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El Sínodo desata vientos de cisma y de apostasía

loco

En la nueva iglesia, que se levanta en el Vaticano, siguen a un loco: Bergoglio. Es un hombre atado a su pensamiento humano sobre Cristo y sobre la Iglesia. Un hombre sin verdad: no puede permanecer en la verdad, porque baila continuamente con toda mentira que el demonio le pone en su mente. Es una mente diabólica, como hay pocas en el mundo, porque es el encargado de poner la base de una nueva estructura de iglesia, que haga frente a la Iglesia de Pedro, que es la Iglesia de Jesús.

Por eso, alguien predicó en el Sínodo:

«Papa Francisco cree fuertemente en el valor de la sinodalidad» (ver texto).

La nueva iglesia, que ya está en pie, no tiene el papado como centro, como base, cono verdad, sino la comunión de toda la Jerarquía, en que el nuevo y falso papa es uno entre iguales, que es la doctrina propia de los protestantes. Esta doctrina de la sinodalidad lleva a escuchar al otro, pero no a obedecer la Verdad. La Verdad ya no está en Cristo, ya no la tiene el Papa, ya no está en la Iglesia, sino en todo el mundo, en todos los hombres que se reúnen para hablar de sus verdades, que son sus problemas, sus vidas. Y éstas son la verdad que hay que seguir, que hay que exponer en un lenguaje nuevo, al alcance de todos.

Es el espíritu de la colegialidad, pero no el del Sucesor de Pedro: no es el Espíritu de Pedro, porque Bergoglio no es Papa y todo cuanto hace en la Iglesia rezuma sólo humanidad. Una nueva iglesia que se fundamenta en la palabra de los hombres, en sus vidas y obras, pero no en la Palabra de Cristo, no en la Roca infalible de la Verdad, no en la Obra de Cristo, que es una obra para quitar el pecado, para destruir las obras del demonio.

En el Sínodo no se habla del pecado, ni de la lucha contra el pecado, sino que se habla de un lenguaje nuevo para tratar los diferentes asuntos de la vida de los hombres. Ese lenguaje nuevo está lleno, no sólo de errores, sino de claras herejías, que llevan a la apostasía de la fe, y que ponen la cima del cisma como fruto de ese nuevo lenguaje.

En el Sínodo se respiran los vientos del cisma. No sólo es una brisa, sino un huracán que nadie puede aguantar, sostener, parar, sino que se desata sobre toda la Iglesia. Es la consecuencia de no sujetar el entendimiento humano a la verdad, que es sólo Cristo. Y, por eso, los hombres hablan abiertamente de la soberbia que hay en sus mentes. Una soberbia desatada, que se muestra a todos sin la careta, sin la máscara, sin el fariseísmo de un ropaje eclesiástico.

Ha comenzado un diálogo en la nueva iglesia, diálogo de besugos, de charlatanes, de ignorantes de la vida eclesial, de herejes, de cismáticos, para ponerse de acuerdo, en el lenguaje, sobre la doctrina, sobre lo que hay que pensar, lo que hay que creer, lo que hay que obrar en la iglesia. Ya el nuevo y falso papa no es la voz de Cristo, no da testimonio de Cristo, no imita a Cristo, sino que ese nuevo papa imita al hombre, es la voz del hombre, es el grito de su pueblo; el pueblo que hace de su persona un fetichismo, una idolatría, un negocio en el mundo.

Bergoglio no es garantía para nadie ni custodia de la fe verdadera, sino que es el camino para condenarse al fuego del infierno, para arrastrar, con el lenguaje humano, con la palabra bonita y bella, a muchos hacia la perdición eterna.

El que es de Cristo, no es de Bergoglio ni de su nueva iglesia. Esto deben tenerlo muy en cuenta, porque si no van a quedar pillados en este nuevo lenguaje. Quien sigue a Bergoglio no sigue a Cristo y no pertenece a la Iglesia de Cristo, a la verdadera, a la fundada en Pedro.

La nueva era del lenguaje se cierne sobre toda la Iglesia. Ellos dicen: no vamos a cambiar la doctrina, sino que vamos a presentar un nuevo lenguaje para, con el tiempo, cambiar la doctrina. Este es el engaño que muy pocos ven en todo este juego del Sínodo. Porque esto es el Sínodo: un juego de los hombres para distraer a todos de la verdadera doctrina, la que salva, la intocable, la dogmática, la que no predican en el Sínodo.

Bergoglio es un hombre que no ve en las iglesias locales la verdadera Iglesia: «la Iglesia universal y las Iglesias particulares son de institución divina, mientras que las Iglesias locales, así entendidas, son de institución humana» (ver texto). Esta es la desfachatez de este hombre: las capillas, que la Iglesia tienen en cada diócesis, son cosa humana. Las asociaciones, los grupos de oración, etc… no son de la Iglesia. Lo que valen son las parroquias. Lo que no sea parroquia, no corresponde a la Iglesia de Jesús. Lo que los hombres organizan localmente no pertenece a la Iglesia universal. Y después de decir esto, habla como un arrogante:

«el Sínodo se realiza siempre cum Petro y sub Petro, y la presencia del Papa es garantía para todos y custodia de la fe» (Ib): este es el orgullo de un hombre, que no es Pedro, que no puede ser el Papa de la Iglesia Católica, sino que es la nueva figura de la sinodalidad, de la colegialidad, que la falsa Jerarquía persigue desde ahora con el Sínodo.

Un hombre que se ha vuelto loco en su orgullo manifiesto, pertinaz, claro para todos los que han aprendido a discernir las palabras de este hombre. Para los demás, sigue siendo un ídolo, un super-hombre, un iluminado en la Iglesia.

