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La ley natural es el fundamento del amor verdadero

caminohaciabelen

La ley natural es la manifestación de la Ley Eterna en el hombre. Es una luz intelectual que Dios ha inscrito en el hombre, con el fin de que éste pueda conocer tanto el bien que debe hacer de manera necesaria, como el mal que debe evitar.

La ley natural es poner el Amor de Dios en lo natural, en la vida de los hombres por una vía natural.

Esta ley natural es distinta a la ley de la gracia, a ley divina y a la ley del Espíritu.

En la ley natural, el entendimiento del hombre se inclina naturalmente, sin ningún esfuerzo, a la formación de juicios prácticos relacionados con el bien que hay que obrar y el mal que hay que evitar. El hombre conoce naturalmente lo que tiene que obrar y lo que no tiene que obrar, lo que tiene que evitar. Es la manifestación divina de la verdad en la mente de todo hombre: todo hombre, conoce, con su razón humana, la verdad: es decir, el bien que tiene que procurar y el mal que debe evitar.

Esta es una verdad natural y, por tanto, de ella, sale un bien natural para el hombre o un mal natural. Esta verdad natural es distinta a la verdad de la gracia, a la verdad divina o a la verdad del Espíritu.

El hombre, por la ley natural, está circunscrito a una verdad natural que está obligado a obrarla si no quiere perder su alma. Esa verdad natural es una participación de la verdad divina, no es toda la verdad divina.

El hombre conoce, por vía natural, el bien y el mal. Son preceptos concretos que todo hombre tiene que obrar: honrar a los padres, dar a Dios el culto debido, evitar el robo, unirse a una mujer (si es hombre), unirse a un varón (si es mujer), ser mujer para ser madre (no hay que abortar, no hay que ser como el varón, no al feminismo), ser varón para administrar el bien de una familia (no para construir un mundo de ciencia, de técnica, de progreso humanístico), etc…

La ley natural es cierta impresión de la divinidad en el hombre (cfr. Sto. Tomás, 1-2 q. 91, a.2 c), la irradiación de la misma (q. 93, a.2 c); es su propia imagen, luz, resplandor del rostro divino.

La ley natural es una norma, no sólo indicativa, sino preceptiva, obligatoria, común a todos los hombres, universal, impuesta por Dios, que es promulgada en la misma naturaleza del hombre.

No hace falta una revelación divina para honrar a los padres, ni para dar culto a Dios debido o para unirse con un hombre o con una mujer. El hombre los conoce mediante su luz natural. Y, por tanto, ningún hombre está obligado a hacer o a seguir una ley para obrar lo natural: tiene la ley en sí mismo, inscrita en su propia naturaleza. Y ninguno hombre puede poner una ley en contra de la ley natural: es ir en contra de su propia naturaleza humana.

Muchos niegan esta ley natural, su origen divino, niegan la diferencia intrínseca y esencial entre el bien y el mal y, por lo tanto, todo es bien, no hay males; otros quieren poner la existencia en el hombre de los principios prácticos en la sociedad, en la educación, en la legislación positiva, en el estado; otros propugnan la autonomía de la razón humana para indicar lo que es bueno y lo que es malo; otros dicen que es necesario la revelación divina para promulgar esta ley; otros señalan que la ley natural es sólo una especie de continuación de la ley de la conservación de la naturaleza; otros niegan que Dios pueda imponer Su Voluntad a través de esta ley natural.

Bergoglio niega esta ley, al propugnar la autonomía de la razón humana y, por tanto, la autonomía de la voluntad del hombre:

«la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro «yo» pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común» (LF, n. 25).

La Verdad no es Cristo, sino una memoria, un acto de la mente: ésta es la autonomía de la razón. La razón, por sí misma, va al pasado, se dirige a algo que está en el pasado y así el hombre, su yo, se une a ese pasado. Es buscar en la mente del hombre la idea de un camino común, el sentido de ese camino.

Por tanto, el hombre es libre, en su pensamiento, para declarar lo que es bueno y lo que es malo, es decir, el hombre es libre de hacer el bien que piensa y de evitar el mal que razona: «Cada uno tiene su idea del bien y del mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe» (1 de octubre del 2013). Cómo él lo concibe, no como Dios se lo da al hombre. Ésta es la autonomía de la razón de Hegel.

El bien y el mal no son como el hombre lo piensa, sino como Dios se lo ha inscrito en su naturaleza humana. Están en la ley natural, que Bergoglio acaba negando, por querer buscar en su memoria el sentido de la verdad.

Dios comunica a los hombres, por vía natural, aquellos principios relacionados con la obra del bien y la huida del mal, que están en la Ley Eterna. Esos principios no son una adquisición de la mente del hombre: el hombre no tiene que aprender a pensar, a sintetizar, a meditar, no tiene que recordar, hacer memoria, para encontrar esos principios en su mente. Dios se los da, Dios los pone en su naturaleza humana. Y, por eso, todo hombre conoce el bien y el mal, de manera natural, aunque no tenga estudios, ni filosofía, ni teología, aunque no recuerde nada.

Cada hombre conoce si está dando culto debido a Dios o no lo da cuando hace una oración a Dios. Quien comulga en la mano, inmediatamente siente un remordimiento en su conciencia que le avisa que ha cometido un mal, una obra en contra de la ley natural. Después, su pecado de comulgar en la mano es doble, porque va, también, en contra de la ley divina y de la ley de la gracia.

Un hombre que busca a otro hombre –un homosexual- para unirse a él, conoce el mal que hace; o una mujer que se une a otra mujer –una lesbiana-, conoce, en su interior, el mal que no evita, sino que obra. Lo conoce por ley natural.

Una mujer que aborta conoce el mal que está haciendo, aunque no sepa que eso es pecado.

Una feminista siente en su conciencia un remordimiento de que su vida como mujer no funciona, porque busca una dignidad que Dios no ha puesto en su ser de mujer.

Una persona que miente, sabe que su palabra, que expresa con su boca, va en contra de su pensamiento. Toda mentira repugna a la ley natural, porque el pensamiento del hombre sólo ve la verdad. Y, por tanto, por ley natural, el hombre está obligado a decir la verdad que ve con su pensamiento. Por eso, al mentiroso, naturalmente se le coge en su mentira. No hace falta un detector de mentiras para ver si una persona miente o no

Los padres, por ley natural, tienen derecho de educar a sus hijos, sin necesidad de llevarlos a una escuela, ni pública ni privada. En muchos países se niega este derecho.

La ley natural es el fundamento de toda ley positiva. Los hombres, al poner sus leyes, van en contra de sí mismos en muchas ocasiones. Y son ellos los que se destruyen con sus leyes, los que se esclavizan con y a sus pensamientos, buscando ese sueño ilusorio de ser libres en su pensamiento: libres para pensar y vivir como quieren. Y eso es aniquilarse a sí mismos. Quien no sigue la ley natural en sí mismo, después es incapaz de cumplir con los mandamientos de Dios y con la ley de la gracia. Y sólo se fija en sus leyes positivas, en sus leyes humanas, construyendo un mundo en que se va asfixiando al hombre poco a poco.

Cuando el hombre quiere poner la ley natural en su mente humana, es cuando la anula y se la inventa. Es lo que hace Bergoglio continuamente. Es un hombre que vive sólo en su pensamiento. No es capaz de salir de él para obrar lo que hay en su naturaleza. No es capaz de obedecer la Mente de Dios, porque sólo obedece a su mente humana.

Quien vive de sus ideas empieza a crear lo que se llama la ley de la gradualidad, que es seguir la evolución del pensamiento, que es perseguir la perfección del pensamiento, que es poner la vida en la libertad del pensamiento. Y es cuando se pone por encima de la ley natural, que es ponerse por encima de Dios. Es volverse un dios para sí mismo y para los demás.

El hombre, en la ley natural, experimenta la necesidad absoluta de evitar el mal y hacer el bien, que es estrictamente necesario para la integridad del orden recto de la naturaleza humana. Si los hombres, en la sociedad no obran la ley natural, entonces hacen una sociedad corrupta y abominable: una Sodoma y una Gomorra.

Por eso, la ley natural se rompe de muchas maneras, cuando el hombre no sigue la voz de su conciencia, sino que se salta los dictámenes de la razón, los juicios prácticos inscritos por Dios en su naturaleza humana. Y, por eso, al hombre le viene el remordimiento de conciencia, la condenación interna. Está obrando un pecado como ofensa a Dios. Y lo obra de manera natural, que es distinto a que si lo obrase en la gracia, o en la ley divina o en la ley del Espíritu. Tienen diferente castigo y, por tanto, Juicio Divino. No es igual cometer un pecado porque no se sigue la ley natural, que cometer un pecado porque se va en contra de un mandamiento de la ley de Dios o de un Sacramento. En la ley natural, el hombre puede equivocarse al hacer un bien humano, porque no tiene en cuenta la ley divina o la ley de la gracia. Y el castigo de su equivocación es menor si lo cometiese en la ley de la gracia. Pero todo pecado en la ley de la gracia conlleva un pecado en la ley natural. Y, por eso, tiene mayor castigo. No así al revés.

La ley natural no es una idea humana sobre el bien o el mal, sino una idea divina, que Dios impone a todo hombre en su naturaleza, y que nadie puede ocultar, ni con su mente, ni con su vida, ni con sus obras, ni con sus leyes positivas.

Al poner Bergoglio, la verdad en la autonomía de la mente humana, necesariamente pone el amor al prójimo por encima de Dios, sólo en la voluntad autónoma del hombre, no en la Voluntad de Dios.

«La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros» (EG, n. 179): la Encarnación, que es el Verbo Encarnado, que es Dios que se hace hombre, que asume una carne, se encuentra en todo hombre: es una «permanente prolongación».  Si Dios se prolonga en todo hombre, entonces todos los hombres son hermanos y hay que amarlos de manera absoluta y necesaria: el amor al prójimo por encima del amor a Dios. Bergoglio se carga la ley natural y enseña una herejía: el panteísmo. Dios en todos los hombres.

Dios no se prolonga en el hombre. El Verbo asume una carne humana y se hace Hombre, sin dejar de ser Dios; pero no se encarna en todo hombre, no se prolonga en todo hombre. Este es su falso misticismo. De aquí le nace a Bergoglio todo el falso amor y misericordia hacia el prójimo.

Jesús sólo se encarna en una carne, en una naturaleza humana. Y por su obra de Redención, el hombre participa de su Divinidad, pero Dios no se prolonga en los hombres.

La ley natural enseña que el hombre está obligado a amar al prójimo como a sí mismo.

Bergoglio no va a comprender la exigencia de la ley natural, la va a malinterpretar. No va a entender el mandamiento del amor que da Jesús, que es un mandamiento natural: ama al otro como el hombre se ama así mismo en su naturaleza.

El amor debe extenderse a todo hombre sin excepción, por ley natural, pero precisamente por ser hombre, porque tiene una naturaleza humana; pero ese amor no se da al prójimo porque sea enemigo o sea pecador, etc… Sólo se da porque el prójimo es otro hombre. Esta es la Voluntad de Dios que la ley natural ofrece al hombre.

Este debe ser el amor universal verdadero; pero Bergoglio habla de otro amor universal: el amor fraterno, en el cual el amor a Dios se anula, porque se combate la ley natural. Es el amor universal propio de la masonería.

Para Bergoglio, el prójimo, el hermano es todo hombre, pero no por ser hombre, no porque tenga una naturaleza humana, sino por lo que vive, por lo que obra, por lo que piensa:

«¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! (…) No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!» (EG, n. 101). Amar al otro en contra de todo, es decir, amar al otro sin ley natural, sin ley divina, sin el remordimiento de la conciencia que juzga, sin el juicio de los demás hombres, sin un dogma, sin una excomunión, sin una exclusión, sin una ética, sin una moral católica….

La misma ley natural enseña al hombre a amar al prójimo, pero no a su pecado, no a su error, no a su herejía: amar al hombre y odiar su pecado, juzgar su pecado. Bergoglio dice: amarnos unos a otros en contra de la ley natural: en contra de todo. La ley natural es todo para el hombre en su naturaleza: es la expresión de la Ley Eterna. No se puede amar al prójimo en contra de todo, en contra del mismo hombre.

Bergoglio dice: no hay que odiar el pecado en el otro; hay que verlo como un bien, como un valor; hay que tolerar la mente del otro, sus errores, sus dudas, sus mentiras….porque no hay nada que impide este amor fraternal y universal: «amarnos los unos a los otros en contra de todo». Si el pecado me impide amar al otro, entonces no hay que juzgar el pecado, hay que poner el pecado a un lado, porque hay que amar al otro. Si un pensamiento propio me impide amar al otro, entonces hay que ir en contra de ese pensamiento para amar al otro

Bergoglio no juzga el pecado del prójimo ni, por tanto, lo puede odiar. Bergoglio, cuando mira al otro, no evita el mal con el otro, no se aparta de su mal, no huye de la tentación, no puede juzgar al otro por su pecado, no cumple la ley natural: «Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad… ¿Quien soy yo para juzgarla?».

Si una persona es gay, entonces no busca a Dios, sino que obra en contra de su propia ley natural. El que busca a Dios, lo primero que busca es la ley natural en su naturaleza humana: su misma conciencia le llama a dejar de ser gay para buscar a Dios, para dar a Dios el culto debido. No se puede adorar a Dios siendo gay. Es un imposible por ley natural.

Si una persona es homosexual y busca a Dios es que ha dejado de ser homosexual, está luchando por quitar su pecado abominable, está cumpliendo con la ley natural, que lleva inscrita en su propia naturaleza.

La persona que tiene buena voluntad es aquella que cumple con la ley natural. Tener buena voluntad no es un vocablo bonito para expresar la bondad de un hombre. Un hombre gay no tiene buena voluntad porque obra en contra de su propia naturaleza humana.

Por tanto, a la persona hay que juzgarla: se la juzga en su pecado, no por ser hombre, no por tener una naturaleza humana. Por ley natural, hay que evitar el pecado de la persona gay, hay que apartarse de esa persona cuando obra su pecado. El pecado de una persona gay es tentación para la vida espiritual.

Pero Bergoglio no lo juzga porque en el otro, en el gay, está la «prolongación de la Encarnación»: en el hermano, en todo hombre, está Cristo, está Dios.

Por eso, enseña su falsa misericordia, que es malinterpretar la Palabra de Dios:

«Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí» (Mt 25,40). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente: «Con la medida con que midáis, se os medirá» (Mt 7,2); y responde a la misericordia divina con nosotros: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará […] Con la medida con que midáis, se os medirá» (Lc 6,36-38). Lo que expresan estos textos es la absoluta prioridad de la «salida de sí hacia el hermano» como uno de los dos mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual» (EG, n. 179).

«Lo que expresan estos textos es la absoluta prioridad de la salida de sí hacia el hermano»: Y Jesús, sólo está enseñando la ley natural: ama al otro, haz el bien, pero evita el mal, juzga su pecado. No lo juzgues como hombre, como ser que tiene una naturaleza humana; pero evita su pecado, júzgalo en la obra de su pecado.

El amor fraternal de Bergoglio tiene una dimensión transcendente, responde a una misericordia divina, es el camino para salir de sí. Lo que Jesús enseña en esos textos es la ley natural, el amor al otro de manera natural: se ama al que peca, al enemigo, por ley natural, pero no hay unión a su pecado, sino que se odia su pecado, se evita el mal.

Bergoglio pone su voluntad autónoma: como en el hermano está la «prolongación de la Encarnación», entonces no puede juzgarlo, tiene que tener misericordia de él, no puede ver su pecado, no puede apartarse de su pecado. Y tiene que caer en su fe fiducial, tan característica de él: hay que resolver el problema del pecado diciendo que Dios no lo imputa, que Dios salva a todos, tiene misericordia de todos, ama a todos los hombres.

Jesús no enseña la dimensión transcendente, en estos textos, porque la ley natural sólo juzga el pecado del hombre –para evitarlo- , no al hombre. Quien juzgue al hombre, entonces con esa medida será medido.

Jesús no enseña la misericordia divina, porque la ley natural se refiere al bien de la naturaleza humana, no al bien de las obras de los hombres en esa naturaleza. No se ama al homosexual por ser homosexual, sino porque es hombre, porque tiene una naturaleza humana. Y, por tanto, se le hace un bien humano o natural porque es hombre, no porque sea homosexual.

Dios, cuando mira al homosexual en su pecado no tiene compasión de su pecado, de sus obras como hombre. Dios tiene compasión del homosexual porque lo ha creado hombre y con capacidad para salvarse, para unirse a Él, para ser hijo de Dios por gracia, por participación de la Divinidad.

Pero Dios, teniendo misericordia del homosexual, odia su pecado abominable, no comulga con su pecado abominable, juzga su pecado abominable. Y es lo que tiene que hacer todo hombre con su enemigo, con el pecador: amarlo como hombre, pero odiar su pecado, juzgar su pecado. Y esto es cumplir la ley natural. Tener misericordia de él como hombre, pero no tener misericordia de su pecado, de su error, de su herejía, de su vida de pecado. Y esto es el amor verdadero natural, que sólo se rige por la ley natural. Sin este amor natural, no puede existir el amor de la gracia ni el amor en el Espíritu.

El amor, lo pone Bergoglio, en salir de sí, no en la ley natural, no en hacer un bien y evitar un mal:

«(El amor) Tiene que ver ciertamente con nuestra afectividad, pero para abrirla a la persona amada e iniciar un camino, que consiste en salir del aislamiento del propio yo para encaminarse hacia la otra persona, para construir una relación duradera; el amor tiende a la unión con la persona amada. Y así se puede ver en qué sentido el amor tiene necesidad de verdad» (LF, n. 27).

La ley natural no nos invita a «salir de sí hacia el hermano», no nos obliga de manera absoluta ni prioritaria a buscar al prójimo, porque en todo hombre prevalece su libertad, que está antes que el prójimo o la sociedad.

El hombre no vive en el aislamiento de su propio yo: el hombre nace con una ley natural que le obliga a ser social. Pero no es una obligación absoluta, sino relativa: el hombre, al ser libre, puede comunicarse o no con los otros hombres; puede elegir una sociedad u otra; un grupo social u otro; una iglesia u otra, puede casarse con una u otra persona. El hombre no está obligado, de manera absoluta, al bien común por la ley natural; no está obligado a buscar al prójimo para construir una sociedad común. El hombre está obligado, por ley natural, a hacer un bien y a evitar un mal. Y, de esa manera, se construye una sociedad natural, sin necesidad de salir de sí hacia el otro. El hombre sólo está necesitado de cumplir con la ley natural, que es lo que niega Bergoglio.

Dios no obliga al hombre a salir de sí, sino a poner por obra la ley natural.

Bergoglio concibe al hombre como aislado en sí mismo: no como el que porta una ley natural, una voluntad de Dios que debe obrarla con su naturaleza humana. Él siempre habla del aislamiento, de la conciencia aislada, del hombre que vive en referencia a sí mismo, pero no a los demás:

«Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad» (EG, n. 8). Y, por eso, la conversión es salir de esa conciencia asilada. Eso es el pecado para Bergoglio. Él habla como un psiquiatra, no como un pastor de almas.

La ley natural abre al hombre al campo de lo social: el hombre no está encerrado en sí mismo naturalmente. El hombre vive en su egoísmo sólo por su pecado contra la ley natural o contra la ley divina o de la gracia. El hombre se encierra en sí mismo sólo por su pecado.

Pero Bergoglio pone el amor en su “verdad”; para él, el amor es algo relacional, un modo de vivir la existencia humana, no es una norma que obligue por ley natural:

«Se trata de un modo relacional de ver el mundo, que se convierte en conocimiento compartido, visión en la visión de otro o visión común de todas las cosas». Hay que amar al prójimo buscando esa ”verdad”: ese conocimiento compartido, esa visión del otro, una visión común, universal.

Bergoglio, dice: el amor es un «conocimiento compartido», una «visión en la visión del otro». Está buscando su concepto del bien y del mal: hay que compartir conocimientos, ideas, filosofías. No busca la ley natural para amar al prójimo: no busca evitar la ideas que llevan al error, a la herejía, al cisma.

El amor al prójimo es algo absoluto, inmutable, que Dios pone en todo hombre. No es un «modo relacional» de ver el mundo: es un juicio práctico de la vida, por el cual se hace un bien al prójimo y se evita un mal con el prójimo. La ley natural es eterna en el hombre, es inmutable en el hombre, es para siempre en él, algo absoluto, nunca relativo.

La ley natural exige del hombre el amor a Dios y, por tanto, el amor a todo hombre que ha sido creado por Dios. Pero es un amor que consiste en obrar un bien con el prójimo y evitar un mal con él. Y, por tanto, en el prójimo no se puede amar su pecado, u obedecer su herejía, porque es necesario cumplir la ley natural. No se puede ver el pecado del otro para obrar un bien común, para realizar algo universal que sea para todos los hombres, uniéndose a su pecado, a su mal, a su error. Hay que odiar el pecado del otro para hacer un bien a toda la humanidad. Hay que juzgar el pecado del otro para poder amarlo en la ley natural. Esta es la exigencia de la ley natural. Y esto es lo que no enseña Bergoglio.

