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La Iglesia no puede ser conquistada por Bergoglio

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Tres cosas son necesarias para discernir si un hombre es Papa o no:

1. Ley de la Gracia:

a. Se es Papa hasta la muerte: El Papa es, material y formalmente, siempre Papa.

b. No existe el Papa emérito: El Primado de Jurisdicción sólo lo posee el Papa legítimo: Benedicto XVI: Canon 218, § 1 (CIC 17) : «El Pontífice Romano, sucesor del primado de San Pedro, tiene no solamente un Primado de Honor, sino también el supremo y pleno Poder de Jurisdicción sobre la Iglesia universal, concerniente a la fe y las costumbres, y concerniente a la disciplina y el gobierno de la Iglesia dispersa por todo el globo».

c. La renuncia de un Papa es al Papado, no al Episcopado Romano: Benedicto XVI renunció sólo al Episcopado; sigue siendo Papa, pero no puede ejercer su Pontificado. El ejercicio del gobierno le ha sido usurpado por el apóstata Obispo de Roma, Bergoglio.

d. El Obispo de Roma, sin el Primado de Jurisdicción, no puede ser Papa, no puede gobernar la Iglesia como Papa legítimo. No tiene la Gracia del Papado: el Espíritu de Pedro. No es Sucesor de Pedro.

2. Ley Eclesiástica:

a. Se prohíbe elegir a un apóstata de la fe católica, a un hereje o a un cismático como Romano Pontífice; si es elegido, su elección es nula: Paulus IV, Septim. Cum ex apostolatus, 9, de haereticis, ann. 1559 : «… agregamos, que si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto; y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes…»(ver texto)

b. Esta Constitución fue confirmada por Pío V en su bula Inter multiplices, ann. 1566: «Y además siguiendo las huellas de nuestro predecesor, el Papa Paulo IV, de feliz recordación, renovamos con el tenor de las presentes, la Constituci6n contra los heréticos y cismáticos, promulgada por el mismo pontífice, el 15 de febrero de 1559, año IV de su pontificado, y la confirmamos de modo inviolable, y queremos y mandamos que sea observada escrupulosamente, según su contexto y sus disposiciones».

c. Canon 2314, § 1 (CIC 17), sacado de la Cons. Cum ex, § 2. 3 y 6 de Paulo IV: «Todos los apóstatas de la fe cristiana, todos los herejes o cismáticos y cada uno de ellos: 1º incurren por el hecho mismo en una excomunión; 2º a menos que después de haber sido advertidos, se hayan arrepentido, que sean privados de todo beneficio, dignidad, pensión, oficio u otro cargo, si los tenían en la Iglesia, que sean declarados infames y, si son clérigos, después de monición reiterada, que se los deponga; 3º Si han dado su nombre a una secta no católica o han adherido a ella públicamente, son infames por el hecho mismo y, teniendo cuenta de la prescripción del canon 188, 4º, que los clérigos, después de una monición ineficaz, sean degradados»

d. Ningún Papa puede enseñar una doctrina diferente a la de siempre; no tienen el Espíritu Santo para enseñar el error, sino para custodiar íntegramente toda el depósito de la fe, que Dios ha revelado a Su Iglesia: «Los Romanos Pontífices, por su parte, según lo persuadía la condición de los tiempos y las circunstancias, ora por la convocación de Concilios universales o explorando el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora empleando otros medios que la divina Providencia deparaba, definieron que habían de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios, habían reconocido ser conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas; pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la Fe» (Concilio Vaticano I, Primera Constitución dogmática sobre la Iglesia de Cristo, julio 18, 1870. Tomado del libro Dogmatic Canons and Decrees, [TAN Books and Publishers] p. 254. Dz. 1836; D.S. 3069-3070)

3. Ley divina: Todo acto humano en contra de la Voluntad de Dios es un acto moralmente malo.

a. El falso Papa, Bergoglio, ha puesto en la Iglesia un gobierno horizontal, quitando la verticalidad de hecho. Ha cometido un pecado de herejía, que va en contra del primer mandamiento de la ley de Dios. El pecado de herejía excluye toda obediencia en el miembro de la Iglesia: «Tal como es lícito resistir al Pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir a quien agrede las almas o quien altera el orden civil, o, sobre todo, a quien intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirlo, no haciendo lo que él ordena y evitando que se ejecute; no es lícito, sin embargo, juzgarlo, castigarlo o deponerlo, ya que esos actos son propios de un superior» (De Romano Pontifice, lib. II, Cap. 29, en Opera omnia, Neapoli/Panormi/Paris: Pedone Lauriel 1871, vol. I, p. 418).

b. El falso Papa, Bergoglio, gobierna la Iglesia con una horizontalidad, cometiendo el pecado de cisma: lleva a toda la Iglesia hacia el protestantismo y comunismo. Ningún miembro de la Iglesia, así sea fiel o Jerarquía, puede obedecerle, sin caer en el mismo pecado de cisma: «Y de esta segunda manera el Papa podría ser cismático, si él no estuviera dispuesto a estar en unión normal con todo el cuerpo de la Iglesia, como podría ocurrir si intentara excomulgar a toda la Iglesia, o como observaron Cayetano y Torquemada, si él quisiera trastornar los ritos de la Iglesia basados en la Tradición Apostólica. …si da una orden contraria a las rectas costumbres, él no debería ser obedecido; si él intenta hacer algo manifiestamente opuesto a la justicia y al bien común, será legítimo resistirlo; si él ataca por la fuerza, por la fuerza él puede ser repelido, con una moderación apropiada a una justa defensa» (Francisco Suárez, De Fide, Disp. X, Sec. VI, N. 16).

c. El falso Papa, Bergoglio, enseña con una doctrina marcadamente masónica, cometiendo el pecado de apostasía de la fe. En dicho pecado, quien siga sus enseñanzas, pierde completamente la fe verdadera: «no oponerse al error es aprobarlo; y no defender la verdad es suprimirla» (Papa San Félix III)

Además, hay que añadir:

4. La ley del Espíritu: la profecía:

a. Conchita: «Ah, que el Papa murió. Entonces quedan TRES papas.– ¿De donde sabes que solamente quedan TRES papas?– De la Santísima Virgen. En realidad me dijo que aún vendrían CUATRO papas pero que Ella no contaba uno de ellos.– Pero entonces, ¿por qué no tener en cuenta UNO? — Ella no lo dijo, solo me dijo que UNO no le tenía en cuenta. Sin embargo me dijo que gobernaría la Iglesia por muy poco tiempo.– ¿Quizás por eso no lo cuenta?– No lo sé. –Y qué viene después:– Ella no lo dijo» (ver texto). Es claro, por esta profecía, que Francisco Bergoglio no es Papa.

b. San Malaquias: lema «De Gloria olivæ», que corresponde al papa Benedicto XVI. Último lema de la serie de Papas. Después de este lema, no hay más lemas. Como el Papa Benedicto XVI no ha muerto, entonces seguimos en este lema. No se puede cumplir lo que sigue en esta profecía. Cuando muera Benedicto XVI, entonces se cumple lo demás. Luego, Francisco Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

c. MDM: «El que se atreve a sentarse en Mi Templo, y que ha sido enviado por el maligno, no puede decir la verdad, porque no proviene de Mí. Él ha sido enviado para desmantelar Mi Iglesia y romperla en mil pedazos antes de que la escupa por su repugnante boca» (8 de marzo 2013). «Mi amado Papa Benedicto XVI fue perseguido y huyó, como fue predicho. Yo no he nombrado a esta persona, que dice venir en Mi Nombre. Él, el Papa Benedicto, guiará a Mis seguidores hacia la Verdad. No lo he abandonado y lo sostendré cerca de Mi Corazón y le daré el consuelo que necesita en este momento terrible. Su trono ha sido robado. Su poder no» (13 de marzo 2013).

d. Mensajes del Cielo: «Yo dije: el nuevo Papa será como los camaleones que cambia de color. Hijos míos, guardaos de tanta confusión y desorden, porque os harán ver lo que no es y sentir lo que en verdad no se siente (…) Benedicto XVI será Papa hasta la muerte» (ver texto). «Cuánto dolor ver la Casa de mi Señor cómo se llena de humo de Satanás…cómo caerán tantos sacerdotes, obispos, cardenales…que en secreto trabajan para la Bestia dentro de la Casa de Dios, como ese papa de alma negra que con el anticristo, destruirá la Iglesia; cómo trabajarán para la sede de la Bestia; y ella, ahí donde fue la Sede de Dios, sea por un tiempo de ella (la Bestia), destruyendo a su paso todo» (ver texto). «Comenzará un periodo de incertidumbre, de división entre la Iglesia y confusión, mucha confusión, engaño y los míos no se darán cuenta del engaño que los está llevando a ese orden mundial en mi propia Casa cambiando la Doctrina de siempre. Aquellos que sí se percatan del error serán acusados y señalados con el dedo. ¡Qué Dios, mi Padre os ayude! Amén» (ver texto)

5. La ley positiva (humano-eclesiástica): se ha demostrado que hubo irregularidades en el cónclave: Antonio Socci y su libro “Non e francesco” (ver texto): «Como ya he dicho, la nulidad de los procedimientos seguidos el Cónclave y la consiguiente elección no implica ausencia de culpa por parte de Bergoglio. Y la invalidez de la elección es en modo alguno un juicio de valor a su la persona» (ver texto).

Teniendo todo esto, entonces ¿por qué la Iglesia calla ante el hereje Bergoglio?

La Jerarquía de la Iglesia debería hablar y no lo hace. Están siguiendo esto:

Canon 1556 (CIC 17)): “La primera Sede no es juzgada por nadie”.

Cons. Cum ex, § 1 de Paulo IV «el mismo Romano Pontífice, que como Vicario de Dios y de Nuestro Señor tiene la plena potestad en la tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie»

O con otras palabras: la fe de la Iglesia es dada no para juzgar a la Autoridad, sino para que ésta juzgue.

Muchos siguen llamando a Bergoglio con el nombre de Santo Padre, Papa, sólo porque la Iglesia oficialmente no se ha declarado en contra de este hombre, y consideran que posee todavía ese título honorífico. Un título exterior, que aunque sea hereje, hay que dárselo. Están esperando que alguien, ya sea el Papa legítimo, Benedicto XVI, ya sean unos Obispos reunidos, declaren que Bergoglio no es Papa.

Y esto es una ilusión esperarlo y pensarlo.

Porque toda la Iglesia, cuando permanece unida al Papa legítimo es infalible: «es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la Verdad» (1 Tim 3, 15). «La Iglesia Católica, luchando contra todas las herejías, puede luchar; sin embargo no puede ser conquistada. Todos los herejes salieron de Ella podados como sarmientos inútiles de vida: mas, Ella misma permanece en su raíz, en su vida, en su caridad. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (San Agustín – De symbolo serm. ad catech. 6, 14; M. 40, 635).

Y, por consiguiente, la iglesia que permanece unida a un hereje, es falible y totalmente condenable, porque no es la Iglesia Católica. Ya no estamos hablando de una usurpación del Papado, sino del establecimiento de una nueva iglesia en Roma.

No hablamos de un antipapa, al cual se examina su derecho a la Silla de Pedro, sin juzgar al Papa, sino sólo la elección y el acto de los electores: «De hecho, los papas cismáticos han sido tratados simplemente como usurpadores y desposeídos de una sede que no poseían legítimamente» (cf. El decreto contra los simoníacos del concilio de Roma de 1059, Hardouin, t. VI. col. 1064: Graciano, dist, LXXIX, c. 9; Gregorio XV: constitución 126 Aeterni Patris (1621), sect. XIX, Bullarium romanum, t. III, p. 446).

Sino que estamos hablando de una nueva sociedad religiosa en el Vaticano, que Bergoglio está levantando con su nuevo gobierno horizontal, al cual todos lo pueden juzgar porque esa sociedad no pertenece a la Iglesia Católica.

Nadie ha caído en la cuenta de la importancia de la verticalidad del gobierno en la Iglesia Católica. Es esencial para permanecer siendo Iglesia, la auténtica. Como a nadie le interesa el ejercicio del poder papal a través de la verticalidad, sino que todos se reúnen en la colegialidad para estar bajo Pedro, entonces es esperar en vano que, oficialmente, sea declarado Bergoglio como falso Papa. Esperar en vano: una ilusión. Ya los hombres no siguen la inmutabilidad de los dogmas en la Iglesia. Y, entonces, estamos como estamos, como Eliphas Levi lo expuso en el año 1862:

«Vendrá un día en que el Papa, inspirado por el Espíritu Santo, declarará levantadas todas las excomuniones y retractados todos los anatemas, en que todos los cristianos estarán unidos dentro de la Iglesia, en que los judíos y los muslimes serán benditos e invitados a ella. Conservando la unidad e inviolabilidad de sus dogmas, la Iglesia permitirá que todas las sectas se acerquen a ella por grados, y abrazará a todos los hombres en la comunión de su amor y sus oraciones. Entonces no existirán ya los protestantes. ¿Contra qué iban a protestar? El Soberano Pontífice será entonces el rey del mundo religioso, y hará cualquier cosa que quiera con todas las naciones de la tierra. Es necesario extender este espíritu de caridad universal…»

Siempre se cumple la Palabra de Dios:

«El rey Antíoco publicó un decreto en todo su reino de que todos formasen un solo pueblo, dejando cada uno sus peculiares leyes. Todas las naciones se avinieron a la disposición del rey. Muchos de Israel se acomodaron a este culto, sacrificando a los ídolos y profanando el sábado…Se les unieron muchos del pueblo, todos los que abandonaron la Ley…» (1 Mac 1, 43-45.55).

Bergoglio publicó su gobierno horizontal en toda la Iglesia y todo el mundo se ha acomodado a ese culto falso e ignominioso, y comienzan muchos a sacrificar a sus ídolos: los pobres, los homosexuales, los ateos, los pecadores,… el hombre.

Todos se han olvidado de Cristo y de Su Iglesia. Todos van corriendo a formar el nuevo orden mundial con la nueva iglesia para todos y de todos.

Que la gente siga llamando a Bergoglio como Papa no es sólo alucinante, sino una abominación. ¡Qué pocos en la Iglesia conocen su fe! ¡Qué pocos la saben guardar, la saben interpretar de manera infalible. Todos han puesto su grandiosa inteligencia y así vemos una Iglesia totalmente dividida, en la que a nadie le interesa, para nada, la Verdad.

«La doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta a las inteligencias humanas para ser perfeccionada por ellas como si fuera un sistema filosófico, sino como un depósito divino confiado a la Esposa de Cristo para ser fielmente guardado e infaliblemente interpretado» (Concilio Vaticano I).

«Cuando está en juego la defensa de la verdad, ¿cómo se puede desear no desagradar a Dios y, al mismo tiempo, no chocar con el ambiente? Son cosas antagónicas: ¡o lo uno o lo otro! Es preciso que el sacrificio sea holocausto: hay que quemarlo todo…, hasta el “qué dirán”, hasta eso que llaman reputación». (San Josemaría Escrivá de Balaguer,”Surco”, No. 40)

La obra maestra de la jerarquía masónica en el Sínodo

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Lo que ocurre en el Sínodo es ya irreversible. Es una jugada maestra de la jerarquía masónica: sacar un documento, la “Relatio post disceptationem”, que no admite correcciones, porque es la voz de la Iglesia. Es lo que la Iglesia ha dicho: es lo que queda en el ambiente, es lo que transmiten todos. Y cuando la Iglesia habla oficialmente, entonces no hay correcciones, no hay vuelta atrás. Puede haber el intentar limitar los daños, que es lo que van a hacer con el documento definitivo que van a sacar. Será lo mismo, pero lo único que va a variar es el lenguaje: darán la vuelta con mil razones, para dejar lo esencial: que los malcasados puedan comulgar y aprobar el divorcio, y que los homosexuales tengan derechos en la iglesia.

«La Secretaría General del Sínodo, tras las reacciones y discusiones originadas por la publicación de la Relatio post disceptationem, y al hecho de que se le haya atribuido un valor que no corresponde a su naturaleza, reitera que dicho texto es un documento de trabajo, que resume las intervenciones y el debate de la primera semana, y que ahora se propondrá a la discusión de los miembros del Sínodo reunidos en los Círculos menores, según lo previsto por el mismo reglamento del Sínodo» (Declaración del Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede en nombre de la Secretaría General del Sínodo – Ciudad del Vaticano, 14 octubre 2014) : esto es mentir descaradamente a todos. Ese documento no refleja las intervenciones en el Sínodo, sino que ya había sido preparado con antelación.

Ese documento se pondrá a votación: cambiarán sólo el lenguaje, pero no el contenido de ese lenguaje. Todos están en la herejía del lenguaje. Este documento es herejía pura. No se sostiene en ninguna verdad revelada, sino que se apoya en la mente masónica que guía a la Iglesia con su poder horizontal, que Bergoglio ha puesto en Roma.

Los que esperan que Bergoglio se defina, no han comprendido lo que él mismo ha dicho el 28 de julio de 2013, en la rueda de prensa que dio en el avión:

«Si una persona es homosexual y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?».

«…los ortodoxos siguen la teología de la economía, como la llaman, y dan una segunda posibilidad, lo permiten. Creo que este problema, se debe estudiar en el marco de la pastoral matrimonial».

Bergoglio ya se ha definido y no se va a echar para atrás. No; porque un masón siempre tiene que ir hacia adelante en el progreso de su inteligencia.

Bergoglio ha montado, durante todo este año, su política: Kasper. Este hombre es la mente de Bergoglio, es la inteligencia, es el que rompe el dogma. Para eso, Bergoglio lo ha puesto como modelo de los hombres heréticos y que viven la apostasía de la fe. Y lo puso desde el inicio de su falso pontificado. Y este hombre es el que ha puesto la división en la cuestión del matrimonio en el Consistorio de los Obispo del 20 y el 21 de febrero, que se celebró a puertas cerradas.

Bergoglio apoyó y aprobó la tesis de Kasper. Bergoglio no hizo que Kasper callará su herejía, sino que la lanzó como una verdad que es necesario seguir en toda la Iglesia. Y no importan las críticas severas que Kasper ha tenido de todo el mundo. Es la mano derecha de Bergoglio en el gobierno de Roma. La mano derecha: es el que lo mueve todo, todos los hilos, para conseguir poner lo que Bergoglio quiere en su iglesia.

La “Relatio” del Sínodo es la obra de la mente de Kasper: es poner la teología de Kasper en este panfleto y darla como voz de la Iglesia, voz de los Obispos, voz del Papa.

Esta es la jugada maestra. Pocos han entendido todavía esta jugada y están esperando un comunicado de Bergoglio en que retire a Kasper y se saque una “Relatio” adecuada a la Iglesia Católica. Esperan en vano, porque siguen tendiendo, siguen viendo a Bergoglio como Papa. Es el castigo de muchos.

¿Por qué la Jerarquía de la Iglesia no puede ver lo que las almas sencillas ven: Bergoglio no es Papa? ¿Por qué?

Porque el que vive la herejía queda ciego para siempre en su vida.

Los Obispos de la Iglesia Católica tienen la plenitud del sacerdocio de Cristo; es decir, tienen toda la Verdad: el Espíritu de Cristo los lleva a conocer toda la Verdad. No hay nada que esconda Dios a sus sacerdotes. Nada. El sacerdote es el que tiene el poder para penetrar todos los Misterios Divinos. Pero el sacerdote tiene que ser muy humilde en su vida eclesial. Si no hay humildad, entonces al sacerdote se le niegan cualquier verdad.