La sinodalidad significa una sola cosa: todo se hace por votación. Todo se hace por aclamación del pueblo. Todo es contentar al pueblo, a la gente, a la chusma de los católicos tibios y pervertidos. Es concebir un lenguaje apto para toda mente humana, que esté acorde, que se acomode a cualquier pensamiento humano, menos el dogmático. Es un lenguaje que aborrece el dogma, la Verdad Absoluta, las verdades reveladas. Y que, por lo tanto, es un lenguaje que reescribe la Revelación, el dogma, la fe, el credo, el Evangelio, lo que se ha enseñado y vivido durante 20 siglos. Y este lenguaje recibe el sello del falso Papa, porque todo está bajo Pedro (un falso Pedro), en la mirada atenta de un hereje, que no quiere ver un dogma en su nueva iglesia.

Ellos comienzan un nuevo camino: el del lenguaje humano, apoyados en el común de una mente humana desviada de la verdad. Todos aquellos que predican este lenguaje no pertenecen a la Iglesia Católica. Tienen que aprender ya a discernir la verdadera de la falsa Jerarquía. Tienen que ver ya quién es quién en la Iglesia para no dejarse engañar por el nuevo lenguaje que es un camino que los llevará a la perfección de su pecado, anulando así toda la obra de la Iglesia durante 20 siglos.

Es el lenguaje propio de la herejía moderna: coger una Verdad Absoluta y tergiversarla con toda clase de pensamientos humanos, que son sólo mentiras disfrazadas de verdad. Es sólo un engaño para la mente del hombre, para que el hombre piense que por ese camino se encuentra su salvación y su santificación.

La cuestión del lenguaje: «la atención que debe darse a la lengua y al lenguaje de la Iglesia, que debe utilizar para responder a las expectativas y hacerse comprender» (ver texto). En esto gastan la saliva los del Sínodo. Lo que importa en la doctrina de Cristo no es la doctrina, no es la Verdad Absoluta, no es el dogma, no es la norma de moralidad, sino la lengua, la palabra humana. Es el culto a la idea del hombre: a ver quién da la idea que convenza a todos. La idea que se haga moda, que arrastre a todos hacia el fin que se persigue.

Y muy pocos han comprendido que nadie puede usar otra lengua para explicar la doctrina de Cristo sino la misma Palabra de Dios, porque «Mi doctrina no es Mía, sino del que Me ha enviado» (Jn 7, 16). Jesús, cuando habla, no usa un lenguaje humano para expresar algo divino. No va en busca de un lenguaje para responder a las necesidades de los hombres. Jesús, cuando habla, da la misma Mente de Su Padre. Y, para hacer eso, necesita tener el Mismo Espíritu de Su Padre.

Los hombres del Sínodo carecen del Espíritu del Padre, que es el Espíritu del Hijo, y por lo tanto, no pueden hablar con el Espíritu de la Palabra: no pueden predicar la misma doctrina que Cristo predicó, sino que, necesariamente, tienen que inventarse un nuevo lenguaje para dar su doctrina de hombres.

Hay que poner la atención en la lengua. Eso significa una cosa: nadie pone freno a su boca. Consecuencia: «Ved que un poco de fuego basta para quemar todo un gran bosque» (St 3, 5b). El fuego del nuevo lenguaje va a quemar todo el bosque del dogma católico. ¡Esto es el Sínodo! «También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. Colocada entre nuestros miembros, la lengua contamina todo el cuerpo, e inflamada por el infierno, inflama a su vez toda nuestra vida» (v. 6). Los Obispos, que hablan en ese Sínodo maldito, hablan inflamados por la mente del mismo demonio, y queman a muchos con sus palabras heréticas y cismáticas.

Hay que inventarse una nueva forma de hablar a la gente, porque llevamos 20 siglos que no nos entendemos. Este es el absurdo que están diciendo. Lo que Cristo enseñó hace 20 siglos a Sus Apóstoles, eso no vale en el tiempo actual, porque el mundo de hoy y los hombres hablan otro lenguaje, usan su jerga. Y eso que enseñó Cristo no se entiende en esa jerga. Hay que cambiarlo, hay que acomodarlo al lenguaje de la gente: predica lo que los hombres quieren escuchar y así los ganas. Pero no prediques la Verdad como es, porque el lenguaje que el hombre usa hoy día no tiene ninguna verdad absoluta, no admite dogmas, ya que el hombre se mueve continuamente entre relativismos, entre dudas, entre incertidumbres, entre mentiras, con errores. Y eso es lo que importa: demos nuestra mentira a la gente, nuestro error, para que la Iglesia quede bien con todo el mundo.

¿Qué dice el Evangelio?

«Sea vuestra palabra: sí, sí; no, no; todo lo que pasa de esto, de mal procede» (Mt 5, 37).

¿Qué están predicando en el Sínodo? Lo que procede del mal, del pecado, del demonio:

«El lenguaje como»vivir en pecado «,»intrínsecamente desordenados», o «mentalidad anticonceptiva» no son necesariamente palabras que invitan a la gente a acercarse a Cristo y a la Iglesia… Hay un gran deseo de que nuestro lenguaje tiene que cambiar para satisfacer las situaciones concretas…. Muchos ya ven al Matrimonio como algo que hay que eliminar del duro lenguaje de la Iglesia. ¿Cómo podemos hacer que el lenguaje sea atractivo, cariñoso y acogedor? No estamos hablando de normas o leyes, estamos hablando de una persona, que es Jesús, quien es la fuente de nuestra fe, el líder de nuestra Iglesia, que es el que nos invita a entrar en un misterio.» (P. Thomas RosicaPortavoz del Vaticano).

