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El pensamiento kantiano de Bergoglio

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Asistimos, desde hace tres años, al desmantelamiento de la Iglesia Católica y, por lo tanto, al levantamiento de una nueva iglesia, con una nueva doctrina.

Los modernistas y apóstatas han colocado en el Trono de Pedro a un traidor, a un ser repugnante y a un idólatra de su propio pensamiento humano.

Un hombre que vive en la idea de la inmanencia, es decir, la religión empieza, según él, y se realiza en la esfera de la propia conciencia.

Cada hombre se declara creyente, cree en algo, porque el culto a Dios empieza en uno mismo.

Cada hombre, en su conciencia aislada, se inventa su propia religión, su propia forma de buscar a Dios, de darle culto. No busca a Dios exteriormente, porque se haya manifestado de alguna manera al hombre, sino que busca a Dios porque el hombre vive en sí mismo un sentimiento indigente de lo divino, que le impera ciegamente a desear a Dios, a ir hacia Dios, a salir de sí mismo.

Bergoglio considera a la persona como un ser aislado, no como un ser espiritual que domina toda su naturaleza humana, que la gobierna, que participa de la naturaleza humana y del ser divino, sino como un ser indigente, con necesidad de algo, que le falta algo para ser persona.

«El ser humano no es plenamente autónomo. Su libertad se enferma cuando se entrega a las fuerzas ciegas del inconsciente, de las necesidades inmediatas, del egoísmo, de la violencia» (LS, n. 105).

No es plenamente autónomo: le falta un poder para regirse adecuadamente.

Dios ha constituido al hombre plenamente autónomo, con toda la libertad, con todo el poder para elegir, para gobernarse a sí mismo, para ser él mismo.

Cuando el hombre peca, su libertad no se enferma, sino que queda intacta. Es su alma la que se esclaviza a la obra del pecado, la que se enferma espiritualmente. Es su razón y su voluntad humanas las que se desvían del camino de la verdad, de la obra divina de la vida, de la vocación particular a la que Dios ha llamado a todo hombre. Y, por esa desviación, el hombre hace de todas las criaturas plataforma para obrar su pecado, viviendo mal y haciendo el mal.

Bergoglio anula la libertad del hombre cuando se extravía en su pecado. Eso es señal de que no ha comprendido lo que es la persona humana ante Dios.

La persona, para Bergoglio, está en referencia a sí misma, vive en la autorreferencialidad aislada, incapaz de gobernarse a sí misma, ni de relacionarse con los demás, sintiendo que le falta algo para ser persona.

Por eso, para Bergoglio todo está

«… en salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos… involucrarse…» meterse «con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás», achicando «distancias…» asumiendo «la vida humana…» acompañando «a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean» (EG, n. 24).

Salir de sí, salir de la conciencia aislada, salir de la doctrina inmutable, salir de las tradiciones, para encontrar una conciencia común, universal:

«Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos» (LS, n. 202).

Este salir de sí hacia el otro lo llama autotrascenderse: la persona a sí misma traspasa los límites de su propia experiencia posible, de su conciencia aislada, para penetrar, comprender, averiguar las experiencias de los demás, las conciencias aisladas ajenas, que están ocultas para ella, y así unirse a ellas.

Bergoglio sigue el pensamiento kantiano en el cual las personas no se relacionan naturalmente entre sí, sino que es necesario un conocimiento que se ocupe no de la verdad de las cosas, sino de los conceptos que tenemos, en la conciencia aislada, de las cosas que nos impiden ver al otro como es. La persona tiene que transcender su conocimiento y ponerse en diálogo con el conocimiento del otro para así relacionarse, dejar su conciencia aislada y entrar en una conciencia común, universal, con una moral autónoma universal.

«La actitud básica de autotrascenderse, rompiendo la conciencia aislada y la autorreferencialidad es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo» (LS, n. 208).

Para Bergoglio, el ser humano no es un individuo que pueda vivir un estilo de vida según lo que tiene inscrito en su naturaleza humana, sino que necesita superar su individualismo, traspasar los límites de su propia experiencia vital, para así formar una norma de moralidad, una familia, una sociedad, una iglesia que valga para todos, que sea común, universal.

Para Bergoglio hay que llegar a esa

«… amorosa conciencia… de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS, n. 220).

Este panenteísmo, en el cual

«… Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo más íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz» (LS, n. 221),

hace que Bergoglio sólo viva para desarrollar la idea que tiene en su mente, una idea que no se corresponde con la verdad, con la realidad de la vida, sino que es una fábula nacida de su apostasía de la fe verdadera.

Muchos siguen a Bergoglio porque son kantianos y no pueden entender la verdad de la naturaleza humana ni la verdad de la Iglesia Católica según los postulados tradicionales, según la filosofía y teología católicas, sino que todo lo revolucionan porque siguen, cada uno a su manera, las fábulas de su mente.

Y estas fábulas, este lenguaje lleno de bellas palabras pero sin ninguna verdad sustancial, es lo que agrada a la gente, a la mayoría de los católicos, que sólo se rigen en sus vidas espirituales por las palabras de los hombres, por sus obras, por lo que enseñan en sus mentiras.

Para Bergoglio la fe nos lleva más allá de nuestro yo aislado:

«… la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

El hombre vive en el aislamiento del propio yo, en su conciencia aislada, no vive en el dominio de sí mismo, no puede entender para qué vive sin la luz de esta

«… fe que crece en la convivencia que respeta al otro» (LF, n. 34).

La fe es una luz que viene del futuro: no es una verdad divina a la cual el hombre tiene que someterse, debe obedecer si quiere salvarse, si quiere dar sentido a su vida, a su existencia humana.

La verdad, para Bergoglio,

«… es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro yo pequeño y limitado» (LF, n. 26).

La verdad es una cuestión de memoria: un trabajo intelectual del hombre en sí mismo.

Es una luz que viene de un futuro que no existe realmente, pero que hay que construirlo rompiendo la conciencia aislada, acercándose a los demás, acompañándoles en sus vidas.

La fe es un conocimiento divino, una verdad divina revelada, que se vive en el momento presente del hombre. Y éste no tiene que preocuparse por ningún futuro, porque buscando el Reino de Dios, Dios da al hombre todo lo demás que necesita para vivir, le va labrando su futuro.

La vida espiritual, para Bergoglio, no está en la oración íntima con Dios, no está en buscar la Voluntad de Dios para cada cosa de la vida humana, no está en regirse por los mandamientos divinos, no está en crecer sólo para Dios, porque cada persona vive aislada en sí misma.

Es necesario, por tanto, construir un nosotros, un diálogo, un respeto por las creencias de los otros, una estructura de iglesia en que se acepten las ideas de los demás, ya que la persona no puede creer por sí misma:

«Es imposible creer cada uno por su cuenta… la fe… por su misma naturaleza se abre al “nosotros”, se da siempre dentro de la comunión… » (LF, n. 39).

La persona que vive en su pensamiento inmanente es agnóstica: ni conoce a Dios, ni se conoce a sí misma, ni conoce la realidad del mundo exterior.

No puede creer por su cuenta: no puede entender un conocimiento que se da fuera de ella, fuera de su conciencia aislada.

Por eso, esta religión que comienza en su conciencia aislada sólo se puede ir obrando en la apertura a los demás, formando una conciencia universal: ahí es cuando la persona empieza a conocer los pensamientos de los demás, que también son aislados, y levantar así una comunidad, una iglesia llena de ideas diversas, contrarias, pero unida en una sola cosa: hombres que buscan salir de sí mismos, de su aislamiento, de su conciencia aislada, construyendo una fe que sea modelo para los demás, integrada de una conciencia universal que exige una moral autónoma común.

El hombre, para Bergoglio, es por naturaleza hijo de Dios: para él observar la naturaleza del hombre es deducir la paternidad de Dios sobre el hombre.

Bergoglio tiene que negar el pecado original, por el cual la humanidad se divide en dos: hijos de Dios e hijos de los hombres. Él no puede comprender este punto porque el trabajo que la persona tiene que realizar para construir un mundo mejor sólo está en ella misma, no en lo exterior.

El pecado original es un acto exterior a la persona, que involucra la vida del hombre. Este acto exterior no lo puede entender un hombre que viva en su inmanencia.

El pecado, para estos hombres, consiste en seguir su conciencia aislada, que les impide autotrascenderse, es decir, buscar a otros, formar una comunidad, una religión, una iglesia. El pecado es, según ellos, algo interior, no algo exterior que sacude al hombre.

Por eso, Bergoglio llama a todos los hombres como hijos de Dios porque todos tienen ese sentimiento, esa indigencia de lo divino, que los llama, sin conocerlo objetivamente, a buscar a Dios, a ese Dios que se encuentra en cada criatura.

La fe, por su misma naturaleza, es divina, se abre al mundo de Dios, a la vida de la gracia, a la enseñanza del Espíritu.

No se abre al nosotros humano, al mundo de los hombres, no busca agradar a ningún hombre, no repara en las vidas de los demás, sino que es un camino para el hombre en donde éste encuentra la verdad plena, la que lo salva, lo libera y santifica, y la vida divina que le satisface por encima de toda vida.

Para Bergoglio es el hombre el que debe confiar en su propia idea de Dios, en su propio sentimiento religioso para construir su vida, su fe, su iglesia. El hombre no tiene que buscar en Dios el camino de su vida, ni el bien ni el mal, porque ya lo busca en sí mismo, en su propia conciencia aislada. Sólo tiene que autotrascenderse, salir de los límites de su conciencia, para construir un futuro compartido por todos.

Por eso, no es Dios el que impera al hombre lo que se debe hacer o evitar, sino que es el mismo hombre, en su razón que se trasciende a sí misma, en la idea que tiene del bien y del mal, el que se impera a sí mismo y decide, absolutamente, lo que hay que hacer, lo que hay que creer, cómo caminar en la vida, cómo construir la iglesia.

Esto es lo que se llama el imperativo categórico: el hombre debe hacer algo, no porque Dios se lo manda, no porque haya una ley divina que hay que cumplir, no porque sea la Voluntad de Dios, no porque hay un magisterio auténtico e infalible, necesario para salvarse, sino porque él mismo se obliga, de manera absoluta, a hacer algo, a creer en algo, a vivir algo.

«Cada uno tiene su idea del Bien y del Mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo» (Entrevista a Scalfarri).

El hombre, para Bergoglio, no puede escapar de su conciencia, la cual la concibe libre y autónoma, no dependiente de Dios, pero aislada. Es el hombre el que peca a causa de su conciencia aislada, al concebir pensamientos que son malos para su vida y para la de los demás. Y es el pensamiento humano el mismo camino para quitar todo mal en el mundo: el hombre debe salir de sus límites, debe aprender el conocimiento universal que no produzca en el otro un mal. Así, de la manera como el hombre concibe combatir el mal común eso basta para cambiar el mundo.

Por eso, Bergoglio tiene que explicar el mal de una manera peculiar, con una fábula:

«… tres días atrás, un gesto de guerra, de destrucción, en una ciudad de Europa… detrás de ese otro gesto están los traficantes de armas que quieren la sangre, no la paz, que quieren la guerra, no la fraternidad» (Bergoglio a los que lavó los pies en el Jueves Santo).

Para este hombre, el origen de la matanza de Bruselas no es Isis, no es el islamismo, no es el pecado de odio contra Dios, sino los que han fabricado las armas. Estos fabricantes pensaron mal la vida e hicieron armas que quieren la sangre. Así, él concibe el camino para quitar este mal de Isis, que es un mal universal, no es el pecado particular de odio en esos hombres, sino un pecado que los hace volver a su conciencia aislada, que les impide buscar la conciencia universal, común para todos. Y, por eso, el problema está en la armas.

En esta superficialidad vive Bergoglio. Él se queda en los medios materiales que se usan mal, pero no es capaz de captar el origen del mal, el misterio del mal, porque para Bergoglio el pecado no es una mancha que tiene que limpiar en su alma, no es una ofensa que el alma hace a Dios, sino un mal en el hombre, concebido por la mente del hombre y obrado en su vida. Un mal que hay que saber combatir: hay que suprimir las armas. No hay que mentar a Isis, no hay que juzgar la doctrina del islamismo.

El hombre peca por su conciencia aislada, que le impide buscar y construir la conciencia común, universal, válida para todos los hombres.

Para Bergoglio, aquello que afirmó, en Estambul, el Papa Benedicto XVI que «la violencia asociada a la fe es el producto inevitable del frágil vínculo entre fe y razón en la doctrina musulmana y en su misma comprensión de Dios», es algo herético e incomprensible para su pensamiento inmanentista.

O el Islam encuentra la razón o seguirá difundiendo la fe a través de la violencia.

Pero, para Bergoglio, cada uno sigue su conciencia, su manera de entender el bien y el mal. Y hay que respetarlos, pero es necesario descubrir la forma de luchar contra el mal universal aparecido por los que han fabricado las armas.

Muchos se preguntan: ¿este hombre ha estudiado? ¿Qué cultura tiene? ¿Qué hace de Papa? ¿Para qué está sentado en la Silla de Pedro? ¿En qué manos está la Iglesia y sus miembros?

No caen en la cuenta que este hombre vive en su inmanencia y, por eso, cada día se inventa una nueva fábula en su inagotable mente. Él va desarrollando su pensamiento, y no se cansa de alucinar ni pierde la oportunidad de decir auténticas tonterías y barbaridades.

Bergoglio, en su inmanencia, no puede conocer ni creer en un Dios católico, según lo enseña la Iglesia, porque sólo se rige por sus criterios subjetivos, por su experiencia interna subjetiva, no por una teología, ya que

«… cada uno de nosotros conoce en qué medida, tantas veces estamos ciegos de la luz linda de la fe, no por no tener a mano el Evangelio sino por exceso de teologías complicadas» (Bergoglio, 24 marzo 2016, en su falsa misa crismal).

El hombre, según Bergoglio, conoce que está ciego sólo porque no lee el Evangelio, no busca en Él su propio sentimiento religioso, su propia interpretación, algo subjetivo para su vida, sino que se pierde en las teologías complicadas, en el magisterio sagrado, que es imposible de conocer y aceptar para las mentes de los herejes y apóstatas de la fe.

Por eso, para Bergoglio, es necesario explicar los dogmas por su coherencia con la vida del hombre: hay que adaptarlos a las obras y a las vidas de los hombres.

No hay que enseñar que Dios los ha revelado ni que la Iglesia ha formado un magisterio auténtico e infalible con ellos, porque hay que dar continuidad a la memoria del pasado.

Hay que actualizar los dogmas, hay que inculturar el Evangelio, la doctrina de Cristo, ya que la verdad es una cuestión de memoria, un trabajo intelectual, que nos lanza a conseguir unirnos más allá de nuestro yo, de nuestra conciencia aislada.

«… a fin de que cada persona lo reciba en su propia experiencia de vida y así lo pueda entender y practicar —creativamente— en el modo de ser propio de su pueblo y de su familia» (Ibid).

Es el hombre el que crea su fe, su religión, su forma de buscar a Dios, su manera de entender el Evangelio, «en su propia experiencia de vida», sin hacer proselitismo, sin buscar un cambio, un arrepentimiento, ni en él mismo, ni en la familia ni en las sociedades.

Hay que ser creativos con el Evangelio que se recibe. Hay que recordar lo que hizo Jesús y actualizarlo a la forma propia de vivir entre los hombres.

Bergoglio está en «la luz de una memoria fundante», concibe la fe como un «acto de memoria», no como el asentimiento de la mente del hombre a lo que Dios revela.

Concibe los sacramentos como «la comunicación de una memoria encarnada», no como la comunicación de la gracia, de la vida divina, que no es una memoria, sino un eterno presente divino.

Por eso, Bergoglio va al pasado, hace un acto de memoria, y actualiza ese pasado a la cultura que viven actualmente los hombres, a sus vidas, obras e ideas.

Es decir, tiene que romper con toda la doctrina de Cristo. Tiene que dividir a Cristo de su obra divina. Tiene que presentar a los hombres un falso cristo con una falsa doctrina, para así levantar su falsa iglesia, la de la pirámide invertida, la propia del anticristo de esta hora.

