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La blasfema bula de convocación del jubileo

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Es propio de una mente protestante imponer, desde el principio de su discurso, un falso cristo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (ver texto).

Así comienza Bergoglio su escrito, al que llaman Bula de convocación del Jubileo, el cual está lleno de errores y de claras herejías. Por supuesto, que ya nadie atiende a estos errores y herejías, sino que se dedican a lavar las babas que este hombre da en este discurso.

Jesús es «el Verbo» que «se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto Su Gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

El Verbo es la Palabra del Padre, la Palabra del Pensamiento del Padre: es la Revelación del Padre a los hombres en la Palabra de Su Hijo.

Y Jesús, cuando predicó a los hombres, les dio palabras de justicia y de misericordia. Les dio la Mente de Su Padre. Y , por lo tanto, en Jesús se vio la Justicia del Padre y, al mismo tiempo, la Misericordia. Luego, Jesús es el rostro de la Justicia y de la Misericordia del Padre.

Bergoglio anula la Justicia: «No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor» (Ib, n.20).

Un solo momento: su ley de la gradualidad. Es un solo momento histórico, pero que se va desarrollando, va alcanzando el grado que necesita para manifestar el amor. Esta idea es la propia de una mente masónica. No distingue las dos cosas; las anula. Y pone en cada hombre, en la perfección de la mente de cada hombre, la plenitud del amor.

¿Qué ha dicho este farsante? Él lo explica más abajo:

«…en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios» (Ib, n.20).

¡Gran mentira! ¡Cómo tuerce las palabras de la Sagrada Escritura!

¿Qué es la Justicia para Bergoglio? Abandonarse confiadamente en la Voluntad de Dios.

Este significado no corresponde a la Justicia Divina. Una cosa es abandonarse a la Voluntad de Dios, otra cosa es hacer la Voluntad de Dios. La Justicia es una Santidad Divina. Es obrar esa santidad. No es conformarse con la santidad de Dios.

Todo el problema está en saber cómo un alma se justifica, cómo un alma adquiere la justicia.

Para Bergoglio, un alma es justa porque se abandona confiadamente a la Voluntad de Dios. Es su fe fiducial: como Dios te ha perdonado los pecados, como Dios te ha prometido la salvación, entonces el alma sólo tiene que hacer una cosa: confiar. Si confía, Dios no le imputa sus pecados, Dios le salva, Dios le ama, Dios le muestra su ternura…

Este concepto de fe fiducial va en contra de la fe dogmática. En la fe dogmática, es necesario aceptar las leyes de Dios, el orden divino, asentir a las verdades reveladas por Dios. Y si el alma hace esto, entonces recibe la justicia de Dios.

El mismo Bergoglio lo explica:

«Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios» (Ib, n.20).

¡Qué astuto es este hombre!

Pone la justicia como un asunto del pasado, de los buenos israelitas. Ellos observaban los mandamientos de Dios. Cumplían una justicia. Pero, ahora hay que pensar de otra manera.

La Justicia es «la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno su derecho» (S.To. 2.2 q.58 a.1 a 1).

Dios, en la Biblia, muestra dos Justicias: la estricta y la vindicativa. La estricta o la divina es la razón divina por la cual Dios acoge o rechaza a los pecadores: Dios salva o condena. Dios perdona la culpa y todo el pecado; o Dios no perdona ni la culpa ni el pecado.

La vindicativa es el castigo divino por el pecado: «El castigo se hace por la imposición de una pena. Y es de razón, por la pena, que sea contraria a la voluntad y que sea aflictiva y que se imponga por alguna culpa» (S.To. 1.2 q.46 a.6 a 2).

Muchos niegan estas justicias en Dios, y la reducen a una justicia legal o gubernativa o distributiva o conmutativa.

Esta es la visión de Bergoglio: «La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley» (Ib, n.20). Bergoglio no cree en la justicia divina, y menos en la justicia vindicativa. Todo se reduce a un orden humano, a una justicia en el orden de las leyes civiles, legales, etc…

Por eso, tiene que argumentar así: «Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios».

Anula la Justicia en Dios: y las dos justicias. Por eso, Bergoglio une la justicia con la misericordia. Como la justicia es un confiarse en Dios, entonces la misericordia ofrece al hombre el perdón y la salvación.

Él mismo cae en su propia trampa:

«Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación» (Ib, n.20).

Como la justicia es sólo un asunto legal, civil, de orden distributivo, conmutativo, entonces para no caer en la idea legalista, para no implantar una ley que juzga, que divida a las personas en justas y en pecadoras, Jesús te salva por tu cara bonita.

¡Esto es lo que dice este hombre!

¡Es su fe fiducial!

Ya no tienes que creer en una ley divina, que pone una espada, una división entre los hombres, en las sociedades, en las familias, etc…Están los hombres que cumplen con los mandamientos de Dios y están los hombres que no cumplen con los mandamientos de Dios. Los que viven en gracia y los que viven en sus pecados….

Begoglio, porque anula las dos Justicias en Dios, presenta su fe fiducial, propia de los protestantes.

¡Gravísima herejía la contenida en esta falsa bula!

Bergoglio no sabe distinguir entre el fariseísmo, el legalismo,  y los mandamientos de Dios. Y cae en este error porque no cree en Dios. Él está en su concepto de Dios. En este concepto, Dios no es Justicia, sino sólo un Padre, que es creador y que ama a todos los hombres. Y, por lo tanto, tiene que presentar un Jesús que no tiene nada que ver con el Redentor, sino que es la figura del Anticristo.

Bergoglio es claro en su herejía: «El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas» (Ib, n.20). Está en su herejía de su humanismo: hay que estar atentos a las necesidades de las personas humanas, porque lo primero es la dignidad de ser persona humana. Si observas la ley pero no estás atento a las necesidades de tu prójimo, entonces eres un corrupto, un legalista, un fariseo. Tienes que tener ternura con tu prójimo, aunque sea un hombre que quiera vivir en su pecado. No juzgues su vida. Comparte su vida de pecado. Comparte la mesa con los pecadores. Comparte la herejía, comparte la apostasía de la fe, comparte el cisma.

Por eso, presenta un Jesús no real: «Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores» (Ib, n.20).

¿Dónde Jesús afirma que la regla de vida de sus discípulos debe ser el primado de la misericordia? En ningún sitio de la Sagrada Escritura. Sólo en la cabeza de Bergoglio, gran pastor protestante. Esta frase se la saca de la manga, como muchas en esa falsa bula. Es el lenguaje bello propio de un falso profeta.

«La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús» (Ib, n.20): ¿Cuál es la dimensión fundamental de la misión de Jesús? ¿A qué vino Jesús a la tierra? A quitar el pecado de Adán. Es una obra de Justicia, no de Misericordia. En esa obra de Justicia, hay una Misericordia para todos los hombres.

La dimensión fundamental de la misión de Jesús es la Justicia de Dios.

Y todavía Jesús no ha redimido el cuerpo de los hombres, sólo su alma. El hombre sólo tiene el cuerpo mortal, pero no el cuerpo espiritual y glorioso que tenía Adán. El hombre está a la espera de la redención de su cuerpo. El hombre está esperando el cumplimiento de una Justicia Divina: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 22-23).

Bergoglio, al anular la Justicia en Dios, tiene que anular esta obra de la redención, y tiene que enseñar a los hombres una sola cosa: el paraíso en la tierra.

«La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios» (Ib, n.23): el paraíso en la tierra. Los judíos son los primeros salvados por la misericordia a pesar de haber despreciado la Misericordia matando al Redentor, a Su Mesías. Y los musulmanes tienen en la misericordia el gatillo de su justicia. Están sostenidos por la misericordia para cortar cabezas de los cristianos. Tienes que relacionarte con el judío y con el islam para hacer un paraíso en la tierra.

¿No ven la falsa misericordia que predica este hombre?

¿No ven que ese jubileo no es para convertir almas sino para hacer una iglesia universal, que apoye un gobierno mundial?

¿Todavía están ciegos?

Sólo hay que creer en Jesús. Como el judío cree en Jesús, como el musulmán cree en Jesús, entonces están salvados. Ámalos, porque son tus hermanos de sangre y carne.

«La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: “Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley” (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón» (Ib, n.20).

¿Captan la herejía?

El Concilio Tridentino, s.6, cn.9 (D 819), definió: «Si alguno dijere que el impío queda justificado por la sola fe, de tal forma que entienda que no se requiere nada más, lo cual coopere para alcanzar la gracia de la justificación… sea anatema».

¿Qué dice Bergoglio?

«El juicio de Dios…lo constituye…la fe en Jesucristo». Nada dice este hombre del requerimiento, además de la fe, de los actos de otras virtudes para que el alma se justifique, adquiera la justicia de Dios.

Bergoglio está en su lucha contra los legalistas. No por la ley el hombre se justifica, sino por la fe. Pero no por la fe fiducial. No queda justificado el hombre por la sola fe. Hace falta «cooperar para alcanzar la gracia de la justificación».

Los judíos, ¿cooperan a la gracia? No. Luego, permanecen en la Justicia.

Los musulmanes, ¿cooperan a la gracia? No; ni siquiera creen en la gracia. Luego, sólo les espera el fuego del infierno si no se convierten.

La «muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica» (Ib, n.20). Si ustedes analizan esta frase, verán una clara herejía.

Jesús, con su muerte y resurrección, trae la salvación. Pero además, esa salvación viene con la misericordia que justifica. En otras palabras, la salvación no es misericordia. La salvación es sólo eso: una muerte y una resurrección: es decir, un hecho histórico. Una obra que Jesús, como hombre, hizo. Pero esa obra, que se llama salvación, no es la misericordia, no es lo que justifica al hombre.

¿Qué es esa misericordia que justifica?

Lo dice él mismo: «la justicia de Dios es su perdón».

Dios, cuando hace justicia, sólo perdona, no condena.

¿Ven la blasfemia? Ya no hay infierno. Todos al cielo.

¿Ven el pensamiento tan complicado de este hombre?

Así habla siempre un falso profeta: dice muchas cosas y no dice nada. Para terminar hablando de nada, llenado cuartillas de herejías y de blasfemias.

Jesús, con su muerte y su resurrección trae la salvación junto con el perdón que justifica. Esta es la herejía: la misericordia es el perdón que, además, justifica. Ya no hay que expiar ningún pecado. No hay justicia vindicativa.

Y cae en la siguiente herejía: la justicia de Dios perdona.

Por eso, tiene que decir una gran blasfemia:

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón» (Ib, n.21).

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios»: esto, no sólo es una herejía sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Dios, cuando aplica Su Justicia, no es como los legalistas, los fariseos, ni como el propio Bergoglio: Dios no invoca respeto por la ley. Dios manda a cada hombre cumplir Su Ley. Y esto es la Justicia estricta de Dios. Y cuando Dios aplica Su Justicia, cuando Dios se detiene en Su Justicia es para aplicar la ley, no para hacerla respetar, no para decir: aquí estoy Yo con mi ley, respetad a mi ley.

¿Ven la blasfemia?

Bergoglio, en esas palabras, está diciendo que Dios no manda al infierno. Si Dios se detuviera en la justicia, y mandará al infierno a un alma, entonces sería como todos los hombres que invocan el respeto por la ley. Pero Dios no se detiene en la justicia, sino que va más allá. Es una justicia que perdona, que nunca condena. ¡Gravísima blasfemia!

En Dios, la Justicia por sí misma basta. Esto es lo que niega Bergoglio: el atributo de la Justicia Divina. ¡Es una gran blasfemia!

En Dios, no se puede negar que la Justicia y la Misericordia se bastan por sí mismas. Quien niegue esto blasfema contra el Espíritu santo, como hace este hombre. Y, por eso, se inventa una falsa misericordia: «Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón».

Por eso, Bergoglio pone el primado de la misericordia por encima de todo. No existe esta misericordia que está más allá de la justicia. Es un invento de la cabeza de este hombre. Es su locura mental. ¡Esta es la demencia de Bergoglio!

En la Justicia, el Padre halla una Misericordia para el hombre.

Pero Bergoglio dice esto: en la Justicia, hay una Misericordia que anula la Justicia, que va más allá de la Justicia.

Y él pretende resolver esta metedura de pata, con otra metedura de pata:

«Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia» (Ib, n.21).

El que se equivoca, que expíe la pena. Y uno se pregunta, ¿de qué pena habla? Porque no ha tocado el pecado en toda la bula. Habla, por supuesto, de las penas que traen las justicias civiles, distributivas, conmutativas, etc… Pero no habla de la Justicia que el Padre exige para reparar su honor ofendido por el pecado del hombre.

Él niega la expiación: «Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón». Lo que importa es la ternura de Dios. Dios te ha salvado, no con un decreto, sino con una caricia, con un beso y un abrazo. Expía el mal pensamiento de juzgar a tu hermano. Quita ese pensamiento negativo y pon el pensamiento positivo: los judíos y los musulmanes son santos. Ámalos. Son tu carne. Son tus hermanos naturales.

¡Esto es Bergoglio!

«”Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree” (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva» (Ib, n.21).

¡Gran error en el que cae este hombre!

«Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia»: en la Justicia de Dios, se halla la Misericordia para el hombre. Pero la Justicia de Dios no es la Misericordia.

Bergoglio no distingue entre la justicia activa, que es la acción de Dios que infunde la gracia; y la justicia pasiva, que son los actos necesarios en la criatura para que se reciba esa justicia.

Jesús, en la obra de la Redención, consigue la gracia de la justificación para todo hombre: es la justicia activa. Pero esa gracia, merecida por Cristo, no se da al hombre si éste no quiere: es la justicia pasiva.

Por eso, en la Justicia de Dios, en la justicia activa, se halla la justicia pasiva, es decir, la Misericordia para aquellas almas que aceptan la verdad revelada por Dios. Pero si el alma no acepta los mandamientos de Dios, esa alma queda en la Justicia Divina, que puede ser estricta o vindicativa.

Bergoglio sólo expone su fe fiducial. Y nada más que esto. Y, por eso, cae en gravísimos errores y herejías.

Y esto es sólo un punto de la bula. ¡Qué no habrá de errores en toda la bula!

¡Qué pena de católicos que no saben ver esto!

Cogen este documento y se tragan la fábula que contiene como una verdad.

