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Es Cristo Crucificado el signo de la Misericordia

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Todos van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana.

Es el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación del mismo hombre.

Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con un gobierno mundial.

Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.

Para esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la falsa iglesia en Roma.

Y la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero, ¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la Iglesia y de las almas.

Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.

La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.

Pero, se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un cristo que no es el del Evangelio.

El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo humano.

Es la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz, en el Hijo que muere clavado en la Cruz.

Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.

Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).

Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.

El amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje, consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole material, no espiritual.

Dios se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).

En la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona, que sólo está reservado a Él.

Pero, esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural. Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.

Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.

Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.

Para ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.

Esto es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.

Y oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la Voluntad de Dios.

Dios no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.

Dios pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace, para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia. Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es nuestro amigo.

Pero, a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos días.

«…el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en profundidad  los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres», no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío, inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y, por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!

Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.

Ellos muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias sociales y a predicar los derechos humanos.

Y enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así, cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo espera…».

Palabas propias de un demente.

¡Gran locura es lo que se dice aquí!

Se niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos. Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al Anticristo, pero predican su doctrina.

Es lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno, idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha, con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les corrige sus maldades.

Por eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda su descendencia.

Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.

¡Qué gran blasfemia!

Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.

Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.

Los ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios quería para el hombre.

Los ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en Roma.

Todo hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.

Hay que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve: en Su Padre.

Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple, que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del pensamiento humano.

Sé libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su negocio en la Iglesia.

Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.

¿No ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala, reconociendo en ella una figura de fe?

«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).

¿Cómo una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.

Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe, no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta, cosa que nunca va a hacer Bergoglio.

La religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana. Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia para con Dios.

Toda religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural. Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada. No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.

Los luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.

La división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para conseguir su gran negocio.

La religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la creación.

Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.

Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.

El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.

Por eso, Dios crea a la mujer.

Y la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.

Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne. Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza humana.

Una mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia funciona cuando gobierna el varón.

Pero, hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y, entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el papel que Dios quiere en toda mujer.

Dios crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que Dios ha querido al crear al varón.

Dios crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.

Dios crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre, para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.

Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.

El hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido natural.

Después, está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a la natural, a la carnal.

Adán, con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.

El pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la generación, sino sólo por la gracia.

En aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos anticonceptivos, se va  en contra de la misma religión natural. Dios castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.

Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.

La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.

En aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la mujer.

¿Qué relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida? Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de vivir naturalmente en relación con Dios.

En aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.

Se busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación. Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre. Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la nueva religión y tener un medio para vivir la vida.

Aquellos que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del Anticristo.

No tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás, se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.

El tiempo de la gran prueba ha llegado

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Los pastorcillos de Fátima estaban jugando a hacer un muro y vieron un relámpago; según Lucía no era propiamente un relámpago, sino el reflejo de una luz que se aproximaba.

Ellos,   creyendo   que   podía   venir   una   tormenta, cogieron sus ovejas y se marcharon, y  al llegar hacia la mitad de la finca brilló otro relámpago.

La aparición de Nuestra Señora en Fátima no es una visión de los pastorcillos: ellos  están distraídos, jugando, y tienen miedo de la posible tormenta.

La distracción y el miedo es lo menos propicio para que el alma se ponga en comunicación con Dios, en oración. Los  pastorcillos no están orando,  están jugando y con miedo.

La aparición de la Virgen en Fátima es un hecho real, no imaginario. Es un acontecimiento divino en la historia del hombre.

Y ven un relámpago: una luz que viene del lado de donde nace el sol, del oriente. Esto recuerda aquello de Mt 24, 27:

«… porque la segunda venida del Hijo del Hombre será semejante al relámpago que sale del oriente (que se ve en el oriente) y brilla hasta el occidente (y en un instante llega al occidente)».

Nuestra Señora viene a Fátima como su Hijo vendrá en Su Segunda Venida gloriosa: viene en la Gloria del Hijo; viene antes que el Hijo. Fátima prepara la Segunda Venida de Cristo.

En Fátima, María  se presenta como la Aurora que precede a Cristo;  como la Estrella que guía hacia Cristo, que va delante de  los  que  quieran atender sus suplicas hasta detenerse donde está Cristo, Su Hijo.

Luego, el mensaje de Fátima va a  ser trascendental para la humanidad  y, por lo tanto, para la Iglesia. Quiere  introducir  a la  humanidad  -y a toda la Iglesia- en  un  tiempo nuevo: el del retorno glorioso de Cristo. La Segunda Venida de Cristo: su Venida en Gloria, para reinar; no para juzgar.

Esto conlleva la preparación de la humanidad y de la Iglesia  a ese tiempo. Señala un camino que la humanidad debe seguir: un camino de cruz para una gloria.

María desciende gloriosa del Cielo a esta tierra llena de pecado. Baja del cielo para ponerse en camino con nosotros, para señalar el camino: Mi Corazón Inmaculado será… el camino que te conducirá a Dios. Es María el camino hacia Cristo. Es María la que conduce a toda la Iglesia hacia Su Hijo. Son las virtudes de ese Corazón Inmaculado lo que en cada alma debe reinar para ser de Cristo: humildad, obediencia, pureza y santidad.

Baja del cielo: la presencia de María en la tierra no va a acabar con el mensaje de Fátima. No pisó la tierra de Fátima para luego dejar huérfanos a sus hijos.

Fátima es el inicio de un tiempo nuevo, de una presencia extraordinaria -y de modo continuo- de María en el mundo. Por eso, sus numerosas apariciones, después de Fátima, no pueden silenciarse,  despreciarse, obligar a no creer en ellas.

«…los últimos remedios dados al mundo son: el Santo Rosario y la devoción al Corazón Inmaculado de María. La tercera vez me dijo que “agotados los otros medios despreciados por los hombres, nos ofrece con pavor la última áncora de salvación: la Santísima Virgen en persona, sus numerosas apariciones, sus lágrimas, los mensajes de los videntes esparcidos por todas partes del mundo”; y la Virgen dijo además que, si no la escuchamos y continuamos las ofensas, no seremos más perdonados» (Carta del 22 de Mayo 1958 de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes).

Nadie tiene derecho a impedir que los demás crean, porque «no de todos es la fe», dice San Pablo.

Impedir la fe constituye un grave pecado.  ¿Dónde está la libertad dada por Dios al hombre?

Ni tampoco se puede hablar mal de las apariciones marianas, porque si no se examinan su contenido, ¿cómo se las juzga? Y si no se creen en ellas, ¿con qué medida se examinan si la medida de lo sobrenatural está en la fe (en la sabiduría divina),  no en la razón (no en la sabiduría humana)?

Ellas tienen su significado, su importancia. Y son dadas al hombre como una muestra de Misericordia, no porque el hombre las merezca.

Dios ha agotado todos los medios que hay en Su Iglesia para que las almas se salven y se santifiquen. Y su misma Iglesia los ha despreciado, como vemos en ese hombre que han sentado en la Silla de Pedro: un hombre sin nombre, sin verdad, que no es capaz de marcar el camino de Cristo, sino que lleva a todas las almas al mismo precipicio del infierno.

Todas las apariciones están entroncadas con el mensaje de Fátima, con la misión de María de guiar a la humanidad hacia Cristo.

La Iglesia ha perdido el norte de Cristo: sólo señala al Anticristo. Es lo que todos están esperando. Es lo que han preparado durante cincuenta años. Ahora, es su consumación, la plenitud de toda maldad que se verá en Roma.

María es la que señala a Cristo en estos últimos tiempos. Ya no es la Jerarquía de la Iglesia la que pone el camino: ya no aman a Cristo porque no aman a Su Madre. No la imitan. Han perdido la devoción a Ella porque no la han obedecido. La Jerarquía, con Su Poder Divino, se ha creído más sabia y más poderosa que la Virgen María. Y, por eso, está haciendo el juego del demonio: se dedican a engañar a las almas. A darles una doctrina que no tiene nada que ver con la doctrina de Cristo.

Y la Virgen María se aparece para guiar en la Verdad a todas las almas, para enseñarles el camino de la verdad en sus vidas, para hacer que cada alma viva deseando lo divino en sus vidas humanas. Es la función que tiene todo el orden sacerdotal. Misión que han dejado de cumplir por estar negociando con el mundo.

Y la Virgen María actúa como sacerdote, sin tener el Sacramento, porque es la Madre del Sacerdote Eterno: si lo ha engendrado, sabe muy buen cuál es la misión de todo sacerdote en la tierra: ser otro Cristo, guiar hacia la verdad, que es Su Hijo.

María se presenta en Fátima como la Mujer vestida del Sol. Jesús se quiere servir de su Madre para reinar gloriosamente en el mundo. Jesús quiere venir a nosotros, de nuevo, a través de su Madre.

A través de María: es la Mediación Materna lo que constituye el mensaje principal de Fátima.

¿Qué será el triunfo del Inmaculado Corazón de María sino que la Iglesia proclame este dogma?

¿Y cómo se podrá proclamar si la Iglesia no se deja guiar por María? Es lo que conlleva este dogma: ser niños en manos de la Madre, que sabe lo que nos hace falta en cada momento.

Dios no es una teoría, una serie de ideas, una fe que no se pone en práctica. Dios está vivo y quiere en el hombre una fe viva.

La Mediación Materna de María incluye tres cosas:

que María sufre: es lo que vio Lucía: Su Corazón rodeado de espinas: es la Corredención. «…se le clavaban por todas partes. Comprendíamos que era el Inmaculado Corazón de María ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación»;

que María defiende a la humanidad de las asechanzas del demonio: es el ser Abogada: Mi Corazón será tu refugio le dirá a Lucía en la segunda aparición;

y   que   María   media   entre   Dios   y  el  hombre: «…quiero que toda mi Iglesia reconozca esa consagración (la  de  Rusia) como un triunfo del Inmaculado Corazón de María…. De no mediar la realización de este acto no habrá paz en el mundo.

Es tan grande el pecado, en que el hombre ha caído, que si no es por la Mediación de María, el hombre no sería capaz de salir de ese pecado. De cuantos castigos no se habrá librado la humanidad, en estos últimos tiempos, a causa del Inmaculado Corazón.

Ella lo puede todo ante Dios.

Pero, para que la Iglesia enseñe este dogma tiene que pasar, antes, por su Calvario. Sólo así podrá entender lo que significa la Virgen María para la humanidad y para toda la Iglesia.

Los Apóstoles no terminaron de creer en Jesús hasta que no se vieron envueltos en Su Pasión Redentora.

La Jerarquía, que ha despreciado las palabras de la Virgen María en Fátima, no va a terminar de creer en lo que es María, hasta que no se vea envuelta en la Gran Abominación que el Anticristo va a poner en la Iglesia. Ahí es cuando la Virgen triunfará en Su Iglesia: engendrará una Jerarquía, que fiel a Jesucristo, sepa luchar contra todos los errores del Anticristo y promulgue el dogma que va a poner a toda la Iglesia en el camino del Reino Glorioso.

Ahora, nadie cree en las profecías: es imposible que crean en el Apocalipsis. Es imposible ese dogma en la Iglesia. Ese dogma es para el Reino Glorioso. Ese dogma es un absurdo para la actual Jerarquía de la Iglesia: no creen en los sufrimientos de la Mujer, no creen en el Poder de la Mujer; no creen en la mediación de la Mujer.

Y la Mujer es la Virgen María y, también, todo el Cuerpo Místico de Cristo. Nadie cree ni en la Virgen ni en la Iglesia. Todos han construido su iglesia, la idea que cada uno tiene de la iglesia. Por eso, se ve tanta división, tanta oscuridad, tanta apostasía en todas partes

No se puede promulgar este dogma sin el triunfo de la Iglesia. Y, ahora, la Iglesia está metida en una podredumbre en la cual no hay salvación.

La gran crisis de la Iglesia es su falta de obediencia a Dios. Y, por eso, está donde tiene que estar: en las  manos de Su Enemigo: en las manos del mundo, de la carne y del demonio. Así vive toda la Jerarquía y todos los fieles: son mundanos, carnales y unos engendros del demonio.

Tanta gente que dice que conoce a Dios, pero no guarda sus mandamientos. ¿Cuál es su dios? ¿Cuál es su padre? El demonio.

«Vosotros tenéis por padre al diablo». ¿Y pretendéis levantar una iglesia para vuestro padre? ¿A quién queréis engañar? A todos aquellos que buscan ser engañados, que sólo tienen oídos para escuchar lo que hay en sus mentes humanas.

María, al bajar del cielo  en Fátima, nos trae la luz del Paraíso. Decía Lucía: vimos…una Señora vestida toda de blanco, su vestido –dirá Jacinta – blanco, adornado con oro, y en la cabeza un manto también blanco. Y sigue Lucía: más brillante que el sol y esparciendo luz.

Esto  nos  lleva  al  Apocalipsis:

«…una  gran  señal apareció en el cielo: una Mujer envuelta en el sol». Doce estrellas  vio Lucía en la última aparición en su túnica: «la túnica toda blanca, tenía doce estrellas de la cintura para abajo, una seguida de la otra».

Esto anuncia  una gran batalla entre María y Satanás. Y va a ser María la encargada, en estos tiempos, de dar  la luz que ilumine esta gran oscuridad con que el Maligno ha  oscurecido  a  la  humanidad  y  a  toda la Iglesia. La luz ha sido dada a través de todos los verdaderos profetas.

Es a través de la luz de María cómo la Iglesia sigue avanzando en medio de tan gran oscuridad. Y sólo gracias a esa luz profética. Toda la Jerarquía ha mentido a la Iglesia: ha envuelto a la Iglesia en una gran oscuridad, la propia del demonio. Y en la tiniebla del pecado no se puede amar a Dios. Hay que salir de la oscuridad del pecado y ponerse en la luz de la gracia

Esa luz envolvió  a  los  pastorcillos: quedábamos dentro de la luz… que Ella esparcía, decía Lucía. «En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el cielo y yo en la que se esparcía por la tierra».

«Le recuerdo, Padre, que dos hechos contribuyeron a santificar a Jacinta y Francisco: la aflicción de la Virgen y la visión del infierno»  (Carta del 22 de Mayo 1958 de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes).

Francisco y Jacinta se fueron al Cielo porque vieron el infierno y el dolor de la Madre por los pecados de todos los hombres. Estas dos verdades son silenciadas por toda la Jerarquía.

Las almas se salvan y se santifican cuando contemplan sus pecados como lo que son: como obras que ofenden a Dios. Si la Jerarquía ya no predica del pecado y de su castigo, entonces no hay manera de que un alma se salve. El camino de salvación pasa por el reconocimiento del pecado por la misma alma.

El que se sienta en la Silla de Pedro predica que todos se van al cielo. ¡Qué gran absurdo! Para ir al cielo hay que contemplar el infierno. Contemplar nuestros pecados y ver cómo hemos ofendido a Dios. Ver el dolor del pecado en Cristo y en la Virgen María. Y esto es lo que la gente no quiere ver.

La gente sólo se dedica a ver el dolor que hay en el mundo, en los hombres. Sólo ve los efectos externos del pecado. Y se lamenta, y se compadece, y llora sin sentido.

Para que un alma se salve tiene que llorar por sus pecados; tiene que hacer suyos el sufrimiento de Cristo. Sufrir con Cristo. No tiene que sufrir con los hombres. No tiene que asociarse con los hombres para quitar los problemas de la sociedad. Tiene que asociarse con la Obra de Cristo, que es sólo una cosa: la Cruz. Esa Cruz que nadie quiere para su vida.