Para Bergoglio, no interesa demostrar que Dios existe o que Dios revela o que la Iglesia enseña algo. Esto no es práctico para los hombres. Él supone que existe Dios, y no importa definir cómo es Dios y cómo debe ser la espiritualidad y la fe de los hombres. No interesa la Iglesia como institución divina, sino sólo como desarrollo histórico de los hombres.

Para este hombre, hay que buscar un fin práctico. Hay que reducir la religión a un cierto moralismo autónomo, en donde no cabe el conocimiento de Dios ni de la verdad revelada ni dogmática, sino que es necesario construir una iglesia para todos, en donde sólo haya que dedicarse a hacer gestos con los hombres, movido por ese imperativo categórico de que hay que hacer un bien, sea el que sea, para satisfacer las necesidades de los hombres, para acompañarlos, para darles un sentido a su vida.

Es lo que hace en el lavatorio de los pies, y en tantísimas obras humanas, en donde sólo le interesa incluir al hombre como el centro de toda la vida eclesial y espiritual.

La praxis es lo esencial en un imanentista.

Así como se concibe en la mente un bien, así hay que obrarlo en la práctica de la vida. Y se hace por imperativo categórico, de manera absoluta, porque así lo exige la conciencia que se autotrasciende.

No se pregunta a Dios si hay que obrarlo o no, no se hace referencia a una ley divina o a la ley de la gracia, sino que es el hombre el que se impera a sí mismo esa obra. Es el mismo hombre el que pone su ley, el que se inventa su doctrina para llevar a cabo su obra.

Por eso, Bergoglio siendo jefe de la Iglesia tiene que mandar de manera autocrática, a base de decretos o falsas exhortaciones impositivas: hay que lavar los pies de las mujeres porque lo dice Bergoglio; los divorciados pueden comulgar porque lo dice Bergoglio.

Es el “bien” que él ha concebido en su mente. Y es un bien que él mismo se impera a obrarlo. Y un bien práctico porque se va en busca del establecimiento de una conciencia común, que todos puedan seguir.

Y a Bergoglio no le importa lo que digan los demás o lo que enseñe la Iglesia. Con ese bien, él cree combatir el mal que en 20 siglos de Iglesia, la teología complicada de los Papas, de los teólogos y de los Concilios ha originado en las almas.

Por eso, este bien imperado por su razón es su despotismo en la Iglesia. Y muchos aceptan este despotismo porque es bueno para sus negocios en la Iglesia.

El anticristo Kasper confirma el pensamiento imanentista de Bergoglio:

«La doctrina no cambia, la novedad concierne sólo la praxis pastoral».

No se toca el dogma, sino que se actualiza, se adapta la obra de la Iglesia, la doctrina de Cristo, a las vidas y a las mentes de cada hombre, ya que la Iglesia tiene que «caminar con todo el pueblo de Dios y ver cuáles son sus necesidades» (Kasper, 29 sep 2014).

De esta manera, se divide a Cristo de su obra divina, de su enseñanza eterna, inmutable, que es válida para todos los hombres, para todas las sociedades y para todos los tiempos y épocas.

Muchos andan con miedo, con temor, con aprensión ante la publicación de la falsa exhortación post-sinodal.

Temen a un hombre: tienen miedo de leer los escritos de Bergoglio. Y esto es porque no conocen el pensamiento real de este hombre.

Quien lo conoce, ya sabe de qué va a ir esa falsa exhortación. Y no la está esperando, porque no sigue a Bergoglio como su papa.

Se trata de la praxis: de integrar a los que están en situación irregular en la Iglesia, por causa de su situación de pecadores públicos, a la comunidad, a que sean catequistas, animadores litúrgicos, padrinos de bautizos, de confirmación, testigos de boda, lectores, acólitos, etc…

No van a tocar la teología porque les trae sin cuidado lo que enseña la Iglesia, los mandamientos de Dios, la moral divina que está por encima de toda conciencia humana.

No se van a poner a teorizar, porque no les interesa. Ellos sólo quieren la solución práctica del problema de las almas, con el fin de llegar a una iglesia que tenga una conciencia universal.

Por eso, van a mandar, con su despotismo, que los sacerdotes decidan caso por caso la admisión a los sacramentos y a la vida eclesial. Que usen su poder para obligar a las almas a pecar, a seguir en su pecado, engañándolas miserablemente.

El católico verdadero sólo teme a Dios y, por eso, le trae sin cuidado lo que Bergoglio hable cada día y obre ante el mundo.

Se teme a Dios y, por eso, se está en comunión espiritual con el Papa de la Iglesia Católica, que es Benedicto XVI, para no pecar.

Y lo que hagan los hombres, contemplar cómo los sacerdotes y los Obispos, por estar siguiendo al vicario del anticristo, están en el camino de condenación, llevando tras de sí a tantas almas, sólo tiene que ser motivo para estar alertas, para no dormirse, para entender los Signos de los Tiempos.

Todo cuanto haga Bergoglio es sin valor para Dios. No tiene el sello del Dios Vivo. Todo cuanto escriba ese hombre, su exhortación post-sinodal, es inválido.

Lo que estamos viviendo en la Iglesia es lo que anunciaba Castellani:

«Cuando venga el Anticristo no necesitará más que tomar a Kant y Nietzsche como base programal de su religión autoidolátrica. Son sus profetas» (Apokalypsis, Ecursus E-G, pag. 152).

Jorge Mario Bergoglio es el falso profeta que lleva consigo, en su mente, la idea de Kant: nada existe en la realidad, es la mente del hombre la que lo crea todo.

Con esa idea kantiana, obra todo en su falsa iglesia.

Desde que pusieron a este hombre, que habla sin ningún fundamento en la realidad, es decir, que habla fábulas todos los días en sus homilías y en sus escritos, la falsa Jerarquía de la Iglesia se ha sentido liberada de todas las normas, de las Tradiciones y el Dogma, y han comenzado a trazar un magisterio a su capricho y acorde con el espíritu del mundo, que se opone al Espíritu Santo.

De esta manera, todos en la Iglesia han perdido la línea de la Gracia y están presentando, de manera visible, una iglesia que no es la Iglesia Católica.

El anuncio de un precursor del Anticristo por Francisco

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«En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien. Pero no creáis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien. El Cardenal Kasper decía que al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo». (ver texto).

Este gran teólogo es grande por su herejía, no por la verdad que no aparece en su libro ni dice su boca. Es un buen teólogo para destruir la Verdad Revelada. Es un buen hombre, que se viste de lobo, aparece como Obispo, pero que obra lo contrario a Cristo en la Iglesia. Se opone a la doctrina de Cristo, al Magisterio auténtico de la Iglesia. Hace de la Iglesia su gran negocio humano.

«Ayer, antes de dormirme, pero no para adormecerme, leí, releí el trabajo del cardenal Kasper y quiero darle las gracias, porque encontré una profunda teología, también un pensamiento sereno en la teología. Es agradable leer teología serena. Y también encontré lo que san Ignacio nos decía, ese sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me hizo bien y me surgió una idea y, disculpe Eminencia si le hago pasar vergüenza, pero la idea es que esto se llama “hacer teología de rodillas”. Gracias». (ver texto).

Gran necedad son estas palabras de un idiota. Porque eso es Francisco: un idiota. Es decir, un personaje metido en su idea de la vida, que va dando vueltas, como un loco, a ese idea, y que no es capaz de ver la verdad, porque no puede salir de esa idea. Este es el concepto de idiota en la Sagrada Escritura. Gran necedad es publicar esta idiotez. Que todo el mundo vea cuán idiota es Francisco.

Pero esta necedad señala una profecía: «Desgracia a ti, ciudad de las siete colinas, cuando la letra K sea alabada en tus murallas. Entonces tu caída se aproximará; tus dominadores y tiranos serán destruidos. Tú has irritado al Altísimo por tus crímenes y tus blasfemias, tú perecerás en la derrota y en la sangre» (San Anselmo de Sunium (Siglo XIII) M. Servant, pág. 281).

Cuando la letra K sea alabada en Roma, cuando Kasper ha sido ensalzado por un falso Profeta, entonces viene la desgracia para toda la Iglesia. La ruina es ese Sínodo, sellado por el demonio, para comenzar la liquidación de la Iglesia. Y Kapser es el maestro, la mente que todos siguen para llevar a cabo el proyecto del demonio en Roma.

Un falso profeta siempre señala a un anticristo. Francisco, como falso Papa – y, por tanto, como falso Profeta-, señala a un falso Obispo, a un falso Cristo, que tiene por lema en su teología: fe e historia. Es decir, la fe en lo científico (= el carácter científico de la teología = el diálogo con las muchas ciencias humanas, con la sabiduría de los hombres, que es necedad) y la práctica en lo social (= que el Evangelio impregne el mundo de hoy, lo cambie, pero que los hombres no quiten sus pecados). Una mente que se abre a la sabiduría humana, anulando la gracia y el don del Espíritu; y que busca caminos prácticos a las cuestiones de los hombres, a sus problemas, a sus vidas en el mundo.

La necesidad de dar respuesta a los problemas de la paz, de la justicia y de la libertad humanas, así como los nuevos interrogantes éticos, han hecho que Kasper anule todo el dogma en su teología, iniciando una eclesiología y una cristología totalmente heréticas y cismáticas.

Kasper es un anticristo, pero no es el Anticristo. Es un precursor del Anticristo: «Han de venir precursores del mismo. He visto en algunas ciudades maestros de cuyas escuelas podrán salir esos precursores» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 3)

Kasper pertenece a la escuela católica de Tubinga, en donde no se enseña ninguna fe católica. Allí se enseña cómo pertenecer a una Jerarquía infiltrada en la Iglesia, cómo ser de una Jerarquía falsa para construir una falsa iglesia. Francisco y Kasper son dos almas gemelas, que viven de lo mismo y piensan lo mismo. Si quieren conocer el pensamiento de Francisco lo tienen en la teología de Kasper.

Para Kasper, «la teología sólo es posible en la corriente abierta del tiempo» (= la teología no es eterna, sino temporal) y, en consecuencia, «la unidad en la teología no puede ser hoy la de un sistema monolítico, sino que consistirá en la intercomunicación recíproca de todas las teologías, en la referencia de todas ellas a un objeto común, y en la utilización de unos principios básicos comunes» (= la teología es algo relativo, no absoluto) (“Situación y tareas actuales de la teología sistemática”, en: W. KASPER, Teología e Iglesia, Barcelona 1989, p. 7-27; aquí: p. 13. Véase: M. SECKLER, Kein Abschied von der Katholischen Tübinger Schule, en: Divinarum rerum notitia, p. 749-762).

Esto es una aberración, porque se pretende unificar las mentiras en un común denominador: como existe un pluralismo de teologías condicionado culturalmente; es decir, como se da la teología africana, la asiática, la latinoamericana, etc., hay que buscar, no ya el fundamento de la verdad; no es el dogma el común de todas esas teologías. Es la intercomunicación, el diálogo, el coger de aquí y de allá para encontrar un común, una unidad.

La teología, la ciencia de la palabra de Dios sólo es posible en el tiempo, pero en la corriente abierta del tiempo: en lo que los hombres piensan, obran, viven en sus tiempos. Ya la ciencia de lo divino no se funda en Dios, en lo eterno, sino en los hombres, en la temporalidad, en las ciencias humanas y en sus conquistas. Es una teología para abajar lo divino a lo humano, para anularlo, y para elevar el pensamiento del hombre sobre el pensamiento de Dios.

Entonces se cae en un absurdo: ¿Cómo puede ser universal una teología que, al mismo tiempo, respeta el pluralismo de ideas, lo individual de cada persona, la idea relativa, errónea, herética, que cada hombre tiene de Cristo y de la Iglesia? ¿Cómo no sucumbir al relativismo haciendo una unidad relativa de pensamientos discordes, dispares, oscuros, sin verdad, que llevan a la duda, al error, al engaño, a la mentira? ¿Cómo compaginar tamaña multiplicidad de ideas, que no son legítimas, que no son válidas para la fe, con la verdad absoluta? Sencillamente, no se puede. Sin quitar el pecado, sin apartarse del error, es imposible encontrar la unidad en la verdad.

Pero, en la mente de estos herejes, hay un camino en la mentira, para dar una solución totalmente herética y cismática, y conseguir una unidad utópica, sólo en el papel, sólo en sus mentes, pero no en la práctica de la vida.

Para Kasper, la eclesialidad no significa atadura a un sistema doctrinal, a unos dogmas, sino la inserción en un proceso vivo de tradición y de comunicación, en el que cual se actualiza y se interpreta el evangelio de Jesucristo: «sólo en el testimonio de la Iglesia poseemos el Evangelio de la liberadora acción salvífica de Dios en Jesucristo como noticia origina de Éste en la Escritura». Es decir, en sus palabras: «La teología sólo es posible en la comunión de la Iglesia, en y bajo la norma de la tradición viva» (= no en y bajo la norma de la tradición divina) (Ib., p. 14). La fe -para Kasper- hay que actualizarla según la vida de cada hombre en su tiempo concreto. La fe no es un Pensamiento Divino inmutable, no es una verdad absoluta, inmutable, que no admite la idea humana, sino una moda de los hombres, algo que cambia según el gusto de cada hombre, un producto de los tiempos, de las culturas, de la intercomunicación o diálogo entre los hombres.

Con estas palabras de Kasper se anula el Evangelio de Cristo, la Palabra de Jesús dada a Sus Apóstoles. Se anula el testimonio de Cristo, la tradición divina, para poner el testimonio de los hombres, de la Iglesia, la tradición viva de las culturas humanas.

Una cosa es el Evangelio de Cristo, que es la Palabra de Dios; otra cosa es la Iglesia, que Cristo ha fundado. Y la ha fundado en Su Misma Palabra Divina, no fuera de Ella. No la fundó por una palabra o idea humana. Y Cristo, al fundar Su Iglesia, da el poder a la Jerarquía para interpretar verdaderamente el Evangelio.

Es el testimonio de la Jerarquía, no de la Iglesia, lo que da valor al Evangelio. Pero esa Jerarquía tiene que ser verdadera, tiene que imitar a Cristo, tiene que ser otro Cristo, tiene que someterse a la tradición divina, para no adulterar el Evangelio, para no cambiarlo. Para no presentar un falso Cristo a la Iglesia.

El gravísimo problema de Kasper es su concepto de Iglesia, que le llevó a enfrentarse al cardenal Raztinger, ante el escrito que la Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, “Sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión”, sacó el 15 de julio de 1992, para salir al paso de todas aquellas tendencias que favorecían una desfiguración teológica y un empobrecimiento del concepto y del misterio de la Iglesia. Kasper nunca se sometió al Papado de Juan Pablo II y, por eso, combatió este escrito hasta el final. Y, por supuesto, tampoco se sometió al Papado de Benedicto XVI.

Lo que no le gustó a Kasper, ni por tanto, a tantos teólogos errados como él, fue este punto: “la Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares ni como una federación de Iglesias particulares”, y, por tanto, la Iglesia universal “en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular” (n. 9 del documento).

Estos teólogos no aceptan que Cristo funde Su Iglesia en el Calvario y que, después, una vez que resucita, va indicando a Sus Apóstoles lo que tienen que hacer en la Iglesia. Ellos combaten la estructura de Roma y ponen el fundamento de la Iglesia en las particulares. Las Iglesias particulares ya no son en la Iglesia universal, en la que funda Jesús en Pedro, sino que son independientes de ese tiempo, de esa cronología, de esa historia. Y, por tanto comienza mucho antes que el Calvario. Francisco, en su herejía, la remonta a Abraham. Se cargan el fundamento de la fe: el dogma del Papado, lo que Jesús hizo en Pedro, para poner la vista sólo en la comunidad de personas. Y, por eso, defienden las diferentes teologías en las diferentes culturas, como una tradición viva de las Iglesias particulares. Este es el gran error de estos herejes. La tradición viva es lo que viven los hombres en cada tiempo, pero no es la tradición divina, que va pasando de generación en generación, sin cambiar nada el dogma, esa Verdad Revelada. Lo vivo no es lo divino inmutable y eterno, sino lo humano cambiante y temporal.