Bergoglio es ruptura con el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ruptura con toda la tradición. Ruptura con el Evangelio de Cristo. Está levantando su nueva iglesia.

Y aquí tienen esta basura de bula. Es una basura ideológica: llena de protestantismo, de comunismo y de ideas masónicas, desde el principio hasta el fin.

Esta bula es una blasfemia contra la Justicia y la Misericordia Divinas. Es un acto blasfemo y herético de ese hombre que se ha creído dios. ¡Ay de aquel que obedezca a este hombre!

No se puede obedecer la mente de este tipejo. Para los que todavía permanecen anclados en las estructuras externas de la Iglesia, les va a ser durísimo ese año consagrado a condenar almas al infierno.

Para quienes hemos dejado esas estructuras, somos libres de atacar a Bergoglio por los cuatro costados. Es el precio de la verdad: «y la verdad os hará libres».

Francisco: un judío infiltrado en la Iglesia Católica

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«La Mujer huyó al desierto, en donde tenía un lugar preparado por Dios, para que allí la alimentasen durante mil doscientos sesenta días» (Ap 12, 6).

Dos Papas en Roma: la Iglesia no camina, sino que está a la expectativa. Está perpleja y confusa. Muchos no saben discernir lo que se vive en la Iglesia. Muchos, al no creer en el dogma del Papado, no saben decir: el Papa Benedicto XVI es el verdadero y Francisco, ni siquiera puede ser Papa.

La Jerarquía de la Iglesia ha roto el dogma del Papado. Lo ha anulado y nadie se ha dado cuenta, porque ya la Jerarquía no enseña a sus ovejas la verdad, sino que les da alimento de demonios: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir» (Jn 10, 10).

La Iglesia, desde hace más de 50 años, no puede caminar en la Voluntad de Dios, sino que ha sido asaltada por los Enemigos del Evangelio, que son los judíos: «Por lo que toca al Evangelio, son enemigos por vuestro bien» (Rom 11, 28). Si los judíos no han creído en el Mesías, los judíos son los que atacan la obra del Mesías, que es la Iglesia Católica.

¿De qué manera la atacan? Con el pecado, propio del fariseísmo: la ocultación de la mentira. Judíos que se han introducido en el seno de la Iglesia como fieles, como clérigos y como Obispos. Judíos que fingen una conversión al cristianismo, fingen un cambio en los ritos exteriores, pero que tienen la intención de conquistar por dentro la Iglesia y llegar al centro de Ella, que es el Papado, para destruirla.

Es un trabajo de siglos, lento, pero eficaz. San Bernardo fue el que ayudó, en su tiempo a desenmascarar esta trama, y así los Cardenales pudieron elegir al Papa Inocencio II, salvando a la Iglesia de estar en las garras del judaísmo.

Más tarde, con la Inquisición, creada para extirpar las herejías y acabar con el poder oculto del judaísmo (que las dirigía y las alentaba), se logró derrotar y detener por un tiempo esta ocultación de los judíos en la Iglesia Católica.

El judío que se introduce en la Iglesia, obra dentro de Ella siguiendo órdenes y realizando actividades propias de las organizaciones judaicas: es necesario controlar las instituciones religiosas o desintegrarlas, reformar las liturgias, cambiar las leyes. Pero, sobre todo, hay que introducirse en la Jerarquía y escalar los puestos, los oficios, los cargos, para dominarla por completo.

Por eso, desde que nació la masonería, en el siglo XVIII, como una institución pública, se comenzó a introducir la masonería en la Jerarquía de la Iglesia.

El masón público es el que domina el mundo; el masón privado u oculto es el que domina la Iglesia. Y ya desde el siglo XV comienza la masonería a introducir en el mundo sus ideas en lo filosófico, hasta alcanzar una cumbre en el mundo. Y, por eso, era necesario que la masonería comenzase a tener públicamente instituciones, grupos, comunidades, para que la gente del mundo fuera instruida en ellas. Ya, en el mundo, era normal la idea masónica: igualdad, fraternidad, y libertad. Y había que mantener esa idea de muchas maneras.

Y lo que se comenzó en el mundo, también se inició dentro de la Iglesia. Esa idea masónica se ve reflejada en la Iglesia: los documentos del Concilio Vaticano II, sin ser masónicos, reflejan el trabajo de Cardenales, Obispos, sacerdotes masónicos.

El Concilio Vaticano II no es herético, ni sus documentos, pero hay que saber leerlos en la Tradición Divina, en el Magisterio Auténtico de la Iglesia, para no errar. Porque es muy fácil errar con los documentos de ese Concilio. Al ser un lenguaje espiritual, no dogmático, hay que saber explicar ese lenguaje de forma conveniente. Y muchas personas hacen dogma del Concilio por no saber leerlo de manera espiritual, acorde a la doctrina de Cristo en la Iglesia. El propio Francisco dogmatiza el Concilio, porque le conviene para su negocio en la Iglesia. Sin vida espiritual, se hace del Concilio una herejía y un cisma, que es lo que estamos viendo.

La masonería eclesiástica usa la máscara de un cristianismo aparentemente religioso y sincero, disimula sus creencias contrarias a Cristo con el velo de elocuentes y piadosos sermones. Muchos sacerdotes han sido excelentes oradores sagrados, pero eran masones. Es necesario ocultar la mentira con las buenas obras y con una labor impresionante en la administración, en el apostolado, en el gobierno de la Iglesia. Nadie debe enterarse que un sacerdote o un Obispo o Cardenal es masón. Es ejercer el fariseísmo a lo más perfecto. Es llegar a la cumbre del pecado de orgullo y de soberbia. Es blasfemar contra el Espíritu Santo. Mucha Jerarquía en la Iglesia ha sido masónica y nadie se ha dado cuenta.

Pero, desde hace 50 años, la masonería en la Iglesia trabaja al descubierto. Se han ido quitando impedimentos, excomuniones, leyes, y se ha hecho el camino más fácil para estar en el sacerdocio y, al mismo tiempo, pertenecer públicamente, con el conocimiento de todos, a la masonería. Un claro ejemplo es Francisco: masón y Obispo. Judío y Católico, al mismo tiempo.

Para Francisco, los judíos son una bendición: «Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada, porque «los dones y el llamado de Dios son irrevocables» (EG, n. 247). Y, Francisco, coge a San Pablo y lo tuerce, dando una mentira.

Dos cosas dice San Pablo:

i. Los judíos son enemigos del Evangelio por el bien de toda la Iglesia: no han creído en el Mesías, entonces se oponen al Evangelio. Y eso es un bien para toda la Iglesia, porque así la Iglesia camina tras las pisadas de Cristo, olvidando los antiguos preceptos mosaicos. Y es un bien para la Iglesia tener a los judíos como enemigos, para purificarse de sus propios pecados como Iglesia.

ii. Los judíos son amados por Dios a causa de la antigua promesa hecha a los Patriarcas. Dios los ama por la antigua promesa, no por la Antigua Alianza. La Antigua Alianza quedó abrogada, como lo enseña la Iglesia:

«Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituídas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, v empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas» (Eugenio IV – C. De Florencia, 1438 -1445 – De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441).

Pero, Francisco, no sólo se contenta con publicar una herejía, que es contraria al magisterio de los Papas, sino que trata, por todos los medios de declarar la bondad de los judíos:

«Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios» (EG, n. 247).

Y le responde a Francisco los Santos de la Iglesia Católica, esos que él no conoce y desprecia:

1. San Ambrosio, Obispo de Milán y gran Padre de la Iglesia, dijo a su grey que la sinagoga era: «…una casa de impiedad, un receptáculo de maldades, que Dios mismo había condenado…» (San Ambrosio, Obispo de Milán. Gran Padre de la Iglesia. Carta IX al Emperador Teodosio).

Y cuando las masas cristianas, debido a las pérfidas acciones de los judíos, no pudieron reprimir su ira y quemaron una sinagoga, San Ambrosio no sólo les dio todo su respaldo, sino que señaló: «Yo declaro que prendí fuego a la sinagoga o que cuando menos yo ordené a esas personas que lo hicieran…Y si se me objeta que yo no prendí personalmente fuego a la sinagoga, yo contesto, que empezó a ser quemada por juicio de Dios» (ibídem).

2. Santo Tomás de Aquino sostuvo doctrinalmente que: «Los judíos por razón de sus culpas están en perpetua servidumbre, los señores pueden por lo tanto, tomarles sus cosas, dejándoles lo indispensable para la vida, a no ser que lo prohíban las leyes santas de la Iglesia» (Tomás de Aquino, Opera Omnia. Edición Pasisills, 1880. Tábula 1 a-o, tomo XXXIII, p. 534). No tienen derecho a poseer privadamente nada.

3. Juan Duns Escoto, el Doctor Subtilis, propuso a la Cristiandad una solución del problema judío. Un famoso rabino se queja de que Juan Duns Escoto: «…sugirió que los niños judíos fueran bautizados a la fuerza y que los padres que se rehusaran a convertirse fueran transportados a una isla donde se les permitiera seguir observando su religión hasta el cumplimiento de la profecía de Isaías (10, 21) acerca de que `los residuos se convertirán´» (Rabino Jacob S. Raisin, obra citada. Cap. XIX, p. 525). Que vivan en una isla, como unos miserables en su impía religión.

4. San Atanasio, gran Padre de la Iglesia, sostuvo que «…los judíos ya no eran el pueblo de Dios, sino los jefes de Sodoma y Gomorra» (San Atanasio, Crta X (A. D. 338)). Son los que están detrás de los homosexuales y lesbianas.

5. San Juan Crisóstomo, otro gran Padre de la Iglesia, afirmó:: «Siempre que el judío dice a vosotros: fueron los hombres los que nos hicieron la guerra, fueron los hombres los que conspiraron contra nosotros; contestadles: los hombres no os hubieran hecho la guerra si Dios no lo hubiera permitido» (San Juan Crisóstomo, Sexta homilía contra los judíos) Y también sostiene que: «Dios odia a los judíos, porque Dios odia el mal; y los judíos, después de haber crucificado a Cristo Nuestro Señor, se convirtieron en el mal sumo» (Ibidem). Dios quiere el sufrimiento del pueblo judío para purificarlo de su pecado.

6. Su Santidad el Papa Inocencio IV, en su Bula “Impia Judaeorum Perfidia”, dice: «La impía perfidia de los judíos, de cuyos corazones por la inmensidad de sus crímenes, nuestro Redentor no arrancó el velo, sino que los dejó permanecer todavía en ceguedad cual conviene, no parando mientes en que por sola misericordia, la compasión cristiana los recibe y tolera pacientemente su convivencia; cometen tales enormidades que causan estupor a quienes las oyen, y horror a quienes son relatadas».

Los judíos no son unos santos: causan estupor a quienes los oyen, son pérfidos, impíos, que Dios tuvo misericordia por la fe de Abraham, sin embargo, son unos ciegos, unos demonios encarnados. Y hay que tratarlos así. Eso no quiere decir que no se les ame. Se les ama por eso, porque Dios los sigue amando, debido a la Promesa que hizo a los Patriarcas: «Mas ellos, de no perseverar en la incredulidad, serán injertados, que poderoso es Dios para injertarlos de nuevo» (Rom 11, 23).

Los judíos no tienen el mismo Dios que los Católicos, porque no creen en el Mesías. Y en Jesús está toda la Santísima Trinidad. Ellos creen en un Padre Creador, pero no creen en un Hijo Redentor. Y menos pueden comprender al Espíritu que santifica la Iglesia de Cristo.

Francisco ama tanto a los judíos que, por eso, enseña la doctrina de ellos en la Iglesia, cuando dice: «Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». Esta es la doctrina masónica sobre Dios, que es el mismo pensamiento de los judíos.

Francisco ha realizado un convenio con las otras religiones, con los judíos y con los musulmanes. Ese convenio todos lo pueden percibir, aunque no esté escrito de manera oficial. Pero Francisco se pasea como masón, como judío en medio de la Iglesia. Francisco habla como uno de ellos, abiertamente, acomodando su predicación a su misticismo judío. Francisco defiende a los judíos, quiere crear un ambiente de simpatía, de acercamiento hacia ellos, pero ataca a Cristo y a Su Iglesia. Y esta verdad es la que muchos no saben verla, no saben discernirla.

La Jerarquía de la Iglesia ha errado el camino al poner en el Trono de Pedro a un judío, a un masón, a un hombre que no es católico. Y esto va a traer consecuencias desastrosas para toda la Iglesia.

Los masones están contentísimos con Francisco, porque éste ha atado a los católicos de pies y manos: no ataquen a los judíos, no ataquen a los masones, no juzguen a nadie. Lloremos por el holocausto: «Con la vergüenza de lo que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer. Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal; con la vergüenza de que el hombre, creyendo dios, haya sacrificado a sí a sus hermanos. ¡Nunca más!! ¡Nunca más!!» (Francisco, 26-5-2014)

Francisco es un llorón: «con la vergüenza». Llora por tus negros pecados, pero no llores por los hombres, porque no merece la pena derramar una lágrima por ningún sufrimiento del hombre.

Francisco es un ignorante: «el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer». ¿Es que no sabes que el hombre pecador es un demonio encarnado, capaz de hacer el mismo pecado de su padre el demonio?.

Francisco no sabe nada del Misterio del Mal: «Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal». El Príncipe de este mundo no es el hombre, sino el demonio. El hombre es el juguete del mal. Su dueño: Lucifer.

Francisco no ha comprendido el holocausto: «con la vergüenza de que el hombre, creyendo dios, haya sacrificado a sí a sus hermanos». A esto le contesta San Juan Crisóstomo: «Pero son los hombres, dice el judío, quienes nos han acarreado estas desgracias y no Dios. Y ha sido todo lo contrario, pues de hecho Dios quien las acarreó. Si vosotros (judíos) las atribuís a los hombres, se deduce que aun suponiendo que los hombres se hayan atrevido a realizarlas, ellos no hubieran tenido fuerza para ejecutar tales acciones si Dios no lo hubiera deseado» (San Juan Crisóstomo, Sexta homilía contra los judíos). Es Dios el que ha hecho el holocausto, no los hombres.

Francisco se hace publicidad: ¡Nunca más!! ¡Nunca más! Está sediento de la gloria del mundo al hablar con un sentimentalismo pedante, fruto de su misticismo judío, sobre los sufrimientos de ese pueblo.