Todos los Obispos poseen el Espíritu de la Verdad para conocer que Bergoglio no es Papa. Todos. ¿Cómo es que nadie dice nada? ¿Cómo es que todos obedecen a uno que no es Papa? ¿Cómo es que no pueden ver las herejías que Bergoglio ha dicho durante 19 meses? ¿Cómo es que no disciernen la trayectoria herética de Bergoglio en la Iglesia antes de subir al poder? ¿Para qué les sirve tanta filosofía y teología? ¿Para qué?

Para cometer el pecado contra el Espíritu Santo. Quien tiene todo el Espíritu, si no es fiel a Él, entonces con gran facilidad termina cometiendo esta blasfemia, de la cual no hay perdón.

Pocos conocen lo que es este pecado y lo fácil que es cometerlo. Muy pocos.

La Iglesia Católica tiene toda la Verdad porque posee el Espíritu de la Verdad, que lleva a todos, a los fieles y a la Jerarquía, hacia la plenitud de la Verdad.

Por tanto, es un deber, es una obligación moral, obrar la Verdad en la Iglesia. No se puede obrar la mentira porque en la Iglesia sólo está la Verdad. Y toda la Verdad, no sólo una parte.

Aquel fiel, aquella Jerarquía que no trabaja para tener en su corazón toda la Verdad, entonces comete este pecado.

En la Iglesia Católica tenemos la Gracia de Cristo y el Espíritu de la Verdad. Son dos cosas, que cada alma tiene que saber vivir en la Iglesia.

La vida de la gracia, que se da en los Sacramentos: y sólo en los Sacramentos. La vida del Espíritu que se da en todo lo demás: es el Espíritu el que enseña a cada alma la vida de la gracia. Sin el Espíritu no se puede vivir lo divino, obrar lo divino, ser santo, hacer la Voluntad de Dios, tener la Mente de Cristo.

La Gracia es la Vida Divina. Para poder vivir esa vida, es necesario el Espíritu. Por eso, el Señor mandó a Sus Apóstoles que no hicieran nada sin el Espíritu, porque la Iglesia es la obra del Espíritu, no es la obra de la mente de los hombres. Es el Espíritu el que enseña a los hombres cómo usar la gracia de cada Sacramento para poder vivir la vida divina que cada Sacramento da al alma y a la Iglesia.

¿Por qué la Jerarquía que tiene la plenitud del Espíritu para poder conocer si un Papa es o no es legítimo, calla, no dice nada, se conforma con lo que tiene, obedece a un hereje?

Porque han blasfemado contra el Espíritu Santo en sus vidas sacerdotales: «No importa cuánto conocimiento teórico tengan de la doctrina y los dogmas que mi Hijo les legó. Yo ya imprimí, en todos sus corazones, el conocimiento de la Apostasía, y quien lo siga será tan apóstata como Francisco Bergoglio y su clan de abominación» (Mensaje de Dios Padre a un alma – 19/9/2014).

Tenéis toda la Verdad que Cristo ha dado a Su Iglesia y preferís la mentira de un hereje, de un cismático, de uno que lleva a toda la Iglesia hacia el protestantismo, hacia la masonería y hacia el comunismo. ¿Y pretendéis ser salvados y justificados por esto?

Están cometiendo el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Es el momento de que los Obispos se levanten en el Sínodo y se vayan: sólo así no cometen ese pecado. Ellos tienen que hacer un acto público en contra de Bergoglio porque públicamente han aceptado un Sínodo maldito, un Sínodo que no pertenece a la Iglesia Católica, sino que ha sido promovido por la nueva iglesia del Vaticano. ¡Qué difícil es entender esto para muchos católicos!

La Iglesia es la obra del Espíritu, no es un juego de los hombres, no es la lectura que los hombres hacen, con sus lenguajes, de lo que debe obrarse y vivirse en la Iglesia.

Quien no sea humilde al Espíritu no va a poder salvarse en este tiempo tan oscuro en que no hay una cabeza que guíe hacia la Verdad, que una en la Verdad, que se apoye en la Verdad. No existe esa cabeza en la Jerarquía de la Iglesia. No existe. Ni siquiera el Papa Benedicto XVI puede hacer algo por la Iglesia. Ya no puede, porque no tiene las llaves del Reino. Tiene el Primado, pero no puede atar y desatar: no puede decidir nada en la Iglesia Católica. Todos los cambios que se den ahora, a partir de este Sínodo, sólo pertenecen a la nueva iglesia de Bergoglio.

Si esto no lo tienen claro, es que no han comprendido lo que pasa en el Vaticano.

Hay que alejarse de Roma y ver su destrucción a manos del enemigo, que es la Jerarquía masónica. Jerarquía que no es la verdadera Jerarquía de la Iglesia. Son unos falsificadores de Cristo y de Su Iglesia. Todo es falso en ellos. Todo.

La Iglesia, ahora, está en cada corazón fiel al Espíritu. Y guía a cada uno según la mente del Espíritu, no según la mente de ningún hombre, de ninguna Jerarquía. Ya no puede darse la obediencia, en la Iglesia, a un hombre. Ya no puede darse la obediencia a ningún documento que la nueva iglesia saque y diga que es magisterio católico, ordinario, que todos tienen que aceptar. Quien acepte el documento que va a sacar el Sínodo, se condena sin más. ¡Es muy fácil cometer el pecado contra el Espíritu Santo! Y quien lo comete es aquel que ya vive su herejía como algo normal en su vida.

¡Cuántos católicos van a San Pedro a escuchar a un hereje, a aplaudirle, a vitorearle, sabiendo lo que ese hombre habla! ¿Tienen excusa de su pecado? ¿Pueden salvarse haciendo unidad con un hereje? Quien se una al falso Papa, se une a su vida de herejía y, por tanto, está en comunión con la nueva iglesia ecuménica, la cual no es la Iglesia Católica. Y fuera de la Iglesia Católica no hay salvación.

¡Qué jugada maestra la del demonio! ¡Ponerse como Papa para condenar muchísimas almas al infierno! El demonio conoce la Verdad. Y la conoce toda. Y se puso por encima de toda esa Verdad y, por eso, se condenó sin más, con gran facilidad.

La Jerarquía de la Iglesia conoce la verdad. Y toda la Verdad. Y se ha puesto por encima de Ella. Conclusión: se condena sin más. Es muy fácil cometer el pecado contra el Espíritu Santo. Es el mismo pecado que hizo Lucifer: orgullo. En su mente estaba la verdad, pero su persona se pone por encima de ella. Eso es el orgullo, el cual no tiene perdón, porque se va, con la persona, en contra de toda la Verdad: yo soy, mi persona dice lo que es verdad o no.

Dios ha dado luz a toda la Jerarquía para que conozca la Verdad: Bergoglio no es Papa. La Jerarquía se pone por encima de esa verdad. Es el orgullo de cada miembro de esa Jerarquía. Es cada persona la que se pone por encima de la verdad. Y es una verdad clave en la Iglesia Católica, porque allí donde está Pedro, el Papa legítimo, allí está la Iglesia, se es Iglesia, se pertenece a la Iglesia. Luego, allí donde está un falso Pedro, está una falsa iglesia y a ella se pertenece. ¡Condenación fácil!

¡Qué difícil es entender esto para toda la Iglesia Católica! ¡Qué difícil! Los hombres están metidos en sus cariños, afectos, sensiblerías humanas. No son capaces de dejar a un lado eso y ver la vida de manera valiente, con la fortaleza que da el Espíritu al alma para poder enfrentar a los muchos enemigos que tiene el alma. Y uno de ellos: la falsa Jerarquía.

Pero los católicos en la Iglesia han hecho una idolatría de la Jerarquía, no sólo una papolatría. Tienen a los sacerdotes y Obispos como santos, inmaculados, intachables. Y somos como todo el mundo: hombres. Hombres que si no seguimos al Espíritu en nuestro sacerdocio, entonces nos convertimos en maestros del error, en guías de ciegos, en conductores hacia un falso misticismo, una falsa santidad, una falsa espiritualidad. Nos convertimos en enemigos de Cristo y de Su Iglesia. Nos dedicamos a condenar almas en la misma Iglesia de Pedro, con los mismos instrumentos del Espíritu, con las mismas obras de Cristo.

¡Cuántos sacerdotes celebran su misa para condenar a las almas! ¡Muchos! Y las almas, por no saber discernir lo que es un sacerdote, siguen sus enseñanzas heréticas y se condenan sin más, con mucha facilidad.

Lo que se ve en el Vaticano es la obra maestra de la masonería: buscar la unidad en la diversidad. Y esa búsqueda supone destruir la verdad que da el Espíritu a la Iglesia. Destruirla con un lenguaje apropiado: el de Babel. Arruinarla con una ley del hombre: la gradualidad. Obrar la mentira, para ocultarla, con una falsa doctrina: la misericordia sin justicia, sin verdad, sin orden divino.

Por eso, sean valientes en decir no a Bergoglio y todo su clan. Valientes en decir no a Roma, a sus parroquias, a sus sacerdotes que comulgan con un traidor, y que se hacen traidores con él. Sean valientes en ser de Cristo, no de los hombres.

Cristo no quiere, en Su Iglesia, hombres: no los necesita. Ha dado el Espíritu de filiación para que el hombre sólo sea hijo de Dios. A Cristo no le interesa el lenguaje humano, ni las ideas de los hombres, ni sus obras, ni sus vidas. No ha levantado una Iglesia para recaudar dinero, para llenar estómagos de la gente, para solucionar problemas sociales, para aprobar la vida de pecado de muchos.

Cristo no necesita a ninguna de la Jerarquía que está en el Sínodo, a nadie, para seguir gobernando Su Iglesia. Él lo hace solo, con Su Espíritu. Toda la Jerarquía ha traicionado a Cristo como Cabeza Invisible de la Iglesia. Nadie sigue a Cristo, Su Mente, en la Iglesia. ¿Acaso se van a salvar porque sean Jerarquía? ¿Acaso Cristo salva a sus sacerdotes porque son sacerdotes? Cristo salva a sus sacerdotes porque obran las mismas obras de Cristo en Su Iglesia. Y si no hacen esto, esos sacerdotes se condenan por ser sacerdotes.

Cristo no salva a nadie por su cara bonita. Cristo salva a las almas porque ve en ellas humildad, sencillez, disponibilidad a Su Espíritu. Es el Espíritu el que lleva a vivir la vida de la gracia. Es sólo el Espíritu. Y sólo se exige al alma: humildad. Poner la mente en el suelo, pisotear sus grandes pensamientos sobre su vida humana. Y, entonces, el alma conoce la Verdad y la obra sin más. Y eso es signo de salvación.

Quien no obra la Verdad está demostrando que quiere condenarse.

Eso es toda la Jerarquía en el Sínodo: demuestran que han cometido el pecado contra el Espíritu. ¡Y muchos estas palabras todavía no acaban de comprenderlas!

Bergoglio es decadencia, destrucción e iniquidad

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Bergoglio es tres cosas: decadencia, destrucción e iniquidad.

1. Decadencia en su sacerdocio porque no tiene el Espíritu de Cristo y, por lo tanto, se dedica a hacer obras para el hombre, para el mundo, lo social, lo político. Obras sin Cristo, sin verdad, que no son camino para llevar las almas al Cielo, que es lo que todo sacerdote tiene que ser en la Iglesia.

Y esta decadencia en lo espiritual se refleja en todo el actuar humano de este hombre. Si se vive una vida espiritual contraria a la vocación divina, entonces la vida humana es de acuerdo a esa decadencia. Y, por eso, sus obras, sus escritos, sus palabras, son también, en lo humano, una insensatez. Si un sacerdote o un Obispo no enseña la verdad en la Iglesia, tampoco enseña a vivir rectamente en lo humano. Tampoco es maestro de lo humano, porque no es maestro de lo divino.

Bergoglio no es maestro de nada: es decadencia. No reforma nada, no innova nada, no señala ningún camino. Su magisterio no es papal; está en un cargo que no es papal. En el mundo, hay hombres que, sin ser católicos, son más interesantes, en sus vidas y en sus escritos, que Bergoglio. No merece la pena dedicarse a leer los libros de este hombre ni a seguir su vida: no tiene nada que ofrecer ni al hombre ni a la Iglesia. Es un degenerado en lo humano y en lo espiritual.

2. Destrucción de Cristo y de Su Iglesia, porque está en ese cargo para aniquilar toda la doctrina de Cristo y todo el Magisterio de la Iglesia. No levanta la Iglesia en la Verdad, sino que las destruye con su mentira, con sus engaños, con sus bonitas palabras sociales, políticas, económicas, humanas, naturales, carnales, que agradan a todo el mundo, porque está sediento de la gloria de los hombres. Busca el aplauso, la alabanza, el conseguir un encuentro, una idea motriz que aúne a los hombres y se dediquen a obrar anulando la Iglesia.

Su gobierno horizontal es el eje de su destrucción, es el motor. Aquí inicia su nueva iglesia con una nueva doctrina. Esa nueva iglesia es falsa en todo, porque está apoyada, no en Pedro, sino en muchas cabezas, en una horizontalidad. Y, en esa falsedad, tiene que predicarse un falso cristo: el de su misericordia barata, sin Justicia. Es una doctrina que lleva tres ideas claves: la idea de la masonería, la del protestantismo y la del comunismo. Con estas tres filosofías, Bergoglio da su lenguaje ambiguo a todo el mundo. Por eso, su magisterio no es papal.

Los otros Papas se centraban en la doctrina católica. Y tenían otras ideas, pero no producían ambigüedad. En Bergoglio lo principal es su ambigüedad. Y, después, él da un poco de doctrina católica, pero de pasada, en su lenguaje barato y blasfemo, para contentar a los católicos. Bergoglio habla para todo el mundo, pero no para la Iglesia Católica. Los otros Papas hablaban para la Iglesia Católica; después tenían palabras para los demás. Esta es la gran diferencia entre un destructor y un constructor.

Bergoglio destruye la Verdad; los otros Papas se dedicaron a defender la Verdad, la Iglesia Católica. Bergoglio no defiende la Verdad porque no hay verdad en él. Por eso, se ha enojado contra los Cardenales que han escrito el libro sobre la doctrina católica del matrimonio. Él quiere que todo el mundo piense como él. Esto es lo propio de un destructor: va seduciendo a los demás para que acepten su idea destructora. Es lo propio de un falso Papa: no hay verdad en él; no hay línea de catolicidad; no hay continuidad en el Papado.

En los otros Papas, sí había verdad, sí había continuidad con los anteriores. Y, por eso, eran legítimos. Nunca cayeron en la herejía, ni material ni formalmente. Bergoglio, desde el principio, cae en la herejía. Desde el principio de su reinado, que no es pontificado. Es un falso pontificado. Es un falso Papa. Esto es lo que a la gente le cuesta decir, porque no ha comprendido lo que es un Papa en la Iglesia, la misión de un Papa en la Iglesia.
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Bergoglio no sabe lo que es un Papa. Ha vivido toda su vida rodeado de Papas y nunca los ha obedecido. Nunca se ha sometido a la mente de un Papa. Nunca. Siempre ha hecho en la Iglesia lo que ha querido y como lo ha querido. Y, por supuesto, ha sido hábil en darse a conocer a los Papas. Es fácil poner cara de santo. Es fácil vestirse de humildad, bajar la cabeza delante de un Papa y besarle el anillo. Eso lo hacen todos. Y la humildad no está en eso. Se es humilde porque se da testimonio de la Verdad ante cualquiera, sea Papa, sea Obispo, sea sacerdote, sea fiel la Iglesia. Y esto es lo que nunca ha hecho este hombre. Se pone la careta de humildad y de pobreza, que es como consigue engañar a todo el mundo. Y, después, obra el pecado. Así inició su reinado en el Vaticano: quiso pagar el alquiler de su habitación y después, a los pocos días, lava los pies a las mujeres, insultando a Cristo en la Misa más importante de todas. Esto es destruir la Iglesia con las ropas de la humildad y de la pobreza. Esto es ser un lobo vestido de piel de oveja. Y esto es lo que mucha gente no sabe discernir porque ya no tiene vida espiritual. Y enseguida salen con la política: es que los tradicionalistas no perdonan a Bergoglio que haya lavado los pies a las mujeres.

La Iglesia es Cristo y es para hacer las mismas obras de Cristo en Ella. Esto es lo que no hace Bergoglio. Y nunca lo va a hacer. Nunca. Él hace sus obras en su falsa iglesia con su falso doctrina sobre Cristo.

3. Iniquidad es la obra de Bergoglio en el Vaticano.

El Misterio de iniquidad se ha abierto con la subida al poder de este hombre. Es el hombre que necesitaba el demonio, que es el que actúa en todo el grupo masónico que rige el Vaticano, para poner al Anticristo en el Trono de Pedro.

Lo único que le interesa al demonio es poner su hombre rigiendo la Iglesia Católica. Esto ha sido toda su lucha desde que Cristo inició Su Iglesia en el Calvario. Por eso, en la historia de la Iglesia ha habido tantas cosas: cismas, herejías, apostasías, etc. Es el demonio el que ha turbado la Iglesia con su misma Jerarquía, que se ha prestado para este servicio.

Los hombres de la Iglesia tienen la historia de 2000 años de Iglesia y no han aprendido nada. Sube un Bergoglio y todos lo adoran. Esto es la iniquidad.

La iniquidad se manifiesta en sus obras: el Papa en la Iglesia es obediencia. Todos tienen que obedecer. Pongamos a un hombre, que es un demonio, para que todos le obedezcan. Esta fue la primera jugada del demonio, en la que todos o casi todos cayeron. Han dado obediencia a uno que no se lo merece.

La primera obra de la iniquidad en el Vaticano: poner a Bergoglio como Papa para conseguir el sometimiento de todos. Que todos sigan lo que diga ese falso Papa. Así se va abriendo el camino para algo más en la Iglesia. Si todos se acomodan a un falso Papa y lo llaman como verdadero, entonces el demonio puede hacer más en el Papado. Se rompe la Iglesia desde Su Cabeza, no desde sus miembros. Los miembros pueden ser cismáticos y herejes, pero si la cabeza es recta, la Iglesia sigue sin más, porque la sostiene Su Cabeza, Su Papa legítimo. Pero si se consigue hacer renunciar al Papa legítimo y poner el Papa del demonio, entonces la Iglesia cae en toda la decadencia y se destruye por sí misma.

Como todos han dado obediencia a uno que no es Papa, entonces viene ahora la jugada maestra del demonio. Un Bergoglio no puede sostenerse mucho tiempo en la Iglesia. Todos, los buenos y los malos, ven la calidad de ese hombre. Todos acaban por darse cuenta de lo que, en verdad, hay en ese hombre. Y ese hombre es sólo un vividor. Y no más. No es un teólogo. No es un intelectual. El demonio necesita una cabeza que rompa el dogma. Y esto es lo que viene ahora.

Una vez conseguido quitar la verticalidad; una vez que se han puesto a los hombres en los puestos claves en el vaticano y fuera de él, en las demás diócesis; ahora es necesario un hombre inteligente. Porque la división es muy clara, en todos los aspectos. Y la Verdad está ahí para todo el mundo. Pero los hombres no les gusta la verdad, sino sus verdades. Y esta es la fuerza que tiene ahora el demonio en toda la Jerarquía.

