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El Anticristo maneja los hilos de la Iglesia y de los gobiernos del mundo

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«antes de instaurar el Nuevo Orden Mundial, que es político, se deberá instaurar la Única Religión Mundial» (Conchiglia)

Hay muchas personas a quienes no les gusta Bergoglio. Esto es, cada día, más evidente. No se puede esconder. No se puede disimular ya. Ni siquiera los que lo siguen se encuentran a gusto con él, porque no les da lo que ellos quieren: una iglesia sin cruz, sin doctrina, sin sacramentos, sin Cristo.

Es necesario ir a la única Religión mundial. Pero no se puede ir si no se acaba con la Iglesia Católica. Hay que meter en la Iglesia Católica la división en la doctrina. Esto es lo que Bergoglio no ha podido hacer todavía. No le han dejado porque él sólo es un hombre que habla su vida de pecado, pero que no sabe poner en una ley, en una norma, esa vida.

Bergoglio es el falso profeta, pero no es la persona del Falso Profeta: no está en la iglesia del anticristo. Está, a penas, levantando su nueva estructura de iglesia. Ya ha puesto su primera división: el gobierno horizontal; pero le falta lo más importante: la doctrina.

Bergoglio es un hombre que no convierte a nadie, porque es un hombre que busca el ecumenismo sin la cruz.

«los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese» (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.1).

No hay división si hay fe en la verdad sobre la Cruz. Si los hombres no creen en la Cruz, no sólo como un hecho histórico, sino también real, eterno, que permanece y se realiza en cada Altar, entonces los hombres nunca podrán unirse en Cristo.

Cristo une en Su Cruz: ahí está toda la Vida de la Iglesia. La Cruz es el Camino hacia la Verdad de la Vida Divina. A los pies de la Cruz permaneció la Virgen y el discípulo amado. Los demás huyeron en la gran división de sus mentes humanas. El hombre no tiene otro camino, otra esperanza: el mundo hay que llevarlo a la Cruz. Hay que crucificar al hombre viejo para que renazca el nuevo.

No se puede ir al mundo sin la Cruz de Cristo, sin el mensaje que ésta representa: oración y penitencia. ¡Conversión!

«la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica». (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.9).

Fe católica, sacramentos y jerarquía: esta es la unidad que pide el Espíritu a Su Iglesia.

Y esto es, precisamente, lo que no se ve por ninguna parte.

Hombres que se pasan la vida repensando la antropología y la moral: «Hace años que tendría  que ser posible que se ordenen tanto hombres como mujeres, tanto célibes como casados» (Juan Masía, sj).

Cardenales que han perdido el juicio: «leer con respeto los textos de Lutero y sacar provecho de sus ideas» (Cardenal Marx).

Obispos que han perdido el temor de Dios y la verdad de la Iglesia: «No podemos vivir en una Iglesia con doscientos años de retraso» (Obispo Nicolás Castellanos).

La Jerarquía va buscando una religión mundial. Por eso, es necesario presentar al mundo un nuevo Cristo, un nuevo concepto del cristianismo, una nueva doctrina basada -en todo- en el lenguaje humano, en sus formas, no en la verdad.

Hay que llevar a Cristo al pueblo, a encontrarse con los hombres:

«Pongamos ante los ojos de la mente el icono de María Madre que va con el Niño Jesús en brazos. Lo lleva al Templo, lo lleva al pueblo, lo lleva a encontrarse con su pueblo» (2 de febrero del 2015).

Esta es toda la espiritualidad de Bergoglio: los hombres, el pueblo, la humanidad, sus problemas, sus vidas.

Bergoglio nunca puede predicar la verdad del Evangelio: hay que sumergir al hombre en la muerte de Cristo.

«Con Él hemos sido sepultados por el Bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 4).

La Virgen María no lleva a Su Hijo para encontrarse con su pueblo. Lo lleva para presentarlo al Señor: Ella debía cumplir los deberes que como primogénito le imponía la Ley (Ex 13, 2s: “todo varón primogénito sea consagrado al Señor”) y la purificación de la Madre, prescrita en el Levítico (12, 1 s: “un par de tórtolas o dos pichones”). Pero más allá de estas ceremonias legales, la Virgen lleva a Su Hijo al Templo para que se revele la Verdad a los hombres.

La Presentación del Niño en el Templo es la segunda manifestación de Jesús. La primera a los pastores, humildes y sencillos. Jesús viene por estas almas, que son dóciles al Espíritu de la Verdad en sus corazones. Pero Jesús también se manifiesta a las almas que vivían de la esperanza del Mesías; el anciano Simeón. Y el testimonio de este hombre -testimonio de la Verdad, que se manifiesta a su alma, en los brazos de Su Madre- es la manifestación del Niño: Jesús es el Salvador y la luz de las Naciones. Un hombre que da testimonio de la verdad que contempla: eso es Simeón. Y eso es lo que no es ninguna Jerarquía actual en la Iglesia.

Es lo que enseña un verdadero Papa:

«¿Quién es, en realidad, este recién nacido? La respuesta a esta pregunta, fundamental para la historia del mundo y de la humanidad, la da proféticamente el anciano Simeón, quien, estrechando al Niño entre los brazos, ve e intuye en El “la salvación” de Dios, la “luz para alumbrar a las naciones”, la “gloria” del pueblo de Israel, la “ruina y la resurrección de muchos en Israel”, el “signo de contradicción”. Todo esto es ese Niño, que, aun siendo “Rey de la gloria”, “Señor del templo”, entra allí por vez primera, en silencio, en ocultamiento y en fragilidad de naturaleza humana» (2 de febrero de 1981).

Un Papa legítimo y verdadero, como Juan Pablo II, enseña la misma Palabra de Dios: no la cambia, no la interpreta a su manera humana, no habla para el pueblo, para quedar bien con los hombres; sino que transmite el mismo pensamiento que está contenido en la Palabra de Dios, que es la Mente de Cristo.

Un falso Papa enseña su impostura:

«Guiemos el pueblo a Jesús dejándonos a su vez guiar por Él. Eso es lo que debemos ser: guías guiados». Esto es lo que deben ser los consagrados para este hombre. Una frase muy bonita, pero sin ninguna verdad: ser guías guiados. Es la mayor estupidez de este hombre.

El consagrado tiene que imitar a Jesús:

«estáis llamados a una particular imitación de Jesús y a un testimonio vivido de las exigencias espirituales del Evangelio en la sociedad contemporánea. Y si el cirio, que tenéis en la mano, es también símbolo de vuestra vida ofrecida a Dios, ésta debe consumarse toda entera para su gloria» (2 de febrero de 1981).

Imitar a Cristo, -es lo que enseña un verdadero Papa-, dar testimonio de la Verdad del Evangelio en un mundo que no quiere la verdad. Y es un testimonio que es radical:

«Pero precisamente por esta opción tan radical, os convertís, como Cristo y como María, en un “signo de contradicción”, es decir, es un signo de división, de ruptura y de choque en relación con el espíritu del mundo, que pone la finalidad y la felicidad del hombre en la riqueza, en el placer y en la autoafirmación de la propia individualidad» (Ib).

Esto es lo que no se encuentra en ningún discurso de Bergoglio: hay que romper con el espíritu del mundo, hay que ser signo de división con el mundo.

Bergoglio no da la doctrina de Cristo, sino su cristo, la doctrina que tiene en su mente sobre Cristo. Por eso, dice esa frase hermosa, pero sin la doctrina de Cristo. ¿Qué significa ser guiados por Cristo? Imitarlo. ¿Y cómo se imita a Cristo? Expiando los pecados del pueblo. ¿Y cómo se guía al pueblo hacia Cristo? Hay que meterlo en la muerte de Cristo: en la cruz, en la penitencia, en el despojo de todas las cosas por amor a Cristo.

¿Enseña esto, Bergoglio, en este discurso? No; Bergoglio predica un cristo sin doctrina, sin verdad. Sólo enseña sus frases bonitas, que sólo demuestran una cosa: este hombre sólo habla por hablar, para que los demás den publicidad a sus discursos. Pero, mientras tanto, obra otra cosa a lo que habla, a la propaganda que dan los demás de sus palabras. Así se hace la nueva iglesia: a base de impostura religiosa, de fariseísmo, el más perfecto de todos.

Bergoglio enseña como un falso papa, que sólo habla para la masa de los ignorantes, y de los tibios y pervertidos:

1. Una obediencia falsa: «quien sigue a Jesús se pone en el camino de la obediencia, imitando de alguna manera la «condescendencia» del Señor, abajándose y haciendo suya la voluntad del Padre, incluso hasta la negación y la humillación de sí mismo (cf. Flp 2,7-8). Para un religioso, caminar significa abajarse en el servicio, es decir, recorrer el mismo camino de Jesús, que «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Flp 2,6). Rebajarse haciéndose siervo para servir».

a. El camino de la obediencia no es imitar la condescendencia del Señor, no es abajarse, no es la negación y la humillación de sí mismo: es obrar la Voluntad de Dios. Se obedece a Dios para hacer lo que Él quiere. Son dos cosas diferentes: que Cristo no muestre Su Gloria a los hombres y su obediencia al Padre, hasta la muerte. Bergoglio mete ambas cosas en el mismo saco para un fin: sé obediente a los hombres, a los mayores, a la mente del hombre: «El fortalecimiento y la renovación de la Vida Consagrada pasan por un gran amor a la regla, y también por la capacidad de contemplar y escuchar a los mayores de la Congregación». Escuchar a los mayores: escucha a tantos superiores falsos como hay en la Iglesia. Escucha a tantos herejes y apóstatas de la fe en Cristo como hay en las congregaciones, asociaciones, seminarios, etc… ¡Aquella Jerarquía que no dé la verdad no se la puede escuchar, no se la puede obedecer aunque estén como Superiores! Pero a Bergoglio lo que le interesa es:

b. Su conclusión: «caminar significa abajarse en el servicio». Es su impostura religiosa: bájate de tus ideas, de tus dogmas, de tus liturgias, de la verdad absoluta, con el fin de servir a todos los hombres, al pueblo. Es siempre su humanismo: rebájate en la mentira para servir a los demás.

No tiene nada que ver con lo que un Papa verdadero enseña a los religiosos: «También vosotros, hermanos y hermanas queridísimos, debéis conservar siempre intacta esa “voluntad de oblación”, con la que habéis respondido generosamente a la invitación de Jesús para seguirle más de cerca, en el camino hacia el Calvario, mediante los sagrados vínculos que os unen a El de manera singular en la castidad, en la pobreza y en la obediencia: estos votos constituyen una síntesis, en la que Cristo desea manifestarse a Sí mismo, entablando —a través de vuestra respuesta—, una lucha decisiva contra el espíritu de este mundo» (2 de febrero de 1981): caminar significa tener una voluntad de oblación para llegar a la Cruz, a la muerte con Cristo en la Cruz. Y se llega con los votos de castidad, de pobreza y de obediencia. Esto no lo enseña Bergoglio porque ni los tiene ni sabe cómo vivirlos. La obediencia es una voluntad de oblación en la que se muestra la lucha contra el espíritu del mundo. No es una obediencia para servir al mundo, que es lo que enseña Bergoglio. Todo al revés con este hombre. Todo. La casa se construye por el techo, según Bergoglio. Una vez que el hombre está arraigado en esta obediencia, es cuando sirve a los demás en la verdad de su vida. Y el servicio a los demás da frutos de vida eterna. Pero este servicio es lo último que se hace, lo de menos. Lo que importa es esa voluntad de oblación, por amor a Cristo, para imitar en todo a Cristo. Bergoglio sólo está en su camino humano de servicio a los intereses del hombre. Y, por lo tanto, tiene que predicar una:

2. Falsa sabiduría: «En el relato de la Presentación de Jesús, la sabiduría está representada por los dos ancianos, Simeón y Ana (…) El Señor les concedió la sabiduría tras un largo camino de obediencia a su ley. Obediencia que, por una parte, humilla y aniquila, pero que por otra parte levanta y custodia la esperanza, haciéndolos creativos, porque estaban llenos de Espíritu Santo».

a. La sabiduría siempre es Cristo, nunca los hombres. Los hombres participan de la sabiduría divina por la gracia y el Espíritu. En Simeón y en Ana está representada las almas fieles a la gracia y a al Espíritu. Son dos cosas totalmente diferentes.

b. Una sabiduría creativa: los hace creativos: el alma obediente no es creativa, sino imitativa de la Mente de Dios, de la vida de Cristo: pone por obra lo que Dios piensa: no crea una idea nueva ni una obra nueva. Es el lenguaje de los modernistas, que les lleva a proclamar esta gran herejía: «Perseverando en el camino de la obediencia, madura la sabiduría personal y comunitaria, y así es posible también adaptar las reglas a los tiempos: de hecho, la verdadera «actualización» es obra de la sabiduría, forjada en la docilidad y la obediencia». Vamos a cambiar el dogma, las enseñanzas de siempre en la Iglesia. Hay que adaptar la ley de Dios a los tiempos. Hay que actualizar la norma de moralidad. El magisterio de la Iglesia ya se quedó anticuado y, entonces, hay que buscar otro, más acorde con los tiempos, con la mente de los hombres, con sus culturas. ¡Y eso es sabiduría divina! ¡Esta es la gran blasfemia de este hombre, que sólo vive para su humanismo! Hay que obedecer a una mentira para ser actuales, para actualizar la sabiduría, para madurar en la sabiduría. Bergoglio lo rompe todo.

Para Bergoglio todo es un relato del hombre, todo es una fiesta para los hombres:

«Es curioso advertir que, en esta ocasión, los creativos no son los jóvenes sino los ancianos. Los jóvenes, como María y José, siguen la ley del Señor a través de la obediencia; los ancianos, como Simeón y Ana, ven en el Niño el cumplimiento de la Ley y las promesas de Dios. Y son capaces de hacer fiesta: son creativos en la alegría, en la sabiduría».

María y José son jóvenes, inexpertos, que cumplen con la ley; Simeón y Ana son los maduros, los que tienen la experiencia del conocimiento de Dios, los que saben ser creativos, los que transforman la obediencia en cumplimiento de la ley, y así hacen fiesta. Este es todo el mensaje de este hombre perverso.

Son los ancianos, como él, los que están destruyendo la Iglesia con su sabiduría creativa. En el camino de la obediencia se madura la sabiduría. Este hombre no sabe lo que está diciendo. No tiene ni idea, ni de lo que es la obediencia ni lo que es la sabiduría.

Pone la obediencia a la mente del hombre, pero no a la Mente de Dios. Y, por lo tanto, como la mente del hombre cambia, entonces se madura la sabiduría.

Cuando el hombre obedece a Dios no madura en su sabiduría, sino que crece en sabiduría. En la medida que el hombre vaya aceptando la Mente de Dios, por la obediencia, por el sometimiento de su mente a la verdad revelada, inmutable, eterna, en esa medida, el hombre crece en las virtudes: «El que guarda la Ley es hijo prudente» (Prov 28, 7). Y el virtuoso está lleno de la sabiduría divina: «en alma maliciosa no entrará la sabiduría» (Sab 1, 4).

María y José estaban anclados a una obediencia. Simeón es el más listo, por ser el más creativo, por cambiar en su mente y contemplar –en su ancianidad- lo que no ven María y José por ser jóvenes. Es todo un relato humano. Cuando Bergoglio predica el evangelio, es esto lo que hace: da su cuento, su fábula, su interpretación humana, su chiste. Y le queda algo que no tiene nada que ver con la Palabra de Dios.

Como se madura la sabiduría, entonces es posible también adaptar las reglas a los tiempos. ¿Por qué los homosexuales no pueden casarse? Hay que estar con los tiempos. ¿Por qué no dar la comunión a los malcasados? Hay que madurar en estas reglas que son fruto de una obediencia a lo antiguo. Hay que obedecer a los modernos, a las mentes de todos los soberbios, porque en ellas está la sabiduría creativa, que es – para este hombre sin nombre- una obra divina: «Y el Señor transforma la obediencia en sabiduría con la acción de su Espíritu Santo». ¡Mayor sin sentido no puede haber en la mente de Bergoglio!

¿Quién es María para este personaje?

