la Iglesia. No hay que tener miedo de enfrentarse a una Jerarquía ciega en la mentira y que guía a los ciegos al infierno del alma.

El misterio del bien y del mal

corcruz

La razón por la que el mundo está espiritualmente vacío es porque el hombre ya no conoce la diferencia entre el bien y el mal.

Conocer esa diferencia no es un trabajo intelectual, sino espiritual. No está en la inteligencia del hombre lo que es el bien y el mal. Está sólo en la Luz del Espíritu, en el Pensamiento Divino, en la Palabra del Pensamiento del Padre.

Y todo el problema para el hombre consiste en aceptar esa Luz del Espíritu para conocer la diferencia entre el bien y el mal.

Cuando se pone ese conocimiento en lo que cada hombre puede alcanzar con su mente, entonces se llega a un camino en que ya no existe el pecado, en que se toma como un derecho de la persona, como un deber, como una ley.

En el mundo ya hay muchas leyes contrarias al Evangelio y, por tanto, son leyes que nacen de aceptar el pecado como un derecho de la persona. Son leyes inicuas que ningún hombre puede seguir, porque van contra lo que tiene escrito en su ser humano.

En cada hombre Dios ha puesto su Ley, una Ley Divina, una Ley que no se escribe en papel y con tinta, sino que hace que el hombre se mueva en las coordenadas de esa Ley.

Todo hombre nace con una ley natural en su ser de hombre. Esa ley natural es una ley divina para el hombre. Toda el Universo, por ser creada por Dios, posee la ley divina. Cada ser creado, cada planta, cada animal, cada materia tiene la ley de Dios en lo que es creado. Y se rige por esa ley divina.

Por eso, todo el Universo obedece sólo a Dios: los astros, las estrellas, los planetas, los seres animados e inanimados, los seres materiales, los seres espirituales, etc., por tener la ley divina inscrita en ellos, dan obediencia a Dios; Dios los guía; Dios les enseña a obrar en su vida.

Dios todo lo rige por Su Ley. Su Ley es diferente a Su Espíritu. El Espíritu es que posibilita al ser para conocer y amar a Dios. Por eso, los animales no tienen Espíritu, ni los astros, ni los planetas; sólo los hombres y los seres espirituales (ángeles y demonios) pueden conocer y amar a Dios por tener un espíritu. Y son movidos por este espíritu para alcanzar un fin divino en sus vidas.

Pero los demás seres, Dios los gobierna con su Ley y, por tanto, carecen del fin divino. En estos seres no se da el pecado, ni la bienaventuranza eterna: no hay infierno ni cielo para ellos. Pero estos seres tienen una misión que hacer en el Universo. Y la realizan con la Ley Divina, que está inscrita en cada ser, en el interior de cada ser creado.

Esa Ley Divina es una bondad divina, es decir, es un bien que el ser tiene y al cual tiende: un planeta se mueve hacia esa bondad que posee en su interior. Y, en ese movimiento, ese planeta está realizando la misión que Dios le ha dado en el Universo.

Esos seres que no poseen el Espíritu, no pueden moverse nunca hacia el mal, porque sólo realizan el bien. Y lo hacen sólo por la Ley Divina en ellos, que es una ley natural en sus seres (movimientos gravitatorios, elípticos, etc.). Nunca harán algo que no está inscrito en esa ley. Ellos sólo obedecen a la Ley Divina.

Pero los seres que tienen espíritu, tienen algo más en sus vidas y, por tanto, en ellos está el mal. Y lo está desde el principio. Cuando Dios creó al ángel, se forma el demonio: un ángel que no acepta la verdad que Dios le dio y que, automáticamente, se pone en la mentira.

Éste es el Misterio del Mal, que nace en el Misterio del Bien.

Dios, que es Espíritu, siempre es Bueno. Nunca es Malo, nunca miente, nunca engaña, nunca peca.

Dios crea un ser espiritual, distinto a él: un ángel; y éste se rebela contra Él. Y, ¿por qué se rebela si es todo bueno, si al crearlo Dios no ha puesto nada malo en él?

Porque ese ser nuevo tiene un espíritu, no sólo posee la Ley Divina inscrita en su ser, sino que tiene una inteligencia divina, una inteligencia que proviene del Espíritu Divino.