Ver a la Madre llorar por nuestros pecados eso es buscar la salvación. Pero ver al hombre llorar por sus problemas eso es quedarse en la condenación. No llores por ningún hombre en tu vida: no merece la pena.

Francisco y Jacinta lloraron por los dolores de la Virgen y por la visión del infierno que sus pecados merecían. Y eso sólo les salvó y les santificó.

Cuando un hombre comunista – como lo es Bergoglio- está gobernando la Iglesia con su doctrina protestante y masónica, entonces está envolviendo a toda la Iglesia en la mayor tiniebla del pecado: está condenado almas. Las está llevando por el camino ancho del infierno.

Nuestra Señora viene con su Corazón Inmaculado en su mano, «derramando por el mundo esa luz tan grande, que es Dios».

«Dios es Luz» y «en Él no hay tiniebla alguna».

En esa luz divina, Lucía vio «al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo».

Ella misma da la interpretación de este pasaje:

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«…la punta de la lanza como una llama que se desprende, toca el eje de la Tierra; y ésta se estremece: montañas, ciudades, regiones y pueblos son sepultados con sus habitantes. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites, desbordándose, inundando y arrastrando en un torbellino, casas y personas en un número que no se puede contar; es la purificación del mundo del pecado en el cual está inmerso. El odio, la ambición, provocan la guerra destructiva…» (“Un caminho sob o olhar de Maria”, pág. 267).

El Ángel tiene una espada en su mano izquierda: es un ángel de justicia, que tiene la misión de obrar una justicia en el mundo. La mano izquierda representa la Justicia de Dios; la mano derecha representa la Misericordia de Dios.

Por eso, ante las llamas de esa Justicia, la Virgen muestra Su Misericordia: «pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él». Dios, cuando obra Su Justicia, nunca se puede olvidar de Su Misericordia. Y, por eso, en Su Justicia, Dios no aniquila al mundo, no destruye completamente al hombre. Dios ama lo que ha creado. Pero ese Amor es Justicia y Misericordia al mismo tiempo.

Cuando el Ángel toca con la punta de su lanza el eje de la Tierra, entonces sobreviene el castigo divino. Lucía ve el castigo para toda la humanidad. El ángel castiga a los hombres y la Virgen muestra Su Misericordia, terminando el castigo y haciendo que el Ángel exclame:

«…el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!».

El Ángel usa su mano derecha: señal de que va a hablar con Misericordia. E invita a todos a la penitencia. Después del castigo, la penitencia, que es siempre un camino de misericordia. No es antes del castigo la penitencia. Porque los hombres se han apartado de la penitencia, que es despreciar la Misericordia Divina, por eso, viene el castigo, la obra de la Justicia. Y, una vez que se cumple ese castigo, el hombre recapacita sobre su vida, ve sus pecados y comienza a hacer penitencia por sus pecados. Por eso, el Ángel, después del castigo, llama a la penitencia.

Ya ese castigo primero no se puede quitar. Los hombres se han olvidado de hacer penitencia, porque ya no creen en el pecado.  Sólo creen que se van a ir al cielo, que se merecen el cielo porque son unas buenísimas personas. Es lo que enseña constantemente Bergoglio en su falsa iglesia. Es lo que enseña toda la jerarquía que ya no hace ni oración ni penitencia por el pecado.

Viene un gran castigo para todo el mundo. Un castigo en el que nadie cree. Si no creen en el pecado, no creen en el castigo. Todos se apuntan, ahora, al año de la falsa misericordia. Y es, justamente en ese año, cuando comienza el castigo.

«Y vimos…a un Obispo vestido de blanco…También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz…llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones».

El castigo es la Pasión del Cuerpo Místico de la Iglesia. El castigo empieza por la Iglesia. La parte que ha sido ocultada corresponde al Santo Padre: «el Santo Padre tendrá mucho que sufrir». Le han obligado a renunciar. Esto es lo que se ha ocultado. Falta esta parte para poder entender por qué el Papa, con toda la Iglesia obediente a Él, va camino del Calvario.

El Papa Benedicto XVI es el Obispo vestido de blanco, que tiene que sufrir el castigo que viene a toda la humanidad: «atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino». Tiene que ver sangre y muerte antes de morir por Cristo en la Cruz.

Y es necesario ese Calvario de toda la Iglesia, con Su Cabeza Visible, para que comience el Reino de Gloria:

«….en el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. ¡En la eternidad el Cielo!» (“Un caminho sob o olhar de Maria”, pág. 267).

En el tiempo, en la Iglesia militante, el Reino Glorioso de Cristo, en donde se da una sola fe, un solo Bautismo, una sola Iglesia. Sin ese Reino, es perder el tiempo todo ecumenismo. Es la charlatenería de muchos que creen que con hablar las cosas se solucionan.

La paz que Dios da al mundo no la da como el mundo la da: hablando, con acuerdos de paz. La paz que Dios da es siempre la obra de la gracia: cuando el hombre deja su pecado, entonces encuentra la paz.

Y el canal de la gracia, quien da la gracia al hombre es la Virgen. Reza el santo Rosario y salvarás tu alma y la de los tuyos.

«Es urgente, Padre, que nos demos cuenta de la terrible realidad. No se quiere llenar de miedo a las almas, sino que es solo una urgente invitación, porque desde que la Virgen SS. le dio gran eficacia al S. Rosario, no hay problema ni material, ni espiritual, nacional o internacional, que no se pueda resolver con el S. Rosario y con nuestros sacrificios. Rezado con amor y devoción consolará a María, enjugando tantas lágrimas de su Corazón Inmaculado» (Carta del 22 de Mayo 1958 de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes).

«Que los siete años que nos separan del centenario de las Apariciones  puedan acelerar el triunfo previsto del Inmaculado Corazón de María, para gloria de la Santísima Trinidad» (Benedicto XVI, 2010).

No pongan su fe en el hombre o en lo que dice el hombre, sino en la Palabra de Dios que se da a través de los profetas verdaderos. Es con la pureza del corazón cómo se cree en Dios. Un corazón purificado es el que hace las obras de Dios. Un alma que vive en sus pecados sólo obra sus pecados. Es tiempo sólo de creer en Dios. No crean en ninguna Jerarquía, porque todos están detrás de los hombres. El tiempo ha llegado. El tiempo de ver el castigo y de sufrirlo. Pero, después del castigo, es el tiempo para hacer penitencia por los pecados, para así preparar la venida de Cristo al mundo. Cristo no viene a un mundo que ama el pecado. Cristo viene a un hombre que sabe llamar al pecado por su nombre y que sabe luchar contra aquel que es el que obra todo pecado en los hombres: Satanás. Cristo viene para reinar en un mundo sin pecado. Cristo no viene a un mundo dormido en la esclavitud de su ignorancia, que es su perdición. Cristo viene a por las almas que tienen las lámparas encendidas, que están prontas para ver la Voluntad de Dios y obrarla al instante. El tiempo de la gran prueba ha llegado: se separan las cabras de las ovejas. Se produce el cisma. Y sólo los humildes podrán resistir a todo lo que viene a la Iglesia y al mundo. El tiempo del Padre llega a su fin. Comienza el tiempo del Hijo.

La blasfema bula de convocación del jubileo

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Es propio de una mente protestante imponer, desde el principio de su discurso, un falso cristo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (ver texto).

Así comienza Bergoglio su escrito, al que llaman Bula de convocación del Jubileo, el cual está lleno de errores y de claras herejías. Por supuesto, que ya nadie atiende a estos errores y herejías, sino que se dedican a lavar las babas que este hombre da en este discurso.

Jesús es «el Verbo» que «se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto Su Gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

El Verbo es la Palabra del Padre, la Palabra del Pensamiento del Padre: es la Revelación del Padre a los hombres en la Palabra de Su Hijo.

Y Jesús, cuando predicó a los hombres, les dio palabras de justicia y de misericordia. Les dio la Mente de Su Padre. Y , por lo tanto, en Jesús se vio la Justicia del Padre y, al mismo tiempo, la Misericordia. Luego, Jesús es el rostro de la Justicia y de la Misericordia del Padre.

Bergoglio anula la Justicia: «No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor» (Ib, n.20).

Un solo momento: su ley de la gradualidad. Es un solo momento histórico, pero que se va desarrollando, va alcanzando el grado que necesita para manifestar el amor. Esta idea es la propia de una mente masónica. No distingue las dos cosas; las anula. Y pone en cada hombre, en la perfección de la mente de cada hombre, la plenitud del amor.

¿Qué ha dicho este farsante? Él lo explica más abajo:

«…en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios» (Ib, n.20).

¡Gran mentira! ¡Cómo tuerce las palabras de la Sagrada Escritura!

¿Qué es la Justicia para Bergoglio? Abandonarse confiadamente en la Voluntad de Dios.

Este significado no corresponde a la Justicia Divina. Una cosa es abandonarse a la Voluntad de Dios, otra cosa es hacer la Voluntad de Dios. La Justicia es una Santidad Divina. Es obrar esa santidad. No es conformarse con la santidad de Dios.

Todo el problema está en saber cómo un alma se justifica, cómo un alma adquiere la justicia.

Para Bergoglio, un alma es justa porque se abandona confiadamente a la Voluntad de Dios. Es su fe fiducial: como Dios te ha perdonado los pecados, como Dios te ha prometido la salvación, entonces el alma sólo tiene que hacer una cosa: confiar. Si confía, Dios no le imputa sus pecados, Dios le salva, Dios le ama, Dios le muestra su ternura…

Este concepto de fe fiducial va en contra de la fe dogmática. En la fe dogmática, es necesario aceptar las leyes de Dios, el orden divino, asentir a las verdades reveladas por Dios. Y si el alma hace esto, entonces recibe la justicia de Dios.

El mismo Bergoglio lo explica:

«Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios» (Ib, n.20).

¡Qué astuto es este hombre!

Pone la justicia como un asunto del pasado, de los buenos israelitas. Ellos observaban los mandamientos de Dios. Cumplían una justicia. Pero, ahora hay que pensar de otra manera.

La Justicia es «la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno su derecho» (S.To. 2.2 q.58 a.1 a 1).

Dios, en la Biblia, muestra dos Justicias: la estricta y la vindicativa. La estricta o la divina es la razón divina por la cual Dios acoge o rechaza a los pecadores: Dios salva o condena. Dios perdona la culpa y todo el pecado; o Dios no perdona ni la culpa ni el pecado.

La vindicativa es el castigo divino por el pecado: «El castigo se hace por la imposición de una pena. Y es de razón, por la pena, que sea contraria a la voluntad y que sea aflictiva y que se imponga por alguna culpa» (S.To. 1.2 q.46 a.6 a 2).

Muchos niegan estas justicias en Dios, y la reducen a una justicia legal o gubernativa o distributiva o conmutativa.

Esta es la visión de Bergoglio: «La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley» (Ib, n.20). Bergoglio no cree en la justicia divina, y menos en la justicia vindicativa. Todo se reduce a un orden humano, a una justicia en el orden de las leyes civiles, legales, etc…

Por eso, tiene que argumentar así: «Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios».

Anula la Justicia en Dios: y las dos justicias. Por eso, Bergoglio une la justicia con la misericordia. Como la justicia es un confiarse en Dios, entonces la misericordia ofrece al hombre el perdón y la salvación.

Él mismo cae en su propia trampa:

«Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación» (Ib, n.20).

Como la justicia es sólo un asunto legal, civil, de orden distributivo, conmutativo, entonces para no caer en la idea legalista, para no implantar una ley que juzga, que divida a las personas en justas y en pecadoras, Jesús te salva por tu cara bonita.

¡Esto es lo que dice este hombre!

¡Es su fe fiducial!

Ya no tienes que creer en una ley divina, que pone una espada, una división entre los hombres, en las sociedades, en las familias, etc…Están los hombres que cumplen con los mandamientos de Dios y están los hombres que no cumplen con los mandamientos de Dios. Los que viven en gracia y los que viven en sus pecados….

Begoglio, porque anula las dos Justicias en Dios, presenta su fe fiducial, propia de los protestantes.

¡Gravísima herejía la contenida en esta falsa bula!

Bergoglio no sabe distinguir entre el fariseísmo, el legalismo,  y los mandamientos de Dios. Y cae en este error porque no cree en Dios. Él está en su concepto de Dios. En este concepto, Dios no es Justicia, sino sólo un Padre, que es creador y que ama a todos los hombres. Y, por lo tanto, tiene que presentar un Jesús que no tiene nada que ver con el Redentor, sino que es la figura del Anticristo.

Bergoglio es claro en su herejía: «El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas» (Ib, n.20). Está en su herejía de su humanismo: hay que estar atentos a las necesidades de las personas humanas, porque lo primero es la dignidad de ser persona humana. Si observas la ley pero no estás atento a las necesidades de tu prójimo, entonces eres un corrupto, un legalista, un fariseo. Tienes que tener ternura con tu prójimo, aunque sea un hombre que quiera vivir en su pecado. No juzgues su vida. Comparte su vida de pecado. Comparte la mesa con los pecadores. Comparte la herejía, comparte la apostasía de la fe, comparte el cisma.

Por eso, presenta un Jesús no real: «Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores» (Ib, n.20).

¿Dónde Jesús afirma que la regla de vida de sus discípulos debe ser el primado de la misericordia? En ningún sitio de la Sagrada Escritura. Sólo en la cabeza de Bergoglio, gran pastor protestante. Esta frase se la saca de la manga, como muchas en esa falsa bula. Es el lenguaje bello propio de un falso profeta.

«La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús» (Ib, n.20): ¿Cuál es la dimensión fundamental de la misión de Jesús? ¿A qué vino Jesús a la tierra? A quitar el pecado de Adán. Es una obra de Justicia, no de Misericordia. En esa obra de Justicia, hay una Misericordia para todos los hombres.

La dimensión fundamental de la misión de Jesús es la Justicia de Dios.

Y todavía Jesús no ha redimido el cuerpo de los hombres, sólo su alma. El hombre sólo tiene el cuerpo mortal, pero no el cuerpo espiritual y glorioso que tenía Adán. El hombre está a la espera de la redención de su cuerpo. El hombre está esperando el cumplimiento de una Justicia Divina: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 22-23).

Bergoglio, al anular la Justicia en Dios, tiene que anular esta obra de la redención, y tiene que enseñar a los hombres una sola cosa: el paraíso en la tierra.

«La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios» (Ib, n.23): el paraíso en la tierra. Los judíos son los primeros salvados por la misericordia a pesar de haber despreciado la Misericordia matando al Redentor, a Su Mesías. Y los musulmanes tienen en la misericordia el gatillo de su justicia. Están sostenidos por la misericordia para cortar cabezas de los cristianos. Tienes que relacionarte con el judío y con el islam para hacer un paraíso en la tierra.

¿No ven la falsa misericordia que predica este hombre?

¿No ven que ese jubileo no es para convertir almas sino para hacer una iglesia universal, que apoye un gobierno mundial?

¿Todavía están ciegos?

Sólo hay que creer en Jesús. Como el judío cree en Jesús, como el musulmán cree en Jesús, entonces están salvados. Ámalos, porque son tus hermanos de sangre y carne.

«La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: “Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley” (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón» (Ib, n.20).

¿Captan la herejía?