Por eso, el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe seguía diciendo en el n. 9: “Así pues, la fórmula del Concilio Vaticano II: La Iglesia en y a partir de las Iglesias (Ecclesia in et ex Ecclesiis), es inseparable de esta otra: Las Iglesias en y a partir de la Iglesia (Ecclesiae in et ex Ecclesia). Es evidente la naturaleza mistérica de esta relación entre la Iglesia universal e Iglesias particulares, que no es comparable a la del todo con las partes en cualquier grupo o sociedad meramente humana”.

Kasper reivindica que la Iglesia es una realidad histórica, no divina. Y, por tanto, la teoría –el dogma- no sirve cuando hay problemas que resolver en la historia de los hombres. El dogma tiene que acomodarse a la vida de cada hombre. Lo fundamental, para Kasper, es la distancia creciente entre las normas marcadas para la Iglesia universal y la praxis concreta de las iglesias particulares. Y, por eso, él defiende la libertad que tienen que tener las Iglesia particulares para resolver cuestiones morales, praxis sacramental o ecuménica, como son la admisión a la comunión de divorciados vueltos a casar… Hay que descentralizarse de Roma y vivir la iglesia según los propios contextos culturales y locales.

Este pensamiento lo tienen en el artículo publicado en la revista Stimmen der Zeit, a comienzos del año 2000, con el título de “discusión amigable con la crítica del cardenal Ratzinger” (Das Verhältnis von Universalkirche und Ortskirche: Freundliche Auseinandersetzung mit der Kritik von Joseph Kardinal Ratzinger: Stimmen de Zeit 218 (2000) 793-804. El texto del cardenal Ratzinger, ’ecclesiologia della Costituzione Lumen gentium”, puede verse en: R. FISICHELLA (ed.), Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualità alla luce del Giubileo, Cinisello Balsamo 2000, p. 66-81).

Este pensamiento de Kasper es el propio de Francisco: hay que descentralizar Roma. Hay que cambiar el Papado. Porque se pone la Iglesia en las particulares, no en la universal. No es lo que Jesús fundó, sino lo que los discípulos hicieron en cada iglesia particular.

De aquí nace todo el falso ecumenismo en Francisco: la unidad de la diversidad. Francisco sigue a Kasper en esto. Y Kasper sigue a Mohler: «La teología ecuménica» del siglo XX, distinguía entre oposición y contradicción, de modo que en su opinión sólo se podrá retornar a la unidad de la Iglesia si las contradicciones se transforman paulatinamente en contraposiciones. Ello significa una nueva calidad de la unidad, un nuevo reconocimiento de la pluralidad en una unidad más amplia que no sólo incluye teologías, espiritualidades y ordenamientos eclesiales dispares, sino también fórmulas de confesión de la fe expresadas en términos diversos sobre el humus de la verdad única del Evangelio» (W. Kasper, Rückkehr zu den klassichen Fragen ökumenischer Theologie: Una Sancta 37 (1982) p. 10. Renovación del principio dogmático“, p. 49-50. Cf. Al corazón de la fe, 209-232).

Para Kasper, la idea de unidad de la Iglesia está en la interpretación recíproca de lo contrapuesto. Lo más característico de esta falsa teología ecuménica consiste en partir, no de lo que separa, sino de lo que es común, considerando a los otros como hermanos y hermanas en la misma fe. Este es el gravísimo problema de Kasper y de Francisco.

Porque tienen que hacer un común en lo humano, en el pensamiento de los hombres. Entonces, no hay que ver las cosas, las ideas que separan. Hay que centrarse en las ideas que unen. Consecuencia: hay que anular el dogma, porque eso es lo que separa. Hay que quitar las verdades absolutas, la Revelación divina. Hay que interpretar la tradición divina, la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia, según lo común a todos los hombres, porque todos tenemos la misma fe. Es hacer una comunión de hombres, una iglesia para los hombres. Es dejar la Iglesia Revelada en Cristo como inútil para la unidad. Ya la Verdad no está en Cristo, sino en la mente de todos los hombres. La verdad es una relación, un relativismo; no es la adecuación de la cosa a la realidad de la vida. Ya el hombre no tiene que acomodarse a la Verdad, someterse a Ella, sino que es la verdad la que se acomoda al hombre, la que se abaja al hombre, la que se pierde, se oculta, en el relativismo de cada mente humana. La verdad es sólo una creación de la mente del hombre.

Se equiparan todas las Iglesias: todas son verdaderas: los ortodoxos, las anglicanos, los católicos, los protestantes, etc.; todas tienen sus interpretaciones de lo que es la unidad, de lo que es la verdad, de lo que es la Iglesia, de lo que es Cristo. Y eso produce contradicciones. Hay que transformar esas contradicciones en un espacio para la pluralidad: “El objetivo del ecumenismo es la unidad visible, la plena comunión de las Iglesias, que no es una Iglesia de la unidad uniforme, sino que abre espacio para la legítima pluralidad de los dones del Espíritu, de las tradiciones, de las espiritualidades y de las culturas” (W. KASPER, Perspektiven einer sich wandelnden Ökumene: Stimmen der Zeit 220 (2002) 651-661; aquí: 652. Esta dimensión de la personalidad del cardenal W. Kasper ha sido puesta de manifiesto en: P. WALTER, KL. KRÄMER, G. AUGUSTIN (eds.), Kirche in ökumenischer Perspektive. Cardinal W. Kasper zum 70. Geburtstag, Freiburg-Basel-Wien 2003).

Kasper representa a una Iglesia que no es la de Cristo, sino que mira de cerca al mundo para darle lo propio del hombre: una iglesia que quiere ponerse en solidaridad con el hombre, al lado de las gentes, para compartir sus vidas humanas, pero no para vivir a Cristo en esas vidas humanas, no para ofrecer la Verdad, que es Cristo, a esa humanidad, no para hacer las obras de Cristo por el hombre. No. Es una iglesia del hombre y para todos los hombres. Y, por eso, Francisco es tan sentimental, tan llorón de la vida de los hombres.

Kasper quiere una iglesia que vaya más allá de los aspectos dogmáticos, que se interese por los pobres y los necesitados, por la dignidad del ser humano, que no se quede en el fundamentalismo, sino que dé el Evangelio. Pero el problema de Kasper es la concepción de Cristo y de Su Evangelio.

«La confesión «Jesús es el Cristo» es una formula abreviada para expresar la fe cristiana, y la cristología no es más que la interpretación rigurosa de esa confesión» (W. KASPER, Jesús, el Cristo, Salamanca 1976, p. 14. Véase: J. VIDAL TALÉNS, El Mediador y la mediación. La cristología de Walter Kasper en su génesis y estructura, Valencia 1988. N. MADONÌA, Ermeneutica e cristologia in Walter Kasper, Palermo 1990. J. ZDENKO, Christologie und Anthropologie: eine Vehältnisbestimmung unter besonderer Berücksichtigung des theologischen Denkens Walter Kaspers, Freiburg i. Br. 1992. Véase: Al corazón de la fe, 96).

Es decir, cuando el alma dice que «Jesús es el Mesías» está indicando una fórmula abreviada de su fe. No está indicando a una Persona Divina. Es un lenguaje humano, una idea que el hombre tiene en su cabeza, es un recuerdo, una memoria. La fe es un acto de memoria, es ir al pasado y recordar que Jesús es el Mesías. Y, entonces, en ese recuerdo, en ese acto mental, viene la interpretación. ¿Cómo se le da la interpretación rigurosa a esa fórmula? Responde Kasper: la teología se encuentra en la tarea de pensar la relación entre la fe cristiana y la cultura humana. Jesús es el resultado histórico de una tradición profética. Jesús no es Dios, sino que es la realización histórica y encarnada del plan salvador de Dios. Jesús no es el Verbo que se encarna. Es el hombre que encarna la idea divina de la salvación, que está en el AT, reunida en todos los profetas. Jesús es el hombre que tiene una experiencia profunda de la vida, un saber adquirido de la vida. Para Kasper, el hombre sabio no es aquel que tiene una Verdad Absoluta, sino aquel que resuelve el problema de los hombres, la vida de los hombres, el que pone un camino a los hombres.

Por eso, para Kasper, Jesús fue el hombre, que reunió en sí toda la sabiduría del pasado, y se puso a trabajar por los pobres, por los necesitados. Para Kasper, no se tiene una verdad para un dogma, sino una verdad para resolver un problema del hombre. Por eso, para este hombre el principal interlocutor de la teología actual es el hombre que sufre, es la criatura oprimida por muchas injusticias sociales. Y Cristo es un luchador, un Mesías terrenal, un hombre con un Evangelio que porta un ideal político, cultural, económico.

El hombre de fe no tiene que fijarse en Cristo que sufre, sino en el hombre que sufre. De esta manera, se abaja el Misterio de la Cruz en el sufrimiento de los hombres. Ya el sentido del dolor de Cristo en la Cruz no tiene validez: que Cristo haya muerto por nuestros pecados no resuelve los problemas de los hombres. Es una fe, para Kasper inútil, que se queda en el fundamentalismo, pero que no va a la experiencia de la vida. No hay que hacer penitencia, no hay que unirse a Cristo para resolver los problemas de la vida. Hay que sufrir con el prójimo y así se van resolviendo los problemas de los hombres.

Y, entonces, cuando se dice la fórmula: Jesús es el Mesías, se está diciendo que el que cree, el que tiene fe en Cristo tiene que dedicarse a resolver los problemas de los hombres, sus vidas. Esa es la verdadera interpretación, la rigurosa, de esa fe. ¿Dónde está Cristo? En el hombre que sufre. El pobre es la carne sufriente de Cristo, que es lo que pregona constantemente Francisco.

Este pensamiento de Kasper lo tienen en sus dos libros: “Jesús, el Cristo” y “El Dios de Jesucristo”. Dos libros heréticos y cismáticos, donde siempre ha bebido Francisco.

Cuando un falso Profeta alaba a un anticristo, a un Obispo que se opone a Cristo en Su Doctrina, entonces hay que pensar que esa alabanza no es por casualidad. No es porque a Francisco se le ocurrió dar a conocer la obra de Kasper, que toda la Jerarquía sabe que es un hereje manifiesto.

Francisco lo dice para dar una señal: para que todos miren al anticristo. Al que va a romper la verdad en la Iglesia. Al que inicia esa ruptura. Porque el pobre Francisco es sólo un vividor. No sabe de teologías. No sabe pensar la vida desde Cristo, sino desde los hombres. Por eso, Francisco renuncia muy pronto a su cargo en su nueva iglesia, para dejar paso a este anticristo. Hace falta una cabeza pensante, como Kasper. Y ya Kasper se enfrentó al Papa Benedicto XVI siendo cardenal. Así que tiene que cumplirse las profecías:

“He visto un cuadro maravilloso de dos iglesias y de dos Papas, y de un extraordinario número de cosas antiguas y nuevas….» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 2 – pag 404).

«Entonces me fue mostrada también una comparación de los dos papas, del verdadero y de éste, y de éste y de aquel templo…; me fue dicho y mostrado cuán débil era el verdadero Papa (en los principios) y cuán desprovisto de ayuda estaba; pero fuerte en la voluntad para derribar tanto ídolos y tantos falsos cultos y reunirlos en uno verdadero. Por el contrario, cuán fuerte por el número de adeptos, pero débil de voluntad, era este papa (o jefe de secta), pues había dejado al único y verdadero Dios y al solo y legítimo culto, permitiendo que se cambiasen en tantos ídolos y tantos falsos cultos, y habiéndose erigido ese falso templo… He visto también cuán perniciosas serán las consecuencias de esta pseudoiglesia. La vi crecer, y vi muchos herejes de toda condición ir hacia Roma y establecerse allí» (Ib. Pag 407).

«¡Quieren robar al Pastor sus propias ovejas! ¡Quieren meter dentro por la fuerza a otro que cede todo a sus enemigos!» (Ib. – pag 422).

«Vi la falsa iglesia crecer y vi sus funestas consecuencias, y vi a muchos herejes de todas condiciones ir a Roma. Vi aumentar allí la tibieza de los eclesiásticos y difundirse más y más la oscuridad. Entonces se extendió por todas partes esta visión. Vi en todo lugar a la comunidad católica oprimida, perseguida, impedida y sujeta. Vi que en muchos lugares se cerraban las iglesias y vi por todas partes la desolación. Vi guerras y efusión de sangre. Vi surgir poderosamente un pueblo oscuro y feroz, pero que esto no duró mucho tiempo. Vi que la Iglesia de San Pedro iba a ser demolida mediante un plan hábilmente concertado por las sociedades secretas y devastada por violenta tempestad» (Ib. – pag 426).

Estamos en los momentos en que se cumplen las más terribles de las profecías: las que son del Cuerpo Místico de la Iglesia. Las que hablan del sufrimiento de la Iglesia como Cuerpo. Cristo, Su Cabeza, ya pasó por el dolor, por la Cruz. Ahora, le toca el turno a Su Iglesia.

Ahora es cuando se va a conocer la fe de la verdadera Iglesia, de aquellos miembros unidos siempre a Cristo, de aquellas almas que han comprendido qué es adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Son pocas las almas de la Iglesia fiel a la Gracia de Cristo. Son pocos los miembros de Cristo. Son muchos más los miembros del demonio.

Por eso, hay que disponerse a contemplar una batalla entre los hombres: los que siguen la herejía y, por tanto, obedecen a un falso Papa; y los que siguen en la Verdad y, en consecuencia, no pueden obedecer la mente de ningún hombre en la Iglesia.

La Iglesia es Cristo, no los hombres. Y, por eso, para ser Iglesia hay que ser de Cristo, no de los hombres.

En la gracia del matrimonio, no hay divorcio

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«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles [Mc. 10; 1 Cor. 7], no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema». (Concilio de Trento – Sesión XXIV: Sobre el matrimonio – Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio – D-977 – Can. 7).

El vínculo del matrimonio es la unión de dos voluntades, de dos intenciones: la de la mujer y la del hombre. En el Sacramento del Matrimonio, se casan ellos: es decir, hombre y mujer obran el Sacramento, producen el vínculo matrimonial. No es algo externo a ellos. No es un contrato o un papel que firman. Son ellos los que se unen con sus voluntades. Y lo hacen sin posibilidad de desunión: no hay posibilidad de desatar ese vínculo.

En la Eucaristía, es Dios quien obra el Sacramento en el instrumento, que es el Sacerdote. No es el Sacerdote sólo quien obra, sino que es Dios en él.

En el matrimonio, Dios no obra el Sacramento: hombre y mujer no son instrumentos de Dios para realizar el vínculo matrimonio. Sino que ellos son la forma del Sacramento de Matrimonio: sus voluntades, sus intenciones, producen el vínculo, necesario para obrar el Sacramento. Y esta unión de intenciones es única y para siempre.

En la Eucaristía, el Sacerdote tiene que poner su intención cada vez que celebra la Misa. Si no pone su intención, no hay Misa. El sacerdote puede poner y quitar su intención cuando quiera. Pero, en el matrimonio, una vez que los dos han puesto su intención, ya no pueden quitarla. Ellos dos, por sí mismos, no pueden romper el vínculo matrimonial.

Por eso, la unidad y la indisolubilidad de un matrimonio está sólo en la unión de intenciones, que los dos muestran al casarse. Los dos unen sus voluntades para un matrimonio único y para siempre.

Y no hay pecado que quite este vínculo matrimonial; no hay herejía; ni siquiera la pérdida de fe anula el vínculo del matrimonio: «Si alguno dijere que, a causa de herejía o por cohabitación molesta o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (Ibidem – D-975 Can. 8).

Los malcasados, aquellos que, teniendo un vínculo matrimonial, buscan otra pareja, esa nueva unión, situación, no desata el vínculo de su matrimonio original, porque el hombre o la mujer no puede tener otras mujeres u hombres, una vez que tiene un matrimonio: «Si alguno dijere que es lícito a los cristianos tener a la vez varias mujeres y que esto no está prohibido por ninguna ley divina [Mt. 19, 4 s 9], sea anatema [cf. 969]» (Ibidem – D-972 – Can. 2.). «Quien repudia a su mujer y se casa con otra, adultera» (Mt 19, 9).