Pero ese espíritu que Dios da al ser que crea no es absoluto, es decir, Dios se lo da para una relación con Él. Dios se relaciona con los hombres y con los ángeles con el espíritu. Sin el espíritu, Dios no puede amar a los hombres ni a los ángeles.

Dios se ama a Sí Mismo en Su Espíritu: las Tres Personas se relacionan entre Sí en el Espíritu. Es el Misterio de la Santísima Trinidad. Y sin Espíritu no es posible la relación. Todo sería un absoluto, un camino cerrado, sin puerta, sin comunicación con el otro.

Los planetas, los animales, los seres sin espíritu, ni se pueden relacionar, comunicar con Dios. Dios no los ama y ellos no pueden hacer un acto de amor hacia Dios, porque no existe la relación. Entre Dios y ellos hay algo absoluto: no hay un camino para que ellos puedan alcanzar a Dios ni para que Dios les dé algo más de lo que tienen por creación.

Por eso, no hay que hacer de la Creación algo divino, un ser divino, que es la herejía de la Nueva Era: todo es divino, todo es amado por Dios, todo se relaciona con Dios. Por eso, la astrología es un pecado: es darle a los astros lo que no tienen. Los astros, los planetas, no se relacionan con los hombres, no guían a los hombres, no deciden el curso de la historia de los hombres, porque no tienen espíritu, no tienen inteligencia.

Los astros, los planetas, en su vida, dan señales a los hombres. Pero esas señales hay que discernirlas en el Espíritu para entender lo que significan en Dios.

Dios le dio al ángel un espíritu. Y, con ese espíritu, ese ángel penetraba a Dios: entendía sus misterios, conocía todo lo que había en Dios. Y, entonces, ¿cómo nace el pecado de ese ángel? Si conoce el bien divino, la vida divina, ¿por qué no se aferra a Ella?¿por qué peca?¿por qué se alza en contra de Dios?

Dios da al hombre y al ángel dos cosas: su Ley Divina y Su Espíritu.

En la Ley Divina, el hombre y el ángel conocen la Voluntad de Dios en sus seres creados. Conocen el bien divino. No conocen el mal.

En el Espíritu, el hombre y el ángel tienen algo que no poseen las demás criaturas: la libertad del Espíritu.

Dios es libre en Su Espíritu. El animal, los astros, los planetas, las plantas no son libres en sus seres creados. Están atados a una Ley Divina que deben realizar. Y no pueden no querer esa Ley Divina. La hacen por Ley, movidas por esa Ley, por ese Bien Divino inscrito en sus seres. No son libres, pero tampoco están coaccionados, porque la coacción significa que hay libertad. Dios mueve a esos seres a algo que Él quiere. Y Dios los mueve con libertad, pero ellos no poseen esa libertad.

Pero el ángel y el hombre sí poseen esa libertad: la libertad que da el Espíritu. Por tanto, son libres en el Espíritu. Por Ley Divina deben hacer lo que está inscritos en sus corazones: esa bondad divina hay que obrarla. Pero no ya atados a la ley divina, como los otros seres creados, sino libres en el Espíritu.

Dios, al dar Su Espíritu al hombre y al ángel, les da el don de la libertad. Y ese don es siempre bueno. Y, entonces, ¿por qué la criatura escoge el mal? Si ese don les lleva a realizar lo que Dios quiere con libertad, ¿por qué el hombre o el ángel realizan el mal que Dios no ha puesto en ellos?

El hombre y el ángel tienen, por el Espíritu, un conocimiento divino, distinto a su conocimiento humano o angélico.

En esos conocimientos, el hombre y el ángel, conocen la verdad de sus seres. Por sus entendimientos ven siempre la verdad. Pero son entendimientos no absolutos: es decir, esos entendimientos no tienen toda la Verdad, no llegan a toda la Verdad. Son entendimientos limitados porque son creados por Dios.

Dios no crea a un hombre y pone su entendimiento divino; sino que lo crea con un entendimiento humano, acorde a su naturaleza humana. Y, con ese entendimiento humano, el hombre se mueve en la verdad de su ser humano, pero no puede moverse fuera de su ser para entender lo que está afuera.

El hombre ve muchas cosas fuera de él, pero tiene que investigarlas para conocerlas. Y esa investigación nunca es completa, porque no conoce la raíz de la creación, la razón por la cual Dios creó las cosas. Su entendimiento humano llega a muchas verdades, fuera de él, que están en la Creación, pero no a toda la Verdad, no a la Plenitud de la Verdad.