Es una Jerarquía que está sometida a un lenguaje humano, que le incapacita para decir éste es hereje, cismático, no lo sigan. ¿Quién en sus parroquias escucha de labios de sus sacerdotes que Bergoglio es hereje? Nadie. No se atreven porque siguen una teología que les impide juzgar al otro y que les oscurece la mente para decir: esto es mentira, esto es herejía, esto no se puede seguir.

La verdadera teología católica ya no está en la Jerarquía. Ha sido el trabajo de muchos años para conseguir esto. La Jerarquía ya no tiene las ideas claras sobre lo que es la verdad y sobre lo que es la mentira. Son muy pocos los que se apoyan en la verdad Absoluta. Son muy pocos los que dicen que existe una única verdad. Por eso, no pueden llamar a Bergoglio como falso Papa. No pueden. En sus teologías, ya no se da esta verdad. Los hombres de la Iglesia están oscurecidos por toda la política que en el Vaticano se muestra. Y prefieren hacer lo políticamente correcto que predicar la Verdad, que dar testimonio de la verdad. Por eso, dicen: hay que seguir obedeciendo a Roma.

Esto es otra obra de la iniquidad en la mente de toda la Jerarquía. Es el trabajo del Anticristo, que posee la mente: la pervierte. Pone muchas ideas y lo confunde todo. Hay mucha Jerarquía contaminada por el demonio. Y esto es un triunfo del demonio en muchos sacerdotes y Obispos. Esto, después, se refleja en todos los demás miembros de la Iglesia. ¿De qué se llena ahora todas las parroquias? De gente tibia y pervertida que no sabe nada del dogma, de la tradición de la Iglesia. Sacerdotes y fieles que se dedican a lo social, a lo político, a lo económico. Y lo hacen en nombre de Cristo.

Con Bergoglio han aparecido todos los tibios en la Iglesia. Todos. Toda esa gente que vive cualquier cosa en una misa, en un apostolado, en unos sacramentos, menos la verdad. Y, claro, les agrada la doctrina de Bergoglio: vivimos en nuestro pecado y ya podemos comulgar. La ley de la iniquidad: conseguir que el pecado ya no sea pecado, ya no se mire como pecado, sino como un valor. Las soluciones pastorales que son soluciones políticas, de intereses creados por los hombres.

¿Qué viene ahora para la Iglesia? Un falso Sínodo. Es la jugada maestra del demonio. Todos tienen que obedecer a Bergoglio, aunque mande un pecado. Es la fuerza del demonio: ha puesto a un hombre como Papa. Y todos en la Iglesia tienen que obedecerlo. Durante 18 meses nadie se ha levantado para decir: no obedezco a Bergoglio. Esta es la señal de lo que viene después de ese Sínodo. El pecado va a ser una ley, una obligación: tienes que dar la comunión a los malcasados. Si no la das, excomulgado, porque no obedeces al Papa.

Esto es el cisma, que nadie ve, que a nadie le interesa, porque nadie se pone en la verdad. Nadie sabe lo que es la Verdad. Todos están en sus verdades, que no es la de Cristo. Nadie llama a las cosas por su nombre. Nadie. Todos siguen su teología ambigua, que les oscurece todavía más y que les lleva a condenar la misma doctrina católica. Todos critican a todos los papas anteriores. Y nadie critica a Bergoglio. Es la obra maestra del demonio.

Bergoglio es un patán: eso todo el mundo lo ve. Pero todos tienen miedo de decirlo con claridad. Bergoglio ya no le sirve más al demonio. Pero tiene que quitarlo de la manera más honrosa. Él lo ha llevado a la santidad: todo el mundo lo proclama santo en sus herejías. No ha podido matarlo para oscurecer más a los tibios y pervertidos en la Iglesia. Pero puede hacerle renunciar de una manera que la Iglesia la acepte: acepte el engaño de su renuncia. Todos los tienen como Papa, todos han aceptado su gobierno horizontal, y él está creando división en todas partes. Una forma de renunciar: me voy y deje a este personaje que siga con todo este lío, que aclare las cosas. Dejo a un hombre de mi gobierno horizontal. Y yo me dedico a mi vida que me gusta tanto.

Es necesario poner las nuevas leyes en el gobierno horizontal: es un poder político, en donde se nombran jefes como se hace en el mundo: por votación, por referéndum. Hagamos leyes para poner papas eméritos sin necesidad de cónclaves. Esto es lo que viene ahora a la Iglesia. Hay que romper el dogma. Y hay que empezarlo a hacer ya. El sínodo es el principio. La familia es el comienzo de la obra de la iniquidad. Y después vendrán otras cosas, porque todo está unido.

No es fácil romper la Iglesia desde la cabeza. Pero no es imposible. Y el demonio no se va a echar para atrás una vez que ha conseguido su objetivo: poner su bufón en el Trono de Pedro. Ahora tiene que continuar su obra: hay que poner al temido, al que da excomuniones si no le obedecen.

Tiempos masónicos


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Muchos están en la Iglesia y no tienen ni idea de lo que pasa dentro de Ella.

Muchos han hecho de la Iglesia un lugar más para su ocio en la vida: es un encuentro entre los hombres para hacer, en común, una serie de ritos que nadie sabe lo que significan. Viven en la Iglesia lo que viven en el mundo.

Y la mentalidad hoy dominante ataca los fundamentos mismos de la moral de la Iglesia. Y esa mentalidad mundana la tienen muchos católicos. Y, con esa mentalidad, van a la Iglesia, y como no quieren ser anacrónicos, dejan de ser fieles a lo que es la Iglesia, para estar con el mundo.

Son esos católicos que tienen la intención de ser creíbles ante los demás, de dar una iglesia que comprenda la situación del mundo y que, por tanto, -para estos católicos-, es una obligación tener que escoger entre ser disconforme con la sociedad y ser disconforme con el Magisterio de la Iglesia.

Muchos han elegido esto último y así aparece en ellos la idea masónica.

Muchos de los miembros de la Jerarquía son masones; es decir, han fornicado con la idea masónica. Y van perdiendo la fe en Cristo y la fe en la Iglesia. Buscan teorías y sistemas que permitan una situación de compromiso entre el catolicismo y los criterios en boga en el mundo.

Esto produce un divorcio, una división, que se hace creciente día a día y que provoca consecuencias más que lastimosas: provoca una auténtica vida de abominación dentro de la Iglesia, entre los miembros de la Jerarquía.

El fariseísmo que se observa en toda la Jerarquía proviene de aceptar la idea de la masonería. Ellos siguen estando en sus ministerios, son sacerdotes, Obispos, hacen exteriormente lo de todos, pero tienen una doble vida.

En lo exterior parecen santos; pero sus obras son del pecado y del demonio.

Y ha llegado a tal perfección este fariseísmo en algunos miembros de la Jerarquía, que ya no ocultan sus obras de pecado, sino que las manifiestan a todos como un camino en la Iglesia.

Estamos viviendo el tiempo en que el pecado es una vida:

La Jerarquía de la Iglesia justifica, con frecuencia, las relaciones prematrimoniales; la masturbación, que es presentada como un fenómeno normal de la naturaleza humana; se admite a los divorciados, vueltos a casar, a participar de los sacramentos; el feminismo es apoyado como opción para un nuevo sacerdocio, una nueva religiosidad en los conventos; los homosexuales son justificados y apoyados, cediendo las iglesias para que los gays celebren sus festivales; toda la gama de la contracepción es rechazada en amplios sectores eclesiásticos.

Cuando el pecado se ha convertido en un camino dentro de la Iglesia Católica, entre sus fieles, es que antes, en la Jerarquía, se volvió camino para ellos.

Si se justifican las relaciones prematrimoniales significa que muchos sacerdotes y Obispos andan en brazos de mujeres; si la masturbación es algo normal, es porque la Jerarquía la obra sin más, es una parte de su trabajo, de su vida; si se admiten a la comunión a gente que vive en pecado, es que la Jerarquía, viviendo en pecado, sigue comulgando y celebrando la misa como si nada; si se da más importancia a la mujer, significa que sacerdotes y Obispos han renunciado a la Divinidad de Jesús, a su Misterio, para estar en su humanidad, creando un Cristo para un ideal humano, para una lucha social, poniendo la figura de la mujer como emblema de esa lucha; si la Jerarquía dice sí a la contracepción es que su vida ya no es el matrimonio con Cristo, sino con los placeres de la carne; si se abrazan a los homosexuales es que su vida es para ellos.

Hoy se vive el orgullo de la persona, que se pone por encima de su misma naturaleza humana. Como si la persona humana, el yo, y sus exigencias estuviesen en lucha con su naturaleza. Yo quiero masturbarme, aunque la naturaleza me grite que no puede hacerlo, que eso va en contra de la propia ley natural. Es el querer de la persona contra el querer de la naturaleza. Y de ahí nacen todas las aberraciones y abominaciones.

¿Por qué la Jerarquía, viendo la realidad de lo que es Francisco, decide callar, y seguirlo, y someterse a él? Respuesta: el orgullo de la persona. Yo quiero seguir en el sacerdocio sabiendo que ese hombre es hereje. Y quiero porque conviene a mi naturaleza humana: ese hombre me sigue dando de comer, me da un techo. Por tanto, aunque clame la naturaleza espiritual y divina en mi sacerdocio, que me exige renunciar a todo lo que hay en la Iglesia, me pongo por encima de ese querer divino, y sigo sirviendo a un hereje y cismático.

Esto es la esencia del fariseísmo: el orgullo de la persona, que se inventa en lo exterior una vida de santidad, de justicia, de amor al prójimo. Pero sus obras son demoniacas.

Es el tiempo de la masonería. Y muchos, de entre la Jerarquía, tienen la idea del masón. La han aceptado y siguen en la Iglesia, pero ya no tienen fe. Han perdido la fe. Son constructores de la apostasía de la fe: van alejando a las almas de los alimentos celestiales para darles lo propio de lo humano.

Vivimos en la herejía, en el cisma y en la gran apostasía. Y lo vemos en Roma. Y lo vemos en cada parroquia. Y ya no hay vuelta atrás. Es imposible. Están todos ciegos. Y, en sus cegueras, guían a los demás por caminos de maldad, de oscuridad, del demonio.

El anuncio de un precursor del Anticristo por Francisco

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«En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien. Pero no creáis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien. El Cardenal Kasper decía que al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo». (ver texto).

Este gran teólogo es grande por su herejía, no por la verdad que no aparece en su libro ni dice su boca. Es un buen teólogo para destruir la Verdad Revelada. Es un buen hombre, que se viste de lobo, aparece como Obispo, pero que obra lo contrario a Cristo en la Iglesia. Se opone a la doctrina de Cristo, al Magisterio auténtico de la Iglesia. Hace de la Iglesia su gran negocio humano.

«Ayer, antes de dormirme, pero no para adormecerme, leí, releí el trabajo del cardenal Kasper y quiero darle las gracias, porque encontré una profunda teología, también un pensamiento sereno en la teología. Es agradable leer teología serena. Y también encontré lo que san Ignacio nos decía, ese sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me hizo bien y me surgió una idea y, disculpe Eminencia si le hago pasar vergüenza, pero la idea es que esto se llama “hacer teología de rodillas”. Gracias». (ver texto).

Gran necedad son estas palabras de un idiota. Porque eso es Francisco: un idiota. Es decir, un personaje metido en su idea de la vida, que va dando vueltas, como un loco, a ese idea, y que no es capaz de ver la verdad, porque no puede salir de esa idea. Este es el concepto de idiota en la Sagrada Escritura. Gran necedad es publicar esta idiotez. Que todo el mundo vea cuán idiota es Francisco.

Pero esta necedad señala una profecía: “Desgracia a ti, ciudad de las siete colinas, cuando la letra K sea alabada en tus murallas. Entonces tu caída se aproximará; tus dominadores y tiranos serán destruidos. Tú has irritado al Altísimo por tus crímenes y tus blasfemias, tú perecerás en la derrota y en la sangre” (San Anselmo de Sunium (Siglo XIII) M. Servant, pág. 281).

Cuando la letra K sea alabada en Roma, cuando Kasper ha sido ensalzado por un falso Profeta, entonces viene la desgracia para toda la Iglesia. La ruina es ese Sínodo, sellado por el demonio, para comenzar la liquidación de la Iglesia. Y Kapser es el maestro, la mente que todos siguen para llevar a cabo el proyecto del demonio en Roma.

Un falso profeta siempre señala a un anticristo. Francisco, como falso Papa – y, por tanto, como falso Profeta-, señala a un falso Obispo, a un falso Cristo, que tiene por lema en su teología: fe e historia. Es decir, la fe en lo científico (= el carácter científico de la teología = el diálogo con las muchas ciencias humanas, con la sabiduría de los hombres, que es necedad) y la práctica en lo social (= que el Evangelio impregne el mundo de hoy, lo cambie, pero que los hombres no quiten sus pecados). Una mente que se abre a la sabiduría humana, anulando la gracia y el don del Espíritu; y que busca caminos prácticos a las cuestiones de los hombres, a sus problemas, a sus vidas en el mundo.

La necesidad de dar respuesta a los problemas de la paz, de la justicia y de la libertad humanas, así como los nuevos interrogantes éticos, han hecho que Kasper anule todo el dogma en su teología, iniciando una eclesiología y una cristología totalmente heréticas y cismáticas.

Kasper es un anticristo, pero no es el Anticristo. Es un precursor del Anticristo: «Han de venir precursores del mismo. He visto en algunas ciudades maestros de cuyas escuelas podrán salir esos precursores» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 3)

Kasper pertenece a la escuela católica de Tubinga, en donde no se enseña ninguna fe católica. Allí se enseña cómo pertenecer a una Jerarquía infiltrada en la Iglesia, cómo ser de una Jerarquía falsa para construir una falsa iglesia. Francisco y Kasper son dos almas gemelas, que viven de lo mismo y piensan lo mismo. Si quieren conocer el pensamiento de Francisco lo tienen en la teología de Kasper.

Para Kasper, «la teología sólo es posible en la corriente abierta del tiempo» (= la teología no es eterna, sino temporal) y, en consecuencia, «la unidad en la teología no puede ser hoy la de un sistema monolítico, sino que consistirá en la intercomunicación recíproca de todas las teologías, en la referencia de todas ellas a un objeto común, y en la utilización de unos principios básicos comunes» (= la teología es algo relativo, no absoluto) (“Situación y tareas actuales de la teología sistemática”, en: W. KASPER, Teología e Iglesia, Barcelona 1989, p. 7-27; aquí: p. 13. Véase: M. SECKLER, Kein Abschied von der Katholischen Tübinger Schule, en: Divinarum rerum notitia, p. 749-762).

Esto es una aberración, porque se pretende unificar las mentiras en un común denominador: como existe un pluralismo de teologías condicionado culturalmente; es decir, como se da la teología africana, la asiática, la latinoamericana, etc., hay que buscar, no ya el fundamento de la verdad; no es el dogma el común de todas esas teologías. Es la intercomunicación, el diálogo, el coger de aquí y de allá para encontrar un común, una unidad.

La teología, la ciencia de la palabra de Dios sólo es posible en el tiempo, pero en la corriente abierta del tiempo: en lo que los hombres piensan, obran, viven en sus tiempos. Ya la ciencia de lo divino no se funda en Dios, en lo eterno, sino en los hombres, en la temporalidad, en las ciencias humanas y en sus conquistas. Es una teología para abajar lo divino a lo humano, para anularlo, y para elevar el pensamiento del hombre sobre el pensamiento de Dios.

Entonces se cae en un absurdo: ¿Cómo puede ser universal una teología que, al mismo tiempo, respeta el pluralismo de ideas, lo individual de cada persona, la idea relativa, errónea, herética, que cada hombre tiene de Cristo y de la Iglesia? ¿Cómo no sucumbir al relativismo haciendo una unidad relativa de pensamientos discordes, dispares, oscuros, sin verdad, que llevan a la duda, al error, al engaño, a la mentira? ¿Cómo compaginar tamaña multiplicidad de ideas, que no son legítimas, que no son válidas para la fe, con la verdad absoluta? Sencillamente, no se puede. Sin quitar el pecado, sin apartarse del error, es imposible encontrar la unidad en la verdad.

Pero, en la mente de estos herejes, hay un camino en la mentira, para dar una solución totalmente herética y cismática, y conseguir una unidad utópica, sólo en el papel, sólo en sus mentes, pero no en la práctica de la vida.

Para Kasper, la eclesialidad no significa atadura a un sistema doctrinal, a unos dogmas, sino la inserción en un proceso vivo de tradición y de comunicación, en el que cual se actualiza y se interpreta el evangelio de Jesucristo: «sólo en el testimonio de la Iglesia poseemos el Evangelio de la liberadora acción salvífica de Dios en Jesucristo como noticia origina de Éste en la Escritura». Es decir, en sus palabras: «La teología sólo es posible en la comunión de la Iglesia, en y bajo la norma de la tradición viva» (= no en y bajo la norma de la tradición divina) (Ib., p. 14). La fe -para Kasper- hay que actualizarla según la vida de cada hombre en su tiempo concreto. La fe no es un Pensamiento Divino inmutable, no es una verdad absoluta, inmutable, que no admite la idea humana, sino una moda de los hombres, algo que cambia según el gusto de cada hombre, un producto de los tiempos, de las culturas, de la intercomunicación o diálogo entre los hombres.

Con estas palabras de Kasper se anula el Evangelio de Cristo, la Palabra de Jesús dada a Sus Apóstoles. Se anula el testimonio de Cristo, la tradición divina, para poner el testimonio de los hombres, de la Iglesia, la tradición viva de las culturas humanas.

Una cosa es el Evangelio de Cristo, que es la Palabra de Dios; otra cosa es la Iglesia, que Cristo ha fundado. Y la ha fundado en Su Misma Palabra Divina, no fuera de Ella. No la fundó por una palabra o idea humana. Y Cristo, al fundar Su Iglesia, da el poder a la Jerarquía para interpretar verdaderamente el Evangelio.

Es el testimonio de la Jerarquía, no de la Iglesia, lo que da valor al Evangelio. Pero esa Jerarquía tiene que ser verdadera, tiene que imitar a Cristo, tiene que ser otro Cristo, tiene que someterse a la tradición divina, para no adulterar el Evangelio, para no cambiarlo. Para no presentar un falso Cristo a la Iglesia.

El gravísimo problema de Kasper es su concepto de Iglesia, que le llevó a enfrentarse al cardenal Raztinger, ante el escrito que la Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, “Sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión”, sacó el 15 de julio de 1992, para salir al paso de todas aquellas tendencias que favorecían una desfiguración teológica y un empobrecimiento del concepto y del misterio de la Iglesia. Kasper nunca se sometió al Papado de Juan Pablo II y, por eso, combatió este escrito hasta el final. Y, por supuesto, tampoco se sometió al Papado de Benedicto XVI.

Lo que no le gustó a Kasper, ni por tanto, a tantos teólogos errados como él, fue este punto: “la Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares ni como una federación de Iglesias particulares”, y, por tanto, la Iglesia universal “en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular” (n. 9 del documento).

Estos teólogos no aceptan que Cristo funde Su Iglesia en el Calvario y que, después, una vez que resucita, va indicando a Sus Apóstoles lo que tienen que hacer en la Iglesia. Ellos combaten la estructura de Roma y ponen el fundamento de la Iglesia en las particulares. Las Iglesias particulares ya no son en la Iglesia universal, en la que funda Jesús en Pedro, sino que son independientes de ese tiempo, de esa cronología, de esa historia. Y, por tanto comienza mucho antes que el Calvario. Francisco, en su herejía, la remonta a Abraham. Se cargan el fundamento de la fe: el dogma del Papado, lo que Jesús hizo en Pedro, para poner la vista sólo en la comunidad de personas. Y, por eso, defienden las diferentes teologías en las diferentes culturas, como una tradición viva de las Iglesias particulares. Este es el gran error de estos herejes. La tradición viva es lo que viven los hombres en cada tiempo, pero no es la tradición divina, que va pasando de generación en generación, sin cambiar nada el dogma, esa Verdad Revelada. Lo vivo no es lo divino inmutable y eterno, sino lo humano cambiante y temporal.