Si está en adulterio, entonces si no quita ese adulterio, no puede estar en Gracia: está en un pecado que no lo quiere quitar. Por más que lo confiese, sigue en su pecado. Kasper dice: no; pueden confesarse y recibir la comunión: «Si ellos pueden recibir la comunión espiritual, ¿por qué no también el sacramento de la comunión?» (ver texto) Un teólogo que no sabe discernir entre vida espiritual y vida sacramental. Y, por tanto, tiene que anular el Sacramento. Tiene que juntarlo todo y decir: «La comunión espiritual va más lejos: si se es uno con Cristo, entonces, ¿por qué estas personas son excluidas de la comunión?» (Ibidem). Lo junta todo en su pensamiento herético y no sabe ver que la unión espiritual es totalmente diferente a la unión sacramental con Cristo. Y, con esto, está diciendo una clara herejía y apostasía de la fe:

Si para comulgar sólo es necesario la unión espiritual con Cristo, entonces cualquier hombre, sea del credo que sea, tenga fe o no, esté en pecado o no, pertenezca o no a la Iglesia Católica, puede recibir a Cristo en la Eucaristía. Este es el argumento de Kasper. Entonces, Kasper es anatema. Y cae en esta blasfemia por su falsa concepción de la misericordia: «Tenemos un sacramento de la misericordia, el Sacramento de la Penitencia, que debemos reevaluar, creo. Y esto debe ser realizado para un comportamiento social y en obras sociales» (Ibidem). La penitencia es para el alma, no para la sociedad. El sacramento de la confesión es para quitar el pecado del alma y que pueda vivir en Gracia. Sin la gracia, es imposible salvarse en la Iglesia. Kasper niega este Sacramento y quiere ordenarlo para una vida social, para quitar problemas de los hombres, no para quitar los pecados del alma. Y, por eso, exclama: «Hay quienes creen que la Iglesia es para los puros. Se olvidan de que la Iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de esta verdad porque si no fuera así no pertenecería a la Iglesia» (Ibidem). Kasper no recuerda que los paganos, los herejes y los cismáticos no pertenecen a la Iglesia. Kasper no quiere recordar que los pecados contra el Espíritu Santo ponen a las almas fuera de la Iglesia. Kasper se olvida que el fin último de la Iglesia es salvar el alma: por tanto, no se puede vivir en la Iglesia en estado de pecado, sino en Gracia. Y santificar el alma: es decir, es obligatorio para el alma, en la Iglesia, buscar en todo la Voluntad de Dios para hacer las obras agradables a Dios: «Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo»

Con este planteamiento, Kasper dice: «He hablado sobre el papa acerca de esto, y me ha dicho que el 50 por ciento de los matrimonios no son válidos. El matrimonio es un sacramento. Un sacramento presupone la fe. Y si la pareja sólo quiere una ceremonia burguesa en una iglesia porque es más bonito, más romántico, que una ceremonia civil, hay que preguntarse allí había fe y si realmente se aceptaron las condiciones de una matrimonio sacramental valido, que es la unidad, la exclusividad y la indisolubilidad»(Ibidem). Esto es hablar por hablar, para ganar la atención del público, y decir unas cuantas mentiras, mal dichas.

El Sacramento del Matrimonio sólo necesita la materia y la forma: las palabras que se dicen, cuando contraen matrimonio, y la voluntad de ambos. No se necesita nada más para producir el vínculo: «§ 1. El consentimiento interno de la voluntad se presume que está conforme con las palabras o signos empleados al celebrar el matrimonio. § 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen inválidamente» (canon 1101).

No hace falta la fe. No hace falta conocer lo que significa unidad e indisolubilidad. El conocimiento o ignorancia de estas cosas no produce el vínculo matrimonial: «El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial» (Canon 1099).

La falta de fe o una fe débil o el estado de pecado o de gracia, no produce el vínculo matrimonial. Produce un óbice a la Gracia, pero no dirime el matrimonio. Hombre y mujer se casan cuando se dan sus voluntades y así la expresan con sus palabras y, después, con la consumación del matrimonio en la unión de sus cuerpos.

Para producir el vínculo matrimonial: unión de voluntades, consentimiento: «Son incapaces de contraer matrimonio: 1 quienes carecen de suficiente uso de razón; 2 quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar; 3 quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica» (Canon 1095).

Para obrar el matrimonio: hace falta la fe y el estado de gracia. Con una fe débil, viviendo en pecado, la gracia del Sacramento no funciona. Y, entonces, el matrimonio acaba en un desastre. Pero este desastre no anula el vínculo matrimonial.

Si la pareja quiere casarse con una ceremonia burguesa, eso no va en contra del matrimonio, no es un impedimento dirimente del matrimonio. Lo que impide un matrimonio es la intención no recta cuando los dos se casan: hay un engaño, una mentira, una doblez, una ocultación grave, que va a afectar a toda la vida matrimonial (= ser impotente, tener una demencia grave, casarse para no consumar el matrimonio, tener voto de castidad perpetuo, etc…)
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«El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, proclamólo por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne [Gen. 2, 23 s; cf. Eph. 5, 31]. Que con este vinculo sólo dos se unen y se juntan, enseñólo más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne [Mt. 19, 6], e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, confirmóla El con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [Mt. 19, 6; Mc. 10, 9]. Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. Lo cual insinúa el Apóstol Pablo cuando dice: Varones, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella [Eph. 5, 25], añadiendo seguidamente: Este sacramento, grande es; pero yo digo, en Cristo y en la Iglesia [Eph. 5, 32]» (Ibidem – D-969).

El matrimonio sólo tiene sentido en Cristo y en la Iglesia. No tiene sentido fuera de la Iglesia, fuera de la fe en Cristo.

Los matrimonios civiles, del mundo, son sólo eso: un sin sentido. Una unión que vuelve al principio, cuando Adán pecó y perdió la Gracia. Los hombres y las mujeres se casaban sólo atendiendo a la ley natural y a la ley de la concupiscencia. Una unión en que no se discierne ni el bien ni el mal. Una unión natural con un fin sólo natural: el que dé la ley natural, que es la luz del entendimiento. Pero en ese fin natural, el mal que se obra sin dique: por la ley de la concupiscencia, que está en todo hombre.

El hombre, hoy día, rechaza la Gracia del matrimonio, y quiere volver a su vómito de siempre. Y hay muchos católicos así. Y Kasper es el portador de este vómito.

En la Iglesia tenemos la gracia. Y una gracia permanente. Ya no es la gracia que tenía Abrahán por su fe en Dios. Ya no es la gracia que se obtenía al cumplir los mandamientos de Dios, dados por Moisés. Todo eso era una gracia que iba y venía. Los hombres no podían permanecer en la Gracia. Pero en la Iglesia, ya hay forma de vivir en Gracia, con el sacramento de la Penitencia. Y, por tanto, hay forma de hacer el matrimonio que Dios quiere: en la Gracia.

Dios, cuando crea al hombre y a la mujer, crea el matrimonio: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne» (Gn 2, 23). El matrimonio es una creación de Dios. No es un contrato natural entre hombre y mujer. No es algo externo al hombre y a la mujer. No es un invento del hombre. Lo llevan los dos inscritos en su ser. Por eso, Adán, nada más ver a la mujer, exclama: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». Ha comprendido lo que es unirse a una mujer. Ha comprendido el matrimonio.

El matrimonio, en la Creación de Dios, es una Gracia. Y una Gracia para el hombre y otra para la mujer. Es una vida divina que tienen que realizar los dos en la Gracia. El matrimonio no es una elección de vida para Adán. Es su vocación: Adán es creado para una Mujer. Y la Mujer es creada de Adán. El pecado original rompe este designio divino sobre el hombre y la mujer y, por tanto, el matrimonio se convierte en una elección, no en una vocación. Una elección que los hombres tienen que hacer en sus vidas. Pero, al principio era de otra manera.

Jesús restaura esta manera divina del matrimonio en Su Iglesia. En la Iglesia, el matrimonio es ya una vocación. No es ya una elección. Y, muchos, no han comprendido esto y, por eso, se ponen a elegir: matrimonio o vida religiosa. Si las almas, dentro de la Iglesia, tuvieran fe, verdadera fe, entonces verían su vocación al instante, sin necesidad de discernir entre una cosa y otra. Pero el Señor, en la Iglesia, sabe esperar siempre al hombre, porque sabe que el hombre no nace en gracia; y, por tanto, le cuesta entender su vocación, que ya trae del Cielo cuando es engendrado por sus padres.

El matrimonio, al ser una vocación divina, necesita el estado de gracia para poder obrarla. Sin gracia, el matrimonio es un infierno para los dos. Y, por eso, los dos buscan otras cosas una vez que ven que eso no les funciona. Y este es el error de muchas parejas.

Una vez que han dado su voluntad para un matrimonio, una vez que han puesto el vínculo matrimonial con sus intenciones, no se puede quitar eso: «lo que Dios unió, el hombre no lo separe». No hay nada humano que pueda romper el vínculo matrimonial, porque es una atadura divina: lo que Dios ha unido. Dios ha puesto el matrimonio en el ser del hombre y en el ser de la mujer. Y, de esta manera, todo hombre que se une a una mujer, produce un vínculo matrimonial. Un vínculo divino, por la misma Creación del hombre y de la mujer.

El pecado original tapó este vínculo divino. Los hombres y las mujeres se unen pero no atienden al vínculo. Con la ley que Moisés da, el hombre, en la fe, comienza a entender este vínculo divino, pero le resulta difícil vivirlo en plenitud. Y, por eso, Moisés, por la dureza de los corazones, tiene que permitir el divorcio: «Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles Él: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio ni fue así» (Mt 19, 7-8).

En la gracia, no hay divorcio. No puede existir: «Al principio no fue así». Cuando Dios crea al hombre y a la mujer, los crea en la Gracia, en la ley de la Gracia. No sólo con una ley natural o divina. Dios los crea en la gracia del matrimonio, en una vocación matrimonial, en una vida divina para un fin divino. Adán no tiene que elegir una mujer, sino que tiene que unirse a su mujer. Y el pecado de Adán fue precisamente esto: no se unió a su mujer, sino que eligió comer la manzana prohibida. No siguió su vocación divina.

Con el pecado de Adán, es necesario el divorcio porque los hombres no comprenden lo que es el matrimonio. En la Iglesia, teniendo la Gracia, ya no es posible ningún divorcio. Aquellos malcasados, tienen que organizar su vida según la Gracia y, por tanto, salir de ese estado de pecado al unirse con un hombre o con una mujer que no les pertenece, que les hace vivir una vida de pecado. Y si por las circunstancias de la vida, porque ya se tienen hijos,…, no pudieran romper esa nueva unión, entonces tienen que practicar la vida de virtudes: continencia, castidad, etc., esperando una gracia: que el primer vínculo se desate por la muerte de uno de ellos. En la Iglesia se vive para conquistar una gracia, para merecerla. No se puede vivir en un estado de pecado permanente.

En la Iglesia, todo es Gracia, pero no todo me es permitido: «Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica» (1 Cor 10, 23). Es necesario el sacrifico para alcanzar la perfección de vida. Un matrimonio que no funciona, es lícito separarse: «Si alguno dijere que yerra la Iglesia cuando decreta que puede darse por muchas causas la separación entre los cónyuges en cuanto al lecho o en cuanto a la cohabitación, por tiempo determinado o indeterminado, sea anatema» (D-978 Can. 8). Pero no es lícito buscar otra pareja. Si se hace eso, la salvación del alma está en juego, porque la Iglesia es para vivir en la Gracia, para ser fieles a esa Gracia. Y es necesario la fidelidad a la gracia de un matrimonio, aunque no funcione en la realidad. Esa fidelidad es el camino para salvar el alma. La infidelidad a esta gracia, que poseen muchos malcasados, es camino para perderse, para condenarse.

Hoy día, la Iglesia no enseña la penitencia, ni siquiera a los que están mal casados. Vean a Kasper: «¿Vivir juntos como hermano y hermana? Por supuesto, respeto a los que hacen esto. Pero esto es un acto heroico, y el heroísmo no es para el cristiano promedio». Kasper enseña a los católicos tibios a permanecer en su tibieza. Kasper enseña a los católicos a no buscar la santidad de la vida. Kasper enseña a toda la Iglesia que es mejor pecar que estar en gracia. Si no se pone un camino de cruz a los malcasados para que comprendan lo que es su pecado, entonces los condenamos a todos con leyes abominables.

Porque, por derecho divino, no se puede dispensar del vínculo del matrimonio: «§ 1. Atenta inválidamente matrimonio quien está ligado por el vínculo de un matrimonio anterior, aunque no haya sido consumado. § 2. Aun cuando el matrimonio anterior sea nulo o haya sido disuelto por cualquier causa, no por eso es lícito contraer otro antes de que conste legítimamente y con certeza la nulidad o disolución del precedente» (Canon 1085).

Y este derecho divino es inmutable, aunque se den muchas circunstancias que propicien buscar otra unión porque la que se tiene es un camino absurdo en la vida. Hay que cargar con la Cruz de un matrimonio que, a todas luces, no les sirve ni a uno ni a otro. Si se carga con es cruz, entonces se camina en la verdad y se encuentra la solución divina al problema de ese matrimonio.

Pero las almas, hoy día, no quieren cruz, sino vivir su vida. Vive y deja vivir. Es el pensamiento de muchos. Y eso es un pensamiento abominable en la Iglesia Católica.

En la Gracia, no hay divorcio. Fuera de la gracia, existen toda clases de separaciones que muestran sólo el camino de la maldad.

Ser tibios para nunca salir de la tibieza

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Francisco es tres cosas: masón, comunista y protestante.

Masón, porque no posee el Primado de Jurisdicción, sino que está en el gobierno de la Iglesia con un poder humano. El poder divino no puede actuar en él porque Francisco es un hombre que pertenece a la masonería y, por tanto, está excomulgado de la Iglesia automáticamente. Su poder divino, que viene del Papa legítimo, Benedicto XVI, es nulo al ponerse como usurpador del Trono de Pedro.

Con este poder masónico, Francisco predica la tolerancia con los demás hombres, la unidad en la diversidad entre todas las religiones, y se convierte en un nuevo inquisidor, un dictador, un jefe político para una nueva sociedad en el Vaticano.

Su gobierno horizontal es el cisma en Roma. Ese gobierno, si se consolida en las demás diócesis, se convertirá en un gobierno mundial, desde Roma. Es un pulpo con muchos brazos, que tiene una cabeza escondida, que sólo saldrá a la luz con la aparición del Anticristo.

El problema, para muchos, es que tienen a Francisco como Papa legítimo y no ven este poder humano, Al no discernir entre ley de la Gracia y ley canónica, ciegamente señalan la legitimidad de Francisco y la pérdida del Poder Divino en Benedicto XVI.

Este no discernimiento viene por no considerar el dogma del Papado, que es un carisma en la Iglesia, no sólo una Gracia. Y, como carisma, es un bien común para toda la Iglesia; un bien que puede ser obrado en el pecado de la persona. Un bien que abarca no sólo a la vida del Papa, sino a la vida de toda la Iglesia.

Una Iglesia es infalible porque lo es el Papa. Una Iglesia es falible porque así lo es su cabeza. Para ser infalible en la Iglesia es necesario obedecer al Papa legítimo. Para ser falible, sólo se necesita la desobediencia al Papa legítimo.

En estas circunstancias que vive la Iglesia, quien obedece a Francisco es falible de manera absoluta, no sólo relativa: es decir, no puede poseer toda la Verdad, porque está obedeciendo la mente de un hombre, que no es Papa, que no es infalible, que no posee el carisma del Papado.

El que está con Francisco se pone en la mentira y pertenece a la nueva sociedad, que este hombre ha creado con su gobierno de muchas cabezas. No pertenece a la Iglesia Católica, aunque exteriormente esté en Ella y trabaje en Ella. Para pertenecer, en la realidad, en la práctica, a la Iglesia Católica es necesario que se tenga el bautismo y que se profese la fe verdadera. Quien no la profese, no es católico, no está dentro de la Iglesia.

Porque ser católico no es un nombre, una etiqueta, un lenguaje humano: es perseverar en la Gracia. Es ser fiel a la Gracia. Es vivir y obrar con la Gracia.

Muchos están en la Iglesia y no se confiesan: no son católicos practicantes. Son sólo gente que vive su pecado en la Iglesia y, por tanto, almas que crucifican a Cristo todo el día.