Hasta que los judíos no se conviertan, holocaustos vienen para ellos. Pero esto, a Francisco, no le interesa ni lo puede comprender.

Con Francisco en la cabeza, como un ciego que guía a otros ciegos, los católicos ya no defienden la Iglesia de los judíos, de los masones ni de nadie. Ahora, hay que empezar a introducir el paganismo en la Iglesia, que ese es el objetivo primero del Sínodo, del falso Sínodo, que se va a celebrar pronto. Un Sínodo que va a dar a la Iglesia un magisterio falso, errado, herético, cismático, propio de la nueva iglesia que Francisco ha fundado en Roma, en la Roma de los masones.

Y la Iglesia debe irse al desierto, porque no hay camino en Roma. Tiene que esperar, en el desierto, al Papa que la guíe hacia el Reino Glorioso.

Francisco invoca al demonio en el Vaticano

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Se ha realizado en el Vaticano un encuentro para invocar la paz. ¿A quién? A nadie. Es sólo una reunión de hombres para hacer propaganda ante el mundo del camino del amor fraterno: nos amamos tanto como hombres, que nos reunimos para hacer una charla sobre la paz. Que vean todos cómo nos amamos. Una reunión sin la Verdad del Evangelio. ¡Ay de los sedientos de gloria humana que hacen invocaciones para conquistar una falsa paz entre los hombres!

Tres momentos ha tenido esta reunión blasfema:

1. Una oración a Dios por el don de la Creación y por haber creado al hombre miembro de la familia humana.

a. Gran desperdicio de tiempo el empleado por estos hombres, porque ya no se ora al Dios Creador, sino al Dios Redentor. Se ora a Jesucristo, que es el que ha creado los Cielos y la Tierra con Su Palabra, y que ha puesto a la Creación el camino para salir de la maldición (= «las criaturas están sujetas la vanidad» (Rom 8, 20)) en que ha caído por el pecado del hombre. Y el Camino es el mismo Jesucristo. Pero ninguno de esos hombres ha ido a arrodillarse ante Jesús Sacramentado para ser alabanza de la Gloria de Dios con su boca y con su corazón, sino que, bien sentados en sus cómodos asientos, han blasfemado palabras groseras en la Casa del Señor. «Mi Casa es casa de oración», no es para charlar palabras vulgares, llenas de mentira, que sólo se dicen para agradar los oídos de los hombres.

Jesús es la Nueva Creación del Padre, que reúne todas las cosas: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos (…) nos dio conocer el Misterio de Su Voluntad, conforma a su beneplácito, que se propuso realizar en Cristo en la plenitud de los tiempos, reuniendo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Ef 1, 3.9-10). En Jesús, el Padre creó todo; y en Su Hijo Jesús, el Padre lo recrea todo. Luego, ya no hay que orar al Dios que crea, sino al Dios que lo recrea todo en Su Hijo. Es necesario orar a Jesucristo para dar gracias al Padre, no sólo por la Creación, sino por la Nueva Creación en Su Hijo.

«Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar ya no existía» (Ap 21, 1). ¿Por qué perdéis el tiempo con mundo creado que va a desaparecer? Hemos sido, en Cristo, «heredados por la predestinación (…) a fin de que cuantos esperamos en Cristo seamos para alabanza de Su Gloria» (Ef 1, 11a.12b).

b. El deseo del hombre por fortalecer los lazos de fraternidad les ciega en sus planes de gobierno. Las naciones están ardiendo en discordias, luchas civiles, enfrentamientos de todo tipo por una sola razón: nadie cumple con la ley de Dios, con los mandamientos que el Señor ha revelado en Su Palabra. Y ¿os atrevéis a reuniros, sabiendo que faltáis en muchas cosas a la ley de Dios, para pedir paz entre los hombres? Si en vuestros corazones no está la paz con Dios, porque no guardáis los mandamiento divinos, ¿cómo queréis la paz en vuestros pueblos, la paz con los hermanos, si a nadie le importa el amor a Dios, las exigencias de ese amor entre los hombres y, por tanto, entre los diversos pueblos?

concesiones

¿Cómo esperan los hombres que Dios dé la paz a todos los pueblos, si cada uno tiene un culto diferente a Dios, si en cada pueblo hay un dios que no es el Dios verdadero? Si no se profesa la fe verdadera, la fe católica, si los hombres no reconocen a un solo Dios, que es Uno y Trino, ¿cómo se van a reconocer como hermanos, si cada hombre es hijo de su dios? Se quiere llegar a un ideal fraterno concebido sólo en la cabeza de los hombres, inventado por los hombres, que no es la realidad de la vida.

Si el hombre es hijo de Dios, entonces todos somos hermanos. Pero no somos hermanos, porque los hombres no tienen al mismo Dios como Padre: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» (Jn 8, 44).

Francisco: tu padre es el diablo y, por tanto, no eres hijo de Dios. Consecuencia: no somos hermanos. No hay fraternidad contigo. Tolerancia cero.

A todos esos hombres, que se han reunido, movidos por su deseo de gloria humana: no hay fraternidad con ellos. A todos los que han apoyado ese evento: no hay fraternidad con ellos. Son hijos del demonio. Tolerancia cero.

Y lo enseña la Iglesia Católica: «Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). No se puede aprobar la reunión que se ha hecho en el Vaticano, porque es una gran mentira. Un hombre que no cree en un Dios católico, invita a un encuentro para pedir la paz a un dios que no es católico. Mayor blasfema no puede haber. ¿Cómo se puede sustentar eso? Es que no entra en la cabeza de uno que tenga dos dedos de frente.

«Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Quien quiera apoyar a Francisco en esta reunión está declarando su naturalismo y su ateísmo. Ha perdido la visión de la doctrina católica. Ha dejado de ser Iglesia. Pertenece a la iglesia, fabricada en la mente de Francisco, para engañar a todos los hombres.

2. Pedir perdón a Dios por las veces que se ha fallado contra el prójimo y por los pecados contra Dios y contra el prójimo.

Para pedir a Dios perdón por los pecados y las faltas al prójimo, sólo hay un camino: la Penitencia, la expiación de los pecados, el Sacramento de la Reconciliación. Es necesario confesarse con un sacerdote y hacer vida de penitencia por los pecados. Ninguno de los asistentes a esa reunión se ha arrodillado ante un confesor para decir sus pecados, ni vive una vida de expiación por sus pecados ni por los del prójimo. Y, entonces, ¿para qué os llenáis la boca pidiendo perdón a Dios. Os confesáis directamente con Dios, que es la doctrina más fácil, y que a todo el mundo le gusta. Como ninguno de ellos tiene una fe católica, entonces sólo han proclamado su fariseísmo ante todo el mundo.

¡Ay de ti, Francisco, hipócrita y fariseo, que te llenas la boca de amor al prójimo y con tu arrogancia, destruyes la Tradición de la Iglesia!

¡Ay de ti, Francisco, que has perdido los papeles en la Iglesia y te has atrevido a ponerte por encima de Dios!

No dice Dios en su Palabra: “No tendrás otro Dios que a Mí” (Ex 20, 3). Y, ¿cómo te atreves a organizar un acto sabiendo que ni tú, ni los judíos ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen a la Santísima Trinidad como Dios en sus iglesias, en sus religiones, en sus naciones? Haces un encuentro para ponerte por encima de la autoridad de Dios, que es clara en Su Palabra Revelada. Pero tú no crees en la Revelación Divina, y, entonces, ¿por qué no se te cae la cara de vergüenza al pedir a Dios perdón por las faltas al prójimo, si no sabes ver tu propio pecado de orgullo y de soberbia ante Él? ¡Francisco: fariseo e hipócrita! ¡Tu mismo acto de invocación a la paz es una declaración de guerra a Dios y a los hombres!

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Francisco, has hecho un acto blasfemo, según el orden cronológico del origen de las tres confesiones, para enseñar tu mentira. Es más importante -para ti- la obra de los hombres, su historia, sus tiempos, que la Obra Eterna de Dios. Te fijas en el nacimiento histórico de las religiones, de las iglesias, pero no caes en la cuenta, -porque vives ciego en tu soberbia-, de que sólo hay una Iglesia Eterna, que no tiene su origen en el tiempo de los hombres, que no nace con una voluntad humana, que no es pensada por ninguna cabeza del hombre. Una Iglesia que es la depositaria infalible de toda la Verdad y que, por tanto, ni los judíos, ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen nada que decir a la Iglesia. No hay en ellos ninguna verdad y, por tanto, el nacimiento de esas religiones es del demonio, es fruto del pecado de los hombres por no querer adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. ¡Qué gran mentira has realizado, hoy, ante todo el mundo. ¡Cómo vas a caer por tu orgullo, por ponerte por encima de la Palabra de Dios! ¡A quién habéis adorado, hoy, sino a vuestro padre el diablo!

3. Para pedir a Dios el don de la paz.

¿Cómo es posible que se unan los hombres, cada uno con sus ritos, con sus oraciones, con sus profetas, con sus dioses, y poder conservar un mismo sentir y un mismo juicio? Las oraciones del Corán, ¿no atacan a la Iglesia Católica? Y, entonces ¿por qué se pide la paz con las palabras del libro del Corán? Los judíos, con sus rabinos, ¿no enseñan la Tora, que es contraria al Evangelio de Jesucristo? Y, entonces, cómo es posible que Dios dé el don de la Paz a los hombres si éstos no hablan con la misma Palabra de Dios, sino que usan sus palabras, llenas de orgullo y de soberbia?

Francisco ha hecho un acto irrazonable. No tiene ni pies ni cabeza.

Pero, ¿qué paz puede haber entre hombres que defienden doctrinas contrarias? ¿No viene la paz de la unión de los corazones?. Y los corazones, ¿no se unen si no hay una misma fe, un mismo Bautismo, un sólo Señor, una sola Iglesia? Entonces, ¡qué gran montaje publicitario el de esos tres hombres de negocios!

Ninguno de los tres adora a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ahí está el verdadero Dios. Los tres se adoran a sí mismos y sólo luchan por la gloria del mundo.

La unidad de todos los cristianos «no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Y donde hay diversidad de pareceres, de opiniones, de ideas, allí está el menosprecio de la Verdad, la anulación de todo dogma, la imposición de una mentira para salvaguardar las apariencias externas con los hombres.

Hay una única manera de unir a todos los cristianos: oración y penitencia, para que los hombres se alejen de sus cultos, de sus religiones, de sus iglesias, de sus pecados, y puedan entrar en la Iglesia Católica adorando a Jesucristo, que está presente en cada Sagrario del mundo.

Y si los hombres del mundo no van primero de rodillas a la Virgen María, dándole culto por ser la Madre de Dios, no es posible la conversión de nadie en el mundo, no es posible la paz en el mundo. Los hombres no pueden amarse como hermanos si no aman ser hijos de María. Es la Virgen María la Reina de la Paz en cada corazón que la tiene como Su Madre. El hombre que desprecie a Su Madre no puede ser hermano de otros hombres, sino un demonio que destruye a los hijos de Dios.

Realizar un acto de oración por la paz donde no han estado presente ni la Virgen María ni Su Hijo Jesucristo, es una blasfemia dentro de la Iglesia Católica.

Es Jesús nuestra Paz; es la Virgen María la que engendra la Paz de Su Hijo en cada corazón que vive en Gracia. ¡Pedís la paz y no queréis la Gracia que trae la Paz! Entonces, ¿para qué gastáis saliva pidiendo una mentira a un dios mentiroso?

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La Iglesia está viviendo la mentira que los hombres han acaudalado en sus mentes soberbias. Un Francisco, arrogante en su gobierno, que sólo está buscando la gloria del mundo. Y lo manifiesta en esta charla sobre la paz. Una charla sin Verdad; unas palabras del demonio; un acto que abre el cisma en la Iglesia.

Cuando la misma Jerarquía no combate la mentira, se hace mentira en la Iglesia, se hace engaño en las palabras, se hace lujuria en las obras que ofrece en la Iglesia.

Una Jerarquía que no abre su boca para enseñar que no se puede comulgar con el acto de Francisco, sino que enseña a unirse a esa blasfemia, eso es el cisma en la Iglesia.

La Iglesia no está para abrir las puertas al mundo, sino para que los demás abran sus corazones a la Verdad, que debe resplandecer en cada miembro de la Iglesia.

Pero, cuando los miembros de la Iglesia sólo brillan por sus mentiras, por su silencio, por acomodarse a las circunstancias de la vida, entonces el mundo se regocija porque ve abierto el camino para destruir lo que nunca ha podido hacerlo porque había una cabeza que protegía la verdad.

Francisco no es un Papa Católico, un Papa que guarde la doctrina de Cristo, que batalle contra toda mentira, contra todo pecado; sino que es una cabeza, puesta por muchos, para destruir la Iglesia. Y si todavía no se entiende así a Francisco, es que pertenecéis a su misma iglesia.

Francisco es el que hace el cisma en la Iglesia. El cismático es el jefe, es el que gobierna con la mentira, alejándose de toda ley divina y natural. Francisco es el que ha dividido a Cristo y a la Iglesia con su doctrina del demonio. La Iglesia nunca divide cuando proclama la Verdad. La Iglesia nunca excluye cuando hace justicia a los que no quieren ponerse en la Verdad. Son los hombres, con sus pecados, con sus filosofías, con sus mentes, los que dividen la Verdad y la Obra de la Verdad, que es la Iglesia.

Y si los hombres no se empeñan en quitar sus ideas, los hombres se condenan por sus mismas ideas. Porque sólo el que sigue a Cristo tiene que tener en su mente la misma Mente de Cristo, que es el Pensamiento del Padre, la Palabra del Hijo y el Amor del Espíritu. Y aquel que no tenga la Mente de Cristo, sólo vive en la Iglesia adulándose a sí mismo con sus mismas inteligencias, con sus mismas razones, con sus misas ideas. Y se hacen ciegos que conducen a otros ciegos al precipicio.

¡Qué gran maldad la que se ha hecho este día! ¡Qué gran castigo viene a toda la Iglesia y a las naciones que han participado en ese acto del demonio!

Dios no da la paz porque los hombres lo expresen con sus palabras. Dios da la paz porque ve a los hombres humillarse hasta el polvo, poniendo su orgullo en el suelo y pidiendo a Dios perdón y misericordia para salir de su negra vida de pecado.