Por eso, el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe seguía diciendo en el n. 9: “Así pues, la fórmula del Concilio Vaticano II: La Iglesia en y a partir de las Iglesias (Ecclesia in et ex Ecclesiis), es inseparable de esta otra: Las Iglesias en y a partir de la Iglesia (Ecclesiae in et ex Ecclesia). Es evidente la naturaleza mistérica de esta relación entre la Iglesia universal e Iglesias particulares, que no es comparable a la del todo con las partes en cualquier grupo o sociedad meramente humana”.

Kasper reivindica que la Iglesia es una realidad histórica, no divina. Y, por tanto, la teoría –el dogma- no sirve cuando hay problemas que resolver en la historia de los hombres. El dogma tiene que acomodarse a la vida de cada hombre. Lo fundamental, para Kasper, es la distancia creciente entre las normas marcadas para la Iglesia universal y la praxis concreta de las iglesias particulares. Y, por eso, él defiende la libertad que tienen que tener las Iglesia particulares para resolver cuestiones morales, praxis sacramental o ecuménica, como son la admisión a la comunión de divorciados vueltos a casar… Hay que descentralizarse de Roma y vivir la iglesia según los propios contextos culturales y locales.

Este pensamiento lo tienen en el artículo publicado en la revista Stimmen der Zeit, a comienzos del año 2000, con el título de “discusión amigable con la crítica del cardenal Ratzinger” (Das Verhältnis von Universalkirche und Ortskirche: Freundliche Auseinandersetzung mit der Kritik von Joseph Kardinal Ratzinger: Stimmen de Zeit 218 (2000) 793-804. El texto del cardenal Ratzinger, ’ecclesiologia della Costituzione Lumen gentium”, puede verse en: R. FISICHELLA (ed.), Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualità alla luce del Giubileo, Cinisello Balsamo 2000, p. 66-81).

Este pensamiento de Kasper es el propio de Francisco: hay que descentralizar Roma. Hay que cambiar el Papado. Porque se pone la Iglesia en las particulares, no en la universal. No es lo que Jesús fundó, sino lo que los discípulos hicieron en cada iglesia particular.

De aquí nace todo el falso ecumenismo en Francisco: la unidad de la diversidad. Francisco sigue a Kasper en esto. Y Kasper sigue a Mohler: «La teología ecuménica» del siglo XX, distinguía entre oposición y contradicción, de modo que en su opinión sólo se podrá retornar a la unidad de la Iglesia si las contradicciones se transforman paulatinamente en contraposiciones. Ello significa una nueva calidad de la unidad, un nuevo reconocimiento de la pluralidad en una unidad más amplia que no sólo incluye teologías, espiritualidades y ordenamientos eclesiales dispares, sino también fórmulas de confesión de la fe expresadas en términos diversos sobre el humus de la verdad única del Evangelio» (W. Kasper, Rückkehr zu den klassichen Fragen ökumenischer Theologie: Una Sancta 37 (1982) p. 10. Renovación del principio dogmático“, p. 49-50. Cf. Al corazón de la fe, 209-232).

Para Kasper, la idea de unidad de la Iglesia está en la interpretación recíproca de lo contrapuesto. Lo más característico de esta falsa teología ecuménica consiste en partir, no de lo que separa, sino de lo que es común, considerando a los otros como hermanos y hermanas en la misma fe. Este es el gravísimo problema de Kasper y de Francisco.

Porque tienen que hacer un común en lo humano, en el pensamiento de los hombres. Entonces, no hay que ver las cosas, las ideas que separan. Hay que centrarse en las ideas que unen. Consecuencia: hay que anular el dogma, porque eso es lo que separa. Hay que quitar las verdades absolutas, la Revelación divina. Hay que interpretar la tradición divina, la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia, según lo común a todos los hombres, porque todos tenemos la misma fe. Es hacer una comunión de hombres, una iglesia para los hombres. Es dejar la Iglesia Revelada en Cristo como inútil para la unidad. Ya la Verdad no está en Cristo, sino en la mente de todos los hombres. La verdad es una relación, un relativismo; no es la adecuación de la cosa a la realidad de la vida. Ya el hombre no tiene que acomodarse a la Verdad, someterse a Ella, sino que es la verdad la que se acomoda al hombre, la que se abaja al hombre, la que se pierde, se oculta, en el relativismo de cada mente humana. La verdad es sólo una creación de la mente del hombre.

Se equiparan todas las Iglesias: todas son verdaderas: los ortodoxos, las anglicanos, los católicos, los protestantes, etc.; todas tienen sus interpretaciones de lo que es la unidad, de lo que es la verdad, de lo que es la Iglesia, de lo que es Cristo. Y eso produce contradicciones. Hay que transformar esas contradicciones en un espacio para la pluralidad: “El objetivo del ecumenismo es la unidad visible, la plena comunión de las Iglesias, que no es una Iglesia de la unidad uniforme, sino que abre espacio para la legítima pluralidad de los dones del Espíritu, de las tradiciones, de las espiritualidades y de las culturas” (W. KASPER, Perspektiven einer sich wandelnden Ökumene: Stimmen der Zeit 220 (2002) 651-661; aquí: 652. Esta dimensión de la personalidad del cardenal W. Kasper ha sido puesta de manifiesto en: P. WALTER, KL. KRÄMER, G. AUGUSTIN (eds.), Kirche in ökumenischer Perspektive. Cardinal W. Kasper zum 70. Geburtstag, Freiburg-Basel-Wien 2003).

Kasper representa a una Iglesia que no es la de Cristo, sino que mira de cerca al mundo para darle lo propio del hombre: una iglesia que quiere ponerse en solidaridad con el hombre, al lado de las gentes, para compartir sus vidas humanas, pero no para vivir a Cristo en esas vidas humanas, no para ofrecer la Verdad, que es Cristo, a esa humanidad, no para hacer las obras de Cristo por el hombre. No. Es una iglesia del hombre y para todos los hombres. Y, por eso, Francisco es tan sentimental, tan llorón de la vida de los hombres.

Kasper quiere una iglesia que vaya más allá de los aspectos dogmáticos, que se interese por los pobres y los necesitados, por la dignidad del ser humano, que no se quede en el fundamentalismo, sino que dé el Evangelio. Pero el problema de Kasper es la concepción de Cristo y de Su Evangelio.

«La confesión «Jesús es el Cristo» es una formula abreviada para expresar la fe cristiana, y la cristología no es más que la interpretación rigurosa de esa confesión» (W. KASPER, Jesús, el Cristo, Salamanca 1976, p. 14. Véase: J. VIDAL TALÉNS, El Mediador y la mediación. La cristología de Walter Kasper en su génesis y estructura, Valencia 1988. N. MADONÌA, Ermeneutica e cristologia in Walter Kasper, Palermo 1990. J. ZDENKO, Christologie und Anthropologie: eine Vehältnisbestimmung unter besonderer Berücksichtigung des theologischen Denkens Walter Kaspers, Freiburg i. Br. 1992. Véase: Al corazón de la fe, 96).

Es decir, cuando el alma dice que «Jesús es el Mesías» está indicando una fórmula abreviada de su fe. No está indicando a una Persona Divina. Es un lenguaje humano, una idea que el hombre tiene en su cabeza, es un recuerdo, una memoria. La fe es un acto de memoria, es ir al pasado y recordar que Jesús es el Mesías. Y, entonces, en ese recuerdo, en ese acto mental, viene la interpretación. ¿Cómo se le da la interpretación rigurosa a esa fórmula? Responde Kasper: la teología se encuentra en la tarea de pensar la relación entre la fe cristiana y la cultura humana. Jesús es el resultado histórico de una tradición profética. Jesús no es Dios, sino que es la realización histórica y encarnada del plan salvador de Dios. Jesús no es el Verbo que se encarna. Es el hombre que encarna la idea divina de la salvación, que está en el AT, reunida en todos los profetas. Jesús es el hombre que tiene una experiencia profunda de la vida, un saber adquirido de la vida. Para Kasper, el hombre sabio no es aquel que tiene una Verdad Absoluta, sino aquel que resuelve el problema de los hombres, la vida de los hombres, el que pone un camino a los hombres.

Por eso, para Kasper, Jesús fue el hombre, que reunió en sí toda la sabiduría del pasado, y se puso a trabajar por los pobres, por los necesitados. Para Kasper, no se tiene una verdad para un dogma, sino una verdad para resolver un problema del hombre. Por eso, para este hombre el principal interlocutor de la teología actual es el hombre que sufre, es la criatura oprimida por muchas injusticias sociales. Y Cristo es un luchador, un Mesías terrenal, un hombre con un Evangelio que porta un ideal político, cultural, económico.

El hombre de fe no tiene que fijarse en Cristo que sufre, sino en el hombre que sufre. De esta manera, se abaja el Misterio de la Cruz en el sufrimiento de los hombres. Ya el sentido del dolor de Cristo en la Cruz no tiene validez: que Cristo haya muerto por nuestros pecados no resuelve los problemas de los hombres. Es una fe, para Kasper inútil, que se queda en el fundamentalismo, pero que no va a la experiencia de la vida. No hay que hacer penitencia, no hay que unirse a Cristo para resolver los problemas de la vida. Hay que sufrir con el prójimo y así se van resolviendo los problemas de los hombres.

Y, entonces, cuando se dice la fórmula: Jesús es el Mesías, se está diciendo que el que cree, el que tiene fe en Cristo tiene que dedicarse a resolver los problemas de los hombres, sus vidas. Esa es la verdadera interpretación, la rigurosa, de esa fe. ¿Dónde está Cristo? En el hombre que sufre. El pobre es la carne sufriente de Cristo, que es lo que pregona constantemente Francisco.

Este pensamiento de Kasper lo tienen en sus dos libros: “Jesús, el Cristo” y “El Dios de Jesucristo”. Dos libros heréticos y cismáticos, donde siempre ha bebido Francisco.

Cuando un falso Profeta alaba a un anticristo, a un Obispo que se opone a Cristo en Su Doctrina, entonces hay que pensar que esa alabanza no es por casualidad. No es porque a Francisco se le ocurrió dar a conocer la obra de Kasper, que toda la Jerarquía sabe que es un hereje manifiesto.

Francisco lo dice para dar una señal: para que todos miren al anticristo. Al que va a romper la verdad en la Iglesia. Al que inicia esa ruptura. Porque el pobre Francisco es sólo un vividor. No sabe de teologías. No sabe pensar la vida desde Cristo, sino desde los hombres. Por eso, Francisco renuncia muy pronto a su cargo en su nueva iglesia, para dejar paso a este anticristo. Hace falta una cabeza pensante, como Kasper. Y ya Kasper se enfrentó al Papa Benedicto XVI siendo cardenal. Así que tiene que cumplirse las profecías:

“He visto un cuadro maravilloso de dos iglesias y de dos Papas, y de un extraordinario número de cosas antiguas y nuevas….» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 2 – pag 404).

«Entonces me fue mostrada también una comparación de los dos papas, del verdadero y de éste, y de éste y de aquel templo…; me fue dicho y mostrado cuán débil era el verdadero Papa (en los principios) y cuán desprovisto de ayuda estaba; pero fuerte en la voluntad para derribar tanto ídolos y tantos falsos cultos y reunirlos en uno verdadero. Por el contrario, cuán fuerte por el número de adeptos, pero débil de voluntad, era este papa (o jefe de secta), pues había dejado al único y verdadero Dios y al solo y legítimo culto, permitiendo que se cambiasen en tantos ídolos y tantos falsos cultos, y habiéndose erigido ese falso templo… He visto también cuán perniciosas serán las consecuencias de esta pseudoiglesia. La vi crecer, y vi muchos herejes de toda condición ir hacia Roma y establecerse allí» (Ib. Pag 407).

«¡Quieren robar al Pastor sus propias ovejas! ¡Quieren meter dentro por la fuerza a otro que cede todo a sus enemigos!» (Ib. – pag 422).

«Vi la falsa iglesia crecer y vi sus funestas consecuencias, y vi a muchos herejes de todas condiciones ir a Roma. Vi aumentar allí la tibieza de los eclesiásticos y difundirse más y más la oscuridad. Entonces se extendió por todas partes esta visión. Vi en todo lugar a la comunidad católica oprimida, perseguida, impedida y sujeta. Vi que en muchos lugares se cerraban las iglesias y vi por todas partes la desolación. Vi guerras y efusión de sangre. Vi surgir poderosamente un pueblo oscuro y feroz, pero que esto no duró mucho tiempo. Vi que la Iglesia de San Pedro iba a ser demolida mediante un plan hábilmente concertado por las sociedades secretas y devastada por violenta tempestad» (Ib. – pag 426).

Estamos en los momentos en que se cumplen las más terribles de las profecías: las que son del Cuerpo Místico de la Iglesia. Las que hablan del sufrimiento de la Iglesia como Cuerpo. Cristo, Su Cabeza, ya pasó por el dolor, por la Cruz. Ahora, le toca el turno a Su Iglesia.

Ahora es cuando se va a conocer la fe de la verdadera Iglesia, de aquellos miembros unidos siempre a Cristo, de aquellas almas que han comprendido qué es adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Son pocas las almas de la Iglesia fiel a la Gracia de Cristo. Son pocos los miembros de Cristo. Son muchos más los miembros del demonio.

Por eso, hay que disponerse a contemplar una batalla entre los hombres: los que siguen la herejía y, por tanto, obedecen a un falso Papa; y los que siguen en la Verdad y, en consecuencia, no pueden obedecer la mente de ningún hombre en la Iglesia.

La Iglesia es Cristo, no los hombres. Y, por eso, para ser Iglesia hay que ser de Cristo, no de los hombres.

La realidad de la Iglesia como ser sobrenatural

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«Es preciso que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios. Por lo demás, lo que en los dispensadores se busca es que sean fieles» (1 Cor 4, 1-2)

¿Qué es la Iglesia? Es la Jerarquía que obedece a Cristo. Eso es la Iglesia.

Aquella Jerarquía que no obedece a Cristo no pertenece a la Iglesia, aunque esté dentro de Ella, aunque trabaje en Ella. Y, por tanto, no es posible la obediencia a una Jerarquía que no se somete a la Mente de Cristo en la Iglesia; una Jerarquía que hace del Magisterio de la Iglesia un negocio y una empresa, para limpiar la cara del pecado a muchos hombres que, vestidos de talar y de púrpura, son simplemente lobos que ahuyentan el Rebaño y lo dispersan por las riberas de la humanidad sin Dios.

¿Qué es el sacerdote en la Iglesia de Cristo? Aquel que es otro Cristo, aquel que representa al mismo Cristo, el cual le hace participar de su misma Autoridad Divina.

Y, por tanto, el sacerdote no es un hombre con un papel, con una función que se basa en el consenso de la mayoría. No es un hombre para un pueblo, ni para una comunidad, ni para un colectivo, ni para una idea política. El sacerdote no hace un servicio de coordinación de ideas, de masa, de una opinión pública; sino que sirve a la Iglesia poniendo una Autoridad, que no le pertenece, que no es suya, pero a la cual representa, por ser el mismo Cristo.

Y, por tanto, el sacerdote tiene una misión sagrada en la Iglesia; no le pertenece ninguna misión social ni cultural: no es un hombre para una sociedad, no es un hombre para las redes sociales; no es un hombre para una política del mundo; no es un hombre para una empresa económica.

Es un hombre para el Reino de Dios, que es en todo espiritual, nunca humano ni material. Es el hombre que pone el camino para ese Reino, que no es de este mundo, que no puede pervivir en este mundo, bajo estas circunstancias de pecado en que vive todo hombre. Es el hombre que obra el Reino de Dios en medio de un mundo que no cree en Él. Y es una obra espiritual, no es un apostolado humano para una satisfacción humana, para dar un ejemplo a los hombres en sus vidas humanas. Un hombre contracorriente. Un hombre que se opone al hombre, que no vive la mentalidad humana, que no obra como los demás hombres: sólo obra como Cristo, sólo es otro Cristo.

El sacerdote no es un hombre de democracias ni de consensos, sino de Autoridad divina que pide y exige del pueblo la obediencia. Muchos católicos ya no obedecen a la Jerarquía, sino que sólo quieren obedecer a Cristo. No ven el sacerdocio como algo sagrado, sino como una cosa más en la Iglesia.

La Iglesia es Pedro. Y Pedro es Autoridad Divina. Y Pedro constituye una verticalidad, una jerarquía donde no hay democracia, donde no hay opiniones, juicios encontrados. Y, en esa verticalidad, sólo la obediencia es lo que edifica el organismo sobrenatural de la Iglesia. El sometimiento a la persona de Pedro es lo que hace ser Iglesia.

Pedro es todo en la Iglesia. La Jerarquía es todo en la Iglesia. No es una parte, no es un conjunto de hombres que sumados a otros, que no son la Jerarquía, hacen la Iglesia.

Este es el pensamiento de un hereje y de un cismático, al que le han puesto la etiqueta de Papa, al que muchos predican la obediencia a su mente, del que muchos dicen que su doctrina es católica:

«La Iglesia piensa…. La Iglesia somos todos. «¿De quién hablas tú?». «No, de los sacerdotes…». Ah, los sacerdotes son parte de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. No hay que reducirla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano… Estas son partes de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos, todos familia, todos de la madre» (ver texto).

¿Por qué los católicos siguen obedeciendo a un hombre que ha roto la Jerarquía en la Iglesia y, por tanto, está en el Vaticano construyendo su modelo de iglesia universal, su modelo de sacerdocio?

¿Por qué se da esa obediencia a un hombre que no sigue la enseñanza de la Iglesia sobra la misma Iglesia?

¿Para qué obedecen la mente de este hombre, que dice que la Iglesia somos todos y, en consecuencia, todos tienen algo que decir en la Iglesia; y la opinión de todos vale en la Iglesia?

¿No ven que se ha cargado la Jerarquía, a Pedro, la obediencia, y que ahora exige una obediencia que es imposible darla? Porque no se puede obedecer a todos en la Iglesia. Se obedece a Cristo, que es la única Verdad a la cual toda mente humana tiene que someterse, abajarse, inclinarse, oscurecerse. Se obedece a la Jerarquía, que es todo en la Iglesia.

Si la Jerarquía no obedece a Cristo, cae toda obediencia en la Iglesia. Nadie posee la Verdad, porque la Verdad no se crea, sino que se halla. Se encuentra en Cristo. Y sólo obedeciendo a Cristo, se permanece en la Verdad, se está en la verdad.

Como Francisco no obedece a Cristo, entonces hay que negarle cualquier obediencia, incluso la material. Francisco quiere crear la verdad por votación, por una unanimidad de sentimientos humanos, de acercamientos en las mentes. Eso es lo que va a ser el próximo Sínodo de los malditos, de los afeminados, de los pervertidos en la gracia divina: una votación para excusar el pecado en la Iglesia.

La Iglesia, para este hombre, ya no es la Jerarquía, ya no es Pedro, sino todos. Pedro y la Jerarquía es una parte de la Iglesia, pero no es el todo. Consecuencia: la Iglesia es un conjunto de hombres, que piensan y deciden qué hacer con la Iglesia, cómo vivir en Ella, cómo obrar en Ella.