El Concilio Tridentino, s.6, cn.9 (D 819), definió: «Si alguno dijere que el impío queda justificado por la sola fe, de tal forma que entienda que no se requiere nada más, lo cual coopere para alcanzar la gracia de la justificación… sea anatema».

¿Qué dice Bergoglio?

«El juicio de Dios…lo constituye…la fe en Jesucristo». Nada dice este hombre del requerimiento, además de la fe, de los actos de otras virtudes para que el alma se justifique, adquiera la justicia de Dios.

Bergoglio está en su lucha contra los legalistas. No por la ley el hombre se justifica, sino por la fe. Pero no por la fe fiducial. No queda justificado el hombre por la sola fe. Hace falta «cooperar para alcanzar la gracia de la justificación».

Los judíos, ¿cooperan a la gracia? No. Luego, permanecen en la Justicia.

Los musulmanes, ¿cooperan a la gracia? No; ni siquiera creen en la gracia. Luego, sólo les espera el fuego del infierno si no se convierten.

La «muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica» (Ib, n.20). Si ustedes analizan esta frase, verán una clara herejía.

Jesús, con su muerte y resurrección, trae la salvación. Pero además, esa salvación viene con la misericordia que justifica. En otras palabras, la salvación no es misericordia. La salvación es sólo eso: una muerte y una resurrección: es decir, un hecho histórico. Una obra que Jesús, como hombre, hizo. Pero esa obra, que se llama salvación, no es la misericordia, no es lo que justifica al hombre.

¿Qué es esa misericordia que justifica?

Lo dice él mismo: «la justicia de Dios es su perdón».

Dios, cuando hace justicia, sólo perdona, no condena.

¿Ven la blasfemia? Ya no hay infierno. Todos al cielo.

¿Ven el pensamiento tan complicado de este hombre?

Así habla siempre un falso profeta: dice muchas cosas y no dice nada. Para terminar hablando de nada, llenado cuartillas de herejías y de blasfemias.

Jesús, con su muerte y su resurrección trae la salvación junto con el perdón que justifica. Esta es la herejía: la misericordia es el perdón que, además, justifica. Ya no hay que expiar ningún pecado. No hay justicia vindicativa.

Y cae en la siguiente herejía: la justicia de Dios perdona.

Por eso, tiene que decir una gran blasfemia:

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón» (Ib, n.21).

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios»: esto, no sólo es una herejía sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Dios, cuando aplica Su Justicia, no es como los legalistas, los fariseos, ni como el propio Bergoglio: Dios no invoca respeto por la ley. Dios manda a cada hombre cumplir Su Ley. Y esto es la Justicia estricta de Dios. Y cuando Dios aplica Su Justicia, cuando Dios se detiene en Su Justicia es para aplicar la ley, no para hacerla respetar, no para decir: aquí estoy Yo con mi ley, respetad a mi ley.

¿Ven la blasfemia?

Bergoglio, en esas palabras, está diciendo que Dios no manda al infierno. Si Dios se detuviera en la justicia, y mandará al infierno a un alma, entonces sería como todos los hombres que invocan el respeto por la ley. Pero Dios no se detiene en la justicia, sino que va más allá. Es una justicia que perdona, que nunca condena. ¡Gravísima blasfemia!

En Dios, la Justicia por sí misma basta. Esto es lo que niega Bergoglio: el atributo de la Justicia Divina. ¡Es una gran blasfemia!

En Dios, no se puede negar que la Justicia y la Misericordia se bastan por sí mismas. Quien niegue esto blasfema contra el Espíritu santo, como hace este hombre. Y, por eso, se inventa una falsa misericordia: «Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón».

Por eso, Bergoglio pone el primado de la misericordia por encima de todo. No existe esta misericordia que está más allá de la justicia. Es un invento de la cabeza de este hombre. Es su locura mental. ¡Esta es la demencia de Bergoglio!

En la Justicia, el Padre halla una Misericordia para el hombre.

Pero Bergoglio dice esto: en la Justicia, hay una Misericordia que anula la Justicia, que va más allá de la Justicia.

Y él pretende resolver esta metedura de pata, con otra metedura de pata:

«Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia» (Ib, n.21).

El que se equivoca, que expíe la pena. Y uno se pregunta, ¿de qué pena habla? Porque no ha tocado el pecado en toda la bula. Habla, por supuesto, de las penas que traen las justicias civiles, distributivas, conmutativas, etc… Pero no habla de la Justicia que el Padre exige para reparar su honor ofendido por el pecado del hombre.

Él niega la expiación: «Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón». Lo que importa es la ternura de Dios. Dios te ha salvado, no con un decreto, sino con una caricia, con un beso y un abrazo. Expía el mal pensamiento de juzgar a tu hermano. Quita ese pensamiento negativo y pon el pensamiento positivo: los judíos y los musulmanes son santos. Ámalos. Son tu carne. Son tus hermanos naturales.

¡Esto es Bergoglio!

«”Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree” (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva» (Ib, n.21).

¡Gran error en el que cae este hombre!

«Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia»: en la Justicia de Dios, se halla la Misericordia para el hombre. Pero la Justicia de Dios no es la Misericordia.

Bergoglio no distingue entre la justicia activa, que es la acción de Dios que infunde la gracia; y la justicia pasiva, que son los actos necesarios en la criatura para que se reciba esa justicia.

Jesús, en la obra de la Redención, consigue la gracia de la justificación para todo hombre: es la justicia activa. Pero esa gracia, merecida por Cristo, no se da al hombre si éste no quiere: es la justicia pasiva.

Por eso, en la Justicia de Dios, en la justicia activa, se halla la justicia pasiva, es decir, la Misericordia para aquellas almas que aceptan la verdad revelada por Dios. Pero si el alma no acepta los mandamientos de Dios, esa alma queda en la Justicia Divina, que puede ser estricta o vindicativa.

Bergoglio sólo expone su fe fiducial. Y nada más que esto. Y, por eso, cae en gravísimos errores y herejías.

Y esto es sólo un punto de la bula. ¡Qué no habrá de errores en toda la bula!

¡Qué pena de católicos que no saben ver esto!

Cogen este documento y se tragan la fábula que contiene como una verdad.

Bergoglio es ruptura con el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ruptura con toda la tradición. Ruptura con el Evangelio de Cristo. Está levantando su nueva iglesia.

Y aquí tienen esta basura de bula. Es una basura ideológica: llena de protestantismo, de comunismo y de ideas masónicas, desde el principio hasta el fin.

Esta bula es una blasfemia contra la Justicia y la Misericordia Divinas. Es un acto blasfemo y herético de ese hombre que se ha creído dios. ¡Ay de aquel que obedezca a este hombre!

No se puede obedecer la mente de este tipejo. Para los que todavía permanecen anclados en las estructuras externas de la Iglesia, les va a ser durísimo ese año consagrado a condenar almas al infierno.

Para quienes hemos dejado esas estructuras, somos libres de atacar a Bergoglio por los cuatro costados. Es el precio de la verdad: «y la verdad os hará libres».

Infame el falso jubileo de la falsa misericordia

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«Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 22b-23).

Sobre este pasaje del Evangelio, el falso profeta Francisco Bergoglio, fundamenta su infame jubileo de su falsa misericordia.

Infame, porque ni es un jubileo ni trata sobre la misericordia divina.

Bergoglio no tiene poder divino para proclamar en la Iglesia un Jubileo extraordinario. Él gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal, es decir, con un poder humano: un conjunto de hombres, de obispos, que deciden ellos lo que es bueno y lo que es malo en la Iglesia. Por lo tanto, todo lo que haga Bergoglio, con ese poder humano, significa sólo una cosa: cisma en la Iglesia. Bergoglio se ha apartado de la verticalidad de la Iglesia, es decir, de todos los Papas, de todo el Papado. No hay continuidad con los Papas anteriores. Es una desobediencia y una rebeldía a la cabeza visible de la Iglesia, que son todos los Papas desde que Jesús puso Su Iglesia en Pedro hasta el Papa Benedicto XVI.

El gobierno de Bergoglio en el Vaticano es una clara rebeldía a la Voluntad de Dios. Y ahí están las obras que él hace. Y son muy claras para aquellos que les gusta llamar a todas las cosas por su nombre.

Sólo los tibios y los pervertidos, que son la mayoría en la Iglesia, hacen el coro a las obras de Bergoglio, ensalzándolas, justificándolas y poniendo a ese hombre como el modelo de la Iglesia y del mundo. Por eso, todos esos católicos –sólo de nombre- defienden a Bergoglio, pero no son capaces de defender la doctrina de Cristo ni el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ven las herejías de ese hombre; siguen viendo que este hombre no es capaz de definir ni la misericordia ni la justicia, y lo siguen llamando su papa. Y esto es una clara blasfemia. Dar el nombre de papa a un hombre hereje -sabiendo que es hereje-, es caer en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo enseña a llamar a las cosas por su nombre:

«Porque aunque nosotros o un ángel del Cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. ¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gal 1, 9-10).

Bergoglio anuncia un evangelio distinto al de Cristo. Conclusión: Bergoglio es anatema. Es decir, Bergoglio no es papa. No se le puede dar el nombre de papa. Punto y final.

Pero, muchos quieren agradar a Bergoglio… Es el papa… hay que respetar y obedecer al papa…él sabe lo que hace, tiene el espíritu santo…sí, es un hereje, pero no tenemos el poder para quitarlo…. ¡Queréis agradar a Bergoglio! ¡Buscáis el favor de los hombres, de vuestros Obispos, de vuestros fieles en la parroquia! Y no os atrevéis a decir, delante de ellos: Bergoglio no es papa. No lo sigan. No le obedezcan. ¡No tenéis agallas porque ya no sois de Cristo!

«Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo»: muchos ya no son siervos de Cristo, sino del Anticristo. Y sólo por no llamar a las cosas por su nombre, por no ponerse en la verdad.

¡Cuántos dan esta noticia de que ese falsario sin nombre ha proclamado un año de condenación! Pero no dicen de condenación, sino de misericordia. Dan la noticia para agradar a Bergoglio, para hacer que la gente vea qué misericordioso es ese hombre. ¡Cuánta compasión hay en su mirada, en sus palabras, en sus obras! ¡Qué tierno es Bergoglio que hace descubrir los signos de la ternura que su concepto de Dios ofrece a las almas para condenarlas al fuego del infierno!

«Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre (cf. Jn 20,21-23)» (ver texto).

¿Qué cosa confió el Señor a la Iglesia el día de la Pascua? Lo dice el mismo Evangelio: «a quien perdonareis vuestros pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos». Atar y desatar. Perdonar y no perdonar. Un signo de justicia y de misericordia.

Se recibe el Espíritu Santo para aplicar una Justicia y una Misericordia. Las dos cosas. Bergoglio anula la Justicia y predica una gran mentira: «ser signo e instrumento de la misericordia del Padre». Esto es negar la Misericordia del Padre. ¡Qué pocos católicos entienden esto!

El Padre fue ofendido por el pecado de Adán y estuvo en oposición a todo el género humano: «Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo….» (Rom 5, 10);

«…todos nosotros fuimos también contados… por nuestra conducta hijos de ira, como los demás…» (Ef 2, 3);

«Mortificad vuestros miembros terrenos…por los cuales viene la cólera de Dios» (Col 3, 6).

Las relaciones entre Dios y los hombres, desde el pecado de Adán hasta Jesucristo eran de enemistad: es decir, todos los hombres eran objeto de aversión por parte de Dios: todos estaban bajo la ira de Dios…Y sólo por el pecado de Adán.

Es el pecado lo que a Dios justamente le hace oponerse al hombre. Es el pecado lo que pone al hombre bajo la ira de Dios.

Pero fue este mismo Padre ofendido quien envió a Su Hijo para apartar esta indignación suya.

En la Justicia de Dios, nace Su Misericordia.

El pecado pone al hombre en la Ira Divina. Pero, en esa Ira, el Padre ve un camino de Misericordia para ese hombre que quiere condenar al infierno. Y esa Misericordia es un camino de salvación al hombre. No es la salvación. Es abrir una puerta para que el hombre no viva pendiente de la espada de la Justicia de Dios.

«Porque no envió Dios Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 16).

Si el Padre no hubiera visto ese camino de Misericordia para el hombre, en Su Justicia, entonces todo hombre hubiera desaparecido. Todos condenados.

Pero el Padre envió a Su Hijo para que realizara esa obra que destruía la enemistad con Dios. La muerte de Cristo destruye la obra del pecado, que pone a todo hombre en la Justicia Divina.

Pero esta obra de Cristo exige el merecimiento de cada hombre. Hay que merecer salvarse. Cristo vino a salvar a todos los hombres, para así quitar el pecado de Adán, que condenaba a todos los hombres.

Vivir en el pecado original hace que el hombre merezca el infierno porque lleva a cada hombre a cometer muchos pecados que son dignos del fuego del infierno.

Vivir en la gracia que Cristo ha merecido a todo hombre hace que el hombre merezca el Cielo, porque lleva a cada hombre a salir del pecado y a combatirlo para no pecar más.

Por lo tanto, la misión de la Iglesia son dos cosas: aquel que quiera seguir viviendo en su pecado, entonces no hay perdón para él: le quedan retenidos sus pecados. Se merece el infierno. Se merece que una espada de justicia penda sobe su cabeza.

Pero aquel que quiera quitar su pecado, arrepentirse de él, entonces hay perdón para él: se le perdonan sus pecados. Y merece el cielo.

Esto es lo que enseña la Palabra de Dios, lo que está en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia y lo que no enseña Bergoglio.

Bergoglio anula la Justicia: no hay leyes divinas, no hay normas, no hay moralidad. Y sólo se centra en su falsa misericordia, que es una auténtica blasfemia contra el Espíritu Santo.

«Una pregunta está presente en el corazón de muchos: ¿por qué hoy un Jubileo de la Misericordia? Simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios».

Una pregunta está latente en muchos corazones: ¿cuándo se va a retirar Bergoglio? ¿Cuándo lo van a obligar a renunciar? Porque es, claro, que es una verguenza para toda la Iglesia. Ha dividido a toda la Iglesia. Enseña un magisterio herético por los cuatro costados. Y guía a todas las almas hacia la misma condenación, la cual nadie cree porque piensan que están salvados siguiendo a un falso papa hereje.

«¿Por qué hay un Jubileo de la Misericordia?»: sólo hay una respuesta: para agradar a Bergoglio. Y no hay más respuestas.

Hay que hacer propaganda de la falsa misericordia de ese tipejo. Hay que ensalzar y justificar que el pecado ya no es una mancha en el alma, sino una mancha en la sociedad. Y, por lo tanto, hay que dejar muy claro que la conversión consiste en dejar los malos pensamientos que impiden amar al prójimo, verlo como tu hermano, y ponerse en el pensamiento global, común, idealizado: te salvas si no juzgas al otro. Cristo ya nos ha salvado, entonces adelante: derechos humanos, injusticias sociales, fraternidad natural, vivir del cuento de que somos todos buenísimas personas, y así formar la gran iglesia de la gente que ha perdido la fe en Dios. Gente que vive en sus pecados, que obra sus pecados y que es llamada santa precisamente porque peca constantemente.

Los hombres más pervertidos del mundo están con Bergoglio. Por algo será. Les ofrece esta falsa misericordia y este año para ellos: vete y sigue viviendo en tus magníficos pecados.

En este momento de grandes cambios históricos, ¿qué se necesita? Sólo la Verdad. Bergoglio no es papa. No lo sigan.

En este momento de la historia del hombre, la Iglesia está llamada a juzgar a Bergoglio. No está llamada a seguirlo.