Y hasta que el hombre no comprenda el abismo de su pecado, Dios no da la paz al hombre. Hasta que el hombre no se ponga en el lugar que le corresponde, su nada, su miseria, su pecado, Dios se cruza de brazos y no da nada a nadie. Sólo observa cómo los hombres destruyen lo más valioso en la tierra: la Iglesia Católica.

¡Pobre Francisco: su caída va a ser sonada!

Un gesto infame que exige una renuncia

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Entrevista entre San Pío X y Teodoro Herzl (el padre del sionismo)

Narración de Teodoro Herzl:

Ayer fui recibido por el Papa Pío X. Me recibió de pie y tendió la mano que no besé. Se sentó en un sillón, especie de trono para “los asuntos menores” y me invitó a sentarme cerca de él. El Papa es un sacerdote lugareño, más bien rudo, para quien el Cristianismo permanece como una cosa viviente, aún en el Vaticano. Le expuse mi demanda en pocas palabras. Pero, tal vez enojado porque no le había besado la mano, me contestó de modo demasiado brusco:

No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecerlo. La tierra de Jerusalén si no ha sido sagrada, ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.

De modo que el antiguo conflicto entre Roma y Jerusalem, personificado por mi interlocutor y por mí, revivía en nosotros. Al principio traté de mostrarme conciliador. Le expuse mi pequeño discurso sobre la extraterritorialidad. Esto no pareció impresionarlo. “Gerusalemme”, dijo, no debía a ningún precio, caer en manos de los judíos.

— Y sobre el estatuto actual, ¿qué pensáis vos, Santidad?

Lo sé; es lamentable ver a los turcos en posesión de nuestros lugares Santos. Pero debemos resignarnos. En cuanto a favorecer el deseo de los judíos a establecerse allí, nos es imposible.

Le repliqué que nosotros fundábamos nuestro movimiento en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas.

Bien, pero Nos, en cuanto Jefe de la Iglesia Católica, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría una de las dos cosas siguientes: o bien los judíos conservarán su antigua Fe y continuarán esperando al Mesías, que nosotros los cristianos creemos que ya ha venido sobre la tierra, y en este caso ellos niegan la divinidad de Cristo y no los podemos ayudar, o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy.

Yo tenía a flor de labio la observación: “Esto ocurre en todas las familias; nadie cree en sus parientes próximos”; pero de hecho contesté: “El terror y la persecución no eran ciertamente los mejores medios para convertir a los judíos”.

Su réplica tuvo, en su simplicidad, un elemento de grandeza:

Nuestro Señor vino al mundo sin poder. Era povero. Vino in pace. No persiguió a nadie. Fue abbandonato aún por sus apóstoles. No fue hasta más tarde que alcanzó su verdadera estatura. La Iglesia empleó tres siglos en evolucionar. Los judíos tuvieron, por consiguiente, todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión y sin violencias. Pero eligieron no hacerlo y no lo han hecho hasta hoy.

— Pero los judíos pasan pruebas terribles. No sé si Vuestra Santidad conoce todo el horror de su tragedia. Tenemos necesidad de una tierra para esos errantes.

¿Debe ser Gerusalemme?

— Nosotros no pedimos Jerusalem sino Palestina, la tierra secular.

Nos no podemos declararnos a favor de ese proyecto.

Teodoro Herzl

Nota: He aquí el testimonio luego de su visita a San Pío X, en Roma, el 26 de enero de 1904. Aparecido originalmente en “La Terre Retrovée”, 1º de Julio de 1956.

«La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy» (San Pío X).

Las palabras de un Papa verdadero son siempre la Voz de Cristo en la Iglesia y en el mundo entero. Cristo enseña a los hombres con Su Papa. Por eso, hay que obedecer siempre a un Papa y hay que seguir siempre la enseñanza de un Papa en la Iglesia.

Pedro se sucede en cada Papa. Y, por tanto, ningún Papa puede ir en contra de lo que han hecho los anteriores. Un Papa continúa a los demás. Nunca innova. Nunca introduce cambios sustanciales. Un Papa guarda la obra de sus predecesores.

Pero, cuando en la Silla de Pedro no se sienta un Papa legítimo, entonces la señal es siempre clara: división, diferencia, cambio sustancial con los anteriores.

Un Papa ilegítimo, como Francisco, hace lo contrario a la obra de San Pío X. Éste se negó a la petición de Herzl por un motivo de fe: los judíos siguen sin reconocer a Jesús como el Mesías y, por tanto, no se puede apoyar el proyecto de Herzl.

San Pío X no se movió por un motivo político, ni económico, ni cultural, ni social, sino sólo por un motivo espiritual, por una señal de fe: como no creéis, entonces no tenéis mi apoyo.

Esto es un Papa verdadero: obra con el prójimo por fe. Ama al prójimo por una razón de fe. Es la fe la que da la Voluntad de Dios, el querer divino.

San Pío X no se movió por un sentimiento humano, ni por una idea u obra humana; no porque haya una hermandad carnal; ni porque los judíos hayan sufrido mucho en la historia.

San Pío X vio a los judíos con la visión de Cristo: no creen. Si no hay fe, no hay amor, no hay obras divinas. No hay esperanza de salvación. No hay providencia divina sobre lo material o humano.

Es necesario creer en la Palabra de Dios. Es necesario que los judíos crean en Jesús para recibir la bendición de Dios sobre su pueblo.

Entonces, Herzl se dedicó a fundar su movimiento para conseguir lo que Dios no quería. Hizo una obra humana en contra de la Voluntad de Dios. Una obra que Dios no puede bendecir, porque el pecado de los judíos les lleva siempre a estar errantes, como Caín. Y dejarán ese castigo sólo cuando se conviertan a Cristo.

La formación del estado de Israel es sólo una obra del hombre, sugerida por el demonio, pero no es divina. La quiere el demonio para su plan con el Anticristo. Necesita ese país para poner su nueva iglesia, de orden mundial, justamente donde Jesús redimió al hombre de su pecado.

El Anticristo tiene que fundar su iglesia allí donde Jesús fundó la suya. Por eso, lo que vemos en el Vaticano no es todavía la iglesia del Anticristo. Es el inicio de la ruptura con toda la tradición, con todos los dogmas, para destruir la obra de Jesús, y así estar libre el Anticristo para comenzar la suya.

Hasta que no caiga el último dogma en la Iglesia Católica no aparece el Anticristo. Y todo lo que hace Francisco es preparar el terreno. Y no puede hacer más, porque su misión no es romper con los dogmas, sino hacer lo que está haciendo: poner las nuevas bases para que otros lleguen hasta el final.

El viaje de Francisco a Jerusalén tiene mucha importancia, pero por parte del demonio, no de Dios. Para Dios, ese viaje no sirve para nada. Sólo sirve para crear más confusión, más división, en todas partes. Pero, para el demonio, le sirve y mucho.

Porque necesitaba un hombre que abrazase a los judíos sólo por ser judíos, no por el contenido de su fe. Un hombre que mirase a los judíos, no como san Pío X, de manera espiritual, sino de forma humana, carnal, material, pero –sobre todo- política.

Este viaje es un hecho político, no religioso. Son personas que no creen en nada. Sólo creen en lo que sus mentes deciden. Después, cada uno se viste con su ropa religiosa y hace sus oraciones al demonio. Son los nuevos fariseos, hipócritas, saduceos, que miran a los demás por encima del hombro, con prepotencia, con orgullo, con la soberbia de aparentar una sabiduría que no poseen.

Son hombres vulgares, del pueblo, de la calle, de las tabernas, de las juergas en el mundo, pero no son hombres de Dios. No piensan como lo hace Dios y, menos, obran con el poder de Dios.

Por eso, este viaje marca un trayecto para la Iglesia y para el mundo.

En la nueva iglesia, en la casa del Vaticano, comandada por los innumerables herejes y cismáticos, hay una lucha por el poder. Todos quieren sentarse en la Silla de Pedro. Y, por esa Silla, van a pasar innumerables personas, con la sola función de ir quitando dogmas. Es una sucesión de reyes, de gente que se viste de Papa, y que pone sus órdenes para que todo el mundo las cumpla. Porque es necesario destrozar toda la Iglesia. Y eso lleva tiempo.

Francisco tiene mucha oposición, porque no ha sabido hacer las cosas. Como es tan orgulloso, habla, pero después obra como quiere y lo que quiere. Y, claro, eso no gusta en la Iglesia. Eso no lo hace un Papa. Y, ahora, está en un dilema, porque hay una gran división en toda la Iglesia: unos con Francisco, otros en contra de él.

La división ya no está fuera de la Iglesia, sino dentro. Y es manifiesta. No es como en estos 50 años: oculta. La gente se separaba, pero no hacía nada en contra de la Iglesia.

Ahora es otra cosa: o estás con un hereje o no lo estás, y esto trae consecuencias para todo el mundo. Todos palpan esta división en sus casas, entre familiares, en el trabajo, en la misma Iglesia. Las mentes no están conformes. No hay unión en la Verdad. Todos opinan y, además, hablan de lo que Francisco ha dicho. Y eso trae más división, porque lo que dice ese hombre divide más la verdad, no protege a la Verdad, sino que protege al error, a la mentira. Todos hacen lenguas de los dichos de ese hombre y no ven su pecado. No atienden al pecado de Francisco, sino a lo que habla. No ven su herejía formal, porque como dice vulgaridades, como habla tonterías, el pobre hay que dejarlo así.

Para ser un hereje formal sólo hay que tener voluntad de serlo. Y ésta la tiene Francisco. Quiere obrar la mentira, quiere obrar el error, quiere obrar el pecado. Quiere. Después, no importa la forma como lo obre; ni interesan las razones que diga para que se obre. Francisco obra su pecado, porque quiere, y ya está. Y eso le convierte en un hereje formal.

Ir a reuniones de los judíos, de los protestantes para comulgar con sus ritos, con sus leyes, etc., eso es una herejía formal: se obra el error que se piensa, aunque no se diga, aunque no quede escrito en un papel.

Las flores a la tumba de Herzl es una obra de su voluntad libre, que va en contra de la enseñanza de un Papa y de lo que dice todo el Magisterio de la Iglesia sobre los judíos.

Y esta simple obra es herética porque se opone, en la obra, en la práctica, a la verdad que la Iglesia enseña. La herejía está en la obra, no en la idea. La herejía es una idea puesta en obra. Nunca la herejía es la sola idea. Hay muchas ideas que los hombres dicen, a lo largo de su vida, y son herejías, pero no le convierten en herejes, hasta que no la obran.

En la Iglesia no hay opiniones, gustos. Como San Pío X pensaba así, según las culturas de esos tiempos, ahora, como hay otras, hay que pensar de otra manera y obrar otra cosa.

En la Iglesia se da la Verdad: hasta que los judíos no crean, no hay nada con ellos. Esta es la verdad, que se ha transmitido siempre por Tradición, y que recoge el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Pues, esta verdad es la que no sigue Francisco. Y, para ello, él invoca a todo el mundo, a un amor fraterno, para conseguir su fin, que es su pecado de orgullo.

Y, como Francisco, ha hecho un gesto inaudito, lleno de traición, infame, cismático, con el sabor de un hereje, con la vulgaridad de un hombre del mundo, con la necedad de aquellos que sólo contemplan su maravillosa idea humana, oponiéndose a toda la Iglesia, entonces hay que concluir que Francisco debe renunciar a su cargo en la Iglesia.

Se ha opuesto a la obra de San Pio X contra el modernismo. Ha derribado esa obra con un simple gesto. Ese gesto es el culmen de su orgullo. Es la perla de su pecado. Es el inicio de su caída en la Iglesia. Es una obra para el demonio, que ataca más los cimientos de la fe en la Iglesia.

Ante un hombre así, que no protege a la Iglesia Católica, sino que da la mano y protege a los judíos, a los musulmanes y a todos los cristianos que no viven su fe (como los ortodoxos), es necesario separarse de él, de una manera drástica.

Sólo lean su declaración conjunta y vean por donde vienen lo tiros, ahora en la Iglesia.

Esa obra de poner flores, en una tumba llena de demonios, hace de la Iglesia una orgía de demonios, porque en Jerusalén se ha puesto el cimiento de la nueva iglesia: cristianos, judíos y musulmanes. Y se ha hecho conforme a la enseñanza del demonio en Herzl. Un hombre, profeta del demonio, para una obra que debe servir al Anticristo.

«El plan es, en su forma primera, extremadamente sencillo y debe serlo si se quiere que todos lo comprendan. Que se nos dé la soberanía sobre un pedazo de la superficie terrestre que satisfaga nuestras justas necesidades como pueblo; a todo lo demás ya proveeremos nosotros mismos» (El Estado Judío – II. Parte general – El Plan- Herzl). Y esto lo hace con su oficina central: la Society of Jews, que es «el nuevo Moisés de los judíos», que «sabrá y verificará si los judíos ya quieren y deben emigrar a la Tierra Prometida» (El Estado Judío – II. Parte general – El gestor de los judíos- Herzl). Es clara la relación del sionismo con el Anticristo.

La nueva iglesia nace en Jerusalén, no en Roma. En Roma está la ramera, que fornica con todo el mundo, con todos los pensamientos de los hombres para dejar a la Iglesia sin una Verdad. Es necesario dividir la verdad fornicando con la mente de todos los hombres.

El gobierno horizontal divide la verdad, no la unifica, no la guarda, no la preserva, no lucha por ella. Es un gobierno que trae división a toda la Iglesia. Un gobierno que destruye el fundamento de la fe. Y lo hace con el amor a los hermanos, a los pobres, con los derechos de los hombres, con las justicias sociales, con lo que le gusta escuchar al hombre.

Francisco es un hombre que crea división, que produce vértigo, que da nauseas, que vomita sus pecados, que sólo vive para hacer lo que da la real gana en la Iglesia. Y muchos son como él: viven con su voluntad, que imponen a los demás en su orgullo. O haces lo que yo hago, o no hay tolerancia.

Francisco es un hombre que lo juzga todo, que lo critica todo, pero que no sabe juzgar lo que Dios juzga. Cuando Francisco se enfrenta con la ley divina, mira para arriba, y salta por encima de la autoridad de Dios para poner su dictadura.