Para llegar a esa Plenitud, el hombre necesita otro entendimiento, el divino. Y ése lo posee sólo en el Espíritu.

El hombre y el ángel pecan sólo por una cosa: porque se aferran a su entendimiento humano. Sólo por eso. Por eso, el pecado del ángel: su soberbia. El pecado del hombre: su soberbia.

Y la soberbia significa no aceptar la luz divina sobre una verdad que no posee el entendimiento de la persona.

El ángel, cuando fue creado por Dios, lo entendió todo de Dios y, al punto, se puso en el pecado. Y, ¿por qué? Porque prefirió su entendimiento angélico. No aceptó el entendimiento divino que Dios le daba por Su Espíritu. Ese no aceptar produce en el ser del ángel una transformación: Dios le quita el Espíritu, Dios le quita la inteligencia divina de todas las cosas, y el ángel se queda sin Espíritu. Eso es el demonio: un ser espiritual, pero sin Espíritu Divino. Por eso, el demonio es un misterio en su mal, porque él un ser espiritual, a imagen de Dios, que es Espíritu.

El ser del demonio lo capacita para ver lo espiritual, no sólo lo material o lo humano. Y, por tanto, puede moverse en ese mundo espiritual, aunque no tenga el Espíritu. Este es el Misterio del Mal: un ser que no tiene el Espíritu y que, por lo tanto, la ley divina inscrita en su ser está inutilizada, corrompida, porque Dios no sólo lo creó dándole una Ley Divina, sino también un Espíritu. Al quedarse sin Espíritu, la Ley Divina inscrita se corrompe. Y, por tanto, el mismo ser del demonio hace su ley: su ley demoniaca, que es sólo lo contrario a la ley divina.

El demonio no puede arrancar de sí esa ley divina, pero sí la puede corromper con su pecado. Y corromper significa usar esa ley divina con solo su entendimiento no angélico, sin someterse al Entendimiento Divino. Y, en consecuencia, imita a Dios en todo, pero en lo opuesto, haciendo lo contrario a lo que hace Dios.

Y el demonio puede hacer esto por su ser espiritual. El hombre, en su pecado, no puede hacer esto del demonio, porque no es espiritual.

El hombre pecó como el demonio, pero no en su totalidad, porque no tiene el ser espiritual. El ser del hombre es humano: alma y cuerpo. El alma es la imagen de Dios. Es un ser espiritual, pero imperfecto, es decir, necesita de un cuerpo para vivir y moverse, para entender y amar.

El ángel no necesita de un cuerpo y, por eso, su ser espiritual es perfecto. Pero el hombre, al ser imperfecto en su ser espiritual, -que es su alma-, cuando peca, lo hace imperfectamente. No llega a todo el pecado porque no entiende todo el mal.

El demonio comprendió todo su mal y, por eso, su pecado no tiene perdón de Dios. El demonio, cuando pecó, se condenó al instante. Pero el hombre, Adán, cuando pecó, no se condenó, por la imperfección de su conocimiento humano. Por eso, Dios le puso un camino de salvación. El demonio no tiene este camino.

Y este camino no estaba en el Plan de Dios original. No había necesidad del pecado, ni del ángel, ni del hombre. Dios creó al ángel y al hombre para Su Cielo. Ése era el plan. Pero ni el ángel ni el hombre aceptaron ese Plan. Y, entonces, Dios pone otro Plan al hombre.

Dios podía quitar al hombre de su vista, como también lo podía hacer con el demonio cuando pecaron. Porque Dios, al crear el Universo, tiene derecho de hacer en él lo que quiera. Lo puede destruir cuando Él quiere. Es un derecho divino. Y Dios no tiene que avisar a ningún hombre que va a aniquilar el Universo.

Pero Dios, en su Inteligencia Divina, es Perfecto. Y, por eso, pone un Plan distinto al hombre en su pecado. El Plan de Su Misericordia con el hombre en el pecado. Para el demonio, sólo se da la Justicia Divina, sin Misericordia, por el pecado del demonio. Pero, para el hombre, se da la Misericordia en Su Justicia. No es la Misericordia sin Justicia. No es antes la Misericordia que la Justicia. Es antes la Justicia en Dios. Y, en la Justicia, se da la Misericordia.