El Señor ha puesto el Sacramento de la confesión para algo: para que el alma permanezca en la Gracia. Y quien permanece en la Gracia, permanece en el Amor de Dios. Y quien es amado por Dios es Iglesia, hace la Iglesia, construye la Verdad de la Iglesia.

Pero quien se deja en su pecado, quien vive en su pecado, por más que vaya a misa todos los días y no comulgue, no es católico, no es Iglesia, no construye la Iglesia.

El alma que no desea salir de su pecado, que no lucha por poner un camino para alejarse de su pecado, que no espere salvarse. Porque Dios salva al que quiere salvarse: al que ve su pecado, al que lucha contra su pecado. Pero aquella alma que no mira lo que hay de negro en su corazón, Dios no la salva.

La salvación comienza por entender el alma que sólo posee en ella la maldad. No hay un solo justo. Todos somos pecadores, hacemos lo que no queremos y no hacemos lo que deseamos. El hombre se encuentra dividido desde que nace. Y, aunque reciba el bautismo, sigue dividido en su interior, porque el Bautismo no puede quitar la división que produce el pecado original en las tres vertientes del hombre: alma, espíritu y carne.

La oscuridad de la mente, el orgullo de la persona y la debilidad de la carne hay que soportarla hasta la muerte. Es el misterio del pecado original.

Por eso, son tres pecados los que los hombres obran constantemente en sus vidas: soberbia, orgullo y lujuria.

Por la soberbia, el hombre enseña la mentira. Por el orgullo, el hombre se impone con poder. Por la lujuria, el hombre es un vividor.

El Poder Divino, en la Iglesia, produce que el Papa y los Obispos que le obedecen, enseñen la Verdad, guíen a las almas hacia la salvación y la santificación y obren lo divino en lo humano.
Pope Francisd

Al no poseer este Poder Divino, Francisco, en su calidad de Obispo, tiene tres vertientes: poder humano, enseñanza comunista y obra protestante. Por el poder humano, se dedica a todo lo humano y con un fin humano en su nueva sociedad. No hay nada divino. Todo cuanto hace es nulo a los ojos de Dios.

Por su magisterio marxista, Francisco hace de la Iglesia un conjunto de hombres, que se dedican a resolver los muchos asuntos humanos, materiales, naturales, políticos, económicos, de su nueva sociedad. Están abocados a los derechos humanos y a las justicias sociales. Nada les importa el camino de cruz para salvar el alma.

Por su protestantismo, Francisco se declara un vividor y lo predica así a toda la Iglesia. Como todo el mundo es santo, no hay pecado, entonces todos se salvan por lo que viven en sus vidas humanas. No importa lo que vivan. Dios es tan misericordioso que siempre hay un camino para salvarse, a pesar de que nuca se quite el pecado, de que nunca se luche contra el demonio.

Estas tres cosas son propias de este hombre. Nada más hay que mirar sus obras en la Iglesia y sus predicaciones.

Pero, para muchas personas, Francisco es un santo. Es decir, no ven la maldad de este hombre. Y no pueden verla. No pueden discernirla. Y si mañana Francisco dice que la Virgen María no es Inmaculada, estas personas se lo creen sin más. Así de ciegos están muchos católicos.

Francisco ya ha dicho sus herejías. Y muy claras. Y la gente lo sigue aplaudiendo. Y va a Roma para verlo y escucharlo. Entonces, ¿cuál es el problema de toda esta gente? Sólo uno: su tibieza.
comunista

Por la tibieza, las almas dicen que Francisco ha logrado que en su corto pontificado, la gente vuelva sus ojos a la Iglesia y se acerque a ella. Esto lo proclama gente muy importante, muy influyente en la Iglesia. Y son gente de una vida espiritual tibia, es decir, son ciegos para la Verdad, astutos para decir la mentira.

El tibio no puede ver la Verdad, no la puede discernir, no sabe caminar en la vida buscando la Verdad. San Agustín, en su etapa de pecador, no era tibio, sino que estaba atento a buscar la verdad que sabía que no tenía. El tibio no sabe que no posee la Verdad, sino que se encuentra seguro en sí mismo de que la posee. El tibio sólo ve su mentira y la pone como verdad. El tibio constantemente está dando vueltas a su tibieza.

La tibieza es un estado del alma en que ésta se queda quieta en una cosa; está agarrada a algo; está fija en algo, que suele ser un pecado o un apego a la vida o a las criaturas. Y ese pecado o apego, le impide levantar el vuelo hacia Dios. Hace que su alma esté girando, valorando lo que posee, sin darse cuenta de que eso que posee es una mentira, un engaño, una falacia.

Muchos, en su tibieza, son fieles al Magisterio de la Iglesia, y no pueden entender que los Cardenales puedan elegir a un usurpador del Trono de Dios. Se apegan tanto a las formas exteriores, a la historia, que no pueden discernir la Verdad. Como un Papa renunció y los Cardenales eligieron a otro, entonces Francisco es Papa. En su tibieza, se convierten en fanáticos del Papa. Idolatran al Papa de turno.

La tibieza hace muchos estragos en las almas porque ataca los tres pecados del alma: la soberbia, el orgullo y la lujuria. Hace que la soberbia se agrande. El alma crece en sus pensamientos propios: valora sólo su pensar, su idea de la vida, su plan en la vida. Si la tibieza se enraíza en una idea soberbia, si el alma, en su tibieza, se apega a una idea, entonces el soberbio se vuelve iracundo, impaciente, colérico, violento. Y lucha por esa idea, que es caldo de cultivo de su tibieza.

La tibieza hace que la persona se eleve en su rango, se crea más justa o más sabia o más importante que los demás. Eleva el orgullo de la persona y la mueve a buscar la gloria del mundo, el aplauso de los demás, su reconocimiento. Si la tibieza se enraíza en la persona, entonces ésta se convierte en un dictador, en una autoridad sin control, que todo lo quiere tener bajo su dominio, visión, conocimiento.

La tibieza hace que la vida de las personas se mueva sólo para los placeres, para lo mundano, para lo temporal, para lo que siempre tiene un final, algo caduco. A la gente tibia le gusta lo que caduca. No quiere estar en una cosa siempre. Nunca el tibio busca lo eterno, lo que permanece. Y, por eso, el tibio no soporta las Verdades Absolutas, siempre anda buscando los cambios, las modas, los momentos de placer, los tiempos para su egoísmo, los fenómenos que más le ayudan a vivir su vida como su tibieza se lo pide.

Por eso, ante un Francisco, enseguida salen los tibios por todos los lados. Son como hormigas, cucarachas, que no se sabe por dónde salieron, pero que se ven.

Ahora, en toda la Iglesia se ven los tibios: gente que no tiene ni idea de la vida espiritual y que se pone a opinar de todo. Gente que defiende a la Iglesia, defendiendo a Francisco. Es el absurdo de estas personas. Pero no son capaces de ver su absurdo. Su tibieza les impide ver la maldad como maldad.

Los tibios no son ni fríos ni calientes. Se quedan siempre entre dos aguas. Es decir, no son personas que se atrevan a dar testimonio ni de la verdad ni de la mentira. Son masa. Y se encuentran bien siendo masa. Luchan por la masa, luchan por una comunidad, por un grupo de personas. Pero luchan sin dar la cara, sin poner la otra mejilla, sin pringarse los dedos. Son gente relajada en la vida espiritual. Tienen la ley del más mínimo esfuerzo. No buscan luchar, sino siempre descansar, siempre dedicarse a su vida, siempre buscar un pensamiento positivo de la vida. No les gusta que le hablen de cosas negativas o que se les turbe en su tibieza. No saben sufrir, no saben crucificarse, no saben amar saliendo de sí. Aman exigiendo del otro un bien.

Muchos tibios hay en la vida de la Iglesia. Mucha gente que no ha comprendido su propia vida de tibieza y que quiere enmendar la plana a los demás. Son los que se rasgan las vestiduras porque se critica a su Papa Francisco. No quieren que nadie lo critique. Sólo desean que todo el mundo hable bien de él.

Esta masa de ignorantes de la vida de la Iglesia es la que conforma el gobierno horizontal de Francisco. Los hombres herejes son los primeros tibios en la Iglesia: se apegan a su idea tibia y viven atados a esa tibieza. Viven creyendo que tienen vida espiritual y fervorosa. Viven creyéndose santos en la Iglesia. Viven santificando a pecadores en la Iglesia. El ejemplo más notorio de tibieza es el de Francisco, que puso como modelo de santidad al hereje Kasper. Y esto debe ser una señal para todos.

Francisco no busca santidad en la Iglesia, sino pecadores. Almas que vivan en sus pecados y que no los quieran quitar. Y, por eso, es un hombre para el mundo y del mundo. Es un hombre que no ha comprendido lo que es Cristo ni Su Iglesia. Es un hombre que peca y exalta su pecado, lo justifica y se pone como modelo para muchos.

Por eso, se comprenden que el demonio haya querido hacer la jugada de matarlo para ponerlo como un mártir. Así lo ve la gente. Y, en esta inopia de la vida espiritual, que es la tibieza, no se puede salir sin una gracia muy especial del Señor.

El tibio es tibio porque quiere, no porque lo entienda. Es su vida de tibieza lo que persigue. No busca una razón para cambiar de vida. Sólo busca asentarse más en su tibieza para creerse el más santo de todos.
apsotasia

La conciencia es el juicio de Dios sobre las obras de los hombres

Francisco escondió la cruz porque su misión era la de confirmar a los hombres en sus pecados.

Francisco escondió la cruz porque su misión era la de confirmar a los hombres en sus pecados.

«Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que los acusan y también los defienden» (Rm 2, 14-15).

Los gentiles, que no cumplen con la ley divina, que ni siguen unos mandamientos de Dios, pero que cumplen, de una manera natural las leyes, son para ellos mismos una ley. Está hablando, San Pablo, de la conciencia del hombre, que todo hombre tiene en su interior, aunque viva en su pecado y sea un demonio.

Todo hombre siente en su interior una fuerza que le obliga a obrar algo, a cumplir una ley. Esa fuerza es la conciencia, es el mensajero de Dios, es el testimonio de Dios mismo, que penetra la intimidad del hombre y lo invita, con fuerza y con suavidad a la obediencia.

La conciencia es el espacio sagrado donde Dios habla al hombre, y a todo hombre: sea santo, sea pecador. Esa voz divina abre al hombre a la Verdad, pone un camino para que el hombre entienda que ha obrado mal y que debe corregir su acción.

Esa voz divina presenta juicios contrapuestos, es decir, juicios que acusan o defienden al hombre en su obra. Juicios que muestran la verdad o la mentira de lo que el hombre hace o piensa.

Esa voz divina es un juicio práctico, nunca es un juicio teológico, ni abstracto, ni filosófico… Es un pensamiento sobre la verdad o la mentira de la obra del hombre. Y es un pensamiento divino, no del demonio, ni del propio hombre. No es un pensamiento que nace de la inteligencia del hombre, de su meditación o síntesis cognoscitiva. No es una idea que pueda adquirir el hombre con su inteligencia. Ni es una idea que la ponga el demonio desde lo exterior. Es Dios quien habla al hombre. Y a todo hombre. Aunque ese hombre no tenga la gracia, no tenga un bautismo, haya dado su alma al demonio o esté para condenarse por sus pecados.

Dios habla siempre al hombre, porque Dios es el que ha creado al hombre y sabe lo que necesita, en cada instante de su vida. Y, por eso, le va guiando siempre en su interior, aunque exista una ley divina o una ley natural o leyes eclesiásticas, o unos dogmas que haya que cumplir.

Este juicio práctico es un juicio moral que Dios hace del hombre y de sus actos. Dios juzga a todo hombre en su conciencia. Dios siempre juzga los actos de los hombres. Dios nunca espera al Juicio final o a que el hombre muera y se enfrente, cara a cara, con el juicio de Dios sobre su vida. Todo hombre, desde que tiene uso de razón, escucha la voz de Dios en su interior, que le va juzgando en las acciones que obra en su vida. Lo va corrigiendo en todas las cosas, para que el hombre aprenda a obrar las leyes de Dios.

«El juicio de la conciencia es un juicio práctico, o sea, un juicio que ordena lo que el hombre debe hacer o no hacer, o bien, que valora un acto ya realizado por él. Es un juicio que aplica a una situación concreta la convicción racional de que se debe amar, hacer el bien y evitar el mal» (Beato Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 59). La conciencia del hombre es un dictamen interior, es aplicar la ley natural para un caso concreto, es una obligación moral de hacer lo que ese juicio le dice en esa circunstancia de su vida que el hombre siente. Y si no lo obra, siente, en su conciencia, el juicio opuesto, contrario. La conciencia le dice al hombre el bien que tiene que hacer; pero si el hombre no lo obra, entonces, le dice el mal que ha hecho en esa obra.

Por tanto, la conciencia no es algo que el hombre puede crear, puede inventarse. Es la misma voz de Dios que ilumina con un juicio: y ese juicio puede ser de condenación, según sea la obra de pecado del hombre. Es un juicio divino, que lleva, en sí mismo, o la condenación o la salvación del hombre. Dios, cuando juzga, o bien condena o bien salva. Pero nunca el juicio divino es indiferente. Dios nunca habla por hablar, para decir algo. Dios, cuando habla, es para mostrar un camino al hombre, es para guiar al hombre hacia la verdad de su vida, enseñándole lo que desagrada a Dios.

Este juicio práctico, moral, impera al hombre: le manda hacer algo o evitar algo. Y todo hombre tiene obligación de seguir su conciencia, actuar en conformidad con esta voz divina, con este imperativo para su vida. Pero este juicio de Dios sobre las obras de los hombres no establece, no pone las bases de la ley natural, sino que sólo afirma lo que esa ley dice. Este juicio no es una fuente autónoma para el hombre, en el que el hombre va bebiendo de sus juicios sin referencia a la ley divina y a la ley moral. La conciencia del hombre no crea la ley divina ni la ley natural, sino que es un juicio que afirma a todo hombre que tiene que obedecer una ley divina, una ley natural. Afirma la autoridad de Dios, la autoridad de la ley natural, para que el hombre la siga. Este juicio divino no dice nada nuevo al hombre, le recuerda siempre el bien y el mal absolutos.

Por eso, dice el Beato Juan Pablo II:

«(…) algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular» (Veritatis Splendor, n. 56).

Este es el problema de los malcasados, que Kasper y Francisco se empeñan en aprobar. Porque ellos dos conciben la conciencia como una creación de la vida del hombre. Ya no es un juicio moral sobre los actos de los hombres, sino que es una decisión que el hombre tiene que tomar en su vida. Es decir, el hombre escucha su conciencia y elige lo que tiene que hacer. ¡Este es el error!. El hombre, que escucha su conciencia no tiene que decidir nada, sino que tiene que seguir el juicio de esa conciencia, que es un juicio divino, es un juicio práctico para una obra en concreto, es un juicio que le impera al hombre a obrar, no a decidir, no a crear algo nuevo.

Y, en este error se quiere legitimar el que los malcasados puedan comulgar. En este error, Francisco no juzga al homosexual, porque él entiende que el homosexual escucha una voz que le dice que puede elegir una vida u otra. No es una voz que le obligue a dejar su pecado.

La conciencia es el sagrario del hombre, en el que el hombre está sólo con Dios, escuchando sólo a Dios. Pero el hombre, en su conciencia no es libre para decidir según esa conciencia. El hombre sigue siendo libre para aceptar o no la voz de su conciencia. Pero, ante el juicio de Dios, el hombre no puede poner su juicio y decir que hace una obra porque así lo ha concebido con su conciencia.

El error de Kasper, de Francisco, y de todos los teólogos desviados, que son muchos, es decirle al hombre que decida según su conciencia. Éste es el error. Hay que decirle al hombre que actúe según su conciencia, no que elija una obra u otra. En la conciencia, Dios dice al hombre lo que tiene que hacer. Y el hombre, en su conciencia, está obligado a hacer lo que dice Dios. Si no lo hace, peca. El hombre, a pesar de esta obligación que siente en su conciencia, sigue siendo libre. La conciencia nunca ata la libertad del hombre, sino que le pone un camino de verdad a esa libertad. Si el hombre no sigue ese juicio, entonces, con su pensamiento humano pone un camino para la mentira.