La consecuencia de todo esto es que en la Iglesia el católico no puede estar unido a Bergoglio como Papa: es unirse a su herejía. Y eso va en contra de la ley natural. El bien natural de la Iglesia exige no unirse a Bergoglio como Papa, sino evitar a Bergoglio como Papa. No cumplir este bien natural hace que el bien divino de la Iglesia se oscurezca y se anule en la persona de Bergoglio.

Pocos católicos han aprendido a llamar a Bergoglio por su nombre: falso Papa. Porque no saben discernir sus palabras. No saben coger su lenguaje humano y enfrentarlo con la verdad de la doctrina de Cristo.

En el lenguaje humano de Bergoglio no encontrarán nunca una verdad, sino sólo medias verdades, sólo mentiras, oscuridades, asombros de la verdad.

Por eso, si el católico no despierta de la necedad de la palabra de Bergoglio, va a sucumbir con el castigo que viene, ahora, a toda la Iglesia.

El castigo comienza en la Iglesia. Y es muy fuerte. Es dejar que el hombre rompa lo que se ha construido durante 20 siglos, por mano de la jerarquía que no es de Dios, que no pertenece a la Iglesia Católica. Es el gran cisma anunciado por los profetas, que ya ha tenido su inicio en el gobierno horizontal de Bergoglio.

Aunque Bergoglio renuncie a su cargo, aunque le hagan renunciar por herejía, no hay posibilidad de poner un Papa legítimo que salve la situación de la Iglesia. Ya no es posible, porque la misma Jerarquía no quiere un Papa, sino un impostor que lleve a los hombres hacia un mundo ideal, que sólo existe en el pensamiento de los hombres, no en la realidad de la vida.

El descalabro mental de Bergoglio

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«Cuando tantas veces en mi vida como sacerdote he oído objeciones. “Pero dime, ¿por qué la Iglesia se opone al aborto, por ejemplo? ¿Es un problema religioso? “-” No, no. No es un problema religioso “-” ¿Es un problema filosófico? “-” No, no es un problema filosófico”. Es un problema científico, porque hay una vida humana, y no es lícito echar fuera una vida humana para resolver un problema. “Pero no, el pensamiento moderno…” – “Pero, mira, en el pensamiento antiguo y el pensamiento moderno, la palabra matar significa lo mismo.” Lo mismo se aplica a la eutanasia: todos sabemos que con tantos ancianos, en esta cultura del descarte, si se hace esto la eutanasia se oculta. Pero, también es el otro. Y esto es decir a Dios: “No, el final de la vida lo hago yo, como yo quiero.” El pecado en contra de Dios Creador.» (ver texto)

Sólo un hombre que desvaría en su cabeza puede decir esto: el aborto es «un problema científico, porque hay una vida humana, y no es lícito echar fuera una vida humana para resolver un problema».

Vean la locura:

a. el aborto es un problema científico, porque hay una vida humana. Entonces, la vida del hombre sólo se puede ver tras la ciencia, en lo experimental, en los datos que los científicos buscan y obran. Esto es decir, que lo que rige la vida humana es la ley de la ciencia, ley humana, ley de datos, ley de la experiencia científica.<

Nos recuerda el magisterio de la Iglesia: «la norma suprema de la vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal mediante la cual Dios ordena, dirige y gobierna, con el designio de su sabiduría y de su amor, el mundo y los caminos de la comunidad humana. Dios hace al hombre partícipe de esta ley suya, de modo que el hombre, según ha dispuesto suavemente la Providencia divina, pueda reconocer cada vez más la verdad inmutable» (Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, 3).

En otras palabras, el aborto es un problema religioso, porque la vida humana se rige por una ley moral, por una norma de moralidad, no por una ley científica.

b. El aborto es un problema científico, y no es lícito echar fuera una vida humana para resolver un problema. Y nos preguntamos: ¿qué es lo lícito o lo ilícito en un problema científico si no hay ni una ética ni una moral?

El científico es el que experimenta. Y, en la experiencia, llega a unos datos. Usa o no usa esos datos; coge unos métodos u otros, con esos datos. Y así llega a una conclusión, a un fin en su estudio científico.

Entonces, los científicos producen el aborto porque están experimentando con datos: experimentan con la madre, con el feto, etc… Y llegan a una conclusión: hay que echar fuera a ese feto. ¿Qué tienen que hacer esos científicos? Tienen que corregir su experimentación. Experimentan mal, según un camino equivocado, según un método que no es. Y, entonces, ¿cuál es el camino para que el científico no eche fuera al feto? ¿cuál es el camino para no matar a un anciano?¿cómo resolver esos datos que tiene el científico para no matar al feto?¿qué hace con el dato de la madre y qué hace con el dato del feto?

¿Ven el pensamiento de este loco? No tiene lógica, Bergoglio, en su pensamiento humano. No habla con lógica, sino con el sentimiento.

Está diciendo que el científico debe decidir libremente su comportamiento sobre el feto, pero atendiendo al significado que la palabra matar tiene en la historia: «en el pensamiento antiguo y el pensamiento moderno, la palabra matar significa lo mismo»; atendiendo a ciertos comportamientos que el hombre tiene en su vida cultural o social: «todos sabemos que con tantos ancianos, en esta cultura del descarte, si se hace esto la eutanasia se oculta». Los hombres matan a los ancianos porque son desechables, no son útiles. Es decir, hay que amar al otro porque también el otro es libre para vivir. Hay que respetar la libertad del otro. Y así hacemos una cultura del encuentro: encontramos al otro en su libertad. Pero si le negamos la libertad de vivir, hacemos una cultura del descarte,

Y termina con una blasfemia: «es un pecado contra Dios creador». ¿Qué cosa es un pecado contra Dios? ¿Usar unos datos, obrar una experiencia? ¿Que el científico experimente con los datos de la madre y del hijo?¿que el científico eche fuera el dato del feto?¿que el científico no use el método apropiado para no echar fuera el dato del feto?

En esta concepción, no hay que matar al otro porque Dios al crear al hombre lo ha dejado libre. Y es un pecado contra Dios porque se quita la libertad al hombre.

Bergoglio siempre tiene este problema: no sabe unir libertad humana con la verdad inmutable. Pone la libertad del hombre por encima de la verdad.

El acto humano es aquel que procede de la voluntad libre de la persona. Bergoglio ensalza esta libertad del hombre, pero no sabe unirla al acto moral. Tiene que negar la moralidad.

El acto moral es aquel que es conforme o disconforme con una norma suprema de moralidad, que Dios da al hombre en la ley natural, en la ley divina, en la ley de la gracia, en la ley del Espíritu. Existe una Ley Eterna que todo hombre tiene que cumplir, para llegar a su fin último, que es Dios. Y, por tanto, todo hombre, en su libertad, en su dignidad humana, tiene que aceptar la verdad, la ley que Dios le manda. Los científicos, los médicos, para hacer bien su trabajo, tienen que regirse, no por la experiencia de sus datos, sino por una norma de moralidad. No sólo por una ley ética que ellos conciben con sus mentes; sino con una ley que no viene del hombre, sino de Dios.

Bergoglio no hace referencia a esta norma suprema de la moralidad, la anula: el aborto no es un problema religioso; y, por tanto, pone la libertad del hombre por encima de toda ley, aun la ética. Y, por eso, dice que el aborto no es un problema filosófico: matar al feto no se rige por una ley ética. Sólo es un problema científico: se rige por la ley de la experiencia vital. Lo que cada uno experimenta con su libertad en la vida. Tiene, cada hombre, que saber dirigir su libertad hacia el otro para no quitarle el derecho de ser libre, de ser hombre, para no hacer una cultura del descarte: «reconocen la dignidad de la persona humana como criterio de su actividad».

El criterio para el científico es la dignidad de la persona humana: su libertad; pero no la obra moral de esa persona humana, no su vida moral, no el fin último para el cual vive esa persona.

Y esto le lleva a un falso amor: «Si el juramento de Hipócrates os compromete a ser siempre servidores de la vida, el Evangelio os empuja más allá: a amarla siempre y de todos modos, sobre todo cuando requiere atención y cuidados especiales». El Evangelio no empuja al hombre a amar a todo hombre y de cualquier manera. Cristo no enseña a atender y a cuidar a los hombres. El Evangelio es la norma suprema de la moralidad. Cristo enseña una ley moral en Su Palabra. Y, cada hombre, en su libertad, tiene que aceptar o no esa ley. Hay que amar al feto y al anciano porque sus vidas son de Dios y para Dios, son para una vida moral, no porque son hombres libres, no porque tenga una dignidad humana, no porque vivan para una vida humana.

«la unidad de la Iglesia es herida no sólo por los cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos que desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio (cf. 1 Co 5, 9-13) (…) Promover y custodiar, en la unidad de la Iglesia, la fe y la vida moral es la misión confiada por Jesús a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20), la cual se continúa en el ministerio de sus sucesores» (Beato Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 26-27).

Bergoglio falsea el Evangelio porque anula las obligaciones morales que todo hombre tiene con su prójimo. Bergoglio no desconoce las obligaciones morales, sino que en su pecado de rebeldía contra Dios se pone por encima de la ley moral, de la ley eterna, de Dios. Y le lleva a una predicación del sentimiento, de la falsa misericordia: ama a tu prójimo porque es tu hermano, porque es un hombre libre, como tú.: «La compasión evangélica en cambio, es la que acompaña en tiempos de necesidad, o sea la del Buen Samaritano, que “ve”, “tiene compasión”, se acerca y da ayuda concreta. Vuestra misión como médicos os pone en contacto diario con muchas formas de sufrimiento. Os animo a haceros cargo como “buenos samaritanos”, cuidando especialmente de los ancianos, de los enfermos y de los discapacitados». Todo es puro sentimentalismo el de este hombre, que nace de su locura: niega el orden moral, la vida moral, la norma de moralidad.

Esto es un hombre que ha perdido el juicio totalmente. Por eso, las agencias informativas del vaticano ocultan esta parte. Sólo está en italiano. Al hacer el resumen, la agencia VIS no pone estas frases, porque sabe que son un descalabro, son un desvarío mental.

¿Qué dice un verdadero Papa sobre el aborto?

«Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal» (Beato Juan Pablo II -Evangelium vitae, n. 62)

El aborto es un desorden moral grave. Acto moral grave. Esto es hablar claro. Esto es tener una cabeza bien montada. Bergoglio es un auténtico loco en su pensamiento humano. No tiene cabeza.

Un acto científico no es un acto moral; un acto humano no es un acto moral; un acto natural no es un acto moral.

El acto moral es aquel que realiza un hombre bajo un fin divino, moral: se hace una obra atendiendo a una ley: natural, divina, de la gracia, del Espíritu. Se atiende a la ley Eterna. Y de acuerdo a esa ley, se actúa.

Un acto humano es aquel que se realiza sin atender a una ley Eterna, sin apoyarse en una norma de moralidad: sentarse, estar de pie, comer, etc… son actos humanos, pero no morales.

Cuando el hombre se pregunta si su acto humano lo quiere Dios o no, entonces ahí entra el acto moral.

Si el hombre no se pregunta si es la Voluntad de Dios obrar ese acto humano, entonces el hombre peca siempre, si ese acto humano es necesario para la salvación de su alma; si no es necesario, no hay pecado, pero sí puede haber imperfección.

Todo acto moral es un acto humano; pero no todo acto humano es acto moral.

Un acto científico es un acto humano: el científico usa datos para su investigación. Si esa investigación u obra trae repercusiones para su alma, entonces el científico tiene que preguntarse la norma de moralidad. Y su acto científico ya es un acto moral, ya es un acto religioso.

Allí donde hay un acto moral allí hay siempre un problema religioso, espiritual, divino.

Por tanto, el aborto es un problema religioso, porque atañe a un acto moral de la persona.

Luego, hay que enseñar al científico a usar sus datos con respecto a una norma de moralidad. Usar su libertad en la ley moral, en la verdad inmutable, universal, eterna. Hay que enseñar que matar un feto es un pecado grave. Hay que decirle que es un pecado, que es un acto moral en contra de la Voluntad de Dios, que es una ofensa contra Dios, que es una mancha del alma, que hace que el alma viva en condenación. Esto es lo que no enseña Bergoglio. Y esto es lo que enseña Juan Pablo II.

La diferencia es clarísima: a Bergoglio sólo le interesa la cultura del descarte: no hagamos una sociedad donde se deseche a los hombres. Miremos la dignidad humana, la libertad del hombre, porque toda vida la ha creado Dios. Esto es todo en este hombre. Y esto no es la Verdad.

Hay que enseñar al hombre a no matar, a no pecar, porque así lo ha mandado Dios, no a formar una sociedad justa, buena para el hombre, donde no haya desechos. Es que es imposible que el hombre no mate, no aborte. Es imposible buscar una cultura donde no haya desechos, que este es el ideal de Bergoglio: no matemos ni a los niños ni a los ancianos, porque es más bonito no matar.

Existe el pecado original, luego, necesariamente, tienen que haber abortos y eutanasia. Necesariamente. Hay que ofrecer al hombre el camino para que salve su alma. Hay que darle al científico el camino para que salve su alma en su obra médica, científica. Esto es lo que no enseña este hombre. Y nunca lo va a enseñar.

Bergoglio no da la ley moral al científico. Ésta es su locura. Si hubiera dicho: empleen métodos más justos, más éticos, en sus obras científicas, hubiera salvado, en parte, su locura. Pero es que ni siquiera el aborto es un problema filosófico. Deja al científico en su propia experimentación, en su propia libertad. Y el que experimenta no sabe cuál es el camino recto. Hay que darle una norma moral; hay que decirle las cosas claras, el camino para que su experimento sea saludable para su alma y la de los demás. Deja al científico en su misma libertad y le dice: no dañes la libertad del otro.

No hay que decir que eso es un pecado porque va en contra de Dios creador. No se dice nada con eso. ¿De qué Dios habla este hombre? ¿Del dios de los judíos o del dios del musulmán? Porque si habla del Dios del musulmán, entonces está diciendo que se puede matar al feto.

Hay que decir que eso es un pecado porque va en contra de la ley de Dios en la Creación, va a en contra de una norma suprema de moralidad. No porque existe un Dios creador. Cada uno entiende al Dios Creador de una manera. Luego, no se dice nada de nada. Se habla para quedar bien con todo el mundo.

Son muy pocos los que disciernen, en verdad, las palabras de este loco. Muy pocos.

¿Por qué muchos católicos siguen llamando Papa a un hombre que desvaría en su mente humana? ¿A un hombre que no da continuidad al magisterio de los Papas? ¿Por qué no lo ven como es: como un falsario, como un falso Papa? Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católico, ni es tampoco un antipapa. Bergoglio es un falso papa de una falsa iglesia que él ha levantado en Roma con su gobierno horizontal.

¿Por qué no se ve esto?

Porque la Iglesia ha quedado dividida por muchos hombres, ya de la Jerarquía, ya de los fieles, que con sus ideas prefabricadas sobre lo que debe ser la Tradición, el Magisterio, la liturgia, se atreven a formar su grupito dentro de la Iglesia para defender sus verdades. Y ahí están todos siguiendo, cada uno, su fábula, su cuento para no dormir.

Bergoglio se ha quedado solo en su obra cismática. Y viene el tiempo de la destrucción de la Iglesia con un nuevo hombre, al que todos van a seguir, porque se va a dirigir a todos esos católicos que han producido la división y que quieren encontrar al hombre ideal en sus mentes: al Papa que los una en sus desvaríos mentales. Están todos esperando un Papa salvador de este desastre. Esta es la obra del demonio en la Iglesia. Cristo ya puso su Papa: Benedicto XVI. Al hombre no le gustó, y buscó a otro: Bergoglio. Y ahora, al hombre no le gusta lo que puso y va a buscar a su papa salvador.

La Iglesia es sólo Una, pero son muchos sus destructores. Que cada cual elija el hombre para su vida espiritual, para su vida eclesial. Aquí somos claros: el Papa Benedicto XVI sigue siendo el Papa de los católicos, hasta su muerte. Lo demás, una fantasía de los hombres, un negocio en la Iglesia, un cisma en Roma.

Bergoglio: ese hereje que gobierna en Roma

sinmoral

Bergoglio es un hereje que está gobernando en Roma sin la ley de Dios: «Un corazón que ame la ley, porque la ley es de Dios, pero que ame también las sorpresas de Dios, porque su ley santa no es un fin en sí misma» (Misa Santa Marta – Lunes, 13 de octubre del 2014 – L’Osservatore Romano, 17/10/2014, pág 19).

Si la ley santa no es un fin en sí misma, entonces todo está regido por el azar, por las sorpresas, por el fin que cada hombre se inventa con su mente humana.

El fin de la vida humana es procurar lo que cada uno quiere: placer, felicidad, dinero, ambición de poder, etc… Nada se obra por un fin en sí mismo. No hay una causa para obrar, sino que todo es las sorpresas de Dios: el azar. Es el epicureísmo de Bergoglio.

«Yo soy Dios desde la Eternidad, y lo soy por siempre jamás. Nadie puede librar a otro de Mis Manos; lo que hago Yo ¿quién lo estorbará?» (Is 42, 13).

La Eternidad de Dios es el fundamento de todo lo temporal, de todos los días, de todos los años, de todos los siglos. Si Dios no es desde la eternidad, nada es, ni aun pudiera ser; si Dios no vive por una eternidad, nada puede durar siempre, sino que todo es temporal.  Dios tiene un fin eterno en su vida eterna. Dios obra por ese fin eterno. Y esa obra es el principio y el fin de todo hombre.

Nadie puede librarse de Dios, del orden que Dios pone al hombre, de la Ley que Dios da al hombre, de los fines que Dios pone a los hombres en sus vidas.

«Yo soy el primero y el último…y tengo las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1, 18). Es Dios quien decide en la vida de cada hombre, el que pone el fin a la vida de cada hombre. No es el hombre el encargado de poner fines, objetivos a su vida. Todo está en las manos de Dios. La vida de cada hombre, aunque sea un demonio, aun del mismo Lucifer, depende de Dios, del fin que Dios ha puesto a esa vida.

Nadie se puede librar de la Ley Eterna. Nadie. Nadie puede estorbar la Mente de Dios. Nadie.

La Ley divina es el dictamen de la Razón Divina, que ordena todo el universo a un fin divino: «toda la comunidad del universo está gobernada por la Razón Divina» (Sto. Tomas – I-II, q.91.a1). No es un azar, no es una sorpresa.

Si se dice que la ley de Dios no es un fin en sí misma, estamos diciendo que Dios no existe, que Dios no tiene Ley y que la ley Eterna no se puede dar.

Si la ley santa no es un fin en sí misma, Dios, cuando obra no tiene un fin en ese obrar. Dios obra sin fin, es decir, como un loco. Un Dios sin un fin en sus obras no existe.  Se está diciendo que Dios lo deja todo al azar, a las sorpresas.

La Ley Eterna es la Voluntad Divina, que quiere algo de manera necesaria y desde toda la eternidad. Y lo obra para que las criaturas funden sus vidas en guardar el orden de la Sabiduría divina, que ha sido puesto por Dios desde toda la Eternidad. Y cada cosa que existe esta ordenada a sus propios fines. Nada hay que inventarse. Nada es al azar. No hay una ausencia de casualidad. Hay una causa por la que se obra y unos efectos de esa obra.

«El fin del gobierno divino es el mismo Dios y Su Ley también se identifica con Él» (Sto. Tomas – I-II, q.91.a3). Dios y Su Ley Eterna son una misma cosa. Por consiguiente, la Ley Eterna no se ordena a otro fin que a sí misma: es un fin en sí misma.

Bergoglio, en esta clarísima herejía, se ha cargado a Dios totalmente. Vive al azar, buscando con la prudencia de la carne una vida para lo humano, una vida sin un fin sobrenatural: es todo una sorpresa. Es todo un azar. El fin del hombre ya no es Dios, ya no es la bienaventuranza divina, ya no es la santidad, sino una sorpresa en la vida.

¿Por qué obedecen a un hombre sin Dios, sin Ley, sin Verdad, sin camino en la Iglesia? ¿Por qué?

¿Por qué la Jerarquía de la Iglesia está tan ciega que no puede ver lo que un niño ve, lo que un alma sencilla puede contemplar?

¿Cómo es que hay tanto fiel en la Iglesia, tanto católico que ha hecho de Bergoglio un talismán en la Iglesia, un ídolo de carne y hueso, un santo lleno de herejías diarias?

Y ¿cómo resuelve este hombre lo que propone, la locura de su mente, el desvarío de su inteligencia? «es un camino, es una pedagogía que nos lleva a Jesucristo» (Misa Santa Marta –  Lunes, 13 de octubre del 2014 – L’Osservatore Romano, 17/10/2014, pág 19). Es decir, la ley divina es un camino: no es un gobierno de Dios. No es algo que Dios ha ordenado, que Dios ha promulgado. No es la revelación de la Mente de Dios. No viene de la Palabra de Dios, que es Eterna. No es necesaria la existencia de una ley divina, porque hay un camino, hay una pedagogía, hay una enseñanza que el hombre obra para llegar a Jesucristo.