Hoy se predica al revés: primero la Misericordia. Es un error, por desconocer el pecado del hombre.

Adán no tenía que haber pecado. Luego, no se da la Misericordia. La Misericordia no existe sin no se da el pecado del hombre. No hubo Misericordia para el demonio. Sólo hubo Justicia. En la Justicia Divina, Dios vio que no podía poner al demonio un plan distinto para salvarlo. No se daba la salvación al demonio. Luego, no había Misericordia para él porque no entraba en la Justicia de Dios.

La Misericordia nace de la Justicia, no es al revés. La Justicia no nace de la Misericordia. Es primero la Justicia y es sólo la Justicia. El Amor de Dios no es la Misericordia. El Amor de Dios es la Justicia de Dios en el Espíritu: es obrar la Justicia en el Espíritu, movido por el Espíritu.

En Dios no existe el mal, luego su Amor es siempre Justo. La Justicia de Dios es algo que está unido al Amor de Dios. Y, por tanto, ante el pecado del hombre Dios ama al hombre con Su Justicia. Y ese amor significa castigar al hombre por el mal que ha hecho. Y, en ese castigo, se da la Misericordia: el perdón del pecado y la expiación del pecado.

Como hoy se niega la Justicia Divina, tiene que negarse también todo lo demás: el pecado, el infierno, el purgatorio y el cielo; la cruz, la obra de la Redención, la Misericordia.

Hoy los hombres se han inventado su misericordia, en la que Dios todo lo perdona. Dios salva a todo el mundo. No hay que crucificarse con Cristo. Sólo hay que mirar al Resucitado para salvarse. Es lo que muchos sacerdotes y Obispos predican continuamente en la Iglesia. Y eso sólo por no comprender el misterio del bien y del mal.

Y no lo comprenden sólo por una cosa: su soberbia. Se aferran a sus ideas humanas. Pero lo peor no es eso. Van más allá. Cometen el pecado del ángel, que no lo cometió Adán, sino imperfectamente.

El demonio, en su soberbia perfecta, cometió otro pecado perfecto: el orgullo, es decir, se puso por encima de Dios. Adán también lo cometió, pero de forma imperfecta.

Y, hoy día, hay muchos sacerdotes y Obispos que van por el camino del orgullo, creciendo en ese pecado hasta alcanzar la perfección de ese pecado, como el demonio.

Y crecer en ese pecado de orgullo les lleva a muchos a cometer el pecado contra el Espíritu Santo, que es el mismo pecado del demonio, en el cual, ya no hay Misericordia, sino sólo Justicia.

Y éste es el pecado que podemos observar dentro de la Jerarquía de la Iglesia. Porque el sacerdote es más que un hombre, es más que un ángel, es más que un demonio. El ser sacerdotal tiene otras cosas que no posee ni el hombre, en su creación, ni en el ángel, en la suya. Y, por tanto, el pecado de muchos sacerdotes es como el pecado del demonio, porque tienen una inteligencia perfecta de las cosas celestiales. Ya no tienen la inteligencia de Adán.

Adán, en su inteligencia, era imperfecto. Pero el sacerdocio, en su inteligencia, es perfecto. Por eso, cada sacerdote está obligado a ser santo, porque lo tiene todo para eso. Y. cuando el sacerdote no busca su santidad, entonces se corrompe más fácilmente que muchos hombres.

Por eso, tenemos una Iglesia con una Jerarquía corrompida por su pecado de orgullo: crecen y crecen en el orgullo y eso les lleva a pecar en contra del Espíritu Santo siendo sacerdotes. Y hacen una iglesia del demonio y para el demonio, llena de orgullo, donde nadie se puede salvar.

Es lo que vemos con Francisco: él ha iniciado el camino del orgullo en la Iglesia. El camino de la corrupción. Y, por tanto, en su nueva iglesia no se puede estar. No se puede obedecer a un orgulloso, que sólo vive para entendimiento humano, para su soberbia y su orgullo. Y, por tener el sello de la consagración sacerdotal, eso produce que su alma viva para su pecado, que su alma se centre en su pecado. Porque teniendo toda la inteligencia para hacer el bien perfecto, usa todo el don de Dios para hacer el mal perfectamente. Su entendimiento humano ya no puede seguir al Espíritu, por su pecado de orgullo. Y, por eso, va creando sus leyes, sus doctrinas, sus interpretaciones del Evangelio, sus formas de estar en la Iglesia, sus visiones de la Iglesia, su capacidad para hacer el mayor mal en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena, porque él no da la Misericordia del Señor, sino que se inventa su misericordia, amoldada a sus pensamientos humanos.