Justamente, ahora, que un hombre ha usurpado el Trono de Dios, es cuando el tiempo de la Justicia Divina cae sobre toda la humanidad, no sólo sobre la Iglesia.

No es el tiempo de la Misericordia: es el tiempo de la Justicia, porque un hombre, Bergoglio, ha puesto la abominación de la desolación en el Vaticano.

Y toda la Iglesia está llamada a combatir a Bergoglio, a luchar en contra de Bergoglio.

Es el tiempo histórico. Por eso, en este año en que ese farsante ha proclamado este falso jubileo, se van a ver muchos castigos divinos sobre Bergoglio, sobre los sacerdotes y Obispos que obedecen a Bergoglio, sobre todas las almas que tienen a Bergoglio como su papa, y sobre toda la Iglesia que no es capaz de hablar claro en contra de Bergoglio.

¿Por qué se hace este Jubileo? Para que el Señor muestre Su Justicia. Y no para otra cosa.

No estamos en la Iglesia «para mostrar los signos de la presencia y de la cercanía de Dios». No somos una iglesia de abrazos y besos para todo el mundo. No somos una iglesia para comulgar con los pecados de los demás. No somos una iglesia para taparnos los ojos ante las gravísimas obras que este hereje hace cada día en Ella.

Somos una iglesia para dar una justicia y una misericordia. Para eso, se ha recibido el Espíritu Santo: para atar y desatar.

¿Quieren estar con Cristo? Entonces, desátense de Bergoglio. Ahí tienen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para liquidar a Bergoglio. Úsenlo esta año para atacar la obra de Bergoglio en la Iglesia. Él se irá, pero dejará su obra malvada.

¿Quieren estar con el Anticristo? Entonces, llamen a Bergoglio como su papa. Con sólo eso, ya son del Anticristo. Quien no hace resistencia a Bergoglio, no hace resistencia al Anticristo. Entre Bergoglio y el Anticristo hay una fuerte relación, no sólo espiritual, sino humana.

Estamos en el tiempo del Anticristo: no es un tiempo para estar distraídos con el magisterio herético de Bergoglio. Si quieren ser Iglesia vayan contando las fábulas que los sacerdotes les predican en sus parroquias para estar atentos a irse de esas parroquias en cuanto Bergoglio renuncie. ¡Cuánto más cerca esté ese tiempo, verán que las fábulas son más claras! Los sacerdotes comienzan a quitarse sus caretas.

No sean ilusos. Dos años, y ya no hay más tiempo. Todo corre muy deprisa, porque el demonio se le acaba el tiempo. Y parece que no hay nada en este tiempo, y es precisamente cuando se están dando los cambios más fundamentales en la Iglesia. Este tiempo, justo antes del Sínodo, es un tiempo especial. Se ve la gran decadencia de ese hombre, se ven sus obras abominables, se ve su locura en la mente, pero nadie hace nada por impedirlo. Porque no pueden. Está todo atado y bien atado por la masonería. Los puestos claves  de la Iglesia ya han sido tomados. Sólo queda una cosa: producir el cisma oficialmente. Y hacer que todos acepten ese cisma.

Es el tiempo del Anticristo: no es un tiempo histórico como los demás. Es un tiempo de cambio profundo en todas partes. La Iglesia, en este cambio, tiene que permanecer siendo Iglesia. Por eso, sólo pocos pertenecen a la Iglesia remanente. Muchos pertenecen a la Iglesia que se está levantando en todas partes.

La Iglesia remanente no es visible. Es invisible, porque Su Cabeza es Invisible. Carece de una cabeza visible.

La falsa iglesia, en Roma, es la visible. Tiene una cabeza que no representa a Cristo, sino al mismo Anticristo. Y tienen que tratarla como tal. Tienen que llamarla por su nombre.

Déjense de respetos y obediencias a un hombre que ni respeta la doctrina de Cristo ni obedece al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Dejen de limpiar las babas de Bergoglio. Sus herejías son clarísimas. Llámenlas por su nombre.

Infame es este falso jubileo. Pero más infame es la vida de tantos católicos que han perdido la fe divina, y que sólo están en la Iglesia para abrazar a un hombre, justificarlo, y ponerlo como el falso ídolo, al cual todos tienen que inclinar su cabeza, para darle el honor que no se merece.

Bergoglio no ha muerto por tus pecados. ¿Qué honor merece? Ninguno.

«El perdón de los pecados que se han cometido contra El, sólo puede otorgarlo aquel que llevó »nuestros pecados, que se dolió por nosotros, a quien Dios entregó por nuestros pecados» (San Cipriano – R 552). Si Bergoglio fuera otro Cristo, entonces cargaría con los pecados de todo el mundo, como Cristo hizo. Pero él no cree en Cristo, sino en su concepto de Cristo. Y, por eso, sólo lucha por su concepto de pecado. Y ese concepto de pecado no son tus pecados. Bergoglio no se sacrifica por tus pecados. Entonces, ¿por qué le sigues? ¿Por qué le obedeces?

¡Qué pocos entienden lo que es un sacerdote en la Iglesia! Por eso, así está toda la Iglesia: bailando, haciendo caso a un hombre que se ríe de todo el mundo.

La muerte del pecador es porque se lo merece por sus pecados

masacre

«Tomó Cristo los pecados en Su Cuerpo sobre el leño, para que nosotros, por Su Muerte, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la Justicia» (S. Cirilo de Jerusalén – R 831).

Dios, por el pecado original de Adán, estuvo justamente ofendido contra toda la humanidad. Y, por eso, dijo: «Maldita, Adán, la tierra a causa tuya» (Gn 3, 17). Una maldición divina que sólo se puede quitar con una bendición divina.

Los hombres no pueden solucionar el problema del pecado, que Adán obró en toda la Creación:

«Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza o por otro remedio que por el mérito del solo Mediador, Nuestro Señor Jesucristo, que nos reconcilió con Dios con Su Sangre (…) sea anatema» (D 790).

No por las obras humanas, científicas, técnicas; no por el progreso del hombre, no por la evolución de los seres vivos se quita el mal en el mundo.

Sólo Cristo sabe el camino para quitar esa maldición. El camino es el de la Cruz, por el cual todo hombre, si quiere salvarse, tiene que caminar. Pero es necesario creer en Cristo.

Bergoglio, antes de usurpar el trono de Pedro, negaba que Cristo fuera el Salvador:

«es bueno que le preguntemos a Jesús: ¿Sois Vos, Señor, nuestro único Salvador o debemos esperar a otros? Lo que pasa es que vivimos situaciones de pobreza, de falta de trabajo…, o estas enfermedades que nos afectan masivamente, la gripe, el dengue…, y que pegan más duro por la falta de justicia. Todo esto nos lleva a que le preguntemos al Señor: “Señor, ¿estás de verdad en medio de tu pueblo? ¿Es verdad que caminas con tu pueblo?» (Buenos Aires, 7 de agosto de 2009).

Bergoglio niega el dogma de la Redención, por el cual la maldición de Dios sobre la creación sólo se arregla con la muerte de Cristo. Bergoglio pone el esfuerzo humano para arreglar esa maldición.

Y, claro, tiene que preguntarse si Jesús es el Salvador o no, porque hay gente que muere de hambre, que no tiene trabajo, etc… Su duda es, claramente, su falta de fe en Jesús, en la doctrina de Cristo.

Bergoglio está en la Iglesia para hacer su comunismo, torciendo todo el Evangelio. Jesús hace milagros para que la gente vea que Él es el Mesías. Bergoglio, como no cree en los milagros, tergiversa las palabras del Evangelio y pone su atención en los hombres. ¿Quién es Jesús? ¿El que hace milagros? No; el que está en la gente.

Él pone la salvación en los mismos hombres, en sus obras, que es su falso misticismo, es decir, su panteísmo y su panenteísmo:

«En el rostro de esa gente ya se vislumbra la respuesta a la pregunta de ¿quién es Jesús? “A Jesús lo vemos en el rostro de la gente que lo quiere y que da testimonio de que Él es el que la ha confortado y salvado”. A Jesús “lo encontramos de un modo especial” en el rostro de “los pobres, afligidos y enfermos (…), de nuestros hermanos queridos que nos dan testimonio de fe, de paciencia en el sufrimiento y de constante lucha para seguir viviendo (…) Cuando nos animamos a mirar bien a fondo el rostro de los que sufren se produce un milagro: aparece el Rostro de Jesús. (…) pero los rostros hay que verlos de cerca, estando con los otros» (Ib).

A Jesús lo vemos en los demás, no lo vemos en Él mismo, porque todos están en Jesús: esto es el panenteísmo.

Para ver a Jesús, hay que ver los rostros de los demás, pero hay que encontrarse con ellos, correr hacia ellos, porque en ellos está Jesús: esto es el panteísmo. Todo es Jesús, todo es Dios, todo significa, lleva lo divino y hacia lo divino.

Su falso misticismo, que son estas dos ideas, está en todas sus homilías y escritos. De aquí le nace su falsa misericordia hacia los hombres y su falsa compasión hacia las vidas y los sufrimientos de todos los hombres.

Bergoglio sólo está vendiendo su idea: su falso cristo con su falsa iglesia. Y, por tanto, él se esfuerza en dar una doctrina que no tiene nada que ver con la fe católica. Siempre mira a una fe común: la que incluya a todas las religiones y a todas las mentes de los hombres:

«Espero que la cooperación interreligiosa y ecuménica demuestre que los hombres y las mujeres no tienen que renunciar a su identidad, ya sea étnica o religiosa, para vivir en armonía con sus hermanos y hermanas» (Encuentro interreligioso y ecuménico – 13 de enero del 2015).

Bergoglio no quiere convertir a nadie porque no existe la Verdad absoluta. Y, por tanto, no existe la religión verdadera ni la Iglesia que posee la Verdad Absoluta.

Todos con su identidad religiosa para vivir en armonía con los hombres: no tienen que renunciar a su identidad = quédate en tus pecados y vive pecando, que así te salvarás, irás al cielo.

Esta armonía es su unidad en la diversidad. Hacer un uno con muchas mentes humanas, con muchas ideas distintas, encontradas, diversas. Es la concepción de la evolución, de la gradualidad del pensamiento humano, de las ideas humanas.

Pero hay que saber hacer ese uno en la diversidad, porque hay ideas que destrozan esa armonía. Hay ideas que los hombres tienen que quitarlas para entrar en la armonía de la gradualidad. Hay que elaborar una nueva doctrina y un nuevo credo, leyes y reglas para que la gente vaya evolucionando en sus ideas y no se queden atascados en lo que impide la fraternidad, en sus religiones, dogmatismos y fundamentalismos.

«Hay un tipo de rechazo que nos afecta a todos, que nos lleva a no ver al prójimo como a un hermano al que acoger, sino a dejarlo fuera de nuestro horizonte personal de vida, a transformarlo más bien en un adversario, en un súbdito al que dominar. Esa es la mentalidad que genera la cultura del descarte que no respeta nada ni a nadie: desde los animales a los seres humanos, e incluso al mismo Dios. De ahí nace la humanidad herida y continuamente dividida por tensiones y conflictos de todo tipo». (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015)

Bergoglio anula el pecado original. Por lo tanto, tiene que buscar una idea, en su mente, para resolver el problema de la creación. Esa idea es la fraternidad: el amor al prójimo. El otro es siempre un hermano. Al no ver al otro como a un hermano, viene la cultura del descarte, y que hace que toda la creación sea lo que vemos: no hay respeto por nadie, ni siquiera por los animales.

Si no tienes la idea de que el otro es un hermano para ti, entonces lo conviertes en tu adversario.

Bergoglio está anulando la ley de Dios en la naturaleza humana, anula el pecado, que todo hombre tiene que dominar:

«¿No es verdad que si obraras bien, andarías erguido, mientras que si, no obras bien, estará el pecado a la puerta? Cesa, que él siente apego a ti, y tú debes dominarle a él» (Gn 4, 7).

Para no dominar al hombre, para no esclavizar a los hombres, para no ser un dictador, para gobernar en la Voluntad de Dios, para no hacer la guerra, el hombre tiene que dominar su pecado. No tiene que tener la idea de la fraternidad.

Bergoglio está hablando de su ley de la gradualidad.

Está la idea primera: todos somos hermanos. No existe la maldición del pecado original. Todos somos hijos de Dios.

Como hay personas que rechazan esta idea, entonces se construye una sociedad de rechazo al hombre, en el que el otro es considerado un adversario.

Los que conciben su vida desde la fe católica, desde un dogma, desde una Revelación Divina, desde una Ley Eterna, entonces están rechazando a los hombres que pecan contra Dios. Ya no tienen la idea primera: la hermandad. Siguen la ley de Dios.

Si blasfemas contra Dios, no puedes ser mi hermano. Si vives pecando, no puede ser mi hermano. Si tu idea de la vida es ser homosexual, entonces no puedes ser mi hermano. Si tu fe es ser judío o musulmán o budista u ortodoxo, entonces no puedes ser mi hermano. Tengo que separarte, tengo que dividir.

Jesús viene a poner una espada: la verdad revelada divide a los hombres, nunca los une, porque los hombres están divididos, en su naturaleza humana, a casusa del pecado original. El Bautismo quita el pecado original, pero no la división que produce en la naturaleza humana ese pecado. Y que ahí queda hasta la muerte del cuerpo.

«No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mt 10, 34-35).

Si los enemigos del hombre son sus propios hermanos carnales y su propia familia, entonces en la sociedad no pueden existir hermanos, amigos, fraternidades por una idea humana. ¡Es imposible! La verdad divina siempre divide.

Pero Bergoglio está en su idea de la fraternidad:

«a la dimensión personal del rechazo, se une inevitablemente la dimensión social: una cultura que rechaza al otro, que destruye los vínculos más íntimos y auténticos, acaba por deshacer y disgregar toda la sociedad y generar violencia y muerte. Lo podemos comprobar lamentablemente en numerosos acontecimientos diarios, entre los cuales la trágica masacre que ha tenido lugar en París estos últimos días. Los otros «ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos». Y el ser humano libre se convierte en esclavo, ya sea de las modas, del poder, del dinero, incluso a veces de formas tergiversadas de religión» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

¿Es el asesinato de doce personas en la oficina de redacción de la revista “Charlie Hebdo”, cometido por dos musulmanes, una masacre?

No; no lo es.

Es una Justicia Divina:

«El que guarda la Ley, a sí mismo se guarda; el que menosprecia sus caminos morirá» (Prov 19, 16).

Es la Palabra de Dios, que nunca miente y que siempre da la verdad de lo que pasa en el mundo.

Toda esa gente de Charlie Hebdo son blasfemos de la ley divina: trabajan en contra de los mandamientos de la ley de Dios. Blasfeman contra Dios, vomitan, calumnian al prójimo y sólo se obedecen a sí mismos. Están menospreciando los caminos de salvación para el alma, que Dios ha puesto en Su Ley. ¡Tienen que morir!

Esa gente que murió fue por sus pecados. Asesinada por sus pecados. Y no por otra cosa. ¡Qué difícil de entender es esto, aun para los mismos católicos!

«Muchos caen al filo de la espada, pero muchos más cayeron por la lengua» (Ecl 28, 22). El pecado de toda esa gente es de lengua. Y, con ella, blasfeman contra Dios y contra todo el mundo. Tienen conforme a su pecado: la blasfemia de morir a manos de unos blasfemos.