Entonces, se quiere meter el pecado en la ley divina. Como existe un mandamiento divino: «no adulterarás»; pero también se da la conciencia del hombre, entonces hagamos que la conciencia del hombre sea fuente de la ley divina, cree una nueva ley, en aquellos casos pastorales que por el ambiente social, cultural, económico, etc., haya un conflicto de conciencia en la persona. Como la ley divina no sabe valorar las situaciones de las personas en los casos concretos, y sí lo sabe la conciencia de cada uno, entonces, hagamos ley la conciencia. Y este es el error: la persona, en su conciencia, decide lo bueno y lo malo en una situación concreta. Se tergiversa la noción de conciencia. Se adultera la ley de Dios.

La conciencia es un juicio, no es una decisión, no es una creación del hombre. Si se deja que los hombres decidan sus vidas según sus conciencias, entonces se produce el culto a la mente del hombre. Cada uno sigue lo que piensa, lo que cree oportuno en cada caso concreto. Por eso, si estás con un hombre o una mujer en adulterio, y por las circunstancias que sean no se puede dejar ese pecado, entonces –como la conciencia es ley para el hombre- el hombre puede elegir comulgar por su conciencia, porque así lo decide en su conciencia.

Este es el fondo del argumento de Kasper y de Francisco. Es la mente del hombre la que se inventa el dogma, el culto a Dios, la Eucaristía, la ley divina, la ley natural, etc. Es lo que el hombre decide. Ya el hombre no escucha a Dios, ni siquiera en su conciencia. Sino que el hombre, escucha esa conciencia y empieza a pensar otras cosas, y a decidir otras cosas.
Este es el mal que viene ahora a toda la Iglesia. Y esta enseñanza de Kasper es lo que enseña Francisco en sus encíclicas, en sus discursos, en sus declaraciones, en sus homilías, en todo.

Quien tenga dos dedos de frente, sabe que no puede seguir a Francisco en nada, y que lo que hay en el Vaticano, ahora, no es la Iglesia de Cristo, sino del Anticristo.

El bien y el mal está en los mandamientos divinos. Y el Señor enseña a todo hombre, en su conciencia, esa ley divina y natural. Y el hombre, que no sigue su conciencia, sino que va en contra de su conciencia, de muchas maneras, entonces comienza a darse culto a sí mismo, a sus pensamientos humanos, a sus obras, a sus conquistas en la vida. Y se va alejando de Dios, hasta construir un mundo, bueno para la mente del hombre, pero malo para su conciencia. Su conciencia, por ser el sagrario donde Dios habla, le va indicando que obra mal, pero el hombre ya decidió no seguir su conciencia, no seguir ese juicio que le impera, sino que toma ese juicio divino y le añade su juicio humano. Esta es la maldad que se quiere enseñar con Kasper y con Francisco. Es una aberración. Y quien obedezca a Francisco comete la misma aberración. Todo hombre escucha en su conciencia el juicio de Dios. Y la fe consiste en someterse al juicio de Dios. Quien no lo haga, peca en contra de la fe.

La argucia de Kasper

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«El amor de Dios no termina porque un ser humano ha fallado -si se arrepiente. Dios provee una nueva oportunidad- no mediante la cancelación de las exigencias de la justicia: Dios no justifica el pecado. Pero él justifica al pecador. Muchos de mis críticos no entienden esa distinción. Ellos piensan, bueno, queremos justificar su pecado. No, nadie quiere eso. Pero Dios justifica al pecador que se convierte» (Kasper- Entrevista).

Esta es la argucia de Kasper: «Dios no justifica el pecado. Pero Él justifica al pecador» (Ibidem). Tenemos que justificar a esas personas que, teniendo un matrimonio con un vínculo irrompible, viven en situación de pecado, al volverse a casar. Este es siempre el lenguaje de una Jerarquía que no cree en la Palabra de Dios, sino que va buscando una idea para justificar su falta de fe, que es su pecado que ellos no ven como pecado.

Kasper reconoce que el primer matrimonio es indisoluble. Hay un vínculo que permanece: «El primer matrimonio es indisoluble porque el matrimonio no es sólo una promesa entre los dos socios; es la promesa de Dios también, y lo que Dios hace, lo hace para siempre. Por lo tanto el vínculo del matrimonio permanece» (Ibidem).

Pero Kasper se ciega en su razonamiento: «Por supuesto, los cristianos que abandonan su primer matrimonio han fracasado. Eso está claro. El problema es cuando no hay manera de salir de esa situación» (Ibidem). Cristo Jesús ha puesto el camino para salir de esa situación. El camino es Él Mismo. El camino no es buscar un razonamiento humano para justificar un pecado. El camino es imitar a Cristo en el matrimonio.

Esta es la falsedad para justificar su razonamiento: «Si miramos a la actividad de Dios en la historia de la salvación, vemos que Dios da a su pueblo una nueva oportunidad. Esa es la misericordia» (Ibidem). Dios no da oportunidades. Dios da un camino para que el hombre elija: salvarse o condenarse.

La manera para salir de un pecado es saliendo del pecado, quitando el pecado. Y no hay otra manera. Lo primero que tiene que hacer el alma es reconocer que su situación en la que vive es un estado de pecado. Si reconoce eso, entones se ponen los medios para quitar esa situación de pecado. Es necesario poner la Cruz, la penitencia, para quitar el pecado. Es necesario llamar a las cosas por su nombre. Es necesario buscar a Cristo dejando al hombre, a lo humano, fuera del camino.

Si no se reconoce el pecado, entonces se lucha para legalizar ese pecado, atendiendo sólo a los problemas económicos, sociales, carnales, materiales, humanos, de esa pareja.

Aquí Kasper se ciega por la falsa concepción que ha hecho de la misericordia de Dios. En esa concepción, Kasper anula la Justicia de Dios. Y, entonces, tiene que buscar un medio, una ley, que justifique esa situación de pecado de ambos.

«El Dios del Antiguo Testamento no es un Dios airado, sino un Dios misericordioso» (Ibidem). Esto es una falsedad. Porque Dios es Amor y Justicia. Y, en Su Justicia, Dios es Misericordia. Pero esto Kasper lo anula. A Dios hay que verlo sólo como Misericordia: “La misericordia es la fidelidad de Dios a su propio ser, que es ser amor. Debido a que Dios es amor. Y la misericordia es el amor que se nos revela en hechos y palabras concretas” (Ibidem).

La Misericordia es Amor para Kasper. Totalmente erróneo y falso. Porque la Misericordia es el amor divino que se abaja a la miseria humana para transformar al hombre en un ser divino. Y ese abajamiento del amor significa cargar con el pecado del hombre: «antes se anonadó a Sí Mismo, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte de Cruz» (Flp 2, 7-8). La Misericordia es un amor que se revela en la Cruz: ahí están los hechos y las palabras concretas.

Todo matrimonio tiene que aprender a crucificar su vida de matrimonio para comprender las obras de Dios en ese matrimonio. Esto es lo que niega Kasper, porque sólo ve a Cristo como un hombre, pero no como Dios. Y, por tanto, sólo trata la Palabra de Dios como un conjunto de ideas, de las cuales hay que buscar el razonamiento que valga para los tiempos actuales, y así hacer del Evangelio la cultura de la mente del hombre, la idea del hombre, la vida del hombre.

«Dios es Amor» (1 Jn 4, 16); Dios no es Misericordia. El propio ser de Dios es el Amor, no la Misericordia. Dios es fiel a Su Amor, no a Su Misericordia. Y Dios es Amor porque en Dios hay Voluntad, hay un movimiento divino hacia el bien, como algo propio en Dios. El Amor es Fiel al Amor. El Amor es la fidelidad de Dios a Sí Mismo. Kasper juega con las palabras misericordia y amor, porque tiene que anular lo que es Dios. Le importa muy poco lo que es Dios.

Él va a lo suyo: «La doctrina sobre Dios se llega por la comprensión ontológica -Dios es el ser absoluto y así sucesivamente, lo cual no está mal. Pero la comprensión bíblica es mucho más profundo y más personal» (Ibidem). Es decir, el ser de Dios no existe, sino que hay que descubrirlo en la comprensión bíblica, en lo que cada uno comprende de la Palabra de Dios. Dios es el ser absoluto, pero me gusta que Dios sea misericordia, mi misericordia, como yo entiendo la misericordia: «La relación de Dios a Moisés en la zarza ardiente no es «Yo soy», sino «estoy con usted. Yo soy para ti. Yo voy contigo» (Ibidem). Kasper se acaba de inventar un nuevo Evangelio, un nuevo concepto de Dios. El Éxodo es muy claro: «Yo soy el que soy. Así responderás a los hijos de Israel: YO SOY me manda a vosotros» (Ex 3, 14). A Dios hay que definirlo ahora con el corazoncito: Yo soy para ti. Esto es una herejía. Pero claro, ya nadie atiende a esta herejía ni importa que este hombre hable herejías. Como Dios dijo a Moisés Yo soy para ti, entonces Dios es Misericordia. Es palabra de Kasper.

Estamos ante un hombre que no cree en Dios. Que habla muchas cosas de Dios, pero dando confusión; poniendo oscuridad en todo, dando mentira tras mentira, como lo hace Francisco. Es el mismo lenguaje que usa Francisco: una verdad y una mentira. Habla de muchas cosas para sólo centrarse en su idea, en su comunismo, en su protestantismo.

Dice el Salmo 10, 8: «El señor es Justo y ama la Justicia». Dios tiene Justicia en la cual Dios «da a cada uno según su dignidad» (Sto. Tomás – 1ª q.21 a. 1). Dios, haciendo Justicia, pone un orden en todos los seres. Dios, todo lo que hace según Su voluntad, lo hace justamente. Dios es Ley para Sí Mismo. El hombre, cuando obra según la ley de Dios, entonces es justo. El hombre, para ser justo, tiene que atenerse a la ley de Dios. Si se atiene a sólo su ley humana, se convierte en injusto, porque el hombre no es justo por sí mismo.

Entonces, no se puede decir: que Dios justifica al pecador que se convierte. Dios ni justifica al hombre, ni al que se convierte de su pecado.

Dios da al hombre según su dignidad. Al hombre santo, Dios le da lo que le corresponde en esa santidad; al hombre que peca, lo que le corresponde en ese pecado. Al que se arrepiente de su pecado, Dios le da lo que se merece por arrepentirse. En este juego de palabras, Kasper pone su anulación del pecado, la legislación del pecado. Es necesario legalizar el mal de estar malcasados. Hay que decir que Dios justifica el estar malcasados.

Para Kasper «la justicia es un mínimo que estamos obligados a hacer a la otra persona para respetarlo como un ser humano -para darle lo que debe tener» (Ibidem). Concepción errónea de la justicia. Hay que darle al otro lo que se merece en la ley de Dios, en la ley natural, en la ley moral. Es un derecho divino, no humano. Y no es por respeto al ser humano, sino por Voluntad de Dios.

El hombre tiene que saber hacer justicia a otro hombre: tiene que saber darle lo que se merece como hombre, como pecador, como santo, como demonio. No hay que respetar al otro para hacerle justicia. Eso no sirve. Hay que preguntarle a Dios cómo se obra la Justicia con el otro.

Ante este planteamiento falso de la justicia, Kasper coloca su falsa misericordia: «Misericordia significa tener un corazón para los pobres -pobres en un sentido amplio, no sólo la pobreza material, sino también de la pobreza relacional, la pobreza espiritual, pobreza cultural, y así sucesivamente. Esto no es sólo el corazón, no sólo una emoción, sino también una activa actitud en la que tengo que cambiar la situación de la otra persona tanto como me sea posible» (Ibidem). Aquí se observa su marxismo, su comunismo, su teología de los pobres. Hay que estar mirando los problemas de los demás para cambiarlos. Eso es la misericordia sin justicia. Esa es la falsa compasión que lleva a hacer de la Iglesia una pastoral social, humana, natural, sin posibilidad de que el alma se pueda salvar. Todo es solucionar el problema social del hombre, sin atender a su problema espiritual.

La misericordia es una virtud, porque es un dolor de la miseria ajena, pero regulado por la razón, no por el sentimentalismo. Y, por eso, decía San Agustín: «este movimiento del ánimo (la misericordia) sirve a la razón, cuando le inspira la misericordia, de modo que se conserve la justicia, ya sea socorriendo al necesitado, ya perdonando al penitente» (De civit. Dei, l. 9, c. 5). Si en la mente del hombre no está la ley divina, entonces ese movimiento es siempre un pecado, una compasión que induce, que lleva al pecado, porque hay un sentimiento errado, un apego que ciega la mente. Es una misericordia sin verdad, sin rectitud, sin justicia. Si el hombre se guía por la ley divina, entonces la misericordia está llena de justicia. Y se le da al otro lo que le conviene en la justicia de Dios.

Kasper anula todo esto en su concepción de la misericordia. Él sólo se fija en tener un corazoncito para los pobres. Puro comunismo. Puro sentimentalismo. Pura vanidad en esas palabras. Kasper no pone la razón en el medio de la misericordia ni de la justicia. Se trata de ayudar al hombre. Y no más. Es una obligación del mismo hombre por sus semejantes. Kasper se inventa su ley de la misericordia: «En la parábola del buen Samaritano, el vecino era la persona que el samaritano encontró en la calle. No está obligado a ayudar. No es una cuestión de justicia. Pero va más allá. Fue trasladado en su corazón. Se agachó en el suelo y ayudó a este hombre. Esa es la misericordia» (Ibidem). Una misericordia sin justicia: «no es una cuestión de justicia». Es una falsa compasión de la necesidad del prójimo llevada sólo por lo sensible, no por lo racional, no con la virtud. Es una cuestión del sentimiento humano, del acomodo a la vida del hombre.

Kasper se carga todo el Magisterio de la Iglesia sobre el pecado, la justificación del pecado, la gracia, y la obra de la Redención. Kasper va en contra de la Palabra de Dios. Kasper sólo hace su comunismo en la Iglesia.

Por eso, él dice estas barbaridades:

1. En la Iglesia estamos para ser pecadores, para vivir en el pecado, para hacer del pecado una ley, una norma, una vida, un camino: «Hay quienes creen que la iglesia es para los puros. Se olvidan de que la iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de que es verdad, porque si no fuera entonces yo no pertenezco a la iglesia» (Ibidem). Ya no es la Iglesia camino para salvarse ni para santificarse, sino sólo para vivir en el pecado.

2. El adulterio no es un pecado en contra de la ley de Dios. No hay que castigar el pecado, no hay que buscar la penitencia, no hay que hacer heroísmos, viviendo como hermano y hermana; hay que dar una nueva orientación a esa nueva familia que se ha creado. Hay que inventarse un matrimonio en el matrimonio. «El adulterio no sólo es una conducta sexual incorrecta. Es para dejar un consorcio de familia, una comunión, y establecer una nueva. Pero normalmente es también las relaciones sexuales en tal comunión, así que no puedo decir si eso lleva al adulterio. Por tanto, yo diría que, sí, la absolución es posible» (Ibidem). Absolvamos a la pareja y démosle la oportunidad de estar en un matrimonio, aunque tenga otro anterior. Es posible la absolución, porque ya el adulterio no es pecado, es un conjunto de situaciones, de males, y hay que solucionar ese problema.

3. «Los ortodoxos tienen el principio de oikonomia , lo que les permite en casos concretos para dispensar, como los católicos dirían, el primer matrimonio, y para permitir uno segundo en la iglesia. Pero ellos no consideran el segundo matrimonio un sacramento. Eso es importante. Ellos hacen esa distinción». Los ortodoxos, que son cismáticos, tienen la Verdad del matrimonio. La Iglesia Católica no posee toda la Verdad: «La Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo, pero hay otras iglesias que tienen elementos de la verdadera iglesia, y reconocemos esos elementos» (Ibidem). Entonces, ¿por qué no hacemos esa distinción mental para aprobar un pecado? ¿Por qué no somos como los ortodoxos? ¿Por qué no hacemos un cisma como ellos lo han hecho? Ellos hacen distinción de la Palabra de Dios. Ellos dividen la Palabra de Dios con su idea humana. Hagamos también nosotros esa división de la Verdad. Somos hombres. Tenemos poder para eso. Somos una Jerarquía con poder divino.