Vivir en pecado, intrínsecamente desordenado, mentalidad anticonceptiva, ya son conceptos que no valen. Y ¿por qué no valen? Porque no gusta al oído de mucha gente que vive su vida en el pecado y que llama al pecado como santidad de vida, virtud, valor divino.

Hay que cambiar el lenguaje: no hay que predicar como Cristo lo hizo; hay que buscar un lenguaje que invite a la gente ¿a qué cosa? A acercarse a Cristo y a la Iglesia, porque Jesús es la fuente de nuestra fe, el líder de nuestra iglesia.

Este es el lenguaje de herejía, el propio de estos herejes.

Hablemos de Jesús: la sola fe, sólo Cristo te salva, la sola misericordia, la sola escritura. La doctrina luterana, presentada en el lenguaje moderno de una Jerarquía que ha apostatado de la fe.

No te van a hablar de la doctrina de Cristo, sino de Cristo. Sólo Cristo salva.

Pero no hablemos de normas:

«La Iglesia debe ofrecer su enseñanza más vigorosamente, presentando la doctrina no como un elenco de prohibiciones, sino haciéndose más cercanos a los fieles, tal como lo hizo Jesús» (ver texto).

¿No es la enseñanza de Jesús vigorosa por sí misma? No hablaba Jesús con autoridad y todos le seguían, todos callaban sus bocas? Entonces, ¿por qué no imitan a Cristo y se dejan de ofrecer la enseñanza con un nuevo lenguaje? Porque ya no creen en lo que Dios ha revelado; ya no creen en lo que Cristo ha enseñado; ya no creen en lo que la Iglesia ha mantenido durante tanto tiempo firme en su Seno. Y la Iglesia ha sido capaz de hacer esto porque un Papa legítimo la sostenía, aunque estuviera llena de demonios en su Jerarquía.

Pero como, en la actualidad, la Iglesia ya no se sostiene por un Papa, sino que la maneja un falso Papa, entonces aparece el baile del lenguaje humano para derribar todo el dogma de la Iglesia. ¡A eso van! No se crean que el Sínodo no va a tocar la doctrina. Ya ha sido tocada, ya ha sido cambiada. Pero sólo se muestra el nuevo lenguaje de los hombres, para contentar a todos. Y, en ese nuevo lenguaje, viene el zarpazo. Por eso, estas Navidades Cristo no estará en el portal de Belén. No serán Navidades católicas.

«Cuando acabó Jesús sus discursos, se maravillaban las muchedumbres de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene poder y con como sus doctores» (Mt 7, 28-29).

El poder de la Palabra de Jesús es lo que deja maravillados a las gentes. No es el lenguaje que usa Jesús: es que Jesús habla con autoridad, con poder, con el Espíritu.

Y esta gentuza del Sínodo, ¿habla con autoridad, con poder, con el Espíritu de la Palabra? No. Y nunca lo van a hacer porque se han apartado de la Palabra de Dios, de la Revelación, del dogma, para poner su estilo de lenguaje humano, su idea maravillosa, su moda del lenguaje. Hablan con el espíritu del demonio, para llenar la Iglesia con los pecados de herejía, de cisma y de apostasía de la fe.

«La Iglesia debe ofrecer su enseñanza…tal como lo hizo Jesús». ¿Y qué es lo que hizo Jesús? ¿Qué cosa predicó Jesús?

«Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5, 28). ¿No está Jesús prohibiendo mirar a la mujer con deseo? Esto es lo que hizo Jesús. Así Jesús se acercó a la gente: les dijo la verdad que nadie quiere escuchar. Si miras a una mujer con deseo, vives en pecado. Esto es lo que predicó Jesús y la gente lo aceptaba, lo seguía.

«El lenguaje como» vivir en pecado»… no son necesariamente palabras que invitan a la gente a acercarse a Cristo»: este sacerdote es maestro de Cristo. Cristo: te has equivocado en tu uso del lenguaje. Eso ya no sirve, tu forma de predicar no va con la moda del mundo, con la vida de las personas del siglo XXI; tiene que ser distinta. Esta es la gran herejía.

«¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19, 4-6). La indisolubilidad del matrimonio se demuestra por el lenguaje decisivo y tajante de Jesús: que ningún hombre separe el vínculo del matrimonio. Que ninguna doctrina acepte otra cosa que esta verdad: si estás casado por la Iglesia, no te puedes divorciar y juntar con otra persona, para después, querer comulgar en estado de pecado. Y, como no puedes, te quejas de que no perteneces a la Iglesia.

Es un lenguaje decisivo y tajante de Jesús. Y esta forma de lenguaje que usa Jesús lo quieren cambiar:

El «lenguaje tiene que cambiar para satisfacer las situaciones concretas». Hay que satisfacer la vida de pecado de las personas, de los matrimonios que pasan por una situación difícil, porque viven en el pecado (están malcasados) y quieren comulgar en su pecado. ¡Qué situación más difícil! Y hay que satisfacerla con un beso y un abrazo, con un nuevo lenguaje.

«¿Cómo podemos hacer que el lenguaje sea atractivo, cariñoso y acogedor?» ¿Cuál es el lenguaje de la Jerarquía apóstata del Sínodo?

«Actuando con empatía y ternura, será posible reducir la brecha entre la doctrina y la práctica, entre las enseñanzas de la Iglesia y la vida cotidiana de la familia. Porque lo que necesitamos no es una elección entre la doctrina y la misericordia, sino el inicio de una pastoral iluminada, sobre todo para animar a las familias en dificultad, que a menudo se sienten con un sentido de no pertenencia a la Iglesia» (ver texto).