Vives obrando tu pecado, tu ofensa a Dios todo el santo día, entonces tienes sobre tu cabeza la espada de la Justicia Divina: «el impío morirá por su iniquidad» (Ez 33, 8).

«No os engañéis; de Dios nadie se burla. Lo que el hombre sembrare, eso cosechará.  Quien sembrare en su carne, de la carne cosechará la corrupción; pero quien siembre en el espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna» (Gal 6,7).

Los de Charlie Hebdo viven sembrando en su carne: sus pensamientos humanos les llevan a obrar una blasfemia constante contra Dios. Siembran los vientos de sus blasfemias; tienen que recoger tempestades, guerras, muertes:

«Porque sembraron viento, y torbellino segarán» (Os 8, 7).

Ante el pecado de toda esta gente, el Señor manda tremendos castigos.

Un castigo son los musulmanes: una religión que fue creada para matar a los hombres:

«Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba» (texto del emperador Manuel II citado por el Papa Benedicto XVI)

El Papa traía este texto para poner de relieve la relación que existe entre fe y razón y, por tanto, «la convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios» (Ib). No se puede convertir a las personas a través de la violencia, de la muerte. Eso es algo irracional.

Pero, «para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionabilidad» (Ib). Y, por lo tanto, «si (Dios) quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría» (Ib).

Los dos musulmanes, que mataron a toda esa gente, lo hicieron movidos por su pecado. No por una idea fundamentalista; no por una idea rigorista que les ciega para ver al otro como hermano.

Los musulmanes matan por su fe, que es contraria a la Palabra de Dios. Es una idea en contra de la Verdad Divina. Ellos no dominan el pecado que les acecha, sino que lo han puesto como ley en su fe musulmana. Tienen que cumplir esa ley para ser musulmanes. Ellos caen en la irracionalidad, pero eso a ellos les trae sin cuidado.

Cuando el pecado de soberbia oscurece totalmente a la persona, entonces ésta, en su orgullo, obra esa soberbia y tiene que matar a los infieles. Y esto no es ser fundamentalista, sino un hombre pecador que sigue su pecado, que obra su pecado de soberbia en su orgullo. Y que lo quiere obrar.

De nada se hace, como quiere Bergoglio, que los hombres quiten estas ideas fundamentalistas para vivir en armonía:

«Ante esta injusta agresión, que afecta también a los cristianos y a otros grupos étnicos de la Región –los yazidíes, por ejemplo–, es necesaria una respuesta unánime que, en el marco del derecho internacional, impida que se propague la violencia, reestablezca la concordia y sane las profundas heridas que han provocado los incesantes conflictos» (Discurso a los miembros del colegio diplomático – 12 de enero del 2015).

Esto es una utopía en Bergoglio.

Es imposible que la violencia no se propague, porque existe el pecado en todos los hombres. Caines hay muchos. Y no se puede matar a Caín:

«Si alguien matare a Caín, será éste siete veces vengado» (Gn 4, 15).

Querer construir una cultura del encuentro en donde no exista la cultura del descarte es una somera tontería de este personaje y de aquellos que lo siguen.

Existe Caín, existen los musulmanes que matan, existen hombres que matan porque no dominan el pecado que les acecha. ¡Y eso es todo!

No se trata de poner unas leyes, ni unas reglas, ni hacer declaraciones ni salir a la calle para unirse a las víctimas del atropello y así crear un ambiente de armonía en que todos quieren la paz y la concordia.

¡Todo eso es perder el tiempo!

¡Todo está en que cada hombre luche por quitar su pecado! Pero como los gobernantes se pasan su gobierno poniendo leyes en contra de la ley de Dios, entonces ahora se quiere, con palabras bellas, con declaraciones en contra de los fundamentalistas, resolver lo que no se puede resolver con obras ni con ideas humanas.

Hay que luchar en contra del pecado, que es lo que nadie hace: ni en la Iglesia ni en el mundo. Nadie cree en el pecado. Nadie.

Es Cristo el que quita el pecado del mundo, no las leyes de los hombres.

Tuvo que venir Cristo para, con Su Pasión, satisfacer verdaderamente a Su Padre.

Cristo es el que quita los pecados del mundo, la maldición que tiene toda la Creación:

«He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29).

Cristo es el que justifica al hombre, con Su Gracia:

«Con mayor razón, pues, justificados ahora por Su Sangre, seremos por Él salvos de la Ira» (Rom 5, 9).

Jesús nos salva de la Ira del Padre, de la maldición en la cual toda la Creación permanece actualmente:

«Pues sabemos que la Creación entera gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza es como hemos sido salvados» (Rom 8, 23-24a).

Pero nos salva en esperanza; es decir, que Jesús, con Su Sangre, con la Gracia que da en el Bautismo, no salva a todos los hombres, no lleva a todos los hombres al cielo.

Cada hombre tiene que esperar en Dios para salvarse. Cada hombre tiene que merecer su salvación. Cada hombre tiene que luchar por quitar su pecado, tiene que dominarlo.

Practicar la virtud de la esperanza significa vivir deseando lo divino, lo celestial. Vivir buscando el Reino de Dios. Y quien no haga eso, no puede salvarse, porque la salvación es en esperanza: en fe, esperanza y caridad.

Hay que creer en la doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles; es decir, hay que poseer la fe católica, no una fe común, no una fe universal. Hay que pertenecer a la Iglesia Católica, a la verdadera, no a otra iglesia o religión o un sucedáneo de iglesia católica.

Hay que esperar en la gracia de Dios para poder obrar, en la vida humana, lo divino, es decir, la Voluntad de Dios.

Hay amar con el fuego del Espíritu, para realizar aquella verdad que libera al hombre de toda esclavitud.

Si se niega el pecado original, entonces hay que negar la Justicia de Dios. Y, por lo tanto, la obra de la Redención que Cristo hizo para satisfacer la ofensa que el pecado hizo a Dios.

Y, entonces, quedan tres cosas:

Una doctrina masónica: la fraternidad;

Una doctrina protestante: Dios no imputa el pecado: la fe fiducial; la falsa misericordia en la que todo el mundo se va al cielo;

Una doctrina comunista: el hombre se hace salvador de vidas humanas, de proyectos sociales, de obras de globalización mundial.

Como tú, en tu vida privada, rechazas al otro, entonces se levanta una cultura en que se rechaza, en que se destruye los vínculos más íntimos y auténticos: los del hombre.

Y nadie ha comprendido que el que peca destruye los vínculos más íntimos entre Dios y el hombre: la Ley Eterna. Esa destrucción es una ofensa a Dios que exige Justicia, no ternuritas.

Nadie comprende, ni siquiera los católicos, que si vives en tu pecado, tienes una justicia de Dios. Y que esa justicia, Dios la obra a través del demonio. Y el demonio está en las almas que viven para pecar, que no dominan sus pecados, y que las usa para hacer daño a los demás hombres y matarlos, para llevarlos al infierno.

Por tanto, ¿qué es Bergoglio? Un castigo divino para toda la Iglesia.

Este hombre vive en sus pecados, ha hecho vida su fe masónica, su fe protestante y su fe comunista. Y es lo que obra usurpando la Silla de Pedro. Guía a los que le obedecen a un nuevo concepto de cristo y de la iglesia, que es el mismo que el mundo construye y quiere: un nuevo gobierno mundial en que no haya ideas dogmáticas ni fundamentalistas, porque eso va en contra de la ley de la gradualidad: hay que evolucionar en el pensamiento humano. No hay que quedarse en ideas fijas, en dogmas, en ideas irracionales, fundamentalistas. Hay que ir hacia la idea de la fraternidad, que es una idea armónica en la que todo el mundo vive y deja vivir.

Esta es la idea base de la nueva iglesia mundial. Este es el principio. Y sobre este eje, todo lo demás: la cultura del encuentro, el diálogo, las leyes que impidan vivir el dogma y los fundamentalismos; las leyes que vayan en contra de la ley natural, de la ley divina, de la ley de la gracia, porque todo eso es no comprender la idea base: la hermandad de todos los hombres.

Nadie ha comprendido que las muertes de “Charlie Hebdo” son porque se lo merecían en sus pecados. Esa es la justicia: dar a cada uno lo que se merece. Ese es el orden divino, la armonía divina en toda la creación, que Adán suprimió.

No es un atentado contra la libertad de pensamiento. Es la obra de la Justicia de Dios, porque unos y otros han atentado contra los mandamientos de Dios.

Ahora se busca una armonía para gente estúpida e idiota; es decir, para personas que han hecho del pecado de soberbia y del orgullo su gobierno, su enseñanza, el camino para que los demás lo recorran.

Y la gente apoya toda esa estupidez; y no tiene la valentía de dar testimonio de la Verdad, porque a nadie le interesa la verdad. Todos viven en las locuras de sus ideas humanas, dando culto a sus obras y vidas humanas.

A pasos agigantados hacia la guerra genocida

soldados

«Lo que estás viendo es la representación del poder de los hombres del orden mundial único, quienes están manipulando la situación del medio oriente para acrecentar su poder. Esta es la gente desviada que está controlando los eventos del mundo. Están planeando las guerras futuras que les permitirán ganar mayor acceso al dinero de la gente, y ganar poder usurpando los derechos de los demás. Solo saben de una cosa y esta es el cómo ganar más poder y dinero en su cima. Hay mucha riqueza en el petróleo y el control de los ejércitos contribuye a sus formas de controlar la gente» (John Leary, Rochester, N.Y., 1993).

Cuando los hombres presumen de matar niños es que están haciendo la guerra del odio: se mueven por el puro odio y la ira entre ellos. El que odia mata; el que ama da vida, obra la verdad de la vida. No se puede amar con un odio en el corazón. No se puede ver la verdad (no hay sabiduría) matando almas con la mentira y con las armas. No se puede poner a Dios por delante (no hay culto a Dios) si encañonas a un niño con tu odio. Dios no ama al que mata con su odio. Dios aborrece al que odia con su corazón. Dios odia el odio del que odia. El odio es odio. No puede ser una clase de amor, ni de vida, ni de camino para encontrar la verdad. En el odio sólo se halla la muerte, la destrucción, la iniquidad.

El odio es puesto por Satanás en el alma, y es signo claro de falta de amor a Dios. A causa de esta falta de amor a Dios, los hombres se vuelven cómplices al servicio de Satanás. Viven para hacer una obra demoníaca en sus vidas. Satanás odia; Dios ama. Todo hombre que odie no ama a Dios, sino que ama al demonio. Ama el odio del demonio y, por tanto, obra una blasfemia en su vida. No se puede amar lo que no es el Amor. Y sólo Dios es Amor. El demonio es el no amor. No puede amar ni puede recibir ningún amor de nadie. Y, por eso, las almas que se dan al demonio no son capaces de amarlo ni él de recibir un amor. El infierno está lleno de gente que se odia. Hablan para odiarse, obran para odiarse, se unen para odiarse. Y esta es la blasfemia: amar sin poder amar. Amar sin dar amor. Amar una idea y obrar lo contrario de esa idea. Se ama la idea de la paz y se mata a un niño en nombre de esa idea. Esta blasfemia es la que obra este soldado.

Si los hombres no comprenden el significado del amor en sus vidas y no ponen en práctica las virtudes para con el prójimo, entonces el mundo nunca podrá mejorar, cambiar, transformarse, porque no existe el amor en los corazones. Sólo existe el odio. Y mucha gente no sabe discernir entre el odio y el amor. Creen amar a alguien porque sienten algo bueno en lo humano por esa persona. Y no se dan cuenta de que la están odiando -y que ellos mismos se odian- al amar a una persona sin darle la Voluntad de Dios.

Amar a otro es darle lo que Dios quiere. Y, por eso, es difícil amar. Y es muy fácil odiar. En el mundo, la caridad se ha enfriado: es decir, sólo existe el odio. Y ese soldado es un ejemplo: vive su vida humana para odiar y, por lo tanto, para matar niños. No vive su vida para amar. No encuentra en su vida un amor, sino un odio. Y ese odio es el camino para esa persona. Y un camino que lo comparte con los demás. Se enorgullece de matar niños. Exalta su pecado, lo justifica, se pone como modelo a imitar. Esto es vivir una blasfemia. Esto es vivir en un infierno en la vida. Es estar condenado en vida.

Hoy los hombres matan por diversión, por negocio, por política, por muchos asuntos humanos. Y llaman a ese trabajo: amor. Nunca la guerra, la violencia, el crimen vienen de Dios. Nunca del amor de Dios. Es la creación del demonio, que quiere aniquilar al hombre a manos del propio hombre, colocando en el corazón del hombre el odio.

Esta guerra es el preludio de la Tercera Guerra Mundial, que es una guerra genocida, no política ni religiosa. Una guerra para quitar de en medio a gran parte de la humanidad. La idea del Anticristo es acabar con todo lo cristiano, no sólo lo católico. Y, por eso, es necesario una matanza mundial, una guerra que destruya a la humanidad. Y no es posible pararla, porque es el tiempo del Anticristo. Es el tiempo de la decadencia espiritual en el mundo, que crea un vacío en los corazones: la gente posee riquezas, pero constantemente en su interior no hay más que tinieblas. Ya han dejado de creer en Cristo, en la Verdad que nunca cambia, y son veletas de todo lo humano. Y luchan por cualquier idea positiva del hombre. Pero se han olvidado de luchar por la verdad de sus vidas, por el sentido divino de su existencia humana. Sólo son capaces de vivir lo humano. Son vividores del vacío de su iniquidad.
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«El demonio ya está en acción y en actitud de batalla desde que el Padre Eterno le dio libertad como resultado de vuestro empeño en querer hacer las cosas por vosotros mismos. El Padre Eterno ya está cansado, cansado, cansado. Le ha dado rienda suelta al demonio que ya está actuando para vuestra ruina y arrebatando muchas, muchísimas almas, aun aquellas en estado de perfección, que no quieren entender esto y no practican el amor. Solo hay orgullo y arrogancia. La soberbia conduce a todos los pecados del mundo» (Rosa Quatrini, San Damiano, Italia,1964)

Cristo es la luz que falta en tantas vidas perdidas por el pecado. Cristo es la Verdad que no es poseída por tantos católicos tibios y perversos en sus vidas en la Iglesia. Cristo es la Vida que no la posee tanta Jerarquía que ha hecho de su humanidad una conquista en sus vocaciones.

Ya nadie quiere ser santo. Todo es orgullo y arrogancia. Nadie quiere practicar el amor verdadero. Todos quieren ser hombres: aparecer como hombres, ser tocados por los hombres, darles un gusto a los hombres, obrar como ellos obran. El hombre se empeña en hacer las cosas por él mismo, sin acudir a Dios, porque ya no cree en Él. Sólo cree en el término vacío de Dios. Y va en busca de un dios en su vida para llenar ese término vacío. Una Jerarquía humana es la abominación de la desolación en la Iglesia. Una Jerarquía que imita al hombre termina por darle culto al hombre. Una Jerarquía que se olvida que su vocación es salvar almas de las garras del demonio, se convierte en demonios encarnados que condenan almas en lo que hacen en la Iglesia.