«Los brazos de su Madre son como la «escalera» por la que el Hijo de Dios baja hasta nosotros, la escalera de la condescendencia de Dios (…) María que entra en el templo con el Niño en brazos. La Virgen es la que va caminando, pero su Hijo va delante de Ella. Ella lo lleva, pero es Él quien la lleva a Ella por ese camino de Dios, que viene a nosotros para que nosotros podamos ir a Él (…) También nosotros, como María y Simeón, queremos llevar hoy en brazos a Jesús para que se encuentre con su pueblo».

María es la que lleva en brazos a Jesús. Y no más: una madre joven, inexperta en el misterio de Cristo. Es la escalera de la condescendencia de Dios: una frase muy hermosa, pero herética:

«Cristo «tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel» (Hb 2,17). Es el doble camino de Jesús: bajó, se hizo uno de nosotros, para subirnos con Él al Padre, haciéndonos semejantes a Él».

Si se va a la Palabra de Dios, se ve lo que oculta Bergoglio:

«Por esto hubo de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel, en las cosas que tocan a Dios, para expiar los pecados del pueblo»: Cristo se hace hombre, vive como los hombres, en una naturaleza humana, con un fin: expiar los pecados. Se hace sacerdote para expiar los pecados del pueblo, no para hacer fiesta con los hombres, con el pueblo.

Bergoglio calla la expiación del pecado porque no puede entrar en su discurso bello, pero sin verdad alguna. Es el discurso que gusta a la mente de los hombres. Esas mentes que ya no saben pensar la verdad, sino que sólo quieren escuchar lo que tienen en sus propias mentes. Y si hay un viejo, como Bergoglio, inexperto en la verdad, entonces se tragan cualquier cosa que sale de su inmunda boca. Y la tienen como verdad, como voluntad de Dios, como una bendición. Así siempre trabaja un falso profeta: con las formas del lenguaje humano. Formas externas: palabras bellas, frases puestas en una bandeja de plata, con un colorido que agrada a los hombres, para mostrar su mentira siempre.

Los brazos de la Virgen María no son como una escalera, sino que son el resguardo de la Madre. María protege a su Niño del mundo y de los hombres. María conserva en su corazón la Verdad y es lo que transmite al mundo cuando lleva en sus brazos a Su Hijo. María no va caminando con su Hijo para mostrarlo al pueblo. María camina con Su Hijo, en brazos, para realizar la Voluntad de Dios en Su Templo, porque María es la que está asociada en todo a Su Hijo:

«Por asociación con su Hijo, esta mujer se hace también signo de contradicción para el mundo y, a un tiempo, signo de esperanza, a quien todas las generaciones llamarán bienaventurada. La mujer que concibió espiritualmente antes de concebir físicamente, la mujer que acogió la Palabra de Dios, la mujer que se insertó íntima e irrevocablemente en el misterio de la Iglesia ejerciendo la maternidad espiritual con todos los pueblos. La mujer que es venerada como Reina de los Apóstoles sin quedar encuadrada en la constitución jerárquica de la Iglesia, y que sin embargo hizo posible toda jerarquía porque dio al mundo al Pastor y Obispo de nuestras almas. Esta mujer, esta María de los Evangelios, a quien no se menciona entre los presentes en la última Cena, acude de nuevo al pie de la cruz para consumar su aportación a la historia de la salvación. Por su actuación valiente prefigura y anticipa la valentía a lo largo de los siglos de todas las mujeres que contribuyen a dar a luz a Cristo en cada generación». (Octubre del 1979)

Leer a Juan Pablo II y leer a Bergoglio es como el día a la noche. La diferencia es abismal, porque Juan Pablo II es Papa verdadero, elegido por el Espíritu del Señor para guiar a Su Iglesia por el camino de Cristo. Pero Bergoglio no es el Papa, ni puede serlo por más que los hombres griten que Bergoglio es el Papa.

Bergoglio es sólo un falso profeta, que anuncia al anticristo de la nueva iglesia. Es ese anticristo el que va a romper la Iglesia. El anticristo es un ser inteligente que sabe romper la doctrina de Cristo con su inteligencia, con su idea, con su mente. Bergoglio sólo sabe hablar, pero no romper. Quiere romper, pero no puede. No es su tiempo.

Tiene que venir, después de él, el temido, que no es el Anticristo, sino el falso Papa que continúa la obra que ha iniciado Bergoglio. Porque hasta que no se levante la nueva iglesia, la ecuménica, la que engloba a todo el mundo, a todas las religiones, no se levanta el nuevo  orden mundial, y no puede aparecer ni el Falso Profeta ni el Anticristo.

El Anticristo necesita de un anticristo en la Iglesia: uno que lleve a la Iglesia hacia la religión mundial. Y el Anticristo necesita de un anticristo en el mundo: uno que lleve a todo el mundo hacia un gobierno mundial. Y estos dos anticristos todavía no han aparecido. Están sus voceros: Bergoglio y Obama, pero no son los indicados para el gran juego del Anticristo.

La Iglesia Católica, por las profecías, tiene que pasar dos años de sede Vacante antes de que se levante la nueva iglesia, que será la Iglesia del Anticristo. Y hasta que no muera el Papa legítimo, Benedicto XVI, Bergoglio sólo seguirá hablando de sus muchas cosas. Y, mientras entretiene  a todo el mundo con sus majaderías, se va obrando en lo oculto todo lo demás. Así, cuando llegue el tiempo requerido, se cambia todo a base de palos, de imposiciones, de sangre, de persecución.

El Anticristo está guiando a toda esta Jerarquía que apoya a Bergoglio: uno de ellos se hará con el poder en la Iglesia para hacer lo que no hace Bergoglio: dividir la doctrina, destruir el dogma. Por eso, ni entre ellos se tienen confianza: todos están en ese gobierno horizontal con el deseo, no declarado, de ser papas y así imponer la doctrina que ellos quieren en la Iglesia. A Bergoglio lo echan fuera, como a todos los demás, porque ya no sirve: sirve para la fiesta, pero no para la Iglesia que el Anticristo quiere. El Anticristo necesita una cabeza pensante, que no tenga miedo a romper el dogma. Necesita un Kasper. No necesita de un hombre que viva su pecado, como Bergoglio, porque eso ya lo tiene en el mundo y en la Iglesia. Hay que cambiar la doctrina, el dogma, para crear la nueva iglesia. Y esto hay que hacerlo a las bravas, no con sonrisitas.

Mientras Bergoglio vive su estúpida vida en la Iglesia, la doctrina no se cambia: sólo hay confusión. Sólo hay lío, división, enfrentamientos dentro de la Jerarquía y de los fieles. Y esto es sólo el fruto del gobierno de este hombre: nada claro, sin claridad, sin camino. Habla muchas cosas y nada se hace. Todo el mundo hace y deshace, pero la doctrina sigue igual. Con Bergoglio, todo sigue igual. Y esto es lo que no le gusta al Anticristo. Bergoglio fue débil en el Sínodo pasado. Y eso el Anticristo lo va a remediar en el próximo Sínodo: debe cortar la cabeza de Bergoglio para eso. Tiene que poner su anticristo, que levante su nueva iglesia mundial.

No se puede defender la Tradición juzgando a los Papas

herejias

«Como la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos, la destrucción del Reino de Nuestro Señor avanza aceleradamente…»   (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llamó anticristos a cada Papa y a toda la Curia Romana: se escandalizó de los errores y horrores postconciliares. Se escandalizó del pecado de muchos, dando la responsabilidad de esos pecados al Concilio, a los Papas y a las reformas de la liturgia.

Pero éste no fue el pecado principal de Lefebvre. Esto es la consecuencia de su pecado de orgullo.

No se puede pertenecer a la Iglesia si no se cree en el Papado. No se puede hacer Iglesia sin el Papa. Se hace una blasfemia contra Dios:

«La situación del papado a partir de Juan XXIII y sus sucesores va planteando problemas cada vez más graves… Éstos han fundado una Iglesia conciliar nueva… ¿Esta Iglesia es todavía apostólica y católica?… ¿Debemos considerar que este Papa es católico?» (Tissier 569).

Lutero destrozó la roca que sostiene el edificio de la Iglesia: la fe en la enseñanza de la Iglesia apostólica. Fe en los Obispos que enseñan una doctrina verdadera en un Concilio. Fe en el Papa legítimo, que obra en un Concilio. Fe en el Magisterio de la Iglesia, que es infalible y sagrado. Fe que exige la obediencia de la persona, su sometimiento.

El papa León X, en la bula Exurge, Domine (1520), condena esta proposición de Lutero:

«Tenemos camino abierto para enervar la autoridad de los Concilios y contradecir libremente sus actas y juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que nos parezca verdad, ora haya sido aprobado, ora reprobado por cualquier Concilio» (n.29: DS 1479).

Lefebvre es lo mismo que Lutero: anula la fe en el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia; aplasta la autoridad divina de la Iglesia. ¿La Iglesia sigue siendo apostólica, católica? ¿El Papa sigue siendo católico? Preguntarse esto es anular todo en la Iglesia.

Nadie puede juzgar a un Papa legítimo en la Iglesia. Nadie puede juzgar a la Iglesia. La Iglesia es la Obra del Espíritu; quien juzga a la Iglesia, juzga al Espíritu. Y quien juzga a Dios, se condena.

Lefebvre está condenado, en el infierno. Pero esto, muchos, no lo creen. Y no pueden creerlo, porque están en la Iglesia luchando por sus verdades, no por la Verdad, que es Cristo. No son de Cristo, son de los hombres; no se someten a la Mente de Cristo, sino que se esclavizan a la mente de los hombres.

Y los que conciben estos 50 años como el levantamiento de una nueva iglesia en Roma, en cada Papa, sólo pueden ver a Bergoglio como el continuador de este desastre. Bergoglio es el que continúa la acción demoledora que los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, han hecho en la Iglesia, porque han levantado una Iglesia conciliar nueva.

Son muchos los católicos que piensan así. Y si continúan en este pensamiento, no podrán salvarse nunca. Es un pensamiento cismático, no sólo herético, porque les lleva a poner la Iglesia Católica en su iglesia cismática, en una persona no elegida por Dios para decidir en la Iglesia lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdadero y lo que es falso: se creen salvadores de la Iglesia; se creen los sabios en Ella.

Un gran pecado fue el que hizo Lefebvre, y el que continúa en toda esa comunidad cismática.

Ellos mismos lo declaran: en las conversaciones habidas entre la FSSPX y la Santa Sede «es preciso distinguir el fin que persigue Roma del que tenemos nosotros. Roma indicó que existían problemas doctrinales con la Fraternidad y que los mismos debían aclararse antes de un reconocimiento canónico –problemas que, tratándose de la aceptación del Concilio, obviamente provendrían de nuestra parte. Para nosotros, en cambio, se trata de otra cosa: queremos exponer a Roma lo que la Iglesia siempre enseñó, y con eso, señalar las contradicciones existentes entre esta enseñanza multisecular y lo que sucede después del Concilio. De nuestra parte, ése es el único objetivo que perseguimos» (Entrevista concedida por el Superior General de la FSSPX (2-II-2011), Mons. Bernard Fellay, en el Seminario de Santo Tomás (Winona, EE.UU.)).

Es el pecado de orgullo: ellos son los sabios, los entendidos, los que exponen a Roma lo que siempre la Iglesia enseñó, los que no están en excomunión. Es Roma la equivocada, la necia, la maldita, la excomulgada.

«ellos no aceptan reconocer las contradicciones entre el Vaticano II y el Magisterio anterior (…) se trata de hacer oír en Roma la fe católica y, más aún incluso, de hacerla oír en toda la Iglesia» (Ib.)

En el Magisterio auténtico de la Iglesia hay contradicciones. La fe católica procede de la obra cismática de Lefebvre, no de Roma, no de los Papas legítimos, no del Vaticano II. Esta es la locura de esta gente, que se llaman tradicionalistas y son sólo hijos del demonio, como Bergoglio.

Si se afirma que esos Papas han fundado una nueva iglesia, se está cayendo en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo; es negar todos los dogmas, es recorrer el camino de condenación en vida. Es levantar un cisma en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II fue sagrado. Esto es lo que se le atraganta a todos aquellos que siguen el espíritu lefebvriano. ¿Sagrado el Vaticano II?

Allí donde un Papa legítimo se reúne con los Obispos para tratar asuntos de la Iglesia, de la salvación de las almas, siempre es infalible, siempre enseña la verdad, siempre da la santidad en la Iglesia.

El Papa es infalible; y los Obispos, cuando enseñan una doctrina, bajo la autoridad del Romano Pontífice, para ser aceptada por todos, son infalibles.

Y lo que se enseña, de manera infalible, es camino de salvación y de santificación en la Iglesia: es una doctrina sagrada. Y sagrado es todo aquello que conduce a la salvación y a la santificación de las almas.

Los Obispos se reunieron, bajo el Papa, en el Concilio Vaticano II, y de allí surgió una doctrina infalible y sagrada, una doctrina que llama a la santidad de vida. Y, por eso, hay que decir, como San Ambrosio: «Del Concilio de Nicea, no podrá separarme ni la muerte ni la espada» (R 1250).

O como San Gregorio Magno: «Confieso que yo acepto y venero los cuatro Concilios así como los cuatro Libros del Santo Evangelio… porque han sido constituidos los Concilios con el mutuo acuerdo universal. Por consiguiente quien quiera que piensa otra cosa, sea anatema» (R 2291).

Sean anatemas los que no aceptan el Concilio Vaticano II.

Muchos católicos, que tienen el espíritu lefebvriano, que son hijos espirituales de Lefebvre, no son capaces de decir: del Concilio Vaticano II no podrá separarme ni los pensamientos de todos los sedevacantistas, ni la de aquellos tradicionalistas que comienzan a cuestionar si los Papas anteriores eran masones. No pueden: ellos son los sabios, lo entendidos, los que poseen la Tradición de la Iglesia. Ellos han luchado por una verdad, su idea humana de lo que debe ser la Tradición, anulando otra verdad: el Papado. Se han quedado fuera de la Iglesia, por seguir su verdad. Es el pecado de siempre en la Iglesia: pecado de soberbia y de orgullo.

Muchos no comprenden este acto cismático de Lefebvre, su pecado de orgullo, y tratan de excusarlo juzgando a todos los Papas: es que el Papa Juan Pablo II hizo un acto en Asís en nombre del ecumenismo, es que besó el Corán, es que hizo oraciones en el muro de las lamentaciones…Juzgan la autoridad de un Papa legítimo; juzgan el Poder Divino en el Papa; juzgan a Dios en el Papa. Y si hacen esto, no pueden comprender los actos del Papa.

Muchos católicos es lo que están haciendo: autodemoliendo la Iglesia con sus juicios a todos los Papas. Y esto no es nuevo:

«La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de autodemolición. Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio. La Iglesia está prácticamente golpeándose a sí misma» (Disc. al Seminario Lombardo, Roma 7-XII-1968).

El error de Mons, Lefebvre, y de sus seguidores, fue acusar al Concilio Ecuménico Vaticano II, y a los Papas que lo siguieron, como los causantes principales de todo este desastre que se ve en la Iglesia.

¡Gravísimo error!

El error de muchos católicos es acusar a todos los Papas y defender sus propias ideas en la Iglesia.

Si no comprenden un acto de un Papa legítimo, es mejor callar la boca, para no cometer un pecado de desobediencia y de juicio al Papa, que es un pecado de soberbia y de orgullo.

El desastre que vemos en la Iglesia es por el pecado de la Jerarquía, que no se ha sometido ni a los Papas ni al Magisterio; y de todos aquellos fieles que han acompañado a esta Jerarquía rebelde a la Verdad.

«¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! (…) La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón» (Cardenal Raztinger)

Los sacerdotes no están entregados a las cosas de Dios, sino del mundo. Y, por eso, cogen el Vaticano II y lo tuercen. Y cada uno tiene su pecado.

El Concilio Vaticano II no niega ni silencia la salvación, la condenación, la existencia del demonio; no invita a que los matrimonios no tengan hijos, que busquen soluciones anticonceptivas para dedicarse a una vida más social, placentera, humana, sin la responsabilidad del sexo; no predica doctrinas heréticas ni gravemente desviadas; no enseña el feminismo ni los diversas liberacionismos que los hombres persiguen en el mundo; no lleva al desprecio de la ley natural, divina, eclesiástica, civil…. El Concilio Vaticano II no enseña a pecar, no enseña a hacer un cisma, no enseña a apartarse de la Iglesia, no enseña a juzgar a la Iglesia ni a los Papas…

Si la gente hace esto, es por ellos mismos: ellos quieren pecar. No echen la culpa de sus pecados ni al Papa, ni al Concilio ni a nadie.