Los doctores de la ley se «habían olvidado que eran un pueblo en camino» (Ib.): no era un pueblo gobernado por Dios. No; “Dios no existe” (9/10/2014). Existe mi concepto de Dios: tres personas. Pero no puede darse el Ser Absoluto de Dios. Por tanto, el pueblo iba en camino, y claro: «cuando uno está en camino, se encuentra siempre cosas nuevas, cosas que no conoce» (Ib.), cosas que el hombre, con su gran inteligencia va desarrollando, va descubriendo, va dividiendo y dividiendo la verdad.

Las cosas nuevas de Bergoglio: el dogma ya no existe, porque el dogma es ley Eterna. Y ésta no es un fin en sí mismo: no existe. ¡Cosas nuevas! Este «camino no es absoluto en sí mismo, es el camino hacia un punto: hacia la manifestación definitiva del Señor» (Ib). Nada hay absoluto en las sorpresas de Bergoglio, en sus cosas nuevas, en su enseñanza en la Iglesia.

Cristo como Camino no es absoluto en sí mismo: «Yo soy el Camino». Esta Palabra de Jesús no es absoluta. Es algo relativo, es algo que los hombres pueden interpretar como quieran en sus mentes.

No es un camino que tenga un sentido moral y que indique una regla para las acciones del hombre. No; es un camino hacia un punto: «la vida es un camino hacia la plenitud de Jesucristo» (Ib).

Ya la vida no es Jesucristo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).

«Jesucristo es el Camino del Cielo, que está patente a nuestra vista por el ejemplo de Su Vida, y por sus Misterios. Jesús es la Verdad, que alumbra nuestro espíritu con Su Palabra. Jesús es la Vida, que alienta nuestra Voluntad para unirla con Dios por Su Gracia» (S. León Magno).

Para Bergoglio, la vida es un camino hacia Jesús. ¡Anatema sea Bergoglio!

Jesús es el Camino por sus méritos. Bergoglio dice: que los hombres vivan sus vidas y así caminen según sus propios méritos humanos. Que los hombres no se fijen en los méritos de Jesucristo, en la Gracia que Cristo ha conquistado a todo hombre para que pueda salvarse, para que pueda poner un fin divino a su vida. Que los hombres no caminen por el mismo Camino, sellado por los méritos de Jesucristo, que es Jesús. Que cada hombre haga su camino para llegar a un punto. Que ningún hombre se fije en la muerte ni en la sangre de Cristo. Que nadie vea la Cruz de Cristo, sino que todos contemplen al Resucitado, que viene en Gloria:

«”esta generación pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás”; es decir, el signo de la resurrección, de la gloria, de esa gloria escatológica hacia la que vamos de camino»(Ib.)

¿Cuál es el signo de Jonás? La Justicia Divina, el castigo: «Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez» (Jon 2, 1b). Signo claro de cruz, de penitencia de castigo, pero no de resurrección. Sino clarísimo. Y cuando Jonás fue liberado de ese pez, se puso a predicar la conversión, la penitencia. Y, por esa predicación, la gente de Nínive se puso a hacer penitencia por sus grandes pecados y «vio Dios lo que hicieron, convirtiéndose de su mal camino, y arrepintiéndose del mal que les dijo que había de hacerles, no lo hizo» (Jon 3, 10).

Bergoglio ha anulado las Sagradas Escrituras y las interpreta según su novedad, según el concepto que tiene de Dios: «muchos de sus contemporáneos estaban cerrados en sí mismos, no abiertos al Dios de las sorpresas» (Ib). No habla de la penitencia, del camino moral, de la norma de moralidad, de la ley del pecado, de la ley de la gracia, sino que sólo habla del Dios de las sorpresas, de la vida de los hombres puesta al azar. En el camino de la vida «se encuentra muchas cosas nuevas».

La novedad de caer siempre en la misma piedra, por no obedecer la Verdad, por no hacer la Voluntad de Dios, por desobedecer la ley de Dios. El hombre siempre tropieza en la misma piedra: el culto a su mente humana. Es algo que no cansa. Es novedad siempre. Siempre el hombre se inventa un camino nuevo para tropezar en lo mismo, en lo viejo, en lo de siempre.

Bergoglio se ha puesto por encima del mismo Dios: es un pecado de orgullo, como el de Lucifer. No es nada nuevo. Es lo viejo. Pero lo nuevo es su forma de caer en este pecado de orgullo. La manera de estar en la Iglesia gobernándola sin que nadie diga nada, sin que tenga oposición real. Todos le dejan, cada día, decir sus grandes barbaridades…y aquí no pasa nada… Su pecado de orgullo conlleva una oscuridad en su mente, con la cual, gobierna a muchos en la Iglesia. Bergoglio es un ciego que guía a muchos ciegos hacia la oscuridad más total.

Muchos se dejan gobernar por este maldito. Y hay que decirlo con todas las palabras: ¡Bergoglio es un maldito! Esto, para muchos, no es un lenguaje correcto. No gusta al católico de hoy esta expresión.

¿Acaso no dice la Escritura: «Bendecid a los que os persiguen, bendecid y no maldigáis» (Rom 12, 14)? Entonces, ¿hay que decir que Bergoglio es un bendito porque no cree en Dios, porque ha anulado la ley eterna, porque gobierna la Iglesia sin ley, sin moral? ¡Bendito seas Bergoglio porque llenas estómagos de la gente en la Iglesia! Es claro, que no se puede decir esto. Una obra buena no justifica los medios pecaminosos que se han buscado para hacerla.

Aquí no se trata, aquí no se habla de defender nuestros derechos en la Iglesia: queremos una cabeza que diga la verdad. No; no se trata de esto. Si Dios ha permitido este gran desastre en toda la Iglesia, Justo es Él. Pero esa Voluntad de Dios, que es un fin en Sí Misma, no significa tratar a Bergoglio como un santo, como un justo, como un hombre bueno, como un bendito: no hablamos de devolver un mal por otro mal. No estamos insultando a Bergoglio cuando le decimos que es un maldito; sino que estamos definiendo la esencia del alma de Bergoglio.

¿Quién es Bergoglio? Un maldito en su alma. Un alma que no conoce a Dios, que no sigue su ley, que gobierna la Iglesia con claras herejías, no es un alma bendecida por la gracia, sino maldecida por el demonio, comprada por el mismo demonio en la Iglesia.

El alma de Judas era maldita, pero el pecado de Judas no es el pecado de Bergoglio.

Judas pecó contra el Hijo del hombre y, por tanto, podía ser perdonado: «Todo el que profiere una palabra contra el Hijo del Hombre, perdonado le será» (Lc 12, 10a). Judas nunca aceptó la Palabra de Verdad que salía de la boca del mismo Jesús. Judas se opuso a la Verdad de la doctrina de Cristo. Judas nunca aceptó la Verdad que Cristo enseñó a Sus Apóstoles. Judas nunca obedeció la Mente de Su Maestro, que es la Mente de Dios. Judas nunca se sometió a esa Verdad Divina, a esos dogmas que Cristo promulgó a Sus Apóstoles. Judas traicionó a Su Maestro con un beso, por unas monedas, por una gloria humana. La Iglesia, cuando Judas pecó, todavía no había nacido. Nació en el Calvario. La traición de Judas a Jesús fue antes: fue lo que llevó a Jesús a la muerte en Cruz.

Pero el pecado de Bergoglio no es contra la Verdad, sino en contra de la obra de la Verdad, que es la obra del Espíritu en Su Iglesia. El pecado de Bergoglio es una blasfemia contra el Espíritu Santo, de la cual no hay perdón: «aquel que blasfemare contra el Espíritu santo, no le será perdonado» (v. 10b).

Jesús ha puesto en Su Iglesia una Obra del Espíritu: Pedro, la Sucesión de Pedro. Se es Papa en la Iglesia Católica porque el Espíritu lo obra. No son los hombres los que obran esa verdad.

Y se es Papa en la Iglesia en una verticalidad, en un Vértice: el gobierno vertical es la obra del Espíritu en la Iglesia, es la obra de la verdad.

¿Qué ha hecho Bergoglio? Ponerse como Papa y poner un gobierno horizontal en la Iglesia. Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo. Y, por eso, el alma de Bergoglio está maldita: no puede ser perdonada de ese pecado.

Lo único que puede hacer Bergoglio es morir. Lo demás, es condenación. Ya viva haciendo el bien o el mal, eso ya no importa. Bergoglio vive con un alma negra, que ha elegido, por sí misma, el infierno. Bergoglio es la cabeza negra de la Iglesia. Y el mismo Jesús, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia, tiene las llaves del infierno de Bergoglio.

«Porque la ira de Dios se manifiesta del Cielo contra toda impiedad e injusticia de aquellos hombres que detienen la verdad de Dios en injusticia» (Rom 1, 18).

Bergoglio detiene la Verdad de Dios: el Papado, el Papa en el Vértice, el gobierno vertical en la Iglesia; en injustica, en una obra injusta: su gobierno horizontal

Dios castiga a los malditos. Dios castiga la impiedad y la injusticia de Bergoglio en la Iglesia. Y la castiga, castigando a toda la Jerarquía, que está impedida para ver lo que es Bergoglio. Está oscurecida. Está embobada con el lenguaje blasfemo de este hombre.

Bergoglio está fuera de la verdad y, por tanto, lleva a toda la Iglesia fuera de la Verdad. Bergoglio no tiene ninguna fe: sólo manifiesta su fe masónica, su fe humana, su idea maquiavélica de lo que tiene que ser un gobierno en la Iglesia. Bergoglio detiene la Verdad Divina: la divide, la pisotea, la anula. Y, por tanto, hace surgir la mentira, el error, la oscuridad, el caos: la injusticia. Y un injusto no puede ser bendito.

Dios ha abandonado el corazón de Bergoglio para que siga sus deseos depravados, para que siga cometiendo obras de injustica y de impiedad en la Iglesia, en ese gobierno que tiene en Roma y que no es de Dios. Por tanto, ¡Bergoglio es un maldito! Su alma está maldita, condenada, sin posibilidad de salvarse, de ser perdonado.

¡Qué duras son estas palabras para los hombres de hoy! Para esos hombres que, después del Sínodo, han aplaudido a Bergoglio y le siguen obedeciendo en su herejía contumaz. ¡Qué duras! Todos quieren dar a Bergoglio palabras cariñosas, demostrarle su amistad como hombres, no faltarle el respeto como ser humano, a pesar de su gran herejía. Sí, es un traidor, pero es un buen traidor; sí, es un hereje, pero es una buena persona hereje. Es un buen hombre. Y eso es lo que importa: que sea un buen hombre.

Todos esos católicos no pueden comprender lo que se dice aquí. No pueden, porque están escuchando las palabras de un mentiroso, de un hombre que ha pecado contra la obra del Espíritu en la Iglesia, contra la obra de la Verdad. Ya no es el pecado contra Jesús, contra su doctrina. Es obrar en contra de la Obra del Espíritu en la Iglesia. Y eso es condenación segura. Un hombre que ha blasfemado contra el Espíritu para levantar una nueva iglesia sentado en el Trono de Dios: esto es una abominación.

Lutero se fue de la Iglesia para fundar su iglesia. Bergoglio se queda en la Iglesia para levantar una abominación, algo que no puede encontrar salvación en Dios.

Bergoglio se sienta en el Trono de Dios y dice: Dios no existe. ¿Entonces? ¿Es un buen hombre? ¿Hay que obedecerle? ¿Hay que decir: gracias, Dios mío, por este Sínodo en donde hemos visto el cisma en la Iglesia, la profunda división que hay en la Iglesia?

La obra de Lutero no es abominable, porque las personas pueden salvarse si dejan sus errores. Fue una obra en contra de Jesús, de su doctrina.

Pero en la obra de Bergoglio no hay salvación porque se va en contra de toda la Verdad. No sólo de una parte: de toda. Porque la Iglesia tiene toda la Verdad. Y, para estar en la Iglesia, para gobernarla, se necesita un gobierno vertical. Quien quiera gobernarla de manera horizontal obra una abominación: imposible salvarse para aquellas almas que den su mente, que obedezcan las obras de este gobierno horizontal. Imposible salvarse. Se obra en contra del Espíritu, de Su Obra en la Iglesia. ¿Pretendes salvarte si la Iglesia es la Obra del Espíritu, no es la obra de los hombres? ¿Todavía quieres salvarte obedeciendo a Bergoglio? No se puede. Sólo en la Iglesia Católica hay salvación. Fuera de Ella, en el gobierno de Bergoglio, no hay salvación. El gobierno horizontal no salva, sino que condena de manera absoluta. No hay misericordia para aquellos que estén en ese gobierno

¡Qué pocos católicos conocen su fe católica, su Iglesia, a Cristo en Su Iglesia! ¡Qué pocos!

Dios «dará a cada uno según sus obras…a los contumaces, rebeldes a la verdad, que obedecen a la injusticia, ira e indignación. Tribulación y angustia sobre toda alma de hombre que obra el mal…» (Rom 2, 8-9a).

Los engaños del Sínodo I

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Primer engaño: «esto motiva la necesidad de que la Iglesia anuncie sin descanso y con profunda convicción el “Evangelio de la familia” que le ha sido confiado con la revelación del amor de Dios en Jesucristo» (v. 4): no existe el Evangelio de la familia, sino sólo el Evangelio de Jesús. Dios no ha confiado a la Iglesia ningún Evangelio de la familia, sólo le ha confiado la Palabra de Dios, que es Jesús.

Segundo engaño: «Ya el convenire in unum alrededor del Obispo de Roma es un evento de gracia, en el cual la colegialidad episcopal se manifiesta en un camino de discernimiento espiritual y pastoral» (v. 3). El sínodo no es un evento de gracia, sino de desgracia, por haber sido convocado por un falso Papa, Bergoglio. Todos hacen unidad alrededor del Obispo de Roma, que es apóstata de la fe, hereje y cismático. Conclusión: la colegialidad episcopal se halla sin la luz del Espíritu, marcando un camino en que no se puede dar ningún discernimiento espiritual ni pastoral. Nadie busca la verdad, la sola verdad, que es Cristo. Luego, nadie discierne nada, sino que abren un camino de auténtica mentira para toda la Iglesia.

Tercer engaño: «Es necesario partir de la convicción de que el hombre viene de Dios y que, por lo tanto, una reflexión capaz de proponer las grandes cuestiones sobre el significado del ser hombres, puede encontrar un terreno fértil en las expectativas más profundas de la humanidad» (v. 11). Han anulado el pecado original y el pecado personal de cada hombre. Porque si se quieren hacer las cosas bien en la Iglesia, es necesario partir del hecho de que el hombre es pecador por naturaleza, es decir, nace en pecado original, y comete el pecado en su vida de forma diaria, si no se ayuda de la gracia, de los sacramentos. Ya no se parte del hecho del pecado, sino de que el hombre viene de Dios. Por lo tanto, la reflexión que se hace es totalmente falsa, llena de mentiras y de claras herejías. El significado del ser hombre no se busca en la humanidad, sino en Dios: en el plan que Dios puso al hombre en el Paraíso. En el plan que Cristo puso al hombre en Su Iglesia. Como no se va a la Revelación Divina, sino que se la niega con bonitas palabras, con la jerga del lenguaje humano, entonces tenemos un documento que no pertenece a la Iglesia Católica.

En este Sínodo están respirando lo mismo que pasó en el Concilio Vaticano II, pero hay un agravante: no hay un Papa legítimo que sostenga esta impiedad, este cisma claro, que se da ya con este documento.

Cuarto engaño: «Es necesario aceptar a las personas con su existencia concreta, saber sostener la búsqueda, alentar el deseo de Dios y la voluntad de sentirse plenamente parte de la Iglesia, incluso de quien ha experimentado el fracaso o se encuentra en las situaciones más desesperadas» (v. 11). Es necesario dar a las personas la doctrina de Cristo, para que acepten la vida de Cristo. No hay que aceptar la vida de las personas, con sus existencias, porque todos son pecadoras. Este es el punto que anulan. Se dedican a lo social, a lo cultural, a dar un gusto a la gente. Te acepto como homosexual, pero no te obligo a vivir la doctrina de Cristo, porque es más importante ser homosexual, que ser cristiano, que ser de Cristo. Si no se les enseña a las personas a buscar la vida de la gracia, sino que se les anima a seguir en sus existencias humanas, nunca van a encontrar a Dios. ¿Cómo es posible alentar el deseo de Dios si no se les alienta en el deseo de que quiten sus pecados? ¿Ven que con gran facilidad engañan con sus lenguajes humanos? Así es todo el documento: una bazofia sacada de la mente del demonio. Hay que llevar a esas personas, a la cuales se les acepta como son, a sentirse Iglesia. Pero, ¿de qué Iglesia están hablando? De la de ellos, no de la de Cristo.

Quinto engaño: la herejía de la ley de la gradualidad. Esta ley consiste en decir que todo es por un grado en la Creación. Ya no es por Gracia:

«Desde el momento en que el orden de la creación es determinado por la orientación a Cristo, es necesario distinguir sin separar los diversos grados mediante los cuales Dios comunica a la humanidad la gracia de la alianza. En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía divina, se trata de leer en términos de continuidad y novedad la alianza nupcial, en el orden de la creación y en el de la redención» (v. 13)

¿En qué parte de la sagrada Escritura está la ley de la gradualidad? En ninguna parte. Este es el invento de la Jerarquía modernista que quiere explicar la historia de los hombres, desde Adán hasta nuestros días, con la graduación, la proporción, la relación.

Ellos no parten del hecho del pecado original, sino del orden de la creación. Orden que es orientado a Cristo. Ellos anulan el pecado original y sólo lo tienen como una fantasía, un cuento; pero no una realidad.

Y Dios no comunica al hombre la gracia según estos grados. ¿Captan la herejía? Como no existe el pecado original, ni ningún pecado, hay que entender los males porque el hombre no ha evolucionado en su vida. Entonces, en la medida en que va evolucionando, en la medida en que va de un grado a otro (en lo afectivo, en lo sexual, en lo humano, en lo natural, en su madurez psicológica, etc), en esa medida Dios va dando la gracia. Según avance el hombre, Dios da la gracia.

Uno que se masturba es porque no tiene una madurez psicológica o afectiva adecuada. Hay que esperar a que alcance ese grado, y entonces Dios le da la gracia. No tiene que dominar su cuerpo. No tiene que hacer ayunos ni penitencia. Tiene que seguir masturbándose hasta que alcance el grado necesario y así pasar a otro.

Esta herejía de la ley de la gradualidad viene de Kant: todo es un grado en el Universo, en la vida de los hombres. Los hombres se relacionan con todo lo demás dependiendo del grado, de la proporción, de la relación que en sus mentes hay con lo demás. Es una relación mental, no real. Es un grado mental, ideal, que en la práctica se desarrolla en mucha facetas humanas.

Es poner la vida divina de la gracia a la par de la vida humana. Como en lo humano estás en un grado inferior, entonces no avanzas en la vida divina. ¿Captan la herejía?

Hay niños de tres años en el infierno por su pecado sexual. Y eran inmaduros en todo. Pero se merecían el infierno sólo por su pecado.

Dios no enseña con la ley de la gradualidad: «En razón de la ley de la gradualidad, propia de la pedagogía divina». Dios enseña con la ley de la gracia, que completa la ley divina, que nace en la ley natural, inscrita en todo hombre. Y esa ley natural es independiente de los grados en la vida humana o afectiva o psicológica o cultural, etc. Independiente. Las dos cosas no se pueden relacionar de la misma manera, no dependen una de la otra.

La ley natural, que es la ley eterna en el hombre, obra de manera independiente de la vida humana o natural de cada hombre. La ley natural no depende del grado de la vida humana. La ley divina no depende del grado de la vida del hombre. Y menos la ley de la gracia. Es clara la herejía de todo el Sínodo, que se han reunido sólo para esto: destruir la Iglesia con un lenguaje bello, pero totalmente herético.

Con esta ley de la gradualidad, van a decir sus herejías. Han anulado la ley de la gracia y cualquier ley en el hombre. Van a poner sus leyes, el concepto que ellos tienen de toda ley.

«Podemos distinguir tres etapas fundamentales en el plan divino sobre la familia: la familia de los orígenes, cuando Dios creador instituyó el matrimonio primordial entre Adán y Eva, como fundamento sólido de la familia: hombre y mujer los creó; la familia histórica, herida por el pecado y la familia redimida por Cristo» (v. 16).

La maldad de este texto es la siguiente: No existen tres etapas en el plan divino sobre la familia. Ellos ponen su ley de la gradualidad. Primer grado: Adán y Eva; segundo grado: el pecado en toda la historia del hombre; tercer grado: la redención de Cristo. No existen tres etapas, no existen tres grados de familia. ¿Van comprendiendo qué quieren transmitir? Se centran sólo en el hombre, pero no en la Gracia. Se centran en los problemas sociales, culturales, etc.; pero no en la vida de la gracia de las personas.