Por eso, es necesario que el hombre comprenda que lo que viene ahora a la Iglesia son tiempos muy difíciles, porque no hay una cabeza que guíe hacia la Verdad, que mantenga al alma en la verdad, sino que todo es un vaivén de opiniones, de críticas, de juicios, de resoluciones sin sentido.

El abrazo a los judíos es el vómito de Francisco

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«Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituídas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas.
No niega, sin embargo, que desde la pasión de Cristo hasta la promulgación del Evangelio, no pudiesen guardarse, a condición, sin embargo, de que no se creyesen en modo alguno necesarias para la salvación; pero después de promulgado el Evangelio, afirma que, sin pérdida de la salvación eterna, no pueden guardarse.
Denuncia consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado y guardan las demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser partícipes de la salvación eterna, a no ser que un día se arrepientan de esos errores (…)»
(Concilio de Florencia – Profesión de fe -De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441).

« (…) desde que era Arzobispo de Buenos Aires, he podido contar con la amistad de muchos hermanos judíos. Hoy están aquí dos Rabinos amigos. Juntos organizamos provechosas iniciativas de encuentro y diálogo, y con ellos viví también momentos significativos de intercambio en el plano espiritual» (Discurso de Francisco en el Centro Heichal Shlomo). Desde que era Arzobispo de Buenos Aires, Francisco desobedecía las enseñanzas de la Iglesia en los Papas sobre los judíos.

«viví también momentos significativos de intercambio en el plano espiritual» (Ibidem). Es decir, que Francisco comulga con los judíos, con sus ritos, con sus prescripciones, con todo aquello que se prescribía en la ley de Moisés y que la promulgación del Evangelio ha anulado: «cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento».

Y quien sigue esos ritos, sigue una anulación, un camino que ya no sirve para salvarse, para dar vida eterna. Porque lo que salva es el Evangelio de Cristo, no el tener un mismo origen en Abraham. No es la fe en Abraham lo que salva. Es la fe en Cristo.

Lo que salva no es el haber Creado Dios al hombre a su imagen y semejanza. No hay que buscar al judío bueno porque Dios lo creó bueno. Hay que buscar al judío que se convierta a la fe en Cristo Jesús. Al que deja su fe obtusa, sin sentido a un lado y se reviste del hombre nuevo en Jesucristo. Al judío que contempla su pecado como ofensa a Dios.

Y, entonces, Francisco dice que se llenó de lo que los judíos le dieron: de la fe de los judíos, que no es la fe del católico. Francisco piensa la fe como lo hace un judío, pero no piensa la fe como lo hace un católico. No posee el Pensamiento del Padre, ni la Palabra del Hijo ni la Verdad del Espíritu en su corazón. Posee lo que el demonio, a través de los judíos, le ha enseñado.

Por eso, Francisco enseña su principal herejía: «Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada, porque «los dones y el llamado de Dios son irrevocables» (Ev. Gaudium – n 247). Francisco ama tanto a los judíos que ha quedado cegado por la fe de ellos y ya no puede ver la Verdad del Evangelio. No puede caminar con Cristo, pisando las huellas de Cristo, sino que va pisando las huellas de los hombres. Se fija sólo en el sufrimiento de los judíos, en su holocausto y lo llama: «forma de antisemitismo y de discriminación». Pero no es capaz de llamarlo pecado, porque no se fija en el sufrimiento de Cristo por los pecados de los hombres y de los judíos. Sólo está pendiente de lo que sufren los hombres.

Francisco: el Concilio de Florencia, enseña ex cathedra, de forma infalible, una verdad de fe, que hay que creer para salvarse; enseña una profesión de fe: «Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo. (…) Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión (…)».

Entonces, ¿por qué no obedeces a lo que enseña la Iglesia y vives lo que te da la gana desde que eres Arzobispo de Buenos Aires? Respuesta: porque no tienes el Espíritu de la verdad, ya que tu pecado te lo impide. Estás metido en tu pensamiento humano de que los judíos son buenos, porque han sido creados buenos por Dios. Dios les ha dado un don irrevocable y, por eso, también se salvan. Todos los judíos se salvan porque lo dice Francisco. Porque Francisco sabe interpretar el Evangelio, sabe medir la Palabra de Dios y escoge la cita que más le conviene: los dones de Dios son irrevocables; y, por eso, los judíos también creen en Jesús, aunque no crean –en la práctica- en Jesús. A este absurdo llega este hombre, por su mente dislocada de la verdad. Su mente rota, que bebe el pecado como si fuera un vaso de agua.

Francisco: Tú estás en la Iglesia para «construir lazos de auténtica fraternidad» (Discurso de Francisco en el Centro Heichal Shlomo) con gente que no quiere salvarse. No estás en la Iglesia para poner a los judíos un camino auténtico de salvación, para darle el auténtico amor de Cristo, que produce lazos espirituales y místicos entre los hombres, no carnales, no sentimentales, no de ideologías baratas. Francisco: tú quieres condenarte con ellos, arrastrando a otras almas al infierno por tu pecado. Y esto es lo que enseñan tus propias palabras.

Los judíos «fueron los que dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, y a nosotros nos persiguen, y que no agradan a Dios y están contra todos los hombres: que impiden que se hable a los gentiles y se procure su salvación. Con esto colman la medida de sus pecados. Mas la ira viene sobre ellos y hasta para descargar hasta el colmo» (1 Ts 2, 15-16). A estos judíos, que no quieren convertirse a la verdadera fe, porque no aceptan la Verdad del Evangelio, sino que sólo se paran ante la fe de Abraham y de Moisés, a los cuales Dios los tiene en la mira de Su Justicia; tú, sin embargo, enseñas lo contrario: «En realidad, estoy convencido de que cuanto ha sucedido en los últimos decenios en las relaciones entre judíos y católicos ha sido un auténtico don de Dios» (Ibidem). Y, entonces, ¿a quién hay que creer en la Iglesia Católica? ¿Lo que dice Dios por medio de sus Papas, de Su Evangelio, de sus santos? ¿O la novedad de la palabra de un hombre, que no obedece lo que dice los Papas en la Iglesia, que nunca ha sabido someter su juicio al juicio de la Iglesia y de Dios; y, por tanto, no quiere obedecer a Dios en la Iglesia?

Es claro que no se puede obedecer la mente de Francisco porque no da la Mente de Dios en la Iglesia Católica. O estamos con Dios y, por tanto, no con los judíos; o no estamos con Dios y, en consecuencia, se sigue la fe que tienen los judíos.

«No se trata solamente de establecer, en un plano humano, relaciones de respeto recíproco: estamos llamados, como cristianos y como judíos, a profundizar en el significado espiritual del vínculo que nos une» (Ibidem). Pero, ¿cuál es el vínculo que nos une? Si no tenemos la misma fe en Cristo Jesús. Si los católicos creen en los dogmas. Y los judíos sólo creen en sus ritos anticuados, en sus leyes que son incapaces de quitar el pecado:

«En primer lugar declara el santo Concilio que, para entender recta y sinceramente la doctrina de la justificación es menester que cada uno reconozca y confiese que, habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán [Rom. 5, 12; 1 Cor. 15, 22; v. 130], hechos inmundos [Is. 64, 4] y (como dice el Apóstol) hijos de ira por naturaleza [Eph. 2, 3], según expuso en el decreto sobre el pecado original, hasta tal punto eran esclavos del pecado [Rom. 6, 20] y estaban bajo el poder del diablo y de la muerte, que no sólo las naciones por la fuerza de la naturaleza [Can. 1], mas ni siquiera los judíos por la letra misma de la Ley de Moisés podían librarse o levantarse de ella, aun cuando en ellos de ningún modo estuviera extinguido el libre albedrío [Can. 5], aunque sí atenuado en sus fuerzas e inclinado» (Concilio de Trento- Sesión VI (13 de enero de 1547) Decreto sobre la justificación).

No nos podemos unir a una gente que sigue unas leyes que son incapaces de quitar el pecado original y de justificar al hombre. Incapaces de quitar el pecado personal. Incapaces de dar la vida eterna al alma. Incapaces de abrir las puertas del cielo. ¿Qué clase de vínculo hay, entonces? Para Francisco: el humano, el sentimental, el de carne, el de sangre, el de la historia.

Pero ese vínculo hay que buscarlo en la Creación: «Se trata de un vínculo que viene de lo alto, que sobrepasa nuestra voluntad y que mantiene su integridad, a pesar de las dificultades en las relaciones experimentadas en la historia» (Ibidem). A pesar del hecho histórico de que los judíos mataron al Mesías, como Dios ha dado al judío un don irrevocable, entonces hay que ir a la creación de Dios. Hay que comprender el designio de Dios y estudiar la fe en Abraham.

Para Francisco, «el Dios que llama a Abrahán es el Dios creador» (Lumen fidei – n 11). La fe de Abraham no proviene de un Dios Redentor, sino Creador. Francisco anula la Obra de la Redención con su fe. «Para Abrahán, la fe en Dios ilumina las raíces más profundas de su ser, le permite reconocer la fuente de bondad que hay en el origen de todas las cosas, y confirmar que su vida no procede de la nada o la casualidad, sino de una llamada y un amor personal» (Ibidem). La fe, para la mente de Francisco, es ir a la Creación, al Dios bueno, que ha hecho todo bueno y que tiene, para todo hombre, una vida buena, un proyecto personal. Lo demás, el pecado, son las circunstancias de la vida, hay que entenderlo según la historia de cada hombre.

«La gran prueba de la fe de Abrahán, el sacrificio de su hijo Isaac, nos permite ver hasta qué punto este amor originario es capaz de garantizar la vida incluso después de la muerte» (Ibidem). Ese sacrificio del hijo no simboliza al Mesías prometido, sino el amor originario de Dios con todo hombre. El amor de la creación, el amor como Dios creó al hombre. Y, por tanto, Dios garantiza «la promesa de un futuro más allá de toda amenaza o peligro» (Ibidem). De esta manera, «la confesión de fe de Israel se formula como narración de los beneficios de Dios, de su intervención para liberar y guiar al pueblo, narración que el pueblo transmite de generación en generación. Para Israel, la luz de Dios brilla a través de la memoria de las obras realizadas por el Señor, conmemoradas y confesadas en el culto, transmitidas de padres a hijos» (Ibidem).

En este planteamiento de la fe, que tiene Francisco, se puede comprender por qué los judíos se pueden salvar sin necesidad de estar en la Iglesia Católica. La fe es sólo la memoria de lo que ha hecho Dios con su pueblo (= es una «narración que el pueblo transmite de generación en generación»), que lo ha librado de muchos males, que le da un futuro que ninguna amenazada, ningún holocausto puede quitar. Y, aunque fueron los mismos judíos los que mataron al Mesías, porque Dios es fiel a sus dones, por eso, los judíos se salvan.

Francisco es incapaz de ver al Verbo Encarnado cuando Dios crea a Adán; no puede contemplar al Redentor en la promesa de Dios al hombre en su caída; ni puede entender al Mesías en la fe de Abraham; ni puede creer en el Mesías, que es Jesús, cuando muere en la Cruz. Ni sabe penetrar al Resucitado como el cumplimiento de la Obra de Redención del género humano, porque todo –para su mente humana- se trata de un hecho en la historia, de una memoria del pasado, para ir a la novedad de un futuro que el hombre crea con su mente humana, con sus pensamientos, que son agradables a Dios, porque Dios ha hecho bueno al hombre. Francisco anula la Redención por querer medir la Creación de Dios sin el pecado como ofensa a Dios, sino sólo como producto de una visión histórica de la vida de los hombres.

Para el que cree en la Palabra de Dios, para el que sigue las enseñanzas de la Iglesia, sin cambiar un ápice de ellas, es claro que hay que negar a Francisco y lo que él opina sobre los judíos. Es una opinión de un hereje y de un cismático, desde que era Arzobispo de Buenos Aires. Es que esto que predica ahora, no es de ahora. Es el cisma que él siempre ha vivido dentro de la Iglesia Católica, vestido de Obispo, celebrando su misa y predicando sus herejías, sin que nadie le dijera nada. Francisco es un lobo vestido de piel de oveja desde hace mucho tiempo en la Iglesia. Se hizo sacerdote para destruir a Cristo y a Su Iglesia. Y es lo que estamos observando. ¡Y ay del que se pone una venda en los ojos y no quiera ver esta realidad, esta cruda realidad!

«Juntos podremos dar un gran impulso a la causa de la paz; juntos podremos dar testimonio, en un mundo en rápida transformación, del significado perenne del plan divino de la creación; juntos podremos afrontar con firmeza toda forma de antisemitismo y cualquier otra forma de discriminación» (Ibidem). Aquí está resumido el pensamiento herético de Francisco. El plan divino de la creación, para Francisco, es su amor ecológico. todo tiene que volver a Dios. Hay que amar a Dios pero amando la Creación: amando al hombre, porque es bueno, porque Dios lo creó bueno; amando a las criaturas por la sola bondad que hay en ellas. Y, para eso, es necesario que el hombre se llene de buenos pensamientos, porque en la idea buena está el amor auténtico. Francisco busca el ideal de la creación sin fijarse que está viviendo un absurdo en su vida. Pero no puede contemplar este absurdo porque ha anulado, en su vida, todo pecado. Y no ve el pecado de los judíos porque no ve su propio pecado personal contra Dios. Y llama a todo bueno. Y, por eso, es incapaz de juzgar nada, de discernir nada en la vida espiritual, porque todos participan, de alguna manera, de la bondad de Dios. Dios da sus perfecciones a todos los hombres y ellos tienen que elegir sus caminos para encontrarse en esas perfecciones de sus mentes humanas.

Francisco se olvida que en el plan divino de la creación está la Redención del genero humano por su pecado. Y, en esta Redención, no todos los hombres se pueden salvar por más que Dios sea amor y misericordia. Pero, en esto, ya no creen los sacerdotes ni los Obispos de la Iglesia. Ya no creen en un Dios Redentor. Sólo creen en su Dios Creador y mutable, que va cambiando según la perfección de la inteligencia humana vaya alcanzado su cima. Francisco es el producto de un tiempo en la Iglesia en que la herejía estaba contenida, pero viviendo a pleno pulmón en lo escondido, en lo oculto. Y, ahora, cuando se ha sentado en la Silla de Pedro, vemos realmente cómo es el alma de Francisco: negra, como el más puro demonio. Francisco está poseído por los demonios en su mente. Y, por eso, es un falso profeta, que inunda la Iglesia de sus mentiras y herejías de cada día. Y, muchos en la Iglesia, están como él: poseídos en la mente. Han crecido tanto en el pecado de soberbia, no han sido capaces de poner una barrera a tantas ideas locas que el demonio les ha puesto en sus vidas, que ahora brillan por ser demonios encarnados; se revisten de luz, de ángeles de ternura, de paz, de fraternidad, para engañar a los hombres e indicarles el camino de la perdición de sus almas.