Acusar al Concilio Vaticano II de todos esos males que se ven, tanto en la Iglesia como en el mundo, es una gran falsedad, una calumnia y una ofensa al Espíritu Santo.

Aquel católico que no defienda el Concilio Vaticano II no es católico, sino que es un falso católico.

Aquel católico que se pregunte si Juan XXIII, o los otros Papas, eran masones, no son católicos, sino falsos católicos.

La Apostasía de la Iglesia no se inició en el tiempo del Concilio; fue preparada, durante muchos años antes, hasta llegar al Concilio. Si una falsa jerarquía entró en el Concilio para querer desbaratarlo, es que esa jerarquía, ya antes, estaba obrando ocultamente en la Iglesia. El Concilio sólo fue el tiempo para que lo oculto se viera a la luz. Y como en el Concilio había un Papa legítimo, entonces todo ese trabajo de esa falsa jerarquía no pudo conseguir su objetivo. El Concilio salió intacto.

Pero el trabajo de la falsa jerarquía no acabó al finalizar el Concilio. Se incrementó. Y, por eso, el Papa Pablo VI dice: «Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio». Si no consiguieron su objetivo en el Concilio, se pusieron a trabajar para conseguirlo. Y les ha costado 50 años hasta que han puesto a su falso Papa: Bergoglio.

Ha sido la lucha espiritual entre el bien y el mal, en la Iglesia.

Muchos son del mal: los lefebvrianos, que son blasfemos del Espíritu de la Iglesia. Son los fariseos de la Tradición de la Iglesia. La culpa de todo: el Papa. Ellos, los que no se sometieron al Papa, los inmaculados, los intachables, los tradicionalistas, los que saben de qué va la Iglesia. Y han combatido, y siguen combatiendo, contra la Iglesia Católica. Ellos no son católicos; ellos no son Iglesia.

El pecado de Lefebrve no fue a causa del Concilio: él nunca puso en duda la validez ni la ortodoxia de la Nueva Misa, ni de la elección del Papa Juan Pablo II:

«1) Que no tengo ninguna duda acerca de la legitimidad y validez de su elección y, por tanto, no puedo afirmar que no se dirigen a Dios las oraciones prescritas por la Santa Iglesia a Su Santidad. Yo ya lo tenía aclarado y lo sigo haciendo, cara a cara, con algunos seminaristas y sacerdotes que reciben alguna influencia de algunos clérigos ajenos a la Hermandad.

2) Que estoy plenamente de acuerdo con el juicio de Su Santidad sobre el Concilio Vaticano II, del 06 de noviembre 1978 en la reunión del Sacro Colegio, que señala “que el Concilio debe entenderse a la luz de la Sagrada Tradición y sobre la base de la enseñanza constante de la Santa Iglesia”.

3) En cuanto a la Misa del Novus Ordo , a pesar de todas las reservas que debo tener al respecto, yo nunca dije que es, en sí misma, inválida o herética» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 08 de marzo de 1980).

El problema de Lefebrve fue su pecado de orgullo: no someterse al Papa. Y de ese pecado, nace después, por el pecado de soberbia, todo lo demás, su obra cismática:

«Es para guardar intacta la Fe de nuestro Bautismo que debimos enfrentarnos al espíritu del Vaticano II y a las reformas por él inspiradas.

El falso ecumenismo, que está en la base de todas las innovaciones del Concilio, en la liturgia, en las nuevas relaciones de la Iglesia y el mundo, en la concepción de la misma Iglesia, conduce a la Iglesia a su ruina y a los católicos a la apostasía.

Radicalmente opuestos a esta destrucción de nuestra Fe y resueltos a permanecer en la doctrina y en la disciplina tradicionales de la Iglesia, especialmente en lo que concierne a la formación sacerdotal y a la vida religiosa, experimentamos la necesidad absoluta  de tener autoridades eclesiásticas que compartan nuestras preocupaciones y nos ayuden a precavernos contra el espíritu del Vaticano II y contra el espíritu de Asís…» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 2 de Junio de 1988).

Su pecado de orgullo- no obedecer al Papa- le hace esconder su pecado de soberbia: no obedecer al Espíritu del Vaticano II. En su orgullo, acepta la interpretación que da el Papa Juan Pablo II del Concilio. Pero ocho años después manifiesta su pecado de soberbia a las claras. Y, por tanto, lo obra, produciendo el cisma, al ordenar los cuatro Obispos para su obra, para su ideal de iglesia, para su idea de lo que es la Tradición. En este pecado, de orgullo y de soberbia, se ve, claramente, lo que es este hombre.

Aceptó el Concilio Vaticano II, pero sólo la letra, no Su Espíritu, que es el Espíritu de la Iglesia. Aquí se aprecia su fariseísmo: como algunas cosas de ese Concilio no las podía integrar con la Tradición de la Iglesia, entonces tiene que quedarse en la idea de su verdad, en el lenguaje humano de cómo se expresa la verdad en la Iglesia. Eso que ve en los textos del Concilio no entra en su idea de la Tradición, no entra en su mente.

Este fariseísmo es propio de las personas inteligentes, que se saben la teología y la filosofía, y si una idea no concuerda con lo que tienen en la mente, aparece este fariseísmo: se quedan en la idea, en el texto, en la palabra, pero no pueden interpretar, no pueden llegar al Espíritu de la Palabra.

Tres errores son los que señala Lefebvre por su mala interpretación del Concilio Vaticano II:

«Hay tres errores fundamentales, que, de origen masónico, son profesados públicamente por los modernistas que ocupan la Iglesia.

[1] La sustitución del Decálogo por los Derechos del Hombre [en referencia a la libertad religiosa]…

[2] Este falso ecumenismo que establece de hecho la igualdad entre las religiones…

[3] Y la negación del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo mediante la laicización de los Estados…

La situación es, pues, extremadamente grave, porque todo indica que la realización del ideal masónico haya sido cumplido por la misma Roma, por el Papa y los cardenales. Es esto lo que los francmasones siempre han deseado, y lo han conseguido no por sí mismos sino por los propios hombres de la Iglesia» (ver texto).

Su mala interpretación del Concilio constituye su fariseísmo: se queda en su lenguaje humano de lo que tiene que ser la libertad religiosa, el ecumenismo y el gobierno en los Estados. No puede ver que, en esos tres frentes, el Concilio Vaticano II no cambió nada con referencia a los anteriores Concilios. Es una cuestión de verdadera interpretación de la palabra del Concilio.

Este fariseísmo le lleva a anularlo todo. Desde ese momento, ellos solos se gobiernan a sí mismo, totalmente al margen del Papa y de los Obispos. Y sin ningún problema de conciencia, ejercitan ilícitamente sus ministerios episcopales y sacerdotales, celebrando Misas, matrimonios, confesiones, confirmaciones, ordenaciones, catequesis, etc., pues estiman que su situación en la Iglesia es perfectamente lícita, ya que viene exigida por la Providencia divina «para la continuidad de la Iglesia».

Y, por ellos, mucho mal ha venido a toda la Iglesia. De ella ha nacido, y se ha fortalecido, toda la corriente del sede vacantismo. Ellos no se declaran tales en la teoría, pero sí en la práctica. Con sus obras anulan la Iglesia Católica en Roma, anulan a un Papa, para erigirse ellos como salvadores de la Iglesia. En ellos está la verdadera sucesión apostólica, no en Roma.

Su obra es un gran cisma, y muchos católicos la siguen. Se les ve cuando comienzan a criticarlo todo. Y, por eso, esos católicos no saben ver lo que es Bergoglio. Todo lo confunden, pero se quedan tan tranquilos. Son los nuevos santos, los nuevos justos, los que deciden quién es santo y quién es pecador en la Iglesia.

Todas las herejías se han desprendido, siempre, de la Iglesia, como algo inútil, como algo necio, como algo sin valor para salvar el alma.

El espíritu lefebvriano no sirve para ir al Cielo; no sirve para vivir una vida espiritual de amor a Dios; no sirve para enseñar la Verdad, no sirve para obedecer ni a Dios ni a los hombres, por más que luchen por la Tradición de la Iglesia.

Hay que permanecer en la Verdad, pero no en la que los hombres comprenden con sus inteligencias humanas, sino en la Verdad, que es Dios. Y la Verdad, Dios no la comprende como lo hace el hombre: Dios no necesita de un lenguaje humano, de una palabra humana, de una razón humana, de una interpretación humana. Dios es la Verdad. Y, por tanto, para el hombre la Verdad sigue siendo un Misterio inalcanzable para su mente. Cuando el hombre se quiere quedar en su interpretación de la Verdad Inmutable, en su lenguaje, en su idea, en su filosofía de la vida, entonces no permanece en la Verdad, no entiende la Verdad.

El hombre tiene que obedecer, con su mente, la Verdad que Dios le revela. Y eso es un acto de la gracia, del amor divino en el alma; no es un acto humano, racional, intelectual. Es un acto de fe pura, en donde la razón se queda en el suelo, para que el corazón se llene del amor. Y cuando el corazón ama, la mente comprende.

Muchos hombres no saben vivir de fe, del corazón, porque andan metidos en sus razones, en sus vidas, en sus conquistas, en sus justificaciones humanas. Quieren comprender, pero no saben amar.

Atacar al Papa con un falso Papa es la obra cumbre de la maldad

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«– ¿De donde sabes que solamente quedan TRES papas?

Conchita respondió:

De la Santísima Virgen. En realidad me dijo que aún vendrían CUATRO papas pero que Ella no contaba uno de ellos.

Dice Aniceta:

Pero entonces, ¿por qué no tener en cuenta UNO?

Responde Conchita:

Ella no lo dijo, solo me dijo que UNO no le tenía en cuenta. Sin embargo me dijo que gobernaría la Iglesia por muy poco tiempo» (Conchita).

Tres Papas que cuentan y uno que no cuenta. Y un usurpador del Trono de Pedro.

a. Tres Papas: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. Son los que cuentan porque fueron elegidos por el Espíritu para gobernar la Iglesia y Jesús guió a Su Iglesia a través de ellos. Y no importa si sus gobiernos fueron cortos (Juan Pablo I), si le pusieron un sosía (Pablo VI), o si hicieron todo lo posible para anularlo (Juan Pablo II).

b. Un Papa que no cuenta: Benedicto XVI. Fue elegido por el Espíritu para gobernar la Iglesia, pero renunció. El Señor gobierna Su Iglesia sin Su Papa. No puede gobernar la Iglesia con Benedicto XVI. Y, por eso, no cuenta para gobernar la Iglesia. Cuenta como Papa. La Sede no está vacante porque sigue siendo el Papa elegido por Dios. El gobierno del Papa Benedicto XVI es el que está vacante. Un usurpador gobierna otra cosa, no la Iglesia Católica, su falsa iglesia. El Señor sigue guiando Su Iglesia, pero sin Su Cabeza, sin Su Vicario.

La Virgen María dijo que vendrían cuatro, pero que no contaba uno de ellos. No lo contaba para gobernar la Iglesia, pero sí para ser Papa. Gobernó la Iglesia por muy poco tiempo, pero –al renunciar- ya no cuenta su gobierno, porque ya no gobierna. Impide al Espíritu guiarlo en el gobierno de la Iglesia. Es un impedimento de su voluntad libre. Impedimento que es un grave pecado, porque produce un cisma dentro de la Iglesia. Benedicto XVI cuenta como Papa, porque –hasta que muera- sigue siendo el Papa verdadero, el legítimo, a pesar de su renuncia.

Benedicto XVI no cuenta para el Cielo para el gobierno de la Iglesia. Jesús es el que decide ahora cada cosa en Su Iglesia. Porque la Iglesia es de Cristo, no de los hombres. Y Jesús tiene que llevar Su Iglesia hacia el Plan de Su Padre. Y, por eso, la guía Él solo, sin ninguna Jerarquía. Es una forma de gobierno extraordinaria, que sólo la puede hacer Dios.

Jesús decide en cada alma lo que Su Iglesia tiene que hacer en estos momentos, sin pasar ni por la Cabeza, que sigue siendo Benedicto XVI, ni por la Jerarquía de la Iglesia. La Iglesia está en el corazón de los humildes, que viven su fe dejando sus brillantes pensamientos humanos a un lado. La Iglesia no está en ninguna de las cabezas que se creen con inteligencia para poner un camino al desastre que vive la Iglesia: «entre mis sacerdotes cuántos son los que no creen ya; sin embargo, permanecen aún en Mi Iglesia, como verdaderos lobos con piel de cordero, y pierden un ilimitado número de almas» (Mensaje de la Santísima Virgen María al P. Gobbi – El espíritu de rebelión contra Dios, 1 de diciembre de 1973 – Del libro: «A los sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen María”).

Ahora todos tienen que obedecer a Cristo, no a los lobos, no ver a Cristo en un hombre, porque la Cabeza renunció a ser Cabeza de la Iglesia; renunció a gobernarla en Cristo. Se retiró, pero no renunció a ser Papa. Sigue siendo el Papa, con la coletilla de emérito. Pero un Papa emérito sigue siendo Papa, porque el Papa, en la Iglesia Católica, no es un concepto, un término humano, sino una vocación divina, una elección de Dios sobre un alma que Él quiere para Su Iglesia.

c. Francisco: el que ha robado el Trono de Pedro para una nueva maqueta de Iglesia. Francisco es todo un montaje que el Vaticano ha hecho para dar al mundo lo que éste pide: un paraíso en la tierra. Es el gran engaño del siglo. Es mayor que el que se produjo con Pablo VI.

Tres Papas para una profecía:

i. El número 108, “Flos Florum” (“Flor de las Flores”): Pablo VI, que tiene en su escudo de armas el “lirio”, la “flor de las flores”.

ii. El número 109, “De Mediate Luna” (“De la Media Luna”): Juan Pablo I, que fue elegido en una Media Luna y falleció en la siguiente Media Luna.

iii. El número 110, “De Labore Solis” (“Sobre el eclipse del Sol”): Juan Pablo II, en cuyo Pontificado Cristo fue eclipsado por la idea humana en la Iglesia.

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Pablo VI, mártir en su Pontificado:

«J – El Papa, el Papa…es un mártir. De cierto modo podría decirse que yace por tierra, que desea morir, en la situación en que se encuentra. Lo tortura el pensamiento de lo que el dice, no sale publicado en el mundo y lo que sale publicado, es exactamente aquello que el no quería y que es publicado por sus cardenales. En todos los casos, muchos Cardenales, no todos, la siguen. El Papa tiene una inmensa dificultad en actuar. Está en una situación mucho peor que en la verdadera prisión, nosotros, nosotros nos agitamos, haciendo todo lo que podemos. Además, ya hicimos demasiado.

E – ¡Continúa! Diciendo la Verdad, en nombre (…) ¡y solo la verdad!

J – Lo privaron de su libertad… así poco puede hacer. Es por eso que hablamos de él como un reptil, solo es capaz de arrastrarse, y ya no tiene una palabra que decir, ni a la derecha, ni a la izquierda, ni al frente, ni atrás. Son los otros que lo hacen, los falsos, a los que les gustaría verlo desaparecer» (Testimonio de sacerdotes que participaron en el exorcismo del 31 de agosto de 1975 – Contra Judas Iscariote (alma condenada) – Del libro: “Confesiones del Infierno al mundo contemporáneo. Advertencia del más allá” – Editor Buonaventur Meyer).

Pablo VI cumplió su misión: «Su misión está cumplida. Así como sobre esta tierra le habéis estado muy cercanos con la oración y con vuestro amor, así ahora Él desde el Paraíso, con su poderosa ayuda de intercesión, estará cerca de vosotros para ayudaros a cumplir vuestra misión» (Mensaje de la Santísima Virgen María al P. Gobbi – En la muerte del Papa, 9 de agosto de 1975 – Del libro: «A los sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen María”).

A mitad de su Reinado en la Iglesia, el demonio se sentó en la Silla de Pedro para gobernarla con un impostor.

“Es ahora de conocimiento común en la ciudad de Roma, que hay una persona que ha estado haciéndose pasar por vuestro Vicario, un actor de gran talento, que a través de la cirugía ha obtenido el semblante de vuestro Vicario. Ahora es bien sabido, hijos Míos, y ahora se jugará un juego de ajedrez. Allí será obispo contra obispo y cardenal contra cardenal, porque Satanás se ha establecido a Sí Mismo en medio de ellos. Obispo contra obispo y cardenal contra cardenal, Satanás se ha puesto en medio de ellos. Todo lo que está podrido caerá “ (Nuestra Señora a Verónica Lueken , 14 de Agosto de 1976).