Se quiere crear una guerra para matar a millones. Y los hombres de la Iglesia no van a hacer nada para impedirlo, porque están en sus juergas, en su apostasía de la fe. Mientras un soldado mata niños diariamente, la Jerarquía de la Iglesia baila en las Misas. ¡Qué vergüenza da la Iglesia de los católicos! ¡Cuánto bastado hay celebrando misa! ¡No os tomáis vuestras vocaciones con la seriedad de un hombre santo, entonces no es de esperar que comprendáis por qué los hombres se dedican a matar niños en las guerras! ¡Qué os importa lo que está sucediendo en esa guerra! ¡Preferís vuestros bailes, vuestras risas, vuestro afán de ser hombres! ¿Es que no sabéis que una misa celebrada con santidad para una guerra mundial? ¿Ya no os acordáis del valor infinito de una misa? ¡Jerarquía bastarda de la Iglesia: habéis hecho de la misa vuestro negocio comunista y protestante!

Sólo Dios se va a mover, en su momento, para que ese acto del demonio no sea perfecto en su maldad. Porque si Dios dejara al demonio matar a todo el mundo, la humanidad desparecería por completo. Y el demonio puede hacer esto porque tiene al hombre de su lado. Son muchos hombres los que se han dado a Satanás: se han convertido en instrumentos de su maldad. El demonio hace lo que quiere en el mundo: asesinatos, suicidios, guerras, corrupción de los gobiernos, codicia, arrogancia, injusticias,… Todo eso son sólo manifestaciones de Satanás. Y lo hace porque ya no hay vida espiritual en los sacerdotes, en los Obispos, en los fieles de la Iglesia Católica. La decadencia de la vida eclesial es el surgimiento de la vida demoníaca en todo el mundo. Se palpan los demonios por todas partes. El hombre le abre el camino para que se vean las obras del demonio en sus vidas. Cuanto más los hombres se dan al demonio, éste crece en rabia, éste se desespera por acabar con todos los hombres. Él es el matador de hombres. Vive para eso. Mientras él encuentra fácil infectar almas, que se dejan totalmente abiertas a su influencia, que sólo viven para sus pensamientos de hombres, entonces la vida espiritual va desapareciendo y la fuerza del demonio aparece por doquier.

«Los jefes conductores del pueblo de Dios han desdeñado la oración y la penitencia, y el demonio les ha ofuscado la inteligencia; se han transformado en estrellas errantes del que el viejo diablo arrastrará con su cola, para hacerlos perecer. Dios permitirá a la vieja serpiente sembrar la división entre los reinantes, en todas las sociedades y en todas las familias; se padecerá males físicos y morales; Los gobernantes civiles tendrán todos un mismo designio, que será el abolir y hacer desaparecer todo el principio religioso, para dar a lugar al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a toda la clase de vicios» (Melania y Maximino, La Salette, Francia,1846).

La Jerarquía de la Iglesia se dedica al comunismo y al protestantismo; los gobernantes del mundo se dedican a abolir toda ley divina, natural y moral. Y estas dos cosas abren la puerta a la guerra mundial, a la matanza de hombres, a quitar de en medio a gente que sólo vive para darse culto a sí misma. El demonio en la Iglesia y en el mundo: son claras sus manifestaciones. Pero son pocos los que las ven, los que las disciernen, lo que llaman a cada cosa por su nombre. Ya los hombres no ven su pecado, no llaman al pecado con el nombre de pecado. Sólo ven males y lloran por sus males. Pero no ven sus negros pecados en sus almas y no ponen el camino para quitar esa maldad que vive en ellos sólo porque ellos lo quieren.

«Los males son muchos y estos males tiene una sola raíz, el pecado: pecado de soberbia, de orgullo, de prepotencia, de rebeldía, de desobediencia a Dios y su Santa Ley. Los hombres han construido un mundo pagano, cuyo dios ha conquistado una gran parte de la humanidad: él los dirige y gobierna, los seduce y los enloquece. La seducción del mal ha extraviado a muchos corazones. Sin embargo, el peor de todos los males está en creer que todo está bien, y en ignorar la acción de Satanás en el mundo. “Satanás no existe”, dicen muchos seudosabios que han caído en sus redes. “Satanás es una forma de designar el mal, pero nada más”. ¡Pobres hombres! ¿Quién los salvará de la ira inminente? ¿Quién les tenderá la mano para salvarlos, cuando ellos han hundido tantas manos en el abismo?» (Consuelo, Barcelona, España, 1987)

Una Iglesia y un mundo sin Dios para una guerra mundial. ¿Quién nos salvara de ese castigo inminente, de la ira divina, que coge la maldad del demonio, su guerra mundial, para poner un camino al hombre? En la guerra mundial se verá la acción salvadora de Dios sobre toda la humanidad. Una humanidad que no ve su pecado. Y ¿qué tiene que hacer Dios para que lo vea?

Los hombres de la Iglesia dicen que todo va bien. Mientras un idiota, como Francisco, está escribiendo su suma ecológica para hacer comprender a los hombres que no deben tirar bombas en los lugares sagrados para no dañar la creación, para respetar las piedras viejas que pertenecen a los judíos, los hombres se dedican a matar niños. Y así aman la creación: quitando de en medio lo que molesta a todos. Hay que amar la creación, pero no hay que amar a los niños. Hay que amar la patria, pero no hay que amar a los niños.

¿Ha levantado Francisco su voz para que el hombre comprenda su pecado? No. Sólo ha puesto su sentimentalismo perdido. Sólo ha abierto su boca para llorar por sus pobres. Sólo habla de la paz como un lenguaje a conquistar. Y así habla de la guerra como otro lenguaje que los hombres dicen para hacer la guerra. ¡Menudo bastardo es el que se sienta en la Silla de Pedro! Está obligado a renunciar al gobierno porque se ve su maldad: no tienes ascendencia ni con el pueblo de Israel, ni con el pueblo musulmán. Si hubieras hablado con autoridad, entonces no se habría dado la guerra. Pero te has juntado con tus amigotes del judaísmo y del islam para tu publicidad. Y has encontrado un obstáculo: nadie ha hecho caso a tu oración por la paz. Todos han tomado eso como un juego político. Y se han servido de la estupidez de un gobernante en la Iglesia, que le gusta bailar con todo el mundo y entretenerlos con sus fábulas día y noche. Y, por eso, hay soldados que matan niños. Te lo mereces, Francisco. Es tu obra en la falsa Iglesia católica que has formado en Roma. Renuncia a tu iniquidad, a tu gobierno de herejía. Porque si no lo haces ahora, te van a obligar a hacerlo. Te van a aplastar el orgullo que tienes y que muestras en esa iglesia del demonio.

Francisco quiere una confesión que no condene al alma

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Todos los hombres pecan. Sólo Dios y la Virgen María no pecan.

Muchos no saben hacer una confesión correcta, porque han perdido el sentido del pecado.

El que perdona el pecado es el Sacerdote en la Persona de Cristo; es decir, Dios no perdona el pecado de forma directa, sino a través del Sacerdote, que obra en la Persona de Cristo, el Verbo Encarnado, que ha transformado el alma del sacerdote en un ser divino.

Si el Sacerdote no se ve como Persona de Cristo, como otro Cristo, como el mismo Cristo, entonces no sabe reconocer el pecado y la obra del pecado como ofensa grave a Dios.

La confesión no debe ser tratada como un acto social, sino como el tribunal de la Justicia de Dios sobre el alma y su pecado.

Muchos Sacerdotes ven el pecado y su obra sin trascendencia, de una manera descuidada, porque no quieren que el penitente se sienta incómodo, y tienden a menospreciar la importancia de la confesión.

Francisco es claro ejemplo de un sacerdote que ve la confesión como un acto social, un acto comunitario, un acto cultural, pero no como una obra divina en el alma: “¡La confesión no es un tribunal de condena, sino una experiencia de perdón y misericordia!” (Francisco, 28 de marzo 2014). Estas palabras, heréticas, definen la confesión como una experiencia de misericordia, pero no como una experiencia de justicia.

Francisco anula la justicia porque condena, porque castiga al alma, porque no da la misericordia, el amor de ternura que él predica en su iglesia. Y, entonces, tiene que poner su humanismo por encima de la Verdad: “el sacerdote debe acoger a los penitentes no con la actitud de un juez y tampoco con la de un simple amigo, sino con la caridad de Dios… El corazón del sacerdote es un corazón que se conmueve…Si es verdad que la tradición indica el papel doble de médico y de juez de los confesores, no hay que olvidar que cómo médico está llamado a curar y como juez a absolver” (Ibidem).

Resulta paradójico que Francisco aluda a la tradición y ponga el papel de juez al confesor, para sólo indicar que, en ese papel, tiene que absolver los pecados; cuando es claro que la tradición de la Iglesia pone al confesor como juez que absuelve y condena, al mismo tiempo. Francisco anula la condena, porque eso no va con su sentimentalismo herético en su iglesia.

El sacerdote debe acoger al penitente con la actitud de juez. Ésta es la Verdad que niega Francisco, porque la confesión es el tribunal de la Justicia de Dios. Y hay que ser juez en ese Tribunal. Al negar esta parte, tan importante en la Penitencia, Francisco sólo se ocupa de que el sacerdote tenga un corazón que se conmueva ante el alma. Esta es otra herejía en su herejía. Porque el sacerdote, como Juez, tiene que discernir la Verdad del pecado y del pecador. Por tanto, tiene que dejarse de sentimentalismos, de falsas misericordias, de falsas ternuras con los hombres. Si el sacerdote no es capaz de hacer un juicio sobre el pecado de la persona, entonces no puede ni absolver ni condenar al penitente.

Francisco anda en su ternurismo herético: “No olvidemos que, a menudo, a los fieles les cuesta trabajo confesarse, sea por motivos prácticos, sea por la dificultad natural de confesar a otro hombre los pecados propios. Por eso es necesario trabajar sobre nosotros mismos, sobre nuestra humanidad, para que no representemos nunca un obstáculo sino para que favorezcamos siempre el acercamiento a la misericordia y al perdón” (Ibidem). En este párrafo, Francisco está declarando su ceguera espiritual, su ignorancia de la vida de un alma, su ineptitud para ser sacerdote.

Francisco es ciego en la vida del Espíritu, porque sólo ve al hombre: “es necesario trabajar sobre nuestra humanidad”. No; Francisco. No hay que trabajar sobre lo nuestro, sino en contra de nuestra humanidad. Ese ir en contra de lo humano es lo que niega Francisco. Y eso le hace ser ciego para las cosas espirituales, para la sabiduría que viene del Cielo. Francisco pone el fin humano en la confesión: “hay que favorecer el acercamiento a la misericordia y al perdón”. Esta herejía viene por su humanismo.

El sacerdote tiene que descubrir al alma la Verdad de su pecado. Tiene que favorecer el acercamiento del alma a la Verdad. Un alma que guarda su pecado, un alma que no quiere arrepentirse de su pecado, un alma que no ve su pecado sino que habla de sus problemas en su vida o de los pecados de los otros, no está lista para la confesión. Y el sacerdote tiene que ayudar al penitente a centrarse en su pecado. Y, sólo de esta manera, el sacerdote discierne si esa alma viene arrepentida o no al Tribunal de la Penitencia.

Francisco ignora lo que es un alma, las dificultades espirituales que todo hombre tiene al confesar, porque se trata de decir lo más íntimo de la persona. Y el demonio está ahí, luchando para que el alma no descubra la Verdad. Un sacerdote que no ve la acción del demonio cuando un alma viene a confesarse, entonces nunca podrá ayudar al alma en la confesión.

El alma que viene a confesar su pecado, viene con su demonio que le ha ayudado a obrar su pecado. No viene sola a la confesión. Y, por eso, el sacerdote tiene que saber luchar contra el demonio en ese momento. Si el sacerdote no se pone en la Verdad, sino que se pone en un sentimentalismo, en un cariño, en un afecto hacia esa alma, entonces entra en el juego del demonio.

El sacerdote tiene que luchar contra el demonio llevando al alma a reconocer su pecado. Y, entonces, gana la batalla contra el demonio. Pero si la lleva a la misericordia, si sólo le dice que Dios es misericordioso, entonces pierde la batalla.

El Tribunal de la Penitencia no es para recordar al alma que Dios es perdón. No hace falta. Es más, se debe recordar al alma, que Dios castiga por el pecado. El alma viene con su demonio; no viene sola. Esto es lo que Francisco ignora y, por eso, cae en su herejía.

Francisco es un inepto como sacerdote: no sabe ser otro Cristo; no sabe actuar en la Persona de Cristo; no vive la misma vida de Cristo. Un hombre que ha hecho de la Silla de Pedro, -que es la Cátedra de la Verdad-, el monumento de su mentira, la estatua de su herejía, la obra de su maldad, no puede ser escuchado ni obedecido en la Iglesia Católica.

Todo hombre que se siente en la Silla de Pedro y no guarde el depósito de la Fe, que no luche por mantener la Verdad Absoluta desde esa Silla, nunca puede ser llamado Papa. ¡Nunca! Porque el Papa verdadero NO FALLA, NO YERRA, NO SE PUEDE EQUIVOCAR. El Papa verdadero es INFALIBLE en sus enseñanzas de la fe; tiene la infalibilidad Papal.

Francisco yerra; Francisco miente; Francisco engaña; Francisco dice herejías; Francisco obra en pecado; Francisco gobierna en contra de Cristo en la Iglesia… Luego, Francisco no es Papa.

Esta Verdad es la que muchos les cuesta tragar. Y dan a Francisco una obediencia falsa. No creen en el don de la infalibilidad, que tiene Pedro, y, por eso, no saben discernir nada con un Papa. Sólo se acomodan al gobierno de hombres en la Iglesia. Y en la Iglesia no gobierna el hombre, sino Cristo.

Cuando en el reinado de un Papa legítimo se producen cartas, decretos, encíclicas, etc., que van en contra de la Fe, entonces eso no viene del Papa, sino de los Obispos, Cardenales, que imponen su voluntad en la Iglesia por encima del Papa. Es lo que ha sucedido desde Pablo VI hasta Benedicto XVI. Nadie ha discernido la acción del demonio en torno al Papa. Nadie la ve. Y todos terminan por acusar al Papa de todos esos males.

Y llega uno, puesto por los hombres, y como habla como los otros, como dice lo que los otros dicen, entonces todos le acogen. Y Francisco habla lo que él ha hecho en la Iglesia en contra de los Papas legítimos. Francisco se ha dedicado a tumbar las enseñanzas de los Papas legítimos mientras era Cardenal. Francisco se ha dedicado a desobedecer a los Papas legítimos.

Francisco, con los suyos, es el que ha derribado al Papa Benedicto XVI; y se ha subido al podio de su ignorancia para enseñar la doctrina de su mente humana, que es su pecado que le lleva al infierno de cabeza.

Pocos hay que se opongan, de verdad, a Francisco y a todo su gobierno horizontal. ¡Muy pocos! Y estamos llegando a la mitad de la semana, que significa que se acaba la Eucaristía, que es necesario salir de Roma porque ya no da la Iglesia de Cristo, ya no representa a Cristo.

Ni Francisco ni su gobierno horizontal, ni aquellos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles que apoyen a Francisco, son de la Iglesia Católica. Ellos no representan a la Iglesia Católica, sino a su iglesia, a su invento de iglesia.

El cisma se está haciendo, cada día, más manifiesto. Se ve con mayor claridad. Por supuesto, para los idiotas que siguen a ese idiota, todo marcha viento en popa: no hay problema en la Iglesia. Pero, para las almas que viven la vida del Espíritu, empiezan a notar la persecución desde el interior de la Iglesia.

La gente se está haciendo fuerte en la mentira. Y comienza a luchar por una mentira, por una idea humana, por las ideas comunistas que Francisco lanza en la Iglesia. Y eso es perseguir la Verdad y a aquellos que viven la Verdad en la Iglesia Católica.