No hay camino con Francisco. Sólo Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Lo demás, las fabulas de ese hombre, sentado donde no tiene que estar, enseñando a mirarse el ombligo y hacer de la vida un lío para el demonio.

Conspiración contra la Iglesia Católica

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El viaje de Francisco a Jerusalén estará formado por: un cristiano, un judío y un musulmán. Es un viaje planeado por los Illuminati, porque este grupo tiene una meta: imponer el Novus Ordo Saeculorum (o seclorum): el Nuevo Orden de los siglos o del Mundo, que es un plan global para el dominio mundial.

«En el momento preciso en la historia, el Papa visitará el sector combinado Judeo/Cristiano/Musulmán para anunciar que todas las religiones deberían ser combinadas en una. Esta acción finalmente destrabará “el atolladero” de Medio Oriente». (Bill Lambert – líder Illuminati de alto rango-, Casa de Teosofía, Boston Massachusetts, hablando en el seminario llamado “Eventos posibles y probables del futuro” – Agosto 18,1991).

La masonería está interesada en que un Papa sea el que manifieste la unidad entre cristianos, judíos y musulmanes.

Francisco va como cristiano a Jerusalén, no como católico: «Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo» (Evangelium gaudium – n 254). Estas palabras reflejan su fe.

Su fe no es la de un católico (no cree en el Dios de los católicos); su magisterio no guarda la Tradición ni las enseñanzas de la Iglesia Católica; su palabra no es la de un Papa, sino la de un falso Papa, un falso Profeta, que gusta a todo el mundo, menos a la verdadera Iglesia Católica.

Habla de la conciencia que justifica, anulando la gracia de Cristo, que es la que justifica al hombre:

«Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen —pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios— y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rm 3 ,21-26). Es necesario creer en Jesús para recibir la gracia del arrepentimiento y comenzar a ser una criatura nueva. La conciencia no justifica a nadie de su pecado; no quita el pecado de nadie. Quien vive fiel a su conciencia se hace infiel a la Gracia de Cristo.

Francisco se atreve a decir una blasfemia: «Pero, debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios» (Evangelium gaudium – n 254). Si los no cristianos no creen en Cristo, entonces Dios no puede obrar en ellos nada. Y sus ritos, sus cultos, sus religiones son sólo un camino para el infierno.

La blasfemia de Francisco consiste en decir que la gracia actúa en ellos también: «debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante». Cristo da su gracia a todo el mundo. No importa que no se esté bautizado, porque «El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía. Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones» (Evangelium gaudium – n 254). Así no habla un Papa verdadero en la Iglesia Católica, sino un hombre que se ha sentado en la Silla de Pedro, para que los demás digan que es el Papa y él pueda decir y hacer lo que le da la gana desde ese puesto. Es claro que no es posible obedecer a un hombre que no tiene ni idea de lo que es la Iglesia Católica ni lo que es ser Papa en Ella.

Francisco no va a Jerusalén representando a la Iglesia Católica, sino a su nueva iglesia: representa a todos los cristianos del mundo que no pertenecen a la Verdad, que no se convierten a la verdadera fe. Él representa a la iglesia llena de pecadores que ya no les interesan ni los dogmas ni la ley de Dios, ni la Tradición, sino que se pasan la vida con novedades y con fábulas que producen los abortos de su inteligencia humana.

Él va para hacer una unión entre tres fuerzas: cristianos (mundo), judíos y musulmanes.

“La unión que nosotros crearemos no será francesa, inglesa, irlandesa o alemana, sino una Unión Mundial judía… Bajo ninguna circunstancia un judío debe favorecer a un cristiano o a un musulmán; no antes que llegue el momento cuando el Judaísmo, la única verdadera religión, brille sobre el mundo entero” (“Manifiesto” de Adolph Isaac Cremieux –grado 33- Gran Maestro de la Orden del Rito ‘Memphis-Misraim’ y Maestro del ‘Gran Oriente’ de Francia – 1863).

Ahora, los judíos están con Francisco, favorecen a Francisco, que representa la idea cristiana y que está gobernado la Iglesia Católica de una manera fraudulenta, usurpando lo que no es suyo, pero con el apoyo de toda la Jerarquía, que tiene una venda en los ojos, y que ya no puede hacer nada para impedir la ruina de toda la Iglesia. Han puesto a un hombre sin fe –y eso lo conocían y, por tanto, son culpables de su pecado- y ahora no hay manera de volverse atrás. Su equivocación es su castigo dentro de la Iglesia.

Francisco es el hombre que recuerda que el pueblo judío fue el primero que aceptó la Palabra de Dios en Abraham y en Moisés: «Creemos junto con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada» (Evangelium gaudium – n 247).

Y Francisco enseña que esa misma Palabra de Dios ha sido enseñada por Mahoma: «Nunca hay que olvidar que ellos, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco une dos pueblos diferentes: judíos y los árabes, que se convirtieron en musulmanes. Francisco enseña el amor hacia el pueblo de Abraham, Isaac y de Jacob, iniciado con los judíos y continuado con los musulmanes. Enseña a amar a los musulmanes porque conservan enseñanzas del Evangelio. Y recuerda el atributo esencial que el Corán enseña, y que también está en la Tora y en el Evangelio: la Misericordia: «Los escritos sagrados del Islam conservan parte de las enseñanzas cristianas; Jesucristo y María son objeto de profunda veneración y es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos. Al mismo tiempo, muchos de ellos tienen una profunda convicción de que la propia vida, en su totalidad, es de Dios y para Él. También reconocen la necesidad de responderlo con un compromiso ético y con la misericordia hacia los más pobres» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco invita a los jefes de todas las secciones del Islam para insistir, por lo menos en dos de los cinco mandamientos de los musulmanes: la caridad y la oración: «¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales!» (Evangelium gaudium – n 254) . Antes ha llamado a la caridad a los cristianos: «Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica» (Evangelium gaudium – n 254).

Estas son señales alarmantes de una gran conspiración contra la Iglesia, que se lleva ya a cabo de forma descubierta dentro de la misma Iglesia.

Francisco nunca entendió la naturaleza del islam: «el verdadero Islam interpretación del Corán se oponen a toda violencia» (Evangelium gaudium – n 253). Y, entonces, enseña una herejía, diciendo que ellos: «adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso» (Evangelium gaudium – n 252).

Nunca hay que olvidar que el fenómeno del Islam niega directamente el misterio de la Santísima Trinidad y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y, por tanto, no puede sostenerse lo que dice Francisco.

El islamismo es la manifestación del Anticristo para destruir, con su fuerza militar, la cristiandad; pero no lleva en sí la idea de construir un orden mundial. Los judíos son los que conciben su religión como un reino del mundo y, por lo tanto, trabajan para que se dé esa religión en el mundo entero.

«El judío cree que está destinada para él la soberanía de los pueblos. Tiene una gran idea de su superioridad, un profundo desprecio por los demás y es hombre de pocos escrúpulos» (“Comunistas, judíos y demás ralea” – Pío Baroja)

Los judíos luchan en contra del islamismo: «El amor de los judíos a su pueblo sólo se traduce por odio a los demás pueblos de la tierra; odio disfrazado de amor a una idea, que es lo más abstracto que puede amarse y en nombre de la cual se predica la destrucción de todo lo existente, Humanidad inclusive. Donde veáis ruinas y estragos, podéis asegurar que por allí ha pasado el judío» (Jacinto Benavente – “Memorias, parte 1”). Nunca el judío aceptó la idea musulmana de la Biblia. Siempre la combatió, porque el fenómeno del Islam cree que son los que perfeccionan la Revelación de Dios. Son el culmen del pueblo judío. Y eso no les gustó a los judíos.

Los Illuminati controlan todo el movimiento masónico. Controlan a los Rotarios, a los Leones, la diferentes Logias, Comisiones, Grupos y Clubs.

El plan de los Illuminati tiene un objetivo principal: destruir la Iglesia Católica, que es una Sociedad Perfecta, con independencia de cualquier Estado del mundo. Los países del mundo y la Iglesia Católica están separados totalmente. Tienen convenios, pero nadie puede meterse con la Iglesia desde los gobiernos del mundo. Nadie legisla la Iglesia con las leyes del mundo, de los políticos. Nadie puede juzgar a la Iglesia desde los tribunales del mundo.

La Iglesia Católica tiene poder espiritual sobre todos los países; pero no tiene poder político ni económico, ni cultural, ni social, sobre ellos. La Iglesia tiene el deber de corregir lo moral, lo ético, lo espiritual, que se dé en los países. Pero no tiene que corregir nada que esté fuera del campo espiritual.

Por eso, es necesario destruir la Iglesia y su poder espiritual sobre todo el mundo. Ellos, para poder ejercer su dominio total en el mundo deben aniquilar el poder espiritual que tiene la Iglesia sobre todo el mundo, incluso sobre ellos mismos.

Los Illuminati tienen una táctica para conseguir su meta: «Conságrense ustedes mismos al arte del engaño, el arte de enmascararse, espiando en otros y percibiendo sus más profundos pensamientos» (Weishaupt). De esta manera, en lo oculto, con una máscara, se introducen en todas partes; también, por supuesto, en la Jerarquía de la Iglesia, formando así una falsa Jerarquía. Se infiltran para investigarlo todo y ver la manera de conseguir su fin, porque un principio de los Illuminati es: «el fin justifica los medios».

«… pero ¿para qué crió Dios a los judíos, si no para que nos sirvieran de espías?» (Duque de la Victoria: Israel Manda (Profecías cumplidas-Veracidad de los Protocolos). Editorial Época. Cuarta Edición. México D.F. 1977).

Ellos emplean el chantaje, la mentira, toda clase de engaños, el terrorismo, para alcanzar sus objetivos: «Realizaré una acción, si es pedida por la orden, a la cual no puedo no consentir, aun cuando (vista en su conjunto) fuese verdaderamente incorrecta» (Documento Nachtrag von weitern Originalschriften – Munich, 1787).

Para escalar el poder, se impone la obediencia al grupo: «Yo nunca usaré mi posición o mi puesto contra mi hermano». De esta manera, van poniendo sus hombres en lo alto de los gobiernos y en la cúpula de la Jerarquía de la Iglesia. Todos se conocen y nadie va en contra del otro. Todos están allí para conseguir sus objetivos. Todos trabajan en lo oculto, sin mostrar sus verdaderas intenciones, haciéndose pasar por otras personas, no revelando lo que realmente piensan. Ocultan sus mentes, sus intenciones. Piensan muchas cosas, pero no revelan lo que realmente piensan. Muestran al exterior un pensamiento que no es el de ellos. Hablan lo que el otro quiere escuchar, pero nunca van a hablar de sus verdaderas intenciones en lo que hacen. Son astutos en las palabras. Son serpientes en sus obras. Y todo lo que realizan al exterior es un teatro, una farsa, un modo más de engañar a todos. Mientras hacen toda esa comedia, en lo oculto, por debajo, se mueven todos los hilos del poder.

Los poderes invisibles de los Illuminati nadie los conoce. Ellos ponen sus hombres al exterior y los quitan cuando ya no conviene mantenerlos. Y esos hombres obedecen a esos poderes invisibles. Son sus marionetas. Y Francisco es una de ellas. Y no pueden no obedecer. No pueden rebelarse.

Religión, nacionalismo, patriotismo, lazos familiares, son reemplazados por una sola y fuerte lealtad a las causa del Illuminati: el nuevo orden mundial. Todo cae, cualquier sentimiento de lealtad se pierde, se abandona por el orden que establece este grupo.

Los puntos principales de este plan de los Illuminati son:

1. la supresión de todas las religiones, sin ninguna excepción. No hay doctrina, no hay iglesia, no hay secta que quede en pie.

2. la supresión de todos los sentimientos de nacionalidad y, por tanto, la abolición de todas las naciones, para que pueda surgir un nuevo mundo, una nueva nación para todos.

3. la transferencia de toda propiedad, ya privada, ya nacional, pública, a las manos de ese poder invisible, mediante leyes taxativas, impuestos a los ingresos, confiscación del dinero de los bancos, etc., con la sola intención de debilitar la sociedad. Es decir, crear un caos económico en todo el mundo, que vaya creciendo de muchas maneras, hasta que se produzca una gran depresión parecida a la del 1929.

4. un sistema de espionaje y denuncias que lo abarque todo, que lo vea todo, para tenerlo todo bajo control y saber moverse en cualquier país, en cualquier situación que los hombres hagan.

5. una regla moral global, en la que la fraternidad y el diálogo entre los hombres estén juntas para una sola cosa: someterse a una única voluntad de ese poder invisible. Todos deben dar su libertad a esos hombres. Y, para conseguir eso, hay que comenzar por hacer creer que los hombres son libres en un mundo dominado por una voluntad que obra en lo oculto.

Para instaurar un gobierno mundial es necesario abolir todas las formas de gobierno, patriotismo, religión, familia. Y, para eso, hay que emplear ideologías, de todo tipo (Nihilismo, liberalismo, fascismo, marxismo, comunismo, socialismo, Nueva Era, ecologismo) para meter las frases, las palabras, los sentimientos, que van a unir a todos los hombres. Hay que darles a los hombres lo que ellos piensan. Y, entonces, están contentos, son felices, podrán seguir a uno que les diga lo que ellos quieren.

Ese poder invisible no tiene una ideología concreta. Sólo tiene un fin: poner un hombre que lo gobierne todo: el Anticristo. Trabajan para este fin. Los medios: todos los que sirvan para colocar al hombre del mundo, al hombre del pueblo, al hombre de las ideologías humanas. Es el hombre que lo une todo, que reúne todas las ideologías, pero que es distinto a cualquier hombre, a cualquier ideología.