Hay que iluminar la pastoral con la mente del hombre, con las palabras de los hombres, con el sentimentalismo, la empatía, la cercanía, la afectividad, el deseo de ser feliz en la vida, de hacer lo que a uno le de la gana en la vida.

O con otras palabras más directas:

«Puede haber más amor cristiano en una unión canónicamente irregular que en una pareja casada por la Iglesia» (Adolfo Nicolás).

Reconozcamos que los que viven en unión libre son más santos que los que tienen el Sacramento del matrimonio. Y, por eso, hay que dejarlos que comulguen, porque el sacramento de la Eucaristía no es para los perfectos, sino para los pecadores:

«La Eucaristía no es el sacramento de los perfectos, si no de los que están en el camino» (ver texto); es decir, de todos los hombres. Todos están en el pecado, en el camino del pecado. La Eucaristía es la que ofrece el camino para no pecar más. Y, por eso, es el Sacramento de los perfectos, no de los pecadores que quieren seguir en sus pecados. Y estar en el camino de la perfección no significa no pecar más, sino significa que si alguno ha pecado, que vaya corriendo al sacramento de la Penitencia, para poder seguir en el camino de la santidad, que da la Eucaristía.

Pero en el Sínodo nadie toca el tema de la Penitencia, de la confesión, de la expiación del pecado, del arrepentimiento del pecado, de la lucha contra el demonio, contra uno mismo, contra el mundo. Nadie. Todos en su lenguaje humano, que es la base para la nueva doctrina de la nueva iglesia.

Y, por eso, con el lenguaje humano se hace de la Iglesia una Sodoma y una Gomorra:

«Lejos de encerrarse en un aspecto legalista, queremos sumergirnos en las profundidades de estas situaciones difíciles para acoger a todos los que están involucrados y para asegurar que la Iglesia es la casa de su paterna, donde hay espacio para todo el mundo con su vida dura» (Damasecno Assis)

¿Ven cómo está el Sínodo? ¿Ven lo que hay? Y sólo llevan tres días. ¡Y cuánto caballo desbocado!¡Cuántas naves a la deriva! ¡Cuántas almas se van a perder para siempre!¡Cisma y sólo cisma! Y cisma oficial, llevado por toda la Jerarquía de la Iglesia.

Francisco cerca a la Iglesia con el protestantismo

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“¿Y quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn 4, 5).

La fe es confesar que Jesús es el Hijo de Dios. Para Francisco, “la fe es confesar a Dios, pero al Dios que se ha revelado a nosotros, desde el tiempo de nuestros padres hasta ahora; al Dios de la historia» (10 de enero).

No dice eso el Evangelio del día. La fe no es confesar a Dios. El budista, el judío, el protestante, el calvinista, el masón, el musulman, cada hombre en el mundo confiesa a dios, a su dios, el que sea. Pero el católico confiesa a Jesucristo, como Hijo de Dios, como Hijo del Padre. Y, por tanto, también, en el Hijo, confiesa al Padre, que ha engendrado a Su Hijo en el Espíritu. Y, al confesar a Jesús, como Hijo de Dios, también está confesando al Espíritu. En Jesús está toda la Trinidad, que se ha Revelado en Sí Misma. El Dios que creemos es el Dios de la Revelación. No es el Dios de la historia.

Cuando Francisco habla así, está indicando la doctrina protestante sobre Dios. Para el protestante Dios se revela en la historia, pero no en Sí Mismo. Y, por tanto, en la historia de los hombres, Dios va dando Su Palabra y esa Palabra va haciendo la vida de cada hombre.

Por eso, para Lutero es el Evangelio el que crea a la Iglesia, no es la Iglesia la que enseña a interpretar el Evangelio; es lo que dice Jesús, que es la Palabra de Dios encarnada, la autoridad final para ver si algo es cierto o no.

Jesús va dando pautas de lo que debe ser la vida. Y, por eso, el hombre, en su historia, tiene que leer el Evangelio y aplicarlo a su vida particular. Dios se revela en la historia de cada uno, pero Dios no se revela en Sí Mismo. Conocemos a Dios por la historia de los hombres, pero no en Sí Mismo. Por eso, el génesis es un mito para muchos, porque no se dan datos históricos, sino hechos que deben ser interpretados según la mitología o las creencias antiguas. En el Génesis no se ve a Dios en Sí Mismo. Dios empieza a verse en Abraham, pero no antes.

Y, entonces se cae en el error de la historia: poner la vida espiritual en lo que hacen o piensan los hombres. Y esa es la fe que predica Francisco, una fe llena del pensamiento luterano, protestante. Y, por eso, en Francisco está la libre interpretación de la Sagrada Escritura. Se apoya en el Evangelio y, de ahí, saca su idea humana. Ya no se apoya ni en la Tradición, ni en el Magisterio de la Iglesia, ni en el Dios que se revela, porque todo eso pasa con el tiempo. La Palabra de Dios es lo que importa. Pero hay que interpretarla según el tiempo histórico de cada uno, según la mente de cada uno, según su cultura o su ciencia o su filosofía de la vida.

Entonces, Francisco, en esta homilía quiere explicar qué significa eso de que la victoria que haya vencido al mundo sea nuestra fe.