No se hagan ilusiones con Francisco: él abrió la puerta del infierno en la Iglesia. Él ha sentado en la Silla de Pedro a Lucifer. Él ha querido que los demonios tengan parte en su nueva iglesia. Y, por eso, él batalla contra la Verdad en la Iglesia; anula la Tradición para poner sus tradiciones, sus costumbres, sus deseos sociales, culturales, políticos, económicos. Francisco ha vendido su alma al demonio por un puñado de popularidad entre los hombres.

Dios es un Dios de Justicia

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“Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer. Y entre tu linaje y el Suyo; Éste te aplastará la cabeza. Y tú le acecharás el calcañar” (Gn 3, 4).

Cada uno tiene lo que se merece en su vida.

El que peca tiene su pecado; el que vive en gracia tiene el amor de Dios.

El drogadicto posee su droga; el homosexual su lujuria en la carne; el que mata la maldición de Dios; el que miente es del demonio; el que habla la Verdad da la Palabra de Dios.

Desde el pecado original hay dos familias en la tierra: los hijos de Dios y los hijos del demonio.

Por tanto, hay dos pueblos: el pueblo de Dios y el pueblo del demonio. Y hay dos Iglesias: la Iglesia de Jesús y la Iglesia de satanás.

Y entre los hijos de Dios y los hijos del demonio hay un abismo que no se puede pasar: “entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros” (Lc, 16, 26).

Por tanto, no existe la fraternidad entre los hombres, es decir, el amor universal entre los hombres, el amor sin fronteras, porque no se da una Iglesia para todos los hombres, no se da un pueblo para todos los hombres, no se da un gobierno para todos los hombres.

Esto es lo que, insistentemente, predica Francisco: todo es para todos. Es su monismo y su sincretismo religioso.

No puede darse nunca un gobierno mundial universal en la práctica, porque en el mundo todos se rigen por su mente humana. Nadie en el mundo se rige por la mente de la otra persona.

En el mundo no existe la obediencia, sino la imposición de leyes, de pensamientos, de normas, gusten o no gusten a la gente. Y no importa que esas normas sean antimorales o antiéticas, porque el mundo pertenece al demonio y, por tanto, vive siempre en el pecado, sin ley, sin moral, sin ética, sin Dios.

Cuando los hombres quieren hacer un gobierno mundial, lo tienen que hacer a la fuerza, con guerras, con destrucciones, con dictaduras, imponiendo la mente de unos pocos a los demás.

En el mundo no se da el amor ni, por tanto, la confianza entre las personas. Sólo se da el interés, el negocio entre los hombres, las obras de los hombres que sólo buscan su propia gloria, su propia fama, su propio bienestar.

Por eso, el mundo no se preocupa de nada: ni de los pobres, ni de las guerras, ni de los problemas entre las personas, porque en el mundo sólo existe un poder que lo rige todo y que mantiene ocupados a los demás en cosas que ellos hacen y obran para su negocio en el poder del mundo.

La cabeza del mundo es el demonio. Y el demonio tiene su gente para gobernar todo el mundo a base de odio, destrucción, injusticias, etc.

Por eso, una Iglesia que va al mundo para amar a los hombres no es la Iglesia de Jesús.

Jesús murió para salvar nuestras almas y, de esa manera, nos ama; pero Jesús no murió para salvarnos de los males de este mundo, de los peligros de este mundo, de las miserias de este mundo, de las enfermedades, guerras, etc.

Jesús no vino para solucionar los problemas de los hombres. Por tanto, en la Iglesia no se está para dar de comer a nadie, ni para hacer que en el mundo surja una paz falsa hablando de los problemas para no hacer nada por ellos.

El mundo no hace nada por resolver los problemas. Esa es la experiencia desde que el hombre es hombre. El hombre vive para sí mismo; el hombre le importa un comino los demás.

Cuando la Iglesia basa su predicación para ayudar a la humanidad – a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los drogadictos, etc- es la señal de que esa Iglesia ya no es la de Jesús.

Jesús sólo predica Su Palabra, que es Salvación y Santificación para todos los hombres. Sólo hay que dar la Palabra, no hay que hacer una asociación, una cáritas, para recoger dinero con el fin de ayudar a la humanidad. Eso es siempre del demonio.

Quien pone su limosna en cáritas o en cualquier obra que predique el amor a la humanidad, el amor en general, no es de la Iglesia. No es Volunatd de Dios. Porque Jesús no hizo eso en su vida pública, en su vida humana.

Jesús amó a cada alma en particular. Y, por eso, la limosna tiene que darse en particular, a la persona en concreto, no a una organización que –dice- ayuda a los pobres.

Hay cantidad de asociaciones, de ongs, que ayudan a los pobres, pero nadie sabe a dónde va su dinero. Hoy los pobres se han convertido en el negocio de unos cuantos, tanto dentro de la Iglesia como fuera.

La gente sólo pide dinero para ayudar a salir de las necesidades humanas, materiales, etc., de los hombres que son sólo el fruto del pecado de cada hombre.

Vives en la pobreza es por tu pecado. Vives atado a la droga, al alcohol, al sexo, etc., y no puedes salir de esa vida de miseria, es sólo por tu pecado.

La solución no está en dar dinero para solucionar vidas rotas por el pecado. La solución está en ver el pecado, en arrepentirse del pecado y en luchar contra el pecado.

Esto es lo que nadie hace, porque es arduo y difícil. Y, cuando uno se mete en los líos de la vida, en el alcohol, droga, asesinatos, etc., no quiere poner este camino de cruz a su vida, porque ha vivido su placer. Y su placer le llevó a una vida rota en todos los sentidos del que sólo con la gracia de Dios se puede salir. Y como no se persigue esa gracia, entonces nunca se sale.

Y, por eso, no cabe en la cabeza la ayuda humanitaria, económica, etc. a personas que no quieren quitar su pecado y que quieren seguir pecando, es decir, viviendo su vida rota.

Al linaje del demonio no le interesa salir del pecado, lo que le interesa es tener dinero para seguir pecando. Que alguien le dé dinero para seguir en su vida cómoda de pecado.

Esta es una realidad: cada uno tiene en su vida lo que se merece, lo que ha perseguido, lo que ha buscado. Y los hombres no están obligados a ayudar a nadie que no quiere ver la verdad de su vida, que ya ha elegido su camino: la perdición, la condenación, el infierno.

Entre el linaje del demonio y el linaje de la Mujer hay sólo batalla, no fraternidad, no un abrazarse o darse un beso. Es lo que no le cabe en la cabeza a Francisco y los suyos. Por eso, predican de esa manera: una fe para la humanidad, un amor para la humanidad, una Iglesia para la humanidad, sin hacer distinción entre hombres.

Y, por eso, son corderos vestidos de piel de oveja, para conseguir su propósito: que le den dinero, que la gente se preocupe por quien no tiene que preocuparse: por los hijos del demonio.

Hay que luchar contra los hijos del demonio que son muchos, dentro y fuera de la Iglesia. No hay que dejarse atrapar por las frases bellas, por las palabras bonitas, por los sentimentalismos vacíos que tanto Pastores usan en sus predicaciones, en sus charlas en la Iglesia.

Esos Pastores se alzan con su orgullo dentro de la Iglesia para proclamar sus herejías y así hacer que la Iglesia viva de mentiras, como se hace en el mundo.

El amor al prójimo es el amor a una persona en concreto, sea amigo o enemigo. Pero nunca es un amor universal, a lo grande, a todos porque todos son hombres. Eso es un amor ciego, un amor mentiroso, un amor falso, porque no existe en la realidad. Sólo existe en la cabeza de los hombres. Es un ideal que nunca se llega a poner en práctica, porque es una utopía. Y esa utopía, ese amor a la humanidad, a conseguir un bien común, un gobierno común, una iglesia común, es el motor de la ideología del comunismo que Francisco ha desarrollado en su evangelii gaudium.

El que rige la Iglesia en Roma, actualmente, -Francisco- es sólo un comunista: un cordero, un lobo, un carnero, una pantera, vestida de oveja.

Francisco ni es Papa, ni es sacerdote, ni Obispo, ni nada. Es sólo el principio de la destrucción de la Iglesia. Es sólo eso. Lo demás, su obra de teatro en la Iglesia. Sólo hace su papel, que lo representa muy bien, porque lo ha estudiado durante muchos años. A Francisco le importa un bledo la Iglesia y los pobres. Sólo le interesa destruir la Iglesia. Pero él la quiere destruir a su manera. Y, claro, se equivoca, porque es un hombre sin inteligencia: no sabe dónde está parado.

Por eso, si no hay lucha dentro de la Iglesia contra los hijos del demonio, la Iglesia queda autodestruida por los mismos hijos de Dios que no saben luchar contra el demonio, que sólo saben pedir a Dios que les resuelva sus grandes necesidades en sus vidas humanas, pero que ya no buscan ni su salvación ni su santificación en la vida espiritual.

Por eso, la gente ha tardado en abrir sus ojos a la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Y muchos siguen con la venda en sus ojos, porque no hay fe. Y sólo es esa la razón de la ruina que viene ya para la Iglesia: gente que no lucha por la Verdad, sino para conseguir un trabajo, un dinero y así vivir cómodos en sus vidas.

Cuando los Pastores predican al gusto de la gente eso es señal de que se perdió la fe en toda la Iglesia. Es señal de que algo grave va a pasar en la Iglesia. Es señal de que ya la gente no vive para dar culto a Dios en sus vidas, sino que persigue otros dioses que le dan lo que ellos quieren en la vida.

Cada uno tiene lo que se merece: el infierno o el cielo. Y los que se merecen el infierno, no hay para ellos Misericordia, sino Justicia.

Dios es un Dios de Justicia. Y, por eso, cae ahora sobre toda la Iglesia su Justicia, porque pocos han entendido lo que pasa en la Iglesia. Y viene un castigo grandísimo para toda la Iglesia. Y ese castigo repercutirán en todo el mundo. Porque el mundo sólo se mueve si se mueve la Iglesia. La Iglesia es el eje del mundo, porque es la Verdad. Y, cuando Dios castiga a su Iglesia, el mundo tiembla de espanto. El mundo queda paralizado.

«…los que siguen a Cristo más de cerca son aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte» (San Agustín – Trat. evang. S.Juan 124,5).

Mis tiempos han llegado

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“Mis tiempos han llegado. Han llegado los tiempos predichos por Mí en Fátima… Os he predicho el castigo, que va a azotar a este pobre humanidad vuelta pagana… Descenderá fuego del cielo y la humanidad será purificada y completamente renovada, para estar así pronto a recibir al Señor Jesús que volverá a vosotros en Gloria. Os he predicho también la grave crisis que va a ocurrir en la Iglesia, a causa de la Gran Apostasía entrada en Ella… Esta Mi Hija amadísima debe vivir las horas de su agonía y de su pasión dolorosa; será abandonada por muchos de sus hijos. El viento impetuoso de la persecución se abatirá sobre Ella y será vertida mucha sangre, también por parte de Mis Hijos Predilectos” (P. Gobbi – Mis tiempos han llegado – 13 de octubre de 1994).

Tiempos de castigo, de Justicia Divina sobre el mundo y sobre la Iglesia.

Tiempos ya dados al hombre por el Espíritu de Profecía y que nadie, en la Iglesia, ha hecho caso, porque los hombres no han aprendido a juzgar con el Espíritu, a discernir la Verdad en el Espíritu. Sólo saben juzgar con sus mentes racionales, con sus pensamientos humanos sobre la Iglesia, con sus ciencias teológicas y filosóficas y, por tanto, son como topos en la Iglesia: no ven ninguna Verdad. Sólo ven sus verdades racionales.

Viene fuego del cielo para todo el mundo. Y viene la persecución de la Iglesia por parte de todo el mundo. Todo el mundo persigue a la verdadera Iglesia fundada por Jesús en Pedro.

Son estos tiempos. No son para dentro de unos meses, unos años, un siglo. Son ahora, desde que Benedicto XVI renunció a ser Papa, estamos en los tiempos que predice la Virgen.

Y sigue habiendo muchos en la Iglesia que dicen que todo va viento en popa, que la fe en la Iglesia está en lo más alto, que vivamos tranquilos porque todo marcha como los hombres lo han pensado en sus grandiosas cabezas humanas.

Inútil pensamiento el del hombre. El hombre que piensa es un necio. El hombre que ama es un sabio.

Se ama siguiendo al Espíritu. Se es sabio siguiendo al Espíritu. Se es un necio siguiendo la mente de los hombres.

Y en la Iglesia tenemos cada idiota en la Jerarquía Eclesiástica porque viven para sus pensamientos humanos, no viven para el Espíritu. Y así le va a la Iglesia: se alimenta diariamente de la mentira que sale por la boca de muchos sacerdotes y Obispos, que se creen todopoderosos en la Iglesia con sus discursitos de necios hombres.

Son los Tiempos de la Virgen. No son los Tiempos de nadie en la Iglesia. No es el tiempo ni de Francisco ni del Anticristo. Es el tiempo de Dios, porque la Iglesia es guiada sólo por Dios, no por los hombres.

La Virgen quiere algo en este Tiempo del Castigo: “Decid a todos que entren en el Arca de Mi Corazón Inmaculado, para ser protegidos y salvados por Mí” (P. Gobbi – Mis tiempos han llegado – 13 de octubre de 1994).

¿Cómo vivir este tiempo de castigo en el mundo y de persecución en la Iglesia? Hay que refugiarse en el Corazón de la Virgen, como Noé se refugió en el Arca cuando el castigo del diluvio.

Y no hay otra manera de salvarse en este castigo doble: al mundo y a la Iglesia.

La Virgen es la que reúne a Sus Hijos en la Iglesia. Es la que protege la Iglesia. Es la que salva a la Iglesia.

La Virgen está en el desierto esperando a sus hijos que salgan de una iglesia que ya no es la Iglesia. Que se metan en el Arca de Su Corazón para ser preservados de todo lo que viene ahora a la Iglesia.

No hay que estar mirando a nadie de la Iglesia en este tiempo. Nadie. No interesa ningún Papa, ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún fiel. Sólo interesa la Virgen, que se corra hacia la Virgen, que se huya de Roma para esconderse en el Corazón de la Virgen.
Y eso significa seguir el Espíritu de la Madre. Pero si las almas no saben seguir el Espíritu, entonces ¿cómo van a entrar en el Refugio de ese Corazón Inmaculado? No pueden, porque viven pensando cómo ser Iglesia y cómo hacer la Iglesia.

Es que ya no son estos tiempos para eso. Son tiempos para refugiarse en la Corazón de la Madre. Y Ella dirá quién va al martirio y quién se queda aguardado al Señor que viene en Gloria.

Ella es la que manda ahora en la Iglesia. Y, por eso, su obra en la Iglesia desde siempre. Ha sido la Virgen la que siempre se ha aparecido en la historia de la Iglesia, desde el principio, desde antes de morir. Y se sigue apareciendo ahora, en esto tiempos en que nadie cree en nada, en ninguna verdad, sino que todos creen en sus mentiras.

El mundo se ha vuelto pagano: no cree en nada. ¡Y Francisco predicando que hay que ir al mundo para aprender del mundo! ¿Dónde vas necio? ¿Qué enseñas en tu estúpida cabeza humana en la Iglesia? ¿Quién te crees que eres en tu imbecilidad de vida?