¿Qué pasó con la Gracia en el Paraíso? No lo dicen. Sólo dicen que Dios instituye un matrimonio primordial que es el fundamento de la familia. Y eso es una mentira bien dicha, con el lenguaje que a ellos les gusta. Su lenguaje humano, el propio de gente mentirosa y que engaña con su palabra humana.

Dios crea a un hombre y a una mujer y les pone a prueba. No instituye ningún matrimonio, porque al crearlos, hombre y mujer, en sus naturalezas humanas está la ley natural, que les empuja a unirse naturalmente como hombre y como mujer. Y, por eso, Adán exclama, al ver la mujer: «Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne»: aquí está el matrimonio entre hombre y mujer. En la ley natural. Todavía no se dice nada de la ley divina, ni de la ley de la gracia.

Está en la misma naturaleza humana, que Dios ha creado, el matrimonio. Y aunque el hombre peque, el matrimonio sigue en la naturaleza humana. ¿Ven que no puede darse la ley de la gradualidad en la familia?

Hay un solo matrimonio. Punto y final. Hay una sola familia. No tres grados, no tres etapas. No existe ni la familia histórica ni la familia redimida. No existe la familia del origen. Sólo existe el matrimonio natural, como hecho natural, como debido a la ley natural.

Ven: se están reinventando la ley de la naturaleza con la ley de la gradualidad. ¿Van viendo la herejía?

Después, en el matrimonio está la gracia en cada alma; está el pecado en cada alma. Son dos realidades diferentes: la vida divina de la gracia en cada alma, que es independiente de la vida del matrimonio, o de la vida humana o natural o carnal o afectiva o material. Independiente. Dios da una gracia al alma sin mirar su vida matrimonial. Dios no espera a la historia de los hombres, ni a sus avances, ni a sus evoluciones, ni nada de lo que piense u obre el hombre. La Gracia no está condicionada por ninguna vida del hombre, por ningún pensamiento del hombre, por ninguna vida de lástima o de peligro que tenga el hombre. Dios no tiene misericordia de los cuerpos de los hombres, sino de sus almas. Y sólo de sus almas. Un alma arrepentida de sus pecados, merece la gracia de la conversión. Pero un alma no arrepentida, aunque pase por momentos graves económicos, merece el castigo de Dios.

Adán, en el Paraíso, tenía toda la Gracia para hacer con su mujer lo que Dios le pedía. Adán en el Paraíso tenía toda la luz infusa para comprender lo que es la vida humana al detalle. No se le escapaba nada. Era el hombre perfecto, no sólo en la gracia, sino en lo humano. No necesitaba leer libros para avanzar en su conocimiento de lo humano, ni de la Creación. Todo lo sabía. Todo lo podía. No tenía que atender a la gradación de su vida humana, porque era perfecta en todo. Y, en esa perfección humana, pecó: no obró la Voluntad de Dios. Y se condenó por su pecado. Adán, desde lo más alto en su grado de humanidad, desde la perfección humana, cayó en el pecado. No tienen que ver lo humano para pecar. No se trata ni de estar arriba ni de estar abajo en la vida social o humana. No se trata de que se tengan o no se tengan problemas en la vida. Se trata de que cuando el alma quiere pecar, aunque esté en lo más alto de su vida de gracia, cae sin más al más profundo de los abismos. Y cae, no por el grado de su perfección en lo humano, sino por su malicia en la obra de su pecado: por su voluntad. Es la voluntad del hombre lo que no admite gradación. La voluntad del hombre no se mide por la ley de la gradualidad. Ningún hombre quiere porque está más alto en su vida humana o en su vida de gracia. Todo hombre quiere algo en la vida porque quiere, por la fuerza sola de su voluntad, así sea un pobre mendigo, que pasa hambre todo el día, así sea santo o pecador.

Adán comenzó otra vida con su mujer llena de imperfecciones, de maldades, de pecados, de impurezas, de miserias. Y lo hizo con su mujer, unida a ella, en matrimonio. Y es un matrimonio el mismo del Paraíso, pero en estado de pecado. El mismo matrimonio, la misma mujer, la misma familia, con más hijos, pero todo lo mismo. El mismo matrimonio que viene por la ley natural. No hay otro matrimonio. No hay otra familia.

Empezó desde la nada una nueva vida de pecado en su matrimonio. Y por más que avanzase en esa vida de pecado o en esa vida humana, Dios no le daba la gracia. Ya perdió toda la Gracia. Él tenía toda la Gracia para usar de Ella sólo en la Voluntad de Dios. ¿Iba a darle Dios, iba a retornarle la gracia sólo porque iba de grado en grado en su vida humana? Nunca. Dios no atiende a la vida de los hombres para dar una gracia. Dios sólo atiende a la vida espiritual del alma: es necesario merecer esa gracia. Y se merece con una vida de oración y de penitencia, que es lo que nadie en el Sínodo está diciendo. Todo está en la ley de la gradualidad.

Entonces, ellos se preguntan: «En consideración del principio de gradualidad en el plan salvífico divino, nos preguntamos ¿Qué posibilidades tienen los cónyuges que viven el fracaso de su matrimonio? o ¿Cómo es posible ofrecerles a ellos la ayuda de Cristo por medio del ministerio de la Iglesia?» (v. 17). Respuesta: No hay ninguna posibilidad para los cónyuges que viven un fracaso en su matrimonio. Ninguna. Sólo si se arrepienten de sus pecados, si hacen penitencia, entonces por la ley de la gracia, hay posibilidad. No se les puede ofrecer la ayuda de Cristo, porque esta ayuda es de la ley de la gracia, no de la ley de la gradualidad.

Ellos caminan en el lenguaje de la herejía. Y este lenguaje está en todo el documento. Tengan cuidado al leerlo, porque ellos saben hablar bien, escondiendo la verdad en múltiples palabras afectivas, bellas, que gustan a la gente de hoy día. Ellos van a poner su clave hermenéutica y, por eso, cogen el Concilio Vaticano II y le dan la vuelta, porque no han comprendido de lo que trata el Concilio cuando habla de que en el mundo hay elementos de santificación, de verdad, positivos.

Como no comprenden la Gracia que Cristo da en el Bautismo, entonces hacen más daño con sus interpretaciones del Concilio.

Tengan en cuenta que desde Adán hasta Jesús no hay Gracia: no existe la ley de la gracia. Desde Jesús, esa ley se da en todos los bautizados, aunque reciban el bautismo fuera de la Iglesia Católica. Por eso, hay elementos de santificación en almas que tienen el Bautismo, el mismo que la Iglesia da, pero que no pertenecen a la Iglesia, sino a otra religión.

Si esa persona, que ha recibido la gracia por ese bautismo, es fiel a esa gracia, entonces se va acercando a la verdad, que es Cristo. Necesita, esa persona, los demás sacramentos para poder subir en la vida espiritual, para avanzar en la vida de la gracia. Y, por eso, si esa persona es fiel a esa gracia, el Espíritu le llevará a la verdadera Iglesia, para que entre en Ella y pueda recibir los demás Sacramentos.

Por la ley de la gracia, esa persona, tiene la posibilidad de levantarse cuando peca, por el acto de contrición perfecta que la misma gracia da. Esa persona no necesita, en ese estado, el Sacramento de la Penitencia, que está en la Iglesia Católica. Y, por eso, puede volver a la gracia sin necesidad de ese Sacramento. No le obliga el confesar porque todavía no está en la Iglesia. Si es fiel a la gracia, entonces esa persona está en camino de santidad, pero fuera de la Iglesia. Y, por eso, existen elementos de santificación, que son los mismos que están en la Iglesia Católica. No son distintos. No es que en la Iglesia Católica falte un elemento de santificación que se da, entonces, fuera de Ella. No. La santidad que vive esa persona, es la misma que se vive en la Iglesia, pero de una manera imperfecta, por no tener los demás Sacramentos.

Ellos dicen: no. Esos elementos no son de la Iglesia Católica, sino formas nuevas que hay que acoger en la Iglesia. Mal interpretan todo el Concilio Vaticano II, no sólo en cuanto al matrimonio, sino a cuanto a las demás religiones.

Hay que saber bien leer e interpretar el Concilio a la luz de la fe, de los otros documentos de la Iglesia Católica. Si no, hacen como estos herejes: hacen un dogma de las palabras del Concilio.

«Se hace por lo tanto necesario un discernimiento espiritual, acerca de las convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar, compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de sus confines visibles y sacramentales. Siguiendo la amplia mirada de Cristo, cuya luz ilumina a todo hombre, la Iglesia se dirige con respeto a aquellos que participan en su vida de modo incompleto e imperfecto, apreciando más los valores positivos que custodian, en vez de los límites y las faltas» (v. 20).

No hay que discernir nada. Porque el matrimonio civil entre dos bautizados es un pecado. Y punto. Que salgan de su pecado, para poder recibir la gracia. Los malcasados, lo mismo: que salgan de su pecado. No hay que reconocer las semillas del Verbo en ellos porque no existe. ¿Ven el lenguaje humano tan agradable a los hombres? No hay que dirigirse con respeto a aquellos que están malcasados y en un matrimonio por civil, para apreciar lo positivo y callar sus pecados. No; no es eso. Hay que dirigirse a ellos para que vean sus pecados y lo quiten de la vista de Dios, porque a Dios no le agrada el alma que peca, sino que la aborrece. Esto es lo que no enseñan en ese Sínodo del demonio.

Se está dando culto sólo al hombre en este documento. Pero no se da culto a Cristo. No es Cristo el norte del Sínodo, sino que es sólo los hombres y sus ideas maravillosas.

Continuaremos analizando lo que queda del documento.

Es pecado mortal obedecer a Bergoglio

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Nos dice Jesucristo de Sí Mismo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). En tanto se camina por Él en cuanto se observa con exactitud su Santísima Ley.

El Evangelio es Ley Eterna; no es un conjunto de ideas, más o menos bien puestas; no es una doctrina de hombres, inventada e interpretada por cada mente humana.

El Evangelio, para ser obrado, necesita que el hombre ponga en el suelo su cabeza; es decir, que escupa de sí mismo toda idea, por más buena y perfecta que al hombre le parezca, y se someta a la Mente de Dios.

El Evangelio es la Palabra de Dios, no es la palabra del hombre. Es la Palabra que nace de la Boca de Dios: es el Verbo que habla la Mente de Su Padre.

Jesús es el Verbo Encarnado; es decir es el Hijo del Padre, que ha asumido una naturaleza humana. Y, en ella, no existe la persona humana. Sólo existe la Persona Divina del Verbo.

Jesús es Dios hecho Hombre; pero Jesús no es una persona humana. Y esto significa que Jesús no es sólo un hombre: no se le puede mirar como un hombre cualquiera; ni su vida es como la de un hombre. Su vida es la vida del Verbo, la de una Persona Divina. Su vida humana es divina: no tiene una idea humana, un sentimiento humano, una visión humana de la vida. Jesús todo lo ve, en su vida humana, con los ojos divinos, con los ojos de Su Persona Divina. Nada ve con los ojos humanos. No entiende la vida como los hombres, sino como Dios.

Por eso, a Jesús le trae sin cuidado la vida humana, porque vive su propia vida divina en una carne humana. Y, por tanto, lleva esa naturaleza humana hacia lo que Su Padre quiere. Duerme, come,…, pero no es como los hombres: no duerme, no come, no vive como ellos…. Es el Verbo, que no puede dormir, el que hace dormir a la naturaleza humana…. Es el Verbo el que rige toda la vida humana de Jesús.

Jesús vive en su humanidad la Ley Divina. Y, por tanto, lleva toda esa humanidad al cumplimiento perfecto de la ley natural, de la ley divina y de la ley de la gracia.

Jesús es el Nuevo Adán: lo que Adán tenía que haber hecho, lo obró Jesús sin más, con su Persona Divina. Adán necesitaba la gracia para obrar lo divino en lo humano, para ser hijo de Dios por adopción. Pero Jesús sólo con Su Persona Divina mueve toda su humanidad hacia donde Él quiere, porque es el mismo Hijo de Dios. No necesita la gracia, aunque la posee, por ser Hombre Verdadero, Hombre que nace de una Mujer llena de Gracia. No la necesita, pero tiene toda la Gracia, la Plenitud de Ella, está en Él, en su naturaleza humana. Pero es el Verbo –no la Gracia- , el que sostiene a toda su naturaleza humana, el que la rige, el que decide lo que le conviene a esa naturaleza humana.

Este es el dogma de la Divinidad de Jesucristo, que muy pocos conocen y siguen. Todos pintan a un Jesús muy humano, cercano a los hombres, que camina con ellos, que vive como ellos, que ama a todo el mundo y que perdona a todos. Y este pensamiento es una falacia más de la Jerarquía modernista, que todo lo entiende con su cabeza humana. No es capaz de poner su orgullo en el suelo, ni de pisar su entendimiento humano, para poder ser otro Cristo en la tierra.

Jesús siempre ha señalado el camino a toda alma que quiera seguirle: «no peques más». Este es el eje del Evangelio: la lucha contra todo pecado.

El pecado es una ofensa a Dios: es un acto voluntario, libre, contra la ley de Dios Eterna. Esta Ley se manifiesta en la ley natural, en la ley divina, en la ley humana y en la ley de la gracia:

a. quien roba, mata, se masturba, es gay…,va contra la ley natural;

b. quien cae en herejía, quien provoca cisma, quien invoca a los muertos…, va en contra de la ley Divina positiva, contra los mandamientos revelados por Dios;

c. quien falta a misa los domingos y fiestas, o no cumple alguna ley civil válida…, se opone a la ley humano-eclesiástica o civil-política;

d. quien comulga en pecado mortal, quien se casa por lo civil teniendo ya el sacramento del matrimonio, quien casa a un homosexual, quien bautiza a hijos de lesbianas, quien usurpa el Trono de Pedro…, va en contra de la ley de la gracia.

En la vida, ningún hombre está exento de pecar. Todos caen, en uno u otro pecado. Hoy nadie atiende al pecado, nadie sabe lo que es, a nadie le interesa el pecado. Y, por supuesto, nadie sabe discernir los diferentes pecados que se dan, porque los hombres se han olvidado de lo que es Jesús.

Quien niega el pecado, quien dice que el pecado no existe o que es otra cosa, niega, necesariamente, la Divinidad de Jesucristo. Y, por tanto, comienza a inventarse su cristo, su salvador, su iglesia.

Jesús vino a liquidar el pecado. Sólo a eso. Lo demás, no le interesa.

Todo pecado produce en el alma una mancha que es necesario limpiar, purificar, con cuatro cosas: oración, ayuno, penitencia y sacrificio. Y no se puede quitar esta mancha de otra manera.

Quien confiesa una vez al mes, va a Misa todos los domingos, reza el Rosario ocasionalmente, no tiene los actos de penitencia necesarios para limpiar todas las manchas del pecado. Es pobre en la purificación de su alma. No sabe expiar, reparar el pecado de su alma.

Quien añade no comer carne los viernes, ayunar la Cuaresma, hacer obras de Misericordia, rezar el Via-Crucis, practicar las virtudes, ir a Misa todos los días y comulgar, rezar las cuatro partes del Rosario, ha avanzado un poco más en su purificación, pero todavía le falta mucho Purgatorio.

Es necesario trabajar para expiar los pecados: «no peques más». Para no pecar más, hay que sudar sangre; hay que oponerse a muchas cosas buenas, que en apariencia parecen divinas, espirituales, pero que llevan una malicia, que hace caer al hombre en el pecado.

Hay que empezar hoy mismo a quitar el Purgatorio. Y no hay que dedicarse a lo de siempre. Nunca hagan rutinas de la vida espiritual. Nunca la rutina de la oración, de la penitencia, del ayuno, del sacrificio. Que la obra que se haga no sea con rutina, no sea lo de siempre. Es necesario hacer esa obra con amor, con el fuego de la caridad divina. Y entonces se va limpiando el alma.

Muchos pueden hacer un día de ayuno riguroso, a pan y a agua, pero de manera rutinaria: es viernes, toca ayunar, hay que aguantar el ayuno. No sirve eso para limpiar el alma.

Es más provechoso hacer medio día de ayuno riguroso, pero ardientemente, con el fuego del amor divino, aprovechando cada minuto para expiar el pecado y salvar almas. El que hace la penitencia tiene que estar en la penitencia, en la reparación del pecado. No puede estar en otra cosa: estoy trabajando y estoy ayunando. Es estar en dos cosas.

Quien pueda estar atento a las dos cosas, sin perder la Presencia de Dios, ni en el ayuno ni en el trabajo, entonces eso le vale. Pero quien sólo está atento a su trabajo y le está mortificando el ayuno que hace, entonces es mejor que deje el ayuno, porque no le sirve.

Cuando se hace penitencia, Dios quiere algo del alma en esa penitencia. Y si el alma no está atenta a la Voluntad de Dios, por estar en otro negocio, entonces de nada le vale su penitencia.

Sólo Dios sabe cómo se repara un pecado para que el Purgatorio desparezca por completo. Pero el alma, cuando se pone en oración y en penitencia por sus pecados, debe atender a Dios. No debe estar atenta a otras cosas.

Por eso, son pocos los que quitan de verdad el Purgatorio aquí en vida, y son pocos los que luchan en contra del pecado hasta quitarlo.

Hay un pecado que muchos cometen en la actualidad: seguir, obedecer a un hereje. Mata el alma seguir a Bergoglio como Papa de la Iglesia Católica. ¡Mata el alma! Es un pecado mortal someter el entendimiento a la mente de ese hombre.

Esto, muchos católicos, no saben discernirlo. Y pecan por ignorancia culpable. Tienen muchos medios a su alcance para ver si ese hombre es realmente lo que dice ser. Y, de manera culpable, se quedan en su ignorancia. 18 meses para discernir lo que es Bergoglio y muchos están como al principio: embobados, alucinando con un pobre idiota.

Otros les nacen muchas dudas, pero son culpables porque son almas acostumbradas a consentir con el pecado: son de conciencia ancha. Les cuesta entender que una cosa es pecado y se conforman grandemente con ese pecado. Corren hacia el pecado, con dudas, pero corren: aceptan a ese hombre porque hace, más o menos, un bien o dice palabras, más o menos, correctas.

El que se acomoda a la vida humana, a lo que otros han puesto en la Iglesia, a lo que los Cardenales han dicho o han elegido, son siempre almas de pecado, que en caso de duda, no tienen una conciencia timorata, que les impide pecar; sino ancha. Ancha es castilla: tenemos un nuevo Papa. ¡Qué alegría! Y, a pesar de que ven cosas raras en esa persona, siguen dudando. Siempre hay en eso, malicia en la voluntad, error en el entendimiento, atadura en la vida espiritual.

Quien obedezca a Bergoglio peca mortalmente.

Bergoglio es un hereje y, por tanto, ha cometido muchos pecados contra la ley divina. Su magisterio es herético y perjudicial para la mente de cualquier hombre. Por la mente se llega al pecado. Por la idea herética se pierde la fe, la obra divina. Y, por tanto, se comienza a obrar en contra de la fe, según esa idea herética: obras de pecado, de maldad.

Esto es lo que está pasando en muchos fieles y en casi toda la Jerarquía de la Iglesia. Están aceptando la idea herética de ese hombre: están perdiendo la fe. Esto trae, como consecuencia, el inicio de la apostasía de la fe.

Pero Bergoglio, no sólo es herético, sino que es cismático. Va en contra de la ley de la gracia. Al ponerse como Papa, él se sitúa fuera del Papa legítimo. Está haciendo un cisma, encubierto, pero es un cisma.

Por tanto, no se le puede obedecer en su cargo, porque no tiene el oficio papal. Está sentado en el Trono de Pedro, pero no es Papa. En la Iglesia Católica sólo se puede dar obediencia al Papa legítimo. No cabe otra obediencia. No existe en la Iglesia Católica una obediencia humana, que se da por un poder humano. La obediencia humana en la Iglesia es siempre por un poder divino, no humano.

El cargo de Papa no es como el gobernante en el mundo que, aunque sea un hereje, es necesario darle la obediencia allí donde no hay pecado, porque toda autoridad viene de Dios.

En la Iglesia esto no puede suceder. En la Iglesia es Dios mismo quien pone su Cabeza, su gobernante. En consecuencia, aquel que usurpa el gobierno de la Iglesia carece del poder divino: no es autoridad ni divina, ni espiritual, ni moral.

Bergoglio, para la Iglesia Católica, es un don nadie, es un cero a la izquierda porque no posee el Primado de Jurisdicción. Y, al no tenerlo, no tiene ninguna otra autoridad. Sólo posee la que los hombres le han dado: un poder humano, que es un poder masónico. Y a este poder humano no es posible la obediencia. Porque en la Iglesia se obedece a un hombre que tiene el Poder Divino, el Primado de Jurisdicción. Aquel que sólo tenga un poder humano, que no está sometido al Poder Divino, como en Bergoglio, no manda nada en la Iglesia.