4. Kasper anula el matrimonio natural: «El segundo matrimonio, por supuesto, no es un matrimonio en el sentido cristiano. Y me gustaría estar en contra de la celebración en la iglesia. Pero hay elementos de un matrimonio» (Ibidem). Hay que cargarse el matrimonio católico. Las parejas pueden seguir con su matrimonio por la Iglesia, permaneciendo el vínculo, pero se pueden casar de nuevo, aunque ya no por la Iglesia, sino con otro contrato. Y Kasper cae en un gran absurdo: pone dos matrimonios ante Dios: uno sacramental y otro natural, aunque sea por lo civil.

5. Pero, entonces ese segundo matrimonio sólo tiene que ser un contrato no ante Dios, sino ante los hombres: «el verdadero matrimonio es el matrimonio sacramental. Y el segundo no es un matrimonio en el mismo sentido, pero hay elementos de la misma, los socios se ocupan de los otros, que sólo están sometidos a la otra, hay una intención de permanencia, que cuidan de los niños, que llevan una la vida de oración, y así sucesivamente. No es la mejor situación. Es lo mejor posible situación» (Ibidem).

Kasper da vueltas y vueltas a su idea, porque no cree en la Palabra de Dios: «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». Kasper separa la ley divina, la divide; y pone el engaño en toda la Iglesia. Muchos le están siguiendo. Muchos se dejan envolver de sus palabras heréticas y cismáticas, porque ya no saben pensar la verdad. Se tragan cualquier cuento de la Jerarquía so capa de humildad, de amor al prójimo, de un bien común, social.

Hoy lo que vende es que la Iglesia sea misericordiosa. Es lo que todos quieren: un sentimentalismo barato que los lleve al infierno.

Y dice el salmo 24, 10: «Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad». En todo cuanto hace Dios se encuentra la Misericordia y la Verdad. Kasper sólo quiere la Misericordia sin Verdad. Sólo su concepto blasfemo de misericordia.

Esto es lo que van a aprobar en el próximo sínodo de la familia. Es necesario destrozar la unión de la familia para arruinar la Iglesia.

Toda la Iglesia colapsada por su misma Jerarquía

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“El evangelio de la familia se remonta a los albores de la humanidad”. Así comienza Kasper su herética intervención en el Consistorio extraordinario sobre la familia.

Comienza con una opinión que va en contra de la Palabra de Dios: «En el Principio era el Verbo» (Jn 1,1) . En el Principio no era el evangelio de la familia. No existe un evangelio de la familia que se remonta a los albores de la humanidad, sino que en esos albores sólo era el Verbo, es decir, la santísima Trinidad.

Cuando Dios crea al hombre y a la mujer no crea un evangelio de la familia. No crea nada. Crea un matrimonio, el de Dios, pero que Adán rompió por el pecado.

Kasper dice que este evangelio de la familia “fue dado por el Creador en su camino”; es decir, cuando Adán y Eva comenzaron a caminar, allá en el Paraíso, entonces Dios les dio este evangelio.

Y en los relatos del Génesis no se ve que Dios dé este evangelio a los hombres. Dios da al hombre un camino para ir al Cielo en el Paraíso: le pone una prueba al hombre. Y esa prueba, Adán no la pasó. Adán pecó. Y, entonces, el hombre se mete en un estado de pecado, desde que nace hasta que muere, que es el pecado original. Y así dura el hombre hasta Cristo, viviendo en el pecado, sin Gracia y sin Espíritu. Y Dios va guiando al hombre, va formando la fe en el hombre, por medio de Sus Profetas; pero todavía no existe el Evangelio; existe la Palabra de Dios que se da por medio de los Profetas, por medio de la fe de algunos hombres escogidos por Dios para guiar a Su Pueblo, para gobernar Su Pueblo y prepararlo para el Mesías.

Y hasta Cristo no hay Evangelio. Y, con Cristo, se da el Evangelio; pero no el de la familia, ni tampoco el de la fraternidad. El Evangelio es la Palabra del Padre; es la Palabra del Hijo; es la Palabra del Espíritu. Y no es más que eso.

Dios no dio al hombre el evangelio de la familia cuando lo creó, cuando comenzó su camino en el Paraíso.

Kasper miente; y, en esa mentira, anula la Palabra de Dios, la tergiversa, dice su opinión, su pensamiento humano. Y, entonces, da una charla totalmente herética, desprovista de la Verdad. Si no comienza con la Verdad, y la Verdad es luz, es Vida, es conocimiento; entonces lo que da es oscuridad, muerte y trampa.

Los sacerdotes, los Obispos, ante esta intervención de Kasper, no han sabido ver el error de Kasper, no han ido a la raíz de su discurso herético: Kasper habla en contra de la Palabra de Dios desde el principio de su discurso. Y no hay que ir al final de su charla para estar confrontando lo que dice. Lo que dice al final, su planteamiento sobre la comunión a los divorciados, es la consecuencia de lo que dice al principio. No pierdan el tiempo con las palabras de Kasper: ataquen la raíz. Y la raíz es su orgullo, que pone su opinión humana por encima de la Sagrada Escritura.

Kasper, al poner este evangelio de la familia en la creación del hombre, tiene que concluir así: “Por lo tanto, la institución del matrimonio y la familia se aprecia en todas las culturas de la humanidad”. Esto es lo que le interesa a Kasper: ver el matrimonio, ver la familia, como una cuestión humana, de las culturas propias de la vida de los hombres. Y anula el pecado original, el cual revela la situación de toda unión entre hombre y mujer desde Adán.

Con el pecado original, hay muchas uniones entre hombre y mujer, que no son el matrimonio que Dios quiere para el hombre. Y, por tanto, en todas las culturas de los hombres no hay ni matrimonio ni familia. No existe la institución del matrimonio ni de la familia, porque Adán se lo cargó con su pecado. Existe el plan de Dios para llevar al hombre a ese matrimonio. Y, por eso, Cristo eleva el matrimonio al plano del Sacramento, de la Gracia, del Espíritu. Pero sólo lo eleva. Le toca a cada hombre y a cada mujer, ser fieles a la gracia del Sacramento del Matrimonio para que puedan alcanzar, en su matrimonio, lo que Dios quiere de ellos dos, la familia que Dios quiere de ellos dos.

Como todo esto, no lo plantea Kasper, entonces se dedica a contar cuentos en ese Consistorio, a dar un planteamiento equivocado sobre la familia y el matrimonio.

Kasper se mete en el juego de su lenguaje humano, que es la misma táctica que emplea Francisco: decir cosas bellas sobre el matrimonio y la familia, apoyarse en la Tradición, en los Santos, en el Magisterio de la Iglesia, pero para tergiversarlo todo con su idea, con su lenguaje, con su filosofía totalmente herética.

A los sacerdotes y Obispos se les engaña tan fácilmente con el lenguaje humano, con un Kasper y un Francisco que son maestros en emplear las palabras que ellos saben que hacen daño en la Iglesia. Pero las dicen revestidas de belleza en la exposición de su discurso. Dicen muchas cosas que suenan bien al oído del que escucha, pero que, si se meditan, es una tremenda herejía. Ni Francisco ni Kasper ataca directamente un dogma, sino de forma indirecta, sin que nadie caiga en la cuenta, porque ellos conocen cuál es la Verdad en la Iglesia, pero no quieren seguirla; tienen que rodearla de muchas maneras para dar su mentira, su engaño. Esta es la maldad de esos dos sujetos, que son el uno para el otro: tienen los dos un alma oscura, un corazón orgulloso, un espíritu diabólico.

Y da pena ver cómo está la Iglesia sin combatir a estos dos herejes por la Jerarquía. Los hombres de la calle captan la verdad, mucho antes que los sacerdotes y Obispos. La gente de fe sencilla, al oír a Francisco, enseguida ven que eso no va bien. Pero los sacerdotes y Obispos, que son los encargados de dar la Verdad a los fieles, callan y tienen miedo de hablar, porque están sometidos a Francisco. Francisco los somete, les impone la obediencia a sus mentiras, a sus enunciados, a sus proposiciones. Y esto es muy fácil hacerlo por la falsa obediencia que existe a la Jerarquía en la Iglesia. Los hombres no han comprendido lo que significa obedecer en la Iglesia. Y creen que con obedecer a un hombre, que representa a Dios, a Cristo, ya está la obediencia.

Y toda la Iglesia tiene que obedecer a la Verdad, que es Cristo. Desde el Papa hasta el fiel último en la Iglesia. Si no existe esa obediencia, las demás no sirven para nada; sólo para confundir y guiar a las almas, esclavas de un pensamiento humano, que quiere imponerse a los demás porque se es Jerarquía.

¡Con cuánta facilidad los sacerdotes, los Obispos, invocan la obediencia de sus fieles porque ellos están en un gobierno, porque tienen un poder de mandar! Y, entonces, no ponen delante de ellos a Cristo, sino sólo su pensamiento humano, su idea humana, su opinión humana.

Cristo guía a Su Iglesia a través de Su Vicario, el Papa. Siempre lo ha hecho así. Siempre. A pesar de lo que era ese Papa, a pesar de todo el pecado de la Jerarquía, que no obedece a ese Papa, a pesar de todo el mal que los hombres han hecho a Su Iglesia. La Iglesia se mantiene porque hay un Papa. La Iglesia no se mantiene porque hay hombres que hablan muchas cosas y obran otras tantas.

Si hay un Papa que el Señor ha puesto, entonces, todo funciona en la Iglesia, aunque haya tanto pecado, como se ha visto desde hace 50 años. A pesar de lo que se ha hecho en contra de la Verdad de la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, hay que obedecer al Papa. Esto es lo que los hombres no han hecho y, ahora, todo el mundo criticando a los Papas anteriores. Y aquel que no defienda a los Papas, que no defienda a Juan XXIII, a Pablo VI, a Juan Pablo I, a Juan Pablo II, a Benedicto XVI, no obedece a Cristo en la Iglesia y se pone fuera de la Iglesia.

La primera obediencia en la Iglesia es a Cristo. Y Cristo ha puesto una cabeza, un Papa, para que todos, en la Iglesia lo obedezcan. Cristo habla siempre a través del Papa. Por tanto, quien habla en contra del Papa no es de Cristo, no sigue a Cristo, produce en la Iglesia cisma, herejía, división, desconcierto.

El trabajo del demonio ha sido sólo anular al Papa de muchas maneras, para conseguir que todo el mundo critique al Papa, hable mal del Papa, y así hacer que el Papado no sirva para nada.

Nunca hay que culpar a un Papa de lo que sucede en la Iglesia, porque son dirigidos por Cristo en todas las cosas para mantener a la Iglesia en la unidad. Y, aunque el Papa sea pecador, y gran pecador, como en la historia de la Iglesia se puede ver, el Papa no tiene culpa de todo lo demás que pasa en la Iglesia, porque su misión es protegida por Cristo. Él lo ha puesto ahí para guiar a toda la Iglesia hacia la Verdad. Y este es el Misterio de la Gracia y del pecado. Ningún Papa en la Iglesia es el culpable de lo que pasa en la Iglesia. Si esto no se tiene claro, entonces no hay Iglesia, no existe la Iglesia, la Iglesia es sólo un conjunto de hombres, y cada uno da su opinión, pero no existe una Verdad a seguir.

Esto es lo que vemos con Francisco y todos los suyos. Y la razón: porque no es Papa. Cristo no dirige la Iglesia a través de Francisco. ¡Así de sencillo! Cristo no guarda la misión de Francisco en la Iglesia y, por tanto, todo lo que ocurre en la Iglesia la culpa es de Francisco.

Durante 50 años, desde el Papa Juan XXII hasta el Papa Benedicto XVI, la culpa de todo lo que ha pasado en la Iglesia es de los sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles que se han opuesto al Papa y han creado todo un desorden. Y los Papas han estado prisioneros en el Vaticano, rodeado de gente de la masonería, por sacerdotes, por Obispos, por Cardenales que no representan a Cristo, que no representan a la Iglesia de Cristo, porque no obedecen al Papa.

Toda esa gente, que son lobos vestidos de piel de oveja, odian a Cristo, odian las Verdades que hay en la Iglesia, odian a la Iglesia, odian sus sacerdocios, y han gastado 50 años esparciendo mentiras tras mentiras, engaños tras engaños acerca de todas las cosas divinas, sagradas, celestiales, santas.

Y sus obras han llevado al colapso de la Iglesia Católica. No hay quien, dentro de la Iglesia, pueda dedicarse a dar la Verdad, a obrar la Verdad, a vivir la Verdad, porque todos están bajo una falsa obediencia, que toda esa gente ha creado.

Y, por eso, ahora exigen obediencia a un traidor, a un mentiroso, a Francisco. Es el juego de la Jerarquía de la Iglesia, que ya no imita a Cristo, que ya no es otro Cristo en la Iglesia, que le importa un rábano la vida auténtica de Cristo. Y están en esa Jerarquía para destruir a Cristo y a Su Obra, que es la Iglesia, con sus mentes humanas, con sus lenguajes humanos, con su teología protestante y científica.

Y esto no es un accidente en la Iglesia. Esto ha sido deliberada y astutamente trazado para destruir la de fe la Iglesia, para destruir el Evangelio de Cristo, para destruir toda Verdad, toda ley divina, toda ley natural, toda moralidad.

¿Pero qué se creen que es Francisco? El que más ha trabajado en la Iglesia durante estos 50 años para llevarla al colapso y, ahora, subirse al podio para dar el camino de salvación a la Iglesia. Ahora se muestra como el que tiene la solución a los problemas de la Iglesia, cuando ha estado trabajando para arruinarla por dentro y desde dentro. Y, por es, anula el Papado, pone su gobierno horizontal, pone su consejo económico, en el que ya el Papa no tiene autoridad, ya no decide, sólo es el que firma un documento para aprobar lo que otros deciden. Y se dedica a pedir dinero a los hombres ricos para quitar la hambruna del mundo. ¡Esa es la magnífica solución de ese idiota! ¡Y todos bajo la falsa obediencia a ese idiota!

Después de la renuncia del Papa Benedicto XVI es Cristo quien dirige Su Iglesia desde el Cielo. Ya no la dirige por Su Vicario. La razón: el pecado de Su Vicario. Que Cristo juzgue al Papa Benedicto XVI. No le toca eso juzgar a la Iglesia.

A la Iglesia le toca seguir obedeciendo a Cristo. Y, por eso, todos los que saben la Verdad, tiene que ponerse en pie y seguir sólo a Jesús.

Consecuencia: hay que atacar a Francisco. No ataquen ni a Benedicto XVI ni a los otros Papas anteriores.

La culpa de todo la tiene Francisco. Hay que atacarlo. No hay que obedecerlo. No hay que seguirlo. No hay que estar viendo a ver qué dice hoy ese idiota, a ver si dice una verdad. En la Iglesia se vive de la Verdad no de las opiniones de Francisco.

En la Iglesia se rechaza todas las mentiras que Francisco, como Falso Profeta, presenta cada día a la Iglesia, a las almas, a los sacerdotes, a los Obispos. ¡Rechazar la mentira para poder acoger la Verdad!

Y quien no haga esto, se pasa todo el día criticando a unos y a otros. Y hacen el juego del demonio.

Francisco unirá a la Iglesia Católica con otras iglesias, con los paganos, y hará un abominación de iglesia; una iglesia mundial sin verdad, sin vida espiritual, sin alma, sin amor a Dios, sin imitación de Cristo. Toda ella imbuida, trabajada, creada, por la mente de los hombres, analizada en la especulación de los pensamientos de los hombres, y dada al mundo como símbolo de condenación. Es la falsa iglesia, que las profecías han hablado y que tiene que aparecer como fruto del interior del Vaticano. Es lo que han engendrado, en sus cabezas, muchos sacerdotes, muchos Obispos, durante 50 años. Es un engendro diabólico, es la fornicación de las mentes de los hombres con la mente de satanás. Es escuchar, en todo tiempo, la voz de demonio para obrar lo que él quiere en la Iglesia: destruirla completamente.