Los Illuminati son los enemigos de la libertad, de la verdad, del hombre. Pero se hacen pasar por los amigos de todo el mundo.

El poder de este grupo sólo es mantenido por ciertas personas escogidas, selectas. Los demás son un “don nadie”. Sólo ellos saben cómo se mueve todo en todas partes. Por eso, ellos son una dictadura ilimitada, sin fronteras, sin gobiernos, sin una política que asuman. Las quieren todas, pero gobiernan ellos a la sombra.

«Hoy en día los judíos mandan en el mundo a través de otros. Hacen que otros luchen por ellos» (Mahathir Mohamad – Discurso de apertura de la cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica. Putrajaya (Malasia) 16-10-2003).

Francisco conspira contra la Iglesia Católica en su viaje a Jerusalén. Después de ese viaje, muchas cosas cambiarán, porque ya no hay tiempo. Las cosas están tan en su punto, que o se elige seguir a un hereje o se elige ponerse en contra de ese hereje dentro de la Iglesia. Que cada uno elija lo que quiera. De esa elección saldrá su condenación o su salvación.

¿Para qué viaja Francisco a Tierra Santa? Para una obra de Satanás

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«Ahora la Apostasía está en curso y Mi pequeño resto fiel deberá sufrir mucho para encontrar la fuerza y el coraje de no sucumbir ante el mal que impera en Mi Iglesia» (13 de octubre del 2103 – Conchiglia)

El ecumenismo es la obra de Satanás en la Iglesia.

Es una obra realizada a través de la Jerarquía que no ha obedecido a los Papas. Jerarquía infiltrada en la Iglesia para destruirla completamente.

Lo que Francisco hará en el viaje a Tierra Santa, a finales de mayo, es abrir la Iglesia al cisma de una manera clara y profunda.

Será acompañado por el rabino Skorda y Omar Abboud, dos personajes del demonio, que no creen ni en Cristo ni en la Iglesia Católica, sino que apoyan a Francisco para poner una nueva iglesia, en donde todos conserven sus propias tradiciones religiosas, sus propios credos, sus propios dioses, pero trabajando por un ideal masónico, en el que el culto al pensamiento y a la obra de los hombres sea lo principal.

En la Iglesia Católica muchos miembros han caído en crisis y han cometido muchos errores a través del Concilio Vaticano II.

Ese Concilio, que no fue en totalidad obra del Beato Juan XXIII, ha hecho que Satanás se infiltrará hasta la cima de la Iglesia, abriendo las puertas completamente a la herejía y al cisma en la mente de muchos sacerdotes y Obispos. Y, por supuesto, de muchos laicos, fieles, que se han dejado gobernar por ministros del demonio.

Y muchos han perseverado en el error, sin capacidad de discernir la Verdad. Y, cuando sucede eso, es que la mano del demonio está en la Iglesia.

Porque errar es humano, pero perseverar en el error es diabólico, porque Dios da siempre la luz, en Su Palabra, para comprender la situación de la Iglesia.

Desde hace 50 años, la Iglesia está dividida en su interior: su misma Jerarquía divide la verdad, pone un muro a la verdad, la persigue, la oculta, la anula, la interpreta de muchas maneras. Y ese trabajo de la Jerarquía ha sido guiado, en todo, por el demonio. No han sido sólo unos hombres, con sus ideas sobre la Iglesia. Ha sido la mente del demonio que ha programado su plan para destruir la Iglesia, desde dentro, no desde fuera.

Y muchos no tienen ojos para ver esto. No saben abrir sus ojos a esta realidad. Y, por eso, caen en la crítica de los Papas, porque no tienen vida espiritual para discernir los espíritus y ver la acción del demonio en las obras de la Jerarquía eclesiástica.

Un Papa no es un hombre con autoridad en la Iglesia.

Un Papa no es un hombre que puede dar órdenes y ser escuchado por lo que habla.

Un Papa no es un hombre que todo lo puede decir por ser el Vicario de Cristo.

Un Papa es el Vicario de Cristo y, por tanto, es el que representa a Cristo sobre la tierra. Es la Voz de Cristo. Es la Voz de Dios. Y, por tanto, un Papa nunca es escuchado por el mundo, por los hombres, por la política, por la cultura de los hombres. Sino que es perseguido por todos los hombres, como Cristo fue perseguido.

Y todo Papa alabado, aplaudido, por el mundo no es Papa. Cuando el mundo comienza a hacer suyo el Papado, a hablar bien del Papado, esa es la señal del cisma en la Iglesia.

Esto lo podemos comprobar con Francisco: el mundo (=homosexuales, judíos, protestantes, musulmanes, políticos, etc…) ama a Francisco. Luego, Francisco no es Papa, no es la Voz de Cristo, porque, cuando habla, el mundo se somete a su inteligencia humana, se arrodilla ante su idea política, económica, cultural, ecológica, de la vida.

Francisco abre puertas al demonio en la Iglesia. Puertas nuevas: las del cisma.

A un Papa lo tienen que crucificar, no sólo el mundo sino la misma Iglesia. No se puede vivir sin Cruz dentro de la Iglesia. El camino es la Cruz, porque Cristo da a las almas su misma Vida en la tierra, sus mismo Amor que crucifica al hombre que le sigue.

Francisco persigue el diálogo con los hombres, pero no va tras la fe. Quiere hablar con los hombres pero sin convertir el corazón de los hombres a Cristo. Es dialogar para que cada uno se quede donde está y dé su idea para un bien común.

Se dialoga «para cumplir un servicio a favor del pleno desarrollo del ser humano y procurar el bien común» (Evangelium gaudium –n 238).

Francisco habla no para convertir el corazón de la criatura a Dios, sino para alejar de Dios a la criatura. La Iglesia no está para servir al desarrollo del ser humano. La Iglesia es para salvar el alma y santificarla, en medio de una vida que está gobernada por el demonio.

El mundo pertenece al demonio. Y, por tanto, hay que saber estar en el mundo, pero sin ser del demonio, batallando contra el demonio, para que las cosas humanas, las cosas del mundo, no cieguen la vista espiritual de las almas y les impida salvarse.

Quien trabaja para buscar en la Iglesia el pleno desarrollo del ser humano, lo hace de la mano del demonio.

No se habla para buscar el bien común, sino para encontrar el bien divino. Las almas, en la Iglesia tienen que aprender a hacer la Voluntad de Dios, es decir, hacer las obras divinas, los bienes divinos, que sólo son llevados, movidos, por el amor divino.

Un hombre que persigue el bien común es movido por el amor humano, natural, mundano, demoníaco, pero no espiritual.

Hacer el bien común es la doctrina propia de la comunidad, pero no de la Iglesia. Porque la Iglesia es Cristo. En consecuencia, hay que hacer las obras de Cristo, hay que imitar a Cristo en sus obras. Y Cristo obró para las almas, no para la comunidad de almas.

Cristo cuando predicaba, lo hacía para cada corazón, hablaba a cada corazón. Nunca habló a la masa de la gente. Nunca trató al alma como masa, como algo común. Nunca su doctrina espiritual es para algo genérico, universal, no es para todos en un conjunto. Su doctrina es para cada alma, porque ha creado cada alma y ha muerto por cada alma, para que cada hombre pueda tener una vida en Cristo.

Cristo no hace comunidad en la Iglesia. Cristo reúne almas para que sus obras salven y santifiquen a otras almas.

Por eso, las palabras de Francisco son las mismas del demonio. Es el demonio el que busca inventarse una iglesia de masas, de pueblo, de comunidad, de historia, en que la opinión de la mayoría es la verdad en esa iglesia.

Es lo que se observa con el gancho de hacer una encuesta sobre la familia y de poner al hereje Kasper para encender la candela del cisma. Hay que buscar la mayoría de votos para aprobar el pecado en la Iglesia. Y qué mejor forma la de hacerlo como lo hacen todos los políticos: dando propaganda a la mentira, poniendo la mentira como una verdad en toda la Iglesia.

Muchos no han sabido ver el juego político de Francisco y, enseguida, han querido excusar el pecado de Francisco como algo necesario para el bien de todos en la Iglesia. Decir herejías para un bien común. Éste es el pensamiento de muchos en la Jerarquía. Es preferible luchar por un bien común, de toda la Iglesia, que luchar por la Verdad, que es Cristo. Y, por eso, hay que hacer la vista gorda a las herejías de Francisco. ¡Al diablo si las almas se pierden por las mentiras de ese hombre! ¡Es el bien común el que hay que preservar en la Iglesia! ¡Es el bien de una estructura en la Iglesia! ¡No es el bien particular de cada alma! ¡Total, Francisco no dice herejías formales! ¡Las dice, pero de pasada, sin querer, sin que se dé cuenta! ¡Él es así: tan popular, tan campechano, tan de los hombres, que hay que perdonarle esas cosas! ¡Es que la gente lo quiere mucho! ¿Qué importan sus herejías? ¡Pero si todos somos pecadores, todos somos herejes!

Muchos ven sus herejías y muchos dicen: hay que perdonar su pecado, porque –como es hombre, también peca- pero hay que seguir obedeciéndole, ya que se sienta en la Silla de Pedro; es que lo eligieron unos cardenales; es que se le llama Papa. Y el Papa es el Papa. ¡No miren que sea masón! ¡Eso ya es algo cultural, universal, admitido por todos!

Nadie ha comprendido lo que es un Papa en la Iglesia porque el demonio ha trabajado para anular el dogma de la infalibilidad del Papa. Trabajó en el Beato Juan XXIII, duramente en Pablo VI, hizo lo imposible con el Beato Juan Pablo II, y terminó de machacar con Benedicto XVI. Y nadie ha visto la acción del demonio en el Papado, porque el demonio ha sido hábil para hacer que todo el mundo critique a un Papa.

Y, ahora, nadie se atreve a criticar a Francisco. Ahora, cuando es el tiempo de combatir al hereje; todos se callan. Eso también es obra del demonio en la Iglesia.

¡Qué pocos se atreven a decir la verdad que duele, la verdad que abre los ojos, la Verdad que no se somete a ningún pensamiento del hombre!

Para decir la Verdad hay que tener vida espiritual, no inteligencia humana. Y no hay que respetar ningún pensamiento del hombre. ¡Cuántos leen libros y libros sobre la Iglesia y no comprenden nada de la Iglesia!

¡Cuántos escriben sobre la Iglesia y los Papas y no tienen ni idea de lo que es la Iglesia ni el Papado!

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones» (Evangelium gaudium –n 239).

Es hora de obrar el plan de Satanás, con unos hombres que hablen de todo, pero que no crean ni en Cristo ni en la Obra de Cristo, que es Su Iglesia.

Una cultura que privilegie, que dé importancia a la palabra del hombre, no a la Palabra de Dios. Una cultura que ponga por encima de todas las cosas el amor al hombre, el amor al lenguaje humano, el amor a la idea del hombre, el amor a la fantasía del hombre: «Ahora se han levantado en el mundo muchos seductores, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne» (1 Jn 1, 7).

Este es el tiempo de los anticristos, de la Jerarquía infiltrada, que se viste como Cristo, pero que hace las obras del demonio en sus obras en la Iglesia. Francisco seduce a las almas con su filosofía barata del comunismo y del protestantismo. Francisco lleva al error a muchas almas desde la Silla de Pedro. Francisco se une a personas que no creen en Jesucristo, sino que se han fabricado un Jesús a su medida humana, según el diálogo que hacen entre ellos y con el mundo.

Francisco no puede creer en Dios porque no puede seguir la doctrina de Cristo, al inventarse una nueva doctrina del diálogo con los hombres, con el mundo.

Una doctrina que busca el consenso y el acuerdo entre los hombres, pero que no busca la conversión de los hombres a Dios.

Hay que ponerse de acuerdo en los pensamientos los hombres; hay que respetar la idea de lo hombres y ver un camino para un bien común, que nazca de una idea común. Y esa idea es fruto de un diálogo entre los hombres.

Se quiere buscar un amor humano en la palabra de los hombres. Porque los hombres hablan, entonces se aman entre ellos. Porque los hombres se escuchan unos a otros, entonces se consigue la paz entre ellos. Porque lo hombres obran un bien común, un bien para una comunidad, entonces se produce la vida feliz, la vida que llega al culmen de la perfección.

Francisco busca un mundo justo, memorioso y sin exclusiones. Un mundo justo, porque todos pueden vivir sus vidas como les plazca, sin que nadie juzgue al otro. Esa es la justicia en la mente de Francisco. No hay normas morales, sólo está la idea que une a todos los hombres. Una idea que no separa al otro hombre, que no lo excluye por su vida, por su pecado, por su mal social. No hay excomulgados, herejes, cismáticos, pecadores. Una justicia sin justicia, sin verdad, sin rectitud. Una justicia que nace de la mente de cada hombre. Cada hombre es justo en sí mismo. Cada hombre tiene derecho a vivir su idea humana como le parezca. Nadie tiene derecho a juzgar al otro por su vida, por sus obras, por su credo religioso. Porque hay que cuidar ese bien universal, que es el bien común, que lleva a la paz entre todos los hombres.

Y, entonces, Francisco no cree en Jesucristo porque cree en el pueblo: «Los apóstoles cuando anunciaron a Jesús, no comenzaron a partir de Él, sino de la historia del pueblo» (Sta. Marta – 15.05.2014).

Francisco es un seductor que no cree que Jesús ha venido en carne: «Jesucristo no cayó del cielo como un héroe que viene a salvarnos y llega». (Sta. Marta – 15.05.2014). Éste es su ecumenismo, la obra del demonio con Francisco.

Lo que predicaron los apóstoles era la historia del pueblo, el dialogo que los hombres habían hecho durante toda la historia. Los apóstoles no predicaron el Evangelio de Jesús, no enseñaron la doctrina de Cristo. No; dieron sus palabras humanas, las palabras de la historia del pueblo; el lenguaje humano. Porque «un cristiano es un memorioso de la historia de su pueblo, es memorioso del camino que el pueblo ha cumplido» (ibidem).

Un cristiano no es otro Cristo, no es el que sigue a Cristo -eso ya es historia-, es el que hace memoria de la historia de su pueblo: es el que habla la historia de su pueblo, es el que recuerda la historia de su pueblo. Ecumenismo. Ésta es la nueva historia del cristiano: recordar el pasado para construir un futuro con el pensamiento del hombre como guía. La Mente de Cristo pasó a la historia.