Desde 1972, las drogas neutralizantes fueron inyectados a Pablo VI, como lo confirma el testimonio de Mons. Basile Harambillet (Doctor en derecho caónico y abogado rotal). La existencia de un doble también fue demostrado por las grabaciones sonoras y fotografías de Theodore Kolberg, en sus libros: “Der Vertrug des Jahrhunderts” (“El engaño del siglo’) y “Umsturz im Vatikan?”(“Un derrocamiento en el Vaticano”).

En 1972, comenzó la tercera parte del secreto de Fátima: dos hombres usando la corona de Pedro. Uno sufre a manos de los hombres, siendo el Prisionero de los Cardenales. El otro, colocado por los hombres, es el que trae la destrucción.

“Hija Mía, te traigo una triste noticia, una que debe darse a conocer a la humanidad. Al hacer esto, hija Mía, debes proceder sin temor. Debe hacerse saber a la humanidad. Nuestro querido Vicario, el Papa Pablo VI, sufre mucho en manos de aquellos en quien él confía. Hija Mía, grítalo desde los tejados. No es capaz de llevar a cabo su misión. Ellos lo han escondido, hija Mía. Él está enfermo; él está muy enfermo. Ahora hay alguien quien gobierna en su lugar, un impostor, creado por las mentes de los agentes de satanás. Cirugía plástica, hija Mía – los mejores cirujanos fueron usados para crear a este impostor. ¡Grítalo desde los tejados! El debe ser expuesto y removido. Detrás de él, hija Mía, hay tres quienes se han entregado a satanás. Vosotros no recibís la verdad en vuestra nación ni en el mundo. Vuestro Vicario está prisionero.

“Antonio Casaroli, ¡condenaréis vuestra alma al infierno! Giovanni Benelli, ¿qué camino habéis tomado? ¡Estáis en el camino hacia el infierno y la condenación! Villot, líder del mal, apartaos de esos traidores; no sois desconocidos al Padre Eterno. Os asociáis con la sinagoga de satanás. ¿Creéis que no pagaréis por la destrucción de almas en la Casa de Mi Hijo?

“El anticristo, las fuerzas del mal, se han reunido hijos Míos, dentro de la Ciudad Eterna. Debéis hacerle saber a la humanidad que todo lo que viene de Roma viene de la oscuridad. La luz no ha pasado por allí. La apariencia en público no es de Pablo VI, es el papa impostor. Los medicamentos del mal han vuelto soso el cerebro del verdadero papa, el Papa Pablo VI. Ellos envían por sus venas, veneno para atontar su razonamiento y paralizar sus piernas. ¿A qué criatura maligna le habéis abierto las puertas de la Ciudad Eterna y habéis admitido a los agentes de Satanás? Planeáis remover al Padre Eterno de vuestro corazón y de los corazones de aquellos a quienes buscáis engañar. Esparcís el rebaño.” (Nuestra Señora, 27 de Septiembre, 1975).

En el momento que este mensaje fue dado en 1975, el Cardenal Jean Villot era el Secretario de Estado del Papa. Toda la correspondencia dirigida al Santo Padre pasaba por sus manos. El Cardenal Giovanni Benelli era el Secretario sustituto de Estado. En otras palabras, era el segundo al mando de Villot, y el tercero al mando del Papa. El Cardenal Agostino Casaroli era el Secretario del Consejo para Asuntos Públicos. Su trabajo ascendió a ser hombre de Relaciones Públicas del Vaticano, a escala internacional.

A Juan Pablo I lo liquidaron porque no cuadraba en sus planes. Era de la línea tradicional, de la disciplina de la Iglesia: «(…) cuando hablé a los cardenales en la Capilla Sixtina, aludí a la «gran disciplina de la Iglesia» que debía «mantenerse en la vida de los sacerdotes y de los fieles» (…) Esta existe sólo cuando la observancia externa es fruto de convicciones profundas y proyección libre y gozosa de una vida vivida íntimamente con Dios. Se trata –escribe el abad Chautard– de la acción de un alma, que reacciona continuamente para dominar sus malos inclinaciones y para ir adquiriendo poco a poco la costumbre de juzgar y de comportase en todas las circunstancias de la vida, según las máximas del Evangelio y los ejemplos de Jesús.» (Discurso al Clero Romano).

Por supuesto, que esto no fue el motivo de su asesinato, pero sí un impedimento para lo que el demonio quería desde la Silla de Pedro: el desastre, la destrucción de toda Verdad. Y buscaba un hombre, ya no un sosía, ya no uno que había que enmascararlo. Pero el Cónclave todavía no era de él. Así que había que elegir a otro.

“Regresaremos, hija Mía, en la historia, una corta historia, y recordaremos bien lo que ha sucedido en Roma a Juan, el Papa Juan, cuyo reinado duró 33 días. Oh, hija Mía, ahora es historia, pero está puesta en el libro que enumera los desastres para la humanidad. Él recibió el horror y el martirio al tomar de una copa. Fue una copa de champagne que le fue dada por un miembro, ahora fallecido, del clero y de la Secretaría del Estado.” – (Nuestra Señora, 21 de Mayo, 1983)

El P. Sáez escribe en su libro:

«Después de casi tres años de investigación, David Yallop escribió en su libro In God’s Name (En el Nombre de Dios, 1984), que las circunstancias precisas relacionadas al descubrimiento del cuerpo de Juan Pablo I “elocuentemente demuestran que el Vaticano practicó una campaña de desinformación.” El Vaticano dijo una mentira tras otra: “Mentiras acerca de pequeñas cosas, mentiras acerca de grandes cosas. Todas estas mentiras tenían un único propósito: disfrazar el hecho que Albino Luciani, el Papa Juan Pablo I, había sido asesinado.” El Papa Luciani “recibió la hoja de una palma del martirio debido a sus convicciones.”.

Sus días de su prueba estaban todos contados por el Cielo. Elegido para sufrir por la Iglesia. Elegido para dar la sucesión al último verdadero Papa Católico .

Con Juan Pablo II, se equivocaron, pero no pudieron con él. Era el Papa de la Virgen: «Justamente, cuando Satanás se ilusionaba con la victoria, después que Dios hubo aceptado el sacrificio de Pablo VI y de Juan Pablo I. Yo he obtenido de Dios para la Iglesia el Papa preparado y formado por Mí. Él se consagró a Mi Corazón Inmaculado y me confió solemnemente la Iglesia, de la que soy Madre y Reina. En la persona y en la obra del Santo Padre, Juan Pablo II, Yo irradio Mi Gran Luz, que se hará tanto más fuerte cuanto más tinieblas lo invadan todo» (Mensaje de la Santísima Virgen María al P. Gobbi – El designio del amor misericordioso, 1 de agosto de 1979 – Del libro: «A los sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen María”).

Su muerte abrió el fin de los tiempos, porque ya el Cónclave pertenecía al demonio. Había que poner un Papa para una renuncia, no para otra sucesión de Pedro. Un Papa que no supo conservar la fe católica hasta el final. Juan Pablo II fue católico, fue Papa de los Católicos, fue fiel a la gracia que había recibido, hasta su muerte. Una muerte no querida por Dios, pero a todos los Papas hay que quitarlos de en medio desde 1972, porque la Silla es del demonio.

Benedicto xVI es un Papa verdadero, legítimo, porque viene de la muerte de Juan Pablo II, que le precede; pero que no cuenta, es inútil, porque no dio su vida por el Papado ni por la Iglesia.

Su renuncia, ya decidida por la masonería, da al demonio pleno poder sobre el Papado para poner su maqueta: Francisco y su gobierno horizontal.

El Papa Benedicto XVI está en las profecías: El número 111, “De Gloria Olivae” (De la Gloria del Olivo). Y hasta que no muera, no se puede entender su nombre. La gloria del Olivo es la Verdad; pero sólo la Verdad tiene Su Gloria en la Cruz. Y la Cruz es lo que ha rechazado Benedicto XVI. Para cumplir su profecía, es necesario que reciba una cruz y que muera en ella.

Francisco no pertenece a ninguna profecía, porque no es Papa; es una maqueta nueva de Papa, una imagen, un esbozo, una escultura de bronce que los hombres adoran.

Francisco no sirve al Dios Uno y Trino y, por eso, está creando un nuevo sacerdocio en su nueva iglesia. Un sacerdocio que sirva al pueblo, a la masa, a la idea predominante en la sociedad.

Ahora, en la Iglesia se sirve al pensamiento del hombre, a la persona humana, pero no a Cristo, ni en la idea ni en la persona. Hay un culto desfigurado a todo lo que representa la Iglesia católica, a toda Verdad, a todo Dogma. Un culto a lo humano que hay en la Iglesia; un culto que debe anular lo divino para dar sólo lo que los hombres buscan en sus vidas.

Hoy no se ama la Verdad, sino la mentira que nace de un pensamiento del hombre, que se cree libre porque es capaz de engendrar ideas en su mente. Pero esta libertad del pensamiento es falsa, porque Dios ha hecho la razón para la Verdad, y la voluntad para la libertad.

Se tiene una mente humana para descubrir la verdad de la vida; se tiene una voluntad humana para elegir lo que más convenga en esa verdad encontrada por la razón.

Pero Francisco tiene una mente humana retorcida y sólo le sirve para poner su idea, su culto, su visión de Cristo y de la Iglesia. Y es arrogante, orgulloso. Se impone porque él lo quiere, porque él lo decide. Y, a pesar de que a nadie le interesa su opinión, todos le tienen que obedecer porque se ha creído dios en la Iglesia. Francisco es el que se ha puesto por encima de la autoridad de Dios y obra la maldad a la vista de todo el mundo. Y muchos lo apoyan. Son fieles a esa maldad y le ponen caminos para que se realice en la Iglesia.

Muchos quieren entender los gestos de Francisco en clave católica para poder evaluarlos en su catolicidad, y por eso, se engañan. Porque Francisco no tiene la fe católica. Luego, sus gestos no son católicos, son para la gente del mundo, pero no para la Iglesia. No se pueden comprender los gestos de Francisco en clave católica, sino en clave no-católica. Y, solo así, se puede evaluar lo que significa para la Iglesia Católica y para el mundo.

¡Cuántos hay que se engañan en esto! Todavía muchos, viendo el acto de Francisco con Shimón Peres y con Mahmud Abbas, está pidiendo al Señor que ilumine a Francisco para no errar como Papa. Es la venda en los ojos. Es no comprender que Francisco es sólo una víbora que ataca a la Iglesia para devorarla. Que Francisco no posee el Espíritu de la Iglesia. Que está en Ella para hacer una maqueta nueva de la Iglesia y de Cristo.

Quien atienda a la Verdad de la Iglesia podrá comprender cómo durante más de 50 años no hay Verdad en la Iglesia: hay muchas mentiras, muchos errores, muchas herejías, muchos cismas. Hay un poco de todo, que nadie ha sabido combatir y discernir. Hay una mezcla de ideas, de juicios, de obras, de vidas, que sólo tienen una finalidad: destruir la Verdad.

No se puede destruir a la Iglesia de un mazazo, sino que hay que ir golpe a golpe; poco a poco, quitando acá y allá hasta conseguir el objetivo.

El fin ya se tiene, pero hay que llevarlo a la perfección. Francisco entretiene a todo el mundo, para que otro dé el golpe definitivo. En este tiempo de Francisco, se ponen los peones en toda la Iglesia. En cada Obispado, hay un profeta del demonio, uno que trabaja ya de manera directa para que todos obedezcan lo que viene de Roma.

Los que se cansan en analizar las líneas del gobierno de Francisco son gente, no sólo con una venda en sus ojos, sino aliados de Francisco, instrumentos del demonio, gente que no tiene dos dedos de frente. Que está en la Iglesia para buscar el paraíso perdido; pero que ya no busca a Cristo ni en sus vidas espirituales, ni en sus vidas sociales, ni en la vida de la Iglesia.

Es tiempo de salir de una estructura vieja, inerme, jurídica, inservible para ser Iglesia. Hay que seguir siendo la Iglesia Católica sin ninguna estructura. Es lo que pide el Señor ahora: el desierto. «Fueron dadas a la Mujer dos alas de águila grande para que volase al desierto, a su lugar, donde es alimentada por un tiempo, y dos tiempos, y medio tiempo lejos de la vista de la serpiente» (Ap. 12, 14). Con la Eucaristía y con el Santo Rosario es como se hace hoy la Iglesia. Si faltan esas dos cosas, la Iglesia no sirve para nada.

El homosexualismo es una ideología demoniáca

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Dice Francisco: “En Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales que son verdaderos ‘heridos sociales’, porque me dicen que sienten que la Iglesia siempre les ha condenado. Pero la Iglesia no quiere hacer eso. Durante el vuelo en que regresaba de Río de Janeiro dije que si una persona homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, yo no soy quién para juzgarla (…) Una vez una persona, para provocarme, me preguntó si yo aprobaba la homosexualidad. Yo entonces le respondí con otra pregunta: ‘Dime, Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?’. Hay que tener siempre en cuenta a la persona. Y aquí entramos en el misterio del ser humano”. Por estas palabras, Francisco es amado por los homosexuales y le han dado un premio.

Dice Juan Pablo II: “La actividad homosexual no expresa una unión complementaria, capaz de transmitir la vida, y por lo tanto contradice la vocación a una existencia vivida en esa forma de auto-donación que, según el Evangelio, es la esencia misma de la vida cristiana. Esto no significa que las personas homosexuales no sean a menudo generosas y no se donen a sí mismas, pero cuando se empeñan en una actividad homosexual refuerzan dentro de ellas una inclinación sexual desordenada, en sí misma caracterizada por la auto-complacencia (…)Las uniones de personas del mismo sexo son una terrible ideología de mal contra la vida humana igual que lo fue el Holocausto. El homosexualismo es una ideología demoníaca(…)Lo que no es moralmente admisible es la aprobación jurídica de la práctica homosexual. Ser comprensivos con respecto a quien peca, a quien no es capaz de liberarse de esta tendencia, no equivale a disminuir las exigencias de la norma moral”. Por estas palabras, los homosexuales odian a Juan Pablo II y nunca le dieron un premio.

¿Quién de los dos habla como Papa? ¿Quién es la Voz de Cristo en la Iglesia?¿Quién da la Mente de Cristo en la Iglesia?¿Quién enseña la Verdad en la Iglesia?

Para responder, es sencillo: sólo hay que discernir el Espíritu en la Palabra de Dios.

¿Qué dice la Palabra de Dios?

a) Lev 18,22: «No te acostarás con varón como con mujer; es abominación».

b) Lev 20,13: «Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos».

c) Rom 1,27: «Igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío».

d) 1 Cor 6,9-10: «¡No os engañéis! Ni los impuros… ni los afeminados, ni los homosexuales…heredarán el Reino de Dios».

La Palabra de Dios juzga al homosexual. Dice que es un pecado, pero no cualquier pecado, sino una abominación; y el homosexual es reo de la Justicia Divina, es decir, su vida es un castigo de Dios; y, además, no pueden heredar el Reino de Dios.

La persona homosexual es una persona, es un hombre, que puede hacer un bien humano, que tiene libertad, que tiene voluntad. Eso nadie lo duda. Pero la persona homosexual tiene un problema en ella misma. Un pecado. Y si no lo quita, por más buena persona que sea, sencillamente se condena. Esto es lo que enseña la Sagrada Escritura. Dios sólo se centra, en Su Palabra, en la verdad de lo que es un homosexual. Dios no habla de forma histórica, ni cultural, ni humana, ni genética, ni psicológicamente del homosexual. Dios va al grano: el homosexual es abominación. Eso es el grano. Lo demás, no interesa. Si es una buena persona, si tiene intención recta, etc. No interesa. Cuando el homosexual se esfuerza por quitar su pecado y lo consigue, entonces deja de ser abominación. Pero si el homosexual permanece en su pecado, entonces es una abominación para Dios.