La Iglesia no es ni una familia, ni un clan, ni un pueblo, ni un asunto social de los hombres. La Iglesia es la obra de la Verdad, que sólo la Jerarquía verdadera puede manifestar a toda la humanidad. Esa Verdad es camino y luz para todos. Y si no se obra esa Verdad, la Iglesia se oscurece y es sólo un tropiezo, un escollo, una escisión, una quiebra donde sólo se ve la ruina que el pecado hace en cada alma que pertenece a la Iglesia.

Es lo que contemplamos en la nueva iglesia que lidera Bergoglio en el Vaticano. Esa nueva iglesia no es la Iglesia Católica. Y si no saben discernir esta Verdad, entonces van a hacer como muchos ya hacen: construyen sus iglesias, sus asociaciones, sus comunidades, sus grupos, están en sus parroquias para dividir más a la Iglesia Católica. Y quieren seguir trabajando en la Iglesia Católica, obedeciendo a Francisco y a toda la Jerarquía que le obedece. ¡Es un absurdo! Quien no se opone a Francisco no pertenece a la Iglesia Católica, sino a la nueva sociedad instalada en los muros del Vaticano.

No se pertenece a la nueva iglesia, que lidera Bergoglio, sino que pertenecemos a la Iglesia Católica, cuyo Papa es Benedicto XVI hasta que se muera. Una vez que se muera, la Iglesia deja de verse en la realidad de la vida histórica de los hombres, porque ya no está Pedro. A Pedro se lo han cargado con la renuncia impuesta al Papa Benedicto XVI.

Hay una gran división ya en el Vaticano, y en cada parroquia que pertenece al Vaticano. Y esa división está promovida por la misma Jerarquía infiltrada que gobierna en el Vaticano. ¡Claro gobierno masónico!

Es la división en la cabeza hecha por Bergoglio con su gobierno horizontal. Es el cisma encubierto, que nadie quiere ver ni entender, pero que se manifiesta claramente: la Jerarquía se ha unido a un hereje y a un cismático, y le dan obediencia como si fuera el Papa legítimo. ¡Esto se llama cisma!

Los que están en el Vaticano lo llaman obediencia al “Papa” Francisco: están bajo Pedro, sometidos a Pedro. ¡Un falso Pedro! ¡Una falsa obediencia al falso Pedro! Y, por tanto, se llaman a sí mismos “Iglesia católica”. Y en la realidad de los hechos, ellos -los del Vaticano- han perdido la línea católica en el gobierno: no siguen la ley de la Gracia, al poner una horizontalidad que anula esta misma Ley.

La Gracia no puede darse allí donde hay un gobierno horizontal en la Iglesia. ¡No se puede! Porque la verticalidad es una iniciativa divina, una obra divina, un fin divino en la Iglesia.

Esta Verdad es la que no siguen en el Vaticano. Y esta Verdad, los católicos no saben meditarla en sus vidas y, por eso, siguen dando una obediencia que es una abominación en la Iglesia. Obedecen a una Jerarquía que no puede nunca dar la Voluntad de Dios en ninguna cosa de la Iglesia Católica. Esa obediencia no es una obediencia en la Gracia, sino en contra de la Gracia. Hacen un acto contra la Voluntad de Dios, que constituye un gran pecado de soberbia, de orgullo y de lujuria, que crucifica, de nuevo, a Cristo.

«Yo soy la Vid. Vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

Ser Iglesia es estar injertados en Cristo, en Su Cuerpo, que es la Vid llena de lo Divino.

Ser Iglesia no es insertarse en una familia de borregos, en una comunidad de herejes y de cismáticos, en un grupo de hombres que se ponen la etiqueta de católicos y se unen para vivir una obra de pecado, de tibieza y de perversión intelectual.

El origen de gran parte de los equívocos o de los auténticos errores que están amenazando tanto a la teología como a los fieles, es la crisis del concepto de Iglesia.

El sentido católico de la “Iglesia” se está perdiendo, o ya casi se ha perdido del todo. Y, en el Vaticano, ya no hay ese sentido católico, no hay línea católica, ni puede darse más. ¡No van a volver a la verticalidad! Ellos ya lo han decidido así.

Muchos no creen que la Iglesia es una realidad querida por Jesucristo, realidad sobrenatural, sino que es una mera construcción humana, un instrumento creado por los hombres de la Iglesia, y que se puede organizar según las circunstancias del momento.

Esta falsa creencia es la que ha originado la renuncia del Papa Benedicto XVI, para implantar un gobierno horizontal dentro de los muros del Vaticano; una estructura que no tiene nada que ver con la Iglesia fundada por Jesús en Pedro, y que contradice absolutamente la verticalidad exigida por el dogma del Papado, dañándolo. Es una nueva sociedad creada por la misma Jerarquía de la Iglesia: una abominación espiritual. Un engendro del demonio.

En esa nueva estructura, Cristo no está como Vid; ni puede estarlo. Y, por tanto, sin Cristo, esa nueva iglesia no puede hacer nada, no significa nada, no llega a ninguna parte, es nula para Dios. Sólo tiene el valor que los hombres quieran darle: es decir, es un engaño para todos. Es un poder humano para una obra sólo del hombre, con miras humanas y decisiones tomadas sólo por el hombre.

Cristo ha puesto su Iglesia en el Vértice, no en la horizontalidad de unas mentes humanas, de unas vidas y obras para dar gloria al mundo, que sólo trabajan en el pecado para reconocerse a sí mismos como santos y justos, dañando toda la vida eclesial en su raíz.

Esta concepción de Iglesia procede no sólo del protestantismo, sino de todas las teologías que, después del Concilio Vaticano II, han querido ofrecer una “iglesia libre” de Jerarquía, de sometimientos, de autoridad divina. Por eso, han quitado la Roca de la Iglesia, que es Pedro, en el Papa legítimo Benedicto XVI. Han puesto una serie de ladrillos, para levantar una fortaleza, que se va a caer con el viento de la Justicia Divina, una vez muera el Papa Benedicto XVI.

¡La han quitado! Y quien todavía no haya aprendido a discernir lo que es Francisco en la Iglesia, es que vive ciego, vive sin profesar la fe católica, vive sin dar frutos divinos en su unión con Cristo, en Su Cuerpo, y obra sólo para condenarse dentro de la misma Iglesia.

Francisco propone un concepto de Iglesia como “pueblo de Dios”. Con esta perspectiva, se abandona el Nuevo Testamento, para volver al Antiguo, y quedarse en una visión de la Iglesia que no es la real, que no tiene nada que ver con la verdadera Iglesia y, por tanto, con el verdadero pueblo.

“Pueblo de Dios” es, para la Escritura, Israel en sus relaciones de oración y de fidelidad al Señor, es decir, es una comunidad histórica de hombres (no es un movimiento sobrenatural), que buscan de alguna manera a Dios en sus vidas. Y ese conjunto de hombres, esa suma de intelectos humanos, esa contemplación de vidas y de obras humanas, es lo más contrario a la Iglesia que fundó Cristo en la persona de Pedro. Limitarse a esta expresión es anular la Iglesia, es ensombrecer la Palabra de Dios con discursos humanos, con razonamientos bien preparados, pero que son una auténtica blasfemia al Espíritu de la Iglesia.

El Nuevo Testamento ofrece el concepto de “Cuerpo de Cristo”. Y, por tanto, se es Iglesia y se entra en Ella, no porque se pertenece a una cultura, o una familia, o a una sociedad; sino porque el fiel está injertado en el Cuerpo mismo del Señor, por medio del Bautismo y de la Eucaristía.

Jesús era hebreo, pero no funda Su Iglesia porque pertenece al pueblo de la Alianza, por un imperativo histórico. Jesús funda Su Iglesia porque es la Voluntad de Su Padre: es un mandato divino, que sólo el Hijo lo puede realizar. Ningún otro hombre tiene capacidad de hacer lo mismo, que hizo Jesucristo al fundar Su Iglesia, en Su Misma Sangre.

Somos sarmientos que, para permanecer en la Vid, es necesario una unión con Cristo: unión individual, de cada alma con la Persona del Verbo. Y, en esa unión, el alma se une a los demás miembros de la Iglesia, por los méritos y las obras de la Cabeza, que es Cristo.

Y, por tanto, ¿quién puede obedecer la mente de este bastardo?:

«No estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su cuenta, no, nuestra identidad cristiana es pertenencia. Somos cristianos porque pertenecemos a la Iglesia» (ver texto)

Somos cristianos a título individual, porque cada alma es un sarmiento. «Y todo sarmiento que en Mí no lleve fruto, lo cortará» (Jn 15, 2). El Padre Eterno es el que decide quién es de la Iglesia de Su Hijo y quién no pertenece a Ella. No son los miembros de la Iglesia quienes deciden eso.

Para ser Iglesia hay que ser otro Cristo, hay que imitarlo en su vida, hay que hacer las mismas obras que Él hizo. Y todo aquel que pertenezca a la Iglesia, tiene la Gracia y el Espíritu de Cristo para ser un sarmiento injertado en la vid, chupando la Vida Divina y transformándose en otra cosa a su realidad humana.

Pero quien esté en la Iglesia y no viva en la Gracia, y no sea fiel a Ella, entonces el Padre lo corta: ya no está injertado en el Cuerpo de Cristo y, por tanto, ya no pertenece a la Iglesia.

Porque nuestra identidad cristiana es ser sarmiento de Cristo para dar frutos divinos. Nuestra identidad cristiana no significa pertenecer a una Iglesia, compuesta de gente pecadora, de borregos, de herejes, de hombres cismáticos, que sólo viven para sí mismos, sin discernir entre el bien y el mal, sin capacidad para quitar el pecado de sus vidas. Nuestra identidad es vivir para Cristo, no para la Iglesia. Vivir en el Cuerpo de Cristo, obrando la Gracia que esa unión con Cristo da al alma.

Esta Verdad es la que anula Francisco en sus dos documentos: lumen fidei y evangelium gaudium. Presenta un concepto de Iglesia que sugiere la política, el partidismo, la colectividad.

Porque pertenecemos a la Iglesia, como pueblo de Dios, no como Cuerpo de Cristo, entonces él dice en su herejía:

«Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no nació en un laboratorio, no nació improvisamente. Ha sido fundada por Jesús, pero es un pueblo con una historia larga a sus espaldas y una preparación que tiene su inicio mucho antes de Cristo mismo…el cristiano es parte de un pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un pueblo que se llama Iglesia… Pero nadie, nadie se convierte en cristiano por sí mismo» (Ibidem).

«nadie se convierte en cristiano por sí mismo»: ningún alma se injerta en el Cuerpo de Cristo para poseer la fe, sino que su fe se hace en la comunidad, en el pueblo de Dios. No hay fe particular en Cristo. Sólo existe la fe que los demás tienen de Cristo. El alma necesita beber de las fuentes de la razón humana para formar el pueblo, que es mal llamada Iglesia.

La Iglesia es una realidad más amplia, pero no es una realidad sobrenatural, divina, santa, hermosa en las virtudes, bella en la gracia, inmaculada en el Espíritu. No es capaz este hombre de hablar de manera trascendente de la Iglesia. Todo conduce a su inmanencia. Es una amplitud en la forma humana. Es más amplia en el concepto de los hombres, en su lenguaje humano. Como la Jerarquía es una parte de la Iglesia, no el todo, luego hay que meter a todos los hombres para formar la Iglesia: «se abre a toda la humanidad». Consecuencia: todos se salvan y se santifican.

La Iglesia es el Reino de Dios en la tierra y, por tanto, «¿no sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios» (1 Cor 6, 9-10). La Iglesia no está abierta a toda la humanidad. Es para todos los hombres, pero no todos pueden pertenecer a Ella. No pueden ser de la Iglesia hombres que viven en su pecado y que ensalzan su pecado por encima de Dios, del bien, de la verdad. No poseen el Reino lo que aman su pecado, su vida de pecado. Poseen el Reino los que luchan contra su vida de pecado.

No pueden pertenecer a la Iglesia Católica ni Francisco ni toda la Jerarquía que se somete a Francisco: ellos están ensalzando, mostrando, justificando la blasfemia de ese hombre en el Vaticano: su gobierno horizontal. Una blasfemia contra el Espíritu Santo, quien exige la verticalidad en la Iglesia para constituirla Santa, Divina, agradable a Dios.

¿Cómo es que sacerdotes y Obispos predican que la doctrina de Francisco es católica si este hombre está levantando una nueva iglesia, fuera de la Gracia, para llenarla de pecadores y de gente malvada, que ya no mira el pecado como es, sino que lo valora como una salvación y un modo de vivir en la vida?

¿Cómo es que no se han dado cuenta -tanta Jerarquía- de la mente blasfema de este hombre, que tiene un conocimiento pervertido de la teología de la Iglesia, al cual le están tributando obediencia? ¿Cómo es posible que le sigan obedeciendo? ¿Es que ya no son otros Cristo y, por eso, su inteligencia para ver la Verdad ha sido maniatada y oscurecida en el mal? ¿Cómo entender el silencio de una Jerarquía, que sabiendo lo que es Francisco, sin embargo, le dan obediencia y ordenan al Rebaño que también le obedezca? ¿Puede haber tanta maldad entre la Jerarquía? ¿Puede haber tanta perversión en las mentes de personas cuyo sólo ideal debería ser sólo la verdad? ¿Qué ha pasado en la Iglesia para que nadie se dé cuenta del engaño que vivimos? ¿En qué se ha convertido toda la Iglesia viviendo un absurdo, un camino sin salida, un objetivo humano para alcanzar una gloria mundana y profana?

«La Iglesia no es una institución finalizada a sí misma» (Ibidem). Esto es todo en la mente de este hombre. Quien no se finaliza en sí mismo no tiene ninguna identidad. Quien no se acaba en sí mismo, es un absurdo en su misma vida. Quien no da sentido a su existencia, no puede entender lo que es su vida.

La Iglesia, para la mente de este hombre, es una realidad histórica, no sobrenatural. No acabada, no finalizada, sin un fin divino, sin unos objetivos sobrenaturales. Abierta a toda la humanidad, mirando a lo humano: es un global, es una unión de todos los hombres, con sus ideas, con sus obras, con sus vidas, con sus culturas, con sus proyectos humanos sobre la vida.

Francisco tiene una idea de una iglesia humana, con unos contenidos de la fe totalmente arbitrarios, presentando una cristología sin la referencia a lo Divino, enmarcada sólo en lo humano-natural (un Cristo sólo hombre, un Jesús que no es Espíritu, sino sólo una persona humana; un santo humano); con un Evangelio que es sólo el “proyecto-Jesús”, un proyecto de liberación-social-histórico, inmanente, sin ninguna trascendencia, sin ninguna referencia a la Voluntad del Padre, sin la Obra de la Redención, y que es, en la realidad, absolutamente atea, una obra para demonizar a la sociedad y a la Iglesia.

No se es Iglesia porque se forma un colectivo, una comunidad de gentes, una familia de hombres con una fe determinada. No se es Iglesia porque se suma simplemente sus miembros. No se es Iglesia porque se aprende una fe ni porque se tiene una memoria de una fe pasada. Se es Iglesia porque se es Cuerpo de Cristo, un Cuerpo Místico, que sólo tiene implicaciones espirituales, no humanas.

La Iglesia no es nuestra, sino de Cristo. Los hombres no podemos disponer de Ella a nuestro antojo; porque siendo Cristo el que ha construido Su Iglesia, ha puesto en Ella vínculos misteriosos y realísimos, que hacen que el aspecto humano sea accesorio y efímero.

La Iglesia es una unión en la Vida Divina; unión de las almas en lazos espirituales, que los Sacramentos generan. Es una unión en las cosas santas, divinas. Es una unión en la Gracia de Cristo. Y, por tanto, no es una unión entre hombres, entre vidas humanas. No se hace Iglesia para una política, para un ideal económico. Se hace Iglesia para una obra santa, que no pertenece a este mundo, sino que lo trasciende y lleva al alma más allá de cualquier plan humano.

Por tanto, no existe la Iglesia pobre para los pobres. Existe el servicio a los pobres «que ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora» (San Vicente de Paúl – Carta 2.546).

La Iglesia es de Cristo, no es de los pobres. No es un negocio comunista. La Iglesia es para que cada alma se una a Su Cabeza, que es Cristo, y produzca obras de frutos divinos, no humanos.

Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y, por tanto, la unión con Jesús hace que el alma trascienda todo lo humano, y viva y obre para esa Persona Divina. Y Jesús no quiere de sus almas ni vidas ni obras humanas.

Jesús quiere lo divino en lo humano. Y esta es la dificultad de muchas almas dentro de la Iglesia. Porque viven para lo suyo humano, terminan haciendo de Cristo y de la Iglesia su negocio humano, su obra humana, su vida de hombres, que es una vida de masa, de borregos, de gente sin ningún discernimiento espiritual.

«Todo lo que hay en ti debe ser injertado en Él, y de Él debes recibir la Vida y ser gobernado por Él. Fuera de Él no hallarás la Vida verdadera, ya que Él es la única fuente de Vida verdadera; fuera de Él no hallarás sino muerte y destrucción. Él ha de ser el único principio de toda tu actividad y de todas tus energías; debes vivir de Él y por Él» (San Juan Eudes – Del tratado sobre el admirable Corazón de Jesús).

A pasos agigantados hacia la guerra genocida

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«Lo que estás viendo es la representación del poder de los hombres del orden mundial único, quienes están manipulando la situación del medio oriente para acrecentar su poder. Esta es la gente desviada que está controlando los eventos del mundo. Están planeando las guerras futuras que les permitirán ganar mayor acceso al dinero de la gente, y ganar poder usurpando los derechos de los demás. Solo saben de una cosa y esta es el cómo ganar más poder y dinero en su cima. Hay mucha riqueza en el petróleo y el control de los ejércitos contribuye a sus formas de controlar la gente» (John Leary, Rochester, N.Y., 1993).

Cuando los hombres presumen de matar niños es que están haciendo la guerra del odio: se mueven por el puro odio y la ira entre ellos. El que odia mata; el que ama da vida, obra la verdad de la vida. No se puede amar con un odio en el corazón. No se puede ver la verdad (no hay sabiduría) matando almas con la mentira y con las armas. No se puede poner a Dios por delante (no hay culto a Dios) si encañonas a un niño con tu odio. Dios no ama al que mata con su odio. Dios aborrece al que odia con su corazón. Dios odia el odio del que odia. El odio es odio. No puede ser una clase de amor, ni de vida, ni de camino para encontrar la verdad. En el odio sólo se halla la muerte, la destrucción, la iniquidad.

El odio es puesto por Satanás en el alma, y es signo claro de falta de amor a Dios. A causa de esta falta de amor a Dios, los hombres se vuelven cómplices al servicio de Satanás. Viven para hacer una obra demoníaca en sus vidas. Satanás odia; Dios ama. Todo hombre que odie no ama a Dios, sino que ama al demonio. Ama el odio del demonio y, por tanto, obra una blasfemia en su vida. No se puede amar lo que no es el Amor. Y sólo Dios es Amor. El demonio es el no amor. No puede amar ni puede recibir ningún amor de nadie. Y, por eso, las almas que se dan al demonio no son capaces de amarlo ni él de recibir un amor. El infierno está lleno de gente que se odia. Hablan para odiarse, obran para odiarse, se unen para odiarse. Y esta es la blasfemia: amar sin poder amar. Amar sin dar amor. Amar una idea y obrar lo contrario de esa idea. Se ama la idea de la paz y se mata a un niño en nombre de esa idea. Esta blasfemia es la que obra este soldado.