El mundo da culto al demonio. No puede adorar a Dios ni en Espíritu ni en Verdad. No sabe lo que es eso. Sólo sabe comer, dormir, divertirse y ganar dinero.

Y la Iglesia vive el desconcierto más absoluto: hay una lucha por el poder. Todos quieren mandar. Luego, nadie manda. Todos imponen sus pensamientos y nadie hace nada por la Verdad. Y, por tanto, la Iglesia se cae a pedazos por los hombres, porque los hombres se la pasan viendo a ver quién les da dinero y poder en la Iglesia. Pero nadie se ocupa de alimentar a las almas con la Palabra del Espíritu.

Hay que irse de Roma para esconderse literalmente de todo el mundo, de toda la nueva iglesia que ya se está levantando en Roma. Esconderse, porque esa basura no sirve para el alma, para salvar las almas, sino para condenarlas.

Han llegado los Tiempos en que nadie hace caso al Espíritu, porque todos viven muy ocupados dando gloria a su humanidad. Ocupadísimos. ¡Cuántos ciegos, guías de ciegos, hay en la Iglesia!

Son los Tiempos en que los hombres lo deciden todo, incluso lo que hay en cada conciencia. Hasta ahí llega la soberbia humana. Porque una vez que el hombre acoge el pecado en su vida, su conciencia desaparece y se vuelve un juguete de los hombres. Eso es el trabajo de los anticristos que están ya en la Iglesia: abrir las conciencias al máximo para que entre todo tipo de herejías en el alma y las viva como se bebe un vaso de agua. Eso ya lo hace Francisco en su propia vida. Por eso, está maldito por su propia conciencia. Su conciencia le dice que va mal, pero él sigue haciendo el mal. Ya no sabe lo que es el bien y el mal, porque él se lo inventa con su cabeza. Y quien llega a eso es señal de que perdió su conciencia, de que se traga las mentiras como si fueran verdades claras y absolutas que hay que seguir sin remedio, sin hacer caso a las voces discrepantes que surgen a su alrededor.

Son los Tiempos de la Gran Maldad, de la Gran Mentira, del Gran Odio contra Cristo y contra Su Iglesia. Todos se vuelven contra la Verdad. Todos se oponen a la Verdad. Todos ocultan la Verdad. Y quien hace eso es para acoger la Mentira, y la Mentira más Mentira de todas: la que da el demonio sentado en la Silla de Pedro. El demonio enseña a todo el mundo la mentira sin que nadie se oponga: eso es la Mentira más Mentira de todas. La Mentira Mayor, la Cumbre de la Mentira.

Y todos obedeciendo al demonio. Eso es Francisco: una falsa cabeza a la que todos dan obediencia. Se someten al demonio en sus vidas. Dan culto al demonio en sus vidas. Siguen al demonio en sus vidas.

¡Disciernan los Tiempos! ¡Disciernan los espíritus para ponerse en la Verdad! La Verdad es una obra que toda alma tiene que conquistar en su vida. Y aquel que no trabaje por la Verdad, se queda siempre en su gran mentira de la vida.

La Verdad no es un don de Dios al alma. La Fe es un don de Dios. Y quien vive de Fe busca la Verdad. Y quien no vive de Fe no busca la Verdad.
Y siempre el que busca encuentra. Y el que no busca nunca encuentra.

Y hoy las almas han dejado de perseguir la Verdad porque ya no creen en la Palabra de la Verdad. No tienen fe.

Por eso, son Tiempos gravísimos, en donde ya no hay retorno. O estás con Cristo o está con el Anticristo. Que cada uno elija dónde quiere estar.

Francisco es un impostor

“los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11, 29).

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En esta Palabra Divina los hombres no creen.

Si el hombre tuviera Fe en la Palabra entonces no veríamos lo que vemos en la Iglesia.

Benedicto XVI no renunció a ser Pedro porque el don de Dios es irrevocable, es para siempre, es hasta la muerte.

Esta es la Fe en la Iglesia.

Y esto es lo que no ha vivido ni Benedicto XVI, ni los Cardenales que eligieron a un hombre para ser Papa, ni Francisco.

Nadie vive la Fe. Nadie obra la Fe.

Todos viven sus pensamientos humanos. Todos obran sus pensamientos humanos.

Todos dicen muchas cosas, muchas razones, para no obrar la Fe en la Palabra: nadie puede renunciar a la Vocación a la que Dios le ha llamado.

Si se dice que Benedicto XVI hizo algo bueno en su renuncia, como una acto de humildad, de sabiduría, de ejemplo ante los demás, se está diciendo una solemne tontería, una gran mentira.

Porque lo que hizo Benedicto XVI fue una acto en contra de la Voluntad de Dios, que lo llamó a ser Pedro en la Iglesia. Y esa llamada es irrevocable. No la quita nadie, ni el mismo Dios. No la quita una enfermedad, y menos la opinión de ningún idiota de la Jerarquía Eclesiástica.

Porque se es sacerdote u Obispo para dar la Verdad a la Iglesia, no para engañar a la Iglesia como lo hicieron los Cardenales que se reunieron para proclamar en la Iglesia a nuevo Papa cuando el anterior seguía vivo. Cardenales astutos como demonios para obrar la iniquidad en la Iglesia.

O creemos en la Palabra de Dios o creemos en las palabras o en las leyes o reglas que tienen los hombres en la Iglesia.

Pero no se puede creer a las dos al mismo tiempo. O la Iglesia es la Obra de la Palabra Divina o la Iglesia es la obra de las palabras humanas. Elijan y quédense con aquella que más les guste a su estupidez humana o aquella que les niegue todo derecho a poner su pensamiento humano.

Porque eso es la Cruz de Cristo: crucificar tu gustosa voluntad humana, pisotear tu brillante cabeza humana, despreciar tu importantes obras humanas.

Hay muchas almas en la Iglesia que no ven esta verdad: Benedicto XVI sigue siendo el Papa verdadero, le pese a quien pese, le guste o no le guste a Francisco o a la Jerarquía de la Iglesia que se une a ese impostor.

Y si Benedicto XVI es el Papa verdadero, porque los dones son irrevocables, entonces Francisco es un impostor, al que no hay que hacer ni caso en la Iglesia.

Esta es la Verdad que nadie quiere entender y que nadie quiere seguir en la Iglesia.

Francisco es un impostor. Y si no se cree a la Palabra de Dios, que es muy sencilla y que sólo hay que tener dos dedos de frente para entenderla, entonces estamos haciendo sólo la Iglesia del demonio, pero no la Iglesia que Jesús quiere.

“Se ha sentado en la Cátedra de Moisés los escribas y fariseos” (Mt 23, 2) para reescribir el Evangelio de Dios, para anunciar a la Iglesia la sabiduría de los hombres, para hacer de la Iglesia el culto a Satanás.

Y todavía hay gente que no se lo cree. Que no acaban de abrir sus ojos dormidos por la mentira que viven.

Pero a ¿quién quieren creer a Francisco o a Pedro?

Y dijo Pedro: “No tengo oro ni plata; mas lo que tengo, esto te doy: en el Nombre de Jesucristo, ponte a andar” (Act 3, 6).

Y dijo Francisco: “El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más”.

¿Es la palabra humana de Francisco más importante que la Palabra Divina? ¿Son las razones de Francisco las razones de Dios en la Iglesia?

¿Es la obra de Francisco en la Iglesia más importante que la obra que hizo Pedro al comenzar la Iglesia?

Dicen que quieren volver a lo primitivo, a los orígenes de la Iglesia. Entonces hagan como Pedro hizo. Imiten a Pedro. ¿Para qué esta la Sagrada Escritura? Para imitarla, no para reescribirla.

Pero son incapaces de hacer eso porque no creen en el Espíritu. Y empezando por Francisco, que dice que Jesús no es Espíritu. Y lo dice tan campante, como si hubiera dicho la verdad más grande de la historia en la Iglesia.

¿Quién es más importante ahora en la Iglesia: Francisco o la Palabra de Dios?

¿Quién tiene la razón sobre la renuncia de Benedicto XVI: el mismo Benedicto XVI o la Palabra de Dios?

¿A quién palabra seguimos en la Iglesia: a las palabras de los hombres o a la Palabra de Dios?

Es claro que la mayoría de la Iglesia sigue lo que los hombres dicen. Eso es clarísimo. Y, por eso, decía la Virgen: “ROMA PERDERÁ LA FE y se convertirá en la sede del anticristo.” (La Salette)

Roma es un basurero en que los hombres han convertido el culto divino. Un basurero. Hay que echar en Roma todo lo que no sirve para salvarse y santificarse. Todo lo que estorba para vivir una vida acomodada a los planes de los hombres. Hay que despreciar las cosas santas y sagradas, porque ya lo nuevo es lo que trae Francisco a la Iglesia.

Con Francisco la Silla de Pedro le pertenece al anticristo. Y ¿todavía no se han dado cuenta? ¿Es que no basta con mirar la cruz que ese maldito ha puesto en medio de la Iglesia? ¿Es que la Cruz ya no es el Crucificado? ¿Desde cuándo la Cruz representa la Resurrección? ¿En qué evangelio está escrito eso?

Roma es la Sede, el gobierno central del Anticristo. Pero, eso no me lo creo. No termino de verlo en mi cabeza, porque mi cabeza es la sede de mi orgullo, de mi soberbia, de mi felicidad en la vida. Y no quiero pisotear mi cabeza porque quiero seguir viviendo mi linda vida, mi estúpida vida, mi descarnada vida.

Los hombres somos todos unos soberbios y unos hipócritas que tenemos miedo de decir la Verdad, cueste lo que cueste en la Iglesia. Que queremos decirnos unos a otros lindezas para estar contentos y así amarnos mucho. ¡Qué asco da la Iglesia hoy día! No hay fe. No hay ninguna Fe.

Roma, es decir, la Jerarquía de la Iglesia, ha perdido la Fe en la Palabra. La perdió Benedicto XVI, la perdieron los Cardenales que eligieron a Francisco, y no la tiene Francisco. Francisco es lo más opuesto a un hombre de Fe. Es un incrédulo, que sólo cree en su maravillosa cabeza.

Francisco es sólo un demonio en la Iglesia.

Y esto la gente todavía no se lo cree.

Su sonrisa es la sonrisa de Lucifer, que se burla de las almas para indicarles el camino del infierno. Es lo que ha hecho en los siete meses de gobierno despótico, en que no ha dicho ninguna verdad al alma, sino todas sus mentiras bien presentadas para quedar bien ante todo el mundo.

Sus ojos recriminan a los corazones que no quieren seguirle por su camino de mentira y de orgullo en la Iglesia. Parecen bondadosos, pero con el que le hace el juego en la Iglesia. Con quienes se enfrentan a él, son ojos están llenos de odio que no sabe disimular.

Su boca es la boca del Dragón, que sólo sabe vomitar su herejía favorita: Dios es el hombre. El hombre es dios, el hombre es el centro de todo, el hombre es el que sabe, el hombre el que obra, el hombre es el que decide en la vida. Hay que ayudar al hombre, hay que vivir para el hombre. Hay que ser hombre.

Y, cuando hace una obra buena, es el demonio el que se reviste de ángel de luz para aparecer santo y justo ante los demás, para conseguir el aplauso de los bobos como él es en su corazón y en su alma. Francisco es el hombre más necio de todos en la Iglesia actualmente.

¿Quién se cree que es Francisco? ¿Qué se cree la gente que es Francisco?

Es un maldito. Y no hay otra palabra para definirlo.

Maldito por lavar los pies a dos mujeres en Semana Santa.

Maldito por poner en la Iglesia el gobierno horizontal destruyendo la columna de Pedro en la Iglesia, su verticalidad.

Maldito por no querer juzgar a los homosexuales y así equipararse a ellos en su maldito pecado.

Maldito por no reconocer el Amor de Dios en Su Iglesia que le llama abandonar la Iglesia, porque no sabe ser sacerdote ni Obispo en la Iglesia.

Maldito porque, día tras día, justifica su pecado en medio de la Iglesia y aplaude a aquellos que imitan su mismo pecado en la Iglesia.

Es que no hay manera de alabar a Francisco en nada. No hay manera de aplaudirle.

O se está con Francisco o se está en contra de Francisco, pero no se puede estar un día sí y otro día no. Eso es de fariseos y de hipócritas, como es él.

Tenemos una Iglesia que, en este momento, no sirve para nada. Está rota por los cuatro costados. Es un cadáver sin vida, sin amor, sin fe, sin esperanza alguna.

Y la gente en la Iglesia sólo persigue su vida cómoda. Para eso quieren a Francisco. No para otra cosa. No para vivir de Fe, no para obrar las obras divinas en la Iglesia. Sino para hacer de la Iglesia el teatro de las obras humanas.

¡Es una pena cómo está la Iglesia!. ¡Una gran pena!. Es para llorar. Es para sentarse, como se sentó la Virgen en la Salette, y empezar a clamar a Dios para que no hunda a sus hijos por Su Justicia.

Porque esto que ha hecho Benedicto XVI, los Cardenales que eligieron a un Papa nuevo, y Francisco es para destruir la Iglesia. Y eso se llama: Justicia Divina.

Dios castiga a Su Iglesia dejando que el demonio ponga un anticristo en la Silla de Pedro y así muchas almas se van a condenar, porque ya no tienen Fe en la Palabra de Dios. Y hay que dejarlas que ellas mismas pongan su camino de condenación en vida. Eso es el significado de la nueva iglesia que ya está funcionando en Roma. Una Roma para condenar a las almas. Una Roma que ya no da la Verdad a nadie, sino que sólo se ha convertido en la Ramera de los sacerdotes y de los Obispos que miran a Roma como la posesión de la mentira del demonio.

¡A Cuántos sacerdotes Y Obispos les agrada la mentira que Francisco dice diariamente en Roma! ¡Cuántos buscan esas palabras para decirse a sí mismos en la vida: qué bien vamos, qué Papa más bueno tenemos! ¡Tenemos un Papa que nos regala el oído, que nos dice lo que queremos oír! ¡Qué alegría encontrar a un santo varón, lleno del Espíritu, que lo va renovar todo en la Iglesia!

Esto es lo que se escucha por todos los sitios. Así está la Iglesia: embobada con las palabras de un maldito, que no sabe enfrentarse a ese maldito para no quedar mal con los demás, para seguir la farsa de muchos en la Iglesia, para seguir ganado el dinero y tener el puesto que no se quiere perder en la Iglesia.

Una Iglesia que es una ruina, una hecatombe espiritual. Nadie vive el Espíritu. Nadie hace caso al Espíritu. A nadie la interesa obrar la Voluntad de Dios en la Iglesia.

Por eso, hay que renunciar a Roma muy pronto. Es lo que queda. Porque si no se hace eso, después va a ser más difícil salir de la Iglesia.

Una vez que el demonio está sentado en la Silla de Pedro, ata todas las cosas en la Iglesia y las almas no pueden desatarse de eso. Tiene que ser con una gracia especial de Dios.

Sentarse en la Silla de Pedro no es cualquier cosa. Es un maleficio que hace el demonio que pone en cada alma que siga a esa Silla el camino para condenarse en la Iglesia. Eso significa que un anticristo esté sentado como Papa en Roma. Los caminos abiertos ya están en Roma para ir contentos, bailando felices al infierno.

Y todavía hay que gente que no se cree esto.

Todavía la cabeza de muchos buscan una razón para no ver esta verdad, una excusa para seguir al maldito que se sienta en Roma.

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