A Bergoglio no hay que obedecerle en nada, aunque mande cosas buenas, que no son pecado, que son propias del derecho canónico o de la liturgia. Si manda que en el canon se puede recitar a San José, no se le obedece. Si manda una jornada de oración y de ayuno, no hay obediencia. Porque él lo manda con un poder humano. No hay sometimiento a ese poder humano en la Iglesia. Sólo se obedece al Papa legítimo. Y, por tanto, sólo se obedece a la Jerarquía que se somete al Papa legítimo. No es posible la obediencia a la Jerarquía que se somete a un hereje, como Bergoglio. Si se da esa obediencia a esa Jerarquía, se peca mortalmente.

Es muy importante tener las cosas claras con este hombre en la Iglesia, que es lo que muchos no la tienen, y siguen en sus dudas, en sus ambigüedades, en sus acomodos a las circunstancias de la vida de la Iglesia.

Por eso, la Jerarquía, que sabe todo esto, es la que más peca. Están guardando las formas exteriores con ese hombre, el status quo, para hacer el juego que todos quieren. Y eso es una gran maldad, un gran pecado que toda la Jerarquía lo tiene que pagar caro.

Quien escuche una misa de Bergoglio comete un pecado mortal. Son misas de herejías, de cisma, de apostasía de la fe. No son misas en que el alma reciba una verdad. Son misas para condenar a las almas. En esas misas no está Cristo en el Altar. Se comulga una galleta.

El que asista a un acto de Bergoglio (conferencia, ángelus, charla,…) peca mortalmente. Porque no es un hombre que lleve a la santidad cuando habla. No es un hombre que haga caminar hacia el bien divino, sino que pone la puerta hacia el pecado: invita a pecar y a seguir en la vida de pecado. No es como Jesús: no peques más. Bergoglio dice: quiero una iglesia de pecadores. Para ese hombre el pecado no es un mancha en su alma, sino otra cosa, lo que su mente diabólica se ha inventado. Es un Obispo que engaña con su palabra a todo el mundo. ¿Por qué pierden el tiempo escuchando a ese hombre que no da una palabra de verdad? ¿Qué hacen contemplando sus obras? ¿Qué les importa sus viajes?

Bergoglio ya hay que ponerlo a un lado, porque ahora se hacen fuertes los demás: los que lo apoyan, que son muchos, y en muchos frentes.

Bergoglio ha sido el entretenimiento para toda la Iglesia; pero ya se le acaba la cuerda. Muchos han visto su negrura; y muchos la aceptan, la quieren para sus vidas; y sólo están esperando que ese hombre comience a destrozarlo todo en la Iglesia. Y muchos se impacientan porque ven que ese hombre tiene mucha labia, pero ninguna obra.

Bergoglio es, como todos, pero en lo malo. Todos hablan muchas cosas, pero unos son buenos, otros son unos demonios. Y cada uno tiene sus impedimentos para obrar. Así los Papas anteriores no pudieron hacer el bien que Dios les pedía, por la rebeldía de muchos Cardenales y Obispos; así Bergoglio tiene a muchos que tampoco lo quieren en su maldad. No puede hacer lo que él quiere y no deja hacer a los otros en el mal. Los tiene enfrentados.

Bergoglio ha sido orgulloso desde el principio: él ha querido poner su camino. Y ha encontrado oposición en la cima del gobierno, que es la masonería. Y ésta le ha dejado hacer, mientras convenía. Pero ya Bergoglio no conviene a la masonería, porque hay que dar un paso más: hay que empezar a romper y se necesita una cabeza pensante.

Bergoglio es sólo un vividor. Y no más que eso. Vive su vida y deja que los demás la vivan. No por eso, deja de ser un dictador. Ahí lo tienen con el golpe de estado a Mons. Rogelio Livieres. Es el acto propio de una sabandija en el gobierno: quiere que todos obedezcan a su mente diabólica, a su planteamiento de lo que debe ser la iglesia sin cristo, para el pueblo, para el comunismo, para la fraternidad, para los pobres… Y si encuentra oposición, hace lo que ha hecho. Y Bergoglio se queda tan tranquilo, porque no tiene arrepentimiento de su pecado. No ve su pecado: ve a los otros que van en contra de él. Y eso le molesta mucho, pero pone cara de idiota y de niño bueno.

En la Iglesia se habla mucho de amor fraternal, de misericordia, de humildad, de que hay que estar en la verdad, pero todo eso son palabras en mucha Jerarquía. Es sólo el lenguaje humano. A la hora de la verdad, si no te sometes a la mente de tu Obispo te quedas en la calle pidiendo limosna. Y encima te levanta una calumnia el mismo Obispo.

Esto es una realidad y está pasando en la Iglesia. Y la gente anda embobada con un necio, un estúpido y un idiota, como es Bergoglio. Y no ve lo que pasa en la Jerarquía de su parroquia. No ve los lobos que hay en su parroquia. Y, entonces, no puede ver al lobo principal, que está sentado en la Silla que no le pertenece.

La Iglesia está en el pecado habitual: colaborando con un hereje, ocultando sus herejías, dándole publicidad, y haciendo que los demás se sometan a la mente de ese hombre sólo porque está en la Silla de Pedro: sólo por una cuestión externa, para guardar las apariencias con todo el mundo y decirse a sí mismos: en la Iglesia Católica estamos todos unidos con el Papa. Todos a una con un imbécil.

Gran pecado es éste el de la Jerarquía. Muchas almas sacerdotales están muertas por su obediencia a un hereje. Y les va a ser casi imposible salir de ese pecado. Porque son los que más conocen: luego son los que más pecan. Pecan con perfección; no con ignorancia, no con dudas… Son almas con una vida sacerdotal tan mísera, tan rastrera, que no les importa someter su mente a la mente de un hereje. No les importa. Beben su pecado como si fuera un vaso de agua.

Jesús es el Verbo Encarnado, el cual ha desparecido de muchas misas, de muchas almas sacerdotales, porque la Iglesia que está en el Vaticano ya no es la Iglesia de Cristo. Ya no son sus sacerdotes: son lobos que llevan a las almas a lo más profundo del infierno. Y las almas las siguen como borregas que son.

La evolución del pensamiento

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Francisco es un hombre vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico. Moderno. Y aquí está la prueba de su obsesiva humildad.

Su humildad consiste en que se le perciba como un hombre del montón: viajar en colectivo o en coches de segunda mano, pagar las cuentas del hotel, hacer lo que todo el mundo hace: no destacarse, porque hay que estar en el mundo con el espíritu del mundo. Hay que obrar para que el hombre del mundo comprenda que se le entiende en su mundo, que se vive como él vive. Hay que ofrecer una imagen al hombre, una propaganda que guste al mundo, que lo atraiga. Francisco no entiende la humidad como el que da, ofrece, obra, la verdad. Sino como aquel que se abaja al error y comete el mismo error del otro.

En su concepto de amor al prójimo, ser humilde es respetar, aceptar el error del otro para poder amarlo

Francisco, toda su vida ha sido negador de la Verdad. Nunca se batió por la Verdad única, crucificada e indivisa, que es Cristo, sino que siempre ha predicado “la aceptación de la diversidad (…) que nos enriquece a todos” (El Jesuita – pag. 169). No la Verdad Revelada, no la Tradición Divina, no el Magisterio auténtico de la Iglesia, sino las verdades múltiples y consensuadas «con diálogo y amor» para «el reconocimiento del otro como otro (…) no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades, no absorbiendo al otro, sino reconociendo como valiosos lo que el otro es, y celebrando esa diversidad que nos enriquece a todos» (Ibidem). Y, en esta aceptación del otro, pone el amor al prójimo.

Los judíos, los musulmanes, lo masones, los que trafican con las armas, con el sexo, los corruptos, los indeseables, los que hacen el mal… son valiosos. Hay que dialogar; pero ¿hay reglas para el diálogo? No. ¿En que se fundamenta ese diálogo? ¿En la vida del otro, en sus verdades, en sus ideales, en sus obras, en sus pecados, en sus fechoría, en sus virtudes…? Ponte a dialogar y después bendice unas hojas de coca, porque tienes que aceptar la diversidad, tienes que reconocer al otro, no tienes que decirle al otro algo para que se humille, obedezca, se subordine a tus ideas, a tus sentimientos. No tienes que absorber al otro con tus ideas, con tus dogmas, con tus verdades reveladas. La fe es para todos. La fe es múltiple porque múltiples son las cabezas de los hombres, sus ideas, sus culturas, sus encuentros con la verdad.

«¿Cómo puedo dialogar, cómo puedo amar, cómo puedo construir algo común si dejo diluirse, perderse, desaparecer lo que hubiera sido mi aporte?» (Ibidem). Está declarando que ningún hombre es pecador, un demonio, sino que todos somos santos. Todos aportamos algo bueno a la humanidad, a la Iglesia. Todos tenemos una verdad que compartir. Y si las unimos todas, entonces tenemos la plenitud, lo global, el mundo feliz.

No mires el pecado del otro, no juzgues nada. Sólo acéptalo como es: el homosexual te aporta una verdad en tu vida. Esta es la gran herejía, que muchos siguen en la Iglesia, porque no se ponen en la Verdad Absoluta, sino que andan bailando de una verdad a otra, de un relativismo a otro, según les convenga en sus vidas. Y ahora dicen que los malcasados no pueden comulgar, pero después, con un telefonazo, se da la autorización para comulgar. La verdad es según la evolución del pensamiento humano. Una verdad que cambia, que se acomoda a la vivencia del hombre. Una verdad que nace en el mismo hombre, en su conciencia moral.

«Es que las culturas, en general, van progresando en la captación de la conciencia moral. No es que cambie la moral. La moral no cambia. La llevamos adentro. El comportamiento ético es parte de nuestro ser. Lo que pasa es que cada vez lo explicitamos mejor. Por ejemplo, ahora hay una conciencia creciente sobre la inmoralidad de la pena de muerte. Antes se sostenía que la Iglesia católica estaba a favor de ella o, por lo menos, que no la condenaba. La última redacción del catecismo pide, prácticamente, que sea abolida. En otras palabras, se tomó una mayor conciencia de que la vida es algo tan sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte» (El Jesuita – pag 87).

No cambia la moral, porque no viene impuesta por Dios: no hay ley divina, no hay ley natural, no hay ley moral. Es la conciencia de la persona la ley moral. Es lo que piensa la persona lo que es bueno o malo. Se lleva dentro, en el pensamiento. Y, por eso, no cambia. Todos los hombres piensan las mismas cosas. Todos los hombres van de una idea a otra. Unos se quedan en una idea, otros evolucionan en la idea. Y según avanza el progreso del hombre, entonces se va reflejando esa idea, esa evolución en el mundo. Y, por eso, antes la pena de muerte se podía justificar. Eran otros tiempos. Ahora, no hay «crimen tremendo que justifique la pena de muerte». Esta es la barbaridad que dice. Anula toda la Sagrada Escritura donde se ven los castigos que Dios enviaba a los hombres por otros hombres. Se anula la Justicia Divina como virtud en el hombre: el hombre no puede matar a otro si Dios se lo pide: «Perseguiréis a vuestros enemigos, que caerán ante vosotros al filo de la espada» (Lev 25, 7). En esta Palabra Divina está la pena de muerte. Y hay que saberla comprender en la Justicia de Dios, por el pecado de los hombres, no por una idea religiosa. No se mata en nombre de Dios, sino que se mata para hacer una Justicia que Dios pide, que Dios revela.

Esta Palabra Divina es, para Francisco, una idea vieja, un déficit que los hombres tuvieron en sus mentes en esa época. Y es necesario evolucionar, en la medida en que «la conciencia moral de las culturas va progresando, también la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino humano» (El Jesuita – pág. 88). Hay que afinar la mente, la idea vieja tiene que evolucionar hacia algo nuevo, amoroso, que al hombre le guste y le agrade. Pero, para Francisco siempre hay alguna excepción a la regla, una tolerancia cero:

«Uno no puede decir: “te perdono y aquí no pasó nada”. ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue la horca para muchos de ellos; para otros, la cárcel. Entendámonos: no estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia vigente» (El Jesuita – pág. 137). Francisco habla como un judío, resentido con los nazis y pone en evidencia que su conciencia moral exige una excepción a la regla.

No podemos perdonar a los nazis y aquí no pasó nada. Hay que matarlos porque era la ley del momento. Era buena, era aceptable esa ley. No estoy a favor de la pena de muerte, pero cuando me tocan los nazis, entonces sí estoy a favor. Lo que hicieron los nazis, ¿no justifica la pena de muerte? Francisco está en contra de la pena de muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos una excepción hermenéutica. Hay que justificar la pena de muerte. Era «la ley de ese momento». La evolución de la conciencia puede esperar un ratito más.

Y, por eso, porque era el momento, en la oración blasfema que se hizo en el Vaticano, un musulmán, recitó la pena de muerte para todos los infieles.


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Esto es lo que se llama una oración por la guerra. Y es el fruto recogido ahora: «Matadlos donde los encontreís (…) Combatidlos hasta que no haya más asociación y que la religión sea solo de Alá» (Sura 191). Soy un hombre pacífico que reúne a mis hombres en el Vaticano para declarar la guerra a todo el mundo.

Esto es siempre Francisco: maneja su lenguaje humano como quiere. Lo lleva de un sitio a otro, porque no se pone en la Verdad, sino que va buscando sus verdades de acuerdo al momento histórico.

Y todavía hay hombres en la Iglesia, y muchos de ellos con la teología a cuestas, que no saben llamar a Francisco como lo que es: falso Papa. En sus teologías buscan un argumento para salvar a Francisco. Que es lo que hace Lombardi y los demás: limpian los mocos de la nariz de Francisco cuando éste dice sus babosidades.

Esta evolución del pensamiento se refleja en la idea de una nueva iglesia y del gobierno mundial.«La globalización como imposición unidireccional y uniformante de valores, prácticas y mercancías va de la mano de la integración entendida como imitación y subordinación cultural, intelectual y espiritual» (El Jesuita – pag. 169). Está hablando del nuevo orden mundial. Esta es su idea de lo que es un gobierno en la Iglesia. Para continuar así: «Entonces, ni profetas de aislamiento, ermitaños localistas en un mundo global, ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo de los otros, con la boca abierta y aplausos programados. Los pueblos al integrarse al diálogo global, aportan valores de su cultura y han de defenderse de toda absorción desmedida o síntesis de laboratorio que los diluya en lo común, lo global. Y, al aportar esos valores, reciben de otros pueblos, con el mismo respeto y dignidad, las culturas que le son propias» (Ibidem).

a. Para un nuevo orden mundial se necesita imitar las culturas, las filosofías, las religiones de todos. Hay que integrar a los demás: «va de la mano de la integración entendida como imitación». Y sólo se integra, imitando a los hombres.

b. Se necesita subordinar las cosas de los hombres: esto va en contra de lo que él mismo dice sobre el diálogo: «no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades». Dialoga, pero no subordines. Pero, cuando hay que hacer un orden mundial, es necesario la subordinación de las culturas a otra cosa. Esta es la idea maquiavélica: seamos todos hermanos, nos besamos, nos abrazamos, pero una vez que estamos juntos, que nos hemos conocido y puesto de acuerdo, hay que someterse a algo. Y ese algo no aparece en el diálogo. Cuando los hombres se unen, entonces se les impone la idea de la dictadura.

c. profetas del aislamiento: Una vez que todos nos besamos, hay que quitar a los profetas que dan negatividades: que hablan del infierno, del pecado, de castigos divinos, etc. Hay que quedarse con los profetas del amor, de la misericordia, de las ternuras: el profetismo del relativismo, de la tolerancia, de la amistad, del bien comer, del hacer una fiesta, una alegría para todos. Hay que combatir a MDM, porque dice cosas que no le van a la publicidad de Francisco. Hay que aupar a este hombre y combatir a los que hablan la mentira que está en contra de la verdad que Francisco dice. La verdad es lo que dice Francisco. Y ahí del que se oponga. Es un profeta del aislamiento. Pena de muerte al profeta del aislamiento.

d. ermitaños localistas en un mundo global: que las carmelitas acepten a personas hermafroditas para que no se queden solas en este mundo. Tienen que subirse al carro de lo global, de lo para todos. Ya la soledad, el apartamiento del mundo no es un camino para alcanzar la santidad. Como todos somos santos, hay que meter a todos en los conventos. Todos las clausuras, los conventos que se abran al mundo, a las nuevas tendencias, y que acepten a los monjes budistas, a los sionistas, …

e. ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola: los idiotas de turno que aceptan los dogmas porque otros lo dicen, que van a la misa por un compromiso social, que hacen masa para aplaudir y vitorear a quienes no conocen, cuando los Papas viajan a sus países, a esos hay que hacerles de la causa global: que sigan en lo mismo, pero que sean idiotas del error, que aplaudan a los vulgares, a la Jerarquía que se dedica a cantar y a hacer fiesta, contratando payasos para la misa….

f. Cada pueblo que defienda sus culturas de las Verdades Reveladas, de los dogmatismos, de las leyes divinas, morales, naturales. Hay que ser del común, no de un grupo selecto de gente que no sabe besar y abrazar al otro. Seamos un pueblo mundial porque tenemos, aceptamos, con gran respeto y dignidad, los errores, las mentiras, las herejías, las leyes inicuas, las obras maliciosas de todos, porque ese es el camino para hacer un mundo feliz, que esté lleno de alegría.

Francisco es amigo de neologismos y de chabacanerías, que ha sabido acuñar aquello de «dejate misericordear por Cristo». Con Francisco, hay que dejarse sinagoguear por el mundo judío.

Su pública amistad con los rabinos Sergio Bergman, al cual prologó su libro “Argentina Ciudadana” y Alejando Avruj, al que le entregó el Convento de Santa Catalina en noviembre de 2009 para que festejara “la noche de los cristales rotos», una impostura, una blasfemia; y con el rabino Skorda, defensor del matrimonio homosexual (noticia); revela la mente de Francisco sobre Jesús, que es la mente de un judío.

«Usted no puede negar que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad»

«Debemos hacer una aclaración: hablar de mártires significa hablar de personas que dieron testimonio hasta el final, hasta la muerte. Decir que mi vida es un martirio debería significar que mi vida es un testimonio. Pero, actualmente, esta idea se asocia con lo cruento. No obstante, por el tramo final de la vida de algunos testigos, la palabra pasó a ser sinónimo de dar la vida por la fe. El término, si se me permite la expresión, fue achicado. La vida cristiana es dar testimonio con alegría, como lo hacía Jesús. Santa Teresa decía que un santo triste es un triste santo» (El Jesuita – pág. 42).

Es decir, para Francisco Jesús no fue mártir. Su muerte hay que explicarla de otra manera. Jesús vivió la vida cristiana con alegría y después lo mataron. Y, entonces, hagan todos lo mismo: vivan con alegría la vida. Y ya son mártires.

«Todo el que pierda su vida por mí la ganará» (San Mateo, 10, 39). La Iglesia enseña que la corona del mártir es Cristo: es dar la vida por Cristo, no por la fe, no por un testimonio. El mártir significa que el discípulo se asemeja a Su Maestro: como Cristo dio su vida por todos, así el que sigue a Cristo tiene que dar la vida por Él, tiene que unirse al martirio de Cristo, a los sufrimientos, a la muerte de Cristo. Para Francisco esto es un empequeñecimiento, una reducción, un “achique”.
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En consecuencia, Francisco se inclina por «La Crucifixión Blanca, de Chagall, que era un creyente judío; no es cruel, es esperanzadora. El dolor se muestra allí con serenidad. A mi juicio es una de las cosas más bellas que se pintó» (El Jesuita – pág. 41). La crueldad de Cristo en la Cruz eso no da esperanza al hombre. Mirar las llagas de Cristo, ver su sufrimiento real, eso es devastador para el alma. Hay que quitarlo. Hay que mostrar un Cristo alegre, con un dolor sereno, con una muerte dulce.

«La exaltación del sufrimiento en la Iglesia depende mucho de la época y de la cultura. La Iglesia representó a Cristo según el ambiente cultural del momento que se vivía. Si se observan los íconos orientales, los rusos, por ejemplo, se comprueba que son pocas las imágenes del crucificado doliente. Más bien, se representa la resurrección. En cambio, si echamos un vistazo al barroco español o al cuzqueño, nos encontramos con cristos de la paciencia todos despedazados, porque el barroco enfatizaba la pasión de Jesús» (El Jesuita – pág. 41).

En estas palabras, Francisco niega la obra Redentora de Cristo. En la Iglesia se exalta a Cristo y, por tanto, se exalta la Cruz: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose maldito, porque lo dice la Escritura: “Maldito todo el que cuelga de un árbol”» (Ga 3, 13). A un maldito no se le pinta con una cara de sonrisa. Un maldito tiene en su rostro la maldición del pecado. Y esa visión es horrenda, no se puede aguantar para el hombre que vive en su pecado. Ante un maldito, el hombre pecador lo aborrece, lo desprecia. Y, por eso, al Señor, lo despreciaron en la Cruz, le añadieron más sufrimientos que los que padecía.