Y, como siempre, mete su herejía, no sólo una mentira, sino algo que va en contra del dogma: “este «permanecer en el amor» de Dios es obra del Espíritu Santo y de nuestra fe y produce un efecto concreto: Quienquiera permanece en Dios, todos han sido generados por Dios, el que permanece en el amor vence al mundo y la victoria es nuestra fe”.

Todos han sido generados por Dios: ésta es su herejía. Como Jesús, con su muerte y su resurrección nos ha salvado, entonces todos salvados. Quien cree en esto, se salva. Quien cree que Jesús le ha salvado, se salva. Jesús ha dado la salvación a todos gratuitamente. Luego, todos salvados. Sólo hay que creer. Esto es puro protestantismo.

El Evangelio es muy claro: “Conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros en que nos dio Su Espíritu” (v. 13). Permanecemos en Dios porque hemos recibido de Su Espíritu, no porque todos hemos sido generados por Dios. Son dos cosas muy diferentes.

“Todo el que ama es nacido de Dios” (v.7). Hay muchos hombre que no aman, porque no han nacido de Dios, no son generados por Dios.

Francisco se basa en esta herejía, clara herejía, para construir una mentira, una homilía totalmente anticatólica y anticristiana.

Como todos han sido generados por Dios, entonces todos vencen al mundo. Pero, ¿por qué no lo vencen? Porque “la Iglesia está llena de cristianos vencidos, cristianos convencidos a medias”. ¿Han percibido su odio contra toda la Iglesia en estas palabras? ¿Ven la mentira que encierran estas palabras?

La Iglesia está llena de almas que no creen en Jesús, porque creen en las cosas del mundo. Y, por tanto, no tienen fe en Jesús, como Hijo de Dios. Tienen fe en el Jesús de la historia, en el Jesús que han aprendido en un libro, en el Jesús que alguien le ha enseñado. Pero no tienen fe en Jesús. Creen en Dios, creen en Jesús, creen en muchas cosas, pero a su manera humana. Y no creen en Jesús sólo por una razón: porque viven en su pecado: “El que no ama no conoce a Dios” (v. 8). El que no ama es el que vive su pecado. Éste no tiene el conocimiento de Dios, que viene por fe.

Pero. ¿qué es lo que dice Francisco? Porque eres un cristiano vencido, derrotado, que no crees que la fe es victoria, entonces nada puedes: “Pero la Iglesia está llena de cristianos vencidos, que no creen en esto, que la fe es victoria; que no viven esta fe, porque si no se vive esta fe, está la derrota y vence el mundo”. Para Francisco, hay que creer que la fe es victoria: “De nuestra parte, está la fe. ¡Es fuerte! Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria! Y esto sería bello que lo repitiéramos, también a nosotros, porque tantas veces somos cristianos derrotados”.

La fe no es creer que Jesús es el Hijo de Dios. No. La fe es algo que está dentro de nosotros mismos: “De nuestra parte, está la fe”. Ya no es un don de Dios. Es un esfuerzo humano. Y, como ese esfuerzo en muchos es débil, por eso no tienen fe. Tiene que ser fuerte: “¡Es fuerte! Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria!”.

Nuestra fe puede todo. Nuestra fe. No la fe en que Jesús es el Hijo de Dios.No. Nuestra fe. Como la Iglesia no cree que la fe es victoria, por eso está llena de derrotados. ¿Ven la maldad?

Y esto viene sólo por decir su herejía: Todos han sido generados por Dios. Luego, todos tienen que tener esta fe fuerte. Todos. Porque el Espíritu ya ha hecho su obra en todos. El problema está en el hombre, que no cree en esta fe. El hombre tiene que hacer su obra, poner de su parte. Y, por tanto, el problema no está en el pecado del hombre, sino en el hombre que no es fuerte, que vive derrotado, vive vencido.que no pone de su parte, no pone el esfuerzo humano para tener fe.

Y esto le lleva a decir que, como no existe el pecado, sino el esfuerzo de cada hombre por creer, entonces, tampoco existe la gracia divina. El hombre, por tanto, se salva por sí mismo, por su fe, porque cree en la Palabra de Dios. Y esa fe es fuerte. Es tan fuerte que siempre cree, que nunca es débil, nunca el hombre cae en el piso derrotado: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria!. ¿Ven? Se niega la gracia de Dios. Todo está en el hombre. El hombre se salva por su fe. Esto es lo que decía Lutero: la fe fiducial. Y esto lo que predica ese hereje.

“La Iglesia está llena de cristianos vencidos” = la Iglesia está llena de gente que no cree en sus propias fuerzas humanas. Éste es el odio de Francisco a la Iglesia. Francisco quiere llevar a las almas al cerco del Protestantismo. Es un lobo vestido de piel de oveja: usa la Palabra de Dios, cambiándola el sentido para adaptarla a sus necesidades, a donde él quiere llevar su homilía. La Iglesia ya no tiene que vivir siendo fiel a la Gracia, sino siendo fiel a su esfuerzo humano. Es la Gracia la que da la fuerza al hombre. Pero dice Francisco: no.Si está en el piso, derrotado, es que no has hecho el suficiente esfuerzo humano para tener esa fe fuerte en sí misma, porque ya el Espíritu te ha hecho hijo de Dios. Ya puedes tener esa fe fuerte. ¿Y el pecado, dónde lo metemos? Sólo es un problema de conciencia. Eso no daña el ser hijo de Dios.