El hombre se ha hecho un dios para sí mismo

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”Leemos en el libro del Génesis: «Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”» (Gn 2, 16-17). Con esta imagen, la Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios” (Juan Pablo II -Veritatis Splendor, n.35).

El bien y el mal no están en posesión del hombre, no es fruto de su raciocinio, no se llega porque se obren cosas buenas en la vida, sino que sólo Dios dice al hombre lo que es el bien y lo que es el mal.

El mundo y la Iglesia se han olvidado de esta verdad que Dios revela al hombre. Y, por tanto, se dicen muchas cosas sobre el bien y el mal y todos yerran en eso.

“Cada uno de nosotros tiene una visión del Bien y del Mal. Nosotros debemos animar a dirigirse a lo que uno piensa que es el Bien. Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo” (Francisco).

Francisco anima a la gente a ir hacia el bien que tiene en su pensamiento. Y, de esta manera, la persona se aparte de la Voluntad de Dios.

La persona tiene que decidir el bien y el mal acudiendo sólo a Dios, no a su pensamiento, no a las leyes de los hombres, no a nada humano o natural de la vida.

Quien no discierne la Voluntad de Dios en Dios, entonces hace de cualquier voluntad humana su dios.

El hombre, con su querer humano, hace su bien humano. Y, entonces, siempre se equivoca, porque el hombre, para hacer el bien tiene que preguntar a Dios ¿cuál es el bien que tiene que obrar en su vida?

Un mundo y una Iglesia sin discernimiento es lo que vemos actualmente. El mundo es claro que no discierne la Verdad porque: el Espíritu de la Verdad “no lo puede recibir el mundo, porque no lo ve ni lo conoce” (Jn 14, 17).

Pero en el mundo viven católicos con el Espíritu de la Verdad. Y esos católicos tampoco disciernen en el mundo ni el bien ni el mal que sólo Dios quiere. Y eso significa que esos católicos que viven en el mundo son del mundo, es decir, han perdido el espíritu de la Verdad. Son mundanos como los del mundo, sirviendo al espíritu del mundo.

El Espíritu de la Verdad da al hombre la obra que Dios quiere en su vida. Y esa obra es la que salva al hombre, la que lo santifica, la que lo hace caminar hacia el Cielo.

Pero es necesario que el hombre luche contra el pecado, contra el demonio, contra el espíritu del mundo. Y si no lucha, entonces no puede recibir el Espíritu de la Verdad.

Francisco quiere cambiar el mundo con su pensamiento. Según la mente del hombre conozca la maldad, entonces el hombre puede decidir hacer el bien para quitar esa maldad.

Esta idea de Francisco es la idea del demonio en su mente diabólica.

El demonio concibe el bien y el mal en su mente. No lo concibe en Dios. Ya no puede, porque se separó de Dios en su pecado.

El demonio fabrica con su mente caminos para el bien y caminos para el mal. Y eso lo pone en la mente de los hombres. Y los hombres caminan hacia el bien y hacia el mal según la mente del demonio, según las ideas que el demonio le vaya dando.

Por eso, aquel que no discierna sus pensamientos, los buenos y los malos, entonces no se pone en la Verdad. Porque el demonio pone muchos pensamientos buenos. Y no sólo hay que rechazar los malos pensamientos de la cabeza, sino también los buenos.

Dios no guía al hombre dándole buenos pensamientos. El demonio guía al hombre dándole buenos pensamientos. Quien no rechace sus brillantes pensamientos sobre la vida, sus perfectos pensamientos sobre la vida, sólo sigue al demonio en su vida.

El hombre no ha comprendido esta verdad, ni en el mundo ni en la Iglesia.

Es Dios quien decide lo que es bueno y lo que es malo. Y, por tanto, se necesita mucha oración y penitencia para captar de Dios lo que es bueno y lo que es malo para la vida humana de cada hombre en la tierra.