Francisco recurre al tiempo de los hombres, a sus culturas, a sus ideas de cada época. Es la evolución del pensamiento. La fe, para Francisco, se representa, se vive, se interpreta según el momento histórico. Y, por tanto, no hay que poner una cruz maldita a los ojos de los hombres; no hay que representar en la Cruz el dolor de Cristo. No hay que poner la sangre, y una cara desfigurada. Hay que poner otras cosas más agradables a los hombres, que gustan, que están más de acuerdo con las ideas que cada hombre vive en su vida. Es el sentimiento de lo humano: dame sentir lo agradable de lo humano y soy feliz. Dame algo positivo y entonces vivo sin problemas. Miremos al Resucitado, pero no al Crucificado, porque ya no hay que hacer penitencia por nuestros pecados, hay que pasarlo bien.

«¿Dar testimonio de alegría aún cuando la Iglesia invite a la penitencia y al sacrificio como forma de expiación?»

«Claro que sí. Se puede hacer ayuno y otras formas de privación e ir progresando espiritualmente sin perder la paz y la alegría. Pero cuidado, tampoco puedo caer en la herejía del pelagianismo, en una forma de autosuficiencia, según la cual yo me santifico si hago penitencia y, entonces, todo pasa a ser penitencia. En el caso del dolor, el problema es que, en ciertas oportunidades, está mal llevado. De todas maneras, no soy muy amigo de las teorizaciones delante de personas que atraviesan momentos duros. Me viene a la mente el pasaje evangélico de la samaritana que había tenido cinco fracasos matrimoniales y no los podía asumir. Y que, cuando se encuentra con Jesús y le empieza a hablar de teología, el Señor la baja de un hondazo, la acompaña en su problema, la pone frente a la verdad y no deja que se aliene con una reflexión teológica» (Ibidem).

Es increíble la tergiversación que hace del pasaje de la samaritana para anular la Verdad. ¡Qué mente tan malvada la de este hombre! La samaritana asumía sus cincos matrimonios. Y tenía otro hombre más con el cual pecaba. Y eso no era un problema para la samaritana, no era un momento duro para ella. En este pasaje, el Señor se centra en uno de los puntos fundamentales de la división entre judíos y samaritanos: la adoración a Dios, el lugar en el que se debe dar el culto legítimo a Dios. Y el Señor le enseña que hay que «adorar al Padre en Espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). El Señor le habla como profeta y le enseña su vida de pecado, para que esta mujer entienda que está ante un hombre distinto a los demás. El Señor le enseña el camino para salir de su pecado: el culto verdadero a Dios. El Señor no le habla del fracaso de sus matrimonios. La samaritana no habla con ninguna teología. El Señor da su Palabra a un alma perdida en su pecado y le muestra el camino de salida, que es un camino de penitencia. Y, al final, el Señor se revela a ella como Mesías: «Yo soy, el que habla contigo» (v. 26).

Así que, para Francisco, hagan ayunos, pero progresen en la vida espiritual, porque no todo es penitencia, no todo es cruz, no todo es amargura. Hay que progresar. Hay que dejar la amargura, el dolor, y centrarse en la alegría. Haz ayuno, pero si sientes hambre, come. No hagas ayunos rigurosos. Hazlos según tu vida. Hazlos como te gusten. Pero no sufras mucho, porque ya no tienes que salvar tu alma o expiar tus pecados, o morir con Cristo. Tienes que vivir la alegría que Cristo vivió. Y, por eso, el Calvario tiene que ser una fiesta. Allí estuvo la virgen María bailando y comiendo, mientras su Hijo moría. Hay que hacer así las santas Misas: discotecas.

La evolución del pensamiento: esto es todo en Francisco. Una mente que baila con todas las ideas de los hombres, sean buenas, sean malas, y que escoge aquellas que son para el momento. Recurre a las leyes del momento. Piensa según el momento. Obra según el tiempo. Todo es según el cristal como se lo mire. Nada es Absoluto. No hay dogmas, sólo se da el pensamiento del hombre.

Mirar al Rostro ensangrentado de Jesús para ser Iglesia

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Jesús murió en una Cruz, dio Su Vida por todos los hombres; Jesús padeció humillaciones, persecuciones. Jesús se ofreció como Víctima Divina por toda la humanidad; y, la Jerarquía de la Iglesia, los fieles de la Iglesia, ¿qué tienen para ofrecerle, que tienen para darle? ¿Cómo pretenden llegar al Cielo si desconocen las sagradas Escrituras, si no hacen vida la Palabra de Dios?

¿Quieren que el Señor les salve porque siguen a un hombre que habla para lo humano, para refrescar el ambiente de la Iglesia con herejías, con dudas, con errores? Un hombre incapaz de dar la Mente de Cristo, porque sólo está abocado en dar su propia idea humana en la Iglesia.

¿Qué pide al Señor la Jerarquía que ha apostatado de la Verdad, que es Cristo? ¿En qué se entretienen los miembros de la Iglesia que ya no saben ofrendar a Cristo sus vidas, que ya no saben entregarle sus existencias para que Él disponga de ellos?

¿No se llega a Cristo recorriendo el camino de la Cruz, andando por la calle de la amargura, y postrándose ante el Mártir del Gólgota para unirse a sus sufrimientos?

¿No se es otro Cristo mirando al Crucificado? Entonces, ¿por qué obedecen a un falso cristo, que sólo se mira a sí mismo, y sólo busca la gloria del mundo? Si Francisco no da al Crucificado, no lleva a la Cruz, entonces ¿por qué hacéis caso a su vana palabra?, ¿por qué le seguís mirando como si fuera una primavera en la Iglesia?

¿Qué unión con Dios tiene el alma de ese hombre que no cree en el Dios católico?

¿En qué consiste esa unión con Cristo en la Sta. Misa que le lleva a predicar que Jesús no es un Espíritu? ¿Es que el Espíritu de Cristo puede negarse a sí mismo? Si Francisco dice herejías, ¿por qué buscáis una razón para tapar sus herejías? Si Francisco ha producido un cisma en la Iglesia, ¿por qué esperáis algo de su gobierno para la Iglesia? ¿No la está dividiendo con su palabra barata y blasfema, con su lenguaje simbólico, sentimentaloide, lleno de basura intelectual? ¿Es que la unión se da en medio de la herejía, bebiendo de la mentira, del error, del engaño? ¿Es que se pueden unir dos mentes que dicen cosas contrarias? Pero, ¿cuál es el concepto de la verdad para una Iglesia que ya no cree en la Verdad? ¿Cómo quieren unirse los hombres si no se deshacen de sus diferencias en el pensamiento humano?

Todo el problema de la Iglesia es su soberbia. La soberbia sólo está en la mente del hombre. Y sólo se cura la soberbia aceptando la Verdad Absoluta, el dogma, la doctrina de Cristo. Si el hombre, en su pensamiento humano, no se abaja, no se humilla, no echa de sí sus ideas, el hombre crece sólo en su soberbia y busca vivir su vida con solo su pensamiento humano.

La soberbia humana se quita crucificando la voluntad humana, porque es el querer del hombre lo que lleva a su mente a errar, a admitir una idea que no es la Verdad. Es sólo la voluntad libre del hombre. Y, por eso, el acto de fe es un acto de la voluntad del hombre, no de su entendimiento. Es necesario creer sin ver, sin entender, sin mirar con los ojos del hombre, del mundo.

Hay que creer en lo sobrenatural, en lo que está más allá de lo natural. Y se cree con la voluntad humana, aplastando la mente humana, aceptando con la mente la Palabra de Dios, que es siempre la Verdad.

Dios reveló a Moisés el camino para salvarse: la ley divina. Y esa Verdad Revelada es la que tiene que cumplir todo hombre, dejando su mente a un lado. Hay que creer en los mandamientos divinos para poder salvarse. No hay que entenderlos, hay que cumplirlos.

Hoy los hombres no quieren cumplirlos, sino que buscan una razón humana, una idea humana, para ponerse por encima de Dios y creerse justos sin serlo. Justos en su pensamiento humano que les da derecho de ser lo que no son, lo que no quiere Dios, lo que Dios no ha creado.

Pocas personas saben tener fe, vivir de fe, porque sólo viven de lo que encuentran con sus razones humanas, con sus ideas filosóficas, psicológicas de la vida. Por eso, el pecado se ha hecho una cuestión de la conducta de cada uno; una cuestión psicológica, mental, y ya no es un dogma, una verdad revelada.

Ya la Palabra de Dios es un mito para los hombres, hay que interpretarla según el mito, el simbolismo, el lenguaje figurado de los hombres, de sus filosofías, de sus ciencias, de sus culturas, de su jerga. Ya no es el Pensamiento del Padre que habla a través de la Palabra de Su Hijo. Ya no es la Verdad Divina, absoluta, sino las verdades relativas que cada uno encuentra con su razón humana.

Los hombres ya no quieren permanecer al pie de la Cruz para aprender la Verdad de Cristo Crucificado. Quieren pasearse por el mundo para escuchar a los hombres, para hacer fiesta con ellos, para llegar a un planteamiento de vida totalmente absurdo para el hombre.

Sólo Cristo revela al hombre lo que es el hombre: «Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo!» (Beato Juan Pablo II – Redemptor hominis- n. 10).

En la Cruz, en la vida de mortificación, de penitencia, en una vida donde ya lo humano no es el valor del hombre, no es el objetivo a seguir, no es lo principal; en una vida donde lo único que vale para el hombre, lo único que da sentido a su vida, son las llagas de Cristo –no sus heridas humanas, sociales-; el sufrimiento del Redentor –no sus dolores personales, no las injusticias sociales-; la muerte del que es la Vida –no caminar con miedo, con temor, hacia su propia muerte, no mirar el fracaso ante los hombres, en lo social-; una vida que es locura para el hombre sabio, es necedad para los que sólo quieren vivir agradando al mundo; una vida donde sólo se busca lo divino, lo sagrado, lo celestial, lo espiritual, lo que no pertenece a este mundo, desprendiéndose de todo lo humano; en esa vida el hombre encuentra su sentido, un sentido divino, que está oculto a todo hombre.

Sólo hay que mirar la Verdad, que es Cristo Crucificado. Pero sólo se puede mirar esa Verdad con el corazón, no con la mente del hombre. Porque esa Verdad está sólo en Dios, no en el hombre. El hombre no puede encontrarla en sí mismo, ni en su vida, ni en sus obras, ni en su ciencia, ni en nada de lo que haga en el mundo.

El hombre encuentra esa Verdad sólo en Cristo, y éste Crucificado. No se encuentra esa Verdad en Cristo Resucitado, en un Cristo alegre, sino en un Cristo que sufre, que muere mártir por amor a los hombres.

Son muchos los sufrimientos de Cristo en la Cruz, porque son muchos los pecados de los hombres. Cristo sufre porque el hombre peca. No sufre por otra cosa. El pecado es el mal del hombre y de toda la humanidad. El pecado es la raíz de todos los males que los hombres sufren en sus vidas. El pecado destroza vidas, familias, sociedades, países, culturas, seres.

Por un pecado del hombre, el mundo es maldecido por Dios; por una obra Redentora de Cristo, el hombre encuentra la bendición de Dios.

Si se quita la realidad del pecado de la vista del hombre y se le da un nuevo concepto, entonces todo se anula: Cristo, su Obra Redentora y la salvación de todos los hombres.

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Si la Jerarquía no llama al pecado con el nombre de pecado, entonces hace una Iglesia para condenar las almas.

Si la Jerarquía se dedica a obras sociales, a buscar los derechos de los hombres, a conseguir justicias humanas, entonces todo cae, no sólo en la Iglesia, sino en el mundo entero.

El camino para salvarse: Cristo Crucificado. Si el mundo no mira la Cruz no puede salvarse. Si el mundo sólo se mira a sí mismo, entonces los hombres se hacen dioses de sí mismos.

La Iglesia sólo necesita hacer penitencia de sus pecados para renovarse, para cambiar su faz, para ser lo que Cristo quiere.

La Iglesia no necesita a Francisco ni a la Jerarquía que lo apoya para ser Iglesia. La Iglesia Católica mira al Crucificado. No mira a un hombre que baila con el mundo, con el demonio, que para hacer algo necesita la foto, necesita la propaganda, necesita hablar con los hombres, hacer declaraciones. Cuando sólo una cosa es necesaria: dar a Cristo, ofrecer el mismo amor de Cristo a las almas. Pero un alma sacerdotal que no vive clavada en la Cruz, con su Redentor, ¿cómo va a dar a Cristo?, ¿cómo va a indicar el camino de la Cruz si se aparta de la Cruz que salva, si no es capaz –ni siquiera- de portar en su cuello al Crucificado?

Cristo Jesús sufre por los hombres: son muchas las ofensas que recibe el Corazón agonizante de Jesús, porque la copa ha rebasado su límite, está rebosando. La copa de la Justicia Divina que toda la Iglesia tiene que beber para ser Santa, Inmaculada, Pura y Humilde.

Cristo Jesús ha puesto Su Iglesia para hacer de la Creación una Bendición Divina. Y sólo a través de Su Iglesia, se quita la maldición que el Padre dio a todo lo creado. Maldición que subsiste todavía, porque el pecado no ha desaparecido. Ha sido vencido en Cristo, pero cada hombre es libre para seguir pecando. Los hombres tienen que reparar –y mucho- sus vidas de pecado si quieren salvarse y santificarse. Son muchos los motivos por los cuales hay que hacer penitencia en la vida, desde que se tiene uso de razón hasta la muerte. La vida humana es una batalla espiritual del hombre contra sí mismo, del hombre contra las fuerzas espirituales del demonio, del hombre contra las fuerzas del mundo. Mundo, demonio y carne: los tres frentes que guerrean constantemente en contra de todo hombre. Tres legiones de asaltos diarios que sólo se vencen con la Cruz de Cristo.

Un hombre sin Cruz es un hombre de mundo, del pecado y del demonio.

Un hombre que no mira su pecado tiene sólo ojos para pecar.

Un hombre que no mira al demonio, es un esclavo de su mente demoníaca.

Un hombre que no mira al mundo es mundano y profano.

Hay que mirar el pecado con las llagas de Cristo, con el Corazón abierto del Redentor; hay que mirar el pecado como Cristo lo miró en lo alto de la Cruz. Cristo Crucificado mira al hombre pecador, y sufre por él y muere por él. Cristo Crucificado carga con el pecado de todos los hombres. Y ese pecado es la maldad que odia el Padre. Y Cristo ofrece su Vida a Su Padre, cargando con el pecado que odia. Y, por eso, el pecado que carga Cristo en la Cruz es la Justicia del Padre a Su Hijo. El Padre castiga a Su Hijo porque ve en Él el pecado del hombre, que odia. El Padre, amando a Su Hijo, odia lo que carga Su Hijo: el maldito pecado del hombre. Y, Cristo, muriendo a causa de la Justicia de Su Padre, trae la bendición divina al hombre.

Si el hombre, cuando peca, no va al Crucificado para arrepentirse de su pecado, el Padre no puede perdonarlo. El Padre sólo perdona al hombre a través de las llagas de Su Hijo, del dolor de Su Hijo, de la Cruz en la que Su Hijo se crucifica.

El Padre ya no puede perdonar al hombre que no sabe mirar a Cristo Crucificado, que no sabe hacer de su vida una penitencia, una mortificación, una crucifixión de su propia voluntad humana. El hombre que no vive en el desierto de todo lo humano, como lo han hecho todos los santos, reparando sus muchos pecados en su vida; el hombre que no se aleja de los hombres, del mundo, para ver sólo su pecado y, en él, el Dolor de Cristo Crucificado, ése hombre no puede salvarse, ése hombre no tiene camino de salvación.

Hay que mirar el pecado como el Padre lo ve en Su Hijo Crucificado: con odio, obrando una Justicia en ese odio, para reparar los frutos de ese pecado. Y si no se mira así el pecado, entonces todo se anula, se vive una utopía: la opción por los pobres; liberar a los hombres de sus problemas económicos, políticos, sociales. Es no comprender la Obra de la Redención en Cristo y en la Iglesia.

Hay que mirar el mundo con la Faz de Cristo, con el Rostro ensangrentado de Cristo. Hay que mirar el mundo como Cristo lo vio: Él vio la maldición de Su Padre en toda la Creación. Y Él muere dentro de la maldición de Su Padre. La Cruz es el fruto del pecado de Adán, el fruto de una maldición divina. Todo lleva a la Cruz. Todas las obras de los hombres llevan a la Cruz. Todo cuanto hace el hombre sobre la tierra lleva a la Cruz. Porque, si el hombre ha perdido el camino para adorar a Dios, entonces no sabe el camino para dar gloria a Dios en todo lo creado; no sabe cuidar la Creación, porque no sabe cuidar su propia alma del pecado. No sabe conservar la creación porque no sabe conservar su alma limpia del pecado, viviendo una vida moral, de perfección.

Cristo ve la maldición del mundo; y muere en esa maldición. Y el Padre, en Su Justicia, da a Su Hijo el camino para que todo sea bendito, todo sea renovado, todo vuelva al Plan original.

Por eso, hay que mirar el mundo como Cristo lo miró en la Cruz: no vale nada; no sirve para nada si el hombre no permanece en la Gracia Divina. El camino para conservar lo creado y que sirva como bendición, como instrumento para salvarse: la Gracia, que Cristo conquistó en la Cruz para el hombre. Un hombre sin gracia es un hombre mundano, profano, terrenal, carnal, material. No sabe usar nada de lo creado para salvar su alma ni el alma de los demás. Dios ha creado todas las cosas para Su Gloria, no para darle gloria al hombre.

El hombre que busca su gloria, su fama, su alabanza, el aplauso de los demás hombres, no puede salvarse. Porque la gloria del hombre es dar gloria de Dios. Y sólo se puede hacer en la Cruz de Cristo: «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…, por quien también hizo los mundos: el cual, siendo resplandor de su gloria… y el que sostiene todo con su palabra poderosa…» (Hebr 1,2s). Cristo Jesús sostiene todas las cosas, que ha creado, con su palabra de la Cruz, para que no perezcan por la maldición del pecado del hombre. Es la Cruz de Cristo lo que sostiene al mundo para que el Padre no acabe con él. En la Cruz está la Bendición Divina. Un hombre que no se crucifica es un maldito, no puede recibir ninguna bendición.

Hay que mirar el demonio como Cristo lo miró desde Su Cruz: como un Enemigo de las almas que Él ha creado. Por el demonio, Cristo está Crucificado. Por las obras del demonio. Y es la Cruz lo que destruye las obras del demonio: «para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8). Los hombres se han olvidado de tener una cruz entre sus manos, en su cuello, en sus casas, y, por eso, el demonio puede con ellos.

Una Iglesia que no mira al Crucificado no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia que adora en Espíritu y en Verdad; no es la Iglesia que cuida la Eucaristía; no es la Iglesia que enseña a caminar hacia la Verdad de la Vida.

Una Iglesia que no permanece al pie del Crucificado, como lo hicieron la Virgen María y San Juan, no sabe reparar sus muchos males y no sabe engendrar la virtud en las almas. No sabe ser perfecta. No tiene la sabiduría divina. Es sólo una veleta de los pensamientos de los hombres, un juego, un negocio más en la vida.

Hoy día todos miran al usurpador del Papado y nadie mira al Crucificado. Nadie atiende a su Dolor Divino porque todos están muy preocupados de resolver asuntos humanos que no tienen solución sino en Cristo Crucificado, en una vida de penitencia, de sufrimiento, de humillación, que los hombres no quieren vivir, porque sus pensamientos están llenos de lo que buscan en sus vidas: la gloria de los hombres.

El lobby gay de Francisco en el Vaticano

Se alaba la obra del pecado de un homosexual

Se alaba la obra del pecado de un homosexual

«Bien, se escribe mucho del lobby gay. Todavía no he encontrado quién me enseñe un carnet de identidad que diga “gay” en el Vaticano. Dicen que los hay. Creo que cuando uno se encuentra con una persona así, debe distinguir el hecho de ser una persona gay, del hecho de hacer un lobby, porque ningún lobby es bueno. Son malos. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? El Catecismo de la Iglesia Católica explica esto de una manera muy hermosa; dice… Un momento, cómo se dice… y dice: “No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad”. El problema no es tener esta tendencia; no, debemos ser hermanos, porque éste es uno, pero si hay otro, otro. El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de los masones, tantos lobby. Éste es el problema más grave para mí» (Francisco).

La mentira siempre está en la boca de un hombre que ha perdido los papeles ante Dios, que no sabe lo que significa la palabra Dios y, mucho menos, sabe hablar de Dios.

El Catecismo no dice: «No se debe marginar a estas personas, por eso, deben ser integradas en la sociedad». Esto sólo es palabra de Francisco, no de un Vicario de Cristo, que debe enseñar y guardar íntegramente el Magisterio de la Iglesia

El catecismo dice: «Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta» (CIC – n 2358), porque todo hombre, sea pecador, sea santo, sea un demonio, tiene derecho a vivir su vida humana según su libre voluntad. Discriminarlos porque sienten unas tendencias homosexuales sería injusto, porque la Iglesia está para enseñar a estas personas la forma de atacar esas tendencias. Si se las discrimina, entonces la persona no aprende a vencer eso que tiene, que siente.