Entonces, Dios cuando mira a un homosexual, ¿qué dice? Eres abominación. Y, entonces, ¿qué dice Francisco? “Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?’. Hay que tener siempre en cuenta a la persona”. Francisco no da la mente de Dios. Es claro su pensamiento. Francisco dice que Dios tiene en cuenta a la persona. ¿Dónde está ese pensamiento en la Palabra de Dios? No está. Se lo inventó Francisco. Francisco no dice: Dios condena al homosexual., sino que dice: Dios mira su persona.

Luego, Francisco no da la Mente de Dios en la Iglesia, no es la Voz de Cristo en la Iglesia, no señala la Verdad de lo que es un homosexual.

Dios no puede mirar la persona del homosexual porque se ha hecho pecado. Dios mira la humildad del corazón. Dios mira un corazón sin pecado. Y, entonces, engrandece a la persona. Pero Dios no eleva a la persona si permanece en su pecado.

¿Qué dice Juan Pablo II? Lo contrario a Francisco. La homosexualidad es un pecado,; pertenecen a la ideología del demonio, es decir, son demonios encarnados; y sí, son hombres, y hay que respetarlos como hombres, pero siguen siendo abominación, no se puede disminuir las exigencias de la moralidad.

Juan Pablo II es el verdadero Papa, el que da la Mente de Cristo, la Voz de Cristo en la Iglesia y el que señala el camino de la Verdad sobre el homosexualismo. Por eso, es odiado por todos. Predica la Verdad y todos te odiarán.

Francisco habla muy bonito, pero no dice la Verdad, sino su mentira. Y, por esa mentira, todos lo aman. Predica bonito y todos te amarán.

La Iglesia condena el homosexualismo. ¿Cómo dice Francisco que la Iglesia no condena, no quiere hacer eso?

a. La Declaración Persona humana «Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable. En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios (cf. Rom 1,24-27). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso».

b. Catecismo de la Iglesia Católica: ‘La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso’.

La Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia son claros en este punto. Y, siempre, para discernir si un Papa es verdadero o no, hay que ir a estas dos fuentes y comparar lo que se está diciendo.

La Iglesia es la Verdad. Y la Verdad está en la Palabra de Dios. Y la Iglesia enseña esa Palabra de Dios en Su Magisterio auténtico. Luego, nunca hay pérdida para aquel que discierne, que no vive la vida tragándose cualquier cuento que Francisco diga sobre la Iglesia o sobre cualquier asunto. La Verdad es muy sencilla. Y sólo los sencillos la dicen. Los que no son sencillos, dan siempre un rodeo a la Verdad, para decir, para indicar su mentira. Francisco siempre rodea la Verdad, nunca se queda en la Verdad, pasa de largo, hace mofa de la Verdad, no ve la Verdad, porque sólo está atento a su pensamiento humano.

En la Iglesia las almas tienen que aprender a discernir espiritualmente. Por eso, la venda en los ojos en muchos, que se han acostumbrado a no pensar rectamente, sino a dejarse llevar por cualquier viento de doctrina, por cualquier fábula que corra por la Iglesia.

Francisco lleva diez meses contando fábulas en la Iglesia. Y todo el mundo se las traga como algo verdadero, sin discernir nada. Eso es señal de que no tienen vida espiritual ninguna. Que están en la Iglesia como está Francisco: para hacer su negocio en Ella y para de contar. Y todos somos unas maravillosas personas, que nos vamos a salvar y que Dios siempre no perdona aunque pequemos enormemente.

Así vive toda la Iglesia hoy día: se ha anulado el pecado con la estupidez de la misericordia. Abolimos el pecado y predicamos la ternura de Dios a toda la Creación, que es lo que predica Francisco: un Dios tierno, un Dios hermoso, un Dios que nos da un beso: “No tengáis miedo de la ternura” (19 -03-13).

Francisco presenta un Dios meloso, un Dios cariñoso, un Dios que no condena a nadie. Y, entonces, tiene que caer, de forma necesaria, en una terrible herejía: no existe la Justicia Divina.

Francisco nunca habla de castigos divinos, sino de misericordia, de compasión, de bondad de Dios.

Juan Pablo II era el Papa de la Misericordia, pero hablaba sin miedo del pecado y de la Justicia de Dios. Hablaba sin pelos en la lengua.

Francisco es lo contrario a Juan Pablo II. Por eso, es un antipapa. Presenta una Misericordia de Dios que no está ni en la sagrada Escritura ni en el Magisterio de la Iglesia. Es su idea de lo que debería ser la misericordia. Es su opinión de lo que Dios debería dar en Su Misericordia. Es su herejía que va en contra de la Verdad de la Misericordia.

Francisco opina en la Iglesia. Opina que Dios se fija en las personas homosexuales, pero no en su pecado de abominación. Son personas para Dios. Es su opinión, pero también es su herejía, porque va en contra de una Verdad Revelada: la vida del homosexual es abominación para Dios. Siempre que se va en contra de algo que Dios ha revelado en su Palabra, se cae en herejía.

A Francisco le gusta dar su opinión en todas las cosas. Por eso, sus palabras, sus homilías, sus escritos, están llenos de herejías. Es lo que la gente no ha caído en cuenta. Con gran facilidad se puede caer en la herejía dando una opinión. Con muchísima facilidad. El mundo es ejemplo de eso. Como Francisco es del mundo, por eso, lleva diez meses contando sus herejías en la Iglesia.

Pero como la Iglesia también se ha vuelto hereje, entonces todos tan contentos con Francisco. Francisco habla lo que la Iglesia quiere escuchar: la herejía. Un ciego guía a muchos ciegos. Y en el país de los ciegos, el tuerto es el que se lleva el premio. Por eso, a Francisco lo echan, porque no ve por dónde anda. No es capaz de analizar la terrible situación que vive ahora la Iglesia. El demonio le deja que suelte por esa boca sus torrentes de negrura, hasta que lo quite de en medio. Que se dedique a parlotear, que es lo que siempre ha hecho en su vida: un parlanchín de la vida, que cuenta cuentos a los niños para hacerlos dormir en su pecado.

Aprendan a discernir lo que es Francisco. Midan cada palabra que diga. No se fíen ni de su sonrisa, ni de su falso amor al prójimo, ni de sus ideales por hacer una iglesia llena de fe en la negación de la Palabra de Dios. Con Francisco no hay que fiarse. Tiene a todo el mundo desconcertado, porque es sólo un tonto que dirige una nave sin timón.

El verdadero ecumenismo

“La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia”. (Juan Pablo II – Redemptor hominis n.6).

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Este debe ser el espíritu en la Iglesia para buscar la unión entre todos los cristianos, pero, en la práctica nadie obedece a este mandamiento de Dios.

Dios quiere que todos los hombres se salven, pero eso no significa que todos los hombres tengan derecho natural a salvarse porque el pecado sea algo natural, puesto por el demonio en la naturaleza del hombre.

Dios ha puesto un camino para salvar al hombre. Y los hombres tienen que someterse a este camino si quieren encontrar la salvación y la verdad en sus vidas.

Pero los hombres no aceptan el camino de Dios. Y si no lo aceptan, entonces ellos mismos se quedan excluidos de la salvación y de la Iglesia.

Porque la Iglesia no puede renunciar a la Verdad y tiene que juzgar a quienes desprecian la Verdad con el objetivo de imponer sus mentiras y hacer que todos sigan sus mentiras.

Hay que dialogar con los hombres para ver si han quitado sus pecados, sus errores, sus herejías, sus obras de maldad. Y si no lo han quitado, entonces que sigan en sus pecados, que sigan fuera de la Iglesia, porque la Iglesia está para luchar contra el pecado, no para llenarla de pecadores.

Hay que dialogar con los hombres para entender si han comprendido lo que es la Verdad en la Iglesia, no para hacer un coloquio de la Verdad.

“Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: «Conoceréis la verdad y la verdad os librará». Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo” (Juan Pablo II – Redemptor hominis, n. 12).

Todo hombre que busca la verdad se hace libre y pertenece a Cristo Jesús. Pero todo hombre que sólo busca sus verdades se hace esclavo de esas verdades, y quiere imponerlas bajo una libertad superficial, aparente, que no llega a la plenitud de toda la verdad.

La Iglesia no puede dejar de predicar la Verdad, de enseñar la Verdad, de gobernar con la Verdad, como ésta es, no como la piensan los hombres.

Jesús vino al mundo para dar testimonio de la Verdad, que es Él mismo. Y Jesús ha comparecido ante los hombres que lo juzgaban y ha muerto condenado por los hombres a causa de la Verdad, a causa de Él mismo.

Y es lo que la Iglesia teme hoy: no quiere ser juzgada por los hombres ni condenada a muerte por ellos. Y, por eso, teme decir la Verdad, las cosas claras a los hombres. Y, en consecuencia, lo que tenemos en Roma es un puro engaño de los hombres para conducir a la Iglesia hacia la mentira, hacia el mundo, para que entren en Roma toda clase de gentes que no buscan la Verdad en sus vidas, la auténtica Verdad, que sólo siguiendo a Jesús se puede encontrar.

Los hombres se dedican a seguir sus pensamientos humanos sobre Jesús, pero no siguen al Espíritu de Cristo para poseer la Verdad en sus corazones.

La Iglesia teme a los hombres porque ha dejado de temer a Dios, se ha metido en el pecado y no quiere salir de él. Y quiere resolver los problemas de todos los hombres viviendo en el pecado, y que nadie luche porque quitar sus pecados en sus vidas, que nadie luche contra el mundo, que nadie luche contra el demonio, que es el que obra todo pecado en el hombre.

La Iglesia sólo se ocupa de la dignidad humana del hombre, pero no se está ocupando de la dignidad de los hijos de Dios.

Es lo que no ha comprendido Francisco ni los que siguen a Francisco. Creen que el diálogo supone un abrir la Iglesia a todo el mundo, aceptando sus errores y destruyendo la verdad de la Iglesia.

Así piensa Francisco. Y no puede pensar como el Papa Juan Pablo II. No puede, porque no comulga con la doctrina del Magisterio de la Iglesia. Sólo coge lo que le interesa de ese Magisterio para poner su mentira en cuestión de ecumenismo. Él se inventa su ecumenisno espiritual, que significa: bailemos todos juntos en el error y en la mentira de la vida. Hagamos de la vida un paraíso en la tierra. Abracemos a los hombres porque son buenas personas. Hagamos de la Iglesia el culto de las obras de los hombres.

Francisco “no descansará mientras haya hombres y mujeres, de cualquier religión, golpeados en su dignidad, privados de lo necesario para su supervivencia, y a quienes han robado el futuro y obligados a ser refugiados o prófugos” (Francisco 21 de noviembre).

Esta frase le gusta a todo el mundo, pero no es la Verdad. Es sólo una cortina de humo en la Iglesia. Es sólo una pantalla en la Iglesia. Es sólo hablar por hablar. Hablar para quedar bien con todo el mundo, para buscar el aplauso de todo el mundo, para que todo el mundo diga: qué bueno que es Francisco, qué bien habla, qué palabras tan certeras.

La Iglesia no tiene que resolver los problemas de los demás: problemas humanos, materiales, naturales, carnales, problemas de la vida, que son muchos y que no interesan para vivir. Porque la vida no consiste en resolver problemas humanos, sino en obrar el amor divino. Y eso es lo que no tiene ni idea Francisco cómo se hace en la Iglesia, porque hace falta Espíritu. Y Francisco no cree en el Espíritu, sólo cree en su grandiosa mente humana.

Francisco no ha comprendido que si los protestantes, los judíos, los mahometanos, etc. tienen problemas de todo tipo, -porque se les persigue por lo que creen-, eso es sólo por sus pecados, sus malditos pecados, no por lo que creen. Y hasta que no quiten sus pecados, van a tener problemas. Lo que creen es fruto de sus malditos pecados.

El pecado de los judíos es no creer en Jesús. Y, por eso, han tenido todos los problemas en el mundo por la Justicia Divina, que lo ha querido así. Y seguirán teniendo problemas en todo el mundo hasta que no quiten su maldito pecado y crean en Jesús.

Y la Iglesia está para enseñar a los judíos que Jesús es el Mesías de ellos. Y si no quieren creer en Jesús, se va al infierno. Hay que enseñar la Verdad, no hay que tener miedo de decir la Verdad a los judíos, que es lo que teme toda la Jerarquía Eclesiástica: hablar con la verdad que duele a las almas. Y teme porque ellos tampoco viven la Verdad, que es Jesús. Sólo viven sus verdades, las que han fabricado en sus inteligencia humanas.

Y cuando los hombres aprendan a quitar sus pecados, a llamar al pecado con el nombre de pecado, entonces se podrán en la Verdad y se los podrá ayudar. Antes, no. Antes se pone el objetivo en hacer que la Iglesia renuncie a la Verdad, que es lo que persigue Francisco, para ayudar a los hombres.

Los hombres por un plato de lentejas dejan de servir a la Verdad, para servir a falsos dioses en el mundo.

Francisco habla al mundo y le dice lo que el mundo le gusta escuchar. Y Francisco cae en su propio absurdo, porque diciendo esta frase tan bella, obra, en la práctica, haciendo nada por los hombres que desea ayudar, porque la Verdad, que está en la Iglesia, él no puede quitarla ahora para ayudar a los hombres. No puede como cabeza. La masonería se lo impide, porque no es la cabeza que quiere la masonería para destruir la Iglesia. Vienen otros para hacer ese trabajo, porque hay que acabar con el dogma de 20 siglos de Iglesia. Y eso lleva su tiempo.

Por eso, Francisco se dedica a dar de comer a los pobres, que es lo único que puede hacer ahora. Y lo demás, es mandar mensajes al mundo para que comprendan lo que viene ahora a la Iglesia, pero que él está imposibilitado de obrar.

Francisco no puede obrar lo que dice, sus mentiras, porque tiene que enfrentarse a toda la Iglesia en la Verdad como gobernante. Él ya lo ha hecho como sacerdote y como Obispo, y nadie se ha dado cuenta porque la Iglesia ya ha perdido su conciencia del bien y del mal.

A Francisco no le dejan, porque no es cabeza inteligente, es un mediocre gobernante, que sólo quiere vivir su mentira en la Iglesia y que los demás también la vivan en la Iglesia. Que todo el mundo viva su mentira, que nadie se ponga en la Verdad: ese es el gobierno de Francisco. Por eso, predica siempre el error, la mentira, la falsedad en cada homilía para llegar a este efecto: que quien viva la mentira en la Iglesia, la siga viviendo, como él ya la vive.

Cuando no se enseña la Verdad, la gente se queda en la mentira de siempre. Nunca cambia hacia el bien que quiere Dios en la Iglesia. Siempre se quedan en los bienes y en las obras de los hombres en la Iglesia.

Esto es lo que ha enseñado Francisco durante ocho meses en la Iglesia: su mentira. Y, por supuesto, hay cantidad de sacerdotes católicos que lo siguen, porque es lo que viven en sus sacerdocios: de cara al hombre, de cara al mundo, solamente están en sus ministerios para agradar a los hombres, para hacer felices las vidas humanas de los hombres, para dar a la Iglesia la cara de los hombres.

¡Cuántos sacerdotes y Obispos son así en sus ministerios!

“La Iglesia a su vez, no obstante todas las debilidades que forman parte de la historia humana, no cesa de seguir a Aquel que dijo: «ya llega la hora y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad»” (Redemptor hominis, n.12).

Estamos en esta hora, cuando Roma comienza a abrirse al mundo y a imponer la mentira a todo el mundo.

La expulsión de Benedicto XVI de la Silla de Pedro es la expulsión del Espíritu de la Iglesia de Roma.

En Roma ya no hay Espíritu. Roma ya no hace Iglesia. Fuera de Roma está el Espíritu. Y se encuentra en cada corazón que lucha contra el pecado, que lucha contra el demonio, que lucha contra el mundo y sus hombres para poder seguir a Cristo, que es el Rey de la Iglesia.

La Iglesia, ahora, está en cada corazón y no puede estar en ningún sitio, porque no hay Papa, no ha cabeza visible, no hay vicario de Cristo en la Tierra.

Y hasta que no llegue Pedro Romano, hasta que Jesús no ponga su Pedro, la Iglesia sólo permanecerá en los corazones dóciles al Espíritu, que adoran a Dios en Espíritu y en Verdad. Y sólo así se puede producir el verdadero ecumenismo.