Si los hombres no comprenden el significado del amor en sus vidas y no ponen en práctica las virtudes para con el prójimo, entonces el mundo nunca podrá mejorar, cambiar, transformarse, porque no existe el amor en los corazones. Sólo existe el odio. Y mucha gente no sabe discernir entre el odio y el amor. Creen amar a alguien porque sienten algo bueno en lo humano por esa persona. Y no se dan cuenta de que la están odiando -y que ellos mismos se odian- al amar a una persona sin darle la Voluntad de Dios.

Amar a otro es darle lo que Dios quiere. Y, por eso, es difícil amar. Y es muy fácil odiar. En el mundo, la caridad se ha enfriado: es decir, sólo existe el odio. Y ese soldado es un ejemplo: vive su vida humana para odiar y, por lo tanto, para matar niños. No vive su vida para amar. No encuentra en su vida un amor, sino un odio. Y ese odio es el camino para esa persona. Y un camino que lo comparte con los demás. Se enorgullece de matar niños. Exalta su pecado, lo justifica, se pone como modelo a imitar. Esto es vivir una blasfemia. Esto es vivir en un infierno en la vida. Es estar condenado en vida.

Hoy los hombres matan por diversión, por negocio, por política, por muchos asuntos humanos. Y llaman a ese trabajo: amor. Nunca la guerra, la violencia, el crimen vienen de Dios. Nunca del amor de Dios. Es la creación del demonio, que quiere aniquilar al hombre a manos del propio hombre, colocando en el corazón del hombre el odio.

Esta guerra es el preludio de la Tercera Guerra Mundial, que es una guerra genocida, no política ni religiosa. Una guerra para quitar de en medio a gran parte de la humanidad. La idea del Anticristo es acabar con todo lo cristiano, no sólo lo católico. Y, por eso, es necesario una matanza mundial, una guerra que destruya a la humanidad. Y no es posible pararla, porque es el tiempo del Anticristo. Es el tiempo de la decadencia espiritual en el mundo, que crea un vacío en los corazones: la gente posee riquezas, pero constantemente en su interior no hay más que tinieblas. Ya han dejado de creer en Cristo, en la Verdad que nunca cambia, y son veletas de todo lo humano. Y luchan por cualquier idea positiva del hombre. Pero se han olvidado de luchar por la verdad de sus vidas, por el sentido divino de su existencia humana. Sólo son capaces de vivir lo humano. Son vividores del vacío de su iniquidad.
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«El demonio ya está en acción y en actitud de batalla desde que el Padre Eterno le dio libertad como resultado de vuestro empeño en querer hacer las cosas por vosotros mismos. El Padre Eterno ya está cansado, cansado, cansado. Le ha dado rienda suelta al demonio que ya está actuando para vuestra ruina y arrebatando muchas, muchísimas almas, aun aquellas en estado de perfección, que no quieren entender esto y no practican el amor. Solo hay orgullo y arrogancia. La soberbia conduce a todos los pecados del mundo» (Rosa Quatrini, San Damiano, Italia,1964)

Cristo es la luz que falta en tantas vidas perdidas por el pecado. Cristo es la Verdad que no es poseída por tantos católicos tibios y perversos en sus vidas en la Iglesia. Cristo es la Vida que no la posee tanta Jerarquía que ha hecho de su humanidad una conquista en sus vocaciones.

Ya nadie quiere ser santo. Todo es orgullo y arrogancia. Nadie quiere practicar el amor verdadero. Todos quieren ser hombres: aparecer como hombres, ser tocados por los hombres, darles un gusto a los hombres, obrar como ellos obran. El hombre se empeña en hacer las cosas por él mismo, sin acudir a Dios, porque ya no cree en Él. Sólo cree en el término vacío de Dios. Y va en busca de un dios en su vida para llenar ese término vacío. Una Jerarquía humana es la abominación de la desolación en la Iglesia. Una Jerarquía que imita al hombre termina por darle culto al hombre. Una Jerarquía que se olvida que su vocación es salvar almas de las garras del demonio, se convierte en demonios encarnados que condenan almas en lo que hacen en la Iglesia.

Se quiere crear una guerra para matar a millones. Y los hombres de la Iglesia no van a hacer nada para impedirlo, porque están en sus juergas, en su apostasía de la fe. Mientras un soldado mata niños diariamente, la Jerarquía de la Iglesia baila en las Misas. ¡Qué vergüenza da la Iglesia de los católicos! ¡Cuánto bastado hay celebrando misa! ¡No os tomáis vuestras vocaciones con la seriedad de un hombre santo, entonces no es de esperar que comprendáis por qué los hombres se dedican a matar niños en las guerras! ¡Qué os importa lo que está sucediendo en esa guerra! ¡Preferís vuestros bailes, vuestras risas, vuestro afán de ser hombres! ¿Es que no sabéis que una misa celebrada con santidad para una guerra mundial? ¿Ya no os acordáis del valor infinito de una misa? ¡Jerarquía bastarda de la Iglesia: habéis hecho de la misa vuestro negocio comunista y protestante!

Sólo Dios se va a mover, en su momento, para que ese acto del demonio no sea perfecto en su maldad. Porque si Dios dejara al demonio matar a todo el mundo, la humanidad desparecería por completo. Y el demonio puede hacer esto porque tiene al hombre de su lado. Son muchos hombres los que se han dado a Satanás: se han convertido en instrumentos de su maldad. El demonio hace lo que quiere en el mundo: asesinatos, suicidios, guerras, corrupción de los gobiernos, codicia, arrogancia, injusticias,… Todo eso son sólo manifestaciones de Satanás. Y lo hace porque ya no hay vida espiritual en los sacerdotes, en los Obispos, en los fieles de la Iglesia Católica. La decadencia de la vida eclesial es el surgimiento de la vida demoníaca en todo el mundo. Se palpan los demonios por todas partes. El hombre le abre el camino para que se vean las obras del demonio en sus vidas. Cuanto más los hombres se dan al demonio, éste crece en rabia, éste se desespera por acabar con todos los hombres. Él es el matador de hombres. Vive para eso. Mientras él encuentra fácil infectar almas, que se dejan totalmente abiertas a su influencia, que sólo viven para sus pensamientos de hombres, entonces la vida espiritual va desapareciendo y la fuerza del demonio aparece por doquier.

«Los jefes conductores del pueblo de Dios han desdeñado la oración y la penitencia, y el demonio les ha ofuscado la inteligencia; se han transformado en estrellas errantes del que el viejo diablo arrastrará con su cola, para hacerlos perecer. Dios permitirá a la vieja serpiente sembrar la división entre los reinantes, en todas las sociedades y en todas las familias; se padecerá males físicos y morales; Los gobernantes civiles tendrán todos un mismo designio, que será el abolir y hacer desaparecer todo el principio religioso, para dar a lugar al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a toda la clase de vicios» (Melania y Maximino, La Salette, Francia,1846).

La Jerarquía de la Iglesia se dedica al comunismo y al protestantismo; los gobernantes del mundo se dedican a abolir toda ley divina, natural y moral. Y estas dos cosas abren la puerta a la guerra mundial, a la matanza de hombres, a quitar de en medio a gente que sólo vive para darse culto a sí misma. El demonio en la Iglesia y en el mundo: son claras sus manifestaciones. Pero son pocos los que las ven, los que las disciernen, lo que llaman a cada cosa por su nombre. Ya los hombres no ven su pecado, no llaman al pecado con el nombre de pecado. Sólo ven males y lloran por sus males. Pero no ven sus negros pecados en sus almas y no ponen el camino para quitar esa maldad que vive en ellos sólo porque ellos lo quieren.

«Los males son muchos y estos males tiene una sola raíz, el pecado: pecado de soberbia, de orgullo, de prepotencia, de rebeldía, de desobediencia a Dios y su Santa Ley. Los hombres han construido un mundo pagano, cuyo dios ha conquistado una gran parte de la humanidad: él los dirige y gobierna, los seduce y los enloquece. La seducción del mal ha extraviado a muchos corazones. Sin embargo, el peor de todos los males está en creer que todo está bien, y en ignorar la acción de Satanás en el mundo. “Satanás no existe”, dicen muchos seudosabios que han caído en sus redes. “Satanás es una forma de designar el mal, pero nada más”. ¡Pobres hombres! ¿Quién los salvará de la ira inminente? ¿Quién les tenderá la mano para salvarlos, cuando ellos han hundido tantas manos en el abismo?» (Consuelo, Barcelona, España, 1987)

Una Iglesia y un mundo sin Dios para una guerra mundial. ¿Quién nos salvara de ese castigo inminente, de la ira divina, que coge la maldad del demonio, su guerra mundial, para poner un camino al hombre? En la guerra mundial se verá la acción salvadora de Dios sobre toda la humanidad. Una humanidad que no ve su pecado. Y ¿qué tiene que hacer Dios para que lo vea?

Los hombres de la Iglesia dicen que todo va bien. Mientras un idiota, como Francisco, está escribiendo su suma ecológica para hacer comprender a los hombres que no deben tirar bombas en los lugares sagrados para no dañar la creación, para respetar las piedras viejas que pertenecen a los judíos, los hombres se dedican a matar niños. Y así aman la creación: quitando de en medio lo que molesta a todos. Hay que amar la creación, pero no hay que amar a los niños. Hay que amar la patria, pero no hay que amar a los niños.

¿Ha levantado Francisco su voz para que el hombre comprenda su pecado? No. Sólo ha puesto su sentimentalismo perdido. Sólo ha abierto su boca para llorar por sus pobres. Sólo habla de la paz como un lenguaje a conquistar. Y así habla de la guerra como otro lenguaje que los hombres dicen para hacer la guerra. ¡Menudo bastardo es el que se sienta en la Silla de Pedro! Está obligado a renunciar al gobierno porque se ve su maldad: no tienes ascendencia ni con el pueblo de Israel, ni con el pueblo musulmán. Si hubieras hablado con autoridad, entonces no se habría dado la guerra. Pero te has juntado con tus amigotes del judaísmo y del islam para tu publicidad. Y has encontrado un obstáculo: nadie ha hecho caso a tu oración por la paz. Todos han tomado eso como un juego político. Y se han servido de la estupidez de un gobernante en la Iglesia, que le gusta bailar con todo el mundo y entretenerlos con sus fábulas día y noche. Y, por eso, hay soldados que matan niños. Te lo mereces, Francisco. Es tu obra en la falsa Iglesia católica que has formado en Roma. Renuncia a tu iniquidad, a tu gobierno de herejía. Porque si no lo haces ahora, te van a obligar a hacerlo. Te van a aplastar el orgullo que tienes y que muestras en esa iglesia del demonio.

El falso ecumenismo: ardid del demonio para romper la Iglesia

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Transigir el mal es como consentirlo, y quien hace esto toma parte en las obras de las tinieblas, que son las obras del demonio. Y lo que hace el demonio no es algo bueno ni agradable a Dios.

Aquellos que transigen el mal son tan culpables como los que lo obran.

Todo el problema está en la conciencia de la persona. Si ésta está bien formada, a la luz de la fe y de la Palabra Revelada, entonces el hombre conoce el bien y el mal, y siempre sabe elegir lo correcto.

Pero si la conciencia de la persona no está bien formada, sino que anda tras verdades relativas, cambiantes, mediáticas, que evolucionan según los diversos tiempos, culturas, filosofías, etc…, entonces el hombre no sabe discernir entre el bien y el mal, y siempre se equivoca en su decisión o elección.

Se transige el mal porque la persona no ve ese mal como un mal, sino como un bien, un valor. Y aquí comienza el falso ecumenismo.

El verdadero ecumenismo no transige ningún mal, porque la conciencia llama a corregir cualquier mal para llevar al buen camino a los que andan extraviados.

La pregunta es: ¿hace esto Francisco con los judíos, musulmanes, protestantes, budistas, ateos, etc…? La respuesta es clarísima: No. Los deja en su extravío, y él mismo quiere ese extravío. No los deja porque no conozca el extravío o no sabe corregirlo. Los deja en el error porque él mismo vive ese error en su persona. Y, por tanto, lo irradia al otro, lo comunica al otro.

El falso ecumenismo es la destrucción de la Verdad Revelada: del dogma, de la Tradición Divina, del Magisterio de la Iglesia. Y, por tanto el falso ecumenismo es el compendio de todos los errores y la confusión de todas las ideas. De esta manera, se va socavando los cimientos de la fe, se va ahogando el espíritu de piedad y se va desfigurando el Evangelio.

Estas tres cosas es lo que hace Francisco con su falso y aberrante ecumenismo: fe, piedad y Evangelio se van transformando en la diversidad de pensamientos humanos, en la multitud de obras humanas, y en el establecimiento de un nuevo evangelio.

Francisco quiere hacer cómplice a Jesús de los errores que existen en las diversas iglesias, que engendran vidas de corrupción en el mundo.

Cuando Francisco dice que todas las iglesias tienen su verdad o que hay alguna parte de verdad, está diciendo algo que es lo natural, porque no hay que olvidar que la Ley natural está escrita en el corazón de todo hombre. Y, naturalmente, el hombre encuentra verdades en su vida y obra algún tipo de bien natural o humano en sus iglesias, en sus espiritualidades.

Pero la Iglesia es un bien divino que se rige por la ley de la Gracia, no sólo por la ley natural o divina o eclesiástica. Y la ley de la Gracia hace que la Iglesia, que ha fundado Jesús, tenga la plenitud de la Verdad. Y esta plenitud sólo puede darse en la Iglesia Católica, no en las otras. Las otras tienen verdades naturales, que también las posee la Iglesia Católica; pero no tienen verdades que proceden de la Gracia. No tienen verdades divinas; sólo humanas, naturales, materiales. Y esto es lo que niega Francisco. Él dice que las demás iglesia tienen una parte de la verdad divina, para poner los errores de las diversas iglesias como una verdad que debe ser seguida.

Tener una verdad no es estar en posesión de toda la Verdad. Sólo el que esté dentro de la Iglesia Católica posee toda la Verdad, por la Gracia, y puede discernir cualquier error y a cualquiera persona, ya sea de la Iglesia, ya fuera de Ella.

Por eso, los fieles que no disciernen lo que es Francisco es que no viven en Gracia: son como la gente del mundo, como los judíos, budistas, etc…: viven un catolicismo tibio y perverso en la inteligencia. Espiritualmente siguen sus doctrinas, sus ideas sobre Cristo, sobre la vida de oración, etc. No siguen el camino, que es Cristo, sino sus caminos y hacen de su tibieza una virtud, una santidad, una justificación. Y, por eso, sus inteligencias se corrompen y pervierten, y no son capaces de ver al lobo, porque se han vuelto como el lobo.

Para construir la unión entre las diversas iglesias es necesario que el hombre destierre de su corazón el error y ame la verdad. Son dos cosas: odiar el pecado, amar la verdad.

Si los hombres no forman su conciencia según la Verdad que Dios ha revelado, entonces, nunca podrán odiar el pecado, desterrarlo de sus vidas, luchar en contra de todo mal; y de esa manera, sólo van en busca del falso ecumenismo.

Para la unidad hay que tener un mismo sentir, una sola alma, un solo corazón, una sola fe, un solo bautismo y un solo Señor, Dios y Padre. Si no se odia el pecado, es imposible la unidad.

Lo que Francisco quiere hacer es una unidad en la mentira, en la diversidad. Y está diciendo un auténtico absurdo.

Dios, cuando une a dos almas, une sus mentes y sus voluntades, y no hay diferencias, diversidades. Los dos piensan lo mismo y quieren lo mismo, porque los dos han quitado los pensamientos que llevan al error, al pecado, y se quedan sólo con aquellos pensamientos que vienen de Dios. Los dos han quitado las obras que los conducen el pecado, y sólo son capaces de obrar lo divino, las obras de Dios.

La unidad en la diversidad es la aberración del pensamiento de Francisco. Y esta idea la dice todos los días. Y nadie la combate. Señal de que la Jerarquía está con Francisco: quieren destruir la fe, la piedad y el Evangelio.

Para la unidad hace falta un único Dios, pero no en el sentido nominativo, que es lo que predica Francisco: no creo en el Dios católico, sino que creo en Dios. Dios lo toma como un nombre, un lenguaje, pero sin el concepto, sin el significado. Como todos los hombres creen en Dios, en sentido nominativo, entonces nos vamos a unir en un solo Dios.

Para la unidad, es necesario creer en el Dios que se ha Revelado al hombre: la Santísima Trinidad. Pero no hay que creer en el nombre que se da al Padre, o al Hijo, o al Espíritu Santo. Muchos, para engañar, dicen que creen en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Creen en el término Padre, pero no en lo que significa el Padre. Creen en el lenguaje Hijo, pero no en el concepto que tiene el Hijo en la Iglesia Católica. Creen en la etiqueta del Espíritu Santo, pero no en la Persona divina. Hoy sólo se cree en un lenguaje humano, vacío de la verdad. Pero no se cree en la Verdad de las cosas. Son nominalistas: se quiere creer sólo en el sentido nominal, no en el sentido dogmático de las palabras.

Cristo es la Verdad; los hombres son todos unos mentirosos. Y, por tanto, los que quieren seguir sus caminos, buscando verdades que no son las de Cristo, entonces se pierden de forma inevitable. Quien no está con Cristo, quien no está con la Verdad, que es Cristo, está contra Cristo. Y el que con Cristo no siembra, desparrama.

Por lo tanto, los judíos, musulmanes, budistas, protestantes, ateos, etc… están en contra de Cristo, están desparramando sus mentiras por todo el orbe. No enseñan la verdad, que es Cristo, sino que invitan a las almas a perderse en todos los caminos del mundo. Y, con esta gente, no es posible el ecumenismo, hasta que no llamen al pecado con el nombre de pecado y no se ponga a quitarlo de sus vidas, a odiarlo.