Por eso, el Catecismo añade: «Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana» (CIC – n 2359).

El Magisterio de la Iglesia es muy claro y revelador. Francisco miente en todas sus palabras cuando habla de la homosexualidad.

a. Primero, es necesario juzgar a la persona gay:

La Sagrada Escritura presenta la homosexualidad como abominación: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 23). Y añade: «Cualquiera que cometa estas abominaciones será borrado de en medio de su pueblo» (v.29).

Dios ha sido muy claro con el hombre homosexual desde el principio. El homosexual es libre de vivir en ese pecado; pero Dios castiga su libertad en su pecado, con la muerte. Dios dice que no pueden seguir viviendo en sociedad. Y, por eso, existía la pena de muerte sobre el homosexual: «Si uno se acuesta con otro hombre como se hace con mujer, ambos hacen cosa abominable y serán castigados con la muerte. Caiga sobre ellos su sangre» (Lv 20, 13).

Estas leyes, Dios la dio directamente a Moisés. Es Palabra de Dios. Y esa Palabra es siempre verdadera, actual, vale para todos los tiempos, para todas las épocas. La ley de Dios no es sólo Misericordia, sino también Justicia. Claramente, Dios castiga al homosexual.

La maldad de todos los hombres ha sido poner sus leyes, sus reglas, para que el homosexual, no sólo pueda tener sus derechos como otros hombres, sino que imponga a los demás el respeto a ellos.

El movimiento homosexual quiere obligar a la gente a aceptar su ideología, que los demás asientan, en su mente humana, que la homosexualidad no es una abominación, que es algo que Dios quiere. Con la excusa de una protección legal para sus vidas humanas, con la excusa de que tienen que comer y vestir y trabajar como todos los demás, ahora usan el sistema legal para asegurarse de que los que no están de acuerdo con su vida homosexual, entonces pierdan sus trabajos, sus derechos, sus ingresos, su libertad.

Pareja de homosexuales, que obran su pecado en medio de la Iglesia

Pareja de homosexuales, que obran su pecado en medio de la Iglesia

Este es el gran mal. Y Francisco apoya este gran mal con sus palabras: «¿quién soy yo para juzgarla?». Tiene el derecho y el deber, por ser sacerdote, de hacer un juicio sobre cada persona homosexual. Y si no lo haces, te conviertes –Francisco- en otro de ellos: «conociendo la sentencia de Dios, que quienes tales cosas hacen son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen» (Rom 1, 32).

¿No juzgas, Francisco, a los homosexuales? Entonces, eres homosexual y aplaudes la vida que ellos llevan. Y una imagen vale más que mil palabras, mil razonamientos. Cada uno vive en la Iglesia según su idea. Quien vive de fe, obra las obras de Cristo, imita a Cristo. Y Cristo nunca enseñó a coger de la mano a otro homosexual, sino a tener pureza de cuerpo con todos. Quien vive en contra de le fe, entonces obra su pecado siempre. Y lo ensalza en medio de todos, para que todos los vean.

b. Segundo, es necesario enseñar al homosexual cómo salir de esa vida:

«Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados» (CDF, decl. Persona humana 8). Es decir, son actos en contra de la naturaleza humana, actos contra la ley natural, que enseña que el hombre es para una mujer, y la mujer para el hombre. Y, por tanto, por ley natural, el amor sexual es siempre entre hombre y mujer. Ése es el amor natural en el sexo. El amor contra natura, en el sexo, es hombre con hombre o mujer con mujer. Este amor no es natural, sino contrario al orden que Dios ha puesto en la naturaleza.

Por tanto, no existe el hombre homosexual por naturaleza. El hombre no nace homosexual, sino que nace inclinado al homosexualismo. Y nace de esta forma por el pecado original. Si negamos la existencia de este pecado, entonces negamos la inclinación que tienen algunos hombres, cuando nacen, hacia este pecado contra natura, que es la homosexualidad. Inclinación, que es pecaminosa, pero que hay que saber juzgarla en el Espíritu: «En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» (CDF, decl. Persona humana 8).

Hay que poner a la persona homosexual un camino espiritual para que pueda resolver su problema, que es de índole espiritual, no es social.

Se dice que esta tendencia proviene de una educación falsa, de que la persona no ha evolucionada con normalidad en su vida sexual, de un hábito contraído, que ya no pueden quitar, de malos ejemplos que han visto en otros, o porque tienen una especia de instinto innato, que los lleva, de forma natural, hacia lo homosexual, o porque tienen una patología, un estado mental desviado, que es incurable, y que les hace obrar y ser homosexuales.

Y no existe una razón psicológica, filosófica, teológica, metafísica, para excusar este pecado y para justificarlo en la sociedad. Y mucho menos en la Iglesia. No se pueden justificar las relaciones homosexuales, ni elevarlas al rango de un matrimonio, ni de hacer leyes civiles para ellos.

El ser homosexual no le da derecho a esa persona de que tenga una ley para poder vivir su vida homosexual. Esta es la trampa en la que muchos han caído. Han querido legalizar el homosexualismo. Y defienden los derechos de esas personas con una ley en la mano. Y esto es la abominación de la sociedad.

Un país que permita ajustar en sus códigos civiles leyes que aprueban la vida del homosexual tiene sobre su cabeza la espada de la Justicia.

Hay que distinguir dos cosas: el hombre y su pecado homosexual. El hombre tiene sus derechos como todo hombre. Y debe vivir su vida con esos derechos, atendiendo a la ley divina y a la ley natural, y a los demás derechos positivos y civiles. Pero, cuando se quiere reglar la vida sexual de la persona homosexual, entonces el hombre se pone por encima de la ley de Dios. Se hace dios y comienza a inventarse una vida que no le pertenece.

La Iglesia enseña claramente: «Indudablemente esas personas homosexuales deben ser acogidas, en la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable» (CDF, decl. Persona humana 8).

Las relaciones homosexuales son siempre pecado, una ofensa contra Dios. Esta es la regla esencial que nadie puede anular con una ley humana. Esto es indispensable conocerlo y defenderlo siempre, si no se quiere errar en este tema tan claro para el que tiene fe en la Palabra de Dios, pero oscuro para el que no vive de fe.

c. Tercero, es necesario atacar la idea de Francisco porque viene del demonio:

Un hombre que no discierne lo que es un homosexual, como es Francisco, entonces sus obras son siempre confusión y mentira en la Iglesia.

Se besa en la mano a un sacerdote porque sus manos están consagradas; son manos que traen al Verbo Encarnado; que lo tocan, que, a través de ellas, el sacerdote es transformado en otro Cristo. Y se besa la mano de aquel sacerdote que vive íntegramente su sacerdocio en Cristo. Pero no se pueden besar esas manos cuando el sacerdote vive públicamente su pecado en la Iglesia, porque hacer eso significa alabar su vida de pecado, aplaudirla en medio de toda la Iglesia.

Es lo que ha hecho Francisco con Don Michele de Paolis, un sacerdote que está en la Iglesia para vivir su pecado de abominación, y que dice cosas como ésta: «Algunas personas de la iglesia dicen: “Está bien ser gay, pero no deben tener relaciones sexuales, no pueden amarse”. Esta es la mayor hipocresía. Es como decir que una planta que crece, “no tiene que florecer, no hay que dar frutos!” ¡Eso sí que es ir contra la naturaleza!». Un hombre que no ha comprendido la Palabra de Dios, que no puede aceptarla en su corazón y que vive blasfemando contra el Espíritu Santo en la Iglesia. Con este sacerdote, no sólo no hay que besarle la mano, sino prohibirle que siga celebrando misa, porque exalta su pecado y lo justifica ante Dios y ante la Iglesia.

Francisco, al dar un beso a la mano de este hombre, hace un gesto abominable. Y enseña a toda la Iglesia que él es también homosexual, porque no rechaza, en su mente, la idea del homosexualismo.

Se puede ser homosexual porque, en la vida sexual hay una unión carnal con otro hombre. Pero, también se es homosexual porque la mente participa de la idea del demonio. La homosexualidad no es una idea que nace de la mente del hombre, ni de su vida social, ni de sus problemas en el sexo.

La homosexualidad es una idea demoníaca, porque el hombre o la mujer homosexual va hacia el sexo, no por el amor carnal o el deseo de lujuria, sino por una idea en su mente. Esa idea la pone el demonio. Y eso significa que el demonio posee, de alguna manera, la mente del hombre. Existe una idea obsesiva, que trabaja la mente de la persona, y que no se puede quitar, y que lleva a esa persona al acto homosexual.

Por eso, es necesario hacer exorcismos a las personas homosexuales o lesbianas. Porque el demonio no sólo posee el campo sexual de la persona, sino su mente.

Hoy, como todo se quiere explicar con la psiquiatría, entonces el hombre no cree en el demonio, en la acción del demonio en la mente del hombre. Por eso, hay tantos sacerdotes, que, aunque sean exorcistas, no creen. Dan fe a la psiquiatría y no son capaces de comprender que en la mente del hombre hay un demonio, por su falta de fe en la Palabra de Dios.

Hay demonios para todo: para el estómago, columna vertebral, esternón, intestino, piernas, manos, mandíbulas, etc. Y, también, para la cabeza, la mente, la memoria; que no se manifiestan al exterior del cuerpo, pero que la persona los siente en su alma.

Aquel que empiece a poner su idea de lo que es la vida homosexual sin fijarse en la Palabra de Dios, queriendo explicar esa vida, de otra manera, con conceptos humanos, comienza a fornicar con la mente del demonio, y la idea del demonio se arraiga en él. Y comienza a defender a los homosexuales. Y eso es ser homosexual.

No se puede defender un pecado, porque si se hace la persona comete ese mismo pecado, aunque no sea en la obra. Lo comete en su pensamiento o en su deseo. Ya pecó y, por tanto, es esclavo del pensamiento del demonio, y éste lo lleva a la obra de ese pecado.

Por eso, Francisco es homosexual y obra como piensa, con su idea homosexual. Y, por eso, hay que atacar a Francisco. No se le puede dar obediencia ni respeto en la Iglesia. Es un hombre que no enseña la Verdad como está en la Palabra de Dios; sino que enseña sus interpretaciones de la Palabra, su deformación de la Verdad, su maldad en la Iglesia.

Por eso, Francisco, no sólo va a aprobar que los divorciados puedan comulgar, sino también el matrimonio homosexual en la Iglesia.

Él ve algo natural la unión entre hombre y hombre: «No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad». Pero si ya están integradas, ya tienen los derechos que todos los demás. ¿De qué integración hablas? Hay que integrar su vida homosexual en la sociedad, en la Iglesia. Hay que integrar su pecado abominable. Hay que dar ese paso.

Por eso, un hombre que no juzga al homosexual está permitiendo el lobby gay en el Vaticano. Sus palabras son sólo propaganda: «Todavía no he encontrado quién me enseñe un carnet de identidad que diga “gay” en el Vaticano. Dicen que los hay». Francisco sabe que existe ese lobby y lo aprueba, pero tiene que callarse. Tiene que dar un rodeo: «El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de los masones, tantos lobby». Existe el lobby gay, pero eso no importa. Hay que centrarse en los demás lobbys. Si aprueba a sacerdotes homosexuales, como son Don Michele de Paolis y Don Luigi Ciotti, entre otros muchos, tiene que aprobar, tiene que aplaudir, lo que es un secreto a voces: que Cardenales se acuestan con hombres en el Vaticano.

En la Iglesia, ahora se camina solo, sin una guía espiritual, sin un Pastor que enseñe la Verdad. Y, por eso, no se puede seguir a ninguna Jerarquía. A nadie. Todo hay que cotejarlo, medirlo, juzgarlo, porque la Jerarquía miente clara y descaradamente. Sólo se puede obedecer a aquellos sacerdotes y Obispos que hablen clarito, que llamen a cada cosa por su nombre. A los demás, hay que alejarse de ellos como si se viera al mismo demonio.

Como de este Cardenal, Lorenzo Baldisseri, cabeza del Sínodo de los Obispos, que tiene su mitra para ir en contra de la doctrina de Cristo: «La Iglesia no es eterna, vive entre las vicisitudes de la historia y el Evangelio debe ser conocido y experimentado por la gente de hoy. Es en el presente lo que el mensaje debería ser, con todo el respeto por la integridad de quien ha recibido el mensaje. Ahora tenemos dos sínodos para tratar este complejo tema de la familia, y creo que esta dinámica en dos movimientos permitirán una respuesta más adecuada a las expectativas de la gente» (Lorenzo Baldisseri). Es darle a la gente lo que ella quiere. No es darle a las personas lo que quiere Dios. Es poner el mensaje del Evangelio al capricho de la vida actual de la gente. Porque ya la Iglesia no es eterna. Tampoco Cristo y su doctrina. Todo cambia con el hombre, con los tiempos, con la evolución del pensamiento humano. Se niega la Voluntad de Dios y, por tanto, su Ley Divina. Se pone la ley de los hombres y a eso lo llaman ley divina. Mayor abominación no cabe.

Para que la idea homosexual se imponga en la Iglesia, es necesario obrarla sin más. Hacer que en cada sitio se obre esa idea, aunque no haya sido aprobada en ningún Concilio o Sínodo. Para cambiar la idea doctrinal es necesario la idea pastoral; que se imponga esa idea. El cisma es la obra de la idea, no es una idea. Quien obra la idea del homosexualismo en la Iglesia está ya produciendo el cisma, lo está ya obrando. Los demás, al aceptar esa idea como buena en la práctica, se suman al cisma y, al final, cambian la idea doctrinal. Así siempre obra el mal: haciendo caminar por el pecado. Y una vez que el pecado ha arraigado en el alma, entonces se exige la idea, se manda con obediencia esa idea, se pone la ley que promulga el pecado, que lo legaliza.

La argucia de Kasper

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«El amor de Dios no termina porque un ser humano ha fallado -si se arrepiente. Dios provee una nueva oportunidad- no mediante la cancelación de las exigencias de la justicia: Dios no justifica el pecado. Pero él justifica al pecador. Muchos de mis críticos no entienden esa distinción. Ellos piensan, bueno, queremos justificar su pecado. No, nadie quiere eso. Pero Dios justifica al pecador que se convierte» (Kasper- Entrevista).

Esta es la argucia de Kasper: «Dios no justifica el pecado. Pero Él justifica al pecador» (Ibidem). Tenemos que justificar a esas personas que, teniendo un matrimonio con un vínculo irrompible, viven en situación de pecado, al volverse a casar. Este es siempre el lenguaje de una Jerarquía que no cree en la Palabra de Dios, sino que va buscando una idea para justificar su falta de fe, que es su pecado que ellos no ven como pecado.

Kasper reconoce que el primer matrimonio es indisoluble. Hay un vínculo que permanece: «El primer matrimonio es indisoluble porque el matrimonio no es sólo una promesa entre los dos socios; es la promesa de Dios también, y lo que Dios hace, lo hace para siempre. Por lo tanto el vínculo del matrimonio permanece» (Ibidem).

Pero Kasper se ciega en su razonamiento: «Por supuesto, los cristianos que abandonan su primer matrimonio han fracasado. Eso está claro. El problema es cuando no hay manera de salir de esa situación» (Ibidem). Cristo Jesús ha puesto el camino para salir de esa situación. El camino es Él Mismo. El camino no es buscar un razonamiento humano para justificar un pecado. El camino es imitar a Cristo en el matrimonio.

Esta es la falsedad para justificar su razonamiento: «Si miramos a la actividad de Dios en la historia de la salvación, vemos que Dios da a su pueblo una nueva oportunidad. Esa es la misericordia» (Ibidem). Dios no da oportunidades. Dios da un camino para que el hombre elija: salvarse o condenarse.

La manera para salir de un pecado es saliendo del pecado, quitando el pecado. Y no hay otra manera. Lo primero que tiene que hacer el alma es reconocer que su situación en la que vive es un estado de pecado. Si reconoce eso, entones se ponen los medios para quitar esa situación de pecado. Es necesario poner la Cruz, la penitencia, para quitar el pecado. Es necesario llamar a las cosas por su nombre. Es necesario buscar a Cristo dejando al hombre, a lo humano, fuera del camino.

Si no se reconoce el pecado, entonces se lucha para legalizar ese pecado, atendiendo sólo a los problemas económicos, sociales, carnales, materiales, humanos, de esa pareja.

Aquí Kasper se ciega por la falsa concepción que ha hecho de la misericordia de Dios. En esa concepción, Kasper anula la Justicia de Dios. Y, entonces, tiene que buscar un medio, una ley, que justifique esa situación de pecado de ambos.

«El Dios del Antiguo Testamento no es un Dios airado, sino un Dios misericordioso» (Ibidem). Esto es una falsedad. Porque Dios es Amor y Justicia. Y, en Su Justicia, Dios es Misericordia. Pero esto Kasper lo anula. A Dios hay que verlo sólo como Misericordia: “La misericordia es la fidelidad de Dios a su propio ser, que es ser amor. Debido a que Dios es amor. Y la misericordia es el amor que se nos revela en hechos y palabras concretas” (Ibidem).

La Misericordia es Amor para Kasper. Totalmente erróneo y falso. Porque la Misericordia es el amor divino que se abaja a la miseria humana para transformar al hombre en un ser divino. Y ese abajamiento del amor significa cargar con el pecado del hombre: «antes se anonadó a Sí Mismo, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte de Cruz» (Flp 2, 7-8). La Misericordia es un amor que se revela en la Cruz: ahí están los hechos y las palabras concretas.

Todo matrimonio tiene que aprender a crucificar su vida de matrimonio para comprender las obras de Dios en ese matrimonio. Esto es lo que niega Kasper, porque sólo ve a Cristo como un hombre, pero no como Dios. Y, por tanto, sólo trata la Palabra de Dios como un conjunto de ideas, de las cuales hay que buscar el razonamiento que valga para los tiempos actuales, y así hacer del Evangelio la cultura de la mente del hombre, la idea del hombre, la vida del hombre.

«Dios es Amor» (1 Jn 4, 16); Dios no es Misericordia. El propio ser de Dios es el Amor, no la Misericordia. Dios es fiel a Su Amor, no a Su Misericordia. Y Dios es Amor porque en Dios hay Voluntad, hay un movimiento divino hacia el bien, como algo propio en Dios. El Amor es Fiel al Amor. El Amor es la fidelidad de Dios a Sí Mismo. Kasper juega con las palabras misericordia y amor, porque tiene que anular lo que es Dios. Le importa muy poco lo que es Dios.

Él va a lo suyo: «La doctrina sobre Dios se llega por la comprensión ontológica -Dios es el ser absoluto y así sucesivamente, lo cual no está mal. Pero la comprensión bíblica es mucho más profundo y más personal» (Ibidem). Es decir, el ser de Dios no existe, sino que hay que descubrirlo en la comprensión bíblica, en lo que cada uno comprende de la Palabra de Dios. Dios es el ser absoluto, pero me gusta que Dios sea misericordia, mi misericordia, como yo entiendo la misericordia: «La relación de Dios a Moisés en la zarza ardiente no es “Yo soy”, sino “estoy con usted. Yo soy para ti. Yo voy contigo» (Ibidem). Kasper se acaba de inventar un nuevo Evangelio, un nuevo concepto de Dios. El Éxodo es muy claro: «Yo soy el que soy. Así responderás a los hijos de Israel: YO SOY me manda a vosotros» (Ex 3, 14). A Dios hay que definirlo ahora con el corazoncito: Yo soy para ti. Esto es una herejía. Pero claro, ya nadie atiende a esta herejía ni importa que este hombre hable herejías. Como Dios dijo a Moisés Yo soy para ti, entonces Dios es Misericordia. Es palabra de Kasper.

Estamos ante un hombre que no cree en Dios. Que habla muchas cosas de Dios, pero dando confusión; poniendo oscuridad en todo, dando mentira tras mentira, como lo hace Francisco. Es el mismo lenguaje que usa Francisco: una verdad y una mentira. Habla de muchas cosas para sólo centrarse en su idea, en su comunismo, en su protestantismo.

Dice el Salmo 10, 8: «El señor es Justo y ama la Justicia». Dios tiene Justicia en la cual Dios «da a cada uno según su dignidad» (Sto. Tomás – 1ª q.21 a. 1). Dios, haciendo Justicia, pone un orden en todos los seres. Dios, todo lo que hace según Su voluntad, lo hace justamente. Dios es Ley para Sí Mismo. El hombre, cuando obra según la ley de Dios, entonces es justo. El hombre, para ser justo, tiene que atenerse a la ley de Dios. Si se atiene a sólo su ley humana, se convierte en injusto, porque el hombre no es justo por sí mismo.

Entonces, no se puede decir: que Dios justifica al pecador que se convierte. Dios ni justifica al hombre, ni al que se convierte de su pecado.