Francisco siempre quiere, en toda homilía, dar una mentira. Cuando la ofrece, vuelve a lo de siempre. Por eso, muchas veces sus homilías no se comprenden. Comienza por una cosa y termina por otra, que no tiene nada que ver, como en ésta: “¿Y cómo puedo saber si confieso bien la fe? Hay un signo: quien confiesa bien la fe, y toda la fe, tiene la capacidad de adorar, adorar a Dios”. El evangelio no habla para nada de la adoración a Dios. Francisco lo mete porque ya ha terminado de decir su mentira. Y esa mentira le lleva a este absurdo: quien confiesa toda la fe tiene la capacidad de adorar a Dios. Es un absurdo, pero Francisco no sabe completar su idea del principio. No sabe hilar los pensamientos, porque no van con la Verdad. Es una verdad y una mentira. Otra verdad y otra mentira. Y eso tiene que romper la lógica del pensamiento y caer en absurdos, porque no se sabe cómo hilar, cómo acabar, como conectar una idea con otra. Y así, siguiendo su juego de palabras, llega a la confianza en Dios.

Nunca Francisco va hacer una homilía digna, porque es protestante. Va a lo suyo en cada homilía. A lo que salga. Y, entonces, dice estas barbaridades que deja claro lo que es su alma: es un demonio travestido que conduce a las fuentes de Satanás. Es un homosexual vestido de sacerdote del demonio. Su espiritualidad es amanerada, sensiblera, acomodada a los placeres de los hombres, pero nunca recia, viril, de un hombre de Dios, sino de un hijo del diablo.

Francisco usa lenguajes sabios y muchos gestos del mundo para que todos oigan y vean cuan santo y bueno es, pero da la doctrina más pura del demonio: el protestantismo. A Francisco le importa muy poco la Verdad; sólo le interesa el lenguaje a emplear: qué frases, qué giros, qué tonos hay que usar para decir lo que hay que decir. Y no importa la Verdad, porque no la persigue, ya que no la comprende.

Francisco tiene el mismo problema que Lutero: no comprendía muchos libros de la Biblia porque no percibía a Jesús en ellos. Como su mente quería leer la Biblia según sus ideas humanas, razones, sentimientos, entonces no podía captar la Verdad, que es Jesús. Pues, lo mismo le pasa a Francisco: como su mente no puede entender que Jesús haga milagros, como no puede comprender que Jesús sea un Espíritu, como sólo ve que Jesús nos ha salvado a todos y, por tanto, todos vamos al cielo, por que sí, entonces, cae siempre en el error y en la herejía.

Francisco persigue un proyecto mortífero, que es su evangelio de la fraternidad, que anula el Evangelio de Cristo: en nombre de la libertad religiosa y del Ecumenismo hay que abrirse a los hombres del mundo a todas las religiones, sin que éstas quiten sus errores, sino que la Iglesia se abaje de la Verdad para abrazar los errores de todos.

En nombre de fraternidad, se construye en Roma esa iglesia. Es lo que propone Francisco en su evangelii gaudium. Es sólo esto. No es más.

Francisco no es digno de estar sentado en la Silla de Pedro, porque su espíritu es el de un protestante y lleva a toda la Iglesia hacia lo mismo de Lutero: peca fuertemente y te salvarás. Hay que estar en la Iglesia con los pecados, cargados con ellos y, por tanto, hay que ser santos dando de comer a los pobres. Eso es imitar a Cristo. Así Francisco condena a tantas almas, con su prosa bonita, con su lenguaje hermoso, que esconde herejía tras herejía.

Francisco: protestante hasta la médula

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“Por lo tanto, hermanos míos, conservemos esta justificación en la medida en que la poseamos, aumentémosla en la proporción que requiera su pequeñez para que sea plena cuando lleguemos al lugar donde se dirá: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? Todo proviene de Dios, sin que esta afirmación signifique que podamos echarnos a dormir o que nos ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer.
Si tú no quieres, no residirá en ti la justicia de Dios. Pero aunque la voluntad no es sino tuya, la justicia no es más que de Dios. La justicia de Dios puede existir sin tu voluntad, pero no puede existir en ti al margen de tu voluntad. Se te ha manifestado lo que debes hacer. La ley te dice: «No hagas esto o aquello; haz esto y lo otro». Se te ha manifestado, se te ha mandado, se te ha descubierto: si tienes corazón, sabes qué has de hacer; si conoces la fuerza de la resurrección de Cristo, pide el poder hacerlo. Pues fue entregado por nuestros delitos y resucitó para nuestra justificación. ¿Qué significa para nuestra justificación? Para justificarnos, para hacernos justos. Serás obra de Dios, no sólo por ser hombre, sino también por ser justo. Mejor es para ti ser justo que ser hombre. Si el ser hombre es obra de Dios y el ser justo obra tuya, al menos esa obra tuya es más grande que la de Dios. Pero Dios te hizo a ti sin ti. Ningún consentimiento le otorgaste para que te hiciera. ¿Cómo podías dar el consentimiento si no existías? Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti”
(San Agustín. Sermón 169,13).

Se predica en la iglesia de Francisco una doctrina nueva sobre el amor y la misericordia de Dios. Un amor de Dios que abre las puertas de la Iglesia a todos lo herejes, que gusta a todos los herejes, que apoya a todos los herejes.

El mensaje principal es éste, su idea fundamental: Dios está con los pobres y, por tanto, la Iglesia tiene que estar con los pobres. Y, sobre esta idea, se coloca el amor y la misericordia.: Todo está en hacer actos, caridades, obras buenas hacia los demás, especialmente a los más necesitados. Y eso es el camino para salvarse y santificarse en la nueva iglesia, que ya funciona en Roma.

El camino difícil hacia la salvación, que indica Jesús, ya no vale, ya no sirve, hay que interpretarlo según el contexto histórico del hombre, según su evolución histórica, según sus conocimientos que tiene el hombre de toda la historia.