Sólo de esta manera. Porque cuando los hombres han querido formar su estructura de la Iglesia en Roma, poniendo una falsa cabeza, han hecho que todas las miradas se centren en la Verdad y se pregunten: ¿Dónde está la Verdad, ahora? ¿Cómo puede haber Verdad en un Papa que renuncia a ser la Verdad? ¿Qué Iglesia es esa que se comporta como los hombres en el mundo y que decide otro Papa porque así lo piensan los hombres? Si el gobierno de la Iglesia es como el gobernó del mundo, entonces esa iglesia que está en Roma no es la Iglesia verdadera. Y hay que seguir buscando la verdadera Iglesia.

Hay que salir de Roma, porque es la misma Roma la que ha iniciado el Cisma. Son ellos, con sus engaños, con sus mentiras, con sus bellas frases dirigidas al mundo, los que han puesto el mayor obstáculo de todos: renunciar a la Verdad para complacer las verdades de los hombres.

Y no se está en la Iglesia para darle gusto a ningún hombre, a ningún sacerdote, a ningún Obispo.

Se está en la Iglesia para obedecer la Verdad. Y la Verdad sólo la da Pedro. Y, como en Roma han quitado a Pedro, entonces no hay que obedecer a Roma ni a nadie. Sólo queda la obediencia al Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Y no queda otra cosa en la Iglesia.

Juan Pablo II: el Papa de la Gran Tribulación

“Este Papa es el Don más grande, que Mi Corazón Inmaculado os ha dado, para el tiempo de la Purificación y de la Gran Tribulación” (La Virgen al P. Gobbi – 13 de mayo 1995).

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Juan Pablo II es el Papa de la Virgen. En él está la Luz del Corazón Inmaculado. Quien no siga el magisterio de Juan Pablo II se pone como enemigo de la Virgen y de la Iglesia.

Muchos han dividido la Iglesia con las críticas y los juicios condenatorios a Juan Pablo II. Son ellos como Francisco: enemigos de la Iglesia.

Francisco destruye la Iglesia porque es un anticristo. Pero los que juzgan a Juan Pablo II destruyen también la Iglesia porque no se someten al Magisterio de la Iglesia en Juan Pablo II. No se someten a la Voz de Cristo en Juan Pablo II.

Nadie tiene excusa cuando juzga a un Papa puesto por Dios. Nadie. Porque no se puede juzgar a un Papa. No se puede criticar a un Papa. No se puede hablar mal de un Papa.

El juicio sobre el Papa sólo le corresponde a Dios. Y a nadie más. Y, por eso, para hablar de un Papa hay que pedir primero la luz del Espíritu Santo y, después, pisotear nuestra mente humana, nuestro orgullo humano, y no hacer caso de lo que los hombre dicen del Papa. Despreciar todo lo que los demás opinan sobre el Papa. Porque en la Iglesia no hay opiniones, diálogos con nadie. En la Iglesia sólo hay fe en la Palabra de Dios. Lo demás, es el cuento de los hombres para no tener fe.

Si no se hace eso, entonces el que habla de un Papa sin discernimiento espiritual, con el solo discernimiento humano o racional, se hace enemigo de Cristo y de Su Iglesia.

Y muchos desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI se han dedicado a criticar a los Papas y, por tanto, a dividir la Iglesia con sus mentiras, que sacan de sus necios pensamientos.

Quien esté en la Iglesia criticando a un Papa es mejor que salga de la Iglesia para no caer en el fariseismo, que es el pecado de muchos.

Muchos fariseos están en la Iglesia adorando sus pensamientos humanos sobre lo que debe ser un Papa en la Iglesia. Muchos son los soberbios que ensalzan su soberbia en la Iglesia como luz en la Iglesia.

Muchos no ponen su cabeza en el suelo y no desprecian sus estúpidos razonamientos porque se creen con poder para juzgarlo todo.

Aquel que juzga a un Papa es un demonio en la Iglesia.

Aquel que quiera destruir al Papa con sus críticas y habladurías es sólo un enviado de Satanás a la Iglesia para acabar con Ella.

Nadie ha comprendido los sufrimientos de los Papas durante 50 años. Nadie. Todo el mundo ha echado mano de sus soberbios pensamientos para ir en contra del Papa por todo lo que han visto en esto 50 años. Cosas que no se pueden explicar con el pensamiento estúpido de los hombres, con su sabiduría humana. Y nadie ha captado que lo único que ha sucedido en estos 50 años en la Iglesia es la desobediencia de muchos sacerdotes y de muchos Obispos al Papa.

Y esa desobediencia ha traído al Papa un camino de amargura en su Pontificado que nadie sabe medir, que nadie sabe apreciar, porque es muy fácil criticarlo todo, pero ¡qué difícil es comerse las propios juicios contra el Papa y callar la bocaza ante lo que no es entiende!

Todos los hombres son iguales: les gusta pensar y juzgarlo todo. Y no son capaces de quitar sus juicios porque aman sus soberbios razonamientos humanos, y quieren tener la razón, aunque para ello tengan que destrozar a la Iglesia como lo han hecho.

A quien deberían criticar y tumbar en la Iglesia es a Francisco, que de Papa sólo tiene el nombre, y de sacerdote es sólo una imagen sin vida espiritual. Es un hombre que se viste túnica talar para vivir su pecado en la Iglesia, y con el aplauso de todos.

Es el primer enemigo de la Iglesia al que todos alaban y reverencian sin ningún motivo divino para ello, sin ningún motivo santo para ello, porque todo lo que predica y obra en la Iglesia es su maldito pecado.

Y cuántos le hacen el juego a Francisco ahora. Y tienen miedo de confrontarlo y de desnudarlo en medio de la Iglesia. Y no saben oponerse a aquellos que alaban a Francisco y lo tienen como Papa.

Aquí se está para decirle a Francisco que es un maldito. Y punto. Y a quien no le guste, que siga su camino.

Y aquí se está para defender a todos los Papas de la Iglesia hasta Benedicto XVI.

Y quien no quiera defenderlos, que siga su camino.

Pero aquí no se admite división en el Papado, no se admite crítica a ningún Papa, aunque haya sido un demonio en vida, como algunos lo fueron.

Un Papa puesto por Dios es el que da unidad a toda la Iglesia. Y no importa si el Papa es pecador o demonio. Porque Dios guía al Papa con un carisma especial, sólo para él y para nadie más. Y ese Carisma hace que las obras de un Papa verdadero sean las mismas obras de Cristo en la Iglesia. Y que la voz de un Papa verdadero sea la misma Voz de Cristo en la Iglesia.

Y lo demás hay que dejarlo al juicio de Dios. Nadie tiene que meterse en juzgar cosas que ve y que no entiende en un Papa.

Hay que callar la boca y bajar la cabeza, y punto y final.

Y quien no haga eso, no es Iglesia, no hace Iglesia, sino que produce división en la Iglesia.

Porque para ser Iglesia hay que someterse al Papa, que es el da la unidad. Si se critica al Papa, se rompe la unidad con la mentira y con la crítica, y se crea división en la Iglesia, la opinión en la Iglesia, el diálogo en la Iglesia, la democracia en la Iglesia.

Y eso conlleva la destrucción de toda la Iglesia, que ha sido el esfuerzo del demonio en 50 años.

Ahora tenemos una Iglesia totalmente rota por la desobediencia y por los juicios de muchos contra el Papa.

Ahora todo el mundo quiere arreglar la Iglesia con sus estúpidos razonamientos humanos, con sus críticas humanas, con su necia inteligencia humana.

Nadie quiere ponerse en la Verdad cuando se trata de un Papa. A todos les gusta criticar. Son demonios encarnados que sólo sabe hacer su trabajo: matar la fe en la Iglesia.

Vemos en la Iglesia que cada uno lucha por sus verdades, por sus soberbias, por sus orgullos en la vida. Y nadie lucha por la Verdad.

Es el resultado de 50 años. Y Francisco se ha aprovechado de los desobedientes y de los que han criticado a los Papas para acabar de destruirlo todo en la Iglesia.

Todo el mundo le hace el juego a Francisco cuando se ponen a criticar a los Papas. Todos en el mismo juego del demonio. Todos bailando con el anticristo.

Todos siguen destruyendo la Iglesia de una manera o de otra.

Y nadie quiere construirla. Nadie. A nadie la importa lo que es la Iglesia actualmente. A nadie.

Hay que llorar por la Iglesia, que nadie lo hace, porque todos se creen contentos y felices dentro de la Iglesia.

Y la Iglesia ya no existe.

Ahora sólo hay un conjunto de idiotas en Roma fabricando su iglesia. Y los demás, fuera de Roma criticando la Iglesia de siempre, a los Papas y sus magisterios. ¿Dónde está la Iglesia? En ninguna parte.

Y nadie se pone en la Verdad: enfrentar a Roma, desnudar a Francisco, liquidarlo hasta que muera, hasta que lo echen de Roma.

Todos tiene al enemigo sentado en la Silla de Pedro y todos lo adoran como si fuera un dios.

Todos ven al enemigo de la Iglesia y cada uno sigue viviendo su estúpida vida en la Iglesia.

A nadie le interesa la Iglesia. A todos les interesan sus necios razonamientos humanos sobre la Iglesia y sobre los Papas.

Estamos en el tiempo de la Purificación, y ya entrando en la Gran Apostasía de la Fe.

Y Juan Pablo II es el único que se puede seguir en este tiempo. A los demás, no.

Dios puso a este Papa para ser la luz en las tinieblas que han comenzado ya en la Iglesia. Para ser la luz después de muerto, no antes. Antes, nadie le hizo ni caso.

Ahora, deben tener todas sus encíclicas a mano, todas sus enseñanzas a mano, porque eso es lo único que queda en la Iglesia en este tiempo.

La única luz divina en la Gran Tribulación el Magisterio de Juan Pablo II. Y quien no obedezca a ese Magisterio, se llena de tiniebla y se pierde en esa densa oscuridad.

Y muchos, por sus juicios contra Juan Pablo II, han perdido ya el Espíritu de la Iglesia y no van a saber enfrentarse a lo que viene ahora en la Iglesia. Van a seguir dando coba al gobernante de turno y a seguir criticando a los Papa anteriores.

Quien no obedezca a Juan Pablo II no hace unidad en la Iglesia.

Quien lo siga criticando y siga buscando sus errores no hace unidad en la Iglesia.

Que cada uno haga lo que quiera, pero aquí no se permite nada en contra de Juan Pablo II. Es mejor que callen lo que quieran decir, porque no se les va a hacer ni caso.

Aquí se ama a Juan Pablo II y se odia a Francisco. Y es un amor a muerte y es un odio a muerte.

Porque la salvación de la Iglesia está pendida de esto: o se sigue el Magisterio Auténtico que Juan Pablo II legó a la Iglesia o se siguen todos los cambios que un impostor, como Francisco, ha empezado a introducir en el Magisterio Auténtico de la Iglesia que dio Juan Pablo II.

Francisco está en contra de Juan Pablo II. Es el primero que se enfrentó al Papa en su Pontificado. Y Francisco hace el juego que le gusta a muchos bobos en la Iglesia: ¿queréis que lo proclame santo? Pues eso haré para ganarme el aplauso de esos bobos.

Pero Dios no va a permitir que ese hereje proclame santo a nadie, porque ese hereje tiene los días contados en Roma.

Inicia el tiempo de la maldición en la Iglesia

“En el período de tiempo que falta hasta entonces cambiarán dos Papas” (umbe – 23 de mayo de 1971).

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Dos Papas antes del castigo, decía la Virgen en Umbe. Sólo faltaban dos Papas: Juan Pablo I y Juan Pablo II.

Pedro es Cabeza de la Iglesia por Voluntad de Dios. Y sin esa Voluntad Divina, Pedro es nada en la Iglesia.

No se es Papa por una ley eclesiástica y no se deja de ser Papa por una ley eclesiástica, porque la Iglesia se fundamenta sólo en la Ley Divina.

Las leyes de los hombres, las leyes de la Iglesia, siempre están por debajo de la Ley Divina y no deciden nada en la Iglesia.

Toda la ley eclesiástica que no se somete a la Ley Divina no hay que obedecerla en la Iglesia, porque Dios no guía su Iglesia a través de leyes humanas ni eclesiásticas. Dios guía a Su Iglesia con Su Espíritu, con la Ley de Su Espíritu, que nadie puede medir ni limitar.

Por eso, en la Iglesia se ha hecho tanto mal por querer imponer leyes eclesiásticas que estaban por encima de Dios.

A los hombres les encanta escribir libros enteros de leyes, pero, después, no saben obrar la ley divina en sus corazones.

A los hombres les gusta guiar a las almas a través de sus leyes, pero no saben guiar a las almas a través de la Ley del Espíritu.

Y muchos, ahora en esta situación de la Iglesia, se aferran sólo a la ley eclesiástica que permite renunciar a un Papa. Y no tienen ojos para más.

Y nadie deja de ser Papa porque lo diga una ley en la Iglesia. Nadie.

Y nadie elige otro Papa porque lo diga una ley en la Iglesia.

Y nadie tiene una vocación divina porque lo diga una ley en la Iglesia.

Los hombres son testarudos en su mentes humanas y si no tienen a mano una ley que les diga que eso se puede hacer o no se puede hacer, se quedan en su estúpida soberbia humana.

Nadie vive el Espíritu en la Iglesia. Nadie. Todos hacen la Iglesia según sus libros de leyes. Y no hay forma de sacarlos de ese gran error.

Y, por eso, muchos confunden la Fe en la Palabra con la fe en sus leyes humanas. Se cree antes en el pensamiento del hombre que en el Pensamiento Divino.

Esta es la soberbia que se vive en la Iglesia actualmente.

La gente cree si hay una razón, una ley que lo diga, que lo apruebe, que lo testifique.

Y así no se puede hacer Iglesia y no se es Iglesia en ningún sentido.

Es triste ver una Jerarquía repleta de leyes y que obra el pecado sin que nadie le diga nada.

Eso es lo que están haciendo Francisco y los suyos.

Y todos aplaudiendo el pecado de esos imbéciles, porque no saben discernir la Verdad en la Iglesia.

No se elige un Papa porque los Cardenales se reúnan en un Cónclave. Ni se es Papa porque los Cardenales han elegido a un hombre.

Se es Papa porque, antes, murió el Papa que reinaba. Esa es la ley divina en la Iglesia.

Si no se sigue esa ley divina, entonces el engaño en todo.

La ley divina establece a Pedro hasta la muerte. Es una vocación que termina en la muerte. Y no hay condiciones humanas a esta ley divina. No hay limitaciones humanas a esta ley divina. No hay imposiciones de los hombres a esta ley divina.

O se sigue esta ley divina o nos inventamos cada uno el Papado, que es lo que han hecho los Cardenales y Francisco: se han inventado un Papa. Y no tiene otro nombre eso que han hecho.

Ante la renuncia de Benedicto XVI no se da la Sede Vacante porque el Papa no ha muerto. Sigue sentado en la Silla de Pedro. La Sede Vacante se da cuando muere el Papa. Esta es la ley divina en la Iglesia. Seguir otra cosa es inventarse la Sede Vacante.

Dios no quiere a Francisco como Papa. Pero esto no se lo traga ni Francisco ni la Jerarquía que ha elegido a Francisco.

Esto no les entra en sus cabezas soberbias.

Esto nunca lo van a aceptar, porque han actuado según su pecado. Y a ese pecado lo han bautizado como Voluntad de Dios en la Iglesia.

El orgullo es el que guía a la Iglesia actualmente. Un hombre orgulloso que se disfraza de humildad y de caridad simplona con la gente.

Y todos felices siguiendo al mayor hereje de toda la historia de la Iglesia.

Un hombre que no cree en la Santísima Trinidad. Y con eso se dice todo.

Un hombre para el cual Dios Padre sólo es el Creador. Y, por tanto, ha creado a las almas y les ha dado el poder de ser hijos de Dios. Y todas las almas tienen el derecho natural y divino de salvarse y de irse al Cielo sólo porque el Padre las ha creado. No existe la gracia para salvarse ni el mérito para ganar el Cielo, porque no existe el pecado. Sólo existe la creación de Dios.

Esta es su herejía que constantemente predica en cada homilía: los hombres tienen derecho por creación de ir al Cielo. Todos somos buenos.

Francisco destruye el pecado y la Redención de los hombres.

En el pensamiento de Francisco no puede darse esto, porque al crear Dios el Universo todo lo hace bien. Es imposible el mal. Y hay que interpretar el mal de otra manera. Y, por eso, hay que hacer el bien y no más en la vida. Y todos los hombres hacen el bien. Luego, todos al cielo.