Dios da al hombre según su dignidad. Al hombre santo, Dios le da lo que le corresponde en esa santidad; al hombre que peca, lo que le corresponde en ese pecado. Al que se arrepiente de su pecado, Dios le da lo que se merece por arrepentirse. En este juego de palabras, Kasper pone su anulación del pecado, la legislación del pecado. Es necesario legalizar el mal de estar malcasados. Hay que decir que Dios justifica el estar malcasados.

Para Kasper «la justicia es un mínimo que estamos obligados a hacer a la otra persona para respetarlo como un ser humano -para darle lo que debe tener» (Ibidem). Concepción errónea de la justicia. Hay que darle al otro lo que se merece en la ley de Dios, en la ley natural, en la ley moral. Es un derecho divino, no humano. Y no es por respeto al ser humano, sino por Voluntad de Dios.

El hombre tiene que saber hacer justicia a otro hombre: tiene que saber darle lo que se merece como hombre, como pecador, como santo, como demonio. No hay que respetar al otro para hacerle justicia. Eso no sirve. Hay que preguntarle a Dios cómo se obra la Justicia con el otro.

Ante este planteamiento falso de la justicia, Kasper coloca su falsa misericordia: «Misericordia significa tener un corazón para los pobres -pobres en un sentido amplio, no sólo la pobreza material, sino también de la pobreza relacional, la pobreza espiritual, pobreza cultural, y así sucesivamente. Esto no es sólo el corazón, no sólo una emoción, sino también una activa actitud en la que tengo que cambiar la situación de la otra persona tanto como me sea posible» (Ibidem). Aquí se observa su marxismo, su comunismo, su teología de los pobres. Hay que estar mirando los problemas de los demás para cambiarlos. Eso es la misericordia sin justicia. Esa es la falsa compasión que lleva a hacer de la Iglesia una pastoral social, humana, natural, sin posibilidad de que el alma se pueda salvar. Todo es solucionar el problema social del hombre, sin atender a su problema espiritual.

La misericordia es una virtud, porque es un dolor de la miseria ajena, pero regulado por la razón, no por el sentimentalismo. Y, por eso, decía San Agustín: «este movimiento del ánimo (la misericordia) sirve a la razón, cuando le inspira la misericordia, de modo que se conserve la justicia, ya sea socorriendo al necesitado, ya perdonando al penitente» (De civit. Dei, l. 9, c. 5). Si en la mente del hombre no está la ley divina, entonces ese movimiento es siempre un pecado, una compasión que induce, que lleva al pecado, porque hay un sentimiento errado, un apego que ciega la mente. Es una misericordia sin verdad, sin rectitud, sin justicia. Si el hombre se guía por la ley divina, entonces la misericordia está llena de justicia. Y se le da al otro lo que le conviene en la justicia de Dios.

Kasper anula todo esto en su concepción de la misericordia. Él sólo se fija en tener un corazoncito para los pobres. Puro comunismo. Puro sentimentalismo. Pura vanidad en esas palabras. Kasper no pone la razón en el medio de la misericordia ni de la justicia. Se trata de ayudar al hombre. Y no más. Es una obligación del mismo hombre por sus semejantes. Kasper se inventa su ley de la misericordia: «En la parábola del buen Samaritano, el vecino era la persona que el samaritano encontró en la calle. No está obligado a ayudar. No es una cuestión de justicia. Pero va más allá. Fue trasladado en su corazón. Se agachó en el suelo y ayudó a este hombre. Esa es la misericordia» (Ibidem). Una misericordia sin justicia: «no es una cuestión de justicia». Es una falsa compasión de la necesidad del prójimo llevada sólo por lo sensible, no por lo racional, no con la virtud. Es una cuestión del sentimiento humano, del acomodo a la vida del hombre.

Kasper se carga todo el Magisterio de la Iglesia sobre el pecado, la justificación del pecado, la gracia, y la obra de la Redención. Kasper va en contra de la Palabra de Dios. Kasper sólo hace su comunismo en la Iglesia.

Por eso, él dice estas barbaridades:

1. En la Iglesia estamos para ser pecadores, para vivir en el pecado, para hacer del pecado una ley, una norma, una vida, un camino: «Hay quienes creen que la iglesia es para los puros. Se olvidan de que la iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de que es verdad, porque si no fuera entonces yo no pertenezco a la iglesia» (Ibidem). Ya no es la Iglesia camino para salvarse ni para santificarse, sino sólo para vivir en el pecado.

2. El adulterio no es un pecado en contra de la ley de Dios. No hay que castigar el pecado, no hay que buscar la penitencia, no hay que hacer heroísmos, viviendo como hermano y hermana; hay que dar una nueva orientación a esa nueva familia que se ha creado. Hay que inventarse un matrimonio en el matrimonio. «El adulterio no sólo es una conducta sexual incorrecta. Es para dejar un consorcio de familia, una comunión, y establecer una nueva. Pero normalmente es también las relaciones sexuales en tal comunión, así que no puedo decir si eso lleva al adulterio. Por tanto, yo diría que, sí, la absolución es posible» (Ibidem). Absolvamos a la pareja y démosle la oportunidad de estar en un matrimonio, aunque tenga otro anterior. Es posible la absolución, porque ya el adulterio no es pecado, es un conjunto de situaciones, de males, y hay que solucionar ese problema.

3. «Los ortodoxos tienen el principio de oikonomia , lo que les permite en casos concretos para dispensar, como los católicos dirían, el primer matrimonio, y para permitir uno segundo en la iglesia. Pero ellos no consideran el segundo matrimonio un sacramento. Eso es importante. Ellos hacen esa distinción». Los ortodoxos, que son cismáticos, tienen la Verdad del matrimonio. La Iglesia Católica no posee toda la Verdad: «La Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo, pero hay otras iglesias que tienen elementos de la verdadera iglesia, y reconocemos esos elementos» (Ibidem). Entonces, ¿por qué no hacemos esa distinción mental para aprobar un pecado? ¿Por qué no somos como los ortodoxos? ¿Por qué no hacemos un cisma como ellos lo han hecho? Ellos hacen distinción de la Palabra de Dios. Ellos dividen la Palabra de Dios con su idea humana. Hagamos también nosotros esa división de la Verdad. Somos hombres. Tenemos poder para eso. Somos una Jerarquía con poder divino.

4. Kasper anula el matrimonio natural: «El segundo matrimonio, por supuesto, no es un matrimonio en el sentido cristiano. Y me gustaría estar en contra de la celebración en la iglesia. Pero hay elementos de un matrimonio» (Ibidem). Hay que cargarse el matrimonio católico. Las parejas pueden seguir con su matrimonio por la Iglesia, permaneciendo el vínculo, pero se pueden casar de nuevo, aunque ya no por la Iglesia, sino con otro contrato. Y Kasper cae en un gran absurdo: pone dos matrimonios ante Dios: uno sacramental y otro natural, aunque sea por lo civil.

5. Pero, entonces ese segundo matrimonio sólo tiene que ser un contrato no ante Dios, sino ante los hombres: «el verdadero matrimonio es el matrimonio sacramental. Y el segundo no es un matrimonio en el mismo sentido, pero hay elementos de la misma, los socios se ocupan de los otros, que sólo están sometidos a la otra, hay una intención de permanencia, que cuidan de los niños, que llevan una la vida de oración, y así sucesivamente. No es la mejor situación. Es lo mejor posible situación» (Ibidem).

Kasper da vueltas y vueltas a su idea, porque no cree en la Palabra de Dios: «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». Kasper separa la ley divina, la divide; y pone el engaño en toda la Iglesia. Muchos le están siguiendo. Muchos se dejan envolver de sus palabras heréticas y cismáticas, porque ya no saben pensar la verdad. Se tragan cualquier cuento de la Jerarquía so capa de humildad, de amor al prójimo, de un bien común, social.

Hoy lo que vende es que la Iglesia sea misericordiosa. Es lo que todos quieren: un sentimentalismo barato que los lleve al infierno.

Y dice el salmo 24, 10: «Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad». En todo cuanto hace Dios se encuentra la Misericordia y la Verdad. Kasper sólo quiere la Misericordia sin Verdad. Sólo su concepto blasfemo de misericordia.

Esto es lo que van a aprobar en el próximo sínodo de la familia. Es necesario destrozar la unión de la familia para arruinar la Iglesia.

Una iglesia sin norma de moralidad

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“desde los primeros tiempos de la Iglesia existe la tentación de entender la doctrina en sentido ideológico o de reducirla a un conjunto de teorías abstractas y cristalizadas cuando en realidad la doctrina tiene como único objetivo servir a la vida del Pueblo de Dios y asegurar a la fe un fundamento cierto, porque efectivamente, es grande la tentación de apropiarnos de los dones de la salvación que procede de Dios para domesticarlos -incluso con buena intención- a los puntos de vista y al espíritu del mundo” (Francisco, 31 de enero).

Esto es hacer política en la Iglesia. Hablar como un hombre que pone su ideología en la Iglesia y que quiere que todo el mundo le haga caso en lo que dice.

Dice una mentira y nadie de los miembros de la Congregación para la Doctrina de la Fe se ha levantado para hacerle callar. ¡Nadie!

Francisco olvida que la doctrina de Cristo es una norma de moralidad. Y, por tanto, es una doctrina que no tiene la función de servir al hombre, no tiene “como único objetivo servir a la vida del Pueblo de Dios”, sino la de darle al hombre el camino moral, donde se salva y se santifica.

El fin de la doctrina de Cristo es un fin moral: es hacer que el hombre practique la ley divina, la ley moral.

El hombre no sólo hace actos humanos, sino que está regido, en su naturaleza humana, por una ley divina, que le impele a obrar actos morales.

Y la doctrina de Cristo es una ley moral, no son leyes humanas, obras humanas, actos humanos, vidas humanas. Cristo enseña su Palabra para que el hombre obre moralmente, no para que el hombre obre humanamente.

Esto es lo que niega Francisco. Por eso, él no juzga a ningún hombre. No puede. Porque ha anulado la ley divina, la ley moral, el acto moral de cada hombre. Y los judíos viven bien, porque obran actos humanos buenos; y los homosexuales viven bien, porque obran actos humanos buenos; y todo el paganismo obra bien porque obran actos humanos buenos. Este es el absurdo en que cae ese hereje.

Así piensa Francisco porque anula dos cosas:

1. que existan Verdades absolutas;

2. que exista una norma de moralidad, una ley divina, unos mandamientos que el hombre tiene que cumplir si quiere salvarse.

Estas dos cosas brillan por su ausencia en todo el magisterio de este hereje. Por eso, él tiene que hablar como un político, y como un político comunista, marxista. Habla para los hombres para resolverles sus problemas humanos. Para eso está sentado en la Silla de Pedro.

Es una vergüenza tener a Francisco dirigiendo la Iglesia. ¡Una vergüenza! Un político que enseña su mentira en la Iglesia, que es la Verdad y que sólo en Ella se tiene que hablar la verdad.

Cuando se niegan las Verdades absolutas, se niega todo lo demás. Y se pone la vida en las verdades relativas: hay que dar de comer a los pobres, hay que asistir a los enfermos, a los ancianos, hay que cuidar muchas cosas de la vida humana de la gente.

Francisco es un comunista que sólo quiere su comunismo en la Iglesia. ¡Sólo quiere eso! La doctrina de Cristo le interesa bien poco, porque no tiene ni idea de lo que enseña Cristo en Su Evangelio. ¡Ni idea!

Por eso, él enseña su evangelio de la fraternidad, donde no hay norma de moralidad. Todos los hombres se salvan y hay que amar al prójimo porque es nuestro prójimo. Punto y final. Eso es todo el negocio de este hereje. Y, para eso, coge verdades disfrazadas de sus mentiras: embellece la Iglesia con sus verdades a medias, que son grandes herejías. Por eso, Francisco se dedica a decir en la Iglesia su verborrea barata, que ya no convence a nadie, y que está llena de blasfemias por todos los lados.

¿Quién se atreverá a decirle a Francisco: calla ya tu bocazas en la Iglesia? Nadie se atreve.

Cristo ha puesto Sus Verdades Absolutas. Si hay alguien en la Iglesia que no se somete a esas verdades absolutas, eso se llama pecado de soberbia. Luego, no se puede tolerar esta frase: “desde los primeros tiempos de la Iglesia existe la tentación de entender la doctrina en sentido ideológico o de reducirla a un conjunto de teorías abstractas y cristalizadas”. Esto es hablar política, hablar confusión. Esto es decir que aquí está Francisco para dar la interpretación de lo que tiene que ser la doctrina de Cristo en la Iglesia. Esta es la salvajada que todos callan.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia existe el pecado de la soberbia, que significa que el hombre no acepta la Verdad de la doctrina de Cristo. No acepta la norma de la moralidad que exige esa verdad absoluta. Y, por tanto, siempre en la Iglesia han habido sacerdotes y Obispos que han querido poner su mente a todo, que se han separado de la doctrina de Cristo, como lo hace Francisco.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia existen las Verdades absolutas. Esto es lo que no dice Francisco. Y una verdad absoluta significa el deber de la persona de vivir y de obrar esa verdad para poder salvarse en la Iglesia.

Esa Verdad absoluta exige cumplir una norma de moralidad. Y, por tanto, no se puede amar a Dios sin una norma moral; no se puede amar al prójimo sin una norma moral; no se puede amarse uno a sí mismo sin una norma moral. Esto es lo que niega Francisco en todo su discurso a los miembros de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Un discurso político, para las mentes de los hombres, que cierra el corazón a la verdad.

Francisco inicia su discurso enfrentando a los hombres: como desde el principio de la Iglesia han habido hombres que han impuesto su ideología en la doctrina de la Iglesia, entonces todo lo que se ha hecho durante 20 siglos en la Iglesia no vale. Esta es la política de Francisco. Así habla un político. Esta es su basura ideológica, que todos aplauden, que todos callan, como si hubiera dicho una verdad.

Francisco no puede enseñar que desde los primeros tiempos de la Iglesia existe el pecado de soberbia porque no cree en la norma de moralidad, no cree en la ley divina. Por eso, no puede enseñar nunca la verdad cuando habla con su boca de dragón, sino que produce la confusión, una gran confusión.

Y sólo habla así para meter lo que le conviene: “la doctrina tiene como único objetivo servir a la vida del Pueblo de Dios y asegurar a la fe un fundamento cierto”. Esta frase es la mayor estupidez en la boca de ese idiota. No sabe lo que está diciendo. Habla por hablar, para llenar una cuartilla, para simular que habla correctamente.

La doctrina de Cristo tiene como único objetivo salvar el alma, no servir a la vida del Pueblo de Dios. ¡He aquí su comunismo!

Cristo no da Su Verdad para que los hombres sigan en sus vidas humanas. Cristo da su verdad para que los hombres salgan de su vida humana: «Cambiad de mentalidad». El hombre tiene que ponerse en su corazón la ley divina, la norma moral, para ver la vida con la Mente de Dios.

Dios da el don de la Fe al hombre. La fe es sólo abrir el corazón a la Verdad que revela Dios. ¡Abrir el corazón! Por tanto, si la persona no abre su corazón a Dios que revela, entonces no puede vivir la doctrina de Cristo, no puede vivir la Verdad. En consecuencia, decir que la doctrina tiene como único objetivo “asegurar a la fe un fundamento cierto”, es decir una palabrería barata y blasfema.

Sin la apertura del corazón, sin la fe divina, no se puede obrar moralmente lo que Dios quiere, sino que se obra en contra de lo moral: se obra un pecado, que va en contra de la ley divina. No es la doctrina la que asegura a la fe; es la fe la que da valor a la doctrina. Sin fe no hay Verdad.

Sin fe, la persona no puede aceptar la Verdad absoluta. Luego, no puede vivir la doctrina de Cristo; es decir, no puede salvarse; se condena.

¡Politica! ¡Politica! y ¡Politica!: esa es la verborrea de Francisco. Nunca enseña una Verdad. No puede. Y es triste que los que lo escuchan no se rebelen contra ese idiota de una vez por todas.

Francisco es un energúmeno: no tiene ni idea de la vida espiritual en la Iglesia. No sabe lo que es eso. Él sólo busca el bien común, la comunidad de hombres, que todos los hombres estén contentos en sus pensamientos, pero que nadie viva la norma de moralidad.

Por eso, Francisco enseña el amor al prójimo sin moralidad: enseña a pecar. Es el culto al hombre. Es la iglesia de los hombres, es la iglesia del mundo, en que todo vale porque así a los hombres les parece bien en sus grandes inteligencias humanas.

No se puede amar al prójimo sin practicar una virtud, sin poner en obra una ley moral, una ley divina. ¡Es imposible! Siempre se peca cuando se quiere hacer un bien al otro sin una norma moral. ¡Siempre! Aunque se haga un bien humano, se hace un acto en contra de lo moral. Cuando los hombres se olvidan de que existen las leyes divinas, sus actos humanos son siempre pecado. Esto es lo que muchos hombres no comprenden.

El hombre puede hacer actos humanos y actos morales. El acto humano no es un acto moral. Comer es un acto humano. Pero si se come sin una ley divina, esa comida es siempre pecado. Ese acto humano va en contra de una norma de moralidad. Entonces, se comete un pecado; ese acto humano de comer, porque no está guiado por una norma moral, es un pecado.

Esto es lo que la gente olvida. La doctrina de Cristo enseña una norma de moralidad. No enseña a hacer actos humanos, obras humanas. Enseña a hacer una obra divina, guiada por una ley divina.

El gran problema de Francisco es que no cree en el pecado. Entonces, tiene que anular toda verdad y poner los actos humanos como buenos sin más. Como el hombre hace un bien humano en su vida, entonces se salva. Esta es la esencia de la doctrina de Francisco, de su evangelio de la fraternidad. Por eso, a él sólo le interesa dar dinero a los pobres. Sólo eso. El alma de los pobres no le interesa. Para Francisco, hay que salvar el cuerpo del pobre, no su alma. Y esto es lo más contrario a la doctrina de Cristo.

Dios quiere los pobres porque así se salvan: siendo pobres, que pasen hambre. No se salva el alma de un pobre porque se le dé dinero en la vida. Se salva el alma de un pobre porque se le deja en su pobreza material. Si al pobre se le enseña a tener dinero, ya no se salva. Si al rico se le enseña a dar su dinero ya no se salva.

Cristo no enseña a dar dinero, sino a salvar almas, ya sean de los ricos, ya de los pobres. Ni los ricos tienen que dar dinero para salvarse, ni los pobres tienen que recibir dinero para salvarse.

La doctrina de Cristo no es para hacer obras humanas, actos humanos, sino para hacer acto morales, obras divinas. Este es el punto que Francisco nunca va a enseñar, porque es el típico comunista, marxista, que nada más vela por lo humano, por el bien común, pero sin norma moral, sin ética divina, sin ley de moralidad. Cuando alguien da dinero a otro es por un bien moral, no por un bien humano. Se da dinero para expiar el pecado: ese es el bien moral. No se da dinero para hacerle al otro un buen humano. Esto nunca lo enseña Cristo en Su Evangelio. Esto lo enseña Francisco en su magisterio herético.

Entonces, el desastre es lo que vemos en la Iglesia. Un hombre que sólo quiere esto: “En ese sentido se estudia la posibilidad de incorporar a vuestro dicasterio la Comisión específica para la protección de los niños que he instituido y que quisiera fuera ejemplar para todos los que quieren promover el bien de los niños”.

A Francisco le importa un carajo salvar las almas de los niños. Sólo quiere protegerlos de forma humana. Sólo busca su publicidad entre los grandes del mundo. Si Francisco se interesara por el bien moral, entonces su predicación tendría valor. Pero como sólo se interesa por el bien humano, entonces su predicación no vale nada en la Iglesia. Es la verborrea de un maldito que se da propaganda a sí mismo en la Iglesia.

Francisco ha anulada la Verdad Absoluta: entonces, ¿de qué quiere proteger a los niños? ¿de qué estupidez está hablando? Hay que proteger el alma de los niños del pecado. ¿Por qué no enseña a no pecar a los papás? ¿Por qué no enseña a los papás a engendrar a sus hijos en la Gracia, no en el pecado? ¿Por qué no enseña a los sacerdotes a vivir una vida moral para no caer en el pecado de lujuria? Esto es lo que todo sacerdote y Obispo tiene que enseñar: la Verdad moral, no las verdades humanas, como lo hace ese hereje. Y la Verdad moral es algo absoluto, que no se puede cambiar al gusto de los hombres, que va en contra de toda política, de todo pensamiento humano.

La Verdad, guiada por una norma moral, eso es lo que salva a las almas y eso es lo que produce en la almas y en toda la Iglesia la vida espiritual auténtica.

Pero Francisco sólo se dedica a decir sus discursos políticos en toda la Iglesia. ¿Qué hace de la Iglesia? Una cueva de ladrones. Una jauría de gentes que sólo se dedican a ganar dinero y a tener fama entre los hombres.

¡Maldita la iglesia que ha fundado Francisco en Roma!

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