Y, entonces, se dice que como Jesús cargó con nuestros pecados, los expió, los justificó los sustituyó, entonces, todos salvados. Ya no hay que sufrir para salvarse. La salvación es un don gratuito de Dios y que Dios lo da a todo el mundo por la obra que hizo Jesús. Todo es fácil para el hombre: hagan obras buenas porque todos estamos justificados para Dios.

En esta doctrina, que reúne muchas herejías en una sola, el pecado ya no es pecado, sino que es aquello que impide la convivencia comunitaria humana.

Es un error social, un mal social, algo que los hombres hacen y que impide la comunión entre los hombre, la unión entre ellos. Por eso, la falta de dinero, la pobreza económica no es a causa del pecado de avaricia o de usura, sino por errores entre los hombres, por algo que impide que unos den dinero a otro y les resuelva su situación económica. Este algo es muy variado, pero siempre se refiere a que no se comprendió el evangelio, la actitud de Jesús en su vida. Y, entonces, por esa mentalidad religiosa, por seguir un dogma, unas verdades religiosas, no se da de comer a los que lo necesitan y esto produce el mal en la sociedad. Así piensa muchos en la Iglesia. Y son muchos los sacerdotes, los Obispos que sólo creen en este pensamiento, en este amor, en esta misericordia totalmente descarnada de la Verdad, de lo que hizo Cristo en Su Iglesia.

Por eso, como todo consiste en cambiar esa mentalidad religiosa por una mentalidad nueva hacia el pobre, en cambiar el dogma, la verdad, por la mentira, entonces cualquiera puede hacer un bien que produzca comunidad, unión entre los hombres. Un protestante, un budista, un mahometano, un judío que haga un bien a un hombre, quita esa mal que impide la comunión entre los hombres. Y, por tanto, ese protestante o ese hombre se salva y se santifica por ese bien humano, porque está haciendo un amor y una misericordia que Dios quiere.

En esta doctrina se ve a Dios como misericordia sin medida, es decir, la misericordia es siempre perdón y es perdón que se adelanta al pecado. Y esto conduce a lo que decía Lutero: peca fuertemente para salvarte: “peca, y peca fuerte (…) basta con reconocer al Cordero de Dios (…) y de él no nos apartará el pecado, aun si fornicamos y asesinamos miles de veces en un solo día”

Como Dios nos perdona antes de cometer el pecado, porque es una misericordia sin límites, entonces no existe el pecado. Si pecas, sigue pecando porque ya Dios te perdonó. Lo que queda son las consecuencias de ese pecado en la sociedad, los males que vemos, que se quitan haciendo obras buenas a los demás.

Por eso, no es bueno predicar del pecado, sino del amor de Dios, de que Dios perdona, de que Dios es misericordia con todos: “Por más grandes que sean nuestros límites y nuestros extravíos, no se nos permite ser débiles y vacilantes ante las dificultades y ante nuestras debilidades mismas. Al contrario, estamos invitados a robustecer las manos, a fortalecer las rodillas, a tener valor y a no temer, porque nuestro Dios nos muestra siempre la grandeza de su misericordia. Él nos da la fuerza para seguir adelante. Él está siempre con nosotros para ayudarnos a seguir adelante. Es un Dios que nos quiere mucho, nos ama y por ello está con nosotros, para ayudarnos, para robustecernos y seguir adelante” (Francisco, 15 de octubre 2013).

Este es el error de muchos, esta misericordia sin límites, que perdona porque el hombre lo quiere así, lo piensa así.

Una cosa es el pecado, otra el perdón, otra la expiación del pecado, otra la Misericordia de Dios y otra la Justicia de Dios.

Decir que Dios perdona siempre antes de pecar es ir en contra de la Justicia de Dios, de la libertad del hombre y de su voluntad. Y hacer de Dios un mentiroso.

Dios no se adelanta con su perdón al hombre que quiere pecar. Dios conoce al hombre que quiere pecar, pero Dios no le impide que peque, porque no puede ir en contra de su voluntad humana.

Si Dios se adelanta con su perdón al hombre que quiere pecar, entonces Dios quiere el pecado del hombre, no sólo lo permite, sino que obliga al hombre a pecar. Y, además, hace que Dios sea Él Mismo un pecador, que ame el pecado, que obre el pecado, que mande pecar. Y, además, Dios no tendría el poder para quitar el pecado. El pecado sería algo más grande y poderoso que Dios.

Si Dios se adelantara al perdón para el pecado del hombre, entonces, Dios no permitiría ningún pecado, porque Dios no quiere el pecado, el mal en el hombre. Es absurdo proponer una misericordia que ya perdona al que va a pecar. Se está diciendo que Dios peca, que Dios quiere el pecado como algo que no se puede quitar. Y, por tanto, ¿qué sentido tiene la Obra de la Redención de Jesús? Ninguna. ¿Para qué murió Jesús si ya el pecado fue perdonado en la Misericordia de Dios? Sólo para una cosa: para construir una sociedad más justa entre los hombres, que es lo que propone Francisco y los suyos. Jesús muere para dar de comer a los pobres. Eso fue todo el sufrimiento de Cristo en Su Pasión: morir por una causa social, humana, natural, económica, política.

Este es el pensamiento de tantos que se dicen católicos, que dicen que tienen el Espíritu Santo y que todo consiste en hacer lo que hizo Jesús en su vida histórica. Y no más: hagamos el bien, sin importar nuestro pecados, porque ya Jesús nos ha salvado a todos.