Francisco está en contra de Cristo, y lo que hace en la Iglesia es desparramar la gracia: es decir, destruir, no sólo la Iglesia, sino las almas. Porque, siendo un Obispo, tiene el deber de dar sólo la Verdad en la Iglesia y de corregir cualquier pecado, no sólo dentro de la Iglesia, sino en el mundo. Cosa que nunca ha hecho y nunca lo va a hacer. Y, por tanto, con Francisco, no es posible nada en la Iglesia Católica: no hay obediencia, no hay respeto, no hay cariñitos. Tolerancia cero. No se puede transigir con el pecado de Francisco en la Iglesia. No se puede. Quien lo hace se pone en contra de Cristo en su propia Iglesia. Por eso, es necesario combatir a Francisco, para no perderse en los caminos del mal, del error, del pecado, que ese hombre transmite a todos. Es lo que vive, es lo que irradia. Francisco es un vividor de su pecado. Y no es otra cosa. Quiere el mal y se goza haciendo el mal.
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En la Iglesia Católica han entrado muchos pastores, ladrones, salteadores, y han dejado que el rebaño enfermo y raquítico se aparee con ovejas lustrosas y sanas, naciendo de esta unión entre el bien y el mal, unos corderos escuálidos y sin vida. Esto es lo que han conseguido durante 50 años, después del Concilio: doctrinas que no dan la Verdad ni llevan a la Verdad plena, haciendo que las almas se alimenten de mentiras, que la propia Jerarquía ha tratado de modelar, de encauzar, para que los católicos sean hombres del mundo y vean las otras iglesias como una parte que no tienen, que es necesario unirse a ellos para conseguir un bien mayor. Por eso, hay tantos grupos, dentro de la Iglesia Católica, sin vida de la gracia: es una unión entre almas que ya no poseen la verdad, sino el lenguaje de la verdad, y almas dadas al mundo que les da igual ser budista o masón, pero que traen esas inteligencias rastreras para formar asociaciones, grupos, que son una auténtica blasfemia dentro de la Iglesia Católica. Ejemplos son los neocatecumenales, focolares…

El falso ecumenismo engendra culpables silenciosos. Los hombres recorren el mar y la tierra para hacer un prosélito, y luego, en la realidad, se les cierra el Reino de Dios. Esto es lo que hace Francisco: viajando para hacer proselitismo y cerrando el Cielo a muchas almas, porque él se centra en una mentira: «es más lo que nos une, que lo que nos separa». Hay muchas cosas que nos unen con los protestantes, budistas, y demás, pero en lo humano, en lo cultural, en lo político, en lo económico. Y, por tanto, para no crear contiendas, se ponen de acuerdo en alguna verdad, pero en las otras, se callan. Se adecua la verdad a la mentira de cada uno, como si el Evangelio fuera cosa de hombres; se pretende unir lo que está desunido por caminos humanos, con soluciones pastorales, haciendo lo políticamente correcto, pero destruyendo la Verdad, desuniendo lo que Dios ha unido. Para Francisco, basta para unirse tener alguna verdad, pero no la verdad plena. Basta estar de acuerdo en alguna verdad. Lo demás, ni mentarlo. Por eso, lo que se firmó en Jerusalén con el Patriarca ortodoxo es una aberración: es querer estar de acuerdo en aquello que conviene a los dos; y las demás cosas, que son las más graves, ni tocarlas. Se deja en estudio, pero sin resolverlo porque ya no existe la conciencia del pecado. Todo vale, todo se puede hacer.

Una verdad a medias o la verdad incompleta se convierte en mentira, con lo que se cae en las garras de un falso ecumenismo. Estar de acuerdo en algunas cosas, pero olvidando que una verdad, entre un cúmulo de mentiras, no basta como principio de unidad. El principio de unidad exige tener toda la verdad, aceptar toda la Verdad, someterse a toda la Verdad. Este principio nunca lo va a buscar Francisco en su falso ecumenismo, porque él sólo va en busca de la verdad que más le conviene para su negocio en la Iglesia.

Los hombres son todos unos insensatos que se fascinan por las obras de sus manos, por sus apostolados, por sus servicios en la Iglesia. Y se creen los constructores del mundo. ¡Es que hay que hacer algo por la unidad! ¡Qué vergüenza que los cristianos estén desunidos! Y la única vergüenza que el hombre de fe tiene que tener es su pecado. Adán y Eva se escondieron de Dios, estaban temerosos, sentían vergüenza de sus pecados. Y la Jerarquía de la Iglesia, con Francisco a la cabeza, no tiene ningún temor de Dios. No sienten vergüenzas de sus pecados, sino que se rasgan las vestiduras, como los fariseos, porque los cristianos están separados. En la Iglesia no hay que hacer nada para buscar la unidad. Sólo quitar el maldito pecado. Sólo sentir odio hacia el pecado. Sólo luchar contra el mundo, el demonio y la carne para no pecar. Sólo hay que seguir al Espíritu de la Verdad. Y habrá un solo pastor y un solo rebaño. Pero si no se sigue a este Espíritu, entonces vemos cómo destruye el lobo en la Iglesia.

¡Tan necios son los miembros de la Jerarquía, que han sido instruidos en la Verdad, y en toda la Verdad, y se abrazan a la mentira! ¡Y obedecen a un mentiroso y lo mantienen como Papa! ¿Para qué os sirve tanta teología si sólo vivís para vuestro insensato lenguaje humano? ¿Para qué queréis ser sacerdotes si os empeñáis en anular la Verdad de vuestros sacerdocios? ¿Para qué seguís en vuestros sacerdocios, sin obedecer a la Verdad, y cimentáis el camino de vuestra condenación? ¿No es mejor retirarse y no ser sacerdote para la mentira? ¿No es mejor no obedecer a Francisco que estar dependiendo de las fábulas de la cabeza de un hombre sin ninguna inteligencia? ¿Os regís en vuestros sacerdocios por la insensatez de un mentiroso? ¿Se merece Cristo que aduléis el pensamiento de un idiota? ¿Creéis construir la Iglesia porque habéis puesto a un idiota como jefe de Ella? ¿Acaso la Iglesia se construye con ideas humanas? ¿Acaso se es Papa porque se habla un lenguaje humano? ¿No se es Papa porque se tiene el Espíritu de Pedro? ¿Y dónde está ese Espíritu en Francisco? ¿Francisco habla como Pedro? ¿Habéis cogido las cartas de Pedro y las habéis confrontado con las homilías de Francisco para poder discernir si es verdadero Papa? Os conviene que esté Francisco, un necio vestido de payaso, para hacer vuestro falso ecumenismo.
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¿Puede haber unidad en la fe cuando no se aceptan todos los misterios de la fe? ¿Puede haber unidad entre los miembros del Cuerpo de la Iglesia, cuando no se pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia? Francisco no acepta los misterios de la fe: ¿puede haber unidad con él, obediencia a él, sometimiento a él? Y, entonces, Jerarquía de la Iglesia ¿por qué obedecéis a uno que no se somete a los misterios de la fe? Francisco no pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia católica: un hombre que no cree en el Dios católico, ¿puede pertenecer al cuerpo y al alma de la Iglesia? Sabéis que no. Y, entonces, ¿por qué le seguís dando pleitesía y obediencia a un hombre sin la fe católica?

¿Puede haber unidad en la comunión del pan cuando no se cree en el Pan de Vida que ha bajado del Cielo? Jerarquía de la Iglesia, ¿por qué en vuestras misas os unís a la intenciones de un Francisco que no cree en la Eucaristía? ¿Por qué pecáis dando vuestra intención sagrada a un hombre sin Cristo en su corazón, a un hombre que consagra al demonio en cada misa que celebra?

¿Cómo es posible que pueda existir unidad en la Verdad si se corrompe, se manipula y se atropella la Verdad? ¿Cómo es posible obedecer a un hombre, que se sienta en la Silla que no le pertenece, cuando está todo el día manipulando, atropellando, corrompiendo el Evangelio, el Magisterio de la Iglesia y toda la Tradición católica?

La confusión de ideas se acrecienta ante los fieles cuando, desde la misma Iglesia, desde la misma Jerarquía, desde la misma jefatura, desde ese gobierno de herejes, surgen personas, grupos, sacerdotes, fieles, obispos y falsos papas que propician un falso ecumenismo. Vosotros mismos, Jerarquía de la Iglesia, estáis trabajando, con el demonio, para destruir a la Iglesia, para acabar con los sacramentos y para desprestigiar la Palabra Revelada. Vosotros mismos, Jerarquía de la Iglesia, sois culpables de toda la oscuridad que la Iglesia tiene en todos sus miembros. Vosotros, que os gusta llevar el nombre de Jerarquía (sois sacerdotes y Obispos en el sentido nominativo, con la etiqueta del sacerdocio), pero habéis rehusado al Espíritu del sacerdocio. Ya no sabéis para qué sirve ese Espíritu. Ya no sabéis ser sacerdotes de Cristo, sino que os habéis convertido en sacerdotes de un payaso, de un bufón, del Vicario del Anticristo. ¿Y pretendéis que los fieles obedezcan a vuestros pensamientos humanos porque os ponéis como ejemplo de obediencia a un usurpador? ¿Y es que ya no sabéis lo que es la obediencia al verdadero Papa? ¿No sabéis discernir entre un Papa legítimo y un usurpador? ¿Para qué queréis la teología? Para hacer vuestro falso ecumenismo Por vuestra falsedad como sacerdotes, los fieles se pierden en la Iglesia en la confusión de ideas, que nace de vuestros pecados, de vuestra falta de fe, de no tener temor de Dios.

Habéis convertido la mentira en verdad, y la verdad en mentira; y de esta terrible deformación nace la confusión de ideas, que lleva al paganismo y a la incredulidad. ¿No es esto lo que habéis conseguido al poner a un usurpador en el Trono? Habéis convertido la verdad del Primado de Jurisdicción en el Papa Benedicto XVI en la mentira del Primado de honor de Francisco como Obispo. Habéis puesto esta mentira y os habéis inventado el Primado de Honor para el Papa legítimo. Y esto lo habéis hecho por vuestro falso ecumenismo, porque queréis destruir la Iglesia completamente.

Francisco lleva al paganismo y a la incredulidad. Lleva al desequilibrio espiritual, que destruye la conciencia, acaba con la fe y termina con la piedad. Y esto hace que la Iglesia se separe, se aparte de Dios.

Las almas están siendo separadas de Dios por las palabras baratas y blasfemas de hombre que no cree en nada, sólo en sí mismo. Que se ha engreído en el gobierno de su nueva sociedad y se ha creído santo. Cree que lo está haciendo todo muy bien. Cree en su película del falso ecumenismo. Y arrastra a muchos dentro de la Iglesia.

El falso ecumenismo empieza con una falsa predicación, con un concepto errado de la verdad, con unas ideas engañosas y con un deseo de notoriedad egoísta y vanidoso, por parte de una Jerarquía hinchada de orgullo y de todos aquellos que, olvidando la Verdad, se adhieren a la mentira.

Y esto es lo que ha hecho Francisco desde que comenzó a gobernar la iglesia de los malditos, que es la nueva sociedad religiosa que ya ha nacido en la Roma Ramera, Roma que fornica con los pensamientos de todos los hombres porque los ve como una verdad a conquistar. Esa Roma, en donde se ha asentado la Verdad Plena y que, ahora es rechazada por la misma Jerarquía para producir una Torre de Babel. La ciudad de Babel es el símbolo del falso ecumenismo: las mentiras disfrazadas, que es lo que le gusta tanto a Francisco, construyen esa ciudad

El falso ecumenismo es una mezcla del bien con el mal, de la verdad con la mentira, de la virtud con el vicio, del fruto sano con el fruto dañino. Y, en esta mezcla, es imposible que haya hijos de Dios. Es imposible, no sólo la santidad sino incluso la salvación. Nadie se salva en el falso ecumenismo. Por eso, siguiendo a Francisco no hay salvación alguna. Y siguiendo a una Jerarquía que obedece a Francisco tampoco hay salvación.

Sólo hay salvación siguiendo al Espíritu de la Verdad, el cual no puede promover consorcios con la mentira. Dios ayuda a salir del pecado, pero no ama ni el pecado ni al pecador. Dios no mira a otro lado cuando ve un pecado, un error, una injusticia, sino que monta en cólera y despliega toda su Justicia. Y, por eso, a esta iglesia de falsos pastores, que se creen santos y que llaman santos a todos, Dios la va a castigar tan fuerte que todos van a hablar del castigo merecido por ser una Jerarquía de nombre, que le gusta que la llamen Jerarquía, que le gusta vestirse como Jerarquía, pero que está llena de demonios encarnados. Y Francisco es la cabeza de todos ellos.

La doblez en toda la Jerarquía de la Iglesia

usurpador

«es urgente dar a conocer lo que están tramando en el Vaticano… Ya no han podido llevar a cabo su plan para matar a Benedicto XVI… Satanás, a través de sus servidores en el interior y fuera del Vaticano, han orquestado otro plan diabólico… es el siguiente…matar a este Innominado…al Falsario… y con ellos pretenden obtener tres cosas para ofender aun más a la Trinidad Divina. Uno: desacreditarte ante los ojos del mundo y hacer creer a los tontos que estabas en un error dado que él es el Obispo vestido de blanco; Dos: transformarlo en mártir en olor de santidad, puesto que es aclamado por las multitudes en todo el Mundo, sobre todo por los tibios y los depravados; Tres: acelerar la conquista del Trono de Pedro por parte del Anticristo en el intento de arrancarme el mayor número posible de Almas antes de Mi Retorno a la Tierra, que es Inminente…está Próximo. El Innominado…el Falsario… el Vicario del Anticristo… no se espera esta movida engreído como está de sus éxitos mediáticos y gracias a ti… ahora la conocerá. Y ahora que he desenmascarado también este plan suyo… lo que han de hacer ya pronto lo verán y será difícil de soportar. Las guerras existentes actualmente han sido fijadas con calendario en mano, y los encuentros entre los Jefes de Estado y el Innominado en el Vaticano no han sido sino reuniones camufladas por el protocolo, con el propósito de establecer sus estrategias de guerra. Cada uno de ellos con sus labios pronuncia obsesivamente la palabra paz, sin embargo, desean ardiente y obsesivamente la guerra, y la llevan a cabo esparciendo cadáveres por doquier… en el cielo.. en la tierra y en el mar, y el que quiera entender que entienda» (Conchiglia).

Matar al Judas Francisco y ponerlo como Santo, como un gran mártir de la humanidad. Este es todo en el plan del demonio. Pero este plan, al ser dado a la luz, queda fuera y hay que buscar otro plan. Hay que darse prisa, porque no es oro todo lo que reluce en el Vaticano.

Se vence al demonio descubriendo su mentira. Es la única manera de combatirlo y vencerlo. Y esta es la función de todos los profetas: hablar la Verdad que nadie quiere escuchar. La verdad que escucece.

Por eso, tantos hay en la Jerarquía de la Iglesia, tantos sacerdotes, Obispos, que callan las barbaridades de este hombre, y esta es la razón por la cual este sujeto se mantiene en la Silla de Pedro. No hay un sacerdote, un Obispo que proclame ante el mundo y ante la Iglesia, los planes malvados de Francisco en el vaticano. Todos callan, todos otorgan, y el Judas Francisco sigue obrando su maldad con el aplauso de una estúpida y ridícula Jerarquía que sólo tiene de Jerarquía el nombre, la etiqueta.

Una Jerarquía que tiene miedo de perder el plato de lentejas y no sabe decir las cosas claras a las almas. Y son sacerdotes, para muchos ejemplares, como el P. Santiago Martín, que ve los errores de este hombre, y sólo por su falsa obediencia a uno que está sentado en el Trono, sólo por tenerlo como Vicario de Cristo, dice que su doctrina es católica. ¿Por qué un sacerdote que ve el mal, tiene que hablar con la mentira? ¿Por qué sabiendo que el magisterio de este hombre no es papal, habla para convencer a las almas de seguir prestando a Francisco el respeto y la obediencia? ¿Por qué? Porque le ha sido impuesto la mente de unos cuantos, que rigen los destinos de la Iglesia en el Vaticano. Tiene que obedecer a la mente de unas personas que se dicen Obispos y son unos demonios encarnados. Y él debe callar esto, porque sabe cómo funciona la estructura interna de la Jerarquía en la Iglesia. Todos nos conocemos y sabemos lo que hay que decir y lo que hay que callar. Si él mira por su vida, entonces muestra su doblez en la Iglesia.

La Iglesia está llamada a caminar por las sendas de la Verdad. Y donde está la verdad no puede estar ni la mentira, ni el engaño ni la hipocresía. Aquella alma, sea fiel o pertenezca a la Jerarquía, que no sea veraz en su proceder, que no sea clara en sus actuaciones, sino que muestre doblez en ellas, no es discípulo de Cristo, sino del Anticristo.

¿Por qué la Jerarquía de la Iglesia está haciendo la pelota a este estúpido de la vida eclesial, diciendo cosas como estas: «el bien que usted ha traído a la Iglesia Católica, con sus homilías cotidianas, los documentos oficiales, especialmente el Evangelium Gaudium, se basan principalmente en la conversión espiritual, íntima y personal?» (Don Pasquariello, Vicario general de Caserta, Al clero). ¿Por qué Don Pasquariello habla así? ¿Es que, con sus estudios de teología, no es capaz de ver las herejías de este hombre y lo pone como modelo de conversión espiritual? ¿Cómo se atreve a decir esta abominación: que las homilías de Francisco convierten a las almas? Respuesta: le pagan para decir eso. Es uno más en el show que se ha montado Francisco en el Vaticano.

Si los mismos pastores no ven la maldad que este hereje dice continuamente, entonces, ¿cómo camina la Iglesia? En la mentira. Si la misma Jerarquía no hace nada para deponer a un hereje, entonces se viene lo peor para la Iglesia.

El P. Angelo Piscopo, párroco de San Pedro Apóstol, que se atreve a decir: «en su exhortación apostólica Evangelium Gaudium, ha invitado a fortalecer y fomentar la piedad popular como un precioso tesoro de la Iglesia Católica» (Ibidem). Y uno se pregunta: ¿qué discernimiento tiene este párroco de la vida espiritual, que no sabe discernir entre piedad popular y piedad comunista en la Evangelium Gaudium? ¿Dónde está la piedad popular, según lo entiende la Iglesia Católica, en el panfleto comunista de este hombre? Es que no aparece por ningún lado. Y, claro, pregunta esto a un ignorante de la vida religiosa y de la vida de oración, como es este energúmeno al que llaman Francisco y Papa: «¿Qué consejos nos puede dar para una pastoral que sin sofocar la piedad popular, se pueda revivir la primacía del Evangelio?» (Ibidem)

Y ¿qué consejos cree que te puede dar un comunista sobre la piedad popular, sobre el evangelio? ¿Qué sabe un masón de la Verdad? ¿Qué sabe un comunista de la oración? ¿Qué respuesta se puede esperar de un hombre que no tiene fe? La siguiente: «La piedad popular es inculturizada, no puede ser una piedad popular de laboratorio, aséptica, nace siempre de nuestra vida» (Ibidem). Vive y tendrás piedad popular a mansalva. Deja vivir y tendrás piedad popular en todo el mundo. El mundo está lleno de un ambiente de piedad popular porque vive, porque ésta nace de nuestra vida. A esta majadería llega este hombre. Y la Jerarquía ¿a qué grado de majadería ha llegado? Vean cómo andan de ciegos, de borrachos, de embobados con Francisco.

El idilio de este sacerdote: «Me permite que le llame “Padre Francisco”, porque la paternidad implica inevitablemente una santidad, cuando es auténtica» (Ibidem). Padre Francisco: es usted muy santo y por eso lo llamo: padre. Usted, mi padre, vive en la Iglesia con una santidad auténtica. Todos la ven. Todos la perciben, sobre todos los necios, idiotas y estúpidos de la Jerarquía. Usted, diciendo herejías por un tubo tiene un grado de santidad mayor que el de la Virgen María.

Y, en esta visión ciega de lo que es el alma de Francisco, la pregunta no podría ser más ciega: «La revolución en la lingüística, la semántica, el testimonio evangélico culturales está provocando en la mente, sin duda, una crisis existencial para nosotros los sacerdotes ¿Cómo mitigar esta crisis existencial que sentimos?» (Ibidem). Un sacerdote que ha perdido la fe en Cristo, que tiene una crisis existencial porque ve una sociedad llena de lenguaje humano, de semántica…. Y, como no tiene fe en la Palabra de Dios, como no obra lo divino en su sacerdocio, entonces no sabe combatir a los hombres, no sabe enfrentarse a los diferentes lenguajes humanos; y, claro, cae en crisis; y va y le pregunta a uno que no tiene ni idea de lo que es la fe, sino que vive en la misma crisis existencial, vive lleno de semántica, de culturas, de revolución linguística en su vida. Y, la respuesta de este imbécil, es una abominación: «Es una palabra que me gusta mucho: es un palabra divina, porque es un don de Dios: creatividad. Es el mandamiento que Dios dio a Adán: “Ve y haz crecer la tierra”. Sé creativo. También es el mandamiento que Jesús dio a sus discípulos, a través del Espíritu Santo, por ejemplo, la creatividad de la Iglesia primitiva en sus relaciones con el judaísmo: Pablo era un creador; Pedro, aquel día, cuando fue a Cornelius, tenía miedo de ellos, porque estaba haciendo algo nuevo, algo creativo. La creatividad es la palabra» (Ibidem)

Judas cayó en el infierno, un apóstol, un Obispo, por su ambición, su soberbia y su desobediencia. Y estos tres vicios son el signo de la apostasía dentro de la Iglesia.