Hay que ir al pueblo, hay que ir al hombre, hay que dialogar con los hombres para hacer la iglesia del pueblo, de la historia del pueblo, del diálogo del pueblo. Ecumenimso.

Su viaje a Tierra santa, ¿qué es?, ¿para qué es? Para recordar la historia de los judíos, la historia de los cristianos, y hacer una nueva iglesia: «La memoria… la memoria de todo el pasado… Después, este pueblo ¿a dónde va? Hacia la promesa definitiva. Es un pueblo que camina hacia la plenitud; un pueblo elegido que tiene una promesa en el futuro y camina hacia esta promesa, hacia el cumplimiento de esta promesa» (Ibidem).

Para hacer una nueva iglesia, hay que recurrir a la memoria de los hombres, hay que recordar lo que hizo Cristo, lo que hicieron los cristianos, los apóstoles lo judíos, los gentiles: «la memoria… la memoria de todo el pasado». La fe es, para Francisco, recordar, recordar, recordar. La fe no es vivir a Cristo, vivir de Su Palabra que no pasa con la historia de los hombres, que es la misma en cada historia de los hombres, que no hace falta recordarla porque es un eterno presente, es una vida que se da al alma humilde, al alma que deja de recordar el pasado, para poner su oído a la escucha de Dios, en su corazón.

Para Francisco, hay que recordar para ir a una promesa futura. «El pueblo de Dios camina con una promesa, es importante que tengamos presente en nuestra vida esta dimensión: la dimensión de la memoria» (Ibidem). Es muy importante no tener fe en Cristo, sino tener la dimensión de la memoria. No tengas a Cristo en tu corazón, sino ten la memoria de la historia en tu mente. Cierra tu corazón a la Verdad Divina, que es Cristo, y abre tu mente a la mentira del demonio, que es la historia de los hombres.

Si quieren pertenecer a la nueva iglesia de Francisco: tienen que tener esa dimensión. En esa iglesia «el cristiano no es una mónada, sino que pertenece a un pueblo: la Iglesia» (Ibidem). El cristiano, en esa iglesia, no pertenece al Cuerpo de Cristo, sino a un pueblo. Y ese pueblo se denomina iglesia. Esa iglesia es una comunidad de hombres, que busca un bien común, una promesa del futuro.

Ecumenismo: un pueblo para hacer cristianos. Porque «no se puede comprender a Jesucristo sin historia. Así como no se puede comprender un cristiano sin historia, un cristiano sin pueblo, un cristiano sin Iglesia. Es una cosa de laboratorio, una cosa artificial, una cosa que no puede dar vida» (Ibidem).

Francisco no puede comprender a Jesús sin el pueblo, sin el diálogo con los hombres, sin el bien común que es necesario buscar. Ya la Palabra de Dios no se comprende en Dios, sino en la historia de los hombres, en las culturas de los hombres, en las ciencias humanas. Para conocer a Dios no hay que meterse en Dios, no hay que hacer oración, hay que hablar con los hombres, hay que ir a los hombres, hay que hacer historia con los hombres. No busques el silencio de lo humano para escuchar a Dios; busca el diálogo con los hombres para escuchar al demonio en cada uno de ellos.

Como Jesús no es Dios, por eso, para comprenderlo, hay que recordar los hechos que hizo en la historia del pueblo judío. Y, entonces, se concluye que la Alianza del pueblo de los judíos con Dios jamás ha sido revocada. Ellos hicieron historia. Hay que recordar la historia que obraron con Jesús. Hay que saber interpretar los Evangelios, que son sólo historia, que hay que leerlos según la cultura de ese tiempo. Los judíos y los católicos son iguales, sólo se diferencia en el lenguaje humano. No son ajenos a los católicos. Ellos también creen en Jesús, como cree Francisco: a su manera humana.

Como Jesús no cayó del cielo, sino que es un hombre, que nació de una mujer y de un hombre, que tuvo papá y mamá, y tuvo otros hermanos, e hizo grandes hazañas en su vida humana; entonces los judíos están con ese hombre, llamado Jesús. Es que Jesús no cayó del cielo, era un judío, pertenecía al pueblo de los judíos. Jesús creía en Dios, como los judíos, como los católicos. Entonces, hagamos una iglesia donde entren todos y que cada uno siga a Jesús como lo recuerde en la historia.

Porque, todo está en recordar la historia. Y los judíos la recuerdan de una forma; los cristianos de otra, los musulmanes, de otra, los budistas de otra. Recordemos para hacer una nueva iglesia; hagamos memoria de la historia, porque la fe es eso: un producto mental de cada uno, una invención de cada persona, una inteligencia manoseada por cada persona. Es que en la diversidad, en las diferencias, está la unidad: «la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia» (Evangelium gaudium –n 117).

Hay que reconciliar la diversidad de opiniones, de ideas, de credos religiosos. Hay que unir diferencias en los pensamientos de los hombres. Hay que coger lo bueno de los judíos, lo bueno de los musulmanes, lo bueno de los católicos, lo bueno de los budistas, y hacer una ensalada de cosas buenas. Quien se alimente de esa ensalada, tendrá una indigestión en su espíritu, en su alma y en su cuerpo.

¿Para qué viaja Francisco? Para formar esta nueva iglesia. Él no cree en Jesús. Él cree en el Jesús que su mente se ha formado.

Francisco tiene en su mente el engendro del pecado. Sólo se mira a sí mismo y se coloca por encima de Dios para hacer su estupidez sentado en una Silla que no le pertenece.

Francisco y sus hermanos judíos

“Hoy hace 75 años tuvo lugar la denominada “Noche de los cristales”: la violencia de la noche entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938 contra los judíos, las sinagogas, las casas, marcaron un triste paso hacia la tragedia de la Shoah. Renovemos nuestro apoyo y solidaridad con el pueblo judío, nuestros hermanos mayores. Y roguemos a Dios para que la memoria del pasado, el recuerdo de los pecados pasados nos ayude a prestar atención siempre contra toda forma de odio e intolerancia” (Angelus – Ciudad del Vaticano, 11 noviembre 2013).

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Esta es la falsedad que transmite Francisco al mundo y a la Iglesia.

Francisco se centra en un hecho histórico pero sin decir la Verdad de ese acontecimiento.

No dice la Verdad de la razón de esa matanza a los judíos y no dice la Verdad del régimen nazi.

Sólo recuerda un hecho que, para la mayoría de los hombres, no le interesa en absoluto. Como este hecho hay muchos desde que el hombre fue creado por Dios. Desde Caín y Abel, esto siempre se repite en toda la historia de los hombres.

Y cuando desde la Silla de Pedro se hace esta proclama entonces se engaña al mundo y a la Iglesia.

Pedro tiene que juzgar a los hombres y, por tanto, no hacer acepción de personas, como aquí lo hace Francisco.

Francisco no es Papa. Y, por tanto, Francisco no tiene derecho a hablar ni de los judíos ni de los nazis desde la Silla de Pedro. Si lo hace es sólo para confundir, porque interesa transmitir este mensaje, tanto al mundo como a la Iglesia.

Los judíos tienen que entrar en la Iglesia. Es lo que persigue Francisco.

Los judíos son los hermanos de Francisco, pero no son miembros de la Iglesia, no son hermanos para la Iglesia. Son enemigos declarados para la Iglesia. La Iglesia no quiere a los judíos hasta que no quiten su pecado, que fue matar al Hijo de Dios y no arrepentirse de ese pecado. Llevan ya 20 siglos viviendo su pecado, que es esperar a Su Mesías, que será el Anticristo para muchos de ellos.

El Anticristo es un judío que se proclama a sí mismo el Mesías, el Salvador del mundo. Este es el fruto de haber matado al Mesías y de no haberse arrepentirse de ese pecado: que de esa raza judía salga el Anticristo.

Francisco se esfuerza para que la Iglesia acepte como hermanos a los judíos. Y los judíos, igual que las demás iglesias, no son hermanos, sino enemigos de la Iglesia Católica. Y hay que amarlos como enemigos, no como amigos. Y, por tanto, hay que recordarles su pecado siempre, constantemente, que es lo que no hace Francisco, porque no hay pecado para él. Sólo hay errores, una forma de odio y de violencia entre los hombres.

Si los nazis mataron a los judíos es por causa de ellos mismos, de los judíos. No es por causa de nadie más. El pecado de los nazis es un pecado, en Dios, distinto al pecado de los judíos.

El pecado de los judíos es el pecado de Caín. En este pecado se simboliza lo que les pasa a los judíos siempre: “Maldito serás de la tierra, que abrió su boca para recibir de mano tuya la sangre de tu hermano. Cuando labres la tierra, no te dará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante” (Gn 4, 7).

Los judíos mataron a su hermano de sangre Jesús y, por tanto, son malditos. Y aunque se ganen la vida, siempre tendrán que irse de ese lugar y buscar otro. Si no lo hacen, Dios pondrá un pueblo para hacerlo, como fueron los nazis.

Si no se lee así la historia, con los ojos divinos, entonces todo consiste en llorar lágrimas por los judíos y aborrecer a los nazis, que es lo que enseña Francisco. Francisco no enseña a amar a los nazis, sino que sólo le interesa poner el amor a los judíos.

Ni hay que llorar por la matanza de los judíos a mano de los nazis, por la maldición que tiene ese pueblo, ni hay que aborrecer a los nazis, porque cumplieron la Justicia Divina, que siempre Dios la obra a través del demonio y de los hombres en pecado.

Si esto no lo enseña Francisco, entonces está engañando a todo el mundo, que es lo único que le interesa a Francisco.

A la Iglesia lo que le importa contemplar es la acción de Dios en Ella y la acción de Dios en el mundo. Saber discernir eso en el Espíritu.

A la Iglesia no le interesa contar batallitas entre hombres, entre pueblos, como lo hace Francisco.

Para Francisco en la historia de los hombres no aparece Dios, sino sólo hechos históricos que hay que leerlos con la cabeza de cada uno, hay que entenderlos según la idea filosófica que cada uno se invente. No hay nada divino en la historia de los hombres, y, por eso, se esfuerza por hacer entender a la Iglesia que debe abrirse a los judíos y recordar que son también hermanos porque son hombres.

Y desde Jesús ya no hay hombres. Sólo hay o hijos de Dios o hijos del demonio.

Los judíos son hijos del demonio. Hay que llamar a las cosas por su nombre: son “malditos”. Y una maldición divina hace la raza de Caín maldita, es decir, sin posibilidad de ser hijo de Dios.

Los judíos provienen de Caín y de Abel. Los fariseos, los saduceos, los escribas provienen espiritualmente de Caín. Jesús proviene espiritualmente de Abel.

La generación en Dios no hay que tomarla de forma humana o carnal, sino espiritual. Desde Abel y Caín hay dos generaciones espirituales en el mundo: Dios y el demonio. Las almas que siguen a Dios y las almas que siguen al demonio.

Y, desde Jesús, hay dos filiaciones: los hijos de Dios y los hijos del demonio. Los hijos de los hombres no interesan para nada. Los hombres o son de Dios o son del demonio.

Y es claro que los judíos son hijos del demonio y, por tanto, no son miembros de la Iglesia Católica porque sólo los hijos de Dios pertenecen a la Iglesia. Y los hijos de Dios no son sólo por el Bautismo, sino también por el Sacerdocio de Cristo en la Iglesia.

Lo que hicieron los nazis es una cuestión de la Justicia Divina, y sólo en Ella se puede entender toda la Segunda Guerra Mundial. Si esta guerra sólo se la contempla desde los hechos humanos, entonces nadie entiende nada de esa guerra.

Los nazis hicieron su papel con los judíos. Y, una vez, hecho, la guerra se acabó. Porque la segunda guerra era acabar con los nazis. Y, ¿de qué forma? Que ellos exterminaran a los judíos. Y esto por la Justicia Divina, para señalar dos cosas a los hombres:

a. de los nazis viene la opresión a todos los hombres;

b. de los judíos viene el Anticristo.

Los nazis representan, no al pueblo alemán, sino al hombre que se ha puesto por encima de Dios. Ese es el espíritu del nazismo. Es un humanismo llevado al ocultismo. En ese humanismo está el poder del demonio para matar a los hombres. Para eso sirve el nazi: para aniquilar a través del odio y de la violencia.

El nazi es un engendro del demonio en la historia de los hombres. Y el nacismo volverá de nuevo en la última etapa del anticristo.

Dios enseña al hombre cómo se aniquila esa estirpe del demonio, que sólo mata por matar, por el placer de matar, que eso es el espíritu demoniaco: el placer de llevar a las almas a la condenación.

Y sólo se puede aniquilar a un pueblo -con el ideal de matar- con una guerra entre hombres. Por eso, viene la tercera guerra mundial, porque viene un pueblo que quiere aniquilarlo todo de la faz de la tierra. Un pueblo que se ha puesto por encima de Dios y que se llama a sí mismo dios.

Y las guerras son sólo la consecuencia del enfrentamiento entre dos bandos: los hijos de Dios y los hijos del demonio. No es el enfrentamiento entre hombres, porque ya, después de Jesús, no hay hombres, no puede haberlos. Por eso, la vida espiritual es una batalla de espíritus y sólo de espíritus.

Por eso, Francisco dice todas estas cosas porque le conviene decirlas, no por amor a los judíos, ni por amor a la Iglesia, ni por amor a la verdad.

Está obligado por la masonería a decir todas estas cosas. Es su trabajo en la Iglesia, es su obra de teatro en la Iglesia. Y, por eso, la Iglesia tiene el deber de atacar a Francisco si quiere seguir siendo Iglesia.

Como la Iglesia no hace esto, sino que se deja embaucar por las fauces de ese lobo, la Iglesia va a tener su merecido castigo muy pronto.

Aplaudís a un caudillo, que es otro nazi, entonces daréis culto al demonio dentro de la Iglesia. Es la consecuencia. Cada uno tiene en la vida lo que busca.

El culto a Dios desparece ya de la Iglesia, porque sólo ha quedado el culto al demonio, que representa Francisco en la Silla de Pedro.

Ahí tienen la cara del demonio en el que es, para muchos, el líder indiscutible de la verdad en la Iglesia y en el mundo. Y es sólo un pobre hombre que no sabe nada de la verdad, ni en el mundo ni en la Iglesia.

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