Francisco nunca dice: arrepiéntete de tu pecado porque es una maldición para Dios. Nunca. Siempre dice: “Él te espera, Él está cerca de ti, Él te ama, Él es misericordioso, Él te perdona, Él te da la fuerza para recomenzar de nuevo. ¡A todos!” (Francisco, 15 de octubre 2013).

A todos, Dios perdona. A todos, Dios ama. Con todos, Dios tiene Misericordia. ¡Todos! ¿Y dónde queda la Justicia Divina? ¿En dónde se pone la libertad del hombre? ¿Para qué sirve la voluntad del hombre si sólo puede pecar?

Esta es una doctrina fofa, amanerada, no viril, que conduce a la condenación de las almas y que niega la Obra de la Redención de Cristo, poniendo a Cristo como el que inicia una nueva manera de vivir lo humano, más digna, más justa, para el hombre.

Es una doctrina que gusta a todo el mundo, pero totalmente herética, descentrada de la Verdad, que es Jesús.

Con esta doctrina se lucha por salvar al hombre, pero no se lucha por salvar las almas de los hombres. El hombre, en la Iglesia, sólo se dedica a obras sociales, culturales, humanitarias, etc., pero no a cargar con el pecado del otro, que eso es lo que salva las almas.

Dar dinero a los pobres condena a los pobres. Negar el dinero a los pobres salva sus almas.

Francisco es protestante hasta la médula. Eso es clarísimo para aquel que no tenga una venda en sus ojos y sepa ver lo que pasa en Roma.

Dios ha creado a todos los hombres, pero Dios no justifica a ningún hombre sin sus voluntad humana, sin su libertad de hombre. Y esa libertad del hombre consiste en creer en lo que hizo Jesús en Su Iglesia, en Su Obra Redentora. Quien no crea en la Obra de la Palabra de Dios, no cree en la Palabra de Dios. La fe en Jesús es la Fe en Su Obra: Y Jesús sólo murió para salvar y santificar a las almas. No se preocupó ni de los pobres ni de los ricos, de sus vidas humanas ni de sus problemas económicos, ni sociales, ni políticos. Jesús vino a poner un camino nuevo al hombre, un camino divino, no humano. Y, por tanto, no hizo obras de caridad a los hombres, no se dedicó a llenar el mundo de obras humanas, de humanismo, de comunismo, de ateísmo. Jesús hizo las Obras de Su Padre, obras divinas, obras llenas de Justicia y de Misericordia al mismo tiempo. Porque en Dios la Obra es de la Misericordia y de la Justicia: donde hay Misericordia hay Justicia. Y donde está la Justicia también está la Misericordia.

Es cómodo para el hombre medir el pensamiento de Dios y decir que todos nos salvamos porque Dios es Amor y Misericordia. Esta es la espiritualidad fofa de muchos. Estas son las predicaciones bonitas de muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia. Y lo bonito condena el alma. Y lo hermoso lleva a la condenación del alma. El demonio presentó a Eva la fruta prohibida como algo bonito, apetecible. Y Eva quedó maldita por su pecado.

Esto es lo que hace Francisco desee Roma: da una doctrina bonita, hermosa, apetecible, pero que condena a las almas. Y hay que hablar claro a las almas cuando la Iglesia calla la Verdad. No estamos en la Iglesia para seguir a un maldito, como Francisco, sino para seguir la Verdad, que es Jesús. Y aquel que no quera decir las cosas como son, entonces que siga a los malditos que se llenan la boca de palabras hermosas que engañan la vida de todos.

Cuesta salvarse porque hay que dar la libertad a Cristo. Y eso es lo que muchos hombres no quieren hacer, porque son esclavos de su mente humana. Y para ser libres, hay que destronar la mente humana, hay que separarse de la soberbia humana, que todos tenemos, hay que llamar al pecado con el nombre de pecado. Y sólo así el hombre se justifica ante Dios, cuando cree en su pecado. Pero cuando no cree en lo que tiene en su corazón, entonces se inventa la misericordia de Dios y llama al pecado como una verdad en su vida.

¡Qué gran mal está haciendo Francisco dese Roma! Estas Navidades son las más trágicas para todos. ¿Cómo puede nacer Dios en un mundo que lo rechaza sin más? ¿Cómo Jesús puede instalarse en los corazones que no ven su maldad? ¿Cómo Dios va a bendecir a una iglesia que desprecia la Bendición de Dios?

Malditas Navidades serán para muchos porque siguen viviendo en sus pecados y alabando sus pecados y justificando sus pecados en medio de la Iglesia: «Si no obedeces la Voz del Señor (…) he aquí las maldiciones que vendrán sobre ti y te alcanzarán: Maldito será en la ciudad y maldito en el campo (…) Y el Señor mandará contra ti la maldición, la turbación y la amenaza en todo cuanto emprendas, hasta que seas destruido y perezcas bien pronto, por la perversidad de tus obras, con que te apartaste de Mí» (Dt 28, 15. 16. 20).

Así es como Dios habla en Su Palabra. Y este lenguaje no le gusta al hombre moderno, al hombre que se cree salvo porque da de comer a los pobres, porque hace un bien humano en el mundo.

Dios no quiere el pecado de ningún hombre. Todo aquel que peca es un maldito y provoca la maldición de Dios. Y Dios no puede perdonar a quien no quiere ver su pecado, su maldición.

Hay que estar claros en la Verdad del Evangelio y no presentar un amor y una misericordia amorfas, fofas, demoniaca, llenas sólo del lenguaje humano, del pensamiento del hombre sobre el bien y el mal, que no sirven para nada, sólo para condenar las almas.

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