Kasper: el patinazo de Francisco

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«ayer por la noche volví a leer -¡pero no para dormirme!- el trabajo del cardenal Kasper, y querría darle las gracias porque encontré teología profunda y pensamiento sereno. Es agradable leer teología serena (…) me ha hecho bien, y me ha traído a la cabeza una idea… Perdóneme si le sonrojo, pero la idea es esta: esto se llama hacer teología de rodillas. Gracias, gracias» (Francisco, 20 de febrero).

Este es el patinazo en el gobierno de Francisco. Un resbalón porque pone a un hombre hereje como modelo de santidad, de sabiduría en la Iglesia. Gran desacierto son estas palabras que indican la necedad, estupidez e idiotez de Francisco. Un hombre que no ve a un cismático, a un hereje, que no discierne la Verdad; y entonces, encumbra a ese hereje como modelo de verdad y de bien en la Iglesia. Esto es, sencillamente, ser necio, estúpido e idiota, con la significación que estos tres términos tienen en la Sagrada Escritura.

Un hombre necio es un hombre sin inteligencia divina; un hombre estúpido es un hombre que habla siempre la mentira; un hombre idiota es un hombre que encumbra su mentira por encima de la Verdad.

¿Quién es el Cardenal Kasper? Es un teólogo herético, innovador de herejías desde el Concilio Vaticano II hasta la más reciente en el Consistorio extraordinario sobre la familia, del 20 de febrero. Se dedica a inventarse mentiras, errores, herejías, conceptos nuevos sobre el Evangelio, sobre la vida de Jesús y sobre los Sacramentos de la Iglesia.

Esta es la teología herética de Kasper:

1. «… desde el hombre y desde el mundo no se puede remontar a Dios» (Ateismo y lenguaje – Roma 1974). Es decir, que la razón humana no encuentra caminos para entender que Dios existe. El hombre no sabe la existencia de Dios por su razón ni tampoco por la Creación. Todo lo Creado no habla de Dios.

Y el Magisterio de la Iglesia nos dice que: “Si alguno dijere que el único y verdadero Dios, Creador y Señor Nuestro, no puede ser conocido con la lumbre de la razón, a través de las cosas creadas, sea excomulgado” (Dz 180).

Este Cardenal, por eso que dijo hace tantos años, ya está excomulgado. ¿Qué hace en la Iglesia enseñando sus herejías? ¿Por qué lo hicieron sacerdote, Obispo, Cardenal, si vive de sus mentiras en la Iglesia? Es algo que no se puede comprender si sólo miramos la Iglesia con ojos humanos. ¡Cuántos sacerdotes hay a la deriva por causa de hombres inicuos, que se visten de Obispos, de Cardenales, y que no son ni Obispos ni Cardenales! ¡Son guías ciegos privados de luz y del Espíritu de Dios, que guían a muchos ciegos y eligen para el sacerdocio a hombres que son auténticos demonios, engendros del demonio! Éste es Kasper.

2. «Jesús no se califica nunca como Hijo de Dios. Una parecida enunciación deriva, por lo tanto, claramente de la confesión de fe de la Iglesia» (Jesús el Cristo – Evangelios sinópticos). Para este hereje, la divinidad de Jesús es una invención de san Pablo y de san Juan. Y la razón: «esta confesión de Jesús Cristo, Hijo de Dios, también hoy es acogida con notable desconfianza por bastantes fieles. Según la objeción más corriente, que es en fin también la más importante, aquí nos encontraríamos pasivamente frente a un resto de mentalidad mítica aceptada» (Jesús el Cristo – p. 223).

En otras palabras, cuando Pedro dijo: «Tú eres el Cristo, el hijo de Dios viviente», eso es porque Pedro cree en un mito, en algo que los antepasados se inventaron al leer el Antiguo Testamento sobre el Mesías y ha quedado como una leyenda. Y dice este hereje que es la objeción más importante en toda la Iglesia, en muchos fieles. Así que en la Iglesia creemos en mitos, en leyendas; que la Iglesia se ha dedicado, durante 20 siglos, a defender mitos, cuentos chinos, leyendas.

¿Qué hace este loco en el Vaticano guiando a la familia? Si el matrimonio es, para él una leyenda, nace de un mito (=la divinidad de Jesús es un mito), entonces, ¿qué verdad hay en este hombre, qué verdad hay en Francisco que lo ha elegido para aclarar los puntos oscuros del matrimonio, qué verdad hay en la Jerarquía que no excomulga a este idiota?

Para Kasper, a Jesús no hay que reconocerle la dignidad de hijo de Dios porque «va más allá de sus pretensiones». Como es hijo de un carpintero; como de Nazaret no sale nada bueno, entonces Jesús es sólo un hombre importante, un profeta que hace sus milagros, pero que no son milagros, son hechos fantásticos, invenciones de la gente para dar publicidad a la vida de Jesús.

3. Para Kasper, los milagros de Cristo son «un problema que hace bastante extraña y difícilmente comprensible al hombre moderno la actividad de Jesús». Es decir, los milagros que hace Cristo no son una prueba de su divinidad, sino sólo leyendas, cuentos no históricos, que enturbian la obra de Jesús, que no dan luz sobre la predicación de Jesús. Y, por eso, dice: «los cuentos milagrosos del Nuevo Testamento, son estructurados de modo análogo a aquellos que ya conocemos en la antigüedad». Es decir, «desde el punto de vista literario, se puede notar una tendencia a amplificar y multiplicar los milagros». En otras palabras, el nuevo Testamento ha enriquecido la figura de Jesús, las obras de Jesús, las palabras de Jesús con muchos motivos extra-cristianos, muchas leyendas que no pertenecen a Cristo, y con el fin de elevar la autoridad de Jesús, de dar importancia entre los hombres a las obras de Jesús.

Y, entonces, enumera los milagros que son un cuento chino: se han demostrado «algunos cuentos milagrosos, a la investigación de la historia de las formas, como proyecciones de la experiencia pascual sobre la vida terrenal de Jesús, o como anticipaciones sobre la actividad del Cristo glorificado. Entre estas historias epifánicas, debe ser contado, por ejemplo, el milagro de la tempestad calmada, la escena de la transfiguración, el camino sobre las aguas, la multiplicación de los panes, la pesca milagrosa, los cuentos del despertar de la hija de Jairo, del jovencito Naín y Lázaro (…) Muchas historias milagrosas referidas en los Evangelios tienen que ser consideradas legendarias. Muchas leyendas deben ser analizadas, no tanto en su contenido histórico, sino en aquél teológico, es decir, estos cuentos no históricos son enunciados de fe sobre significado salvador de la persona y mensaje de Jesús» (Jesús el Cristo – p. 118).

¿Qué dice este loco de remate?

a. El Evangelio es un gran engaño de la historia;

b. Jesús hizo grandes obras extraordinarias, pero tienen una importancia relativa, no absoluta;

c. Estas obras de Jesús también pueden ser interpretadas como obra del demonio y, por tanto, más sujetos a la leyenda;

d. Son cuentos no históricos, inventados por los hombres, con la finalidad de engrandecer la vida de Jesús, poner su autoridad y su palabra con más fama y publicidad para los hombres;

e. Son sólo un enunciado de fe que indica una obra de Jesús, pero no son fe, no son dogmas de fe, no son algo revelado, no son argumentos de verdad en los que el alma ve el camino de salvación. No se pueden apoyar los milagros de Jesús porque no enseñan ni la salvación ni la santificación para el alma. No enseñan la vida de Cristo; no enseñan el significado de sus obras divinas. Sólo enuncian algo de la vida de Jesús, algo pasajero, algo relativo, algo que se puede explicar de muchas maneras, incluso recurriendo al demonio.

El Magisterio auténtico de la Iglesia dice que «los milagros de Jesús son argumentos ciertos de la divina Revelación y aptos a la inteligencia de todos» (Denz 1790).

Para Kasper el milagro es: «el concepto apologético de milagro se revela una fórmula vacía». Es algo vacío, sin contenido sustancial, sin verdad absoluta. Y ¿por qué? Porque «los milgaros indudablemente serían comprobables solamente en el caso de que nosotros fuéramos capaces de conocer de modo completo todas las leyes de la naturaleza y de penetrar hasta el final cada caso individual». Es decir, es el hombre el que decide con su razón si un milagro es o no es milagro. Es el hombre el que decide con su razón su vida de fe, lo que tiene que creer y lo que no tiene que creer. Es el hombre el que mide lo espiritual, lo divino, lo misterioso, lo que no se puede comprender, razonar, palpar. Kasper es un hombre sin fe, un hombre de razones, un hombre de una inteligencia oscura, malvada, negra en el mal. Y termina diciendo: «estas y otras análogas dificultades han inducido a los teólogos a superar, en parte o completamente, el concepto apologético de milagro». El milagro ya no existe en la teología porque lo dice Kasper, gran hereje, gran cismático en la Iglesia.

Y dice el Vaticano I: “Si alguien dijera que los milagros no son posibles y que, por tanto, todos los hechos milagrosos contenidos en la Sagrada Escritura tienen que ser relegados entre las leyendas y los mitos, o que los milagros no pueden ser jamás conocidos con certeza, ni con ellos se puede demostrar debidamente el origen divino de la religión cristiana, sea excomulgado” (Denz 1813).

Entonces, Kasper niega la Resurrección: «los enunciados de la Tradición neo-testamentaria de la resurrección de Jesús no son para nada neutrales: son confesiones y testimonios producidos por gente que cree; tenemos que suponer que no se trate de señas históricas, pero solamente de artificios estilísticos, maquinados para llamar la atención y crear suspense». Ya no son algo histórico, sino algo artificial, algo del lenguaje que se emplea para crear un suspense, un ambiente, un algo misterioso. Y, entonces: «la revelación de un núcleo histórico, presente en los cuentos del sepulcro vacío, no constituye, cierto, una prueba de la resurrección, sino que representa un fenómeno ambiguo, abierto a muchas posibilidades de interpretaciones».

Así que el sepulcro vacío es sólo una señal de fe, pero no indica la Resurrección. Es señal de que algo ha pasado, pero no sabemos qué. Tenemos fe en que algo sucedió, pero nada más. Mayor locura no hay en un teólogo. Mayor desatino.

Y dice el Vaticano I: «Si alguien dijera que la Revelación divina no pueda ser hecha creìble de externas señales, y que, por tanto, los hombres no tienen que ser movidos a la fe si no sólo por experiencia interior o privada inspiración, sea excomulgado» (Denz 1812). Es decir, ver el sepulcro vacío es creer que Jesús ha resucitado. Por un hecho externo se va a la fe interna. Es lo que niega Kasper.

Y, entonces, Cristo no ha subido nunca al cielo, porque nunca ha descendido de él: «Estas nubes que sustraen a Jesús de la mirada de los discípulos atónitos, por lo tanto, no son fenómenos meteorológicos, sino un símbolo teológico». La ascensión no es un hecho teológico ni histórico, sino un símbolo, una señal, una indicación de una fe de los apóstoles, que se ponen en lenguaje teológico para formar una verdad en la mente del hombre.

La Ascensión tiene que ser interpretada a la luz de lo que se quiere expresar, pero no como una Verdad, no como algo real, físico, histórico, sino según el lenguaje que usa el escritor, el evangelista. Ese lenguaje crea un símbolo, y eso es lo que hay que interpretar. Y, por tanto, «donde se habla de un Renacido que es tocado con las manos y que consume comidas con los discípulos, no deben ser tomados a la letra, sino que son confesiones y testimonios producidos por gente que cree». Las mujeres, los Apóstoles, los discípulos nunca vieron al Resucitado. Son el lenguaje de esa gente que lo interpreta así, para crear un ambiente de misterio, de grandeza en la Iglesia, que tiene que tomar fuerza en todo eso maravilloso para obrar entre la gente.

«Haría falta, pues, partir, del hecho que este «ver» de ellos ha sido hecho posible por la fe, o mejor se ha tratado de una experiencia partidaria en la fe». La fe crea partidos; la fe es una opción. Y, entonces, en aquel tiempo es una opción crear la imagen de un Resucitado, de uno que ascendió al Cielo, porque así la Iglesia es más consciente de su importancia entre los hombres. Si se presenta una Iglesia con un Resucitado y que asciende al Cielo, entonces, la gente los va a seguir más.

Kasper se carga, de un solo golpe, toda la fe: Si Jesús no ha Resucitado, vana es nuestra fe. Kasper pone la fe en el poder de la mente, en el poder del lenguaje humano, en la idea de los hombres.

Y ¿la Virgen? «difíciles problemas teológicos-bíblicos que la temática de la concepción virginal levanta, por la cual la virginal maternidad de María está abierta sobre el plano bíblico». Si niega los milagros, lo que pasó en la Virgen es una leyenda más. Y, por eso, defiende a Nestorio, que negó la maternidad de María: «A Nestorio fueron atribuidas las más graves desviaciones doctrinales, mientras que el Concilio de Éfeso lo selló con el apelativo de Judas redivivo. Hoy, en cambio, en consecuencia de las búsquedas conducidas por la teología histórica, se es propenso a una rehabilitación».

Kasper está negando la infalibilidad de la Iglesia y dice que se equivocó con Nestorio. Que él Kasper tiene el Espíritu santo, la sabiduría del cielo y, por tanto, hay que negar la maternidad de María, como hizo Nestorio, hay que negar la divinidad de Jesús, y hay que presentar a Jesús sólo como un hombre, con una persona humana, sin naturaleza divina, que es lo que dice Nestorio. Y la Virgen es sólo una prostituta que tuvo a Jesús y que se casó rápidamente con otro hombre para no caer en las leyes de los hebreos.

Kasper es un Cardenal de la Iglesia Católica que no tiene fe divina, sino que se ha inventado su fe y, por tanto, se ha inventado un cristo, según su mente humana, y una iglesia, según su concepción humana.

Un hombre que dice que «la fe misma ya no es practicable para llegar a Dios ni la calle ontólogica de la tradicional filosofía cristiana sobre la base de la sola experiencia, porque el hombre ha transformado el mundo innatural de su libertad, ni la calle de las exigencias interiores de la conciencia, que Dios reclama como solicitado, al modo de Kant (…) no es posible una filosofía que lleve a la fe como fundamento humano de la fe misma. No es posible una teología filosófica capaz de decir algo concerniente a Dios» (Introducción a la fe – 1973).

Y, por eso, Kasper es un hombre sin fe. Con su inteligencia humana no puede remontarse a Dios. Desconoce la sabiduría divina, que eleva el entendimiento de los humildes de corazón para que comprendan misterios que el hombre, con su razón, no puede medir.

Kasper se carga todo. Por eso, es un patinazo de Francisco.

Francisco, ¿cómo pones a este hereje como modelo de la Iglesia? Hay que estar ciego, como lo está Kasper, para no ver la maldad de este hombre.

Francisco estás ciego. Y, en tu ceguera, eres un necio, porque das culto a la mente del hombre, como hace Kasper. Pero en tu ceguera, que es tu soberbia, escalas el grado de estúpido, porque haces de tu mente humana un camino para la verdad. Y no sales de las conquistas humanas en la mente, de sus adquisiciones, de sus especulaciones, de sus razonamientos; no puedes salir para ver la realidad. Sino que lo real, lo verdadero es tu lenguaje humano, como lo es en Kasper. Y luchas por tu lenguaje humano, que ya es tu vida de hombre y que te hace estúpido, charlatán de tu idea, de tu conquista humana, de tu obsesión como hombre. Pero, en ese rodeo que das a tus especulaciones, alcanzas el grado de idiota: vives sólo para tu estupidez, para tu vacío existencial, para tu gran negrura de alma. Eres el mayor idiota, como lo es Kasper, que ha creído sólo en su lenguaje para ser sacerdote, para ser obispo, para ser cardenal. Sólo da culto a su idea humana. Sólo adora su idea humana. Y a ti, Francisco, se te cae la baba leyendo a un hereje, a un cismático, a un excomulgado.

Francisco: vete de la Iglesia, que estás haciendo el mayor ridículo en toda la historia. Vete con tu estúpida vida a un monasterio a pedir Misericordia al Señor por tu alma. Y deja de estar preocupado por tus pobres, porque pobres siempre habrá, pero alma sólo hay una. Y tu camino es de condenación, y a muchos llevas al infierno al poner en la Iglesia como modelo a un pecador, a un hombre sin fe, a un idiota que sólo mira su idiotez.

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