Y, para explicar el mal, Francisco tiene que negar el Espíritu.

Si niega esto, entonces ya no existen los ángeles ni los demonios. Ya no existe Jesús como el Verbo que se Encarna para redimir al hombre. Ya no existe el Espíritu Santo, que santifica a las almas.

Tiene que explicar a Jesús como un hombre que enseña cómo encarnar a Dios en uno mismo, cómo hacer el bien desde uno mismo, cómo ser bueno en el interior de cada uno.

Y tiene que explicar que el Espíritu es sólo una fuerza divina, una emanación divina, deificadora, iluminadora, pero no Dios. Que da fuerza al hombre para llegar a ser dios en sí mismo.

Y entonces no puede darse la Obra de la Redención, no puede darse la Obra de la Santificación y no puede darse la Iglesia. Porque el pecado es algo que se da en todos los hombres al no poseer la total perfección. Se gana la perfección en etapas de la vida.

Y, por eso, su predicación favorita es: todo el mundo dentro de la Iglesia, porque la Iglesia es para todos y hay que abrirse al mundo para que todos seamos uno, porque todos somos buenos.

Francisco lo niega todo y nadie se ha apercibido de eso. Nadie. Todos embobados con las payasadas de ese idiota en la Iglesia. Todos. No hay ni uno que desprecie a Francisco. Todos esperan algo de ese payaso.

Y así está la Iglesia. Una Iglesia embobada, aburrida de Dios, planificando cómo bailar con el mundo y con los herejes para así ser feliz en la vida.

¡Da asco cómo está toda la Iglesia!

Juan Pablo II fue el último Papa íntegro, verdadero, que luchó por dar la Verdad a la Iglesia. Y, después de él, Benedicto XVI que renunció a ser Papa. Luego, no cuenta, no sirve, no vale para nada en la Iglesia. No aporta nada a la Iglesia. Sólo la destruye con su pecado.

El Papado se acabó con Juan Pablo II, no con Benedicto XVI. Si este Papa hubiera seguido hasta el final, entonces contaría como Papa, valdría su Papado, la Iglesia sería de otra manera.

Pero este Papa hizo lo que nunca debía hacer: ir en contra de su vocación divina en la Iglesia, que es ser Papa hasta la muerte.

Y eso ha producido la destrucción de toda la Iglesia, porque la Iglesia se funda en Pedro. Si Pedro renuncia, la Iglesia desparece.

Esta verdad nadie la ha meditado, porque es muy fácil acogerse a una ley eclesiástica para decir que como el Papa ha renunciado, la Silla está vacante y entonces a elegir otro Papa.

Los hombres si no se aferran a una ley eclesiásitica se ahogan en un vaso de agua. No saben ser Iglesia y no saben hacer Iglesia.

Esta es la estupidez que la Iglesia ha hecho. Gran estupidez, que sólo sale de la soberbia de los hombres. Los hombres son unos estúpidos por ser soberbios, por regirse por sus leyes y pensamientos humanos en la Iglesia.

Pero los hombres no persiguen la Verdad porque ya se han hecho malos. Ya no quieren la Verdad en la Iglesia.

Y ahora sólo quieren que todos sigan la mentira, que es lo que ha pasado desde la renuncia de Benedicto XVI en que nadie levantó la voz para decir que ese Papa no puede renunciar y que los Cardenales no pueden elegir a otro Papa. Nadie hizo eso en la Iglesia, porque nadie quiso enfrentarse a los herejes Cardenales que eligieron otro Papa.

En la Iglesia o se tiene miedo a la Jerarquía y se calla o se desprecia a la Jerarquía y se la juzga a rabiar. Pero nadie de los que callan y juzgan se ponen en la Verdad de la Iglesia. Nadie. Y ahora a todos esos que ven que Francisco es un hereje, lo siguen dando publicidad porque siguen esperando algo de la Iglesia.

Si ya la Iglesia es un cadáver sin alma, sin vida espiritual, sin norte en el camino. Es una Iglesia que se ha cerrado a la Verdad y que fornica con la mentira de los hombres y del mundo. ¿Qué camino ofrece el mundo a la Iglesia? ¿Qué verdad tiene el mundo que falta en la Iglesia?

Es una Iglesia que sólo se compone de hijos del demonio en su interior porque no quieren quitar sus malditos pecados, y llaman a sus malditos pecados como una bendición de Dios.

Todo se acaba ya en la Iglesia. Todo. Comienza el tiempo en que la Jerarquía Eclesiástica se va a quitar sus caretas y van a presentarse como lo que son: demonios encarnados en la Iglesia.

Y muchos los seguirán, porque son como ellos: demonios encarnados.

Juan Pablo II: la muerte de un gladiador

“¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!
¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!
¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!
Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!
Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues, —os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza— permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene pala­bras de vida, sí, de vida eterna!”
(HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II EN EL COMIENZO DE SU PONTIFICADO. Plaza de San Pedro Domingo – 22 de octubre de 1978).

JuanPabloII

El Papa Juan Pablo II fue el gladiador de la fe, el que supo luchar en la Iglesia por la fe en Cristo, para que nadie arrebatase esa fe en la Iglesia.

Juan Pablo II se enfrentó a la masonería eclesiástica desde el comienzo de su Pontificado por vivir su fe en la Palabra de Dios.

Era un hombre de fe, no de razones, no de filosofías humanas. Llevaba la fe en su corazón y eso era lo que transmitía en cada homilía, en cada encíclica, en cada declaración que hacía a los medios de comunicación.

No se casaba con nadie, no adulaba a nadie, no perseguía a nadie. Él estaba claro en cuanto a su fe y, por tanto, sabía muy bien para qué el Señor le había elegido para Papa.

Un Papa no atractivo para la masonería eclesiástica, que no se espera esa elección. Una vez asesinado Juan Pablo I, la masonería iba a poner su Papa, pero no contó con el dedo de Dios.

Es Dios quien dirige la Iglesia, no son los masones. Los masones son sólo el poder de la Justicia de Dios en la Iglesia. Una vez que hayan cumplido esa obra de la Justicia, se retiran porque la Iglesia es otra cosa que un juego de la mente de los hombres.

Estamos viviendo las consecuencias de la muerte de un gladiador en la Iglesia, de un hombre que luchó por la Verdad y que dio su vida por la Verdad.

Un hombre que lo quisieron quitar de en medio con un atentado perpetrado por personas que eran juguetes de la masonería.

Nunca la masonería se da a conocer públicamente. Quienes se dan a conocer son los instrumentos de los masones, que son muy variados. Pero el gobierno central de la masonería siempre está oculto, nadie sabe cómo se mueve, nadie sabe sus planes. Sólo ellos conocen todo lo que hay que hacer en cada momento. Sus logias, sus clubes, sus organizaciones no son el gobierno central de la masonería. Son sólo un escaparate para reclutar adeptos y que hagan una misión en cada país o en la Iglesia. Y una vez realizada esa misión, esa logia o ese grupo, desaparecen.

Benedicto XVI es masón, pero no es masón, sólo tenía que dar a la masonería una cosa: la Silla de Pedro. Francisco es masón, pero no es masón. Es un hombre que le gusta las ideas de la masonería, pero no puede pertenecer al gobierno central de la masonería sólo por su orgullo. Y, para estar en la masonería, hay que quitar el orgullo, porque se pide la obediencia ciega a todo, incluso a lo más elemental en la vida humana. Y, Francisco es sólo un vividor, que no quiere dejar su orgullo a un lado. Sirve a la masonería para hacer lo que ha hecho: quitar el Papado. Pero no sirve para otra cosa, porque la masonería quiere sólo lo que ellos quieren, no lo que los hombres públicos dicen. Por eso, tiene que irse, porque quiere llevar a la Iglesia por donde no es necesario llevarla en el plan de los masones.

Juan Pablo II se opuso a este gobierno central de la masonería. Lo que no hicieron ni Benedicto XVI ni Francisco.

Y eso le trajo un Pontificado de amargura, desde el principio hasta el final. Dolor tras dolor, viendo cómo todo el mundo a su lado lo dejaba solo, por seguir los dictados del Espíritu en su corazón.

Un Papa gobierna solo la Iglesia: ese fue Juan Pablo II.

Y no le importó estar solo en el gobierno de la Iglesia, porque para eso ha sido llamado por Dios: para dar a la Iglesia sólo la Voluntad de Dios, no para hacer en la Iglesia una comunión de voluntades humanas, de obras humanas, de pensamientos humanos.

Juan Pablo II se la jugó todo en la Iglesia. Y, por eso, el atentado certero, que no iba a fallar y, sin embargo, el dedo de la Virgen guió la bala en su corazón.

Porque no son los hombres los que deciden una vida, sino que es Dios el autor y el que guía toda vida.

Quien tiene fe no teme a ningún hombre, a ningún demonio, porque sabe que Dios le lleva entre serpientes y escorpiones. Y no se asusta de las palabras ni de las obras de ningún hombre. Porque la vida no se seguir el pensamiento de los hombres, sino seguir al Espíritu que da la Verdad de la vida.

Por eso, Juan Pablo II se enfrentó con las mentes de todos los sacerdotes y Obispos de la Iglesia. Porque la fe no es acomodarse a lo que piensan en la Iglesia los hombres sobre Dios, sobre su Voluntad, sobre el servicio que hay que hacer en la Iglesia para dar gloria a Dios.

La fe es dar en la Iglesia lo que Dios quiere aunque a nadie le guste. Esa es siempre la señal de la Voluntad de Dios: un cruz que humilla a los hombres y abaja sus soberbios entendimientos para que comprendan lo que es la Verdad y no sus verdades.

Juan Pablo II luchó por la verdad de la Iglesia en cada alma, en cada sacerdote, en cada Obispo. Luchó para que esa Verdad la viera todo el mundo, la contemplara todo el mundo y así la Iglesia sólo caminase mirando la Verdad. Porque el que es de la Verdad no esconde la luz.

Juan Pablo II no se dedicó a dialogar con los hombres, como hace Francisco, sino que se dedicó a darles la Verdad, aunque para eso, tuviera que perder a muchos hombres a su lado.

Por eso, se quedó sólo en la Iglesia porque comprobó que nadie quiere escuchar la Verdad. Todos quieren seguir sus verdades, porque es más cómodo y más útil para los hombres.

La comodidad y la utilidad son las claves del éxito de la masonería. De esta manera trabaja la masonería para poner su idea: con lo cómodo, con lo acomodado a la vida de los hombres, con lo que gusta a los hombres; y con lo que es útil a cada hombre en su vida.
Los masones conocen muy bien al hombre, su psicología animal y, por eso, se mueven en todo dándole al hombre lo que quiere.

Juan Pablo II fue al revés. No dio a los hombres sus caprichos, sino aquello que no les gusta. Y eso es lo que abre camino en la Iglesia, eso es lo que produce la unidad en la Iglesia, eso es lo que lleva al amor en la Iglesia: la verdad que crucifica a todo hombre.

Una Iglesia, como la actual, en la que todo es exaltar los sentimientos humanos, todo es dar un misticismo filosófico, que está mezclado con un iluminismo, en todas las homilías de Francisco, todo es una ciega bondad por los hombres, una inútil apariencia de humildad, que hace que la Iglesia vea a Jesús con una familiaridad soberanamente irrespetuosa, que trata lo sagrado con todo falta de reverencia y de majestad, y que hace que la santidad de la Iglesia sea sólo una figura de ella y no una vida, y que produce en las almas el abandono de la fe. Ya no se da la Verdad que abre caminos, sino la mentira que cierra todos los caminos a los hombres para que sólo se fijen en una cosa: la humanidad, el hombre que sabe y que puede.

Juan Pablo II indicó el camino hacia lo divino, negando al hombre en la Iglesia. Y esto es difícil de hacer cuando se tiene la oposición de todos los sacerdotes y Obispos en la Iglesia.

A la muerte de Juan Pablo II se ha visto lo que realmente hay en la Iglesia: es una Iglesia totalmente pagana, que vive de espaldas a Dios, que vive machando lo sagrado y haciendo de lo santo el hazmereir de todo el mundo.

Con la muerte de Juan Pablo II murió la fe en la Verdad. Murió la Iglesia en el corazón. Murió la lucha por la Verdad. Y ahora todos luchan por sus verdades en la Iglesia.

La muerte de Juan Pablo II es el comienzo de la purificación de la Iglesia, que lleva a su gran Apostasía y al gran Castigo para toda la humanidad.

La muerte de Juan Pablo II es la muerte de un gladiador de la Fe, -que tomó las armas del Espíritu, la espada de dos filos que corta la mentira y saca la verdad a relucir-, que hizo de su vida un baluarte de la Verdad, una Roca de la Verdad, que es lo que tiene que ser todo Papa.

El Papa tiene que dar la Verdad y nada más que la Verdad a la Iglesia. Y, cuando hace eso, entonces cumple con la misión que Dios le ha puesto en la Iglesia.

Juan Pablo II murió por la Verdad, murió enseñando la Verdad. Por eso, en su lecho de muerte estaba su sucesor, Benedicto XVI. Un hombre que vio la Verdad en Juan Pablo II y que la siguió hasta el final. Y, por eso, se sometió a él en todo mientras reinaba en la Iglesia. Pero cuando murió Juan Pablo II, se le acabó la fe.

Porque Benedicto XVI puso la fe en Juan Pablo II, pero no puso la Fe en Cristo. Este es el error de muchos: seguir a una persona que es buena, que es santa, pero no seguir el don de la fe que Dios da a cada corazón.

Murió el gladiador de la fe, el que luchó sólo por la fe en la Iglesia, y entonces se acabó la Verdad. Ya nadie en la Iglesia hizo brillar la Verdad como lo hizo Juan Pablo II, con la valentía que su vida transmitía en cada obra que hacía en la Iglesia.

Todos en la Iglesia tienen miedo ahora de decir la Verdad, de obrar la Verdad, de defender la Verdad, porque no tienen fe. Tienen la fe puesta en los hombres, en un Juan Pablo II, en un San Pío X, en muchos santos, pero no viven ellos la fe en la Palabra de Dios, que es lo que hace fuerte al alma. Muchas almas han puesto la Fe en Francisco, la Fe en su gobierno horizontal, la fe en muchos hombres que sólo engañan en la Iglesia con sus palabras de mentira. Pero no son capaces de creer en Cristo.

La fuerza del Espíritu está en seguir sólo al Espíritu y, por tanto, en dejar a todos los hombres en sus pensamientos humanos, con sus inútiles razonamientos sobre la Iglesia, sobre Dios, sobre la doctrina de Cristo en la Iglesia. Porque ningún hombre es capaz de dar la verdad completa. Sólo el Espíritu de la Verdad lleva a la plenitud de la Verdad al hombre.

Ningún hombre sabe lo que es la Verdad. Los hombres sólo saben razonar sobre la Verdad. y quien razona siempre se equivoca. Para conocer la Verdad sólo hay que creer en la Verdad, como creyó Juan Pablo II. Y ni Benedicto XVI, ni Francisco creen en la Verdad, sólo creen en sus verdades y han luchado en la Iglesia sólo por sus verdades. Por eso, la Iglesia anda muerta en el mundo de la fe.

Murió un Papa en una fecha muy especial. Y siete años después, otro Papa murió a la santidad de la Iglesia. Siete son las semanas que señala el profeta Daniel. Siete veces siete, setenta años de semanas para el fin. Y la muerte de Juan Pablo II es el inició del final de los tiempos. Inicio en el que deben cumplirse todas las profecías hasta llegar al final de ese tiempo, con la presencia del Anticristo en el mundo.

El Anticristo es sólo el masón que lo gobierna todo pero que nadie conoce. Sólo al final, cuando la masonería consiga su objetivo, entonces aparecerá todo el gobierno central de la masonería para regir al mundo como ellos quieren. Habrá triunfado de todos durante tantos siglos ocultos. Pero el Señor, con un soplo de su boca, borrará a ese maldito de en medio del mundo.

En la tumba de Juan Pablo II permanece la Iglesia. Allí escondida en su corazón, porque esa es la señal que da Dios a la Iglesia. La Iglesia tiene que esconderse ahora, ocultarse, pasar desapercibida, porque nadie lucha por la Verdad. Y hay que permanecer escondidos hasta que el Espíritu diga otra cosa en este final de los tiempos.