Como los hombres no hacen oración ni penitencia, entonces sólo se rigen por sus cabezas y siempre se equivocan en todo, aun en las cosas divinas, sagradas y santas de la Iglesia.

Francisco enseña a seguir al demonio en la vida humana y en la vida espiritual. Es un hombre que no discierne la Verdad porque no sale de su pensamiento humano. No puede salir. Para él el bien y el mal lo inventa su mente humana. No hay que ir a Dios para comprender ese bien ni ese mal.

Con este pensamiento herético de Francisco se destruye lo más fundamental en la persona: su libertad.

La persona que mire su mente para entender el bien o el mal en su vida queda esclava de su mente, de sus ideas, de sus razones, de sus planes en la vida. Y, por tanto, ya no es libre para obrar la Verdad en su vida, no es libre para seguir al Espíritu de la Verdad, porque sólo sigue a su pensamiento humano.

Y una persona que es esclava de su mente, de su filosofía en la vida, hace de su vida un culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres, a la razón del hombre.

Y quien da culto al hombre ya no da culto a Dios en su vida. La persona no puede adorar a Dios en Espíritu y en Verdad, no puede salir de ella, de su mente humana, para seguir al Espíritu, sino que se queda encerrada en su mente humana y ahí sólo encuentra la adoración a sí misma, en su pensamiento humano. Y la persona se hace un dios para ella misma.

Esto es Francisco: él mismo es dios para sí mismo, porque quiere arreglar el mundo, que sólo le pertenece al demonio, con su mente de hombre.

No se puede comulgar con Francisco. No se puede obedecer a Francisco. No es posible la unión espiritual con Francisco. Y, por tanto, como Francisco es jefe de la Iglesia, no es posible unirse a ningún Pastor, a ningún sacerdote, a ningún Obispo, que se una a Francisco, que comulgue con Francisco.

Por eso, es imposible la obediencia a una cabeza en estos momentos en la Iglesia. Imposible. Sólo se puede obedecer a Cristo Jesús, que sigue siendo el Rey de la Iglesia, y que no engaña a nadie con sus pensamientos.

La situación en la Iglesia es muy grave. Y no estamos para jugar al ratón y al gato. No estamos para escondernos de esta realidad.

Muchos viven en la Iglesia con una venda en sus ojos y no son capaces de discernir nada en la Iglesia. Y hay muchos sacerdotes católicos y Obispos con esta venda en sus ojos, porque ya han perdido la fe, no sólo en la Palabra de Dios, sino en la Iglesia, en la Obra de Jesús en el mundo, en medio del mundo.

Y, por tanto, están haciendo de la Iglesia la división propia de ser cabezas de la Iglesia sin el Espíritu de la Verdad, que enseña lo que está bien y lo que está mal en la Iglesia. Y son ellos los que dirigen a las almas, a las ovejas, a la condenación a pensar como piensa el demonio y a seguir en la Iglesia la mente del demonio.

Francisco y sus seguidores es lo que hacen en la Iglesia: condenar a muchas almas por su falsa doctrina sobre el bien y sobre el mal.

Y muchos fieles en la Iglesia se condenan porque sólo están en Ella para comulgar, para recibir la Eucaristía. Y no les interesa otras cosas sino eso. Y, por tanto, se tragan cualquier mentira de cualquier sacerdote y Obispo que predique bonito, pero que no dé la Verdad, que no dé el Espíritu de la Verdad.

Muchos sacerdotes y Obispos predican con el espíritu del mundo, con el espíritu del demonio, con el espíritu propio de Satanás: la soberbia.

Así estamos en una Iglesia que no sirve sino sólo para condenar a las almas. Por eso, hay que salir de Roma cuanto antes. Antes de que de venga el gran castigo: el falso Profeta que combatirá al Profeta que ponga ese momento el Cielo para ese tiempo.

Un tiempo cumbre para todos en que hay que elegir sin retorno, sin arrepentimiento, sin posibilidad de volver atrás: o el Profeta de Dios o el falso Profeta del demonio.

Y quien siga al Profeta de Dios, entonces, verá el camino de la Iglesia. Pero quien siga al falso Profeta, entonces tendrá lo que persigue: al Anticristo. Y sólo le podrá servir a él y adorarlo como dios.

Quien no discierne el bien y el mal en Dios se hace un dios para sí mismo.

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