Francisco cae en el infierno por su estupidez en el hablar.

¿No hay una Jerarquía, en la Iglesia, que le cierre la boca a este ignorante y le enseña el Catecismo, los rudimentos de lo que hay que creer? ¿Es que no hay un solo sacerdote que diga que Dios no ha dado al hombre la creatividad y que, por tanto, la creatividad es el invento de la mente de Francisco para anular el dogma de la Creación? ¿No hay nadie que vea esto? ¿No hay nadie que observe que Francisco se ha inventado un nuevo Evangelio, unos nuevos mandamientos? ¿Tan ciegos están los miembros de la Jerarquía? ¿Han quedado enamorados de las palabras de un tonto? ¿Han quedado cogidos en sus absurdos razonamientos humanos? Pero, ¿qué clase de Jerarquía es la que tiene la Iglesia? ¿Con qué clase de idiotas las almas se confiesan y reciben a Cristo en la comunión todos los días? Es que no hay una explicación. Sólo hay una obra: el demonio los ha atado a todos para que besen el trasero de un IDIOTA.

Ambición de poder, soberbia en la inteligencia y rebeldía en la persona. Se vive para alcanzar un puesto, una función, un oficio, en las estructuras de la Iglesia. Se vive para el aplauso del mundo, para las ideas de todos, para conquistar lo que a la Iglesia no le interesa: el respeto humano, la tolerancia de los hombres, el afecto del mundo. Se vive como una estrella de rock: esta es la vida de Francisco y de muchos en la Iglesia.

Mucha Jerarquía está ciega por la soberbia de su mente, de su inteligencia. Ya no quieren pensar la Verdad, sino que la quieren anular. Buscan sus argumentos para cambiar lo que siempre ha sido, que es la Verdad Revelada en Cristo. Nadie cree en Cristo, sino que todos creen en sus lenguajes humanos sobre Cristo: cada uno se dedica a dar una interpretación, una opinión, una visión de la vida de Cristo.

Que Francisco no es Papa de la Iglesia Católica: esto es evidente. Pero que Francisco es el Papa de la Jerarquía de la Iglesia – y un Papa santo- : esto es lo que no se comprende.

Muchos católicos han discernido ya que Francisco es un Judas y, por tanto, de Papa sólo tiene la etiqueta, el nombre de guerra. Francisco no es lo que parece ser: parece Papa, pero no es Papa. Parece Obispo, pero no es Obispo. Parece católico, pero no es católico.

Muchos católicos han despertado, y ya no están bajo Francisco, sino bajo el Papa verdadero, que es Benedicto XVI. Porque, en la Iglesia se está bajo Pedro. Y el que ha sucedido a Pedro, es el Papa Benedicto XVI. El otro, el judas, es el usurpador.

Pero, he aquí, que la Jerarquía de la Iglesia sigue estando bajo Francisco. Este es el punto más conflictivo. Una Jerarquía que, por seguir obedeciendo a un usurpador, muestra su doblez en la Iglesia. Una careta, un rostro externo de amor al hombre, pero un corazón cerrado al amor.

La pregunta es: ¿por qué no se levanta alguien de la Jerarquía para oponerse a Francisco? Ellos ven lo mismo que ve el fiel. Y los fieles auténticos, enseguida toman partido, porque son más realistas que mucha Jerarquía de la Iglesia.

La respuesta es sencilla: hay doblez. Ya no son niños, que se dejan llevar por el Espíritu de sus sacerdocios, sino que se han convertido en hombres, con una mente soberbia y con un orgullo en su corazón.

El orgullo no les deja hablar con claridad de lo que pasa en la Iglesia. La soberbia les conduce a buscar un argumento para seguir defendiendo a Francisco y proclamar que su doctrina es católica.

Orgullo y soberbia: las claves para discernir el estado de la Iglesia actual.

Mas vale estar sin pastor que seguir a un lobo como pastor

sinpastor

La Iglesia verdadera camina sin cabeza desde la renuncia del Papa Benedicto XVI. La falsa iglesia es guiada por un líder que sólo se presenta como un falso Papa, pero que no sabe nada sobre Dios, sino todo sobre el mundo. Una iglesia para el mundo con un líder para el mundo. Un jefe político, un dictador de sus mentiras y sus engaños.

Es una señal divina no tener una cabeza que guíe a la Iglesia, que muy pocos han discernido en Ella. Esa renuncia, querida por el Señor, para poner una clara división en Su Iglesia. Es tiempo de separar la Jerarquía verdadera de la infiltrada; tiempo para ver al trigo y no confundirlo con la cizaña; tiempo para elegir un camino, que sólo se puede recorrer oponiéndose al usurpador, Francisco. Y son todavía pocos los que han comenzado ese camino. Muchos siguen dudando, temiendo, esperando. Y no ven lo que viene porque ya no saben creer como niños. El Camino es Cristo y, por tanto, Él muestra el camino de Su Iglesia.

Este hombre, Francisco, ha puesto en marcha una nueva sociedad dentro de los muros del Vaticano: una nueva estructura visible, externa, llena de hombres que tienen el sello de la herejía en sus mentes y la lucidez del cisma en sus manos. Pero lo ha iniciado porque es un títere de la masonería, no por su autoridad humana ni moral.

Francisco es un hombre que no sabe hablar y, por tanto, no sabe tener autoridad cuando habla. La Autoridad está en proclamar la Verdad. Y es lo que Francisco no puede dar. Los líderes del mundo tienen autoridad en sus gobiernos, porque han nacido para eso: para un poder humano, que siempre viene de Dios. Pero un Obispo que se dedica en la Iglesia a un poder humano, político, mundano, económico, carece de autoridad en Ella.

Porque en la Iglesia la Autoridad es un Poder Divino. Esa Autoridad descansa sólo en el Papa legítimo, que es Benedicto XVI. El usurpador, sólo está en el trono con un poder humano. Y, entonces, no tiene autoridad humana dentro de la Iglesia. Si ejerciera ese poder humano, fuera de la Iglesia, entonces hablaría con autoridad. Pero quiere ejercerlo dentro y, por eso, se equivoca. Lo ejerce porque otros le mandan.

Francisco es un hombre que no sabe gobernar nada. No tiene ni pies ni cabeza lo que hace en la Iglesia. Porque si decide poner un gobierno horizontal, pon antes las reglas, las leyes, para esa horizontalidad. Pero, él, como hombre necio, como hombre orgulloso, primero quita la verticalidad y sigue gobernando una sociedad nueva con las leyes propias de lo vertical, de lo viejo. Esta es la necedad de este gobernante de la falsa iglesia.

Aquí se ve su orgullo: sólo está en el gobierno para hacerse la foto con todo el mundo, pero no está para gobernar. No sabe gobernar, no sabe guiar nada. Es la sed del mundo lo que le ata a esa Silla, la gloria mundana. Y no es otra cosa. En su orgullo, quiere seguir ahí porque se ha creído santo y justo ante los demás. En su mente, se cree un dios. Y para creerse dios no hace falta proclamarlo. Se ve por sus obras en la Iglesia.

Después de fabricar, con su inteligencia, un acto de oración entre los musulmanes y judíos, para pedir la paz; la guerra comenzó. Y él no ha sido capaz de renunciar, que es lo que tiene que hacer. Si tuviera sabiduría humana, entonces pondría su autoridad humana en otro: sigue tú, porque yo he fracasado. Pero como él ha hecho ese acto, no con un fin humano, sino religioso, y con un poder humano, no divino, entonces, en su orgullo, cree que ha hecho algo bueno para la Iglesia y para el mundo. Y no es capaz de darse cuenta de que él es el principal motivo de lo que está pasando.

Él hizo ese acto porque otros, mayores que él, con un poder humano, con una autoridad humana, se lo han exigido. Y él, obediente como es a los hombres, a sus ideas, a sus culturas, lo ha hecho, se ha sometido, en su orgullo, a lo que otros le han dicho. Y esto es lo que más le duele a este hombre.

Porque Francisco, orgulloso como es, no permite que otro le imponga nada. Francisco no es un hombre de obediencia, sino de rebeldía. Y actúa con mucha rebeldía en todas las cosas. Y, para mostrar la rebeldía, es suficiente hacer como él lo hace: con una careta de humildad y de pobreza. Para ser rebeldes, no es necesario mostrar la ira, sino la astucia, la perversión de la inteligencia para obrar aquello que quiere el orgullo.

Si este hombre tuviera un poco de fe, entonces comprendería cómo lo están manejando otros en el gobierno y haría lo mismo que hizo Benedicto XVI: renunciar. Pero, en su orgullo, no ve las consecuencias de lo que obra en la Iglesia. Todo cuando obra es por otro, porque otro gobierna en la oscuridad. Han puesto un títere, uno que entretiene a las masas y que hace lo que ellos le dicen. Y, por eso, sus entrevistas, son sólo discursos vacíos, para que la gente ponga el interés en lo que dice, pero no se dé cuenta de lo que pasa en la realidad. Francisco sigue en el gobierno por su orgullo. Y sigue obrando sólo para la masa, pero no gobernando nada. No ve el desastre que le viene encima.

El Papa legítimo renunció porque ya no vio un camino para el Papado en la Iglesia. No pudo continuar como Papa. Todos los hombres, a su alrededor, le cerraron las puertas y lo dejaron solo. Y, por eso, tuvo que elegir el camino que él no quería, como San Pedro: «cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras» (Jn 21, 18).

Esta profecía se ha cumplido enteramente en el Papa Benedicto XVI. Por eso, su renuncia, un acto grave para toda la Iglesia, sólo puede ser mirada, para poder comprenderla, en el Espíritu de la Iglesia.

No fue un acto de humildad, sino de amor a Cristo. Si hubiera sido un acto de humildad, no hubiera renunciado el Papa, porque por humildad hay que seguir siendo Papa. Para eso, fue llamado: para ser Papa.

Benedicto XVI renunció por un acto de amor a Cristo, porque Cristo se lo pidió. El acto de amor a Cristo es siempre obrar una Voluntad Divina. Y le pidió algo que ponía a toda la Iglesia en un caos, en un desorden espiritual y moral, que es lo que todos ven con Francisco. Y Dios puede pedir esto, aunque se haga un mal para toda la Iglesia. Porque el mal no está en renunciar, sino en seguir en el Papado.

Si el Papa Benedicto XVI hubiera seguido como Papa, lo hubieran quitado de en medio y habrían hecho un mal mucho mayor a toda la Iglesia. Habrían puesto a un auténtico anticristo en la Iglesia. Hubiera sido el mismo Anticristo. Y todos se hubieran tragado el anzuelo.

Pero la Voluntad de Dios quiso otro mal menor para Su Iglesia: la renuncia de su Papa. Con esa renuncia, se abría el nuevo camino para la Iglesia verdadera. Sin esa renuncia, toda la Iglesia hubiese sucumbido a un Anticristo.

50 años en que los hombres han hecho de todo para desobedecer al Papa, para mostrar un Papa diferente a lo que dice el dogma del Papado. Y la situación de pecado llegó al culmen. Y, en esa perfección del mal, más vale dejar el Papado que continuar con un absurdo.

Cuando en la vida de un hombre se llega a un absurdo, es que el camino no es el verdadero. Hay tantas trampas en ese camino, que hay que seguir por otro. Es lo que le pidió el Señor al Papa Benedicto XVI. Ese seguir por otro camino tiene un precio para todos: para el Papa y para la Iglesia. Un precio que hay que pagar en la Justicia de Dios.

El pecado del Papa Benedicto XVI, en su renuncia, está sólo en no dar claridad a la Iglesia. No se puede dejar un Papado en las circunstancias que vive la Iglesia. No se puede decir: ahí os quedáis, me voy. Hay que abrir el entendimiento de los hombres a la Verdad de esa renuncia por el bien del Rebaño. Y es lo que no hizo el Papa legítimo. Por eso, su renuncia trae mayor confusión a toda la Iglesia. Hay que saber renunciar, como lo hicieron los otros Papas. Hay que seguir siendo Papa en la renuncia, que es lo que no hizo el Papa. Él sigue teniendo el Poder Divino y, por eso, es el Papa de la Iglesia Católica. Y esto es lo que a la gente más le cuesta discernir: el Poder en la Jerarquía de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI tiene el Poder de Dios en la Iglesia, pero no puede ejercerlo: es un poder inútil. Y Francisco obra con un poder humano que otros le han dado. Consecuencia: toda la Iglesia está atascada, sin saber caminar, sin saber elegir por dónde ni a quién.

Y es que se cumple lo que decía San Ignacio: «No debería tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía; ya los convencidos en ella habríase de despojar en seguida de todas las rentas eclesiásticas; que más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo. Los pastores, católicos ciertamente en la fe, pero que con su mucha ignorancia y mal ejemplo de públicos pecados pervierten al pueblo, parece deberían ser muy rigurosamente castigados, y privados de las rentas por sus obispos, o a lo menos separados de la cura de almas; porque la mala vida e ignorancia de éstos metió a Alemania la peste de las herejías».

La Iglesia verdadera camina sin pastor porque así conviene a toda la Iglesia. Los católicos no queremos a un lobo por Papa, a uno que pervierte al pueblo con sus entrevistas llenas de herejías y de oscuridades; no queremos a un hombre de mala vida, ignorante de su propia vocación como sacerdote, que sólo vive para dar un gusto a la gente.

Este hombre, Francisco, ciego en la fe y oscuro en el corazón, guía a los ciegos. Y solamente a ellos. Los ciegos en la inteligencia, en el espíritu y en la verdad del Evangelio.

Son muchos los ciegos en la Iglesia Católica: son muchas las almas que nadan en la tibieza espiritual como una virtud en sus vidas. Estos ciegos son los que se rasgan las vestiduras cuando alguien critica a su líder, Francisco. Son los nuevos fariseos de la Iglesia, que se da tanto en la Jerarquía como en el común de los fieles.

La ceguera de tantos en la Iglesia es por su pecado en contra de la fe. Se peca en la fe de muchas maneras; pero la principal está en el pecado de obra contra la fe.

La fe divina es una obra divina, no es un lenguaje de teología o una serie de conocimientos sobre Dios. Quien cree obra lo que cree.

Quien cree al hombre, obra lo que hay en el hombre y, por tanto, se hace humano, es otro hombre, en la mente, en la voluntad, en la vida de los hombres.

Quien cree a Cristo, obra sus mismas obras, que sólo se pueden hacer en la Gracia: son obras graciosas, divinas, celestiales, santas, sagradas.

Para los hombres es muy difícil creer en Cristo, y es muy fácil creer en los hombres. Para creer en Cristo, el hombre tiene que abandonar todo lo humano: es el negarse a sí mismo del Evangelio. Es lo más duro para el hombre porque éste siempre da valor a su inteligencia, a sus obras, a su vida humana.

Y seguir a Cristo no es seguir una vida humana, sino una vida divina, que ningún hombre sabe vivirla si el Señor no le enseña cómo es el camino hacia esa Vida.

La Iglesia, fundada en Pedro, no pertenece sólo a una estructura humana, externa, visible, sino que es un organismo sobrenatural, que vive de la Gracia y que es llevado por el Espíritu, para hacer que las almas sean el Cuerpo Místico de Cristo.

La Iglesia es un Cuerpo, no es una estructura, no es una comunidad de hombres, no es un pueblo con la etiqueta de Dios. La Iglesia no es popular, plebeya, burda, necia, sino que es divina, Santa, celosa de la gloria de Dios y con almas llenas de la sabiduría divina.

La Iglesia es un Cuerpo Místico: es decir, almas unidas místicamente entre sí. No se unen de manera espiritual ni humana, sino de manera mística. Es Cristo el que produce esa unión, que sólo se puede comprender en Dios. Son lazos místicos entre Cristo y el alma. No son sólo lazos espirituales, que vienen de una vida espiritual propia de la oración y de la penitencia. Son lazos que vienen por la fe que el alma tiene en Cristo. Según sea la fe del alma, así será su unión mística con Cristo y, de esa manera, la obra que hace esa alma en la Iglesia produce mayor santidad en Ella.

La fe en Cristo obra la fe en la Iglesia: según sea la unión por fe del alma con Cristo, así será la unión del alma con la Iglesia.

La Iglesia está constituida por almas fuertes en la fe: la Roca de la Iglesia es Cristo. Y quien se apoya en esa Roca, es Iglesia. Pero quien no se apoya en Cristo, sino en lo humano o en una estructura concebida según las leyes humanas, no puede ser Iglesia.

Ser Iglesia no es porque se tenga un Bautismo o unos Sacramentos. Se es Iglesia porque se está unido a Cristo, dentro de Ella. Estar en la Iglesia y no pertenecer a Cristo, no apoyarse en Él, es un absurdo. Es el absurdo de mucha Jerarquía actual, que pertenece a una estructura externa, pero no a Cristo. Obedecen a los hombres dentro de esa estructura, y dejan de obedecer a la Verdad, que es Cristo.

Con un Papa legítimo en la cabeza de la Iglesia, la estructura tenía valor y sentido; pero con un usurpador, la estructura comienza a no tener ningún sentido. ¿Para qué pertenecer a una estructura externa, que da de comer, pero que no alimenta el alma? Una estructura que ya no sabe atacar la herejía ni el cisma y, por tanto, es apta para llevar a la apostasía de la fe a muchos que se apoyan en ella.

La Iglesia se hace a base de la Ley de la Gracia. No se construye la Iglesia con leyes canónicas, porque la Iglesia es la Gracia. Cristo ganó para el hombre la Vida de Dios, que sólo se puede dar en la Gracia. Y toda ley canónica que no siga la Gracia, que no se someta a la Gracia, sino que la anule poniéndose por encima de Ella, es un impedimento para ser Iglesia.

Vivir en la Gracia es, actualmente, una conquista diaria. No es fácil el estado de Gracia permanente en un mundo que vive sólo para pecar. Perseverar en la Gracia es lo más difícil en el mundo que vivimos. Y, por eso, perseverar siendo Iglesia, constituyendo la Iglesia verdadera, se hace una tarea para santos.

Quien no quiera ser santo en una Iglesia sin cabeza es que no ha entendido la dificultad que tiene la Iglesia para dar la Gracia, actualmente. Toda la Iglesia está allí donde está Su Cabeza. Y la cabeza legítima de la Iglesia no ejerce su poder divino. Luego, la Iglesia se pierde en el desierto de este mundo y no sabe caminar, porque no tiene guía en lo humano. Cristo la sigue guiando en lo espiritual, pero son pocas las almas espirituales dentro de la Iglesia. Son pocas las que escuchan a Cristo en su interior y se deciden a seguirle sólo a Él. Son muchas las que están pendientes de los hombres, de una Jerarquía herética, que sólo enseña a pecar dentro de la Iglesia. Por eso, muchos se pierden en la Iglesia por la misma Jerarquía.
corrupto

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