Y quien vaya al martirio es por el Espíritu. Y el que tenga que esperar a la consecución de los tres días de tiniebla será sólo por el Espíritu.

Que nadie ponga la fe en ningún hombre, en ninguna profecía, en ninguna obra en la Iglesia. Porque, ahora, el demonio lo confunde todo, hasta a los profetas de Dios.

Hay que vivir de la Fe en la Palabra. Eso basta para salvarse y santificarse.

La herejía de la Fe en Francisco

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elpadreeterno“¡La incredulidad, la indiferencia, el materialismo y el orgullo humano han hecho de tal modo, que muchos, repito, “muchos” no hayan querido aceptar mis advertencias; las han dejado caer en el vacío o se han burlado de ellas juzgándolas como frutos de demencia o de manía religiosa, haciéndose así culpables ante Dios de haber sofocado en ellos mismos la luz de la inteligencia y de la fe, por esto inexorablemente perecerán! Se hace excesivo mal uso de la inteligencia, el maravilloso don dado por Dios al hombre para la búsqueda de la verdad, ya que el hombre ha sido creado para la verdad… Yo soy la Verdad… verdad olvidada, no deseada y tantas veces incluso escarnecida y ofendida… y lo mismo se diga de la fe, muerta en el corazón de tantos hombres que rehúsan creer en Dios, Verdad absoluta y eterna, para creer en los hombres, verdaderos ídolos de arcilla, a los que basta el lanzamiento de una piedrecita para hacerlos derrumbarse…¡Oh estupidez y ceguera humanas, cuán deplorables sois! Hijo, creer, esperar y amar firmemente, he aquí la clave de la salvación en el tiempo y en la eternidad (Michelini)

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Francisco dice en su encíclica sobre la Fe: “Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el « yo » del fiel y el « Tú » divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al « nosotros », se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia”.

Esto es sencillamente una herejía bien construida.

Esta frase viene de su pregunta: “¿Cómo podemos estar seguros de llegar al «verdadero Jesús» a través de los siglos? Si el hombre fuese un individuo aislado, si partiésemos solamente del « yo » individual, que busca en sí mismo la seguridad del conocimiento, esta certeza sería imposible. No puedo ver por mí mismo lo que ha sucedido en una época tan distante de la mía”.

Para Francisco es imposible que una persona tenga fe por sí misma, que pueda creer en Jesús aisladamente, porque la persona no encuentra la certeza en sí misma, sino que tiene que encontrarla en otro. Y concluye: “No puedo ver por mí mismo lo que ha sucedido en una época tan distante de la mía”.

La fe la pone Francisco dentro de la comunión de la Iglesia, porque dice que la fe, por su propia naturaleza, se abre al nosotros, a una comunión de fieles, de hombres, que es la Iglesia. Por eso, Francisco dice que “La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe”.

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La fe es para el individuo, no es para la Iglesia: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes). Por eso, dice el Beato Juan Pablo II: “Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia personal resulta un enigma insoluble. ¿Dónde podría el hombre buscar la respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor, el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino no en la luz que brota del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo?”.

El hombre encuentra su sentido en la vida sólo en Cristo, porque cree en Cristo, no porque la Iglesia le enseña esa fe. Esa fe, primero, está en el corazón del hombre que se abre al Misterio. Si el hombre no se abre a ese Misterio, entonces no tiene fe y, aunque esté en la Iglesia, sigue sin tener fe. Sólo tiene conocimientos de la fe, que es lo que enseña la Iglesia. Conocimientos que vienen de la Fe -y que forman el Dogma-, pero conocimientos que no hacen la Fe en el corazón de la persona, no crean la Fe. Primero es necesario creer, después vienen los conocimientos que da la Fe, que son los Dogmas de la Fe. La Fe es para cada corazón, pero no se crea, no se origina de los conocimientos que se dan en la Iglesia o por el solo hecho de estar en la Iglesia.

La Iglesia enseña la Fe en la Palabra. La Iglesia transmite la Fe en la Palabra. Por siglos, se da en la Iglesia la misma Fe del principio, la que se dio con los Apóstoles. Y no hace falta remontarse al principio para tener fe. Para ver lo que pasó en el tiempo de Jesús, es suficiente tener fe.

Este es el problema para Francisco: como la persona no puede tener fe, no puede llegar al verdadero Jesús, porque nació hace siglos, entonces la persona necesita de una estructura, de una iglesia, de una comunidad, para tener esa fe. Ya la Iglesia no es sólo la que enseña la fe, sino la que origina la fe.

Esta es la herejía.

Jesús es la Revelación Divina. Y, como dice el Beato Juan Pablo II, en su encíclica fides et ratio, “no hay que olvidar que la Revelación está llena de misterio”.

El hombre, ante el misterio de Jesús se pierde, su razón no sabe caminar en el misterio de la Revelación. Por más que lo intente, por más que recuerde, por más que piense, la razón no comprende el misterio. Por eso, es necesario la Fe, para poder caminar en el Misterio.

La Fe es un misterio inescrutable para el hombre, para su razón. Y, por eso, el hombre necesita la ayuda del Espíritu para caminar en ese misterio. El hombre, por sí mismo, no puede caminar en el misterio, ni siquiera dentro de la Iglesia. En la Iglesia se necesita al Espíritu para explicar la Fe, -que es un misterio-, para dar a las almas la Palabra de la Fe, -que también es un misterio-, para gobernar con Fe, -que es otro misterio.

Francisco anula este misterio, porque anula el que el hombre tenga fe por sí mismo, anula la libertad del hombre para aceptar la Revelación. Y si anula esta libertad, también anula la verdad. Para Francisco, Dios no da la Fe al corazón del hombre, sino a la Iglesia. Dios no habla al hombre primero, sino a la Iglesia. El hombre, con esta concepción, pierde su libertad para ir a Dios de forma individual, porque tiene que estar esclavizado a una estructura para poder tener fe.

O se cree o no se cree. Este es el punto. Si se cree en Jesús, entonces se cree en la Obra de Jesús, que es Su Iglesia, y se hace la Iglesia para dar la Fe que Dios pone en cada alma, en cada corazón.

Pero si no se cree, entonces se hace nuestra iglesia, la que uno concibe con sus luces naturales, con sus razones naturales, que es lo que enseña Francisco. Francisco enseña su iglesia, que es la madre de la fe y del conocimiento divino. Y, entonces, se equivoca totalmente. Porque la Iglesia es Madre, pero no de la fe, sino de los corazones que reciben la fe.

«Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). La Verdad es Jesús. Y conocer la Verdad es penetrar el Corazón de Jesús. Pero no se puede penetrar ese Corazón si el corazón del hombre no se abre en Fe a la Palabra de ese Corazón. La verdad no viene de estar en una iglesia. La Iglesia tiene que enseñar la Verdad, que es Jesús, no tiene que enseñar sus verdades, sus formas de conocimientos, que es lo que pretende Francisco en su nueva iglesia.

La Iglesia es la Madre de las almas, no la madre de la fe. La Iglesia no engendra la fe, sino que la enseña. Y la enseña porque hay almas que viven de fe, que tienen fe, que obran la fe en Cristo Jesús.

La Encíclica de Francisco es su gran herejía que nadie ha contemplado todavía. Todos ponen las herejías de Francisco en sus declaraciones a la prensa. Y tienen razón. Y, por eso, ahora se quiere lavar la cara a Francisco diciendo que el periodista no grabó la entrevista y que, por tanto, no pasa nada. Y esto no hay quien se lo crea, porque los periodistas no sólo graban, sino que toman sus notas. Y unas declaraciones tan largas, sin notas, sólo por el recuerdo de las palabras, sólo memorizando, es absurdo.

Que la Iglesia reconozca el pecado de Francisco y lo vea como, no sólo un Anti-Papa, sino como un rey Absoluto, que sólo quiere hacer su iglesia, a su manera, según su estilo de pensamientos, según su forma de vivir, según su orgullo. Y que se deje de cuentos. Porque los hombres ya estamos hartos de que nos cuenten historias baratas sobre que no se grabó la entrevista. Eso cuentos sólo se los cree los ingenuos, los que han escrito ese panfleto para acallar las voces que saltan por todos lados ante las gravísimas declaraciones de un Papa que no es Papa y que no sabe lo que significa ser Papa.

Un Papa nunca hace una entrevista así con un ateo, porque un Papa se debe a la Iglesia, no a los ateos. Y tiene la obligación de callar las cosas de la Iglesia ante los ateos, que no creen en nada, ni siquiera en su pensamiento humano.

¿Cómo un Papa da a un ateo ideas sobre la Iglesia para que ese ateo crea en lo que dice el Papa, si el ateo no cree en ninguna cosa, si lo que le interesa al ateo es sólo eso: propagar las mentiras y los engaños de los hombres? Y es lo que ha hecho Francisco buscando a ese ateo: para dar sus mentiras, sus errores, sus herejías a todo el mundo.

Pero, ¿qué cuento nos quieren contar ahora para no hacer sonrojar más la cara de la Iglesia, que ya está bastante herida con las obras de ese idiota que no sabe ser Iglesia, que no sabe hacer Iglesia, que no quiere a la Iglesia, sino que busca por todas las maneras posibles, destruir a la Iglesia?

Por esas palabras tan imprudentes de su boca tan llena de maldad, Francisco tendrá que irse muy pronto de su nueva iglesia.

La Silla de Pedro

Escudo de Juan Pablo II

La Silla de Pedro ha sido codiciada siempre por los hombres de todos los tiempos.

Porque, no sólo tiene el Poder de la Iglesia, sino que influye en cada gobernante del mundo, influye en la política de cada país, así no quiera el hombre.

Por eso, anular este Poder, para hacer de la Silla de Pedro, un poder de los hombres -y así tener el mundo bajo los píes- es el objetivo de la masonería.

Los hombres quieren conquistar el mundo, es decir, quieren ser dueños de todas las cosas, de las mentes de las personas, de las obras de las personas, de las vidas de las personas. Quieren dirigir a los demás según lo que hay en el pensamiento de los hombres. Es el sueño de los hombres: ser los amos del mundo entero. Y sólo se puede hacer teniendo la Silla de Pedro, sentándose en Ella, gobernando el mundo desde Ella.

Esta ilusión de los hombres es, no sólo algo imaginativo, que está en la cabeza de algunos hombres, sino una realidad, que se realiza dentro de la Iglesia.

Realidad que no aparece a los ojos de los hombres, porque se obra en lo oculto, en lo secreto, sin que los hombres se den cuenta de esa realidad. Así trabaja la masonería, que sigue, en todo, a su dueño, que es el demonio.

El demonio obra en lo oculto, sin manifestarse al exterior, sin hacerse sentir.

En la Silla de Pedro está el Poder de Dios sobre el Papa. Y sólo el Papa tiene este Poder. No lo tiene la Iglesia, los fieles, los Obispos, los sacerdotes, los religiosos. Sólo el Papa tiene el Poder.

Pero este Poder es espiritual, no humano; sólo descansa sobre el verdadero Papa. No se da a quien usurpa la Silla de Pedro. Se da sólo al que es elegido por Dios como Papa.

¿Y cómo saber quién es el verdadero Papa? ¿Cómo saber si el que sucede a un Papa lo elige Dios o los hombres?

Sólo hay una señal que Dios da para elegir a un Papa: la muerte del verdadero Papa. Cuando muera, y los Cardenales se encierren para elegir a otro Papa, es absolutamente cierto que ese Papa que sale de esa elección viene de Dios.

La señal: que el Papa murió. Y no hay otra señal. El Papa es elegido por Dios hasta su muerte. Si el Papa no muere, si el Papa renuncia, si el Papa tiene que huir, y la Jerarquía de la Iglesia elige otro Papa, ese Papa no es Papa, es sólo un impostor, un anti-Papa.

Esta es la Verdad de la Iglesia. Así la Iglesia ha obrado siempre. Muere un Papa, se elige otro. Ése que se elige es verdadero Papa.

Y no importa la situación de la Iglesia. No importa la vida espiritual de los sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia. La Sucesión Papal sólo se realiza con la muerte del Papa. No se puede elegir un Papa cuando el anterior sigue vivo.

Por eso, Francisco no es Papa, es un impostor. Y los que lo han elegido, lo han hecho en contra de esta Verdad de la Iglesia. Y, por tanto, la renuncia del Papa Benedicto XVI es debida a la masonería, a las presiones de la masonería sobre Benedicto XVI para que dejara el Papado.

Todos los Papas anteriores a Benedicto XVI fueron verdaderos. Benedicto XVI fue verdadero, pero renunció. No se le puede, ahora, seguir como Papa hasta que no se convierta. Francisco es sólo un impostor, que se da los honores de Papa, sin serlo.

Los problemas de la Iglesia en los reinados de los verdaderos Papas son diferentes a si ese Papa es verdadero o no. Los problemas que se dieron a partir de Juan XXIII en toda la Iglesia no fueron porque esos Papas fuera impostores, es decir, no elegidos por Dios, sino por la acción del demonio en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II es la acción del demonio en la Iglesia que impidió la accion del Papa en la Iglesia. Es el Misterio de Iniquidad que, por ser un misterio, no se puede comprender. Pero es el Poder que Dios dio a Satanás cuando éste le pidió tiempo y poder para destruir la Iglesia (visión de León XIII).

La renuncia de Benedicto XVI no es un acto de humildad del Papa, ni un acto de santidad. Es por los hombres que ambicionan la Silla de Pedro y que no se muestran al exterior, porque actúan como su padre el demonio: en la oscuridad.

En la Silla de Pedro está el Poder. Y, aunque ahora se siente un Impostor, sigue ahí el Poder Divino. Pero ese Poder Divino está inutilizado por el pecado de Benedicto XVI. Ese Poder lo tiene Benedicto, porque es verdadero Papa. Fue elegido en la muerte de Juan Pablo II. Su elección fue válida. Las razones de su renuncia se deben, no a su Elección, sino al Misterio de Iniquidad que trabaja en la Iglesia y que no descansa. No tiene vacaciones.

Por tanto, la Silla de Pedro no está vacía. Está llena del Poder Divino, porque el Papa sigue viviendo, aunque en su pecado.

Los hombres van a vaciar esa Silla. Es decir, van a quitar las prerrogativas del Papado en la Iglesia y van a crear un gobierno político, mundano, humano, natural.

Es lo que comienza a hacer Francisco al elegir ocho cabezas para gobernar la Iglesia.

Ahí comienza el vacío de la Silla de Pedro, porque eso que ha hecho Francisco es el primer paso para despojar al Papado de todo lo que significa en la Iglesia.

La Silla de Pedro será ocupada por el poder político. Pero no se dará a conocer. Se sentará para dar la cara un hombre, revestido de sotana, que se hace pasar por Papa. Pero quien la gobernará serán los hombres.

No se crea lo que ha dicho Francisco que esas ocho cabezas están ahí para ayudarle en el Papado. Están para destrozar el Papado y poner este poder político, que es lo que le interesa a Francisco.

Francisco ha sido elegido por los hombres sólo para esto: para iniciar este camino de destrucción de la Iglesia, comenzando por el Papado. Y, por eso, habla como habla.

Habla como un demonio, no habla como un Papa. No le interesa hablar como un Papa porque no siente este Poder, que todos los Papas han sentido, porque carece de vida espiritual. Y no le interesa la vida espiritual, sólo su vida humana, sólo su política.

Francisco habla como un político. Ése es su lenguaje: el lenguaje del político, que es enredado, que es mentiroso, que no dice nada, que sólo se ocupa de lanzar su mentira y lo demás es para rellenar su mentira con medias verdades.

Así habla Francisco y, por eso, tiene tanta aceptación, porque los hombres se han acostumbrado a las hablas de los hombres y ya no son capaces de escuchar la Palabra de Dios. Y, por eso, se han buscado un hombre que hable como ellos. La Jerarquía de la Iglesia está muy contenta con Francisco, porque les habla a la mente, a lo que ellos quieren oír. Y, por eso, nadie dice nada de sus mentiras, de sus herejías, porque eso es lo que piensa, no sólo Francisco, sino casi toda la Jerarquía de la Iglesia.

Es una pena cómo está la Iglesia. Pero es la Iglesia que quieren los hombres. Y Dios ha dado a los hombres lo que ellos buscan. ¿Queréis al demonio? Ahí lo tenéis para vuestro castigo, hasta que se cumpla la Justicia Divina sobre la Iglesia.

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